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Caso: DON MAMINO

Justo antes de terminar su carrera, Ignacio Rouillón, tuvo una panadería con
dos compañeros de clase. La gracia les duró cerca de seis meses, pero él supo darse
cuenta de lo que no quería ser. "Sabía lo que no me gustaba de la panadería
tradicional y de ahí surgió Don Mamino".

Entonces Rouillón planteó como tema de tesis su propuesta de lo que sería


una panadería ideal, un lugar donde el cliente pueda escoger su propio pan, una
panadería que no cobre por la bolsa y que tenga más de 5 variedades de pan.
"Aunque suene raro, hace 15 años no había un autoservicio del pan", dice.
Para realizar esta suerte de paraíso del pan invirtió US$ 30,000. Parte la puso él, con
sus ahorros, y la otra parte la puso su padre, que actuó como socio inversionista. De
este modo Rouillón abrió un local de 145 m2 y se enfrascó en su sueño que lo haría
trabajar de lunes a domingo de 6 a.m. a 10 p.m., sin parar.

La nueva propuesta hizo que Don Mamino abriese un segundo local en La Molina,
"Fue un éxito", dice. Pero la crisis económica de 1998 llegó y Rouillón tuvo que
reaccionar.
Como sus clientes sintieron la pegada y "se comenzaron a ajustar", creó nuevas líneas
de producción y comenzó a proveer de panes especiales y galletas para las
empresas de catering, recepciones, graduaciones.

Abrió un tercer local en Chacarilla, pero más pequeño porque "estaba buscando
una alternativa barata, cosa que no me funcionó ya que perdí un poco de imagen."
Superada la crisis, en el 2000 abrió un nuevo local que integró a la panadería y
pastelería el concepto de cafetería. Otro desafío. "Pensé que sería más fácil, pero
una cafetería requiere otro taller de producción: mozos, barristas, cocineros", explica.

Y cuando los supermercados integraron el concepto de panadería, Rouillón supo que


no podía competir con el pan francés, así es que comenzó a hacer unos panes
especiales.