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Universidad Nacional de Rosario

Facultad de Humanidades y Artes
Escuela de Historia
Historia de Asia y África I
Prof. Tit.: María Rosa Oliver

LIVERANI, Mario (2008) “A che serve la storia” en Mundus Novus, N° 1, pp. 48-52
Traducción del italiano: Federico Luciani, 2014.

Para qué sirve la historia
[48] La reforma del ordenamiento didáctico de la universidad presenta aspectos positivos y problemas no
resueltos, y el juicio que se emita sobre esto puede legítimamente variar acentuando lo positivo o el estado
crítico. Creo que todos estaremos de acuerdo en colocar en el plato positivo de la balanza que se requiere
aprender cosas útiles, funcionales en la construcción de los estudiantes de un futuro de trabajo y de inserción
en la sociedad.

Quizás en una primera fase se ha insistido mucho en la inmediata funcionalidad o “utilidad",
como se suele decir, de las competencias adquiridas. Ahora, creo, se razona en términos de una
contextualización más amplia de las competencias adquiridas en un cuadro general de carácter social y
cultural completo. Una preparación demasiado circunscrita en lo técnico puede desembocar solo en
actividades ejecutivas de bajo nivel, mientras que para acceder a posiciones de responsabilidad o
simplemente para comprender qué pasa en el mundo, se necesita poseer este contexto cultural de
referencia más amplio.

Es sabido que en los últimos años (diría en los últimos veinte años) el rol y la función de la
historia ha sido sometidos a un examen crítico ¿Sirve realmente para algo la historia? Años atrás, un
sociólogo estadounidense de origen japonés, Francis Fukuyama, se volvió famoso por haber escrito un
libro en el cual proclamaba el fin de la historia1. El triunfo del capitalismo y la democracia no dejaba
espacio para ulteriores desarrollos, sino su propia difusión en todo el mundo. Ya no podía ocurrir nada
innovador e importante, y como efecto colateral, entonces, resultaba inútil estudiar la historia; un
depósito de curiosidades ya obsoletas. Esta sensación -de haber llegado al punto final del desarrollo- no
era nueva. Imagino que en tiempos de la revolución neolítica (digamos hace 10.000 años), con el pasaje
de la economía de caza y recolección a la economía de producción de alimentos; todos hayan pensado
que ya -luego de aquella extraordinaria invención- no había nada más para inventar (grande o
significativo), la humanidad había llegado a su punto cúlmine y la historia había terminado ya antes de
comenzar. Lo mismo se habrá dicho con la primera urbanización y la formación de los estados
temprano (digamos hace 5.000 años), cuando todos también debieron pensar que no quedaba nada más
que expandir al mundo entero esta definitiva conquista, y nada más nuevo podía ser realizado, ni
siquiera imaginado sobre cómo organizar las comunidades humanas. Quien hoy declare que estamos
llegando al fin del recorrido, no solamente no tiene la menor idea del alcance colosal de los cambios

1
F. Fukuyama, The End of History and the Last Man, Nueva York, 1992.

1
ocurridos en el pasado sino también una escasísima imaginación sobre lo que nos depara el futuro: un
poco de ciencia ficción podría ayudar.

Para nosotros -profesores y estudiantes- la “crisis de la historia” trae a la mente más bien el
hecho mucho más banal de que el espacio dedicado a la misma en los programas escolares en todos los
niveles se redujo notablemente, en favor de materias más prácticas, más profesionalizantes; que hacen
relampaguear a los ojos de los jóvenes una rápida y adecuada inmersión en el “mercado de trabajo” (no
directamente en el trabajo, sino en el mercado de trabajo). Por lo tanto, no por los motivos que
planteaba Fukuyama sino por motivos muchos más prácticos, se difunde la idea de que la historia, el
conocimiento del pasado, sirve poco o nada. Esta devaluación de la historia (o al menos de aquélla que
no sea muy reciente) contrasta con la antigua convicción de que sólo conociendo el pasado se puede
entender verdaderamente el presente y proyectar el conscientemente el futuro. Entre paréntesis debo
confesar estar personalmente más apegado a la afirmación opuesta, no sabría exponer mejor que
citando la célebre frase de Nietzsche2, que dice: “La palabra del pasado es siempre igual a una
sentencia de oráculo, y no la entenderán si no son los conocedores del presente, los constructores del
futuro”. Pero en el fondo los dos conceptos expresan las dos caras de la misma moneda: no se entiende
el pasado si no es a luz del presente, y no se entiende el presente si no es a la luz del pasado. Por un
lado el historiador profesional debe, para entender el pasado, escuchar las lecciones que le llegan del
presente, y por lo tanto debe ser un activo partícipe de los acontecimientos de ese presente. Por otro
lado, el político, para administrar el presente debe escuchar las lecciones que le llegan de las
experiencias pasadas, y por lo tanto debe (digamos: debería) tener una buena cultura y sensibilidad
histórica.

Pero sobre la relación entre pasado y presente ya hay (las ha habido siempre) dos opiniones
opuestas. La primera [49] opinión es que el conocimiento histórico es útil porque el presente, el mundo
en el cual vivimos, es igual al mundo del pasado, y entonces nos puede proveer de modelos de
comportamiento válidos y ayudarnos en nuestras elecciones. Un poco banalmente, pero de modo muy
eficaz, dice Ibn Khaldun, el gran sociólogo argelino del siglo XIII: “Pasado y presente se asemejan
como dos gotas de agua”3. Era un principio común en la antigüedad clásica, cuando la élite dirigente se
nutría de biografías de hombres ilustres para aprender la profesión: Aníbal, por ejemplo, leía la vida de
Alejandro Magno para entender como se hace para convertirse en un heroico general y gran
conquistador. Hasta en la más remota antigüedad oriental los escriban teorizaban que la empresa más
grandiosa no sirve para nada si no se pone por escrito para enseñar a las reyes futuros.

La otra opinión, opuesta, es que la historia es útil precisamente porque los mundos del pasado
eran distintos del nuestro, y por lo tanto resulta iluminador por medio de la contraposición y no de la
repetición; la historia sirve para ampliar nuestro bagaje conceptual, para hacernos ver la pluralidad de
las soluciones posibles, para subrayar la subjetividad (o mejor el condicionamiento cultural) de las
interpretaciones. En este sentido la experiencia histórica es en algún modo análoga a la experiencia de

2
La frase fue colocada por Giovanni Pugliese Carratelli en un epígrafe de su revista “La Parola del Passato”
3
Ibn Khaldûn, The Muqaddimah. An Introduction to History. Traducción de F. Rosenthal, Nueva York, 1958, I, p. 17.

2
los mundos y culturas diversas en el espacio (más que en el tiempo). Hay un buen libro de David
Lowenthal que se titula The Past is a Foreing Country, que expresa bien esta analogía4. Y no es para
nada una casualidad que la concepción del pasado como distinto haya dado lugar a la concepción del
pasado como igual, más o menos en la misma época en la cual toma forma la etnología (luego
convertida en antropología cultural). El conocimiento de tantos mundos diversos ha permitido adquirir
el sentido del relativismo cultural.

Las dos concepciones (el pasado como igual o como distinto) están de tal manera simplificadas
que inevitablemente contienen partes verdaderas y partes falsas. Existen estructuras de base en el
comportamiento de las comunidades humanas que permanecen por tiempos larguísimos, y existen
también innovaciones tecnológicas y culturales que dividen el tiempo con discontinuidad (que en
general llamamos progreso). Todos sabemos bien que la característica propia de la historia es el estudio
del cambio y de la discontinuidad, de las transformaciones en sus varias formas, de la más lenta a la
más improvisada. Aplicada a nuestra propia cultura, la historia
nos muestra que es el producto de una larga transformación,
de tantas discontinuidades estratificadas, de adquisiciones “no se entiende el pasado si
(pero también de descartes) sucedidas a lo largo del tiempo. no es a luz del presente, y
Acá interviene el concepto de “raíces” de las que tanto se no se entiende el presente
habla en estos últimos años -a propósito de la identidad si no es a la luz del pasado”
europea y de su contraposición con otras culturas. No es que
sea su fin último o único, pero de todos modos la historia es
también la búsqueda de las raíces.

Hace años, cuando me convencieron para escribir un manual de historia antigua para las
escuelas secundarias (que luego no fue adoptado por nadie)5, armé tres ejemplos de esta estratificación
histórica de nuestra cultura, ciertamente más densificada en la contemporaneidad y en el pasado
reciente pero con premisas que se hunden en un pasado completamente remoto. Los dos primeros
ejemplos se daban por descontado, “clásicos” por decirlo de algún modo: uno era la imagen de la
ciudad, con su estratificación de tejido urbanístico, de estilos arquitectónicos, de disponibilidad
tecnológica, de estructuras administrativas -imágenes de un organismo constituido por partes bastantes
antiguas y otras más o menos más recientes pero todas entrecruzadas para conformar algo único y
reconocible. Por su parte, el campo está tan estratificado como la ciudad. El segundo ejemplo era la
lengua que hablamos, con una estratificación lexical, hecha de préstamos, de dichos, de palabras en
desuso y de neologismos; cada palabra con su “historia”… La lengua entera presenta la imagen de un
organismo que fue creciendo a partir de sí mismo y en continuo cambio, con una relación entre norma
y error que no es jamás definitiva sino siempre historizable. El tercer ejemplo se señalaba apenas pero
creo que también es válido, y es el de la habitación, el de la mirada circular de la habitación en la cual
estamos, en la búsqueda de los objetos de la vida cotidiana, cada uno con su historia a veces breve, a

4
D. Lowenthal, The Past is a Foreing Country, Cambridge, 1985. El título es una cita del inicio del libro de L.P. Hartley,
The Go-Between, Londres, 1953, que continúa “they do things differently there”.
5
Dal villaggio all’impero, Turín, 1994 (con A. Fraschetti)

3
veces larguísima: la ventana tiene su historia así como también la manija, la mesa tiene una historia, el
vaso tiene una historia, el reloj, la lámpara, el televisor, la computadora, etc. Algunos objetos no
estaban presentes en la vida de nuestros padres, y nosotros mismos los hemos visto nacer, mientras que
otros existen desde hace siglos, otro desde milenios.

Para enseñar y aprender qué cosa es la historia, mirar alrededor de una habitación o el paseo por
la ciudad o el campo, son el modelo que lo que debería ser una ejercitación [50] de historia, mientras
que el manual de historia debería ser el obvio y automático derrame de esa experiencia, que asigna a
cada época y a cada contexto el origen de algunos elementos de nuestra cultura. Sobre cómo quisiera
que estuviese hecho un libro de historia, y más específicamente un manual escolástico de historia;
tengo una idea precisa, que me resulta al mismo tiempo obvia y sin embargo un poco loca. Y este
modelo de libro nos devuelve a la cuestión inicial, para qué sirve la historia -porque me parecería
extraño (y auto-lesionante) que una disciplina cualquiera, considerándose que sirve para algo, luego no
tome en cuenta dirigirse a su público. Para modelar eficazmente un manual de historia es necesario
saber para qué sirve la historia y actuar en consecuencia.

Ahora, si se entra hoy en una librería bien provista, se verá que los libros de historia nunca
faltan -sean más serios y técnicos, sean más divulgativos, y al límite también (y quizás más
numerosos) de ciencia ficción. Todos estos libros, ¿fueron quizás concebidos para adoctrinar a la clase
dirigente?, ¿fueron quizás concebidos para transmitir los antiguos modelos de comportamiento?,
¿establecen un nexo entre conocimiento del pasado y acciones presentes? Diré precisamente que no.
¿Aclaran la cuestión de las así llamadas “raíces”? Raramente y de modo parcial. Casi todos los libros
fueron escritos para un fin del todo distinto, que es entretener, distraer, curiosear: en otras palabras
fueron escritos para ocupar el tiempo libre y no para formar actividades profesionales. Entre paréntesis:
de aquí deriva el diluvio de la fiction de ambientación histórica, y el límite siempre débil entre pasado y
futuro, entre historia verdadera e historia inventada, como también entre realidad y puesta en escena.
Pero “¿Qué es la verdad?”, objetaba ya Poncio Pilatos, quien se encontraría a gusto en el mundo de
hoy. Hablaba yo del tiempo libre, que del resto del tiempo se está convirtiendo en el más importante; en
una sociedad post-industrial, con jóvenes que permanecen desocupados hasta pasada la madurez, y con
ancianos que disfrutan la jubilación mucho antes que en décadas anteriores. El tiempo libre, en el
fondo, es la vida.

Así pues no tiene nada de malo si el libro de historia sirve para el tiempo libre: se trata de una
óptima compañía, junto a novelas y poesías, junto a libros de arte y de cocina, de filosofía y de turismo,
junto a música en DVD, cine, teatro y tanto más. En definitiva, la historia forma parte de nuestra
cultura, contribuye a nuestra auto-identificación. Que se refiera al pasado, la coloca a gusto también,
junto a productos (literarios y artísticos, urbanísticos y paisajísticos) de las culturas del pasado que han
llegado hasta nosotros para formar parte de nuestro contexto cultural, para marcar nuestro territorio,
para evidenciar nuestra individualidad. Y aquí aparece, según mi parecer, el punto doliente de los libros
de historia corrientes: el hecho que cuenten o analicen fenómenos o eventos del pasado sin preguntarse,
o incluso sin explicitar, cuál puede ser para nosotros el interés cultural de ello, como si la cuestión fuera

4
obvia y auto-referencial, como en definitiva si el interés estuviera automáticamente garantizado por ser
historia antigua.

Mi propuesta es que un buen manual de historia, paralelamente a la narración de un episodio o
al análisis de un fenómeno del pasado, debería explicitar por un lado cuáles son las palabras y los
conceptos que se engarzan a aquel episodio o a aquel fenómeno, y por otro lado cuáles son las obras
culturales (de arte, literatura, cine, música, etc.) que los ilustran o en algún modo se refieren. Solo de
este modo la relación entre nosotros y ese evento del pasado se vuelve consciente y críticamente
valorable. Solo estableciendo tal relación se volverá natural “recordar” la historia, que de otro modo
(transformada en un conjunto de fechas y nombres de gente muerta hace tiempo, de eventos que no nos
dicen nada, de problemas que no son los nuestros) se convierte en un tipo de tortura sádica, o un
mosaico explosivo y enloquecedor.

Para explicarme mejor presento un ejemplo, escogiéndolo (me perdonarán) de mi campo de
estudio, que es el antiguo oriente: elegiré por lo tanto la torre de Babel. Todos saben que en el libro
bíblico del Génesis, en el capítulo 11, se narra el proyecto ambicioso, concebido por nuestros
antecesores hace tanto tiempo, de construir una torre que llegase hasta el cielo, y el castigo divino
consistente en la confusión de las lenguas. Muchos de ustedes sabrán también (o lo entenderán
fácilmente) que dicho texto se ubica en la época en la cual los judíos, deportados de Babilonia, estaban
implicados (o veían a otros deportados implicados) en trabajos de construcción y de restauración de los
edificios babilónicos, entre ellos la famosa torre templar o ziqqurat. Pocos sabrán en cambio que la
confusión de las lenguas es un derrame de la ideología imperial asirio-babilónica, que veía en los
trabajos de los deportados el instrumento para la unificación lingüística y técnico-cultural6. En
definitiva, la historieta de la torre de Babel es una página de historia bastante compleja, con su contexto
preciso, con una estratificación de interpretaciones, que se podría contar así, o al menos así lo contaría
yo:

En el paisaje babilónico, un plato a vuelo de pájaro, se yerguen las ruinas antiguas, la torre que
llega al cielo. Los exiliados judíos en su país de origen no tienen nada similar. En Palestina el
paisaje natural es variado, los hábitats humanos se adosan a las colinas y casi se esconden en ellas.
Las montañas que tocan el cielo [51] son obra de Dios, Los hombres antiguos, que construyeron la
torre, ¿querían quizás competir con Dios? No era esta la motivación original, los constructores
antiguos querían establecer un punto de encuentro entre el cielo y la tierra (esto más o menos
significa el nombre sumerio de la torre Etemenanki), querían facilitar el descenso divino en el
mundo humano, simbolizar la aspiración humana al cielo. Pero quizás soñar un encuentro entre el
hombre y Dios es ya un acto de enorme arrogancia.
La torre está incompleta, y porque los constructores han debido interrumpir su multitudinaria
empresa, por cierto bloqueados por Dios. En realidad, la torre había sido completada, pero ahora
está en ruinas. Las ruinas parecen un proyecto inacabado. Y a la vez una marca de la transitoriedad
de las construcciones humanas. El ladrillo crudo se deshace con el tiempo y la intemperie. Cada
tanto se necesita proceder a una restauración. El rey re-edifica las partes caídas, re-escribe las

6
Véase mi obra Oltre la Bibbia. Storia antica di Israele, Laterza, Roma-Bari, 2004, pp. 166 y 259-262.

5
inscripciones de sus predecesores, las vuelve a poner en su lugar y agrega la suya, es un relevo
ideal que dura milenios.
El imperio universal y multi-étnico pone a trabajar a turbas de deportados para restaurar la torre.
Los supervisores hablan babilónico, pero los operarios hablan una miríada de lenguas diversas: hay
arameos y árabes, hebreos y fenicios, medos y elamitas, frigios y urarteos. Les cuesta entenderse y
entender las órdenes de los jefes de escuadras. El mito dice que en una época no existía este
problema, que todos los hombres hablaban una sola lengua, la lengua perfecta creada por Dios;
pero que luego las lenguas -confiadas a los hombres- se corrompieron y diversificaron hasta
volverse incomprensibles una respecto a la otra. El imperio dice lo opuesto: las lenguas de origen
son diversas (como son diversas sus ropas, las leyes, las religiones), pero la unificación imperial y
el trabajo en común producirán la unificación lingüística. El gran Sargón de Asiria así lo expresa:
“Gente de las cuatro partes del mundo, de lenguas diversas, de expresiones intraducibles, habitantes
de montañas y llanuras, pero todos súbditos a la luz de los dioses, señor de la totalidad; yo los
deporté por orden de mi señor Assur, y por la potencia de mi cetro, yo los unifiqué y los instalé.
Asirios, capaz de enseñarles el temor de dios y del rey, yo los designé como escribas y
supervisores”. En otro lugar dice de haberlos convertido “en una sola boca”, es decir en una sola
lengua. Si alguna vez existió una lengua única y originaria, esta se había perdido o confundido,
pero ahora el imperio universal reúne pueblos, reunifica las lenguas, juzga a todos bajo la misma
ley, pone a todos a trabajar juntos, todos a temer de los mismos dioses -los del emperador.
El mito bíblico y la propaganda imperial hablan de la misma cosa pero de modos diversos, y no sé
cuál de los dos refleja de modo menos peor la realidad. El mito busca una explicación atrás en el
tiempo y nos habla de una perfección originaria que luego se fue corrompiéndose por la maldad
humana y la punición divina. El imperio expresa un proyecto pensado para el futuro, y nos dice de
haber unificado el mundo entero y de haber completado la obra divina de la creación. En el medio
aparece una realidad hecha de fatigoso trabajo y de dura servidumbre, de paisajes desagregados y
cubiertos de ruinas, de una incomprensión y de un conflicto, de desarraigo y deculturación.

Así contaría yo este pequeño segmento de historia, basándome en un texto, volviéndolo a
colocar en su ámbito histórico, develando sus implicaciones ideológicas, su finalidad política y
religiosa, el conflicto en las interpretaciones. Hasta aquí se trata del trabajo habitual del historiador, y
este segmento de historia yo lo colocaría en la parte central de la página, en una columna entre otras
dos.

En la columna de la izquierda colocaría las palabras (o expresiones) y los conceptos que derivan
de aquella página de historia, y que han llegado a formar parte de nuestra cultura. Así, incluiría
obviamente el término “Babel” para indicar la confusión (nosotros decimos la “Babel de las lenguas”
pero también la “Babel de las reglas” o la “Babel del tráfico”, etc.), quizás explicando que en el propio
texto bíblico se da la falsa etimología del nombre de Babel como una derivación del verbo hebreo
bÇlal que significa “mezclar” y por extensión “confundir” (en tanto que en lengua babilonia Bab-ili
significa “la puerta del Dios”, con toda otra connotación teológica). Pero luego también incluiría en
esta columna una alusión a la cuestión de la monogénesis del lenguaje, a la teoría de la lengua
originaria (citando quizás el buen libro de Umberto Eco), a los problemas del bilingüismo y de las
traducciones. Y también haría mención al esquema recurrente hybris - nemesis “arrogancia (humana) y
6
castigo (divino)”, presente en tantas filosofías de la historia. En definitiva, en la columna de la
izquierda pondría todo lo que a nivel lingüístico y conceptual encuentra sus raíces en el episodio o
fenómeno histórico expuesto en la columna central.

A la derecha, colocaría en cambio todas las obras de arte y de literatura que derivan de aquel
episodio o fenómeno. En nuestro caso, incluiría naturalmente un par de representaciones pictóricas de
la torre de Babel (como la de Brueghel el Viejo, que es la más famosa pero hay otras), y las
reconstrucciones pre-arqueológicas de Babilonia (como la de Atanasio Kircher) con su torre que
sobresale en el medio, y también las reconstrucciones arqueológicamente fundadas. Pondría obras
literarias pertinentes -se me viene a la cabeza “La biblioteca de Babel” de Borges. Pondría también una
obra lírica como el Nabucco, que no habla precisamente de la torre, sino del exilio babilónico. Pondría
una película que haga referencia a aquella situación [52] (ahora no recuerdo ninguna pero seguramente
debe haber). Pondría una mención a los primeros exploradores
que viajaron a la Mesopotamia en búsqueda de la torre de Babel
(desde Benjamín de Tudela hasta Pietro della Valle, y a todos “¿Cultivar la historia o
los que siguieron en el siglo XIX), pondría una referencia a las abandonarla?, ¿ampliarla a
excavaciones arqueológicas alemanas que al inicio del siglo
nuevos horizontes o
pasado sacaron a la luz a la verdadera Babilonia, y también -por
qué no- al más reciente proyecto de restauración (bastante marginarla?, ¿re-elaborarla
extravagante a decir verdad) del ziqqurat. Porque los viajeros y o fosilizarla?”
arqueólogos y restauradores forman parte de nuestra cultura y
sus actividades son financiadas por nuestras instituciones
políticas y culturales. Y finalmente, si un episodio está ligado a un lugar y si este lugar conserva
todavía trazas de aquél, forma parte de nuestra cultura como el saber dónde está, cómo se llega, qué
hay para ver y cuánto cuesta. En el caso de Babilonia aconsejaría esperar un poco.

Una vez hecho el trabajo, las dos columnas de derecha y de izquierda pueden resultar más o
menos completas. Si están completas, quiere decir que aquel episodio histórico narrado en la columna
central tuvo y tiene aún un fuerte impacto sobre nuestra actualidad, nos dice algo, forma parte -como se
suele decir- de las raíces de nuestra cultura. Si en cambio las columnas laterales aparecen vacías,
significa que el episodio no pasó a formar parte de nuestra cultura, y fue inútil o ajeno. Podemos
abandonar este último episodio, dejarlo en manos solo de los especialistas, historiadores profesionales.
Naturalmente, se obtendría una densificación de los materiales ilustrativos en los periodos más
cercanos a nosotros, con respecto a aquellos más antiguos; y en las regiones más cercanas con respecto
a los países lejanos. Nada de malo ni de extraño, el detalle de la historia se esfuma hacia la imprecisión
a medida que se aleja de nosotros, aquí y hoy, de nuestra cultura y sociedad actual. Pero, ¡atención!,
ciertos elementos de base de nuestra cultura material y de nuestro aparato conceptual se retrotraen a
una remota antigüedad: intenten escribir la historia del campo o del pozo, ¡imaginen el atractivo de una
historia de la manija o de la tapa!

¿Por qué los manuales de historia no están hechos como lo imaginé yo? ¿Quizás se piensa que
el lector (el estudiante) está en condiciones de establecer por sí mismo todas aquellas relaciones? Sería

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una gran ilusión. La explicación más simple es que los historiadores nunca se han tomado en serio la
cuestión de las “raíces”; normalmente concibieron su campo de actividad como sustancialmente
autorreferencial, asignándole las funciones, sin explicitar las relaciones con el mundo en cual vivimos.
Por esto, no resultaría fácil escribir un manual pensado de ese modo, sin todo el trabajo preparatorio:
para recabar datos se necesitarían cientos de tesis de grado, decenios y decenios de trabajo de tantos
especialistas coordinados, financiamiento plurianual, PRIN y FIRB*, congresos internacionales, etc.
Nadie quisiera tomarse todo este trabajo para escribir un manual escolar que luego no sería adoptado
por nadie.

Pero intentemos expandir el horizonte e imaginar que libros de historia de este tipo se producen
en varios países del mundo. ¡Cuánto se aprendería al compararlos entre ellos, al ver lo que cada uno de
ellos selecciona como relevante, para buscar las propias raíces! Es obvio que el manual chino será muy
pero muy distinto del italiano, pero en menor medida este último será distinto del manual inglés o
español. Es más, al interior de Italia habría ejemplares diversos del manual de historia destinado a las
escuelas de Cerdeña, de Friuli o de Calabria. Tomo nota de citar como cosa normal o notoria la
cuestión del suplemento histórico regional, como si fuese una realidad, mientras que es solo una vieja
obsesión mía: que en las escuelas italianas, además de usarse un manual histórico de base, de corte
ítalo-europeo, se debería usar un “suplemento regional” (con fuerte arraigo territorial), se deberían usar
también “suplementos étnicos” destinados a los hijos de los inmigrantes a los cuales se les debe enseñar
no solo nuestra historia sino también la suya. Cuántos ilusiones, dirán ustedes, mientras que las horas
destinadas a la enseñanza de la historia se restringen y dejan afuera milenios y continentes enteros.

¿Cultivar la historia o abandonarla?, ¿ampliarla a nuevos horizontes o marginarla?, ¿re-
elaborarla o fosilizarla? Son decisiones estratégicas, las líneas directrices tomadas por la clase política,
pero que luego dejan a la sociedad civil, e incluso al simple individuo, la posibilidad de introducir
correcciones. La elección del más reciente pasado, en el sentido de la marginación de la historia era una
decisión minimalista: deliberadamente o no, se trataba de formar una generación de técnicos de bajo
nivel cultural, y quizás un pueblo de fácil sujeción socio-política, que pedía a un Gran Hermano las
directrices ideológicas válidas para todos. Se advierten ahora las señales de un replanteo, de una re-
evaluación del conocimiento histórico como factor irrenunciable para adquirir una conciencia cultural
digna de personas completas y libres. 

* PRIN y FIRB son las siglas para Progetti di Ricerca di Interesse Nazionale (Proyectos de Investigación de Interés
Nacional) y Fondo per gli Investimenti della Ricerca di Base (Fondo de inversión para la investigación de base)
respectivamente. Ambos son instrumentos del Ministerio de Educación, Universidades e Investigación italiano para
financiar y fomentar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en ese país. [N. del T.]

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