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CONCIENCIA Y CORAZÓN EN EL

REFRANERO DEL ESPAÑOL1

MANUEL CASADO VELARDE

1. LA LENGUA CORRIENTE Y EL CONOCIMIENTO

A los problemas que plantea la relación entre las lenguas y el cono-


cimiento no fue ajeno, entre otros, Nicolás de Cusa, a quien tantos desve-
los dedicó nuestro querido homenajeado Ángel Luis González. Para el Cu-
sano, los conceptos que caen bajo las palabras mantienen, como manifes-
tación de la unidad del espíritu, una referencia con la palabra natural (vo-
cabulum naturale) cuyo reflejo aparece (relucet) en todas ellas, aun cuan-
do “la imposición del nombre se hace a beneplácito [impositio nominis fit
ad beneplacitum], puesto que es posible imponer otro nombre. Pero, aun-
que sea a beneplácito, el nombre impuesto no resulta distinto y completa-
mente diverso del nombre natural unido a la forma; por el contrario, el
nombre natural […] resplandece en todos los distintos nombres, diversa-
mente impuestos por cualesquiera pueblos” (Nicolás de Cusa, Diálogos

1. La elaboración del presente trabajo se inscribe en el proyecto “El discurso público”


(GRADUN), del Instituto Cultura y Sociedad, Universidad de Navarra.

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MANUEL CASADO VELARDE

del Idiota, Introd. y trad. de Ángel Luis González, Cuadernos de Anuario


Filosófico, 61, 1998, “La mente”, II, pp. 58-64)2.
Con la expresión palabra natural no se refiere Nicolás de Cusa a una
lengua originaria anterior a Babel, a la lengua de Adán. Al contrario, su
punto de partida se sitúa en la imprecisión fundamental de todo saber hu-
mano: todo conocimiento humano es conjetura y opinión (coniectura, opi-
nio). Y esta doctrina la aplica al lenguaje. Ello le permite reconocer la di-
versidad de las lenguas naturales y la aparente arbitrariedad de su vocabu-
lario “sin tener que caer necesariamente en una teoría convencionalista y
en un concepto instrumental del lenguaje. Así como el conocimiento hu-
mano se manifiesta esencialmente «impreciso», es decir, admite un más y
un menos, lo mismo ocurre con el lenguaje humano […]. Todas las deno-
minaciones fácticas son en cierto modo arbitrarias, pero tienen una rela-
ción necesaria con la expresión natural (nomen naturale) que se corres-
ponde con la cosa misma (forma). Toda expresión es atinada (congruum),
pero no todas son precisas (precisum).” (H.-G. Gadamer, Verdad, pp. 523-
524)3.
Es sabido que filósofos de diferentes épocas toman, como punto de
partida para sus reflexiones, el lenguaje común, no especializado, de la
gente corriente, al que consideran portador de un mensaje relativo a la na-
turaleza de la realidad. Pensadores como Platón, Aristóteles, san Agustín,
santo Tomás de Aquino, S. Kierkegaard, J. H. Newman, C. S. Lewis o
J. Pieper enseñan que es preciso recurrir a la lengua viva para descubrir
aspectos esenciales de la realidad4. Sin esta orientación y apertura a lo
real, el pensamiento se tornaría, según Pieper, “ethereal, insubstantial, fan-
tastic” (apud Schumacher, A philosophy, p. 64). “Desde el momento en
que el ser humano conoce algo, le asigna un nombre que expresa, median-
te un signo, la esencia de lo que es percibido: la realidad objetiva del mun-
do se descubre como tal en el nombre. […] Por medio del lenguaje co-
rriente el ser humano expresa profundos aspectos de una realidad precisa,

2. “La idea de que cada palabra de una lengua posee en último término una coincidencia con
las de otras lenguas, en cuanto que todas las lenguas son despliegues de la unidad una del espíritu,
tiene un sentido metodológicamente correcto” (H.-G. GADAMER, Verdad y método, Sígueme,
Salamanca, 1984, p. 523).
3. “Sostengo que el nombre que se impone no es otro que el adecuado, aunque este no sea el
nombre preciso” (NICOLÁS DE CUSA, Diálogos, p. 59).
4. B. N. SCHUMACHER, A philosophy of hope: Josef Pieper and the contemporary debate on
hope, Fordham University Press, New York, 2003, p. 64.

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aun cuando no sea capaz de articular la esencia de ese objeto” (Schuma-


cher 2003: 64).
Por lo que respecta a la investigación acerca del propio lenguaje, di-
versos trabajos sobre léxico y fraseología del español han mostrado de for-
ma fehaciente que las acuñaciones léxicas y fraseológicas (locuciones, fór-
mulas, refranes) populares, de contenido metalingüístico, contienen ver-
dadero conocimiento de aquello que etiquetan o enuncian. El elenco de
trabajos que menciono a continuación trata de lo que podría denominarse
la “lingüística naïve” implícita en la lengua española y su fraseología (Ca-
sado Velarde5, Loureda6, Fernández Bernárdez7, Manero Richard8, Az-
nárez Mauleón9, Olza Moreno)10. Y ponen de manifiesto la verdad de un
principio metodológico del lingüista Eugenio Coseriu11: que la investiga-
ción, en las Ciencias de la cultura (o Humanidades), más que fundarse en
hipótesis, debe partir de “la certeza del agente de las respectivas activida-
des” o, mejor, del
“saber originario de Husserl: aquel saber que el hombre tiene acerca
de sí mismo y de sus actividades libres (y, desde luego, acerca de la
finalidad de estas). De aquí el principio del saber originario, que en la
lingüística es principio del saber intuitivo del hablante […]. En virtud
de este principio, la lingüística es y debe ser traslado del saber intuiti-
vo del hablante al plano de la reflexividad –del saber fundado y justi-
ficado–, transformación de la cognitio clara confusa de Leibniz en

5. M. CASADO VELARDE, “El saber metalingüístico de los hablantes, base de la lingüística”,


en R. GONZÁLEZ RUIZ, M. CASADO VELARDE y M. Á. ESPARZA TORRES (eds.), Discurso, len-
gua y metalenguaje. Balance y perspectivas, Hamburg. Buske. Anejo de Romanistik in Geschichte
und Gegenwart, 15, 2006, pp. 49-62. M. CASADO VELARDE, R. GONZÁLEZ RUIZ y
Ó. LOUREDA LAMAS (eds.), Lo metalingüístico en español, Peter Lang, Fráncfort, 2005.
6. Ó. LOUREDA LAMAS, Los nombres de los tipos de texto. El campo léxico ‘lo que se dice’
en el español actual, EUNSA, Pamplona, 2003.
7. C. FERNÁNDEZ BERNÁRDEZ, Expresiones metalingüísticas con decir, La Coruña, Univer-
sidad, 2002.
8. E. MANERO RICHARD, Perspectivas lingüísticas sobre el refrán. El refranero metalingüís-
tico del español, Peter Lang, Fráncfort, 2011.
9. M. AZNÁREZ MAULEÓN, La fraseología metalingüística con verbos de lengua en españo-
la actual, Peter Lang, Fráncfort, 2006.
10. I. OLZA MORENO, Corporalidad y lenguaje. La fraseología somática metalingüística del
español, Peter Lang, Fráncfort, 2011.
11. “Discurso de investidura” como doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de
Madrid, publicado por B. GARCÍA HERNÁNDEZ y J. POLO, “Noticia necrológica. Eugenio Coseriu
(1921-2002)”, Analecta Malacitana, Universidad de Málaga, XXV, 2, 2002, pp. 821-822.

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cognitio clara distincta et adaequata, de lo que es sólo bekannt en al-


go erkannt (en el sentido de Hegel)”12.
El punto de vista fenomenológico adquiere particular interés cuando
se trata de la investigación humanística: en efecto, “el hombre es ya el ob-
jeto de un saber previo a toda ciencia por el hecho de la conciencia que
tiene de sí mismo y por la manera como se concibe: la ciencia que viene a
sobreañadirse encuentra en él un conocimiento ya presente. […] Aquí el
objeto en cuestión es al mismo tiempo el sujeto”13.
Harkins y Wierzbicka, por ejemplo, al abordar el estudio de esas ex-
periencias tan complejas y tan ligadas a la propia subjetividad como son
las emociones y los sentimientos, afirman que arroja más luz el lenguaje
corriente que la terminología científico-técnica14.

2. LOS REFRANES

Los enunciados fraseológicos que denominamos refranes o paremias


constituyen enunciados tradicionales memorizados (“discurso repetido”,
en terminología de Coseriu), que expresan, en forma condensada y relati-
vamente fija, un contenido sentencioso (experiencia de vida, moralidad)
presentado con valor general, como verdad independiente del locutor (cf.
Manero Richard, Perspectivas…, 99 ss.). No se olvide que, como afirman
categóricamente varios metarrefranes, Cien refranes, cien verdades; Decir
refranes es decir verdades (Manero, Perspectivas…, p. 317).
Es claro que las paremias no ofrecen una formulación estructurada de
un saber determinado, pero contienen experiencia y conocimiento, porque

12. El conocimiento que tenemos por experiencia de nuestras actividades humanas, libres, es
idealmente anterior al “científico”. Es un saber previo que “preordena el mundo de la experiencia
científica objetiva: el saber científico podrá revisar, corregir y hasta negar los datos del conoci-
miento previo, pero éste constituye necesariamente la base de toda investigación” (E. COSERIU,
Teoría del lenguaje y lingüística general, Gredos, Madrid, 1962, p. 142).
13. H.-J. POS, “Phénomenologie et Linguistique”, Revue Internationale de Philosophie, Bru-
selas, I, pp. 354-365, 1938-39, p. 356; la traducción es mía.
14. J. HARKINS y A. WIERZBICKA, Emotions in Crosslinguistic Perspective, Mouton De
Gruyter, Berlin, 2001, p. 11.

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el fin de los hablantes legos no es sistematizar o justificar lo conocido,


sino, precisamente, sólo conocer. Y, a partir de los enunciados paremioló-
gicos, será posible formular una sistematización de lo designado por ellos,
es decir, poner de manifiesto la concepción de los hablantes presente, de
forma más o menos implícita, en el contenido de los refranes. Es lo que
trataré de hacer en lo que sigue.

3. CONCIENCIA Y CORAZÓN EN EL REFRANERO ESPAÑOL

Realizadas las anteriores precisiones, procedo a presentar los refra-


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nes recogidos en el Refranero general ideológico español, compilado
por Luis Martínez Kleiser (Real Academia Española, Madrid, 1953), en
los que aparecen tematizados la conciencia o el corazón16. Prescindo aquí
de cuestiones relativas a la vigencia cronológica, geográfica o estilística
(diafásica) de las paremias, a los rasgos lingüísticos y estructurales, así co-
mo a su posible origen (vinculación más o menos directa con textos de la
Sagrada Escritura o de autores clásicos). Es frecuente que un mismo con-
tenido proposicional aparezca con varias formulaciones expresivas.

3.1. El corazón

Hay dos acepciones, pertinentes en este contexto, en los diccionarios


generales relativas al significado de corazón: a) ‘ánimo o valor’ (No tuvo
corazón para soportar las dificultades); y b) ‘sentimientos’17, en cuanto

15. Las recopilaciones denominadas ‘refraneros’ “constituyen con frecuencia un conjunto he-
terogéneo de expresiones donde pasan por refranes otras unidades paremiológicas, como, por
ejemplo, máximas, adagios o apotegmas” (cf. MANERO RICHARD, Perspectivas…, p. 32).
16. Al lado de cada refrán anoto el número de orden con que aparece recopilado en la citada
obra de referencia, que registra un total de 65083 paremias. A su vez, Martínez Kleiser remite, en
muchos casos, a compilaciones paremiológicas anteriores, que aquí omito.
17. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA y ASALE, Diccionario de la lengua española, 23ª ed.
Versión en línea: http://dle.rae.es/?w=diccionario. En lo sucesivo, DEL2014.

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opuesto a cabeza ‘pensamiento’18 (Es una persona de buen corazón). El


Diccionario de uso del español, de María Moliner19, resulta más explícito
en la descripción del significado: tras la primera acepción (‘órgano central
del aparato circulatorio`), define:
‘ese órgano, considerado como asiento del amor y de los sentimientos
o sensibilidad afectiva: Le entregó su corazón. […] O como fuente de
actos afectivos: Haz sólo lo que te dicte el corazón. También, consi-
derado como fuente de bondad o «buenos sentimientos», o de maldad:
Buen (o mal) corazón. Si no se califica, equivale a «buen corazón»:
Una persona de corazón’.
La profundidad e inescrutabilidad del corazón humano, como también
su carácter imprevisible, concomitante con la libertad, aparece en el refrán
que sigue:
¿Quieres cosa que te asombre? El corazón del hombre (13571).
Algunos refranes hacen referencia a rasgos del corazón conmutables
por vitalidad, lozanía, apertura a lo nuevo:
El corazón siempre es muchacho (3889); El corazón y los ojos,
siempre son mozos (3890).
Además de afirmar la centralidad del corazón como sede del amor20,
responden a aforismos filosóficos tradicionales (Nihil volitum nisi praeco-
gnitum, Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu) paremias
como:
El amor por los ojos entra, y en el corazón se aposenta (3910);
El amor, por los ojos se entra en el corazón (3911).
El refranero sitúa el corazón a un nivel jerárquico superior al de los
sentidos, gobernándolos, y también engañándolos:

18. M. SECO, O. ANDRÉS y G. RAMOS (1999), Diccionario del español actual, Madrid,
Aguilar. En adelante, DEA.
19. Gredos, Madrid, 1998, 2ª ed., s. v. corazón.
20. No este el momento de abordar, ni siquiera de forma sumaria, una descripción del signifi-
cado de la palabra amor. Valga remitir a los cuatro conceptos que distingue C. S. LEWIS en The
four loves (Collins-Fontana Books, London, 1963): afecto, amistad, eros y caridad.

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El corazón manda las carnes (13570); El corazón manda en los


ojos, y les hace trampantojos21 (3912).
El corazón, a diferencia de la cabeza (‘pensamiento, razón’), es intui-
tivo, no discursivo: intuye, presiente. Resulta significativo que Martínez
Kleiser clasifique bajo la etiqueta de “Corazonadas”22 la mayoría de las
paremias en que aparece la voz corazón:
El corazón no habla, mas adivina (13572); El corazón no habla;
mas adivina aunque calla (13573); El corazón es adivino (13574).
Al ser intuitivo, el corazón se sitúa por encima del conocimiento inte-
lectual o racional, siendo por ello más fidedigno que el entendimiento o la
razón:
El corazón es fiel; el entendimiento no lo es (13580); El corazón
nunca se engaña (13582); No hay corazón engañado (13583); El ce-
rebro es embustero; el corazón verdadero (13581).
Las siguientes paremias reafirman lo enunciado por las recién citadas,
y, además, parecen atribuir al corazón propiedades de la conciencia (cf.
infra 3.2):
El corazón, ni engaña ni se engaña (13576); El corazón no mien-
te a ninguno (13575); El corazón nunca es engañador (13577); El co-
razón nunca es traidor (13578).
¿Cómo conciliar el contenido de estas paremias con el del refrán antes
mencionado (El corazón manda en los ojos, y les hace trampantojos,
3912), en el que se afirma, en cambio, que el corazón nos engaña? Se tra-
ta, evidentemente, de una acepción diferente de corazón: en este caso, de
corazón como ‘sede de las pasiones que pueden perturbar el juicio’, según
refleja el enunciado que sigue:
Donde habla la pasión, calla la razón (Manero, Perspectivas,
p. 234).

21. ‘Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.’ (DLE2014).
22. ‘Impulso espontáneo con que alguien se mueve a ejecutar algo arriesgado y difícil. Presen-
timiento’ (DLE2014).

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Pero el propio corazón no representa, para el refranero, el dictamen


inapelable o absoluto, sino que debe atenerse a una instancia externa a él,
que aquí se denomina razón:
Del propio corazón solo es juez la propia razón (12116).

3.2. La conciencia

Varias acepciones de la palabra conciencia, tal como las define el


DLE2014, resultan pertinentes para interpretar la visión que sobre tal cuali-
dad humana se plasma en el refranero:
“1. f. Conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjui-
ciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios. / 2.
f. Sentido moral o ético propios de una persona. Son gentes sin con-
ciencia”.
En varias paremias se designa metafóricamente a la conciencia con el
nombre de alguacil (‘antiguamente, gobernador de una ciudad o comarca,
con jurisdicción civil y criminal’, DLE2014):
Alguacil en vela, la conciencia (12108); Alguacil, alguacil: no
me dejas vivir (12109, incluido bajo el epígrafe temático “Concien-
cia”, como el anterior refrán).
Se trata de una facultad que todo ser humano posee. En uno de los re-
franes se la designa mediante la metáfora de fiscal (‘Persona que averigua
o delata operaciones ajenas’, DLE2014):
No hay nadie sin su alguacil (12107); No hay bueno ni ruin sin
su alguacil (12110); Que bien que mal, no hay quien no tenga su fis-
cal (12113).
La conciencia posee un conocimiento directo, experiencial, intuitivo,
de la propia intimidad de la persona. Quizá el refrán que mejor condense
los diversos atributos que el saber popular asigna a la conciencia sea el
siguiente:
La conciencia es a la vez testigo, fiscal y juez (12120).

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Por este motivo, en lo que se refiere al conocimiento del propio obrar,


A la conciencia nadie la engaña (12119); La conciencia es prue-
ba plena (12122).
Varios refranes, alguno ya citado, atribuyen figuradamente a la con-
ciencia la función que corresponde a un juez:
La conciencia cada día notifica su sentencia (12115).
El refranero tradicional sitúa la conciencia por encima de las faculta-
des intelectuales. Por eso es más digna de estima y consideración que es-
tas. Recuérdese el dictum de Gracián: “Ciencia sin seso, locura doble”.
Cuida más de tu conciencia que de tu inteligencia (12125); Más
vale conciencia que ciencia (12129); Plata es la ciencia y oro la con-
ciencia (12130); Mucha ciencia y poca conciencia, mala ciencia
(12132); Juez sin conciencia, mala sentencia (57909).
Pero también existe el refrán aparentemente contradictorio, aunque
explicable recurriendo al compromiso deontológico de conocer el propio
oficio. Cf. el fraseologismo adverbial a ciencia y conciencia ‘a conciencia,
o con plena conciencia; concienzudamente’ (DFDEA):
No tiene conciencia quien no tiene ciencia (56791).
El refranero expresa de varias formas las desventajas materiales que
puede acarrear a una persona el comportamiento coherente con lo que le
dicta su conciencia:
Buena conciencia, mala despensa (12134); Conciencia pura,
hambre segura (12135); Quien tiene conciencia, tenga hambre y pa-
ciencia (12140); Buena conciencia y ponerse rico, mal me lo explico
(56370).
Por el contrario, la falta de conciencia, o una conciencia relajada o
poco estricta, pueden procurar beneficios materiales:
Ancha conciencia, madre de la opulencia (12147); Conciencia
ancha, la bolsa ensancha (12148); La conciencia del ventero: piérda-
se el alma y gánese el dinero (12152); En materia de dinero, concien-
cia, la de un ventero (11226).

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Aristóteles vinculaba, como es sabido, la falta de vergüenza con la


miseria moral: “Quien no se ruboriza del mal que hace es un miserable”
(Ética a Nicómaco, 4, 9). El refranero relaciona igualmente la falta de con-
ciencia con la desvergüenza y la perversión:
No engendra conciencia quien no tiene vergüenza (12144,
17396); No hay cosa más perversa que la mala conciencia (38267).
Quien tiene buena conciencia, en cambio, está en paz y nada tiene que
temer:
La mejor almohada es la conciencia sana (12155); Ten segura tu
conciencia, y llame el juez a tu puerta (12158).
La conciencia es la voz de Dios para cada uno:
Bien la muerte aguarda quien vive como Dios manda (12159;
Martínez Kleiser incluye este refrán en el apartado que titula “Con-
ciencia tranquila”, p. 135)23.

4. FINAL

Así como el refranero sitúa, metafóricamente, la sede de los (más pro-


fundos) afectos del ser humano en el órgano central del cuerpo que lla-
mamos corazón, la conciencia, en cambio, es ajena a cualquier tipo de so-
matización. Por muy íntima, personal e inalienable que sea esa facultad
humana, aparece siempre metaforizada conceptualmente mediante algo
externo al propio cuerpo: alguacil, testigo, juez, almohada, (mandamiento
de) Dios.
Frente a esta discrepancia de esquema conceptual subyacente, se ha-
brán observado, a lo largo de la precedente exposición, algunas concomi-
tancias en los refranes relativos a la conciencia y al corazón. Por una par-
te, ambos representan instancias que gobiernan (o debieran gobernar) los
sentidos y operaciones humanos. Otro rasgo común se encuentra represen-

23. La locución adverbial en conciencia significa ‘de acuerdo con lo que dicta la conciencia
(facultad de juzgar moralmente los propios actos)’ (DEA).

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tado por el carácter intuitivo, y no racional-discursivo, de las operaciones


que les son propias; operaciones que se sitúan por encima de las del racio-
cinio, y, en cierto modo, contrapuestas a ellas, como se muestra en las
contraposiciones cabeza/corazón, ciencia/conciencia.
En la alternativa acerca de qué debe prevalecer, creo interpretar bien
el refranero si me inclino por la superioridad de la conciencia: eso cabe
deducir, a mi entender, del ya citado refrán
Del propio corazón solo es juez la propia razón (12116).
La conciencia, en efecto, al juzgar la propia interioridad, ha de atener-
se a un principio externo a ella (logos, ratio), principio, eso sí, que solo
ella está legitimada a aplicar, porque De internis, neque Ecclesia.
Vuelvo a lo expuesto al comienzo del presente estudio. Observa C. S.
Lewis, al analizar las diferentes formas que presenta el amor (recuérdese:
afecto, eros, amistad, caridad) y examinar las palabras que nos ofrecen las
diversas lenguas, que “ciertamente, el lenguaje no es una guía infalible,
pero contiene, con todos sus defectos, un gran cúmulo de intuición y expe-
riencia almacenada. Si se empieza por no hacerle caso, él se las arregla pa-
ra vengarse después. Es mejor no imitar a Humpty Dumpty haciendo que
las palabras signifiquen lo que nos dé la gana” (C. S. Lewis, The four lo-
ves, p. 8). En la reflexión humanística, renunciar a lo que representan las
acuñaciones tradicionales de las lenguas –léxico y fraseología– equivale a
quedar prisionero de las ideologías hegemónicas24.

24. “Todo pensamiento que se desarrolla sin un retorno al mundo precientífico [...] queda pri-
sionero de creencias contemporáneas” (A. BLOOM, Gigantes y enanos. Interpretaciones sobre la
historia sociopolítica de Occidente, Gedisa, Barcelona, 1991, p. 231).

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