You are on page 1of 6

Evolución Histórica

Toda sociedad construye una forma de representarse al mundo y de explicarse los distintos
fenómenos tanto naturales como aquéllos en los que interviene el hombre. La cultura es el
conjunto de símbolos, normas, creencias, ideales, costumbres, mitos y rituales que se transmite
de generación en generación, otorgando identidad a los miembros de una comunidad y que
orienta, guía y da significado a sus distintos quehaceres sociales. La cultura da consistencia a
una sociedad en la medida en que en ella se hallan condensadas herencias, imágenes
compartidas y experiencias colectivas que dan a la población su sentido de pertenencia, pues
es a través de ella que se reconoce a sí misma en lo que le es propio.
La política es el ámbito de la sociedad relativo a la organización del poder. Es el espacio donde
se adoptan las decisiones que tienen proyección social, es decir, donde se define cómo se
distribuyen los bienes de una sociedad, o sea, que le toca a cada quién, cómo y cuándo.
Los valores, concepciones y actitudes que se orientan hacia el ámbito específicamente político,
es decir, el conjunto de elementos que configuran la percepción subjetiva que tiene una
población respecto del poder, se denomina cultura política.
La noción de cultura política es tan antigua como la reflexión misma sobre la vida política de
una comunidad. Para referirse a lo que hoy llamamos cultura política, se ha hablado de
personalidad, temperamento, costumbres, carácter nacional o conciencia colectiva, abarcando
siempre las dimensiones subjetivas de los fenómenos sociales y políticos. Dicho de otra
manera, desde los orígenes de la civilización occidental ha existido una preocupación por
comprender de qué forma la población organiza y procesa sus creencias, imágenes y
percepciones sobre su entorno político y de qué manera éstas influyen tanto en la construcción
de las instituciones y organizaciones políticas de una sociedad como en el mantenimiento de
las mismas y los procesos de cambio.

La cultura política de una nación es la distribución particular de patrones de orientación


sicológica hacia un conjunto específico de objetos sociales los propiamente políticos entre los
miembros de dicha nación. Es el sistema político internalizado en creencias, concepciones,
sentimientos y evaluaciones por una población, o por la mayoría de ella.

En última instancia, el referente central de la cultura política es el conjunto de relaciones de


dominación y de sujeción, esto es, las relaciones de poder y de autoridad que son los ejes
alrededor de los cuales se estructura la vida política. Es el imaginario colectivo construido en
torno a los asuntos del poder, la influencia, la autoridad, y su contraparte, la sujeción, el
sometimiento, la obediencia y, por supuesto, la resistencia y la rebelión.

1.1 Antecedentes
La cultura política ha sido objeto de diversos análisis a lo largo de la Historia y han sido muchos
los sistemas propuestos para explicar cómo el individuo se relaciona y se comporta con el
entorno político.
Quizás los autores más destacados en la materia han sido Gabriel Almond y Sidney Verba con
su obra La cultura cívica publicada en 1963. Otro autor destacable que contribuyó a la creación
del concepto de cultura política y sus diferentes tipos fue Arend Lijphart. Estas clasificaciones
surgieron como respuesta a otros esquemas anteriores como el institucionalismo o la teoría de
las élites.
A efectos de esta voz utilizaremos la clasificación propuesta por Almond Y Verba, asimismo,
para entender más profundamente el significado que estos autores le dan a la cultura política y
sus diferentes clasificaciones resulta necesario encuadrar su obra en la corriente conductista y
relacionarla con el proceso de modernización.

1.2 La corriente conductista


El concepto "cultura política" propiamente dicho, fue acuñado por la ciencia política
norteamericana a mediados de los años cincuenta de este siglo, a pesar de lo antigua que es
esta noción. Inscrita en la corriente teórica conductista, que enfatizaba la necesidad de
construir unidades de análisis referentes a la conducta humana que sirvieran de base común
para diseñar ciencias especializadas, esta perspectiva analítica planteaba considerar y explicar
las conductas políticas desde la óptica de una concreta forma de organización institucional. El
objetivo último de la perspectiva conductista era elaborar teorías con fundamentación empírica
que fueran capaces de explicar el porqué los seres humanos se comportan de determinada
manera. El enfoque conductista inauguró la perspectiva sicocultural para el estudio de los
fenómenos políticos.
De acuerdo con los propulsores de la cultura política no sólo en cuanto concepto, sino en
cuanto perspectiva analítica propiamente dicha, su importancia teórica radica en que permite
penetrar en los supuestos fundamentales que gobiernan las conductas políticas. En este
sentido, es un concepto enlace porque la cultura política es el patrón que surge de la
distribución social de las visiones y orientaciones sobre la política y que se manifiesta
exteriormente en las conductas o comportamientos políticos.
Con el concepto de cultura política se intentó llenar el vacío entre la interpretación sicológica
del comportamiento individual y la interpretación macrosociológica de la comunidad política en
cuanto entidad colectiva, poniendo en relación las orientaciones sicológicas de los individuos
su comportamiento propiamente dicho con el funcionamiento de las instituciones políticas.
En cuanto enfoque de tipo conductista, el de la cultura política plantea que en toda sociedad
existe una cultura política de tipo nacional en la que están enraizadas las instituciones políticas
y que es un producto del desarrollo histórico, que se transmite de generación en generación, a
través de instituciones sociales primarias como la familia, la iglesia, la escuela, y mediante un
proceso denominado socialización.

1.3 El proceso de modernización


Los sistemas políticos, como elementos contingentes, están constantemente sujetos a una
dinámica que alterna períodos de transformación con otros de estabilidad.
Este cambio político está sujeto a dos grandes factores que son la legitimidad con la que se
cuenta por parte de la población y la eficacia que despliega satisfaciendo las demandas de la
misma. Defectos importantes en estos factores, especialmente la eficacia, suelen significar la
caída de dicho sistema político.
Dentro de esta dinámica se desarrolla la teoría de la modernización que, en nuestro caso,
veremos relacionada con la cultura política. Esta teoría concibe dos grandes modelos de
sociedad, a saber, la sociedad tradicional y la sociedad moderna.
La sociedad tradicional se caracteriza por la primacía de las relaciones familiares, siendo el
sistema político una prolongación de la misma proyectada sobre grupos mayores pero
manteniendo la relación personal y el estatus adscrito de cada uno de los individuos. Asimismo,
en sociedades tradicionales prima la economía agraria y se potencian valores relacionados con
la superstición o la magia. En este tipo de sociedades predomina la cultura de tipo parroquial,
como veremos en el siguiente epígrafe.
La implantación de pautas de modernización, como pueden ser el desarrollo de una identidad
social o base comunitaria, la potenciación de la capacidad de gobierno estando éste legitimado
de forma racional-normativa, el estímulo de la participación ciudadana mediante mecanismos
como el sufragio universal y el aseguramiento de un cierto estado de bienestar gracias a
mecanismos de distribución, contribuyen a la transformación de esta sociedad tradicional en
una sociedad moderna a través de un proceso histórico.
En una sociedad moderna la cultura política pasa a ser de tipo participativo, como veremos a
continuación, debido al aumento general de la alfabetización, la existencia de una libre
economía de mercado y un gobierno de legitimación racional-normativa, el impulso de la
ciencia y la cultura…Factores todos ellos que favorecen y facilitan que el ciudadano conozca el
sistema político e intervenga en el mismo.

2 Teoría de la cultura política


Widalsky formula un modelo basado en las posibles conjunciones de valores sociales que
pueden dar lugar al entramado de la cultura política y que responden a una mecánica de
interrelación entre las redes sociales y el individuo. Estos factores, en definitiva, vienen a
condicionar la acción del individuo y su identidad .
El modelo de Widalsky arroja como resultado cuatro formas diferentes de cultura política
interdependientes e interrelacionadas, es decir, no pueden darse de forma aislada, sino que
cada una depende de las demás en consonancia con la naturaleza polifacética del ser humano
y de las situaciones en las que se verá involucrado. Las dinámicas o ´´sesgos´´ de cada una de
estas situaciones en relación con el propio individuo y el desarrollo de su acción en las mismas
son las que, en definitiva, vienen a caracterizar esta distinción.

La cultura individualista es aquella en la que el propio individuo y lo privado se sitúa como


centro de la cultura y buscará la satisfacción de sus intereses de forma prioritaria, lo que
favorece, a su vez, la existencia de débiles relaciones de grupo y la falta de sometimiento en
favor de la libertad.
En esta cultura la competitividad es destacable pero también la falta de responsabilidad o la
difusión de ésta. Los grupos dominantes o líderes en esta cultura tienen una relación utilitaria,
es decir, son líderes en tanto en cuanto son favorables o defensores de los intereses privados.

El caso contrario al anterior es la cultura jerárquica. En la cultura jerárquica se dan fuertes


relaciones de grupo y un sometimiento pleno a la autoridad, a las leyes o mandatos así como a
sus líderes o los cánones que estos promueven, por lo que existe una marcada desigualdad
entre los miembros del grupo pero justificadas como necesarias para el bien de la sociedad en
su conjunto.
En una cultura jerárquica se busca el ideal del sacrificio individual por el bien grupal, así que
cualquier riesgo asumido lo es en el nombre del grupo y cualquier beneficio u ostentación se
hace en nombre del grupo, no a título personal o privado.

La cultura igualitaria se caracteriza por una fuerte relación de grupo pero no sometida a
ningún reglamento o autoridad coercitiva, sino movida por los mecanismos del consentimiento
y la voluntad. Esta cultura conduce a la creación de comunidades con pocas desigualdades,
que colaboran en la repartición de la riqueza más que en su creación. Se caracteriza, de
hecho, por la sencillez en el estilo de vida y la no ostentación.
En este modelo las élites y los liderazgos no son deseadas de modo que los conflictos a
menudo se resuelven de forma drástica y se procura evitar cualquier contacto con otros grupos
externos, expulsando del mismo a cualquier elemento que pudiera poner en jaque su forma de
vida.

Se da una cultura fatalista ante la existencia de relaciones de grupo débiles y falta de


coerción o normativa, lo que sume a la persona en un estado de apatía o pesimismo, de falta
de sentido y objetivos que lleva a la sumisión y a la sensación de falta de control. Este tipo de
cultura huye y desconfía de las relaciones y se centra en la supervivencia implicando fuertes
desigualdades internas.
El concepto de ´´suerte´´ toma importancia en la perspectiva fatalista, que concibe la mayoría
de las situaciones como fruto o capricho del azar y, a menudo, irreversibles, por lo que sólo
cabe sumisión a ellas. Estos grupos no buscan liderazgos fuertes ni cohesión interna y a
menudo suelen ser fácilmente dominables por fuerzas externas que les den objetivos u
órdenes.

Si por cultura política se entiende el conjunto de orientaciones y actitudes que los ciudadanos
manifiestan hacia el sistema político, es imprescindible aludir los tipos de cultura política dentro
de la definición de Almond y Verba, los cuales pueden establecerse en función a dos variables:
La primera de ellas es la conciencia del sistema político entendida como el conocimiento, en
mayor o menor grado, de la existencia y funcionamiento del sistema en sí y del impacto o
trascendencia que tienen las mismas.
La segunda es la participación el mismo, en mayor o menor grado y a través de cualesquiera
mecanismos dentro de la sociedad concreta (afiliación a un sistema político, pertenencia a un
grupo de interés, participación en el sufragio…).
Cabe matizar que estas categorías puras no se dan de forma universal y única en ningún
Estado, sino que la realidad tiende a una mezcla entre los distintos tipos de cultura en función
de los individuos o grupos sociales que profesen una u otra:

La cultura política parroquial se caracterizan por una ignorancia del sistema político y no
participación en el mismo. Suele darse en áreas profundamente rurales.
La cultura política de súbdito, existe una consciencia del sistema político, pero los individuos
muestran a una actitud pasiva ante el mismo, es decir, se limitan a la obediencia sin
participación. Es habitual en los regímenes autoritarios.
La cultura política participativa es aquella en la que el ciudadano es consciente del sistema
político y participa en él de forma más o menos activa. Consideran que pueden contribuir con el
sistema y que tienen capacidad para influir en la formulación de las políticas públicas.

Estos autores llegan a la conclusión de que una democracia estable se logra en sociedades
donde existe esencialmente una cultura política participativa, pero que está complementada y
equilibrada por la supervivencia de los otros dos tipos de cultura. Vale decir, por ello, que es
una cultura mixta a la que llaman cultura cívica y que está concebida en forma ideal. Esa
denominada cultura cívica es una cultura política que concibe al gobierno democrático como
aquél en el que pesan las demandas de la población, pero que también debe garantizar el
ejercicio pacífico y estable del poder, vale decir, su funcionamiento efectivo o gobernabilidad.
A pesar de que el modelo de Almond y Verba sigue siendo el esfuerzo teórico más acabado y
el marco de referencia obligado, se le han hecho cuatro grandes críticas:
a) la cultura política puede ser un reflejo del sistema político más que un determinante del
mismo, puesto que si bien los elementos culturales son más persistentes que los estructurales,
para que se mantengan vigentes requieren de nutrientes que provengan de las estructuras
políticas en funcionamiento.
b) la cultura cívica fomenta la estabilidad política en general y no sólo la de la democracia en
particular. Y es que una población con una cultura moderada y equilibrada es una palanca
estabilizadora porque sirve para legitimar al sistema al tiempo que asegura su gobernabilidad.
c) el esquema dedica muy poca atención a las subculturas políticas, o sea, a aquellas culturas
que se desvían o chocan con la cultura política nacional y que no pueden ser desdeñadas
porque en ocasiones han llegado a poner en duda la viabilidad de la noción misma de cultura
nacional.
d) el esquema no otorga importancia a la cultura política de la élite gobernante. Aunque es
cierto que en las democracias bien implantadas las actitudes y concepciones de la población
hacia la política no dependen tanto de la cultura política de las élites como sucede en países
donde dominan culturas parroquiales o súbdito, el solo peso social que ésta tiene obliga a no
ignorar el tema.

3 Diferenciaciones clave

3.1 Legitimidad
Se refiere a cómo se valora el sistema político, y tiene que ver con el desarrollo de un
sentimiento nacional de identidad comunitaria. La legitimidad es mayor cuando se considera
que el propio es el mejor sistema posible. El efecto inmediato es que se obedece al poder,
haciéndose la coacción no tan necesaria.
La legitimidad se refuerza en los sistemas políticos en que se da satisfacción a las demandas
planteadas por los grupos sociales, pero donde hay problemas de legitimidad, éstos llevan a la
crisis del sistema.

3.2 Ideología
La diferencia entre ideología y cultura ha sido objeto de debate intenso y se han dado múltiples
respuestas pero podemos concluir que la mayor diferencia se basa en que la ideología se
encarga de una subjetivización de lo real, es decir, de la construcción de un conjunto de
valores y símbolos a través del que la realidad es explicada y asimilada por el individuo
mientras que la cultura política consiste en la reproducción de esos valores como mecanismo
para la supervivencia de la propia cultura, pero también del establecimiento de una serie de
patrones de actuación legitimados que van a regular la interacción social en su conjunto.
No obstante, para la tradición marxista, ambos elementos están íntimamente relacionados y las
barreras que se pueden establecer entre ellos son difusas.

3.3 Actitud política


Es una disposición mental, una inclinación, organizada en función de asuntos políticos
particulares que cambian a menudo.
No debe confundirse este concepto, si bien también es una variable intermedia entre una
opinión (comportamiento verbal) y una conducta (comportamiento activo), se diferencia
principalmente en su dimensión causística,se trata de una respuesta a una situación dada,
frente a las pautas consolidadas, arraigadas, menos expuestas a coyunturas y movimientos
específicos por los que atraviesa regularmente una sociedad que representa la cultura política.
La actitud política tiene un componente de cierta estabilidad pero puede ser influenciada
fácilmente por cambios bruscos en la esfera vital de la persona o incluso por injerencias
externas (persuasión…)
Las actitudes políticas son un componente importante de la cultura política, pero ésta no se
reduce a ellas.

3.4 Comportamiento político


Este concepto debe ser igualmente diferenciado del de cultura política y se refiere
principamente a la acción electoral, aunque no únicamente a la misma.
Se refiere a la conducta objetiva que de alguna manera es expresión o cristalización de la
cultura.Y es que la cultura política es un componente básico del juego político porque filtra
percepciones, determina actitudes e influye en las modalidades de la actuación o el
comportamiento político que viene a ser la terminación y máximo exponente visible de la
cultura política en su conjunto, no obstante, la cultura política no es determinante para la
emisión del voto, por ejemplo, pueden darse casos de voto útil donde el comportamiento
político no es acorde completamente a la actitud política del individuo sino que responde a un
criterio económico y racional.
En las democracias, el comportamiento político encuentra su manifestación más clara en las
elecciones donde el ciudadano puede desarrollar una conducta activa de voto o pasiva,
absteniéndose del mismo.

4 El caso español
Un buen número de factores se han concitado en la conformación de la cultura política de los
ciudadanos españoles: dos siglos de historia político - democrática caracterizada más bien por
las discontinuidades y los largos periodos de regímenes autoritarios; una reciente Guerra Civil y
sus repercusiones en la memoria colectiva en tanto división ciudadana; también un largo
régimen autoritario que socializó a los ciudadanos en los valores antidemocráticos, de apatía y
desinterés por la política; un proceso de transición democrática pacífica y moderada llevada a
cabo mediante acumulación de reformas graduales, …
Al analizar las actitudes de los españoles hacia el sistema político se ha de diferenciar entre el
amplio, establey mayoritario apoyo del que goza el sistema democrático (lo que le confiere
unos altos niveles de legitimidad) desde antes incluso de su reinstauración, y el grado de apoyo
o satisfacción hacia su funcionamiento, que no goza de un respaldo semejante.
Las actitudes de los ciudadanos son de desinterés, desconocimiento, apatía y desconfianza;
entienden que no tienen posibilidades reales de influir en el sistema político; que este funciona
al margen de ellos y sin interesarse por sus problemas reales. Por todo ello, consideran que lo
mejor que pueden hacer es dedicarse a sus asuntos privados, no implicándose ni participando
en el proceso político (del que desconocen casi todo) y, piensan, sirve a intereses distintos de
los generales.
Las actitudes que priman entre los españoles (acogiéndose al horrible vicio de generalizar) son
el desinterés, apatía, desafección, baja competencia y eficacia subjeticas, y de cinismo político,
en tanto que legitiman abrumadoramente el sistema democrático en abstracto, pero están
altamente insatisfechos con su funcionamiento cotidiano y efectivo.
La dimensión ideológica es la que mejor define las actitudes políticas de la población española.
En ella, los ciudadanos han dado claras muestras de una moderación poco común en la
tradición política del país. Desde mediados de la década de 1970, los ciudadanos se han
ubicado mayoritariamente en torno a posiciones "del centro" de la escala ideológica (espacio
que goza de alto prestigio, muy influenciado por la acción de UCD y el presidente Adolfo
Suárez), siendo esos posicionamientos estables y constantes en todos los grupos de edad,
ocupación o clase social. La mayor parte del electorado se aleja de los extremos de la escala,
centrándose en la misma. Estas actitudes han provocado que las fuerzas políticas extremistas
apenas hayan logrado respaldo en las urnas. De esta forma, la tendencia de la competencia
entre lso partidos ha sido de carácter centrípeto, evitándose políticas radicales, de conflicto o
confrontación ideológica. Esta moderación también ha llevado a que los españoles optaran por
reformas paulatinas y moderadas progresivas, tanto en lo económico como en lo político y lo
social.
Pero hay determinadas regiones del territorio estatal en las que para entender la articulación de
las actitudes de los ciudadanos hay que atender a otra dimensión: el cleavage centro -
periferia. En Cataluña, País Vasco y, en menor medida, Navarra, Canarias y Galicia, la
cuestión nacionalista tiene una considerable relevancia para la vida política. Al cruzarse esta
línea de fractura con la dimensión ideológica, da lugar a pautas y actitudes políticas bastante
más complejas. Entre otras consecuencias, está la existencia de partidos regionalistas o
nacionalistas en el seno de esas Comunidades.