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PASOS CORTADOS

Enrique Martín Zurdo

Novela seleccionada en el curso 2012-2013 por el Observatorio de la Lectura y el Libro del
Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para el Plan de Fomento de la Lectura.

Inscrita en el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de la Comunidad de Madrid (12/051445.1/09)

Prohibida cualquier forma de reproducción de esta obra sin contar con la autorización del autor de la misma. La

infracción de este derecho puede ser constitutiva de delito al atentar contra la ley de la Propiedad Intelectual.

Sinopsis de Pasos cortados
Un joven minero queda parapléjico por un derrumbe en la mina asturiana, a principios de los 60 del
pasado siglo. Con toda una vida por delante, pero con sus ilusiones quebradas por el accidente, ¿qué
expectativas le esperan en esa España gris que aspira a ver la luz tras el largo túnel de la postguerra?
Sencillamente, las que él sea capaz de conseguir a fuerza de coraje y las ayudas de quienes le quieren
para que la vida merezca la pena vivirla. Por eso los pasos cortados al protagonista desde el día del
derrumbe son solo una metáfora. Como expresa otro personaje, la mina solo le cortó el nervio de
cintura para abajo, y por extraño que pareciera, había descubierto otra clase de belleza en aquel
cuerpo roto. Por cierto, les garantizo que verán la luz, esa a la que me refería antes, pues las vivencias
de los personajes discurren en una cronología paralela a las de este país irreversiblemente libre.
Esta historia de compromiso con la vida y la ficción tiene las dosis imprescindibles de novela social,
negra, erótica y por qué no, contra lo que pudiera parecer, de relato hilarante. También es una
apuesta por la amistad y un canto a la alegría de vivir, por mal que vengan dadas, junto a esas
personas o animales que harán nuestra existencia más llevadera e incluso sentirnos mejores,
simplemente, por el hecho de imitarles. Y no, no crean que me he equivocado, he puesto animales,
porque en estas páginas aparece un asombroso perro que nos da un increíble ejemplo de nobleza.

Y una breve reseña como complemento a los propios límites de la sinopsis
¿Les suena eso de la vida, el amor, la naturaleza, la felicidad, la enfermedad, la muerte, pero sobre
todo la satisfacción de disfrutar con lo mejor de lo vivido? Casi nada, ¿verdad? Pues eso es lo que he
procurado reflejar en este relato a dos voces: la campechana de un narrador en primera persona como
mejor amigo del protagonista y muy próximo a él por su misma condición de minero, y la del narrador
omnisciente con tantas entonaciones como los matices aportados por su observadora mirada. Y ya que
me pongo, y permítanme la osadía, qué menos que intentar cautivarles con las palabras. Espero que
disfruten con las tramas de esta novela, albergan toda la ilusión de un primerizo en estas lides (no así
en las del relato, ahí ya me han publicado varias historias al ganar o quedar finalista en los certámenes
donde presenté esto que sale de mis limitadas entendederas). Por lo demás, no están ante un relato
histórico de esos tan en boga hoy en día, pero mantiene toda la tensión que la vida misma genera en
cualquier mortal de carne y hueso. Aquí solo hay historias próximas a nuestra reciente cronología de
seres muy reconocibles, gentes que para bien o para mal, nos ha tocado buscarnos la vida en esta tierra
única. Por cierto, no se queden con el para mal, soy de los que ante la duda prefiere ver la botella
medio llena. Ya está bien de preámbulos. Pasen de hoja, confío en no defraudarles, y si es así, si
consigo emocionarles, se lo agradeceré en la última página.

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Para Ángel Sáenz, la mejor persona que jamás haya conocido, siempre con su

eterna sonrisa... Y porque si existiera otra vida, allá donde se encuentre, envidio al dios al que

le está alegrando sus días.

“Todos somos aficionados: en nuestra corta vida no tenemos tiempo para otra cosa”.

Charles Chaplin

Como me estoy aficionando a escribir, no he podido resistirme al placer de imaginar unas
vidas al módico precio de unos folios en blanco.
Enrique Martín Zurdo

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Índice

Prólogo de Francisco Cánovas Sánchez………………….…………………..4
I Pepín............................................................................................. .............6

II Las amistades...........................................................................................25

III El tío Heredia...........................................................................................47

IV Carmen, la Pocachicha...........................................................................70

V Sultán.......................................................................................................83

VI Los hijos de la tía Celestina...................................................................100

VII Las gracias............................................................................................124

VIII Don Casimiro........................................................................................137

IX La Virgen del Castañar..........................................................................152

X Las tres generaciones.............................................................................163

XI De presencias y ausencias………………...…………………………..181

XII El regreso..............................................................................................192

XIII Catalina, la Boliche..............................................................................200

XIV Tino......................................................................................................221

XV Los Zurdo Manjarín..............................................................................230

XVI Los sueños............................................................................................249

Agradecimientos............................................................................................254

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Prólogo

Conocí a Enrique Martín Zurdo en convocatorias de foros solidarios que promovían la
tolerancia, el respeto a la diversidad y la recuperación de la memoria histórica. Corría el
año 2008, pronto advertí que Enrique tenía una fina sensibilidad y una manifiesta vocación
literaria. Leí su relato El viaje de la infamia, premiado en el concurso convocado por
CEPAIM, y cuyo jurado presidí. Otro de sus relatos Con las ruedas pinchadas, fue
galardonado en el concurso Todos somos diferentes de la Fundación de Derechos Civiles, y
apareció publicado en el libro Los nuestros son todos. Este relato constituiría el embrión de
proyectos más ambiciosos.
Poco a poco fueron entrelazándose entre nosotros los lazos de la amistad. En 2011 le
invité a incorporarse como profesor a los talleres de escritura creativa del programa “Libros
para la Convivencia”, organizado por el Fórum Intercultural en colaboración con ONG
representativas de personas de origen inmigrante de América Latina, Europa del este y el
norte de África. Los alumnos de los talleres de escritura creativa apreciaron su talante
cordial, su gusto por los buenos libros y sus valores humanos. Fue entonces cuando leí
estos Pasos cortados, que ahora salen a la luz pública, novela que desarrolla el argumento
de Con las ruedas pinchadas.

Pasos cortados es un buen ejemplo de realismo social, aunque abarca mucho más.
No obstante, eso lo descubrirá el lector. Yo solo daré algunas pistas: la novela recoge las
características de un territorio y una época concretos, junto a los conflictos personales de
los personajes que alumbran sus páginas.
Un día aciago el joven minero Pepín Fullaondo sufre un grave accidente que paraliza
la mitad de su cuerpo y trastorna radicalmente su vida. Con un lenguaje claro, bien
construido, que a veces incorpora expresiones del habla popular, se relata el largo y
doloroso proceso de recuperación física y mental acometido por Pepín para superar
pesadillas y dificultades hasta que consigue reencontrar su camino en la vida. Complejo
proceso que se inserta en las condiciones de vida de los valles mineros asturianos de los
años 60, algunos de cuyos aspectos singulares, como los sólidos vínculos familiares, los
ancestrales sistemas de protección de los mineros ante las adversidades, la lucha por la
supervivencia de los desfavorecidos y la alianza de los poderosos para mantener un
régimen injusto, son descritos con transparencia y sagacidad.

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de su tiempo. sin renunciar jamás a disfrutar de la belleza ni al anhelo insobornable de la felicidad. Pasos cortados rinde un sentido homenaje a las personas con discapacidad. superando obstáculos físicos. que luchan con entereza para salir adelante. En suma. Estas páginas no ofrecen un mero relato histórico. a esas personas de gran calidad humana como Pepín Fullaondo. ya que mantienen toda la tensión que la vida misma genera. seres reconocibles que lucharon para abrirse camino en la vida en las circunstancias. asumiendo sus limitaciones. Francisco Cánovas Sánchez Presidente del Fórum Intercultural 5 . laborales y sociales. Aquí se describen historias singulares de nuestra reciente cronología. muchas veces adversas.

El zumbido de la sirena. y en otros delicados momentos de su existencia. a una hora inapropiada. tan franca. o les había alcanzado el corrimiento de alguna veta de carbón.. De nuevo aparece mi amigo Pepín con la cara entre ennegrecida y lívida. el accidente en la mina a Pepín Fullaondo le partió la columna vertebral cuando le quedaba poco para cumplir los veinticinco. Los que picaban cerca en ese momento salieron huyendo. En ese aciago día. después de todo lo llovido. siempre reaparecía en una maldita pesadilla..I Pepín 1 Aquel fue el día más largo de su vida. y de inmediato nos daba un vuelco el corazón. solo desapareció durante el largo y complicado periodo de convalecencia.. ese seductor rictus que solía acompañarle como si estuviera pegado a la piel de sus labios. pero no consiguió quebrarle su sonrisa. sigue siendo como un jodido eco lejano que me desvela en esas interminables noches si me asalta el puñetero sueño. Ese estruendo era la estampida del mal agüero. y por boca de ellos no sabíamos si el accidente venía porque el demonio estuvo al acecho para explosionar una bolsa de grisú. 6 . retumbaba insistentemente. se convertía en ese maldito sonido que todos aborrecíamos. un fastidioso sonido que. invade mis tímpanos y aún hoy. porque nunca acababa del todo.. más muerto que vivo. 2 Afrontamos la liberación de Pepín y Nazario tragándonos ese pánico que a los mineros nos llega hasta las entrañas al producirse el derrumbe. Esa sonrisa tan suya. de vez en cuando.

3 La recuperación física de Pepín superó el año de hospitalización entre Oviedo y Madrid.. —Eso es de cabeza —indicó Antonio—. —Ahora me paso la vida sentado y acabo hecho unos zorros si me dan esas punzadas. que no me entere yo que te vas a venir abajo. quizás la más complicada fue una intervención de fractura múltiple en el fémur izquierdo.. —No te preocupes. —dudaba apesadumbrado—. ya verás.. chico. hay que pasarlo para ver lo cabrones que son. Antes su cuerpo soportó tres delicadas operaciones. —¿Que si lo creo? Antes no sabía ni lo que eran las agujetas. si no parabas un momento quieto. —Para que te hagas una idea: me sucede lo mismo que al compañero de la habitación de enfrente. la psicológica se prolongaría durante más tiempo. no sé. y hace un momento unos pinchazos insoportables me tenían baldado. Al comienzo del internamiento se lo dijo a su amigo Antonio una tarde de domingo en que este se acercó a visitarle al hospital: —Eso de que los parapléjicos no sentimos las piernas es un camelo de los médicos para que les dejemos en paz. —¿Cómo te iban a salir agujetas?. solucionado. cuando ya había perdido la motricidad en las piernas. Es un dolor que me martillea las piernas y es imposible sacarlo de aquí —corroboró llevándose una mano a la frente—. para unirle el hueso por dos sitios. —¿Y qué le pasa? 7 . seguro que podrás con ellos. cuando ya ha pasado lo peor! Pepín justificaba sus temores. macho. —¿Tú crees…? —le siguió el otro la corriente. hombre.. ¡A ver qué ha podido contigo en la vida! —No sé. Él perdió la pierna a la altura de la rodilla por un accidente con la moto y ya está haciendo algo de rehabilitación. —¡Vamos. en cuanto te lo quites de ahí. —Eso es. No te lo puedes ni imaginar. como si las hubiera caído encima una tonelada de carbón de la que ya nunca me voy a poder librar. esto es distinto a todo.

. no tenía claro si estaba capacitado para ello. —¡Joder! —Me hace gracia. poco a poco. sin embargo. Y es que al encontrarse con Pepín tenía la extraña sensación de que él mismo podría derrumbarse en cualquier instante.... pero no sabía de nadie que acabara parapléjico. Tampoco se imaginaba cómo sería capaz de matar el tiempo un tipo que. que me duelen como si estuvieran vivas… ¡Qué dolores!.. Si este era el caso. aprovechaban a salir de la habitación para airearse y dejarles solos. es igual que lo de Fabián.. A veces no me importaría quitarme de en medio. apenas despegados de la cama. pues le vencía la pena de tal manera al verle en semejante estado de frustración. Pensaba en cómo poder ayudarle. ¿Qué sería de su vida?. ¿qué otras podrían anidar en su alma?. de que sus palabras no fueran dichas con la sincera expresividad que le dictaba el corazón. Con ellos delante. Que le oyes y se le pone a uno la piel de gallina. y el padre. lo irás superando —le cortó Antonio. Necesitaba hablar con él en esos ratos excepcionales en que la tía Hermelinda. si en su vida se había caracterizado por algo. ¿Te das cuenta? ¡Del pie que ya no tiene! ¡Y con tremendos dolores!. ¿Sabes qué dice? Que es su pie fantasma. ¿Se angustiaría ante la perspectiva de no saber cómo llenar tanto tiempo que le quedaría por delante? La mina siempre se cobraba su inevitable factura de víctimas. como consecuencia de ello. en estas piernas sin nervios. aunque acudiera de tarde en tarde.. para hacerle compañía en alguna de aquellas interminables jornadas hospitalarias. que procuraba espaciar las visitas al hospital. A Antonio le preocupó oír los deprimentes comentarios expresados por el amigo. pero desconfiaba de sus propios ánimos y. ¿en qué persona se convertiría Pepín tras su experiencia con el dolor? Además de las mellas físicas en su cuerpo. —Que se queja del pie que ya no tiene. el tío Fullaondo. era por su dinamismo. No alcanzaba a percibir si esos padecimientos tendrían un carácter temporal o debería acostumbrase a convivir con ellos. aunque malditas las ganas. Se decía que su esencial cometido era trasmitirle sus mejores voluntades. y hasta le viene ese hormigueo que a veces sentimos en los dedos si se nos duerme un pie. su madre. no se 8 . En lo sucesivo no existiría otra alternativa que permanecer en una silla de ruedas para el resto de sus días. —Verás como tú.. A Pepín le bastaba que el mejor amigo se descolgara por la clínica. Pero Pepín insistía: —No. intentando que no se obsesionara con sus dolencias.

y su destino en aquellas lejanas tierras hizo que lo perdieran de vista durante dos Navidades seguidas. 9 . etc. El ejército destinado en estos territorios estaba constituido en su mayoría por personal de tropa español ya que los mandos recelaban de los jóvenes nativos. ofrecían en determinadas zonas otras alternativas a la mili para jóvenes que entraban en quinta al cumplir los dieciocho años. ejerce el reino alauita sobre el gobierno del moribundo Franco para anexionarse el citado territorio. el general Franco. ante la incertidumbre que el sorteo militar generaba en sus padres y habida cuenta que a su amigo Constantino. enfermedad. con la Marcha Verde. y con estos trabajos los jóvenes aportaban una pequeña ayuda a las necesitadas economías domésticas. Una de estas posibilidades. y Pepín no se lo pensó dos veces: prefirió permanecer agarrado a sus raíces en el valle astur. Al finalizar la guerra civil los gobiernos del dictador.). ______ (1) La mili era el periodo de tiempo obligatorio que. el bueno de Tino. porque no quería añadir mayor desolación a la que ya de por sí habían adquirido sus avejentados rostros. (2) El colonialismo español en tierras africanas se mantuvo hasta la década de los 70 del siglo XX. procuró hacer coincidir con la recolección de las manzanas en el pueblo para echar una mano a la familia en los trabajos del campo. exigía el Estado a los jóvenes en concepto de servicio militar a la patria cuando cumplían los 18 años. excepción hecha del mes y pico de permiso que.atrevía a desahogar su caudal de tristeza. incluso con exiguas remuneraciones de por medio. Guinea Ecuatorial. en mala hora le tocara El Aaiún. el primo segundo de Antonio. En ese momento el joven se convertía en un quinto en espera del destino geográfico que le deparase el sorteo de la mili. a diferencia del servicio militar donde el tiempo dedicado al ejército se prestaba sin recibir alguna contraprestación. Un decreto ley del gobierno del presidente Aznar la suprimió en el año 2001. era el trabajo en la mina o destinos tales como los de maquinista o mecánico en la red de ferrocarriles y en el Metro de Madrid y Barcelona. y ayudarles en el aprovisionamiento de la leña y el carbón indispensables para afrontar el último largo invierno en el que él continuaría ausente del valle. Constantino era uno de los quintos en el reemplazo anterior al suyo del 58. en tanto que el Sáhara Occidental pasa a depender de Marruecos en 1975 por la presión que. El accidente coincidió en un tiempo donde se podía “elegir” entre la mina o la mili (1). el país precisaba mano de obra barata. una misérrima población africana en el remoto desierto del Sáhara (2). Al fin y al cabo. El hijo de la tía Hermelinda se decantó por la mina asturiana como aprendiz de ramplero. salvo excepciones contempladas por la ley (hijos de viuda. Las colonias guineanas se unifican en un país independiente. cuando una carta procedente del gobierno militar le citaba a pasar un reconocimiento médico en la caja de reclutamiento de la capital.

4 . las habichuelas y otros productos hortícolas. salí ileso con bastantes magulladuras y un corte en la frente. Tuve mucha suerte. Casi todos echábamos un pito a más tardar. En lo que a mí respecta. y no haber mucho donde escoger para ganarme el jornal en el pueblo. Entonces fue él quien me liberó del resquebrajamiento de unas vigas en un ramal de la cuarta galería. Fue unos años más tarde cuando llegué a la conclusión de que. Aquella era una ineludible cadena profesional trasmitida por generaciones de padres a hijos.. o cultivar las patatas. pero lo de este hombre era exagerado con el tabaco. así como al diario trajín de llevar a la vaca hasta el pastizal. el mismo en donde Pepín ya venía picando desde hacía dos años. por la nicotina de un par de cajetillas de Celtas que al cabo del día se metía entre pecho y espalda. porque esta es su historia y no la mía. todo sea dicho. mientras estaba ordeñando a la vaca en la cuadra. y muchos la buscaban por los alrededores del pueblo al creerla ausente del caserío a punto de vencer el día… Pero eso ocurrió algún tiempo después del inicio de este relato. del que aún conservo una ligera 10 . la elección de Pepín consistió en un simple acto de generosidad hacia sus padres. Cuentan que fue un infarto lo que la dejó tiesa como un pajarillo. Mi amigo ramplaba en otra cercana a donde se produjo el derrumbe. y Pepín no fue la excepción. y su cuerpo se lo llevó un mal aire cuando una naturaleza tan débil como la suya no superó las primeras escarchas de un frío invierno a mediados de los 60. pero su eterno cansancio y la lividez de sus mejillas no auguraban nada bueno. Suerte para futuras descripciones que sus nombres nunca den motivo a posible confusión. Una historia en la que los hechos se repetían a la inversa de como ocurrieron en un tiempo no muy lejano.. Tampoco entraré en demasiados detalles de mi vida. La salud de la mujer pendía del fino hilo de su enfermizo corazón. como hijo único de una madre con una salud muy delicada y de un minero con la artrosis pegada a los huesos. que hubo de jubilarse recién cumplidos los cuarenta al tener los bronquios podridos por la silicosis y. Ingresé como ayudante de barrenista en el pozo María Cristina de Las Hulleras y Antracitas del Norte. ella apenas se quejaba. tanto en el nombre como en los avatares y sacrificios de la mina. José Fullaondo precedió a Pepín. La tía Hermelinda colaboraba al sostenimiento de la economía familiar atendiendo a las faenas domésticas. ordeñarla. pues en José no caló el Pepín como en el hijo. en realidad. también me decidí por la mina al acabar la mili sin oficio ni beneficio. y sobre todo se le conoció por el tío Fullaondo.

de sobra sabían que el maldito gas no era fácil de detectar por el olfato debido a su cualidad de inodoro y al olor a humedad que invade la mina. Para cuando me rozó la Parca. el jilguero situado en la primera galería seguía canturreando. Casualmente Nazario. tan pegajosa por tanto polvo diluido de carbón. Y digo lo de casual. dijo que no olía a gas. Pepín y yo éramos unos escarmentados picadores con las manos encallecidas por el pico y la pala. Una galería podía llenarse de grisú. Entonces el soporífero sueño les hacía languidecer y ahí no había posibilidad de vuelta atrás. enseguida percibieron que el aire. Lo fundamental era despabilarse y escapar rápidamente. Aquel día los cuatro nos salvamos de milagro. por si les alcanzaban los chasquidos 11 . Era una atmósfera sofocante. Alguien de la voluntaria cuadrilla formada por varios mineros para intentar rescatarlos. El miedo era tan libre que descendían en la vagoneta. Las pocas veces que ese gas. avisaba con antelación. Debían avanzar con cautela. parecía como si Nazario estuviera sentenciado a morir en la mina. estaba más enrarecido de lo normal. Al entrar al pozo. y eso que ya pasaron unos años desde que perdí de vista el agujero. avivaban ese carraspeo crónico del que nunca me libré. solían presentarse las náuseas. y fue quién consiguió escapar por piernas para pedir ayuda. los dolores de cabeza. aunque Nazario acabó con un brazo partido y el Azafranao con la clavícula rota. al acurrucarme en una pequeña oquedad generada por el desmoronamiento de la hulla. y solo lo descubrían por la lámpara de seguridad. y el Periquín picaban a mi lado. a fin de cuentas metano. Tantas jornadas a nuestras espaldas. y había que huir antes de que llegaran los mareos o una probable explosión si entraba en contacto con una mínima chispa.. sin apenas ventilación. Pero tampoco era un consuelo. En la mina aún se seguirá oyendo aquello de “si a uno le coge el sueño. temerosos de otros desprendimientos capaces de sepultarlos. El Periquín salió ileso. Aguzar el oído.cicatriz. porque visto lo que pasó. pues si lo inhalaban estaban perdidos y morían asfixiados. Además. por denominarlo de alguna manera. 5 Confiaban en que Pepín y Nazario fueran los únicos atrapados por el primer recuento de los otros compañeros allí presentes. o incluso concentrarse en el espacio reducido de una bolsa generada por la roca. por la galería. el descenso de palpitaciones. en las que ese polvo de mierda se nos asentaba en nuestras gargantas y pulmones. que se podía cortar a navaja. Pelayo el Azafranao. bajando en el ascensor. que se dé por muerto”.. a pesar de la premura por llegar a tiempo.

Y no lo afirmábamos nosotros.. Como que si no te frotabas con toda la energía que fueras capaz de sacar del cuerpo se te cortaba la respiración y no había cristiano que las soportara.. pero eso sí: conseguías inmunizarte a las enfermedades del corazón. cuando no nos rechinaban los dientes de la tiritera… En fin. o amenizando con su grupo musical las verbenas y romerías en los pueblos de la comarca al llegar el verano. arriesgando su propio pellejo. Su intrepidez sirvió. habían quedado enterrados entre enormes terrones de carbón de piedra que. y a otros nos pilló cambiándonos de ropa. Javier 12 . era el médico de la mutua quien aseguraba que aquellas aguas eran muy buenas para la circulación de la sangre.. Ellos fueron Serafín. Le apartaron a un lugar considerado más seguro. era de obligado cumplimiento.procedentes de la roca o de las capas de esquistos. cuando les desenterraron al compañero ya no le respondía el pulso. para salvar el de los compañeros atrapados. Alguno venía rezagado de guardar las herramientas en el alpende. no tuvieron más remedio que detenerse para asegurar puntales que garantizasen el regreso. ya. según palabras de Pepín. a Pepín le dañaron gravemente la médula espinal. Pero todo fue inútil. En la mina podías palmarla por varias causas. Él era el único que no desafinaba al caerle el agua por la espalda. Todos. para ofrecerle media vida. éramos del turno anterior. En dos ocasiones. con tal brutalidad. Pepín fue quien precisamente puso el apodo de el Cantante a Nazario la primera vez que le oyó cantar en las duchas. y Wenceslao le hizo el boca a boca mientras Javier le presionaba el corazón con sus manos. Estas líneas son también un reconocimiento al valor de quienes se apuntaron al rescate. y a Nazario le cubrieron el cuerpo.. la mayoría solíamos conformarnos con quitarnos la mierda de la cara y las manos. Al menos obtuvieron una mediana recompensa a tanto esfuerzo aplicado para liberarlos de la montonera de hulla que cubría sus cuerpos. A poco de entrar en la mina los viejos mineros aleccionaban a los más jóvenes con sus consejos. si bien jamás volverían a oír la voz de Nazario entonando sus coplillas fuera del pozo al momento de ducharse en el vestuario. cerca ya del derrumbe. en el desprendimiento. Uno importante era que “cuando la roca hablara había que escucharla”. Ya podían ser buenas. 6 . el Pomposo. que no se libró de la fractura del cráneo ni de la muerte por asfixia. Solo les alivió confirmar que no existían más sepultados. menos el Periquín. aunque todo aquel que se atrevía con ese agua tan fría entraba a formar parte de un coro de desafinados cantarines. Lástima que con Nazario no llegaran a tiempo.

El pueblo es lo que tiene: naces Jetalobo y morirás Jetalobo por mucho que entre medias te hayas convertido en un tío más guapo que el Robert Retford. más conocido por Arangu. le había preparado el peluquero. José Pedro sigue siendo un tío fenomenal. Vamos que como se lo oyera otra vez. y no ver un duro (3) durante esos dieciocho meses de su juventud. alguien se encargaba de bautizarte con el mote por el que serías conocido entre la camaradería. Acabó enterándose que las orejas eran de lo poco que en el cuerpo no paraba de crecer con la edad y eso ya fue la hecatombe. Si yo estaba presente trataba de quitarle hierro al asunto pues. Así es que cuando todos llevábamos el pelo más bien corto. al que llamábamos Manazas. Se apuntaba a casi todos los rescates y nos venía de perlas. según él. Pepín venía rebotado por el crimen que. conociéndole. el de los Jetalobo. él acostumbraba a presumir de cabellera larga. aunque un compañero le llamó Orejas un día que el barbero le cortó el pelo más de lo debido. porque esa era la costumbre o la moda. sino porque así se apellidaba de primero ______ (3) El duro (0. su valor equivalía a 5 pesetas. con un corazón más grande que su cuerpo. que dicho sea de paso me manejo bien con las dos manos después de utilizarlas en los años de minero. A poco de enfundarte el casco. Wenceslao. y ya te quedabas para siempre con él. y eso de no haberse fotografiado de soldado lo llevaba fatal. sabía que no cedería ante el “gracioso”. pero antes era raro que en la mina se librara de su apodo el propio de turno. Para animarle le decíamos que le había tocado la lotería con no perder el tiempo. José Pedro. el mono de dril azul oscuro y la lámpara. que para todos era el Periquín y Tinín. pero en la mina se le conocía por el Fullaondo o por ese otro apodo que tan mal encajaba. se iba a tragar esa palabra. pero él no se quedaba muy convencido. y lo normal es que siempre se mosqueara. Pelayo.Aranguren. De por sí el apellido tenía lo suyo. No fue ni el primero ni el último que se lo llamó. Al Periquín le pasó lo contrario. Ahora no sé. 13 . por esas manos que parecían palas de grandes que eran. Fue una mala tarde. Yo me quedé con el Zurdo. porque le sentaba como un tiro que le mencionaran el Orejas. por su pelo tirando a rojizo. Allí por donde no cabía nadie accedía él para abrir huecos en el desescombro y facilitar el rescate. Realmente tenía un pelo agradecido y a la vez conseguía disimular su complejo. En el pueblo era Pepín. el Azafranao. pues su estatura no se correspondía con sus fuerzas. la moneda entonces de curso legal. no por ser zocato. y al otro se le quitaron las ganas de volvérselo a llamar cuando a mi amigo se le cruzó el genio y le soltó una andanada de las suyas.03 €) era una moneda en vigor antes de la entrada del euro. escapó de la mili por su estatura. Muchos pasaban de padres a hijos como Pepín con el paterno Fullaondo.

se debían bastantes apodos puestos en la mina. —A él no se le oye —les susurró. pero no convenció al ofendido que le lanzó: ¡No te jode con la que nos viene ahora este! Serafín enseguida formó corrillos en torno a él. Remembranzas evocadas fundamentalmente por quienes escaparon del accidente y por los rescatadores. Era espantoso enfrentar a ese hombre derrotado por la vida con el que entró a la mina en el primer turno de aquella aciaga jornada. Ha pasado tanto tiempo que no recuerdo exactamente quién empezó a llamarle a él el Pomposo. Con los años desempeñó un importante puesto en el sindicato y en el partido. así podrían acceder hasta el lugar del siniestro. el Pomposo. pero vino a coincidir cuando a poco de entrar en el pozo se puso al frente de nuestras reivindicaciones laborales. y al darnos cuenta de que llevaba mucha razón en casi todo lo que decía a propósito de nuestras malas condiciones laborales. y pervivían para siempre en el imaginario de las generaciones venideras. Eran sucesos que corrían de inmediato como un reguero de pólvora por la comarca. 7 Pasaron ya más de ocho lustros de aquel infausto día. El drama volvía a repetirse en la fatídica cuarta galería. macho. anímate. y aún permanece en la memoria de quienes los rescataron el horrendo escenario del derrumbe. que para decirlo con ese valor hay que tener muchos redaños!” El de la pompa. frente despejada. A Pepín le encontraron semiinconsciente. lo quiso arreglar. a modo de disculpa. le quedaba un penúltimo aliento para referirse a Nazario. rizada cabellera peinada hacia atrás igual de morena que su tez. de estatura algo superior a la media. no obstante. y aquel día a un veterano se le oyó decir con cierta retranca: “¡Cuidadín con la pompa que te das. Aquel era un hombre de fuerte complexión.. si tú de esto no entiendes de la misa la media!” Y a partir de ahí a Serafín le conoceríamos por el Pomposo. anchos hombros. con su palabra fácil. Asistíamos a uno de esos parloteos que nos largaba. y sabrían de los atrapados. Aunque se armó una buena. En mi familia somos Zurdos o Zurdas dependiendo del sexo aportado al nacer. nariz respingona y proporcionados labios y 14 . lo justo que llegaba el jornal. Los primeros orientaron a los voluntarios que se apuntaron a entrar al infierno. varias heridas seguían desprendiendo finos hilos de sangre por su cuerpo. A Serafín. y de cómo los patronos se aprovechaban de nosotros por nuestra ignorancia.. porque varios compañeros se lo tomaron como si de ofensa propia se tratara y uno le saltó: “¡Hala. y dilo tú igual que él.mi tatarabuelo: Zurdo.

salió del trance lanzando exabruptos contra los dueños de la mina traicionera.. les quemaba los ojos después de tanta negrura. —¡Me cago en la puta de la guadaña y en esos cabrones! —¡Cállate. pero.. abrazándose a él y conminándole a que silenciara sus improperios. algo extraño para esa época del año en la climatología del valle.. de buenas a primeras. Santina bendita… El padre. Arriba olía al aire limpio de uno de esos días excepcionalmente luminosos que salió a finales del otoño del 64. junto a mujeres y hombres venidos de lugares cercanos. se convirtieron en horas interminables para quienes les esperaban angustiados al pie del pozo. Pepe. permaneció en un estado catatónico durante un buen lapso de tiempo.! ¡Y reza por una vez en la vida. Un reluciente sol. bastante separados del cráneo. si mi Pepín sale de esta me pondré el hábito. con el rostro desencajado y un timbre de voz muy bajo. Santa Bárbara no le olvides.. —Santina bendita… —apenas se la oía implorar—. La tía Hermelinda era una de esas afligidas madres temerosas de lo peor. Por Dios. —¡Cállate! —le decía al borde del llanto. aunque solo sea por tu hijo! La salida a la superficie constituía un acto de brusquedad para esos contaminados pulmones. incapaces de adaptarse a un aire tan puro sin los recalcitrantes tosidos de por medio. Pero él continuaba con su desahogo. por el contrario. sus vivos ojos estaban realzados por unas cejas bien perfiladas y por unos hermosos iris olivinos heredados de la tía Hermelinda. apurando el pitillo que evitaban en el pozo. En primer término se arremolinaban varios chavales 15 . Sin embargo. invocaba a la Virgen sus entrecortados rezos para que no abandonara al hijo a su suerte. Los minutos transcurridos cuando ascendían portándoles en las dos camillas hasta la bocamina. sino que destacaban por una exagerada doblez de los lóbulos. ¡Eso es lo que somos por culpa de estos cabrones que todo lo quieren para ellos! A la madre no le pilló de sorpresa esa reacción del marido. por Dios. No es que las tuviera más grandes de lo normal. La viveza de esos ojos era la única impronta que el accidente no eliminó de su tiznado rostro. acuérdate de mi hijo. Lo único que no hacía honor a ese porte eran sus orejas de soplillo disimuladas bajo el pelo.mandíbulas. siempre reclamando su ración de víctimas. —¡Unas marionetas en manos de esa puta! —maldecía—. Allí aguardaban expectantes los cariacontecidos compañeros. Era otra forma de llorar sin lágrimas.

el maestro de parvulario.. hasta sus oscuras medias. Algunas lucían nuevos embarazos cuando aún no acabaron de destetar a los mocosos que sostenían. el único de sus hijos que no quiso seguir con los estudios en la Laboral (4). —¡Hijo.. entre otros.? ¿Por qué mi hijo. incluso los pocos sin familiares en la mina. La mayoría de las criaturas de su numerosa clase. Otra mujer ni tiempo había perdido en desprenderse de los rulos de su pelo cubiertos bajo su negra pañoleta..? ¡Por qué! ______ (4) Universidad a la que acudían. primas y nietas de mineros que yacían bajo tierra mucho antes de verlas crecer. procurando que los familiares no interfirieran en su trabajo. cubriéndoles las cabezas.! ¡Hijo. críos más pequeños aparecían en brazos de las madres o pegados a sus mandiles. preferían acudir al olor de aquella maldición que perseguía a sus ancestros desde tiempos remotos a quedarse jugando al fútbol en el patio de las escuelas. El médico y el practicante del pueblo esperaban al pie del agujero para realizarles unas primeras auscultaciones de urgencia. Lo de mocosos era literal. Entre las mujeres. hijas. Sus gritos eran también interpeladotes: —¿Por qué mi hijo. el practicante. el galeno. A la madre de Nazario se le oían unos gritos desgarradores al besar la cadavérica faz tiznada del hijo. Todas eran abuelas y madres precozmente avejentadas por las huellas del dolor. Ayudado por Aurelio.. 16 . al tiempo que le limpiaba y desinfectaba las peores heridas con tintura de yodo. y salía despavorido temiéndose lo peor. certificó el fallecimiento de Nazario.. hijos becados de algunos trabajadores. hermanas. pues una madre libraba a su chiquitina de ellos limpiándoselos con su mandil. En cuanto vieron aparecer a los accidentados se abalanzaron sobre ellos en medio de desgarradores sollozos. muchas revelaban su sempiterna indumentaria fúnebre por su condición de viudas o huérfanas enlutadas desde sus negras pañoletas. y a pesar del ensangrentado torniquete practicado por Martín.. el Manazas. interrumpía las clases en la escuela si sabía de un accidente. El hombre tenía a Manolín de picador en la mina. y ordenó la inmediata evacuación de Pepín al hospital de la capital. pues continuaba sangrando con un leve flujo después del tiempo trascurrido. Don Esteban.? ¿Por qué.. hijo. Excepcionalmente alguna desentonaba en esa uniformidad con prendas más coloridas. mío! —clamaba la tía Hermelinda.. Don Manuel.y unos chuchos. consideró pertinente empeñar unos minutos para contener la hemorragia de una herida en el hombro.

a fondo perdido. y de otros ya jubilados como el padre de Pepín. —¡Joder. La hermana del difunto. dedicaban una ínfima partida de la misma en algo que llamara la atención sin atender a las auténticas necesidades. y de ahí las exigencias de mineros como Serafín. que la Santina no puede olvidarse de él. y continuó con sus reproches dirigidos a los patronos sin hacer caso a la tía Hermelinda. eran destinadas por aquellos miserables para sus verdaderos fines. con una voz más tenue. —¡A ver cuándo os rascáis el bolsillo de una puta vez en las galerías! Esto no es un accidente. —¡Por Dios. el Pomposo. —Pepe. La apocada figura de la mujer revelaba su procesión interior solo mitigada por la fe y los besos depositados sobre un escapulario de la Virgen. para la ventilación y mejoras en las instalaciones. cago en sandiós! —proseguía él cada vez más alterado. 17 . dada su experiencia. ignorando a la esposa. es una tragedia que se veía venir… ¡Cabrones! —¡Cállate. El Ministerio no hacía un seguimiento de la cantidad asignada y los dueños. chache? ¿Por qué te has ido? Tras la evacuación de Pepín al tío Fullaondo le explotaron los nervios. La reincidencia de siniestros en el pozo María Cristina en nada tenía que ver con los ocurridos en similares explotaciones. Herme! —profería impotente el marido—. repetía una monocorde letanía parecida a la materna. Para empezar ya se ha olvidado del Cantante. cállate! Ya verás. Pepe! —insistía la mujer a media voz. hombre. mientras esperaba la furgoneta que les llevaría al hospital. por tu hijo te lo pido… Al menos hazlo por él… ¡Calla. Este. el guaje va a salir de esta. Ni siquiera las subvenciones tardíamente concedidas por el Ministerio de Industria. incluido el de vidas humanas. calla! Un murmullo de voces procedentes de los allí congregados secundaba las imprecaciones del tío Fullaondo. para cubrir el expediente. No a todas las explotaciones les afectaba estas fraudulentas prácticas. y este solo buscaba la inmediata rentabilidad a cualquier precio. —¿Por qué te has ido. Sobrecogía verla cómo lo empuñaba fuertemente en medio de un ininteligible susurro. pero Las Hulleras y Antracitas del Norte venía participada por capital extranjero. consideraba que buena parte del accidente se debía a las escasas medidas de seguridad aportadas por los patronos al mantenimiento de la mina. —¡Que muchas de estas tragedias podrían evitarse.

Y el padre calló. como tantas veces. fue más intimidatorio que las súplicas de la esposa. y vi como le suministraba 18 .. —¡Tiene razón el tío Fullaondo! —se atrevió a gritar entre el grupo otra voz anónima de mujer. si seguíamos juntos. 8 . otros interiorizaban la intensidad del drama articulando el sonido del silencio.. ¡Cabrones!. Para entonces el tío Fullaondo. recuerdo que le dije mientras me quitaba el mono… Déjeme ir con él... —¡Eso es lo que sois —insistió Serafín—. —se oyó claramente entre el griterío de iracundos. Don Esteban se sentó al lado de Pepín en la parte trasera de la ambulancia. ¡Sí. Debí conmoverle. el drama se resolvió en media tragedia. por favor. no tanto por complacencia hacia la tía Hermelinda o respeto a la memoria de Nazario. Esa voz encendió una mecha que prendió en el coro de desafiantes. hombre!. una panda de cabrones! Aquella enfervorizada muchedumbre estaba a punto de convertirse en un arrollador terremoto humano de impredecibles resultados. sin poner pegas a mi facha... a él se le unieron los fatigados rostros del último turno. como por su delicada salud cuyas limitadas defensas. su corazón no me iba a jugar la faena de pararse. El ataque de tos. Me lavé la cara y las manos. Don Esteban pretendió cortarme. le inyectó algo. pues permitió que me instalara en el asiento delantero.. —¡A vosotros. así es que le dije al médico que me dejara acompañarlo en la ambulancia. Siempre era el primero en apuntarse como voluntario si se trataba de entrar al pozo para rescatar a alguien.. A más de uno les delataban sus silentes lágrimas. junto al conductor. atacado por los nervios. Pepín había sembrado un cúmulo de cariño en muchos corazones de aquellas buenas gentes. en los momentos de sobresalto. la culpa es de ellos! —rugieron bastantes voces al unísono entremezcladas con insultos. —¡La culpa es de ellos!. ¡Déjeme. —¡Cabrones! ¡Hijos de puta!. En todo caso. no paraba de acordarse malamente de la madre de los patronos. pero yo me anticipé. me vestí de calle rápidamente y mi humilde capacidad de persuasión hizo el resto. Tenía la certeza de que. reaccionaban mediante una tos crónica que le cortaba la palabra y la respiración. a vosotros os querría yo ver ahí dentro! —exclamó Serafín.

a cierta distancia. tras la cristalera de aquella penumbrosa sala. y no dejaba de rezar obsesivamente una silenciosa oración pagana: ¡Quédate.oxígeno cuando miré hacia atrás por la ventanilla del coche insertada en una mampara que nos separaba de donde estaban ellos. para ayudar a la familia de la víctima hasta que cobrase la indemnización por el fallecimiento. Los mineros aportaban lo que buenamente podían descontar de la paga. a Dios o a quien haya que dárselas por escuchar mis rezos. los médicos permitieron que Antonio visitara a Pepín en el hospital. abre los ojos! No te vayas. Lo cierto es que gracias a don Esteban. Querían trasmitirles su sincero pésame y entregárselo a la madre cuando se tranquilizara. El médico no le quitó ojo durante el trayecto hasta el hospital. 19 . un amigo de la pandilla al que pillaron en su día de libranza de conductor en la Serrana.. El trayecto se me hizo eterno ya que unos malditos nervios punzaban mi cerebro al oír el sonido de la sirena de la ambulancia. le decía. por favor. no te duermas. surgido de manera natural entre los compañeros. Al cabo de unos días. y de tramitar las pensiones relacionadas con incapacidades laborales. hermano!. Ellos llegaron al hospital un rato después que nosotros.. Este era un ritual de voluntaria solidaridad económica. había observado a _______ (5) Organismo dependiente del Ministerio de Trabajo de la época encargado de las prestaciones sanitarias. Al final se tiró más de un mes hospitalizado en Oviedo. Antes.. luego vendría lo del traslado.. Unos pocos duros de la recaudación los destinaron para la corona de flores. la línea de autobuses de servicio regular que cubría el recorrido entre los pueblos del valle y la capital. era uno de esos actos que dejaban mella. ¡Quédate. 9 Serafín y Wenceslao se encargaron de realizar la colecta a la salida de los turnos. pero les fue del todo imposible. nos siguieron sus padres y uno de sus tíos en una furgoneta conducida por Emilín. y algún compañero se salió de la fila del duelo porque tampoco era capaz de aguantar la emoción. Detrás. compensación que se demoraba en el tiempo de forma incomprensible con tantos trámites y papeleos exigidos por el Instituto Nacional de Previsión (5). aún nos falta mucho por vivir. no te duermas. y el resto se lo proporcionaron a la hermana de Nazario al final del entierro.. Me tapaba con fuerza los oídos para tratar de atenuar esos aullidos. llegó con vida a la clínica y recuperó la conciencia a poco de entrar en Urgencias. Acceder por primera vez a esa sala le impactó sobremanera. Ni con el hijo ya enterrado dejaba de sollozar.

le estaban esperando a la puerta del hospital. y de los médicos y enfermeras que las manejaban. Qué impresión encontrar tan delgado a Pepín. Solo le dije que estuviera tranquilo. La madre le acompañó días enteros en el hospital. el otro medio. viéndole fuera de peligro. delicados hilos susceptibles de romperse en cualquier momento sin que nada ni nadie pudiera evitarlo. indicó que había llegado a oídos de los dueños de la mina las protestas de Pepe en el día del suceso.. y me habló de la noche anterior. Pero al mismo tiempo agradecía la existencia de esas máquinas. Cuando yo le visitaba el domingo. y al peso sobre mis sienes le sustituyó un nudo en la garganta. y les faltó tiempo para denunciarlo. bajó a despedirle y vio cómo se lo llevaron una pareja de Civiles. temeroso como en ningún otro sitio.los pacientes allí hospitalizados. No conseguí tranquilizarla. esa densa atmósfera hospitalaria tan costosa de digerir si vienen mal dadas.. no olvidé lo que me dijo: “Dios te oiga. se “lo secó la mina”. Fuimos muchos los que nos pasamos por allí. de aportar vida a una mitad de su cuerpo ya que. deseé huir de aquella pesadilla y aspirar el fresco aire del valle a bocanadas. Me extrañó la ausencia del padre en los primeros días del internamiento. por estar allí. Le cogí un instante la mano. pendiente de sus dolores. pero no me dio buena pinta”. 20 . Ahí. aliviado. tantas como mis pulmones estuvieran dispuestos a inhalar. al fin respiré. 10 . Enseguida me dio las gracias por todo. Antonio tenía la sensación de palpar el fino hilo que separa la vida de la muerte. hijo. en medio de un silencio solo alterado por quejidos y lamentos de diferentes intensidades o por el tintineo apenas perceptible de ese aparataje que les sostenía los latidos del corazón. Enfermos enganchados a la vida por múltiples tubos y cables. allí estaba ella siempre sentada junto a la cabecera de la cama del hijo. En el fondo. estaba fría. la tía Herme nos agradecía esas visitas que le hacían salir un poco de su rutina. o al menos esa es la sensación que me produjo el verle así de pálido. Entonces le pregunté que qué había sido de él. o con la cabeza gacha siseando los rezos de un rosario cuyas cuentas desgranaba entre sus dedos. Como si añadiera más preocupaciones al accidente. Por desviar su inquietud se me ocurrió comentarle que sería para algún trámite relacionado con el accidente. Le salvaron los facultativos y sus propias ansias de vivir. Era como si unas espinas me impidieran la salida de las palabras en ese diálogo que debía condicionar a los límites de la brevedad. como él decía. ausencia que pronto me aclaró la tía Herme. porque sin ellos su amigo no habría sido capaz de sobrevivir.

hombre. —Descuida. ahogándose en sus depresiones. No paro de darle vueltas a la pelota. enfermero precursor de los futuros fisioterapeutas que por entonces ya disponía de la adecuada formación para tratar casos como el suyo. —No te garantizo nada. —Aquí de lo que se trata es de eso: de recuperar tu mente para reencontrarte con ese tipo vitalista al que se refirió tu madre cuando me mostró una foto donde aparecías la mar de contento. desconsolado. y confiaban en sus posibilidades de recuperación. 11 Los médicos que trataban a Pepín en Oviedo consideraron oportuno trasladarle a Madrid. El padre quedó al cuidado de la casa acercándose a la capital dos o tres veces al mes. Nunca se lo oiríamos al tío Fullaondo.. recordando aquel puto día. —Me vale con un rato al día que me dejen ver a mi Pepín —afirmaba ella. siempre que encontrara a alguien que diera de comer a los animales en su ausencia. pero parece que sus huesos durmieron en el camastro del calabozo. Solo incumplió la promesa de vestirse con el hábito de la Virgen que supeditó a la supervivencia del hijo. decidió acompañarle alquilando una pequeña habitación con derecho a cocina en una pensión cercana al hospital.. y se me quitan las ganas de todo. No obstante. Le ayudó a afianzar su autoestima. ¿Quién era ese bellezón a la que agarrabas por la cintura? —le preguntó por ver si conseguía romper el hielo. en vista de cómo se prolongaría el tratamiento. La madre. y también apareció para rescatarle cuando estuvo a punto de tirarlo todo por la borda. ya que en Asturias no existía un centro especializado para pacientes como él. durante varios días. pues entendía que la Santina había atendido en parte su plegaria. contó con el oficio de Mariano. Pepín superó el año de rehabilitación gracias a su resistencia frente al dolor. sin que mediara juicio alguno tras la denuncia. durante los fines de semana. 21 . eso lo conseguiremos tarde o temprano con algún que otro sacrificio. —¿Sabes —le advirtió Mariano— lo que más debemos fortalecer? —Supongo que este medio cuerpo que aún me queda útil —contestó Pepín.

Su experiencia profesional no era excesivamente dilatada. y te aseguro que.. la vida merecerá la pena vivirla a pesar de tus limitaciones o mejor dicho. —No sé cómo voy a salir de esta... —Ni yo mismo sé si acabaré soportándome. No sé si compensa vivir de esta manera. Y luego están las pesadillas. pero piensa que esto ya no irá a peor.. pero optó por la segunda al saber que no era el caso de Pepín. no ha pasado tanto del accidente. pues no oía. —Piensa que esas obsesiones. en un tono desafiante. —Antes dormía como un lirón y ahora es rara la noche que pego el ojo dos horas seguidas.. con esa desazón.. le espetó: —¡Cómo no va a compensar! ¡Aprenderás a valerte por ti mismo! Ahora estás hundido. Aquel sentido le decía que existían dos maneras de actuar ante pacientes como el minero: oírles y dejarles expresar todo su pesimismo como el caso de un hombre afectado de una paraplejia tras ser picado por un escorpión.. ¿Sabes lo que es imaginar como si te faltara el aire y desvelarte empapado en un sudor frío? Es lo que peor llevo. esa manera de desvelarme en medio del sueño. Si presentía que el enfermo no había tenido la posibilidad del desahogo elegía la primera. cualquiera que me vea. no le hizo ni caso y tampoco se dio por enterado de la pregunta. esos sobresaltos. 22 . el no dormir…. aunque a donde no llegaban sus conocimientos.. aplicaba el sentido común y los tres años de Filosofía y letras que tenía aprobados en la universidad con intención de licenciarse en una especialidad próxima a la psicología. o no quería oír a Mariano. Mariano apenas superaba en dos años a Pepín. son normales. —No veas lo orgullosa que estaba tu madre cuando me enseñó la foto —continuó el enfermero. o cortarles por lo sano para demostrarles que se podía salir de su actual situación... Pero el otro no cesaba con su cantinela: —Es que cuando me da la tiritera por el dolor en las piernas quisiera. con tus limitaciones. Pero se diría que Pepín también estuviera afectado de una repentina sordera. No podía consentir semejante grado de depresión. Y ese fue el instante en que espoleó el amor propio del enfermero. al final.. Mariano alteró su tranquilo timbre de voz y. dando cabezadas por el día. Pepín proseguía con sus temores.

Esa vacuna acabó por atrofiarle las piernas. ¡Cuánto añoraba su terruño! Cuánto echaba de menos las zalamerías de Sultán. —Se hará lo que se pueda. Acababa extenuado por el descomunal esfuerzo que progresivamente le exigían. perdió algo de peso. pues esto consiste en tener la caña preparada para pescar esos buenos momentos por llegar! Pepín aguantó.. venía a decir que aquello era un problema menor 23 . Verás cómo también podremos con esas tiriteras. Y es que apenas intimó con compañeros equiparables a él durante los meses hospitalizado en Madrid. incluso a veces escapándosele alguna lágrima. que se esfumaran como las nubes que se llevaban las tormentas en el valle. —¡Vamos. su perro. Estoy convencido que tu esfuerzo y tu ánimo serán suficientes para superar cualquier dificultad por complicada que se presente. Los hay que ponen todo de su parte para no ser felices ni en un solo instante de su vida. —Yo no lo tengo tan claro. no te garantizo nada. Solo le costó superar el lento discurrir de los días. pero ya te digo. al final se trata de que no esquives a la felicidad. —Te servirán y mucho. Recuperó el apetito y su mengua de musculatura en las piernas la compensó en brazos y tórax. chaval…! —insistía Mariano—. Y lo más importante: dejó de apiadarse de sí mismo. al haber pasado por un calvario similar del que aún no estaba repuesto y acaso nunca llegaría a reponerse. Ya lo verás. Mariano sabía lo que decía. el terrible sufrimiento físico que muchos de esos ejercicios de rehabilitación le ocasionaban. cuando animaba a Pepín. ahora que era cuando más necesitaba que corrieran. y tienen que manifestarse en un episodio tan especial como el tuyo… Malo sería que no las exteriorizaras ahora y te pasaran factura más adelante. Él mismo actuaba como conejillo de indias en su propio cuerpo al contraer una poliomielitis en la infancia como consecuencia de una partida de vacunas contra la polio que se encontraba en mal estado. ¿no? ¡Joder. ¿Te imaginas la alegría que se llevarán tus padres cuando vean tus progresos? Solo ese ya es un buen motivo para superarte en el día a día. aunque no demasiado. todo esto que cuentas son las secuelas normales. No sé si servirán para algo las pocas fuerzas que aún me quedan. Los dolores indefectiblemente reaparecían en su pierna izquierda y algo atenuados en la derecha. con su natural optimismo. pues muchos solo aportaban más dolor al dolor. la menos afectada por su enfermedad. Él.. A ti te gusta la pesca. —No te preocupes.

lo llevaba “de adorno”. unida a otras de tipo psicológico sobrevenidas por sus limitaciones físicas. pero acabó siendo muy sonado y. Mariano superó sus dolencias a base de coraje. fue un claro ejemplo de negligencia por parte de las autoridades sanitarias de la época al no tomar cartas en el asunto hasta que los hechos degeneraron en una auténtica epidemia. y se propuso ayudar a personas que pasaran por situaciones similares a la suya. Ni la censura del régimen. sus piernas rozaban los sesenta centímetros. en tanto que de cintura para arriba se había desarrollado de una manera normal. aunque nadie asumió responsabilidades. aunque entre estas últimas hubo una que llevó peor que las demás… 24 . Pero eso nunca le impidió superar todo tipo de adversidades gracias a su capacidad de sacrificio. En sus pies calzaba unas pequeñas botas ortopédicas. ni le amilanaron ni le volvieron indolente. el derecho lo apoyaba sin mayores problemas.al echarse otra “pierna postiza” desde muy pequeño. Terminó la carrera de enfermería y no contento con ello. Pepín solo debió de asumir algunas renuncias. El suceso tardó en descubrirse. Jamás tuvo motivos para sentirse defraudado por Pepín. siempre predispuesto a la sonrisa. se disponía a licenciarse en lo que entonces más se aproximaba a los estudios de psicología. el izquierdo. Se refería a una muleta que con los años creció tan poco como su escasa estatura. pudo impedir que la prensa se hiciera eco de ello. Ocurrió que mediada la década de los 40 esas vacunas se las inyectaron a bastantes niños en dispensarios y ambulatorios repartidos por la geografía española. pues la desgracia sufrida por el minero. si se exceptúa la superior musculatura que con el tiempo adquirieron sus brazos y la gracilidad de su rostro. ateniéndose a sus palabras. El suyo era un cuerpo descompensado. y a unos padres y hermanos que siempre los tuvo a mano cuando necesitó de ellos. férrea ante acontecimientos susceptibles de crear alarma social.

y me respondió quitándomelo de la cabeza con mil disculpas. Pepín deseaba reencontrarse cuanto antes con el tío Fullaondo y solo dedicamos un par de días para conocer la ciudad. Qué difícil se lo ponían para moverse. Aunque su aspecto era bueno. Se lo dije en cuatro letras. Nos dimos un abrazo. No sabía qué decirle: las rutinas de la mina. Me quedé en otra habitación de la pensión donde se alojaba la tía Herme. Me habló de Mariano. según él. lo hicimos a base de taxis y casi ninguno le cogía como la silla no cupiera en el maletero. del que él parecía como no querer desprenderse. el hijo se salió con la suya. La tía Hermelinda estaba avisada. y Pepín enseguida propuso un plan para que al menos me luciera el viaje. Entonces fue cuando quise acompañarle. Al cabo de unos meses no me lo pensé más y allí que me presenté un sábado a media mañana tras pasar la noche en el tren. todo era inaccesible para él. llevaba mucho tiempo encerrado en la clínica y. La madre prefería seguir allí. Le contesté a la primera como Dios me dio a entender. él tenía para largo en aquel hospital. mi noviazgo con Eulalia. necesitaba airearse. pues ellos nunca se habían movido por el centro. por dentro de los edificios no vimos nada. acudí a Madrid a verle. aunque ahí noté que Pepín se había vuelto un poco 25 . además. la Plaza Mayor y a la zona del Palacio Real. y a la vez había cambiado en todo. me gustó tanto la comida como el lugar. El primer día nos acompañó la tía Herme y fuimos a la Puerta del Sol. No había cambiado en nada. para él fue una sorpresa y en cierto modo para mí también. me llegó al alma encontrarle en la silla.II Las amistades 1 Pepín me escribió tres cartas durante el tiempo que estuvo ingresado en Madrid. y por ayudarles en la vuelta a casa para pasar las tres semanas que los médicos le dieron de permiso en agosto. pero se le notaba que poco a poco recuperaba el ánimo. En realidad. Creo que no se hacía a la idea de que le viera en silla de ruedas. cómo le iba a los demás… En la segunda contaba lo justo. no coincidí con él al estar de vacaciones. sin embargo. Comimos en la terraza de un bar de la Plaza Mayor.

Suerte que esos días no salieron muy calurosos sino habría acabado para el arrastre. vinieron de perlas para el tute que nos esperaba. un señor parque con mucho que ver: el estanque junto al monumento que allí levantaron a Alfonso XII. Había zonas donde se montaban unos atascos de circulación de mucho cuidado. Salimos por otra puerta del Retiro. ponía pegas por cualquier tontería. Y no me refiero a su puñetera orografía con cuestas por todos los sitios que en nada tenían que envidiar a las del pueblo. Precioso aquel lugar. me superaba tanto ajetreo de gentes y coches por la Cibeles. El receso nos vino cojonudo. Las barreras están por todas partes. Que si los calamares venían fríos. la Puerta del Sol y las calles que la rodean. menudo árbol frondoso. que si las patatas de las bravas sin la salsa picante las encontraba insípidas comparadas a las de nuestra tierra. cerca estaban los jardines de Cecilio Rodríguez. —¡Y una leche! —saltó él—. Yo me quedé un poco amodorrado después del carajillo y el farias. Después entramos a la casa de fieras. Desde allí vimos Las Cortes de lejos y cogimos el taxi de regreso a la pensión. Pedimos un taxi hasta la Cibeles. dos de tortilla y dos de jamón que no se los saltaba un gitano. desde allí nos dimos una buena caminata. Subirle al tren en la estación del Norte fue otra odisea de la que salimos gracias a la ayuda de más personas. y menos mal que ya todo era bajada hasta la fuente de Neptuno. era una ciudad muy complicada para Pepín. Preparó cuatro bocadillos. en un quiosco próximo al palacio de Cristal nos ventilamos los bocatas con unas buenas cervezas. Pepín se acordaba de Mariano cuando le decía que las barreras solo estarían en su mente. Que lo de calvo es un decir. Madrid me agobió. pasamos delante de la iglesia de los Jerónimos y del museo del Prado. El segundo día no vino la tía Herme. Teníamos que desistir de entrar al interior de los edificios. En el pueblo ni en días de feria se forman parecidas aglomeraciones. Las complicaciones para él eran de otra índole con muchas barreras físicas imposibles de superar. había acabado agotada y prefirió quedarse en la pensión. y siempre me vienen impuestas. los palacios de Cristal y Velázquez… Al llegar a la pensión lo apunté todo en una libreta para que no se me olvidara nada cuando se lo contara a Eulalia. por mucho que el puñetero de Pepín dijera que no se cansaba… Cómo habría disfrutado Tino ante los ejemplares de árboles que vimos. espectacular la mole del palacio de Correos situado en aquella plaza. Un ciprés calvo tenía cerca de trescientos años según nos dijo un guarda del parque. En lo único que le di la razón es en lo caro que estaba todo respecto a los precios del pueblo. Subimos a la Puerta de Alcalá y conocimos El Retiro.cascarrabias. Ya le diré cuatro cosas en cuanto me lo eche a la cara. 26 .

la Boliche. No sé por qué se agarraba esos mosqueos. A Madrid no pudo bajar a verle. y eso. —¡Qué pobre chico. en su estado. su aterciopelado timbre de voz. a ella no la pillaba de nuevas ese insoportable carácter. encandilaban al más templado de los mortales. La madre observaba esos desplantes y le hacía ver su poco tacto con esa persona que trataba de socorrerle de buena fe. Catalina. Por fugaces que fueran. Le repateaba ese piadoso “pobre chico. Él se sorprendía. sin embargo. Ella era una joven algo menor que él. y si hubiera que dar otras oportunidades al dolor ya se encargaría de asumirlas de la manera menos victimista posible. Se necesita ser desagradecido. su primera determinación al regresar al pueblo fue exigir a Catalina que volara libremente. incapaz de encontrar una explicación a semejante arrogancia. aunque pronto se desentendía de alguno si se compadecía a sus espaldas. 2 A la tía Hermelinda no le quedaba otra que armarse de paciencia con el mal genio del hijo. al fin y al cabo los días pasados en el pueblo después de todo lo llovido le cambiaron el color de cara. Tras el largo periodo de rehabilitación en Madrid. qué mala suerte”. intentaban ayudarle y los rechazaba con cajas destempladas. recordaba con especial cariño las dos ocasiones que Catalina acudió al hospital cuando estuvo ingresado en Oviedo. y Pepín pasaban por novios desde hacía unos años. Bueno. y su sonrisa. No sería la última ocasión en que Pepín se planteaba cómo controlar esos impulsos de los que tanto se arrepentía. Catalina se mostró indecisa y tardó en reaccionar: 27 . Se empeñaría en demostrarles que no era un pobre chico. pero tenía un peligro cuando se levantaba con el pie izquierdo. ni qué leches! —se defendía él... ya era bastante. —Es absurdo que te ates de por vida a mi silla de ruedas —saltó emocionado en cuanto ella se acercó a su casa después de las consabidas preguntas interesándose por su salud. —¡Hay que ver cómo te has vuelto! Te quieren echar una mano y tú se lo agradeces de esa manera. Fueron muchos vecinos y amistades de la mina los que se acercaron hasta su casa para interesarse por él. Creo que lo interpretaba malamente como una especie de regodeo en la desdicha ajena. y otros encantos que saltaban a la vista.

—Al menos a mí me coge a traición —contestó ella a punto de echarse a llorar y sin que le salieran del todo las palabras. tan distinto a los que se prodigaban antes del accidente. esos puñeteros hados que cambiaban el rumbo de su vida de una manera tan brusca. Qué quieres que te diga… —no lo dijo como pregunta sino como una aseveración. si nadie está preparado para esto. Catalina. —trataba Catalina de justificarse—. Pepín. estate tranquila. Se despidieron con un largo y tembloroso beso. en esas circunstancias. —Descuida. seguro que saldrás adelante. ¿cuánto había de mutua lascivia y cuánto de auténtico amor en aquella relación? Como disponía de todo el tiempo para hacer cábalas.. Y permanecieron callados durante un buen rato entrelazando sus manos en algún momento. ¿Podría reencontrarse algún día con esa sonrisa de Catalina que tanto le seducía? Le costó asumir su destino. Ahora bien. 28 . me hago cargo —asintió Pepín. —Claro que sí. si ella hubiera sido la mujer apropiada para recorrer unidos el sendero de los años. ¿De dónde vendría lo de Boliche? Estando con ella nunca se le ocurrió preguntárselo.. de manera escueta por un nudo que le oprimía las cuerdas vocales. aquel fue un ósculo extraño como si le faltara la pasión de antaño. también elucubraba sobre su extraño apodo. me vas a tener si necesitas que te eche una mano. pero sabía que ese beso. —Tú eres mucho más fuerte que yo. Lo superarás. por fin. Además. claro que sí. cuando menos lo esperas te asesta una puñalada. A él no se le ocurrió nada a modo de despedida. lo siento con toda mi alma… A veces la vida es así de cabrona. Fue ella quien. Estos años contigo son de lo mejor que me ha pasado en la vida. ¿Era necesario decir te quiero a la persona que comparte tu vida? Porque si Pepín se paraba a pensarlo. —Lo siento. ahora le picaba una insatisfecha curiosidad y no sabía si la satisfaría en un futuro. rompió ese mutismo que les tenía atenazados: —Te prometo que volveré a verte en cuanto pueda. —Qué vas a decir.. más humedecido de lo normal por alguna lágrima que brotó del lacrimal de Pepín y se quedó prendida entre los labios de los huidizos amantes. no era fácil olvidarse de una mujer como Catalina. No se sabe si tardó más tiempo en quitársela de sus sentimientos o de su cerebro. era el último que esperaría de ella. Especulaba en si habría acabado sus días con Catalina de no caer en desgracia y. seguro..

. Catalina se agarraba a Pepín muerta de risa. para buscarse el sustento en distintos trabajos que desempeñó en la capital. mientras le cogía por la cintura. porque les compensaba los formidables olores emanados de la naturaleza. acaso en alguna ocasión tras yacer en el lecho del amor. porque era lo que Pepín descubrió tiempo atrás actuando de la misma manera. Los dos acababan mareados en un revoltijo de besos. Su inmediata escapada. 29 .. era de lo peor que podía pasarle. Cuando menos lo esperaba. cumpliendo la promesa del reencuentro muchos años después. ella lo imitaba y ese cabello chorreante revuelto por su cara con sus carnosos labios humedecidos. Antaño solían levantarse pronto. —¿Qué ves? —¡Un calidoscopio! —sabía que respondería. tuvo mucho de huida hacia adelante ante la tristeza y el resquemor que le suponía la presencia de él.. a pájaros de colores —insistía Catalina. —¡No cierres los ojos. cuando necesitó recuperar la amistad de Pepín y de quienes la querían. devorándola con la mirada. Catalina le tomó la palabra con las justas contemplaciones. en medio del jolgorio. Llegó el segundo otoño sin su compañía y no volver a pisar esa mullida alfombra de hojas. Tal forma de girar le producía un efecto visual parecido al del calidoscopio que su madre le compró en el quiosco de Pascasio al cumplir los doce años. y soportarían el relente mañanero. los trinos de algún ruiseñor o los gorjeos de un herrerillo.. aferrado a la silla de ruedas hasta el fin de sus días. Pepín metía la cabeza bajo el chorro cristalino. y muertos de una sed que saciaban en un venero cercano. En aquellos instantes solo se oían sus pisadas. y él sentía la firmeza de sus senos sobre su pecho hasta que caían derrumbados entre la hojarasca. no los cierres! —le pedía en medio de esa alegría que contagiaba la Boliche.. vale. él la cogía entre sus brazos y giraba sobre sí mismo cada vez más deprisa. Pepín desistió para siempre de sus paseos por el castañar con Catalina. e imaginó que jamás se repetirían por mil vidas que viviera. —¡Vale. Él conservaba ese artilugio como un tesoro único. —Sí.! —se divertía ella.? —dudaba él. si el día era despejado. —¡Tienes la cabeza a pájaros! —exclamaba ella..apenas se lo dijeron durante el tiempo que estuvieron juntos. —¿A pájaros. Los claros del azul cielo se abrían paso entre la tupida arboleda.

Con la llegada del verano echaría en falta las escapadas al río donde se bañaban desnudos en las noches de luna llena. le excitaban sobremanera provocando que él la llevara hasta el escondrijo entre las breñas para retomar el juego del amor. Aún hoy sigue haciéndome su avío para desplazarme por el pueblo. “en criar a sus guajines junto a Pepín”… 4 Pepín se carteaba con Mariano y le contaba sus pequeños progresos. Y la ilusión que ella misma tenía. la luna. un amor perfumado por la brisa impregnada de la hierbabuena crecida en la ribera del río. mientras le hablaba de sus nuevos retos. realzando sus pechos.y esa blusa mojada. 3 . No obstante. pero Pepín me la regaló y aprendí a conducirla. pero Pepín tomaba la iniciativa y le lanzaba algún chapuzón para luego abrazarla y mitigar sus escalofríos. Pensar en lo ilusionado que mi amigo estaba con esa moto para disfrutarla con Catalina. según nos confesaría al cabo de los años. Yo no sabía montar en vespa. 30 . pero también sus viejas frustraciones como el no poder acceder a los nidos de las golondrinas cuando estas. de la tiritera de Catalina a la salida del agua. Él la arropaba con una enorme toalla y se la restregaba por el cuerpo para que entrara en calor. poner los huevos y criar a los golondrinos. Hubo más testigos. Catalina se mostraba remisa al baño. además del novio. como en el último verano cuando se compró la moto. Qué injustas paradojas tiene la vida. fueron los grillos. alguno con su pico abierto reclamando el alimento de la madre. Antes del accidente Pepín disfrutaba subiendo a una escalera para observar a los polluelos recién nacidos. El enfermero le respondía alegrándose por su evolución y conminándole a que no se dejara vencer por el aburrimiento. y el susurro de la corriente fluvial. como todos los años. una rana que croaba en la lejanía. Pepín le trasmitía sus nuevas inquietudes. se olvidaban de los escalofríos encendiendo su amor. increíblemente todo lo propició unas ostras ingeridas en mal estado.. No he visto cacharro con un motor más duro. volvían al principio del verano para nidificar.. La escena se repitió en algunos días durante tres veranos seguidos. También se acordaba de unos viajes en la vespa hasta la playa. y de cómo se le resistía una joven sin movilidad en la pierna izquierda.

Llegado el caso. lejos de achantarse. Y el hijo. a ver si trabajamos como Dios manda? —se incomodaba Tino. y tenía claro que los sustituiría por otros gracias a los consejos recibidos del enfermero. La inicial era la adecuada para la estancia original. cuando Pepín trataba de aportar su granito de arena a la obra. La planta alta para él ya quedaría en el recuerdo a no ser que alguien le subiera cargado a sus espaldas o en volandas. en lugar de a las golondrinas. dio de comer a los gorriones y verderones que picoteaban las migas de pan que esparcía a su alrededor o depositaba en la palma de su mano. las carencias de personas como Pepín eran invisibles para la sociedad. pero se quedaba pequeña con la ampliación. vosotros a lo vuestro. Se conformó con ver los nidos desde la silla y. La cama. y para él la luz era la vida. —¿Quieres dejar de enredar. una silla y una mesa plegable como última incorporación pegada a la ventana. adaptaron la planta baja de la casa de acuerdo a sus elementales necesidades. si no estoy yo aquí al quite. una repisa. Corrieron el tabique de la salita de estar situada en la entrada a la derecha. Ahora asumía que estos elementales placeres pertenecían a una etapa pasada de su vida. un armario. El punto de luz proporcionado por la lámpara quedó algo descabalado con la reforma. Hicieron una pequeña rampa de acceso con una barandilla en un lateral y pasamanos a los lados para salvar dos escalones. Entre el tío Fullaondo y Constantino. —¿Es que no vas a parar quieto un momento? —corroboraba el padre. En la austera alcoba. Sobre la estantería aparecía enmarcada una foto que le recordaba su estancia en Madrid: copias enviadas por Mariano del último día que 31 . la mesilla con una pequeña lámpara. La casa era luminosa. constituían todo el mobiliario. que se daba buena maña para los trabajos de albañilería. Pepín sugirió agrandar el hueco de la ventana para que entrara más luz.En ausencia de ellas los alimentaba con moscas y pequeños insectos que cogía para las crías. tenía una respuesta para todo. y no encontraron nada en lo que a sanitarios. bailaban los muebles. Pepín se tiraba de la silla y en el suelo echaba una mano en cuanto podía que concerniese a la reforma. Pero todo se complicó. —Vamos —les decía—. ahora pintada de un amarillo limón. bien orientada al sur. que sois capaces de hacer la masa sin agua. mobiliario o materiales en general que colaborasen a hacer más llevadera su limitación física. y esta se convirtió en una habitación más espaciosa.

permaneció hospitalizado. El enfermero llevó su cámara y pidió a un compañero que los
retratara juntos.
—Mira cómo te sacó la sonrisa —recordaba que le decía la madre cuando observaba
ilusionada una de esas instantáneas en donde aparecía él junto a otro compañero de
rehabilitación.
No obstante, esa no era la foto enmarcada, era otra en donde por expreso deseo de
Mariano salía él en medio, en la silla de ruedas, con su madre a su derecha y el enfermero,
con la mano sobre su hombro, a la izquierda. Todos esbozaban una ligera sonrisa; la madre
se obstinaba para no salir, pero no le quedó alternativa ante la insistencia de Mariano; ahora
agradecía ese empeño. Bajo el anaquel, sujeta con una chincheta, una vieja foto adquiría un
tono sepia y reflejaba a un jovial tío Fullaondo rodeado por compañeros de la mina. La
última era una foto de estudio donde se le veía en el día anterior a su primera comunión
junto a sus padres. Contemplarla y elucubrar era todo uno, aunque nunca se lo comentaría a
la tía Hermelinda. ¿Por qué se empeñarían en disfrazarles de hombrecitos, de marineritos,
de frailes dominicos, de almirantes en miniatura en semejante día? Lo consideraba más
apropiado para cualquier día carnavalero, fiestas que si bien estaban prohibidas
continuaban celebrándose al hacer la vista gorda las autoridades del gobierno civil. Al
menos él sacó provecho a su chaquetita, y sobre todo al pantalón que vistió en tan señalado
día, al volvérselos a poner en otras ocasiones. Lo de la corbatita ya era cuestión de mayor
enjundia; tantas veces como la madre intentara que la luciera en alguna festividad, tantas
veces que él se deshacía el nudo con un argumento que, con la complicidad del tío
Fullaondo, acabó por convencer a la esposa.
—Tiene razón el guaje, Herme —afirmaba el padre—, ese rojo chillón hace daño a la
vista.
Encima del cabecero de la cama existía un crucifijo con un Cristo de un material
imitador del marfil, y cuya presencia duró justo hasta unos días después del fallecimiento
de la tía Hermelinda. Como Pepín no podía acceder para descolgarlo de la escarpia de
donde pendía, pidió al tío Fullaondo que lo hiciera por él:
—Alcánceme ese crucifijo, padre.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó sorprendido.
—Nada, hombre, guardarlo en el armario.
El padre le imitó y subió a la buhardilla el cuadro de la Santina expuesto en una
pared de su habitación; sí respetaron un pequeño Sagrado Corazón de latón situado sobre la

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aldaba, en la puerta principal, al que la madre sacaba brillo con una gamuza una vez a la
semana.

Al caer el otoño Pepín pedía a los amigos que le subieran a una pequeña azotea, a la
cual se accedía desde la buhardilla, si salía una de esas tardes excepcionales en que un sol
agónico elegía el valle para posarse y dar sus últimos estertores crepusculares. Le cogían
entre dos, o bien Constantino se lo echaba a la espalda, y le sentaban en una silla plegable
que portaban para la ocasión. Allí no hacían falta las palabras, bastaba con escuchar la
naturaleza y extasiarse contemplando esa perspectiva única del valle, que él tanto añoró en
la distancia, con esa gama de verdores claros u oscuros si se depositaba la vista en los
prados, en algún maizal, en los pinares... Un verdor punteado en el horizonte por las
diferentes tonalidades de ocres y pardos. Los de la sauceda en la ribera del río, los del
robledal en el camino al arroyo, los del castañar en una ladera, los de las pomaradas
diseminadas por el valle. Fugaces colores a punto todos de rendirse al invierno, solo
alterados por el agujero de la mina con sus naves, castilletes y grúas aledañas surgidas al
pie de la loma rodeada de negruzcos montones de mineral y escombreras.
A simple vista no lo apreciaba, pero sabía que la humedad del ambiente propiciaba
que las piedras y roquedales estuvieran invadidas de igual manera por el verdor de los
líquenes. En lontananza el sol prendía de luz los pizarrosos tejados de las aldeas vecinas;
una se asentaba a ambos lados del meandro provocado por el río al abandonar el valle. Eran
pequeños asentamientos humanos comparados con la dimensión del pueblo, pero en todos
sobresalían las torres y campanarios de sus iglesias y ermitas por diminuta que fuera la
aldea. Varios arroyos y regatos aportaban sus aguas al caudal del río cerca de la casa del tío
Fullaondo. Un puente con su amplio y solitario ojo salvaba la torrentera metros más
adelante de la desembocadura. El caserío, situado en la zona más alta del pueblo, se
constituía en el mejor mirador; desde esa perspectiva se divisaba claramente el cuartelillo
de la Guardia Civil y la Casa de Socorro. Una bandada de vencejos, en su desaforado vuelo
a la búsqueda de climas más benignos durante el invierno, sobrevolaba la casa del indiano
con su cerca delimitando el perímetro de su extensa parcela. Caballos o mulos pacían a lo
lejos en la falda de una pequeña elevación según se miraba hacia poniente. Más cerca se oía
el ligero tintineo cencerril de las vacas pastando junto a sus terneros. Los pocos
parroquianos apenas atisbados eran hormigas humanas, en tanto que por el alero del
mirador un ondulante corrillo de hormigas, muchas en fila de a una, tomaba la dirección de

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una desportillada maceta con su mustia hortensia a punto de fenecer. También oyeron el
leve tañido de una campana…
Pepín siempre pensaba lo mismo de las campanas: nada mejor que ese instrumento
para compendiar el ciclo de la vida y la muerte. Él prefería la alegre sonoridad del tañido
por la boda de dos feligreses al seco y monocorde de la muerte. ¡Tantos eran los recuerdos
que se le agolparon en aquel momento! Como cuando subía a esa misma azotea a
contemplar la luna y las constelaciones en las limpias noches del estío. Los puntos
constantes de luz estaban allí arriba en el cielo y abajo, en los pocos caseríos que
remoloneaban para despedir el día. Otros puntos móviles apenas perceptibles avanzaban a
paso de tortuga por la serpenteante carretera que unía los pueblos del valle.
Volvía en sí y al final era él quién acostumbraba a deshacer el silencio:
—Perdonad que abuse de vosotros…, peso he perdido poco.
—¡Cómo lo sabes, granuja, dímelo a mí! —le picó Tino—. ¡Que ha perdido poco el
jodío! ¡Si lo que has hecho es ganar!
—No te pases, aún conservo mi tipín... Desde aquí, Tino, es como si no me sintiera
atrapado en la silla.
—¡Menudo abuso! —replicó Emilín—. Si viendo esto cargamos las pilas para una
buena temporada.
De repente, Pepín ahuecó las manos por delante de la boca y lanzó un grito que
resonó en medio valle:
—¡Estoy vivo...! ¡Vivo...! ¡Vivo...! —se detenía para comprobar cómo el eco le
devolvía su locura. ¡Vivo...! ¡Vivo...! ¡Vivo...!
Y él reanudaba el vocerío si cabe con más fuerzas.
—¡Vivo...! ¡Vivo...! Diréis que estoy zumbado, ¿eh?
—¿Por qué? —dijo Tino.
—¡Yo qué sé!
—¿Pues si tú no lo sabes? —aunque sí encontró una justificación a su impetuoso
griterío.
—Contemplando esto soy capaz de imaginar que vuelvo a ser libre. ¡Cuánto lo
echaba de menos!
—Pero si eres tan libre como el que más —le respondió Antonio.
—Tú ya me entiendes —zanjó él.

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Retornaron al interior de la casa y Pepín encargó a Emilín el mejor antojo que jamás
hubiera imaginado: en cuanto llegase a Oviedo con la Serrana, este se dirigiría a una óptica
para que le comprase unos buenos gemelos. El otro cumplió su cometido, Pepín se los pagó
y desde entonces también se le pudo apodar por múltiples motivos que aún no vienen al
caso, como el hombre de los gemelos, pues raro era que se desprendiera de ellos cuando
empezó a zascandilear por el pueblo.

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... A Pepín le encantaba rodearse de amigos tertulianos que, con la excusa de la partida de
dominó o de mus, nos reuníamos en su casa los sábados por la tarde con el cafetín de puchero de
por medio. ¡Cómo olía aquel café!... Era un olor único, siempre me vendrá a la memoria recordando
aquellas tardes. Nos sentábamos y la tía Herme tenía preparadas las tazas para servirlo humeante,
muy caliente. ¡Y cómo se agradecía si venían los fríos!
Tino tenía la lengua a prueba de bombas, pues él ya se había tomado dos tazas de café,
mientras los demás soplábamos para enfriarlo o nos calentábamos cogiendo la taza entre las
manos. Ese aguante para soportar el calor le venía de cuando hizo la mili en África y pasó varias
noches de maniobras en el desierto. Según nos dijo era un frío tan espantoso que se acostumbró a
mitigarlo con vasos muy calientes de leche en polvo, y desde entonces se inmunizó ante cualquier
cosa caliente que se llevara a la boca. Otro motivo para acudir a la llamada de Pepín era degustar el
estupendo aguardiente de hierbas aromáticas destilado por el tío Fullaondo en el alambique casero;
ese era el secreto mejor guardado de la familia; aquello sabía a gloria acompañado del café y el
purín...

6
Más de uno acabó sumido en un placentero arrobo por los efectos del fresco licor en
las largas tertulias del estío, donde los amigos le daban al palique hasta las tantas, hablando
de lo humano y lo divino. Como decía Antonio “a lo tonto a lo tonto, y tan fresquito el
licorcín pasaba por el gaznate de la manera más fácil”, y claro, en aquellas tibias noches, de
vuelta a casa, alguno soltaba el típico desvarío y otros veían un cielo sembrado de infinitas
estrellas, muchas producto de sus agitadas fantasías humedecidas por la bebida del tío
Fullaondo.
A su ingenio natural, Pepín añadió el proporcionado por bastantes libros leídos
mientras estuvo postrado pendiente de la recuperación y de adaptarse al nuevo estilo de

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vida impuesto de manera tan traumática. Solventó el tedio de los largos días invernales,
sucediéndose iguales los unos a los otros con su orvallo eterno, su nebuloso paisaje, y las
amistades ocupadas en sus trabajos, gracias a la compañía del perro, a la lectura y a la
radio. Desde luego no era compañero de la soledad.
—¡Que para aburrirse siempre hay tiempo, Toñín! —le comentaba al amigo con su
embriagador torrente de voz.
Aunque a él le faltaran horas en el día para atender sus muchos entretenimientos,
agradecía la compañía de amigos como Antonio. Si alguna tarde le visitaban, solían
encontrarle pegado a la ventana con un libro en las manos y el perro tumbado a su vera. El
verde horizonte se difuminaba por el suave repiqueteo de la lluvia sobre los cristales, ese
era el sonoro telón de fondo si tenía encendida la radio. En cuanto llegaba el buen tiempo, o
a poco que un sol indeciso pugnara por abrirse entre las nubes, salía a la puerta de la casa a
“pegar la hebra”, según propia expresión, con todo aquel que se prestara. Como el perro no
se separaba de él ni a sol ni a sombra, asistía a las conversaciones con su cabeza apoyada
sobre sus rodillas. Pepín le acariciaba el hocico y el animal respondía a sus zalamerías, y a
las prodigadas por otros que allí se detenían.
—¡Menudo compañero te has echado! —exclamaba Emilín, mientras restregaba su
mano por la cabeza de Sultán.
—Como que no sé lo que haría sin él —corroboraba Pepín.
—¡Como para aburrirte con este!... ¿Eh, pájaro?
La radio era otra de sus fieles compañías, e incluso no se olvidaba de un pequeño
transistor si excepcionalmente salía con el perro por las cercanas veredas que confluían en
el río a ver si picaba algo. Solo existían dos horas en las que no contaba con el aparato de
radio del comedor, y él se encerraba con el transistor en su habitación para sintonizar las
pocas emisoras que emitían música si leía alguna novela. Aquellas eran las sagradas horas
de la sobremesa; ahí la tía Hermelinda lo reclamaba en exclusividad para oír los seriales de
Guillermo Sautier Casaseca. A él le atraían unos concursos radiofónicos donde se
promocionaba a jóvenes valores de la copla, e imaginar los rostros de sus locutores
favoritos de acuerdo a sus sugeridoras voces. Muchos años después la televisión desveló el
misterio mostrándole la verdadera faz de Matías Prats, Boby Deglané, Joaquín Prat o José
Luis Pécker, y descubrió que no existía parecido alguno entre la realidad y lo pergeñado
por su imaginación. Con la radio se le agrandaba su mundo, como cuando pasaba muy
lentamente el dial para intentar captar la emisora de Radio España Independiente emitiendo

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y él modestamente solo colaboraba en el vareo. cayó abatido por alguien al confundirlo con un jabalí al que antes vieron hozar tras unos matorrales. aunque pareciera extraño. no se despegaba de la radio oyendo el Carrusel Deportivo y su puntual información de los partidos incluidos en la quiniela. Por fin. con el olor a naftalina. ponían la casa patas arriba. El oreo. El heladero se desplazaba con El polo del Norte hasta las puertas del cine de verano media hora antes del ______ (6) Espacio televisivo dedicado a la programación de obras de teatro.desde los Pirineos franceses. Era un ritual. Siendo crío. 37 . Capítulo aparte merecían sus decepciones con las apuestas quinielísticas. para él constituía todo un placer de dioses desayunar su tazón de chocolate con churros del domingo mientras leía el periódico comprado por la madre a primera hora de la mañana. lo abría por las páginas de deportes para ver cómo se presentaba la jornada de fútbol y después seguía por las de espectáculos. Pepín lo asociaba con el oreo de las mantas. Lástima de lo poco que duraba el buen tiempo. y los Estudio 1 (6). y luego venía el chasco por el escaso premio obtenido al ser muchos los acertantes. lo único que no perdonaba eran las películas de los Hermanos Marx y de Charlot. y se le revolvían las tripas solo de pensar en una escopeta. guardada durante el resto del año en la repisa alta del armario entre esas bolas de naftalina ahuyentadoras de la polilla. pero en cuanto olía a pólvora renegaba de ella. Rememoraba el entierro de Miguel Cortiguera en cuarto de bachillerato cuando faltaba poco para acabar el curso. Se las prometía muy felices si acertaba una de doce o trece. el padre trató de inculcarle su afición por la caza. Llegada la tarde. Sin embargo. Ese era el día en que reconocía aquel insólito olor al ponerse una camisa de manga corta. El entierro de aquel compañero aún se recuerda como uno de los más multitudinarios jamás vistos en el pueblo. si no había visita. el vareo de los colchones de lana por la tía Hermelinda y. El Corti. Con suerte el estío se adelantaba si Marcial asomaba con su carrito de helados caseros frente al quiosco de Pascasio en la plaza de España. El verano era asimismo el griterío de los críos inundando las barriadas hasta altas horas del día. los hados de las ondas raramente se ponían de su parte. Tampoco es que la tía Herme se dejara ayudar. pero aplicaba la lógica al cumplimentarlas. lo achacaba a la baja calidad del aparato. un amigo de su adolescencia. y otras tareas domésticas de ineludible cumplimiento por la madre. No se enganchó al televisor con el mismo interés mostrado por la radio. sobre todo. Pepín sentía no poder echar una mano en el zafarrancho de limpieza.

de fresa. en su caso. En tanto se entretenía con estas aficiones. evitaba que su cabeza retornara a la mina para darle vueltas y más vueltas al día del 38 . e incluso volver al día siguiente. y para muchos ya no fue lo mismo cuando Marcial falleció años después. Su presencia y su amabilidad permanecerán en el recuerdo de la vecindad. como la mayoría de los paisanos. Desde mediados de otoño y durante los sábados. Ahí. para refugiarse bajo los alerones del cuarto de proyección hasta el escampado. Marcial vendió sus productos hasta los setenta bien cumplidos.comienzo de la sesión. y al morir ningún parroquiano le relevó con El polo del Norte o su locomotora a vapor. El hombre permaneció soltero. de naranja. Pertrechado de su puñado de altramuces. Ava Gadner y Marilyn Monroe. El rótulo de El polo del Norte. pero llegó un verano y los lugareños nunca imaginaron que esos serían los últimos helados caseros que degustarían con un sabor y una textura inigualables. Y si caía el chaparrón tenía su aquel el salir por ruedas. para ver la película a partir del corte causado por la lluvia. Algunas películas se exhibían varios días en función de cómo las acogía el público. Pepín. pues sus carritos forman parte de un pequeño museo municipal. o por piernas los demás. domingos y otras festividades del invierno. también se situaba en el lado de la plaza Mayor opuesto al quiosco de Pascasio con otro carrito simulando una locomotora a vapor. por nada del mundo se perdería un film donde ellas salieran anunciadas en las carteleras diseminadas en puntos estratégicos de la localidad. él jamás reveló de dónde obtenía los colorantes y sabores que añadía a sus polos de hielo. aparecía primorosamente pintado en el frontal del carrito junto a un polo de menta a la izquierda y un cucurucho de fresa a la derecha. En todo caso. vivía para la llegada del mes de julio y disfrutar con las películas del cine de verano siempre y cuando no cayera el inesperado aguacero que provocaba la suspensión del visionado. y en el que vendía sus castañas y boniatos asados. asaba el castañero su género. Para Pepín el sabor del verano tenía bastante que ver con esos helados. y de limón”. El museo recoge la historia del pueblo y se nutre de las donaciones realizadas por particulares más o menos vinculados con el lugar. con la E y la N mayúsculas. de su cucurucho de pipas de calabaza o de su helado de chocolate disfrutaba contemplando en la pantalla grande a Sofía Loren. junto a antiguas fotos donde él aparece con otros parroquianos. Por la chimenea de la locomotora salía el humo procedente del horno existente en sus tripas. al fuego lento del carbón. y se dio el caso de que él repitió si la protagonista era una de sus actrices favoritas. Por el camino ofertaba su género con su intermitente salmodia cantarina: “Polos de pela con palo y papel… Al rico polo de menta. sin aportar un duro.

Apreciaba los de viajes y aventuras. ¿Quién es ese Miguel? —Miguel Delibes. su autor preferido. y si la historia le enganchaba. La cuantía de su pensión no daba para dispendios. Ahora le resultaba más cómodo coger el sueño con un libro. —Como tú en el autocar. No era para tanto. —Suerte la tuya de viajar gratis utilizando tu imaginación —intervino Emilín. Siempre le gustó leer pero. Se interesaba por ellas tras oír los comentarios de un crítico literario en un programa radiofónico. y descubrió que una buena manera de afrontarlos era en compañía de libros. o cómo oteó los molinos manchegos desde los mismos alcores donde Cervantes subió al Quijote. cuatro libros leídos y nos vacila con el vocabulario que ha ido aprendiendo en ellos! —¡Para ahí! —le cortaba Constantino—. pero no exento de otra belleza tal como él lo describía. qué? —De-li-bes. y aprovechaba el desplazamiento a la capital de cualquier amigo para que le comprara en una librería de viejo novelas de segunda mano. y les contaba entusiasmado lo que descubría en los libros. —Tú te vuelves lelo de tanto leer —le dijo Tino un día al verle demasiado enfrascado en la lectura. 39 . E insistía en cómo se emocionaba leyéndole lo bien que retrataba a sus personajes. y les hizo ver cómo había recorrido la Alcarria de la mano de Cela. nunca dispuso de tiempo entre la mina y los trabajos en el caserío.infortunio. esos tipos castellanos que conocía como el mejor psicólogo o lo expresivo que era pintando el árido paisaje de Castilla tan diferente al de su valle. decía. Y es que a Pepín no le importaba quitarse horas de sueño al compensarlas con una buena siesta. —¡Ahí le tenéis —corroboraba Antonio—. —¿Miguel. más de una noche le daban las tantas prendido a la lectura. Ahora debía matar muchos ratos libres con el vuelco dado en su vida. Experimentaba extrañas sensaciones si se despertaba aturdido después de la siesta. “¡A mí con horarios!”. como si ignorase el día o la hora en que vivía. A mí háblame en cristiano si quieres que me entere. Y les recomendaba que leyeran a Miguel Delibes.

—Libres de la ignorancia. —Joder —concluyó Constantino—. Si la palabra libro se parece a libre será por algo. —Será para ti. y al momento se me amplía el horizonte. bastante tengo yo con estar pendiente de la carretera como para fijarme en el paisaje. Si lees será más difícil que te engañen... suelta. y me entra una modorra. Si desde que salí de la escuela. empiezo a leer. porque irás formando una opinión personal sobre las cosas. —Esa alergia nos afecta a muchos —corroboró Emilín. tú ríete.. —Sí. Mi libertad de movimientos se ha limitado un poco… Pasos cortados nada más. porque abro un libro. —¡Hay que joderse!. 40 . ¡Que este se nos queda lelo! —Mira —le atajó Pepín—. cuánto estás aprendiendo con tanto tiempo libre como te queda. no sé ni cómo aparecerían por allí. —Qué curioso. —Pues no sabes cuánto te pierdes. llega uno molido a casa y no sé lo que es coger un libro ni por asomo. Lo he intentado con unas novelinas que hay en casa. pero si no cojo el sueño sé qué hacer para dormir… ¿Sabes lo que a mí me gusta mucho? —¡Vete tú a saber! —Mirar por la ventana y ver llover. pues cojo una. —le cortó Pepín. me cuesta seguirte. ¿sabes. Tino? El libro es de lo mejor que ha inventado el hombre para hacernos libres. majo.. todo esto lo estoy disfrutando tan ricamente sentado en mi silla… ¡Si es que esto es vida! —¿No os digo…? —insistía Tino—. —Pues ya veis. Yo bastante tengo con ganarme el jornal. Te pareces a esos que salen en la tele y no hay Dios que los entienda. —No compares. —Que todo sea dicho: yo creo que los tengo alergia. esto es muy fácil de comprender. elemento. —Lo mismo que hago yo si se me cansan los ojos… Pero. —A ver cómo te lo explico. nunca caería en cuenta del parecido entre libro y libre—observó Tino—. esbozando una picarona sonrisa. ¿Te imaginas de qué? —A ver. porque cuando hablas así.

sabes que dentro de matrimonio están amor e ira. me monto mis propias historias. comediógrafo francés (1877 . Y se le ocurrió hablarles del juego de las palabras escondidas. ______ (7) Cita de Francis de Croisset. Me dio o me prestó varios libros y tebeos que le vinieron de perlas a mi hijo Pablo. 41 . su boquita de piñón. de eucalipto. su corta estatura. sus ojos achinados. una hoja seca de árbol o arbusto. Según Pepín. un cromo. Igual más adelante me animo a entrar en mayores detalles sobre los míos… Sabía que Pepín había leído esos libros..1937). porque tenía la costumbre de subrayarlos.. —¿Tino. Y como yo no puedo subir al tren. de las mil plantas que le traía Tino. una entrada del cine de verano. y seguro que hay muchas más. —Sí. sus pequeñas orejas. Libro que caía en sus manos. una hoja de hortensia… Qué gracia le hizo a Pablo reencontrarse muchos años después con el cromo del hipopótamo de Vida y Color. un billete de tren Madrid- Oviedo. Pablo es de las primeras. como un boleto de quiniela. libro en el que aparecían sus anotaciones o un curioso recuerdo entre sus hojas. de castaño. —¡Déjalo. o motín y mito. y que yo recuerde nunca repitió una. o mamón y ritmo. déjalo!. de haya. el pétalo de una rosa. Tino. con su nariz chata. o trino y timo. —¡A ver si encuentras alguna que no tenga! —¡Estás tú bueno…! —Como una regadera —se reafirmó Tino. como leí de un francés: “La lectura es el viaje de los que no podemos subir al tren” (7).. un ángel que nos unió con su sonrisa siempre dispuesta. —¿Será posible. mientras leo. Eran de roble. sus pies planos.. dentro de una palabra existían otras escondidas que surgían de combinar sus letras. otro día.? —¿Te saco la lista? —le espetó en plan retador. pero a su madre le costó entender que sería un crío diferente. Es todo un carácter. Hay personas que unen y otras que separan. 7 . A Pepín le debo que me inoculara el veneno de la lectura. o maromo y armonio…? En matrimonio he encontrado más de sesenta.

no me queda otro remedio que reírme de mi propia sombra cortada —decía. le contemplaba con la boca abierta y miraba absorto las ruedas pinchadas. Casi siempre eran extasiados rapaces de la vecindad quienes se acercaban a jugar con el perro coincidiendo con el buen tiempo. —¿Güedas. su rabo pasaría por el juguete más estimado para la corte de indomables fierecillas. matador de reconocido valor. No le faltaba razón. Quique. si sonreís a la vida. bien dicho! —le seguía la corriente Antonio—. que dominó todas las suertes de la tauromaquia. en esas particulares veladas. Pepín se situaba junto al poyete de la casa y con su simpática entonación o aspavientos concluía en algo parecido a: —¡Mirad qué ruedas postizas tan majas me he agenciado!. Haces bien en no tomarte en serio esto de la vida. Las mías. Sirva de ejemplo aquel proverbio árabe que él mencionaba de vez en cuando: —Ya sabéis. —¡Bien dicho. chaval.. a uno le tocaba aguantar. ¿conoces a alguien que haya salido vivo de esta? Acaso esas anécdotas vislumbraban la impronta dejada al leer a sus escritores favoritos. con tal de compartir la dicha de los diablillos.. El perro y él derrochaban más paciencia que el santo Job. con nuevas preguntas. con este desbarajuste de cuerpo. me las pinchó un vampiro en la mina. aquel manejaba un curioso repertorio de chanzas para poner buena cara al mal tiempo. chicos. y adquirió fama de intrépido a finales del XIX. un benjamín mocoso.. Al fin y al cabo. —Si es que. y Sultán asumía dócilmente que.. Su angelical rostro era todo un poema. Unas pinceladas serán suficientes como muestra de esos chascarrillos provocadores de las risotadas entre la concurrencia. solo por observar a esa tierna criatura merecía la pena acompañar a Pepín. Pepín acababa ______ (8) Conocido dicho popular de la época relacionado con el torero Rafael Guerra Bejarano. Los otros críos le seguían la gracia interesándose. las mil perrerías infantiles de que eran objeto sus “ruedas pinchadas”. 8 Una frase muy de Antonio refiriéndose a Pepín era que tenía “más valor que el Guerra” (8).? —inquiría extrañado el niño. de nombre artístico el Guerra o Guerrita. por el inefable monstruo habitante de la galería subterránea. lo normal es que la vida os sonría a vosotros. Así. 42 .

. las lombrices causaban estragos en un cuerpo estático como el suyo. Tampoco os he de ocultar. sus telenovelas para intercambiar. que. sus colecciones de cromos. las chufas... y su variedad de bagatelas. ¿eh. pobres gatos!. si abusaba de las golosinas. qué miedo… —respondían los rapaces más resabiados tomándoselo a cuchufleta. Quique? —¡Sí. le han visto sobrevolar en torno a la chimenea de la casa de la tía Celestina. —¡Tento. A Pepín se le hacía la boca agua con los dulces. y se le olvidó cerrar la cancela del pozo. El quiosco de Pascasio. “solo las laterales. chicos. casi nada! Esa vieja medio hechicera podría darle cobijo en sus aposentos. 43 . seguía funcionando a pleno rendimiento. ¿eh?”. Un estómago demasiado agradecido para semejante tragaldabas. contaba a los muy allegados que de las tres ruedas solo se le pincharon dos. era el predio de esos antojos con sus chucherías. que el vampiro escapó de la mina una madrugada con mucha niebla en la que el guarda se quedó dormido. —Uy qué miedo.. —¡Habrá que estar atentos! —continuaba impostando la voz. el palulú y cualquier capricho capaz de echarse al estómago. aunque debía contenerse. —Bueno. con su genial gracejo. bajo los soportales de la plaza Mayor. sí. la del medio. damos ebazos! Y Quique salía arreando para coger una escobilla y simular los zurriagazos que atizaría al monstruo. ¡La tía Celestina. y entonces sí que se armaría una buena. —Hay quien dice —proseguía él—. —contestaba otro crío observando al renacuajo para ver cómo reaccionaba. en las noches de clara luna. Otro cantar era si la tía Hermelinda pasaba por el quiosco de Pascasio para alquilar alguna novelita y comprar las pastillas de leche de burra o el cucurucho de chufas tan apreciados por el hijo. las laterales... e insistía. tento! —balbuceaba el rapaz con su lengua de trapo.el jolgorio con la muchachada buscando la palabra justa para mantener el misterio hasta la siguiente jornada.. y mirando a Quique de soslayo. Ya sabéis. pues la pequeña. —¡Vale. los altramuces. sus novelitas del oeste. —Y darle escobazos así no pinchará más ruedas ni cazará más gatos para destriparlos y comérselos. O cuando ese tunante.

como debe ser. Delibes reconocía que sus novelas recogían bastante de sus experiencias personales —la 44 . la tía Hermelinda turbada por la liviana historieta—. madre? Ellos siempre son apuestos galanes. armándose de paciencia. deletreaba voz en alto alguna folletinesca historia de Corín Tellado o de los seriales radiofónicos. como una persona. más sufrida y más guapa. a lo lejos.. eso sí. Y todo por culpa de esa mala pécora. Hay que ver cuánto padecimiento. Como la madre apenas sabía leer. al considerarlos integrantes de una literatura menor. ellas a cual más buena. —¿No ve. —Como debe ser. Le hacía gracia comprobar cómo a ella se le pegaba el típico léxico utilizado por esos autores menos estimados para él. Y ahí tenías a Pepín chupando el trocito de palulú. y el hijo no desaprovechó la oportunidad para proponerle otras lecturas. todos más buenos que el pan. que esta es la cuarta o quinta novelita que le leo. Mire qué forma tan bella de finalizar la novela: “. —Pobre muchacha. hijo. —“Cuan-to te qui-ero. Me sonreía el contorno de Ávila allá. La leí hace poco. doña Gregoria y el señor Lesmes. amor mí-o” —silabeaba la mujer con especial encomio acercando o separándose el libro de los ojos a expensas de encontrar la distancia apropiada a su vista. —Será porque el escritor la ve con buenos ojos y la asociará con agradables vivencias. Y por encima aún me quedaba Dios”.. —Madre. y en las anteriores parecidos protagonistas acabaron igual de dichosos? Ya verá cómo se casará con el chico de sus sueños. cuántas lágrimas —murmuraba para sí. madre.. interponiéndose entre ambos otra mujer que hace bueno al diablo de malísima como la describe el autor. sin ir más lejos. pues solía ser quien se las leía mientras la tía Herme planchaba un almohadón o apuraba el penúltimo zurcido en una rodillera del pantalón de faena del tío Fullaondo. es el final. —¿Le ha gustado? —Muy bonito. La madre se quedaba tan conforme con sus explicaciones. Precisamente no hace mucho leí una entrevista que le hacían en el periódico. hijo. esto viene en La sombra del ciprés es alargada. después de su historieta déjeme que le lea a Delibes. pero no le descubro nada. muy bonito. Del otro lado de la muralla permanecían Martina.. Mire. Qué curioso es eso de que una ciudad te sonría. —¿Pero la vida es así.

. Como cuando madre se ilusionaba con que fuera a misa a poco de hacer la comunión vistiéndome de domingo y ella no podía acompañarme.. La engañaba diciéndole que comulgaba. ¿Le parece bien? —¡No me va a parecer.. ¡Cuánto añoraría Pepín aquellos momentos tras la imprevisible muerte de la tía Hermelinda! ¡Ojalá le hubiera podido leer mil novelitas! —pensaba para sí embargado por la pena a poco de enterrarla—.. pero nunca me regañó.. vamos. Se pateaba la ciudad en busca de una botella de sidrina natural para compartirla juntos… —Ya sabes cómo era tu madre. en adelante le pienso leer otras cosas para variar el repertorio.. hijo. Se ilusionaba con las pocas veces que yo asistía. ¿Sabe lo que se desvivió por mí en Madrid… —Anda. porque sabía que ella seguía allí en el balcón. y bien que lo sabía.! Si tú no me las lees.. Y no entraba hasta perderme de vista. para ella eso era lo normal. anda. y ni tan siquiera acudía a la iglesia.. Como expresó en un desahogo junto al padre: —¡Qué putada la que nos jugó la vida con madre! —Vamos. prefería irme a jugar por ahí. y ahora me queda el sentimiento de culpa. que el suyo ya lo tenemos muy visto. La de veces que me volvía para decirle adiós con la mano.. Y se lo planteaba como si tuviera que arrepentirse de un imperdonable olvido: ese que en el vértigo de la vida impide a la buena gente buscar un instante de sosiego para expresar al ser querido el inmenso cariño del que se ha hecho merecedor. porque su guanín era bueno y Dios hacía la vista gorda con los que se presentaban tarde a misa. Pero de poco le servían esas palabras.. Aunque arribara tarde le decía: “¿vale si llego a comulgar?” Y ella aseguraba que sí.. Recién hecha la tortilla venía y me traía el bocadillo con las rodajas de tomate... Le va a parecer una tontería… ¿Sabe?. —El no separarse ni un solo día en el hospital. como a mí me gustaba.madre atendía extasiada al hijo—.. —trató de consolarle el tío Fullaondo al ver que se le rompía la voz. entonces me plantaba un montón de besos y era feliz despidiéndose de mí desde el balcón. Pues ya está —soltó Pepín—. —¡Estás tú bueno! ¿Culpa de qué? —Siempre tenía algo que hacer.. —Luego fue demasiado tarde. ¿No te das cuenta de que disfrutaba haciéndolo? 45 . a ver quién me las va a leer.

46 . hijo. me faltó tiempo. a todos nos falta tiempo. “Que tienes que cuidarte con tanto como te hace trabajar ese”. recordaba Pepín. sin tener claro si el cuerpo le pedía más reír. padre. o ambas cosas a la vez como así sucedió. insistía ella… —Siempre pendiente de todos. llorar. —Sí. todo lo que hiciste por ella —le justificaba el padre. —Te parece poco. —No le des más vueltas. —“Que esta comida de hospital no sabe a nada”. sí.

pero con el tiempo fue Pepín el que tuvo una relación muy directa con Rafael. Su familia y la de Nazario han sido toda la vida vecinas. prefirió el sedentarismo y la estabilidad del trabajo en la mina. se han dejado ver en pocas ocasiones con motivo de alguna feria de ganado. Rafael procedía de un grupo de etnia gitana. y a los duermevelas de gélidas noches sin techo a la tenue luz de la luna. sábanas. Todos los componentes del clan continuaron su nomadismo de feriantes y. que apareció fugazmente por el pueblo vecino en la otoñada del 44. aunque la guerra les dejó muy mal parados y tuvieron que buscarse la vida con tremendas penurias para salir adelante. vivían en la misma calle apenas separados por unas casas. calentándose al pie de las hogueras tras el perpetuo peregrinaje de acemileros junto a la corte de escuálidos chuchos que se les unían por esos caminos perdidos de Dios. Originariamente eran tratantes en ganado equino. En el grupo emparentaba con primos y tíos carnales. si cabe. cuando asistieron a su boda. al nacer y casar a sus mellizas o si acudieron a un entierro. ya mozo a su paso por estas tierras. desde entonces.. A principios de los 50. la mayoría de ellos se dedicaron a la venta ambulante de ropa. alpargatas. 2 Rafael Heredia Montoya era un hombre bien encarado a quien todo el mundo conocía en el valle como el tío Heredia.III El tío Heredia 1 La primera vez que coincidí con el tío Heredia fue en el entierro de Nazario. mantas. a la espantosa hambruna de postguerra. Pero él. pues quedó 47 .. estaba más hecho polvo que los demás después de haberle visto crecer. zapatillas y zapatos comprados a precios de saldo en las propias fábricas al quedar el género pasado de moda o como excedente de antiguos lotes. siquiera por una corta temporada. Él.

se publicitaban las ofertas laborales en las explotaciones mineras. los cuales no morían de inanición porque la naturaleza siempre se acordaba de ellos. el último de sus abuelos falleció unos meses antes de patearse el valle. —Si e por el hambre yo te daré mi mendrugo… ¿A cuento de qué te ha dao esta ventolera? —Si v’a ser una temporailla de na. y su mortalidad también afectó a otros miembros de la etnia en plena guerra. leyó la propuesta con la ayuda de un parroquiano. En una de esas ferias ganaderas existía un tablón de anuncios instalado por el ayuntamiento de la localidad. Ese mal. planteándosela como un trabajo a corto plazo hasta recuperarse de la hambruna. Ahí. por las corredoiras galaicas. sin perder jamás los vínculos con su etnia por lejanos que se hallaran. Recorrió. Rafael tuvo tiempo de aprender el chalaneo con mulas. y él era el hijo único de unos romaníes que perecieron muy jóvenes al no superar una indeterminada enfermedad. muchas ferias de ganado por los viejos campos de la Castilla más norteña. Cuando le contó sus intenciones al patriarca del grupo. —¿Sabes dónde te v’a meté. mushaso? —le espetó. entre otras secuelas. junto a los familiares que le criaron. Y entre seguir con sus parientes sonándole las tripas por el hambre y la miseria o vivir de una manera más tranquila. aparte de los bandos municipales sujetos con chinchetas. Una de estas requería picadores para la mina Charito a cambio de un sueldo que a él le pareció una auténtica fortuna. Como apenas sabía deletrear. —Tú verá. les dejaba casi ciegos. de tal suerte que cuando se topaban con un zarzal no paraban hasta esquilmar la última de sus zarzamoras o si descubrían una pomarada devoraban muchos de sus manzanas aunque no hubieran madurado. pero si algo te paisa yo no me lo perdonaría ¿Sabes cuántos l’han espichao ahí abajo? 48 . ese que caracterizaba a los famélicos cuerpos afectados de raquitismo o los enjutos rostros de quienes le acompañaban. el viejo tío Amador puso mala cara y trató de quitarle la idea de la cabeza. y no se lo pensó dos veces: cayó en la trampa de la mina. Rafael se decantó por esta posibilidad durante un breve periodo. Era un porvenir que solo le garantizaba un estómago vacío. borricos y algún jumento. —Una miaja de na v’a ser. que el hambre e mu mala y unos cuartos nos vendrán mu bien. si bien no veía futuro a ese eterno e incierto deambular.huérfano y sin hermanos siendo crío. y por los valles cántabros y astures.

Toma tu manta. tío Amador. que él dará aviso pa encontrarme. hijo. voy a está pa lo que haiga falta. aceptó la manta. que cuando se le metía una cosa entre ceja y ceja difícilmente daba su brazo a torcer. en la taberna de uno que llaman Fidel. —Es que. No le contrarió.. le calmó: —Ademá. Algunos años después se empeñó en contribuir al importe de la lápida marmórea del patriarca devolviendo a un hijo aquel pequeño tesoro multiplicado por varias cifras. Se despidió del viejo con un beso y un prolongado abrazo. pero que mushas. El otro frunció el ceño. m’han dao este número de teléfono. —Ya no me v’hacé falta.. —Eres igual de cabezón que tu papa. Cerca al mercao. Rafael se hizo el ignorante y le dijo que qué era eso. aquí dormiré bajo tesho. El aspirante a minero intentó disculparse. —¡Por su mama. no lo pierda o métalo en la cabeza! Ahí estaré pa lo que quieran. —Mira. No merece qu’ arriesgues el pellejo. además de alguna ligera lágrima escapándosele de los ojos. En la primera tentativa de empleo todo fueron inconvenientes por parte del capataz encargado de contratarle. —Esa —sentenció el hombre— ya era la manta de tu papa.. Era una decisión muy complicada de tomar para el arraigado concepto familiar que siempre caracterizó a los de su etnia. unos cuantos reales. —Acérquese a Oviedo y solicítelo en comisaría.. —Igual de cabezón… T’estaremo esperando.. hijo. qu’esto hay que pensarlo con calma… —Ya está decidío. —¡Qué me v’a paisar…! —Te digo yo que ahí paisan mushas calamidás. Este le solicitó el documento nacional de identidad para reflejarlo en una ficha que contenía una serie de datos personales. Llamen pa lo que neseciten. y las perras gordas y de cinco céntimos que el tío Amador llevaba en un bolsillo del pantalón.. Y el otro. pero el capataz le cortó de inmediato y en un tono despectivo exclamó: —¡Cómo se puede andar así por la vida! 49 .

que solo urdió la manera de darle largas. ni imaginar el viejo jersey de lana anudado a la cintura heredado del padre. cortada por la fotografía a la altura del pecho. Contó algunos reales más de las tres pesetas que costaban. Era la primera vez que entraba en un estudio. era una pose. e hizo como que no le oía. y esa tez curtida por tantos soles y tantas noches escarchadas con la bóveda celeste por techumbre.. obtuvo una extraña sensación: no se reconocía a sí mismo. la nariz apuntaba ligeramente aguileña ateniéndose al escorzo de la postura. los pómulos destacaban en unas escuálidas mejillas. El otro se abstuvo de contestarle. —¿Cómo. Siguió las instrucciones de aquel tipo desabrido. en la diversidad de tonalidades reflejadas por el papel en blanco y negro. y le mandaré a alguien en cuanto haga falta un picador. De la foto no cabía deducir su mediana estatura. ¡Pero si hace na como el que dice estaban pidiendo picaores! ¿No me va usté a decí que no e verdá.. un escribiente le rellenó unos impresos en comisaría.? —Lo siento —añadió a modo de justificación. sin mostrar verdadera intención de facilitarle el trabajo. Unos labios bien perfilados dejaban entrever una leve sonrisa. confirmaban el moreno de su tez. con esos inconfundibles y esbeltos rasgos que caracterizan a los de su raza. Cuando vio su rostro. El abundante cabello peinado hacia atrás y sus pobladas cejas. —Aquí tiene. —¡Perra suerte la mía! —saltó indignado—. pues no disponía de motivos para esbozar tal mueca de optimismo. no fuera que tuviera que salir por piernas si no le llegaba con el dinero recibido del tío Amador. de sobra lo sabía Rafael por buenas palabras que le dio al despedirse. —Ya hemos cubierto el puesto —le respondió el otro secamente. y pasaría a recogerlas al día siguiente.? —Bueno. así como los costurones del pantalón de pana ni las agujereadas esparteñas que calzaba. Esos días se apañó con las monedas sobrantes que aún tintineaban en su 50 . preguntó por el precio de las fotos.. La vestimenta consistía en una raída camisa de tonos claros con el cuello abotonado.. Sin embargo era él. se fue no sin antes proferir por lo bajo alguna aturullada ofensa contra ese individuo. tan negras como sus ojos. visto su interés. acto seguido acudió a un estudio fotográfico para que le hicieran las cuatro fotos requeridas por el DNI. dígame dónde localizarle. Rafael no le hizo caso. to en regla —le dijo al capataz al entregarle el carné unos días después de efectuados los trámites. Jamás se acordaría de él.

comió unos bocadillos de sardinas en Casa Fidel. Eso sí. aunque como le cojas con la mala leche no tienes nada que hacer. raro como un perro verde. un señoritín. Rafael le confirmó sus veinte años. Siguió de largo. —¿No falta trabajo. —¿Caye. Sin embargo. le tomó el nombre. Aquí le conocemos por el Cayeta. Le atendió un encargado parco en palabras. que con ese es según le entres. A punto de salir de la mina vio cómo la oferta seguía en firme. y le sonsacó: —¿Qué. qué? —A Cayetano. cuando pasó delante de otra explotación que también requería mano de obra. y la posibilidad de trabajar horas extras mejor remuneradas que las incluidas en la paga en 51 . —No hay por qué darlas… Que haya suerte. se temió lo peor. le pidió el DNI. si habría sobrellevado mejor ese hambre perpetua entre la solidaridad de los suyos. su procedencia berciana. Dispondría de un receso diario para el bocadillo de media mañana. un lameculos con el patrón. para qué?. —Gracias.bolsillo. Iba con su decepción a cuestas. al reencuentro con los suyos. ya s’acabao el curre por hoy? —Eso parece. se preguntaba. ya hemos echao la extra. las frutas y tomates “extraviados” en el mercado y bebió el agua potable de las fuentes del pueblo. mientras le indicaba dónde debería recoger una lámpara de seguridad y el pico con el que al día siguiente entraría en el turno matutino de siete a cuatro de la tarde. —Pue sobrará un pico pa mí. Distanciado del cuarto del capataz se cruzó con un minero de rostro ennegrecido. No quería darse por vencido y nada perdía en esa última intentona. y el encargado le facilitó un mono de dril para la faena y una gorrilla. En ese momento salía del pozo. No se relaciona con ninguno de nosotros. el capataz. eh? —Aquí hay carbón para dar y quemar. las barras regaladas por el tío Tahonero. de torva mirada. apuntó su filiación en una cuartilla y acabó preguntándole que cuándo y dónde había nacido. ¿Y total. ¿no? ¡Que d’algo hay que comer! —Vete a ver al Cayeta —le contestó el picador. todo el domingo de asueto. hombre. pero se lo pensó dos veces y al cabo de un buen rato volvió por sus pasos. Esperó a que el minero entrara en el alpende y abandonó la mina.

Precisamente un encargado le mandó picar a una de esas oquedades. Lo demás ya corrió de su cuenta en el pozo. el ligero eco provocado por el estampido de la dinamita. al percatarse de que Rafael apenas se alimentaba de un pan de hogaza y del enviciado aire concentrado en la mina. El sabor de aquellas lentejas estofadas le pareció de lo más suculento. convergían unas corrientes de aire húmedo que se clavaban en los riñones. le impresionó esa humedad que invadía el ambiente por las múltiples filtraciones de agua que provocaban más de un resbalón o un susto mayor si se cruzaban en el camino de los mineros. dado que su punto de extracción quedaba alejado de las herrumbrosas vagonetas. pues el picador también porteaba el mineral en banastos o carretillas. 52 . Una estaba obturada al haber sido barrenada el día anterior.. y producto de la ventilación. Algunos compartieron su bocadillo. los excesos o defectos de aire podían darse sin solución de continuidad. Ante sus ojos apareció un auténtico hormiguero humano desperdigado en pequeñas galerías. Oía el chirrido de las vagonetas sobre las que se depositaba el carbón picado. A punto estuvo Rafael de caer desvanecido no tanto por la energía aplicada al pico. como por la insumisión de su vacío estómago engañado con los tientos echados a un tiznado botijo que en nada recordaba al claro de su barro original. y cómo los mineros se situaban a una distancia prudencial del pozo. donde enseguida entabló amistad con los compañeros. Asimismo tendría pagas extras por Navidad y el 18 de julio. además.. ¡Qué razón tenía el tío Amador cuando le puso en antecedentes sobre las calamidades de la mina! ¡Cómo le impactó lo que vio en cuanto entró a la Martinica a pesar de la desvaída luz de los candiles! De inmediato. En otras zonas. En cuanto cobró el primer jornal se fue directo a comer caliente en una casa de comidas próxima a la mina. En la mina no había término medio.determinadas épocas del año o especiales circunstancias de peligrosidad. allí comprobó que su famélico rostro no era el único entre los demás compañeros. durante la primera semana de tajo. estas desembocaban en un túnel más grande. al sumergirse en el agujero a través de un destartalado ascensor-jaula.!. —A este paso no v´hacer hueco para unos boquerones bien frescos que tengo —le dijo el camarero que atendía las mesas. el hambre acumulado era tan voraz que repitió hasta hartarse. Ahora entendía aquel lejano grito de ¡barreno va. Existían otras galerías donde el trabajo era más ingrato si cabe.

Quedó hueco para otro plato de lentejas. bodas de familiares o enfermedad muy grave de alguno de ellos. pocos días la empezó sin uno limpio. Justificó sus ausencias del trabajo al acudir de urgencias a una clínica dental en Oviedo. O gastó un buen presupuesto en pañuelos o se lavaba a diario el que salía ennegrecido al final de la jornada. La mina le pasó factura los últimos años de su vida laboral con un dolor focalizado en las lumbares de tanto doblar el espinazo. acompañado de la esposa. y todo colaboró a que no pudiera enderezarse con normalidad. porque ¿de cuando un Heredia necesitó dientes postizos de oro con la espléndida dentadura de la que siempre presumieron los suyos? Las aguas del valle tenían una tremenda mineralización y no se sabía de lugareño cuya dentadura las hubiera soportado. hasta dar con el enterramiento del pariente. a cuenta de sus vacaciones. eche. Se dieron casos en que. para una buena ración de boquerones. ante la imposibilidad de aguantar un terrible dolor de muelas. para otra libreta de pan y para un carajillo. pero antes pagó otro precio del que sentía un cierto pudor. La mirada de embrujo del tío Heredia y su alegre carácter prendieron en el corazón de Covadonga Castro durante la romería de San Antonio. recorriendo muchos kilómetros. A Rafael no se le conoció un mal catarro ni percances de interés que afectaran a su laboriosidad en el tajo. —Es que yo soy más de cuchara —contestó Rafael—. debió combinar autocares y trenes. solo volvió a dormir al raso por voluntad propia en alguna estrellada noche veraniega. La vejez aportó las molestias y crujidos generados por la artrosis en sus vapuleados huesos. si le avisaban para asistir a entierros. que hueco ha de quear. Pronto comprobó cómo muchos compañeros echaban los pulmones por la boca con sus espantosos tosidos. y tomó sus precauciones anudándose un pañuelo que solo le dejaba al descubierto los ojos. allá por el verano del 45. Covadonga. pero eche usté. No imaginaba que un jornal cundiera de esa manera. Jamás se perdió un sepelio por distante que sucediera el fallecimiento. Acaso su tez empalideciera después de tanto picar en aquel agujero. y con los permisos solicitados. donde por algo más la patrona encargaba a alguien el lavado y planchado del ropero que poco a poco fue comprando a paisanos de su etnia en los tenderetes del mercadillo. y su cuerpo agradeció posarse sobre el colchón de lana merina que había sobre las camas en las habitaciones de la fonda El Picador. más conocida en el pueblo por una de las Pocachichas. era una joven tres años 53 . En cierto modo también se derivaba de la mina.

Los callos en sus rodillas y en los nudillos de sus dedos testimoniaron su afán en el restregado de cuanto pasara por sus manos. él abandonó la pensión en cuanto echaron el tejado. acondicionaron una habitación y compraron la cama. sábanas blancas y demás prendas que se convertían en el marco perfecto si se posaban sobre ellas la variedad de multicolores mariposas endémicas del valle. Ella decía que esas luminosas mañanas. de vez en cuando. tabicarla y dotarla de luz. ese empeño no era óbice para que al enérgico frotado de puños le acompañara unos canturreos no demasiado afinados. Covadonga dejó de acudir al pilón un año y pico después de su boda con Rafael. de estatura tirando a baja. al ser la hija mediana entre dos hermanos varones. pues cualquier ahorro era bienvenido. una mesa y un par de sillas. porque la esposa siempre le tuvo “entretenido en mil chapuzas”. agua corriente. con encargos ajenos. la vieja Pocachicha. una pila y un fogón donde cocinar. 54 . un retrete. utilizaba el jabón de fabricación casera. ya irían amueblándola poco a poco. Covadonga era una de las lavanderas que bajaban hasta el cubierto pilón a faenar con los ajuares propios y. más bien escasas en la climatología del valle. aunque sus proporcionadas hechuras y unos perturbadores ojos destacaban en el conjunto de su agraciado rostro. No obstante. El noviazgo se prolongó los dos años que precisaron para construir el nido con sus propias manos. nunca acabaron de adecentarla por dentro. para entregarlos impecablemente planchados a las pocas parroquianas que podían permitírselo. Su mote procedía de alguna antepasada y sus ojos ya habían encandilado al gitano antes de las fiestas del santo. Al principio no le dio mayor importancia a que su vientre fuera creciendo más de lo normal. Esa mujer fue la causante de que Rafael echara raíces en el valle. “eran un regalo” para el lucimiento de sus coladas. entre ellas a Bonifacia. alguna ayuda de brazos amigos y los ahorros obtenidos de sus empleos. Necesitaban unirse lo antes posible y les bastó con cubrir de aguas a la casa. estuvo a punto de caer desvanecida y supo que estaba encinta. la dueña de El picador. de tal suerte que el circunstancial trabajo en la mina acabó convirtiéndose en su definitivo medio de vida. En los días solariegos las coladas desprendían el inigualable aroma a hierba fresca de los verdes prados donde eran tendidas.menor que Rafael. Luego se apañaron con un armario. De soltera Covadonga ayudaba en faenas del hogar a la madre. pero llegó un momento en que ella sabía que daría a luz mellizos. y según Rafael. De hecho.

el gitano entró en confianzas con Pepín al cuajar entre ellos una sincera amistad derivada de ese azar que el destino pone en la vida de las personas. hasta que le correspondió la prejubilación. Para Rafael. Al joven le vino a la memoria su padre. y “así le había lucido el pelo”. Eso sí. Pepín era el hijo del tío Fullaondo.. Antes de trascurrir ese tiempo. y hasta ahora”. ¡Acuérdate cómo lo celebrábamos en la patrona! —¡Ya le digo! —continuó el otro. cerca de cumplir los cincuenta y ocho a finales del 82. tras treinta y muchos inviernos sin faltar a las humedades del pozo.. —le preguntó de manera retórica al tío Heredia—.. si había que alternar se alternaba. —¡No joda!. No vea qué acojone me entró cuando vi la sangre. Él abandonó el vicio al verle escupir sangre tras uno de esos golpes de tos que le dejaban sin aliento. no se le caía de la boca el cigarro. Pepín habría pasado sin dificultad por el hijo varón ansiado por el tío Heredia. —soltó Pepín queriéndole tirar de la lengua. —Como cualquiera con dos deos de frente —indicó Rafael—. pues al probarlo le dio “un ataque de tos de padre y señó mío. pero en cuanto le dieron el alta volvió a las andadas. otro “colega de ley”. —Esa fue la única vez que quiso acabar con el pitillo después de pasar las de Caín en el hospital. intimaron con relativa facilidad por tanto como les unía su condición de trabajadores en la mina.. con intención de llevar la conversación por distintos derroteros—. Como que en mis tiempos también nos corríamos nuestras buenas juergas… Pronto vino lo mío y cambió mucho la cosa. Rafael aseguraba que lo único que había hecho era no fumar un pitillo en su vida y poco mérito tenía. me la dio a mí al cabo los años. pero vamos. Rafael apuró su trabajo de minero con su eterna salud de hierro. ¿Sabe qué decía el pobre hombre?. ¡que me quiten lo bailao! Rafael se refirió a cuando Saturnino. sin embargo. Que le venía un dolor de cabeza muy fuerte si no tenía un cigarro en la boca. el Cavilas. 55 . Les separaba un salto generacional. —Si es que con eso nunca se sabe —le contestó Pepín. Y su chaval un hombre con el que un buen día no disimuló su rabia cuando le comentó cierta intimidad: —Ya ves la salud qu’Él de arriba le quitó a mi papa y a mi mama. acertó la quiniela de catorce invitándoles por todo lo grande en el chigre del tío Pulga y cómo agarró una que no sabía ni volver a casa. asín de jóvenes.

Y le explicaba cómo le encabronaban esas muertes prematuras. Si como el que dice. Ah.. sí. Que la Covadonga más de una noche me dejó al raso hasta que meara la cogorza. —¡Coñó. Y Pepín invocaba al caprichoso destino: —No sirve darle vueltas a eso de la lotería de la vida. con la tía Covadonga! —saltó Pepín sin reprimir una sonrisa. no te rías… ¡No sabes cómo las gastaba la jodía! Que a luego me quitaba la paga. “el crucificado”. pues le pillaban a traición sin darle tiempo a demostrarles en vida cuánto se les quería. lo rebuscao que nos ha salío el Pepín! —¿Yo rebuscao? —Sí. —¡Como estaba mandao! ¡No todo iba a ser trabajar y trabajar! —Pero si no he pillao una pulmonía. y yo a dos velas hasta que s’avenía a razones… Pero que se tiraba sus buenas semanas sin dirigirme la palabra. tío Heredia. —¡Ojalá su Dios me hubiera concedido su fe! —comentó Pepín—... y ¿por qué un dios y no una diosa? —¡Déjate de laberintos!. se iban cuando menos lo esperaban. El gitano lo corroboró. —Sí. ahí sé que vas servío. desde luego. fue porque Dios no ha querío. junto a su “Cristo bendito”. no se pase… Ya me dirá qué puedo enredar con estas piernas sin nervios. hombre. y no m’he ido al otro barrio. Menos mal qu’al día siguiente entraba a turno de tarde. mushacho. hijo. 56 . ¡Joder.. que si no. —¡Por mis hijas! —exclamó en ademán de besarse el pulgar y el índice dispuestos en aspa—. Refiriéndose a ellos especulaba en cómo unos con pocos números igual llegaban a viejos y otros. —Pues ya ve. yo sí lo estoy y no me sirve de nada. no estoy pa muchos trotes. —No se pase. —¿Está usted bautizado? —No que yo sepa... era quien manejaba su suerte. se conformó con que sus padres estarían mejor ahora a su lado. Yo. No tengo tan claro como usted que exista ese ser supremo. a mí no me enredes con tus líos. ¿eh? A Dios le basta con que seas un buen tío y. —Ni por un momento lo dudes. pero mientras besaba el crucifijo de oro que colgaba de la cadena de su cuello indicando que Ese. cuidándose como su madre. tú. a la vuelta de na ya estoy pa la jubilación.

—¡Con razón! —Y ella me atiborraba la noche anterior para que no pasara hambre hasta que comulgara.. Y déjate de cuentos. y ya teníamos el lío con mi madre. 57 .. y absolutamente convencido de lo que le dictaba su credo le espetó: —¡Chico. tú. no quería. cuenta que cada uno se las componga honradamente con fe o sin fe.. Pepe. que ya quisiera yo tener ganao el cielo con tu miaja fe. “Mira que eres. y me estás poniendo la cabeza como un bombo! —Perdone. —Mira. cómo nos ha salío el Pepín! —¿Sabe?. —¡Joder. —¡Hostias. y mu bien dichas. y nadie tenía que convencerle de algo ahora que disponía de tiempo para leer.? Sí... antes de la misa otros guajes y yo nos ventilábamos sus bizcochos. pobre mujer. —Ya. porque si hubiera sido por mi padre. ¡cuánto la recordaré!.. la que se le escapara al tío Fullaondo!. yo no sé de la misa la media de to eso que has leío por ahí. bien bonitas. ya me acuerdo: “Con el flotador de la fe nunca os ahogaréis en el océano de la vida”. cómo le dices esas cosas”. señor. pero como nos contaba el cura cuando mi madre se empeñó en que hiciera la comunión. qué manera de malear al rapaz.. ¿Cómo era aquello. toda apurada. que a cuento de qué se comulgaba en ayunas. De acuerdo con él menos en lo del pimiento. pues eso no podía ser bueno para un crío con el gasto que hace. —Sí. pues venía a darse cuenta de que muchos hombres cometían barbaridades en nombre de una fe envenenada de fanatismo.. Pepín insistía en que después de tantos años nunca había olvidado aquellas palabras del cura.... le saltaba a mi padre algo amoscada. pero luego venía mi padre con que si “de la misa y el pimiento poco alimento”. unos que me hacía para comerlos a la salida. Sí. Y total yo ni aparecía por la iglesia. —El miedo ha hecho más por las religiones que la propia fe de las gentes —sentenció. —Ese cura sabía lo que decía —apostilló Rafael—. a mí no me vengas con tus historias. pero que solo le parecían eso: unas palabras hermosas. —Había que verla. Llegado a ese punto el gitano clavó su mirada en los ojos de Pepín..

que a más de un cura se le compara con un gañán y sale favorecido el gañán.. y ¡déjate de hostias con eso que te traes en la sesera. y más bien es de mi cofradía… Si se pierde me parece que no le van a encontrar por la iglesia.. No hay que molestarle pa cuando de verdad se le nesecite. pues consideraba que tenía ocurrentes salidas para todo. Y vamos... sustentadas en esas curiosas reflexiones no exentas de sensatez. ¡Anda que la que te s’escape a ti! ¡Si es que nosotros no le valemos entre lo burros que somos y tanto como nos gustan las mujeres! —No me vale su razonamiento. —Además. y no me diga. no se ponga así!.. Así sucedió en aquella charla y de ahí el no cesar de provocarlo. ¿No cae en cuenta….. rezan más por costumbre que por fe. vamos: lo nesesario.. —¡Pue yo qué sé! No nos querrán en el seminario. él no pararía de exponer sus argumentos. al fin y al cabo fama tienen de fieles. —¡Venga. de vez en cuando —respondió—. —¿Y qué me dice? Jamás se ha visto un cura gitano. Quería matar el rato. bien poco. hombre. 58 . —En eso no había caío. que ya me estás liando! ¡Palabras y na más que palabras! —concluyó Rafael como queriendo cambiar de tema. ¿O no? Pepín le dio la razón. que está uno más solo. los sobrinos y sobrinas que les salen y cuánto se parecen a ellos? —A los curas lo que tenían que hacer es dejarlos casarse. pero mientras el gitano le siguiera el juego. ya lo creo. —A la misa. y usted de misa. ¿pero los curas? A los curas les encantan sus sobrinos y otras cosas que me callo. Ustedes de burros precisamente lo que yo de fraile. Con lo creyente que es. —Por cierto —siguió buscándole las cosquillas—. que muchos del golpe en el pesho no valen pa na. y eso tampoco es. mushos de esos hombres también nos dan ejemplo haciendo cosas cojonudas con su fe. admitió que a la mayoría de los mortales se les iba la fuerza por la boca y solo personas como alguna mentada por Rafael dignificaban al género humano. ¡Cortando el rollo que s’ haice de noche! Pepín no le hizo caso y continuó a lo suyo.. pero sí resulta curioso. —Y menos impedimento aún es que le gusten las mujeres.

¿Y al Viti? (10) —Ya sabe que a mí los toros ni fu ni fa. lo zalamero que nos ha salío el jodío. con su embaucadora palabra. a regañadientes. ¿De dónde lo has sacado? —El Cavilas. echó de menos tanto a la familia como a los caballos.. Ya estará Carmen pendiente de esto. no me vendrá mal. En su plantilla existían jugadores internacionales como su delantero centro Enrique Castro. Lo de la familia tuvo solución.. y en más cosas. —¿Es que no podemos ir juntos? —se incomodaba ella. que ahí sí te doy lecciones. pa que t’enteres de lo que es arte! ¡Qué manera de torear! Cuando Rafael tomó la decisión de quedarse en el valle. le pediría a Covadonga unos días que. ¡Será malaje. (10) El Viti es el sobrenombre artístico del torero Santiago Martín. ¿andan por Madrid? —se interesó Covadonga—.! ¡Eso hay que verlo. según él. y me lo ha dao pa orientarme. Quini. —Ni fu ni fa. —Si igual me doy el viaje en balde —trataba él de disuadirla—. _______ (9) El Sporting de Gijón se codeaba con los clubs punteros de la primera división del fútbol español. ya me dirás si no te sabes ese plano de memoria. necesitaba para reunirse con sus primos. tarde o temprano los avatares de la vida propiciaban que siguiera en contacto con ellos y en particular en un verano donde.. —Me da lecciones en eso. pa no perderme. Covadonga. que s’ha enterao. de cuando estuvo allí celebrando la quiniela. —¡A saber lo que te traes entre manos! —repuso ella. que como al Manué esté de no encontrarle. 59 . originario de Vitigudino (Salamanca). Pero Rafael. se salió con la suya y la esposa se quedó al cuidado de la casa y la huerta. —Y qué. que aquello es mu grande y se pierde uno mu fácilmente. podemos hablar de toros o de fúbol. transigió con el marido al imaginar que añoraba su perdida libertad de aquella época nómada en compañía de los suyos.. con una hija ya casada y la otra en la misma edad de merecer.. Aun así hizo un último intento. —Mírale.. pues no quería darse por vencida. —Así cambio de aires. ¿Viste al Sporting (9) contra el Madrí el domingo pasao por la tele? ¡Menudo partido! Ese Quini (9 es un figura. Porque vamos. —Pue mismamente.

. Rafaelín le cortó intrigado. Esperó al primer sábado de libranza en la mina. que tampoco m’ha dao tiempo a ver to el género. —Alguna habrá. mire. que en veinticinco años de casados no había movido un dedo sin el consentimiento de “su parienta”? La relación de Rafael con los caballos fue distinta a la mantenida con la familia.. intervino el ganadero. esto no ocurrió hasta que acabó con las letras del automóvil y la economía familiar se vio libre de agobios para destinar unos ahorros. y ganas tengo de ver cómo le va. cumplían ya los años adecuados para disfrutar con tan noble animal. anhelaba el momento de hacerse con uno para satisfacción propia y divertimento de los nietos.. a la compra de la yegua. hijo… ¡Con un caballo! Con los ganaderos que acudían a las ferias se desenvolvía como pez en el agua. Por entonces Rafaelín rondaba los diez años. Visto el interés que demostraba por ella. No obstante. pero sobre todo porque iba acompañado del nieto. con la venia de Covadonga. —Sí que es guapa. Enseguida se fijó en una alazana. —¡Qué me voy a traer. 60 . en la primavera del 73. abuelo? —Cómo v’a mandar. —Como que no va a encontrar otra igual en toda la feria. ¿Puedo echarle un vistazo? —Mire. reconoció su vivacidad observándola bien los ojos. Criado entre ellos. sí. los de la yegua no ofrecían lugar a dudas. pues según el abuelo. su planta era espléndida. ¿Le ocultaba algo Rafael a Covadonga. pasó por casa de su hija Isabel a recoger al nieto mayor. vio salir el vaho por sus ollares. y allá que fueron los dos a la feria para echar un vistazo a los caballos. pero eso vendría después. ¿eh?.! El Manué que s’ha establecío mu ricamente por allí.. —Le gusta.. —Que ties que crecer como Dios manda… —le dijo al crío. Años más tarde ella le recordaría esa ausencia del pueblo. Al abuelo se le veía ufano en ese ambiente y entre los particulares olores que el ganado equino impregna en la atmósfera.. A ver si le pillo. y a otro año vamos juntos tú y yo. —¿Y cómo manda Dios.

y este le respondió que no había “visto cosa más bonita en su vida”. —Llego hasta los tres mil por darle el antojo al nieto que s’ha encaprichao con ella. Cuidado que realzaba su elegante porte con sus crines recién peinadas y su larga cola volteando sobre los poderosos ijares. Le examinó con detenimiento la dentadura. ¿Cuánto tiempo tiene? —Para septiembre cumplirá el año… Usted entiende de esto… No hizo caso a la coba del dueño. El ganadero. Era una blanca mancha. —De los cuatro mil duros no bajo por ser para ti. Rafael hizo como que se desentendía de la operación. le palpó los cuartos delanteros y traseros. Bien sabes que vale más del doble. y se dio media vuelta con intención de chalanear en otros corrillos de feriantes. el riesgo compensó. —Se la ve jovencina. Confirmó su buen herraje. El tío Heredia no necesitó hacerle más preguntas y se lanzó de lleno a ver cómo respiraba el propietario de la misma ofertando dos mil quinientos duros por ella. la sienta bien. no atendió a su llamada. en forma de media luna. le acarició por el lomo y por el firme cuello. —¿Cómo la llamas? —Luna. Ya habría tiempo para el regateo. temeroso de perder la venta. pero prefirió continuar con su estrategia y dejar pasar la mañana.. ¿no?. y porque sé que la vais a cuidar. —¡Mejor te la regalo. Al nieto le preguntó si le gustaba la yegua. no te jode! —exclamó el otro ofendido—. y lo bien almohazada que estaba. Bien conocía Rafael el género que trataba. Que para malvenderla siempre hay tiempo. pero de una manera preconcebida. —¡Te he dicho que no bajo de cuatro mil! 61 . no puso objeción alguna e indicó. y se atrevió a tutearle. comprobó que no era un animal esquivo. la que destacaba en el centro de la frente del animal de piel canela.. sí señor. le gritó para que volviera. Se arriesgaba a perderla. que no se la vendería a cualquiera. pero con ese precio no engañas a nadie. —Pues véndela bien y hacemos negocio los dos. —Bonito nombre. paisano. el animal seguía a la venta y él volvió a la carga: —Mu guapa y to lo que tú quieras. —Menos de lo que vale —contestó el dueño—.

—¡Pue ahí te quedas con tu yegua!
Le dejó con la palabra en la boca y en ademán de retirarse de la puja. En ese instante,
como caído del cielo, terció otro parroquiano, con unos rasgos faciales muy similares a los
del tío Heredia, insinuando que también le parecía cara. En vista de la situación el ganadero
hizo la que él creía que era su última oferta quitándole cincuenta duros, y así daría el
capricho al guaje.
—¡Pero ni un duro menos! —sentenció—. Que pierdo dinero.
—Tres mil quinientos y no se hable más… To lo qu’he podío ahorrar; mira aquí
están.
—Sabes lo que te traes entre manos, ¿eh?...
—Es to lo que tengo, lo juro… Vamos, enséñame los papeles de las vacunas y hay
trato.
—¡Anda que voy a echar el día contigo! Más me valdría no haber venido.
—¡Cómo vendes el género! Si sabes que está bien pagá.
—Bien pagada... Bien comprada para ti, ¡al huerto me estás llevando! Ni pa ti ni pa
mí… ¡Venga esos tres mil setecientos duros!
—Hace.
Sabía el espléndido animal que se llevaba, no obstante, antes de cerrar el trato, el tío
Heredia le pidió que se la dejara montar un rato. El otro no accedió, confiaba de tal manera
en la yegua que le garantizaba la devolución del dinero si la encontraba algo raro una vez
en su poder. Rafael echó mano a un bolsillo abotonado de la camisa y sacó un fajo de
billetes sujeto por dos gomas. Se hicieron a un lado, le dijo que lo contara. Si no se había
equivocado allí había diez y ocho mil pesetas, por tanto aún faltaban quinientas para cerrar
la operación. El gitano le indicó que no tenía más dinero, y le “juró por su mama, que en la
gloria estaba”, que al sábado siguiente allí estaría con los cien duros. El vendedor lo aceptó
advirtiéndole que entonces le entregaría la cartilla de vacunación.
—Me has tenido pillao desde el primer momento cuando la echaste el ojo —soltó el
ganadero—. ¡Menudo yegua te llevas!, porque necesito el dinero que si no…
—¡Qué pillao, ni qué hostias…! Si a ti no te interesa vender, aquí paz y después
gloria.
—¡Joder, qué figura estás hecho, granuja! Y encima avisas a tu primo para que te
eche una mano. ¿O te crees que me chupo el dedo?...

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Sellaron la compraventa y se despidieron hasta el sábado, donde cada cual cumpliría
su palabra, con un apretón de manos de por medio del que también hicieron partícipe a
Rafaelín, como privilegiado testigo de la lección recibida del tío Heredia.
—Aguarda un momento aquí —le indicó al nieto mientras acariciaba al animal—.
Voy a ver qué tal se porta esta.
La montó unos minutos, los necesarios para confirmar su docilidad, hacerse al trote,
a un fugaz galope, y volvió a recoger a Rafaelín; este no les había quitado ojo ni por un
solo instante.
—¡Arriba, guajín!... Vamos, coge las riendas... Con los pies quietos, que si no la
volvemos loca.
Y el animal respondía fielmente al tacto de esas riendas sujetas por cuatro manos, y
al ligero roce de los talones de Rafael.
—¡Qué bien, abuelo!... ¡Qué bien!
—Ya compraremos la silla y el ronzal con otros ahorros, hay que sacar como sea los
cien duros a tu abuela.
—Yo tengo muchas pesetas en la hucha.
—Anda, anda, ahora te toca a ti camelarla. Lo tendrás más fácil que yo.
Así los vieron llegar la tía Covadonga e Isabel: abuelo y nieto enhiestos sobre el
lomo de Luna. La sonrisa en sus rostros delataba lo contentos que venían, cabalgándola al
trote y montándola a pelo en una estampa equina relativamente irreal de perfecta que era.
Aún en la distancia, la madre, con cierto deje de orgullo, le comentó a la hija:
—Míralo, no ha parado hasta conseguirla… Si hasta ya le ha comprado unos sacos
de pienso y alfalfa. ¿Viste cómo ha estado preparando una caballeriza ahí atrás, a un lado
de la huerta?
—Ya sabe que cuando a padre se le mete una cosa en la cabeza...
A la hija no le cabía más felicidad en el alma, y viéndolos en esa maravillosa pose
añadió:
—No me diga, madre, si parece que han nacido para esto.
—Sí, hija, sí.
—¿Sabes cómo se llama, abuela? —le preguntó a Covadonga el tunante del nieto—.
Se llama Luna. ¿A que es un nombre bonito?...
—Este ha salido tan zalamero como su abuelo —dijo a la madre.

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... Todos vimos que quienes más disfrutaron de Luna fueron los nietos. Al abuelo, la yegua le
cogió con cincuenta y tantos años, y sus condiciones físicas eran las de un hombre con demasiados
inviernos dedicados a la mina. Además, montar a caballo no era precisamente el mejor ejercicio para
esos dolores en los riñones que se le venían manifestando a las puertas de la jubilación.

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Rafael se limitó a enseñarles el dominio del animal comprobando que estaba unido a
sus nietos por atavismos tan fuertes como la sangre. Vio cómo enseguida se hicieron con
ella, y les dejó que camparan a sus anchas por los rincones del valle, a condición de que no
existiera un solo suspenso en las notas escolares y exigiéndoselas por delante pues, según
él, ya sobraba “con un burro en la familia”. Currín, el pequeño de Isabel, se enfurruñaba
cuando se quedaba con ganas de montarla ante la inflexibilidad del tío Heredia con el
suspenso del nieto en las matemáticas de primero de bachillerato. En un tono exculpatorio
el chaval decía que no le entraban los quebrados y el “rollo ese de las raíces cuadradas”,
pero no lograba compadecer al abuelo.
—Tú verás… —insistía Rafael de manera implacable—, pero hasta que no t’entren
no cuentes con Luna.
Y su corazón no se ablandaba por mucho que el hermano mayor intercediera por
Currín, indicándole que eran muy difíciles y las aprendería en cuanto él le ayudara a
resolverlas.
—¡Pue, hala, a enseñárselas, que ya estás tardando mucho!
—¿No ves que solo le han quedado las mates? —porfiaba el mayor.
No les hacía ni caso. La estrategia resultaba infalible y conseguía pronto sus
objetivos al mostrarle Curro el aprobado.
—¡Abuelo, mira, ya tengo el cinco en mates!
Ese ya era el momento de ceder:
—Venga, que Luna t’estaba echando en falta, pero de las notas no t’escapas,
mientras a mí no me s’olvide.
Rafael y Francisco nunca dejarían de agradecer al abuelo la fantástica experiencia
que para ellos supuso crecer junto a Luna, además de servirles como acicate para disponer
de la yegua siempre y cuando cumplieran con sus obligaciones escolares. Hasta del control
de sus vacunas les hizo responsables el tío Heredia. Durante esos once años la cruzaron dos

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veces con un semental propiedad de un vecino de una aldea cercana. Acordaron el reparto
de la descendencia con el dueño del caballo de manera que a ellos les correspondió el
primer potro, y al otro la potrilla parida por Luna en el segundo cruce.
La yegua quedó como un recuerdo imborrable en la historia familiar y, ante todo, por
cómo acabó sus días. Cuando Currín ya era Francisco, sufrieron una caída cuyas secuelas
derivaron en unos rasguños y la fractura del cúbito y el radio en el brazo derecho del jinete,
y el quebramiento de la osamenta por varias partes en los cuartos delanteros de Luna.
Aconteció en un domingo otoñal poco antes de que se juntaran en la comida que les unía en
torno al hogar de los abuelos. Fue Jenaro, el vecino cercano a La Grada, quien los
descubrió en un atajo cuando iba a llenar la garrafa en el manantial de Las Cruceras. Aun
considerando su estado, Francisco podría haber accedido hasta la casa familiar, pero no
quería dejar solo al animal. Jenaro se percató de la gravedad de la caída y se ofreció a echar
una mano.
—¡Pero bueno, Curro! ¿Qué os ha pasado…?
—Anda, acércate a casa de los abuelos y avísalos... —le suplicó a media voz el
magullado jinete, afectado por los dolores.
—Pierde cuidado, estoy de vuelta con los tuyos lo más pronto posible.
Así fue; a Francisco le llevaron directamente al hospital sus padres acompañados de
los abuelos; el hermano y su novia llegaron después. A Luna la evacuó Jenaro, en medio de
unos dolorosos relinchos, cargándola sobre un espacioso remolque de su todoterreno con la
ayuda de unos parroquianos que se ofrecieron voluntarios.
La familia esperó varias horas en la zona de Urgencias del hospital. Al fin un
traumatólogo, parco en explicaciones, les indicó que la fractura estaba reducida y Francisco
se quedaría ingresado. Durante la larga espera les dio tiempo a patearse hasta la última
baldosa de la sala. En uno de esos paseos, el tío Heredia observó que, junto a un anuncio en
grandes caracteres en donde se rogaba silencio, existía otro más pequeño requiriendo
urgentemente sangre del grupo cero negativo, un minoritario grupo sanguíneo con
escasísimos donantes. El anuncio estaba distribuido por todo el hospital, pero hasta ese
instante no había reparado en él. Cuando lo leía con detenimiento, un familiar de otro
enfermo ingresado le comentó acongojado que sería para su padre, pues tenía hemorragias
y cada dos por tres necesita transfusiones.

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¿Dónde había visto Rafael antes esa cara? Esa nuez en medio del cuello moviéndose
al compás de su angustia. Difícil era que se escapara un rostro a un buen fisonomista como
él.
—Le conozco y no sé de qué —indicó a Covadonga.
—¿De quién hablas?...
—De ese qu’está sentado ahí enfrente con el periódico en la mano. Dice que tiene al
padre hecho polvo, con un pie en el otro barrio.
—Así está de nervioso el pobre hombre —apostilló la mujer—. A mí no me suena de
nada... De tu quinta desde luego no es.
No paraba de darle vueltas, sentía como una imperiosa necesidad de asociar algún
nombre con aquel individuo. ¿A quién se parecía ese rostro que no se le iba de la mente?
¿Qué vivencia le relacionaría con él? Seguro que lo conocía.
Aunque había trascurrido demasiado tiempo al fin cayó en la cuenta. Se acercó de
nuevo, y viendo cómo reanudaba su angustioso deambular le preguntó si su padre estaba
jubilado. El otro le respondió que sí, y cómo aguantó en la mina hasta que hubo de retirarse
por la edad.
—Ya ve —le dijo ofuscado—, toda la vida trabajando, y ahora que podría disfrutar
se pasa aquí los días enteros.
Ahí estaba; treinta y tantos años después el hijo del Cayeta le contaba los
padecimientos por los que pasaba el padre, si bien no le especificaba que su trabajo no fue
propiamente dentro del pozo sino en las oficinas de la explotación minera. Rafael, en tono
comprensivo, trató de animarlo.
—Tranquilo, hombre, si está de Dios saldrá adelante.
—Ya veremos, hace poco estuvo más p’allá que p’acá… No encontraban sangre y
ahora tiene las mismas pintas.
Covadonga advirtió que al fin lo había reconocido.
—Menos mal, ya has dado con él, ¿no?... Si no habrías seguido toda la tarde con la
tabarra. ¿Quién era?...
—Uno al que conocí a poco de caer por aquí —cortó Rafael sin querer entrar en
detalles.
¿Por qué no daba más detalles? Se preguntaba la esposa si él siempre tenía
explicaciones para todo.

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Dirigía con frecuencia su mirada por donde salía una enfermera facilitando información a los familiares de los pacientes hospitalizados. Ella le indicó que aguardara un instante y pronto le avisarían. La mujer continuó con el interrogatorio preguntándole si había tenido alguna enfermedad infecciosa o era diabético. Mataba el tiempo con un periódico. —¡Qué me v’a pasar! A mí no me paisa de na. que se dirigiera de nuevo a Urgencias. el tío Heredia se dirigió a la recepcionista de la sala interesándose por el anuncio y si seguían necesitando sangre. —Que yo sepa no he tenío na de lo que usté dice. espabila. La madre también pernoctaría en la habitación de la clínica haciéndole compañía. qué hombre este! —Mi sangre es la misma que la que piden en Urgencias. Una enfermera le preguntó si su sangre era del cero negativo. —¿Y para eso tanto misterio. hojeándolo sin prestarle excesivo interés... a ver si mi sangre vale p’algo. según me dijeron.. —¿Su sangre.. —Así es —asintió él. Los demás se despidieron de Francisco con intención de regresar a casa. se mareaba con un hilillo rojo que brotara de su piel.? Al nieto le subieron a planta y permanecieron con él hasta que se cumplió el horario de visitas a los pacientes. pues toleraba la visión de sangre ajena y.? —¿Qué te pasa? —le inquirió Covadonga.. y pa mí que salió igualita a la del anuncio. ¿No ves que a mí no me ha tumbao ni la mina? —¡Jesús. Bastante de meritorio tenía esa decisión por parte de Rafael. vuelve rápido al hospital. alarmada. —Pues bien guaje que sería entonces —repuso ella con tal de tirarle de la lengua. Antes de la jubilación en una revisión de la mutua me sacaron eso de la sangre o como se diga el hr ese. Pero a Rafael le cogió en el día tonto y continuaba igual de inexpresivo. Cuando atravesaban las calles de Oviedo Rafael pidió Sebastián. parecía como si se hubieran olvidado de él. él contestó que creía que sí y abundó en los detalles del análisis de la mutua. efectuó una llamada y le pasaron a un cuarto con material para extracciones sanguíneas. sin embargo. —Tú —le dijo al conductor—. el yerno. Allí continuaba el hijo del Cayeta. Era mu rara.. 67 . Raudo.

a partir del 30 de septiembre de 1981. cuando he agarrao un costipao. el veterinario. el corazón del Cayeta seguiría latiendo mientras él contribuyera con una sangre que.. y a Luna decidieron sacrificarla para evitarla sufrimientos. pues eran excepcionales las veces que tomaba decisiones como esa a lo largo de toda una vida dedicada a la profesión. No precisaba agradecimientos. y la enfermera arguyó que no estaba autorizada a facilitar información de pacientes ingresados si no eran familiares. el de la prominente nuez moviéndose al ritmo de su extrañeza cuando Rafael le indicó que no sabía lo que era un DNI. y nada podía hacerse por ella. Rafael quiso corroborar para quién era. Don Ignacio. Francisco permaneció varios días hospitalizado hasta que le recompusieron el brazo. algo amoscado de tanto interrogatorio—. ya que la edad de sus huesos se constituía en el principal inconveniente para que soldaran y su corazón difícilmente 68 . —¿Está actualmente medicándose?. confirmó lo mal parada que salió de la caída. casualmente. también era del grupo cero negativo. Cómo podría él olvidarse por mil años que pasaran del capataz de la Charito. y no veía la mínima posibilidad de sacarla adelante. —¿Has visto…? —le comentó Covadonga al salir del hospital. —Ya… —Pareces el tío Misterios. De sobra sabía Rafael que.. se dio cuenta de que era una pregunta innecesaria. Alguna aspirina con leche caliente y un lingotazo de coñá. pero desgraciadamente esta era una de ellas. El albéitar insistió en que más lo sentía él. quería que la yegua viviera al precio que fuera y por dinero no quedaría. —En mi vida he nesecitao tomar na —aseguró él. —A ver si da tiempo de analizarla. —Si tiene interés —dijo ella— encontrará por ahí a algún familiar que se lo agradecerá. y fue tratado con el mayor desprecio. ese hombre está en las últimas y la necesita como el comer. —¿El qué? —Han preguntado por los familiares de un tal Cayetano Domínguez y se ha acercado ese que conocías. Rafael le hizo jurar y perjurar que esa era la mejor solución.

y no estaba “pa muchos trotes”. En fin. —Bueno. extrañado—. unos más que otros. Rafael? —Porque solo a ti te se puen ocurrir estas cosas. pensó él.. —¿Se imagina. lo que sería de nosotros si nos viéramos en esa situación extrema con alguien de nuestra sangre? —No me compares. Trascurrieron unas semanas después de la muerte de la yegua y Pepín supuso que los ánimos del tío Heredia estarían más apaciguados. —Es curioso… ¿Se ha dado cuenta? Hemos aceptado con la mayor naturalidad la eutanasia de Luna.. tan animales somos los unos como los otros. y Luna se despidió del valle sin padecer una lenta agonía. Muy a su pesar optaron por suministrarle una dosis letal de anestésico. 69 . no se lo pensó dos veces y le dejó caer una de esas reflexiones que a cualquiera le ponen en un brete.soportaría tan delicadas intervenciones. asociada a insoportables sufrimientos. Porque a mí me da que tú no riges bien. Hubo de explicarle cómo habían provocado un ligero adelanto en la muerte del animal para que no padeciera más de lo necesario.. Pero en esta ocasión el tío Heredia ya no entró al trapo y le abandonó con la palabra en la boca. Habría mejores momentos para retomarlas. de ahí que Pepín optara por acabar con sus lucubraciones. —contestó Rafael. —¿Qué quieres decir?. Como Rafael decía: la tristeza por la muerte de Luna le había “pillao desprevenío”.. y cómo ese término se refería a quien al padecer una enfermedad incurable. —Al fin y al cabo. El gitano no acabó de comprender esas argumentaciones y visiblemente afectado le contestó: —¡Lo que hay que oír! ¡Tiene cojones cómo estás perdiendo la chaveta! —¿Por qué. solicitaba de manera voluntaria la ayuda de un tercero para morir.

él lo hacía a las de mecánica y electrónica en un aula-taller habilitada al efecto. desde que Pepín empezó a salir con Carmen. tanto paseo por el robledal. tenía que acabar en algo muy sonado. los lápices de colores o la goma de borrar. habían coincidido en alguna boda de amistades comunes.. las demás ya le eran extrañas. la hija del tío Heredia. con Carmen. Hasta al perro se le notaba distinto. y el destilado por el polvo de la tiza.IV Carmen. Como aseguraba Pepín. el encerado. él era de esos que descubría “atmósferas con los años”: existían la propia atmósfera de la vida. Y le hizo ilusión reencontrase tantos años después con la segunda de sus atmósferas: ese olor especial guardado en aquellas aulas. a los cursos de formación profesional que el Ministerio de Educación organizaba a través del PPO (11) en horario vespertino y nocturno en las escuelas. 2 Carmen y Pepín se conocían de toda la vida en el pueblo. pegada como una lapa a la silla de ruedas. la de las escuelas. durante dos años a finales de los 60. y Sultán como único testigo de la invasión de su terreno canino.. la de las iglesias. la de la mina y la marina cuando tardíamente descubrió el mar. mezcla de la tierna humanidad que las habita durante tantas horas al día. camino del río. Tres días a la semana se juntaban unas horas en el aula _______ (11) Organismo dependiente del Ministerio de Educación de la época encargado de fomentar cursos de especialización entre la clase trabajadora. 70 . aunque sus afectos fraguaron al acudir ambos. las carteras de cuero. la Pocachicha 1 Yo me lo barruntaba desde hacía tiempo. la Pocachicha. más alegre. Mientras Carmen asistía a los talleres de corte y confección y a las clases de mecanografía.

Por sus venas corría el manantial carmesí astur aportado por la madre. de tal manera que Pepín ya nunca pudo renunciar a esos labios ardientes. serían sus antepasadas quienes se harían acreedoras al citado apodo si. en tanto que el boticario la consideraba una fiel clienta de sus cajitas de pastillas Juanola. tuviera que ver con su fisonomía. y ahora les resultaban tan interesantes. apenas salpicados por unas diminutas cicatrices de una viruela mal curada. Aunque él no los contemplaba propiamente ardientes al estar impregnado el aliento de la mujer del característico frescor generado por los chicles mentolados que acostumbraba a masticar para mitigar cierta impedimenta fisiológica: un congénito estreñimiento que Carmen relacionaba con su tendencia a la halitosis. Carmen decía que iba desnuda sin ese fino trazo perfilado con el lápiz de ojos. con el trato. y el inmerecido mote heredado de sus ancestros maternos no les hacía justicia. Ahí fue cuando esa mujer excepcional se cruzó en su vida y Pepín notó que. En ellas no prevaleció el Heredia para identificarlas. Sin embargo. su corazón volvía a palpitar al ritmo inusual que suele marcar el amor. y la genuina sangre gitana procedente de los genes paternos. Similares devaneos amorosos culminaron en la explosión de sus libidos por tantos años contenidas de auténtica pasión. En todo caso. no pasaban desapercibidos entre el paisanaje. Lo cierto es que ese fluido le llegó incluso a las piernas sin nervios. Pasó mucho tiempo hasta que los dos se encontraron en un primer beso. Curiosamente. como más adelante se le oiría decir. y esa indómita llamada del amor que él se negaba a encarar. La mezcla de razas generada por los padres al unirse fructificó en unas hijas agraciadas por una singular belleza. Los rostros de las hermanas.donde se impartían las materias de cultura general. supuestamente. Estaban ávidos por aprender los conocimientos que no dieron importancia siendo críos. O al menos eso es lo que percibió al tener ya olvidados los de Catalina. las dos 71 . y nunca salía a la calle sin él. Si alguien coincidía con ella en el quiosco de Pascasio seguro que la encontraría comprando chicles Bazoka o bolitas de anís. Ellas lucían un conjunto corporal bastante bien proporcionado. una fina línea negra realzaba sus ojos como único maquillaje trazado sobre el borde de sus párpados. al fin fue domeñada por Carmen. Carmen era una de las mellizas nacidas del matrimonio entre la tía Pocachicha y el tío Heredia. y a Pepín se le estremeció todo su ser con una corriente de sensaciones como jamás antes había sentido en un beso. Ella se atrevió a inclinarse sobre él acercándole sus temblorosos labios.

torneadas caderas y adecuados bustos no las realzaban del todo al usar siempre zapatillas o zapatos de tacón plano. bastante más oscuro era el de Isabel. ¿Tenía justificación esa triste pose en aquella mujer? ¿Había excusa para su hermetismo. según la “bautizaron” en el pueblo cuando se supo que nació unos minutos después que Carmen. aunque el cuñado se 72 . A Carmen y Pepín se les echaron los años afrontando un largo noviazgo nunca asumido como tal por una de las partes. su melliza. la Pocachicha joven venía amamantando al tercero de sus sobrinos y ella seguía igual de virgen que una muchacha quinceañera. hasta el punto de no encontrar utilidad a su ajuar y cederle parte de él a la hermana en vista de cómo menguaba con los años de casada y lo justa que Isabel llegaba a fin de mes con el sueldo como funcionario en el Ayuntamiento del pueblo de Sebastián. Para entonces. si bien ella colaboró en esa demora por causas que pronto se revelarán. Pertenecían a esa clase de personas elegantes en su sencillez. era una elegancia innata. aunque sus finas piernas. y de que se le cegara el vientre de no usarlo. algo introvertida. semejantes a una miel muy clara. Por lo demás. faltándole pocas primaveras para entrar en la treintena. pues a su innegable temperamento solo le superaba su generosidad con todo aquel que precisara su ayuda. temerosa de quedarse para vestir santos. Carmen pasaba por una mujer distante y reservada. para esa angustia incapaz de disimular en alguna circunstancia? Si la cara es el espejo del alma. Era como si esas leves máculas horadaran su nívea faz dejando una sombra de tristeza. una huella de amargura. el marido. generalmente recogidos en una cola de caballo. Carmen debía albergar un alma hermosa. natural y no precisaba de acicalamientos. los blancos pigmentos de la ebúrnea piel de la tía Covadonga se impusieron en sus pieles a los morenos del tío Heredia. de trato seco y huidiza sonrisa. Resultaba imposible permanecer indiferente ante aquella mirada afectada del melancólico halo que le procuraban unas violáceas ojeras. resaltaban su limpia mirada. recordaban a las bellas mujeres agitanadas pintadas por Julio Romero de Torres a principios del siglo pasado. la Pocachicha joven. Ese rostro y sus largos cabellos negros. destacaban en unos ojos que. Sus preciosos iris. Eran de mediana estatura. junto a sus negras cejas. empezó a preocuparse. Asombraba su magnífica calidad humana si se la prestaba más atención.tenían el mismo lunar sobre la sien izquierda. Quien la conociera en la superficialidad de su fuerte carácter se llevaría una errónea impresión de ella. Carmen.

pluriempleara en sus chapuzas de electricista. la del amor auténtico. en crear una familia junto a Pepín. en cualquier proyecto de vida en común. Y ahora ya ves. atendía a sus desahogos. debería luchar contra el dictado de sus propios sentimientos. dejándose acariciar. Sin embargo. ¿qué hago si me he vuelto un cagón?. Solo desde esta humana perspectiva.. tan afectadas ambas por demasiados prejuicios y convencionalismos. Que Carmen me mira con esos ojos incomparables y el día menos pensado me da algo. ¡Aquello era una ganadería completa! —¡Pero si te sobraban ánimos. sus credos o sus razas. Para él. —¿Sabes —le decía como si fuera capaz de comprenderle— lo que es sentir cómo una mujer se te muere de placer entre tus brazos cuando está a punto de conseguirlo?.. Hasta al perro hacía partícipe de sus temores y el dócil animal. en el envite crucial de su vida.. vacilando con los amigos a propósito del adecuado rendimiento de alguno de sus órganos inferiores. fue Carmen quien apostó. otra como el padre a vueltas con los toros —replicaría él—. Y es que una cosa eran las bromas de Pepín. “se negaba a coger el toro por los cuernos”. jamás imaginó que. pero que no osaba exteriorizarlos cuando en realidad vivía fascinado por esa formidable mujer. por el futuro de la relación que. Por el contrario. cabía entender a esa mujer empeñada.. y otra mucho más seria era unirse a una persona a la cual él entendía que condicionaría el resto de sus días. Porque verdadero imponderable para formar un hogar era la pequeña pensión del futuro compañero de fatigas. con toda su alma. lo de menos era el hipotético choque de culturas: el componente romaní de aquella medio gitana de excepción y la suya de tradición judeo-cristiana. —¿Toros... como ella decía. y este puñetero sin quererse dar por enterado de mis intenciones”. Creía en la buena fe de las personas con independencia de sus ideas. ¡Qué te voy a contar con lo golfo que estás tú hecho!. pero ni eso la arredraba a tenor de sus expresiones: —¡Toros que la vida le puso a traición! —aseguraba.? Ya estamos. Unas sensaciones impregnadas del amor. contra todas las vicisitudes imaginables. del cariño y la admiración que interiormente manifestaba por Carmen.. porque si te haces el remolón… 73 . plenamente convencida. como Carmen llamaría a Pepín con el tiempo. “amor con amor se paga. En consecuencia. su “prenda”. hombre! Necesitabas un empujoncín..

si por tal se considerara al periodo que pasaron hasta descubrir Carmen la vil calaña del individuo en cuestión. “Ánimos” no le faltarían. de estatura algo inferior a la suya. Su antiguo pretendiente. pero Pepín sí tuvo un motivo de preocupación desde el comienzo de aquella especial relación con Carmen. 74 . a un extrovertido como él. —¿Facilidades. irónicamente. Con su agradable timbre de voz embaucaría a quien no le conociera. En momentos especiales. pues tenía tanto de seductor como de repulsivo en cuanto se le trataba y se descubría su horrible temperamento.. lisiado.. Pepín jamás lograba disimularlo. predispuesto a la confrontación por livianos que fueran los hechos.. un tipo bien parecido. como si tuviera que estar perdonando la vida a todo el mundo y ese odio le impidiera la entrada en su corazón de cualquier otro sentimiento. —No todo iban a ser facilidades —le picaba él. —¡Menudo cabrón estás tú hecho! —reaccionó de inmediato Pepín. seguía atosigándola y no la dejaba vivir en paz tras la ruptura del noviazgo. siempre sintiéndose agraviado. Unos nervios que. aislándose en su odio hacia todo aquel que no le siguiera la corriente. Como en su día no pudo con Carmen. considerándole un hombre de apacible carácter.. y un mal día Pepín le cortó los humos. El pendenciero buscaba la gresca a la menor oportunidad que se le presentaba. le impedían sin embargo encontrar las palabras del lenguaje de su corazón. —¡Eh. Entre su círculo de amistades Cándido fanfarroneaba de sus “éxitos” con las mujeres y en particular del obtenido con Carmen.? ¡Será jeta! No era así. aunque se hiciera de rogar. aquello era pura máscara. Cuando ella le miraba fijamente. —Pues qué bien lo disimulabas —seguía Carmen la broma. tú. contestaba que sí se daba por enterado. ella sacaría este comentario a colación y él. Resultaba complicado encontrar en él una pose que no fuera de desprecio hacía el prójimo. Nada más lejos de la realidad. Cándido debió imaginar que Pepín sería una presa más fácil. no podía por menos que ponerse nervioso. esas que mejor expresarían sus sentimientos.! —le provocó el camorrista cerca del camino de la Chorrera cuando vio que no había nadie por los alrededores. que respondía al nombre de Cándido.

prefería callar y guardar energías para cuando las necesitara. pero Cándido logró sorprenderle por la espalda. Le mantenía a raya aireando la desafiante cachava con la mano derecha en constante movimiento. acércate y te lo suelto a la cara para que no se te olvide en los restos! Cándido se aproximó. anticipándose al provocador. que andar camelando con tus gilipolleces a la Pocachicha? Nunca imaginó que alguien fuera capaz de humillarle de esa manera y estalló sin medir el alcance de sus palabras. Pepín salió hecho unos zorros de la pelea. en los testículos y en la espalda. para seguir la bronca. Los dos acabaron de bruces en el suelo tras la refriega. Cándido. Encima de lisiado. aunque la considerable tunda que ambos se propinaron se prolongó hasta cuando volvió a hacerse con el cayado y se apiadó del matón. sorpresivamente vapuleado. Afirmaba que esa cachava.. que se convirtió en un maestro en el gobierno de la silla. le tiró del pelo y varios puñetazos impactaron en la cara de Pepín. según quedó constancia en los rostros de los contendientes. Al conseguirlo. 75 . intercambiándose muchos golpes. encolerizado. Se las prometía muy felices en lo que él entendía que sería una desigual pelea. sin ir más lejos. Para entonces el ex minero. Pero esta vez la usó para. —¡El lisiado tiene nombre. a base de darle a las ruedas. Recibió otro garrotazo. —¿Qué dices?. era su tercer brazo y en algún caso lo utilizaba para desenvolverse mejor en el manejo de la silla o. A Pepín no le amedrentaba. se desenganchó del cayado no sin denodados esfuerzos. con la izquierda gobernaba la silla. echó mano de la garrota que llevaba acoplada en un soporte lateral instalado en la silla de ruedas.. con secuelas de las patadas recibidas en los riñones. ¡gilipollas! —volvió a incitarle bravuconamente—. había desarrollado a tal extremo la musculatura de sus robustos brazos (su “medio cuerpo sano”. y si tienes cojones. ¡Eres un lisiado de mierda! Pepín. —¿Es que no tienes mejor cosa que hacer por ahí. como él solía decir). para atraerse la rama de un zarzal y así llegar hasta las moras. seguía escupiendo por su boca insultos a cual más maldiciente. su único objetivo consistía en esquivarlo y abalanzarse sobre él con toda la fuerza de sus puños y pies. siempre bienvenidas en sus tripas. sin la menor continencia verbal. esculpida pacientemente por él mismo de una tersa rama de roble traída por Constantino. Mientras lo intentaba. dar con el malencarado rodilla en tierra atizándole dos garrotazos de propina. de un fuerte enganchón por la pantorrilla.

no respondo. Ella venía siendo observada por Cándido al percatarse de sus encuentros con Pepín. Quien sí optó por el camino del manantial fue el camorrista buscando que el agua aliviara los golpes recibidos.. los días oscurecían pronto. El encontronazo de Cándido con Carmen tampoco fue un episodio para olvidar. con la respiración entrecortada.. dejó de presionarle sobre la nuez solo al instante de requerirle que. pensó Pepín para sí. ¿Alguien podría considerarse persona yendo de esa manera por la vida?. ¿Cómo me llamo. vio cómo le acompañaba muchos días hasta la casa del tío Fullaondo en las afueras del pueblo. cabrón. pero. —insistía encorajinado. —¡Eres una puta mierda! —le gritó. sirviéndose de ella para casi cortarle la respiración aprisionándole fuertemente la garganta. Un intenso dolor en la parte baja de la espalda le impedía avanzar hacia delante. la tarde estaba 76 . ¡hijo de puta! Pepín le soltó y Cándido volvió a las andadas cuando ya lo perdía de vista. Cándido adquirió conciencia de su delicada situación y accedió a sus peticiones. acostumbrado como estaba a bajar y subir sin la menor complicación. cabrón?.. Lo consiguió tras ímprobos esfuerzos y añadiendo más dolor al dolor. al otro no le quedó más remedio que farfullar: —Basta… ¡Basta. hijoputa? Sin apenas resuello. pues si hubiera dependido de sus pies se habría quedado por el camino. después retornaba a la suya situada en una céntrica calle. Le costó horrores acceder a la silla. Pepín—. Sucedió al año y pico de concluir la relación. Al encararse a Cándido fue capaz de sacar fuerzas de flaqueza del fondo del alma.. —¿Cómo me llamo. ¿cómo era posible que le dolieran las piernas? Esperó lo necesario hasta que remitió ese tormento. Otras veces invertían el recorrido y era él quien se despedía de ella en el portal de su casa. y por primera vez en su vida sintió el alivio de tener una silla de ruedas que le trasladara de vuelta a casa. Enfurecido. una vez solo. a punto estuvo de caer mareado y desistió de ir al manantial de la Chorrera.En una hábil maniobra recuperó la garrota. No respondo. por lo demás. Fue a principios de diciembre. le llamara por su nombre. en adelante. Pepín! —Como te lo vuelva a oír. volvía a reproducirse aquella horrible desazón. ¿me oyes?.

encaminaba sus pasos hacia donde se le ordenaba. y la manera compulsiva como agarraba la supuesta navaja.desapacible. —Por poco te asustas tú. era un cortaúñas abierto por la parte de la lima. calladita….. Se le echó encima visto y no visto sin posibilidad alguna de que ella pudiera emprender la huida. —¡Chst! ¡Chst!. calladita. —¡Quieto! —masculló aterrorizada. observó lo que portaba en la mano derecha. añadía más miedo al miedo... ¿eh? Carmen no aguantó más.. Al momento Cándido le colocó un objeto punzante a la altura del vientre obligándola a dirigirse hacia el castañar. Que le estás dando a ese... pero ese manotazo fue providencial. Cándido sabía perfectamente dónde abordarla cuando se dieran las circunstancias adecuadas. Te gusta. pues ella agachó la cabeza por simple acto de protección... —Lo que no quisiste darme. le abofeteó en la mejilla.. pues sentía la punzada a pesar de existir un chaquetón de lana de por medio. como ahora. El tembloroso pulso del asaltante.. bien oculto en su puño derecho. Le cogió con fuerza de un brazo y se situó frente a ella absolutamente excitado. —¿Estás loco…? —¡Loca y zorra tú! —saltó sulfurado—. jolín!. —Así me gusta. En realidad el objeto. un viento gélido anticipaba el inminente invierno. pero Carmen se puso en lo peor y pensó que la amenazaba con un cuchillo o una navaja. ¡Tiene cojones que se lo des a ese lisiado de mierda! —¡Quieto. quieto! —suplicaba ella. temía por su integridad y decidió callar soportando la mayor vejación que padecería en su vida. y él le colocó el objeto sobre su costado izquierdo mientras no cesaba de manosearle los pechos con la mano izquierda. en un incontrolado impulso brotado del lado irreflexivo de su mente le lanzó un escupitajo a la cara. ¿Cómo un hombre que algún día tuvo hasta un cierto encanto para ella podía llegar a convertirse en un monstruo?. —¡Vaya susto me has dado. y si cantas atente a las consecuencias. Cándido. sin que sus posibles gritos pudieran ser oídos. e imaginó que al menos no 77 . —exclamó asombrada por su repentina irrupción. ¡zorra!. enfurecido. Avanzaron. ¿Es que no te vas a callar de una puta vez? ¿No ves lo que llevo encima? ¡Vamos. tira p’alante! Muerta de miedo.

No le quedó otra opción que desistir del interrogatorio.! —bramó despavorida para que le oyera—. a cenar. —¡Qué cara traes. me ha alborotado el pelo y vengo atontada de tanto aire... delataba su nerviosismo.. en cierto modo. un desahogo a su tormento. y le impediría dormir durante muchas noches. tenía preparada ante la imposibilidad de eludir a una madre. El vocerío desgarró la soledad del valle. cabrito! ¡Piérdete. madre… El viento. Pero al verla en ese estado Covadonga insistió y acabó preocupándose más. temiendo los estragos que su calvario generaría si llegaba a oídos del tío Heredia. cuya existencia consistía en amargar la vida a los demás? Entró en su casa cuando esperó lo suficiente para recuperar el resuello. has tomado algo por ahí que te haya sentado mal? Y es que la palidez de su rostro en nada tenía que ver con su natural lozanía. en ese instante se armó de valor propinándole un fuerte rodillazo en los testículos del que tardó lo bastante en reaccionar como para que le diera tiempo a huir a voz en grito. el instinto materno la puso en serios aprietos al verla tan desencajada. —Pues hala. Carmen reservó sus últimas fuerzas para dejar caer una sentencia que a él le heló la sangre. En cuanto se entere mi padre sabrás lo que es bueno! Pero esa sentencia se quedó en simple amenaza.! —le maldecía en un griterío entrecortado por sollozos. Sin embargo.. —Qué me va a pasar. hija. pretendía que Cándido no conciliara el sueño el resto de su existencia. como morderse ligeramente el labio inferior. ¿Por qué tendría que haber personas. Un tic inconfundible. Esa no era la cara de su hija. —¡Piérdete. Aunque necesitaba un amparo... hija! ¿Qué te pasa…. Lo decidió cuando el otro pretendía desabrocharse la bragueta una vez se adentraron en el castañar. a ver si te entonas con la sopina. 78 . Carmen salió con una evasiva que. —Antes voy a darme una ducha para despejarme —Y entró enseguida en su alcoba escabulléndose como Dios le dio a entender. —¡Hijoputa! ¡Hijoputa! ¡Hijoputa. elucubraba ella. por los descorazonadores monosílabos de Carmen. prefirió no comentarlo con nadie y lo calló..arriesgaba su vida si se atrevía a enfrentárselo.

fuerte le habría afectado la gripe para dejarla postrada en la cama. —Buena l’ha debío coger… —le comentó Rafael a Covadonga de regreso al dormitorio. —Tranquila. 79 . Pepín pensaba que algo serio debía ocurrirle a Carmen para ausentarse de las clases. algo me ha debido sentar mal. —titubeaba ella—. Era imposible dormitar entre esos ululatos y lo que se la venía a la cabeza. hija?. la naturaleza se confabuló con un viento huracanado bramando contra las entornadas persianas de la casa.. el otro día que debí coger algo de frío… Me duele un poco la garganta y la cabeza. pero no pegó ojo esa noche y en muchas venideras. a mí no me engañas. con la ducha.. —¿Qué te pasa. La acompañaron lo justo hasta que digirió la infusión sin que entre ellos mediase algo distinto al silencio. pensó la madre.. en cuanto se curase del “trancazo” que había pillado. —No sé.. desde luego. —Ya ve. Ella la evadió como pudo. Él no se quedó del todo convencido.. Además. El agua no fue capaz de eliminar el temeroso rictus de su rostro. ven. hazla una manzanilla a ver si se l’asienta el cuerpo. Llamó interesándose por ella. mujer. ¿qué es lo que te pasa?… Por Dios. la mujer en un timbre de voz átono impostó unas toses forzadas y se despidió diciéndole que se verían pronto. apenas hubo conversación. agárrate a mí —indicó el padre. aún seguían depositadas sobre su melena y sobre su corazón. apúrate. El cuerpo se la asentó. A la madre le alarmó esa extraña actitud de la hija e hizo lo imposible por sonsacar la causa de sus dolencias: —A ver. ¿Cómo se liberaría de ese miedo que le había calado hasta el alma? Tampoco la sopa le sentó bien.. ¿Una ducha vespertina?. Solo ese sublime rostro se libraba de unas lágrimas que. —perseveró de nuevo la madre cuando se levantó para atenderla. que te hará bien la sopina caliente. hija.. Anda. —Venga —se oyó a Covadonga tras la puerta—. a poco de acostarse se le revolvieron las tripas y hubo de incorporarse para vomitarla en el retrete. Carmen siempre se duchaba al levantarse. conociendo su fortaleza. también preocupado—.

80 . y al menos no te vendrán mal unas vitaminas… Te estás quedando en los huesos. ya decía yo que no te encontraba bien.. vamos a que te vea don Esteban —al instante le puso una mano sobre la frente—. seguro que se me pasa.. No debía acceder a la consulta del médico.. dímelo. avíate. tiene una flojera que no parece ella. Fiebre no tienes. —Esta noche me tomo un vaso de leche caliente con miel y una aspirina. ya veremos —dictaminó Rafael—. Imaginaba que auscultándola la cogería en renuncio al comprobar que no tenía afección alguna de qué alarmarse. Era como si el instinto le revelara que esos males no eran de índole física.. —Pue tírala de la lengua. —¿No será mal de amores? —De todo habrá. se ha emperrado en curárselo sola y a ver quien le lleva la contraria. y si la sacas algo. —Mucho la voy a sacar. Si es como tú de cabezona.. —Hala. pero a mí no me convence. pero d’ahí a que lleve tanto tiempo callá. —¿Y a qué esperáis pa ir al médico? —¡A buenas horas. lo corroboraba el hecho de que Carmen se encerrara en su habitación durante varios días en una insólita desidia.. Eres tan cabezota como tu padre. Sopesaba esa alternativa para desviar la atención. Esta es mu reservá. No creo que los problemas vengan de él. —¿Y quién te ha dicho a ti que lo que tiene es pena? —No sé.. Rafael rectificó el comentario de la noche anterior cuando creyó que la hija se había resfriado. como si no la conocieras!. —Eso quisiera saber yo. que como no queráis que algo se sepa. —Como m’entere yo que esa pena le viene de alguien que l’haiga hecho daño. —Ya verá él si es una simpleza o no. A Pepín. que no hay quien le haga ir a la consulta. y al tiempo si no lo acabamos sabiendo..... Ha perdido el apetito. —¿Qué le pasa a la chica? —preguntó Rafael a Covadonga. se le hicieron eternas tantas jornadas sin verla. Dice que anda algo pachucha. —Allá tú —se dio por vencida la tía Covadonga—. ese chico no ha parado de llamarla. —Buena gana de andar molestando a don Esteban por esta simpleza —reaccionó Carmen. Pa mí qu’eso es pena.

. —Qué cosas soñaremos. que menuda nochecita. acudió al baño para aclararse la cara y la nuca. En medio de la angustia.. 81 .. El padre.. hija?.? —Bien clarito le mentaste. Que estoy yo muy sensible con tanto calor como hace. pero que bien clarito. Resistió la tortura impuesta por su deliberado silencio gracias al poderío de su mente solo resquebrajado. pensó Rafael. como si a cuenta d’él te desvelaras en un mal sueño.. el insomnio se acrecentaba por el extraño bochorno generando por una ola de calor a finales de julio. —Te volvías a acordar del Cándido. —No… —le contestó desprevenida—. también empapado en sudor... de manera involuntaria.. ¿Tonterías?. ¿Cuál sería la causa del permanente desasosiego de su Carmen? —Hala. la siguió con similares intenciones se cruzó con ella y le preguntó: —¿Pasa algo. a descansar a ver si cogemos el sueño de una vez.. y de impresionable carácter. Cándido! ¡No! ¡No. con el corazón encogido... Nos has desvelao a tu madre y a mí. Carmen se incorporó de la cama. por tantas noches de insomnio y tantas lágrimas pendientes de brotar. Carmen insistió de manera poco convincente en lo calurosa de la noche. encontró la respuesta apropiada para salir del apuro. no obstante. Pero qué duro se le hacía a Carmen no poder hablar del miedo por otros terrores derivados de él. Con el tiempo que hace que ni ganas me dan de saber de aquel haragán. la de tonterías que diremos. hija.!” En una ocasión el incoherente monólogo se convirtió en un fugaz griterío claramente perceptible por los padres que intentaban coger el sueño en la alcoba contigua. en esas pesarosas noches en donde se despertaba sobresaltada con la misma pesadilla de siempre.. Rafael notó cuán nerviosa se puso al nombrarle a Cándido. inconexas frases apenas dejaban adivinar un “¡No. palabras a medio decir e inteligibles sollozos. —¿Sí. Entre balbuceos. sintiendo auténtico dolor físico. espantosos sueños revelaban el martirio que le perseguía: una navaja punzándola sobre el costado. El tío Heredia no iba descaminado en su sentencia. Carmen se convirtió en un ser asustadizo.

—Hasta luego. Fue mucho tiempo después cuando Carmen halló la manera de ahuyentar esas pesadillas. que descanse. Se reencontró con Pepín y él advirtió la excesiva mella dejada por la enfermedad en aquella mujer. Era inexplicable que un simple resfriado le hubiera arrancado la sonrisa de su faz por mucho que él se empeñara en alegrarle la existencia. padre. 82 .

pues el cachorro se cansaba de tanta ascensión monte arriba. chavalín. di que sí… Estos tienen menos de animal que muchos de nosotros. —Para que el animalín no pierda el contacto con el padre y aprenda de él —le comentaba al pastor. y todo cuanto yo ahora pudiera contar de él sería poco para expresar lo que aquel animalín significó para mi amigo.V Sultán 1 Dicen que los perros salen a los amos y algo de verdad habrá en ello… A Sultán le crió Pepín cuando de recién nacido se lo regaló el tío Bujeritas. era hijo de Tarzán. A poco de nacer. —Di que sí. —Hombre. Es posible que el cariño entre aquellos dos seres fraguara a partir de esos momentos. en más de una ocasión debió cogerlo en brazos. uno de los componentes de ese trío de fieles paseantes que frecuentaban la sauceda lindera con el río. pero aprenden enseguida. el pastor labrador guardés del rebaño caprino de Gregorio. el tío Bujeritas. —Como que bien listos que le salen. añorando la presencia del 83 . y hubo noches en que se ganó los manotazos del tío Fullaondo. ya que sus persistentes aullidos. Pepín y Sultán subían a los altos pastizales al encuentro con el cabrero y Tarzán. Antes del accidente en la mina. Un sexto sentido perruno transfiguró a Sultán en un animal de ojos tristes durante la temporada que Pepín permaneció hospitalizado. siempre hay que enseñarles. Pepín disfrutaba viéndoles retozar en los prados. En los ambientes rurales el perro ha sido siempre uno más del caserío… 2 Sultán.

. si te atrevías a entrar al agujero era como si ya nada pudiera contigo. Igual llevas razón. jugándonos nuestro pan. El eco de sus alborozados ladridos resonó por el pueblo al verle bajar de la ambulancia. Cuando el bajón psíquico alcanzaba al amo.. —Mira. ¡Te veo venir!.... en torno a nosotros. y más en sus particulares circunstancias.. Existía algo especial.. y luego los jueces raramente se ponían de nuestra parte.. El perro aguantaba lo que le echara. ¿verdad. —… ¡Para perra vida la mía. Jamás se volvieron a separar. y de las que a más tardar. molestaban a la vecindad... con su expresiva pose. si le pillaban y lo denunciaban podía darse por jodido durante una temporada a la sombra hasta que saliera el juicio. Fue el primero en olerse el día que Pepín regresó del hospital.. ¡Ven aquí! —le incitaba golpeándose ligeramente las rodillas. si cabe con mayor notoriedad. de incondicionales afectos. Y el obediente animal parecía como si entrara en la “conversación”. Que si la culpa es mía por entrar ahí.. donde nadie me llamaba. cuando esta tierra nos lo da todo para no pasar hambre. granujín!. de pesados lametazos. Porque. el perro exhibía. su gama de alegres volteretas. Sultán se convirtió en el mejor aliado para superar los momentos de decaimiento de Pepín. Le guardó la ausencia con tal fidelidad que ni al monte subió para recabar las zalamerías de Tarzán. donde el muy bribón se desquitaba de sus días castos dando cumplida satisfacción a sus instintos caninos. Había que ver a más de un capataz echarse a temblar en cuanto alguno de esos que los tenía bien puestos lanzaba las octavillas. y participaba en el “diálogo” asintiendo la perorata del amo con lastimeros ladridos y observándole fijamente sin dejar de mover el rabo. se beneficiarían los demás. Los primeros en reivindicar mejoras laborales. Fíjate.. a través de un secreto lenguaje que solo ellos conocían. exceptuando las épocas en celo de la Pitusa. Y detenía la monserga por un momento como si necesitara concentrarse en tanto como le apetecía soltar. De siempre hemos sido la punta de lanza entre la clase obrera. a lo mejor también me influyó el prurito de la hombría: ese que aprendí del ejemplo recibido de mi padre y de tantos que me precedieron en la mina. Pepín le elegía como destinatario único del desahogo de sus penas en esos días afectados de pesadumbre. que vives como un maharajá! Con lo contento que tienes a la Pitusa..amo. Eso sí. —¡Ven aquí. golfante? A ver cómo puedo explicártelo para que lo entiendas. ya me dirás tú si esto es vida —proseguía zarandeándole la cabezota—. ¡Vaya gilipollez!. y no la tuya. nada. mi padre contó que en el 34 el gobierno mandó al mismísimo Franco a hacerse con los 84 .

Por mi mente pasaron los fotogramas más bellos… El muñeco de nieve que hicimos los rapaces en el patio de la escuela en el curso de primero de bachiller al caer aquella nevada... Tampoco hay mal que por bien no venga.. Una vez nos la jugó un chivato. para acabar así. que cuando llegó la cuadrilla a rescatarnos él ya no respiraba. No he visto un desnudo que la supere. atrapado en la montonera de carbón. ¡Cómo se fue a por él!. Valiente cabrón. me decía la puñetera. le paró los pies que si no. y es verdad. “Cómemelos.. pero ¡yo que sé qué tiene esto de la mina...... siempre dispuestos a ayudarme. A poco le parte la cara.. no dimos con él. Lo peor. y creo que me muero.. La tarde que mi padre regaló las truchas a los titiriteros… ¡No veas cuánto nos costó pescarlas con lo revuelto que bajaba el río ese día! A él le faltó tiempo para dárselas a aquellos guajes hambrientos. Ya ves.. puro placer! ¡Qué mujer.. cómemelos…”.. Reprimió la revuelta sembrando la mina de cadáveres… Otra buena fue la del 58. ni te imaginas lo buena que es la gente y cómo se portan conmigo. el Manazas. —de repente calló unos segundos... qué mujer! 85 . no le tembló la mano. si le llegamos a coger… Y total. Y bien mirado aún lo puedo contar y no como el pobre Nazario.. solo a ti. eh?. Se lo había oído a alguien. poco antes de entrar yo… ¡No veas la que liaron. no. si hasta hace poco nos han levantado un monumento a la entrada del pueblo según vienes de Oviedo!.. Que no es que vaya de victimina.? Ya sabes perrín. con esos pechos que ella pedía que se los devorara. pegajosos de tanto amarnos.. —¿Sabes lo que más me está costando superar de esta jodida historia? A ti sí te lo voy a contar. alguno hasta se pasa — hizo otro reflexivo alto en el “diálogo”. porque Martín.. si hasta salieron en los papeles!. no sé por qué la recordaré con este halo de nostalgia si a veces aquello se convertía en la guarida del diablo. Y a mí que me ponía a cien… ¡Cómo olía Catalina! ¡Aquello era pura pasión.. pude ir enchufado a los Altos Hornos. ¿Te das cuenta. en ese momento de desesperación vi la película de mi vida con unas imágenes muy nítidas. Sultán. Salió la mañana orvallada de aquel domingo… ¡Cómo disfruté haciendo el amor con Catalina en el henar! A la humedad del ambiente le añadíamos la desprendida por nuestros cuerpos ansiosos.mineros a sangre y fuego ante lo incontrolado de la situación. ¿eh. Apareció Serafín cuando descubrió al esquirol que casi nos revienta la huelga. lo más jodido es cuando me viene a la cabeza el instante del accidente en que estoy a punto de perder el sentido. pájaro? La suerte y la muerte caminan juntas separadas por una letra… ¿Qué habrá al otro lado.

sí —continuaba halagador—.. Hale. ¿eh. Y no se sabe con qué delicadeza sujetaba los objetos. que querrás ahuecar la pata.. el perro reaccionaba con leves ladridos como si así demostrara su participación en ese particular “diálogo”. tú también aparecías. Y el perro. bichín. Presto a sus “mandados” (“mira qué bien mandado es este campeón”. Te lo imaginas. y el perro no dejaba de 86 . y salía pitando hacia la puerta. Tampoco cesó de mover la cola a base de lentos movimientos perfectamente sincronizados. —Sí. Pepín amagaba los lanzamientos de la pelota. esa que me persigue. Pensaba que si eso ocurría. —se tomó un largo respiro—. Sultán aprendió una suerte de habilidades que hicieron algo más cómoda la vida de Pepín. ¿Sabes…? En esos instantes luchaba con las pocas fuerzas que me quedaban para que aquellas imágenes no se desvanecieran.. capaz era de agarrar entre sus dientes La Nueva España o el libro olvidado en el estante que el amo venía leyendo. abría camino como si nada hubiera pasado. mi vida se acababa a los veinticinco años. Al nombrarlo. pues casi ni se notaba la huella de sus caninos sobre ellos. con la cabeza postrada sobre sus patas.... presumía él ante los amigos). —el animal insistía en sus apenas perceptibles ladridos. vamos a dar un garbeo por ahí. Cómoda e incluso entretenida vida por momentos. qué trascendente me he puesto!. con la destreza que demostraba tener Sultán manejando su juguete preferido: una vieja pelota de borra muy moldeable de un tamaño algo superior al de una pelota de tenis.. A ver si te vas a volver igual de majareta que yo con tanta monserga. ¡Qué jodida es la vida. se me seca la boca y si me ocurre en medio del sueño me levanto rápido a beber agua para superar esa sensación de ahogo que la sed me provoca en la garganta.. y permaneció en silencio un buen rato. impasible.. Ahora se repite la misma pesadilla.. Fue el día que te conocí. prestándole toda la atención que reflejaban sus expresivos ojos. Por fin. cuando el tío Bujeritas dijo que me llevaba al cachorro más guapín. tan alegre como siempre. —Carmen me vuelve loco pero.! ¡Menudo misterio!. a una señal de Pepín. Súbitamente interrumpió la cháchara como si estuviera abrumando al animal con su soliloquio. hombre. ¿Sabes por qué bebo tanta agua al cabo del día?. Durante ese tiempo el perro seguía frente a él. el amo volvió en sí. y no es que tuviera miedo a la muerte. —¡Joder. pero huía de ella porque me daba por culo que esto durara tan poco. perro listo? Porque en cuanto pienso en aquel momento me viene la sed.

y el perro aparentaba venirse a razones. Ya podía quejarse de lo poco que le consideraba el alcalde del pueblo con esas aceras mal soladas o esas calzadas adoquinadas pensadas para borricos o mulas bien herradas. a descansar —se vengaba entonces él. con el alma en vilo. le causaron trastazos sin mayores secuelas que las inevitables averías o roturas de radios en la silla que él solía reparar. el pobre animalillo o quienes observaban. En otras circunstancias el instinto de Sultán le sacó de más de un atolladero. aunque con las suficientes fuerzas para ladrar de una manera desaforada. jadeante. Y bien pocos goles encajaba el improvisado cancerbero. En ocasiones Pepín hacía como que lo ignoraba y el perro emitía algo parecido a unos gruñidos hasta que le hiciera caso. pesado. hasta que alguien le hacía caso y accedía a seguirle en busca del insensato. pero más de una de sus “exhibiciones”. y porque su ángel de la guarda solo le abandonó aquel día en la penumbra de la mina. jugándose el pescuezo. En muchas situaciones se intercambiaron los términos. pues Sultán no accedía a soltarla por más que el amo porfiara en arrancársela de sus fauces. Luego llegaba su desquite y a Pepín le resultaba imposible hacerse con la pelota. Con sus ágiles zarpas aligeraba los obstáculos que consideraba perjudiciales en los intrincados caminos del amo sin que nunca se supiera quién las pasó más canutas.ladrar moviéndose al compás de los amagos hasta que el amo se decidía. que luego vendría él tentando a la suerte si hacía de las suyas. y fue Sultán quien mostró los modales de animal racional avisando a la vecindad de un porrazo sufrido por el amo al no querer ser consciente de su vulnerabilidad. Pepín hizo de aquel perro un auténtico saltimbanqui con la variedad de juegos que compartieron. e inesperadamente allí que la depositaba sobre sus piernas para volver a las andadas. sus temeridades? Pepín presumía del manejo de la silla de ruedas. Cuando eso ocurría salía disparado a por ella y volvía a la carga con su tesoro para cedérselo y comprometerlo tantas veces como estuviera dispuesto a seguirle el juego. 87 . Pepín se encontraba en serios aprietos cuando el perro aparecía solo en el pueblo. por esos andurriales frecuentados por el temerario de Pepín. como él las proclamaba sin recato. —Vamos. ¿Acaso él mismo. como cuando le tocaba ponerse de portero y cazaba al vuelo la pelota lanzada sin mucho impulso a lo alto de una imaginaria portería.

—No veas la que preparó este zumbado el otro día en el barrizal provocado por la
tormenta —comentó Emilín, una tarde en la tertulia surgida al hilo de la partida.
—No le hagáis caso, es un exagerado —se defendió él.
Pepín lo decía con la boca chica pues, en el fondo, deseaba seguirle la corriente. El
otro se daba por aludido y ya estaba asegurado el sano pique entre los dos.
—Y no será porque el tío Bujeritas le insistiera en que venía ventisca cuando se
cruzó con él.
—Menudo cotilla está hecho Gregorio. Ya me lo echaré a la cara para ver qué va
contando por ahí.
—Pues nada, este elemento como si nada —proseguía Emilín—, empecinado en que
era buen día de trufas.
—¡Y lo era...! Si solo nos cayó un aguazo.
—¡Será fantasma!...¡Trufados de barro hasta las cejas y calados hasta los huesos! Así
es como acabamos Sultán y yo por su culpa, que está como una regadera… Ya me dirás tú
para qué te compré los prismáticos si los llevas de adorno.
—Pasó que al terreno lo cogió desprevenido…, pero vamos, me hubiera hecho con
mi bólido en cuanto escampara.
—¡Si en mi vida me he pringado de más barro hasta ponernos a resguardo en aquel
cobertizo!... Menos mal que escampó, y me acerqué con la furgoneta a recogerlos, pero a él
le debo el trancazo que pillé. —Emilín incitó al perro—. ¡Eh, Sultán, ven aquí! Tú también
te constipaste, ¿verdad?
A Pepín no le hizo mucha gracia que el perro obedeciera “contestándole” con un
afirmativo ladrido, y buscó la manera de llevar el ascua a su sardina.
—Nada, ni caso. ¡Qué pringues, constipados, ni qué ocho cuartos! Pamplinero, anda
que no eres pamplinero, unas pocas cascarrias que te salpicaron los pantalones y el
constipado ya lo traías puesto, que me acuerdo yo.
—¡Si estás majara perdido, a quien se le ocurre nada más que a ti!... Descuida, como
el perro venga con otra de estas te va a sacar del aprieto quien yo te diga.
—Este tuno va para viejo y se acojona por tonterías. ¿Eh, perro, cómo huyes de las
vacas en cuanto las hueles?
El animal se oponía a los comentarios del amo con elocuentes ladridos de
disconformidad.
—¿No veis? —decía Emilín—. Si hasta este le quita la razón.

88

Constantino intervenía para echar más leña al fuego comentando que Emilín no se
equivocaba, y que no buscara disculpas, pues no se las creía ni él, porque Sultán tenía bien
poco de viejo. El animal persistía en los gruñidos, y Pepín lo azuzaba.
—¡Calla, coño! Solo falta que tú también te pongas de su lado.
Pero ni por esas; sus exigencias, lejos de achantarle, se volvían contra él; y el perro
mantenía los ladridos.
—Para que te enteres: si fui a buscarte fue por él. Que cualquier día le da un patatús
por tu culpa.
Al oír esto Pepín entraba en razones, y cambiando de actitud se dirigía a Sultán con
ese inconfundible cariño que el perro tanto agradecía.
—¡Ven aquí, granuja! —Sultán obedecía sumiso, se le echaba encima con algún
lametazo, y él le correspondía acariciándolo en la cabeza—. Pero si con lo tragaldabas que
es, me tiene que estar agradecido por mantenerle en forma.
—¡Menuda manera de mantenerlo en forma, será jeta! ¡Teníais que haber visto al
pobre animal!
No tenían desperdicio aquellos piques entre Pepín y Emilín. El amigo defendía
convincentemente sus argumentos tomándose en serio sus razonamientos; el otro, sin
embargo, le pinchaba a propósito, con sus provocadoras chanzas, buscando la talentosa
conversación de Emilín. Cuando discutían, los demás se mantenían en un discreto segundo
plano, pues tenían garantizado un perspicaz diálogo donde ellos eran los verdaderos
protagonistas.

Una imagen cautivadora era la protagonizada por Sultán en los días de pesca.
Después del accidente, Pepín se olvidó de esas escapadas hasta el río junto al animal y este
las echaba en falta al abrirse la veda. Hasta entonces se había conformado bañándolo con
una manguera. Al pastor labrador le encantaba el agua, pero aquello no era comparable con
el río. Antes, cuando el amo se levantaba más temprano de lo normal para preparar los
útiles de la pesca, tocaba a rebato; el perro se transformaba en un incontrolado manojo de
nervios a la espera de adentrarse en el robledal, cual impaciente soberano de un reino
animal plagado de aventuras ideadas para su divertimento.
Y llegó la mañana en que, con la ayuda de Constantino conduciendo su Jeep, se
atrevió a rememorar viejos tiempos allegándose al remanso del río donde les aguardaban
las truchas. Subir y bajarle del todoterreno por parte de Tino se constituía en una hazaña

89

digna de encomio, pero les compensaba la silla iba por un lado y Pepín por otro. El
conductor aparcó el coche muy próximo al remanso, por ahí el agua aún era transparente
antes de enturbiarse en los aledaños de la mina, aunque lo de menos era pescar y lo
verdaderamente importante era contemplar los movimientos del perro. Pepín pertrechado
de los prismáticos lanzaba el sedal con una excepcional pose de templanza; el otro, ansioso
por capturar la pieza, en permanente estado de excitación; Tino se limitaba a observarles.
En aquella sana competencia no se sabía quién pescaba más, si Pepín con la caña o Sultán
con su vehemente mirada y los latigazos que imprimía a su rabo. Al amo se le enredó el
sedal en un pequeño arbusto que sobresalía de la corriente y el experto pescador inmóvil no
se hacía con la caña. El perro se lanzó al río a una señal de él. Tino se preocupó, temeroso
de algún enganche.
—¡Tranquilo, tranquilo! —saltó Pepín mirando por los gemelos—. ¡Qué sería de mí
sin este figura!... Estoy seguro de que la trucha se ha llevado el anzuelo por el tirón que ha
pegado. Es el hilo el que se me ha enredado entre aquellas ramas. ¿No lo ves?
—Ya sabes que yo de lejos...
—Toma, mira.
—Sí, eso parece —corroboró Tino.
—Descuida, a la menor duda no le hago tirarse. A la vuelta apártate si no quieres que
te salpique… Tiene un peligro…
El perro regresó en cuanto desenredó el hilo. El muy zalamero meneaba el rabo,
exigiendo las caricias de Pepín como único galardón a sus destrezas en el río, mientras le
salpicaba al agitar compulsivamente su cuerpo para librarse del agua acumulada en su
pelaje.
—Vale, vale, granujín..., venga, dúchame a mí también.
Pepín confiaba en Sultán porque, en el peor caso, jamás utilizaría la boca para quitar
el enredo. La boca del animal siempre emergía del agua para no ahogarse. Cuando accedía
al lugar donde se producía el enganche se limitaba a voltear el ramaje con sus poderosas
zarpas hasta que el hilo quedara suelto, y a la mínima complicación era Pepín el que le
gritaba para que volviera cortando él el sedal, aunque le hiciera partícipe con sus caricias
de todo el mérito de la faena.
—¿Ves? —dijo al amigo—. Con un remiendo ya tengo lista la caña.
—¡Es increíble! —exclamó Constantino—. ¡Ver para creerlo! A este animalín solo le
falta hablar.

90

—Mira el sapo, ya verás: ¡Busca, busca!
El amo lanzó una lasca que hizo saltar al anfibio, el perro le perseguía acosándolo,
pero enseguida le podía la impaciencia de no hacerse con el saltarín zigzagueo y el sapo
conseguía burlarlo. Sultán volvía encarándose a Pepín, en medio de sus estridentes
ladridos.
—Si es que no siempre te vas a salir con la tuya, golfo —y continuaba ladrando hasta
que se calmaba con las caricias del amo.
Y es que aquel labrador fue el ser más dichoso sobre la tierra en sus casi once años
de existencia, salvando el periodo en que Pepín permaneció hospitalizado.

3
... La muerte de Sultán nos cogió desprevenidos. Sucedió de una manera sorprendente, el
animal no mostró los típicos achaques previos asociados a cualquier enfermedad. Alguno lloró su
entierro el día que eso ocurrió. Pepín perdió al amigo, tardó días en recuperar el apetito, y no cesó
de interrogarse sobre esa inesperada muerte que para él, no encajaba en la natural ley de la vida
que al fin a todos nos vence. Me dijo que debía ayudarle a desenterrar al perro; se empeñaba en
acercar el cuerpo a don Ignacio para que le abriera las tripas a ver si encontraba algo raro por ahí.
Sin miramientos, le solté que estaba majara perdido. Yo quería quitarle esa idea de la cabeza y así
no enredaría más con esa muerte. Le dije que el perro se había ido porque todos teníamos un día
para marcharnos y a él le llegó su hora. Pero como a testarudo no le gana nadie, insistía en que si
no le ayudaba se buscaría la vida con otro. Me alteró de tal manera que solté otra temeridad: ¡Déjate
de leches, pero si solo era un perro, joder!
A lo mejor me pasé de la raya… En qué hora se lo diría. Se dirigió hacia mí, y si las miradas
mataran yo habría caído fulminado en aquel momento. Encorajinado me saltó que era su perro, que
si sabía cuánto significaba para él, y estaba convencido de que se había ido antes de tiempo, pues
tampoco era demasiado viejo para palmarla. No pude negarle el favor, aunque maldita la gracia que
me hacía coger el pico y la pala para desenterrarlo…
Fumé antes un pitillo para echarle valor y puse manos a ello al acabar con mi faena. Habían
trascurrido cuatro días desde el fallecimiento y pasé un mal trago de cuidado exhumando el cadáver,
que empezaba a descomponerse entre los gusanos que devoraban sus vísceras. Encima no tuvo
mejor ocurrencia que enterrarlo envuelto en su mantina al pie de la chopera, porque decía que allí
pasó sus mejores ratos, y su espíritu vagaría para siempre entre la arboleda. Vi cómo a mi amigo se

91

le saltaron de nuevo las lágrimas cuando deposité el cuerpo cubierto de Sultán sobre sus piernas
mientras me daba las gracias.
Al llevarlo al veterinario me fue dando detalles de cómo murió de repente, retorciéndose entre
enormes aullidos de dolor, y con los ojos como si se les fueran a salir de las órbitas. Se me ocurrió
preguntarle si lo perdió de vista en aquella tarde, y él pensaba que se escapó un rato a jugar con los
críos o con la Pitusa, pues esos días estaba en celo y la seguían su corte de admiradores. Dijo que
volvió, amodorrado, se tumbó sobre su manta, y creía que le habría influido lo tormentoso del día.
Parece que lo comprometió tirándole de la cola e increíblemente pasó de él. ¡Con lo que era ese
animal en cuanto lo incitabas!...

4
Don Ignacio, el veterinario, quedó impresionado con la papeleta que tenía por
delante, de acuerdo al pálpito sentido por Pepín sobre la que él consideraba como
“sospechosa muerte”. El albéitar le indicó que no le garantizaba nada al no dominar la
veterinaria forense; antes le formuló unas someras preguntas con Antonio y Emilín como
testigos.
—No se preocupe —le respondió Pepín—, lo que haga bien hecho estará. Y no
repare en gastos.
—Veremos qué se puede hacer, yo no soy experto en necropsias… ¡Cómo le
recuerdo en cuanto entraba por la puerta los días de vacunación! Agachando las orejas,
sabiendo lo que le esperaba. Qué animal tan inteligente, tan dócil.
—No quisiera condicionarle, creo que un cabrón me lo ha envenenado.
—Como bien dices, sería una cabronada, pero si descubres al envenenador no
cuentes con que le caiga un castigo. Ni lo sueñes, ya sabes, los animales para la ley son eso:
simples bestias a las que el disponer de sus vidas les sale gratis a otros animales que se
hacen llamar racionales.
—¡Qué me va usted a contar!
—Piensa además que hay venenos indetectables.
—Ya lo sé.
—¿Por qué lo haces entonces, si nada vas a conseguir?
—Usted lo ha dicho, porque quiero escarmentar a quien lo mató... Tenga, a cuenta de
su trabajo.

92

Él preguntó al veterinario si el perro pudo tomarlo de manera accidental.. 5 . Al albéitar no le costó demasiado confirmar que en el estómago del perro existían restos de un potentísimo cóctel de venenos. Según don Ignacio. siquiera indirectamente. el veneno probablemente iría camuflado en un trozo de carne o en otra apetitosa comida para los gustos del animal. Pepín enseguida nos lió a Emilín y a mí para que averiguásemos si. algún droguero de la zona había vendido el veneno a Cándido. la búsqueda de pruebas para incriminar al presunto asesino del perro nos quedaba grande a unos simples aficionados como 93 . Si ya se me habrá adelantado más de uno con el veneno. quedando a la espera del resultado de los análisis. Les aseguró que esa mezcla en dosis muy pequeñas fulminaba a las ratas. Ventas de raticidas existieron. que esto no hay quien lo aguante. y pasar por las droguerías a interesarnos por un raticida o por un veneno contundente para acabar con una plaga de ratas que asolaba varios caseríos del valle. El veterinario no le aceptó las quinientas pesetas que Pepín le soltó como anticipo. y en otra más grande se cargaría a un elefante. conectaba con Cándido. Hasta Emilín indagó en Oviedo en un almacén de productos químicos. Nos pateamos incluso las droguerías de pueblos vecinos sin obtener una sola pista alentadora. y de cómo creía que se había vengado cargándose a Sultán. y regresaron por donde habían venido. Al hilo de la cháchara con el droguero.. porque le suministraron una buena dosis teniendo en cuenta los restos tóxicos que aún permanecían en su organismo. El plan para desenmascararle consistía en aprovechar nuestros ratos libres. Pero la estrategia fue un fiasco. No hubo nombre sonsacado a los drogueros que se relacionara con el sospechoso.. se dejaría caer una frase clave con intención de que el vendedor confirmara un hecho decisivo para la investigación: ¡Menuda plaga! —diríamos mostrándonos preocupados—.. Y con las ratas hay que andarse con cuidado…. pero ninguna. y no sería porque no incidiéramos en el tema de las ratas. Ese día les acompañó Emilín al acabar su turno en la Serrana y coincidir con ellos cerca de la clínica. En fin. alguno ya está criando malvas por uno de sus mordiscos. Sus sospechas se justificaban conociendo la calaña de ese cabrón. —¡Maldito hijo de puta! Ese fue el escueto comentario salido de la boca de Pepín al ver ratificadas sus impresiones en torno al asesinato de su perro. Nos habló de su pelea con él. Don Ignacio afirmó que lo dudaba mucho. a tenor de los comentarios del veterinario. recientemente.

6 Fue Emilín quien cayó en la cuenta: estaba claro.nosotros. —¿Y qué salió? —Les costó identificarlo en el primer análisis. por eso le daba tanto la tabarra.. —Así nos luce el pelo —terció Pepín. por si aportaban algún dato relevante. Cogió de inmediato el teléfono. Nos equivocábamos en las pesquisas y debíamos replantearnos la situación para volver a la senda correcta. reconocían los principios tóxicos. aunque solo lo pensé para mis adentros por no desanimarle. no le preguntamos sobre la composición del veneno. —¿Y vio algo que le llamara la atención más de lo normal? 94 . Me dieron ganas de mandarlo todo al carajo. si podría concretarle ahora qué características tenía el veneno. pero no eran capaces de unir el puzzle para poner nombre al veneno. de qué se componía. qué mortífero que era! —saltó Pepín. El interlocutor comentó que ahí estaba para ayudar en cuanto pudiera. —¡Joder. y que en su vida había visto nada parecido. —Es que le pusieron mucho —continuó don Ignacio—. —Nos despistamos cuando el veterinario dijo que el veneno fulminaría a las ratas. Quien nos viera imaginaría que estábamos locos. pretendiendo resolver lo que para Pepín se trataba de un “horrendo crimen” intentando ratificarlo con nuestros modestos medios. marcó el número del albéitar y tras los saludos de rigor le dijo que ese perro era mucho para él. Tomé varias muestras y las mandé a un laboratorio de confianza en Oviedo. pues los gusanos existentes en el estómago también murieron por la ingesta del veneno. el animal tenía el estómago. el error venía por volcar las averiguaciones de manera exclusiva sobre los raticidas. ¿por qué nos daría por el dichoso raticida sin contemplar otras posibilidades? —Qué incautos —prosiguió Emilín—. ¿Os acordáis de que en algún caso hablara de un raticida? —Es cierto —confirmó Antonio—.. los riñones y el hígado destrozados por un veneno de posible origen vegetal que no alcanzaba a identificar. y como el otro día no reparó cuando le habló del envenenamiento. Me llevé una decepción y les suministré más detalles de los estragos causados por la sustancia en el organismo del animal.

Igual no te hace ni pizca de gracia oírlo. pero un día por otro… 95 . —Gracias por todo el interés que se ha tomado. tiene un índice de toxicidad similar al cianuro. Se dieron cuenta que la atracción del fruto indujo a probarlo a un crío. y así se lo dije. soy un desastre. la desecharon como planta ornamental. La planta es peligrosísima. Bastaron para matarlo unas cuantas bayas de esta planta. bien camufladas entre la comida que le suministraron. ¿Notaste en el perro insoportables retortijones o fuertes convulsiones antes de morir? —Sí. ¿Sigo. —¿Conservas fotos del perro? —Qué va. —¿Llegaron a alguna conclusión? —Así es. Pepín?. una cosa que olvidé el otro día. nunca tenía el estómago contento por más que zampara. Ah. Mañana me pasaré por la consulta. era mi obligación. —¡Qué cabrón! —resopló Pepín. no son fétidas. a instancias de sus médicos. —Me explicó que la belladona es una planta perenne cuyas hojas y frutos. Según ellos el margen de error era prácticamente insignificante. al cabo de tanto tiempo. ¿Te interesa lo que me contó? —Naturalmente. —Usted dirá. ataron cabos y me dijeron que era belladona untada o recubierta con polvo de azufre. quien lo hizo se ensañó con él. El animal sufrió un verdadero calvario. y el pobre cayó delirando tras una agonía llena de espantosos dolores. lo achaqué a lo tragón que era ese calavera. mire que siempre pensaba en tirárselas. junto al azufre. —Cuando examiné los ojos me extrañó que las pupilas permanecieran dilatadas. le quemaban el estómago.. sino muy sabrosos. parecidos a las cerezas y a diferencia de la cicuta.. —Por supuesto. siga… ¡Valiente cabronazo! —Parece que los romanos. —Pues esos eran los efectos de la lenta digestión de la belladona que. —No hay de qué. —Acudí a un amigo farmacéutico para informarme sobre esta planta por mero interés profesional. don Ignacio.

En vista de lo empantanado de la situación no tuvimos más remedio que darnos por vencidos. a nadie comprometió con sus zalamerías. don Ignacio. Aún era día de escuela. por ahí quédate tranquilo yo sí tengo una foto de él. —No sé cómo agradecérselo. “hacerle la vida imposible a ese cabrón”. Era como si se le hubiera tragado la tierra durante unas horas en aquel viernes de mayo del 69. éramos incapaces de avanzar por muchas horas y voluntad que le echáramos al asunto.. Ahora bien. La menor incógnita debería ser cómo consiguió Cándido la planta. 7 . Pero la tormenta les metió pronto en sus casas y ninguno reparó en él. ¿quién podría testificar contra él? Y. Siempre estaría en deuda con don Ignacio. 8 Pepín siguió el consejo del veterinario y enseguida sustituyó a Sultán apalabrando con el tío Bujeritas un cachorro de las camadas de la Pitusa. y a la salida se entretenían jugando con el animal si se cruzaban con él. y con fama de jamás capar a un animal si alguien le proponía esa maldad por mero capricho. Interrogamos a los rapaces que habitualmente jugaban con el perro si le habían visto en aquella tarde. ¿qué juez sería capaz de sensibilizarse ante el asesinato de un simple perro? Todo era mucho suponer. En cuanto cortó la conversación le preguntaron ansiosos si se les aclaraba el panorama. pero nos perdía nuestra inexperiencia a la hora de buscarlas.. eso es lo que tienes que hacer. —Bueno. so pena de que tal intervención viniera impuesta por una enfermedad del 96 . En cualquier caso a Pepín poco le importaba que la ley no estuviera de su parte. A él solo le interesaba descubrir al asesino para. ¿cómo demostraríamos que fue él quién mató al animal? ¿Encontraría a algún abogado capacitado para hallar un resquicio en la ley y acojonar a Cándido? Y por fin. Les dijo que le envenenaron con belladona. Necesitábamos pruebas. Me gusta hacérselas a algunos animales cuando pasan por la consulta. —Tú busca otro perro como Sultán. Buscaré el negativo y podrás sacar las copias que quieras. según sus palabras. Desistimos. un buen hombre que solo le cobró los gastos ocasionados por los análisis del laboratorio. Habíamos dado un paso esperanzador. empeñado como estaba Pepín en la absurda denuncia. “una planta que deja tieso al más pintado en medio de terribles sufrimientos”. pero el futuro no se nos presentaba más halagüeño.

es tan pequeña que aún no atiende por su nombre. el macho o esta? —Me quedo con los dos si no le importa… ¿Ya los ha bautizado? —¡Qué me va a importar! A la canela la puse Perla. sobre todo la canela.. En sus días de celo atraía a buena parte de la jauría del pueblo y el tío Bujeritas no pudo garantizarle que el elegido fuera hijo de Sultán. para que no se peleasen.. estos no se confunden. ¿qué te parecen? —Sí que se dan un aire. —¡No se merecen. —¿Seguro que no le hago ningún extravío si me quedo con los dos? —¡Que no.. el pelaje. —Mira que estos igual son de otro.macho en cuestión. y escogería el que mejor le cuadrara. Antes de subir a los pastos se pasaría por el redil. Qué entrañables recuerdos surcaban su memoria tras contemplar la foto enmarcada de Sultán gracias al negativo que conservó don Ignacio. casi me tira de la cama.. tío Gregorio. —Se volverán locos cuando los llames. —Ya ve. con lo inteligentes que son. El otro no tiene nombre. una chucha más lista que el hambre que gobernaba las cabras a iniciativa propia sin apenas precisar las órdenes del pastor. pero no lo puedo demostrar para darle 97 . Vaya prisa que se da. Además será difícil que vuelva a nacer uno como Sultán —aseguró el tío Bujeritas. A ver si sacan la mitad de la nobleza que el padre. Parecidos hocicos. igual de espabilados. hombre. —Gracias. Al pintar el día. ojalá sean hijos suyos. ¡Ni que fuera cuestión de vida o muerte! —Son de una camada que parió la Pitusa no hace mucho. —Joé. A esa golfa la he visto muchas veces apalancada con el Sultán. La Pitusa pasaba por el mejor lebrel del rebaño de Gregorio. con esta nunca se sabe. el cabrero cumplió su promesa apareciendo por casa de Pepín con dos cachorrines. como me los quitan de las manos. como enseñados… Bueno. —Venga —decía orgulloso—. hombre! ¿Dónde van a estar mejor cuidados esos animalillos que contigo? Bien listos que salen. tienes para elegir: ¿Cuál quieres. Pepín reaccionó al instante y dijo que al cachorro lo llamaría Pirlo. no pensaba quedármelo. —Descuide. sí. que no! Me sobran perros en el rebaño. creo que un mal nacido me lo mató.

si volvieran me acercaré a que don Esteban eche un vistazo.... porque conociéndole capaz es de cometer una barbaridad.. —Ya caigo —afirmó el cabrero— justo el día que adelanté la vuelta a casa por la tormenta.. —No te andes con tonterías. no creo que vuelvan los escozores.. —¡Joder. Aguanté. Yo a poco le asfixio cuando lo agarré por el cuello….. Solo le conté que cogí frío. Menudo ventarrón se avecinaba. Los dos salimos hechos polvo. —Se puso mala la tarde. hijo. —Bueno. y como va a lo suyo ni se enteró. —¿Qué te dijo el médico? —No fui. tengo muchos motivos para sospechar del cabrón de Cándido.un buen escarmiento. Como que oriné sangre. y no ha parado hasta tenerlo bien planeado. ¿No se mosqueó? —A veces está en la inopia. enseguida recogí las cabras en el aprisco. Ha esperado a vengarse en donde más daño me hiciera. en la que os zurrasteis de lo lindo? ¿Tan mal parado salió de tus garrotazos? —Creo que sí. aunque creas que lo has curado deberías contárselo al médico. ¿Cómo lo habría camelado para que se fuera con él? —Parece mentira que no lo conociera. ¿Qué le dijiste a Tino?. Pepín! —¡Menudos moratones!. 98 . me tomé unas hierbas que me dio Constantino. secretos conmigo los justos. ¿En quién piensas…? —No quisiera equivocarme. los escozores menguaron y como no volví a orinar sangre. eso hay que cuidarlo. Con nada lo engañaría. si se iba con el primero que le hacía una carantoña. antes él me dio unas patadas en mis partes y en los riñones que me hizo pasar las de Caín. —¿Lo dices por aquella pelea que él se buscó. Gregorio le preguntó que día murió el animal. El otro le respondió que esa siempre sería una fecha aciaga en su calendario: un viernes 25 de mayo.. sí —corroboró Pepín. —Pepín. —Me extrañó ver al perro con aquel haragán. —Mal hecho. Con el olfato que tenía y no le servía para detectar a la mala gente.

—Qué razón lleva… —Pues sí. Cogió una mano del pastor. 99 . la apretó efusivamente y exclamó: —¡Es lo mejor que he oído en mucho tiempo! De ley es que ese cabrón no se vaya de rositas. —Como que la mala gente son cuatro cabrones que dan mucho por culo y tapan el bien que hacen los demás. pero ten cuidado. allí le vieron estos ojitos que se han de comer los gusanos: saliendo del corral de la tía Celestina. Pepín… Ten cuidado con ese mal bicho. hombre. —Ojalá te sirva de algo —concluyó Gregorio—. sí.

diminutas bolsas transparentes y cajitas con hierbas que utilizaba para sus pócimas. uvas o ciruelas pasas servían para casi todos sus tratamientos. cuyas visitas tenían que ver con el marido y el suministro de unas plantas capaces de mitigar sus problemas respiratorios. que le profesaban una fe de sanadora. tanta generosidad en tan poco cuerpo. pero quede claro una cosa: no sé dónde le cabría tanto corazón. la viuda del tío Nico. así como en la cercana despensa. Me faltan palabras para hablar de aquella mujer. y hasta su fallecimiento. botes. 100 . orejones. se encontraba la tía Hermelinda. Es curioso jamás se supo de un mote que sirviera para identificarla… 2 A la tía Celestina acudían bastantes parroquianos. En la alacena de la cocina del pequeño caserío. Muchos frascos contenían los más variados frutos secos que cupiera imaginar: nueces. e incluso alguna bolsa de tela con setas si era época de recolección. bellotas. Nunca se desprendía de sus viejos guantes de terciopelo negro cuando salía a buscar sus plantas. era la madre de Cándido y Judas. Ya fuera invierno o verano era fácil encontrársela por el bosque con sus gafas de cerca colgando del cordón que pendía de su cuello y su mano enguantada mientras portaba unos canastillos. almendras. frascos. Entre sus virtudes estaba conocer las propiedades de muchas hierbas y plantas que florecen en el valle.VI Los hijos de la tía Celestina 1 La tía Cele. Entre ellos. ungüentos o brebajes. Celestina guardaba un sin fin de tarros —algunos con su contenido en alcohol—. todos buscaban un remedio a sus dolencias físicas y psíquicas. avellanas.

aunque lo peor era cuando veía el inconfundible estigma de la muerte en la cara de alguien. golpeó con los nudillos la puerta. les entregaba sus mejunjes de vieja curandera.. A Pepín le costó una barbaridad llegar hasta el caserío de la tía Celestina por lo intrincado de la orografía del terreno. A cambio de la voluntad del paciente (que por cierto. Nunca se supo si el nuevo malestar tenía relación alguna con los brebajes preparados o recomendados por la tía Celestina. el más complicado estreñimiento o una persistente migraña con sus flores de azahar. Algunos pensaban que en esas sanaciones había mucho de sortilegio. el veterinario. si alguien la requería para que echase un vistazo a un animal enfermo. y aguardó con paciencia a que Cándido saliera de la casa. pues raro era que el parroquiano de turno no repitiera la visita al cabo del tiempo por otra dolencia que aparentemente no correspondía con la primigenia. y así sucedía las más de las veces. muy de tarde en tarde. positivos hechizos. una delicada flojera de piernas. y entre el bien a tu cuerpo… También se le presentaban pacientes a los que ni remotamente sabía cómo sanarles por simple y puro desconocimiento de su enfermedad. si los enfermos superaban sus males tras su repetitiva salmodia: —Fuera el mal de tus mientes —les susurraba muy lentamente—. el mismo aplicado para exorcizar.. En todo caso. cataplasmas y emplastos con mucha base de cera virgen de abejas lo mismo sanaban un vientre suelto. potingues. Cuando eso ocurrió y le perdió de vista. en vista de que le era 101 . Al fin y al cabo. del pago en especie por parte de algunos o de las gracias por los menos. y entre el bien a tu cuerpo… Fuera el mal de tus mientes. Esos cócteles de frutos secos. El último repecho puso a prueba la musculatura de sus brazos. Por lo demás. ¿De dónde sacaría ella estas flores si jamás creció un naranjo en el valle?. y solo podía prepararle una infusión de piedad acompañada de consoladoras friegas con un paño humedecido en alcohol de romero en ese cuerpo apresado por el dolor. la mujer jamás enmendó la plana a don Ignacio. Se situó a cubierto detrás de unos tupidos aligustres. a paisanos que se creían afectados por infames supersticiones o espíritus malignos. ella jamás reclamaba). Se daban casos en que la mujer ofrecía una reparadora tisana sobre la marcha si el enfermo llegaba en malas condiciones. ya que le había visto merodear en la corraliza. Algunas futuras parturientas se ponían en sus manos y contaban que luego no se enteraban del parto. ella confiaba que el efecto placebo pusiera de su parte con la elemental pócima que les suministrara.

o de lado. circunstancialmente. se encontraba allí. con su párpado izquierdo medio caído. el hijo mayor que. cóleos. De la planta superior venía el lejano sonido de unas gaitas asturianas captadas por una emisora local de radio. tras esa fachada se escondía una mujer de dulce voz dispuesta a ayudar a cuantos la necesitaran. Era como si un dios dadivoso la hubiera agraciado con un timbre de voz incluso jovial por hablar bien de la gente. ficus. surgió la vieja como un espíritu salido de ultratumba. pero seguro que te sacará del apuro… —indicó Judas. aspidistras o espatifilos distribuidas por la estancia. de una habitación que daba a la estancia. le abrió Judas. A Pepín le impresionaba más su perfil ladeado. sin embargo. Esperó un momento.imposible acceder a la aldaba. y de ahí que muchos la tildaran de bruja y hechicera ateniéndose a su aspecto. Una pasa descolorida. pues en el dorso de sus sarmentosas manos y en su rostro aparecían infinidad de ronchones y pequeñas manchas de diferentes tonalidades. El cebado animal se situó frente a él como si sus escrutadores ojos también se interesaran por el motivo de su presencia. De improviso. el precisado por Judas para poner a la madre al corriente de su problema. era una mujer de faz cambiante en función de si se la mirara de frente. Quizá sus brebajes carecían de salutíferos efectos para la piel. —¡Ya pueden hasta con el gato y los raticidas! —exclamó con un gesto de preocupación. Pepín quería preguntar a su madre si sabía de un buen veneno contra las ratas. Encorvada por su incipiente joroba. con más de un incisivo perdido en la arcada superior de la dentadura. sigilosa como su gato. Embutida en su enlutada vestimenta desde la toquilla que la cubría hasta las medias negras. Un enorme gato de negro pelaje y espectaculares ojos azul turquesa bajaba con parsimonia los peldaños de una escalera situada al fondo del zaguán. la impronta de su acre olor no pasaba desapercibido en la casa. Aún no rondaba los setenta y estaba más arrugada que una pasa. solo desentonaba en el conjunto sus granates zapatillas de orillo. 102 . la melena a medio recoger más cana que negra. mientras le ayudaba a pasar adentro sorteando un escalón—. aunque su dueña tratase de disimularlo con varias macetas de helechos. Caminaba ligeramente inclinada a la derecha por una leve cojera. Se llevó una sorpresa. aguarda. con su aguileña nariz. —Mal asunto es ese. pues tenía infectada la cuadra de esos bichos y acabarían con el ternero. o acaso no quiso experimentarlos en sus propias carnes. huesuda y más escuchimizada que sus secas plantas. tenía el aspecto de una auténtica nigromante.

y luego esparciera bien el polvillo de la ralladura en lo que pusiera en el cepo. —¿Qué tal. la mujer rebuscaba en una parte de la alacena guardada con llave. esos diablos son muy listos. el gato la acompañaba enredándosela entre las piernas. lávate bien las manos con agua caliente. cómo te va? —No me quejo. cómo sigue el hombre? —Con sus achaques…. —Porque se quedan pegados en los dedos y alguno ha muerto de esa manera tan ridícula. A estas sí las prestaba el 103 . —Lo importante es que pique una. mientras no deje de fumar. Pepín —le saludó al presentarse ante él—. —¿Belladona? —respondió haciéndose el sorprendido. La casa tenía su punto de estrafalaria en buena medida por la afición a la taxidermia del difunto marido. entonces déjala un par de días en el cepo. tú siempre has sido muy fuerte. —¿Por qué? —Tú hazme caso. tira el rallador y. y a la infinidad de trastos apiñados por todos los sitios junto a muchas plantas de interior. Al momento le habló del remedio indicándole que rallara un poco de belladona. Pepín dudó de esa teoría de la tía Celestina. Y ten cuidado. —Me acuerdo de tu madre. ya sabe. Entretanto oía sus comentarios. Bastante me defiendo con este medio cuerpo que aún me queda. encontraremos algo por ahí… ¿No se hace el gato con ellas? —Es que no da abasto con tantas como hay. ¿Y tu padre. —Pues déme un poco si tiene…. —¡Joder. hazlo con guantes. Una llave depositada bajo una taza vacía en otro anaquel aparentemente solo conocido por ella. —Me alegro de que no te las apañes mal. —¿Y sabe de algo que las deje tiesas? —Sí. aunque utilices guantes. belladona —insistió la mujer—. y en cuanto la vean saldrán huyendo. andaré con mucho ojo cuando se la eche a esos demonios. —Sí. tía Celestina. cómo se preocupada por él… Ya me ha contado Judas lo de las ratas. con la plantita! —Hay venenos muy fuertes y pasan a la comida contagiándola… ¿Sabes por qué? —Ni idea.

En un rincón alto del zaguán colgaba una cabeza de jabalí. En ese instante el gato brinco ágilmente y se posó junto al tarro. sobre el aparador otro gato negro parecido al que llamaba Hércules se encaraba con un lobezno. pues sus ojos desentonaban en el conjunto de sus cuerpos como los de una zorra con dos zorrillos que estaban encima de un viejo arcón. Como si le leyera el pensamiento. un ruiseñor. con poco que quede me servirá.. cotillo! —indicó la vieja. —Qué… ¿Te gusta algún bicho? —Alguno sí que impone —le contestó Pepín alzando la voz. ¿Las has visto tú. el difunto tío Nicomedes. Y se lo demostró enseñándole un tarro dejado sobre la mesa con los escasos restos de la planta. —Nada. en el interior de la misma. superior a la normal. Encima de una vitrina con un cristal agrietado había un hurón y un conejo. una paloma torcaz y un pichón. una urraca. coge el que quieras… Pobre Nico.cuido necesario. qué raro —se la oía a la tía Cele—. —contestó—. —¡Fuera. propensa a hablar con el animal. la tía Celestina intervino en la distancia. Animales la mayoría de impactantes miradas. —¿Vd cree? —Qué raro…. no así al resto de polvorientos cachivaches y antiguallas. Juraría que en este tarro había unas cuantas bayas… Las cogí no hace mucho. evidentemente no lo consiguió. pero Hércules campaba por sus fueros sin hacerla ni caso. En cualquier lugar surgían diseminados los animales disecados de Nicomedes. Pepín dispuso de un rato mientras la mujer husmeaba entre los tarros o botes de la alacena y le dio por conjeturar: ¿Qué pretendería el cazador. mitigaba en Pepín la sensación de agobio que aquella estancia le producía. acaso lo emulara el típico tapiz con la escena de caza del venado atosigado por unos lobos que aparecía en una pared. apenas una hoja seca. la base del mueble la ocupaban diferentes peces. con sus prácticas taxidermistas? ¿Exhibir el trofeo? ¿Revivir de una manera impostada a los admirados animales? Si este era el caso. —Llévatelo. 104 . Ni la altura de los techos. Hércules? —Bueno —terció Pepín—. me llenó la casa de bichos… Igual el gato las ahuyenta.. un cuervo. sobre el cristal que la dividía en dos estantes se apiñaban distintas aves: un verderón. A los lados del tapiz colgaban varias fotos familiares enmarcadas en cuadros acristalados de diferentes tamaños con esa pátina de sepia que va posando el tiempo.

me da la impresión de que esto no será igual. Espera. Hércules que a pesado no hay quien te gane. también le habrían de valer. Voy a ver si hay alguna otra cosa… Ven. La solícita mujer. lo que pusiera en el cepo debía macerarlo bien en la infusión obtenida de la cocción. No obstante. no. en ellos existían otras tantas plantas capaces de tumbar al más sano de los seres vivos. él fingió inseguridad ante ese otro ofrecimiento. pero cuídate de ellas. añadiendo que le haría llegar un gato como su Hércules en cuanto este enseñara a uno de la próxima camada de la gata. Él se lo agradeció sinceramente. con exquisito cuidado. —Sí. —No sé. Pepín no paraba de urdir algo para apropiarse del tarro. Al preguntarle si le debía algo obtuvo por respuesta un “¡Anda. Se despidió estrechándole la mano y por un segundo imaginó que había agarrado un puñado de diminutos huesos.!”. sin mostrarse del todo satisfecho con las propuestas de la tía Celestina.. Seguro que habrá otras plantas igual de puñeteras que esa.. además. Así mismo le recordó la importancia de los lavatorios en caso de que manipulara esas plantas tan delicadas. —No es lo mismo. anda. tiene que haber algo que te convenza más. La vieja se entretuvo más de la cuenta y Pepín. pues si ella lo decía. pero te aseguro que pocas tan efectivas para lo que necesitas. aprovechó a coger por el borde. la mujer regresó con un cestillo repleto de hojas de adelfa. Pepín jugaba sus bazas y seguía mareando la perdiz. —Mira que dármelos por nada… —susurró ella. extrajo de una bolsa de tela el manojo de espárragos trigueros que Tino le dio el día anterior y se lo entregó. oculto tras el cortinaje de la sala. Se las dio indicándole que las cociera en un cuartillo de agua. y esa estratagema no pasó inadvertida para él. regresó cargada de frascos y tarros. Estas sí las cogió entre sus manos y dedujo que no eran tan peligrosas como la belladona. Ella le concedió una última oportunidad retornando tras sus pasos para tratar de dar con la solución adecuada a sus necesidades. —No se preocupe. en medio del revoltijo de tarros y botes. Judas le observaba. con el gato siempre a su vera. si el gato no molesta. 105 . Sin tiempo para reaccionar. el tarro que a él le interesaba guardándolo bajo sus piernas. Pepín cortó con la tía Celestina lo más rápidamente que pudo. una vez conseguido su objetivo de más estaba entretenerla y se quedó con las hojas de adelfa.

—Está bien —admitió—. —Ese tarro lo vació Cándido hace unos días.... —¡Fuera. nada —respondió secamente a la defensiva. Menudo bicho pesado. ¿me equivoco? 106 . y si no me crees vente a verlo ahora mismo conmigo. se aseguró de que no le oyera la madre inquiriéndole por qué había cogido el tarro. El otro volvió a interrumpirle y Pepín se sentía acorralado. El otro le ayudó de nuevo a sortear el escalón. se le notaba si le cogían en renuncio. y esperas encontrar ahí sus huellas. como si el gato también entrara en el atosigamiento dio un salto y fue a posarse en su regazo. No pudo concluir la frase de disculpa. ¿Qué escondes ahí? —Qué voy a esconder. por pequeño que fuera. ¿Qué tienes…? —Aquí no hay ninguna mojiganga que valga —proseguía tozudamente Pepín arriesgándolo todo en el envite—. —¿Qué? Yo no he cogido nada…. En el quicio. cómo le gusta husmear.. pensé que si quedaba algún resto de la planta. Pepín se quedó de piedra.. no sabía mentir. a punto de despedirse. Eso y nada… —No estés tan seguro. pero Judas le cortó el paso. Tengo la cuadra infectada de ratas.. En ese instante. Judas aguardaba para acompañarle hasta la puerta. como gallo en corral ajeno. y como queriendo escabullirse para volver por dónde había venido. estaba fuera de la casa y pensaba que ya había pasado lo peor. —¿Por qué tiene tanta importancia para ti ese tarro…? —persistía el hermano de Cándido. Pepín no pudo evitar un respingo. Hércules! —gritó Judas—. indeciso. Con poco. me serviría para acabar con. —Sé como tú. y el cuento que has montado mareándola con lo del veneno. cuando en el fondo solo le tenía querencia y por eso no se despegaba de él.. —Estás mintiendo. Te he visto cogerlo cuando has conseguido despistar a mi madre con tus mojigangas de las ratas. que no tienes nada que hacer con la hoja medio seca del tarro. Se sentía atosigado hasta por los maullidos del imponente gato clavándole sus iris. Tardó en reaccionar. a mí me valdrá. eludiéndole sin mirarle a los ojos.

—Te equivocas. —A veces me pierde lo bocazas que soy. y me llamó para ver si meto en cintura a ese holgazán. Mi madre no gana para disgustos con él. era el motivo por el que venía con mayor frecuencia a la casa paterna de un tiempo a esta parte. —Es horrible descubrir pronto que tu hermano es un canalla. desde que mató al animal estoy jodido y no mido ni las palabras. a la caída de la tarde. Judas le indicó que el pueblo no era su sitio. me acuerdo perfectamente. pero que ese.! —fue lo único que acertó a decir. Era extraño que permaneciera imperturbable ante ese insulto.. increíblemente. No aguantó más. a Pepín se le acabó la paciencia y saltó con toda la visceralidad que requerían las circunstancias: —¡Menudo par de cabrones estáis hechos! Judas. Le explicó cómo su huida del pueblo también tenía mucho que ver con los continuos encontronazos provocados por Cándido. de todas todas… ¿Por qué habrían de interesarme sus huellas? —Porque él cogió la belladona. a precios nada desdeñables. Compréndelo. no andarías por aquí. esa oveja negra es mi hermano. Yo no soy ninguna oveja negra. Pepín se disculpó de inmediato pidiéndole que lo perdonara. si no. Plantas imposibles de recolectar en el valle compradas por él en herbolarios de la capital. —¡Joder! ¡Joder. Acababa de llegar para pasar el fin de semana en casa. Ahora sí que Pepín quedó absolutamente desconcertado. temiéndose lo peor. 107 . —No te pierdas. En esta casa solo hay una oveja negra que nos está haciendo la vida imposible a los demás. que en él había prendido el odio sin saber por qué cuando solo recibió un buen ejemplo de mis padres. —Me hago cargo. y por las que la curandera jamás pedía un duro si se las daba a sus parroquianos para curar sus dolencias. y de ahí que la alacena de la madre estuviera mejor abastecida con los encargos de plantas y frutos secos que ella le pedía. el meter “en cintura” al hermano. —Te vuelves a confundir. ni se inmutó. pues él se encontraba más a gusto en Madrid con sus asuntos. Lo vi cuando asomó con el perro por aquí. echó mano hacia la garrota acoplada a la silla—. era un viernes.. El cielo estaba encapotado y el día tenía pinta de terminar mal. —No sé por qué me da… Parece que aquí va a haber más que palabras —y.

y con él hemos perdido la cuenta de sus pendencias. estaba convencido que ahí solo nos meterían cosas raras en la cabeza. —¡Lo que yo te diga! —exclamó con un cierto poso de tristeza—. y eso sí: comer la sopa boba de la poca pensión que le quedó a mi madre. su cara bonita. Judas le contó cómo el padre se cansó de proponer a Cándido que entrara en la mina. tú no sabes cómo nos zurrábamos. A este gandul solo le ha gustado zanganear por ahí con su labia. —Pues menuda es la tía Celestina para que pueda con ella… —indicó Pepín para animarle. La diferencia es que para ti supongo sería la primera pelea. después ya sabes la que liamos… Te juro que eso fue lo que me llamó. según él. —Lo sé por mi madre. Mi madre propuso internarnos en un colegio de Oviedo. como él paradójicamente se lo procuró al cumplir los dieciséis y trasladarse a Oviedo para estudiar una oficialía industrial con aquellos curas de los que renegaba el tío Nicomedes. no obstante. pero al crecer preparábamos auténticas barrabasadas. de pequeños ya nos peleábamos por tonterías. Decía que si los curas no nos enderezaban nadie lo haría.. —A mí me puso de mala hostia por otra tontería. No le des más vueltas. pero no se salió con la suya. Me ha visto coincidir por ahí con 108 . al fin y al cabo así se labraría un futuro. Y ahora quiero llevármelo de aquí para que no haga lo mismo con mi madre. pobre hombre. Él nunca cuenta sus broncas… —Para que conozcas las dos versiones: Cándido me llamó lisiado de mierda sin venir a cuento. Si no fuimos nosotros quienes le matamos a disgustos. —Está hecho de la piel del diablo. ¡Cómo va a tener que ver una cosa con la otra!. —Pero ni caso. Mi padre no tragaba a los curas.. Como si Cándido no la tuviera ya bastante averiada… —Pepín quiso cortarle. pero no una ni dos sino varias veces. Judas necesitaba desahogarse. y me la tenía guardada desde entonces. ni la mina ni nada. algún trabajillo de vez en cuando. y no su delicada salud de minero como nos dijo el médico… —No te hagas mala sangre. —Yo siempre he procurado no meterme en jaleos. —Tu hermano y yo tuvimos una muy gorda no hace mucho. le correspondía en la prematura muerte del tío Nicomedes—. sería su destino. y se inculpaba por la parte que. —Ella se enteró porque en el pueblo todo se acaba sabiendo.

Carmen, y desde entonces nos viene haciendo la vida imposible a los dos.
—Parece que ha nacido para complicar la vida a todo el mundo.
Haciendo tiempo, Pepín siguió conversando durante un buen rato con Judas por ver
si aparecía Cándido, e insistía en que a él le había hecho polvo matándole al perro. El otro
trataba de entenderle y Pepín justificaba su pesar:
—No te creas, más de uno pensará que no es para tanto... ¡Me importa un carajo qué
piensen!... Ese animal me hacía mucha compañía.
—Tú decides —comentó Judas—. Yo sé que él mató al perro, estás en tu derecho de
denunciarle, aunque, sinceramente, perderás el tiempo.
—Nunca se sabe, con esos antecedentes que tiene cuando le cogieron trapicheando
con la droga.
—No saques ese tema que es muy serio… Volvemos a lo mismo; como tú dices:
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—No lo sé, eso habría que preguntárselo a los abogados… Además, cuando los
furtivos matan un bicho por ahí no se van de rositas, y eso que muchos lo hacen por
necesidad.
—Como comprenderás, prefiero que le des una última oportunidad a ver si sienta la
cabeza de una vez por todas.
Ni de lejos cabía imaginar que aquellos seres distintos hasta en el físico estuvieran
unidos por los lazos de la sangre. El mayor, poco agraciado, era la viva estampa de la
madre y el otro del padre a tenor de los retratos que de los progenitores colgaban en una
pared del comedor. El pequeño era tranquilo en el hablar como si modulara adrede su
sarcasmo, mientras Judas era puro nervio al conversar queriendo siempre adelantarse a las
palabras.
Pepín regresó a casa, se hacía tarde y Cándido no se presentaba. Judas y Hércules le
acompañaron durante un buen trecho abriendo camino el gato mientras su dueño guiaba la
silla de Pepín; este se lo agradeció, pues la tensión del rato anterior le había generado un
inusitado cansancio. Judas hubo de gritar al gato para que volviera por sus pasos, pues no
había manera de separarlo de Pepín. Acordaron que al día siguiente, a eso del mediodía,
coincidirían con Cándido en la revuelta de la Chorrera. El mayor de los hermanos se las
apañaría para concertar el encuentro porque a él le venía evitando.
—Déjalo de mi cuenta —indicó—, no te preocupes, ya se me ocurrirá algo, pero no
saques a relucir lo del trapicheo con la droga.

109

Los hermanos no faltaron a la cita; allí les esperaba Pepín. Cándido le vislumbró,
presintió los futuros acontecimientos y quiso darse media vuelta con una absurda disculpa.
Judas le atajó al instante obligándole a oírle, aunque fuera lo último que hiciera. Fueron
ellos los que se acercaron hasta Pepín; este clavó fijamente los ojos en Cándido y enseguida
le desairó:
—Hola, Judas… Tú no mereces ni el saludo, ¡desgraciado!
—Tranquilo, Pepín… —terció Judas.
—Sí, hombre, estate tranquilo, ¿a qué vienen esos humos? —comentó el otro en tono
provocador.
—Me he pasado otra noche en vela. No tenía claro si debía denunciarte.
—¿Qué...?
—Resulta jodido actuar en conciencia —continuaba Pepín encarándole—. El cuerpo
me pide denunci...
—¿Pero tú tienes conciencia, lisia...? —le cortó Cándido con una cínica sonrisa,
rehuyéndole la mirada, y calló repentinamente al caer en el insulto que de nuevo estuvo a
punto de soltar.
—Vamos, dilo otra vez y te vuelvo a partir la cara.
—Venga, no empecéis —intervino Judas de manera conciliadora.
—Tú a mí no me tocas ni un pelo —prosiguió Cándido, desafiante—. ¿De qué me
vas a denunciar medio cuerpo? Eso sí te lo puedo llamar, ¿no..., medio cuerpo? ¿No es así?
¿No es así cómo tú lo dices? ¿Qué diferencia hay entre una cosa y otra?
—Si ya sé que para ti soy un lisiado de mierda. Y un gilipollas que no te va a
denunciar por haberte cargado al perro. Pensaba que te quedaba algún remordimiento, pero
ya veo cómo me equivoco.
—¿Qué coño es eso de los remordimientos?
—Cómo va a saber de remordimientos un animal como tú.
—Ojito con lo que dices… Ojito, ¿eh?, que aquí solo veo un bicho raro con dos
piernas de estropicio.
—Pero cómo puedes echar tanto veneno por la boca —saltó Judas.
—¡Tú, cállate! —exclamó el hermano de una manera displicente.
—Déjale, Judas, si ya estoy acostumbrado a sus insultos.

110

—¡Mira que eres payaso! —insistía Cándido socarronamente—. Yo no me he
cargado a nadie, ¡si soy incapaz de matar una mosca!
—¿Quieres que vaya a la Guardia Civil con un tarro con tus huellas y los restos que
hay en él de la belladona que le diste al perro?
—¡Valiente payaso!
—A lo mejor soy un iluso imaginando que la vida de un animal pueda interesarle a
alguien aparte de a mí, a don Ignacio, y a unos amigos que me ayudaron hasta dar contigo.
—¿Qué demuestras con esta sarta de gilipolleces que acabas de inventarte?
—¡Que te tengo cogido por los huevos, cabrón!
—Tú mismo lo has dicho: eres un iluso. Cuando vayas con esta historia a los Civiles
se van a descojonar de la risa. Corre, cuéntales los remordimientos y verás la risa que les
da.
A Pepín no le amedrentaban sus chulerías, como ya le demostró a su debido tiempo,
y no tuvo más remedio que jugar sus bazas. Aunque sabía el daño que le hacía a Judas,
optó por soltárselo.
—Bueno, bueno, fíate de la Virgen... Como ya te pillaron trapicheando con la droga,
igual te guardan cariño desde entonces.
Judas, indignado, replicó al instante.
—¡Se acabó, Pepín!... ¡Basta, coño!
Al hermano le cambió el semblante. No imaginaba que su detención por tráfico de
estupefacientes en Oviedo hubiera trascendido tan pronto en el cuartelillo de la localidad.
—Se necesita ser... ¿De dónde has sacado esa gilipollez?
—Ya ves, uno que está bien relacionado y le cuentan cosas. Además..., si en el
pueblo todo se acaba sabiendo.
—Como no te calles, voy a tener que plantarte otro par de hostias para cerrarte la
boca de una puta vez.
Pepín sabía que empezaba a dominar el envite y seguía atacándole con la fuerza de
sus palabras. Solo sentía haber fallado al compromiso adquirido con Judas, pero pensaba
que no le quedaba otra alternativa, y apelaba a su comprensión y a su aguante con tal de
que no se le escapara de las manos ese delicado momento. De sobra suponía que poco
lograría ante un juez con el asesinato del perro, pero él prolongaba la situación, por si
conseguía asustarle, e irónicamente se refirió a cómo los guardias se encariñaban con los
perros.

111

—¿Has visto cómo quieren al pastor alemán? Te pueden enredar en una buena si
consiguen influir...
—¡Calla, gilipollas!
—Igual consiguen influir sobre un juez sensible con un buen atestado que recoja esta
canallada. Con los furtivos no se andan con chiquitas, y eso que muchos matan para comer;
tú has matado por venganza…, y si encima añaden lo otro.
—¿Lo otro...? ¡Qué otro, ni qué hostias!
—Sí, hombre... ¿Fue un perro quién te pilló con la droga?
—Venga..., largo de aquí si no quieres que te parta la cara.
Cándido se abalanzó sobre él, Pepín le contuvo garrota en ristre, y Judas se mantuvo
a la expectativa, a pesar de las provocaciones de que era objeto el hermano.
—¡Quieto ahí! ¿Adónde vas?... —y continuó incitándole—. Acuérdate, ¿te denunció
alguien? ¿A lo mejor este es un buen momento?
—¡En cuanto te agarre te vas a enterar, cacho cabrón!
Pepín seguía armándose de paciencia con aquel desaprensivo, insistiendo en que un
buen abogado lo tendría fácil con tantas pruebas, y a él no le importaría “rascarse el
bolsillo” para contratarle con tal que le pusieran una buena multa o ¿quién sabe...?, como
dejó caer:
—Podrías pasar unos días a la sombra. No te vendrían nada mal, ¿eh…?
El otro exhibió su variedad de insultos y denuestos. Ahora fue Judas quien le detuvo,
pero no interfería en la estrategia de Pepín por ver si al hermano le servía de escarmiento.
—¡Déjame, que lo mato, coño!... ¡Que lo mato!
—¡Quieto!... —Judas lo sujetaba con todas sus fuerzas.
—Mira, aquí tengo los análisis: don Ignacio confirmó que el perro murió envenenado
entre la belladona y el azufre.
—Por mí, como si dice misa ese matabichos…
Pepín era consciente de la endeblez de sus pruebas, pero no cejaba en el empeño.
—Es que hay dos personas, dispuestas a declarar cómo te vieron con mi perro la
tarde que lo envenenaste. Una de ellas —desvió la mirada hacia Judas— sabe cómo le
metiste el veneno en un trozo de falda de ternera que compraste al Charcu en la carnicería.
También recuerda tus nervios hasta que diste con la llave de la alacena donde tu madre
guardaba el tarro de la belladona.

112

—¡Mira cómo tiemblo!... ¡Y tú, desgraciado! —se dirigió al hermano—. ¿Qué le has
ido contando?
—Por cierto, qué raro le pareció a Eustaquio verte por el mercado, si en la vida has
echado una mano a tu madre en la compra.
Y al fin obtuvo la confesión que perseguía.
—¿Te lo he puesto difícil, eh…, lisiado de mierda? No te hacía así de espabilado, tan
jodido como estás.
En ese momento a Pepín le hirvió la sangre y supo lo que era odiar a alguien hasta
desearle la muerte.
—¡Eres un cabrón! ¡Ojalá te parta un rayo y te pudras en el infierno!
—Míralo por el lado bueno, gilipollas. ¡Si te he hecho un favor cargándome a ese
perro rabioso!
Intentó arrearle un garrotazo. El otro consiguió esquivarle, pero no pudo cortarle la
lengua.
—Tu madre será una santa, pero tú has salido un maldito hijo de puta. Eres peor que
las alimañas.
—¡A mi madre ni la mientes! ¿Eh?, ni la mientes… ¿Has visto lo que dice este
cabrito, Judas?
—Tranquilo, Pepín —intervino Judas—, hasta aquí hemos llegado. No metas a mi
madre en este entierro.
—Perdona, perdona… Tu madre es una santa, ya se ha ganado el cielo aguantando a
este bicharraco. Nunca imaginé que existiera alguien tan despreciable como tu hermano.
En la vida se vieron unas pupilas emanando tanto odio como las de Pepín. Hizo caso
a Judas, intentó tranquilizarse y se dirigió a Cándido después de recapacitar sobre su
propuesta:
—Me ha dicho Judas que no te denuncie si te vas con él a Madrid, y solo vuelves por
aquí cuando te hayas regenerado. ¿Qué dices...? Por mí estoy de acuerdo.
—¡Que tu denuncia me la paso yo por el forro de los cojones!
—¡Serás cabrón...!
—¡De aquí no me saca ni Dios! Y la lástima es que no haya podido envenenarte a ti
también para quitarle esa carga a la payasa de la Pocachicha.
Judas, fuera de sí, reaccionó agarrándole por el cuello; no sabía lo que hacía, le tenía
al borde del estrangulamiento, apenas le quedaba un aliento, y Pepín gritó:

113

Cándido logró soltarse y a trompicones salió huyendo camino del bosque. —Venga. pues creía que le había salido un trabajo lejos sin que le diera tiempo a avisarles.. —¡Judas. cabrón! ¿Me oyes?. ¡Te juro que me las pagas en cuanto te cruces en mi camino! Cándido no durmió en casa dos noches seguidas. Judas le respondió que no se impacientara. ¿O sí le oyó? —¡Me las pagas. que algún día sentará la cabeza tu hermano? —le preguntó la madre a Judas. Judas la disuadió de la idea prometiéndola que él se encargaría de localizarlo.. Era una atmósfera pestilente en medio de un sucio suelo en donde las colillas de los pitillos se mimetizaban entre el esparcido serrín. Algo más convincente. en vista de lo cual la mujer insistió en si sabía algo de Cándido al no dar señales de vida.. El aspecto de Cándido era deplorable. y propuso acercarse al cuartelillo. 114 . evitando entrar a sus provocaciones. ¡Déjale. paga. Cándido vio el cielo abierto y no puso objeciones. Judas se echó a llorar sin que Pepín lograra consolarle por mucho que lo intentara. sucio y exhalando un agraz olor a vino peleón imposible de aguantar. barba de varios días sin afeitar. y vámonos a casa. joder! Dejó de oprimir por un instante. se dirigió a los otros jugadores: —Hace tiempo que no veíais a este Judas por aquí. greñudo. Cuando Pepín volvió a vociferar el otro estaría tan alejado que no oiría su chillido. —¿Crees. ¿verdad. de acuerdo a lo que trasciende de ellos en las Escrituras. Los jugadores se camuflaban tras un montón de cajas apiladas con cascos de botellas vacíos. Con la deuda acumulada en el póquer. amigos? ¿Es que reniegas del pueblo.. Pero ella no se quedaba tranquila conociendo las que era capaz de preparar Cándido. hijo. déjale!. hermanín? Nada tenía el hermano del Iscariote y sí mucho del Tadeo. próximas al retrete. Armándose de paciencia intervino con celeridad. La tía Celestina sufría su propio vía crucis preocupada por esa injustificada ausencia. y su punto de maldad. Con esa lengua de estropajo propia de los borrachos. Le encontró en un rincón de la tasca de Fidel jugando a las cartas. El hijo intentó ignorar la respuesta.

ahora no llevo suficiente encima. Ella sabía que le mentía. aunque por intentarlo nada perdía y le indicó al tabernero que volvería a condición de que no le sirviera un solo trago más de vino al hermano. —Nicomedes pone.. 115 . —¡De aquí no te largas mientras no pagues las tres mil y pico que me debes! ¿Te enteras? —¡Y a mí los cuatrocientos duros! —replicó otro. y consideró que no estaría de más tranquilizarla del todo. Cogió la libreta de ahorros y llegó a tiempo de efectuar un reintegro en el banco. tus palabras son órdenes para mí. —¡Venga. He de regresar a poner un par de giros… Unos pagos que tenía pendientes y vencen mañana sin falta. Pero este no sale de aquí mientras tú no apoquines la pasta. —Vuelvo pronto a recuperarlo. y conociendo la calaña de Cándido. —Pierda cuidado. Uno de los tahúres..? —farfulló el beodo. ¿Os parece bien? Os juro que no doy la espantada. —Menudo peso me has quitado de encima. conforme! —asintió el tahúr. —¡Y las cuatro rondas más los tragos fiados que te tengo apuntado! —saltó el tabernero. me paso en un rato. Es el reloj que heredé de mi padre y para mí es sagrado. os dejo esto…. Judas no sabía si estaba en condiciones de exigir. sin embargo. En cuanto Judas entró en casa tranquilizó a la madre comentándole que Cándido estaba bien. hijo. —Este es de fiar —les animó Cándido. Podéis comprobar el nombre grabado en la tapa. no quiso pasar a mayores detalles. Él reconoció la discreción de la tía Celestina. —Vamos. —Mirad —terció Judas—. dejó al instante el botellín de cerveza al que pretendía echar un tiento. quedándose con el reloj y la leontina en prenda—. le cortó sus intenciones cuando se incorporaba medio tambaleándose. hermanito. Si él acaba con la faena a lo mejor coincidimos a la vuelta. Fidel lo aceptó. mientras él mismo apuraba su copa de aguardiente. ¿eh. Le confirmó que le había salido faena en la capital y debió compensarle quedarse a dormir allí. Mientras pagaba las deudas y recuperaba el reloj pidió un café bien cargado a Fidel con intención de que se lo bebiera el hermano.

le llevó a un extremo de la barra donde no había nadie y. Así es que la camisa vieja se te enganchó en el tajo y has tenido que tirarla. y más de uno se choteó de él. ¿Estamos. —. A Judas no le quedó más remedio que invocar a su innegable poder de convicción... pidió al dependiente una camisa de faena azul marino de la 41. El hombre puso tres sobre el mostrador. porque le estaría vigilando. se ha librado del hermano y quiere echarnos la revancha. —¡Hay qué ver cómo piensa mi hermanito! —Le he dicho a madre que te enredaste en una chapuza en Oviedo y te vino mejor quedarte a dormir allí. —¡Como no te lo bebas tú! —rezongó Cándido en tono despectivo—. A instancias de Judas entró de nuevo a la taberna para cambiarse y lavarse la cara. Por supuesto que se lo tomó. Entró al comercio y como los hermanos gastaban la misma talla. ¿No has tenido bastante con la última tunda? El que había saldado su deuda de 400 duros secundó al tabernero con una maliciosa sonrisa: —Déjalo. O les pido el dinero y te buscas la vida para pagarles a estos tus trampas… No he visto cosa más repugnante. —Toma. Eso no me entra ni a tiros. 116 . Le bastaba con la bolsa en donde aparecía el motivo que hacía honor al negocio.. Judas eligió una y la pagó indicándole que no precisaba envoltorio. antes de ir a casa te cambias en la tasca y tiras esa camisa a la basura… Echa para atrás del olor a vino que suelta. Le dijo que esperase a la puerta del establecimiento con cuidado de lo que hiciera. a Judas se le ocurrió encaminar sus pasos hasta el escaparate de confecciones La Pajarita. Ya en la calle. o lo tomas y te quitas ese aliento de borracho… —¡Que te lo tomes tú! —le cortó el otro con exigencias. bajando el timbre de voz le espetó: —Tú verás. Fidel. ¿otra vez por aquí…? —soltó Fidel con cierto pitorreo mientras untaba la boquilla de un puro en una copa de coñac—. Cándido..? —Si es que estás en todo. Le agarró con fuerza de un brazo. —Pero bueno. ¿No ves que el muchacho es de ley? Entonces no estaba enrachado.

117 .. ahí dónde la ves. tampoco estará de más… Pero vamos. —¡Pues más a mi favor para que yo le haga compañía! —¡Menuda compañía la tuya! Si yo fuera madre preferiría el peor estorbo antes que a ti. esperó la salida de Cándido del servicio. joder!. está como una rosa. —¡Fenómeno!. y como lo consiguiera durante un buen rato. Judas aguardaba en la puerta. pareces hijo del diablo. Que le va a venir cojonudo a esta jeta guapa… Últimamente me estaba abandonando un poco. —Eso es lo que tú eres: Un jeta miserable. fue Judas quien reanudó la conversación a propósito de tanta angustia como venía ocasionando a la madre. —¡Por donde te suelte unas cuantas hostias para arreglarlo. A Judas se le hincharon las venas del cuello. ¡Si no para quieta un momento! —Eso es lo que tú dirás. dámelo a mí. Solo exigía que ella viviera tranquila sus últimos e invocó a lo mal que se lo hicieron pasar al padre con sus trifulcas. Cándido le hizo caso.. Se dirigieron a la barbería para cortarle las greñas. ¡Con lo bien que te van los negocios en Madrid. oyó al pendenciero y le cortó al momento. Entró. la pobre mujer. ¿No te das cuenta de los traspiés que da? Cada día ve peor... Lo tuyo no es normal... que soy quien la aguanta. y los dos aprovecharían para afeitarse. He pensado en buscar a una mujer para que la acompañe y nos tenga al corriente de sus achaques. —Bueno.. Llegó a exasperarle de tal manera que Judas le exigió callarse con otra sarta de improperios. —exclamó el greñudo—. —¿Dónde mejor echar el dinero que con la familia? —se mofaba de él—. ¿Por qué te pones así? —¡Déjate de hostias! Daba dinero por perderte de vista para siempre. —¡Eres un cabrón! Es lo que me faltaba por oír: ¡Darte dinero por tener a madre en vilo! Ella es la que te aguanta a ti.. ¡Me tienes hasta los cojones de sacar la cara por ti! —Venga. y por lo bajo le dijo que ni se le ocurriera entrar a sus provocaciones.. —¡Allá tú con tu dinero! Te lo metes por donde.. —Valiente agonías… —le espetó Cándido—.

pero ya me encargaré de que te sobren dedos de una mano para contar esos días que te queden de propina si ella muere por tu culpa. Como muchos parroquianos al sepelio de la tía Celestina sí asistió Pepín. —Sí.. como todo. El óbito acarreó otro desastre.. ¿Qué te parece…? —¿Qué me parece. no menos trascendente.. tranquilo. qué? —Que tú te vienes conmigo a Madrid por la cuenta que te trae.. lo siento. El otro se burlaba de él. eso de irnos a Madrid me lo tengo que pensar. —Gracias… 118 . hermanín. Cuando ella preveía su final le dijo a Judas que no quería morir sin despedirse de ese hijo que tanto padecimiento le había ocasionado. ¿Es que no podemos acabar la fiesta en paz? Enseguida te pones hecho una fiera. y nosotros volveremos de vez en cuando. era una buena mujer. pero todos sus esfuerzos resultaron baldíos para dar con el hermano. —Atiende cabrón. qué serio. —Voy a ver si encuentro a la chica. no se lo perdonaría. —Uy. Cándido no acudió al entierro de la madre algún tiempo después de estos aconteceres. Y es que la vida se porta excesivamente cruel con seres que no dieron motivos para ello: por escasos días la tía Celestina tampoco tuvo la dicha de conocer al vástago de Judas que ya venía de camino poco antes de que la Parca la quisiera para sí. —¿Es que lo tuyo es vida? —No sé. no pienso repetírtelo. —Tranquilo. y la tía Celestina moría a consecuencia de la mala vida que le daba. Fue el último en abrazarse a Judas y darle el pésame visiblemente compungido. porque si se quedaba. El primogénito se tomó el deseo materno como la cuestión de vida o muerte que era. tómatelo a chacota. y Judas zanjó el parloteo amenazándole. —Lo siento Judas.. con la de amigos que te vienes echando. llevándose a la tumba sus conocimientos de vieja sanadora.. Ella seguro que se entretendrá con las visitas. —Pero qué puta manía tienes de organizar la vida de los demás. y la mujer falleció con la pena de no saber nada de aquel calavera. Judas aseguraba que allí no había nada que pensar.

pero nadie lo ha visto. pero al fin se decidió: —Apenas le aguanté unos meses en Madrid. el ser humano 119 . Un parroquiano que coincidía en su camino le ayudó empujando la silla hasta que hizo un alto con el tío Heredia. Rafael —respondió—. el hijo de la difunta tía Celestina. En este caso fue el tío Heredia quien dio pie a ello preguntándole si venía del entierro. le hizo una pregunta no exenta de un cierto morbo. pero era muy suya y ya no hay nada que hacer. —Sí. Se rezagó a propósito. ya había oído lo que a él le interesaba y continuó la cháchara por otros derroteros. En alguna ocasión le dije que se los contara a alguien. —No la traté musho…. —No vea qué mano tenía para curar…. Rafael Heredia Montoya habría disculpado su presencia delante del cadáver de la madre. —Bastante. se juntó musha gente. Ahora he intentado localizarlo de todas las maneras posibles para que supiera lo de mi madre. —¿Sabes algo de él? Tardó en contestarle. tampoco tenía por qué hacerlo. solo se echó en falta al hijo pequeño. —Y qué. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. a Judas lo acompañaba su esposa mostrando lo avanzado de su embarazo. Ante la extrañeza de la ausencia de Cándido en un momento como ese. El hombre permanecía sentado en un poyete próximo a la puerta de su vivienda y era impensable que Pepín no entablara conversación en cuanto viera a Rafael. Jamás en la vida olvidaría la bonhomía de un hombre como Judas. buena persona era esa mujer. Se dice pronto no venir al entierro de la madre. eso decían d’ella. Con poco les bastaba para darle a “la húmeda”. lástima que todos esos secretos se los llevara a la tumba. ¿no? Por aquí ha desfilao medio pueblo. El camposanto se situaba en el extremo opuesto del pueblo respecto a la situación de su casa y a Pepín le esperaba un largo trecho. Rafael no necesitó tirarle más de la lengua en lo referido al sepelio. Ante la muerte.. no ve que la conocía todo el mundo. como decía el gitano. Pepín se despidió de ellos animándolos y le dijo que contara con él para todo cuanto estuviera en su mano. ni tampoco oyó la amenaza de Pepín cuando el hermano estuvo a punto de estrangularlo. A Cándido no se le había tragado la tierra..

necesitaba para reencontrarse con los suyos. llamó a La Casa del Libro y mandó un giro como pago adelantado de un detallado plano de la ciudad. aunque pasara noches sin dormir con tal de echárselo a la cara. descubrió los tugurios más inmundos. supuestamente. Un círculo de complicado acceso en el que no obtenía respuestas a la mayoría de sus inoportunas preguntas. varias líneas de autobuses y camionetas con destino en los arrabales de la ciudad. más los correspondientes gastos del envío postal. y porque no hay regla sin excepción. Sentía la ineludible obligación de aclarar por qué Cándido era el motivo de las pesadillas de la hija y no paró hasta encontrarlo.reacciona con un sentimiento de piedad o compasión hacia la persona que pierde al ser querido. Cuando alguien le situó sobre la pista de que se buscaba la vida en Madrid con el trapicheo. Rafael dispuso de medio año para meterse el callejero en la cabeza. Conoció la red del Metro. No disponía de mucho tiempo teniendo en cuenta las dos semanas de su periodo vacacional dedicadas a ese cometido. el Cavilas. Supo de sus antecedentes. Y cuando ya desistía en su empeño. Se pateó Madrid indagando sobre locales donde pudieran venderse esas malditas sustancias. y más en ese cerrado círculo propenso a cubrirse ante la aparición de un intruso. No se le escapó un detalle. pues la avispada esposa era muy avispada y capaz era de contrastar con Cavilas si el plano procedía de él. Aquel plano no se lo dio Satur. Preguntaba por un destartalado coche. Tampoco descartó tercermundistas chabolas ubicadas a las afueras de la capital si en ellas se traficaba. como le contó a Covadonga al estar a punto de cogerle en renuncio ante su repentino interés por orientarse en la capital. Había realizado una serie de averiguaciones previas en todo cuanto concerniese a Cándido. y el tío Heredia no sería una excepción respecto a Cándido. Sucedió que unos años antes Rafael por fin dio con él en uno de esos periodos que. todo resultaba en vano. pero hubo noches de fines de semana en que no la pisó ni para dormir. un Renault 5 de color naranja con matrícula de Oviedo. aparte de acabársele el permiso. lo suyo era buscar una aguja en demasiados pajares. Como se decía a sí mismo. y arriesgó la búsqueda en ambientes relacionados con el tráfico y consumo de drogas. dio con el pajar de la manera que muchas veces suceden las cosas: por pura casualidad. el periodo trascurrido desde el acceso de pánico de Carmen y los veinte días de junio que aquel año le correspondían de vacaciones. El tío Heredia se instaló en una pensión del Puente de Vallecas. imposible dar con Cándido. que el hermano le dio contra toda previsión tiempo ha al 120 . puso en antecedentes a Satur.

cabrón. cabrón! —¡Nada. —¡Nada! —¿Que qué le hiciste? —¡Nada! —farfulló—. se abalanzó sobre él poniéndole un objeto punzante en la espalda. un drogadicto le sopló que al caer la noche echara un vistazo en las calles aledañas a una discoteca de moda existente en un populoso barrio. —Las manitas quietas.. —Si gritas. en el instante en que se disponía a entrar al automóvil.. pero en una ocasión alguien le acompañó hasta donde tenía aparcado el coche en una calle próxima. y de repente... hostias! ¡Y pasa tú primero! —Vale. Estuvo vigilándole más de cuatro horas. Cándido rebuscó algo en el maletero del coche y los dos volvieron por sus pasos. coño! 121 . Rafael acabó por descubrirle trapicheando cerca de la puerta de la discoteca. En esas circunstancias sería muy complicado abordarle. Tuvo suerte. —¡Que abras la puerta de atrás. ¿Qué le hiciste a m’hija? Hijoputa. en la nuca! —Tranquilo. estaba desierta. —balbuceó.. déjame! —¡Canta.. La calle por la que Rafael le vio venir en la distancia. eres hombre muerto. vale. entraba y salía con frecuencia siempre acompañado de otras personas.! ¡Joder.? —contestó Cándido aterrorizado.. Reconoció al momento esa voz. Abrió la puerta del coche.. —Adentro.comprarse otro vehículo. como vea qu’haces algo raro no la cuentas —le obedeció en todo. entró despacio y continuó dándole la espalda—. A cambio de una buena propina. cuando se despidió del otro a altas horas de la madrugada. Se adelantó escondiéndose tras el coche contiguo al R 5. él quería encarárselo a solas y si arrancaba adiós plan. Nunca imaginó que Carmen se iría de la lengua después de tanto tiempo. pues era muy probable que allí encontrara al citado automóvil. Les seguía en la distancia por las inmediaciones con cuidado de no ser descubierto por Cándido. ¿eh? ¡Arriba. al cabo volvían a entrar al local. —¿Qué. y eso fue lo que le puso sobre la pista. ¡Nada! —¡Habla.

—Luego algo pasó. Ese fue el juramento que a Cándido le hizo orinarse encima tras el encontronazo con el tío Heredia. hijoputa? Imposible sacarle otras palabras. indicándole los inútiles riesgos que había asumido de perder el brazo tal como estaba a punto de gangrenar. porque entendía que algo le ocultaba y él no cejaría en el empeño de descubrirlo. que sí! Fue un corte hábilmente ejecutado.. No aguantaba los dolores ocasionados por la sobrevenida infección. pero Cándido desistió de ir a un hospital y él mismo intentó curársela durante unos días.! ¡Quítame eso! —¡No te quiero volver a ver en la vida! —Lo juro… ¡Te lo juro! ¡Quítame eso de encima. y comprometió su silencio con tal de salir vivo.! ¿T’enteras? —insistió clavándole una mirada que hería más que el objeto con el que le oprimía. como lo hizo en otro percance menor. —¡En la vida. hostias! ¡Cómo quieres que te lo diga. —¡Nada. Al tío Heredia le supo mal el no poder aprovechar los días en la capital para conocer otros lugares más interesantes que los que se vio impelido a frecuentar. joder! —le suplicaba en medio del gimoteo.. como hay Dios que te mato! —¡Qué sí. y desaparecer de la faz del pueblo. Y se hizo una 122 ... coño. Cándido se mantuvo en sus trece intuyendo a lo que se exponía si cantaba. Y se lo tomó tan en serio. La herida hubiera precisado varios puntos de sutura. hasta que no le quedó más remedio que acudir a Urgencias. que no se atrevió ni a asistir al entierro de la tía Celestina. —¡Como vuelvas a buscarla te juro que te mato! ¡T’enteras…. —¡Que sí. y lo cumplió tan a rajatabla.. —insistía encabritado—. si no pasó nada! ¡Pregúntaselo a ella y verás! Rafael tenía que hurgar en ese “si no pasó nada”. Y Cándido consiguió exasperarle a tal extremo que el gitano le lanzó una maldición que le impediría pisar la tierra donde nació durante una buena temporada. inutilizó la chaqueta y la camisa que llevaba debajo con una incisión a la altura del antebrazo derecho.. ¿Por qué l’has metido el miedo en el cuerpo. El médico que lo atendió le preguntó cómo fue capaz de aguantar en ese estado.

estos también tienen verde. Y Rafael optó por encaminarse hacia la plaza de Oriente. Anda busca otro sitio en el plano donde no me maree. y nunca olvidará el ajetreo de una ciudad que la superaba en sus dimensiones sobre todo en las calles más concurridas del centro.. situado en la Escuela de Minas. Era una trivialidad. mediado el otoño del 82. En Madrid. Solo fueron ellos quienes se dedicaron a descubrir la capital nada más prejubilarse el minero. había concluido el tiempo de los verdugos. —Ya —admitió él—. y la perspectiva que ahí tenían de lo poco que conocía en su vida.. —Aquí todo el mundo va a la prisa —le decía al marido—. A Covadonga le sorprendió aquel viaje a Madrid.promesa cumplida algunos años después: volver a Madrid para pasear con su Covadonga por el parque del Retiro. pero es un verde diferente. —Si tú lo dices. pero le apetecía conocer el museo de la minería. porque nada tuvo que ver con el reencuentro que de tarde en tarde propiciaba Rafael con sus familiares. no brilla como el nuestro. de otro color. y al fin se respiraba ese inconfundible aire que destila el aroma de la libertad. —Mira —indicó Covadonga cuando veía en lontananza el bosquecillo de la Casa de Campo—. Desde el mirador de la explanada existente entre la catedral de la Almudena y el Palacio Real divisaron una puesta de sol espectacular. Para entonces el sol lanzaba sus últimos destellos sobre las praderas y las copas de los árboles de los jardines del Campo del Moro. 123 . además de satisfacer una curiosidad recogida en la guía-plano.

descubrir alguna gracia y poco más. La familia. viene a este mundo con un don como mínimo. Comensal poco exigente. de tal suerte que aquel inolvidable pastel de cabracho con la libra de pan de hogaza. aquella explosión de sabor del cabrito asado en el horno de leña. la vida se compone de pocas cosas por las que vale la pena vivirla. descubrió un mundo de sensaciones culinarias —“auténticos manjares”. conocer otras tierras si se puede. en la grata compañía de los padres de la anfitriona. Covadonga dispuso una fina mantelería. le supieron a gloria bendita. según decía él— el día que aceptó la invitación de Carmen tras años de paseos.VII Las gracias 1 Carmen cree que el ser humano.. ya que no todo el mundo consigue encontrarla por mil vidas que viviera. Dice que “es la gracia que Dios regala como compensación a todo lo que le espera por delante”. además de una vajilla y unos vasos que solo utilizaban los días de celebraciones especiales. A Pepín apenas le costó dar con una de las gracias de Carmen. aunque da mucha importancia al hallazgo de la gracia. Yo aún no he descubierto la mía. Y si esa gracia se revela hay que propagarla para que otros se beneficien de ella. acaso influenciado por el prematuro fallecimiento de la madre. 2 La mayor de las Pocachicha es una de esas privilegiadas a las que también alcanzó la fe heredada del padre y se las apaña bastante bien con una elemental filosofía. 124 . Suerte que tiene con ser creyente. al nacer. conquistarle por el estómago fue sencillo.. los amigos. Su propuesta es muy sencilla y se parece a lo que sigue: al final.

. —apostilló la tía Covadonga. —Si tú lo dices. No hubo sobremesa. Que a la pobre Carmen le subían los colores delante de sus padres con semejante desvergonzado. —¡Dios te oiga! —se alegró Covadonga al oír esas palabras por boca del esposo. madre. —Si le ha cambiao hasta el genio. ¡Será para bien! 125 . y a la niña nunca la he visto con esa luz en los ojos. —¡Pue entonces! ¡Si llevan un montón de tiempo pelando la pava! ¿O este payo se cree que nos chupamos el dedo? —Un payo especial. que tenía un tacto especial para conocer a las personas. vio que la hermana andaba apurada y le faltó tiempo para darle sus cosas. —¡En mi vida he disfrutado tanto comiendo! —comentó Pepín al final de la comida tras dar buena cuenta a más de una porción de la tarta de manzana casera preparada por Covadonga. Parecía mentira que el fuerte temperamento de Carmen se derritiera cuando se le halagaban sus sabrosos guisos. chuparse algún dedo.. que sí —terció Rafael—. todo lo hace el género. Carmen se sentía abrumada y prefirió aprovechar el buen día y salir a pasear con el invitado. ya sabes cómo es.. indicó que tampoco era para tanto. —Que sí. ¿verdad? Anda que no tiene que ser nuestra hija para fijarse en él… ¿A ti qué te parece? —A ellos es a los que les tie que parecer. hija. —Algo hay que comprarle. —Que va. con cierto disimulo. —¿Cómo llevas el ajuar de esta? —le preguntó el tío Heredia a la esposa al quedarse solos. a ver si ahora le vas a llevar la contraria a tu madre.. y al cabracho le lloraban los ojos de puro fresco que era.. ¿Por qué lo dices? —¿No viste cómo le miraba? —Ya. Ella. modestamente. Será pa bien. pero tiene una mano.. Entrado en confianzas. Y es que ella se erigió en el contrapeso ideal de templanza para un tipo tan impulsivo como Pepín. —Es que esta no se da mucho pote. ni remilgos le quedaron antes para arrebañar el plato y.

Constantino le ayudó a montar un pequeño mostrador con unos tablones traídos de su serrería. aunque el hombre ya iba para viejo y le quedaban pocos años para despedirse de la profesión. un cosido por allá. preparaba un par de madreñas en una tarde. a cuento de qué. unos punzones y varias brochas y brochines encargados a Emilín para que se los comprara 126 . Suerte que al menos los respectivos talleres se situaban bastante separados entre sí. De esta competencia desmedida solo hubo alguien que salió perjudicado: Ceferino el único remendón que hasta entonces había en el pueblo tuvo que compartir la clientela. tan valoradas entre la ancianidad del pueblo. El boca a boca aportaba lo suyo al incremento de la clientela. unas leznas. y bien que agradecía que el coste de esos arreglos le salieran bastante más económicos que en Madrid. y seguirían destripando terrones por los caminos o surcos en los arados huertanos. porque si no. otras tablas hicieron las veces de estantes colgados en las paredes hasta donde él alcanzaba. De un trozo de castaño. en los días de feria. los campesinos. unas tapas por allí. y de un insignificante rescaño de madera capaz era de engendrar alguna zarandaja que regalaba a la chiquillería y estos escapaban con el preciado tesoro más contentos que unas castañuelas. manejando con destreza el formón. Sin embargo. Apenas tuvo que comprar herramientas con las aportadas por el tío Fullaondo. y hasta el propio Judas cuando venía al pueblo hacia acopio de sus zapatos para que Pepín se los reparase. tomó una cabal decisión que le aseguraba una aceptable fuente de ingresos como complemento a la pensión por invalidez total: se convirtió en el mejor zapatero remendón de la comarca. y desde el vitalista optimismo de Carmen. la escofina o la gubia. con las manos demostró ser un auténtico artesano. Aunque no abandonó sus artes con la madera. que Judas era quien tenía preferencia en sus avíos garantizándole la reparación en cuestión de minutos o de alguna hora si la cosa tenía su enjundia o eran varios los pedidos. A Pepín. Ya podía venir cualquier cliente metiendo prisa al zapatero con su encargo. Por ejemplo. le bastó con una horma. Los muebles originales se distribuyeron por la casa sustituyéndoles un banco de trabajo adaptado a su altura. él apañaba un zurcido por aquí. sin sus habilidades. Acondicionar una habitación como taller para las composturas fue tarea relativamente fácil para Pepín. una talonera por acullá. ganaderos y gañanes de los alrededores le traían a reparar unos impresentables zapatos. de una tierna vara de juncal creaba la más firme cachava. habrían quedado para carne de estercolero. botas o albarcas que. respetándole todo lo demás. la mina solo le fulminó las piernas.

“¡Qué coño. Ya se las apañaría Pepín para largar una indirecta a la tía Refugio en cuanto le acercara algo para remendar pues. cuando el joven ensayaba se producía una desbandada generalizada de su parentela. lo de “ese guaje tenía un poquín de delito”. A la radio también le buscó un hueco sobre un estante cercano a él. es decir. Le costaba una barbaridad decidirse en esas circunstancias excepcionales que a todos les surgen a lo largo de la vida. La radio en el taller devino en imprescindible para mitigar las veleidades musicales de Segundín. y Pepín no columbraba actitud musical alguna en aquel guaje. Tarareos que cesaban como por ensalmo si Pepín veía que se acercaba un cliente por temor a ahuyentarle. aunque no era para menos. y a la vista de cómo se venían precipitando los acontecimientos se afanó en aclarárselos una tarde en que los dos permanecían callados contemplando las 127 . excepto el padre que demostraba tener igual paciencia que el santo Job. y si así sucedía prefería hojear La Nueva España. exonerando a Carmen del sacrificio que a cualquiera le supondría convivir con él. que obtuvo al revelar el negativo regalado por don Ignacio. según él. tenía mucho delito”. que hacían más llevadero su trabajo.en Oviedo. Por lo demás. Lo único que no cabía discutirle era su capacidad pulmonar. pensaba que el director de la banda exigía no ya lo justo sino lo mínimo a sus músicos. en tanto que la lectura ya quedó para las horas robadas al sueño. Ese chaval le ponía la cabeza como un bombo si le daba por soplar la trompeta. Y una de ellas era esta. esas a las que se refería Carmen. Pepín sí tenía claras cuales eran sus “gracias”. y de algún canturreo de cosecha propia. compañero de los emitidos por la radio. el segundo de los hijos del tío Afrodisio y la tía Refugio. pero entre ellas no se incluía la de presumir de su capacidad de decisión. pues raro era el receso que se tomaba por falta de trabajo. Pensaba que si actuaba bajo el dictado de su conciencia debería proceder de la misma manera como lo hizo con Catalina. vecinos linderos con su caserío. Así pues. Estaba convencido de que tal apreciación no era solo de su incumbencia. El último detalle que completó la “decoración” del taller fue la foto enmarcada de Sultán. la casa se impregnó de esa mezcla de olores que destilan las curtidas pieles bovinas con las colas utilizadas por el zapatero en sus arreglos. Segun formaba parte de la banda municipal de música. poquín —recapacitaba—. pero las consecuencias de tal dispendio las sufría él con unos estampidos que las más de las veces alborotaba incluso a sus canarios.

La mujer lo descubrió cuando plegó la colcha que cubría la cama. Y eso pasaba porque la operación de la que ella se venía ocupando. mi vida es otra desde que tú apareciste. Él se lo tomó como una pregunta decisiva. ese miedo que bullía en un recóndito paraje de su mente. Sin pensárselo dos veces respondió: —Claro que lo sé. y arriesgó a implicarse en la respuesta como jamás lo había hecho antes. Él también se roció la misma fragancia por su cuerpo. unas horas a lo sumo. una operación que tocaba alma. —Me lo imagino.cristalinas aguas del río. las sábanas estaban perfumadas con agua de lavanda. En ese abril del 73 sus vidas emprendieron un rumbo radicalmente opuesto al del fatalismo que les perseguía en el pasado. —¿Y tú sabes lo único que nos tiene que importar? —prosiguió ella. Carmen tenía que sacárselo como fuera. “al fin se atrevía a coger el toro por los cuernos” con la pregunta que ella deseaba oír. Ansiada pregunta para la cual tenía dispuesta una incontrovertible respuesta. Imaginaba que la tía Hermelinda sería feliz con el estreno de esas sábanas pertenecientes a su ajuar. —Que vale la pena si hay un solo motivo para vivirla —se lo puso en bandeja de plata. —¿Qué piensas ahora de la vida? —se le ocurrió preguntarle. Era imprescindible que él perdiera esa estúpida aprensión que le impedía ser feliz. pero lo que a él le excitó fue el 128 . —¿Y cuál es el motivo? —Tú —le contestó. Hizo pasar a Carmen a su habitación. —¿Sabes —le dijo— lo que te esperaría a mi lado? Como la propia Carmen diría. unos tenues rayos de luz se filtraban entre los visillos a medio descorrer y las láminas de la persiana casi bajada. un agradable olor envolvía el ambiente. Había escampado. en el día a día no será lo mismo. y creo que me compensará. Y él convirtió el lance más comprometido en el más sencillo. Les faltaba por dar el último paso: conocerse en la intimidad de sus cuerpos. Eligió una tarde que el tío Fullaondo permanecía hospitalizado debido a una de sus innumerables crisis asmáticas recrudecidas con la llegada de la primavera. le recuperara para el feudo de los afectos. La entreabierta ventana permitía el filtrado del olor a tierra húmeda mezclado con el dulzón de los manzanos. —Hazte a la idea de que ahora nos vemos un rato.

Pero Pepín no precipitó la liberación de sus instintos a pesar del mucho tiempo trascurrido desde la última vez que amó a una mujer. hasta el color se le estaba yendo. pues según él. porque ni se atrevió a acompañar a Constantino si en alguna ocasión el amigo le propuso “catar el género” de Las Nieves. supo darle el tempo justo para que Carmen gozase hasta alcanzar el clímax. Y como esa manera de amar jamás se olvida. pero cuando al fin lo consiguió acabó rendido de placer y no sabía si vivía un sueño hasta que ella le secó con el embozo de la sábana alguna agradecida lágrima que escapó de sus ojos. ¿A qué fresca fragancia olía esa piel que no era capaz de identificar?. descubriendo poco a poco otros valles y simas de ese fantástico cuerpo. la espalda.olor desprendido por Carmen. Ahí su lengua se detuvo restregándola en los inflamados pezones. como aquel que pronto tuvo la suerte de conocer con Catalina. por las piernas. A él. en los brazos. besos depositados en la frente. en medio de un placentero gemido. Él siempre tuvo una fijación especial por esos pechos. su tamaño era el perfecto para abarcarlos con sus manos. Desplegó más caricias por los hombros. le costó más. y los labios en sus labios. Le impresionó su blanquísima desnudez solo alterada por unas sonrosadas areolas que realzaban sus pezones.. cuando ella se desprendió de la rebeca sus temblorosas manos se atrevieron a desabrocharle la blusa. Se sobrepuso como pudo al vértigo de admirar esos senos recogidos por un negro sujetador en donde se adivinaban ligeras transparencias excepto en la parte cubierta por la areola. Tino podía convertirse en todo un pesado si se empeñaba en que el otro le acompañara a echar una cana al aire. Para entonces él ya había provocado un incendio en el tibio cuerpo de Carmen. 129 . por las ingles. como nunca antes lo había logrado. pero sus nerviosos dedos se le aturrullaron en lo que a él le pareció un complejo corchete. por el empeine de los pies. Ahí se confundieron sus alientos. que satisfacerse a sí mismo. sin embargo. después continuó por el vientre. en el fino cuello. en los pechos. y fue ella quien al fin se lo desabrochó no sin antes dejárselos aprisionar entre las manos de Pepín. y el ligero vello negro de su pubis escapando por una costura de la braga. no se sabe por qué extraña razón. por el sexo cuando tras un buen rato ella se deshizo de las bragas. en los carnosos labios.. el vientre. los primeros besos fueron a posarse sobre sus labios. el rostro. de su propia excitación y de apenas haber practicado actos onanistas durante ese largo periodo. Pepín prefería el amor compartido. Y volvió a esparcir mil besos por esa sensual anatomía. Empezó por acariciarle la melena. Los quiso liberar. no hacía carrera de Pepín ni en broma. en los párpados cuando entornó los ojos.

sin embargo. A ver.. como el más liberado de los dos. Ella le sorteó como pudo invocando a lo quisquilloso que era con las palabras. si tú recibiéndome o yo llenándote. y aunque no tenía claro si resultaba oportuno satisfacer su curiosidad le dijo: —Vas a pensar que estoy chalado… —¡Como que me pillas de nuevas!. —Con tanto como hemos pasado. Pero a él no se le escapó el detalle y le preguntó si también le pesaba el pasado.. Ella. En ese instante de intimidad le falló el subconsciente. —¡Ah. Carmen comentó que se le 130 . —¿Habrá cielo. —Me abandoné porque sabía que me subirías al cielo. Se dieron un momentáneo respiro en el lecho del éxtasis. se la tomaba como una especie de desafío. en ese único mundo posible. Carmen? —¿Es que no acabas de darte una vuelta por ahí? Al menos eso es lo que ella creía.amándose con tal ansia e intensidad que sus cuerpos quedaron exhaustos. y por mí no iba a quedar. —Con todo lo pasado —dijo— tenía derecho a ser feliz. Le agradó la expresión que ella había utilizado. se querrían de la manera como lo hicieron. —Yo lo he pasado como nunca. porque se amaron como si un buen dios les anticipara que al día siguiente se acabaría el mundo y solo en ese. parece que nosotras lo sabemos sobrellevar mejor si nos falta eso.. A mí el sexo sin amor nunca me interesó. pero en momentos como este me pregunto quién se habrá quedado más a gusto. Ha sido maravilloso. le comentó que veía la felicidad como un imposible. En idéntico tono susurrante.. entonces con una voz muy tenue mientras seguía acariciándola. esa del “derecho a ser feliz”. suelta. eso es lo que quería decir.. y ahora resultaba que la palpaba con la mano. con sus dedos entrelazados. No sé. Conocía suficientemente a Carmen como para intuir que le estaba ocultando algo. ya! Desde luego que nos ha costado llegar hasta aquí. Realmente Carmen no habría querido aludir a su pasado por temor a levantar el mínimo resquemor en Pepín. No obstante. al mejor de los cielos posibles. zanjó la cuestión y retomó la conversación por el inicial derrotero. A él le bastó esa respuesta y no entró en mayores lucubraciones si se exceptúan las referidas al concepto que tenía de la felicidad. ¿Es que no nos merecíamos un tiempo para el amor? —Claro que sí.

no te pases.. —¿Qué ponía? —preguntó ella. intrigada. —Nos enfrascamos en el día a día con nuestros pequeños problemas —insistió —. anda. como tú dices. se tenían que “currar para merecerlo”.. hombre igualito. 131 . que no tenía horarios para ayudar a los demás.venía a la cabeza de oírla en cierta ocasión a un político en la tele. A poco de tratarme va y me dice: Mira. podía hundirse el mundo y él te hacía ver que era una gilipollez. amor. ilusión. —Porque disfrutan con lo que hacen. y Carmen se interesó por saber cuál era el suyo. —Eso a mí nunca me ha pasado. Y era tal su optimismo que te lo acababas creyendo. y cómo se le llenó la boca con los derechos mientras se olvidó del más importante: ese al que ella se refería y que. —Le recuerdo como si ahora lo estuviera viendo. —Es curioso. Y encima lo de tu madre cuando menos lo esperabas. lee esto. Ni te imaginas la cantidad de tiempo que me dedicó. y siendo como son mis mejores amigos… Igual me pasó contigo. ¿tú sabes cuánto has significado para mí? Eres como él. —Sí. para recuperar el sentido de la vida. —Igual que tú. enseguida hablé de cosas importantes con él. Carmen. y me larga una libretita. y la vida se nos escapa sin vivirla plenamente.. en donde apuntaba cosas que le parecían interesantes. Él indicó que esa palabra o cualquiera derivada de ella. Cosas que en la vida hubiera comentado a Antonio a Tino o Emilín. y se conformaba con estar a gusto consigo mismo. —No me paso. —Fíjate. ¿verdad? —Era un tipo cojonudo. con ser un desconocido. —Normal que te volvieras pesimista —corroboró ella—. teniéndolos tan cerca. ahora me acuerdo de él. en aceptar sus “pasos cortados” como aprendió de Mariano. que siempre llevaba consigo. —¡Qué suerte dar con gente así! Son personas que infunden confianza. —Del enfermero de Madrid. según sus palabras. desaparecieron de su vocabulario después del accidente. Pepín nunca se planteó la felicidad desde ese punto de vista.. apasionamiento.

. Después le acarició por la frente y él notó la suavidad de las yemas de sus dedos peinando su cabellera hacia atrás. —¡Menuda frasecita! —Y apostilló: “Tranquilo. —¿Sabes dónde me han gustado mucho tus besos? —se atrevió ella a susurrarle. llora lo que te salga de los cojones. pero me las hacía pasar canutas con sus ejercicios de rehabilitación. con tanto tiempo como le hemos dado. aunque no haya para aceite. pues al final la vida te da por un lado lo que te quita por otro” o “de aquí nadie sale cansado de vivir”… No quería oír la palabra enfermo. —Nunca lo olvidaré. era una reflexión de una socióloga. nosotros éramos “pacientes”. Carmen no era excesivamente besucona. no veas cuánto ha preparado mi madre. —Claro. ese extraño cuerpo que de cintura para arriba pasaría por el de un fibroso atleta. que de ahí también salen lágrimas”. —¿Dónde? 132 . No se cortaba. y que sin embargo. Disponía de dichos para dar y tomar como “solo hay que armarse de paciencia. Concluyeron el reposado diálogo y lo sustituyeron por otro mudo donde adquirió protagonismo un nuevo intercambio de caricias y abrazos. —¡Como para llevarte la contraria! —El ajuar corre de mi cuenta.. coño. Tienes que aguantar aquí. tomó la iniciativa correspondiéndole con el frenesí de besos que tenía extraviados en el tiempo. pero hizo una excepción y. mostraba los estragos del accidente a partir de sus caderas en unas escuálidas piernas sin musculatura. él sabía que esto merecería la pena y parece que acertó. —¿Tú crees? —Ni lo dudes. los enfermos a quienes se obligó a vivir más de lo soportable”. prenda. que tú al cielo no te vas de rositas.. sus pacientes. esculpido a base de esforzados ejercicios. —Le tenemos que dar la razón. Ella detuvo su mirada en la contemplación del cuerpo de Pepín. te compensará”… Tenía algo de brujo. llora. me decía: “y si hay que llorar. con todo lo hundido que estaba. pero lo que volvió a excitarle fue el roce de los pezones al situarlos a la altura de su boca sentándose a horcajadas sobre él. en él estarán los nuevos mártires. una tal María Ángeles Durán: “Si hay cielo. en vez de dejarse llevar como al principio. —Porque a ti no hay quien te gane a pesado. No nos va a faltar de nada.

cuando cerré los ojos… No sé cómo explicártelo. Carmen se hizo de rogar.. Y en ese momento encendió una pequeña lámpara situada sobre la mesilla de noche. Pepín le pidió un último deseo: que se incorporara para apreciar mejor su nívea desnudez. Su pene se había endurecido de nuevo. y algo ruborizada replicó: —¡Bueno. lentamente. cogió dos manzanas reineta y las comió en un pispás. la mano derecha y la negra melena echándosela hacia delante. pero ella indicó que se hacía tarde y era hora de regresar a casa. —¡Ni que fuera un muñeco de feria!. ¡Ya estás viendo todo lo que tenías que ver! —Anda. se lo habían confesado casi todo entre las sábanas. Era por provocarla. ya está bien por hoy! Y ya estás apagando la luz. muy al contrario se excitó al contemplar la esbeltez de sus piernas. fue una sensación muy agradable. si solo es un capricho. Al levantarse cubrió prácticamente sus pechos entre su brazo. con la mano izquierda se tapaba el vello que apuntaba por el monte de Venus. Carmen. al instante a ella se le erizaron los pezones. e inventarían más desde ese día en adelante. con una pícara sonrisa.. la del pecho izquierdo. Pepín le acompañó a su casa sin que apenas mediaran palabras por el camino. necesitados como estaban de recuperar tanto sexo olvidado y tanto amor perdido. —En los párpados. en absoluto resultó decepcionado por esa pose. Después se dirigió a la despensa de la cocina. No obstante. —Así no vale —indicó Pepín. no te hagas la remolona. y no paró de restregarla con la pinza que formaban sus dedos pulgar e índice mientras seguía succionando el pezón derecho. ¿no? —dijo él. Los cerró de nuevo. giró sobre sí misma dos o tres veces variando la posición de sus brazos en función de lo que pretendía ocultar. Por él habrían permanecido allí toda la eternidad. existía un minúsculo lunar que también requería las caricias de su lengua. Fue otra forma de amarse. Y se les echó la noche encima cuando vieron que la habitación entró en penumbra. vale. Pepín cogió una de esas diminutas protuberancias endurecidas. al momento de besarla en la 133 . —Eres preciosa —ahora era él quien se hacía el parsimonioso y tardó en incorporarse a la silla. Descubrió que en uno de sus pechos próximo a la areola. de sus caderas y la curvatura de sus firmes glúteos. y allí que puso sus labios. —Hay otros sitios tan agradecidos como los párpados.

y como por embrujo. amarla. Percibió cómo el rostro de la hija era la antítesis del que un mes de diciembre de unos años atrás le mostrara atenazada por el pánico un desapacible día de vientos huracanados que ella. Es más. poseerla. —Adiós. olerla con esa impronta que el agua de albahaca impregnada a su cuerpo dejaba entre las sábanas. A él le entraban unas ganas horribles de comer tras hacer el amor. Después vendría el auténtico atracón de amor. Y esa manera de entregarse generó extraordinarios efectos en los amantes… A Carmen.. sus desvelos. gracias por quererme. La luz que emanaba de sus pupilas. A él ya era lo único que le faltaba: amanecer junto a ella tras intensas noches de amor. “los días sin luz”. jamás olvidaría. bobo. gozarla. complacerla. Y comprometieron futuros despertares con la aurora por testigo. Carmen. con esos acezantes suspiros capaces de devorar el aire que les pusieran por delante. disfrutarla. 134 . como madre. En Carmen culminaba su existencia y de su vida desaparecerían los vacíos para siempre. consentirla.. —Pero si resulta muy fácil quererte. seguro que nos está viendo. le desaparecieron sus pesadillas. en los días apacibles se daban todo el tiempo del mundo para extasiarse. En ellos Carmen entornaba los ojos gimiendo de placer con relativa facilidad. —Es agua de albahaca. de ese rostro.. Ahora por muchos días nublados que vinieran estaba su Carmen para prenderlos de luz. desaparecieron las ojeras de poco tiempo a esta parte y tampoco propendió a morderse el labio inferior por agobios que salieran a su encuentro. pues la presencia de Pepín supuso encontrar al guardián que velaría sus sueños impidiendo la entrada en ellos de indeseables alimañas. Casualmente la tía Covadonga la vio despedirse de él. gemidos de tono bajo mientras Pepín acompasaba su sudoroso cuerpo al jadeo de sus impetuosas penetraciones. como él decía. de repente.frente se le ocurrió preguntarle cuál era la agradable fragancia desprendida por los poros de su piel. pero sobre todo echaba en falta entregarse a una mujer. pero existían también amores furibundos donde se buscaban apasionadamente. la prepara mi madre. no quita el ojo de la ventana en cuanto ve que me retraso.

. ¿eh?.. y si la rana se muere… Para entonces Carmen presentaba dos faltas y su cuerpo siempre se había comportado como un perfecto mecanismo a la hora de menstruar. 135 . 3 . Él. Ella se quejaba supuestamente del estómago por un chocolate con churros que se le antojaron en la feria hacía mes y pico habiéndole sentado fatal. esta desazón no son normales.. La prueba de la rana confirmó sus presagios y ella creía que estaba embarazada. —¡Pues benditos churros —saltó Pepín.. Esta es la mayor alegría que podías darme en la vida. se atrevió a preguntarla: —¿Estás segura? —Segura. a Pepín le saltaba por cualquier tontería que le dijera y. No parecía la misma. Carmen en absoluto le rió la gracia y se desembarazó del besucón como buenamente pudo. Venía muy alterada. Él sospechó desde el primer momento que esos churros los digirió sin dificultad y que. sin embargo. —¡Mírale ahora con la que sale! Igual que un rapaz. segura. pero estos vómitos. —Con que crío.. y por los hechos que allí trascendieron coincidió con la cuarentena anterior a unas futuras nupcias. a quien se le diga… Treinta y tantos añazos y te comportas como un crío. 4 Pepín se sobresaltó por aquella tempranera visita de Carmen. Al otro no le cogió del todo desprevenido. La mayor… —¿No te das cuenta de la que hemos preparado.. en realidad. ¿no?. calamidad? —¡Claro que me doy cuenta! —¡Pues no lo parece! —Quieres que nos casemos. ufano—. contenido por la emoción. él se mostraba si cabe más comprensivo con ella. las molestias se debían a un organismo pendiente de adaptarse al ser que crecía en sus entrañas. Para lo tranquila que era Carmen la notábamos demasiado nerviosa en esos días. esto sí que ha sido llegar y besar el santo! Y la cubrió de besos.

—¿Te imaginas qué dirían en el pueblo? —¡Me importa un carajo lo que digan en el pueblo! —¡Pues a mí no! —le soltó bastante ofendida. y él le pidió que el padrino fuera el tío Fullaondo al haber llegado tarde para su madre. —Para mí. ya eres mi mujer y si quieres podemos pasar juntos el resto de nuestros días. con papeles o sin papeles. tu padre ya tuvo la suerte de serlo en la boda de tu hermana. Ella admitió su prontitud para entrar en razones.. —¿Tú estás en tus cabales?. ¡Por supuesto que habrá boda!.. y que Él de arriba bendijera la que se les venía encima.. —Mi madre y tu padre —asintió ella— serán los mejores padrinos que se hayan visto en la ermita.. Allá cada uno con su conciencia. En ese mismo instante Pepín propuso ir a ver al cura para fijar fecha y hora en la ermita. —Al fin y al cabo —dijo—. —¡Como si fuera tan fácil! ¡Aguantarles toda la vida cuchicheando! Carmen opinó que había que hacerlo como Dios manda. —Sabes que a mí lo que piense la gente me trae al fresco. pues lo sobrellevarían mejor con su ayuda. 136 . Y cuanto antes mejor para que no se me note.

que bizcochos a la puerta de un colegio en una estampida estudiantil. donde destacaban sus rollizas mejillas y una boca con labios muy perfilados. Las malas lenguas atribuían esa agradable coloración a que las botellas de vino dulce que echaba al cáliz en las eucaristías duraban menos en el armario de la sacristía guardado con llave. esas tierras dependían eclesiásticamente de la diócesis de Oviedo. creaba en torno a sí estaban repartidas en parecida proporción. A ello colaboraba lo bien que conservaba su cabellera. La desconfianza era mutua. un cura joven que le sustituyó cuando él falleció. y una agradecida piel apenas surcada por alguna fina arruga en su rubicundo rostro. El cura procedía de una comarca de León limítrofe con el Principado.VIII Don Casimiro 1 Las simpatías y fobias que don Casimiro. y él ingresó en el seminario para estudiar el bachillerato al ser el benjamín en una familia de nueve hermanos cuyos padres se las veían y deseaban para sacarlos adelante. y de ahí que desistiera de 137 . pero entre los mineros generaba muchos recelos. como entrecerrados. para él nosotros tampoco éramos santos de su devoción con las puyas que nos tiraba en sus homilías. Para las beatonas era el hombre más santo y más bueno del valle. el cura párroco. El padre Juan Ramón. quizá gastados por la miopía. solo invadida por un cano mechón. pues ni de lejos representaba sus setenta años recién cumplidos. En su altivo porte lo único que resultaba avejentado eran sus ojos. es diferente. teníamos nuestros motivos para pensar así. pero su aturdida mirada en nada tenía que ver con una fe y unas convicciones a prueba de mil tentaciones que le pusieran por delante. 2 Tras las gafas de gruesos cristales de don Casimiro aparecían unos ojos achinados.

a mí me arreó un buen pescozón. Y ello tenía un efecto disuasorio entre los demás monaguillos. y tuvo la mala suerte de ser cazado por don Casimiro la única vez que echó un tiento a ese vino dulce que tan buen regusto le dejó en el paladar. un monaguillo vacilón del que no hacía carrera entre lo “canijo” que era para lo pronto que le había visto con un pitillo entre los labios. según él. el ama. pero siempre mira. las hostias sin consagrar a las que se refería eran simples retales que el cura no solía dar en comunión. los chicos se quedaban durante varias fiestas de guardar sin las propinas que el cura les daba detrayéndolas de las monedas que los fieles depositaban en el cepillo. Me pilló fumando —indicó otro guaje. Al cura le sobraban calorías por toda su anatomía y hacía mucho que abandonó el negro fajín que le cubría en parte la sotana cuando podía presumir de estilizado cuerpo al comenzar su magisterio. —Como si no lo supiéramos. El sacerdote mostraba un particular interés por aquellos chavales que consideraba más espabilados y procuraba convencer a sus familias para que estudiasen en el seminario sin que ello supusiera gasto alguno para sus precarias economías. Como secuela de esas travesuras. y más cuando su nombre propio servía para chotearse de él si Crispín se juntaba con otros condiscípulos. Nunca se privó de un vaso de buen rioja durante las comidas y del correspondiente farias que. La bolsita contenía un pañuelo empapado en 138 .. El chaval no carecía de razón: —Ojo con don Casi-miro —les ponía sobre aviso—. una vieja parroquiana que entró a su servicio hacía años al enviudar joven y sin hijos que atender. Tampoco es que el chico abusara de su posición. cabía deducir que jamás hizo ascos a las invitaciones de sus fieles al visitarles en sus domicilios por algún motivo derivado de su competencia religiosa. De la oronda figura de don Casimiro. y tenéis asegurado un cachete si os coge afanando sus hostias o echando un traguín de su vino.. que parece que no mira. La inexpresividad de sus ojos era compensada por sus macizas manos. Solía echar mano a un bolsillo de la sotana para sacar una diminuta bolsa de plástico. ni a los sabrosos guisos preparados por Rosario. le ayudaba en la digestión. para nadie pasaban desapercibidas entre lo poco que se correspondían con su edad. —Es que como le pilles con la mano tonta. poco disimulada por la volandera sotana.las ayudas del antiguo sacristán y se las apañara bastante bien con las esporádicas de sus monaguillos y beatas. y la gracilidad que adquirían cuando exponía sus argumentos o se le escapaba una colleja cuyo destinatario era Crispín.

Ella se santiguó con el agua bendita contenida en una diminuta pileta adosada a una pared del templo. Las letras en blanco destacaban entre el fondo oscuro. y a él se apuntaban voluntariamente unas cuantas parroquianas y santurronas. ¿Bendita esa agua?. Olía a ese inconfundible olor desprendido por los templos. Notó que las imágenes del Cristo de los Mineros. a veces desabrochado. observó así mismo cómo de una columna que dividía la nave central de las laterales pendía una pequeña urna de madera. en fiestas o liturgias especiales lucía su impecable sotana nueva. Carmen y Pepín accedieron a la iglesia por la puerta lateral. El cura había institucionalizado un zafarrancho de limpieza el último viernes de cada mes. y muy al final de sus días precisó apoyarse en un bastón no tanto por su impericia al caminar como por lo deteriorados que acabaron sus ojos. la de más fácil acceso para él. Carmen se adelantó hacia la puerta de la entreabierta sacristía. con una rendija a modo de hucha. mezcla de la cera derramada a medida que se consume el pabilo aún encendido de varios cirios sobre el altar. estancada como estaba en esa pileta sin evaporación por la humedad del ambiente? —reflexionaba Pepín a la espera de que concluyera la misa de las nueve y salieran las feligresas. ¿Qué limosnas necesitaría el Santísimo?. Solo eran mujeres las asistentes a aquella eucaristía. de una gorro impermeabilizado si llovía. Pepín la seguía a corta distancia. y se lo restregaba por el rostro para aliviar los efectos de sus repentinas sudoraciones. continuaban enredando sus neuronas. pues renegaba de los paraguas. el ambón.. y del incienso quemado en el funeral de la tarde anterior. de los santos sobre las peanas. de una dulleta gris si el invierno hacía de las suyas. Raro era encontrar una flor mustia en jarrones u hojas secas en las grandes macetas con aspidistras situadas en el centro y lados del altar. la mujer tocó levemente con los nudillos de una mano y preguntó: —¿Da usted su permiso.. don Casimiro? 139 . las sillas del oficiante y los monaguillos relucían sin apenas una mota de polvo. Eso sí. ¿La cambiarían de vez en cuando.agua de colonia. del alzacuello. Por mal que viniera el tiempo no necesitaba más que de la sotana —en ocasiones afectada por inoportunos lamparones de los que no se percataban ni él ni Rosario—. y de una boina negra en cualquier época del año. tras la misa de nueve. el púlpito. solicitando limosnas para el Santísimo.

abrió el compartimiento cerrado de la parte inferior y sacó una caja con pastas caseras regaladas por una feligresa para compartirlas en ese rato que pasarían juntos. este no se anda por las ramas cuando tiene que soltar las cosas. hijos? Carmen quedó un tanto desconcertada. —Probarlas. se dirigió a un mueble estantería. ¡Pero bueno. El cura hizo tomar asiento a Carmen sobre una silla que arrimó a la mesa situada a un lado de la sacristía. y apuró la marañuela. tono que a Pepín le irritaba por considerarlo algo impostado El sacerdote estimaba que esa admonición entraba en sus obligaciones y se lo tomaba como si estuviera incluida en su sueldo. estamos aquí porque queremos que nos case en cuanto pueda. El sacerdote les estrechó las manos interesándose por el motivo de la inesperada visita. don Casimiro. padre…? —le saludó Carmen por su mayor grado de confianza. —¿Qué se os ofrece. dudó a quién correspondía el timbre de esa voz. En ese instante el cura se quitaba la casulla. Don Casimiro se llevó una marañuela a la boca. por Dios… Aleluya. le lanzó una indirecta mientras se disponía a guardar un cáliz en el sagrario—. —Bien. —Buenos días. las depositó en la mesa al tiempo que corría la silla colocada bajo la misma para ir a sentarse entre medias de los dos. pues Pepín lo largó de sopetón. entrelazó sus manos situándolas sobre el regazo. hija. y se limitó a contestar: —Adelante. casi a la altura de un crucifijo de plata que colgaba de una cadena del mismo metal. después se desprendió del alba. Al fin se decidió faltándole tiempo para sermonearles con su melifluo timbre de voz. veréis qué ricas le salen a doña Eustaquia. con los quehaceres de cada día… —y al ver que venía acompañada por Pepín. después se sentó calmosamente mientras la degustaba y Carmen lo secundó. —Ya ve —indicó ella—. Pepín increíblemente desentendió los dulces. se retocó el pelo con las manos. qué alegría! ¡Bendita la compañía que a alguno le trae por aquí después de tantos años! Pepín ignoró la alusión y ahí entendió por qué a don Casimiro también se le conocía como don Aleluyas. el silencio se cortaba en la penumbrosa sala. Estas marañuelas no las coméis todos los días. Les 140 . Al cura le sorprendió tanto la situación que tardó en reaccionar. —¿Qué tal.

en situaciones como esta mi papel es ejercer como abogado del diablo para que el vínculo no se rompa a la menor crisis. Dios tiene depositado en vosotros un enorme potencial de Amor y. Además.. —Hijos. bajo ningún concepto. para siempre. Propendía a acabar una frase y comenzar la siguiente con las mismas palabras. pero el cura siguió a lo suyo. Entonces aseguraba que “ese fundamento requería de una serie de condiciones que garantizasen la estabilidad matrimonial”. no tengo más remedio. Y calló bastante de lo que le dictaba su agnóstico cerebro por respeto a la fe de Carmen. pero ese no es el problema.. incapaz de seguir aguantando lo que para él era una monserga entreverada de cierto puritanismo—. surgirán 141 . bajo ningún concepto. para hablarles de que “esa era una decisión que no debía tomarse a la ligera de la noche a la mañana”—.exhortó sobre la importancia de un “Amor con mayúsculas. Pensad. Carmen le conocía desde la superficialidad de alguna insulsa homilía. —Pepín quiso intervenir. y ahí. Ahora fue ella quien pretendió terciar sorprendida de cómo el hombre teorizaba en torno al sacramento. repito. pero el viejo cura tenía la lección aprendida y no permitía interrupciones. en esos momentos de nerviosismo y acaloramiento que. insisto. de un Amor que exigía muchas renuncias y sacrificios mutuos. sin cederle la palabra. y a las inevitables dificultades que a todas las parejas les llegan con la convivencia. Aunque os cueste entenderlo. pero sobre todo de un buen fundamento en que apoyarle”. que os vais a comprometer de por vida. Y sin concretar esas misteriosas condiciones les formuló una pregunta que a Pepín le sentó como un tiro: —¿Estáis seguros de que vosotros disponéis de esas condiciones? —Mire —le cortó. y les hizo una observación que para ellos estaba de más. en vuestro caso añadiréis otras extraordinarias que no sé si las estáis valorando en su verdadera dimensión. ¿sabéis el trascendental paso que queréis dar?. y lo insinuaba fijando la mirada en Carmen. yo quiero a esta mujer y esa es la única razón por la que he venido aquí. Sé que Él os ha provisto de medios para que mantengáis y eduquéis a vuestros hijos. —Perdonad que os hable así de claro. podéis defraudarle a las primeras de cambio. pero no me toméis el paso cambiado. la única… Porque me lo ha pedido invocando a su fe. Yo entiendo que los problemas se os pueden presentar por vuestras especiales circunstancias como pareja. con mi trabajo seré capaz de sacar adelante a una familia… Ni decir tiene que ella también me quiere.

con la convivencia. se lo 142 . volvió a intimidarle. lejos de aceptar al hijo pródigo que regresaba al redil gracias a las influencias de una buena parroquiana. —Lo que he visto desde el púlpito. pero las pocas veces que viene le aseguro que lo hace de corazón. y tantas amargas confesiones escuchadas por estos oídos de viejo pecador. rumiando la respuesta apropiada. pues eso era de lo poco claro que tenía en su vida. padre. ponerse del lado de la patronal. ante la duda. Ese alejamiento de la Iglesia. es cuando debéis apelar al diálogo conyugal cuantas veces sea preciso para que el vínculo matrimonial no se vaya al garete… ¿Sabéis la de parejas que hacen de su convivencia un infierno y tienen que seguir soportándose? Esto no lo quiere el Señor. le costaba dar su brazo a torcer y le contestó con cierta sorna: —Descuide. En vista de la situación fue Carmen quien terció. O al menos ese era el soniquete que le llegaba de quienes sí acudían a sus homilías.. —Qué no habrá visto usted.. a este le cuesta entrar. —Pierda cuidado. A partir de ahora le verá más a menudo por aquí. —Pero si no te he visto pisar la iglesia como no haya sido en algún funeral… —enmudeció el instante necesario para compensar su andanada quedando como el hombre justo que se consideraba mientras acariciaba el plateado crucifijo situado sobre su pecho con la mano izquierda. ¡Con lo bien que nos vendría un ejemplo como el tuyo entre nosotros! A Pepín no le quedó otra alternativa que morderse la lengua ante lo incontrovertible de su lejanía eclesiástica y permaneció callado. y apostilló—. El sacerdote no pasó por alto el irónico tono del comentario de Pepín. Él solo desea lo mejor para su familia cristiana. se dice pronto lo que ven ustedes desde el púlpito. Ahora. tenía algo que ver con la proclive actitud del cura en lavarse las manos ante las reivindicaciones de los mineros e incluso. hijo. sin andarse con más rodeos les preguntó si estaban convencidos de su amor. Sin embargo. Pepín le respondió que no le cupiera la menor duda. padre… —comentó Carmen queriendo apaciguar el posible menosprecio de Pepín.. el sacerdote se mostraba implacable con ciertas ovejas descarriadas y. sin embargo. y si ese convencimiento pasaba por poner su unión en manos de Jesucristo para que Él los guiase por el buen camino. que ya nos cuidaremos nosotros de no romper su vínculo. Pepín hubo de admitir que el cura llevaba razón en su última reflexión.

143 . le soltó lo que venía pensando: —Mire. hijo. —Un Amor que dará los frutos de los hijos. Don Casimiro prosiguió con su plática invocando al Señor y cómo “les ofrecía una oportunidad excepcional para conocerle mejor a través de su Amor”. —Así lo espero. pues les serían “de gran ayuda para educar cristianamente a esos hijos” que. me la he tomado con especial interés por el cariño que os tengo. con todo lo que has pasado. don Casimiro. —le espetó de manera afectada—. no le pasó desapercibida esa complicidad a pesar de su miopía. los dos se dirigieron una mirada que lo decía todo. Como quiera que a su edad había conseguido las dotes de adivino. —Espero —continuó él— que estas amonestaciones se las trasmita con igual encomio a todos sus novios. —Lo que usté diga.prometo. luego por la tarde pasaré por su casa para hablar de lo suyo. Pero déjeme explicarle. por favor… No se puede ni imaginar lo que nosotros ya habíamos hablado antes de asumir esta decisión.. Teodora. insistió en que no estaría de más que acudieran a las charlas de preparación al matrimonio. Yo intenté quitárselo a ella de la cabeza con todos los razonamientos posibles. con esa convincente manera que tiene de argumentar sus ideas. con su infinito Amor. si cabe. Y nada más lejos de mi intención si has malinterpretado alguna de mis palabras. hijos? Y Pepín aprovechó el ligero despiste para despacharse a gusto. eres el típico ejemplo de los desengañados de Dios. pero no hubo manera. a todos. y Pepín. jamás se olvidó de ti. Dios pronto les regalaría. —Eso dalo por hecho. pero nunca es tarde porque Él. Carmen aceptó la sugerencia. don Casimiro? —No. pero le ha costado ver en nosotros a una pareja normal que se presenta ante usted únicamente por Amor. En ese momento. Al cura. toda una bendición para el proyecto divino. le agradezco estos consejos que nos ha dado. ahora estoy ocupado. Una beata quiso fisgonear más de la cuenta y el cura hubo de interrumpir su alegato. Ocurre —incidió a modo de disculpa— que vuestra unión. —¿Se puede.. —¿Por dónde íbamos. a buen seguro.

¿Cuántos vienen aquí por puro convencionalismo? —Ya… —No. sí. Sin embargo. y no todo edificante para esa compleja sesera que luego habla por boca de ganso. aunque este a veces las suelte un poco a lo bestia. Respecto a eso que tú llamas agnosticismo. se cebaba en él con tantos “palos” como le daba. no quiero darme ni por enterado. hijos! Pepín le dio las gracias. Es como el si te he visto no me acuerdo. Qué pena que por ahora no ganemos para la fe a alguien como tú que nos da un maravilloso ejemplo de dignidad y honradez. por una vez. —Descuide hombre.. ¿Cuántos vuelven. considerando la posibilidad de ignorar a un Dios que. tú solo eres un desengañado. y sabiendo cuánto exponía. es que esta mujer crea en mí con la que se le viene encima. y estoy convencido de que más pronto que tarde te reencontrarás con Él. me parece a mí. ¿Entiendes?. —Mucho has leído tú. Tienes que garantizármelo porque si no olvídate de la boda. le habló de la seriedad con que se tomaba su falta de fe. el cura se tomó a pecho lo de su agnosticismo y le reconvino. Pepín. padre? ¿Cuando bautizan a la rapaza? ¿Cuando el chaval hace la comunión? Algunos ni eso. porque ella me lo pidió. Yo no he oído nada de nada. ahora déjeme a mí.. porque entiendo que es simple palabrería.Qué mayor acto de Amor. pero ejercen de hipócritas y ni tan siquiera se habrán parado un instante a reflexionar como lo hemos hecho nosotros. Repito. pero no quedó ahí la cosa. Por favor no me interrumpa. con tanto como me cuesta.. de su “Amor con mayúsculas”. Y. caso de existir. —Yo no se lo habría sabido decir mejor. Le hizo ver que la vida no era como se la querían enseñar. Qué mayor acto de Amor por mi parte que ceder a entrar aquí. Eso sí. pierda cuidado que comulgaré. como dice el refrán y dicho sea con la mejor intención.. donde quiero ir a parar es que muchos de sus feligreses serán tan agnósticos como yo. —¡Enhorabuena. No obstante. quiero que le quede claro que nosotros hemos venido a la Iglesia absolutamente convencidos de la decisión que deseamos tomar. prefería equivocarse por sí mismo. permítame la inmodestia y el riesgo de asumir lo que le voy a decir. lo único que exijo es que no niegues el cuerpo de Cristo en un día tan señalado. padre —apostilló Carmen—. 144 .

El sacerdote miró el reloj. aunque acudieran al confesionario por simple formalismo. hija. visto desde esa perspectiva. pero no dijo nada. Además. hablar con vosotros de esta manera es de lo mejor que le puede pasar a este cura viejo para seguir aprendiendo. —Y no me venga con refranes —pretendió concluir—. —Seguro. pues yo digo lo mismo: si Dios no me la ha dado será porque querrá compensarme de otra manera. Carmen sí le respondió indicando que se pasaría un día antes de la ceremonia. Pero por el Amor de Dios. nos tiene aquí toda la mañana y supongo que tendrá otras cosas que hacer. —Como le oí a uno: Que era agnóstico por la gracia de Dios. creyendo que aquello se le escapaba de las manos al novio—.. Era aquella ocurrencia de un parroquiano que va a confesarse y cuando el cura le pregunta si sabe los mandamientos le contesta que los iba a aprender. Le venía a la cabeza algo que leyó y podía liarla más de la cuenta. dio la callada por respuesta. ¿no te basta con este milagro que se ha producido en tu vida? Por una sola vez admitió que. Él. se apercibió de que se le echaba la hora encima y les hizo una última sugerencia. sin embargo. —Don Casimiro —intervino Carmen—. este no se va a callar ni debajo del agua —y conociendo a don Casimiro. —¿Creéis que debéis confesaros de algo para que Cristo santifique vuestro Amor. tranquila… Si en esta vida todo tiene cura… Porque hasta la muerte es una cura para nosotros los creyentes gracias a la otra vida. —Padre —intervino Carmen. a lo mejor le estamos entreteniendo… Mire. Que bien de razón lleva usted cuando dice que a veces habla por boca de ganso. pero no se esforzó en tal tarea al haber oído el runrún de que los iban a quitar. como a este le dé cuerda. pensó que no estaría de más una ligera adulación hacia su persona—. hijo.. —Tranquila. acaso debiera reconocer una intervención divina en un hecho tan infrecuente como que Carmen se fijase en un tipo como él. que por la boca también muere el pez. limpios de todo pecado? Pepín creyó que condicionaba a los contrayentes al formular la pregunta en esos términos y nadie se atrevería a negarle el sacramento. pues 145 . Solo le faltó oír eso a Pepín para que perseverase.

—Aquí os esperaré. Este me pone a prueba cada dos por tres y no quiero arrepentirme de alguna barrabasada que le suelte. cumplían la penitencia impuesta. inmediatamente. ¿En qué fecha habíais pensado? —En el primer domingo de junio —contestó Pepín. —Muy pronto me parece. y esta circunstancia tampoco la consideraba excepcional. ¿A ver. —No se preocupe por eso —replicó él—. Y al fin se planteó la pregunta decisiva que les había llevado hasta allí: —Bueno. —¿Y el último de mayo? —propuso Carmen. Pero si dura era su visión del penitente por parte de Pepín. lo tienen cogido Micaela y Juan Carlos desde el año pasado. —Pero si no os dará tiempo a prepararla. porque creo que ya está pedido. yo apuraré hasta última hora.. porque al fin tendría que darle la razón: No cabía ser insolente con los demás. juzgándoles alegremente. 146 . limpios hasta la próxima fechoría. aguantaban el chaparrón justiciero del sacerdote. No entendía cómo otro ser humano se aventuraba a influir en las conciencias ajenas. si nadie le garantizaba que se constituyera en el mejor ejemplo de bonhomía teniendo limpia la propia. Dejadme consultar la agenda.. le diría don Casimiro. ya lo imaginaba. más implacable incluso se mostraba con el oficiante. y no estaría de más pedir a Dios que perdonara sus “miserias”: —Si no le importa. El novio sin embargo... En consecuencia. no había vuelto a un confesionario desde cuando lo hizo para comulgar por primera vez. alguno sospechosamente interesado en determinados pecados. Él no le expondría sus pecados. siempre husmeando en las vidas ajenas cuando bastante tenían en preocuparse por las propias. nosotros somos muy aplicados y enseguida nos entrarán los cursillos. sus opiniones sobre este sacramento era de lo poco que no se atrevió a polemizar con el cura al considerarlas como meras elucubraciones bastante mediatizadas por su manera de explicar el fenómeno religioso. hijos… —pretendió concretar el sacerdote—. y piadoso con uno mismo. padre. siempre queriendo indagar. Y es que pensaba que la mayoría de arrodillados ante un confesionario venían a lavar su mala conciencia. Él mismo prefería hacer sus propios altos en el camino para reflexionar sobre su conducta e imponerse algo parecido a unos actos de contrición.? Sí.hacía tiempo que no se confesaba. y borrón y cuenta nueva.

—¡Joder. ¡Menudo esfuerzo! —pensó Pepín para sus adentros. con razón tienes fama de espabilado… —insinuó el cura mientras pasaba con parsimonia las hojas de la agenda—. pretendió fulminarle con la vista y calló los comentarios que tenía in mente. —Pues haga. sería un caso extraordinario. hijo. Esperar que lo escriba en la agenda porque esta memoria no es ni sombra de lo que fue.. —Hombre. entendía que todo eran impedimentos. —Haremos un esfuerzo. contamos con usted para la comida. —Claro. Pues si no es en la ermita habrá que buscar otro sitio o a otro cura. Y no se hable más. ¿No ves que en esta vida todo tiene arreglo? —Sí —intervino Carmen—. pero no sigas. si no hay más remedio se hará lo que se pueda. porque sabía que era una guerra perdida de antemano. padre? —dijo la futura novia a modo de despedida. haga… —insistió el novio. hombre— indicó mientras se pasaba el pañuelo por la frente—. A Pepín se le agotó pronto la paciencia. pero vamos. apuntado está.. padre —le preguntó ella en tono conciliador—. porque también está pillado. ¿cómo tiene el segundo domingo de junio? —No hay problemas. esta misma tarde pongo las amonestaciones en el tablón. hijos. —No dudo de lo aplicado que saldrás. y soltó una de las suyas. ese sí que está libre. Y por supuesto. —Lo malo es el feo que haría a alguno de vosotros si queréis que os acompañe en la celebración. hija. —¡Pues apúntenos antes de que sea tarde! —respondió al momento Pepín. esa fecha nos viene bien. lo difícil que resulta casarse!. os acompaño a la salida. —¿Sería mucho pedirle dos bodas el mismo día? —le sugirió Pepín. —Id con Dios. —A ver. maldita la gracia que le hacía tenerle entre los invitados. —¿Pues si usted no manda otra cosa. Carmen le echó una inquisitorial mirada. pero esa era la costumbre y no osó discutírselo a Carmen. empezando a impacientarse. 147 .

que de tarde en tarde le asaltaba. antes de abandonar el templo. indicarle la impostura de su agnosticismo de acuerdo al gesto que le había visto. —Me río yo de agnósticos como tú mostrando su consideración a nuestro Cristo. En ese momento se le vino a la cabeza los madrugones de la tía Hermelinda acompañando al Cristo de los Mineros en la procesión del Vía Crucis que recorría las estaciones del humilladero. —Qué buena mujer era tu madre. en un tono muy bajo de voz. se detuvo un segundo. Pepín le aclaró que no se confundiera. Pero ante todo suplicaba que la horrible pesadilla. don Casimiro aprovechó la oportunidad para. y respetuosamente bajó la cabeza ante su imagen. Una más descarada les encaró frontalmente con la disculpa del apagado de cirios y otros absurdos menesteres que la entretenían sin venir a cuenta por el altar. y por la suya propia como engendradora de otra vida. se detuvo ante la imagen del Cristo de los Mineros. Cabía imaginar sus plegarias pidiendo por la salud de los suyos. Encendió tres lamparillas y permaneció unos minutos rezando arrodillada en el reclinatorio situado frente al ara. cómo se la echa de menos… 148 . Comoquiera que Carmen se demoró unos minutos con sus oraciones. El cura observó que cuando Pepín pasó delante del Crucificado giró la silla de ruedas. Indudablemente el rostro de aquella mujer no era el mismo de un tiempo a esta parte. Porque ya me dirás sino qué acabas de hacer al pasar a su altura. Don Casimiro asió brevemente las manos de Carmen con intención de acompañarles hasta la puerta de la fachada oeste por la que habían entrado. Ni por un instante cesaron de perseguirles con la mirada girando las cabezas hacia atrás mientras mantenían su bisbiseo. que lo hacía por la memoria de su madre y la veneración que ella tenía por esa imagen. ¿O mejor tengo que decir su devoción?. Algunas beatas se hicieron las remolonas y se quedaron cuchicheando en los primeros bancos de la iglesia hasta verles salir después del encuentro con el sacerdote. Pero ella tomó la dirección opuesta y... Cuando eso ocurrió testificaron cómo emanaba una angelical sonrisa de la faz de Carmen. Se supone que su Cristo le hizo caso a tenor de futuros comentarios que se la oyeron. desapareciera para siempre de sus sueños con el fin de que esos sobresaltos no perturbaran a la criatura que crecía dentro de ella. venerado en una pequeña capilla lateral. Más le hubiera valido no haber vuelto a tocar el tema.

.. es de una bendita familia.. cómo agradece que le lleve el viático.. Que tienes un peligro. Pero ahora sí que os dejo. Pepín. Don Casimiro observó cómo Pepín se emocionó al evocarla. pero no nos hablamos”... hija. Carmen se sentó junto a Pepín en el último banco de la hilera derecha y le susurró: _______ (12) Guilleme de Bautru fue secretario del cardenal Richelieu. —Qué —le inquirió ella—.. le dijo. Vio que Carmen se incorporaba del reclinatorio y fue Pepín el que no quiso seguir guerreando. ministro plenipotenciario de Luis XIII de Francia. simplemente le saludo. dejó pasmados a sus acompañantes sabedores de su militancia agnóstica. Uno de ellos le preguntó que si ya se había reconciliado con Dios.. hijo. Se despidieron quedando para verse en los días concertados para los cursillos prematrimoniales. ya ha vuelto este a la carga. hijo. No será porque no le tenga avisado.. cuando un tal De Bautru (12). El sacerdote se adelantó con su lento caminar. reflexionó unos segundos y le contestó muy por lo bajo: —Pero ya sabe... —Descuide que De Bautru no ofendió a nadie: “No se equivoque. que no mientes el nombre de Dios en vano. —Contente. el poco provecho que sacas de esas lecturas.. —¡Calla!. Entonces. —Me alegro mucho. padre?. que a mi edad tengo los oídos muy delicados. Bien sabe Dios que esta vez me lo he buscado yo solito. ¿no. 149 . y vieron cómo abandonaba el templo... —Descuide que la respuesta es lo mejor. he de visitar a un enfermo que está muy grave. en la primera mitad del XVII. Si acaso una sola cosa te pido. Yo opino algo parecido: Ojalá pudiera creer en Dios si Él me lo permitiera. —No sabía esa anécdota. se descubrió al pasar delante de un Crucificado.. aún no me he reconciliado. —Pues entonces tampoco sabrá lo que le respondió al que le venía tocando los catapli. —Quédese tranquilo con mis lecturas que entre ellas está la Biblia y también he sacado provecho al leerla. —No. contente. la mano derecha de Richelieu. Si vieras. —No te digo.

cómo se te pueden ocurrir esas cosas… —insinuaba Carmen con una media sonrisa —. —Pues como me busque. buena le ha caído al pobre hombre.. tira. en un tono apenas perceptible.. Otras les miraron descaradamente interrumpiendo sus últimas oraciones de la mañana. siempre me encontrará. Sin embargo no contento con su andanada. habrase visto! —exclamó como penúltimo chismorreo la más alejada de ellos.. a estos estafermos les dan de comer aquí? Suerte que ninguna se diera por aludida o acaso ignorasen el significado del palabro empleado por Pepín.. —Si tú lo dices. calla… 150 . Pasaron de nuevo ante las enlutadas beatas y oyeron sus cuchicheos. que aún la vamos a tener.. La que aparentaba más edad cotilleaba al oído de otra que allí se cocía “algo muy gordo”. ¡Qué poca consideración le tienes a sus años! —¡Qué coño!.. A Pepín no le pasó desapercibida la escena y soltó una de las suyas. anda.. asió la silla por detrás y ya sin disimulo le espetó: —Anda. De lo mejorcito para contrastar sus argumentos. pretendiendo que fuera oído por ellas: —¿Qué pasa. y la interpelada le dio la razón indicando que lo que fuera sonaría muy pronto. —¡Jesús. Pepín soltó: —Seguro que alguna de estos loros estará colada por ese cura viejo. Carmen sabía que en determinadas circunstancias el novio se encaraba con cierta facilidad. —A ti te provocan con poco. esa era la misma expresión que infinidad de veces Pepín había oído a la tía Covadonga para darle la razón al tío Heredia. te prometo que yo ahora bien callado estaba envidiando tu fe. No le arriendo las ganancias. “Si tú lo dices... Ha sido él quien me ha tirado de la lengua provocándome. —Mira que te gusta buscarle las cosquillas.Calla. “Si tú lo dices... qué mujer... —respondió al instante—. —Pero por Dios.” Qué involuntarias influencias recibían unas personas de otras.” Como las escaleras que daban acceso al atrio constituían un serio impedimento para el manejo de la silla de ruedas.. desanduvieron la iglesia para salir por la puerta por donde entraron. Él me las ha buscado a mí..

y limitó sus misas a la vespertina en la iglesia así como el horario de las confesiones. calla… Don Casimiro jamás se jubiló. y que sus huesos recibieran cristiana sepultura en el camposanto del pueblo. Su funeral lo ofició don Juan Ramón. El sacerdote bien cuidado por Rosario y por alguno de sus feligreses. en sus últimos años solo eliminó las visitas a ciertos enfermos que no trató cuando estaban sanos. un hombre del que nunca se supo cómo le cabía tanta bonhomía en su pequeño cuerpo. 151 . Por esa época no desdeñó la ayuda de Crispín. aquel antiguo monaguillo acabó haciendo las veces de sacristán si el viejo cura no abarcaba en sus labores con el mismo brío como las desempeñaba en sus años mozos. Rosario enseguida se alarmó al no oír sus ronquidos en la alcoba aneja al salón donde ella echaba una cabezada sobre un cómodo sofá. En su testamento dejó escrito que sus cuantiosos ahorros. —Calla. —Lo que yo te diga… Menudas son estas solteronas. apuró su ministerio hasta el mismo día de una dulce muerte sobrevenida casi nonagenario en una de sus prolongadas siestas con colchón de por medio. muchos producto de herencias recibidas de difuntos parroquianos. contribuyeran al asilo que venía construyéndose cerca de la iglesia. Así se cumplió su voluntad.

el que me salvó la vida. recorre las casas día a día llevada de una a otra por sus fieles devotas. sin mayor intención. En el pueblo la tradición tira mucho. Lejos de mi intención estaba ofender.IX La Virgen del Castañar 1 Como las novias mandan en esto de las bodas eligen casarse en la ermita de la Virgen del Castañar. Me busqué una buena. cuando la mina se vino abajo. igual que un hermano. Saltó que nadie como yo conocía cómo la mina solo le cortó el nervio de cintura para abajo y. había descubierto otra clase de belleza en aquel cuerpo roto. si hay muchos hombres con los que merezca la pena envejecer. guardada en una pequeña caja. Carmen me disculpó. con independencia de que necesitara una silla de ruedas para moverse… “No sé. por raro que pareciera. cuando Carmen acudió a casa para pedir consejo a Eulalia sobre la altura de las mangas del vestido de novia que cosían entre ellas le dije. se lo tomó a pecho. yo creo que he encontrado uno y no podía dejarlo escapar”… 152 . dijo. indicando que no había nada que perdonar. arriesgando la suya. como solo ella se toma esos aspectos en los que le va la vida. y le mostré mi alegría convencido de lo bien que les iría. y me disculpé haciéndole ver que de sobra sabía a quién se llevaba: mi mejor amigo. y los pocos que lo hacen suele ser porque en ellos puede más la devoción por el Cristo de los Mineros. Lo recuerdo perfectamente. si ella o Pepín. Debíamos entender que existieran mujeres capaces de enamorarse de alguien que les revelaba las cosas importantes de la vida. Pero ella tenía un interés especial por aclarar las cosas. casi nadie se casa en la parroquia. Tanta es la devoción que se la tiene a la patrona que una reproducción en miniatura. Durante la jornada en la casa de acogida se descorren las puertecinas de la parte anterior y se encienden una o varias lamparillas junto al altar. que no sabía cuál de los dos le echaba más valor.

—continuó—.. Casa nos sobra con la suya para los dos y el padre. —Y sobre todo. Ya quisiera yo tener tu mano en la cocina. ¡Ni os imagináis lo que he aprendido con él! —Mira que eres modesta —terció Eulalia—. que entonces no le regía la azotea y las armaba de padre y muy señor mío”. —¡Como que tú no roncas! —reaccionó Antonio. la mujer ignoró a Cándido si se le mentaba al hilo de la conversación. amoscado de tanta adulación. para eso este mostrenco…. —Qué más puedo pedir. sabe acariciar como nadie. le comentó que si sabía “cómo las gastaba ese elemento cuando le salía el genio. a mirar las estrellas… —y les recordó los buenos ratos pasados con el perro—.. me corregía indicando que el perro hablaba con un lenguaje especial. Yo pongo el ajuar y unos ahorrines. 153 . al jilguero. —¡Es increíble cómo se entendía con Sultán! —aseguró Antonio—. Antonio.. malo será que no tengamos lo suficiente para sacar adelante lo que nos mande Dios. que tienes lo principal. —Chica. las gallinas. y él tenía la suerte de conocerlo. cuando yo le decía que solo le faltaba hablar. ¿Tú sabes lo que vale esa sonrisa a flor de piel? Eso no tiene precio. 2 A ver quién se atrevía a contrariar a semejante carácter de mujer con los convincentes argumentos que esgrimió. —Qué suerte. si es que con él una no se aburre nunca. Menuda cabronada le preparó aquel hijoputa. —Hay muy pocos que se detengan a escuchar a los pájaros.... al ruiseñor. —Di que sí. o cómo le enseñó a dar el tono a los canarios. Carmen les explicaba que con Pepín consiguió distinguir los trinos de los pájaros. —A mí como no me hables de caballos. Y que no sabía cómo se las apañaba para enredarla en algo que daba sentido a su vida. Teníais que haberle visto con el animalín. y entre la huerta. lo que pille de los remiendos y su pensión. al mirlo. no sé de nada. en cuanto se mete en la cama ya está roncando. Como de costumbre. el guarrín.

un hermano de la tía Covadonga que se fue a Avilés y ya venía con nietos y la viuda del mayor con el único primo fruto de aquel matrimonio. Antonio insistió en que se aplicara el cuento y más de una vez contara hasta diez. si se entera. —Ahora. Entonces cuesta aguantarle por lo bobo que se pone... —¡No lo voy a saber. cuando ni siquiera pidió ayuda a alguien que entendiera su miedo. aunque estuvo por arrepentirse de hacerlo por su cuenta. le respondió mi santa. Qué le importaban los malos tragos pasados. se le sube el pavo que no veas. maja —corroboró Antonio. si vivía pendiente de una ilusión. 3 . si tenía claro haber encontrado al hombre que quería para padre de sus hijos. Bobo como él solo. bastaba con acordarse de un hermano soltero de la tía Hermelinda. Carmen contaba con su hermana y los suyos. algo agobiada. y de unos sobrinos del tío Fullaondo con los que había poco trato desde que el padre debió exiliarse a Francia al combatir durante la guerra en el bando perdedor. —Ni que lo digas. pues no encontraba el momento con todo lo que se le echaba encima. ¡Como todo quisque con sangre en las venas! Y prefiero eso a otros que la matan a la chita callando. porque como le pillara con el genio revirado. Eulalia se interesó por los invitados a la boda y si estaban avisados. —Un pesadín de mucho cuidado. Pero Carmen seguía a lo suyo. algunos tíos y primos del tío Heredia. Pero si existía alguien al que Carmen 154 . “Mira qué apañada”. Las alianzas fueron cosa de Pepín y lo sé de primera mano porque me tocó acercarle a la joyería. Bien que se rascó el bolsillo comprando las de mayores quilates que le enseñaron.. una cosa os digo —indicó—: que esto quede entre nosotros.. Carmen. No obstante. pues según él. dijo que había comprado unas cartulinas y que ella misma preparaba las invitaciones con intención de enviarlas la semana siguiente. Por la parte de Pepín la familia era aún menor.! —le justificaba ella—. de haberlo hecho con la prometida le habría lucido más la compra sacando un mejor precio por los anillos. como si no fuera con ella o diera por conocida esa última observación. Él no había nacido para regatear a diferencia de Carmen que era toda una experta en esas artes… 4 Al ser pocos de familia se juntarían casi más amistades que familiares.

5 . acostumbradas al tañido. medio valle se enteró del acontecimiento por el sonido de las campanas de la ermita.. ¿eh?.. —¡Joder. Junto a los invitados. Supongo que Pepín les anticiparía una buena propinilla. mejorando lo presente. —le comentó Antonio—. que se arremolinaron en el atrio provocando que la ermita se quedara pequeña para acoger a quienes les apetecía ser testigos de la ceremonia sin ser propiamente convocados por los contrayentes. continuaron con su crotoreo. Igual que en la mía. Cuando estuve en Madrid no pude verle. la hermana de Carmen y 155 .tenía ganas de conocer con ocasión de la boda era a Mariano.. La madre. y soportaron el perseverante sonido promovido por las manos de los rapaces. —Si tiene faena no le entretengas para que cumpla con todos los encargos.. Algún chucho asustadizo ladraba al son de la algarabía. Gente así. —Tú sí que mereces la pena —repuso Eulalia. solo la pareja de cigüeñas que ese año anidó extrañamente en el campanario. el enfermero tantas veces mentado por Pepín. allí acudieron muchas curiosas y varios curiosos. Se casaron un 14 de junio de 1974. Me voy al taller a ver si Pepín no tiene mucha faena y nos damos un garbeo. Y acuérdate. No paraban de darle a los badajos antes y después de la ceremonia. es la que merece la pena. Entre Tino y yo le ayudamos a subir las escaleras que dan a la puerta principal. porque no hay quien os aguante en este plan. —Lo que me ha hablado. De ello se encargaron con verdadero entusiasmo los dos monaguillos que acompañaron al cura en la ceremonia. de esto chitón. lo empalagosas que os estáis poniendo! —saltó Antonio—.. Me acuerdo porque casi coincide con el día de mi boda con Eulalia unos años antes y tres días después.. y lo importante que debió de ser para Pepín en su recuperación. 6 Los pájaros posados en los tejados aledaños a la ermita de la Virgen del Castañar salieron despavoridos por el repique de las campanas... que después de la boda nos tomaremos unos días para disfrutar por ahí. —le recordó Carmen—. como hacemos todos los que pasamos por el altar. —A ti también te ha hablado mucho de él. —Solo faltaba. ¿verdad?.

sus diminutas cristaleras apenas dejaban filtrar los rayos solares. unos espesos nubarrones tiznaban el cielo impidiéndoselo. Tenía buena planta tan repeinado y afeitado por Agustín. en cualquier caso. 156 . el marido de Isabel. aunque disponía de buena iluminación entre los cirios. conducido por Sebastián. Al menos esos cúmulos se apiadaron de los contrayentes y hasta bien entrada la tarde. Fueron previsores y salieran con tiempo para allegarse a la ermita. El santuario. Solo se hacía raro verle con corbata. Su casa. La primera fue cuando la tía Hermelinda le compró un trajecito para su comunión con corbatita incluida. Pero el día no fue todo lo bueno para el lucimiento de la novia. y adornaron los bancos de los testigos y la novia con cintas blancas. la corbata gris perla y unos relucientes zapatos negros se asentaban sobre el reposapiés de la silla de ruedas. no descargaron el agua almacenada en sus panzas. ese día estaba “prohibido tirar de ruedas”. Ni una sola bombilla dejaba de refulgir porque estuviera fundida. de un románico tardío. La camisa era blanca. Según Emilín. y la luz artificial emitida por candelabros y lámparas distribuidas tanto en la nave central como en las dos laterales de menor dimensión. adolecía de luz natural.Eulalia se encargaron de ornamentar el altar con jacintos en los floreros y claveles blancos entre ramas de helechos en los jarrones situados bajo el camarín de la Virgen. por el camino Pepín hubo de entretenerse en repartir saludos y abrazos a muchos vecinos que salían de sus casas o se detenían para desearle toda clase de parabienes. Las tres grandes macetas con relucientes aspidistras las pusieron a los pies del altar. El novio se dejó llevar por Emilín y después otros voluntarios se ofrecieron sobre la marcha. Pepín vestía traje azul marino con chaqueta cruzada. era la tercera vez que así se le recordaba en su vida. El barbero no le cortó un pelo de más que le descubriera la parte superior del lóbulo de las orejas. y la segunda cuando él se puso una negra en el entierro de la madre allá por el 66. Ellas también extendieron la alfombra grana de las bodas que abarcaba desde el ara hasta el pórtico. y los novios desistieron de alquilar un coche que. y había gastado medio frasco de colonia Álvarez Gómez entre la cabellera y lo esparcido en la vestimenta. Solo consideraron pertinente que Carmen accediera desde el hogar paterno hasta la iglesia en el coche del tío Heredia. tampoco habría aportado mayor comodidad a los desplazamientos de Pepín. durante el convite. El sol no acababa por decidirse en apuntarse a la fiesta. la ermita y el restaurante del convite estaban relativamente próximos.

habrá que contar con esto. Como se haga la remolona no se libra del aguacero... —Pues nada. y no le quedó otro remedio que conformarse. —Para que te vayas enterando cómo las gastan.. ¿Conoces de alguna novia puntual? —Si es que no he ido a muchas. tras más de un cuarto hora de espera. No fue el único. —Si lo estoy. —Tranquilo que él también cuenta con esto.. —Estate tranquilo que esta no se t’escapa —terció el tío Heredia. Eran los mismos nervios que le impidieron pegar ojo en la noche anterior. como madrina.. Rafael. aquel día era más parco en palabras que de costumbre. al verle tan inquieto. —Sí. pasaban pocos minutos del mediodía e iba en consonancia con las horarias que en la lejanía acababa de marcar el del ayuntamiento mediante los tañidos de la campana de su torreón. Siempre expresivo. El amigo seguía a su lado entreteniéndole con sus chascarrillos y en ese instante enmudeció.. pero como Carmen se retrase mucho vamos a poner al cura en un compromiso… Que este cura es muy suyo.. hijo. El reloj indicaba la hora exacta. apareció Carmen asiendo por el brazo al tío Fullaondo. —¡Tranquilo!. mientras cada dos por tres echaba vistazos a un reloj regalado por el tío Fullaondo para la ocasión. también aguardaba la llegada de Carmen. Aquella era una hambrienta mirada de felicidad: la que sació cuando.. y quedó deslumbrado ante su presencia. y las particulares dificultades que a ellos se les presentaban. ¿Este va bien?—respondió poco convencido. Él no se había percatado. temeroso ante las conjeturas expuestas por el cura unos días antes. —exclamó esbozando una sonrisa—. 157 . Pepín se mostraba como un irreconocible manojo de nervios esperando a la novia en el pórtico de la ermita. y por decir algo se descolgó con un ocurrente comentario hacia la tía Covadonga que. Rafael tampoco la vio vestirse en casa al desear que fuera el futuro yerno el primero en sorprenderse con su hija. La mujer trató de serenarlo. —bromeó Antonio. —Espero que su hija no se haya vuelto atrás. Los ojos de Pepín sí mantenían su expresiva mirada. va muy bien.

se apreciaron los zapatos de corto tacón de la misma tonalidad que el conjunto. 7 . llamaba la atención que una mujer como ella apostara su vida al amor sentido por Pepín y que trasmitía en aquella sonrisa única. Al fin. Pendiente de ella iba Isabel por si en un momento dado necesitaba que le ayudara con el vestido. El vestido se ceñía al cuerpo y arrastraba una cola más bien corta. sujeto por una diadema plateada. al ser más de misa que nosotros. pues llevando del brazo a Eulalia nunca se sabía cómo acertar.. En mi opinión prolongó demasiado la homilía con tanta coba como les dio. los diminutos bordados sobre las mangas. 158 . y guiñando el ojo al tío Heredia que abría paso entre los allí congregados. —Solo he visto otra igual de guapa —contestó echando una cómplice mirada a la esposa. Fue poco después de que se dieran el sí.. dijo que no recordaba a don Casimiro tan emocionado como en aquella boda. le recogía la melena cubriéndole su inigualable rostro apenas maquillado. le dejaba al descubierto la mitad de los hombros. comentó: —¿Has visto novia más guapa en tu vida? Antonio sopesó la respuesta. cuando subió la escalinata anterior al pórtico. eran obra de la madre. Ni palabras le salían para expresar lo que veía. Carmen estaba preciosa. el contrayente algo atorado. entonces el novio se aflojó el nudo de la corbata y se desabrochó la chaqueta. Al tío Fullaondo nunca le vi como en aquel instante echarse una mano al bolsillo para coger un pañuelo y llevárselo a los ojos. el otro cura que colaboraba en algunas misas. Yo me senté en el banco de los testigos a un lado del altar y no perdí detalle. resultó muy cargante. Un ligero velo. La diadema a juego con los pendientes engarzados en plata se mimetizaban entre la blanquecina pigmentación de su piel. no atinaba con la alianza al momento de ponérsela a Carmen en el dedo. Vestía un sencillo traje color marfil confeccionado por Eulalia. Sobre su cuello colgaba una fina cadena con la medalla de la Virgen del Castañar. muy nervioso. era algo más escotado por la espalda que por la pechera. Las joyas constituían un humilde tesoro heredado por la madre. y otro un poco más grande en la cintura. Pepín. En la mano portaba un ramo de rosas blancas sujetas por un lazo de idéntico color. ella nunca se dio maña con la aguja. Al levantarse ligeramente el traje. Eulalia. Qué bien sonó el armonio tocado por don Juan Ramón. pues en fotos familiares se veía que ya fueron lucidas en la de su progenitora y en la de su hermana.

Me fijé en el tío Heredia y en Pepín. a la novia ya se la notaba más relajada. pero en cuanto las veo se me cierra el estómago acordándome de aquella pobre mujer. tan callado como no 159 . el de la Rinconada. no la mataron de milagro y le dejaron como secuela una ostensible cojera que necesitaba la ayuda de un bastón para caminar y otras carencias físicas que. le provocaban serias crisis respiratorias con hospitalizaciones de por medio. Después de oír aquello he tenido la oportunidad de comer esos bichos. A don Casimiro. pues no he visto a un hombre más goloso que él. se les veía muy ilusionados. Pepín contó que la rosa guardada por Carmen la depositaron al día siguiente en un pequeño jarrón que hay sobre la lápida de la tía Herme. de tarde en tarde. cuando los mirase a la cara. como él llamaba a Conchín. luego. daba la sensación de que fueran más por su delgadez respecto a lo mucho que a Mariano le lucían sus carnes. sin embargo. se le transparentaba hasta alguna venilla de la cara. pero hubo de ausentarse a poco de empezar el ágape y Carmen le guardó su ración de la tarta nupcial. Elena nos dijo que lo suyo provenía de una intoxicación por ostras. a Judas y su mujer supongo que los invitaría ella. Aunque le habíamos visto en la iglesia. los novios echaron la casa por la ventana. Nunca había visto una piel igual de blanquecina que la suya. el resto lo lanzó en el atrio a las chicas solteras. A los amigos más allegados nos situó cerca de su mesa. Muchas imaginaron que sería la siguiente de la lista considerando su largo noviazgo con Agapito. Se lo reclamaban llenas de júbilo y Juanina. caería en que ninguno cumpliría los treinta. lo cogió al vuelo. Resultaba asombroso. Años más tarde saldrían de su error al ver cómo Juanina tomaba los hábitos de novicia en el convento de las benedictinas. Venía acompañado de Elena. Tenía una minusvalía similar a la de él. Emilín y Cristina. no dejaban de estar pendientes de todos. lo sentó entre algunos fieles de su clientela. que se apunta a todas. Junto a nosotros compartieron el convite Tino. Es curioso lo del Periquín y Concha. porque me sonaba la letra que aparecía en unas tarjetas colocadas por delante de los cubiertos donde figuraban los nombres. la mayor de la tía Culopollo. si bien no tan acentuada. Mariano y Elena se sentaron en nuestra mesa. y el Periquín con su Churri. una mujer de rostro poco agraciado que le superaba en unos centímetros. fue en el restaurante cuando al fin conocimos a Mariano. A la salida de la ceremonia Carmen se quedó con una rosa del ramo nupcial. Seguro que lo agradecía. Al entrar en confianzas nos contaron que ellos también estaban en capilla. si alguien no los conociera pensaría en ellos como en dos muchachines con esos cuerpecillos de guajes. Carmen debió ser la encargada de distribuir a los invitados. Me llamó la atención lo poco que mi amigo se parecía al tío Fullaondo. La gachupinada estuvo fenomenal.

pero así me lo contó Pepín. —La misma pregunta que ya me hiciste al enterrar a mi madre.! Es superior a mí.. Una orquestina animó la boda y el primer “baile”. —No es fácil. fue aquel en que Judas se acercó para entregarle un sobre mientras le abrazaba reiterándole su enhorabuena y haberse acordado de él en día tan señalado. Pepín tenía un especial interés en que aquel buen hombre le acompañara en su boda. no es fácil… —Pues si yo lo he hecho tú no vas a ser menos.. y a la madre se la privaba de esa alegría cuando siempre estuvo para lo malo. No obstante. me hizo ver los motivos de tantos sentimientos que en esos instantes cruzaron por la mente del padre. Pepín notó algo extraño en Carmen cuando sugirió esa presencia.. luego fuimos muchos los que sacamos a bailar 160 . y que en el fondo no eran diferentes a los suyos. Judas. Judas no salía de su asombro. qué putada!” Sentí mucho que se les cruzaran esas sensaciones en aquel momento. Raro era que ella quisiera como evitar cualquier comentario al respecto... uno que está tonto perdido y ahora me vienen más temores que nunca. a poco de fallecer la tía Hermelinda. —Hazme caso. ¡Qué le voy hacer. ¿Por qué te obsesionas tanto? —Ya ves. se lo echaron los novios. por llamarlo de alguna manera. Al comentarlo días más tarde con él. olvídate de él de una puta vez.le tiraras de la lengua. puso al corriente a Carmen de los motivos que le impelían a ello. pero cómo te puedes acordar en estos momentos de él. 9 .. y la novia no objetó nada en contra. Pepín hizo un aparte evitando a otro invitado y no se le ocurrió peor idea que mentar al hermano: —¿Diste al fin con él? —le preguntó a Judas. Ahora sí le daba la razón al hijo cuando. nos diría aquello de “¡qué putada la que nos gastó la vida con mi madre. Su hijo con todo por vivir al lado de Carmen. 8 El novio tuvo otro instante de debilidad. Alguno se sorprendería de las habilidades de Pepín con la silla y cómo acompasaba sus movimientos al ritmo de la música...

Era un retrato excepcional. pues apenas recordaba nada de él si no fuera por las fotos que dejaban constancia de lo sucedido. “Menudo pesadín”. ¿verdad?. Parecía como si ya nacieran con el duende metido en el cuerpo. nunca me había pasado algo parecido. decía. 161 . y por sus nervios cuando hubo de poner a Carmen ese anillo que se le cayó al suelo en la primera intentona. —No sé. ahí se detuvo el tiempo junto a muchas de las ilusiones que les quedaban por vivir.. y allí que me lo soltó el muy tunante con un picarón guiño de por medio: —¡Para que no se perdiera el Fullaondo.tío. se miraban de soslayo. Toñín!. Ella se situaba a la izquierda. Pero lo mejor llegó al quedarnos solos Pepín y yo.. ¿Quién me lo iba a decir? Es decir. Hasta cuando lo del accidente me enteré de todo. qué alegría! 10 Curiosamente. —¿Quieres creer —le dijo unos días después— que no me enteré de la misa la media? Nada… —Es que pasa todo tan deprisa —indicó ella. Es maravilloso. Ese pequeño trastorno sensorial imposibilita que ciertos episodios se queden grabados en la vida de la persona afectada. reflejaba con exactitud lo acontecido aquel día. —¡Qué alegría . aunque algunas las postergaran. en realidad era un síndrome claramente identificado por la psicología. Otros que tampoco se daban malas artes con el bailoteo eran la pareja formada por el tío Bujeritas y la tía Perseveranda. existía una foto que.. confirmó lo que alguno ya se barruntaba: la buena nueva de su futura paternidad. entre los méritos del fotógrafo y los aportados por los novios. Pepín se refería a aquel día de una manera especial. Mientras entrelazaban una de sus manos..a la novia. Fue la instantánea que decidieron enmarcar. él a la derecha. Sin embargo. aparecía en un estante del mueble-librería del comedor. aunque nadie como sus familiares por la parte del tío Heredia para moverse con más salero con todo lo que les echaran. Al fin pudo escabullirse de un primo del tío Heredia. si se ve sometida a una tensión emocional o a un estrés fuera de lo común durante un corto espacio de tiempo. Me fundí con él y le di otra vez la enhorabuena. se fundían en el brillo de sus ojos y en la paz de sus sonrisas. No era una simple anécdota.

y el embarazo venía “algo alborotado” ateniéndose a sus palabras. prefiriendo la tranquilidad de los paseos por los alrededores del pueblo. Incluso sugirió destinos no muy alejados. pero ella desistió. Pepín propuso llamar a Oviedo para que una empresa de alquiler de coches con conductor les recogiera para llevarles a donde Carmen le apeteciese en algo que se pareciese a un viaje de novios. en vista de que no estaban para excesivos dispendios. 162 .

Como a cualquier primeriza que se precie. al coincidir con la festividad de los Reyes Magos. les entraba por casarse a ciertas parejas. Pero poco faltó para que ese espléndido presente.. un 6 de enero del 75. Mariano y Antonio entre otros testigos. Los hay que les gusta demasiado hurgar en las vidas ajenas cuando mejor harían en ocuparse de las suyas. Esas sospechosas prisas derivadas de escarceos amorosos anteriores a la boda y que. sobre todo con unos poderosos pulmones de los que pronto dio fe la vecindad. la religiosa de don Casimiro al casarles con la Virgen del Castañar. Tino. La primogénita fue concebida plena de amor. 2 Las mentes puritanas del lugar echaron cuentas con el calendario. y así salió la rapaza de “alegre”. rondó los 3 kilos 800 gramos. A quienes les quedaran dudas sobre si el embarazó llegó a término pronto las satisfarían al comprobar que aquella hermosura tenía poco de sietemesina. Las parroquianas más observadoras enseguida cayeron en las hechuras que tomaba el cuerpo de Carmen. el tío Heredia. o el casorio obtuvo dos bendiciones. en aquel entonces. amargara la vida de 163 .. a Carmen le costó lo suyo dar a luz y la nena tardó en perdonárselo. pero también le veo algún inconveniente. y la laica promovida por un imaginario síndico que velaría por los intereses de los afiliados a un ilusorio sindicato de las prisas nupciales.X Las tres generaciones 1 El pueblo tiene la ventaja de que todo el mundo está para echarte una mano en cualquier momento de necesidad. La niña llegó como regalo caído del cielo tras los nietos varones que la Pocachicha joven había aportado antes a los Heredia Castro. repentinamente. pues el día de su alumbramiento. O la niña era prematura y su concepción se produjo en las lógicas urgencias de la noche de bodas. coincidiendo con las fiestas de la patrona.

es más. La tenía una querencia especial. según le dijo. el que se tiene que portar eres tú. Al final se impuso la cordura de la madre para evocar. no te fastidia. enseguida le buscó un hueco para bautizarla en la Virgen del Castañar. ese original fenómeno atmosférico que la naturaleza regala. ¿verdad? —Sí. ¿Qué te parece —le decía a Carmen—. —¡Pues habrá otro que nos suene mejor! —Tú.la inocente criatura. para que se rían de ella como Epi y Blas. Pepín miró el santoral y no se le alcanzó peor idea que quererla bautizar bajo la advocación de la Epifanía. por San Severo. la llamamos Epifania o Epifanía? Epifanía suena mejor. ¿Y cómo se te ha ocurrido este nombre si por aquí apenas se oye? —Mi padre siempre se acordó de su tía Rocío por lo simpática que era. pintando con efímeras gotitas blanquecinas las verdes praderas del valle.. —No. y todo fueron facilidades por parte del cura ante “la dicha de admitir en la comunidad cristiana a aquel maravilloso regalo de Dios”. en el nombre de la hija. —Epifanía no es muy corriente y a me suena fenomenal —insistía él. Pepín se portó adecuadamente. el nombre déjamelo a mí. ya estás quedando con don Casimiro para bautizarla… Como yo no esté al tanto….. —Depende de cómo se porte. —Eso el tiempo y su carácter lo dirá. ¿No ves que marcarías a la niña con ese nombre tan rancio? Costó convencerle un par de días. de tal suerte que a los once meses del desembarazo de esta. —¿No te parece —le propuso Carmen— que Rocío suena más agradable al oído? —Sí que suena bien. Poco después de la cuarentena concibieron otro ser muy parecido a la hermana. siempre saliéndote con la tuya. hasta que se decidieron a inscribirla en el Registro Civil. que no paras de incordiarle en cuanto se te presenta la oportunidad. a ver si coincidimos en alguno que nos guste a los dos. Hala. —En reconocimiento al día tan bonito en que vio la luz —apuntaba el insensato—. sí. —Y yo teniéndote que aguantar tus cabezonadas. podías darme el capricho de poner a la niña Epifanía. Mira —le aclaró ella—. —Y esta no va a ser menos. al despuntar el día. y otra cosa: haz el favor de no tocarle las narices. nacería un ángel 164 .

. estoy seguro. calamidad —le susurró al instante de recibir un beso del marido en la mejilla—. —Pues vamos a tener que echar el cierre. Así era. los ángeles huelen a vainilla.... que según tú lo tenías controlado... —¡Como si lo tiene encima.. granuja. claro. ¡dalos de comer! —Pero si nos salen preciosos ¡Y cómo huelen. pero vamos. derivó en el mutuo desquite de los instintos. —¿A pan y agua?. —¡No lo voy a saber! —exclamó—. aunque te voy a tener a pan y agua durante una temporada. —Bueno va. ¿Tú crees que con esa dieta puedo aspirar a algo con el esfuerzo que me cuesta sacaros adelante? —Tú ya me entiendes. igualines que tú! —Si cuando digo que no riges. tu ogino tampoco es de fiar. Carmen asombrada por la ocurrencia le preguntó si sabía cómo olían los ángeles. huelen a ángel! Era una de esas sensaciones solo vivenciadas desde la experiencia única que a él le suponía ser padre.. A vainilla. ¿le ponemos Severo por la coincidencia con el día? Lo he visto en el calendario. A ver. Por cierto. y luego.corpóreo. porque a este paso formamos el equipo de baloncesto a poco que nos empeñemos.. en cuanto tengas un rato acércate a la farmacia y compra unos preservativos.. se hará lo que se pueda. —¡Esto sí que es bueno! —¿No hay cabello de ángel? Pues la vainilla de ángel es el olor que desprende mi niño. hemos sido capaces de hacer pleno con dos hijos nacidos el mismo año sin ser mellizos. prenda. tú aplícate el cuento. o me toca elegir nombre como pasó con la 165 . y Carmen aceptó la alternativa que él le propuso. ¿estamos? —Tranquila. Carmen no había ni destetado a Rocío y Pepín presumía con la esposa a propósito de su fecundidad en ese corto periodo de tiempo: —Somos únicos. —Cuando está limpín. el citado método anticonceptivo (por denominarlo de alguna manera) demostraba tener tan poca fiabilidad como el olfato de Pepín. qué más da! ¡Míralos. Y es que tanto tiempo atrás con el sexo aplacado por la pareja. que estos no se alimentan del aire. aparte de lo que ellos se buscaran en el lecho conyugal.

—Hace nada acertaste con Rocío —admitió—. toco! Que si saca la mitad de tu temperamento ya irá bien servida la criaturina. —Si rectificar es de sabios. Pero el motivo por el que el progenitor tocaba madera encomendándose a algún dios. y mucho de masoquismo o insensatez había en su comportamiento 166 . —Pues ahora a mí también se me ha ocurrido uno para el rapaz.. ya me dirás si entre Rocío y Epifanía no estaba clara la cosa. porque vamos. porque ¿no ves que no da un amparín de guerra comparándole con los berrinches de Rocío? Para mí que ha sacado tu genio con esos pulmones.. ¿Porque huele a ángel? —Por eso y. era para que el hijo no sacara sus orejas. No se cuidaba nada. —Tú toca madera. ¿cómo has pensado en ese nombre?. —Ya será para menos.. ¿Qué te parece Ángel? —Me parece que ha venido un Ángel y así se llamará. A lo mejor era yo el equivocado. si bien Pepín nunca se diera por vencido en esta faceta y dijera que lo suyo era un don por descubrir con alguien que dedicara la paciencia necesaria en ese territorio virgen. Lo suyo con las cuerdas vocales en armonía con lo que le dictaba su oído era puro desatino si se animaba a entonar alguna coplilla. Estaba loco de contento con el primer nieto varón que mantendría el apellido. dado que el suyo le pilló echado a la bartola cuando él nació y ni siquiera le compensó con el oído adecuado a esas orejas. —¿Qué? —Que bien fácil te lo puse. —¡Toco. tan buen chaval como mejor cantante.. el añorado Nazario. que con esto nunca se sabe. de ahí procedía su admiración por el Cantante.. aunque no pudo disfrutar de él. Aquel dios pendiente de su hijo debería estar al tanto de los antecedentes. la muy puñetera. pero cuando se te mete una cosa entre ceja y ceja..hermana. —¡Qué bien suena! Ángel Fullaondo Heredia… Ángel Fullaondo Heredia. —¡Apañaos estamos los hombres en esta casa! Y se lo dijo con tanto cariño que el debilitado cuerpo de Carmen lo agradeció tras los dolores del parto. —Y. El tío Fullaondo vivió el tiempo justo para ver nacer a Ángel.

en otras ocasiones lo apuraba de principio a fin sin quitárselo un instante de la boca y convirtiéndose. previamente encendido con su mechero de yesca. Para entonces sus pulmones ya se parecían a un fuelle averiado que expulsara el aire con mucha premiosidad. Y él conmovía a cualquiera que lo viera. Sin embargo. si cabe. en un fumador más compulsivo tras el fallecimiento de la esposa. Su descuidada dentadura con alguna pieza perdida y la última falange de sus dedos pulgar. formaba un cuerpo ignífugo de tal suerte que jamás se los quemó si la colilla se consumía lentamente. tal como él la denominaba. “¡Puñetera mierda!”. Pepín siempre pensaba lo mismo: ¿Qué debe sentir un ser humano al verse en el espejo y no se reconoce por los estragos de la enfermedad? ¿Cuántos muertos vivientes más echarían su última 167 . pero el hijo cayó en el espejo existente en el aseo. Para Pepín fue harto complicado acceder a la habitación donde el tío Fullaondo pasó sus últimos días. tantas veces que caía en sus redes. Al principio fumó el veneno de los cigarrillos liados con el tabaco de picadura que llevaba en una vieja petaca de cuero heredada del padre. después siguió fumando casi un par de cajetillas diarias de Ideales sin filtro. y ni las frecuentes hemoptisis que le rompían los pulmones conseguían alarmarle.de empedernido fumador. padre. cómo se encuentra? —se interesaban el hijo o la nuera en sus visitas cuando permanecía varios días hospitalizado en Oviedo. pero no se supo de paciente que asumiera con más entereza su enfermedad. Se enganchó al vicio a muy temprana edad. Y es que tantas veces como renegase de “la droga”. resultaba increíble que ni siquiera un hospital facilitara el acceso a personas con sus limitaciones. índice y corazón de la mano derecha tenían el inconfundible color pardusco dejado por el cigarrillo tras toda una corta vida de obstinado fumador. Atrapado por ese veneno hubo noches en las que se desvelaba levantándose expresamente a fumar el cigarrillo capaz de avenirse con el sueño. y pidió a una enfermera que. lo retirara con cualquier excusa. mientras se desprendía del pitillo pisoteándolo con desprecio a poco de darle unas cuantas caladas o escupía briznas de tabaco que se le quedaban prendido entre los labios. Cuando le vio tan consumido apenas le quedaban fuerzas para incorporarse. —¿Qué tal. como si esa fuera una forma de redimirse por los malos tragos que el tabaco había ocasionado a quienes le importaron en vida. El pitillo entre esos dedos. pues su respuesta era “bien” con un imperceptible hilo de voz al que la Parca ya le había ganado para su causa. si estaba en su mano. Era inevitable que un cáncer de pulmón se lo llevara en pocos meses entre la enfermedad y esa suicida adicción. solía maldecir el hombre.

tan ricamente sentado —le saltaba al marido—. Cualquier día me da algo con estos dos diablillos. debería existir un ejército de almas caritativas. todo manga por hombro? A Pirlo le traen frito agarrándole el rabo o las orejas. yo creo que el pobre animalín a veces hasta les huye. que nunca los regañas. También se puso en la piel del compañero de habitación del padre. en apariencia coetáneo. y él un renacuajo. no te agobies por tonterías.. En realidad esos quehaceres tenían nombres propios. pues no paraba de quejarse a Pepín de las trastadas que Rocío y Ángel preparaban un día sí y otro también. 168 . —Anda. ¿Has visto cómo tienen la casa. Por desgracia la enfermera no satisfizo su petición escudándose en que ella no estaba autorizada para atender tales cometidos. —A verlas venir. pero aún así acabó ahogándose sin que la bicha que le horadaba los pulmones permitiera que le entrara una gota de oxígeno en sus exangües venas. Los Fullaondo Heredia crecieron como almas gemelas. Fue en una de esas pesadas sobremesas estivales. y por si fuera poco riéndoles las gracias. —Y tú ahí. fácil presa para sus diabluras aunque. divirtiéndose con los mismos juegos inventados de la infancia. orgulloso de las chiquilladas de sus hijos. A la madre casi le da un patatús con una ocurrencia de la primogénita… Cuando Rocío vistió a Ángel de momia ella ya era todo un querubín de cuatro añitos. Solo encontró comprensión en el citado profesional. y en lo desagradable que debería resultar para él compartir habitación con un moribundo.mirada en aquel espejo? En esas circunstancias. el crío colaboraba en las travesuras dejándose hacer. Carmen se quedó un rato traspuesta al acabar cansada de las múltiples faenas del hogar. que con atender a la clientela y arreglarles los zapatos lo tienes todo resuelto. mujer. —¡Si es que me sacan de quicio!... según Carmen. —Déjales que se diviertan ahora —comentaba él.. que se apiadaran de ellos con un exclusivo cometido: romper ese espejo en mil añicos con tal de evitarles que la mirada de la Parca se apoderaba de sus cadavéricos rostros. Le obsesionaba cómo soportaría el tío Fullaondo su calvario y suplicó al médico que se lo hiciera pasar con el mínimo dolor. Rocío manifestó enseguida su vena de marimandona y al bendito de Ángel no le quedó más remedio que plegarse a sus caprichos hasta que llegara la edad de desquitarse.

y se dejaba llevar para colaborar en los fraternales proyectos. nenu? No te mevas. —Como debe de ser. Y en esas el crío la mar de contento. También agujereó otro orificio a la altura de la boquita y la nariz. si le va la juerga como a ellos y es el primero en comprometerles. —Queto. debió olvidarse por un momento de los críos. —Qué les va a huir….. —Pues ya me dirás lo gruñón que se está volviendo.. si bien. Cómo descubriera Rocío lo que para ella era una momia canija es un secreto jamás revelado. ¿Vale.. Pepín observó en la distancia las intenciones de su niña. —Porque querrá descansar. Mira qué gapo etá el nenu. —Tranquila… ¿Por qué te tomas todo a pecho. Gapo. —le indicaba de manera convincente. nenu? ¿Vale?. mas no quiso intervenir a propósito.. ¿O es que tú fuiste una santina? —No. con sus cortos pasitos. —Vale. que seré yo la mala de la película. no ves que la infancia se pasa en un suspiro? Carmen. Entre tanto ella giraba y giraba alrededor del hermano.. Ángel no ponía trabas a la seductora princesa de sus ensoñaciones infantiles. y cuando se mete en la caseta sin querer saber nada. Rocío vio cómo la madre colocaba los rollos de papel higiénico en el mueble bajo el lavabo. y sentía una alegría inmensa al imaginar que algunas cosas ya venían en los genes. ven! —convenció al hermano cogiéndole de la manita. vencida por una reparadora cabezada. No paran quietos un momento. —¡Aquí me gustaría verte a ti trajinando todo el santo día con estos fierecillas!. Ese día disponía de todo un arsenal con la compra recién hecha en un puesto del mercadillo que ofertaba un buen lote a un precio razonable. ¿eh?. Y le subía a la taza del retrete para que pudiera verse en el espejo al dejarle libre los ojos. —¡Ven. si encima pasará lo de siempre. vale… —aceptaba el otro. el tiempo suficiente para que Rocío la liara. embutiéndole en papel higiénico para acabar gastando casi todas las existencias. ¿eh. pues pasaba las 169 .. Pepín advirtió que la cría se entretenía hojeando con detenimiento los tebeos sobrevividos a sus tiempos de impenitente lector.. nenu.. —¡Ya etá! —proseguía satisfecha de su obra—.

su ángel guardés. porque las suyas no eran manitas. Otra cuestión ya era cuando los tebeos caían en las manitas del niño. pero eso sí. desvelada de sopetón.. de perro o de gato. borrico! —se ufanaba Rocío.! ¡Una moma! —saltaba y reía Ángel a carcajada limpia. Luego. A él siempre le tocaba hacer de burro. En el fondo. un chuto. y se precipitó sobre la madre despertándola de la modorra con un beso.. Se supo porque años más tarde ella confesó que esos papelotes le habían inmunizado contra las hemorroides.! —le susurraba con el índice en vertical sobre su boca. en tanto que Ángel hacía honor a su nombre.. chss. Desistió de su inicial idea de desenredar al niño y les acompañó a que los viera el padre.. —¡Chss. el sufrido “animalín” cargaría sobre su espaldita ese fraternal cuerpo que por entonces superaba en algún kilo al suyo. Pepín les tiró varias fotos. ladraba o rebuznaba a conveniencia de la hermana. del cuerpo de Ángel no se desprendía una sola hoja del papel higiénico. Para ella se guardaba la algarabía que a él le prohibía. —¡Hale. Y salieron del baño sigilosamente.. pie en tierra. Desde luego hizo méritos para que la madre tomara sus represalias. ahí el padre estaba pendiente y si llegaba a tiempo procuraba quitárselos. tiraba de él con una cuerda sujeta a una manita que hacía las veces de cincha. que prefería asignarle el papel del domesticado equino. Aquello era una perfecta momia en miniatura. durante aquel verano Carmen no echó a la basura ni un solo papel de los cucuruchos que traía de la plaza conteniendo las peras o los plátanos que tanto gustaban a Pepín y los críos. le faltaba tiempo para contarle al marido lo espabilado que se estaba volviendo Angelín gracias a “los inventos” de su niña.! ¡Una moma! —¡Una moma. la madre era una niñera que se comía a besos a los hijos a poco que le dieran una oportunidad como esta.hojas con una exquisita delicadeza y se extasiaba mirando los cómics.. maullaba. Parece ser que por aquella época esos bastos papeles sirvieron para limpiar el culito de Rocío. Y es que Angelín no acabó con la columna vertebral como las curvas del puerto de Pajares al no consentirlo otro ángel. arrastrándole a cuatro patas cuando la amazona. si no unas manazas bastante expertas en el triturado del papel. —¡Mamá. —¡Quítale eso ahora mismo a tu hermano! ¿No ves que le vas a asfixiar? —le requirió Carmen. 170 . Pero si a la niña se le antojaba.

no llegó a entregarlos todos). La canaricultura y la volatería eran otra de las aficiones del remendón ya desde antes del accidente. mas los ciegos se pusieron del lado de la clientela y jamás premiaron un número distinto de los repartidos. e incluso obtuvieron algún reconocimiento. 171 . y Pepín presumía de tal acontecimiento en una fotografía enmarcada donde aparece alzando el trofeo con el enjaulado. añadían el canario a las almadreñas. dos boletos caseros. Un juicioso canaricultor indicaría que regalar tres pájaros de tal categoría durante el año era idea de locos altruistas. El canario se adjudicaba si coincidía con los tres últimos dígitos del sorteo de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos de España) del último día hábil del cuatrimestre. Ceferino no aceptó semejante idea al entenderla como desleal competencia y quien salió favorecida fue su clientela al abaratar los precios de sus composturas. Así es que más de una noche Rocío se acostó con el preceptivo tirón de orejas. y estimó que rifar sus canarios sería un buen reclamo para ganar clientes. de tal suerte que los trinos de sus canarios antaño compitieron en varios concursos. La clientela reconocía la destreza de Pepín. La segunda cláusula exigía que el agraciado corriera con los gastos de la jaula o en su defecto aportara la suya. Todo esto ocurría cuando a Pepín “se le encendió la bombilla”. previo pago de la compostura. que le hacía descabalgar. el canario quedaría en poder del criador. al cayado de encargo o a los zapatos ensuelados. como aseguró su Carmen. pero así era Pepín de desprendido si las canarias sacaban adelante a sus polluelos. en algún caso se dio esta particularidad (es decir. por riguroso orden. Él siempre se dio buena maña con los pájaros. Uno consiguió una pequeña copa plateada como trofeo en un certamen regional celebrado en Oviedo. Pero este disfrutaba lo suyo con las ocurrencias de la hermana. Las normas del original sorteo se regían por dos únicas cláusulas de obligado cumplimiento: la primera era que si la rifa no cubría los mil papelitos y el premio caía en un número no entregado. Para él la copita era sagrada. de ahí la merecida fama de los mismos en el pueblo. —¿Cómo te dejas engatusar por este diablillo? —le decía al crío. Pues dicho y hecho: ahí cabía imaginar a Carmen recortando unos papelitos y numerándolos del 0 al 999 con su esmerada caligrafía. si la madre la descubría en tales circunstancias. El pájaro quedó subcampeón de trino. pero sobre todo quienes. Al cliente se le regalaban. Ya se desquitaría él de esas trastadas. si no estaba encima del aparador es porque la cogían los niños para jugar y eso le sacaba de sus casillas. Desgraciadamente para el zapatero.

Increíblemente una clienta agraciada con el canario no recogió el regalo. 172 . una que no ve el momento. actualmente luce en la vitrina del comedor. el insensato de Segundín. en impecable pose. y como no necesitamos volver. al banderilleado morlaco. la tía Culopollo. y un torero trajeado de verde y oro citando muleta en ristre. A Pepín jamás le falló su memoria zapateril en la época de sus rifas. pues los zaguanes y galerías de las casas parecían otros con el canturreo de los pájaros. disimuladamente. La vecindad apreciaba el regalo en su justo valor. hija!.. Un día nos allegamos a Gijón. que haya conocido el mar en Cádiz gracias a que al chico le tocara la mili en San Fernando. y el año que bajó al sur para emocionarse en la jura de bandera del hijo. y con las prisas ni tiempo dio de verlo. aprovechó a conocer el mar. —¡Qué médico. Pero a los espabilados que por la mañana se descolgaban con un zapato y. —le comentó Carmen al aparecer con las figuritas—. tía Petra. Hubo premiados que mostraron su agradecimiento a la familia. El paquete contenía la típica escena de muñecos flamencos formada por una bailarina andaluza en traje de faralaes rojo con sus lunares blancos. les compensaron con un detalle en justa correspondencia al dispendio del remendón. tuviera sus motivos para desdeñarlo al imaginar que el pobre animalillo acabaría con un síncope tras los trompetazos a que estaría abocado por culpa de su hijo. Acaso la tía Refugio.. ¿No ve que aquí lo tiene a tiro de piedra? —Ya ves. sabía de las veleidades taurinas de la Pocachicha. Así mismo. a la menor oportunidad. al siguiente encargaban las suelas de las botas o dejaban para mejor ocasión la compra de unos cordones para las alpargatas. a un médico para que viera a mi Juani cuando se puso malita... solo les entregaba sus dos boletos reglamentarios por el conjunto del arreglo. hija. la vecina próxima al caserío.. y regresó con una miniatura del botafumeiro en plata de ley. trataban de despistarle por la tarde con la pareja del izquierdo para un avío. —Ya tiene valor. el tío Bujeritas peregrinó a Santiago de Compostela para ganar el jubileo.Ciertos paisanos acaparaban muchos números. ¡Mano de santo! Miró a Juani y enseguida vio lo de la hernia. aunque Carmen lo cambia a otro lugar si se cansa de verlo en el mismo sitio. Petra. Así. un día acercaban una sandalia para un zurcido.. estimaron los cánticos con tal encomio que. —Lleva razón… Qué me va usted a contar si este aún tiene pendiente conmigo el viaje de novios. y se presentó en el hogar de los Fullaondo toda orgullosa con su caja envuelta en papel de regalo.

que a mi Remi no le sacas del paso tortuga con el coche. constituía un atentado contra el buen gusto. y optó por asignarle el uso apropiado como juguetes para los rapaces. las atontan y se desconciertan. Ahora. le faltó tiempo. sabía de la vida y milagros de muchos parroquianos simplemente con seguirles la corriente. los clientes de Pepín echaban sus buenos ratos dando conversación al remendón cuando le llevaban a arreglar sus zapatos... y las fauces de Pirlo.. ¿a que no te animas a ver al chico en la jura de bandera. qué escandalosas! Por aquí vemos alguna de Pascuas a Ramos. que crecían sin darles un capricho por lo ajustado del presupuesto familiar para llegar a fin de mes. porque donde Carmen no ahorraba un céntimo era en la comida. bien merecido se lo tenían. que yo creía que solo valía para hacerme muchachas. y ella no estaba por la labor de “pegar la hebra” si existían faenas pendientes en la casa. Ángel. —Me alegro que se dieran ese homenaje. si vieras cómo se me quedó el pelo de pegajoso… Aunque. si bebe los vientos por Tinín.. hija. mientras continuaba trabajando. percibió que el horripilante conjunto muñequeril. y como yo tampoco le meto prisas… —Y qué. ¡vaya aves chillonas. volaban y nunca paraban de chillar. A él no le importaba que se entretuvieran. para eso se lo ganaba su hombre. porque madrugamos y llegamos a las tantas.. —Si es que con tanto trabajo para sacarlos adelante. ahora que podemos? Y tú verás mi Remi. pero a la vuelta hicimos noche en un pueblo de Toledo. En esa casa entraba el mejor género que existiera en el mercado. pero allí volaban. Chica. encaramado sobre una repisa situada encima del televisor. Carmen aceptó de buen grado el regalo de la tía Culopollo pero. ¿sabes lo que más me llamó la atención? Las gaviotas. Con Carmen era diferente y acaso más de una la tacharía de poco comunicativa. la tía Culopollo “tenía mucho peligro dándole al palique”. pues como aseguraba la ajetreada mujer. Lo pensé y le dije a Remi. tía Petra. porque ella priorizaba sus quehaceres domésticos a las charlas con la clientela. menudo viaje pesado hasta San Fernando… A la ida vaya que vaya. Les intercambiaban las vestimentas y al del traje de luces le vestían de flamenca encasquetándole las castañuelas y a veces la 173 .. Carmen forzó el fin de la conversación. ¿le gustó el mar? —Sí que impresiona. con el tiempo. En aquella sociedad rural ignoraban las prisas. ¡Qué manera de chillar al juntarse! Mi Tinín dijo que las gaviotas chillaban más porque los vientos de ahí abajo son muy cambiantes. —Pues todo llega. Los muñequitos tuvieron su merecido entre las manitas de Rocío.

A la muñeca. Pepín nunca cedió si no había premio de por medio.. le sentaban que ni pintiparada el terno y la montera del torerito. su chucho le seguía a sol y a sombra de modo que el tío valoró estas condiciones del guaje y la propensión que tenía a hacer más novillos de los necesarios. y no paró hasta conseguir que Pepín o Carmen le regalaran uno. y no será porque no le lleváramos cualquier zapato en cuanto veíamos que necesitaba un apaño. Al fin el animalito terminó sus días decapitado cuando una tarde pugnaban por él los inefables hermanos. aunque ni eso alivió la tragedia en el caserío del tío Bujeritas… 4 Vicentín. jamás nos tocó un pajarín. con el fin de que el perro la mordiera y poder arrastrarlo a la orilla del cenagal. 3 . al menos los muñecos colaboraron al desarrollo psicomotriz de las “cariñosas criaturitas”. la casa agradece sus canturreos.. pero sus fuerzas infantiles no eran suficientes para extraer al animal. Sus pequeñas cabezas y sus diminutas manos. éste se libró del suplicio con el descomunal tirón que aplicó el tío Bujereritas al invento de Vicentín. Enganchar del lomo al animalazo para evitar su ahogamiento era harto complicado. acabaron descascarilladas. Pero mi Eulalia a pesada no hay quien la gane. pero consiguió camelar a la esposa. Carmen se consideró gratificada con el magnífico instrumento lúdico descubierto para los rapaces. el sobrino de Gregorio.peineta. Lo consiguió más de una vez. como el día en que a vueltas con el rebaño. él le lanzaba una lazada. 174 . pertrechada mitad con su ingenio y mitad de sus pantalones. Le quitaban las banderillas y se cebaban en él volviéndolo a banderillear con tan infame puntería que a veces los inofensivos palos aparecían hincados en los cuartos traseros. La astifina cornamenta del negro bragado pronto quedó afeitada gracias a los incisivos del perro y la terquedad de Ángel por hacerse con los cuernos. lo encontró entre los matorrales que bordean la ciénaga intentando rescatar del fango a su perro. Lástima. con su caracolillo en la frente. Da alegría oír a un canario. de un material parecido a la porcelana. Pepín ya burlaba la cuarentena cuando estos “lamentables” hechos sucedían y se le caía la baba contemplando lo espabilados que le habían salido los críos. había nacido para entenderse con los animales. El sorteo de la ONCE no se alió con nosotros.

antes de jubilarse. pues ni tan siquiera avisó con antelación. 6 Rocío y Ángel compartieron más de un libro escolar en algún curso donde la economía doméstica se resintió al hacer frente a ciertos imprevistos. cuando no sus propias iniciativas. Los ladridos del carea a las órdenes del pastor. bastaban para gobernar el rebaño y hacer frente a un lobo hambriento como nos contó Gregorio que así lo hizo en cierta ocasión. 175 . un guaje quinceañero simpático como él solo. propiciadas por los novillos en alguna tarde primaveral dedicada al encuentro de las mariposas. Y el de los novillos tenía claro que no se incorporaría a las clases en tanto no trajera el copiado firmado por uno de los padres con un enterado. Los críos disfrutaron del mismo convite con los más allegados en el día de su primera comunión. Tremendo fue ver a todo el pueblo volcado en el entierro de Vicentín. pero lo cierto es que adelantaron un curso al niño y los hermanos coincidían en la misma aula. Se ignora como Carmen enredaría al maestro. 5 Fue no hace mucho. la Peruchina. y por eso no me sé la lección explicada ayer. No quiero imaginar el trance por el que hubo de pasar aquel pobre hombre entregando el cadáver del sobrino a su hermana. El tío Bujeritas vio el cielo abierto si el zagal heredaba las cabras y allí que se esmeró en enseñarle el oficio. y asumieron idénticas regañinas de don Manuel. junto a un carea leonés y otro chucho sin pedigrí. Gregorio había bregado toda la vida con las cabras y cuando ya daba por vendido el rebaño para carne de matadero se interesó por él Vicentín. Una tarde el cielo solo se abrió para descargar un rayo sin que a tío y sobrino les diera tiempo a resguardarse. Y la maldita descarga se cebó en la hebilla metálica del cinturón del guaje arrasando su cuerpo. el menor de su hermana. tenía alergia a los libros y bastante hizo con aprobar el bachillerato elemental. Y cuando eso ocurría Pepín les añadía otro castigo de su cosecha de mayor enjundia. Total que al chavalín le gustó la idea de acompañar al tío con el rebaño para ver si se hacía con él. por ejemplo: hoy he faltado a clase sin ninguna justificación. Vicentín. aunque la perjudicada era Carmen teniendo que aguantar a aquellas fieras enjauladas. pues esos domingos que se quedaban sin salir les suponía el peor martirio. Don Manuel se mostraba inflexible y al día siguiente exigía a los escaqueadores que copiaran cien veces una de sus horribles frases. el maestro. El tío Bujeritas dijo haber preferido que fuera él a quien matara el rayo.

—No se lo digas a nadie —propuso el hermano. Así. y no se sabe qué habría dentro de aquella oquedad. que más de un crío se quedó colgado en los cúmulos. Realmente les ofrecía motivos para ello con la variedad. perdieron la sonrisa durante unas horas. Algo que las propiciaba era tener que compartir la misma bicicleta que unos Reyes Magos dadivosos les regalaron allá por las Navidades del 83. cuando Rocío menos lo esperaba le soltaba uno de sus estruendos. Y superaron el mal trago en cuanto se echó la noche y disfrutaron con la quema del pequeño castillo de fuegos artificiales en compañía de los padres. en su afán por motivar a los alumnos les animaba a que adivinasen figuras en las nubes. —¡Menuda birria! —exclamó Ángel. Al final se impuso una decisión salomónica de la madre y cada uno disponía de ella en días alternos. Ángel pintaba algo muy parecido a un animal salido de otra galaxia. —Y encima nos hemos llevado los escobazos del monstruo ese. pues si don Manuel pedía dibujar un jabalí. atendían a las explicaciones del maestro y en especial Rocío ayudando a una despistada compañera cuya mente solía acampar con extrema facilidad por los valles babianos. El chico iba más a lo suyo. Y es que el hombre. Los hermanos se divertían con la llegada de los titiriteros por las ferias de verano. intensidad 176 . pero a medida que crecieron se cambiaron las tornas y Ángel pasó a ser el revoltoso. durante las clases prácticas de naturaleza en las que salían a pasear por el valle. que no era ni monstruo ni nada —replicó Rocío. los críos salieron aplicados. ciertamente. Un gigantón era un auténtico equilibrista y demostraba sus habilidades para no dar con sus huesos en tierra ante los acechos de los rapaces. algunas materias las aprobaba raspando y en especial la asignatura de dibujo. Un año los chavales se empeñaron en subir al tren del túnel de la risa. y ese fue el germen de muchos desbarres imaginativos entre la chiquillería de aquel curso. El chaval provocaba las risas entre los compañeros con su particular forma de estornudar y la fácil predisposición que tenía para generar esas sacudidas. Uno de sus desquites consistía en asustarla con sus escandalosos estornudos. y acompañaban en el jolgorio al quinteto de cabezudos. si bien parte de culpa en tales desvaríos cabría atribuírsela al propio maestro. pero. desquitándose de las perrerías que la hermana le hizo padecer en la infancia. Como no podía ser de otra manera. una atracción instalada en el ferial. Por lo demás. los hermanos tenían sus rencillas de vez en cuando. Total.

el otro salía en su defensa como si le fuera la vida en ello. Allí eran muchas las cosas que se hacían a pares. después de represar el agua en esos simulacros de presas construidas en los regatos que confluían hacia el arroyo. como cuando la madre les compraba unas botas para la lluvia. —Olvídate esta tarde de hacer el indio por ahí con la bici. Tras el susto vendrían los empellones de ella a los que él no oponía resistencia.. —terciaba Carmen al oír el alboroto—. Has hecho de las tuyas.. —Te quejabas tú de la niña de pequeña. ¡Menuda pieza nos ha salido el guaje! —Como que no sé cómo se te pudo ocurrir ese nombre para este demonio —pensaba en voz alta la madre. Eso si no se lo contaba al padre. la otra lo hacía con una grande de aligustre para no hacerle de menos. Si una chapoteaba en los charcos y se presentaba hecha un Ecce Homo. lo boba que ha salido Rocío? Pero el animal también lo ignoraba. —¡Ven aquí. —¿Has visto. pajarín! —le espetaba—. se allegaba con ellos hasta el mercadillo mostrando su vena gitana y con el consabido regateo obtenía el descuento tan bien recibido en la economía doméstica.y tonalidad que daba a sus inesperados estornudos. el otro no le iba a la zaga. 177 .. ¡Hale.. —Si es que es una quejica —se atrevía Ángel a contestarle. a estudiar! A ver si te luce un poco hincar los codos. Como tu hermana venga con otra de estas te voy a agarrar de las orejas para que ya seamos dos los que podamos presumir. y aparecía como si se hubiera enfangado hasta las orejas. y los dos lanzaban la peonza con similar habilidad. ¿te enteras?. mamá. Si uno aprendía a silbar doblando una hoja de laurel por el envés.. y se ganaba una reprimenda más seria por parte de Pepín al no consentir burla alguna si de por medio estaba su niña. ¿verdad? —Qué va. —¿Qué pasa?. Uno mostraba sus desolladas rodillas y la otra presumía de piernas salpicadas de cardenales. el otro brincaba sobre espaldas amigas a pídola. Si una saltaba a la comba. mientras Rocío le recordaba lo “imbécil” que era. Pero si alguien se metía seriamente con uno de los dos. aunque a la hermana maldita la gracia que le hacía si la pillaba desprevenida.. Pirlo —buscaba un cómplice en el perro—.

Pensaba para sí. No obstante. me da lo mismo. ¡Cómo que ella hubiera admitido tal regate! ¡De qué! Ocurría que ocasionalmente su virtud degeneraba en vicio y las consecuencias las pagaban inocentes criaturas.. El hombre medio sucumbía a esos convincentes argumentos. que estos me han salío muy tragaldabas. mi padre ya no está para andarle molestando con llevarnos a Oviedo. pues la niña no precisaba entrar a quirófano. queriendo operar a la cría sin necesidad? Rafael no podía por menos que darle la razón. no estuvo por la labor de ceder: —A saber qué le has ido contando a don Gervasio. Y cuánto le habría gustado sacar un pequeño negocio adelante. la mar de convencida—. No hay que operar a la niña sin ton ni son.. a Rocío no se la opera y sanseacabó. y poco faltaba para que Carmen se llevara un par de regalo. El marido oía las absurdas disculpas. e intentaba que Carmen se aviniera a ella. pero embaucaba al médico. esta caerá tarde o temprano. y liarse una buena al día siguiente con el suegro como testigo fue todo uno. —Por el viaje no l’hagas. —Mire usté —porfiaba con el vendedor—. al finalizar el curso en tercero de primaria. y no acaba una de llenar el puchero ni en broma. —Además —proseguía encabezonada—. como apuntaba don Gervasio. Al fin y al cabo. Pepín. No yendo muy lejos. y ni tú te crees lo que dices… Mira que te gustará meterte en camisas de once varas. Ella era más dura que el pedernal y no daba su brazo a torcer. —Tu padre—terciaba Pepín— pierde el culo por los nietos. Y cualquiera era capaz de convencerla de lo contrario. el médico que sustituyó a don Esteban en la consulta tras su jubilación. hubo que operar a Ángel de amígdalas y vegetaciones. inflexible. A Oviedo vamos las veces que haiga falta. y este autorizaba la intervención de los hermanos a la vez. empecinándose ella en que había que aprovechar el viaje a Oviedo para también extirpárselas a Rocío. 178 . lo burra que le ha salido su hija. y es mejor matar dos pájaros de un tiro. —¿Usted se cree —se amparaba el yerno en el tío Heredia—. ¡Cómo valía ella para semejantes componendas!. —Como si no los conociera… —aseguraba Carmen. Al final no se sabe cómo se las apañaba.

no sin darse cuenta antes de que era Ángel Fullaondo el de la buena puntería. los chicos de primero de bachiller se citaron a las afueras del pueblo para una guerra de cantazos. no tanto por los sopapos. sorprendida por el aparatoso vendaje. —Pues iré yo si no hay más remedio. echando la procedente pamema y poniendo nombre al “capullo” que le había ocasionado la brecha en la cabeza con el correspondiente vendaje y los puntos suturados por el enfermero de la consulta. El chaval lloraba ya en casa. asustado por el hilillo de sangre. Carmen acertó a medias. —¡Si es que no le ha matado de milagro…. con lo “fácil” que te mueves por ahí. Ángel atinó con Quintín Bernáldez cuando este. pocos años después Rocío se libró de que le extirparan las amígdalas. El herido. Y Ángel también agarró una lloriquera difícil de acallar. salió del apuro atizándole algún pescozón sin prejuicio de otros castigos. en un momento de descuido. abandonó la contienda en busca de mejor protección. La cosa venía de un pique en el fútbol en un recreo donde se molieron a patadas. Y te ha faltado tacto al arrearle delante de ese pijotero. de milagro! —encizañaba la otra con exceso de énfasis. esto no quedará así —se disculpó ante la madre de Bernáldez. —Descuida. en nada de tiempo habrá que hacerlo. a la que acompañaba el hijo quejándose aún de la herida. al salir de la escuela. —Allá tú. sino porque la madre se los propinara con el enemigo de testigo. pero sí fue el único que largó más de lo debido. y exigiéndole para colmo que le diera la mano y le pidiera perdón. Cada grupo buscó sus parapetos naturales para protegerse de los proyectiles del enemigo a ambos lados de la vereda del campo de batalla. 179 . la madre del herido enseguida acudió a Carmen para ponerle al corriente de las fechorías de Ángel. y vas a ir tú con ella. al estimar que eran mejores lanzadores de cantos que futbolistas. En aquella contienda no solo Quintín salió descalabrado. Esta. y el equipo que se consideró perjudicado retó al otro para limpiar su afrenta. Mal asunto el de esas quejas. —¿Tú te crees —buscaba adhesiones en Pepín cuando se marcharon los acusadores— que casi le deja en el sitio este burro? —Igual que le podría haber pasado al chico si el que acierta es el otro —le disculpaba el padre—. mostró su blanco al descubierto cerca de unas breñas. Una tarde. pero no de una simple intervención de vegetaciones.

Aquel curso Bernáldez quedó como “el gallina y el tontoelculo” de 1º B. así se comportó Ángel al presentarse un día con un ojo a la virulé. aunque más tardías en él. ojeriza secundada por más compañeros. Por un par de pescozones. —¡Qué estupidez!. Los progenitores tuvieron que sobrellevar los primeros enamoramientos de la edad del pavo con la debida paciencia. hombre. y no dijo ni pío del agresor por mucho que intentaron sonsacárselo tanto a él como a la hermana. —Que sí. 180 . Entre el alumnado existía un pacto de caballeros en virtud del cual nadie se chivaba de nadie en el supuesto de que hubiera “víctimas de guerra”. buena gana de hacerle pasar ese sofocón. —Si al final voy a tener yo la culpa de la pedrada —trataba la madre de justificarse alzando la voz. te lo repito las veces que sean necesarias: “No les arranques ahora todas las lágrimas a ver si no les va a quedar alguna que derramar sobre nuestra tumba” (13). que sí. Entiendes las cosas como el que oye llover. como tú nunca le riñes por nada.. y con estos aireas la mano en cuanto te pones nerviosa. —¡Te lo he dicho más de una vez! —se alteró él de igual manera. —¡Pues bien poco caso me haces! Acuérdate. y te da lo mismo que este sea un borrico.. los dos asumieron similares erupciones de acné. Ya sé los cuentos que lees por ahí. y para entonces a Carmen no le quedó otra alternativa que atemperar sus nervios… _______ (13) Aforismo atribuido al sabio griego Pitágoras. —Claro. Estás sacando las cosas de quicio. Verás el día menos pensado… —No debiste dárselos delante del otro —le cortó Pepín—. De hecho. y Ángel le cogería una tirria durante bastante tiempo. que sabiendo de quién se trataba se lo guardó para sí.. —Bien claritos mis cuentos.. Rocío y Ángel también discutieron las nimiedades inherentes a la crítica edad adolescente.

ausentes los críos en la escuela y antes de incorporarse a la faena en el torno.. ya se la hubiera comido a besos durante el almuerzo. Los padres se dieron por cumplidos con los mayores pero liaron una buena para que al cabo de los años Pepín viniera con lo de la familia numerosa.XI De presencias y ausencias 1 . y que treinta y cuatro semanas más tarde de aquellos aconteceres. ateniéndose a su expresión. a pesar de una complicada preñez que. recuperó su inconfundible belleza de embarazada con sus abultados senos y ese brillo emanado de sus ojos. y con que si le ayudaba a montar la litera que me encargó… 2 Ocurrió algo tan sencillo como que Carmen y Pepín levantaron la guardia a los controles anticonceptivos de sus ímpetus sexuales. le hizo “pasar las de Caín”. Aquella era una llamada correspondida al intercambio del amor. O sí. Tampoco es necesario entrar en otros detalles pertenecientes a su intimidad de pareja por ya conocidos. solo había que contemplar a esa mujer con su larga melena recién lavada. Lo acaecido después es fácil de imaginar: alcanzaron la plenitud del placer en la fundición de sus cuerpos. tal como los refirió Pepín. que desprendían el inconfundible aliento 181 . Fue en una tarde primaveral. pidieron paso a la vida “unas sorpresitas”. a él le rebrotó la libido por ese hormigueo que le alcanzaba bajo la cintura. En su fuero interno. Su piel exhalaba el natural perfume del agua de albahaca. dos únicos pormenores: Carmen. y la genética les cobró una gozosa factura con los antecedentes de Carmen como melliza. y sus arrebatadores ojos clamaban idénticas tempestades amorosas..

No le quitó ojo un solo instante. Se los repartieron a las pocas horas de subirlos del paritorio. A los mayores no les cabía más felicidad en sus cuerpos ante la inminente llegada de los hermanos. ¡qué bonita eres! —susurraba a la hermana mientras la besaba—. los nervios le atoraban la lengua y sistemáticamente intercalaba caricias con recurrentes palabras. Ellos eligieron sus nombres. ¿verdad. ¡Pero qué bonita! Ángel se apropió del hermano. le acurrucó en su regazo y no dejó de acariciarlo. aunque no se le dio importancia vistos los hijos nacidos años atrás. A mitad del embarazo se desveló su secreto. el nombre del hermano no podía ser otro que Jesús. y yo creo que era esta. —Si es que uno de ellos —afirmó Carmen—. y enmudecieron de la emoción. La familia degustó los polvorones navideños en el sanatorio. 182 . pero ella silenció las criaturas concebidas en sus entrañas. sí. Nadie cayó en el sospechoso vientre excepto la madre. —Cuánto se parecen entre ellos. Yo no sabría distinguirlos como no fuera de cintura para abajo o cuando tu madre les ponga las ropas. porque Carmen rompió aguas en plena Nochebuena. Ángel dijo que se lo pusieron fácil. chaval! —soltó el padre al crío—. después se cumplirían las expectativas del tocólogo. —Ya veréis —terció la madre—. —¡Algo vamos avanzando. Me da que era ella la que más guerreaba en el vientre. y este anunció una previsible cesárea para extraer los mellizos del abultado abdomen antes de fenecer el año de gracia del 86. Rocío escogió María del Carmen para el obsequio en forma de muñeca humana. Al menos admiten su genio en cuanto ven la luz. —Va a ser cosa de ponerle los pendientes a tu hermana. a María la reconoceremos si saca el genio que tenemos las mujeres de esta familia. Rocío arrulló a la recién nacida en un abrazo perenne. —Mari Carmen. papá? —Sí. no paraba de dar unas patadas que me tenían molida. igual…! —aseguraba Rocío loca de alegría. cuando les llegó la pareja con la misma sangre frisaban los diez inviernos juntos calentándose al fuego de la chimenea en las interminables noches de cellisca en el valle.del amor. hijo. para no confundirlos. El vientre de Carmen pronto desarrolló unas dimensiones considerables. —¡Si han salido hasta igual de peloncines.

y en cuanto la cría empezó a lloriquear. raramente suele fallar el instinto. —O vete a saber si ya les gustaba la juerga. Y el padre volvía a la misma encomienda de antaño para que ninguno heredara sus orejas. y se lo estaban pasando pipa ahí dentro —opinó Pepín por aquello de equilibrar culpas. míralos. el actual párroco. ¿Verdad. con la misma indescriptible viveza de esos ojos olivinos. Rocío propuso un trueque inaceptable para Ángel en vista del bendito que sostenía en sus brazos. empezaban a levantar el vuelo y a campar por sus fueros. la pensión de Pepín y las composturas del remendón. pero ¿seguros. A los mellizos ya no les bautizó don Casimiro. como llamaban los nietos a la tía Covadonga. —¡Que no! Esta vez no te sales con la tuya. La historia se repetía. Ese pálpito trasmitido por generaciones alcanzó al propio Ángel 183 . —En mejores manos no. La madre era precavida y como conservaba la ropa de los mayores ahora le vendría muy bien a los pequeños.. Rocío se armó de valor y paciencia consiguiendo que la niña dejara de llorar a base de arrullos. quien les ungió los bendecidos óleos. un agujero más.. En los padres el sentirse de nuevo imprescindibles para unos seres indefensos obró claros signos de rejuvenecimiento considerando que los mayores.. —¡Te la cambio! —le dijo.. Carmen no erraba. en los pequeños se desquitó Pepín: a medida que fueron creciendo. —Lo llevo claro con estos —sentenció la madre—. Con ese natalicio habrían de apretarse el cinturón.? Pepín no iba descaminado. “La yaya”. Jesús? —¿Tú crees que están seguros? —le preguntó Carmen a Pepín. de manera que el puchero de cuatro diera para seis entre los productos de la huerta atendida por Carmen. si cabe. y un biberón preparado al efecto. todos vieron que eran su viva estampa. camino de la adolescencia. si Rocío y Ángel salieron clavados como dos gotas de agua con predominio de los inigualables genes maternos. han salido igual de tragones que vosotros. —En su vida estarán en mejores manos. y su pálpito medio gitano le puso en antecedentes de la inminente tragedia. fue el padre Juan Ramón. no ayudó a la hija todo cuanto ella hubiera deseado en el sinfín de tareas que supuso aquel advenimiento. Carmen la vio entristecer por días.

madre —intentó animarla Isabel. Sus temblorosas manos no tenían relación con el frío sino con una enfermedad de Parkinson. Al fin. hija. Ya verá. debilitándose de igual manera que sus ánimos. con su extraño silencio y su fulminante decrepitud venía a decirles cómo le llegaba la hora de su definitiva partida.cuando supo que las cosas no serían igual al perder su amuleto. el nieto que precedía a los mellizos. No atino ni con el acerico. esto es diferente… Se dice pronto. En apenas un mes le cambió hasta el timbre de la voz. ¡Con lo que yo he sido. las hermanas se disponían a salir del hogar materno. y me cuesta horrores dar una puntada! Y este dolor… Estaba aterida de frío. además de otros alarmantes signos como que fuera incapaz de sostener algo que cayera en sus manos. le sentará bien.. Un simple paso de aquella sufrida mujer apoyada en las hijas se constituía en esfuerzo de titanes. y oyó decir a la abuela que le pesaban hasta los párpados. como que yo. pero la madre continuaba sin entrar en la conversación. madre. claro… —le respondió Carmen desistiendo de marcharse—. —Ya no puedo volar —declaró escuetamente a las hijas una tarde que coincidieron las tres. cuando en realidad el día tenía una temperatura aceptable. de su cansancio de vivir. probablemente ocultado desde hacía tiempo gracias a su enorme capacidad de sufrimiento y disimulo. mas pronto se dieron cuenta de que le pasaba algo muy grave. —No. hijas. Al principio no la comprendieron. —Usted tiene que dar aún muchas puntadas a sus bordados. una miniatura de madreña tallada por el padre. —Claro. Ande. Le delataba su demacrada faz arrasada por la enfermedad. con tanto trajín. con la toquilla sobre los hombros y su mantita cubriéndola las piernas. y algo que venía devorándole las entrañas. La mujer había tenido sus achaques. tómese este caldín caliente. Isabel seguía distrayéndola con las travesuras de su Ricardín. y que esperase a hacerlo en ausencia del marido. Les preocupó que no les siguiera la corriente.. pero ahora no era lo mismo. y se lo confesó: —Me estoy quedando sin fuerzas. tampoco soy la de hace unos años. Era raro oír expresarse en esos términos a la tía Covadonga. 184 . no tener ganas de coger la aguja porque me pesa en las manos. El aire que la envolvía parecía contagiarse de su fatiga.

acompañar a padre al ferial… Las hermanas se miraron y hubieron de reprimir sus lágrimas hasta que se despidieron de ella. pero previendo su final apuró un aliento de lucidez y pidió al marido que solicitara el alta voluntaria. Quizás si hubiera acudido al médico cuando hace mucho le vinieron los primeros dolores. Como era de mal perder les echaba en cara que. Y Covadonga se fue sin hacer ruido. Pero ya era otro desde que murió la esposa y quienes pensaron que el tiempo apaciguaba las penas se equivocaron con él. milagrosamente no encanecida hasta los setenta. y la dejaron al cuidado del tío Heredia. como en su día lo hizo con los hermanos que le precedieron. Su última voluntad la cumplió Rafael. para eso tenemos la máquina —dijo Isabel cogiéndola las manos y constatar que sujetaba un témpano—. disfrutar de los nietos. con igual discreción a como se comportó en vida. De hecho. Su negra cabellera. Prefería morir en su casa rodeada del cariño familiar que en la fría habitación del hospital. ver cómo se consumía su Covadonga. al julepe y al dominó a los mayores de Carmen y a Ricardín. se le blanqueó de una manera repentina y mil arrugas invadieron su ajado rostro como por embrujo. que se olvidó de cuidar y quererse a sí misma. el mismo que degeneró su lustroso cuello en una pellejuda papada. Sorprendía lo mucho que podía cambiar una persona en cuestión de días. la impedían reconocer a sus seres queridos por momentos. se encargó de enseñar a jugar al tute. Rafael no estaba en condiciones 185 . le habrían detectado a tiempo ese mal ya imposible de atajar que le chupó la sangre. El tío Heredia jamás imagino que le tocaría asistir a semejante tormento: el peor de su vida. y quién sabe si cabría su curación. A Rafael sí le quedaron más primaveras para ver crecer a los nietos. como si de esta manera alguien pudiera guiarla por la laguna Estigia. La mujer quiso e hizo tanto por los demás. antes ella pasó varios días hospitalizada enganchada a la morfina para paliar el dolor. el pequeño de Isabel. solo doloridos gestos en los que se llevaba las manos al estómago y que. le hicieran trampas cuando empezó a nublársele la vista y dudaba hasta de su perspicacia. Ahora puede hacer otras cosas. según él. —Ya no tiene que ocuparse de la aguja. Y la alegría por la llegada al mundo de los mellizos la contrarrestó su muerte al no sobrevivirles ni el año. Se acostó en una fría noche invernal y nunca despertó. En los delirios finales los muertos invocan a los muertos y ella no fue una excepción acordándose insistentemente de la vieja Pocachicha. entre otros estragos.

su Covadonga le había tenido como un rey. incluso a más de uno enredó en las labores de una pequeña huerta que se compró a las afueras del pueblo para matar las horas después de jubilarse. con este quejumbroso que se pasaba el día amodorrado tras unas interminables noches en vela donde solo fijaba su pensamiento en Covadonga. Lo de ver crecer a los mellizos era mucho decir. cediendo solo meses antes de acompañar definitivamente a Covadonga. Al rato se incorporaba. —Vamos —le decía Pepín a Ángel—.. y de inmediato se santiguaba ante la tumba. Las mellizas se unían al padre en fechas señaladas. ¿No ve que no para de llover? Hace una tarde de perros. —¿Y pa qué están los paraguas. y el anciano enfilaba solo el camino del camposanto. pero ellas bastante tenían con las faenas del hogar. la besaba más de una vez. incrustada en la base del marmóreo crucifijo. cogía la foto. pues un glaucoma le dejó sin visión en el ojo izquierdo. En un día muy desapacible Isabel trataba de convencerle para que no acudiera a su cita. el de la tienda de 186 .de quejarse de la vida. y permanecía en silencio contemplando la foto de Covadonga depositada en una hornacina acristalada. hoy no salga —le decía con cierto deje de preocupación—. padre. Rafael apoyado en la garrota. Nada tenía que ver aquel hombre altivo y dicharachero en vida de casado. Lo primero que hacía al llegar era quitarse la boina. y sustituía una consumida lamparilla por otra comprada a Ginés. Las hijas y los yernos temían por esas visitas al comprobar cómo cada día perdía más vista. Se ponían en lo peor ante sus tardanzas y mandaban buscarle a algún nieto. abría la diminuta portezuela. no faltaba a los “encuentros” con la difunta por chuzos de punta que cayeran. Y es que el viejo mientras fue autosuficiente se negó a trasladarse a casa de las hijas.. después solía sentarse sobre la lápida contigua. El yerno indicaba que el lento caminar del tío Heredia se había tornado en pasos de jilguero. —Por Dios. aunque raro era no encontrar compañía y alguien que le diera conversación. enlutado en su vestimenta. escapa a ver dónde anda tu abuelo por si necesita ayuda. guardándosela en un bolsillo de la zamarra.. pero él se empecinaba sin avenirse a razones. y en el otro desistió de operarse de una catarata que le mostraba un paisaje más brumoso del ya de por sí existente en el valle. y le quedaron suficientes ratos para entretenerse con los nietos. hija? —le contestaba sin contemplaciones. madre se lo perdonará. a la cual se acercaba a visitar al cementerio una o dos veces a la semana tentando a la suerte con más de un traspié que solo le provocaron leves golpetazos aplacados por unos reflejos que aún conservaba.

toda alma alberga una caja de sorpresas. lo inútil que m’he vuelto sin ti? No soy hombre de dormir solo… No me hagas caso… No. pa eso ya salieron clavaínes a nuestra Carmen los mayores. sabía que aquello tampoco era iniciativa de las hijas. Difícil resultaría encontrar una lápida más reluciente en todo el camposanto.. El padre dice que se parecen a él… Yo no le quito la ilusión al hombre. y aunque lo fueras. la flor preferida de Covadonga que ella cultivaba en sus jardineras y tiestos. porque ya naciste un poco rabo de lagartija… Y no digas. pero ya te digo: pa mí que puen más los genes de la madre. —Pa qué tanto sacrificio… —proseguía en su apenas perceptible desahogo—. Qué pena. Siempre unas clavelinas blancas. Un peso que le encorvó más de lo que ya de por sí le generaban sus crónicos dolores en las lumbares. Mientras limpiaba la lápida con una pequeña bayeta o cambiaba las clavelinas secas de un jarrón situado a la derecha de la cruz por otras cortadas de las macetas de su Carmen. jamás se habría sospechado que un tipo extrovertido como Rafael manifestaría su sufrimiento interiorizándolo a tales extremos.ultramarinos. no eras un rabo de lagartija cuando te decía que no parabas quieta un momento y no había manera de dormir a tu lado si te venían los sueños… Bueno. 187 . en medio de alguna lágrima furtiva. Sin Covadonga a su lado se sintió perdido y aviejó en poco tiempo. solo si hiciera la resta entre las fechas de su muerte y nacimiento. caería en que el retrato de una risueña Covadonga era muy anterior al día en que desapareció de entre los vivos: una instantánea hecha al casarse Isabel. la vida que s’ha olvidao de ti. rompía las horas muertas ante la sepultura en un inusitado desahogo y. La fotografía era una copia de la que él guardaba en su cartera de documentos.. lo poco que has disfrutao de los mellizos… Pa mí que la cría se da un aire a ti. mujer. Cuando el matrimonio les pidió que les acompañaran al estudio después de la boda. ¿Sabes. el infinito peso del tiempo sin la tía Pocachicha se le cayó encima y nunca pudo librarse de tan pesada losa. Covadonga y Rafael aprovecharon a perpetuarse en una de las pocas fotos individuales que se conservaba de ellos. Por lo demás. ¿Quién las habría puesto allí? Se preguntaba Rafael. que hasta me dabas la razón y agradecías que te despertara por lo mal que lo pasabas si te venían las pesadillas. recogidas en la sepultura. De tarde en tarde aparecían sobre ella unas flores frescas que él no había depositado. Covadonga…. ahora que podíamos. se atrevía a murmurar: —La vida. El ser humano es imprevisible. Si alguien se fijara pensaría en lo joven que esa mujer abandonó la tierra.

con poco llenaba las tripas..¿Qué soñarías?. rompía excepcionalmente su mutismo con Isabel o Carmen para expresarles su irremediable pesimismo. —Hay que ver cómo anda usted de pesadín con que no sirve pa na. Y cuando hablaba.. Todos servimos para algo hasta que Dios mande lo contrario... que se está quedando en los huesos. Todos servimos.. esto no es vida. un rostro silencioso empapado de calladas lágrimas. —Aquí estoy de más. Decía que precisaba de Covadonga para seguir viviendo y perseveraba: —¿Qué os creéis. coma.. y nos llame para hacerle compañía. que no me doy cuenta?. el de sus nietos. Apocado. hombre. —Y vuelta con la burra al trigo —insistió Isabel—. Pero su locuacidad de antaño con cualquiera que entablase conversación. No hubo manera de sonsacártelo. Y coma. derivó en una inexpresiva faz. aquello se convertía en un forzado e incómodo monólogo del interlocutor. eso en un hombre como él. de más… Ya me diréis qué pinto yo aquí sin vuestra madre. —Lo que quiero es morirme pa volver a estar junto a vuestra madre de una puñetera vez. Pero el viejo se refería a otra clase de amor. el de tantos que le quieren? —le animó Carmen. pero no se lo ponga fácil con esas pocas ganas de vivir. Carmen porfiaba. hijas. que en su vida derramó una lágrima por trágicos que se presentaran los acontecimientos. Ya solo soy un estorbo que no sirve pa na. Ahora apenas comía. Algún vecino pasaba a visitarlo y le daba palique. —¿Es que no le vale nuestro cariño.. con la manta de Covadonga en la misma posición que a ella le cubría las piernas. —Parece mentira las tonterías que hay que oírle —le respondió Isabel. y prefería mantener su lengua anestesiada para dar descanso a su corazón herido. está ofendiendo al Señor. no lo necesitaba. Padre. es peor que un guajín que no atiende a razones. sin embargo. pero usted… Ya me dirá qué carrera voy a sacar con usted a su 188 . como Rafael estaba en otro mundo. Al menos a Riqui le regaño cuando se pone borrico y me hace caso. Ahora la cama está muy fría sin ti… Me quitaba d’enmedio si tuviera valor. sus cuerdas vocales habían degenerado en una irreconocible voz de pito. preocupada por su actitud.

La casualidad es que esa criatura coincidiría con otro hermano que Aránzazu y Rafael habían solicitado en adopción. El nombre de la niña cambió el triste rictus del rostro del anciano y una sonrisa vino a posarse en sus labios junto al beso que fue a parar a la mejilla del nieto. y una biznieta a la que llamarían Covadonga venía de camino. pero antes. Era verdad. En esta ocasión la mujer prefirió reposar su embarazo en Bilbao. Las hijas le animaban a operarse de la vista invocando las recomendaciones del oculista. Carmen e Isabel supieron de su despedida una semana que el tío Heredia no se sintió con fuerzas para allegarse hasta el camposanto. Al nombre del niño añadirían el de Nicolás como el abuelo materno recientemente fallecido. entre tanto. no dejaba ni a sol ni a sombra la toquilla de la esposa. Francisco continuaba pegado a la tierra que lo vio nacer. el escaso alimento ingerido (a pesar de la porfía de las hijas para que comiera). Por él se enteró que pronto sería bisabuelo. y se conformaba al imaginar que algo parecido a su espíritu seguía a su lado. un hombre que devino en solitario tras un largo noviazgo con una chica de una aldea cercana que no cuajó en boda. pero el testarudo anciano se negaba a pasar por el quirófano. La sidra natural que se bebía en casa de los Heredia y en otras del valle procedía del lagar de Francisco. la esposa de Rafael. —Morirme es lo que quiero. se arrebujaba en ella. 189 . Se obstinaba en decir que “solo aguardaba el día pa volver a verla” y. Fueron la ceguera. Tras muchos años de matrimonio al fin Aránzazu. conociendo como pocos la mayoría de los senderos y veredas del valle montado a lomos de su yegua. lo hizo acompañado de su nieto Rafael que jamás se olvidaba de comprar el ramo de clavelinas blancas para ponerlas en un jarrón sobre la lápida de la abuela. y sus exiguos ánimos los que apagaron sus pocas ganas de vivir al final de una primavera del 92. Venga. Y es que. Rafael hubo de ganarse el pecunio heredando la profesión del padre como electricista en Bilbao y ahí echó raíces. y no daos más guerra. aunque solo sea por ellos… Y el viejo tozudo hacía oídos sordos a la sensibilidad de la hija. Rafael no colaboraba a que sus últimos años trascurrieran con una aceptable calidad de vida. al morir Covadonga. Si usted está triste lo estamos todos y eso no es bueno para los guajes. Aseguraba que esa prenda olía a su Cova. justo la última vez que acudió allí.edad. anímese. aunque volvía al pueblo siempre que podía como en aquel puente de mayo para echar una mano a su hermano Francisco. él también se enterró un poco en vida. se quedó embarazada con un tratamiento de infertilidad. pues tampoco su estómago precisaba de más.

pero lo cierto es que la parroquia del pueblo se quedó pequeña para acoger a su numerosa estirpe gitana. que jamás pasó por risueño. Curioso que en el lecho de la muerte se le escapara una sonrisa a un tipo como él. pero muchos creyeron que se dejó morir al compensarle más pasar a otra vida que seguir muerto de pena en esta. Rafael agonizó en medio de un delirio donde creía reencontrarse con Covadonga. como causa del fallecimiento. 4 El furgón fúnebre llegó hasta la puerta principal de la iglesia. las gotas de agua rociadas por el sacerdote con el hisopo sobre el ataúd enseguida se secaron mientras le portaban a hombros desde la capilla hasta la sepultura entre los nietos. 3 … Nunca se supo cómo trascendió el fallecimiento del tío Heredia más allá de los límites del valle. el socorrido paro cardiaco. que se encontraba presente en aquel momento al avisarle las hijas para que le administrase la extremaunción. Pepín estrechó varias manos. aunque tales padecimientos fueran más bien de índole espiritual?. Pepín observó cómo en varias coronas allí depositadas colgaban cintas cuyos deudos le eran desconocidos. ¿O realmente no era tal delirio?. muchos quisieron manifestar sus condolencias a los familiares. La última parada del féretro fue en la capilla del cementerio. los mellizos iban camino de los siete años y ni el próximo nacimiento de la biznieta. y ahora resultaba que él era el impulsor de su propia decrepitud. Y la pena se la llevó la Parca. y de entre todas 190 . tras quedar tal mal parada del accidente. Al pie del sepulcro se formó una larga cola de asistentes. según el comentario de don Juan Ramón. y a cuantos amigos y paisanos acompañaron a la familia en el sepelio. le infundió los ánimos necesarios para sobrevivirla.. que puso el grito en el cielo cuando Pepín le habló de aquella especie de eutanasia aplicada a Luna. ¿Es que acaso eso no se parecía bastante a una eutanasia. El galeno indicó. Cuando el médico firmó el certificado de defunción.. El día era espléndido. pues las hijas comentaron a los allegados que murió con una media sonrisa en los labios. Las vueltas que daba la vida: Rafael. sus primos y algún vecino.

Pero más le extrañaría reconocer el carisma y la bondad de aquel cura tan distinto a don Casimiro. Aunque esa. el hijo del Cayeta. 191 . cuando se acercó a dar el pésame a las hijas. la del padre Juan Ramón. el capataz de la Charito. será otra historia.le extrañó reconocer a Enrique Domínguez.

pero en todas se le cruzaba ese canalla. la corraliza. se lo pensó dos veces y desistió. No sé cómo se las apañaría ese vagoneta para salir adelante… 2 Pero si hubo alguien a quien ese regreso le cambió la vida fue a Carmen cuando vio merodear a Cándido por el Instituto al tiempo en que salía Rocío. siempre podría contar con él. Se preguntaba Carmen.XII El regreso 1 Casualmente morir el tío Heredia y aparecer Cándido por el pueblo fue todo uno. Era imposible evitarlo.. no obstante. al menos aquí tenía asegurado un techo donde cobijarse al seguir conservando la casa paterna. a poco de enterrar al tío Heredia. la huerta de la tía Celestina. Y justo en el peor momento. ¿Por qué hay gentes que no saben vivir sin enemigos? ¿Será verdad aquello de que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen? ¿Por qué tenía que reaparecer Cándido en su vida?. Igual eran meras lucubraciones sin fundamento para ponerse en lo peor. cursando por entonces su penúltimo año de bachillerato. ella que encontraba como un cierto amparo en la figura del padre. Enterarse de su fallecimiento no debió resultarle complicado. Intentó tranquilizarse pensando en el marido y en que. todo se había echado a perder.. Imaginó que se lo pondría muy fácil si acaso él pretendiera 192 . Era lo único que se sostenía. una calentura había horadado su cerebro y se reencontró con el rostro del terror cuando aquel día se miró en el espejo al volver a casa. Fueron tantas calamidades las que se le vinieron a la cabeza al suponer que Cándido se fijaba en Rocío con idéntica mirada concupiscente que ella hubo de soportar. Recordaba cómo habría querido abalanzarse sobre la hija por puro instinto de protección. sin oficio ni beneficio. Qué odiosa coincidencia.

—¡A ese cabrón le va a pesar haber vuelto! —sentenció el padre. Y al fin. “después de todo lo que habían pasado hasta llegar allí”. pero. Quiso ponerse en la piel de la mujer. Y le habló de cómo una vez.. y provocó su reclusión. Qué cábalas tan absurdas si su hija. Al fin. es espantoso. el motivo fundamental por el que ahora se decidía a contárselo era porque le pareció que aquel “mal nacido se fijaba en Rocío cuando rondaba por las inmediaciones del Instituto”. porque era improbable que la conociera. y se arrepintió de impedir que Judas estrangulara al hermano el día en que se citaron al pie de la Chorrera al descubrir que Cándido era el asesino de Sultán. Y Pepín rememoró su media vida. la compartida con Carmen tras coincidir en las escuelas durante los cursos para adultos. Se refirió a las lágrimas que reprimió o escaparon en la soledad de su habitación para no dar explicaciones a nadie. una sola vez. Ocurrió que la falló el subconsciente al referirse indirectamente al calvario en que degeneró su vida por culpa de ese mal nacido. estoy desesperada… Esta noche ese hijoputa se me ha aparecido de nuevo en una pesadilla que ya tenía olvidada. Pero era tal el miedo que ese hombre la generaba. ¿O sí la conocía?. con un nudo en la garganta le describió el intento de violación de Cándido y el martirio de callarlo ante todos para que no degenerara en otras tragedias. que la dejaba sin aliento. y aun a riesgo de estar obsesionada.identificarla. había salido clavada a ella hasta con el mismo cimbreo natural de sus caderas. exceptuando la estatura.. cayó en el repentino interés mostrado por el difunto suegro. Entendió cómo se le entregó la primera vez que hicieron el amor. —Seguro que no conoce a la niña y lo mío es de psiquiatra. Pepín y Carmen se buscaron si no con la ansiedad y avidez 193 . —No sé —balbució—. Carmen no estaba dispuesta a revivir aquel tormento que la impidió conciliar el sueño muchos años atrás y se lo contó a Pepín. sin más palabras para expresar el horror. acurrucados entre las sábanas. según ella por un catarro muy fuerte. con respecto al entierro de la tía Celestina. y del pálpito sentido al creer que el tío Heredia había tomado cartas en el asunto.. Ya no soportaba guardar su tortuoso secreto. y cómo le tiró de la lengua para que él le confirmara la ausencia del hijo en el cementerio… E imaginó por qué Cándido no pisaría esta tierra en vida del tío Heredia. Y en esa noche. el padre le cogió en el renuncio de mentar a aquel miserable en una de aquellas pesarosas noches.. Casi fue capaz de fechar aquella tarde noche a principios de diciembre cuando Carmen volvió sola a casa después de acompañarle a la suya.

No podía darle más detalles sobre por qué necesitaba esos cartuchos. y se apostarían en la trasera de la casa hasta la aparición del intruso. y apeló a su discreción sabiendo que Antonio contrastaría el motivo de ese extraño préstamo. 4 Pepín comprobó el estado de la vieja escopeta del tío Fullaondo. y a algunos nos costó reconocerlo. conocía el pavor que a Pepín le generaban las armas de fuego. No se dijeron nada. porque la casa de la tía Celestina no estaba aislada como antaño al haberse construido otras edificaciones cercanas. dile al guaje que venga a casa y le dejo la carabina de perdigones. entendía que no sería muy distinto al pergeñado en su día por su suegro para echar a Cándido de sus vidas. esperó a que Antonio pasara por el taller y pidió que le prestara unos cuantos cartuchos. y tan buenos resultados dio a la vista de cómo se desarrollaron los acontecimientos. Ella se encargaría de comprar los cartuchos. pues no era ni la sombra del hombre bien parecido que abandonó el valle. —Déjate de cartuchos —indicó Antonio—. De sobra sabían cómo actuarían. ¿Qué maldición le echó aquel hombre a Cándido para que ni se atreviera a acudir al sepelio de su madre? Ahí estaba la solución al drama que irrumpía de nuevo en sus vidas: actuar de una manera similar a como lo hubiera hecho Rafael. 3 Los pocos parroquianos que le recordaban se sorprendieron de su regreso después de tanto tiempo. Había adelgazado una barbaridad. sí con el mismo cariño. Cándido parecía un muerto de hambre con esa cara tan chupada. Pepín contó su plan a Carmen. Carmen no opuso la menor objeción.de aquellos cuerpos jóvenes deseosos de encontrarse. con la mismas ganas de fundirse en un solo latido. El remendón solventó el apuro indicándole que era Ángel el interesado en probar su puntería. al día siguiente madrugarían. El amigo se sorprendió. insistió en que no debían arriesgarse a disparar la escopeta. Ángel la aceptó además de unas someras explicaciones sobre su uso. las palabras eran inútiles. y la detonación sería oída por el vecindario. envolverían las armas en una pequeña manta. es la mejor para empezar. por más que él hubiera intentado quitárselo de la cabeza. Al hijo le puso en antecedentes dándole las justas explicaciones para tranquilizarle. Si casualmente 194 . entre otras razones.

a Carmen le faltó un segundo para abalanzarse sobre él y de repente Cándido cambió de parecer entrando en la casa. Al instante Carmen se interpuso en su camino. hijo de puta. lo sobrellevaron gracias al espléndido día y a sus fugaces bisbiseos.se cruzaran con alguien. Ellos lo oyeron. Percibieron cómo alguien abría una contraventana y después subía una persiana. Pero aún trascurrieron cerca de dos horas hasta que Cándido abrió la puerta bien pasado el mediodía. Pepín imaginó que su corazón estaba al borde del estallido. y presagió la ruina interior de la casa. Fueron más de cinco horas de interminable espera. Al fin y al cabo esos serían los primeros disparos que habría de efectuar en su vida. —¿Por qué has vuelto. Escucharon los intermitentes ladridos de un perro. en un herrumbroso canalón a punto de desprenderse bajo una cornisa. Lo curioso era la variedad de sonidos emitidos por la naturaleza. Durante todo ese tiempo oyeron cantar a más de un gallo. Carmen indicaría que “era mejor no llevarle la contraria si se ponía pesadín”. y se extrañara de su presencia a esas intempestivas horas. y el monocorde silbido de un afilador vendiendo a voz en grito las excelencias de su profesión. y a Pepín le dio por evocar el pánico cuando de crío se le aparecían semejantes aullidos en sus sueños. Carmen se fijó en los despintados tiestos sujetos a los barrotes de una balconada donde solo crecían hierbajos. pues Cándido les hizo esperar otro buen rato. apenas pudieron dirigirse la palabra. ¿Les había visto aquel desalmado y buscaba refugio en su guarida o solo volvía por sus pasos a solventar un olvido? Esa duda tardó en resolverse. por qué has vuelto? —fue la estampida que le soltó. Así es que Pepín preparó el cebo con un par de cañas como señuelo. 195 . pues desconfiaba de su puntería como necesitase disparar. se encaminaron hacia las afueras del pueblo y se encomendó a su suerte. De vez en cuando se le resecaba la garganta y echaba varios tragos de agua a la cantimplora que tenía sujeta en un pequeño soporte que sobresalía de un lateral de la silla. indicarían que al zumbado de Pepín le había dado por tirarse de la cama para ir a pescar. la abrían y vieron cómo el hombre echaba la llave. porque si no era ella quien pagaba las consecuencias. a algún mirlo. De nuevo oyeron descorrer un cerrojo de la puerta. graznar a los cuervos como si mantuvieran un particular diálogo entre ellos. También les llegó el lejano tañido de las campanas. bastaba con prestarles un poco de atención.

Carmen intuyó uno de los posibles motivos generadores de esa cicatriz. Estás igual de chalado. y solo acertó a chillar: —¡Quieto! ¡Quieto!. date la vuelta!. y no la cuentas! A Cándido se le heló la sangre. aunque le quedó aliento para cagarse en los muertos de ellos mientras reculaba y se protegía la pierna con una mano. Ya sabes. En ese instante Pepín disparó. pero oyó algo y se detuvo. —Descuida… —Tranquilos. le mato! —volvió a gritar Carmen.. La bonanza del día hizo salir a Cándido con una camisa ligeramente remangada.. El hombre amagó con abalanzarse sobre ella. De la herida salió un hilillo de sangre y se quedó paralizado. y un perdigón se incrustó en la pierna izquierda de Cándido. —¡Por qué te dejaría vivo. ¡Y las manos en alto! —le indicó mientras le obligaba a dirigirse hacia la parte de atrás. —replicó—. —¡Le mato. —Eso depende de ti. 196 . Obedeció y cuando alzó los brazos observaron una enorme cicatriz en el antebrazo derecho. tener que esperar a que muriera ese viejo para venir a mi casa... cabrón! —despotricó Carmen sin dejar de apuntarlo con la escopeta.. Entre tanto Pepín ya tenía la de perdigones bien asentada sobre su hombro.. por detrás.. Carmen se apartó de Cándido y fue a situarse junto al marido para coger la escopeta que él le entregaba... sabiendo que Pepín no decía una palabra en balde. —insistía el otro. Pepín. —le espetó a ella—. dispara tú también si este cabrón hace un movimiento en falso. ¿No tuviste bastante con él? —¿Qué dices?. ¿eh?.. donde estaban más protegidos ante algún imprevisto—. —¡Vamos. —¿Por qué has esperado a que muriera Rafael? —le inquirió Pepín—. rápido. —Estaría bueno. avanzó lo justo con la silla para tenerle en el punto de mira de la escopeta de cartuchos y le gritó: —¡Un paso más.. un pantalón bermudas y unas deportivas. a la altura de su rodilla.. Yo no he esperado a que muriera nadie.

pero la cojera se lo impedía. ¡Loco! —gritó Cándido atacado por el pánico.. —Te juro que como vuelvas a cruzarte en mi vida cumplo la promesa que te hizo mi suegro. —Vale... ¿Vas documentado?.. pero desistió al oír la sentencia de Pepín: —¡Como salgas corriendo me harías un favor. se la notaba muy tensa.. El herido hizo ademán de salir huyendo.. —¡Espera!. aunque no con la suficiente puntería para alcanzarlas. cabrones! 197 . ¡te mato! —le soltó cada vez más exaltado—. —soltó Pepín mientras cargaba rápidamente la carabina. —¡Hijoputa! ¡Hijoputa! —insultó el otro. —¡Quieto ahí! —le dijo con un rostro expresaba todo el odio que un ser humano era capaz de acumular en su expresión facial. cabrón!.. se dio la vuelta. y fue Carmen quien se agachó a por ellas. ¡Cómo quieres que te lo diga! Prefiero unos años de cárcel a que nos entierres en vida… ¡Vete.. —Sé que me buscaré la ruina. porque si no ya te tengo preparado el hoyo! —¡Estás loco!.. —¡Quieta!. pero ¡te mato.. en medio de sus quejidos.. —Sí. el marido se percató de ello y al momento se intercambiaron las armas. cabrón! Cándido. Pepín maniobró la silla con la mano izquierda y se acercó más a él. ¿Te enteras. hijo de puta! Vete y no vuelvas nunca. —Es la última vez que te lo digo: ¡Tírame las llaves! Se las lanzó. y le lanzaba otra perdigonada que impactó en la mano protectora de la pierna herida. porque te estaré esperando. ¡Vamos. Y Cándido anduvo a duras penas hasta la primera manzana de casas del pueblo... vale. dame las llaves! —¿Qué dices? —¡Que me des las llaves de la casa y te vayas por donde has venido. muerto como estaba de dolor. El herido pretendía escabullirse. —insistió—. pero Pepín aún no había concluido con su maldición. Al perderlos de vista les gritó: —¡Os vais a arrepentir toda la vida. porque pienso apuntarte a la cabeza con esta!.. A Carmen le temblaban las manos.? ¡Te mato! ¡Vete por donde has venido.

La impronta del olor gatuno permanecía pegado a aquellas paredes sin ventilar. una le costó lo suyo al quedarle poco para desencajarse de sus goznes. Las huellas de la carcoma se notaban en el serrín depositado bajo una alacena y una desvencijada silla. —Como que le has echado bastante valor para moverte entre esa cochambre —repuso Pepín. ahora rememorada. Los animales disecados del tío Nicomedes que tanto le extrañaron en aquella visita.. De esa manera pretendían controlar la casa si alguien alteraba estos cerramientos. El entarimado del piso superior crujía con las pisadas de Carmen. eran pasto de las hormigas. —Qué asquerosidad… Cómo está todo por arriba. Observó la estancia inundada por una capa de polvo. Otros cachivaches se amontonaban en un rincón donde las arañas campaban por sus fueros tejiendo sus hilos. ¿Cómo era posible que alguien pudiera habitar en semejante zahúrda?. y solo pedía no tener que volver nunca por aquel nido de inmundicia. secas o podridas en sus macetas.. exceptuando a Cándido por allí no había pasado un alma en mucho tiempo. no veas qué goterones —soltó Carmen al reencontrarse con él. Dispuso de tiempo para cavilar en medio de aquella ruina generada por el abandono llegando siempre a la misma conclusión: esa era una casa maldita. así como varios muebles y la lámpara que pendía del techo estaban cubiertos por paños o retales de sábanas que algún día fueron blancos. de ahí provenía un desagradable olor derivado de los restos de bofe putrefacto que había en una descascarillada fuente de porcelana junto a unos excrementos que podrían ser de los descendientes de Hércules. Carmen y Pepín entraron en casa de la tía Celestina. Arriba todo es humedad… 198 . Las partículas de polvo depositadas en su pituitaria le provocaron unos incómodos tosidos. —Esto se viene abajo el día menos pensado. Para él tenían el aspecto de unos fantasmales espectros heridos por la polilla que devoraba las telas. parecía que en cualquier momento se vendría abajo como cedió un peldaño cuando la mujer subió la escalera. la mujer bajó dos persianas y cerró varias contraventanas de la segunda planta. Pensó Pepín para sus adentros. Pepín esperó a la esposa en el zaguán recordando el transcurso de su media vida desde la última vez que hubo de vérselas con la madre de Cándido en ese lugar. y menos la de Judas que continuaba sin volver al pueblo desde los días posteriores al entierro de la tía Celestina. y teniendo en cuenta la cantidad de desconchones que proliferaban en la pintura del techo. Todas las plantas.

Solo se tuvo constancia de unas pequeñas incisiones que le practicaron en el centro de salud para extraerle varios perdigones que tenía incrustados en la mano. En algunos corrillos se comentó la fugacidad de la presencia de Cándido en el pueblo.. e imaginó que aquello era cualquier cosa menos un casual accidente de caza. 199 . Según él. un cabrón debió de confundirlo con alguna alimaña cuando se adentró en el castañar.. porque jamás se ha sabido de él. pero antes necesitó entregarse al marido. Aquella noche Carmen durmió en paz. el brazo y el costado derecho así como en la pierna izquierda. Hasta siempre. Al médico le extrañó que esos impactos le afectaran a partes tan dispares de su anatomía.

se vivía tan al límite de sus posibilidades que en los finales de mes comían de fiado. y la manutención. Y aún así pasaban hambre si no espabilaban. no llegaban a la mitad de los satisfechos a sus compañeros varones en la misma fábrica o taller. Ella era una de tantas mujeres con escasas salidas en el ámbito laboral. al menor descuido. En una de estas faenas Catalina acabó hastiada del acoso a que la sometía un abacero en cuyo negocio trabajó como dependienta. donde el trabajo femenino se limitaba a muy pocos oficios. e incluso altas venidas a menos. Sus salarios. pues en bastantes casas de estas familias urbanas de clases media... el catre o el colchón en el mejor caso. a igualdad de trabajos. una mujer recelosa y esquiva ante todo humano que osara dirigirle la palabra. y cuando excepcionalmente se las daba una oportunidad. se las remuneraba con sueldos muy inferiores a los cobrados por los hombres. sus espléndidos glúteos se convertían en el blanco de las 200 . a cambio del techo. aquello era vivir en un permanente desasosiego sabiendo que. la Boliche 1 La preciosidad de criatura que muchos recordábamos de cuando éramos mozos. 2 Saltaba a la vista cómo aquel callejero espíritu sin rumbo surgido de la neblina era un ser desvalido. Muchas faenaban durante extenuantes jornadas en hogares ajenos. si es que eran legales con su correspondiente alta en Seguridad Social. Hasta el color de la cara había perdido.XIII Catalina. Antes. a mediados de los 60. a la exuberante Catalina le tocó una época. de tal suerte que intentaban “solucionar” sus vidas mediante lo que ellas consideraban que sería un buen casorio. Semejante precariedad abocaba a ciertas mujeres a dejar sus escrúpulos para mejor ocasión. apenas tenía que ver con la mujer que descubrimos en aquella plomiza mañana a la caída del otoño del 89.

pues jamás volvió a interesarse por ellos y por el antiguo novio tras el infortunio de este en la mina. aviesas intenciones jamás correspondidas por ella. El sueldo de una aprendiza de modista como ella no era gran cosa. y fue a parar a un exclusivo taller de costura. en último extremo. en vista de un futuro poco prometedor. tampoco las condiciones laborales merecían la pena. Los escasos paisanos que sí compartieron el banquete contaron que nunca vieron novia más guapa. acabara con un genio insoportable si abusaba del alcohol. con su vestido nupcial realzando sus femeninas formas de diosa veinteañera. Y con la convivencia enseguida surgió el desvanecimiento del amor. Catalina no quiso olvidar sus orígenes. si es que alguna vez lo hubo. El fiestón de la boda lo pagó el novio íntegramente de su bolsillo. Pero las prisas son malas consejeras. se casó por presumir de mujer. Y es que resultaba imposible no sucumbir a los encantos de la muchacha. pero sucedió todo lo contrario. con independencia de los fuertes manotazos que ella le atizaba si él se propasaba. si se exceptúan las buenas manos y el innegable talento que el alfayate tenía para la costura. nueve años mayor que Catalina. Las jornadas se prolongaban en más de nueve horas y la desangelada sala del taller propiciaba que parecieran más sobre todo en invierno donde la estufa central era insuficiente para caldearla. Catalina decidió cambiar de trabajo.palmotadas y los achuchones del tendero. ni contrayente más piripi y desabrido tras la melopea que agarró al final del bailoteo. Ella porque creía asegurar su futuro y. No obstante. a cambio de no aportar ningún hijo al matrimonio. El viejo comerciante la obsequiaba con géneros de la propia tienda y otras fruslerías con el insano propósito de obtener a cambio alguno de sus favores. Él. esperaba querer al sastre por aquello tan socorrido de que el roce hace el cariño. a pesar de que casi todos perdieron el contacto con ella desde su fuga del pueblo. Un misterio jamás revelado fue si la 201 . El marido solo la procuró infamias y mala vida con las cogorzas agarradas en más de un fin de semana. El desaire tenía bastante de ejercicio de solidaridad con Pepín y de llamada a la conciencia de la Boliche. sin rehusar gasto alguno en el ágape y en la orquestina animadora del baile posterior a la comilona. Al bodorrio fue invitado algún viejo amigo de la pandilla. pero a pocos les apeteció asistir a la ceremonia y menos al convite. el único que por entonces existía en el barrio más distinguido de la capital. y el noviazgo con el dueño de la sastrería no se prolongó lo suficiente para que le diera tiempo de comprobar la “joya” que se llevaba por marido. les resultó extraño que un tipo. al que no se le podía negar un cierto encanto cuando estaba sobrio. Catalina aclaró su horizonte económico engatusando al patrón con relativa facilidad. Del novio largaron lo suyo.

Como quiera que el genio de Catalina mermó con la edad. Desde el comienzo de la relación. —Ya veis qué disculpa más ridícula. —¿Y cómo explicáis—continuó Emilín—.. como queriendo justificar el traspié? —Vete a saber. Emilín no iba descaminado en sus apreciaciones.. El sagaz comentario surgido por boca de Emilín en una reunión de amigos cuando. —Ni que lo digas… —ratificó Pepín—. El sastre sí respetó a la querida. o los furores del alcohol absorbieron la infértil simiente del garnacha. al salir escaldada las pocas veces que lo intentó. según me he enterado. toda violentada. Quería evitarme. —Sí que es raro que oculte los ojos —apuntó Pepín—. se cruzó con la Boliche en la ciudad lo decía todo: —No es normal que en pleno invierno Catalina se resguarde tras unas gafas de sol para disimular algún que otro traspié.infecundidad procedía de la Boliche. y describiendo las inconfundibles eses del empedernido bebedor. —¡Vaya tontería! —replicó Tino. Pronto se presintió que aquel absurdo matrimonio de intereses estaba condenado al fracaso. y la existencia de la Boliche degeneró en una sucesión de días infernales merced a las trifulcas diarias con el esposo. que pase jornadas enteras encerrada en casa sin salir a la calle? —¡Con tanto como le gustaba correr la zapatilla! —le secundó el antiguo novio. esa mujer nació para modelo. de sus ojazos. no arriesgó el enfrentamiento con la fiera humana. —Que era una torpona. pero le reía las gracias con tal de que le 202 . cuando tenía la gracia por castigo con cualquier cosa que se pusiera en ese cuerpo de escándalo. Permanentes escándalos a consecuencia de injustificados celos que ella provocaba en su enfermiza mente alcoholizada. y hasta el pueblo llegaron fundadas sospechas de que el beodo le ponía la mano encima si se descolgaba por el domicilio conyugal con el rostro abotargado. pero me apetecía saludarla y allá que fui. y de una mala pisada se dio de bruces por calzarse esos zapatos de tacón fino que se estaban poniendo de moda últimamente. que ni remotamente podía compararse con la prestancia de la esposa. una mujer de poco lustre. Catalina soportó las patochadas del tumbacuartillos con sorprendente resignación para quienes la recordaban con su visceral carácter. —¿Sabéis —prosiguió Emilín— lo que la pobre infeliz me dijo. casualmente. Era de lo poco que presumía.

Tampoco se supo si existió descendencia nacida de los fornicios entre aquellos amantes.. toquen. acérquense y compruébenlo por ustedes mismas!. un juego completo de cama le voy a obsequiar. Imaginaba que ese hombre con su verborrea capaz era de encantar a una cobra. se cruzó con ella en el mercadillo que siempre se ha montado los jueves en los aledaños de la plaza de abastos. al encontrar una complaciente clientela que pronto picaba su cebo. ¡Vea la calidad de estas sábanas de tergal que hoy le estamos regalando! ¡Pues ni una. 203 . Pero él se las apañaba con su facundia para salir del atolladero y volvía a las andadas. y poco después proseguía la perorata con renovados bríos. él daba un paso atrás.. —enfatizaba el tipo ante la compinche—. qué cerca estaba la Boliche de esa persona y ni de lejos sospechó de ella. vieja conocida por amistades interpuestas. Y les enseñaba unas sábanas de 1.05 con una calidad muy superior a las “regaladas” para una cama de 80. Permanecía ensimismada frente a un charlatán que vendía las más variopintas mercancías a voz en grito. encontrarían refugio en multitud de comidas a deshoras. sus nervios. se acercaba al corrillo formado en torno a él. pues alguna lugareña se le encaró al sentirse engañada con la calidad de su género. Entonces se supo que el marido murió alcoholizado. —¡Vea. ni dos sábanas. o su falta de motivaciones.. señora. Por cierto. como en la labia mostrada por el sujeto para engatusar a las incautas parroquianas con las sorprendentes propiedades de sus fabulosos productos. y se sorprendió al encontrarla tan desmejorada desde que escapara huyendo de Pepín hacía ya cerca de tres décadas. señora. que por tocar no les voy a cobrar. vea!. Había cogido unos kilos de más porque sus insatisfacciones. señora! ¡Toquen. señoras.. Era un antiguo conocido del ferial. la Pocachicha. aprovechaba para echar un trago a un botellín de cerveza. En realidad Carmen. y fue cuando a Catalina se la vio deambular por el pueblo precozmente avejentada y cohibida ante el paisanaje.pagara el piso y los gastos derivados del mismo. con su almohadón camero y todo! ¡Mire qué género. y se perdía de tarde en tarde por allí. como en anteriores ocasiones donde aparecía el embaucador. La observó con detenimiento en la distancia. Mientras la compinche manoseaba el género con elocuentes comentarios sobre su calidad. Carmen. El ronroneo popular que la creía desdichada junto al borracho fraguó bastante tiempo después. interesada no tanto en los milagrosos productos ofertados.

les puedo garantizar que. entablaron una charla más extensa con la socorrida conversación en torno a los fríos del invierno y a los males que las aquejaban. este y solo este es el tónico que proporciona esa estupenda lozanía al cutis de Sara Montiel! Tónico que. que diría Joaquín Prat. Carmen observó cómo Catalina fue una de las muchas inocentes que cayó en la trampa de la espléndida escenificación. No se sabe el motivo. ni un duro de más ni un duro de menos! Ese es el precio justo. aunque ella anuncie el jabón Lux. ¡cómo mínimo! Ni decir tiene que la compinchada creía a fe ciega la palabrería del charlatán y en un santiamén le soltó mil pesetas. Y Carmen sintió un pálpito: los males de Catalina no eran de índole física. que me estoy equivocando? ¡No. y en cuanto se administre el tónico se quitará cinco años de encima. Efectivamente. —¡Deme un par de lotes! —le pidió muy decidida—. pero en aquella mañana la mujer no entró al diálogo. cuando coincidieron en el consultorio y repentinamente. —¡Pues va a quedar usted como la reina de Saba con su hermana! ¡Sí. son quinientas pesetas! ¿Qué son cien duritos. porque no dio para más la esquiva actitud de ella. Que uno me vendrá de perlas para regalárselo a mi hermana por su cumpleaños. durante el tiempo de espera. usted —continuaba el farsante en plan adulador—. si acaso existiera. ¿les suena. Daba ya la causa por perdida. señoras. le hará rejuvenecer unos añitos de la noche a la mañana… ¿Se imaginan recuperar la piel de su juventud? Porque. igual que las venideras donde se cruzarían en otros lugares del pueblo. y eso es lo que le cuesta esta maravilla de tónico facial: ¡El famoso tónico del doctor Rosado! —nuevo receso y otro trago al botellín de cerveza para aclarar la voz—. ¡Sí señoras.. pero que muy agradecida. Al hilo de la cháchara.. hoy tiramos la casa por la ventana! ¡Solo cien duritos es lo que le vamos a cobrar. señora. no. señora? ¡Si se los va a gastar en dos días que vaya a la peluquería! ¿Qué creen. viéndola tan deprimida entró en más 204 . —¡Porque lo único que le cobro. tiene una piel muy agradecida. verdad?. señora. tomó la iniciativa e intercambiaron un escueto saludo. usted sí sabe comprar! —Si es que la pobre no da abasto con tanto rapaz que alimentar —le seguía la mujer gancho la corriente. junto al jabón de la misma línea de productos. que también le estamos regalando. que a Carmen la impelía a recuperar su lejano trato con Catalina. Después de efectuar la compra al liante.

Mi amigo calló la sorpresa que nos tenía preparada para ese sábado. cogió algo de la huerta para completar la merienda. —No sé. Veintitantos años después la Boliche reaparecía en nuestras vidas gracias a Carmen.. ¿Qué te parece? —Ya veré si estoy con ánimos. —Tú avísame con tiempo y daremos cuenta de la matanza con unas sidrinas. Pepín se alegrará de verte. No tenía la certeza de que fuera a aceptar la invitación. pues desde la quiebra de la Serrana. ha pasado tanto tiempo. y suponía que la vendría bien reencontrarse con nosotros. más de uno se llevará una alegría. pero nada perdía por intentarlo. Nos extrañó lo de la partida en una tarde distinta a la habitual.... Fue posteriormente cuando caí en por qué Carmen también se acordó de Tino. Pepín. los que allí parecían unos convidados de piedra eran Carmen y Tino. —Mira —insistió—.. yo aportaba el cabrales con el pan de hogaza. anímate y ven una tarde. La sidra la puso Tino de su cosecha. mi santa y yo.confianzas y consideró que era un momento oportuno para invitarla a merendar junto a los viejos amigos. ellos nunca fueron allegados a Catalina. no sé… —respondió de manera poco convincente—.. como era costumbre.. no nos perdíamos una romería juntos a medida que fueron cuajando nuestros noviazgos. quién sí apareció fue Catalina. Avisaríamos a Eulalia. —¿Por qué no te pasas por casa un día de estos y conoces a los rapaces? —le propuso—. 3 . Decía que le había encontrado en horas bajas la última vez que se vieron y debíamos de animarle entre todos. —Ya veré.. Tino.. Años atrás no habían existido secretos entre ella. Recuerdo que nos citó a Tino y a mí con la coartada de organizar un tute con el Periquín. Ella sabía lo mal que lo venía pasando. En la cita solo echaríamos de menos a Emilín. En el fondo. y en cuanto se lo comenté a Eulalia. aunque tampoco nos hacíamos de rogar si. sacaba a la familia adelante como camionero a base de echar un montón de horas en la carretera hasta terminar de pagar las letras del camión. Antonio. sabía que sería bien recibida y le faltó tiempo para apuntarse. ya veré si estoy con ánimos. acabábamos picando algo de la matanza.. 205 . Allí no apareció José Pedro ni por asomo.

—Venga —le animó Pepín al cabo de un buen rato—. —Carmen —insistió Tino—.. Además. consideró exponer de la siguiente manera: —Poco después de la boda me dijo que no quería que siguiera trabajando en el taller.. Pero en esa tarde ya vencida había mucho que oír. para lo que hay que oír. con ellos como testigos. mujer —terció Carmen. —Tampoco será para tanto. —Aguarda a oír y ya me dirás si no es para tanto. respecto a lo que quisiera revelar. Pero Pepín quería que se sintiera arropada por la mayor corriente de afectos que fuera capaz de reunir en torno a ella y así debió ocurrir. así volvemos juntos. Aquí nadie está de más.. 4 Al propio Pepín se le manifestaba un leve cosquilleo en las entrañas ante el inminente reencuentro con la Boliche. ¿Cuánto habría cambiado? ¿Estaba realmente tan desmejorada como decían quienes la habían visto? Catalina se mostró bastante cohibida y no intervenía en las conversaciones. iba a vivir como una reina y mi sueldo no era necesario. aún temerosa. Según él. Por fin. —No te vayas. y al hilo de aquella intrascendente pregunta formulada por Pepín. aquí estoy de más. —Mira con la que nos sale este —dijo Pepín—. Sucedió hacia el final. quédate.. cuéntanos cómo te ha ido en todo este tiempo lejos de aquí. Tino —propuso Catalina—. el río de su vida traspasaba el cauce de sus temores consiguiendo que a los demás se les anegase el alma de tristeza al escuchar una espeluznante historia que ella. Eran otros quienes adquirirían protagonismo en el devenir de la velada. si no merece la pena —respondió la Boliche.. cuando la sidra y el licor de hierbas surtieron efecto en el relajado ambiente se atrevió a comentarles: —Salir del pueblo y caer en picado fue todo uno. Eulalia y Antonio hicieron ademán de seguirle al intuir que Catalina se sentiría incómoda. Caí como una tonta sin 206 . yo me voy —indicó Tino. —¿Pero qué prisa os ha entrado ahora a vosotros? —intervino de nuevo Carmen. —Bah. pues al fin necesitó desahogarse de su pasado y les abrió su corazón. estaría bueno. Catalina se limitaba a observarles y apenas probó bocado ni bebió. —Bueno.

—Nos ha fastidiado —dijo Pepín —. Eulalia. como si nunca hubiera existido. No tenía nada que hacer. “¡A saber qué sacas a cambio!”.. las puntillas. mujer. y loco perdido amenazaba con que el día menos pensado me mataría si descubría que lo engañaba.. Ahí nadie le rechistaba. Pensaba que. Sabía que me llevaba un mandón. aunque jamás le mentó por su nombre de una manera preconcebida.. Evidentemente se refería al difunto marido. —Claro. De la chica no tenía queja. me entretenía en bordar el ajuar que compraba para esos hijos que nunca llegaban. reflexionaba sobre cada una de las palabras por decir. Se me caía la casa encima. 207 . pero creía que le haría cambiar... a ver quién se atrevía a llevar la contraria al jefe. unos celos horribles. cuando le ardía el alcohol en el estómago le salían los celos.. —.. Siempre había que hacer todo como él dijera. de todo se encargaba la chica. enseguida hacía todo lo que le mandaba.. —¡Vaya mente sucia! —opinó Eulalia. Como en el taller le iba bien. esos eran unos buenos alicientes para seguir adelante —la interrumpió Eulalia. —Pues esas eran lindezas menores. Intenté llenar esos interminables días sin dirigirnos la palabra con la costura. con su errabunda mirada insistía en el sinsentido de su vida—... indignado. al menos a ellos. Intercalaba pequeñas pausas. pero a mí se me fue acabando la paciencia y le alcé la voz... —.. podría venirles bien mi compañía.. Entonces se enfurecía y me echaba en cara que regalara los encajes a las pocas amistades que aún me quedaban. Qué más habría querido ella que borrar esa presencia de su vida. me sabía el Hola y el Dígame al dedillo. y hasta entonces habían permanecido ocultas en un rincón de su conciencia.. Me ponía un vestido escotado y como al señor se le cruzaran los cables ni salir de casa me dejaba… ¡Y encima teniéndole que aguantar su halitosis de borrachuzo! Sí. —nadie consideraba pertinente interrumpirla. me decía. el amor cuando él tenía ganas...darme cuenta de donde me estaba metiendo. Acudía a la parroquia a los cursillos de apostolado para atender a enfermos en sus domicilios. Otros no paraba en casa un momento. —Pero él se enteraba y le sacaba de quicio.. si ahora necesitaba expeler los demonios que la roían el alma sabiendo cuánto exponía ante esas personas que solo pretendían ayudarla.. —¡Valiente cabrón! —soltó Tino.. la comida cuando al señor le apetecía.

se encendía más —comentó Carmen... Me alegro de que los guajines que aparecían en mis sueños no recibieran su ejemplo.. —¡Qué idea tan maravillosa! —exclamó un emocionado Constantino. —Ni que me cogieras las palabras. es de lo mejor que le puede pasar a uno en la vida. preguntas… Que dónde iba. 5 . pero Catalina no le seguía la conversación. pues había otras cosas.. —¡Qué pena. que a quién regalaba las puntillas o por qué llegaba tarde para un día que me retrasaba. Ahora. —Y siempre preguntas. —Un día lo vi en mejor disposición y le propuse acudir a la inclusa para adoptar un crío… Pasaban los años y la monotonía de mi vida solo era alterada por sus escandaleras. —apostilló Carmen. además de los hijos. Y yo callada sin darle explicaciones. ¿por qué tener que dárselas. con ese carácter. 208 . Se cebaba conmigo al no darle el hijo que al principio tanto buscamos. para llenar una vida. Igual era yo la estéril. que “solo valía para zascandilear por ahí”….. Mi santa vino a considerar que a saber si no era él quien no valía para dejarla preñada... que no servía para nada con mi cuerpo hueco. en la ilusión de ayudarle para que algún día se convierta en un hombre de provecho. —Pues en qué hora se me ocurriría. era por donde le daba el ramalazo. si yo a él no le pedía cuentas de su vida? —Y claro. en un mismo día podía pasar de ser el hombre más alegre al más huraño.. nunca sabías por dónde saldría.. —Eso es. ya veis.. no sabe lo que se perdió! —indicó Pepín—.. me he alegrado… Es un consuelo absurdo. Que si en su familia todos los hombres habían cumplido con sus obligaciones en la cama..... —Como que con un tío así. ridículo. —No te creas…. Algo parecido le dije. o me armaba la de Dios es Cristo por cualquier tontería.. —Según le sentara el alcohol. Ver crecer a un hijo. que la culpa era mía. es difícil saber a qué atenerte —estimó Pepín. Tino. y Pepín le dijo que no se obsesionara con el hijo.... Les habríamos hecho muy desgraciados. nunca. me armó una de cuidado… Que si la seca de vientre era yo. pero él erre que erre.

Ahora. que me daba asco y le deseé la muerte. solo quería respirar libremente y perderme entre la gente. Y continuó: —Así es que si se ponía hecho un energúmeno.. Un Constantino al que se diría que era a él a quien también humillaban con solo oír ese lamento. Fue horroroso. en cuanto duele. Ese era el coloquial lenguaje que a los jóvenes de los 60 les servía para expresarse si de por medio existía una beldad de mujer. pues si uno pensaba que era “un monumento andante”.. Yo prefería que estuviera. Me agarró del brazo y me retorció la muñeca con todas sus fuerzas.Que me la dislocó y ya nunca curó del todo… Me quejaba y entonces él apretaba más. Catalina era “una mujer bandera”. que yo creo. —Ya. Salía a la calle. porque al menos estando ella no me las armaba… Cuando apareció al día siguiente decía que me quejaba de vicio. Se fue y me dejó sola en casa. ya sé que va a cambiar el tiempo. Que al menos viera que no tragabas con sus canalladas. pero me exponía al regreso. Encontraría otro trabajo mejor y me quedé sola. 6 Abstraída como si extraviara la mirada. Dije que me había caído... Catalina! —volvió a intervenir Constantino—. otro la consideraba como “un milagro de pies a cabeza”. El bestia de Eustaquio. Disponían de repertorio. Me hicieron unas radiografías y un médico me puso una escayola. que lo de aquel cabrón no tenía perdón de Dios.. y en cómo al marido le fastidiaba una barbaridad que le dejara con sus alaridos en la boca cuando discutían. —. era 209 .. y Emilín la calificaba de “mujerón que quitaba el sentido”. Daba un portazo y escapaba de aquel infierno para no oír las demás burradas que me soltaba. Le dije que estaba harta de él. Para la cuadrilla de Pepín. pero lo cierto es que las solté. Tino. me daba media vuelta sin contestarle y lo que por un oído me entraba por el otro me salía. La chica se había marchado unos días antes. Catalina persistía en lo único que a ella le interesaba: su desahogo. el charcutero que tenía el puesto en la plaza. mientras alguno la elevaba a la categoría de “divinidad con faldas”. Una de esas veces me esperaba encabronado y no pude por menos que contestarle. —¡Qué hijoputa! —exclamó Tino. Qué horrible sarcasmo suponía comparar a la jovial Catalina con este irreconocible despojo humano esculpido por la violenta mano de un degenerado.. —¡Bien hecho.. ni sé cómo se me escaparon esas palabras. pero tenía tantos dolores que fui a Urgencias. sin rumbo fijo.

No era para menos. al momento del cobro. exhalaba voluptuosidad por cada poro de su piel dejándoles obnubilados con el contoneo de sus esplendorosas caderas al son de las gaitas. Esa preciosidad. dejaban adivinar la perturbadora huella de sus pezones sobre la ligera tela de sus blusas. si cabe. o saboreados como la más sabrosa de las fresas. le miraba a los ojos. A ella le compensaba el rubor provocado por el carnicero sin entrar a sus envites y repetía las compras por dos motivos: porque en su fuero interno le hacían gracia esas picardías. emperifollados 210 . A otros les deslumbraban sus impactantes ojos de un verde azulado. vendía un género de buena calidad. En fin. una vez despachado el género. maciza. y el Charcu. del puro sexo. a más de uno se les atoraba la lengua al encararse con la Belleza. Caderas. Ella. y en voz muy queda le soltaba: —¡Ay que ver qué culo. que todos imaginaban como los más turgentes entre la variedad de los contoneados por el mujerío del valle. ya fuera por educación o porque carecieran de su locuacidad.. Ahí. sabedora de su sensualidad se los humedecía ligeramente con su saliva y eso es lo que adquirían: el color de las fresas. que tus ojos hipnotizan! En cierto modo. a pesar del sujetador. ¿o realmente cambiaban de color como los gatunos y unas veces eran verdes y otros azules? Pero los más clavaban su mirada en unos excelsos pechos que. sin excederse en el precio. Para el personal masculino resultaba mareante asomarse a sus escotados vestidos y conformarse con ver la hendidura surgida en medio de esos esplendorosos senos. en las romerías del estío. Y todos como moscones a su alrededor. a cual más jactancioso de su apostura. parte del mismo procedente de sus propias matanzas. muchos fantaseaban con lo que escondían aquellos vestidos. aquella mujer traía de cabeza a la mayoría de los hombres del pueblo. Ciertamente. guapa. entonces no iba más allá de “¡Eso es falda bien llevada. como también se le conocía. pero mira que estás buena. más realzadas por un ceñido vestido estampado de llamativos colores.. se incorporaba por encima del mostrador. Unos se fijaban en su larga melena negra y en la sublime carnosidad de unos labios creados para ser acariciados por un beso. y no lo que mi madre echa al cocido!” Pero no se andaba por las ramas para agasajarla con otros de su particular cosecha si era la única compradora.comedido con los piropos que le dedicaba cuando acudía a la compra y coincidía con otras clientas. Y el otro continuaba con su retahíla si la pillaba a solas: —¡Tía buena. tan juntos. Catalina era consciente de que Eustaquio pensaba en voz alta lo que otros callaban para sus adentros. la Boliche desprendía el aroma de la sensualidad. tan bien colocados. Catalina!.

situado frente a él en el corrillo. como gesto de complicidad si Pepín la agarraba por la cintura al tiempo en que se rozaban sus labios. para frustración de la mayoría de danzantes y la envidia de muchas bailarinas. de ahí que eligiera otro camino para librarse de él. al bueno de Pepín. Catalina necesitó redimir su comprensible cobardía de no querer enfrentarse. —Quién me haría caso —prosiguió Catalina su desahogo—. surtieran el efecto deseado para que emergiera del pozo de temeridad en el que había sumido su existencia. En el lento proceso de recuperación de su autoestima. E inevitablemente. esa ley. 211 .con sus domingueros trajes. el preferido por Catalina siempre era el mismo. Encima. Los danzarines desistieron de emparejarse con la Boliche cuando vieron que aquello tenía todas las pintas de un noviazgo formal. —Si es que esta resucita a los muertos —le susurraba a Tino al oído mientras Emilín. como venía a decir ella. El Charcu aprovechaba para sacar a relucir su repertorio de significativas muestras de admiración por la Boliche. yo sentía pánico a sus represalias y no me atreví a ir a comisaría cuando me partió la mandíbula y perdí el sentido de la paliza que me dio. si me tenía como a una reina según se encargaba de propagar a los cuatro vientos. a los desmanes del esposo. trufada del machismo de la época. Sin embargo. según trascendió de un cotilleo entre las amigas de Catalina. que el resto de bailarines se apartaban haciéndoles corrillo para dejarles mostrar sus habilidades en la improvisada pista de baile. Destruyó el endeble puntal que sostenía aquel amor. con suerte adversa. incapaz de soportar un dolor de tal intensidad en su alma. con la ley en la mano. Y el accidente del novio en la mina arrasó más puntales que los de la cuarta galería de la María Cristina. la cariñosa acogida y el incondicional apoyo de Pepín. aunque con el ritmo de la danza se perdieran lo que dejaba entrever el vaivén del vestido: sus esculturales muslos. era demasiado condescendiente con el infractor. provocando que Catalina huyera del pueblo. Carmen y Tino. Hubo días en los que la pareja se movía con tal gracia. para que una venturosa diosa mundana se apiadara de ellos y merecieran ser agraciados con la mejor dádiva: ser elegidos como su pareja de baile cuando la orquestina empezara a tocar en los días de romería. otra vez que le contesté. Después ya nadie se explicó por qué aguantó tanto tiempo en la capital junto a la escoria que le hizo padecer semejante calvario. Suerte que los incontaminados aires del valle. con futuros planes de boda. pues ellas también se rifaban. le respondía guiñándole el ojo.

Carmen creyó que podría eliminar la tensión del ambiente preguntándole si estrenó las sábanas que el otro día le “regalaron” en el mercadillo. ¡y no veas cómo raspan! —Menudo pillastre está hecho ese. ¡Pequeñas me quedan para la cama de 90! Con lo grandes que parecían allí. ¡menuda reina!. —Sí. Efectivamente.. Si por casualidad se la oía a otros: “Si vives como una reina”. Empecé a temer. qué panorama! —intervino Antonio.. Eulalia le ofreció un vaso de agua del que solo sorbió el trago necesario para deshacer el nudo que aprisionaba su voz: —¡Bien lista que fuiste al no picar! —replicó en medio de su hipido—. Y repitió esa frase que tenía grabada en su mente: —Me tenía como a una reina.. —pero costó cortarle la llantina hasta que pasó un buen rato y ahí quedó todo. ¡Coñó!” plenos de rabia eran los únicos exabruptos que interrumpían su revelación. que no había forma de consolarla. a veces le deseaba a él la muerte con toda mi alma y otras la quería para mí.. Ya digo. Y Catalina no se atrevió a romper las compuertas de un secreto jamás revelado hasta entonces... atusándole hacia atrás algún cabello que le caía por la cara. —Podía demostrarles los moratones de sus puñetazos y salir huyendo a cualquier sitio después de denunciarle.. Eulalia intentaba tranquilizarla mientras le acariciaba por la frente.. desde que decidí no compartir la cama con él. se me revolvían las entrañas. ya. y como en lo que a comodidades no me faltaba de nada. Catalina —interrumpió Eulalia. Y en ese instante se le entrecortó la voz e hizo un alto en el patético relato. se echó a llorar de tal manera.. y más si la afectada era una mujer que osara exponerlos. —¡Joder. Antonio. mujer?. tranquila. —Es que fuera parecía otro…. mi vida estaba llena de miedo y mentira. Respetaron su inesperado silencio y de buenas a primeras.. Los allí presentes apenas articulaban palabras. ¿Qué te pasa... eran tiempos en donde cualquier criterio de moralidad se las veía y deseaba para hacerse oír... Escuetos “¡Joder!. ¿No le conocías? 212 ... —Pero la gente no es tonta. pero de qué me iba a servir si no me harían ni caso y encima él no pararía hasta encontrarme. —Tranquila —le decía—. ¿Sería posible que les diera el pego? —¡Solo faltaba eso! —exclamó Carmen. y a no pegar ojo en la alcoba de al lado. Ya.

Nunca le he visto con esa mirada tan alegre. —terció Pepín en un inexpresivo tono. Todos esbozaron una ligera sonrisa y Carmen terminó por arreglarlo indicando que no se preocupara. surgiera otro cliente por el taller reclamando los servicios del zapatero. 213 . Llamaba la atención que esa mujer. pero ya viste.. Un virus avezado en transmutar su seria semblanza por un rictus alegre.. —Pues eso —se conformó la Boliche—. Era un recelo generado por ella al haber revelado solo aquello que la interesó de su historia. pues siempre vendrían bien para trapos. 6 … A las pupilas de Tino les han salido chiribitas. El otro día coincidí con él en la botica y me llamó la atención su repentino interés por la jalea real. como forzada por unos hechos que. buscó el instante de encontrarse a solas con ella. que os he dado la tarde. Como a una boba. Al menos su comentario también provocó una tímida sonrisa en Catalina. a sus cincuenta y ocho años. 7 Era cierto. no fui la única que picó. Pero para él la velada concluía de una manera extraña. Al fin y al cabo Pepín imaginó que esas reacciones tenían bastante que ver con la insoportable presión a la que se había visto abocada.. como si se guardara para sí secretos pendientes de resolver y que a él. pasara del llanto a la risa sin solución de continuidad. para trapos… Bueno. y no soy solo yo el que lo piensa. y que tomando eso se iba a poner como un toro. momento que la Boliche facilitó al hallarse Carmen casualmente ausente de casa. y aparecer con unos viejos zapatos que precisaban de unas tapas.. le parecían inconclusos. —¡Qué le voy a conocer! Así me engañó. el adusto rostro de Constantino venía siendo afectado por un bondadoso virus de esperanza. y gracias por haberme escuchado. le dejaban un poso de desconfianza hacia su persona. y formaban parte de esas grandezas y miserias que convierten a ciertas personas en seres impredecibles. sin que durante aquellos minutos a solas. Cuando Pepín vio la ilusión que el amigo depositaba en esa relación con Catalina. conociendo como creía conocer a Catalina. —Algún apaño haremos. En su ingenuidad me vino a decir que ya le pesaban los años. y en que su vida dejara de discurrir por los cauces de la rutina.

. Se armó de valor y le soltó: —¿Nos contaste toda la verdad aquella tarde? Sus miradas se cruzaron fugazmente y Pepín supo que Catalina le ocultaba algo cuando no fue capaz de mantenerla. que no podía vivir sin mí. pero si callo reviento: quedé escarmentado contigo. pero hombre. lágrimas de cocodrilo. de no haber coincidido con Carmen. esta vez créeme. —Sí.. tampoco tenía la peste.? ¿Qué cuándo tienes los zapatos? De la manera que fuera Pepín necesitaba obtener respuesta a un interrogante que permaneció flotando en el ambiente de aquella crucial velada acaecida días atrás.. Ella le cortó rápidamente. —¡Yo qué sé!. acababa dándole otra oportunidad. sin andarse por las ramas. —Si no es cuestión de reproches… Dios me libre. y bueno. créeme… Deja que te cuente. y prosiguió la conversación por donde a él le interesaba. le contestó: —Perdona que te lo diga. que lo perdonara. A veces venía lloriqueando. de verdad.. Sabía que esa pregunta conllevaba un riesgo.. pues suponía que aún no estaría cicatrizada del todo.. te hacía más espabilada. —exclamó—. algo de lo que nunca dejó de arrepentirse. se quedó un tanto azorado y al dar la callada por respuesta Catalina insistió: —¿Te ha dado un aire.. 214 . pensó que el amigo no merecía un desengaño y. Y lo justificaba en que al verle tremendamente alicaído a ella también se le cayó el mundo encima. Catalina le dijo que esa decisión de abandonarle fue la peor que tomó en su vida. Me dijiste que volverías y. si te he visto no me acuerdo..? No supo contenerse. —¿Cuándo me paso entonces? —indicó ella. Pensó que más bien sería una rémora para su recuperación.. Porque confiaba en que algún día cambiaría. Pero se diría que él perdiera el hilo de la conversación. —Ya. Pepín no argumentó nada en contra de tan contundente reflexión. el de hurgar de nuevo en la herida de los sentimientos de Catalina. Pepín.. y poca ayuda podía ofrecerle... No te entiendo. Quería sonsacarla por qué había aguantado tanto a aquella “mala bestia”. La mujer dejó entrever como una cierta ofensa por esas dudas y replicó: —¿Qué insinúas.

—dijo de manera compasiva. me engañaba a mí misma. al oír aquella confesión..Yo que odiaba el alcohol más que a nada en el 215 . pero ni caso. en esos momentos le hablaba de someterse a un tratamiento de desintoxicación. —Ya está —apostilló ella—.. —Si es que en esto poco hay que entender... más insultos.. más humillaciones! ¡Le maté y volvería a hacerlo! Esas noches en vela muerta de miedo. Catalina ni se inmutó por la repentina irrupción.. ¡Lo tuve que matar! —¡Ostias…! —Sí.. y yo volvía a ilusionarme. —Pues no se hable más. ¿no? —Más o menos… Él no sabía si continuar con el interrogatorio... no podía aguantar más bofetadas.. temeroso de las respuestas. cuando ya se despedía. yo lo maté.. Lo peor eran las recaídas. que no hay más ciego que el que no quiere ver. ¡Ni una!. —Lo de siempre. sin embargo al no estar del todo convencido abusó de las circunstancias... Y si conseguía quedarme transpuesta. me decía cuando aparecía con un detalle. —¡Joder…! —resopló de nuevo Pepín. —¿Sabéis lo que es no poder conciliar el sueño desde entonces? ¡Ni una sola noche he podido dormir! Siete años. y ojalá se pudra en el infierno! ¡No podía. y pese a las explicaciones le preguntó: —¿Qué callaste aquel día.. esos desvelos en medio de escalofríos. si me sirviera para algo.. cabrito!. tenía que acabar como fuera con la piel de gallina… Así es como se le puso la piel a Carmen. como el día de mi cumpleaños… Siempre se acordaba regalándome alguna joya preciosa. Catalina? —Os dije lo que necesitaba contaros. ¡Lo maté... Pero ella motu propio. que en ese momento entraba por la puerta.. —Pobre mujer. no parecía el mismo… “Reina mía”.. se dio media vuelta y en un desgarrador tono exclamó: —¡A ti no puedo engañarte.. insistía en que él no era un alcohólico. Tampoco era cuestión de entrar en más detalles. más patadas. Se me ponía la piel de gallina. Ya ves... En las cortas temporadas que no bebía se comportaba como un tío majo.

Se quedaron de piedra.. lo pensé muchas veces antes de pedirle que me ayudara. nos costó lo suyo atarle de pies y manos a la cama… Se resistía con todas sus fuerzas a que le abriéramos la boca. —Me dijeron... —de nuevo surgieron exclamaciones por parte de Carmen y Pepín—. yo le asfixiaba con la almohada para asegurarme de que no volvería en sí. Ahora era cuando a Catalina le salían las palabras a borbotones. —¿Cómo que se lo provocaste? —terció él.. —Sí. Si consiguió burlar a los médicos con un crimen perfecto. no estaba segura de mis fuerzas.. —¡Joder! —Echó un vómito de sangre y cuando perdió el sentido a lo mejor ya estaba muerto. o realmente existió un él?.mundo y acabé refugiándome en el coñac para coger el sueño… Y por el día estar como drogada. que se “lo venía imaginando”… El médico puso en el certificado de defunción que había muerto de una parada cardio-respiratoria a consecuencia de un atragantamiento. y aún así no nos librábamos de sus dentelladas hasta que le metimos la botella de aguardiente. pero fui yo quién se lo provocó. —Alguien me ayudó a atarlo a la cama… Se acostó totalmente borracho. Pero esas miradas contenían demasiadas dudas que no osarían plantear mientras no fuera Catalina quien las desvelara si lo consideraba pertinente. Catalina cortó esas mudas miradas y concluyó sus explicaciones. ¿Quién sería “ella”? ¿Era cierto que “ella le animó”. y a poco me deja en el sitio. “antes de que ya fuera demasiado tarde”.. Cuando le conté lo del día que perdí el sentido. Como ella decía.. No debí implicarla. entró en detalles que ellos jamás hubieran sospechado. Sola no podía. tras una inspiración capaz de devorar el aire contenido en la pequeña habitación-taller. ¿esa “ella” era producto de su invención y 216 .. ¿Qué disculpas pondrían para disimular los mordiscos? Incluso. no eran capaces de articular palabra. Pepín. que el forense en la autopsia puso algo de un coma etílico. porque nunca me atreví a leerla. ¿De qué manera consiguieron atarlo a la cama? ¿Es posible que hubiera alguien más en el escenario del crimen?. me animó a que actuara antes de que él me matara a mí. ¿les contaba a ellos la verdad o solo su verdad? ¿Cómo fueron capaces dos mujeres de hacerse con aquel hombre?. al fin lo conseguimos tapándole la nariz....

así fue. y se echó a llorar mientras Pepín se disculpaba por haber removido sus malos momentos. El puto pulpo… ¡Fue el puto pulpo! Catalina volvió a mostrar esa desvalida mirada semejante a la del día en que les desveló su espantoso secreto. cada una se encargó de una mano. Al fin intervino Pepín como para dar por zanjada la horrible historia que habían oído: —Y así fue. En esa intimidad se 217 . tarde o temprano.. Cuando se calmó se acercó a él. y no tienes por qué darme más explicaciones —le contestó un atareado remendón al que se le “había olvidado” el arreglo de sus zapatos. ¡Dios…! Me ayudaba y era ella la que salía malparada. incluso le sobrevino un vómito sobre la cama. —Ya. como buscando en la restablecida confianza una compensación al mal trago vuelto a digerir.se lo cargó en solitario de mil maneras posibles?. lo sabía todo desde el principio. —Lo más peliagudo fue hacernos con las manos cuando espabiló. ¿Tenían fundamento los celos del marido?. —Eso está de más.. Fue muy complicado atarle los pies envueltos en paños y toallas con los pulpos enganchados a la cama.. casi encima de él. ¡Qué rabia me dio verla sangrar!. —Bastante pena ya se llevó mi hermana a la tumba no hace tanto.. lo único que me importa es que esto quede entre nosotros... No medió más que el saludo y saltó: —A ver.. No le des más vueltas. La pusieron varios puntos y le quedó aquella cicatriz tan aparente. pero nunca dijo nada hasta confirmar que mi vida no valía nada para él el día que pretendió estrangularme.. Se resistía con todas sus fuerzas. hasta que a Milagros se le soltó un pulpo estampándose en su cara… —¡Coñó!. Milagros me ayudó.. Al día siguiente Catalina pasó a recoger sus zapatos.... —Así ocurrió todo.. y no quería entretenerse más de lo necesario. Es cierto.. De nuevo tenía el don de presentarse con Carmen ausentada de la casa. La herida no fue porque al caer se cortara con un guijarro buscando níscalos. Catalina. ahora que lo dices. A ella no pude o no supe engañarla.. Esa bestia. Pepín.. acabaría palmándola de una de sus cogorzas. —¡Joder! —No me contó la disculpa que puso al acudir a la Casa de Socorro para que la curaran.. ya me acuerdo. como ella decía si la preguntaban qué le había pasado.

incapaz de reconocerse en ese momento de debilidad. debía volver al estado de invisibilidad en el que pervivió gracias a su perdida memoria barrida por el tiempo. que un día fue imprescindible en su vida. era el mismo temblor que. ¿Qué habría sido de su existencia si una buena ventura no hubiera cruzado a Carmen en su camino? Ella y solo ella. que en esa afirmación existía una cierta inconsistencia. y que por esta circunstancia evocaría la memoria de la madre. de nuevo se reconocía en ellos. ávida de besos. y Pepín comprobó cómo sus ojos mantenían ese verde azulado que le enloquecieron muchos años atrás. No le contestó. —¡Basta! —saltó él. —¿Te acuerdas del calidoscopio?. era la mujer de su vida. Y Pepín se apartó bruscamente para evitar besar las alas de la mariposa. —le dijo ella. se apoderaba de sus labios. empapado como en un frío sudor que repentinamente había invadido su piel. Unas extrañas palpitaciones invadieron las sienes de él. —Bueno. ¿Cómo vencer ese pálpito que ella le contagiaba? ¿Cómo superar ese latigazo que le vino a la mente rememorando la excepcional amante que era Catalina? Era lo único que se le pasaba por la cabeza. el olor que al aspirarlo asociaba a la sensualidad. Había trascurrido demasiado tiempo. Y en los poros de su piel también le pareció reconocer aquel olor. Esa persona. Catalina llegaba tarde. Quién le iba a decir a él que al cabo del tiempo caería en el hechizo de aquellos ojos.. Turbado. ¿Sería cierto aquello que recordaba haber leído en los folletines preferidos de la tía Hermelinda? Que el primer amor vuelve siempre.. Y más por esa ansia. Creía que todos esos años habrían difuminado su semblante. porque lo que realmente sucedía es que no se olvidaba nunca. Intentó forzar la despedida. por unos instantes. y le hizo sentirse un ser miserable. buscando otros labios donde encontrarse. Catalina. disipado sus gestos. Ella pidió que la perdonara.. y sin embargo. Cómo no recordar el calidoscopio si esa escena reaparecía más de una vez en sus sueños.. toda una prueba para la que no estaba preparado. le desvió inmediatamente la mirada. que entre sus labios y los de Pepín apenas cabían las alas de una mariposa. por ese impulso que le impelía a 218 . y como él reflexionaba. Ahí existía una boca anhelante. pero esa indelicadeza le asaltó el pensamiento por un instante infinitesimal imaginando que “la Boliche llegaba tarde”. pero ella mantenía su desafiante postura.inclinó sobre el mostrador donde el zapatero depositaba sus composturas. Y Catalina se aproximó tanto.

pero con esa respuesta el remendón pretendía aclararlo todo indicándole que no quería volver a verla por allí. Después de controlar sus instintos le preguntó si sabía de dónde les venía el apodo de los Boliche a su familia. búscame —y al instante cambió de registro—.. justo en ese momento.. como admitió él cuando Catalina se los entregó al presentarse en el taller. Claro que esos zapatos tenían su avío. Ni que Catalina tuviera ojos en la nuca. siendo tanta la deuda que creyó contraer con Carmen para el resto de sus días.. con el fútbol. aún quedan aficionados. pero antes. —Esa es una buena pregunta —respondió esbozando una leve sonrisa que le cambió el rictus—. Pepín vio cómo Carmen se aproximaba cargada con las bolsas de la compra.. Carmen! La otra le saludó mientras depositaba las bolsas. un curioso mote que siempre le llamó la atención. ¡Hola. No tuve la suerte de conocerlo… Se fue al otro barrio cuando yo tenía dos años. Ahora. era de la otra parte del valle.. que no pasó noche de aquel otoño sin abrazarse a ella en el lecho conyugal para sentirla más suya y más necesaria que nunca. no merece la pena arreglarlos.? —se dirigió al marido—. Callaron unos segundos que a él le parecieron una eternidad y salió del atolladero como buenamente pudo pidiéndole a Catalina que le aclarara una curiosidad no satisfecha en aquellos lejanos días de juventud. Mi abuelo materno se quedó con el tío Boliche porque no había paisano que le ganara jugando a los bolos. ¿Tienes alergia... ¿Ves. Por única vez en su vida deploró estar en su propio cuerpo. —Ya le he dicho que va a costarle más el collar que el galgo —aseguró Pepín. cada vez le dais menos.. devolviéndole los zapatos—. 219 .recuperar sus besos. —Pues si este con lo manitas que es no te los arregla es que están para la basura —terció Carmen—. Pepín? Todo tiene su porqué. y así lo entendió la Boliche al no pisar jamás el taller. allí se jugaba mucho a los bolos. —Pues ya me dirás donde juegan… Tras la ventana. Le lloran los ojos. ¡cómo no lo voy a saber!..? —le preguntó a Catalina al observar sus irritados ojos—. ¿Has visto. Toma. —No te creas. ella también supo que se acercaba Carmen y antes de despedirse se dirigió al zapatero con unas palabras que a él no le sorprendieron: —… Si alguna vez me necesitas..

Carmen la acompañó hasta la salida.. Catalina. Bueno. a ver si llego a la botica y me dan algo. —Con Dios. nos vemos. 220 .. —Que no se me cura este constipado ni en broma. pero Catalina reaccionó sin alterarse y no le faltaron recursos para salir de tan escabrosa situación. —dijo a la vez que se llevaba un pañuelo a la nariz como para aliviarse de una supuesta mucosidad—. A Pepín casi le da algo con ese sexto sentido que suele alcanzar al género femenino.

y bien se lo echaba en cara la tía Cachana. La tía Cachana no es ni sombra de lo que era y necesita que el hijo le preste más atención. Echando la vista atrás. lo demás vendrá por añadidura. Ya está en edad de cosechar los réditos de su bondad. porque para Tino su divertimento consiste en continuar trabajando ya sea en la huerta. y lo único que ha hecho toda su vida es trabajar como una bestia honrada en el aserradero o en la huerta. y en compensación a cuanto hizo por él para sacarle adelante cuando le tuvo de soltera.. un par de zapatos. pero de un tiempo a esta parte parece más expresivo de lo que en él es habitual. su madre. Si hay personas merecedoras de la cuota de felicidad que todos buscan como referente vital. y si les quedan arrestos para vencer sus miedos y resquemores. 221 . dispuesto a compensarla de las calamidades padecidas en el pasado. portando un hatillo con la tartera de la comida y el cuarto de vino en la bota. y él es un buen hombre. Nunca superó su timidez congénita. dos o tres camisas de vestir. un gabán y seguro que más prendas aún no estrenadas. Ella es la antítesis de la insensible joven sin alma que no supo o no pudo soportar el accidente de Pepín en la mina. Ahora. siempre le recordábamos con la ropa del tajo camino de la serrería. echando una mano a alguien o limpiando el bosque. sí se descuelga más por su casa. Falta le hacía. dos de ellas son Catalina y Constantino.. pues ya se perdía en el tiempo la última ocasión que renovó su vestuario. porque muchos días ni a casa iba a comer.XIV Tino 1 Hemos visto cómo Tino se acercaba a Oviedo para comprarse un traje de pana. 2 A Constantino se le nota menos reticente a perder su independencia de soltero empedernido.

. Ella lo entendería. Pepín se opuso al socorrido argumento del destino. pero él se escabulló respondiéndole a la gallega: —¿Y tú? Por supuesto que la disculpaba. Al primer insulto. Nunca se sabe lo que te va a rondar en la cabeza en una situación tan jodida como la suya. —Él tiene que saberlo. Constantino permaneció sin abrir la boca durante un buen rato. porque uno podía luchar contra él si se lo proponía. y pongo las manos en el fuego porque Tino no me pondrá en evidencia. —Tú verás —repuso Carmen—. lo que hagas bien hecho estará. y cuando al fin soltó una. Carmen terció para que Pepín no se escaqueara. Al fin y al cabo es un pedazo de pan. y recordó cómo solo bebió agua en esa primera velada sin probar ni la sidra ni el licor de hierbas. —Creemos conocer a las personas —apuntó Constantino —. a la primera humillación de aquel cabrón. pues era a él a quién se le había formulado la pregunta. Los acontecimientos se precipitaron y Pepín le indicó a Carmen que no podía por menos que contárselo a Tino.! ¡Qué redaños tuvo para cargárselo! —Obligado te veas.. Tino —dijo Pepín—. —¿La disculpas entonces? Pepín sabía que Tino se interesaría por su parecer. y no habría llegado a lo que llegó. pero la vida da muchas vueltas para algunas. Tras lo desvelado por el amigo. Pepín le contó lo imprescindible y cómo solo ellos lo sabían. y termina por cambiarlas. y el interpelado admitió que “conociendo a Catalina no se explicaba cuánto le consintió a aquel mamarracho”. debería de haberse venido para el pueblo. y no pasa nada porque esté sobre aviso. —Desde luego —prosiguió Tino—. sería su destino. les dejó impresionados: —¡Ole sus ovarios. Le preocupó ese comentario que oyó a Catalina de sus problemas con el coñac para facilitarla el sueño. —¡Como si eso fuera fácil para una mujer! —opinó Carmen. dejándole en la estacada. además de Carmen por pura casualidad. no entiendo qué ganaba quedándose si no hubo hijos que la retuvieran… En fin. —¡Déjate de leches! —insistió Pepín—. 222 .

¡Apañados estaríamos si no fuéramos capaces de labrarnos nuestro propio destino! —Qué serio te pones en cuanto te dan cuerda —afirmó Constantino. Eso es lo que yo quería decir. Pero ya ves. y ahora parece como si los dos quisieran escapar de la soledad... ¿verdad? Todo eran ilusiones por parte de Tino. si él mismo. —Que sí.. pajarín? —Sí. En ocasiones el transcurso del tiempo se portaba cruelmente con esos rostros que algún día fueron hermosos. lo que tú digas. No era el caso de Catalina con su agradecida piel y su faz apenas surcada por arrugas... —Qué va. —Me das la razón como a los bobos.. pero hasta esos insoslayables detalles pasaban desapercibidos para Tino que no tenía más que buenos ojos para la Boliche. era su actual cintura la que en nada recordaba a la escultural de su juventud. Ojalá que Catalina sepa quererle… Cuánto se lo merece mi amigo. 223 .. y bastante aparente la había visto “habiéndolas pasado tan putas junto a aquel desalmado”. que no se la ha vuelto a conocer relación desde lo del marido. —¡Y menudo motivo. Sus fláccidos pechos tampoco se parecían a los de sus años mozos. hombre. Catalina debió quedar tan harta de hombres. —Claro que te salen —le disculpó ella—. buena moza me sigue pareciendo la Boliche. —¡Choca esos cinco! —saltó Tino—. retuvo”.. ¿a quién no le pasaban factura los años. Tino.. aparentaba más de los cincuenta y nueve que estaba a punto de cumplir? 3 . —¡No te jode! —exclamó—. sí.! ¡Si está más rica que el pan! ¿Eh. Además.. solo las has tenido calladas hasta el momento en que has encontrado un buen motivo para utilizarlas. —Fuiste tú quien hizo la pregunta. a mí casi nunca me salen las palabras si hay mujeres de por medio.. Carmen. que sí… Ahora. Pepín apuntaba cómo la edad del mocerío le quedaba algo alejada a Catalina. Es posible que Tino nos dé una sorpresa cualquier día. con su escaso pelo y su ajado rostro. aunque “quien tuvo.

venía trajeado en tonos oscuros. en principio Carmen le aduló. después le chafó por su desgalichado porte y por unos zapatos que jamás supieron del betún desde que los compró.. olía fenomenal. artista! —le soltó a Pepín—. Otro hombre con el que el destino no se portó como debiera fue el tío Bujeritas. deja que te eche un vistazo —terció la esposa. Por él tocaron a muerto hace unos días las campañas de la virgen del Castañar. —Yo creo que puede valer. no obstante.. Aquello precisaba del sensible toque de una mano femenina. 4 Carmen creyó alucinar cuando Tino apareció ante ellos para pedirles consejo sobre su vestimenta. a Carmen le pareció necesario salvar esa apariencia tan poco favorecida por un estómago que iba camino de convertirse en una saludable panza como su dueño no pusiera remedio en apurar los bien servidos platos cocinados por la tía Cachana.. —Ya era hora de que te rascaras el bolsillo. ¿Estoy presentable con esto que compré en La Pajarita? —No está mal.. el nudo de la corbata descabalado y unos calcetines claros dentro de unos zapatos negros. que tú eres de los del puño cerrado. —¡Pero qué poco arte tienen algunos! Aguarda un momento —le espetó mientras se dirigía a buscar algo. así es que tomaría la 224 . Eso sí. Pero el remendón no tenía el día demasiado expresivo. su poca gracia denotaba a la legua el escaso lustre del hombre para llevar ese traje. pero antes ya se había enterrado un poco en vida desde que le pasó aquello con el zagalín. ¿no…? ¿O me pongo la boina? Era una astrosa figura. Con el cuello de la camisa sin abrochar. —¡Qué bien hueles! Te has echado un bote de colonia encima. Les resultaba raro no verle con su boina. —¡Qué te parece. Bajó del coche y les contó que esa tarde había quedado con “una muchachina a la que no quería defraudar”. acumulaba composturas encargadas por la clientela y continuó con el tajo limitándose a ser un sorprendido testigo en aquel curioso diálogo mantenido por Carmen y Constantino en la sobremesa de un verano del 97. aunque ella le desaconsejó que se la calara. ¿eh? —Por hacer gasto. —A ver calamidad. —Pues mis buenos duros me costó.

la misma que no le impedía el sincero y fuerte saludo a todo aquel que le tendiera la mano. Qué fortaleza demostró Tino el día de su accidente. Por lo demás. qué gritos salían de su garganta para superar aquel espantoso dolor que le llegaba hasta las entrañas. iguales las pequeñas orejas y hasta los dos vendrían a medir el uno setenta de estatura. —Ahora estás más guapo que el San Antonio de la ermita. le abotonó la camisa.. te lo consiento a ti. algo más pronunciada su nariz. Del callo en los dedos se libraban las últimas falanges del índice. 225 . mira que compararme con el San Antonio. estírate! —Es de trajinar con las maderas que lo encogen a uno. Su semejanza con la venerada imagen no era un cumplido por parte de Carmen. tampoco sus encallecidas manos tras años trabajando la madera ni sus grandes pies. insertaba un palillo que deambulaba de un lado a otro de su boca con pasmosa facilidad. Idéntica calva que la forzada por la tonsura del santo. el corazón y el anular de la mano derecha. le hizo cambiarse los calcetines por otros azul marino de Pepín y aprovechó a que el marido sacara lustre a los zapatos con una gamuza embetunada. y de vez en cuando. por Dios. suerte que el médico de Urgencias se hizo con la hemorragia. No guardaba consonancia con los del santo sus gruesos labios entre los cuales. si bien Tino daba la sensación de menor estatura. pero ya se encargaría él de compensarlo con otra clase de sensibilidad. ciertamente se daba un aire. solo le quedaban los diminutos muñones de aquel tremendo accidente.iniciativa si de la madre nada cabía esperar a sus años. cabría suponer que al santo no le afectaría su incipiente sordera generada por el exceso de decibelios producido por la maquinaría de la serrería. Esas ásperas manos.. Y a fuer que lo consiguió. parecidas mejillas.. porque sencillamente no las tenía al seccionárselas la serradora una mañana que le cogió despistado a primera hora. que siempre vas medio encogido! ¡Vamos. Constantino ofrecía su derecha y se diría que atenazaba la del contario solo con el pulgar y el meñique conservados en los extremos de su mano. aunque de canoso pelo el poco que le quedaba por las sienes y el cogote a diferencia del oscuro castaño de la imagen. La misma inexpresividad en sus miopes ojos de negros iris encendidos ahora de un brillo especial.. Ahora. ¡estírate. pues su descuidado abdomen mostraba lo agradecido que era con las comidas. Pero. le anudó la corbata de mejor manera. En ningún instante perdió el sentido a pesar de la cantidad de sangre derramada. no eran las mejores para acariciar la delicada piel de una mujer. vestigios de su honrado trabajo.

pero mereció la pena. —Pues a quién va a ser: A “la muchachina”. —¿Y dónde la vas a llevar. —Ahí le tienes —le picó Constantino —. igual es un buen plan si dices que uno se ríe. a él le daba lo mismo. cuéntaselo para que sepa lo que es reírse a carcajada limpia. —Y un salero que no veas. Tú verás. Carmen comentó que al ser época de ferias era cuando aparecían los comediantes y casi seguro aún la estarían representando. el caso es que la mujer se encontrara a gusto. algo se me ocurrirá. apenas he zascandileado por ahí. como incitando al remendón a intervenir. Constantino explicaba que era “un desastre”. Cuéntaselo... 226 ... o no sé qué (14)... —Ni me lo creía. algo se me ocurrirá. o si le había oído hablar de algo con especial entusiasmo. —¡Ah.. dijo que el sábado pasado Pepín se “estiró” llevándola a Oviedo a ver una obra de teatro. Como el aludido seguía considerando improcedente mediar en el diálogo. —¿Que si lo pasamos bien?. —No sé —le cortó Tino—. Carmen no dio más largas a su aspecto y aventuró el diálogo por donde a ella le interesaba.. Pero a Pepín se le notaba extrañamente forzado y se limitó a contestar algo parecido al título de la comedia: —De Eloísa y un almendro….! Yo qué sé…. cómo se las gasta este jodío si está en sus cabales. con lo que me gustaban esos Estudio 1 que echaban en la tele… Gracias a los voluntarios que siempre ayudan… No veas qué odisea para acceder al teatro. El protagonista tenía cara chiste y te hacía gracia solo con verle. Tino les preguntó si lo pasaron bien. y si le sacaban de la partida con los amigos estaba perdido. —Algo se me ocurrirá…. yo no entiendo de nada y en la vida he ido al teatro. nunca imaginé que pisaría un teatro. anda. Tino continuaba en la inopia y no aportó idea alguna. ______ (14) Eloísa está debajo del almendro del comediógrafo Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) es un buen exponente del denominado teatro del absurdo de mediados del XX. Carmen le preguntó si sabía qué le gustaba a ella. si se puede saber? —¿A quién? —se hacía el otro de nuevas. pero bueno. Carmen. sí.

la Cantarina.. la Encopetada. Carmen…. —Que hay días que pareces una chimenea. Como quiera que a él se le iba el santo al cielo en cuanto le hablaban de Catalina. ¡A mí me queda mucha guerra que dar! —Eso lo doy por hecho... pero te lo callas para ti y eso no está bien. Que salga de ti. Carmen insistió en lo del tabaco. no puedo. Entre los “machos” se encontraban el Abuelo y el Nieto. el Chupón y el Solitario. —Ya estamos. de hongos o de maderas. como las que representaban corazones de enamorados atravesados por la flecha de Cupido o “cualquier otra tontería”. Algunos los bautizaba con nombres apropiados al género de la planta y otros decía que le hablaban. y baja el timbre que a veces no hablas. Vamos. Odiaba las incisiones hechas en sus cortezas. y solo él se movía por recónditos parajes hasta descubrir a la Novia.. otra con la misma tabarra. Conocía muchos árboles del valle como la palma de su mano. un maravilloso ejemplar de haya tres veces centenario según sus cálculos. porque cuando faltes ya me dirás quién va a saber más que tú de setas. —Más quisiera uno. si desde que compré la boquilla de mentol no fumo ni la mitad. como si fuera tan fácil. Tino? —siguió apuntándole—. —A unos culines y a lo que se tercie. Carmen! —exclamó cruzando los dedos—. —Yo no te he dicho nada.. 227 . ¡Si estás más fuerte que la madera de los robles de tu serrería! Las propiedades de las maderas y de buen número de arbustos carecían de secretos para él tras toda una vida trabajando en el aserradero. ¿no. —¡Lagarto. Tino… Hablar por no pecar —respondió con una ligera sonrisa—. como un carretero. eso es lo que tenías que hacer… Y venga.. hoy todo el día con la boquilla. —Olvidarte del fumeque de una vez. Sus “hembras” eran la Bien plantada. y no abuses con el cigarro. el Estirado.. ¿eh?. —Tú entiendes de mucho. la Presumida. lagarto. chillas. —¿Y qué es eso de que no entiendes de nada? —La verdad. No todas las mujeres somos de beber. ¿estamos? —¡Cojonudo! Después la invitaría a unas sidrinas.

en lo concerniente a hongos y setas. —¡Cómo no lo voy a ver. ¿Quién es “la muchachina”? Y el muy inocente le contestó que “eso. pues solo distinguía los níscalos y el champiñón. aunque a él ya le habrás contado alguno de tus secretos. —Déjale —replicó un risueño Constantino guiñando un ojo a Carmen—.. ¿Te acuerdas. sí —se adelantó Tino—. —Por cierto. por esas heridas pueden pillar enfermedades que acabarán pudriendo la savia y sus raíces. —Siempre tan humilde o tan modesto. Quería apuntar en una libreta los secretos por él conocidos de las setas. Le agradaba el juego que se traían y quería oír cómo sonaba en sus labios el nombre de Catalina. a mí me interesa y seguro que a Pepín también. Era además un experto micólogo por la ciencia heredada de la tía Cachana. sorprendido con el comentario de Carmen. Carmen creyó haberle llevado a su terreno y. por ahora. Yo hablo por mí. sobre todo de aquella época. Pepín…? —Alguno sabe. No mostraba piedad por las especies que dañaban a sus árboles y más si alguno había requerido de sus injertos.. —¿Has visto lo mismo que yo? —le dijo Carmen al marido cuando Constantino se marchó. aunque estaba cantado. —¿Tú crees que lo poco que sé. y apostillaba—. —Cómo si estos no padecieran… —explicaba indignado a quién quisiera oírle. se lo quiso sonsacar. pero tampoco te hagas de nuevas… Ya me dirás de dónde sacas todo eso que echas a la sartén y está que no veas. 228 . escarabajos y al hombre los temía más que al rayo. A saber: a termitas. le importa a alguien? —prosiguió Tino. —le preguntó—. era secreto”. que no pienso guardarme ninguno —comentó ilusionado—. si ha entrado en la edad del pavo con cuarenta años de retraso!. Ella sugirió acompañarle el próximo día que saliera “a pasear la cesta por el monte”. A esto se refería Carmen cuando le animaba a trasmitir tanta sabiduría popular. ¿Eh.. pajarín cuando nos pateábamos el monte con Sultán? —A este no le tiras hoy de la lengua. envidia que me tiene al verme elegante. —Pierde cuidado. Espero que los cure el tiempo..

¿Sabes lo que te digo?. el Tino! —alabó Pepín con cierta retranca—. pero como se lleve otra desilusión. —¡Qué jodío. 229 . —¡Anda que no ha llovido desde entonces!.. Yo sé cómo las gasta esa.. ¡Pues no se nos ha enamorado a la vejez viruelas de la Boliche! —Mira qué bien. Me jodería que jugara con sus sentimientos... para desenamorarse siempre hay tiempo. prenda! ¡Que Catalina aún está de muy buen ver! —Ya. Que le quiten lo bailao.. —Quizá le podía su timidez.. ¡como tenía que ser.

muchas quedaron abandonadas porque no resulta rentable extraer el carbón. y poco a poco ha sido sustituida por otras posiblemente más baratas. Ahora. al comienzo del otoño no dábamos abasto y echábamos horas a destajo con tal de atender los pedidos. parece que las condiciones laborales han mejorado bastante. por el Zurdo. vamos bien si salen unos cuantos. pero son cuatro gatos con un 230 .XV Los Zurdo Manjarín Ya dije al principio que así me conocían en la mina. Es uno de esos misterios que siempre me ha impresionado: el porqué se nos queda en algún rincón del cerebro ciertas vivencias no necesariamente importantes y olvidamos otras más relevantes. Daba gloria ver los trenes mineros con los vagones de mercancías a rebosar de carbón y el desfile de camiones cargados hasta los topes por las carreteras para abastecer a las carbonerías y a las calderas de los edificios y empresas de media España. y supongo que no serán casuales los recuerdos que vengan ahora. Han sido los retazos de una vida que está mereciendo la pena vivirla. el enfermero: lo importante es que al final haya compensado vivir. Antes. aunque no sé si menos nocivas. La mina ya no es lo que era. A lo largo del año hacían varios viajes a un mismo barrio o a los polígonos industriales de Madrid. pero solo referiré dos muy concretos en estos momentos de recapitulación. Lo decía Pepín influido por Mariano. La memoria me viene jugando alguna mala pasada… Tiene miga esto de la memoria. y aunque esta no es mi historia quiero hacer una excepción al estar próximo su final. otras se mantienen gracias a las subvenciones. me acuerdo mejor de las cosas pasadas hace mucho tiempo que de otras más recientes. Desde luego creo haberme esforzado por recordar los hechos como ocurrieron. Tampoco sé hasta cuándo aguantará en el pueblo la mina. existieron también días tan malos que no los habría querido ni para el peor de mis enemigos. Constataron lo contaminante y cara que sale esta energía. Por supuesto.

Ya se sabe. aquel verano del 59. desperdigadas vacas pastando junto a sus terneros. Yo aguanté hasta cumplir los cuarenta y ocho.. Pero si la niebla se olvidaba del paisaje. Una carga de banastos. y poco más. escapé de allí y monté un pequeño negocio de carpintería para seguir tirando.. pero el que andaba apurado en la economía casera lo aceptaba. Creo que en la vida hay mucho de azar. También era un trabajo de riesgo y solo me atreví una vez. Pepín nunca fue de partidas fuera de casa. el maravilloso paisaje de nuestros valles. increíblemente las gatas son dos polacas y una andaluza con antecedentes mineros por la zona de Linares que se atreven a picar en las galerías con el mismo ahínco que los hombres. incluso si el horizonte era succionado por la niebla e implorábamos para que al menos no se incrustara en las pupilas del conductor.par de gatas los que bajan al pozo y algunos no son paisanos sino portugueses o polacos que cobran menos de lo que merecen… No. las partidas en el chigre cuando el tiempo no pone de su parte. al estar bien pagado. y el nuestro fue un noviazgo que me sabía a poco. y no me lo pensé dos veces. por increíble que parezca. como esos amigos que nunca te fallarán aunque no lleven tu sangre y esas pérdidas que todos padecemos por ley de vivir. a mi trabajo. Tuve la suerte de llegar a un buen acuerdo con la empresa. Añoro ahora esa aventura viajera que me permitió descubrir. según palabras de Eulalia. pollos o conejos enjaulados y maletas encubridoras de miseria que. y caballos y yeguas con sus potrillos paciendo en libertad. no me he equivocado. Más de uno se partió las piernas cayéndose por un tejado y se quedó a dos velas al no tener seguro. A algunos de nosotros nos venían a buscar por si nos interesaba subir a las azoteas o a los tejados en Oviedo y otras ciudades cercanas. porque solo nos veíamos las tardes de los sábados y los domingos cuando cogía la Serrana para apearme en el pueblo más próximo a su aldea. Valles de un silencio solo 231 . algún “susto grande”. ¿Qué habrá sido de los deshollinadores?. ¡Quién me iba a decir al cabo de los años que acabaría mis días junto a Eulalia. luego desandábamos el camino y si llovía pasábamos la tarde en el cine… Aquellos coches de línea darían para un relato exclusivo con sus bacas atestadas por la cantidad de bártulos que portábamos los viajeros. jamás se desparramaba cuando al conductor le era imposible sortear los baches de unas serpenteantes carreteras con tramos donde se diría que se hubieran olvidado de asfaltarlos. Casi treinta años allá abajo eran muchos años. Subía a buscarla comiendo un bocadillo en el autobús. cuando la necesidad aprieta y hay ganas de trabajar uno se agarra a lo que salga. además del paisanaje. gallinas. con tanto como nos costó entendernos al principio! Nos conocimos en la romería de su aldea. en las laderas aparecían prados punteados por rebaños de merinas. Mi historia se reduce a mi familia.

Un rostro que muchos siempre ven igual de inexpresivo. la de quien no ha roto un plato cuando sabe que ha preparado una de las suyas. que se le enganchan “en la punta de la lengua”. 232 ... la del picarón si ve una chica que le gusta. la imagen de la felicidad si gana su equipo. Y acababa rompiendo algún cromo delante de sus narices sin que le sirvieran para cambiarlos con otros chavales menores que él. el de los cencerros de la vacada o el propio renqueo del motor de aquellos coches de línea. cambiaron como de la noche al día. Me engañas con los sobres para que te compre más. el quiosquero. él sigue fiel a esos colores. Pascasio se apiadaba de este elemento y raro era el día que no le sacaba un sobre de regalo. y por extraño que parezca. otro Buitre (15) —le soltaba—. Ciertamente la niebla a algunos nos vuelve un poco tarumbas. cuando enseguida nació Pablo. una criatura llena de ______ (15) Apodo futbolístico por el que se conocía a Emilio Butragueño.alterado por el ladrido del mastín. los balidos y el sonido de las esquilas procedentes del rebaño. Parece que por su cara los años pasan sin prisa. Yo colecciono los rostros de mi hijo igual que él lo hace con sus cajas de cerillas o sus álbumes de cromos. jugador del Real Madrid. Está la cara del Pablo risueño. o como si no los cumpliera y se hubiera quedado de por vida en la edad de la inocencia. En su día hizo una colección de cromos de futbolistas y se apuntó al Atlético de Madrid. porque fue el único equipo que completó en el álbum. A Pablo Zurdo Manjarín le fuimos a buscar cargados de amor y así ha salido él de cariñoso. —Otro Buitre. la del alelado si no entiende algo como nos ocurre a cualquier hijo de vecino. pero que a nosotros nos sorprende con distintas poses. Representa bastantes menos de los cuarenta que está a punto de cumplir. Ojalá no se me tome como desbarre esta evocación. Sin embargo. la de Eulalia y la mía. Y nuestras vidas. evidentemente su opinión iba muy descaminada. y al revés. Laura es el otro ser maravilloso que ha dado sentido a nuestras vidas. al año de casarnos. Decía que era “un equipo fácil”. También saca su pose de enfurruñado cuando se enfada por una tontería o pierde su Atleti. ¿Ves?. Empezó a hablar muy tarde y de secuela le ha quedado su eterna lengua de trapo que le genera algún problema si sus pensamientos van más deprisa que la manera como quiere trasmitirlos. Entonces dice que la culpa es de las palabras. Si le salían repetidos se agarraba un mosqueo de cuidado con el pobre Pascasio.

Lo cierto es que ese susto nos lo dio mi hija recién cumplidos sus cuatro añines. Pablo está perdiendo audición y un especialista nos ha dicho que pronto necesitará un audífono. Ese día le tocó al patio. Los médicos nos decían que nuestros temores eran injustificados y no debíamos preocuparnos. tiene sus ventajas al contagiarte su forma de ver la vida. Como el momento en que te enreda con el juego de las cosas escondidas y quisieras que Herodes te echara una mano quitándotelo de en medio. pues la piel se me pone como la de las gallinas solo con recordarla. el trance más espantoso que me ha tocado vivir. frío.sensibilidad y tan cariñosa como el hermano. En realidad. como cuando la escondió bajo el lavabo sobre los poyetes que lo sustentan. que somos nosotros quienes hablamos bajo. casi infantil como el de Pablo. el formón y las demás herramientas. templado. para entonces la nena era un mono de repetición e imitaba al hermano en muchos aspectos. La niña acaso se enredó con la escoba y cayó golpeándose la sien contra el borde del peldaño. El muy puñetero te lo pone muy difícil justamente el día en que necesitas la maquinilla de afeitar. frío. pues yo no aceptaba quedarnos con un solo hijo. Siempre le ha gustado enredar en el taller desde que monté la carpintería. pero le 233 . Cree que con su “frío. tardamos mucho en decidirnos ante el temor de que se repitiera la historia. templado…” te da las pistas suficientes para encontrarla. Tenía el miedo metido en el cuerpo y fue muy difícil quitárselo de encima. Ese fue un motivo de enfrentarnos entre nosotros. Sobre todo Laura le insiste en que no chille tanto al hablar. pero también le encuentro algún inconveniente. pues algunas de sus reacciones son imprevisibles. Era una mañana de domingo y nos pilló a todos en casa. aunque menos extrovertida que él. Veremos cómo lo acepta. y más de uno se puso en lo peor hasta el punto que en ese trayecto yo hice un pacto con el buen dios que quisiera oírme para dar mi vida por la suya. No abundaré en más detalles de aquella terrible experiencia. pero por él nunca te llegas a quemar y cuesta un triunfo dar con la maquinilla. cuando él acabó le relevó Laura sobre el amplio peldaño que salva el pequeño desnivel entre la casa y el patio. y ella me paraba los pies y otras “cosas” que no eran los pies Eulalia no es demasiado expresiva refiriéndose al “susto grande” o quizás prefiere dejarlo en susto a propósito. Vino nueve años después de Pablo. y no se da mala maña con la escofina. templado. Y al encontrarla sabes lo que te espera: un abrazo sin fin y compartir el triunfo con él acompañado de su griterío. pero Eulalia se obsesionaba quizás influenciada por mi suegra y mis cuñadas. Fue horrible. Convivir con un espíritu jovial. La criatura perdió el conocimiento bastante tiempo recuperándolo durante el traslado al hospital. Él dice que no chilla. Por esa época a Pablo le dio por “ayudar” en las tareas domésticas y allá que cogía la escoba para barrer por donde le venía en gana.

y no paran de comprometerse. pero en ocasiones le temo más que a un nublado de esos tan negros que emborronan el cielo en verano. Pero él porfía en abrirle el puño. en cuanto se cruza con mi hijo ya la están liando. ¡Envidia que me tienes! Aunque le cueste reconocerlo. que ella orientó su vocación hacia un magisterio especial para chicos con discapacidades psíquicas al saber que su hermano solo aguantaría unos cursos en el colegio. y su madre no se animó a matricularle en la escuela de artes y oficios de Oviedo. a poco de nacer Pablo. miedo me da el imaginarlo entre las sierras.. —¡Anda. siempre respondía lo mismo: maestra. golfante. Sin embargo. tú —le susurra al oído—. —¡Mira lo que tengo aquí! —le suelta—. hace tiempo. ¡Y con que fuerza te agarra la mano el jodío! Posiblemente Pablo ha condicionado tanto la existencia de Laura (espero que para bien). sus preferidos. Pero mucho antes fue él quien demostró de distintas maneras todo lo que quería a su Laura. con algunas comidas se negaba en rotundo. no como las tuyas que son grandes. De niña era una pésima comedora. y las mías son bien bonitas. ahora. anda!. no podríamos vivir sin él. muerto de risa. Como niñero que es. y 234 . sabe que dentro encontrará un pequeño trofeo: un par de caramelos de café con leche. —Tú sí que tienes suerte. le contesta: —No. oí a la madre que ella no merecía “el sufrimiento de ver crecer a un hijo así”. pero solo en eso… Para mí Pepín es como un hermano. porque Pablo no le deja ni a sol ni a sombra. En cuanto le tratas ya te ha cautivado con su simpatía.. cuando no te ponía a caldo con sus perdigonazos. que siempre me llevas al huerto.tengo prohibido andar con las máquinas. A quien considere su amigo tendrá asegurado un saludo del que no se va a desasir como no sea él quien suelte la mano. ¡Te las cambio! Y Pablo. En realidad si a mi hija le preguntábamos qué le gustaría ser. con su bondad. entonces aparecía Pablo con sus gracias. que las tuyas son como las del Conejo de la Suerte. hace como que le coge las orejas y se las guarda en el puño. A veces acababa con la paciencia de Eulalia por lo pesada que se ponía. Al menos en eso sí me hace caso. Coge los caramelos y le salta: —Toma. Pepín se acerca a él si cree que anda despistado. ¡te lo has ganado! —¡Pero qué granuja que eres! —Granuja. Los dos juntos tienen tanto peligro como esas carabinas trucadas de barraca de feria. que me quieres cambiar las orejas. este te lo regalo. con su inocencia.

pero antes de montar la carpintería Pepín quiso engatusarme para que Pablo le echara una mano en el taller cuando se le acumulaba el trabajo. Ciertamente mi hijo hubiera servido para un oficio tan noble como el de los payasos. como los de la tele. —¿Tú te crees —renegaba mi mujer.. Se lo dije a la madre. —Ya está ese con sus disparates —saltó al instante—. nena —le decía—. pero raro es que consiga convencerla si se cierra en banda. tras el aguante que tenía con Laura—. que si no. también se lo ganaba. Laura se ha tomado tan en serio su trabajo. Se negó en rotundo. cuatro.distrayéndola conseguía que la cría comiera las lentejas o el pescado que negaba a la madre si era ella quien se lo daba. porque no me parecía una mala idea. —A ver. Un buen día lo comentó delante de él y se le encandiló la cara de alegría solo de contemplar esa posibilidad. Me atreví a llevarla la contraria. —¡Cuato! —¡Qué lista eres! Y entonces solía estamparla un beso en la mejilla. y Pablo se quedó con las ganas de aligerar trabajo a Pepín. nena. Contamos: una. que sea este con sus payasadas quien le haga comer? Y el otro muy ufano respondía: —Es que yo de mayor voy a ser payaso. y no le cundiría el trabajo? —Nunca se sabe. Y anda que a él le pasó desapercibida esa negativa: se tiró varios días con un berrinche de categoría sin dirigir la palabra a la madre. Otra manera de querer a Laura lo demostró Pablo cuando la enseñó a sumar con sus cajas de cerillas. Menos mal que mi amigo por una vez fue cabal y no echó más leña al fuego. Bueno. cuatro. dos. que muchos días hemos visto cómo llegaba a casa afectada por los contrariedades que le surgían con unos seres que a veces se tornan 235 . pero me lo quitó de la cabeza.. —No. Cuando coincidía con Pepín venía a decirle que ella era “la culpable” de no poder ayudarle. nunca se sabe… No perderíamos nada por probar y así poco a poco iría aprendiendo un oficio. aunque no acertara. Eulalia. ¿Qué quieres que le vuelva más tarumba de lo que está? ¿No ves que no pararía de enredarle. Se lo tomaban como un juego. si la niña acertaba con el total. tres y… —¡Tes! —saltaba ella. dos cajinas aquí y otras dos aquí.

Estamos tranquilos.. En ocasiones deberíamos haberle parado los pies para que no se saliera con la suya incluso cuando se ponía borrico. Sirva como ejemplo una anécdota que ahora recuerdo y que invariablemente se repite con ligeras variaciones. pero fue imposible convencer a su madre y se ha venido librando de alguna regañina si se la merecía. Ahora quiere más al Isacaca que a mí. porque cuando nosotros faltemos Laura y mi yerno le cuidarán con el mismo cariño que le hemos dado nosotros. Entre el profesorado del colegio donde comenzó a impartir clases en la capital conoció a Isaac. y al pobre Isaac se le escapó lo “capullo” que era el futuro cuñado después de que esos inesperados empujones le cambiaran el color de la cara. la verdad sea dicha. —¿Veis. su marido. Laura cree que hemos hecho de Pablo un consentido. apenas se restriega los ojos con el agua y el resto de su cuerpo la ve de lejos. y se fue con ellos a dar un paseo. pero qué podemos hacer a estas alturas… Lleva razón. Laura se puso seria con él en vista del provocador que tenía por hermano. Me lo contó Laura. Isaac vino a casa un domingo con ocasión del cumpleaños de mi hija. balanceándose muy levemente. Isaac ya hace buenas migas con Pablo. como dice ella. Pablo se apuntó de carabina. le suelta: 236 . Como le coja a ese. llevaban ya unos años saliendo. si bien durante el noviazgo el puñetero del hermano pusiera muy poco de su parte para ganarse su amistad y se lo demostraba de mil maneras. y en estas que a Pablo le faltó tiempo de impulsarlo con todas sus fuerzas. De hecho. aunque se mostraba reticente a probarlo por sus congénitos problemas de vértigo. se lava la cara como los gatos. tampoco he colaborado.. ella ha ejercido toda la vida de segunda madre con él. Y es que te mira con esa carita y ya te ha desarmado. Pero el colmo de sus particulares desgracias fue cuando se enteró de que Laura e Isaac se compraban un piso en Oviedo para quedarse a vivir allí. Isaac se sentó en el columpio. Yo. y a las pruebas me remito. “un consentido y un sobreprotegido”. pendiente de él cuando sale del baño. Pasaron por la huerta y él presumía de aquel columpio que instaló entre los dos robles. Esa fue la copla con la que se descolgó ante la madre: que Isaac era un cagón. Pablo tiene terror al agua fría. Tras reposar la comida y los cafés que compartimos con el invitado.. se va a enterar… ¿Por qué se van a Oviedo? Y a ver quién era capaz siquiera de persuadirlo para hacerle ver que su hermana le seguía queriendo igual.. El otro le felicitó por sus habilidades. y además estábamos ganando para la familia a otro ser que también estará pendiente de él. Encima el pobre chico no se libró de ser considerado “un cagón” según palabras del puñetero de mi hijo. Entonces la hermana.? —nos decía indignado—.conflictivos.

le viene de perlas para coger el sueño. y como no tires de él se pasa las horas muertas sentado en un sofá frente al televisor. enseguida espabila y no para hasta cazarla. Si lo ve Laura ya se sabe lo que le espera: —¡Venga. pero se está convirtiendo en un ceporrín entre lo mucho que le gustan las comidas de su madre y la increíble facilidad que tiene para quedarse dormido. ¿verdad? —No. Mira que espachurrarlas contra los cristales. a lavarte las manos ya mismo!. cuando de sobra sabe que lo ha hecho. Intenta sacarse una raya al lado izquierdo de la cabeza. pedazo de cochino. tú no eres de los buenos —le provoca el otro. ha gastado medio frasco de colonia infantil en su cabeza intentando domar con el peine sus pelos tiesos. Pablo es presumido como pocos. Cuando se lo hemos comentado al médico le ha dado la importancia que merece. y muy guapín —contesta él absolutamente convencido—. pues una disnea como la suya. que te acercas a él y suele oler a gloria. Pepín le pica diciéndole que ese remolino le ha salido por bichín. en castellano guarro. Pablo es un figura con las moscas. Mi hijo nunca ha tenido disposición para el ejercicio físico. aunque ese día apenas le siguió la corriente. se pasa sus buenos ratos delante del espejo con tal de hacerse con su rebelde pelambrera. Vamos. Eso sí. sí —admite Laura—. A las primeras de cambio lanza unos ronquidos que tirita Dios.. es como si tuviera las manos imantadas para cazarlas al vuelo. Por esa cara ha pasado tan poca agua que es ella la que se encarga de quitarle las legañas. tal como él la llamó. —Tú y yo —le dice— somos bichines buenos. Él mismo se compra su colonia preferida y la madre hace como que se la descuenta de la paga en vista de que los botes le duran lo que un suspiro. le puede generar incluso una parada respiratoria. ______ (16) Vocabulario bable. Debe pensar que es un caso imposible y lo ignora.. —¡A ver esa cara! —Muy limpina. Entre unas cosas y otras no se le puede quitar el ojo de encima. 237 . —Muy guapín. pero menudo gochu (16) estás tú hecho. sin embargo. si ve una mosca volando. —Qué dices…. y él le ríe la gracia con cierta retranca. pero le dura el tiempo que aguanta el pelo muy mojado de colonia. Ya nos ha dado dos sustos de cuidado con su boca abierta donde pareciera que no pasara el aire. que me lo dice mamá. yo no las espachurro —le contesta el muy jeta. cuyo vuelo le molesta.

a lavarte las manos. si te tiene mejor que a un rey! —Porque ella sí que sabe. ¿Qué pasa. puntiaguda nariz y pechos claramente diferenciados. o tú que pones los dedos al pintar los muñecos. para él fue un divertimento.. —¿Sabes lo cochinas que son las moscas?. que eres una regañona. Son tantas las anécdotas que me vienen a la cabeza con mis hijos que darían para un libro. tal como él se refiere a sus actrices favoritas: “esa es mi novia”. no hay mal que por bien no venga —indicaba Laura—. y no tú que siempre estás regañándome. Poco solía variar su sonriente monigote de cuatro pelos tiesos.. que quieres ser como ellas. —Tú nunca haces nada. No puedo resistirme a esta oportunidad que tengo si ven la luz. él rara vez no ha hecho lo que le viene en gana. ojos redondos. ya verás cómo ella dice que no soy gochu. aunque quieras convencerme de lo contrario con esa carita de bueno que pones. —¡Vamos. que si no. —Bueno. Sin ir más lejos. —¿Que si no. así te lavas un poco esos mofletes de golfante. —¿No ves que ahí dejas tus babas y luego bebemos los demás? —le decía ella. y bien lavadas! Pero a Laura casi nunca le han lucido esas reprimendas. los cristales se ensucian solos. bastante escrupulosa. le animaba a dibujar sus “novias”. —¡Qué va a decir mamá. qué? —Que eres un gochu. Eso sí. pues fallaba en la puntería y el chorro se desparramaba por su rostro. no se sabe qué perra cogió con la niña de ET (película 238 .. —Eso es. ahora resulta que tengo yo la culpa de lo que tú engorrinas! ¿Es que no las puedes matar con el matamoscas? —Así se me escapan. picudas orejas. Regañona. mientras le enseñaba a tener el tiento necesario para que el chorro de agua acertara en su boca. La excepción fue cuando su hermana se empeñó en que no bebiera a morro del botijo. que yo me lavo todos los días. Hasta conseguirlo. igual de gochu? —No —le dice ofendido—. —Se lo voy a decir a mamá.. —Porque mamá está encima de ti. su hermana para quitarle de tanta televisión. Unos churros… —Lo que faltaba por oírte: ¡Se necesita tener morro. sobre todo antes de que me ayudara en la carpintería.

porque sé sin temor a equivocarme que él se enamoraría perdidamente de una mujer que le mostrara un poso de cariño. como si le estuvieran vedados esos residuos del amor. le ponía nervioso. Tampoco soporta que una mesa no asiente bien si se apoya sobre ella y la considera paticoja. Llegado a esta altura de la historia procuraré olvidarme de lo malo para quedarme con lo mejor de lo vivido: la alegría que Pablo nos seguirá regalando con su particular forma de ser. Tampoco es que el monstruito fuera santo devocional de Laura. esté donde esté. pues observamos que el tictac del despertador. porque luego a ella le cuesta hasta abrirlo. Y me explico. es muy propenso a inventar unos extraños monólogos. igual que le ocurre con el impertinente goteo de un grifo mal cerrado. que acabaré sin pisar un sitio de esos… Nunca callé estas inquietudes en casa. y dejar las ventanas abiertas con una mínima rendija para provocar el sonido del viento. y sin venir a cuento le soltaba unos soplamocos que si no la descabezó sería porque estaba hecho de un material resistente al genio de mis hijos. lo que más sigue relajando a mi hijo es construir “muros” con su colección de cajas de cerillas de diversos tamaños hasta que se le caen por la altura. Su madre me cuenta cómo de vez en cuando ha de cambiarle las sábanas de la cama al quedar manchadas de sus poluciones nocturnas. y lo cierra con tal fuerza que se gana una reprimenda de la madre. y delegó en mí cualquier iniciativa al respecto. como si no pudiera vivirla en plenitud por ser quien es. mientras hace sus construcciones o se pierde pensando en las musarañas. Con todo. muy a mi pesar. Eulalia siempre ha estado al tanto. suelta cualquier improperio. entre los candelabros. No es un asunto baladí. A veces parece como si hablara con el viento. aunque jamás conseguí que se implicara en ellas. El hermano no se quedaba a la zaga con los zurriagazos que le atizaba. nuestra casa debió ser la primera del pueblo en donde entró un reloj eléctrico. suele llevar un trozo de papel por si necesita doblarlo y calzarla a la perfección. Así es que mi hijo. incluso he considerado la posibilidad de acercarlo a Las Nieves para que “conociera” a alguna chica joven de esas que enseguida buscan guerra y son expertas en el arte del placer. No obstante. ya sea en casa propia o ajena. me preocupa el componente sexual en la vida de mi hijo. y del reloj que había en el aparador. y cómo debe de soñar con ellas.de Steven Spieberg protagonizada por un extraterrestre). Entonces sale disparado hacia la pila. que la pintaba más monstruosa que al propio extraterrestre. pero en último extremo me perdieron mis temores o mis prejuicios. y 239 . En un tono de voz muy bajo se monta sus propias historias. En fin. Pero volvamos a sus “novias”. se lo compramos al verla tan entusiasmada con la película. se ha convertido en el mejor calzador de mesas del pueblo. cuando no se ha cargado alguno por pasarlo de rosca.

Seguro que la palabreja la ha leído en una de esas historietas. escribiéndolas en los cristales. tampoco estará de más acordarme de este cura. muestra su pose de picarón y te da la murga hasta que se le olvida. Habrá que estar atentos porque este. es como si ella heredara el miedo que alcanzó a la madre después de nacer Pablo.. junto a él solo recibirán amor). ¡No quiero ni imaginarlo con sus sobrinos!. me ponga como me ponga. Le costó bastante aprender a leer y escribir. A propósito de las pascuas me ha venido a la cabeza la figura del padre Juan Ramón.. y como le hizo gracia no se le cae de la boca. y así le animó con las palabras.. No sé si fue peor el remedio o la enfermedad. ¡Y por partida doble!. enseguida te la suelta: “muermo.. te dice que “eres un muermo”. pero por fin seremos abuelos. porque Laura le indicó que muermo era un “sinsangre”. Ya se defiende bastante bien con la lectura y no se pierde un cómic de Mafalda o de Mortadelo y Filemón. nos los puede malcriar. Ella se dio cuenta de cómo le gustaba engorrinar los cristales de las ventanas pintando monigotes con sus dedos al cubrirlas el vaho. aunque mi mujer piensa que será fácil convencerlos. Eulalia dice que. no me queda mucho por ley de vida y pienso disfrutarlo especialmente con la familia y los amigos. aunque no supiera exactamente su significado hasta que se lo preguntó a Laura y vi cómo ella se lo explicaba. que eres un muermo”. y mucho de mérito en ello tiene su hermana. A mi hija le ha costado una barbaridad hacernos abuelos. El nombre de la niña lo decidirán los padres. (Es broma. vendrá otro Antonio para que al menos. y saben que en su vientre hay un niño y una niña. Se hacía de rogar.pensando que aún queda mucho bueno por vivenciar. así es que si ve la oportunidad. Abundando en esto he de decir que Eulalia y yo estamos pendientes de una ilusión: según las cuentas de Laura nos faltan solo tres lunas para ser abuelos. y ahora encima te detalla la aportación de la hermana. con el peligro que tiene. Ahora existen unos médicos tan capacitados y unos aparatos tan avanzados que han conseguido que mi hija se quede embarazada superados los treinta. Se gastaban sus buenos duros en tiza. Eso duró hasta que su madre se cansó de limpiar cristales y les compramos una pequeña pizarra. Ya veremos qué opina mi hija y mi yerno. los lee en su alto timbre de voz y aprovecha para reírse con esa risa fácil que tiene de igual manera que lo hace Filemón. Fue por un hombre como él por el que mi amigo se 240 . pues según él es el nombre más bonito del mundo. Si algo le hace gracia se lo apropia. Le recriminabas por alguna de sus travesuras y allá que intentaba convencerte de lo contrario acabando con su “y santas pascuas”… Pero escaso tiempo voy a poder dedicar ahora a los libros. A Pablo le encantaba que le leyera novelas de Julio Verne. como cuando le gustó aquello de “santas pascuas”. si fuera por Pablo se llamaría Laura. Lo peor es que como uno no se ría con él. no se pierda el nombre.

a ver si entre todos le espantábamos para una vez que salía de él acompañarla. eché un vistazo a los bancos de atrás. siempre se ponía del lado de los desvalidos. pero mientras el difunto cura se apiadaba de ellos con simples palabras de resignación. que se ponía a disposición de quienes perdían la esperanza con un arrojo que iba más allá del compromiso impuesto por su alzacuellos. Tino y yo no nos rendimos. Era don Juan Ramón un hombre implicado en cuanta injusticia le tocara de cerca. Don Juan Ramón acabó por hacer buenas migas con Pepín. que ya concluye. consiguió que leyera muchos pasajes de la Biblia. Jesús y Patán vamos recorriendo el camino de esta humilde historia. no hace mucho apareció con Carmen en la misa del Gallo. Carmen se percató y me pidió el favor de no tocarle mucho los cataplines. Parece que lo estoy viendo. Como le oí a mi amigo refiriéndose a ese curilla: que “lo mismo alimentaba estómagos vacíos compartiendo su olla. si bien él nos visita de tarde en tarde. Parece que no llegaba 241 . y terminó colgando los hábitos. pero ya no como cura. Ella siempre acudió con sus hijos a esa misa y me extrañó que aquel año no vinieran a sentarse junto a nosotros acostumbrados a situarnos hacia mitad del templo. Con Pablo. Carmen me saludó en la distancia con una sonrisa que lo decía todo. Pepín. este les socorría en sus auténticas penurias. para soltarte cuatro cosas bien dichas. Resultaba difícil identificarlo como sacerdote para quien no lo conociera. Debió hartarse de una Iglesia desfasada. pues nunca vestía como tal sino como un parroquiano más. se le veía muy serio. desde que sale con Catalina. aprobó unas oposiciones de magisterio en León. le puse una mano sobre la frente y por vacilarle le dije que menudo calenturón le había tenido que dar después de la cena para perderse por la iglesia. hasta que los gerifaltes de la iglesia se lo quitaron de enmedio trasladándole a una parroquia más “tranquila”. y cual no sería mi sorpresa al verlos allí con los mellizos. se vende muy caro y coincide menos con nosotros. Sin embargo. aconsejado por él.acercó a la Iglesia y merece la pena reseñar aquel momento. Oí un murmullo. cuando acabamos de superar el 2003. Desde entonces le echaríamos de menos. A Pepín le habían hecho un hueco en el pasillo central que queda entre los bancos. se dedicó a impartir clases en el Instituto de un pueblo. y aunque a veces este insensato lo pusiera a prueba venía en concluir que era un tipo cojonudo e incluso. sin importarle denunciar al usurero o enfrentarse a todo aquel que se valía de su poder para pisotear al prójimo”. Supimos que más de un disgusto se llevó con el obispado por su forma de interpretar el magisterio. que no hago carrera de ti ni en broma. No tenía nada suyo. A la salida me acerqué a él. Tino. —Ya te cogeré por banda —recuerdo que me dijo—.

con más de treinta años pegado a un volante. Emilín echaba una barbaridad de horas al volante para pagar las letras del camión. A la mujer se le cortaba la respiración. la mayor venía de camino. con su honestidad. según indicó el periodista que se hizo eco del accidente en la página de sucesos de El Diario. preferí recordarlo en vida. Patán posiblemente sea un nieto de Perla y salió clavado a Sultán. y llevándose por delante a un matrimonio y uno de sus hijos. Emilín añoraba a esos nietos alejados en Barcelona. era su camión. un hombre de una pieza como pocos he conocido. Todo el pueblo le despedimos en su entierro. a Pepín lo vi flaquear como cuando le pasó lo suyo en la mina o Laura perdió el conocimiento en la caída. Quiero huir de enredar esta historia en una triste maraña. no debía llevar puesto el cinturón y por increíble que parezca salió despedido por la cabina muriendo en el acto. como aquellos en que yo tomaba a chanza el empeño de Eulalia por 242 . No queríamos creerlo cuando nos avisaron y nos allegamos hasta aquella curva sin apenas peligro. Hubiera preferido no tener que contarlo. ese del que nunca te llevarás un desengaño. pero no puedo por menos. Demasiado tiempo pretérito propende a la nostalgia y a hacer que se pierda la noción del presente. con su integridad. cuando le quedaba poco para conseguirlo. Todos salimos muy tocados de aquello. aunque la criatura quedó mal parada. Hay personas que nos hacen sentir mejores a los demás simplemente con tomarlas como ejemplo y pensando que algún día podemos imitarlas. con su decencia. Pablo entristeció durante una buena temporada. No me atreví a ver su cadáver. El bueno de Emilín se quedó a mitad del camino hace unos años. Fue cerca de aquí. Invadió el carril contrario. allí estaba Cristina con la hija pequeña. el hijo y su familia aún no habían llegado de Barcelona donde emigraron hace tiempo. y en una de esas. también existieron nuestros momentos de solaz. el amigo leal dispuesto al favor de una manera anónima sin pedirte nada a cambio. con ese corazón tan grande que tenía. y siempre tenía una palabra alegre para mi hijo. no cabía duda. y encima tuvo la fatalidad de estamparse con otro coche que pasaba por allí en ese puñetero momento. El caso es que algo muy grave le ocurrió para que perdiera el control.nunca y esto se ha pasado visto y no visto. aunque no sea tan espabilado como el abuelo. Solo sobrevivió el pequeño. Además. así es que contradigo lo indicado al principio para referir ahora su tragedia. estaba a punto de llegar a casa. con su generosidad. conocía bien la carretera y hacía poco que había escampado. demasiado rápido. Estaría por asegurar que es el nieto de aquel figura. Emilín era una de esos. debió de fallarle el camión o vete a saber si no acabó durmiéndose al volante. El impacto fue brutal.

Mi santa decía que no la viniera con cuentos. desde luego ella se encarga de añadirle la dosis de paciencia que precisa cada comida. en más de una oportunidad. Eulalia apuntaba en una libretina las recetas de Carmen y descubrió que el condimento infalible era el Amor. se apuntara de voluntaria ayudanta en su cocina después que los mellizos hicieran la primera comunión. A Pepín le han puesto las cosas más fáciles desde que consiguió un carrito eléctrico activado con baterías. pero hay que atarle en corto porque puede pasarse de la raya. acaso me he vuelto un poco redicho con esta frasecita. y a mayor abundamiento.compartir los saberes de Carmen entre los pucheros y de ahí que. Cuando toca en casa de Pepín. mejor dicho. es lo que hay y al menos lo reconozco. la elemental felicidad de Carmen pasa por reunirnos en torno a su mesa y ver cómo disfrutamos con sus platos. cuando él se dejó enganchar. Me lo contó hace tiempo y creo que fue ahí cuando le enganchó Carmen o. en el pastel de puerros de Carmen o en el sabor y la textura de sus mojicones o torrijas que a veces nos regala para el desayuno del día siguiente. a Pablo y a mí se nos hace la boca agua por el camino solo de pensar en esas patatas a lo pobre. junto al mar que la rodea. No sé si algún secreto se guarda. 243 . Y comida que no falte. porque esta tierra tan buena. Qué se puede esperar de un simple aficionado a contar historias). los huevos de sus gallinas y una pizca de azúcar. Pero era inútil. Y siempre con la servilleta prendida por la madre. pues sino Eulalia no ganaría para detergente con los lamparones que ese descuidado se procura cuando zampa sin tino. ¡Y cómo huelen sus guisos! Si es que la comida ya te entra por la nariz. Lo que mi mujer tardó en averiguar a Pepín se le reveló el día que los futuros suegros le invitaron a las fabes con almejas. el último sábado de cada mes alternamos una sana costumbre: la comida familiar. la leche de las vacas asturianas. Como he apuntado. Espero que mi ingenua sinceridad no cueste lo suyo y una que yo sé me tenga a pan y agua en justa represalia si algún día leyera esto. mérito que ella atribuye al género: unas rebanadas de pan con una miga esponjosa. Es más. Bueno. nos da el resto. Con Carmen no hace falta esperar a Semana Santa para comer unas torrijas muy sabrosas. y solo está pendiente de un par de sus sentidos: del gusto y del olfato. y las familias quedáramos para comer. pues siempre habrá un animalín para agradecer las sobras. pues ella también le echaba paciencia y no conseguía su toque. y solo necesita de una buena lumbre a fuego lento y de un buen aceite. y torpes seríamos si no supiéramos sacarle provecho. A mi hijo le vuelve loco la tarta de queso. en sus intentos por imitarla le sigue faltando algo. en las fabes con almejas. (Joder. Carmen cuenta que no hay mayores secretos en su cocina.

Enseguida le cogió el tranquillo y se mueve de un sitio para otro improvisando todo tipo de maniobras con Patán cobijado entre sus piernas. —¡Esta la tomamos a noventa! —replica el elemento. reduzco! —¿Que reduces. igual se le atrofian al dejar de usarlas de repente. —¡Esto es una maravilla! —nos dijo a Tino y a mí al estrenarlo—. De pequeño. nunca ha perdido esa manera tan especial de encarar la vida. Su andar es cansino y cuando Jesús le dice que espabile. Pero con Jesús no acaba de entenderse. Pepín sigue dándole a los brazos con unos extensores regalados por Ángel. Ese día no hace falta tirar a Pablo de la cama. Ya apenas salimos con Pablo.? —el otro hace como que se sorprende. sí…! —asegura Pablo. prudentemente. Así fue como los llamó. y menos mal que Laura le regaló una bicicleta estática y le obligamos a que haga ejercicio. —¡Reduzco. se pica 244 . Entonces es cuando Pepín simula que acelera y toca una bocina. encaramado en el soporte. ¡Mirad qué bien se me da aparcar! Parecía como un rapaz con juguete nuevo. a Pablo y a Patán que con poquito les va la juerga. que nos la pegamos! —¡Qué. que no. Jesús y Patán al encuentro de las escasas truchas del Riosellín. Tino. Dice que si después de tantos años no utiliza sus “bielas”. armando un jaleo de cuidado y haciendo trabajar a destajo a sus ángeles de la guarda. si llevo frenos de disco! —¡Afloja. Y ya se sabe…. era él quien literalmente nos mandaba a paseo. afloja que nos la pegamos! Y ahí tienes a esos insensatos.. —¡Que no. Pero me echo a temblar si se lo deja “conducir” a Pablo subido al soporte trasero que le instalaron en la parte de abajo. no me extrañaría que lo hiciera pensando en Pablo. A mi hijo le cuesta bastante caminar. extensores. porque va “pisando huevos”. Solo se anima en cuanto sabe que también se apuntan Pepín y el perro. Por mal que vinieran dadas. pues según él ese chuchín le ha salido muy remolón y prefiere que lo lleven en el carrito. curva a la derecha! —le pica a mi hijo. si salíamos de paseo.. nos la vamos a pegar. en los demás las sábanas se le pegan con una facilidad asombrosa. Le tengo que sonsacar cómo se le ocurrió eso del soporte. —¡Atentos. se disculpa con que le “duelen los pies”. —¡Sí. mientras Patán colabora a que no se despisten con sus persistentes ladridos.

¿eh? —Vale.con facilidad y no siempre sabe seguirle las bromas. hace como que no se da por enterado. Y no será porque no elijamos los días de noches sin luna para que piquen mejor. un muermo es un sinsangre. y Pablo se quedó con la copla. ¿Qué es un chorlito? —Y yo qué sé… Que estás como una regadera. lo que pasa es que tú eres un panoli y hay que ponértelas a huevo para que piquen. todo te lo tengo que decir yo. Quizás las truchas del Riosellín no son tan espabiladas y lo que ocurre es que vamos perdiendo facultades mientras ganamos años. Se empeña en que el otro hace trampas pescando. ¿está así bien el anzuelo? —el otro. y se acabó. que si no es por mí. y no vale copiar palabras. y así las coge todas. ni me importa. porque él no pesca ninguna y Jesús las engaña. —Yo no las engaño —se defiende—. pero no tiene más remedio que entrar al trapo ante la provocación de Pablo—. canijo? Y ahora es Jesús quien le busca las cosquillas. pues no le hace ni pizca de gracia volverlo a oír. mamá! Aunque peor es lo de Eulalia por seguirle la corriente. A ver. y al llegar a casa tiene la desvergüenza de presumir ante la madre: —Para que veas… ¡Mira lo que he pescado. —Si es que tengo al mejor pescador de Asturies —dice mi mujer. pero la culpa de que se lo llame es de Pepín. —Me vas a enseñar tú a mí… ¡Pero si eres un manta! —¡Y tú un muermo!. Para que lo sepas. si te he enseñado yo a pescar. canijo.. —Anda. ¿No me has oído. —De Asturies y de casa —corrobora él. Ellos se enfrascan en sus peleas dialécticas. ¡Pues ni por esas! 245 . le decía cariñosamente. ¿A qué no sabes lo que es un muermo? —No. —¡Ven aquí. pero a fin de cuentas no sé cómo Pablo embaucará al otro incauto. No supo a lo que se exponía al utilizar esa expresión para dirigirse al chaval: “ven aquí canijo”. canijo! —le suelta en plan autoritario—. Las más de las veces consigue que Jesús le regale sus truchas.. —Hay va. Pablo continúa llamándole “canijo” cuando ya supera su estatura. Le da lo mismo. orgullosa de su Pablo mientras le estampa un beso en la mejilla. en cualquier caso él se lo explicará a su manera: —Si es que no sabes de nada. pues yo sigo diciendo que tú eres un panoli y un cabeza de chorlito. lo que me has llamado. en principio.

Somos respetuosos y nos vamos alternando el premio. desde luego ya apenas se oye el coro de ranas en sus riveras. el té salvaje o la menta recogidas por él mismo en sus caminatas por los bosques cercanos. pero desde luego. Decía que el río le sonaba distinto a cuando éramos jóvenes. oye el río y sin embargo no nos oye a nosotros si le hablamos en un tono bajo de voz. los viejos nos volvemos un poco raros… Por el sendero. El más ocurrente se llevará lo poco que pesquemos. aunque no la simiente o el trabajo del viejo es poco. en el fondo es un simple entretenimiento de viejos. Ya he vuelto a las andadas (por lo redicho. Alguien pensará que son rarezas de viejo. el olfato es el sentido con mayor poder evocador. digo). yo estoy convencido de que Tino sabe lo que se dice. Entre los propiciados por la mano del hombre y los regalados por la naturaleza se le ocurrieron esos que pasan por las brasas del hogar. Para mí. Mi amigo ayer estuvo inmenso describiendo olores con la colaboración del crío. El juego consiste en aportar el mayor número de agradables sensaciones olorosas relacionadas con nuestro entorno. a la vuelta de la pesca. y más si Pepín le da la razón apoyándose en sus chascarrillos. y nuestro valle es el reino de las fragancias. y que no era normal que los castaños aguantaran con las hojas hasta finales de noviembre. pero son verdades como puños. el tío Tahonero… ¡No sabe nada este espabilado con ese estómago agradecido que tiene! Cuando se restriega la mano por la panza y dice que no puede más es que se ha puesto hasta las cejas. para saborearlas en sus infusiones. Aunque lo de Tino tiene delito o su sordera es selectiva. En fin. el río baja con menos truchas que nunca. es tragón como él solo. les he aficionado al juego de los olores. que a su lado se le pega a uno todo. —No sé qué estaremos haciendo de un tiempo a esta parte en la naturaleza —comentó Tino el otro día con cierto aire de preocupación—. pero quien lo desdeña es loco. por mucha repoblación que hagan. como el desprendido por unas sardinitas o unos níscalos asados. aunque le encanta ese olorcín que dejan al asarlos mi mujer. Pablo es más de olores de fogón. digno rapaz de Pepín. pero la culpa es de Pepín. Como los que vienen ahora a cuento: el viejo pierde el diente. Cuenta que no hay nada como unas castañas asadas o un pan de hogaza horneado con leña en el horno de Avelino. Ya digo. a él le vale cualquier cosa que le ponga la madre. No sé de donde los saca. también se acordó del tomillo y del orégano recolectado por Carmen para sus guisos. en alguna ocasión ha pillado un empacho de categoría si algo le gusta más de 246 . excepto los pimientos. Menudo desparpajo el de ese chaval. Jesús prefiere restregarse las manos con el matojo de la planta tomatera recién quebrada o con la hierbabuena que crece junto al venero de los Chivitiles. pues le sientan como un tiro. A Tino le encanta la manzanilla.

Para eso él. el laurel. como aparece en la letra del tango. yo continúo viéndola tan guapa como siempre. la hierba fresca recién segada de un prado. El espejo se ha portado mejor con mi Eulalia. es una verdad más grande que una catedral. que sigue pareciendo un chaval con renovadas energías desde que está con la Boliche. y otras se nos escapa y los hijos abandonan el nido cuando te has querido dar cuenta. aunque un poco tarde. Acudo a las revisiones en Oviedo y aquello se convierte en alertas: “No haga esto. Esta palabra no es mía. el de las arizónicas pintadas de rocío y. Son los atajos que nos cobra el tiempo por no haberle prestado la atención debida. a veces no sabemos qué hacer con él. he descubierto ese olor único que viene con la brisa marina ahora que vamos más por Gijón. pero entonces mi santa le prepara una infusión de poleo. que con mi hijo se me va el santo al cielo. no coma lo otro”… Joder. De rapaz oía aquello de los largos días del invierno. el tilo. el pino. Así es que ahora me conformo con estar aquí. y hala. como la cantidad de olores que emanan de la tierra mojada tras un chaparrón de verano. Dicen que cuando vamos para viejos perdemos facultades con los sentidos. sin embargo. pero un día te miras con más detenimiento en el espejo y apenas si te reconoces y te da como “una sacudida”. El puñetero de Tino dice que soy como los chuchos marcando el terreno. como si me sacara de dudas. eso no me ocurre con el olfato. Que veinte años no es nada. A poco que lo aguzo siempre me espera algo por descubrir. Al principio la primavera de la infancia y el verano de la juventud pasan sin que te haya dado tiempo a vivirlos.lo normal. Entonces me faltan pulmones para aspirar lo que desprende el eucalipto. Venía a decir que en “esa sacudida del tiempo te sientes impotente de no poder controlar ni tu propia vida pasando de una manera tan fugaz”. hasta la próxima… ¡Cómo le luce al jodío! Pero a lo que iba: lo del juego de los olores. con seguir contándolo y con que a los míos les acompañe la salud. pero lo que en realidad 247 . La vida avanza parecido a como lo hacen las estaciones del año. Aparte de cuando me miro al espejo noto que me han caído los años en el cansancio. pero ahora en cuanto Tino me mete un tute por el castañar llego a casa hecho polvo y solo me quedan ganas de poner los pies a remojo. Creemos que el tiempo no pasa. Es curioso esto del tiempo. recuerdo habérsela oído a Emilín hace mucho. pero me inquieta lo pesado que debe considerarme el urólogo. mis ojos ya no son lo que eran. Uno se consuela pensando que en el otoño y en el invierno lo saborearemos más. antes pateaba el valle de arriba abajo y ni me enteraba. de hecho. como si no supiera yo de mis limitaciones. sin embargo yo por el camino habré regado varios árboles por mis problemas con la próstata.

Al echar la vista atrás me arrepiento de esos momentos en los que malgasté el tiempo. Que algún dios o acaso Dios me coja confesado. estoy cerca de cumplir los setenta y parece que fue ayer cuando se casó nuestra Laura. Suerte que ya estoy oyendo a Pablo por ahí enredándome en una de las suyas. porque con este nunca se sabe. Qué felicidad nos contagió mi hija aquel día con su inigualable sonrisa… Y después de esto. 248 . y vuelan como nunca a medida que te caen los años sin disfrutar de esta vida.ocurre es que los días se acortan pendiente como estamos del trabajo. ¿Qué se le habrá ocurrido?. la única que conocemos. Joé. ¿habrá terminado todo? Como nos comentó un día Pepín: “¿Será una milonga lo que nos sermonean las religiones?” Siento que esta historia al final se me haya escapado como por una grieta que hubiera abierto la melancolía... La culpa es de este cielo gris cargado de nubarrones que me ha sumido el corazón de nostalgia. Son fechas a partir de las cuales hay un antes y un después.

procuraba desplazarse hasta el pueblo algún que otro verano para compartir unos días con Pepín y su familia. y por qué no. Pepín contradijo ese aforismo pues. aunque por el camino alguno de tales sueños deviniera en pesadilla para ciertos allegados. y eso que su hermana le regala muchos al pedir una excedencia en la escuela para criarlos. La esposa no superaba sus continuas crisis respiratorias. pero no sabemos lo que podemos ser”. Eulalia y yo disfrutamos de los nietos. Sin hijos que atender y padres a los que cuidar al fallecer hacía ya tiempo. lo que en principio eran fallos funcionales acabaron convirtiéndose en orgánicos y Mariano enviudó tras cerca de cinco años de matrimonio. y cada dos por tres aparece en casa con los guajines. 249 . A Pablo cualquier rato que pasa con ellos le sabe a poco. se llaman Laura y Antonio. aquel hombre decisivo en su recuperación.XVI Los sueños 1 Decía Pepín que se le cumplió el sueño: ese de ver crecer a los hijos ayudándoles a hacerse mujeres y hombres de provecho. sin desdeñar el componente de azar en la vida. Y es que su ilusionante proyecto de vida en común personificado en Elena duró muy poco. los chicos van encauzando sus vidas con parecidos sacrificios a los que muchos hemos pasado para salir adelante. uno sí es capaz de orientar su destino. el de sus sueños. Y así es. 2 Y Shakespeare en boca de Ofelia indica: “Sabemos lo que somos. Nadie podría imaginar que al cabo de los años sería Mariano quien buscase a Pepín para apaciguar su dolor. Como a Mariano.

La madre suele expresarlo de una manera muy elocuente: —Este lleva los genes de su abuelo Rafael y poco podemos hacer contra eso. se esfuerzan mirándose en el espejo de quienes les precedieron por conseguir similares anhelos. Quiere conocer más estrellas que las de nuestro cielo. acaso estemos maldecidas por la misma condenada historia de siempre?.. En los fines de semana no da abasto y la madre le ayuda en la cocina. Rocío por ahora solo está pendiente de su restaurante. Ya regenta su pequeño restaurante en una localidad cercana. es una cocinera apreciada en el valle. De hecho. Su buena presencia en nada tenía que ver con su irascible carácter y su escasa predisposición para ganarse la vida con un trabajo honrado. Carmen y Pepín tienen asumido que cualquier día volará libremente. pero él solía buscar una disculpa absurda para dejarla colgada. Pepín no volvió a opinar al respecto entendiendo que su parecer podría tener efectos contraproducentes. ¿Qué tendría ese maldito virus del amor que las volvía tan miopes? Que se sepa. Ángel se licenció en veterinaria por la Universidad de Santiago con no pocos sacrificios de la familia y el mérito de sus propias becas. pero Carmen se lo tomó como una especie de desafío personal. los Fullaondo Heredia salieron dignos hijos de sus padres. y sacó por oposición la plaza de veterinario ofertada por el ayuntamiento de la capital. pues a tu padre le bastó con contemplar las estrellas desde nuestro valle —observa Pepín. haciéndola ver que su compañero en nada contribuiría a su felicidad. demasiado pequeños para ser mayores. entre los conocimientos heredados y los adquiridos en la escuela de hostelería.. ¿Es que las mujeres de esta casa. Los mayores. Por lo demás. y los mellizos bastante tienen en superar con sensatez los riesgos y extravíos de su edad. —Serán los genes de otros Heredia. pensaba Carmen para sí. Rocío. Desde una paternidad responsable los padres reclamaron su derecho a equivocarse poniendo a la hija en antecedentes sobre la persona con la que venía saliendo. Rocío le propuso que le ayudara en el restaurante en los momentos en que se acumulaba la clientela. Pero el segundo varón de la familia está siempre como a punto de irse con el macuto preparado para descubrir otras tierras. En el pueblo todo el mundo se conoce y sabían que ese hombre solo le acarrearía problemas. más grande y mejor comunicada. Como indica Pepín: demasiado grandes para ser guajes. —Si tú lo dices… 250 .

si bien nunca dejará de tenerlos con el alma en vilo por varios motivos: por esa afición por la bicicleta que le hace tentar a la suerte con su grupo de amigos cuando circulan por esas carreteras donde algún desaprensivo conductor no les guarda el respeto debido. Él cuenta que esos países son tan misérrimos que ignoran lo que es un veterinario. después se apiada del “pobre” Pablo. pues de un tiempo a esta parte. al carecer de su tino con el anzuelo. el hijo siempre vuelve a la búsqueda de sus raíces. les encanta acompañarles al río. y acaba por regalarle la pesca. Pero Carmen está conforme. hambrunas o catástrofes naturales. Carmen sabe que se llama Teresa al atender una llamada telefónica donde la interlocutora se identificó como tal. aunque el padre se ha vuelto más condescendiente respecto a lo serio que era para los mayores con las notas. para echar una mano a personas y animales que han sufrido tragedias derivadas de guerras. En uno de esos viajes Ángel debió conocer a alguien interesante. también avejentado como Pepín. La madre intenta tirarle de la lengua por saber algo más de la joven. Con esos maestros el pequeño de los Fullaondo domina las artes de la pesca con tal destreza. muchos verdaderamente conflictivos. junto a su “amigo” Pablo para pescar lo que se tercie al levantar la veda. Mari Carmen no se da mala maña para pintar la gama de tonalidades atesorada en los paisajes del valle. no suelta prenda. Las plegarias de Pepín surtieron su efecto y los dos se libraron de sus orejas. Qué distintos salieron los mellizos y no solo en el físico. que engancha alguna trucha escapada del anzuelo de los viejos. pero él. 251 . y le faltó tiempo de comprar unas molduras y enmarcar un par de láminas pintadas por su niña. y vio cómo al hijo se le iluminó la mirada. —Es Teresa —le dijo esbozando una cómplice sonrisa. Para él continúa siendo su niña. escapa en los fines de semana a un pueblo abulense. y porque Ángel acude frecuentemente a la llamada de Veterinarios sin Fronteras perdiéndose el mes de vacaciones estival y otros periodos menores en países olvidados de Dios. Un cuadrito luce en un lugar de privilegio en el comedor de la casa y otro en un rincón del restaurante de la hermana. Constantino y Antonio. Otra cuestión es lo negada que ha salido para las matemáticas y el inglés. celoso de su intimidad. pero Mari Carmen ronda la veintena y pronto acabará un módulo de dibujo y diseño. A Jesús y a Patán. desde que unos Reyes Magos le echaron una caja de acuarelas con unos cuantos pinceles y un bloc de dibujo.

el sabio venía a decir “que si un esclavo soñara todas las noches que era rey. a pesar de tanta penuria y miseria compartida. a Pepín no le obsesiona su recurrente sueño. Y quisiera no despertar jamás del sueño con su Carmen agarrándole por la cintura. Solo existe un ligero inconveniente que no alcanzó a vislumbrar en esa quimera: Carmen no podrá apreciar los senderos luminosos. las rugosidades que apenas habían surcado su rostro aparecieron de repente en su alma al aflorar ese 252 . O como expresaría Carmen: “a él nunca le cortaron los pasos”. y prácticamente ya no ve. entorna sus cautivadores ojos y se abandona al caballero que la encamina por senderos luminosos. con su liviano cuerpo sin desfigurar pese a la crianza de cuatro hijos. En la ensoñación aparece una amazona con viejos ojos libres de ojeras. sino que más bien le relaja. Pero que la ceguera no aparezca en el sueño no significa que pase inadvertida para Pepín cuando vuelve en sí. Sus ensoñaciones vendrían a tener unos efectos similares a las del esclavo de Pascal. En todo caso. sus cabellos suavemente encanecidos por las escarchas de olvidados diciembres. Además. A la amazona le encanta dejarse acariciar por el jinete de la alazana las arrugas que los años impregnaron en su mirada. porque no iba a ser una excepción en esa maldita enfermedad que estigmatiza a los Heredia. En ocasiones. aún no ha montado a la grupa de la yegua que se compró Ángel ora al trote admirando su paisaje de excepción. apoya su testa ligeramente sobre su espalda. la caballista descabalga de su tordo corcel para encaramarse a la montura de una yegua canela cabalgada por un jinete descalzo con una especial sensibilidad en sus piernas. Pepín jamás se sintió prisionero de sus “ruedas pinchadas”. que mantienen unos iris de clara miel y ponen nombre a la Belleza. Entretanto ella. que siempre prefirió el negro como vestimenta. Ella. como diría él. o tal vez las inquietudes de su Rocío o de su Ángel siempre telefoneando desde esos mundos perdidos de Dios para tranquilizarles sabiendo que está bien. utiliza ahora vestidos claros al ser los únicos que entrevé. es más. mientras le susurra en los arrumacos de sus palabras las últimas pillerías de sus mellizos. pues el suave roce de las mismas actúa como único acicate para guiar al dócil animal. no tendría por qué sentirse más desdichado que un rey que todas las noches soñara que era un esclavo”. Abundó en esa forma de interpretarlo cuando al leer a Pascal. cree que aún dispone de sueños para cumplir su sueño. ora al galope empapándose el rostro con las lluvias de poniente. Habiendo traspasado ya la frontera que delimita el invierno de la vida. A Pepín Fullaondo se le viene escapando un sueño.

la inminente ceguera va acompañada de unos molestos dolores de cabeza... —A que ya se te pasa… —le susurra. Como suele decir a quien quiera escucharle: —Es una suerte que alguien te escuche de viejo. marzo de 2011 253 . Y a Carmen no le queda otro remedio que contestar: —Bueno.. Todo se andará. Ya se encargará él de describir a su Carmen el excepcional paisaje por donde cabalguen con la alazana. un poco sí. le pide que se agache y le planta un par de besos en la sien.padecimiento en la esposa. que a veces invaden el valle.. Carmen cuenta que es como si se le “cayera el cielo encima”. En ese momento Pepín se acerca a ella. Uno de esos pesados celajes. Madrid. A veces. Le queda tiempo.

entre otras espléndidas novelas. Un escritor único. Pocos como él se entusiasmaron desde el principio con esta historia. estupenda mujer y filóloga. Rosario Martínez. y a su madre Mercedes. atento y encima gentil hombre. Como Luis Mateo Díez (19). Quien no induce a la duda es mi amigo el historiador Francisco Cánovas Sánchez (17). Ramón Balcázar. por los ratos que me regala. Agradecimientos A mis hijos Rocío. y a mi hermana Elena por ser como son. 254 . Pedro Rodríguez o Pilar Yela por hacerme dudar: ¿son mejores camaradas o personas? En realidad a ellos les viene todo incluido en su lote de humanidad. con su poético don pendiente de explotar. Con su trilogía de El reino de Celama. es uno de los mejores exponentes de la actual narrativa en lengua castellana. Como Sonsoles Sierra. sabio. Como Juan Muñoz Martín (18). El mejor de mis estímulos naturales. Como ese tipo afable. Pilar Acedo) todos aventajados alumnos y con quienes tanto he aprendido compartiendo inquietudes literarias. un hombre excepcional. Igual que Ángel Heras. Y a todos los que me animáis a seguir escribiendo. Ha publicado varios libros y novelas históricas sobre relevantes personajes del XIX y el XX. tan entrañable y tierno como su Fray Perico y su borrico. Pero en este humilde intento de cautivar con las palabras no quiero olvidarme de quienes habéis sido determinantes al alcanzarme esa buena ventura de que os cruzarais en mi vida. Como el doctor Luis Miguel García Aparicio. por supuesto. Como la profesora y los compañeros del taller de escritura de la Biblioteca Pública de Vallecas (Pedro García. Ángel y Laura. José Manuel Alonso. a mis padres Antonio y Goyi. Sé que vuestra benevolente opinión sobre mis historias está algo condicionada por nuestra amistad. (18) Juan Muñoz Martín es el autor contemporáneo de literatura infantil más leído con su serie de cuentos sobre Fray Perico y su borrico El pirata Garrapata (19) Luis Mateo Díez es académico de la lengua. otro de mis compañeros de trabajo. y que no cesa de alentarme para que siga estrujándome mis cortas entendederas (lo de cortas. y porque sin él no habría sabido encarar los aspectos médicos de esta novela. ——— (17) Francisco Cánovas Sánchez es doctor en Historia y profesor en la Universidad Complutense. es de mi cosecha). Emilio Sáez. y por no haberles dedicado el tiempo que merecen.

Tip y Coll. Buster Keaton. y por sus tantos saberes aparte de los específicos sobre fisioterapia. pero no me importa. porque me apetece agradecerles que su talento. su locuacidad y su ingenio hayan servido para arrancarme muchas sonrisas. Y a mi queridos tíos Rosario y Antonio Zurdo recientemente fallecidos. Woody Allen. Martes y 13 (Millán Salcedo y Josema Yuste). No sé si vendrá a cuento. porque sus ejemplos jamás morirán. los Hermanos Marx. mi amigo Ángel Sáenz (el de la dedicatoria). A ti lector anónimo para que recomiendes estos Pasos cortados si te ha compensado el tiempo que le has dedicado a su lectura. 255 . También es una buena oportunidad para acordarme de Charles Chaplin. En los tiempos que corren nunca dejaré de valorar a seres como estos que tanto contribuyeron en alegrarme la existencia. Como Pablo Martín por sus mágicas manos.

DIRECCIÓN: C/ Pez Volador. novela seleccionada para el curso 2012-2013 por el Observatorio de la Lectura y el Libro del Ministerio de Educación.es y zurmaren@hotmail. y otros editados por los talleres literarios a los que acudí. De 2005 a 2011 asistí en Madrid a talleres de escritura (relato y novela) en la Biblioteca Pública de Vallecas. Asociación Cultural Puente Pasil de El Tiemblo (Ávila). La Elipa Hoy. También el de 20 Minutos publicó otras tres. y a cursos y conferencias sobre creación literaria impartidos entre otros por Almudena 256 . Aguaisol. * El director de EL PAÍS ha tenido a bien considerar mis reflexiones o comentarios al publicarme once cartas de los lectores (edición impresa) durante 2010-2011.com). Currículum literario NOMBRE: Enrique Martín Zurdo (03-04-1957) responde al seudónimo de xxxx. organizado por el Forum Intercultural y patrocinado por la Dirección General del Libro. Cultura y Deporte en el Plan de Fomento de la Lectura. Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Educación Cultura y Deportes. * Colaboro habitualmente en diversas revistas culturales: Ómnibus (www.com TELÉFONOS: 915 730 251 — 915 665 052 — 600 095 400 Publicaciones En 2012 la editorial Mirada Malva publicó Pasos cortados. 28-3º A — 28007 MADRID CORREO ELECTRÓNICO: emartin@segurcaixaadeslas. por mi condición de ganador o finalista en diversos certámenes. * Relatos publicados en libros recopilatorios. Talleres literarios En los cursos 2011-2012 y 2012-2013 he impartido talleres de literatura durante la V y VI edición de Libros para la convivencia.omni-bus.

* 2007 ganador del I Certamen de relatos Toros de Piedra convocado por el Ayto de El Tiemblo (Ávila) con el titulado El hijo del vigilante. patrocinado por el Ministerio de Cultura con el titulado El viaje de la infamia. por nuestros locos bajitos. * 2007 finalista del Certamen Vallekas Calle del Libro con los ensayos Invitación a la lectura como antídoto a la telebasura y Va por ellos. Luis Mateo Díez. publicado en el libro El color humano son todos los colores (promovido por la Fundación de Derechos Civiles y el patrocinio del Ministerio de Igualdad). 257 .vallekascalledellibro. Interculturalidad y Convivencia ciudadana”. Interculturalidad y Convivencia Ciudadana convocado por CEPAIM. Lorenzo Silva.Grandes. * De 2003 a 2008 Jurado de lectores anónimos de la Editorial Espasa Calpe. Distinciones * 2011 ganador del Certamen de relatos Contagio promovido por Warner Productions. * 2008 primer finalista del I Concurso sobre Inmigración. publicados en la página http:/wwww. * 2011 finalista del X Concurso de cuentos José María Rubio convocado por el Ayto de Navacerrada (Madrid) con el titulado Desde la soledad publicado en el libro recopilatorio. Benjamín Prado. etc. * 2009 finalista del XIII Certamen literario Todos somos diferentes en la modalidad de cuento con el titulado Hágase la luz. de relatos cortos y poesías sobre “Inmigración. Manuel Vicent. y publicado por el citado Ministerio. Juan Muñoz Martín.org. Miembro de jurados * 2012 En el 4º Concurso de la Fundación CEPAIM (Consorcio de Entidades para la Acción Integral con Migrantes).

* 2006 finalista del I Concurso de Relatos breves Los sonidos de la SER promovido por la Cadena SER y la Escuela de Escritores.C. Carta a un maltratador en la modalidad de relato con el titulado Misiva para una bestia (promovido por el Área de Promoción de Igualdad y Empleo del Ayto de Madrid).991) 258 . * 2005 finalista del X Certamen literario Todos somos diferentes en la modalidad de relato breve con Al dictado de la conciencia de mi hijo publicado en el libro ya citado.).287. * 2005 finalista del X Certamen literario Todos somos diferentes en la modalidad de cuento con el titulado Con las ruedas pinchadas. Enrique Martín Zurdo (DNI 50. * 2005 finalista del VI Concurso de Relatos de Publicaciones Acumán (Toledo) con el relato Nunca supiste que te miraba publicado en el libro Cuánto Cuento. * 2004 ganador del Certamen de relatos Cumplimos años con el titulado Pasado y presente de un sueño canoísta publicado en la revista Aguaisol (promovido por el Real Canoe N. Fdo. * 2003 finalista del II Certamen literario Premios 25 de Noviembre. publicado en el libro Los nuestros son todos (promovido por la Fundación de Derechos Civiles con el patrocinio del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales).