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ENTREVISTA CON LEONARDO BOFF

EL MARXISMO COMO HERRAMIENTA

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© Revista Comando

En esta entrevista, el teólogo Leonardo Boff, uno de los precursores de la


Teología de la Liberación en América Latina, habla sobre el legado de la
teoría marxista para ese movimiento.

Carlos Marx (1818-1883) era ateo, de familia judía y escribió poco sobre
religión. Sin embargo, en los años sesenta, su método de deconstrucción de la
naturalidad histórica atribuida al capitalismo no pasó desapercibido a sacerdotes
y laicos católicos sensibles a la exclusión social, económica y política de los
fieles de América Latina. Involucrados con el cambio y la justicia social en la
región, varios clérigos predicaron el compromiso de la Iglesia con el sufrimiento
del pueblo y fundaron la Teología de la Liberación.

Uno de los precursores de ese movimiento fue el sacerdote franciscano


brasilero Leonardo Boff, junto a los padres Gustavo Gutiérrez, de Perú, Jon
Sobrino, de El Salvador, y Juan Luis Segundo, de Uruguay. Nacido en el estado
de Santa Catarina en 1938, Boff entró en la orden de los Frailes Menores en
1959. Cursó la carrera de filosofía en Curitiba y de teología en Petrópolis y
concluyó su doctorado en teología y filosofía en le Universidad de Múnich,
Alemania, en 1970.

A lo largo de esa década, la Teología de la Liberación asumió diferentes matices


en los países latinoamericanos: sus militantes se integraron a la resistencia a las
dictaduras en Brasil, Chile, Argentina y Uruguay, dieron su apoyo a la
organización popular e incluso actuaron en guerrillas revolucionarias, como en
Nicaragua en 1979. Además de la militancia por las libertades civiles y los
derechos humanos, asumida también por una parte importante de la Iglesia de
Brasil, Boff se dedicó a desarrollar tesis teológicas, lo que le ocasionó un
enfrentamiento con el Vaticano.

En 1984 fue llamado para explicar su libro Iglesia: carisma y poder, una
recopilación de ensayos publicada en 1981, delante de un grupo de autoridades
eclesiásticas presidido por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, que luego
sería el Papa Benedicto XVI. Cuestionado por el tenor de sus tesis, Boff
respondió al cardenal que “el problema no consiste en el uso o no de algunas
categorías de tradición marxista con el objeto de descifrar los mecanismos
generadores de la pobreza del pueblo; lo que no se quiere es el cambio
necesario de la sociedad para que el pueblo pueda tener más vida”.

Condenado entonces a un año de “silencio obsequioso”, y con una nueva


amenaza de censura en 1993, Boff dejó las funciones de sacerdote pero
continuó vigorosamente sus actividades de teólogo, profesor y escritor. Tiene
más de cien libros publicados. En esta entrevista, Boff concluye: “Marx nos dejó
esta lección irrefutable: el pobre es explotado y oprimido por el sistema del
capital. Si hay opresión, lo contrario tiene que ser la liberación”.

Señor Boff, en su formación filosófica y teológica en Brasil y Alemania, ¿cuál fue


su contacto con las ideas y los teóricos marxistas? ¿Cuáles eran sus
referencias?

Cuando todavía estaba en Alemania, a finales de los años setenta, me di cuenta


de que en Brasil, un país mantenido en el subdesarrollo, yo debía hacer una
teología diferente de la que escuchaba en las salas de la Universidad de
Múnich, una teología que ayudara al país a salir de la pobreza y de la miseria de
las grandes mayorías marginadas. Mi convicción era de que las iglesias, por su
presencia vasta en todo el país, pudieran ser una fuerza de transformación
social. La dimensión social debía entrar en la reflexión teológica.

En este contexto, el primer contacto no fue con Marx sino con la Escuela de
Frankfurt: Theodor W. Adorno, Jürgen Habermas, Max Horkheimer y Walter
Benjamin, entre otros. Pero enseguida noté que aunque eran excelentes
pensadores en la línea marxista, tenían escaso compromiso social. La
preocupación de la Escuela era más teórica que práctica, diferente de la
posición clara de Herbert Marcuse. También fue importante para mí la lectura de
Antonio Gramsci, un marxista italiano diferente, pues le daba valor al aporte de
la religión y no ponía la lucha de clases en el centro de la cuestiones, sino la
categoría de hegemonía. Quien tenga la hegemonía política y moral, podrá
conducir un proceso de liberación.

Como sea, Marx nos dejó una lección siempre válida: nos mostró que el pobre
es explotado por un sistema social y de producción que valoriza por sobre todo
el capital y rebaja el trabajo. La religión habla con frecuencia del pobre y
siempre se ha preocupado por él, pero lo hace con una estrategia ineficaz:
ayuda al pobre sin dar valor a su fuerza histórica ni analizar por qué el pobre es
de hecho pobre. Marx nos dejó esa lección irrefutable: el pobre es un explotado
y oprimido por el sistema del capital. Si hay opresión, lo contrario tiene que ser
la liberación.

El estudioso marxista Michael Löwy considera que en los años sesenta hubo en
América Latina una convergencia entre elementos del cristianismo y el
marxismo. ¿Usted reconoce esa convergencia?

Michael Löwy es judío y uno de los que más conoce sobre la Teología de la
Liberación. Siempre leyó esta teología por su lado positivo y allí advirtió claras
convergencia con el marxismo: la centralidad del pobre en cuanto oprimido, la
liberación que tiene por protagonistas a los propios pobres, el sentido de la
solidaridad entre los oprimidos y, principalmente, la puesta en evidencia de las
contradicciones internas del capitalismo que, al querer aumentar el bienestar de
todos, lo hace explotando la fuerza de trabajo y devastando los ecosistemas.

¿Qué papel jugó la Teología de la Liberación en el apoyo y la organización de


los movimientos populares? ¿Había en esa práctica junto al pueblo alguna
influencia del marxismo, sea como instrumento/herramienta de análisis científico
de la realidad, sea como método de transformación social y política?

Las Comunidades Eclesiásticas de Base (CEBs), es decir grupos de católicos


de áreas rurales y suburbios que se reunían para reflexionar sobre su condición
social a partir de la lectura de textos bíblicos, fueron fundamentales para la
fundación del Partido de los Trabajadores, como ya reconoció el ex presidente
Luiz Inácio Lula da Silva. En los encuentros de esas comunidades, usábamos el
marxismo como herramienta y continuamos usándolo, como el Papa Francisco
en sus textos.

¿Se puede decir que la orientación de derecha de los gobiernos autoritarios de


América Latina en las décadas del sesenta y el setenta llevó a los religiosos
alineados en la Teología de la Liberación a adherir a una lectura marxista de la
situación? ¿Y hoy? ¿Hay algún rescate de aquella época en la actual coyuntura
política del continente?

Nos persiguieron no porque fuéramos marxistas sino porque, desde la miseria,


pedíamos transformaciones sociales. Pedir transformaciones sociales es
considerado “cosa de marxistas”. Y ahí nos confundían e identificaban con ellos.
Nuestra inspiración no era Marx, sino los profetas, la práctica de Jesús y de los
Apóstoles, y el apoyo que recibíamos de obisppoas magníficos, proféticos,
como los monseñores Helder Câmara, Paulo Evaristo Arns, Aloisio Lorscheider
y su primo Ivo Lorscheiter, entre otros. No concebíamos que los análisis que
hacíamos mediante el método de ver, situar, actuar y celebrar fueran deudores
del marxismo. Por el contrario, muchos marxistas venían a participar de las
comunidades, porque no podían reunirse en otro lado, y muchos decían: si Marx
estuviera aquí, apoyaría la opción por los pobres y el proceso de liberación.

¿Cómo analiza el legado de la Teología de la Liberación en América Latina?


¿En qué países del continente su actuación fue más fuerte y, sobre todo, dónde
sigue presente hoy?

La Teología de la Liberación nació escuchando el grito del oprimido. La opresión


exige liberación. Lo que más existe hoy es el clamor de los oprimidos, aquí y en
el resto del mundo. A partir de los años ochenta nos dimos cuenta de que no
sólo los pobres gritan, gritan también los bosques, los animales, las aguas, grita
la Tierra, porque el actual sistema de producción y consumo está dominado por
una lógica que va en sentido contrario de la naturaleza. El sistema y la cultura
del capital quieren crecer ilimitadamente. Pero un planeta pequeño, con bienes
y servicios limitados, no tolera un proyecto ilimitado. Por eso la Tierra entró en
un proceso de crisis generalizado debido al calentamiento global, al caos
climático y los fenómenos naturales extremos. La Tierra llegó al límite de sus
recursos. Ya no tiene nada en su despensa. Para garantizar el consumismo de
los países ricos, al que debemos sumarle el consumo normal del resto de los
humanos, debemos arrancar con violencia los recursos que quedan. ¿Cuándo
acabará este tipo de expoliación? O cambiamos o vamos al encuentro de un
apocalipsis ecológico.

Mientras haya pobres y oprimidos, que por otra parte están creciendo mucho
por todo el mundo, habrá lugar para una Teología de la Liberación, o habrá
espíritus inspirados en el Evangelio y en algunos principios de Marx que se
incorporarán a estos oprimidos para ayudarlos a salir de esa situación perversa.
Lo importante no es preguntar cómo está la Iglesia, sino cómo está esa realidad
para la cual existe la Iglesia.

SOBRE LEONARDO BOFF


es teólogo, escritor y profesor universitario, conocido en Brasil y todo el
mundo, ante todo por ser uno de los principales exponentes de la Teología
de la Liberación. Es profesor emérito de Ética, Filosofía de la
Religión y Ecología de la Universidad del Estado do Río de Janeiro.

AUTORA
Tânia Caliari es periodista. Vive y trabaja en São Paulo.

Traducción: Nicolás Gelormini


Copyright: Text: Goethe-Institut, Tânia Caliari. Dieser Text ist lizenziert unter einer
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