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La catarsis de Ivo Pogorelich | Cultura | EL PAÍS

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La catarsis de Ivo Pogorelich


El pianista croata toca como si estuviera condenado a revivir sus tragedias personales.
Y el piano fuese su descarga emocional

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PABLO L. RODRÍGUEZ

Zaragoza
- 5 JUN 2018 - 12:38 CEST

El pianista Ivo Pogorelich, ayer durante su recital en Zaragoza.


AUDITORIO DE ZARAGOZA

El actual Ivo Pogorelich (Belgrado, 1958) es el resultado de una reinvención. De


caprichoso Dionisio del piano, en los ochenta, a esa imagen actual de estibador con pelo

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rapado. Casi una deconstrucción que siguió al traumático fallecimiento de cáncer de su


esposa y maestra, dos décadas mayor que él, Aliza Kezeradze, en 1996. Lo reconoció en
el diario alemán Die Welt, diez años después. Esa combinación de exigencia artística y
linaje pianístico, heredero de Liszt y Beethoven, que lo elevó y eclipsó. Pero también ese
tremendo desgarro personal que siguió al relato estremecedor de su final incluido en la
referida entrevista: “Cuando [Aliza] murió, su hígado explotó y en su último beso me cubrió
de sangre negra. Parecía el Fantasma de la Opera. Mi cabello estaba completamente
salpicado. Pero no quise limpiarme. Y, cuando recibí las condolencias, todavía estaba
cubierto de sangre. Todo el mundo lo comprendió. Fue como Jackie Kennedy, cuando no
quiso cambiar su traje manchado con el cerebro de su marido. Supe que había sido feliz
demasiado pronto en la vida, pero ahora debía mantenerme activo. He necesitado mucho
tiempo”.

Quizá el pianista croata (su actual nacionalidad) no haya vuelto a ser


el mismo. Cuesta reconocer hoy a aquel artista insurgente y
MÁS INFORMACIÓN
fascinante. Al músico que ejerció la diferenciación y zarandeó la
tradición pianística precedente. Que realizó grabaciones inolvidables
para Deutsche Grammophon en los ochenta y noventa. Apenas ha
vuelto a grabar desde entonces, aunque no suele faltar en la sala de
conciertos. Va a cumplir sesenta años y está a punto de celebrar su “He sido capaz de
cuarenta aniversario sobre los escenarios. Visita España superar los retos... A
pesar de la fama”
frecuentemente con orquesta o en solitario. En esta ocasión ha
combinado actuaciones con la Sinfónica de Galicia en Coruña,
Madrid y Alicante junto a recitales en Valencia, Granada, Zaragoza,
Alcoy (este martes) y Castellón (este miércoles). Su programa de
recitales para esta temporada 2017/18 es variado e intenso. Se
inicia con la cuarta de las sonatinas progresivas opus 36, de Muzio
Ivo Pogorelich: “Cada
Clementi. Y, nada más comenzar su recital, ayer en Zaragoza, nota de Beethoven
escuchamos las características distintivas del Pogorelich actual: contiene un enigma”
tempo lento y perezoso, fraseo errático unido a lo que queda de
aquella maravillosa articulación, corpórea y precisa, de antaño. En
Clementi prefirió ahorrarnos las repeticiones y dio paso, sin
aplausos, a Haydn.

Arrancó la famosa Sonata en re mayor, Hob. XVI: 37, del compositor de Rohrau, con el
mismo aplomo musical, fastidioso y machacón. Pero en el largo e sostenuto central

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compareció, casi por sorpresa, el Pogorelich mítico del pasado. Hizo suya esa maravillosa
zarabanda haydniana; le añadió incluso una segunda repetición, que no estaba escrita,
pero que resultaba ideal. Diecinueve compases, que duraron casi seis minutos (más del
doble de lo normal), donde elevó ese desolador arcaísmo que casi puede emparentarse
con Bach. Fue un espejismo. Y en el presto final volvimos al Haydn, cortante, afilado y
fatigoso del principio.

La violencia de Clementi y Haydn hacía prever


un Beethoven quizá interesante y diferente. Y
IVO POGORELICH. Obras de Clementi,
escuchamos una versión de la famosa Sonata
Haydn, Beethoven, Chopin, Liszt y
Ravel. XXI Ciclo de Grandes Solistas en fa menor, opus 57, Appassionata, sin carta
Pilar Bayona 2018. Auditorio de de navegación, construida pasaje a pasaje, con
Zaragoza, 4 de junio.
más violencia que pathos, más pedal celeste
que precisión dinámica; mucha sangre y poco
drama. El andante con moto sonó caprichoso
en cada una de sus variaciones. Conectó bien,
eso sí, con el movimiento final, con ese grito inesperado en forma de acorde arpegiado de
séptima disminuida. Pero tampoco estaba la noche para alucinaciones ni torbellinos. Y
Pogorelich se plantó sin el menor atisbo de tensión en la coda final, presto, donde la
carnicería sonora fue apoteósica.

Con Chopin tampoco hubo poesía en la Tercera balada, opus 47. El problema no consistía
en dar veracidad a la opinión de Schumann, que relacionó la obra con Ondina, de Adam
Mickiewicz, como por dar vida a los ambientes musicales que retrata. Y el segundo tema,
elegante y danzable, fue un ejemplo de la capacidad de Pogorelich para retorcer una
melodía con una articulación exagerada y una lentitud excesiva. Con Liszt, Pogorelich
volvió a mostrar más capacidad que imaginación. Tocó los tres Estudios de ejecución
trascendental programados en un orden diferente: abrió con una versión nada fáustica de
Caza salvaje, siguió con un Fuego fatuo sin rastro de elfos y culminó con una
interpretación extrema de Appassionata que fue el mejor de los tres y terminó con una
stretta demoníaca. Un Liszt muy personal, como todo en Pogorelich, pero que cuesta
vincular con la tradición del compositor que dice abanderar.

Y el recital terminó con otra muestra desconcertante de bravura y virtuosismo: La Valse, de


Ravel, en la versión del compositor para piano solo. Otro ejemplo de ese pianismo
hiperbólico que cultiva el croata en su obsesión por hacer sonar su instrumento como una

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gran orquesta. Una versión que estira los tempi, acuchilla las articulaciones, dinamita las
frases y estresa el sonido del piano. Pero donde no hay apoteosis del vals vienés ni puede
reconocerse el programa que incluyó el compositor en la partitura. Pogorelich toca como si
estuviera condenado a revivir sus tragedias personales. Y el piano fuese su catarsis.

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Ivo Pogorelich
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original en el Festival de Granada

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