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4.

Los cambios ocurridos a partir del siglo XVIII: cambios administrativos,


nuevos centros de gravitación de la colonización, a raíz de los cambios
económicos. Cambios sociales.
Extraído de: Bethell, L. “Historia de América Latina. (Tomo III - Economía)”

A principios del siglo XVIII, la corona de Portugal introdujo una serie de medidas
administrativas con la intención de contener la anarquía que caracterizaba a las zonas
mineras, y establecer, de este modo, una cierta estabilidad. Estas medidas tuvieron tres
propósitos principales: proporcionar un gobierno efectivo a nivel local y regional;
administrar justicia y hacer cumplir la ley; y, por último, satisfacer las obligaciones
reales como defensora de la fe.
La expansión de la frontera recibió nuevo ímpetu al descubrirse oro, en rápida sucesión,
en lo que actualmente es Minas Gerais, el centro occidental del Mato Grosso, y Goiás.
El curso superior del río Velhas, que contenía los mayores yacimientos de oro alrededor
de Ouro Préto, ya había quedado despoblado de indios, en su mayor parte a causa de las
incursiones de los bandeirantes

El orden de prioridades que condujo a la creación de ciudades varió de un lugar a otro y


de acuerdo al período. Tales ciudades sirvieron como punto de partida para futuras
exploraciones y, también, se convirtieron en centros comerciales y administrativos de
las extensas regiones del interior próximas a cada una de ellas.
El modelo que caracterizó el asentamiento en las zonas mineras fue el de núcleo aislado,
considerablemente alejado de los otros núcleos; pero, al menos en Minas Gerais, la
presencia de influencia administrativa ayudó a disminuir este tipo de aislamiento y a
incrementar la eficacia administrativa. En las regiones de Mato Grosso y Goiás, con una
población más escasa, el pequeño número de ciudades redujo profundamente la eficacia
del control administrativo.
En 1711, uno de los primeros actos administrativos de Antonio de Albuquerque Coelho
de Carvalho, como gobernador de Minas Ge-rais y Sao Paulo, fue elevar a los tres
centros mineros principales a la categoría de vila: Vila do Ribeiráo do Carmo, Vila Rica
de Ouro Préto y Vila de Nossa Senhora da Concei^áo do Sabara

En 1744 y 1748, las capitanías de Goiás y Mato Grosso, respectivamente, fueron


establecidas tomando territorio de la amplia e indefinida capitanía de Sao Paulo. La
decisión más dramática de la transferencia de importancia política, económica y
demográfica del litoral noreste hacia las tierras altas del Brasil fue la decisión real, en
1763, de cambiar la capital del virreinato, de Salvador a Río de Janeiro.

En la aplicación de las leyes y en el mantenimiento del orden, los gobernadores tuvieron


que hacer frente al problema de la inexistencia de fuerzas adecuadas para vigilar
inmensas extensiones de territorios que en su mayor parte no estaban proyectadas en el
mapa. Allí no había guarniciones, a las que en caso de necesidad los gobernadores de
Minas Gerais, Goiás o Mato Grosso pudieran recurrir.
Sus misiones más bien reflejaban las prioridades económicas y sociales, así como las
presiones propias de las zonas mineras: imponer orden en los litigios mineros, organizar
los convoyes para la conducción de los minerales preciosos, contener la evasión del
pago de los quintos, detener el tráfico ilegal de oro y otros artículos, suprimir las
revueltas y disturbios, etc.
Las más efectivas fueron las dos compañías de dragones (soldados de caballería)
adiestradas profesionalmente, las cuales llegaron desde Portugal a Minas Gerais en
1719. Dichas compañías demostraron ser una fuerza inestimable en el mantenimiento de
la ley y el orden en Minas Gerais, y eran despachadas hacia Goiás cuando la necesidad
así lo exigía.

La segunda manera por la cual la corona intentó administrar una más efectiva justicia a
las zonas mineras, fue mediante la autorización de las juntas judiciales. Éstas ya habían
funcionado durante el siglo XVII en regiones más lejanas de Pernambuco y otras
capitanías, pero en el siglo XVIII las juntas iban a ser lo más común en las zonas
predominantemente mineras. Esto obligó a la corona a la creación de nuevas capitanías,
cada una de ellas con su propio gobernador. Éstas se erigieron en los territorios extensos
e indefinidos, los cuales estaban bajo la jurisdicción del gobernador de Río de Janeiro.
El instrumento principal de esta política fue el establecimiento del municipio o vila
(villa). En Portugal, el municipio representaba estabilidad, el respeto a la justicia, un
cierto grado de autodeterminación a nivel local y, en virtud de su estatuto real, la
presencia de la corona.

Sociedad:
En 1695, la población del altiplano brasileño estaba integrada por una variedad de
grupos bandeirantes, ganaderos ocasionales, un puñado de misioneros, algunos
especuladores e indios. En menos de dos décadas se establecieron municipios completos
y la maquinaria burocrática gubernamental ya empezó a funcionar. En términos
humanos en Minas Gerais, sólo el número de esclavos negros pasó de cero a unos
30.000 durante el mismo período. Lo más evidente es la mayoría aplastante de negros.
Esta pauta se repitió en todos los lugares.

Hubo revueltas populares contra el control de la corona. Por un lado estaba la corona,
siguiendo una política esencialmente explotadora, bajo las aspiraciones cada vez más
absolutistas de dom Joáo V, cuyo reinado (1706-1750) coincidió con el desarrollo de las
zonas mineras. Por otro lado estaban los colonos, notoriamente independientes, cuyo
sustento era de lo más imprevisible, y quienes consideraban que las presiones
burocráticas y fiscales llegaban hasta el punto de amenazar su existencia.
La naturaleza del asentamiento también hizo que las regiones mineras fueran
extraordinariamente propensas a los conflictos entre grupos rivales.
La propia naturaleza de la minería de oro constituyó otra amenaza a la estabilidad. La
minería exigía especulación y la especulación requería movilidad.
En este sentido, los movimientos eran tan repentinos que no había tiempo de
proporcionar ninguna infraestructura, además de que la escasez de alimentos fue un
problema crónico.
La inseguridad y el descontento en las zonas mineras se vieron incrementados por la
política real en relación al incremento de recaudación de contribuciones. Prácticamente
desde el principio, el rey se dio cuenta de que el movimiento hacia el oeste, la
dislocación de un gran número de personas, sus necesidades de suministros básicos y
sus posesiones de oro podían revertir a favor de la corona en dos direcciones.
No menos que otros colonizadores, los habitantes de las áreas mineras se vieron
afectados por el monopolio de la corona sobre ciertos sectores de la economía de
importación, tales como el de la sal, vino y aceite de oliva.

Aquellos dos siglos de control de los indios brasileños por parte de los misioneros
terminaron con dos leyes que Pombal persuadió al rey a promulgar en 1755. Un edicto
del 4 de abril de 1755 puso fin teóricamente a toda discriminación racial, y declaró que
los mestizos «serán idóneos y capaces de recibir cualquier empleo, honor o dignidad»."
Luego, el día 6 de junio, se promulgó la «ley de libertades», que liberó a las «personas,
mercancías y comercio» de los indios de Para y Maranháo. Se declaró que los indios
eran ciudadanos libres y gozaban de todos los derechos y privilegios propios de la
ciudadanía. Había que integrarlos en la sociedad portuguesa. Cualquiera podría
comerciar con los indios y éstos podrían —en teoría— trabajar para quien quisieran,
pero sus salarios los fijarían el gobernador y los funcionarios. Los propios indios
controlarían sus poblados, se impondrían castigos especiales a quienes invadieran sus
tierras o intentaran aprovecharse de su ingenuidad.

La liberación de los indios que con tanta elocuencia proclamaron las leyes de 1755
nunca tuvo lugar. Pombal y su medio hermano empezaron inmediatamente a mostrar en
su correspondencia que les inquietaba la posibilidad de que los indios volviesen a su
«pereza» primitiva, que se preocuparan de alimentar a sus propias familias en vez de
trabajar para el Estado portugués o para los colonizadores. El gobernador Mendonga
Furtado esperó hasta 1757 antes de dar a conocer la nueva ley, y entonces, obrando por
iniciativa propia, introdujo un «director» blanco en cada uno de los poblados nativos.