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Universidad Nacional del Nordeste

Facultad de Humanidades

Metafísica: Trabajo Práctico Nº 1

Sobre el movimiento y la sustancia en Aristóteles


Problematizaciones en torno a la posibilidad de una ontología de lo sensible

Docente: Lic. Carolina Modenutti.


Alumnos: Godoy, M. - Kruzolek, L.
Carrera: Prof. y Lic. en Filosofía.

Resistencia, 6 de Abril de 2016.


§1 Introducción

Tradicionalmente, el debate académico acerca del objeto de los escritos metafísicos de


Aristóteles giró en torno a dos alternativas: o bien se consideraba que el objeto de la
metafísica era el ente supremo, inmóvil y separado, y que por ende ésta no consistiría más
que en una mera teología; o, en cambio, se entendía que lo que nuestro filósofo procuraba
fundar era una ontología, y por lo tanto el objeto de sus reflexiones, más que un ente en
particular, consistiría en “el ser en tanto que ser”, entendiendo por esto las determinaciones
esenciales de aquello que funda la posibilidad de lo ente. Desde el siglo XVII, ambas
concepciones reciben en las discusiones escolásticas el nombre de metafísica specialis y
metafísica generalis, respectivamente.
Enmarcado en esta concepción, el sistema funcionaba en virtud de ciertos
presupuestos, que mantuvieron su vigencia durante siglos. No fue sino hasta las últimas
décadas del siglo pasado cuando fueron sometidos a importantes críticas, una de las cuales
sería protagonizada por el filósofo francés P. Aubenque, quién presentó una de las
interpretaciones más radicales de la doctrina aristotélica en su conjunto, preocupado por
depurar todo lo que la tradición ha añadido al aristotelismo primitivo.
En particular, nuestro análisis se abocará a una de sus tesis presentadas en el célebre
estudio El problema del ser en Aristóteles de 1962. El despliegue de sus argumentos a partir
de una revalorización del concepto de movimiento, lleva a Aubenque a, en apariencia,
desestimar toda empresa ontológica sensible, y a desterrar a la Metafísica al terreno
teológico. En lo que sigue reconstruiremos esquemáticamente su análisis, para luego
examinar la validez del mismo a partir de lo teorizado por Aristóteles en relación al concepto
de sustancia. Nuestras humildes pretensiones escapan por mucho a un intento de refutación
de los argumentos de Aubenque. Tampoco aspiramos a ensayar un pensamiento inédito en la
polémica entre ambas metafísicas; la relación existente entre física, metafísica, teología y
ontología nos ocupará únicamente de manera tangencial. Si preexiste un tratamiento de éstas
u otras cuestiones de similar complejidad será sólo en la medida en que puedan ser referidas a
nuestra tentativa principal: brindar una serie de elementos conceptuales que consigan atenuar
la negativa tan tajante de la posibilidad de una ontología de lo sensible.

§2.1 El movimiento y su revaloración

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Hacia mediados del siglo XX, un nuevo grupo de tesis cuestionó la unanimidad de la
concepción tradicional metafísica. No solo se replanteó la jerarquía vigente, sino así también
la misma existencia de dos metafísicas diferentes. Frente a esta cuestión, Pierre Aubenque
presentó una de las posturas más radicales proponiendo una relectura crítica de la tradicional
relación entre metafísica generalis y metafísica specialis, que, según éste, habría sido
condicionada por una interpretación sesgada de los escritos físicos de Aristóteles, y en
particular de algunos elementos centrales en ellos; elementos relegados segundo plano a pesar
de su importancia capital para comprender la totalidad del sistema metafísico del filósofo.
La tesis central del autor girará en torno a una re-delimitación del proyecto
aristotélico antes descrito en términos de dos contratesis centrales, íntimamente relacionadas.
La primera implicaría trasladar el acento desde lo considerado como “caso general del ser”
hacia un “caso particular del ser” bajo una nueva consideración: si, para Aristóteles, la
máxima expresión del ser puede ser identificada con una plena realización de la esencia como
unidad —como Esencia Divina— es porque, visto desde su perspectiva, la unidad que
caracteriza a estas Esencias inmóviles no debería ser interpretada como una expresión
particular del ser (oponiéndose a la manifestación general de las esencias en el mundo
sublunar) sino más bien, es en esta permanencia y realización efectiva donde se evidencia lo
propio de una esencia: es decir, su unidad. De esta manera, comprendemos la siguiente
afirmación de P. Aubenque (1969): “El ser en general, es decir, tal y como debería ser en su
generalidad, es el ser divino; y por el contrario, el ser en cuanto ser del mundo sublunar es
quién conlleva la particularidad de estar dividido respecto de sí mismo” (p. 399) y, por lo
tanto, “es la ontología de Aristóteles, y no su teología la que debe ser entendida como
metaphysica specialis” (p. 399).
Ahora bien, la delimitación de “lo propio” y “lo ajeno” del ser en su máxima
realización abre una nueva pregunta que el mismo autor hará explícita: “¿Cuál es pues la
particularidad del ser en cuanto ser del mundo sublunar?” (p. 400), o bien, ¿qué es eso que,
como algo propio de los seres sensibles, los convierte en casos particulares del ser, en tanto
condiciona la posibilidad de su realización plena, y los hace susceptibles de ser estudiados
por una metafísica specialis y no ya por una metafísica generalis?
Nos estamos refiriendo, específicamente, al problema del movimiento de los seres
sensibles. Como eje de su planteamiento, Aubenque defenderá una revalorización de esta
noción de movimiento a la luz de la Física aristotélica, entendiéndola no a la manera de una
cualidad accidental de determinadas sustancias, sino como una afección esencial, y por ende

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inseparable, de los entes del mundo sublunar; situación que condicionaría de manera
determinante toda la reflexión ontológica aristotélica.
Visto desde esta perspectiva, el movimiento no supondría una realidad susceptible de
ser deducida a partir de la caracterización de los entes terrestres en términos de acto y
potencia, de materia y forma o de sustancia y accidente. En cambio, estas nociones serían
introducidas velis nobis para dar cuenta de la escisión originada por el movimiento en lo más
hondo de su ser.

§2.2 Nuevo cuadro de las ciencias


En este sentido, la apuesta del autor por una reinterpretación de los objetos de la
Física y la Metafísica aristotélicas a partir de este concepto, derivará en una inversión del
esquema tradicional, que intentaremos delinear a continuación. Para la tradición interpretativa
aristotélica —más atenta a las declaraciones de principio del filósofo que a la realidad de su
proceso de investigación, como denunciará el propio Aubenque— la división fundamental de
la Metafísica en metafísica generalis y metafísica specialis estaría dada en función de
considerar la relación entre el ser general y el ser divino. Quienes sostenían la posibilidad de
una Metafísica como Ontología veían en el objeto de su estudio una particular abstracción del
ser de los entes en general. Por su parte, el ser divino era concebido a partir de una relación
de deducción y eminencia, es decir, como una especificación de ese abstractum a la que le
corresponde la máxima participación en el ser.
Dicho de otro modo, el ente divino era tomado como un caso particular del ser en
cuanto ser, que sólo marcaría su distancia a partir de una simple especificación en la cual éste
último se deduciría del primero. De este modo dentro del proyecto entendido a la manera
tradicional la tarea central de la Metafísica sería dar cuenta de esta particularidad de la
Esencia Divina, en tanto que lo más general o inmediato en su estudio supondría la
explicitación de los principios ontológicos de aquello que “es más obvio para nosotros”; esto
es, de los seres propios del mundo sublunar.
Ahora bien, una vez sugerido el movimiento a la manera de Aubenque queda claro
que la primera de las alternativas, una metafísica generalis de corte ontológico, pierde por
completo su razón de ser. Una abstracción del ser de los entes en términos de suma
permanencia o suma presencia, solamente se sostiene dentro de una mirada que no contemple
la naturaleza esencial del movimiento. La marcha del intelecto, que asciende desde la

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particularidad de cada uno de los entes hacia los máximos grados de generalidad necesita
prescindir del movimiento.
Junto a esta conclusión, se desprende de igual modo otra consecuencia: una ontología
legítima, que no traicionase la condición propia de sus objetos de estudio, debe dar cuenta del
fenómeno del movimiento y hacer deducir de él la pluralidad de sus principios.Visto de un
modo más radical, la ontología como ciencia de lo móvil deberá estar enmarcada dentro de
los estudios de una Física. Aubenque no rinde cuentas claras de esta derivación necesaria de
su tesis. En su escrito nunca se nos explicita el carácter de esta relación, pero el énfasis en la
profunda implicación que une al ser sensible con el movimiento parecería indicar que todo se
encamina a proyectar una correlación igualmente estrecha entre ambas ciencias.
¿Significa esto que la ontología quedaría reducida a un mero estudio físico?
Aubenque no parece sugerirnos eso. Por el contrario, dentro del trazado de una jerarquía
lógica, la ontología se hallaría en un escalón anterior, en la medida en que sus objetos de
estudio son aquellos mismos que constituyen los axiomas fundamentales de los que parte la
física. Pues ésta, en cuanto que es la ciencia de los entes móviles, debe presuponer, y por lo
tanto dejar fuera de su análisis, jurisdicciones puramente ontológicas como las del
movimiento y la existencia en general. Si bien el curso de una ciencia física necesita partir de
nociones ontológicas tácitamente avaladas, se desprende legítimamente de los argumentos
previos el hecho de que éste no es un vínculo unidireccional. En efecto, la razón por la que la
ontología se aboca al estudio del movimiento en sí y no únicamente a una reflexión del ser en
general, es consecuencia de una profunda influencia física. Y en definitiva éste parecería ser
el leitmotiv del escrito de Aubenque: intentar demostrar los profundos condicionamientos
que, partiendo de experiencias físicas, determinan las preocupaciones ontológicas.
De manera esquemática, el panorama trazado nos dejaría por un lado con una física,
que si bien no es la más universal de las ciencias condiciona positivamente al resto de ellas, y
más allá con una metafísica que, como teología, no afrontaría mayores problemas, pero cuya
legitimidad estaría puesta en duda en su ejercicio como ontología. Sus esfuerzos consistirían
en una clara paradoja, que de manera fatídica jamás podrá resolver. El triunfo de sus trabajos
dependen de una conciliación imposible entre la finitud y temporalidad del hombre, y la
infinitud y eternidad de sus aspiraciones: “...la ontología, que, nacida de necesidades
humanas, forzosamente encontrará primero aquello que hace del hombre un ser de
necesidades, siempre a la búsqueda de una unidad cuyo movimiento lo frustra a cada
instante.” (Aubenque, 1969, p. 402)

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No obstante, consideramos que aún existe la posibilidad de interpelar a esta
concepción basándonos en un criterio diverso a partir del cual considerar los objetos de
ambas ramas metafísicas —ontología y teología. Criterio, por lo demás, propuesto en
reiteradas ocasiones por Aristóteles en su Metafísica, y para nada caprichoso: la sustancia,
sino como noción central unificadora de toda la metafísica, al menos como concepto en torno
al cual repensar y fundamentar sus pretensiones ontológicas.

§2.3 Consideraciones sobre la sustancia


Como nuestros márgenes no alcanzarían para un estudio completo de esta noción, nos
limitaremos a bosquejar brevemente las notas esenciales que definen a la sustancia y que
bastan para nuestros propósitos. Esto es, evidenciar concretamente en qué puntos el proyecto
metafísico de Aristóteles puede ser definido como la búsqueda de esa sustancia en tanto que
ser tomado en su sentido absoluto, y que por la misma complejidad del término llevará a
Aristóteles a articular esta noción en sus múltiples acepciones, manteniendo y reafirmando,
no obstante, esa unidad originaria que esencialmente le corresponde.
El cauce multiforme de eventos en los cuales se consuma el ser encuentra un punto de
anclaje en una unidad sintética. Con la misma naturalidad con que percibimos el devenir del
mundo, nos percatamos también de que ciertas cosas permanecen, al menos lo suficiente para
habilitar un discurso sobre ellas. El acaecer de lo que es no cesa de suscitar una pluralidad de
significaciones, pero todas ellas en relación a un principio único: la sustancia. En el mejor de
los casos ella se identifica plenamente con una forma o una esencia: “Ser significa tanto la
esencia, la forma determinada, como la cualidad, la cantidad o cada uno de los demás
atributos de esta clase. Pero entre los numerosos sentidos del ser, hay un sentido primero (...)
el primer ser es sin contradicción la forma distintiva, es decir, la esencia.” (Met. E 1, 1026 a
11). Empero, en el mundo sublunar las sustancias subsistirán mezcladas con el principio
fundador del movimiento: la materia. Consecuencia de ello, la sustancia misma se dirá de
muchas maneras, unas veces en relación a su forma, otras a su materia, o al compuesto de
ambas.
Lo crucial para nuestro análisis es lo siguiente: la sustancia no supone una pieza más
en el mecanismo de revelación del ser, ni mucho menos un epifenómeno que pueda relegarse
al margen del proceso, sino que acompaña la expresión misma del ser. En reiteradas
ocasiones, Aristóteles señala a la sustancia como aquello que fundamenta y hasta se identifica
con el ser mismo de los entes: “El tema que desde hace mucho tiempo, ahora y siempre se ha

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buscado y ha planteado renovadas dificultades, ¿qué es el ente?, viene a ser ¿qué es la
sustancia?” (Met. Z 1, 1028 b 2).
La idea de la hegemonía de la unidad sustancial en la revelación del ser recorre del
principio al fin los escritos metafísicos de Aristóteles: “El término primero tiene muchas
significaciones; pero la sustancia es primera en todas: en el discurso, en el conocimiento y en
el tiempo” (Met. Z 1, 1028 a 10).
En el orden del ser, es tanto lo primero como la condición de posibilidad de la
diversidad de sus accidentes. Así lo precisa Aristóteles tras distinguir en Met. Z 1 a la esencia
como sujeto, que aquí utilizará en su sentido fuerte, equiparándola a la sustancia, de sus
múltiples accidentes; “A las demás cosas [atributos] no se las llama seres, sino en relación
con lo que son, o cantidades del ser primero, o cualidades, o modificaciones de este ser o
cualquier otro atributo de éste género (...) la existencia de cada uno de estos modos depende
de la existencia misma de la sustancia. Por eso es innegable que la sustancia será el ser
primero, no tal o cual modo de ser sino el ser tomado en su sentido absoluto.” (1028 a 18)
En un plano predicativo, la sustancia es también absolutamente primera en cuanto
noción: es sujeto de toda predicación, y ninguno de los atributos del ser puede darse sin la
sustancia: “Asimismo es primera en el discurso, porque en el discurso de cada cosa ha de
estar necesariamente incluido el de la sustancia.” (Met. Z 1, 1028 a 35). En relación a éste
último punto, la sustancia constituye del mismo modo lo absolutamente primero en cuanto a
conocimiento: sólo en cuanto se conoce la sustancia, se dice que se conoce al ente; aunque
los accidentes sean lo primero conocido en el orden de lo sensible, la unidad sustancial se
presenta como principio del proceso cognoscitivo en un orden estrictamente lógico. En este
sentido, una cita de los Analíticos Segundos nos parece concluyente, donde claramente la
distinción se efectúa entre un orden psicológico, sobre el cual la pluralidad de las sensaciones
de los entes particulares fundan su primacía, y un orden formal, donde lo sintético de lo
universal se posiciona como principio lógico del conocer: “Ahora bien, son anteriores y más
conocidas de dos maneras: pues no es lo mismo lo anterior por naturaleza y lo anterior para
nosotros, ni lo más conocido y lo más conocido para nosotros. Llamo anteriores y más
conocidas para nosotros a las cosas más cercanas a la sensación, y anteriores y más conocidas
sin más [por naturaleza] a las más lejanas. Las más lejanas son las más universales, y las más
cercanas, las singulares: y todas éstas se oponen entre sí.” (A 2, 72 a 1).
Ahora bien, a todo lo dicho anteriormente cabría añadir un último sentido en torno al
cual podríamos postular la centralidad de la sustancia. Nos referimos particularmente a su
relación con el movimiento, así establecida en Física A 7; en el cual Aristóteles, tras haber

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propuesto como objeto de la misma a los “principios de los entes en movimiento”, se abocará
a determinar cuántos y cuáles son esos, sus principios fundantes, en los seres del mundo
sublunar. La resolución de esta cuestión es clave para dilucidar el núcleo de la problemática
que aquí se nos plantea: ¿qué papel, en el orden de estos principios, da Aristóteles a la
sustancia en relación al movimiento en general? Para el Estagirita, y al menos en cuanto a
éste punto, la respuesta es concluyente: no existe ni puede existir movimiento alguno que
prescinda en primer lugar de un substrato, en virtud del cual todo lo que es llega a ser. Este
substrato no es otro que la sustancia, la cual adquiere de este modo un cierto status como
condición de posibilidad —en tanto que anterior a todo movimiento.
Así entendido, el movimiento en la Física de Aristóteles se fundaría en tres principios
—materia, forma y privación—, dentro de los cuales se asignaría una disposición central a la
sustancia: “Cuando no se trata de sustancias, es evidente que tiene que haber un sujeto de lo
que llega a ser, pues en el llegar a ser de una cantidad o una cualidad o una relación o un
donde hay siempre un sujeto de ese llegar a ser, ya que sólo la sustancia no se predica de
ningún otro sujeto, mientras que todo lo demás se predica de la sustancia” (Fís. A 7, 189 a
34). Más adelante reafirmará esta postura nuevamente: “Por lo tanto, si de las cosas que son
por naturaleza hay causas y principios de los que primariamente son y han llegado a ser, y
esto no por accidente, sino cada una lo que se dice que es según su sustancia, entonces es
evidente que todo llega a ser desde un substrato y una forma” (Fis. A 7, 190b 16).

§3 Conclusión

En base a todo lo dicho, consideramos que es posible postular una relativa centralidad
de la idea de sustancia en el sistema metafísico aristotélico, sino de manera absoluta —
pretensión que, por lo demás, nos sería imposible concretar— al menos en lo relativo a su
importancia, en tanto supone un problema que se mantiene constante durante todo el
desarrollo de los escritos metafísicos de Aristóteles.
A lo largo del desarrollo de nuestro análisis hemos intentado dar cuenta de la
profundidad de la problemática trabajada por P. Aubenque. No obstante, nos mantuvimos
fieles a nuestra pretensión inicial de interpelar la redefinición del esquema tradicional
propuesta por el autor; esquema en torno al cual habían sido entendidas la relaciones
ontología-teología en el seno de la metafísica aristotélica.

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De esta manera, nos propusimos la elección de un elemento conceptual que pudiera
hacer frente a la tajante negativa en torno a la posibilidad de una ontología que parece
desprenderse como consecuencia de la tesis del autor. Este elemento fue, precisamente, la
sustancia. Pero si bien es evidente que nuestro estudio sobre este concepto se proyectó
siempre a través del piélago de sus implicaciones, sorteando los ríspidos abismos a los cuales
podría dar lugar, no por ello debemos desestimar nuestro esfuerzo como una causa totalmente
estéril. La pobreza de su consumación no descarta la validez de la tentativa.
En este sentido, consideramos que si bien una alternativa fructífera deberá ser
desarrollada en las mismas dimensiones y con el mismo alcance, esta situación no descarta la
posibilidad de plantearnos una última pregunta en torno a la cuestión, ¿es posible que éste
irreductible condicionamiento de la física hacia una ontología en el seno del sistema
aristotélico, no derive necesariamente en una imposibilidad de la ontología de lo sensible? y
en este sentido ¿podría una relectura de la sustancia aristotélica, entendida en su aplicación a
los entes sensibles, sernos útil para la reconstrucción de esta posibilidad?
Creemos, sin embargo, que todo pensamiento que apunte un itinerario crítico
alrededor de la noción de sustancia, y que ahonde en sus determinaciones más esenciales,
supondrá un manantial grávido de esperanzas, y podrá sostener airoso la posibilidad de una
ontología de lo sensible.
Bibliografía
Aubenque, Pierre (1974). El problema del ser en Aristóteles. Madrid: Taurus.
Aristóteles, Física.
Artistóteles. Metafísica.