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Carta de Isaac Abad de la Estrella

sobre el Canon de la Misa a Juan Obispo de Poitiers1

A su Señor y Padre en Cristo, el siempre venerable y siempre digno de ser amado, Juan,
por la gracia de Dios obispo de Poitiers, del hermano Isaac, llamado abad de la Estrella,
que ofrece sus saludo, servicio y obediencia.
1. ¡Aquí está! Lo que tu humildad por tanto tiempo no pudo conseguir por medio de
solicitaciones frecuentemente reiteradas, tu autoridad ha obtenido inmediatamente de mí
con una sola orden. Con ocasión de nuestra reciente conversación (siento haber charlado
tanto como lo hice), me dijiste que pusiera por escrito exactamente lo que pienso sobre
el canon de la Misa cuando celebro los sagrados misterios. Cosa difícil esta; quizá,
realmente, imposible de explicar. No hay nada más huidizo que el corazón del hombre,
nada más inquisitivo. Que se aplique por largo tiempo a un solo objeto –esto le cuesta
demasiado-; y que considere la misma cosa repetidas veces bajo el mismo aspecto –esto
requiere demasiada devoción-. Pues la falta de variedad es madre de la saciedad.
Nuestro fiasco a este respecto, sin embargo, proviene de nuestra naturaleza inquisitiva.
2. Entonces la gracia de Dios condesciende a la debilidad humana, y frecuentemente da
a los antiguos textos del canon un significado totalmente nuevo. Estos textos de repente
se incendian en llamas con una luz demasiado fuerte para los pobres mortales que
somos; y nos llenamos de admiración al constatar cuán repentinamente nuestros
(nuevos) sentidos fácilmente emergen del lugar donde, no hace más que un momento,
estaban escondidos. La admiración hace ensanchar el corazón, como está escrito: Tu
corazón se admirará y se ensanchará (Is 60,5). Y este ensanchamiento del corazón crea
un lugar para la devoción, dilección, y deleite que ahora lo llenan, como dice el
salmista: Abre tu boca y la llenaré (Sal 80,11). Pero mientras repasamos estos textos
antiguos –textos más luminosos a los ojos que la misma luz, y más dulces que la miel y
el panal (Sal 18, 11), sucede que a veces nuestra experiencia de dulzura se oculta, como
dice el salmista: ¡Qué grande es la multitud de tu dulzura, Señor, que has ocultado para
los que te temen! (Sal 30, 20) – es decir, para que te teman.
3. Pues este último ocultamiento engendra un temor muy horrible; el horror da lugar a la
pesadumbre, y la pesadumbre a los gemidos y a los suspiros y a la queja interior más
penosa de lo que se puede contar: de tal manera que lamentamos haber perdido lo viejo,
tanto como nos regocijamos de haber hallado lo nuevo. ¡Ora el uno, ora el otro!
Atrapados, por decirlo así, entre dos piedras de moler. Rotos, hecho añicos, triturados:
llegados a ser, nosotros mismos, el más selecto trigo para el sacrificio de Dios.
Mezclamos la masa de trigo con las dos especies de lágrimas –esto es de compunción y
de devoción- y después la horneamos en el horno de un corazón contrito y humillado
(Cf. Sal 50, 19). Somos plasmados en panes para ser puestos delante de Dios; y éstos
hemos de ofrecerle ante todo.
4. De nosotros mismos no tenemos, beatísimo padre, ninguna constancia, ninguna
consistencia; pero el Espíritu sopla donde quiere, y lo que quiere y cuando quiere; y no
sabemos de dónde viene, ni adónde va (Cf. Jn 3, 8). Ni tampoco puede un hombre
1
Texto latino en PL 194, 1889b-1896b. Esta traducción sigue básicamente la versión inglesa del P.
Crisógono Waddell, ocso., publicada en Liturgy OCSO t. 11, nº 3, 1977, pp. 21-75, pero asumiendo la
división del texto latino corregido, facilitado por el P. Gaetano Raciti, ocso., que no presenta subtítulos.
También mantenemos las minúsculas del texto original, que la versión inglesa en algunos casos presenta
como mayúsculas; otro tanto hacemos con el subrayado o cursiva. Remitimos a notas fuera del texto los
agregados que no aparecen en el texto original.

1
recibir cualquier cosa como proveniente de sí mismo, ni tenerla por el mero hecho de
pedirla de otra persona, a no ser que le sea dada de lo alto (Cf. St 1, 17). Fue, entonces,
la mejor parte de la sabiduría, el responder a tu humilde pedido con el silencio –al
menos hasta ahora-, pues fundándome en tu orden y en tu autoridad, puedo ahora hablar.
Pero quizá la pregunta no es, cómo los cielos destilan el rocío y las nubes derraman la
lluvia, sino más bien cómo la tierra se abre para germinar al Salvador (Cf. Is 45, 8). Lo
que preguntamos no es cómo Dios, en su justicia, mira desde el cielo, sino más bien
cómo la Verdad brota de la tierra (Cf. Sal 84, 12); no lo que Dios piensa cuando nos
mira, sino lo que nosotros pensamos cuando miramos a Dios.

5. Brevemente, lo que haré es esto: consideraré cada sección del canon por separado,
según la gracia que Dios me da. Como un niño manando en el regazo de su madre,
sacaré leche afanosamente de aquellos pechos llenos, ofreciendo –niño de pecho como
soy- cualquier perfecta alabanza de la que soy capaz (Cf. Sal 8, 3). En el canon, por lo
tanto, muchas cosas diferentes son dichas y hechas, y esto de varias maneras. Yo, sin
embargo, incluyo casi todo bajo una triple acción.
6. En el sagrado canon, entonces, podemos distinguir tres acciones principales. Estas
toman lugar sobre tres altares diferentes servidos por un sacerdote sacrificante que tiene
una triple función, y que ofrece, en cierto sentido, tres sacrificios diferentes. Quizá el
arquetipo de todo esto es lo que fue mostrado a Moisés sobre la montaña como sombra
de las cosas por venir: quiero decir el modelo del tabernáculo en el desierto. Moisés
vio en lo alto lo que iba a construir en la llanura; aprendió arriba lo que iba a enseñar
abajo; aprendió de Dios lo que iba a enseñar a los hombres. Este es el patrón seguido
por el Apóstol, cuando dice: He recibido del Señor lo que también les he transmitido (1
Co 11, 23).
7. ¡Oh buen padre, piénselo! ¡Cuantos hay hoy día que transmiten a otros lo que han
recibido ni de Dios ni del Apóstol! Casi todo el dar y el recibir hoy en día es por razón
de sucia ganancia (Cf. 1 P 5, 20). Las penalidades impuestas por los crímenes son casi
siempre multas. Se hace un servicio gratuitamente, por decirlo así; no se exige ningún
precio fijo por adelantado, pero se requiere un servicio en pago, a pesar de eso. Hoy día
nuestros regalos son algo engañosos. Damos en matrimonio a una mujer embarazada,
pero alegamos que es una virgen. Este engaño no es lo que Moisés enseñó, ni Pablo.
¡No es este el modelo de la cima de la montaña!
8. Por lo tanto, el tabernáculo visto desde la cima de la montaña, es decir el tabernáculo
de Dios con los hombres (Ap 21, 3), es construido de la siguiente manera: en el atrio
tiene un altar de bronce sobre el cual se sacrifican animales; dentro del tabernáculo hay
otro altar, de oro; y este se llama altar del incienso, donde se ponen el incienso y los
aromas y otras cosas que despiden un humo de dulce olor al ser quemadas; detrás de
este altar, en el nicho más recóndito y más alto, por decirlo así, está el propiciatorio; y
esto se llama no sólo santo, sino el santo de los santos.
9. Y entonces, entre el propiciatorio y el altar de oro está colgado un velo. En la pasión
de Cristo este velo fue rasgado en dos, de manera que el propiciatorio quedó abierto y
expuesto; y este propiciatorio es el cuerpo de Cristo que en este misterio fue clavado en
la cruz, desnudo y expuesto. Entre el altar de oro y el de bronce había, en el tabernáculo
del desierto, un tabique divisorio; y en el templo, un muro. Este es el muro del cual
habla el pecador cuando toma el camino, por medio de la penitencia y del
arrepentimiento, hacia la rectitud: Con mi Dios escalaré la muralla (Sal 17, 30).
10. Pues el primer altar significa un corazón contrito y humillado; y sobre él, por medio
de la penitencia, matamos en sacrificio la vida que llevábamos en otro tiempo como
tantas bestias brutas, con todos nuestros actos irracionales. ¿Y qué sacrifico es éste, si

2
no un sacrificio a Dios de diferentes especies de animales? El pecador, a causa de su
pecado, está fuera del tabernáculo. Sólo por la debida penitencia y el arrepentimiento
puede acceder a la rectitud. Y así, en su conversión ha de hacer su ofrenda sacrificial de
estos animales. La compunción del corazón los mata; la confesión oral los despelleja, el
discernimiento del confesor los corta en pedazos; y el fuego de la satisfacción condigna
los consume.
Este altar es de bronce, y con razón; pues el bronce es oscuro y resonante. Asimismo, el
pecador arrepentido tiene que habitar dentro de sí mismo en oscuridad, mientras que su
espíritu está angustiado dentro de él, y su corazón está inquieto (Cf. Sal 142, 3-4); y si
su voz ha de ser escuchada en el cielo más alto, entonces tiene que gritar desde estas
profundidades, y gritar fuertemente. Pues así, por medio de su Dios, podrá escalar la
muralla que separa el pecado de la rectitud; pues el sacrificio agradable a Dios es un
espíritu afligido, y El no desprecia un corazón contrito y humillado (Cf. Sal 50, 19).
11. El segundo altar –el altar de oro que está adentro- significa el corazón purificado por
la penitencia y el arrepentimiento, y brillando luciente y claro con el testimonio de una
conciencia recta. Asimismo la devoción ofrece el sacrificio de rectitud, oblaciones y
holocaustos (Cf. Sal 50, 21). El no llora más las malas acciones pasadas, sino más bien
exulta en las cosas de Dios. El no gime más por las ofensas que ha cometido, sino que
da gracias a Dios por las virtudes que Dios le ha concedido.
12. El tercer altar se llama mejor propiciatorio que altar. Los ángeles aparecen aquí. No
solamente cualquier ángel, que se aparece solamente de vez en cuando a ciertos
individuos; sino loa querubines, que están siempre presentes, dominando el
propiciatorio con las alas extendidas: que significa el corazón elevado encima de la
nube de las imágenes terrenas, tal como leemos: El hombre llegará a tener un corazón
elevado en lo alto (Sal 63, 7). Pues se vive en esta vida en el cielo no meramente por
deseo y esperanza, en el grado que le es permitido al hombre mortal, por la
contemplación ininterrumpida. Olvidando las cosas dejadas atrás (sean buenas o
malas), y avanzando hacia las que están por delante, él se lanza hacia la meta, al
premio de la llamada de arriba (Cf. Flp 3, 13-15), que anhela, y se deleita en
contemplar con los ángeles (Cf. 1 P 1, 12).
13. Y así el primer sacrificio es el sacrificio del arrepentimiento, que el espíritu recto
(Sal 50, 12) ofrece sobre el altar del corazón contrito: y ésta es la compunción. El
segundo sacrificio es el sacrificio de la rectitud, que el espíritu santo (Sal 50, 13) ofrece
sobre el altar del corazón puro; y ésta es la devoción. Pero el tercer sacrificio es el
sacrificio del entendimiento espiritual, que el espíritu perfecto (Sal 50, 14) ofrece sobre
el altar del corazón elevado en lo alto: y ésta es la contemplación. La compunción
endereza y corrige lo torcido y perverso. La devoción dirige a los que han sido
corregidos, por el camino recto. Y la contemplación eleva a los que han sido dirigidos
rectamente, y los hace morar en lo alto con los ángeles. El corazón contrito padece una
crucifixión por los pecados pasados. El corazón puro se deleita en los dones presentes.
Pero el corazón elevado en lo alto contempla los premios eternos. El arrepentimiento
nos separa de demonio. La rectitud nos une a Dios. Pero el entendimiento espiritual
hace que nos deleitemos en Él.

14. Esta, entonces, es la manera como el tabernáculo de Dios es construido –un


tabernáculo no tanto con los hombres (Ap 21, 3) sino en ellos. Está claro cómo este
tabernáculo está brillantemente reflejado en el sagrado canon, donde tres sacrificios son
ofrecidos, cada uno en su turno: primero el sacrificio del servidor; después el sacrificio
del hombre libre; y tercero, el sacrificio del hombre que es una sola cosa con Dios. Pues
por medio de los divinos misterios el Hijo nos libera de la servidumbre al demonio, y

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con este fin, para que seamos unidos al Padre con el Hijo. Por esta razón el Hijo se
dirige al Padre en favor de los servidores: Quiero, Padre, que sean uno con nosotros,
como tú y yo somos uno (Cf. Jn 17, 21).
15. Todo el propósito de la celebración de los misterios celestiales está en función de
este fin: para que seamos unidos al único Dios por Cristo sin fin, y que nos deleitemos
con Él. Pues aunque hay un solo pan, y un cuerpo, nosotros mismos somos muchos.
Pero no tenemos muchas cabezas, sino una sola Cabeza; y la cabeza de Cristo es Dios
(Cf. 1 Co 11, 3). En cuanto que nosotros, aunque muchos, somos unidos por el Uno, y
unidos al Uno en el Uno, llegamos a ser un espíritu con Él (1 Co 6, 17). Con la
sabiduría recibida de la Sabiduría misma, somos sabios; con la vida recibida de la Vida
misma, somos seres vivientes; con la fuerza recibida de la Fuerza misma, somos fuertes;
con caridad de la Caridad misma, ardemos con amor; con rectitud del Recto, somos
rectos; y con gozo del Gozo verdadero, estamos siempre gozosos. Pero estas reflexiones
propiamente tienen que ver con la tercera acción del canon, que veo que he anticipado
con mi celosa devoción.

16. Así, cuando todo lo que pertenece a la primera acción está listo, y después que
ciertas oraciones y peticiones han sido ofrecidas con el holocausto (incienso) de
carneros, es decir, los sufragios de los apóstoles y de los mártires, el sacerdote se acerca
en forma visible. En esta etapa, él es todavía, por decirlo así, carne nacida de la carne;
venido para ofrecer víctimas visibles a los ojos, y de la tierra terrenas; sobre el altar
visible y material, que ha sido consagrado de manera visible con el óleo material. Hasta
ahora todas estas cosas han ido sucediendo fuera del tabernáculo, por decirlo así; y,
mientras toman lugar, podemos seguirlas desde afuera, y ver lo que sucede.
Reconocemos el hecho de que estas cosas atañen al servidor, que todavía no puede
habitar en la casa del Señor para siempre. Esta es la razón por la cual son llamadas la
“ofrenda de nuestra servidumbre”, pues dice: Te pedimos, Señor, que aceptes
benignamente esta ofrenda de nuestra servidumbre, etcétera2.
17. Este término, “ofrenda de nuestra servidumbre”, utilizado para designar la ofrenda
del pan y vino es apropiado. Por naturaleza, el hombre es un ser tomado de la tierra; por
la gracia, ha sido constituido señor de la tierra; y esto por el Autor de la naturaleza y el
Dador de la gracia. Pero cuando el hombre por el pecado, se hundió debajo de la tierra,
fue condenado con toda justicia. Hubo un tiempo cuando la tierra fértil sirvió libremente
al hombre para deleite suyo. Pero ahora la tierra, trabajada de tantas maneras
maravillosas e ingeniosas, y cultivada a precio de tanto labor y sudor –labor humana y
sudor lo más lastimoso y digno de lástima- aún así, la tierra, digo, rinde parcamente las
necesidades más básicas, como está escrito: Con el sudor de tu frente comerás tu pan
(Gn 3, 19).
18. Ahora bien, el pan y el vino son los principales alimentos sin los cuales la vida física
y animal del hombre no puede mantenerse. Muy aptamente, entonces, al ofrecer pan y
vino, el poder de nuestra vida física y animal es ofrecido. Pues el pan y el vino
constituyen la parte principal de lo que nos mantienen en vida, y representan el todo.
¿Qué más puede hacer un servidor, que se afana para ser reconciliado con su Señor, que
ofrecer de su penuria todo su sustento, y así inmolar toda su vida en sacrificio? Así, en
esta primera acción, al ofrecer todo su sustento en el pan y en el vino, da muerte a todo
lo que pertenece a su vida física y animal; pues da muerte a su vida, quien la priva de
sustento.
19. Por eso dice el sabio: Estás sentado a la gran mesa: fíjate bien en lo que tiene
delante. Pon un cuchillo a tu garganta, sabiendo que te corresponde preparar tales
2
Hanc oblationem servitutis nostrae…

4
cosas (Cf. Pr 23, 1-2). Esta gran mesa es el altar del Señor. El Señor mismo nos está
puesto adelante para nuestro alimento, quien entregó su cuerpo y alma por nosotros, por
nuestra redención. Nótese bien que nos corresponde preparar tales cosas para Él
también. Es decir, tenemos que entregar cuerpo y alma por Él, y de la misma manera.
Así el profeta mismo, imbuido con el espíritu de consejo, contestó su propia pregunta:
¿Qué le daré al Señor por todas las cosas que me ha dado? Tomaré la copa de la
salvación e invocaré el nombre del Señor (Sal 115, 12-13)3.
20. Nótese bien cuán sutilmente, cuán diestramente el sabio dice: Pon cuchillo a tu
garganta. Poner el cuchillo de la abstinencia y del ayuno a nuestra garganta, por decirlo
así, al ofrecer a Dios todo nuestro sustento, y después comemos de él como si fuera del
altar de Dios: por necesidad, parcamente y con reverencia. Pues el Señor ha decretado
que los que sirven al altar viviesen del altar (Cf. 1 Co 9, 13). De lo contrario, si
volviésemos a comer lujosa y extravagantemente después de tal ofrenda, como si
consumiéramos lo que nos pertenece, tomaríamos de vuelta todo lo que habíamos
ofrecido; y estaríamos viviendo vidas peores que antes, viviendo del producto de
nuestro robo. En tal caso viviríamos y moriríamos, no para el Señor, sino para nosotros
mismos, y sea en la vida o en la muerte, perteneceríamos, no al Señor (Cf. Rm 14, 7-8),
sino a nosotros mismos: aunque no verdaderamente a nosotros mismos, sino al
demonio.
21. Por lo tanto, hombre bueno y prudente que eres, ¡anótalo cuidadosamente! Pudiera
ser que ese altar sea nuestro, pero a nadie le es permitido comer de él, quien sirve al
tabernáculo de su propio cuerpo. Pero así como el cuerpo es manchado por el placer
pecaminoso, así también el alma es contaminada por la vanidad, y el espíritu por la
ambición: estos son, seguramente, las cabezas del dragón que el Señor dio como
alimento al pueblo de Etiopia (Cf. Sal 73, 14). Este es el cáliz de los demonios, que no
puede ser tomando al mismo tiempo que el cáliz del Señor (Cf. 1 Co 10, 21). Pues ¿qué
acuerdo hay entre Cristo y Belial? (Cf. 2 Co 6, 15). Si estás limpio en el cuerpo, ¿estás
luego limpio en el espíritu? Sé limpio en el cuerpo, más limpio todavía en el alma, y lo
más limpio en el espíritu. El hombre que está totalmente limpio por la castidad, la
pureza y la humildad, no necesita lavarse más que los pies (Jn 13, 10).
22. Así que esto es lo que pensamos mientras ofrecemos la primera oblación; esto es lo
que tratamos de lograr. Mientras llevamos a cabo esta primera acción, esto es lo que
pensamos; y al realizar estas acciones exteriormente, con palabra y lengua, las
realizamos interiormente, en cuanto podemos, en realidad y en verdad (Cf. 1 Jn 3,18).
Pero hay necesidad de un consejo más alto. El servidor hace, en esta primera acción,
todo lo que puede; pero no puede satisfacer plenamente. No hay nada más que pueda
hacer. Pero todo lo que hace no basta. A sí mismo puede darse muerte; no puede hacerse
revivir.
23. Y entonces se levanta a sí mismo en oración, y acude al que lo puede todo, diciendo:
Dígnate, oh Dios, bendecir esta ofrenda, etcétera, hasta para que sea para nosotros
cuerpo y sangre4. Es como si dijéramos: Señor, he hecho lo que pude; suple tú lo que yo
no pude hacer. Entonces con espíritu de fe, sin ninguna vacilación (Cf. St 1, 6),
prosigue: El cual, la víspera de su Pasión, etcétera5; y con esas palabras de poder –
palabras que hacen suceder lo que expresan- pues está escrito: Dará a su voz la voz de
3
La versión inglesa agrega a continuación el versículo 14 del mismo salmo: Cumpliré mis votos al Señor
en presencia de todo su pueblo: preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos, que no aparece
en el texto latino.
4
La versión inglesa incluye la oración Quam oblationem completa, que no aparece en el texto latino:
“Dígnate, oh Dios, bendecir esta ofrenda, haciéndola ratificada, eficaz, espiritual, y totalmente agradable
de todas maneras, para que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro
Señor”.

5
poder (Sal 67, 34); él habla, y sucede, palabra y efecto: Esto es mi cuerpo6. De una
manera más allá de todo razonamiento humano, entonces, y por el poder divino, aunque
sin la mediación de la responsabilidad humana, el alimento viejo del hombre viejo se
trueca en alimento nuevo para el hombre nuevo.
24. Tenemos un nuevo sacerdote, no más ese Melquisedec de antaño; un sacerdote
nacido no como mera carne de carne; ni tampoco brota como si fuera del sudor de su
propia labor, o como de esa tierra a la cual el hombre está miserablemente esclavizado
de tantas diferentes maneras. El es Jesús, el hombre nuevo, espíritu nacido de Espíritu.
Y de los dones divinos que provienen del cielo, Él ofrece el sacrificio celestial de su
propio cuerpo y sangre, diciendo, no como antiguamente con temor, ni como un
sacrificio de servidumbre, sino con exultación y regocijo: Ofrecemos a tu soberana
majestad, la hostia que es pura, y que nos hace puros; que es santa, y que nos hace
santos; que es inmaculada, y que no hace inmaculados, que vale decir, el pan sagrado,
no de la vida física o animal, sino de vida eterna; y el cáliz que solo puede apagar
nuestra sed y salvarnos por toda la eternidad: el cáliz, entonces, de eterna salvación.
25. Pero la carne y la sangre de nada sirven a no ser que lleguen a ser espíritu y vida
(Cf. Jn 6, 63); y así, llegado a este punto, pide algo más, algo aún más alto. Nada lo
puede satisfacer hasta que no esté unido, a través de su cuerpo, a Dios en el cielo; y
unido a través de su humanidad a la divinidad. Uno no levanta una escalera, y después
no trata de treparla. Y así, a través de esta ofrenda, se ciñe para la oración, y dice: Mira
con ojos de bondad esta ofrenda, etcétera7. Como si estuviera trepando los peldaños de
esa escalera conmemora la ofrenda del servidor (pueri) Abel, el sacrificio del patriarca
Abrahán, y la oblación del sumo sacerdote Melquisedec, quien admirablemente
prefiguró en el pan y en el vino las especies sacramentales, así como Abrahán prefiguró
en su hijo al Hijo que había a venir, y Abel en el cordero, la ofrenda de la inocencia.
Fundándose en esta oración, entonces, el llega con confianza a la tercera acción.
26. Pero todavía no puede ascender, como quisiera, a aquel altar en lo alto ante el
rostro de la divina Majestad, donde el soberano y eterno sumo sacerdote se encuentra
de pie ante el rostro del Padre –y esto es lo que el sacerdote visible significa cuando se
inclina profundamente ante el altar visible, y después sube a besarlo-. Pide para que,
por manos del ángel, es decir, de su ministro invisible, su sacrificio sea llevado al altar
en lo alto, y sea unido al cuerpo de Cristo en el cielo. Reza para que a través del
sacrificio que tomamos del primer altar aquí abajo, bajo las apariencias de pan y vino,
y del segundo altar en la realidad de carne y sangre, pueda establecer una comunicación
más allá de velo en virtud del sacramento, en la bendición celestial prometida en
tiempos remotos al descendiente de Abrahán8, y cumplida en la gracia dada a María: es
decir, reza para que pueda ser unido a través de Cristo al Padre, la cabeza soberana.
Pues la Cabeza de Cristo es Dios (Cf. 1 Co 11, 3).
27. Mira, entonces, beatísimo padre, cómo el sursum corda del prefacio nos prescribe
levantar nuestros corazones: nuestros corazones, sí; pero nuestras palabras y obras
también9. Pues la primera ofrenda nos separa del mundo; la segunda nos une a Cristo; y
5
Tampoco la oración Qui pridie aparece de modo completo en el texto latino, sino solamente enunciada:
“El cual, la víspera de su pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y habiendo elevado los ojos
al cielo, hacia ti, oh Dios, Padre suyo todopoderoso, lo bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos”.
6
La versión inglesa añade a continuación las palabras: “Este es el cáliz de mi sangre”.
7
El texto latino no ofrece de forma completa la oración Supra que propitio: “Mira con ojos de bondad
esta ofrenda y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre
en la fe, y lo que tu sumo sacerdote Melquisedec te ofreció, un Sacrificio santo y una Víctima
inmaculada”.
8
Este era un verso de la antífona del ofertorio de réquiem Domine Jesu Christe.
9
Aquí la versión inglesa añade las palabras: “¡Levanten sus corazones! ¡Levanten sus palabras! ¡Levanten
sus obras!”, que no aparecen en el texto latino.

6
la tercera nos une a Dios. La primera nos da muerte (mortificat); la segunda nos hace
revivir (vivificat); la tercera nos deifica (deificat). En la primera acción está la pasión; en
la segunda, la resurrección; en la tercera, la glorificación. Está es la razón por la que se
dice: Recordando, por lo tanto, Señor, no sólo la bendita Pasión del mismo Cristo, tu
Hijo, nuestro Señor, sino también su Resurrección del lugar de los muertos, y
finalmente su gloriosa Ascensión a los cielos, nosotros, tus ministros, ofrecemos a tu
soberana majestad, etcétera10.

28. El primer sacerdote, por lo tanto, da muerte a la vida física y animal, por decirlo así,
fuera del atrio; el segundo ofrece en sacrificio la vida racional, dentro del templo; el
tercero ofrece el sacrificio de la misma fe, más allá del velo, en el cielo: Pues así como
la razón está por encima de la percepción física, y la fe por encima de la razón, así
también la visión está por encima de la fe. Pues ¿quién espera lo que ve? (Rm 8, 24).
Así el hombre carnal llega a ser espiritual, y el hombre espiritual llega a ser celestial o
divino. El servidor llega a ser un hombre libre, y el hijo reina con el Padre. El enemigo
llega a ser primero un amigo, después heredero. ¡Oh sacerdote de Cristo 11, piensa en
estas cosas mientras estás de pie al altar! Y al hacer estas cosas acuérdate de tu servidor,
quien fiel y fervorosamente se acuerda de tu paternidad en toda oración y sacrificio12.
29. Fue un verdadero gusto escribirte lo precedente, tanto en razón del tema como a
causa de la persona a quién me dirigía. Pero aún mientras escribía, tu Hugo de Chavigny
hizo que yo no tuviera la oportunidad de sobrepasar los límites de una carta. Sin ni
siquiera una amonestación hizo una correría sobre nuestra comunidad, golpeó a buen
número de nuestros hermanos legos con sus propios puños, hirió a varios hermanos, y
me insultó en mi ausencia, amontonando amenaza sobre amenaza. Se llevó ocho de
nuestros bueyes, y creo que probablemente ya los ha vendido. Pero no ha terminado
con nosotros todavía. Está gritando desde el tejado que yo seré para él el chivo
expiatorio de todos los ingleses. ¡Ojalá no fuera yo inglés! ¡O al menos que, aquí en mi
lugar de exilio, nunca hubiera visto a otro inglés!

Cuadro de síntesis:

ALEGORÍA BÍBLICA: ANÁFORA EXPERIENCIA


Espacios celebrativos y LITÚRGICA: MÍSTICA:
acciones en el tabernáculo Contenidos, estructura y Unión con el Uno-Padre
del desierto-Templo. dinámica simbolizan y por el Uno-Hijo
Tabernáculo de Dios con realizan las etapas de la en el Uno-Espíritu Santo.
10
La traducción inglesa completa aquí la oración Unde et memores con las palabras: “como también tu
pueblo santo de los dones que nos has dado, la víctima pura…”, ausentes en el texto latino.
11
La versión inglesa dice “de Dios”, pero el texto latino trae sacerdos Christi.
12
Acá la versión inglesa añade un párrafo que, aunque aparece en el texto latino del Migne, el texto
corregido de Raciti no lo asume (nº 29 del Migne; para Raciti el nº 29 de la carta es el nº 30 de la PL).
Dicho párrafo dice así: “Nos corresponde ir más allá de lo que nos basta para el mero sustento corporal,
no sea que desfallezcamos en el camino (Cf. Mt 15, 32). Pues si nos quedamos en ayunas, como meros
seres físicos y animales, ¿para qué sirve esa comida que nos puede transformar de seres animales en seres
espirituales? Nuestra comida es llevada al cielo por mano de los ángeles. ¡Y nosotros! ah, ¿qué hacemos,
todavía aquí en la tierra? Pues una comida como ésta no sólo nos encomienda a Dios, sino que nos une a
Él –a no ser que, como pájaros con insuficiente plumaje, incapaces de remontarse a las regiones
superiores, seamos condenados por la justa ira de Dios a precipitarnos hacia abajo y caer en mitad del
campamento, alrededor de las tiendas-. Y que Él, a quien hemos acudido, impida que así suceda:
Jesucristo quien, con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios, por los siglos de los siglos. Amén”.

7
los hombres. vida espiritual.
Canon: Tabernáculo de
Dios en los hombres.
I. Sentido literal: atrio – Sacrificio del servidor: Primera ofrenda:
altar de bronce – sacrificio “Acepta, Señor, en tu Separa del mundo.
de animales. Umbral bondad, esta ofrenda de tus Nos da muerte.
(incapacidad): tabique – siervos y de toda tu familia Pasión.
muro. santa; ordena en tu paz
Sentido alegórico: corazón nuestros días, líbranos de la
contrito – penitencia – condenación eterna y
sacrificio de la vida (física cuéntanos entre tus
y animal). elegidos”.
La compunción de la
Nivel: psíquico. Etapa: vía conversión.
purgativa - conversión –
espíritu recto.
Conocimiento: razón sobre
percepción.
II. Sentido literal: interior Sacrificio del hombre libre: Segunda ofrenda:
– altar de oro - incienso y “Bendice y santifica, oh Nos une a Cristo.
aromas. Umbral: velo. Padre, esta ofrenda Nos hace revivir.
Sentido alegórico: corazón haciéndola perfecta, Resurrección.
purificado – devoción - espiritual y digna de ti, de
sacrificio de rectitud (vida manera que sea para
racional). nosotros sea Cuerpo y
Sangre de tu Hijo amado,
Nivel: racional. Etapa: vía Jesucristo, nuestro Señor. La devoción de la vida
iluminativa - vida virtuosa El cual, la víspera de su virtuosa.
– espíritu puro. Pasión, tomó pan en sus
Conocimiento: fe sobre santas y venerables manos,
razón. y elevando los ojos al cielo,
hacia ti, Dios Padre suyo
todopoderoso, dando
gracias te bendijo, lo partió
y lo dio a sus discípulos
diciendo…”.
III. Sentido literal: centro y Sacrificio del hombre que Tercera ofrenda:
arriba – propiciatorio – es una sola cosa con Dios: Nos une a Dios.
Santo de los santos. “Mira con ojos de bondad Nos deifica.
Sentido alegórico: corazón esta ofrenda y acéptala, Glorificación.
elevado con los ángeles. como aceptaste los dones
Sacrificio de la fe. del justo Abel, el sacrificio
de Abrahán, nuestro padre
Nivel: espiritual. Etapa: vía en la fe, y la oblación pura Éxtasis-deleite de la
unitiva - contemplación - de tu sumo sacerdote contemplación.
espíritu perfecto. Melquisedec. Te pedimos Divinización.
Conocimiento: visión sobre humildemente, Dios
fe todopoderoso, que esta
ofrenda sea llevada a tu
presencia, hasta el altar del

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cielo, por manos tu ángel,
para que cuantos recibimos
el Cuerpo y la Sangre de tu
Hijo, al participar aquí de
este altar, seamos colmados
de gracia y bendición”.

Texto para trabajar:

Innocentius III, (1161 – 1216), De sacro Traducción de Hna. María Eugenia


altaris misterio, III. Mysteria evangelicae Suarez.
legis et sacramenti eucharistae, IV. De
tribus sacrificiis Ecclesiae (PL 217, 842D-
843B)
Porro tria sunt Ecclesiae sacrificia, quae Por otra parte, tres son los sacrificios de la
significata [0842D] sunt in Veteri Iglesia, los cuales están significados en el
Testamento per propitiatorium, thuribulum Antiguo Testamento por el propiciatorio, el
et altare, videlicet sacrificium turíbulo y el altar, es decir, el sacrificio de
poenitentiae, sacrificium justitiae, et penitencia, el sacrificio de justicia y el
sacrificium eucharistiae. De primo ait sacrificio de la eucaristía. Del primero dice
Psalmista: Sacrificium Deo spiritus el salmista: “Sacrificio para Dios es un
contribulatus (Psal. L) ; de secundo: Tunc espíritu quebrantado” (Sal 50); del
acceptabis sacrificium justitiae (ibid.) ; de segundo: “Entonces aceptarás un sacrificio
tertio: Tibi sacrificabo hostiam laudis de justicia” (ibid.); del tercero:
(Psal. CXV) . Super altare caro mactatur, “Sacrificaré para ti una víctima (una
infra thuribulum thus adoletur, ad ofrenda) de alabanza” (Sal 115). Sobre el
propitiatorium sanguis infertur. Caro altar fue sacrificada la carne, en el turíbulo
mactatur in contritione, thus adoletur in se quema el incienso, al propiciatorio se
devotione, sanguis infertur pro trae (como ofrenda) la sangre. La carne se
redemptione super altare corporis, infra mata en la contrición, el incienso se quema
thuribulum cordis, ad propitiatorium Dei en la devoción, la sangre se ofrece por la
Patris. In sacrificiis illis panis et vinum et redención sobre el altar del cuerpo, dentro
aqua spiritualiter offeruntur. In sacrificio del turíbulo del corazón, al propiciatorio
poenitentiae vinum doloris et de Dios Padre. En esos sacrificios se
compunctionis, aqua moeroris et ofrecen espiritualmente pan y vino y agua.
plorationis, panis [0843A] laboris et En el sacrificio de penitencia, vino de
afflictionis: doloris in corde, moeroris in dolor y compunción, agua de tristeza y
ore, laboris in opere. In sacrificio justitiae llanto, pan de fatiga y aflicción: de dolor
panis fortitudinis et constantiae, vinum en el corazón, tristeza en el rostro, fatiga
rectitudinis et prudentiae, aqua en el trabajo. En el sacrificio de justicia,
mansuetudinis et temperantiae: fortitudinis pan de fortaleza y constancia, vino de
inter adversa, rectitudinis inter iniqua, rectitud y prudencia, agua de
mansuetudinis inter probra. In sacrificio mansedumbre y temperancia: fortaleza en
eucharistiae panis unitatis, vinum las cosas adversas, rectitud en las inicuas,
charitatis, aqua fidelitatis: panis pro mansedumbre en los oprobios. En el
corpore, vinum pro anima, et aqua pro sacrificio de la eucaristía, el pan de la
populo, sicut infra planius et plenius unidad, el vino de la caridad, el agua de la
ostenditur. Inter haec sacrificia, primum fidelidad: pan por el cuerpo, vino por el
educit, secundum deducit, tertium autem alma y agua por el pueblo, como se

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inducit. Educit incipientes, deducit muestra más y mejor más abajo. Entre
proficientes, inducit perficientes ex estos sacrificios, el primero saca, el
Aegypto per desertum in patriam: ex segundo conduce, el tercero introduce.
Aegypto confusionis, per desertum Saca a los principiantes, conduce a los que
peregrinationis, in patriam glorificationis. progresan, desde Egipto, por el desierto
Haec tria sacrificia sacerdos offert in conduce a los perfectos a la patria: del
missa. [0843B] Primum in confessione, Egipto de la confusión, por el desierto de
secundum in praefatione, tertium in la peregrinación, a la patria de la
actione. Nam et tria sunt quae, secundum glorificación. Estos tres sacrificios ofrece
prophetam, Deus requirit ab homine: el sacerdote en la misa. El primero en la
Diligere misericordiam, facere judicium, confesión, el segundo en el prefacio, el
et sollicitum ambulare cum Deo (Mich. tercero en la celebración. En efecto,
VI) . Diligat ergo misericordiam qui vult también son tres las cosas que, según el
offerre sacrificium poenitentiae, faciat profeta, Dios requiere del hombre: “Amar
judicium qui vult offerre sacrificium la misericordia, practicar la justicia y
justitiae, cum Deo ambulet sollicitus qui caminar solícito con Dios” (Miq VI). Ame
vult offerre sacrificium eucharistiae. pues la misericordia el que quiera ofrecer
un sacrificio de penitencia, obre
justamente el que quiera ofrecer un
sacrificio de justicia, camine solícito con
Dios el que quiera ofrecer el sacrificio de
la eucaristía.

1. ¿Qué toma Inocencio de Isaac?


2. ¿En qué se diferencia de Isaac?

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