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MÁS LIVIANO QUE EL AIRE (de Federico Jeanmarie) por Leonardo Vascal

MÁS LIVIANO QUE EL AIRE

de Federico Jeanmarie

Alfaguara, 2009

por Leonardo Vascal

http://asesinostimidos.blogspot.com/2010/02/mas-liviano-que-el-aire-de-federico.html

Más liviano que el aire es una novela que puede ser leída bajo diferentes significantes. En
primer plano, está la historia de la anciana de 93 años que es abordada en la calle por un
adolescente y obligada a entrar a su casa con fines delictivos (de parte del adolescente) Una
vez adentro, la anciana se las arregla para encerrar al chico en el baño. Y en ese punto la trama
se saltea la realidad y entre en el campo de lo poco probable, dado que la anciana, en vez de
llamar a la policía, decide entablar una larga conversación, más bien monólogo, con el joven,
contándole la vida de su madre. La promesa de la anciana es que una vez que el chico oiga
toda la historia, ella lo liberará. Todo empieza un jueves, y termina un domingo. ¿Cómo? Eso
queda para sorpresa del lector, solamente decir que el ritmo que va tomando la novela lleva a
que las últimas páginas sean leídas con un creciente interés.

Pero dentro de esa historia se puede rastrear otra, más amarga aún, y más siniestra: la de la
historia nacional y el pasado y presente de la Argentina. Maestra soltera, la anciana bien
podría ser una representación de “la civilización” tal como la entendía (o muchos sostienen
que entendía) Sarmiento. Y el adolescente delincuente, con toda su carga de violencia y a la
vez desamparo, obviamente, representaría a “la barbarie”.

Esto expresaba al respecto su autor, Federico Jeanmarie, en una entrevista: “(…)ella es lo más
viejo que se puede ser y él, lo más joven. Y no hay diálogo. Mi manera de exhibir esa
incapacidad de diálogo es que la palabra del chico nunca aparece. Eso tiene que ver con que la
señora viene de la clase que ha tenido el poder en la Argentina y tiene el poder del
discurso.(…)”

Vale decir, entran en juego la incomunicación o la única comunicación posible que se puede
dar entre una clase y la otra (desde el punto de vista de la anciana, claro está), así como
también la señora deja caer algunas ideas que en un principio causan rechazo, pero que
pueden valedr la pena de ser debatidas, como por ejemplo: “(…)por que la libertad,
escúcheme bien hijo, esta completamente ligada a lapropiedad. Uno se siente libre cuando
posee. Cuando se hace finalmentepropietario de algún bien, espiritual o material, que llevaba
tiempo deseando con alguna intensidad.(…)”
En un tercer orden, encontramos la historia de la madre de la anciana, que además de reflejar
lo dicho anteriormente, es entretenida y también aborda el tema de la rebeldía de una mujer
en la época en que la mujer no podía ni debía rebelarse ante nada. Una mujer que, “más
liviana que el aire”, decide volar por su cuenta una avioneta (hay que tener en cuenta que son
los primeros albores de la aviación), sin importarle caer en el crimen o en perder su propia vida
para lograrlo.

Federico Jeanmarie, nacido en Baradero, es Licenciado en Letras y ejerció como profesor de la


UBA. Publicó más de 10 libros, entre ellos Desatando casi los nudos, Una virgen peronista, La
Patria, Mitre, Montevideo, Vida interior. Fue finalista del prestigiosos Premio Herralde de
Novela, obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas y también ganó el Premio Emecé.

http://blogs.elpais.com/juan_cruz/2009/10/m%C3%A1s-liviano-que-el-aire.html
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Más liviano que el aire


Por: Juan Cruz | 28 de octubre de 2009

Le pregunté a Federico Jeanmaire, el escritor argentino que ganó esta


noche el premio Clarín de novela, de dónde le vino la inspiración para el
personaje contundente, fortalecido por la historia y por la voluntad, sobre
el que construye Más liviano que el aire, el título que le ha dado este
honor. Y me dijo, en medio de los abrazos que le prodigaban sus amigos,
muchos de ellos lectores de algunos de los quince libros con los que
jalona sus 52 años:
--Mi madre. Habla mucho. Y está sola.
No dijo más, pero bastaba eso para entender el prodigio de aguantar
durante más de doscientas páginas una historia sobre la soledad y sobre
la violencia, a partir de lo que podría parecer una simple anécdota de la
violencia urbana. Me tocó el honor de compartir jurado en este concurso
que ya es tradición en la vida cultural porteña con José Saramago, el
premio Nobel, que intervino desde Lisboa, con Rosa Montero y con Pablo
de Santis, que estuvieron aquí, en Buenos Aires. Tenía razón Rosa
Montero cuando, al ponderar los valores de la novela, se refirió a esa
maldición que cae sobre los humanos, que simulando querer no quieren,
y que tantas veces quieren haciendo daño. Más liviano que el aire, título
que el autor ha tomado de un verso trunco de Juan Gelman, va sobre
esos asuntos de la maldad y la extrañeza ante la maldad; y de esa
extrañeza habló luego Federico, en una alocución que ponía los pelos de
punta porque era una denuncia casi susurrada sobre la maldad humana.
La fiesta del premio Clarín congrega a numeroso público, muchos
periodistas, escritores, artistas, gente notable de la vida porteña y
argentina. Y tiene un lado periodístico indudable; en ese incidió el
director de Clarin, Ricardo Kirschbaum, para reclamar de la política su
ambición de sosiego y de arbitraje, para conseguir una sociedad en la
que el diálogo fuera no sólo una aspiración sino una exigencia, y donde
la venganza sobre aquel que no comparte tus criterios no sea ni siquiera
una sombra ni una sospecha de sombra. En ese marco de homenaje al
periodismo tal como sentimos que se debe ejercer vino un homenaje
para muchos de nosotros entrañable, el que recibió a toda su trayectoria
Tomás Eloy Martínez, el autor de Santa Evita y La novela de Perón, y el
afortunado autor también de un libro memorable que yo les aconsejo sin
reservas, Lugar común la muerte, un conjunto de retratos que nos
enseñan a mirar a la gente --artistas, escritores, periodistas, gente con la
que él se ha ido encontrando-- con los ojos de uno de los mejores
periodistas contemporáneos. Por todo su trabajo de años recibió Tomás
Eloy el galardón; no pudo asistir, por razones de salud, de modo que no
pudo oír uno de los parlamentos más emotivos que he oído sobre un
premiado en los días de mi vida de asistente a actos. El que habló no
llegó a llorar, y pudo hacerlo. Lo hubiéramos entendido todos. Era otro
periodista, editor de Ñ, la revista cultural de Clarín, Ezequiel Martínez.
Uno de los hijos de Tomás Eloy, y su devoto discípulo.
http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/el-poder-del-amo-resena

5 de marzo de 2015, 15:29 • Ciudad Equis > Federico Jeanmaire

El poder del amo (reseña)


PorEugenia Almeida


En “Más liviano que el aire”, Federico Jeanmaire despliega un monólogo
desquiciado que pone en escena las diferencias sociales, los proyectos de
país, el poder, la incomunicación y la violencia.

Una puerta cerrada con llave. Del lado de adentro está Santi, un chico de 14
años que trató de robarle a una viejita y terminó encerrado en el baño. Del lado
de afuera esta Faila, la víctima inicial que ahora se ha convertido en victimario.
¿Cuánta violencia cabe esperar de este escenario?

La anciana ha traído una silla para sentarse cerca de la puerta. Tiene 93 años.
La soledad la ha desquiciado y por fin, inesperadamente, ha logrado lo que
quería: tener a alguien que la escuche. El que ese alguien esté ahí en contra
de su voluntad es un detalle menor, algo que ella intentará desdibujar una y
otra vez. Faila pretende contarle a su prisionero algunas cosas que nunca ha
compartido con nadie. Y le advierte que sólo va a liberarlo cuando haya
terminado de relatar su historia.

De a poco, quien parecía una víctima indefensa se convierte en un verdugo


implacable con tonos dulces que estremecen. Todo lo que oímos es la voz de
Faila, aunque puede sentirse la presencia de Santi en las huellas que deja en
lo que dice la vieja. Las respuestas, las réplicas, los silencios. Todo eso delata
la presencia de otro a quien no se le da la palabra.

Lo que Faila quiere contar es la historia de su madre, Delita, una señora de la “alta
sociedad porteña” que murió en circunstancias oscuras, en un aeródromo de Buenos
Aires.

Son cuatro días en los que Santi estará encerrado y Faila contará lo suyo
haciendo pausas para tomar té, dormir la siesta, desayunar, hacer las compras,
cocinar y ver el noticiero.

La construcción de Faila como “una viejita” se vuelve siniestra cuando con sus
frases amables (como al decir “hasta lueguito” antes de ir a prepararse una
sopa) invisibiliza el escenario de dominación que ha construido. Pero
rápidamente la violencia se hace explícita también en el discurso. Es posible
hacer un vocabulario de insultos recurriendo a algunas de las cosas que la
protagonista le dice a su prisionero: tarado, bandido, irrespetuoso,
desagradecido, delincuente, negrito de mierda, escoria, basura, porquería de
ser humano, sanguijuela, parásito, lacra humana, desastre, enfermo moral,
avivado, flojo, cobarde, maricón, quisquilloso, resentido, desfachatado, bruto,
estúpido, diablo y animal.

Faila es una ferviente militante de las concepciones binarias y maniqueas que


separan el mundo en “nosotros” y “ellos”. Se dedica con entusiasmo a
reproducir una maraña de lugares comunes sobre las supuestas diferencias de
valor entre los hombres y las mujeres, los rubios y los morochos, los ricos y los
pobres, los que toman té y los que toman mate, los civilizados y los bárbaros.
El personaje funciona casi como un manual de estilo de cierto proyecto de
país.

La anciana se considera una suerte de fuerza civilizatoria que pretende poner


orden en una vida de barbarie. Una tirana que sólo desea aplicar su pequeño
proyecto pedagógico, su acto de salvación. Y por supuesto, cree que Santi
debería agradecerle que ella lo esté “cuidando” y “educando”. Incluso llega a
decirle que está haciéndole un favor al tenerlo encerrado “adentro del bañito.”
Todas esas expresiones sirven para tapar lo que en realidad sucede: un
adolescente ha querido robarle, ella ha logrado atraparlo y, en lugar de llamar a
la policía, ha decidido secuestrarlo y obligarlo a fingir que disfruta estar ahí. Las
principales amenazas son que nunca va a salir o que no va a recibir comida.
Como un entrenador de perros, ella dosifica la comida para “recompensar” o
“castigar” cada una de las reacciones de su presa.

La historia será cada vez más oscura. Ambos personajes son el resultado de
cierto estado de cosas. La violencia del robo y la violencia del secuestro: un
chico y una vieja que no deberían haber entrado en la lotería de disputarse los
roles de víctima y victimario.

Con un final que es mejor no adelantar, Más liviano que el aire también habla
de las relaciones entre la mentira, la verdad, la ficción y los relatos que
construimos para explicarnos el mundo.

Federico Jeanmaire nació en Baradero en 1957. Antes de dedicarse totalmente


a la escritura trabajó como desgrabador de entrevistas, lechero, recolector en la
vendimia, vendedor ambulante y profesor.

Más liviano que el aire obtuvo el Premio Clarín en 2009. Según Pablo de
Santis, uno de los integrantes del jurado, la novela muestra “una puerta cerrada
como metáfora de un mundo cerrado, asfixiante. Un diálogo imposible que se
convierte en el monólogo alucinado de una vieja loca; como una Scherezade
de pesadilla, la narradora habla para no morir”.

La noche en que se le entregó el premio, el autor dijo: “A mí, lo que me interesa


es lo solos que vivimos todos y lo difícil que nos resulta comunicarnos, y que es
esa soledad la que termina por generar violencia”. De todo eso habla esta
novela que acaba de reeditarse.
Más liviano que el aire

Federico Jeanmaire

Edhasa

240 páginas

$ 150

https://labibliotecadecristina.blogspot.com/2009/12/mas-liviano-que-el-aire-la-
novela-de.htmlhttps://labibliotecadecristina.blogspot.com/2009/12/mas-liviano-
que-el-aire-la-novela-de.html
domingo, 13 de diciembre de 2009

Más liviano que el aire, la novela de Federico


Jeanmarie

Esta novela se lee de un tirón, con la fascinación de los textos bien escritos, originales,
redondos. Como dice García Márquez:“hay que agarrar por el cuello al lector”. Y Jeanmarie lo
logra.
La historia es asfixiante. Una vieja de 93 años tiene encerrado en el baño de su departamento
a un chico de 14 que le quiso robar. Los términos aquí se trastocan. La aparentemente frágil
anciana es la que tiene el poder y lo ejercita. Lo hace obligándole a escuchar la historia de su
madre, haciéndole recomendaciones de maestra ciruela, desplegando a través de su voz la
ideología de la clase dominante en la que se cruza el anatema sarmientino civilización/barbarie
y todos los clisés etnocéntricos que se escuchan en los medios.
El personaje del chico está construido a través de la voz del otro, pero las palabras de la
anciana le permiten al lector adivinar su desesperación, su bronca, se desamparo, sus deseos
de venganza.
Como lo señala Pablo de Santis, uno de los jurados que premió esta novela, (Premio Clarín
2009) la anciana es una especie de Sherazade perversa que encuentra en esa situación
anómala una forma de paliar su soledad y sus miserias. De alguna manera remite a otra
historia exasperante, Misery de Stephen King, novela que narra la misma relación víctima-
victimario, una lectora fanática que mantiene prisionero a un escritor del que ella es lectora.
En “Más liviano que el aire” la cuestión es más sutil, lo aparente cambia de signo, el victimario
se convierte en víctima y debe someterse a la locura de una anciana que dista mucho de ser
piadosa y comprensiva, por lo contrario, goza con ese poder que descubre. Ella es la que fija
las reglas, la que da de comer o no, y sobre todo, la que toma la voz.
La otra historia incluida, la de la madre, nos remonta a principios del siglo XX, y narra la
aventura de una osada mujer que llega al crimen y a la inmolación por el sólo placer de volar
en los comienzos de la aviación.
En una Argentina en la que vuelven a escucharse discursos que atrasan treinta años, como los
del flamante ministro de educación de Buenos Aires, Abel Posse, la protagonista de “Más
liviano que el aire” es un personaje que desnuda el racismo, la incomprensión y la crueldad de
una clase social aún hegemónica.

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