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LA INICIACIÓN CRISTIANA
EN LA ÉPOCA DE LOS PADRES DE LA IGLESIA
Testimonios y testigos principales:

1. Escritos canónicos-litúrgicos: Tradición Apostólica de Hipólito (215-225), Actas del


Concilio de Granada (Elvira 309-316).
2. Catequesis de iniciación: S. Cirilo de Jerusalén, S. Ambrosio de Milán, S. Juan
Crisóstomo (s. IV-V).
3. Reflexiones doctrinales: Tertuliano, S. Cipriano de Cartago, Orígenes (S.III) P.
Capadocios, Relatos de peregrina Egeria, S. Agustín (s. IV-V)
4. Libros litúrgicos: Sacramentario Gelasiano (440-461).

Etapas:

I. EVANGELIZACIÓN (kerigma)
II. CATECUMENADO.
III. COMPETENTADO (nomendatio)
a) Penitencia
b) Catequesis (moral y dogmática)
c) Escrutinios.
d) Traditio symboli (explanatio)
e) Redditio symboly
IV. CELEBRACIÓN SACRAMENTOS INICIACIÓN
V. CATEQUESIS MISTAGÓGICA

Algunos textos patrísticos selectos:

1. “Algunos dicen que primero sea bautizado y después que se le instruya en lo que se refiere a
la vida buena y a las sanas costumbres. Es lo que se hace cuando a alguno le apremia quizá una
muerte inminente, de tal modo que le basta con creer en las poquísimas palabras que recogen
todo el credo para recibir el sacramento. Si muere, se va libre de la culpabilidad de todos sus
pecados pasados. Sin embargo, si lo pide uno que esté sano y tiene tiempo de aprender, porque
puede encontrar el momento más oportuno para escuchar cómo ser fiel y vivir honradamente,
¿no se va a preparar a tan gran sacramento de la fe salubérrima con el ánimo más atento y
dócil a las normas de la misma religión? ¿Acaso vamos a disimular nuestros sentimientos de
modo que, o no nos acordamos nosotros mismos de que hemos estado atentos y diligentes a
cuanto nos mandaban los catequistas cuando pedíamos los sacramentos de aquella fuente, y
por esta razón nos llamaban competentes, o es que no admirábamos a los que cada año corren
al baño de la regeneración, cómo en esos días reciben la catequesis, los exorcismos, los
escrutinios, con cuánta solicitud acuden todos, con qué interés trabajan, con qué embeleso
están pendientes? Si entonces no hay tiempo de aprender la clase de vida que conviene a tan
gran sacramento que desean recibir, ¿cuándo lo habrá?, ¿tal vez cuando, una vez bautizados,
permanezcan impenitentes en sus grandes pecados, no como hombres nuevos, sino como reos
viejos?, de tal modo que haya que decirles con admirable perversidad: revestíos del hombre
nuevo; y una vez que estén revestidos: despojaos del viejo; cuando el Apóstol, guardando el
recto orden, dice: Despojaos del viejo y vestíos del nuevo; y el mismo Señor exclama: Nadie
cose el paño nuevo a un vestido viejo ni echa vino nuevo en odres viejos. Y ¿qué otra cosa hace
todo el tiempo que está entre los catecúmenos sino oír qué fe y qué calidad de vida debe vivir

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un cristiano, para que, cuando se prueben a sí mismos, entonces coman de la mesa del Señor y
beban del cáliz? Porque el que come y bebe indignamente, se come y bebe su propio juicio; Esto
se hace durante todo el tiempo establecido en la Iglesia para que el catecumenado prepare a
los que se acercan al nombre de Cristo. Esto se hace con mucha diligencia y constancia durante
estos días, en los cuales se les llama competentes, después de haber dado sus nombres para
recibir el bautismo.” (S. Agustín, De fide et operibus 6,9).

2. “Considera tú también los ojos de tu corazón! Las cosas que son corporales las veías con ojos
corporales (1 Cor 2, 14), pero aquellas que conciernen a los sacramentos aún no podías verlas
con los ojos de tu corazón. Así, pues, cuando diste tu nombre, Él tomó barro y lo extendió sobre
tus ojos. ¿Qué significa? Que tenías que reconocer tu pecado, examinar tu conciencia y hacer
penitencia de tus delitos, es decir reconocer la suerte del linaje humano. Pero aunque no
confiese pecado el que viene al bautismo, sin embrago con esto mismo hace confesión de todos
sus pecados, porque pide ser bautizado para ser justificado, o sea para pasar de la culpa a la
gracia” (S. Ambrosio, De Sacr. III, 12).

3. Hasta ahora os hemos venido hablando cada día acerca de cuál ha de ser vuestra conducta.
Os hemos ido leyendo los hechos de los patriarcas o los consejos del libro de los Proverbios a fin
de que, instruidos y formados por esta enseñanzas, os fuerais acostumbrando a recorrer el
mismo camino que nuestros antepasados y a obedecer los oráculos divinos, con lo cual,
renovados por el bautismo, o comportéis como exige vuestra condición de bautizados. (S.
Ambrosio, Myst. I).

4. “Pero si lo deseas, te presentaré también otros ejemplos que se refieren a nosotros: piensa
en el bienaventurado David, claro ejemplo de conversión. Gravemente pecó cuando, después
de acostarse, paseó en las horas de la tarde por la terraza mirando descuidadamente y
cayendo en su debilidad humana (cf. 2 Sam 11,2). Cometió el pecado, pero, al confesarlo, no
desapareció totalmente el brillo de su alma. Se presentó el profeta Natán, que le corrigió
diligentemente y fue el médico de sus heridas (cf. 2 Sam 12,1-1 5a). «Se ha airado el Señor y
has pecado». Esto se lo decía un particular al rey. Pero el rey, pese a la dignidad de la púrpura,
no se indignó. Pues no tenía en cuenta a quien hablaba, sino al que le había enviada a éste. No
le cegó la cohorte de soldados que le rodeaba, pues pensaba en el ejército de los ángeles del
Señor y temblaba «como si viese al invisible». Y respondió al enviado, o más bien, al Dios que le
enviaba: «He pecado contra el Señor» (2 Sam 12,13). Ya ves la sumisión y la confesión del rey:
¿Acaso alguien le había declarado convicto? ¿Había muchos que conociesen el delito? El hecho
se había producido rápidamente, pero el profeta se había presentado pronto como acusador.
Apenas producida la ofensa, se confiesa el pecado. Al ser reconocido con claridad y sencillez,
fue sanado rapidísimamente. Pues el profeta Natán, que le había conminado, le dice al
momento: «También Yahvé perdona tu pecado». Observa cómo cambia muy rápidamente el
Dios que ama a los hombres. Dice, no obstante: «Provocando (a Dios), has provocado a los
enemigos del Señor» (2 Sam 12,14, según versiones). Tenías muchos enemigos a causa de la
justicia, pero te protegía la castidad. Pero cuando has descuidado esta protección, tienes a tus
enemigos en pie para alzarse contra ti. Esta fue la forma como le consoló el profeta.” (S. Cirilo
de Jerusalén, Cateq. II, 11)

5. “Cree también en el Espíritu Santo y piensa de él lo que has aceptado del Padre y del Hijo, y
no según los que enseñan cosas erróneas sobre él. Aprende por tanto que este Espíritu Santo es
uno y, además, indiviso y omnipotente. Al realizar muchas cosas, no obstante, no se divide.
Conoce los misterios, todo lo escruta, hasta las profundidades de Dios; descendió sobre el Señor
Jesucristo en forma de paloma (Lc 3,22), había estado actuante en la ley y los profetas, pero
también ahora sella tu alma con ocasión del bautismo: de su santidad necesita ahora toda la
naturaleza racional y, si alguien se atreviere a blasfemar contra él, no se le perdonará ni en

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este mundo ni en el venidero (Mc 3,29). Juntamente con el Padre y el Hijo posee el honor y la
gloria de la divinidad; también de él necesitan los tronos y las dominaciones, los principados y
las potestades. Pues sólo hay un Dios, Padre de Cristo; y hay un solo Señor Jesucristo, Hijo único
de Dios; y un solo Espíritu Santo, que todo lo santifica y lo deifica, y que habló en la Ley y los
Profetas, en la antigua y en la nueva Alianza. Ten siempre esta señal en tu mente, pues a ella se
le está anunciando todo esto de modo sumario; pero si Dios lo permite, todo lo explicaremos
más ampliamente, según nuestras fuerzas, demostrándolo según las Escrituras. Pues, acerca de
los divinos y santos misterios de la fe, no debe transmitirse nada sin las Sagradas Escrituras, ni
deben aducirse de modo temerario cosas simplemente probables y apoyadas en argumentos
construidos con palabras artificiosas. Y no creas, pues, que voy a proceder de este modo, sino
probando por las Escrituras lo que te anuncio. Pues esta fe, a la cual debemos nuestra
salvación, no recibe su fuerza de los comentarios y las disputas, sino de la demostración por
medio de la Sagrada Escritura”. (S. Cirilo de Jerusalén, Cateq IV, 16-17).

6. “Hasta aquí se han celebrado los misterios de los escrutinios. Se ha preguntado para saber
con certeza que ninguna impureza quedaba adherida todavía al cuerpo de nadie. Mediante el
exorcismo se ha buscado y comunicado la santificación no sólo del cuerpo, sino del alma
también. Ahora es el tiempo y el día, para entregaros el símbolo, el símbolo que es un signo
espiritual, el símbolo que es objeto de meditación de nuestro corazón y como custodia siempre
presente: tesoro, ciertamente, de nuestro pecho” (S. Ambrosio, Explan. I).

7. “Ante todo debemos conocer la explicación del nombre. En griego se dice símbolo, en latín
contribución. Los comerciantes, sobre todo, cuando ponen en común su dinero y de la
contribución individual se han reunido una única cantidad, que se conserva intacta e inviolable,
de modo que nada ni nadie intente defraudar en la contribución ni en la relación del negocio.
Por eso entre los mismos negociadores ésta es la costumbre: rechazar como deshonesto l que
comete fraude. Los santos apóstoles reunidos juntos, hicieron el compendio de la fe para que
comprendiéramos rápida y brevemente todas las verdades de a fe. La brevedad es necesaria
para poder conservarlas siempre en la memoria y en el recuerdo” (S. Ambrosio, Explan. II).

8. “Mas ahora es tiempo ya de hablar de los sagrados misterios y de explicaros el significado de


los sacramentos cosa que, si hubiésemos hecho antes del bautismo, hubiese sido una violación
de la disciplina del arcano más que una instrucción. Además de que, por el hecho de cogeros
desprevenidos, la luz de los divinos misterios se introdujo en vosotros con más fuerza que si
hubiese precedido una explicación. Abrid, pues, vuestros oídos y percibid el buen olor de vida
eterna que exhalan en vosotros los sacramentos. Esto es lo que significábamos cuando, al
celebrar el rito de la apertura, decíamos: «Effetá», esto es: «Ábrete», para que, al llegar el
momento del bautismo, entendierais lo que se os preguntaba y la obligación de recordar lo que
habíais respondido. Este mismo rito empleó Cristo, como leemos en el Evangelio, al curar al
sordomudo. Después de esto, se te abrieron las puertas del santo de los santos, entraste en el
lugar destinado a la regeneración. Recuerda lo que se te preguntó, ten presente lo que
respondiste. Renunciaste al diablo y a sus obras, al mundo y a sus placeres pecaminosos. Tus
palabras están conservadas, no en un túmulo de muertos, sino en el libro de los vivos. Viste allí
a los diáconos, los presbíteros, el obispo. No pienses sólo en lo visible de estas personas, sino en
la gracia de su ministerio. En ellos hablaste a los ángeles, tal como está escrito: Labios
sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina, porque es un ángel
Señor de los ejércitos. No hay lugar a engaño ni retractación; es un ángel quien anuncia el reino
de Cristo, la vida eterna. Lo que has de estimar en él no es su apariencia visible, sino su
ministerio. Considera qué es lo que te ha dado, úsalo adecuadamente y reconoce su valor. Al
entrar, pues, para mirar de cara al enemigo y renunciar a él con tu boca, te volviste luego hacia
el oriente, pues quien renuncia al diablo debe volverse a Cristo y mirarlo de frente. (S.
Ambrosio, Myst I- II).

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9. “Y después, así despojados, fuisteis ungidos con el óleo exorcizado desde los pelos de la
cabeza hasta los pies y fuisteis hechos partícipes del buen olivo que es Jesucristo. Sacados del
olivo silvestre, habéis sido injertados en un buen olivo y hechos partícipes de la riqueza del
verdadero olivo (Rm 11,17-24), Por consiguiente, el óleo exorcizado era símbolo de la
comunicación de la abundancia de Cristo y hace huir rápidamente a todo vestigio de poder
adverso. Pues así como la insuflación de los santos y la invocación del nombre de Dios abrasan
a los demonios, al modo de fortísima llama, y los ponen en fuga, así también ese aceite
exorcizado por la invocación de Dios y por la oración adquiere tanta fuerza que no sólo purga,
quemándolos, los vestigios de los pecados, sino que incluso hace huir a todas las potencias
invisibles del Maligno. Después fuisteis conducidos hasta la santa piscina del divino bautismo,
como fue llevado Cristo de la cruz al sepulcro. Y se os preguntó uno por uno si creíais en el
nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Pronunciasteis la confesión que os lleva a la
salvación4, y fuisteis sumergidos por tres veces en el agua, levantándoos también tres veces.
También en esto significasteis en imagen y simbólicamente la sepultura de Cristo por tres días.
Pues, así como nuestro salvador pasó tres días y tres noches en el seno de la tierra (Mt 12,40),
también vosotros imitasteis el primer día que Cristo pasó en el sepulcro al levantaros del agua
por primera vez y, con la inmersión, la primera noche. Pues del mismo modo que el que está en
la noche ya no ve, y el que se mueve en el día camina en la luz, vosotros, al sumergiros, como
en la noche, dejasteis de ver, pero, al salir, fuisteis puestos como en el día. En el mismo
momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros sepulcro y
madre. Lo que Salomón dijo a propósito de otras cosas os cuadra a vosotros perfectamente;
decía él: «Hay tiempo para nacer, y tiempo para morir» (Ecl 3,2). Pero para vosotros es a la
inversa: tiempo de morir y tiempo de nacer. Y un tiempo único ha logrado ambas cosas, pues
con vuestra muerte ha coincidido vuestro nacimiento. ¡Oh nueva e inaudita realidad! No hemos
muerto ni hemos sido sepultados de modo verdadero, ni resucitamos después de que
hubiésemos sido verdaderamente crucificados, pero sí se ha realizado en imagen una imitación
de aquellas cosas, y es de aquí de donde ha brotado la salvación. Cristo fue verdaderamente
crucificado, verdaderamente fue sepultado y verdaderamente resucitó, y todo ello nos ha sido
regalado a nosotros por gracia para que, hechos partícipes de sus sufrimientos, obtengamos en
verdad la salvación. ¡Oh amor exuberante hacia los hombres! Cristo recibió los clavos en sus
pies y manos incontaminados, soportando así el dolor; y ahora, por la comunicación en sus
dolores, se me agracia a mí sin haber pasado por dolores ni trabajos” (S. Cirilo de Jerusalén,
Cateq. MISTAG. II, 2-5).

10. “después de que subisteis de las sagradas aguas de la piscina, se os ha dado el crisma,
imagen realizada de aquel con el que fue ungido Cristo: En realidad es el Espíritu Santo. Sobre
él dijo también el bienaventurado Isaías en su profecía, y refiriéndose a la persona del Señor:
«El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvé. A anunciar la
buena nueva a los pobres me ha enviado...» Cristo no fue ungido con óleo o ungüento corporal,
sino que el Padre, al constituirlo en Salvador del universo entero, lo ungió con el Espíritu Santo.
Como dice Pedro: «Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo» (Hech 10,38); y el
profeta David clamaba diciendo: «Tu trono es de Dios para siempre jamás; un cetro de
equidad, el cetro de tu reino; tú amas la justicia y odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha
ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros» (Sal 45,7-8). Y del mismo modo que
Cristo verdaderamente fue crucificado, fue sepultado y resucitó, a vosotros se os concede en el
bautismo, y por don divino, ser crucificados con él, ser sepultados y resucitar. E igualmente
sucede acerca de la crismación: él fue ungido con el óleo inteligible de la alegría, esto es, con el
Espíritu Santo6. Se llama óleo de la alegría porque causa una alegría espiritual; y vosotros
habéis sido ungidos con ungüento al ser hechos partícipes de la misma suerte de Cristo. Pero
date cuenta de que no se trata de un ungüento pobre y vil. Pues así como el pan de la
Eucaristía, tras la invocación del Espíritu Santo, no es pan común sino el cuerpo de Cristo, así

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también este santo ungüento, después de la invocación, ya no es un simple ungüento ni, por
decirlo así, un ungüento común; se da en él a Cristo y al Espíritu Santo, es presencia de su
divinidad y realidad efectiva. Y mientras se unge el cuerpo con ungüento visible, queda
santificada el alma por el Espíritu Santo que da la vida. Fuisteis ungidos en primer lugar en la
frente, para ser liberados de la vergüenza que el primer hombre que pecó exhibía por todas
partes8 y para que, a cara descubierta, contempléis la gloria del Señor como en un espejo (cf. 2
Cor 3,18)9. Después, en los oídos, para que pudieseis oír los divinos misterios, de los que Isaías
decía: «Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos» (Is 50,4); y
el Señor Jesús, en el Evangelio: «El que tenga oídos, que oiga» (Mt 11,15). Luego fuisteis
ungidos en la nariz, para que, al recibir el divino ungüento, dijeseis: «Somos para Dios el buen
olor de Cristo entre los que se salvan» (2 Cor 2,15). También fuisteis ungidos en el pecho, para
que, «revestidos de la justicia como coraza», pudieseis «resistir a las asechanzas del Diablo» (Ef
6,14.11). Pues, al modo como Cristo, tras el bautismo y la venida a él del Espíritu Santo, derrotó
al Adversario (cf. Mt 4,1 ss.), también vosotros, después del sagrado bautismo y el místico
ungüento, revestidos de la armadura del Espíritu Santo, podáis resistir contra toda potestad
adversa (cf. Ef 6,10-18), a la cual podáis vencer diciendo: «Todo lo puedo en Aquel que me
conforta», Cristo (Flp 4,13). Considerados dignos de esta santa unción, sois llamados cristianos,
realizando la verdad de este nombre por medio del nuevo nacimiento. Pues, antes de seros
conferida esta gracia, propiamente no erais dignos de este nombre, sino que luchabais para ser
cristianos.” (S. Cirilo de Jerusalén, Cateq. MISTAG. III, 2-5).

11. “En las asambleas anteriores oísteis hablar abundantemente, por don de Dios, tanto del
bautismo como de la crismación y de la toma del cuerpo y de la sangre de Cristo. Pero debemos
pasar ahora a lo que sigue, con lo cual pondremos fin al edificio de vuestra enseñanza
espiritual. Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía,
a la comunión de los santos misterios y decía: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal
34,9)18. Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino
desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y
vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del
Señor. No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos
separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de trono que ha de
recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de Cristo diciendo: «Amén». Súmelo
a continuación con ojos de santidad cuidando de que nada se te pierda de él. Pues todo lo que
se te caiga considéralo como quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese
dado limaduras de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que
nada se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procurarás con mucho más cuidado y
vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que el oro y que
las piedras preciosas? Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz
de la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando así
adoración y veneración, mientras dices «Amén», serás santificado al tomar también de la
sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios, tocándolos con las manos,
santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos. Por último, en oración expectante, da gracias
a Dios, que te ha concedido hacerte partícipe de tan grandes misterios” (S. Cirilo de Jerusalén,
Cateq. MISTAG. V).

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