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SALVÁTICO POSE, Manuel

Los poderes de organización y dirección del empleador como


institutos metajurídicos
De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos.

JOSÉ HERNÁNDEZ, Martín Fierro

Trabajo producido para la materia Teoría General del Derecho del Trabajo, de
la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Cátedra a cargo del Dr. Luis
Roa

Abstract

¿Es el derecho laboral realmente un derecho para los trabajadores? Dentro del
paradigma que plantea nuestra Constitución, la respuesta parece negativa. Para contestar esa
pregunta analizaré los dos artículos de la ley de contrato de trabajo (arts. 64 y 65) que a mi
entender condensan con magistral sutileza la esencia de la problemática: ¿por qué el
legislador le otorgaría ciertas facultades a una sola de las partes de un modo tan dogmático
como arbitrario, dotándola de un poder que podría resultar opresivo para la otra? La solución
es implícita pero categórica: ninguna de las dos normas presenta los rasgos característicos de
una norma jurídica tradicional. No tienen un antecedente (supuesto de hecho) ni un
consecuente que le corresponda. Así, supuestamente protectorio, el derecho laboral contiene
un precepto heteróclito que se entromete en su discurso delimitando un territorio hostil para el
trabajador. Esto se hace todavía más evidente al observar, en comparación, la coherencia del
derecho civil, enteramente compatible con un derecho constitucional liberal, pues su
propósito es la regulación de relaciones entre iguales; en contraposición, el derecho del
trabajo, fundado en el art. 14 bis de la Constitución, es ajeno a la filosofía libertaria y por esa
razón deviene la necesidad, para las fuerzas socialmente dominantes, de irrumpir con un
recordatorio de su poder. Mi conclusión es que convendría primero igualar antes que legislar
sobre la desigualdad; el derecho del trabajo, incluido en un ordenamiento jurídico liberal, no
hace más que delatarse a sí mismo y aquí se revela su carácter de tramposo.
1. Introducción

El estudioso del derecho parece prescindir del análisis de sus fuentes materiales,
olvidando que su objeto de estudio es “siempre el producto de un determinado orden de
relaciones sociales, el cual, una vez validado institucionalmente, condiciona y regula el acceso
a los bienes desde el punto de vista de quien detenta el poder”.1 Tomo de esta frase los ejes
sobre los que gravitará el presente trabajo:
 el derecho como producto (como emergente y no como substrato);
 el orden social como fenómeno contingente;
 la validación, justificación o legitimación institucional como instancia lógica
previa a la aplicación de los dispositivos normativos;
 el poder como factor condicionante del acceso a los bienes materiales.
Agrego además la necesidad de la construcción de una identidad colectiva, única
forma de realización de los trabajadores como sujeto político.
Estas pautas ordenadoras, aplicadas a nuestra materia, nos plantean un escenario
teórico en el cual el derecho laboral es, como todo derecho, producto emergente de relaciones
sociales signadas por el ejercicio del poder –y mero reflejo de las mismas– y en calidad de tal
su contenido concreta la validación institucional de determinadas prácticas de dominación.
Si en el derecho del trabajo se reconoce, desde su nacimiento formal con la ley
20.744,2 la herramienta más poderosa de defensa en poder de los trabajadores, ¿por qué es el
empleador el elegido por la ley laboral para detentar los poderes de organización y de
dirección (arts. 64 y 65, ley de contrato de trabajo)? En lúcida explicación, Arias Gibert
recuerda que desde la caída del sistema jurídico feudal, “toda obligación personal emerge de
un derecho personal, no existen obligaciones que emerjan de los derechos reales” (art. 497 de
nuestro Código Civil derogado) y que por esa razón “los poderes empresarios se ejercen aun
sin relación con derecho de dominio alguno”.3 El derecho de propiedad no sufre una
transmutación metafísica que permita derivar de él la facultad de apropiarse de la fuerza de
trabajo ajena; en todo caso, sería sólo una condición para ello, puesto que para que exista una

1
HERRERA FLORES (2011: 13).
2
Sin desconocer ni quitar mérito al derrotero legislativo que permitió la plasmación de todo el plexo de
instituciones del derecho laboral en la ley de contrato de trabajo (cf. ROA, Luis, “Irrenunciabilidad de derechos.
Itinerario de un principio general”. Si bien abocado al estudio del principio de irrenunciabilidad, allí se presenta
una reseña circunstanciada de los pasos que debió dar el derecho del trabajo en su camino hacia la ley n.º
20.744).
3
ARIAS GIBERT (2007: 5).
relación de trabajo “es necesario que el sujeto productor (trabajador) esté separado de la
naturaleza a ser trabajada y del instrumento”.4
Entonces, y para resumir, sólo es posible una relación laboral si hay escisión entre el
trabajador y la naturaleza y los instrumentos de trabajo, pero de esta condición de posibilidad
no se sigue necesariamente el derecho de apropiarse de esa fuerza humana escindida. Para
ARIAS GIBERT, la única respuesta es que “los poderes empresarios son la consecuencia de una
decisión política de nivel infraconstitucional que delega en el empleador poderes políticos”,5
señalando la idéntica operación lógica que realiza el materialismo dialéctico, en el cual el
concepto de propiedad también adquiere una preeminencia metafísica que justifica la
titularidad estatal de los medios de producción. En otras palabras, en los países comunistas
(como la ex URSS o China) la propiedad existe y la sola diferencia estriba en la identidad del
sujeto titular, que es el Estado. Este autor propone, desde la teoría crítica del derecho del
trabajo, tratar al concepto de propiedad no como fuerza material de producción sino como
relación de exclusión. ¿Poseo porque poseo o porque me dejan poseer?

2. El poder de organización y el poder de dirección

Suelen reconocerse al empresario tres facultades o poderes jerárquicos: poder


directivo, poder reglamentario y poder disciplinario,6 y se ha intentado buscar un fundamento
a los poderes del empleador según diversas teorías, a saber: la contractualista, la
institucionalista, y la intermedia. Las gloso brevemente tomando de RODRÍGUEZ MANCINI la
descripción de cada una:

Teoría contractualista. Quienes sustentan esta teoría sostienen que las


facultades del empresario surgen del propio contrato laboral, que regula los
derechos y deberes de las partes. En la realidad puede ocurrir que tales
facultades estén reconocidas en la ley o en los convenios colectivos, pero su
aplicación surge del contrato individual, pues mediante éste el trabajador
acepta el poder jerárquico del empleador. […]
Teoría institucionalista (o institucional). […] Legal y Brethe de la
Gressaye afirman que: “la institución (empresa-establecimiento) es una

4
ARIAS GIBERT (2007: 6).
5
ARIAS GIBERT (2007: 6).
6
RODRÍGUEZ MANCINI (2013). La presente y siguientes citas de RODRÍGUEZ MANCINI carecerán de la indicación
de número de página por haberse utilizado para este trabajo la versión digital perteneciente a Thomson Reuters,
disponible en el portal de la Biblioteca Virtual del sitio web de la Facultad de Derecho de la Universidad de
Buenos Aires.
agrupación de personas reunidas en torno de una idea, pudiendo realizar ésta
mediante una organización permanente. Esa asociación tiene sus leyes, que son
los estatutos y el poder que confieren esos estatutos a los órganos de dicha
asociación es un derecho-función —igual que el que tienen los órganos del
Estado—, que se diferencia netamente del derecho-interés que se manifiesta en
las relaciones individuales entre sí”7. […]
b) Opinión del autor. Personalmente me adhiero a la teoría intermedia,
que recepta la complejidad del fundamento de las facultades jerárquicas del
empleador8. Considero que la atribución de tales facultades tiene un
fundamento complejo, por cuanto deriva de tres aspectos fundamentales:
i) de la facultad del empleador de especificar el crédito emergente del
contrato de trabajo;
ii) del carácter de “coordinador y responsable” de la comunidad
laboral del empleador; y,
iii) del reconocimiento que hace el Estado, por estar interesado el bien
común de la sociedad.

He agregado directamente la opinión del autor por resultar ilustrativa de la postura de


Justo López,9 a quien RODRÍGUEZ MANCINI atribuye la elaboración de la teoría intermedia.
Dentro de la potestad directiva se ha advertido a su vez la diferencia ontológica entre
organización y dirección en la empresa: la primera consiste en la gestión sobre el capital
(inversiones, elección de tecnologías, sistemas de captación de clientela, etc.)10 mientras que
la última supone la administración de las formas y modalidades de la prestación del trabajo
humano.11 En tanto la organización surge de la titularidad del capital,12 la dirección se
fundaría no sobre la propiedad de los medios de producción sino sobre 1) el contrato; 2) las
responsabilidades que asume el empleador como jefe de la empresa pues “está encargado de
asegurar la producción, …corre el riesgo de la explotación y debe asegurar el bien común de
los miembros de la empresa” (tesis institucionalista);13 o bien sobre una mixtura conceptual
que reúne elementos contractualistas e institucionalistas.

7
LEGAL, A. y BRETHE DE LA GRESSAYE, J., Le pouvoir disciplinaire dans les institutions privées, París, 1938, p.
47, citado por Ruprecht, “Derecho disciplinario laboral”, p. 133, cit. en RODRÍGUEZ MANCINI (2013).
8
LIVELLARA, C. A., “Derechos y deberes”, en VÁZQUEZ VIALARD, A. (dir.), Tratado de Derecho del
Trabajo, tomo III, p. 626, cit. en RODRÍGUEZ MANCINI (2013).
9
López Justo, "Fundamento del poder disciplinario del empleador", LT, XVI-A, 420., cit. en RODRÍGUEZ
MANCINI (2013).
10
FERNÁNDEZ MADRID (2007b: 1117).
11
FERNÁNDEZ MADRID (2007b: 1147).
12
FERNÁNDEZ MADRID (2007b: 1118).
13
ROUAST y DURAND, “Droit du Travail”, París, 1961, p. 133, cit. en FERNÁNDEZ MADRID (2007b: 1148).
Ahora bien, ¿de dónde se desprende que es el empleador quien necesariamente debe
“especificar el crédito emergente del contrato de trabajo” o de qué premisas surge que él es el
“coordinador y responsable” de la comunidad laboral? Más atendible se muestra la idea del
“reconocimiento que hace el Estado” del poder de dirección. En rigor, si se tratara de un
“reconocimiento”, el Estado vendría simplemente a verificar un supuesto de hecho para
otorgarle regulación legal. Pues bien, no es un reconocimiento sino una verdadera asignación
de facultades que la ley hace en favor de una de las partes de la relación. El mismo autor que
lo afirma, RODRÍGUEZ MANCINI, expresa párrafos más tarde que “[c]ualquiera que sea la
concepción que se tenga sobre la empresa, es innegable que ella representa la existencia de
una organización de elementos humanos, espirituales y materiales, que requiere la existencia
de una autoridad que le imprima un orden y una dirección para el logro de sus fines
específicos”, hipótesis a la que debo adherir sin vacilación alguna, pero preguntándome si es
la ley la que indica quién debe ejercer el rol de la autoridad e investigando, en su defecto, de
dónde se desprende que deba ser el empleador quien lo haga.

2.1. La estructura de la norma

Art. 64, L.C.T. Facultad de organización. El empleador tiene facultades suficientes


para organizar económica y técnicamente la empresa, explotación o establecimiento.
Art. 65, L.C.T. Facultad de dirección. Las facultades de dirección que asisten al
empleador deberán ejercitarse con carácter funcional, atendiendo a los fines de la empresa, a
las exigencias de la producción, sin perjuicio de la preservación y mejora de los derechos
personales y patrimoniales del trabajador.

Juan Pablo ALONSO se pregunta: “¿[q]ué es una norma jurídica? ¿Cómo distinguimos
una norma jurídica de una norma no jurídica?”14 y luego de admitir la variedad tipológica de
normas, indica que son “normas en sentido estricto” aquellos enunciados “que suponen el uso
prescriptivo del lenguaje; esto es, aquel lenguaje cuyo propósito no se vincula con ‘informar’
o ‘aseverar’, sino con la pretensión de influir en la conducta de terceros mediante expresiones
del tipo ‘debes tomar la sopa’, o ‘está prohibido fumar en la sala de audiencias’”,15
formulaciones que presentan la estructura de un silogismo hipotético con tres propiedades
claramente diferenciadas: 1) la condición de aplicación, 2) el carácter (obligatorio, prohibido,

14
ALONSO (2006: 20).
15
ALONSO (2006: 25).
permitido) y 3) el contenido normativo o acción deónticamente caracterizada. El ejemplo más
prístino se encuentra en el art. 79 de nuestro Código Penal: ante la comisión de un homicidio
(condición de aplicación), es obligatorio (carácter) imponer una sanción de 8 a 25 años
(contenido normativo). Excede amplísimamente el marco de este trabajo analizar las distintas
conceptualizaciones de normas jurídicas –no viene al caso y además, pertenece a la rama de la
lógica deóntica–; por ello me limitaré a poner relieve que las disposiciones que me ocupan
ahora –el poder de organización y el de dirección– no ostentan a priori estos tres
componentes de una norma jurídica en sentido estricto. ¿Son normas que confieren poderes?
¿Son principios? ¿Son normas que consagran un principio? Repasemos:
La primera de ellas, el art. 64 de la L.C.T., dice que el empleador “tiene facultades
suficientes” para... El carácter deóntico de la acción no es el permiso o la facultad; ni siquiera
hay una acción expresamente permitida. ALCHOURRÓN y BULYGIN postulan que para saber si
cierta acción es obligatoria o no, facultativa o no, debemos previamente delimitar el Universo
de Discurso, vale decir, “el conjunto de todos los elementos (estados de cosas) identificados
por una determinada propiedad”.16 Así como al preguntarnos “¿en qué circunstancia el juez
está obligado a aplicar una sanción de entre 8 y 25 años de prisión?” la respuesta es
“homicidio”, en nuestro caso debemos decir “¿en qué circunstancia el empleador tiene
«facultades suficientes»?”. Esperaríamos descubrir entonces una condición fáctica que, unida
por un operador deóntico (obligatorio, prohibido, permitido), terminaría de cerrar nuestra
norma, pero sin embargo nos encontramos con un supuesto de hecho tan enorme como
básico: “organizar económica y técnicamente la empresa”. Contamos con una disposición o
formulación normativa –la letra de la ley, mera expresión lingüística– que, pasada por la
actividad intelectiva de la interpretación, resultará en una norma jurídica con contenido
significativo tras analizar sus propiedades constituyentes. Esta norma jurídica acabará
formulada de la siguiente manera: “dado el supuesto de hecho de la ‘organización económica
y técnica de la empresa’ el empleador ‘tendrá facultades suficientes’ –y completamos– para
gestionar los recursos de capital”. Más allá de que no nos detengamos en el concepto de
“suficiencia”, oscuro como él solo en la L.C.T., lo cierto es que nuestra norma carece de un
operador deóntico, ya que el verbo “tener” no otorga un carácter determinado a una acción
determinada, y “facultades” no implica permiso puesto que no hay una venia legislativa para
organizar económica y técnicamente la empresa, configuradas determinadas circunstancias de
hecho. El empleador dispone, llanamente, de todos los recursos, poderes y actos que le fueren

16
ALCHOURRÓN y BULYGIN (2012: 15).
menester para mandar en su establecimiento porque, afirmémoslo, la facultad de organización
también tiene incidencia sobre el trabajo humano, no sólo por la irrupción de las nuevas
formas de organización del trabajo y la tecnificación sino porque intrínsecamente administrar
el capital repercute en la organización de las fuerzas de trabajo.
La misma operación podemos efectuar con el art. 65 de la L.C.T. obteniendo
resultados aún más sorprendentes. La norma no regula los poderes de dirección, sino la
medida de su ejercicio. Si en el art. 64 no tenemos una acción expresamente obligatoria,
prohibida o permitida, aquí el escenario es peor porque no hay siquiera un verbo, como ocurre
con la facultad de organización (“tendrá”). La ley se limita a recordarnos –como si hiciera
falta– que al empresario le “asisten” facultades, dando por sentado que ya las tiene y de esa
manera reconociendo y legitimando una situación de hecho. Pero, ¿cuáles son esas
facultades? ¿No debería haber una enumeración taxativa? Si la norma dijera “al empleador le
asisten todas las facultades suficientes para dirigir…” estaríamos, con todo, ante un enunciado
más claro. Pero a la ley no le importó, en este caso, regular lo que ya ocurría en la práctica –
repito: ¿qué falta hacía?–; se sobreentiende que el empleador está asistido por esos poderes de
mando; es de su esencia como sujeto de la peculiar relación de trabajo.

3. El derecho como emergente y no como substrato

Prometí abordar el derecho como producto del entramado de relaciones sociales y


hasta ahora sólo analicé normas. Honraré entonces esa premisa para intentar comprender con
qué contexto material la ley dialoga.
Todo orden social es siempre contingente. Cuando miremos la fotografía de un
momento histórico determinado, cuando apreciemos el estado de cosas, hallaremos un relato
que tratará de convencernos de que el orden percibido es natural, racional, necesario, y eterno.
Pero las cosas
siempre podrían ser diferentes, y todo orden se afirma sobre la exclusión de
otras posibilidades. Cualquier orden es siempre la expresión de una determinada
configuración de relaciones de poder. Lo que en un determinado momento se acepta
como “natural”, junto con el sentido común que lo acompaña, es el resultado de
prácticas hegemónicas sedimentadas. Nunca es la manifestación de una objetividad
más profunda, ajena a las prácticas que le dieron origen. 17

17
MOUFFE (2014: 22).
Eso es lo que la teoría política liberal intentará hacernos creer, contándonos una
historia en la que en el principio, las pasiones dominaban a los hombres y reinaba la violencia,
hasta que un buen día hubo un gran consenso universal basado en la razón que permitió aunar
las diferencias en una masa homogénea que, si bien luce en su interior un abigarrado catálogo
de perspectivas disímiles, es armoniosa por el mero hecho de haber juntado esa multiplicidad
de valores en su interior. No hay ejercicio del poder sino imperio de la razón. Pero es
precisamente la fundación de ese imperio el más grande acto de poder habido en la historia.
Hay una ceguera histórica que han compartido tanto los fascistas como los
socialdemócratas –y desde ya, los liberales– que consiste en percibir la historia como una
concatenación de acontecimientos tendientes a la concreción irrefrenable del progreso. Se
ignora que el pasado es la historia de una expoliación constante, “catástrofe única, que
acumula sin cesar ruina sobre ruina”.18 El Angelus Novus de Paul Klee, utilizado por
BENJAMIN para ilustrar la historia, no ve en el pasado la construcción del bien “común” en un
continuum desplegado de forma lineal sino tan sólo las ruinas de un proceso sistemático y
deliberado de despojamiento. El derecho como producto histórico está, en este sentido,
construido sobre los restos de los vencidos.
Tesoro que, como todo bien cultural burgués, es portado por los vencedores como
botín en un “cortejo triunfal” sobre los que “yacen en tierra”,19 todo producto de la cultura
burguesa –dígase “el arte”, “la familia”, “la propiedad privada”, “la ley”– está construido
sobre ruinas. BENJAMIN dirá que tal patrimonio “debe su origen no sólo a la fatiga de los
grandes genios que lo han creado, sino también a la esclavitud sin nombre de sus
contemporáneos. No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de
barbarie”.20 Esa verdad es peligrosa; primero, por ser verdad, y segundo, porque el derecho no
es una pieza más que emerge de las relaciones sociales en la sociedad burguesa sino una
institución que “garantiza una determinada forma de acceder a los bienes que satisfacen
necesidades”,21 realizada en un contexto enteramente material. Nada nuevo bajo el sol: como
apunta HERRERA FLORES, un sistema hegemónico de valores ha sido creado como un conjunto
de preferencias sociales y éticas que tienden a ser propuestas ideológicamente como

18
BENJAMIN (1971: 82).
19
BENJAMIN (1973: 181).
20
BENJAMIN (1971: 81). En el fallo “Berçaitz” (1974) la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha expresado
que “la justicia en su más alta expresión” es “la justicia social, cuyo contenido actual consiste en ordenar la
actividad intersubjetiva de los miembros de la comunidad y los recursos con que ésta cuenta con vistas a lograr
que todos y cada uno de sus miembros participen de los bienes materiales y espirituales de la civilización”.
Acaso sea judicial la vía para la concreción del acceso de los despojados a aquello que la “civilización” ha
creado y transmite de poseedor en poseedor.
21
HERRERA FLORES (2011: 18).
universales a través de la imposición y reproducción de las posiciones que ocupamos en los
sistemas de división del trabajo.
La victoria que estoy refiriendo no es sólo un triunfo en las armas. Ha convertido ya
no al trabajador, sino al ciudadano común, en un espectador, en público de los experimentos
de una ciencia jurídica que, como espectáculo, nos regala los artículos 64 y 65 de la ley de
contrato de trabajo, entre otros dispositivos jurídicos tendientes a hacer de la parte vulnerable
de la relación no una persona sujeto –semánticamente sustantivo– de derecho, sino un sujeto –
semánticamente adjetivo– al derecho.

3.1. La dimensión antagónica de las sociedades humanas

¿Qué es el “antagonismo”? Según MOUFFE es aquella dimensión que “impide la plena


totalización de la sociedad y excluye la posibilidad de una sociedad más allá de la división y
el poder”;
significa reconocer la naturaleza “hegemónica” de todo tipo de orden social
y concebir a la sociedad como el producto de una serie de prácticas cuyo objetivo es
establecer orden en un contexto de contingencia. Denominamos “prácticas
hegemónicas” a las prácticas de articulación mediante las cuales se crea un
determinado orden y se fija el significado de las instituciones sociales.22

¿Es la Constitución Nacional el resultado de esas “prácticas hegemónicas”? Desde


luego, y sin ninguna duda, es la máxima expresión de la fijación de significado de
instituciones sociales. La institución jurídica, como institución social, es una “unidad de
comparación” y la tarea de delimitarla consiste en “la individualización en la ley del conjunto
conceptual u orgánico mínimo inescindible”.23 Consecuentemente, el conjunto de dispositivos
jurídicos que nuestra ley suprema consagra en su parte dogmática es la cristalización del
imaginario político y económico de una época histórica determinada en una unidad de sentido
preparada para ser operativa. Así, “filiada como una carta fundamental basada en ideas y
postulados del capitalismo decimonónico e inspirada en una concepción liberal
individualista”, “traduce, como las constituciones republicanas y conservadoras del siglo
pasado –por el siglo XIX– los principios existentes en la Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano de 1789”.24 Nótese que nuestra Revolución de Mayo recoge el

22
MOUFFE (2014: 21-22).
23
GOLDÍN (1991: 10).
24
FERNÁNDEZ MADRID (2007a: 349).
pensamiento filosófico de la Revolución Francesa. Una aseveración tan obvia como esta deja
de ser tal cuando reparamos en que, en los albores de un nuevo milenio, ya hemos dejado
largamente atrás la lucha contra el Ancien Régime. En razón de lo cual FERNÁNDEZ MADRID,
invocando a DE VERGOTTINI, afirmara que la jurisprudencia “correctora y adecuadora” del
derecho de propiedad ha logrado conciliar el principio del Estado liberal de derecho con los
intereses colectivos del Estado social de derecho. Toca en turno, pues, preguntarnos si es
posible la mentada “conciliación”.
La expresión –o “fórmula”, en los términos de MEIL LANDWERLIN– «Estado social de
Derecho» “no aparece como tal hasta el turbulento período de la República de Weimar” de la
mano de Hermann Heller, como “oposición a la visión liberal, considerada de forma
generalizada como caduca, y frente a formulaciones totalitarias del Estado, fueran de origen
nacionalsocialista o bolchevique”.25 El autor contrapone dos visiones del ESD: mientras que
Abendroth asocia el contenido de la fórmula a las reivindicaciones obreras del siglo XIX,
“asociando con ello el carácter social de la estatalidad al derecho al trabajo”, Forsthoff
“enlaza la idea social con la máxima revolucionaria de la fraternité que, aparecida en la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, desaparece durante todo el siglo
XIX, al no constituir ningún derecho positivo”.26
Sí, es cierto. De la tríada de los revolucionarios franceses parecen habernos quedado
sólo la libertad y la igualdad, entendidas como núcleo filosófico duro de la oposición a la
dominación monárquica, con la fraternidad como ingrediente homogeneizador de esa disputa.
Habrá que esperar a que la burguesía logre sus cometidos políticos e instale hegemónicamente
su paradigma material e intelectual para que una nueva clase social intente dotar a esas tres
palabras de nuevos significados.
¿Cómo, entonces, no será antagónica la sanción de un texto constitucional, si por
definición intentará totalizar lo intotalizable y echar por tierra las divisiones y el poder?
¿Cómo, si es precisamente mediante el ejercicio del poder que se intenta plasmar la idea de
que entre hombres, las relaciones de poder no existen dado que ya no hay títulos de nobleza?
Una Constitución Nacional es el proyecto de país de los vencedores, una suerte de
capitulación que impone condiciones a los vencidos en la lucha social. En tanto Kelsen reduce
el Estado hasta identificarlo con el Derecho y Schmitt reduce la Constitución a un acto de
decisión absoluto de la unidad política –posturas positivistas–, “Heller introduce el adjetivo
social en la fórmula originaria de Estado de Derecho para hacer valer su contenido original,

25
MEIL LANDWERLIN (1984: 211).
26
MEIL LANDWERLIN (1984: 212).
esto es, recuperar los valores a los que estaba asociada la fórmula cuando sirvió de arma en la
lucha contra el absolutismo”.27
Si bien como juristas –y menos aún como abogados– no podemos dejar de ser
positivistas, “lo político”, al decir de MOUFFE, no puede ser erradicado y la doctrina liberal
tradicional ha demostrado ser incapaz de resolver la tensión inmanente de toda relación social.
En este sentido, digo que “lo político” prevalece sobre lo jurídicamente positivizado y la
oposición entre Estado de Derecho y Estado social de Derecho es fiel demostración de la
necesidad de reformular no sólo las instituciones sino también las prácticas institucionales.
Esta autora propone una transición del “antagonismo” al “agonismo”, redefiniendo el rol que
tiene el otro pasando de enemigo a adversario, tratándolo como “el oponente con quien se
comparte una lealtad común hacia los principios democráticos de ‘libertad e igualdad para
todos’, aunque discrepando en lo relativo a su intepretación”.28
La referida conciliación entre ED y ESD tendrá su partida más difícil cuando, como
constructores de un nuevo orden, o por lo menos de una nueva interpretación, nos topemos
con un hecho incontrastable de la realidad: las principales instituciones de nuestra sociedad no
son democráticas. La familia, la escuela, la empresa, presentan en sus cúpulas líderes que
ninguno de los administrados en su seno ha elegido y su funcionamiento depende de la
aceptación, por parte de los dominados, de las condiciones de la dominación. Si “[t]oda
sociedad requiere la creación de consensos básicos para preservar las formas de dominación
en ella existentes”,29 función desempeñada por la ideología, deberemos buscar si existe
consistencia entre el discurso jurídico laboral y nuestro discurso jurídico constitutivo, la
Constitución Nacional.

4. ¿Destrucción y posterior construcción, o deconstrucción?

4.1. La teoría crítica

La teoría crítica del derecho del trabajo reconoce como uno de sus elementos
constitutivos la construcción de un discurso jurídico laboral consistente con los principios
jurídicos constitucionales,30 sin desconocer que la Constitución es también “discurso
ideológico”. ARIAS GIBERT afirma que la pretendida especialidad del derecho del trabajo ha

27
MEIL LANDWERLIN (1984: 213).
28
MOUFFE (2014: 26).
29
ARIAS GIBERT (2007: 3).
30
ARIAS GIBERT (2007: 7).
existido con un único imperativo: “excluir a las relaciones de trabajo de los límites que al
poder le impone el derecho”.31 A este respecto formularé algunas observaciones:
1) Si como discurso ideológico el discurso jurídico “constituye el elemento esencial
sobre el que se asienta la hegemonía”, construir un discurso jurídico laboral
consistente con los principios jurídicos constitucionales implica una nueva
reproducción de la alienación existente entre el trabajador y a) la naturaleza; b) el
instrumento que la modifica.
2) En el seno mismo de la Constitución tenemos una consistencia flagrante: los
artículos 14 bis y 17, igualados en jerarquía normativa y lógica, son la cabal
muestra de que tenemos un derecho que legitima relaciones sociales de
dominación. El art. 14 bis, surgido cronológicamente después que el 17, vino a
formar parte de un texto constitucional que filosóficamente le repugna. Si una
teoría crítica no puede prescindir de los movimientos históricos dados en un
espacio y tiempo determinados, tampoco puede permitir la fundación de un
derecho del trabajo sobre una norma que fue colocada en el mismo plano lógico y
normativo que esa otra norma sobre la cual se funda todo el “otro” derecho, el de
propiedad, estructurado sobre nuestro tradicional derecho civil rector de relaciones
entre iguales. En tal sentido, deviene estéril todo esfuerzo en propugnar una teoría
que quite al derecho del trabajo su carácter excepcional tanto como proponer una
teoría en sí del derecho del trabajo, e incluso aceptar sin más la existencia misma
de un derecho del trabajo.
3) El derecho del trabajo es, o no, excepcional: esta discusión importa menos que la
disputa de clase por la modificación del sistema de acumulación. Si hay un
derecho del trabajo configurado como tal –es decir, legislado para regular las
relaciones entre empleador(es) y empleado(s)–, será inicuo por naturaleza y la
aplicación de sus dispositivos supone la validación, justificación y/o legitimación
institucional como necesaria instancia lógica previa.
Entonces, no sabemos si convendrá realizar una modificación de los aspectos
individualistas de la Constitución original mediante una orientación intervencionista,32 porque
lo estaremos haciendo dentro del marco de las instituciones del viejo Estado liberal.
Excediendo estas disquisiciones los límites del presente análisis, y abocado como estoy al
estudio de los poderes de organización y dirección, concluiré que el derecho del trabajo no es

31
ARIAS GIBERT (2007: 5).
32
FERNÁNDEZ MADRID (2007a: 345).
necesariamente el mejor lugar en el que el trabajador pueda defenderse, toda vez que los
ataques del poder económico y empresario no se dirigirán al derecho civil o comercial sino al
laboral, por el solo hecho de ser éste el suelo sobre el que miden fuerzas empresa y trabajador.
Quizás le resulte más útil al obrero refugiarse en un sinnúmero de disposiciones diseminadas
por el ordenamiento jurídico en lugar de crear una fortaleza que, destinada a defenderse, sólo
pueda hacer eso: defenderse; también podrá optar por ampararse en un instituto tal como el
abuso del derecho, o por citar otro claro ejemplo de cómo el derecho civil es en ocasiones
mejor arma para el trabajador, basta con mencionar la siempre tan enérgicamente cuestionada
vía civil para reclamar indemnizaciones por infortunios en el trabajo.

4.2. Poder y resistencia en la era de la posverdad

Dijimos que todo orden intentará pasar por normal e inmutable, porque la gran función
del poder es la normalización. Foucault ha aportado a la filosofía una aguda mirada sobre el
concepto: el poder ya no sólo castiga, sino que normaliza. A su vez, donde hay poder hay
resistencia:33 el poder necesita ejercerse sobre una resistencia que él mismo construye. El
poder económico y empresario, como objeto de estudio aquí, y en particular los poderes de
organización y dirección con que cuenta el empleador, tienen resistencias, tienen límites. Pero
la gran advertencia que debemos hacernos como estudiosos del derecho del trabajo es que a
una realidad normalizada por el poder le corresponde una resistencia igualmente normalizada.
El derecho del trabajo, como resistencia, parte para su realización desde los mismos
dispositivos que el poder ha inventado para reproducirse. Estos dispositivos disponen modelos
de pensamiento que el poder desea que recreemos. El jurista laboralista es un enemigo que el
poder necesita tener, porque al poder del actual paradigma le sirve, le resulta funcional una
posición contrapuesta hecha a su justa medida. Podemos recordar la posición anarquista o
ludista, cuya praxis consistía en la destrucción. La comunista era aun más conveniente,
porque quería simplemente sustituir el titular del derecho de propiedad.
Larga data tienen las discusiones sobre praxis revolucionaria. Al punto se ha
preguntado BENJAMIN si basta con que los trabajadores lean los textos de Marx para dar
marcha a una revolución, porque se corre el riesgo de producir conciencia de clase, mas no
conciencia revolucionaria, praxis sindical sin praxis revolucionaria, descripción crítica de la

33
FOUCAULT (2002: 115).
realidad sin acción para transformarla.34 No podemos pensar hoy, luego de la disolución de la
Unión Soviética, en un mundo socialista.
En un escenario de posverdad, entendiéndose por ella la primacía de las opiniones y
deseos públicos por sobre la verdad de los hechos, la realidad nos instala categorías y criterios
que son contingentes pero pasan por necesarios. Mejor lo ilustra el siguiente pasaje:

Real es aquello que un número lo suficientemente amplio de


personas ha acordado designar como real. Este hecho es habitualmente
olvidado y la mencionada definición, fruto del consenso, resulta reificada,
siendo eventualmente experimentada como la realidad objetiva. 35

No se sabe qué es lo real: entonces sólo queda poner en cuestión cada una de las
construcciones con que nos encontremos, deconstruir, desagregar, cuestionar los límites. En
tanto a la resistencia que se enfrenta al poder le corresponden sus mismas características y
adjetivos, se tratará de una resistencia normalizadora; por lo tanto, para ser realmente efectiva
necesitará ser anómala en el más etimológico sentido del término. Precisamente, si hablamos
de límites normalizados, debemos tomarlos con pinzas y someterlos a un “continuo
desplazamiento” que dificulte “la posibilidad de pensar en la unidad de sentido”.36 “Hoy ser
de izquierda es ser deconstruccionista”, plantea no sin razón Darío Sztajnszrajber,37 de quien
he tomado algunas ideas para acercarme al concepto de posverdad.
Muchas veces olvidamos que los juristas trabajamos sobre conflicto. Al trabajar con
personas que experimentan conflictos, esa es nuestra materia de trabajo. Siendo prácticamente
imposible imaginar un tejido de relaciones sociales carente de conflictos, debemos
comprender que la conflictividad es inherente al ser humano en el sentido de que éste no
realiza solamente “conductas independientes” que son “concebidas y resueltas sin tomar en
cuenta las conductas de los demás integrantes del grupo”.38 Por ende, lo más democrático –y a
la vez, lo más práctico y conveniente en aras de la solución del problema– será admitir que
“lo importante es que el conflicto no adopte la forma de un «antagonismo» (una lucha entre
enemigos) sino la forma de un «agonismo» (una lucha entre adversarios)”,39 tal como
proponíamos ut supra. En el ámbito del derecho del trabajo, imaginar dispositivos técnicos

34
BUCK-MORSS (2014: 15).
35
CARAM (2013: 320).
36
CARAM (2013: 318).
37
FRIERA, S. (2018).
38
ENTELMAN (2002: 46-47).
39
MOUFFE (2014: 26).
que funcionen como límite implica reconocer la virtualidad de una práctica colectiva que
necesita un sujeto colectivo con una identidad definida, en vista de que el conflicto se funda
sobre la diferencia, más si analizamos los conflictos que involucran a una determinada clase
de personas cuya pertenencia a esa clase está dada por su posición en una relación de
producción. Esta identidad, que el pluralismo liberal intenta desfigurar para licuar las
diferencias, es el supuesto de base del que partiremos para resolver la cuestión de la
participación de los trabajadores en la dirección de la empresa.

4.3. La identidad

Hablamos en este ensayo de la construcción de un discurso jurídico laboral que fuera


consistente con los postulados de la Constitución. Seguidamente, estudiamos la Constitución
como práctica discursiva que instaura una cosmovisión política, social y económica
contingente, al cual la persona o colectivos de personas están sujetos. Analizaremos ahora
esta noción.
Foucault afirma que el sujeto –y me permito agregar: el sujeto que se identifica a sí
mismo como partícipe de una cosmovisión y un paradigma cultural determinados– es
producto de prácticas enunciativas específicas40 que se dan dentro de un ámbito institucional
específico. Estas posiciones subjetivas a las cuales los sujetos adhieren temporariamente son
construidas por los discursos a través de sus reglas de formación y modalidades de la
enunciación,41 y a su vez el discurso está atravesado por relaciones de poder que
necesariamente estimulan procedimientos de exclusión. ¿Cómo construye entonces la L.C.T.
los sujetos a los que se aplica, en lo atinente a los poderes de organización y dirección? Ya lo
vimos: da por sentada la preeminencia de un sujeto, el empleador, mientras que el sujeto
“empleado” es rehén del texto de los artículos 64 y 65. De esta forma, el enunciado propio del
discurso jurídico laboral, a través de una forma de decir, legitima el ejercicio del poder en la
relación.
Como forma más acabada en la que “lo político” cobra vida, la relación social en la
que una parte se apropia de la fuerza de trabajo de la otra se relaciona con las formas
colectivas de identificación, ya que en este campo siempre estamos lidiando con la formación
de un “nosotros” en oposición a un “ellos”. La doctrina liberal no puede, sin dejar de ser
liberal, aprehender la objetividad como inherente a las cosas mismas. “No puede reconocer

40
FOUCAULT, M. (1992). El orden del discurso. Buenos Aires, Tusquets., cit. en SPERA (2014: 32).
41
SPERA (2014: 32).
que sólo puede haber una identidad cuando es construida como diferencia, y que toda
objetividad social se constituye mediante actos de poder. Lo que se niega a admitir es que
toda forma de objetividad es finalmente política y que debe cargar con los rastros de los actos
de exclusión que dominan su constitución”.42
Recapitulando: 1) si un discurso determinado –el que aquí nos ocupa, el discurso
jurídico laboral– está recorrido por relaciones de poder intrínsecas al sistema; 2) las relaciones
de poder provocan exclusión; y 3) este discurso produce identidades a partir de una diferencia
con el otro (pues no hay otra manera de identificarse)... ¿entonces cómo debería actuar el
trabajador, sabiendo que la identidad necesariamente implica un “acto de exclusión” y el
“consiguiente establecimiento de una violenta jerarquización de las polaridades
resultantes”?43 Es aquí donde se evidencia su real desafío: si la identidad se construye dentro
de un conjunto de prácticas enunciativas determinadas, tanto el empleado, como el dirigente
sindical, como el abogado que los asesore, no pueden prescindir de la idea de que su actividad
discursiva se desarrolla en el seno de instituciones creadas histórica, y por ende,
contingentemente. Todo ello sólo adquiere relevancia, claro está, al pasar al campo de la
praxis política, y para el trabajador no hay mayor espacio para el ejercicio de la política que la
participación en la dirección de la empresa.

4.4. Los consejos de empresa

Reparemos en uno de los límites a los poderes del empleador.


Art. 68, L.C.T. Modalidades de su ejercicio. El empleador, en todos los casos,
deberá ejercitar las facultades que le están conferidas en los artículos anteriores, así como la
de disponer suspensiones por razones económicas, en los límites y con arreglo a las
condiciones fijadas por la ley, los estatutos profesionales, las convenciones colectivas de
trabajo, los consejos de empresa y, si los hubiere, los reglamentos internos que éstos dictaren.
Siempre se cuidará de satisfacer las exigencias de la organización del trabajo en la empresa y
el respeto debido a la dignidad del trabajador y sus derechos patrimoniales, excluyendo toda
forma de abuso del derecho.

42
MOUFFE (2014: 26).
43
DERRIDA, J. (1989). “La différance”. En DERRIDA, J., Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, cit. en SPERA
(2014: 8).
Los consejos de empresa, práctica que no echó raíces en nuestro país, son una de las
instituciones más democráticas y legítimas que tienen los trabajadores para hacer valer su voz
y voto en punto a la gestión del trabajo humano. La norma transcripta no sólo los incluye sino
que los faculta, indirectamente –si la L.C.T. faculta, como demostramos, de forma indirecta al
empleador para organizar y dirigir, puede hacer lo propio con los consejos de empresa– a
dictar reglamentos internos, haciendo especial énfasis en el cuidado de la organización del
trabajo en la empresa.
Generalmente constituidos por representantes de la empresa y los trabajadores, y con
la presencia de un coordinador cuyo rol es el de enlace entre ambas partes puesto
deliberadamente para cumplir esa función, los consejos de empresa son ámbitos paritarios de
discusión que funcionan dentro de la empresa, pensados para el ejercicio del poder de
dirección en una instancia igualitaria.
La L.C.T., con la inclusión de esta disposición, “se ha pronunciado por la tendencia
moderna de democratizar las facultades jerárquicas”.44 VÁZQUEZ VIALARD45 inscribe la
participación en la dirección dentro de la llamada “participación funcional”, y esta última
dentro de los “modos de colaboración” de los trabajadores en la empresa (distinguiendo la
“funcional” de la participación en las ganancias). Reconoce tres niveles de participación
funcional:
1) La participación en la dirección propiamente dicha. Tiene tres modalidades: a)
sólo en el plano de la información; b) consultiva; y c) decisión.
2) Cogestión. El autor le otorga el carácter de nivel más desarrollado dentro de la
participación funcional, en tanto la representación de los trabajadores tiene
intervención en el órgano de decisión de la empresa: a) en minoría (con algunos
directores “obreros”), o b) en igualdad de condiciones con los representantes del
capital, con quienes integran el directorio (a veces, para “desempatar”, se lo
completa con una persona de prestigio público designada por los demás miembros,
como el caso alemán, sobre todo en la industria del carbón y del acero).
3) Autogestión. En este supuesto desaparece el propietario de los bienes; la dirección
queda a cargo de los propios trabajadores. La cooperativa de trabajo constituye un
ejemplo típico de autogestión que comprende la propiedad de los bienes de
producción.

44
RODRÍGUEZ MANCINI (2013).
45
VÁZQUEZ VIALARD (1999: 8-9).
Hago hincapié en la cogestión como estadio máximo de presencia de los trabajadores
en la dirección de la empresa, instancia en la que el reconocimiento de la identidad del otro es
el acto que más frutos rendirá y más tiempo nos ahorrará si percibimos su necesariedad ya
desde el momento mismo de acercamiento a la parte contraria:

Desde Descartes hasta Heidegger se ha buscado acceder a una alteridad


en primer grado: la alteridad de la dualidad “yo-tú”. El encuentro con el “tú”, con
el primero que aparece, es el encuentro de dos egos que inevitablemente
reabsorben todo alter, toda alteridad en la esfera del sí mismo.
Si cuando intento acceder a otro, me atengo al otro que viene primero,
entonces, o bien él me engloba y anula mi alteridad, o bien yo lo englobo y anulo
su alteridad, pero nunca ese que viene primero aparece como otro en serio
(Marion, 2012: 161).46
Por eso Marion propone prestar atención a una alteridad en segundo
grado: la alteridad del “él”, del tercero que queda excluido de la dualidad. Según
Marion, sólo un acceso mediado por el tercero puede garantizar que la otredad del
otro permanezca inalterada.47

Si bien este tercero puede estar presente o idealizado, con él lograríamos neutralizar
la amenaza a mi identidad que supone todo acercamiento del otro. El derecho nos obliga a
situarnos en la posición de un personaje ya definido, venimos a ocupar un lugar vacante en
una relación jurídica determinada. Seremos acreedor o deudor, padre/madre o hijo, cónyuge,
empleado o empleador, empresa o consumidor… Ese tercero –la persona “de prestigio
público”– representará muchas veces la figura de ese primer tercero del que podemos echar
mano para “desjerarquizar” la relación social entablada con el otro: “[e]l tercero introduce la
responsabilidad frente a la lógica dual: se responde ante un tercero […]. La justicia sólo
puede acontecer cuando se abandona la lógica dual por intervención del tercero. Solo el
testimonio del tercero confiesa el rostro del otro”.48 El “coordinador” del consejo de
cogestión de empresa puede convertirse en el efector activo de la deconstrucción de las
posiciones irreconciliables de dos colectivos enfrentados por intereses contrapuestos. La
identidad no sólo es necesaria, sino deseada, pero la jerarquización impresa en el acto de
exclusión que supone la creación de una diferencia queda, a instancias de un tercero, lista

46
En este fragmento transcripto se cita a MARION, Jean-Luc, "Le tiers ou la relève du duel", en MARION, Jean-
Luc, Figures de Phénoménologie. Husserl, Heidegger, Lévinas, Henry, Derrida, París, Vrin, 2012, pp. 149-177.
47
ROGGERO (2017). La presente y siguientes citas de ROGGERO carecerán de la indicación de número de página
por haberse utilizado para este trabajo la versión digital perteneciente a Thomson Reuters, disponible en el portal
de la Biblioteca Virtual del sitio web de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
48
ROGGERO (2017).
para ser objeto de una deconstrucción en cuanto este tercero tome intervención. Léase bien:
no se trata de la inversión de la jerarquía para dar vuelta el estado de cosas y situar al que
estaba en desventaja por encima del que estaba en ventaja,49 sino refundir los puestos de
cada uno en un campo de debate libre de la amenaza de la eliminación del otro, posibilidad
que sólo puede ser abierta por la presencia de un tercero.

5. Conclusiones

Intenté, a lo largo de este trabajo, alejarme de un análisis puramente normativo de los


poderes de organización y dirección; demasiada tinta ya hay sobre la materia en doctrina
como para agregar un texto descriptivo a la larga lista de textos descriptivos. Considero que el
derecho no puede sustraerse a las conflictivas relaciones sociales que le dan base; de otra
manera estaríamos estudiando una carcasa sin contenido material.
En el título he asignado a esas facultades la naturaleza de instituto “metajurídico”
porque, como sostuve oportunamente, su inclusión en la L.C.T. representa una intromisión
innecesaria en la regulación del contrato de trabajo. Si la ley laboral viene a poner coto a
situaciones fácticas caracterizadas por la desigualdad negocial entre las partes, los artículos 64
y 65 no sólo constituyen un avance innecesario –el empleador ya tiene el poder en la realidad
de los hechos, no hacía falta que se lo reforzara en la norma– sobre la ya frágil posición del
trabajador sino también un contrasentido respecto del favor que le presta dicho cuerpo
normativo, amén de la protección supralegal con que se ve asistido. Los poderes de
organización y dirección, por ello, van más allá de lo legal. A la luz de estas apreciaciones,
leo con especial curiosidad el art. 17 bis, incorporado por la ley 26.592 (B. O. 21/05/2010):
“Las desigualdades que creara esta ley a favor de una de las partes, sólo se entenderán como
forma de compensar otras que de por sí se dan en la relación”. Si lo conjugamos con los
artículos 64 y 65, trocamos el sentido que inspira a todo el derecho laboral, pues podríamos
ver en las facultades bajo análisis una desigualdad creada por la ley a favor de una de las
partes. Es obvio que no se lo puede interpretar literalmente y que cronológicamente es
posterior, pero no deja de ser llamativa la selectividad con que actúa el legislador en algunos
casos.
Al mismo tiempo he dicho que la matriz del derecho laboral es el art. 14 bis de la
Constitución Nacional y que su filosofía es ajena y enteramente distinta de la que informa al

49
SPERA (2014: 28).
art. 17, hallando en esa distinción los motivos para que “devenga necesaria” la intrusión de
los arts. 64 y 65 en la L.C.T. con el objeto de “recordar” quién es el que detenta el poder en
un sistema jurídico hostil al poder económico. Para que bien se entienda, la discusión no se da
en torno de la necesidad o no de la inclusión de las facultades de dirección en la ley laboral;
mi reflexión quiere señalar que es tan innecesario como perverso desbalancear la ya
desbalanceada correlación de fuerzas en el vínculo empleador-empleado con el agregado de
un instituto raro, heteróclito. El liberalismo ve en el derecho del trabajo un enemigo de la
producción e intenta desesperadamente, cada vez que se dan las condiciones sociopolíticas, la
flexibilización de sus disposiciones. En todo caso, las leyes del trabajo son un enemigo que el
mismo capitalismo ha creado, y más valdría comenzar a ver al trabajador como un socio de la
producción más que como un contrincante. La historia ha demostrado que el ataque al derecho
del trabajo no ha redundado en mayor productividad o crecimiento del empleo. Concluyo
entonces, y de nuevo, que la ley laboral como un límite al poder de hecho que se ejerce en la
relación laboral no puede sino ilustrar la tensión inmanente dada en una relación de facto y
lamentablemente deberá soportar este tipo de “incomodidades”.
No puede llamarse disidencia, pero sí observación: ARIAS GIBERT afirma que no hay
derechos personales que se deriven de los reales y que el otorgamiento de facultades de
dirección al empleador es fruto de decisión política legislativa. Lo comparto desde el punto de
vista teórico, pero añado que la hiposuficiencia del trabajador y la desigualdad de partes
tienen lugar precisamente porque una ostenta la titularidad de los medios de producción y la
otra, no. Sí, el empleador goza de poderes porque la ley así lo dice, pero la ley no lo diría si él
no fuera el dueño del capital; este comentario surge de una evaluación de las condiciones
materiales que dan vida al derecho. Es innegable que el derecho del trabajo tiene su razón de
ser en la disparidad fáctica entre personas que ocupan un distinto lugar en la relación de
producción. Por ese mismo motivo, nace como dique y está estructurado en función del
derecho de propiedad: sin derecho de propiedad, no habría derecho del trabajo. Sólo pensar en
un derecho del trabajo es legitimar y aceptar que la titularidad de los bienes de capital
pertenecerá necesariamente a una persona de derecho privado o público; el derecho del
trabajo está acorralado por esta premisa. Celebro el propósito de una teoría crítica de abordar
el derecho de propiedad como una relación de exclusión; necesitamos de una teoría crítica,
pero sabiendo que el estudio de las normas, así orientado, se parece más a la sociología que a
la ciencia jurídica.
También he trabajado sobre el concepto de sujeto del derecho del trabajo, ya no desde
el tradicional análisis emitido para delimitar el “centro de imputación” de normas laborales
sino para empezar a comprender cómo se construye ese sujeto en tanto tal: el primero es un
análisis de arriba hacia abajo y el que propuse aquí es de abajo hacia arriba, porque es el único
que permite, a la postre, deconstruir lo que ya está construido por medio de un nuevo discurso
jurídico laboral que sea consistente con los postulados de la Constitución, como sostiene la
teoría crítica. El problema es que las prácticas discursivas se dan en contextos institucionales
específicos, y no podremos variar nuestro discurso si no modificamos las instituciones, o
aunque sea la práctica institucional. La concordancia con la Constitución también tiene que
manifestarse con el art. 14, con el 17 y con tantas otras disposiciones. Estimo que la tarea
será, además, deconstruir las instituciones, lo cual será imposible sin madurar como sociedad.
Los poderes de organización y dirección son sólo una muestra de que el derecho es un
reflejo de relaciones sociales de poder. Podría haber tomado cualquier otro instituto o
disposición de la ley de contrato de trabajo. Elegidos que fueron como objeto de estudio, creí
encontrar en los consejos de empresa, con la asistencia de un tercero “deconstructor” de
identidades subjetivas y desactivador de «antagonismos» –y garante de un «agonismo»– la
llave para una gestión madura de la fuerza de trabajo humano, tal como ocurre en países
industriales desarrollados, así como también las puertas de una práctica institucional que
genere, desde la base, una nueva conciencia sobre el modo de convivir en la empresa.
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