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LAS EXCEPCIONES DE PRESCRIPCIÓN

Y CADUCIDAD LEYES 26 Y 27 DEL FUERO NUEVO1

FAUSTINO CORDÓN MORENO


Catedrático de Derecho Procesal. Abogado

RESUMEN. La doctrina y la jurisprudencia han trazado las diferencias -de naturaleza y de régi-
men jurídico- entre la prescripción y la caducidad a partir de los preceptos que las regulan. La
distinción entre ambas es clara en el plano sustantivo, pero presenta algunas sombras cuando
se proyecta en el ámbito del proceso, en el que constituyen dos excepeciones que se oponen,
de forma y con alcance diferentes, al fondo de la acción ejercitada en la demanda. La finali-
dad de este trabajo es analizar brevemente, a la luz de la jurisprudencia, ambas instituciones,
resaltando sus características diferenciadoras más importantes.
PALABRAS CLAVE. Prescripción, caducidad, excepciones, acción, jurisprudencia.

ABSTRACT. Legal doctrine and jurisprudence have clearly set out the differences, both in
nature and in applicable legal rules, between prescription and lapse from the legal precepts
themselves (scarce in the case of lapse) that govern them. The distinction between the two
is clear on a substantive level and even more so when dealing with the trial process. In this
case, they represent two opposing exceptions, each having a different form, and reach to the
substance of the lawsuit. The purpose of this study is to briefly examine, in light of applica-
ble case law, these two institutions, by highlighting their most important differentiating cha-
racteristics both on a substantive and a procedural level.
KEYWORDS. Prescription, lapse, exceptions, lawsuit, case law.

1. Este trabajo se enmarca dentro del Proyecto de Investigación "Especialidades procesales del
Fuero de Navarra" financiado por el Gobierno de Navarra. Departamento de Educación
(2007-2008).

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SUMARIO
I. INTRODUCCIÓN. II. PRESCRIPCIÓN. III. CADUCIDAD. IV. DIMENSIÓN CONSTI
TUCIONAL DE LA PRESCRIPCIÓN Y LA CADUCIDAD.

I. INTRODUCCIÓN

La ley 26 del Fuero Nuevo de Navarra distingue, ya en su rúbrica, las insti-


tuciones de la caducidad y la prescripción: “Las acciones que tienen un plazo
establecido no pueden ejercitarse después de transcurrido. Todas las acciones
que no sean imprescriptibles por declaración de la Ley, prescribirán en los pla-
zos que se establecen en el presente título”. En el Derecho común, aunque no
exista en él un precepto como el que se acaba de citar del Fuero Nuevo, la dife-
rencia entre una y otra –conceptual y de régimen jurídico- es clara para la doc-
trina y aparece reflejada también con nitidez en la jurisprudencia2 en términos
semejantes a los que se desprenden del precepto citado del Fuero Nuevo: “(...)
si bien en nuestro derecho no existe una norma específica que concretamente
fije la distinción entre las mencionadas instituciones, que responden a la
común razón de la presunción de abandono tanto de los derechos como de las
acciones, que son su consecuencia, tampoco cabe desconocer que se diferen-
cian en que cuando se otorgue un tiempo determinado para su ejercicio se está
ante la presencia de un plazo de caducidad, pasado el cual el derecho de que se
trate ha dejado de existir, debiendo ser tomado en cuenta por el juzgador aun
cuando sólo se desprenda su transcurso de los hechos que el actor exprese,
mientras que, por el contrario, la prescripción hace referencia tan solo a las pre-
tensiones que las partes puedan deducir, y no a los derechos que les afecten,
quedando éstos sólo paralizados (...)3.
En las páginas que siguen me propongo repasar brevemente ambas insti-
tuciones, resaltando algunas de sus características que han sido subrayadas por
la jurisprudencia.

2. La STS de 12 de febrero de 1996 (RJ 1996/1247) nos recuerda que fue “a partir de la STS de 30
de abril de 1940 (cuando) la jurisprudencia inició un camino constante y sostenido para dis-
tinguir la caducidad de la prescripción”.
3. STS 28 enero 1983 (RJ 1983/393).

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II. PRESCRIPCIÓN

1. Para el Código Civil la prescripción es un hecho jurídico -el mero trans-


curso del tiempo fijado en la Ley (cfr. artículo 1961)- al que se asigna un efecto
concreto, la extinción de los derechos y acciones de cualquier clase que sean
(artículo 1930, II CC); la Ley 26 del Fuero Nuevo, en cambio, aunque recoge un
concepto semejante de prescripción, nada dice sobre el ámbito de ese efecto
extintivo (sobre si se extingue la acción o el derecho, o ambos), limitándose a
disponer que “Todas las acciones... prescribirán en los plazos que se estable-
cen en el presente título”4.
En cualquier caso, conviene precisar que la prescripción no extingue ni el
derecho material ni la acción: el primero porque la satisfacción de un derecho
"prescrito" –por haber trascurrido ya el plazo fijado en la ley para el ejercicio de
la correspondiente acción- no supone pago de lo indebido que fundamentaría
la acción de repetición (la condictio indebiti) ex artículo 1895 CC o ex Ley 509
FN; faltaría el segundo de los requisitos que señala este último precepto legal, a
saber, la posibilidad de que el deudor que ejercite la acción de repetición pruebe
la inexistencia de la obligación, porque, como ha dicho el AAP Santa Cruz de
Tenerife 30 enero 1999 (AC 1999/177), “el derecho o crédito supuestamente
afectado por la prescripción es plenamente exigible”, por lo que “el pago o cum-
plimiento de una deuda prescrita es plenamente eficaz, extingue la obligación”5.
Pero tampoco extingue la acción porque el ejercicio de una acción "prescrita"
-después de transcurrido el plazo de prescripción señalado en la Ley- no deter-
mina por sí ni la inadmisión de la demanda6 ni el dictado, sin más, de una sen-

4. En cualquier caso, “la prescripción extintiva, institución bien conocida y admitida en todos
los ordenamientos jurídicos.... no es contraria ni a la Constitución de 1978 ni a ninguno de
los instrumentos internacionales que inexplicablemente se traen a colación. Las conse-
cuencias de haberse admitido la prescripción extintiva desde luego que son perjudiciales
para el recurrente, pero a él sólo se han de imputar, por su falta de diligencia en el actuar”
(STS 11 octubre 1991, RJ 1991/8230).
5. Por eso –continúa el auto citado-,“no puede ser objeto de recuperación en base a un supuesto
pago por error derivado de la posible extinción por prescripción de la deuda exigida una vez
abonada pues, como se ha señalado, tal hecho extintivo sólo tiene virtualidad en la medida
en que expresamente se opone como causa obstativa a la reclamación formulada”.
6. La SAP Córdoba, Sección 2ª, de 9 abril 2007 (JUR 2007/202243) contempla un supuesto en el
que el demandado, con fundamento en la prescripción, interpuso recurso de reposición con-
tra el auto de admisión a trámite de la demanda, dejando de contestarla una vez que dicho
recurso fue desestimado. “Por tal razón –dice-, la sentencia de instancia no acoge la excep-
ción dicha, y al hacerlo aplicó correctamente las consecuencias del principio de preclusión,
uno de los rectores del procedimiento civil y que consiste en esencia en que la ley dispone
de un momento preciso, dentro de la sucesión de actos que constituye el proceso, para la rea-
lización de una concreta actuación, de tal manera que su validez viene condicionada por el
cumplimiento de esa exigencia temporal;(...continúa en página siguiente)

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tencia absolutoria con fundamento en la consideración de la prescripción como


un hecho extintivo7 y su consiguiente apreciación de oficio. Como luego diré, no
es posible esta apreciación de oficio por el juez a partir de la constancia en autos
de hechos que pongan de manifiesto el transcurso del plazo -de prescripción-
legalmente previsto, sino que, para producir sus efectos, es preciso que sea ale-
gada por el demandado en momento procesal oportuno y se decida sobre ella
previo debate procesal contradictorio8.
El alcance de la prescripción se limita, pues, a constituir un hecho (hecho
excluyente, en la terminología de la doctrina procesal9) que fundamenta un con-
traderecho (una excepción material propia, en la misma terminología) que el
demandado puede o no ejercitar, ya que es libremente renunciable, y que, si lo
ejercita a través del planteamiento de la correspondiente excepción, posibilitará
el contenido absolutorio de la sentencia en cuanto al fondo10. Por eso, cuando el

(...) y la formulación de excepciones como la de prescripción tiene su lugar concreto y determi-


nado en la contestación a la demanda, sin que pueda considerarse válida su alegación como un
improcedente motivo de recurso de reposición contra el auto de admisión a trámite de la
demanda, pues entenderá definitivamente la cuestión el Letrado del recurrente si se le explica
que aquella resolución no infringió en ningún momento el ordenamiento jurídico y por ello
su recurso no prosperó, toda vez que, entre otras razones, la excepción de prescripción, al con-
trario de lo que ocurre con la caducidad, es oponible a instancia de parte, por cuya razón, por
mucho que la juzgadora de instancia pudiera haber apreciado el transcurso de más de un año
entre la notificación de la sentencia penal absolutoria y la interposición de la demanda, no
podía hacer otra cosa que admitirla a trámite y dejar que fuera el demandado quien la esgri-
miese; si luego no contestó a la demanda, su posibilidad de excepcionarla precluyó definitiva-
mente y por tal razón no pudo ser considerada en la resolución recurrida ni en la presente, por
lo que sin más se ha de desestimar el recurso de apelación interpuesto con carácter principal”.
7. En contra de lo declarado alguna vez por el Tribunal Supremo, la prescripción no es una
causa de extinción de las obligaciones, equiparable a las previstas en el artículo 1156 CC.
8. Como ha precisado el AAP Santa Cruz de Tenerife 30 enero 1999 (AC 1999/177), antes citado,
el efecto extintivo de la prescripción “sólo tiene virtualidad en la medida en que expresa-
mente se opone como causa obstativa a la reclamación formulada” y “ante la posibilidad de
su interrupción por determinados hechos, su alegación requiere un período de contradic-
ción sobre su eficacia extintiva pues, en otro caso, el acreedor puede quedar indefenso al pri-
vársele de la posibilidad de justificar la interrupción y, en definitiva, de demostrar la
improcedencia de la prescripción alegada”.
9. Aunque también ha sido asumida por los tribunales. Por ejemplo, por la SAP Guipúzcoa de
13 de febrero de 2003 (JUR 2003/116263): “(...) en el aspecto procesal, la prescripción, en
cuanto excepción perentoria plenamente renunciable, introduce en el proceso un hecho
excluyente enervador del derecho afirmado de contrario, y por ello no es apreciable de oficio
por los Tribunales, sino que ha de ser alegada u opuesta por la parte a quien favorezca...”.
10. Su naturaleza es muy diferente a la de los hechos impeditivos y extintivos que fundamentan
las excepciones impropias. Cuando concurre un hecho impeditivo o uno extintivo, la acción
que el demandado afirma en su demanda no existe verdaderamente, bien porque nunca
nació, bien porque se ha extinguido; por eso, en estos casos, la petición de tutela jurídica del
actor no es fundada. Por el contrario, cuando concurre un hecho excluyente, la acción que
el actor afirma en su demanda existe realmente, aunque ese hecho (el hecho excluyente) fun-
damenta un contraderecho a favor del demandado que le permite enervar los efectos que
ordinariamente producirían los hechos constitutivos; pero si el deudor no hace valer la pres-
cripción a través de la correspondiente excepción, la pretensión de tutela jurídica del actor
será estimada, porque es fundada.

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artículo 1935 CC y la Ley 27 del Fuero Nuevo de Navarra disponen que se podrá
renunciar a la prescripción ganada, están reconociendo que dicha prescripción
–la “ganada”- genera un verdadero derecho del demandado, porque sólo los
derechos pueden ser objeto de renuncia (cfr. la Ley 9 del Fuero Nuevo). Más ade-
lante volveré sobre esta dimensión procesal de la prescripción extintiva.
2. La ley11 fija diferentes plazos de prescripción, según la naturaleza de las
acciones, aunque en ocasiones la propia norma declara que son imprescripti-
bles. Según la Ley 26 del Fuero Nuevo, la imprescriptibilidad de la acción debe
tener un fundamento legal (“Todas las acciones que no sean imprescriptibles
por declaración de la ley...”), pero la jurisprudencia ha admitido también otros
supuestos. Así:

a) La acción para impugnar un negocio simulado (y, en general, las accio-


nes de nulidad radical de un acto o contrato12). Cuando se trata de una simula-
ción absoluta, no existe duda alguna: "Los negocios con simulación absoluta
no son sanables ni por confirmación ni por prescripción, pues su nulidad tiene
carácter definitivo y la sentencia que la pronuncia es declarativa. Los negocios
inexistentes con simulación absoluta ofrecen ineficacia intrínseca o radical ipso
iure y erga omnes" (STS de 13 de abril de 1988, RJ 1988/3146). En la simulación
relativa ha declarado la jurisprudencia que "no existe el contrato que se apa-
renta, sino que tan sólo existe el que se encubre y que origina derechos y accio-
nes prescriptibles, prescriptibilidad que no puede aplicarse a la acción
encaminada a desvelar el contrato oculto, que no nace de éste, sino del con-
trato aparente cuya inexistencia perpetuamente tienen derecho a denunciar
las partes que lo suscribieron, por elementales razones de seguridad jurídica"
(STS de 22 diciembre 1987, RJ 1987/9648).

b) Cuando se reclama el cumplimiento de la obligación contraída de ele-


var a público un contrato otorgado en documento privado. En estos casos “apa-
rece indudable que al menos mientras subsista la vigencia del contrato y el
ejercicio de los derechos y obligaciones a que dio nacimiento, pervive el pacto
accesorio de poder ser instrumentado públicamente, habida cuenta sobre todo
que el pacto de elevar a escritura pública lo convenido en el documento pri-
vado, es una facultad... latente en todo convenio aunque no lo exprese especí-

11. En realidad, con excepción de las leyes 26, 27 y 40, que tienen un contenido general, todas
las demás incluidas en el Título IV del Libro Preliminar del Fuero Nuevo se limitan a fijar
estos plazos.
12. Cfr. SSTS 5 junio 2000 (RJ 2000/3587); 30 septiembre 1992 (RJ 1992/7414); 14 noviembre 1991
(RJ 1991/8241); etc.

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ficamente”13. Porque, en efecto, “la exigibilidad de la llamada elevación a escri-


tura pública del contrato; esto es, del otorgamiento del documento de tal clase,
no constituye un derecho subjetivo inherente a la naturaleza del contrato -en
este caso, del de compraventa- susceptible de extinguirse por prescripción (...).
Luego, la referida facultad de cualquiera de los contratantes de compeler al
otro, de obligarle, a formalizar en escritura pública un contrato ya perfecto y no
extinguido permanece viva mientras el contrato mantenga su validez y efica-
cia, pues consiste exclusivamente en cubrir la referida formalidad, vinculada,
unida permanentemente a la existencia, validez y vigencia del contrato, y no
en un derecho subjetivo de uno sólo de los contratantes, correlativo a una obli-
gación contractual del otro” (SAP Las Palmas 28 febrero 1998, AC 1998/317).

c) En el caso de las acciones meramente declarativas, siempre que se trate


de una verdadera acción declarativa autónoma y exigente de un pronuncia-
miento diferenciado, no de una petición que constituya un simple prius del
pronunciamiento condenatorio que se pretende (por ejemplo, cuando se acu-
mula la acción meramente declarativa de dominio a la reivindicatoria) (cfr. STS
15 julio 2005, RJ 2005/9238)

d) Cuando se ejercitan facultades vinculadas a la titularidad de un derecho.


Así, a juicio de la STSJ Navarra de 8 octubre 1997 (RJ 1997/7098), la revocación,
como facultad inherente al mandato. no es prescriptible con independencia de
la titularidad contractual de que dimana.

3. La jurisprudencia es unánime a la hora de proclamar el criterio restrictivo


con que ha de ser tratado el instituto, por ser figura que no se asienta en una
idea de justicia intrínseca y sí de limitación en el ejercicio de los derechos en
aras del principio de seguridad jurídica, conectado a una cierta dejación o
abandono de aquellos derechos por su titular14, siquiera sea “esencial a tales
efectos la valoración de la voluntad del afectado en orden al mantenimiento y
subsistencia de su derecho, de tal modo que cuando se patentice clara y feha-
cientemente el animus conservandi debe quedar interrumpido el tempus pres-
criptionis " (STS 7 julio 1983, RJ 1983/4113)15. Por eso:

13. STS de 9 marzo 1970 (RJ 1970/2224), que aparece recogida en la posterior STS de 14 febrero
1986 (RJ 1986/678).
14. Cfr., entre otras muchas: SSTS de 18 septiembre 1987 (RJ 1987/6066), 14 febreto 1989 (RJ
1989/833), 14 marzo 1989 (RJ 1989/2043), 25 junio 1990 (RJ 1990/4889), 27 mayo 1991 (RJ
1991/3738), 12 julio 1991 (RJ 1991/5381), 15 marzo 1993 (RJ 1993/2284), 20 junio 1994 (RJ
1994/6025), 27 mayo 1997 (RJ 1997/4142), 22 noviembre 1999 (RJ 1999/8618), 19 diciembre
2001 (RJ 2001/2491).

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a) Es lógica la interpretación amplia que realiza de las causas de interrup-


ción de la prescripción recogidas en los artículos 1973 del Código Civil, 944 del
Código de Comercio y, en Navarra, la Ley 40 del Fuero Nuevo (que contiene
una regulación de la interrupción parcialmente diferente)16, las cuales tienen
"como efecto capital la necesidad de que el tiempo de prescripción haya de
contarse de nuevo por entero" (STS de 31 de enero de 1986, RJ 1986/444).

15. En el mismo sentido ha dicho la STS de 20 de octubre de 1988 (RJ 1988/7591): “la doctrina de
este Tribunal, abandonando la rigidez de la interpretación estrictamente dogmática de la pres-
cripción que venía siguiéndose hasta aproximadamente el último decenio e inspirándose en
unos criterios hermenéuticos de carácter lógico-sociológico, siempre más dúctiles y acomo-
dables a las exigencias de la vida real, criterios que el artículo 3.º, 1, del Código Civil más que
pregonar, impone, ha señalado como idea básica para la exégesis de los artículos 1969 y 1973
del Código Civil, el que siendo la prescripción una institución no fundada en principios de
estricta Justicia sino en los de abandono o dejadez en el ejercicio del propio derecho y en el
de la seguridad jurídica, su aplicación por los Tribunales no debe ser rigurosa sino cautelosa
y restrictiva (...). Consecuencia de todo ello, es que, cual tiene igualmente declarado esta Sala
reiteradamente en su indicada última fase o etapa interpretativa de la prescripción, cuando
la cesación o abandono en el ejercicio de los derechos no aparece debidamente acreditada y
sí por el contrario lo está el afán o deseo de su mantenimiento o conservación, la estimación
de la prescripción extintiva se hace imposible a menos de subvenir sus esencias”.
16. Así, por ejemplo, alude la STS de 20 de octubre de 1988 (RJ 1988/7591), antes citada, a que
"las innegables, profundas brechas que la nueva dirección doctrinal de esta Sala ha ido
abriendo en la rigurosa exégesis que de los artículos 1969 y 1973 CC hacía la anterior a la
reforma del artículo 3.1 CC, puede verse en la interrupción del plazo de prescripción en los
casos de presentación del escrito de asistencia gratuita (STS de 17 de marzo de 1986, RJ
1986/1474) o de la presentación de demanda de pobreza (SSTS de 27 de mayo de 1983, RJ
1983/2916, y 19 de septiembre de 1985, RJ 1985/4279), y en los casos de reclamación previa
en vía administrativa, asimilable a la interpelación extrajudicial (STS de 28 de mayo de 1984,
RJ 1984/2800), o, en fin, en la STS de 7 de julio de 1983 (RJ 1983/4113), que pone de relieve en
su fundamento cuarto la incongruencia que supone conceder una mayor eficacia interrup-
tiva respecto de la prescripción extintiva a la reclamación extrajudicial que a la conciliación".
Y, en el mismo sentido, la abundante jurisprudencia que interpreta ampliamente el concepto
de reclamación extrajudicial, reconociendo que tienen la consideración de tales: la que se
formula mediante requerimiento notarial (STS 12 noviembre 1986, RJ 1986/6386), mediante
un simple telegrama (STS 16 marzo 1981, RJ 1981/916), a través de mandatario verbal (STS 10
marzo y 9 diciembre 1983, RJ 1983/1469 y 1983/6926), sin que obste que el mandato sea tácito
(STS 12 noviembre 1986, RJ 1986/6386) o de una persona no concretada en nombre de una
persona jurídica (STS 8 noviembre 1986, RJ 1986/6220); o incluso verbalmente (SSTS 10
marzo 1983, RJ 1983/1469, y 8 noviembre 1988, RJ 1988/6221). En definitiva, se puede afir-
mar que la reclamación extrajudicial posee eficacia interruptora de la prescripción extintiva
con tal de que contenga una declaración de voluntad dirigida a la conservación del derecho,
sin que se exija una forma determinada. En cambio, se sostiene que las disposiciones admi-
nistrativas no son actos interruptores del plazo legal de prescripción de acciones, "pues si se
les atribuye tan decisiva influencia para invalidar el terreno del fuero común quedaría a mer-
ced de los interesados no sólo al preparar solicitudes de tiempo en tiempo para conseguir
acuerdos gubernativos, dejando en la incertidumbre derechos a discutir, sino que incluso el
legislador podría añadir una imprescriptibilidad más en materia civil" (STS de 2 febrero 1995,
RJ 1995/729).

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El tratamiento restrictivo de la prescripción –ha dicho la SAP Granada 25


abril 2005 (JUR 2005/137997) ha de llevar implícita una interpretación amplia
y flexible de las causas que determinan la interrupción del plazo prescriptivo,
conforme al art. 1973 del Código Civil. De manera que, atendiendo al funda-
mento subjetivo de la prescripción, basada en la presunción de abandono del
derecho por parte del titular que no ejercita la acción correspondiente, la inte-
rrupción debe operar siempre que se exteriorice o evidencie la voluntad de
ejercer o conservar el derecho por parte de su titular, dada la incompatibilidad
existente entre ese animus conservandi y la idea de abandono de la acción,
debiendo interrumpirse el plazo, siempre que aparezca suficientemente mani-
festado dicho deseo conservativo17.

b) La aplicación no rigorista de la prescripción alcanza su más genuina


expresión precisamente en el extremo relativo al término inicial a partir del cual
ha de iniciarse el cómputo del plazo correspondiente18, de forma que la inde-

17. Cfr. en el mismo sentido las SSTS 18 septiembre 1987 (RJ 1987/9982), 12 julio 1991 (RJ
1991/5381), 20 junio 1994 (RJ 1994/6025), 3 marzo 1998 (RJ 1998/1036), y 30 noviembre 2000
(RJ 2000/9170). Distinta de la interpretación amplia de las causas de interrupción de la pres-
cripción es su interpretación extensiva, que está vedada por la jurisprudencia. Así, dice la
reciente STS de 14 febrero 2008 (RJ 2008/2927): “la doctrina y la jurisprudencia han venido
entendiendo que el artículo 1973 del Código Civil contempla una causa natural de interrup-
ción de la prescripción, de manera que estos actos son conservativos y de defensa del dere-
cho del titular (STS 23 de enero 2007, RJ 2007, 596), siendo jurisprudencia dictada en orden
a la correcta aplicación de este artículo, que los casos de interrupción no pueden interpre-
tarse en sentido extensivo, por la inseguridad e incertidumbre que llevaría consigo la exi-
gencia y virtualidad del derecho mismo (SSTS 31 de diciembre de 1917; 9 y 12 de mayo 2006
[RJ 2006, 2357]), habiendo señalando las sentencias de 3 de mayo de 1972, 14 de julio de 2005
(RJ 2005, 5278) y 23 de enero 2007 (RJ 2007, 596), entre otras, que la acción antes ejercitada y
la que después se use han de ser siempre la misma y no otra que con ella tenga mayor o
menor analogía y esa acción interruptora debe ser la procedente, como exigencia tanto legal
como jurisprudencial, pues no vale a tales efectos cualquiera, como ocurre en este caso en el
que la interposición de la primera de las demandas ante la jurisdicción laboral lo fue en recla-
mación de determinadas prestaciones amparadas en la normativa laboral..., mientras que
en la segunda se formula una reclamación civil derivada de un accidente de trabajo que nada
tiene que ver con el contenido de la relación laboral, sino con el deber general de no dañar
a otro, por culpa extracontractual o aquiliana del artículo 1902 del CC, por lo que no existió
la identidad requerida en el artículo 1973 para que pueda tenerse por interrumpida pres-
cripción, sin que tampoco tenga virtualidad suficiente para hacerla valer como reclamación
extrajudicial por la distinta identidad de las acciones ejercitadas en uno y otro orden juris-
diccional y porque, en definitiva, no contiene los elementos suficientes para hacer saber a
los demandados el propósito de los demandantes de ejercitar y conservar su crédito contra
estos, ni acredita una voluntad activa de reclamación de los daños producidos, incompati-
ble con la dejación y abandono que sanciona la prescripción; todo lo cual permite sostener
que al no haberse ejercitado la acción aquiliana, pudiendo haberlo hecho, antes del año
transcurrido desde del archivo de las diligencias penales, aquélla se ha extinguido por pres-
cripción”.

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terminación de ese día inicial o las dudas que sobre el particular puedan surgir
no deben en principio resolverse en contra de la parte a cuyo favor juega el dere-
cho reclamado, sino en perjuicio de aquella otra que pretende su extinción pre-
cisamente con base en la supuesta extemporaneidad de la pretensión adversa,
sobre la que efectivamente pesa la carga probatoria de los hechos impeditivos o
extintivos del derecho en litigio (cfr. STS 10 marzo 1989, RJ 1989/2034).
Al respecto, dijo ya la STS 12 de diciembre de 1980 (RJ 1980/4747)19 que en
los casos de comportamiento ilícito continuado o permanente, el día inicial de
la prescripción será no el del comienzo del hecho, sino el de su verificación
total, ya que si prima facie parece justo iniciar el cómputo del tiempo para la
posible reacción contra el acto antijurídico el día de su plena efectividad e
incluso el de su cesación, la solución opuesta, limitando con rigor el ejercicio
del derecho al resarcimiento, fraccionaría de manera artificiosa la prescripción,
creando tantos términos iniciales cuantos fuesen los días en que se realizase,
a través del tiempo, la acción lesiva para la esfera jurídica ajena. Los casos en
que la jurisprudencia ha declarado que, en estos supuestos de daños conti-
nuados, el comienzo de la prescripción hay que situarlo en la fecha de inicia-
ción de la actividad perjudicial, contemplan actos dañosos presentados en su
realización con la sustantividad necesaria para iniciar el cómputo (cfr. SSTS 8
julio 1947, RJ 1947/939, y 25 junio 1966, RJ 1966/3549) y en los que consta
inequívocamente el tiempo de comienzo de la acción lesiva (cfr. STS de 31
enero 1968, RJ 1968/606)20.
Para estos casos de daños o lesiones que se mantienen durante un tiempo
continuado, habrá que atenerse, pues, al momento en que se conozcan de
modo definitivo los efectos del quebranto producido: "No puede entenderse
como fecha inicial del cómputo en el caso de reclamación de indemnizaciones
por lesiones, la del alta médica de la enfermedad cuando quedan secuelas cuyo
tratamiento prosigue, sino aquél en que pudo conocer el interesado de modo

18. La jurisprudencia exige la fijación de un término a quo claro para su cómputo y ha de inter-
pretarse restrictivamente (cfr. STS de 12 julio 1991, RJ 1991/5381), ya que al no estar fundado
en razones de justicia, sino de seguridad jurídica, que deben ceder ante las anteriores, no
debe ser objeto de una aplicación rigorista sino que ha de ser entendido con talante restric-
tivo y cauteloso (cfr. STS de 20 junio 1994 (RJ 1994/6025).
19. Con doctrina ratificada por sentencias posteriores. Por ejemplo, SSTS 12 de febrero de 1981
(RJ 1981/530), 6 mayo 1985 (RJ 1985/2260), 17 marzo 1986 (RJ 1986/1474) y 19 enero 1988 (RJ
1988/126).
20. En cualquier caso, no pueden ser identificados los supuestos de daños continuados en su
precisa acepción y daños permanentes u originados por la subsistencia en su efecto de un
acto instantáneo, con aquellas situaciones en que una serie de actos sucesivos provocan en
su perjudicial progresión un resultado lesivo de nocividad más acusada que la simple suma
de los repetidos agravios (cfr. STS de 26 octubre 1971, RJ 1971/4158).

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definitivo el quebranto padecido por efecto de aquellas lesiones" (STS de 3 de


abril de 1991, RJ 1991/2632), “pues sólo entonces se halla el interesado en con-
diciones de ejercitar la acción valorando el alcance efectivo y total del daño y el
importe de la adecuada indemnización” (STS 27 de febrero de 1996, RJ
1996/1267). O dicho con palabras de la STS de 17 mayo 1989 (RJ 1989/4695),
“no puede entenderse como fecha inicial del cómputo la del alta en la enfer-
medad cuando quedan secuelas, sino la de la determinación invalidante de
éstas, pues hasta que no se sabe su alcance no puede reclamarse en base a ellos
siendo en el presente caso el reconocimiento de la situación de la incapacidad
permanente del reclamante aquel desde el que hay que partir para contar el
plazo prescriptivo”.
En cualquier caso, y como esta determinación puede plantear dudas, la
jurisprudencia ha dicho: 1º) que el momento en que debe iniciarse el cómputo
del plazo prescriptivo ha de determinarlo el juzgador (cfr. SSTS 7 octubre 1988,
RJ 1988/7392, y 16 diciembre 1987, RJ 1987, 9511); y 2º) que corresponde tam-
bién a la soberanía del juzgador de instancia la apreciación acerca de si se ha
producido o no la ruptura del tracto de la prescripción (cfr. STS 16 marzo 1981,
RJ 1981/916).

4. Desde la perspectiva procesal, la prescripción es, como ya he dicho, un


hecho excluyente que, según una jurisprudencia constante, debe ser alegado
necesariamente por el demandado mediante la formulación de la correspon-
diente excepción21 y que, si es estimada, determinará una sentencia absoluto-
ria en cuanto al fondo:

a) Se trata de una excepción perentoria que se funda en un derecho del


demandado plenamente renunciable y, por ello, no es apreciable de oficio (cfr.
STC 215/1989, de 21 diciembre, y SSTS 22 mayo 1990, RJ 1990/3832, 27 mayo
1991, RJ 1991/3738, 21 febrero 1997, RJ 1997/2151, 24 mayo 1997, RJ 1997/4323,
entre otras)22; por tanto, debe ser alegada por la parte demandada y, como ha
recordado la SAP Guipúzcoa de 13 febrero de 2003 (JUR 2003/116263), con cita
de abundantes sentencias del Tribunal Supremo, “en razón a los principios de
audiencia, contradicción y preclusión procesal, ha de serlo precisamente en los

21. Aunque también puede hacerse valer accionando (cfr. STS de 21 de febrero de 1997, RJ
1997/1906).
22. La mencionada línea jurisprudencial se basa en lo dispuesto en el art. 1935 CC (y en la Ley 27
del Fuero Nuevo), ya que si el favorecido por la prescripción puede renunciar, expresa o táci-
tamente, a ella, resulta obvio que la institución está íntegramente regida, en este aspecto, por
el principio de la autonomía de la voluntad.

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escritos rectores del proceso que definen el debate procesal y delimitan su objeto”.
Por eso no es suficiente con que conste en los autos23, como ocurre, por ejemplo,
con el pago o con los hechos determinantes de la nulidad radical de los contratos.
La esencial renunciabilidad de la prescripción, y la consiguiente necesidad
de que sea alegada por el demandado, no impide, sin embargo, que, en oca-
siones, puedan examinarse sus consecuencias sin la previa declaración judi-
cial de su existencia y, por lo tanto, sin que haya sido invocada por el
demandado. Así en el supuesto resuelto por la STSJ Navarra de 9 diciembre
1997 (RJ 1997/9414), en el que se plantea la cuestión de si la demanda de res-
ponsabilidad frente a un abogado por haber dejado transcurrir el plazo de pres-
cripción de una acción a ejercitar en la jurisdicción laboral exige la previa
apreciación por ésta de la prescripción y, en consecuencia, la previa alegación
por la parte favorecida por la misma. El Tribunal, partiendo de la doctrina con-
tenida en la STS 4 abril 1987 (RJ 1987/2488), considera que no es exigible una
previa declaración judicial de prescripción, sino que es suficiente partir del
hecho cierto del transcurso del plazo prescriptivo24.

23. En el supuesto contemplado por la STS de 12 mayo 2003 (RJ 2003/3898) el recurrente reco-
noció que no formalizó la excepción de modo expreso, pero señaló hechos en la que se
basaba, lo que a su juicio, obligaba al Juzgado a aplicarla por el principio iura novit curia. Sin
embargo el TS desestimó el motivo porque “es sabido que desde siempre se ha sostenido la
necesidad de alegar la prescripción de una manera expresa como hecho impeditivo de la
demanda, y en esa labor no puede ser suplida la actividad de parte, que es el único intere-
sado en su oposición. El principio iura novit curia en modo alguno permite al órgano judi-
cial suplir con su actuación la dirección de los intereses privados de los litigantes”.
24. “Dispuestos ya a profundizar más en este punto, continúa la sentencia, no podemos obviar
que nadie pone en cuestión el transcurso del plazo de un año del reiterado artículo 59 ET
como tampoco se sugiere la existencia de alguna suerte de interrupción: sólo se apunta la
posibilidad de que la prescripción fuese renunciada..., evento que nosotros nos atrevemos a
calificar de sumamente infrecuente y atípico en el normal acontecer de los Tribunales. Así
las cosas, no nos queda sino respaldar el brillante argumento que aquí despliega la Audien-
cia Provincial. No se trata, viene a decir, de declarar una prescripción, sino de anudar el
hecho objetivo del transcurso del tiempo con la relación jurídica de arrendamiento de ser-
vicios y con las obligaciones que pesaban sobre el abogado rebelde en virtud de este contrato
arrendaticio (artículo 1544 CC) y de lo prevenido en el Estatuto General de la Abogacía (artí-
culos 53 y 54), de tal suerte que dicho transcurso del tiempo sin presentar las demandas labo-
rales es denotador de «una grave negligencia en el desarrollo de la actividad profesional del
letrado». Por otra parte, coincidimos también con la sentencia recurrida cuando afirma que
«la probabilidad de oposición de la excepción de prescripción por la contraparte procesal es
[...] abrumadora». Con estos contornos, consideramos pues que no cabía exigir de los acto-
res otra conducta, que supondría un retraso y gasto de difícil explicación obligarles a obte-
ner previamente en otro Tribunal una declaración formal de prescripción, que de seguro
sería invocada por la parte demandada”.

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b) Consecuencia lógica de esta doctrina es que la apreciación de oficio por


el Juez de la prescripción vicia de incongruencia a la sentencia; y este vicio
puede tener relevancia constitucional: "Es doctrina reiterada del TC que el
derecho a obtener la tutela judicial efectiva sin que en ningún momento se pro-
duzca indefensión comprende, entre otros contenidos, el principio de que el
Juez o Tribunal no puede modificar o alterar los términos del debate procesal,
alteración que se produce cuando el órgano judicial por iniciativa propia se
pronuncia sobre pretensiones (o excepciones) que no han sido promovidas por
alguna de las partes". En consecuencia, "no es justificable un pronunciamiento
que altere el objeto procesal, sea porque la cuestión no ha sido objeto de
debate, bien porque no ha habido audiencia de las partes, salvo que la falta de
audiencia obedezca a la no comparecencia por propia voluntad o negligencia
del afectado" (STC168/1992, de 26 de octubre).

c) Y también es consecuencia de ella que no puede aprovecharse la parte


de la excepción planteada por otro demandado: “se omite que la excepción de
prescripción fue alegada por el señor G. A., pero no por la hoy recurrente, y al
haber sido aquél absuelto y no existir solidaridad, no puede beneficiarse de lo
actuado o excepcionado por otro y no por ella al contestar, como con pleno
acierto señala la Audiencia, máxime cuando es doctrina reiterada y constante
de esta Sala que la prescripción ha de ser objeto de tratamiento restrictivo, por
no estar fundada en principios de justicia intrínseca, sino de seguridad, y no
poder apreciarse de oficio, a diferencia de la caducidad, ocurriendo tal cosa si
se apreciase en beneficio de quien no la ha alegado” (STS 31 octubre 1995, RJ
1995/7654).

Son excepción, pues, los casos de solidaridad, en los que, alegada la excep-
ción por uno de los deudores solidarios, aprovecha a los demás, aunque hayan
permanecido en rebeldía: “habiéndose acreditado en el caso de autos la pres-
cripción de la acción que ejercita la entidad tenedora de la cambial frente a las
libradoras de la misma, conforme a lo dispuesto en el citado artículo 88, párrafo
segundo de la Ley Cambiaria y del Cheque, y habiéndose invocado dicha pres-
cripción por una de las demandadas, ha de entenderse extinguido el crédito
cambiario por prescripción de la acción frente a las dos libradoras demanda-
das, aun cuando la apelante, dada su situación procesal de rebeldía durante la
primera instancia, no hubiera alegado dicha excepción, lo que no puede enten-
derse como una renuncia a la prescripción puesto que no concurren todos los
requisitos que al respecto se establecen en el artículo 1935 del Código Civil. En
efecto, partiendo de la base de que la necesidad de invocar la prescripción ha
de exigirse sólo en cuanto que la misma no es apreciable de oficio, pero no en

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el sentido de que deba ser invocada por todos aquellos a quienes dicha excep-
ción haya de beneficiar, ha de estimarse que la prescripción constituye una
excepción de carácter objetivo que afecta a la acción cambiaria, y ha de reper-
cutir en todos los deudores unidos por vínculos de solidaridad, a tenor de lo dis-
puesto en los artículos 1137 y siguientes, en relación con el artículo 1974, del
Código Civil, pues como ha declarado nuestro Tribunal Supremo, resulta de
toda lógica que la absolución de uno de los obligados solidarios «por inexisten-
cia objetiva de la obligación de indemnizar, afecte, con igual extensión, a los
demás que con él fueron solidariamente condenados, ya que otra cosa iría con-
tra la naturaleza y conexidad del vínculo solidario proclamado en los artículos
1141, 1148 y concordantes del Código Civil» (Sentencia del Tribunal Supremo
de 17 de julio de 1984, RJ 1984\4075), de manera que «si se declara que la única
acción ejercitada contra todos ellos no existe o se ha extinguido, por prescrip-
ción de la misma, los efectos de la actuación procesal de uno de los condena-
dos ha de alcanzar a sus coobligados solidarios por virtud de la fuerza
expansiva que la solidaridad comporta (Sentencias de esta Sala de 17-7 y 26-9-
1984, RJ 1984\4075 y RJ 1984\4358, 28-4-1988, RJ 1988\3297, 29-7-1990, entre
otras), ya que entrañaría una ilegalidad, además de un absurdo jurídico, el
absolver a uno de los demandados (el recurrente) por prescripción de la acción
ejercitada y mantener la condena solidaria de los otros codemandados (no
recurrentes) con base en esa misma inexistente acción» (Sentencia del Tribu-
nal Supremo de 30 de enero de 1993, RJ 1993\355)” (SAP Sevilla 22 febrero 1999,
AC 1999/3491).
Esta excepción que suponen los casos de solidaridad aparece recogida en
el artículo 1974 del Código Civil, aunque a los efectos de aprovechar o perjudi-
car a todos los deudores la interrupción: “la interrupción de la prescripción de
acciones en las obligaciones solidarias aprovecha o perjudica por igual a todos
los acreedores y deudores”. Si bien el precepto es solo aplicable a los supuestos
de solidaridad propia: “(...) debe significarse que la sentencia impugnada, al
considerar extensibles los efectos interruptivos de la prescripción a todos los
deudores solidarios por la reclamación contra cualquiera de ellos, sin ningún
otro matiz, no se ajusta al criterio de esta, recogido en la Sentencia de 14 de
marzo de 2003 (RJ 2003/3645), cuyo fundamento jurídico primero reza así: "el
párrafo primero del artículo 1974 del Código civil únicamente contempla efecto
interruptivo en el supuesto de las obligaciones solidarias en sentido propio
cuando tal carácter deriva de norma legal o pacto convencional, sin que pueda
extenderse al ámbito de la solidaridad impropia, como es la derivada de res-
ponsabilidad extracontractual cuando son varios los condenados judicial-
mente... sin perjuicio de aquellos casos en los que por razones de conexidad o
dependencia, pueda presumirse el conocimiento previo del hecho de la inte-

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rrupción, siempre que el sujeto en cuestión haya sido también demandado"


(STS 9 octubre 2007, RJ 2007/6809)25.

d) Por lo dicho, la prescripción es una excepción en sentido estricto o pro-


pio, que afecta al fondo del asunto, y debe, además, proponerse en momento
procesal oportuno y decidirse en la sentencia:
1º) El momento de proposición, tal y como resulta del artículo 405.1 de la
LEC, es el escrito de contestación a la demanda, “por cuanto los principios de
audiencia y contradicción imperantes en nuestro ordenamiento procesal civil
exigen que las excepciones obstativas de manifestación facultativa, cual es la
prescripción, sean alegadas en los escritos rectores... pues por su esencia y
naturaleza, son los que rigen y concretan, con alcance de preclusión, los tér-
minos en que el debate ha quedado planteado” (STS 20 diciembre 1995, RJ
1995/9209)26. Dicho con otras palabras, concluida, la fase inicial de alegacio-
nes sin haberse opuesto formalmente la excepción, no puede sino tenerse por
tácitamente renunciada; se habría producido uno de los actos “que hacen
suponer el abandono del derecho adquirido”, a que se refiere el artículo 1935, II
CC como determinantes de la renuncia tácita de la prescripción ganada27.

25. La cuestión relativa a si el efecto interruptivo ex art. 1974 CC debe aplicarse a las obligacio-
nes solidarias impropias ha sido resuelta por el Tribunal Supremo que, con a partir de un
acuerdo en Junta General de los magistrados de Sala, expone su doctrina por ejemplo en la
STS 14 marzo 2.003: "La presente sentencia cuya deliberación originó discrepancias entre los
miembros de la Sala de Justicia que la autoriza, acerca de la cuestión jurídica básica que sus-
tenta el recurso, se dicta previa consulta a la Junta general de los Magistrados de la Sala Pri-
mera del Tribunal Supremo, celebrada el día 27 de marzo de 2.003, que adoptó, por amplia
mayoría de votos el acuerdo que transcribe: "el párrafo primero del art. 1974 CC únicamente
contempla efecto interruptivo en el supuesto de las obligaciones solidarias en sentido propio
cuando tal carácter deriva de norma legal o pacto convencional, sin que pueda extenderse
al ámbito de la solidaridad impropia, como es la derivada de responsabilidad extracontrac-
tual cuando son varios los condenados judicialmente". Este punto de vista cuenta con signi-
ficativos precedentes jurisprudenciales, pero no es, sin embargo, pacifico en la doctrina.
26. En palabras de la STS 20 noviembre 1995 (RJ 1995/8359), “es reiterada y constante la juris-
prudencia de esta Sala, según la cual no cabe plantear extemporáneamente cuestiones no
suscitadas en los escritos fundamentales del proceso, puesto que producen absoluta inde-
fensión y violan el principio de preclusión procesal”.
27. La STSJ Navarra de 8 octubre 1997 (RJ 1997/7098) recoge con claridad esta doctrina tradi-
cional: “La prescripción, en cuanto excepción perentoria plenamente renunciable (Ley 27
del Fuero Nuevo y art. 1935 del Código Civil), que introduce en el proceso un hecho exclu-
yente enervador del derecho afirmado de contrario, no es apreciable de oficio por los Tribu-
nales, sino que ha de ser alegada u opuesta por la parte a quien favorezca y, en razón a los
principios de audiencia, contradicción y preclusión procesal, ha de serlo precisamente en
los escritos rectores del proceso -demanda, contestación y, en su caso, réplica y dúplica- que
definen el debate procesal y delimitan su objeto, resultando pues inadmisible, por intem-
pestivo o extemporáneo, su planteamiento posterior. Y es que, concluida, sin su formal opo-
sición la fase inicial de alegaciones del juicio, no puede sino tenerse por tácitamente
renunciada la prescripción extintiva que eventualmente hubiera podido esgrimirse en ella”.

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Una vez fijado el objeto del proceso en la demanda y contestación –y, en su


caso, en la reconvención y en la contestación a la misma-, las partes no pueden
alterarlo posteriormente (prohibición de la mutatio libelli del artículo 411 LEC),
principio que, para el recurso de apelación, se reitera en el artículo 456.1 de la
Ley Procesal Civil y que tiene su base no sólo en el respeto a los términos del
debate establecidos entre las partes, sino en la clara indefensión que para la
otra supone la introducción tardía de una cuestión nueva en un momento pro-
cesal en el que no puede alegar en contra para desvirtuarla. Admitir lo contra-
rio supondría viciar la sentencia de incongruencia, al estimarse una excepción
no alegada y que no puede acogerse de oficio (cfr. STS 30 noviembre 2006, RJ
2006/9486)28.
2º) La consecuencia es que no puede invocarse ni decidirse en la audiencia
previa del juicio ordinario: “Esta excepción pertenece también al fondo del
asunto. Como tal no es dado resolverla en la audiencia previa entre las que no
se incluye (art. 416), privando a la parte no sólo del derecho a probar su posi-
ble interrupción, sino de defender la aplicación no sólo de plazos diferentes a
los tenidos en cuenta por el auto apelado. La resolución recurrida (al estimar
la excepción en la audiencia previa) privó así, al actor de su derecho a un juicio
justo con plenitud de alegaciones y de aportación a prueba, y se adelanta a una
decisión que no viene precedida del necesario debate litigioso, sin reparar en
cuestiones jurídicas concurrentes que han de ser resueltas fuera del restringido
marco de la audiencia previa” (AAP Granada 16 febrero 2007, JUR
2007/175286).
No hay que olvidar que de conformidad con el art. 405 de la vigente LEC,
en la contestación a la demanda el demandado debe exponer los fundamen-
tos de su oposición a las pretensiones del actor, alegando las excepciones mate-
riales que tuviere por conveniente. Y la prescripción es una cuestión de orden
material, que afecta a la existencia del derecho o de la acción planteada en el
proceso, susceptible de controversia en el juicio, así como de prueba sobre las
circunstancias fácticas que pueden incidir en la misma y su eventual interrup-
ción (cfr. AAP La Rioja 16 septiembre 2005, JUR 2005/219744).
Con más razón si cabe, tampoco puede invocarse (por primera vez) en ape-
lación; ni siquiera por el declarado en rebeldía (cfr. SAP Murcia, Sección 3, de

28. Como ha dicho la STS de 16 enero 2006 (RJ 2006/165), “la mera cita en un escrito final de la
primera instancia como es el de resumen de pruebas no implica que se haya planteado, con-
trovertido y discutido en la instancia. Tal como dice la STS de 21 abril de 2003 (RJ 2003/3719),
las cuestiones nuevas no examinables en casación por no tener acceso a la misma, por no
haber sido propuestas en el período de alegaciones, afectan asimismo al derecho de defensa
y van contra los principios de audiencia bilateral y congruencia”.

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1 julio 2005, JUR 2005/238279), ya que, como dice la STS de 25 de febrero de


1995 (RJ 1995/1136), “si bien la situación de rebeldía no implica allanamiento
a la demanda ni libera al actor de probar los hechos constitutivos del derecho
que reclama, e incluso le cabe al demandado el acreditar su inexactitud si el
estado del proceso lo permite, no puede, en cambio, el litigante que estuvo en
rebeldía utilizar excepciones tardíamente alegadas ni suscitar cuestiones dis-
tintas planteadas en la demanda, que es donde quedaron definitivamente fija-
dos los términos de la cuestión litigiosa, al no existir cuestión que se le
opusiere”.
3º) En fin, es preciso subrayar que “la estimación de la excepción de pres-
cripción de la acción, de carácter perentorio al producir como efecto la extin-
ción de la misma por el transcurso del plazo establecido en la Ley, no
determina la absolución en la instancia del demandado, como si de una excep-
ción dilatoria se tratase, con posibilidad de entablarse nuevamente la misma,
sino que provoca una absolución al demandado de las pretensiones de la
demanda, con efectos de cosa juzgada” (SAP Teruel 17 julio 1996, AC
1998/1605).

III. CADUCIDAD
1. Distinta de la prescripción es, como decimos, la caducidad de la acción29
que, siendo como aquélla una excepción respecto al fondo de la cuestión, sin
embargo, puede ser estimada de oficio, tratándose, por tanto, de una excepción
impropia30.
La STS 28 enero 1983 (RJ 1983/393) ha precisado su ámbito y sus diferen-
cias con la prescripción: “como ya ha tenido también ocasión de declarar esta
Sala en Sentencia de 11 mayo 1968, la caducidad o decadencia de los derechos
surge cuando la Ley o la voluntad de los particulares31 señalan un término fijo
para la duración de un derecho, de tal modo que transcurrido ese término ya
no puede ser ejercitado, refiriéndose a los llamados derechos potestativos, y
más que a ellos propiamente hablando a las facultades o poderes jurídicos cuyo
fin es promover un cambio de situación jurídica32, nota característica que la
distingue de la prescripción, pues así como ésta tiene como finalidad la extin-
ción de un derecho ante la razón subjetiva de su no ejercicio por el titular, que
es el supuesto que precisamente se da en lo que afecta al precitado núm. 1.º del
art. 1968 del C. Civ., en la caducidad se atiende sólo al hecho objetivo de la falta
de ejercicio dentro del término prefijado, hasta el punto que puede entenderse

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29. La SAP Castellón 22 junio 1998 (AC 1998/1975) ha fijado con claridad las diferencias entre
prescripción y caducidad de la instancia, que se mueven en un ámbito diferente del propio
de la caducidad de la acción: “(...) una vez en marcha el procedimiento y no finalizado el
mismo, sino sólo suspendido, no podía iniciarse de nuevo el cómputo de la prescripción extin-
tiva, pues pendía la resolución judicial que resolviera el litigio, que sólo podría haberse extin-
guido en virtud de la caducidad de la instancia, que aquí no ha tenido lugar, ya que no han
transcurrido, sin instarse el curso del proceso, los cuatro años que exigen en la primera ins-
tancia el art. 411 de la Ley de Enjuiciamiento Civil. No es, como sostiene la parte apelada, que
deba entenderse prescrita la acción por el transcurso del año sin instar el curso del proceso,
por entender que no puede el plazo de caducidad ser superior al de prescripción. La caduci-
dad de la instancia es una institución procesal diferente a la prescripción, con la que no puede
confundirse, pues es una de las especies del concepto más general de extinción del proceso,
entendiendo por extinción toda conclusión anormal producida sin que el proceso haya cum-
plido su fin, esto es, sin que se haya decidido sobre la pretensión en el mismo planteada.
Cuando la extinción se causa por una inactividad de los sujetos en el proceso se está ante la
caducidad, que se produce, pues, sin acto de clase alguna, por el simple hecho del transcurso
del tiempo sin realizar actividad procesal. Tiene como fundamento subjetivo la presunción
de abandono de la pretensión hecha por las partes litigantes y un fundamento objetivo como
es la necesidad de evitar la excesiva prolongación de los procesos (STS 29 junio 1993, RJ
1993/4793). Pero, mientras en el caso de la prescripción la interrupción del plazo extintivo por
alguno de los medios que señala el art. 1973 CC depende exclusivamente del interesado, la
prosecución del proceso en el que puede tener lugar la caducidad no es exclusiva responsa-
bilidad de la parte, pues en nuestro Derecho rige desde el Decreto 2 abril 1924 (NDL 29052) la
impulsión de oficio, proclamada hoy en el art. 307 LECiv, esto es, el deber de los órganos juris-
diccionales de continuar la tramitación sin necesidad de apremios, acuse de rebeldía o cual-
quiera otro acto de impulso de parte. No cabe entender que la caducidad de cuatro años es
sin perjuicio de que la acción haya prescrito por el transcurso de un plazo más breve sin ins-
tar el curso del proceso, que es lo que parece haber entendido el juzgador de primer grado y
lo que sostiene la parte recurrida al traer a colación el artículo 419 LEC en cuanto dice que la
caducidad no extingue la acción, que puede ejercitarse de nuevo, si no hubiere prescrito, con
arreglo a derecho. En primer lugar, porque no puede producirse una prescripción que ha sido
interrumpida mediante la reclamación judicial y que interrumpida permanece al no haberse
resuelto la demanda. Pero es que, además, hay que entender que el art. 411 LEC se refiere al
abandono del proceso con efectos distintos según en qué circunstancias se halle y el art. 419
se refiere al derecho material, que se conserva aun caducada la instancia (STS 29 junio 1993,
ya citada), lo que quiere decir que la extinción del proceso por caducidad de la instancia no
comporta la de la acción, que puede volver a ejercitarse siempre que no se hubiera producido
la prescripción de la misma. Por último, tampoco debe reducirse el plazo de caducidad pro-
cesal al de prescripción de la acción, si es éste más breve, como en este caso, pues si el plazo
de caducidad debiera ponerse siempre en relación con el de prescripción de cada acción,
sobraría la prolija regulación legal de la prescripción de las acciones y la relativamente sim-
ple y uniforme de la caducidad, pues bastaría una mera remisión de una a otra institución.
Que no se haya hecho así demuestra la diferente naturaleza de ambas figuras”.
30. Dicho con palabras de la STS 6 de junio de 1990, RJ 1990/4739), “no cabe calificar a la cadu-
cidad como requisito formal, sino que se trata de una excepción respecto al fondo de la cues-
tión, incluso estimable de oficio, que en cuanto produce la extinción del derecho ejercitado,
no cabe decir no se entra en el fondo del asunto”.
31. Por tanto, "la caducidad puede surgir tanto de la ley cuanto de la voluntad de los particulares",
por lo que si "convencionalmente puede establecerse..., menos problemática plantea el que
las partes interesadas amplíen o prorroguen mediante pacto el término legalmente estable-
cido, dando lugar a una caducidad atenuada" (STS de 18 de octubre de 1988, RJ 1988/7587); en
palabras de la STS 28 febrero 1985 (RJ 1985/807), el referido pacto de prórroga es eficaz en vir-
tud del principio básico de imperio de la autonomía de la voluntad, provisto de fuerza de Ley
entre las partes contratantes, al no contrariar a las leyes, a la moral ni al orden público. En cam-
bio, no es posible modificar convencionalmente los plazos legales de prescripción (Ley 27 FN).

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que es un plazo preclusivo, llamando así al plazo dentro del cual y sólo dentro
de él, puede realizarse un acto con eficacia jurídica”.

2. En palabras de la STS de 12 de febrero de 1996 (RJ 1996/1247), que repite


una doctrina jurisprudencial unánime, la caducidad “genera decadencia del
derecho en forma automática por el simple transcurso del tiempo legal o del
previamente convenido, ya que sólo atiende al hecho objetivo de la conducta
inactiva del titular del derecho dentro del término que fija y controla su efi-
ciencia, siendo el transcurso del mismo causa de extinción de los derechos, no
incidiendo las causas de interrupción del artículo 1973 del Código Civil”. Por
tanto, la extinción del derecho se produce automáticamente o «ex lege» por el
mero dato objetivo del transcurso del plazo33.

a) La jurisprudencia ha destacado la naturaleza sustantiva y no procesal del


plazo de caducidad (SSTS 28 septiembre 1987, RJ 1987/6453, 22 diciembre
1989, RJ 1989/8869, , 15 septiembre 1992, RJ 1992/6886, 13 julio 1994, RJ
1994/6436, 13 enero 1997, RJ 1997/11, y 18 febrero 1999, RJ 1999/601), “puesto
que no tiene su origen en una actuación de esta clase, como sucede con los que
nacen a partir de una citación o emplazamiento judicial, sino en una disposi-
ción legal o contractual que asigna un plazo determinado para el ejercicio de
una facultad (SSTS 25 junio 1968, RJ 1968/3829, 1 febrero 1982, RJ 1982/371, y
10 noviembre 1994, RJ 1994/8466), y de ahí que su cómputo no pueda efec-
tuarse tomando en consideración lo dispuesto en las leyes de procedimiento

32. Derechos o facultades que se encuentran así en un estado de provisionalidad mientras se


halle pendiente el ejercicio de aquéllos, lo cual conlleva la necesidad de poner fin pronta-
mente a esta situación de incertidumbre que es contraria a la seguridad jurídica, evitando
prolongar la vida del derecho mediante su sometimiento a un plazo de decadencia (cfr. SSTS
25 septiembre 1950, RJ 1950/1406, 5 julio 1957, RJ 1957/2554, 11 mayo 1966, RJ 1966/2419,
18 diciembre 1984, RJ 1984/6135). “Sin embargo, la ausencia de preceptos legales que deli-
miten con nitidez la figura permite establecer plazos de caducidad más allá del estrecho mar-
gen de los derechos o facultades de configuración o modificación jurídicas que sólo se
ejercitan judicialmente. En principio, esta posibilidad dependerá de lo que disponga al res-
pecto la Ley, que perfectamente podrá aplicar plazos de caducidad a cualesquiera tipos de
derechos y acciones en los que resulte sustancia el elemento temporal” (ARCOS VIEIRA, Mª.L.,
Comentario a la Ley 26, en “Comentarios al Fuero Nuevo. Compilación del Derecho Civil
Foral de Navarra, dir. E. Rubio Torrano, Thomson-Aranzadi, Pamplona 2002, págs. 65-66).
33. Al respecto ha indicado la STS de 23 de mayo de 1990 [RJ 1990/3832]) que “tratándose del
instituto de la caducidad, una constante doctrina jurisprudencial viene reconociendo su
actuación automática, siempre apreciable de oficio, de tal manera que opera ex lege para
determinar la pérdida de un derecho o acción por su no ejercicio durante el plazo señalado
por la ley, sin que las partes y los Tribunales puedan contener su actividad y consecuencias
extintivas que se producen por el transcurso del tiempo”.

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(SSTS 11 octubre 1963, RJ 1963/4099, 22 diciembre 1989, RJ 1989/8869, y 22


mayo 1990, RJ 1990/3832).

b) Ha dicho también que, “a diferencia del plazo de prescripción, (el de


caducidad) no admite interrupción, de tal manera que el tiempo transcurre
inexorablemente y el poder o facultad que se atribuye... queda extinguido ipso
iure”; es decir, “ese efecto automático de la caducidad se produce por ministe-
rio de la ley sin poderlo impedir el propio órgano jurisdiccional” (STS de 26 de
septiembre de 1997, RJ 1997\6613); a no ser en aquellos casos en que fuera la
propia Ley la que impusiera la causa de interrupción (cfr. SAP Jaén 23 sep-
tiembre 1996, AC 1996/1886, con cita de sentencias del TS). No obstante, como
veíamos sucedía también con la prescripción, ejercitada la acción, permanece
viva, aunque esté parada, como sucede en los casos de suspensión (cfr. STS 23
octubre 1983, RJ 1983/5338).

c) Por eso es apreciable de oficio, tanto en la instancia como en casación,


(cfr. STS 28 noviembre 1984, RJ 1984/8632), sin que sea preciso, al contrario de
lo que sucede con la prescripción, el planteamiento por la parte interesada de
la correspondiente excepción alegada en momento procesal oportuno34; como
decimos, la consecuencia de la caducidad es la decadencia fatal y automática
del derecho afectado por la misma en razón meramente objetiva de su no uti-
lización (cfr. STS 25 mayo 1979, RJ 1979\1893), de tal modo que pasado el plazo
previsto el derecho deja de existir (cfr. STS 28 enero 1983, RJ 1983\393).

d) Aunque el pronunciamiento más común del Tribunal Supremo es el que


acabamos de ver (que la caducidad no consiente interrupción ni suspensión
de ninguna clase), no puede desconocerse: 1º) que la ley prevé en ocasiones la
suspensión del plazo35, y 2º) que en algunos casos la jurisprudencia ha mante-
nido la postura contraria; en especial, la jurisprudencia tradicional reconocía la

34. En cambio, a juicio de la SAP Alicante 22 septiembre 2007 (JUR 2007/16048), resulta incon-
gruente, “por no ajustarse a las previsisones contenidas en el art. 218.2 LEC”, la sentencia que
aprecia la caducidad existiendo una absoluta falta de alegaciones fácticas sobre la misma.
“Por otra parte, continúa la sentencia, puede estimarse también que tal decisión, la sorpre-
siva apreciación en la sentencia de una caducidad no planteada y por ello no debatida en el
litigio con base y teniendo en cuenta hechos novedosos no alegados por las partes, extraídos
por el Tribunal de determinadas respuestas que dos testigos pudieran haber dado a pregun-
tas que el indicado Tribunal les formuló por propia iniciativa ha podido causar efectiva inde-
fensión a la demandante que tampoco pudo articular medios de prueba a los fines de poder
en su caso desvirtuar tales hechos novedosos”.
35. Por ejemplo, la Ley 449 del Fuero Nuevo: “En caso de impugnación del precio, se suspenderá
el plazo de ejercicio del retracto hasta que aquélla se resuelva”.

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eficacia interruptiva del acto de conciliación36. Sin embargo, dicha doctrina se


refería a supuestos acaecidos antes de la reforma operada por Ley 34/1984, de
6 de agosto, que suprimió la obligatoriedad del acto de conciliación, y se basaba
en que la conciliación era una actividad precisa para la iniciación del proceso
judicial, lo que en la actualidad no sucede dado el carácter facultativo de la ins-
titución; y por eso, la STS 19 de febrero de 1990 (RJ 1990/697), por ejemplo,
estima que la presentación de la demanda de conciliación no interrumpe el
plazo de caducidad para el ejercicio de la acción.
En cualquier caso parece razonable la doctrina contenida en la STS de 18
de octubre de 1988 (RJ 1988/7587): “la regla de imposibilidad de interrumpir
los plazos de caducidad de la acción tiene que admitir determinadas excep-
ciones en aquellos supuestos en los que el Ordenamiento positivo exige que la
presentación de la demanda inicial del proceso han de antecederse ciertas acti-
vidades administrativas, como apurar la vía gubernativa, instar la reposición

36. “(...) junto a la doctrina acabada de expresar (sobre la no interrupción del plazo de caduci-
dad), está la derivada de las sentencias de 22 de mayo de 1965 (RJ 1965/3013), y 20 de mayo
de 1972 (RJ 1972/3589), y 17 de febrero de 1979 (RJ 1979/517), con arreglo a las cuales, el acto
de conciliación, es válido en punto a impedir la caducidad de la acción, a las que cabrían adi-
cionar las de 8 de noviembre de 1983 (RJ 1983/6065), que admite la interrupción de la cadu-
cidad en presencia de un acto procesal válido, y 23 de diciembre del mismo año (RJ
1983/6996), que reconoce, que los plazos de caducidad pueden admitir excepcionalmente
interrupción, sin que haya razón para sostener que sólo se ejercita el derecho a través de la
presentación de la demanda” (STS 11 de marzo de 1987, RJ 1987/1430). En cambio, solución
opuesta ha sido la aplicada por la jurisprudencia territorial al caso de que tal intento se pre-
tenda invocando el ejercicio sin éxito del derecho de retracto sobre el mismo bien en un pro-
ceso anterior (cfr. SAP Madrid de 16 de febrero de 1993, RGD 1993, págs. 6230 y ss.) o por
conducto notarial (cfr. STS de 12 de febrero de 1996, RJ 1996/1247)36 . En especial, la mani-
festación ante notario de la voluntad de retraer carece de efectos enervatorios de la caduci-
dad del derecho, dice la SAP Granada de 29 de octubre de 1990 (RGD 1991, pág. 8438). Al
respecto, como ha dicho la STS de 12 de febrero de 1981 (RJ 1981/391), carece de toda con-
sistencia "pretender establecer un distingo entre el reconocimiento del derecho a retraer, que
es para lo que (a juicio del recurrente) le vincula el término de caducidad, y el de ejercicio de
la acción para obtener la declaración de tal derecho, pues ello conduciría a que, verificada
por él la exteriorización de su deseo de retraer, a través de una manifestación de futuro por
conducto notarial, su acción para hacerlo efectivo quedaría viva mientras no transcurriera
el término prescriptivo de quince años afectante a las acciones personales". En palabras de
la STS 30 septiembre 1992 (RJ 1992/7419), no es admisible “esta disección de la realidad legis-
lativa, que no pasa de ser una abstracción puramente doctrinal que no tiene en cuenta que,
de admitirse, llevaría a que la situación jurídica del comprador se encontrase amenazada
durante un larguísimo período de tiempo (treinta años, art. 1963 CC), lo que es contrario con
toda evidencia a la intención del legislador, que por ello establece unos inexorables plazos
de ejercicio (60 días naturales en el art. 48 LAU) deseando la consolidación de aquella situa-
ción lo antes posible. Ello no obsta, por supuesto, a que el retrayente intente evitar la con-
tienda judicial para la efectividad de su derecho, pero siempre ha de tener en cuenta en sus
actuaciones el límite temporal para lograrlo por la vía del litigio si no tiene éxito por la extra-
judicial”.

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previa del acuerdo que se va a impugnar, e incluso procesales, como la petición


del órgano jurisdiccional para que reclame a la administración determinados
expedientes, intentar la celebración del acto de conciliación previo; en tales
casos, el ejercicio de esas actividades previas para la iniciación del proceso judi-
cial, lógicamente debe producir la interrupción del plazo de caducidad, siem-
pre que se lleven a cabo dentro de él; porque, en realidad, ya constituyen una
actuación precisa para poder presentar o deducir la demanda iniciadora del
proceso judicial, sin la cual no puede entrarse en él, y además ponen de mani-
fiesto la decidida voluntad del titular del derecho de ponerlo en ejercicio”.

e) Al tratarse de un plazo sustantivo, se computa en la forma prevista para


éstos (con inclusión de los días inhábiles y del mes de agosto). Se ha planteado
el problema del cómputo cuando el día final es inhábil. Una línea jurispruden-
cial sostiene que si la caducidad vence en día inhábil, debe prorrogarse al
siguiente día hábil37. En sentido contrario se pronuncia otra línea jurispruden-
cial, seguida, por ejemplo, por las SSAP de Santa Cruz de Tenerife de 13 junio
2005 (AC 2005/1133), y Asturias de 5 febrero 2004 (JUR 2004/124790) y que
arranca de la naturaleza estricta de la caducidad antes definida. La SAP Madrid
de 1 junio 2006 (AC 2006/1811), a pesar de sostener que la “caducidad no es
plazo procesal sino civil, y en el cómputo civil de los plazos no se descuentan
los días inhábiles”, se adscribe a la primera de las tesis “porque se asienta en
profundas razones derivadas del derecho de defensa. Si el último día del plazo
de ejercicio del derecho es judicialmente inhábil, y el ejercicio del derecho
depende de su exigencia ante los Tribunales, el sujeto se vería en la imposibi-
lidad de defenderse y obligado a perder su derecho”. Y ante “esa tesitura no cabe
más remedio que seguir la postura del juez de instancia, ya que el sujeto carece
de medios para presentar la demanda de otro modo; ya no es posible presen-
tarla en los juzgados de guardia”.

3. Con respecto al tratamiento procesal de la caducidad deben resaltarse


los siguientes datos:

a) A diferencia de la prescripción, en la caducidad incumbe al demandante


probar en su propio beneficio que ejercita su derecho dentro del plazo legal,
por ser un presupuesto o requisito esencial de su acción, no siendo legítimo
pretender una inversión de la carga probatoria a través de la cual sea el deman-
dado el que tenga que acreditar que el ejercicio de la acción es posterior al

37. Esa teoría se basa en la STS de 21 noviembre 1981 (RJ 1981/5265).

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transcurso de dicho término (cfr. SSTS de 22 mayo 1992, RJ 1992/4275, y 19 julio


1994, RJ 1994/6697). A juicio de la primera de las sentencias citadas, no es
válida la afirmación de que “en caso de duda debe prevalecer una interpreta-
ción favorable al actor dado que la prueba de la excepción correspondía al
demandado”.

b) Si, como decíamos antes, la caducidad es una excepción material que


afecta al fondo del asunto, parece que, como veíamos ocurre respecto de la
prescripción, la misma debe resolverse por el juez en la sentencia. En sentido
contrario, sin embargo, se ha pronunciado, de manera equivocada a mi juicio
porque confunde la naturaleza del instituto, el AAP Albacete 31 julio 2002 (JUR
2002/262465), admitiendo su resolución en la audiencia previa del juicio ordi-
nario con fundamento en el artículo 425 LEC, a pesar de tener claro que dentro
de este artículo “tienen cabida todas las denuncias por incumplimiento de pre-
supuestos o requisitos procésales exigidos por la ley, bien con carácter gene-
ral, bien para casos especiales, siempre que resulte claro que tales presupuestos
o requisitos afectan a la correcta configuración del proceso, y no a la cuestión
de fondo que se decidirá en la sentencia”.

IV. DIMENSIÓN CONSTITUCIONAL DE LA


PRESCRIPCIÓN Y LA CADUCIDAD
1. Es doctrina mantenida por el Tribunal Constitucional de manera cons-
tante que no le corresponde indicar la interpretación que ha de darse a la legis-
lación ordinaria ni, en lo que ahora importa, “establecer, en concreto, la
interpretación que haya de darse a las normas que regulan los plazos de pres-
cripción en el ejercicio de los derechos y acciones o establecen el cómputo de
dichos plazos” (STC 220/1993, de 30 de junio). En palabras de la STC 322/1993,
de 8 de noviembre: "Insistentemente viene señalando este Tribunal que el
asunto relativo a la apreciación de los plazos de prescripción y caducidad de
acciones es cuestión de mera legalidad ordinaria, atribuida en principio a los
órganos del Poder Judicial; de tal forma que la decisión judicial es irreversible
en esta vía, sin que este Tribunal pueda apreciar ni corregir los posibles errores,
ni tampoco los criterios debidamente razonados por el órgano judicial para ele-
gir la fecha de comienzo del cálculo del plazo de la caducidad...”.
Esta misma sentencia (cfr. también las SSTC 15/1985, de 5 de febrero;
89/1992, de 8 de junio; 101/1993, de 22 de marzo; y 245/1993; de 19 de julio)
sólo contempla como excepciones –en este ámbito de los plazos de prescrip-

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ción, pero extensible a otros- los supuestos en que se invoque una interpreta-
ción arbitraria o irrazonable o un error patente: “el cómputo de los plazos de
prescripción o caducidad ... sólo adquiere relevancia constitucional cuando la
interpretación de la normativa aplicable al supuesto controvertido sea mani-
fiestamente arbitraria, irrazonable o incurra en error patente y de ello derive
una conculcación de los derechos consagrados en la Constitución y suscepti-
bles de amparo constitucional”; si no incurre en ninguno de estos defectos, no
será susceptible de control, aunque puedan existir otras interpretaciones jurí-
dicamente más correctas, “porque el derecho a la tutela judicial efectiva no
incluye el hipotético derecho al acierto judicial, no comprende la reparación o
rectificación de equivocaciones, incorrecciones jurídicas o incluso injusticias
producidas en la interpretación o aplicación de las normas”.

2. En ocasiones, el TC ha añadido a los dos criterios anteriores –interpreta-


ción arbitraria e irrazonable y error patente- un tercero: “el debate relativo a la
apreciación de los plazos de prescripción y caducidad de acciones (...) es sus-
ceptible de promoverse en vía de amparo cuando la interpretación de la nor-
mativa aplicable al supuesto controvertido, suponga la inadmisión de un
proceso o la pérdida de algún recurso legal, y ello sea consecuencia de (...)
haber asumido un criterio hermenéutico desfavorable a la efectividad del dere-
cho a la tutela judicial” (STC 201/1992, de 19 de noviembre)38. Dicho con otras
palabras, en estos casos se refuerza el rigor del control, por la “trascendencia
que cabe otorgar -desde la perspectiva constitucional- a los requisitos de
acceso al proceso, en tanto pueden obstaculizar o eliminar el derecho de los

38. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el supuesto contemplado por la STC 220/1993, de 30 de
junio: "(...) dentro de la función de garante de los derechos fundamentales que le está enco-
mendada, corresponde a este Tribunal determinar si las resoluciones judiciales impugna-
das, por prescindir de la falta de notificación de la providencia de archivo de las actuaciones
penales a la perjudicada, es contraria al derecho de acceso al proceso en el orden civil, que
el art. 24.1 CE le reconoce". Y al respecto, “ha de tenerse en cuenta, en primer lugar, que el
perjudicado en el proceso penal no puede reiniciar el ejercicio de la acción civil para la repa-
ración del daño causado hasta que hayan terminado las actuaciones penales (art. 111 y 114
LECr). Dato que, por sí sólo, pone de relieve que el conocimiento de la fecha en que han fina-
lizado dichas actuaciones constituye un presupuesto necesario para el ulterior ejercicio de
la acción civil ante otro orden jurisdiccional. En segundo término, el conocimiento de este
hecho ha de valorarse en atención a las consecuencias negativas que puede sufrir el perju-
dicado cuando no ha renunciado al ejercicio de la acción civil. Y es evidente que si el perju-
dicado ignora el momento en el que ha finalizado el proceso penal, por no haberse
personado en las actuaciones, ese desconocimiento puede suponer que transcurra el plazo
de prescripción de un año y, si así ocurre, que se vea privado del acceso a la jurisdicción en
el orden civil para la defensa de sus pretensiones y que se extinga, de este modo, su derecho
a obtener reparación por el daño sufrido. Lo que no se compadece con la plena efectividad
del derecho a la tutela judicial que el art. 24.1 CE reconoce".

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ciudadanos a someter el caso al conocimiento y pronunciamiento de un Juez y


por tanto causar indefensión (…)” (STC 55/1995, de 6 marzo).
Cuando del acceso a la jurisdicción se trata, la interpretación realizada por
los órganos judiciales sobre la admisibilidad de la acción ejercitada (por ejem-
plo, cuando su acceso a los tribunales esté jurídicamente condicionado por el
cumplimiento de requisitos previos) no sólo ha de ajustarse a los requisitos
legales, sino que ha de estar orientada por el principio pro actione (cfr. STC
55/1995, de 6 marzo) que les impone considerar la que sea más favorable al
ejercicio de la acción, aunque otras interpretaciones sean también conformes
a la ley. Este principio hermenéutico opera con especial intensidad en esta fase
inicial del proceso (y también en la fase final de la ejecución), de manera que si
bien el mismo no obliga a “la forzosa selección de la interpretación más favo-
rable a la admisión de entre todas las posibles”, sí proscribe aquellas decisio-
nes de inadmisión que “por su rigorismo, por su formalismo excesivo o por
cualquier otra razón revelen una clara desproporción entre los fines que aque-
llas causas preservan y los intereses que sacrifican” (STC 3/2001, de 15 enero,
STC 238/2002, de 9 diciembre).

3. Sin embargo, debe tenerse presente:

a) Cuando se trata de la prescripción difícilmente la interpretación de la


normativa que le es aplicable dará lugar a una resolución judicial de “inadmi-
sión de un proceso”; porque la decisión de inadmitir el proceso comporta pri-
var a la parte de su derecho de acceso a la jurisdicción y, en rigor, una decisión
tal (de “inadmisión del proceso”) supondría que el juez habría dictado una
resolución de inadmisión de la demanda con base bien en la apreciación de
oficio de la prescripción, bien en la estimación de un recurso de reposición
contra el auto de admisión de la demanda. Y ya sabemos que esto no es posible,
porque la prescripción sólo puede ser estimada si es alegada por el demandado
en momento oportuno dentro de un proceso ya admitido. Por eso, en el
supuesto de la STC 220/1993, de 30 de junio (cfr. precedente nota 38), la falta
de notificación a la perjudicada de la resolución que puso fin a las actuaciones
penales (que marcaba el dies a quo del plazo de prescripción de la acción civil)
no supuso en rigor una denegación del derecho de acceso a los tribunales (civi-
les), ya que la acción pudo ejercitarse, e incluso ser estimada si la parte deman-
dada no hubiera opuesto la excepción de prescripción.

b) En los casos de caducidad, sí es posible este control de oficio, pero el


mismo no determina la inadmisión de la demanda. La regla general en nuestro
derecho es la admisibilidad de la demanda (art. 404 LEC) y de ella sólo se excep-

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túan aquellos casos en que la ley prevé su inadmisión expresamente (art. 403.1
LEC). Y como dice la STC 11/1988, de 2 de febrero, "en punto a la valoración de
las decisiones judiciales de inadmisión..., la doctrina reiterada de este Tribunal
es la de que para que aquellas sean constitucionalmente legítimas han de apo-
yarse en una causa a la que la norma legal anude tal efecto"; o con palabras más
precisas de la STC 39/1999, de 22 de marzo, el derecho a la tutela judicial efec-
tiva, como derecho fundamental... “resulta vulnerado bien por la aplicación de
una causa de inadmisión carente de cobertura legal, bien porque, aun exis-
tiendo ésta, tal aplicación sea rigorista o exclusivamente formalista".
Pues bien, los casos en que la ley prevé expresamente la inadmisión de la
demanda son poco numerosos en nuestro ordenamiento, todos ellos, como
decimos, de interpretación restrictiva y, además, fundados no en la falta de
requisitos internos de la demanda misma o del derecho a la tutela, sino, gene-
ralmente, en el incumplimiento de algún requisito procesal o la no aportación
de algún documento cuya falta lleva aparejada semejante sanción. En nuestro
ordenamiento no es posible que el Juez inadmita una demanda por razones de
fondo, por ejemplo, porque se pide una tutela jurídica manifiestamente infun-
dada o no prevista en la ley39. Y no se discute que, en el pronunciamiento sobre
la caducidad de la acción comporta una decisión que se pronuncia sobre el
fondo.

39. Cuestión distinta son los supuestos excepcionales en los que la tutela jurídica concreta que
se solicita esté expresamente privada de accionabilidad. La ley contempla este supuesto en
los casos en que se pretenda judicialmente el cumplimiento de la promesa de matrimonio, en
los que, dice el art. 42, II CC, "no se admitirá a trámite la demanda"; y también en los de deu-
das de juego, en los que la ley “no concede acción” (art. 1798 CC). En los demás casos es
cierto que el artículo 11.2 LOPJ dispone que "los Juzgados y Tribunales rechazarán fundada-
mente las peticiones... que se formulen con manifiesto abuso de derecho o entrañen fraude
de ley o procesal". Pero este precepto no puede fundamentar la declaración de inadmisión de
la demanda, porque el juez no puede formar su criterio sobre la cuestión de fondo (la exis-
tencia o no del fraude o abuso de derecho) con base exclusivamente en los datos que le pro-
porciona la demanda misma.

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