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Campesino y Nación

La construcción
de México y Perú poscoloniales

Florencia E. Mallon

CENTRODE INVESTIGACIONES
YESTUDIOS SUPERIORES EN
ANTROPOLOGIA SOCIAL

B IB LIO TECA
X do 5

historias
ciesas
0005.2129
7
Hegemonía comunal
y nacionalismos alternativos
Contingencias históricas y casos limitantes

n las cuatro décadas que separan la guerra entre M éxico y E stados

E U nidos (1846-1848) y el final de la G uerra del Pacífico (1 8 7 9 -1 8 8 4 ),


los habitantes de los pueblos rurales de Puebla, M orelos y Junin se
enfrentaran al reto de definir su propia participación en la construcción de una
política nacional. A unque los acontecim ientos y conflictos en las tres regiones
difirieron enorm em ente, en los tres casos los guerrilleros nacionalistas operaron
en contextos políticos análogos y complejos. N acidos de los procesos locales de
política hegem ónica com unal, y nutridos por éstos, sus m ovim ientos tam bién
fueron parte de luchas más amplias por centralizar el poder, marcadas p o r conflic­
tos entre diversas culturas políticas regionales.
Definidas com o com binaciones de creencias, prácticas y debates en to rn o a la
acumulación y al cuestionam iento del poder, estas culturas políticas regionales
establecieron los parám etros de las negociaciones y alianzas de clase y etn.a que
ayudaran a form ar el estado. Se constituyeran y reconstituyeran en luchas regio­
nal e históricam ente específicas sobre el control de los recursos y la población, y
sobre el significado de las acciones, acontecim ientos y relaciones sociales. Interna
m ente conflictivas y cam biantes, estas culturas políticas regionales fueron espacios
interm edios de alianza y práctica política, en donde la política^hegemónica de la
com unidad se entrem ezclaba con los discursos y las prácticas de otros grupos. A
cada uno de los com ponentes le afectaba la form a que tom aban los demas.
cuando las regiones se involucraron en la construcción de la polmca nac.onal est
proceso tam bién tuvo u n efecto recíproco sobre las mismas culturas regionales.
Para la segunda mitad del siglo XIX, la acumulación de debates, lealtades y
resentimientos en cada región sirvió de base para la construcción de la política
nacional. Los guerrilleros nacionalistas en Pucbla j u n í n yM orelos respondie­
ron a sus respectivas comunidades, pero también operaban en estas zonas más
amplias de alianza, en donde las nociones de justicia y definiciones de ciudada­
nía estaban siendo debatidas. Por tarito, dependiendo del contexto, las acciones
y d iscu rso s de los g u errilleros p o d ían o bien ser hegem ó n ico s, o con-
trahegcmónicos. En los pueblos -e n donde la decisión de participar en un conflicto
particular y de un determinado lado, se debatía y legitimaba de acuerdo con las
nociones locales de justicia, obligación comunal y reciprocidad- las prácticas
políticas y los discursos eran inherentes al consenso comunal y eran, por tanto,
hegemónicos. En el emergente nivel regional y nacional, cuando los guerrilleros
utilizaban los discursos y las prácticas comunitarios relativamente más incluyentes
c igualitarios para desafiar la acumulación de poder y las definiciones elitistas de
ciudadanía, su prácticas y discursos eran contrahegemónicos.
„En este-capítulo exploraré los límites del proceso por medio del cual los pueblos
rurales construyeron sus nacionalismos alternativos. M ostraré, por un lado, cóm o
el proceso de construcción fue flexible y contingente, com puesto por múltiples y
continuos conflictos por el poder a todos los niveles, tanto comunal o regional,
como nacional emergente. Cada ejemplo de nacionalismo alternativo fue regio­
nal y cülturalmc'nte distintivo, incluso cuando todos em ergieron a lo largo de
procesos' análogos. Pcrotam bién mostraré que no todos los pueblos rurales p u ­
dieron, a través de sus dinámicas y complejas interacciones políticas, construir
nacionalismos alternativos.
A quí el caso limitante de Cajamarca será crucial. A pesar de la activa participa­
ción de los campesinos y otros habitantes rurales en los movimientos de finales
del siglo XIX, ningún nacionalismo alternativo surgió en esta región. E n contras­
te con Cajamarca, las tres regiones de Morelos, Puebla y Junín poseían fuertes
tradiciones comunales. Incluso si fueron reconstruidas y modificadas de diversas
maneras, estas tradiciones proporcionaron un espacio relativamente autónom o
para el proceso de hegemonía local. Este espácio local, y las relaciones y discur­
sos a los que he estado llamando hegemonía comunal, dieron a los pueblos rurales
los recursos políticos y culturales para confrontar, modificar y participar más
autónomamente en los procesos “nacionales” y regionales de formación del es-
tado. Así, en los tres casos en donde la tradición comunal existía, surgió alguna
forma de nacionalisrrto alternativo durante la segunda m itad del siglo XIX* En
Cajamarca, que tenía una débil tradición comunal, esto no sucedió.

H egem onía com unal, culturas


políticas regionales y coaliciones nacionales:
M orelos, Junín y Puebla en perspectiva com parativa

Es casi imposible encontrar, en la historia comparativa, dos casos perfectam ente


paralelos. Generalmente, uno termina con un grupo de casos multidimcnsionales
cuyas diferencias desafian la fácil comparación. Pero la creatividad potencial y
los descubrim ientos más im portantes, residen precisam ente én esta dispareja
y dinámica com plejidad, mediante la comparación de ricos y diversos casos de
estudio. Esto es así, porque la falta de ajuste efi una com paración es nuestra
primera y más im portante pista de que existe una frontera o antagonism o más
grande entre los casos. Así pues, la disparidad, más que ser un defecto, nos ofrece
un punto de entrada hacia la riqueza y productividad analítica.
Pero aquí también hay que matizar un poco. Este tipo de com paración es
exitosa en relación directa con la honestidad de quien la realiza. Los tres casos de
Junín, M orelos y Puebla son diferentes no sólo por tener variaciones intrínsecas,
sino tam bién p o r los procesos de investigación .que seguí en cada caso y las
diferentes historiografías existentes para cada uno de ellos. A unque no pued o '
controlar totalmente el efecto de estos factores sobre la comparación, al exponerlos
puedo poner todas mis cartas de investigación sobre la mesa, perm itiendo al
lector jugar con la misma baraja que yo tengo a mi disposición.
Para el caso de Morelos, las condiciones y opciones de investigación me obli­
garon a confiar principalmente en la documentación existente en los archivos
nacionales, especialmente en los partes militares y gubernamentales. Pude com ­
plementar estos docum entos con algunos estudios antropológicos y con las histo- ■
> rias orales reproducidas por Sotclo Inclán, fiero el análisis sigue teniendo Un
sabor más “de fuera”, que tiende a favorecer la descripción de los eventos más
que un profundo análisis de percepciones. Además, la existencia de la Revolución
de 1910 y la cantidad de debates actuales sobre el papel de las masas en ella,
tienden a conectar mi narrativa a un relató “heroico” ya existente. Esta proble1
mítica surge especialmente en el casb'de Morelos,; porque el papel de los zápatistaS
en el conflicto de 1910 es ún-tem a grabado? en las frentes v tahto; de los niños
mexicanos que asisten a la escuela, com o de los historiadores mcxicanistas. Así,
conforme voy narrando conflictos y movimientos políticos populares del pasado,
tiendo a caer sin esfuerzo algunoren una form a ¿pica prefabricada, alabando la
constante lucha del cainpesinado ó e ívlorelps^ontra la oprcsión, misma que
necesariamente eulminariaen elzaparisrhó. Sólo he podido (y querido) corregir
parcialmente esta tendencia.1
En la sierra de Puebla, en contraste, pude realizar mucho-más trabajo de invcs¿
tigación en archivos municipales, e incluso algo de historia oral en Xochiapulco.
La carencia de una historiografía tan rica cóm e la de Morelos también me dio
más libertad en la narrativa* puesto que encontré menos trampas en el camino.
Además, el que me haya podido quedar más tiempo en la región, al combinarse con
una literatura antropológica particularm ente rica, d ic c o m o resultado1una base
de datos más detallada a partir de la que me sentí más cómoda al gencralizarsobre
percepciones, ideologías y relaciones comunitarias internas. Esta libertad se ve
reflejada en el espacio que he dado a este caso de estudio en mí trabajo.
Para el caso de Perú, quince años de investigación sobre la resistencia en la
sierra central, conducida por Nclson Manrique, yo, numerosos historiadores
regionales, y la Comisión Histórica Permanente del Ejército Peruano, han dado
por resultado una “visión interna” mucho más rica y detallada,'en la que una
variedad de versiones compiten entre sí. Aunque muchas de estas versiones tam ­
bién están.escritas con un estilo heroico, el confrontarlas entre sí para minar las
contradicciones y conflictos nos permite trascender con más éxito la narrativa
épica; lo anterior también es facilitado, bastante irónica y dolorosam ente, por la

1 A lgunos de los restos opio reproducen la heroica narrariva de la R evolución M exicana, y el papel
deí zapai ismo en el m isino, son Jesús S o tclo Inclán, Razón y vida de Zapata, 2 1' cd. (M úsico, C o m i­
sión fed eral de Electricidad, 1970); Jo h n W omack, Jr., Z apata and tbeM exican R n v lu tiu n (N ueva
York: K nopf, 1968); A rtu ro W arm a n ,... y venimos a contradecir: Los campesinos tic Morelos y ti estado
nacional (M éxico, D.K: C cn rro d c Investigaciones Superiores del INAH, Ediciones d e la Casa C hata,
1976); O astón García C an tó , Utopias mexicanas, 2a. cd. (M éxico, D.F.: F o n d o d e C ultura E conó­
mica, 1 9 8 6 ),pp. 1 6 5 -8 9 ,esp. 180-89, y Á iiriY j\i^ y t,T lse M e x ica n R ev a liitio n , 2 voló!(C am bridge-
y N ueva York: C am bridge University Press, 1986)i¡>í. v ju .r 'j'i, o : -gj
taita d e una transformación con bascpopular cic la política peruana; ¡que' incor­
porara 'con éxitó los movimientos sociales serranos. En México, la historia de la
formación del estado riación decimonónico es enmarcada por dos m om entos en
que las m asas rúcales ijugardn’papeles1significativos e n lo s movimientos» parh la
transformación;social:'-'las' guerras de indepéndencia y la‘Revolución dc< 1910.
En Perú,' los marcos ¡análogos son momento^ de Sufrimiento y represión : 'Túpac
A m áru y$endero Lúminoso.2' 1 1. r' • i- i ' ¡
- U n a vez establecidas estas diferencias, es posible c o m p ra r más honestam ente
el'surgim iento de nacionalismos alternativos en las tres regiones! La naturaleza
de estos discursos alternativos,'así com o la oportunidad y el proceso de su surgi­
miento, divergieron a'lo largo de tres ejes conceptuales: la forma y dinámica de
la polírica comunal; el carácter de las culturas políticas regionales existentes, y el
proceso por medio del cual cada región se insertó en una “cuestión nacional”
emergente. Para construir mi comparación me basaré en una narrativa cronoló­
gica, com enzando con una revisión de la historia anterior, pasando» luego al
mom ento y proceso de confrontación, para term inar con un análisis de los resulta­
dos de cada caso.» N o obstante, es im portante recordar que esta pcriodización es
una herramienta narrativa más que una característica natural o inevitable de los
datos empíricos.
Para cuando los pobladores de Morolos, Puebla y Junín se enfrentaron a la
construcción de la política nacional, las comunidades en las cuales vivían se habían
enfrentado a numerosos y diversos procesos de constiucción y reconstrucción.
En la sierra de Puebla; la historia precolonial, colonial y poseolonial había traído
consigo complejos y multifacéticos conflictos étnicos y espaciales. Amplios y
recalcitrantes enfrentamientos entre cabeceras y pueblos sujetos fueron una ma­
nifestación particularmente intensa de estos conflictos, enfatizando la flexibilidad
y contingencia de todas las fronteras comunitarias. En ral contexto, en donde las
diferencias de género, generación, riqueza e identidad étnica eran constante
y dinámicamente cuestionadas, las asambleas comunales servían com o espacios

2 Para u n análisis más co m p le to ,d e la literatura sobre la sierra central p eruana, vc:asc el capítulo 6.
Para un p u n to de vista c o m p arativ o m ás am p lio de la historia de am bos países, víase Florencia E.
M allon, “ Entre la u to p ía y la m arginalidad: c o r unidades indígenas y culturas polt'ticas.en M éxico
y los A ndes, 1 7 8 0 -1 9 9 0 ”, H istoria M exicana, Vol. X LII, n ú m . 2 (octubre-diciem bre,» 1 9 9 2 ), pp.
4 73 -9 3 . •'
cruciales en los que el consenso podía construirse a través del establecimiento de
alianzas y coaliciones hegemónicas en torno a los ancianos o los pasados, los
"'“buenos patriarcas” que representaban al pueblo (véase el capítulo 3).
También en Morelos, sabemos a partir de material antropológico y oral, que el
género, la generación, la etnicidad y la riqueza eran elementos centrales en la cons­
trucción y el cucstionamicnto de la hegemonía comunal. Com o lo registra Sotelo
ínclán, p o r ejemplo, una de las influencias importantes en la primera parte de la
vida de E m iliano Zapata fue su tío José María Zapata, un guerrillero durante
la Revolución Liberal y la Intervención Francesa. U no de los dichos favoritos del
viejo Zapata, de una lista que utilizaba para dar consejos a los jóvenes, era “Pa’ las
mujeres las faldas y pa’ los hombres las balas” .3 Esta clara distinción entre lo priva­
do y lo público encajabá perfectamente con las tradiciones más generales de los
gobiernos locales, que, de nuevo según Sotelo, implicaban que

C asi s ie m p r e se c o n s e rv ó , p o r tr a d ic ió n p a tria rc a l, a los m á s v ie jo s e n lo s c a rg o s


s u p e r io re s , y en los in fe rio re s a los p rin c ip ia n te s jó v e n e s; p e r o p u d o d a rs e el c asó
ile q u e u n jo v e n d e te m p le e sp e c ia l lleg ase a s e r el jefe. E s to n o q u ie re d e c ir q u e los
a n c ia n o s p e rd ie ra n su p re e m in e n c ia o a u to r id a d , p itts s u c o n s e jo s ie m p r e e ra o íd o , '
y re c ib ía n el tra ta m ie n to d e tíos o ta ta s .4

Las historias orales y las etnografías de Tcpoztlán enfatizan la división entre


lo público y lo privado, y la marginación de la mujer de la política y los conflictos
armados. Por ejemplo, en la historia oral de Pedro M artínez, recopilada por
Oscar Lewis, Martínez regresa repetidamente, durante toda su vida, a la separación
y contradicción entre familia y política, entre mujeres y niños y la vida pública de
los hombres. En el caso de la Revolución de 1910, su justificación para dejar el
ejército zapatista no se centra en el largo conflicto que tuvo con su oficial en jefe,
sino que en su tem or de que su esposa e hijos morirían de hambre sin él.

P o r e so d e j é el e je rc ito , p o r m i e sp o s a . ¡ C ó m o a m a b a a m i e s p o s a ! N o lo d e jé

p o rq u e tu v ie s e m ie d o d e pelear, s in o p o r m i e sp o s a , q u e te n ía q u e e n c o n t r a r c o m id a

3 Sotelo In c lín , Razón y vida de Zapata, pp. 4 2 0 -2 1 ; cita de la p. 42+.


* Ibid., p .5 0 1 .
para ella y.para los niños. Me dije a iní mismo, “No, mi familia es primero, y se
están muriendo de hambre. Así que ime voy!” Me di cuenta de que la situación no
tenía remedio y de que sería matado y ellos morirían. Especialmente porque mi
coronel me odiaba y me quería muerto.5

Pero más adelante, al discutir su participación en el proyecto de construcción


de un camino com unitario para ayudar a su pueblo, llega exactamente a la con­
clusión opuesta:

Durante toda la Cuaresma no gané un centavo para mi familia porque ayudé a


construir el camino. No me importó que mi esposa y los niños pudieran morirse
de hambre. iNi hablar!, yo estaba trabajando por mi pueblo, y para mí eso era lo
que contaba.6

Las distinciones étnicas y espaciales, a menudo traslapando y reforzándose entre


sí, también son evidentes en las etnografías dcTcpoztlán. De acuerdo con Lewis, la
gente se refería a “los habitantes de los barrios más pequeños y más pobres de San
Pedro, Los Reyes y San Sebastián, como indios.”7 Y en las memorias de M artínez
de la Revolución de 1910, las distinciones espaciales y étnicas también se traslapan
en su recuerdo de las tropas de Genovevo de la O, de la sierra de Huitzilac, en
donde implícitamente iguala la identidad indígena con una ferocidad especial.

Zapata y Genovevo de la O lograron que todos los que ahí se encontraban, se


levantaran en armas. Genovevo de la O tomó todo Ocuila y Chalma, todo el sec­
tor. Despertó a la gente, a todos los indios, los de cara fea de allá de las montañas.
Y atacó los trenes. No le tomó mucho tiempo estar bien armado. Fue el primero en
tener Mauscrs. Los hombres de Zapata sólo tenían rifles.8

5 O scar L ew is, Pedro M artínez: A M exican Peasant a n d H is Family (N ueva York: V intage Books,
1964 ), p. 102.
6 Ibid., p. 2 6 5 .
7' O scar L ew is, Life in a M exican Village: Tepoztldn Restudied (U rb a n a : U niversity o flllin o is Press,
1963 ), p. 5 3 (trad u cció n libre del original en inglés, de Lilyán de la Vega).
8 Lew is, P c d n M a rtín ez, p. 8 8 {traducción libre, Lilyán d e la Vega).
Tanto en Monüos como en Puebla, las jerarquías étnicas; de género y espaciales
ayudaban a organizar la vida loca!, y la hegemonía comunal se construía a lo largo
de líneas de género y de generación. Pero las dos regiones diferían en la forma
particular de combinar estos elementas comunes. En:Morclos;;en el tiempo de la
Revolución Liberal, las distinciones étnicas al interior y entre los pueblos, y las
luchas entre cabeceras y sujetos, estaban más fuertemente 'sumergidas en iun mápa
de conflictos que daba mayor importancia a la división entre pueblos^y haciendas.
Las divisiones internas emergían más frecuentemente alrededor de ln colaboración
con los hacendados o sus secuaces entre las autoridades locales, y menos sobre
asuntos como los ingresos, cargos religiosos, trabajos públicos u otras problemá­
ticas internas. Si bien la hegemonía comunal también estaba construida en torno a
la imagen del “buen patriarca”, ésta giraba en torno a un patriarca cuya principal
fuente de prestigio y confianza venía de su voluntad para confrontar a los explota­
dores de fuera. Mientras que los conflictos internos, riñas y faccionalismos seguían
existiendo, la principal obligación del patriarca era salvar a todo el pueblo de la
expropiación foránea. En contraste, aunque cu la sierra de Puebla las fuentes de
prestigio internas y externas eran .igualmente cruciales, para 1855 1a balanza se-
guía inclinándose hacia el interior dé las comunidades. - . >¡ I >i. "i
Ya hemos confirmado la existencia de dinámicas de género, étnicas, espaciales,
económicas y generacionales en el caso de Junín (véase el capítulo ó). En la sierra
central de Peni, las construcciones comunales favorecían tanto a lo “interno” como
a lo “externo”. Las comunidades en Jauja y Comas tendían a dibujar la línea étnica
o espacial más dilectamente alrededor de pueblos enteros o g ru p o sd e pueblos,
mientras que a lo largo de la ribera occidental del Mantaro, el conflicto écnico-
cspacial era un elemento importante del proceso de hegemonía-interna. Las co­
munidades de mayor tamaño estaban divididas entre waris y llacuaccs, aquellos
que ya no usaban ponchos y los que seguían haciéndolo. C om o en el caso de
México, la gente solucionaba los conflictos y reconstruía fa hegemonía en las asam­
bleas comunales. Así pues, en lo general, las tensiones internas y externas se resol­
vían en todos lados a través de la construcción del consenso com u n itario .; .a
En las tres regiones los procesos de hegemonía comunal condicionaban y
eran condicionados por la formación y transformación de la cultura política
regional. Tras la independencia de España, las tres zonas entraroq en u n períqdo
-■ ' 1 •-r ' . i : . 1 " . '■ , i i . r, \ Iy
détestancamiénco ecd n óm ico q u e FaVoreció 1» producción ca tn fíisló á y d esu b sisl
rendan Pero.ya <para- mediados'debsiglo' XIX,'las trfcs -regiónes riiolsfraban sig n o s
dd recuperación?y expansión,1Aunquedeí diferentes maneras;-ésta'recuperación
sigrrificóun reencuentro con la producción comercial y to n -lq s háee&dádos' tntef
rcáadjos'ien ifacár utilidades dc'los? nuevos1mereados.'- u «ti < zotuiziqm q ro l y u to
el •BnlM orclós¡(véaseiel capítulo 5 ), la fconstriiedón deunacsjltunúpólítiiá fede;
, ralistaTadlcal en ¡El? Súf, en tró eri conflicto con el extensivo poder'económ ico y
pólírico de uná clase terrateniente conscrvaddra ycentralistaJEspeiclalmente'dck-
poés de:1840, lás'rcnpvadas co rifroritadones portiertas,? agua' y' otros'rccu reos•
agudizaron las tensibnesfentrepueblosy haciendas. Estos conflictos'lntensifiCaron
las lealtadesde tos pueblos y caciques tadicalcs haciaun programa agrario e m a n d '
padbr,:y dieron nuévoisignificado a?la consigna conocida de “M uelan losgachu-
. pines”.E n una cada vez más polarizada situación política,los terratenientes y'sus
aliadosilcvantaron el espectro de la guerra1de castas para dividir a la alianza fede­
ralista opositora. Para L850, las divisiones étnicas ¿.espaciales existentes entre tos
pueblos de M orelos estaban claram ente subordinadas, en el interiorde la?culmra
pblíticaregional,ala confrontacióncorriúri con una poderosa clasererrafenferité.
/. I E n contrasteven la sierra de Puebla, las divisiones étnicas y espaciales al interior
yientrélás com unidades, combinadas con lós distintos patrones 'd e producción
córrtórciál,'comercializáción?y acumülación, generaron tres subregiones diferentes;
A'iqfdargO 'dc la'¡sierra.loecidentaj,?uriá élitc‘ d e terratenientes,»comerciantes y
empresarios basados cp H uaucüinangp, explotaron a los campcsinqs<que habita-,
banreo'munidades'indígenas'étnicam ente fragmentadas.'Pueblos vécinos?se e n '
frenraTori:entreoí eit.confliccos reairrentes sobre fierras,:y?ál ftptésc’n ta r ;a las
com unidades en estos ¡casos 'judiciales, (véase e lc a p ítu io '2 ); los'poderosos de
Huauchina'ngo establecieron Con ellas lazos verticales de clientelaje. Los pueblos
queiqueríaii resistirse a es.tas redes de dominación; tendierdn a aliarse?con los rivales
deH uauchinango en-HilancingO, ¡una ciudad tradicionalmente española y bonsef-
vadóra Cuya élite competía? por los mercados de'las Vecinas minas de/Pachuca.¡:A
lOilatgódelasierraOrientalyen contraste,¡laslíncas de'conflictorcndietoha dibujarsé
alrededor d e los'rriercados; D esde el'pérfodo colonial, la-élitc crioJla?blan¿adc la
cáBecéba-'de Z acapoaxda^habíácohtrolado -el intrincado- sistema] do mercados
indígenas tjíibbonectaba: lós divcrsóá pueblos nahiias d e ; la ir e g ió n P e r o p a r a
lr.oneioo t r n o l d * m i nf.',juri'J?v:ri ¡->
. iir.rru m
>L <>'¡uij.; ovjur:
los años de 1840, las crecientes oportunidades comerciales en el intercambio
con Veracruz habían alentado a los comerciantes indígenas a buscar contactos
comerciales independientes. Intentos de expandir la producción azucarera en las
pocas grandes propiedades de la zona, tam bién condujeron a una confrontación
entre los propietarios y los trabajadores residentes de las haciendas de Xochiapulco
y La Manzanilla, que serían transformadas en el centro de rebelión rural de la
región entera. En la zona central de la sierra, la actividad comercial y minera
alentó un estilo político más igualitario, con formas indirectas de explotación
étnica. Pero al interior del distrito de Tetela, varios pueblos sujetos eran
'étnicam ente totonacos y se resistían constantem ente a la extracción más directa
de ingresos y fuerza de trabajo, por parte de su cabecera mestiza y nahua.
Como en el caso de la sierra de Puebla y en contraste con Morelos, los pueblos
e n la sierra central de Perú no estaban unidos ni por una amenaza terrateniente
concertada y poderosa, ni por una coalición radical alternativa del tipo que Juan
Alvarez ofreció a los pueblos de El Sur. La cultura-política regional, por tanto, se
construyó más i'ragmcntadamente, con diversas subregiones coexistiendo unas
al lado de otras (véase el capítulo 6), El legado del poder huanca había ayudado
a reconstruir los conflictos étnico-espaciales al interior de las comunidades de la
margen derecha del M antaro, facilitando tam bién la extensa acumulación de
tierras por parte de los descendientes de la élite huanca. Para los años de 1840,
estas propiedades de mayor tamaño habían pasado a las manos de u n nuevo
grupo de empresarios criollos, cambiando el equilibrio de poderes en esta región,
pero sin unificar a todos los pueblos en su contra. M uy por el contrario: durante
los años de 1870 algunas de las comunidades de la puna, interesadas en indepen­
dizarse de sus cabeceras ribereñas, se aliaron ocasionalmente con los nuevos
hacendados. En contraste, en Jauja, la región norteña del M antaro, los lazos de
clientelaje aseguraron el m antenimiento de una coalición entre los comerciantes
de pueblo y las élites urbanas que diluyó con relativo éxito las tensiones y contra­
dicciones. Y en la región de Comas los conflictos con los terratenientes locales y
las comunidades ribereñas se mantuvieron a raya en el período anterior a la gue­
rra, debido a que la separación física del distrito de Comas del M antaro, parecía'
alentar la dispersión de tensiones con los tenedores del poder en el valle. N o
obstante, es importante enfatizar que en Comas y el occidente del M antaro, u n
nuevo grupo de terratenientes innovadores sí presentaban un problema potencial
para los pueblos, de muchas maneras paralelo a los conflictos eri Morelos y en las
haciendas de Xochiapulco y La Manzanilla de Puebla.
Cada una de estas diversas culturas políticas regionales se enfrentó, entre 1855
y 1881, al desafío de la “cuestión nacional”, cuando p or primera vez las coaliciones
más amplias para la construcción de la política nacional se hicieron tanto necesarias
com o posibles. En México, este reto ñivo lugar en los años entre la Guerra con
Estados U nidos y la Intervención Francesa (1846-1867); en Perú, el desafío fue
representado por la Guerra del Pacífico (1879-1884). E n Puebla y M orelos, las
prim eras co n d icio n es de p articip a ció n en una co alició n n acional eran
sorprendentem ente similares. Xochiapulco y La Manzanilla, así com o una buena
proporción de los pueblos de los distritos de Cuernavaca y M orelos, se aliaron
con Juan Alvarez a cambio de promesas de tierra y autonomía municipal. En con­
traste, en la sierra central de Perú, Andrés Cdccres organizó una resistencia guerri­
llera con un modelo multiclasista y muitiétnico, pero sus aliados eran montoneras
de los 'pueblos subordinadas a notables locales y com erciantes, que a su vez
estaban subordinados al alto m ando cacerista. A largo plazo, sin embargo, la
efectividad yel dinamismo militares les daría atodas las fuerzas rurales irregulares,
una autonom ía y radicalismo que no habían sido previstos originalm ente por los
líderes nacionales que se habían aliado con ellas.
En M orelos, la respuesta de las comunidades ante la “cuestión nacional” fue
rápida y sutil, en parte debido a la larga historia de culturas políticas alternativas
y proyectos agrarios radicales en la región. Para principios de la década de 1850,
los pueblos habían elaborado un discurso liberal radical y complejo; que continuó
expandiéndose y evolucionando hasta 1856. Este alto grado d e complejidad, al
com binarse con la importancia militar de las fuerzas de la'guardia nacional de la
zona, dieron a los pobladores de M orelos una influencia significativa al interior
de la coalición alvarista. La importante influencia de Morelos forzó a los estatistas
liberales a enfrentarse desde muy tem prano a ^contradicción entre su necesidad
de expandir sus alianzas a nivel nacional, y su obligación d e tomar, en serio la
problemática local y regional de justicia social. Para 1856, ya habían resuelto
este dilema reprim iendo a las guardias nacionales.
L os acontecim ientos se movieron con más lentitud en Puebla. Fue .sólo hasta
la guerra civil liberal-conservadora (1858-1861),-que las contradicciones entre
el liberalismo m oderado y el radical -construidos étnica y espacialmente com o
llanura (habitantes blancos de las tierras bajas),y montaña, (mestizp$;/í.,ipdígeri;^
de la región serrana)-, comenzaron a.emcrgcr.P.ero incluso en este caso* se íssolvió
d problema mediante el conflicto entre facciones,liberales locales,-La negociación
entre los pueblos y casorios i^c. Tétela; iXpchiapulcpy, los sujetos,totonacos de
Tercia, trajo com o resultado. Ja emergencia de un nupyp liberalismo* ca.difub,EsH
coalición liberal radical, aún no,cocada p o r,la represión naciooalyjfÚP,^ aliado
más confiable y militarmente dm éoúco.aáolargo de la JptcrvencióniFrancesa y
el Segundo Imperio. En sus discursos* los pueblos pertenecientes jalSiatéanzade
Xochiapulco y Tétela usaron sus ,tradiciones...comunitarias?.parji .ejcp.andie
creativamente las fronteras de Jas fonnas m ís modcradas.de liberalismo,(Las,con­
tradicciones que scdicron en Morelos en 1856 , vplyerían:a surgir en Puebla sólo
durante la República Restaurada, ( 186771872) . , . u.vlÁ m i;' :»>■>
En este contexto, Junín.tiene más en común, con.Puebla que con1MoreloSi
Aunque los procesos de transform acióm política fuerDn diferentcs,en:Comas,y
la margen derecha del M antara, Cn general.la. alianza, con el ejercitojcaccrista-sc
mantuvo firm e durante la ocupación chilena.; La alianza duró, en pártc,-por; la
presencia esporádica del ejércitQ¡ regular, cacerista -fia-, el Valle.de MaqtRro,i lo que
dio a lasJ montoneras, bastante autonomía de facto. Sólo,con la.partida de los
chilenos y ei comienzo de la guerra civil interna, es.que la cuestión de la;autonomia
y el radicalismo de los guerrillerosújuntp, con su, legitimidad comp>5.oJdados y
ciudadanos, serían puestos sobre el tapete, Gomo en el caso.de la sicnfttdcJfrebla,
la contradicción entre el poder nacional y la justicia social regional emergería en
Junín solamente al term inar Ja guerra, internacional.:,Cuando esto ;9,<jqrrió,>;l.a
enorme diversidad de los discursos nacionales altcmarivos,.'abarcaría,desde. la,va;
ríante jaujina no combativa y clicnteUq.hasta la.conccpmalización dejpn “estado
federal” radical, hecha por una facción dc,,los.cornásinos y su consejerpi/adical
foráneo Osambcla. En .medio estaría-la manipulación, crean va.dejL8Ímes;4eI
rínial ¿m ico y del simbolismo Inca. ■ . ; u:-.: .> .. idil
En las tres regiones, la importancia de las contribuciones, militares,[políticas,.y
culturales de los habitantes,-.obligaron, ailosjUderesmacionales, a considerar,jal
menos parte de sus demandas. Es, este.hecho. general lo que, ayudan explicarlos
intentos hechos por poiíticoi/Tamdiyecspsr.como Juárez, ¿Maximiliano*. JMaz y
Cáceres, de construir coaliciones; y articular discursos que.ineluyeaAíMmapófqión
de los movimientos sociales .rurales que los apoyaron. Estos divcrsq?ripgpntps de
hcgemonizar fueron, no obstante, sólo parcialmente exitosos: Maximiliano m an­
tuvo su legitimidad en M prelos tal vez un año; Cáceres fue claramente exitoso
sólo en Jauja y tal vez en la margen derecha del M antaro, y Díaz m antuvo su ‘
influencia en M orclos y Puebla por quizás una década. En última instancia, todos
los gobiernos de reconstrucción nacional enfrentaron la necesidad de reprimir a
algunos de sus antiguos aliados. Y en los tres casos, la represión fue conceptua-
lizada y legitimada a través de discursos racistas que transformaban en “otros” al
campesinado indígena.
Una im portante conclusión general, p or tanto, es que las imágenes del campe­
sino retrógrada y aislado que se volvieron tan comunes en Morclos, Puebla y
Junín durante finales del siglo XIX y principios del XX, fueron parcialm ente
(rc)creadas en estos primeros períodos de represión. La imagen de Emiliano Zapata
como un bandido indígena, sanguinario, en contra de la cual Jesús Sotelo Inclán
escribió con tanta efectividad, ya había sido ensayada primero en sus ancestros.
La representación del poblador nahua o totonaco pasivo c ignorante, dispuesto a
servir al cacique de turno, representación que, a pesar de ser cuestionada en la déca­
da de 1970 por los etnógrafos radicales de la sierra de Puebla sigue encontrándose
hasta la fecha en algunas historias de la zona, fue parcialmente formulada com o una
justificación para la represión de los movimientos liberales radicales.
Y la imagen de la puna indígena del M antaro com o región salvaje y atávica,
reforzada en años recientes por el surgim iento de Sendero Luminoso, sufrió una
de sus tantas reconstrucciones durante la represión de Laimes y los comasinos.
Esta transformación en “otro”, por supuesto, no es exclusiva de las regiones
estudiadas: tiene una larga historia que puede remitirse por lo m enos hasta los
principios del colonialismo.9 Dada la increíble fuerza y longevidad de esta ten-

9 Sotelo In c lín , R a zó n y vida de Zapata, y W om ack, Zapata a n d th c M c x ita n Rerolution. En relación


con la Sierra d e P uebla, véase Luisa Pare, “In tc(eth n ic and Class R elations (Sierra N o rte R egión,
State o f Pu eb la)", en Race a n d Class in Post-Colonial Society: A Study o f Etbnic Group Relations in the
Englisb-Spcahing Caribbcan, Bolivia, Chile, a n d M éxico (París: U N E S C O , 1977), pp . 3 7 7 -4 2 0 . U n a
historia étnica reciente de una co m u n id ad d e las tierras altas en la sierra central de Perú es G avin
Sm ith, Livclibood a n d Resistance: Peasants a n d the Politics o f L a n d in Perú (Bcrkelcy: U niversity o f
C alifornia Press, 19 8 9 ). U n estu d io o riginal y e stim u lan te del proceso de co n stru ir al “o tro ” co m o
elem ento cen tral del discurso colonial es E dw ard Said, Orientalism (N ueva York: V in tag e B ooks,
1979). Véase ta m b ié n K um kum S angari y S udesh Vaid, (ed s.), Recastinjj Wdtmcn: Essays in In d ia n
Colonial History (N e w Brunsw ick: R utgers U n iv ersity Press, 1990).
dcncu, tal vez no sea muy repetitivo señalar una vez más la creatividad, el dina­
mismo, la complejidad y la diversidad de los discursos nacionalistas alternativos
formulados en estas regiones durante la segunda m itad del siglo XIX. A pesar de
que todos se centraron en torno a demandas de ciudadanía, participación y au­
tonomía política, y justicia social y económica, cada uno tuvo su propio ritmo y
dinámica. Aunque todos fueron formulados en diálogo con las “cuestiones na­
cionales” emergentes, cada uno se construyó sobre las tradiciones de alianza y
hegemonía comunal existentes en su propia cultura política regional. Finalmente,
aunque todos llegaron a un punto de contradicción entre las demandas de justicia
social y la unificación de una coalición nacional en proccso, cada movimiento lo
hizo de forma distinta y a su propio paso.
Sólo al resaltar esta profunda diversidad dentro de las semejanzas más genera­
les se hace posible entender cómo, en M orelos y en Puebla, el mismo discurso
general sobre familia y mortalidad emergió.cn dos distintos pueblos en el transcur­
so ele tres años, pero con significados exactamente opuestos. EnTepoztlán, cuando
los representantes locales solicitaron al gobierno imperial el regreso de sus tierras
en 1865, explicaron que durante la Revolución Liberal “el padre es arrebatado
violentamente del lado de sus hijos, y el hijo del de sus padres: el esposo del seno
conyugal y los hermanos y los amigos unos á otros”. Tres años mas tarde, en
1868, cuando justificaron sü com portam iento ante el gobierno federal, los solda­
dos locales de Tétela explicaron que, durante la Revolución Liberal y la Inter­
vención Francesa, “varios padres deploran la perdida de sus amados hijos, muchas
viudas lloran la falta de sus maridos y m ultitud de huérfanos siente la-cscasés de
alimentos que les proporcionaba el corporal trabajo de sus queridos padres”. En
Tepoztlán, el discurso de pérdida y muerte ayudó a legitimar la decisión de abando­
nar el liberalismo por sus promesás rotas; en Tétela, explicó por qué los soldados
locales no podían deponer sus armas, sino que tenían que continuar defendien­
do sus puntos de vista sobre lo que el liberalismo significaba y seguiría signifi­
cando para los pueblos rurales de la sierra.10 •

10 Las citas com paradas aq u í son de A tíN M , G obernación: Leg. 1 1 4 4 (1 ), “P e n d ó n de cinco veci­
n o s y notables de Tepoztlán al E m p erad o r”, C iudad de M éxico, 28 d e agosto de 1865, y A H M TO ,
G obierno, C aja s/n 1866: Exp. 71, “Acta de la G uardia N acional de Tetela de O cam po, sobre las
condiciones im p u e s ta s p o r Ignacio R. A larorre”, 22 de julio de 1868.
L a “cuestión nacional” y la gran
propiedad: Cajamarca com o caso limitante

En contraste con mis otros casos de estudio, en el departam ento peruano de


Cajamarca, ubicado en la sierra norte (véase el mapa 9), las comunidades cam pe­
sinas no habían logrado limitar significativamente el control de los terratenientes
sobre la fuerza de trabajo y la política regional. Una explicación im portante pue­
de encontrarse en la m ucho más débil tradición comunal campesina de Cajamarca.
Incluso antes de la Conquista Española, las estructuras comunales no tenían fuer­
tes raíces nativas, sino que habían sido importadas del sur durante la conquista
Inca. Ya para la independencia de España, los pueblos de pequeños propietarios
en la región tenían poca cohesión política interna y menos tierra com unal o tra­
dición comunal de lucha. Aunque la gran propiedad tuvo que enfrentar alguna
oposición a su intento de expansión territorial,"no se enfrentó a la resistencia
comunal concertada, poderosa y viable a la cual fue expuesto su contraparte en
•Morelos. Y los hacendados no habían sido obligados a otorgar espacio político a
los pueblos, com o había sucedido en Junín y en la sierra de Puebla.11
U n segundo factor que contribuyó al dom inio de los hacendados fue la falta
de alternativas económicas disponibles en la economía regional durante el siglo XIX.
Desde principios del siglo X V III, el declive de los obrajes textiles de la zona llevó
a que la economía local regresara hacia la producción de subsistencia. C ontrario a
lo sucedido en M orelos y Junín, en donde la proximidad de los mercados urbano
o minero generó fuertes oportunidades de producción comercial tanto para las
haciendas com o para los pueblos, la provincia serrana de Cajamarca parece ha­
ber permanecido en el retraso económico en los años anteriores a la G uerra del
Pacífico. Los campesinos locales tenían pocas alternativas, o de mercado para su

11 C arm en D iana D eere, “C hanging R elations o f Production and Peruvian Peasant W om en’s W ork”,
L a tin A m erican Perspectives 4 , mims. 1-2 (invierno-prim avera dc 1977), pp. 4 8 -6 9 ; D eere, “T h e
D evelopm ent ofC ap italism in A griculture and th e Division o f Labor by Sex: A Study o f die N o rth e rn
Peruvian Sierra” , tesis d o cto ral, U niversidad de C alifornia, Berkeley, 1978; D eere, Household a n d
Class Relations: Peasants a n d Landlords in N orthern Peru (Berkeley: U niversity o f C alifornia Press,
1 9 9 0 ), la . parte; y L ew is Taylor, “M ain T rends in A grarian C apitalist D evelopm ent: C ajam arca,
Peru, 1 8 8 0 -1 9 7 6 ” , tesis d octo ral, U niversidad d e Liverpool, 1979.
M ata 9
Z o n a s d e in flu e n c ia g u e rrille r a , C a ja m a rc a

producción excedente, o de trabajo en la minería u otros sectores. La hacienda,


y por tanto el hacendado, era la fuerza social, económica y política más poderosa
de la vida local. Este poder no se basaba siempre en el control directo sobre la
gente, sino más bien en un monopolio de la tierra. Así pues, aunque sólo 30 por
ciento de los habitantes del departamento vivían en las grandes propiedades -lo
que no difiere en gran medida de los municipios de Morclos o Junín con las'
’ mayores concentraciones de población en las haciendas-, en Cajamarca las gran­
des propiedades controlaban alrededor de dos tercios de toda la zona. La mayor
parte de los habitantes de la región, por tanto, dependían de la hacienda para el
acceso a los recursos, incluso en los casos en que no vivían directam ente de esas
propiedades.12
Esta combinación de condiciones generó una cultura política regional muy
diferente. Aquellos hacendados que tuvieron éxito al reproducir su posición en
la sociedad local, lo lograron m anteniendo ejércitos privados dentro de sus p ro ­
piedades y desarrollando relaciones de clientelajc con los pueblos cercanos de
pequeños propietarios. Los conflictos se dieron más bien entre facciones leales a
distintos terratenientes poderosos, tom ando la forma de competencia entre linajes
o clientelas. En última instancia, aunque hubo algunos casos de resistencia campe­
sina en contra de los hacendados, durante la preguerra en Cajamarca la manzana
de la discordia fue la competencia entre terratenientes por monopolizar las mejores
propiedades de la región. En impresionante contraste con Morelos, ni los terrate­
nientes ni los habitantes de los pueblos pudieron construir una posición política
unificada. Los primeros lucharon entre sí por "influencia y prestigio; los últimos
no generaron un proyecto radical autónonio que pudiera conquistar un espacio
en la cultura política regional.13
Los sistemas de tenencia de la tierra, los patrones poblacionales y la construc­
ción de una cultura política regional, variaron sustancialmentc en la provincia
norteña de Jaén, parte del departam ento de Cajamarca. U na región fronteriza

12 Taylor, "M u ii Trends”, pp. 17-23.


13 lino., 2 7 -3 2 ; Léwis Taylor, “ Los orígenes del ban d o lerism o en H ualgayoc, 1 8 7 0 -1 9 0 0 ” , en
C arlos Agoirre y C harles Walkcr, (cd s.), Bandoleros, abijjcosy montoneros: C rim inalidad y violencia en
el Pcrií, siphs XVU-XX (L im a: In stitu to de A poyo A grario, 1 9 9 0 ), pp. 2 1 3 -4 7 ; ADC, Particulares,
1880-1889: “C arta del h acendado D aniel Silva Santisteban al Subprcfecto de la p rovincia”, H acienda
de C ho n ta, 21 d e abril d e 1 8 8 1 ; G o b ern ad o res del D istrito d e San M arcos, 1 8 5 4 -1 8 9 9 : “O ficio
del G o b ern ad o r José C astañaduy al S ubprcfecto", s.f.; “O ficio riel G o bernador José CastañadO y al
Subprcfecto", 13 de d iciem bre d e 1881; Prefectura, 1880 -1 8 8 5 : “Circular del Prefecto P. J. C arrió n
al Subprcfecto del C ercad o ”, 1 ríe septiem bre d e 1881; Particulares, 1880-89: “O ficio d e M an u el
M aría Arana, hacen d ad o de I.a Laguna, al S ubprcfecto”, C ajam arca, 1 d e enero de 1881; Prefectura,
1880-1885: “ R esolución del Jefe S u p erio r del N o rte , com unicado p o r el Prefecto Tadeo T criy ai
Subprcfecto del C ercado” , 19 de o c tu b re de 1881; “ D ecreto del Prefecto Tadeo T crry sobre la
solicitud de D n . C arlos M o n to y a B em al, a p o d erad o de M aría. A rana”, 15 d e o c tu b re de 1881;
Subprefcctura de C ajam arca, 1880-1885: “O ficio del Subprcfecto M anuel B. C astro a las autoridades
de su dependencia”, 22 de septiem bre de 1881; y Particulares, 1880-1889: “O ficio de la A badesa del
C onvento de R eligiosas Descalzas C oncebidas de Cajam arca, al Prefecto", 28 de o c tu b re de 1 8 8 4 .
con una población relativamente dispersa, pero cuya economía había estado ba­
sada por mucho tiempo en la explotación comercial de cultivos tropicales, Jaén
había sufrido una importante expansión comercial en las décadas anteriores a la
Guerra del Pacífico. Los comerciantes de la provincia de Chota y de los departa­
mentos de Piura y Lambayeque entraron'a la región en busca de ganado, cacao,
café, cascarilla y otros productos. También atrajo a empresarios de provincias
aledañas la oportunidad de rentar una considerable porción de las grandes pro­
piedades existentes, hasta ese m om ento dedicadas principalmente a la cría de
ganado bovino y ovino. La mayoría de éstas pertenecían a la Beneficencia de
Jaén, institución de caridad controlada por el estado. La expansión comercial y
la presencia de arrendatarios en las haciendas, concentraron por tanto a un
porcentaje más alto de la población de Jaén en las grandes propiedades, de lo
que se consideraba normal en el resto del departamento. Según el censo de 1876,
a pesar de lo escaso de la población en la provincia en general, más del 40 por
ci.ento vivía en las haciendas.14
Para los pequeños propietarios y campesinos locales, acostum brados a la m a­
yor autonomía de una economía fronteriza comercial, la incursión de forasteros
de Chota asociados a la gran propiedad y al comercio interprovincial, generó
hostilidad y conflicto. Dado que estos empresarios foráneos expandieron la agri­
cultura comercial arrendando tierras a la Beneficencia, institución del estado
que obtenía fondos administrando propiedades, los pequeños propietarios ten­
dían a asociar la presencia de estos empresarios a la extensión de la autoridad
estatal. Adicionalmcnte, algunas evidencias sugieren que veían las incursiones
del estado -especialmente en la forma de la contribución personal- como una in­
vasión más desde afuera, parecida al comercio y la agricultura comercial. Una
cultura política militantcmentc antiestatal emergió a nivel local, orientada hacia
la expulsión de extranjeros explotadores y de un estado abusivo y entrometido.
Como veremos, esta cultura política tendría im portantes implicaciones para el

14 Taylor, “M ain T rcnds”, pp. 1 3 -1 4 ,1 6 ,1 9 ; ADC, Subprefcctura d e Jaén, 1 8 8 0 -1889: “M arjesí de


las Rentas de la extinguida Beneficencia de la Provincia de Jaén presentada p o r el Subprcfccto
Baltazar C ontreras” , 15 de m arzo de 1 8 8 5 ; Particulares: “Solicitud de M anuel C ollazos al presiden­
te de la R epública M iguel Iglesias”, L im a, 3 de noviem bre de 1 8 8 5 ; Subprefectura de Jaén, 1880-
1889: “Inform e del Subprefecto A rróspjdc sobre la provincia d e Jaén” , 2 de m ayo de 1887.
tipo de movimiento que se desarrollaría en esta provincia durante la Guerra del
Pacífico.15
En contraste con Jaén, en dónde los terratenientes que rentaban propiedades
estatales tuvieron una conexión más directa con y una m ayor dependencia sobre
los funcionarios del estado, en la provincia de Cajamarca muchos terratenientes
defendieron la inviolabilidad de las fronteras de sus propiedades, al no perm itir
que los funcionarios del estado cruzaran sus propiedades cuando perseguían
criminales o recaudaban impuestos. Los hacendados también escondían a bandi­
dos en sus tierras, a cambio de lealtades personales y, en algunos-casos, induso
protegían a campesinos vecinos que se resistían a pagar impuestos o a la cons­
cripción militar. Los campesinos, por su parte, preferían la protección de un
patrón local contra la imposición fiscal del estado, a (a única alternativa disponible:
la imposición fiscal por-parte del terrateniente^ del estado. Sólo cuando los
hacendados com pitieron entre sí por influencia, es que el papel del estado se
volvió relevante. Antes de la Guerra del Pacífico, la participación de los terratenien­
tes locales en batallas entre facciones nacionales, puede explicarse mejor en el
contexto-de la competencia local intra-élitc.16
Así pues, durante la preguerra, las provincias de jaén y Cajamarca presentaron
distintos patrones de conflicto interno y diferentes relaciones con la em ergente
estructura estatal en Lima. En Jaén, la hostilidad éntre clases sobre la expansión
comercial, predispuso a los terratenientes de fuera a aceptar la ayuda del estado
para extender la agricultura comercial y, al m ismo tiempo, incrementó la resis-

15 a d c , Subprcfectura d e Jaén, 1 8 8 0 -1 8 8 9 : “O ficio del G o b e rn a d o r d e San Felipe al S ubprefecto


de Jaén”, 2 9 de abril de 1880; “ O ficio de! Subprefecto d e Jaén al Prefecto”, Pucará, 10 de d ic ie m ­
bre de 1882; Subprcfectura de C h o ta , 1 8 8 0 -1 8 8 9 : “ O ficio del Subprefecto de C hota al Prefecto-
del D ep artam en to ” , 12 de m ayo de 1884; " O lid o del S ubprefecto de C h o ta al Prefecto del D e p a rta ­
m ento, transcribiendo oficio del g o b e rn a d o r del d istrito de L lam a”, m ayo de 1884; S ubprcfectura
de Jaén, 1880-1889: “O ficio del Subprefecto d e Jaén a! Prefecto” , C u tervo, 15 d e octubre de 1 8 8 4 ;
“M arjcsí d e las Rentas d e la extinguida Beneficencia de la Provincia de Jaén presentada p o r el
Subprefecto R altazar C o n trcras” , 15 d e m arzo d e 1885.
16 Taylor, “L os o rígenes del ban d o lerism o ” ; A D C , G o b ern ad o res del D istrito de San M arcos, 1854-
1899: “ O ficio del G o b e rn a d o r M an u el M aría Lazo al Prefecto”,' 8 de abril d e 1880; “O ficio del
G o b e rn a d o r José C astañaduy al Subprefecto” , s.f.; “O ficio del G o b ern ad o r José C astaíadviy al
Subprefecto”, 13 de diciem bre d e 1881; P refectu ras,.1 8 8 0 -1 8 8 5 : “O ficio del Prefecto L e o n a rd o
C avcro al Subprefecto del Cercado”’, 13 de m ay o de 1881, y “O ficio del G o b e rn a d o r M an u el
R ubio al Subprefecto”, 15 de m ay o de 1882.
to n d a campesina a la imposición fiscal por parte del estado. En Cajamarca, tanto
los campesinos como los terratenientes veían al estado con sospecha, y preferían
el estatus que existente, que alguna form a de-cambio perturbadora y no muy
clara. Las únicas excepciones parecían ser los terratenientes más débiles quienes, al
buscar la ayuda del estado en su desigual batalla contra sus colegas más fuertes,
forzaron a los más poderosos a meterse también con el estado.
D e hecho, la construcción de las culturas políticas regionales en Cajamarca
dificultó que cualquier grupo viera al estado como un aliado potencial, puesto
que campesinos y terratenientes tendían a ser hostiles y desconfiados hacia la
expansión de una autoridad estatal que no pensaban que les pudiera traer ningún
beneficio. Esta hostilidad iba en contraste directo con la situación en Morolos,
en d o n d e desde la Independencia, terratenientes y campesinos participaron en-
nisiastamcnte, aunquede lados diferentes, en las luchas entre federalistas y centra­
listas, liberales y conservadores, para centralizar y reproducir el p oder estatal.
Tam bién difirió de la situación en Puebla y en Junín, en donde - a pesar de la
m enos dramática polarización entre comunidades y haciendas- el impasse político
resolrante de los conflictos por la autonomía municipal, el acceso a las tierras y a
los ingresos y la naturaleza cambiante de los mercados, los, alentó a todos a buscar
nuevas alianzas en la emergente arena nacional. En contraste, en la sierra norte
peruana—con la excepción de los grupos de empresarios en Jaén-, la existencia
de u n efectivo sistema de poder terrateniente privado dism inuyó la relevancia de
las intervenciones estatales para todas las partes involucradas.
El elemento final que ayudó a definir esta cultura política fue la inserción
específica de la-sierra norte peruana en la G uerra del Pacífico. Cuando Nicolás de
Picrola abandonó Lima a la ocupación chilena en enero de 1881, estableció un
cam pam ento en Jauja y dividió ál país en tres grandes zonas de resistencia. La
zona norte, bajo el control del Almirante Lizardo Montero, tenía su cuartel general
en Cajamarca. En contraste con los departamentos costeños del norte, que habían
estado sujetos a la invasión y ocupación chilena desde 1880, Cajamarca evitó la
presencia de soldados chilenos hasta mediados de 1882. Incluso la verdadera
ocupación, aunque bastante destructiva, duró poco tiem po. Pero esto no signifi­
ca q u e los conflictos políticos entre los peruanos generados por la guerra y la
ocupación, no hayan tenido u n impacto significativo en el departam ento serrano.
D e hecho, Ios-dos principales movimientos de resistencia que se desarrollaron en
la región tuvieron sus orígenes en las batallas intra-élitc sobre la mejor amanera
de enfrentarse a la ocupaeión chilena del país.17
Para mayo de 1882, un golpe interno entre facciones peruanas había transfor­
mado al subprefecto pierolista de la provincia de Chota, M anuel José Becerra,
en fugitivo y rebelde, perseguido por las fuerzas del or.den a lo largo de la pro­
vincia de Jaén, Hasta su m uerte en 1885, encabezó un movimiento guerrillero
que repetidam ente eludió tanto a las fuerzas chilenas de ocupación, com o a las
del gobierno peruano, operando más que nada en las rutas comerciales-que co­
nectaban a la selva con la costa, especialmente en las provincias de Chota y Jaén.
La m ontonera de Becerra fue instrum ental para evitar que las fuerzas colabora­
cionistas, en particular Miguel Iglesias, establecieran el control total en la sierra
norte. Su popularidad en la región se incrementó por el hecho de que sus líderes
provenían de un estrato interm edio de comerciantes, pequeños propietarios y
notables de pueblo de la provincia de C hota, quienes a pesar de beneficiarse del
auge comercial de la preguerra en Jaén, nunca se habían incorporado com pleta­
mente a la élite local.18
H asta un análisis somcro-dc las operaciones de las m ontoneras en un mapa,
enfatiza que su supervivencia a largo plazo dependía de los recursos previamente
acumulados por sus líderes y de un conocim iento minucioso de las rutas com er­
ciales. H abía dos áreas principales de operación. Una se centraba en el distrito
de Bellavista, en la zona selvática de la provincia de Jaén, llegando al oeste hasta

17 Jorge Basadre, Historia de la república del Perú, 1822-1933, 6J cd ., 17 vols. (Lim a: Editorial
U niversitaria, 1 968), vol. 6, pp. 2 7 2 -8 0 , 4 0 6 -1 1 ; Patricio Lynch, Segunda memoria que el Vice-
Alm irauce D . Patricia Lynch presenta a! supremo Gobierno de Chile, 1 vol. (L im a: lm p .d e la M erced,
1 8 8 3 -1 8 8 4 ), vol. 2 , pp. 94 -1 0 0 , y N elso n M an riq u e, “ La ocupación y la resistencia”, en Jorge
lias adre et a l., cds., Pejlexioucs cu tom o a la g u a r a de 1879 (L im a: Francisco C ainpodónifco-C cntro
de Investigación y C apacitación, 1 979), pp. 2 7 7 -7 8 .
18 En relación con el n o m b ram ien to de Becerra co m o subprefecto de C h o ta y su a p o y o a la c o n ti­
nuación de la resistencia, véase ADC, S u b p refcctu ra de C h o ta, 1 8 8 0 -1 8 89: “O ficio del Subprefecto
M anuel J. Becerra al Prefecto, acusando recibo d e la copia del oficio de M o n tero ”, 2 2 de m ayo de
1881; A D C . Subprefcctura de C h o ta, 1 8 8 0 -1 8 8 9 : “ O ficio d d S ubprefecto E ulogio O sores al Prefec­
t o ”, 25 d e m ayo d e 1880; “Terna para g o b e rn a d o r del d istrito de C urcrvo, presentada p o r M anuel
A. N c g ró n ” , C h o ta, 28 de m arzo de 1881; S u b prefcctura de Jaén, 1880-1889: “ O ficio del S u b p re­
fecto J. d e la R . Salgado al Prefecto", 2 0 d e m ayo d e 1882; “O ficio del S u b p refec to d e Jacn B altazar
C ontreras al Prefecto", 10 de septiem bre de 1885; BNP, D 3 7 1 2: “O ficio N ° 3: Prefecto de C ajam arca
M iguel Pajares, al D irecto r de G o b ie rn o ”, C ajam arca, 1883.
el mismo pueblo de Jaén y luego, mucho más hacia el oeste hasta el centro
comercial de Olmos, camino hacia la costa én el departam ento de Lambaycque.
El pueblo de Pimpingos, al sur de Jaén y en el camino a los centros comerciales
de Cutervo y Chota, también estaba en esta primera zona. La segunda base
formaba un rectángulo cuyos ángulos al norte, este, sur y oeste eran los pueblos
de Qucrccotillo, Huambos, Llama y Cachen, respectivamente. U bicado más al
sur en la sierra Chota-Cutervo, casi a la mitad del camino entre C hota y los
entre-puestos comerciales de Fcrrcñafe, Chiclayo y Lam bayeque, este segundo
bastión guerrillero estaba centrado en los pueblos de donde muchos de los miem­
bros regulares de la banda de Becerra eran opiundos. Al basarse en áreas donde
los miembros de la banda tenían contactos comerciales y familiares previos, la
montonera de Becerra pudo sobrevivir mediante la comercialización de bienes
robados, buscando la protección de los notables de los pueblos, a quienes conocían
personalmente. Las autoridades locales o- los ciudadanos prom inentes de los
pueblos y caseríos a través de tos cuales pasó Becerra, jugaron un papel de apoyo
crucial, proporcionándoles información, mercados para su botín, contactos para
adquirir armas y fuentes de reclutamiento adicionales. Así pues, la montonera
de Becerra operaba como un ejercito comerciante con base en los pequeños
pueblos v mtas comerciales de la región.19

19 ADO, Subprefcctura cíe Jaén, 1880-1 889: “Oficio cicl Subprefccro J. d e la R. Salgado al Prefecto”,
Pucará, 1 de abril de 1883; Subprcfecrura de C hota, 1880-1889: “O ficio del Subprcfecto de C hota al
lic fe c to del departam ento” , 12 de m ayo de 1884; “Oficio del Srfbprefccto d e C hota al Prefecto del
d ep artam en to , tran scrib ien d o oficio del g o b ern ad o r del d is trito d e L lam a” , m ayo d e 1884;
Subprefcctura de Jaén, 1880-1889: “Oficio del Subprcfecto d e Jaén al Prefcccb”, C utervo, 7 d e sep­
tiem bre ele 1884; “Oficio del Subprcfecto de Jaén al Prefecto”, C utervo, 1S de octubre de 1884;
Subprcfccnira de C hota, 1880-1889: “Oficio del Subprcfecto d e C h o ta T im o teo T irado al Prefecto,” '
o tic febrero de 1884; Suhprcfectura de Jaén, 1880-1889: “O ficio del Subprcfecto de Jaén al Prefecto
del D epartam ento”, Cutervo, s.f.; Subprefcctura de C hota, 1 880-1889: “O ficio del Subprcfecto de
C hota Tim oteo T ira d o al Prefecto”, Bambamarca, 26 d e m ayo d e 1884; “ O ficio del Subprcfecto
ele C hota al Prefecto del D epartam ento”, 18 de diciembre d e 1884; Subprefcctura de Jaén, 1880-
1889: “Oficio del Subprcfecto de Jaén al Prefecto”, Cutervo, 6 de febrero d e 1885; “Oficio del Sub-
prelécto efe Jaén al Piefctto” , Cutervo, 14 de febrero de 1885; Subprefcctura de C h o ta, 1880-1889:
"O ficio del Subprcfecto de C hota al Prefecto”, 27 de marzo d e 1885; Subprefcctura d e Jaén, 1880-
1889: “ Oficio del Subprcfecto de Jaén al Prefecto”, C utervo, 13 de m ayo' de 1885; “O ficio del
Subprcfecto de Jaén Baltazar Contrcras al Prefecto” , 10 d e septiem bre d e 1885; Particulares, 1880-
1889: “Oficio de Baltazar Coniferas al Alcalde Pedro Ceballos”, C u terv o , 2 5 de m ayo de 1885.
Aunque encabezada por comerciantes y pequeños propietarios de fierras, la
montonera tenía una base de ipoyo m ucho más diversí. Por un lado estaban los
grandes hacendados, principalmente de la zona occidental de Chora y del depar-.
tamento de Lambaycquc, quienes proporcionaban conexiones comerciales futida-;'
mentales con la costa. Por otro lado estaban los campesinos y los pueblos indígenas
que le proporcionaban soldados y, particularm ente en Bellavista, los recursos y
el apoyo logístico para esconderse cuando se incrementaba la persecusión del
gobierno. En conjunto, esta amplia variedad de contactos y ambientes era ideal
para la supervivencia de una pequeña fuerza guerrillera. Cerca de la costa, los
influyentes terratenientes, entre otros, eran un conducto comercial para el botín,
que se intercambiaba por armas y provisiones. En Chota, una base compuesta
por pequeños propietarios campesinos y pequeños comerciantes, proporcionaba
soldados, refugio ocasional, contactos comerciales adicionales e inteligencia so­
bre los movimientos de la tropa enemiga. Y en Jacn, el pueblo de Bellavista era
el productor más im portante de cacao en la provincia, directam ente sobre el Rio
Marañón, pero de difícil acceso para aquellos que viajaban por tierra de oeste a
este. Todas estas características constituyeron un excelente refugio en contra.de
los ejércitos con base en la sierra.20 Sin em bargo, todavía no queda claro cóm o es
que Becerra fue capaz de mantener unida una coalición tan amplia y diversa,
l’ara responder esta pregunta, debemos examinar las dinámicas socio políticas
internas del movimiento.

20 A O C, Subprcfcctura ‘'v' f 'é n , 18 80-1889: "O ficio de! Subprefecto J. d e la K. Salgado al Prefec­
t o ’’, Puc.ir.í, 1 de abril de 1883; Subprcfcctura de C h o ta , 1880-1889: “ O ficio del Subprefecto d e
C hota al Prefecto’', 12 de m ayo de 1884; “ O ficio d el Subprefecto de C h o ta al Prefecto det D epar­
tam ento, tra n scrib ien d o oficio del gob ern ad o r del d istrito de M am a”, m ayo de 1884; “ O ficio del
S ubprefecto de C h o ta T im o teo T irad o al Prefecto”, B am bam arca, 26 d e m ayo d e 1884; “O ficio
del Subprefecto d e C h o ta al Prefecto”, 18 de d iciem bre de 1884; Subprcfcctura d e Jaén, 1880-
1889: “O ficio del Subprefecto d e Jaén Baltaznr C o n trcras al Prefecto”, 10 d e septiem bre de 1885;
"O ficio del Subprefecto de Jaén al Prefecto”, C ntervo, 14 de febrero d e 1885; “O ficio del Subprefecto
ele Jaén al Prefecto”, C utcrvo, 13 de m ayo de 1 8 8 5 ; Particulares, 1 8 8 0 -1889: “ O ficio d e Baltazar
C ontrcras al Alcalde Pedro C cballos” ,„Cutcrvo, 25 de m ayo d e 1885; “ O ficio de N icolás Tellos,
H acienda l.lau can , al Prefecto del D ep artam en to ”, 18 d e noviem bre d e 1 885; Subprcfcctura de
Jaén, 1880-1889: “ In form e de! Subprefecto M iguel A rróspidc sobre la provincia de Jaén”, 2 de
m ayo de 1887; “In fo rm e del S ubprefecto M iguel A rróspidc sobre el P resupuesto para 1 8 8 9 ” , 16
de‘ abril de 1888.
T as acciones de la banda de Becerra ayudaron a construir una arena política y
simbólica en común, en la que los diversos grupos participaron de acuerdo a sus
propias experiencias y necesidades. En Jaén, el robo de cargamentos comerciales
por parte de-la banda, amenazó con expulsar de la provincia a todos los grandes
terratenientes y con destruir la Beneficencia de Jaén. En 1884, el subprefecto de
Jaén emitió un desesperado informe desde su escondite en Cutcrvo, explicando que
Becerra, su suegro Manuel Vílchez y otros líderes, habían hecho imposible en
Jaén el comercio desde Cutcrvo o Chota, excepto bajo violenta amenaza de m uer­
te. Este tipo de acciones era claramente atractiva para los pequeños comerciantes’
y pequeños propietarios de Jaén, quienes antes de la guerra habían sufrido a
manos de los funcionarios estatales y los grandes hacendados. Involucrados en
el intento de comercializar productos tropicales, pero enfrentándose a la com pe­
tencia de terratenientes y empresarios más poderosos, los pequeños comerciantes
vieron en la banda de Becerra una forma legítima de vengarse, hasta de permitirse
la fantasía de poder controlar las rvttas más valiosas después de la guerra. Para los
indígenas y los campesinos de Jaén, los ataques de la banda a prominentes terrate­
nientes, y la destrucción de facto de la Beneficencia de Jaén, significó un regreso
a las formas de autonomía local que habían conocido antes de la expansión
comercial previa a la guerra. Por tanto, en la provincia de Jaén, Becerra pudo
unificar esta variedad de percepciones en un poderoso m ovim iento en contra del
gobierno peruano colaboracionista y el invasor extranjero. Y no debemos olvi­
d ar su sentido teatral: ninguna imagen nos dice más al respecto que la de Becerra
entrando a caballo en una de sus plazas fuertes, apropiándose de doscientos reci­
bos de la contribución personal indígena, y rompiéndolos en la plaza de armas al
son de aplausos generales.21

21 Kl desesperado inform e del prefccro d e Jaén se encuentra en A1X', Subprcfccrura de Jaén, 1880*
1889: "O ficio del Subprefecto de Jaén a! Prefecto” , C utcrvo, 15 d e o ctu b re de 1884. La descrip­
ción de becerra rom piendo los recibos d e la contribución personal s e en cu entra en “O ficio del
S ubprefecto de Jaén al Prefecto” , C u tc rv o , 7 d e sep tiem b re de 18 8 4 . V éase tam b ién “O ficio
del Subprefecto de Jaén al Prefecto”, C utcrvo, s.f.; “Oficio del Subprefecto de ja é n al Prefccro”,
C utcrvo, 3 de noviem bre de 1884; Particulares: “ Solicitud de M anuel Collazos al presidente de la
R epública M iguel Iglesias”, Lima, 3 d e noviem bre d e 1885; Subprefcctura de Jaén, 1880-1889:
“ O ficio d e l S ubprefecto de Jaén B altazar C ontrcras al Prefecto”, 10 d e septicni bre d e 18 85; “O ficio
d e l Subprefecto d e Jaén al Prefecto”, C utervo, 6 de febrero de 1885; “O ficio del S ubprefecto de
Jaén al Prefecto” , C utcrvo,-13 de m ayo d e 1885.
Los contactos de Becerra con los hacendados son ciertamente más difíciles de
explicar, dada la hostilidad-de su movimiento hacia los terratenientes prominentes
en Jaén y Chota. El hecho de que sus contactos con terratenientes estuvieran
fuera de estas dos provincias, en o cerca de los departam entos costeros de Piura
y Lambayeque, ayuda a explicar en parte esta contradicción. Igualm ente lo hace
el hecho de que ratas comerciales separadas conectaban a Jaén con aquellas regio­
nes costeñas, en particular a través del estratégico centro de Olmos. Así pues,
Becerra no necesitaba atravesar sus fortalezas de Chota para comunicarse con
sus aliados hacendados. Pero también vale la pena recordar que el estado represen­
taba una interferencia no bienvenida en la vida de los terratenientes que apoya­
ban a Becerra. Por ejemplo, José Mesones, su aliado hacendado más fuerte, había
estado involucrado pn un altercado im portante con las autoridades locales en
1880, cuando habían tratado de reclutar hombres de su hacienda.22
El movimiento de Becerra era, entonces, una coalición heterogénea de hacenda­
dos rebeldes, comerciantes ambiciosos, notables locales, campesinos desposeídos
o em pobrecidos, y productores fronterizos marginados. L o que los m antenía
unidos era un sentimiento anticstado en común. Los sentim ientos anticstado
también unían a Becerra con sus seguidores-de los pueblos fuera de Jaén, pues
como a eremos con mayor detalle más adelante, m uchos pobladores de la sierra
Habían vivido la última parte de la Guerra del Pacífico com o una incursión vio­
lenta del estado peruano, especialmente en la forma de impuestos y conscripción.
La oposición de Becerra a la contribución personal, y el hecho de que luchara
con un ejército voluntario, lo hacía pues un aliado atractivo para los habitantes
que se sentían apretados por las exacciones peruanas o chilenas. La gente se le
unía en busca de protección de las incursiones del estado peruano, en forma de
impuestos, contribuciones de guerra, conscripción o penetración comercial.
De hecho, las condiciones mismas para la existencia del movim iento estaban
definidas por la debilidad del estado en la zona antes de la G uerra del Pacífico.
D urante una emergencia nacional, los esfuerzos del estado para recaudar recursos
y form ar un ejército se volvieron violentos y agresivos en contra de la población

22 A D C , Súbprcfcctura de C h o ta, ] 8 80-1889: “ O ficio del S u b p rcfccto E u lo g io O sores al Prefecto”,


25 d e m ayo de 1880; Subprefcctura de Jaén, 1880-1889: “O fic io del S u bprcfccto de Jaén al Pre­
fecto” , C utervo, 13 d e m ayo de 1885.
rnr.il. Así pues, fue el mismo estado peruano el que actuó en prim er lugar como
invasor extranjero en la sierra norte. La reacción_dc la población de la zona fue
una alianza multifacctica entre una serie de grupos y clases; terratenientes y cam­
pesinos autiestado; indígenas que se resistían a la penetración comercial, y comer­
ciantes q u e trataban de marginar a los grandes terratenientes de las utilidades del
auge comercial de Jaén. El astuto sentido político de Becerra y su posición común
antigobierno, mantuvo la unidad mientras duró la alianza. Pero a la muerte de
Becerra en 1 885, y con el triunfo de Cáceres sobre Iglesias, ya no hubo una
visión o proyecto en común que los siguiera manteniendo juntos. En la confusión
de la posguerra, saldrían a relucir sus diferencias.23
En contraste con el radicalismo agrario existente en Morelos, Junín y Puebla, la
cultura política de oposición construida en la región de influencia de Becerra, no
incluía un proyecto, ya fuera implícito o explícito, para la construcción de una
política nacional. En el contexto de la invasión chilena, y una vez que el estado
peruano com enzó a colaborar con el ejercito chileno, la m ontonera de Becerra se
volvió un movimiento de resistencia nacional por falta de otra alternativa. Especial­
mente una vez que las fuerzas chilenas hicieron incursiones en la sierra, la coalición
becerrista dem ostró ser muy efectiva para resistirlos y al m ismo tiempo continuar
g o le a n d o al estado peruano. Pero en el largo plazo tal m ovim iento no presentó
un profundo desafío al control social o la consolidación política. Sin un proyec­
to mis am plióse desintegraría con facilidad cuando las condiciones que lo habían
creado dejaran de existir.
Si bien compartía algunas similitudes con el movimiento de Becerra, el segundo
centro de resistencia más importante en contra de la ocupación y el colabora­
cionismo del gobierno peruano, se ubicaba en una parte distinta de Cajamarca y
era apoyado por diferentes coaliciones. Encabezado por José Mercedes Puga, un
prom inente hacendado del sur de la provincia de Cajamarca, este movimiento
comenzó en respuesta a las acciones políticas de Miguel Iglesias en el período
entre agosto y diciembre de 1882. D urante años, antes de la guerra, Iglesias y
Puga se habían enfrentado por la problemática del poder local, volviéndose rivales
le g e n d a rio s en la provincia de Cajamarca y alineándose en lados opuestos de las

2 i V.x:, S ubprctccn ira de Jaén, 1880-1889: “ In fo rm e del S ubprefecto A rró sp ide sobre la provincia
d e J.icn”, 2 d e m ayo de 1887.
facciones nacionales emergentes. Puesto que Iglesias se hizo pierplista y Puga ci­
vilista-durante las décadas de 1860 y 1870, no debe sorprendernos q u e Piérola
convocara a Iglesias para organizar el ejército del norte durante la fracasada
defensa de Lima a finales de 1880. Puga se vio todavía más marginado del proceso
polírico cuando M ontero nom bró a Iglesias su sucesor en el norte. Pero al parecer,
la invasión chilena de Cajamarca a mediados de 1882 y las exacciones impuestas
a la población local, comenzaron a cambiar la perspectiva de Puga. Quizás fue
especialmente influenciado por la tibia defensa de la región organizada por Iglesias.
Así, cuando Iglesias em itió el G rito de M ontan, y todavía más cuando organizó
una asamblea constituyente,en Cajamarca para legidmar su papel com o líder
nacional, Puga decidió actuar. Para diciembre de 1882, ya estaba participando
en un creciente m ovim iento rebelde, directamente al sur de la ciudad de Caja-
marca, en el área com prendida entre los distritos de San M arcos c Ichocán, y la
ciudad dé Cajabamba.24
Ichocán y San M arcos, ambos centros de actividad rebelde, eran pueblos con
una historia de resistencia al pago de impuestos y la conscripción. Por ejemplo,
en julio de 1880, el gobernador del distrito de Ichocán fue atacado p o r un gru­
po de doscientas mujeres y cincuenta hombres, armados con piedras y palos,
cuando trataba de sacar a un grupo de conscriptos de la zona. D urante el año
siguiente las autoridades encontraron, fuerte resistencia al tratar de recaudar los
impuestos o reclutar a la población local, a menudo regresando de sus misiones con
las manos vacias. En algunos casos, la gente simplemente se retiraba a los cerros;
en otros, los habitantes -principalm ente m ujeres- defendían a los conscriptos
atacando a los oficiales. San Marcos también se resistió violentamente en octubre
y noviembre de 1882, cuando representantes del gobierno trataron de cobrar la
contribución personal. El incidente más serio tuvo lugar el 25 de detubre, cuando

24 Taylor, “M ain Trends” , 8 1 -8 2 ; N clson M anrique, Campesinado y nación: lasguerrillas indígenas en


la g u e tra con Chile (L im a: Ital Perú, C .I.C , 19 8 1 ), pp. 2 1 8 -2 2 ; Basadre, H istoria de la república del
Perú, vol. 8, pp. 4 0 8 -1 2 ; AHM, Colección Vargas U gartc: Leg. 5 4 , “O rganización del Ejército del
N o rte dicatada p o r el G eneral M iguel Iglesias”, L im a, 3 d e en ero d e 1 8 80; AD C , Subprefcctura de
C ajam arca, 1 880-1885: “O ficio del Subprefecto Serna al Prefecto”, 19 d e febrero d e 1882; G o b ern a­
dores del D istrito d e Sau M arcos, 1854-1899: “O ficio del G o b ern ad o r M in u e l R u bio a) Subprefecto
de C ajam arca”, 28 d e d iciem bre de 1882; “O ficio del G o b e rn a d o r M an uel R u b io al S ubprefecto”,
25 de enero .d e 18 8 3 .
más de quinientos hombres y mujeres emboscaron al gobernador y a su fuerza,
disparándoles desde las colinas circundantes.25
La reacción local era comprensible dados los métodos utilizados por el gobier­
no. La conscripción forzada era muy común. Los soldados entraban a los pueblos
echando abajo puertas en medio de la noche, llevándose a la gente a punta de pis­
tola. El resto de la población generalmente huía de los pueblos, escondiéndose en
las punas o en cuevas, temerosos de una repetición del ataque. Es difícil determi­
nar, con base en la documentación existente, qué proporción de conscriptos fueron
violentamente reclutados, pero la correspondencia a la oficina del prefecto está
llena tic cartas suplicando la libertad de reclutas tomados por la fuerza.
Con el estado peruano percibido com o el enemigo más directo por muchos
habitantes, se estableció el escenario perfecto para una alianza con diversos hacen­
dados en los distritos de San Marcos e Ichocán, que también se habían estado
resistiendo ante el reclutamiento o las contribuciones de guerra. H abían escondi­
do a posibles reclutas y criminales en sus propiedades, ignorando las órdenes
oficiales d e entregar a I q s hombres a las autoridades locales. D ado que los repre­
sentantes del gobierno aparentemente necesitaban una orden especial para entrar
a las haciendas, era bastante efectivo proteger a individuos dentro de las fronteras
de las grandes propiedades. Para los últimos meses de 1882, los terratenientes de
los distritos de San Marcos e Ichocán -especialmente José Mercedes Puga, el pro­
pietario de la hacienda La Pauca-, estaban ofreciendo protección en sus propie­
dades a todos los campesinos que se resistían a las exacciones del estado.26

25 Aix:. G obernadores del D istrito de Ichocán, 1856-1899: “O ficio del G o b ernador Santos G . C ó-
bán al Prefecto”, D istrito de Ichocán, 18 de ju lio de 1 8 8 0 ; “O ficio del G o b e rn a d o r Santos G.
C obán al Subprcfccto” , 18 de septiem bre de 1881; “O ficio del G o b e rn a d o r S antos G. C obán al
Subprefccto,” 1-2 Dec. 1881; Gobernadores del D istrito de San Marcos, 1854-1899: “O ficio del g o b e r­
nador M anuel R ubio al Subprefecto”, 25 de o c tu b re d e 1882; “O ficio del g o b e rn a d o r M anuel
Rubio al Subprefccto d e la provincia”, 12 de octu b re de 1882; “O ficio del go b ernador M anuel R ubio
al Subprefecto de la provincia”, 2 0 de septiem bre de 1 8 8 2 ; “O ficio del g o b e rn a d o r M anuel R u­
bio ni Subprefecto d e Cajamarcn”, 27 de octu b re de 1882; “O ficio del g o b e rn a d o r M anuel R ubio
al Subprcfccto de C ajantarca”, 31 d e octubre d e 1882.
26 A D C , G obernadores del D istrito d e San M arcos, 1854 -1 8 9 9 : “O ficio d e l G o b e rn a d o r M anuel
María L azo al Prefecto", 8 de abril de 1880; “O ficio del G o b ern ad o r José Cascañaduy al Subprefecto",
s.f., 1881; “Oficio del G obernador José C astañaduy al Subprefecto”, 13 d e diciem bre de 1 8 8 Í;
“O ficio del G o b ern ad o r Lizardo Zevallos al Subprefecto”, 2 6 de ju n io d e 1881; “O ficio del G o b er­
nador M an u el R ubio al S ubprefecto”, 15 de m ay o de 1 8 8 2 ; Su b p refectu ra d e C ajam arca, 1880-
Esta alianza fue organizada en tonto a una posición antiestado com ún, generada
por las incursiones durante la guerra. Como la fuerza predominante en la resistencia
de los pueblos, tanto cuantitativa como moralnientc, las mujeres campesinas luchaban
por defender sus hogares y sus familias de la agresión extema. Pero los habitantes en
general también estaban acostumbrados a la alianza con los hacendados locales, puesto
que al menos Puga había tenido una larga relación con los habitantes de Ichocán y
San Marcos. Com o era el caso en muchos otros lugares de Cajamarca, estos dos
pueblos no tenían suficientes tierras, especialmente para pastoreo. Por tanto, m u­
chos individuos rentaban tierras a Puga, ostensiblemente como parte de una relación
de clientelajc.27 Esta relación preexistente, combinada con la necesidad de actuar en
una nueva situación de emergencia, motivó la unidad de la m ontonera.
El otro com ponente im portante del movimiento de Puga fue una considera­
ble proporción de la población urbana de origen chino, particularm ente de la
ciudad de Cajamarca. Es difícil saber por que se unieron a Puga. Tal vez temían
ser asociados cop los chinos de la costa que se habían rebelado en contra de los
hacendados y unido a los chilenos; tal vez sus extensas rclacionesJcomcrciales en
la provincia los habían puesto en conflicto con los miembros de la facción anti-
Puga. Cualquiera que haya sido la razón de su participación, al "parecer Puga
confió en los miembros chinos de su montonera de manera implícita, quizás
porque su posición com o “extranjeros” en una sociedad local dism inuía la posibi­
lidad de lealtades cruzadas. Además de actuar com o sus espías en la ciudad de
Cajamarca, los m ontoneros chinos conformaron la fuerza principal que escapó
con él hasta el otro lado del río M arañón cuando, en noviembre de 1884, se enteró’
de que una fuerza superior lo perseguía.28

1885: " O lid o del Subprefecto M anuel C astro al Prefecto” , 28 de o c tu b re d e 1881; “O ficio del
S ubprcfecto Serna al Prefecto”, 19 d e febrero de 1882.
27 4 D C , G o b ern ad o res del D istrito d e San M arcos, 185 4 -1 8 9 9 : “O ficio del G o b e rn a d o r M anuel
R ubio al S u b p refecto ”, 15 de m ayo de 1882; Alcaldías de los distritos de C ajam arca, 1855 -1 8 9 9 :
“O ficio del Alcalde Pedro W. Zevallos al Prefecto”, Ichocán, 31 de ju lio d e 1883. E n este contexto
es interesante n o ta r la presencia de dos m ujeres que jugaron el papel d e co m b atien tes auxiliares en
la m o n to n e ra de Puga e n 1884: A H M , Paq. 0 .1 8 8 4 .6 , Prefecturas: “O ficio d e G re g o rio R clayze,
C o m a n d an te G eneral d e la D ivisión d e O peraciones en el N o rte , al M in istro d e E sta d o en el*Des­
pacho d e G u erra y M arin a”, C ajabam ba, 2 7 d e m ayo de 1884.
28 Relativo a los conflictos entre m iem bros de la com unidad china y los “p e ru a n o s” en C ajam a rta ,
véase A D C , C o rte S u p e rio r de Justicia, C ausas ordinarias: L c g .5 8 , “ É l asiático W ing-W alon con
Aunque esta compleja alianza de terratenientes, dependientes, campesinos de
los pueblos y chinos urbanos también estaba unida por un sentimiento antiestado,
sus motivaciones eran diferentes a las del'movimiento de Becerra. El campesina­
do de los pueblos, y especialmente las mujeres, se había levantado para defenderse
de los esfuerzos del estado peruano por recaudar fondos y hombres para la guerra.
H abían logrado contar con la ayuda-de una poderosa facción de terratenientes
que, por razones propias, también se oponía a los esfuerzos del estado por recaudar
impuestos. El resultado fue una poderosa y relativamente unificada m ontonera
que fue bastante efectiva al enfrentarse tanto a los colaboracionistas peruanos,
como a las fuerzas ocupacionistas.29
La morftoncra de Puga se distinguía por la fuerza de su conexión con la política
terrateniente y la dinámica de las haciendas. Los escondites más im portantes en
los momentos difíciles eran las propiedades de Puga. Las haciendas también
sirvieron para almacenar el ganado-robado y como los más efectivos campos de
batalla. Y Puga mismo probablemente era motivado más por su largo conflicto
con Miguel Iglesias, hacendado rival de la región, que por un com prom iso abs­
tracto con un más amplio proyecto nacional. Este también era el caso de aquellos
que luchaban contra él.30

D on Justiniano G u errero sobre cum plim iento de u n c o n trato ”, C ajam arca, 15 d e o ctubre d e 1881;
Leg. 6 2 , “ D. M anuel Rubio con el asiático C olorado sobre pago de c an tid ad d e soles”, C ajam arca,
11 d e en ero de 1882; Leg. 54, “D n. Juan C havarria con D n . Luis M arad ieg u e, sobre entrega de
dos caballos”, C ajam arca, 19 de m ayo de 1880. Sobre la partcijaación d e h o m b res chinos en la
m onronera de Puga, ycí.isc ADC, Alcaldías de los d istritos de C ajam arca, 1 8 5 5 -1 8 9 9 : “O ficio del
Alcalde Pedro W Zcvallos al Prefecto” , Ichocán, 31 de ju lio de 1 8 8 3 ; Particulares, 1880-1889:-
“Solicitud de Francisco Deza, asiático, al Prefecto del D e p artam en to ”, C ajam arca, 7 de diciem bre
d e 1883; y AHM , Correspondencia G eneral, Paq. 0 .1 8 8 3 .1 : “O ficio del C o m a n d an te en Jefe de las
fuerzas del N orte al M inistro d e Estado en el D espacho d e G uerra y M arin a” , C ajam arca, 6 de
enero de 1884.
29 Para u n a forma d istin ta de involucram iento de las m ujeres d u ra n te u n p e rio d o d e g uerra, véase
Florencia E. Mallo’n , C o m tn ctin g Third Wbrtd Feminiam: LtssonsJrom N incteenth-C cntury M txico
(1850-1874), W omen’s H istory W orking Papers Series, núm . 2 (M adison: U n iv ersity ofW isconsin,
1990), y el capítulo 3 d e este libro.
30 a h m , C orrespondencia General, Paq. 0 .1 8 8 3 .1 : "O ficio del C o m a n d an te e n Jefe de las fuerzas
del N o rte al M inistro d e Estado en el D espacho d e G uerra y M arina”, S a n M arcos, diciem bre d e
1883; “O ficio del C om andante en Jefe d e las fuerzas del N o rte al M in istro d e E sta d o en él D espacho
de G u erra y M arina” , Cajamarca, 9 D ec. 1883; C olección R ecavarren, M an u sc rito s, C u ad e rn o 10:
La montonera de Puga alentó la intensificación de las batallas faccionales y
clientelarcs entre los hacendados de la región, tanto durante como después de la
guerra. Por ejemplo, Francisco Baldomero Pinillos, un hacendado de Santiago de
Chuco que había estado involucrado en conflictos por deslindes con Puga antes
de la guerra, se volvió un fanático iglesista, dirigiendo a sus propios hombres para
enfrentarse en batalla contra las fuerzas de Puga, y percibiendo el conflicto ente­
ro en términos locales. Él y sus hijos Setapio y Juan José, recibieron comisiones en
la guardia nacional. En octubre de 1885, la familia Pinillos dem andó la adjudica­
ción de la hacienda Uningambal, que bordeaba su propiedad Sangual y con la que
se habían estado disputando tierra de pastoreo. Com o justificación de su demanda,
expusieron que un comandante aliado con Puga había invadido su propiedad desde
una base en U ningam bal, dañando su propiedad en represalia política.31 .

DE INVESTIGACIONES Y ESTUDIOS
ANTROPOLOGIA SO CIA L
Al final, ni la m ontonera comerciante de Becerra, ni el moyim iento orientado
hacia los hacendados de Puga, generaron una cultura política regional cuya visión
general se extendiera hacia afuera, hacia la construcción de una política nacional.
Ambos movim ientos eran coaliciones diversas de personas, unidas por un senti­
miento antiestado que, en una coyuntura particular, los impulsó a luchar del
lado nacionalista. Pero en ninguno de los casos los acontecimientos los condujeron
a la elaboración de un proyecto nacional. Aunque los com andantes guerrilleros

SIIPFPIOPES'FN
“O ficio de José M ercedes Puga a Recavarren”, H acienda H u ag al, 18 d e julio d e 1883, pp . 72-73;
O rdenes G enerales y C orrespondencia, Paq. 0 .1 8 8 3 .2 : “ O ficio del Jefe de las fuerzas expedicionarias
al distrito de la A sunción”, Cajamarca, 6 d e m ay o d e 1883; BNP, D 3 7 1 0 : “N o ta d irigida p o r el
Prefecto y C o m a n d an te G eneral del D ep artam en to de la L ib ertad D . Z. Relayzc a d ju n ta n d o d o cu ­

CENTRO
m entos relativos a la invasión de la provincia d e H u am ach u co p o r el caudillo Dr. José M ercedes
P uga", Trujillo, 2 9 d e m arzo de 1885.
51 BNP, D 3 7 1 0 : “N o ta dirigida p o r el Prefecto y C o m an d an te G eneral del D e p a rta m e n to de la
Libertad D . Z. Relayzc adjuntando docum entos relativos a la invasión de la provincia de H uam achuco
p o r el caudillo D r. José M ercedes Pugä”, Trujillo, 2 9 de m a rz o d e 1885; AHM , Paq. s /ri 1885:
“O ficio de la Prefectura y C om andancia G eneral del d ep artam en to de La L ibertad, firm ad o p o r
Juan N . Vargas, al O ficial M ay o r del M inisterio d e G uerra y M arina” , Trujillo, 7 d e n ov iem b re de
1885; b n p , D 7 9 7 4 : “ Expediente sobre la p etición hecha p o r Josefa H o y le vda. d e Pinillos y A na
H oylc de Loycar para que se declare sin lu g ar la solicitud d e los Sres. Pinillos so b re la confiscación
de la H d a . “U n in g a m b a l” , Trujillo, 3 de o c tu b re de 1885; A rchivo Piérola, C aja (A n tig u a), no. 53 ,
C orrespo n d en cia O ficial y Particular: “C arta d e M . Scrapio Pinillos a N icolás de Piérola”, Santiago
d e C huco, 16 d e abril d e 1896.
a lia d as con Puga o Recerra continuaron luchando del lado cacerista en la guerra
civil de 1884-1885, la situación"se em pantanó cada vez más tras las muertes de
Puga y Becerra en 1885, y la derrota de Iglesias. Hacia principios de la década
d e 1890, el estado cacerista fue incapaz de encontrar una estrategia efectiva para
restablecer su control sobre la región. Le tocaría a Nicolás de Piérola, y su g o ­
bierno posterior a 1895 de reconstrucción nacional, intentar nuevamente a
restaurar el orden en el departamento de Cajamarca.32
En Cajamarca, como en algunas otras zonas del país, la apuesta de Piérola por
el poder fue apoyada por un significativo.sector de la oligarquía terrateniente
tradicional, ávida de recuperar el status quo de antes de la guerra. Pero el signifi­

12 En relación con las m uertes tic Puga y Becerra, víase AD C, Particulares: “Solicitud de M anuel
Collazos al presidente d e la República M iguel Iglesias” , Lim a, 3 de no v iem b re de 188S; y b n p ,
0 3 7 i 0: "N o ta dirigida por el Prefecto y C o m andante General del D e p artam en to d e la Libertad D .
Z . Rclayze adjun tan d o d o cum entos relativos a la invasión d_c la provincia de H uaniachuco p o r el
caudillo Dr. Josc M ercedes Puga”, Trujillo, 29 de m arzo de 1885. Eli relación con la falta de
control cacerista en la región, véase UN I’ , D 3980: “M em oria que presenta el Prefecto dc.Lambaycquc,
C reí. Federico R íos, al M inistro de G obierno, Policía y O bras Públicas so b re el e stad o del Departa-,
m e n to de su m a n d o ”,C hiclayo, 26 de abril de 1886; D I 1375: “ E x p e d ie n te so b re el oficio d irigido
p o r el Prefecto del dep artam en to de C ajam arca, Jacinto A. Bedoya, al D ire c to r de G obierno, p i­
diéndole el a u m e n to de la fuerza pública en esa plaza”, Cajamarca, 21 d e octubre de 1889; D 5 156:
“ M emoria del Subprcfecto de Cajamarca, Tomás Bailón, al Prefecto del D e p artam en to ”, Cajamarca,
3 ele junio de 1892; y D 7 6 1 1: “N otas sobre el envío de una expedición a G o rg o r con el fin de
capturar .1 R om án Egiics García y C ía”, C ajatam bo, 7 de diciem bre d e 1895. Referente a los
com andantes caccrisras que pelearon d in an te la gu erra civil, véase BN P, D 3 7 0 4 : “Inventarió de los
d a ñ o s causados en la casa prcfccrural d e la ciudad de Cajamarca p o r las m o n to n e ra s com andadas
p o r el Dr. José M ercedes P u g a”, Cajamarca, 11 de enero de 1884; D 3 9 9 5 : “M cm oriaf elevado al
M inistro de G o b ie rn o p o r los vecinos de la villa de Supe . . S u p e (P ro v in cia d e C hancay), 13
d e febrero d e 1884; D 3797: “Oficio dirigido p o r el Prefecto del d ep artam en to di; la Libertad a la
Dirección de G obierno, adjuntando d ocum entos relativos a las correrías de la m ontonera capita­
neada por R o m ero ”, Trujillo, 9 de m ayo de 1885; AH M , Paq. 0 .1 8 8 4 .2 : “ C arta del gobernador del
d istrito de H u .ín u co , Pedro P. R eina, al p re fe c to y co m an d an te g e n eral d el d e p a rta m e n to ”, 17
d e marzo d e 1884; Paq. 0 .1 8 8 4 .6 , Prefecturas: “O ficio del Prefecto y C o m a n d an te General del
D epartam ento d e Lam baycque al oficial m ayor del M inisterio de G u erra y M arin a”, Chiclayo, 9 de
julio de 1884; Paq. 0 .1 8 8 4 .1 : “O ficio d e Fernando Sem inario al coronel jefe de la expedición”,
Pariam onga, 30 de noviem bre de 1884; Paq. s/n 1885: “O ficio de M . M o n d o ñ ed o , designado jefe
su p erio r político y m ilitar de los d epartam entos de Piura, L am bayequc y C ajam arca, p o r don
A ndrés A. C áccrcs, al alcalde del d istrito de C h ongoyape”, 1 de m ayo d é 1885.
cado de ese apoyo en el norte, estaba condicionado por la particular naturaleza
de la cultura política regional que había em ergido en décadas anteriores. Aunque
habían rechazado la intervención del estado en los años anteriores a la Guerra
del Pacífico, para 1895 la mayoría de los terratenientes en Cajamárca fueron
obligados a adm itir que necesitaban algún tipo de relación con el estado nacional.
Incluso si no se habían enfrentado a un movim iento campesino autónom o y
militante del tipo de los que existieron en M orelos, Puebla o Junín, la desorgani­
zación y destrucción de la ocupación chilena y el subsecuente conflicto civil
habían sacudido terriblem ente su control político y económico. A principios de
1886, los funcionarios políticos caceristas en todo el norte se apresuraron a señalar
que la desarticulación económica, el continuo conflicto político y la dispersión
de armas y hombres de las haciendas, había desquiciado a las instituciones del
estado y a la economía regional. Después de 1890, la desarticulación se incrementó
debido a la creciente dem anda de mano de obra en las plantaciones azucareras de
la costa, amenaza cada vez más intensa al m onopolio local de la fuerza de trabajo.
Así, cuando Piérola regresó al palacio presidencial en 1895, muchos terratenientes
tradicionales en Cajamarca le dieron una cálida bienvenida; lo veían com o el
salvador que vendría a restablecerles su posición en la sociedad local. Pero aun­
que le dieron la bienvenida al estado en sus regiones, los terratenientes en
Cajamarca negociaron los términos de la relación de manera m uy diferente a
como lo habían hecho sus contrapartes en M orelos o Junín.33

33 E n relación con el ap o y o a Piérola en la región de C ajam arca, véase BNP, A rchivo P iérola, C opia­
d o r no. 16, 1 8 8 9 -1 8 9 0 , C orrespondencia Oficial y Particular, N o rte : “ O ficio d e Piérola al Presi­
dente del C o m ité D e p artam en ta l de Trujillo, José M aría de la P u e n te ” , 3 d e julio de 1889; Caja
(A ntigua) no. 4 1 ,1 8 9 2 -1 8 9 5 : “C artas de N icolás R ebaza y S antiago R ebaza D em óstencs, de Trujillo,.
felicitando a Piérola y co m unicándole ser partidarios fervorosos de él ...” 28 d e m arzo de 1895;
“C arta d e V icente G o n zález y O rb eg o so a Piérola”, H acien d a M otil, 12 de abril d e 1895; “C arta de
Rafael V ülanucva a Piérola”, C ajam arca, 13 d e abril de 1895; Caja (A ntigua) no. 4 5 ,1 8 9 5 : “Carra
d e José M aría d e la P u en te a Piérola” , Trujillo, 13 de julio de 1 8 9 5 ; “C arta de Isidro Burga a
Piérola”, C ajam arca, 17 de ju n io de 1895; “O ficio de Isid ro Burga a C ru z T o rib io C ruz”, 29 de
m ayo de 1 8 9 5 ; y s /n C o rre sp o n d en c ia O ficial y P a rticu la r: “ C arta de M ig u e l Iglesias a N icolás
d e Piérola”, H acien d a U d im a , 18 de julio de J 895. E n relación co n las dificultades en c u an to al
control social una vez term in ad a la guerra, véase Taylor, “ M ain T rcn ds”, 8 6 -8 7 , 103-15, 177-79;
A H M , Paq. 0 .1 8 8 5 .2 : “O ficio d e J. B orgoño al M in istro de G uerra y M arina” , T rujillo, 3 d e enero
de 1886; y “O ficio d el Prefecto del D ep artam en to d e Piura al señor oficial m a y o r del M inisterio de
G u erra”, 15 de ju n io de 1886.
E n Morclos y Junín, com o hemos visto, los estados nacionales emergentes
intervinieron repetida y directamente en favor de los hacendados en su ’relativa­
m ente equilibrado conflicto con los pueblos. Por el contrario^ en el norte de.
Peni, la consolidación pierolista tendió a avalar o reconstruir un sistema de poder
privado terrateniente. Esta estrategia fue posible, en parte, gracias a la relativa
debilidad de la movilización campesina independiente en la zona. También fue
posible porque en la preguerra, las dinámicas de clase les habían asegurado a los
terratenientes una fuerte base política y territorial. C om o resultado, la relación
entre (os hacendados y el estado se parecía mucho al gam onalism o tradicional. A
cam bio de sancionar (a reproducción del poder privado en el campo, el gobierno
se aseguraba la colaboración de los terratenientes locales. Y parece que en gran
m edida el rrato funcionó, al menos hasta las décadas de 1920 y 1930. Aunque el
bandolerism o y la violencia se volvieron epidémicos en la región, forzando una
represión masiva en la década de 1920 por parte del estado nacional, hasta la
década de 1960 la policía siguió teniendo problemas al entrar en las haciendas
serranas de Cajamarca.34

34 E n P e n i, el térm ino “gam onalism o” ha sido utilizado, p or lo general, para d esignar el sistem a de
rcgionalización de poder en e! cual los poderosos locales, en su m ay o ría hacendados, ofrecían la
lealtad d e “sus" territorios a cam bio del apoyo estatal para m an ten er su control personal soffre
dichos territo rio s. C on relación a la naturaleza pandém ica d e la violencia en la región, véase UNI’,
A rc h iv o Picrola, Caja (A ntigua) no. 5 0 , 1895-1899: “C arta d e R afael V illanueva a l’iérola”,
Cajamarca, 2 7 de junio de 1897; “C arta del Prefecto de Cajamarca, Bclisario Ravincz, a Piérola”, C a ­
jam arca, 21 de junio de 1897; “C arta del Prefecto de C ajam arca, Belisario R avincz, a Picrola”,
Cajamarca, 20 de junio de 1897; “Carta del Prefecto de Cajamarca, Bclisario Ravincz, a Piérola", C a­
jam arca, 24 de m ayo de 1897; “Carta d e Rafael Villanueva a Piérola", C ajam arca, 1 d e febrero de
1897; “ C a rta del Prefecto de C ajam arca, B elisario R avinez, a P iéro la” , C ajam arca, 11 d e en ero
de 1 8 9 7 ; “Carta tiel Prefecto de C ajam arca, Belisario Ravinez, a Piérola”, C ajam arca, 2 8 de d iciem ­
bre d e 1896. En relación co n el b an dolerism o, véase John G itlitz, "C o n flicto s políticos en la Sierra
N o rte d e l Perú. La m ontonera Bcnel c o n tra Lcguía, 1924”, Estudios Andinos 9 , núrn. 16 (1 9 8 0 ):
1 2 7 -3 8 ; Taylor, “Main Trcnds”, 106-15; Lewis Taylor, Bandits a n d Poiitics in Perú: Landiord a n d
Peasant Vwlencein Hualgayoc, 1900-1930 (C am bridge: C entre o fL a tin A m erican S tudiés, 1987); y
sobre to d o Taylor, “Los orígenes del bandolerism o”. R o d rig o M o n to y a m e co m en tó en el curso de
una conversación personal, Lim a 1981, sobre las dificultades q u e en fren tó la policía para atravesar
las fro n teras de las haciendas en Cajamarca hasra la década de 1960.
Conclusión: haciendas y com unidades
en la construcción de la política nacional

Al com parar cuatro regiones rurales que confrontaron el surgim iento de una
“cuestión nacional”, hemos podido explorar una variedad de maneras en que los
campesinos y otros habitantes rurales actuaron políticamente de forma creativa,
dependiendo de las condiciones y tradiciones que tenían a su disposición. Cuando
los pueblos eran parte de una cultura política regional que incluía instituciones y
procesos hegemónicos comunales, tenían más éxito al negociar los espacios autó­
nomos y su participación al interior de las coaliciones nacionales emergentes.
Esto no significa, por supuesto, que los campesinos sin tales tradiciones com u­
nales fueran pasivos o políticamente ingenuos. Muy por el contrario. También
en Cajamarcá, los habitantes de las zonas rurales trabajaron creativa y perseve-
rantemente con las herramientas políticas que teman a la mano. Tampoco significa
que todas las comunidades produjeran el mismo tipo de nacionalismo alternativo,
puesto que había contingencias históricas, culturales y políticas que produjeron
una vasta gama de posibles alianzas, percepciones y discursos. Pero el punto
general más im portante es que, a pesar de su gran originalidad, vigor y variedad,
la acción política campesina tuvo que darse dentro de las fronteras establecidas
por las interacciones previas, en la forma de instituciones comunales y culturas polí­
ticas regionales. Incluso en períodos de intenso cambio y “apertura” política, por
tanto, lahistoria previa puso límites sobre las posibles transformaciones y construc­
ciones discursivas.
En el caso de Cajamarca, los hacendados dom inaron la cultura política de la
región gracias a la debilidad histórica de las instituciones comunales y la falta de
alternativas económicas para la población campesina de la región. Las principales
líneas de contención estaban entre las facciones de terratenientes, y los campesinos
actuaron políticamente al aliarse con estas facciones. Por tanto, al surgir una
“cuestión nacional”, los habitantes de los pueblos, en vez de construir su propio
proyecto, continuaron con su práctica establecida de exigir participación dentro
de Ips proyectos dominantes. Participaron en la construcción de la política nacional de
forma negociada”, a través de coaliciones multiclasistas existentes a nivel regional.
Por tanto, no formularon sus propios discursos nacionalistas alternativos.
F.n Múrelos, Junín y Puebla, en contraste, los campesinos participaron en los
procesos de formación del estado-nación más amplibs desde sus puntos de apoyo
en las instituciones y los procesos hcgcmónicos comunales. Construyendo hacia
afuera desde sus propias experiencias políticas, buscaron aliados entre aquellos
comerciantes, terratenientes y políticos que respetaban su autonom ía y sus aspi­
raciones por la justicia social. Los líderes campesinos mediaron entre las políticas
comunales y las coaliciones más amplias, transformando a ambas en el proceso.
Pero aquí es interesante notar que, al contrario del efecto negativo que tuvo el
dominio de los hacendados en el surgimiento de nacionalismos alternativos en
Cajamarca, la presencia del conflicto con las haciendas en otras regiones, en realidad
intensificó la autonomía y militancia de los nacionalismos campesinos. Así pues,
todos los nacionalismos alternativos políticamente autónom os y fuertes que hemos
analizado -M orcios, las sierras central y oriental de Puebla, Com as y la ribera
occidental del M antara-, surgieron en relación a, y en conflicto con una clase de
hacendados expansionistas. En Jauja, en donde no existía una amenaza importante
de terratenientes y en donde los lazos de clientclajc funcionaron con más éxito, las
coaliciones nacionales integraran a grupos más diversos de form a más pacífica.
Las comparaciones presentadas aquí pretenden ser sólo sugerencias a futuro.
Lo último que pretendería es construir un modelo rígido sobre nacionalismos
alternativos en el que debiéramos tratar de hacer caber a todos y a cada uno de
los casos. Son igualmente importantes las variaciones que pueden darse dentro
de estos amplios parámetros. Así, en el caso de Puebla podem os resaltar el carácter,
único v la importancia central de Xochiapulco. En una zona de pueblos étnica­
mente distintos y culturalmente indígenas, una comunidad salida de una hacienda
ayudó a mediar los discursos y las prácticas políticas en una poderosa alianza
liberal radical. El liberalismo en la m ontaña seguramente habría sido diferente
sin la existencia de Xochiapulco. En el caso de Morelos tam bién, podem os estar
seguios de que el liberalismo agrario habría sido menos sofisticado y complejo
sin los cuarenta años de acción política al lado de Juan Alvarcz y otros caciques
del federalismo radical de El Sur. Y en Perú sólo podemos especular sobre lo que
habría sucedido sin el terco cpmpromiso de Andrés Cáccres hacia una continua
resistencia en contra del ejército ocupacionista chileno.
Tal vez la percepción final que hay que extraer de todo esto es que, en nues­
tros continuos esfuerzos por--ntender y respetar la inmensa cantidad de formas
rurales de política, lucha y discursos que alimentaron, dieron forma y cuestiona­
ron la formación del estado-nación en el siglo XIX, hay que evitar con igual
cuidado la generalización rígida y la completa dispersión intelectual. M ientras
más podam os darle a los actores y procesos específicos “nom bre y apellido”, más
difícil será hacerlos caber en categorías predeterminadas. Pero al mismo tiempo,
necesitamos recobrar la importancia de la generalización y la construcción teóri­
ca. Al tiem po que reconocemos la necesidad de una perspectiva más flexible y
abierta, también debemos recordar que la resistencia a la teorización puede ser
tan nociva com o insistir en que todas las variaciones enlpíricas tienen que caber
en una sola caja conceptual.-