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Perspectivas

COLAPSO UNIVERSITARIO

Por Mariano Nava Contreras

17/07/2018

Este lunes, el Consejo Universitario de la Universidad de Los Andes declaró a esta


Casa de Estudios en estado de “colapso inducido”. El documento, breve en
relación con la gravedad de lo que declara, menciona especialmente la
precariedad de los salarios universitarios, que contraviene lo que indica el art. 91
de nuestra Constitución, así como la “asfixia presupuestaria” que está llevando a
la paralización progresiva de escuelas, centros de investigación y laboratorios, y la
ausencia de servicios asistenciales (protección médica, comedores o transporte)
para estudiantes y profesores.

En tal sentido, exhorta a “mantener abierta y en resistencia” la Universidad, a


tratar de mantener operativas las dependencias universitarias en la medida de lo
posible, a reorganizar los horarios para facilitar el traslado de alumnos y
trabajadores, y a apoyar las gestiones de las autoridades para conseguir recursos
financieros, así como las justas protestas que adelantan los gremios.

Es interesante el término utilizado por el documento del Consejo Universitario de


la ULA. “Colapso”, en la primera acepción que nos da el diccionario de la Real
Academia Española, significa “destrucción, ruina de una institución, sistema,
estructura, etcétera”. En ese sentido, el término proviene del verbo latino labor,
lapsus, que significa “deslizarse”, “dejarse caer”, “desmayar”, “desfallecer”. En
español, cuando algo “co-lapsa”, es porque todos sus elementos caen, se
derrumban, se desploman conjuntamente.

No deja de llamar la atención el hecho de que el documento califica el colapso


universitario como “inducido”, es decir, que tiene una causa eficiente. En realidad,
el documento lo que hace es declarar una situación que los universitarios venimos
viviendo y de la que venimos advirtiendo desde hace años. La asfixia financiera ha
hecho que los centros de investigación, los laboratorios y las bibliotecas se hayan
reducido a niveles casi inexistentes. Las computadoras y los equipos tecnológicos
se encuentran casi todos inoperativos, la bibliografía está desactualizada, los
laboratorios sin equipos ni reactivos. La protección social es casi inexistente.
Prácticamente no hay atención médica, transporte ni comedores.

Cuando todos los países intentan proteger a sus estudiantes, en Venezuela


parece que fueran perseguidos. La precariedad de los sueldos, unida a la
hiperinflación, ha hecho que profesores y demás personal haya renunciado o esté
dispuesto a hacerlo en busca de mayor calidad de vida en el extranjero o aún en el
país. Incluso los estudiantes han emigrado, o simplemente no han podido seguir
estudiando ante las adversas condiciones. Hoy se estima que la deserción
estudiantil ronda el 60-70%. Los pasillos de las facultades se encuentran solos,
mientras en los Departamentos se hacen reuniones de emergencia para
reorganizar la carga docente con los pocos profesores que quedan. Ante este
paisaje, no parece exagerado el término utilizado por el Consejo Universitario.

La Universidad de Los Andes, la única casa de estudios superiores del país, junto
con la UCV, con una historia de más de dos siglos, ha sido desde siempre una de
las principales universidades de Venezuela. Siempre ha liderizado los índices de
excelencia académica y durante años ha ocupado los primeros lugares entre las
mejores universidades de América Latina. Sus aportes al país en formación de
talento y desarrollo tecnológico y humanístico son constatables por todas partes.

Permitir su cierre, así como el de otras universidades nacionales cuyo estado no


es mejor que el de la ULA, significaría uno de los peores crímenes en la historia de
la educación venezolana. Su enconado desmantelamiento y subsecuente
deterioro nos recuerda el vivido años atrás por otra prestigiosa institución
venezolana, PDVSA, con las terribles consecuencias que ya conocemos. Miles de
talentosos académicos tendrían que emigrar a otros países, sumándose a los que
ya se han ido y llevándose su experiencia y conocimientos. Decenas de miles de
jóvenes estudiantes quedarían sin futuro y el país sin generación de relevo. La
pérdida de miles de años de conocimiento acumulado terminaría por sumir a
Venezuela, aún más, en la miseria y la barbarie.