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Clarín Educación 50 14/6/1998

ANIVERSARIO: JUAN FILLOY Y LOS 80 AÑOS DEL MOVIMIENTO QUE


CAMBIO LA UNIVERSIDAD
La Reforma de 1918, por el único sobreviviente
El escritor cordobés tiene 104 años y una memoria prodigiosa
Fue protagonista de los incidentes del 15 de junio de 1918, cuando los estudiantes
tomaron la Universidad
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MARTA PLATIA. Córdoba. Corresponsal
Sólo uno de los estudiantes que pusieron patas arriba a la Universidad cordobesa la
mañana del 15 de junio de 1918 está vivo. Es el escritor Juan Filloy. O don Juan, como
se conoce por aquí a este caballero nacido en el siglo XIX, listo para cumplir sus 104
años el 1 de agosto, y dispuesto a no morirse “al menos hasta los 106”, para poner sus
pies en el siglo XXI.
Armado hasta los dientes con su humor tan filoso como inmune al paso del tiempo, y
dueño de una memoria prodigiosa que haría empalidecer al mismísimo Funes -el
personaje creado por su amigo Jorge Luis Borges-, Filloy recuerda con orgullo y
ruidosas carcajadas “el día de la revolución” que lo tuvo como uno de sus protagonistas.
Y se acuerda, con nombre y apellido, de los líderes de la revuelta. De sus profesores,
“los que echamos y los que dejamos que se quedaran”. Del paisaje de la ciudad, de los
titulares de los diarios, y hasta de los cantos de protesta que, hace ochenta años,
entonaba eufórico por las calles del viejo centro cordobés.
Sentado en el living del austero departamento donde vive solo -Monique, una de sus dos
hijas, vive en el piso de abajo-, don Juan se recuerda con 23 años y corriendo desbocado
frente a la Catedral: La Policía montada desbarató una manifestación en la que yo
estaba, y un soldado de a caballo me alcanzó. Me dio un sablazo intimidatorio en la
espalda y, del susto, corrí más rápido que el animal. En la huida, no tuve mejor idea que
meterme en el escritorio de un escribano que, para mi desgracia, era contrario a la
Reforma y me puso de patitas en la calle. No tuve otra que volver a correr, recuerda
Filloy entre risas.
-¿Cómo fue aquel día?
-Me acuerdo que todo ocurrió a partir de las doce de la mañana. Una avalancha de más
de 300 alumnos avanzó hacia la rectoría. Los profesores que estaban en las clases
tuvieron que salir saltando por las ventanas para escabullirse. Fue entonces cuando
muchos aprovecharon e hicieron todas las depredaciones lógicas de una revuelta:
agarraron carpetas, expedientes, cuadros y muebles, y los tiraron a la calle.
“Ese fue el acto inicial -reflexiona-. Un acto violento. Después vinieron las
deliberaciones sobre el futuro de la Universidad. Una universidad que queríamos
cambiar”.
Hijo de inmigrantes -padre español y madre francesa-, don Juan representaba en la
Universidad, como muchos otros, la llegada de “los hijos de los vecinos” a claustros de
larga tradición patricia.
“El futuro estaba condicionado por lo que era la Universidad en ese entonces -explica el
escritor-. Era un reducto frailesco, casi clerical, en el cual estaban arraigadas figuras del
sector de derecha, pero que no estaban capacitadas para dictar clases. Estaban muy
retardados en los progresos de las ciencias jurídicas y médicas. Y eso no se podía tolerar
más. Los estudiantes queríamos abrir nuestra inteligencia hacia la modernidad y ellos
eran un estorbo”.
Embriagado por la efervescencia de la revuelta de la mañana y las corridas policiales, el
joven Juan y sus amigos acordaron derribar la mismísima estatua del obispo Trejo y
Sanabria -el fundador de la Universidad- que preside el jardín central del rectorado.
“Fracasamos en nuestro intento -recuerda divertido-. La enlazamos y tironeamos para
voltearla, pero claro, la estatua estaba abulonada, así que no cayó y todavía está en su
sitio... Pero el afán universitario de ese entonces era revolucionario y un tanto
devastador. Así que, como no pudimos con Trejo y Sanabria, esa misma noche la
emprendimos con la estatua de un antiguo profesor de derecho, García Montaño,
ubicada en la plazoleta frente a la iglesia de la Compañía de Jesús. Pero, para nuestra
desilusión, tampoco pudimos con ella”, dice, y se ríe con la picardía del chico que se le
escapa a través de los gruesos anteojos de carey.
Y recuerda a los líderes. A los hermanos Barros y a Deodoro Roca. A Saúl Taborda y
“al Pirincho” Garzón Maceda. A Brandán Caraffa, los hermanos Orgaz y al poeta
Arturo Capdevila. “Ellos impulsaban la reforma definitiva de la vida estudiantil.
Propiciaban una universidad moderna, con profesores modernos y no retardatarios. Y la
mayoría de la sociedad cordobesa estaba de acuerdo con nosotros. Ellos también
soñaban con sus hijos en la universidad y nos apoyaban cuando salíamos a las calles”.
-¿Qué cambió para ustedes luego de los hechos de junio de 1918?
-Inmediatamente hubo mucho desconcierto. Y un acomodamiento general, como
después de un terremoto. Había que limpiar las calles y poner las casas en orden. Pero
poco a poco fuimos logrando lo que queríamos. Yo me recibí de abogado dos años
después.
Mientras ofrece café, don Juan continúa hablando en el silencio pavoroso de su
departamento. El escritor está casi sordo, pero se ha vuelto un especialista en leer labios
y miradas. Coqueto y orgulloso, sólo admite “una leve sordera, un achaque de los pocos
que tengo además de mis piernas flojas”. Unas piernas que lo obligan a usar una batería
de bastones y hasta un andador. Pero sólo eso. No más para sus increíbles 104 años.
“Lo nuestro fue un movimiento revolucionario contra el enquistamiento de la
universidad como un reducto pura y exclusivamente al servicio de la iglesia”, dice casi
sin respirar y con una convicción digna de la mejor barricada. “Muy contrario a lo que
aconteció, cincuenta años después, en el Mayo Francés de 1968”.
-¿Y cuáles fueron, a su juicio esas diferencias?-El movimiento de París no fue
propiamente revolucionario, sino de renovación. Porque la universidad de Francia ya
era una de las mejores del mundo. Ellos sólo querían sacarle el corsé, liberarla de
formalismos inútiles y cambiarle el rumbo a una gris vida científica. Ponerla al día con
la técnica moderna.
“Nosotros, en cambio, queríamos la revolución. Queríamos cambiar todo. Mejorar
absolutamente todo -sostiene Filloy-. Y la revolución casi siempre es vandálica. En
Córdoba hubo batallas campales cuerpo a cuerpo. Los franceses, en cambio, si bien
tuvieron una que otra escaramuza, se esmeraron en cosas tan positivas como la ironía y
el sarcasmo. Esas fueron sus armas. Por eso tuvo el encanto de una cantidad de
pequeñas manifestaciones adherentes, gracias a sus caricaturas, frases y refranes. La
mayoría tan bellos como ese que dice prohibido prohibir, que es el que más me gusta.
-¿Cómo juzga ahora a la Universidad de Córdoba?
-Estamos a 80 años de aquella Reforma... Pero usted ve que todavía hay conflictos. No
se pueden resolver esos problemas en diez minutos, ni en diez años, sino que requieren
la madurez del tiempo y la eficacia puesta a favor de su resolución.
“Pero, sin dudas -agrega-, la semilla que sembramos creció y dio sus frutos. Si no, no
estaríamos hablando de todo aquello. Creo que los mozalbetes que fuimos estarían
orgullosos de esto que somos”.
Don Juan da por terminada la charla. Está fatigado y se le nota. Sin embargo, su
dignidad de varón centenario hace que acompañe a esta cronista hasta la puerta sin la
ayuda de ningún bastón.
Un caballero siempre saluda de pie, dice, y se despide con su voz de hombre increíble,
tremendo. Unico.
ANIVERSARIO: MEMORIA ORIGEN Y VIGENCIA DE LA REFORMA DEL 18
Estalló en Córdoba y se extendió por Latinoamérica
Empezó con una huelga decretada por los estudiantes
Y llegó a impactar en la política de otros países
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Por CLAUDIA AMIGO Y VICTORIA TATTI. De la Redacción de Clarín
Una multitud de estudiantes invadió la sala. Alguien colgó en la puerta un cartel que
decía “Se alquila”. Un vecino, para proteger a un profesor, sacó un puñal. Y el joven
Emilio Biagosch escribió en el acta electoral: “La Asamblea de todos los estudiantes de
la Universidad de Córdoba decreta la huelga general. Junio 15 de 1918”.
Así estalló la Reforma Universitaria que se extendió por toda América latina, y sus
valores siguen vigentes. Hace 80 años, el doctor Antonio Nores, de la “Corda Frates” -
un grupo de caballeros católicos- fue elegido rector de la Universidad de Córdoba,
ganándole al candidato de los estudiantes, Enrique Martínez Paz.
Ni siquiera pudieron proclamar el resultado, cuando los jóvenes reaccionaron
llevándose por delante a la Policía. Seis días más tarde, la Federación Universitaria de
Córdoba publicó el Manifiesto Liminar, redactado por el principal líder del movimiento,
Deodoro Roca, en el sótano de la casa de su papá.
“Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores
que nos quedan son las libertades que faltan”, es la frase del Manifiesto que pasó a la
historia.
No fue casual que la chispa se encendiera en Córdoba. “Era una Universidad teológica”,
asegura hoy el rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, Horacio Sanguinetti.
Cuando el diputado socialista Juan B. Justo visitó la Universidad para entender los
motivos del conflicto, descubrió el pésimo nivel académico. En la bolilla 16 del
programa de Filosofía del doctor Ignacio Garzón se enseñaban los “deberes para con los
siervos”.
Cátedras por herencia
No había aplazos en los exámenes. Cuando no sabían, los profesores les decían a los
alumnos “vuelvan el mes que viene”. El 8 de diciembre, día de la Asunción de la
Virgen, se festejaba como día de la Universidad. Los egresados sólo juraban sobre los
Santos Evangelios. Las cátedras se recibían por herencia o se las daban a los jóvenes
como regalo de casamiento. No formaban parte del gobierno universitario ni siquiera los
profesores. Desde su fundación, en 1613, permanecía inmutable. En la Biblioteca
Mayor no había ni un solo libro de Charles Darwin, Charles Marx ni Federico Engels.
El factor desencadenante -señala Sanguinetti, autor con Alberto Ciria de La Reforma
Universitaria (CEAL)- fue el cierre del internado del Hospital Nacional de Clínicas a
fines de 1917, “un sitio donde se estudiaba bien y donde los alumnos del interior tenían
comida y casa asegurada”.
Un grupo de estudiantes formó el Comité Pro Reforma, que condujo las protestas hasta
la creación de la Federación Universitaria de Córdoba, el 16 de mayo. Los nombres:
Arturo Orgaz, Arturo Capdevila, Horacio Valdés, Ismael Bordabehere, Enrique Barros,
Julio V. González, Gabriel Del Mazo, Saúl Taborda.
Después del 15 de junio, la Universidad fue un caos. Clima de huelga. Aulas tomadas.
Manifestaciones en la calle. Hasta que el 23 de agosto, el presidente radical Hipólito
Yrigoyen envió como interventor al ministro de Instrucción Pública, José Salinas, para
que pusiera en marcha las demandas de los estudiantes: autonomía, cogobierno y
libertad de cátedra.
El sociólogo Juan Carlos Portantiero, autor de Estudiantes y política en América Latina
(Siglo XXI), explica el fenómeno: “En esa época se dio una crisis de participación. Las
sociedades latinoamericanas vivían un proceso de apertura social. Y había instituciones
muy cerradas, que impedían que se reflejara ese proceso. La Universidad era un coto de
la oligarquía”.
Antecedentes
La Ley Sáenz Peña de 1912 que estableció el voto secreto y obligatorio. La llegada de
las capas medias al gobierno con el radicalismo. La Revolución Rusa. La Revolución
Mexicana. La Primera Guerra Mundial. Son algunos antecedentes que marcaron el
espíritu de los reformistas.
“La Reforma del 18 es lo que el pensador italiano Antonio Gramsci considera como una
gran reforma intelectual y moral con impacto sobre la política”, comenta Portantiero.
“Muchos partidos políticos en Latinoamérica se crearon desde la Universidad: el APRA
de Víctor Raúl Haya de la Torre en el Perú, el Partido Comunistade Julio Antonio Mella
en Cuba, y Acción Democrática de Rómulo Betancour en Venezuela. Y anticipó en 50
años la explosión estudiantil de 1968 en Francia”.
Tanto es así que Sanguinetti encontró profundas similitudes entre los eslóganes
reformistas del 18 y los grafitti del Mayo Francés. “La vieja campana de los frailes
llama a clase y a misa” y “¿Cómo pensar libremente a la sombra de una capilla?”.
“Hacer alegremente cosas terriblemente serias y Tomemos en serio a la revolución, pero
no a nosotros mismos”.
¿Qué significa ser reformista? El diputado Guillermo Estévez Boero (Frepaso),
fundador de la agrupación Movimiento Nacional Reformista (MNR) en 1961, lo define
así: “Es tener un espíritu abierto para lo nuevo, renegar de todo dogma en materia
científica, adherir a la vida democrática y a la unidad latinoamericana y ser solidarios
hacia los desposeídos. Y asumir la conciencia de que en la Universidad no se obtiene
una patente de corso, sino un compromiso con la sociedad”.
Para Estévez Boero, estos valores “hoy no se cumplen porque la Universidad no da
respuesta a las nuevas generaciones. Pero los jóvenes deben defenderlos, para ser
protagonistas autónomos, algo más que testigos”.

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