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Los ranchos, el germen que dio origen a Mazagón

FOTO: HUELVA INFORMACIÓN

Los primeros moradores de la playa fueron los vecinos de Bonares y los de Rociana del
Condado

5 de enero de 2009

FUENTE: HUELVA INFORMACIÓN
Carlos López

Dicen las crónicas antiguas que Mazagón es un enclave "donde el mar y el sol se
arrullan en un idilio permanente". Una definición certera y fidedigna que ya conocían
sus primeros veraneantes, quienes incluso antes del 'boom' turístico y del inicio de la
Guerra Civil ya podían presumir de gozar de su entorno y disfrutar de la belleza que
atesora su amanecer, todo ello contemplado mientras se recostaban sobre las finas
arenas de este lugar de ensueño.

Los primeros en percatarse de ese tesoro virgen fueron los ciudadanos del Condado, casi
en su mayoría de Bonares y, en menor medida, de Rociana, quienes 'veraneaban'
durante todo el periodo estival y hasta que las labores agrícolas de la vendimia
reclamaban su vuelta.

Precisamente el florecimiento económico que se vivió a finales de siglo XIX y que
perduró durante los inicios del XX en el Condado, permitían el que sus ciudadanos
pudiesen disfrutar de estos periodos de solaz y descanso, aunque en aquel entonces la
playa era un lugar por descubrir y ni tan siquiera un objeto de deseo por parte de la
sociedad.

Retomando los orígenes que contribuyeron a este desembarco de ciudadanos cabe
recordar que la vid de la zona había logrado sobreponerse a la filoxera que aniquiló las
viñas del norte de España y Francia. Auspiciado por el 'Tratado de Exportación
Preferente', nuestros caldos reinaban por media Europa, de cuyos réditos económicos se
beneficiaron los agricultores, bodegueros y trabajadores que podían permitirse el 'lujo'
de un periodo vacacional.

Es curioso destacar que Moguer y Palos, municipios a quien corresponde la pedanía,

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tuvieran en aquel entonces un vago interés por su litoral y fueran los propios 'forasteros'
quienes más apreciaran estos rincones vírgenes donde el hombre aun no había posado
sus manos.

Estos primeros ciudadanos 'colonizaron' las conocidas como Playas de Castilla, donde
se asentaron y construyeron los famosos ranchos: unas construcciones civiles a base de
juncos, pinos y eucaliptos que se encontraban en la zona, materiales que daban cuerpo a
estas 'edificaciones' de carácter efímeros. En un ejercicio de responsabilidad innata y
desconocida en nuestros días, los usuarios de la playa de entonces sólo utilizaban el área
que le era imprescindible para su volumen de familia, dado que el mayor tesoro lo
conformaba el disfrutar del propio paisaje y no de los metros cuadrados de superficie de
la 'vivienda'. Lo fundamental, por tanto, era disponer de un salón y las habitaciones que
fuesen necesarias para la familia.

El esqueleto de la construcción se realizaba con troncos de madera y se forraba con
juntos, al igual que la techumbre, si bien en los porches y terrazas era más frecuente el
uso de ramas de eucalipto. Por su parte, el interior era diáfano, mientras que las
habitaciones y el salón quedaban delimitados por sacos de patatas o sabanas que eran
colgadas al techo y sujetas al suelo con la propia arena, de forma que realizasen las
funciones de paredes. Las cocinas, por el contrario, se construían a 25 metros de los
ranchos para prevenir el riesgo de incendios, mientras que las zonas de ducha se erigían
en espacios comunes. Conforme avanzaba la proliferación de veraneantes se fueron
asentando los primeros comercios y 'chiringuitos', a la vez que el primer transporte
público desplazaba a los veraneantes desde Bonares hasta las Playas de Castilla. En
aquella época la legislación sólo permitía pernoctar en la costa por razones terapéuticas,
aunque a efectos reales casi todos encontraban un motivo y una razón 'medicinal' para
disfrutar a pie del mar. Fue esta continuidad, verano tras verano, lo que propiciaría que
progresivamente las personas más pudientes fueran abandonando la construcción de los
ranchos en favor de las viviendas en ladrillo. Fruto de esta actividad se daría vida a las
conocidas como casas de Bonares; cuyo origen fueron las barriadas Santísima María de
Salomé, con ciudadanos procedentes del mencionado municipio, y Nuestra Señora del
Socorro, con vecinos de Rociana. Precisamente estos ciudadanos fueron quienes
promovieron las infraestructuras anexas a todo núcleo urbano, tales como la actual
Ermita del Carmen, costeada por esta comunidad y tras las gestiones que realizaron ante
el Cardenal Segura. Este movimiento social derivó en que la administración central, a
través de una Orden Ministerial de 21 de septiembre de 1948, fijara que todos los
'veraneantes' pagaran unos cánones por ocupación de las parcelas, por cuyas
tramitaciones se abonaban en torno a 620 pesetas.

Según los documentos de la época a los que ha tenido acceso este periódico se señala
que "una vez abonado y cumplido estos requisitos y recibida la orden del Patrimonio
Forestal del Estado, autorizando si así lo estima pertinente la ocupación de la parcela y
se le indicará el día de la firma para la ocupación que será sobre el terreno". Igualmente
se precisaba que debían de comunicar un plano de la construcción que se proyectaba, un
requisito "indispensable para iniciar el expediente". Igualmente los ciudadanos abonaría
un canon "por ocupación" que ascendía a 37,50 pesetas. Posteriormente y a fin de
acabar con el vacío legislativo en la que la 'ocupación' de estos terrenos forestales
situaba a sus inquilinos, el BOE publicaba una Orden del Ministerio de Agricultura de
30 de julio de 1968 por la que se autorizaba al Patrimonio Forestal del Estado a la venta
de las parcelas de las que era concesionarias en el Monte Dunas del Odiel, lo que

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permitiría la refunción de dominios entre las edificaciones y los terrenos sobre los que
se encontraban asentadas, cuya titularidad correspondían al propio Estado.
Asimismo, la orden ministerial reconocía un derecho preferente de adquisición a los
usuarios concesionarios de estos terrenos, si bien la norma obviaba fijar un precio o
"tipo de tasación", así como las partes proporcionales proindiviso de los terrenos de uso
o no parcelados de la zona. Por todo lo enunciado, los usuarios de estas parcelas temían
que las condiciones de pago fuera prohibitivas, por lo que determinaron constituirse en
una comunidad de propietarios "con arreglo a la legislación vigente" a fin de "promover
la ordenación urbanística de la zona y ocuparse de su administración y conservación
entre otras". Igualmente el nuevo organismo trabajaría porque "se fijaran unos tipos de
tasación moderados y justos, señalando que no convine olvidar que si hoy nuestra playa
tiene un nombre por esa apenas incipiente urbanización que define la orden ministerial,
es claro que ello se debe, sobre todo, al esfuerzo e inversión que los concesionarios
hemos llevado a cabo en circunstancias nada fáciles en cuando a todo lo relativo a
comunicaciones, energía etc.".

Estas reivindicaciones tuvieron sus frutos y las casas pasaron a titularidad de sus
inquilinos, formando el que pasaría a ser el germen urbano de Mazagón.

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