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RAFAEL GUTIERREZ GIRARDOT

HEGEL
NOTAS HETERODOXAS PARA Su LECTURA

"Lutero hizo hablar a la Biblia en alemán, usted a Homero: el más


grande regalo que puede ofrecerse a un pueblo; pues un pueblo es bárbaro
y no ve la excelencia de lo que conoce como algo verdaderamente suyo,
mientras no aprenda a conocerlo en su lengua. Si quiere usted olvidar estos
dos ejemplos, diré de mis esfuerzos que he de intentar enseñar a la filosofía
a que hable en alemán. Y cuando se haya logrado este propósito, resultará
infinitamente más difícil dar a la vulgaridad apariencia de oración pro-
funda". Estas famosas y maltratadas frases de Hegel, tomadas de un
proyecto de carta a J. H. Voss, de mayo de 1805,son la tácita conclusión de
un párrafo anterior, en el que con inocente inmodestia anuncia al
venerable Voss que, después de tres años de silencio, habrá de presen-
tarse, al fin, con un "sistema de filosofía", cuya publicación creía poder
prometer para ese otoño. El "sistema" dilató su aparición dos años más, y
cuando en abril de 1807 salió de las prensas de la casa Goebhardt de
Bamberg, el libro mil veces prometido no era todo el "sistema de la
ciencia", sino solamente su Primera parte, "la fenomenología del espíritu".
Esta obra fue, sin embargo, la última lección que Hegel dio a la filosofía
para que ésta aprendiera y siguiera hablando en alemán.
Acusiosos investigadores como Theodor Haering aseguran que Hegel
escribió la obra en muy corto tiempo y bajo la presión de sus propias
promesas hechas al impaciente editor y dadas a conocer repetidamente en
los índices de conferencias semestrales de la Universidad de Jena. Lo cual
explicaría, aunque no con convicción, la apresurada sintaxis, el mal trato
de la gramática, la aparente discontinuidad e imprecisión en el uso de los
conceptos, el desarrollo, igualmente aparente, poco suficiente de las
ideas cuya fundamentación y motivación debió dar Hegel por supuesta,
en una palabra, la irritante dificultad con la que tropezaron, ya entonces,
lectores más familiarizados con las audacias intelectuales de los idealistas.
Hegel, en efecto, discute con sus contemporáneos sin mencionar, delicada-
mente, el nombre del enemigo. Ya en el memorable prólogo a la
Fenomenología del epiritu, que supera en dificultad a casi toda la obra, no
solamente rompe con Schelling, sino que desafía su orgullo y siembra el
núcleo de la posterior, baja y rencorosa disputa del orgulloso contra su
viejo amigo, sin que el lector de hoy lo adivine. Este, que apenas puede
conocer el entonces mínimo motivo de la querella -porque Schelling

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mismo construyó en su genial juventud tantos sistemas diferentes y para-
dójicamente uniformes como escritos publicó-, se ve, pues, ante una
polémica, de la que sólo percibe el contenido tono de diferencia y hasta de
irónica acritud. La introducción apunta a Kant, o a la interpretación
fichtiana del famoso crítico, y ya en la primera grada desde la que el
Espíritu emprende su marcha solemne y laberíntica hacia su propio Reino,
despacha con gesto de incomodidad a los empiristas, a los filósofos de la
"reflexión", a los del "sentido común", y no se sabría que su desprecio iba
contra el insignificante Krug o el popular Reinhold, si antes, en el Anuario
crítico de filosofía, que publicó años antes (1800-1802) con Schelling, no
hubiera ensayado ya "las armas ... bolillas ... látigos ..., la cauterización"
contra esas egregias figuras. No cabe duda: el lenguaje de la Fenomeno-
logía está lleno de alusiones, y cuando escribe: "Es una opinión natural la
de que antes de ir, en filosofía, a la cosa misma, esto es, al conocimiento
real de lo que es en verdad, sea necesario ponerse de acuerdo primera-
mente sobre el conocer, al que se lo considera como instrumento para
apoderarse de lo Absoluto o como medio a través del cual se lo mira";
cuando esto escribe, alude especialmente a la Crítica de la razón pura,
pero de paso, también, a Fichte y a Schelling. A más de alusivo, no carece
de ironía, pues más adelante demuestra que esa opinión "natural" que
considera al conocer como medio, no solamente mediatiza y, por tanto,
desvirtúa el afán de apoderarse de la "cosa misma", sino que produce lo
contrario de lo que se propone: para ellos, la cosa misma no es la cosa
misma, sino "nubes de error en vez del cielo de la verdad", y lo que es
"natural" resulta al cabo lo más antinatural del conocimiento. Metáforas
como la de las nubes del error y del cielo de la verdad o como aquella que
compara la diversidad contradictoria de los sistemas filosóficos como
progresivo desarrollo de la verdad con el "contradictorio crecimiento" de
la planta, en el cual el florecimiento "refuta" la semilla, y el fruto "declara
falsa la existencia de aquel" -que tanto indignó al antipático serenísimo
Goethe- servirían para probar que es falsa e ilusoria la mortal seriedad
del sistema y su seca violencia, de lo que acusó a Hegel aquel Kierkegaard
que por su parte también sembraba a la filosofía como "lirios en el campo"
o con sus temores y temblores de frustrado seductor. Hegel también sabía
prodigar metáforas y hasta intentó en varias ocasiones buscar la inmorta-
lidad con algunos largos poemas como "Eleusis", dedicado a Hoelderlin, o
ciertas metafísicas odas de amor dialéctico, dedicadas a su novia María
von Tucher. Pero en él no son, como en Kierkegaard, el llanto de una
subjetividad iracunda que pretende aliviar el peso de los conceptos con la
lubridez de las lágrimas, sino la intensidad del pensamiento que obliga a la
lengua a que alcance los perfiles de la imagen. La metáfora en Hegel no es
comparación, pues ésta no cabe allí donde los términos comparables son
momentos de un todo o negaciones recíprocas, sino el "salto" de la cosa
misma en el elemento del pensar, al que Hegel, no en vano, llamaba en su

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época juvenil, el "Eter". De ahí el que en ese elemento la planta, ya crecida,
"refute" su semilla: la Naturaleza queda traspuesta en la notación
dialéctica del concepto, y el concepto se ilustra con el paisaje natural.
Además de alusivo, metafórico e irónico en su intención, el lenguaje
de Hegel es, si así cabe llamarlo, "etimológico". Más aún: su singular
manejo de la "etimología", que los lingüistas inexplicablemente suelen
llamar "etimología popular", quizá porque no es la suya propia, constituye
el eje de sus finas y complejas distinciones dialécticas. En esto lo precedió
Aristóteles y lo ha seguido Heidegger. U na de las etimologías más
ejemplares -y a la vez de las menos famosas, porque ha pasado
inadvertida a los más famosos investigadores hegelianos como Hyppolite y
su comentador Findlay o al mismo devotísimo Glockner- es la que obliga
a la palabra "ejemplo" (Beispiel) a que, separada por un guión, se convierta
en "concomitancia" (Bei-Spiel), sin perder del todo la acepción originaria
de la lengua vulgar y sin ocultar en su novedad la fuente antigua con la que
Hegel en ese momento está discutiendo: el concepto aristotélico de
symbebekós. N o sorprenderá, así, p.ues, el otro ejemplo que sigue: a
"opinar" o "dar a entender" -palabra clave de los modernos semió-
ticos- la emparenta con "mío" (meinen-mein), de donde "opinión" (u
"opinar": Meinen, o Meinung) resulta, ante el Absoluto y el Espíritu, una
simple ilusión del pobre sujeto, es decir, una irónica versión idealista de la
doxa de Parménides.
Este reducido número de ejemplos podrá sugerir la (falsa) impresión
de un Hegel considerablemente ingenioso y en ocasiones arbitrario, que
darla razón a la frase con que Nietzsche quiso injuriarlo, es decir, que Hegel
era capaz de hablar de las cosas más sobrias en el lenguaje de un ebrio; ante
lo cual cabría preguntar si las lecciones que Hegel dio a la lengua alemana
para que la filosofía pudiera servirse de ella con soltura y profundidad,no
consistieron en algo más que en la habilidad y destreza de su manejo, esto
es, en una oposición, casi jocosa, seguramente burlona, al espíritu
weimariano de la época, tan profundo, sublime y genial como engolado y
grave. Cierto es que, entre las muchas leyendas con las que se quiere
adornar la figura de Hegel, se cuenta aquella que habla de un regalo que
hizo Hegel a Goethe acompañado de una tarjeta en la que, con increíble
impudicia ridícula, "el Absoluto se recomienda al Protofenómeno".
Empero, en el contexto de las relaciones entre Goethe y Hegel, siempre
ambiguas y, como las que Goethe sostuvo con Schiller, más provechosas
para el alto funcionario de Weimar que para sus explotados correspon-
sables, la frase no deja de tener algo de secreta y muy enmascarada ironía: al
Protofenómeno no alcanzó a convencer del todo el tratamiento que dio el
Absoluto a la Naturaleza, pese a que los dos hicieron causa común contra
Newton en la disputa sobre la teoría de los colores, y a que, al lado de
respetuosas afirmaciones con que Hegel reconoce a Goethe como a su padre
("pues cuando doy una mirada panorámica a la marcha de mi evolución

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espiritual, lo veo a usted por doquier entretejido en ella y puedo llamarme
uno de sus hijos"), no faltan las obligadas frases como "Vuestra-Excelen-
cia", que, no obstante, en medio del respeto con que se dirige su subordi-
nado al supremo burócrata -el Profesor al Consejero celoso de sus
escritorios- dejan entrever la burlona mirada del dialéctico: en el lenguaje
de Hegel resulta una descalificación, muy cortés por cierto, el llamar al
Protofenómeno una abstracción, como lo hace en una carta que comienza
con el consabido "Vuestra Excelencia", la cual no debió darse cuenta del
todo el rictus burlón con que Hegel miraba a la tarima del fáustico y
genial Titán. Así, resultaria digno de gozosa sonrisa el que el pensador
alemán, que pasa por ser el prototipo de la complejidad alemana, hubiera
llegado a tal extremo gracias al esfuerzo de hacer flexible su lengua madre
para que la filosofía pudiera hablarla o, si se quiere, de enseñar al alemán a
que hable filosofía, para lo cual trató de darle la serena ingravidez del
pensar griego originario. En parte, este es un hecho evidente que encontra-
ría su comprobación secreta y simbólica en la amistad que unió a Hegel
con el genial burlón de esa época, Jean Paul. El Hegel que escribió- y no se
atrevió o no consideró oportuno publicar-la Constitución del Reich, con
su primera frase contundente: "Alemania ya no es un Estado", y el que
sabía destrozar con tan deliciosa y sabia energía la vulgaridad de sus
contemporáneos -vulgaridad que, según Lichtenberg, estaba, y está hoy
aún, más difundida que la razón-, fue un polemista contra el espíritu de
su tiempo y en favor de lo nuevo, igual que Jean Paul, como ya se insinuó,
quien, como Hegel a la filosofía, enseñó al humor a hablar en alemán, no
tanto en sus Prelecciones de Estética, jacobino breviario de la moderni-
dad, sino sobre todo en su Titán. la aniquilante novela "fenomenológica"
que cauteriza los humores extendidos en Weimar por el genial abogado
autor del Fausto.
El lenguaje de Hegel es polémico en un doble sentido: en el ya citado
de la alusión y de la crítica y de la ironía, y en el "estilo" o. como él mismo
dice, en el de quitar a la vulgaridad la apariencia de profundidad. Hegel
llega al extremo de afirmar que, para el sentido común, la filosofía es el
mundo al revés. Y a juzgar por su prosa cabría agregar que para la
gramática del sentido común, la gramática de la filosofía es el revés de la
gramática. Por lo menos el lector de Hegel habrá de medir su estilo con
cánones diferentes de los habituales y aceptará que las aparentes contor-
siones, anacolutos, oscuridades de ciertos pasajes de sus obras no son,
como en los muchos seudoprofundos de gramática enrevesada, la
expresión de un pensamiento confuso, sino de la necesidad de dar forma
escrita adecuada a un pensamiento que no acepta y que refuta el mundo de
la causalidad, es decir, el del sentido común. A Hegel lo han oscurecido
quienes reducen la dialéctica a la profana trinidad "tesis-antítesis-síntesis",
aunque no hay nada más antihegeliano que este singular trío, tras el que se
enmascara una causalidad infinita y que encarcela en ella lo Queesjuego de

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recíprocas negaciones y, por tanto, negación también de toda concatena-
ción causa-efecto. Hegel oiría, de usar este lenguaje común, que el efectoes
la causa, siempre y cuando. se lo.considere corno resultado. con-creciente y
en devenir. Pero. eJ simple enunciado anula la idea de causalidad, que no. es
devenir circular, corno todadialéctica, sino. sucesión lineal sin conterudo
de proceso, es decir, de devenir. '
Desde la perspectiva del lenguaje la dialéctica aparece corno la
expresión de l~ negación: el vocablo, cuando. es cel1~~alen la obra, encierra
en sí todo el proceso dialéctico, que inicia su marcha en la negación. Así,
,_l'o.r ejemplo, concluye Hegel el capítulo. sobre la "Certeza sensible" en la
Fenomenología. en el que afirma =-crijicando definitivamente todo ernpi-
rismo, aun el snobde los neopositivistas y el burocrático de los sociólogos
de lo. empírico-e- qJJe el saber inmediato. o. saber de lo. inmediato no. es e!
verdadero. (a nivel político, que da su significación a. ,,la crítica. del
empirismo, lo. dice Ernst Bloch: Pue.~J~ que es no. puede ser verda,j";.lo.
inmediato y establecido. no. es lo.verdadero, lo.verdadero. esla Utopía): "La
certeza sensible no. torna (nehmen) lo. verdadero.(Wahre), pues su verdad
es lo. general. Pero. ella quiere tornar (nehmen) el Este (el ,Aquí y
Ahora inmediatos), Tal Este es algo.ge;neral: ... yo Io .tomo (nehme]
talcomo es en verdad (Wahrheit ), y en vez de:,saber algo. inmediato,
percibo. (nehme ich wahr).... El.eje "veJ~I" o. "nQminal"d.el proceso
mismo. descansa e,n laspalabras .tomar y verdad. To.ma.~,la verdad .de
lo. inmediato. es ya tornarlo COmo. algo. general, no.. pues, simplemente,
inmediato, Corno vocablo compuesto y verbo separable (que Hegel
maneja como "etimologla po.pular"),co.nsta de Wahr = verdadero,
nehmen > tornar u captación. de donde Wahrnehmung .es la captación
de lo.verdaderoque.en el lenguaje habitual, se conoce como percepción. E:J
vocablo tratado. en esta forma sirve a.Hegel.para mostrar el proceso o. "la
experiencia que hace la conciencia" (la descripción de esa experiencia es lo.
que Hegel resume en el título. de laobra: Fenomenologiadel espíritu) al
pasar desde. la certeza sensible en la marcha hacia su conocimiento o.auto-
conocimiento por los estadios que ella ya experimentando.El proceso.esta
implícito. en la certeza sensible, misma. en Su afán de tornar, sin mediación.
lo. verdadero; afán que se niega a sí mismo, porque no. hay..nada sin
mediación, y al negarse da entrada.al otro paso en esa marcha, el de la
percepción, que a s 1.1 vez es, aparentemente, zona de. lo.verdadero, pero. que
-. se niega a sí mismo. en su .intención, Así, la percepción resulta le inesencial,
pero. los pasos no. son causales, ni lineales: en forma circular se encuentran
implícitos en elconcepto mismo.
Al lado. de estos ejemplos, que pretenden .insiauaren qué consiste.la
primera dificultad de una.lectura de Hegel, cabría mencionar una peculia-
ridad más: el uso. del reflexivo, detalle de apariencia simplemente estilística
y formal, que Hegel usa en forma diferente de la habitual en la litefat.\Id;a
alemana yen ellenguaje culto. de su tiempo. y que resalta contanta fuerza,

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que algunos hegelianos de hoy (Theodor Wiesengrund Adorno, por
ejemplo, quien, bien es cierto, lo heredó también de la peculiar sintaxis y
puntuación que quiso introducir en un tiempo Walter Benjamin, el
profundo comentador de Hoelderlin) lo han tomado como emblema
estilístico de su profesión de fe filosófica. El reflexivo "se" (sich} se coloca,
con los verbos compuestos, aliado del auxiliar; el complemento, aliado
del verbo principal: "er hat sich in seinen Werden aufgehoben", o "er
hebt sichin seinen Werden auf", para citar un ejemplo de un verbo
separable. Este uso tiene -según informan las gramáticas modernas-
motivos rítmicos e histórico-gramaticales, que Hegel no respeta. Y aun-
que· un estructuralista encontraría hoy motivo diferente al que dan los
gramáticos clásicos y los históricos, el hecho es que Hegel no respeta
la "estructura" del lenguaje alemán. Hegel condena al reflexivo a gozar
de otra compañia, o bien a hacer resaltar el participio (er hat in seinen
Werden sich aufgehoben) o el objeto (er hebt in seinen Werden sich
auf), diferenciación sutil esta última en la que no se sabe qué quiere
hacer resaltar el escritor. También aquí, pues, el mundo del sentido
común al revés, el desorden de una gramática que, como sus portadores,
sólo quiere el orden. El uso, empero, no es excepcionalmente frecuente o,
al menos, se ve a la sombra de irregularidades mayores, pero es posible que
entre los motivos que lo impulsaron a hacer tal excepción, aparte de los
puramente expresivo-filosóficos, se encuentre el que un "Fürsich" y un
"Ansich" -palabras claves también- podría producir con el reflexivo
efectos por lo menos cacofónicos. Más posible es, empero, un motivo que
cabría llamar dialéctico: el reflexivo es reflexión en sentido literal, y es
también reciprocidad. La colocación hace resaltar, por su irregularidad,
estos dos, principalmente el último de los dos sentidos. El uso del
pronombre reflexivo en su valor "reflejo-recíproco", sí así cabe llamarlo,
sería un reflejo gramatical de la idea del Espíritu, que "es el movimiento del
conocer, la transformación de la substancia en sujeto, el círculo retro-
andante en si, que presupone su comienzo y sólo al final lo alcanza". En el
"sich" como reflejo-recíproco cristaliza Hegel sintáctica y gramatical-
mente este círculo que es el Espíritu. Es de notar el hecho de que el reflexivo
con tal función sólo se encuentra en tercera persona. El Yo y el Tú caben en
la tercera persona del plural: la sociedad, un "ellos" más modesto que el
"nosotros" íntimo. Por lo demás, para Hegel sólo hay un Yo, el de Fichte, la
"falsa subjetividad", madre de la "conciencia infeliz"; o el Yo de Hegel,
como Napoleón gerente de la Historia Universal,aunque en el filósofoel Yo no
cabalgue por los campos de Europa triunfalmente, sino se esconda tras la
razón histórica y crítica. Pero esta aparente soberbia no da la razón a las
protestas fervorosas de Kierkegaard. Al individuo no lo salva su
aislamiento; él se constituye como tal en la reciprocidad de su condicio-
namiento social y de su especificidad singular, o dicho con palabras
favoritas de Hegel, en la dialéctica de lo Singular y lo General. De paso

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cabe anotar que aquí resuena la paradoja de Rousseau: del soñador solitario
y sentimental que proclama la idea de la voluntad general, si bien es cierto
que Hegel diría, con razón, que el sentimentalismo individual y la voluntad
general son dos simples, ilusorias abstracciones. En sus escritos de
juventud, influído aún por el pietismo de su tierra natal, que es la fuente
teológica del idealismo de Schelling y de Hegel, éste concibió la recipro-
cidad como amor, de manera semejante al pastor Oetinger, edificante
pontífice suabo; más tarde, secularizada y extendida su función al mundo,
la llamó "conciliación". Uno y otro suponen la escisión que, como hecho
de la vida, constituye el menester o la necesidad de que haya filosofía.
Difícilmente podría suponerse que el amor en su metamorfosis cientí-
fica de "mediación" pudiera constituir un obstáculo tan grande para la
comprensión de un pensamiento que, como el hegeliano, está penetrado de
eros. Lo cierto es, empero, que a las dificultades de su lenguaje y de su estilo
se agregan las que propone la "mediación" in praxi. El lector se siente
navegante en un bravío mar desconocido, cuyas olas lo elevan, y acto
seguido lo lanzan contra un banco de arena inesperado, del que vuelve a
rescatarlo una ola más, cuando se creía definitivo su naufragio. Esta
imagen -que no hubiera sido imposible en un poema de Hegel juvenil-
sólo quiere dar a entender que en virtud de la mediación, que es el medio
del pensar, éste se ejerce en el mundo de los conceptos ya la vez en el de la
vulgar realidad, entre las nubes del error (lo inmediato) y el cielo de la
verdad (el camino del Absoluto). Habituado al esfuerzo de entender las
cifras lanzadas contra Kant, cuando, al cabo, cree el lector poder continuar
sin tropiezos el hilo, tiene que enfrentarse a una referencia, al terror de la
Revolución Francesa, puesta al pie de página de la sublime discusión sin
aparente continuidad. En frases subordinadas, en un lugar, pues, en que no
se espera más que una modesta aclaración complementaria de la frase
principal, coloca Hegel pura y simplemente el Absoluto y hace que así "esté
entre nosotros, pues si no estuviera entre nosotros, ¿cómo ibamos a
buscarlo?". El memorable y fundamental capítulo sobre "Señor y Esclavo"
de la Fenomenología (por no citar el de la sociedad burguesa en la
Filosofía del derecho) habla de la dependencia e independencia de la
conciencia en su recíproca y negativa relación, y apenas cabría la sospecha
de que tras los dos coneptos puede asomar de pronto el par de personajes
de Jacques Le fataliste, de Diderot, los Quijote y Sancho de la Ilustra-
ción francesa (o, mejor: sus dos Sanchos), en quienes Hegel resume las
inconciliables contraposiciones del pensamiento y de la sociedad ilustra-
dos, las que luego vuelven a referir a las contraposiciones inconciliables
que según Hegel atormentan el pensamiento de Kant. A esta riqueza de
material la llama, con razón, Hermann Glockner "asimiento problemático
universal" (la única denominación afortunada de este laborioso investi-
gador, por lo demás desafortunado en su sentimental interpretación
irracionalista de Hegel) o "conoción de problemas del universo". En

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realidad, con nombre menos laberíntico, es el tránsito de la "metafísica" a
la "física", en el sentido literal griego de los términos, y su reciprocar -
para usar aquí un vocablo acuñado por Xavier Zubiri, en otro contexto-o
Este tránsito brusco de la "metafísica" a la "física" y a su vez de la física a la
metafísica es, si cabe decir, su "reciprocación". En alemán se dice, en
sentido hegeliano, Vermittlung, traducido literalmente: mediación. Physis
y metaphysis están intermediados o, con otras palabras: con-crecen. De
ahí el que para Hegel, 10 que parece más concreto, la physis pura, es en
verdad lo más abstracto, lo más general, porque no está intermediado, no
ha crecido con la metaphysis, porque está abstraído de su concepto.
Concepto en Hegel no proviene sólo de concipere, sino del alemán medio,
que designaba el ambitus urbis y en el Meister Ekardt, alcance, amplitud,
órbita y summum; y para entender el concretum hegeliano podría decirse
que el concepto es el ámbito de la cosa. Lo concreto es lo intermediado; no
hay nada que no sea intermediado, o todo es dialéctico. De ahí la frase
escandalosa que ha causado hasta una guerra mundial en su interpretación
irracionalista: "lo racional es real y lo real es racional". Suponer que el
secreto y ocasional jacobino Hegel pretendió con esta frase del prólogo a
su Filosofía del derecho glorificar el Estado prusiano -como lo supuso y
lo difundió su acre, aunque a veces amable biógrafo Rudolf Haym- es
tanto como creer que el movimiento de reciprocidad "real-racional" no es
movimiento, sino el abrazo conformista de la razón esencialmente
dinámica con el Estado de oportunista platonismo. No Hegel, sino Haym,
glorificó el Estado prusiano al convertirlo en arquetipo que supuestamente
se justifica por la razón. Haym pasó por alto que es la racionalidad de lo
real la que impulsa toda transformación, y que la escandalosa frase
implica, por eso, la superación de aquel Estado. Nada hubiera sorprendido
más al liberal biógrafo de Hegel que el hecho de que fue Marx, y no sus
liberales copartidarios, quien en una de sus Tesis sobre Feuerbach sacó las
consecuencias de su malentendido. "Los filósofos -concluyó Marx de la
malinterpretación difundida de Haym- han interpretado diferentemente
al mundo; lo que importa es transformarlo". Si lo reales racional y lo
racional es real, la diferente interpretación del mundo es ya su incesante
transformación, y no sólo la opinión de Hegel en la Filosofía de la historia
da testimonio de ello. ¿No fue acaso la diferente interpretación hegeliana
del mundo la que abrió las puertas a su actual transformación, no sola-
mente la que se funda en la idea del progreso, sino la que va más allá y se
reconoce seguidora del hegeliano Marx?
Más que ningún filósofo, Hegel exige su lectura total. El es quizás el
único cuya lectura reclama luego el olvido. Hegel no es susceptible de
resúmenes -él mismo fue el primero en rechazar decididamente toda
exposición de puntos de vista; rechazo que más tarde Nicolai Hartmann,
tan acertado por lo demás en su interpretación de Hegel, modifica al
hablar de una filosofía problemática y una filosofía sistemática, la de

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puntos de vista, para cuya designación adverbial y adjetiva creó el
horrorosamente burocrático vocablo "standpunktlich"=. "Lo verdadero
es la totalidad", dice en el prólogo a la Fenomenología: no solamente la de
sus obras, sino la de todos los minuciosos momentos que la constituyen. Su
pretensión absoluta no proviene del convencimiento, habitual o supuesto
en otros pensadores, de que sus meditaciones son evidentemente la verdad.
Tal no fue su soberbia. El lector de Hegel, que no se entregue a la
dictatorial exposición del Aristóteles de Berlín, se cierra el camino de su
comprensión. Quien, después de su lectura, lo olvida, tendrá que decidir
ante la alternativa de ser hegeliano o simple e irritado doxógrafo o, como
Kierkegaard, de recluirse en los altos de su desesperante y desespe-
rada subjetividad, o, como Marx, de realizar esa filosofía, es decir, de
convertirse en agente revolucionario del Espíritu convertido en su reverso.
Sin orgullo vano por la altura que había logrado, Hegel debió tener
conciencia de ello. "Lo verdadero es el vértigo báquico en el que no hay
miembro que no esté ebrio, y porque todo, al deslindarse, se disuelve
inmediatamente también, es ello la transparente y sencilla quietud". Nada
más ajeno a estas danzas que la corrección británica de un Bosanquet en su
trinitaria estética, o la idea de un Hegel encubridor de algún secreto, que
pretendió descubrir el fantástico Stirling. Sin renunciar a la exacta lucidez
de la razón, fueron más bien los poetas quienes supieron seguir la huella
vertiginosa de Hegel: el hermético Mallarmé, por ejemplo, cuya lectura de
Hegel fue precaria -por no llamar de otra forma el conocimiento que a
través de Villiers de l'Isle-Adam tuvo el pagano poeta, del filósofo quien se
hubiera revolcado en su tumba si hubiese sabido que en la veneración de
esos franceces compartía con Richard Wagner un lugar de apasionada
admiración- es más hegeliano que el laborioso holandés Bolland, padre
afamado del renacimiento de los estudios hegelianos en el umbral del siglo
presente. "La astucia de la razón", que al decir del idealista se sirve de las
pasiones para lograr sus objetivos nada pasionales, alcanza por el camino
de la poesía lo que le niega el conocimiento filosófico de aspiración
científica: el conocimiento verdadero del Espíritu absoluto Tout au monde
existe pour aboutir á un livre, sentenció Mallarmé, una frase que con el
mismo gesto dictatorial hubiera podido pronunciar Hegel sin traicionar una
sola línea de sus escritos. Resumiéndolos en este sentido, el joven Marx se
admiraba en su disertación doctoral que después de una filosofía total
como la de Hegel aún pudieran existir seres humanos. Todo en el mundo
había existido para desembocar en el Absoluto hegeliano. Aunque en su
Estética dice Hegel que la poesía habla en imágenes y la filosofía en
conceptos, e insinúa con ello la fundamental diferencia entre las dos, la
división entre poesía y prosa, entre el corazón y una realidad ordenada
prosaicamente, la verdad que él anuncia ha de leerse como un poema:
filosofía y poesía descansan en sí mismas.

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Sin embargo, se ha dicho,y con razón, que no hay filosofía que sea en
grado tan eminente filosofía de la Revolución Francesa como la de Hegel.
Hasta el experto en textiles y comercio. Engels, no tuvo inconveniente en
anunciar, con ademán de provinciano pequeño burgués, que sus aventuras
con la dialéctica podían invocar el involuntario patrocinio (de parte de
los pretendidos patronos) de Kant, Fichte y Hegel, y por un movimiento
tan dialéctico como la dialéctica que él encontró en la Naturaleza, llegó a
identificar sus peripecias con las del movimiento obrero y el socialismo.
Aunque esta afirmación resulta una aventura más de Engels (la "hominiza-
ción del chimpancé", para decirlo con el título de uno de sus folletos
científicos), lo cierto es que la dialéctica de "Señor y Esclavo", el concepto
de "enajenación", la descripción crítica de la sociedad burguesa de Hegel),
sin los que Marx no hubiera podido construir su fenomenología del
Espíritu al revés, esto es, su fenomenología de la cosificación humana, bajo
el imperio de las mercaderías y de los mercaderes (en que consiste el primer
tomo de El Capital), son frutos evidentes de esa filosofía de la Revolución
Francesa. Pero la sustancia poemática de su pensamiento no excluye ni se
contradice con el elemento político de su experiencia intelectual. No sola-
mente porque la totalidad que piensa Hegel es una totalidad real, en la que
caben los supuestos extremos contradictorios, sino, sobre todo, porque
poematización y politización de la filosofía constituyen dos aspectos
esenciales y confluyentes de una misma corriente: la que lleva a la filosofía
a su disolución cuando ésta pretende, como lo hizo desde Leibniz y Kant,
ser filosofía como ciencia rigurosa. Richard Kroner aseguró que "entender
a Hegel quiere decir que no se lo puede sobrepasar. Si, sin embargo, hubiera
aún un post-Hegel, sería preciso entonces un nuevo comienzo". Ese nuevo
comienzo ha sido un paso atrás: el reiterado descubrimiento de los orí-
genes griegos del pensar, que celebran en Hegel su primera y grande
resurrección, aunque Hegel mismo no deja de envolverlos en su vorágine y
no los muestra en su clásica figura, sino pasados por su "viernes santo
especulativo". Justamente, su fuerza obliga a la filosofía a una revisión
fundamental de sus funciones y de su tarea. Lo cual no quiere decir que,
por ejemplo, el pensamiento "repita" desde el presente lo que hace siglos
pensaron Parménides, Heráclito, Platón, o que éste, resuelto a una
romántica restauración, se arme con las armas de los griegos para contra-
poner aquellos contenidos arcaicos a las vanas y pedantes pretensiones de
uno o de varios neopositivismos. Hegel mismo fue el primero en advertir la
irrepetibilidad de lo que ha sido. El nuevo comienzo significa más bien una
exigencia: que la filosofía vuelva a hacerse merecedora de su nombre, esto
es, crítica permanente, y que no se reduzca ni se satisfaga con el confor-
mista sofisma según el cual "el mundo es todo aquello de lo que hay caso" y
"el mundo es la totalidad de hechos, no de cosas" (contraposición igual-
mente empírica y conformista), y que consecuentemente concluye con esta

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frase: "mis oraciones explican por qué aquel que me entiende las
encontrará, al final, insensatas, cuando él las haya superado gracias a ellas
(insensatas o que han perdido el sentido). Por así decir, debe arrojar la
escalera después de haber subido por ella", y con esta recomendable -y
por esto tan popular y sólo popular- confesión de modestia: "sobre
aquello de lo que no se puede hablar ha de callarse" (Wittgenstein). Este
brillante y peculiar pensador -en menor grado, es cierto, que sus snobs
partidarios: los que suponen que la exactitud proporcionada por los
números justifica todo conformismo y no reparan en que tras esa
pretendida cientificidad decimonónica se oculta el desaforado irraciona-
lismo místico de los números mezclado con burocrático entusiasmo
clasificador- sería la más ilustre comprobación histórica del veredicto de
Hegel sobre el saber inmediato o saber de lo inmediato, sobre el saber de un
mundo que sólo consiste en hechos,facts -información y su consecuente
propaganda-: "de noche todas las vacas son negras", dice con un refrán
Hegel en su Fenomenología a propósito de los empiristas. Si el mundo es el
conjunto de hechos, el paso siguiente es el de su manipulación, y su saber
correspondiente es, cuando no el entusiasmo prefilosófico de la "lógica" de
las ciencias naturales, el uso de la propaganda. Por el contrario, la filosofía
como crítica permanente es la transformación del mundo, no su
ornamentación monumental y acomodaticia: como todo es fact, y el
entendimiento lo afirma, la felicidad no ha de consistir en un mundo
mejor, pues la felicidad no cabe en el concepto áefacts, sino en unosfacts \..
mejor aderezados, aunque el mundo siga en un permanente status quo. No
cabe duda que la certeza sensible se siente satisfecha en este mundo de ,j

facts, que es el suyo propio: de ahí la permanente glorificación del status '.
quo como su último y más deseable estadio; de ahí, de su satisfacción, el
gesto absoluto con que rechaza y clasifica de acientífico todo lo que no sea
conformismo tecnocrático. Un Popper, por ejemplo, resucita un "raciona-
lismo ilustrado" -postulado que no es consecuencia de su filosofía- para
poder condenar, intolerantemente, todo pensamiento diferente al suyo.
"La miseria del historicismo", "La sociedad abierta y sus enemigos": los
títulos indican ya la sentencia: el que no está conmigo, está contra mí. Al
cabo, el dictatorial Hegel, con más humor e ironía, es menos irritado y
menos dogmático que los abanderados de una libertad y una razón, que
sólo sirve para socavar la libertad y la razón. Hegel no fue suicida.
En Hegel, el nuevo comienzo de inspiración griega enmarca a la
filosofía entre la estética y la política, entendidas en su amplitud más vasta.
Su más significativo símbolo es la interpretación de la Antígona de
Sófocles en la Fenomenología. en la Filosofía del derecho. en la Historia
de la filosofía. en la Estética. en la que la llama "la más noble", la
"gloriosa", la más grande figura que haya aparecido sobre la tierra. La
mención entusiasta de Antigona, en cuyo conflicto con el ilustrado y
leguleyo Creón Hegel ejemplifica la dialéctica de la sociedad, de la historia

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y del Estado y, en dependencia con ella la dialéctica de la tragedia, esto es,
de un fenómeno estético-político (hoy se diría plebeyo, en el sentido
jacobino de la palabra; Goethe, enfurecido por la victoria que infligió
Dantón a la principesca alianza en Valmy, llamó "sansculotismo literario"
a los primeros románticos, plebeyos y jacobinos "idealts") y determina,
además. su propia posición: el proceso de negación reciprocante y la
implícita trascendencia de lo negado en que consiste la dialéctica, corre
paralelo al conflicto de autoescisión y autoconciliación permanentes en
la "naturaleza social-moral" (en la sociedad), en que, a su vez, consiste la
tragedia. El odiado "sistema" no es otra cosa que la escenificación trágica
del pensamiento. Nunca sometió Hegel la realidad al yugo de un principio
del cual se deduce violentamente el todo de la misma. Por el contrario, su
idea de lo concreto obligó al pensar a que descendiera de la ciega cosa en sí
a lo que es "en sí" y "para sí", como Hegel llama la apropiación de sí
mismo, y que en vez de sublimes, pero fugaces ultimidades. escogiera como
punto de partida los "más bajos menesteres del hombre". De ningún
filósofo se conoce frase semejante a la que Hegel escribió siendo jefe de
redacción de un periódico: "La lectura del diario por la mañana es una
especie de bendición realista temprana". Pero justamente en ese cotidiano
y mañanero encuentro con la realidad vulgar y común surge para Hegel la
presentación de la tragedia: la conciliación mediadora (es decir, por la
negación reciprocante) del concepto con la realidad, en que consiste el fin
último y el interés de la filosofía, según se lee en su Historia de lafilosofia.
No se podrá negar, pese a todo, que la lectura de Hegel no sólo es
excepcionalmente difícil, sino tormentosa. Que aunque ha de leerse como
un poema y presenciarse como una tragedia griega, su obra procura todo,
menos placer estético inmediato. Que, como apunta Theodor Wiesen-
grund Adorno, el único hegeliano que escribe, en este sentido, como Hegel,
"en el ámbito de la gran filosofía es Hegel por cierto el único ante el que
literalmente no se puede saber a veces de qué habla y en el que no hay
garantía de la posibilidad de una decisión sobre ello". Adorno, cierta-
mente, no pone en la cuenta de las dificultades el hecho de la impureza
filológica de los textos de Hegel, a la que habría que agregar la impureza
filosófica de los hegelianismos tradicionales y aun el de izquierda y muy
tímidamente marxizante de Adorno mismo. Hermann Nohl, por ejemplo,
quien editó a comienzos de siglo numerosos fragmentos juveniles bajo el
equívoco título de Escritos teológicos de juventud, presentó un texto de
apariencia unitaria compuesto de fragmentos de diferentes épocas; o el
meritorio Hoffmeister, Colón de la filología textual hegeliana, y el pío
Reverendo Lasson, al dar a conocer las lecciones de Hegel en Jena bajo el
título de Filosofía real de lena, no llenaron las lagunas de los manus-
critos con discretos puntos suspensivos -los que habría dejado Hegel al
interrumpir la redacción del manuscrito- sino con el salto mortal de una
continuidad inexistente. Peor aún procedieron en este respecto algunos

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"discípulos del finado", como se llaman con ambigua modestia los
primeros editores de la obra completa, quienes en nombre del "hegelia-
nismo" -que ellos mismos inventaron- completaron con interpolaciones
de su propia y de ajenas plumas, siguiendo el presunto Espíritu de Hegel,
un "sistema" de filosofía sobre cuya posibilidad el maestro mismo no había
tomado decisión alguna, y que por eso convirtieron el genial esbozo en
presuntuosa plenitud. Tan pertinaz es la permanencia de ese "hegelianis-
mo", que Adorno no tiene inconveniente en utilizar la Enciclopedia con los
agregados voluminosos de los discípulos: aunque su observación es cierta,
no habrá de sorprender Quea veces le parezca que en Hegel es difícil saber
de qué habla en algunos párrafos. Más que en Kant, pues, es preciso
atender a la "filologia textual" hegeliana, para no dar por confusión
hegeliana lo que es palidez de algún Gans, Marheinecke, Gustav Hotho o
el mismo y fidelísimo Rosenkranz. Pero este cuidado tiene un aspecto
positivo: es preciso poner entre 'paréntesis, provisionalmente, la lectura
genética de Hegel, como la DUSO de moda Dilthev, es decir, renunciar a los
Escritos teológicos, a las Lecciones de lena, a la inflada Enciclopedia
berlinesa que en la edición de los modestos discípulos del finado y en la
usual reimpresión de la misma por Glockner, conocida como Edición de
Jubileo, figura con el admirable pero inexacto título de Sistema de
filosofía y que abarca hasta tres tomos; y es preciso renunciar también a las
conferencias o lecciones sobre Filosofía de la religión, Filosofía de la
historia y Estética, así como a los escritos editados por Lasson Sobre
filosofía del derecho y política o, al menos, utilizarlos con detallada
precaución. Es preciso, pues, reconstruir el pensamiento hegeliano en la
figura que le dio Hegel con los escritos publicados por él mismo -un
mandamiento elemental de trabajo filológico-histórico que, curiosamente,
en Hegel nadie cumple. 1:.sta serie de trabajos -los no editados por
Hegel- llena lagunas inexistentes en el proyecto intelectual hegeliano, da al
pensamiento una conclusión y un dogmatismo que nunca llegó a tener
realmente. La reconstrucción del pensamiento .de Hegel, tal como él
mismo la trazó, deja al lector un campo abierto y da a este pensamiento un
valor de permanencia, el de lo inconcluso. Los trabajos no publicados por
Hegel sólo conviene utilizarlos después de conocer los que éste consideró
de necesaria publicación. Al revés de Engels, quien recomendaba leer, en
los ratos perdidos quizá, la Estética, de Hegel como adecuada y preciosa
introducción a su pensamiento, es preciso comenzar con los primeros
escritos del Anuario crítico de filosofía, como el de la Diferencia de los
sistemas de filosofía de Fichte y Schelling, en el que Hegel delimita su
posición dentro del pensar contemporáneo, y esboza su concepto de
"escisión" como hecho fundamental de la vida y origen del pensamiento, o
el de la Esencia de la crítica filosófica que da a conocer a los interlocu-
tores de su diálogo y su polémica y permite reconocer los problemas a los
que más tarde se refiere sin explicitar su viejo contexto, o el titulado Fe y

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saber y Sobre los modos de tratamiento del derecho natural, en los que
se podrá conocer la problemática de "entendimiento" y "razón", filosofía
de la reflexión y su interpretación de la tragedia, así como el germen de la
dialéctica. Todos estos trabajos explican, junto con la Propedéutica
filosófica, escrita muy posteriormente, los tópicos integrados en la
Fenomenología del espíritu, al final de cuya lectura es preciso cursar el
famoso prólogo que resume lo alcanzado en el libro y tiende el puente a la
Lógica. No la Filosojia del derecho, sino la Enciclopedia con sus corres-
pondientes apéndices, debe leerse al final del esfuerzo.
"Lo primero a lo que hay que aprender aquí es a estar erguido". "Si el
aprendizaje se reduce a mera receptividad, su efecto no sería mucho mayor
que el de si escribiésemos frases sobre el agua". Hegel exige para su lectura
que el lector se "ponga en el ámbito de su fuerza" y a la vez que aprenda a
estar erguido y a ser contrincante virtuoso. Lo que las dos frases citadas
proponen es, en su conjunta actividad, aquello que Hegel llama Selbst-
denken, pensar por sí mismo. Tal es en último término la rebelde invitación
de toda gran filosofía.

(1968)

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