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Seminario: Discuso del método. Primera parte.

Introducción

El discurso comienza con una delimitación de las temáticas a tratar en las seis partes
en que está dividido, siguiendo estas un orden de continuidad que se inaugura con la
primera parte que expone las diversas consideraciones relacionadas con las ciencias y
termina con la sexta parte que expone lo que Descartes estima como necesario para avanzar
en la investigación científica, más allá de donde hemos llegado.
Así, en este corto texto nos adentraremos en la primera parte del discurso que
muestra de manera casi biográfica el proceso metodológico (A-T ,VI, 3, Nota 17) que sigue
Descartes desde su niñez hasta su estado actual como “hombre docto” examinando, en
base al buen sentido y a la claridad que le han, o no le han, ofrecido las ciencias y el
conocimientos adquiridos.

¿ Es el buen sentido, verdaderamente, la cosa mejor repartida?

El famoso argumento con el que comienza la primera parte del discurso hace
parecer que Descartes toma como punto de partida un optimismo racional en el cuál todas
las personas tienen la capacidad de juzgar correctamente y de distinguir lo verdadero de lo
falso; y la diversidad de opiniones es solo dada por los distintos caminos por los que se
conducen las reflexiones. (A-T, VI, 2) Sin embargo, para E. Denissoff el párrafo donde se
enuncia el optimismo está cargado de ironía y pretenden negar la igualdad del juicio que
parecen afirmar ( Citado en notas 13: Vid. Denissoff, ob. cit., pp. 50-58). En cierta medida,
podría ser correcto adjuntar esta actitud irónica si se tiene en cuenta que poseer el buen
sentido o razón no es suficiente sino que debe ser aplicada correctamente. Entonces pueden
existir almas eminentes capaces de los mayores vicios y de las mayores virtudes (A-T VI,
2).
Con esto en mente, Descartes no se considera superior en ingenio a otros hombre,
pero tiene presente que al ser el buen sentido o la razón lo que nos hace hombres quiere
creer que se encuentra en todos(A-T, VI, 2), es decir, que los hombres pueden llegar a
cultivar y perfeccionar está capacidad. Por ello, comienza a describir su experiencia desde
un hombre que conoce la mediocridad del ingenio humano, su tendencia a la equivocación
y que está dispuesto a aceptar las diversas opiniones que podrán generar sus orientaciones
como nuevos medios para instruirse. Habla de un proceso que inicia desde su juventud con
el contacto de ciertas orientaciones, luego con la formulación de sus propias máximas con
las que ha llegado a formar un método que le permitirá hacer abundantes sus conocimientos
hasta el límite de su existencia finita. Todo esto presentado cómo su proprio esfuerzo para
dirigir su razón y no como una exposición de preceptos que se deben cumplir, es más una
fábula, en sus palabras, ya que puede haber personas que encuentren utilidad práctica en
ella.

¿Las ciencias y las disciplinas ofrecen verdaderamente un espacio para


aplicar correctamente el buen sentido?

Comienza su relato desde una niñez en la que se le persuade que las letras son todo
aquello que debe saber para adquirir un conocimiento claro y al abrigo de dudas sobre todo
lo que es útil para la vida (A-T, VI, 4). Pero al final de sus estudios las dudas y los errores
lo hacen percatarse de una sola cosa: es ignorante. La doctrina aprendida no era la única en
el mundo que contenía las respuestas y constaba de especulaciones carentes de aplicación.
Sin embargo, acepta que las disciplinar aprendidas tenían cierto valor. Las lenguas
eran necesarias para comprender las obras de la antigüedad, para dejar a las fábulas y a la
historia exaltar nuestro ingenio, y para poder conversar con los grandes autores de la
antigüedad. La elocuencia y la poesía, tenían una capacidad de seducción y de dulzura para
engendrar entusiasmo, respectivamente. Las matemáticas permitían contribuir a satisfacer a
los curiosos, a facilitar las artes mecánicas y a disminuir el trabajo del hombre. Las
costumbres contenían exhortaciones de gran utilidad. La teología enseñaba la doctrina para
alcanzar el cielo. La filosofía ofrecía el medio para hablar con verosimilitud de todas las
cosas y para hacerse admirar. La jurisprudencia y la medicina proporcionan honores y
riquezas. Y juzgaba que era necesario examinar hasta las ciencias más supersticiosas para
apreciarlas por su valor o prevenir su error.
Pero, así como tenían un valor, también tenían ciertas limitaciones. Los viajes y
conversar con distintos pueblos eran un poco más útiles que conversar con los personajes
antiguos, para evitar juzgar como ridículo lo que es contrario a nuestras costumbres. La
historia ignoraba los datos más vulgares y con ello llevaba a una irrealidad y a que los
ejemplos heroicos de las costumbres fueran una extravagancia. La fábula suscitaban la
imaginación de sucesos posibles que en realidad no lo son. La elocuencia y la poesía no
eran cualidades de estudio sino cualidades del ingenio, es decir, no requerían estudios de
retórica ni conocer el arte poética. Las matemáticas con sus solidos fundamentos no habían
logrado construir algo destacado, solo estaban al servicio de algo más. Y las costumbres,
eran palacios de soberbia (A-T, VI, 8) construidos sobre lodo, porque exaltaban las virtudes
pero no daban conocimiento suficiente sobre la virtud. En la filosofía no existe cuestión
alguna que aun no se discuta. En las otras ciencias su fundamento, la filosofía, era
inestable. Y de las vanas doctrinas se estimaba su valor y no se caía en su engaño.
Entonces, su educación escolástica no tenía una aplicación concreta en el mundo y
por ello Descartes en un acto de liberación decide aprender del libro del mundo y de la
ciencia que encuentra en sí mismo. Los viajes fueron su medio para librarse poco a poco de
muchos errores que lo hacían menos capaz de seguir la razón. Lo hizo conociendo y
tratando con diversas personas, coleccionando experiencias, poniendose a prueba,
observando las diversas costumbres y dudando de aquello que había costumbre o por
ejemplo. Todo esto con un gran deseo de discernir entre lo verdadero y lo falso para ver
claras sus acciones y avanzar con seguridad en su vida.
Pero, todas estas experiencias adquiridas deben ser analizadas según la razón y se
deben definir los caminos a seguir, entonces es en este instante cuando la aplicación
correcta del buen sentido, que juzgar correctamente, es esencial. Puesto que, así se
construirá un conocimiento provechoso y no meramente especulativo.

Bibliográfia:

Descartes, R. 1987. Discurso del método. Madrid. Alfaguara