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Título: Contrato de seguro. Extensión de la cobertura, consignación en pago y dirección del proceso
judicial
Autor: Cuiñas Rodríguez, Manuel
Publicado en: LA LEY1997-B, 573
Cita Online: AR/DOC/12587/2001
Sumario: SUMARIO I. Consideraciones liminares. -- II. Extensión de la cobertura. -- III. Pago por
consignación. -- IV. Dirección del proceso judicial y consecuencias.
I. Consideraciones liminares

De la lectura del fallo objeto de este trabajo se advierte que la causa fuente primera de la controversia
llevada a sede judicial la constituyó un infortunio laboral que tuvo como víctima a un dependiente de la
Sociedad asegurada, en fecha 5-9-86, a resultas del cual se extinguió la vida del trabajador.

En tal tiempo estaba vigente en nuestro Derecho positivo la hoy derogada ley 9688 (Adla, 1889-1919, 949)
--y modificatorias-- de accidentes del trabajo y enfermedades profesionales.

Podrá parecer entonces que la cuestión debatida en el sub lite ha perdido actualidad dada la vigencia
normativa presente de la ley sobre riesgos del trabajo 24.557 (Adla, LV-E, 5865). Pero ello no es así.

Cierto es que antes, bajo la regulación de la ley 9688, los derechohabientes del trabajador fallecido tenían la
posibilidad de optar, en forma excluyente, por la vía del derecho común --civil en la especie--, en virtud de las
prescripciones contenidas en los arts. 7º, 8º y 17 del citado plexo normativo, enderezado ello a la obtención de
una reparación integral o jurídicamente plena, que fuese más amplia que las indemnizaciones tasadas a las que
se tenía derecho conforme al régimen especial de la referida ley. Esto último, claro está, en tanto se probasen los
presupuestos de la responsabilidad del empleador, entre ellos la imputabilidad a título subjetivo --culpa o dolo,
arg. art. 17, ley 9688-- u objetivo --conf. fallo plenario de la CNAT Nº 169, del 14/10/71, "in re": "Alegre,
Cornelio c. Manufactura Algodonera Argentina", publicado en La Ley, 144-380; también Meilij, Gustavo Raúl,
Comentarios a la Ley de Accidentes del Trabajo", p. 128 y sigtes., Ed. Ariel, Buenos Aires, 1979--. Pero esta
posibilidad reparatoria, que ahora no es excluyente sino concurrente, se ha reducido a su mínima expresión
merced a las prescripciones contenidas en el art. 39 de la ley 24.557 --sucedánea de la 24.028 (Adla, LI-D,
3914), que a su vez en su día había reemplazado a la 9688 y modificatorias--, en donde puede leerse que "1. Las
prestaciones de esta ley eximen a los empleadores de toda responsabilidad civil, frente a sus trabajadores y a los
derechohabientes de éstos, con la sola excepción de la derivada del art. 1072 del Cód. Civil. 2. En este caso, el
damnificado o sus derechohabientes podrán reclamar la reparación de los daños y perjuicios, de acuerdo a las
normas del Código Civil. 3. Sin perjuicio de la acción civil del párrafo anterior el damnificado tendrá derecho a
las prestaciones de esta ley a cargo de las ART o de los autoasegurados.

Así los tantos, en la actualidad sólo un hipotético delito civil del empleador, esto es un "acto ilícito ejecutado
a sabiendas y con intención de dañar" al dependiente en su persona o derechos --art. 1072, Cód. Civil--, doloso
en la especie por ello, sería habilitante para pretender acceder a la mentada reparación plena, más allá de la
obtención de las prestaciones propias del régimen especial establecido en la ley sobre riesgos del trabajo. Y en
tal caso por la necesaria conexión del derecho común y el derecho de seguros no habría cobertura convencional
válida, ni compañía de seguros que en el plano de la realidad la otorgase, de darse tal subjetivo proceder del
hipotético empleador --arg. arts. 18, 21, 502 y 507, Cód. Civil y 70, 114 y 158 de la ley 17.418 (Adla, XXVII-B,
1677), en adelante LS--; también por fallo plenario de la ex CNEsp. Civ. y Com. Nº 460, del 11/5/82, in re
"Mustafá c. Núñez, publicado en ED, 100-608-, La Ley, 1982-C, 323, lo que determinaría que la cuestión
resarcitoria en tal caso fuese ajena a cualquier entidad aseguradora y quedase planteada sólo entre los
damnificados --que en caso de muerte serán los derechohabientes-- y el supuesto malicioso empleador.

Si bien extenderme acerca de lo dispuesto en el art. 39 de la LRT excede el marco de este comentario, no
puedo dejar de señalar que estoy persuadido de la inconstitucionalidad de tal precepto legal en su conjunto, por
ser violatorio palmariamente, entre otros, del principio de igualdad y del derecho de propiedad, ambos de rango
constitucional -arg. arts. 14, 16, 17 y 75, inc. 22, Constitución Nacional; conf. también Castañola, Gabriela,
"Acción civil en la ley de riesgos del trabajo: evolución histórica en la legislación argentina", DT, Nº 10,
octubre de 1996, ps. 2342 y sigtes.

Pero si bien hogaño la regulación positiva ha variado sustancialmente, no debe dejar de advertirse que en
realidad un "Seguro de accidentes y enfermedades laborales" o, ahora, "Seguro sobre riesgos del trabajo", es
nada más y nada menos que una subespecie del "Seguro contra la responsabilidad civil" --comprensiva de la
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laboral en sentido estricto--, que a su vez es una rama de los "Seguros de daños patrimoniales" (conf. Halperín,
Isaac, "Seguros", Depalma, Buenos Aires 1970. p. 54 y sigtes.). Es que lo de "Seguros de daños patrimoniales"
debe ser entendido en el sentido de que el titular de determinado interés asegurable pretende anticipada y
previsoriamente neutralizar los menoscabos que su patrimonio pueda sufrir como consecuencia de pérdidas
directas --verbigracia, incendio de un inmueble, robo de determinado contenido, etc.-- o como efecto de
agresiones patrimoniales de terceros en virtud de ser el asegurado responsable de perjuicios padecidos por
aquellos --verbigracia, responsabilidad civil ante terceros derivada de la titularidad o uso de automotores,
responsabilidad por accidentes de dependientes laborales, etc.--, teniéndose por norte en tales casos la atención
del interés del asegurado en orden a dejarlo patrimonialmente indemne las eventuales pretensiones de
accionantes legitimados (conf. Broseta Pont, Manuel, "Manual de Derecho Mercantil", Tecnos, Madrid, 1991,
ps. 528 a 533). Y tal tipo de Seguros, tendientes a neutralizar el riesgo de ser obligado al abono de sumas
dinerarias en virtud de ser un sujeto de derecho civilmente responsable de daños que terceros han padecido en
virtud de un siniestro, sea que la causa generadora del mismo esté constituida por un cuasidelito, por
incumplimientos convencionales o por situaciones objetivas que hagan las veces de válidos factores de
atribución del deber de resarcir, aunque en ningún caso deriven de infortunios laborales, pueden dar origen a
cuestiones como las planteadas en autos, lo que torna a la doctrina judicial dimanante del decisorio en examen
plenamente extrapolable y eventualmente aplicable a una gran variedad de contratos de seguro contra la
responsabilidad civil, aunque no sea, se insiste, un infortunio laboral su causa primera, como sí lo es en el caso
que nos ocupa.

II. Extensión de la cobertura


Dentro de lo hipotético, podría imaginarse un seguro contra la responsabilidad civil sin tope cuantitativo
máximo en cuanto al eventual deber resarcitorio de la compañía aseguradora de que se trate, pero en el plano de
la realidad "es difícil concebir que existan aseguradores, que se avengan a celebrar seguros en condiciones tan
particulares como la de responsabilidad ilimitada, puesto que tropezarían con una dificultad inicial
prácticamente insalvable: calcular el monto de la prima, que necesariamente debe guardar una relación con el
límite máximo y la probabilidad que las estadísticas indiquen respecto a la realización del riesgo en un área
determinada. Cabe aquí señalar que algunos autores han expresado que el límite máximo es una noción ínsita al
seguro de responsabilidad, pues de lo contrario se llegaría a confundir el seguro con la fianza" (Roitman,
Horacio, "El seguro de la responsabilidad civil", Lerner, Buenos Aires, 1974, ps. 90/1). No obstante esto, el
ramo automotores ha excepcionado en su día estas consideraciones, en virtud de las resoluciones de la
Superintendencia de Seguros de la Nación de fechas 27/3/74 y 31/7/74, por las cuales se concibió sin límites
--esto es hasta lo debido por el asegurado al tercero damnificado-- el riesgo de responsabilidad civil frente a
terceros en el marco de vehículos automotores y/o remolcados, como frente a pasajeros transportados, siendo
ello acotado a partir del 1/5/88 por una posterior resolución de la misma autoridad de aplicación que autorizó a
los operadores el seguro cuantitativamente limitado en lo que hacía a terceros dañados por la utilización de
vehículos a motor (conf. Stiglitz y Stiglitz, "Seguro contra la responsabilidad civil", Abeledo-Perrot, Buenos
Aires, 1991, p. 543). Pero la regla en la actualidad es la fijación de un tope máximo de potencial cobertura, en
casi todos los ramos del seguro sobre el que se viene discurriendo, incluido el sector automotor.

En derecho de seguros, tratándose de seguros de daños patrimoniales, uno de los principios capitales es el
indemnizatorio, por el cual se tiende a que el asegurado quede libre o exento de daño por cuanto deba a un
tercero en su calidad de responsable civil del perjuicio hipotéticamente irrogado a éste --arg. arts. 61, 62, 63, 68,
109 y concs., LS--. Y para que el asegurado quede indemne es el asegurador quien lo libera oblando directa o
indirectamente al pretensor dañado lo debido por su asegurado en la medida de lo oportunamente contratado,
para el supuesto de que la cobertura tenga un límite máximo.

Cuando lo debido al tercero por el asegurado excede el límite máximo de cobertura, parte del monto
dinerario del resarcimiento deberá ser encajado por este último. En tal caso, si la entidad aseguradora sólo debe
oblar una parte de la cuantificación final de los daños, deberá soportar los gastos y costas en la misma
proporción --arg. art. 111, párr. segundo, LS--. Es que "la garantía del asegurador comprende: a) el pago de los
gastos y costas judiciales y extrajudiciales ..." --art. 110, LS--. Y no creo que so pretexto de convención en
contrario, en el sentido de excluir convencionalmente los gastos y costas como debidos eventualmente por el
asegurador, pueda soslayarse la imperatividad que denota la redacción del segundo párrafo del apart. a) del
mismo art. 110 de la LS, en donde puede leerse que "cuando el asegurador deposite en pago la suma asegurada
y el importe de los gastos y costas devengados hasta ese momento dejando al asegurado la dirección exclusiva
de la causa, se liberará de los gastos y costas que se devenguen posteriormente", lo que concordado con lo
prescripto en el segundo párrafo del ya referido art. 111 de la LS indica a las claras que el legislador tuvo en

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cuenta la situación de un posible límite de la cobertura comprometida por el asegurador, pese a lo cual entendió
que más allá de la suma total asegurada debía los gastos y costas devengados judicial y extrajudicialmente en
virtud del reclamo del tercero damnificado; la partícula conjuntiva "y" utilizada como nexo entre "suma
asegurada" e "importe de gastos y costas" en la última norma transcripta es harto reveladora al respecto.

Item más, ninguna relevancia tiene que hipotéticamente se acuerde lo contrario para la especie al momento
de celebrar el contrato de seguro, dado que lo dispuesto en el citado art. 110 de la LS sólo podría ser modificado
convencionalmente por las partes en tanto se favoreciese al asegurado, tal como se dispone imperativamente en
el art. 158 del mismo cuerpo normativo. Y fijar por hipótesis un tope máximo de cobertura excluyendo los
gastos y costas de origen judicial o extrajudicial sería claramente perjudicial y no beneficioso para el eventual
asegurado.

Focalizado lo anterior al caso convocante, las condiciones particulares en relación a los límites de la
cobertura fijada entre las partes establecían, tal como reproduce el magistrado ponente, que "el asegurador no
quedará obligado en ningún caso a abonar por todo concepto una suma mayor en pesos que el equivalente a un
mil salarios mensuales, mínimos vitales del trabajador soltero, vigentes al tiempo del accidente, por cada
dependiente muerto o lesionado ...", estipulación estéril ab initio dadas las consideraciones vertidas más arriba.

Quizá cayendo en la cuenta de ello es que el asegurador actuando propios actos ingresó a la causa que
tramitaba ante el Tribunal de Trabajo Nº 1 de Avellaneda Bonex Serie '82 por un valor de U$S 163.125 para que
fuese admisible el recurso de inaplicabilidad de la ley y doctrina legal interpuesto ante el máximo tribunal
provincial, mientras que el asegurado hizo lo propio por un importe de U$S 240.937, de lo que resulta que la
entidad aseguradora aportó un 40,37% del monto total, que seguramente no por casualidad es una proporción
muy próxima al 39,39% en que devino condenado a contribuir a todo nivel el asegurador conforme al veredicto
que viene siendo objeto de análisis. Y la suma depositada en títulos públicos por la compañía demandada luego
en sede comercial excedía ya notoriamente la suma pactada como de cobertura "por todo concepto" (Australes
93.000 al 5/9/86, fecha en que sobreviene la muerte del dependiente, que sólo actualizados conforme a los
parámetros del art. 276 de la LCT, sin adicionar interés alguno ni otros gastos o costas de ninguna naturaleza,
arrojarían al día 2/2/89 en que se efectúa el depósito de los valores la cantidad total equivalente de U$S
121.622,58), debiendo tenerse presente que si las partes hubiesen disentido en cuanto a este tópico --por lo de
"por todo concepto"--, y "siendo necesario interpretar la cláusula de un contrato, servirán para la interpretación
las bases siguientes: ............... 4. los hechos de los contrayentes, subsiguientes al contrato, que tengan relación
con lo que se discute, serán la mejor explicación de la intención de las partes al tiempo de celebrar el contrato.
.........." --art. 218, inc. 4º, Cód. de Comercio--, por lo que sólo cabría entender el giro "por todo concepto" --de
las condiciones particulares plasmadas en la póliza y ya transcriptas en parte-- como referido, en todo caso, a
todo tipo de daños patrimoniales y extrapatrimoniales que eventualmente fuesen probados y debiesen ser
resarcidos por el asegurado a un tercero, dada la conducta vinculante que asegurador y asegurado desarrollaron
en sede laboral.

Idénticas razones fácticas y jurídicas imponen que la cobertura se haga extensiva a los intereses debidos,
conforme a la sentencia recaída en el ámbito de competencia del Tribunal de Trabajo, desde el acaecimiento del
suceso dañoso, lo cual fue así también entendido por el preopinante en la alzada comercial. Además, tratándose
de coberturas de seguros, se ha decidido que "los intereses deben ser considerados como parte integrante de la
noción de gastos" --conf. CNCiv, sala C, 8/3/76, La Ley, 1976-D, 646; también doctrina judicial dimanante,
entre otros, de los decisorios publicados en La Ley, 1979-C,501; 1981-A,518; 1981-B,338; 1982-C,502;
1987-D,167; 1989-C, 193 y 1990-A,171-- y, en el caso que nos ocupa, la sentencia de la instancia laboral
confirmada por la Suprema Corte provincial, condenó al abono de capital, intereses y costas tanto al asegurado
como a la citada en garantía. Es que de no incluirse los intereses en el débito de la compañía aseguradora, a más
de la suma máxima comprometida en la cobertura debidamente actualizada, podría darse el caso de que la mora
o resistencia extrajudicial o judicial del asegurador en cuanto a la liberación pronta del asegurado mediante el
abono de lo debido perjudicase sólo al titular del interés asegurable, lo que configuraría una suerte de
prerrogativa potestativa vedada y privada de efectos en nuestro ordenamiento en virtud de la prescripción
contenida en el art. 542 del Cód. Civil (conf., en el sentido de que los intereses obedecen a la mora en el
cumplimiento del asegurador, Halperín, Isaac, "Seguros", Depalma, Buenos Aires, 1970, p. 385, nota 224) y
claramente contraria a una ejecución contractual de buena fe --arg. art. 1198, párr. primero, Cód. Civil--.

La corrección de la cantidad nominal del tope de la cobertura, merced a la actualización, verbigracia,


prevista en el art. 276 de la LCT en caso de deberse al damnificado en virtud de una antecedente relación de
trabajo --índice de precios al consumidor para la Capital Federal--, atiende al principio de indemnidad en favor

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del asegurado y a la preservación del equilibrio de las prestaciones comprometidas recíprocamente por las partes
en el contrato de seguro, dado que por hipótesis "el asegurado, al concluirse el contrato, afrontó el precio
(premio) que, ya sea de contado o financiado, guardaba por entonces congruencia sustancial o relación de
equivalencia, por el valor por el que quedaba indemne su patrimonio" (Stiglitz-Stiglitz, "Seguro contra la
responsabilidad civil", Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1991, p. 544) a ese entonces, por lo que se impone
corregir el importe fijado en su día para que se mantenga en iguales proporciones el sinalagma genético o de
celebración con el sinalagma funcional de la faz de ejecución contractual. Y también convergentemente aquí la
moratoria contumacia del asegurador dilatante de la liberación efectiva del asegurado respecto del tercero
perjudicado, junto con razones de estricta justicia conmutativa, habilitan para imponerle a aquél, como débito
implícito contractual, la actualización del límite de cobertura fijado en su día.

Pese a que no hace directamente al análisis que me he trazado como objetivo, no puedo silenciar el haber
advertido que el Tribunal de Trabajo que entendió en la causa judicial primera dispuso que la condena fuese
"solidaria" con relación a los litisconsortes, esto es empleador del dependiente fallecido y aseguradora. Y ello
no se ajusta a nuestro derecho positivo, habida cuenta de las prescripciones contenidas en los arts. 700 y 701 del
Cód. Civil, dado que la solidaridad sólo puede tener base legal o convencional. En consecuencia la condena
debería de haber sido "concurrente", imponiendo el deber de resarcir a los derechohabientes del fallecido en
forma indistinta, conexa o "solidaria imperfecta" en todo caso, opinión que asimismo tiene sobre el punto parte
de la doctrina científica más calificada en derecho de seguros (Stiglitz - Stiglitz, "Seguro contra la
responsabilidad civil", Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1991, ps. 578 y sigtes.; también Roitman, Horacio, "El
seguro de la responsabilidad civil", Lerner, Buenos Aires, 1974, pg. 144).
III. Pago por consignación

La causa de extinción por antonomasia de las obligaciones es ciertamente el pago. Por ello seguramente el
Codificador prefirió tratarla con antelación a las restantes, tal como se advierte de la lectura del art. 724 y sigtes.
del Cód. Civil. Y el pago consiste en "el cumplimiento de la prestación que hace al objeto de la obligación"
--art. 725, Cód. Civil--, y no alcanza entonces para pagar el cumplir con sólo parte de lo debido, en tanto ello no
esté habilitado convencional o legalmente.

Así, una de las características definitorias del pago es la integridad o completitud, dado que "cuando el acto
de la obligación no autorice los pagos parciales, no puede el deudor obligar al acreedor a que acepte en parte el
cumplimiento de la obligación" --art. 742, Cód. Civil--, y "si se debiese suma de dinero con intereses, el pago no
se estimará íntegro sino pagándose todos los intereses con el capital" --art. 744, Cód. Civil--.

Y si el acreedor tiene derecho a cobrar, echando mano, a falta de espontaneidad del sujeto pasivo del bipolo
obligacional, de la coacción y la coerción --arg. apartados 1, 2 y 3, primer párrafo, art. 505, Cód. Civil-- para
obtener, sea en especie o por equivalente, todo lo que le es debido, tratándose del deudor "el cumplimiento
exacto de la obligación le confiere el derecho de obtener la liberación correspondiente" --art. 505, segundo
párrafo, Cód. Civil--. Pero si el acreedor se opone a la recepción de lo que se le ha ofrecido pagar, el deudor
tiene el expediente de la consignación o depósito judicial de la suma que se debe --arg. arts. 756 y 757, inc.
primero, Cód. Civil--, enderezado ello a hacer efectivo su derecho a la liberación, en el caso forzada.

Es que "el llamado pago por consignación, no es en realidad más que un modo de realización coactiva del
interés del deudor en liberarse, dúplica de la ejecución forzada que constituye el medio coactivo de realización
del interés del acreedor en cobrar: el deudor, que dentro de la relación obligatoria tiene derecho a liberarse
mediante el cumplimiento exacto de su obligación ............. , puede recurrir a la justicia para hacer efectiva esa
atribución ..........." (Trigo Represas-Cazeaux, "Derecho de las Obligaciones", Librería Editora Platense, Buenos
Aires, 1975, tº 3, p. 203).

Ahora bien "la consignación no tendrá la fuerza de pago, sino concurriendo en cuanto a las personas, objeto,
modo y tiempo todos los requisitos sin los cuales el pago no puede ser válido" --art. 758, Cód. Civil--. Y ya se
evidenció que la completitud o integridad es uno de los requisitos que atienden al objeto de lo que debe pagarse
--arg. art. 742, Cód. Civil--, y que los intereses son inescindibles del capital en caso de deberse en orden al
cumplimiento efectivo del abono cierto de la totalidad adeudada --arg. art. 744, Cód. Civil--.

Pues con todo lo anterior presente no puede menos que concluirse que, conforme el juzgador ponente puso
sobradamente de manifiesto, el reconviniente faltó al principio de integridad al momento de efectuar el depósito
judicial del monto de cobertura que entendía como debido al asegurado, lo cual es causal suficiente de rechazo
de la contrademanda incoada. Y ya se destacó bastante en el anterior parágrafo que tanto los intereses como las

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costas deben adicionarse al límite máximo de la cobertura convencional debidamente actualizada; y "ofrecer"
pagar los intereses --como hizo la aseguradora consignante-- no es pagarlos, tal como se requiere expresamente
conforme al texto del art. 744 del Cód. Civil para que el abono se repute íntegro y la consignación sea tenida por
válida.

IV. Dirección del proceso judicial y consecuencias

Este solo tema amerita, en mi humilde opinión, toda una tesis focalizada la cuestión desde el costado del
análisis no sólo jurídico sino --y muy especialmente-- económico del derecho de seguros. Y pequeñas
variaciones en la plataforma de actuación fáctica producen grandes diferencias en cuanto a soluciones
normativas y consecuencias patrimoniales para las partes involucradas.

El punto de partida de este trabajo es el fallo de la Alzada comercial, no contándose entonces con algunos
datos de hecho de la causa laboral que contribuirían grandemente a permitir formarse opinión cabal respecto de
lo actuado por la aseguradora en el plano de la gestión de la litis. No obstante ello, lo volcado en el decisorio por
el magistrado ponente permite formular algunas precisiones.

Participo de la idea que la asunción de la dirección del proceso será un deber o un derecho para el
asegurador según resulte del análisis de las normas legales y convencionales aplicables al caso (conf.
Stiglitz-Stiglitz, "Seguro contra la responsabilidad civil", Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1991, ps. 242, sigtes.).
Así, en el convocante, parece claro que la dirección del proceso para el asegurador era una facultad discrecional
o derecho y no un deber, dado que las prescripciones contenidas en los arts. 110 y 111 de la LS posibilitan al
mismo optar por el ejercicio efectivo de la gestión de la litis y aún cesar en ello pese a haber conducido el
proceso ab initio o antecedemente, lo cual evidencia que no está imperativamente "obligado" a hacerse cargo de
pilotear la defensa judicial en caso de reclamo en tal sede de un tercero damnificado, no habiendo tampoco --al
menos no se refiere ello en el decisorio-- cláusula convencional alguna que le impusiese en la especie la
señalada actividad como un deber inexcusable.

Igual potestad, configurante de una "carga" --en el sentido de "imperativo del propio interés"--, tenía, pero
convencionalmente asignada, el asegurado, en virtud de lo acordado en parte de la cláusula 14ª de las
condiciones generales, por la cual se había estipulado que "cuando la demanda ........ exceda la suma asegurada,
el asegurado puede a su cargo, asumir su defensa con el profesional que designe al efecto" (sic). Y al no haber
actuado tal posibilidad de base contractual, en el plano fáctico ciertamente declinó tal prerrogativa en el
asegurador consintiendo la actuación exclusiva y excluyente del mismo comandando el proceso, hasta tanto éste
hizo abandono --malamente entiendo yo, conforme se relata en la ponencia de Alzada-- de tal facultad y en ese
entonces fue sustituido por el propio asegurado como gestor de la litis.

Es que durante la actuación procesal del asegurador no se exigía una expresión positiva del asegurado para
convalidarla --dada la base legal habilitante de aquella--, y tampoco hubo una tempestiva protesta o declaración
expresa en contrario de este último, dado que recién el 1/8/89 se le cursa la primera carta documento de
reproche al asegurador, esto es siete meses después de que ambas partes habían efectuado el depósito de títulos
públicos cuyos valores en conjunto superaban los U$S 400.000, en orden esto último a posibilitar la
admisibilidad del recurso que contra la sentencia del Tribunal del Trabajo se había incoado para tramitar ante la
Suprema Corte de Justicia de Buenos Aires. Y ello es indudablemente expresión tácita de la voluntad
aquiescente del asegurado en los términos del art. 918 del Cód. Civil.

Me parece importante puntualizar que la obligación del asegurador de mantener indemne al asegurado en la
medida contratada --art. 109, LS-- surge no desde que haya sentencia en sede judicial sino cuando menos desde
que el damnificado --en el caso los derechohabientes-- formula el reclamo --por hipótesis corriente-- a nivel
extrajudicial (conf. Cañón, Carlos L., "La dirección del proceso en el seguro de responsabilidad civil. El abuso
del derecho. Reflexiones sobre una sentencia", Revista de Derecho de Seguros, Ed. Librería Jurídica, La Plata,
Año 1, 1971, Nº 1, ps. 162/3). Es que en seguros de responsabilidad civil "el siniestro es el ataque mismo,
judicial o extrajudicial" (conf. Hémard, citado por Cañón en op. y loc. cit. ant.). Por ello es que no resulta
imperativo en modo alguno transitar por la tramitación de un proceso judicial y el dictado de una sentencia de
condena firme para poder imputar eventualmente responsabilidad convencional al asegurador por parte del
asegurado. Inclusive más, en la relación interna entre las partes del contrato de seguro, el derecho del asegurado
a ser mantenido indemne a nivel patrimonial surge, conforme a lo prescripto en el art. 109 de la LS, desde el
acaecimiento mismo del hecho dañoso, cronológicamente antecedente del requerimiento del tercero (conf.
Morandi, también citado por Cañón en op. y loc. cit. ant.). A partir de tal momento la responsabilidad latente del
asegurador comienza a hacerse patente.

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Es cierto que en los autos sobre los que se viene discurriendo no se probó que el asegurador haya rechazado
una transacción "aceptable" por parte de los actores en sede laboral. Pero también quedó claro que hubo
"pedidos de la actora" --sucesores del dependiente fallecido--, en virtud de lo expresado por el representante
legal de la aseguradora en ocasión de absolver posiciones, que fueron considerados por la compañía como
"excesivos". Y esos "pedidos" o propuestas transaccionales deberían de haber sido comunicados
fehacientemente, con precisiones cuantitativas, a la asegurada, dado que sólo una parte mínima de lo reclamado
estaba comprendido en el monto de la cobertura convencional, enderezado ello a que el titular del interés
asegurable cuyo patrimonio se veía potencialmente más comprometido se expidiese --también
fehacientemente-- en relación al tópico y, en caso de divergencias de opiniones, pudiese optar por desligarse de
responsabilidades patrimoniales ofreciendo poner la suma proporcional que le correspondiese conforme al
monto total pretendido por los reclamantes a disposición del asegurador, quien en caso de querer continuar con
el proceso judicial debería hacerse eventualmente cargo de la mayor cantidad que como consecuencia de esa
decisión hubiese que abonar en el devenir a los pretensores.

En casos como el analizado --de cobertura parcial-- siempre puede haber eventualmente contraposición de
intereses entre asegurador y asegurado, y "aquél debe obrar de buena fe y dar preferencia a los intereses del
asegurado, avisándole la existencia de ese conflicto de intereses para que tome las medidas necesarias ...... . El
asegurador se halla en libertad de litigar o transar; pero incurrirá en responsabilidad si rechaza una transacción
aceptable, o la rechaza sin una investigación adecuada acerca de la responsabilidad, o lo hace sin dar cuenta al
asegurado ............" (Halperín-Morandi, "Seguros" Ed., Depalma, Buenos Aires, 1986, ps. 482/3 y nota 381, en
donde se señala citándose a Auletta que la tentativa de disminuir el daño mismo por medio del juicio es en
interés exclusivo del asegurador --ante la disposición de transar del asegurado agregaría yo--; la bastardilla es
mía). Se entiende que el soporte normativo último de estas afirmaciones se encuentra en el primer párrafo del
art. 1198 del Cód. Civil, que impone a este principio cardinal de nuestro derecho positivo como ineludible en la
faz de ejecución contractual, hallándose asimismo latente --pese a su derogación-- en toda la trama regulatoria
de la teoría general del derecho contractual la anterior redacción del mismo artículo, esto es que "los contratos
obligan no sólo a lo que esté formalmente expresado en ellos, sino a todas las consecuencias que puedan
considerarse que hubiesen sido virtualmente comprendidas en ellos" (conf. Mosset Iturraspe, Jorge, "Contratos",
Ed. Ediar, Buenos Aires, 1992, p. 262).

Además, "cabe tener presente que el asegurador también responde cuando por su culpa --yo preferiría decir
cuando por ejercitar abusivamente su derecho a dirigir el proceso-- se 'prolongue' la litis con el consiguiente
retardo de la liquidación debida, por haber opuesto defensas sin fundamento o manifiestamente injustificadas, y
de ello ha resultado que el asegurado ha debido pagar una suma excedente del máximo de la póliza, o bien
superior a la que originariamente debía hacer frente" (Morandi, Juan Carlos Félix, "Consecuencias para el
asegurador derivadas de la dirección del proceso en el seguro de responsabilidad civil", Revista del Derecho
Comercial y de las Obligaciones, 1973-6-p. 106, con cita de Angeloni; el incidental es mío).

A título ilustrativo, y para evidenciar el costado disvalioso de algunas aventuras jurídicas de oposición en
términos económicos, más allá del transitorio provecho financiero que puedan reportar, adviértase que
actualizado el monto reclamado en sede laboral conforme a lo establecido en el art. 276 de la LCT y aplicados
los intereses conforme a las pautas que se fijaron en su día en la sentencia, al 17/3/87 --fecha de interposición de
la demanda por parte de los derechohabientes del trabajador fallecido-- se debería haber abonado un máximo
--promediando allanamiento sin transacción-- de U$S 244.956,84 y eventualmente costas, correspondiendo a
esa fecha la proporción de U$S 171.287,99 al asegurado, y U$S 73.668.85 --Australes 93.000 actualizados y
con idéntica aplicación de intereses que la suma total reclamada-- a la aseguradora. Al 2/2/89, fecha en que se
interpone el recurso que tramitaría, hasta el 3/7/90, ante la Suprema Corte de Justicia de Buenos Aires, debieron
depositarse por la asegurada U$S 240.937 y por la compañía aseguradora U$S 163.125, en valores de títulos
públicos. Finalmente la sociedad asegurada debió abonar, además, entre el 19/3/91 y el 22/8/91 una cifra
cercana a los U$S 450.000, y la entidad aseguradora fue condenada por el decisorio que viene siendo objeto de
comentario a oblarle a aquella la cantidad de U$S 173.331,85, más intereses y costas proporcionales a los
resultados obtenidos. La sola lectura de las cifras resultantes exime, en cuanto al resultado económico de la litis
sostenida, de mayores comentarios.

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SEGURO ~ PAGO POR CONSIGNACION ~ COBERTURA DEL SEGURO ~
RESPONSABILIDAD DEL ASEGURADOR ~ OBLIGACIONES DEL ASEGURADOR
Fallo comentado: Cámara Nacional de Apelaciones en lo Comercial, sala D (CNCom)(SalaD) ~ 1995/08/25 ~ Cattorini Hnos.
S.A. c. El Cabildo Cía. de seguros.

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