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EL MISTERIO DE VOLADOR, EL CONEJITO CORREDOR

Volador era un conejito que corría mucho. Volador ganaba todas las carreras. No había liebre, conejo, zorro,
perro, gato o gacela que llegara por delante de él. El secreto de su velocidad era todo un misterio.

Volador vivía en una granja rodeado de otros conejos, además de liebres, gallinas, vacas, caballos, cerdos,
patos, ovejas y algún que otro perro. Allí no hacía nada especial.

El último domingo de cada mes, Volador participaba en una carrera. Cuando se acercaba la competición todos
le animaban, coreando:

-¡Vo-la-dor, Vo-la-dor, Vo-la-dor! ¡Ahhhh!

Entonces, Volador se preparaba y decía:

-Voy a mi hacer mi ritual de preparación. Esperadme aquí en círculo. Daos las patas y concentrar vuestra
energía en el centro. Cuando vuelva la cogeré y estaré preparado para ganar.

Todos los animales de la granja, y también los de las granjas vecinas, se reunían para el ritual mientras
Volador se preparaba aparte. Se sentían importantes por formar parte del secreto de la velocidad de Volador.

Tal fue la fama que adquirió Volador que su dueño le puso una caseta para él solo y empezó a mimarlo más
que a los demás. Gracias a él se estaba haciendo rico. Por eso le preparó un altar a Volador, para que todos
se pusieran a su alrededor a concentrar su energía. A Volador cada vez le costaba más escaparse para
completar su preparación, para la cual necesitaba estar completamente solo.

Pero el granjero empezó a querer más, y decidió apuntar a Volador a más carreras. Volador no quería, pero
no le quedó otra. Así que el ritual del círculo de amigos se repetía todos los domingos.

No contento con eso, el granjero quiso que Volador corriera todos los días. Y justo el primer lunes que el
círculo de amigos estaba reunido para animar a Volador, un vecino llegó e interrumpió el rito:

-¿Qué le das a tu conejo para que corra tanto? -le preguntó al granjero.

-Come hierba y un pienso ecológico maravilloso que fabrican especialmente para él -dijo orgulloso el granjero.

-Pues me da que el secreto de tu conejo no es ni el círculo este que habéis montado ni ese pienso que le das
-dijo el vecino.

-¿Ah, sí? -dijo el granjero-. ¿Conoces su secreto?

-Por supuesto -dijo el granjero-. ¡Tu conejo se come mis zanahorias! Mientras estáis aquí canturreando él va a
mi huerta y se come tres o cuatro zanahorias, cuando cree que nadie le ve, porque estáis aquí todos haciendo
el indio.

-¿Co-co-co-cómo? -preguntó el granjero.

-Este conejo es un ladrón -siguió el vecino-. Al principio apenas me daba cuenta y luego empecé a hacer la
vista gorda. Pero desde que tu conejo corre tan a menudo ya apenas me quedan zanahorias.

El granjero no sabía qué hacer. Entonces, tuvo una idea.

-He ganado mucho dinero con Volador gracias a tus zanahorias. ¡Te compro la huerta!

El vecino le vendió la huerta al granjero y se quedó a trabajar en ella a cambio de un buen sueldo. Así,
Volador tuvo todas las zanahorias que quiso y siguió ganando a todos, pero sin tener que robar a nadie.
EL HONRADO LEÑADOR

Érase una vez un leñador y su hijo que habían salido en busca de


madera para vender, mientras cortaban la leña, apareció un enorme
oso.
─ ¡Papá, un oso! ─ dijo el niño.
─ ¡Corre hijo! ─ gritó el leñador. ─ ¡Debemos escondernos!
Como pudieron, se alejaron del oso, pero al cruzar el puente de un río,
al leñador se le cayó su hacha al agua.
El leñador muy preocupado, comenzó a lamentarse. ─ Ahora sin mi
hacha ¿cómo podré obtener leña para mantener a mi familia?
─ Padre, no debes preocuparte ─ con voz baja dijo su pequeño hijo. ─
Buscaremos la forma de conseguir un hacha nueva.
Al instante, se escuchó una voz que salía del fondo del río. Era una
bella hada que acercándose al leñador le dijo:
─ ¿Por qué estás tan afligido buen hombre?
─ He perdido mi hacha en el río al intentar escapar de un oso. ─
Respondió el leñador.
─ Espera un momento, traeré tu hacha. ─ Le indicó el hada.
Se hundió en la corriente y poco después apareció con un hacha de
oro entre las manos.
─ Toma tu hacha y ahora ve con tu hijo a descansar ─ comentó el
hada.
─ Esa no es mi hacha ─ dijo el leñador.
Por segunda vez se sumergió el hada, para reaparecer después con
otra hacha, pero ahora era de plata.
─ ¿Esta es tu hacha? ─ insistió la bella hada.
─ Tampoco es la mía ─ dijo el afligido leñador.
Por tercera vez el hada buscó bajo el agua. Al reaparecer llevaba un
hacha de hierro.
─ Aquí tienes tu hacha buen hombre ─ le dijo el hada.
─ ¡Oh, esta si es la mía! ¡muchas gracias! ─ agradeciendo aquel
leñador.
El hada sorprendida por su honestidad se le acercó diciendo:
─ Por tu honradez, yo te regalo el hacha de oro y la de plata, has
preferido la pobreza antes que la mentira, por eso te mereces un
premio.

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