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Grover González Gallardo

Manantial
en el espejo

pas ac al l e
POESÍA
Grover González Gallardo
(Cajamarca, 1971)
Ajedrecista, abogado y poeta.
Egresado de la PUCP en la
especialidad de Derecho, es
miembro del Liceo Poético de
Benidorm, España. Ha publicado
su primer poemario “Manantial
en el espejo” en el 2013 por la
editorial Pasacalle. Se dedica a la
poesía y la difusión cultural a
través de la Peña Poética El
Rincón Guapo.
Grover González Gallardo

www.pasacalle.pe

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Grover González Gallardo

www.pasacalle.pe

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Grover González Gallardo

MANANTIAL
EN EL ESPEJO

pasacalle
poesía

—3—
Manantial en el espejo
Grover González Gallardo

I Edición: noviembre 2013


Tiraje: 1,000 ejemplares

© Grover González Gallardo, 2013


luis.grover1971@gmail.com

© Editorial Pasacalle EIRL, 2013


RUC 20515674471
Jr. Bella Unión 672 SMP Lima 31
pasacalle@gmail.com
www.pasacalle.pe

Hecho el Depósito Legal


en la Biblioteca Nacional del Perú
Reg. Nº 2013-17546

ISBN: 978-612-46302-4-8

Portada e interiores:
Alberto Cueva Vásquez
albertocuevavasquez@gmail.com

Impreso en HV Editorial Gráfica SRL


RUC 20513294493
Jr. Ica 386, Lima 1 - Perú

—4—
A la memoria incesante de mi padre,
Luis Bernardo González Vásquez.

—5—
—6—
PIEL
DISEMINADA

—7—
Epitafio

Rosa, ¡oh pura contradicción! placer de


ser el sueño de nadie bajo tantos
párpados.

Rainer Rilke

—8—
—9—
— 10 —
ONTOLOGÍA

Se trenzan nuestros cuerpos


corceles copulando a la intemperie

Dormidos florecemos
flameando en crepitante nieve

Celebración inagotable
dispersión de pliegues

Se reúnen las nubes


que humedecen nuestras mentes

Si mutamos con la aurora


todo cambia y enmudece

Se bifurca sin cesar


un brotar de suculentos peces

Somos dichosos
inmortales
feraces sierpes

Primavera imperceptible
saciedad sin dientes

Sólo nos conmueve


la despiadada perfección
la palabra que subvierte

— 11 —
LA DESNUDEZ DEL FUEGO

Reposas tu cuerpo,
arco iris perpetuado en espejos;
yacente pedregal que se difumina
en la fugaz longitud de los senderos.

Cegado por relámpagos perfectos,


tanteo los orígenes,
la progresión armónica del universo.

Se agolpan mis labios


sobre colinas y despoblados reinos;
se restituye la luz
atrapada en oscuros filamentos.

Tus pechos, guijarros soberbios,


moldean mis manos, las nubes,
racimos de obsidiana y alabastro
que funden sus colores adversos.

Nido de incesantes crisálidas,


tu vientre aviva el furor
que enciende ramadas encarnadas:
presiento la parpadeante redondez
de perdurables ensueños;
presencio el vasto alborear
de una desnudez que se deflagra
en su apogeo palpitante y etéreo.

— 12 —
ABREVADERO

Penetré tus carnes,


perdidas arboledas
bajo lunas salvajes.

Pigmentada penumbra,
esférico resplandor,
diseminado follaje.

Había música,
armonía de corceles;
ígneos archipiélagos,
diáfanos oleajes.

Tus gemidos estertóreos


acrecentaban mil fauces.

Las lluvias avivaban mi sed,


reverberándose en sueños,
frágiles velámenes.

De tu piel
brotaron frondosas alas,
oníricos tatuajes;
tu vientre crepitaba
en celestial vorágine:
tu mente vislumbró
el fulgurar perpetuo
de un crepuscular oasis.

— 13 —
GERMINACIÓN DEL CANTO

Tus murmullos
perpetúan palabras
sueños
que en mis sueños naufragan

Nuestras palabras enmudecen


copulan
pueblan estériles playas

Sus susurros estremecen horizontes azules


sombrías montañas

Delira la Luna si centellean las palabras


si arquean la noche
petrificada crisálida

Bullen en bandadas
luciérnagas
que agujeran la penumbra
donde nuestros cuerpos extasiados encallan

Musitan las sirenas


voces atizando la voluptuosidad de las aguas

— 14 —
DILECCIÓN

Pulsas estrellas,
pigmentos de trémulas sombras.

Mis ojos asaetan tus ojos,


la noche,
tu sexo que se prolonga
en un ágape de innumerables frondas.

De la oscuridad fluyen los sueños,


la claridad de todas las cosas;
de mi mente brota tu cuerpo,
humedal de irisadas mariposas.

En silencio acaricias tus pétalos,


expansión de súbitos litorales;
caracolas susurrando a las nubes
que acrecentaban tus carnes.
Si diseminas orquídeas de sal,
erraremos por constelaciones y valles.

¿Mudaremos el orden del cosmos


y sus sonidos elementales?
¿Renacerá la mañana tibia si deliramos
alejados de nuestros huesos salvajes?

Contemplemos la unánime razón


que se diluye en curvados cristales;
reposemos la espada azul
que fragmenta el firmamento inmutable.

— 15 —
VÉRTIGO

Hay cuerpos que desnudan


sus colores imperfectos,
la tierra que los perpetúa
bajo el prolífico firmamento.

Hay pieles que bifurcan


árboles eternos;
melodías fantasmales,
constelaciones diseminadas en el hielo.

Existen voces que irradian


aves arrancadas a los lienzos;
ecos de flores azules,
fósiles engendrados por el fuego:
auroras donde astros
se vuelven vórtices de avernos.

¿Podría haber algo más incierto


que las palabras pronunciadas
como miríadas de insectos?

No en vano se presencian flamas,


cardúmenes fieros;
el tiritar de cometas sobre abismos,
voluptuosidad atrapada en truenos.

Nada se podría advertir entonces,


salvo un reverdecer ubérrimo:
hemos de sucumbir durante la noche
eclipsados por nuestros propios sueños.

— 16 —
DESHIELO

Mi sangre ahogaría mariposas


escapadas de súbitos reinos,
pigmentaría nubes crecidas
sobre colinas y ensueños,
mas la calma se habrá de posar
en este nido perpetuo:

maraña incesante
bajo cielos concéntricos;
pálida tierra
poblada de feraces avernos:
esferas azules
combaten desde el inicio del tiempo,
media lunas,
hemisferios y corazones
desgarrados del fuego:
no hay más dios
que el que habita la carne
y se regocija en mi cuerpo,
no hay más luz
que la que ya se cierne
sobre laberínticos huesos:
el mundo gira
excavando cauces

la tormenta no ha de cesar
si no despiertan todos sus vientos.

— 17 —
CREACIÓN

Omnipotente
es la vigilia que presiento:
evoco las esferas, las sirenas ígneas del desierto;
pero tu mágica aparición

Remonto el cálido umbral,


brioso colibrí que proclama
el inicio del encantamiento.

Despertarán ríos y fosilizados océanos;


cordilleras que contienen voraces vientos.

Gemidos abismales
liberarán lluvias y oleajes perpetuos;

En la incandescencia de la atmósfera
renacerán estelares archipiélagos
cuando cabalguemos desde la mañana
hasta el crepúsculo del tiempo.

Se ha prolongado un día más


nuestro apremiante pensamiento;
se ha recreado sin cesar
el devenir ineluctable del universo:
engendrar y perecer
en la pureza del relámpago eterno.

— 18 —
ORÁCULO

Incineración lunar,
rescoldo de glaciar,
destello de granítico fuego:
tu desnudez eclipsa
una fragua de crisantemos;
tu desnudez conjura
el inaudible rumor
de las escolopendras
que resquebrajan
las amarras del averno.

Páramo constelado,
cegador paraje:
espejeas delirante;
embelesando la soledad,
los perpetuos relámpagos de sangre.

Tersura que desgarra


espejismos, abismales oleajes;
piel que desencadena
éxodos de sueños fulgurantes;
piel que remonta el empuje impreciso
de mareas y ciegos navegantes.

Violín llameante,
trémulo ardor, cieno salvaje:

¿A dónde iré sin despertar al viento azul


con este crujir de huesos sin anclajes?

— 19 —
LONTANANZA

Las grullas horadaban


el gélido fulgor de las aguas:
copos de luna se extinguían
en la sonora claridad
de concéntricas alas:
si la noche emancipaba colores,
tenues plumajes ardían
como incesante centellear de algas;
si los sauces devoraban los cielos,
sus voces caían entre cascadas
y raíces atizadas por húmedas llamas:
no había gema, gota o tez
que no fuera pasto del estanque
que todo lo pigmenta y abarca:
¿Cómo apresar los cardúmenes o plantas?
¿Nos detenían caudales, bandadas
que dispersaban nubosidades feraces?

Tal vez era preciso callar,


guardarse algunas palabras;
levar anclas mientras nos envolvían
destellos y miríadas extrañas:
penumbras exacerbaban
criaturas por luces difuminadas:
habíamos extendido pergaminos azules,
vientos que encendían piras en la distancia.

— 20 —
SIRENAS
DEL DESIERTO

— 21 —
Dos cuerpos frente a frente
son dos astros que caen
en un cielo vacío.

Octavio Paz

— 22 —
— 23 —
— 24 —
FULGOR PERFECTO / FULGOR DE SOMBRA

Paroxismo
tinieblas colmadas de gemas

Cegador éxtasis

Delirio
bajo
milenarias tormentas

Vertiginoso naufragio
en horizontes
de perennes hogueras
El viento desfallece
la tierra crepita incinerando árboles
fértiles osamentas

Las aguas perecen


vorágine de oceánicas centellas

El fuego florece
en nuestra carne etérea

Circundamos sin tregua


crepusculares archipiélagos
páramos sin huellas
Nada más existe
en esta inefable fosforescencia

— 25 —
ALEGORÍA CENITAL

Inmisericorde abolición de toda luz son tus cabellos;


calcinadas metáforas escindidas de mi aturdido pensamiento.
Errantes estrellas de mar tus extraviados ojos,
lúdicos astros de un onírico firmamento.
No hay frondas en tu rostro soberano:
hondura expandiéndose a través de diáfanos ensueños.

La danzante desnudez de tus pezones


me cercena con mordidas de peces sanguinarios:
retorcida desnudez impulsada por velámenes de hierba
entenebrece relámpagos y cegadoras parábolas.

Bajo serpenteantes crepúsculos de asfalto


me rodean libélulas de mercurio,
criaturas escapadas del sollozante ámbar:
¿Quién podría atisbar un pubis
en la resonancia de las flores y las lágrimas?
¿Quién podría atisbar tu pubis anegado en algas seminales
y rosas de carnes desmembradas?
¿Se podría vertebrar los fragmentados senderos
que conducen a la comprensión
de lo divisado con extrañeza en lontananza?

Atraparé tu clítoris:
diminuto rubí arrojado a lo profundo de las aguas;
apresaré tus nalgas bajo este cielo opresor de nubes petrificadas.
Tus piernas se enlazarán febrilmente a mis espaldas:
tímida resonancia de orgasmos,
lúcidos oboes de melodías cristalizadas.

— 26 —
GLIMPSE OF HEAVEN

No hubo flor,
solamente fuego;
no emergió el Sol,
pero la noche iluminaba
inconclusos avernos.

Sobre nuestros sexos,


el follaje voraz
ocultaba rigores de orgasmos perpetuos.

¿Con qué habremos de soñar


si estamos a merced de los elementos?

La cópula engendra
el espacio y el tiempo:
sonoridad corpórea,
orbitar errante,
cenizas que florecen
en los sueños,
libélulas atraídas
a oceánicas sombras.

La cópula ignora
los límites del entendimiento:
fecundidad
sin pausa
en la sangre,
en los fósiles;
en la luz parpadeante
de cualquier desolado paraje.

— 27 —
NIRVANA

No alborea más claridad


que el fulgurar
de nuestras palabras;
no se oye más rumor
que el leve latir
de nubosidades lejanas.

Nuestros huesos,
lienzos sinuosos,
se yerguen
como praderas en calma:
compartimos un mismo ser,
una llamarada violácea;
lucidez que florece al soñar
marfiles oscuros,
plumajes desprendidos del agua.

Nada se extingue,
salvo la fugacidad de toda distancia;
nada nos rige
bajo constelaciones extrañas.

Nos despierta el galopar


de espesuras como lagos
donde hollamos flores y lágrimas:
sembramos senderos,
serpenteantes montañas;
remontamos el Sol,
crisantemo petrificado
en esta incesante mañana.

— 28 —
PINÁCULO

¿Hasta dónde
se extiende tu cuerpo?
¿Fluctúan los árboles
cuando modulan el silencio?

Sé que nada se estremece


si permanecemos despiertos;
que las aguas vuelven azules
aunque se extravíen
en agrestes desfiladeros;
pero tu piel de nubes
podría delinear
mi corazón
atrapado en espejos,
reunir las innumerables
extremidades del viento:
plumas pesadas,
reflejos de espadas
nos apartan del trueno:
estampidas de estrellas
surcan este bosque de pétalos;
fogonazos de cielo,
huellas de piélagos
bifurcan
enceguecidos senderos
que luego concluyen
donde tu carne
y mi carne
han erigido su reino.

— 29 —
MOLECULAR ENCUENTRO

En palpitante huerto yacía diseminado un sexo:


perturbador paraje que invadía la memoria
cuando la hiedra sofocaba indefensas criaturas
bajo la cimitarra inasible del tiempo.

Cercenado espejismo, reverberante desierto;


aquel íntegro cieno era tu cuerpo:
nocturna fogata
donde sucumbían mansamente los insectos.
Destartalada fragata
circunscrita a la navegación de siderales avernos.

Al apresar tus errantes pechos,


la marea nos acogía como peces desorientados
por la inmediatez de un laberinto eterno.
En este ancestral empeño,
lluvias perennes lamían las heridas
que desertaban de nuestros brumosos sueños.

Abrevar en tu sexo hasta saciarse


equivalía a cifrar el universo
cuando irisados invocábamos el orgasmo.

Molecular encuentro,
rumor de espermáticos murciélagos
que distorsionan la faz del firmamento:
escaparemos de las fauces del orgasmo,
pero racimos de otros cuerpos brotarán
lentamente de la noche como la hierba
durante la ausencia de sus famélicos habitantes.

— 30 —
CRUZANDO EL HELESPONTO

Al fin mi sombra envuelve tu dilatada sombra:


agua que se enmudece en mis labios,
serpientes transformadoras de penetrante nubosidad.

Un rastro de lirios se interpone


entre tus caderas bien dispuestas
y la más absoluta soledad:
no debemos fustigar estos corceles
como cuando se cruzaba el Helesponto
buscando una cruenta eternidad;
no debemos absorber
toda la sangre de los pétalos
que resguardan este pubis
desprendido de un ígneo manantial.

Al separar la estrecha reunión de tus rodillas,


bandadas de colibríes horadan mis ojos sin piedad:
Andrómeda y su infernal séquito
se asoman en el horizonte:
fulgurante belleza que no volverá a hechizarnos jamás.

Ingreso a ciegas en este mundo arcano,


y mi carne espejea sobresaltos sin atisbo de maldad:
nada podría detener el incesante deshielo de tu cuerpo,
noche de estrellas que se precipitan a las fogatas sin cesar.

— 31 —
PRESAGIO

Ven a mi encuentro,
criatura escapada de un cuento de hadas:
ofrenda tu sexo enceguecido a las llamaradas
que forjan espadas de rubíes y soles de obsidiana.

Ven pronto; ignora los ojos que perdiste buscando


tus propias llamas: penumbras centelleantes
calcinarán cirros durmientes, la fragilidad de mi esqueleto
envuelto en llagas: descubrirás el más allá guiada
por lúcidas caricias, fúlgido arroyo de coral
irrumpiendo en la vorágine de insondables entrañas.

Peces de cera disiparán la bruma de tu rostro


antes de remontar incandescentes aguas.
¿Mi esperma despierta las lechuzas dormidas
como estacas clavadas en tus párpados?
¿Percibes el atronador derrame de vida nueva
en el torrente que fluye arrastrando criaturas
carentes de conciencia, tecnología o carnadas?

No habrá fragmento de lengua o cerebro de pez


que no se redefina en impredecibles llagas:
después de consumir nuestros músculos como aves
perdidas en la niebla, hallaremos lo que murciélagos
de extraña perfección jamás intuyeron;
y cuando las energías nos hayan abandonado,
invocaremos el advenimiento de nuestro destino,
estampida de serpientes devoradoras de huellas o palabras.

— 32 —
POLÍPTICO

Sueño
con remontar prados,
cascadas rojas.

Observo aves oscuras,


espadas,
opalinas gotas.

Avernos,
iridiscentes máculas;
¿Qué yace más allá del párpado,
de la caverna ósea?

No estoy ciego,
pero un velo amarillo
cercena lirios surgidos
entre nubosidades boscosas.

Si vago solo,
si deambulo en pos
de ciudades caóticas,
olvido el rumor,
el latido de la noche anclada en rosas.

Sé que nada me impediría


alcanzar tu boca;
súbito caudal,
alada lágrima que al filo de la locura
como crisálida brota.

— 33 —
CUANDO LA LUZ YACÍA EN EL ESPLENDOR
DE LAS SOMBRAS

Al principio era la tibieza


el roce insensato de proliferantes sombras
la dicha absoluta que untaba la fricción más imperiosa
ésta era la magnitud
el océano
el óleo húmedo
presagio del florecer del fuego azul
la marea breve
el baño de los cuerpos
bajo el peso de una tierra
aún surcada por brisas tenues
imperceptibles caracolas
ciénagas soñadas por hálitos sin costras
pasos certeros como pájaros
o bóvedas repletas de la sustancia
que eternizaría el vaivén incansable de las hojas
de las nubes eclipsadas en atardeceres
donde habíamos olvidado
el destino manifiesto de una luz fósil
que no irrumpiría en este mundo
salvo para susurrarnos encrucijadas
acantilados difuminados
por el furor incontenible de su canto milenario
torrente que conmueve líticos glaciares
mariposas encerradas
entre las reverberaciones luminosas
de nuestra carne tórrida

— 34 —
CADÁVERES
DE FUEGO

— 35 —
Sepan que estoy viviendo, nubes, sepan que canto,
bajo la gloria confusa de la tarde, solitario.

Sepan que estoy viviendo, que me aprieta el cielo, (…)

Javier Sologuren

— 36 —
— 37 —
— 38 —
SEÑORA DE CAO

Impenetrable
es la armadura de cinabrio que ciñe

Al ser desenterrada,
mi hueca mirada se ahonda aún más
debajo del fulgor de las gemas que me envuelven
absorbiendo la luz de luciérnagas y pájaros.

Arañas consteladas se liberan de mi piel,


cercenando ensueños de serpientes lapislázuli
transcurridos entre montañas de vísceras y cráneos.

la muchedumbre demandó
que mi corazón fuera extirpado,
y luego de ser expuesto al Sol
causó el regocijo de siderales impostores,
mas el torrente turquesa de mi sangre
fertilizó la tierra humeante y las ardientes sombras;
inundando la sangrienta respiración de mis captores
y sus insensatos dioses.

en los mares se avistaron distantes metamorfosis:


ningún Spondylus
fue hallado por muchos años en nuestras costas:
las gargantas de los nobles guerreros
se hundían en las arenas

— 39 —
sin que se obtuviera algo más
que algunas lagartijas secas;
hasta que la gente abandonó las desoladas aldeas,
desdeñando las fauces de los antiguos dioses.

Ahora, una profanación aún mayor se ha consumado:


tus ojos, cautivas esmeraldas,
han ignorado mi espléndido ajuar
reverberándose como trémulas praderas
en mis dichosos escombros:
de la penumbra emergerán
miríadas de voraces esporas que consumirán
la humedad de litorales y espejismos;
el fuego virtuoso que aún persiste
en las entrañas de los sepultados:
experimentarás la fortaleza del cinabrio,
la asombrosa ubicuidad del pensamiento milenario.

No eludas los vestigios sangrantes


del desenfreno planetario.
Nadie teme mi retorno:
soy tan solo una polvareda atrapada
en esta dormida pirámide sin amo.

No rehuyas
esta mortífera sustancia que aparta
despiadadas bacterias,
al mundo entero de mis restos fastuosos;
rehenes de un ignoto manantial,
oasis tan fugaz
como el inesperado recodo de tu lengua
serpenteando sobre mis resecos labios.

— 40 —
FINITUD

Sobre mi tumba
las flores fluctúan
ráfagas de nieve
gotas de cielo
tus lágrimas
tu mente
conjugan colores
esferas puras
la mañana
sin embargo actúa
páramos
pagodas
prolongan
sus formas turbias
se ciernen nubes
caracoles de espuma
te ciegan cascadas
pétalos de lunas
olvidas mis palabras
mis ojos
flores que fluctúan
sólo he de morar la noche
resplandor que se desdibuja

— 41 —
LIENZO

Corceles azules
avanzan formas fugaces:
amarillo es el cielo
como el óleo que alimenta
su trotar fantasmal
en frondas salvajes:
se podría habitar
oasis cromáticos,
oscuros parajes;
estelas de légamo,
mariposas de fuego
emergen de huellas tan claras
como lagos que colman
la ensoñación de la tarde;
pero hay trazos tan turbios,
pinceles obtusos
que nos apartan la vista
del lúcido llamear
apresado en luenga vorágine:
nada detiene la tromba alada,
las zancadas gráciles:
sus crines nos rozan
súbitamente la espalda;
cada giro de cuello,
cada salto al vacío posterga
el extravío de nuestra mirada:
quimeras pictóricas,
bestias fantásticas:
galopen la pálida senda
que los reduce a errantes carcasas.

— 42 —
CLARIDAD

Lanceado
por tu luz,
estertor
que inunda
el sosiego
anidado
en súbita
distancia.

Eco de luz,
luz de eco:
dos cuerpos
se eclipsan
mutuamente;
dos ciénagas
eclosionan
como alas
que alcanzan
el poniente:
nuestra carne
se hace crisantemos,
cenizas doradas;
un palpitar
fulmíneo
nos impulsa
de repente:
nuevos astros
habrán de oscilar
fugazmente
en lontananza.

— 43 —
LA OPACIDAD DE LOS ESPEJOS

Arde, aire enmudecido; sueño,


surca suave silencio submarino:

constelaciones auríferas fluyen


desde la sangre de los cautivos;

sus sombras se desvanecen


sin haberse sobre la tierra erguido,
su aliento doblega oleajes furtivos:

incineremos vorazmente este inefable


pergamino, aceptemos la gloria grisácea
de haber perpetuado la noche azul,
el oscuro fuego que jamás será abolido.

— 44 —
DISECCIÓN DE UN SUEÑO

¿Qué es lo que yace aquí,


a salvo de la despiadada dureza del tiempo?

¿Qué discurso inefable ha relumbrado en la boca


del hacedor de tantos portentos?

Sombras saladas desbordan ríos eternos,


aguas parlantes gobiernan pupilas y versos.

Se podrían descifrar enigmáticos tormentos,


distinguir mil voces y reinos;
enumerar presurosos nacimientos,
naufragios imperfectos, cavernas fantasmales

pero no hay hallazgo más dulce


que el desvelar nuestros propios cimientos
si la paz no anida más
fuera de estos paisajes ubérrimos;
si sabemos que no podremos zarpar
en la nave vacía del entendimiento.

— 45 —
LA VIRTUD DE PROMETEO

Fuego,
voluptuosidad enigmática;
páramo anhelante,
vórtice donde crepitan huellas
que modulaban montañas:
no rehúses mis palabras,
el cielo que acaricia mis espaldas;
sabes que mi piel pertenece
a tu atmósfera,
a la eclosión de tus entrañas:
el viento desnudo
rehúsa la fricción de tus alas,
pero la noche te proclama;
el agua bulle en tu faz sin calma;
la luz de los metales enardece
tu cabellera sin mácula:
sé que engendras luengos horizontes,
diamantinas lascas;
sé que brotas de la vida,
estampida pletórica
de imágenes arcanas:
sin ti la tierra se hundiría
en el yugo una infertilidad tirana:
gracias por fecundar mis sueños
al horadar brumas lejanas;
gracias por dilatar el día
cuando el esplendor de tu dicha
eclipsa mi sangre
y enfrenta su ígneo caudal
a este fluir de laberínticas metáforas.

— 46 —
MARINA

Los petreles
abandonan sus nidos
sus cálidas espumas
regresando a la calma tenue
al orificio fantasmal de la Luna

El ave es astuta
más sabia que cualquier
pez o medusa
jamás emprendería
el vuelo sin perder
algunas plumas
sin calcinar
el viento que modela acantilados
fósiles siniestros
extraviados en brumas

No pierdas de vista
las olas nacientes
ojos sumergidos en dunas
picotazos azules
aleteos letales
bandadas que deslizan
litorales fugaces
bajo lluvias glaciales

— 47 —
ELEGÍA A UN CAMINANTE
EXTRAVIADO EN LAS ESFERAS


Here lies One
Whose Name was writ in Water
John Keats

¿Qué imperiosa voz


proclamó tu nombre más allá de las esferas?
¿Fue tal vez un canto azul que entenebrece
la melodía más esforzada de las sirenas?

¿Qué llameante señal perseguiste en la noche


para confiar tus incipientes sueños
a un cíclico devenir apartado de cualquier conciencia?

Nos hemos reunido finalmente aquí,


a lo largo de este fragmentado horizonte
donde las nubes asfixian las montañas,
y sé que hay algo de osadía
en el vuelo de las luciérnagas
que alumbran tenazmente
los confines de tu nostalgia.

Sé que aún yaces aquí,


donde mis propias manos
te acurrucaron después de una cósmica tormenta;
y que si no escuchas más mi voz
es porque permaneces absorto

— 48 —
en una estoica contemplación de árboles de hielo
cuyas raíces se expanden
a través de abismos y galaxias;
y que si yo hubiera partido antes que tú,
hubieras preservado mi trémulo corazón,
sumergiéndolo en un lago de ámbar
formado por cenitales lágrimas.

Ah perdido viajero de estáticas distancias,


tendrás que responderme:

¿Qué hacer cuando la sangre


no ha de empozarse en fecundos remolinos
que atraviesan desiertos sin menguarse?

¿Cómo olvidar la mano


que nos guareció del viento,
de la oscuridad de algunas gargantas?

Mis últimas palabras


han sido pronunciadas
sin la limpidez de tus silentes metáforas.

No reverdecerá más la soledad


en el nebuloso jardín que devora tus entrañas.
Nada perturbará tus huesos,
cegadoras armaduras de astilladas estrellas.
Nadie acariciará tu pecho diseminado entre la hierba.
Nadie leerá el poema que se quedó atascado
en las feroces circunvoluciones de tu lengua.
No volverás del reino donde sus habitantes oscilan

— 49 —
entre el tenue recuerdo
y los vendavales de irisadas moléculas.
Nada detendrá el galope del tiempo
que se yergue sobre la faz de las quimeras.
No volverán tus brazos a estrechar
al que se sirvió de tu piel en una lejana primavera.
No volverás a dilatar aquellos ojos
que otra mano abrió por ti en las tinieblas;
pero ahora soy yo el que esculpe sus propios ojos
extraviados en la búsqueda interminable de tus huellas.

— 50 —
TORMENTAS
EN EL RELOJ DE ARENA

— 51 —
Entre la niebla
viaja una ola
que nadie ve

Alfonso Cisneros Cox

— 52 —
— 53 —
— 54 —
CUADERNO DE BITÁCORA

Ruedo por pieles


como por páginas en blanco
acaricio pechos
caracoles desmesurados
disipo dunas
fulminantes itinerarios
libero cauces
cardúmenes sanguinarios
circundo gemas
celestiales guijarros
elevo muslos
pinceles entrecortados
destello en plumajes
pétalos doblegados
zozobro exhausto
en horizontes lácteos
ardo sin pausa
nado sin tregua
en portales arcanos

— 55 —
ESTANDARTE

Arden tus pezones


trémulos lirios
en la arena
Se extinguen amapolas
aguas reunidas en distantes esferas
Cremación de metáforas y esperma
Expedición de colibríes
que eclipsarán astros
súbitas quimeras

Sólo la noche
llamea más que las sirenas
Sólo en tu cuerpo
se enlazan
la verdad y la belleza
La eternidad sucede a la certeza
El navío
jamás elude el destino reservado
a las tormentas

— 56 —
MULTIVERSO

Vagas siluetas armonía caótica


ensenadas durmientes sonoridad recóndita

tumulto serpenteante en el esplendor de las hojas

recreaciones súbitas espectrales olas


turgencia inmemorial desatada roca
vuelo auroral murmurante costra

Tan de prisa hemos olvidado el presagio de la vibrante gloria


despojando al mundo
de todo vestigio de su pasada forma

Hemos palpitado en versos indescifrables


hacinados en la memoria
al disipar el eco azul
alojado en algún flanco de la historia

Cuando el Sol convoca innumerables caracolas


nos delinean los relámpagos refugiados en furtivas sombras
nos limitan las inepcias
proferidas por incontrolables bocas

Cuando la lluvia alcanza la sequedad de la tierra honda


nos abrazan los árboles del bosque
en festín de febriles frondas

— 57 —
DESVELO

Estrella naciente cópula

ceniza cenital voracidad eólica

furtivo pedernal en zafírea gloria

piélago verbal sobre vorágine ósea

esfera esparcida
en esplendentes lunas rojas

flor que cercena el silencio


nívea mariposa

gema menguada en el verdor


de arborescente aurora

espada que al desnudarse enmudece


oleajes oscuros
el delirar de tu irisada sombra

— 58 —
REMEMBRANZA

Cielo
plumas nevadas

pechos como pétalos


de dóciles espadas

orquídeas cristalinas
amalgama sin mácula

aves submarinas
en fraguas exhaustas

cometas que circundan


caderas anegadas

piernas erigidas
como torres exactas

pieles que recrean


alegorías arcanas

muslos que delinean


oquedades perladas

nalgas reunidas
mariposas lejanas

lirios distendidos
humedad rosácea

— 59 —
DÍPTICO

Caos, Cosmos,
cadáver indescifrable; nirvana inexorable;
enigma que tatúa nubes, partitura que recrea
ráfagas de nuestra carne. paraísos infernales.

Ausencia de barbarie, Delirio ondeante,


fecundo pedernal; radiante humedad;
incertidumbre que delinea estrellas escarchadas,
el vacío a voluntad. efímera eternidad.

Tormenta de arena, Extraña certeza,


proliferación de paisajes; espejismo carnal;
vaivén intemporal, etérea acrobacia,
unánime variable. raquítica verdad.

Energía rutilante, Discurso inefable,


espíritu primordial; aleteo intelectual;
conjetura que concibe palabras derramadas,
un equilibrio sideral. sortilegios en tempestad.

Súbito cometa, Manantial insondable:


radiante umbral; el día y la noche se unen
grito que trasciende la mañana, en el fuego grisáceo
las flamas del crepúsculo final. de una cópula interminable.

— 60 —
PRELUDIO

Silencio insondable
oleaje hermético

distante realidad
laberinto idéntico

aves que anidan


en ramajes quiméricos

algas que encienden


lagos y versos

aguas soñadas
por lágrimas y piélagos

cielos surcados
por soles concéntricos

tierras sangrantes
fuegos durmientes
abismos etéreos

— 61 —
NAVEGACIÓN DEL SUEÑO

Cae la carne
sílaba ciega
luz trémula
replegándose
en límpidas
praderas
río relampagueante
que abre arborescentes
arterias
rondar de lunas
o gráciles caderas
abrevadero ignoto
reposo
del ave postrera
abeja que eleva
sus cenizas
a piras repletas
rescoldos húmedos
fuego de flores
pretéritas
cánticos escritos
entre noches blancas
y nieves negras
alarido insomne
desatado
por estrellas pétreas

— 62 —
METAMORFOSIS

Pubis
purpúrea sombra

orquídea intempestiva
ensenada arbórea

dulzor de nube ubicua


cuando el horizonte
se corona
de lucidez etérea
y azuladas memorias

cuando se alarga el tiempo


en nuestra piel redonda

cuando la lluvia nos sorprende


con su grito fértil
lanzado desde la atmósfera

— 63 —
— 64 —
EL COLIBRÍ
EN LA MONTAÑA

— 65 —
Tú estás aquí como la brisa o como un pájaro
En tus sueños pastan elefantes con ojos de flor

Carlos Oquendo de Amat

— 66 —
— 67 —
— 68 —
PARAJE ANDINO / CAMINO A MANTA

Soñar que se es nube


o frondosa montaña;
contemplar
en la quietud del cieno
nuestra faz como espejismo
o espejo de agua:
el verdor de un arco iris
nos rebana,
no el follaje de ciclópea espada.

¿Remontamos
este pétreo manantial
que nos ahoga en sus brazos
al despuntar el alba?

La piel se nos afila


al rozar el azul
de su honda calma,
al beber estrellas glaciales
sobre roquedales
que dispersan
nuestras pisadas:
umbrales repentinos
se abren de par en par
para desolarnos
con su claridad lejana:

— 69 —
un frío genital
eriza árboles aferrados
a ríspidos anclajes:
oleadas fantasmales,
límpidos tatuajes:
al pie de las laderas
se yergue la progenie
de graníticos insectos:
nieblas encendidas
como escalinatas de avernos:
la tierra yace desnuda
bajo la vastedad del firmamento;
la tierra y el agua copulan
en lodazales ubérrimos:
cordillera primordial,
aeda ancestral que delira
sumergido en océanos
de petrificadas sombras:
los caminantes soñamos
tardes inconclusas,
torres de luz
ante la vorágine del viento;
vislumbramos vórtices,
sendas difusas,
la opacidad centelleante
de nuestro pensamiento:
nada se podría agregar
a esta visión de Orfeo:
la noche desplaza
espesuras y se disuelve
en lagos de obsidiana y fuego.

— 70 —
CUERPO DESQUICIADO

En purpúrea oscuridad
reverberan danzantes e insectiles goces:
la penetrante aurora dispersará
las sirenas que se arremolinan
alrededor de tus múltiples ombligos y demás dones.

Algo trasciende hogueras,


telarañas primordiales;
arroyos abriéndose paso
a través de las tinieblas seminales:
enfrentas una encrucijada sin senderos,
un sosiego sin pulmones o ventanas:
es mi cuerpo subyugado
ante la abundancia asfixiante de las algas:
inminencia de pétalos,
marejadas de saliva y espuma.

No reniego de mi cuerpo,
enigmática progresión de inertes soles.
Cuerpo forjado por siderales sucesos
y oníricos constructores.
No rehuyo su letal fecundidad:
en el estiércol brotan las más robustas flores.
No naufrago en su falaz profundidad:
no somos más que ancestrales impostores;
aventureros extasiados en la caza frenética
de criaturas de submarinos y espectrales fulgores.

— 71 —
Para multiplicar tus imperfectas cenizas,
desanidas de la noche aquel cuerpo, entonces;
cuerpo que enmaraña la vida, los cálidos muñones;
tumulto de resquicios, pistilos,
estertóreas heridas y respiraciones.

Cuerpo que desquicia tu cuerpo


como el azote de una tromba de sangre
ensanchando tus arterias perdidas en el horizonte.

Cuerpo adiestrado para desecar tu cuerpo,


para drenar manantiales o pantanos pletóricos de
celestiales espermatozoides;
a la sistemática usanza de un monje Shingon,
preparando su cuerpo en el Japón de hace más de mil años
para vivir momificado
al abrigo de un cielo tenaz sin resplandores.

— 72 —
EL VERDOR DEL FUEGO

Un alfanje para sajar


las raíces siderales de tu sexo.

Un orgasmo para contemplar


la eterna abundancia
de las incandescentes sombras.

El silente espasmo ahora nos nombra,


horadando tu clítoris,
oscuridad de ígnea rosa.

Se trastornan los mares,


la simiente más procelosa.

Bulle el polen que se forma


en la lumbre efímera de mis huesos
extraviados en la floración de las magnolias.

Se conjura la corrupción del cuerpo,


el fragor de los exhaustos pedernales,
el asedio de las oníricas caracolas;
la desintegración del propio universo
en la esterilidad de las fugaces cópulas.

Portentoso será el orgasmo que irradie


nuestra sangre de regreso hacia las estrellas,
inexorable retorno a las estampidas de luz más remotas.

— 73 —
MILENARIO ENCUMBRAMIENTO

Renace un cielo rutilante


sobre el esperma de los caracoles
que rodean tus pezones
como apretados higos negros.

Renace una laberíntica memoria;


el tiempo se desvanece
en la altitud de una mente extraviada
en un encarnizado asedio,
inmemorial desafío.

Al final de este brevísimo extravío,


y sin reflexión alguna,
aniquilamos nuestro propio yo,
como la muerte de un individuo
que ha cometido un insensato latrocinio.

Desciframos
lacónicos epitafios resonando
bajo este cielo llameante y desconocido:
lucidez que desnuda
la sombra de los cuerpos ágiles
en tempestades sin escombros o sonidos.

— 74 —
Cuerpos
carentes de recuerdos o equilibrio;
sin los sentidos atrofiados
por el sedimento primitivo:
nadie puede limitarse a descolgar los racimos
de estos tercos caracoles de tus nalgas;
nada puede hacernos olvidar
la inesperada fricción
debajo del ombligo:
un oleaje estático reanuda
su marcha ineluctable
hacia un territorio baldío:
sé que al rozar el orgasmo
nuestro karma se habrá extinguido:
mi mente se desgarra,
tímida lágrima
cayendo de lo alto de los lirios;
y tú floreces
al vaivén de lacerantes latidos,
soslayando estériles plegarias y espejismos:
vislumbramos una imperiosa razón:
nada en este reino celestial está escindido.

— 75 —
FEBRIL RELATO

Como témpanos de rosas decaen nuestros cuerpos:


aún se divisan algunas heridas a lo lejos,
pero hoy habrán de fundirse
como cenizas de estrellas nuestros huesos:
cosecha de caderas, algas aterradas
o extinguidas caracolas;
exterminadas serpientes y preñadas mariposas.

La disposición de tu vientre presagia


una breve travesía en una pecera tormentosa.

El tiempo se detiene a observar


la diseminación de nuestra estirpe tumultuosa:
presiento el más febril de los relatos
cuando el crepúsculo
despliega sobre nosotros sus tentáculos:
¿Quién podría ignorar tus latidos
escapándose de una prisión tan silenciosa?

¿Quién podría decuplicar tus tímidos orgasmos,


reverberantes fantasmas emergiendo de las sombras?

En esta interminable cacería de metáforas brumosas,


acechan tus pezones, extasiadas amapolas en mi boca.

— 76 —
DELIRIO INCESANTE

Un ciempiés fosforece
en la maraña umbría,
un hombre cualquiera
sueña una ciudad vacía:
¿Cómo distinguir el alba
de una vida que se difumina?

¿Confluyen piélagos
de pureza pétrea,
briznas de soles
que aniquilan fraguas,
arcaicas pesadillas?

No persistiré en desiertos,
interminables ordalías;
no perseguiré
vaivenes inasibles,
vértebras repentinas:
pálido es el reflejo
devorado por designios,
aterradas pupilas;
estériles son las batallas
libradas sin pausa
bajo estrellas mortíferas:
otro fuego me abrasa,
otra senda me extasía;
en un mundo sereno
he de sembrar la espada
que se escindió
en incansables semillas.

— 77 —
OCASO

Sirenas
encresparán ensueños

astros

que se esfuman
como ríos famélicos
difuminados
en hórridos desiertos

gritos
que habrán de horadar
tambores distantes y fieros

libélulas
surgidas del húmedo
encantamiento

corpúsculos de sombras
atraídos a la incandescente
magnitud de mi aturdimiento

— 78 —
CONTEMPLACIÓN DE LAS ROSAS

Ya despierta
de su largo sueño
la tormenta;
ya extiende hacia mí
su ciego abrazo:
como una celebración
entre afiebradas osamentas,
como una vulva efímera
hallada
en la contemplación
madura de las rosas,
germinan racimos de celestiales cópulas
reverberándose en el fondo de un estanque
anegado por flores fantasmales
y abismales mariposas
que irrumpen
en las circunvoluciones de mi deseo.

— 79 —
ESPEJISMO

Tenues pupilas
se posan de noche
como libélulas líticas

Hierbas umbrías
tus vellos
tus pezones
de pronto se erizan
sombras volátiles
que mis manos irisan

Tal vez no deba


surcar este cielo
cuerpo mondo
pira de palabras oblicuas
tal vez no haya
otro camino
más horizontes
velámenes
bajo rayos oscuros
que pueblan
resquicios perpetuos
ecos durmientes
entre ciudades vacías

— 80 —
HERIDAS
EN LA HIERBA

— 81 —
Nunca lo olvides:
caminamos en el infierno
contemplando las flores.

Matsuo Basho

— 82 —
— 83 —
— 84 —
MANANTIAL EN EL ESPEJO

Un planeta hacia mí viene rodando;


acaso el aullido terrible
de los huesos que a nuestro pesar abandonamos.

Hay pechos tan acogedores


como medusas agazapadas en las manos.
Hay insectos tan azules y despiadados:
mi cabeza parpadea como la moribunda melodía del verano.
En las ciudades brotan geranios
entre hormigueantes burbujas de estaño.
Sus atónitos habitantes contemplarán
un abrasador crepúsculo de uranio.

La piel se desnuda, pero se pierde el alba entre la fricción


y el continuo desgaste de tus labios.

desde una montaña de coral


que nos observa con espanto;

cuando ignoramos este equilibrio planetario,


la memoria se disuelve sin poder remediarlo:
un deshielo inclemente abrasa glaciares y montañas:

tu cuerpo sediento absorbe el manantial encerrado en este espejo.

— 85 —
OFRENDA

Rosácea mariposa,
remanso entre ráfagas infinitas:
las nubes no intuyeron esta efímera agonía;
los años no mermaron tu belleza repentina.

Entrégame tus pétalos dorados,


la sal de los caminos sin salida.
Desgarra mis lunares,
los tatuajes de mi carne ubicua.

Colma mi cuerpo ensimismado


de preguntas inauditas.
Cabalguemos los recuerdos
poblados de semillas.
Libremos al azar itinerarios,
espectrales elegías.
Escanciemos sin prisa
nuestra sangre umbría.

El crepúsculo enferma;
la noche ya se irisa.

Sobre las nubes absortas,


tu pecho incesante palpita.
Bajo la lluvia certera,
germinan mis huesos
en un crepitar
de estrellas enceguecidas.

— 86 —
SINO

Acrisolar el cielo
al eclipsar tu cuerpo:
caricia insomne,
unánime sendero.

Purificar la noche,
el furor
que impulsa nuestros huesos:
una flama despierta,
un crepúsculo enmudece;
tu piel oscila
entre alboradas
y níveos destellos:
desnudez
cosechada como jardín
crecido en confines etéreos:
mi ceguera serpentea
sin límites ni consuelo:
oscuro es el ámbar
que nos fosiliza los sueños.

— 87 —
MOMENTÁNEO FIRMAMENTO

No hay maldad en esta carne,


en nuestra espesa sombra.
No hay maldad en las caricias
que encienden nuestros cuerpos:
antorchas arrojadas a la oquedad que emerge de tu boca.
No hay maldad en los latidos exterminados
durante el fragor de una cruenta cópula:
festín de hambrientos caracoles atragantándose
de la piel que se deshoja de una inesperada espada
que jamás ha conocido la derrota.

Salvo el copular intenso


el mundo es un eclipse del tiempo.

Orgasmo: concluyes nuestro descomunal encuentro;


y descansas, satisfecha anaconda que has devorado
las palabras de mi tenaz memoria;
y tu cuerpo digiere mi esperma azul
y lo transforma en dormidas mariposas;
y tu cuerpo reconstruye una imaginación espantosa,
fragmentados poemas en los tenebrosos océanos
de una mente que jamás se postra:
tu lengua se disemina nuevamente:
repentino lago que humedece los fulgores
de un momentáneo firmamento.

— 88 —
TORNAVIAJE

Húndete en mí:
trasciende mi piel y sus ventanas;
cambia mis ojos por tus ojos:
aves dulcísimas
que fluyen desde un cielo
poblado de esmeraldas.
Enlaza turgencias
con manantiales enigmáticos;
fosforesce en la pálida penumbra
que jamás destelló entre mis labios:
no soslayes más mi voz,
susurros que la brisa confinaba
en el halo que aún corona la mañana:
siente el florecer de mi sombra inclinada,
expande hacia los lienzos
la silente belleza de tu onírica mirada:
corpúsculos de estrellas
se han tornado
en espadas deslumbrantes
durante el retorno de estas palabras;
oropéndolas lejanas
han reanudado su vuelo
sin haber mutado
los frágiles colores de sus alas.

— 89 —
NOVÍSIMA ESPECIE

Colina de arrasadas ciruelas,


tu carne es devorada por crepusculares leopardos
en medio de sangrientos estertores:
recostada sobre sedientos costillares,
tientas a la noche que sin prisa
rodea los orlados bordes de tu goce.

Brutal será el encuentro


con mareas celestiales y estáticos leones:
la borrasca no detiene el avance de mi nombre,
cimentando el altar donde se desarrollará la génesis
de una estruendosa raza de ciegos cazadores.

Un cercenado horizonte brotará en tu rostro deshojado


cuando mi falo ingrese
durante una tempestad de dolorosas y febriles flores,
presagio de la inminente estampida de mis prensiles voces:
así se invoca la continuidad de nuestra repentina especie,
tan fugaz como hambrientos colibríes
nutriéndose de espermatozoides;
tal vez los nuestros, tal vez los seres que no habrán
de limitarse a incinerar todos los bosques azules,
los lagos y la memoria de las flores;
los obstinados fantasmas que deambulen
alrededor de los órganos descartados de nuestros clones.

— 90 —
EVOCACIÓN

Se despuntaba
un nuevo día
devorado por el viento.

Se escindían los colores


que moraban espesuras
y silentes interregnos.

Tu mirada era un cantar


desgarrado por el tiempo;
un suspiro,
un pálpito indefenso.

Nuestras pieles
se fundían
como racimos
de islas primordiales:
yacíamos absortos,
vislumbrando
pedrerías cenitales;
irreal era la ceguera,
la certeza inalterable.

Poblábamos penumbras
y oquedades feraces;
gravitábamos
como estrellas ateridas
que hibernan en gélidos parajes.

— 91 —
NUDO GORDIANO

Inefable es el designio
que sella tus pupilas:
destierro interminable,
exterminio de idiomas,
quebranto de costillas;
aún está sobre mi frente
tu mano omnímoda:
remanso de cadáveres,
vestigios que murmuran
detrás de los pinceles
si abandonamos el timón
o perdemos la osadía:
en vano se intentaría
descifrar el lenguaje
atrapado en la belleza
de una simple melodía:
Pachelbel se marchó sin
remontar esta desdicha:
en la piel surgen grietas que
conjuran lacerantes heridas:
insondable es el sino que nos
une sobre la arena penetrante
como escindidas ordalías:
esperando inminentes lejanías,
tanteo los extremos de tu luz
que se difuminan en destellos
de constelaciones repentinas.

— 92 —
HOMO SAPIENS

Sublime es la lengua que consume


el espacio continuo, las intrigadas cenizas;
los pormenores de la soñada inmortalidad:
el calor asimétrico producido nos acaricia las sienes,
los huesos helados que jamás podremos estrechar.

Este acto desconoce la débil espada,


la pequeña mortandad:
en tu rostro se proclama el gesto que transforma
cualquier noción previa de agreste fugacidad:
el último árbol añoso será talado
para que los muertos puedan descansar en paz;
su pasión por los tentáculos coronará
su prometida morada celestial: algún día,
otros seres hallarán
entre los vestigios de nuestra especie,
una frondosa biblioteca,
un poderoso antídoto contra la felicidad.

— 93 —
— 94 —
ÚLTIMOS ESTERTORES:
UN OLEAJE DE MARIPOSAS

— 95 —
“El corazón del poeta y del mar son fecundos, cada uno a su manera, pero
al fin y al cabo es fecundidad”

Luis Bernardo González Vásquez (1974)

— 96 —
— 97 —
— 98 —
ÚLTIMO DESTELLO

No me dormiré sin haber hollado


las profundidades del perenne fuego.

No se detendrán mis manos


si tus cenizas aún avivan
la sombra difuminada de mis sueños.

Omnipotencia, deseo, voluntad;


mágica es la imagen
contenida en epílogos concéntricos.

Jamás habrá tregua ni sosiego:


el libro eterniza bríos y aleteos;
el espíritu desdeña bitácoras y avernos.

Reanudemos la travesía
que nos enfrenta a signos famélicos;
ignoremos la urgencia subrepticia del trueno:
contemplo una encrucijada llamear
en un horizonte de heridos espejos,
presiento peldaños, gráciles senderos;
el deslumbramiento que podría incinerar mis huesos.

— 99 —
HALLAZGOS

Peces de luz
nos ciegan
en la noche
desnudada
por tus labios
nubes
párpados
mojados
sueñan
nuestros cuerpos
blandos
archipiélagos
errantes
que circundan
el orbe
sin descanso
bajo el yugo
provocado
por llamaradas
que fulminarían
astros
al atisbar
singulares presagios
colores
caracoles alados
corceles que moran
brumas
versos húmedos
sombras
pletóricas de pájaros

— 100 —
ALBORES DEL KARMA

Sin cesar orbitan


tus pechos
los confines
purpúreos
de un diseminado
cielo:
zigzagueantes
girasoles de fuego
que erizan
la espuma durmiente
de mis más gélidos sueños.

— 101 —
ARJÉ

Persistes,
ubérrima espuma;
tu aliento emancipa
ramajes
en un perenne
rodar sin lunas:
si te yergues
sobre
ígneas dunas,
la noche izará
sus anclajes,
lejanías luminosas
y turbias;
si horadas
las aguas profundas,
el alba
se eternizará
en oleajes brumosos,
puñado de aves fecundas.

— 102 —
LOGOS

Lágrima de luz,
ceguera de estériles naufragios.
Contemplar las mareas,
el vaivén inasible del verano.

Se desata sin pausa


la metamorfosis de los astros
cuando el viento invade
la morada de tus labios:

Jamás habrá ternura,


sólo gráciles acantilados;
jamás habrá dulzura:
el caos desplaza
la belleza del orden planetario.

— 103 —
ESPASMO

Me desvanezco
como las nubes
como la piel
se hace racimos,
lumbres rosáceas:
delirar de lunas,
velámenes difusos
bajo opalinas aguas:
nenúfares tal vez
que alfombran acaso
lienzos desnudos,
tus exhaustas,
aún húmedas nalgas.

— 104 —
EPÍTOME

Enemigo grotesco, arcaico aprendiz;


barco fantasma que recién zarpa al morir.

Arma de sílex, minúsculo violín; voracidad


de hormigas de fuego centuplicándose en veranos sin fin.

Mariposa de mármol, pálido cielo marfil;


colibrí que aterrado aletea sin haber empezado a vivir.

Túmulo de luciérnagas, batallar de oleajes; ballena


varada en la playa donde perecen ciegos caminantes.

Torre postrera, quimérica vastedad; sueño de peces


surcando veloces nubes en tempestad.

Oasis de esferas, caótico pedregal;


navegación infinita o epílogo de prístino manantial.

Pequeño telescopio, larguísima vocal;


cópula de estrellas feraces atizando el magma seminal.

Deslumbramiento de gemas, fosforescencia genital; espejismo


que acecha de noche desde los albores del sosiego ancestral.

Murmullo en la arena, trote de onírico corcel; torrente que


invade tu trémulo follaje, intersticios dorados del amanecer.

— 105 —
Refracción de hoguera, desdentado frenesí; gestación de
lirios salvajes mientras la Luna es una hondonada llameante.

Lágrima feraz, putrefacción sin pausa; contemplación de


caderas y muslos como meandros de ensenadas distantes.

Vigilia perpetua, sigilo de cisne negro; cenit de una


travesía impecable circundando tu redondez perfecta.

Fragor en la piedra, fragmentación constante; muerte sin


murallas o enclaves que contengan el devenir de tus carnes.

Éxodo celular, exterminio de gráciles vientos; anarquía


en la pecera azul que represa mi atormentado pensamiento.

Arpa verbal, aglomeración de nebulosas aguas; zigzagueo


de pétalos clavados alrededor de una vulva arcana.

Carroñero feroz, camaleón de grisácea sangre; añoranza


de un perdido plumaje en el pasto de humana vorágine.

Parpadeo cenital, semilla indescifrable;


partitura que subvierte el sortilegio y la barbarie.

Inanición de sirenas, botín de tréboles rojos;


cálida cascada que intuye el silente susurro de las moléculas.

Vértigo anhelante, sombrío montículo de certeza; avispón que


afilando sus alas en el bosque esparce un haz de centellas.

Escorpión en la niebla, paroxismo de cráneos; planetario


estoicismo de caracoles extinguiéndose en tus labios.

— 106 —
COSMOGONÍA

La fantasmal estela
del veloz paso de un pez clavado en una espada.
Tu estremecida cabellera,
las montañas de palabras calcinadas en mi frente.
Las largas escaleras que conducen
a la cima de una atónita mirada;
el aterrador caos planetario
provocado por nuestra desenfrenada simiente:
todo lo que alguna vez se arrastró
o invadió la noche de repente,
relumbrando en la unanimidad de las formas
y los lomos de las criaturas sorprendentes,
fue fraguado en celestiales vientres;
en siderales hornos de feroces estrellas:
monstruos encarnizados
coronados por sulfurosos dientes:
mi propia simiente es la última sobreviviente
de una hecatombe de estrellas:
extinción de mariposas apresadas en estelares osamentas;
solitarias explosiones de moribundas centellas.

Mi esperma desconoce el camino estelar


que por un endemoniado vientre le fue señalado,
ignora el descuartizamiento de estas bondadosas doncellas;
y aquéllas, la fragilidad de las criaturas
que en medio de una erupción azul engendraron,
la extensión de sus incesantes lenguas.

— 107 —
Ahora,
miles de millones de años
y unas cuantas estériles horas después,
mi esperma calcinará tu vientre
con el golpe de una espada de hielo
que convoca las primeras palabras
del río que empieza a brotar
desde las alturas de una nueva mente.

Mi esperma
fluye de un manantial de cadáveres de estrellas:
holocausto de jinetes inexpertos,
océanos de sangre vertidos por enceguecidas cópulas.

Proliferación de orgasmos como interrumpidos naufragios,


génesis de mentes letales como cánceres de rosas;
profusión de cenizas de libélulas sofocando las antorchas
recién encendidas en las despobladas sombras.

Exterminio.
Apogeo de seres diabólicos, irresistibles;
diseminación por doquier de mortíferas sustancias.
Extinción en masa de animales mercuriales
y esterilizadas plantas:
sólo subsiste el antiguo altar
donde se adora el sacrificio de una silenciosa criatura
que era en verdad maravillosa.

No hay nada que adorar,


salvo el fruto de la voluptuosidad
de los despiadados devoradores de estrellas o mariposas.

— 108 —
No hay más altar
que la insensata repetición de toda mendaz historia:
nómadas acechando
las extendidas alas de aquellas insectiles rosas:
su diminuta imaginación ignora el devenir del cosmos,
el titilante porvenir que amenaza con tragarles
sus desgarradas entrañas y hediondas bocas.

Tal vez este cielo


que hasta ahora nos ha cobijado tiernamente
termine por dispersar estas atomizadas palabras;
o el orgasmo que de la nocturna soledad
nos ha rescatado
nos impulse algún día a la perfección,
a la búsqueda de un universo sin horizontes ni mañanas;
y después de aquel inexorable exterminio,
una prologada paz rebrotará
estremeciendo deidades y montañas:
nos habremos marchitado,
pero un viento cálido reunirá nuestras cenizas
con el aroma del mar y las desgarradoras cópulas;
con el recuerdo de las osamentas
que sólo en nuestros sueños vislumbramos:
nos habremos extraviado momentáneamente
bajo las heladas escamas,
la nublada armadura de este mundo;
pezón tan enigmático y sangrante
como el feroz atragantamiento que provoca
un bocado de flores de cinabrio,
enjambre de libélulas voluptuosas.

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MANANTIAL DE MARIPOSAS

Alas de libélulas liberándose


en el viento que no cesa,
nieve repentina en nuestros débiles párpados;
piel que desquicia el ordenado retorno
de las aves y los ríos,
tenue cubierta intuitiva y desgajada.

Mi lengua, pertinaz cimitarra,


se abre paso por tus desnudas espaldas:
estela cercenada por algo más
que una desasida garganta.

Circundo la tormenta
que nos fortalece los muñones
o restablece el filo de cualquier espada:
acechada por mi glande, tu vulva se agiganta;
expulsando oceánicas estrellas
que súbitamente estallan.

Salvo mi lúcido desenfreno,


no hay turbulencia que trastorne
las enceguecidas moléculas de tu cuerpo
que el fuego para sí reclama:
me interno en el negror de un anegado paraje
de cielos sostenidos por árboles de pasmoso follaje:
sexo frondoso y extraviado
en los límites de una expedición estertórea;

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reino donde afloran
insondables manantiales de mariposas:
lágrimas encendidas de un ámbar tan arcano
como cenizas de enloquecidas auroras.

Invocado en el umbral de un laberinto de rosas,


mi esperma se precipita como granizada de alabastro
sobre algas, colinas y libérrimas mariposas:
una mínima voz resonará para siempre
desde un crisol de incandescentes vientos,
dispersando a su inexorable paso
las extasiadas cenizas de nuestros ancestros:
una voz habrá de centuplicarse
entre los confines asfixiantes del concepto.

Ni el mundo entero ni el firmamento


serán suficientes para que pueda desplegar
cómodamente sus ágiles huesos.

Ha concluido entonces
la milenaria evocación del reverdecido cielo.
Todo ha sido eclipsado
por constelaciones de cenitales mariposas
que sin prisa se reverberan en el ígneo lago
donde ardorosamente abrevo.
Si hemos sucumbido a la tentación
de aniquilar el abominable tedio,
contemplaremos serenamente
la desintegración de los antípodas de nuestros sueños.

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ÍNDICE

Piel diseminada / 7

Sirenas del desierto / 21

Cadáveres de fuego / 35

Tormentas en el reloj de arena / 51

Colibrí en la montaña / 65

Heridas en la hierba / 81

Últimos estertores: un oleaje de mariposas / 95

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