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Argumentación de calidad

BY DEFILOSOFIAOctubre 14, 2016

1 Comentarioen Argumentación de calidad


Este artículo nos dice que una estructura lógica no es suficiente para
asegurar un argumento persuasivo.

Por Cristóbal Joannon y Constanza Ihnen

Introducción

H oy se enseña a argumentar en los colegios y las universidades ya que

la argumentación nos parece una herramienta útil para desarrollar en los


estudiantes el pensamiento crítico, la lectura analítica y las buenas conductas
de diálogo. En ello radica el bien ganado prestigio de la argumentación. Hay
quienes enfatizan su función cognitiva (el razonar correctamente) y otros su
relevancia política (en una democracia las diferencias deben –idealmente–
resolverse intercambiando razones). Otros creemos que ambos elementos son
igual de importantes.

La persuasión quizás sea una de las mejores armas con las que contamos para
desenvolvernos en el mundo exitosamente. No es privativa de nadie; es
un poder siempre disponible en la medida que es adecuadamente realizado.
Pensemos en una persona vulnerable que carece de recursos económicos; esa
situación desventajosa no le impedirá conseguir, para llevar adelante un
proyecto, el apoyo de terceros (quienes son libres para no darlo). Por ello se
afirma acertadamente que argumentar bien empodera. Esta manera de enfocar
la argumentación permite conectarla con un objetivo fundamental de la
educación: corregir las desigualdades de origen. Por supuesto, la
argumentación no tiene como único fin el empoderamiento, pues si así fuera
alguien lícitamente podría poner entre paréntesis ciertos estándares de
razonabilidad con tal de que el discurso sea efectivo. En efecto, de su práctica
también se espera el desarrollo de habilidades reflexivas y la formación
ciudadana (vivir en comunidad bajo la rúbrica de una exigencia recíproca: dar y
pedir razones en casos de desacuerdos que buscan ser resueltos de modo
razonable). No necesariamente alguien que es capaz de evaluar de modo
crítico sus prejuicios estará en mejor pie para conseguir mediante el discurso la
adhesión de una audiencia. Hay en esa disposición crítica un valor per se que
no se reduce al ejercicio de la persuasión que busca ser exitosa.

Apreciamos el diálogo; es un hecho que vivimos argumentando. En muchas de


nuestras interacciones comunicativas diarias nos vemos en el trance de tener
que persuadir a un oyente de un punto de vista del que está en desacuerdo o
del cual duda, con o sin razón. Así, el reto pedagógico no consiste sólo en
promover la argumentación como un camino deseable para tratar con los
demás, sino en argumentar bien, pues de lo que se trata es de mejorar los
estándares de nuestro nivel argumentativo. De una manera u otra, quien tiene
como tarea enseñar a argumentar maneja un cierto concepto de lo que es una
argumentación de calidad. Normalmente se maneja uno puramente intuitivo que
es una suerte de mezcla de sentido común y “lecturas teóricas”.

En este breve artículo, dirigido a aquellos profesores que enseñan lógica u


organizan y lideran sociedades de debates, como así también a directores
pedagógicos y diseñadores curriculares, nos hemos propuesto indagar sobre
qué es la argumentación de calidad tomando como base cuatro enunciados que
son comúnmente considerados un sinsentido, para sacar de ellos algunas
conclusiones significativas. Como se puede ver, es éste un modesto intento por
describir qué es aquello que se tiene en mente cuando hablamos de
argumentación de calidad en un sentido natural. Creemos que con este enfoque
podremos contribuir a la loable tarea de enseñar a argumentar mejor.

Sobre lógica
¿Qué es una argumentación de calidad? Para comenzar a esbozar una
respuesta, considérese primero el enunciado “Tengo un excelente argumento
ilógico”. No hace falta un análisis semántico profundo para advertir que el
enunciado es contradictorio. O bien el argumento es excelente, o bien ilógico,
pero no puede tener ambas propiedades al mismo tiempo. ¿Qué se desprende
de esta contradicción? Que una argumentación de calidad debe, mínimamente,
cumplir con el criterio de corrección lógico.

Si bien en el detalle los sistemas lógicos deductivos y no-deductivos ofrecen


diversos criterios de corrección, se puede decir que en conjunto estos exigen el
cumplimiento de tres condiciones. Primero, los enunciados que conforman una
argumentación deben ser consistentes. Es decir, es necesario que tanto los
predicados que se atribuyen a un referente en cada una de las premisas de un
argumento, como el conjunto de premisas que conforman el argumento, sean
consistentes entre sí. Una premisa es inconsistente cuando al referente se le
atribuyen dos o más predicados que no pueden ser aceptables al mismo
tiempo. Un conjunto de premisas es inconsistente cuando no pueden ser todas
aceptables simultáneamente. Segundo, la argumentación debe estar basada en
un tipo de inferencia que permita llegar, a partir de un conjunto de premisas
aceptables, a una conclusión necesaria o probable. Tercero, en caso que el tipo
de inferencia utilizado solo garantice conclusiones probables, el criterio lógico
también exige que la inferencia sea cotejada a la luz de aquellas condiciones de
racionalidad que los teóricos de la argumentación suelen formular en términos
de “preguntas críticas”.

El criterio lógico está inscrito en nuestro lenguaje por buenas razones. La lógica
es una herramienta útil para orientarnos en el mundo y para tomar mejores
decisiones. La lógica se puede utilizar, por ejemplo, para evaluar la solidez de
uno de los principales argumentos del gobierno de Obama para intervenir en
Siria: ‘Si EE.UU. no interviene Siria es muy probable que Bashar al-Asad vuelva
a usar armas químicas.’ El tipo de inferencia que subyace a esta argumentación
se conoce como “inferencia pragmática”. Su estructura es la siguiente:
‘Debemos realizar la acción A, porque de no realizar la acción A, se seguirá la
consecuencia negativa C’. Como se ha visto, el criterio lógico nos exige
determinar, entre otras cosas, si el tipo de inferencia utilizada es aceptable. Las
inferencias pragmáticas son inferencias que conducen a conclusiones probables
y gozan de gran aceptabilidad en la esfera política. De manera que el uso de la
inferencia no parece ser problemático. Pero, ¿ha sido correctamente aplicada
esta inferencia? Ello dependerá de si la argumentación responde
adecuadamente a las preguntas críticas de una inferencia pragmática, por
ejemplo, si responde negativamente a la pregunta “¿Son los costos de la acción
recomendada mayores que sus beneficios?”. Así, en nuestro ejemplo, la lógica
nos invita a considerar si los costos asociados a la intervención de Siria son
mayores que el supuesto beneficio de prevenir que al-Asad use armas
químicas. Como se ve, examinar si un argumento responde a las preguntas
críticas no sólo permite asegurarnos de que la inferencia se aplique
correctamente; también permite determinar la razonabilidad de una decisión
política significativa.

La lógica es necesaria para la evaluación de un argumento, qué duda cabe.


Pero esto no quiere decir que sea suficiente. La lógica es de hecho insuficiente
en al menos dos sentidos. En primer lugar, nada dice acerca de la aceptabilidad
de las premisas (excepto cuando se trata de una premisa contradictoria: una
premisa contradictoria es, por definición, falsa en toda circunstancia). La lógica
no tiene nada que decir, por ejemplo, respecto a la aceptabilidad de la premisa
“Si EE.UU. no interviene Siria es muy probable que al-Asad vuelva a usar armas
químicas”. Tampoco se pronuncia respecto a la verdad de la presuposición
contenida en la premisa del argumento “Al-Asad usó anteriormente armas
químicas”. En segundo lugar, la lógica no ofrece herramientas para evaluar el
proceso comunicativo que subyace a toda argumentación. La falacia del
razonamiento circular (petitio principii) ilustra bien este punto. Bush hijo nos ha
regalado a los estudiosos de la argumentación un buen ejemplo de circularidad.
Como varios recordarán, en junio de 2004 se publicó en EE.UU. un informe
redactado por el Comité de Investigación del 11 de septiembre de 2001. El
informe establecía con toda claridad que no existía evidencia de colaboración
entre Irak, Saddam y Al Qaeda. Cuando al día siguiente se le preguntó a Bush
sobre el informe, éste señaló: “La razón por la que he estado insistiendo que
existía una relación entre Iraq y Saddam y Al Qaeda es que existía una relación
entre Iraq y Saddam y Al Qaeda”. El argumento de Bush coincide con su
conclusión. ¿A quién podría parecerle razonable algo así? ¿Acaso lo que se
pide en este ejemplo no es justamente un argumento para justificar la
afirmación de que existía una relación entre Irak y Saddam y Al Qaeda? Así,
nada menos razonable comunicacionalmente que un argumento circular. Ahora
bien, en términos estrictamente lógicos, el argumento es deductivamente válido,
porque la conclusión está contenida en las premisas.

Sobre retórica
Si la lógica es insuficiente, ¿qué otro criterio habría que considerar en la
evaluación de un argumento? Respuesta: su efectividad. Considérese el
enunciado: “Tengo un excelente argumento que no convencerá a quien quiero
convencer”. Que el enunciado nos parezca absurdo se debe a que una
argumentación de calidad debe ser persuasiva en términos reales, empíricos, y
no puramente razonable; no se trata de que un argumento sea sólo
potencialmente persuasivo, no basta que sea sólo un “buen candidato” para
persuadir. ¿Cómo explicar esta exigencia de efectividad?

Argumentar es una acción que no se reduce a hacer buenas inferencias pues


se trata de una acción comunicativa que tiene un fin claro, que busca cumplir
una expectativa: hay un otro a quien nos proponemos persuadir. Puede tratarse
de un otro real, por ejemplo los participantes de una reunión de trabajo ante
quienes expondré, o de un otro posible, los lectores –que no conozco, pero que
puedo perfectamente imaginar– que tendrá aquella columna de opinión que
escribiré. Podría discutirse si es éste el único fin. Quien argumenta ante un otro
para mostrarle que sabe pensar lógicamente, que es inteligente, se sirve de la
acción de argumentar, pero su fin es distinto. De hecho podría prescindir de tal
acción y mostrar simplemente los satisfactorios resultados de un test de CI. Si
no es el único fin, al menos es el más relevante, y en ello radica la natural
exigencia de la efectividad.

¿Qué significa, con más detalle, la efectividad, el requisito de que un argumento


deba ser convincente para ser considerado bueno? Que el otro, según la fuerza
persuasiva del discurso, adhiera a un cierto punto de vista con el cual
inicialmente estaba en desacuerdo o frente al cual aún no había asumido una
postura. En principio, los argumentos elegidos deberían ser siempre aquellos
máximamente efectivos, esto es, aquellos que estén mejor adaptados a los
puntos de partida de la audiencia específica a la que se dirigen. Esto requiere
conocer a la audiencia a la que queremos convencer: ceñirnos a su sicología e
intereses, a su nivel educacional, a la raigambre cultural a la que pertenece.
Esta necesidad de adaptación explica por qué no existe algo así como un “baúl
de buenos argumentos” universalmente efectivos, a los que el hablante siempre
puede echar mano como quien se sirve de una receta. En el mejor de los casos
disponemos de lugares comunes que tienden a ser aceptados por la
comunidad, por ejemplo el argumento de lo “natural” (“Compre este jugo: es
natural”), pero siempre cabe imaginar al menos un escenario en que no es
aplicable (por ejemplo si se quiere convencer a un niño de campo que se
encuentra de paso en la ciudad y es tentado por aquellas nuevas bebidas de
fantasía que nunca ha probado).

Volvamos, pues, al enunciado que encabeza esta sección: “Tengo un excelente


argumento que no convencerá a quien quiero convencer.” A la persona que
sostenga algo así sería interesante preguntarle no sólo por qué dentro de la
calidad de “excelente” él admite la posibilidad de la ineficacia persuasiva del
discurso, esto es, que la calidad de un argumento puede ser independiente de
su aceptación, sino con qué fin él ofrecería tal argumento, qué esperaría que
ocurriera haciendo eso. No basta que a mí, como hablante, me parezca bueno
el argumento, pues no es a mí mismo a quien debo persuadir (cabe presuponer,
en principio, que uno está convencido de lo que defiende). El reto persuasivo
consiste en que al oyente le parezca bueno el argumento y que por esa vía
acepte el punto de vista que yo planteo. Del mismo modo que cuando hacemos
una petición esperamos que ésta sea realizada por el oyente, no es posible
desvincular el acto de argumentar de su efecto deseado, esto es, convencer a
nuestro destinatario.

Alguien podría objetar que el enunciado “Tengo un excelente argumento que no


convencerá a quien quiero convencer” no es necesariamente un sinsentido.
Esta crítica podría justificarse aludiendo a que la calidad de un argumento no
tiene por qué depender de la “mala calidad” de su audiencia. Pensemos en un
auditorio en extremo dogmático o en un interlocutor cuyas capacidades
cognitivas son muy bajas. ¿Por qué tendría mi argumento que verse afectado
por esos elementos “externos”? La crítica es atendible, sin duda. Nuestra
respuesta a esta objeción es la siguiente: si yo sé de antemano que mi
argumento no será acogido por esta audiencia tan difícil, no tendría mayor
sentido presentar ese argumento, salvo que lo haga para conseguir otros fines,
por ejemplo para que un tercero que observa el diálogo caiga en la cuenta de la
falta de razonabilidad de nuestra contraparte. El punto es que en tal situación yo
no estaría haciendo un esfuerzo persuasivo óptimo hacia esa audiencia difícil y
por lo tanto eso no sería argumentar. Ahora bien, distinto sería el caso de que
yo no conozca la naturaleza real de mi audiencia pero la presuponga razonable.
Nuestra respuesta a la objeción también vale para este caso: si al poco andar
veo que mis interlocutores son “infranqueables”, lo más cuerdo sería abandonar
la discusión. (Lo mismo cabría esperar de ellos: si no están dispuestos a
dejarse convencer, no tendría mayor sentido que participaran de un diálogo
argumentativo, pues este cuenta con que las partes observarán la exigencia
recíproca de dar y pedir argumentos, como indicamos en la introducción.)

Otra posible objeción al criterio retórico sería preguntarse qué pasa cuando hay
varias audiencias simultáneas y el “mismo” argumento resulta persuasivo para
unas y no para otras. Dado el criterio retórico propuesto, ¿no significa esto que
el “mismo” argumento sería en algunos casos de calidad y en otros no? ¿Y no
sería esta afirmación una inconsistencia? A esta objeción responderíamos que
efectivamente, bajo este criterio, el argumento sería de calidad en algunos
contextos pero no en otros. Pero ello no conlleva necesariamente una
inconsistencia. No mientras se entienda que la calidad de un argumento
depende en gran medida, como indicamos antes, del contexto en que se
desarrolla una argumentación. Si se renuncia desde un principio a la exigencia
de que una argumentación sea universalmente de calidad, la aparente
inconsistencia se disuelve. Nos parece que un ideal de calidad argumentativa
universal es no sólo extemporáneo, sino también inútil: como resultado de su
aplicación prácticamente todas (si no todas) nuestras argumentaciones serían
de mala calidad o poco razonables.

Hay quienes defienden una posición radical que dice que la efectividad es el
único criterio de calidad. Esto sin duda vale para situaciones excepcionalísimas,
como el diálogo urgente con alguien que amenaza suicidarse tirándose desde lo
alto de un edificio y se le debe persuadir rápidamente para que desista. Que el
discurso del negociador posea una falla lógica estructural es irrelevante para el
caso. La “vía racional” debería desecharse en la medida que no están dadas las
condiciones mínimas para llevar adelante un diálogo razonable. Cabe imaginar
que alguien en un estado de suma desesperación no le hará ninguna concesión
al negociador y por lo tanto no tendría sentido dirigir la conversación por ese
cauce. Pero nuestra vida en comunidad corre por carriles muy distintos y es
esto lo que en el fondo debe importarnos cuando nos preguntamos sobre el
lugar que debe tener la argumentación en la sociedad y a partir de eso diseñar
un programa educativo.

Sobre dialéctica
Se ha dicho hasta ahora que una argumentación de calidad es aquella que,
además de cumplir con determinados estándares lógicos, es también efectiva.
Cabe preguntarse, sin embargo, si son estos criterios, el lógico y el retórico,
suficientes para una argumentación de calidad.
Una manera de averiguarlo es preguntándonos si la retórica es capaz de
resolver los problemas que, según dijimos, la lógica no puede solucionar. Para
ello debemos examinar si: (i) el criterio retórico de la efectividad es suficiente
para evaluar el contenido proposicional de una argumentación; y (ii) el criterio
retórico es suficiente para evaluar la calidad del proceso comunicativo que la
subyace. Nuestra posición es que la retórica no es suficiente y que es necesario
incluir un tercer criterio de calidad que, siguiendo la tradición, llamaremos
“dialéctico”.

Abordemos primero el problema relativo a la aceptabilidad del contenido de una


argumentación. A primera vista, pareciera que el criterio de la efectividad nos
entrega una buena herramienta para determinar la aceptabilidad de las
premisas de un argumento. Después de todo, ¿cómo establecer la
aceptabilidad de una premisa sino es señalando que la premisa es compartida,
esto es, aceptada por la audiencia?

El criterio de efectividad, sin embargo, no es suficiente. Lo anterior se puede


demostrar mediante un análisis del enunciado: “Tengo un argumento excelente
cuyas premisas evaden el peso de la prueba”. ¿Cuál es el problema con este
enunciado? Que el adjetivo “excelencia” y la frase “cuyas premisas evaden el
peso de la prueba” nos parecen mutuamente excluyentes cuando determinan a
un mismo tiempo el sustantivo “argumento”. De ello podemos desprender que
“hacerse cargo del peso de la prueba” es una de las normas que gobierna la
argumentación.

El peso de la prueba refiere a la obligación de justificar, de dar razones para


sostener aquello que se afirma. ¿Qué significa, entonces, hacerse cargo del
peso de la prueba? Significa, entre otras cosas, que si un hablante utiliza en su
argumentación premisas que aún no son aceptadas por la audiencia dicho
hablante tendrá que proporcionar argumentos adicionales, que justifiquen la
aceptabilidad de dichas premisas. ¿Existe alguna norma retórica que obligue al
hablante a justificar la aceptabilidad de las premisas de su argumentación en
caso que éstas sean cuestionadas? La respuesta es: no. La retórica
sólo recomienda no evadir el peso de la prueba cuando es lo más efectivo o
conveniente. Pero no siempre es estratégicamente persuasivo hacerse cargo
del peso de la prueba. Es perfectamente posible afirmar, sin contradicción,
“Tengo un argumento persuasivo cuyas premisas evaden la carga de la
prueba”. Ello ocurre, por ejemplo, cuando, en lugar de justificar una premisa
dudosa, la premisa dudosa se introduce con expresiones tales como “Nadie en
su sano juicio dudaría que” o “Es a todas luces cierto que”. En este caso las
premisas pueden parecer aceptables para la audiencia debido a los marcadores
de certeza que ha utilizado el hablante, pero eso no significa necesariamente
que la premisa forme parte de hecho de las creencias de la audiencia.
Así, para evaluar el contenido de una argumentación no es suficiente que la
audiencia acepte sus premisas. Es también necesario que dichas premisas no
evadan el peso de la prueba. Y eso, como hemos visto, no es una exigencia ni
lógica ni retórica. Es, proponemos, una exigencia dialéctica. El criterio dialéctico
prohíbe evadir el peso de la prueba porque visualiza la argumentación como
parte de un proceso de discusión orientado a resolver diferencias de opinión de
manera cooperativa. Dos partes resuelven una diferencia de opinión
cooperativamente si actúan en conformidad con reglas que ellos mismos han
acordado libremente.

Veamos el segundo problema: la lógica no se pronuncia respecto al proceso


comunicativo. ¿Lo hace la retórica? Sí, en la medida que nos permite evaluar la
efectividad de una argumentación para persuadir a una audiencia. ¿Pero es el
criterio retórico suficiente para evaluar dicho proceso? No, y su insuficiencia se
puede demostrar mediante el análisis del siguiente enunciado: “Tengo un
argumento excelente que modifica el punto de vista de la contraparte sin que
ella lo note”.

La falacia de modificar el punto de la vista de la contraparte, a la que se refiere


el enunciado, es conocida como la falacia del “hombre de paja”. Puede sin duda
ser muy efectiva si aquel con quien dialogamos de pronto se ve en el trance de
tener que justificar un punto de vista más radical del que planteó y no encuentra
argumentos para defenderlo (y con ello desiste de su posición inicial). Un
ejemplo: alguien plantea que “La actual legislación sobre drogas debería
revisarse” y nosotros objetamos con razones un punto de vista que él no ha
dicho ni ha implicado: “Corresponde legalizar las drogas duras”.

Desde una perspectiva comunicativa más amplia, sin embargo, es irrelevante


disponer de un excelente argumento para refutar algo que nadie ha sostenido;
tal crítica no genera el peso de la prueba en nuestro oponente –sólo alguien
poco razonable se haría cargo de algo que no suscribe– de manera que el
diálogo difícilmente avanzará. En la práctica, toda emisión posterior a esta
movida falaz no tendrá mayor sentido. En suma, un argumento de este tipo no
sólo es poco cooperativo, es también inútil para resolver la diferencia de opinión
que dio origen a la argumentación.

Conclusiones
Mediante el examen de este grupo de enunciados contradictorios podemos
concluir que una argumentación será de calidad si cumple con los
requerimientos del ámbito de la lógica, la retórica y la dialéctica, todos ellos
necesarios pero ninguno suficiente de manera aislada. El primero consiste en
sacar conclusiones adecuadas a partir de premisas que presuponemos
aceptables, el segundo en que la argumentación esgrimida debe efectivamente
cumplir con su objetivo fundamental el cual es persuadir a la audiencia a la que
se dirige y el tercero en que el argumentador debe observar una conducta
razonable al dialogar, por ejemplo atenerse al tema puntual que está en
discusión y hacerse cargo de las críticas de la contraparte. Quedan fuera los
saltos inferenciales y eso que podríamos llamar las “falacias persuasivas”. El
convencimiento de la contraparte ha de conseguirse en virtud del mérito de la
fuerza argumentativa de las razones esgrimidas.

Decíamos en la introducción que la argumentación no tiene como fin único el


empoderamiento. Si sólo fuera éste, entonces el criterio de la efectividad podría
imponerse como el único digno de ser enseñado. Nos parece que la calidad
argumentativa entendida en un sentido naturalista establece que la efectividad
no puede conseguirse a costa de la razonabilidad. Al argumentar ante otros
buscamos siempre la adhesión de una audiencia, pero una adhesión “ciega”,
irreflexiva, nos parece insuficiente. En la práctica, esto significa que, en una
discusión puntual, deberíamos evitar ofrecer un argumento lógicamente
incorrecto pese a que podría ser de gran efectividad, y buscar otro argumento
que sea no sólo efectivo sino también lógico. Este “límite” al empoderamiento
obedece a un cierto ideal político: es deseable que en nuestro vivir en
comunidad administremos razonablemente los conflictos.

Así, si la tarea pedagógica de enseñar argumentación tiene como función


prioritaria mejorar su nivel, entonces un programa de estudio debería cubrir
estos tres dominios de manera integrada.

La profesora Ihnen hace clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de


Chile (Santiago de Chile)
El profesor Joannon dicta clases de Argumentación en la Universidad Adolfo
Ibáñez (Santiago de Chile)

© Cristóbal Joannon L. y Constanza Ihnen J.


* Este artículo fue publicado en el libro Argumentación y pragma-dialéctica:
Estudios en honor a Frans van Eemeren (Universidad de Guadalajara, 2015),
editado por Fernando Leal.