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Pensamientos para hombres jóvenes

John Charles Ryle (1816-1900)

CONTENIDO
Introducción
1. Razones para exhortar a los jóvenes
2. Peligros para los jóvenes
3. Consejos generales para los jóvenes
4. Reglas especiales para los jóvenes
5. Conclusión
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PENSAMIENTOS PARA HOMBRES JÓVENES
Por J. C. Ryle

Exhorta asimismo a los jóvenes


a que sean prudentes.
—Tito 2:6

Introducción
Cuando San Pablo escribió su epístola a Tito acerca de su deber como
pastor, mencionó a los jóvenes, como una clase que requería especial
atención. Después de haber hablado de hombres y mujeres ancianas y de
mujeres jóvenes, agrega este piadoso consejo: “Exhorta asimismo a los
jóvenes a que sean prudentes” (Tito 2:6). Voy a seguir el consejo del Apóstol.
Me propongo ofrecer algunas palabras cariñosas de exhortación a los varones
jóvenes.
Yo mismo me estoy haciendo viejo, pero hay unas cuantas cosas que
recuerdo muy bien de mi juventud. Recuerdo vívidamente los gozos, temores,
las tristezas, esperanzas, tentaciones y dificultades, las decisiones
equivocadas y los sentimientos mal fundados, los errores y las aspiraciones
que rodean y acompañan la vida del joven. Si puedo decir algo para mantener
a algún joven en el camino correcto y protegerlo de las faltas y los pecados,
los cuales pueden dañar sus perspectivas en el tiempo y la eternidad, estaré
muy agradecido.
Me propongo hacer cuatro cosas:
1. Mencionaré algunas razones generales por las cuales los jóvenes
necesitan ser exhortados.
2. Haré notar algunos peligros especiales contra los cuales los jóvenes
necesitan ser advertidos.
3. Daré algunos consejos generales que ruego a los jóvenes reciban.
4. Y estableceré algunas reglas de conducta especiales que aconsejo
encarecidamente a los jóvenes seguir.
En cada uno de estos cuatro puntos, tengo algo que decir, y oro a Dios
que lo que diga sea de bien para algún alma.
1. Razones para exhortar a los jóvenes
En primer lugar, ¿cuales son las razones generales por las cuales los
jóvenes necesitan exhortaciones especiales? Mencionaré varias en orden.

1. En primer lugar, el doloroso hecho de que son


pocos los jóvenes, en cualquier parte, que parecen
tener algo de religión.
Hablo sin hacer excepciones; lo digo de todos. De alta o baja posición,
ricos o pobres, inteligentes o ingenuos, letrados o iletrados, del campo o la
ciudad—no hay ninguna diferencia. Tiemblo al observar que muy pocos
jóvenes son guiados por el Espíritu Santo,—que muy pocos están en ese
camino angosto que guía a la vida,—que muy pocos ponen sus afectos
(tesoros) en las cosas de arriba,—que muy pocos toman la cruz y siguen a
Cristo. Lo digo con mucho pesar; pero sabe Dios que digo la verdad.
Jóvenes, ustedes son un sector grande e importante en la población de
este país; ¿pero dónde y en que condición se encuentran sus almas
inmortales? ¡Ay!, ¡No importa a dónde busquemos la respuesta, la conclusión
será siempre la misma!
Preguntemos a cualquier fiel ministro del evangelio, y notemos lo que
nos contesta. ¿Cuántos son los jóvenes solteros con los que puede contar para
que participen de la Cena del Señor? ¿Quiénes son los más reacios a los
medios de gracia, los más irregulares en asistir a los cultos del domingo, los
más difíciles de atraer a las reuniones de oración entre semana, los más
desatentos durante la predicación? ¿Qué parte de su congregación le causa
más ansiedad? ¿Quiénes son los que le producen la mayor intranquilidad?
¿Quiénes en su rebaño son los más difíciles de manejar, los que con más
frecuencia necesitan advertencias y reprensiones, los que le ocasionan las
mayores tristezas e inquietudes, los que lo mantienen en constante temor por
el estado de sus almas y que parecen ser más imposibles de alcanzar?
Podemos estar seguros de que la respuesta siempre será: “los jóvenes.”
Preguntemos a los padres de familia en cualquier parte, y notemos lo
que generalmente contestan. ¿Quiénes en su familia les dan más dolores de
cabeza y problemas? ¿Quiénes son los que necesitan más vigilancia y los
exasperan y los decepcionan con más frecuencia? ¿Quiénes son los primeros
que se desvían del camino recto, y los últimos en recordar las advertencias y
los buenos consejos? ¿Quiénes son los más difíciles de controlar? ¿Quiénes
son los que con mayor frecuencia cometen pecados notorios, deshonran el
nombre que llevan, hacen infelices a sus amigos, amargan la vejez de sus
familiares, y hacen que con dolor vayan a su sepultura? Podemos estar
seguros de que la respuesta generalmente será: “los jóvenes.”
Preguntemos a los magistrados y oficiales de justicia, y notemos qué
contestan. ¿Quiénes son los que más frecuentan los bares? ¿Quiénes son los
que menos respetan el día de reposo? ¿Quiénes son los que forman las
pandillas que son un flagelo para la sociedad? ¿Quiénes son los que con
mayor frecuencia son arrestados por borrachos, infracciones al orden público,
pleitos, robos, asaltos y delitos similares? ¿Quiénes llenan las cárceles y
penitenciarias? ¿Cuál es el sector que más requiere constante vigilancia?
Podemos estar seguros de que la respuesta será: “los jóvenes.”
Consideremos ahora la clase alta, y notemos lo que reportan. En una
familia los hijos siempre están malgastando tiempo, salud, y dinero en
egocéntricas búsquedas de placeres. En otra familia, los hijos no siguen
ninguna profesión y desperdician los años más preciados de sus vidas sin
hacer nada. En otra, siguen una profesión por decir que la tienen, pero sin dar
ninguna atención a lo que ella exige. En otra, los jóvenes siempre andan en
malas compañías, malgastando dinero en apuestas, acumulando deudas y
causando continuamente ansiedad a los que realmente los quieren. ¡Ay! El
rango, los títulos, los bienes, y la educación no previenen tales cosas! A decir
verdad, muchos padres preocupados, madres con el corazón quebrantado y
hermanas afligidas, podrían contar anécdotas tristes acerca de ellos. Muchas
familias que tienen todo lo que este mundo ofrece tienen un familiar cuyo
nombre nunca se menciona—o quizás sólo se menciona con pesar o
vergüenza—un hijo, un hermano, un primo, un sobrino que hace lo que
quiere y causa tristeza a todos los que lo conocen.
Muy raramente se encuentra a una familia rica que no tenga espinas en
la carne, algo que trastorne su felicidad, que sea constante motivo de dolor y
preocupación. Y las más de las veces, ¿no es cierto que son “los jóvenes”?
¿Y que diremos de estas cosas? Son la realidad, la realidad palpable, la
realidad que encontramos por todos lados, una realidad que no podemos
negar. ¡Qué terrible es pensar que cada vez que me encuentro con un joven,
probablemente me hallo ante un enemigo de Dios que viaja por el camino
ancho que lleva a la destrucción, no apto para el cielo! De seguro que con tal
realidad ante mí, ya no te sorprendas de que quiero exhortarte, y tendrás que
admitir que tengo razón al hacerlo.

2. En segundo lugar, al igual que como todos los


demás, el joven tendrá que enfrentar la muerte y el
juicio, aunque casi todos parecen olvidarlo.
Joven, está establecido que mueras una sola vez; no importa lo saludable
que estés, el día de tu muerte puede estar cerca. Veo a jóvenes al igual que
ancianos enfermos. Entierro cuerpos jóvenes al igual que envejecidos. Leo
los nombres de personas no mucho mayores que tú en las lápidas de los
cementerios. Aprendo de los libros que con excepción de ancianos e infantes,
mueren más personas entre los 13 y 23 años que en ninguna otra etapa de la
vida. Y sin embargo, tú vives como si estuvieses seguro de no morir.
¿Piensas que quizás te ocuparás de estas cosas mañana? Recuerda las
palabras de Salomón: “No te jactes del día de mañana; porque no sabes que
dará de sí el día” (Proverbios 27:1). Arquías, tirano de Tebas, en medio de un
banquete recibió una carta que le imploraron leyera porque era muy
importante. “¡Dejemos para mañana los asuntos serios!” exclamó a la vez que
ponía la carta debajo de un cojín. Al rato, entraron en la sala varios que
habían tramado matarlo, y lo degollaron. La carta que no leyó contenía el
aviso del complot con todos sus detalles. Mañana es el día de Satanás, pero el
día de hoy es de Dios. A Satanás no le importa lo espiritual que sean tus
intenciones, siempre y cuando les dejes para mañana. ¡Oh, no le des lugar al
diablo en esto! Contéstale: “¡No, Satanás! Será hoy, hoy.” No todos los
hombres viven hasta ser patriarcas como Isaac y Jacob. Muchos hijos mueren
antes que sus padres. David tuvo que llorar la muerte de dos de sus mejores
hijos; Job perdió a sus diez hijos en un día. Tu suerte quizás sea como la de
uno de ellos, y cuando viene la muerte, será en vano hablar del mañana,
tendrás que partir ya.
¿Estas pensando que más adelante llegarás a una etapa más conveniente
para atender estos asuntos? Así lo creyeron Félix y los atenienses a quienes
Pablo predicó; pero esa etapa nunca llegó. El infierno está pavimentado con
tales ilusiones. Mejor es asegurarte de las cosas mientras puedes. No dejes
nada de lo eterno sin resolver. No te arriesgues cuando lo que está en juego es
tu alma. Créeme, la salvación de un alma no es cosa fácil. Todos necesitamos
una “ grande” salvación, seamos ancianos o jóvenes; todos necesitamos nacer
de nuevo, todos necesitamos ser lavados en la sangre de Cristo, todos
necesitamos ser santificados por el Espíritu. Feliz es el hombre que no deja
estos asuntos en la incertidumbre, y no descansa hasta que tiene en su interior
el testimonio del Espíritu de que es hijo de Dios.
Joven, tu tiempo es corto. Tus días son pocos—una sombra, un vapor,
un cuento que pronto se acaba. Tu cuerpo no es de bronce. “Los muchachos”
dice Isaías, “se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen” (Isaías
40:30). Puedes perder la salud en un instante: sólo basta una caída, una
fiebre, una inflamación, un vaso sanguíneo roto para que los gusanos se
alimenten de ti. No hay más que un paso entre ti y la muerte. Esta noche
quizás tu alma sea requerida de ti. Eres rápido en el camino de este mundo, y
rápidamente te irás. Toda tu vida es una incertidumbre, pero tu muerte y el
juicio sí son seguros. Tú también tendrás que oír la trompeta del Arcángel, y
presentarte ante el gran trono blanco, tú también obedecerás a la orden, que
Jerónimo decía siempre timbraba en sus oídos: “Levantaos muertos, y venid
al juicio.” “Seguramente vengo aprisa,” es la declaración del Juez mismo. Por
eso, no me atrevo a dejar de exhortarte, ni puedo dejar de hacerlo.
¡Oh que tomaras a pecho las palabras del Predicador!: “Alégrate, joven,
en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y
anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que
sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Eclesiastés 11:9). ¡Es increíble que
ante tal perspectiva alguien pudiera descuidar este asunto y despreocuparse
de él! Ciertamente que no hay peor loco que el se conforma con vivir sin
prepararse para la muerte. Ciertamente que la incredulidad del hombre es lo
más sorprendente en este mundo. La profecía más clara en la Biblia comienza
bien con estas palabras, “¿Quien ha creído a nuestro anuncio?” (Isaías 53:1).
Bien dice el Señor Jesús: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe
en la tierra?” (Lucas 18:8). Joven, me temo que esta sea la declaración de
muchos como tú ante el tribunal celestial: “Ellos no creen.” Y me temo que
tengas que dejar apresuradamente este mundo, y despertarte para descubrir
demasiado tarde, que la muerte y el juicio son una realidad. Me temo todo
esto, y por lo tanto te exhorto.

3. Lo que los jóvenes lleguen a ser, con toda


probabilidad, depende de lo que son ahora, pero
ellos parecen olvidarlo.
La juventud es la semilla de lo que llegará a ser la madurez, la etapa de
moldear en el breve espacio de la vida humana, el momento decisivo en la
historia de la mente del hombre.
Por el retoño juzgamos el árbol, por la flor juzgamos la fruta, por la
primavera juzgamos la cosecha, por la mañana juzgamos cómo será el día—y
por el carácter del joven, por lo regular podemos juzgar cómo será cuando
sea adulto.
Joven, no te engañes. No pienses que puedes servir a tus
concupiscencias y placeres primero, y luego ir y servir a Dios con facilidad
después. No pienses que puedes vivir con Esaú, y luego morir con Jacob. Es
una burla tratar con Dios y tu alma en tal modo. Es una burla terrible suponer
que puedes dar la flor de tu juventud y fuerza al mundo y al diablo; y después
conformar al Rey de reyes con los desperdicios y sobras de tu corazón—con
los restos y despojos de tus fuerzas. Es una burla terrible, y a tu pesar
encontrarás que es imposible hacerlo.
Me atrevo a decir que estás confiando en un arrepentimiento tardío. No
sabes lo que haces. No estás teniendo en cuenta a Dios. El arrepentimiento y
la fe son dones de Dios, y dones que él frecuentemente niega cuando se los
han rechazado durante demasiado tiempo. Admito que el arrepentimiento
genuino nunca es demasiado tarde, sin embargo te advierto al mismo tiempo
que el arrepentimiento tardío muy rara vez es auténtico. Y admito que un
ladrón se convirtió en su última hora para que nadie pierda la esperanza; pero
al mismo tiempo te advierto que sólo uno se convirtió así y nadie suponga
que puede hacer lo mismo. Admito que está escrito, que Jesús puede “salvar
perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25). Pero te
advierto que el mismo Espíritu escribió también: “Por cuanto llamé, y no
quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese. También yo me
reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis”
(Proverbios 1:24 y 26).
Créeme que no te será tan fácil acercarte a Dios sólo cuando a ti te
plazca. Es cierto lo que ha dicho el Arzobispo Leighton: “El camino del
pecado es cuesta abajo; y nadie puede frenarlo cuando se le da la gana.” Los
deseos santos y las convicciones serias no son como el siervo del centurión,
que van y vienen según el deseo de éste; si no que son más bien como el
unicornio del que habla el libro de Job: no obedecerán tu voz, ni atenderán a
tus mandatos. Se dice del famoso general Aníbal, que cuando pudo haber
tomado Roma, hizo guerra contra ella, pero no la quiso tomar; y más
adelante, cuando quiso tomarla, no la tomó porque no pudo. Cuidado, que no
te suceda algo similar con respecto a la vida eterna.
¿Por qué digo esto? Lo digo sabiendo lo que es la fuerza de la
costumbre. Lo digo porque la experiencia me indica que el corazón de una
persona muy raramente cambia si no cambia desde joven. Rara vez se
convierte alguien en su vejez. Los hábitos tienen raíces muy profundas. El
pecado, una vez que ya lo has dejado arraigarse en ti, no se desarraigará
porque meramente lo desees. Las costumbres llegan a ser parte de tu
naturaleza, y te encadenan con cadenas triples que no se pueden romper
fácilmente. Bueno dice el profeta, “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo
sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados
a hacer mal?” (Jeremías 13:23). Los hábitos son como piedras que ruedan
cuesta abajo, cuanto más ruedan, más rápido e incontrolable es su curso. Los
hábitos, como los árboles, se fortalecen con los años. Un muchacho puede
doblar un cedro cuando es un retoño, pero cien hombres no lo podrán sacar
de raíz cuando sea un árbol ya maduro. Un niño puede vadear el río Thames
en su fuente, pero el barco más grande del mundo puede flotar en el cuándo
se acerca al océano. Lo mismo sucede con los hábitos: cuánto más viejos más
fuertes, cuanto más tiempo nos han dominado, más difícil es librarnos de
ellos. Crecen a medida que crecemos nosotros y se fortalecen con nuestras
fuerzas. La costumbre es la nodriza del pecado. Cada nuevo acto de pecado
disminuye el temor y el remordimiento, endurece nuestro corazón,
insensibiliza nuestra conciencia e incrementa nuestras inclinaciones
perversas.
Joven, quizás pienses que pongo demasiado énfasis en este punto. Si tú
vieras a hombres viejos como yo los he visto, a un paso de la tumba, sin
sentimientos, marchitos, endurecidos, muertos, fríos, ásperos como una
piedra de pulir, no lo pensarías. Créeme, no te puedes quedar inactivo en lo
que concierne a tu alma. Las costumbres, sean buenas o malas, se van
cimentando diariamente en tu corazón. Cada día, o te estás acercando a Dios
o alejándote de él. Cada año que continuas impenitente, la pared divisoria
entre tú y el cielo se hace más alta y gruesa, y el abismo para cruzar se hace
más profundo y ancho. ¡Oh, teme al endurecimiento que viene con pecar
constantemente! Hoy es el momento propicio. Mira que tu vuelo no sea en el
invierno de tus días. Si no buscas al Señor cuando joven, la fuerza de la
costumbre es tal que probablemente nunca lo busques. Esto es lo que temo, y
por lo tanto te exhorto.

4. El diablo pone especial cuidado en destruir el


alma del joven, y parece ser que éste ni cuenta se
da.
Satán sabe muy bien que tú serás la siguiente generación, por lo tanto
emplea todas sus artimañas para hacerte suyo. Y no te dejaré ignorante en
cuanto a sus estratagemas.
Tú eres el que él escoge para prodigarte sus mejores tentaciones.
Extiende su red con el mayor cuidado para atrapar tu corazón.. Despliega sus
mercaderías ante tus ojos con la mayor astucia para que compres su veneno
endulzado, y comas sus reposterías malditas. Tú eres el objeto de su ataque.
Quiera el Señor reprenderlo, y librarte de sus manos.
Joven, cuídate de no caer en su red. Tratará de arrojar polvo en tus ojos
para impedir que veas cómo son verdaderamente las cosas. Quiere hacerte
creer que el mal es bien, y el bien es mal. Pintará, dará lustre, y vestirá el
pecado para que te enamores de él. Deformará, calumniará y ridiculizará la
verdadera religión, para que la desprecies. Exaltará los placeres de la maldad,
pero esconderá de ti su aguijón. Levantará delante de tus ojos la cruz y su
sufrimiento, pero mantendrá fuera de la vista la corona de la vida eterna. Te
prometerá todo, como le prometió a Cristo, con la condición de que le sirvas
a él. Aun te ayudará a practicar una forma de religión, siempre que dejes a un
lado el poder de ella. Te dirá al principio de tu vida, es demasiado temprano
para servir a Dios; y al final de tu vida, te dirá que es demasiado tarde. ¡Oh,
no te dejes engañar!
Poco sabes del peligro que corres en manos de este enemigo; y es
justamente esta ignorancia que me hace temer por ti. Eres como un ciego,
caminando entre hoyos y escollos; no ves los peligros que te acechan a tu
alrededor.
Tu enemigo es poderoso. La Biblia lo llama “el príncipe de este mundo”
(Juan 14:30). Se opuso a nuestro Señor Jesús Cristo a lo largo de su
ministerio. Tentó a Adán y Eva que comiesen de la fruta prohibida, e
introdujo en el mundo el pecado y la muerte. Tentó aun a David, el hombre a
quien Dios amó, y ocasionó que el resto de sus días estuvieran llenos de
dolor. Aun tentó a Pedro, el apóstol escogido, e hizo que negara a su Señor.
¡Ten por seguro que es un enemigo que no puedes subestimar!
Tu enemigo es inquieto. Nunca duerme. Siempre está como león
rugiente buscando a quien devorar. Va y viene por toda la tierra. Quizás seas
tú descuidado con tu alma; pero él no. La quiere para hacerla desgraciada,
como lo es él, y hará todo lo posible para conseguirla. ¡Ten por seguro que es
un enemigo que no puedes subestimar!
Tu enemigo es engañoso. Por casi seis mil años ha estado leyendo un
libro, y ese libro es el Corazón del hombre. Ya lo debe conocer muy bien, y,
efectivamente, lo conoce bien: todas sus debilidades, todos sus engaños,
todos sus vicios. Y tiene un depósito lleno de tentaciones para hacerle daño.
Nunca podrás ir a un lugar donde no te encuentre. Vete a la ciudad, y allí te
hallará. Vete al desierto, y allí estará también. Siéntate entre borrachos y
parranderos, y estará allí para ayudar. Escucha una predicación, y estará allí
para distraerte. ¡Ten por seguro que es un enemigo que no puedes subestimar!
Joven, este enemigo esta trabajando arduamente para destruirte, aunque
no lo percibas. Tú eres el premio por el cual está luchando de un modo
especial. Él sabe que serás la bendición o la maldición del día, y está tratando
arduamente de apoderarse de tu corazón en tu juventud para que puedas
ayudarle más y más a adelantar su reinado. Bien sabe que echarte a perder
ahora en tus años tiernos es el modo más seguro de estropearte el resto de la
vida. ¡Oh, quiera el Señor abrirte los ojos, como abrió los del siervo de Elías
en Dotán! ¡Oh, que pudieras ver lo que Satán trama contra ti! Debo
advertirte. Debo exhortarte. Ya sea que me escuches o no, no me atrevo a
dejar de exhortarte, y no puedo dejar de hacerlo.

5. Los jóvenes necesitan exhortación para


ahorrarles sufrimientos y para que empiecen a
servir a Dios ya.
El pecado es la madre de los pesares, y ningún pecado parece causar al
hombre tantas desgracias y sufrimientos como los pecados de su juventud.
Las acciones necias que hizo, el tiempo que perdió, los errores que cometió,
las malas compañías con que se juntó, el daño que se causó a sí mismo tanto
a su cuerpo como a su alma, las oportunidades de felicidad que despreció, las
ocasiones de ser útil que desaprovechó; todas estas cosas causan
frecuentemente la amargura que siente en su conciencia el anciano, empaña el
atardecer de sus días, y llena las últimas horas de su vida con vergüenza y
auto reproche.
Algunos podrían contarte de su pérdida de salud prematura ocasionada
por los pecados de su juventud. La enfermedad hace doler sus miembros, y
vivir es un cansancio. Sus músculos se han debilitado tanto que un insecto
parece una carga pesada. Sus ojos se han oscurecido prematuramente, y han
perdido la fuerza que tenían. El sol de su salud se ha puesto cuando aún es de
día, y lloran por su cuerpo consumido. Créeme que esta es una copa amarga
para beber.
Otros podrían contarte cosas tristes de las consecuencias de su
holgazanería. Desaprovecharon las grandes oportunidades de aprender. No
adquirieron sabiduría durante el tiempo cuando sus mentes mejor podían
recibirla, y su memoria tenía la capacidad de retenerla. Y ahora es demasiado
tarde, no tienen tiempo para sentarse y aprender. Ahora si tuvieran el tiempo,
ya no tienen la misma capacidad de hacerlo. El tiempo perdido jamás se
redime. Y esto también es una copa amarga de beber.
Otros podrían contarte de algún grave error de tomar una decisión
equivocada, por lo cual sufrieron las consecuencias por el resto de sus vidas.
Quisieron salirse con la suya. No escucharon los buenos consejos. Entablaron
una relación que fue la ruina de su felicidad. Por ejemplo, escogieron una
profesión para la cual eran totalmente ineptos. Y ahora se dan cuenta de ello.
Pero sus ojos se abrieron cuando ya no pueden corregir el error. ¡Oh, esta
también es una copa amarga de beber!
Joven querido, cómo anhelo que conozcas únicamente la satisfacción de
una conciencia que no está cargada con una lista larga de pecados juveniles.
Pues éstas son las heridas que hieren en lo más profundo. Éstas son las
flechas que matan el espíritu del hombre. Éstas son la dureza que penetra el
alma. Sé misericordioso contigo mismo. Busca a Dios en tu juventud y te
ahorrarás muchas lágrimas de amargura.
Esta es la verdad que parece haber sentido Job. Dice: “¿Porque escribes
contra mí amarguras, y me haces cargo de los pecados de mi juventud?” (Job
13:26). Y también su amigo Sofar, hablando de los malvados dice: “Sus
huesos están llenos de su juventud, más con él en el polvo yacerán” (Job
20:11).
David también parece haberlo sentido cuando le dijo al Señor: “De los
pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes” (Salmo 25:7).
Beza, el gran reformador sueco, lo sintió tan intensamente que lo
menciona en su testamento diciendo que fue una misericordia especial que,
por la gracia de Dios, fuera llamado a apartarse del mundo a la edad de
dieciséis años.
Si les preguntaras ahora a los creyentes, creo que todos te dirán lo
mismo. “¡Ojalá pudiera vivir mi juventud de nuevo!” “¡Ojalá hubiera vivido
el principio de mi vida en una manera mejor! ¡Ojalá no hubiera formado
malos hábitos en la primavera de mis años!”
Joven, si puedo, quiero ahorrarte este pesar. El infierno mismo es una
verdad que muchos conocen cuando ya es demasiado tarde. Sé sabio a
tiempo. Lo que en la juventud siembras, en la vejez cegarás. No le des la
época más preciosa de tu vida a lo que no te confortará en tu final. Mejor
siembra en rectitud: cultiva la tierra fértil, no siembres entre espinas.
Quizá el pecado no tiente tu mano o tu lengua ahora, pero puedes estar
seguro de que el pecado y tú se encontrarán tarde o temprano, te guste o no.
Las heridas viejas frecuentemente duelen y causan molestias mucho después
que han sanado y sólo se nota la cicatriz; lo mismo puede suceder con tus
pecados. Se han encontrado huellas de animales en la superficie de las
piedras que una vez fueron arena mojada, miles de años después de que el
animal que las hizo ha dejado de ser, lo mismo puede suceder con tus
pecados.
“La experiencia,” dice el proverbio, “es una escuela muy costosa, pero
los necios no aprenden en otra.” Quiero que escapes las desgracias de tener
que aprender en esa escuela. Quiero evitar las desdichas que los pecados
juveniles causan. Esta es la última razón por lo cual te exhorto.
2. Peligros para los jóvenes
En segundo lugar, hay peligros específicos contra los cuales se necesita
advertir a los jóvenes.

1. Un peligro para los jóvenes es el orgullo.


Sé muy bien que todas las almas están en tremendo peligro. Sean
ancianos o jóvenes, todos tienen una carrera que correr, una batalla que
pelear, un corazón que mortificar, un mundo que vencer, un cuerpo que
mantener, un diablo que resistir. Y bien podríamos preguntar, ¿quién puede
hacer todas estas cosas? Aun así, cada edad y condición tiene sus peligros y
tentaciones particulares, y es mejor conocerlos. Hombre prevenido vale por
dos... y ya está armado para la lucha. Ojalá pueda persuadirte de estar en
guardia contra estos peligros que voy a mencionar. Si lo logro, estoy seguro
que le estaré haciendo un gran favor a tu alma.
El orgullo es el pecado más antiguo del mundo. Es más, antecedió al
mundo. Satán y sus ángeles cayeron por orgullo. No estuvieron satisfechos
con su primer estado. Y fue así que el orgullo dio al infierno sus primeros
habitantes.
El orgullo fue lo que sacó a Adán del paraíso. No estuvo contento con el
lugar que Dios le había asignado. Trató de elevarse a sí mismo, y cayó. Y fue
así que, por orgullo, hizo su entrada el pecado, el sufrimiento y la muerte.
El orgullo se asienta en el corazón de todos nosotros por naturaleza.
Nacimos ya orgullosos. El orgullo nos hace confiar en nosotros mismos,
haciéndonos creer que somos suficientemente buenos así como estamos, tapa
nuestros oídos para que no escuchemos consejo, nos impulsa a rechazar el
evangelio de Cristo, a andar por nuestro propio camino. Pero el orgullo nunca
reina con más poder que cuando reina en el corazón de un joven.
¡Qué frecuente es ver a jóvenes testarudos, altaneros e impacientes
cuando alguien quiere darles consejos! ¡Son frecuentemente groseros y
descorteses con todos los que los rodean, pues piensan que no son
valorizados y honrados como lo merecen! ¡Con cuánta frecuencia ni se
detienen para escuchar lo que un adulto les sugiere! Se creen que lo saben
todo, y, por eso, son muy engreídos. Consideran que los mayores,
especialmente los de su parentela, son estúpidos, aburridos y atrasados. No
quieren ni creen necesitar que les enseñen o instruyan. Según ellos, lo
entienden todo. El mero hecho de que les hablen los pone de mal humor.
Como los potros, no soportan el menor control. Quieren ser independientes y
salirse con la suya. Parece que piensan como los que menciona Job,
“Ciertamente vosotros sois el pueblo, y con vosotros morirá la sabiduría”
(Job 12:2). Y todo esto es orgullo.
Así era Roboam, quien rechazó el consejo de los ancianos con
experiencia que sirvieron a su padre, y siguió el consejo de los jóvenes de su
generación. Vivió para cosechar la consecuencia de su necedad. Y hay
muchos como él.
Así era el hijo prodigo en la parábola, que se encaprichó que quería su
porción de los bienes que heredaría de su padre, y se fue a vivir su vida. No
pudo conformarse con vivir tranquilamente bajo el techo de su padre, sino
que se fue a un país lejano para ser su propio señor. Como el niño pequeño
que deja la mano de su madre y camina solo, muy pronto tuvo que pagar su
necedad. Pensó con más prudencia sólo cuando tuvo que comer las sobras de
los alimentos de los cerdos. Pero hay muchos como él.
Joven, te ruego encarecidamente que te cuides del orgullo. Se dice que
hay dos cosas muy raras en el mundo: una es un joven humilde, y la otra es
un anciano que siente contentamiento. Me temo que este dicho sea muy
cierto.
No seas orgulloso de tus propias habilidades, de tus propias fuerzas, de
tu propio conocimiento, de tu apariencia, de tu astucia. No seas orgulloso de
ti mismo, y de ninguno de tus dones. Todo eso viene de no conocerse uno
mismo y de no conocer el mundo. A medida que vas madurando y más ves,
menos razones encontrarás para ser orgulloso. La ignorancia y la
inexperiencia son el pedestal del orgullo; quítale el pedestal, y el orgullo
pronto caerá.
Recuerda con cuánta frecuencia la Biblia nos presenta la excelencia de
un espíritu humilde. Con cuánta frecuencia nos advierte: “No tenga más alto
concepto de sí que el que debe tener” (Romanos 12:3). Qué claro nos dice:
“Y si alguno se imagina que sabe algo, aun no sabe nada como debe saberlo”
(1 Corintios 8:2). Qué estricto es el mandamiento “¡Vestíos, pues..., de
humildad!” (Colosenses 3:12). Y otra vez, “revestíos de humildad” (1 Pedro
5:5). ¡Ay, este es un vestido del cual muchos no parecen si quiera tener un
harapo!
Piensa en el gran ejemplo que nuestro Señor Jesús Cristo nos dejó al
respecto. Les lavó los pies a sus discípulos diciendo: “Porque ejemplo os he
dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15).
Está escrito “que por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico” (2
Corintios 8:9). Y también: “Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo,
hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se
humilló a sí mismo” (Filipenses 2:7, 8). Ciertamente que ser orgulloso es ser
más como el diablo y el Adán caído, que como Cristo. Ciertamente que nunca
puede uno ser malo y de espíritu corrupto si es como él.
Piensa en el hombre más sabio que existió. Me refiero a Salomón. Fíjate
que habla de sí mismo como “joven pequeño,” como uno que “no sabía como
entrar o salir” ni valerse por sí mismo (1 Reyes 3:7, 8). El suyo era un
espíritu muy diferente al de su hermano Absalón, quien se creía capaz de
hacer cualquier cosa: “¡Quién me pusiera por juez en la tierra, para que
viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia!”
(2 Samuel 15:4).Y el suyo era un espíritu muy diferente al de su hermano
Adonías quien “se rebeló, diciendo: Yo reinaré” (1 Reyes 1:5). La humildad
fue el principio de la sabiduría de Salomón. Lo escribe como su propia
experiencia. “¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza
hay del necio que de él” (Proverbios 26:12).
Joven, toma en serio los pasajes que aquí se citan. No confíes en tu
propia prudencia. Deja de pensar que siempre tienes razón y que los demás
están equivocados. Desconfía de tu propia opinión cuando ves que es
contraria a la de tus mayores, y especialmente a la de tus padres. La edad da
la experiencia, y por lo tanto merece respeto. Es la característica de la
sabiduría de Eliú, en el libro de Job, que “había esperado a Job en la disputa,
porque los otros eran más viejos que él” (Job 32:4). Y después dijo: “Yo soy
joven, y vosotros ancianos; por tanto, he tenido miedo, y he temido
declararos mi opinión. Yo decía: Los días hablarán, y la muchedumbre de
años declarará sabiduría” (Job 32:6, 7). La modestia y el silencio son gracias
hermosas en el joven. Nunca te avergüences de ser un aprendiz: Jesús era uno
a los doce años; cuando lo encontraron en el templo, estaba sentado “en
medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles” (Lucas 2:46).
Los hombres más sabios te dirán que siempre están aprendiendo, y los llena
de humildad comprobar lo poco que saben. El renombrado Isaac Newton
solía decir que se sentía que no era mucho mejor que un niñito que había
recogido unas cuantas piedras preciosas en la costa de un océano de
sabiduría.
Joven, si quieres ser sabio, si quieres ser feliz, recuerda la advertencia
que te doy: Cuidado con el orgullo.

2. Otro peligro para los jóvenes es el amor del


placer.
La juventud es cuando nuestras pasiones son más fuertes, y como niños
descontrolados, clamamos por conseguir lo que queremos. La juventud es por
lo general cuando tenemos más salud y fuerzas; la muerte nos parece muy
lejana, y disfrutar de la vida parece ser lo único que importa. La juventud es
el tiempo cuando la mayoría tenemos muy pocas preocupaciones o
ansiedades que nos molesten. Y todas estas cosas conducen a los jóvenes a
pensar exclusivamente en divertirse. “Sirvo sólo a mis deseos y placeres,” es
la verdadera respuesta que muchos jóvenes deberían dar sí se les preguntara:
“¿De quién eres siervo tú?”
Joven, tiempo me faltaría para decirte todos los frutos que este amor al
placer produce, y en todas las maneras que daña. ¿Por qué hablar de
parrandas, fiestas, borracheras, apuestas, ir al teatro, bailes y tales cosas?
Muy pocos pueden decir que no saben al menos algo de esto por amarga
experiencia. Todas las cosas que dan un sentir de excitación por un rato,
todas las cosas que impiden pensar y mantienen a la mente en un torbellino,
todo lo que complace los sentidos y gratifica la carne; todas estas cosas son
las que tienen poder tremendo en nuestras vidas, y deben su poder al amor del
placer. Ponte en guardia. No seas como aquellos que describe Pablo:
“amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:4).
Recuerda lo que digo: lo que mata el alma es dedicarse a los placeres
terrenales. No hay camino más seguro para terminar con una conciencia
destruida y un corazón endurecido que darle vía libre a los deseos de la carne
y la mente. Parece no ser nada al principio pero a la larga se sufren las
consecuencias..
Considera lo que Pedro aconseja: Que “os abstengáis de los deseos
carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Destruyen la paz del
alma, quebrantan su fuerza, llevándola al cautiverio, y haciéndola su esclava.
Considera lo que dice Pablo: “Haced morir, pues, lo terrenal en
vosotros” (Colosenses 3:5). “Pero los que son de Cristo han crucificado la
carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). “Sino que golpeo mi cuerpo,
y lo pongo en servidumbre” (1 Corintios 9:27). Una vez fue el cuerpo la
perfecta mansión del alma; pero ahora es corrupto y desordenado, y necesita
ser vigilado constantemente. Es una carga para el alma, no una ayuda; un
estorbo, no un colaborador. Puede ser un útil servidor, pero siempre será
señor malo.
Considera otra vez las palabras de Pablo: “Vestíos del Señor Jesucristo,
y no proveáis para los deseos de la carne” (Romanos 13:14). “Estas” dice
Leighton, “son las palabras que, al leerlas San Agustín, lo transformó de un
joven libertino en un siervo fiel de Jesucristo.” Joven, deseo que éste sea tu
caso también.
Recuerda una vez más: Si te dedicas a los placeres terrenales,
encontrarás que todos ellos son vacíos, insatisfactorios y vanos. Como las
langostas en la visión de Apocalipsis, parecen tener coronas en sus cabezas,
pero comprobarás, como las mismas langostas, tienen aguijones, verdaderos
aguijones, en sus colas. No todo lo que brilla es oro. No todo lo que es bueno
es dulce. No todo lo que da placer momentáneo es verdadero placer.
Ve y llénate de placeres terrenales si quieres; pero descubrirás que nunca
satisfarán tu corazón. Siempre habrá una voz dentro gritando como el caballo
en Proverbios “¡Dame, Dame!” Hay en él un lugar vacío que sólo Dios puede
llenar. Por experiencia descubrirás, como Salomón, que los placeres
terrenales son sólo vana apariencia, vanidad y aflicción de espíritu, sepulcros
blanqueados, bonitos a la vista por fuera, llenos de huesos y corrupción por
dentro. Sé sabio a tiempo. Mejor que escribas un rótulo que diga “Veneno”
en todos esos placeres terrenales. Aun el más legal de ellos debe ser usado
con moderación. Todos ellos son destructores del alma si les das tu corazón.
“El placer,” dice además comentando sobre la segunda epístola de Pedro,
“debe tener garantía que será sin pecado; luego, que su medida será sin
exceso”.
Y aquí quiero advertir a todos los jóvenes que recuerden el séptimo
mandamiento: que tengan cuidado con la fornicación y el adulterio, y toda
clase de impurezas. Me temo que nunca se habla lo suficiente de esta parte de
la ley de Dios. Pero cuando veo cómo los profetas y apóstoles manejaron este
tema, cuando observo la manera abierta en que los reformadores de nuestra
iglesia los denunciaron, cuando veo el número de jóvenes que siguen las
huellas de Rubén, Ofni, Fineas y Amnón—no puedo, con limpia conciencia,
guardar silencio. Y dudo mucho que el mundo sea mejor por el silencio
excesivo que prevalece sobre este mandamiento. Por mi parte creo que sería
una falsedad y una cortesía nada bíblica, hablarle a los jóvenes y no tocar lo
que es especialmente “el pecado del joven.”
Quebrantar el séptimo mandamiento es el pecado que sobrepasa a todos
los demás. Como dice Oseas: “Fornicación, vino y mosto quitan el juicio”
(Oseas 4:11). Es el pecado que deja cicatrices más profundas en el alma que
ningún otro pecado que comete el hombre. Es el pecado que degolló a miles
de todas las edades, y que ha vencido a no pocos de los santos de Dios en el
pasado. Lot, Sansón y David son pruebas que hacen temer. Es el pecado del
cual el hombre se atreve a sonreír, y lo quiere suavizar con nombres tales
como desliz, inestabilidad, extravío, irregularidad. Pero este es el pecado del
cual el diablo se regocija pues él es “el espíritu sucio”; y es el pecado
particular que Dios aborrece, y declara que lo “juzgará” (Hebreos 13:4).
Joven, huye “de la fornicación” (1 Corintios 6:18) si amas la vida.
“Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de
Dios sobre los hijos de desobediencia” (Efesios 5:6). Huye de la ocasión, de
la compañía que te arrastra a ella, de los lugares en los cuales puedes ser
tentado a cometerla. Lee lo que nuestro Señor dice con respecto a ella en
Mateo 5:28. Sé como el santo Job que dijo: “Hice pacto con mis ojos” (Job
31:1). Evita hablar de ella. Es algo que ni debes mencionar. No se puede
tocar el betún y no ensuciarse. Evita los pensamientos de ella; resístelos,
mortifícalos, ora en contra de ellos, haz cualquier sacrificio que sea necesario
para no ceder. La imaginación es la incubadora donde este pecado con
demasiada frecuencia se empolla. Vigila tus pensamientos, y podrás estar
seguro de tus acciones.
Considera las advertencias que te he estado dando. Aunque olvides todo
lo demás, no olvides esto.

3. Otro peligro para los jóvenes es la irreflexión y la


desconsideración.
La falta de reflexión es una razón por la cual miles de almas son
arrojadas fuera para siempre. Los hombres no consideran, no miran hacia el
futuro, no miran a su alrededor, no reflexionan sobre cuál será el final al cual
los llevará si siguen el rumbo del presente, ni sobre las consecuencias seguras
de sus caminos actuales, y al final despiertan para comprobar que van a la
condenación por falta de reflexión.
Joven, ninguno corre más peligro que tú. Sabes poco de los peligros a tu
alrededor, y por lo tanto no prestas atención por dónde caminas. No quieres la
molestia de pensar sobria y silenciosamente, y por lo tanto tomas decisiones
equivocadas y corres hacia la amargura. El joven Esaú sintió que tenía que
tener el potaje de su hermano, y para obtenerlo, vendió su primogenitura.
Nunca pensó cuánto la desearía en el futuro. Los jóvenes Simeón y Leví
sentían que tenían que vengar a su hermana Dina, y mataron a los varones de
Siquem; y nunca consideraron cuántos problemas y aflicciones le causarían a
su padre Jacob y a su casa. Job parece haber temido de un modo especial a
esta falta de reflexión por parte sus hijos: pues está escrito que cuando hacían
fiesta, y “habiendo pasado en turno los días del convite, Job enviaba y los
santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al
número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y
habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacia todos
los días” (Job 1:5).
Créeme que este mundo no es un mundo en el cual podremos hacer el
bien si no reflexionamos, y mucho menos hacer el bien en los asuntos del
alma. “No reflexiones” susurra Satán. Él sabe que el corazón inconverso es
como un libro de cuentas de un comerciante deshonesto: no aguanta una
inspección a fondo. “Considera tus caminos” dice la Palabra de Dios, haz una
pausa y piensa, reflexiona y sé sabio. Muy bien dice el proverbio español:
“La prisa viene del diablo.” Así como los hombres se casan de prisa y al
tiempo se arrepienten, también cometen errores con respecto a su alma en un
minuto, y luego sufren por años. Así como un mal siervo hace algo malo y
luego dice, “Nunca lo pensé,” también los jóvenes corren al pecado y dicen:
“¡No parecía pecado!” ¿Qué te crees? El pecado no se te va a acercar y decir:
“Yo soy el pecado.” Haría muy poco daño si así lo hiciese. El pecado siempre
parece “bueno, divertido y deseable,” en el momento de cometerlo. ¡Oh,
adquiere sabiduría, obtén discernimiento! Recuerda las palabras de Salomón:
“Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos” (Proverbios
4:26). Es un dicho sabio el de Lord Bacon: “No hagas nada apresuradamente.
Espera un poco porque llegarás al final más rápido”.
Algunos, me atrevo a decir, objetarán diciendo que lo que pido es
excesivo, que la juventud no es la época de la vida para ser serios y
reflexivos. Y yo contesto, al contrario, poco peligro hay de que se practique
demasiado hoy día. Es muy común hablar tonteras, bromear y divertirse hasta
el exceso. Sin duda hay tiempo para todo, pero ser siempre frívolo y
superficial no es de sabios. ¿Qué dice el más sabio de los hombres? “Mejor es
ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de
todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar
que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El
corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los
insensatos, en la casa en que hay alegría” (Eclesiastés 7:2-4). El comentarista
Matthew Henry cuenta un relato acerca de un gran estadista, el secretario
Walsingham, de la época de la reina Elizabeth, quien se retiró de la vida
pública en sus últimos días y se dedicó a reflexionar seriamente. Sus alegres
compañeros de antes vinieron a visitarle y le dijeron que se estaba
convirtiendo en un melancólico. A lo que respondió él: “No. Soy serio
porque todo es serio a mi alrededor. Dios es serio cuando nos observa. Cristo
es serio cuando intercede por mí. El Espíritu es serio en su trato con nosotros.
La verdad de Dios es seria. Nuestros enemigos son serios en su empeño por
arruinarnos. Los pobres pecadores perdidos están serios en el infierno. ¿Y por
qué entonces no hemos de ser ustedes y yo serios también?”
¡Oh, joven, aprende a ser un pensador! Aprende a considerar lo que
estás haciendo, y hacia dónde estás yendo. Haz tiempo para reflexionar con
calma. Ten comunión con tu propio corazón y haya en ti quietud. Recuerda
mi advertencia: No te pierdas por el mero hecho de no querer reflexionar.

4. Otro peligro para los jóvenes es despreciar la


religión.
Este es también un especial peligro. Siempre observo que, de todos, los
jóvenes son los que tienen menos respeto por la religión. Nadie, como ellos,
se ocupan tan mal de los medios de gracia. Nadie participa tan poco en
nuestros cultos. Cuando están presentes, usan muy poco la Biblia y los libros
de oración. Cantan muy poco y muy poco escuchan la predicación. Nadie,
tanto como los jóvenes, falta a las reuniones de oración, a las conferencias y a
todos estas actividades entre semana que ayudan al alma. Los jóvenes
parecen pensar que no necesitan estas cosas, que quizás sean buenas para las
mujeres y los ancianos, pero no para ellos. Les da vergüenza que alguien
piense que les importa su alma; hasta podríamos decir que parece como si
para ellos fuera una deshonra ir al cielo. Y esto es despreciar la religión; este
es el mismo espíritu que hizo que los jóvenes de Betel se burlaran de Elías. Y
de este espíritu les digo a los jóvenes: ¡Cuidado! Si vale la pena tener
religión, vale la pena ser sincero en cuanto a ella.
Despreciar las cosas santas es ir camino a la infidelidad. Cuando alguien
hace una broma o se burla de cualquier parte de la cristiandad, no me
sorprende enterarme después de que en realidad no resultó ser un creyente.
Joven, ¿realmente has tomado tu decisión en cuanto a esto? ¿Haz mirado
bien el abismo que tienes delante de ti, si persistes en despreciar la religión?
Me vienen a la mente las palabras de David: “Dijo el necio en su corazón: No
hay Dios” (Salmo 14:1). ¡El necio, y ningún otro más que el necio! ¡Él lo
dijo, pero nunca lo comprobó! Recuerda, si hay un libro que ha dado pruebas
de ser verdad de principio a fin, por todo tipo de evidencias, ese libro es la
Biblia. Ha desafiado todos los ataques de todos sus enemigos y de aquellos
que sólo se ocupan de encontrar errores. “Es acrisolada la palabra de Jehová”
(Salmo 18:30). Ha sido puesta a prueba en todos los aspectos, y cuanto más
la ponen a prueba, más evidente ha comprobado ser la palabra de Dios
mismo. ¿En que creerías si no crees la Biblia? La única otra opción es creer
algo ridículo y absurdo. Puedes estar seguro de que nadie es tan totalmente
incrédulo como el que niega que la Biblia es la palabra de Dios; y si es la
palabra de Dios, cuidado que no la desprecies.
Los hombres podrán decirte que hay dificultades en la Biblia, cosas
difíciles de entender. No sería el libro de Dios si no las hubiera. ¿Y qué si las
hay? No desprecies las medicinas porque no puedes explicar todo lo que el
doctor hace gracias a ellas. Pero, digan lo que quieran los hombres, lo que es
necesario para ser salvos es claro como la luz del día. Puedes estar muy
seguro de esto: las personas no rechazan la Biblia porque no la entienden. Al
contrario, la entienden demasiado bien: entienden que testifica en contra de
su pecado y los cita a juicio. Tratan de creer que es falsa e inútil, porque no
quieren reconocer que sea verdad. “Una vida mala,” dijo él celebre Lord
Rochester, poniendo una mano sobre la Biblia, “una vida mala es la única
gran objeción a este libro.” “Los hombres cuestionan la verdad del
cristianismo,” dice South, “porque detestan tener que practicarlo”.
Joven, ¿cuándo falló Dios y no cumplió su palabra? Nunca. Lo que ha
dicho, siempre ha hecho; y lo que ha prometido, siempre lo ha cumplido.
¿Acaso no cumplió su palabra mandando el diluvio? ¿Falló en lo que dijo que
haría con Sodoma y Gomorra? No. ¿Ha fallado con respecto a los judíos
hasta este momento? No. Nunca ha fallado, ha cumplido su palabra. Ten
cuidado, que no seas hallado entre aquellos a quienes Dios desprecia.
Nunca te rías de la religión. Nunca bromees con las cosas santas. Nunca
te burles de quienes son serios y sinceros en los asuntos concernientes a sus
almas. El tiempo puede llegar cuando se cuentan entre los felices aquellos de
quienes te burlaste, entonces, tu risa se convertirá en llanto y tus burlas en
pesares.

5. Otro peligro para los jóvenes es el temor a la


opinión ajena.
“El temor del hombre” verdaderamente “pondrá lazo” (Proverbios
29:25). Es terrible observar el poder que tiene sobre la mayoría de las mentes,
y especialmente sobre las mentes de los jóvenes. Muy pocos parecen tener su
propia opinión, o pensar por sí mismos. Como pescados muertos son
arrastrados por la corriente. Lo que los demás piensan que es bueno, ellos
también piensan que lo es; y lo que los demás llaman malo, ellos también
llaman malo. Hay muy pocos pensadores originales en el mundo. La mayoría
de los hombres son como ovejas: siguen al líder. Si fuera la moda del día ser
romanista, serían romanistas, si lo fuera ser mahometano, serían
mahometanos. Temen mucho la idea de ir en contra de la corriente del día. En
una palabra, la opinión del día se convierte en su religión, su creencia, su
Biblia y su Dios.
El solo pensar “¿qué dirán o que pensarán mis amigos de mí?” destruye
muchas buenas intenciones. El temor de ser observado, ridiculizado y de ser
objeto de las burlas, impide la formación de muchos buenos hábitos. Hay
muchas Biblias que pudieran ser leídas este mismo día si sus dueños se
atrevieran. Saben que deberían leerlas, pero tienen miedo: “¿Qué dirá la
gente?” Hay rodillas que se doblarían en oración esta misma noche, pero el
temor a los demás se lo impide: “¿Que dirí a mi esposa, mi hermano, mi
amigo, mi compañero, si me viera orando?” ¡Ay, qué esclavitud tan
miserable es ésta, y no obstante, tan común! “Porque temí al pueblo,” dijo
Saúl a Samuel cuando quebrantó el mandamiento del Señor (1 Samuel
15:24). “Tengo temor de los judíos” dijo Sedequías, el rey rebelde de Judá; y
por su temor, desobedeció el consejo que Jeremías le dio (Jeremías 38:19).
Herodes tuvo miedo de lo que pensarían sus invitados, así que hizo lo que lo
hizo “excesivamente triste”: decapitó a Juan el Bautista. Pilato temió ofender
a los judíos, así que hizo lo que su conciencia le decía que era injusto:
entregó a Jesús para ser crucificado. ¿Si esto no es esclavitud, entonces qué
es?
Joven, quiero que todos los jóvenes estén libres de esta esclavitud.
Quiero que a ninguno de ustedes les importe la opinión ajena cuando el
camino del deber es claro. Créeme, es grandioso poder decir: “¡No!” Este era
el punto débil del buen rey Josafat, cedió fácilmente en sus tratos con el rey
Acab, y, por ello, se acarreó muchos problemas (1 Reyes 22:4). Aprende a
decir “No.” No dejes que el temor de no parecer simpático te impida hacer lo
que debes. Cuando los pecadores te insisten, di decisivamente: “Yo no
consentiré” (Proverbios 1:10).
Considera únicamente lo irrazonable que es el temor al hombre. ¡Qué
poco dura la hostilidad del hombre, y qué poco daño te puede hacer! “¿Quién
eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de
hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que
extendió lo cielos y fundó la tierra” (Isaías 51:12, 13). ¡Y qué ingrato es este
temor! Nadie tendrá mejor opinión de ti gracias a él. El mundo siempre
respeta a aquellos que actúan valientemente para Dios. ¡Quiebra estas
ataduras y arroja lejos de ti estas cadenas! Nunca te avergüences de dejar que
los demás vean que quieres ir al cielo. No pienses que es una vergüenza
demostrar que eres un siervo de Dios. Nunca tengas miedo de hacer lo que es
correcto.
Recuerda las palabras del Señor Jesucristo: “No temáis a los que matan
el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede
destruir el alma y el cuerpo en el infierno”(Mateo 10:28). Trata de complacer
sólo a Dios, y él pronto hará que los demás estén complacidos contigo.
“Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus
enemigos hace estar en paz con él” (Proverbios 16:7).
Joven, sé valiente. No te importe lo que el mundo dice o piensa: tú no
estarás en el mundo siempre. ¿Puede el hombre salvar tu alma? No. ¿Será el
hombre tu juez en el gran y temible día de rendir cuentas? No. ¿Puede el
hombre dar una conciencia limpia en la vida, una buena esperanza en la
muerte, una buena respuesta en la mañana de resurrección? ¡No! ¡No! ¡No!
El hombre no puede hacer nada de esto. Entonces, “No temáis afrenta de
hombre, ni desmayéis por sus ultrajes. Porque como a vestidura los comerá
polilla, como a lana los comerá gusano” (Isaías 51:7, 8). Me viene a la mente
el dicho del buen Coronel Gardiner: “Temo a Dios, y por lo tanto no temo a
nadie más.” Vé y sé como él.
Tales son las advertencias que te doy. Tómalas en serio. Vale la pena
reflexionar en ellas. Me equivoco por mucho si no las necesitas mucho.
Quiera el Señor que no te las haya dado en vano.
3. Consejos generales para los jóvenes
En tercer lugar, deseo dar algunos consejos generales a los jóvenes.

1. Trata de adquirir una visión clara de la maldad


del pecado.
Joven, si supieras qué es el pecado, y lo que el pecado ha hecho, no
pensarías que la manera como te exhorto es extraña. No lo ves como
verdaderamente es, tus ojos están naturalmente ciegos a su culpa y peligro, y
por lo tanto no entiendes por qué insisto tanto contigo. ¡Oh, no dejes que el
diablo consiga persuadirte que el pecado es algo sin importancia!
Piensa por un momento lo que la Biblia dice acerca del pecado: cómo
mora naturalmente en el corazón de todo hombre y mujer ( Eclesiastés 7:20 y
Romanos 3:23), cómo contamina nuestros pensamientos, palabras y acciones,
y lo hace continuamente (Génesis 6:5; Mateo 15:19), cómo nos hace
culpables a todos y abominables a los ojos de un Dios santo (Isaías 64:6;
Habacuc 1:13), cómo nos deja totalmente sin esperanza de salvación, si
tratamos de hacerlo por nuestra propia cuenta (Salmo 143:2; Romanos 3:20),
cómo el fruto en este mundo es la vergüenza, y su paga en el mundo venidero
es la muerte (Romanos 6:21, 23). Piensa calmadamente en todo esto. Te digo
este día, no es más triste estar muriendo de tuberculosis y no saberlo, que ser
un hombre vivo, y no saberlo.
Piensa qué terrible cambio ha obrado el pecado en la naturaleza de
todos nosotros. El hombre ya no es lo que era cuando Dios lo formó del
polvo de la tierra. Salió de la mano del Dios recto y sin pecado (Eclesiastés
7:29). En el día de su creación, como todo lo demás, “era bueno” (Génesis
1:31). ¿Y que es el hombre hoy? Una criatura caída, en ruina, un ser que
muestra las marcas de corrupción por todos lados, con su corazón como el de
Nabucodonosor, degradado y mundano, mirando hacia abajo y no hacia
arriba, sus afectos como una casa desordenada, sin señor, llena de
extravagancia y confusión, su entendimiento como una lámpara que se ha
aflojado de su casquillo, impotente para guiar, sin distinguir el bien del mal,
su voluntad como un barco sin timón, llevado de aquí y para allá por toda
suerte de deseos, y constante únicamente en escoger cualquier camino menos
el de Dios. ¡Ay, qué ruina es el hombre, comparado a lo que hubiera podido
ser! Muy bien entenderemos comparaciones como ceguedad, sordera,
enfermedad, sueño, muerte, cuando el Espíritu nos muestra lo que es el
hombre. Y, recuerda, el hombre es como es, porque el pecado lo hizo así.
Piensa también, lo que costó la expiación del pecado y proveer un
perdón para los pecadores. El Hijo de Dios tuvo que venir al mundo y tomar
nuestra naturaleza, para poder pagar el precio de nuestra redención y
librarnos de la maldición de una ley quebrantada. Aquel que era en el
principio con el Padre, y por quien todas las cosas fueron hechas, debía sufrir
por el pecado, el Justo por el injusto debía morir la muerte del malhechor,
antes de que cualquier camino al cielo pudiera ser abierto a cualquier alma.
Mira al Señor Jesucristo rechazado y despreciado de los hombres, azotado,
injuriado e insultado; obsérvalo sangrando en la Cruz del Calvario; oye su
grito de agonía, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Fíjate
cómo el sol se oscureció, y las rocas se partieron al verlo; y luego considera,
joven, cuánta es la maldad y la culpabilidad del pecado.
También piensa en lo que ha hecho el pecado ya sobre la tierra. Piensa
en cómo echó del Edén a Adán y Eva, fue el motivo del diluvio que arrasó
con el mundo de la antigüedad, causó que descendiera fuego sobre Sodoma y
Gomorra, ahogó las huestes del faraón en el Mar Rojo, destruyó las siete
naciones malvadas de Canaán y esparció las doce tribus de Israel sobre toda
la faz de la tierra. El pecado solo causó todo esto.
Piensa, además, en todo el sufrimiento y el dolor que el pecado ha
causado, y sigue causando hasta el día de hoy. Dolor, enfermedades y
muertes, contiendas, pleitos y divisiones, envidia, celos y malicia, engaños,
fraudes y estafas, violencia, opresión y robos, egoísmo, crueldad e ingratitud;
todos estos son frutos del pecado. El pecado es el padre de todos ellos. El
pecado es lo que ha amargado y echado a perder el rostro de la creación de
Dios.
Joven, considera estas cosas, y te darás cuenta por qué predicamos como
lo hacemos. De seguro que sin tan sólo pensaras en ellas, romperías con el
pecado para siempre, ¿Jugarías con veneno? ¿Bromearías con el infierno?
¿Tomarías una braza encendida en tus manos? ¿Protegerías a tu enemigo
mortal en tu seno? ¿Seguirías viviendo como si no te importara para nada si
tus pecados son perdonados o no, o si el pecado tiene dominio sobre ti, o tú
sobre el pecado? ¡Por favor, despierta y siente la pecaminosidad del pecado y
su peligro! Recuerda las palabras de Salomón “Los necios,” nadie más que
los necios “se mofan del pecado” (Proverbios 14:9).
Escucha, pues, lo que te pido este día: Ora a Dios pidiéndole que te
enseñe la verdadera maldad del pecado. Si quieres salvar tu alma, levántate y
ora.

2. Además, ocúpate de conocer a nuestro Señor


Jesucristo.
Esto, ciertamente, es lo principal en la religión. Esta es la piedra angular
de la cristiandad. Hasta que lo conozcas, mis advertencias y consejos serán
inútiles, y tus esfuerzos, cualesquiera que sean, serán en vano. Un reloj sin el
muelle mayor es inservible tal como lo es una religión sin Cristo.
Pero no me mal entiendas. No es meramente conocer el nombre de
Cristo a lo que me refiero, es conocer su misericordia, gracia, y poder; es
conocerle a él no sólo por el oír sino por la experiencia de tu corazón. Quiero
que lo conozcas por fe; quiero que, como dice Pablo, conozcas “el poder de
su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser
semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:10). Quiero que puedas decir de él,
él es mi paz y mi fuerza, mi vida y mi consolación, mi Médico y mi Pastor,
mi Salvador y mi Dios.
¿Por qué subrayo tanto esto? Lo hago porque sólo en Cristo habita “toda
plenitud” (Colosenses 1:19), porque sólo en él hay provisión plena de todo lo
que requerimos para satisfacer las necesidades de nuestra alma. Nosotros
solos somos todos pobres, criaturas vacías, vacías de justicia y paz, vacías de
fuerzas y consuelo, vacías de valentía y paciencia, vacías del poder para
ponernos en pie y seguir adelante, o de progresar en este mundo malo. Es
sólo en Cristo que podemos encontrar gracia, paz, sabiduría, rectitud,
santificación, y redención. Es sólo en la proporción que vivimos en él que
podemos llegar a ser cristianos fuertes. Sólo cuando el yo no es nada y Cristo
es el todo de nuestra confianza, lograremos grandes realizaciones. Sólo
entonces estaremos armados para la batalla de la vida, y vencerla. Sólo
entonces estaremos armados para la jornada cotidiana, y saldremos adelantes.
Vivir en Cristo, valernos totalmente de Cristo, hacer todo en la fuerza de
Cristo, mirar constantemente a Cristo, éste es el verdadero secreto de la
prosperidad espiritual. Dice Pablo “Todo lo puedo en Cristo que me
fortalece” (Filipenses 4:13).
Joven, te presento hoy a Cristo Jesús como el tesoro de tu alma; y te
invito a que empieces por acudir a él si quieres correr para llegar a la meta.
Deja que este sea tu primer paso: acudir a Cristo. ¿Quieres consultar a tus
amigos? Él es el mejor amigo: “Y amigo hay mas unido que un
hermano”(Proverbios 18:24). ¿Te sientes indigno por tus pecados? No temas:
Su sangre limpia todo pecado. Dice el Señor: “Si vuestros pecados fueren
como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el
carmesí, vendrán a ser como blanca lana”(Isaías 1:18). ¿Te sientes débil y sin
poder para seguirle? No temas: Él te dará el poder para ser hijo de Dios. Él te
dará el Santo Espíritu que morará en ti, y te sellará pare sí. Te dará un
corazón nuevo, pondrá dentro de ti un nuevo espíritu. ¿Estás perturbado o
abrumado con males extraños? No temas. No hay espíritu malo que Jesús no
pueda echar fuera, no hay enfermedad del alma que no pueda sanar. ¿Tienes
dudas o temores? Échalas fuera: “Venid a mí,” dice, “al que a mí viene, no le
echo fuera.” Él conoce bien el corazón de cada joven. Conoce tus problemas
y tus tentaciones, tus dificultades y tus adversidades. En los días de su carne,
Jesús fue como tú, un joven de Nazaret. Conoce por experiencia la mente del
joven. Él puede sentir tus males, pues él también sufrió, siendo tentado.
Ciertamente no tienes excusa si huyes de un Salvador y Amigo como este.
Escucha el pedido que te hago este día: Si amas la vida, ocúpate de
conocer a Cristo Jesús.

3. Nunca olvides que nada es tan importante como


tu alma.
Tu alma es eterna. Vivirá para siempre. El mundo y todo lo que hay en
él pasarán; no obstante lo firme, sólido, hermoso, tan bien ordenado que es, el
mundo llegará a su final. “Y la tierra y las obras que en ella hay serán
quemadas” (2 Pedro 3:10). Las obras de los estadistas, escritores, pintores,
arquitectos duran poco. Tu alma las sobrevivirá a todas. La voz del ángel
proclamará un día cuando “el tiempo no sería más” (Apocalipsis 10:6), pero
eso jamás se dirá de tu alma.
Intenta, te ruego, comprender que tu alma es lo único por lo cual vale la
pena vivir. Es la parte de ti que siempre debes considerar primero. Ningún
lugar, ningún empleo es bueno para ti si lastima el alma. No amigo, ningún
compañero merece tu confianza si toma a la ligera las preocupaciones de tu
alma. El hombre que daña tu persona, tu propiedad, tu carácter, te hace sólo
daño temporal. El enemigo verdadero es el que obra para dañar el alma.
Piensa por un momento por qué fuiste enviado al mundo. No sólo para
comer y beber, ni para entregarte a los deseos de la carne, ni sólo para vestir
tu cuerpo y darte gustos, sin importar a dónde te lleven, no sólo para trabajar,
dormir, reír, hablar, divertirte, y no pensar en ninguna otra cosa más que el
presente. ¡No! Fuiste creado para algo más alto y mejor que esto. Fuiste
puesto para capacitarte para la eternidad. Tu cuerpo sólo tiene la intención de
ser la casa para tu espíritu inmortal. Hacer que tu alma sea el siervo de tu
cuerpo es una afrenta a Dios como muchos la hacen, en lugar de hacer que el
cuerpo sea el servidor del alma como es el propósito de Dios. Nuestro
catecismo empieza con una pregunta y una respuesta: “¿Cuál es el fin
principal del hombre?” “Glorificar a Dios y disfrutar plenamente de él para
siempre.”
Joven, Dios no hace acepción de personas. No le importa si tienes la
mejor ropa, bienes, rango o posición. El no ve con los ojos del hombre. El
santo más pobre que haya muerto en un asilo de pobres es más noble en sus
ojos que el hombre rico y pecador que haya muerto en un palacio. Dios no ve
riquezas, títulos, educación, belleza, ni ninguna cosa semejante. Lo único que
Dios ve es el alma inmortal. Mide a cada uno de acuerdo con una sola norma,
una medida, una prueba, un criterio que es: el estado de su alma.
No te olvides esto. Piensa a la mañana, al mediodía y a la noche en los
intereses de tu alma. Levántate cada día deseando hacer lo bueno. Acuéstate
cada noche preguntándote si lo lograste. Recuerda a Zeuxis, el ilustre pintor
del mundo antiguo. Cuando le preguntaban por qué trabajaba tan
intensamente y se esforzaba hasta la exageración para hacer cada cuadro,
simplemente contestaba: “Pinto para la eternidad.” No te dé vergüenza ser
como él. Pon el alma inmortal delante de los ojos de tu mente y cuando te
pregunten por qué vives así, contéstales en el mismo espíritu de él: “Vivo
para mi alma.” Créeme, el día viene pronto cuando el alma será lo único en
que el hombre pensará, y la única pregunta importante será: “Mi alma ¿está
perdida o salva?”

4. Recuerda que es posible ser joven y servir a Dios.


Me temo que los lazos de Satán te acechan especialmente porque eres
joven. Temo que llene tu mente con la idea equivocada de que es imposible
ser un verdadero cristiano en la juventud. He visto a muchos caer en este
engaño. He escuchado decir: “Usted espera demasiado cuando exige que el
joven sea tan religioso. La juventud no es la etapa para tomar la vida tan en
serio. Nuestros deseos son fuertes y nunca ha sido la intención que los
reprimamos como usted quiere que lo hagamos. La intención de Dios es que
los disfrutemos. Más adelante habrá tiempo para la religión.” Y este tipo de
razonamiento encuentra apoyo en el mundo. El mundo está listo para
encogerse de hombros ante los pecados juveniles. El mundo parece pensar
que es natural que los jóvenes disfruten su juventud. Da por sentado que la
gente joven no es religiosa, y que no es posible que sigan a Cristo.
Joven, te hago esta simple pregunta: ¿Dónde en la Palabra de Dios dice
semejante cosa? ¿Dónde está el capítulo o el versículo de la Biblia que apoye
este razonamiento del mundo? ¿Acaso no habla la Biblia a jóvenes y
ancianos por igual? ¿No es pecado, el pecado cometido ya sea a los
veinticinco años o a los cincuenta? ¿A quién se le podría ocurrir la excusa
tonta el Día del Juicio: “Sé que pequé, pero en aquel entonces yo era joven”?
Muestra tu sentido común, te lo ruego, y déjate de excusas vanas. Tú eres
responsable ante Dios, y tienes que rendirle cuentas de tu conducta desde el
momento mismo que pudiste discernir entre el bien y el mal.
Sé bien que hay muchas dificultades en el camino del joven, lo admito
completamente. Pero siempre hay dificultades en el camino de hacer el bien.
La senda al cielo siempre es estrecha, seamos jóvenes o viejos. Hay
dificultades, pero Dios te dará gracia para vencerlas. Dios no es un amo
enérgico. El no hará como el faraón que exigía que los esclavos hicieran
ladrillos con paja sin haber paja. El se encargará de que el camino del deber
nunca sea imposible. Nunca dio mandamientos al ser humano sin darle el
poder para cumplirlos.
Hay dificultades, pero muchos hombres jóvenes las vencieron, y tú
también debes vencerlas. Moisés fue un joven con pasiones como las tuyas,
pero veamos lo que las Escrituras dicen de él: “Por la fe Moisés, hecho ya
grande, rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón, escogiendo antes ser
maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del
pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros
de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos
11:24-26). Daniel era joven cuando empezó a servir a Dios en Babilonia
donde estaba rodeado de tentaciones de todo tipo. Tenia pocos de su lado y
muchos en contra. Sin embargo la vida de Daniel fue tan pura y consecuente
que aun sus enemigos no pudieron hallar culpa en él, excepto “en relación
con la ley de su Dios” (Daniel 6:5). Y estos no son casos solitarios. Hay una
nube de testigos que podría nombrar. Pero me falta el tiempo para contarte
del joven Isaac, el joven José, el joven Josué, el joven Samuel, el joven
David, el joven Salomón, el joven Abisai, el joven Abdías, el joven Josías y
el joven Timoteo. Estos no fueron ángeles sino hombres con corazones como
el tuyo. Ellos también enfrentaron obstáculos con los cuales tuvieron que
luchar, deseos que controlar, tentaciones que sufrir, responsabilidades
difíciles de cumplir, como cualquier joven. Pero siendo lo jóvenes que eran, a
todos les fue posible servir a Dios. ¿Acaso no se levantarán en juicio y te
condenarán si persistes en decir que es imposible hacerlo?
Joven, esfuérzate por servir a Dios. Resiste al diablo cuando susurra
diciendo que es imposible. Inténtalo, y el Señor Dios de las promesas te dará
fuerzas en tus intentos. A él le encanta ir al encuentro de los que se esfuerzan
por acercarse a él. Él se acercará a ti y te dará el poder que sientes que
necesitas. Sé como el hombre que el Peregrino, en el libro de Bunyan, vio en
la casa del Intérprete, sé claro al decir, “Asienta mi nombre.” Las siguientes
palabras de nuestro Señor son verdad, aunque frecuentemente las oigo
repetidas por los duros de corazón: “Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis;
llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Las dificultades que parecen montañas se
derretirán como la nieve en la primavera. Los obstáculos que parecían
gigantes en la distancia se achicarán hasta convertirse en nada cuando los
encares. Verás que el león que temías en el camino resultará estar
encadenado. Si los hombres creyesen más en las promesas, nunca le tendrían
miedo a lo que tienen que enfrentar. Pero recuerda mi pequeño consejo, y
cuando Satanás diga: “No puedes ser cristiano mientras eres joven,”
contéstale, “Vete, Satanás; con la ayuda de Dios lo intentaré.”

5. Determina que la Biblia será tu guía y consejera


toda tu vida.
La Biblia es la providencia misericordiosa de Dios para el alma del
pecador, el mapa que tiene que usar para elegir el rumbo de su vida si quiere
alcanzar la vida eterna. Contiene una abundancia de todo lo que necesitamos
saber para tener paz, santidad y felicidad. El joven que quiera empezar su
vida bien, escuche lo que dijo David: “¿Con qué limpiará el joven su camino?
Con guardar tu palabra” (Salmo 119:9).
Joven, te encomiendo que te acostumbres a leer la Biblia, y no dejes esa
costumbre. No dejes que la risa de los compañeros, ni las costumbres malas
de la familia con que vives, te impida hacerlo. Determina no sólo que tendrás
una Biblia, sino que también te tomarás el tiempo para leerla. No dejes que
nadie te persuada que es sólo un libro para los ancianos y las ancianas de la
escuela dominical. Es el libro del cual el rey David obtuvo sabiduría y
entendimiento. Es el libro que el joven Timoteo conoció desde su niñez.
Nunca te dé vergüenza leerla. No menosprecies la palabra (Proverbios 13:13).
Léela con un espíritu de oración para que la gracia del Espíritu te haga
entenderla. El obispo Beveridge dice bien: “Sería más fácil que uno leyera las
letras de las Escritura sin ojos, que entender sin su gracia el espíritu de esas
letras”.
Léela reverentemente, como la Palabra de Dios, y no la del hombre,
creyendo implícitamente que lo que aprueba es correcto, y lo que condena es
malo. Puedes estar seguro de que cualquier doctrina que no pasa la prueba de
las Escrituras es falsa. Esto te ayudará a no ser llevado de aquí para allá por
las peligrosas opiniones de estos últimos días. Puedes estar muy seguro de
que cualquier práctica en tu vida que es contraria a las Escrituras, es
pecaminosa y debes renunciar a ella. Esto contestará muchas preguntas de tu
conciencia y aclarará muchas de tus dudas. Recuerda con qué actitud tan
diferente leían dos reyes de Judá la Palabra de Dios: El rey Joacim ordenó
que se la leyeran y en cuanto le habían “leído tres o cuatro planas, lo rasgó el
rey con un cortaplumas de escriba, y lo echó en el fuego que había en el
brasero” (Jeremías 36:23). ¿Y por qué? Porque su corazón se rebeló contra
ella, y estaba resuelto a no obedecerla. El rey Josías la leyó, y al momento
rasgó sus vestidos y clamó al Señor (2 Crónicas 34:19). ¿Y por qué? Porque
su corazón fue dócil y obediente. Estaba listo para hacer cualquier cosa que la
Palabra de Dios le mostrara que debía hacer. ¡Ojalá hagas lo que hizo Josías y
no lo que hizo Joacim!
Y léela regularmente. Esta es la única forma de hacerte “fuerte en las
Escrituras.” Un vistazo aquí y allá en la Biblia de cuando en cuando muy
poco bien hace. De esa manera nunca te familiarizarás con los tesoros que se
encuentran en ella, ni tampoco sentirás la espada del Espíritu en tu mano en
la hora de conflicto. Pero si llenas tu mente con las Escrituras, como
resultado de leerlas diligentemente, muy pronto descubrirás su valor y su
poder. Pensarás en los versículos apropiados en el momento de tentación. Los
mandamientos te vendrán a la mente en temporadas de dudas. Recordarás las
promesas en tiempos de desaliento. Y experimentarás de este modo la verdad
de las palabras de David: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no
pecar contra ti” (Salmo 119:11), y las de Salomón: “Te guiarán cuando
andes; cuando duermas te guardarán; hablarán contigo cuando despiertes”
(Proverbios 6:22).
Me detengo más en estas cosas porque en esta época se lee mucho. Se
publican muchos libros, aunque muy pocos de ellos son realmente
provechosos. Parece haber una pasión por la literatura barata. Abundan los
periódicos de todo tipo, y el tono de algunos de los de mayor circulación
muestra el mal gusto de esta época. En medio del peligroso diluvio de
lecturas peligrosas, yo defiendo el libro de mi Señor, y te insto a no olvidar el
libro del alma. No dejes que los periódicos, las novelas y las lecturas
románticas dominen tus horas de lecturas mientras los profetas y apóstoles
yacen olvidados. No dejes que lo excitante y licencioso acapare tu atención,
mientras que lo que edifica y santifica no encuentra lugar en tu mente.
Joven, da a la Biblia el honor debido cada día de tu vida. Y sea lo que
fuere que lees, lee la Biblia primero. También ten cuidado de los malos
libros. Hay muchos en la actualidad. Cuidado con lo que lees. Sospecho que
de esta manera las almas sufren más daño de lo que se imagina posible la
gente. Adjudícale un valor a los libros según la proporción en que coinciden
con las Escrituras. Los que más coinciden con ella son los mejores, y los que
menos coinciden con ella, y son contrarios a ella, son los peores.

6. Nunca te hagas muy amigo de alguien que no es


amigo de Dios.
Entiéndeme, no estoy hablando de conocidos. No estoy diciendo que no
debes tener nada que ver con alguien que no es un verdadero cristiano. Tomar
tal postura no es posible ni deseable en este mundo. Ser cristiano no requiere
que nadie sea descortés.
Pero sí te aconsejo que tengas mucho cuidado cómo escoges tus amigos.
No brindes tu amistad a alguien sólo porque es inteligente, agradable, de
buena casta, popular y bondadoso. Todas estas cosas serán muy buenas, pero
no lo es todo. Nunca te satisfagas con la amistad de alguien que no es útil a tu
alma.
Créeme, no subestimes la importancia de este consejo. Es imposible
decir los daños causados por andar con compañeros y amigos inconversos. El
diablo tiene pocas cosas mejores que esto para arruinar el alma del hombre.
Dale esta ayuda, y le importará muy poco qué otra armadura tienes para
protegerte contra él. Satanás sabe muy bien que tu buena educación, tu buena
moralidad, los sermones, los libros, tu hogar cristiano, las cartas de tus
padres, de poco te valdrán si te juntas con amigos inconversos. Puede que
resistas muchas tentaciones directas, que no caigas en trampas comunes, pero
empieza a andar con malas compañías, y con esto, él quedará satisfecho. 2
Samuel 13 contiene la horrible y malvada conducta del príncipe Amnón con
Tamar, y encontramos al principio del relato estas palabras: “Y Amnón tenía
un amigo que se llamaba Jonadab… hombre muy astuto” (2 Samuel 13:3).
Recuerda que todos somos criaturas que imitamos: el precepto podrá
enseñarnos, pero es el ejemplo lo que seguimos. Esto se aplica a todos
nosotros. Siempre estamos dispuestos a adoptar los modos o las costumbres
de aquellos con quienes vivimos, y cuanto más los queremos, más dispuestos
estamos. Sin que nos demos cuenta, influyen sobre nuestros gustos y
opiniones. Gradualmente abandonamos lo que a ellos no les gusta y
adoptamos lo que a ellos les gusta, para quedar bien con ellos. Y lo peor de
todo es que adoptamos sus malas costumbres mucho más pronto que sus
costumbres buenas y sanas. La salud, desgraciadamente, no es contagiosa,
pero muchas enfermedades lo son. Es mucho más fácil contagiarnos un
resfrío que contagiarle a otro felicidad. Y de la misma manera, es más fácil
debilitar la fe de alguno con nuestra actitud que hacerla crecer.
Joven, te pido que atiendas mi consejo. Antes de dejar que alguien sea tu
constante compañero, antes de que te acostumbres a contarle todo, a recurrir a
él con todos tus problemas y todas tus alegrías, piensa en lo que he estado
diciendo. Y pregúntate: “¿Será ésta una amistad provechosa para mí o no?”
“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”
(1 Corintios 15:33). Quisiera que este texto estuviera escrito en tu corazón
con la misma claridad con que está escrita en la Biblia.. Los buenos amigos
son una de nuestras más grande bendiciones. Pueden impedirnos que
caigamos en muchos males, impulsarnos en nuestro curso, dar un consejo en
el momento preciso, impulsarnos hacia arriba y adelante. Pero un mal amigo
es positivamente una mala influencia, un peso que continuamente nos jala
hacia abajo, y nos encadena a este mundo. Frecuenta la compañía de alguien
que no es del Señor, y lo más probable es que terminarás como él. Esa es la
consecuencia general de tales amistades. Los buenos descienden al nivel de
los malos, pero los malos no suben al nivel de los buenos. Aun una piedra se
rompe con un continuo goteo de agua. El conocido proverbio dice la verdad:
“Dime con quién andas y te diré quién eres.”
Enfatizo mucho este punto porque tiene que ver, más de lo que parece a
primera vista, con tus perspectivas en la vida. Si te casas, es más probable
que escojas una mujer entre las conocidas por los amigos con quienes andas.
Si Jeroboam, hijo de Josafat, no hubiera entablado una amistad con la familia
de Acab, lo más seguro es que no se hubiera casado con la hija de Acab. ¿Y
quien puede estimar la importancia de escoger correctamente nuestra pareja
matrimonial? Es un paso que según un dicho antiguo: “O hace al hombre o lo
deshace.” Tu felicidad en esta vida y la siguiente puede depender de ello. Tu
esposa ayuda a tu alma o la daña: no hay una opción intermedia. Avivará la
llama de la religión en tu corazón, o aventará agua helada en esa llama y la
apagará. Ella será alas o cadenas, las riendas o las espuelas a tu cristiandad,
según sea su carácter. Aquel que encuentra una buena esposa “encuentra
verdaderamente cosa buena,” pero si quieres encontrar una buena, ten
cuidado cómo escoges tus amigos.
¿Me preguntas qué clase de amigos debes escoger? Escoge amigos que
beneficien tu alma, amigos que realmente puedas respetar, amigos que
quisieras tener junto a ti en tu lecho de muerte, amigos que viven la Biblia y
no tienen miedo de hablar de ella contigo, amigos de los cuales no te
avergonzarás cuando venga Cristo, y llegue el Día del Juicio. Sigue el
ejemplo que el salmista te muestra cuando dice: “Compañero soy yo de todos
los que te temen y guardan tus mandamientos” (Salmo 119:63). Y recuerda
las palabras de Salomón: “El que anda con sabios, sabio será; mas el que se
junta con necios será quebrantado” (Proverbios 13:20). Dalo por hecho que
andar en malas compañías en tu vida ahora es la manera segura de conseguir
peores compañías en la vida venidera.
4. Reglas especiales para los jóvenes
En último lugar, presentaré algunas reglas de conducta específicas que
aconsejo firmemente sigan los jóvenes.

1. Resuelve de inmediato que, con la ayuda de Dios,


renunciarás a todos y a cada uno de tus pecados de
los que tienes conciencia por más pequeños que
sean.
Analiza tu interior. Examina tu propio corazón. ¿Ves allí algún hábito o
costumbre que sabes que es malo a la vista de Dios? Y si lo ves, no demores
ni un momento en atacarlo. Resuelve inmediatamente dejarlo a un lado.
Nada oscurece tanto los ojos de la mente, y endurece tanto la conciencia,
como un pecado que uno se permite. Quizá sea muy pequeño, pero eso no lo
hace menos peligroso. Un agujerito hundirá todo un gran barco, y una chispa
pequeña encenderá un gran incendio. De la misma manera, un pequeño
pecado que uno se permite arruinará un alma inmortal. Sigue mi consejo, y
nunca aceptes un pecado pequeño. Dios mandó a Israel que matasen a todos
los cananeos, tanto los grandes como los chicos. Actúa bajo el mismo
principio, y no le muestres misericordia a un pecado pequeño. Bien dice el
libro de los Cantares: “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a
perder las viñas” (Cantares 2:15).
Puedes estar seguro de que ningún hombre perverso, quiso ser tan
perverso al principio. Pero empezó permitiéndose una pequeña transgresión
que lo llevó a una más grande, y esa a su tiempo produjo otra aún más
grande, y por fin terminó siendo el miserable que ahora es. Cuando Hazael
escuchó de boca de Elías los horrible actos que cometería en el futuro, le
respondió con asombro: “¿Qué es tu siervo, este perro, para que haga tan
grandes cosas?” (2 Reyes 8:13). Pero dejó que el pecado se arraigara en su
corazón, y al final hizo todas las cosas que Elías había predicho.
Joven, resiste el pecado en sus comienzos. Tal vez parezca pequeño e
insignificante, pero haz caso de lo que digo: No lo aceptes, no dejes que more
quieta y tranquila en tu corazón. “La madre de las travesuras,” dice un
antiguo proverbio, “no es más grande que el ala de un mosquito.” No hay
nada más minúsculo que la punta de una aguja pero cuando hace su agujero
en la tela, se lleva detrás de ella todo el hilo. Recuerda las palabras del
Apóstol, “un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Corintios 5:6).
Muchos jóvenes podrían decirte con tristeza y vergüenza que pueden
rastrear su ruina de todos sus sueños del futuro al punto del cual te hablo, el
de darle paso al pecado en sus comienzos. Comenzaron teniendo hábitos de
falsedad, y deshonestidad en las cosas pequeñas que se arraigaron en ellos.
Paso a paso, fueron de mal en peor, hasta que hicieron cosas que antes no
hubieran creído posible, hasta que al fin perdieron su lugar, perdieron su
integridad, perdieron su consuelo, y casi perdieron su alma. Permitieron una
ranura en la pared de su conciencia, porque parecía muy pequeña, y cuando la
permitieron, esa ranura se fue haciendo más grande cada día, hasta que, a la
larga, se desplomó toda la pared.
Recuerda esto especialmente en lo que concierne a la verdad y
honestidad. Sé consciente de las cosas minúsculas. “El que es fiel en lo muy
poco, también en lo más es fiel” (Lucas 16:10). No importa lo que diga el
mundo, la realidad es que no hay pecados pequeños. Todo gran edificio
consiste de partes pequeñas; la primera piedra es tan importante como todas
las demás. Todos los hábitos se forman con una secuencia de actos más
pequeños y el primer acto pequeño tiene tremenda consecuencias. El hacha
de la fábula le rogó a los árboles que sólo la dejaran cortar un trozo pequeño
de madera para hacerse un mango. Y prometió nunca más molestarlos. La
dejaron hacerlo, y muy pronto los cortó a todos. El mal sólo quiere que lo
dejes introducir en tu corazón el gajito de pecado pequeñito, y, si se lo
permites, muy pronto serás todo suyo. Es un dicho muy sabio el de William
Bridge: “No hay nada pequeño entre nosotros y Dios, porque Dios es un Dios
infinito.”
Hay dos maneras de bajar de la cúpula de una iglesia; una es de un salto,
y la otra es bajar por los escalones: pero ambas te llevarán abajo. Así también
hay dos maneras de ir al infierno; uno es caminar hacia él con los ojos
abiertos, y muy pocos hacen eso; el otro es bajar por los escalones de
pequeños pecados, y me temo que esta manera es muy común. Empieza con
unos cuantos pecaditos, y muy pronto querrás más. Aun el pagano Juvenal
reconocía: “¿Quién se ha conformado jamás con solo un pecado?” Y siendo
así, si vas por ese rumbo, irás de mal en peor. Bien describió Jeremy Taylor
el progreso del pecado en el hombre: “Primero lo asusta, después le resulta
placentero, después fácil, y luego deleitoso, luego frecuente, después
habitual, y finalmente ¡confirmado! Después el hombre es impenitente,
después obstinado, luego resuelve nunca arrepentirse, y finalmente es
condenado.”
Joven, para no llegar a esto, recuerda la regla que te doy este día:
Resuelve de inmediato renunciar a cada uno de los pecados que conoces en ti.

2. Resuelve que, con la ayuda de Dios, evitarás todo


lo que pueda ser ocasión para pecar.
Es un excelente dicho el del buen Obispo Hall: “Aquel que quiere estar a
salvo de hacer el mal, para evitarlo, debe mantenerse a mucha distancia de las
ocasiones que lo pueden hacer caer.” Hay una antigua fábula de una mariposa
que le preguntó al búho cómo podía estar a salvo del fuego que había
chamuscado sus alas. El búho, como respuesta, la aconsejó que ni siquiera
mirara su humo.
No es suficiente que determinemos no cometer pecado, debemos
cuidadosamente mantenernos a una buena distancia de todo lo que nos podría
aproximar a él. Usando esta prueba tenemos que juzgar cómo usamos nuestro
tiempo: los libros que leemos, las familias que visitamos, la compañía que
mantenemos. No nos debemos contentar con decir: “No hay nada realmente
malo en esto.” Debemos ir más allá y decir: “¿Hay algo en esto que pueda
hacerme pecar?”
Recuerda bien que por esto, el ocio debe ser evitado. No es que el no
hacer nada sea en sí tan perverso, sino que brinda la oportunidad para pensar
pensamientos malos y fantasías vanas, es la puerta abierta para que el diablo
entre y quite la buena semilla. Esto es lo que debes temer. Si David no
hubiera dado ocasión al diablo por estar de ocioso en su terraza en Jerusalén,
probablemente nunca hubiera visto a Betsabé, ni hubiera hecho matar a Urías.
Es por esto, también, que las diversiones mundanas son tan censurables.
Puede ser dificultoso, en ciertos casos, demostrar que son, en sí mismas,
realmente incorrectas y contrarias a lo que enseña la Biblia. Pero no es
dificultoso demostrar que la tendencia de casi todas es muy dañina para el
alma. Siembran las semillas de una mentalidad mundana y sensual. Son
totalmente contrarias a la vida de fe. Promueven una obsesión malsana y
antinatural por lo que sea excitante. Alimentan la lascivia de la carne, la
lascivia de los ojos y la vanidad. Oscurecen la vista del cielo y de la
eternidad, y le dan un color falso a las cosas del tiempo. Indisponen el
corazón contra la oración personal y la lectura de la Biblia, y apagan la
comunión con Dios. El que se mezcla con ellas da a Satanás la ventaja. Cada
uno tiene una batalla que pelear, y si le da al enemigo la ventaja del sol, el
viento a favor y el terreno, sería verdaderamente raro si no fuera
continuamente vencido.
Joven, esfuérzate en todo lo que de ti dependa para mantenerte alejado
de todo lo que pudiera ser perjudicial para tu alma. Nunca ayudes al diablo.
Las gentes podrán decir que eres demasiado escrupuloso, demasiado
exigente, te preguntarán que qué tiene de malo tal o cual cosa. Pero no les
escuches. Es peligroso andar jugando con herramientas filosas, pero más
peligroso aún es andar jugando con tu alma inmortal. El que quiere estar a
salvo no debe jugar con el peligro. Debe considerar su corazón como el
cartucho de pólvora, y tener cautela de no acercarse a ninguna chispa de
tentación que le sea posible evitar.
¿De qué vale orar, “no nos dejes caer en tentación,” si tú mismo no te
cuidas de no correr a ella; y orar “guárdanos del mal,” si no muestras el deseo
de mantenerte fuera de su camino? Sigue el ejemplo de José. No sólo rechazó
las invitaciones indecentes de su ama, sino que mostró prudencia en rehusar
de plano “estar con ella” (Génesis 39:10). Apégate al consejo de Salomón, no
sólo de no ir “por la vereda de los impíos” sino que “déjala, no pases por ella;
apártate de ella, pasa” (Proverbios 4:14, 15). No meramente no seas borracho
sino que “no mires al vino cuando rojea” (Proverbios 23:31). Los hombres
que tomaban voto nazareno en Israel no sólo no tomaban vino sino que se
abstenían de las uvas. Hay que vivir “aborreciendo lo malo,” dice Pablo a los
Romanos (Romanos 12:9). No meramente que no hagas lo malo, “huye
también de los pasiones juveniles” escribe a Timoteo: aléjate de ellas lo más
lejos posible (2 Timoteo 2:22) ¡Ay, qué necesarias son tales advertencias!
Dina tuvo que salir entre los perversos siquemitas para comprobar los malos
caminos de ellos, y, por hacerlo, perdió su integridad. Lot tuvo que tender sus
tiendas cerca de la pecaminosa Sodoma, y terminó perdiendo todo menos su
vida.
Joven, sé sabio a tiempo. No intentes siempre ver lo cerca al enemigo
que tu alma pueda estar, y todavía escapar de él. Mantenlo lejos. Esfuérzate
por mantenerte lo más lejos posible de la tentación, y esto será una gran
ayuda para mantenerte limpio de pecado.
3. Además, resuelve nunca olvidar la omnipresencia
de Dios.
¡Dios te ve! En todos lados: en cada casa, en cada prado, en cada cuarto,
en cada compañía, solo o con una multitud, la vista de Dios siempre esta
puesta en ti. “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a
los buenos” (Proverbios 15:3). Y son ojos que ven los corazones así como
también las acciones.
Esfuérzate, te lo ruego, a comprender esta realidad. Reconoce que estás
tratando con un Dios que todo lo ve, un Dios que nunca cabecea ni duerme,
un Dios que entiende tus pensamientos mucho antes que tú, y con quien la
noche brilla como el día. Podrás dejar la casa de tu padre e irte, como el hijo
prodigo, a un país lejano, y creer que nadie ve tu conducta; pero la mirada y
el oído de Dios están allí antes que tú. Podrás engañar a tus padres o
patrones; podrás decirles mentiras, y aparentar ser alguien delante de ellos, y
ser otro a sus espaldas, pero no puedes engañar a Dios. Él te conoce
totalmente. Escuchó lo que dijiste cuando venías aquí hoy. Sabe lo que estás
pensando en este minuto. Ha tomado lo más secreto de tu pecado, lo ha
expuesto a la luz de su rostro, y, si no te arrepientes, un día será expuesto ante
el mundo para tu vergüenza.
¡Qué poco se siente realmente esto! ¡Cuántas cosas hace el hombre
continuamente que no haría si pensara que lo están viendo! ¡Cuántas cosas se
maquinan en los oscuros rincones de la imaginación, las cuales nunca
soportarían la luz del día! Sí, los hombres tienen pensamientos en privado y
hablan en privado y cometen acciones en privado, que los harían avergonzar
y sonrojar si se expusieran ante el mundo. El sonido de pasos cercanos ha
detenido a muchos de realizar actos de maldad. Un tocar a la puerta ha
causado que muchas obras perversas sean apresuradamente suspendidas, y
rápidamente puestas a un lado. ¡Pero que miserable insensatez es todo esto!
Hay un Testigo que todo lo ve donde quiera que vayamos. Ponle candado a la
puerta, cierra las cortinas, apaga la luz; no importa, es lo mismo. Dios está en
todas partes. No puedes dejarlo afuera, ni impedir que vea. “Y no hay cosa
creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están
desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”
(Hebreos 4:13). El joven José sabía bien esto cuando su patrona quiso
tentarlo. No había nadie en la casa que los viera, ningún testigo que pudiera
delatarlo, pero José vivía consciente de aquel que es invisible. “¿Cómo, pues,
haría yo este grande mal,” dijo él, “y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9).
Joven, te pido que leas el Salmo 139, y te aconsejo a ti y a todos los
jóvenes que lo memoricen. Úsalo como la prueba para todos tus tratos en este
mundo: pregúntate a ti mismo frecuentemente: “¿Recuerdo que Dios me ve?”
Vive sabiendo que estás a la vista de Dios. Esto es lo que Abraham hizo,
caminó delante de él. Esto es lo que Enoc hizo, caminó con él. Esto es lo que
será en el cielo, la eterna presencia de Dios. No hagas nada que no quieras
que vea Dios. No digas nada que no quieras que oiga Dios. No escribas nada
que no quieras que Dios lea. No vayas a ningún lado donde no te gustaría que
Dios te encontrara. No leas ningún libro que no te gustaría que Dios te dijera:
“Muéstramelo.” Nunca pases tu tiempo de tal manera que no te gustaría que
Dios te preguntara: “¿Qué estás haciendo? ”

4. Sé diligente en el uso de todos los medios públicos


de gracia.
Con esto me refiero a que asistas regularmente a la casa de Dios cuando
está abierta para la oración y la predicación, y siempre que te sea posible
asistir. Sé consecuente en mantener santo el día del Señor, y determina que el
día que le pertenece a Dios entre los siete de la semana, será de aquí en
adelante dado a su legítimo dueño.
No quiero dejar una falsa impresión en tu mente. No te retires diciendo
que dije que ir a los cultos es el todo de la religión. Yo no digo tal cosa. No
tengo ningún deseo de verte crecer formalista y fariseo. Si crees que el mero
hecho de llevar tu cuerpo a cierta casa, a cierta hora, cierto día de la semana,
te hará cristiano, y que te preparará para encontrarte con Dios, te digo de
plano que te engañas miserablemente. Todos los cultos sin que el corazón
rinda culto a Dios son sin provecho y vanos. Sólo son verdaderos adoradores
aquellos que “adoran al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23).
Pero los medios de gracia no deben ser despreciados porque no salven.
El oro no es comida, no lo puedes comer, pero no por eso dirás que no sirve,
y lo echarás a la basura. El bienestar de tu alma eterna ciertamente no
depende de los medios de gracia, pero es cierto y seguro que, por lo general,
sin ellos tu alma no andará bien. Dios podría llevar al cielo en un carro de
fuego a todos aquellos quienes son salvos, como lo hizo con Elías, pero no lo
hace. Podría enseñarnos a todos por visiones, sueños e intervenciones
milagrosas, sin requerir que leamos o pensemos por nosotros mismos, pero
no lo hace. ¿Y por qué no? Porque es un Dios que obra por sus medios, y es
su ley y voluntad que en todos los tratos del hombre con él, se usen los
medios de gracia. Sólo un necio o un aficionado pensaría en construir una
casa sin usar escaleras o andamios, y de igual manera, ningún hombre sabio
despreciará los medios públicos de gracia.
Me detengo más en este punto porque Satanás se esforzará intensamente
por llenar tu mente con argumentos en contra de los medios de gracia. Te
hará pensar en el número de personas que los usan y no son mejores por ello.
“Mira eso,” susurrará, “¿acaso no observas que los que van a la iglesia no son
mejores que los que no van?” Pero no dejes que esto influya sobre ti. Nunca
es justo discutir en contra de algo porque sea usado incorrectamente. No se
puede decir que los medios de gracia no hagan bien porque muchos los
atienden y no sacan ningún provecho de ellos. Un medicamento no puede ser
despreciado porque algunos lo toman y no se recuperan. Nadie pensaría en
dejar de comer porque algunos escogen comer y beber impropiamente, y,
como resultado, se enferman. El valor de los medios de gracia, como otras
cosas, depende mucho del espíritu con que los usamos.
Me detengo también en este punto, por la fuerte preocupación que siento
que cada joven escuche regularmente la predicación del evangelio de Cristo.
No tengo palabras para decirte lo importante que creo que esto es. Por la
bendición de Dios, el ministerio del evangelio puede ser el medio de
convertir tu alma, de guiarte al conocimiento salvador de Cristo, de hacerte
un hijo de Dios de hecho y en verdad. Esto sería realmente motivo de eterno
agradecimiento. Esto sería un acontecimiento del cual los ángeles se
regocijarían. Pero aun si éste no fuera el caso, hay una influencia y un poder
restrictivos en el ministerio del evangelio, bajo los cuales deseo
fervorosamente que cada joven viva. Hay miles que han sido guardados del
mal, aunque no los ha vuelto hacia Dios. La predicación del evangelio los ha
hecho mucho mejores miembros de la sociedad, aunque todavía no los ha
hecho verdaderos cristianos. Hay un cierto tipo de poder misterioso en la
predicación fiel del evangelio que actúa inconscientemente en las multitudes
que escuchan, sin recibirlo en sus corazones. Escuchar la condenación del
pecado y la proclamación de la santidad; escuchar que se exalta a Cristo y
que se denuncian las obras del diablo; escuchar la descripción del reino de los
cielos y sus bendiciones y la de la vaciedad del mundo; escuchar esto semana
tras semana, domingo tras domingo, rara vez deja de tener un efecto positivo
sobre el alma. Se hace mucho más difícil después darse a cualquier exceso o
libertinaje. Actúa como un control saludable en el corazón del hombre. Esto,
yo creo, es un modo como la promesa de Dios se cumple: “Así será mí
palabra que sale de mi boca: no volverá a mi vacía,” (Isaías 55:11). Hay
mucha verdad en el fuerte dicho de Whitefield: “El evangelio previene que
muchos lleguen a la cárcel y a la horca, si es que no previene que lleguen al
infierno”.
Quiero aquí mencionar otro punto muy relacionado con este tema. No
dejes que nada te tiente a no observar el día de reposo. Te lo subrayo para que
no lo olvides. Dedica conscientemente todo el día del Señor a Dios. Va
aumentando un espíritu de no tener en cuenta este día santo, y sobre todo
entre los jóvenes. Pasear, ir de visitas los domingos, hacer excursiones
domingueras es cada vez más común y está haciendo un daño infinito a las
almas.
Joven, sé celoso de este punto. Ya sea que vives en la ciudad o el
campo, sé firme; resuelve no profanar el día del Señor. No dejes que el
argumento lógico de que es “necesario relajar tu cuerpo,” no dejes que el
ejemplo de todos los que te rodean, no dejes que la invitación de tus amigos,
no dejes que nada de esto te lleve a no cumplir esta regla establecida: que el
día del Señor será dado a Dios.
Si dejas de cuidar el día del Señor, al final dejarás de cuidar tu alma. Los
pasos que llevan a esta conclusión son fáciles y regulares. Empieza por no
honrar el día de Dios, y muy pronto dejarás de honrar la casa de Dios; deja de
honrar la casa de Dios, y pronto dejarás de honrar el libro de Dios; deja de
honrar el libro de Dios, y pronto dejarás de honrar a Dios en todo. Cuando
alguien pone el fundamento de no tener domingo, no nos sorprenda que
termine con una lápida que diga No tenía Dios. Es interesante la observación
acerca del Juez Hale: “De todas las personas convictas de un crimen capital
cuando era juez, encontró sólo unos pocos que, al preguntarles, no admitían
que habían empezado su carrera de iniquidad descuidando el día del Señor”.
Joven, quizás andes entre compañeros quienes olvidan el honor que se
merece el día del Señor; pero tú, determina, con la ayuda de Dios, que
siempre lo recordarás para santificarlo. Hónralo asistiendo regularmente a un
lugar donde se predique el evangelio. Establécete bajo un fiel ministerio, y
cuando lo hayas hecho, nunca dejes que tu lugar en la iglesia esté vacío.
Créeme, si así lo haces, descubrirás que serás objeto constante de una
bendición especial: “Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu
voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo
venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni
hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré
subir sobre las alturas de la tierra” (Isaías 58:13, 14). Y una cosa es muy
segura, tu sentir en cuanto al día del Señor siempre será una prueba y un
criterio para determinar tu aptitud para el cielo. Los domingos son una
muestra o un fragmento del cielo. El que los encuentra gravosos y no un
privilegio puede estar seguro de que su corazón necesita un poderoso cambio.

5. Determina que no importa donde te encuentres,


vas a orar.
La oración es el aliento mismo de la vida del alma del hombre. Sin ella,
aunque creamos tener vida y nos contamos entre los cristianos, estamos
muertos en la vista de Dios. Sentir que tenemos que implorar a Dios
misericordia y paz es una señal de gracia. Y el hábito de presentarle los
anhelos de nuestra alma es evidencia de que contamos con el Espíritu de
adopción. Y la oración es la manera establecida para satisfacer nuestras
necesidades espirituales. Abre la fuente de riquezas y haz que fluyan. Si no
tenemos, es por que no pedimos.
La oración es la manera de conseguir el derramamiento del Espíritu en
nuestro corazón. Jesús ha prometido el Santo Espíritu, el Consolador. Él esta
listo para descender con todos sus regalos preciosos, a renovar, santificar,
purificar, fortalecer, animar, alentar, iluminar, enseñar, dirigir, guiar a toda
verdad. Pero espera que se los pidamos.
Y aquí, lo digo con tristeza, es donde los hombres quedan tan cortos.
Encontramos muy pocos que verdaderamente oran: muchos doblan sus
rodillas, y quizás digan oraciones memorizadas, pero pocos son los que oran,
pocos los que claman a Dios, pocos los que buscan y quieren encontrar,
pocos los que ruegan como si tuvieran hambre y sed, pocos los que luchan,
pocos los que perseveran pidiendo intensamente a Dios una respuesta, pocos
los que no lo dejan descansar, pocos los que continúan orando, pocos los que
hacen guardia por medio de la oración, pocos los que oran sin cesar, y no
desmayan. ¡Sí, pocos oran! Es una de esas cosas que se da por sentado, pero
muy rara vez se practica. Algo que concierne a todos, pero de hecho nadie la
lleva a cabo.
Joven, créeme, si tu alma va a ser salva, debes orar. Dios no tiene hijos
tontos. Si vas ha resistir el mundo, la carne y el diablo, tienes que orar. En
vano buscarás fuerza en la hora de la prueba, si no la has buscado ya. Quizás
te veas obligado a estar entre los que nunca lo hacen; quizás tienes que
dormir en el mismo cuarto con alguien que nunca le pide nada de Dios; pero,
sea como fuere, sigue mi consejo: tú tienes que orar.
Sé que puedes tener problemas para hacerlo: dificultades en relación con
la oportunidad, el momento y el lugar donde orar. Y no me atrevo a ponerte
reglas positivas en detalles como estos. Lo dejo a tu propio criterio. Debes ser
guiado por las circunstancias. Nuestro Señor Jesús Cristo oró en una
montaña. Isaac oraba en los campos. Ezequías volvía su rostro a la pared
cuando se acostaba en su cama. Daniel oraba a la orilla de un río. Pedro, el
apóstol, en el tejado. He sabido de jóvenes que oran en establos y en los
fardos de heno. Lo único que te insto es esto: tú tienes que saber qué es
“entrar a tu aposento” (Mateo 6:6). Debes tener un momento establecido para
hablar con Dios cara a cara. Debes tener cada día tus momentos de oración.
Tienes que orar.
Sin esto, todo consejo y advertencia es inútil. Esta es la pieza de
armadura espiritual que Pablo menciona último en su lista en Efesios 6, pero
en verdad es la primera en valor e importancia. Es esta la carne que debes
comer diariamente, si es que vas a viajar seguro por el desierto de la vida. Es
sólo con el poder de la oración que proseguirás hacia el monte de Dios. He
escuchado decir que los fabricantes que afilan las agujas en Sheffield a veces
usan una pieza magnética en la boca mientras trabajan, la cual atrapa toda las
partículas finitas que vuelan a su alrededor, y previene que entren en sus
pulmones, salvando, de este modo, sus vidas. La oración es esa pieza
magnética en la boca que debes usar continuamente, para estar a salvo en el
ambiente contaminado de este mundo pecaminoso. Tienes que orar.
Joven, puedes estar seguro de que no hay mejor manera de usar el
tiempo que de rodillas. Haz tiempo para esto, no importa qué empleo tengas.
Piensa en lo que dijo David, el rey de Israel: “Tarde y mañana y a medio día
oraré y clamaré; y el oirá mi voz” (Salmo 55:17). Piensa en Daniel. Tenia
toda la administración del reino en sus manos, y, sin embargo, oraba tres
veces al día. Allí radicaba el secreto de su seguridad en la malvada Babilonia.
Piensa en Salomón. Empezó su reinado con una oración pidiendo ayuda, y
por ello gozó de gran prosperidad. Piensa en Nehemías. Podía encontrar
tiempo para orar a su Dios del cielo aun cuando estaba parado en la presencia
de su amo Altarjerjes. Piensa en los ejemplos que estos hombres piadosos te
han dejado, y decídete a imitarlos.
¡Quiera el Señor darte el espíritu de gracia y de suplicación! “A lo
menos desde ahora, ¿no me llamarías a mí, Padre mío, guiador de mi
juventud?” (Jeremías 3:4). Feliz consentiría yo que todo el resto de este
discurso se olvidara, si tan solo quedara grabada en tu corazón esta doctrina
de la importancia de la oración.
5. Conclusión
Y ahora me apresuro hacia una conclusión. He dicho cosas que quizás a
muchos no les ha gustado, y ni tampoco hayan aceptado; pero, si este es tu
caso, apelo a tu conciencia, porque ¿acaso no son ciertas?
Joven, tú tienes una conciencia, como cada uno de nosotros. Está
corrupta y arruinada por la caída. En un rincón de cada corazón hay un
testigo de Dios, un testigo que nos condena cuando hacemos algo malo, y
aprueba cuando hacemos algo bueno. A ese testigo apelo hoy, y le pregunto:
¿Acaso no son ciertas las cosas que he estado diciendo?
Vete ahora, joven, decidido desde este día a recordar a tu Creador en los
días de tu juventud, antes de que el día de gracia pase, antes de que tu
conciencia se haya endurecido por la edad, y muerto por haberla pisoteado
tantas veces, mientras tienes fuerzas, tiempo y oportunidades. Ve y únete al
Señor en un pacto eternal que nunca será olvidado. El Espíritu no siempre
contenderá contigo. La voz de la conciencia se irá debilitando año tras año
mientras sigas acallándola. Los atenienses le dijeron a Pablo: “Ya te oiremos
acerca de esto otra vez” (Hechos 17:32). Pero ya le habían oído por la ultima
vez. Apresúrate, no te tardes. No titubees ni vaciles más.
Piensa en el indescriptible consuelo que darás a tus padres, tus
familiares, tus amigos, si sigues mis consejos. Han invertido tiempo, dinero y
salud para criarte, y llegaras a ser lo que eres. Ciertamente ellos merecen
ciertas consideraciones de tu parte. ¿Quién puede medir el gozo y la felicidad
que puede ocasionar la gente joven en los que le rodean? ¿Quién puede medir
la ansiedad y el dolor que causan los hijos como Esaú, y Hofni, Fineas y
Absalón? Tuvo razón Salomón cuando dijo: “El hijo sabio alegra al padre,
pero el hijo necio es tristeza de su madre” (Proverbios 10:1). ¡Por favor,
considera todas estas cosas y dale a Dios tu corazón! Que no sea dicho de ti
al final, como se dice de muchos: “Tu juventud fue un error tras otro, tu
madurez pura lucha, y tu vejez pura lamentación.”
Piensa en el instrumento para bien que puedes ser en el mundo. Casi
todos los santos eminentes de Dios buscaron al Señor en su juventud. Moisés,
Samuel, David, Daniel, todos sirvieron a Dios desde su mocedad. Parece que
Dios se deleita en honrar de modo especial a sus siervos jóvenes. ¿Qué
podríamos esperar si los jóvenes en nuestros días se consagraran a Dios en la
primavera de sus vidas? Se necesitan obreros en casi toda buena causa, pero
no se hallan. Existe toda clase de recursos para esparcir la verdad, pero no
hay manos para usarlos. Es más fácil adquirir dinero que obreros para hacer
el bien. Se necesitan pastores para nuevas iglesias, se necesitan misioneros
para nuevos campos, se necesitan visitadores para vecindarios descuidados,
se necesitan maestros para nuevas escuelas, muchas buenas causas están
detenidas por falta de obreros. Escasean mucho los hombres consagrados,
fieles, y dignos de confianza para ocupar puestos como estos que he
mencionado.
Joven, Dios te necesita en su obra. Esta es una era especial de actividad.
Nos estamos librando de nuestro pasado egoísmo. Los hombres ya no
duermen el sueño de apatía e indiferencia hacia los demás, como sus padres
lo hicieron. Empiezan a tener vergüenza de pensar como Caín: “¿Soy yo
guardador de mi hermano?’. Ante ti se abre un amplio campo para ser útil,
sólo falta que estés dispuesto a entrar en él. La cosecha es abundante, pero los
obreros son pocos. Sé fiel en realizar buenas obras. Ven a ayudar a tu Señor
en su lucha contra el poderoso Satanás. Esto es, en cierto modo, imitar a
Dios, no sólo ser bueno, sino hacer el bien (Salmo 119:68). Esta es la manera
de seguir los pasos de tu Señor y Salvador: “Éste anduvo haciendo bien”
(Hechos 10:38).
Esto es vivir como David; “porque a la verdad David, habiendo servido
a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió” (Hechos 13:36).
¿Y quién puede dudar que este es el camino que más le conviene al alma
inmortal? ¿A quien no le gustaría dejar este mundo como Josías, que fue
lamentado por todos, en lugar de partir como Jeroboam, “sin que lo desearan
más” ( 2 Crónicas 21:20 )? ¿Es mejor ser inútil, frívolo, estorbo inútil en la
tierra, vivir para tu cuerpo, tu egoísmo, tus deseos, tu orgullo, o vivir
dedicado a la gloriosa causa de ser útil a tus semejantes? Ser como
Wilberforce o el Señor Shaftesbury, una bendición a tu país y al mundo; ser
como Howard, el amigo de los prisioneros y cautivos; ser como Schwartz, el
padre espiritual de cientos de almas inmortales en tierras ajenas o ser como
aquel hombre de Dios, Roberto M’Cheyne, una luz refulgente, una epístola
de Cristo, conocido y leído por todos los hombres, el vivificador de todo
corazón cristiano que cruza tu camino. ¿Quién puede dudar la respuesta, ni
siquiera por un instante?
Joven, considera tus responsabilidades. Piensa en la facultad y el
privilegio de hacer el bien. Decide este día ser útil. Entrega en este mismo
instante tu corazón a Cristo.
Por ultimo, pienso en la felicidad que tendrás en tu propia alma si sirves
a Dios, felicidad en el camino mientras viajas a través de la vida, y felicidad
al final, cuando la jornada termine. Creéme, puedes haber oído lo contrario,
pero puedes estar seguro de que hay una recompensa para los justos aun en
este mundo. La santidad incluye una promesa para esta vida, al igual que para
la venidera. Sentir que Dios es tu amigo te da una paz firme. Hay una
satisfacción en saber que no importa lo indigno que seas, estás completo en
Cristo, que tienes una porción permanente, que has escogido aquella parte
buena que no te será quitada.
“De sus caminos será hastiado el necio de corazón, pero el hombre de
bien estará contento del suyo” (Proverbios 14:14). El camino del hombre
mundano se entenebrece más y más cada año que vive. El camino del
cristiano es una luz brillante que alumbra más y más hasta el fin. Su sol
apenas está saliendo cuando el de los impíos se está poniendo para siempre.
Todas sus mejores cosas están empezando a florecer para siempre, cuando al
mundano se le están resbalando todas de las manos, desapareciendo para
siempre. Joven, todo esto es verdad. Acepta mis palabras de exhortación.
Convéncete. Toma la cruz. Sigue a Cristo. Entrégate a Dios.
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