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La comunicación

moderna
Vendamos sentir

Gabriela Ghigliotto Lawrence


NARRATIVA CHILENA Profesor Gonzalo Rojas

23/07/2018
La mercancía y el consumo, más que simples conceptos, son realidades cada vez más
inmersas en la cotidianeidad de la humanidad, convirtiéndose ambos conceptos en
sinónimos del progreso y del desarrollo. Sin embargo, existe una gran paradoja; hay
variedad de comunidades y países enteros que, sin ser denominados o reconocidos
internacionalmente como territorios desarrollados y en progreso, mantienen, aun así, una
gran taza de consumo. Consumo que en la posmodernidad se ha ido transportando a una
adquisición de abstracciones, de simulacros e imágenes; a un consumo de efectos.

En base a lo anterior, doy pie a presentar un análisis literario de la obra Tinta Roja (2005)
de Alberto Fuguet, tomando como pie al análisis previo de dos textos teóricos, y sus
correspondientes autores, en los que se reflexiona y se escribe sobre lo expuesto en el
párrafo anterior y cómo esto se evidencia en el paradigma de la novela moderna. Estos dos
textos teóricos son La Sociedad el Espectáculo (1967) de Guy Debord de nombre completo
Guy Ernest Debord, quien nació el 28 de diciembre de 1931, en París y falleció el 30 de
noviembre de 1994. Fue un revolucionario, filósofo, escritor y cineasta francés, quien
conceptualizó la noción sociopolítica de «espectáculo» -concepto clave para este trabajo-,
desarrollada en su obra más conocida, la ya mencionada anteriormente. Y el segundo texto
se titula Profanaciones (2005) de Giorgio Agamben, filósofo italiano de renombre
internacional, nacido en Roma, en 1942, titulado de la Universidad de Roma, en 1965, con
un trabajo sobre el pensamiento político de Simone Weil. Sus estudios tienen mucho de
reapertura de caminos olvidados en el transcurso de la historia cultural de Occidente, así, en
su camino académico confluyen estudios literarios, lingüísticos, estéticos y políticos, bajo
la determinación filosófica de investigar la presente situación metafísica en occidente y su
posible salida, en las circunstancias actuales de la historia y la cultura mundial.

Entonces, como se mencionó con anterioridad, ambos autores y algunas de sus


postulaciones más coherentes con este escrito, serán utilizados para analizar la tercera
novela de Fuguet. Dicho análisis será guiado por tres objetivos, tres problemáticas y una
hipótesis, la que se pretende afirmar o refutar al finalizar la reflexión. Asimismo, se da
inicio a este escrito con, primero, algunos datos bibliográficos breves de los autores de los
textos teóricos, expuesto con anterioridad. Y a continuación, y en segundo lugar, algunos
datos bibliográficos del autor de la obra literaria, para, posteriormente, proseguir con un
resumen de Tinta Roja, y dar paso al análisis en sí de la obra.

Alberto Felipe Fuguet de Goyeneche nació en Santiago, Chile, el 7 de marzo de 1964. Su


familia se trasladó a Los Ángeles (California) donde vivió hasta los 11 años de edad. Llegó
en 1975 a un Chile sitiado por la dictadura de Augusto Pinochet. Estudió periodismo en la
Universidad de Chile y fue el autor de la antología de cuentos de varios autores McOndo,
que editó él mismo y que dio origen al grupo literario del mismo nombre.
En 1990 publicó su primer libro de cuentos: Sobredosis, pero el éxito le llegó con la novela
Mala onda. Le siguieron los títulos Tinta roja y Por favor. En 2003 publicó el ensayo
biográfico Las películas de mi vida. En 2007 editó la novela gráfica Road Story.

Su novela Tinta roja fue llevada al cine en 2000 por el peruano Francisco Lombardi. Junto
con llevar al cine algunas de sus novelas, dirigir su propia película eran sus más grandes
sueños. Ambos cumplidos. Dicha novela la protagoniza Alfonso Fernández, quien cree
saberlo todo, pero que, en rigor, no sabe nada. Y quién sabe algo en una época donde no
saber es lo que está pasando. Es, como le dice su jefe, «un pendejo». Y, del mismo modo,
es un joven periodista en práctica en la que, se considera, la peor sección (policiales) del
peor diario de la ciudad (El Clamor). Periodista como el autor de la obra, es decir,
entonces; periodista como el narrador, además. Esto puede entenderse, en parte y quizás,
como un escribir autobiográfico.
Entre sentires, perdiciones y encuentros amorosos, sexuales, amistosos, bohémicos del
mundo, tanto (post)moderno como mediático -pero siempre desde una vista moderna de las
relaciones humanas-socio-afectivas-, Fuguet nos expone, con una prosa pulposa, popular y
arrabalera, una historia compuesta de mucha sangre, tinta, consciencia de consumo, humor
negro y bohemia. En donde el protagonista aprende tanto de la vida como del periodismo
en la calle, en los sectores y rededores populares, muchas veces marginales. Lo anterior se
expresa fuerte y esencialmente en el lenguaje –si bien no simplista- vulgar y pedestre
utilizado en la obra. El cual, denota evidencia, pareciera estar escrito para un sector social
en particular: la/le/el pobre, la/le/el obrera/e/o. Sector que, a pesar de su pobreza, consume
tanto y más que sectores económicamente ubicados para la acción de consumir, y no se
habla, aquí, de consumir sólo objetos, prendas y comida, se habla del consumo de la
imagen –fotografías que tanto esmero y manipulación le cuesta conseguir a Faúndez- y de
la historia callejera del sujeto, ya no social, ya no histórico, sino que, consumidor que se
auto-explota para producir consumo (una buena o la mejor portada) y consumir al mismo
tiempo (las distracciones de la auto-explotación). Se escribe de cómo el consumo consume
la humanidad del ser humano, y que todo el mundo mediático de la obra gira en torno al
conseguir la portada y la mayor cantidad de ventas, y que en la calle es donde se aprende
todo lo útil para y de la vida, junto con los medios masivos de comunicación, y ya no en
lugares de índole académico-reflexivo.

La obra, a partir de una visión superflua y comercial de la novela moderna, parece relatar
una historia sobre un periodo de vida de un joven periodista y sus experiencias limitadas a
ese momento específico de su vida, y de lo que se trata el vivir desde una experiencia banal,
donde dicho vivir gira entorno a generar material periodístico que sea mejor que la
competencia. Y parece porque, si bien es una lectura sobre y para el comercio, puede leerse
la obra desde lo que se ha instaurado como literatura desde la modernidad y
posmodernidad, y así, entender la narración de un modo más complejo. Con esto me refiero
a que la novela se basa en lo que la modernidad ha instaurado como literatura, y en cómo la
época moderna a transformado, sobre todo, el género novelístico.

Entonces, y como se puede evidenciar en lo escrito anteriormente, todo parece moverse en


el espacio de lo que rodea el consumo: la mercancía, el espectáculo y el simulacro. Y es
debido a que se ha elegido trabajar la novela desde aquél ámbito, y como tal decisión lo
requiere, vale aclarar que los conceptos/ nociones claves a utilizar, explicar y reflexionar
son: la mercancía, el acto del consumo, el espectáculo, el simulacro, los efectos, la noción
de auto-explotación, la noción de valor de cambio, la noción de valor de exposición y la
noción de la comunicación al servicio del consumo.

Ahora bien, el cómo abordar los conceptos anteriores, se va a demarcar según tres objetivos
que se pretenden cumplir a lo largo del análisis, que son guiados, a su vez, por tres
problemáticas surgidas de la lectura de la obra a analizar. Las cuales dan paso a la hipótesis
gracias a la cual se piensa poder cumplir con los tres objetivos. El primero de éstos
objetivos quiere mostrar y llevar a la reflexión la repercusión de la época y paradigma
capitalista-mercantil en la novela moderna, para lo cual, en este caso, se utilizará la novela
Tinta Roja; como segundo objetivo se pretende evidenciar cómo la literatura actúa, una vez
más, como espejo social de una época determinada y cuál, o cuáles son, los nuevos fines
sociales que persigue (reflexionar, poner en tela de juicio, ilustrar metafórica y
críticamente, vender, sensibilizar, etc.); y en un tercer lugar, se persigue demostrar cómo el
capitalismo y el consumo ha transformado el sentido de la vida y el pensamiento del ser -de
la gran y alarmante mayoría- , tanto personal como colectivo, social, político y cultural.
Ahora, los tres objetivos anteriores naces, además de las lecturas de los textos teóricos, de
las problemáticas -en base a una valoración personal- más evidentes y relevantes de la
lectura de la obra. La primera de ellas apunta a la completa dedicación, en cuanto a la
historia en sí, como a los diálogos de la novela, al mundo del consumo y del espectáculo; al
universo mediático. Entendiendo este universo desde los casos policiales de la obra y lo que
representaban las publicaciones de dichos casos (fotos e imágenes seleccionadas). Esto
puede guardar directa relación con los interés y vivencias propias del autor de la novela,
quien estudió y figuró como periodista, además de escritor y cineasta.

La segunda problemática surge de la confrontación detectada entre el humor -nacido


netamente del lenguaje extremadamente vulgar- y las vagas/pequeñas, pero evidentes,
reflexiones de índole social sobre los “pobres”, sobre los “ricos”, y sobre el mundo militar
o político. Y la tercera problemática identificada se refiere a la poca profundización
reflexiva y crítica en temas interesantes y urgentes (que se exponen de manera evidente en
la narración) como lo son la explotación y la invisibilización de la obrera/del obrero.
Haciendo quedar a las pocas reflexiones de la novela muy por la superficie. Perdiendo, así,
un gran diálogo entre reflexiones. Y sostengo que las tres problemáticas tienen como gran
hilo conductor y común el hecho de que la novela pudo haber sido escrita al servicio del
mundo del consumo netamente, y no para fines reflexivos, críticos o sociales, por ende,
debido a ello es que los atisbos de reflexiones sociales y políticas quedan estancadas y no
pasan de ser más que eso, atisbos.

Ahora, cada problemática, para que efectivamente sean tratadas e ilustradas de manera que
aporten al cumplimiento de los objetivos y de la hipótesis, será explicada según una escena
o extracto de la novela. R¿Dicha escena o extracto, entonces, servirá de ejemplo explicativo
para la comprensión de la problemática. Y al ser tres problemáticas expuestas con
anterioridad, serán tres las escenas o extractos que se utilizarán, al unísono. Estas son: para
tratar la primera problemática: capítulo 10 Choricillos en Choricillos, página 10; para tratar
la segunda problemática: capítulo 24 Los tomates asesinos, página 150; y para tratar la
tercera problemática: capítulo 24 Los tomates asesinos, página 149.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, objetivos y problemáticas y su hilo conductor o eje en


común, continúo planteando la hipótesis que se pretende trabajar en este ensayo, la cual se
sostiene en demostrar que el valor de exposición y el valor de cambio (el primero valor
trabajado por Agamben y el segundo por Debord), entendidos como el consumo de una
abstracción, de un simulacro, de una puesta en escena; como ejes de la comunicación
capitalista-mercantil.

Giorgio Agamben en su texto Profanaciones, limitándonos al capítulo Elogio a la


profanación, postula la relación existente entre el capitalismo y la religión (el cristianismo),
en cuanto al capitalismo como un ritual religioso, en el cual la/le/el ser humana/e/o expía
las culpas inherentes de todo ritual religioso, en el consumo, es decir, en más culpa. Pues,
en este capitalismo como religión, no existe expiación o limpieza de culpas, ya que el único
modo de liberación que plantea el capitalismo, es la nueva culpa (el constante consumo). La
liberación es de lo que se quiere liberar. Desde ahí, entonces, plantea que el único uso que
permite el capitalismo al objeto, idea, cuerpo, es limitado por el espectáculo y el consumo.
Se quiere decir con esto que, el objeto, la idea y/o el cuerpo en cuanto al capitalismo, no va
a tener uso en sí mismo, ni como sí mismo, sino que su único uso se volverá limitado al
consumo y a la exposición. Pues, el consumo y la exposición son los únicos usos del
capitalismo, siendo la exposición parte sustancial e inherente del acto de consumir, debido
a que lo que se consume es la exposición del objeto, idea y/o cuerpo.

Otros de los postulados de este autor en directa relación con lo que se pretende analizar en
este ensayo, y sin perder trato con todo lo anterior, es la noción de museificación. Noción
en la cual descansa la imposibilidad de usar, encuentra su tópico. La museificación, se
plantea como parte sustancial de la cultura del consumo. Aludiendo a que el mundo es un
gran museo, en donde está la/le/el turista (ciudadana/e/o) consumiendo imágenes: “Pero,
más en general, todo puede convertirse hoy en Museo, porque este término nombra
simplemente la exposición de una imposibilidad de usar, de habitar, de hacer experiencia.
Por esto, en el Museo, la analogía entre capitalismo y religión se vuelve evidente. El Museo
ocupa exactamente el espacio y la función que hace un tiempo estaban reservados.”
(Agamben, 2005; p.96).
Entonces, el uso y la museificación se entienden como elementos inherentes uno del otro, y
ambos se encuentran en la determinación del consumo y la exposición capitalista. De aquí
es de donde surge otro de los conceptos que Agamben plantea en su texto, y el cual elijo,
también, trabajar para este análisis; valor de exposición, primeramente planteado por
Benjamin, empleado nuevamente por Giorgio para explicar el consumo de la imagen, de la
puesta en escena, del simulacro y, por tanto, del espectáculo. Y esto, radica y encuentra su
origen, al unísono, en el consumo; todo acto es espectáculo, todo espectáculo es consumo.
Un consumo que usa de automóvil a la autoexplotación de la/le/el ser humana/e/o;
manipulación de un exceso de libertad, según Agamben.
Ahora, dichas nociones y postulados que se ven reflejadas en la novela de Fuguet, se
sostienen en el papel literario de reproducción de una época en particular, y su(s)
paradigma(s) imperantes. El cual, en este caso, corresponde a un paradigma capitalista-
mercantil que se ve primordialmente ilustrado y reflejado en la novela moderna. Este rasgo
ha sido identificado en la novela Tinta Roja, la cual corresponde, en efecto, a una novela
moderna que, así, refleja el paradigma moderno del capital y la mercancía, lo que derivaría,
pues, en la prioridad de generar mercancía y consumo, siendo este último un acto pensado e
ideado para quien pueda consumir, y para quien no pueda, también. Siendo la mercancía
quien puede pagar para serla, o quien pueda pagar para que su mercancía se consuma, y así,
contar con un capital que le permita consumir sin la culpa de estar consumiendo sin poder
hacerlo. Todo se centra en un consumo constante con el fin de generar capital para seguir
manteniendo un consumo que permite asegurar el poder en el sistema. Con respecto a lo
anterior, se puede deducir y sostener que el fin social núcleo que se ilustra en la novela
moderna es la de expandir la costumbre y la necesidad del consumo. Y con ello, se
desprenden otros fines sociales de la época tales como el vender -pues, Tinta Roja no se
reconoce como una novela que tenga otro fin más que comercializarse, tratando temáticas
que son cercanas al mundo del consumo y del espectáculo; cotidianeidades- y
comercializar, es decir, generar mercancía que responda a las necesidades del consumo. Lo
anteriormente expuesto, se puede entender de manera más completa con la siguiente
escena: “La suegra lleva a los dos niños pequeños a la cocina. Saúl Faúndez le toma la
mano a la joven viuda, que está de negro. Escalona dispara su máquina. -Por favor, más
respeto- le grita Faúndez-. Nada de fotos. ¿Es necesario comercializar con el pobre dolor de
la señora Verónica? Basta con leer lo que voy a publicar para que el país tenga claro lo que
pasó” (Fuguet, 2005; p.96). Empero, claro, todo lo dicho por Faúndez no era nada más que
una puesta en escena, un espectáculo para poder ganarse momentáneamente la confianza de
una viuda desesperada, para poder así, conseguir fotos del dolor y la tristeza más honesta y
adentrada posible, haciéndole creer a la mercancía (señora Verónica) que él estaba de su
lado, y que el dolor no es comercio. Dándole, de esta manera, un uso al dolor y al sentir
del/la ser que se ve determinado exclusivamente a la finalidad de la mercancía. Esto a
través de fotografías que logren captar de la manera más exacta posible el sentir y lo
humano, para exponerlas en diarios. Tal y como sucede, como ya mencioné, en el museo;
en la museificación. Lo que puede ser entendido, además y también, como una repercusión
directa -la más directa, a mi parecer- de la época y paradigma capitalista-mercantil.
Afirmo lo anterior desde la base de que, en efecto, el capitalismo, desde su instauración y
no desde la ingenuidad, es llevado a cabo como una religión; la religión del mercado. Y al
ser una religión responde inevitablemente a un culto permanente: el consumo, el cual se
traduce a una celebración sin tregua y sin respiro. Y aquí, en este culto, es donde se ve
exhibida la fase extrema del capitalismo, en donde cada cosa es expuesta en su separación
de sí misma, por medio de la museificación. Separación de sí misma en cuanto a que no son
más que una exposición.
Todo lo anterior, como repercusión de la época y paradigma capitalista-mercantil, en la
novela de Fuguet se traduce en que toda la narración se ve centrada en que Alfonso
Fernández y su seguidilla de compañeres reporteres, lograran llegar primeros a cada caso,
lograr el mejor puesto para tomar las mejores fotografías y convertirlas en las mejores
imágenes que se pelearán la portada de El Clamor. Y mientras mejor la imagen, mejor la
portada, y mientras mejor portada, mejor venta, mejor ganancia y derrota segura a la
competencia (otros diarios). Es decir, se narra todo -todo lo limitado en exclusiva a lo más
inmediato del detrás- lo que está detrás del comercio del mundo de las massmedia, en este
caso específico, de la prensa escrita.
Sin embargo, todo esto no quiere decir que lo ineludiblemente humano, quede del todo
fuera de este mundillo. Sino que, más bien, se lo presenta como sencillamente algo de lo
que la/le/el ser humana/e/o no puede desligarse. Y presentándolo así es como el sentir sigue
desvalorizándose, o superfluorizándose, pues, no se profundiza en frases o reflexiones tales
como: “-Así no más es- le dice Faúndez con una voz que pesa de alcohol-. Supongo que es
el sufrimiento lo que hace que la gente se apegue más a la mentira” (Fuguet, 2005; p. 397).
Quedando este diálogo en no más que eso, pasando por alto la reflexión posterior o la
interiorización en el pensamiento-sentir del/la/le personaje. Y esto no porque sí, sino,
porque en la novela moderna, el sentir y la interioridad no son más que tácticas para llegar
al/la/le consumidor/e/a. Así es como se puede ilustrar cómo el capitalismo y el consumo ha
transformado el sentido de la vida y el pensamiento del/la/le ser, tanto personal como
colectivo, social, político y cultural. Ya que este nuevo ser mercantil es delimitado y
enajenado por el capital y el consumo, limitando todos sus ámbitos (personal, colectivo,
social, político y cultural) a lo referente a al mercancía y al acto de consumir.
Del mismo modo, la forma en que está narrada la novela, muestra otra de las problemáticas
que guían este ensayo, la de la confrontación entre el humor, surgido netamente del
lenguaje extremadamente vulgar, y las vagas y pequeñas, pero evidentes, reflexiones de
índole social sobre los “pobres”, sobre los “ricos” y sobre el mundo militar o político:
“-Los pobres, en cambio, están cagados- sentencia Escalona-. No existen. Ahí entramos nosotros.
La sección policial es la única parte donde los pobres aparecen con foto, nombre y apellido. Donde
les damos tribuna y escuchamos sus problemas.
-Nuestras páginas son como la vida social de los pobres, Pendejo. Se hacen famosos aunque sea por
un día[…] Lo que nosotros hacemos por ellos es legitimarlos. Les damos espacio.
-Los tratamos como estrellas.
-¿Quién sino nosotros los pondría en la portada?” (Fuguet, 2005; p.150).
Lo que, al mismo tiempo, ilustra la poca profundización reflexiva y crítica en temáticas
interesantes y urgentes como lo es la explotación y la invisibilización del/e/a obrera/e/o.
Haciendo quedar, así, a las pocas reflexiones de la novela muy por la superficie. Perdiendo
un gran diálogo entre reflexiones.
Todo esto responde, es evidente por todo lo ya dicho, a lo que Debord explica como
dominación, la cual, dispone una realidad impuesta, determinada a priori por una elite que
seleccionada e instaura ciertas representaciones, es decir, ciertas cargas semánticas precisas
a merced del paradigma y sistema neoliberal-mercantil.
Ahora bien, para profundizar en lo anteriormente planteado, tengo que detenerme en los
principales postulados de Guy Debord, que se relacionan de inmediato con el análisis que
se está llevando a cabo. Empero, antes de ello, es importante mencionar que tanto los
objetivos como las problemáticas se aplican a ambos autores, ya que las nociones y
conceptos que fueron seleccionados de cada uno para este escrito, se relacionan
directamente con los objetivos, las problemáticas e hipótesis. Es decir que, tanto conceptos,
nociones, objetivos y problemáticas, son transversales a lo aplicado de ambos autores.

Entonces, Guy Debord plantea, en primera instancia, que toda sociedad basada en la
concepción moderna está, irrevocablemente, sumergida en una inmensa acumulación de
espectáculos, en palabras del propio autor. Entendiendo este concepto como todo lo que
antes era o podía ser vivido directamente: “el espectáculo en general, como inversión
concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no-viviente” (Debord, 1967; p.8). Y
que dicha noción y fenómeno se gesta gracias a las imágenes que son mediatizadas por
personas inmersas en una sociedad y visión moderna. Imágenes en las cuales subyace la
mercancía; el consumo de las imágenes que representan espectáculos constantes, sin un
tiempo real, pues, representan, a la vez, una falsa concepción temporal. Concepción
temporal, imágenes y espectáculos que la dominación pretende organizar e imponer,
buscando un orden y control que responde al paradigma moderno del comercio y al del/ de
la/le consumidor/e/a (no ya a la del/ de la/e ciudadane/a/o), lo que, en la novela, se traduce
en la completa dedicación, en cuanto a la historia en sí como a los diálogos de la obra, al
mundo del consumo y del espectáculo; al universo de las noticias (casos policiales y sus
publicaciones, fotos e imágenes): “Exacto -sentencia Faúndez-. Mira, a los ricos, por
ejemplo, les fascina la idea de ser famosos o tener poder. […] Es tal la inseguridad que
tienen, que necesitan confirmar que existen a través de un tercero: nosotros. La prensa, para
servirles” (Fuguet, 2005; p.149). En donde, inclusive un diálogo con índole reflexivo está
referido netamente al rol de la comercialización y puesta en escena. Reflexión que, por lo
demás, explica de manera muy acertada -aunque no total- lo que plantean ambos autores; la
existencia desde el paradigma moderno y sus implicancias, implicancias que nacen de
convertir todo en algo que pueda ser consumido. Y es tal la desesperación del sistema
capital que se ha llegado a poner en venta la afección (el efecto, la carga emotiva del acto,
el sentir) como la mercadería más abstracta; el cúlmine de la economía mercantil
hiperdesarrollada. Esto último, lo traduce Debord como el valor de cambio, el cual se
explica cuando el objeto se usa no por su uso, sino por lo que provoca el usarlo, tenerlo o
adquirirlo. La/le/el ciudadana/e/o consume un polerón Adidas no porque éste sirve para
abrigar, sino por lo que le provoca a su entidad el consumir y poder mostrar que ha
consumido dicha marca. Lo mismo ocurre en Tinta Roja, en donde salir (exponerse) en un
diario (massmedias) provoca (tiene un efecto) sentirse importante, existente, validada/e/o.
Y en donde consumir dichas imágenes y espectáculos provoca sentirse informada/e/o, al
tanto, inmersa/e/o. Algo parecido sucede para el protagonista y su seguidilla, pues, estar
siendo parte de El Clamor significa sentirse parte de lo que hoy en día es la nueva forma de
conocimiento por excelencia; los medios masivos de comunicación, y ya no, un libro; y ya
no, las experiencias propias; y ya no la subjetividad y los testimonios.
Es así, entonces, cómo aplico aquí los planteamientos de Debord a la novela de Fuguet,
uniéndolos a modo de complemento, inevitablemente, con los postulados de Agamben.
Desde donde la existencia del/ de la/le ser social, político, histórico, espiritual y cultural se
ve (de)limitado a y por el consumir abstractos, ya no tan sólo productos tangibles, sino, más
que todo, efectos e ideales que dialogan con un sistema hiperexplotado en todo sus aspectos
referentes al consumo.
Y es por todo lo anterior, por lo cual en un comienzo planteé que el valor de exposición y el
valor de cambio, son entendidos desde el consumo de abstracciones, de simulacros, de
puestas en escena; como ejes de la comunicación capitalista-mercantil. Pues, el modo de
llevar a cabo la comunicación social (comunicación entre individuas/es/os) se ha definido
por entes que dependen de imágenes que siempre serán manipuladas con una finalidad
comunicativa-social-política específica. Y al contar con el poder de reconocimiento global
y total de la noción capitalista comercial, se vuelven la nueva fuente de veracidad primaria.
Toda la fuente de verdad y realidad que se nos comunica deviene de una base que, primero
que todo, se encuentra dominada por elites que tienen en común la intencionalidad de
vender productos, sensaciones e ideales, estereotipos, costumbres, tradiciones. Todo ello, y
como segundo punto, manipulado por la urgencia de tener que ganar la portada; dar por
terminado un caso o tema urgente viralizado popularmente; encubrir a un agente de gran
poder; instaurar costumbres, visiones e ideales; ganar televidentes; publicitar un producto o
marca. Cargado de todo esto, e de incontable más, está la comunicación actual. Pues es el
diario El Clamor, la televisión, el cine, los museos, las radios, la publicidad, quienes nos
están comunicando hiperconstantemente lo que -se supone- pasa en nuestro alrededor. ¿Qué
tan nuestro? Queda a, claro, consideración de quien lea este ensayo. Porque ya nada queda
de lo nuestro en donde todo lo que recibe nuestra ser política-social-histórica-cultural está
basado en un no-tiempo, en una finalidad meramente comercial, mercantil, con mero
interés por controlar, delimitar, hacer único una visión, manipular, exponer. ¿Exponer qué?
Simulacros, pues, ninguna imagen estará representando un aura o esencia, debido a que
cada imagen estará permeada, a priori, por el objetivo de ganar una portada, de generar un
efecto más real que el de la competencia, de ser la imagen más llamativa de todas las demás
del mismo caso de suicidio de la vecina.
Esta obsesión por hacer sentir un efecto para que tu producto sea consumido con más deseo
y convencimiento, es la repercusión menos terrible de la época y paradigma capitalista.
Obsesión que no es un invento de la ficción, sino un reflejo de una determinada época con
fines sociales rotundos; vender y comercializar. Convirtiendo estos fines en sentidos de
vida y pensamiento de tantas y tantos seres, en donde la mayor realización será lograr la
portada de la semana, o lograr la mejor fotografía que exprese de manera más morbosa el
dolor, la desesperación y la tristeza de la víctima del mundo mediático.
Esta manera, compuesta por todo lo expuesto en este ensayo, es la nueva manera de
comunicación de un mundo dominado por un sistema de ventas. ¿Por qué de esta manera?
Pues, porque las imágenes son la forma más inmediata de entregarle información a la
mente, tanto animal humana como no humana. Y el bombardeo inmediato-posmoderno, y
la hipercomunicación, y la balacera de información es el automóvil más eficaz para esta
nueva manera de “comunicarse”.
Bibliografía

Fuguet, A. Tinta Roja. Chile: Punto de lectura. 2006


Debord, G. “La sociedad del Espectáculo”. París: Buchet-Chastel. 1967
Agamben, G. “Profanaciones”. Buenos Aires: Adriana Hidalgo. 2005