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ALFREDO LÓPEZ AUSTIN Disciplina o

Especialidad

Han transcurrido poco más


de 30 años desde aquellos
días en que un reducido gru-
po de alumnos nos inscribimos
al curso de lengua náhuatl, en
el Colegio de Historia de la
Facultad de Filosofía y Letras,
a cargo de Alfredo López Aus-
tin. El aprendizaje de esta len-
gua, sin duda la vía correcta
para comprender la cultura
de los antiguos mexicas, era
para nosotros empresa cierta-
mente compleja. Quienes du-
rante aquel año tuvimos la
fortuna de asistir a ese curso, tratamos en la medida de nuestras
escasas posibilidades, la juventud a veces traiciona, de atender, de
comprender, de adentrarnos en las enseñanzas de Alfredo López
Austin, cuyas clases eran el producto de un conocimiento profundo
de las estructuras gramaticales y del léxico de esa lengua que ya
desde entonces nuestro profesor poseía. Para algunos de nosotros,
ese curso fue una influencia importante en la definición de los
particulares intereses que nos permitieron, en el inmenso mar de
la historia, definir los pasos que a la postre nos llevarían a una
especialización.
El alumno es curioso por naturaleza. Aunque no lo reconozca,
siempre se interroga respecto de sus profesores. Siempre quiere saber
un poco más sobre aquél cuya tarea es la siempre delicada transmisión
del conocimiento. Preguntas aisladas, que se dejaban caer como una

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piedra en tranquilo estanque, nos permitieron ir descubriendo muy
paulatinamente a Alfredo López Austin.
Esta su semblanza es un producto de tales pesquisas, enriquecida
con el conocimiento que de él me ha dado, primero, la amistad con
que me honra y, segundo, la lectura de muchos, acaso los más impor-
tantes de sus trabajos. Reconozco que el universo de mi maestro es
infinitamente más amplio que lo que aquí de manera tan imperfecta
comparto con quien esto lee. Alguien con mejores dotes habría sin
duda entregado un texto que mostrara a Alfredo en la plenitud que
deja siempre percibir como persona y como ser humano que ha hecho
de su vida el cultivo del conocimiento del ser que todos somos, del
hombre.
Alfredo López Austin viene del Norte, de Chihuahua, de Ciudad
Juárez, para mayor precisión. Nació en aquellas regiones de desiertos
y climas extremos que fraguan de manera tan peculiar el espíritu de
quienes ven el mundo por primera vez en esas latitudes. La primera
parte de la vida de mi maestro fue muy rica, envidiablemente rica en
experiencias. Cuando recuerdo alguno de los pasajes de aquellos tiem-
pos que más de alguna vez él mismo me ha referido, no puedo dejar
de pensar en un poema de Constantino Cavafi, Viaje a Ítaca, en el que
la importancia de esa isla no reside en ella misma, sino en el viaje que
brinda a quienes se embarcan teniéndola por destino. Para llegar a ella
es necesario surgir en muchos puertos en los que pueden ser adquiri-
dos mil productos, los mejores: maderas preciosas, esencias finísimas,
telas de suave textura, joyas impecablemente trabajadas y, también,
conocimientos que sólo pueden beberse de la boca de los sabios.
Creo sinceramente que Alfredo López Austin, piensa, como yo,
que esa época de su vida fue como el viaje a Ítaca que el poeta describe.
Sólo que la gran diferencia es que en el canto de Cavafi, la isla, destino
final, es pobre y para Alfredo la ínsula a cuyo puerto llegó su nave es
inmensamente rica, tanto o más que los puertos que tocó durante el
viaje. Esa isla es la antropología, sin calificativos, en su prístina acep-

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ción, aquella que tiene por objeto de estudio al hombre esencial, en su
pasado y su presente, en su continuo actuar.
Uno de los primeros frutos de este arribo es un libro en el que
López Austin se acerca al México antiguo, a los mexicas en particular,
a través del estudio de las instituciones jurídicas que le fueron propias.
La obra en cuestión, La constitución real de México-Tenochtitlan, cons-
tituye un verdadero puente entre su profesión de origen, la abogacía,
y la historia que abrazaba ya de manera definitiva. Fue también, este
trabajo, el fruto de sus participaciones tanto en el seminario de cultura
náhuatl, fundado y conducido todavía en ese entonces por el padre
Ángel María Garibay K. con la colaboración de Miguel León-Portilla,
ambos profundos conocedores del mundo indígena, como en el semi-
nario de derecho constitucional que dirigía Mario de la Cueva, reco-
nocido jurista universitario.
Tiempo después, mi maestro dejó de manera definitiva su tierra
natal y con ella su profesión de abogado. Vino a vivir a la Ciudad
de México e ingresó al Instituto de Investigaciones Históricas de la
Universidad Nacional Autónoma de México. La carrera académica
que entonces inició no ha dejado de fructificar ni en trabajos cuya
trascendencia es en verdad incuestionable, ni en una labor docente
desde donde de continuo transmite, a quienes tienen la fortuna de
seguir sus cursos, conocimientos frescos, producto de sus prolijas in-
vestigaciones.
Desde los inicios de su carrera, Alfredo López Austin ha realizado
y publicado sobresalientes traducciones directas del náhuatl de pasajes
importantes que se encuentran en distintas fuentes originales, entre los
que podemos citar señaladamente los provenientes de la obra de fray
Bernardino de Sahagún y del corpus de textos relacionados con ella.
Dichas versiones, además de servir de base a sus investigaciones, han
sido fuente inagotable de conocimiento sobre el México antiguo para
quienes ignoran o conocen precariamente la lengua de los antiguos
mexicanos. Ello constituye a todas luces una labor digna de encomio.

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La traducción de los textos antiguos es tarea compleja y delicada, pues
requiere no sólo del conocimiento de la lengua y la historia indígenas,
sino de la conciencia clara de la utilidad de tales trabajos, ya que en la fide-
lidad de las versiones que se realizan, otros estudiosos fincan no pocas
de sus explicaciones con las que esclarecen el pasado prehispánico.
Hombre-dios, obra presentada originalmente como tesis de maes-
tría en historia de México en la Facultad de Filosofía y Letras y publicada
en 1973 por el Instituto de Investigaciones Históricas, es ya clásica entre
los estudiosos de la cultura prehispánica. Allí López Austin aborda, a
través de una extensa revisión de fuentes originales y trabajos contem-
poráneos, el problema que significó, en el ámbito del México antiguo,
la estrecha relación entre el ejercicio del poder y la religión. La tras-
cendencia de este trabajo se debe, por un lado, a la profundidad que
alcanza en ella el tratamiento de tal problema y, por otro, al enfoque,
fresco y novedoso, a través del cual el autor se acerca al tema.
La relación que el hombre prehispánico estableció con su cuerpo
y sus enfermedades constituyeron una vertiente importante de las in-
vestigaciones de Alfredo López Austin. El acercamiento a estos temas
significó el estudio no sólo del cuerpo humano, según lo concebían
los prehispánicos, sino también de la medicina propia de ese universo, lo
que incluía los métodos terapéuticos tradicionales que contemplaban
el uso tanto de una farmacopea natural muy avanzada, como de re-
cursos mágicos y religiosos. Las rutas de este universo que recorrió mi
maestro le permitieron publicar un buen número de artículos y alguna
antología de textos. Lo que durante esos años sembró dio frutos al cien
por ciento, pues llegado el tiempo de la cosecha pudo producir una
obra de muy reconocida importancia.
En efecto, el trabajo que Alfredo López Austin presentó como te-
sis de doctorado mereció el reconocimiento no sólo en nuestro país,
sino más allá de sus fronteras. Publicado en 1980 por el Instituto de
Investigaciones Antropológicas, adscripción actual del autor, Cuerpo
humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas, constituye

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para muchos de nosotros un verdadero parte aguas en los estudios
mesoamericanos. En esta obra, el autor se aplica con gran rigor al
estudio de los sutiles vínculos que los antiguos nahuas establecieron
entre su realidad corporal, la realidad social y el cosmos. Las conclu-
siones a que llega López Austin son en verdad importantes y nos han
permitido ver con ojos renovados la manera como los nahuas se pen-
saron y se explicaron a sí mismos como parte de ese todo orgánico y
complejo que es el cosmos. Se trata de una obra de madurez, en la
que el autor de manera magistral revisa numerosas y muy diversas
fuentes y se adentra en el contenido, no siempre claro, de los vocabu-
larios del náhuatl, para buscar empeñosamente aquellos rastros que,
relacionados con esta particular problemática, sin querer dejaron los
antiguos mexicanos en sus testimonios y que Alfredo ha sabido leer
atinadamente para reconstruir con ellos el universo en el que aquellos
hombres concebían su existir.
Los mitos del tlacuache es una obra magistral. En ella Alfredo López
Austin se adentra en las profundidades del universo mítico de los an-
tiguos mesoamericanos, universo sembrado de incontables arcanos,
guiado por un pequeño marsupial, el tlacuache, y apoyado por in-
numerables testimonios que provienen tanto de las antiguas crónicas,
como de la arqueología, la iconografía, la etnografía. El ejercicio de
explicación que lleva a cabo mi maestro en esta obra lo conduce a con-
clusiones que han sido para todos nosotros verdaderamente impor-
tantes, pues logró atar cabos que parecían para siempre confinados a
permanecer desunidos. Esta obra le valió el merecido reconocimiento
de los más célebres especialistas de “los cuatro rumbos del universo”.
Apareció después otro texto no menos importante. Se trata de
Tamoanchan y Tlalocan. Una vez más López Austin puso en claro im-
portantes elementos del universo mesoamericano que hasta entonces
habían permanecido en la oscuridad, o cuando mucho levemente ilu-
minados por hipótesis que parecían improbables. Aquí, a través de la
elaboración de una delicada urdimbre, en la que se entretejen de nue-

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vo finos hilos, cuyas madejas de origen son tanto el cuidadoso análisis
lingüístico de antiguos textos en náhuatl y el prolijo acercamiento a
los testimonios iconográficos, que los hombres de otros tiempos nos
dejaron ya en sus códices ya en sus monumentos, como el estudio de-
tenido de lo registrado en las viejas crónicas originales y en los materia-
les recuperados por los etnólogos contemporáneos. El manejo de todo
ello sólo puede llevarse a cabo si el conocimiento de los elementos que
se conjugan es profundo y la experiencia para manejarlos es fruto de
muchos años de trabajo, herramientas cuyo dominio mi maestro po-
see. Con esta obra, él afianzó el prestigio bien ganado de que ya gozaba
en el ámbito de los especialistas.
Hay en mi maestro una vertiente lúdica que también ha dado sus
frutos. Un pequeño libro, impecablemente ilustrado por Francisco
Toledo, constituye la prueba de ello. Se trata de Una vieja historia de la
mierda, título que causó escándalo en algunas buenas conciencias. Allí
Alfredo López Austin recupera de manera ordenada una serie de tes-
timonios indígenas que hacen evidente que las relaciones del hombre
con lo escatológico, con lo sucio, tienen tintes y calidades diferentes
según la cultura de que se trate. Ello ya había sido percibido por los
antropólogos clásicos, pero faltaba quien recuperara las evidencias de
tal fenómeno de entre las historias de los indígenas de estas tierras.
De los trabajos de difusión que Alfredo López Austin ha escrito,
traigo aquí a colación uno que es en verdad representativo. Se trata de Un
día en la vida de... una partera mexica. Es un libro muy bello, con ilus-
traciones de muy buena factura, realizadas, en el cual Alfredo se acerca
a lectores infantiles. En él relata con lenguaje sabroso las andanzas de
una partera que durante una jornada cumple, en compañía de su nieta,
con las tareas a su cargo. Con extrema delicadeza da cuenta de los
sentimientos que despiertan en la niña las vivencias de ese día. Esta
obra, sorprendente por la sencillez de su belleza, es sin lugar a dudas
un medio para poner en contacto a las jóvenes generaciones con un
pasado que les parece cada vez más lejano.

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La obra escrita de Alfredo López Austin en muy grande y de signi-
ficativa calidad. Es fruto de un asiduo trabajo de muchos años, duran-
te los cuales ha sabido combinar las labores de investigación en muy
diversas fuentes con la reflexión cuidadosa.
Alfredo López Austin es también un maestro en toda la extensión
de la palabra. Somos muchos quienes hemos tenido la fortuna de ser
sus alumnos en el salón de clase y somos también numerosos quienes a lo
largo de muchos años nos hemos beneficiado de su saber y su bondad,
pues es interlocutor paciente, amante de la buena discusión.
Su labor como asesor de tesis es encomiable. Por muchos años se ha
dado a esta tarea tan fundamental en la formación de quienes tomarán al-
gún día nuestro relevo. En ella ha sido un entusiasta impulsor de aquellos
que poseen la madera para convertirse en prehispanistas, sin escatimar
la crítica respetuosa y creativa.
Su entrega a la Universidad ha sido absoluta, pues a su desempeño
como investigador y docente se suma su participación en cuerpos co-
legiados. En esos foros, Alfredo López Austin ha defendido su idea de
universidad. Ciertamente, ello le ha acarreado no pocas enemistades.
Sin embargo, quienes lo conocemos, aún pudiendo estar ocasional-
mente en desacuerdo con sus ideas, siempre hemos reconocido que lo que
les da origen y las sostiene es la ética, siempre admirable, que caracte-
riza a mi maestro.
Alfredo ha llegado a una Ítaca inmensamente rica, pues en ella ha
encontrado, además del conocimiento que hace al ser humano más
humano, muchos amigos y alumnos que hoy, al felicitarlo, nos felici-
tamos de contarlo entre Nuestros Maestros.

José Rubén Romero Galván

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