29.

Los abogados
SR. ABOGADO CLARET:
Le escribo esta carta para comunicarle que me han llevado al
Juzgado de Barcelona n.º 6 el día 9 de diciembre donde me
han hecho firmar un papel que no entendía qué era. Por eso le
ruego que averigüe de qué se trataba y venga a decírmelo,
si es tan amable.
Se lo agradezco mucho.
AHMED TOMOUH [sic], Barcelona, 11/12/93
«La última vez le pedí a Claret que me acompañara.»
Pedro J. Pardo, abogado de Tommouhi, muchas de las
veces que lo visitó en la cárcel —«no estaba más de seis
meses sin ir»— fue solo. «Quien venía mucho a verme
era Pedro. No Claret. ¿Entiendes? Cuando había una
noticia o algo, venía Pedro», recuerda Tommouhi. Pero
aquel día iban a darle una mala noticia y por eso Pardo
quiso que Claret subiera con él al ring: «Para aguantar
los golpes era mejor estar los dos», dijo.
Hacía años que habían empezado a distanciarse.
—A partir de que el Constitucional nos tumba el
recurso se hace muy difícil hablar con Ahmed. No te
voy a decir que nos peleáramos, pero casi, casi nos pier-
de el respeto. Él nos echa las culpas de que no hemos
hecho lo suficiente, de que no lo hemos ayudado —re-
cuerda Pardo.
El fallo del Constitucional —denegando el amparo
solicitado después de que el Supremo hubiera desesti-
mado el recurso de revisión integral— llegó en julio de
2001, y desde entonces habían pasado casi cuatro años.
Tres desde que Manuel Ollé, el tercer abogado que cola-
boraba con ellos en Madrid, presentara la demanda ante
Estrasburgo contra España por este caso. Aunque aque-
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lla última visita de 2005 no era la primera vez que iban
juntos. Cuando venían los dos, recuerda Tommouhi,
Pardo se quedaba en un segundo plano. «Callado.»
Durante los seis meses que pasaron entre el fallo
del Constitucional y la demanda ante Estrasburgo, en
enero de 2002, Tommouhi y Pardo y Claret se vieron
en contadas ocasiones. Hay una que Tommouhi recuer-
da. «Vinieron a buscar más dinero. Y ya me habían
mentido antes. Luego yo me he enterado. Me mintieron
mucho.» «¿Para qué queréis más dinero?», cuenta que
les preguntó, y que le respondieron: «Vamos a ir a Es-
trasburgo, con un abogado de pago. Vamos a contratar
un abogado de pago, y vas a salir con tu cabeza alta», me
dijeron. «Yo voy a salir con la cabeza alta», les dijo. «Yo
no he hecho nada. Yo de aquí, si estoy vivo, voy a salir
con la cabeza alta, con o sin libertad. Igual, Claret se ca-
breó mucho conmigo.»
Tommouhi preguntó cuánto querían. La cifra, en-
tre dos y tres millones de pesetas, a la vista de los cator-
ce años que llevaba en la cárcel y lo que ya había paga-
do, le escandalizó. «Es que nosotros somos especialis-
tas», oyó Tommouhi que decía Pardo.
—Eso me amargó. Empecé a sacar palabras, en ára-
be, en mi idioma [Tamazight], en castellano. ¿Especialis-
tas? ¿Especialistas en qué? ¿En engañar a la gente? ¿En
engañar a los pobres? Y ahí Claret se metió. «Y a usted
[le dije], a usted lo he respetado mucho. Hace doce años
que lo conozco. Once o doce años que lo conozco, siem-
pre le he respetado. Y desde que me conoce tengo la
misma cara. Una cara tengo. No más. Ustedes han veni-
do aquí con veinte caras. Cada vez traen una diferente.
Yo respeto su carrera. Su trabajo, su profesión, pero para
mí su trabajo vale cero.» Así se lo puse [hace un círculo
con el dedo índice cerrado sobre el pulgar, como un do-
nut]. Para mí vale cero. Pardo me dijo: «Ahora ya sabes
hablar, no necesitas intérprete ni nada.» «Con la rabia»,
le dije, «con la rabia he aprendido».
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La última vez que se vieron en la cárcel, el 18 de
marzo de 2005, Pardo y Claret fueron a contarle al pre-
so que el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasbur-
go no había admitido su demanda. Era un golpe duro,
endurecido además por el retraso: la decisión hacía tres
años que se había tomado, pero esto no se lo dijeron.
—Cuando llegó el fallo, me visitaron los dos, otra
vez. Venían más calmadillos. Y Claret me dijo: «Mira,
ahora, en quince días estamos aquí contigo.»
Claret y Pardo se fueron asegurando que no todo
estaba perdido. El día que Tommouhi se cruzó con
Claret en la Audiencia, se les ve juntos en la fotografía
que publicó el diario Avui: Claret, trajeado, mira aten-
to los papeles de su viejo cliente como si lo siguiera
siendo. «Vaya quince días», le había dicho Tommouhi
nada más encontrárselo, aunque nada de eso cuenta el
periódico.
«Yo no soy América.» Era Jorge Claret, quien así se
excusaba:
—Un abogado, en Estados Unidos, hace de investi-
gador y contrata un detective privado, y va y busca, pero
yo: ¿con qué? Aquí eso es imposible.
Al contrario que Pardo, que ha estado años descol-
gando el teléfono a los periodistas, Claret se ha mante-
nido en un segundo plano mediático: apenas aparecen
declaraciones suyas en un par de artículos de La Van-
guardia, y en el primer reportaje de la prensa española
sobre el caso revisado, el de Tomás Bárbulo en El País en
1997. La tarde que lo conocí en la Audiencia, sin em-
bargo, no ahorró explicaciones. El reo, el señooooor
Tommouuuuuch, eh, decía entonándose, tampoco es
que colaborara demasiado:
—Un señor que no sabía dar ni el nombre de la ca-
lle donde trabajaba. Que jamás colaboró con la defensa.
Que vas a verlo a la cárcel, y él sólo dice que es inocen-
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te, que es inocente. Pero coño, joder, dime un nombre,
un amigo. Yo no soy América.
Había empezado hablando de la coartada de Tarra-
gona, de cómo la postrera declaración de la dueña de-
sarmó su defensa, dio horas, citó las veces que se tuvo
que suspender el juicio para que viniera esa señora, dos
o tres, dijo, y que al final se presentó «porque le amena-
zaron de que si no la detendrían». Luego recordó sabro-
sas anécdotas, conversaciones de pasillos y algún dato
sobre el caso de Olesa. En algún momento, se abrió la
americana, se pasó el dedo gordo de cada mano por de-
trás de los tirantes, apretó los codos contra su orondo
tronco y dijo: «¿Qué, me sé el caso o no me lo sé?» Mi
pregunta inicial quedó sin respuesta. Acordamos que
iría a verlo a su despacho.
Antes pasé a ver a Pardo. Lo había conocido hacía
dos años y habíamos hablado cinco o seis veces por te-
léfono. El 12 de octubre de 2008 me recibió el hombre
alto y de piernas largas que recordaba. Con cuarenta
años, hacía dos meses que era juez sustituto y estaba es-
perando que le comunicasen destino. «Si no puedes con
el enemigo, únete a él», me había adelantado, medio en
broma, por teléfono. Pardo había empezado a trabajar
con Claret nada más acabar la carrera, en septiembre de
1993, aunque al único juicio al que asistió fue el de Ta-
rragona.
—Lo que sí tenemos claro, desde la primera vez,
nada más verlo, es que es inocente. Claret me dijo: «Pe-
dro, tenemos que defender a este tío porque es inocen-
te.» A ver, yo llevaba año y medio ejerciendo, pero yo
estaba parapetado detrás de Claret.
Le pregunté si era cierto que le habían prometido
a Tommouhi, la última vez que lo visitaron, que iban a
buscar a Zaidani:
—Le dijimos que íbamos a intentar una prueba
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para poder interponer un posible recurso de revisión.
Nuestra intención era encontrar a Mostafá Zaidani, al-
guna denuncia más de la que se encontró. Mantener
vivo el caso. Desgraciadamente, empezamos a preguntar
por este señor y nadie sabía dónde estaba.
Pardo hablaba a ratos al calor de ciertas conversa-
ciones, lamentando la incomprensión y que todo acaba-
ra como acabó.
—«Ahmed, siempre sueño contigo», le dije una
vez. Muchas veces he soñado que me metían en La Mo-
delo por error. Pero pesadillas, eh. Siempre le decíamos:
«Ahmed, aunque sea la última cosa que hagamos, te va-
mos a intentar sacar de aquí.» Yo creo que Ahmed se
ganó a pulso que no fuéramos a verle —dijo.
—¿Por qué no llamaron a Zaidani como testigo, ni
a él ni al otro árabe de la habitación, Jamal Benali?
—En muchos asuntos, el escrito de defensa no lo
hicimos nosotros. Pero yo creo que a Zaidani no lo ci-
tamos porque no conocíamos su paradero. Perdona, voy
al lavabo —dijo y salió, mientras desde algún rincón, a
través del hilo musical, llegaba Para Elisa.
A la vuelta, el móvil enfundado colgando del cin-
turón, quiso aclarar algo que había estado pensando:
—Hemos hablado de por qué me he metido a la
judicatura —dijo antes de sentarse—. Otra de las razo-
nes es porque me gustaría aplicar justicia, pero desde el
punto de vista efectivo: que es el de los jueces. Y mira:
el primer artículo que voy a escribir es sobre las ruedas
de reconocimiento. Lo estoy pensando y sí, me dará
0,25 puntos. Nosotros siempre creemos que la rueda de
reconocimiento es un principio de investigación, no
una prueba.
Insistí en Benali y me respondió con ese presente
histórico que mantuvo durante toda la conversación:
—Ni sabemos quién es, ni sabemos dónde vive
—dijo. Luego recordó que él no estuvo en el juicio de
Gavà ni en el de Olesa. En diciembre de 2000 se había
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separado profesionalmente de Claret, aunque en esto si-
guieron juntos hasta el final—. Es una pena haber ter-
minado así este asunto. De hecho, desde que ha salido
en libertad no me ha llamado. Ni él, ni Omar me han
venido a ver. Y hombre, cuando sales de la cárcel, lo pri-
mero que vas a hacer es ver a tu familia y luego a tus
abogados. Con Claret sí sé que estuvo hablando en la
Audiencia. Si hay algún asunto que me ha marcado pro-
fesionalmente en mi vida: uno es éste —dijo—. Otro es
un asesinato —añadió—. Son asuntos fuertes —sonrió.
El divorcio entre Tommouhi y sus abogados tiene
un origen concreto, que ninguno de los tres ha olvidado,
pero del que sólo Tommouhi acepta seguir hablando.
—No voy a hablar de la indemnización —aclaró
Pardo.
—¿Pardo qué dice? —preguntó Claret, cuando le
hablé de la última visita a la cárcel y de si se despidieron
prometiéndole que iban a buscar a Zaidani. Eso es lo
que le había preguntado en la Audiencia.
«Pardo recuerda que sí, que se lo dijeron y que in-
cluso lo buscaron, pero que…», le estaba diciendo, cuan-
do me interrumpió:
—¿Sabe cuántas veces se suspendió el juicio de Ta-
rragona, precisamente porque yo no quise que conti-
nuara si no venía la dueña de la pensión de Sabadell?
—De Terrassa —le corregí.
—Eso, de Terrassa, es que yo siempre confundo Te-
rrassa con Sabadell. Tres veces, creo, vaya. Es que ha pa-
sado mucho tiempo de esto, eh. Es que han pasado mu-
chos años. Y yo llevo cada día asuntos. Pardo tiene más
memoria que yo de todo esto.
Eran las nueve de la noche, charlábamos en un sa-
lón del piso donde tiene su despacho: los sillones ingle-
ses, y los cuadros de políticos y militares, algunos de
cuerpo entero, con aire decimonónico, ponían el boato
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a una conversación sin pasado. Un joven, quizás un pa-
sante, escuchaba sentado a mi izquierda frente al anfi-
trión. El abogado Claret empezó queriendo resumir «la
tragedia del señor Tommouch, ¿le explico?», dijo, y aca-
bó sin recordar nada concreto.
—Ya te he dicho que ha llovido mucho y yo estoy
cada día en el foro. Yo lo único que te puedo decir es
que la desgracia de este hombre es el reconocimiento
judicial que se le practicó en un principio. Y los jueces
aquí en España están totalmente equivocados de lo que
es un reconocimiento judicial. El reconocimiento judi-
cial tiene que ser un punto de partida para una investi-
gación y los jueces ya lo dan como una prueba irrefuta-
ble. Entonces, un pobre desgraciado, que no sepa casi
hablar español, que confunda, como yo seguramente,
Terrassa con Sabadell, y la dueña de la pensión sea una
señora que pase de todo como pasó ésta… Esto en un
caso, pero es que en los demás casos, Tommouch no sa-
bía decir ni en qué obra había trabajado.
En el sumario de Tarragona constan los nombres
de los dos compañeros de la pensión que dormían con
el acusado la noche de autos, aunque nadie los llamó a
declarar en esta causa.
—Vamos a ver. Nosotros cuando calificábamos lla-
mamos a todo el mundo. A todo el mundo que figura-
ba en el sumario lo llamamos. Si no aparece porque ha
cambiado de domicilio, o porque tiene un domicilio
que desconocemos, y pedimos que se oficie a la Policía
Judicial, la Policía Judicial no lo trae y los jueces pues
tampoco. Yo no sé, yo me imagino que sí que lo llama-
ríamos.
Zaidani pasó por la Audiencia el 18 de enero de
1993 para declarar en el juicio de Terrassa y estuvo, por
tanto, durante esos años, perfectamente localizado, y así
seguía. No hacía mucho que yo mismo lo había ido a
ver por segunda vez: «Ya le dije todo lo que sabía, no sé
nada más; la policía también sabe lo que declaré», se
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disculpó. Y como su compatriota Benali. No llamaron a
ninguno de los dos. En el sumario de Olesa, el primer
abogado de oficio en esa causa, Desiderio Fernández,
puso por escrito el nombre, los apellidos y la dirección
de los otros compatriotas que dormían con Tommouhi
en el local alquilado de Martorell, la noche que Carbo-
nell y su pariente violaron a M. Pero en el escrito de ca-
lificación de la defensa, antes de la apertura de la vista,
cuando ya Claret se había hecho cargo del caso, y que es
donde se propone la prueba para el juicio, no aparece
ninguno. «No lo recuerdo. Pero Pardo tiene que recor-
dar todo esto.» Tampoco quiso hablar de la indemniza-
ción: «Me está usted haciendo unas preguntas que no le
pienso responder», dijo.
Todas las discusiones entre Tommouhi y sus abo-
gados, por más que el preso se quejara durante años de
lo poco que hicieron para sacarlo de la cárcel —«¡Con-
seguimos una revisión!», le dijeron ellos una vez. «No, la
revisión os la trajo Reyes; que es como si os hubiera to-
cado la lotería», respondió él—, giran en torno a un
punto de corrupción que Tommouhi, uno de los últi-
mos días que lo vi en Barcelona, seguía recordando:
—La indemnización, cuando revisaron el caso de
Olesa, nosotros no queríamos indemnización. No que-
ríamos nada. Ni yo ni Mounib. ¿Entiendes? Cuando
revisaron esa causa, Claret no me preguntó. Ni Pedro
Pardo. Ninguno. Nunca me hablaron de la indemniza-
ción. A Mounib, sí, vino su abogado, ¿cómo se llama?
Eso. Castellvell. Él sí le preguntó a Mounib. Hablamos,
y dijimos que no queríamos nada. Mounib se lo dijo a
su abogado. Su abogado volvió a su trabajo y no pidió
nada. Claret no me preguntó nada. La pidió él. Él mis-
mo pidió la indemnización sin mi permiso. Sin mi per-
miso. Yo no había pensado en la indemnización ni en
nada. Yo pensaba en que iban a revisar mis otros casos,
que me los iban a quitar. Eso eran mis pensamientos.
Murió Mounib. Y pasó tiempo.
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Casi cuatro años.
—Y un día me llaman. Me vinieron los dos. Claret
y Pedro Pardo. Los dos. Con traje, maletín, no sé qué.
Yo, cuando los vi, dije bien: me traerán una noticia bue-
na, por lo menos. La verdad [sonríe]. Ellos pidieron la
indemnización sin preguntarme a mí, ni a mi hermano
ni nada. ¿Entiendes? La pidieron en su nombre o algo
de eso. Pero yo no he firmado ni un papel para ellos
como que pido la indemnización.
Sí lo firmó, aunque él no lo sepa. Después de la re-
visión de Olesa, los abogados le pidieron que firmara,
según el propio Tommouhi recordará en otra ocasión,
para poder presentar futuros recursos de revisión en
Madrid. Era 1998 y en verdad la firma la necesitaban
para solicitar la indemnización por la condena revisada,
pero sabían que Tommouhi nunca aceptaría pedirla y
que esa reclamación sólo podía solicitarla, personalmen-
te, el interesado. «Le hicimos firmar la reclamación sin
decírselo», según ha resumido Pardo a fuentes cercanas a
este caso. Así lo resume y así lo justifica: «Si no es por
nosotros ni siquiera hubiera cobrado.» El día que fueron
a la cárcel a pedirle, ahora sí, abiertamente que autoriza-
ra el cobro de la indemnización, que había sido apro -
bada, Tommouhi se negó. Varias visitas después acabó
aceptándolo.
—Me llamaron y me encontré allí a los dos. «Hola,
buenas tardes —vinieron por la tarde—: ¿bien? Bien.» Y
me salta y me dice: «¿Sabes?, nosotros pedimos la in-
demnización, y ha llegado el dinero.» «¡¿Qué?!», dije yo.
«Que sí, que hay dinero», me dijo. «No te preguntamos,
pero no nos olvidamos de la indemnización.» «Yo no
quiero indemnización.» Me dicen: «Escucha, tienes que
aprender a escuchar. Nosotros vamos a luchar hasta el
final.» No sé hasta dónde iba a llegar Claret. Por eso
digo que no tienen palabra. No sé cuántas caras tienen
esos abogados. Mil caras, hombre, mil caras tienen. Yo
ya no tengo confianza ni en los abogados, ni en nada.
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Les dije: «Yo no quiero nada.» «Ahora», me dijeron,
«tienes que escuchar.» «¿Qué tengo que escuchar yo?»
Me dijeron: «Tienes que firmarnos un papel. Vamos a
tomar el dinero para seguir adelante, hasta Estrasburgo,
o La Haya, no lo sé dónde.» A mí no me cabía eso en la
cabeza. Yo ya empezaba a entender bien, a hablar algo.
¿Entiendes? Ya me explicaba un poco. «Yo no quiero
nada.» «Te vamos a traer, ¿cómo se llama?, un notario.
Te vamos a traer un notario para que nos firmes un pa-
pel.» Yo les dije: «Yo no voy a firmar nada. Yo no quie-
ro dinero.» Tomaron la maleta y se fueron. Pregunta a
Pedro, pregúntale a él mismo.
Les pregunté a los dos, como ya sabes, y ninguno
quiso entonces comentar nada. Luego, cuando me hice
con la factura, Pardo dio sus razones, pero a los pocos
días, después de hablar con Claret, me llamó: no hubo
engaño, se desdijo. Lo hubo, se produjo como he dicho,
como en varias ocasiones y ante personas distintas ha
reconocido Pardo, y no fue el único. Ahora sigue escu-
chando a Tommouhi:
—A los dos o tres días, no llegó a cuatro, otra
vez. Los dos. Ahmed Tommuch, abogados. Hala, otra vez.
«Buenas tardes, buenas tardes.» Tal, tal, tal. Y me expli-
can: «Cálmate. Vamos a explicártelo: nosotros vamos a
luchar hasta el final. Te van a dar tu libertad. Tienes que
firmarnos ese papel.» «Que no, que no quiero.» No que-
ría ese dinero. Ninguno. No quería indemnización ni
quería firmar ningún papel. Pasaron dos o tres días sin
que vinieran. La gente me preguntaba: «¿Qué te pasa
Ahmed, con tus abogados? ¿Te van a sacar?» «Bueno,
pues ojalá que sí, que puedan hacer alguna cosa…» Mu-
cha gente dentro ni siquiera tiene abogados, no va nadie
a verlos. ¿Entiendes? Y vinieron, por tercera vez: «Ah-
med, confía», me decía Claret, «confía en nosotros. No-
sotros vamos a luchar hasta el final. Aquí vamos a ganar
todo el caso, te van a dar tu libertad. Cien por cien.»
Hasta que un día agarré a uno que sabía un poco de ar-
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tículos, de leyes, de abogados, de esos presos que entran
y salen mucho. Y le dije: «Mira, mis abogados vienen
tanto a verme por esto, por esto y por esto. Pero yo no
quiero nada.» ¿Cuánto es? Eran dieciocho millones de
pesetas. Eran pesetas, no habían puesto todavía los eu-
ros. Yo no quería nada. No quería ni una peseta de ese
dinero. «No, nosotros vamos sólo a tomar para los gas-
tos, y seguimos adelante», me decían. Ése al que le había
preguntado dentro, me dijo: «Pero ¿es que tú no cono-
ces a los abogados? Bueno, firma para las perras», así me
dijo… «Fírmales. A ver si consiguen algo. Tienen que
tomar un abogado de pago», y toda la historia. Eso es lo
que pensé, la verdad. Cuando volvieron, le dije a Claret:
«Vas a tomar un abogado para Estrasburgo, de pago,
bajo tu responsabilidad. Búscame un abogado de pago.
No me vayas a poner un abogado de oficio, no me va-
yas a poner un recurso en Estrasburgo sin abogado.»
«Sí, sí, sí, con eso cubrimos todo. Nosotros vamos a lu-
char contigo hasta el final. Hasta el final. Te van a dar tu
libertad.» No sé qué me trajeron, una firma de unos po-
deres. Y con un notario. Que lo llamaron ellos. Me man-
daron un notario. Eres fulano. Yo soy fulano. «Me firmas
este papel», me dijo. «Para qué.» «Firmas para que Pedro
Pardo, Jorge Claret y otro de Madrid… Usted firma para
darles poderes, para defenderle, para la indemnización,
para cualquier cosa.» Bueno, firmé. Firmé un día como
hoy, y mañana fueron a Martorell a buscar a mi herma-
no. Lo fueron a buscar y lo llevaron a Girona.
Los poderes, respecto de la indemnización, fueron
cedidos sólo a su hermano Omar, según Pardo.
El 11 de mayo de 2001, Omar Tommouhi acompa-
ñó a Jorge Claret y Pedro J. Pardo a la delegación de
Hacienda en Girona. Querían cobrar al contado. Claret
metió los 18.470.000 pesetas en un maletín y cruzaron
la plaza. A doscientos metros había una sucursal del
BBVA, donde el hermano de Tommouhi tenía una cuen-
ta corriente y le ingresaron 12.526.000. La diferencia,
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5.944.000 pesetas, es lo que los abogados se cobraron
esa mañana. Días después Omar fue a ver a su herma-
no a Can Brians, como hacía regularmente, y le detalló
cómo habían quedado las cosas. Ahmed lo relató así:
—Cuando tomaron los seis millones, y le pasaron
los otros doce a mi hermano, vino a verme. Pasa esto,
esto y esto, me dijo. Yo le dije: «Mira, hermano, tú llevas
años, más de diez años, gastando tu dinero en mi mu-
jer, en mis hijos, en mí mismo, en los abogados.» Así
que le dije: «Lo primero, toma todo lo que te hayas gas-
tado.» Te lo juro, todavía hoy no le he preguntado:
¿Dónde está el dinero? ¿Cuánto gastaste? Nunca. No le
he preguntado y no le voy a preguntar a mis años. Él lo
dio todo por mis hijos, por Khalid, por mi mujer, ¿en-
tiendes? Y tomó sus gastos.
A las 14:27 del 2 de febrero de 2009, me llegó el fax
con la minuta que Claret y Pardo pasaron a la familia de
Tommouhi. La factura lleva fecha del 2/5/2001, pero no
fue hasta un año después, a finales de abril de 2002,
cuando fue entregada. En ese tiempo Noureddine Douah
supo de la forma en que se había reclamado la indemni-
zación, y con el consulado marroquí solicitaron a los
abogados que detallaran por escrito la relación de gas-
tos. El baile de números (restan una provisión de fon-
dos que había adelantado Omar Tommouhi durante los
años noventa —seiscientas sesenta mil pesetas— de un
«Total Conceptos», así como una reducción del 20 por
ciento sobre ese total «por características cliente y en re-
ferencia al asunto») sólo tiene una explicación contable:
encajar los casi seis millones que descontaron de la in-
demnización el mismo día que se cobró. El total final de
la factura lo logra: 5.943.190 pesetas, pero a costa de la
provisión de fondos adelantada por Omar, que se ha es-
fumado del «Importe Factura». Más allá de esos mala-
guarismos, la verdad es que lo engañaron. Facturaron
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cuatrocientas mil pesetas por un procedimiento que no
habían llevado ellos, como éste de la sección sexta, que
llevó de oficio Desiderio Fernández:
– Procedimiento Sección Sexta Audiencia Provin-
cial de Barcelona, Rollo n.º 4.514/92, procedente
del Juzgado de Instrucción n.º 8 de Terrassa, con
responsabilidad civil de 112.200 pts., y posterior
recurso de casación n.º 267/1993-P (Normas 115,
116 y 128). 400.000 ptas.
O este otro de la sección novena, que también lle-
vó de oficio Pere Ramells, y en el que añadieron un su-
puesto recurso de revisión que nunca presentaron (el
número de recurso que incrustan es el del fiscal):
– Procedimiento Sección Novena Audiencia Pro-
vincial de Barcelona, Causa n.º 1/91, procedente
del Juzgado de Instrucción n.º 1 de Cornellà, con
responsabilidad civil de 5.098.000 pts., y posterior
recurso de casación n.º 1031/92-P (Normas 115,
116 y 128). 400.000 ptas.
En fin, se cobraron también el trabajo de Manuel
Ollé en la vista del Supremo, cuando la revisión de Ole-
sa instada por el fiscal Mena,
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– Recurso de Revisión procedimiento Sección
Quinta de la Audiencia Provincial de Barcelona,
con sentencia estimatoria de la revisión, con Vista
en el Tribunal Supremo y posterior comparecen-
cia en la Audiencia de Barcelona con responsabili-
dad civil establecida en sentencia de 2.115.000
ptas. (Norma 126). 418.000 ptas.
Pero no le pagaron al propio Ollé: «Yo no cobré un
duro, cero patatero», había asegurado Manuel Ollé en
su despacho de la calle Goya, en Madrid, a finales de
enero.
Una de las tardes que estuve con Tommouhi en
Martorell, pasamos por delante del cuartel de la Guar-
dia Civil, cruzamos el parque que hay enfrente y fuimos
a parar a una cafetería grande y vacía, con el televisor a
todo volumen. Le pregunté qué pensaba hacer cuando
terminara la condena, si pensaba volver a Marruecos.
Me dijo que no. Cuando ya sabía que la condena termi-
naba el 26 de abril de 2009, volví a preguntarle.
—Ahora no tengo ninguna dirección, soy como un
pollo sin cabeza. Cuando termine la condena no sé
adónde iré a parar. No sé dónde va a terminar la pelícu-
la. No sé para qué parte voy a tomar, si sigo vivo. Si me
he muerto, mejor, se acabó el problema, la verdad. A
cada uno le toca lo que le toca. A mí me ha tocado pa-
gar por la cara, por algo que no he hecho. A mi pueblo
no voy a ir así. Es muy difícil. No es un año ni dos. Son
veinte años. La gente que me conoce bien sabe que yo no
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me meto en problemas. Pero los que sólo te conocen de
vista… Veinte años. En España. ¿Qué, has estado en la
cárcel? ¿Y sales y te vienes? ¿Por qué no te has quedado
allí? Eso es lo que yo pienso que dirán. Aunque la gente
no diga nada. Yo prefiero otro sitio. Si yo me hubiera
metido en problemas, no pasaría nada. Uno más. Pero yo
no. ¿Cómo encontrarme con cada uno que me cruce?
Veinte años. No, no. Yo no voy a ir allí, a que me seña-
len, mira, éste. Yo estoy cerca de los sesenta años. No
quiero sufrir otros sesenta. No sé cómo va a terminar mi
vida. Pero cuando uno está viejo y mayor, piensa que le
tocará sufrir. ¿Quiero un trabajo? No me van a dar tra-
bajo. Un hombre mayor tiene que descansar. Yo, ¿de qué,
de qué voy a descansar yo en mi pueblo? ¿Del aire? ¿Con
los veinte años en la cárcel por la puta cara, como dicen
aquí? Es muy difícil. Mejor, cualquier otro sitio. A sufrir
solo. Que no sufran mis hijos, ni mis nietos viéndome. Si
me arreglaran este asunto, si quisieran, por lo menos,
puede que me vaya a mi pueblo; me ha pasado esto, aho-
ra me voy a mi pueblo, pero por lo menos ya tengo algo
para comer; por lo menos me han dejado algo, por esos
veinte años. Pero, sin nada, nada, nada, no voy a ir a mi
pueblo. Me iré a un río, o al mar —sonríe—. Y si saco
algo para comer un día o dos. Cuando eres viejo no gas-
tas mucho. Nadie va a saber dónde estoy. Nadie. Sólo
Dios. No es que no tenga dónde irme, dónde estar, no es
que no me quiera mi familia, no. Pero es que yo, así, voy
a sufrir más que en la cárcel. Cuando ves a tu vecino, que
vive cerca de tu casa, disfrutando su tercera edad, por
ejemplo, viejo como tú, que vive bien, ¿vas a mirarlo a
los ojos? No, como dicen, si no miras con los ojos, no te
duele el corazón. Yo tenía cuarenta años. En mi juventud
nunca me pasó nada. Y nunca tampoco me metí en nada
ni con nadie. A los cuarenta me pasó esto. Y se acabó la
historia. Nada más. Yo no vine aquí para meterme en
problemas. Pedía trabajo. No había trabajo, me fui a otro
sitio. Me atraparon. Me tiraron delante de la gente. Me
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culparon de cosas que no había hecho. Me condenó una
justicia, como se dice, limpia, ¿no?, por cosas que no he
hecho. Gracias a alguna gente buena que trabajó mucho,
mi caso está a la vista de todo el mundo: del público, de
la justicia, de los que me condenaron, de los que me se-
ñalaron en la rueda de reconocimiento. Pero nadie quie-
re saber nada. Si hay una justicia de Dios, también va a
castigarlos a ellos. Como a mí me castigaron ellos. Yo voy
a dar gracias a Dios. Pero no voy a dar las gracias a esta
justicia. Esta justicia, no sé cómo llamarla, igual no hay
nombre para una justicia así. Ojalá venga un castigo de
Dios para ellos. Para los que tienen responsabilidad en
mi caso. No para la gente normal. No, no. Para los que
saben, y tienen poder y responsabilidad, para esos, yo
pido un castigo también. Porque ¿dónde vas a reclamar,
si no? A los jueces, no; a los fiscales, no; al público, no; al
Gobierno, no. ¿Adónde?
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