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PASIÓN Y RIGOR DE UNA UTOPÍA*

LA NOSTALGIA Y EL CAMINO

El Valle de Sartenejas era un lugar lleno de luz, como siempre lo ha sido y lo será por
siempre. Pero creo que era más bello en aquel momento que ahora. Tal vez más bello
porque albergaba un sembradío de flores y hortalizas que le daba un colorido extraordinario
y su luz era aún más transparente. Había alrededor de 70 familias portuguesas que vivían y
trabajaban en aquella apartada comarca, cercada de montañas y neblinas, llena de silencio.

Sólo había una entrada: dos vetustas barras de hierro y una gruesa cadena que cerraba el
paso. De allí en adelante un camino de tierra y numerosas acequias que regaban los campos.
El día en que fui por primera vez había llovido. Iba en mi viejo Volkswagen,
acompañado por mi mujer, para ver dónde quedaba el sitio y cuánto tiempo duraba el viaje
que debería hacer diariamente, desde Los Dos Caminos, donde entonces vivíamos. Pero no
podíamos distinguirlo con claridad desde el angosto camino que descendía por El Placer.

*
Nota del Archivo E.M.V.: La presente versión corresponde a la última edición, publicada el año 2000, que fue
corregida por el propio autor y difiere de algunos aspectos, estilísticos o de contenido, en relación con las
precedentes.
El lector interesado puede advertir los cambios introducidos comparando con la edición del año 1989.
Tuvimos que esperar a que cesara la lluvia y se secara la tierra. Entonces, desde la fangosa
trocha por donde penetramos, divisamos la vieja casa colonial, en cuyo pórtico, como dos
centinelas, estaban los bellísimos y corpulentos laureles que aún permanecen frente al
Rectorado. Fue mi primer
encuentro con aquella casona,
apenas la mitad de la que hoy
existe, donde habría de dejar mis
pasos en los próximos diez años.
Había un solitario Guardia
Nacional cuidando el inmueble.
Como aún no había sido nombrado
oficialmente Rector, le pedí
permiso para visitar la casa. Se
hallaba en muy mal estado, a
pesar de unas apresuradas
reparaciones que le habían
hecho, de pésimo gusto y peor acabado. Algunas piedras que rodeaban la puerta de entrada
destilaban un líquido aceitoso, recién pintadas, no entiendo por qué ni para qué.
Adentro había todavía algunos viejos y desvencijados muebles de los antiguos
propietarios y una hermosa rueda de carreta en el jardín interior. En el hoy Salón Andrés
Bello, que al parecer era el comedor de la familia, estaba una larga mesa recubierta por un
vidrio astillado en sus bordes. De las paredes colgaban varias pieles de reses y del techo una
lámpara de madera, con forma de timón marino, que esparcía una luz mortecina.
En una terraza, atravesando el jardín, más allá de un estanque o piscina construido
con piedras, había una casita, destinada seguramente a la servidumbre. A unos diez o veinte
metros de la pared trasera de la casa principal –que aún existe pero sin una rústica puerta
que daba acceso al fondo– comenzaban las caballerizas. Eran establos con techos de zinc,
donde todavía permanecían algunos viejos jamelgos, enfermos y tristones, al parecer
abandonados. Las moscas, en cerrados enjambres, revoloteaban por todas partes.
Pero yo me enamoré de aquel valle desde que lo vi y me parecía maravillosa la
oportunidad que el destino me ofrecía de poder erigir allí una nueva Universidad para el
país. Hay que darle crédito, por la visión que tuvo, a quien haya escogido esas tierras para
un fin semejante. Aquel pequeño y transparente valle parecía creado para eso. Su luminoso
silencio convocaba al estudio. Yo pensé que la utopía con la que siempre había dialogado
comenzaba a tomar forma y a nutrirse de realidad tangible y hacedera. Aquella tarde
nacieron mis primeros sueños. Así lo dejé escrito en las páginas de un “Diario” que no me
desampara desde mi juventud. Creo no haberme equivocado.
Casi a la entrada de aquel pequeño valle de flores y hortalizas sobresalía un
semicírculo de columnas. Habían sido construidas para sostener las gradas de una plaza de
toros que los dueños de la hacienda pensaban instalar en ese sitio. La empresa, sin
embargo, fracasó... y los propietarios de las tierras (los Santaella, si no me equivoco)
tuvieron que venderlas por ese motivo, según me han dicho.
Este semicírculo de columnas,
sostenidas por costosas
fundaciones, lo aprovechamos
para hacer allí una de las
primeras construcciones de la
Universidad: la Casa del
Estudiante. Hoy pueden
reconocerse aquellas columnas,
así como el nostálgico recuerdo
de las gradas del circo, en la
forma semicircular de la
edificación.
La Universidad Simón Bolívar, ya dotada de su nuevo nombre, comenzó a funcionar
en la vieja casona. Había sólo entonces cinco cuartos y el salón del comedor. Allí nos
instalamos, mientras se refaccionaba la casita de Los Naranjos y se desmantelaban las
caballerizas. Pero estar allí y sesionar en la sala del comedor era una verdadera odisea. A
cada persona que entraba a las reuniones de la Comisión Organizadora, le entregaba su
correspondiente matamosca.
A veces, para espantarlas, utilizábamos ventiladores o insecticidas. Al fin, a medida
que las caballerizas se demolieron, se fueron alejando. ¡Menos mal!
En la casita de Los Naranjos, ya remodelada, se alojaron los profesores –en su
mayoría provenientes de la Universidad Central– con la tarea de planificar la nueva
Universidad... y soñar con el futuro. Los Naranjos era tan chiquita y había tantos
escritorios... que resultaba casi imposible caminar entre ellos. Para colmo, no pasaba día sin
que aparecieran culebras, no propiamente de las inocentes, sino cascabeles o mapanares, a
veces de tamaño descomunal, cuyas misteriosas formas de penetrar a las oficinas, burlando
todas las medidas de seguridad, resultaba un auténtico enigma. Un día, al abrir por la
mañana la puerta de aquellas improvisadas dependencias, dos secretarias hallaron sobre su
escritorio una cascabel, mientras otra zigzagueaba por el piso, buscando escondite. Sus
desesperados gritos nos avisaron que estaban a punto de desmayarse. Y así lo hicieron, en
brazos del Guardia Nacional, quien corrió a socorrerlas... sin poder evitar, no obstante, que
las enormes bichas huyeran y se perdieran entre las piedras del cercano estanque. Nada de
esto arredraba el ímpetu y pasión que encendían el trabajo de quienes allí nos habíamos
congregado alrededor de un hermoso sueño: construir una Universidad distinta, despojada
de vicios académicos, que fuese también orgullo y símbolo de un país distinto. La
Universidad del Futuro. Eran tiempos de esperanza y creación. Teníamos la certeza de estar
cumpliendo una misión, no impuesta o diseñada previamente, sino cuyas etapas y
finalidades debían brotar autónomamente desde el fondo de nosotros mismos.
LAS MEJORES ESPERANZAS

Yo diría que la Universidad Simón Bolívar fue una utopía compartida y una empresa
en común. Las circunstancias que se vivían en el momento en que fui designado Rector de
ella habían colocado a muchos profesores de la Universidad Central en una situación
semejante a la que yo confrontaba como investigador y docente de esa Casa de Estudios. Y
fue justamente a partir de esta coincidencia de intereses espirituales que un grupo muy
distinguido de profesores de la Central decidió acompañarme en los momentos
fundacionales de la Universidad Simón Bolívar. Ellos me conocían a través de la larga lucha
académica que había sostenido en mi propia Alma Mater.
Los sucesos que se vivieron en la UCV a lo largo de los años sesenta fueron muy
dramáticos, dolorosos y cruciales, para todos. La institución, transformada en un
instrumento de lucha política, se hallaba al borde de ser destruida, moral y
académicamente, por los factores imperantes. La violencia la devoraba desde adentro. La
pasión partidista obnubilaba a sus dirigentes. Se había creado una atmósfera irrespirable.
Las conductas y valores académicos no se respetaban. Quienes no compartían las consignas
y lemas que se agitaban contra la democracia eran víctimas de amenazas y continuos
vejámenes. De allí que la posibilidad de que naciera otra Universidad, que rescatara la
dignidad y excelencia perdidas, fuese saludada con júbilo.
Pues cuando el hombre se ve enfrentado a circunstancias adversas y no quiere
rendirse, si no es un cobarde o un cómodo, saca de lo más profundo de sí sus mejores
fuerzas, proyecta tenazmente sus radicales esperanzas y sueña con construir aquello que la
realidad pretende arrebatarle. Esta era la situación espiritual, humana y moral, que
aproximaba a todos aquellos que nos reunimos auroralmente en la Simón Bolívar. La
primera vez que aquel grupo de profesores se entrevistó conmigo en Sartenejas,
unánimemente me expresaron su voluntad de luchar para construir la Universidad que
entresoñábamos. Y realmente así lo hicimos. La actitud de este grupo de profesores fue para
mí no sólo estimulante, sino que en ellos encontré, sin excepciones, una colaboración
extraordinaria, sin la cual hubiera sido imposible –lo digo sin ningún propósito retórico–
fundar la USB.
Desde el primer momento aquella Universidad dio muestras de querer ser excelente,
de crear o rescatar lo que en Venezuela se había perdido: la dignidad académica, valga
decir, la moral universitaria, entendida ésta sin el menor asomo de dogmas ni pacaterías,
sino como aquel eje o sostén de la institución, indispensable en todo sentido, sin el cual
resulta imposible entender en ella la búsqueda de la verdad y el respeto ante el saber como
fundamentos energizadores del ethos de su comunidad.
Pero la creación de esta nueva Universidad representaba, ante todo, un rescate de la
esperanza. Porque Venezuela, en aquel momento, parecía haber perdido la fe en sus
instituciones de enseñanza... y el futuro de éstas lucía desolado y comprometido. La Simón
Bolívar, más que un simple reto académico, era un compromiso histórico. Y así lo
entendimos.

EL DÍA ANTERIOR

Ese año la Universidad tenía cuatro millones de bolívares como presupuesto. Era el
mes de junio y el Ministro Hernández Carabaño me dijo que debíamos comenzar las clases,
a más tardar, el próximo enero. Saqué mis cuentas y en el mes de agosto fui a hablar de
nuevo con el Ministro. Le expresé claramente que con cuatro millones no podía funcionar la
Universidad, ni menos construir las obras que se requerían para ello. Le exigí dos millones
de bolívares adicionales para edificar nuestro primer Pabellón. Si mal no recuerdo, este
primer Pabellón, que llamamos de
Estudios Generales, costó
aproximadamente un millón
doscientos mil bolívares. El resto lo
invertimos en mobiliario y en la
instalación de nuestro inicial
sistema de televisión interna, cuya
concepción y funcionamiento dieron
espléndidos frutos. Aquel Pabellón
fue diseñado por el arquitecto
Felipe Montemayor, quien también me ayudó a transformar las columnas circenses para
construir con ellas la que sería la Casa del Estudiante.
Comenzamos las obras en septiembre.
Yo tenía algunos amigos en el Ministerio de
Obras Públicas (creo que todavía se llamaba así)
y, entre ellos, especialmente, a su Director
General, Alonso Pérez Luciani.
Su apoyo fue decisivo para construir el
camino de entrada. Limpiamos asimismo el
terreno adyacente a la casa principal
(donde actualmente se halla la estatua
de Bolívar) y allí improvisamos un
estacionamiento.
Desde entonces comenzamos a confrontar problemas con los pisatarios... pues cada
trozo de terreno que limpiábamos significaba un pleito por sus flores y hortalizas. Un día
antes de la inauguración, es decir, el 18 de enero de 1970, todavía a las cuatro de la tarde,
a treinta metros del primer Pabellón de Estudios Generales, estaba un rancho del cual sus
residentes se negaban a salir. Hablé con ellos y traté de convencerlos con todos los
argumentos del mundo. No hubo forma de hacerlos entrar en razón. Ordené demoler el
rancho. ¿Pues cómo podían comenzar las clases al día siguiente con un espectáculo
semejante casi enfrente del Pabellón de Estudios Generales? Cuando los tractores
avanzaban, una señora portuguesa se echó al suelo, abrió los brazos en cruz y se dispuso a
morir. No fue necesario. Su propio esposo, con sabia aunque tardía prudencia, logró
convencerla a última hora.
Después que tumbamos el rancho aplanamos la tierra, limpiamos las malezas y
comenzamos a sembrar los primeros árboles de nuestro primer jardín. Cubría el trecho que
se extiende desde la pared posterior de la actual Casa del Rectorado hasta donde hoy se

encuentra aquel primer Pabellón. Este, a su vez, ocupaba exactamente el sitio donde antes
se hallaban las demolidas caballerizas. Terminamos de sembrar la grama y de instalar la
iluminación –mi esposa y todos mis hijos ayudaron aquel día– casi a las diez de la noche. Al
día siguiente, 19 de enero, a las 10 de la mañana, se inauguraría la Universidad Simón
Bolívar.
Lo hizo puntualmente el Presidente Caldera. Al acto asistió también el Cardenal
Quintero y, por supuesto, el Ministro de Educación y otros del Gabinete. Fue una ceremonia
muy sencilla y emotiva. El Presidente disertó sobriamente sobre el significado y la
importancia de aquel histórico momento. A las suyas, por mi parte, respondí con unas
breves palabras, escritas al filo de esa misma madrugada. Después del acto cayó un
verdadero palo de agua. El aguacero fue de tal magnitud que dos de los carros de los
ministros asistentes se atascaron y tuvimos que llamar una grúa para que los sacaran del
barro. Nuestro improvisado estacionamiento se hallaba convertido en un fangal espantoso.
Ese día no hubo clases. De todas maneras habíamos convocado a los estudiantes y
éstos asistieron llenos de entusiasmo. Después que los actos oficiales concluyeron y los
invitados se marcharon –era ya pleno mediodía y el sol brillaba nuevamente en todo su
esplendor– invité a un grupo de estudiantes para una excursión por los cerros que rodeaban
la Universidad. Salieron conmigo alrededor de 40... y nos perdimos en el monte. A duras
penas, sudorosos y extenuados, regresamos a las cuatro de la tarde.
Al día siguiente dicté mi Lección Inaugural y comenzaron formalmente las clases. No
había cafetín, no había comedor, no había transporte... aunque, desde el primer momento,

logramos que unos autobuses privados trajeran y llevaran a los estudiantes. Hacían el viaje
a las 7 y a las 4. Pero entonces, ¿dónde almorzarían los muchachos? Lo resolvimos
contratando el servicio de unos carritos de “perros calientes”. A los quince días se había
instalado el primer cafetín, a un lado de la actual Casa del Rectorado, donde se podía tomar
café con leche y comprar golosinas para merendar.

TIEMPO DE EMIGRAR

Eran exactamente los tiempos de la Renovación Universitaria. Una época terrible que
tuvo un cariz de violencia inusitada. No se respetaba a los profesores, ni como profesores, ni
como personas. Uno no hallaba a dónde acudir (ya que no encontraba ayuda de las
autoridades) para lograr el mínimo respeto que se requiere dentro de una academia. En
aquellas condiciones era imposible enseñar... y, aún más, lograr que los alumnos quisieran
aprender. No existía la disposición ni la actitud para ello. Un irracional afán destructivo
–seudo revolucionario y nihilista– bloqueaba la posibilidad de cualquier diálogo formativo.
Restituir las condiciones para que este diálogo existiera... era el propósito fundamental de
aquellos profesores de la Universidad Central que fueron a conversar conmigo en Sartenejas
a los pocos días de haberme encargado del Rectorado de la Universidad Simón Bolívar.
Si no recuerdo mal la cifra... fueron aproximadamente treinticinco o cuarenta –casi
todos provenientes de la Facultad de Ingeniería– los que iniciaron los cursos en 1970. Cada
uno de ellos hizo una labor extraordinaria –pionera, fundacional, renovadora– animada por
el convencimiento de haber encontrado la oportunidad de delinear una institución
universitaria con nuevos perfiles, nuevas orientaciones y nuevos métodos de enseñanza.
Todo dirigido hacia el logro de la excelencia.
La palabra excelencia era, por antonomasia, el norte de nuestras acciones. Debíamos
ser los mejores en cuanto al rigor y nivel de los conocimientos que habrían de impartirse.
Los mejores en lo que respecta también a nuestra actitud moral ante los estudiantes, ante el
país y ante nosotros mismos. De allí el esfuerzo y el rendimiento que nos exigíamos.
Sabíamos que estábamos construyendo algo nuevo y que Venezuela lo requería. A ello nos
entregamos sin fronteras. Allí no había horarios, ni existían tareas por compartimientos.
Todo el profesorado era un grupo homogéneo que comulgaba, lleno de una mística casi
religiosa, en las comunes labores de cimentar las bases de la institución. Así nació la
Universidad.
Yo me siento muy orgulloso de haber sido uno más entre ellos y haber logrado que
mi propio entusiasmo contagiara a otros. Esto no tiene nada de retórica, ni es falsa
modestia. Yo lo siento así, siempre dije que era así y me parece que resume la situación
objetiva de los momentos aurorales de la Universidad.
Cuando sentí que tenía entre mis manos la tarea de fundar una nueva institución –de
forjarla de acuerdo con mis propias ideas e incluso con mis propias manos– tuve también
clara conciencia de que comenzaba para mí una etapa decisiva de mi vida... en la que me
estaba jugando mi destino... y en la cual podía fracasar o lograr la máxima plenitud para
mis ideales. Yo había pensado siempre, desde que era un simple estudiante, en lo que era y
lo que debía ser la Universidad. Siendo ya profesor, en la propia Universidad Central, había
escrito varios ensayos sobre ello (recogidos, incluso, en un libro titulado “De la Universidad y
su Teoría”) dedicados a elucidar lo que era el enseñar y el aprender universitario: la
formación de los profesores, la enseñanza moral dentro de ella, los estudios generales, los
nuevos métodos que debían utilizarse para estimular la creatividad de los estudiantes.
Cuando me vi con la posibilidad de traducir todo esto a realidades tangibles, supe que
realmente comenzaba para mí una etapa definitiva y me entregué a ello con total pasión,
sabiendo que me estaba jugando el sentido mismo de mi existencia.
No sería justo conmigo mismo si no dijera que me entregué también a enseñar y a
dar lo mejor de mí en la Universidad Central, mi Alma Mater. Yo me gradué allí y, desde que
era estudiante, formé parte del Consejo de la Facultad de Filosofía y, más tarde, como
delegado estudiantil, del Consejo Universitario. Llegué a ser profesor titular de ella y, en mi
condición de tal, formé parte de la Comisión Universitaria que, en 1958, redactó la nueva
Ley de Universidades. De mi puño y letra salieron los artículos iniciales que definen la
esencia y las funciones primordiales de la institución universitaria en aquella Ley.
Pero una cosa es ser profesor y otra es tener la posibilidad de fundar, desde sus
cimientos, dándole sus directrices y su horizonte creador, una nueva institución cuya
expresa finalidad consistía en construir el futuro.

ORGULLO DE FUNDADORES

Eran días de fiesta, fervor y alegría. Los estudiantes eran verdaderamente


maravillosos. Las primeras promociones, como puede comprobarse hoy, resultaron
excelentes, gracias entre otras cosas al sistema de selección que se implantó por primera
vez en Venezuela. Traté de hacerles comprender que ellos eran los fundadores de una nueva
Universidad. Creo que logré trasmitirles esta vivencia... así como los deberes y actitudes que
de allí se desprendían. Fue naciendo entre ellos el orgullo de sentirse, al igual que nosotros,
forjadores de lo que el país exigía: la Universidad del Futuro.
Mas también, sobre sus conciencias, pesaban las críticas que les hacían sus
compañeros desde otras universidades. Les reclamaban el haberse sometido a un examen
de admisión, que por sus exigencias resultaba indudablemente selectivo, lo cual impedía el
libre acceso de todos a la enseñanza superior, promoviendo además un espíritu elitesco. La
Simón Bolívar, se oía decir constantemente, era una Universidad de “niños bien”, o la
preferida de los hijos de inmigrantes, cuando no el refugio de los “conformistas”, carentes
de visión y coraje para luchar contra el “sistema”. Yo me encargué personalmente –tanto en
asambleas donde reunía a todos los estudiantes, como a través de reiteradas declaraciones
de prensa– de ir enfrentando y desmontando todas y cada una de aquellas
interpretaciones... producto de falsos mitos, de interesadas conjuras, de ataques injustos y
desesperados, provenientes de quienes sabían que la Simón Bolívar era un serio desafío que
se le planteaba a la mediocridad, al fanatismo y a la inevitable decadencia que la adoración
de la violencia sembraba en otras instituciones.
Queríamos formar ciertamente una élite... pero no de origen social, económico,
racial, político ni religioso... sino una élite intelectual –una verdadera aristocracia del talento
y el espíritu– que fuese en el futuro la vanguardia dirigente del país... y cuya única génesis
debía radicar en la capacidad intelectual y moral de sus integrantes. Nuestra prédica, en tal
sentido, era reiterada y persistente... insistiendo siempre en precisar qué tipo de virtudes
debían cultivar los que tuvieran pretensiones de pertenecer a semejante vanguardia. La
batalla contra todo facilismo se imponía. Si a los profesores se les exigía su mejor esfuerzo
–rigor, nivel, claridad en la enseñanza– los estudiantes, por su parte, debían responder
rindiendo también un resultado que compensara lo que en ellos se invertía. La excelencia
exigía la excelencia en todos los órdenes y sin excepciones. Esto se entendió claramente... y
se impuso, como un eje espiritual insobornable, en la vida de la comunidad universitaria.
Vi y viví, con íntima satisfacción, el momento en que los estudiantes de la Simón
Bolívar comenzaron a ser dirigentes universitarios... y no me sorprendió lo distinto que eran,
en sus actuaciones y en sus ideas, con respecto a los de otras universidades. El propio
estudiantado de la Simón Bolívar decidió que la eventual dirigencia estudiantil se basara en
las credenciales académicas de los aspirantes y que sus delegados ante las diversas
instancias representativas de la Universidad... fuesen los mejores estudiantes. Ello desterró
la mediocridad... e hizo posible que la Universidad contase con una pléyade de notables
dirigentes estudiantiles en todos sus niveles. Cuando esos jóvenes llegaron al Consejo
Nacional de Universidades... fue para mí una alegría extraordinaria comprobar el desempeño
de ellos en aquel organismo, donde indudablemente sobresalían y causaban admiración
entre los presentes. Fueron varios los que pasaron por allí y todos resultaron brillantísimos.
Lo mismo sucedía con los representantes ante el Consejo Superior, el Directivo y el
Académico. Debo confesar que sentía una profunda admiración por ellos y los quería como
tal vez nunca sospecharon.
La Asociación de Profesores se fundó con ese mismo espíritu. Lo que nuestros
profesores exigían y reivindicaban no eran los simples beneficios económicos o gremiales,
sino la íntima certidumbre de contar con el respeto que merece la tarea de enseñar... en lo
que se halla implícito no sólo la más absoluta libertad de pensamiento y expresión, sino la
vigencia de una serie de normas legales que, evitando cualquier arbitrariedad o favoritismo,
asegure que el rendimiento docente e investigativo sea apreciado con la máxima
objetividad. Ello se logró desde el primer momento... mas, a la par, se implantó un sistema
de evaluación continua para estimar el rendimiento de cada uno de los profesores y su
eventual paso al escalafón o de un nivel a otro del mismo. Gracias a este mecanismo, con el
correr del tiempo, pudimos seleccionar y congregar en la Universidad a los mejores
profesores del país. A la enseñanza de ellos se añadía la de aquellos otros que venían
contratados del extranjero... así como el valioso apoyo de los estudiantes que, por sus
méritos, realizaban tareas como asistentes o instructores en algunas asignaturas.
Nuestro pequeño valle se pobló de música –casi desde el propio inicio de las clases–
al fundarse la Coral Universitaria Simón Bolívar bajo la amorosa dirección de Alberto Grau.
Su presencia en la Universidad obró el prodigio de abrirle a los jóvenes un cauce emocional
y artístico a través del cual ahondar y fortalecer su identidad con la nueva institución que
iban creando. Una madrugada, desde mi ventana en Los Dos Caminos, vi los cielos
incendiarse con los fuegos de la aurora. Se me ocurrió la letra de la “Canción del Nuevo
Mundo”... que le entregué a Grau con la ilusión de que ella sirviese para una breve cántiga
que apoyase y avivara aquel sentimiento que yo veía despuntar entre nuestros estudiantes.
Poco tiempo después, al acercarme una tarde al local donde ensayaban los muchachos, tuve
la indescriptible alegría de escuchar a lo lejos, por vez primera, los hermosos acordes de
aquella inspirada melodía que con el correr de los años se transformaría en nuestro himno.
Creo que Grau logró plasmar en ella lo que mis pobres versos no alcanzaban a transmitir: un
testimonio del genesíaco afán que embargaba el espíritu de quienes, día a día, dando lo
mejor de sí mismos, soñaban con la luz de un nuevo amanecer.

LIMPIAR PARA SEMBRAR

Yo tenía una serie de ideas en la mente. Pero no tenía en claro cómo instrumentarlas
y conferirles realidad. Sabía que se requería fundar una Universidad donde fuesen
respetados los valores académicos, no como instancias abstractas o formales, sino como
auténticos soportes de la vida de una comunidad creadora –no exenta, por ello mismo, de
tensiones y problemas– que quedasen encarnados en la praxis cotidiana. En muchos de mis
ensayos publicados, sobre todo después de estudiar en Alemania, había definido la
Universidad como la institución de la mejor ciencia y conciencia con que debía contar un
país. ¿Pero qué significaba esto en concreto? ¿Cómo transmutar en realidad, viva y
actuante, la primera y fundamental definición de la Ley de Universidades... donde aquella
institución queda esencialmente determinada como una comunidad de intereses espirituales
que reúne a profesores y estudiantes en la común búsqueda de la verdad y de los valores
trascendentales del hombre?
Estas, para mí, no eran palabras. Eran convicciones y requerimientos existenciales.
¿Pero qué perfiles humanos y convivenciales debía tener aquella “comunidad”? ¿Cuáles eran
los concretos “intereses espirituales” que debían reunir a los profesores y estudiantes en su
común y compartida búsqueda? ¿Cómo conferirle un sentido real a esta última? ¿Cuál era
esa “verdad” que debía ser buscada? ¿Y en qué consistían aquellos “valores trascendentales”
que se mencionaban en la definición? Ninguno de tales enunciados podía planteármelos
ahora en abstracto –como si fuesen simples filosofemas– sino teniendo por delante las
precisas y urgentes necesidades del país. Tenía que transformarme de pensador en
ingeniero, en hacedor de cosas y realidades, plasmando los conceptos e ideas en hechos
tangibles, efectivos, concretos y funcionales. No había espacio para la fantasía... aunque la
imaginación no debía abandonarme, so pena de sucumbir a la tentación de repetir modelos
anacrónicos o simples remedos de instituciones exóticas. Mi compromiso conmigo mismo era
crear una nueva Universidad que le permitiera a la educación superior de mi país salir del
marasmo y la postración donde se hallaba.
Mi actividad, hasta entonces, había sido enseñar filosofía. Pero no me habían
nombrado Rector para que formase filósofos. Venezuela reclamaba perentoriamente que se
fundara una institución donde pudieran recibir una formación científica y técnica, del más
alto nivel, los hombres que hacían falta para dirigir e impulsar las tareas de su desarrollo.
Había en el país, sobre todo, una carencia de ingenieros. ¿Pero qué ramas de la ingeniería
debíamos escoger para iniciar las actividades de la Universidad? ¿Nos concentraríamos
exclusivamente en ellas... o deberíamos también, paralela y coetáneamente, dejar
sembradas las semillas iniciales de las ciencias básicas para que, a partir de éstas, se
nutrieran y fortalecieran los quehaceres meramente técnicos?
Analizar, esclarecer, precisar todas esas interrogantes fue una labor ardua que debí
encarar teniendo por delante el reto de un tiempo limitadísimo y acuciante, donde a la vez
debía ocuparme de una multitud de tareas prácticas que no daban ni admitían tregua. Me
reuní con numerosas personalidades –empresarios, profesionales, gente con experiencia en
variadas ramas industriales– buscando orientación y consejo. Diariamente congregaba a los
profesores para dialogar con ellos sobre los distintos tópicos y problemas que el diseño y la
planificación de la nueva institución planteaban.
Teníamos por delante el “Reglamento de la Universidad de Caracas”... pero
semejante ordenamiento, desde el primer día, nos pareció obsoleto e inservible. Más que
ayudarnos... representaba una rémora o carga insoportable. Así, por ejemplo, los profesores
de la Universidad, según su texto, tenían que ser nombrados por el Ministro de Educación,
tal como si se tratara de maestros o profesores de secundaria. ¿Qué profesor universitario
podía admitir semejante condición? Lo primero que hice, cuando el Ministro me ofreció el
Rectorado, fue participarle que, si deseaba que yo aceptase el cargo, me eximiera de
atenerme y cumplir disposiciones legales como las mencionadas. En lugar de semejante
mecanismo –como le propuse– desde entonces se nombró una Comisión, integrada por
distinguidos miembros de la propia institución, cuya labor consistía en seleccionar los
profesores de la nueva Universidad... ateniéndose exclusivamente a sus credenciales y
méritos académicos. El Rector analizaba y refrendaba las propuestas de los nombramientos.
De aquella simple disposición, contenida en el Estatuto de la antigua Universidad de
Caracas, se habían originado vicios de toda especie, a los cuales tuvimos que enfrentar para
erradicarlos. Me encontré con que, al hacerme cargo del Rectorado, aún sin tener la
Universidad locales donde funcionar, se habían ya nombrado aproximadamente sesenta
“docentes” y/o “investigadores”. ¿Pero de dónde provenían los integrantes de aquel grupo?
Eran, salvo contadas excepciones, profesores de liceos del interior y de Caracas... que por
no hallar acomodo en otros sitios, o haber tenido algún conflicto en sus antiguos trabajos,
disfrutaban prácticamente de una remuneración gratuita. Casi ninguno de ellos tenía
credenciales suficientes para ser profesor universitario... y su rendimiento académico, hasta
entonces, resultaba absolutamente inescrutable.
Si la Simón Bolívar hubiera nacido con ese lastre... jamás hubiéramos tenido la
posibilidad de hacer una Universidad de excelencia. Al poco tiempo de haberme encargado
del Rectorado rescindí todos los contratos. Del grupo de profesores que encontré sólo admití
en la nueva Universidad a cinco o seis, que tenían en verdad credenciales indiscutiblemente
valiosas y quienes fueron, desde entonces, excelentes y entusiastas colaboradores en las
tareas que desempeñaron.
Como el ya reseñado, existían muchos otros vicios. Antes de que hubiese sido
designado Rector de la Universidad Simón Bolívar, una Comisión de muy alto nivel,
integrada por distinguidos profesores universitarios de diversas instituciones, había realizado
una evaluación de la Universidad de Caracas. Su informe final fue sumamente negativo y
desalentador. Por ello, al comprobar que tal informe era un diagnóstico que confirmaban los
hechos, debí enfrentar aquellas negativas realidades con toda decisión... y sin temblarme la
mano. O, como se dice en el lenguaje campesino, tuvimos que limpiar para sembrar.
Esa siembra no la hicimos improvisadamente, sino guiándonos por los principios que
previamente habíamos establecido como fundamentos de nuestra doctrina y concepción de
la Universidad. La Simón Bolívar se erigió desde ellos... transformados desde entonces, en
vivo contacto con la realidad, en sustentáculos orientadores de una praxis académica cuyos
frutos se hallan a la vista después de veinte años.