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Coleccion: Gaceta Civil - Tomo 38 - Numero 21 - Mes-Ano: 8_2016

Compromisos materiales del cuestionamiento de la


competencia en el proceso civil
Roberto GONZÁLEZ ÁLVAREZ*

[-]

RESUMEN

El autor define a la competencia como un instituto de técnica procedimental que tiene


un enganche muy notorio con los contenidos materiales que la Constitución asegura al
justiciable. En ese sentido, advierte que el cuestionamiento de la competencia pone en
juego el delicado equilibrio entre autoridad y fundamentalidad, por lo que resulta
importante darle una mirada distinta al manejo de la competencia, no solo como
control de la aptitud del juez para conocer el caso concreto, sino como técnica de
consolidación de garantías fundamentales del justiciable y de control del poder del
juez.

MARCO NORMATIVO

• Código Procesal Civil: arts. 35, 36, 40 y 446.

PALABRAS CLAVE: Competencia / Presupuestos procesales / Inhibición / Conflicto de


competencia /Incompetencia

Recibido: 30/05/2016
Aceptado: 10/06/2016

I. Premisa

Si el juez se declara incompetente de oficio: ¿cómo se entiende que exista un


“cuestionamiento” de su incompetencia? ¿Qué se cuestiona, la competencia o la
incompetencia? Las dos preguntas, en rigor, cuestionan la denominación o nomen iuris
del “cuestionamiento de la competencia”, no solo desde una perspectiva semántica
sino también procesal, es decir, no es un asunto baladí sino una exigencia de claridad
conceptual sobre el tema.

Cuestionar significa controvertir algo dudoso o poner en duda lo afirmado por alguien,
es decir, en perspectiva procesal, implica una denuncia orientada a lograr una
decisión, por tanto cómo entender ese cuestionamiento cuando la decisión emana
motu proprio del juez. La parte perjudicada con la determinación de la competencia es
la única que, en toda situación, podría promover un cuestionamiento de la
competencia, máxime que ello implica el ejercicio del derecho fundamental de acción.
El oficio tiene la posibilidad de pronunciarse sobre un cuestionamiento, él no es el que
cuestiona sino, siempre, el que resuelve el cuestionamiento procesal. Técnicamente la
incompetencia, cuando es oficiosa, no debería estar contenida en el tratamiento del
cuestionamiento de la competencia sino en los deberes del juzgador, pues tampoco
es conveniente ubicarlo en un rubro de mayor generalidad que el de cuestionamiento
de la competencia que es el de cuestiones1 de competencia, porque una cuestión
litigiosa no tiene oportunidad de generarse cuando un proveído es oficioso, dado que
una cuestión litigiosa implica la vinculación entre algo que se pide, por una parte, y la
decisión judicial sobre ello.

Cuestionar la aptitud del juez para que ejerza su función jurisdiccional en el caso
concreto significa que tal aptitud incurre en irregularidad y todo lo que ella permita a
final de cuentas no será válido pues pesará sobre ello la nulidad. Esto supone que el
cuestionamiento podría ser siempre de la incompetencia y no de la competencia, pues
al parecer eso entienden muchos autores que prefieren tratar este cuestionamiento. La
idea expresada y que siguen esos autores es incorrecta, porque supondría, siempre,
un cuestionamiento fundado. Además, cuestionar la incompetencia resulta
semánticamente ilógico porque se cuestiona aquello sobre lo que se duda y por quien
no decide sobre esa duda sino por quien la promueve ante quien le corresponde
decidir sobre ella esclareciéndola. Siendo así lo que se cuestiona es la competencia,
tal como aparece del capítulo respectivo del Código Procesal Civil.

II. Competencia y presupuestos procesales

La función o actividad2 jurisdiccional consiste en la impartición de justicia (rectius:


resolución de conflictos) por ejercicio del poder estatal que descansa en cada uno de
sus órganos (jurisdiccionales), precisamente, de ejercicio de ese poder.

Vista la jurisdicción en los cauces del flujo del poder estatal se presenta como una
función que explica, a la luz de los principios de separación de poderes y división de
poderes, la naturaleza de una actividad estatal cargada de una energía que afianza lo
que dispone, que resulta ser, con base en ese poder, dominante y absoluto; por tanto,
con una pretensión de validez irresistible, tanto que para su cumplimiento no se
escatima el uso de la fuerza sobre el ciudadano.

La función jurisdiccional se realiza por los órganos constitucionalmente encargados de


hacerla efectiva: los órganos jurisdiccionales. Estos poseen la autoridad pública de
impartir justicia entre los gobernados. Se configuran estructuralmente como servidores
públicos desde la Constitución orgánica, que es también de donde emana su
funcionalidad estatal. Los jueces como órganos jurisdiccionales o, mejor, de ejercicio
de flujo jurisdiccional público de poder están restringidos en el ejercicio de sus
atribuciones (funcionales jurisdiccionales) por las garantías de los derechos
fundamentales que, todas ellas, aparecen de la Constitución dogmática. Con otras
palabras, los tradicionalmente denominados poderes de la jurisdicción están
supeditados en su ejercicio a las garantías fundamentales del derecho (fundamental)
de acción, en la medida en que la legitimidad de la Constitución orgánica pende del
respeto irrestricto que le debe a la Constitución dogmática, sea en tanto se construya
por el poder constituyente o funcione por el poder constituido.

Es un yerro mayor el continuar afirmando que la Constitución se ocupa de atribuir la


jurisdicción o, mejor, la función jurisdiccional y la ley dicta los ámbitos de la validez de
su ejercicio refiriendo por ello a las reglas de la competencia. En el Estado
constitucional de Derecho la regulación legal de la competencia obedece a un elenco
vasto de garantías procesales fundamentales, particularmente de eficiencia o técnico-
políticas, de manera que la Constitución no es ajena a la regulación de la competencia,
es todo lo contrario, su ámbito dogmático es manante de la limitación del ejercicio de la
función jurisdiccional. Si esto es así, bajo el clima neoprocesal, es también dudoso
seguir afirmando que la cuestión de la competencia es un posterius3 de la cuestión de
la función jurisdiccional, si se toma en consideración que las garantías de los derechos
procesales fundamentales del justiciable con relación a la competencia se fundan en
su reconocimiento en la Constitución dogmática o axiológica. Ahora, si se diferencia
claramente las reglas instrumentales de la competencia, que están elaboradas por el
legislador ordinario sin descuidar los principios (derechos y sus garantías)
fundamentales que las legitiman, de la configuración orgánica funcional de la
jurisdicción, tal vez, y con mucho cuidado, esa relación de posterioridad de la
competencia frente a la función jurisdiccional se mantenga en pie.

Advertida así la jurisdicción, lo último que se podría admitir es la posibilidad de


dividirla, repartirla4 o fraccionarla entre quienes la ejercen: los jueces. La jurisdicción
es una sola5, no admite clasificación6 ni división alguna, menos por efecto de la
competencia procesal. Esta no es una porción, especie, parte o fracción de la
jurisdicción, es más, no es una clase de jurisdicción ni la jurisdicción misma. La
competencia se diferencia muy claramente de la jurisdicción, pero es su vinculación a
esta la que justifica su presencia, estructura y función.

Los principios de división del trabajo y división del poder informan la distribución de la
labor funcional de jurisdicción a través de muchos órganos jurisdiccionales; siendo así,
la funcionalidad orgánica del Judicial a través de esos muchos jueces se distribuye o
reparte en atención a varios factores, lo que no significa que la jurisdicción se
distribuya o reparta, esta sigue siendo, siempre, una sola. El manejo de los factores
que delimitan el ejercicio funcional de cada órgano jurisdiccional, desde la Constitución
y la ley, se sintetiza en un instituto procesal de delimitación, no de legitimidad7 –el
órgano jurisdiccional por ser tal tiene total legitimidad para ejercer la (rectius, “su”)
función jurisdiccional–, sino de aptitud8 de los jueces para conocer casos concretos: la
competencia. Esto deja claro que la jurisdicción recae en todos los jueces9, por el
simple hecho de ser nombrados como tales bajo parámetros democrático-
constitucionales, pero no todos ellos tienen competencia para conocer un caso
concreto. Esa aptitud se determinará por exigencias de la Constitución traducidas en
ciertos factores de naturaleza procesal que, desde la ley, delimitan la jurisdicción para
cada órgano jurisdiccional, de manera que si uno resulta tener aptitud, por la
delimitación de su funcionalidad, para ser la autoridad en un caso concreto, los demás
quedan excluidos.

La competencia es un presupuesto procesal10 que describe la pertinencia o, mejor, la


aptitud del sujeto que juzga en el caso concreto. Es una premisa indispensable de la
sentencia11. Si esta exigencia ineludible de regularidad procesal pesa sobre el sujeto
jugador del proceso, sobre las partes pesa otra, también con la naturaleza de ser
presupuesto procesal, la capacidad de goce y de ejercicio. Si se quiere, es cierta la
idea por la que la aptitud de las partes se mide en términos de capacidad y la del juez
en términos de competencia.

Hasta aquí se logra ubicar dos ideas condicionantes para entender la competencia. La
primera es aquella por la que la organicidad del Judicial se toca en una pluralidad de
órganos jurisdiccionales que interaccionan entre ellos. La segunda es el control de un
nivel de aptitud exigido para delimitar la funcionalidad de cada órgano jurisdiccional. En
ambos casos, nada sería posible sin los principios y reglas de la competencia.

Una posición equivocada12 sobre la validez de la normativa de la competencia


sostiene la insuficiencia de la institución de la función, distinción y especialización
competencial desde la Constitución, porque resulta imprescindible que la ley la
determine, porque es ella la normativa que contiene el precepto específico del oficio y
del que se desprende la estructura horizontal y vertical de la judicatura, así como la
censura, crítica y control de la actividad de los jueces. Esta es una posición muy
asentada en los trabajos paleoprocesales, en los que se proyecta constitucionalmente
la competencia con escuálidas y meramente orgánicas prescripciones de la
Constitución, de manera que la ley asume el rol predominante en la justificación de la
validez normativo-regulatoria de la competencia y, con ello, de su implícita vinculación
con la organización orgánica de la judicatura y, algo peor, de la idea de control,
censura y crítica desde las prescripciones legales, es decir, se proyecta la normativa
sobre la competencia desde las reglas que animan el proceso y no desde la
Constitución dogmática ni, claro está, de los derechos y garantías fundamentales que
esta cobija.

Cuando se pierde de vista la verdadera naturaleza jurídica de la competencia se


incurren en falacias como la postura13 de presentar la competencia como requisito de
validez de los proveídos del juez y, como si esto fuera poco, indicar que esa tesis
supera a la de la competencia como requisito de la validez de la demanda. Sobre el
particular debe establecerse que la competencia es un presupuesto procesal, no de la
demanda ni de ningún otro acto procesal, comprendiendo los proveídos del juez, sino
de la relación jurídico-procesal, simplemente porque es la aptitud de un sujeto
procesal, el juez, que está preestablecido por ley para conocer y resolver el caso
concreto, es decir, para integrar válidamente el componente subjetivo procesal,
traducido en la integración de la relación jurídico-procesal. Si falta esa aptitud de ese
sujeto no existe la posibilidad de entablar la relación jurídico-procesal, esta será
inválida y no propiamente la demanda, esta no se declara nula, es más, el proceso
sigue en marcha pues el derecho de acción sigue intacto y funcionando desde su
ejercicio inicial con la demanda, tan es así que no se declara nula la demanda y,
producida la traslación, esta sigue intacta para sus efectos. Ahora, ¿por qué no es
correcto afirmar que la competencia es requisito de los proveídos del juez? No es
correcto no solo porque, en el supuesto negado que tenga un mínimo de acierto, se
mutilaría la competencia para la validez de los actos de las partes, de los terceros
legitimados, de los auxiliares jurisdiccionales, etc., que fueron consecuencia de los
proveídos del juez, sino porque los requisitos de los actos procesales consistentes en
los proveídos del juez, como de cualquier otro acto procesal de parte, son
determinables en forma específica, de modo que siempre son de forma, formalidad o
formalismo, sería absurdo evaluar en cada acto procesal del juez la competencia como
su requisito, ello corresponde a la iniciación14 o postulación del proceso en el control
de los “presupuestos” procesales de la relación jurídicoprocesal, de modo que se
configura un orden de control de presupuestos a atender en la validez o regularidad de
los actos procesales.

Los presupuestos procesales se diferenciaron siempre de los requisitos de la


demanda, de manera que la ausencia de los primeros genera improcedencia y la de
los segundos inadmisibilidad. La diferencia entre improcedencia e inadmisibilidad es la
no subsanación de la primera y la subsanación de la segunda. Este criterio de
(in)subsanabilidad se articula en los controles de los presupuestos procesales en la
calificación de la demanda, la decisión sobre las excepciones y el saneamiento del
proceso. Y en ningún caso la improcedencia lleva a la subsanación de defectos por
omisión de presupuestos (comprendiendo en ellos a los requisitos cuando se
identifican como presupuestos del procedimiento) como tampoco la inadmisibilidad a la
conclusión del proceso.

Establecer reglas que se refieren a la procedencia de una demanda de ejecución


tiene como propósito que advertida sea la omisión de sus presupuestos –entiéndase
de procedencia– el control de los mismos deviene en la declaración de improcedencia
y, por tanto, en la conclusión del proceso.

Bajo la premisa anotada, que rige para el proceso civil sea de conocimiento o de
ejecución, corresponde evaluar si el tratamiento de la procedencia de la demanda de
ejecución contenida en los precedentes del VI Pleno Casatorio se ajusta a sus
exigencias conceptuales actuales o si se trata de reglas que pervierten el efecto de la
improcedencia o, en todo caso, que regulan la admisión de la demanda de ejecución
entendida, equivocadamente, como procedencia. De ser afirmativas estas dos últimas
tesis habrá que advertir si el problema nace con los precedentes del VI Pleno
Casatorio o estos son simples consecuencias de la defectuosa regulación, sobre el
particular, del Código Procesal Civil.

La instrumentalización del proceso no se advierte en la línea de la necesidad de los


órganos jurisdiccionales para que cumplan su función, sino de la necesidad de los
justiciables para que el derecho de acción como derecho de acceso al proceso sea
efectivo o, mejor, eficiente. La eficiencia del proceso es la que consolida su carácter
instrumental.

El proceso se ha definido como un método15 para la formación o actuación del


derecho o un “método” de debate16. ¿Qué significa la concepción metódica del
proceso? Para comenzar, la eliminación de cualquier asignación material que se le
quiera dar, es decir, el proceso no porta cargas deónticas, de modo que es falaz la
afirmación que el proceso es garantía17 o sistema de garantías18 el proceso es tan
solo un modo de decir, hacer o proceder ordenada, coherente y continuamente hacia
una finalidad, es decir, es un procedimiento y como tal es instrumental, artificial y
técnico19.

El proceso no es una relación jurídica ni una situación jurídica, es la interacción


(acciones recíprocamente ejercidas) de sujetos, objetos, actos, fuerzas, funciones,
principios y todo cuanto jurídicamente sea recibido y transite en reciprocidad de
accionar por el método procesal.

Ahora, ¿por qué esta interacción es litigiosa y no basada en el contradictorio?


Simplemente porque el contradictorio está presente en la controversia y el proceso no
siempre implica controversia, pues en los casos en que el proceso permite el reparto
autónomo (la solución por desistimiento, transacción, conciliación, reconocimiento de
alegaciones, allanamiento, etc.) hay ausencia de controversia; ahora, que la
interacción sea litigiosa antes que sujeta al contradictorio no indica que este no tenga
espacio en aquella.

Sin el litigio el proceso sería un fenómeno incapaz de mantener contacto con el


contexto material que lo circunda, y que fuera entendido como transformación del
derecho material20, referido a dos momentos fuera del alcance del proceso: a) la
crisis de cooperación determinante del litigio (extraprocesal); y b) el pronunciamiento
contenido en la sentencia (como norma jurídica de origen judicial), de la que se
afirma21, no puede reputarse de índole procesal (metaprocesal). El proceso se halla
entre estos dos momentos solamente porque asume como base la noción de litigio; por
eso en el proceso, cronológicamente, antes de la acción o del derecho subjetivo está el
litigio22, pues él le da juridicidad al conflicto y, por tanto, la posibilidad de tener una
solución también jurídica, es decir, permite el tránsito, por el mundo jurídico procesal,
de un contexto material crítico para transformarlo en un contexto material de
bienestar. Algo final, mejor y contundente: sin el litigio el proceso no podría ser eficaz.
¿Por qué el proceso (interacción litigiosa) es eficaz? Porque la eficacia del proceso
sintetiza la juridicidad de la interacción litigiosa, es decir, la aprehensión jurídica y, por
tanto, eficaz de los componentes conceptuales del proceso. La esencia eficaz del
derecho determina la justificación del Derecho Procesal en la interacción (vida)
litigiosa humana, lo que promueve la esencia eficaz del proceso, porque este no se
contempla como es sino como debe ser, es decir, no se explica o describe cuando
está ya hecho o que es –legitimación externa–, sino se justifica o prescribe por lo
que debe ser –legitimación interna–; siendo así, la interacción litigiosa es ontológico-
jurídicamente eficaz o, mejor, complejamente eficaz, o eficaz en su máxima expresión,
que significa eficacia, desde su cuidado semántico: i) en sentido estricto; ii) como
efectividad; y, iii) como eficiencia.

En consecuencia, el proceso es eficaz porque i) se justifica racionalmente; ii) no asume


interés en la simple interacción litigiosa humana, sino en esta siempre que tenga
finalidad, fundamentalidad (carga lógico-deóntica) y funcionalidad jurídicas, es decir, iii)
es ontológicamente normativo procesal (efectivo-fundamental), metamétodo de la
interacción de los principios (procura una sentencia justa, es eficaz-finalista) y
socialmente legítimo (eficiente-funcional).

La comprensión del proceso civil, como método de interacción litigiosa eficaz, enseña
tres puntos de vista referidos a los valores, las normas positivas estatales y la realidad
social generadora de particulares conductas sociales; en consecuencia, se identifica el
proceso civil con la justicia, el Código Procesal Civil y conductas, así como decisiones,
expuestas en hechos, actos y negocios procesales, referidos a un servicio público de
solución de conflictos metódicamente ordenado. Aquí, se advierte que en este último
punto de vista se presenta el proceso para la comprensión del Derecho Procesal Civil;
pero ello no solo ocurre en ese sentido, sino también puede darse en la comprensión
integrativa del proceso con relación a valores, normas y sus propios hechos, actos y
negocios desplazados por su cauce metódico. Esto denota que en el integrativismo
trialista del proceso corresponde referirse a la eficacia (valores y finalidad procesales),
efectividad (normas y efectividad jurídica procesales) y eficiencia (funcionalidad
procesal en la sociedad) del proceso.

1. La (ir)regularidad en el proceso

El proceso sirve para construir una sentencia, esta es el fin (sentencia-norma) de


aquel. Mientras la sentencia se hace o produce (sentencia- acto) a través del proceso,
todo lo que ocurra en él deberá ajustarse a una exigencia de regularidad, de manera
que la irregularidad será controlada en aras de una sentencia justa.

La regularidad procesal gravita en la formación de la sentencia (justa) bajo el riguroso


aseguramiento de corrección de i) presupuestos procesales; ii) razonamiento (en la
motivación, orden crítico de la decisión, presunciones y apreciación de conducta de
partes); y, iii) congruencia (externa e interna con los sujetos procesales, el objeto de la
sentencia y las alegaciones de las partes).

La irregularidad procesal se determina en las cuestiones litigiosas (materia principal,


procesal material y procesal procedimental) que muestran error o vicio que conducen a
la revocatoria (y consecuente reforma) o nulidad (y consecuente rehacimiento)
respectivas.

2. Los presupuestos procesales


La tesis de la naturaleza jurídica del proceso descansada en la noción de relación
jurídica procesal23 trajo de la mano el inicio teórico de la categoría de los
presupuestos procesales24, pues estos, determinan el condicionamiento de
regularidad por existencia, validez y eficiencia de esa relación, del procedimiento y del
proceso. De manera que, los presupuestos procesales, son exigencias ineludibles,
“condiciones”25 o “antecedentes necesarios”26 de regularidad procesal para la
actuación de la garantía de la jurisdicción27.

Se clasifican en:

- Presupuestos procesales de la relación jurídico-procesal. Entre ellos se


enumeran la capacidad para ser parte material, la capacidad procesal, ius postulandi,
función jurisdiccional y competencia.

- Presupuestos procesales del procedimiento. Son las exigencias de forma


(determinan la existencia del acto procedimental), formalidad (determinan la validez del
acto procedimental) y formalismo (determinan exigencias de respeto, orden y
solemnidad)28 del acto procesal.

- Presupuestos procesales del proceso. Son el interés para obrar y la legitimidad


para obrar.

Los presupuestos procesales de procedimiento son denominados en la doctrina29, con


carácter dominante, requisitos de validez, puesto que se entiende que presupuesto
es aquello que precede al acto o deviene en indispensable para su existencia30, en
cambio, requisito es componente estructural del acto procesal que determina la
validez de este. En todo caso nada se afecta al asumir la denominación general de
presupuestos procesales abarcando los presupuestos (rectius, requisitos) del
procedimiento, porque la idea de presupuestos no es propiamente del acto en sí
mismo, sino de los efectos que genera y, en tanto estos supuestos previos se
efectivicen en un acto configurarán a este en presupuesto del que le sigue,
traduciéndose esto, inclusive, en la idea de presupuesto de una fase o etapa procesal
frente a otra.

No existen presupuestos procesales ni condiciones31 de la acción32. Esta es un


derecho fundamental (de acceso a la justicia a los tribunales y al proceso), por tanto,
no admite limitación ni restricción alguna para su ejercicio y, en todo ello, lo último que
se podría pensar sobre ella es su sometimiento a presupuestos procesales. El interés y
legitimidad procesales, indebidamente considerados como presupuestos de la acción,
son, siguiendo la línea alemana33 de pensamiento procesal sobre el particular,
presupuestos (procesales) del proceso.

La clasificación generalizada de estos presupuestos apela a la existencia y validez de


la relación procesal34, entendiéndose la afectación directa que genera a esta, al
procedimiento o al proceso, pero, en todo caso, con un efecto que solamente se deja
ver en la exterioridad procesal en el rechazo de la demanda, de modo que se suele
entender por presupuestos procesales las condiciones cuya ausencia implica el
rechazo de la demanda porque resulta improponible35.

3. El control de los presupuestos procesales


Los presupuestos procesales se controlan en el proceso civil en tres momentos: la
calificación de la demanda, las excepciones y el saneamiento procesal. En todo caso
siempre es labor del juzgador y no de las partes. Lo que ocurre con las excepciones es
que implican la denuncia de irregularidad procesal por carencia de presupuestos
procesales para su control por el órgano jurisdiccional. Aun cuando, lógicamente, no se
puede considerar control de presupuestos procesales la declaración de
improcedencia de la demanda en sentencia debe asumir su estudio en el plano de los
presupuestos procesales por las implicaciones que no deja de mostrar en los efectos
de estos.

En todo caso ¿por qué es, siempre, el juez el que controla los presupuestos?
Simplemente porque estos, bien vistos, son presupuestos de la garantía de la
jurisdicción, la cual pesa como un amplio escenario de obrar negativo (prohibición de
vulneración de la libertad del justiciable) y positivo (prestacional de justicia) en el juez.
Esto esclarece lo siguiente: que la tesis de James Goldschmidt de que estos
presupuestos no son procesales sino de la decisión sobre el mérito es falaz, como
también es falaz la de Luiz Guilherme Marinoni36 en el sentido de que estos
presupuestos son requisitos de un proceso justo o, propiamente de un proceso
conforme a los derechos fundamentales y al Estado constitucional. Craso error este
último por no diferenciar la naturaleza del proceso justo, que no es la de ser un
derecho sino una garantía37. Si se consintiera que un derecho fundamental tiene
presupuestos, que prácticamente eso se dice al afirmar que tales presupuestos son los
de un (derecho al) proceso justo38, simplemente (ese derecho) ya no sería
fundamental. Los derechos fundamentales no admiten limitación ni restricción alguna
para su ejercicio, por tanto, nada tienen que ver presupuestos, sea de la clase que
fueren, para afectar un derecho fundamental que, por naturaleza, es limitado de origen,
ilimitable en su ejercicio y delimitable en su interpretación y aplicación39.

Cuando el control se realiza por denuncia de parte sobre la ausencia de presupuestos


procesales, a través de las excepciones, se configuran las excepciones que atacan la
relación jurídico-procesal (excepciones de competencia territorial relativa,
incompetencia, incapacidad del demandante o de su representante, representación
defectuosa o insuficiente del demandado, falta de legitimidad para obrar del
demandado), el procedimiento (excepciones de oscuridad o ambigüedad en el modo
de proponer la demanda) y el proceso (excepción de falta de legitimidad para obrar del
demandante y todas las excepciones que denuncian la falta de interés para obrar,
como son: falta de agotamiento de la vía administrativa, litispendencia, cosa juzgada,
desistimiento de la pretensión, conclusión del proceso por conciliación o transacción,
caducidad, prescripción extintiva y convenio arbitral).

Aquí conviene aclarar que la denuncia, como la oposición y la nulidad, son institutos
del proceso civil que no tienen ejercicio autónomo, pues se sirven de otros medios
(autónomos) para conseguir su efectividad, así, sin asumir compromiso de completitud,
son ejemplos de medios autónomos de ejercicio i) de la denuncia, las defensas previas
y las excepciones; ii) de la oposición, la contestación negativa de la demanda, la
cuestión probatoria y el remedio; y, iii) de la nulidad, el recurso, el remedio, la
excepción y la pretensión.

4. Admisibilidad y procedencia

La conexión de estas categorías (admisibilidad y procedencia) es directa con el control


de los presupuestos procesales; así los presupuestos procesales de la relación
jurídicoprocesal (control de aptitud) y del procedimiento (control de atendibilidad), en
caso de ausencia, generan la posibilidad de subsanación dentro del plazo respectivo;
en cambio, los presupuestos procesales del proceso (control de utilidad), en caso de
ausencia, generan la declaración de improcedencia de la demanda que, por
naturaleza, no permite subsanación alguna sino tan solo la conclusión del proceso
porque determinan la inviabilidad de la demanda.

III. Competencia y materialidad procesal de la Constitución

En el Estado constitucional de Derecho, la regulación legal de la competencia es


consecuencia de contenidos fundamentales como los derechos (fundamentales) de
igualdad procesal, libertad del justiciable en proceso, acción40, al juez natural, a la
doble instancia, a la probidad de la justicia, al juez imparcial y otros que interaccionan
con diversas garantías (fundamentales), como son: i) de eficacia, como las de
seguridad jurídica y proporcionalidad; ii) de efectividad, como las de legalidad, tutela
jurisdiccional, pluralidad de instancia, proceso justo, imparcialidad, etc.; y, iii) de
eficiencia o técnico-políticas, como las de improrrogabilidad, indelegabilidad,
inmodificabilidad, irrenunciabilidad, radicación, fijación del grado superior, atracción,
prevención, prórroga, etc. Estas últimas (garantías fundamentales de la competencia)
no son libres determinaciones del legislador ni simplemente contribuciones de sesudas
teorizaciones procesales, sino expresiones de imperativa fundamentalidad de obrar
positivo o negativo que pesan sobre los jueces, legitimando su funcionalidad, para la
efectividad de los derechos fundamentales antes indicados. Es decir, son garantías
procesales fundamentales, por tanto, aun cuando aparezcan de la legislación procesal
tienen origen en la Constitución porque es en ella, desde su primer artículo, que se
defiende la libertad y se protege la dignidad del ser humano que, puesto en escenario
procesal, es sujeto justiciable continente de libertad y dignidad y estas, precisamente,
desde la fundamentalidad de la Constitución motivan la construcción de toda la
arquitectura procesal de la competencia, pues por ella, la jurisdicción funciona.

La competencia es, entonces, una herramienta de las garantías procesales


fundamentales, pues todas ellas, que no son sino límites al poder estatal, tienen que
asistir a un espacio procesal en el que el sujeto que juzga, ante todo, debe tener
aptitud para ello, es decir, en un caso concreto, las garantías de los derechos
fundamentales de los justiciables deben pesar sobre el juez llamado a ser tal en ese
caso y no en otro juez. Así se justifica la perspectiva fundamental de que todo aquello
que se actúe en proceso, ante un juez que no tiene competencia, deviene en nulo.

Lo dicho amerita quebrar otra falacia41. Aquella por la que la competencia es la


limitación no de la jurisdicción sino de la funcionalidad de un juez frente a las de los
otros jueces. Aquí conviene recordar que la función jurisdiccional es el ejercicio de
facultades energizadas por el poder estatal (notio, vocatio, iuditio, coertio, excecutio),
es decir, es el poder estatal en la impartición de justicia puesto en marcha y, algo más,
encarnado en el juez. Ese ejercicio de flujo de poder personificado soporta el peso
enorme de las garantías procesales fundamentales que, entre ellas, muchas tienen
como herramienta o, mejor, instrumento funcional a la competencia, de manera que a
través de ella se limita el poder del juez, (v.gr., su notio, vocatio, etc.) y todas sus
manifestaciones procesales. Entonces si se puede entender que por la competencia se
limita la función de un juez frente a otros es porque antes la jurisdicción de esos otros
jueces fue limitada, no precisa y directamente por la competencia, esta es solo un
instrumento, un presupuesto de la relación jurídico-procesal42, sino por las garantías
que motivan la construcción de la competencia procesal.

IV. Incompetencia
La incompetencia puede declararse por decisión directa u oficiosa del juez o por este a
pedido de parte. La incompetencia es consecuencia del control del presupuesto
procesal de la competencia por el juez sea de oficio o a pedido de parte. La decisión
oficiosa tiene que ver con los dos controles oficiosos jurisdiccionales de los
presupuestos procesales y la incompetencia declarada a pedido de parte tiene que ver
con la denuncia contenida en la excepción de ausencia de aptitud del juez para ejercer
su función jurisdiccional en el caso concreto.

La incompetencia declarada de oficio, según su regulación por el artículo 35 del


Código Procesal Civil, no contempla el factor territorial prorrogable, procediendo en
todos los demás factores y, por tanto, también en el caso del factor territorial
improrrogable. Se declara al calificar la demanda, pero excepcionalmente en cualquier
estado y grado del proceso. Debe reconocerse que la declaración de oficio de la
incompetencia no excluye la posibilidad de que esta sea por pedido de parte,
propiamente con la formulación de la excepción de incompetencia. Queda claro que
esa compatibilidad de pedidos solo funciona cuando se trata del control oficioso del
presupuesto procesal de la competencia43 en el saneamiento procesal y, en forma
excepcional, con posterioridad a dicho saneamiento sin importar el grado o estado del
proceso. Por un orden lógico no se entiende viable con relación a la calificación de la
demanda que es el primer control del presupuesto procesal de la competencia. Los
efectos de la incompetencia declarada de oficio se hallan regulados en el artículo 36
del Código Procesal Civil.

La incompetencia declarada por estimación de excepción (de incompetencia,


prevista en el artículo 446, inc. 1, del Código Procesal Civil) comprende una denuncia
de parte sobre la falta de competencia en el juez que viene ejerciendo función
juridiccional en el caso concreto, es decir, de ausencia de un presupuesto procesal de
la relación jurídico procesal que recae en el juez ante quien se propone la excepción y
que debe resolver sobre la misma. Esto implica una cuestión (litigiosa procesal)
procedimental que bien puede llevarse en trámite incidental, como ocurre en las vías
procedimentales de conocimiento y abreviada, o dentro de la cuestión (litigiosa
procesal) principal, como ocurre en la vía procedimental sumarísima.

V. Cuestionamiento exclusivo

En la lógica del Código Procesal Civil la incompetencia de oficio es también una forma
de cuestionamiento de la competencia. La particularidad que se desprende del
cuestionamiento exclusivo es que deja en claro que los controles oficiosos de los
presupuestos procesales correspondientes a la competencia en la calificación de la
demanda y saneamiento del proceso no existen en aquellos procesos de
conocimiento, por el factor grado, de los jueces de paz o de paz letrados, pues solo se
deja a la denuncia de incompetencia a pedido de parte con la proposición de la
excepción respectiva. Esto no significa que los controles de presupuestos procesales
referidos no se den con relación a los otros presupuestos procesales, lo contrario
significaría menoscabo de los derechos de los justiciables por restricción de garantías
procesales.

VI. Contienda de competencia

El demandado no tiene solamente los controles de presupuestos procesales para


lograr la declaración de la incompetencia, pues el ordenamiento le faculta, aunque con
carácter excluyente de la proposición de excepción de incompetencia, promover la
contienda de competencia, que implica, en los casos de competencia territorial relativa,
acudir a otro juez, que es considerado competente por el demandado, con la finalidad
de que este, a su vez, promueva la inhibitoria del juez de la demanda.

1. Inhibitoria

La inhibitoria presupone que el juez al cual el demandado considera que es


competente, una vez admitida la contienda de competencia, pida al juez de la
demanda que declare su inhibitoria, es decir, reprima o abstenga el ejercicio de su
función jurisdiccional por no ser el juez natural o competente para ello. Siendo así, la
inhibitoria es el pedido que un juez que se estima competente en un caso dirige al que
ejerce su función jurisdiccional en él pidiéndole deje o no prosiga con el ejercicio de
esa función porque carece de competencia para ello. Los efectos que este pedido
propicia en el juez de la demanda pueden ser: el reconocimiento de incompetencia o el
conflicto de competencia.

2. Reconocimiento de incompetencia

Es el reconocimiento que el juez de la demanda realiza, frente al pedido de inhibitoria y


con carácter sumiso, de la competencia del juez que el demandado considera que es
competente y de su, implícita, incompetencia, es decir, existe un doble reconocimiento:
por un lado de la incompetencia del juez de la demanda, que es el juez del
reconocimiento y, por otro, de la competencia del juez que el demandado entiende es
el llamado a conocer el proceso por ser competente. El efecto inmediato del
reconocimiento de incompetencia es la traslación del proceso, pues el juez que se
reconoce incompetente remitirá el expediente al que, también reconoce, competente.
La resolución que contiene el reconocimiento de incompetencia es inimpugnable.

3. Conflicto de competencia

El conflicto de competencia comprende dos situaciones: una, por respuesta negativa al


pedido de inhibitoria por parte del juez de la demanda, pues de considerarse
competente, ante el pedido de inhibitoria, suspende el proceso y remite todos los
actuados al superior para que dirima la competencia no sin oficiar al juez de la
contienda, y, otra, por respuesta negativa a la traslación de competencia en caso de
declaración de incompetencia del juez de la demanda. El primer caso se denomina
conflicto de competencia positivo, pues ambos jueces, el de la demanda y el que pide
la inhibitoria de este, se consideran competentes, se halla regulado por el artículo 40
del Código Procesal Civil. El segundo caso se denomina conflicto de competencia
negativo, pues ambos jueces, el de la demanda y el que este estima que es
competente, se declaran incompetentes; se halla regulado por el artículo 36 del Código
Procesal Civil. Ambas clases de conflicto de competencia, positivo y negativo, se
resuelven porel órgano jurisdiccional superior.

Conclusión
La competencia es un instituto de técnica procedimental que tiene un enganche muy
notorio con los contenidos materiales que la Constitución asegura al justiciable. Esto
tiene una clara traducción técnica con los criterios de determinación de la competencia;
así, las garantías de i) probidad de la justicia; ii) justicia especializada; iii) pluralidad de
instancia; iv) imparcialidad judicial y equitativa distribución de carga laboral en el
aparato judicial; y, v) proximidad de la justicia se conectan fuertemente con los criterios
de i) cuantía; ii) materia; iii) grado; iv) turno; y, v) territorio, respectivamente.

El cuestionamiento de la competencia pone en juego el delicado equilibrio entre


autoridad y fundamentalidad (libertad y dignidad de la persona humana puesta en
proceso), no es, entonces, el simple juego o articulación instrumental de control de un
presupuesto de la relación jurídico procesal, sino el claro compromiso de técnica
procedimental con la observancia de la Constitución en el proceso. Esto implica una
mirada distinta al manejo de la competencia y, propiamente, de su cuestionamiento, no
solo como control de la aptitud del juez para conocer el caso concreto sino como
técnica de consolidación de garantías fundamentales del justiciable y, por tanto, de
control del poder del juez.

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___________________________________________________

* Profesor de Derecho Procesal en la Universidad Andina del Cusco. Doctor en


Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Miembro titular del Instituto
Iberoamericano de Derecho Procesal.

1 Cf. LA CHINA, Sergio. Manuale di diritto procesuale civile. T. I. Giuffrè, Milán, 2003, p.
96.

2 Cf. MANDRIOLI, Crisanto. Diritto processuale civile, 5ª ed. Giappichelli. Turín, 2010,
p. 7 y ss

3 Cf. CALAMANDREI, Piero. Instituciones de Derecho Procesal Civil según el nuevo


Código. Tomo II, EJEA, Buenos Aires, 1962, p. 136; MANDRIOLI, Crisanto. Diritto
processuale civile, Giappichelli, 5ª ed., Turín, 2010, p. 216.

4 Para una posición contraria cf. COMOGLIO, Luigi Paolo, FERRI, Corrado,
TARUFFO, Michele. Lezioni sul proceso civile. Vol. I, Il Mulino, Bolonia, 1995, p. 132 y
ss.

5 Cf. DA SILVA, Ovidio A. Baptista. “Curso de processo civil”. En: Revista dos
Tribunais. 6ª ed., v. 1. San Pablo, 2002, p. 53.
6 Para una opinión contraria cf. CARNEIRO, Athos Gusmao. Jurisdição e competência.
17ª ed.,Saraiva, San Pablo, 2010, p. 31 y ss.

7 Sobre la competencia como noción de “legitimación” del juez cf. PROTO PISANI,
Andrea. Lezioni di diritto processuale civile. 5ª ed., Jovene, Nápoles, 2010, p. 265.

8 Cf. PALACIO, Lino Enrique, Manual de Derecho Procesal Civil. 17ª ed., Abeledo-
Perrot, Buenos Aires, 2003, p. 192.

9 Cf. CARNEIRO, Athos Gusmao. Jurisdição e competência. 17ª ed., Saraiva, San
Pablo, 2010, p. 73.

10 Cf. ATTARDI, Aldo. Diritto processuale civile. T. I, Cedam, Padua, 1999, p. 236.

11 Cf. GOLDSCHMIDT, James. Derecho Procesal Civil. Trad. de Leonardo Prieto


Castro, Labor, Barcelona, 1936, p. 164.

12 Cf. QUINTERO, Beatriz y PRIETO, Eugenio. Teoría general del proceso. Temis,
Bogotá, 2000, p. 199.

13 Cf. PROTO PISANI, Andrea. Lezioni di diritto processuale civile. 5ª ed., Jovene,
Nápoles, 2010, p. 273.

14 Cf. PALACIO, Lino Enrique. Manual de derecho procesal civil. 17ª ed., Abeledo-
Perrot, Buenos Aires, 2003, p. 194.d 15 Cf. CARNELUTTI, Francesco. Instituciones del
proceso civil. Traducción de Santiago Sentís Melendo, v. I, EJEA, Buenos Aires, 1973,
p. 22.

16 Cf. COUTURE, Eduardo J. Fundamentos del Derecho Procesal Civil. Depalma,


Buenos Aires, 1978, p. 42.

17 Cf. Ibídem, p. 151 y s.; GOZAÍNI, Osvaldo Alfredo. Derecho Procesal Civil. T. I, vol.
1, EDIAR, Buenos Aires, 1992, p. 242.

18 Cf. LORCA NAVARRETE, Antonio María, Tratado de Derecho Procesal Civil. Parte
general. El nuevo proceso civil, Dykinson, Madrid, 2000, p. 7 ss.; “El Derecho Procesal
como sistema de garantías”. En: Boletín Mexicano de Derecho Comparado, Nº 107,
2003, p. 531 ss.; Estudios sobre garantismo procesal. El Derecho Procesal
conceptuado a través de la metodología del garantismo procesal: el denominado
“Derecho de la garantía de la función jurisdiccional”. Instituto Vasco de Derecho
Procesal, 2009.

19 Cf. MONTERO AROCA, Juan, GÓMEZ COLOMER, Juan-Luis, MONTÓN


REDONDO, A. y BARONA VILAR, S., Derecho jurisdiccional. Parte general. V. I, t. I,
Tirant lo Blanch, Valencia, 1999, p. 115.

20 Cf. ALCALÁ-ZAMORA y CASTILLO, Niceto. Estudios de teoría general e historia del


proceso, 1945-1972. T. I, UNAM, México D. F., 1992, p. 338.
21 Ídem.

22 Ídem.

23 VON BÜLOW, Oskar. La teoría de las excepciones procesales y los presupuestos


procesales. Trad. de Miguel Ángel Rosas Lichtschein, EJEA, Buenos Aires, 1964, p. 4
y ss.

24 Para todo cf. DE CARVALHO, José Orlando Rocha. Teoría dos pressupostos e dos
requisitos processuais. Lumen Juris Rio de Janeiro, 2005.

25 Cf. CALAMANDREI, Piero. Derecho Procesal Civil - Estudios sobre el proceso civil.
Trad. de Santiago Sentís Melendo, Ejea, Buenos Aires, 1984, p. 107.

26 Cf. CARNELUTTI, Franceso. Instituciones del proceso civil. Trad. de Santiago


Sentís Melendo, t. I, Ejea, Buenos Aires, 1973, p. 48.

27 Cf. GONZÁLEZ ÁLVAREZ, Roberto. Neoprocesalismo. Teoría del proceso civil


eficaz. Ara editores, Lima, 2013, p. 755 y ss. Tal vez la vinculación de los presupuestos
procesales con una mala comprensión de la jurisdicción haga entender que esta es
presupuesto del proceso; para un ejemplo cf. ARIETA, G., DE SANTIS, F. y
MONTESANO, L., Corso base di diritto processuale civile, Cedam, Milán, 2002, p. 149
y ssel au 28 Cf. GONZÁLEZ LINARES, Nerio. Lecciones de Derecho Procesal Civil - El
proceso civil peruano. Jurista, 2014, p. 517 y ss.

29 Cf. DIDIER JR., Fredie. Curso de direito procesual civil. V. 1, Editora Jus Podivm,
2009, p. 216.

30 Cf. MEDINA GARCÍA, José Miguel y WAMBIER, Teresa Arruda Alvin. “Processo civil
moderno - Parte Geral e processo de conhecimento”. En: Revista dos Tribunais. V. 1,
San Pablo, 2011, p. 84 y ss.

31 Cf. LA CHINA, Sergio. Manuale di diritto processuale civile. Giuffrè, Milán, 2003, p.
215 y ss.

32 Para algunas importantes posiciones que admiten presupuestos procesales de la


acción cf. COUTURE, Eduardo J. Fundamentos de Derecho Procesal Civil. 3ª. ed.
(póstuma), Depalma, Buenos Aires, 1978, p. 322; DEVIS ECHANDÍA, Hernando.
Teoría general del proceso. T. I, Edit. Universidad, Buenos Aires, 1984, p. 283.

33 Cf. CÂMARA, Alexandre Freitas. Lições de Direito Processual Civil. V. 1, Atlas, San
Pablo, 2013, p. 261.

34 Cf. MANDRIOLI, Crisanto. Corso di diritto processuale civile. V. I, Giappichelli, Turín,


1995, p. 41; DALL’AGNOL, Jorge Luis. Pressuposto sprocessuais. Lejur, Porto Alegre,
1988, p. 22; DIDIER JR., Fredie. Ob. cit., pp. 216 y ss.
35 Cf. CONSOLO, Claudio. Spiegazioni di dirittoprocessualecivile - Profiligenerali. T. II,
Cedam, Milán, 2004, p. 25 y ss.

36 Cf. MARINONI, Luiz Guilherme. “Curso de processo civil - Teoria geral do proceso”.
V. I. En: Revista dos Tribunais, 2009, p. 473 y ss.

37 Para una diferencia entre derechos y garantías fundamentales cf. GONZÁLEZ


ÁLVAREZ, Roberto. Neoprocesalismo…Ob. cit., p. 319 y ss.

38 Cf. SARLET, Ingo Wolfgang; MARINONI, Luiz Guilherme; MITIDIERO, Daniel.


“Curso de direito constitucional”. En: Revista dos Tribunais, San Pablo, 2012, p. 615 y
ss 39 Sobre derechos fundamentales cf. GONZÁLEZ ÁLVAREZ, Roberto.
Neoprocesalismo… Ob. cit., p. 192 y ss.

40 Sobre la acción y su interacción principial cfr. Ibídem, p. 732 y ss.

41 Cf. QUINTERO, Beatriz y PRIETO, Eugenio. Teoría general del proceso. Temis,
Bogotá, 2000, p. 200.

42 Sobre la competencia como presupuesto procesal de la demanda y no de la


relación jurídico procesal cf. ATTARDI, Aldo. Diritto processuale civile. T. I, Cedam,
Padua, 1999, p. 236.

43 Cf. ATTARDI, Aldo. Diritto processuale civil. T. I, Cedam, Padua, 1999, p. 236.,
1999, p. 236.tor

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