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Misa Por Nuestra Señora De La Merced En El Edificio Libertador

Celebramos los 204 años de la Batalla de Tucumán.

El 24 de septiembre de 1812 el General Belgrano estuvo orando largo rato ante


el altar de la Virgen, e incluso la tradición cuenta que pidió un milagro a través de su
intercesión. A continuación, ocurrieron una cadena de hechos providenciales que
terminaron con el triunfo de los patriotas. Son muy interesantes los testimonios de
protagonistas y cronistas de la batalla.

El General Belgrano ha querido expresar su propia veneración y la de su tropa a


nuestra señora de La Merced, designándola Generala y Patrona del Ejército y
entregando su bastón de mando, después de la histórica Batalla que aseguró nuestra
libertad y el éxito de la Revolución emancipadora.

Hablando de libertad, es útil recordar que Dios ha creado al Hombre para ser
libre. En efecto, el hombre y la mujer son la corona de la creación y como nos enseña la
Biblia, todo el resto de lo creado ha sido sometido a su dominio. Nosotros somos,
además, las únicas criaturas capaces de razonar, de hablar y por lo tanto de dialogar con
Dios y entre nosotros. De entender y de decidir, usando el gran don de la libertad.

Entonces, Dios no ha creado esclavos o ciervos, sino hombres y mujeres libres


que sean capaces de actuar por si mismo y de asumir la plena responsabilidad de las
propias acciones. Pero alguna vez caemos en las trampas del tentador que nos quiere
hacer creer que solo sin Dios podremos ser verdaderamente libres. Con esa presunción
se repite el drama de la historia humana, donde a veces el hombre quiere ocupar el lugar
de Dios e imponer a los demás su voluntad. Todo pueblo encontrará en sus propios
libros de historia períodos de esta clase.

Una de las tantas tragedias que acabamos de analizar en la primera lectura del
libro de Judith, en la que una viuda hebrea, en un momento difícil de gran confusión ha
sido llamada a librar al pueblo de Israel de la ocupación y del exterminio. Una mujer
simple pero piadosa, movida por una profunda fe en Dios, llega a ser el instrumento de
salvación para toda la nación. Judith, sin embargo no considera que la victoria sea
mérito suyo, sino que proclama, en cambio, el poder invencible de Dios, que sólo él es
grande y glorioso. Y con agradecimiento exclama “Que te sirvan todas las criaturas
porque tu dijiste que fueron hechas, enviaste tu espíritu, él la formó y nadie puede
resistir a tu voz”.
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El verdadero mérito de Judith es el rol profético que asume en un momento


crítico de la historia. Ella restituye, como mujer de fe, confianza a los desalentados,
aliento a los desesperados e indica a los jefes del pueblo que la verdadera libertad e
independencia se pueden alcanzar solamente colaborando con Dios, creador y salvador.

Judith, a diferencia de sus contemporáneos, cree en la presencia activa, creadora


de Dios, en los trabajos humanos. También ella sabe que el señor parece ausente y
silencioso, la misma existencia de su pueblo sería impensada sin su protección. Para ella
solamente, Dios es quién podrá salvarlos.

Además hermanos, este rol profético forma parte de la misión de la iglesia.


Como creyentes estamos llamados a dar testimonio de que nuestra historia, como la de
todos los pueblos, está en las manos de Dios. No el hombre, sino Dios es señor de la
historia. Es deber de los cristianos y demás miembros de la comunidad que profesen una
religión recordar continuamente al mundo que Dios no sólo existe sino que ama al
hombre, que está cerca de él.

Dios respeta al hombre, le deja la libertad de decidir su propio destino. Pero esa
libertad nos hace responsables de nuestras acciones y requiere, por tanto, el justo uso de
la libertad. Y es precisamente Nuestra Señora de la Merced quien nos introduce en el
justo uso de la libertad.

Desde el comienzo de su vida ella es expuesta al poder Divino.

Cuando el Ángel Gabriel le preguntó si estaba dispuesta a ser la madre del Hijo
de Dios, ella respondió con energía aceptando la voluntad de Dios para su vida. Así
María llega a ser la madre de la gracia, madre de nuestra Merced y es así que en
adelante todas las generaciones la llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho de
ella grandes cosas.

Abandonándose plenamente en el amor divino, en la misericordia del


omnipotente, María se vuelve plenamente disponible y por lo tanto libre para la obra
más grande de Dios, la encarnación de su hijo.

Ser hijos e hijas de María es por lo tanto una invitación constante a imitar su
vida y a realizar la voluntad de Dios también en nuestra vida.

La verdadera libertad, entonces, no consiste en hacer lo que queremos sino más


bien en hacer la voluntad de Dios.
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El camino que conduce a la libertad es la fe que nos anuncia la Iglesia y que


profesa que Jesús Cristo es hijo de María y de Dios. Ella es nuestro camino, el Señor era
nuestra vida, era nuestra verdad.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, nuestros días están marcados por un


conflicto entre esta tradición, defendida por la Iglesia y el presente. Se trata, usando las
palabras del Santo Padre, “de una crisis de la verdad”. “Pero solamente la verdad –
indica el Papa– puede orientar y trazar el rumbo de una existencia lograda como
individuo y como pueblo”.

El Santo Padre continúa: “De hecho, un pueblo que deja de saber cual es la
propia verdad, acaba perdiéndose en el laberinto del tiempo y de la historia. Sin valores
bien definidos, sin grandes objetivos en todo tiempo y circunstancia. Una visión a favor
de una sociedad a la medida del hombre, de su dignidad, de su vocación”

El Papa concluye: “La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es


la única garantía de la libertad”.

Finalmente, queridos hermanos y hermanas en Cristo, el Evangelio de esta tarde


nos revela otro aspecto importante sobre la misión de María.

Como último acto antes de morir, Jesús confía a su madre a San Juan, el
discípulo amado. Con ese gesto, que supera el amor filial, Jesús da como madre a María
no solo a Juan sino a todos aquellos que creerán en él.

María, la madre de Jesús, es por lo tanto, también la madre de los creyentes, es


decir de la Iglesia.

La mirada de María se convierte, así, según el Santo Padre, Benedicto XVI, en la


mirada de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Ella nos mira con el amor mismo del
amor del Padre y nos bendice, se comporta como nuestra abogada, aunque todos
hablarán mal de nosotros, ella, la Madre hablaría bien, porque su corazón inmaculado
está sintonizado con la misericordia de Dios.

Y como anuncio de magnificad por su intersección la misericordia divina se


extenderá sobre todos los que temen al Señor, según la promesa que Dios le hizo a
Abraham y su descendencia para siempre.

Bajo la cruz, María se convierte en la nueva Eva, la mujer por excelencia que
asume la maternidad para los hermanos de su hijo. Mientras la primera Eva pensó
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conquistar la libertad en la plena independencia de Dios, la segunda Eva, María, nos


indica, como el camino para la verdad, verdadera libertad la obediencia a la persona y a
las enseñanzas de su hijo. El sólo tiene palabra de vida eterna y puede conducirnos a la
vida que es más fuerte que la muerte y que la corrupción física.

Queridos hermanos en Cristo, pidamos a nuestra señora de La Merced que nos


conceda a todos la gracia de ser hijos de su hijo, y mujeres y hombres dignos de nuestra
vocación cristiana. Que nuestra Señora de La Merced asista a nuestra iglesia castrense a
fin de que el año de la fe, anunciado por nuestro Santo Padre, sea un verdadero baño de
gracias, de conversión y de renovación espiritual para todos.

Madre dolorosa, estando bajo la cruz de tu hijo habrás de nuevo recordado la


palabra del ángel Gabriel, con la que en el momento de la anunciación respondió a tu
miedo: “No temas María”. Y cuantas veces el Señor tu hijo ha repetido las mismas
palabras a sus discípulos: “No temáis, ten valor. Yo he vencido al mundo”.

Ruega por nosotros santa madre de Dios para que se alejen de tu Iglesia todo
temor, toda ansia. Que se renueve la fuerza de creer. Con esta fe llegaste a la mañana de
la resurrección. Ayúdanos Madre Nuestra para que también nosotros pecadores
podamos participar en la Pascua eterna de tu hijo.

Santa María señora de La Merced, Madre Nuestra, ayúdanos a creer, a esperar y


a amar. Amén.