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V ersión esp añ ola de
V ictoriano M ig u é l e z

- • V ' . r t; . . .

El liberalismo
europeo
por

H arold J . L a s k i

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
MÉXICO - BUENOS AIRES

Primera edición en inglés, 1936
Primera edición en español, 1939
Segunda edición en español, 1953
Tercera edición en español, mayo de 1961

H. J. Laski cedió al Fondo de Cultura Económica los dere­
chos de traducción de esta obra, cuyo título en inglés es
The rise of European Liberalism

Derechos reservados conforme a la ley
© 1939, Fondo de Cultura Económica
Av. de la Universidad, 975-México 12, D. F.

Impreso y hecho en México
Printed and made in Mexico

RuTK y A lfre d C o h n . . con afecto constante.

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dentro de las dimensiones del presente volumen. tengo que agradecer a los m iem ­ bros de m i Sem inario Graduado. Con ser tan breve este libro. Ante todo. en cierto modo. el estudio minucioso del profesor Linguet. respecto a la relación entre la ley y el desarrollo económico. Como el liberalismo ha sido. Espero que el lector se dé cuenta de que aquí se tra ta sólo de un ensayo. m ás clara m e h a ido apareciendo la necesidad de investigaciones nuevas —por ejemplo. Imposible porm enorizar lo m ucho que debo a la gran obra del profesor Tawney (Religión and the Rise of Capitalism ). PREFACIO Este libro es. o bien entre la noción de tolerancia y los efectos económicos de la persecución—. m e ha parecido que un examen de los factores que determ inaron el predo­ minio de tal doctrina ayudaría. Beals y el Dr. cuando menos. o en­ tre la composición social de las legislaturas y sus estatutos. que me han ayudado con su crítica y su censura amistosa.ueriría un análisis m u­ cho m ás detallado. Es imposible. a ex­ plicar algunas de las dificultades en que nos encon­ tram os ahora. mis deudas son num e­ rosísimas. W. cumo dilu­ cidaciones previas a toda exposición completa de la idea liberal. creo que podré darm e por satis­ fecho. pongo por caso. L. en la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres. Mis colegas los señores H. Jennings me h an ayudado mucho para 9 . la d octrina por excelencia de la civilización occidental. soy el prim ero en compren­ der por eso que el asunto rec. para despertar en algún lector la tentación de exam inar por su cuenta alguno o algunos de estos extremos y de em prender. un cuadro de fondo para The State in Theory a n d Practice que publiqué el año pasado. hacer más que un esbozo general del te m a . que hace tanto es­ tamos esperando. sin em­ bargo. I. A m edida que he trabajado en él. durante ios últim os c uatro siglos. Si este estudio prelim inar sirve.

Parte de este libro procede de las Conferencias Dondellan. ■■■ . caracte­ rística de aquella gran Fundación. H. Debo agra­ decer a su Rector y a sus m iem bros la am able y generosa hospitalidad que me concedieron. J. d u ran te el mes de febrero del año en curso (1936). L. o sugerirle lecturas nuevas que. le serán de alguna utilidad. lim itán­ dolas en lo posible a las referencias indispensables y que pueden a h o rra r al estudioso búsquedas enojo­ sas. a juzgar por mi propia experiencia. . Las he relegado al final del vo­ lumen.-i.10 PREFACIO d ilucidar varios puntos a lo largo de pacientes dis­ cusiones.í ñ(i| ftc. Me he esforzado por no sobrecargar inútilm ente de notas estas páginas. para m ayor comodidad del lector. en el Colegio de la Trinidad. Little Bardfield .

En la función de fuente prim aria de la legisla­ ción. salvo el eclesiástico. con su noción concomi­ tante de pecado original. con su noción concom itante de perfectibilidad m ediante la razón. Y. I. con su insaciable pasión por los cam ­ bios. La uniform idad de creencias re­ ligiosas cedió el sitio a u na variedad de credos en la que aun para el escepticismo había campo. Debió realizar para llegar a ese fin un cambio fundam ental en todas las relaciones legales. Los conceptos de iniciativa social y control social abrieron paso a los conceptos de iniciativa individual y control individual. reemplazaron al terrateniente. asociando la idea de los derechos con la de la posesión territorial. condiciones m ateriales nuevas dieron pàbu­ li . fi­ nalm ente. siempre adverso a las novedades. En su ascensión al poder echó abajo las barreras que en todos los órdenes de la vida. El poder concreto e incontrastable de la soberanía nacional sustituyó al vago im perio medieval del jus divinum y ju s naturale. al eclesiástico y al guerrero como tipos de influencia social predom inan­ te. Lentam ente. la ciudad. EL PANORAMA Una clase social nueva logra establecer sus títulos a una participación cabal en el dominio del Estado en el periodo que va de la Reform a a la Revolución francesa. convirtiéndose en factor principal de la nueva m entalidad hum ana. desalojó a la idea de u na edad pretérita. habían hecho del privilegio una fun­ ción del Estado. el comerciante. La doctrina del progreso. el industrial. El banquero. Hombres cuya influencia no tenía más fundam en to que la propiedad mueble llegaron a com partir el control de la política con una aristo­ cracia cuya autoridad dim anaba de la posesión te­ rritorial. reemplaza al campo. pero de modo irresistible. El cimiento jurídico de la sociedad cambió del status al contrato. la ciencia reemplazó a la religión.

en un siglo. desde Maquiavelo hasta Calvino.12 EL PANORAMA lo a nuevas relaciones sociales. desde Enrique VIII hasta Tomás Moro. cada uno con sus problemas es­ peciales a resolver y su experiencia única a ofrecer. y. debió m ucho de su carác te r al renacim iento de la cultura. surgió una filosofía nueva que daba una ju s­ tificación racional al m undo recién nacido. La revolución y la guerra lo presidieron desde la entraña. En el desarrollo del liberalismo se cruzan co­ rrientes de doctrinas de tan diverso origen. Inútil es decir que este proceso nunca fue directo y muy pocas veces consciente. Hobbes y Jurieu. en sus contornos generales. La genealogía de las ideas dista m ucho de ser una línea recta. De acuerdo con éstas. que en­ turbian toda claridad y acaso irrem ediablem ente hacen imposible toda precisión. Los hom ­ bres luchaban tenazm ente para sostener aquellos há­ bitos en que se fundaban sus privilegios. A la evolución del liberalismo h an contribuido de modo determ inante hombres que de hecho le eran ajenos y aun hostiles. a su vez. sobre todo. un periodo en que reacciones violentas c o n tra rre stara n el crecim iento del nuevo ser. y lo m ismo Pascal que Bacon. la nueva cosmología. Y m ucho tam bién debe al hecho de que el colapso de la medieval rcspublica Christiana haya dividido a Europa en un mosaico de diferentes Estados soberanos. Richelieu y Luis XIV. desde Lutero hasta Copérnico. y ésta. las invenciones téc­ nicas. No hubiera llegado a ser lo que fue sin la revolución teológica que llamamos la Reforma. al menos tan im portante como la de los esfuerzos deliberados de los pensadores. y el libera­ . y en otro. todo vino a contribuir a la form ación de sus ideas direc­ trices. an­ tes de 1848. una m etafísica secular y renovada. Tampoco fue fácil su alum bram iento. E sta nueva filosofía fue el liberalismo: y mi pro­ pósito es trazar. las form as nuevas de la vida económica. E n la deter­ minación del clim a m ental que lo hizo posible fue causa del choque inconsciente de los acontecim ien­ tos. Y no es exagerado decir que difícilm ente se encontrará. la histo­ ria de las fuerzas que hicieron del liberalismo una doctrina cohérente. Los descubrimientos geográficos.

El cambio que produjo fue. Había aparecido un m ercado m undial. inconmensurable. en prin­ cipio. Con el triunfo del nuevo régim en en el siglo xix. EL PANORAMA 13 lismo era. el m ercado sobre todo local. usualm ente. aun en su triunfo. apreciaban el significado de la cultura y la ciencia. pero la lógica de este empeño se fru stró ante las implicaciones políticas del nacionalismo que domi­ naba en los días de su aparición y que floreció con su crecimiento. Quiso reivindicar el derecho del in­ dividuo a labrar su propio destino. y no ya de la estabilidad. donde había escasa acum ulación de capitales y las necesidades de un m ercado doméstico dominaban la pi'oducción. habían perdido todo poder sobre las costum ­ bres de sus mismos partidarios. definida. y. un reto a los intereses establecidos. pero se encontró con que tal propósito llevaba consigo un desafío implícito de . A los derechos de nacim iento sucedían los derechos de propiedad. hechos sagrados por las tradiciones de medio m illar de años. Es claro que el liberalismo. en todos los órdenes. El espíritu inventivo había hecho del cambio. Si los preceptos religiosos todavía con­ taban. Todas las clases sociales. gobernaban las costum bres. por encim a de todo. árbitro institu­ cional de los destinos humanos. la característica suprem a de la esce­ na social. la Iglesia había dado a luz al Estado. aun cuando eran todavía las servidoras de la propiedad. Se fue cuarteando poco a poco aquella sociedad en que la posición que guardaba cada persona era. y el capital se había acum ulado en escala ta n inm ensa que su busca de utilidades afectaba ahora la vida y fortuna de grupos hum anos hasta entonces desaten­ didos por la civilización europea. sin m iram iento para ninguna autoridad externa que pretendiere li­ m ita r sus posibilidades. en que el cambio por lo común acontecía de m odo inconsciente. los preceptos religiosos. no aparece como un cuerpo de doctrina o práctica ne­ tam ente logrado. que m uy pocos ponían en duda y nadie con buen resultado. T rató de crear el m ercado m undial. no era bien recibido. la c u ltu ra y la ciencia más un lujo que actividades profundas.

que no para proteger y a m p arar bajo su beneficio al que no poseía nada que v ender fuera de su fuerza de trabajo. Pero la libertad que buscaba tampoco ofrece títulos de universalidad. pues surgió como enemigo del privilegio conferido a cualquier clase social por virtud del nacim iento o la creencia. pero su respeto a la concien­ cia se detuvo en los límites de su deferencia para con la propiedad. Pero aquí también. al poner en práctica esos derechos. en consecuencia. siempre que pudo. y ha tendido menos al erastism o de Hobbes que a m ira r . En una palabra: no bien alcanzó su propósito. amenaza que a buen seguro transfor­ ma a su vez el m undo que el liberalismo había en­ gendrado. se relaciona sin duda directam ente con la noción de libertad. y obligar a los gobiernos a proceder conform e a preceptos y no conform e a caprichos. ¿Qué es. por confi­ n a r la actividad gubernam ental dentro del m arco de los principios constitucionales y. respetar los dictados de la conciencia. el liberalismo h a sido general­ m ente hostil a las pretensiones de las iglesias. y tropezó con que este derecho llevaba en el seno. como agente auto- destructor. el fomento de toda una clase proletaria. puesto que en la práctica quedó reservada a quienes tienen una propiedad que de­ fender. Buscó salida contra todas las trabas que la ley impone al derecho de acum ular la propiedad. pues apenas si es menos un hábito m ental que un cuerpo de doctrina. este liberalismo de que vamos a tra ta r? No es fácil describirlo..14 EL PANORAMA la com unidad a la soberanía del individuo. Intentó. cuan­ do vio aparecer ante sí una amenaza contra todos sus postulados. y menos definirlo. Como doctrina. resulta que el libei'alismo se m ostró más pronto e ingenioso para ejercitarlos en defensa de la propiedad. Casi desde los comienzos lo vemos luchar por oponer diques a la autoridad política. por procurar u n sistem a adecuado de derechos funda­ m entales que el Estado no tenga la facultad de in­ vadir. pues. y su celo por la regla legal se a tem ­ peró con cierta arbitrariedad en la am plitud de su aplicación. P o r sus orígenes.

En la prim e­ . Tiende a ser subjetivo y anárquico. Pero el liberalismo. un ataque al derecho de los individuos para h acer de sus propias afirmaciones y sus propias concepciones una regla de aceptación universal. antes que el sancionar las uni­ form idades que el poder político trata de establecer. aunque con excepciones. a aceptar con prontitud cuanto cambio provenga dfí la iniciativa individual. la tradición y la uniform idad. no por fuerza de autoridad. aunque las más de las veces de m odo inconsciente. la igualdad. el libre juego de las actividades individuales. sino porque su validez inherente les asegura el libre consenti­ m iento de otros. De modo ge­ neral. Ha m irado con desconfianza las cortapisas a la libertad del pen­ samiento. aun en los casos en que ello suponía a d m itir también el sufragio universal. lo que siempre le hizo preferir el bendecir toda in­ novación individual. Hay. Esto es. pues. Mucho más exacto es decir que se vio arra strad o a servirlos como consecuencia de sus propósitos m ás profundos. siem pre ha adoptado una actitud negativa ante la acción social. cuya im portancia es considerable. se h a m ostrado sim pático a los derechos de los grupos m inoritarios y al de la libre asociación. Por donde siempre h a querido. según he afirmado. a insistir en que esta inicia­ tiva lleva en sí los gérm enes necesarios del bien so­ cial. siempre vio en la tradición una fuerza a la defensiva. y todo intento de impedir. Todo lo cual no significa que haya pro­ curado conscientem ente todos estos fines. ha sostenido el principio de las autonom ías nacionales. invariablem ente vio en ambas cosas. m ediante la auto­ ridad del gobierno. y ya tra ta ré m ás adelante de explicar lo que significa esta diferencia. Ha sido escép­ tico por tendencia. es tanto una doctrina como un modo de ver. establecer una antítesis entre la libertad y. en el tem peram ento li­ beral un resabio de romanticismo. Como regla. EL PANORAMA 15 las instituciones religiosas como otras asociaciones m ás dentro de la com unidad social. H a sido favorable al gobiemo representativo. Por sus orígenes. cuyo título a la tolerancia subsiste en ta n to que no amenacen el or­ den social establecido.

Para lograr este Es­ tado. en la igual­ dad ha visto más bien la intervención autoritaria que. dentro de su cuadro social. aunque siempre pretendió insistir en su carác te r uni­ versal. como todas las filosofías sociales. o aun de raza. Sin ellas no podemos explicar ni los triunfos ni los fracasos de su historia. conduce en últim o resultado a la pa­ rálisis de la personalidad individual. a su aplicación. El sentido de és­ tas es la clave para el entendim iento de la idea liberal. De aquí una consecuencia importante. es siem pre libre para com prar su li­ b e rta d . por necesidad. y es que el liberalismo. N unca pudo en ten d e r —o nunca fue capaz de adm itirlo plena­ m ente— que la libertad contractual ja m á s es genui­ n am ente libre hasta que las partes contratantes poseen igual fuerza para negociar. las circuns­ tancias históricas en que ha funcionado lo constre­ ñían a limitaciones involuntarias. fue m odelado por las necesidades de esa sociedad nueva. En lo que tiene de doctrina. Porque si bien en teoría se ha rehusado a reconocer lím ites de clase o credo. El individuo a quien el liberalismo ha tra ta d o de proteger es aquel que. Porque lo que produjo al liberalismo fue la apa­ rición de una nueva sociedad económica hacia el final de la Edad Media. y. no podía trascender el m edio en que nació. Su instru m ento fue al descubrim iento de lo que podemos llam ar el E stado contractual. pero ha sido siempre una m inoría de la hu­ m anidad el núm ero de los que tienen los recursos . Y esta igualdad. es una función de condiciones m a te ­ riales iguales. se esforzó por lim itar la intervención política dentro de los límites m ás estrechos.16 EL PANORAMA ra ha visto aquel predominio de la acción individual que siempre ha defendido celosam ente. contenía en sus mismos gérm enes los factores de su propia destrucción en virtud de la cual la nueva clase m edia habría de le­ vantarse a una posición de predominio político. siempre se reflejó en instituciones de bene­ ficios dem asiado estrechos o limitados para el grupo social al que pretendía conducir. compatibles con el m antenim iento del orden público. También como todas las filosofías sociales. a su ver.

Además de que el progreso científico se debe al clima mental creado por él. a quien los pretendidos beneficios de esta doctrina nunca pudieron. crece la aversión contra los dolores inútiles que antes se le infligían. Al final de cuentas. Tales son los provechos que trajo consigo el triunfo del credo liberal. de he­ cho. el advenim iento de la clase m edia al poder ha sido una de las revo­ luciones m ás benéficas en la historia. que la idea de liberalismo está históricam ente trabada. hoy nos aparecería m uy desm edrada. Pero sin la revolución libeial. Y por lo m ism o que sus propósitos fueron m odelados por los poseedores de la propiedad. y esto de modo ineludible. Los fines a los que sirve son siempre los fines de los hombres que se encuentran en esa posi­ ción. sin ellos. hizo posibles m uchas relaciones productivas que m ejoraron inm ensam ente el nivel general de las condiciones m ateriales. se sienten en­ sancharse los horizontes y las posibilidades de crea­ ción. patrim onio todo ello de una herencia social que. el individuo por cuyos derec?i0S ha velado tan celosamente no pasa de ser im a abstracción. crece tam bién el am or a la verdad por sí m ism a y el pro­ pósito de experimentación en sei-vicio de la verdad. Cierto es tam ­ bién que se ha pagado caro por ella. y m ás todavía al xvii. ser plenam ente conferidos. significaría una só­ lida ganancia. a m i modo de ver. aum enta el reconocimiento de la dignidad inhe­ rente a la persona hum ana. No quiero decir con esto que el triunfo del libe­ ralism o no haya representado un progreso real y pro­ fundo. Fuera de este círculo estrecho. el m argen entre sus ambiciosos fi­ nes y su verdadera eficacia práctica siempre ha sido m uy grande. al pasar del siglo XV al XVI. en suma. Desde luego. sería m ucho m enor de lo . RL PANORAMA 17 para hacer esa compra. Claro es que éstos nunca han sido igualmente com partidos dentro de la civilización que los acarreaba. pues significó el sacrificio de ciertos principios medievales cuya restauración. y que el llevarlos a plena m adurez siem pre significó un gasto de trágicos esfuerzos. Pero es innegable -¡íue. Puede decirse. con la posesión de la pro­ piedad.

en definitiva. · II De suerte que el liberalismo surgió como una nueva ideología destinada a colm ar las necesidades de un m undo nuevo. la invención de la im prenta. Estos hábitos y esperanzas e n tra n en conflicto con las ideas y prácticas tradicionales. Sobrevienen las hazañas colonizadoras de España y Portugal primero. la revolución científica que trastorna las perspectivas m entales. des­ pués. su redefinición de las relaciones de producción enti'e los hombres. Pues entonces des­ . y que sabe que es diferente. E stá dotada de un sentido de expansión antes desconocido. propias prendas de una hum anidad que se siente lanzada a una reconstrucción de los cimientos sociales. y luego de Francia e Inglaterra. el volumen creciente de los inventos técnicos que es causa de nuevas riquezas y aum entos de la población. el establecimiento de nuevas iglesias que no reconocen ya la suprem acía de R om a. la piedra de toque para ju zgar una doc­ trina social. y de aquí brotan nuevos hábitos y esperanzas. con su inevitable con­ secuencia sobre los ensanches de la cultu ra y la consolidación de localismos vagos e incoherentes en estados nacionales centralizados y eficientes. funda la investigación del problema social en la relación del hom bre con el hom bre y ya no en la relación del hombre con Dios.IB EL PANORAMA que es el núm ero de aquellos cuyas reclamaciones han podido ser satisfechas. remodelándolas a tal pun­ to a lo largo de tres centurias. De lo cual nace u na flam ante teoría política que. que los rasgos carac­ terísticos de la sociedad difícilm ente serían ahora reconocibles para un obser\'ador de la Edad Media. ¿Por qué hablamos de un m undo nue­ vo? Tengamos en cuenta los descubrimientos geográ­ ficos. ¿Cuál era la esencia de esta nueva sociedad? Ante todo. como en Maquiavelo y en Bodino. luego. según creo. E sta sociedad es ya una sociedad diferente. la m in a de la economía feudal. de cierto aliento de des­ ahogo espacial. Y este criterio es.

de 1500 en adelante tales reglas. hábitos e ideas de ellas dimanados. el comercio o la m a n u fa ctu ra — alcanzaba su objeto a través de una serie de acciones que. Tenía derecho a la. sino que aparecía determ inado por reglas morales a que los principios económicos se subordinan. se los critica. Y no es que la idea de la riqueza por la riqueza sea una novedad de repente en una época determ i­ nada. EL PANORAMA 19 cubrieron que para explotar en toda su plenitud aqué­ llas no podían u sar ni las instituciones ni las ideas que habían heredado. Antes. Se los siente nada más como restricciones. .2 o los banque­ ros florentinos m ucho antes de llegar a las postrime­ rías del siglo XV. nada menos. y las instituciones. Pero sólo en estos años comienza a im pregnar la m entalidad colectiva. lo ligaban a ciertas reglas de conducta que presupo­ nían. cierto. una justifica­ ción fundam ental en principios éticos. Se los elude. porque sólo sirven para es­ torbar el aprovechamiento de los medios de produc­ ción. que el objeto principal de la acción hum ana era la búsqueda de la riqueza. El produc­ tor medieval —sea en el orden de las finanzas. El espíritu capitalista comienza a adueñarse de los hombres para fines del siglo XV. Hacen falta nuevas concepciones que legitimen las nuevas oportunidades de riqueza que se han ve­ nido descubriendo poco a poco en las épocas prece­ dentes. del solo concepto de la ganancia. ¿Y qué significa esto? Pues. se juzgan improcedentes. La razón de este aniielu de transform ación es sencilla.abundancia. Seguram ente es tan vieja como la civiliza­ ción misma. para la adquisición de riquezas. La doctrina liberal es la justificación filosó­ fica de las nuevas prácticas. Es claro que lo que llamamos hoy el espíritu capitalista había ya hecho presa de hombres como San Goderico. M ientras para la Edad Me­ dia la idea de adquirir riquezas estaba lim itada por un conjunto de reglas morales impuestas por la au­ toridad religiosa. el cri­ terio sobre la legitimidad de los actos no derivaba. por decirlo así. se los abandona francam ente. no. a cada paso.’ o Jacques Coeur. pero debía conquistarla con medios que se consideraban m oralm ente autorizados.

El rico no la disfrutaba por sí o para su propio gusto. Se encontraba. en efecto. Los salarios que pagaba no se m edían por la s o Ih exigencia del obrero. La idea d') la sanción utilitaria reemplaza gradualm en­ te la idea de la sanción divina para las reglas de conducta. Este modo de ver se desvanece ante el creciente predom inio del espíritu capitalista. al que tiene que ajustarse toda conducta. Las horas laborables. Una concepción individualista desaloja a la concepción social. para to m a r sólo algunos ejem ­ plos. sino que su significado radica ahora en el deseo de satisfacer una apetencia individual. En cuanto este sesgo mental comienza a dom inar los áni­ mos. m ien tras mayores riquezas posee el individuo. Porque. estaban sujetos a un código de reglas que a rra n ­ caban de ciertos principios morales cuya observancia se consideraba indispensable a la salvación del alma. La Edad Media está empapada en la noción de un suprem o fin ultraterrestre. Y el buscar la ganancia por sí m is­ m a es incompatible con sem ejante noción. propia de un m undo está­ tico o tradicionalista— por la idea m oderna de la producción ilim itada. Y ésta. no una posesión individual. La ri­ queza era un fondo de sentido social. este tipo de sociedad ten d erá siem- . la idea medieval predom inante —la idea de subsistencia. mayor es su poder para asegurarse esa satisfacción.20 EL PANORAMA El valor no era para él una m era función de la de­ m anda. Más aún. La sostienen por igual los ordenam ientos de la Iglesia y del derecho civil. siendo ilim itado el desed de la riqueza. sino como adm inistrador y en nom­ bre de la comunidad. a su tu m o . continuam ente buscará experimento y nove­ dad. tos métodos de venta. desata de suyo una fuerza revolucionaria: re­ emplaza. lim itado a la vez en lo que podía adquirir y en los medios para adquirirlo. dándose por aceptado que. el carác te r del lucro. así. Toda la m oralidad social de la Edad Media estaba constm ida sobre esta doctrina. implica la creación de u na sociedad dinám ica y antitradi- cionalista. la calidad de los m ateriales. Y el principio de la utilidad no se deter­ m ina ya con frecuencia al bien social.

no se puede decir que tenga éxito m ientras no destruya una resistencia que. ha durado tres siglos. se m udan las bases de las relaciones sociales. Así. tr a ta de plegarias según sus propios fines. la noción de que la Iglesia era la fuente n a tu ra l del criterio ético. La lógica del espíritu nuevo lo lleva a ta lla r a su conveniencia to­ das las aristas de aquel mundo. La idea del capitalismo no cabía dentro de los m uros de la cul­ tu ra medieval. no encontram os m ejor respuesta que la si­ guiente: porque dentro de los límites del antiguo régimen las potencialidades de la producción no po­ dían ser ya explotadas. Y el capitalismo. por lo mism o que están convencidos de que el equilibrio ha de rehacerse. Su afán es establecer el derecho a la riqueza con el mínim o de interferencia . Paso a paso. en consecuencia. era incapaz de satisfacer. todo comenzó a aparecer inadecuado. Los hombres anhelan engendrar un m undo nuevo. con sus métodos nuevos. Si nos preguntam os por qué triunfó el espíritu ca­ pitalista. adelantaban camino hacia un volumen de riqueza inalcanzable para la sociedad antigua. lo que era incapaz de ofrecerles la doc­ trina antigvia. los hombres nuevos. la aceptación de los gremios como un medio racional de controlar la producción. La actitud para con la usura. Para ello tuvo desde luego que proceder por etapas. Donde las ideas e instituciones que le salen al paso a ta ja n su carrera hacia la riqueza. dada su contextura. A los paladines del nuevo espíritu se les ofre­ cen satisfacciones tangibles y directas. porque todo ello se atravesaba en el camino de las poten­ cialidades que el espíritu nuevo revelaba. los hom bres pusieron en tela de juicio la legitim idad de aquella contextura. desde luego también. pues ésta es conser­ vadora por naturaleza. y tem erosa del desorden que a rra stran los experimentos incesantes. alcanzables en esta vida. Las atracciones de esta riqueza despertaban apetitos que aquella vetusta sociedad. emprendió la tarea de tran sfo rm ar la cultura de acuerdo con sus nuevos propósitos. en resum idas cuen­ tas. En consecuencia. en la com petencia de las ideas. y. EL PANORy\MA 21 pre a con tra ria r toda autoridad.

Comenzó por m odificar viejas prácticas e instituciones. pero ya su sucesor no la necesitaba para nada. En este empeño. Cierto re­ lajam iento de las restricciones gremiales era bas­ tante en determ inad a etapa del proceso. Co­ menzó valiéndose de evasivas y excepciones. no necesi­ tan ju stific a r sus acciones con motivos de origen extra-capitalista. hablando en términos generales. se transform a en un benefactor social. inherentem ente. É sta es la clave de la gran aventura que em prende­ rán los tiempos modernos. El espíritu nuevo consiste en eso. Una filosofía de la vida es. Jacques Coeur ne­ cesitaba licencia para tra fic a r con los infieles. puede decirse con razón que el capitalismo no había concluido la revolución en que se empeña­ ba. Quienes la aceptan. sea la que fuere. La incipiente . En todos los caminos encontraba norm as de conducta contradictorias con su espíritu. Im porta subrayar un hecho que el m ism o desarro­ llo gradual de este proceso tiende a oscurecer. Para la transform ación de la sociedad procura adap­ ta r los hábitos y m aneras de ésta en el sentido de sus propios designios.22 EL PANORAMA de cualquier autoridad social. por ese solo hecho. y al fin acabó por abandonarlas. Y si quiere adueñarse del Es­ tado es porque éste. o luchar por transform arlas todas sin ex­ cepción. posee el supremo poder coercitivo social y puede disponer de él cons­ cientem ente de acuerdo con sus fines. el capitalismo se ve obligado. Su lucha por la riqueza en tanto que individuos colora y modela sus actitudes en to­ dos los órdenes de la conducta. El que se enriquece. pero llega un día en que no es posible contentarse con menos que la disolución completa de ellas. m ientras por el otro tra ta de apoderarse del Estado. M ientras no se llegó a esto. Para justifi­ carse. la idea ínti­ m a del capitalismo. Debió trans­ form arlas. a pasar por dos grandes fa­ ses: por un lado pretende tran sfo rm ar la sociedad. y al fin paró convirtiéndolas en privilegios. persuadirá a sus secuaces —no sin una buena dosis de coerción que anda mezclada en la persua- ción— de que la búsqueda de la riqueza por sí m ism a lleva implícito necesariam ente el bien social. en suma.

a fines de ese mismo siglo es considerado ya como el enemigo natural de su doctrina. los hombres vivían dentro de un sistema en que las instituciones sociales efectivas —Estado. El Estado. pues­ to que ello aseguraba su destino celestial. y se evitaba la especulación dentro de ciertos límites. Aquellas instituciones so­ ciales trataban de imponer. al menos hasta el final del periodo m er­ cantilista. había prohibiciones al comercio por razones religiosas. cuyo principio anim ado r era el respeto al bienestar social en conexión con la salud del alm a en la vida futura. Estos ejemplos. se prefijaban los precios y los tipos de interés. que hasta los comienzos del siglo xviii aparece todavía como un agente eficaz del capitalismo. se regula­ ban los salarios y las horas de la jornada laborable. Perm ítasenos plantear el problema en términos ape­ nas diferentes. Pero resulta entonces que una adm inistración estatal deficiente estorba la explotación plena de los recursos econó­ micos. se estaba dispuesto a sacrificar el interés económico del individuo. bastan para dem ostrar . emancipándolo de toda obediencia a las reglas que coartan su explotación cabal. El auge del liberalismo resulta de la ascen­ sión gradual de la doctrina que sirve de fundam ento á esta ética. la competencia era controlada. el núm ero de clientes para cada com erciante era limitado. escogidos al azar entre muchos otros preceptos de aquel sistema. EL PANORAMA 23 doctrina. Antes del advenim iento del espíritu capitalista. El interés indivi­ dual no se presentaba como argum ento concluyente. y en parte lo imponían. un cuerpo de reglas para gobernar la vida económica. Ante esta consideración. Con este propósito a la vista. No se aceptaba la utilidad m aterial como justificación de la conducta económica. los días festivos eran obligatorios. considera como cosa n atural la subordi­ nación de la economía a la política. Toda la ética del capitalismo se resu­ m e en su esfuerzo por libertar al poseedor de los instram en tos de producción. y entonces las m entes van inclinándose al principio del laissez-faire. Iglesia o gremio— juzgaban del acto económico con criterios ajenos a este m ism o acto.

revelan el m ism o apetito de ganancias propio del capitalismo.24 EL PANORAMA que la conducta económica se regía conform e a nor­ mas no económicas. Cada faceta de la sociedad aparece bajo nueva luz. Este nuevo ideal no contiene casi elem en­ tos que no se encuentren tam bién en la E dad Media. La acum u­ lación de capital. Tod<A la atm ósfera cambia u na vez que principia a ser dom inante. es ya cosa que encontram os en las prácticas medievales. aparecieron como realizables en cuanto el ideal m e­ dieval fuera sustituido por el de la riqueza como bien en sí. Acepta de buen grado el ataque contra la Iglesia. Un espíritu de empresa nuevo se abre paso entonces. Las invenciones medievales. traen consigo una nueva escala para m e d ir las cosas. los riesgos de empresa. no m arcaba el ritm o a la vida económica. una actividad febril. Los hombres estim aban la riqueza. Se diría que la hum anidad se yergue. La organización social no se había estable­ cido aún sobre la base de que en la riqueza estriba la verdadera satisfacción de la naturaleza hum ana. Aun la división del trabajo. como lo será en el siglo XVI. de otra calidad diferente de aquellos de que la Edad Media nos ofrece ejemplos esporádi­ cos. en industria tan funda­ m ental como la minera. un afán de innovación. dispuesta a co n testar algún nuevo reto del destino. la organiza­ ción de fábricas. dados los medios de producción. aun cuando desde aquellos tiempos pueda decirse que el espíritu capi­ talista existía como en el aire. Lo advertimos m ás como ex­ cepción que como regla. sino que tam bién le propor­ ciona los medios de evadir las ordenanzas gremiales m ediante el establecim iento de industrias fuei'a de las áreas cubiertas por esos privilegios. . Pero. El negociante acoge el flam ante nacionalism o como una garantía m ás sólida de la paz in te rn a . por ejemplo. pero la conquista de ella no había llegado a ser la preocupación característica. porque esto no sólo significa m ayor se­ guridad a la empresa. Todo este arm azón de reglas se cuarteó porque no era capaz de contener el im­ pulso de los hombres hacia la satisfacción de ciertas expectativas que. porque ello com­ porta un ataque contra las viejas y estorbosas reglas.

Para tal explo­ tación resultaba indispensable establecer nuevas re­ laciones de clases que. Esto. el ensanche de los m ercados d e term ina una nueva actitud en la producción. Además. A um enta la urgencia de capital. E ra la negación del derecho a e. Aparte de que ese mismo ensan­ che de los m ercados acrece la im portancia y abara­ tam iento de los transportes. cada una de las cuales poseía. que hizo posible tam años adelantos m ediante la protec­ ción organizada de sus ciudadanos. Aquello era la m ism a negación de lo que ya parecía evidente a todos. y esta protección. a su vez. a su vez presuponían una filosofía nueva que justificara los hábitos que ellas determ inaban. Hay que guardarse de la puerilidad de creer que este espíritu capitalista aparece de súbito al acabar la Edad Media. y la ne­ cesidad de producirlo lleva a form as nuevas de la banca y las finanzas. porque no era dable e ncontrar campo para ellas dentro del cuadro medieval de u n a sociedad partida netam ente en clases. fortalece la centralización del Estado. Y esto es nuevo. bajo la de­ finitiva sanción divina. y que de repente la m ente hum ana se vuelve adquisitiva. con h a rta frecuencia. ciertos fueros inherentes. El m ovimiento del feudalism o hacia el capitalismo es la traslación de un modo en que el . El afán de lucro es tan antiguo como la historia. Lo nuevo es la aparición de una filosofía que sostiene que es aún m ás fácil alcanzar el bienestar social concediendo al individuo m ayor latitud para sus iniciativas.x- plotar los recursos conforme a los medios aprontados por el cambio de las circunstancias. de todo lo cual fluyen consecuencias incalculables. a un punto que no se había visto desde la caída del Imperio romano. y se re­ fleja en la capacidad para organizar la producción en escala m ás grande y com prom eterse sin tem or de m ayores riesgos. se traduce en la muy conve­ niente form a de constnjcción de c arretera s y d?sarrc> lio de la navegación. El progreso de la contabilidad perm ite u n a nueva visión de lo eccnómico. EL PANORAMA 25 y abre incuestionablem ente a la explotación com er­ cial im portantes recursos que las propiedades ecle­ siásticas hacían intocables.

en lo político. La esencia de esa revolución es. Tuvo que triu n far de los vaivenes de opinión derivados de hábitos e ideas que nunca en la historia se han presentado m ejor pertrechados. Pero en esta apreciación del cambio ocurrido debemos ponernos en guardia contra dos errores po­ sibles. Inglaterra fue más a fo rtu n a d a : su feudalism o conservó siem pre un fundam ento nacional a p a rtir del J u ra m en to de Salisbury. Pero la desunión po­ lítica. en un sen­ tido real. desde luego. En el siglo xv. por grados consiguió Ir echando abajo las vetustas m urallas que se le opo­ nían. De hecho. por otra. también. pues. no avanzó con igual velocidad en todas partes. y las consecuencias económicas de los descubrimientos geográficos. h a sta la épo­ ca de Pedro el Grande. que el cambio haya sido real no significa que fuera súbito. hacia un m undo en que el bien­ e s ta r social aparece como un efecto de la acción individualm ente controlada. y el advenim iento de éste significa. Y en Rusia. en Alemania. por una parte. fueron fatales al breve sueño del predominio italiano. Así.26 EL PANORAJVIA bienestar individual es un efecto de la acción social­ m ente controlada. También Francia tuvo que luch ar contra fuerzas centrífugas poderosas y bien organizadas. Aquí su progreso aparece ayudado. que la nueva filosofía es como u n a m area que lentam ente va avanzando sobre la tie rra que ha de sum ergir. tardó en realizarse unos tres siglos. Ante todo. la emancipación del individuo. que resulta difícil reconocer que se trata . antes que la era de Colbert per­ mitiese un em puje hacia adelante. y m ás allá estorbado por condiciones naturales tan di­ ferentes. la intensidad de la guerra religiosa y sus ruinas consiguientes a tajaron el des­ arrollo social por unos dos siglos. según lo hemos señalado con insistencia. difícilm ente puede decirse que el nuevo espíritu haya abierto u na sola brecha. una e n tra d a para el nuevo espíritu m ás am plia y profunda que en todos los dem ás países. Y como ésta se justificaba porque aseguraba mayores satis­ facciones a la sociedad. En suma. Y. con excepción de Holanda. pareció que Italia iba a repre­ sentarlo en toda su expresión.

final­ m ente. pero no creo que haya el m enor fundam ento para declarar que esto entrara en los propósitos definidos de los refonnad ores teo­ lógicos. y ha creído encon­ tr a r en la doctrina pu ritan a de la "vocación” un etiw s casi inventado para facilitar su progreso. Un historiador tan cauto como el profesor Tawney ha escrito que el espíritu capitalista encontró en el pu­ ritanism o "una fuerza poderosa que le abriera el cam ino para la civilización comercial. Aflojó los lazos de la tradición al realizar vm ataque a fondo contra la autoridad. porque al alcan­ zar su m eta m ás distante.^ Este modo de ver ha ganado una amplia aceptación.^ Pero ¿cuál es la relación entre Liberalismo y Reforma. Al hacerlo. el espíritu nuevo se encuentra con esa revolución teológica llam ada la Reforma. tanto m ás difícil. descubrimos que ha prin­ cipiado ya la baja m area. La R eform a dio al tra ste con la suprem acía de Roma. facilitó en grado sumo el es­ tablecimiento del E stado secular. Tan em inente pensador como Max Weber ha sostenido que el protestantism o es lo que hizo posible el triunfo del capitalismo. Dio un impulso trem endo al racionalis­ mo al poner en tela de juicio ciertos principios m u­ cho tiempo tenidos por intangibles. Pero esto no autoriza a a firm ar que los creadores de la Reforma se lo hayan propuesto así de un modo premeditado. originó profundos cambios en la distri­ bución de la riqueza. la cual. Pero en la definición de su influencia debemos ser cuidadosos. triunfó con la Revolución [fran c e sa ]”. EL PANORAMA 27 de un m ovim iento único. III En su aparición. que fue factor esencial en la modelación de sus doctrinas. Tanto sus doc­ trinas como sus resultados sociales redundaban en bien de la emancipación del individuo. . en verdad. dio pábulo a nuevas doctrinas teológicas. No puede siquiera ponerse en duda que el avance del protestantism o haya fom entado de paso el creci­ m iento de la filosofía liberal . h a sta que no cubre toda la tie rra .

Y esta "palabra llana" significa un código de conducta cuya interpretación coincide puntual­ m ente. La emancipación dcl individuo es un coproducto de la R eform a: se la conquista al paso.28 EL PANORAMA Ellos iban realizando su obra en un clima mental que los obligaba a a ju sta r sus ideas con un sinnú­ m ero de influencias completamente ajenas. con el ideal de la Edad Media. y sin ninguna m i­ sión clara sobre su utilidad o su significado. Lutero. pero no está entre sus fines esenciales. Sus propulsores veían en el Papa al An­ ticristo. que obedecerlo ponía en peligro su salvación. según ellos creían. este ajuste se operaba de m anera consciente a fin de ganar algún elem ento indispensable al éxito. en todo lo esencial. en lo fun­ dam ental. Cualquiera de los autores de la R eform a ha­ bría rechazado una declaración franca y n eta de los principios de la sociedad liberal. y creían. Porque no debemos olvidar que la R eform a es. pero no por eso se les reconocía el derecho a creer de m an era diferente de la que él mismo creía. a veces. sino que lo emancipaban. era un conservador para cuanto se refiere a la constitución de las sociedades. la revolución contra el papado. Lutero estableció el derecho del príncipe a gober­ n a r la religión de sus súbditos: y por aquí. para que pudiera ser un buen cris­ tiano. era del todo inconsciente. dio un impulso hacia la secula­ rización de la política. aunque sea indirectam ente. No es que hayan inten­ tado em ancipar de tal control al individuo para que éste convirtiera en principio cardinal la lucha por la riqueza como fin en sí. era hostil al nuevo mecanismo de las finanzas." Odiaba la usura. un intento para descubrir de nueva cuenta el sentido de la vida cristiana. No: habían de creer en la palabra llana de la E scritura. Cierto es que sostenía que todos los creyentes llevaban en sí la virtud sa­ cerdotal. creía —según lo observa Troeltsch— en una organización social dom inada por la revelación sobrenatural a la m a n era de la Edad Media. A veces. en consecuencia. Pero su teoría del E stado no es m ás que un pragm atism o aprem iante al qxie todo . so­ bre todo.

Considera que el problema debe juzgarse en vista de las condiciones actuales de la vida hum ana. para él. aquella subordinación obli­ gada del acto comercial al precepto religioso. Y es verdad también que Calvino y Lutero difieren sensi­ blemente a este respecto. pertenece a la colectividad de que form a parte. en que se autoriza el cobro de intereses. es lícito pres­ ta r dinero a interés m ientras las estipulaciones del préstam o sean equitativas. EL PANORAMA 29 revolucionario se ve impelido. aquel apasionado repudio de la libertad de conciencia. La esencia del calvinismo es la teocracia. Los argum entos para su tesis los han ido a buscar en Calvino y no en Lutero. El Estado. En fin. Toda conce­ sión de Lutero —y m uchas resultan contradictorias— debe m irarse como una m aniobra en busca de una ayuda. concluye. tan diferentes de las que existían en los tiempos bíblicos. Cal- vino. y esta colectividad. siempre siguió subordinado a una noción social del orden cristiano. esta tesis general adm ite siete casos excepcionales. Allí no hay sitio para la personalidad privada del individuo. de que no podría apartarse sino a expensas de su salvación.e n aquel coloso autoritario que justifique el procla­ m arlo un campeón del individualismo.. se su jeta a un cuerpo de reglas de inspiración divina. a su vez.·^ Porque ¿qué viene a decir Calvino en este texto tan traído y llevado? Sim plem ente que las palabras de la E scritura contra el préstam o a interés usura­ rio no son del todo concluyentes. en consecuencia. como dice Choisy. Y la prueba es lo que hizo en Ginebra aquella maciza disciplina que llegó hasta la tiranía. Nunca pensó seriam ente en d o ta r al Estado con derechos que lo calificaran para negar los pos­ tulados de la religión luterana. que en realidad era incompatible con el nuevo espíritu de la época. A la luz de las . apenas pesa en la balanza la célebre c arta a Claudio de Sachins. Pero nada se encontrará . Comparado con este absolutismo. Rechaza allí la teoría patrística de que el dinero no debe engendrar dinero. es simplemente una busca de las condiciones de la victoria. Hay que reconocer que Weber y sus discípulos lo han adm itido así. Y.

que les parecía contraria a la vida cristiana verdadera. Yo me perm ito contestar que en esta m ateria el tiempo lo ha hecho todo. veían en el universo un plan celeste que asignaba a cada indi­ viduo un sitio determ inado en la economía de las cosas. y el ejem plo de Ginebra. como el de Aquino. Pero.“ pu­ ritan o de la m e jo r cepa.« o a las Sententiae de Gabriel Biel. Calvino no se revela en este docum ento como un innovador muy brillante. Se nos asegura. en sus días como en los de Beza. es el mism o de Lutero y está impregnado como el de éste de medievalismo. a mi ver.^^ Su concepto de la riqueza. Nada hay en las ideas económicas de Calvino que lo dis­ tinga m ucho del periodo inm ediato an terio r. Apenas podría acusarse a los reform istas ingleses del siglo xvx de haber contem plado la nueva riqueza con ojos complacientes. De modo que Calvino no hace m ás que m a ­ nifestar su conformidad con los últimos canonistas medievales. Todos. que la doctrina puri­ ta n a de la "vocación” es una contribución aprecia- ble para el nacim iento de la economía individualista. tal la de Thomas Lever^^ o la de Hugh Latimer. La concepción puritana no es cosa estática. precaviéndolo contra el peligro de querer m e­ jorarlo. Todos ellos hasta se sentían impe­ lidos.io quienes reconocen igualmente que la doctrina del justo precio es ya insostenible en toda su ampli­ tud. sin embargo. ni u n a sola de sus palabras añade nada al argum ento de San An­ tonio de Florencia.» Re­ conoce que hay algunas transacciones comerciales en que se justifica el pago de una rem uneración por el uso de un capital. pobre o rico. Se la ve cam biar conforme se avanza del siglo xvi al xvii. Tal es la actitud de Robert Crowley. a protestar contra la conducta de los "nue­ vos i'icos” de su tiempo. N atu ralm en te que cía- .30 EL PANORAMA nociones de su época. Lo que de aquí vendría es asunto di­ fe ren te. a con­ siderarse los m antenedores del antiguo orden contra el nuevo. pero de ello difícilmente puede considerarse causante a Calvino. y de éste al xviii. en virtud de su teoría de la "vocación". o de las obligaciones del individuo. prueba su identificación con el medievalismo.

EL PANORAMA 31 m aban contra la indolencia. por el afán de dem ostrar su teo­ ría. La esen­ cia de su prédica está en a n d a r la vida por la vía de la salvación. la penuria y la abundancia como dones de Dios que traen consigo una oportunidad para la "gracia”. igualmente. en m irar. en aceptar el puesto que nos ha sido asignado en la existencia. ¡N ada m ás lejano del tem peram ento de los hombres que estaban mode­ lando la nueva sociedad! Cuando. puede decirse que ya había logrado influir. y no hubieran sido pu­ ritanos si no exaltaran. para entonces. por lo menos. Lo que dio a la Reforma su verdadero valor como doctrina social fue el hecho de que haya sido sim ultánea en parte. Es lo m ism o que si hubieran querido juzgar de la respuesta que las iglesias han dado en el siglo xx a los problemas sociales. la "vocación" se contam inó de espíritu capitalista. también. Para estim ar la postura contem poránea en esta m ateria. las virtudes del ascetismo. en la segunda m i­ ta d del siglo XVII. Pero en su apreciación del m undo no hay una brizna de espíritu progresista o secular. D octrinalm ente hablando. y en esto no hay nada que pueda favorecer de modo especial el liberalismo. al solo examen de las res­ puestas que se dieron en el siglo xviii. a nadie se le ocurre acu d ir a las doctrinas o prácticas de Secker y Watson. Y el resultado fue que todos los descontentos acum ulados durante la Edad . Creo que ésa es la esencia de sus enseñanzas. ya la nueva sociedad contaba su buen siglo y medio de existencia y. no de eludirlos. y en parte provocada por una gran dislocación económica. tenem os que dirigir nuestra m ira­ da hacia otros rumbos para apreciar el efecto pro­ ducido por la Reforma. IV Por consiguiente. W eber y sus discípulos han incurrido en un grave anacronismo. se trataba de renovar los principios de la vida cristiana. tanto en el puritanism o como en el catoli­ cismo. La Iglesia no halló una i'espuesta al enfrentarse con ese problema. cumpliendo con los debe­ res inherentes.

y de otro modo diferente en Jos poemas de C haucer y Langland. bajo E nrique VI. En la m ism a aurora de la Reforma. No había nada de nuevo. Algo de esto se trasluce en la actitud de los rebeldes que. como sucede siempre. Las raíces del cambio habían venido exten­ diéndose por centenares de años. ante las pretensiones del cardenal Beau­ fort a participar en el poder. El cambio se anuncia ya de cierto modo en los tratados de Wiclef. Su incapacidad para poner la casa en orden. los dineros para Pedro. Pero el Papa. según creo. y otro poco en la a ctitu d del Consejo de Regencia. Pueden descubrirse ya en la lucha entre Enrique II y Thom as Becket. ejecutaron a Simón de Sudbury. en el año de 1381. etcé­ tera. También se descubren en la actitud de E duardo I ante la bula Clericis Laicos. en térm inos generales. atacó a ésta en térm inos que cualquier partidario .32 EL PANORAMA Media se desataron y se lanzaron contra la Iglesia. arzobispo de C anterbury. legales. en las quejas que presentaban los ingleses. invitó a la revolución rehusándose a la reforma. Esto puede apreciarse más fácilmente. Ni siquiera fue ella el resultado de u na disputa en cuanto a la naturaleza de la suprem acía sobre la Iglesia. cuya lealtad a la Iglesia está fuera de discusión. Y cobraban nueva agresividad y d ram a­ tism o desde el m om ento en que el Papa se negaba a apreciarlos en su justo peso. el deán Colet. Los había de todo orden: religiosos. Pues duran te si­ glos y siglos se había estado protestando contra las dá­ divas a los Proveedores. políticos. La Reform a inglesa no tuvo su origen en el tem peram ento libidinoso de Enrique VIII. resultó fatal a su empeño de m antener su antigua posición en m edio de las circunstancias ya transform adas. dinásticos. si estudiam os las características de la Reforma in­ glesa y sacamos de allí nuestras conclusiones. Y son notas siempre presentes en la literatura medieval inglesa la protesta contra la corrupción eclesiástica y el resentim iento contra la opulencia clerical. cuando el m ovimiento conciliar. Tampoco era cosa nueva la pretensión de que la riqueza eclesiástica pagara también parte de los im­ puestos nacionales.

Para e ntender la R eform a inglesa. Su legis­ lación esencial se enderezaba contra las prácticas que empobrecían al reino en beneficio de la Iglesia. a pesar de sus exageraciones notorias. todas las ofensas del m undo provienen de la codicia de los sacerdotes. el nepotismo. el mercantilism o. En la asamblea de San Pablo. hay que tener siempre presente este sentim iento antipapista. encontram os tam bién acusaciones semejan- tes. . la usura. En esta acusación no faltan ni el pluralismo. es un indicio del grado de descrédito a que había llegado la au toridad de la Iglesia. la Suplicación de los m endigos haya alcanzado una gran populari­ dad. ni la gula. por su importancia. era m á ­ ximo en cuanto a las exacciones del clero. Allí se reclam a rotundam ente la acción real c ontra el clero y se propone la confis­ cación de los bienes eclesiásticos como un recurso para la prosperidad nacional. De m odo que Colet busca en el pa­ sado los principios de su reform a. "Toda la corrupción. ni la simonía. dijo textualm ente. En Erasmo. toda la decadencia de la Iglesia.ifi que no sólo mereció.^» sino tam bién ser traducido al latín y al alem án."estas nuevas artes de g a n ar dinero que a diario se están inventando”. No lo es menos su insistencia en el robustecim iento de las antiguas leyes para a ta ja r . m uy fam iliarizado con las cosas in­ glesas." El cuadro que traza de esta corrupción es en verdad terrible. glotonería y lujo. EL PANORAMA 33 de las novedades hubiera podido suscribir. que aunque m ínim o en m ateria de doctrina. pero era antipapista a un extre­ mo que había venido ganando im portancia por varias generaciones. el ausentism o o la hum illación interesada al poderoso. 1512. ni la m un­ danidad. y sobre todo la facilidad con que se la pudo llevar a cabo. Y es muy significa­ tivo que su alegato haya alcanzado entonces una po­ pularidad grande. el favor del rey y una respuesta de Tomás Moro. Colet no vacila en decir a sus herm anos clericales que su enorm e riqueza les perm ite una vida de ocio.15 El m ism o punto de vista inspira el famoso panfleto de Simón Fish. El pueblo no era anticatólico. Y el hecho de que.

34 EL PANORAMA En el fondo de todo ello se descubre la sólida ex­ periencia incorporada en la información de Guilford sobre la verificación testam entaria de S ir William Crompton. Esto hería ese hondo sentido de nacionalismo que distingue al periodo Tudor. aun cuan­ do hubiera personas interesadas hondam ente en am ­ bas.2f> era tan grande. La devoción clerical a Roma. provisorias. Que esta sospecha era justificada. la Reforma inglesa realizó tres cosas. lo dem ostró el caso del obispo de Londres cuando tra tó de cobrar la m ulta im puesta al clero. m ani­ fiesta en el caso de Fisher de Rochester. anatas. no-residencias. todo esto fue castigado de un modo drástico por los Parlam entos de la Reforma. ni ciertam en te tampoco el deseo de una teología m ás pura. que se la consideró peligrosa. y trans­ firió im a gran parte de la propiedad de las manos del clero a las de los seglares. en 1536. 2 2 Además. ¿Qué explica su acep­ tación? No. pues el go­ b iem o sostenía que las riquezas de la Iglesia podrían ser empleadas en defensa de la jurisdicción lom ana.2i y por el papel impor­ ta n te que los clérigos desempeñaron en la organiza­ ción de aquella protesta que culm inó en la Peregri­ nación de G r a c i a s . desgravó al pueblo de una m asa de tributos eclesiásticos que daban lu­ gar a grandes abusos y no m enor corrupción. creo yo.’® Estos clam ores fueron plenam ente sa­ tisfechos. Las causas de su éxito son m ás hondas que cualquiera de estas dos razones. Apelaciones. B uena parte se debió a la sospecha de que el clero representaba intereses extranjeros. absorciones clerica­ les en ocupaciones seculares. pluralidad de bene­ ficios. abolió la jurisdicción del Papa. resulta evidente que hubo un m om ento. nos ex­ plica por qué Fox escribía a Wolsey en 1523 que el pueblo "clam aba constantem ente contr. en que el control efectivo en el Norte pudo m uy fácilm ente hab er significado un3 grnenajca ele desintegración nacional igual a la . una indignación m oral contra el abuso. abusos en cementerios. En síntesis.a los abusos clericales”. Las m edidas encam i­ nadas a ba rre r estos males. y el refuerzo que reci­ bieron con la abolición de los m onasterios.

como ahora. Esto evidencia hasta qué grado la gente se había desilusionado de la Igle­ sia. escribía lord H erbert de Cherbury. De­ bía iniciarse una política que diese impulso a las obras públicas.25 El costo de la política m ilitar y na­ val de Enrique VIII fue sin duda factor decisivo en la supresión de los monasterios. Folletistas y m em orialistas hacían gala de sugerir lo que podía hacerse con las riquezas del clero en beneficio del bienestar común. Debía hacerse frente a los gastos de la defensa. Pero no puede dudarse que. la construcción de caminos para resol­ ver el problema de los sin trabajo. como Wiclef había insistido. EL PANORAMA 35 que sufrió Francia duran te sus guerras religiosas. Por lo que sabe­ mos. Estos preparativos. ^ ^ y hasta hay que d u d a r que fueran considerados seriam ente. sin tener que im poner nuevas cargas fiscales al contri- buyente. Uno de los argumentos m ás fuertes de su cam paña era el que en caso de guerra la nación no podía con sus propios recursos. que la con­ fiscación de los bienes de la Iglesia perm itiría dedicar el dinero así conseguido a la defensa nacional.24 Sim ón Fish tam bién defiende con gran vehemencia este criterio. lo que resultaba bastante significativo. deseoso de a h orrar sus propios dineros. una política exterior briosa produjo ramificaciones inesperadas. se logró la política de Reforma. cuando había tantos que pensaban de los bienes . so pretexto de ellos. Estimábase. también.os sufrim ientos ocasionados por el cercamiento. puesto que el pueblo. Podrían m itigarse ’. "parecían discul­ par la supresión de las abadías ordenadas por el rey. tales planes no llegaron a r e a l i z a r s e . incluyendo. comenzó a sufrirla con tranquilidad. sobre todo cuando vio que se ordenaba la construc­ ción de diversos fuertes y baluartes en la costa”.2R Entonces. a ta ja r la sangría que representa la salida de dinero al extranjero. era obvio que el privar a la Iglesia de sus bienes equiva­ lía a dism inuir el peligrosa Otro elem ento de im portancia es. el re­ sultado del nacionalismo centralizador de la época. No hay duda de que la situación económica gene­ ral del reino creó una amplia opinión favorable a la confiscación.

Es m uy significativa la enorm e avaricia con que algunos desde los grandes nobles. haciendo recaer .36 EL PANORAMA de ella como un fondo nacional al cual el E stado podía re c u rrir con justicia como alivio en un periodo difícil. según pensaban. solicitaban. Estim uló la acum ulación de capital. Aun la m ism a caridad de la Iglesia se sostenía para estim ular la vagancia. Su propia corrupción justificaba esta codicia en hom bres an­ siosos de apoderarse de sus bienes bajo cualquier pretexto. psicológicamente. sino que era inaprovechable para la com­ pleta explotación por los nuevos métodos. para favorecerlas. Pero lo que. regateaban y so­ bornaban para conseguir su parte en los despojos de tales bienes. hizo popular la polí­ tica de supresión fue la oportunidad que para enri­ quecerse ofrecía al rey. Impedía. como instrum ento de control social. Su organiza­ ción toda. Su destrucción. Sus prácticas —véanse los ata­ ques de L atim er contra los efectos perniciosos de los días festivos'·^— estorbaban la producción.28 Esto creó un partido sólido favorable al m an tenim ien to del nuevo orden de cosas. el logro de esa balanza com er­ cial favorable que había llegado a parecer tan vital para la nación. ofrecía la perspectiva de nuevas rique­ zas en una época en que los hombres estaban a tu r­ didos por la idea de oportunidades nuevas. hasta caballeros rurales. por su intromisión. y con ello el núm ero de hombres dispuestos a arriesgar su excedente de ri­ queza en las nuevas aventuras comerciales. como el duque de Norfolk. como organización. Su propiedad no sólo tenía una sombra de sumisión extranjera. Faci­ litó la formación de grandes fincas. como H um phrey Statforci. sino el desm orona­ m iento del orden económico medieval. es antitética del nuevo espíritu. La Iglesia era contraria a ello. podrían enriquecerse. y aun miembros desconocidos de la burguesía urbana. No puede dudarse de que la política representada por la Re­ form a no es. y de aquí el progreso de la apropiación de la tierra. capaz de gobernar. de m anera negativa. La expansión comercial e industrial requería una m onarquía fuer­ te. a la nobleza y a la clase m e­ dia alta. En esta forma. sin duda alguna.

Los principios que sostenía significaban la sustracción de grandes elementos de riqueza. la ocupación de la Iglesia era ahora pactar con este nuevo espíritu. En parte también se originó . por una parte. era considerada un verdadero estorbo para el nuevo orden social. en forma positiva. La opor­ tunidad para que el nuevo espíritu transase con la Iglesia había pasado ya. Cuando el Concilio de Trento del pa­ pado abrió los ojos reconociendo la necesidad de la Reforma. La Reforma ayudó. y el cura y el fraile. Compleja y confusa es la form a en que esto se hizo. y el que la debilitada com unidad rom ana no pudiera im poner ya condiciones. Abrió el cam ino al individualism o al confiscar las riquezas empleadas en sostener principios que estor­ baban las oportunidades individuales. el tener que buscarse aliados. La Igle­ sia. obteniendo su parte en los despojos. Las condiciones nuevas de explotación se habían afirmado. aquella concepción secular transform a a su vez el contenido de los prin­ cipios cristianos hasta amoldarlos a sus propias ne­ cesidades. de las em presas nuevas a que podrían dedicar­ se. En oposición a ellos. Los nuevos hpmbres estaban ya en el poder. surge pau­ latinam ente u na concepción secular de la vida que define cada vez m ás estrecham ente el dominio que pueden m antener. de esta manei-a indirecta. por ejemplo. a la propagación de las doctrinas liberales. El contraste entre el com erciante ambicioso y el terrateniente avaro de la época Tudor. era dem asiado ta rd e porque para entonces ya había perdido la m itad de su imperio. no dejaba lugar a duda sobre el resultado de la lucha por la riqueza de la Iglesia. por la otra. tal como estaba organizada. por lo tanto. Con la des­ aparición de aquella riqueza disminuyó la influencia de esos principios. Más aún. EL PANORAMA 37 las cargas fiscales sobre otros hombros. tierra. En parte. trabajo y ca­ pital. provino de los acontecimien­ tos que obligaron a la Iglesia a m odificar sus puntos de vista.

Cuando llegamos al hom bre del siglo xvii. porque la revo­ lución los ha disociado. el e terao de hacer compatibles la libertad y el orden. Cada imo de estos elementos requiere considera­ ción aparte. las ideas se desarrollaron aun en los niás diversos dominios. en verdad. Finalmente. sólo con éxito parcial. de C ardan y Vesalio. para disputar a Dios el derecho de supremacía sobre su destino. El problema con que tienen que enfrentarse es. una evolución de la doctrina política: se form a una teoría del E stado como entidad capaz de bastarse a sí misma. porque media Europa disputa a Roma el derecho de interpretación. Pero la idea de libertad está ahora encajada en un nuevo marco. Ya no pueden fu n d ar sus gobiernos en una Ley Divina de la cual Roma es intérprete máximo. No se puede enseñar ya la coexistencia del deber político y de la obligación religiosa. y a una nueva m etafí­ sica. Esta revolución ideo­ lógica tiene tres notas dom inantes en el siglo xvr. por la otra. nuevo a la vez en profundidad y aspiración. el individuo posee un sentido de dom inio sobre el universo. las con­ secuencias de un medio am biente nuevo. Es. aunque ninguno. se construye una cos­ mología nueva que da lugar a una concepción cien­ tífica nueva. Las viejas sanciones de obediencia están en proceso de desaparición y se descubren nuevas. E stá preparado. por decirlo así. por una parte. a Galileo y Harvey. En parte. sin duda.^o Se en­ frentan con el hecho de un poder político divorciado de las bases teológicas sobre las que se sustentaba antes. La historia del pensam iento po­ lítico en el siglo xvi es la historia del esfuerzo del hom bre para justificar. a Bacon y Descartes. es una teología nueva y en su formación se em prenden in­ vestigaciones que m inan la influencia de la fe sobre la m ente hum ana. es indepen­ diente de los otros. en la lucha para h acer progre­ sar la nueva concepción. Vamos de Copérnico y Keplero.38 EL PANORAMA por el hecho de que. pues encuentra un am biente cuyo acento m aterial difiere de todo otro conocido desde los tiempos de . en parte. o tra vez. y el fuerte y ex­ tenso choque de éstas se produjo en la dirección que el nuevo espíritu requería.

Si la religión en tra en sus cálculos. Sabe lo que busca conseguir. Ahí están su codicia de poder. el personaje de su príncipe no es u na caricatura del siglo que siguió. Sus aspiraciones son enteram ente seculares. Cree en la li­ bertad. pero la am arga experiencia le ha enseñado que el poder es el precia de la libertad. Pero es muy significativo el que en los um ­ brales de una nueva época apareciese un libro que. La evolución que tiene lugar es el resultado de esta novedad. y su estado m ira sólo a la tierra. El Príncipe de Maquiavelo puede m uy bien ser el re tra to del hom­ bre nuevo de su época. es cruel sirviendo su ideal. su adm ira­ ción por el éxito. es· tan sólo como un instrum ento valioso para doblegar al hombre al servicio de sus fines. su franco paganismo. porque. su convicción de que la fueraa de la pa­ tria está en la unidad nacional. y la debilidad es un pecado contra el Espíritu Santo.sus elogios de la astucia son bastantes a ocultar al idealista. La utilidad es la piedra angular de su m étodo con el poder como criterio de utilidad. E n Maquiavelo está todo el Renaci­ miento. sin el estorbo de cualquiera de esas otras vani­ dades m undanas tan arraigadas en las costum bres medievales. Son admisiones de debilidad las limitaciones morales sobre la con­ ducta y una Iglesia independiente. y el hombre ge­ nial no es quizás nunca por completo típico de su tiempo. Maquiavelo es un hom bre genial. De modo que elim ina despiadadam ente todo lo que estorba al ejer­ cicio del poder o a su consei*vación. Es también un adm inistrador hasta la pu n ta de los dedos. su repugnancia por la esclavitud m edieval. jam ás habría de ser superada. su indiferencia por los medios. Sostiene con todo su corazón el sueño de Dante de una Italia unida y renovada. La filosofía política del siglo xvii se inaugura con una expresión de m o dernidad que. después de todo. un a dm inistrador con valor para d e cla ra r que quien desee el fin debe desear los medios. sino un . Es francam ente m ateria­ lista. EL PANORAMA 39 la dominación papal. de modo ta n franco. ensalzara su esencia íntima. Ni su cinismo ni . ni por su realismo ni por su poder de discernim iento.

en Francia. En fanatism o religioso es como Ignacio de Loyola. fue carne dem asiado fuerte para la digestión de los hombres. por la concepción presbiteriana —en su m ayor parte obra de Andrew Melville— de los dos Reinos. Y quizá fue. un nuevo m undo lia surgido ante su vista. y aun. es porque. su tem peram ento. pero tra ta n de cubrir sus pro­ pósitos de modo de hacerlos compatibles con el clima m oral de su tiempo. H asta una época como la de Bacon. del obstácu­ lo de fines en competencia. Una nueva empresa. . en los Guisas y en Catalina de Médicis. le presta nuevo apoyo. digno de perseguirse por sí mismo. una vez más. Es ayudado por la con­ cepción lu te ra n a del Príncipe como un instrum ento escogido de Dios. aunque dolorosamente. No tienen m enos an­ sias de poder que él. La asistencia de Calvino. una nueva efi­ ciencia. puesto que se fundaba en la tesis de que un Estado que se abstenía de perse­ guir a los fieles podía m a n te n er su derecho a libe­ rarse de la intervención eclesiástica. en un doble sentido. Es ayu­ dado. pues eso suponía ya la admisión de un m undo temporal libre de las limitaciones del control religioso. de una secula- ridad desvergonzada. bajo su coloración especial protectora. La idea de un Estado fuerte y eficiente lo libra. Pero no es menos significativa la indignación que despertó Maquiavelo en el siglo xvi. y no menos en espléndidos piratas tales como Haw- kins y Drake.· Describió. Con Lutero ya no hay detrás una Iglesia que actúe como juez de su conducta. Se n utrió de la teoría jesu ita —m a­ gistralm ente desarrollada por Belarmino^’— del po­ d e r indirecto del papado. en In g la te rra . que para su satisfacción pocos sacrificios fueron juzgados dem asiado grandes. Reveló el secreto de un impulso tan profundo en la constitución hum ana. que sólo titubea en una oca­ sión sobre la obligación cristiana de obedecer a la autoridad constituida. Le hallamos en todos sus hombres tí­ picos. sirven a un nuevo ideal. y si con ello ese nuevo ideal es claram ente teiTenal. en Lute­ ro y Calvino y en papas como Pablo III y Pablo V. en Cromwell y Walsingham.40 EL PANORAMA índice de él. el ideal del poder amoral. de una vez por todas.

Es un tratado para evitar Ja anar­ quía.32 Es éste un libro que ningún pensador medieval habría intentado. imposible. pues evidencia la necesidad. a priori. Su voluntad es. por lo tanto. por definición. como los Politiques en Francia. de Bodino. no puede haber quien legalmente le dispu­ te su autoridad. La República. De este modo descubre para sus actividades im plano en el que la i'ivalidad de cual­ quier autoridad en competencia. de los cuales Bodino es m ereci­ dam ente el más famoso. de una autoridad suprem a que dicte leyes a todos y que no las reciba de nadie. es el resultado m ás nota­ ble del cambio político en el siglo xvi. en lo que con­ cierne a la teoría. u na san­ ción. como la Iglesia. No sería de su época si no rindiera cierto tributo a la idea de ley natural . A fines del siglo la religión pudo no haber abdicado de sus dememdas. ayudado por la cólera apasionada de la guerra religiosa. u na concepción de la que. pero éstas habían sido puestas con cadenas tan fuertes que a su term ina­ ción ya no existía peligro de que pudieran prevalecer. es. . una voluntad ilim itada. de descubrir un plano de acción política. a la atm ósfera en la cual Maquiavelo construyó su repú­ blica. se alzaron arguyendo que el E stado no debía perecer por razones de conciencia religiosa. pues el costo de la contienda civil fue tan intenso en m iseria social y anarquía política. con raras excepciones. Sin embargo. EL PANORAMA 41 sobre todo. tanto por el mo­ tivo como por el razonamiento. Trataron. Esto significa. significaba un acercam iento. aun cuando sinuoso e incierto. por la otra. Bodino llega a vaci­ lar ante las inferencias de su propia obra. como Marsilio de Padua. en toda sociedad política. por u na parte. Fue Bodino el prim er escritor del m undo m oderno que vio esto: desde el m om ento en que al Estado se le considera soberano. que algunos hombres. Habiendo construido un Estado teóricam ente incapaz de freno. tolerancia . a pesar de la cla­ rid a d espléndida de su análisis. pero su significación descansa por completo en un acento diferente. la cual debería e sta r libre de la intrusión del argum en­ to religioso. para la autoridad que requiere. la Edad Media estuvo inevitablem ente libre y.

es el resultado de su conocimiento de que los hombres nunca están m ás dispuestos a luchar que cuando se imaginan que su propiedad peligra. del consentim iento a través de la ley. las leyes fundam entales de la República y aquella ley ‘‘n atural" que prohíbe al príncipe despojar la propiedad de sus súbditos. por su propia y vivida expe­ riencia de la m onarquía de los Valois. de m anera que su control ha de nacer.secu­ lar. Con él se sepulta al fin la dualidad m olesta de la E dad Me­ dia. Son. una aceptación de las convenciones morales de su gene­ ración. hecha bajo el nombre convencional de la Ley Divina. así lo supongo. es la búsqueda consciente de una fórm ula de paz en una época a to rm en tad a por la contienda civil.42 EL PANORAMA sugiere entonces que hay ciertos principios a los cua­ les debe ceder la primacía. La tesis de Bodino. con u na relación especial a la necesidad de seguridad en cuestiones de constitución econó­ mica. La teoría de la soberanía. Da la m ed ida de la atm ósfera trastrocada a que se enfrenta el que encuentre su re­ m edio en la idea de la suprem acía civil. seculares y no divinas. en m edida creciente. finalm ente. de Bodino. La lucha en tre el poder civil y el eclesiástico se decide en favor del primero. Éstos son la Ley Divi­ na. por una parte. Significan. el señalar la irrevocabilidad de la Ley Sálica es el reconocimiento inflexible del rea­ lista de que el hom bre del Renacim iento era capaz de servirse de la debilidad de u na m u je r en el trono. Por ejemplo. se asienta sobre una base de utilidad que hace del orden el bien más . que las sanciones a la conducta han de ser. Por consiguiente. las cortapistas que tra tó de imponer están todas ellas concebidas en el espíritu de su tiempo. de los peligros del poder ilimitado.33 Estas limitaciones son claram ente de gran impor­ tancia. Y esto significa. y es notable que lo signifique. un esfuerzo para e ncontrar lu­ gar al consentim iento de los súbditos a los actos de autoridad. en el fondo. que Bodino vio y deseó la inevitabilidad de un E stado puram ente . La atribución de una santidad especial a la propie­ dad privada. por la otra. pero se dio cuenta.

primero. E ra u na época de confusión en la cual los hom bres se sentían en presencia de una novedad revolucionadora. Quizá la m an era más fácil de ver la significación dcl argum ento sea m irarlo en la época de su m ayor riqueza: la de la C ontrarreform a. todos ellos fueron impulsados a exam inar los fundam entos de la autoridad política. recordem os. forjada por un ju rista en una época de anarquía. EL PANORAMA 43 alto. segun­ do.'^·* El p ro b k m a son los térm inos sobre los cuales puede. Antes de San . y la doctrina. y hay poca duda de que en aquella época la discusión m ás notable fue la que se originó en Francia después de la funesta m atanza de San Bartolomé. y no menos los refoiTnistas. El motivo de su reaparición es bas­ tante obvio. Por lo tanto. Es un intento para hallar la razón fundam ental de la obediencia den tro de los confines de la ley misma. y que continuó con apa­ sionada intensidad hasta la e n tra d a triunfal en Pa­ rís de Enrique IV. de la confusión. desacuerdos constitucionales. de Lutero en adelante. m ás de veinte años después. e inven­ taban principios para explicar que de hecho sus pro­ pios fines eran principios eternos y universales que todo hom bre razonable debía aceptar. como tra ta ré de mostrarlo. rivalidades di­ násticas. hacerse el orden. y. Todos los contendientes trataban de probar. o tra renovación. iban concibiéndose hipóte­ sis opuestas. que estaba ju stificad a su lucha. Pero. dentro de aquel periodo. quienes no retrocedían ante acusación tan airada como la que los declaraba pro­ ponentes de la confusión social. y con la buena g arantía de la Sagrada E scritura que la apoyaba— del Derecho Di­ vino de los Reyes. Existen diferen­ cias religiosas. del contrato social. Las m ás notables de ellas son la idea —de ningún modo nueva. E n gran parte su visión del Estado se engendraba en la estru ctura del debate religioso que dio su contexto inm ediato al conflicto. que no buscaban la pelea. Todos convenían en que debía haber obediencia. conflictos económicos. una perspectiva típica. Lentamen­ te. detrás de aquel contexto puede descubrirse un horizonte m ás amplio. Pero no estaban dispuestos a la obediencia sin condiciones.

es rey. el peligro. La idea de la resistencia les parece pecado m ortal. en que éste tiene el derecho de re tira r la a u to rid ad que ha conferido si recae en un tirano. la m agistratura constituida de la nación. su derecho a la resis­ tencia comienza en el m om ento en que se le persi­ gue. Argüían que el poder es un fideicomiso que obliga a gobernar bien a quienes lo detentan. Nace de un contrato entre el Príncipe y el pueblo. después de 1589. h an dejado huella perm anente en el pensam iento político. un hugonote. nunca olvidó cosas como la guerra de los campesinos en Alema­ n ia . Los poderes .44 EL PANORAMA B artolom é los hugonotes habían protestado aceptar la autoridad de la Corona. La característica de la tiranía es perseguir a un súb­ dito que cumple su deber para con su Dios. Enrique de Navarra. Por lo tanto. Podemos suponer que cuidarán de que ninguna resistencia tra ta rá de e ch ar abajo el principio de la propiedad privada como tal. Pero. algunos de ellos. Tienen en el trono a un m onarca en cuya conducta confían. los príncipes por la sangre. Su deber era pasivo. el com unism o anárquico de los anabaptistas. Una rebelión en nom bre de la conciencia religiosa no ha de servir de disfraz a un radicalism o social indebido. se alearon en arm as sólo co ntra sus malos consejeros. porque aquél ha hecho un contrato con su creador para poner su alianza con él por encim a de cualquier obli­ gación hum ana. A p a rtir de aquí. Después de la m atanza se hicieron m ás radicales. de que puedan ponerse en duda todos los grandes principios. Ellos son los jueces de cuándo puede em prenderse una rebelión legal. m ientras no fuese llam ado a la pelea por sus dirigentes naturales. En consecuencia. bajo cuyos aus­ picios se construyó la teoría hugonote. cambia el tono de la disputa hugonote. El firm e propietario. la nobleza. Son innum erables los panfletos que urgían la adop­ ción de esta a c ti tu d . negaron al hom ­ bre ordinario el derecho a la resistencia. Todos sus protagonistas están por aceptar el Derecho Divino de los reyes. como los de B uchanan y Beza y el autor de Vindiciae. cuando a la rebelión se la proclam a como un derecho. pero este derecho debe ejercerlo con ciertas limitaciones.

Predi­ can. La confiere. para gobernar bien. por de contadoj ha de ser la verda­ dera. EL PANORAMA 45 que hayan de tenerse ha de ordenarlo Dios. apenas es excesivo decir que las Vindiciae es la fuente de la m oderna filoso­ fía Whig. co ntinuar incólumes su ca­ m ino a través de la vida. que la . pero son una mino­ ría con esperanzas. Un hereje ha subido al trono. en una generación. consum en todas sus energías en tr a ta r de probar que el E stado civil des­ cansa en cim ientos divinos. Pei’o sus opiniones cam bian to talm ente después del adveni­ m iento de Enrique IV. por supuesto. Saben que no habrá dificultades en cuanto a su tolerancia una vez que sea firm e el título de Enrique. La opinión católica. y los partidarios de la Liga no dudan de que la rebelión es m e jo r que aceptar un rey hereje. desarrollan u na teoría dem ocrática de la autoridad política. sim plem ente porque a p a rtir de San B artolom é actúa en su favor.soberanía del pueblo es imprescriptible. H asta 1589. que quienes resistan sus m andatos son culpables de blasfemia y enemigos del bienestar del reino. por consiguiente. como las anteriores. dicen. Su úni­ co afán era sobrevivir. Después de 1589. hicieron el de la guerra. Lo m ás probable es que aceptasen el ai'gumento p a ra servirse de aquel fin como base adecuada p ara u na filosofía política. Sienten que el E stado es su estado y exaltan con entusiasm o el derecho del Prín­ cipe a dirigir sus actividades. alegando qvie el pueblo puede confe­ rirla o re tira rla a su gusto. en otra. Los predicadores de la Liga. no es sino una fase temporal que se alim enta de la pasión fanática de . sus protagonistas sienten una indignación ho­ rrorosa hacia los hom bres que amenazan los cimien­ tos del orden social. Hay en ellos escaso sentido de incongruencia. la de Roma. Los católicos siguen la dirección opuesta. como los sermones de hombres como Bou- cher lo sean de la filosofía radical posterior. los hugonotes están aún en minoría. en consecuencia. Pero sin religión es imposible un buen gobierno. las nuevas con­ diciones han hecho de la paz su objetivo. En verdad. resistir a sus m andatos es blasfemia. Por lo tanto. sabiendo que la mayoría está de su parte.

46 EL PANORAMA u n a turba parisiense que había probado la sangre y que vio en el retorno de los hugonotes a París una am enaza para su monopolio virtual del comercio y los puestos en la capital. los religiosos son cuestión secundaria. Si esto dicen. porque. Encontrem os un plano de acti­ vidad política en el cual los hom bres pueden coin­ cidir como ciudadanos a pesar de sus diferencias en m a te ria religiosa. podemos com prender su reacción hacia estas ideas radicales si recordam os la popularidad del antisem itism o en Alemania entre los pequeños com erciantes y profesionales. allanémoslo. Pero insisten en que la sociedad no debe perecer por ra ­ zones de conciencia. es el gran obstáculo para la paz. cuyo origen puede quizás llevai'se al noble es- fuei-zo por la paz de Michel de l’Hospital.-^o Éste fue el criterio que prevaleció y no necesito hacer re sa lta r el alcance de su triunfo. Concedamos la tolerancia. Significaba . Lo m ism o los católicos que los hugonotes apelaban inútilm ente a una teoría del derecho. pues­ to que la larga agonía de la contienda civil dem ues­ tra que la guerra no es el m e jo r cam ino para lograr la unidad nacional. la Iglesia empleó el argum ento de la ven taja económica para fom entar la hostilidad a la tolerancia de la herejía. Una doctrina diferente fue desenvolviéndose con lentitud en medio de este choque de pragm áticas contrarias. no im portaba cuán tím ida fuera la idea de derecho que iba a servir aquella teoría. aun después de que la conversión de Enrique acabó con la necesidad que sentían los católicos de una doctrina de la soberanía popular basada en el contrato. tiene una visión m uy diferente. lo m ism o nobles que terratenientes y com erciantes. No dudan de la conveniencia de la unidad religiosa. Los intereses de la paz son los p rim e ro s . ni aun niegan la de la perse­ cución si existe la esperanza de su eficacia. a que p a rta n a F rancia en dos naciones y hagan de ella u n a sociedad en ruinas por razón de diferencias religiosas. La analo­ gía es im portante. Para ellos es m ás im portante que los franceses reconozcan su interés común como ciudadanos de Francia. El partido de los Polí­ ticos.

Es el de u na concep­ ción de utilidad en relación al bienestar m aterial. de un derecho que regula las relaciones entre los Estados . La soberanía del Estado no tenía ya por qué ser discutida si se aceptaba esa opinión. ningún Estado se com prom etería con persecuciones religiosas sólo en nom bre de alguna verdad sagrada. Desde el punto de vista medieval. EL PANORAMA 47 la victoria del Estado secular. y el criterio de la réplica. Aun la revoca­ ción del Edicto de N antes tiene por objetivo más la unidad política que la verdad religiosa. De aquí en adelante. no porque coincidiera con una idea o derecho justificado por su conformidad con el derecho divino. que ya no era nece­ sario definir el estatuto de los derechos políticos en función de u n a sanción eclesiástica. Suponía que ta n era el m ayor bien político la consei-vación del orden. La idea del logro de la riqueza como fin social básico se ha convertido en la piedra angular de la activi­ dad política. Una vez que el orden había llegado a ser un fin en sí. principios que pueden m irarse desde dos puntos de vista. del E stado a los derechos que reclam an los poseedores de la propie­ dad. a estas alturas. sino por una congruencia ra ­ zonable con los fines que el E stado decretase servir. colocó los intereses terrenales del hom bre sobre lo que se consideraba su interés celes­ tial. Desde un ángulo son la cuna del derecho internacional en su sentido moderno. Merece destacarse im poco otro aspecto nuevo de la doctrina política de la época. en suma. ya no es el del derecho divino. En el siglo xvi es u n a ed ad en que se forjaron nuevos principios lega­ les para llenar las necesidades de una sociedad nue­ va. esto es. a la réplica. que el Estado debería re­ chazar cualquier derecho que com prom etiera la cau­ sa del orden. El interés que pueda existir por debajo de ese título será siempre un interés de Estado. serían a p a rtir de entonces seculares por esencia. Iba a justificarse la conducta. por eso no despertó entusiasm o alguno en Roma. las dife­ rencias entre los hom bres se refieren a problemas fundam entalm ente económicos sobre lo que ese or­ den hace. fines que. en térm inos generales.

son m ás variadas las fuentes que van a fo rm a r esa corriente central que culm inó con la obra de Grocio. de las que m an ten ía un siglo antes. La liquidación de las diferencias religio­ sas. Después de la Reforma. contribuye con su parte. casi conscientem ente. . El nacim iento de Estados-naciones. que obligara a hombres de creencias diversas. tenían que descu­ brir un cuerpo de leyes. fue m ás y m ás obvia la necesidad de un derecho internacional. en especial en el ram o comercial. una figura bien diferente y superior a su prototipo del siglo XV. El principio moral.e hace posible esta unidad tiene relaciones m ucho m ás in­ tensas con otro. da razón a la necesidad. las funciones distintas y m ás amplias que cum ­ plía. Desde otro lado. puesto que no podía obligar a las naciones protestantes. sino tam bién una revisión judicial de la d octrina legal destinada a servir necesidades comerciales de una especie nueva en la experiencia humana. reconocida im plícitam ente por Belarmino.^^ Los descu­ brim ientos geográficos la hicieron patente. Los tratadistas. No sólo conse­ guimos jurisprudencia en un sentido m ás aproxima­ do a la idea m oderna de innovación legislativa. como el de Holanda. en el régim en feudal. con el que. en estas condiciones. suponía una nueva situación internacional para el papado. Además. el derecho público empieza a diferenciarse constante­ m ente del privado.·’*« Aun pue­ de afirm arse que el hecho de u na sociedad nueva en nada es tan obvio como en el dominio legal. como en la obra no­ ble de Francisco de Vitoria. se había confundido estrecham ente. El hecho nuevo de la unidad na­ cional hacía m ayor la necesidad. y las nuevas m onarquías que represen­ taba. El ímpe­ tu es claro. requerían reglas nuevas que definiesen su posi­ ción y privilegios. El E stado qi'. Había que form u­ lar un cuerpo de doctrina que descansara en una sanción diferente. secular en sus sanciones. los descubrim ientos dieron lugar a grandes controversias sobre derechos comer­ ciales convencionales de naturaleza compleja. El em bajador del siglo xvi es. ¿Qué iba a h acer válido el título a un im pelió colonial? No bastaba ya la autoridad papal.48 EL PANORAMA vistos como unidades efectivas.

Es impor­ tante que todo el esquem a esté al m argen de la con­ cepción teológica de las cosas. La analogía es sorprendente. Pues su fu n aam en to es la idea de que la n a tu ra ­ leza crea un conjunto de principios racionales tan claros e inm utables como los de la m a te m ática y la física. la paz es el camino real hacia la conservación. con su autoridad toda resuci­ tada en esta época. no es nada difícil ver en sus conclusiones la ley constitutiva del nuevo co­ . Hay el elem ento que nace de la raison d ’état. las restricciones su­ geridas contra la devastación y pillaje como inciden­ tes de la guerra. P ara su con- . La distinción en tre guerra ju s ta e injusta. la deseabilidad del arbitraje. la exposición de los dere­ chos y deberes de los neutrales. si bien consciente sólo en parte.cepción de la fuerza obligatoria. de la selva que form an em erge principio tras principio. pero sólo parcialm ente así en el mé­ todo que procede de Suárez y de los grandes jesuitas de la C ontrarreform a. Su interm inable serie de citas hace darnos cuenta de lo cerca que en el tiempo está Grocio de los escolásticos. sino tam bién un sentido de términos nuevos en las relaciones de los Estados. Grocio había acu­ dido ya a la ciencia m oderna y no a la vieja teología. no indican m eram ente un nuevo hum anitarism o. Su E stado está casi edificado sobre el instinto social del hombre. que hom bres como Alberico Gen- tili aplican a los problemas nuevos. y al leer el texto de su fam osa controversia con Selden sobre los derechos m arítim os. Está la influencia del derecho romano. lo cual indica que una lección nueva ha sido apren­ dida. cuya fuente principal es Maquiavelo. y para él. EL PANORAMA 49 Hay una corriente de racionalism o moral eclesiástico en el propósito. más im portante aún es que ocupara tanto su atención la creación de norm as protectoras de la propiedad privada. La conservación es el fin de la sociedad. El resultado fue un cuerpo de doctrina cuyas consecuencias resulta­ ron grandes. que escribe como un holandés que ha presenciado la lucha por la in­ dependencia y la suprem acía comercial. y sus actos se guían por esa ley de razón que él tom a como derecho natural.

En Inglaterra. Si actuaba con efecto depresivo sobre las clases pobres. sin embargo. Escandinavia y Escocia. Pues fue im portante que el derecho rom ano se hiciera para un imperio edi­ ficado sobre el comercio m undial. La decadencia del derecho ca­ nónico refleja la derrota definitiva de las pretensio­ nes de Roma. en el prestigio y autoridad de . La evolución del derecho civil tiene implicaciones m ás complejas. un poco tardíam ente. m ucho más adecuada al nuevo orden económico que la del sis­ tem a que suplantó. Su atracción no residía tan sólo en el prestigio de sus asociaciones. y al Príncipe como incorporación suya. la ventaja de convenir a las divisiones de clase de la nueva sociedad con resultados más fecundos que los principios feudales basados en dis­ tinciones desaparecidas. Esto significa el decaim iento de sus tribunales y un ade­ lanto lógico. por consiguiente. Su esencia. las cosas tomaron otro rumbo. inm ediatam ente. como la indiscutible sanción del poder político. La recepción del derecho rom ano ocurrió en Alemania.38 puesto que el derecho común resultó ser dem asiado rígido para la transform ación civil. en el siglo xvii—. Lo que nos im porta no es tanto. Te­ nía. por de contado. por ello. así como en los países latinos. Su concepción de la propiedad era. Los tribunales estaban aplicando una doctrina alim entada por una filosofía que no tole­ raba fácilm ente un reto al poder secular. sino en el hecho de que exaltaba al Estado. porque sus principios eran m ucho m ás adecuados que las reglas feudales a una época que requería uniform idad y fu e rte gobierno. era probablem ente un mo­ tivo de elogio a los ojos de quienes lo adoptaban. además. una nueva doctrina —ésta aparece. como el hecho de que los m onarcas fuertes y populares de la Casa T udor aboliesen los últim os vestigios de las pretensiones feudales.50 EL PANORAMA mercio a cuyo imperio todavía no podían señalársele fronteras. Lo que era de capital importancia. fue que el poder del E stado des­ cansara sobre un nivel diferente al de cualquier com­ petidor posible. es secula­ rización inequívoca. ya que el cambio se había efectuado.

Los experimentos principales del periodo son una legislación nueva. de funcionarios. Lo que hizo el Estado en favor del liberalismo en el siglo xvi es diferente de lo que consiguió o de lo que en épocas posterio­ res se le pidió que lograra. En la clase m edia volvieron a crear la confianza en sí m ism a y el espíritu empi'en- dedor. otorgándole garantías. com puesta en gran parte de iiovi hornines. EL PANORAMA 51 los jueces nacionales. el profesor Pollard ha dicho de Enrique VIH que era el Príncipe de Maquiavelo en acción. E n este respecto debemos darnos cuenta de que la seguridad tiene su precio. la renovación de las funcio­ nes del juez de paz y su apego a la Corona por esla­ bones irrom pibles. Mas lo eran con el asenso popular. El terraten iente y el com erciante les perm itían u sar el P arlam ento como in strum ento de un E stado que empleaba medios políticos favora­ bles al bienestar económico. La clase media se agrupaba en torno a ellos cualesquiera que fueran las divisio­ nes de la nobleza. y hay u na actitud dife­ rente entre vm país y otro. Los Tudores. De esto emergió un estado secular que buscó y halló su m i­ sión en la idea de que reemplazaba a la Iglesia como guardián del bienestar social. Para favorecer su nuevo prestigio construye su pro­ pia moral. una clase. Esto perm ite que las relaciones de propiedad se desarrollen sin el estorbo de consideraciones teológicas. nue­ va y poderosa. diverso en cali­ dad de cualquiera o tra legislatura del Continente europeo. Los Tudores hicieron prevalecer su ley imbuyéndole el espíritu que el nue­ vo orden requería. sin duda. eran déspotas. Pero sus hábi­ tos en esta prim era fase llevan por necesidad el . que era la necesidad m ás urgente de la época. basándola en la utilidad. B urdam ente podemos decir que la apor­ tación del siglo XVI es la destrucción de la autoridad eclesiástica en la esfera económica. No debemos d e ja r de hacer no­ ta r la significación del Parlam ento. y todos ellos favorecieron ese na­ cionalismo centralizador. Ése es el temple que alim enta siem pre a una filosofía social nueva. porque el factor tiempo es distinto en cuanto a la aparición de problemas similares.

o la de los com erciantes de Amberes a Felipe II por su proyecto de fo rm ar una corporación privilegiada de seguros. como en ejemplos ocasionales similares. Tenemos un largo periodo de am plia actividad estatal. cuyo guardián es el Estado. La acción de u n gobiemo fuerte ha asegurado la paz. entre m aestro y empleado. como la del Parlam ento inglés en contra de los monopolios.®® Su aceptación es bien natural. la confusión general en las norm as y patrones indus­ triales. la necesidad de proteger las aventuras económicas internaciona­ les no menos im portantes en el campo colonial. El m ercantilism o es. Pero m ientras d u ra el siglo xvi. en éstos. P ara una época. por la otra. la emigración en gran escala.52 EL PANORAMA sello de las costumbres heredadas de la época ante­ rior. se presentará un gran alegato a favor de la libertad de comercio. en el cual se presupone que el E stado y no la Iglesia debe fijar las norm as de la conducta eco­ nómica. el nuevo orden tiene todavía una necesidad dem asia­ do grande de la seguridad que crea con sus actos para que resienta su interferencia en gran m edi­ da. La creen­ cia de que la exportación de m etales preciosos era . por lo tanto. el p rim er paso que da el nuevo E stado secular en su cam ino hacia la realización cabal del liberalismo. ya era bastante revolución el con­ seguir fo rm ar un E stado secular. El bien económico individual todavía se encuadra en el contexto del bien de la comunidad. Las dudas acerca de la eficacia del intervencionismo han de esperar a que se extienda la sospecha acerca de que el efecto de la intervención es menos adm irable que la teoría que la abona. una m oneda depreciada. en partic u la r en países empobrecidos como Francia. y entre gremios rivales. las luchas debidas a la decadencia general de la autoridad. Puede haber protestas ocasiona­ les. por una parte. bajo el patronato re a l. Los hom bres todavía están m uy acostum brados a la intervención de la autorid ad en la vida económica para que duden de su validez general. ¿por qué no h a de obtener ta m ­ bién la prosperidad? Todo apuntaba a la intervención e sta ta l: la decadencia industrial.

aun la nueva caridad del renacim iento religioso francés no tiene otro propósito. Esto se ve. era natura! considerar al Es­ tado como el gran regulador de cuya benéfica acción podía bro tar la abundancia. signifi- cab?. Éste es el espíritu de la ley isabelina de be­ neficencia. sobre todo.^« El sentido todo de sus esfuerzos es conseguir que la gente tra­ baje. por supuesto. las normas francesas para proteger a los niños . el trabajo en vez de la indolencia. como el paso de los terrenos com unales a propiedad privada. un cambio trascendental. hi­ cieron que de un modo na tu ra l los hom bres mirasen al E stado como fuente de ayuda para sus dificulta­ des. sino la con­ secución de la riqueza. un código de con­ ducta económica que tra e rá la prosperidad en lugar de la miseria. la creación. Las guerras y la falta de trabajo originada por el cambio de métodos económicos. en franceses como Laffemas y M ontchrétien.n que debían tom arse m edidas legales contra la nueva raza de robustos vagabundos. en su actitud hacia el pobre. Tal actitud puede verse con toda claridad en ingleses como Hales y Cecil. pues el fin de la acción del Estado ya no es la vida buena. El m ercantilism o en su p rim era fase. EL PANORAMA 53 peligrosa. Su visión en estos asuntos es del todo secular. su aceptación de la idea de abundancia como ideal social en sí mismo. la de que au­ m e n ta rán la riqueza del reino. La recom enda­ ción de sus políticas es. en italianos como Serra. Es. por medios legis­ lativos. Lo nuevo e s su visión es el franco utilitarism o. lo evidencian las m edidas represivas que en contra de ellos aconsejaba Laffemas. La raíz de la idea m ercantilista es su reconocimiento de !a necesidad de una nueva disciplina. La Ley sobre Apren­ dices. de quienes la li­ te ra tu ra del siglo XVI tanto tiene que decir. de las condiciones que favorezcan la riqueza. simplemente. disminuyen la riqueza posible de alcanzar. el consiguiente deseo de aranceles protectores. por lo tanto. No creo exagerado decir que m iran a los sin empleo como crim inales sociales. cambia simplemente la idea del control social de la Iglesia al Estado en el dominio económico. la amenaza de la com petencia extranjera. En estas circunstancias.

como he señalado.54 EL PANORAMA abandonados. toleraba a sus súbdi­ tos católicos en cuanto no am enazaran la unidad del reino. Ése es el punto de vista que. por ejem ­ plo.^i Pero la historia de la tole­ rancia m uestra que la destrucción económica ocasio­ nada por la guerra civil es la que crea el clima m ental favorable a aquélla. en el fon­ do. Laffemas daba tan sólo expresión viva a la visión del nuevo negociante cuando recom endaba que una c ám a ra do­ m inada totalm ente por patronos fijara los salarios en a rb itra je obligatorio. En todo el tem peram ento nuevo está escrito el in­ terés de una clase comercial que ha hecho de la productividad un bien. Toda la ten­ dencia de la política es hacer un E stado que res­ ponda a las necesidades del negociante. en Inglaterra. emergió también de las guerras religiosas en Francia. Pero es significativo que. porque en él veía la llave del bienestar m aterial. la persecución es una amenaza a la propiedad. In­ vocaba su poder coercitivo para imponer la disciplina de la vida social que le diese seguridades para su esfuerzo. A él se sacrifican los intereses. El triunfo de Enrique IV es una victoria para el étaíis- rne. La doctrina de que ningún precio es demasiado . Isabel había cesado ya de perseguir por motivos religiosos solam ente. que urgen la con­ veniencia de proteger la conciencia por motivos puram en te religiosos. Sugiere que la base de la acción del E stado es todavía de un carác te r prim a­ riam ente religioso. Así se explica el nacim iento de la idea de toleran­ cia. Sin duda hay hombres. todas están im pregnadas de este deseo. como Acontius. Usaba del m ecanism o po­ lítico del Estado para establecer las condiciones de las que creía dependía la prosperidad de aquél. Su implicación es antiindividua­ lista porque postulaba que el fin del E stado debe juzgarse por criterios no políticos. Pone en peligro las condiciones favorables a la em ­ presa m arcan til juiciosa. Le importaba m ás el orden que la verdad. Viene porque. tanto del consum idor como del obrero. y Castellion y Robert Brown. Es decir dem a­ siado que el siglo xvi estaba bien preparado para re­ chazar esa concepción.

Cierta­ mente. en efecto. se interesan en que el E stado sea fu erte. La recusación de la religión como principio habilitado para ser guía po­ lítica pudo fácilm ente d a r como resultado un nuevo absolutismo. Es acertado insistir. '* ^ Es verdad que en Francia ese punto de vista duró aún más. sin embargo. en que apoyó la polí­ tica de intervención sólo en cuanto el orden inter­ nacional y la paz estuvieron en duda. Una vez que . com parten sus objetivos. hombres como Cecil en Inglaterra. ésa es la actitud predom inante en el siglo xvi. No empezamos a ver la idea liberal retando al poder del Estado hasta los últimos años del reinado de Luis XIV. él mismo. que la concepción todavía dom inante es la de un E stado fuerte y no la de un individuo libre. a los economistas teóricos. al fin de la época. La expresión m ás notable de esta doctrina son sin duda las protestas de la C ám ara de los Comunes en contra de los monopolios del reinado de Isabel Quizá es decir dem asiado el que el nuevo espíritu económico favoreció la libertad desde que nació. en la que el interés del individuo habría estado subordinado a la raison d ’état. Podía haber surgido con facilidad lo que. como religión? Podemos contestar esa pregunta señalando que se reta al intervencionismo como doctrina casi tan pron­ to como llega a ser un principio de política estatal. l'L PANORAMA 55 alto para ganar el reino de los cielos es la que sufre la derrota. P ara que ésta fuera definitiva se nece­ sitaron dos siglos. ¿Por qué no persistió la idea del Estado. Los teóricos de la política. implica la teoría m ercantilista: una re­ ligión del Estado. el éta- tism e m ás bien que el l i b e r a l i s m o . Pero es significativo que la in­ fluencia económica estuviera ardien tem ente del lado de la paz casi desde el principio de las diferencias religiosas. El E stado pudo hab er tom ado el lugar de la Iglesia como el criterio m ism o para definir el bien y el mal. les importa que sea rico. Precisa hacer una aclaración final sobre la evolu­ ción de la doctrina política. como Laffemas. como Maquiavelo y Bo­ dino. y los nuevos adm inistradores. Podemos ver en hom bres como Bacon.

de las que ellos mismos son principales artífices. proseguir m ejor sus actividades en un régim en de libertad que cuando había que pagar un precio por la ayuda del Estado. cuya visión sólo coincide en pa rte con las necesida­ des del capitalismo. como Pirenne ha señalado.56 EL PANORAMA el Estado hubo aplastado a todos sus rivales inter­ nos. Los capitalistas. En parte de nuevo. por naturaleza. "todos los súbditos libres —dijo a Jacobo la C ám ara de los Comunes·*^— nacen inherentem ente para el libre ejer­ cicio de su in d u stria ”. El m ercantilism o fracasa porque los principios de liber­ . Duró todo el tiempo. tanto m ás seguros es­ tán de que el camino real a tal estado es su propio dominio de él. dado el orden. su actitud hacia la reglam entación fue en se­ guida objeto de crítica. Pueden controlar la voluntad del monarca. El E stado absoluto impide la explotación cabal del capitalismo libertado.“*^ porque la m ayoría de los ca­ pitalistas eran parvenus que podían. del capricho del m onarca por la libertad civil. en parte. Quieren un Estado al que puedan m odelar d irectam ente para sus propios fines. sobre lodo en asuntos financieros. porque la habilidad adm inistrativa del Estado era inadecuada para la intervención que intentaba. Les es posible lim itar los privilegios de una aristocracia de terratenientes que tiende a asegurar un monopolio de los puestos políticos. es la contestación del negociante al fracaso de la economía nacional para servir sus necesidades. En una palabra. que tuvo éxito. Sucedió eso. arbitraria. y cuanto m ás completo sea el orden interior que se consiga. pueden te­ ner norm as que gobiernan la adquisición de la rique­ za. Pero es. Fue tam bién porque su favoritismo tendía a hacer de los privilegios que concedía un medio de benefi­ ciar al cortesano a expensas del com erciante. La teoría constitu­ cional. Crea el orden interno y por tal motivo se la recibe bien. con la sustitución de la discreción por la nor­ ma. En estas circunstancias. pero sólo ese tiempo. dominan sus hábitos. la economía nacional era una etapa en el camino hacia la econo­ m ía individual. al sentirse que era un obs­ táculo para el esfuerzo individual. caprichosa e ineficiente.

Pero. lo hizo porque promovió el libre pensam iento en la esfera religiosa. sin duda. era mucho m ás ra ra en el siglo xvi de lo que nos llevarían a creer las exhortaciones fantásticas del clero. No sólo la erudicción bíblica niega las pretensiones de Roma. como criterio prim ario del derecho a creer. . esta actitud está implícita en el hecho m ism o del protestantis­ mo. Por supuesto que. VI Un camino sim ilar sigue la nueva teología. Pero son testim onio bastante del tem peram en­ to nuevo la suerte de hom bres como Bruno y Vanini. es la sustitución de la autoridad por la ra­ zón. al que acu­ dir para d a r valor a sus propios puntos de vista. No tenía m ejor sostén aún la rigidez de la lógica calvi­ nista. EL PANORAMA 57 tad ofrecen perspectivas de explotación más amplias a hom bres cuyos intereses están ligados con las con­ secuencias de la producción libre. salvo la penetración individual. en un sentido. la im portancia del cambio teológico reside menos en el ataque que hizo a Roma. cuyo re­ sultado principal. Las bases del dogma habían de valer lo que el testimonio que pu­ diera invocarse en su apoyo una vez que la autoridad de Roma fue puesta en tela de juicio. El redes­ cubrim iento de la antigüedad clásica hizo posible nuevas alianzas intelectuales en las que podría dis­ cutirse la cristiandad misma. Es irrefutable la acusación de Bossuet de que las m udanzas de las sectas protestantes abrían la puerta al ateísmo. sino que m ultiplica la va­ riedad de las fes religiosas permisibles. E n p rim er lugar. Se examinó ese testimonio desde ángulos nuevos del todo en su tem peram ento. La infidelidad. Debemos exam inar cómo esto llegó a influir sobre el desenvolvimiento de la doctrina liberal. para mi propósito. La "bibliolatría" de Lutero era inevitablemente an tiau to ritaria por la sencilla razón de que no tenía criterio. que en el resultado inespe­ rado que tuvo en prom over p a ra el m undo una ac< titud secular e individualista.

las m ism as amenazas. El conocim iento de otras personas. Todas las épocas revolucionarias son desfavorables a que subsistan en sus devotos las religiones tradicionales. sin que la Reforma sea excepción a la regla general. Acontius propuso la unidad de todas las sectas religiosas como medio único de conservar la fe en la cristiandad. condujeron a la noción de que podía definirse una m oralidad con indepen­ dencia de la sanción cristiana. Las re­ crim inaciones apasionadas de la guerra sectaria m i­ naron de modo natural el respeto por ella. Ofrecía un espectáculo de confusión inevitablem en­ te hostil a la idea de la autoridad religiosa. llega a ser una opi­ . promesas iguales.58 EL PANORAMA la actitud de Rabelais y Montaigne. im prim irían en nosotros u na reli­ gión contraria..«" Arminius atacó el espíritu sectario. tal y como lo m ostrarían de modo m ás cabal los viajes imaginarios del siglo xvii. resum ió sus consecuencias al escribir: "una división im portante au m enta el celo de ambos ban­ dos. El escepticismo de Montaigne llegó a ser en tal atm ósfera la actitud n atural de un hom bre cultivado. el hecho de que Viret pueda e n co n trar necesaria la invención del térm ino "deís­ ta". la reputación de impiedad de Bodino. otro país.. con riqueza tan resplandeciente.·*'? El descubrim iento hecho por los exploradores de variantes inmensas de la creencia hum ana.” Sin duda que el resultado de la gue­ rra fue el de debilitar el poder del dogma sobre la m ente de los hombres. hizo a los hom bres ver la disputa cristiana bajo u na pers­ pectiva nueva. con su espíritu sucinto habitual. la tolerancia y un concilio general. "Recibimos nues­ tra religión —e s c r i b i ó 5 i— . E n tre otras cosas. con fuerza no menos imponente. La verdad para él ha dejado de ser absoluta en asuntos religiosos. Nashe lo vio con c l a r i d a d Bacon. pero m uchas introducen el ateísmo". con principios morales tan buenos como los m ejores que Europa podía exhibir. pero según la m o d a .·*® Desde 1565. otros testimonios. El imperio de la razón ensanchó sus fronteras en seguida que eso ocurrió. pero apenas si eran u na confesión de impotencia los rem edios que recom endó: la oración.

Nada lo señala con m ayor claridad que el carác te r de la habilísima defensa de la solución religiosa isabelina que produjo nuestra literatura. sugiere que pueden descubrirse principios vitales que son los de la naturaleza m isma. Cualquiera que compare el Ecctesiastical Polity de Hooker con el espíritu de los reform istas de la ge­ neración anterior. y este punto de vista. y para el fin del siglo nada revela tanto que la reli­ gión está a la defensiva como el hecho de que esté usando para defenderse las arm as de la razón. es fácil argüir que la senda que debe seguir el hombre sabio es vi­ vir la vida conforme a la naturaleza." Respeta la tradición . como en el caso de Rabelais y Montaigne. aun los misioneros jesuitas dudan de si algunas de las tribus salvajes que visi­ tan no tienen. sino parte de ella. Principia a verse al cristianism o denti'o de la perspectiva de la historia y de la geo­ grafía. pei'O su lumi­ nosidad parece más distante a m edida que el es­ píritu secular crece. y aquéllos son productos de la conquista del poder m aterial. No puede por más tiempo imponer sus postulados. El resultado es hacerlo no amo de la n atura­ leza. la decadencia de la fe dogm ática contribuyó o'e nuevo al crecim iento de ese espíritu secular que justificaba la actividad por su capacidad para obtener satisfacciones materiales. EL PANORAMA 59 nión. De hecho. Una visión terrenal del placer y la i'epudiación del tono ascético de la Edad Media son. Las luces del cielo no se han extinguido. Pero han de tenerse los medios de placer para obrar como uno quiera. una m oralidad. a su vez. De esto. Y su crecim iento no es m enor en la esfera teoló­ gica. "La m edida natural —escri­ bióos—^ por la cual han de juzgarse nuestros actos. inherentes a aquél. es la sentencia de la razón que determ ina y establece lo que es bueno de hacer. El lema de la abadía de Théléme se hace un canon de conducta cada vez m ás poderoso. La secularización invoca la razón como su a r m a . tiene que exaltarlos probando que la ingerencia racional los justifica. percibirá que se ha trasladado a un m undo diferente. en medio de todo su paganismo. há­ bitos m ás nobles. entre otras cosas.

sea en contra o por encim a de la razón. Las teorías de Hooker. aun la voz de la Iglesia ha de subordinarse ante sus títulos. aunque las leyes sean ordenadas por Dios m ism o y aunque el fin para que fueron ordenadas subsista. cesar si. no escucharla. “Concluyo. La conveniencia social.·'''’» Por consiguiente. sin el consenti­ m iento del m ás alto poder. ni el haber hecho de ellas su Sagrada E scritura. sino seguir. en consecuencia. No es equitativa la idea de que el clero tuviera derecho único a la legislación eclesiástica. no puede adquirirse conocim iento alguno que asegure la aceptación de las prescripciones de la fe. Y. "Debemos sostener —e s c r i b i ó — una cosa en la m ayor consonancia con la equidad y la ra z ó n : que ninguna ley eclesiástica sea hecha en una nación cristiana sin el consentim iento a la vez del lai­ co y del clero.60 EL PANORAMA como lo hace el hombre culto. la prim era en la m anada. que ni el haber sido Dios autor de leyes para el gobierno de Su Iglesia." so No es dem asiado decir de esta actitud. están construidas casi del todo sobre una base racio­ nal y utilitaria. En con­ secuencia. pueden. aunque haya razón en contrario. sin em­ bargo. según su punto de vista. no im porta cuán grandes y reverenciados sean". Argüía •’53 que “sería brutal que la autoridad a tara y guiara a los hombres como en una especie de cauti­ verio de juicio y. en consecuencia. como bestias. es razón suficiente para que todas las iglesias estén obligadas por siempre a m antenerlas sin cambio. pero. hace aceptar el poder del príncipe sobre la Iglesia. que Bacon la hubiera hecho suya en la propia generación de . desde este punto de vista. Una vez más no form a parte de nuestro credo el que la auto­ ridad hum ana prevalezca sobre los hombres. Han de ceder ante la razón las sociedades de hombres ilustrados. sin saber ni cuidar a dónde. se descubre son insuficientes para alcanzar ese ñn. es legítimo aceptar u na doctrina evolutiva de la Iglesia. pero no ciegamente. por la alteración de pei'sonas o tiem ­ pos. no la razón histórica o el texto escritural. e insiste en que "sin la ayuda del discurso natural y la razón”.” No son inm utables siquie­ ra las leyes divinas. menos que nada.

Esto mues­ tra que Hooker es contem poráneo de los hombres de ciencia que estaban dando forma a un mundo nuevo. Conscientemente está abierta a nuevas in­ fluencias. Chillingworth habría de defender el derecho del juicio privado en asuntos religiosos. Hoocker esta­ ba tan convencido como cualquiera de sus críticos de la necesidad del orden. La Iglesia que conci­ be no define la vida de la sociedad en que se mueve. . estaba a la izquier­ da de la m ayoría de sus contem poráneos. No es verdad que sea la obra de un indivi­ dualista en asuntos religiosos. EL PANORAMA 61 Hooker. y que apenas la rechazaría Hobbes en la si­ guiente. es una indicación de sentido m ás bien que una definición de él. sino que sólo expresa las costum bres generales de esa vida. Pero aun así revela con gran fidelidad los contornos de la revolución que se había operado dentro de los ochenta años de la prim era gran aven­ tu ra de Lutero. La m ism a pro­ fundidad de su propio cristianism o hace aún más significativo su punto de vista. La actitud de Hooker. una generación después. Desde E rasm o no se habían hecho concesiones de esta m agnitud a las exigencias de una época nueva. Ha cesado de ser prisionera de la tradi­ ción. De m anera cre­ ciente está expuesta a los vientos de la crítica doctri­ nal que menoscaban la fuerza plena de esa disciplina. del m ando y de la form a en el campo eclesiástico. no hay indicio del anarquism o casi re ta d o r con el que. Su carác te r es en gran parte erastiano: se levanta sobre el supuesto de que el E stado puede equitativam ente a lte ra r los hábitos religiosos para adaptarlos a necesidades sociales nuevas. Busca en cu ad rarla en las necesi­ dades de los hom bres que viven en una sociedad nueva. si así se exige. sin duda. Para entonces no hay expresión ins­ titucional del cristianism o que tenga en Europa más que u na validez p a rc ia l. y ya no existe ninguna bas­ tante poderosa para desafiar con éxito al Estado político del que ha llegado a depender para la dis­ ciplina social que pueda imponer. echar sus bases de m an era que sea capaz de nueva adaptación. pero su Iglesia está en este m un­ do y no sobre él.

según la expe­ riencia sugiere. Pero tal sumisión significa una de dos cosas. que la idea moral a que buscan som eterse es una que deje lu­ gar para esa expresión. rechazan todo lo que pueda dificul­ ta r tal experimento. Por consiguiente. empiezan a cuestionar los dogmas cuya inferencia sea la razón a lim itar esa conducta hum ana que. El hom ­ bre típico es el nuevo comerciante. de sus títulos a dom inar la sociedad civil. Ese ra­ cionalismo es secular en propósito. Ahora tra ta de insistir en que los descubrimientos de la razón están también de su parte. sobre todo. el significado real de la revolu· . conducirá a su m ayor progreso. m itad con silencio. el nuevo adm i­ nistrador. por decir así. definen los cauces del esfuerzo individual de la época. Pero las oportunidades eco­ nómicas nuevas son las que. le está concediendo sus cartas de ciudadanía. n a tu ra lista en su carácter. En el pri­ m e r caso abandona el derecho a imponerse por sí sola. como es individualista es. Todos ellos están. É ste es. m itad con vergüenza. También tiene un tem ­ peram ento individualista. La teología pierde confianza en sí m ism a una vez que esa actitud se generaliza. como objetivo prim ario tra ta de d a r a la hum anidad un imperio m aterial sobre la naturaleza. más y m ás por el principio antitético del cum plim iento de sus propios fines. en el segundo busca autoridad para propósitos ajenos a sus propios fines. por razones seculares. El esfuerzo individual en esta época ha hecho a tantos dueños de sus propios destinos. es un de­ recho para pedir la ayuda del poder civil. después de haber principiado por des­ c an sar en la autoridad de la fe. Cualquiera de esos puntos de vista es un abandono. O bien es un llam ado al juicio individual o. entonces. también. experim entando consigo m ism os. pues el colapso de la dis­ ciplina universal de la Iglesia significa que el indivi­ duo m ism o es cada vez más capaz de frag u ar las condiciones de la disciplina que quiere aceptar. Cada vez se deja de im presionar menos por el dogma del pecado original .62 EL PANORAMA El racionalism o ha subido a escena el m undo nuevo. Y. el aventurero en el nuevo pensamiento. m ás o menos explícito en esta época.

en a rm a que podía u sar para prom over sus propios fines lim ita­ dos. Todo lo de­ m ás que había que conseguir se segiu'a de tal ju s ti­ ficación. La Iglesia tenía sus profundas sospechas de la riqueza como ta l. Para el Estado. aun cuando ca­ paz de bastarse a sí mismo. había conseguido d a r el paso prim ero y esencial que consistió en probar que ha­ bía justificado su presunción al proyectar de nuevo las condiciones de la aventura hum ana. por lo tanto. Sus san­ ciones. aquél. al final. Hay época en que el E stado se acerca a la Iglesia casi con miedo y tem blando. no dejó autoridad capaz de controlar la conducta individual. Para vindicar su derecho a exam inar no hubo fuente de inform ación que él no rebuscase para la discusión y. concom itantem ente. excepto la del Estado. en función de su contribución al poder m aterial. Es la época del desafío más que de la victoria. el E stado no las tenía. La época de la R eform a apenas logra algo m ás que su iniciación. Éste asumió la tarea. Par-a que el proceso fuera completo se necesitaba m in a r la a u to rid ad eclesiástica m ás pro­ fundam ente que lo que puede hacerse en un siglo. con su d erro ta se hizo esencial una nueva . VII La teología medieval era una m etafísica y una cos­ m ología. Pero se han echado los cim ientos de la em ancipa­ ción. EL PANORAMA 63 ción teológica. es dem asiado joven para aventurarse con facilidad a poner sus manos impías sobre ella. la Iglesia se transform ó en uno de sus propios instrum entos. pero por motivos y con fines di­ versos del lodo a los de la Iglesia. Por supuesto que esta evolución jam ás es uniform e y sólo en parte es cons­ ciente. Al negar que había salvación fuera de la Iglesia. El protestantism o significó que el hombi-e po­ día exam inar el título de su Iglesia a som eterlo a obediencia. É sta pensaba en el individuo en función de su destino c ele stia l. T rae consigo emancipaciones a medio hacer. corroyeron uno a uno los elem entos del principio religioso que dificultaban la acumulación de la riqueza.

aunque en gran parte sin propósito deliberado. por o tra en que la observación y la deducción na­ tural perm itían fo rm ular la ley y ésta. El m a rtirio de Giordano Bruno. la prudencia de Descartes. y los hom bres de ciencia llegaron a ser. Dio un ím petu ente­ ram ente nuevo al estudio de los fenómenos naturales. a uno cuyo objeto m ás im por­ tante eran los fines de la vida. el hecho de que un gran experim entalista como H arvey todavía participara en una investigación por brujería. Pero. el m isticism o apasionado de Keplero. era la raíz de su actitud. a su vez. pues hubo que lu ch ar por ella palmo a palmo. sin la ayuda de la autoridad ni de la fe. El cono­ cim iento por la razón del dominio sobre un m undo tangible y visible llega a ser su única justificación. A m edida que el nuevo conocimiento se acumulaba. el interés profundo y perm anente de Newton en los problemas convencionales de la teo­ logía dogmática. con­ fería el poder de predecir. para develar sus misterios. Se les removía. en el sen­ tido del pensam iento humano. Al paso que los resultados de la ciencia empezaron a h acer posible un dominio sobre la naturaleza. el cambio del espíritu científico h acia la secularización es rápido. sus investigadores adquirían una confianza cada vez m ayor en el poder de la razón. una negación que se hiciera de repen­ te. soldados en aquella batalla por el derecho a pensar libremente. dondequie­ ra que obstnu'an la senda de la ra z ó n . y de la teo­ logía. todo m u estra cuán duro y resistente era el clim a medieval. después de la divulga­ ción de la hipótesis copernicana. La negación de los dos grandes principios m edievales de la hom ocentricidad.64 EL PANORAMA interpretación del mundo. derecho que es uno de los principios cardinales del credo liberal. Significó el análisis de la experiencia por la razón y la validez de la hipótesis por el experimento. de verdad. Sabemos que era revolu­ cionario en sus consecuencias el cambio. por otra. de un universo en el cual su m ayor atención se concentraba en los pro­ blemas de u ltratum ba. por una parte. . No fue. re­ emplazaba una interpretación de la naturaleza en que la m agia y el milagro eran elem entos fundam entales. por supuesto. la prisión de Galileo.

Me hasta por ahora señalar su estrecha interre- lación.® 8 Una gran parte de los descubrimientos fue posible gracias a la construcción de in strum en­ tos nuevos que aum entaron en o n n em en te el poder de obsei-vación del hombre. En botánica m arcan una época L'Eclus y Mattioli. a la astronom ía y a la física. y al final del siglo. están la fabricación de ojos y m iem ­ bros artificiales. Sólo el nom ­ bre de Ambroise Paré es por sí índice bastante de una visión revolucionaria. las grandes m ejoras en los instrum entos náuticos. Me llevaría fuera del campo que me he asignado el discutir en detalle la relación entre los progresos científicos de la época y el carácter económico de ella. el uso de drogas nuevas. El descubrim iento de Jansen del doble microscopio. la obra de Leonard Digges en telescopía. a . los grandes resultados conseguidos por Ty- cho Brahe en inventos astronóm icos m ás exactos. No fue menos notable la obra de Gilbert en m agnetism o y electricidad. El desarrollo de las m atem áticas en manos de hombres como V ieta y Cardan pone arm as nue­ vas en sus manos. Stevin puso los cim ientos de la hidrom ecánica m od erna. Tampoco debemos olvidar la im portancia del pa­ rentesco del espíritu científico con el progreso tec- n o ló g ic o . y Sei"vet y Fabricius pusieron la base para el des­ cubrim iento de Harvey. BL PANORAMA 65 Esa actitud se alia con el nuevo espíritu de empresa comercial para m odificar las sanciones a la conducta. el estudio m ás especializado de la enferm edad. Puede decirse que Vesalio hizo por sí solo una revolución en anato m ía. y con esto. todo ello significaba una visión m ás íntim a de un m undo nuevo. Se avanza no sólo en el diagnóstico y el tra ta m ie n to . El estím ulo qvie dan los descubrim ientos geo­ gráficos al arte de la navegación y. También fue rápido el pro­ greso médico. por ello. la im portancia de los nue­ ves m étodos guerreros a la ingeniería. Bauhin y Cesalpini. Los viajes de descubrim ien­ to dieron estím ulo inmenso a la geografía y a la cien­ cia biológica. Keplero había colocado la ciencia de la óptica sobre una nueva base. y su im portancia consistía casi tanto en el método de experim entación como en sus resultados positivos.

No creo que sea excesivo decir que la nueva visión codificada en los Principia de Newton emergió de un nexo de problemas que el negociante presentaba al hombre de ciencia/*® E n su búsqueda de la riqueza necesitaba nuevo poder sobre la naturaleza. in stru­ m entos nuevos para aum entarla. o. a ratos deliberada. a veces m edio consciente. la necesidad. como las ter­ m inadas en Augsburg en 1558 y en Toledo aún antes. cuyo canon básico definió. de los que surgía una imagen nueva dcl universo y un nuevo dom inio de la naturaleza. Sus necesidades abrían horizontes nuevos al hom bre de ciencia. todo esto m u estra una conexión íntim a entre el tra ­ bajo del hombre de ciencia y la revolución industrial. evi­ denciada por Agrícola en 1556. obras de construcción para los aprovisionam ientos municipales de agua. de procedim ientos ahorradores de trab ajo en todos los aspectos de la in d u stria pesada. pero que resum en en su visión el peso ú ltim o de su enseñanza. m ejor. pero sus consecuencias no son ta n claras como en las vidas de dos hombres m uy diferentes. Uno de los eventos de m a­ yor trascendencia en el m undo moderno es el de esa asociación en el experimento. y de ahí. la relación del renacim iento clásico en la a rq u itectura con la solución de nuevos problemas de m ecánica e stru ctu ral. lo m ism o para el carbón que para los m etales. El orden y la regn laridad de la ley inviolable los ve en el universo.66 EL PANORAMA la física.«« E dogma medieval y la visión provinciana que engen draba le producían impaciencia. la m anera en que la revolución agrícola produjo el arado ligero. En cada uno de los esfuerzos del siglo podemos ad v ertir esa im p ortancia. Quizás Giordano Bruno es menos u na c ria tu ra de la Reform a que del Rena cim ien to . la actitud que simboliza nace de conflicto entre la vieja autoridad y el nuevo discerní m iento intelectual. Su m irad a dentro de lo infinito sobrepasa aun la visión Copérnico con su sentido de una infinidad de . el estím ulo a la ingeniería y a la m etalurgia dado por el desarrollo de las perfora­ ciones m ineras a gran profundidad. por la apropiación de la tie rra comunal a nuevos m étodos y máquinas tejed o ras.

Casi invitaba al suplicio su sentido de una misión tu y o cum plim iento no podía evadir. Se ve a rrastrad o a proclam ar con éxtasis la verdad nueva. pero sus enemi­ gos bien podían h aber sospechado que las llamas que consumieron su cuerpo tam bién estaban quem ando un m undo viejo al consum ar en él su hado trágico. pero un panteísta. el gra­ do en que I3 ciencia nueva había libertado a su ge­ neración de las cadenas de la vieja cosmología. que la ciencia h a dado al hombre los medios para adueñarse de él. El. pero e! sig­ nificado de su m artirio es el que la nueva ciencia había provisto a su pensam iento de una perspectiva cabal. Su actitud no es m ás que la proclamación del derecho del hom bre m oderno a seguir sus pensam ientos a dondequiera que éstos puedan llevarlo. La nota dom inante de sus escritos es su exuberancia casi desordenada en el sentim iento de em ancipaciones de la tiranía. con un senti­ do nuevo de la m ajestad de la personalidad hum ana. y se­ gundo. m ás que en cual­ quiera o tra figura de su tiempo. el darse cuenta de que había nacido un m undo nuevo. Eso es tam bién verdad de Francis Bacon. PANORAMA 67 m undos que una teología m eram ente cristiana re­ duce a la insignificacia. Carece del sentido de prudencia que condujo a otros hombres de su tiem po al silencio o la transacción. Bien puede ten er razón el profesor W hitehead al decir que "la causa por la que sufrió no fue la de la ciencia. que casi parece recibir con agrado la repulsa cons­ ciente de la autoridad que ello implicaba. "han cambiado toda la faz y el estado de cosas en todo el m undo”. No tiene rnás que desprecio para el . Es un panteísta ebrio con el conocim iento de la deidad universal. B runo evidencia. también. a la que se había otorgado esa clarividencia. En él está expresado m agistralm ente. Y a ese sentim iento de em ancipación acompaña un tí­ tulo a gozar su poder. sino la de la libx'e especulación im aginativa” . nos dice. si bien en foi'ma extrema. primero. Creó una m etafísica que hizo abstracción completa de las doctrinas aceptadas en su día del m atrim onio de la filosofía del Gusano con la ciencia de Copérnico. Los descubrimientos. tan intensam ente sentido.

Pide una historia nueva. "El alivio de la condición h u m a n a ”. Debemos ser empíricos y racionales. Su ataque co ntra las deficiencias académ icas de su tiem ­ po propone un ideal que. M andar a la naturaleza. en un sentido elevado. e hilan para nosotros esas labo- ríosas telas del saber que están en sus lib ro s . tales son los propósitos de la ciencia. Tampoco se lim ita su visión a la ciencia n a­ tural. investigación cooperativa de la naturaleza. en efecto. pues no puede lograrse el efecto si se desconoce la causa. "la restitución del hom bre a la sobe­ ranía de la naturaleza". El lector de la Nueva A tlántida puede todavía percibir en sus páginas la sensación de un nuevo poder que va a reg enerar al un i­ verso. es el fin m ás alto de la ambición de Bacon. "el servicio de la conveniencia hum ana". pues la filosofía. establecim iento de métodos acertados de información. Es enemigo de la tradición y de esa autoridad que por razón de aquélla m a rcaría límites a la adqui. pero sin sustancia ni provecho". "la extensión del gobiemo y poder de la h um an idad so­ bre el mundo". y el modo de m an­ darla es descubrir el ritm o que ella sigue. Hay que obedecer a la naturaleza para gobernarla”. en un sentido tradicional. apenas si se ha cumplido ya en nuestros días. Debemos observar sin descanso y esfor­ zarnos en reg istrar nuevas observaciones. según él la concibe.. quienes "hi­ cieron de no gran cantidad de m ateria una agitación infinita de ingenio. a la especulación m etafísica. Es p u ram ente erastiana su a ctitu d ante la Iglesia. Debemos tener a la investigación científica como principio de conducta pública. Su punto de vista es. Tiene poco del deleite de B runo en el saber por el saber: su objetivo es saber por el poder que el sa­ ber confiere. .68 EL PANORAMA “saber degenerado" de los escolásticos. Hace de la filosofía un m étodo casi extraño. Lo que pide es experi­ mento. abandono del prejuicio. "el conocim iento y el poder hum anos se encuentran en uno m ism o. Su adrftisión de la u su ra revela en él al estadista que antepone la exigencia com ercial al principio teológico. es poco sin el conocimiento de la naturaleza. para él. u tilita n o por esen­ cia.sición del saber. en la plenitud que le dio. Al hacerlo..

según él lo ve. como fin a servil·. a la concepción aristo télica. egoísmo. en e fe c to . el escritor de su época menos teológico en espíritu. además. EL PANORAMA 69 para él es un simple in stru m e n to que el Estado puede u s a r en su búsqueda del poder. Su evangelio es la eficiencia y la u tilid a d . Los orígenes que han contribuido a su form ación son varios. sobre todo. Es el discípulo de Maquiavelo en el sen­ tido fundam ental de que hace su código ético con el criterio de la habilidad p ara satisfacer el apetito ma­ terial. vm Podemos decir definitivam ente que en 1600 los hom ­ bres están viviendo y trabajando en un m undo mo­ ral nuevo. a excepción de Maquiavelo. un m un­ do. en lugar del lu­ cro. Pero escribió de ella como alguien a quien incum bía a d m in istra r u na vasta posesión terrenal cuyas posibilidades ilim itadas le intoxica­ ban.«^ La en trañ a de su visión toda es. es. El hombre. temor. en efecto. a su pesar. la idea del poder. Lo que ha nacido de esa nueva riqueza es una actitud de crítica hacia la tradición que a la larga es fatal para su poder de im poner una disciplina sobre los hombres. Apenas hay algún elem ento en la vida que no sea visto en u n a form a nueva y creadora. Aplica a la conducta el criterio del negociante con el poder. y él no quería a d m itir la validez de ningún principio de gobierno que impidiera la realización de esas posibilidades. Busca las condiciones de realización máxim as en un m undo de ambición. h aya escrito de ciencia como un lord cancillei'. como H ar­ vey ha dicho rudam ente. en el que él sabe que la disciplina me­ dieval se ha desbaratado. Es de veras. pero lo que los pene­ tra a todos ellos es el sentido de una nueva riqueza al alcance de la m ano de quien quiera buscarla. . un ser movido por el deseo de realizar sus capacidades. para él no hay condenación excesiva contra todo lo que impida su logro. vanidad. E n su concepción de la ciencia puede haber deficiencias que le ataron. es posible que.

de Hume. baste decir que se la sentía como un freno ta n grande como injustificable. estaban concebidas. sobre todo. como las narracio­ nes de los jesuitas lo testimonian. No es de nu estra cuenta d e term in a r si esa interferencia era para bien o para m a l. un ataque co n tra u n m odo de vivir que. de ideas como la del salvaje virtuoso. la posibilidad de progreso. cual barrera. El poder de Rom a pesaba ta n to sobre esta vida como m e ra preparación para la venidera. El ataque contra Roma es. que interfería de cien m aneras en todas las posibilidades en que los hom bres se veían envueltos. obstruía la nueva senda.70 EL PANORAMA Es intensa la pasión por todo lo nuevo. Resulta evidente de cada página de sus escritos cuánto contribuye­ ron a fo rm ar la m ente de pensadores como Mon­ taigne y Bodino. Llegó a afectar aun a los misioneros. el relati­ vismo en m oral y form a de gobierno. la tierra rem ota donde los hombres pueden en co n trar paz y toleran­ cia. La aparición. de los cuales podían derivarse inferencias para la conducta tam bién nue­ va del todo. La h u m an id ad está em peñada conscientem ente en una aventura hu m ana nueva en la que repugnan. así se sentía. por estas informaciones. como si fueran cadenas. Apenas es exagerado decir que ya en el siglo xvi han quedado establecidos los princi­ pios generales que en el xviii fo rm an la visión de Voltaire y Adam Sm ith. la vida honesta independiente del prin­ cipio cristiano. Pudo h acér­ sele padre de una nueva visión de la vida con pos­ tulados en teram en te nuevos. En la nueva a ctitud hacia la usura y el pobre hem os visto en qué proporción tan grande . las características de la antigua. Esto es lo que explica la aparición del secularis- mo. para un m u ndo estático que se había ido para siempre. es todo ello de innegable im portancia. Diderot y Kant. Sus sanciones eran dem a­ siado rígidas. la sola prueba de ello es la evidez con que los hom bres leen ios éxi­ tos de los descubrimientos geográficos. El secularis- m o tenía sobre la concepción de Roma "la v entaja inm ensa de que los beneficios que implicaba eran in m ediatam ente medibles y tangibles.

El E stado desari'olla sus principios propios de conducta. Su alianza con las m onar­ quías es lo que m ás ayuda a extinguir el esfuerzo de los grandes feudatarios por reten er algún vesti­ gio de autoridad independiente. no es sino un conjunto de hombres que. El Príncipe debe an im ar y pro­ . esa encam ación. El hecho significativo en el siglo XVI es la form a en que él se ejerce. se la abandona porque lim ita las oportuni­ dades de la nueva explotación. EL PANORAMA 71 podían derivarse en el dom inio económico. H a empapado a las iglesias con su pix)pia ideología. en un m om ento dado. la m e jo r esperanza de su propia prosperidad. Y nadie desea tanto la paz como los nuevos com erciantes. y no es m ucho decir que de­ senvuelve su propia teología. Pero el Estado. en m ayor o m eno r grado. predom i­ nan tem en te lo es p ara aseg u rar la paz y el poder m aterial. hay poca lite ra tu ra de la época que no suponga. ejer­ cen el poder coercitivo suprem o de la sociedad de u n modo determ inado. Los príncipes reconocen el valor de esa alianza. ve a la religión como un instrum en to de que servirse y no como un fin al que servir. un esfuerzo deliberado para establecer las condiciones que la burguesía requiere. Las h a hecho agentes de la enfá­ tica necesidad del utilitarism o como criterio de las idea-s morales. y su legislación es. después de todo. pues la influencia del ejem plo clásico es débil ante la necesidad del hom bre fuerte que en tiempos de anarquía im pondrá su voluntad a sus súbditos. da para fines del siglo xvi la sanción a la paz y al orden. El Estado. El E stado será tanto más poderoso cuanto m ay o r sea la riqueza que la burgue­ sía logre alcanzar. después de la Reforma. m e jo r la oportuni­ dad para el renacim iento económico al que estorba­ ban los conflictos. Se dan al Príncipe del siglo xvi amplios poderes porque cuanta m ayor sea su autoridad. La naciente burguesía ve en una autoridad central fuerte la m e jo r garantía para su propia conservación. Tampoco lo es afirm ar que. en gran parte. Cada una de ellas cambia porque estorba la acum ulación de ri­ queza. Se encarna cada vez m ás en el pi'íncipe que lo dirige. no ya la Iglesia.

en especial en el ram o de comunicaciones. M onarca y aristocracia tienen todavía una condición legal ex­ cepcional. u n a vez m ás. No sólo esto. El efecto es acum ulativo sim plem ente porque cuanto m ás intenso es el esfuerzo m ilitar del Estado. Pero cada paso que el E stado tiene que dar en este periodo. tanto m ayores las fortunas que los hom bres de negocios h a rá n : "La artillería —como lo notó Bouillon en el siglo xviii— devora al tesoro. y hace a los hom bres de un gm po los am paradores de las necesidades y concepciones del otro. por decirlo así. El nuevo E stado m ilitarista. Su actitud h acia el E stado es todavía de genuflexión profunda. Todavía podemos estim ar algo del precio que ello suponía en las tragicas súpli­ cas del clero y de los panfletistas en favor de una a ctitu d m ás generosa hacia los vencidos por parte de los que explotaban los nuevos métodos. que cim ientan la asociación e n tre la ciencia y la industria. Aún no hemos llegado en esta época a la etapa del individualismo. daries paz y ju sticia rápida y barata. A su vez. el funda­ m ento de sus peticiones es siempre. lo hace depender cada vez m ás de los hom bres de negocios. Es u n aliado cons­ ciente de la necesidad de ser hum ilde no atrevién­ dose todavía a pedir ser el amo. no como un derecho. Pide lo que desea como un privilegio. y una clase obrera disciplinada y educada para el trabajo. La necesidad creciente de la defensa m ilitar da a la in du stria nueva im portancia. ya sea por la financia­ ción de la política o por la fabricación de arm as. está n a tu ra lm e n te obligado a reali­ zar una política de obras públicas.«^ La burguesía está elevándose.” Y la índole del nue­ vo a rm a m en to conduce a u n crecim iento de las in­ d ustrias pesadas en escala m ayor que la conocida antes. crea problemas en balística. un beneficio para el Estado. del que éste debe darse cuenta al acceder a ellas. por ejemplo. Todavía podemos cap tar la nota de ese c arác te r en el orgullo inglés de los preámbulos de las leyes tudorianas.72 EL PANORAMA teger a los fabricantes. notem os que toda­ vía no h a ascendido. Esto significa la negocia­ . y bien lejos de ser cabal la ali£»nza entre el abogado y el negociante su cliente.

el hecho de que para 1642 los ne­ gociantes estén dispuestos a lu ch ar contra la m onar­ quía por el derecho a controlar el E stado es prueba de cuán lejos ha llegado la nueva concepción adm i­ nistrativa. Los nuevos procedim ientos del poder tienen que ser. con la nueva significación que ello da al banquero y al ingeniero. EL PANORAMA 73 ción de em préstiíos. casi a su propio pesar. por 1600. de actu a r según los principios que la burguesía está aplicando en su propia esfera privada. esto fue ya algo así como u n a revolución. No debemos tampoco tr a ta r de llevar este hecho dem asiado lejos. El Parlam ento inglés ocupa sin duda un lugar aparte. le hace en cierto modo el predecesor ver­ dadero de Pym y H ampden. y la form a en que Peter W entw orth está dispuesto a usar el P arlam ento como plataform a nara la expresión de agravios. comienza a perseguir fines que sólo puede alcanzar con éxito si adopta como suyos los fim dam entos esenciales del nuevo espíritu económico. Cosas como el debate sobre los monopo­ lios pronostican ya su c arác te r en el siglo xvi. si ha de in crem en tar su fuerza. los prin­ cipales funcionarios sean tam bién novi hoinines. Los m inistros del Rey. ya sea . Pero no es menos im p ortante que. Por lo menos podemos decir que para 1600. las Cortes del Rey y los departa­ m entos adm inistrativos. Pero ya funcionan sobre basej nuevas el Consejo del Rey. la necesidad del Estado. el E stado ha constiaiido los ins­ trum en to s constitucionales necesarios a los propósi­ tos nuevos. Aumenta. para el que tuvo grandes con­ secuencias. Y todo esto supone una racionalización del prin­ cipio adm inistrativo. en gran medida. Esto hace del Estado un E stado capitalista. en efec­ to. Con todo. pues el Estado. procedimientos bur­ gueses. cada vez más. Es im portante que los funcionarios princi­ pales del E stado sean seglares en vez de sacerdotes. La disparidad en­ tre el concepto del E stado que los E stuardos contem ­ plan y el de los hom bres de negocios resulta en se­ guida evidente en cuanto aquéllos suben al trono inglés. aven­ tureros cuya actitud ante sus problemas los lleva a sim patizar m uchísim o con los propósitos y métodos de la nueva empresa.

de que u na lim i­ tación del derecho especulativo es tam bién una m e r­ m a al derecho del poder m aterial. El au to r de la Utopía no deja de reconocer las pasiones y descubrim ienitos del Renacim iento. se establecen en el siglo xvi. en nada corresponden sus respectivos cri­ terios del bien. tan to en el sentido geográfico como en el ideológico. Su con­ tenido es m aterial y de este mundo. su saludable acepta­ ción del hom bre natural. el otro es el cortesano eficiente en quien el m edro personal determ in a todos los patrones de la conducta. El hombre de leyes se está elevando a una condición política independiente. y uno como Bacon un siglo después. en parte tam bién porque la m ism a naturaleza del nuevo régim en re­ quiere principios legales y patrones de adm inistración p ara cuya definición él es el elem ento m ás adecuado. P ara ellos. tienen una concepción diversa del todo. en vez de serlo . Como el contenido de la experiencia es nuevo también. su codicia de poder. El au­ to r de la Nueva Atlántida es de carác te r com pleta­ m ente secular. con toda su m odernidad. Su c arác te r se está ya defi­ niendo en el campo de la teoría social no menos que en los de la ciencia y de la filosofía. Tenemos un nuevo m undo físico. los aspectos típicos de un santo m edieval. Hay un E stado que se basta a sí mismo. o. La diferencia entre ellos simboliza lo que estaba implícito en la transición. Los fundam entos de una doctrina liberal. E n tre la m u erte de Moro y la de Bacon pasa un mundo.74 EL PANORAMA William Cecil. tanto el soldado como el aristó crata son subordinados. su desprecio por el escepticismo. Sully en Francia. Uno tiene. en parte por­ que la creciente significación de la ley nacional le h a dado una im portancia nueva. Es partidario del m undo del fu tu ro . Una disposición intelectual consciente. por de­ cirlo así. pero buscó subordinarlos a las glorias del ideal católico. algo más tarde. en Inglaterra. se requieren postulados nuevos para su interpretación. de su franco m aterialism o. a principios del siglo. quizá un poco inquietam ente consciente. Existe una disciplina social cuyas sanciones son independientes del ideal religioso. Grande es el contraste entre un canciller como Moro.

con autoridad. está convencida de que puede rem oldear los destinos del hom bre en form a m ejor que en el pasado. EL PANORAMA 75 espiritual y del venidero. confiado en sí mismo. Es expansivo. H a apuntado la filosofía sobre la que se pro­ pone proceder. . Pone ante sí el ideal del domi­ nio sobre la naturaleza por razón de la tranquilidad y com odidad que conferirá tal dominio. utilitario. Es en su esencia el punto de vista de u na nueva clase que. En el periodo siguiente procede sin vacilaciones a su definición m ás cabal.

el rey está por debajo y 76 . pues los resultados de sus descubrim ientos no se agotan todavía. para el gobiemo constitucional. Hobbes y Locke. el Estado se convierte en asistente del com ercio. el siglo del genio. Newton y Descartes. Los partidarios políticos han nacido. II. La evolución de uno a otro es gradual m ás que distinta. El hom bre de la ciudad comienza a desem peñar un pa­ pel consciente en la política. Pascal. Sydenham y Bayle sólo desarrollaron. Las colonias son el pre­ m io de sus conquistas. En el xvii el triu n ­ fo es tan complejo que apenas puede discernirse al enemigo en el campo de batalla. se han modificado sus hábi­ tos p ara el nuevo medio que aquél ha llegado a ne­ cesitar. en religión. para fines de la época ha fundado en el Banco de In g laterra una institu ­ ción que saben es la piedra angular de la casa nueva. se h a dado for­ m a al sistem a de gabinete. no debe hacerse dem asiado hincapié en su separación del anterior. ¿Qué triunfo se alcanzó? En Ing laterra es en donde se ve m ás claram ente y no hay dudas acerca del sig­ nificado de sus resultados. de modo genial. EL SIGLO XVII El siglo XVII ha sido llamado. Aun sus guerras son por nuevos m ercados. E n el siglo xvi está todavía por ganarse la batalla aun cuando ya exista la seguridad de la victoria. esto es. transcurridos ya trescientos años. por lo que lleva indirectam ente a la dominación económica. Sin embargo. En lo moral la victoria es para el u tilitarism o . con lo que se quiere decir la oportunidad de com erciar en m ayor proporción. por el poder. en la política. las m ejores percepciones de sus prede­ cesores. para la toleran­ cia. con razón. Lo que quizá lo diferencia del siglo xvi no es ta n to el c arác te r de su actitud como la escala e intensidad con que la hace avanzar. En el cam po económico. Su canon es tan sólo la floración de las semillas plantadas en tiem ­ pos anteriores.

El próspero com erciante ya no es el suplicante de los favores del m on arca. o Dryden. como Donne y Andrews. a principios del periodo. Podemos ver esto en form as innumerables. no sólo en la época siguiente. EL SIGLO X V II 77 no por encim a de la ley. Al establecer su suprem acía cambió a la vez el espíritu y la m a n era de pensar de los hombres. Pasa del m isticism o conmovedor de Vaughan y Cras- haw. a fines del mismo. El refinam iento de modales llega a la clase media. a la arrogancia de Pope. Grande como fue el genio de Newton y Hobbes. Ingla­ terra. a la li­ gera facilidad de Swift y Addison. Porque sus éxitos dieron tono. a la sencilla exhortación moral de Tillotson y Wake. para qué es esa unidad. Se patentiza en el cambio de los ensayos de Bacon. comienzan a to m ar form as nuevas de lujo .’ Traza el bosquejo de un imperio. no sufre con la com paración ese genio colectivo de la clase m edia inglesa que en esta época cambió por completo el arm azón del reino para adaptarlo a sus fines. el gran hom bre de letras como Milton. fue­ ra de todo azar. Ya se in­ . el gran pen­ sador como Locke. de Milton. su plata. Pero el gran hom bre de ciencia como Newton. N ada escapa a la revolu­ ción que produjo. sus muebles. sino por m ás de doscientos años. Sus casas. La posibilidad de la riqueza se ha movido definitivam ente del cam po a la ciudad. a través del tono religioso. Enseña al rey y a la aristocracia por igual que sus privilegios pueden no ser incompatibles con . como de órgano. Se evidencia. es el triunfo de la v irtu d bur­ guesa. La sociedad puede todavía ad m itir una distinción rígida de clases. por ejemplo. empienzan a ejerce r una autori­ d ad independiente de la corte o del protector. en el cambio de acento del predicador de alam bicado estilo académico. y guió el espíritu de cus con­ temporáneos. las leyes suntuarias resultan ineficaces ante su riqueza y satisfacción. en el siglo xvii. El volumen de su comercio sobrepasa la rivalidad contem porá­ nea. Después de haber conseguido la unidad adm inistrativa in te rn a que requiere.sus intereses. determ ina. se da cuenta de que el trono aten derá sus intereses a la m en o r indicación.

vi­ . en efec­ to. así como el de que én los prim eros años del siglo xvill Swift y Defoe estén ya proveyendo a los partidos políticos con ór­ ganos autorizados de propaganda. la lucha entre el vicio y la virtud secular. según am arga lam entación de Pope. también. que im itando a Shakespeare. la busca de placer. el celoso aprendiz conquista a la h ija del rico a pesar de la rivalidad del conde y del caballero. La prensa perió­ dica puede. El nuevo d ra m a comienza a ensalzar las virtudes típi­ cas de la burguesía y a h acer del éxito el fin suprem o de la vida.78 EL SIGLO XV II teresa por el arte. Aun en la época de Isabel existe una nueva simpatía. produce el do­ ble efecto de h acer del hombre común un com enta­ rista del m undo que le rodea y. Es m edida del pres­ tigio que ha ganado ya el com erciante el hecho de que Wycherley y Dryden y Congreve le hayan dado u n sitio a Lillo. hacia las aspiraciones burguesas. ya no tenga necesidad de su­ bordinarse a patrones de definición religiosa. comienza a to m a r su form a dem ocrática m oderna en el siglo xvii. Los conflictos de carác­ te r religioso apenas interesan. aunque en esto es m ás en Holan­ da que en Inglateri'a donde la burguesía establece el patrón de la producción. El auge de la prensa periódica. La República de las Letras. cuando surgió la protesta contra sus in­ decencias. con la Restauración. un crítico agudo del otro gran m undo en que viven el hom bre de Estado y cortesano. que las G uerras Civiles estim ulan mucho. el conflicto entre la ju v en tu d y la vejez. Su m ism a licencia da la m e­ dida del gi-ado en que la escena se había libertado de la necesidad de contem porizar con la Iglesia. de Dekker (1600). allí. por lo menos susti- tutivam ente. es im portante que. Si el d ra m a inglés en el siglo XVII todavía centra sus argum entos en un m u n ­ do inferior al de la clase media. que ilustra el S h o em a ker’s Holiday. Es síntom a de la nueva fuerza de la opinión pública el hecho de que ninguna autoridad consiga im plantar u na censura efectiva de las noticias. ya. Es significativo. como Jerem y Collier. Su estilo es la com edia ingeniosa. los argum entos de las piezas teatrales se relacionan casi exclusivam ente con las pasiones de este mundo.

significativa. "limpia de toda huella”. m as hay que protegerle contra las supersticiones desde su infancia. a la vez conscientem ente y en gran escala. E n segundo lugar. con su in sistir en el conocim iento secular . Pero el nuevo espíritu penetra en sus ideas. en prim er lugar. Aquí se m anifiesta claram ente el nuevo sentido de aquel do­ m inio sobre la naturaleza que la ciencia estaba obli­ gada a conferir a la hum anidad.^ "ser instruido en varias ciencias. El latín d e ja de ser rápidam ente la lengua universal de los hom bres instruidos. es im portante la preocupación de Locke porque el niño sea educado por tutores capa­ citados y en un m edio bueno. m ien tras que existe en toda la a-mplitud la sabiduría que caracteriza al xvi. la página en blanco. escribió Dryden. para él la educación es un lujo que sólo los ricos pueden costear a sus niños.^ La influencia inm ensa que atribuye al medio ambien­ te es. en m esas de té.. comienza. En el siglo xvii. la que recibe el caballero. y la burguesía empieza a to m a r posesión de su reino. escuelas y cole­ gios. en una palabra. tener una cabeza razonable y filosófica y en cierta m edida m a te m á tic a . el niño "es cera que se form a y m oldea como uno quiera”. tarea de cuya m ag nitu d se da cuenta. a adaptarse a una nueva audiencia. EL SIGLO X V II 79 vir "de la m ajad ería recién n a c id a ” y del "escándalo nacido m uerto". de h ab itar en clubes.. Al niño debe en­ señársele religión. en su m ayor parte. Ya no existe ni la preocupación del pecado original ni de la creencia en la predestinación. los resultados de u n siglo de progreso. El program a de estudios. como en tantos otros. Debía. El hombre de letras empieza a constituirse en intérprete del nuevo conocim iento para la m ulti­ tu d . será lo que la práctica haga de ella. Pero su influencia general satisfizo la ambición de Addison 2 de h acer salir “a la filo­ sofía de los gabinetes y bibliotecas. ser opti­ m ista en su conversación y poseer gran conocimiento de la hum anidad en general". El tipo de educación que él recom ienda es. Locke resum e en este aspecto. debía te n er experiencia de los caracteres y m aneras de los hombres. La evolución del concepto educativo no es menos im portante. en los cafés".

el fin de la enseñanza es la adquisición de una habilidad para gobernar. además. p a ra Locke el m u ndo ya está dividido en dos clases fundam entales : ricos y pobres. en carácter. Lo que Bossuet dijo de la cristiandad en general en el periodo posterior a la Reforma. hace hinca­ pié en la "habilidad para m a n ejar con penetración sus asuntos en este m u nd o”. E n parte. sea sus asuntos privados. un cambio del acento empleado en el exam en de los problemas dogmáticos a IxDS de conducta. su problema consistía. "Los conocimientos y la ciencia en general —escri­ bió— son privilegio sólo de quienes disponen de me­ dios y tiem po” . es cierto en grado especial de la In g la te rra posterior a . aun el hijo del caballero debería aprender un oficio. apa­ rece en la In g la te rra del siglo xvil. como cosa esencial. A los niños puede enseñárseles religión y al­ gún oficio m anual. por así decir. Esto es. por supuesto. aun m undana. en descubrir los medios educacionales para sos­ ten er el equilibrio que había alcanzado. Existe menos in­ terés en el m isticism o o en el entusiasm o religioso. Una nueva actitu d hacia la religión. había librado su batalla y afirm ado su tí­ tulo para co m p artir con los señores la dirección en el gobiem o. Para unos. Y si esta teoría se contrast-a con la específica de Locke par-a la educación de los pobres. los hombres están fatiga­ dos por la interm inable guen'a sectaria y buscan co n cen trar la discusión en identidades y no en di­ vergencias. el desarrollo del deísmo. Para Locke. por sí solo u n a prueba de la declinación del espíritu religioso. 80 EL SIGLO XV II en general y las ciencias en particular. su concepto del lugar que deben ocupar en la com unidad resu lta evidente. Se hace raciona­ lista. a los que ya poseen bienes para darles un puesto en el mundo. a p a rtir de enton­ ces. el fin de la existencia para los otros es una obediencia pía y útil. tal como te je r e h ila r. sea los negocios del Estado. esto conviene. con esto puede asegurarse en este m undo su ocupación ú til y su destino en el venidero. Difícilmente podría hallarse una defini­ ción m ás clara de lo que había venido a im plicar el encum bram iento de la burguesía. es causa de esto. por decir así. además.

a fines del xvi. George Fox. h acer cada paso de su vida sen­ . en segundo. La convierten en una secta filosófica adaptada simple­ m ente a los s e n tid o s . no eran hom bres que contem porizaran con Mamón. y. una sola doctrina pu ritan a que presente un frente unido a las exigencias económicas. Porque. a un ateísm o disfrazado. La religión tiene que adaptarse a este nuevo orden de cosas. n ada sem ejante hizo. Salvarse por medio de la gracia. Ni hay. No por menos m un­ danos en carácter. Los dos prim eros lucharon tan apasionadam ente con­ tra el Espíritu del Mal por el derecho a la salvación como cualquier santo medieval. Abren el cam ino al deísmo. "Hay cristianos —e s c r i b i ó 5— que roban a la cristian dad de todos sus misterios. El profesor Tawney ha dem ostrado en un análisis clásico cómo se efectuó esa acomodación. sino u n hecho a aceptar. a la m an era de Weber. pues ios grandes contornos de la revolución com ercial se han term i­ nado para entonces. en ningún caso.” No ne­ cesitamos.« "P ara el puritano —ha escrito—. el afán m undano se convierte en una especie de sacram ento. al a d ap tar el m arco de su credo a un m e­ dio nuevo. es decir. y es. aun R ichard Baxter. rebuscar textos disem inados para d e m o strar que los puritanos pre­ pararon el cam ino para el triunfo del capitalismo." Esta modali­ dad es bien evidente en Locke con su insistencia sobre el peligro de la luz interior. y su entusiasmo. Los supremos puritanos del siglo. un desdeñador de las vanas exhibiciones del sacram entalism o. EL SIGLO X V II 81 la Restauración. El hecho es que. la diferencia e n tre el principio religioso y la práctica económica se había hecho tan grande que imponía la reafirm ación de las sanciones reli­ giosas.. La im portancia de ella está en que fuese he­ cha en el siglo xvii y no en el xvi. en prim er lugar.. como cim iento de la creencia. era del todo inconsciente de que así servía a nuevos dioses. John Bunyan. de Locke de donde arran ca el desarrollo de los librepen­ sadores ingleses del siglo xvi. Tampoco están menos poseídos de la profunda convicción del pecado. por supuesto. La elevación de la clase m edia ya no es un derecho que pueda desafiarse.

tanto m a­ yor la libertad de que podían disfrutar? Para ellos era u na lección sencilla de la enseñanza de la vida cotidiana u rg ir la conveniencia de la tolerancia. cuanto m ás reducida su esfera de acción. o bien para apoyar la verdad que tenían por contraria a las enseñanzas de su Dios.: réaiizár ese Es­ tado era gan ar una victoria para Dios. El carác te r de su religión los hizo hombres de acero —soldados del ejército de Cromwell hechos fe—. En el soneto de Milton contra la m atanza de los val- denses podemos ver algo de esta elevada indignación. Siem pre lo vieron empleado. Por esa razón fundam ental la teoría de u n E stado liberal encontró u na aceptación . El medio a algo m ás que el lucro económico era. Por los exilados de Flandes y Francia supieron lo que significaba en el extranjero. no es extraño que llegasen a des­ confiar de los fines de su acción. No podemos recordar con dem asiada frecuencia que don­ dequiera que el puritano tropezaba con el Estado. Para ellos el E stado quería decir prisión. éste era para él no sólo una m áquina de opresión. luch ar contra su omnipotencia. sino el medio represivo interesado en d e stru ir los santos de Dios. También se hizo una obligación sagrada. Más. Cómo no iban a argüir por su experiencia que cuanto menos poder poseyera. Se abstienen de las divei'siones y placeres que sólo ofrecen satisfacción m u n dana don­ de debiera haber deleite espiritual. obligados a triu n ­ fa r en todo aquello en que pusieran las manos. Es sólo una m u estra de un relato largo y terrible. La persecución de que fueron objeto templó su tem peram ento en una determ inación inquebrantable. H asta la Ley de Tolerancia recono­ cieron en el E stado el in stin m e n to empleado para vejarles y atacarles. Detestan la indolencia que ofrece tentaciones a la frágil m ateria para abandonar el buen camino. con stru ir una filoso­ fía que lim itase su poder. El E stado tolerante era el que dejaba en libertad a Tá ' v erdad para que fuese creída. pobreza para ellos y los que de ellos dependían. todo esto carac­ teriza sus esfuerzos. anlielar la salvación.82 EL SIGLO XV II sible al espíritu. por lo tanto. o para san­ cionar a sus herm anos que defendían su fe. confiscación de bienes.

Se desenvuelve una actitud nueva hacia la pobreza que principia a igualar el fracaso con la carencia de gracia divina. Principia a hacer hincapié en la diferencia entre el m undo ínfimo de la luz interior y el m undo público de la práctica comercial. Pero. Pero el m oralista puritano. por ejemplo. todos están preocupados con la salvación y no con el descubrim iento de una ética secular para el hombre de negocios. empieza a echar raíces m ediante la ex­ cepción sutil y el distingo refinado. las m ism as virtudes que su experiencia le hizo alentar debilitaron el efecto de sus preceptos sobre ellas. Baro y Baxter. El sentido de que la pros­ peridad particular contribuye al bien público. La . y en espe­ cial Baxter. una consecuencia de su fe el que brotara con toda la energía de su espíritu en cualquier aspecto de su vida cotidiana. lo mism o en Ingla­ terra que en F ran ciaJ Y esta actitud se dio la m ano con el espíritu reli­ gioso del puritanism o en un m om ento en que su in- íluencia se hizo decisiva. que el hombre que la logra es el bajel elegido de Dios? ¿Cómo no evadir. Pero cómo no concluir que el éxito era la prueba del favor de Dios? ¿Cómo no deducir. si la riqueza sigue al es­ fuerzo. se in­ filtra. es un valle de lágrimas. para poder ganar así el favor de Dios. en toda la con­ cepción puritana. No es menos conserv'ador que cualquiera de sus rivales re­ ligiosos en su exaltación de la suprem acía de las reglas religiosas. en la lucha desesperada por sobrevivir. especialm ente después de 1660. Ames. No es excesivo decir que a fines del siglo XVII ha llegado a tener un patrón para los propietarios y otro diverso para los asalariados. EL SIGLO X V II 83 tan grande entre los disidentes. por la m ism a n atu ­ raleza del hombre. sd da cuenta de que su enseñanza es para ser aplicada a una vida que. "El hábito egoísta y prohibido" de la usura. la tendencia a aceptar los métodos que alcanzaban éxito como la bendición de Dios por la razón del triunfo? No debemos conceder que estos puritanos sean menos rígidos que los anglicanos o los católicos en su insistencia sobre la sanción religiosa de las prácticas económicas. en gran parte inconsciente­ mente. como he señalado. Fue.

que su prosperidad es resultado de su ener­ gía propia. es m ás expresivo en In g la te rra que en parte alguna. se hace de­ cisiva cuando se recuerda la posición predom inante del puritano en la industria. en efecto. Es u n a época de renovación religiosa general: la . en com­ pleta opisición con su principio inherente. M ientras pueda pro­ te sta r contra los males de la violencia. esto no le in teresa en la cues­ tión de salarios m ás elevados. Poco hay que no esté dispuesto a h acer para lograr esa victoria. Los usos del E stado del siglo xvii sacaron del pu­ ritanism o esos elementos que le hicieron. con variantes de ex­ presión. después del triunfo sobre la Fronda. Excepto en Ho­ landa. Y después de la R estauración él es la parte esencial de la clase m er­ cantil que funda su existencia en la conquista de un imperio económico de Holanda y Francia.84 EL SIGLO XVII significación de ese dualismo. Es m á s: lo hizo de tem peram ento individualista porque siem ­ pre fue la religión de u n a minoría. Repi'esenta. podemos m edir el alcance de la concepción. No debemos pensar que el dualismo puritano fuera único en su época. Puede llegar a ver la v irtu d aun en la idea de que el nexo m onetario es el único vínculo entre los hombres. a ver la causa eficiente de ella en el “lujo. un agente en la promoción de la concepción secular. orgullo y pereza" del asalariado. llegará. como en Defoe. De su odio al E stado como perseguidor. Pues m ientras exalta el deber de la cari­ dad hacia el prójimo. se m u dó con facilidad a la doctrina de que el hom bre debe confiar en sí mismo. un concepto que triunfó plenam ente en toda Europa en el transcurso del siglo. Mas si por u n mo­ m ento m iram os a la Francia del siglo xvii. sólo porque en ésta la Revolución de 1640-48 reconoció antes la condición legal a los derechos po­ líticos de las clases comerciales. Pues existe la época dorada de la m onarquía francesa que. moldea todas las insti­ tuciones y pensam ientos al servicio de su supremacía. llega a tener por inaceptable la idea de la acción del E stado contra los cercamien- tos. La persecución le hizo sensible a los de­ rechos de propiedad.

el hom bre sabio es el que sigue la vida del impulso y hace de la consecución del placer el fin de la existencia. una vez más. J'urieu. Podemos verlo en el alegato de Moliere en favor de una ética n atu ral : 8 el descendiente directo del evangelio de Rabelais y Montaigne. m ien tras . como vio Bossuet.^« al hom bre y no a Dios el amo del universo. por la otra. Claude. Para ellos. Podembs ver esto. Y La Bruyère afirm a im plícitam ente la verdad del cuadro que describe La Rochefoucauld. por un lado. en el epicurísmo genial de La Fontaine y Saint- Evremond. Massillon. hace. ejercen su influjo m agistral. Fénélon. la gran época de los predicadores. por una parte. Fléchier. y su propia e inquieta ambi­ ción. Podemos verlo en form as incon­ tables. Bourdaloue. }e stds. EL SIGLO X V II 85 época del Colegio Jesuita. Y. la riqueza de un periodo en que Bossuet. de Descartes. en los Pensam ientos de Pascal.® pues toda la esencia de los Caracteres está en su admisión de que la m undanalidad de la Corte ha triunfado y su resentim iento ante las pretensiones que excluyen al burgués del privilegio. el crecim iento del espíritu burgués es inequívoco detrás del acento evidente puesto en el principio cristiano. La Rochefoucauld predica des­ n udam ente un evangelio del éxito. es una protesta noble contra la mun- danalidad que había invadido la religión. además. Es la época que quizá pro­ dujo. Es tam bién una época en que la batalla por la suprem acía religiosa fue em peñada con m ás fiereza que en parte alguna de Europa con toda la autoridad de la Corona en favor de la lucha por la ortodoxia. Saurin. Es. la cristiandad más influyente y tolerante conocida desde la Refor­ ma. de Port Royal. También podemos verlo lo mism o en la filosofía cartesiana que en el escepticismo de Bayle. por el otro. se combinan para hacerle producir una doctrina que Maquiavelo no habría rechazado. El enfático je pense. lo m ism o católicos que protestantes. de la caridad eclesiástica en u n a escala m a­ yor de la que Francia había conocido. de los Ora­ torios. la m iseria de la Fronda. con todo. done. E stá implícito en la existencia m ism a del jansenism o que. cualesquiera que fueran sus errores y exageraciones.

y Massillon. la confianza en la propia intuición. su deseo de m over el debate desde el plano del dogma . el am or a la ostentación. la separación de la vida m u nd an a de la del cristiano. La batalla por el principio religioso en la Francia del siglo xvii estaba ya perdida antes que los ejércitos tom asen posiciones. el deber de la obediencia a los superio­ res. la necesidad de regularizar la disciplina. la Iglesia ya no preside sus destinos. Para ver hasta qué grado ha triunfado el espíritu nuevo. por supuesto. que los sermones de los predicadores franceses de la época ensalzan plenam ente las virtudes bur­ guesas. con su dulce m oderación. Y sus m ism as protestas nos revelan la m edida de su fraca­ so para im pedir el advenim iento del nuevo orden. de un m isterio agonizante en el co­ razón del universo que no es dable a los hombres resolver. el ansia de fu n d ar una familia. Pues existe poca conexión entre Bossuet con su sentido de una pro­ videncia cuyos horribles decretos nadie puede atrever­ se a exam inar. Admiten el advenim iento de una ética que sepa lograr la con­ d ucta honorable sin invocar las sanciones de la cris­ tia n d a d . la esperanza de h a lla r seguridad y paz. La­ m entan sin cesar la creciente descreencia. en vez de confiar en la provi­ dencia de Dios. Notemos. y la diversidad de condi­ ción. Los vicios que combaten son el inagotable deseo de riqueza. la desarm onía civil amenaza la religión m isma. aun la existencia de los pobres. sin em bar­ go.86 EL SIGLO XV II que la influencia inmensa de Bayle se encam ina toda a la erosión de la creencia tradicional. Éste es. Condenan la rebelión como un pecado. es la voluntad de Dios. Bourdaloue apenas se cansa de insistir sobre el deber del hombre de aceptar el puesto que le ha sido asignado y cum plir con fidelidad sus obligaciones. basta com p arar el cambio de tem peram ento en los serm ones de Bossuet y Masillon. la insaciable ambición de la época. la aceptación de la m oralidad del honnête h o m m e m ejo r que la de los evangelios. un relato de un desafío en­ tre principios fundam entales. El orden social es divino. Son incansables en su energía respecto a la obligación de trabajar.

significativo que. Es. Cada uno de ellos desarrolla una técnica adm inistrativa m ás amplia. pero la fe es impoten­ te para contener el avance de la m area inexorable. un periodista como Saint-Simon pueda la m e n tar la ab­ sorción de la fimción política por los novi honiines. como en Inglaterra. aun­ que con retraso . también el afán de lucro. En ambos países. la cien­ cia y la filosofía dejan progresivam ente de rend ir hom enaje a la censura teológica. Maza- rino. aunque en grado m enor en Francia que en Inglaterra. En Francia. el precio de la controversia religiosa es el crecim iento de la incredulidad. Pues las fuerzas que ayudaron al espíritu capita­ lista en Ing laterra operaban también en Francia. dan al problema de los pobres una nueva perspectiva y por resultado la aparición de u n a disciplina estatal diferente para su control. Somers. Tal vez el siglo xvil sea en Francia una época de creencia . y nuevos hombres. cuyos fines son en teram ente seculares. y los preceptos de Tillotson. Hay que reg istrar un progreso sim ilar en cada país si se hace a un lado el elem ento político. EL SIGLO XV II 87 hasta el de la ética. en efecto. por razones históricas. con ideales nuevos. En Francia. se desmoronan las vallas que la religión opone a su des­ arrollo. En Francia. el feudalismo. form an el personal de las oficinas del Estado. como en Inglaterra. y que haga un plan de gobierno para devolver a la nobleza algo de su antigtia autoridad. Francia tuvo a Richelieu. La elevación de la burguesía pone su sello sobre el arte y la literatu ra de ambos países. . la escala m ayor de la em­ presa económica. Colbert. de impor­ tancia enorme. resistió más tiempo en Francia que en Ing laterra la elevación de la burguesía a la categoría política. a fines del siglo. tranquilos. Si Ing laterra tuvo a Pym. como en Inglaterra. lo m ism o que entre el apasionado misticism o de Donne. Cromwell. casi benévolos. La fuerza nueva de la opinión pública emerge en los dos países: una fuerza que tra ta de abarcar los contornos de la polí­ tica y dominarlos. con su sentido de un Dios que se halla en agonía contrita.” Su talento le perm ite ver que un despotismo m onárquico centra­ lizador la d eja sin porvenir.

El m ism o cuadro está implícito en el relato terrible que hace La Bruyère de la situación de los campe­ sinos. La raison d'état de Richelieu acaba con los críticos y tam bién la defensa del de­ recho divino por Bossuet. re­ com iendan los mismos remedios. Es de notarse que todas estas dem andas ya las había logrado el pueblo inglés en el m ism o periodo. de libertad de comercio. a pesar de todas las diferencias superficia­ les en líneas sim ilares a las de In g laterra y Ho­ landa. se combinan con adm inistradores como Bois- guillebert y Boulainvilliers para h acer re sa lta r su convicción de que el gobierno despótico y la aventura im perialista están arruinando los recursos del reino. Un gran ingenie- i'o m ilitar como Vauban. Reconocen que el bienestar m aterial es incompatible con la autoridad arbitraria. aparte Claude Joly.i2 constituyen casi la sum a y sustancia de la m irlad a de panfletos de la Fronda. seguridades para la propiedad. Sus exigencias son un sistem a fiscal razonable. un síntom a. en sus diferentes métodos. P o r supuesto que no debe llegarse h asta aceptar la opinión de que la doctrina liberal francesa en el . Se dan cuenta de que el resultado de la revolución fue m eram en te el aum ento de la riqueza de los ri­ vales de Francia. saludan la creación del sistem a de Luis XIV.88 EL SIGLO XV II Pero creo que nada m u estra tan plenam ente el grado de progreso conseguido por el capitalism o en Francia. N ecesitan algima form a de gobierno constitucional y concluir con la persecución religiosa. Quedó para el siglo x\aii descubrir cómo d a r su carta de ciudadanía a un nuevo orden social. un gran eclesiástico como Fénélon. como el carác te r de la crítica que encontró Luis XIV en los últimos veinte años de su reinado. Y los críticos. desde Lebret h a sta Bossuet. Difieren en m odo no­ table del sencillo alegato en favor del buen gobiem o en las condiciones que fuere que. por lo menos. É sta tiene los más variados orígenes. que se faciliten medios de queja de los que contribuyen al aum ento de la riqueza nacional. También difieren m ucho de los tonos de panegírico apasionado que. H acia 1700 los cimientos del E stado om nicom oetente han sido decididam ente socavados.

Pudo definir en parte tan grande la doc­ trin a liberal efectiva que surgió a su m adurez com­ pleta en el siglo xvíii. La revolución de 1688 fue tan sólo el térm ino de los objetivos buscados en la rebelión de la clase m edia encabezada por Cromwell contra el intento de despotismo de los Estuardos. uno de los cuales será el aliado constante de los intereses com erciales. sino que ha decidido a qué prepósitos debe amoldarse. Por una parte. El m ercader inglés puede dorm ir tranquilam ente con las siguientes con­ quistas: el haheas corpus. para ser dominados por los partidos políticos. F. lo mismo del asalto del E stado que de la Iglesia. Sólo arguyo que causas sim ilares operaron allí. tra ta de es­ tablecer reglas que deben g u iar el carác te r de la a u to rid ad . al fin tiene ahora en sus m anos las palancas del poder político. u na ju d ic a tu ra independiente del poder ejecutivo en el desempeño de sus funciones legales. Luego. aunque con un efecto en retardo. Ahora es capaz de h acer y deshacer gobier­ nos en todos los sentidos. por la otra. parlam entos trienales. tra ta de im buir estas reglas en la idea de que su fin es la protección del ciuda­ dano contra ingerencias extrañas al curso de la ley. para asegurar este constitucionalismo. la abolición del control del gobierno sobre la prensa. No sólo tiene el orden deseado. El constitucionalism o inglés del siglo xvii hace su aportación específica a la idea liberal de dos m aneras. La gran di­ ferencia en lre las dos consiste en la nota individua­ lista que empieza a p e n etrar toda la m odalidad del pensam iento inglés. porque en el xvii pudo conse­ guir todas esas cosas. busca privar al poder soberano de dos in stn m ien tos prin­ cipales que hacen posible el despotism o: el control de las fuerzas arm adas del E stado y el de las finan­ zas. las finanzas y el ejército bajo el dominio de una le­ gislatura electa. igual que el señor feudal. Su propiedad está a salvo. libertad de religión dentro de amplios lím ites. por la sen­ cilla razón de que. La experiencia de In­ g laterra (en m enor grado la de H olanda) en esta .L SIGLO XVII 89 siglo xviil tiene un parentesco fundam ental con In­ glaterra. Hay que añad ir dos cosas.

II El pensam iento político inglés en el siglo xvii pasa por determ in adas fases distintas.ia y la clase m edia. excepto su fuerza de trabajo. Los “niveladores" (levellers) y los com unistas agra­ rios de aquellos días. en que parecía que aquélla iba a ir m ás lejos de lo que sus autores deseaban. Éstos buscaban una m onarquía lim itad a . pero sólo después de u n experim ento repu­ blicano breve la consiguieron. Es im portante observar en qué p a rte tan grande es una transacción. E n segundo lugar. y hubo u n periodo con Cromwell. Realzan el hecho de que las libertades cons­ titucionales que se conquistaron pudieron hab er con­ vencido a una clase form ada por propietarios. Los lím ites del po­ d e r m onárquico fue su tem a principal desde la ac­ cesión de Jacobo I hasta el desencadenam iento de la . pero no pudieron llenar los sueños de aquellos que. como teoi'ía del Estado. desen­ volviendo en el curso de ella ideas radicales cuya osadía parece m ás propia del siglo xix que del xvi. no tenían nada de qué vivir.90 EL SIGLO XV II época delineó en gran parte el liberalismo como modo de vida. La revolución lo hizo posible.i^ No debemos p erder de vista la im portancia de la revolución social que fracasó en la Rebelión puritana. y en m enor grado tam bién los bautistas y los Hombres de la Quinta M onarquía insinuaban la aparición de u n a ideología proletaria. Des­ pués de 1688 no existe en In g laterra am enaza alguna de la clase m edia contra las líneas fundam entales de la transacción a la que se llegó entonces. obreros y campesi­ nos ganó la guerra civil para la clase m edia. un ejército de aprendices. El terratenien te y el com erciante se asociaron en la revolución p a ra explotar posibilidades en las que los intereses de los trabajadores urbanos y campesinos sin tierras estaban comprendidos indirectam ente. Testim onian que la victoria que se alcanzó no era la de ellos. aspecto éste el m ás notable de los suyos. Al lograrla constiuye- ron la solución que llevaron a cabo sobre la base de u n a alianza entre la aristocrar.

aunque sea sólo por la luz que a rro ja sobre el c arác te r m uy lim itado de la revolución que ayudaron a hacer. de la tradición y el orden contra la novedad y la rebelión. El resultado fue la "gloriosa revolución” de 1688 que definió con térm inos precisos la tra n ­ sacción cromweliana. Ni el Partido Realista ni los Parlam entarios tenían un punto de vista único. como siem pre ocurre en toda revo­ lución. como Laúd. sus teorías definieron los contornos esen­ ciales de la doctrina liberal por cerca de dos cen­ turias. Del lado del rey había partidarios del derecho divino de los reyes. Algunos de sus protagonistas. estaban por un punto de vista del todo m edie­ val en las relaciones sociales.’·* Resultó ser imposible una transac­ ción pacífica en tre las opiniones opuestas. en el cual una asocia­ . condujeron a m uchas de sus m iembros a buscar la transform ación de una revolución política en una revolución social. Jacobo II tra tó de evadir tal conclusión.'" Los disidentes fracasaron. E n adelante se reconoce que el poder político es un fideicomiso cuyos fines definirá el Parlam ento. ele 1642 a 1660 presenciam os una lucha re­ volucionaria en la cual se d erro ta en el campo de batalla a la causa realista. ron banderías m uy diferentes de las que pensaron sus promotores. Para conseguir su propósito no tenían el núm ero ni la organización necesarios. En con­ secuencia. Pero en su curso surgie- . EL SIGLO X V II 91 G uerra Civil. P a r supuesto que así se resum e con ilusc-ria sim­ plicidad un debate cuyo carác te r era en efecto in­ fin itam ente m ás complejo. los sufrim ientos del ejército. su sentido de la alta misión que había realizado. Pero la importancia de su esfuerzo fue grande. adem ás de que les fue desfavorable todo el clima m ental de aquella generaci'in. pues m ien tras que los parlam entarios lucha­ ban con tra la Corona con objeto de hacer de la le­ gislatura el centro efectivo del poder de h acer leyes. La restauración que siguió a la m u erte de Cromwell sólo dio una penum bra tradicional a los nuevos cimientos que su victoria había edificado. Locke fue el filósofo de la revolución. de una teoría u tilitaria de la m on ar­ quía.

Las diferentes teorías de­ penden del ideal social de cada doctrinario particular.92 EL SIGLO XVII ción del rey con la Iglesia anglicana sustituía a la pretensión de Roma de establecer los cánones de la conducta social. pensada para im pedir su ejercicio incontrolado. Sir M atthew Hale. son partidarios de una transacción en tre las pretensiones en conflic­ to. como Clarendon. Los defensores legales. La m ayoría de los p artidarios clericales de Carlos vieron en su exalta­ ción de la m onarquía sim plem ente el m edio de de­ r r o ta r al P arlam ento cuya victoria significaba el triu nfo del no confoimismo. porque los pro­ cedim ientos monárquicos les parecen u n a garantía p ara la paz social.. Los realistas moderados. tal como ningún otro régim en . pero se encogen ante la lógica rigurosa de Hobbes que. sino tam bién la realización de u na ley fu nd am ental del reino cuya derogación se tra d u ­ ciría en confusión social. Los realistas se veían en dificul­ tades porque no se atrevieron. E stán en fa­ vor de la m onarquía por motivos de carác te r histó­ rico y psicológico. como H unton. Otros. como lo vio Filmer. se dan cuenta de que el Estado requiere fundam entos más amplios de los que el m ero derecho divino puede proporcionar. con Hobbes a insistir sim plem ente en que el orden es por sí m ism o el m ayor bien. vieron en la soberanía conjunta del rey y del P arlam ento no sólo la v erdadera ga­ ra n tía del orden. Y sus motivos cai'ecen de toda unidad. Ven la fuerza del alegato parlam en tario para participar en el gobierno. no están menos interesados en lo que ese orden hace. Se dan cuenta de lo que Film er lla­ m aba la “anarquía de una m onarquía m ezclada”. Porque históricam ente no están preparados para rom per con la tradición que lo republicano im p lic a . Pero abolir la dig­ nidad real es para ellos violar ciertas reglas esencia­ les que lo m ism o la ley que la historia h an m ostrado ser inestimables. a esa conclusión les llevan los males del gobierno absoluto. Pero la expei'iencia de Carlos en acción les obliga a pre­ dicar una teoría de la soberanía cuyos atributos es­ tén controlados por una ley fundam ental. puede lo m ism o ju stific a r a un Cromwell que a un Carlos. psicológicamente.

el Consejo les ordenó que m antuvieran a sus hom bres en el trabajo. su prin­ cipio energético fue el expresado por Laúd cuando escribió que: "Si alguno fuere tan adicto a lo suyo particular. que descuidase el E slado común. ^ o El despotismo de los Es­ tuardos fue un esfuerzo para d om inar todos los aspec­ tos de la vida p a rtic u la r y pública en interés de un bienestar corporativo que consideraba los intereses . los precios. eran adm inistrados con un rigor contra­ rio a los deseos del negociante de llevar sus asuntos como m e jo r le pluguiese. por ejemplo.!·? Comprender el significado de esa queja es cap tar la esencia del problema con que se enfrentaba Inglaterra en el si­ glo XVII. los monopolios. EL SIGIX) X V II 93 posible puede justificar. sino para controlar los salarios. las condiciones generales de la ag ricu ltu ra y de la industria.18 Clement W alker escribió sobre las sectas de 1661 : "han desplegado ante el vulgo todos los misterios y secretos del gobierno. por eso no se dejó im­ presionar por la im portancia social de los hombres a quienes se s o b r e p u s o . tan esenciales como religiosos. está desposeído del sentido de piedad. Fearne. aun como Film er dijo. Filmer. por lo menos. cuan­ do los patronos de la ind u stria del vestido quisieron despedir a sus obreros. todos dan m uestras de des· aliento. Rem uévase eso.i^ Cual­ quiera que fuere la ineficacia del régimen. y enseñado a la soldadesca y al pueblo a desm enuzar todos los gobiernos hasta los prim eros principios naturales". y deseará en vano la paz y la felicidad para sí m i s m o . El antagonism o a los Estuardos antes de 1641 es una aversión hacia medios de control que son. Hunton. S t r a f f o r d no tenía una opinión diferente. En aquellos días el gobierno intervenía no sólo para per­ seguir la religión. La Ley de Beneficencia. Heyiyn. y el resu ltado de esa discusión es fatal para la propiedad y la seguridad. las apropiaciones de la tierra. Es el perno de la estructura clasista de la sociedad. En 1621. póngase el fu n dam en to de la obediencia sobre una base puram ente secular y no hay razón por la que los hombres no deban discutirlos siem pre que lo crean conveniente. el cambio extranjero.

cuyas actividades había discurrido Laúd. sino por un rud o ataque a las pretensiones de la propiedad privada que des­ cendió aun a la crítica de las artes gráficas por su trabajo defectuoso. Tuvo grandes dem éritos el control al que se as­ piró. El espíritu de la aventu ra está simbolizado no sólo por Prynne y B astw ick en la picota. disgusto por la coriTip- ción V régim en a rb itrario que ello supom'a. ni tampoco por los incontables puritanos que emigi'an al Nuevo Mundo. Quizá es excesivo decir que existía u n disgusto general por el control gubernam ental de la industria como tal.23 Se estim aba que la libertad comercial era la base de la eficiencia com ercial. Se les hacía culpables del alza de los precios. u na s e n ^ .21 Amenazó la seguridad de la propiedad en la agricultura. como en la crisis m inera de 1649. país y conciudada­ nos”.94 EL SIGLO XV II individuales de los ciudadanos p articulares como com pletam ente subordinados a él. Es este bienestar corporativo lo que explica la interm inable ingeren­ cia de la Alta Comisión. costoso y arbitrario. Los monopolios eran repulsi­ vos. en todas sus acciones hace con ello beneficio a su rey. según dijo Pierpoint en la C ám ara de los C o m u n e s en este sentido C larendon testifica el odio que provocó la conducta atolondrada de Laúd. un com erciante escribió que era m ejor d e ja r la reglam entación “al juicioso com erciante cuyo trabajo h a de beneficiarle a él mismo. sin embargo. Con Strafford pudo haber sido eficiente e im­ p arcial. im pedían la oportunidad de “ todos los súbditos li­ bres a h e re d ar el libre ejercicio de su in d u stria ”. pero que. Ocasionó una pérdida económica grave. También se les atacaba porque interfe­ ría n con los derechos de propiedad. sosteniéndose que infectaban a todo el reino con su cornipción. Obligaba a la observación de fiestas y días santos que entorpecían el comercio. Del m ism o modo disgustaban a las grandes compañías com erciíiles. exis­ tía la convicción de que se entrom etían en asuntos que era m e jo r d e ja r solos. pero en su m ayor parte fue prejuicio veja­ dor. Pero eran odiados los medios particulares de control adoptados por Carlos y sus agentes.

en su efecto total. ¿Cuáles son esas diferencias? Creo que. EL SIGLO X V II 95 sación de que conducía al em pobrecim iento y a la inseguridad. debemos insistir en las diferencias y no en las identidades que surgieron. radican en la descomposición social del partido pu> . ya. El desgobierno no se convirtió en tiranía en 1641. y lo que h u ­ biera satisfecho al últim o habría aparecido todavía incompleto e inadecuado a Gerard Winstanley. que. el P arlam ento pidió el control del ejército y las finanzas. No podemos decir m ás que esto. Es el resultado de una acum ulación de agravios particulares. Ya com prometidos en la giierra. y que de él dependieran las prerrogativas. Los hombres que hicieron la revolución del siglo xvil trataban de ha lla r los medios de lim itar las íímciones de la autoridad que dieran seguridad a sus bienes y personas. todos ellos acrecentados por el m al gobiemo. El sistem a constitucional que sur­ gió no fue. u n a expresión de su deseo de d e jar que^ el consentim iento popular definiera los fines del gobierno. como en todas las revoluciones. la pri­ sión y el cadalso sellaron su evolución. Por consiguiente. los caminos para ello eran extra- ' o rd in ariam en te diversos. En el puritanism o hay elem entos dem ocrá­ ticos: por eso en su teoría política ocupa un lugar im portante la idea del consenso popular como base del Estado. porque los puritanos defendían con pasión el gobier­ no democrático. Según sus concepciones. Lo que les hubiera satis­ fecho en 1641 no les hubiera complacido en 1644. La G uerra Civil estalla por todos estos motivos. conducen a una dem anda de que al contexto de libertad debe dársele una base institucional nueva. si hemos de abarcar el carácter verdadero del debate. porque los testimonios no nos lo perm iten. sobre todo. Las incompatibilidades que se form ularon eran tan hondas que. Cuando Carlos rehusó aceptar estas condiciones ya no hubo otra solución que el conflicto. y en el curso del conflicto cam biaron con frecuencia. no existe interés que no se afecte para fo rm u lar su programa. 1646 o 1653. La revolución que hizo Cromwell fue m uy distinta de la que Lil- b u m e había considerado conveniente. Para g aranti­ zar ese contenido.

Las calam idades de la guerra agudizaron estas diferencias sociales. quienes. el lucro. u na Igle­ sia perseguidora. las divisiones entre los puritanos les fueron fatales para su retención del poder una vez que la G uerra Civil había hecho indudable que nin­ guna nueva dispensa im plicaría una prerrogativa real ilim itada ni una Iglesia absoluta. por uno som etido a Lilburne o W ildm an o los diggers de la Colina de . la creación de monopolios. no poseyendo nada. nuevas alturas de la tributación. Cromwell e Ireton estaban tan dispuestos como cualquier realista a ver la seguridad del Es­ tado confiada a hombres de propiedad sólida. W instanley hablaba en nom bre del nuevo proletariado sin tierra que repentinam ente se da cuenta de que la propiedad m ism a es el enemigo. No iban a cam biar u n E stado que Carlos y Laúd dominaron. Cuando la gente oye lo que la clase m edia de Norfolk llam a "los subidos clamores de la m u lti­ tud desnuda y casi m uerta de ham bre. un ejército y una m arina atrasados en sus pagos. Inicia su resen­ tim iento contra la serie de utopías de pobres e ig­ norantes fanáticos. y fue este avance el que hizo posible la transacción de 1660. A lo largo de to da la época hay una sensación de am argo desen­ gaño que halla su toi-va expresión en las profecías trágicas del últim o panfleto político de M ilton: el alto costo de la vida. avanza con rapidez. El rico comien­ za a suspirar por el orden que la prosperidad y la coní'ianza en sí m ism o significan. en estas circuns­ tancias. no había ya m uchas otras cosas en las que pudieran e sta r de acuerdo.25 cada uno empieza a p ensar en sus intereses particulares. El espíritu de acomodación. Lilbur- ne representaba al hombre urbano pequeño que esti­ m aba que los potentados del comercio no eran menos enemigos suyos que el rey o el obispo.96 EL SIGLO XVII ritano. Los ricos propie­ tarios temían que los radicales subvirtiesen la idea m ism a de propiedad. cuyo origen es un decaim iento general del comercio y que se ex­ tienden por toda la nación”. E n resum en. Si fue posible que convinieran en que les disgustaba u n a prerrogativa real ilim itada. creen que el poder del Estado es un fondo del que poder vivir.

28 pero la gra­ cia en un rico es m ás conspicua.^i Fue una m era fase pasajera la resurrección del derecho divino de los reyes d uran te los últim os E stuardos ." La queja en contra de los cuáqueros que simpatizaban con los sufrim ientos del pobre es nada menos la de que su asociación "nació de las heces de la gente vulgar". La Inglaterra nueva era decididam ente la Ingla­ te rra de Hobbes y H a m n g to n . en la cual la religión se reducía al "serm ón y e sta r quietam ente sentado los domingos”. ^ a n d e y rico. fuere lo que fuere lo restaurado. h ará u na arm onía m ás dulce y melodiosa en los oídos de Dios que si fuese po­ bre y de baja condición. no era ciertam en te el viejo orden de co­ sas. que él m ism o crea y que m erece castigo. la m ism a. más útil. Podemos ver el crecim iento de este es­ píritu en m anifestaciones innum erables.32 tan pronto como Jacobo II amenaza la seguridad de la Iglesia anglicana. de Petty y de la Real Sociedad.^» E ra una Inglaterra que no dudaba de la ley n atural de H arrington de que a la fuei*za económica sigue el poder político. como un agudo ob sen 'ad o r francés había notado. Un escritor característico dice: "el hom bre adinerado y que es prudente se levanta por encim a de sus vecinos con la bendición de Dios". El m ism o P arlam ento Ca­ ballero que en su entusiasm o eligió. pronto hizo com prender a Carlos H que. esto es. aunque vagamente. que en u na gene­ ración iba a aceptar su dictu m de que no hay libertad civil que no com prenda tam bién la religiosa.-28 porque aun para un entusiasta reform ador social como H artlib el va­ gabundo sano no es una víctim a de la sociedad. sino una carga sobre ésta. EL STGT^ XVIT 97 San Jorge. también.33 El entusiasm o por cualquier regla­ m entación de la vida social y económica que no di­ . el deán Sherlock dem uestra que un buen anglicano puede sostener uno u otro lado de la cuestión." "Si —dice aún otro escritor 27— el hom bre es afable y reh'gioso. "La gracia en un pobre es gracia y es herm osa —nos dice otro— .2s> No es excesivo decir que la Restauración fue una combinación de propietarios de todas clases contra una revolución social que. per­ cibían ser am enazadora.

Cuan­ do obraba. que fracasó. Rechaza la idea de que haya alguna conexión inherente entre la pobreza y la salvación. Establece la antítesis de que el rico es. Cuan­ do habían entronizado a Cromwell en el poder. Acabó con las disciplinas. La prim era. Apenas se resentía su con­ trol porque era autoimpuesto. un benefactor público. m ás c lara en los males que atacó que en los remedios que supo prescribir?^ Fue el esfuerzo de los hom ­ bres a quienes hacía sufrir profundam ente el orden so­ cial que emergía. Lo liberta del peligro de la tiibutación a rb itra ria y de la prisión injustificada. después de todas sus vacilaciones. como tal. Con ese objeto. Esto equivale a decir que en el siglo xvil hubo efectivam ente dos revoluciones. Dado este medio. Amenazaba la prosperidad. Todavía hubo u na ley para los ricos y o tra para los . es la revolución triunfante. des­ cubrieron con indignación que la nueva dispensa­ ción no les reportaba m ás beneficio que la antigua. aun cuando se avergüenza u n poco al confesarlo. dañaba la seguridad y era un obstáculo para la ini- ciativa. La otra. F undada en agravios múltiples. gana para ellos la libertad civil y religiosa que requieren si han de cum plir su destino en el mundo.98 EL SIGLX) XV II m an e del Parlam ento es lo que desaparece en la p rim era m itad del siglo xvil. se siente enérgico y fuerte ante la nueva riqueza que espera su explota­ ción. religiosas o reales. La utilidad de Hobbes se convierte en su me­ dida del bien. al menos en cuanto se componía de una delegación responsable. que lucharon al lado de Cromwell co n tra la tiranía en el E stado o en la Iglesia. cuyo gran protagonista fue Cromwell. su resul­ tado real fue h acer u n E stado inglés apto para los fines de los propietarios. que entorpecían su consecución. lo hacía en favor de la parte sólida y sustancial de la nación. le asegura el dominio del ejér­ cito. fue una revolución social. pues se la había probado y encontrado peligrosa. El Parlam ento era asunto distinto. Acaba con la tu tela de la Igle­ sia en asuntos de índole econóinica.3·* Yacía en él medio del cam ino de lo que los hombres podrían conseguir m ejor si se Ies dejase en libertad.

Quienes habían luchado contra un despotismo. la de Winstanley. se­ gún Lilburne sabía bien. se utilizaría su fuerza para realizar ciertos principios m orales inhe­ rentes a la naturaleza universal. compai'tían la creencia de que el Estado debe ten er un carác te r positivo. Los radicales estim aban que la libertad es inherente al hecho mis­ m o de la existencia hum ana. no estaban dispuestos a to­ le ra r otro. no sólo en el hombre que puede com prarla con bienes. se quejaban de "diversos hom bres ricos de nuestra pro­ fesión que debilitan a los grupos más pobres de nosotros”. Los "jóvenes y los aprendices de Londres”. En el ejército encontró u na acogida amplia la petición de los "niveladores” de trabajo o sustento. Para darle fuerza y coherencia. cualesquiera que fueran sus diferencias. y que no podría unificarse m ien tras estuviera divi­ dido en tre pobres y ricos. EL SIGLO X V II 99 pobres. Tal vez el ideal de Lilburne era u n a com unidad de pequeños propie­ tarios con libertad religiosa y una provisión generosa para los pobres. un comunismo agrario en que la sociedad toda poseyera y explotara los medios de producción. sus protagonis­ . Se daban cuenta. Veían que el Estado.^B Persistía la propiedad privada de la tierra en vez de "la antigua com unidad para el disfrute de los frutos de la tie rra ”. ante esa división. en 1649.37 e ra n aún conscientes de que sus amos no atendían m e jo r que antes los inte­ reses de los hum ildes. la abolición de impuestos sobre los co­ mestibles y de la prisión por deudas. por la que habían suspi­ rado. no hace otro esfuerzo que el necesario para proteger la riqueza. Los sastres que. edificar un Estado en que. por con­ siguiente. parlam entos anuales y sufra­ gio universal. No estaban acordes del todo en cuanto a esos principios. de que los hombres que en 1641 abando­ naron a su rey "para aligerar sus bolsas y sus con­ ciencias”. Los radicales. Buscaron. a causa de ser en él soberano el hombre común. según lo dijo Peter Chamberlin. estarían de igual modo listos a "abandonar a sus conciudadanos por la m ism a causa”.38 representaba un sentido muy general en muchos oficios y ciudades.^?» E sta revolución social fracaso porque era prem a­ tura.

debieran e sta r convencidos de haber descubierto la verdad universal. confirió seguridad y libertad a sus propietarios. Si puso u n a fuerte pena al fra­ caso. Multiplicó la riqueza. el hom ­ bre que por sus creencias había sufrido destierro y confiscación de sus propiedades. constituían una aristocracia por el hecho mism o de su posesión de la tierra. en la que la indolencia fuera castigada. en la que la tri­ butación fuese lo bastante elevada para pagar los gas­ tos de m an ten er el orden. Las m ism as corrientes de pensam iento que contribuyen a su form ación son significativas. como tal. y se com prende bien que. Del otro lado estaba el im ­ pacto todo de las condiciones económicas. como vio H arring­ ton. y lo bastante baja para p e rm itir la frugalidad y la acumulación. Vemos que e sta actitud consigue sus fines a lo largo de la época. Las cir­ cunstancias fueron favorables p a ra el gobierno de aquel conjunto de propietarios que. No requerían un Estado positivo para sus fines. El amigo de Sydenham. La nota triunfal de los Tw o Treati- ses. el gobierno constitu­ cional. proclam an en Locke al misionero eficaz de u n a fe nueva. La a ctitu d de su profeta m ás representativo es ciertam en te ésa. em briagados por su liber­ tad. se estim ara en mucho. El E stado eran e llo s. impuso sus límites a las oportunidades que ofrecía a los hombres de éxito. Planteó su caso de m a n era de ten der ese puente de lo p a rtic u la r a lo universal que es signo siem pre de una d octrina cons­ ciente de la victoria. Boyle y New­ ton. el a d m in istrado r del im perio comercial. la tolerancia. Lo que m ás les ayudaría sería u n a disciplina social en la que la riqueza. aum entó la población. Sus consignas son el racionalismo.100 EL SIGLO XV II tas no contaban ni con el núm ero ni con la fuerza organizadora necesaria. sin exceso en ninguna. No se desafían sus consecuencias desde 1660 h asta la revolución industrial. resum e en sí m is­ mo las conquistas de una época. Su énfasis sobre "el derecho . el exuberante sentido común de la L etter con- cerning Toleration. necesitaban liberarse de la autoridad y no estar subordinados a ella. Triunfa porque todos los factores están ya de su parte.

Pues Dios —nos dice— ha dado el m un do para "el servicio de los laboriosos y razonables". el E stado existe para proteger su explo­ tación. Su E stado no es más que un contrato entre un grupo de negociantes que form an una com pañía de responsabilidad lim itada cuya ley constitutiva prohíbe a los consejeros todas aquellas prácticas de las que. h asta su época. No es por accidente que él haga una lista de males políticos. Tampoco es accidental un Estado no soberano. a la libertad y a la propiedad”. Su visión ató­ m ica de la sociedad como u n conjunto de individuos que viven unidos por conveniencia m u tu a conduce fácilm ente a un E stado cuyas funciones lim itan los poderes que ellos le confieren. Locke quiere significar por libertad que los hom bres no están obligados sin su propio consentimiento. pues se da cuenta perfecta de las infe­ rencias de Film er y Hobbes para consentir la omni- competencia. construyendo los cimientos de una socie­ . por con­ siguiente. por su propio con­ sentim iento. en resum en. H an de e sta r seguros de lo que poseen y. deben ser libi'es. Tiene el sentido cabal de que la indolencia es un pecado. Para él no existen dificultades en considerar ese E stado como hecho para proteger los intereses que ten d rá un hombre que por su esfuei-zo acum ula propiedad. Si la propiedad es resultado del trabajo. e insiste. consecuentem ente. es claro que m erece la seguridad. reconociendo que la buena suerte de un hombre de éxito enriquece a la comunidad. Él está. en la obli­ gación de trabajar. excepto cuando prom ueva el desorden. ex actam ente de las cosas que condujeron a la revolución. y. las excepciones son la negación de la tolerancia exactam ente a esas con­ cepciones cuya aceptación repugnaba todavía a las convenciones m orales de su generación. es S!i insistencia secular de que el esfuerzo de un hom­ bre no debe quedar sin recompensa. los Estuardos habían sido culpables. es como designio el que la re­ ligión debiera parecerle u n asunto puram ente privado con el que el E stado nada tiene que ver. EL SIGLO X V II 101 n atu ral í x la vida. O tra vez. prohibidos al Estado. pues es "el fin principal y gran­ de de la unión de los hombres dentro de la sociedad”.

el co­ m erciante y el tendero. la que con su propiedad podían esperar alcanzar. ellos pueden esperar que funcione según sus deseos. No obstante. aun Leibniz. Spinoza aparte. les facilitó una teoría de la propiedad que hacía a sus dueños dignos de protección por razón del esfuerzo que su acum ulación implicaba y del bien social que esto representaba. No es de m arav illar que en u n a generación pudiese Addison salu d ar en él a "la gloria de la nación inglesa”. Como é sta hizo un idealista de Berkeley. y en el campo religioso a una indiferencia dcl Estado ante todas las form as ecle­ siásticas. con Godwin. E n la especulación política inglesa del siglo xvil hay u n a fertilidad y un aliento que no tiene rival en el C ontinente europeo. Él les facilitó tal justifica­ ción. Su generación ne­ cesitaba que le dijeran que la naturaleza justificaba sus exigencias sociales. hizo esencial una especie de religión civil. Les dio un orden específico. lo cual. lo que allí es notable no es tanto la calidad del pensam iento como el acento de su contenido. al anarquismo. y el tijio de m ecanism o gubernam ental que él construyó para su control es el que. La seguridad de él es la de su libertad. la fuerza de Locke es su ilógica m isma. como vio Rousseau. en política. tengan derecho a la conñan- za. de H um e un es­ céptico y de K ant el protagonista de las categorías a priori. E n parte eso se debe al he­ . cuyos lím ites ad­ m itían exactam ente las libertades que deseaban. una teoría de la tolerancia que les perm itía excluir de sus beneficios exactam ente a quienes ellos deseaban excluir. como los hay en su m etafísica. Franceses como Bossuet. Sin duda hay cabos perdidos en la filosofía social de Locke. reconcilió la con­ tradicción entre autoridad y libertad de m odo de o frecer a la pujante clase m edia exactam ente las ideas que ésta estaba buscando. Pufendorf. apenas hacen o tra cosa que repetir ciertos lugares comunes obvios con amplio saber y adornado estilo.i0 2 EL SIGLO XVII dad en la cual el terrateniente y el labrador. así su filosofía social condujo a través de Ricardo a Marx en economía. por los mismos hábitos que él le impone.

Spi­ noza es notable por su habilidad para poner el ás­ pero realismo de Hobbes al servicio de la idea liberal. por regla general. aun cuando pueda hacerlo. en el Príncipe.'i'^ En Holanda. no frontalm ente. Las ideas que promulgaba eran ya propugnadas en otras form as o por otros pensadores m ás en arm onía con lo que su generación podía digerir. Su alegato de que es inseguro el Estado que niega los derechos civiles y la libertad de conciencia. porque la prohibición de su libro por Guillermo III tra jo por consecuencia que se le conociera sólo en un círculo limitado. sino por la puerta lateral. consigue aquélla. Tenía toda la penetración de Hobbes. no tenía gran influencia. D urante el siglo xvii casi toda la teoría del Estado consigue su objetivo en el Continente europeo. EL SIGLO X V II 103 cho de que n¡ Francia ni Alemania han c o n s e ^ id o todavía la unidad nacional en contra de las inOuen- cias desintegradoras dcl Teudalismo. ju n to con una pasión de la justicia de que aquél carecía por completo. con Luis XIV. en sus días. Spinoza fue único entre sus contem poráneos en su sentido de la libertad. Insiste sobre un poder soberano absoluto investido. T rata de po­ ner el derecho a gobernar sobre una base del todo secular. en parte. es no sólo una protesta con­ tra los principios reaccionarios del partido gomaris- ta . la necesidad de la unidad en . que prueba por la razón ser la condición de la vida ho­ nesta. y. El nacim iento del constitucionalism o es inm ediato cuando Francia. m as busca también co nstru ir un sistem a de derechos naturales que infunda el concepto de la ley en fines racionales. por un lado. y en su negación a aceptar cualquier principio del que la razón no pueda ofrecer una demostración. en parte porque —como dijo Leibniz— era "insoportablem ente libre-pensador”. Hace hincapié en categorías como el con­ trato y la propiedad. es tam bién un compendio de la experiencia ho­ landesa de la relación entre la libertad política y la prosperidad comercial que tanto impresionó a Petty y S ir William Temple. Su debilidad consiste sencillam ente en tr a ta r de perseguir al m ism o tiempo dos objetivos dispares. Pero Spinoza.

pues a pesar de las cuatro ediciones que se hi­ cieron de su obra. aun uno de sus adm iradores m ás ilustres puede h ab lar de la doctrina jan senista de la gracia como u n a cuyos resultados son "espan- tosos”. a p a rtir de Lainez. ninguna de las grandes figuras del siglo creyó necesario discutir sus ideas. Esto es cierto aun en pensadores radicales como Althu- sius. la abrogación de la soberanía eclesicística le hace buscar principios m orales para lim itar su autoi'idad. Esto significa la evolución de un código político que acentúa la separación e n tre la vida y la práctica de un modo ruinoso para el pen­ sam iento creador. en efecto.104 EL SIGLO XV II el gobierno interno obliga a la exaltación del poder del Príncipe.“^ La m a n era in directa como está surgiendo u n pen­ sam iento nuevo es.^i En el fondo.'i3 Tampoco ningún estu d ian te serio juzgaría la m oralid ad jesu ítica tom ando por base libelos como el de la Théologie Morale des JesuitesA^ La verdad es que. h asta que Rousseau renovó la teo­ ría europea-continental del E stado en el xviii. haciendo conce­ . Esto puede verse en parte en el nuevo hum anism o de los tratados teológicos y m ás notoriam ente en las grandes compilaciones jesuíticas. Bayle se deshizo de él con unas líneas breves y el hecho de que Rousseau lo citase en una sola ocasión no parece significar sino que aquel magnífico eru dito había leído su Bayle. m ás interesante que los tratados formales sobre política del siglo xvii. Por ser tan especializada resultaba artificial e insípida. la Sociedad tuvo la intui­ ción necesaria para darse cuenta de que el rigor ex­ cesivo de los patrones medievales era una línea de conducta imposible para el nuevo m undo a que per­ tenecía. su complicado sistem a es ape­ nas algo m ás que una adaptación especializada de la teoría m onarcom áquica al caso de Holanda. Poca gente discu­ tiría aho ra que Pascal tenía razón en su ataque con­ tra el pi-obabilismo. Lucharon como hom bres de experiencia por salvar del viejo todo lo que pudieran. muy ocupados en ejercicios técnicos que no tocaban la corriente principal del pensam iento polí­ tico. por otro. La influencia que tuvo se limitó a los abogados profe­ sionales.

se estaban definiendo rápidam ente ideales políticos nuevos. Para juzgarlos con im parcialidad debemos com p arar el influjo de su enseñanza con la de quienes predicaban u na ética com pletam ente secular. Pero la concepción esencial de la época está de nuevo en campo o tra vez diferente. Pero todos se daban perfecta cuenta de que en el nuevo am biente de opi­ nión pedir dem asiado era arriesgarse a perderlo todo. EL STGLO X V II 105 siones en todo aquello en que. según su juicio. no pusieran en peligro lo esencial. con hombres como Hobbes. lo adm irable no es que los jesuitas concediesen tanto. detrás de la fachada form al del absolutismo. Ninguno de ellos dudó de la prim acía del derecho eclesiástico. Aquéllos tienen interés por­ que debajo de la apariencia novelesca están critican­ do claram ente la sociedad en que viven. por su intento de en co n trar la base de una sociedad secular en la que pudiera conseguirse una transac­ ción de orden práctico entre los títulos de la Iglesia y del Estado. y sugiriendo principios más adecuados a su ordenación. Los jesuitas m ues­ tran que los m ás capaces de los entusiastas prác­ ticos tenían que a d m itir las pi'etensiones de una po­ lítica secular con un código de conducta también secular. Lo es sólo de cuán completo era el imperio que la actitud secular había ganado. Los utopistas del siglo xvii prueban que en la Europa continental. Si lo hacem os así. o de la necesidad de la obligación de lu ch ar por ella. sobre todo. Sus obras revelan el choque profundo que los viajes de explo­ ración habían producido en la m ente hum ana. o La Rochefoucauld en Fran­ cia. En todo caso eso sería obvio dada la popularidad de . como no lo sería en los casos análogos de Cal- vino y Baxter. La obra de Belarmino y Suárez. sino m ás bien que conce­ dieran tan poco. de Lessius y de Lugo es notable. Estaban librando una acción de retag uard ia en u na batalla en la que el poder de la fe religiosa ya no era eficiente para sostener las dem andas de las ambiciones y esperanzas que pre­ tendía dominar. No es prueba de laxitud en sus ideales el hecho de que los hombres terrenos abusaran de sus concesio­ nes. en Inglaterra.

E ste espíritu se ve aún con m ayor elarid ad en la H istoire des Sévéram bes de Denis Vairasse. En ella se elogian deliberadam ente la “santé du corps. según su criterio. son de un tem pera­ m en to racionalista definido. Censuran las guerras entre cristianos. ése es el único medio de ev itar las disen­ siones interm inables que de otro modo surgirían por las diferencias de opinión. Prueban cuán honda es la aceptación del m un­ do nuevo. Niegan que sean compatibles la guerra y la vida racional. en la Francia de Luis XIV. Vairasse y sus predecesores anticipan no sólo la obra de Fénélon.106 EL SIGLO XV II colecciones como las de H akluyt y Bry. Son escépticos respecto a la ver­ dad de los milagros y la validez de la m ism a religión revelada. Foigny. según Bossuet probó a R ichard Simón. la . Las traducciones de sus novelas son por sí solas testim onio de su popula­ ridad. Foigny alaba la libertad como la esencia de la personalidad hum ana y arguye con con­ vicción que para ser libres los hombres deben ser iguales en condición. sino también la de hom bres como Rous­ seau. Es un deísta. Pinta u na comu­ nidad ideal en la cual existe la isrualdad de sexos. Ante todo. y es significativo que considere la creencia religiosa u n asunto sobre el que los hom bres no deben h ab lar en público.·!“ Pueden resum irse brevem ente las características de estos escritores. Pero "los viajes extraordinarios” de los es­ critores franceses del siglo xvii tienen la im portancia adicional de ser un vehículo de crítica social. dos generaciones después. El profesor Atkinson ha probado en su notable l i b r o c u á n im presionantem ente ha sido escrito su resultado en las páginas de Leroy y Bodino y Montaigne. Es capaz aun de criticar veladam ente la autenticidad del Viejo T estam en to : av en tu ra peligrosa. La N ue­ va A tlántida de Bacon y la Ciudad del Sol de Cam- panella evidencian que la liberación de los antiguos m odos de pensam iento tiene u n a significación uni­ versal. No es difícil ver en la Terre Australe u n a m anifestación consciente de liberalism o racio­ nalista. y ve con desagrado todo lo que lim ita la libertad del hombre.

Hay la m ism a nota de fem inism o insis­ tente que en Foigny. que la república imaginaria ofrece a sus ciudadanos en contraste con la Fran­ cia de Luis XIV. No es tem a en el que pueda e n tra r aquí el de cómo la lite ra tu ra del viaje extraordinario llegó a su apo­ geo en obras como Télénuique y Robinson Crusoe. Hombres tan diferentes como el juvenil Fontenelle y Gracián el español tom an parte en esta evolución.. Los autores de estas fantasías ponen a contribución las excur­ siones de los viajeros del Oriente y del Occidente. Se opone cons­ cientem ente la idea de la ley natural. la pratique de la vertu. bené­ fica y racional. A Dios se le considera incognoscible. Critican la propiedad. la bonne éducation. y aun cuando sólo se perm ite la práctica pública de una sola religión. Se hace un cálido elogio de la educación y u n a descripción de algunos de los inventos con los cuales se h a m ejorado la condición m aterial de los habitantes. con su contem noráneo eu­ ropeo. al duro contenido de las ordenacio­ nes civiles de la Europa contem poránea. una jerarq u ía de funcionarios públicos encargados de ve­ lar por que todos trabajen y todos tengan lo nece­ sario para la vida. EL SIGLO X V II 107 tranquillité de l’esprit. las costum bres sexuales del m undo viejo Son entusias­ . la religión en sus form as ortodoxas.. dulce. Tampoco puedo in te n ta r m o stra r cuán general era el interés en la técnica que empleaba. el rango y dignidad. el fo­ m ento de las artes y las ciencias por el Estado. La ética sexual de los sévérambes suena como un ataque contra el ascetism o del cris­ tianismo. la société des honnêtes g e n s. la ausencia de las diferencias de i'iqueza y posición social. Son la obra de hombres ansiosos de h acer co n tra sta r el es­ plendor de la n aturaleza con los males de la . la liberté. Se describen cuidadosam ente la planeación urbana. les m aisons com m odes". la intolerancia.'•ociedad civil. se perm ite la libertad de conciencia. Puedo sólo h acer re sa lta r sus consecuencias. el "hom bre n a tu ra l”. y la religión sencilla de los sévéram bes se recom ienda por su suprem a "con­ form idad con la razón n a tu ra l”. No existe la pena de m uerte . la m onarquía electiva.

ITT El pensam iento filosófico del siglo xvii patentiza que la m ente h um an a se había libertado en gran parte de la dependencia de la autoridad teológica. que por la filosofía social que deseaban ex­ poner. M uestran que una filosofía li­ beral hace llegar su llam ada m ás allá de los expo­ nentes conscientes de una fe política. tam bién. en especial cuando el n a rra d o r es. de la influencia benéfica de la libertad. Todavía aum enta su significación el hecho de que peraianezcan fuera de la c o m e n te principal de las doctrinas sociales. un protestante que había visitado Inglaterra. Sin duda su influencia fue lim itad a. Es también notable su insistencia en los bene­ ficios de la libertad. que resulta sintom ática del cambio que se avecina. Los via­ jes extraordinarios están unidos a la obra de los de­ fensores del librepensamiento como Bayle. de la valía de un elem ento igualitario en las relaciones sociales. se les leía m ás por el interés de las m aravillas que rela­ taban. Evi­ dencian que los viajes de descubrim iento habían destruido el provincialismo medieval que igi. por la otra. también. Revelan el crecim iento de una actitud nueva hacia los principios de gobierno. por una parte. M uestran. un creciente. y a reform adores sociales como Fénélon. Si la idea de Dios está todavía om nipresente en sus especulaciones. Se enfren ta a la nueva explicación m ecánica de la n a tu ­ raleza.ialaba su propia concepción con principios eternos y uni­ versales. sin duda. el ca­ rá c te r íntim o de esa explicación. Pero su im portancia está fu era de duda. una apreciación de la posibili­ dad de experim entar en asuntos de constitución social. y desarrolla una concepción m ística. Sus notas predom inantes son seculares y racionales. aun un ardien te racionalismo.108 EL SIGLO XV II tas de la ciencia y la educación. como Vairasse. no im porta que por su expresión sean vagos y oscuros. no es injusto decir que tiene poca conexión con los re­ querim ientos dogmáticos del eclesiasticismo ortodo­ .

o los quietistas por quie­ nes Fénélon luchó en vano— desarrolla una concep­ ción mística. EL SIGLO X V II 109 xo. eso fue también por lo que la Universidad de U trecht pudo prohibir toda ense­ ñanza filosófica que procediese con independencia de Aristóteles. Es hedonista en su esencia. prepara la atm ósfera que necesita el liberalis­ mo al proclamar· el derecho del individuo a ponerse . que hizo a la idea de la tolei'ancia parecer la única posición racional que podía aceptar un filósofo que conoce el grado en que el hombre puede ser engañado. y su resu ltado lógico es. viene a considerar como naturales los apetitos de los hom­ bres. El peso verdadero del siglo en la especulación filosófica es h acer del universo un modelo de leyes cuyo propósito y térm inos tienen que ser trazados de nuevo. porque la idea psicológica está edificada sobre la recusación del dogma del pe­ cado original. Su esen­ cia es la m anera en que. el carác te r íntim o de esa tendencia es individualista. apartarse de la dependencia de autoridad corpo­ rativa. La psicología influye en el mism o sentido. Conduce tam bién a ese escepticis­ mo cuyos angustiosos resultados están escritos eter­ n am en te en las apasionadas sentencias de Pascal. por lo tanto. P rodujo un espíritu crítico. Toda la fuerza de la nueva filosofía es de libera­ ción.‘7 Rompe con las tradiciones esenciales de que dependía el poder de la Iglesia. como Hobbes y Locke. y poner límites al libre juego de su especulación es.conflicto con la Iglesia. Por ello fue que hom bres tan diferentes como Bossuet y el obispo P ark er de Oxford pudieron ver en el cartesianism o el campo de batalla de un gran . un reconocim iento de las incertidum bres del conocim iento hum ano. así. y. en consecuen­ cia. Así concluye con la defensa del ascetism o medieval. Aun cuando —como los platónicos de Cambridge. La inferencia hecha de Descartes es la de u n universo cuyas leyes descubre el hombre por la investigación racional. y así argüir que en una sociedad corno la nues­ tra la razón debería ser el juez de la m edida en que éstos deben satisfacerse. ponerlos también a su conocimiento de aquellas leyes y al poder que puedan conferir.

E n la atm ósfera de esta especulación. lleguen a u n a defen­ sa de la libertad en política. Nos salvamos. como Hobbes. Tiende a m ed ir la validez de tal poder por su efecto sobre los deseos individuales. por el otro. a su vez. haciendo de la propia conservación el su­ puesto fu n dam en tal de su ética. hagf>n del contrato los cim ien­ tos sobre los que está construido el Estado. u n producto del apetito satisfecho. de o tra m anera. La naturaleza del medio con que tropieza lo subraya en cada punto.sería un estado brutal. . por decirlo así. el catálogo de las cosas a las que aquél consentirá de m anera natural. como Spinoza. Lo que esto implica tiene un sabor fu ertem en te in­ dividualista.110 EL SIGLO X V II de acuerdo con un universo en el que a su idea propia del deber la lim ita tan sólo el conocimiento de lo que un hombre racional tra ta rá de alcanzar. De ahí también es fácil hacer. de n uestras pasiones por la razón. con el cual podemos obtener seguridad de algo que. en un aristó crata m undano como La Rochefoucauld. como en Locke. que nos señala cómo lim itar sus exigencias. Es nota­ ble que aun los filósofos más extraños a él en m é­ todo o. E sta pasión indivi­ dual por el poder es tan osbtinada en Hobbes. nos enseña a cre ar un Levia- tán. y ese poder es. ya no es difícil convertir la au­ toridad del gobierno en una función delegada. el interés propio in­ teligente se convierte en la llave para la reconstruc­ ción social. o. Podemos ver tal actitu d en un santo como Spinoza. Se concibe al hombre como lanzado a u n a lucha por la existencia en la que consigue triu nfar por su poder para d o m in ar el m edio. Partiendo de ahí. por un la d o . Es enorm e el abismo entre las sanciones de esta concepción y las del m undo medieval. es m aterialista. de modo n atu ral tra ta de doblegar el poder extraño a la autoridad del yo hum ano. Para el hombre el proceso vital es una búsqueda continua de las satisfacciones que propor­ ciona la sensación de poder. de u n a lista de las nece­ sidades que m ás profundam ente siente el hom bre de la época de Locke. Es racional. como la única form a de . que sólo la m an o vigorosa del gobierno despótico puede dirigir sus acciones.

sólo sirven p ara ju stific a r la im portancia del descubri­ miento. Arrojó nueva luz sobre los Salmos y Job. Ambos influyen en la erosión de la au to rid ad teológica que le previno en contra de la libre interpretación y el propio inte­ rés racional. En efecto. fue un golpe fatal para sus pretensiones de inspiración. como los de Lightfoot y Owen. Ahora Hobbes y Spinoza iban mucho más lejos. y de modo m ayor a través del siglo. los libros de los Jueces. En form as diversas se ataca ese testimonio. Aun lo cristiano ha de ser razonable. El m oralista y el psicólogo se unen para decirle que siga los impulsos de su n aturaleza h asta donde la razón le aconseje ser prudente. Sin exageración puede decirse que Spinoza estableció los lincamientos del enfoque m oderno a la exégesis científica: la idea de la inspiración se desvaneció ante u na aplicación rígida del racionalism o crítico. Pues el grado en que sus fines his­ tóricos están a la defensiva se hace más y m ás pa­ tente con el transcurso del tiempo. su confianza en el tes­ timonio histórico que da a sus dogmas validez última. El prim ero probó sin dificultad que Moisés no pudo haber escrito el Pentateuco. el racionalism o de la época ataca la po­ sición central de las iglesias. en el peso del m ensaje filosófico del siglo podemos ver un esfuerzo continuo a fin de emancipar al individuo de obligaciones por las que había estado constreñido. Van Maes había señalado ya en el últim o cuarto del siglo xvi el carácter compuesto del Pen­ tateuco. su necesidad de conseguir acatam iento a sus dogmas se hace cada vez m ás débil. El descubrim iento de Cappel ^8 de que el Antiguo Testam ento era una recensión aram aica de los antiguos textos hebreos. Si su m ente racio­ nalista se contuvo ante el Nuevo Testam ento. y la m ism a furia de los asaltos purita­ nos co ntra él. como vio Buxtorf. . En re­ sumen. que Josué. fue con un aguijonazo a su reser\'a de prudencia. En parte el asalto es directo. Samuel y los Reyes son bien posteriores a ios acontecim ientos que relatan. EL SIGLO X V II 111 vida que un hombre racional podría desear. El filósofo le concede el derecho a in- te ip re ta r el universo de acuerd o consigo mismo.

112 FX SIGLO XV II hecha con los utensilios que en gran parte inventó él. Spencer probó cuánto había sido influido el ritual judaico por los ritos de las religiones paganas veci­ nas. con la adm i­ sión de la luz que arro ja sobre sus problemas el tes­ tim onio geológico. Jerem y Taylor y los platónicos de Cambridge. Con Petty y S ir William Temple es el resultado de la admisión. exaltada por la experiencia de Holanda. halla cientos de partidarios en el siglo xvil.“*« Sin duda que m ucho de ello provenía del m ero cansancio por la interm inable guerra sectaria. es un evangelio optim ista. m u e stra h asta qué grado se ponían en duda las nociones tradicionales. El espíritu de M ontaigne de que "se sobrestim an las opiniones propias de un hom bre cuando a causa de ellas en cu entra la m uer­ te". Es indudablem ente cierto que el siglo xvii es por excelencia la edad del entusiasm o bíblico. proviene el sentim iento vivido de que la persecución es incompatible con u na religión de amor. Aun el examen de la cronología. quien escribe a la luz del sabio experim ento del E lector de Brandeburgo. en particu­ lar en In g la te rra . No puede a trib uir­ se a este cambio una causa individual. Pero la significación de esta erudición sólo se capta con propiedad cuando se la lee teniendo en cuenta la m a­ yor tolerancia de la época. de que la tolerancia y el bienestar económico están intrincada- m ente unidos. Muchos vientos doctri­ nales ejercieron u na influencia depuradora. bien podemos creer que las m asas estaban contentas con la nueva magia de la Versión Autorizada. Con Pufendorf. Al impulso de estas obra*s pueden añadirse los frutos de la investigación de Richai'd Sim ón. en tanto que en el xvi encuentra uno. El ejem ­ plo de América era impresionante. ese "au to r impecable" —como le llamó Dryden— hizo más fácil acep tar por piedad que por razón los derechos tradicionales. Mucho m ás de la indiferencia m ayor . aun sin darse cuenta del debate que so­ bre estos tem as se estaba llevando a cabo. su influencia se evidencia en seguida en la literatura. Con Chilling- vvorth. El crecim iento de la libertad religiosa en el Nuevo M undo es u n ejem plo para el Viejo. des­ pués de su historia del canon.

rápidam ente se grabó en la m ente h um an a como fuente de beneficios para el tolerante y de pérdida para las naciones persegui­ doras. La emi­ gración por razones de conciencia. y. La raíz del racionalism o que después de la restauración empezó a abrirse paso en escala mayor. Es verdad que la ruina de la persecución religiosa fue. por consiguiente. la gente la halló dem asiado cos­ tosa para que fuera por más tiempo una aventura natural. pero a fines del siglo xvii. en sus respectivas ad­ m inistraciones y constituciones. desde tantos lados. estaba poniendo las bases para el ajuste que Europa iba a adoptar. o a Inglaterra. Prusia. era un obstáculo para la prosperidad. y fue auxiliada por la admisión cada vez más general de que la Iglesia y el E stado ocupan esferas distintas del todo. La tolerancia llegó porque la intolerancia impedía el acceso a la riquez-a. prueban ser esen­ cialm ente civiles. ya a América de Inglaterra. pues un hombre no puede pensar de modo distinto del que piensa”. del título religioso al control. La expresión pudo continuar siendo prudente h a sta la Revolución francesa. ya sea papal o protestante. de Selden. Para entonces. la gente ya consideraba la religión asunto m ás bien de su vida privada que de relaciones públicas. Es a causa de su costo por lo que la base del poder se . fue la percepción de que la persecución. Los hombres exa­ m inan sus implicaciones a causa de su costo. no jueces. De ese motivo crece el amplio examen. La recepción dispensada a los refugiados de la persecución de Luis XIV prueba que la intolerancia había perdido su sostén principal ha­ cia 1685. sobre todo. siendo in­ compatible con la paz y el orden. Las dem andas de la ciencia y la filosofía prestáronle su ayuda. representó una a ctitu d que se vigorizó a lo largo de la época. go­ bernadores o defensores del E stado espiritual del culto". el "es cosa banal h ab lar de un hereje. EL SIGLO X V II 113 de los hombres cultos por todo lo que fuera revela­ ción. su costo. Cuando un cristiano tan devoto como Roger Williams pudo escribir que "todos los Estados civiles con sus tribunales de justicia. Escandinavia y H olanda del centro de Europa.

para quienes un E stado per­ seguidor significaba pérdida de negocios. La conform idad por compulsión era enojosa para to­ dos los comerciantes. podían coleccionar páginas dem ostrando que eran intercam biables los térm inos sentim iento y rebelión. Las pretensiones de la n aciente burguesía pudieron sorprender al corte­ sano y al sacerdote. podían percibir. porque el precio de la creencia favorecía toda doctrina que. Después de siglo y m edio de guerra sec­ taria se sentían agradecidos a la dem ostración de Locke de que el Eslado sólo debía in te rfe rir en aque­ llas m anifestaciones de la fe religiosa que inherente­ m ente perturbaban a la comunidad. como explicó un com entarista. al com batir la persecución. Escritoi'es como L'Estrange podían agotarse pro­ bando la influencia perniciosa de la opinión no con­ fo rm ista. los p a ñ e r o s . que no había ya principio tradicional alguno que no estuvieran dispuestos a discutir. sacados violentam ente de sus casas. y miles de tra ­ bajadores y trabajadoras a quienes empleaban m u­ riendo de hambre". lle­ nas de com erciantes y vecinos ricos. contri­ buía a la seguridad. La crisis de au­ toridad del siglo XVII apenas es un ataque a la autori­ dad como tal. con L'Estrange.... “las p ris io n e s. Parker podía considerar las asociaciones comerciales como . Se n u trió de la experiencia patente de Holanda y de la convic­ ción de que cuanto m ás se dejase en libertad a las cosas. La crisis surgió de la búsqueda de una base para la acción de la autoridad que hiciese su conducta compatible con el nuevo orden de cosas.5o El clima de opinión era racio­ nalista. Lo que impresionaba a sus prójim os era. Pero m ucho más im presionante que su raciocinio era el hecho de que el opulento com erciante se convertiría en baluarte de la ley en cuanto se le dejaba en libertad. Entonces les fue fácil deducir que esio ei'a opuesto a la ley de Cristo. ta n to más prosperarían. que fom entaba el despilfarro y la ineptitud del gobierno.. el antinom ism o era un punto de vista excepcional.114 EL SIGLO XV II iransfiere del derecho a la utilidad. La alianza m ayor entre la clase m ercantil y la aristocracia favorecía esa actitud.

Cada vez m ás concebía las relaciones so­ ciales en térm inos atómicos. porque su unión significaba la imposición de reglas fatales al éxito individual. Se pudo descubrir que el negociante anglicano opulento no estaba m ás dispuesto a abrazar doctrinas políti­ cas y sociales radicales que el terrateniente anglicano. Odiaba los tributos que sostenían lo que. por eso estaba dis­ puesto a luch ar por m odelar los principios que con­ d u jeran a ese fin. el am biente en que la filosofía del siglo XVII se abrió camino. porque la teocracia del siglo xvii estorba . a pagar para sostener un buen gobierno. Pugna con éxito. No ve la razón por la que sus intereses deban perjudicarse en beneficio de u n favorito de la corte. Lo que objetaba era. Su radicalism o era el radicalism o negativo de hombres conscientes de una energía que puede conquistar el universo con sólo que se les deje solos. Su base es un indivi­ dualism o económico hostil a la intervención estatal porque impide la realización cabal de las posibilida­ des m ateriales. La oposición dem ostró entonces una leal­ tad por lo menos tan grande como la del anglicano medio. se convirtió en un conform ista tan devoto de sus con­ secuencias como los hombres que habían criticado la pureza de su lealtad. según su criterio. No bien lo hubo conseguido. Éste es. Están combatiendo un ideal teocrático. bien sea el dios de ese ideal la Iglesia o el Estado. para separar la economía de la ética. A m am antaba vir­ tudes cívicas no menos eficaces que las de los angli­ canos para prom over la prosperidad del reino. ahorro. si bien lentam ente. entonces. pero que sig­ nificaba esfuerzo. reconocer un orden social que am enazara los frutos de su inicia­ tiva. EL SIGLO X V II 115 "tantos nidos de facción y sedición”. eran despilfarros de una corte disoluta. simplemente. sobriedad. Es­ taba dispuesto. E ra clara la deducción política de que m e­ recía su recompensa. pero insistía en que éste debía incluir sus intereses. tan to como el caballero rural. Se descubrió que la "disciplina piadosa” podía recu sar al episcopado.^i Pero no fue ésa su actitud cuando la política de Jacobo 11 ame­ nazó socavar el gobierno p arlam entario y la Iglesia establecida.

están tan ansiosos como cualquier me- dievalista de fija r lím ites al escudriñam iento de la razón y al im perio de las cosas seculares. a m edida que avanzaban. Pero ellos no pueden rehuir. por sus consecuencias. porque eso no podía ganarse en otras condiciones. es una doctrina tejida con la hilaza de la conveniencia burguesa. debe rem overse a ambos. entonces. Así. al igual que el católico.116 EL SIGLO XV II SU m isióu en vez de favorecerla. Requerían u n Estado secular y tolerante para cuya consecución. ambos son conscientes a m edias de que están empeñados en u na tarea imposible. en nombre de las nuevas oportunidades que están explotando. No buscan cons­ cientem ente el secularismo. En este cam ­ po es decisivo el contraste entre B axter y Hobbes. La senda del deber cristiano es prefei'ir la ganancia a la pérdida. la obligación de erigir su necesi­ dad p a rtic u la r en credo universal. El puritano. entre Descartes y Bossuet. Su necesidad de ser libres en un campo form a una filosofía de libertad para todos. les asusta. El filósofo católico y el deísta inglés pueden re n d ir un tributo form al al deber tra ­ dicional de su tiem po. Sus necesidades determ inan el m arco de su credo. por esta lazón. La necesidad liberal. Pero cuando la elección de la ganancia no puede hacerse porque el Estado o la Iglesia cie­ rra n el paso. en una palabra. m ás que otros hombres. empero. a rra straro n en su ascenso ideas y principios que conscientem ente no buscaban promover. P ara lograr esta erosión tuvieron que aceptar una nueva filosofía que al final sería fatal para los pi'incipios religiosos que ellos sostenían. tenían que m in a r el arm azón teológico de u nidad sobre el que había sido erigido. Y su aceptación se ve rodeada rápidam ente por un halo de aprobación religiosa. con desnuda consistencia. Lo que desean prom over es su aceptación. al rey. Su apuro íntim o produce una lógica que. Combaten a Roma. pueden ser cautos. De su situación tom an las arm as de lucha. si expuesta por Hobbes o Spinoza. aun tím i­ . a la Iglesia anglicana. al cortesano. y de cuya lenta erosión em er­ giera. no menos de lo que escandaliza a sus contrarios.

EL SIGLO X V II 117
dos, en su form a de expresión. Pero, en efecto, cada
uno de ellos, detrás de u n a fachada medio tradicio­
nal, está intoxicado por la sensación de un imperio
ilim itado para la razón que hace del hom bre indivi­
dual amo del universo, no por revelación, sino por
indagación; no por la fe, sino por la interrogación
propia. El filósofo de la época, lo mism o que el ne­
gociante, se da cuenta de la fuerza qiie puede lograr;
sabe tam bién que dejarlo solo es la condición de su
logro. El individualismo económico del uno hace
pareja con el individualism o intelectual del otro. Cada
uno se interesa en requ irír de la autoridad que no
ponga manos en su propia viña. Cada uno está dis­
puesto a probar la ventaja social de que se le deje
libre en su inquisición. Para uno el fin es la riqueza,
para el otro el saber; pero el hom bre que busca el
saber está movido no tanto por aguda curiosidad,
como por firm e convicción de que el saber es la llave
del poder. Refrenarlo en sus investigaciones es, por
lo tanto, im pedir el logro del poder, del cual se de­
rivan gloria y riqueza.
Ése es, sobre todo, el choque del progreso cientí­
fico en el siglo xvii. No me incumbe e n u m erar la
serie de sus proezas, increíbles en esta época. Lo
im portante no es la proeza en sí m isma, sino sus
inferencias. Es vital, prim ero, que diera u na inter­
pretación del universo que hiciera anticuada la visión
teológica rival. Estableció de ahí la propia capacidad
de una razón libre de la necesidad de considerar su­
puestos metafísicos sancionados por las iglesias. Era
fran cam ente m aterialista en su perspectiva. Conquis­
tó a sus contem poráneos m ostrándoles que, al acep­
ta r sus ideas, estaban adquiriendo un poder sobre la
naturaleza que de otro modo no podían alcanzar. La
fundación de cuerpos como la Real Sociedad, la Aca­
dem ia Francesa de Ciencias, la Accademia dei Lincei
revela la condición legal que llegó a a l c a n z a r . ® ^ Con­
sigue que el gobiemo reconozca su importancia. Ob­
tiene dotaciones y llega a pedírsele que solucione los
problemas de carác te r práctico que confrontan los hom ­
bres de negocios. La magia de sus descubrimientos
cautiva a la época. Su boga es tan universal que, ya

118 EL SIGLO XV II
en 1665, Glanvill puede escribir de la Real Sociedad
que "había hecho m ás que filosofía, de u n a forma
nocional, desde que Aristóteles abriera tienda".·’^^ El
periódico científico y el museo aum entaron su pres­
tigio. Los observatorios de París y Greenwich pu­
sieron en claro el que se les considerase como una
inversión en el dominio de la naturaleza. El gran
hombre de ciencia proHto llega a ser parte de la gloria
nacional. Se le hace sentir que h a conferido nuevo
esplendor a su época. Leibniz, Huyghens, Boyle, es­
tán llenos del éxtasis del descubrimiento. Su im por­
tancia fue tan grande que Sprat pudo decir en 1667
que el interés por la ciencia era tan grande "que
parecía no haber nada m ás en boga a través de E u­
ropa". Podemos ver ese interés en Pepys y Evelyn,
en la sátira de Molière contra "las m edias azules”
rm ujeres pedantes con pretensiones de sabiduría li-
terai'ial, en el núm ero creciente de obras científicas
populares como La pluralidad de los m undos, de
Fontenelle.
Crea una nueva form a de confianza en sí propio.
"En estos últimos cien años —escribió Dryden—,
casi una nueva naturaleza nos ha sido revelada: se
han descubierto m ás errotes de las escuelas, se han
hecho m ás experimentos útiles en filosofía, se han des­
cubierto m ás notables secretos en óptica, medicina,
anatom ía y astronom ía, que en todas esas épocas ne­
cias y crédulas de Aristóteles a nosotros.” s-i Este
sentido de superioridad es evidente en hom bres tan
distintos como Joseph Glanvill, en su creencia de
oue "ninguna época ha sido m ás feliz en la libertad
de investigación que ésta ”,55 en Campanella, y Sir
Thom as Browne. Aun un pietista como Milton, cuan­
do, como en El Paraíso recobradlo, previene a los hom ­
bres con tra la intoxicación tíel nuevo saber, dem ues­
tra un amplio conocim iento de su sentido. La
diferencia aquí entre el énfasis de la ciencia en las
lite ra tu ra s de los periodos isabelino y carolino es en
sí m ism a la pn.ieba de los horizontes nuevos que
se habían vislumbrado.
La consecuencia efectiva que se deduce es la idea
del p r o g r e s o . 5 6 El saber nuevo es tan inm enso y tan

EL SIGLO X V II 119
vital, que da a las personas u n a convicción de supe­
rioridad. Los viejos tiempos d ejan de ser la edad
dorada para ser la negra. Los hombres adquieren
la seguridad de que hay u n a sabiduría m ayor y más
grandes realizaciones, y que las posibilidades que se
abren ante ellos los facultan a m irar hacia delante
m ás que hacia atrás. Se dicen a sí mismos ser los
amos de la naturaleza. De tal dom inio deducen los de­
rechos de la razón, la habilidad para m oldear su pro­
pio medio ambiente, que ya n o es necesario creer la
doctrina del pecado original. La lucha entre los an­
tiguos y modernos tiene esa verdadera significa-
ción.57 Lo que dio a los segundos su victoria fue,
en esencia, el sentido de la obra científica. Después
de Fontenelle, se supone tácitam en te que cada época
añade algo a las reservas acum uladas por sus prede-
cesoras, y aun un gran defensor del pasado, como
Boileau, tiene que h acer concesiones decisivas a sus
contrincantes. La m ayor p a rte de los críticos de la
idea del progreso, en efecto, o están, como Temple,
empeñados en una gim nasia literaria genial, o. como
Swift, desahogando el mal h u m o r de la torcida am ­
bición sobre la h u m a n id a d ; y quizás sea suficiente
com entario sobre la batalla h a ce r n o ta r que el ataque
m ás salvaje de Swift se convirtió, a los pocos años
de su publicación, en cuento infantil.
El sentido del progreso favoreció el desarrollo del
optimismo. Esto, a su vez, evidencia el éxito de la
nueva síntesis. Los hombres que desean libertad y
razón perciben ahora que la victoria está de su parte.
Han reducido el m undo a un m ecanism o cuyas leyes
funcionales las revela el saber. Pueden aplicar los
m étodos de la ciencia a todos los aspectos de la vida.
Ya en la segtmda m itad de este periodo la visión
estadística de la naturaleza, como en G raunt y Petty,
está form ándose para revelar resultados en la esfera
social. El triunfo del espíritu racionalista es la con­
secuencia obvia del cambio. Y u n a vez más el ra ­
cionalismo está obligado a ser de c arácter secular,
simplemente porque sólo ahí puede encon trar el am­
biente que sanciona sus resultados. H ay un nuevo
optimismo, porque hay nueva seguridad después de

120 EL SIGLO XVII
1660, cuando se lleva a cabo la transacción funda­
m ental con la religión. Y esa seguridad engendra la
fe en la ap titud de los hombres para a rra n c a r la fe­
licidad a la naturaleza por medio del conocim iento
de sus procesos. La felicidad sofoca el espíritu de la
d u d a ; no se repite ya la agonía de un Pascal. La u ti­
lidad perm ea el clim a m ental y ajusta todos los valo­
res a su carácter. Es ajena a la superstición. Está
enam orada del experimento. Tiene u n a convicción
m ayor en la dignidad innata de la personalidad h u­
m ana, y no puede creer que aquélla sea compatible
con el derecho a perseguir; los descubrim ientos cien­
tíficos rem odelaron el pensam iento como lo habían
hecho los geográficos.
Por supuesto que no debemos ver en esta evolu­
ción m ás de lo que realm ente implica. Todavía hay
una superstición increíble; aún existe un amplio tea­
tro para la persecución religiosa tan notable en Es­
paña e Ita lia ; y fuera de Holanda e Inglaterra, es
corto el núm ero de los que están dispuestos a defen­
d er cualquier form a de limitación al gobiemo despó­
tico. Es frecuente que quienes lo están sean como
Jurieu, que, teniendo ima causa m ino ritaria que de­
fender, casi de u n a m anera n a tu ra l encuentra en una
teoría casi dem ocrática la sanción a sus títulos.“’«
Lo m ás típico es el esfuerzo para poner en práctica la
transacción que ha empezado a definirse con tanto
éxito. En la obra de Bayle podemos ver su tem pera­
m ento quizá en la m ás característica de sus formas,
porque simboliza de una m an era tan general el am ­
biente todo del siglo que había de seguirle.^·^ Es
m onárquico en cuestiones de constitución política, en
parte porque es un francés, leal, pero en parte, ta m ­
bién, porque ve en todas las teorías de la soberanía
popular u n a amenaza para la conservación del orden.
Más su m onarquism o se levanta sobre la defensa apa­
sionada de la tolerancia, defensa que acepta con or­
gullo los descubrim ientos de la ciencia y de la
filosofía, e insiste en que son fatales a todas las pre­
tensiones de la religión dogmática. El vasto Diccio­
nario, la obra m ás popular de la generación que si­
guió a su aparición, no es m ás que u na inm ensa

por así decir. No sólo es popular en sí y por ella m ism a. Pero es inadecuado en su fracaso para señalar que el resul­ tado del equilibrio que emergió es el de que la m ora­ lidad no necesita de la religión. sino que las m aravillas que reveló le dieron u n dominio sobre la imaginación. es u n a ex­ presión de una revolución social en trance de encon­ tr a r sus categorías en acción. señalan como ningún otro libro el grado en que la hipótesis de la u n ilo im id a d de la n atu raleza lue fatal para la vieja superstición. Su obra es uno de los disolventes más poderosos de la fe que ja m á s se h a n logrado. Creó también en sus partidarios las cua­ lidades y carác te r que la nueva vida de negocios exigía: precisión. la busca de la autoridad en los hechos mismos. EL SIGLO X V II 121 enciclopedia de lolerancia. Sigue las apelaciones de la razón a través de todo el cam po de los conoci­ m ientos registrados y los establece por el método volteriano de red u cir al absurdo la oposición a ellos. sim ilar al despertado por la conquista del aire en nuestros propios días. Bayle dejó a los cristianos en la dificultad de que si sus posiciones doctrinales principales iban a m antenerse. Sus triunfos invi­ taban a la protección que implicaba en el protector.c<^ Un buen re*3umen de su in­ fluencia es la observación de Gibbon de que "él pesaba las religiones falsas en su balanza escéptica hasta que las cantidades opuestas se destruyesen”. La revolución científica. al menos implícitam ente. Sus triunfos conferían de nuevo el sen­ tido de poder sobre los obstinados hechos naturales. empax'ejada casi en seguida por la obra de B ekker y Gongora. el m ism o sentido que tenían los negociantes cuando . experimento. de 1680. Y existe en ella una nota de desprecio y desafío a la creencia tradicional que testim onia que ya los hombres no buscan el viejo puerto con la confianza de antes. Es popular porque las condi­ ciones que su éxito exigía eran tam bién las que para el suyo exigía el clim a económico. osadía. La Lettre sur les com etes. prestó una ayuda psicológica poderosa a la fuerza racionalizadora del capitalismo. se verían obligados en realidad a aceptar im plícitam ente el ma- niqueísmo. una política de ilustración intelectual.

Fue el m ás im p o rtan te de los agentes conscientes en la tarea de d errib ar el poder de lo antiguo por la im portancia dada a la significa­ ción de lo nuevo. con una confianza que los resultados no justificaban. Por esto. necesariam ente hay que a rgü ir que el m ism o resultado es posible en el del hecho social. y entonces se en­ sayó. Parecía que justificaba la fe en la razón como la llave que abi'iría finalm ente todas las puertas. Producirá un cuerpo de "derechos” n atu rales que . a p a rtir de Grocio. vigorizó el optimismo. Si su trabajo en las sociedades científicas probaba el valor de la organización p ara obtención de resultados para la m ul­ titud. si bien con paso rezagado. H arrington. del deseo de deten er el derecho a un poder arbitrario. y de h acer de la obligación de obedecerlas la posibilidad de un buen gobierno. Es verdad que la conciencia plena de esa posibilidad pertenece al siglo xv iii. en n ada es tan m arcada su influencia como en su aportación a fo rm ar la idea del progreso. la discreción de un m on arca que quiere la obediencia a u na voluntad ilim itada es lo que nie­ ga el otro. su ethos penetraba con rapidez notable en las esferas m ás dispares de la vida. en el m ism o sentido. sus descubrimientos m ás famosos se asociaban a nombres personales.122 EL SIGLO XV II las utilidades justificaban su empresa. Spinoza y los a rit­ méticos políticos están tratan d o de ex traer un cuer­ po de leyes del caos del hecho social. y los políticos de la época se mueven. Ya. Tampoco debemos olvidar una inferencia de todo esto que obligadam ente habría de sacarse tarde o temprano. Pero ya en el siglo xvil Hobbes estaba tratan d o de fo rm u lar un sistem a universal en el que la sociología tenía su lugar de­ bido y reservado. y con ello la convicción de que cuando los hombres son libres. también. La idea del derecho na­ tural en el m undo social nace. como en Locke. La ciencia del siglo xvii negó a la arb itraried ad un lugar en el cosmos. Por lo tanto. pueden confiar perpetuam ente en m e jo ra r su condición. como H um e iba a ver. aunque sin duda de m aneras m uy diversas. Si en el campo de la n aturaleza la razón puede re ­ d u cir el caos a la ley. La autoridad de la fe es la que niega uno.

Se está ■plasmando. el derecho natural en el m undo social no es. Pei'O debemos precavernos y no creer que la teoría m ercantilista es un cuerpo coherente de doctrina en el sentido de la economía clásica del siglo xix. como en la Francia del siglo xviii y la Inglaterra del xvil. no un estudio de "la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”. y ciertam ente es verdad que no existió u n a aprecia­ ción general del liberalismo en el campo económico hasta la últim a parte del siglo xvni. como en los últim os años de la Francia de Luis XIV. EL SIGLO X V II 123 será prudente an un ciar como coincidentes con la ley positiva. Pero algo m ás que eso es al concluir el siglo. Y la revolución tom a por la fuerza lo que no quiso conceder a la persuasión cuando la estru ctu ra de las instituciones sociales resiste a las exigencias del de­ recho natural. fuera de In glaterra y de algún pensador ocasional dcl Continente. pero que tra ta rá de proclam ar como un código de conducta que el hom bre racional seguirá. poco m ás que una prudente ad­ monición al Príncipe. Son lo que necesita el hom bre de negocios si los azares de su em presa han de ser de un carácter mínimo. quizá aún la deseabilidad. en efecto. Sus debates se centran alrededor de . es la discusión de Bossuet entre el m onarca "absoluto” y el "arbitrario". ello es. en la exigencia de una constitución. y en su m ayor parte. IV Es costum bre llam ar al periodo entre la Reform a y la Revolución francesa la época del m ercantilism o.^! Asumía. la inevitabilidad. Como Adam Sm ith tuvo el cuidado de anotar. su discu­ sión se contraía a los principios que tal regulación debía adoptar. de un gobierno que regulara los asuntos económi­ cos de la com unidad. AI principio. no son otra cosa que un específico para la prosperidad. Althusius. Jurieu. Claude Joly. era "la economía política considerada como u n a ra m a de la ciencia de un esta­ dista o legislador”. Es notable que la m ayoría de ellos intentarán pro­ teger al individuo al salir a sus negocios diarios.

era u n objetivo obvio. El exportador de paños tiene que exigir una política diferente de la de su fabricante. en nuestros propios días. y el criador de ga­ nado lan ar tiene u n punto de vista distinto de am ­ bos. La intensi-dad de las rivalidades nacionales explica por qué el bastarse a sí propio debió considerarse como u n ideal. la noción de que la vida económica estaba som etida a reglam entación. Los gobiernos fluctuaban de vez en cuando entre la promoción de los monopolios y su prohibición. No podemos en ten der . de la cual emergieron. P ara todo gobernante que deseara una tesorería am plia p a ra la casi incesante guerra. Es necesario h acer hincapié en algijnos aspectos del m ercantilism o p ara cap tar su esencia. Los ideales de List y Fichte. Sus doctrinas son el resultado de esfuerzos confusos y contradic­ torios de algunos hom bres p ara persuadir a sus go­ biernos a sostener u n interés m ás bien que otro. razones de carác te r m ilitar. Una de las verdades m ás difíciles de h acer aceptar a los hom bres es la de que en asuntos económicos las pérdidas del vecino no son por necesidad ganancia propia. El e n tu ­ siasmo de muchos m ercantilistas por u n a g ran po­ blación como fu en te de fortaleza lo explican. en p ar­ ticu lar cuando había lugar a creer que el com erciante está dem asiado dispuesto a subordinar su patriotism o al espíritu de lucro.124 EL SIGLO XVII problemas que en su m ayoría suponen el interven­ cionismo y. naturalm ente. h eredaro n de la sociedad medieval. el renacim iento. su análisis de postulados elem entales es. Y apenas hay doctrina que llam e­ mos m ercan tilista que no sea susceptible de u na de­ fensa inteligible a la luz de este hecho. A veces se aboga con afán por la exportación de m e ta ­ les. Tiempos hay en que se protege al inm igrante extran­ je ro y otros en que se le m ira con hostilidad. nos ayudan a e ntend er su teoría de la balanza comercial. del nacio­ nalismo económico. por esa razón. raro. No es difícil com prender por qué los gobiernos despóticos en este periodo aceptaban estos puntos de v ista. se la combate en otras como síntom as de pér­ dida de la riqueza nacional. tcun- bién. por ejemplo. m ultiplicar los m etales preciosos.

EL SIGLO XVII 125 el m ercantilism o m ien tras no lo consideremos como expresión de un medio en el cual intereses diversos se hallan en constante com petencia para asegurarse una ordenación favorable a cada uno. El Estado del siglo xvii está imponiendo el orden en el caos del xvi. las industrias pesadas con su relación directa con las máquinas de guerra. La regulación se enraizaba en la inseguridad de una época en la cual se acudía siem pre al E stado en busca de seguridad. las leyes de navegación con su obvia consecuencia sobre la suprem acía m arítim a. el flujo del comercio y de la migración. La coincidencia de éste con el nacer de un gobiemo constitucional tam ­ bién es significativa. Por consiguiente. luego u n enemigo. el alivio al pobre. caos que en gran parte tenía sus raíces en una revolución económica. sino que pu­ diera lanzar un re to siquiera. lo notable no es la falta de todo liberalismo económico en el siglo xvii. sino como medio de dis- f in ta r la riqueza que se abre ante ella. la ú ltim a de sus conquistas es el Estado. para d estruir su discipMna usa . a menos que pensemos del E stado como heredero de la función de la Iglesia de definir la conducta eco­ nómica permisible con el corolario im portante de que la esperan-za de que im pondría sus definiciones era tanto m ás n atural cuanto m ás fuerte fuera el gobiemo. luego la c u ltu ra . Tampoco. habría resu ltad o extraño que no hubiese tra ta d o de conser\'ar el orden por el medio n a tu ra l de dom inar los factores que contribuían al desorden: ■la moneda. y no en grado m enor que la del peiiodo anterior. El orden económico medieval la inhibe. La burguesía naciente adapta a sus intereses prim ero la religión. las condiciones de trabajo. No busca la libertad como fin universal. la oferta de m etales preciosos. Ésa ha sido la experiencia de nuestros propios días. En la consecución de su objetivo prim ero hace del Esta­ do u n aliado. las relaciones del comer­ ciante con los m ercados extranjeros y las colonias. Ataca a sus antagonistas en lo que tienen de m ás débiles. De consiguiente. La gente tra ta de conseguir dis­ posiciones que salvaguarden su propiedad de la au­ toridad del poder coercitivo suprem o del Estado.

pues el periodo de la República. En sus manos tiene entonces el poder coercitivo supremo. en sociedad. Para fines del siglo está lista la a ctitu d cuya cabal filosofía del liberalismo . El mo­ vim iento hacia el laissez-iaire cobra nuevo impulso después de la R estauración. La burguesía no está preparada en esta etapa para u n a nueva definición total de las relaciones legales. construyen u na disciplina nueva que reemplaza a la antigua. cuando la li­ bertad en la esfera económica parece una inferencia obvia de su consecución en otros campos. el advenim iento al poder de los jacobinos d u ra n te la revolución francesa intensificó el intervencionism o económico. así. lo es tam bién de profundo trastorno revolucionario y del consiguiente m alestar que promueve. el uso principal del E stado es el de una m e ra agencia policiaca. aunque de debate constitucional apasionado. d u ran te la cual la Corona y la clase media. M anda que se m antenga ale­ jad o de ese cam po de acción económica que ahora se propone explotar con arreglo a sus propias con­ diciones.126 EL SIGLO XVII el poder secular atacando a la Iglesia. Eso supone siglo y medio de guerra constante. la ingerencia del E stado . La Corona es fiierte. Así tam bién la victoria de Lenin en 1917 fue la victoria de una política que utilizó el poder del E stado para un control económico máximo. El burgués se m ueve p ara el asalto final sólo cuando el nuevo orden de cosas ha establecido con firmeza sus cimientos. ésa es la res­ puesta al m alestar que provoca la contienda. Los prim eros comienzos de esta actitud en el si­ glo XVII podemos verlos sobre todo en Inglaterra. y de m a n era predom inante en la Inglaterra posterior a la Restauración. también. Para él. m ás que dis­ minuye. la aristocracia de terratenien tes lo es tam bién. la creencia tradicional en la regla­ m entación está todavía implícita en la experiencia social m ás im portante. La historia del siglo xvii es u na protesta contra el in­ tervencionism o hasta el estallido de la guerra civil. Entonces viene un periodo de ingerencia m ás am ­ plia y profunda que el que provocó la desaprobación d u ran te los dos prim eros E stu a rd o s.

Child. debemos recordarlo.^^ de cuva sensación nace el esfuerzo hacia la ingerencia. eran motivo de queja continua. La no intervención significa que los ciudadanos pier­ dan en provecho de la clase m ercantil. Que la nación se h u n d a con tal de que él obtenga su ganancia. aun Adam Sm ith mismo. No era efectiva la adm inistración. La impotencia del gobierno ante el c o n t r a b a n d o ." La corriente del liberalismo económico de esta época apenas es como un débil rem olino en una m area viva que fluye en su contra. “Lo que quiere el com erciante —se dijo en la República— es ser rico. por tem or a que la avidez del com erciante por el lucro perjudique a la sociedad en su conjunto. el fabricante ante el com erciante importa­ dor. El Estado controla las exportaciones e importaciones. EL SIGLO XVII 127 económico H um e puede u rg ir y Adam Smith de­ m ostrar. en beneficio de su interés particular. el productor nacional ante su rival ex­ tranjero. hacen con frecuencia hincapié en esa desarmonía. Debemos ad v ertir que el m ercan tilista es bien cons­ ciente de una posible antítesis entre el interés nacio­ nal y el bienestar del com erciante. En el mism o sentido apuntan cosas tales como el fracaso de los días de vigilia y la ixiptura del auianageS>^ Se detestaban pro­ fundam ente las leyes de asentam iento de la población por considerar que entorpecían la movilidad del tra ­ bajo necesaria a la organización industrial. no im portándole cuán pobre sea el pú­ blico. Sólo de una m an era gradual algunos llegan a defender que el bienestar com ún radica en liberarse de toda inten'cnción. Fortrey 02 escri- brió : "las ventajas privadas son a m enudo im pedimento de la ganancia pública”. Roger Coke. Tam ­ bién fue im portante que a p a rtir de 1660 declinara . el empleado indígena ante el inm igrante ex­ tranjero. las condiciones de trabajo. Hacen desagradable la acción intervencionista va­ rias circunstancias. la calidad de la producción. el obrero ante el patrono. el partid ario del monopolio ante el del liberalis­ mo. s u inhabilidad para controlar con alguna uniform idad los salarios o la reglam entación del aprendizaje.

pues nu n ca deja de provocar. La abolición de las posesiones territoriales feudales. la ineptitud de los monopolistas para utilizar sus privilegios. "Es cier­ to —escribió Bacon — que la m ayor p arte del co­ m ercio lo conducen jóvenes com erciantes con dinero p restado a interés. En consecuencia. el desarrollo de nuevos procedimientos que no podían controlar. Pero hacia tal con­ clusión se m ueve de modo irresistible su fuerza acu­ m ulativa. En igual form a el decaim iento de los gre­ mios. Im ­ pedía el acceso a la riqueza que yacía allí lista para ser obtenida. porque sin duda lo engendra". en el si­ glo XVII. Apenas si hay en el siglo u n a ingerencia que no dé motivo a una protesta general y acalorada de alguna clase. lo cual patentizó el fracaso del desafortunado proyecto de C o c k a y n e . la creación de industrias que florecían en luga­ res donde aquéllos tenían escasa o ninguna autoridad.«« Ma- . Tal cosa fue faltando. Es verdad que pocas son en con tra de la idea m ism a de la ingerencia. Podemos ver el desarrollo de esa a ctitu d en cuan­ to los aritm éticos políticos inician su obra analítica. el afán de los caballeros en favor de la apropiación de la tierra. llegó a considerársele como un inconveniente para el éxito de la iniciativa. Las protestas han llegado a convertirse para 1700 en ima a ctitu d m e n ta l. u n a con­ traprotesta. sino que su lugar como origen d e la política lo ocupó un Parlam ento en el cual los intereses de los negociantes tenían una im portancia cada vez mayor. todo conducía al mis­ m o fin. en el siglo xviil llegan a ser una filosofía.128 EL SIGLO XVII en m ucho la autoridad del Consejo Privado. Mas ra ra vez la protesta es univer­ sal. a su vez.«« pues éste no sólo era el instrum ento principal de ingeren­ cia. « ^ la inca­ pacidad de m a n ejar con eficacia los intentos de la estandarización de la industria.” Tal realidad llevó a decir a Sel- den que "es cosa banal decir que el dinero no en­ gendra dinero. El cambio de a ctitu d hacia la u su ra surge del m ayor m ovim iento de capital tom ado a préstam o. y de una m anera creciente. La condición del control estatal e ra la de un m ecanism o adm inistrativo que pudiera inventar los expedientes necesarios a un control feliz.

la duda que surge de este criterio consiste en si será prudente la intervención del E stado para controlar el tipo de interés. y limitarlo. él tiene el claro sentido. ex­ puesto con fuerza in-es-istible por B entham un siglo más tarde. pueden sen tir los fines privados de los par­ ticulares. Ya en 1641 Robinson había visto la necesidad de lim itar las ex- portaciones. "Los que pagan el m ejo r precio por un artículo —escribió Child — nunca dejarán de tenerlo". Petty." Este argum ento comprendía un cambio que por largo tiempo había estado en fermento. y circuns­ cribirlo.72 A los quince años de la restauración. de que las condiciones económicas gene­ rales hacen del precio del dinero un simple resultado de la oferta y la dem anda. encuentra su cam ino propio. y de esto sacó la consecuencia de que una política de pro­ hibiciones era fatal para su propio objetivo. El n ú m ero de cambios legis­ lativos en el tipo de interés d u ra n te el siglo prueba que el antiguo concepto del control está perdiendo ftierza. Los eom erciantes en cueros adoptaron una posición si­ . en efecto. H ay ganancias en dem asía en las posibilidades que abre esto para que el E stado pueda m an ten er la tesis de la ingerencia. Es obvia la relación que existe en tre esta a ctitu d y el desenvolvimiento de la banca. North. fue tan lejos a este respecto que llegó a condenar "la vanidad e ine­ ficacia de h acer leyes positivas civiles contrarias a las de la n aturaleza". "P or su naturaleza el comercio es libre —escribió D avenant^i— . Barbón. Roger Loke73 estaba trazando los perfiles de la posi­ ción librecam bista en térm inos que Barbón y Dudley N orth sim plem ente repitieron después de la revolu­ ción. y todas las leyes para darle reglas y direcciones. todos tienen una comprensión clara de la idea expuesta enérgicam ente por Locke cuando dijo que "percibir un beneficio del préstam o pecuniario es tan equitativo y legal como recibir la re n ta por la tierra y m ás tolerable para el prestata- rio ”jo Equivale a decir que existe un sentido nuevo de que el riesgo tiene derecho a una ganancia. pero ra ra vez son ventajosos para el públi­ co. y me­ jo r dirección en su propio curso. EL SIGLO XVII 129 lynes.

130 EL SIGLO XVII m ila r.«^ el Justicia Mayor Holt.^o El m ism o Consejo Privado notó que el Reglamento de Aprendices "ha sido considerado por la mayoría de los jueces como inconveniente para el comercio y para el increm ento de las invenciones" y ante una m asa de solicitudes que pedía la aplicación de las norm as tradicionales.75 Roger N orth insistía en la futilidad de regular los salarios por decisión judicial. Se ataca la ley de beneficencia por considerársela una carga para la industria.. Más enfáticas aún son sus protestas en contra de los ensaj'os para un ifo rm ar los métodos fabriles. y tilda el estado de ocupación como "un rem edio mucho peor que la enfermedad''. a los alegatos en favor de las aduanas para restrin g ir el comercio. h arían en m i opi­ nión más daño que bien".81 El a u to r de Britanniü Languens las lla­ mó "oligarquías opresoras”. E scribiólo que "todas nuestras le y e s .«^ Child creyó erro r vulgar recom end ar que la práctica de la in d u stria debiera lim itarse a sus miembros. Mun había favorecido el derecho a exportar m etal en barras desde el rei­ nado de Jacobo I. desechando algunos malcompren- dldos principios que heredam os de nuestros antepa­ sados”.^« Fue ésa la aceptación del alegato de Sir Josiah Child en favor de las ideas nuevas.. la C ám ara de los Comunes resolvió en 1702 que "el comercio debía ser libre y no constreñírsele”. "un desaliento —según palabras de Roger Coke«®— para toda la gente in­ dustriosa y trabajadora. empiécese por el verdadero camino.ss Ni el Parlam en to ni los tribunales prestaron m ucha atención. que haya libertad y muchos miles se emplea­ ran en provecho de la nación.. North atacó . Argüía 7« que "para me­ jo ra r e im pulsar el c o m e rc io . si fuesen debidam ente puestas en ejecución.. en verdad. puede decirse que ha ganado su puesto em inente en nu estra tradición legal por el celo con que dio fuerza legal a las teorías del laissez-faire. De m an era sem ejan te se condenan los gremios y sus m étodos restrictivos. que los perezosos y holga­ zanes tengan que ser m antenidos en su ociosidad con el fm to del trabajo de los prim eros”. después de la Restauración. Ro­ ger Colee atribuyó la decadencia de las ciudades a su influencia.

según Petty y G raunt están exhibiéndolos en sus cuadros estadísticos que . desenvainarán la espada para abrirlo." "Hoy día —escribió de n u e v o — las leyes que no se ejecutan por sí solas.«o de que "tienen el m undo por delan­ te". un "ejecu to r” y no un "charla­ tá n ”. Suponen que la libertad económica está en la n atu ­ raleza de las cosas y que la reglam entación resulta necia si para darle autoridad requiere vigilancia. esfuerzo.80' Dos observaciones de Charles Davenant resumen las implicaciones de la nueva doctrina. espada que ahora es económica y que quien la lleva tiene un cuerpo independiente de doctrina secular como justificación para su uso. Las reglas de ésta son las de la razón. según expuso Steele. de que el saber se ha hecho "en gran m edida mecánico". debe tener la libertad como condición para poder hacer. esas virtudes de la teneduría de libros que m uestran un balance en las columnas del haber en el mayor. EL SIGLO XVII 131 especialmente las restricciones de la movilidad de los trabajadores como perjudicial para la "clase de hom­ bres que llamamos empresarios. "Ninguna pretensión —escribió — puede ser más vana que la de creer que la teoría va a circunscribir y regir el comercio. Son la defensa del individualismo hecha sobre los m ás fundam entales de sus terrenos. Con esta filosofía alcanza su m adurez lo que el profesor Tawney llam a "el triunfo de las virtudes económi­ cas”. que N orth hizo resaltar. Pero por un mágico ju e ­ go de m anos el trabajo de Dios ha llegado a parecer una cuestión de fe privada y no de obra económica. como dijo Bunyan. que son muy útiles al público porque hacen progresar las manufacturas''.»« Los com erciantes tienen la sensación. Para h acer la obra de Dios sin duda ha de contar con la libertad. prudencia. debe dejársele que siga su propio curso. lo que significa economía. Si ha de ser. Igual que Fistol. no se observan mucho. Es el resultado del reconocimiento." Me­ dio siglo después ni el deán Tucker habría repudiado esos sentimientos. Esto es lo que puede verse en sus "cimientos visibles". Los hombres han alcanzado una ciencia de la naturaleza económica de las cosas independiente de la m uda­ ble naturaleza hum ana.

"El poder supremo —escribió— no puede des­ poseer a ningún hom bre de parte algima de su pro­ piedad sin consentim iento propio. Los com erciantes suizos tam bién lo exaltan. si bien las condiciones para su evolución eran m ás favorables que en parte alguna. Se ha encontrado la filosofía que les perm ite lim itar la reglam entación de acuerdo con la concepción que ellos tienen de la sabiduría de aquélla. después de un siglo de crisis continua. h a de ten er propiedad. En los Países Bajos cuenta con pedigree continuo desde el siglo xvi. cuyas m er­ cancías habían sido confiscadas. "Los progresos de los particulares —escribió Joseph Lee d u ran te la República«^— serán ganancia para el público. ésa es la recom pensa a su energía y laboriosidad. La propiedad privada existe por ley n atu ral en ese estado de naturaleza que la razón rige y a : el E stado surge para asegurar el derecho de algunos hombres a ella. Locke les edifica un E stado en el cual efectivam ente no habrá regula­ ción sin su propio consentimiento. Hemos de te n e r una noción como de terratenientes y com erciantes al de­ finir las condiciones de su prosperidad. en la cual ha de encontrarse la salvación nacional.” Podemos com­ p render bien cuán grata debió h ab er parecido esta doctrina a hombres ya convencidos de que el pobre sano era un vagabundo holgazán cuya pobreza re­ sultaba pecado y no desgracia. Y la ley que dan es la de la libertad. Se ha hecho un E stado en el que la propiedad es títu lo efectivo a la ciudadanía. que si sólo funciona p ara bendecir al afortunado. Locke. y. se ad­ vierten los principios de u n a reacción contra el . según lo h a señalado Pirenne.” Pero para ascender. E ste inten^encionismo no es un m ero fenómeno inglés aun en el siglo xvii. su propiedad debe e sta r a salvo de la invasión del Estado. la condición de la aventura social. E n la F ran cia de los últim os años de Luis XIV. 132 EL SIGLO XVII van a tra z ar el nuevo código de conducta. El a m o r a sí m ism o y el am o r social pueden equi­ p ararse en sem ejante mundo. no tenía duda de esa necesidad en el evangelio que legó al siglo xviii. y que había pasado diez años en espantoso destierro.

Todavía están dem asiado cerca de la nueva seguridad que les h a dado la m onarquía unificada para desafiar sus fundam entos. Los cimientos de una filosofía liberal han emergido por completo para su término. en u n a genera­ ción. evidencia el carác te r europeo de las nociones que hemos venido examinando. EL SIGLO XVII 133 colbertismo que pronto tom a proporciones significa­ tivas. estaba puesta la escena para las de­ m andas de libertad. Allí la resurrección del debate sobre la usLU'a. le abra el cam ino hacia los rangos nobiliaiios. Sobre el siglo xvii es necesaria u na palabra final. una generación después de la m u erte de Luis XIV están preparándose para un m undo nuevo. con el tran s­ curso de los años. Ape­ nas levanta u n a d u da esporádica la defensa de la libertad religiosa. Vauban y Boisguillebert comienzan a h acer propaganda contra la reglam entación excesiva. E stá implícito en la nue­ va a ctitu d hacia la caridad de Steele. si bien su im portancia principial pertenece a un periodo posterior. una vez que aquélla ha emergido.Los efectos devastado- i'es de la Revocación abren los ojos a los males de un estado positivo. endureció su corazón fren te al pobre. si bien de modo indirecto. Mas las conexiones de esa filoso­ fía con la clase propietaria.'-^. y de Defoe en la siguiente. son inequívocas. como én Inglaterra. Esto se ve no sólo en la desaparición del sis­ tem a de asistencia pública. Tiene las m ism as esperanzas. La seguridad es su ideal básico. Fénélon está por el libi'ecambio. En Francia. Sin embargo. Te­ nemos que leer sólo las páginas de S a v a r y » » para percibir en Francia al naciente honnête h o m m e del comercio con todas las características del burgués inglés. y es sintom ático del nuevo am biente el que Luis XIV. Creo que habría . tiene las m is­ m as ambiciones. No es exagerado decir que firm em ente. no se desafía ya con se­ riedad al racionalism o en ciencia y en filosofía. Ahí tam bién los hombres que se han hecho a sí m ism os tampoco quieren verse atados por reglas que am enazan su ascenso. El Estado secular se h a fundado a sí m ism o. y aquellos cuya seguridad está por encim a de todo son quienes se han abierto su propio camino.

Las libertades que busca son las liberta­ des que necesita. Debemos recordar al hablar de sus doc­ trinas dem ocráticas que la idea qué prevaleció no fue la de Lilburne o Winstanley. por la riqueza y sus derechos. una relación.134 EL SIGLO XVII escandalizado a un cristiano medieval leer en el Reli- gioits Tradesm an que los pobres no son víctim as de la desgracia. y asocia el m érito social a la conform idad con u n a ley que él ha mol­ deado para sus propios fines. El buen ciudadano e. El Estado está haciéndose una herm andad de los hombres de éxito. un creciente sentido en el Parlam ento y en los tribunales de que el nexo en tre amo y criado es p uram ente económico. en efecto. y en el fondo es ése también el ideal de L o c k e . mucho más frecuente es el sentido de h o rro r ante las dem andas excesivas de los tra b a ja ­ dores. Es el credo del fariseo que hace de las posesiones ex­ ternas la prueba del carácter. Los peligros contra los que deben tom arse precauciones son los que am enazan su segu­ ridad. no una sociedad que implique deberes sociales recíprocos. De la crisis m oral del siglo xvil emergió. Es el ideal de Ireton para quien el Estado es una sociedad de propietarios.®‘‘ Si tenemos un panegírico ocasional de los sa­ larios altos. Se reverencia el rango que dan el nacim iento y sus privilegios. pero acordado a las implica­ ciones de la religión del éxito. sus norm as deben hacerse para proteger las conse­ cuencias del éxito. la ley debe ser la que él concibe como necesaria.': el hom bre que ha logrado. o está logrando. No es ésa una religión que difiera profundam ente de una época a otra. un liberalism o. ^ 5 La incon­ form idad con la ingerencia es una inconform idad con las limitaciones sobre el derecho de propiedad a disponer a su antojo de lo suyo. o la que en los de­ bates sobre el ejército propugnó con pasión el coro­ nel Ramsborough. sino de sus hábitos de pereza y mal- dad. Esto es lo que en realidad impli­ ca la d erro ta de los "exaltados evangelistas” de la República. pero está siendo igualado por otro seme­ jan te. Hay una sospecha aún m ayor ante su esfuerzo por asociarse para la propia protección. la prosperidad. No es necesario que .

por consiguiente. el m anco y el ciego no participan de su propia visión. EL SIGLO XVII 135 neguemos su sinceridad. Volvieron a bixiñir el contenido del principio cristiano para d a r nueva autoridad a su entusiasmo. La filosofía. como la mayoría de los hombres la ten­ dría. Ni aun . invita luego a la libertad a quien se le niegan los medios para alcanzarla. carece de agudeza imaginativa para darse cuenta de que las relaciones de clase que ha for­ m ado hacen de ello una aventura imposible. creo. La admisión al bien común que or­ ganiza es siempre un ensayo en el modo condicional. podrán p articipar en los beneficios del Eslado que ha form ado. No percibían que estaban aprisionando la naturaleza hu m ana en cate­ gorías dem asiado estrechas para contenerla. estaban unidas a su servicio. por así decir. no sin n aturalidad dedu­ jeron que la carrera estaba abierta para el talentoso. y que fijar las norm as en su interés era también ha­ cerlas en interés del bien común. sus re­ glas de la propiedad comercia! no dejan al obrero industrial o tra cosa vendible que su trabajo. Vieron las grandes fortunas hechas por parvenus que aún el día anterior. En una palabra. Tiene ta n ta confianza en su propia energía y poder. Los hombres pueden conseguir tal prodigio si ya han probado su valía. No es difícil. La magia de la nueva riqueza que caía sobre ellos los tenía hipnotizados. les dice que si tam bién ellos llegan a ser hombres de posi­ ción. Tuvieron. Pero la pi-ueba es el logro de esa m ism a categoría social que por naturaleza del siste­ m a se le niega a la m ayoría de los hombres que la buscan. al censurar la estrechez de su visión. su universal es un particu lar tejido de una lógica especial que no percibe sus limitacio­ nes inherentes. Sus cer- cam ientos arran can al labrador de la tierra. aun la cicn- cia. no parecían ser cosa alguna. Es inca­ paz de trascender su propio medio ambiente. que no le es posible ver que el cojo. com prender su concepción. Habien­ do hecho de la desigualdad un artículo implícito de su fe. u n a m e n ^ ia d a idea de su significado. pero estam os justificados. Ellos surgieron en una época cuyas conquistas inmensas les daban títulos de orgullo. En efecto.

la nota principal es la conclusión de que quienes deben gobernar al país son quienes tienen bienes que defender en él. o como Bourdalone. Habían en­ contrado. este sentido. que como la C ám ara de los Lores tenía un derecho n a tu ra l y antiguo a im a jurisdicción su­ . hay. un sentido del rum bo en que se movían. En el debate p ara restablecer la C ám ara de los Lores (3 de febrero de 1657). eran. se nos dice®« que los "hom bres de la República convinieron y de­ m ostraron que debe cesar el efecto cuando desapare­ ce la cau sa." R ichard Harley. La noción de que por ley n atu ral inevitable el poder polí­ tico sigue a la fuerza económica era el eje de los escritos de H arrin g to n. que los hom bres no d udaron en conver­ tir en derecho el que determ inase la e s tm c tu r a del Estado. gente que defendía los moldes antiguos. según creían. Sólo en la época siguiente se reafirm ó la vieja verdad de que un hombre debe perderlo todo p ara g a n ar su propia alma. R ichard Overton. y aun cuando hay u n sabor liberal en bus proposiciones. un m étodo para reconciliar la ambición individual y el bien común. o fracasados como Lilburne y sus partidarios. "La sola a u to rid ad de su pre­ rrogativa —e s c r i b i ó — sólo resultó ser un poder artificial y precario. que escribía en 1710. no dudaba de que la causa de las guerras civiles era el cambio en la d istri­ bución de la riqueza." Tan profundo es. aun en esta inconsciencia. aunque era radical.136 EL SIGLO XVII sabían que el criterio con que juzgaban los objetivos hum anos estaba concebido esencialm ente en térm i­ nos económicos. que nadie h a de invadir o usurpar. incapaz de sostenerse contra el verdadero y n a tu ra l de la propiedad. Los hombres que dudaban de sus principios o que se oponían a ellos. Sin embargo. investido ahora en una parte tan grande en el pueblo. “A todo individuo en la n aturaleza —es­ cribió»«— se le da una propiedad individual por na­ tura. declaró su ardiente fe en un individualism o inviolable. em ­ pero. en efecto. D urante su prisión en Newgate. que era capaz de d errib ar cuanto tenía frente a él si encontraba m an era de m etodizar sus asuntos y se daba cuenta de su propia fuerza.

y. pobreza y riqueza ocupan en n uestra imaginación el lugar de culpa e inocencia. por lo tanto." La Revolución del siglo xvii no fue un ataque contra la institución del m onarca como tal.. Los hombres de propiedad deben tener un poder absoluto para "disponer de todo como les plaz­ ca". .®*’ Deben apoderarse del m ecanism o del Estado para lograr ese fin. Cuando lo hayan hecho. que e n tra en nuestro m ism o idioma. al decir que "el poder suprem o no puede quitar a hombre al­ guno p a rte alguna de su propiedad sin su consenti- miento". o m ás. EL SIGLO XVII 137 perior porque su propiedad era cinco o seis partes de toda la del país. pueden. como una propiedad de dis­ tinción.’<>0 Es bien claro qué enfático fue el vien­ to doctrinario que favoreció la form ación de la hipó­ tesis de Locke. decir cuando queremos ensalzar a las perso­ nas que son 'gente de condición’. no se les sacrificará ni al rey ni a la aristo­ cracia. en especial los que trabajan en f á b r i c a s " . "quienes sean súbditos in g le s e s . ya que la propor­ ción de su propiedad es noventa y nueve partes.. de cien. se enea- . ’ ®^ La inferencia de esta tesis apareció bien clara para Addison. La consideración a la fo rtu n a se ha apoderado de todas las m entes. Claro que el "interés del pueblo" es el del nego­ ciante. bendecir a Dios PQr su bondad que nos ha hecho propietarios abso­ lutos de lo que disfrutam os. Comprendía la actitud que hizo decir a John Houghton que "la m ayoría de los pobres son m uy m anirrotos y holgazanes. propusieron que. libertades y fincas no dependan ni estén su­ jetas al único aliento o voluntad a rb itraria de nuestro Soberano". "Es aquí en Ingla­ te rra —escribió en el Spectator'^^^—. quien resumió. y.. una genera­ ción después de la Revolución. . de m anera que nuestras vidas. no innovó. como a m enudo he lamentado. si ellos iban a tener otra cám ara.!0! Com partía la opinión de sus contempo­ ráneos de que los propietarios son los gobernadores naturales de la sociedad. ésta podría te n er tan­ ta fuerza obligatoria como conviniese al interés del pueblo". así es ahora m ás n atu ral que los Comunes tengan esa superioridad.

138 EL SIGLO XVII minó. las iglesias debían ser consideradas propiam ente como m eras asociacio­ nes voluntarias en las que el E stado sólo debería intervenir cuando afectasen al orden público. . a su vez. El precepto religioso no es ya válido contra sus prescrip­ ciones. "Las leyes pueden re­ gular el derecho de propiedad”. "las constituciones positivas d eterm in an ” la posesión de la tierra pero. Un orden social "na­ tu ra l” había empezado a en co n trar las instituciones que requería para d a r efecto a los propósitos que le eran inherentes. pues. "los resor­ tes de la propiedad estaban atados y se desenrollaron con tal fuerza que hundieron al g o b i e m o ” . como dijo D r y d e n . por lo tan­ to. H abía form ado todos los contornos de la civilización para un apetito de adquisición que no reconocía lím ite a sus pretensiones. La Igle­ sia había perdido.!®"^ au to rid ad y prestigio cuando se puso al lado de la Corona contra los negociantes. Porque los negociantes se rebelaron contra la in ter­ ferencia de sus oportunidades económicas. De acuerdo con esto la libertad se convirtió en la obligación del gobierno de abstenerse de aque­ llas interferencias con los derechos de propiedad que sus dueños pudieron resentir. la idea de que la propiedad podía ser controlada solam ente según ella consintiese en serlo. contra los reyes que se estim aba constituían "una traba para el com ercio”. como en Locke. según apuntó Locke. La idea de los derechos naturales significaba.i05 Se había desenvuelto una concepción de la n a tu ­ raleza cuya prem isa m ayor era la conveniencia de que las funciones del E stado se acordaran con la vo­ lun tad de los detentadores del poder económico. como Harley se daba cuenta. los propietarios h arán esas leyes.

III. EL SIGLO DE LAS LUCES

Francia es en el siglo xviii el centro creador del pen­
sam iento liberal. Los problemas a resolver exigían
ahi un esfuerzo mayor, así como la necesidad de
cambio era m ás honda. E n In g la te rra ya se había
conseguido una p a rte no pequeña del clima mental
necesario para una evolución liberal. Se había levan­
tado un arm azón de gobierno constitucional cuya
base, si bien era m ás estrecha de lo que sus ad m ira­
dores querían adm itir, ofrecía, con todo, oportuni­
dades m ucho mayores que las de cualquier pueblo
del Continente europeo. En los setenta años ante-
I riores a la Revolución francesa, el pensam iento polí-
r tico inglés apenas hizo algo m ás que desenvolver las
' inferencias de la filosofía de Locke. Puede decirse
con equidad que aun Adam Sm ith desarrolló magis­
tralm ente u na doctrina cuyos postulados ya existían
antes de su época. Hay novedad en B urke; pero la
nota v erdadera de su d octrina tenía un sentido con­
servador. Su preocupación era persuadir a su época
a que aceptase la finalidad del arreglo de la Revolu-
: ción; por eso empleó sus facultades extraordinarias
m ás en la protección que en la ampliación de sus
; consecuencias. Price y Priestley i hicieron poco más
que pedir el reconocim iento form al de un status para
j los no conform istas que en gran p arte iba implícito
en la conducta del E stado inglés. Prestaron obe-
' diencia a la vez a las revoluciones norteam ericana y
francesa; pero su esfuei’zo fue m ás un gesto retórico
que un indicio de novedad, al que no respondieron
con am plitud aquellos a quienes iba dirigido. El in-
] glés típico del siglo xviii, si nos es p erm itida una
paradoja, estaba en paz aun estando en guerra. Sentía
* que había pactado con el destino. Se interesaba en
los detalles, que no en los principios del sistem a
en que vivía. El compromiso de los w hig había abier­
to dentro de sus confines campo para la burguesía.
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140 EL SIGLO DE LAS LUCES
No fue necesario alterarlo hasta después de las gue­
rras napoleónicas.
Pero la Francia del siglo xviii es una sociedad de
fe rm e n ta ció n ; por eso es inagotable la presión de las
ideas nuevas, en cuyo nombre se retaba al ancien ré­
gim e. Todo el genio de aquel periodo estaba al lado
de lo nuevo; su concepción perm eaba aun a los que
perderían m ás con su victoria. El sistem a no podía
resistir el reto. A las nuevas ideas oponía una disci­
plina gastada, a cuyas sanciones destruía su asocia­
ción con la quiebra interior y la d erro ta en el exte­
rior. A la larga la m onarquía se vio obligada a pedir
consejo a la clase m edia; y el resultado fue su caída
al re h u sar las condiciones que ésta imponía. Se des­
cubrió, como en la In g laterra de la Revolución puri­
tana, que las instituciones tradicionales no pueden
d esarraigarse sin una conflagración. Ju sta m e n te como
H am pden y Pym engendraron a Lilburne y W instan­
ley, así M irabeau y Mounier, a su vez, originaron a
B abeuf y los enragés. Como Cromwell hizo posible
el nuevo equilibrio de la i'estauración, así Napo­
león hizo efectiva la transacción de la Carta. Como
1688 hizo una Ing laterra en la que la clase m edia esta­
bleció su derecho a una participación predom inante en
el gobiem o del Estado, así, después de una genera­
ción de conflicto apasionado, 1815 dio a La burguesía
francesa sus cartas de crédito. E n tretan to , se había
fundado en N orteam érica un E stado con la clase m e­
dia, si bien en circunstancias excepcionales.^ El uso
que hizo esa clase de un poder que elevó a un plano
universal fo rm a la historia del siglo xix.
No es, por supuesto, que la Revolución francesa
fuese un acontecim iento inesperado. Una generación
antes se predijo su advenim iento. La gente percibía
que estaba viviendo tiempos peligrosos. Fueron gra­
duales y acum ulativos los preparativos de la explo­
sión final. Un ataque concertado sobre todos los ele­
m entos de privilegio existentes en la com unidad lo
logró. En verdad que antes de 1789 no hubo esfuerzo
algtmo para a ta c a r d irectam ente el principio m o n ár­
quico; aun Robespierre era m onárquico cuando en­
tró en la Asamblea Nacional. Pero a la Iglesia se la

EL SIGLO DE LAS LUCES 141
disecó sin piedad. Su teología y su ética social fue­
ron sujetas a la crítica m ás cruel que jam ás haya
sufrido. Los derechos de la nobleza, el sistem a legal,
los hábitos de gobierno, la base económica de la so­
ciedad, todo esto se discutió de nuevo y, en gran
parte, partiendo del supuesto peligroso de que la
m ayoría de las tradiciones que representaban eran
nocivas. Es la época de la razón; y los filósofos usa­
ron el a rm a de la crítica racional para declarar que
la libertad es el bien y que la restricción, por su na­
turaleza, es el mal. De m a n e ra bien consciente tra­
taban de evadir todo lo que lim itase el derecho
de la personalidad individual a establecer sus propias
condiciones de vida. En esta ta re a no hubo form a
de esfuerzo que descuidaran; no hubo institución, por
. venerable que fuese, que no tra ta ra n de influir o in­
vadir. Con Turgot penetrai'on los medios guberna­
mentales. T ransform aron la Academia en un órgano
de propaganda. La novela y el teatro se hicieron
arm as de su ataque. Aquel salón, que en el siglo xvii
había enseñado a h ab lar el lenguaje de la cu ltu ra
pulida, fue, en el siglo xviil, instruido con ard o r en
los hábitos de la refo rm a social. El gobierno podía
en carcelar; u n a tem porada en la cárcel se convirtió
en pasaporte de distinción social. La Iglesia y la
Sorbona ya podían a tro n a r con sus condenaciones,
que en sus oyentes producían deleite irónico. Los
periodistas, los cronistas, aun los inform es de la po­
licía, nos descubren con ta n ta m ayor veracidad, a
causa de la inconsciencia de sus consecuencias, el
cuadro de u n a nueva sociedad que lucha por nacer.
Es u n a sociedad que rechaza los dogmas del pasado
porque tiene nuevas necesidades que aquéllos olvi­
dan, También es u n a sociedad, podemos obsei-varlo
a m edida que surge, que destroza la propia vieja
confianza de sus opositores. En tan to que en el si­
glo XVII eran confiados y pertinaces, en el xviil se
m ostraban dudosos y vacilantes. E n esta época no
hay arquitecto como Richelieu, ni aun como Mazari^
no, que pueda d a r al viejo régimen u na sensación
de dominio sobre sus súbditos; no puede ni encon­
tr a r u n Colbert que aporte la eficiencia a su servicio.

142 EL SIGLO DE LAS LUCES
Perece porque aun los hombres que la regían sabían
que SUS críticos tenían razón. Cuando Malesherbes
dio, como Director de Publicaciones, abrigo a aquella
Enciclopedia que simbolizaba la erosión del viejo or­
den, estaba reconociendo su im potencia ante la exi­
gencia de u na organización social nueva.
En efecto, no debemos pensar en los philosophes
como u n a sociedad organizada que com partiese un
cuerpo com ún de ideas integradas, ni debemos im a­
ginar que su influencia fuera de otro c arác te r que
esporádica. Lo que Voltaire deseaba difería en m u ­
cho de los ideales de Rousseau; y si hay una alianza
e n tre Turgot y los fisiócratas, hay tam bién distincio­
nes de im portancia que hacer en sus ideas. Tam ­
bién Holbach y Helvetius participan en m ucho de la
concepción volteriana; pero ni su program a ni su
m étodo coinciden con los suyos. Mably habría apro­
bado m ucho de lo que él deseaba; pero aquél tiene
u n a concepción que, en puntos im portantes, niega
todo lo que es vital en la filosofía de Voltaire. Por
añadidura, en u n sentido, la a ctitu d m ás notable del
siglo es la del abad M eslier; y m ientras que él se
h abría unido a los filósofos en su intento de derribar,
es cierto que habría combatido contra ellos tan apa­
sionadam ente como los bolcheviques com batieron
co n tra los socialdemócratas, en su inten to de reali-
zar.3 En la a ctitu d de ellos hacia In g laterra hay di­
ferencias de in terés; era una inspiración constante
p a ra V oltaire; para Rousseau y Holbach, m ás una
advertencia que un ejemplo. Y hay corrientes vitales
de pensam iento en el periodo; de Diderot en m eta­
física, por ejemplo, y de Linguet en teoría social, que
no podemos e n c a ja r en ningún plan n ítid am en te tra ­
zado. La época es de trem en d a confusión. Más bien
las personas se sienten descontentas, sin saber con
alguna coherencia lo que h a rá n acerca de su disgusto.
Saben que necesitan libertad; pero para que sirva
ésta y de qué lím ites h an de a rra n c a r sus principios
son asuntos de los que apenas puede decirse que ha­
yan resuelto algo.
Además de que a las nuevas ideas se opone resis­
tencia. La religión h a podido e sta r a la defensiva,

pocos años después de la Revolución. N. el abad Guénée. Una de las comedias de m ás éxito en su época fue ese ataque rudo a los nuevos ideales que Palissot iratituló Les Philosophes. Las m em orias del duque de Croy señalan un sentido igual.··* Si el teatro era popular. había m u­ chas otras como M adam e de Montbarey. Si ha­ bía descendido la superstición. nos hacen ver en qué poco la nueva doctrina podía afectar a u n a devoción simple. La m ayor parte de la literatu ra política que ha sobrevivido es la del partido victo­ rioso. Y entre los defensores hay hombres cuya habilidad y solvencia están por encim a de toda discusión. al­ gunas de las cuales eran m uy populares. considerándolas socialm ente peligrosas. pertenecen a la izquierda los nombres que co­ nocemos. Tendemos a olvidar que por cada ataque que los filósofos lanzaban. existía aún. Si había gran­ des dam as como M adame du Deffand.^ Bergier. para quienes el sentim iento religioso era desconocido.» Esto no es todo. que rechaza todas las nuevas ideas. Hombres como Rousseau y N ecker estaban orgullosos de defender la necesidad de una religión. Pero Lefèvre de Beauvray pudo publicar en 1770 su muy leído Dictionaire Social et Patriotique. EL SIGLO DE LAS LUCES 143 pero al menos se m u estra activa en defensa propia. Escritores como Gin y Dubuat-Nancay encuen tran un público grato a sus defensas del sis­ tem a m onárquico tradicional. no son nom ­ bres significantes los de Fréron. Libreros como Hardy. M adame du Deffand. . hay u n a docena de defensas. Moreau. y el re tra to de su padre pintado por Rétif de la Bretonne nos m uestra que la fe que inspiraba el sen­ tim iento contrarrevolucionario se extendía entre los campesinos acomodados. historiadores como J. y pudo escri­ bir que la libertad "conduce a la subversión de todo orden social”. cuya vida devota no habría avergonzado a un discípulo de Port- Royal. y el pre­ sidente H énault traducía u n a a ctitu d muy general cuando protestó contra las impiedades de Voltaire. había aún un auditorio num eroso ansioso de aplaudir los ataques tradicionales sobre su moralidad. el abogado Moreau. una fe vehem ente en los milagros.

Tenemos novelas que se burlan de los filósofos y otras que los elogian. E n tre los hom bres existe en todas . aquella visita final a París en 1778 pone el sello del triun fo a m edio siglo de labor. descuida m ás ardientem ente a su esposa. a quien he citado como símbolo de u n ideal m ás remoto."^ Los serm ones de la época están llenos de lam entaciones por el secu­ larism o de ésta. Los forjadores del li­ beralism o tenían que lu char por su victoria. E stá om nipresente en sus opositores mismos el testim onio del hecho de que va avanzando sobre su imperio. y del otro. a m edida que lee los libros nuevos con m ayor afán. por la razón signi­ ficativa —táctica perm anente del conservadurism o— de que ellos confundían la libertad con el libertinaje y la igualdad con la insolencia. tiene m om en­ tos en que la ambición le obliga a subordinar sus hábitos a un c arác te r mundano. los ricos no ven ya el peligro de su riqueza para la sal­ vación. por un gran público que aprobaba los procedim ientos antiguos. u n apetito sin lím ites por las cosas m un dan as h a sur­ gido en su lugar. A Voltaire. El apoyo m oral de las viejas instituciones e ideas se debilitaba.144 EL SIGLO DE LAS LUCES que llamó a Turgot un soí animal. Pero la lucha continúa siem pre en u n a atm ósfera que no d eja duda acerca del resultado. H a desaparecido la santidad de la pobreza. Pero tampoco la hay de la tenacidad con que lo viejo se defendía. no hay d ud a del interés por lo nuevo en pensam iento y cos­ tumbres. pues Rous­ seau está en la corriente central de la tradición pro­ testand o como protagonista de u n a religión del sen­ tim iento m ás que de una religión dogmática. No se respeta ya a la c arid ad . Es un apoyo indi­ recto a su causa aun la influencia co n traria de Rousseau h a sta después de la R evolución. term inó en una desilusión completa de los filósofos cuya concepción tanto había hecho por difundir. lo canoniza su propia generación. Pero p a ra darnos cuenta de la victoria del espíritu nuevo no necesitam os v alu ar el rango de los nom bres m a­ yores. por un lado. después de todo. ni que era sostenido a la vez por el riguroso brazo de la autoridad. Aquel duque de Croy. y se nos previene contra el tipo que.

"No hay negociante ni banquero —escribe uno de sus críticos 12 —. em plean tantos días y noches en buscar la riqueza. ni u n solo com erciante que no crea saber m ás acerca de la usu ra que todos los Santos Padres y teólogos del Universo. Sin embargo. M ientras les compañe el éxito. aunque sea un pú­ blico que no tiene acceso a sus libros. sus denuncias las hacen cora­ zón a medias. inm olan sobre el a lta r de su avaricia la carne y la sangre de los pobres. con todo. han hecho olvidar por completo a los hombres los títulos de la religión a reg ular su conducta. Según los co­ nocimientos. son hombres honrados y dignos que trabajan por el engrandecim iento del Es­ tado." Los negociantes . A tacarán a los usureros que. "que apenas tienen ocio para recordar que son cristianos". EL SIGLO DE LAS LUCES 145 partes una ambición insaciable que no les perm ite con­ form arse con la posición que les ha correspondido en la vida. la pasión por la comodidad. saben sólo lo que hallan en sus libros. inútiles del todo en cuestiones de negocios.» En la resurrección —que d a ta de la últim a parte del siglo XVII — del debate sobre la usura. éstos no entienden cosa alguna de nego­ cios. es evidente la m ism a admisión. su a ctitu d hacia el trab ajo es com pletam ente diferente de la que la Iglesia puede aprobar. Son incontables los volúmenes én que hombres de la Iglesia de capacidad y sabidu­ ría como Liger lo y H yacinthe de Gasquet tra ta rá n de probar que la prosperidad com ercial es inútil si se com pra con la obediencia a reglas que ponen en peligro la s 'a lm a s de los hombres. Los hom ­ bres ansian ta n to hacerse ricos —g m ñía el padre Croiset—. que aum entan sus sufrim ientos al tra b a ja r por la adquisición de ganancias en las que no tienen participación. Los negociantes pueden descuidar la ley evangélica. no les conmueve la condena­ ción de ésta del afán de ad q u irir dinero.« Los predicadores insisten en que el am or a la riqueza. según ellos dicen. N adie puede leer ahora sus indignadas condenaciones sin darse cuen­ ta de la convicción de estos m oralistas clericales de que e stán tra ta n d o con una generación perdida para su credo. Pero ellos saben que están argu m entan d o en vano. Aun d irán a la gente.

de . [hacerlo] sería subvertir to ­ das las clases sociales y d e ste rrar de sus procedi­ m ientos la libertad y el ininterrum pido m ovim iento de cambios en el que encuentra todo el m u ndo su especial b e n e f i c i o .. No era sutil ni refinada. Y lo que en este sentido es de im portancia es el hecho de que los filósofos habían previsto ya lo que la Iglesia se negaba a pro­ porcionar. un conflicto entre las exigencias de los negocios y las de la fe católica. por ejemplo.146 EL SIGLO DE LAS LUCES piensan así por una razón muy sencilla. rico y con hábitos de negociante. E ra el punto de vista del honnête h o m m e en su m ejor acepción.tolerancia religiosa. . como veremos. Quería una libertad que pudiera ponerse al servicio de estas cualidades. por esas libertades inglesas de expresión. S u visión era la filosofía del sentido com ún del hom ­ bre afortunado.. Admitía el valor de la frugalidad. La Iglesia rehusó acom odarse a esto. de la persona . Los negociantes necesitaban u n código m oral cuyas pres­ cripciones se originasen no en el conocim iento de­ ductivo de la escolástica medieval. “El c arác te r especial de m i fe religiosa —escribió el a uto r de JJ}m carta al arzobispo de Lyon i “*— no es cosechar la felicidad eter­ n a h asta que haya asegurado m i buena fo rtun a en este m undo. " ^3 Los m oralistas clericales. puesto que es imposible m a n te n er un orden social de contratos sin in te r é s . para h acer posible ese comercio que sostiene por lo menos un tercio de los habitantes del globo? P ara el burgués la contestación es obvia. Su entusiasm o. “Los teólo­ gos arguyen —escribió uno de ios defensores del nue­ vo orden— que los com erciantes debieran suspender todos los negocios que dependan de p ré sta m o s. por esta r él m ism o em peñado en gran­ des empresas. ." Existe. en resum en. de la p m d en cia y de la iniciativa. en efecto. ¿Es necesario el interés sobre el dinero —preguntan sus críticos—. No la adornaba con distincio­ nes finam ente tejidas. Estaba. fueron derrotados porque no podían contestar en definitiva u na pregunta concreta. satu­ ra d a de un respeto saludable por la propiedad. sino en los requi­ sitos adm itidos de la em presa comercial. E n verdad que el valor de V oltaire para el negociante fue en este aspecto inconmensurable.

aun en Alema- . eran tam bién las libertades que buscaba. era u n evangelio de la libex'tad civil. La religión se convirtió en un asunto privado entre el ciudadano y su dios o Iglesia en el caso de quienes tenían una posición. El siglo xviii consiguió una sepai'ación entre la religión y la moral que hizo diferente la sustancia de cada una para las distintas clases sociales. y de que se portasen bien en este mundo. En este aspecto. no sin razón. “En Ingla­ te rra —había escrito— la Bolsa aplica el térm ino de ‘infield’ sólo a los que quiebran. A esto añadió. por eso buscó todas las razones de por qué la esperanza de salvación fu tu ra debería prom eterse a condición de que fuesen pacíficos y duros para el trabajo. Y esto. EL SIGLO DE LAS LUCES 147 y la propiedad que garantizaba el proceso judicial. en la inteligencia de que se la m antuviera en su verdadero lugar. Prescribir la religión como m edio de h acer g u a rd a r el orden entre las m asas es en Voltaire m ism o parte de la concepción d escam ad a del hom bre de m u ndo que siempre fue. La clase m edia tomó de Voltaire lo que deseaba. tom aba para su descubrim iento. por supuesto. Equivale a decir que se dio cuenta perfecta de que los hom bres a quienes priva de la propiedad necesitan consuelo de alguna especie. en esencia. no se lim ita a Francia. Con esto quería decir dos cosas. en segundo. es algo m ás en hom bres como Barbier. No quiero decir con esto que el siglo xviii se hi­ ciera volteriano en m an era fu n dam en tal alguna. una verda­ dera devoción por la religión. Es lo m ism o en In g laterra y N orteam érica. que. En prim er lugar. y cuando no podía encontrar sus principios en los libros antiguos. no se pro­ puso perm itirle a la religión que intei-viniera en el im portante negocio de h acer fo rtu n a . se dejó p e n etrar por reglas utilitarias que tenían u na aplicabilidad diferente según la clase. a los nuevos. en el del pobre se hizo u n a institución con el contenido social de u n a necesidad para el orden público. como en los escritos de Necker.” is Ésa era la m ora­ lidad secular que requería la época. necesitaba que de sus principios subsistiera una san­ ción bastante a m a n te n er a la clase trabajadora en su propio lugar.

H annah JVlore y el obispo Watson. Descubrirá que el am biente n a tu ra l es el de la liber­ ta d que hizo rica a Inglaterra.148 EL SIGLO DE LAS LUCES nia. existe un saludable tem o r m otivado por aque­ llos a quienes Voltaire llam ó la “can alla” y B urke “la m u ltitu d porcina".!·^ Pueden leer en los econom istas cuánto sufre la sociedad por un sis­ te m a fiscal inadecuado. esa form a n a tu ra l les dará los principios que requiere la prosperidad comercial. Jonathan Edwai'ds. como Voltaire. E ra la m ism a clase de sociedad que anda­ ban buscando por senderos diversos. habrían entendido del todo a Voltaire. aun Kant. en los negocios o. la interferencia abusiva de cualquier clase. Y por una coincidencia singular. para decir lo que quiera . E ncontrarán hombres como D arigrand que arguyan que presta un pobre servicio al Estado la aristocracia que se m antien e alejada despectiva­ m e n te del c o m e r c i o . alguna clase de sistem a constitucional. Debe ser libre en asuntos religiosos. No. Hay la creencia de que puede descubrirse u n a form a n a tu ­ ral de gobiei'no que corresponda en la esfera social a las grandes leyes de Newton en la física. . Debiera ser libre la propiedad personal . ! o Oirán de Boncerf los incon­ venientes del privilegio federal. Pero debiera serlo para decir lo que u n grueso burgués. Debe vivir m ás dentro de la ley que bajo la discreción. ya ha pasado la época en que u n a persona sensata acepte la idea de que la persecución por asuntos de concien­ cia beneficie a alguien. Un hom bre debiera ser libre para c o m en tar los ne­ gocios públicos. lo que significará. son indeseables los impuestos a r­ bitrarios. está acostum brado a querer decir. y los sarcasm os de Vol­ ta ire y Galiani los consolarán si aquéllos les dicen de la prim acía de la ag ricu ltura sobre el comercio. Pero cuando los hom bres de negocios encontraron en las obras de los filósofos la nueva m o ralidad que buscaban. como la m ayoría de los escritores d irán con entusiasm o después de Montesquieu. en las letras. en verdad. no fue eso solam ente lo que allí descubrie­ ron. El am biente de la lite ra tu ra de la época es ex actam en te esa combinación de positivismo y escep­ ticism o que representaba su propia actitud.

la utilid ad de los privilegios aris­ tocráticos. con un entusiasm o que pueden apreciar. De ello aprenden las felices consecuencias del progreso de la razón. Una mu­ chacha tímida. la defensa de u n a m onarquía despótica. Franklin. y pueden com parar los entusiastas detalles de los ar­ . La Iglesia les habla de las glorias del otro m u n do . la reform a de los castigos salvajes de la época. el deseo de un código legal uniforme. el progreso de la ciencia y el comercio. por quien la buena sociedad fran ­ cesa es tan entusiasta. su íntim a co­ nexión con el bienestar m aterial. todo esto pueden encontrar. lo pro­ bará en ocho gm esos v o l ú m e n e s y aun el mismo rey se dignará aceptar u n ejem p lar de su obra. también que los objetivos de su editor son. Ven u na proporción nueva en las cosas cuando observan u n tratam iento apenas más que casual de famosas controversias confesionales. en mucho. H ombres como Brissot les dirán de una América en la cual la estratificación social de la vieja Europa carece de sentido y verán en Mr. ¿cómo es posible que soñasen para sí mismos la libertad de aquélla? Y colabora a su emancipación el escepticismo mis­ mo de los filósofos. Franklin. que en Francia lo nuevo es el despotismo. la va­ lía de gobiernos que no gobiernan demasiado. si bien con precaución. qué caras para la industria son sus fiestas y ayunos. El peligro de las asociaciones industriales. pero las seis ediciones de la Enciclopedia registran. Vol­ taire les m u estra cuán costoso es el sistem a m onás­ tico de la Iglesia. la encarnación de las virtudes de su buena burguesía. Y el fondo de estos escepticismos es siem pre la utilid ad racional. los suyos propios. la insistencia de que la reform a origina seguridad. aun. Ellos pondrán en duda la autori­ dad de la Iglesia. u n sistem a m oderno de pesas y medidas. que la libertad m ism a tiene una vieja tradición. M ademoiselle cíe Lezardiére. si bien en u n a edición abreviada. cómo es sabio vivir en esa socie­ dad en la que el hom bre puede cultivar su propio jardín. EL SIGLO DE LAS LUCES 149 Graves hombres de leyes excavarán viejos documentos para pobrar. Si van a la guerra en favor de la América de Mr. según la frase fam osa de M adame de Staël.

Busca la riqueza. lo m ism o a los ojos de Dios que a los del hombre". como el a utor de la Théorie de l’In térêt de VArgent nos d i c e . son en todos sus puntos un estím ulo para su iniciativa. tenem os indudablem ente un interés im portante que vio en la unión del trono y el a lta r una v erdadera b a rre ra para su progreso. la bancarrota. Se desecha la intolerancia como "una odiosa inju s­ ticia. la influencia de todo esto es más indi­ re c ta que inm ediata. tanto en sus aspectos prác­ ticos como en los teóricos. Se ataca al feudalism o de una m an era cabal. El hecho de que el comercio exterior de Francia se cuadruplicara entre 1715 y 1789 21 fue probablemen­ te menos im portante que el sentim iento general de que las instituciones y costum bres del sistem a estor­ baban u n a expansión m ayor todavía. 2 2 que "e n tre los capita­ listas del reino probablem ente alrededor de u n a te r­ c era parte no se atreven a em plear su capital y encam inarlo por los senderos del comercio". El burgués puede co nstru ir de ahí su ética social con sanciones que no dificulten sus objetivos. Su acierto se derivaba menos del influjo del argum ento m ism o que del am biente en que se esgrimía. m ien tras no interfieran con ellos. Una dirección central. la corrupción y el despotismo tienen consecuencias por sí mismos que hacen a los hombres desear la nove­ dad. percibe que la m oralidad que practican se edifica sobre postulados que. Más aú n . E n cuentran allí una gran libertad de la servidum bre del pasado.20 Sin duda. Si fuese verdad. Por doquiera se aceptan las verdades de la nueva economía política. Pudieron ver en la obra de Turgot. que los privilegios de una nobleza de terraten ientes estorbaba sus ambiciones. obstruccionaba en m ucho las posibilidades de progreso. Aprende de Voltaire que la persecu­ . y ve que u na aristocracia inactiva y una Iglesia bien do­ tad a no son menos ávidas que él en su búsqueda.150 EL SIGLO DE LAS LUCES tículos sobre m aquinaria con el superficial abandono de los principios religiosos. La intolerancia. como en la industria m inera. Fue fácil tran sp o rtar a la idea de propiedad lo que el filósofo dijo sobre la libertad de la conciencia y el pensamiento.

. la calidad desigual de los m ateriales en que trabaja. Y. "Los estatutos para regular los salarios y el precio del trabajo —escri­ bióos— son otro absurdo y un daño muy grande para el comercio. si aun esto fuera posible. . los grados diferentes de habilidad o rapidez del obrero. . el al­ quiler de casa. tam bién la bondad o defectuo­ sidad de la m ano de obra. . No es difícil com­ prender por qué. el estado de la m a­ nufactura. ¿por qué usted u otro cualquiera habrían de intervenir?” . Pues ¿para qué sirve un ciento de leyes reglam entarias. sin embargo. a menos que ellos mismos convengan en ello? Y si ellos convie­ nen. Su acti­ tud era en m ucho la que el deán Tuclcer expresaba en algunas palabras enfáticas. las diferencias de vivir en la ciudad o en el campo. ¿cómo puede usted obligar a tra b a jar al jo r­ nalero. Absurdo y descabellado debe parecer se­ g uram ente el que una tercera persona intente fijar el precio entre com prador y vendedor sin su m u tu o consentimiento. El Parla­ m ento se hizo cada vez m ás refractario a intervenir por medio de la reglam entación industrial. a saber. sino ¿cómo. En el siglo xviii la tendencia se convirte en un movimiento. . la dem anda o su estancam iento. etc. . Se le ofrece u n a nuevo ethos en el que puede en co n trar toda la prom esa de lo viejo. o el am o no quiere pagarlo? No sólo. frente a u na filosofía de constreñi­ m iento y o tra de em ancipación. II Ya he señalado el derivar hacia el laissez-faire en la Ing laterra de la R estauración. en el país o en el extranjero? . la b a ra tu ra o carestía de las provisiones. en efecto. debió haber hecho la elección que hizo. todavía existe una gran dificultad. o al dueño a que le dé trabajo. si el jornalero no quiere vender su trab ajo al precio estatuido. puede idearse u n a regla fija que sea ío bastante flexible para prever la abundancia o escasez de trabajo. con mucho de lo que lo viejo le ha prohibido. EL SIGLO DE LAS LUCES 151 ción h a enriquecido a los países vecinos a costa del suyo. la calefacción.

según ilustró a . de las primas. Si el sistem a de la libertad triunfa.154 EL SIGLO DE LAS LUCES m ás allá de un estrecho ámbito. de los monopolios. Parece decir que. obtenida la seguridad. Que cada hombre sea libre para que busque su propio interés como le plaz­ ca. Podemos. actú a usualm ente para privarle de los frutos de su trabajo. puesto que tiene entonces la certeza de recoger la m ayor recompensa. independientes de todas las instituciones positivas”. astuto y ladino. Una providencia m agnáni­ m a ha creado el orden n a tu ra l en el que el propietario está obligado. apenas hay necesidad de m ayo r acción política. Invade los derechos naturales del hombre. del derecho obrero. La mayoría de nosotros. que con su ingerencia. E stá en co ntra de las tarifas protectoras. las leyes de Navega­ ción. llam ado político” 3» concluye cuando nos ha dado paz exterior y orden interno. aparte de esto. conseguir m ejores resultados “con las reglas naturales de la justicia. Concede poca im ­ portancia a las diferencias entre los hom bres en cuan­ to a sus dotes naturales. por ejemplo— es el crítico decidido de la m a­ yoría de los reglam entos industriales en boga en su tiempo. Ve la ind u stria como una m asa de acciones que los indi­ viduos relacionan entre sí con éxito en tanto se cum ­ plan las prom esas y se prohiba la vio lencia. es el de proteger la actividad individual espontánea. En las relaciones hum anas hay una reciprocidad de provecho inherente. y cuanto m ás plena sea la competencia. al perseguir sus propios objetivos. La obra principal “de ese animal. É sta es inventada. Pues para producir tiene que cam biar. Para vivir debe satisfacer las necesi­ dades de otros. "que pretendem os com erciar para el bien público”. a n tin a tu ra l. conse­ guimos m uy poco con ello. a tra b a ja r por el bien común. es contraria al “sistem a sim ple”. de las combinaciones del capital o del trabajo. cada hom bre ten drá el incentivo m áxim o para trabajar. Pues toda ingerencia. ¿Cuál es el resultado efectivo? Adam Sm ith —con u n a o dos excepciones notables. y se alcanzará el bien social m áxim o atendiendo a sus asuntos privados. que destruirá la ingerencia. m ayor será el prove­ cho para ei público.

ha im plantado en los hom­ bres los seis motivos de sim patías. Cada lector sabía que se esforzaba en m e jo ra r su propia condición. no hay motivo justificado para desconfiar de los hábitos in­ dividuales. salvo cuando actúan colectivamente o presionan para conseguir privilegios especiales. Dijo al negociante que era un benefactor público. Quizá en un sentido es cierto decir que Adam Sm ith completa una evolución que fue continua des­ de la Reforma. Por la experiencia cotidiana sabía . Locke y su escuela sustituyeron al Príncipe con el P arlam ento como m ás adecuado para que los fines sociales perm earan aquéllas. pueden satisfacerse las necesidades hum anas en tan­ to el fraude y la violencia se castiguen y se salva­ guarde a la nación de la agresión exterior. tan m agistral era el resum en de hechos al alcance de la experiencia de todo hombre ilustrado. pi'opiedad. Ésta sustituyó a la Iglesia por el Príncipe como fuente de las norm as reguladoras de la conducta social. EL SIGLO DE LAS LUCES 155 duras penas con una riqueza de datos históricos. que parecía difícil rechazar las conclusiones sin negar la voz de la razón misma. En una palabra. propensión a p e rm u ta r y traficar. Apenas se requiere destacar el efecto que esta doc­ trina catisó entre los hombres de su generación. Alcanzada ésta. Concediendo —dijo— que la naturaleza. que se logra tanto m ás plenam ente cuanta m ayor sea la libertad en que se les deje. interés propio. en efecto. tan to m ayor sería el beneficio que pudiera h acer a sus sem ejantes. sólo ayudará a unos pocos privilegiados que engañan a la nación alegando una coincidencia entre su convenien­ cia privada y el bien público. En la obra ha­ bía ta n ta sagacidad práctica. hábito de trabajo tan cultivado que norm alm ente evita el exceso de producción y una propensión a ser libres. Adam Sm ith dio un paso m ás y añadió que. el verdadero propósito del gobierno es con­ seguir la seguridad bendita. y le hizo ver que cuanto menos se le constriñera en la per­ secución de su riqueza. no había necesidad de que el Parlam en­ to interviniese en absoluto. Hay una identidad de intereses entre las diversas clases sociales. con excepcio­ nes menores.

en la . Adam Sm ith. La m ayoría de SUS lectores sabía dem asiado bien la corrupción e ine­ ficacia de esos políticos a quienes describía con tal desprecio. y el Estado se convirtió en el in s tm m e n to con el cual se las aplicaría en los seten ta años siguientes a la práctica de su vida co­ tidiana. m im ado monopolista. El liberalis­ m o tiene ahora u n a misión económica plenam en­ te analizada. como en verdad para el m ism o Sm ith. Quizás se queje el obrero. un afecto real por el trab ajad o r sobrio. o m ás tarde. no está solo. si bien desplegaba cierta cautela acerca de la clase de los com erciantes. un desagrado auténtico por el ac­ cionista silencioso. y la razón era el a rm a con la que los hombres habían arrancado nuevas verda­ des de los errores inmensos del pasado. Y ahora descubre que para em plearlo con el fin m ás amplio no tiene otra tarea que obligarle a ten er de sus funciones el concepto m ás estrecho posible. No es un resum en injusto de La riqueza de las naciones el S ic w s rtoti vobis. El resultado general del libro fue a b ru m ad o ram ente en el sentido del kiissez-faire. u n sentido inseguro de que los lím ites de la ingerencia oficial eran menos fáciles de definir en térm inos concretos que en a b stra c to s . Adam Sm ith da c a rta de ciudadanía al negociante. Pero ha de posesionarse del E stado para libertarse. Para el siglo xviil la na­ turaleza. Ninguno de ellos ha visto el significado de esa m ajestuosa ley del progreso que nos dice que el m e jo r gobiemo es el que menos gobiema. adem ás de que dio a esa política el sostén de la autoridad de la naturaleza y de la razón. que él libertará a la hum anidad. Con Adam Sm ith las m á­ xim as prácticas de la iniciativa comercial alcanzaron el grado de u n a teología. Ver sus propios afanes elevados a la dig­ nidad de ley n atu ral era dotarlos de una fuerza im pulsora que jam ás había sido tan potente. era ese conjunto de fenómenos regulares sometidos a la ley por la ciencia. Dejad al negociante libertarse a sí mismo.156 EL SIGLO DE LAS LUCES también que la ingerencia gubernam ental estorbaba de continuo su esfuerzo para m ejorar. el agricultor. por supuesto. cosa que en gran m edida ha hecho ya.

luchaba para liberar al propetario de la carga de la regulación. pero innovadores con una tradición a sus espaldas. e. un resum en de una doctrina que muchos predecesores forjaron con las necesidades de su épo­ ca. Los fisiócratas eran innovadores.32 La filiación es m ás notable por dos razo­ nes. tenía el m ism o m ensaje que entregar. H um e apuntaba en el m ism o sentido. La base de su concepción. En prim er lugar.-'^i Sabemos por Sm ith mismo que Burke había llegado a un punto sim ilar del ca­ m ino. Cada uno estaba tratan d o de h acer del Estado no m ás que el intérprete de una ley n atu ral que podía. como veremos. era la m ism a en el fondo. había elementos en el pensam iento de Burke a los que aquél era ajeno. en verdad. así como los remedios que cada uno de ellos proponía eran muy diferentes. por lo tanto. Cada uno. deform ar. no hay duda de que sus ideas se originaron en completa independencia uno del otro. EL SIGLO DE LAS LUCES 157 historia del pensam iento social el gran hombre es siem pre lo que Em erson llam aba un hombre repre­ sentativo. in­ directam ente. aun cuando carecía del alcance e im aginación de Adam Smith. pero con percepción ra ra vez menos firm e. con tono más lógico y tan constante. De la m ism a m a­ nera que Adam Sm ith descendía d irectam ente de Locke y los tories librecam bistas del siglo xvii. sobre todo en su concepto de la significación del co­ mercio. y el deán Tuckei'. pero no me­ jorar. de la escuela del derecho natural de aquella época según la conformaban la filosofía y la ciencia. con todo. tenía su origen en !os errores. si bien es verdad que con m enor am plitud. Como la de Smith. La pene­ tración del fisiócrata era inferior a la de Smith. Pero n ada hace ver más claram ente el c arácter universal de Adam Sm ith que un análisis de la doctrina fisio- crática. en la corrup­ ción del Estado del siglo v x n i. aunque. así los fisiócratas pueden descubrir su ge­ nealogía d irecta en los neom ercantilistas de la ú lti­ . pero. Mas la Revolución que aj'udó a efectuar era de una naturaleza similar. se edificó para propósitos muy diferen­ tes de los que se proponía conseguir. a diferencia de la suya. Ambos proponían el liberalismo económico. incapacidades.

parten de la noción de un orden n atural cuyo parentesco con el "simple sistem a de libertad n a tural" es profundo. su diario de fe en las Ephém érides. Su preocupación fue la de separar ese plan de las confu- ciones a través de las cuales los conceptos artificia­ les de los hombres lo habían tenido oculto. Se imaginaban. En Quesnay tenían su profeta. como él. que hay en el hombre un impulso in­ h eren te a perseguir su felicidad. sus misioneros en hombres como B audeau. en los cartesianos que dieron a la idea de la ley un significado tan diferente del de sus predecesores m e­ dievales. Presupo­ nen. La obe­ diencia a la ley de la naturaleza h u m ana le era dada por el c arácter del universo de que form aba parte.por los aspectos técnicos de su doctrina que por las consecuencias generales de ella. aun sus estadistas afi­ liados en hombres como Turgot. En esto. su credo en el Tablean Qlconomiqiie. y hay una justificación verdadera para ello. Creían que la felicidad de éstos quedaría asegurada si pu­ diera organizarse el gobiemo de m anera que la fuerza de la ley respaldase los principios del m ism o plan. Aquí m e intereso menos . h acer en cuestiones de constitución social lo que los grandes científicos del siglo xvii habían he­ cho en el universo físico. Ofrecían a los hombres de Estado un código de conducta que evadían a su riesgo.. y la indirecta. sus apóstoles inspirados en Mi­ rabeau y M ercier de la Rivière. pues la obediencia a ellos de parte del gobierno o de los súbditos era necesaria al buen vivir. "Reconocer las leyes prim arias y únicas fun­ dadas en la n aturaleza m ism a —dijo Turgot en su Eloge de G o u rn a y'^ —. su Sumiría en el Ordre Esseniiel del segundo. en efecto. percibir la dependencia recíproca del c o .158 EL SIGLO DE LAS LUCES ma parte del reinado de Luis XIV. Con frecuencia se les ha com parado a una secta religiosa. sus órganos de propaganda en las sociedades agríco­ las y academ ias provinciales. por las cuales todos los valo­ res en comercio se equilibran y fijan en un valor de­ fin itiv o . No dudaban de que estos principios eran eternos e inm utables como los de la física. como Adam Sm ith.. y un orden en el plan de las cosas que da norm as para su alcance.

. "la perfección de la econom ía”. y las leyes naturales m ás ventajosas para el hombre unido en una sociedad”. . Debe discernir entre los fenómenos ciertas conexiones inherentes y perm a­ nentes. frugalidad y prudencia. por necesidad. fueron los protago­ nistas del despotismo ilustrado. Es el vasallo de leyes que se le imponen por la san­ ción de la naturaleza m ism a. esto es ver la cuestión con ojos de estadista y filósofo. el orden n atural de la sociedad.” El gobernante. Los fisiócratas. Desde luego advirtam os la aspiración m aterial y uti­ litaria del plan. como dijo Q u e s n a y . . y sólo escapamos a sus consecuencias rebajando la felicidad que su acep­ tación nos perm ite asegurar. Su prem isa más im portante es el propio interés. su derecho a las cosas que asegu- . su cercana conexión con leyes.. Su base es el panegírico de las virtudes típicas del burgués. cuando se revela. ¿Cuál era el objeto de los fisiócratas? Ofrecían. Su propósito. han de vivir los hombres. que establece con claridad los derechos naturales del hombre. como sabemos. esto es. m orales y todos los negocios del gobier­ no.35 era "conseguir el m ayor increm ento posible de goces con la m ayor dism inución posible de gastos". la soberanía pertenece al plan. no en el sentido arbitra­ rio de que sus preceptos nazcan de los caprichos posiblemente equivocados de u n a asamblea legisla­ tiva. Salirse de los límites de la acción que las m ismas trazan es aca rre a r la desgracia a su piieblo. De ellas debe ded u cir reglas bajo cuyo im­ perio. En una palabra. nos obliga a todos. EL SIGLO DE LAS LUCES 159 mercio y de la agricu’t u r a . En efecto. en efecto. dijo Dupont de N e m o u r s . lo es menos al h acer la ley que al declararla. Ase- gtu-a la felicidad de sus súbditos imponiéndoselas. el derecho del hom bre a realizar lo que le sea m ás ventajoso. todo buen gobierno es constitucional. 3^ “un cuerpo de doctrina definido y completo. Le interesa una recompensa te rre ­ nal e inm ediata del trabajo. sino en eJ mucho más profundo de que son el resultado necesario del plan de la naturaleza que. Pero importa darse cuenta de que para ellos el déspota no es un amo arbitrario que puede a ctu a r como le dicte su capricho.

aun a u na especie de consejo de propietarios que asesorase al gobierno. E sta investigación nos perm ite u sar nu estras facultades con objeto de saber lo que nos beneficia. Esto los condujo a p re s ta r apoyo al program a de Turgot. Que el propietario y el agricultor sean libres. Pero ia esencia de su plan es la exigencia de la liber­ ta d contractual. No necesitam os dis­ c u tir las falacias de este criterio. en efecto— la política de reglam entación. Tenemos que obedecerla bajo pena de m i­ seria o aun de m uerte. Es m ás im portante . la aprobación desigual es m era obediencia a sus m andatos. de ese plan de tributación que hace recaer los gastos del gobierno sobre los hombros de los propietarios. de la necesidad (no del todo lógica) de la seguridad absoluta de los derechos de propiedad. y la abundancia te n d rá que ser el resultado.160 EL SIGLO DE LAS LUCES rail su satisfacción. que aprendemos por la inves­ tigación que hagan en la n aturaleza de las cosas la investigación de la razón y del propio interés. Debemos seguir sus descubrimientos en el cam po social lo m ism o que tenemos que seguirlos en el m undo físi­ co. Esto ta m ­ bién los llevó a defender tan enérgicam ente el tra ta ­ do com ercial anglofrancés de 1786.3« La prem isa m ay o r de su pensam iento era la afirm ación de que el m ercantilism o significaba escasez artificial. Para obedecerla debemos conocer sus m andatos. De la percepción así ganada. y a rem over las restricciones internas al com ercio francés de granos. Abolid —decían. La in­ gerencia gubernam ental arruinaba la ag ricu ltu ra en interés de clases privilegiadas que no contribuían en nada a la riqueza nacional. Estos derechos se derivan de la “imperiosa necesidad” de la ley de propia conser­ vación. Nada tendrán que h acer con las teo­ rías ig iialitarias: como las capacidades desiguales de los hombres están en la naturaleza. la soberanía y la propiedad privada de la tierra se identifican con los fisiócratas. aprendem os la ne­ cesidad del librecambio. E staban dispuestos a la intervención estatal en beneficio de la educación y de los pobres. y conseguirán la arm onía social perm itiéndoseles seguir los d icta­ dos de su propia conveniencia. En resum en.

es benévola y liberal. Aun su falta de entusiasm o por el comercio se compensaba con exceso al hacer hinca­ pié en el daño de su reglam entación. tam ­ bién. Es fácil ver el cuadro general fisiocrático en el re tra to idealizado de la Francia del siglo xvii. si eran criados. su abundancia será. norm as. y pues­ to que ai dedicarse a sus intereses propios trab aja para la nación. esto es. una intromisión contra la abundancia cuyo bien sería la escasez. la persecu­ ción del propio interés por un propietario razonable. sus intereses estaban incluidos en los de sus amos. En ella vieron la concesión del privilegio. EL SIGLO DE LAS LUCES 161 h acer re salta r el hecho de que lo que les interesa es trazar un program a cuyo efecto es condenar la polí­ tica social de Luis XV como contraria al derecho natural. C oncordantem ente. excepto cuando t»-abajaban en la agricultura. y cada agri­ cultor conociera los. Ellos form aban la m ayor par­ te de la clase "estéril". últim os adelantos de la agricül- . m ien tras que el derecho n atu ral. en tanto que puede decirse que Adam Sm ith ha hecho una para com erciantes. Si eran trabajadores m anuales. Por supuesto que es una filosofía para pro­ pietarios. la pros­ peridad de ésta. Busca red ucir al m ínim o el ám bito de la ley positiva por corrompida. también. T rata de de­ m o stra r que si el propietario es libre para perseguir su propio interés. Pero toda la clase trabajadora no entra en las consideraciones de Quesnay y sus discípulos como un elem ento activo y consciente del Estado. que los beneficiaban aun cuando no agregasen n ada al acerv'o común. No es injusto decir que los fisiócratas no pensaban para nada en las clases más pobres. de la que unos pocos conseguirían beneficios en detrim ento de la verdadera prosperidad. sólo transform aban m ateriales que el productor agrícola proporcionaba. ta n ta m ayor será la abundancia que produzca. cuyas disposiciones estaban reguladas por norm as que su concepción no podía a lte ra r. por necesidad trab ajará por el bien comiin. caprichosa y equivocada. cómo habría sido si cada terraten ien te hubiera poseído un alto sentido de las obligaciones sociales. arguye que cuanto m ás libre de restricciones está el propietario.

engendrados de hábitos adm inistrativos cu­ yos resultados eran tan devastadores para los intere­ ses agrarios. N acía de la idea de que el m ercantilism o estaba conduciendo 'a la ruina un sistem a al que po­ dría hacerse florecer con facilidad. Su fracaso se debió a la inhabilidad para ver lo que Adam Sm ith y Turgot habían percibido y a : el feu­ dalism o se estaba convirtiendo en capitalismo. nodriza de la corrupción y del privilegio. Fracasaron en su objetivo inmediato. También en parte se originó por el tem or efectivo al comercio y a las finanzas como cau­ sa de la inflación. considerado como sustancia. En parte. también. Destaca m ás el interés de la tierra que el de la industria y comercio sim plem ente porque Francia era todavía un E stado sem ifeudal en el cual la im portancia de la prim era pesaba m ás que en Inglaterra. "El dinero. ansiaba más im poner su fe que arriesgar su abandono después del debate. La penetración de Turgot es notable en todos los casos. Pedíanle que cambiase el privilegio por la oportunidad. y la teoría económica. P artió de este punto p ara a ta c a r el fu n dam ento todo de la actitu d escolástica h a cia el dinero. En parte. el entu­ siasm o de sus preopinantes. su tesis de la propiedad como soberana encajaba bien en el am biente feudal del que nació. Percibió la diferencia en tre el fondo de capital y el flujo de bienes de pro­ ducción. Por m uchas ra ­ zones es hostil a la democracia. Ofrecían a la clase directora de su época una oportunidad de reform a sobre la base de que la libertad es la ley de la vida.37 Vio la función de la oferta y la dem anda como d e term in an te del precio. no podía confinar su atención a la tierra. física. como m asa de m etal —escri­ . Vio con insuperable cla­ ridad la n aturaleza del interés en una sociedad ca- pitalista. pero fueron un elem ento esencial para h a ce r de los principios del liberalismo u na p arte del acervo de su generación. Argüían que para hacerlos ricos era necesario elevar el nivel de vida de todo el pueblo. en consecuencia. como a m enudo sucede con los misioneros de u n evangelio.162 EL SIGLO DE LAS LUCES tura científica. capacitándolo así para com prender la dis­ tinción entre el ahorro y la inversión.

al préstam o de dinero y a la agricultura. la persona que lo presta no sólo cede la posesión estéril de ese dinero. en su opinión.^® Lo que infería de esto es la obligación del E stad o de rem over todas las cargas y restricciones. era. el jo rn alero fuera considerado en términos que presagian la Revolución industrial. que no tiene m ás que vender que su trabajo . a quien pagan ren ta todas las demás clases de la comunidad. reciben un pago que es la recompensa proporcionada a sus servicios. De la consideración del efecto de estas reglas. deduce que "no existe otra renta disponible verdadera en un estado que el pro­ ducto neto de las tie rra s'’.'“’ Las otras clases. así. La consecuencia de sus teorías. obtiene u na ren ta cuyo origen es la posesión de recursos a los que nada añade. en su explicación sobre los servi­ cios que a la sociedad presta cada una de las clases . Los terratenientes son "la clase única de propietarios a quien puede emplearse en las necesidades generales de la sociedad. manufac> tureras y comerciales. Había que hacerlas recaer sobre el terrateniente. produce u n a ganancia positiva. Por lo tanto. ech ar la carga de la tributación sobre la aristocracia de su época. pero el dinero empleado en form a de anticipos a em presas agrícolas.sociales. y aquél prefiere . Ni deja de tener im portancia el que. como tal. por eso no puede consi dei'arse como injusto el interés que le indemniza por esa priva­ ción. en un sentido más am ­ plio que el de los fisiócratas. a la industria y al comercio. quien le paga lo me­ nos posible. como lo fue la de su vida. Tra­ taba de liberar al cultivador y al industrial de la re­ glam entación y el privilegio. porque la necesidad de su subsistencia no les ata a un tra­ bajo d eterm in ado ”. fija los salarios del jornalero. Con dinero se puede com prar una finca y así procu­ rarse una renta. en especial las tributarias. EL SIGLO DE LAS LUCES 163 bió38—^ no produce n a d a." Su concepto de la productividad marginal le perm itió m o strar cómo el capitalista ayuda a la so­ ciedad au m en tan d o el acervo de ahorros y reducien­ do así el tipo de interés. se priva del beneficio de la re n ta que habría podido pro­ cu rai'se con é l . Escribió "El contrato con el cultivador. el terrateniente.

Logramos lo m ejo r de ambos m undos si conseguimos eso. No es ésa una descripción m ala de sus aspiraciones. el cum plim iento de los contratos hechos voluntariam en­ te y un gobiemo parsimonioso.sica. por consiguiente. Déjesele. Notemos que la idea de libertad es su fundam ento. es­ tam os ahora en la de la ciencia. tra ­ zar las norm as de su conducta personal. Hemos pasado. es todo lo que im porta según el principio de la identidad de los intereses. como insistió Turgot. Concedida la liber­ . Por la competencia que uno hace al otro. Que cada hom bre cuide de sí mismo. El nuevo cre­ do dice que un gobierno puede hacerlo m e jo r cuando reprim e su mano. El orden. éstos se ven obligados a b a ja r el precio.” Jam es Mill d e c í a ^2 que "el objeto de los fisiócra­ tas era tra n sfo rm a r la sociedad sin una revolución. así ocurre. como dijo Adam Sm ith. que los salarios del tra b a jad o r tengan como lím ite lo que le es in­ dispensable para procurarse su subsistencia. sólo puede prosperar. las épocas religiosa y metafí. y.1Ó4 EL SIGLO DE LAS LUCES al que lo hace m ás barato. Quizá haya males en el m u nd o. puesto que los intereses de todas las clases son iguales e idénticos. En cualquier clase de trabajo no puede d ejar de suceder. en consecuencia. parapetándose en un núm ero corto de principios sim ples”. Contamos con las norm as provindenciales del estado de naturaleza. y también con los beneficios de u n a civilización progresista. encontram os una prueba muy convincente de esto en los resultados que natural y necesariam ente produce la plenitud de la libertad que debe prevalecer en el com ercio si no ha de dañarse a la propiedad”. La nación. mas el poder del gobierno para corregirlos es pequeño com parado con la influencia soberana de la n atu rale­ za.'*^ La condenación del intervencionism o es final. M ercier de la Rivière e s c r i b i ó o s que "la esencia del orden es que el interés p a rtic u la r nunca debiera a d m itir el separársele del interés com ún. de hecho. sobre todo en asuntos de intercam bio comercial. pues él sabe m ejor que ningún gobierno lo que es superior para su propia conveniencia. "en el régimen exacto de la liber­ tad y la ju sticia p e r f e c t a s ” . ya que puede elegir en tre gran núm ero de trabajadores.

Conducen a la evasión y. en el camino de obtener dinero.‘5 B entham se ocupa poco del argum ento contrario al suyo. tanto para beneficiar a otros como a sí mismos. según Adam S m ith ha indicado. o nace de las ideas equivocadas de Aristóteles de que el dinero es estéril. Pasa a señalar el daño que causan las leyes sobre la usura. dos años antes de la convocatoria de los Estados Generales. que las plañideras y adivinadoras de la Edad Media desem­ . según él crea m e jo r. Una referencia a la Defensa o f Usury de Bentham puede re m a ta r bien la concepción que he tratado de resum ir. O bien es resulta­ do del principio teológico co ntra la riqueza como tal. que a "ningún hom­ bre entrado en años y de m ente sólida. EL SIGLO DE LAS LUCES 165 tad. la segunda es errónea porque el dinero representa el uso de fuerzas n aturales fértiles. por con­ siguiente. Le preocupa d em o strar que sus principios debieran extenderse tam bién al comercio de dinero. alim entan el desprecio a la ley. Un uso equivocado del idio­ m a crea una m ala reputación a un servicio público valioso. Violan la m áxim a de que el hombre es el m ejor juez de sus propios intereses. actuando li­ brem ente y con sus ojos abiertos. por la connotación desfavorable de las palabras que se usan para describirlos. que han pospuesto el consumo presente por el futuro. La p rim era sólo es una vieja superstición. de la misma m anera. su prem i­ sa m ayor completa la evolución que hemos estado exa­ minando. B entham adm ite en seguida que es desea­ ble esa libertad general del comercio. Publicada en el año 1787. Tan sólo condenan a una "clase de hom­ bres perfectam ente inocentes y aun m e r i t o r i o s ” . Fuerzan al individuo a vender en condicio­ nes desventajosas. podemos suponer que de un modo natural el progreso moral e intelectual irá detrás del progreso científico. al h acer tal transacción. Se les condena exactam ente como a los visionarios. debiera ponérsele dificultades con m iras a su provecho. ni (lo que es una consecuencia nece­ saria) impedirle a nadie que se lo sum inistrare en cualesquiera condiciones que el prim ero crea apro­ piadas para acceder a ello”. En efecto.

son un estado de coacción. tan sólo con que los ladrones y asesinos sigan siendo aprehendidos”. la nación prosperaba a m edida que se la removía o se p erm itía su insubsistencia por incumplimiento. apuntaba en la dirección de los economistas. como M orellet expuso felizmente.^® Tenemos derecho al optim ism o en cuanto al resultado si adm itim os la identidad de in­ tereses. la función del E stado es c re a r para los propietarios condiciones de seguridad. del interés siniestro. tantos m ás beneficios conseguirá la sociedad de sus esfuerzos. de la ignorancia popular. Cuanto m ás libres sean para ejerce r su comercio. "la libertad de conciencia en el com ercio”. es el resultado de nuestras virtu­ des. Es difícil im aginar que hubiera podido concebirse otro credo que encajara m e jo r en el clim a m ental de la época. así el usurero y el visionario hacen posible algunos pro­ gresos sociales valiosos. se aba­ tirá la fuerza que la coiTupción y la ignorancia tienen p ara do m in ar la v irtu d y el saber. Las vir­ tudes h u m an as ten drán su oportunidad m e jo r si m an ­ tenem os las funciones gubernam entales den tro de los lím ites m ás estrechos. La legislación restric­ tiva inhibía sin duda la producción de riqueza. Necesitamos. y las restricciones. protector de B entham — lo resum e todo con precisión. Cualquiera otra intervención es el resultado. Re­ cibirán estím ulo la em presa y la iniciativa. al menos h a sta donde los hom bres de éxito lo expresaban. como Paine debía decir.j 66 e l s ig lo de la s lu c e s peñaron como interm ediarios un papel útil. como las leyes contra la brujería. Aun quienes se horrorizaban ante el fracaso del sistem a colonial por la pérdida de América. el gobierno lo es de n u estra m aldad. y todo está tra n ­ quilo. Toda su experiencia. Los hombres se d arán cu en ta de sus derechos naturales. al escribir:-ts "Porque la libertad es la condición natural. recordé­ moslo.·*^ Una carta de Morellet a Shelburne —éste. por lo contra­ rio. devolviéndola todo vuelve a recobrar su propio lugar. La sociedad. A los individuos puede dejarse todo el resto. puesto que en u na situación de libertad cada uno obtendrá el fru to de su propio trabajo. aprendieron pron­ . Beali possidentes.

EL SIGLO DE LAS LUCES 167
to la verdad de la observación del deán Tucker de
que, después de la emancipación, las colonias estarían
tan dispuestas como antes a co m p rar en el mercado
m ás barato y a vender en el m ás caro; el consejo
de B entham a la legislatura francesa para que em an­
cipase sus colonias parecía no menos el fruto de su
experiencia práctica que el de la doctrina teórica.
Toda reform a que tendiese a la aceptación del laissez-
iaire parecía en este periodo u na liberación de las
fuerzas productoras. El increm ento subsecuente de la
población parecía, al menos hasta la época de Mal­
thus, una prueba adicional de que el liberalismo eco­
nómico estaba bien fundado. Toda excepción a éste
fue vista como una concesión a ese "prejuicio popu­
la r” que, como Adam Sm ith hacía observar, es parte
d.el precio que el gobierno debe pagar "para conser­
var la tranquilidad pública”.·'·*’ Concedida esa conser­
vación, el negociante apenas podía d u d a r de que los
economistas tenían razón. Éstos darían a la doc­
trina, en los años siguientes, el rango de ima ortodoxia
religiosa.
Nos es fácil ver sus imperfecciones a siglo y medio
de distancia. En efecto, es m ás lim itada de lo que
se cree su concepción de la ciudadanía, pues sus pos­
tulados todos dan por supuesto que el individuo obje­
to de preocupación es una persona de posición en el
país. La libertad contractual que elogia no toma en
cuenta la igualdad en la fuerza de contratación. Su
fusión del interés propio con el bien social ignora
por completo el punto de partid a de los hombres, el
precio que tienen que pagar cuando ocupan las capas
inferiores. El gi'ado en que la "tranquilidad pública"
era vista, como lo sabía aún el mismo Sm ith, como
la simple protección de la propiedad contra la presta­
ción de cualquier obligación pública, natu ralm ente
afectaba a la clase m edia menos que a cualquiera
otra porción de la población. El hecho es que, con­
cedidos estos supuestos, el liberalismo económico
era una doctrina al servicio de una parte pequeña
de la comunidad. El obrero industrial y el jornalero
sin tie rra pagaban el costo de su aplicación, pues en
gran parte eran im potentes ante la nueva dispensa-

168 EL SIGLO ÜE LAS LUCES
ción por prohibírseles asociarse, carentes en su mayo­
ría del derecho de voto y sujetos a tribunales que
consideraban la protección de la propiedad burguesa
como el fin principal de la vida.si
No debemos d u d ar ni de la sinceridad de los eco­
nom istas en su entusiasm o por la libertad, ni de la
buena fe de los hombres, en los negocios o en la polí­
tica, que llevaron a térm ino sus conclusiones. Tam ­
poco necesitam os du d ar de que en el periodo de la
expansión capitalista la libertad dio m ejores resul­
tados que los conseguidos con el sistem a de regla­
mentación. Mas subsiste el hecho de que los benefi­
cios del sistem a no se destribuyeron con equidad. El
crecer del socialismo no es el único com entario de sus
lim itaciones; lo es también el que, tan pronto como
se consiguió la emancipación, se sintiera la necesidad
de un nuevo intervencionismo en nombre de un hu­
m an itarism o obvio. Los negocios mismos se rebe­
laron contra las consecuencias de sus propias doctri­
nas al ver el resultado del trabajo infantil, los pueblos
sórdidos e insalubres que crearon esa concepción de
libertad que, como T. H. Green dijo, dio al callejero
m al alim entado a elegir entre una taberna y otra.
No sólo en Shelley y Byron y Hood, en Dickens y
Kingsley y la señora Gaskell podemos h a lla r lo que
la nueva libertad significaba cuando la burguesía era
dueña del Estado, sino en un centen ar de docum entos
oficiales compilados por hombres que describían con
estricta im parcialidad lo que veían.^s Es bien cierto
que el liberalismo económico rompió las cadenas
de la servidum bre estatal que aherrojaban a la clase
m edia; pero no lo es menos que la consecuencia ne­
cesaria de su aceptación fue que los hom bres así
libertados las rem acharan sobre los trabajadores que
les habían ayudado a conseguir la libertad.

III

El gran m an an tial de la filosofía política inglesa es
E d m u n d B urke; pues fue él, m ás que ningún otro
pensador, quien dio al bosquejo metafisico de la tea·

nL SIGLO DE LAS LUCES 169
ría de Locke sobre el Estado el contenido sólido que
ha poseído hasta nuestros propios días. La base utili­
ta ria del credo de B urke contenía elem entos capaces
de una interpretación liberal, si bien su tono funda­
m ental era conservador. Lo vital en su visión lo es
hoy tanto como cuando lo expuso por la prim era vez.
Es, como se ha indicado con acierto, el fundador
verdadero del tercer Imperio británico, pues legisló
para la posteridad al defender de la tributación a las
colonias norteam ericanas y al Im perio indio de la ti­
ranía. Fue la p rim era persona que dio al sistema
inglés de partidos su carta de ciudadanía plena; la
admisión de que el gobierno por partidos es el prin­
cipio esencial de un sistem a constitucional represen­
tativo no ha sido discutida desde ese día hasta
nuestro tiempo, salvo por quienes quieren abandonar
sus fundam entos. Su crítica de la Revolución fran­
cesa —en sustancia todavía la más sensata que te­
nemos— es la base sobre la cual la gente ha atacado
en nuestros propios días el experimento luso. Su
criterio de la relación del derecho n atu ral con la
viabilidad; su teoría del gobierno como un fideico­
m iso; su insistencia en el peligro de sacrificar la
vida a la lógica; su insistencia en la prescripción y
propiedad como definidores de los contornos efectivos
del E stado; su "disposición a presei-var y la habi­
lidad para m ejorar", como criterio del gobierno del
E stad o; todo esto se ha introducido en el pensamien­
to de los ingleses en tal grado, que es difícil sobres-
timarlo. Por lo menos hasta ahora, poca filosofía
política hay en este país que no lleve sobre su faz
la m arca consciente o inconsciente de su mentali-
dad.'’53 El B urke esencial es, sin duda, un hombre
grande y generoso cuyos m anantiales de compasión
eran tan anchos como profundos. Empero, para en­
ten der del todo el tra ta m ie n to que dio a sus pi'oble-
mas, tenem os que v alu ar de algún modo lo que hizo
con la herencia que recibió. Para hacerlo, debemos
recordar que las ideas de l,ocke fueron la esencia de
ese legado. Fue el concepto de que Inglaterra era una
sociedad en la cual las personas tenían propiedades
cuya salvaguarda les interesaba. E ra una concepción

170 EL SIGLO DE LAS LUCES
fantásticam en te falsa cuando Locke la concibió; m as
encaja en una larga tradición. En el reinado de
Isabel, Sir Thom as Sm ith había escrito que no debe
hacerse caso de la clase trabajadora.^^ hecha sólo para
ser gobernada. Bajo la República, H arrington, vien­
do que el poder político acompaña al económico, había
dividido al Estado en dos clases; y de la clase ser­
vidora o dependiente había escrito que su condi­
ción era "incompatible con la libertad o participación
en el gobierno de una R e p ú b l i c a . " Ésa era tam bién
la opinión de! au to r anónimo del Sta nd a rd o f Eqiia-
lity;^^ escribió que "los pobres son personas necesi­
tadas. sin interés por el Estado, al que no están
obligadas por una fortuna de consideración”. Ésa era
también la posición adoptada por Ireton en los deba­
tes sobre el ejército. Para él los jornaleros, com er­
ciantes, arrendatarios, no tenían interés en el país.
No tenían otro que el de respirar. Eran como extran­
jeros que se asentaron en el país. Tenían el derecho
a vivir y trabajar. Pero como extranjeros también
deben d e ja r fo rm u lar las leyes a aquellos cuya pros­
peridad les dio un positivo interés por su contenido.^?
Así, también, prosipiiendo la m ism a tradición, Adam
Sm ith pudo escribir que las funciones principales de
la ju sticia son la protección de la propiedad. "La
abundancia del rico —dice^s— excita la indignación
del pobre, y la necesidad, alentada por la envidia,
impele a éste a invadir las posesiones de aquél. Sólo
bajo la protección del m agistrado civil podrá descan­
sar tranquilam ente, du ran te el corto espacio de una
noche, el dueño de esa propiedad tan valiosa, adqui­
rid a con el trabajo de m uchos años o quizá de suce­
sivas generaciones.”
A esta tradición fue a la que B urke dio todo el apo­
yo de su influencia. P ara él estaba fuera de discu­
sión que el derecho de propiedad, en especial la inmo­
biliaria, tenía u n a posición excepcional en el Estado.
Para él la m asa del pueblo no tenía sitio en el
Estado. E ra la "m u ltitu d porcina". E staban "repre­
sentados v irtu alm e n te ” en la C ám ara de los Comunes,
y creyó que "tal re p re se n ta c ió n ... era en m uchos
casos m ejor aún que la re a l”.'»« P ara él, la tarea del

sin duda. Suponía que eran indignas de confianza. Reflejan por un lado . No tiene sino desprecio por "los oscuros defenso­ res p ro v in ciano s. Pero no estaba dispuesto a cambios considerables que pudiesen os­ curecer su autoridad.®i Para él el derecho de la propiedad •a gobernar fue la "prem isa m ayor inarticu lad a” de todo su pensamiento. En muchos sentidos son notables.. EL SIGLO DE LAS LUCES 171 pueblo era sim plem ente la de aceptar el gobierno de sus superiores. los fom entadores y conductores de la guerra insignificante de vejaciones puebleri­ n a s ”. mos­ trab an "la furia de un populacho rabioso” cuyas pasiones ignorantes. Pero. y aun podía insistir. Tam bién en parle es resultado de su interpretación religiosa de la política. daba por supuesta la incapacidad de las m asas para gobernarse a sí m ismas.6<’ Su fam osa distinción entre la Francia "m oral” y la "geográfica” le perm ite insistir en que la volun­ tad verdadera del pueblo francés no está con la Asamblea Nacional. E ran "borregos m iserables’’. parecían a m enudo ju stific a r el más duro despotis- mo. vigilantes de m inúsculas juris­ dicciones lo c a le s .. con Sully. que la violencia po­ pular es el resultado del sufrim iento del pueblo. sino con los emigrados en Coblen- za. Pero no creo que sea erróneo encontrar el motivo central de la actitud de Burke en esos Thoughts on Scarcity que de modo tan exacto con­ venían al c arác te r de su tiempo. Podía adm itir el poder de la opinión p ú b lic a . de no ser refrenadas por la ley. a su desconfianza de la razón. ¿Cuál es el fundam ento de esta opinión? Se debe en parte. en el fondo. Nacidos obviamente de la influencia de Adam Smith. la presun­ ción está por lo m enos a la par en favor del pueblo” . predicen de un modo no menos definido la llegada de Malthus. que por su inexperiencia se aventuran a legislar para el mundo. Piensa. a su profundo sentido de la "sabiduría de nuestros an­ tepasados”. en el orden como condición del bienestar social y en la prescripción como la única garantía efectiva de aquél... aun reconocer el carác te r corrom ­ pido del gobiem o bajo el que vivía. asim is­ mo. Pudo escribir que "en todas las disputas entre el pueblo y sus gobernantes.

en efecto. traba­ jo. sobriedad. y sube o b aja según la dem anda. ese pesim ismo defi­ nitivo acerca del fu turo que surgió entre el golpe de M althus a Godwin y la aceptación universal de la economía política clásica. No sólo es im prudente la intervención de u n a legislatura ignorante entre am o y criado. en u na palabra.. m uy poco bien positivo puede h acer en esto. Todo lo que exceda de eso es un im puesto directo que se convierte en a rb itra rio si su m onto se d eja a la voluntad o placer de o tro ”.. es u n "fraude descarado” recom endarles cualquiera otro camino. "ofrecen u na proporción cabal con el resu ltado de sus ta re as”. sino que es una violación de los derechos del patrono.” Los pobres no se beneficiarían de su antagonism o hacia los ricos. Sería vana presunción de los gobem antes pensar que pueden h a c e r lo . Pues B urke arg üía: "H ay un contrato implícito. o quizá en cualquier o tra cosa. por el otro. que el obrero produciría un beneficio igual al salario. en ta n to que ese trab ajo es negocio.172 EL SIGLO DE LAS LUCES ese optim ism o del siglo xviii que creía que todo es­ ta ría bien si se adm itiera "el sencillo sistem a de la libertad n a tu ra l” . In te n ta r in terv en ir en la relación-jornal con cualquiera clase de acción del E stado no sólo no puede h acer bien. La acción del E stado nada puede h acer para rem e­ d ia r la condición económica de las clases trabajado­ ras. y. Lo que debiera recom endárseles es "paciencia. será suficiente para pagar al patrono un beneficio sobre su capital y u n a compensación por su riesgo. m ucho m ás fuerte que cualquier in stm m e n to o convenio. ¿Cuál es su doctrina? En p rim er lugar da por con­ cedida la impotencia relativa del gobiemo. Por una feliz coincidencia de circuns­ . "El trab ajo es una m ercancía como o tra cual­ quiera." Los jo r­ nales. "No está en las m anos del gobierno proveer a n uestras nece­ sidades —escribió B urke —. éstos son "fideicomisarios de los que tra b a ja n ” sus “tesoros son los bancos" del pobre. fm galidad y religión” . Está en ellas evitar m ucho m a l. entre el tra b a jad o r en cualquier ocupación y su pa­ tro n o : que el trabajo. Pero B urke va m ás lejos.

r
EL SIGLO DE LAS LUCES 173
tancias, sus intereses son siem pre idénticos. “En el
caso del agricultor y el jo rn alero —Burke insistía—,
sus intereses son siem pre los mismos, y es absoluta­
m ente imposible que sus contratos libres sean one­
rosos para cualquiera de las partes. In teresa al agri­
cultor que el trab ajo del jo rn alero se haga con efi­
ciencia y p ro n titu d ; y eso no puede ser a menos que
éste se halle bien alim entado y provisto de lo nece­
sario a la vida animal, de acuerdo con sus costum ­
bres, p ara que pueda m a n te n e r el cuerpo en pleno
vigor, y la m ente alegre y an im ad a.” De esto obtiene
conclusiones definitivas. Toda la agricultura, piensa,
“rad ica en un orden n a tu ra l y ju s to ”. Intervenir
en él es im prudente m ajadería, pues perjudica al
m ism o jornalero. “Al jornalero, por consiguiente, in­
teresa prim era y fu nd am en talm en te —cree— que el
agricultor obtenga un lucro redondo sobre el produc­
to de su trabajo. La proposición se evidencia por sí
m ism a, y sólo la malevolencia, perversidad y pasiones
m al gobernadas de la hum anidad, y en especial la
envidia que se tiene a la prosperidad de los otros,
puede im pedir que se vea y reconozca esto, con gra­
titu d al benigno y sabio Dispensador de todas las
cosas, que obliga a los hombres, quieran o no, a per­
seguir sus propios y egoístas intereses, a u nir el bien
general a su éxito individual.” Se deduce que debía
dejarse a las cosas que tom asen su dirección lógica.
B urke cree que el poder político no es igual que el
poder económico. “ Sin duda que el monopolio de
autoridad es, en todo caso y en cualquier grado, un
m al; m as ocurre lo contrario con el monopolio de
capital. Es un gran beneficio, y en particular para
el pobre.” N uestra misión, por consiguiente, es clara
cuando, a consecuencia del funcionam iento de este
plan, sobreviene la desgracia. Deberíamos "resistir
varonilm ente toda idea, especulativa o práctica, de
que está dentro de la competencia del gobierno, to­
m ado como tal, o aun de los ricos, su m in istrar a
los pobres esas cosas necesarias que la Divina Provi­
dencia se ha sei-vido retirarles por un momento.
Nosotros, el pueblo, deberíamos ser conscientes de
que no es en destrozar las leyes del comercio, que son

174 EL SIGLO DE LAS LUCES
las de la Naturaleza, y consecuentem ente, las de
Dios, en lo que debemos poner n u estra esperanza
de poder ablandar el disguto divino y rem over cual­
quier calam idad que suframos, o que pese sobre
nosotros".
Con este criterio, Burke puede, con cierta confian­
za, prescribir los límites de la acción del Estado,
aunque adm ite, como siem pre admitió, que sus prin­
cipios ofrecen excepciones, "m uchas perm anentes,
algunas ocasionales". "El E stado —escribió— debe
lim itarse a lo que al Estado se refiere, o a las cria­
turas del Estado, es decir, al establecim iento exte­
rio r de su religión; su m a g istra tu ra ; sus ingresos; su
fuerza m ilitar por tierra y m a r; las corporaciones
que deben su existencia a su a cc ió n : en una palabra,
a todo lo que es verdadera y propiam ente público; a
la paz pública, a la seguridad pública, al orden pú­
blico, a la prosperidad pública. En su política preven­
tiva debe a h o rra r sus esfuerzos y em plear medios,
m e jo r pocos, infrecuentes y fuertes, que m uchos y
frecuentes y, por supuesto, a m edida que ellos m u l­
tiplican su debilidad, la acción política se tuerce,
empequeñece y debilita." Debe añadirse que Burke
no niega la necesidad de ay u dar a los que no pue­
den "reclam ar n ad a de acuerdo con las reglas y
principios de la justicia". Pero nada tiene que ver
esto con el E stad o ; pertenece a la "jurisdicción de
la p iedad”. "En este asunto —cree B urke— el m a ­
gistrado nada tiene que h acer en absoluto; su inge­
rencia es u n a violación de la propiedad, cuyo res­
guardo es su misión." No duda que los cristianos
tienen la obligación de la caridad para con los po­
bres, pero éste es u n asunto privado que no concierne
al Estado. Aun el clam or de la necesidad no en trañ a
atención política. "El grito de la gente en ciudades
y pueblos, aunque desgraciadam ente (por tem o r a su
m u ltitu d y unión) el más tenido en cuenta, debería,
de hecho, ser el m enos atendido en este asunto;
pues los ciudadanos ignoran por completo los medios
por los cuales deben alim entarse, y contribuyen poco
o nada, excepto de modo m uy indirecto, a su propia
m anutención. Son verdaderos fruges consum ere nati."

EL SIGLO DE LAS LUCES 175
A grandes rasgos, éste es el "sencillo sistema de
libertad natural" que se recom endaba a los pensado­
res políticos predom inantes del siglo xviil. Esto expli­
ca por qué el Brown del EstUnate creyó insignificante
al pueblo para m odelar la vida de una sociedad.
"Las m aneras y principios de los que dirigen —es­
c r i b i ó <53— . . . no de los que son gobernados, . . . siem­
pre determ inarán la fuerza o debilidad y, por lo tanto,
la continuación o disolución del Estado." Ello explica,
también, por qué De Lolme adm itiría que el único
derecho del hom bre hum ilde era el de ser gobernado.
"Una participación pasiva —creía — era la única
que podía, con seguridad para el Estado, confiárse­
le", pues “la m ayoría de los que componen esta m ul­
titud, ocupados con el cuidado de procurarse su
subsistencia, ni tienen tiempo libre suficiente, ni aun,
como consecuencia de su im perfecta educación, ese
grado de inform ación necesaria para funciones de
esta clase". Ello explica tam bién por qué Blackstone
suponía que los Estados del reino coinciden con los
poseedores de propiedad. La C ám ara de los Lores
existe como una c ám ara separada para im pedir que
se usurpe el privilegio de la nobleza; los "comunes
consisten de todos aquellos hombi'es de propiedad
que no tienen asiento en la C ám ara de los Lores".^*^
Ello explica, sobre todo, las sorprendentes Reasons
for co n ten tm en í addressed to the Laboiiring Pcirt of
the British Public, de Paley, en que el em inente
eclesiástico puede probar, por lo menos para su pro­
pia satisfacción, que no solam ente las "necesidades
de la pobreza (si la condición de la parte trabajado­
ra de la hum anid ad debe llam arse así) no imponen
penalidades, sino placeres"; y tra ta con sentim iento
de las m iserias de los ricos con su "gastada y can­
sada" sensibilidad, su "existencia lánguida y saciada".
El camino de B urke a Paley era más directo de lo
que es placentero adm itir.
El siglo xviii, sin duda, contiene, también, una
tradición ajena. La influencia de las ideas francesas
y el ataque de Jorge IIT a la constitución se combi­
naron después de la m itad del siglo para despertar
un radicalism o m ás p r o f i m d o . ^ e También a esto con­

176 EL SIGLO DE LAS LUCES
tribuyó hondam ente la Revolución norteam ericana.
Pero el verdadero efecto de todo esto fue, por lo
pronto, superficial y no profundo. Price y Priestley,
C artw right y Jebb, que fueron sus principales ex-
ponentes, se preocupaban, después de todo, más de
form as políticas que de la sustancia social que éstas
implicaban. Los dos prim eros objetaban que se ex­
cluyera a los no conform istas de una participación
plena en la ciudadanía. Su hostilidad hacia la base
estrecha en que descansaba entonces el P arlam ento
los condujo a insistir sobre la teoría de la soberam'a
popular, con la inferencia que se hizo re sa lta r espe­
cialm ente en 1776 y 1789, del derecho del pueblo a
d esafo rar a sus regidores por m al gobierno. Pero nin­
gún testim onio sugiere que su radicalism o tuviese
algún contenido social. Nada de lo que dijeron indi­
caba la admisión de la relación entre la propiedad
y el poder. Por el contrario, lo que les llevaba al c a m ­
po de los reform adores fue m ás bien su idea de que
los im portantes intereses de la propiedad eran gober­
nados sin el consentim iento de éstos. Pueden leerse
los trabajos de ambos sin en co n trar en ello sentido
alguno de la existencia de un problem a social. La
libertad pai'a ellos es la libertad política y civil; con
lo que quieren decir, efectivam ente, el derecho a
ser elegidos y un plan cabal de tolerancia religiosa.
Ambos habían aceptado los principios generales de
Adam Sm ith, sin darse cuenta de que dejaban inso­
lutos los problemas básicos. Ambos difieren de Burke
no tanto en la base de sus pensam ientos políticos
como en las consecuencias que sacaron de ella a la
luz de sus intereses religiosos especiales.
Lo que en verdad es singular en el pensam iento
político inglés de este periodo es la ausencia de todo
sentido, al menos en u n a expresión notable, de lo que
im plicaba el problem a social. Los principales com en­
tarios de la época sobre éste son un panfleto apenas
conocido de William Ogilvie,“'^ algunas reflexiones
dispersas del doctor Wallace, las notas satíricas de
Mandeville en su Essay on Charity Schools. En ver­
dad, lo m ás notable es que la exposición m ás implí­
cita del problema al que la época había de h acer

en la que Burke buscó d e stru ir los ataques contra el orden social por una reductio a d absurdw n del caso en contra del mismo. los grandes triunfos imperiales de la épo­ ca. EL SIGLO DE LAS LUCES 177 frente procedió de esa Vindication of N atural Society. tuvie­ ron que exam inarlos en la atm ósfera de inseguridad y guerra engendrada por la Revolución francesa. como dijo . y tienen el mayor núm ero de goces los que no trabajan en absoluto. salvo en detalles. novelistas como Fielding. todo significa que la nación en conjunto estaba contenta con su suerte y. poetas como Goldsmith. Su impulso fue fatal a toda generosidad de carácter. Un estado de cosas así es extraño y ridículo m ás allá de toda expresión. cogieron atisbos de su significado periodistas como Gordon. la elevación del nivel de vida. Por su­ puesto que se le conocía como problem a. Pero en su vida política activa ejemplificó exactam ente al polí­ tico que ataca aquí. y es una de las razones por las que censuro tales instituciones”. Esto no és sino dem asiado cierto. ni un Mably o un Morelly ingleses. La verdad es que el problema del poder de la pro­ piedad en el E stado no entró en la especulación po­ lítica inglesa hasta la Revolución francesa. no estaba dispuesta a volver a abrir las condiciones del contrato que Locke había definido. Los hombi'es prósperos estaban dispuestos. Pero nada hay sem ejante a la extraordinaria discusión que tuvo lugar en Fran­ cia. Cuando las clases obreras. después de 1789. y los dota de ideas mezquinas e insuficientes. Jam es Thomson y Crabbe. es una ley tan constante e invariable la de que d isfru ta n del m enor núm ero de cosas quienes m ás tra b a ja n . No hay un Linguet inglés. ni un Meslier. em pezaron a ser conscientes de sus derechos. La libertad relativa de los ingleses com parada con la de sus vecinos del Continente.” Pero B urke pasó toda su vida defendiendo exactam ente ese estado de cosas “ex­ traño y ridículo” por la razón de que él mismo ad­ virtió de que “el político os dirá gravem ente que su vida de servidum bre descalifica a la m ayor parte de la raza hum ana para una búsqueda de la verdad. H abía escrito: "En un Es­ tado de sociedad artificial.

tuvieron escasa dificultad en reconciliarse con sus consecuencias. y éstos.«» a pagar el im ­ porte de la Ley de Beneficencia como una salvaguar­ da co ntra la rebelión. He tra ta d o de señalar que esa concepción estaba im plícita en la enseñanza prácticam ente de to­ dos los que deseaban especular sobre asuntos de cons­ titución social. los aspectos peores del "sencillo sistem a de libertad n a tu ra l” estaban. El expediente doctrinario m ás sencillo justificó la victoi'ia de los conquistadores. D eclararon que su libertad era también la de la nación. Una doctrina que empezó como m étodo de em an­ cipación de la clase m edia se transform ó después de 1789 en un m étodo de disciplina para la clase tra­ bajadora. con la aplicación de la cual no tenía relación el bienestar de las masas. Cuando. después de Waterloo. para liberarse. te­ nían que d esarro llar una nueva filosofía social ci*i que fu n d a r sus demandas. los principios del liberalismo económico se habían convertido en una norm a para los propieta­ rios. O bien. como los autores de la resurreción evangélica. insistieron en que no podrían perseguir sus intereses propios sin satisfacer al m ism o tiempo los de quienes de ellos dependían. La libertad contractual que buscaba em an­ cipó a los propietarios de sus cadenas. por decirlo así.178 EL SIGLO DE LAS LUCES Canning a Lord George Bentinck. de Braxfield y de Ellenborough. Y en aquellos años. predicaron al pobre una doctrina que hacía de la resistencia a la . Los chispazos de penetración compasiva de B urke degeneraron al fin en la untuosa complacencia del obispo Watson y de H annah More. congelados en un código. In­ g laterra empezó a despertar de su largo ataque de reacción. Cuando debieron enfrentarse a los frutos de su filosofía. m ás allá de eso no quisieron ir por cerca de cuaren ta años. Pues p ara entonces la venida del sistem a fabril había creado el proletaria­ do urbano. La visión predo­ m in ante era la de Eldon y Sidm outh. pero en el logro de esta libertad estaba envuelta la esclavitud de quienes sólo podían vender su fuerza de trabajo. en gran parte se había arrojado del cam ­ po al trabajad o r agrícola.

” E ra u n a perspectiva consoladora. puesto que las riquezas son el producto del trabajo. P ara ju sti­ ficar sus resultados podrían ofrecerse las más va­ riadas explicaciones. deseoso de experim entar. tan incesantem ente urgida por Wesley y sus colegas. Quizá la m ás sencilla fue la conclusión característica del doctor Johnson de que la subordinación es ne­ cesaria a la sociedad. por lo tanto. o. había revisado la escena inglesa con más exactitud que cualquier otro escritor de su época. Un obser­ vador cuidadoso. por lo menos desde el tiempo de Mandeville. sin el cual las necesidades y com unidades no podrían exis­ tir en un estado de civilización. Y caracterizó a la época. a no ser un idiota. en otras palabras.’’^^ Pero nin­ guno expuso los motivos del nuevo concepto tan bien o tan sucintam ente como A rthur Young. sabe que debe m antenerse en la pobreza a las clases bajas. o. de la salvación en el otro m undo a cambio de una obediencia pasiva en esta vida. un hom bre de tem peram ento hu­ m ano y liberal. la prom esa m eto­ dista. o de lo contrario jam ás serán . En 1806 Patrick Colquhoun puso en una form a concisa la justifi­ cación que les satisfacía: “ Sin una gran proporción de pobreza no puede h ab er riqueza. en tanto que éste sólo puede provenir de un estado de pobreza. como P itt y sus sucesores. La pobreza. aterrorizaron a sus críticos sometiéndolos por una aplicación infle­ xible del poder coercitivo del Estado. ni propiedad o medios de subsistencia. EL SIGLO DE LAS LUCES 179 m iseria social un ataque co n tra la providencia de Dios. todas las cuales servían como una escuela para disciplinar a los pobres a su suerte. de ver que los movimientos revolucionarios son a veces el resultado inevitable del mal gobiemo. La pobreza es aquel estado y condición en sociedad en que el individuo no tiene sobra de trabajo alm a­ cenado. capaz. es un ingrediente . sino los que se derivan del ejercicio constante de la industria en las diversas ocupaciones de la vida. como en su relato de Francia. En 1771 escribió "Todo el mundo. por lo menos para quienes habían escapado de a l ^ n modo a la escla­ vitud de la pobreza.necesarísimo e indispensable en la sociedad. la m ás fea.

Hay un liberalismo conservador. Las personas estaban demasiado satisfechas con sus conquistas para salirse de las gastadas líneas trad i­ cionales. directo y pro­ fundo. Radical en teoría. como revolucionario enérgico y convencido. en conjunto. aun los radicales retroceden directam ente a la corriente principal del liberalismo del siglo xvii. como invariablem ente en la historia. pero de ningún modo únicos. la búsqueda de alguna fórm ula sencilla está destina­ da a violentar los hechos. IV La carencia de toda nota original es el rasgo sobre­ saliente del pensam iento político inglés del siglo xviii. aña­ dió poco a su tiempo en recomendaciones positivas. y el nexo entre él y la reacción rom án tica es. como en Montesquieu. En Francia sucede lo contrario. aun con un m atiz proletario en su pensamiento. que para p e rtu rb a r sus m entes ta n profun­ dam ente. cuyos representantes m ás conocidas." Ése es un aspecto del liberalismo inglés que explica no poco de su historia en los cien años siguieíites. '^ s Meslier perm anece solo. Hay u n comu­ nism o utópico. Enseñó a los hom bres a ver sus errores con nueva intensidad. Tenemos una filo­ sofía política tan rica y varia que ninguna generali­ zación puede hacerle justicia. Pero no es fácil decir si su influencia. que les dio nuevas bases para su pensam ien­ to. por supuesto. Su genio peculiar sirvió menos para d e te rm in a r lo que los hombres pensaban en asuntos de constitución social. fue radical o consei'va- dora. Hegel y Savigny figuraron entre los m ayores de la siguiente.180 EL SIGLO DE LAS LUCES laboriosas. . Rousseau perm anece aparte de todos ellos. son Mably y M o r e l l y . Si M arat y Robespierre fueron sus discípulos en una generación. mas existe una curiosa unión entre los fundam entos de sus ideas y ese determ inism o económico cuyo carác te r pesim ista hizo a Linguet reaccionario por no atreverse a esperar. Aquí. construido sobre una defensa ética de la igualdad. E ncarnó en sí m ism o todo el disgusto y descon­ tento de su tiempo.

el representante más ca­ racterizado del pensam iento político francés de la é p o c a J ‘ Aquí. por supuesto. Reconocía. representó el pensam iento de su tiempo con notable exactitud. ecléctico. no inven­ tó n a d a. Es el co­ rred o r de las ideas. Voltaire es el reform ador social par excellence. Tolerante. Es. que los cimientos a su alrededor estaban m i­ nados. sino en el logro de los progresos posibles. con esa sensibilidad para el am ­ biente que no era la m enor de sus grandes cualida­ des. había algo en él que le advertía siempre que la polí­ tica es una filosofía de segunda clase. afanoso de conseguir resultados prácticos inmediatos. Sentía casi el desprecio de B urke por los hombres que hacen . Deseaba con ansia los adelantos que pu­ dieran conseguirse sin riesgo para los cimientos del Estado. en sentido esencial. se am ed ren ta ante el precio de su aplica­ ción. verdad que. como con ta n ta frecuencia ocu­ rre también. no el arquitecto de un sistema... EL SIGLO DE LAS LUCES 181 Voltaire es. sin embargo. la política era asunto secundario para Voltaire. como por el rem edio concreto al erro r concreto. invenciblemente liberal. Aunque está enterado de la im portancia de las ideas generales. Los cambios que él recomendó eran siem pre incitados en el fondo de su propia insistencia sobre je n'entre point dans la p o litiq u e . No estaba interesado en la formación de u n a ideolo­ gía. Lo fue tam bién en su pasión no tanto por los fundam entos de la política. como sucede tan a menudo. E ra típico del c arác te r de su época en su creencia de que estaban próximos gran­ des acontecimientos. pero aquí. En el fondo de su m ente estaba siempre el sentim iento de que podía pagarse un precio dem asiado elevado por la lógica de la justicia. je m e suis toujours borné à faire m es petits efforts pour rendre les h o m m es m oin sois et plus honnêtes?^ Ésa era la realidad íntim a de Voltaire. E ra un propietario para quien la conservación del orden era la prim era ley de la naturaleza. Esto es por lo que no estaba dispuesto a p atrocinar cualquier filosofía que pudiese aum entar los peligros que percibía. descuidado acerca de la consistencia y hechura de sistem as. la politique n'est pas mon affaire.

Sabe que el sistem a francés degrada la esta tu ra h u m a n a : "Un ciudadano de A m sterdam —e s c r i b i ó l e — e s un h om bre. n unca confunde la m onarquía con el despotismo. en su aspecto mejor. Creía que su tarea era atac a r el fanatism o y la supers­ tición.^» Pero si V oltaire se preocupa apasionadam ente por la libertad civil bajo u n sistem a constitucional. Voltaire representa. No encuentra argum ento contrario al republicanis­ mo o la dem ocracia. quien reconoce la existencia de un profundo erro r y ansia el m ejo ram ien to com­ patible con la seguridad de su propio bienestar. no quede nada en pie al desbordarse la m area. condiciones de acom odam iento que conven­ gan a las necesidades inm ediatas.182 EL SIGLO DE LAS LUCES sistem as políticos desde el sillón de su despacho. Contó a St. la libertad civil según el modelo inglés. "repu­ blicano re a lista ”. en con­ secuencia. por supuesto. si bien en ocasiones no se abstuvo de hacerlo. en el sentido del cambio. está claro que en su preocupación por las ideas generales encontró la debilidad principal de Montesquieu y Rousseau. la concepción norm al del burgués bueno y h um ani­ tario de su generación. una vez que las com puertas se abran. habría satisfecho sus principales aspiraciones políticas." Pero es profundam ente m onárquico en cuanto a F ran­ cia concierne. tam ­ bién es el gran propietario con escrupuloso m iram ien ­ . aunque rara vez encuentra a los hom bres dignos de gobernarse a sí mismos. No fue nunca el teorizar el aspecto de su trabajo en que puso m ayor interés. y tem ía la tiranía del hom bre de leyes m ás de lo que tem ía la del rey. un ciudadano a unas pocas millas de dis­ tancia de allí no es m ás que u n a bestia de carga. Pero en el fondo de su m ente hay siempre un tem or a ir dem asiado lejos.-Lam- bert:'^7 «Yo m ás bien obedecería a un herm oso león que es por nacim iento mucho m ás fuerte que yo. Un sistem a constitucional como el de Inglaterra. tem or a que. Busca.” Desea. Cierra su m en­ te a las conclusicnes de m ás fondo con las que resulta dem asiado arriesgado enfrentarse. lu char por reform as que presentaban alguna posibilidad de realización. que a doscientas ra ta s de mi propia especie. como él lo llamó.

Odia el fanatism o rehgioso. pero. en efecto. Voltaire no cree que. es sim plem ente la ch arlatan ería de un salvaje. m a fe m m e m ê m e croient en Dieu.B. sólo podría alcanzarse con u na expoliación injusta. en un sentido esencial. la igualdad tenga aplicación alguna. que l'idée d'un m aître éternel qtd nous voit et qui jugera jusqu'il nos plus secrèts pensées. sin él no ha- bi-ía freno a la conducta de los hombres. P reten d er que los hom bres son m iembros iguales de la sociedad. EL SIGLO DE LAS LUCES 183 to a SUS derechos. la sociedad puede sobrevivir por­ que el hombre ha de trabajar.®·^ Sin los pobres. pues un pastor es con frecuencia m ás feliz que un rey. se exagera mucho la relación entre las riquezas y la felicidad.®^ Deberíamos d a r a los pobres la oportunidad de hacerse ricos. pero está seguro de que la religión es necesaria para el pueblo si los ricos no se quería que fueran asesina­ dos en sus lechos. Quel autre frein —escribió®'’—. pero no es necesario más.®·* La subordinación es una necesidad social. et je m ’imagine que j'en serai m oins volé et m oins cocu. no podría haber civilización. No aceptaba ninguna como principios meta- físioos. Para fines sociales necesitamos la concepción de un Dios que prem ie el bien y casti­ gue el mal. en general. un soberano estuviera dispuesto a ca­ sar a su hijo con la h ija del verdugo. En todo caso. Je veux —escribió en el /l. como dijo Jean Jacques. y los ricos compensan a la sociedad por las oportunidades que abren a los po­ bres. es un premio concedido al talento. aux transgressions secrètes et impunies. l a s considera­ ciones sociales hicieron perentorio que ambos debie­ ran defenderse como si en efecto fuesen verdad. Por la m ism a razón predicó a la vez libertad de la voluntad e inm ortalidad del alma. ricos y pobres". Es una m era qui­ m era la propiedad igual . El dios de V oltaire es una necesidad so­ cial para el m an ten im ien to del orden. m on tailleur. pouvait-on m ettre à la cupidité.ss Escribió que "es imposi­ ble en nuestro m undo infeliz que los hombres que viven en sociedad no estén divididos en dos clases. y la propiedad. como dijo a H e l v e t i u s . que. No somos igualm ente talentosos.CJ®— que m on procureur. .

no es "digna” de ilustra- ción.184 EL SIGLO DE LAS LUCES En verdad que tiene un desprecio profundo para la gente com ún. Protestó contra la legislación suntuaria como u na violación de los derechos de propiedad. bajo el influjo de M a n d e v i l l e . pero tam bién deseaba u n a libertad compatible con oportunidades m áxim as para los propietarios. y aun escribió a D’Alembert que todo esfuerzo gastado en in stru ir al criado y al zapatero era sencillam ente perder el tiempo. Deseaba libertad." Dijo a Damilaville que la perpetuación de las m asas sin instrucción era esencial y que pen­ saría lo m ism o todo el que poseyera una propiedad y necesitara criados. Escribió una defensa ardiente del lujo. Es cierto que quie­ re que el poder de la razón se extienda poco a poco desde los ciudadanos im portantes hasta las clases m ás pobres. Pero lo esencial de Voltaire es un profundo respeto para el orden establecido.86 Si a veces escribe con entusiasm o acer­ ca de las posibilidades de la educación nacional. los cambios que pedía eran los de la próspera burguesía. "m ul­ titu d porcina" de Burke. en general no cree que valga la pena. Y esto es tanto m ás evidente cuanto m ás de cerca se exam ina su program a de reform a. es el origen de todo fanatism o y su- perstición. y que en una carta a Linguet parece creer que el artesano calificado es capaz de instruc­ ción. Su requisitoria contra la Iglesia se funda en gran parte en la incom patibi­ lidad e n tre la disciplina de ella y la prosperidad na­ . cuyos principios no está dispuesto a que perturbe im escrutinio dem a­ siado drástico o dem asiado amplio. En térm inos ge­ nerales. ® ^ En el creci­ m iento del comercio vio un beneficio social indepen­ diente de la distribución de sus resultados. Tenía de veras m iedo a las consecuencias sociales de la ilustración popular: "Todo está perdido cuando el pueblo se mez­ cla en la discusión” —escribió —. La canaille.»” No im portaba que el sastre y el tendero perm anecieran bajo el dominio de la Iglesia si hombres como los filósofos eran libres para especular.87 Al prohibir La Chalotais los estudios educa­ tivos para el trabajador. le c o n g r a t u l ó o s "Sobre mi tierra —escribió— quiero jornaleros y no clérigos tonsurados.

A4ás allá de las necesidades de éstos. Toda noción verdadera de propie­ dad o libertad acaba cuando esto suceda". Hace los derechos de propiedad tan absolutos como más pueda imaginarse. como un principio activo y consistente. dijo que p erjudicarían la propiedad y destiui- rían toda actividad. se dépopulari- ser ou se rendre m eilleur. ni si­ quiera tuvo esos m om entos que Diderot conoció. su liberalismo. Un ciudadano particu­ lar puede. en verdad. a su antojo. sin que el gobierno tenga ningún derecho a inm iscuirse en la cuestión. El mundo que él desea­ ba constituir era. Pues si m edia en los abusos de la propiedad no tard aría en m ediar tam ­ bién en sus usos. Despreciaba al hombre ordina­ rio. L 'hom m e peuple —e s c r i b i ó — est le plus sot et le plus m échant de tous les h o m m es. más que un principio intelectual ponderado. so­ bre la que tienen los poderes de un i-ey para usarla o abusar de ella a discreción. No hay duda de que en Diderot existe un profundo radical. por supuesto. EL SIGLO DE LAS LUCES 185 cional. c'est la m êm e chose. en él es una explosión emocional e inconstante. Pero en mucho las m ejoras habrían de lim itarse en sus bene­ ficios a los propietarios. su respeto general por los fisiócratas era verdadero. Atacó las proposiciones de Helvetius para am in o rar la desigual­ d ad . cultivar su tierra o no culti­ varla. Su interés por los pobres no llegaba más allá de un deseo piadoso por m e jo ra r su suerte en lo más indispensable. un m undo infinita­ m ente m ejor que el que había heredado. Es bien conocido su entusiasm o por M ercier de la Rivière. en los que estaba dispuesto a d u d a r de si un hombre de sentim ientos podría aprobar alguna vez el irra- cionalismo de la vida social. Nada hay en él de la indignación apasionada contra un orden social injusto que cons­ tituye la clave del pensam iento de Rousseau. Y esto es verdad del cuerpo principal de pensa­ dores asociados al m ovimiento que dirigió. de Voltaire en su repugnancia por el lujo y su negativa a creer que la pobreza y la fe­ . Di­ fiere. no penetraba. Escribió que "los hombres que en sociedad tienen bienes poseen una porción de la riqueza general de la que son araos en absoluto.

Esto lleva a Diderot a h acer un gesto de protesta m oral contra su resu lta­ do. sugiere que para H e l v e t i u s e l problema social era u n problem a intelectual sentido superficialm ente —la bondad compasiva de u n grand seigneur—." En realidad. o el más famoso S upplém ent au voyage de Bougainville. o tra cosa que el senti­ m iento de la duda que toda m ente generosa y sensi­ ble debe ten er ante los contrastes despiadados que nos p resenta la sociedad. Pues aun cuando se lean en con­ junción con algunos de sus artículos m ás radicales de L’Encyclopédie. De Helvetius puede decirse con ju sticia otro tanto. la concepción económica de Diderot era en mucho la de los fisiócratas. Quien por su propia autoridad infrinja una ley mala. El ju i­ cioso del Supplém ent no pide cambio alguno lun- dam ental : “Atacaremos las leyes m alas —dice Di­ derot — hasta que sean refo rm adas. Sufría sentim entalm ente por los pobres.^íj Creo que no afectan a esta conclusión la impor­ tancia de ensayos como el E n tretien de l’aw nonier et d'Oroii. una atención m ayor a la educación. en general. menos lujo. Hay menos inconveniente en ser un loco en tre los locos. se m ues­ tra intranquilo ante las condiciones con que se en­ . gran cariño a los pobres. Es difícil ver en el program a de Diderot algo m ás que imposición progresiva. autoriza a todo el m u ndo a in­ fringir la buena. Aun cuando su observación de que p ara el pobre no es m ás difícil soportar el trab ajo m oderado que para el rico el aburrim iento. m ontan a poco m ás que a una es­ peranza piadosa por que las cosas lleguen a m ejorar. distribución m ás equita­ tiva de la riqueza. Hay en él duros ataques contra la injusticia del orden social contem poráneo que casi reflejan el espíritu de Rous­ seau. mas no tenía crí­ tica que h acer a los fundam entos generales de la doctrina económica liberal. Pero. debemos obe­ decerlas entretanto. en el fondo. no le lleva a más. lo que se ha llam ado el socialismo de Diderot no es.186 EL SIGLO DE LAS LUCES licidad fuesen compatibles con facilidad.^^ en los que Diderot parece sobrepasar a Rousseau en su ataque a los cimientos de la so­ ciedad civilizada. que esta r solo con su propia sabi­ duría.

a lo que debemos aspirar es a la igualdad de felicidad. ni m étodo para conseguir este fin. conservador en su concep- ción. arguye que conduce a la ruina de los Estados. Escribe que "la propiedad es el dios m oral de los imperios". Cree que sería ju sto red istrib u ir la propiedad del suelo. Es una de esas leyes sin las cuales la socie­ dad no puede conservarse. que el sistem a de gobierno es pernicioso. ante las consecuencias de ella sólo tiene un gesto de desaprobación moral. sin ningún cambio básico en la naturaleza de las disposiciones económicas. Pero favorece la des­ igualdad. no es injusto decir que m ientras el espectáculo de la m iseria social le causa intranquilidad. Pero no tiene rem edio que sugerir. excepto una difusión tie la calidad de propietario. Desea m ás caridad. EL SIGLO ÜE LAS LUCES 187 frenta. Im po rta m ás que el pueblo tenga pan que un m onarca tenga sus palacios am ueblados con lujo. Dice que la verdadera riqueza de un Estado consiste en la com odidad de los más. y talleres en los que los pobres laboriosos puedan h allar los medios para vivir. pero tal plan "es im procedente porque viola el derecho de propiedad. el barón D’Holbach es. Helvetius es un liberal indispuesto a a fro n ta r las consecuencias del cam bio. tanto que hace a los hom bres crim inales a su pesar. Hace posible la unidad del Estado. en principio político esencial. Cree inevitable la división en tre ricos y pobres. Tiene m iedo a cualquier m edida que pueda a ta c a r o poner en peligro el sagrado principio de la propiedad privada. Pero su respuesta al reto de Rousseau ocupa u n lugar m uy lim itado en su . no en la opulencia de unos pocos.<*^ Puede adm itir. E n el fondo. y en un país bien regido ésta se puede alcanzar. Le disgustan el lujo y una desigualdad dem a­ siado grande en la situación económ ica. En toda sociedad existe en tre los ricos la tendencia a acap arar todo lo que puedan. Por lo tanto. El ata­ que de Rousseau a los cimientos sociales defectuosos le afectó profundam ente. salvo confiar en que u n a legislación sabia lo ob­ tenga. por for­ tuna. igual que tantos de su gene­ ración. la más sagrada de to­ das las leyes". como a la m ayoría de los pensadores de su tiempo.

y se lim ita a señalar la existencia del mal sin in te n ta r escu d riñ ar con profundidad o sistem a para en co n trar el remedio. conserva la seguridad del Estado. En u n a palabra. Aun cuando. en los cuales los pobres sin trabajo pudiesen en co n trar un medio de vida. en su concepto. por ejemplo. indica que no tiene rem edios que aconsejar. Aún existe un gran núm ero de planes. u n conocim iento de las arte s y de las letras era peligroso para la clase trabajad o ra. “La condición de la sociedad —escri­ bió loo— le condena a u sar sólo de su fuerza física. sobre la base de que los salarios que se paguen en ellos nunca deben e sta r a un nivel que perjudique la dem anda de la em presa pri­ vada. Elogia el despotismo de O riente porque al lograr. u n a obediencia ciega del pueblo. es notable. sólo sobre el problem a de los pobres hay u n a vasta lite ra ­ tu ra llena de profundo sentim iento y no poca inge­ niosidad inventiva. como Mably. Sin duda es cierto que existe in­ m ensa preocupación por los problemas sociales. como lo hace. siem pre es en la inteligencia de u n a adm isión im plícita de que se describe u n sueño imposible. pero se les concibe siempre. cuando Linguet describe con despiadada claridad las raíces de la malaise que la civilización está sufrien­ do. pero tal ansia es el lím ite de sus esfuerzos. los pobres deben pagar el costo de su pobreza.188 EL SIGLO DE LAS LUCES obra. Pero cualquier análisis de esta lite ra tu ra no revela deseo de abordar la cuestión central de la propiedad privada. . Él dijo a V oltaire que. Aun. se defienda un sistem a com unista de organización social. Hay panegíricos del espíritu de igualdad y del deber de los ricos de ser generosos con los pobres. de nuevo. Los pensadores liberales de la época ansian m itig arla. aun por los m ás radicales. a l a n o s elaborados con gran detalle. Puede decirse que esta actitud es m uy caracterís­ tica de la época. y predice que de la m iseria de los pobres surgirá un nuevo Espartaco. que el arzobispo de París tuviese que desautorizar a algunos de sus cléricos por un radicalism o excesi­ vo a base de ese respeto. para la construcción de talleres nacionales.

como los de la burguesía. La actitu d efectiva de ellos la resum ió Voltaire con su acostum brada precisión. trataro n de bosquejar lo que debería ser el sis­ tema. ellos. la costum bre. alejaban sus ojos de él. y estaba convencido de que ninguna ventaja podía re su lta r de la destrucción del viejo orden. en una palabra. y. en resu­ men. pero no sabía cómo impedirla. excepto en función de la caridad. la necesidad y la falta de ocio impiden a la m ayoría de los oprim idos darse cuenta de su condición. Al construirlo. eran los crí­ ticos de quienes vivían en sociedad sin tra b a ja r en su beneficio. Mas se lim ita al te rm in a r su análisis a levantar los hombros. E ran incapaces de discernir detrás del T ercer E stado un C uarto con derechos tan amplios.’oi Los críticos franceses del antiguo régimen. rasga el velo que oculta las m onstruosidades de aquél. caridad aparte. Con m ás vigor y decisión que cualquier otro francés antes de la Revolución. Afor­ tunadam ente. aunque con intereses distin­ tos. con energía sin par. "E s inevitable —es­ cribió en el Diccionario filosófico — que la h u m a­ nidad debe e sta r dividida en dos clases con m uchas subdivisiones: los opresores y los oprimidos. La guerra civil estalla cuando lo sienten. No vieron la m anera de que el problema de la pobreza pudiera resolverse. tam bién trataro n de libertar sus cim ientos culturales de la prisión en que la reli­ gión organizada todavía quería confinarlos. trataro n de conseguir dos cosas. Francia necesi­ taba una constitución que restableciera el equilibrio entre un sistem a político gastado y una distribución nueva del poder económico. Pero no esta­ ban listos a enfrentarse seriam ente con su problema.” Linguet. a m enudo se com padecían con genero­ sidad de los sufrim ientos del poder. puesto que el poder soberano del . excepto Mes­ lier. predijo que la injusticia social im plicaba una catástrofe inevitable. Suponían que su em an­ cipación propia implicaba tam bién ventajas para los trabajadores. EL SIGLO DE LAS LUCES 189 Todo se perdería tan luego supiera que tenía cerebro. Eran hostiles a la Iglesia y a la aristo cracia. guerra que sólo puede acabar en la es­ clavitud del pueblo. y quedarían satisfechos así.

tal es la naturaleza del hombre. tra d u c ir sus títulos m orales en de­ rechos legales. su im aginación lim itaba su radio de acción a las libertades que buscaban las personas acom odadas. T rata ro n de libertarse de su dom inio para tra z ar lím ites a sus actividades. pero no que sea miserable. en efecto. de la nada. como ellos habían explicado. Eso explica a la vez sus evasivas y su cinismo. de nuevo. la ayuda de la clase trab ajado ra. sobre todo.” Otro pasaje en E l siglo de Luis X I V recalca la m ism a actitud. Es necesario que ese gran n úm ero de hom bres sea pobre. como los refo rm istas ingleses de 1832. Ellos mismos. si evitaban la conclusión ju sta. tem ían y des­ confiaban de las clases trabajadoras. en todas sus discusiones ocupa una gran p arte el que el E stado provea a los pobres. En parte. la ausencia en sus análisis de esa noble indignación que despliega siem pre que tiene que a ta c a r la intolerancia. Sabían que el E stado era arbitrario. si bien debería añadirse que su aplicación no se lim ita a Voltaire. La aclaración es justa. desconfiaban de su capa­ cidad p ara h acer una contribución valiosa al Estado.190 EL SIGLO DE LAS LUCES E stado es el dinero. la em anci­ pación del país. pero cuando se consagraban a los detalles de su program a. se enfrentaban con la obligación de ser g enerosos. Expusieron su alegato én térm inos universales. Pero tam poco concebían. debe lim itarse a lo nece­ sario para tra b a ja r. A todo el liberalism o francés del siglo xviii lo impregna un carác te r sim ilar.” Un crítico em inente ha hecho n o ta r que nadie pue­ de leer la discusión del problema económico por Voltaire sin percibir que tampoco a él le satisfacen sus propias conclusiones. el obre­ ro —escribió Voltaire —. Sus exponentes estaban pidiendo. les parecía que su obligación hacia la sociedad era. En parte. “ El peón. tam bién. Tem ían su ig­ norancia y su salvajism o. para no caer otra vez bajo su dom inio en im a nueva form a. poi*que para triu n fa r necesitaban. R esulta com plicada su justificación. incom petente. En parte. Más allá de esto no estaban dispuestos a ir. se habían convertido en todo. eran ex trao rd in ariam ente individua­ listas por tem peram ento. como los re­ . corrompido.

está compuesto de dos clases. estam os observando en todo la afirm ación que hace la clase m edia de su propia esencia. Una clase solam ente en tra en la historia cuando se constituye en quejoso ante su tribunal. que escribió en 1789. las leyes que m arcan el curso de la Revolución h asta el adveni­ m iento de Napoleón. Ya sea que tomemos la composición de la Asamblea Nacional. cuando hubie­ ran sido satisfechas. con gran fuerza c in­ tuición. N ada como la Revolución m ism a confirm a de modo m ás concluyente el juicio aquí expuesto. No existe testim onio de reuniones de ]a clase trabajadora. por eso fueron raros los pensadores que pudieron ver que la conquista de sus aspiraciones revolucionarias sería una fase del progreso h u m an o y no el final de éste. o el gran n úm ero de panfletos o diarios que en sus días brotaban sin fin. no harían sino establecer las condiciones para el nuevo conflicto. y en la que no hallan lugar efectivo las necesidades de los trabajadores. form uló las dem andas del nuevo reclam ante a los derechos hum anos. el c arácter de los Cahiers de Doléances. Sólo la bur­ guesía estaba en esta posición en el siglo xviii. El liberalism o francés. Quizá cam ine un tra ­ yecto m ayor porque no conoce el térm ino de su viaje. El caballero Moret. Su idea era bastante inteligente si nos dam os cuenta de que los ti'abaj adores organizados no fueron cons­ cientes de sus derechos h a sta m ediados del siglo xix. de intereses diferentes y aun opuestos. que su vic­ toria podía significar la em ancipación de esa clase. EL SIGLO DE LAS LUCES 191 form istas ingleses m edio siglo m ás tarde. pues se lim itaron a los contribuyentes. tiene una frase que describe exactam ente la posición : "E sta ­ mos equivocados al pensar que el T ercer Estado es una sola clase. sin ver que. o de .” En la práctica se excluyó a la clase trabajadora de las asambleas electorales que elegían los diputa­ dos. Pero es condi­ ción de la historia cegar la visión de los hombres al destino del esfuerzo hum ano.

puesto que esto p erjud icaría a m ucha gente de la clase m edia con riesgo pai'a los fondos. y todas sus proposiciones acerca de los pobres quedan en ese plano de la filantropía que se interesa. Se supone que el bienestar del patrono y del agricultor incluye el de los que de- T>enden de ellos. es. su actitud supone. lo es invariablem ente desde el punto de vista de la asistencia pública. en m edidas de auxilio que no da­ ñen los derechos sagrados de la propiedad. por supuesto. N ada encontra­ mos en los Cahiers que considere el interés especial del ú ltim o . con­ trole el sistem a de tributación. Desean que la nación. por ejemplo. como en París. pero el fin a conseguir es la liberación de la agricu ltu ra y el comercio de las tra ­ bas que lim itan los derechos de propiedad. abogados y médicos. La ac­ titud hacia las organizaciones obreras. sin ver la lim itada experiencia y necesidad que ellos representan. Y nadie puede leer en los Cahiers la defensa insistente del derecho burgués de propie­ dad como adversario del privilegio feudal y aristo­ crático. una continuación de la hostilidad hacia ellas que carac­ terizó a los parlam entos del viejo régimen. Piden libertad civil y política. Los hom bres ele­ gidos. Si los industriales se quejaban en nom bre de la clase obrera de su baja representación. una identidad de inte­ reses entre el patrono y el trabajador. como Jaurès ha s e ñ a l a d o . según los filósofos les habían enseñado a en ten d er estas cosas. por ejemplo. Los trabajadores . los patronos pidieran que todo obrero que deseara trabajo estaría obligado a dirigirse a la or­ ganización patronal. es clara. N ecesitan una constitu­ ción que acabe con el régim en arb itrario y el privi­ legio.192 EL SIGLO DE LAS LUCES la exploración de sus necesidades. en esencia. nunca desde el que considere una clase trab ajad o ra con derechos en el Estado como clase.^^'® La razón. Tem en la quiebra. sobre todo. eran principal­ m ente profesionales menores. Siem ­ pre que surgen cuestiones referentes a la protección del trabajador. Es sin­ tom ático de su c a rác te r el que en Languedoc. que la Ley de Chapelier resum ió más tarde. sobre todo en asuntos fiscales. por medio de sus propios representantes.

de que la victoria obtenida. y la actitud de Barnave hacia la Revolución. con leyes sencillas que fuesen a la vez claras y propias de la Consti- lución". cuando desarrollaron una conciencia de aspiraciones separadas que la Revolución victo­ riosa no promovería. H asta la caída del viejo régim en se contentaron con ver el triunfo de ideales que podían haber tenido signi­ ficado para ellos sólo de modo indirecto. de que la legisla­ ción dada no había tocado los problem as en que se interesaban. en la que desempeñó papel tan im portante. o dem asiado tarde. En cuanto al primero. por im ­ portante que fuese. EL SIGLO DE LAS LUCES 193 aún no tenían sentido alguno de la identidad de sus intereses.!^’'’' El esfuerzo p ara conseguir este propó­ sito de m anera final duró unos once a ñ o s . cuyos fragm entos van hacia atrás. dem asiado tem ­ prano. aparecen en grupos aislados. El m ás sencillo. pero entonces era. depósito legisla­ tivo de la experiencia revolucionaria. Para poner a prueba la verd ad de esta hipótesis hay m uchos criterios. Lamoignon bajo Luis XIV. es ana­ lizar las actitudes del Código Civil. y ya en agos­ to de 1790 la Asamblea Constituyente votó la form u­ lación de un "código general. a la búsqueda hecha por hombres como Guy Coquille. Entonces se levantaron en los enragés y los babouvistas. no era la suya. o. No fue h asta que la guerra y la contrarrevolución exacer­ baron su miseria. con­ fundiendo SUS problemas especiales y sin idea de los problemas comunes a que se enfrentan. todos contribuyeron a la labor de u n ificació n . Tenían la m ism a sensación que sus pre- 'cursores ingleses: habían ganado una cam paña cuyos frutos habían recogido otros hom bres. de un cuerpo de principios com unes en m edio de la exuberante diversidad de la antigua tradición legal. en la lite ra tu ra prelim inar de la Revolución. d ’Aguesseau bajo su sucesor. quizá. Loisel y Pothier. hom bres que se percata­ ron. a tal punto que. y sin duda es verdad que sólo un ad m in istrad o r enérgico dcl . es el de­ pósito últim o de un esfuerzo lento. creo. como parte de la reconstrucción revolucionaria. como los levellers y los com unistas agrarios bajo Cromwell.

los principios de la Revo­ lución. si bien peren to ria— de cincuenta años. Louvet decía q u e 1 1 2 "su objeto grande y principal es regu lar los principios y derechos de propiedad". Sus autores sabían lo que hacían. registrando la victoria del com erciante y del propietario ru ral con tra los principios feudales.m así puede considerarse que el Código da a este principio sus plenas garantías procesales. in c o l o r a . Su c arác te r era el del hom bre que.i®8 y del que Napoleón dijo en S anta E lena. en 1793. "N ada lo puede bo- rrar". en u n sistem a orgánico de salvaguardas que en sus contornos esen­ ciales resiste las acom etidas del tiempo. dijo Jau b ert en la legislatura n a p o l e ó n i c a . El código. Conseguiremos una penetración ine­ quívoca de su naíurS'leza y lim itaciones analizando algunos aspectos mayores.iio Del m ism o m odo que cada una de las constituciones i'e- volucionarias declararon el derecho de propiedad "sagrado e inviolable". que sus colaboradores creían ser nada menos que la "M oralidad Universal”." Da d en tro de la ley un derecho absoluto a d isfru ta r y disponer de la propiedad. 194 EL SIGLO DE LAS LUCES genio de Napoleón pudo haber insistido en d a r una realidad in stantánea a un proyecto de tal m agnitud. en 1791. hizo a los propugnadores de u n a ley agraria culpables de pena de m uerte. en una palabra. Se garanti&a al pro­ pietario aun de te n er que indem nizar a su inquilino . y el Código Civil m arca sobre todo esa yuxta­ posición. advirtió a las clases trab ajad o ras no h acer nad a que pudiera " alarm ar a los ciudadanos y per­ su ad ir a los ricos a em ig rar de la c iu d ad”. El tem a de estas conferencias ha sido el de que la libertad del liberalism o nace del contexto de la pro­ piedad . No hay obligación de dispo­ n e r de ella de una m a n era útil. Transform ó la declam ación —^vaga. todo lo dem ás no es sino consecuencia lógica de este hecho.io» establece con claridad casi sorprendente los principios decisivos de ese liberalismo francés que triunfó en 1789. "E n cada página del Código se despliega respeto por la propiedad". n ^ “Su m á­ xim a m ás preciosa —escribió el juez Lahary — es la que consagra el derecho de p ro p ie d a d . de aquella Comuna de París que.

la preocupación principal es la protección de la propiedad. se castiga a los prom otores de las prim eras con prisión de dos a cinco años. Los m iem bros del ju rad o han de lim itarse a los pro­ pietarios. la g arantía de la propiedad”. aunque las dificultades procesales que los rodeaban los hacían. Poco se reglamen­ ta. la palabra del amo. que signifique el uso de la propiedad como capital. Se prohíben los con­ tratos de servicios de por vida. se dará fe al a rre n d ad o r en cualquier alegato que haga bajo ju ram en to . Cuando en tre amo y criado surjan disputas. inaplicables. y la acción con­ ju n ta para el despido de sus obreros se castiga con seis días de cárcel o una m u lta que puede oscilar en tre doscientos a trescientos francos. pero el periodo se lim ita a seis m eses para los trabajadores industriales. La reglam entación de las condiciones de trabajo ocupa un lugar m uy modesto.ii5 Los sirvientes pueden p resen tar d*emanda contra sus amos d entro de los doce m eses del origen de ella. dada en juram ento. en cuanto al contrato. La aclaración de o tra cláusula del código en el sen­ tido de que tal beneficio corresponde legítim am ente . Si la usura en los prés­ tamos está prohibida. Cuando u n a rre n d atario pi'esente de­ m anda sobre un arriendo verbal de propiedad inm ue­ ble. y todas las cuentas m solutas del año corriente". Faure explica con am plitud su subsisten­ cia en cuanto a procedim ientos más técnicos di­ ciendo que es. Debería aña­ dirse que se concedieron ciertos derechos a los obre­ ros de la construcción tocantes a dem andas por tra ­ bajo efectuado. Al tra ta r de los m enores y del m atrim onio. y el contrato de servicio apenas si tiene protección. en realidad. Toda clase de huel­ gas y uniones sindicales está prohibida. a los patronos se les perm iten sus cám aras de comercio. por otra parte. "es suficiente en cuanto al im porte de los salarios. su pago d u ran te el año anterior. a menos que el a rre n d a ta ­ rio —lo que ninguna persona pobre podría pagar— exija una investigación pericial. EL SIGLO DE LAS LUCES 195 por las m ejoras hechas por éste. nad a se dice de aquella que extrae rentas excesivas o paga salarios imposibles. "en una palabra.

cuando. Eso es. Estam os observan­ do. en verdad. Sus derechos para prom over un a acción son m ás lim itados. El historiador francés Glasson e s c r i b i ó q^e.L SIGLO DE LAS LUCES "a los que aum entan el patrim onio del co n stru cto r” revela el motivo de esa protección. con m uy po­ cas excepciones. explica toda la cuestión. en una palabra. están ligados a su país.. Se le prohíbe organizarse. Ahora bien. se en co n trará a tales hom bres sólo en tre los propietarios que. en efecto. hacerle grave injusticia. introdujo la constitución del Año III en la Convención. El trab ajad o r no estaba olvidado. 196 F. la constnicción de un código burgués para una sociedad burguesa. P ara los au ­ tores del código. el notable discurso de Boissy d'Anglas. “para este sector de la población —dijo — es suficiente tener el tiempo y los medios propios para e sta r seguro de que las leyes existen y se prom ulgan”. Bou'lay de la M eurthe dijo francam ente que en tanto que quienes tenían en ella un interés principal. “Deberíamos —dijo a sus m iem ­ bros — ser gobernados por los hom bres m ejo res. Un país gobernado por los propietarios es u n a verdadera sociedad c iv il. a las leyes que protegen su propiedad.” C iertam ente. se subordinaron deliberadam ente a los de su patrono. no puede de­ clararse en huelga. por eso todo el peso es favorable al propietario cuando es inquilino. eso tenía . lo m ism o en sustancia que en procedi­ miento. Debe decirse que no se intentó siquiera o cu ltar este hecho. La palabra de su patrono tiene un valor testim onial m ayor que la suya en todo lo concem iente a las condiciones m ateriales de su tra ­ bajo. ellos cuidarían de que las m asas se enterasen de ella en la m edida de sus necesidades. como relator. y éstos son los m ás instruidos y más interesados en el m an ten im ien to de la ley. el trab ajad o r estaba casi com pletam en­ te olvidado en el Código”. por ello. pero no se organiza de m anera efectiva u n a prohibición sem ejante para el patrono (com o en las leyes de asociaciones patronales ingle­ sas de 1749-180ÍÍ). "a decir verdad.. sus derechos. y la paz social que la p re s e rv a . es un a sociedad n a tu ra l aquella en que gobiernan quie­ nes no poseen propiedades. conocerían la ley.

em ­ pleó su forzada holganza en el delfinado para pene­ tr a r la significación de aquellos tres prim eros y apasionados años. despo­ jado de uniform e. llegaron a ser los principios establecidos de la cons­ titución social de Francia después de la derrota de los jacobinos. Descubre. Distingue entre las ocasiones y las causas históricas profundas de los grandes acontecim ientos. en Royer- •Collard y B enjam in Constant. y. Le sorprendem os pensando en voz alta. No duda de que tengan su raigam bre en los grandes cambios económicos que precedieron a la Revolución. al hacerlo. en el que la superior cu ltu ra ha dado a la aristocra- . Puesto que. como buen filósofo del siglo XVIII. Había sido uno de los dirigentes liberales en la Asamblea N a c io n a l y ios ideales por que luchó pueden iden­ tificarse bien con los que. Se encuentran concepciones iguales a las del Có­ digo Civil. publicada postum a­ m ente de los m anuscritos de B arnave en 1845. La In tro ­ duction es tan to m ás im portante cuanto que mucha de ella fue escrita sin el propósito de una influencia pública. la esencia del libera­ lismo francés después de la R estauración. como m iem bro de la Nacional. de una m anera general. pues lo que Beren- ger publicó son claram ente m ás las notas para un libro que las sentencias pulidas y m edidas que Bar- nave solam ente hubiera adm itido para la publicidad. sólo en los últim os se propone interesarse. no dudaban de e sta r cumpliendo con el ideal revolucionario. no era elegible p ara la Asamblea Constituyente. en la indebidam ente abandonada Introduc­ tion à la Révolution Française. Pero es im portante n o ta r que. es como si observáram os la explicación que Barnave se da a sí m ism o de los acontecim ientos en los cuales había desem peñado un papel tan em i­ nente. por decirlo así. la evolución de la propiedad desde un com unism o prim itivo h asta un sistem a territorial. como lo revela el docum ento mismo. Más aún. EL SIGLO DE LAS LUCES 197 relación con las condiciones a que los autores del Código Civil reducían a ia m asa trabajadora. del teji­ do de la Revolución. el estudiante cuidadoso de los discursos de B arnave en co n trará en su sustancia parentescos de ideas que llegaron a ser.

u n a distribu­ ción nueva de la riqueza da lugar a una nueva dis­ tribución del poder. poco a poco. llegarán a ser dependientes y. los grandes propietarios. Ju sta m e n te como la posesión de la tie rra creó la aristocracia. para satisfacer las necesidades de una aristocracia territorial. así la propiedad in­ d u strial dio lugar al poder del pueblo. Una gran parte de la tributación. "todas sus partes se eslabonan por com unicación recíproca.” Pero cuando la industria principia a desarrollarse ocurre un cambio.” En el Estado pequeño —B arnave rei­ tera 125— esta nueva riqueza crea "una aristocracia nueva. "El poder —e s c r i b e 123 — rad icará donde estén las riquezas. llegan a ser los . un gran capital. "T an pronto —arguye Barnave 124 — como las artes y el com ercio consiguen p e n etrar en la vida de la sociedad y a brir una nueva fuente de riqueza para ¡a clase trabajadora. cosa que se refleja en el carác­ te r de las instituciones. se inicia una revolución en las leyes políticas. una m asa de oficinas gubem am entales. Existe una clase num erosa de ciudadanos que. se trag arán a los pequeños. m aj'or a m edida que crece la población. poseyendo la gran riqueza indus­ trial. d a r al Es­ tado la fuerza necesaria para im poner las leyes. tiene el interés m ás poderoso en m a n te n e r el orden in terno y. en esas condiciones. empieza a in flu ir en los asuntos. E s c r i b e “Es un principio fijo que cuando toda ren ta se deriva de la tierra.” Éstos. no im porta que lo re ta rd e n ins­ tituciones pensadas. y como la propiedad de la tie rra continúe siendo la única fuente de riqueza. y el reinado de u n a aristocracia d u ra rá tan to como el pueblo agrícola siga ignorando o descuidando las artes. u n ejército disciplinado. É ste consi­ gue lib ertad .121 Con esta propiedad individual ocurre una nueva dis­ tribución del poder económico. el rico los absorberá. cuya riqueza la hace "dueña del gobiem o”. En el gran Estado. que se m ueve incesante­ m en te del centro a la circunferencia y de nuevo al centro. al final.198 EL SIGLO DE LAS LUCES eia un a gran superioridad en riqueza e c o n ó m i c a . no puede m an ten er su independencia ante sus ne­ cesidades. por m edio del impuesto. u n a especie de aristocracia burguesa y com er­ cial”. crece en núm ero.

Los sistem as de gobierno que han establecido han sido diversos. es la causa. que una nueva distribución del poder económico significa u n a distribución nueva del po­ d er político. en que el territo rio . com praron pri­ m ero su libertad y después sus tierras. La tercera fase es la m ás significativa de todas. como H arrington siglo y m edio antes. por eso conviene que la describa con las propias y notables palabras de Barnave. La im portancia creciente de la industria.” La G ran Revolución —sugiere— ha pasado por tres grandes fases en su influencia sobre las instituciones europeas. "E n el grado —d ic e ’^7— en que la ind u stria y el com ercio enriquecen a I-a clase traba­ jadora. lo que libertó a toda Europa del poder temporal del papa. el progreso de la educación los hace tam bién iguales en cultura y resucita. al p erder sucesivam ente su im­ perio y su riqueza. En la prim era. EL SIGLO DE LAS LUCES 199 eslabones que dan a u n a gran nación la unidad e íntim a cohesión que asegura su v id a”. reforzó esa causa. Im p lan ta r u n a economía comercial signi­ ficaba el E stado unificado y centralizado. después de largo olvido. y el cem ento que hace la unidad de los E stados. haciéndose ricas por el trabajo. ha modificado sucesivam ente todos los gobiernos de E u­ ropa. ello es. en la segunda fase. según ha sido m ás o menos favo­ rable la posición geográfica. ideas prim itivas de igualdad. tiende a igualar a las clases en riqueza. El pueblo h a establecido u n a república en lugares en que era fuerte dentro de un Estado pequeño. de la dem ocracia. "La m ism a causa —es­ cribe —. "E n los gobiernos de Europa —es­ cribe — la base de la m onarq uía es el poder públi­ co. y le arrebató la m itad de su suprem acía espiritual. de m anera que la aristocracia. empobreciendo a los grandes terratenientes. y. el progreso de la propiedad mo- biliaria. la base de la dem ocracia es el capital mobiliario. en otro. en el que una dem ocracia burguesa ocupa el lugar de una aris­ tocracia agraria. Es claro el relato de esta visión de la revolución. las com u­ nas. halló que el régim en feudal como form a de estado civil se veía privado de validez. Barnave está arguyendo.” Más que eso. en Europa.

en efecto. común a todos los gobiernos europeos. Donde ha podido ir m ás lejos. se opone a la propiedad territorial. a la autoridad del te rra te n ien ­ te. el sistem a m on ár­ quico contra esa aristocracia que es el enemigo co­ m ú n de los reyes y del pueblo. fm to de la violencia. B am ave ha visto el c ará c te r todo de la Re­ volución francesa sesenta años antes que Marx. esto es. P ara él la Revolución francesa no es u n fenóm eno local." No necesito ensalzar la soberbia penetración de este análisis. a la larga. Ha per­ cibido que un cam bio en el c a rác te r de las relaciones de propiedad lequiere un cambio en el c ará c te r de las instituciones políticas y que para efectu ar la necesa­ ria adaptación es esencial una revolución. afirm an su título de dom inación política. soberanas y. por igual. Las relaciones de la propiedad —dice— son..200 EL SIGLO DE LAS LUCES es extenso. no como un hecho parroquial. sino la expresión de u n a tendencia universal y secu­ lar. sólo ha tenido fuerza para m an ten er. Establece la dem ocracia disol­ viendo al m ism o tiem po el poder de los reyes y el sistem a feudal que esclavizaba al cam pesino y al co­ m erciante. Las form as federal y aristocrática del gobiem o feudal han podido sobrevivir sólo cuando su evolu­ ción era d é b il. es la que ha preparado en F ran ­ cia u n a revolución dem ocrática. P ara él la nueva dem ocracia es el reino de la libertad y la ig u a ld a d . a través del poder de la tributación.. Lo ha visto en su perspectiva cabal. o que a su vez puede d a r nacim iento a u n sistem a . y fue causa de que estallara a fines del siglo xviii. y ocupando el lugar de aquélla en el sis­ te m a de gobiemo. Ha seguido su ideología h asta sus comienzos económi­ cos. después de h aber sido por un largo periodo el sostén del trono contra los grandes nobles. supone que con su triunfo no hay horizonte que escudriñar. Pues el capital indus­ trial. ha establecido la m onarquía lim i­ tada. ha estable­ cido m onarquías absolutas. E sta evolución. sino en su propio lugar y como parte de un m ovim iento europeo m ás vasto. Es vital p ara su concepción que no perciba en grado alguno que el capital industrial puede n acer del privilegio. nacido del esfuerzo hum ano. ha hecho explosión.

se hará revolucionaria también. su obra está term inada. Pero la nueva clase. como Jau rès ha señalado bien. Ve a la clase de propietarios industriales conscientes de su fuerza. No sospechaba que más allá de ellos había una clase nueva preparándose también para e n tra r en la historia. ni una palabra que sugiera que se da cuenta de su existencia. a sem ejanza de la antigua. La Revolución te rm in a con el triun­ fo del propietario del capital industrial. A Babeuf y Saint-Simon tocó p la n ta r las se­ m illas de las cuales Marx y Engels recogieron tan rica cosecha. Bam ave. no puede concebir una revolución que vaya m ás allá de lo que fue aquella en que participó con ta n ta distinción. y a m edida que se hace cons­ ciente de su destino. No en tra en sus cálculos que esta clase nue­ va. de m odo sim ilar. Se da cuenta de que no estarán satisfechos h asta que su fuerza se exprese en la conquista del poder del Estado. Su liberalismo. . En todo su análisis. una vez hecho esto. Son sus deseos y sus pretensiones los que él trad u ce en un sistem a político. Para él no hay proletariado. requería en su favor un nuevo exponente para tra z ar los contornos de una filosofía nueva. no hay discusión del asalariado. E s tá m ás allá de su im a­ ginación que ella vendrá p ara sen tir un antagonism o contra los dueños del capital industrial tan profundo como éstos lo sintieron co n tra los propietarios de la tierra. EL SIGLO DE LAS LUCES 201 de privilegios no menos m ortal que al que reemplazó. con su notable penetración. está lim itado por el horizonte de la burguesía del delfinado a la que él pertenecía. por d ecir así.

ninguna doctrina habló con la m ism a autoridad o ejerció in­ fluencia ta n general desde W aterloo h a sta la inicia ción de la Gran Guerra. y creó u n m ercad o m undial que ha roto el aislam iento aun de los pueblos m ás distantes. fueron los principales arquitectos doctrinales de su advenim iento. Luchó du· 202 . complejo siquiera porque. en que la civilización n o rteam erican a de ios últim os cien años puede considerarse no ilegítim a­ m en te como la realización del ideal liberal. en efecto. En verdad. y estuvieron siem pre a la defensiva aquellos que en la E uropa occidental se opusieron a su advenim iento. H ungría y Bulgaria adquirie­ ron una nueva conciencia de sí m ism as. Conclusión LA SEGUNDA SIEGA El siglo XIX es la época del triunfo liberal. Su triunfo. Fue el defensor de la tolerancia religiosa. la victoria del liberalismo. fue un fenóm eno com plejo.trialis- m o y transform ó a la Gran B retaña en el ta lle r del m undo. H ay un sentido. muchos de los que m ás lo reveren­ ciaron se im aginaron e sta r adorando ante un alta r diferente. y. no fue fácil. bajo su égida. Sus conquistas son tan vastas que el m un­ do que creó en esos cien años h abría parecido muy próxim o a lo inconcebible aun a quienes. Fue el profeta del indus. Ita lia y Grecia. como Adam Sm ith. sin duda. Estableció el sufragio universal y el p arlam en tarism o casi como principios del derecho n a tu ra l. como en su crecer. Tanto América como el d espertar del antigxio O riente no son sino un tributo a su im perio m undial. como un hecho o como una doctrina. y rompió a la vez el poder tem ­ poral de Roma y acabó con el derecho de la religión a definir los lím ites de la ciudadanía. Sostuvo que los derechos del E stado deberían e sta r en general de acuerdo con los lím ites de los Estados. Fue el exponente del librecam bio.

impidie­ ra co rrer hacia la anarquía social que ellos creían era inherente a la idea liberal. Se enfrentó. LA SEGUNDA SIEGA 203 ran te casi m edio siglo u n a batalla interm inable y en dos frentes una vez que se desvaneció el prim er entusiasm o por la Revolución francesa. que se expresaba como el laissez-faire en el Estado. fue atacada con el motivo de que una libertad que en la am arga realidad se lim itaba a los propietarios no era libertad en absoluto. que buscaba lim itar el poder del individuo som etiéndolo a un m arco de principios cristianos d irectam en te em parentado con las ideas medievales. Comte y sus discípulos recha­ zaban la idea liberal en nom bre de una ciencia que. a m enos que lo fu era con­ seguida por la intervención deliberada y decidida del Estado. que con­ tem plaba la idea de un E stado puesto al servicio de los desheredados.2 Sismondi y B uret 3 fueron exponentes brillantes de u n a escuela que parecía tan horrorizada por los resultados sociales del laissez-faire. E ste punto de vista tenía defensores 'como pueda haber en la historia de la filosofía polí­ tica. según su criterio.^ Por la otra. Pero no creo que sea u n a afirm ación inexacta la de decir que la esencia . como Iglesia o como Estado. Coleridge y Carlyle. Southey y Dis- raeli desarrollaron con penetración notable la idea de un Estado que rebasaba de la relación de la m era caridad a la m itigación consciente de los resultados de la desigualdad. por una parte. con un conservadurism o renovado que en m anos de hom bres como De M aistre y Hegel trató de poner lím ites al individualism o en nombre de una autoridad que. hacía de la incum bencia del Es­ tado em prender la regulación de la vida social en interés de u n a com unidad orgánica superior en sus pretensiones a cualquier porción de sus miembros. No es éste un m ovim iento cuyo resum en sea simple.“· En Inglaterra. Hubo la escuela cuyo representante m ás activo era quizá Lam ennais. la liberación del individuo. de Saint- Simon en adelante.5 Mas el ataque fundam ental contra la idea del libe­ ralism o lo hizo en el siglo xix el socialismo. Ideas derivadas de los orígenes más distintos y opuestos contribuyen a su form ación.

Negaban que en estas condiciones fuera alcanzable una sociedad justa. Los socialistas rechazaron la idea liberal porque en ella vieron una simple particu larid ad m ás de la his- toi'ia intentando disfrazarse de universal. Los hombres podrían e n tra r con plenitud en posesión de su herencia sólo cuando. por lo menos superficialm ente. sino en el futuro. del que M arx pintó un cuadro im perecedero en el p rim er tom o de E l capital. sino un poder coercitivo que imponía a la clase trab ajad ora la dis­ ciplina social exigida por los poseedores de la pro­ piedad en su afán de lucro. la revolución efectiva estaba no en el pasado. el E stad o no era un órgano neutral que buscara como m e jo r pudiera el bienestar de toda la com unidad. Alegaban que no era. el poder eco­ nómico pasara a la sociedad como tal. m ientras dejó al proletariado encadenado. y el unnus mirabilis de 1848 hizo evidente que una ideología social estaba luchando por im ponerse de­ trás de las pretensiones políticas form ales. Ar­ guyen que del m ism o modo que la clase m edia había derribado la aristocracia feudal. H asta 1849 Europa nunca estuvo libre del fan tasm a de la conspiración y la rev o lu ció n. por la ac­ ción revolucionaria de la clase obrera.204 LA SEGUNDA SIEGA de su ataque provino de la comprobación de que la idea liberal obtuvo para la clase m edia su porción cabal del privilegio. El esfuerzo del socialismo se encam inó a corregir tal deficiencia. P ara ellos. en efecto. así la trab ajad o ra se vería obligada a derrib ar a sus amos p a ra apode­ ra rse del E stado en beneficio propio. En su exposición vital. El Estado laissez-faire. D urante la p rim era m i­ tad del siglo pareció. Marx y Engels insistieron en que la revolución bur­ guesa no había hecho sino m u d a r el poder político efectivo de los dueños de la tierra a los de la pro­ piedad industrial. En su concepto. era p ara ellos sim plem ente la sujeción orga­ nizada de las m asas a pretensiones sobre beneficios legalizados por ese poder coercitivo que siem pre se relaciona d irectam en te con la posesión del poder eco­ nómico. una doctrina final. La idea . sino una fase adecuada y temporal en la interm inable lucha del hom bre con su medio. que tenían razón.

Tocqueville en Francia. al m enos aplacaron su fei-vor revolucionario en la m ay o r p arte de los Estados donde la dem ocracia política había conseguido una base efectiva. Pero al menos la presión de los sindicatos. LA SEGUNDA SIEGA 205 liberal parecía haber en trad o plenam ente en su rei­ nado. debía m antenerse la propiedad privada de los medios de producción. y la de pensadores como Green y M atthew Arnold ^ en Inglaterra.^ la de los so­ cialistas gubernam entales en Alemania. si no detuvieron el pro­ greso del socialismo. Tenía dos fines fundam entales. salvo la de aquellos a quienes la filosofía m arxista había contam inado. le enseñó que debe adoptar una concepción positiva del Estado. por una parte. De ahí la aparición. burd am en te después del sesenta del siglo pasado. sus conquistas eran dem asiado espectaculares. del E stado serviciosocial. esta fase de la idea liberal dominó la m ente de toda Europa. El liberalism o no abandonó su creen­ cia en la validez de la propiedad privada de los me­ dios de producción. no en m en o r grado en los Estados Unidos. El socialismo inglés típico era fa­ biano: un cuerpo de doctrina sobre el cual era bas­ tan te m ás hondo el tono de las ideas de John S tu a rt . por regla general. La riqueza inm ensa que creó hizo posible concesiones a las m asas que. Cham berlain lo llamó— neutralizaría la amenaza revolucionaria: un evangelio que en esencia era la noción de que la riqueza h a de ju stific a r a sus posee­ dores pagando am enidades razonables para los po­ bres. Por lo menos h a sta la guerra de 1914. estaba dispues­ to a reg lam en tar las consecuencias de ella en interés de los que con sus salarios no podían adquirir las "am enidades” que habían llegado a considerarse como parte de un nivel de vida razonable. El evangelio del "rescate" —como Mr. después de 1848. El fracaso del m arxism o para conseguir en este periodo una influencia seria en la m entalidad inglesa revela hasta qué punto dominaba todavía aquélla. M ientras afirm aba que. La concepción de la tributación progresiva en favor de las m asas se convirtió entonces en parte esencial de la idea liberal. de nuevo por cerca de m edio siglo. p ara que eso re su ltara practicable.

a d errib ar los cim ientos dem ocráticos de la sociedad en interés de su derecho a luchar. el gobiem o p arlam en tario e ra im poten­ te para liquidar las diferencias por la razón. proseguir la distribución de "am enidades” a las m a­ sas. N acido en la serenidad y propia confianza de la In g laterra victo- riana. p a ra que cada uno pu­ d iera suceder al otro en el gobierno sin am enaza de afrenta. y lo hizo por dos razones. Requería. sino que tam bién.^ Aceptando. Sin la capacidad de h acer funcionar estas condiciones. por la conversión al socialismo de una m ayoría elec­ toral. "La ley —escribiólo— q u e constituye los po­ deres y form as de gobierno es menos im portante y tiene menos influencia sobre la felicidad de las na­ ciones que la que constituye la propiedad y decide . a su sobrante de riqueza. en seguida un convenio en tre los partidos políticos sobre todos !os asuntos de consti­ tución social fundam ental. persuadiría a los dueños del poder económico. u n a vez que ésta se viera en peligro. el sentido de seguridad dado por la capacidad de continuar obteniendo ga­ nancias que le perm itiese. los postulados económicos fundam en­ tales del capitalism o liberal. no vio razón para a n ti­ cipar el colapso de los años de la posguerra. Requería. su tono era profundam ente racio n alista.® Saint-Sim on lo había visto ya a principios del si­ glo XIX. en segundo lugar. prim ero. depen­ dían de u n a conjunción de circunstancias económicas cuya sola p erm anencia podía g aran tizar el funciona­ m iento efectivo de ellas. Ni los fabianos ni los liberales avanzados habían visto que el éxito del gobiem o parlam entario dependía de dos condi­ ciones. por lo tanto. que no sólo pusieron h'mites a la capacidad contributiva en u n sistem a basado en el motivo esencial de la obtención de ganancias. creía que el contrcl directo del Parlam ento.206 LA SEGUNDA SIEGA Mill que el de Marx. Las for­ m as políticas del liberalismo. como en Italia y Alemania. en u n a palabra. El fabianism o supuso que la revolución como m étodo de transfoiTnación social es­ taba gastada. y. perm itía al m ecanism o de la dem ocracia cons­ titucional h acer la transform ación pacífica de un E stado capitalista a uno socialista.

No se dio cuenta de que la dem ocracia política a la que le dio el ser se estableció sobre el supuesto no form ulado de que d ejaría intocada la propiedad privada de los m edios de producción. que ellos eran el pueblo soberano. con presión suficiente. una revolución de la idea de propiedad y." Ci'eyó que el gobierno parlam entario era preferible a todos los d e m á s . Su experiencia del siglo xix había enseñado al pueblo a v er en el E stad o un órgano del cual. en el fondo. e insistieron en que. Po­ dría discutir condiciones con los propietarios y. pero. m ás de lo que la sociedad feudal rebasó su propio principio constitutivo. No dijeron al pueblo que su so­ beranía estaba condicionada de hecho por la obliga­ ción de acep tar la revolución burguesa casi como térm ino final en la evolución de la idea de propiedad y sus relaciones. Enseñaron a los ciudadanos de la dem ocracia que establecieron. Un cambio fu n dam en tal en las relaciones de la clase requiere ahora. el Estado debe servir sus deseos. como requería a fines del siglo xv. y "la ley que constituye la pro­ piedad es lo que le da su c ará c te r verdadero". si ha de servir para cam biar el c arác te r de las fuerzas pro­ ductoras. como soberano. en épocas en que los resultados del sistem a de conseguir utilidades eran satisfactorios. asegurar concesiones que quizá sorprendieron m ás aún a los que las h a ­ cían que a sus beneficiarios. Pero la dem ocracia polí­ tica y la idea liberal que expresaba sus propósitos internos no podían sobrevivir al m arco dentro del cual estaba confinada.ii Ésa era la verdad creadora que nunca supo ver el libe­ ralismo. II Esto es lo que explica la autoridad decadente de la doctrina liberal en n u estra época. por consi­ guiente. era to­ davía sólo una forma. Tan preocupada estaba con las form as políticas que había creado. que falló en darse cuenta de m an era adecuada de su de­ pendencia de las bases económicas que ellas expre­ saban. podían esperar u n a co­ . de la de su g u a rd iá n : el Estado. LA SEGUNDA SIEGA 207 SU uso.

si bien en sus proporciones catastróficas. Usaron con insistencia m ayor del poder polí­ tico que les confería el sufragio universal p ara ob­ tenerla. las relaciones de clase que estableció hicieron imposible que el poder distribuidor pudiera m a rc h ar al paso del poder p roductor. obviamente. tam bién en el avance del patrón de vida de los tra ­ bajadores. El sistem a económico. razón I I: . H abía que h acer un alto en la legislación social. Había habido crisis. 208 LA SEGUNDA SIEGA rrie n te continua de ventajas m ateriales. Pero la ca­ pacidad de autorregulación y. el choque de im perialism os rivales. en gran m edida causadas por la avaricia de adq u irir nuevas riquezas. el poder de conceder m ayores ventajas m ateriales a las m asas. el nacionalism o eco­ nómico. había habido fa lta de trab ajo . Con su desaparición se fue. se vieron a rra s­ trados a una lucha. los propietarios de los in stru m en to s de producción. esto im pedía el acceso a las utilidades. discem ible para un observa­ dor sagaz desde los ochentas del siglo pasado. a m edida que o cu rría esta evo­ lución. se había regulado a sí m ism o en gran parte d u ran te el periodo de expansión ca­ pitalista. por lo tcmto. Iiabía habido guerras. Lo que se olvidó. Y como la ciencia hizo posible una productividad siem pre cre­ ciente. Aceptaron la idea del bienestar m aterial creciente como u n a ley n a tu ­ ral de cuyo funcionam iento podían exigir su porción toda. la fuerza mo­ triz total del sistem a económico. capitalista. porque. cada vez más intensa. sólo desde la Gran G uerra de 1914. las fuerzas de la pro­ ducción no se com padecían con las relaciones de producción. que hizo que la configuración política del m undo negase las m ás claras consecuencias de su configuración económica. P ara conseguir gcmancias. con todas sus deficiencias. de recu­ peración. De ella surgió la búsqueda de colonias. fue el resquebrajam iento del sistem a econó­ mico. según las presunciones del capita­ lismo. desapareció cada vez m ás en el periodo de contracción. tam bién. para lograr m ercados. parecióles que su m agia Ies concedía derecho a beneficios cada vez mayores.

lo cual resultaba dudoso. en efecto. por m ás de cuatro siglos. ten dría que navegar por un m ar desconocido en un viaje cuya ún ica justificación era el éxito económico.i2 era un argu­ m ento de un a eficacia sólo pasajera. No sólo sus beneficiarios h a­ bían hecho lo que ha sido hábito del hom bre a través de la h isto ria : confundían las instituciones a las cuales se habían acostum brado con los fundam entos necesarios de la sociedad. desapareció toda la confianza en sí mismo y su seguridad. Se arm ó para defender lo que bien n a tu ralm en te m i­ raba como sus derechos. LA SEGUNDA SIEGA 209 fundam ental de toda la a v en tu ra económica. Con sinceridad plena su­ pusieron que un asalto a los privilegios de que vivían . Los poseedores de propiedad en el estado liberal no esta­ ban m ás dispuestos a ceder los privilegios de ella. En tal dilema. como Tocque­ ville había visto casi un siglo antes. la religión. cayó en el m ism o pánico que le obsesionara d u ran te la Revolución francesa. según ellos. El capitalism o se halló cada vez m ás ante el dilema de que si proseguía el experim ento liberal. sus dere­ chos. la familia. Todo llevaba sobre la faz la m arca de su influencia: la ley. la educación. cooperaría a su propia destrucción. Esto. A la idea liberal era inherente que los hom bres habrían de u s a r el poder político p ara m e jo ra r su situación m aterial. de lo que lo habían estado sus predecesores en la sociedad feudal. si lo destruía. por o tra par­ te. m ien tras que. Pues en un sentido legal eran. Hizo lo que haría cualquier sistem a económico al ver am enazados sus cimientos. reforzado d ram áticam en te por el advenim iento de la Rusia so­ viética. m ultiplicadam ente. T rataron de p ersu ad ir a la clase trabajadora que aceptara un sacrificio que. Se dio cuenta —con cuánta razón— de que el nuevo clim a m en tal había echado todos sus valores tradicionales a un hei*vi- dero. era de c arác te r tem poral. Con c u án ta razón tam bién empezó a compren­ der que el reto que se le lanzaba iba dirigido a la base de sus derechos. había usado el poder coercitivo suprem o del Estado para escribirlos en cada rincón y en cada grieta de la sociedad que dominaba. Ante el reto del socialismo.

Se convirtieron en una idea arm a d a que de­ fendía una concepción tradicional de la sociedad. Es claro que la teoría liberal del go­ bierno constitucional no puede ten er sentido en este am biente. no queda ya sitio en la sociedad para una doctrina liberal. Sin duda las causas de su crecer son com plicadas. a que triunfen sus propósitos. su significado no lo revela con m e­ nor claridad la actitu d de la Suprem a Corte de los Estados Unidos an te el experim ento de Roosevelt. Los hom bres que llegan a dom inar están decididos. pues el derecho del ciudadano a discutir los principios básicos del orden en que vive es su idea inherente. no queda tiempo para las m an eras de una sociedad deliberante. E n resum en. a tac a r la base de la civilización. H asta ahora. Quienes están dispuestos a no re p a rar en medios para alcanzar el fin son los que dom inan el escenario político. que los que lucharon contra la Revolución francesa. pero es . y cuando las ideas recu rren a las arm as. en efecto. La esencia del fascism o es la destm ccicn de las ideas e instituciones liberales en beneficio de los que po­ seen los instrum entos del poder económico. En parte. por eso no se hallan dispuestos a soportar ni la crítica ni la oposi­ ción a ellos. La noción de tolerancia o de raciocinio apenas existe en épocas sem ejantes. y aun los regím enes liberales han perm itido la discusión sólo en épocas en que no se consideraban en peligro. p ara poder com prender n u e stra pro­ pia época debemos im aginam os que volvemos a los tiempos de la R eform a o a los de la Revolución fran ­ cesa.210 LA SEGUNDA SIEGA era. se revela del m odo m ás pleno en el significado del fascismo europeo. Esto es imposible bajo las dictaduras que han rechazado la filosofía liberal por la simple razón de que probablem ente no podrían vivir si la perm itieran. La pasión del conflicto escla­ viza la razón. Cuando un sistem a está luchando por defender su vida. ningún régim en en la his­ toria ha consentido en su propia destrucción. sobre todo. en parte tam bién. o la burguesía rusa cuando trató de a rro ja r a Lenin del poder. No hay que ir m uy lejos p a ra en co n trar la prueba de todo esto. pero. No dudaron más de la rectitud m oral de su actitud.

y en tre ellas. cuenta con auto- . al menos las que trataban de ay ud ar al campesino.i^ La posición norteam ericana. apunta en una dirección sim ilar. es. hayan dejado prácticam en­ te intocada la propiedad de los medios de produc­ ción. Sus dos m edidas principales. La naturaleza m ism a de la situación que heredó lo condujo a h acer grandes experimentos en la reglam entación federal. Desti-uye el liberalism o que perm itió la experiencia de la expansión con objeto de im poner a las m asas esa disciplina social que crea las con­ diciones bajo las cuales esperan poder continuar ob­ teniendo utilidades. pri­ mero. Mr. Roose­ velt ocupó la presidencia en 1933 en circunstancias críticas como los Estados Unidos apenas habían co­ nocido desde su fundación. sus partidos políticos. E sto explica por qué en los países fascistas el p atrón de vida de la clase traba­ jad o ra h a ido en continuo descenso desde la supre­ sión de las ideas e instituciones liberales. después de su ¡ogro. si m ás sutilm ente com­ plicada. de la discusión libre y del dere­ cho de huelga. que hayan conseguido siem pre el poder en concierto con el ejército y los grandes negocios. y que. la Ley de Recuperación Indus­ trial N acional y el Im puesto sobre Transform ación de Productos Agrícolas. gozaron de u n a popularidad general en todo el país. ob­ jetivos de sabor socialista. que resulta dudoso si el Gobiemo federal. en resum en. fueron. decla­ radas anticonstitucionales por la Suprem a Corte por motivos de un a naturaleza tan general. Pero resu lta notable. destru ir las defensas características de la clase tra b a jad o ra. dondequiera que ha conseguido el poder. Bien frecuentem ente. los fascistas han proclamado. surge como una téc­ nica institucional del capitalism o en su fase de contracción. Paralelo a esto ha sido la supresión de todos los partidos políticos. Lo que ha he­ cho. sin embargo. antes de su advenim iento al poder. LA SEGUNDA SIEGA 211 inequívoco el propósito de su acción. excepto el fascista. so­ bre todo. Mayorías triun fan tes aprobaron en am bas cám aras del Congreso las m edidas que propuso. d entro de la intei*pre- tación actual de la Constitución. sus sociedades cooperativas. sus sindi­ catos. El fascismo.

las decisiones de la Suprem a Corte son m eras inteipretaciones legales de si ciertas leyes del Congreso caen o no d entro del ám bito de la Constitución. sin duda. da a palabras como "razonable”. con lo cual no puede in te r­ venir el Gobierno federal.S. Se ha decidido. o. 212 LA SEGUNDA SIEGA ridaci suficiente para em prender funciones a que lo obliga la n aturaleza m ism a del E stado industrial m oderno. vs. la sustitución del criterio de la Corte de lo que estas palabras o frases significarán por el punto de vista que. Dependen del significado que la Corte. significa que el gobierno electo de los Estados Unidos sólo puede '^1 ado p tar las m edidas que la Corte está dispuesta a . no im porta cuál sea la em ergencia.i® Son. como en U.!“* Superficialm ente. al poder de la enm ienda federal— la fuente verdadera de la a u torid ad legislativa de los Estados Unidos está en una m ayoría de la Suprem a Corte. en efecto. después de la discusión usual. o “debido proceso de la ley”. por ejemplo. Y deben leerse estas decisiones en el con­ texto de juicios anteriores que prohibía la legislación que tra ta ra . m ucho m ás asunto de filosofía social que de ley pura. como en el caso del im puesto a la transfoiTnación de produc­ tos agrícolas. bajo la Constitución. de obligar a los ferro carri­ les a pagar pensiones a sus empleados. en realidad. y esto. en su m a­ yoría. por supuesto.i6 o de im ­ pedir el trabajo a los niños. o a frases com o "libertad c o n tra ctu a l”. se sostiene que. por tanto.!*’ Cabe decir que —sujeto. Schecteri^^ que lo que en efecto es poder legislativo no puede delegarse a un presidente. el bienestar de u n a población agraria de cerca de cin cu en ta millones de personas es a sun to que sólo incum be a los Estados. Según ha expli- cado.i“^ Pero las bases en que todas estas decisiones descansan son. a quien hay que concebir investido de una función eje­ cutiva sin violar ese dogma de la separación de po­ deres en el cual se basa la C onstitución. la legislatura de un E stado o la federal ha escogido darles.20 no to lerará que u n a situación de em ergencia dom ine lo que h a elegido como propósitos soberanos de la C onstitución.

Puesto que la base de lo que aprueba es. con bas­ tan te energía. u n a concepción de los límites dentro de los cuales el Gobierno puede in te rfe rir en los de­ rechos de propiedad individual. LA SEGUNDA SIEGA 213 aprobar. hace m uchos años. y su validez dependería de legislar los estados aisladam ente. no se registra ejem plo más sorpren­ dente de la sujeción del poder político al económico. Lo que a grandes rasgos se desprende de la decisión es que la m ayor parte de la legislación social decre­ tada en ese país desde 1906 rebasa el poder del Go­ bierno federal. como no lo está en ningún otro país del m undo. como la Suprem a Corte lo in terpreta ahora. Sobre esto el juez Holmes comentó. y por cuánto tiempo. m ucho m enos socialistas. ¿Qué sucedería. ¿no se vería forzada una m ayoría . el resu ltad o efectivo de la actitu d de la Corte es su je ta r la opinión del Congreso en u n a teoría del Estado. al sistem a n orteam ericano si el m alestar de las m asas contra el orden social diese por resultado la elección de un presidente socialista y de una mayoría de igual filiación política en el Congreso? ¿Podría siquiera in te n ta r el cum plim iento de su program a? Y si d entro de la Constitución. esencialm ente. D entro del m arco de un sistem a constitucional. puede sobrevivir una dem ocracia a la que se niega la oportunidad de afirm a r su esencia propia. por ejem ­ plo. cuando en una opinión co n traria re­ cordaba a la Corte que la E nm ien d a 14 no había hecho ley la Social Staiics de H erber Spencer. por un criterio judicial de los derechos de propiedad que sólo puede controlar el ejercicio accidental del poder de nom bram iento. La lim itación es grave. De ahí que el derecho político del P residente y del Congreso de los Estados Unidos para d e creta r m e­ didas liberales. Pero el sistem a origina la grave contingencia de h asta dónde. de su confoiTnidad con cá­ nones de "razonabilidad” cuyo control está sólo a discreción de la Corte. ese cum plim iento es legal­ m ente imposible. esté limi­ tado. pues confía la interpretación de los dei'cchos de propiedad a u n a clase legal cuya distinción se gana sobre todo defendiendo las reclam aciones que por designación debe exam inar.

es un obstáculo insuperable a la u nan im id ad de los intereses. m ás brutalm ente. de­ te rm in a la división de la sociedad en diferentes inte­ reses y p a rtid o s . En cada caso. "La diversidad en las facultades del hom bre —escribió M adison en E l Fe­ deralista—. a in te n ta r una revisión constitucional drástica? ¿Una oligarquía económica habituada por la Suprem a Corte a creer en la irracionalidad de los cánones nuevos que tra ta ra de im poner aceptaría tan drástica revisiónP^i El capitalism o norteam ericano. con resultados sobre su ideo­ logía liberal de c arácter sim ilar. Es necesario reco rd ar que tal dilem a fue visto ple­ n am en te al h acer la C onstitución n o rteam erican a hace ciento cincuenta años. por el advenim iento de hombres como Adolfo H itler y Be­ nito Mussolini. quizá aun una m ayoría liberal. u n criterio del m odo como la re n ta nacional ha de ser distribuida. El p rim er objeto del gobierno es la protección de esas facultades. El in ten to de sa­ tisfacer has fundadas esperanzas de las m asas está en contradicción con los títulos sobre el dividendo nacional que reclam an quienes poseen los in stru ­ m entos del poder económico. ha e n tra d o en la m ism a fase de contracción crítica que el capitalism o europeo.214 LA SEGUNDA SIEGA socialista. donde se origina el derecho de propie­ dad.. El m ism o fin se ha corregido en Europa. al menos h asta donde sus representantes electos la expresan. El Presidente y el Congreso tra ta n de u s a r el poder suprem o coer­ citivo del E stado en favor de su criterio . E n tal dilem a está puesta la escena para uno de esos conflictos fundam entales cuyo resultado nadie puede predecir. según parece. La fuente de discordia m ás com ún . y la influencia de éstas sobre los sentim ien­ tos y opiniones de los respectivos propietarios. pero la Constitución les estorba. La protección de fa­ cultades diferentes y desiguales para a d qu irir pro­ piedad produce inm ediatam ente la existencia de di­ ferencias en cuanto a la naturaleza y extensión de la m ism a .. La Suprem a Corte es­ torba por ahora la autoridad de la dem ocracia para h acer cum plir su voluntad. lo que en esencia está a discusión es u n a filosofía social.

" El punto de vista de Madison lo com partieron ín­ tegram ente contem poráneos suyos como Jefferson. otro de los com erciantes. pero hace intervenir al espíritu de partido y de bandería en las operaciones necesarias y ordinarias del go­ bierno. otro de los fabricantes. y obtuvieron éxito en su esfuerza. Un interés de los propietarios raíces. las grandes oportunidades que la ex­ plotación de sus recursos hacía posibles ocultaron en gran m edida los resultadas del proceso. bajo la magis­ tral ju d ic a tu ra de M arshall. uno más de los grupos adinerados y otros intereses menores. Sus con­ secuencias son claras ahora. El tem or a la dem ocracia a . O en N orteam érica se cam bian las relaciones de clase. sur­ gen por necesidad en las naciones civilizadas y las dividen en distintas clases. M arshall y Alexander H am ilton. dio a las pretensiones de la propiedad su lugar especial en el sistem a nor­ team ericano. E ntre acreedores y deudores existe una diferencia sem ejan­ te. "Los propietarios y los que carecen de bienes han form ado siem pre distintos bandos sociales. M ientras N orteam érica estuvo expandiéndose. Las contradicciones del uno ponen en peligro la ideología liberal de igual m an era que las contradicciones del otro. a las que m ueven dife­ rentes sentim ientos y puntos de vista. Ha llegado el periodo en la evolución económica de N orteam é­ rica en que los postulados de su sistem a de propiedad son incompatibles con la dem ocracia política. N orteam érica está en­ vuelta en las m ism as dificultades que los sistem as económicos del viejo mundo. LA SEGUNDA SIEGA 215 y persistente es la desigualdad en la distribución de las propiedades. E sta incom patibilidad no es una penetración espe­ cial de n u estra época. o se verá obligada a cam biar la base dem ocrática de la sociedad con objeto de realizar su objetivo funda­ m ental de obtención de ganancias. La ordena­ ción de tan variados y opuestos intereses constituye la tarea prim ordial de la legislación m oderna. Su propósito único fue im pedir que las m asas invadieran esos derechos. Él fue el au to r de esa interpretación constitucional que.

a la Prim era Internacional. todo tiene su origen en la dism inución de e sta incom patibili­ dad. Te­ nía que e sta r por encim a del azar la propiedad priva­ d a de la tie rra y del capital.216 LA SEGUNDA SIEGA principios del siglo xix fue. si bien la aplicación de sus asertos dio origen a las consecuencias m ás diversas. Por esa razón B ism arck tra tó de paralizar el progreso del socialismo en Alemania con m edidas como su plan de seguro social. D urante la m ayor parte del siglo xix y en la generalidad de la E uropa occidental. El odio a los sindicatos. el tem or. de pequeños propietarios. el largo re tra so en la concesión del voto a la clase trabajadora. el gobierno no se presentó a las clases propietarias sino como la m u ralla defensiva con que sus privilegios se prote­ gían de la invasión de los pobres. Su aproxim ación fue esencialm ente simple. dem ostró que la clase . hizo ver que creaba una desarm onía en el E stad o y que resolverla llevaría la m áxim a ingenio­ sidad de los gobiernos.2s y sus consecuencias fueron objeto de las advertencias quizás m ás proféticas y notables de Tocqueville. Concedidos los supuestos. en efecto. La existencia. Dio por supuestos dos principios constitucionales fundam entales. sobre todo. las funciones principales del E stad o eran en esencial lo que Adam S m ith había proclam ado en un posible m om ento de ingenuidad. el de que su extensión destruyera la seguridad de la clase posee­ dora. M erece observarse que esta actitu d explica la for­ m a peculiar que dio R icardo a la economía clásica del siglo XIX.24 Subraya en Francia la filosofía social de hombres como Royer-Collard y Guizot. y un vasto cuerpo de traba­ jadores que sólo podían vivir de la venta de su fuerza de trabajo.23 Más tard e constituye u n a tesis c en tral en el análisis de la dem ocracia de Bagehot y S ir H enry M a i n e . Para ellos. E sto perm itía que los ricos pudieran dorm ir tranquilos. en los sesentas y setentas del ú ltim o siglo. y los contratos libres en tre individuos debían cum plirse como cosa sagra­ da. h asta el advenim iento de lo que Dicey llam a la "poca co­ lectivista”. Esto im plica el aviso de M acaulay a la Cám a­ ra de los Comunes sobre las consecuencias del su­ fragio universal.

Sobre las dos terceras partes de Europa com batían aún los restos decadentes del feudalism o. de aquellos "inte­ reses siniestros” como el sistem a de Speenham eland. y. en el sentido m oderno del vocablo. vi­ viendo. no reconoció la gene­ ración de R icardo las posibilidades del Estado po­ sitivo? Yo creo que la contestación es sencilla. La época de su propia victoria sobre el Estado estaba dem asiado cercana para considerar su intervención de otro m odo que ño fuese estéril. por otra. que m o strara la capacidad de la técnica a d m in istra­ tiva. como N assau Sénior. Sir Robert Peel no había renovado la policía. por u n a parte. que por su enojosa reglam entación industrial significaba persecución m ás o menos seria. . si ésta trab ajab a con energía y continuidad. Lo que en tiem po de Ricardo pasaba por socialismo^c —aún no se inventaba el nom bre— era más bien un cri de coeur que una doctrina social coherente. como vivía. No h a­ bía servicio civil. la sociedad le parecía prisionera dentro de los postulados que él estableció. m ás como enemigo que había que d e rro ta r que como aliado a quien recurrir. El E stado parecía el ór­ gano protector de la gran corrupción de la vida m u­ nicipal. puede pregim tarse. En los tiempos de Ricardo. Pero cualquie­ ra o tra perspectiva le h ab ría parecido utópica. ¿Por qué. a sus ojos. de m an era de no ofrecerle o tra altern ativ a posible. en u n a época de honda desilusión de los resultados de la Revolución francesa. y todavía en la generación siguiente estaba dem asiado m ezclado con ese utopism o rom ántico del cual Fou­ . R icardo no se ocultó a sí m ism o ni a sus contem poráneos el inmen­ so contraste que sus principios producirían en tre ri­ cos y pobres. por eso el Estado. Los propietarios invertían el sobrante de su ren ta como capital. en política y en religión. M iraba la activi­ dad del Estado. como A4acCulloch. era un poder que tratab a de pro­ teger lo anticuado contra las nuevas ideas. como M althus. ni tampoco dudó de que el contraste d aría lugar a grave descontento popular. Como Austin. LA SEGUNDA SIEGA 217 propietaria daría un salario de subsistencia al resto de la com unidad. y esto m antendría a la na­ ción como un negocio en m archa.

la ideología liberal elevó al m áxim o el es­ plendor de la libertad contractual —con lo cual. El . Coleridge y Carlyle. como fuente potencial del bien so­ cial. Pues el capitalismo. que se olvidó o no se tom ó en consideración su precio. u nid a a los des­ cubrim ientos científicos. en cualquier m an era cohe­ re n te y profunda. Pero. aunque no siem pre. 2 7 El resultado fue que. significaba toda ausencia de repre­ sión sobre la iniciativa capitalista— y se rehusaba a considerar al Estado.218 LA SEGUNDA SIEGA rier y los saint-simonianos eran en tal grado capaces. Key­ nes h a escrito. era dem asiado tarde. en los años form ativos del siglo XIX. que p ara entonces se había dom esticado en cada grieta y escondrijo del edificio social. acum ulara tan enorm em ente.28 "absolutam ente irreligioso. sin uni­ d ad interna. No era n a tu ra l que u n a población. Como él predijo d u ran te las nego­ ciaciones de la Paz d-e Versalles. que parecía m erecer la adm iración de hom bres so­ brios y prácticos. alternativa practicable a sus postulados. había creado intereses que en ningún sentido últim o podía aven­ tu ra rse a sacrificar. Sin du da había protestas de hom bres como Southey. que la com pleta igno­ rancia del socialismo de sus partidarios h asta el úl­ tim o tercio del siglo xix. la libertad de contrato lo­ gró victorias ta n espectaculares. Cuando no pudo descui­ dársele ya. en efecto. N ada m uestra m ás claram ente la arrogante actitud de la economía posricardiana de que no había. un m ero cúm ulo de poseedores y perseguidores”. La guerra ha descubierto la posibilidad de disipación para to­ dos y la vanidad de la abstinencia para muchos. Se había hecho. su base estaba edi­ ficada sobre un principio "dependiente de condicio­ nes psicológicas inestables que puede ser imposible volver a crear. sin gran espíritu público y a m enudo. de la cual ta n pocos disfrutaban de las comodidades de la vida. con verdad am arga. Es necesario reco rd ar que no fue h a sta los últim os años de su vida cuando John S tu a rt Mill se libertó suficientem ente de los prejuicios ri- cardianos de su ju v en tu d para hallar en el socialis­ m o la única disyuntiva a un espectáculo de m iseria que ya encontralía i n s u f r i b l e . como Mr.

las clases trabajadoras pueden no e sta r ya dispuestas a abstenerse de tanto. en la m om en­ tánea ilusión esperanzada después del cese de las hostilidades. los hombres aplicarían la ideología de un liberalismo renaciente a la solución de sus problemas. de nuevos im perialis­ mos. puede añadirse. efectivam ente. que la relación de los Estados deudores y acreedores quebrantaría los sistem as m onetarios del m u n do . a pesar de lo profètico de su visión. la som bra de otro conflicto m u nd ial. soñaron con que. no en co n trarían puerto seguro para sus inversiones. que. como en la experiencia de Francia sobre Turgot. Keynes pinta . aun cuando se abstuvieran de consumir. un derivado del esfuerzo de la clase m edia para lo­ . empero. d entro de los diez años de la Paz de Versalles. al fin. que la guerra "para h acer del m un d o un lugar seguro para la dem ocracia" resquebrajaría sus cimientos en más de m edio m u n d o .20 El cuadro. es aiin m ás tétrioo de lo que Mr. que se c erraría la época de la expansión n o rte a m erica n a . III No lo previeron. sin confianza ya en el por­ venir. todo esto apenas fue previsto por aquellos que. que de la fe­ bril disputa por la riqueza saldría. que el nacionalism o económico vol­ vería a descubrir. la prueba de una innovación m oderada conduciría a las clases capitalistas a un pánico de economía reaccionaria. precipitando así la hora de la confusión”. Como doctrina. había elem entos en los años de la pos­ guerra cuyo choque completo ni él pudo prever. pues. estaba escrito en la historia del liberalismo. fue. LA SEGUNDA SIEGA 219 bluff está así al descubierto. en las condiciones de un m ercado m undial. y las clases capitalistas. tra ta n de d isfru ta r en m ayor escala sus liber­ tades de consumo en ta n to duren. que las clases capitalistas. todas las viejas falacias de la doctrina m er­ cantilista para intensificarlas luego. Que el m undo tra ta ría a la Revolución rusa con la mis­ m a falta de inteligencia que dem ostró para Francia después de 1790.

en tre ellas. Ésta.220 LA SEGUNDA SIEGA g ra r su emancipación. y u n cuerpo de legislación. por ejemplo. H. o algo m ás tarde. como he tra ­ tado de m o stra r aquí. Siem pre ha rehusado ver cuán poco significado existe en la libertad de contrato cuando está divorciada de la igualdad en la fuerza de negociación. La crisis en que ha desembocado no es cosa nueva. para ellos éste era una tiran ía de la que tra ta ro n de escapar. y su total gravedad apareció sólo cuando el mal llegó al fin a la superficie y destruyó ciertas partes de ésta tam bién. Pero no lo es como descripción de la evolución de la doctrina en conjunto y en p a rtic u la r de su expresión como un m e­ dio social. por u n a parte. Después de su victoria. los liberales de las épocas an­ teriores a la Revolución francesa sólo tenían una teoría negativa del E stado .” Pero esa decadencia in tern a arranca de los cim ientos de la doctrina. por la otra. A la dem anda de justicia contestaron con el ofrecim iento de la caridad. Jas de T. la transform ación —la frase es significativa— del tra ­ b ajad o r en una "ay ud a”. olvidó no menos cabalm ente que sus predecesores que su victoria no saciaba los títulos a la ju sticia social. “ La ha ocultado por largo tiempo —escribe el Signor de Ruggiero^o— la supervivencia de form as exterio­ res e instituciones históricas creadas por la libertad. es una descripción in ju sta de las m entes m ás generosas. Tocqueville o Hobhouse. Pues. Siem pre h a sufrido por su inhabilidad para darse cuenta de que las grandes posesiones significan poder sobre los hom bres y m ujeres lo m ism o que sobre las cosas. por razones bien com­ prensibles. El liberalism o siem pre ha estado afecta­ do por su tendencia a considerar a los pobres como hom bres fracasados por su propia culpa. N unca ha tra ta d o de a d m itir en una m edida cabal las conse­ cuencias de la despersonalización de la industria. A m edida que lo consiguió. Green. sin duda. velando una decadencia in tern a bajo u n a superficie intacta. como una técnica para d istrib u ir concesiones a los que discutían su supre­ m acía. lo vieron ya como un m edio de protegerse contra la invasión de abajo. que les perm itieran m an ten erlo inalterable en sus líneas generales. Su efecto ha sido p articu lar­ .

Había roto la disciplina de la Respuhlica Christiana medieval en interés de la obtención de ganancias. tenía propósitos más lim itados que el bienestar general de la com uni­ dad. de aloja­ m iento y de protección al trabajo. Pero sus horizontes fundam entales no se ex­ tendieron m ás allá de esa proeza. Extendió sin duda la idea de propiedad en tal form a. Su aspiración fundam ental fue servir a los pro­ pietarios. que sus necesidades ejercieron una influencia excesiva en la form ación de sus prin­ cipios. de salud. Impidió a los propietarios de la tierra reclam ar cualquier privilegio especial d entro del Estado. LA SEGUNDA SIEGA 221 m ente notable en la situación agraria. Su filosofía toda fue en m edida tan grande el resul­ tado de su concentración sobre los poderes y las posibilidades del co n tratista libre con quien su ele­ vación está asociada. Sin duda que sus propósitos se expresaron siem pre en térm inos universales. pero en su funcio­ nam iento práctico eran a tal punto el siervo de una sola clase de la com unidad. El Estado. Se dem ues­ tra por su posición ante las organizaciones obreras. Destruyó los títulos del nacim iento como derechos especiales por sí mismos. por razón de los intereses que contribuyeron a su form ación. todas las cuestiones tuvieren al fin que ser referidas al motivo esencial sobre que estaba edificado. que concedió derechos en la ley a todos los que ejercían una d em an da efectiva. Esto queda de­ m ostrado por su actitu d hacia el pobre. Allí se dedicó en la m ayor parte a distribuir las grandes fincas sin ver que con ello estaba creando u n a clase de pro­ pietarios rurales sin los medios de independencia económica y sin la cohesión o la tranquilidad para ado p tar u n criterio elevado en cuestiones públicas. que fueron sus necesi­ dades las que predom inaron en la foi mación del Es­ tado liberal. Por la n a tu ra ­ leza especia] del E stado liberal. Es­ tableció el gobierno constitucional para im pedir el . Se dem uestra por la larga lucha que fue necesaria —u n a lucha todavía lejos de concluirse— para esta­ blecer el nivel educativo decente. el de la obtención de ganancias. en efecto.

el que había hecho una fortuna. desconsolador. Porque suponía que el afán de lucro era el motivo social esencial. salvo el c re a r riqueza. Eso implicaba la necesidad de un Estado-clase cuyo poder coerci­ tivo suprem o se usaba para h acer cum plir todas las condiciones bajo las cuales es posible el afán de lu­ cro. Si Inglaterra. El Estado liberal. empleó un criterio que suponía siem pre que el hom bre de negocios era lo que M acaulay llam aba a la clase m ed ia: "el representante n a tu ra l de la raza h u m a n a ”. pasada la m itad del siglo xix dobló el núm ero de m iem bros elevando negociantes a la nobleza. Con el m ism o fin aceptó. que fue incapaz de pen sar en el éxito en otras condiciones. así supuso que un hom bre "triu n fan te ” era. como en el caso del utilitarism o. Aun cuando. y lo dem ás. al menos en teoría. Sus éxitos m a­ teriales lo obsesionaron a tal punto. la necesidad económica de la tolerancia religio­ sa. a la C ám ara de los Lores. hosco socialismo".^! No es menos típico que ya en los no­ v entas el represen tan te de u n a gran universidad n orteam erican a pudiese p ro te star contra las enseñan­ za socialista fim dándose en que era un ataque im ­ procedente sobre los que con su generosidad le habían . Más a ú n . habría hecho posibles horizontes m ás am ­ plios. se vio obligado a m o ld ear sus rela­ ciones hum an as al servicio de aquél. Y del m ism o m odo que redu jo al artesano medieval a la condición de obrero fabril o a una "ayu d a” fabril. sus partidarios aceptaron un criterio que. un infrecuente doctor. por ejemplo. ni un criterio m ensurable de la fun­ ción y la situación legal. enviaba un poeta ocasional. como sociedad organi­ zada. ya que está en la n a tu ra ­ leza h u m an a bu scar una base ética para las ideas de que vive. tam bién se m oldearon a su servicio la m oralidad y la religión. un hombre de ciencia raro. no tenía en el fondo objetivo definido. después de siglo y medio de cru en ta lu­ cha. simple y literalm en ­ te. Es característico del siglo xix que Ma­ caulay pudiese deshacerse del tétrico cuad ro pintado por Dickens en H ard T im es con su "pasaje excesiva­ m e n te sensible. excepto la habilidad para a d q u irir aquélla.222 LA SEGUNDA SIEGA infringim iento de sus oportunidades.

Porque los hombres que lo sirvieron no creían en sus derechos com o distintos a los de ese fin. así habían pensado. Siem­ pre vieron el éxito que ello representaba. LA SEGUNÜA SIEGA 223 dado existencia. Se habían rehusado a ver que una sociedad ju sta es aquella en que se . tam ­ bién. No recordaban. como espíritu que inform a las costum bres de las instituciones. como sus predecesores. Clayhanger y Ponderovo no erigen un m undo en el que se a d m ita que la ju sticia tie­ ne un lugar propio. Bal- zac y Proust. abdicar de lo que ellos habían llegado a creer su derecho "n atu ral" a gobernar. Soames Forsyte y Babbit. Pero tan pron­ to como el liberalismo. Sin duda. ju sticia y piedad. Tampoco recordaban ya que hubo un tiempo en que tam bién ellos se habían visto obliga­ dos a pedir com prensión. nunca. Arnold B ennet y Sinclair Lewis nos h an trazado eran tétricas realidades sociales. que la urgencia con que fue predicada como idea ayudó a m itigar las consecuencias cabales de la sociedad a cuya form ación contribuyó. Sin du d a la idea liberal. que en su búsqueda de autoridad habían hecho la guerra y la revolución. en debida proporción. como tal. o decidieron olvidar. se halló con que era el prisionero del fin a cuyo servicio había sido des­ tinado. tra tó de superar el m edio en que fue engendrada. que B e m a rd Shaw nos h a contado cómo aun una m ente tan escéptica y suave como H enry Sidgwick rehusó escuchar en la Asociación B ritánica una defensa de la nacionaliza­ ción de la tie rra fundándose en que era una inmora- lidad. Muy ra ra vez entró en sus pensam ientos conscientes la idea de que la libertad que ejlos disfrutaban era en la sabia realidad una libertad que se negaba a la m ayoría de sus conciudadanos. el precio que por él se había pa­ gado. tra tó de efectuar su transform ación fundam ental. y la crítica hecha a sus vidas les parecía en su h o ra de éxito no m ás que ataques ig­ norantes de hom bres fracasados. que no quisieron. Como habían vivido.33 Los hom bres que T hackeray y Trollope.32 E ra tan profundo el sentido de los derechos de propiedad privada. T anto se habituaron a su posición de conquis­ tadores.

Así. el m an ten im iento del orden. Se había prcdicho ese conflicto a todo lo largo del siglo xix. o aquella en que la desigualdad de recom pen­ sas puede. sería siem pre bas­ ta n te rica para com prar a sus adversarios con conce­ siones m ateriales. y pensa­ ron convencidos que ningún precio era dem asiado alto para pagar la retención de sus privilegios. no estaban pre­ parados para su advenim iento. Igual que sus prede­ cesores. cuando sobrevino el conflicto. no vacilaron en ju stific a r ese sacrificio. en nom bre de la h u ­ m anidad. . sin pene­ tración para percibir que lo que ellos llam aban h u ­ m an id ad no era otra cosa que la voracidad a que servían. Con sus supuestos no pudieron prever que las fuerzas de la producción e n tra ría n en conflicto tan profundo con las relaciones de la pro­ ducción. Podemos consolarnos solam ente con la esperanza de que una generación m ás joven descubra en sus rigores el tor­ vo preludio de una prim avera más luminosa. Pero la idea de obtener ganancias los tenía tan esclavizados que. puesto que la ciencia lega los frutos de sus descubrim ientos a la hum anidad. fueron presa de rencoroso pánico. al menos. Llam áronle el bienestar común. la conservación de la vida civilizada. pero la m ayoría se había negado a to m a r m edidas por m edio de las cuales sus crueldades podían haber sido am inoradas. Aun cuando el precio exigido fue la destrucción del espí­ ritu liberal. Tenían en sus m anos la elección en tre la paz y la guerra. Se habían contentado con suponer que u n a sociedad para la obtención de ga­ nancias.224 LA SEGUNDA SIEGA reconocen iguales derechos al acervo com ún de bien­ estar. Se negaron a a d m itir que el principio vital de su socie­ d ad estaba completo. No pudieron creer —aun con el testim onio d ram áticam en te delante de sus ojos— que la h u m an id ad estaba lista para un nuevo orden social basado en una relación nueva de hom bre a hom bre. como en el siglo xvi. ciegam ente eligieron la guerra. que im pedirían la continuación de las cos­ tum bres en que ellos form aron sus vidas. ju stificarse en función del dere­ cho a ese acervo común. Así. la hu m anid ad pa­ rece e n tra r en un largo periodo invernal.

Les Débuts du Capitalisme (1925).. y Troeltsch en Die Soziallehren der christlichen Kirchen und Gruppen (Tubinga.: las observaciones del profesor Tawney. 2 vols. el Sermón XXVIII sobre la usura. 1912. 8 Sobre Calvino en Ginebra.. Pirenne. Hauser. Buenos exámenes sobre sus ideas económicas los hay en la obra de Grisar. Jacques Coeur (1928). y sobre sus opiniones. y vol. vol. Hauser y Tawney. la segunda edición figura como parte primera del volumen prime­ ro de su obra Gesarnmelte Aufsaetze zur Religionssoziologie (traducido al inglés por Talcott Parsons. 1931). Erlangen). p. y vid. p. también. Troeltsch. L’État Chrétien Calviniste (1902): el mejor examen de las ideas económicas de Calvino se encuentra en H. vid.: H. p. Social Teaching of the Christian Churches. 4 Tawney. 25. México. p. in. 15 Sobre las ideas económicas de Lutero. 22. Wyon. S. n. cap. NOTAS CAPÍTULO I 1 Sobre San Goderico.. Robert Crowley. Bouvier. 3 El libro famoso de Max Weber es Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus. Ha dado origen a una vasta literatura de la -cual las mejores son las obras de Sombart. 0 Respecto a San Antonino.: Opera (1745). cap. op. op.: especial­ mente Werke (ed. in. Luther (1912). i. FCE. Puede decirse con justicia que el me­ jor examen general del tema se encuentra en la obra del último: Religión and the Rise of Capitalismus (1928). vid. 22 5 . especialmente “The Way to Wealth” y “Epigrams”.. su introducción a la versión inglesa de los en­ sayos de Max Weber. Vid. p. IV. 2 Sobre Jacques Coeur. cit. traducción inglesa por O. p. 1930. Die Volkswirt- schaftlichen Anschauung von Florent (1904). 2. Sententiæ. 107. vol. 41. 306. vol. 15. Choisy. 579 5. bajo el título de The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism). 1960. Selected Works (1872). vol. to Biel. 23. 232. lU. vid.: E. T La carta está publicada en su Epistolæ et Responsa (1575). pp. cit. Londres. 201. 355. publicado por vez primera en el Archiv für Sozialpolitik. Historia eco- nómica de la Edad Media. R. sec. Londres. p.. C.. s Vid. 1904-05. XII. vid. 7? éd. Hegner. vid.

27 Strype. 26 History of Henry V III (1872). op. con gran diferen­ cia. 17 Respecto a la actitud del rey hacia el panfleto de Fish. 599.: Bayne. A Supplication for the Beggars (ed. 47. Acts and Monuments (1846). 31 Hay gran necesidad de un estudio completo de las ideas políticas de Belarmino. op. pp. Mcllwain a su edi­ ción de los Political Works of James I (1919). 270. p. iil. Vid. 13 Hugh Latimer. p. 32 El estudio de H. Arber. de 1901). 1935). p. i. Alien. 185. Sermons (ed. 25 Vid. la mejor narración que tenemos. l.. 2 2 Calendar.226 NOTAS 12 Lever. p. 112. Falta por hacer un estudio crítico sobre su filosofía política y las fuentes de ésta. M. Hall. Enrique VIII. aun cuando R. 24 De Officio Regis (1857). 186. i.. x. Yorkshire Archaeological Society. contiene un buen resumen c^e sus ideas. xn. n? 1 164. The Origin of Parliamentary Sovereignty (Shanghai. es la del profesor J. Calendar. J. vol. ii. de 1809). 405 5. pp. 1869). 230-47. 42 s. Y vid. Chauviré (1916) ha añadido algún material nuevo de importancia.. Arber. Reformation of the Church of England (1874). 11. p. Sermons (Everyman’s Library).: el testimonio en Record Series. pp. pp. 216. Holbein).. C. de 1914). Hoe. xi. 70. Strype. Arnold. cit. 30 Sobre el pensamiento politico del siglo xvi en ge­ neral. 657. 28 Calendar of State Papers. 1535. n? 54. 23 El Embajador de Venecia advirtió el peligro. vid. p. 1® Elogio de la locura (ed. 828. 19 Strype. pá­ ginas 75. Life of Fisher (1921). p. ' 20 Blunt. . History of Henry VIII (ed. 93. cap. Ecclesiastical Memorials (1822). 1878). La obra de Y. W. etc. p. pp. European Political Thought in the Sixteenth Century. op.: Somers Tracts (ed.: Obras inglesas (ed. pp. 768. 210. cit. 1895). 1933). Oxford Reformers (ed. i. 33 De República (1577). vol. vi. Archi­ vos Venecianos. La mejor biografía es la del padre Brodrick. 258-70. 8. vol. 624-6. n Seebohm. pp.: Foxe. 601. pp. Baudrillart (1856) sigue siendo la apreciación más completa que poseemos de Bodino. Blessed Robert Bellarmine (2 vols. cit. p. is La respuesta de Moro es su Supplicacyon of Soulys. II. iv. vid. rv. 78. xiv. 417-21. 18 Simon Fish. p. El mejor examen de sus ideas políticas se halla en la Introducción del profesor C. 21 Hall. 20 Calendar of State Papers.

A. Die Idee der Staatsrason (1924). en G. p.sobre cuánto debo en este particular a la famosa "Conferencia Rede” de Maitland. 3f> La mejor descripción del conjunto del mercantilis­ mo se encueritra en E. Hav un relato sucinto del periodo anterior a Colbert en la obra del profesor Cole. en The Development of Religious Toleration in England (1932). Wagner en el Economic History Journal de oc­ tubre de 1935. Alien. Seaborn Davis en 50 Law Quarterly Review. sobre "Coke y el desarrollo del liberalismo económico". Ferrari. IVfaccoby. O. From Gerson to Gratins (1907). Hay un artículo interesante de D. Meinecke. The Development of International Law (1925). W. 2 vols. 40 Sobre Laffemas. NOTAS 227 34 Sobre este periodo véase mi Introducción a la re­ impresión de la Defence of Liberty against Tyrants (1924) y las obras citadas ahí. sigue siendo la mejor obra del difunto doctor Figgis. pp. A History of the Law of Nations. F.: F. vid. Heckscher. 86-109. Hauser en su Les Débuts du Capitalisme (1925). Statues and Constitutional Documents (1913). Sobre Castellion. French Mercantilism before Colbert (1933). . G. sobre todo de! lado italiano. y D. vol. que da referencias cabales sobre las fuentes y obras modernas. Hay materiales útiles en T. Un relato breve y bueno de Acontius se encuentra en J. Mercantilism. Buisson ha escrito una biografía noble y monumental. hecha por L. 88 No es necesario hacer hincapié . (1935). Histoire du Raison d'État (1846) y en la edición del Principe de Maquiavelo (1895). F. vid. 85 Sobre la filosofía política de las guerras francesas de religión. 111.: el valioso ensayo de H. Pero hay una mina de materiales valiosos. op. con el clásico prefacio de Lord Acton. Burd. English Law and the Renaissance (1900). i (1899) y en la obra colectiva francesa Les Fondateurs du Droit In­ ternational (1904). 260-74. Butler y S. 36 Queda mucho por hacer sobre este tema y no menos respecto al derecho inglés. Wal­ ker. A. lo mismo que en G. 42 Sobre la razón de estado. La mejor descripción de coniunto es la de Jordan. ha hecho algunos descubrimien­ tos interesantes sobre sus leyes de patente. Pero nadie ha tratado aún en forma adecuada la relación entre la evolución legal y económica. 41 Es amplia la literatura sobre tolerancia en el si­ glo xvT. no tiene actualmente rival. 37 Aún no existe una historia del derecho internacio­ nal antes de Grocio. cit. 43 Prothero.

p. 240. Giordano Brutto (1913). Judges. 17th and 18th Centuries (1935) sobre los párrafos siguientes. Sampanato. También hay mucho material interesante en A. 54 Ibid. 6 2 Vid. H.: la compacta obra del profesor Wolf. sec. Boissonade. 60 Sobre Giordano Bruno vid. p. . Giordano Bruno (1920). 4T En su Instruction Chrétienne. Gentile. Debo mu­ cho a este guía inapreciable. Bacon. Kohler en 1927. 19. 61 C. es un monumento de sabiduría.. 182). pone de relieve con gran agudeza la solidez y debilidad de Bacon.228 NOTAS 44 Commons’ Journals.. y L.: G. vol. V. 53 Ibid. p. p. History of Science and Technology in the 16th. Hessen en su Economic Roots of Newton’s Principa (1931). M. 50 Ibid. I. vn {Works. i. sec. 205. libro I. op. 57 Sobre el racionalismo en este periodo la obra del difunto J. con una Introducción valiosa. Short History of Free Thought (1935). 99). 51 Essais.. La obra fue reimpresa por W. Robertson. IV. Sulla Soglia del Secento (1926). 236. p. sec. 4« Histoire des Variations (1688). 45 Les Periodes de l’Histoire sociale du Capitalisme (1925). dijo que sólo en Paris había cin- cuenta mil ateos. 55 Ibid. L. libro VIII. 52 Ecclesiastical Polity. 63 p. Kuhlenbeck. Tawney. ni. p. libro III. Bacon (1926). p. Payne Collier (1842). 22. Essays. Pierce Penniless’ Supplication ta the Devil (1592). D. 5« Este asunto ha sido presentado en forma atractiva por el sabio ruso B. vin {Works [1888]. 218 (21 de mayo de 1604). cit. I. The Elizabethan Underworld (1930). ■49 F. I. una exageración a todas luces. Satanae Stratagematum libri V III (1565). 48 Thomas Nashe. p. para un resumen de esta literatura..: R. ed. 303). Le Socialisme d’État (1927). 58 Vid. y V. p. Mersenne en su Im ­ piété des Deistes (1623).. B. Broad en su Philosophy of F. 50 Acontius. Wright. vi (Works. i. Middleclass Culture in Elizabethan England (1934). que tiene una bi­ bliografía inapreciable.

: Correspondence (ed. resumen con éxito la literatura. m . Baptists and Fifth Monarchy Men (1912). cit. Sobre La Bruyère y su mundo es indispensable el estudio de M. Pero se requiere un estudio mucho más completo. 1771). 5 Histoire des Variations (1688). vid. VI. Histoire de la Revocation de VÉdit de Nantes (1695). pp. v. II Projet du Gouvernement en Écrits inédits (ed. op. Fau- gére). Un buen relato de la desilusión que los "niveladores” tuvieron con Cromwell se halla en una tesis inédita de Londres por A. 4 J. si bien la des­ cripción está viciada por su propio entusiasmo por el impuesto único. 370. Works (ed.: la msislencia de Charles Davenant en el valor de ios comerciantes para la comunidad. C. . Seaton. Levesque y Urbain). Adamson. 10 Correspondence. Lange. « Para la comprensión de Bossuet de la visión secular de Molière. 198 s. Religious Liberty under Charles II and James II (1911). The Educational Writings of Jolm Locke (1922). 191 s. Sobre Inglaterra. Bris- saud. La Bruyère. p. esp. 31. reúne en forma conveniente las opiniones de Locke sobre enseñanza. Critique Social (1909). « Tawney. Poole. Hay algún material útil en R. L. F. The Leveller Movement (1906). p. Brown.. A. 3 Notes and Observations to the Emperor of Morocco (1674). y A. la Sobre Claude Joly hay una monografía de J. vol. Pease. Un Libéral du X V lim e Siècle (1896) y una relación sucinta de las mazarinadas en H. NOTAS 229 CAPÍTULO II I Vid. pero no consiguen poner de manifiesto su relación con los cambios económi­ cos. Toleration under the later Stuarts (lÿ ll). 7 El mejor cuadro de la persecución en este periodo sigue siendo el de Elie Benoist. pp. 31. W. ^ The Spectator. n? 1. l'a Sobre los "niveladores” el mejor libro es ei de T. The Hugue­ nots of the Dispersion (1887). Sée. iv. H. Russell Smith. p. Histoire des Idées politiques en France en XV IIm e Siècle (1923). 256. p . sobre los bautistas y los Hombres de la Quinta Monarquía hay una monografía competente por Louise F. I. Social Policy and Problems during the Puritan Revolution (1930). Pero la mejor introducción al estudio de todos estos movimientos es el de Margaret James.

p. Reid. pero parece que en 1665 se terminaron en absoluto los trabajos de esta clase. H. 18 James. op. La cita es de un discurs*o de Sandys en el Parlamento. . i. cit. 80. op. sigue siendo la mayor autoridad. p. R. Rusell Smith.. 412. 21 Vid. espe­ cialmente lo que se refiere a Hunton. La obra del Dr. cit. 230. pp. cit. vid. 34 Sobre la ineficacia de la reglamentación. 1 . 1·» Sobre los esfuerzos para llevar a cabo esta transac­ ción. vid. J. 20 Good Work for a Good Magistrate (1660). 408 5. p.: Lipson. cap.: W. 1» Laud.: mi Political Thought from Locke to Bentham (1920). 189. Works (1847). México. Joint Stock Companies (1912).: Hoe. The Vanity and Mischief of making earthly Treasures our chief Trea­ sure (1655). en que representó un papel importante en la adap­ tación de Bodino al ambiente inglés. 33 Sobre Sherlock vid. 216.: Gooch. 32 Circularon profusamente autores como Nathaniel Johnston. 29 Vid.230 NOTAS S. 25 A Letter from the Gentry of Norfolk and Norwich (1660).. Firth). 119 5. R. FCE.: su The Parlament’s Reformation (1646). 3. 27 The Nobleman’s Pattern (1653). The Treasure of Traffic (1641). iT History of Independency (1661). English Demo­ cratic Ideas in the Seventeenth Century (1898) contiene vin resumen general de todo el movimiento. 15 Puede seguirse el debate en los Clarke Papers (ed. Hill. vid. pp. Moderate Royalist Doctrines in the Seventeenth Century (1932). 30 "A Character of England” (1659) en Harleian Mis­ cellany (1813). Scott. op. El derecho divino de los reyes. N.. cit.: R. R. y Hill. esp. (1894). p. John Nalson y otros. So­ bre sus doctrinas la obra del Dr. 31 Sobre Harrington y su influencia. Figgis. Gooch.: H.. p . op. cit. I 22 Citado por James. 2 0 Vid.. 10 Sobre este relato sumario vid. i.: Hoe. 28 Vid. p p . The King's Council in the North (1921). X.. 4 vols. cit. 23 Scott. op. aunque es demasiado estrechamente político-teológica para tratar el problema de manera ade­ cuada. Lon­ don's Charity Enlarged (1650). n. op. cit. op. Harrington and his Oceana (1914). 1942. 28-9.. 216 5. pp. 24 Lewis Roberts.

43 H. pero nada nos demuestra que lo visitara y es poco probable que estuviera en la biblioteca privada de alguno de sus ami­ gos. 30 The Poor Man's Advocate (1649). 236 5. vid.: las aplastantes . p. Econo­ mic Individualism (1933). 303 5. el derecho no sirve más que para mantener a los abogados y para incitar al rico a que oprima al pobre. hablando en tér­ minos relativos. op. Inderwick. i. iv y V. pp. Stewart. pero tanto los panfletos como los deba­ tes en el Parlamento demuestran que los motivos de queja eran profundos. cit. 40 M. p p . F. Memoirs (ed." Ludlow. Creo. M. IV. vol. 205. cit. es conocida la famosa observación de Cromwell: "Tal como está constituido hoy. cit. y la reseña que de él se hace en la Science du Gouvernement (1756). Althusius es elaborado. Robertson. es rara la vez que lo eran otros escri­ tores. 41 Su Politica Methodice Digesta ha sido reimpresa ahora por el profesor C. Había uno en el Museo Británico. que su conocimiento de Althusius proviene del artículo de Bayle. The Interregnum (1891). 42 Un examen de la cronología de las andanzas de Rousseau no indica que visitara ninguna ciudad en cuya biblioteca pudiera encontrarse un ejemplar de la obra de Althusius. Friedrich. lo mismo que Gierke. 37 An Outcry of the Yoimg Men and Apprentices of London (1649). que da a su obra. 35 Para los proyectos de los reformadores en este pe­ riodo. lo mismo que en F. 38 James. Carcassone ha demostrado la rica genealogía de esta tradición en su magnífica obra Montesquieu et la Tradition de la Constitution Française (1932?). J. op. A. XXX1V5. vol. Firth. Vid. pp. pp. NOTAS 231 Economic History of England (1931). 44 Como ha intentado hacer H.. caps. James. da algunos datos..: James. cap. donde se encontrará gran cantidad de información va­ liosa. pero. vm. 30 El movimiento en pro de la reforma del derecho bajo la República aún no ha encontrado un historiador a su altura. apunta en la misma dirección. p. La poca atención que le presta Bayle es ya signi­ ficativa a este respecto. 2. 88 5. 246. iii. The Provinciales of Pascal (1920). op. por consiguiente. 1894).. mucho más valor del que puedo darle yo. cree que todo el movimiento fue prematuro.. La referencia que se hace en Lettres Écrites de la Montagne no pasa de ser »ana nota.

Plus Ultra (1668). 4« Vid. The Economic Morals of the Jesuits (1934).: las admirables observaciones del profesor Carl Becker en su La ciudad de Dios del siglo xviii. Les Précurseurs de la Tolérance (1881).232 NOTAS respuestas de fray Brodrick. Puaux. p. sin embargo. 12. L'Amérique et la Rêve Exotique (1913). 55 Essay on Modern Improvements (1675). 36-7. G. pero el ateísmo o. había llegado a ser una actitud muy extendida por 1700. vu. FCE.: G. •18 Arcanum Punctationum Revelatum (1624). que está. como aquellos bos­ quejados después de San Bartolomé. Mé- •\ico.: J. The Idea of Progress (1924). vid. 97. viciado por entusiasmados sectarios. vol. xxxix. The Role of Scientific Societies (1913). The Extraordinary Voyage in French Literature (1913). y sus teorías democrá­ ticas no pasan de ser un arma para combatir contra la persecución a sus correligionarios. el deísmo. The Background of the Battle of the Books (1920). En el n? 293 del Spectator. la menos conocida. El mejor relato de sus ideas políticas se encuentra en F. vid. La Querelle des Anciens et Modernes (1914). en Essays (ed. p. como dice Burnet. Ker. por lo menos. 279-98. Bury. i. i. Steele cita una frase del arzobispo Tillotson que da lugar a la discusión del profesor Becker.: Ornstein. Hay un resumen muy útil sobre las críticas del siglo xvii del Antiguo Testamento en la admirable obra de Smith. Gillot. Toryism and Trade can never agree. y R. 1926). Jones. Chinard. ·■'■> Nouveaux Horizons de la Renaissance Française (1935). 58 Hay gran necesidad de un estudio sobre Jurieu. E. La "religión para la chusma". pp. B. En los Studies de la Universidad de Washington. La forma en que Jurieu trata a Bayle es una prueba sufi­ ciente de que creía en la tolerancia sólo con las ideas que él consideraba como buenas. 52 Sobre las sociedades científicas y su papel en el si­ glo xviii. F. 54 "An Essay of Dramatic Poesy" (1668). pp. y sus Relations de Voyages (1925). p. Atkinson. 4!) The Relation of Religious Liberty to Civil Life (1687). 4" Vid. 51 Discourse of Ecclesiastical Politic (1670). para el enterado.: los inte- . History of Modern Culture (1930). 56 Vid. Respecto a sus re­ laciones como espía con el gobiemo inglés. 1943. pero la mejor de sus obras.

pp. pp. 157. 6« Un agradable estudio inglés sobre Bayle se encuen­ tra en Howard Robinson. Bekker. pp. p. 86 A Discourse of the Poor. 77 Unwin. 61 La riqueza de las naciones. 66 Uñd. 374 s.. p . etc. Discurso acerca del comercio de Inglaterra con las Indias orientales. 73 A Treatise. Bayle the Sceptic (1931). 35. FCE. etc. iii. p. 67 Ibid. 1954. 1958. etc. 98-9. 68 "Sobre la usura". Ginzberg. pp. p. 81 A Treatise. 60 B. op. A New Discourse of Trade.: E. de 1753). p. . Si- güenza y Góngora. cit. p. 3. 64 (ed. n. Commenta­ ries. 74 A New Discourse of Trade. Introducción. 88 Ibid. 70. 62. 64 Vid. 78 Journals of the House of Commons. i. NOTAS 233 Tesantes descubrimientos de J. 11s. p.5 Ibíd. Una genera­ ción después había desaparecido el temor a los cometas. 25 s. 70 Works (ed. . 85 A Treatise. I . FCE. en Essays. i. 87 Works (1771). 82 A Britannia Languens (1680). 84 Vid. p. 783. (1671-5). p.. p. pp. 70 A New Discourse of Trade. 8« Tawney. 265. de 1801). Apéndice A. Dedieu. p. 201. 415 s. pp. p. 205. Le Rôle Politique des Protestants (1920). libro IV. 182.. 6« Table-Talk (ed. p. The House of Adam Smith (1934). v. 228 5. p. p p . 72 England's Safety in Trades Encrease (1641). 71 Works (1771). cit. 36.. (1671). xin. I . The Significance of Comets (1683). 135. Pierre Bayle (1906) sigue siendo el mejor análisis de sus ideas. 80 Ibid. Industrial Organization. 328. 75 Cf. (1671). profesor de la Universidad de México. p. 97.. 226... p. 173-248.: Lipson. hizo una advertencia en el mismo sentido. pero la obra de Delvolvé.. 18. La riqueza de Inglaterra por el comercio ex­ terior. op. 6. 74. 62 England's Interest and Improvement (1663). 8 0 The Tradesman's Calling (1684). p. p. p. para un resumen útil y divertido de las suspi­ cacias de Adam Smith hacia los intereses de los nego­ ciantes. México. México.: las observaciones de Blackstone. 159. Pollock). 76 A Discourse of the Poor. 63 Vid.

Economica. p. p.. y no des­ . 1 0 0 England’s Monarch.. 104 "Absalom and Achitophel” (1681). vol. vol. cap. § 138. Gregory. xii. 93 Le Parfait Négociant (1675). vi.” An Account of a Society for encourag­ ing the Industrious Poor (1787). 447. 679. 99 Edward Chamberlayne. Boisguillebert (1935). Der Marschall Vauban (1914). pp. 95 Clarke Papers (1891-4). da excesiva importancia a su héroe. en Somers Tracts. p. I. 13. 16 de abril de 1698. Este último. en Selected Poems (1901). México. 90 An Arrow against all Tyrants (1646). p. p. 1941. 477. p. Priestley negó que nadie tuviera dere­ cho a usar de la propiedad en forma antisocial. XI. 682-3. v. 101. CAPÍTULO III 1 Desde luego. Pero no es éste en general el tenor de las doctrinas de Priestley. 22. 104. p. vid. FCE. 4. E. lOO Ensayo sobre el gobierno civil. Kingsley Martin. en general. T. ed. den­ tro de ella y que el bienestar de la sociedad en general necesite realmente. etc. 103 Spectator. c a p . o se requiera. ¿Es el nombre un seudónimo de Defoe? 98 "A True and Impartial Narrative” (1659). 105 Ibid. donde se anali­ za brillantemente todo el problema. en Somers Tracts. 217 s. si bien es un resumen valioso. pp.. y sobre Boisguillebert el de Hazel Roberts. Anglica Notitia (1669). 100. Faults on Both Sides (1740)..: The Grand Concern of England (1673). i. Mann. El mejor estudio técnico sobre Vauban es el de F. 1 0 2 A Collection for Improvement of Husbandry and Trade. Christie. p. op. § 50. Vid. 9. K. cit. p. 94 The Tradesman's Calling Π684). pp. 107 Op. n? 294. π. 60. Introducción.. "Toda sociedad tiene derecho a reclamar cualquier propiedad que se encuentre. p. 97 Richard Hardley. 37 s. 92 Para el pensamiento politico francés en los últimos años de Luis XIV. p. cit. The French Liberal Tradition in the XV IIIth Century (1929). Su frase es enfática. No se sabe nada del autor. (1644). 191 Ensayo sobre el gobiemo civil.234 NOTAS «1 A Vindication of a Regulated Enclosure (1656). The Economics of Employ­ ment in England. Davenant.

: su Parallèlle des Moeurs de ce Siècle avec la Morale de Jésus Christ Π743). Les Inconvénients des Droits Féodaux (1776). p. Réflexions Chrétiennes (1752). Las Encyclopédists (1900). p. 21 Vid. vol. p. Comu. 3 Sobre el Testament del Abad.: la Introducción de Charles Rudolf a la edición completa que publicó en 1856. ' * Todo este problema está tratado brillantemente y con gran erudicción por B. Carcassone publicó una selec­ ción de sus escritos inéditos. FCE. p. M. 5 Vie de Mon Père (ed. Elie Fréron (1924). cit. vid. El autor es J. Hay una biografía admirable de Brissot por el profesor E. P. 12 De L’Usure. 13 La Théorie de l'Intérêt de l’Argent (1762). . 79. 7 Journal Inédit (1906). 1954. Groethuysen. FCE. 10 Lettres Critiques et Dissertation sur le Prêt de Com­ merce (1774). cap. Sée. Carré. le La Noblesse Commerçante (1756). 20 Sobre la Enciclopedia. NOTAS 235 arrolló sus consecuencias más allá de hacer hincapié sobre los deberes de la sociedad para con los pobres. 141 s. p. Noblesse de la France (1920). de 1927). Origen y evolución del capitalismo mo­ derno.. la mejor obra general es la de L. T. Para la contro­ versia a que dio lugar este panfleto tan famoso en un tiempo. 45. México. A. 86.: su admirable Théorie de la Constitution Fran­ çaise (1792). 4 Ya hay un estudio competente de Fréron por E. México. Intérêt et Profit (1710). en Stu­ dies in Law and Politics (1932). vid. 2 Sobre las circunstancias en que nació la Constitución norteamericana.: mi estudio sobre la Edad de la Razón. ι·5 Lettres sur les Anglais. 18 Vid. En 1930.: H. vid. La formación de la conciencia burguesa.: H. An Economic Interpretation of the Ame­ rican Constitution (1913). 1943. Ducros. 22 Op. i. Se dice que este libro es im trabajo conjunto de Gouttes y Turgot. i. de la Gibonais.: el magnífico volumen del profesor Charles Beard. 14 Lettre à VArchevêque de Lyon. 10 De la France et des États Unis (1787). Croiset. 8 R. 6 Vid. 243. p. pp. 180. y vid. 11 L’Usure Démasquée (1776). Brissot de Warville (1913). Ellery. 458.

. FCE. p. 1958. Bowring). i.. Sec. cit. p. México. 40 Ibid. op. 61 Vid. Nature and Necessity of Interest (1903). V. 1944. Schuyler (1932). 46 Ibid. 43 L'Ordre Naturel et Essentiel des Sociétés (1767). 27 Essays (1790).. Hay un resumen breve y atractivo por Henry Higgs. México. E. p. L. p. pp.: Lipson.. y Mrs. 78. FCE. 192. 102. 236 NOTAS 28 Instructions (1757). 35 Dialogues sur les Travaux des Artisans (ed. Vid.: Acton Letters to Mary Gladstone (1906).. p. 38 Ibid. . 41 Ibid. 42 Elements of Political Economy. p. de 1808). 48 Lettres de l'Abbé Morellet à Shelburne.. 34. cit. Hammond han pintado im cuadro inol- i. Weulersse. vol. 31 Son raras hoy las obras del deán Tucker. 47 Ibíd. 30 Higgs. ni. 32 La obra capital sobre los fisiócratas es la de G. cap. 15. 413. 20. 62 Mr. pero se ha impreso una buena selección de ellas recientemente por R.. Sec. 73. 24 Journal of the House of Commons (1751). 37 Réflexions sur la Formation et Distribution de Riches­ ses (1767). 25 Vid. p. Sec. 321. 10. Merchant Venturers of Bristol. 292. xxvi. 1. p. Se hace necesario un estudio completo de sus ideas políticas y especialmente de su concepto del derecho natural. 39 Ibid. cap. op. 95.: Cassel. 196. 3. pp. p. Los fisió­ cratas. 181. p. 20 s. Josiah Tucker as an Economist (1903). Clark. 28-9. 402. Daire). m . xviii. p. [Hay una trad. iii. Sec. p. 45 Works (ed.. 44 Theory of the Moral Sentiments (1759). p. Sobre las ideas económicas de Tucker la mejor monografía sigue siendo la de W. 50 Cf. parcial de la Teoría de los sentimientos morales publicada por el Colegio de México. 76. La riqueza de las naciones. p. 33 Oeuvres (ed. pá­ ginas 194-5. 26 Carta de 1778 en Latimer. 190. 30 La riqueza de las naciones. 292. 34 Schelle. México. 49 Ibíd.] 29 La riqueza de las naciones. 1941. 2 8 Theory of the Moral Sentiments (1759). parte n. 10. p. p. Dupont de Nemours (1888). 44. p. Le Mouvement Physiocratique (1910).

61 "Reflections". 58 La riqueza de las naciones. Vid. 334-5. J. Sin embargo. 57 Clarke Papers. 361. I. como en el caso de Rousseau o Diderot. 629. p. v. 1817). NOTAS 237 vidable de estas implicaciones en su clásico libro. en Works (1815). 64 The Constitution of England (ed. 93. 63 Estimate of the Manners. v. 243. cap. lib. vol. mi libro. p. Le Socialisme Fran­ çais au X V IIIm e Siècle (1895). 299-345. pp. sin embargo. 62 Esta cita y las que siguen son de Thoughts on Scarcity. 7. 59 Works (ed. ed. 46.: Select Letters (ed. Edmund Burke and the Revolt against the Eighteenth Century (1929). Bentinck (ed. Vid. Ednumd Burke. Vid. vol. S. también. 86. p. 147. The Genesis of Parliamentary Reform (1913). Locke to Bentham (1920). Bohn). 73 La obra clásica sobre el socialismo francés en el siglo xviii es la de A. (1757). Cobban. 70 A Treatise on Indigence (1806). etc. cap. An Historical Criticism (1861). capítulo xiii. Life of Lord B. p. Harrington and his Oceana (1914). Disraeli. Alston (1906). p. p.: Russell Smith. 69 B. p. 67 Sobre Ogilvie y Wallace vid. escasamente algo más que una gran indignación contra la injusticia y no se basa en ningún análisis econó­ mico serio. i. p. Whibley. pp. mi Locke to Bentham (1920). 54 De República Anglorum (1583). 213. 46-7. 03 La mejor obra de conjunto sobre Burke es aún la de Lord Morley. 66 Vid. 24. 56 The Standard of Equality (1647). p. el lector debe tener en cuenta que mucho de lo que Lichtenberger llama "socialismo” es. 65 Commentaries (1765). Veitch. The Town Labourer (1918). 69-70. y B. Lichtenberger. 6 0 Annual Register 0781). J. Hammond. 1905).. vi. 71 El Dr. 171. i. pero hay materiales valiosísimos en el estudio del Dr.: la obra ejemplar del profesor G. A. L. p. 55 Oceana (1656). 68 Works (1813). La visión de conjunto está resumida en su Rise of Modem Industry (1926).. ni. pp. 114. pp. i. iv. Harleian Mis':el- lany. p. ix. p. Warner ha expresado una opinión contra­ ria a ésta en su Wesleyanism in the Industrial Revolution (1930). cap. 72 Eastern Tour (1771). 127. Vid. . World’s Classics).

Vid. Wickwar. 27 de abril de 1765. H. p. p. L’Apologie de Luxe (1909).. 84 Oeuvres. H. 225. 1941. 85 Vid. Lichtemberger. Economica. Lambert. 431. 1771. 93 Oeuvres (ed. p. Entretien d’un Père avec ses Enfants).. p.. p. y las valiosas observaciones del Dr. 431. y a Federico. Voltaire. Égalité. Beuchot).. 298 (Fragments du Portefeuille. 77 Carta a St.: su carta a d'Argental. XL. R. p . v . Müxico. 78 Oeuvres. Il. Oeuvres (ed. vid. B. que es­ tudia un aspecto diferente. p. que constituye un magnífico estudio de sus opiniones. noviembre. FCE.. 75 Carta a Federico el Grande.: sus cartas a d’Alembert. No existe un buen libro sobre este hombre extraordinario. F. 87 Vid.. p. 249. xxii. 76.: la edición crítica de A. 81 Carta de 11 de septiembre de 1738. xxi. 8 . Sobre este punto y la contro­ versia a que pertenece.. Oeuvres. pp. 419. también. 100 Oeuvres de Voltaire (ed. 45 s. Lxvi. 02 Le Mondain (1736). 102. p .. XLVi. p. cit. 7« Oeuvres. 40. n. 10. Philos. 134. 123. Kaye en su edición de la Fable of the Bees de Mandeville. . 7 de abril. y vid. Brailsford. 82 Diction. 449. 1769.. 88 Carta de 28 de febrero de 1763. n . 427. 83 Ibid. ibid. pp. xxi.: Oeuvres. 8 0 "Dieu et les Hommes”. G. XLV. Pellissier. Un Avocat Journaliste (1894). Beuchot). vol. lu. de 5 de enero de 1757. 87 Ibid. vid. op.: Lichtenberger. 76 "Pensées sur le gouvernement". p.238 NOTAS 74 El mejor libro en español sobre las ideas sociales de Voltaire es la magnífica obra de H. Morize.: W. Voltaire Philosophe (1908). El mejor es el de Jean Cruppi. 1875-7). 288-305. de 4 de febrero de 1757. «1 Carta a Damilaville de 1? de abril de1766. VI. vid. 86 Ibid. x.. 88 Sobre Helvetius. The Baron d'Holbach (1935). p. Le Socialisme au X V IIIm e Siècle. Assézat y Tourneux. p. p . Hay mía buena obra en fran­ cés por G. p. N. pp. 88 Sobre Holbach. so Carta a d'Alembert de 2 de septiembre de 1768. xxxix. v. Greaves ha resimiido sus ideas políticas. 8S Carta de 1? de abril de 1766. s. p. 263 (Essai sur les Règnes de Claude et de Néron). 8 4 Ibid. (1895). 261s. ibid. xxix. 85 Premier Discours sur l'Homme. 86 Vid.

. cit. vol. 127 Ibid. 124 Ibid. pp. Lavisse. 353. p. i«9 Récit de la Captivité. 13. Sagnac. Barnave (1915). Pero deja de lado com­ pletamente el aspecto económico de sus ideas a que me llevó la brillante discusión de Jaurès. Picard. 116 Art. R. 103 El siglo de Luis XIV. vid. p. 126 Ibid. cit. Histoire Contemporaine (1920). Mathiez. 1781. xvi. 169. xxxi. art. p. 91.. His­ toire Politique de la Révolution Françise (1901). 1798.: Constitución de 1791. México. u. 1125 Ibid. capí­ tulo XI . xxiv y xxv. op. op. 589. 111 Vid. 499. p. p. 104 Citado por Jaurès. p. Bradby. 18. 110 Arrête de 4 de mayo de 1791. La Législation Civile de la Révo­ lution Française. 114 Op. p. 1927). 115 Art... vols. 117 Le Code Civil et la Question Ouvrière. Aulard. op. i.. 473. 119 Sobre la Constitución del año III. Pero véase también las inteligentes observaciones de Jaurès. IL 107 Vid. de 1942). 1954. Les Cahiers de 1789. et les Classes Ouvrières (1910). NOTAS 239 101 Sobre Meslier. 274 5. 9.. 12. Hay un breve resumen de sus ideas en Lichtenberger. a través de quien conocí la Introduction. art. p. y en la de 1793. 102 Oeuvres (Beuchot). 357.. caps. op. cit. cit. 118 Locré. cit. Histoire Socialiste de la Révolu­ tion Française (1927).: el estudio de su editor en la edición del Testament (1864). i.: P. p.. l.: el Moni­ teur (ed. cit. p. p. 19. FCE. vid. iH3 Op. isi Oeuvres de Barnave (1843). i'20 Sobre Barnave..: E. cit. Traité Élémentaire de Législation Industrielle. la mayor autoridad es la obra de E. ii. La France d ’après les Cahiers (1906). 1Û3 Ibid. 68. op. 122 Ibid. esp.. 401. 87. lib. p.. para la ac­ titud general del periodo hacia la propiedad. La Législation Civile de la France. Champion. i. vid. 173. pp.: Pic. 105 Histoire Socialiste de la Révolution Française (ed. 75 s. 106 Sobre los Cahiers y las clases trabajadoras. 515. .. 14. D. 112 Locré. 81-3. p. 108 Locré. i. Vid... p.. 16. vol. pp.: Jaurès. vol. vol. para un estudio de conjunto de los re­ sultados legales de la Revolución. p. p. ii-v. Études Socialistes. p. 4 s. xviii. vid. i. pp.

: Alengry. 257. 19-20. 99-102.: Especialmente. m . inglesa de 1896). vid. cit. Donde mejor se resume la posición de Matthew Amold es en los ensayos sobre la democracia y la igualdad en sus Mixed Essays (1879). cap. vol. Pease. 10 Vues sur la Propieté et la Législation. 13 Recollections (ed.: mi Democracy in Crisis (1933). 9 Vid. 3 Las principales obras de Sismondi son su Nouveaux Principes d'Économie Politique (1819) y su De la Richesse dans ses Rapports avec la Population (1820). R.. 6 Vid. p. vol. cap. ed. English Political Thought in the Nineteenth Century (1933). c a p .. El mejor estudio sobre él es el de P. 7 Vid. Barker..240 NOTAS 1^8 Ibid. 4 Sobre las ideas políticas de Comte. History o/ the Fabian Society (1916). Essai Politique sur Tocqueville (1913). y sus notas al libro de E. p. V. .: mi conferencia en Some Representative Political Thinkers of the Victorian Age (ed. 255.: E.: Corban. c a p . mi Problem of Sovereignty (1917). ii y iv. y en Friendship’s Garland (1871). op. surge un problema interesante de la relación de sus ideas con las obras de Herrenschwand. 315. vid. Marcel. II. W Ibid. para las ideas políticas de Coleridge. La Sociologie de Comte (1910). 258. Rodriguez (1832). No existe por el momento un estudio adecuado de ellas. p. el prólogo de Bernard Shaw a la reimpresión de los Fabian Essays. pp. 30. Political Thought in England from Herbert Spencer (1914).: mi Authority in the Modem State (1919). IV. y R. 299 s. Soltau. 2 Vid. p p . Es muy sintomático el tratamiento que Macau­ lay da a Southey en su ensayo sobre los Colloquies del último. hoy coleccionados convenientemente en Works (1931). De l’Économie Politique Mo­ derne (1786). El pensamiento esencial de Green en su famosa conferencia sobre "Liberal Legislation and Freedom oí Contract” (1881) en Collected Works. H.. pp. f* Vid. Heamshaw) (1933) para un resumen en conjunto. p. vni. y Crane Brinton. French Poli­ tical Thought in the Nineteenth Century (1931). 8 Vid.. La gran obra de Buret es De la Misère des Classes Ouvrières en Angleterre et en France (1842). caps. CONCLUSIÓN 1 Sobre De Maistre. J29 Ibid.

pp. 1» Vid. 198 U. R. The Twilight of the Supreme Court (1935).: mi exposición en el Manchester Guardian. Government by Judiciary (1932) y el magnífico ensayo de Brooks Adams. U. Has­ kell. pp.. 31 G. cit. English Utilitarians. Nelson). el comentario del profesor T. FCE. 165. Popular Government (1885).. Beer. B.: L. vol. 188s.S. 49 Howard Law Review. 495. 122 s. 37. 27 Sobre la conversión de Mill al socialismo. 330. esp. para Roger Collard. p. vid. p. p. pp. Faguet en su Politiques et Moralistes (1896). S. vid. 20 u. Trevelyan. 417. 24 Vid. 133-4. Powell en sus sorprendentes artículos. Sobre esto. Life and Letters of lx>rd Macaulay (ed. Corwin. 33 Pease. R. iii. 17 Hammer vs. 29 The Economic Consequences of the Peace (1919). p.: mi Authority in the Modern State (1919). m . 193. 1927). p. pp. 45. Boudin. 224-37.: mi State in Theory and Practice (1935). 16 295 U. Vid. 306. p. 18 Vid. 219 U. p. 307. Colllngwood. 258. 247 U.. Alton R. 23 Discurso de 3 de marzo de 1842. ii. 14 de enero de 1936. Hay un ensayo brillante sobre Guizot por E. p. 185-87. 2 8 Essays in Persuasion (1931). Thorstein Veblen and his America (1935). 30 History of European Liberalism (Trad. .: el famoso disentimiento del juez Holmes en Lochner vs. 25 Vid. 32 Joseph Dorfman. i.: sus Works. 74..S. 21 Sobre la Suprema Corte y sus funciones existe hoy una amplia literatura entre la que me aventuro a refe­ rirme especialmente a la siguiente: E. México.. vol. I. L. vol. 1« Railroad Board vs. O. vid. Degenhart. NOTAS 241 13 Vid. 1943. op. 382. 104. 503. capí­ tulo IV.: M.S. pp. S.: el juez Holmes en Noble State Bank vs. vol. S.S.. y Maine. vs. Stephen.. Schecter ut supra at. 109 s. pp. History of British Socialism (1919). i. ■ 2 2 N? 10. p... The Theory of Social Revolutions (1913).. New York. 28 Parece que fue utilizado por primera vez en 1827 por The Co-operative Magazine.

.

92. 168 Beauvray. 111 Bentham. 106. 223 Boyle. 102. 30. Alberico Gentili. 104. 74. 184 Bayle. 40. 44 Baudeau. 118 Barbon. 106. 152. 158 Bunyan. 96 Berenger. 38. 81. 217 Boulainvilliers. 32 Calvino. 106 Bouillon. 29. 88. 118 Babeuf. 147 Browne. Amold. 140. 83 Bry. Braxfield. 86. 116 178. 58. 178 58. 100. 129. 58 102. 86. 118. 121 Buxtorf. 67. 121 Campanella. 119 Ames. 85. 137 Blackstone. B. 85. 58 Bismarck. 131 Bauhin. Burke. 72 Austin. cardenal. 94 Buchanan. 97 Bergier. 65 Buret. 105 Bekker. 201 Brahe. 30 Boncerf. 12. Bamave. 181. 128 Brown. 80. 106 Bastwick. Thomas. 65 Bentick. 175 Agrícola. 196 Aquino. 70. 223 Cappel. 41. 205 Boucher. 178 Carios I. 216 Addison. 193. 148 Aristóteles. 216 175 Balzac. 223 Brown. 68 Baro. 60. 74 243 . 129 Bruno. 77 Boissy d'Anglas. 30. 165 Bossuet. 105. INDICE DE NOMBRES Acontius. Richard. 66. Francis. 40. 105 Canning. 106. 109. 123 Amold. 77. 77. 57. 40. 44 Castellion. 57. 203 Baxter. 88. 116. 54 Biel. 54. 152. 81. William. 42. autor del Estimate. 148. 176 Beza. 120. 66 Bodino. 83. Robert. 136 Babbit. 133 Andrews. 48. Cardan. 12. 169 ss. 199 67. 65 Bacon. Lefèvre de. Sir Thomas.. 83 Boisguillebert. 143 Cariyle.. 88 Bourdaloue. 18. Arminius. 45 Atkinson. 94. 53. 203. 49 106 Althusios. 178 Bennet. 111 Beaufort. Gabriel. 143 Becket. Lord George. 218 Berkeley. 109. Matthew. 54 Barbier. 104. 55. 32 Byron. 197 Carios II. 79. 165 ss. 30 Cecil. 85. 38. 76. Giordano. 102 Cartwright. 64. 118 Belarmino. 139. Tycho. 123 Boileau. Bagehot.

205 Fielding. 77 Erasmo. 130. Peter. Fish. 124 Chamberlain. 98. 85 Choisy. 141 Eduardo I. 32 Coquille. 77. George. 144 Felipe II. 32 Coleridge. 44 Crashavv. 197 Enrique IV. 143. 185 s. 38. 85. 34 Chillingworth. 64. 109. 157 Comte. 179 Ellenbourough. 143 152 Colbert. 133 Fichte. 143 5. 93. 177 Enrique de Navarra. William. 193 Enrique VIII. 201. 33. 148 Fox. 217-218 Dante. 145 . 78. 32 Constant. 145 Evelyn. 118 Crompton. 76. 223 d ’Alembert. 12. 26. 85. 82. 29 Donne. 204 Congreve. 142. 193 Forsyte. 184 Fourier. 81 Darigrand. 35 130 Fisher de Rochester. 129. Leonard. Coeur. 45. 87. 203 Engels. Dubuat-Nancay. duque de.. Guy. 61. 127 Damilaville. 78 Emerson. 32. 12. 38. 54 Copérnico. Jeremy. 129. 70. 84. Charles. 203 Claudio de Sachins. 22 138 Coke. 178 Collier. 101 Child. 34 Cromwell. 40 Cockayne. 118. 112. 51 Crabbe. 177 Chaucer. 52 Cusano. 107. 77. 95. Galiani. 67 Fénélon. 61 Croiset. 109. Jacques. Robert. Fabricius. Patrick. 34 Davenant. 140. 131 Franklin. 168 Diderot. 184 Fortrey. 133 Descartes. 203. 65 Clarendon. 32 Filmer. R. Benjamín. 39 Fox. 40. 148 116 Galileo. 79. Roger. 112 Fléchier. 94 Disraeli. 149 Deffand. 30 Feame. 92. 92. 222 Gaskell. 119 d'Aguesseau. P. du. 78 Enrique II. Mme. 99. 93 Croy. 89. 127. 218 Edwards. Fréron. Jonathan. 67 Enrique VI. 223 Drake. obispo. Soames. deán. Sir Josiah. 35. 168. 65 Digges. 129. 65 91. 87. 64 Dickens. Gasquet. 29 Foigny. 143 Defoe. 193 Faure. 19. 78. 106. 32 Eldon. 38. Simon. señora. 178 Colquhoun. 87 Clayhanger. Hyacinthe de. 128 Dryden.244 ÍN D IC E DB NOMBRES Cesalpini. 43. 148 Colet. 195 Crowley. 106> 107 Fontenelle. 33. 90. 127. 88.

203 Harvey. 32 Hénault. 122 Leibniz. 12. 186 Langland. 104 Hartlib. 168 Hales. 216 Kant. 107 Jebb. Dr. 177 104 Góngora. 55 Harlev. 121 Iretan. 36 Heyiyn. 77. John. 123 Guillermo III. L'Eclus. 121 Jaubert. 48. 61. 85. 214 Lebret. 54. 205. juez. 194 Gordon. 64. 30. 168. 102. 149 Huyghens. 184 Hardy. 12. 64 ■Hakluyt. 65 92. Alexander. 143 Laffemas. T. Richard. abad. Sigiienza y. 140 La Chaiotais. 136. 138 La Fontaine. 102. 137 Lewis. 199 Lainez. 220 Johnson. 96 Hitler. librero. 38. 110 35 Latimer. 131 Jefferson. 143 La Rochefoucauld. 97. 88 Hobbes. 90. 118 Hobhouse. 49. 61 Lever. 118 Liger. 14. 127. Lee. 222 Lenin. 114 Hooker. 120. Herbert de Cherbury. 65. 175 Guilford. 185. 111. 2Í5 La Bruyère. presidente. 179 Grocio. 118 Jacobo I. 97. Joseph. 106 Holmes. Hugh. 70. 85. 93 Laud. 187 Leroy. 73. 134. 60. Claude. 123 Guénée. 177 Jaurès. 132 110. 96. Lord. 65 Isabel. 101. 88 Hampden. 102. 145 . 116. Thomas. 69 Lamoignon. 122. 143 Glanvill. 218 Hale. 142. 76. 126. 53 Hamilton. 148 Keplero. 105 Holt. 103. 97. 130 Glasson. 213 Lessius. 106 Keynes. 70. Sinclair. 115 Godwin. H. ÍN D IC E DE NOMBRES 245 Gibbon. 85 Harrington. 91. periodista.. 223 Hume. 34 Jaurie. 92. 103 Guizot. 142. 215 Green. 201 Gracián. 172 Jansen (jansenismo). Joseph. 122 Joly. 94. Goldsmith. 109. 30 Houghton.. 100. 157 L e z a r d ié r e . 97 Lamennais. 130 L’Estrange. 102. 170 Gilbert. 196 Jacobo II. Sir Matthew. 54. 194 170. 183. 93 de. juez. Lahary. 92 Kingsley. mademoiselle Hunton. 143 Jorge III. 98. 38. reina. 193 Helvetius. 55 Gin. 119. 85. 88. 85. 176 Graunt. 105. 122. 91. 210 Holbach.

Linguet. Dudley. 141 Paré. 180 Marshall. 106. 120 180. 180. 142. 143 Mazarin. 33. 109. Moret. 143. Mussolini. abogado. 113. 58 Macaulay. 40 Parker. 201. 177. 129 Malthus. 66. Morelly. Sir Henry. William. 114 Melville. 189 Pedro el Grande. obispo. Hannah. 175 Mattioli. 172. 76. 77. 132. 147 MacCulloch. 177. 139. 30. 142. 61 Napoleón. 80. 96. 65 Médicis. 177 Montchrétien. Dupont de. 130. 175 More. 180. 77. 164 Lillo. 82. Thomas. 178 Louvet. 79. 40 Marx. 180. James. 124 Molière. Roger. Loyola. 12. 196 Peel. 78 Mill. John Stuart. 57. 191. 129. 85 Owen. 142 North. 191 193 Moro. 59. 214 43. 28. 39. 12. 216 148 Maistre. 214 Newton. Montbarey. Catalina de.. N. 143 Luis XIV. 85. 217 . 136 49. 206 Paine. 91. 76. 134. 109. 102. 64. 55. J. 176. 55. 40 Marsilio de Padua. 132. De. 118 Locke. 177. 110. 158. de. 40 143 Lugo. 133. 12. 194 Moreau. 51. 111 Michel de l'Hospital. 140. 204. 26 Meurthe. 184 Ogilvie. 122. Tomás. 41 Pablo V. 81. 12. 18. 70. 58. 103. 123. 131 Malynes. 109. 53 Loisel. Overton. 194 Mably. 205-206. 118 140 Mill. Ambroise. duque de. 184. 218 189 Mirabeau. 101. 102. Boulay de la. 136. 217 North. 85. 87. 216. 148. 188 Nashe.246 ÍN D IC E DE NOMBRES Lightfoot. 40. 157. 143 155. 203 Norfolk. 86 Paley. 76. 148. 96. 111 Marat. 105 Moreau. Robert. 180 106. 200. 112 129. 161 Mounier. 85. 36 Malesherbess. 77. 12. 69. 74 Luis XV. 176 Maquiavelo. el abate. 177. 65 Palissot. Richard. 182 Lolme. Andrew. 40 Pascal. 169 s. Milton. 85. 137. 167. 88. 159 Madison. 142. Mme. 158 List. 179. Meslier. 140. 100. 129-30 Mandeville. Montaigne. 215 Pablo III. 222 Necker. 104. historiador. Maine. 140 Lutero.. 29. 99. 46 Lilburne. 114. 166 Massillon. 138. Ignacio de. 134. 40. 217 Nemours. 193 Montesquieu.

133 164. 170 Pym. 158. 112 30 Temple. 131. 12. 122 Rainsborough. Staël. 223 Ponderovo. 19 Thackeray. 97 Pollard. 201. Mercier de la. Madame de. 111. 161 Speenhameland. 205. 144. 151. 171 R o u s s e a u . Nassau.. 119. 209. 97. 28 Savary. 134 Sprat. 182 Robinson. 118 Ricardo. 27. 131 Shelley. 141 Stafford. 167 5.220 Saurin. 210 55. 112. 32 Pothier.. Sully. 73. 102. 220 Tawney. 159. 177 Saint-Simon. James. Richard. 106. 87 Southey. 59. 197. 216 Pufendorf. 94 170. 116. 178 Pope. 218 Quesnay. 217 160. 112. 180. 31 157. 141 5. 223 139. 167 Selden. 77. 100 Royer-Collard. 185 Stevin. 171 5. 81. 129. 180 Tucker. 58. 78 142 5. 76. Swift. 166 Pistol.. deán. 185 55. 213 Rebeláis. Secker. 85 Troeltsch.. profesor. H. 223 Sidmouth. 158. 193 Simon. 129 Strafford. William. 112 Smith. 180 St. 51 Sidgwick. 78 Pierpoint. 182. Humphrey. 152 55. Steele. 93 Roosevelt. 216. 105 de. 179 Sherlock. Sir Thomas. 112 Price. 118 Servet. Taylor. 85 Thomson. 140. Senior. 144. Proust. Bemard. 152. 150. 49. 139. 131 San Antonino de Florencia. 65 Robespierre. 203. 87. 104. 102. 149 Richelieu. 202. el experimento Suárez. 131. 158. 77. 87. 223 Pirenne. 132 Shelburne. 176 Sismondi. I n d ic e de n o m b r e s 247 Pepys. 168 Pitt. 85 Spinoza. 219 Serra. 216 s. Sydenham. 133 Trollope. 161. 162. 131 Shakespeare. 223 Saint Evremond. 110. 140 Somers. Prynne. 127. Lambert. 123. 77. 203. 223 Savigny. 176 Smith. 87 206 Tocqueville. 203 Priestley. 216 Ruggiero. 102. 128 Turgot. deán. coronel. 164. 53 . 103. 139. F. 217 Spencer.. 87. Jeremy. Signor de. 70. 113. 164. 78 Simón de Sudbury.. 106. Tillotson. 49. 74. 36 Rivière. 94 Shaw. Adam. 65 Petty. 119 San Goderico. 56. 176.

cardenal. 70.248 ÍN D IC E DE NOMBRES Vairasse. Peter. 108 Wallace. Max. Francisco de. 67 Viret. 73 Vesalio. 176 Vanini. Winstanley. 134. obispo. 148 Vauban. Clement. 181. Gerard. Roger. 35 Wake. 188. 140 185. 27. 113 Voltaire. 77 Wycherley. 147. 111 Watson. 146. 65 Whitehead. 31. 57 Watson. 31. 88. 143. 178 Van Maes. 38. 189. 48 Williams. 142. 96 Vitoria. 65 Wesley. doctor. 106. 34 Wiclef. 182. 144. Arthur. 96. 78 Walker. 183. 184. 179 . 32. 29. Vaugham. 77 Wentworth. 93 Walsingham. 133 Weber. 40 Young. 179 Vieta. 58 Wildman. 190 Wolsey.

....................... 202 Notas ............. El Panoram a ............................................... El Siglo de las Luces .................................... 76 III..................................................................................... INDICE GENERAL Prefacio ........ El siglo X V I I ........................ 225 índice de nombres .......... ..................................................................... 9 I..................... 243 . 139 Conclusión: La segunda siega .. 11 II.....................................................

ya que la humanidad continua en espera de ese "nuevo orden social basado en una ralaclón nueva de hombre a hombre”. cambios radicales afectaron la vida económica de Europa. Laski (Inglattrra. Del politòlogo y economista Harold J. el autor se dio cuenta de que el liberaliim o. UJ A pesar de los años transcurridos desde su publicación. 1893-1950) el fce tam bién ha publicado Karl M arx (1935) y Lot sindicatos en la nueva sociedad (1951). la idea del progreso se impuso a la creenci· en el pecado original y el individualismo alcanzó progresivamente su màxima expresión. En El liberalismo europeo. las nuevas relaciones sociales que surgieron a p irtir de ellos y el ascenso de la burguesía al poder. que dieron com o resultado tendencias opuestas a las imperantes en los tiem pos del feudalismo. destaca la necesidad de efectuar re a ju ttti ec en el pensamiento y de crear normas de mayor justicia. A partir del siglo XVI. los conceptos e instituciones que hasta entonces parecían inmutables comenzaron a evolucionar vertiginosamente: la ciencia ganó cada vez más terreno sobre la religión. Por ello. Haroid J. todos factores decisivos que impulsaron el surgimiento del liberalismo com o la doctrina por excelencia de la civilización occidental. * esde la Reforma hasta el estallido de la Revolución francesa. Sin embargo. i 78968111609313 . al m om ento d t publicar el libro (1936). Laski estudia e io i cambios. cuyo triunfo había llegado en el siglo xix. se encontraba #n crisis. eo la obra permanece vigente. pensado por el autor.