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Determinismos y

alternativas en las
ciencias sociales de
América Latina

Hugo Zemelman
(coordinador)

B
~
Ciiií
Universidad Nacional Autónoma de México
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias
Cuernavaca, Morelos, México
Editorial Nueva Sociedad
Primera edición: 1995

B0175 Zemelman, Hugo, coordinador.


245 Determinismo y alternativas en las ciencias sociales.
Hugo Zemelman, coord. Caracas, Venezuela, Editorial Nueva Sociedad,
Cuernavaca (México) UNAM-CRIM,
Nueva Sociedad, 1995.
140 pp.
ISBN: 980-317-075-9
l .Epistemología- Ciencias Sociales. 2.Conocimiento Social-Valores y Categorías.

(Catalogación en publicación: Lic. Martha A. Frías-Biblioteca del CRIM)

© Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias - CRIM


Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
© Editorial NUEVA SOCIEDAD
Apartado 61.712 Caracas, 1060-A, Venezuela
Telfs.: (058-2) 2659975, 2650593
Fax: (058-2) 2673397, Télex: 25163 ildis-vc.

Edición al cuidado de Helena González


Diseño de portada: Marcos Pereira

Paginación electrónica: GRAFICOR


Impreso en Venezuela
ISBN 980-317-075-9
Indice

Introducción _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ ?
Hugo Zemelman

La esperanza como conciencia (un alegato contra el bloqueo histórico


imperante: ideas sobre sujetos y lenguaje) 11
Hugo Zemelman

La función de los valores en el pensamiento filosófico


latinoamericano. Utopías y ucronías - - - - - - - - - - - - 29
Susana Luminato

La experiencia en la construcción del conocimiento social _ _ _ _ 53


Emma León Vega

Estructuralismo y positivismo en tiempos de la posmodernidad _ _ 85


Enrique de la Garza

Seducción: el pensamiento económico latinoamericano _____ l 07


Gerardo de la Fuente Lora
Autores _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ 141
Introducción

Hugo Zemelman

Atreverse a usar la cabeza, sin apegos ritualistas a ningún canon de


certidumbre, es el ejercicio mismo de la responsabilidad intelectual; cami-
nar de ese modo por el ágora imaginario del espíritu, después de subir por
la vía sacra hasta la alta plazuela iluminada donde poder encontrarse con
todos los retos que han quedado dormidos y dejados a los lados del camino.
Ejercicio de la responsabilidad intelectual cuando se la entiende ubicada en
el ámbito de un conocimiento comprometido con el forjamiento de más
conciencia, para actuar frente a la realidad que nos circunda y se cierne sobre
nosotros.
Hoy, cercados por un dogmatismo ideológico regresivo, que no oculta
hasta el momento su triunfalismo y autocomplacencia, debemos hacer el
esfuerzo por liberarnos de usos y costumbres que-por su misma inercia-
debilitan nuestra fuerza para ver nuevas realidades; no obstante, debemos
también reconocerlas para enriquecer el espacio de nuestra aventura y de la
propia capacidad para adentrarse por lo desconocido sin temor al error,
armados sólo de la apasionada y apasionante curiosidad por salir de lo
sensato y de la verdad.
Mover la cabeza contra sus propias inclinaciones racionales para
ahondar en la situación del momento desde coordenadas de reflexión que
nos permitan colocarnos ante nuevos umbrales. Pensar desde la conciencia
de que estamos obligados a definir nuestras propias opciones de futuro, qué
significa entender lo que es la realidad que debemos conocer porque reviste
la mayor importancia. Siempre que se llega a afirmar algo, tiene el sentido
de ser una respuesta, no todas las veces explícitamente asumida, aun por el
qué del saber algo de la realidad social o natural. Nos ubicamos
--querámoslo o no-- en un espacio de experiencia y de conciencia que
resulta de la conjugación de una opción, producto de la voluntad de
construcción inspirada por la presencia de una utopía, y las potencialidades
que hay que descubrir para activar el momento de nuestro presente.
En este sentido, tenemos que preguntarnos cuáles son esas realidades
que surgen más claramente desde la exigencia de esta conjugación, de
manera de conformar la demarcación en cuyos límites se despliegue el
pensamiento disruptor que contribuye a abrir nuevos territorios. Sería
8 O H11go leme/man

necesario elaboraron verdadero programa de investigación sobre la dialéctica,


conocimiento y conciencia, entre verdad y nece5idad de realidad en que se
apoya la relación que queremos establecer con lo inédito; es decir, un
programa que pueda dar cuenta de cómo tiene lugar el modo de pensar la
realidad, desde qué opciones de futuro, con qué categorías, venciendo qué
límites conceptuales para neutralizar la inercia teórica y mental, inauguran-
do nuevos ángulos de razonamiento que puedan suponer continuidades o
discontinuidades con el saber acumulado, en cuyo marco tenga lugar la
discusión acerca de los expedientes, artilugios, estratagemas, reglas o
sistemas orientados a cautelar las verdades conquistadas.
En la dirección de estas preocupaciones, nos hemos propuesto la
elaboración de un conjunto de trabajos en un seminario de discusión (el cual
ha durado más de un año) donde se tratan de alcanzar algunos primeros
productos, que son apenas aproximaciones a la problemática, no obstante
que llegan a configurar un cuadro de inquietudes que son centrales, en
cuanto apuntan a problemas posibles de ubicar en el espacio construido en
la tensión resultante de las opciones definidas y de lo que es susceptible de
potenciarse. El propósito es poder aproximarse a la construcción de una
estrategia que articule la acumulación científica con su misma problemati-
zación rigurosa, que salga siempre de la premisa de que lo dado
conceptualmente es solamente un punto de partida; en consecuencia,
tenemos que saber situamos en el umbral que deslinde aquello que está
acabado, de lo desconocido como esperanza para el devenir.
El centro de la discusión es la dialéctica entre la dimensión cognitiva y
la gnoseológica, que concierne al movimiento que tiene lugar en el límite
que marca la diferencia entre lo que es ciencia y lo que es metafísica,
literatura, artes plásticas o simples relatos, es decir, ese vasto campo donde
se encuentra un hontanar de ideas que enriquecen el trabajo del científico.
Así mismo, la dialéctica en que pensamos tiene que ver con toda la gama de
posibilidades de construcción de la relación de apropiación de la realidad
cuando se considera la dinámica propia de la capacidad del individuo para
definir -fuera de todo conocimiento y, más aún, muchas veces contravi-
niendo Jo que el mismo conocimiento permite decir- su punto de partida
para avanzar en nuevos conocimientos; o bien, revisar las contribuciones ya
realizadas para leerlas de un modo diferente.
Lo anterior se vincula también con la problemática del sujeto cognoscente,
pues lo que se cuestiona son las facultades mediante las cuales el hombre
organiza su relación de conocimiento, ya que ésta puede consistir desde
quedarse en la pura facultad intelectual -tal como está acuñada en la ciencia
consolidada- hasta incorporar otras facultades, o combinación de ellas,
como Jo es una capacidad gnoseológica que trascienda la función estricta-
mente cognitiva.
lntrodtu:ción O9

De este núcleo problemático, cabe retomar líneas de problematización


como las que a continuación comentaremos brevemente.
La presencia de los valores constituye un desafío para desmitificar el
pensamiento en cuanto a sus sesgos en el esfuerzo por liberarlo en el mismo
compromiso con los valores, a través de convertirlos en necesidad de
búsqueda. El desafío consiste en incorporar a la función de apropiación,
encamada en los valores, lo que -como parece evidente- pertenece al
campo más amplio de lo gnoseológico y no de lo cognitivo. Esto significa
que los límites del conocimiento, según como está históricamente determi-
nado, son discutidos desde la perspectiva de un umbral que es parte de una
lógica de apropiación más inclusiva que la explicación científica. En este
sentido, podemos citar el caso del trabajo sobre la utopía en la filosofía de
la historia.
Asomarse a nuevos territorios inexplorados supone resolver cuál es la
base del razonamiento más adecuada para, cualquiera que sea la solución
lógica y teórica, no dejarse atrapar apriorísticamente por un sistema de
categorías que, pudiendo haber sido probado en otros planos del conoci-
miento, resulta problemático para el que se busca abordar. Decimos que es
necesario abrirse hacia la realidad sin mediaciones reduccionistas, que,
desde un primer momento, conviertan la realidad inédita en un objeto
susceptible de un tratamiento formal, ya que debemos estar alertas al reto de
que determinadas realidades no son abordables estrictamente desde las
ópticas de la lógica y los procedimientos cognitivos; realidades que nos
emplazan a comprometer tanto exigencias cognitivas como otras que
pertenecen al campo de lo gnoseológico. Entre estas realidades se puede
identificar la problemática de la producción de sentido, o la gravitación que
tiene en la apropiación correcta de ciertos procesos y prácticas, el campo
hermenéutico. A este respecto podemos citar el trabajo relativo a los
problemas que ofrece la experiencia como campo problemático en la
construcción del conocimiento social.
Esta misma exigencia de apertura en la producción de conocimiento
obliga a distinguir entre lo que son sus significados y ese conjunto de
significantes que subyace y constituye la forma de vinculación del conoci-
miento científico con otras creaciones del hombre, como puede ser su aporte
a la construcción de fábulas, en el sentido cartesiano, que contribuyen a
ampliar su experiencia y conciencia del mundo.
En toda buena teoría se esconde algo más, aquello que alude a un
momento de la historia de la Humanidad que no se agota en sus proposicio-
nes de explicación. Se contienen siempre en todo constructo posibilidades
que apuntan a enriquecer el modo de construir nuestra relación con la
realidad; pero, a la vez, se plantea -ante la variedad de construcciones
teóricas- la búsqueda de un núcleo básico que se oculta en la diversidad,
1O O Hi,go Zemelman

que se refiere a la pertenencia de las teorías a estructuras de parámetros que


-en última instancia- permean el significado de los enunciados más allá
de sus contenidos empíricos. Es lo que en parte se pretende mostrar en el
trabajo acerca del pensamiento económico latinoamericano y la seducción
de la teoría.
Parece lógico pensar que, si nos colocamos en la perspectiva de que la
realidad no agota su análisis en los límites de lógicas cognitivas, tengamos
que cuestionar, como puerta de entrada al conocimiento, las determinacio-
nes teóricas en un esfuerzo por romper con los límites conceptuales que nos
circunscriben, para rescatar con plenitud las urgencias de lo real, en tanto
realidad que se constituye. De ahí surge la necesidad de rescatar el papel de
la utopía en la construcción del análisis, el cual descansa más en posibilida-
des que en determinadas regularidades; por ello, debemos subordinar las
determinaciones a la exigencia de potencialidad que lleva a relevar, como
central, la problemática de la subjetividad constituyente. Este planteamiento
facilita definir, como meollo de la discusión sobre la racionalidad analítica,
la posibilidad de que la realidad se construye orientada hacia la búsqueda de
los puntos nodales desde los que la potencialidad pueda dar lugar a proyectos
viables. Es la intención del trabajo relativo a ideas sobre sujetos y lenguajes.
Como culminación de todo lo anterior, tenemos el rescate de lo político
como epistemología en cuanto significa colocar en el centro del debate,
precisamente, la potencialidad de opciones desde las cuales leer la situación
estructurada como presente.
Ello implica construir un conocimiento que sirva a la conformación de
una conciencia activa, que no se reduzca al pragma de la simple acción
instrumental (cuyas condiciones socioculturales y de sentido valórico están
dadas en lo que les subyace), sino que se desarrolle en el marco de una
relación de conocimiento compleja, explícitamente asumida, que sea capaz
de incluir una multiplicidad de realidades, no siempre definibles de acuerdo
con las exigencias de los cánones de cientificidad.
El rasgo común que se puede rastrear, corno signo que confiere su
especificidad a este esfuerzo, es que, desde distintas temáticas y con
argumentaciones que ofrecen muchos matices que los diferencian, se busca
-como punto de apoyo de la discusión- destacar los dinamismos consti-
tuyentes de las realidades, más que el producto explicado.
La esperanza corno conciencia
(un alegato contra el bloqueo histórico imperante:
ideas sobre sujetos y lenguaje)

Hugo Zemelman

Vivimos hoy un momento histórico en el mundo y, en particular, en


América Latina, que puede ser leído como encrucijada para llegar a nuevas
alturas, o bien como un camino hacia hondonadas sin luz ni amplitud de
visiones. El desarrollo económico centrado en la industrialización ha
alcanzado una etapa donde, paradójicamente, el mejoramiento de las con-
diciones de vida cercena las posibilidades de las personas. Su logro es el
creciente proceso de reducción a la unidimensionalidad de éstas.
La lógica del desarrollo tecnológico parece implacable, imponiendo un
curso insoslayable a los acontecimientos. La sociedad que se avizora, y que
se está imponiendo, obedece al patrón de la división de roles, donde la
especialización tiende a agotar las facultades del sujeto, mutilando sus
potencialidades en el marco de las exigencias del mercado. El horizonte del
hombre tiende cada vez más a atomizarse en muchos fragmentos sin un
significado para su realización, pero que resulta fundamental para su
inserción en las estructuras sociales y económicas de la sociedad industrial
y posindustrial. El hombre endereza sus energías de manera que pueda
alcanzar sus logros en la eficiencia, según esté planteada por dichas
estructuras globales, aunque no encuentre ningún sentido para su propia
vida.
Se camina hacia una forma de organización social donde la efectividad
y el pragmatismo son el criterio de legitimación social, cuyo espacio de
realización es el anonimato. Correlativamente, cada vez más la lógica del
razonamiento, hasta la de la creatividad, se reduce a la lógica del input-
output (denunciada por Lyotard, entre otros), que produce el efecto de
moldear el pensamiento en forma que se ajuste a las exigencias de reproduc-
ción y estabilidad del sistema social.
Nos enfrentamos con una inteligencia limitada a leer los universos
simbólicos que son el producto de estas lógicas de funcionamiento, perdien-
do todo intento de traspasar las fronteras de lo que se prevé inexorablemente.
Se está arrinconando a la razón mediante un discurso que confunde lo que
se impone con la verdad. Empero, el blanco real de esta arremetida es el
individuo como sujeto; lograr su desarme, anular su capacidad protagónica,
someterlo mediante la persuasión de que cualquier actitud crítica, desde que
rompe con los cánones aceptables de lo que se entiende por cientificidad, no
12 O Hugo Zemelman

puede sostenerse porque escapa a lo real y al sentido mismo de la historia.


La forma de pensar tiene que responder al desafío social tal como ha sido
definido, pues difícilmente tienen credibilidad las formas de pensar que
contribuyan a reconocer desafíos que sean otros que los impuestos por el
discurso del poder. La recuperación del sujeto, por consiguiente, significa
recuperar el sentido de que la historia continúa siendo el gran e inevitable
designio del hombre, lo que le confiere su identidad como actor concreto,
porque constituye el contenido de su propia vida. La historia en el sujeto es
el momento como parte de la necesidad de futuro, necesidad que no es sino
el momento vivido conforme a la apetencia de valores que trascienden el
momento.
La dialéctica momento-futuro remite a la noción de la historia como ser
y querer ser, pues el elemento volitivo es parte de la condición de la vida
social en tanto construcción inacabable. Cualquier intento por darle término
significa mutilar al sujeto por determinadas lógicas objetivadas en sistemas,
productos de un momento, pero que se transforman en esferas permanentes
y únicas de la vida social (v. gr.: el enfoque sistémico de Luhman). De lo cual
se desprende la conclusión de que, si bien, por un lado el hombre siempre
será histórico, quiéralo o no, tenga o no conciencia, esté presente o ausente
la voluntad de construirla, será necesario cautelar su capacidad de pensar
históricamente, puesto que se da la emergencia de hombres sin conciencia
histórica. Es decir, hombres sin la conciencia de la naturaleza con el vínculo
que los relaciona con otros hombres, así como la indiferencia al desafío
perenne que nace de querer tener futuro, y, por consiguiente, con el
imperativo de tener que hacer historia.
Surgen diversos desafíos para enfrentar la tendencia a la ceguera
histórica, la inconsciencia, la inercia mental, la posibilidad de convertirse en
víctimas santificatorias de lo que aplasta, deforma y empobrece. De ahí que
la fecundidad o infecundidad del conocimiento social tengamos que asociarlas
con la existencia o la ausencia de proyectos de sociedad. El repliegue del
conocimiento a una función de simple diagnóstico crítico de situaciones,
pero a la vez su incapacidad de servir de fundamento a opciones sociales
viables, es expresión de esta disociación entre conocimiento y pensar
histórico. Es solamente a través de esta capacidad de pensar como se puede
establecer el vínculo entre el conocimiento teórico y el sentido de la historia;
vínculo que cumple la función de determinar lo que debe ser conocido si se
quiere ver la realidad como un campo de opciones de construcción, y no sólo
como el contenido de un proyecto. Por cierto que la realidad no consiste en
una dirección dada, sino en una potencialidad de direcciones; por eso cuando
hablamos de sentido de la historia pensamos en un campo de sentidos.
El vínculo entre el conocimiento teórico y el campo de la historia nos
alerta acerca de los riesgos de que el conocimiento, cuando se aleja de la
La esperanza como couciencia D 13

experiencia histórica, se orienta hacia la construcción de objetos que no son


los que va construyendo la historia. Con lo que recuperamos la idea de que
el desarrollo de la ciencia no puede limitarse a ser el reflejo de sus propias
exigencias internas, teóricas y metodológicas, sino que abarca también las
necesidades del hombre por re-actuar ante sus circunstancias. Necesidades
que muestran la singularidad de que las circunstancias se van sucediendo en
una secuencia de coyunturas, las cuales definen un campo particular de
inserción del sujeto. Esta inserción nunca es exclusivamente cognitiva sino
que compromete a todas las dimensiones del sujeto (tanto las del intelecto
como las afectivas y las de índole volitiva), por lo que la distinción entre
conocimientos y conciencia es difusa.
La construcción de conocimiento tiene que considerar las particularida-
des de la realidad que son susceptibles de activarse, pero también aquellas
dimensiones del sujeto que responden a su necesidad de actuar sobre el
contexto. De ahí que haya que recuperar la idea del pensar histórico como
algo más que un esfuerzo de explicación. "Su contenido está determinado
por la heterogénea cantidad de hechos que hacen de la textura de la realidad
algo más que una constelación de objetos y mediciones. La( ... ) realidad es
una articulación entre conocimientos y tradiciones, experiencias y visiones,
información y cultura; conjunto de universos que configuran un pensamien-
to ... que excede a lo puramente explicativo" (Zemelman, 1987).
Lo que decimos obedece a la lógica de que los desafíos de la realidad
traspasan los límites de la pura comprensión para ubicarse en el marco de las
transformaciones necesarias, pero que son a la vez posibles de impulsarse.
Es por esto que el conocimiento social tiene que reconocer forzosamente dos
pilares: el de los sujetos sociales y el del campo de la realidad en el que
pueden desplazar sus capacidades de acción y re-actuación. Ambos planos
plantean que el conocimiento acabado es aquel que puede dar cuenta de la
misma potencialidad de transformación de los sujetos, o bien el que es capaz
de leer la historia, no solamente como un proceso sometido a regularidades,
sino además, como un campo de emergencia de objetos que sirvan de apoyo
a la capacidad de acción del hombre: esto es, la posibilidad de transformar
la historia en política.
El desarrollo de esta argumentación lleva a rescatar al sujeto en toda su
complejidad de experiencias y de mundos que convergen en su subjetividad,
su "mundo de vida"; así como también salva el sentido que toma la historia
como experiencia. Los desafíos que implica relevar la multidimensionalidad
que reviste el esfuerzo del hombre por construir su realidad suponen la
coexistencia de "discursos" que conforman la capacidad del hombre para ser
hombre de historia. Por eso mismo, el conocimiento social tiene que
incorporarse básicamente más allá de sus especializaciones en dos ámbitos
fundantes: la constitución de la subjetividad social y la articulación de
14 O H11go Zemelma11

formas discursivas constructoras de relaciones de conocimientos diferentes


-aunque complementarias- que busquen una apropiación más inclusiva
de la realidad, en cuanto ésta implique la construcción de sentidos.

El tema de la subjetividad social

Más que constatar el tipo de procesos que se puede describir histórica-


mente, interesa avanzar en la discusión acerca de las condiciones en las
cuales el proceso se toma posible. Cuando hablamos del proceso de
constitución de un sujeto, se trata de dar un vasto y complejo proceso de
producción de experiencias que no pueden estar de antemano delimitadas
con precisión. Se trata de especificar los dinamismos socioculturales, que se
expresan en coyunturas particulares y en ámbitos de relación determinados,
y que cubren una variedad de dimensiones tanto del sujeto como de la
realidad.
El desafío reside en aprehender al sujeto tanto en sus manifestaciones
presentes como en sus potencialidades, lo que significa tener que encontrar
la forma de razonamiento adecuada a la naturaleza del fenómeno, tanto
cuando es mutable como cuando es, también, construible. La dificultad
teórica para la constitución de la subjetividad reside en que reviste un
carácter polivalente, en cuanto el sujeto es una posibilidad de realidad desde
su condición de producto histórico que puede asumir distintos modos de
concreción histórica, determinando que cualquier esfuerzo por encontrar la
univocidad conceptual constituirá un reduccionismo en su análisis.
Esta posibilidad de realidad que es el sujeto obliga a una relación de
conocimiento que no se agote en los lenguajes denotativos en la medida en
que entrañe contenidos más vinculados con los lenguajes connotativos, es
decir, aquellos menos acotados y definidos, más abiertos a expresar múlti-
ples significaciones. Lo anterior surge porque en el problema de los sujetos
hay una doble realidad: la que es aprehensible conceptualmente (condicio-
nes estructurales, formas organizativas, patrones de comportamiento, acti-
tudes), y otra que no es aprehensible con la misma lógica (experiencias,
memoria, conciencia, mitos); esta conjunción de realidades, que define una
ampliación en los mecanismos del análisis, desafía a la conciencia
cognoscitiva a construir una relación de conocimiento que sea más con-
gruente en la representación de la realidad con esta complejidad.
El análisis de los sujetos supone como requisito tanto no darlos por
terminados como concebirlos desde la complejidad de sus procesos consti-
tutivos que tienen lugar en distintos planos de la realidad. Estos dinamismos
nos recuerdan esa vieja advertencia de la fenomenología que decía que el
sujeto al que se debía volver "no podía ser otro que el hombre real, que hay
La e.,pernnza como nmciendn D 15

que despertar a la conciencia de su ser auténtico" (Tran-Duc-Thao, 1971, p.


188), lo que supone reconocer la historicidad del sujeto. Historicidad que
significa no perder de vista su movimiento interno ya que, si éste queda fuera
del análisis, nos lleva a confundir la historicidad del sujeto con sus determi-
naciones como producto ya cristalizado. Realidad tangible que oculta todo
aquel sustratum que lo mueve a veces en direcciones imprevisibles. De ahí
que uno de los retos de las ciencias sociales consista en desbloquear el
análisis de sus sujetos, lo que implicaría la debida comprensión y resolución
teórico-metodológica del proceso de constitución de la subjetividad social.
En la falta de comprensión de este fenómeno reside uno de los principales
bloqueos de esta rama del conocimiento. Para salvar la situación se debería
proceder a reflexionar sobre los siguientes tópicos, que proponemos a
manera programática.

Líneas de reflexión teórico-metodológica en tomo de


la subjetividad social

Los procesos psicosociales estructuran un mundo donde los individuos


encuentran y defienden una identidad, cuestión que se relaciona con la
necesidad de impulsar un proyecto que puede contradecir hábitos, costum-
bres y el contenido propio de lo establecido, sabido o cristalizado socialmen-
te. De ahí la significación que tiene la capacidad de construir la historia en
oposición al sometimiento a las condiciones no susceptibles de modelarse
en el corto plazo por la voluntad (aunque debemos tener en cuenta que
siempre los procesos macrosociales son posibles de conformarse a partir de
los planos microsociales).
Esta capacidad de construcción de la historia descansa en el modo como
se articula el individuo con los planos en donde se materializan los
nucleamientos de lo colectivo (v. gr.: la familia, las redes de relaciones
primarias, comunidades, grupos de trabajo, agrupamientos como las clases),
los cuales constituyen los espacios donde se definen las posibilidades de
reproducción de los individuos. Uno de los rasgos de estos nucleamientos
es que contienen una dirección en potencia: la que impone el poder para
privilegiar aquellos que conforman el perfil psicocultural de los individuos.
Entre los rasgos de este perfil cabe mencionar la articulación entre memoria
y visiones de futuro.
Si la realidad la hemos de entender como esta articulación entre el
pasado y las posibilidades del futuro, quiere decir que se tiene que abordar
la exigencia subyacente, su movimiento molecular interno. Entender la
realidad como producto del pasado y como un presente que contiene las
posibilidades del futuro significa rescatar lo constituyente de la misma
realidad, en cada recorte temporal de estudio; esto es, la articulación de los
16 O Hugo Zemelman

individuos con determinados nucleamientos de lo colectivo y el papel de


éstos en la reproducción, tanto del individuo como de los mismos núcleos
colectivos. Lo que nos enfrenta a una realidad heterogénea, con varios
tiempos y espacios específicos que coexisten, y que no se pueden reducir a
una sola expresión teórica. Ello nos lleva a privilegiar la necesidad de
realidad sobre un orden de relaciones de determinación.
De esta manera, la óptica de la subjetividad, aunada al rescate de lo
constituyente en ella, plantea subordinar las determinaciones estructurales
a esta dialéctica de presente-futuro; dialéctica que, en tanto descanse en las
propias construcciones del sujeto, será la base de la historización del mismo.
Sólo mediante el rescate de estos procesos constituyentes se puede aproxi-
mar el análisis teórico a la comprensión de la dirección que puede tomar el
desarrollo de los procesos sociales, partiendo del análisis del momento.
La importancia de lo anterior estriba en entender a los sujetos no
solamente como un objeto sino como expresión de la potencialidad misma
de la realidad; de esta manera, su dinámica "debe comprenderse en el marco
quP. conforman las prácticas de los sujetos que están transformando constan-
temente en realidad tangible a esos contenidos potenciales" (Zemelman,
1990, p. 53). Es interesante constatar que, desde esta perspectiva, la
dinámica sociocultural se entiende como la constitución de la subjetividad
social. Sin esta constitución no hay realidad alguna. La constitución de la
subjetividad social obedece a una necesidad de utopía cada vez que incor-
pora una dimensión de futuro.
Si la realidad como estructuración social dada en el presente contiene
una potencialidad de futuro, debe descomponerse en situaciones que con-
tengan diversas alternativas para su construcción. "La objetividad social,
desde el punto de vista de la subjetividad social, se tiene que reformular
como viabilidad. En realidad, si lo que importa es la capacidad de reconocer
horizontes históricos ... nos obligamos a incorporar la dimensión volitiva-
social en el análisis de las dinámicas sociohistóricas" (Zemelman, 1990, p.
16). La subjetividad social importa en la medida en que se exprese como
voluntad para reactuar sobre la rea,lidad presente.
En este aspecto, se plantea la cuestión central del papel de la utopía, que
ha sido marginada del análisis social. Por utopía se entiende la expresión de
la subjetividad social que incorpora la dimensión de la posibilidad, abierta
a un amplio campo de problemas y a todo un horizonte histórico. Es aquí
donde el imaginario social se despliega, formulando y reformulando la
relación entre lo vivido y lo posible. Pero la utopía, a pesar de transformar
el presente en horizonte histórico, no garantiza la construcción de nuevas
realidades.
En efecto, dotar de sentido a las prácticas sociales no significa que se les
confiera capacidad paraconstruiropciones y para viabilizarlas. Es solamen-
------------·----·----- La r.\·,11~ri1J1:t.1 c;;11,o cmu·i!'ti<'hl [J i 7

te en el plano de la experiencia donde se puede reconocer la posibi Iid id , k


transformar la realidad, porque la noción de experiencia da cucnt:1 d,~ l 1
objetivación de lo potencial, es decir, de la transmutación de Jo dt:se;ibic ;,
Jo posible, a través de sus dislintos modos y niveles de profundidad, dando
Jugara que la utopía se convierta en un proyecto mediante el cual sr~ prerenr:'..l
imponer una dirección al presente.
La idea de proyecto interesa puesto que define las relacione~ socia k~ en
el marco de sus posibilidades de transformación. El proyecto es J;-i conci~11-
cia para la construcción del futuro y la determinación de la!; pr:ktir,;i~
requeridas para lograrlo. La realidad así concebida deja ele ser ese ~J,::srrdo
cargado de inercia para desplegarse con toda la fuerza de su virtualidad En
este marco, el sujeto se constituye en la medida en que puede g:,~nercir IIJ"Jé'i
voluntad colectivn, de manera que desarrolle un poder que le pr_rmita
construir realidades con una dirección conscientemente definida.
La identidad colectiva supone la elaboración de un horizont1' hisíóri,~o
común y la definición de Jo propio (del nosotros) en relación Ct<II la
oposición de lo que se reconoce como ajeno; conformación de ükntic:bdes
que se corresponde con una transformación de la identidad individual)' su
resignificación en una identidad mayor. Lo colectivo deja de ser un a~rega-
do de individuos para convertirse en un espacio de reconocim¡ent,) r.1)11ltJn,
que trasciende a cada uno de ellos. Pero los individuos que se reconocen en
esa identidad mayor participan previamente de una complejidad de relacio-
nes e interacciones (familia, vecindario, comunidad, etcétera), las qu,~ 110
son ajenas a la constitución de una subjetividad compat1ida. No se t,·at.l tle.
que la relación se vaya negando para superarse en una idemidad niayor.
Estas relaciones se moldean. se reformulan e incluso se omiten, pew
permanecen como parte de esos micro-dinamismo~ en los que se c.onstiiuyr~
la subjetividad social.
En esta dirección, lo que se puede definir como la dimensión <:okctiv,1
de los individuos no es una realidad dada en términos de uiw estn1ct11rn.
social y/o valórica sino, más bien, una realidad que reconoce sus propias
posibilidades objetivas. Posibilidades que a su vez dependerán de la natu-
raleza del nucleamiento de lo colectivo (v. gr.: plano familiar, comunitmío.
regional, estmctura productiva o clasista, etcétera). De ahí que defiHirla en
un solo plano de la realidad representa un corte arbitrario que eliminaría tas
otras modalidades en que se puede manifestar lo colectivo. Pero también,
porque esa fijación de la realidad a un plano particular significaría perder b
posibilidad de entender la complejidad que se oculta detrás de los cfüereni'!S
nucleamientos de lo colectivo, reduciéndolo a un producto predetenninado.
pero sin llegar a comprenderlo como un proceso que transforma la snbjt.ti-
vidJd del individuo, se~ún sea la naturaleza del nucleamiento que sirva de:
apoyo a la constitució~- de la subjetividad social.
l 8 O Hugo Zemelma11

La captación de estos procesos plantea la dificultad de la relación entre


lo dado y lo dándose, entre lo determinado y lo indeterminado en la
reconstrucción de las prácticas y discursos de lo colectivo; y la de reconocer
el tipo de relación que éstos establecen con la realidad.
Creemos que, para avanzar en esta dirección, es imprescindible estable-
cer una primera diferenciación entre los tipos de contenido que se pueden
reconocer en las manifestaciones colectivas. Distinguiremos fundamental-
mente dos clases: los contenidos de determinación y de posibilidad. Dado
que estos contenidos pertenecen también a estructuras teóricas previamente
establecidas, nos parece necesario discutir acerca de la relación entre ellos.
Los contenidos de determinación se refieren a situaciones estructuradas,
mientras que los contenidos de posibilidad aluden a situaciones de potencia-
lidad susceptibles de estructurarse si se atiende la perspectiva de su desplie-
gue temporal.
El problema central es cómo precisar el significado de un contenido,
desde la óptica que define la realidad como una construcción. Parece
indudable que, desde esta perspectiva, el significado de los contenidos no
puede circunscribirse a una estructura teórica, ya que ésta tenderá a consi-
derar sólo los contenidos que puedan denotar universos de observación ya
previstos por ella misma. De ahí que corramos el riesgo de dejar fuera del
análisis contenidos que connotan sentidos relevantes en la constitución de
la subjetividad social, pero que no son susceptibles de aprehenderse teóri-
camente, en virtud de que contienen varias posibilidades de significación.
En verdad, son los contenidos de posibilidad los que incorporan lo real,
no como objeto denotado sino como experiencia/conciencia connotada en
las representaciones simbólicas. La realidad se ofrece entonces en toda su
multiplicidad de facetas; esto es, como el dándose que, a la vez que es posible
de construirse, es también un contorno en el que se ubican los objetos
susceptibles de abstraerse desde situaciones estructuradas por la teoría. Al
ser el contorno un espacio simultáneamente posible de pensarse (aunque no
de reducirse a una explicación), asume el carácter de un significante que
contiene varias posibilidades de significación, que a su vez se corresponden
con los modos de concreción del sujeto.
La conjugación entre ambos tipos de contenidos permite cuestionar las
situaciones estructuradas, es decir, problematizar lo dado en tanto experien-
cia-conciencia. En un plano más general, también permite hacer avanzar el
contenido de cualquier teorización sobre los sujetos sociales más allá del
límite de lo dado, con lo que se amplía la visión de su realidad como objeto
y como conciencia. Pero la incorporación de los contenidos de posibilidad
a través de lo simbólico permite, además, enriquecer el contenido de las
teorías.
Su contribución consiste en incorporar una realidad necesaria de apro-
La esperanza como co11cie11da O 19

piarse, pero no en el sentido limitado de un objeto de explicación sino corno


la posibilidad de imaginarse como una nueva historicidad.

El problema del bloqueo teórico

En relación con el proceso de constitución de la subjetividad social,


quisiéramos señalar que donde mejor se aprecian los bloqueos teóricos o
conceptuales es en la dificultad de concebir a los sujetos como procesos en
sí mismos. Predominan, por el contrario, las tendencias a definirlos como
productos históricos, aunque esta dificultad se vincula también con los
tropiezos para incorporar la complejidad de los dinamismos que concurren
en su constitución. Se busca privilegiar especialmente las tendencias de
naturaleza económica y tecnológica, o bien, en algunos casos, las culturales,
donde lo que interesa es revelar la tendencia de pensar siempre en establecer
jerarquías de dinamismos. De esta manera, la complejidad del proceso de
constitución de la subjetividad social es simplificado en aras de una
coherente explicación de dicho proceso, sacrificándose la exigencia de la
potencialidad.
Así es como se presentan serios obstáculos que impiden avanzar en el
conocimiento del problema, ya sea que se descarte lo potencial como no ·
pertinente para la cientificidad del conocimiento, o bien que se considere
como imposible de manejar metodológicamente; con todo lo que implica en
cuanto a desarrollo y horizontes históricos o exigencias de futuro. Hay que
tomar conciencia de que sin abordar esta doble exigencia, que alude al
movimiento y su dimensión utópica, el análisis de la subjetividad termina
por reducirse al ámbito de sentido que impone el discurso cuya visión de la
realidad actual y de su devenir se ha convertido en el marco de referencia
único y, en consecuencia, obligado. ·
Romper con esta limitación, teórica y valórica, es el designio de quien
desde el campo de las ciencias sociales pretende reivindicar la esperanza de
recuperar una visión más amplia y fecundante, para continuar con la
construcción de la historia, empresa por definición inacabable.
Sin embargo, los tropiezos para enriquecer el conocimiento de los
sujetos y el proceso de constitución de la subjetividad social se corresponden
con la cuestión más inclusiva relativa a las formas de captación de la realidad
sociohistórica.

Conjugación de lenguajes

La esencia del esfuerzo por rescatar al sujeto se encuentra en la


necesidad de activar su capacidad de re-actuación sobre las circunstancias
·:,o O /lug¡• Zc111P.!111n11_ _ __

n 11,-~ se imponen y, en este sentido, la discusión epistemológica debe quedar


i;P f l :'irnbiJo definidopor la relación entre conciencia y práctica. Lo anterior
sj~'.nifi<~a que es nna apuesta a las capacidades del hombre que obliga a
,,.J!ocrirsr: ante el sujeto; desde su integridad y desde todos los lugares que
n;:11pa e11 la sociedad.
Por l,.l 1mteriormente dicho, la postura de rescatar al sujeto obliga a
rearcic,nnr frente a planteamientos sobre la relación entre conocimiento y
v,don~s- de manera que no hay que reducirlo a. la cuestión de objetividad para
po(l~r así rf'.conocer toda la complejidad que se oculta. Pensamos que hay
qitr.' s1.m~rar la separación entre la ciencia y la política, pues no hay
i1westiga<lor científico que no lleve asociado a sus logros cierta trascenden-
ci,1 ética. Es imposible que el conocimiento quede libre de la racionalidad de
los fine1: últimos, en la medida en que la apropiación de la realidad no es
ajena a la decisión en torno a las opciones de futuro, es decir, a su
construcción.
La ob_ietívidad del conocimiento es parte de las opciones que se
pr~tenclen hacer viables, de manera que en todo problema metodológico se
oculta siempre nn problema político, problemática que alude a la unión o
~eparación entre el productor de ideas y el forjador de mundos. De ahí que
~:e,I positivo retomar la tradición de la teoría crítica, en cuanto reivindica la
función de elementos valóricos en las ciencias sociales, así como afirma que
el criterio de conocimiento tiene que completarse con la consideración del
inter~s social e histórico de su gestación tal como lo puede estar planteando
Ha hermas).
La presencia de elementos valóricos en las ciencias sociales indica que
éstns son reconstrucción de la realidad, cuyo contenido es parte de la
nat,mileza axiológica. La relación entre el conocimiento y los valores
confronta:
1) fa objetividad del conocimiento con opciones valóricas;
2) la correspondencia (propia de la verdad) con construcción de opcio-
Pes; y
3) que la práctica, que se puede derivar desde premisas teóricas,
representa el reconocimiento de horizontes posibles de ser construidos.
Opciones, construcción y viabilidad son planteamientos que suponen la
capacidad de transformar las circunstancias (en la acepción de las tesis sobre
FeuP.rhadú, lo que obliga a pensar en la realidad como contenido dado y
como r:ontorno que no se acaba de determinar. Por eso, nada más peligroso
que inhibirsP vara describir una realidad.
Enco11tra~1os una analogía de este impedimento para incursionar
conceptualmente en lo desconocido en las cartas de Relación al Rey de
Espafü, de Hernán Cortés. Como lo recuerda Carpentier, "porno conocer las
p<1lahn1s qui! designaban a las cosas"; ya que el desafío de todo auténtico
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - La espt·,an.::a co,;,,,; ..:01,, 1t.:11:_·u, t_) _·~ t

conocimiento radica en registrar la potencialidad no organizudi.' C.uíl-


ceptualmente, que comienza por ubicarse en un momento, de maill~rn qu':?
reconozca el contorno antes que el contenido. Ello significa priviicgiar 1a
capacidad de pensarparasaberubicarseen un contexto, sin iimitarne a (oqw.:
está ya definido como susceptible de organizarse en contenidos leórirns.
Se puede encontrar un paralelo con los esfuerzos del arte, espec;al111e1 ne
de la literatura, para dar cuenta de realidades inéditas que I equicre111 orn¡:,er
con las limitaciones que impone el lenguaje estmcturado. Es digna dt e;ilar
la formulación de Carpentier sobre el papel de la novela, en cwmw ésla
contribuye a "poner en lenguaje audible un mensaje que, en su origt11. puc:1.b
ser titubeante, informe, apenas enunciado y que llega al imérprete, Ji
mediador, por bocanadas, por arranques, por aspiraciones ... "; recibimos· d
mensaje de los movimientos humanos, comprobar su presencia, clesi.:nbi, su
actividad colectiva ... ", y "en este señalamiento de la actividad se e11cur~i,irn
en nuestra época el papel del novelista" (Carpentier, 1984, p. l?S;.
Siempre estamos enfrentándonos a realidades nuevas qut; pianc~a;.
términos y formas de enunciados diferentes, especialmente cuando UjllSW-
tamos una mutación cada vez más rápida y compleja de la realidad µor erútu
de la tecnología y de la organización sociocultural de la sociedad, que exie,e
la incorporación de más y más contenidos no siempre susceplil,lt,, dt·
enmarcarse en el lenguaje establecido. Mutaciones que obligan a peH:.ar en
un lenguaje flexible, que sea un instrumento idóneo para crear foHnas de
razonamiento siempre abiertas a estas mutaciones de la realidad.
Este lenguaje flexible y dinámico es el lenguaje propio de los significante~;
Un lenguaje capaz de reconocer las posibilidades de contenidos virtuaks en
el mismo contorno o, como decía Simone de Beauvoir con rdaci61i ii
Malraux, un lenguaje que al referirse a una cosa nos permita pensar <!li otri:.
La capacidad de ver la virtualidad de los contenidos equivale a ubic,M,· ·
históricamente en la época, lo que supone romper con ios iímite:-; en OLi'º:/:
palabras, pasar del significado al significante.
Como afirma Carpentier a propósito de la realidad lat111011me.ncau ... ·., :;,
tiempo de ayer es hoy, es decir, un ayer significado presente es llli b.;:.·
significante", porque todos los tiempos, el de la memoria, el de la ,•is/)11 _..
el de la espera, se dan "en simultaneidad" (Carpentier, 1984, p. 14 l). 1.:-;:;, :.,
complejidad plantea una redefinición en la relación entre sigmücaic.·, 1'
significantes en forma tal que rompe con las limitaciones del lengaaje..
Pero no se trata de reducir el problema de la complejidad dd J1;n[/'~'.'"·
a una diversidad sincrónica de planos en los que se presentan las circu m;; «I•·
cias que rodean a los hombres, sino de entender esas circunstaacias rn:_wJ 1il
contorno propio del sujeto. Buscamos reforzar la capacidad de asomtJ, J
antes que ence1rnr la mirada en un concepto de realidad s::peditad[l a las
exigencias ele verdad. No nos preocupa el problema de I·kidegger relativo
22 D li11go Zemelman

a los "límites propios de la metodología científica" como los propios del


pensamiento "en la época del olvido del ser y de la reducción del ente a
objeto" (Gianni, 1986, p. 27), porque la realidad traspasa cualquier límite,
colocándonos en el centro de lo que es necesario, y sus diferencias nos sitúan
con respecto de lo que no es. Esta necesidad puede ser parte de las estructuras
del pensamiento según cómo se haya cristalizado en la historia de la ciencia.
Sin embargo, lo importante reside en reconocer lo necesario más allá del
pensamiento, pues sólo así se puede dar cuenta de las posibilidades de la
realidad susceptibles de ser apropiadas. De ahí que el saber ha de "entender-
se como el vuelo hacia nuevos campos de organizaciones conceptuales, en
forma que el saber deviene en saber del límite". La necesidad, según Bloch,
"libera al espíritu del estado de congelamiento en que el entendimiento
limitado muestra su contradicción" (Bloch, 1983, p. 118), de lo que se
desprende que la necesidad supone "la negación de lo devenido", en tanto
expresa al devenir y, por lo tanto, se opone y denuncia la fetichización del
momento y de su orden; pero también la necesidad es la negación del
"callejón sin salida, de lo aislado en sf' (Bloch, 1983, p. 126), en consecuen-
cia, es el "triunfo de lo nuevo", piensa Bloch (Zemelman, 1989, p. 9).
La necesidad ayuda a caminar en dirección a la fusión entre pasado y
futuro, porque supone que el sujeto se desprende de sus límites, es decir, de
su condición de producto de las circunstancias; un modo de recuperar la
conjugación de lo histórico en lo individual y de lo individual en lo histórico.
El sujeto como conciencia es ser, aunque el ser -para llegar a ser concien-
cia- requiere del sujeto, es decir, de una objetivación de sí mismo frente a
otro. Una expresión de la capacidad de autodeterminación y a la vez de
conjunción, para saber del ser y de sí mismo. A lo que nos referimos es a la
relación entre sujeto y objeto como condición para comprender simultánea-
mente la realidad como contenido y como contorno, pues se trata de recu-
perar al hombre en la pluralidad de planos en donde se encuentra.
El problema consiste en basar el pensamiento en una necesidad de
realidad, en vez de circunscribirlo a la búsqueda de la verdad, lo cual
correspondería a un tipo de lenguaje que no aprisione el pensamiento en un
conjunto de significados establecidos, consagrados, y ritualizados. Necesi-
dad de realidad que requiere de lenguajes desestructurantes, en condiciones
de gestar realidades, y cuyo rasgo es el de ser capaces de articular diversidad
de contenidos con horizontes históricos y sus opciones de construcción; que
faciliten pensar desde horizontes, de modo de limpiar la realidad de sus
deformaciones y rigideces, sustraerse de las configuraciones conceptuales
ordinarias, distanciándose de la realidad a través de la descomposición de
los objetos. Todo lo dicho se fundamenta en la capacidad de autonomía del
sujeto para saber incorporar su horizonte de vida.
La capacidad de autonomía implica no reducir el pensamiento conscien-
ln esperanza como conciencia O 23

te al manejo de objetos formales, ya que incorpora la dimensión de lo


"vivencial" en el esfuerzo por orientarse hacia el ámbito del mundo
experiencial. El horizonte de vida precisamente alude a esta "cismun-
daneidad" de la que habla Lukacs, y que podemos apreciar en el plano de la
cotidianidad, pero que no excluye la presencia de urgencias de trascenden-
cia. Está claro que nos situamos en un espacio de realidad en el que no todos
los elementos constitutivos pueden ser objeto de un mismo lenguaje
analítico, aunque todos expresen -de diferentes modos- la presencia de
una necesidad de realidad.
En razón de lo anterior, podemos afirmar que la necesidad cumple una
función más amplia que la exigencia de verdad al requerir un lenguaje más
inclusivo que el analítico-formal. Este ámbito de realidad está conformado
por elementos susceptibles de teorización, o bien por otros de carácter
ideológico, valórico, ético, etcétera, pero que son partes por igual de la
realidad del sujeto.
Esta complejidad es la que dificulta que se pueda abordar el problema
con un lenguaje puramente analítico (denotativo); de ahí que se tenga que
enfrentar la construcción de un lenguaje de significantes.
La situación en que se encuentra el sujeto se caracteriza por ser una
constelación articulada de hechos, necesidades, ideas, visiones, esperanzas,
y voluntades, que no se manifiestan en un plano preciso sino en una
multiplicidad, como los niveles macro y microsociales, o los niveles
transhistóricos y coyunturales.
Por ello, la relación que el sujeto establece con su realidad descansa en
diferentes tipos de supuestos, como pueden ser los culturales y los epistémicos;
así mismo, las formas de representación pueden reconocer una gama que se
extiende desde el reflejo conceptual hasta la mimesis; incluso la lógica de
los enunciados puede variar entre los enunciados predicativos de atributos
hasta los enunciados cuya función es gestar realidades.
Estamos ante un universo en el que por igual se encuentra la necesidad
de realidad que expresa el horizonte de vida del sujeto y que contiene la
tensión entre cismundaneidad y trascendencia, como la necesidad de reali-
dad en cuanto manifestación de la capacidad de autonomía del individuo
pensante, y que se refiere principalmente a la realidad formalizable en
objetos.
Por último, tenemos las dimensiones que abarcan la incorporación de la
imaginación y que rompen con los límites de la racionalidad instrumental.
A cada uno de estos planos corresponde un lenguaje. Al horizonte de
vida, el lenguaje natural; a la capacidad de autonomía, el lenguaje analítico
(denotativo); y a las dimensiones de la imaginación, el lenguaje simbólico.
No obstante, en cada uno de estos planos se puede apreciar la presencia de
los otros tipos de lenguaje.
Brevt:s consideraciones sobre el Lenguaje artístico y su jimción
r, ,
31ioJ·el.J1Vg1ca

Lo:, lenguajes denotativos y los simbólicos sugieren una particular


;riacié.ín entre co11templación y especulación teórica, ya que no solamente
,on CJ1sti1fü1s. smo que las formas teóricas pueden llegar a obstaculizar "las
in1niciones abruptas", iluminativas, que caracterizan a la contemplación.
Corno advirtiera Aldous Huxley, "a medida que el individuo crece, su
~·onociI111ento toma una forma más conceptual y sistemática"; ganancia que
se ve "con!rapesada por un deterioro en la calidad de la aprehensión
inmediatn, l'ºr su embotamiento y pérdida del poder intuitivo" (citado por
Anlohi Tüp1es, 1978, p. 175). Por eso el arte se ensancha hacia la vida con
n1ás fluidez que el conocimiento científico.
En el arte es clara la tendencia a representar la totalidad, aunque sea
desde lo fragmentario, en razón de que "los símbolos verbales son orgáni-
cos, partes insustituibles de un organismo tendiente a significar" (Guiducci,
l 976, serif: B, p. 185); de ahí que se observe una búsqueda del significado
eH 1áminos dé una totalidad que incluya lo fragmentario en algo mayor, a
veces indeterminado. Sin embargo, lo que decimos puede ser objeto de
discrr.:p,,.ncia. Decía Schiller a Goethe que en la poesía "mora" lo absoluto
disirm,:ado, lo que Goethe llamaba "la incompatibilidad entre delimitación
y beileza", en virtud de rechazar la concepción del "carácter indeterminante
del :.de cuando señalaba no buscar nada más allá de los fenómenos" (/bid.,
µ. 173).
Hay en el arte la tendencia, como argumenta Lukacs, a darle al
conteni;ibd,Jr un estímulo para que se sumerja de cabeza en el océano
informe de la trascendencia, dominando la idea del contorno sobre el límite
claw y ddi11ido. El arte se abre traspasando las fronteras de lo que muestra.
Es ,d r:on10 para Magritte lo importante, en la mayoría de sus cuadros,
'·Jq1ende de lo que no se muestra del suceso ... , de lo que puede desaparecer''
(Berger. p. l43). Lo anterior surge porque los cuadros "son signos materia-
les de ia libertad de pensamiento", por lo que se tiene que aceptar que lo más
lo~r::ido (delos cuadros) se encuentra cuando "lo imposible ha sido intuido,
medido e insl!rtado como una ausencia" (!bid., p. 144). Marcuse habla de
r:~Je desafío ci..ando se refiere al arte como "el grnn rechazo del mundo corno
e5" (cittKlo en Zemelman, 1992).
La obra de arte se mueve entre la libertad y el orden preestablecido, de
;n~u1ern. que nunca puede dejar de "abarcar la totalidad de la vida" (Guiducci,
i c;6, Seri,;:; n, p. 26). Recordemos lo que decía Lunacharsky a este respecto,
al ver el cundro gue Tiziano pintara del Papa Paulo III: "captó la esencia
misma cid Papa ... , no sólo lo más característico del individuo, sino también
lo qnc c.:..racteüwbil su e.ntorno, su época"; o el caso de Marce! Proust, para
La e.,puanw como co11ciencia D 2.5
__________________

quien "la estructura total, concluida, no tiene sentido sino en la medida en


que pone en orden una serie de momentos aislados o, a veces, sistemas
enteros de momentos, pero que no tiene finalidad en sí'' (Guiducci, op. cit.
pp. 228, 305). Exigencia de la obra que plantea resolver el enigma para
incorporar toda la historia del momento.
El esfuerzo del arte por ver más allá de lo establecido, para descubrir
realidades ocultas, lleva a transgredir constantemente toda modalidad de
·'integridad del objeto". Su desintegración permite mostrar la sugerencia
abierta que se desprende de lo fragmentario. El espectador se obliga
entonces a "explorar en las propiedades hasta entonces ocultas de los
objetos"(Marchan, 1960-1972, Serie B, p. 207), o bien, como en el caso del
expresionismo, encontrar "las fisuras en la corteza de lo convencional...,
porque allí esperaba hallar la fuerza que algún día saldría a la luz"(Vogt,
1980, pp. 122-223). Misma idea que se corresponde con el planteamiento de
Marce! Duchamp: "las antiguas nociones de materia sólida y razón clara y
distinta desaparecen en beneficio de lo indeterminado"; razón por la cual se
propone perder para siempre "la posibilidad de reconocer o identificar dos
cosas semejantes" (Paz, 1979, p. 28). De este modo se llega a aceptar una
doble realidad: una realidad que se despliega y una realidad que se repliega,
lo que permite distintas apariciones del mismo "objeto elusivo" (/bid., pp.
109-110).
El arte cumple una función gnoseológica, pues además de ser un reflejo
de la realidad, también hay que "considerarlo un germen transformador" en
tanto que de la obra se desprenden razones que "claman por un mundo
distinto" (citado en Zemelman, 1992, p. 214). Todo artista busca develar la
auténtica realidad de las cosas. La importancia de lo expresado consist·e en
que el arte, cuando está en expansión, puede liberar el conocimiento y fo1:jar
"modelos alternativos de verdad" (Claus, 1970, p. 18). El artista tiende a
liberar el pensamiento de las reglas del método, puesto que el arte va
construyendo un nuevo tipo de observador "que no percibe la belleza como
la corona de un mundo de fealdades, ni la verdad como cima de un
conocimiento que empieza abajo, en el error", sino que la comprende a la
perfección como "un movimiento y una lucha que no se completa ni en modo
ni en lugar alguno" (Claus, op. cit. , p. 26).
Las enseñanzas que se desprenden de estas consideraciones se pueden
resumir en la siguiente formulación: una crítica a la idea de producto que se
acompaña de la aceptación, cada vez más amplia, de la naturaleza procesual
de los contenidos; desafío que sugiere otra crítica adicional: pensar la
relación sujeto-objeto de tal forma que no se reduzca a la sintaxis de la
predicación, sino que se piense con base en la idea de la realidad como una
"construcción de sueños y voluntad que permanentemente se ensancha
hacia el amplio espacio de Jo oculto y no devenido" (Zemelman, 1992). Sin
26 D Hugn Zemelma11

embargo, tampoco el conocimiento científico se puede concebir sin esa


libertad, en la medida en que la apropiación de la realidad no es ajena a la
decisión en torno de una esperanza. En virtud de esa condición la ciencia
contiene el germen de su propia apertura, en la medida en que también está
abocada a dar cuenta del horizonte de vida del sujeto.

Planos del sujeto y la conciencia cognoscitiva

Si el hombre quiere dar cuenta de su entorno y de sí mismo, tiene que


recuperar los distintos planos en que está situado. Eso significa tomar en
cuenta los diferentes lenguajes en que se expresa, es decir, la pluralidad de
lenguajes para apropiarse de la realidad desde cada una de sus situaciones
singulares, que exceden a lo estrictamente analítico. En este contexto se
plantea un lenguaje que sea más flexible, en términos de su sintaxis. apoyado
en la necesidad de colocarse ante la realidad que trasciende el ámbito de las
puras afirmaciones. Un lenguaje que sea como resplandor de horizontes,
cuyos contenidos, antes que explicativos, sean poten,ciadores de la capaci-
dad de pensar. ·
Ni verdad ni belleza, sólo pensar. Así como el arte abandona el ideal de
belleza para buscar al hombre, el lenguaje del conocimiento no puede
restringirse sólo a lo atributivo; por el contrario, debe buscar realidades
susceptibles de ser aprehendidas.
En esta dirección, el discurso epistemológico debe entenderse como la
expresión de la necesidad de conciencia más que como fundamen'tación del
conocimiento formal. La idea de horizonte histórico, o de entorno, no se
encuentra en el espacio de la justificación o del descubrimiento, porque su
base es lo necesario. Necesidad que no se agota en la lógica de determina-
ciones, pues incorpora un elemento activo de conciencia: saber que está
determinado.
Como propio de la conciencia, este saber a partir de lo necesario supone
un quehacer activo como base para concebir posibilidades de contra-
experiencias que contrarresten las tendencias dominantes de lo vivido. Ello
obliga a un constante cuestionamiento de los parámetros, es decir, del
bloqueo que atrapa el pensamiento del hombre.
Partiendo de la idea de que la realidad del sujeto es heteróclita y que, por
lo mismo, desafía con el juego de diferentes lenguajes, se puede caracterizar
un campo problemático que contiene una diversidad de líneas de reflexión
orientadas a esclarecer lo que implica la conjugación de estos lenguajes, y
se puede abordar la realidad en forma que sea congruente con su misma
complejidad. Esto finalmente se sintetiza en los siguientes aspectos: la
búsqueda de lo nuevo exige incluir el contorno dando lugar a una liberación
de las formas; pero simultáneamente implica el desafío de ampliar la
la es¡,ernnza como conciencio O 27

relación con la realidad, basado en una capacidad de ver que supone


aventurarse hasta el límite con la consiguiente expansión de experiencias
posibles del sujeto. Esta capacidad de ver, en la medida que traspasa lo
estrictamente explicativo, obliga a que el sujeto se coloque ante la realidad,
facilitando que se pueda plantear el reemplazo de los fundamentos del
conocimiento por lo necesario.
Desde esta perspectiva, la verdad queda subordinada a la necesidad de
devenir, en razón de que sea ésta la condición para que el pensamiento pueda
cumplir con su designio: acechar la realidad como posibilidad inédita. El
reto de construir un lenguaje de significantes reconoce el apoyo que brinda
esta idea de la necesidad como devenir, porque trae consigo la incorporación
de lo no establecido. Su construcción puede aprender de las enseñanzas del
arte, en cuanto éste nos muestra la inclusión de lo informe, es decir, de
aquello que por carecer de un contenido preciso plantea romper con las
prefiguraciones asociadas y con los significados establecidos y aceptados.
Lo anterior exige subordinar lo claro a lo indeterminado (como plantea-
ba Marce! Duchamp), de manera que se perciba la necesidad más allá de los
límites prefigurados. Algo así como la intrusión de lo ausente que constituye
una ampliación del espacio sabido de realidad y que conforma una actitud
que trasciende los límites de las estructuras conceptuales. Lo central de un
lenguaje de significantes está en la ampliación de la relación que establece
con la realidad. Ampliación de la relación que obliga a considerar cualquier
realidad particular o fragmentaria solamente como punto de paitida, pero
cuyo significado se resuelve en su conexión con el contorno que lo incluye;
movimiento que se corresponde con el cuestionamiento y la redefinición de
los referentes establecidos.
Hoy necesitamos de un lenguaje capaz de dar cuenta de la complejidad
de la realidad y que sea, como hemos dicho, resplandor de horizontes, de
manera que el pensamiento sea estimulado por la necesidad de lo inédito
antes que por cualquier organización conceptual de lo que se entiende por
claro y cierto. Se trata de establecer una lógica constitutiva que no quede
atrapada en los parámetros históricos y teóricos dominantes. Ésta es la
función de un lenguaje de significantes que se libera de la carga de
significados, que arrastra la inercia para abrirse a los horizontes en que nos
ubicamos. En este sentido representa una recuperación de la dimensión
histórica en todo lo que se dice y piensa.
Recuperar lo histórico significa hacer de ese pensar la pieza central de
la actividad racional. El pensar histórico se refiere a esa realidad que traspasa
los límites de la pura comprensión, pues su ámbito es lo necesario y posible.
De ahí la urgencia de un lenguaje que permita reflejar esa textura de la
realidad que trasciende la simple constelación de objetos teóricos, y que se
aproxime a ella como esa configuración de verdad y voluntad; memoria y
28 O H11co Ze111elmm1

utopía, experiencias, visiones, información teórica y cultura, y que además


está en todos los rincones, tanto históricos como cotidianos que ocupa el
hombre concreto; ine11e y protagónico, víctima y actor de su destino, a la
vez.
El momento actual de América Latina pasa por nuestra voluntad para
reivindicamos en la condición de actores de su historia. La pregunta acerca
de si hay opciones al curso actual de su desarrollo no tiene respuesta si no
se basa en la capacidad para ahondar en sus realidades ocultas, de manera
que hay que volcar la fuerza que de allí resulta en nuevas voluntades sociales
para acechar su futuro por rumbos desconocidos; por sobre el orden y la
conformidad, la ruptura y la conciencia de lo nuevo. He ahí el desafío.

Bibliografía

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La función de los valores en el pensamiento
filosófico latinoamericano. Utopías y ucronfo.s

Susana Luminato D.

Este trabajo se propone como meta abrir el debate sobre la función que
cumplen los valores político-culturales en la filosofía de la historia latinoa-
mericana.
¿Qué relación es posible establecer entre el pensamiento filosófico
sobre Latinoamérica y los valores que defiende? ¿Qué función cumplen
estos valores más allá de su significación aparente?¿ Qué quiere decir hacer
"uso ucrónico" o "uso utópico" de los valores desde el punto de vista de una
reflexión epistémica?
Como ya es sabido, existe un pensamiento latinoamericano que dio
origen a la llamada filosofía de la liberación, como expresión de una
filosofía reconocida como auténtica, culturalmente auténtica, interesada en
pensar los problemas latinoamericanos a la luz de una realidad propia.
Esta corriente de pensamiento, muy defendida desde los años cercanos
a los sesenta hasta los ochenta, continúa aún hoy reafirmando la necesidad
de recuperar aquellos valores humanistas libertarios que afluyeron con el
triunfo del liberalismo en la Revolución Frnncesa pero, a la vez, responsa-
bilizando a la filosofía de Latinoamérica como la filosofía de la latino-
americanidad, con el expreso fin de reivindicar la fuente misma de esos
valores, es decir, al ser de lo latinoamericano, para promover su inclusión
definitiva dentro del universo cultural de la civilización occidental.
Ante una primera lectura del material, saltan a la vista valores muy
defendidos, como "liberación", "compromiso", "americanismo"; valores
éstos que sin duda han influido en el pensamiento de las ciencias sociales
durante casi 30 años y que han contribuido a sensibilizar ético-históricamen-
te a varias generaciones de intelectuales.
La filosofía de Latinoamérica, como la filosofía de la "latino-ameri-
canidad" emprendió --¿por qué no decirlo?- una especie de cruzada a la
que se sumaron muchas mentes brillantes de América Latina lideradas por
Leopoldo Zea.
Resulta importante señalar, cuanto antes, que no intentamos aquí
proc~der a una exégesis de autores ni a apuntar sus respectivas diferencias
en torno a la interpretación de los problemas culturales latinoamericanos.
Vamos a intentar descubrir cómo pensaron ciertos autores que nos dan
cuenta de dichos problemas, pero centrándonos preferentemente en los
30 D Su.vana Lumi11a10

valores más defendidos, tales como "liberación", "compromiso",


"mestización", valores que sin duda han influido en el pensamiento de las
ciencias sociales durante ya más de 30 años, contribuyendo a sensibilizar
éticamente a varias generaciones.
Ahora bien, ¿qué incidencia tuvo en la transformación de la realidad
latinoamericana la abundante masa de producción literaria, social y filosó-
fica que divulgó hasta la saturación la problemática en torno a la famosa
oposición "dependencia-liberación"? ¿Se contribuyó en verdad a activar la
realidad que enfrentaban críticamente? ¿Qué pasó con aquella unidad
cultural-continental y política postulada por el principio de la latino-
americanidad? ¿Qué pasó con la realidad del sujeto latinoamericano concre-
to frente a los ideales del ser de lo americano? ¿Por qué se propusieron
durante decenios proyectos histórico-políticos de latinoamericanización,
descuidando la formación de sujetos que los hicieran viables? ¿Cuáles
fueron no sólo los valores sino los contra-valores que no aparecieron en la
superficie legible pero que, pese a todo, desactivaron embozadamente la
acción expansiva de la conciencia de la latinoamericanidad?
Vamos a abordar los valores desde una perspectiva epistemológica (nos
referimos a la propuesta epistemológica de Hugo Zemelman, profesor
investigador de El Colegio de México), esto es, vamos a intentar un traslado
de óptica: del plano ontológico-histórico (correspondiente a la filosofía de
la historia) al plano epistemológico (ofensiva desestructuradora y de aper-
tura destinada a hacer explícitos los supuestos no develados en el discurso
de la liberación). Nos recolocarernos frente a la filosofía de la historia desde
la puesta en tensión de la racionalidad filosófica misma, despojándonos de
los compromisos por ella tradicionalmente contraídos.
Contamos con instrumentos epistemológicos capaces de aleltarnos
contra alguna que otra trampa en la que ha caído el pensamiento filosófico
latinoamericano cuando se ha solidarizado con los problemas de historia y
de cultura que aquejan a nuestros pueblos.
Cuando nos referimos a instrumentos epistemológicos aludimos a una
lógica de razonamiento debidamente afinada para poder sustituir a la
normatividad formal de las reglas metodológicas que comúnmente son
empleadas para abordar el conocimiento sociohistórico.
El uso de esta "lógica" pretende llegar al conocimiento a través de una
relación que el investigador construye con la realidad que aborda, con miras
a descubrir nuevos ámbitos de realidad. Hablar de "descubrir" parecería
algo pretensioso. Sin embargo, el lector apreciará el empeño puesto en
ampliar la racionalidad histórico-cultural que esboza la filosofía de la
liberación. Así, lo "epistemológico" no es más que una exigencia fundamen-
tal para estableceruna relación de conocimiento con la realidad desde lo des-
conocido, es decir, desde lo propiamente gnosis, desde lo gnoseológico; o
la fimcicín de lm valores en el ¡,ensamiento .filosr/fico lo1inomnerica110 O 31

sea, desde lo por-construir, desde lo desconocido-de-lo-conocido. Ambitos


éstos apropiables por el investigador en función de una ruptura-apertura de
lo conocido con el fin de potenciar lo no-conocido y reactivar la transforma-
ción de la realidad abordada. Si vamos a entender por "racionalidad
sociohistórica" el cúmulo de supuestos, teorías, formas de entendimiento
(creencias, pensamientos, estrategias de acción) que caracteriza y da funda-
mento a la vida social, por "racionalidad epistémica" entenderemos el
potente esfuerzo crítico del razonamiento capaz de lograr los siguientes
productos: en primer lugar, reconocer los determinismos históricos y
valóricos en los que está inmerso el mismo investigador así como su objeto
de estudio y, en segundo lugar, proponer un rebasamiento de los límites de
la racionalidad existente, en este caso, del pensamiento filosófico de la
liberación. Este rebasamiento crítico condicionará un crecimiento tanto del
pensar como del contexto cultural problematizado, lo cual obligará a la
transformación de la racionalidad establecida. En otras palabras, en este
trabajo intentaremos abordar el pensamiento de la filosofía de la historia
latinoamericana haciendo hincapié en los valores que sostiene y que
defiende, en términos de la consolidación de una conciencia histórica
americana.

Filosofía de la liberación y bloqueo histórico en la cultura


latinoamericana (a inicios de la segunda mitad del siglo XX)

La filosofía de la liberación se impuso la tarea de recobrar, poruna parte,


la identidad del filosofar continental y, por otra, la de establecer las bases
para la gestación de una conciencia propia de la Jatinoamericanidad.
Se esboza así una matriz cultural nueva -que los sectores intelectuales
de la época denominaron de "liberación"- que tendría el sello de la
autenticidad cultural, frente a la llamada cultura latinoamericana de imita-
ción o adaptación al modelo europeo.
Así visto, la mediación de una cultura a otra estaría proporcionada por
un pensamiento filosófico que empezaría por lograr, ante todo, la propia
liberación de la filosofía. No habría liberación de la filosofía si el filosofar
latinoamericano no se comprometía con los problemas específicamente
latinoamericanos. La Filosofía, esta filosofía, generaría conciencia. La
conciencia generaría compromisos. El compromiso fundante era sin duda la
creación del ser de la latinoamericanidad. Esta búsqueda y este descubri-
miento implicarían, no sólo la liberación del pensamiento y la cultura sino
las condiciones mismas de liberación de una historia latinoamericana
mellada por la servidumbre y la dominación cultural. Este proyecto está
aludiendo, sin duda, a la exasperación de los intelectuales de la época frente
32 O S11.mna Luminaro
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al bloqueo histórico que estaban viviendo: poca o nula conciencia histórica


americana, poca o nula producción de pensamiento filosófico comprometi-
do, poca o nula preocupación por la identidad cultural del continente frente
al modelo europeo (en filosofía) y al modelo norteamericano (en sociología,
economía, psicología).
El esfuerzo apuntó entonces nada menos que a producir alternativas de
transformación social, pretendiendo sacudir la racionalidad misma en la que
se cimentaba la cultura continental, en un intento por superar la dicotomía
entre pensamiento latinoamericano y pensamiento europeo manteniendo el
gran marco de referencia de la cultura occidental. ¿Lo lograron, a fin de
cuentas? ¿En qné medida y hasta dónde alcanzó este sacudimiento radical?
He aquí el centro de discusión de este trabajo.
s~ hará quizás ahora más clara al lector la curiosidad que nos provoca
la historicidad de los valores en términos de su funcionalidad.¿ Qué función
cumplen entonces los valores políticos y culturales en la conformación de
la concienda? ¿Una función u-crónica, es decir no historizante, fuera o al
margen de la construcción de la historia? o ¿una función u-tópica, es decir
no "sin lugar" sino la utopía vista como fuente de creatividad social?
No pensemos la utopía en términos renacentistas. Pensemos en la utopía
como la capacidad axiológica de la voluntad social que prefigura
creativamente la transformación de la realidad. En otras palabras, el ejerci-
cio político tiene a las utopías sociales como su punto inicial de despliegue.
El topos es pues, la historia misma y el "u-" (sin) es la posición en la que se
recoloca el sujeto: "desde" la historia "hacia" su construcción. O sea, el
"desde" alude a una situación que pone en perspectiva el conocimiento
sociohistórico. Estamos otra vez en el campo de lo gnoseol6gico, esto es, en
el umbral mismo del conocimiento; en la posición de Jo construible,
potenciable; en Jo no-conocido-aún de lo conocido/establecido; en lo in-
determinado de lo determinado.
El antiguo "u-" como "sin" se reconoce ahora como el topos de la crítica
y la esperanza y aún más, como el topos desde' el cual renace y actúa la
voluntad social de la comunidad. De ahí que para Zemelman (1989, pp. 44
y ss.) lo gnoseológico tiene una función política, y la política tiene una
función reactivadora en la construcción de la historia. Así, los contenidos
axiologizantes de la utopía son formas embrionarias de conocimiento
sociopolítico.
Pero los contenidos axiologizantes de la "ucronía" no pretenden la
reactivación de la realidad; se cristalizan en una suerte de desideratum que
elude la relación conocimiento/política/historia como constmcción social.
La ucronía es la expresión del pensamiento teleológico (finalista) de la
~1istoria; en una palabra, se adhiere a un deber-ser (de cualquier textura
ideológica) y enuncia determinados valores necesarios para la humanidad,
la.fimci<Ín <le Jo.f valore.f e11 el pe11sa111ienrofilosófico larinoamerica110 O 33

o para un determinado grupo humano, sin reconsiderar las condiciones de


viabilidad para su realización.
La utopía busca la eficacia como un valor histórico-político porque
pretende daruna respuesta como resolución a una situación de vacío político
y cultural. Siendo así, la utopía es portadora de valores que suponen la
existencia de una conciencia histórica. La ucronía es portadora de valores
que alientan la conformación de una conciencia histórica (1).
A la ucronía no le preocupa la confusión entre mito e historia y no pone
el acento en la revisión y/o remoción crítica de los supuestos heredados y de
los valores culturales vigentes. A la utopía le preocupa la relación entre la
racionalidad establecida y las prácticas sociales. Podríamos entonces dife-
renciar entre una "razón utópica", entendiéndola como el ejercicio racional
de lo gnoseológico-político y una "razón ucrónica", entendiéndola como el
ejercicio teleológico de la razón histórica.
Hechas estas disquisiciones introductorias, pasemos a la primera etapa
del trabajo, esto es, a exigirnos la reconstrucción de la racionalidad que
propició el pensamiento latinoamericano de la liberación.
Podremos pues, tal como manifestábamos más arriba, llegar a compren-
der que la noción de dependencia se haya manejado como el "contra-valor"
fundamental de la crisis de los años sesenta. Incluso podremos también
simpatizar con el nivel de difusión obtenido por esta dicotomía liberación-
dependencia que alcanzó niveles de ideario popular. Sin embargo, si no nos
introducimos en sus capas geológicas más profundas, no podríamos poner
el dedo en la llaga, esto es, descubrir la logicidad disyuntiva de los
enunciados ético-sociales de la liberación. ~jemplos abundan: cultura de
adaptación o cultura de revolución; realidad auténtica o realidad duplicada;
imperialismo o liberación; identidad o asimilación, etc. Ahondar en estos
terrenos, algo pantanosos, nos permite visualizar en las ucronías (a las que
no podríamos, en rigor, adjetivar como "falacias") obstáculos aparentemen-
te inofensivos, que se enquistan en las prácticas sociales limitando la
transformación de la racionalidad cultural. Otro ejemplo que merece un
espacio aparte es la ambigüedad con que algunos autores enfrentan, en este
contexto, la categoría de lo universal: encontraremos lo universal asimilado
a "Occidente" (la Iatinoamericanidad aspira a la universalidad) pero, implí-
citamente, Occidente implica dominación y herencia colonial. Vale decir, se
manifiesta la aspiración de recolocar definitivamente al ser latinoamericano
-a través de la filosofía de la liberación- en la dimensión de la cultura

(1) Ejemplo de utopía: la lúdica política que alimenta una lucha campesina o la organización
de un sindicato independiente. Ejemplo de ucronía: el discurso moral que propone _ide~Jes
humanistas. tales como la implantación universal de la justicia social o la errad1cac1ón
definitiva del hambre y la miseria a nivel planetario.
34 O Susana Luminato

universal, pero desoyendo la tensión existente entre la tradición y la nueva


conciencia histórica. La tensión entre la universalidad dominante y la
universalidad de pertenencia civilizatoria no se toma en serio en el discurso
de la liberación. ¿Por qué? Iremos pues rastreando estas tensiones, sacando
fuera lo que subyace bajo estas veladas disyunciones y trataremos de
descubrir cuál fue, en realidad, la lógica de razonamiento que se "atoró"
históricamente: porque los enunciados disyuntivos no son más que ucronías,
o sea la cara no visible de enunciados propositivos valóricos de naturaleza
metafísica.
Todo lo cual no inicia una discusión de tono neopositivista. De lo que
se trata es de descubrir los alcances y los límites de aquellos intentos de
rebasar la crisis de los sesenta que se ahogaban en el vacío de alternativas
sociales y culturales propias de y para América Latina. Descubrir pues sus
alcances y sus límites implicará preguntarnos por sus condiciones de
viabilidad. ¿Qué papel tuvieron los valores defendidos? ¿Instrumentos de
ruptura del bloqueo -llamado entonces enajenación cultural-, o bien
tremendas calcificaciones valóricas que se desdibujaron en la denuncia o la
revuelta intelectual? Por ello, en este trabajo, no nos dejaremos seducir por
las conocidas demandas de autenticidad o identidad o compromiso o de
"asunción de lo nuestro" o de apologías tercermundistas.

La latinoamericanidad como matriz de nuevos valores

Nace bajo los auspicios del pensamiento filosófico latinoamericano de


la época, convirtiéndose en el reto obligado para las mentes progresistas y
preocupadas por nuestro devenir histórico. Es la forma que adopta la
conciencia histórica del continente. Por ello debía ser transmitida, develada
y enseñada a todos los pueblos americanos. Leopoldo Zea denominó esta
singular empresa como el "proyecto asuntivo de América Latina" y com-
prendía "conocer y asumir la propia historia, conocer y asumir la propia
realidad" (Zea, 1978, p. 289).
La latinoamericanidad, en términos de su descubrimiento y gestión, se
convierte pues en la clave para atesorar la conciencia de la libertad ameri-
cana, el compromiso por Jo nuestro, la autenticidad del filosofar americano,
la identidad cultural.
Una vez lograda la de velación del ser de lo latinoamericano, acontecería
la irradiación de los valores "auténticos" sobre el futuro del continente. En
efecto, la llamada filosofía "auténtica" implicaba "meditar sobre nuestra
propia realidad para tratar de desempeñar el sentido de nuestra historia, el
significado de nuestro proyecto existencial" (Díaz, 1968, p. 214).
¿Cómo aparece el futuro? Pues, como en todas las filosofías de la
La.función de los valore.~ en el pe11.mmie1110/ilo.uífirn lali!}oameriamo O 35

historia, aparece como ineludible, esto es, como la concreción ineludible del
proyecto asuntivo. "América no es ... todavía. Es el futuro" (Cerrutti, 1963,
p. 183) o bien: "el ser de América está en y es su futuro. Porque nuestro
preguntar, pregunta: ¿Qué es América? Tenemos que reorientar nuestra
pregunta: ¿Qué será América?" (Ibídem, p. 181). Los claros indicios de
similitud con notas comunes a las filosofías de la historia se perfilan en la
subordinación del pensamiento filosófico a un pensamiento político en
relación con la historia. (Más adelante trataremos este punto, que reviste una
importancia crucial para entender el conflicto entre un pensamiento meta-
físico y un pensamiento político. Conflicto éste que esforzadamente tratan
los intelectuales comprometidos de resolver a través de una propuesta de
dialectización del proceso de liberación (aujhebeng o asimilación), intento
que discutiremos más adelante.
Ahora bien, véase cómo estos pares valóricos contrapuestos están
escondiendo la tensión entre pensamiento político y pensamiento filosófico.
Abordemos esta tensión. Se observa en el discurso de la latino-
americanidad una fuerte defensa a favor de la filosofía como philosophia
prima, esto es, como fundamento del saber. La filosofía de la historia
propone una conciencia histórica en términos éticos, eliminando la confron-
tación con una conciencia política capaz de renunciar a la ontologización de
lo histórico. Si avanzamos aún más, encontraremos otra oposición valórica
no explicitada en el discurso de la filosofía de la liberación, a saber, el
compromiso como "asunción de proyecto", compromiso en términos de la
capacidad del individuo de intervenir en la transformación de la realidad.
¿Consecuencias? La versión propositiva del compromiso tendría como fin
el cambio (de cultura, de identidad, de realidad latinoamericana). La versión
política del compromiso entroncaría con la transformación de la realidad y
con las utopías, como umbrales valóricos a través de los cuales se asoma una
historia en construcción.
Noes la filosofía de la historia, como disciplina, la que está en discusión.
De lo que se trata es de desentrañar los puntos divergentes entre filosofía y
política en el abordaje de la historia y las consecuencias que ellos conllevan.
Cuando nos referimos a "política" lo hacemos desde el ángulo de mira
de una ofensiva epistemológica. El concepto ha sido vaciado de sus
contenidos reconocidos y re-significado desde la propuesta epistemológica
de Zemelman. En De la historia a la política (ver Zemelman, 1989)
aparecen los siguientes lineamientos básicos:
-La política alude a la capacidad del pensar histórico que incluye la
teorización pero reorientándola en función de la apertura hacia nuevos
horizontes históricos. Esta capacidad social para construir la historia podría
considerarse como una episteme, es decir, un ángulo de lectura que se
esfuerza por integrar el conocimiento y la acción en función de potenciar la
36 O Susana Lwnimzto
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realidad hacia metas. De aquí pues que las utopías, más que fantasías, sean
verdaderos umbrales del hacer histórico.
-Lo político, es decir, la capacidad social de pensar históricamente la
realidad, está entendido desde la voluntad social que se materializa en
proyectos de futuro. Proyectos estos que fuerzan a recortar la realidad en
campos de alternativas que acerquen a los sujetos a los horizontes delinea-
dos desde las propias necesidades e intereses sociales del presente.
-Lo político, alude entonces, a la recuperación de la historicidad de la
realidad desde la construcción social del conocimiento.
-La historia se libera de toda connotación te leo lógica para ser entendida
en términos de construcción, lo cual implica poner el acento en los proble-
mas de su construcción antes que en la discusión de sus fundamentos.
-Esta construcción se relaciona, desde esta propuesta, con un pensa-
miento epistémico en la medida en que orienta al conocimiento a detectar los
puntos de activación de la realidad social en el presente. La utopía puede ser
considerada, precisamente, como un punto de activación de lo potenciable.
La utopía es, pues, una de las formas en que se materializa el conocimiento
político de la historia.
-La realidad es histórica en la medida en que es producto de una
construcción social; por lo tanto, la presencia histórico-política de los
sujetos comprometidos no está medida en función de valores ("compromi-
so" "asunción de la propia realidad") sino en función de la voluntad social
relacionada con la realidad a través de ópticas que articulan distintas áreas
del conocimiento y que suponen una conciencia histórica buscadora de
nuevos sentidos para la construcción social de la realidad.
Desde este prisma, entonces, ¿cómo entendió la realidad la filosofía de
la liberación?, ¿qué función cumplió el conocimiento social si aquéllo de
"conocer y asumir la propia realidad latinoamericana" suponía el compro-
miso en términos valóricos?, ¿cómo entendió el sujeto social si requería de
su participación en términos de una conciencia ética?
Siendo así, nos preguntamos: la latinoamericanidad como valor histó-
rico-cultural, ¿generó a su vez la gestación de otros valores que promovieran
el desbloqueo de su momento social o bien se cristalizó en la simple difusión
de una perspectiva axiológica novedosa? ¿Quién estableció, en realidad, las
reglas de juego en el proyecto de la liberación de América Latina: la
racionalidad cultural o las fuerzas de transformación? ¿O hubo un pacto no
confesado entre estos dos territorios, por lo general, antagónicos?
No puede dejar de señalarse el hecho de que, actualmente, en los
noventa, también asistimos a un bloqueo en la racionalidad. El síndrome
difiere del de los años sesenta: frente al entusiasmo y optimismo de los
movimientos de liberación, hoy hallamos, en cambio, cierta apatía, cierta
desorientación frente a las posibilidades de transformar la realidad.
Lafuncirin de los valores en el pen.rnmie11ro fi!Mófico lalinoamericmw O 37

¿Qué valores se están promoviendo? Curiosamente, no se habla ya ni de


identidad, ni de conciencia; se habla de eficacia. Ante la decadencia y caída
de los paradigmas conocidos: eficacia social, eficacia política, se le está
reclamando al sujeto y al individuo mismo la intervención y la presencia
activa en la construcción de lo social. Entonces, si la utopía es portadora de
valores y los valores se ubican dentro del gran marco de los horizontes
históricos delineados por los sujetos, la construcción de utopías tiene vital
importancia en la construcción "eficaz" del conocimiento sociohistórico.
Evidentemente, nuestros intereses actuales distan mucho de los intere-
ses que permearon el movimiento de liberación. Para impregnarnos de su
atmósfera histórica, revisemos el marco de referencia que encuadró el
pensamiento latinoamericano: ¿cómo se pensaba la historia en la Europa de
posguerra? ¿Qué valores se defendieron y cuáles se mantuvieron en la
oscuridad? ¿Qué función se vio obligada a cumplir nuestra filosofía de la
historia en el período comprendido desde fines de los años cincuenta hasta
bien entrados los ochenta?
Después de este análisis, quedaremos en condiciones de confrontar las
diferentes connotaciones de los dos momentos de bloqueo histórico en
América Latina que hemos señalado.

La filosofía de la historia europea: irreductibilidad entre


metafísica y política

Como se sabe, la problemática de la filosofía de la historia es muy vasta


y cuenta con numerosos autores y corrientes: desde el ontologismo cristiano
(Millán Puelles, H. Marrou) hasta la hermeneútica (E. Coreth, H. Gadamer)
pasando por el existencialismo cristiano de K. Jaspers y hasta el pensamien-
to liberal de un Raymond Aron.
Más allá de las particularidades de cada una de ellas, lo que importa
destacar es que nociones como futuro, historicidad, realidad, hombre, están
pensadas desde una perspectiva metafísica de la historia. Todo lo cual
implica, entre otras cosas, que estas nociones, a más de otras (libertad,
historia, sentido y fin de la historia, etc.) están colocadas en moldes
valóricos. El esfuerzo se concentra en que lo histórico alcance la universa-
lidad. Para ello, se introduce la libertad como fundamento de una historia
humanista. La intención que subyace en todas estas corrientes de pensa-
miento es auspiciar una filosofía de la historia que no entienda la historia
como producto del hacer humano. Los interlocutores no manifiestos serían
el materialismo histórico encarado como historicismo y, en segundo plano,
el nihilismo radical del existencialismo no-cristiano.
En efecto, la Historia--como realidad humana- no debe ser ni "Idea"
38 O Susana L11111i11ato

ni "Praxis", porque ni la una ni la otra aceptarían la libertad como principio


y fin de lo humano en la historia. Obsérvese que el "sentido de la historia"
no sólo apunta a una dirección, es decir, la libertad humana, sino que se
interesa por su vigencia antes que por su realización. Lo que se realiza es lo
humano en la historia, pero realización no apunta a un quehacer o a una
construcción sino a la dialogicidad entre la subjetividad y lo Absoluto, para
lo cual la libertad es un requisito esencial.
Ahora bien, no olvidemos que el contexto histórico dentro del cual
surgen estas corrientes incluye el marxismo estalinista; una amenaza hacia
los reductos liberales de Europa occidental. Esta Europa, que luchó contra
el fascismo, busca en la filosofía de la historia la fundamentación de los
valores tradicionales, alimento vital para los sobrevivientes que ven en los
acuerdos de Yalta una clara amenaza a la cultura occidental.
Por tanto, la orientación neoescolástica de la filosofía de la historia en
este período es políticamente comprensible. Ciertamente, más que una
re.flexión sobre la historia, lo que se capta en los autores es una acendrada
apología de la filosofía tradicional con el reconocimiento de su legitimidad
para orientar el futuro de la humanidad y preservar los valores propios del
pensamiento liberal.
Así, la Historia (con mayúscula) tiene que rehusar todo proyecto
político, salvo el proyecto neoliberal, porque la filosofía está garantizando
la exclusión de toda vinculación entre lo histórico y lo político. El hombre
es ciertamente persona, y en tanto tal -no en tanto sujeto social e históri-
co- se le adjudican los valores de la Revolución Francesa. Lo "político"
alude a lo sagrado, esto es, a la realización de lo humano en Dios. Y la
filosofía es pues la política que conviene a la dignidad de la persona humana.
Esta axiologización de lo político tiene su explicación en la propia posgue-
rra, y también su costo: preservar los valores fundamentales, preservar la
interpretación ontológica de la historia y apoyar el liberalismo como
expresión política-económica del humanismo occidental.
Curiosamente, pensaríase que la posguerra era el momento más opor-
tuno para intentar una reconstrucción de la realidad que orientase la
transformación de la historia humana. Sin embargo, Europa neutraliza el
imaginario social y se regresa a la visión metafísica del mundo: Europa teme
a la victoria estalinista, es decir, al socialismo real y al marxismo académico
de las universidades. Europa se conmueve y se retrae, amenazada en su
supervivencia como civilización. Toda fundamentación política de lo histó-
rico que no encuadre con la racionalidad de los siglos XVII y XVIII se torna
peligrosa.
Cuando impera el terror, parecería que la capacidad utópica de la
voluntad social se bloquea; el futuro se vacía de nuevos sentidos; la
dogmatización del pensamiento pasa a ser garantía de supervivencia.
La JuncitÍn de lo.t valore.ten el pen.mmienrofi/osófico lati11oamerica110 D 39

Empero, no es centro del debate reflexionar sobre la función que la


cultura hace cumplir a la filosofía tradicional. El punto central consiste en
discutir algunas de las consecuencias que implica sustituir el fundamento
político de la.historia por el fundamento metafísico.
En primer lugar, el futuro se ahistoriza, se toma ineludible; en segundo
lugar, se tiende a sustituir el sujeto histórico por principios reconocidos
como civilizatorios. La pugna inevitable entre futuro y tradición se resuelve
en la preservación del viejo humanismo jusnaturalista. El ejercicio de la
voluntad social se convierte en una amenaza de totalitarismo. Lo cual era
muy comprensible en los años cincuenta. Por otra parte, la persona es
histórica sólo en la medida en que es perfectible; la historicidad, en efecto,
es la expresión de la potencialidad sustancial de lo humano, pero no como
hacer humano. La sustancia de lo humano, en tanto creada, no es pues,
transformable aunque sí perfectible: hábil recurso de la ética liberal para
evitar la problematización del futuro.
El fantasma omnipresente es, naturalmente, el pensamiento marxista-
que siempre defendió la historicidad de lo humano como lucha y transfor-
mación- frente a lo cual los intereses neoliberales se asimilan, como
sabemos, a los predicados del humanismo "verdadero". Veamos ahora qué
esconde este ingenioso recurso.
La clave estaría en la noción de aproximación. En efecto, la perfectibilidad
de lo humano encara la historicidad de lo humano como posibilidad de
aproximación a lo absoluto. Es decir, si la sustancia humana no es transfor-
mable por la historia, tampoco es posible pensar lo histórico en términos
estrictos de transformación sino en términos de aproximación. La historicidad
no puede ser pues constitutiva de lo humano sino tan sólo un predicado de
la sustancia humana.
Puede pues reconocerse que los cambios existen y son posibles, siempre
y cuando se los entienda en términos aristotélicos de la potencialidad de la
sustancia y sus accidentes:
Ningún cambio va a transformar la humanitas porotra clase de sustancia
(lo cual nos aclara aún más la diferencia entre lo ucrónico y lo utópico tal
como lo bosquejáramos unas páginas más arriba). [Nota aclaratoria:
humanitas, palabra latina que en teología alude a la naturaleza humana a
imagen y semejanza de la naturaleza divina]. Por ello hay que tener en cuenta
que "cambio" y "transformación", metafísicamente hablando, no pueden
ser sinónimos.
Ahora bien, si la historicidad de lo humano tiene a la libertad como
supuesto y fin, y si la historia se define en términos de aproximación a lo
absoluto, entonces, el sujeto jamás será parte de la realidad a la que
-ontológicamente- aspira.
La aproximación es condición de libertad. La aproximación es la
40 O Sma11a Luminaro
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concreción posible de la virtualidad histórica. Casi podríamos decir que la


aproximación es la historia misma. De hecho, la "transformación" se torna
en realidad un contra-valor: es atentatorio contra la vigencia de la libertad.
De ahí que el "télos", el fin último, sea la fuente humanista de los valores:
la aproximación a Jo Absoluto preserva Jo que hay de humano en la
humanidad. La libertad es un resultado de la potencialidad de la sustancia y
condiciona cambios (recordemos que en metafísica la potencia alude a la
"aptitud para cambiar o a la capacidad de determinación"; conviene enten-
der que esta aptitud está en relación con la naturaleza esencial de las cosas),
siempre que estos cambios se reconozcan cancelando la capacidad política
del hombre para transformar su realidad.
La construcción del entonces Muro de Berlín reafirmó la mitización de
la libertad y el humanismo como valores fundan tes de la cultura europea. Se
actualiza así el compromiso humanista de tono neoescolástico. Este com-
promiso -mucho menos agresivo que el de un Marcuse, sin duda- se
transforma en un hábil ardid para mantener escindidos el conocimiento de
la realidad y la construcción de la realidad, a la par que se mantiene viva la
idealización de los valores clásicos (libertad, humanismo, etc.). De modo
que la "conciencia comprometida" se convierte en algo vago e impreciso,
casi una. moda defensiva propia de la época.
Lo importante es que el sujeto pensante y actuante queda desactivado.
Y los supuestos de la racionalidad cultural, intactos. La relación establecida
entre conocimiento y realidad está marcada por la incertidumbre. La
incertidumbre era la forma de conocimiento que más convenía a la subjeti-
vidad. Para Raymond Aron, el no-saber era precisamente la garantía de
creatividad: la historicidad es una relación siempre inconclusa. La
inconclusión expresa la libertad que conjuga lo finito con lo infinito: he aquí
un pacto de no agresión entre la filosofía tradicional y la política entendida
como el ejercicio de la racionalidad del poder establecido.

La problemática de la latinoamericanidad desde la perspectiva del


pensamiento político. El problema de la realidad duplicada

La liberación como condición de identidad cultural era la meta principal


de la filosofía latinoamericana como ofensiva a la dominación neocolonial.
Esta ofensiva no ha sido vana; ha logrado la constitución de una
conciencia ética de lo latinoamericano. Sin embargo, rebasando ya los
límites disciplinarios de esta filosofía de la historia americana, había que
reconocer que esta conciencia ética no ha triunfado sobre sus propias
condiciones de aporeticidad: sus enunciados valóricos no encuentran los
canales políticos que le den viabilidad.
La.función de lo., valores en el pensamientofilosófico lati11oamericano O 41

Ya en América como conciencia (1955) Leopoldo Zea denuncia la


yuxtaposición de las realidades europeas y amerindias; denuncia que
adquiere el estatuto definitivo de un pensamiento filosófico sobre la historia
en su posterior Filosofía de la historia americana, que data de 1968.
El primer obstáculo con que se encuentra la racionalidad filosófica es:
¿cómo establecer la necesaria conjunción lógica entre lo universal y lo
particular, si lo universal implica un tipo de legitimación asociada al poder
neocolonial y si lo particular requiere, precisamente, del reconocimiento de
lo universal para trascender?
En los escritos de Zea el problema se presenta claramente: si el ser de
lo americano no puede acreditarse ante lo universal, no hay ni "ser" ni mucho
menos "americanidad". Una lectura atenta muestra la evidente tensión del
problema: si no se concilian las realidades duplicadas, la latinoamericanidad
perdería su fuerza ofensiva.
Se echan a andar los pares valóricos con toda la carga de esta ambigüe-
dad: la realidad de la dominación es la realidad de lo universal; se aspira a
su reencuentro en términos de legitimación pero se la rechaza como
instrumento de dominación cultural. Esta realidad es la civilización misma;
es Occidente. La realidad de la dependencia, la realidad de Latinoamérica
¿cómo logra zafarse de la oposición correspondiente, es decir; la realidad de
la incivilización? Respuesta: a través del proyecto de liberación.
De aquí que se enuncia que "América no es, 'es' futuro". O sea, el
proyecto de liberación es el proyecto de civilización en donde se cambia la
dominación por el aujhebung, la asimilación en términos hegelianos.
Pero esto es caer en la trampa de todas la filosofías de la historia: el
futuro como ineludible, es decir, la ontologización del tiempo histórico, la
metafisización del sentido, el cambio limitado al compromiso asumido en
función de valores absolutos, la escisión entre conocimiento y realidad.
En Europa estas trampas no rebasan las discusiones académicas, pero en
América Latina se tomaron dolorosamente en serio: el futuro como libera-
ción desde la perspectiva del socialismo -propuesta que no hace eco en la
filosofía de la historia- se expande en todas direcciones. Las revoluciones
cubana y nicaragüense se interpretan como indicios de este futuro ineludi-
ble. Un especialista de la talla de Darcy Ribeiro dice: "aunque nos parezca
arriesgado hacer predicciones, nos parece probable que en la década de los
setenta surgirán en distintos países de América Latina regímenes configu-
rados según el modelo nacionalista modernizador así como nuevas repúbli-
cas socialistas" (El dilema de América Latina, 1977, p. 330).
Pero el problema no consiste en discutir si hubo error de interpretación
o en reprochar un exceso de fe en el futuro. ¿Qué valores estaban operando,
como nervaduras invisibles, en la racionalidad cultural de la época?:
libertad, humanismo como reivindicación de lo americano, defensa de la
42 O Su.rnna Luminato

identidad nacional, etcétera. Si prestamos atención, por debajo de estos


valores serpentea el pensamiento filosófico: "la conciencia histórica deviene
en conciencia ética en virtud de la capacidad axiológica del hombre" (García
Teduri, 1953).
Se leen tesis como ésta: "la conciencia del sentido de la historia
latinoamericana nos conducirá a una síntesis que haga imposible nuevas
formas de dependencia" (subrayado nuestro). Nada más encontrar la síntesis
ya "entraríamos" en la Historia.
Se insiste en la dialéctica del amo y del esclavo pero se deja un cabo
suelto: la dialectización no se pretende aplicar a la realidad sino a la cultura.
Interesante señalar, en efecto, que se pasa por alto la realidad y se propone
a la cultura como agente de la transformación dependencia-liberación. Es
pues la cultura la que tiene que devenir como cultura de civilización frente
a la amenaza de quedar desvinculada --enajenada- como cultura in-
civilizada o cultura de imitación; pero ¡la realidad no se cuestiona! Obsér-
vese que la realidad no está incluida en el temario del debate latinoameri-
cano ...
Sin embargo, aquí hay algo más que una simple lectura finalista del
futuro: recordemos la noción de aproximación. Si la realidad se mantiene en
el plano metafísico, la aproximación conserva su acepción sustancialista y
torna inofensivo el devenir histórico. Es inofensiva porque es búsqueda, es
decir, expresión de libertad, y la búsqueda como perfectibilidad de lo
humano está ontológicamente reconocida.
Ahora bien, ¿búsqueda de qué, en realidad? Búsqueda de una de las
piedras angulares del pensamiento liberal: el equilibrio como orden social.
Sólo así puede entenderse cómo se deja de lado la realidad, en tanto
productora y producente de la construcción social de la historia, y se ancla
en la cultura, desconociendo contradicciones evidentes como, por ejemplo,
pretender liberarse de la dominación pero conjugar el Ser con el ser de lo
latinoamericano; o bien, considerar la "civilización" como una entidad
abstracta sin conexión con la dominación o el imperialismo.
¿Se trata de utopías no cumplidas? ¿Intentar modificar la cultura
americana sin replantearse su realidad como problema es una "utopía"?
¿Alentar (quizás sin saberlo) el cambio de una identidad dependiente a una
identidad propia sin alterar el orden social es una "utopía"?
Cuando el grupo Hiperión se interna en Hegel para calificar el problema
de la desigualdad social, se propone la dialectización de la desigualdad,
concluye en que la historia americana realizaría la libertad de sus pueblos.
Nuevamente se observa que la realidad se traspone como un punto ciego.
Todo lo que se busca es la dialectización del ser americano en el hombre
universal. Se busca la unidad universal como la realización del humanismo
a partir de la autodeterminación de los pueblos dependientes.
La.f1mci<Ín de los valores en el /Je11.mmie11tt1.filo.wific:o lati11oa111ericano O 43

El reto se dirige entonces a la relación cultura-historia, pero se evita el


planteamiento de la confrontación entre realidad y cultura o, mejor dicho,
entre racionalidad y realidad.
Ahora bien, el movimiento de liberación iniciado por el pensamiento
filosófico latinoamericano se encuentra en aquella época en una situación
embarazosa frente al marxismo. Lo que busca el movimiento es la autenticidad
del filosofar; resultacomprensibleque eluda el acercamiento a los paradigmas
marxistas vigentes en aquel momento.
Por otra parte, el contexto histórico en el que se mueve resulta contro-
vertido: dictaduras militares en América del Sur, movimientos guerrilleros
en Centro y Sudamérica, el fracaso de la revolución boliviana y peruana, el
ascenso y ocaso del socialismo chileno, el movimiento peronista en Argen-
tina. Por una parte, la realidad resultaba explosiva pero, por la otra, cualquier
intento de limitación o crítica a la philosophia prima implicaba alinearse
dentro de la impugnada concepción materialista de la historia.
La realidad está vista en términos de extrañamiento e imposición (Zea,
1989, p. 19). Al hombre americano, se afirma, su propia realidad le resulta
"ajena", razón por la cual surge el empeño por hacer suya una realidad que
nunca termina de asumir como propia. Para el criollo y el indio, la realidad
propia es inferior. ¡Pero inferior con respecto a los ideales proporcionados
por la cultura!
Sin embargo, esta dualidad era más profunda que un problema de
identidad cultural. En principio, la dualidad, desde la perspectiva
neoescolástica, es una herencia del pensamiento europeo; en efecto, ya
vimos que la dualidad establecida entre el hombre y lo absoluto constituye
la historicidad misma de lo humano, entendida como libertad.
En América la dualidad se vive como extrañamiento o desdoblamiento:
se trata de un problema político, pero se lo encara desde la filosofía. Si lo
amenazante se ontologiza, se fractura en n número de valores aceptables, por
lo tanto: "la filosofía busca una base de sustentación propia y autónoma
sobre la que asentar la reflexión"; "(se requiere) meditar sobre nuestra
propia realidad para tratar de desentrañar el sentido de nuestra historia"
(López Díaz, 1968, p. 214); "(hay que) dejarse enseñar por la realidad";
"(hay que) respetar a la realidad en su pureza virginal" (Cerrutti, 1963, pp.
181-185); "dónde Hegel termina la historia, comienza la auténtica libera-
ción del Espíritu como expresión de la liberación de todos los hombres" (L.
Zea, op. cit., pp. 102).
No hay ni siquiera un intento de búsqueda de mediación entre realidad
e historia; la asimilación de los contrarios en una nueva afirmación no es más
que el principio de Otra Historia. Cuando se exhorta a "conocer la historia"
tampoco se alude a una intención de transformar la realidad. Se sueña con
una historia que integre las visiones de un Bolívar o un Martí y "realice" la
44 O Su.fmw l.111ni11ato

a11flubung, dando fin a las duplicaciones que por siglos habían escindido el
pensamiento americano. Se entraría así a una "sola historia universal de
liberación del hombre".
Como se sabe, cada época histórica, vuelta sobre sí misma, se enmadeja
en sus propias trampas. Aquí detectamos cuatro:
1. No sospechar de la tensión latente entre el pensar filosófico y el pensar
político en relación con la historia.
2. No lograr diferenciar los sueños de una historia integrada de las
condiciones de viabilidad para su efectiva realización; es decir, confundir la
ucronía con la utopía.
3. No sospechar el papel mediador de la utopía entre la racionalidad y
la realidad.
4. No sospechar que la batalla por la integración del hombre americano
al hombre universal reducía al indio, al criollo, al americano a una entidad
que pasaba por alto las prácticas sociales, o bien las reducía tan sólo a un
proyecto de adquisición de conciencia histórica.

Reflexión acerca de las ucronías. Las utopías y su relación política


con la realidad

Abordemos primero la noción de realidad. Si partimos del supuesto de


que la realidad no se "alcanza" sino que es producto de una construcción
social, y si a esto agregamos que ella está en movimiento y por ello se
considera inacabada, lograremos dos objetivos: primero, hacer del "hombre
americano" o del "ser americano" un individuo concreto y un sujeto social
creador y constructor de sus propias realidades; segundo, que el futuro se
incorpore al presente a través, precisamente, de los sueños, deseos, intereses
y necesidades de los sujetos. Esta doble inclusión tiene el beneficio de
suspender la escatologización del futuro (y del propio sujeto) y con ello, la
de colocarse frente a la historia, cara a cara.
Hablar de "construcción" implica romper la fuerte carga ontológica del
concepto de "aproximación", tal como lo descubrimos más arriba, y
preguntarse por el cómo y el cuándo de prácticas sociales que diagramen la
dirección de los proyectos futuros. Esta intervención en la realidad/historia
exige el desarrollo de la capacidad del sujeto interviniente y pone en
cuestionamiento, en principio, las formas de conocimiento con las que
ineludiblemente tendrá que abordar la construcción de la realidad.
Si no lo hiciera, caería en la metafisización de esas formas de conoci-
miento, deslindando otra vez la relación entre la razón y la realidad. Con ello,
mantendría los bloqueos en la racionalidad o postergaría su disolución. Y
además, se vería impedido de revisar los valores en términos de su utiliza-
laf11nció11 de los valores en el pensamiento filosófico latinoamerica110 O 45

ción: hay valores que bloquean la transformación de la historia y hay valores


que auxilian al sujeto en la potenciación de realidades nuevas. Aceptar esta
diferenciación implica una ventaja y un sacrificio: la ventaja, darse cuenta
de la lucha latente que se instala entre la permanencia y la transformación,
descubriendo las limitaciones ontológicas del "cambio"; el sacrificio,
renunciar a la metafísica de la libertad y reconsiderar la noción de libertad
como creatividad, es decir, como una capacidad protagónica del sujeto en la
que coinciden, curiosamente, el ejercicio de la razón y el despliegue de sus
sueños.
Cuando el futuro está ontologizado en términos de la perfectibilidad de
lo humano, los "sueños" se convierten en u-cronías. Se cristalizan fuera del
tiempo histórico y éstas se vuelven arquetípicas. Modelan el pensamiento en
vez de potenciarlo. Son portadoras de valores absolutos que arrastran -sin
saberlo- su contrario sin resol verlo, por ejemplo: igualdad hombre ameri-
cano-hombre europeo; realidad auténtica-realidad extrañada; cultura de-
pendiente-cultura dominante. O bien, enunciados como éste: "(es preciso)
que lo universal incluya a la filosofía de la pobreza". La u-cronía no puede
perder su voto de fidelidad a la tradición, por lo tanto, hace componendas
entre lo dado y lo imposible para situarse, precisamente, fuera del futuro,
esto es, fuera del sujeto.
La utopía es una forma que adquiere el conocimiento social. Es la forma
imaginaria-racional a través de la cual los sujetos muestran su preocupación
por una realidad problematizada. La utopía es una zona de frontera: entre lo
conocido y lo desconocido. Zona de sobresaltos, de visiones; lo desconocido
se bifurca entre lo posible y lo imposible y ahí es precisamente cuando es
preciso ver. La mirada se enfrenta con valores, mejor dicho, se adecúa a un
horizonte de valores y al reto de su resignificación.
El mejor lugar está. dado en la abstracción, es decir, en la dimensión de
la creatividad. Acomodarse en este lugar implica que la filosofía no vuelva
a filtrarse como fundamento del pensamiento y lo conocido quede entre
paréntesis. En la antigüedad se denominaba a esta dimensión gnosis o
episteme. En nuestros días, más que una "zona" se trata de la capacidad
gnoseológica del sujeto para intervenir en su realidad. Esta intervención es
el meollo mismo que conjuga el conocimiento con su función política.
Las filosofías de la historia no están en condiciones de reconocer la
naturaleza política de la realidad. De ahí la función que se le hace cumplir
al compromiso humanista, vale decir, legitimar éticamente una realidad
históricamente inalcanzable.
No es que nos neguemos al compromiso; pero el compromiso es un acto
de conciencia, de modo que habrá que discutir los resultados que hasta la
fecha ha proporcionado la defensa de una conciencia histórica reconocida
como ética. En cambio, si la conciencia se somete al proceso de politicidad
46 D S11.rnna útminato

que arranca desde el propio pensamiento epistémico, podría expresar el


proceso de constitutividad del sujeto-como protagonista-y de la historia
--como construcción-. La política entonces es la conciencia histórica en
ejercicio del presente. En "ejercicio" quiere decir que hay una decisión en
torno a la apropiación del futuro en el presente y una elección con respecto
a la viabilización de lo no-dado-todavía. Porque, ¿qué es en verdad el futuro
sino la capacidad de enfrentarse a la viabilización de lo socialmente deseado
como posible? ¿Qué otra cosa puede ser el sentido de la historia sino la
expresión de lo deseable desde el imaginario social? ¿Y qué son las utopías
-en su versión política- sino el pulular de nuevos valores que reclaman
su traslado de lo absoluto a lo posible?
Preguntémonos entonces cuáles son los beneficios de poner el dedo en
la llaga de la tensión entre pensamiento filosófico y pensamiento epistémico-
político.
El beneficio mayor consiste en conquistar espacios de reflexión que
propongan alternativas de creación de nuevas realidades que apunten, en
principio, a la apertura de la realidad conocida desde la capacidad epistémica
del sujeto involucrado.
Nada de nuevos "télos". Nada de reinvindicaciones éticas. Nada de
residuos sustancialistas en un pensamiento reorientador de la construcción
de la realidad. Sí, en cambio, reivindicar la búsqueda de sentidos, las
direcciones posibles, las visiones de realidad, las utopías como expresión de
una lúdica política indispensable para el ejercicio de la conciencia histórica.
No se nos escapa el riesgo que implica pensar en la historicidad de los
valores sin convertirlos en criterios para evaluar las acciones humanas, ni se
nos escapan tampoco los debates en tomo a las relaciones entre ética y
política que permean la trayectoria de la filosofía política en Occidente. No
se trata de discurrir sobre la universalidad del bien o del mal. Nos encontra-
mos, hoy, nuevamente ante un bloqueo por la brusca ruptura del orden
mundial y de los paradigmas más defendidos en este siglo. Además, nos
encontramos con experiencias históricas, como la filosofía de la liberación,
imposibilitadas de resolver la inviabilidad de los valores defendidos.
La filosofía de la historia latinoamericana ofreció un modelo de esfuer-
zo liberador a través de la búsqueda de la liberación de la filosofía con el fin
de apropiarse de la cultura latinoamericana. El proyecto final consiste en
llegar a ser una "filosofía sin más" (Zea, 1989). El fin de una cultura de
adaptación haría que América Latina ingresara -vía filosofía- en la
cultura universal, puesto que "la filosofía no se justifica por lo local sino por
la amplitud de sus anhelos" ( Zea, América como conciencia, 1972, p. 190).
En conclusión, la filosofía ofreció un modelo pero no llegó a calar hondo
en los genes de su propia racionalidad. Su disconformidad tuvo que pactar
porque la sinceridad hacia la búsqueda de un pensar fundamental latinoame-
La funciá11 de los valore.f e11 el pen.mmiento filos,íjico latinoamericano O 47

ricano se topó con sus propios límites ideológicos; límites que no encuentran
los vacíos en la racionalidad porque contribuyen a reducir su peligrosidad:
las fuerzas legitimadoras los recubren una y otra vez con capas
impermeabilizadas que resisten los embates de un pensamiento epistémico
que intenta traspasar las costras éticas que recubren el viejo dilema de las
relaciones entre vida e historia.
Para salir ilesa de las llamas que cundían por todos lados, la filosofía de
la liberación tomó una posición ingenua: cambiemos la identidad de la
cultura y encontraremos la base para nuestro auténtico filosofar. La preocu-
pación por la realidad amerindia se calma con la reivindicación del mestizaje;
se propone entonces el primer ideario humanista latinoamericano. Este
ideario tiende a movilizar los ánimos y las conciencias hacia problemas
étnicos, históricos y culturales; exime a los intelectuales de profundizar bajo
la superficie de disyunciones discutibles como, por ejemplo, lo universal
como civilización occidental y Jo universal como dominación. Con ello, se
soslaya el pensamiento marxista y la tradición política liberal no se ve
confrontada.
La clave está en que se aborda lo universal desde la lógica, como una
entidad lógico-formal vacía de contenidos. De ahí entonces que este
movimiento aspire a la universalidad y al mismo tiempo redacte un ideario
rechazándola.
Esta contradicción tiene su razón de ser: los filósofos no saben qué hacer
con los sujetos sociales; tampoco con los individuos concretos, salvo
reconsiderar para ellos el discurso político de un Locke o de un John Stuart
Mili.
Desde este punto de vista, las ucronías son menos embarazosas que las
utopías porque detrás de la dignificación del indio, del mestizaje y del
repudio a la agresión colonial y neocolonial (recuérdese Las venas abiertas
de América Latina de Eduardo Galeano ), hay espinas dolorosas, como por
ejemplo: ¿podremos esperar un futuro que nos universalice como Tercer
Mundo -(léase aquí todo el optimismo por el progreso del siglo XIX)- si
nuestra racionalidad de orígenes europeos no logra integrar la irracionalidad
del mestizo?
Este punto crucial, es decir, qué es racional y qué es irracional en
América Latina, ha sido postergado. Mucho menos problemático es propo-
ner la inclusión en el "Ser Universal"; además, se contribuye así a la
manutención del equilibrio social.
En efecto ¿qué sucedería si los millones de latinoamericanos nos
empeñamos en la construcción de una nueva realidad o, mejor dicho, de
nuevas realidades que se vayan conformando, más que en enunciados éticos,
en contenidos de las prácticas sociales?
48 O Su.mna luminatn

El problema del sujeto en la filosofía de la liberación

Curiosamente, desde tiempos de la colonia, el conocimiento -como


mediación con la realidad- estuvo deliberadamente agobiado por los
intereses dominantes.
En efecto, la mediación entre la razón y la realidad tuvo que cargar con
la tensión entre lo demoníaco y lo divino. La racionalidad oficial estaba dada
por la religión europea y la racionalidad nativa (a la que los pensadores de
la liberación llamarían "auténtica") estaba denostada como demoníaca. La
problemática de la realidad extrañada o duplicada encuentra aquí sus raíces
profundas, puesto que los mismos conquistadores dividen sus actitudes: los
destructivos, los más radicales, enuncian que "cuanto antes se conozcan las
manifestaciones de Satanás, antes se podrán (los nativos) convertir y (el
pensamiento autóctono) destruir"; los integristas, proponen "aprender la
lengua y el pensamiento para rescatar lo bueno de la idolatría" (cf. Vilchis/
Sala Catalá, 1990, pp. 80, 88 y 91 ), y aseguran que "Dios había escogido a
los indios y a los frailes menores como portadores de la verdad". Lo
"in-acional" permanece aislado de Jo "racional" pero su conjugación es
propedéutica necesaria para que el mestizo adquiera el estatuto ontológico
de "humano". He aquí el legado que la filosofía de la liberación honesta-
mente intenta resolver; es por ello que los ecos de Fray Bartolomé de Las
Casas resuenan en Leopoldo Zea cuando expresa que "no se trata de saber
si es indio, español o la suma de ambos; no se trata de saber si es americano,
europeo o africano, simplemente, si se es o no se es hombre". Resuenan
también en un Fernández Retamar (uno de los más esforzados intentos de
dar aliento de vida a la figura lógica de la esclavitud, de moda entonces, la
dialéctica del amo y del esclavo de la Fenomenología del Espíritu.) Si de Las
Casas tuvo a un Sepúlveda como adversario, nuestros autores tienen un
adversario más peligroso: su propia formación académica y cultural que los
hizo ciegos a la vulnerabilidad histórica de la universalidad como principio
lógico-epistemológico. En otras palabras, no pueden ver la tramposa
relación entre el pensamiento escatológico y el pensamiento lógico-formal,
que les autoriza a pensar la historia sin comprometerse con ningún sujeto
(sea indio, mestizo, criollo o europeo) terminando por escatologizar -
lógicamente- el pensamiento histórico.
De este modo, las tensiones -por ejemplo, civilización-incivilización,
razón-in-acionalidad-quedan suspendidas en la disyunción o resueltas en
el silogismo.
Veamos:
"o se logra la aufhebung" o se mantiene la dependencia;
"o se logra la universalidad" o se mantiene la dominación;
"o se entra en la Historia" o nos quedamos como tercer mundo;
Ln .fimc-irí11 de los "a/ores en el pensamiento fi/.1sófico lntino{'.meritmu!....9__ 4 9

"o se es libre" o se insiste en la imitación;


"o se logra conciencia" o se acaba la identidad.
Entonces, por un lado se lee a Hegel pero, por el otro, las ataduras s(,11
tan fuertes que se mantienen las disyunciones. Se pretende el ejercicio de 1.111
pensamiento dialéctico, pero las bases del pensamiento siguen siendo
formales. De ahí que se leen enunciados de este tipo: "el cambio vendrá de
la unión de la conciencia de lo que no-se-es con lo que se-quiere-ser ( ... ) se
trata de unirse para trascender y hacer posible una relación social, racional
y universal, no dependiente" (subrayado nuestro) (Zea, latinoaménca,
Tercer Mundo, 1977, p. 31).
La desintegración étnica y cultural se expresa, fundamentalmente, en
las mismas formas de razonamiento que los filósofos de la liberación
instrumentan para pensar la realidad. "Cambio", "unión", "querer-ser",
"humanismo", se mantienen en la dimensión valórica a través de un
razonamiento silogístico:

Los occidentales son hombres,


los mestizos son hombres
Luego, los mestizos son occidentales.

Los mestizos son occidentales,


los occidentales son racionales
luego, los mestizos son racionales.

Occidente es humanista
América Latina es occidental
Luego, América Latina es humanista.

La historicidad de la realidad se recubre de ideas y desde la formulac.ión


lógica de estas ideas se procede a la conciliación de las contradicciones.
El gran problema de la filosofía de la liberación es, a nuestro juicio, que
no se lanza a la búsqueda de la historicidad de lo "irracional", en términos
de aquella división maniquea que hereda de los tiempos de la colonia. No
puede eludir el legado neoescolástico y por tanto, quizás sin quererlo, apela
a la fundamentación lógica del razonamiento para enterrar lo que el siglo
XVI y XVII sabía muy bien: que el hombre es sustancia finita no transfor--
mable y que, en consecuencia, el nativo "no es" y en tanto tal, ha de servir
a quien ejerce el uso de la razón. Ésta es la raíz del concepto de servidumbre
que atraviesa la historia de las ideas en América; pero como desde b.
filosofía es una verdadera aporía metafísica, entonces se le contrapone un
"valor": el mestizaje, el esclavo, la unión, la cultura auténtica, etc. El valor
tapa el fatalismo ontológico porque la transitividad de lo irracional en
50 O Susana Lttminatn

relación es, ontológicamente hablando, inconsecuente; decididamente, ab-


surda. Se apela entonces al humanismo para dar por terminada esta trabazón
onto-epistemológica que ha dificultado el desarrollo de una cultura latinoa-
mericana.
En nombre del Humanismo se dará fin a la filosofía eurocentrista y se
entrará, con todos los honores, en la "historia humanista occidental" (2).
El proyecto liberador no logra entonces la resolución de esta
intransitividad ontológica (se refiere a la tradición metafísica que sostiene
que los cambios de la sustancia no pueden ir más allá de su naturaleza
esencial); tampoco entra en conflicto con el poder establecido. He aquí
porqué, a nuestro juicio, la latinoamericanidad es una ucronía que logra
reorganizar el mesianismo de la filosofía en el universo cultural de América
Latina.
La igualdad tampoco logra el estatuto de una utopía ya que "Calibán"
y "Amerindia" son proposiciones apologéticas que no logran historizar la
irracionalidad; es más, se trata de promover el humanismo manteniendo la
ahistoricidad de la intransitividad como un recurso para "entrar en la
historia" manteniendo el control social. No olvidemos que estamos ante una
época marcada por las dictaduras, la guerrilla urbana, los movimientos
populares. Ahora bien, historizar la intransitividad ontológica que se man-
tiene oculta pero latente en el pensamiento latinoamericano implicaría la
confrontación entre la razón axiológica y la razón utópica frente al problema
de la historia como construcción. Interceptar la razón axiológica conlleva,
en principio, rescatar al sujeto y entender el compromiso social en términos
de protagonismo. El protagonismo no es otra cosa que la expresión de su
capacidad social canalizada a través del conocimiento y la experiencia de
sus prácticas sociales. Este protagonismo incluye la utopía, o si se prefiere,
incluye la razón utópica como el mecanismo capaz de atravesar el plano de

(2) Nótese la insolvencia del humanismo en términos de lograr una cierta homogeneización
de puntos ontológicamente irreductibles si lo comparamos con el recurso de un Smith o de
un Locke cuando, si bien toman la armonía preestablecida o la divina providencia como
arquetipos, establecen una equivalencia entre el orden de las leyes de mercado, como orden
humano, Y el orden de la naturaleza, como orden preestablecido. Una correspondencia
ontológicamentc coherente. Pero no olvidemos que el problema en América Latina Jo
provoca la escisión entre Jo demoníaco y Jo divino, entre lo racional y lo irracional, entre el
hombre Ylo sub-humano, entre el señorío y la esclavitud, cuya raíz ontológica se disimula
en lo conversión al cristianismo pero se mantiene en la práctica histórica. En verdad, la
esclavitud de la figura hegeliana de la Fenomenología no porta la misma carga ontológica que
la esclavitud colonial. Por lo tanto, el hegelianismo es inaplicable como recurso dialéctico.
~¡ esclavo colonial no adquiere conciencia a partir de la experiencia histórica de servidumbre
srno a través de una reivindicación humanista que le ofrece el criollo. He aquí un nudo crucial
para entender el origen profundo de la conciencia extrañada del latinoamericano.
La.f,mcirín de lo., miares rn ei ¡1e11samie11tojilo.wíjic·o la1i110<1111enumo O ~.!_

la racionalidad cristalizada de la filosofía y penetrar en la lógica ue lo


epistémico-político a través de las opciones sociales. La razón utópica
(como ya mencionamos) es capaz de penetrar los espacios virtuales de la
realidad, espacios indeterminados que los sujetos decidirán potenciar a
través de la crítica de lo determinado, de lo ya conocido. La decisión sobre
las opciones está permeada por la pertinencia, la cual, a su vez, incluye un
viejo valor del liberalismo llamado eficacia, sólo que aquí pierde su génesis
utilitarista para tener una acepción sociopolítica. La eficacia es un valor
político porque muestra la trascendencia del sujeto en la realidad a través de
un pensamiento epistémico-potenciador con el que la voluntad colectiva
puede potenciar lo posible y dimensionarlo como proyecto.
Comenzamos este trabajo preguntándonos cuáles serían los contra-
valores que permanecieron ilegibles a los pensadores de la liberación. En
realidad, el problema no está en los valores mismos sino en su uso y en la
función que se les asigna.
Tal como hemos visto, la filosofía de la historia cae víctima de una
situación aporética: legitima los valores de la latinoamericanidad sin aten-
der a las condiciones histórico-políticas de su viabilidad. No puede visualizar
la dialéctica entre lo posible y lo im-posible porque no le está permitido.
Estamos hablando de filosofía al fin y al cabo, cuestionarse el protagonismo
del hombre latinoamericano concreto, más allá de la entronización
reivindicativa del ser de lo americano. Así, no puede entonces estimular la
provocación a la capacidad utópica del sujeto, que no podría aceptar las
instancias de un discurso componedor. Porque, tal como lo hemos comen-
tado, la lógica de lo utópico no es la lógica de lo im-posible, sino la lógica
de la potenciación de lo construido como posible. Lo im-posible, por el
contrario, se reconoce porque parece estar "fuera" de la racionalidad
vigente. Lo posible implica búsqueda, destrucción y reconstrucción ele
parámetros "dentro" de la racionalidad. Sin duda, la filosofía presintió el
bloqueo de su época y ofreció la resolución que estaba de su lado proponer.
No alcanzó quizás la resolución arqueológica del mismo pero no negaremos
los esfuerzos del cuestionamiento, la sensibilización y el llamado a la
conciencia latinoamericana que promovió este movimiento. Y aunque
aquello de que "los mestizos seamos americanos y racionales" no ha ni
mellado nuestras condiciones de dominación, es bien cierto que, hace 30
años, esta postulación ni era obvia ni estaba claramente organizada.
Nos toca ahora a todos nosotros intentar resolver lo que quedó irresuelto.
De todas maneras, quiérase o no, al bloqueo que padecemos hoy hay que
agregarle una brumosa sensación de confusión y hasta de derrota. Con lo
cual tenemos un doble trabajo: hace 30 años la esperanza era un sentimiento;
hoy, hacemos esfuerzos por mantenerla como un valor.
52 O Susana L11mi11ato

Bibliografía
Cerrutti, H. Filosofía de la liberación latinoamericana. FCE, Tierra Firme, México, 1963
García Teduri, R. Filosofía y sociedad. UNESCO, París, 1953.
López Díaz, Pedro Filosofía política. Ed. Era. México, 1968.
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Zemelman, Hugo De la historia a la política, Universidad de las Naciones Unidas/Siglo
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La experiencia en la construcción del
conocimiento social

Emma León Vega

Siempre será una aventura adentrarse por la ventana del conocimiento


y tratar de mirar reflexivamente el paisaje histórico, pues podemos encontrar
que los caminos que han conducido a la conformación de una arquitectura
del presente han dejado cubiertos por la incertidumbre a otros que quizá
pudieron llevarnos a distintos puntos -o al mismo punto- de llegada.
Si bien esto puede aplicarse a cualquier tiempo, lo cierto es que el
presente del siglo XX, extendido a fines del milenio, muestra el arribo de
un hombre cuyas potencialidades y puntos de quiebre son" ... el resultado
inevitable de una lógica que ya tiene varios siglos y que ahora, durante
nuestras propias vidas, se ha convertido en la protagonista central: la
ciencia" (Berman, M. 1987, p. 21).
Efectivamente, como señala Edgar Morin, la ciencia se ha entramado
como una infratextura de la sociedad que " ... tiende a confundirse cada vez
más con la aventura humana de la que ha surgido ... " (Morin, 1984, pp. 16-
17), lo que hará que cualquier mirar sobre los caminos transitados o
relegados del conocimiento actual se enfrente irremediablemente (para
distanciarse o para identificarse) con la construcción de un paraje histórico
en el cual la estructura del saber científico se ha elevado a la categoría de una
racionalidad cultural que entreteje visiones de mundo, conocimiento y
práctica; es decir, una experiencia de vida en donde se ha privilegiado una
forma de '.'hacer el mundo" que ha incitado pero también ha anulado a los
hombres para actuar sobre sus propias circunstancias.
Decimos esto porque quizá no haya hasta el momento ninguna forma de
conocimiento tan cuestionada como la ciencia, ya que su ritmo sideral no se
ha correspondido con el mismo progreso humano, aunque en sí mismo "todo
avance científico sea progreso"(/bid., p. 15).
Como se ha planteado en una serie de denuncias extremas, la ciencia
como forma cultural ha radicalizado la crisis de la sociedad en la medida en
que ha potenciado a un horno sapiens cuya forma de vida ha sido constituida
y reconstituida con base en la expansión de una racionalidad" ... que no sabe
lo que busca ni lo que la mueve"(/bid., p. 17), que "anda a tientas ... (aunque)
sea infinitamente astuta y previsora en sus cálculos ... "(Jankélévitch, 1987,
p. 11).
Basta recordar que de ella han surgido las más tajantes contradicciones,
54 O Emma Lecín Vega

como es el caso del desarrollo de los aparatos educativos y la sofisticación


de los sistemas pedagógicos, que no sólo han hecho avanzar en el entendi-
miento del comportamiento humano sino que cada vez más están permitien-
do alcanzar las fronteras de la inteligencia artificial y la cibernética. Pero tal
empuje prodigioso es impotente ante la creciente pérdida de identidad
cultural e individual de las generaciones jóvenes, o ante el crecimiento
monstruoso que manifiestan las tasas de suicidio infantil y de adolescentes
en los países de mayor industrialización; o por qué no volver a traer a cuento
la tan mencionada globalización de la información que mediante el uso de
satélites y otros artefactos de teleinformática ha puesto a disposición masiva
el contacto con geografías humanas de casi todos los confines de la tierra.
Proceso que ha ido de la mano con el aumento de la ignorancia, el anal-
fabetismo funcional y la disolución de la utilidad social de los libros.
También podemos ver la tecnificación de la producción de alimentos
coexistiendo con la hambruna; la eclosión de los descubrimientos y las
invenciones médicas junto a la aparición de nuevas enfermedades o a la
actualización de epidemias y plagas que se suponían superadas hace tiempo;
y por supuesto, la exploración del macro y micro universo acompañado de
una ruptura del hombre con la naturaleza, que lo ha llevado a la expoliación
de los recursos naturales con comportamientos sociales que van desde la
gota de agua desperdiciada y la pequeña basura casual hasta los grandes
desechos industriales y nucleares que ponen en peligro vastas regiones del
planeta.
Nos encontramos entonces ante un paisaje en donde el asombro por los
descubrimientos científicos y su aplicación ha llevado, en sólo cuatro siglos,
como diría Berman, a un desencanto del mundo que ha destruido la vida
interior del hombre con el aumento de la futilidad y la alienación, la angustia
y la depresión, y en el cual la televisión e incluso las drogas, empezando por
el alcoholismo" ... se han convertido en el aceite lubricante y la fábrica de
repuestos indispensables para impedir el derrumbe total del motor
humano ... "(Camillieri, 1976, citado en Berman, 1987, p. 21).
Ante este panorama siempre nos asaltará la duda de saber si hubo
recodos en el camino que pudieron haber llevado a otras alternativas de
hacer el mundo, ante lo cual debe reconocerse que, si bien en este siglo (para
no remontarse demasiado al pasado) se han levantado voces de alerta
respecto al advenimiento ciego de un futuro crítico, pareció fatalmente
necesario haber llegado a un punto de ebullición de tal racionalidad cultural
para que diferentes zonas del quehacer intelectual se vieran asaltadas por la
urgencia de tomar conciencia sobre sus limitaciones fundamentales. Como
diría Eduardo Nícol, "la crisis ... ha sido una crisis interna, por agotamiento
de sus propias posibilidades y porque este agotamiento ha provocado la
aparición de nuevos conceptos que ya presagiaban el cambio ... una crisis
La experiencia en la comtrucción del conocimiento .wcial D 55

total y más honda, que ha invalidado la idea de hombre" (Nicol, 1989, p. 21).
Pero tomar conciencia de ello en este largo presente significa, como ya
ha sido planteado por otros, que la práctica gnoseológica no podrá confor-
marse con sólo constatar y dar testimonio de la acumulación del progreso
científico, dado que éste --con toda su incalculable vastedad y avance- no
sólo no ha dado garantías, sino que en mucho ha contribuido a sumergir el
camino de la plenitud y la libertad humana al plano de una responsabilidad
individual asfixiada. Más bien lo que necesitamos ansiosamente" ... es una
nueva totalidad, una activación de nuestros poderes imaginativos que se
mantienen ahora en reposo" gravemente sacudidos por la ciencia moderna
y por la tecnología que le sigue de cerca; nuevas imágenes que no se
aprisionen en la larga historia de contradecir los hallazgos científicos, sino
que sean capaces de abarcarlos y trascenderlos (Portmann, 1970, p. 30).
A este respecto, por ejemplo, resulta evidente que las ciencias sociales,
motivo de nuestra reflexión, requieren de nuevos rastreos sobre su forma de
hacer y de ser, pues no puede seguirse encubriendo su participación en tal
estado de cosas, ni evadir su compromiso histórico y ético.
Así, ya no es suficiente seguir circulando la moneda de una crisis con
base en argumentos que marcan la nostalgia por alcanzar una madurez y un
rigor de acuerdo a los cánones de la cientificidad operante, o conformarse
con la denuncia largamente elaborada que ubica el conocimiento social
como un campo victimado por la ciencia natural. Recordemos que tanto las
ciencias sociales como las naturales, a la vez que han sido productos
emanados de una racionalidad cultural, también han jugado el papel de
mecanismos para su reproducción, expansión, autoadecuación y hegemo-
nía. De ahí que el problema de la crisis de cualquiera de estas ciencias no
pueda ser abordado aislado de la crisis de una racionalidad bicéfala, en
donde el esplendor de la capacidad creativa y el poder de destrucción son
vivenciados en una tensión que corre el riesgo de estallar y consumimos (y
cuyo ritmo incesante nos es transmitido en la apología al espíritu de la
modernidad elaborada por otro autor también de apellido Berman, cf.
Marshall Berman, 1991).
¿Cómo entonces, en el marco de esta crisis general, emprenderun breve
viaje por algunas riberas del conocimiento social, para intentar tomar
conciencia de sus limitaciones y posibilidades?
En primer lugar, consideramos acuciante e imperativo sumarse al
espíritu de esas voces de alerta que claman por recuperar el poder de una
contemplación activa y serenidad reflexiva, dentro de la propia vorágine que
ha destapado la racionalidad de la ciencia, con el fin de " ... trascender los
límites que para el hombre son un modo de identificación con el mundo y
frente a los cuales no podemos sino jugarnos en la frontera de sus posibili-
dades, aunque inspiriidas en la necesidad de humanizar lo que se nos
56 O Emma León Ve.~o

ofrend:;i." (Zemelman, 1992, p. 7). Aunque voces con esa tesitura se han oído
en diferentes esferas de la actividad humana y a lo largo de la historia, hemos
querido insertar la presente reflexión aludiendo a algunos que se han
abocado a este trabajo desde el propio corazón del campo científico.
Nos referimos a Edgar Morin, Morris Berman y Hugo Zemelman
(autores de los cuales, aquí, sólo se mencionarán algunos trabajos), quienes,
ubicados en diferentes espacios y con modalidades distintas, evocan la
posibilidad de ascenso a otras racionalidades culturales y con ello, otras
formas de insertar la creatividad del hombre en la infratextura de su
contexto.
Para una mayor claridad sobre el espíritu que nos guía, diremos que
Morin, Berman y Zemelman tienen en común una serie de características y
un punto central que a continuación exponemos. En cuanto a sus caracterís-
ticas comunes podemos decir que:
a) Los tres contravienen el rasgo sine qua non de la cientificidad de
nuestra época: el aislamiento y la falta de una visión articuladora que resulta
de la parcelación, ultraespecialización e insularidad de la actividad intelec-
tual. ·
b) Sus perspectivas no conforman en sí mismas una teoría cerrada sobre
algún aspecto de la realidad; más bien se trata de una serie de epistemes o
ángulos de lectura alternativos sobre la forma de relacionamos con la vida,
con el universo y con nosotros mismos.
De acuerdo con estas características puede decirse que ias tres perspec-
tivas sobrepasan las nociones multi o interdisciplinarias, en la medida en
que, además de dar cuenta de la interrelación de diferentes campos de
conocimiento, dichas ópticas constituyen en sí mismas nuevas lecturas
sobre la realidad. Éstas son organizadas básicamente a través de diversas
formas de razonamiento que calificamos como "razonamientos de umbral":
razonamientos que no sólo permiten entramar distintas esferas del saber,
sino que la misma necesidad de interrelación los lleva a dos cosas que
consideramos cruciales.
Por un lado, encontrar nuevas facetas a los contenidos producidos y
acumulados en esferas particulares del conocimiento, lo que implica ubicar
tales contenidos más allá de los márgenes decantados por las teorías
establecidas; por otro lado, y en relación estrecha con lo anterior, el operar
fuera de estos márgenes les permite enfrentarse con la necesidad de abordar
nuevas realidades, y por tanto, con el imperativo de construir conocimientos
que respondan a ámbitos de sentido diferentes a los ya definidos.
Así podemos ver como Edgar Morin se ve impulsado por la vocación de
generar una conciencia sobre la ciencia, apoyándose en una óptica que
mten~a inte~rar los ángulos o visiones de distintas ciencias naturales y
ciencias sociales, lo que le lleva a proponer la necesidad de una metodología
La experiencia en la consrrncción del co11ocimie11to soc:ic,/ O 57

que tenga sus raíces en un paradigma bioantropológico, como el gran


continente en donde poblar el conocimiento de lo humano (ver Morin, 1984;
1978).
En el caso de Hugo Zemelman, la necesidad de conciencia germinará en
el terreno de las ciencias sociales, pero crecerá haciendo saltar sus goznes
para colocarse en la esfera general de un conocimiento que (más allá de las
demarcaciones de lo científico) pueda transformarse en dimensiones de una
conciencia histórica, cuyo motor e instrumento yacen en la racionalidad
dialéctica.
Por último, mencionamos la gran consigna de Morris Berman, quien
desde la filosofía de las ciencias duras llamará a reencantar el mundo en que
vivimos, oponiendo a la racionalidad cartesiana una nueva epistemología
basada en una conciencia balística y participativa que puede extraer algunos
de sus hilos de la propia filosofía de la ciencia, la psicología dinámica y de
algunas sabidurías tradicionales. Sin embargo, además de la riqueza de sus
esfuerzos integrativos y de la forma de resolución que adoptan sus plantea-
mientos, lo que aquí nos importa destacar es que sus razonamientos de
umbral confluyen en un punto central que se constituye como el marco de
sentido del presente trabajo: la necesidad de desencadenar una forma de
conciencia que sea capaz de imprimir un giro al propio matiz de la
racionalidad cultural dominante desde sus propios mecanismos constituti-
vos.
Una forma de conciencia que no se contente, como se mencionó
anteriormente, con la sola producción de conocimiento dentro de los cauces
de la vieja estructura racional, la cual ha mostrado y sigue mostrando su
propia madurez para reproducirse y para autosometerse a realidades nuevas.
Se propone, al contrario, una forma de conciencia que pueda confrontar,
ante distintos perfiles de sentido, el andamiaje en que se apoya la cientificidad
de nuestra época (1), y que desde esa confrontación se rearticulen nuevos
criterios de racionalidad cultural y científica en las formas de hacer el mundo
"para enfrentar los acontecimientos tal y como son ubicados en su contexto:
esto es, pensarlos en lo que tengan de articulable con otras, de manera de
potenciar a lo históricamente dado" (Zemelman, 1992).
Precisamente, con base en estos lineamientos intentamos desarrollar la
presente reflexión sobre las ciencias sociales, con la advertencia de que lo
que aquí se plantea no pretende serni un estado del arte sobre la problemática

()) Cuando decimos andamiaje no nos referimos solamente a los "córpora" teóricos
producidos, sino sobre todo a los criterios, exigencias y necesidades en que se apoyan éstos,
tales como los valores, las nociones, y el aparato lógico y metodológico que se deriva de éste.
58 O Emma León Vega

(empresa que excede a cualquier análisis parcial como el que realizamos),


ni los desarrollos subsecuentes serán concebidos para dar respuesta respecto
a lo que es o a lo que debería hacerse. Nos ocupamos de la tarea más modesta
de brindar a la discusión el reflotamiento de algunas implicaciones sobre la
racionalidad que domina la producción y transmisión del conocimiento
social, tomando como punto de referencia la temática particular de la
experiencia y su función en la construcción gnoseológica.

Ciencias sociales: una cuestión de perspectiva

Antes de entrar a la temática, resulta conveniente explicar el nivel desde


el cual se está intentando abordar algunos ingredientes de la racionalidad
dominante en las ciencias sociales. Como es sabido, en toda decisión
analítica subyace un trasfondo de valores que incide en la intencionalidad de
cualquier reflexión.
Efectivamente, colocarse en el marco de las ciencias sociales -si no las
hacemos sinónimos de la sociología- nos remite a una serie de desafíos
tales como la enorme amplitud de la información disponible que permanen-
temente se está reproduciendo en los distintos cor.es disciplinarios y en el
quehacer interdisciplinario. Campos que, a la manera de un crisol de po-
sibilidades, entretejen fenómenos, objetos, teorías, etcétera.
Por otra parte, un elemento que hay que considerar es que la producción
gnoseológica tiene formas específicas de realización en función de los
contextos culturales e históricos en los cuales ella se constituye y expresa.
Al comenzar por el último de estos dos desafíos, podemos deducir que
una de las claves está en el problema de cómo la dinámica de realidades
socioculturales específicas imprime una cualidad a los patrones de
cientificidad. Más aún, en el caso latinoamericano concretamente, se puede
decir que la trayectoria de la producción gnoseológica se ha forjado en el
marco de la lucha por un conocimiento pertinente al desenvolvimiento de
proyectos sociales determinados. Sin embargo, los problemas derivados de
una sociología del conocimiento serán mantenidos como telón de fondo para
no distraer la atención del carácter esencialmente epistemológico de la
reflexión.
Sin bien el contexto de América Latina es el lugar y motivo alrededor
del cual gira el presente trabajo, lo cierto es que hemos optado porubicarnos
en el plano genérico de las ciencias sociales de nuestra época, a riesgo de
cometer errores de omisión y/o generalización. Decisión tomada con base
en la hipótesis que señala que la lógica dominante en la construcción de
conocimiento disciplinario en los países latinoamericanos está organizada
en una serie de criterios de cientificidad hegemónicos que permean las
lc1 experiencia e11 la i:011.urucci<í11 del cmwci111ie11to .rncial O 59

prácticas de investigación y la formación académico/profesional de cientí-


ficos sociales. Como resultado de esta decisión, nuestro análisis se moverá
en una especie de oscilación entre los imperativos de una racionalidad
científica cuyas exigencias de objetividad demandan, entre otras cosas,
separar al observador y al observado (Berman, M. 1987, p. 21), al sujeto de
sus objetos, a las visiones de mundo de las relaciones formales de conoci-
mientos, etcétera, y ese telón de fondo marcado por la necesidad de traspasar
esas disyunciones tendrá el fin de trabajar en nuevas lecturas que colaboren
en "el diseño de proyectos de conocimiento alternativos sustentados desde
la dinámica del acontecer histórico"(León, en Zemelman/León, 1991, p. 5).
Aunado a los desafíos de este doble movimiento se asocia el problema
de la amplitud y dispersión de conocimiento que conforman las ciencias
sociales, pues resulta claro que la vastedad y variedad en la información
impiden buscar y encontrar una respuesta única o su racionalidad fundante.
Frente a esta dificultad volvemos a evocar el espíritu y la forma de
realización de estos razonamientos de umbral antes citados, que muestran la
posibilidad de una reflexión no constreñida a la insularidad de teorías y/o
disciplinas particulares, más allá de que esto aporte incalculables beneficios
a la profundización de objetos de estudio acotados.
Todo lo cual nos lleva a tomar una segunda decisión que puede
sintetizarse en la propuesta metodológica de Zemelman, que toma como
preocupación ya no objetos y teorías delimitadas en sí mismas sino los
puntos de articulación de distintas realidades cuyas posibilidades de sentido
desafíen los conocimientos acumulados y potencialicen nuevas lecturas.
En consecuencia, hemos optado por tomar como criterio de demarca-
ción una problemática que nos permita preguntarle a las ciencias sociales de
qué manera los criterios de los que se ha servido para su hacer han
posibilitado recoger la síntesis de un sujeto cuya historicidad radica en la
complejidad de sus circunstancias, que lo ubican en el umbral de dos
caminos cruzados que son el vivir como resultado y como creador de
realidades biopsicológicas y socioculturales, y en donde el meollo de tal
complejidad se encuentra en la característica humana de ser partícipe en el
mundo, construyéndolo. Es decir, una característica que hace que las
limitaciones del hombre así como sus posibilidades se hallen, parafraseando
a Bruner, en el hecho de que éste se relaciona con el contexto que crea,
mediante el ejercicio mismo de las capacidades que usa para explorarlo
(Bruner, 1988, p. 20).
En función de estas decisiones nos proponemos tanto reubicar las
problemáticas contextuales como salvar las demarcaciones teóricas y disci-
plinarias, mediante una estrategia que toma como punto de arranque la
explicitación del marco general que le da sentido a la búsqueda de caminos
alternativos para el quehacer del conocimiento, así como el criterio de
60 O Emma León Vega

demarcación que hemos adoptado como herramienta de análisis para extraer


ciertas consideraciones sobre algo de la racionalidad subyacente a las
ciencias sociales de nuestra época.

Un posible ámbito de sentido para el conocimiento

Así como puede haber una gran virtualidad en la definición de ámbitos


de sentido, consideramos que uno posible para el conocimiento social es el
delineado por la construcción de visiones de mundo, comportamientos y
prácticas que se constituyen durante el proceso que conecta a sujetos
concretos con sus contextos de vida. Un proceso que permanentemente se
conforma y desenvuelve, posibilitando o paralizando a los sujetos a recono-
cerse como tales, es decir, que los impulsa o frena para actuar sobre sus
propias circunstancias y, por tanto, sobre sus propias determinaciones
históricas.
Ahora bien, en este perfil de sentido habita una idea de hombre cuyos
alcances también pueden ser virtualmente imposibles de clasificar, pero que
para nuestros fines analíticos se pueden expresar en los siguientes términos:
a) En primer lugar pensamos en un hombre concebido como síntesis de
lo diverso, es decir, como el punto de fusión de ingredientes y procesos bio-
psico-sociales, los cuales, como señala Morin, le hacen ser productor de
cultura "sin dejar por ello de pertenecer a la naturaleza"(Morin, 1978, p. 21);
una entidad que es producto de una relación integradora entre lo biosocial
y lo socio-individual, que no puede ser parcelada y ubicada en esferas
acotadas y excluyentes, sino concebidas como dinamismo que conforman
"una unidad y pluralidad al unísono, confusión en el origen y distinción en
los desarrollos ... (en donde) ... no hay integración perfecta ni funcionalidad
sin equívocos, sino una mezcla de complementariedad, competencia y, en
el límite, antagonismo" (/bid. p. 79).
b) Pero también habita la idea de un hombre cuya realidad "se define
solamente en la medida misma del esfuerzo por construirla" (Zemelman,
1989, p. 7); es decir, una entidad que ala vez de ser resultado de la impronta
de las determinaciones bio-psico-culturales, tiene el distintivo de poder
incidir sobre ellas y transformarlas a través de su capacidad de práctica, que
le dota de una especificidad como actor social. Lo cual, siguiendo a
Zemelman, "significa una ampliación hacia el contexto histórico del hom-
bre, pero convertido ahora en objeto de una intencionalidad" (/bid., p. 9).
La cualidad para actuar sobre las circunstancias sólo es posible conce-
birla si acordamos que el espacio de su realización es el presente en el cual
el sujeto se constituye: un presente condicionado por el pasado, es cierto,
pero siempre proyectado hacia el futuro, ya que "la relación presente-futuro
conforma ... el ámbito de realidad en el cual tiene lugar la activación de lo
lLJ experiencia en la construcción del conocimiento .t0cia/ D 61

real, dado por el hombre, y ya no simplemente su explicación" (/bid., p. 4).


c) En consecuencia, y dada su cualidad de actor social, también
concebimos al hombre como una entidad que para trascender sus circunstan~
cias requiere reconocer "la esfera de su no-ser-todavía-así, como una
contraparte de sí mismo" (Plessner, en Varios autores, 1970, p. 79), lo que
significa la capacidad de diferenciarse de su contexto, siendo parte y síntesis
de éste, pues, tal como señala Plessner, el hombre es el único ser viviente que
se relaciona con el futuro en la medida en que al preverse a sí mismo puede
colocarse por encima de su finitud, "solamente el hombre partiendo de la
necesidad de su vida hace una virtud del hecho de vivir proyectado hacia él
de valientes previsiones, de planteamientos aventurados o formativos"
(/bid., p. 79).
En consecuencia, estamos refiriéndonos a un hombre con capacidad de
pensarse y sentirse a sí mismo en el proceso de pensar, sentir y actuar su
realidad. Todo lo cual es sustrato de una forma de experiencia que tiene la
característica de convertirse ella misma en objeto de contemplación y acción
del propio sujeto que la produce y vive.
En suma, estamos planteando un perfil de sentido para las ciencias
sociales donde las visiones de mundo, el comportamiento y la práctica son
dinamismos en cuyos caudales fluyen las esferas universales del hombre
genérico y las especificidades de los actores comprometidos a los momentos
y espacios de sus contextos particulares. Dinamismos que son expresión de
juegos dialécticos entre la pluralidad y la integración a que lleva el intercam-
bio de la naturaleza y la cultura, entre el tiempo presente y futuro en que se
condensa el pasado y la germinación de las prácticas transformadoras. Y por
último, entre las intrincadas relaciones difíciles de expresar, de lo que hemos
denominado la existencia del mundo de los objetos, en los cuales el sujeto
es uno más y la conciencia de ese sujeto de ser un ente distinto o una
"otredad", como dirían los literatos y lingüistas, que se relaciona y da
significado a tales objetos; existencia y conciencia que trasciende las falsas
dicotomías a las que se refiere la noción de interioridad versus exterioridad,
para ubicarse en lo que Vladimir Jankélévitch ha concebido con gran lucidez
como el movimiento entre el espectador y el espectáculo, en donde se
establece una transfusión recíproca de sustancia: "la conciencia de sí misma,
al hacerse más aguda, recrea y transforma su objeto, puesto que ella misma
es algo de este objeto"(Jankélévitch, 1987, p. 7).
Pero como ya fue aclarado, tales juegos dialécticos no están pensados
para ser realidades precisas ni teorías decantadas, aunque de hecho puedan
ser absorbidas en objetos generales de disciplinas particulares. Recordemos
que aquí se tratan meramente como esbozos de realidad que pueden perfilar
sentidos posibles a la manera de hilos que tejen la urdimbre en el movimien-
to en que hemos concebido el horizonte humano. Una malla difusa como
62 O Emma León Vega

puede ser cualquier representación del sentido de las cosas, pero cuya silueta
puede tener la función de provocar búsquedas sobre otras maneras de mirar
y de hacer el mundo.
El problema radica entonces en hacer que este paisaje penetre a través
de la ventana de la ciencia, para transmutarlo en contenidos de conocimiento
que no mutilen la vocación de búsqueda, lo cual vuelve a traer a colación la
pregunta sobre los criterios que ha entronizado el binomio racional cultural/
ciencia para solidificarse, opus nigrum o materia prima de transformación
(2), en cuerpos de observación y práctica, pues "ante la imposibilidad de
promover en un corto periodo una drástica transformación del mundo, se
trata al menos de comenzar por enriquecer nuestra visión de él y de la propia
capacidad para hacerlo nuestro ... "(Zemelman, Hugo. Los horizontes de la
razón, tomo II, Historia y necesidad y de utopía, Cap. 6. Barcelona,
Anthropos/Colmex, 1992).

l.a experiencia como ángulo de lectura

En el marco de estos juegos dialécticos que delínean un perfil de sentido,


consideramos que una problemática factible para delimitar la reflexión
sobre las ciencias sociales es la experiencia, ya que es un tema que-a pesar
de estar sometido al privilegio de algún discurso- tiene la cualidad de
abarcar un ámbito multívoco y abierto al cruce de distintas realidades y
conceptualizaciones, tal como lo demanda la necesidad de impulsar razona-
mientos de umbral que no queden aprisionados,,en el coto de ninguna
disciplina singular.
De allí que la experiencia en este trabajo, más que concebirse como un
fenómeno particular que puede expresarse en diferentes esferas de la
actividad humana, ha sido tomada como una categoría con funciones
epistémicas: es decir, una categoría que permite problematizar las formas en
que se ubican las ciencias sociales ante distintas realidades de sujetos que
tienen una especificidad concreta; cómo es que estas realidades sori obser-
vadas y transformadas en objetos de estudio que tienen el propósito de
producir conocimiento mediante una racionalidad que demanda transitar
desde "las formas sin método del pensamiento moralizante o las formas
metódicas del pensamiento científico general" (Nicol, 1989, p. 7).
Efectivamente, cuando se trata de ver el ámbito de la experiencia fuera

(2) La imagen del opus nigrum ha sido tomada en la medida que recoge con claridad la
cosmovisión dialéctica de los alquimistas en el nacimiento de una época en donde el hombre
comenzó a ver que era posibl~ extraer su destino de las esferas divinas para tomarlo en sus
manos (cf. Yourcenar, 1990).
La experiencia en la construccitÍ11 del rnnocimienlo .wcial O 63

del discurso filosófico, nos encontramos con que éste ha sufrido la parcelación
propia de los cortes disciplinarios que lo han transformado en objetos, cuyos
niveles de análisis pueden cubrir la gama que va de lo intraindividual hasta
lo macrosocial pasando por los planos interindividuales, grupales y colec-
tivos, en función del énfasis que se imprime a algunos de sus componentes.
Sin embargo, nos interesa destacar que estos recortes espacio/tempora-
les en que se organizan los objetos de estudio están condicionados por lo que
cada disciplina particular ha asumido como su campo de estudio. Hecho que
podría ser visto como algo evidente y no cuestionable, si no reparamos en
que en estos mecanismos subyacen una perspectiva y una lógica respecto a
lo que debe ser tomado como susceptible de conocimiento· científico.
Es precisamente en los conductos de este andamiaje donde intentamos
desandar algunos caminos, que por ser tan transitados hemos creído que se
convierten frecuentemente en las vías naturales y, por tanto, en los únicos
medios para producir conocimiento sobre el mundo en que vivimos.
Pero entrar al tema de la experiencia, en los términos señalados, no
significa que se esté proponiendo un análisis que no tenga que ver con
realidades concretas, tal como exigiría un empirismo degradado. Al contra-
rio, la búsqueda de la racionalidad de una ciencia obliga a no confundir
concreción con empiria, pues no es lo mismo tratar de abordar la realidad en
términos de sus modalidades de síntesis dentro de ciertos parámetros de
tiempo y espacio que creer que tales modalidades de síntesis son lo mismo
que sus manifestaciones morfológicas y fácticas.
En consecuencia, referimos al andamiaje lógico/epistémico con que se
ha tratado el tópico de la experiencia impone ubicarse en un nivel de
abstracción que va más allá de las manifestaciones morfológicas (sean
empíricas o teóricas) en que dicho tema puede expresarse. Pero, entonces,
aquí también cabe decir que la abstracción tampoco significa la generaliza-
ción ni la búsqueda de leyes, pues en este caso no es igual intentar pensar
sobre los mecanismos que organizan conceptualizaciones sobre la realidad
concreta que atribuir a esos mecanismos regularidades, causalidades o
probabilidades de desenvolvimiento.
De aquí que tratar la experiencia como una categoría no significa
elevarla al nivel de una totalidad capaz de abarcar toda la complejidad de la
ciencia, ni lo que se elabore sobre ella puede dar mínima cuenta de su papel
en la vida de los sujetos. Lo único que se está afirmando es que puede ser una
puerta de entrada, como otras, para observar cómo los mecanismos cientí-
ficos son utilizados para convertir en contenido abstracto el marco de
posibilidades en que se despliegan realidades concretas de individuos,
grupos y colectivos.
Aclaremos que no estamos hablando precisamente de cómo se vuelve
abstracta "la realidad misma", sino de las posibilidades que ella pueda
64 O Emma León Vega

contener, pues cualquier realidad que experimentemos ¿no es acaso sólo una
posibilidad de experiencia que, entre otras tantas, se hace tangible por efecto
de nuestra propia intervención? Luego entonces ¿qué proceso de abstrac-
ción nos interesa conectar con la categoría experiencia?
Sólo responderemos que el proceso de abstracción importante para
nosotros no sería aquel que pudiera producirse mediante la confrontación
teórica o disciplinaria, que rastrea la cobertura y fuerza explicativa para dar
cuenta de un cúmulo de propiedades que se asumen en un fenómeno
determinado. Más bien, nos colocamos ante el esfuerzo intelectual de
elicitar un proceso de abstracción que emane del intento por concebir
posibilidades de sentido para el conocimiento. Lo que no quiere decir que
la abstracción teórica carezca de éste, sino que ella debe ser tensada y
revisada en términos de sus grados de permeabilidad para permitir la entrada
a otras posibilidades de realidad y por tanto de abstracción; y de no ser así,
preguntamos sobre el margen de maleabilidad o de plasticidad que pueden
tener los procesos formalizados de construcción conceptual, para ser
reutilizados como herramientas de pensamiento que permitan avizorar tierra
firme en donde asentar un futuro humano quizá diferente al que ahora se nos
muestra.
Por ello estamos apostando a la posibilidad de hacer de los procesos de
abstracción una herramienta ética y no sólo de conocimiento pues "la
realidad solamente alcanza su plenitud, es decir, se completa, en el propio
proyecto de construir el futuro, buscado como realidad posible de vivirse
como experiencia" (Zemelman, 1989, p. 29).

Racionalidad y experiencia

La manera como el hombre se apropia de su contexto de vida está


marcada por los anteojos conceptuales que establecen márgenes importan-
tes para pensar y experimentar el mundo de determinada manera. Configu-
raciones que, por tanto, pueden considerarse como una de las mediaciones
fundamentales para insertar a los sujetos en el enfretejido de sus determina-
ciones estructurales.
En virtud de esto, hemos puesto el énfasis en los procesos de conoci-
miento y su andamiaje racional para abordar la problemática de la fundación
de ámbitos de sentido que no sólo tengan la función de orientar a los sujetos
en el entorno natural y cultural, tal y como les es dado en un momento de su
historia, sino, sobre todo, que dote a la direccionalidad de su acción con otras
visiones de mundo, lo que es a nuestro parecer el espacio para la construc-
ción de prácticas sociales alternativas.
Desafío que no puede soslayarse en tanto nos coloca ante una virtualidad
La experiencia t!ll la construcción riel conocimiento social O 65

de formas de conocimiento que, aun siendo excluidas por los cánones de


cientificidad dominantes, requieren ser formuladas para detectar los límites
que imponen tales parámetros. Debido a esto, consideramos pertinente
someter a cuestionamiento las consecuencias de subordinar a un tipo de
racionalidad aquellos procesos dialécticos que mencionamos cuando inten-
tábamos bosquejar la síntesis contradictoria que es el hombre y el precio que
se ha pagado por transformarlos en objetos de estudio que pueden responder
a marcos epistémicos diferentes. Decimos esto en la medida en que no puede
olvidarse que un objeto de estudio cualquiera no es ajeno, sino al contrario,
es resultado de una actividad de destilación que es guiada por tales criterios
racionales.
Luego entonces, si nos ubicamos ante un panorama en donde las
visiones del mundo y la práctica social son el recipiente de un fluir de
corrientes diversas y contradictorias, ¿cómo es que éstas han sido decanta-
das en pro de exigencias de conocimiento que pueden ser distintas e incluso
antagónicas?
_ Interrogante que vuelve a recordarnos a Eduardo Nicol, cuando al
cuestionar una disciplina como la psicología se preguntaba qué había
significado el ajustar "la disparidad manifiesta entre los conceptos formales
de espacio y tiempo que eran manejados por la ciencia física -o como
quedaron definidos en la filosofía kantiana- y la espacialidad y tempora-
lidad que aparecen como datos inmediatos en el concreto de la experiencia
humana" (Nicol, 1989, p. 10).
Al respecto puede decirse, con razón, que en las ciencias sociales se
encuentran variadas posiciones epistemológicas que han operado para
resolver dicho interrogante; sin embargo, sostenemos que la visión que ha
predominado descansa en una concepción de lo "que es" la experiencia
científica de conocimiento. Noción que está íntimamente ligada con la
prevalencia de una idea de racionalidad que, en forma contundente, separa
las formas de relación con la realidad que tienen un carácter analítico de
aquellas otras formas de relación que involucran esferas vastas y complejas,
denominadas en este trabajo como las circunstancias existenciales y
vivenciales de los sujetos (sentimientos, impulsos, valores, voluntad de
acción, etcétera). ·
Ciertamente, no pueden hacerse asignaciones arbitrarias ni mecánicas
de este problema a las fuentes primarias o pilares que forman la herencia del
conocimiento social, pues cuando nos acercamos a ellas podemos ver que
afloran, con sus matices, una multiplicidad de posibilidades para relacionar
estas dos fronteras del continente humano. De tal suerte que los interlocutores
de nuestra reflexión no son propiamente los autores fundantes de alguna
perspectiva epistemológica o metodológica, sino los usuarios de estas
herencias, en tanto que han privilegiado un tipo de lectura a costa de excluir
66 O Emma León Vega

otras posibilidades que pudieran darle sentido y función diferentes al


conocimiento acumulado. Con esta advertencia afirmamos que la investi-
gación y la docencia de las ciencias sociales opera bajo el supuesto de una
experiencia de conocimiento que se realiza a través de esa distinción entre
lo que es y no es racional, lo cual a su vez sirve de criterio para calificar o
descalificar como científico cualquier esfuerzo intelectual que se haga.
A este respecto, queremos señalar tres formas de tratamiento respecto
al binomio racionalidad/irracionalidad, aludiendo a algunas situaciones,
para tipificar los modos de hacer de los denominados científicos sociales.
Un primer tratamiento se refiere al diseño de experiencias formales de
conocimiento que omiten de la discusión epistemológica y metodológica
esas áreas de las circunstancias existenciales, pues en la medida en que no
se les reconoce una función cognitiva ni una lógica analítica, se les califica
de irracionales y/o subjetivistas, subsumiéndolas al foso de lo desconocido
o de lo absurdo, de lo que no obedece a la lógica de un sentido, es decir, que
carece de organización y fundamentación válida para el conocimiento, por
lo que deben ser consideradas en el mero plano de las erupciones contingen-
tes de los individuos.
En segundo lugar, pueden plantearse aquellas posiciones que conside-
ran necesario tomar en cuenta a esas otras dimensiones, pero a título de
"variables extrañas" para las cuales no hay categorías analíticas precisas que
permitan clasificar sus modos de constitución y sus mecanismos. Dimensio-
nes que forman parte de realidades concretas y cuya función cognitiva está
en que pueden fungir como "factores de prueba" para aclarar la realidad de
una construcción teórica dada.
Este caso puede ilustrarse con el uso que se ha hecho de los planteamien-
tos de Weber, quien para muchos autores representa una línea de continui-
dad con el pensamiento kantiano. Lo que nos importa destacar con esta
ilustración no es la atribución a Weber de un tipo de racionalidad para
comprender la dinámica de los procesos sociales (lo cual ha sido discutido
amplia y lúcidamente por una serie de trabajos exegéticos) sino ejemplificar
la utilización de esta figura en los procesos de construcción de conocimien-
to. En este marco, el tipo de lectura que se ha privilegiado ha conducido a
una lógica instrumental en donde sus propuestas metodológicas, como las
del tipo ideal, se han tomado para refrendar una noción de objetividad no
contaminada por aquellas esferas que, en tanto se consideran propiedades
externas a la organización del conocimiento, se conciben no obedeciendo a
racionalidad alguna, pero que tienen el papel de ser un marco de corrobora-
ción y validación del conocimiento.
Por último, hacemos alusión a aquellas situaciones en las que se tiende
a identificar los procesos de pensamiento y de conocimiento con mecanis-
mos formales y/o correlatos operacionales. Al momento de hacer esta
la exl'erie11d<1 e11 la con.11rucciá11 del co11oci111ienro .wdal D 67

afirmación se evoca una serie de propuestas epistémicas que da lugar a toda


clase de "ismos"; sin embargo, creemos que una ilustración clara está en las
tendencias de corte piagetiano dado el peso considerable, aunque no siempre
consciente, que éstas siguen ejerciendo en el diseño de experiencias forma-
lizadas de conocimiento social.
En este caso lo común es confundir y fundir los criterios y mecanismos
de la lógica formal con los dinamismos que organizan el proceso de
abstracción. Y no sólo eso sino que, a través de malabarismos y retruécanos
conceptuales, se ha llegado a identificar la logicidad del pensamiento
analítico con la racionalidad de los sujetos objeto de estudio, llegando a la
afirmación extrema de que el pensamiento formal y sus operaciones men-
tales son universales o, al menos, prototipo y meta del pensamiento maduro
de un individuo. (Hay una vasta literatura al respecto, pero para efectos de
este planteamiento puede revisarse León/Zemelman, 1992).
Como dijimos, no podríamos pretender que las ilustraciones expresadas
oscurezcan la magnitud de los autores que han construido vías de acceso
para el entendimiento de diversas potencialidades humanas. Lo que tiene
sentido para nosotros es hacer referencia al uso dominante que se ha hecho
de sus obras, reconociendo que el conocimiento científico en general, y las
ciencias sociales en particular, han seleccionado entre su bagaje cultural un
conjunto de ingredientes que refuerzan una noción de racionalidad reducida
a la supremacía del aparato intelectivo o analítico, en la medida en que se ha
hecho la apuesta de que éste es el único capaz de liarse con la vocación
humana de transformar sus circunstancias de una manera objetiva.
Como se habrá observado, no hemos hechoafirmación alguna respecto
al momento preciso del surgimiento de esta concepción de racionalidad, en
cambio, lo que queremos destacar es que esta concepción, en su arrastre a
través del tiempo, ha mantenido la premisa de que la capacidad de conocer
está en función de una maquinaria lógica de corte analítico.
En algún párrafo anterior convocábamos a una serie de personajes como
Helmuth Plessner, Vladimir Jankélévitch y Eduardo Nicol para esbozar la
idea de un hombre que es capaz de trascender la finitud de los hechos que
lo conforman. Capacidad que, según hemos argumentado, se fundamenta en
la clave de que el hombre es la única entidad viva que piensa y que sabe de
la presencia de este pensamiento. Estas afirmaciones, como se advirtió, no
intentan hacer imputaciones sobre propiedades humanas sino colocar el
dedo en una circunstancia vital que determina la propia existencia en el
mundo. Pero otra cosa es que, por factores que escapan ahora, se haya
resuelto que la cualidad de sapiens tenga una y sólo una forma privilegiada,
que la expansión y despliegue de la subjetividad, que nos permite escapar de
nuestros límites (como entidad pe1teneciente a un nicho ecológico) tenga
que responder al imperativo de una lógica y que, en consecuencia, la lógica
68 O Emma Letl11 Vega

productora de conocimiento sea la analítica exclusivamente. Pero ¿qué hay


detrás de este fatalismo lógico?
Ciertamente, no es posible hablar de la racionalidad "a secas", pues bajo
cualquier connotación asoma un modo de experimentar el mundo y de
experimentarse como sujeto. Entonces, si uno de los hilos para entender la
crisis de la racionalidad cultural de nuestra época es aquel modus operandi
científico que privilegia una forma de organización del pensamiento, cabría
intentar el esfuerzo de hacer resurgir la noción de experiencia asociada, pues
ésta, al igual que la respiración, sólo se nos hace visible a través de la
conciencia de que algo está alterado, asfixiándonos, aun cuando no podamos
descifrar claramente sus mecanismos.
Así, parecería que el conocimiento social opera bajo el influjo de un
arquetipo de experiencia científica que habita y penetra las visiones y
prácticas del conocimiento, matizando y recreando realidades, y haciendo
que los sujetos sean dotados con sentidos y valoraciones que pasan a ser
parte de su pensamiento y su acción sin que éstos sean conscientes de ello.
Ahora bien, sin la menorintención de creer que se ha llegado a descubrir
cuál es este arquetipo pero con el ánimo de correr algunos de sus velos,
exponemos la siguiente línea de reflexión.

Experiencia científica de conocimiento

Como señalamos al principio, la ciencia y las ciencias sociales se han


alimentado de un caudal de fuentes tan diverso y amplio que no es posible
abarcarlo en toda su complejidad. También pusimos a consideración la
afirmación de que, si bien cada vertiente puede ser leída de muy distintas
maneras, el hecho es que se ha privilegiado un tipo de lectura que,
independientemente de su validez, ha legitimado una forma de organizar las
relaciones de conocimiento.
En el caso de la experiencia creemos que sucede algo parecido, pues aun
cuando hay un historial de concepciones sobre ella, lo cierto es que en el
operar concreto de la producción y transmisión científica (vía la investiga-
ción y la docencia) esta diversidad generalmente es calzada con una norma
que dicta cuál es la verdadera experiencia del conocimiento científico.
El sustrato de esta normatividad puede encontrarse en la odisea que
desde hace varios siglos ha tratado de limpiar el grano de las diversas formas
de experimentar al mundo, la cual, en primera y última instancia, ha llevado
a considerar que, de todas estas formas de experienciación, sólo produce
conocimiento aquella que es susceptible de ser moldeada por los mecanis-
mos racionales. Pero asumir esto significa también que no toda realidad
conforma contenidos de conocimiento, a su vez y de acuerdo a los cánones
de cientificidad dominantes, y que no cualquier racionalidad es capaz de
La experiencia en la con.vtruccitín del conocimiento social O 69

traducir esas realidades en experiencia de conocimiento(3). Veamos más de


cerca, en una simplificación extrema, estas dos cuestiones.
En primer lugar, se asume que la realidad susceptible de conocerse es
la que puede manifestarse dentro de ciertos parámetros de tiempo y espacio,
reconocidos por conocimientos anteriores, cualidades que se supone no son
un requisito suficiente pues la sola vivencia de un hecho lo cumple;
entonces, para que tal realidad sea factible de experiencia de conocimiento,
es decir, para que tenga validez empírica, requiere ser comprendida de
acuerdo con ciertos criterios que permitan establecer marcos de valoración
sin las impurezas provenientes de las contingencias en que tales hechos se
manifiestan. Cuestión que podría pensarse como necesaria para que los
sujetos puedan distanciarse de esas realidades de las que son pa1te. Sin
embargo, la clave está en que esos criterios utilizados definen de antemano
lo que puede seleccionarse como materia de conocimiento, lo cual implica
un proceso de depuración y exclusión de diversas modalidades de lo real.
Así podemos ver que todo aquello que no pueda convertirse en códigos
analíticos queda reducido al papel de una serie de posibilidades de realidad
no pertinentes para ser materia prima de conocimiento científico. Mientras
que las realidades escogidas serán cernidas de nueva cuenta a través de
herramientas que tienen la función de constatar la correspondencia entre el
criterio de razonamiento utilizado para hacer la selección, y la realidad
producto de esta selección.
En el caso de la investigación, la búsqueda de este círculo perfecto es
frecuentemente impulsada por el moldeamiento de la realidad empírica a
través de artefactos como la elaboración de indicadores que posteriormente
son aplicados por alguna técnica, lo cual a su vez recoge de forma seleccio-
nada un tipo de grano que, para ser dotado de sentido, vuelve a llevarse al
plano lógico/analítico, pero ahora mediando el tratamiento de algún lengua-
je formal como el estadístico, que hace más homogéneos los ingredientes,
quitando las asperezas persistentes de los distintos procesos que vienen de
diferentes cultivos y que, para no equivocarse o para contrarrestar los sesgos
subjetivos, incorpora en este tratamiento el azar. Pero atención, pues aquí la
aparición del azar no tiene porqué abrir el razonamiento a realidades que
pueden emerger como producto de su desenvolvimiento; se trata de un azar
domesticado con base en leyes de probabilidad de ocurrencia detectadas en
el pasado.

(3) Recordemos el supuesto general que distingue experiencia de vivencia, pues se supone
que esta última, siendo el nexo más inmediato con el mundo empírico, no deviene por sí
misma en conocimiento pues carece de todo criterio de validez universal.
70 O E1111110 leó11 Vego

Así podríamos seguir intentando llegar hasta el eslabón que conecta el


producto de este proceso con su aplicación a otras esferas de realidad; sin
embargo, lo que nos interesa recalcar con esta reconstrucción es que, a pesar
de todo, la experiencia científica es un tipo de experiencia metafísica que
busca la esencia de las cosas, pero ahora a través de una racionalidad extraña
que combina la especulación lógico/analítica y la manipulación instrumental
sobre una empiria que eficazmente sustituyó a Dios en los esfuerzos
intelectuales por el mundo aplanado de la validez y la legitimidad de los
objetos. Con ello no queremos decir que se esté descartando esta forma de
experienciación, sino que denunciamos su superexplotación, pues no cabe
duda de que siempre quedará la insatisfacción de haber colado las pepitas
para quedamos con la piedra estéril de los datos.
Afirmamos lo anterior pues tal experiencia cognitiva, más que presentar
al sujeto con el mundo, objetiva la validez de un tipo de racionalidad cuyo
fatalismo lógico es constitutivo: una experiencia que no se enfrenta con el
desafío de configurar algo nuevo, sino con una realidad ya definida en
parámetros espacio/temporales preestablecidos que definen lo posible o
imposible de conocerse: lo que lleva a que el mundo de lo posible deje de
cumplir el papel de vocación de búsqueda para reducirse al juego de
elaboración de disyunciones respecto de lo que es y no es concebible y, por
tanto, a descalificar cualquier otra modalidad que no corresponda al modo
de determinación asumida como válida. Descalificar significa, en última
instancia, el no incluir otras modalidades de lo real como posibles de
experiencia y de conocimiento.
Pero también queda por verse cuál es el sujeto que propone esta
experiencia cognitiva ya que, ciertamente, por un lado evoca a un sujeto
patricio quien alejado de la plebe y frente a la inmensidad de su pensamiento
puede extrañarse de los asedios diarios de la supervivencia, descargado de
los horizontes valorativos y las erupciones existenciales que surgen de la
interacción con la conciencia de otros, a la manera de ese niño tranquilo,
aislado y sin historia que Jerome Bruner le rebatió en casi toda su obra a
Piaget. Pero si esto ha sido descartado del campo de las ciencias físicas, con
mayor razón es un aguijón para las ciencias que tiene a su propio creador
como reto de conocimiento. De aquí que en la experiencia cognitiva otro de
sus puntos de quiebre, y quizás el fundamental, esté en que ha echado a andar
un sujeto escindido bajo una óptica tautológica.
Escindida pues la supremacía de una connotación de racionalidad que
define lo que es y no es un sujeto cognoscente, abre la brecha con cualquier
otra cantidad de sujetos cuya lista sería quizá interminable (psicológico,
social, empírico, etcétera), los que a su vez son catalogados y subordinados
a la misma noción que sirvió para hacer las distinciones.
Por tanto, no sólo se recupera a un solo tipo de sujeto como aquel que
La experiencia en la cm1strucd1ín del conod111ie111n social O 71

estructura su experiencia mediante las relaciones analíticas que establece


con la realidad empírica sino que, en la medida en que estas relaciones se
organizan con base en un solo criterio (el de la validez), resulta que llegamos
a una visión circular en todos sentidos: la validez del razonamiento define
lo que es el sujeto de conocimiento y éste es definido, a su vez, por el criterio
de validez que organiza su experiencia cognitiva; la propia validez es
justificada por el sujeto que le corresponde.
¡Qué mejores formas de interiorizar y transmitir sin cuestionamiento un
arquetipo de experiencia cognitiva cerrada a cualquier cosa que no sean las
fluctuaciones y los cambios necesarios para su propia comprobación!
Problemas que adquieren gravedad si tomamos conciencia de que la
producción de conocimiento científico está conectada con la necesidad de
producir contenidos y discursos que marquen rutas a las cosmovisiones y
prácticas sociales, pues, como dirían Moscovici y Hewstone, "las ciencias
inventan y proponen la mayor parte de los objetos, conceptos, analogías y
formas que empleamos para enfrentarnos a nuestras tareas económicas,
políticas o intelectuales. Lo que se impone a la larga, como resultado de
nuestro sentido, de nuestro entendimiento, es en realidad un producto
secundario, retrabajado, de las investigaciones científicas" (Moscovici/
Hewstone, 1985, p. 685).
Por esta razón consideramos necesario caminar un trecho más por el
engranaje de la maquinaria operativa de las ciencias sociales, a través de una
ilustración más sustantiva que puede ser proporcionada por el problema
mismo de la experiencia, visto ahora en términos de los desafíos que
representa para el estudio de un campo fundamental del conocimiento
social: las relaciones que los sujetos concretos establecen con sus realidades
inmediatas y mediatas.

Subjetividad y experiencia en el campo de la teoría social

Creemos que es un buen ejercicio colocar ahora la experiencia en el


terreno de la construcción y el uso de la teoría social por tres razones
fundamentales.
Primero, porque la experiencia como fenómeno social encadena las
dificultades para abordar una de las piedras de toque de los estudios sociales
que pretenden salir de la visión endurecida y estrecha del análisis estructu-
ral: la subjetividad individual y social. Así, la experiencia y sus relaciones
con la subjetividad han impulsado una serie de esfuerzos teóricos y
metodológicos para entender a distintos niveles y desde diferentes perspec-
tivas disciplinarias el problema de la constitución y/o formación de sujetos
sociales, ya que se han asumido como uno de los ingredientes básicos en las
mediaciones entre macro y microdinamismos que dan pie a la conformación
72 O Emma león \lega

y reproducción de las prácticas individuales y colectivas.


Segundo, porque permite anudar la reflexión con ese doble movimiento
a que hacíamos referencia en el apartado de nuestras decisiones meto-
dológicas, el cual apunta a la dificultad de ubicar el análisis bajo la doble
línea de fuego de las exigencias lógico-cognitivas del aparato científico
(que ya intentamos bosquejar) y las realidades concretas, que no son para
nosotros más que esa arborescencia contradictoria y dinámica entre lo bio-
psico-social en que toman carne los juegos dialécticos del hombre genérico
y el actor contextualizado en un nicho ecológico e histórico específico.
Tercero, y en relación con los dos puntos anteriores, puesto que es uno
de los ejemplos más claros respecto a la racionalidad que aquí estamos
cuestionando, tenemos que la búsqueda de reconocimiento científico ha
llevado a la investigación y a la docencia de las ciencias sociales a reducir
realidades complejas, como la subjetividad, a recortes que cumplen con un
criterio de objetividad en términos de su corroboración con referentes
empíricos limitados.
Pues bien, entrando de lleno con la ilustración propuesta, recordemos
que una de las disciplinas proveedoras de insumos sobre la experiencia
social, desde la perspectiva de la subjetividad, ha sido la psicología, en cuyo
interior se han forjado nociones, teorías y técnicas que han atravesado el
trasfondo de todas las ciencias sociales, aun cuando muchos de sus objetos
no tengan como foco de atención los procesos individuales o las relaciones
interpersonales y grupales.
La razón de esta afirmación no estriba en mostrar tipos de nociones
psicológicas en cada disciplina particular sino en señalar que estas donacio-
nes conceptuales están marcadas por la trayectoria que han seguido grandes
campos de la psicología en la búsqueda de cientificidad y cuyos resultados
han permeado el subsuelo disciplinario general.
Para ello tomamos la línea concreta de la psicología social en algunas
de sus producciones, en la medida en que su intercambio con la sociología
y la antropología, entre otras, ha dado origen a la mayor parte del instrumental
teórico y metodológico que actualmente sigue dominando en muchos
campos y contextos culturales diferentes.
Con este motivo, nos remontamos al momento parteaguas que instauró
formalmente la psicología científica, pues desde ahí puede retomarse el hilo
para entender el traslado gradual y, en otro caso más tajante, de lo que puede
ser considerado como la base constituyente de la experiencia: o para
ubicarla en los dinamismos internos para leer desde ahí las relaciones del
sujeto con la realidad; o bien para colocarla en el terreno exclusivo de sus
manifestaciones exteriores, las que, dado su carácter tangible, observable y
mensurable, pueden concebirse como susceptibles de estudio científico.
Pues bien, sin ánimo de hacer un desglose sobre las ramas que han
la experiencia en la con.ftr11cción del conocimiento social O 73

surgido de esta disyunción queremos recalcar el siguiente punto: a partir de


aquellas posiciones de los fundadores de la psicología científica (con el
establecimiento del primer laboratorio en Leipzig, en 1879, por Wilhelm
Wundt) la subjetividad y su relación con la experiencia han tenido una serie
de lecturas paradójicas. Porun lado, dentro de la psicología, las definiciones
iniciales de la experiencia y la conciencia como el objeto de estudio principal
fueron el punto de distinción entre la reflexión filosófica y la psicológica, en
tanto había que desarrollar al máximo una lógica de investigación que
colocara dichos objetos en el terreno concreto de los referentes empíricos.
Lo que en su momento intentó resolverse con el apoyo de hallazgos en
fisiología como los de Charles Bell (1830), luego reelaborados en los
trabajos psicofísicos de autores como Emest Weber (1834) y Theodor
Fechner (1860) (cf. cualquier historia de la psicología, por ejemplo, Wolman,
1971).
Por otro lado, este empuje de empiricidad en el terreno de la psicología
fue cuestionado en otras áreas, por considerar que las perspectivas orienta-
das a los procesos internos de los individuos no eran capaces de abonar al
entendimiento de los aspectos subjetivos de carácter cultural.
Basta traer a la memoria el debate que Max Weber estableció con la
postura wundtiana en el sentido de que los procesos psicológicos y la
experiencia inmediata no son pertinentes para comprender los mecanismos
de la experiencia racional conectada con los procesos históricos (Weber,
1985).
Es larga y diversa la trayectoria que se ha desplegado desde entonces,
sin embargo, a final de cuentas, tal paradoja ha tenido sus consecuencias
dentro y fuera de la disciplina.
La experiencia desapareció como categoría científica por considerarse
más hermanada con la especulación filosófica que con el rigor analítico (4 ),
en tanto que en otros campos su relación con la individualidad quedó
formalmente descalificada para abordar fenómenos de la dinámica social.
Así, con el paso del tiempo, la exigencia de una lógica con validez
analítica y/o empírica ha llevado a que las contribuciones de la psicología
social a otras áreas del conocimiento estén basadas en estructuras concep-
tuales y metodológicas que, porun lado, privilegian los aspectos morfológicos
de la experiencia con la subordinación de la subjetividad a sus referentes

(4) Durante décadas, de Wundt sólo se rescató su apuesta experimental, y apenas en años
recientes se han comenzado a recuperar sus problematizaciones sobre la psicología de los
pueblos que él denominó el área de las interpretaciones históricas (lenguaje, creencias,
tradiciones, costumbres e instituciones sociales), las que a su juicio no podían reducirse ¡¡J
plano de los procesos mentales de los individuos.
74 O Emma León Vega

empíricos, lo que se ha correspondido con la entronización de la conducta


manifiesta como suprema realidad hasta para aquellos científicos sociales
que ideológicamente.se oponen a la postura radical del conductismo (5).
Por otro lado, se encuentran aquellas perspectivas disciplinarias que se
centran en nociones tales como la actitud, las expectativas, los prejuicios, los
roles, etcétera, que si bien tratan de penetrar la madeja cerrada de la
subjetividad individual y colectiva, son generalmente aprisionadas en
exigencias metodológicas que recortan realidades bajo la lógica cognitiva
anteriormente descrita, o son trasladadas y utilizadas sin cuestionamiento
alguno con respecto al ámbito de realidad al que refieren, y al ángulo de
reflexión desde el cual se piensan.
Por ejemplo, no es lo mismo razonar la experiencia social desde las
nociones de actitud, socialización y aprendizaje--donde lo importante yace
en las formas como los sujetos se someten al control de los parámetros
socioculturales para adaptarse a ellos- que hacerlo desde la óptica de las
representaciones sociales, que pone la atención en los márgenes de libertad
de los sujetos para recrear y transformar realidades, sobre la base del
consenso social y de su capacidad para reproducir en el individuo o grupo
subjetividades colectivas.
Sin embargo, lo que puede encontrarse de comén en todos estos casos
es que, trabajando con la noción de comportamiento social manifiesto o con
alguna de las concepciones que se mueven en el terreno subyacente, se opera
con la actualización de una concepción escindida de sujeto, pero ahora ya no
en términos de componentes racionales/irracionales, como en el caso de la
experiencia científica misma, sino en función de una disyunción entre lo
objetivo y subjetivo como dos entidades antagónicas y separadas, fragmen-
tadas en un sinfín de niveles y unidades de análisis y, a su vez, unificadas
bajo el imperio y la determinación de cualquiera de los dos polos.
Es evidente que se pueden plantear otros problemas teórico-
metodológicos cuando intentamos enlazar en el campo de la experiencia los
procesos subjetivos y sus relaciones con la racionalidad. Sin embargo,
hemos querido enfatizar lo anterior para llamar la atención sobre la necesi-
dad de trascender los límites impuestos por la búsqueda de cientificidad y
su función parametral que han llevado a desaparecer-si no del discurso, sí

(5) Traigamos a cuenta los recursos para captar informacion que se basan en el registro verbal
o en el c?mportamiento de grupos e individuos (tales como encuestas, escalas, registros
observacionales, etc.), en donde el lenguaje y el comportamiento son tratados como un
problema metodológico y técnico, en términos de su ajuste o criterios de validez, confianza,
estandar!zación, etc., olvidándose de su papel en la construcción de significados y sentidos
de los suJetos, lo que generalmente se resuelve mecánica y acríticamente mediante las teorías
disponibles, aun cuando éstas hayan surgido de problemas y contextos diferentes.
La experiencia en la con.tlrucción del nmocimiento social O 75

de las formas de razonamiento- la subjetividad y la experiencia en su doble


cualidad de categorías fundan tes para generar conocimiento social alterna-
tivo: las funciones que éstas cumplen para abordar los dinamismos que se
despliegan en el cúmulo de relaciones entre sujetos concretos y sus contex-
tos de vida (lo cual trasciende el plano de sus manifestaciones exteriores
pero tampoco se constriñe a la perla inasible de la vida interna). Lo más
importante es vislumbraren el fondo de estos dinamismos aquellos procesos
posibles de potenciarse para que los sujetos puedan afrontar e incidir sobre
sus circunstancias.
De aquí que esta larga ilustración nos vuelva a conectar con la discusión
previa respecto a una racionalidad cuyo fatalismo lógico (independiente-
mente de su signo teórico y/o ideológico) ha limitado el despliegue de la
subjetividad humana que se compromete en las prácticas gnoseológicas y,
por tanto, al "uso de la cabeza". Ya que inserta a los sujetos que están
sometidos a una formación por el conocimiento (sea en el acto educativo o
en la línea de la investigación), en una experiencia cognitiva bloqueada de
antemano por estructuras conceptuales e instrumentales, que al ponerse a
andar sin cuestionamiento, devienen en teorías y metodologías cerradas en
sus propios problemas de conocimiento.
Cuestión que parece natural, evidente y lógica si no fuera porque las
conexiones entre conocimiento y realidad tienden a una identificación
peligrosa, donde las elaboraciones conceptuales se asumen como propieda-
des concretas y verdaderas de esas realidades que nos desafían con sus
cualidades y dinamismos (6).
No se pretende con esto encerrar el debate en si los juicios formalizados
deben o no ser ajenos a esta atribución de propiedades, sino recalcar el
resultado natural de una racionalidad parcelada y una experiencia cognitiva
autocontenida en la validez de sus propios mecanismos: cegarse ante el
hecho de que las propiedades de la realidad conocidas o por conocerse hacen
atributos que no existen aisladamente sin la intervención del sujeto, sino que
son producto de sus relaciones y elaboraciones. Como ya decía Weber, "la
ciencia empírica trata una multiplicidad dada como una 'cosa' y por tanto
como una 'unidad' ... este objeto está siempre y sólo 'relativamente determi-
nado', es decir, se trata de una construcción artificial, cuya unidad está

(6) Como señala Deconchy, cuya reflexión tiene el valor de plantear este problema desde la
perspectiva de la reproducción y el cierre de las estructuras ideológicas en el ámbito de la
epistemología del sentido común: una creencia transmitida en los espacios de producción de
conocimiento "consiste en que existe-y debe existir-una cierta identidad de 'naturaleza'
entre el objeto conocido y el instrumento que permite conocerlo, en cuyo caso, los verdaderos
objetos de la racionalidad científica no podrían ser sino aquéllos que dependen de lo
'racional' y de las tecnologías que lo refractan" (cf. Deconchy, en Moscovici, 198S, p. 440).
76 D Emma Let1n Vega

determinada por la selección de lo 'esencial' en referencia a los fines de la


investigación; por consiguiente es un producto del pensamiento que tiene
sólo una relación 'funcional' con el dato" (Weber, Op. cit., p. 131).
Ciertamente, esto ya se ha venido diciendo de manera exhaustiva en
diversos momentos de la historia del pensamiento científico por diferentes
autores y escuelas de pensamiento; sin embargo, en el quehacer gnoseológico
cotidiano la circularidad persiste, penetrando desde las actividades más
sencillas hasta las más complejas con una intrincada estructura mental
cerrada, a la manera de la ortodoxia ideológica estudiada por Deconchy, en
donde las creencias de cientificidad establecidas y reproducidas por el
consenso regulan y controlan de manera orgánica las concepciones y
prácticas involucradas en la producción de conocimiento.
Cuestiones que además de generarun conjunto de implicaciones para el
propio desarrollo y progreso de la ciencia, tal y como ha sido expuesto por
las reflexiones ya clásicas de Kuhn, apuntan al problema de reciclaje,
socialización y racionalización de una lógica científica, y a los productos
asociados en las otras esferas de la vida cotidiana, para dar paso a lo que
Moscovici ha denominado "conocimiento o sentido común de segunda
mano". Un conocimiento que da textura a las relaciones sociales de las
culturas contemporáneas y que paradójicamente está "penetrado por la
razón y sometido a la legitimidad de la ciencia" (Moscovici, De la ciencia
al sentido común, en Moscovici/Hewstone, 1985, p. 685) aun cuando no se
proponga "el mundo objetivo de los seres y las cosas, la información que
debería existir independientemente de la vida colectiva"(/bid., p. 686). Un
conocimiento que extrae los contenidos científicos para fijar "las nociones
en un cuadro de la naturaleza, la sociedad y el cuerpo ... para reintroducirlo
en un contexto general"(/bid., p. 698) que se opone, como diría Rorty (cf.
Bruner, 1988) al interrogante de cómo se conoce la verdad; la preocupación
de cómo darle significado a la experiencia.

Experiencias posibles y pluralidad gnoseológica

Tal y como fue señalado, las consideraciones vertidas a lo largo del


punto anterior, más que atender a una sociología y/o a una teoría del
conocimiento, han sido reseñadas con el fin de reflotar un poco el paisaje
subterráneo de la lógica científica dominante, para penetrar desde sus
contradicciones la crisis de la racionalidad cultural de nuestra época que,
como hemos sostenido desde el principio, está entretejida con la crisis de los
patrones de saber que se han instaurado y mantenido como hegemónicos.
Por otro lado, sabemos bien que tal panorámica se puede asociar con
diversas respuestas, tal y como ha sucedido en las últimas décadas. Respues-
úr experiencia en la construcción del conocimiento wcial O 77

tas que pueden ir desde la desconsoladora pero confortable ceguera de


aquellos que, por evasión ideológica y/o pragmática, pretenden ver la
problemática del conocimiento y su relación con la crisis de la racionalidad
cultural como algo, diría Morin, que sólo atraviesa su jardín sin contaminar
su honesta actuación intelectual. Hasta aquellas actitudes que "liberadas del
basurero racional" quedan en la parálisis angustiosa del vacío, recompensa~
das por la percepción de situaciones peores, o bien, que proceden a hacer de
la investigación y la docencia un happening lúdico, en el que no importa ni
la evanescencia de las ideas y los proyectos ni los participantes que bien
pueden ubicarse en un juego dionisíaco sin destino, mientras otros tomen las
decisiones, y en donde "todo es en ellos sensualidad, y hasta de las ideas, de
las grandes ideas, se enamoran sensualmente. Son incapaces de casarse con
una grande y pura idea y criar familia de ella; no hacen sino amontonarse con
las ideas. Las toman de queridas, menos aún, tal vez de compañeras de una
noche ... " (Miguel de Unamuno, 1961, p. 16).
Podría hacerse·un estado del arte sobre éstas y otras respuestas para
enhebrar en ellas el hilo de cuestiones tales como la ausencia, la presencia
y el uso de valores asociados al compromiso con proyectos sociales
alternativos (tratados con más profundidad por autores, ver por ejemplo
Luminato en este libro); sin embargo, dejamos esta cuestión en este nivel de
generalidad para enfatizar solamente la resonancia de ciertos horizontes
humanos y del conocimiento contemporáneo, sometidos a la displicencia, al
fracaso o al dispendio ante determinaciones culturales que han achicado o
perdido el amplio sentido y las direcciones posibles que pueden contenerse
en ese ámbito o perfil del hombre que hasta hace poco nos planteábamos.
Así, resulta evidente que en este trabajo no sólo estamos refiriéndonos
a la recuperación de las ciencias sociales en otras epistemes, que oponen a
la aridez y dureza de la experiencia cognitiva la posibilidad de cerrar la
brecha entre el conocimiento y "los sujetos de su construcción", es decir,
entre el sujeto y sus objetos, su razonamiento, sus circunstancias, su
urdimbre bio-psico-social, sino también de colocarnos ante las situaciones
de uso que se hace de estas y otras ópticas en la situación contemporánea.
Pensamos por ejemplo en el problema de la pluralidad de experiencias
de conocimiento como una alternativa a la situación vigente, pues se ha
convertido en el estandarte actual, sobre todo de las generaciones jóvenes
que intentan salir de las actitudes dogmáticas o de la parálisis intelectual
mediante la utilización de una gama multicolor de recursos y lenguajes
conceptuales que prometen experiencias gnoseológicas nuevas.
Aunque puede ser muy poco el tiempo transcurrido para ver los
resultados de dichas alternativas, consideramos que el imperativo de una
pluralidad de experiencias de conocimiento, más allá de ser una necesidad
producto de la trayectoria científico social y de sus contradicciones, resulta
78 D Emma León Vega

insuficiente por sí misma para incidir en el meollo de la matriz racional de


nuestra época, que siendo un muro resquebrajado, es aún suficientemente
sólida como para soportar desde sus anomalías los embates retóricos de sus
detractores.
Efectivamente, consideramos que es necesario trascender los límites
impuestos por la racionalidad científico cultural dominante, en virtud de que
ella está habitada por un arquetipo de experiencia de conocimiento que, por
definición, excluye y niega cualquier otra realidad que no acepte sus
criterios.
Pero si ahora anteponemos a dicha lógica cognitiva la exigencia de
transformar en conocimiento la dinámica del acontecer humano con sus
transparencias y opacidades, sus prodigios y sus aberraciones, en realidad
podemos optar entre varios caminos que se corresponden con las respuestas
intelectuales arriba señaladas: por un lado, conformarnos finalmente con
seguir en el riel de la reproducción y actualización de la maquinaria
cognitiva, haciendo de esto un modus operandi y vivendi, sin importar que
su acción niegue incluso la posibilidad de pensar de otra manera. Postura que
desde el inicio ha quedado descartada para nosotros.
Por otro lado, tal y como lo vuelven a plantear varias perspectivas
contemporáneas (que por cierto socialmente son vistas como aportes
totalmente originales), es necesario penetrar los cimientos de la cientificidad
con otras epistemes que rompan, o que al menos muevan sus criterios de
demarcación (como por ejemplo entre lo racional y lo irracional, o entre lo
objetivo y lo subjetivo) y sus relaciones viciadas que tienden a identificar las
elaboraciones conceptuales con las propiedades de la realidad, a ésta con la
empiria, y al método con la manipulación instrumental y/o estadística,
etcétera. Lo que significa permear, abrir o sustituir sus engranajes con los
juegos dialécticos formados por la pluralidad y la integración que produce
la unión de la naturaleza con la cultura; la articulación del tiempo pasado y
futuro en el presente de los sujetos, y por la existencia y conciencia de éstos
y del mundo que los conforma.
Sin embargo, si quitamos lo sugerente y evocador que pueda tener tal
paisaje en el plano de la retórica intelectual y lo confrontamos con la
superficie reflejante de los problemas sociales de nuestra época, surge la
pregunta desafiante que indica ante quién y para qué reí vindicar la relatividad
de los parámetros científico-culturales así como la legitimidad de otras
estructuras de saber.
Sin entrar en definiciones ideológicas precisas y sometiéndonos a los
márgenes analíticos que nos hemos impuesto, diremos tan sólo que la mera
oposición a la experiencia cognitiva por una experiencia de conocimiento
abierta "a secas" a la pluralidad de otros saberes, y por tanto, a otras formas
de abstracción, recoge a nuestro parecer el plano genérico de la primera
Úl experiencia en la con.flruccián del wnocimiento social D 79

acepción de hombre que perfilamos al inicio, la cual, repitiendo a Morin,


atiende a esa "unidad y pluralidad al unísono, confusión en el origen y
distinción en los desarrollos"(Morin, 1978, p. 79), pero dejando fuera su
acepción de actor social y, por tanto, su conciencia y práctica de presente y
de futuro, al arbitrio incierto de fuerzas y proyectos que por desconocimien-
to no podemos negar existen para imponerse.
A menos que caigamos en el espejismo posmodemo (sin entrar en su
génesis ni en sus implicaciones para las sociedades desarrolladas o "en vías
de desarrollo") que opone a su diagnóstico crítico sobre los meta-relatos que
han alimentado el saber científico en el marco del capitalismo mundial la
apología de la legitimación de cualquier saber, pero guardándose bajo la
manga de su alegoría lingüística el sometimiento alienado y fatal de los
meta-relatos tecnológicos, que aparecen ahora como los grandes parámetros
que median los lazos sociales contemporáneos y su futuro mientras enormes
cortezas humanas se desangran en la miseria física y espiritual (cuestión por
demás clara en análisis tales como los de Jean Fran~ois Lyotard, 1984).
Cosa que en el plano más académico equivaldría a la nueva acepción de
neutralidad valorativa en el conocimiento, que no impone ya la legitimidad
de un solo tipo de racionalidad sino la legitimidad de cualquier racionalidad
y de su uso para cualquier proyecto ideológico, lo que puede ser de lo más
conveniente en el actual estado de cosas, ya que, utilizando metafóricamente
a Unamuno, " los esclavizadores saben bien que mientras está el esclavo
cantando a la libertad se consuela de su esclavitud y no piensa en romper sus
cadenas" (Unamuno, 1961, p. 17).
Por ello volvemos a sacar a flote la afirmación de que los procesos de
abstracción que pretenden responder a los retos de un sujeto concreto y
consciente de sí y de su futuro hermanan su doble cualidad de ser herramien-
tas éticas y no sólo de conocimiento. Afirmación que no significa reivindicar
la legitimación y validez de alguna racionalidad y experiencia particular
sobre cualquier otra, ni de ningún eclecticismo invertebrado que ahoga con
sus cantos libertarios el compromiso y derecho a equivocarse, sino la
legitimidad de la búsqueda de sentidos alternativos.
En este punto incorporamos, como desafío gnoseológico, las otras caras
que pueden ser oscurecidas por la demanda de pluralidad en las estructuras
de saber. Nos referimos a esas facetas que enfatizan, por sobre las determi-
naciones bio-psico-culturales, el proceso incesante en que tales determina-
ciones se despliegan y se imbrincan para dar origen, en su permanencia y
continuidad, a la recreación y transmutación de cosmovisiones, comporta-
mientos individuales y prácticas sociales. Esto implica ver en la virtualidad
humana el campo fértil en que se apuestan las capacidades de los sujetos para
transformar sus circunstancias y, en consecuencia, transformarse, en tanto
ellos son concebidos como potencialidad no devenida pero en la cual se
80 O Emma León Vega

contienen sus posibilidades posteriores. En otra_s palabras, no puede desco-


nocerse que una línea para el conocimiento estriba en atender, sin mutilar,
las formas diferenciales que adopta la experiencia del hombre, en su paso de
acumulación y sedimentación de vivencias que, mediante diversos mecanis-
mos como los racionales, los llevan a definirse de determinada manera en un
momento de su desarrollo.
Pero en la atmósfera de dicha diversidad subyace el riesgo de
empantanarse con una visión en la que los sujetos y sus experiencias son
considerados meramente como productos históricos que recogen el tránsito
de otros sujetos de la especie para dotar su realidad presente de modos de
relación y de significado. Lo que a su vez implica pensar en los contextos
mediatos e inmediatos, cotidianos y formalizados, en términos de los dis-
tintos condicionamientos que éstos ejercen sobre los sujetos a lo largo de su
existencia.
Decimos que es un riesgo, ya que la prevalencia de esta noción
acumulativa por sí sola limita o encajona la pluralidad de la experiencia al
mecanismo fundamental del moldeamiento social que coloca el acento en el
imperio de los marcos normativos, los cuales, independientemente de su
variedad, son asumidos como una realidad trascendente y externa que se
impone fatalmente a los sujetos sin ninguna posibilidad de intervención.
Pero si esta línea es tensada a la luz de la capacidad de los sujetos para
constmir sus realidades, entonces la producción del conocimiento es colo-
cada ante el desafío de incorporar las realizaciones del presente a la
multiplicidad de las determinaciones, vistas como el desenvolvimiento de
otras posibilidades de un futuro experienciable.
De ahí que las otras caras del sujeto cumplan el papel de subordinar los
procesos de internalización y reproducción diferencial de los parámetros y
de sus funciones de moldeamiento a la perspectiva orientada a convertir en
conocimiento los puntos en los que los sujetos y sus parámetros se recrean,
diluyen y transforman. Lo que a nuestro parecer significa que la empresa
gnoseológica intente, en su proceder, restituir a los sujetos al plano de la
construcción de sus circunstancias, formadas por un devenir de realidades
que va demandando nuevas definiciones de identidad y de ubicación, lo que
a su vez produce contextos de vida productores de experiencias.
No se pretende descartar o suplantar el estudio de los parámetros
socioculturales en el bloqueo de las capacidades de los sujetos, por medio
de la reproducción de las determinaciones y procesos alienantes (problema
claramente definido por autores como Agnes Heller); lo que se está
afirmando es la necesidad de resolver un ángulo de lectura que atienda los
m~canismos del desbloqueo. Cuestión que a nuestro juicio no será concebible
mientras no se supedite la lógica de la reproducción, el moldeamiento y la
adaptación a una búsqueda guiada por la necesidad de formular las condi-
ú:r experiencia en la constrncción del conocimiento social O 81

ciones que hagan factible convertir en realidad concreta las posibilidades de


los sujetos en el marco de sus situaciones vitales.
Organizar la reflexión sobre el conocimiento desde la lectura de las
premisas anteriores impone, en consecuencia, la exigencia de acuñar nocio-
nes y espacios de experiencias de conocimiento, sin caer en el campo de las
definiciones limitadas a realidades unívocas y a racionalidades excluyentes,
ni perderse en una multivocidad sin horizontes.
En oposición consideramos que un posible giro a la racionalidad
científico-cultural de nuestra época radica en el esfuerzo de reapropiarse de
los saberes y experiencias acumuladas en la compleja trayectoria humana,
con todo y lo ambiguo que esto pueda parecer. Un esfuerzo de reapropiación
que permita extraer el zumo de esas fuentes que tan contradictoriamente han
abierto pero que también han cerrado las puertas a otras formas de hacer el
mundo. Un esfuerzo que, libre de condicionamientos en sus realizaciones
particulares, tenga como eje imperativo la exploración de opciones para el
florecimiento de las plenitudes humanas; por tanto, una reapropiación del
pasado y del presente que no sólo nos permita pensar, describir y compren-
demuestras circunstancias, tal y como nos son dadas, sino que eleve al rango
gnoseológico el impulso de configurar ventanas por donde vislumbrar
fronteras que puedan devenir en prácticas concretas.
Desafíos que de nuevo hacen tangible los espíritus y realizaciones de
esos razonamientos de umbral de Morin, Zemelman y Morris Berman
quienes, entre otras voces antecedentes y coetáneas, han sembrado las
semillas para afrontar las dificultades de proyectar y vivenciar experiencias
de conciencia desde las exigencias fundamentales de la transformación de
los sujetos, de tal suerte que con el arrastre de sus bloqueos y cegueras y el
empuje de sus potencialidades puedan enriquecer y, en su momento,
modificar sus modalidades de definición ante el mundo y ante sus propias
vidas.
Finalmente queremos señalar que no estamos reivindicando el
voluntarismo, que parece ser el último reducto al que nos ha confinado la
degradación ética e intelectual, por bellos que sean sus ropajes, ni creemos
que es fácil convocar energías constructoras de utopías en una sociedad
desencantada como la nuestra. Pero estamos seguros de que si algo nos ha
librado de la aniquilación y de la muerte es el sentido heroico de impulsar
desde la propia conciencia personal los lazos con otras individualidades que
pugnan por romper sus ataduras, comprometiéndose a trabajar con seriedad
en sus propias experiencias.
Así, preferimos encadenarnos al espíritu de un romanticismo que se da
por superado, encadenarnos a la locura de esos meta-relatos, para muchos
obsoletos, que cantan la victoria del hombre sobre sí mismo, ya que, como
diría Miguel de Unamuno en su plegaria al Quijote: "Mejor que investigar
82 O Emmn Leó11 Vegn

si son molinos o gigantes los que se nos muestran dañosos, seguir la voz del
corazón y arremeterlos, que toda arremetida generosa trasciende del sueño
de la vida. De nuestros actos, y no de nuestras contemplaciones, sacaremos
sabiduría. ¡Suéñanos, Dios de nuestro sueño!" (Unamuno, 1961, p. 225).

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Estructuralismo y positivismo en tiempos
de la posmodernidad

Enrique de la Garza

El estructuralismo y el positivismo, como escuelas de pensamiento,


dominaron en las ciencias del hombre hasta la década de los sesenta. Desde
entonces, la crítica hermenéutica, fenomenológica del posestructuralismo y
finalmente del posmodernismo los llevaron a ocupar un segundo término.
Sin embargo, la polémica epistemológica o de la gran teoría social no es
sincrónica con la de la metodología, el estilo y la técnica de la investigación,
ni con las de las teorías sociales o sus disciplinas regionales.
En este ensayo se presentan las mediaciones entre epistemología,
metodología, estilos y técnicas de la investigación. Para América Latina, los
desfases entre los niveles mencionados se manifiestan en el surgimiento, por
un lado, de la posmodernidad y, por el otro, en el nivel de las teorías sociales
regionales, en un estructuralismo propio de los años cincuenta. Por último,
se reflexiona acerca de las posibles alternativas a este desfase, que no
coinciden con el inmovilismo posmoderno.

Las mediaciones entre epistemología, metodología, técnicas


y estilos de investigación

El positivismo lógico intentó identificar una forma de razonamiento


(reducido a la lógica) con la metodología. Su propuesta más elaborada se
presentó en el método hipotético deductivo, que en su última fase se
identificó con la teoría de los dos niveles del lenguaje científico de Carnap.
La pretensión fue convertir todo el proceso de investigación en una lógica
estricta igualando, con ello, el proceso de investigación con la lógica de la
investigación científica.
Esta identificación limitó las soluciones positivistas de los problemas
metodológicos. La teoría perfecta sería la teoría (modelo) standar (sistema
de proposiciones vinculadas entre sí en forma deductiva y cerrada
semánticamente); la relación entre teoría e hipótesis debería ser deductiva,
afirmando con ello una función deductiva para la teoría en el proceso de
investigación; la relación entre enunciado sintético y observacional, según
la formulación de Carnap, debería ser deductiva para poseer en primer lugar
un sentido empírico; el dato empírico sería, además, un supuesto, algo dado.
Pero este gran proyecto de identificación entre epistemología y meto-
86 O Enrique de la Garza

dología fracasó en su intento de reducción logicista. Al final de su vida,


Hempel reconoció que no era posible diferenciar tajantemente la ciencia de
la metafísica (Stegmuller, 1978). Las teorías reales sólo se asemejaban
parcialmente a los sistemas hipotético-deductivos. Fue en la década de los
setenta cuando se reconocieron las relaciones entre los conceptos de
diversos niveles de claridad, e incluso los términos cargados de valores (cf.
Varios autores, 1988); las relaciones entre teoría e hipótesis son más
complejas que la simple deducción. Las hipótesis más importantes para la
ciencia no eran simples justificaciones de lo contenido en las teorías
acumuladas. En su formulación aparecían aquellas operaciones que Popper
había calificado como no racionales (en el sentido restringido de la lógica
deductiva; Popper, 1975); la teoría de los dos niveles del lenguaje de Carnap
era una camisa de fuerza para la investigación. Su fórmula se transformó en
la propuesta de que un enunciado sintético tendría sentido empírico sólo si
era traducible a un lenguaje empírico, reconociéndose que la ciencia trabaja
sólo con conceptos parcialmente interpretados y que las reglas de correspon-
dencia entre lenguaje teórico y observacional son incompletas, además de
las dificultades para definir al enunciado empírico (la solución inicial
hablaba de una correspondencia inmediata: un enunciado será empírico
nada más si se obtiene de hechos observables). Sin embargo, no hay una
teoría de la observación aceptable en el sentido positivista. El dato empírico
como "concepto básico no definido" no es unívoco, va de la percepción
directa a la indirecta con instrumentos (Bachelard, 1975) y, por tanto, el dato
empírico no es necesariamente lo dado inmediato. Además, se reconoce que
el dato empírico moviliza inevitablemente conceptos y términos; no hay
sensación pura (Goldmann, 1975) y el recorte empírico también depende de
los conceptos teóricos manejados (Fayerabend). Es decir, estamos lejos de
las concepciones positivistas iniciales que consideran lo empírico como
reflejo de lo externo inmediato en la mente del observador y se imponen las
que lo consideran como una forma de la relación entre el objeto y el sujeto.
Dato con una doble tensión en su construcción, ya que viene por un lado de
la teoría o de los conceptos teóricos que presionan a cierto recorte de lo real
empírico y, por el otro, de la realidad externa del observador. En otras
palabras, las determinaciones del dato son en parte teóricas, y en parte
histórico-sociales. Los problemas relacionados con lo anterior serían las
relaciones entre el dato y el significado subjetivo, con discurso, personali-
dad, clase social, biografía, con epistemología del sentido común, así como
el problema de su estructuración parcial en un campo para adquirir sentido
(de la Garza, 1988).
Las soluciones operacionales a la manera de Bridgman (cada magnitud
debería definirse por procedimientos u operaciones) también resultaron
insatisfactorias para el problema de los dos niveles del lenguaje científico.
fatructuralismo y pn.vitivi.vmo en tiempo.v de la po.mwdenridad O 8 7

No fue posible operacionalizar todos los conceptos de la ciencia, ni tampoco


la ciencia operacional fue la más fructífera (el conductismo, por ejemplo);
lo que cambió finalmente fue la filosofía de la ciencia, aceptando conceptos
teóricos no interpretados, perfiles epistemológicos (Bachelard) y redes
teóricas (Moullines).
Las propuestas que prosperaron en el nivel metodológico sobre cómo
traducir lo teórico en observacional no siguieron el logicismo positivista
ortodoxo sino que se hicieron a la manera de Lazarsfeld (Boudon/Lazarsfeld,
1966) con sus incertidumbres en cuanto a la validez de los indicadores.
Otro tanto se podría decir sobre las polémicas clásicas como la de la
verificación-falsación, en el plano epistemológico. Popper superó a los
positivistas, pero la reducción del proceso de investigación al nivel de la
lógica del Tolendo tollens era insuficiente para hacer ciencia. Los científicos
siguieron verificando y las críticas rigurosas de Popper a la estadística no
mellaron las investigaciones empíricas que seguían este camino. Es decir,
esta epistemología como forma de razonamiento (se le considera reducible
a la lógica deductiva), en una investigación concreta tiene otro nivel
metodológico relacionado con el proceso de investigación. Dicho proceso
no sólo implica una serie de etapas parcialmente determinadas por la forma
de razonamiento, sino una serie de problemas y soluciones que no son
estrictamente epistemológicos (por ejemplo los solubles por la deducción),
ni son sólo las dificultades menudas de cada investigación. Se trata de una
primera mediación entre epistemología e investigación específica. Estas
relaciones no son una simple aplicación de la epistemología en las ciencias
sociales por varias razones:
1) Las teorías sociales que aplican los científicos conllevan supuestos no
necesariamente compatibles con un paradigma epistemológico puro. Es
decir, aunque los paradigmas epistemológicos han influido en la forma de
las teorías sociales, su creación en general no ha corrido a cargo de los
epistemólogos sino de aquellos que por buenas o malas razones se han visto
obligados a ser heterodoxos, respondiendo a varias tradiciones de reflexión;
a formas de razonamiento que se entrecruzan pero no se empatan comple-
tamente. Por ejemplo, las relaciones entre el funcionalismo estructural, el
positivismo o la hermenéutica no son lineales.
2) Los científicos sociales son los principales generadores de propuestas
metodológicas a partir de reflexiones filosóficas más generales, pero tam-
bién de la práctica de sus disciplinas. El caso de Lazarsfeld es claro al
respecto. Él es un científico social con amplia experiencia en la investiga-
ción empírica. A pesar de la influencia de los dos niveles del lenguaje
científico, no puede aceptar la propuesta de relación deductiva ni operacional
entre los dos niveles, y no por una diferencia epistemológica con el
positivismo, sino por la imposibilidad práctica de realizarlo. Su propuesta
88 O Enrique de la Garza

alternativa no tiene el rigor logicista, aunque es más sistemática que una


simple imaginación o intuición. Con ello Lazarsfeld introdujo nuevos pro-
blemas en la misma epistemología.
3) Además de la difícil mediación metodológica, con la epistemología
y, a veces, con sus propias soluciones y problemas particulares, es común el
desfase entre la polémica epistemológica y la metodológica. La crítica de
Popper al positivismo es irrefutable desde su propuesta logicistade falsación;
pero, como dice Boudon, no hay científicos falsacionistas y la adhesión a sus
hipótesis se parece más a los cinturones de protección de Lakatos que a
ninguna racionalidad instantánea. Esta situación se puede ilustrar con el
desarrollo metodológico de la sociología norteamericana en este siglo: en la
década de los veinte fue muy empirista y operacionalista, coincidente con
el primer positivismo lógico que exigía que los conceptos tuvieran referen-
tes empíricos inmediatos. En las décadas de los años cuarenta y cincuenta,
la teoría de los dos niveles del lenguaje científico influye a Lazarsfeld en su
propuesta de conceptos manifiestos y latentes; posteriormente, para los
años sesenta, la teoría de los modelos de Blalock transformó la sociología
americana y la sociología en general en hipotético-deductiva. No hay en esta
historia una correlación entre los ritmos de la polémica epistemológica y los
de la metodológica; el falsacionismo no tuvo repercusiones importantes en
este caso y las críticas de Kuhn en los años sesenta influyeron diez años
después en Norteamérica, contribuyendo a la crisis del positivismo y del
funcionalismo estructural (además de muchos otros factores que también
influyeron sobre esta crisis; cf. Alexander, 1990).
El problema del desfase entre la epistemología y la metodología no
obedece simplemente a la falta de comunicación. Sobre el desfase influyen
las segmentaciones que ha sufrido el conocimiento social y sus vínculos
diferenciados con los poderes. Por ejemplo, la ciencia económica tiene una
relación más estrecha con los poderes estatales que la antropología o la
sociología; en esta medida, los virajes estatales la impactan más directamen-
te, o bien contribuyen a mantener puntos de vista que en un nivel más
abstracto están desprestigiados. Es notable la impermeabilidad de la econo-
mía con respecto de estas polémicas epistemológicas o en las grandes teorías
sociales; la persistencia de los modelos neoclásicos o su transformación
sólo por ciertas vías, como las expectativas racionales, y no por la
hermenéutica, por ejemplo.
Otro tanto podríamos decir del impacto diferenciado de los fracasos
explicativos o predictivos de las ciencias sociales. Algunas ciencias sociales
han adquirido un carácter tan instrumental que su fracaso en términos de
eficiencia explicativa o predictiva las puede afectar directamente. En
cambio, otras están relacionadas con modos menos instrumentales o de
poder, y su fracaso es menos contundente.
Estructuralismo y positivismo en tiempos de la posmodernidad O 89

Finalmente, la especialización de las ciencias sociales y su desprendi-


miento interno en múltiples segmentos han hecho difícil la comunicación
entre las ciencias, la epistemología y la metodología. Las comunicaciones
han seguido, en la mayoría de los casos, el camino de los grandes teóricos
de la disciplina, que han servido como punto de enlace. Sin embargo, en ellos
se realiza una selección epistemológica y una creación metodológica que
contribuye con la impresión de compartimientos estancos; el positivismo
que aceptaban los conductistas era sobre todo la interpretación y recreación
de la teoría de Skinner.
Estas relaciones complejas se completan con la existencia de otros dos
niveles además del epistemológico y el metodológico: el de la técnica de la
investigación (recolección de información, sistematización y análisis de
datos), y el que llamaremos el nivel de los estilos de investigación.
Las técnicas de recolección y análisis de información no son neutrales,
en el sentido de que no tengan supuestos epistemológicos; sin embargo,
entre epistemología y técnica hay también mediaciones que surgen en parte
de los supuestos de realidad de las teorías con las que ciertas técnicas se han
identificado. Por ejemplo, la diferencia entre un supuesto empírico como
válido en sí mismo contra la necesidad de reinterpretarlo se refleja en
preferencias técnicas (cuestionario cerradoversus entrevista interpretativa);
pero, dependiendo de la teoría social adoptada, la entrevista interpretativa
puede seguir un camino psicoanalítico en la interpretación e incluso en la
forma (Rorschach, apercepción temática, etcétera) u otro (observación
empática, análisis interpretativo del discurso). En el caso del cuestionario,
no es lo mismo pensar una realidad atomizada en donde lo social es la suma
de los individuos, a considerar que éstos se encuentran en un "campo", que
el dato de un cuestionario cerrado no vale en sí mismo sino a partir de una
interpretación gestaltiana del conjunto de las respuestas. La existencia de
mediaciones entre la epistemología, la metodología y las técnicas de la
investigación contribuye a la aparente autonomía de las técnicas y a su
aplicación acrítica, en particular de la estadística. En ésta, además de haber
supuestos de realidad y conocimiento posibles de desentrañar, hay una
mediación adicional que es la que viene de la lógica de las matemáticas, tal
como se ha generado, pensando sobre todo en necesidades de las ciencias
naturales. Esta mediación impone un "alejamiento" difícil de retomar si se
piensa en las dificultades que tendría la creación de "otra matemática".
Entre los niveles que hemos analizado (epistemología, metodología y
técnicas) no existe la coherencia deductiva que todavía algunos creen; hay
coherencia junto a discontinuidades en los supuestos, verdaderas
"hibridaciones lógicas". Estos híbridos de supuestos epistemológicos, solu-
ciones metodológicas, preferencias técnicas y conceptuales, conforman en
las disciplinas sociales estilos de investigación, que son síntesis parciales
90 D Enrique de la Garza

entre opciones de los niveles mencionados. Estas síntesis no son totalmente


coherentes en el sentido lógico, aunque también podríamos pensar que no
cualquier mezcla puede ser un estilo. Habría algunas incompatibilidades
básicas que reducen las posibilidades de síntesis con todo y sus incoheren-
cias. El ejemplo de la disciplina que seguiremos en las páginas que siguen
puede servir para ilustrar la diferencia entre paradigma epistemológico,
opción metodológica y técnica con estilo de investigación. Para los estudios
laborales en América Latina hemos identificado tres estilos: el cronologista,
el cuantitativista y el antropológico.
Así como la metodología y la técnica mantienen autonomía relativa con
respecto a los paradigmas epistemológicos, también los estilos la poseen.
Un estilo es una forma específica de hacer investigación en una disciplina
que tiene su propio dinamismo, aunque también establece comunicación
con los otros tres niveles. El estilo no cambia automáticamente cuando la
epistemología, la metodología o la técnica que sintetiza entran cada una de
ellas en desprestigio. Un elemento que permite cierta autonomía del estilo,
además de los señalados para la metodología y la técnica, es la forma de
aprendizaje de muchos investigadores que hacen ciencia. Nos referimos al
importante papel de la analogía en la forma concreta de investigar. Indepen-
dientemente de la formación epistemológica o metodológica que tengan los
investigadores, es común que éstos decidan su estrategia de investigación
-en cuanto al estilo- a partil' de otras investigaciones semejantes, por
ejemplo: investigar la dependencia entre la propensión a la huelga en
América Latina y las variables de ingreso real, el crecimiento del producto,
la tasa de desempleo, etcétera, tal y como se hacía en los países sajones en
los años cincuenta. La propensión a la huelga, forma importante de la acción
obrera, dependía de situaciones estructurales expresadas en variables como
las señaladas anteriormente y de un supuesto estructuralista que dice que la
situación determina la acción social. Además de que la mediación cuantita-
tiva es parte de un criterio cicntificista (aunque congele la acción al indicar
el número de huelgas), y el proceso de investigación debería ser de tipo
hipotético-deductivo. Quien procede de esta forma no ahonda en las gran-
des polémicas epistemológicas o teóricas (por lo general, no está bien
enterado de éstas o no tiene tiempo de profundizar y adopta estilos legítimos
de investigación que, a pesar de sus evidentes limitaciones, no serán
rechazados de inmediato por una comunidad científica ni por instituciones
que compartan el "valor" del estilo o lo consideren como científicamente
legítimo).
Un problema adicional que afecta la hibridación lógica --o si se
prefiere, en forma más amplia, las formas de razonamiento-, al pasar de la
epistemología al estilo de investigación por niveles metodológicos y técni-
cos, es la diferencia en el desarrollo de los diferentes paradigmas
E.rtructurali.rmo y pmitivi.nno en tiempo.~ de lo posmodernidad O 91

epistemológicos como para influir o generar respuestas en los cuatro


niveles. Esto provoca con frecuencia que las soluciones de un nivel no sean
necesariamente las que se derivarían del paradigma por el que se ha optado,
sino que son influidas por el dominante o el más desarrollado. Éste ha sido
el caso del marxismo, entre otros, en el siglo XX. Un paradigma con
supuesto de realidad y conocimiento que puedediferenciarsedel positivismo,
sin embargo, por razones históricas, incapaz de generar soluciones a otros
niveles (en este sentido, las propuestas neomarxistas de Zemelman apuntan
en un sentido metodológico hacia nuevos problemas epistemológicos para
el marxismo y la posibilidad de desarrollo paradigmático, cf. Zemelman,
1991). Así, el positivismo impuso como "problema general de toda
metodología" el de la estructura y la función de la teoría, el origen y la
estructura de las hipótesis; la relación entre concepto teórico e indicador y
proceso de verificación. Sin embargo, sin desconocer que estos problemas
pueden sobrepasar a su creador en una forma de razonamiento alternativo,
como la cuestión reconstructiva que propone Zemelman, en ésta aparecen
temas que no existen en el primer paradigma; y cuando los problemas son
compartidos, las soluciones no tienen porqué identificarse: problema-
problematizaciórr, concepto ordenador, relación potencial, descripción des-
articulada, potenciación de articulaciones, y reconstrucción de la totalidad
concreta. En este último caso, también surge un problema en la relación del
concepto y el indicador que contribuye a la reconstrucción del concepto y
potencia relaciones más que verificarlas; además, no hay intención de vol ver
a la tradición deductiva, si no se partiría de las nociones de significado
contextualizado del indicador (no universal) y de las diferencias en los
niveles de abstracción entre concepto teórico e indicador, que suponen
mediaciones entre ellos y no la simple deducción.

Los desfases entre epistemología, metodología y teoría social en


América Latina

Los flujos y reflujos de las grandes corrientes epistemológicas,


metodológicas y de las teorías sociales han estado presentes en América
Latina, pero con desfases y características particulares, y con capacidad de
creación o recreación limitadas a ciertas disciplinas o períodos. También los
desfases se han caracterizado con regularidad por la falta de "conciencia
epistemológica" y por la ausencia de vínculos entre la metodología, la
técnica y las teorías sociales (de la Garza, 1988).
Durante los años cuarenta, la llegada de los exiliados españoles a
América Latina trajo consigo el historicismo y el existencialismo, que ya
venían empapados de las tradiciones anlipositi vas anteriores. Estas influen-
92 D Enrique de la Garza

cias europeas elevaron el rigor en la polémica filosófica y en la teoría social.


Sin embargo, esta discusión historicista con el positivismo era atrasada, se
postulaba en contra de Comte y de Mills, pero poco tocaba al poderoso
positivismo lógico y a la sociología empírica. Las críticas al positivismo en
el plano filosófico no proporcionaron una alternativa de investigación. En
esos años también llegó la sociología empírica con sus técnicas sin polémi-
ca, abierta hacia la hermenéutica porque actuaban en planos diferentes:
manuales de investigación versus manuales de epistemología.
Hacia la década de los cincuenta, la disputa soterrada entre la her-
menéutica y el positivismo en la investigación social parecía ganada por el
segundo: individualismo metodológico y behaviorismo. El conductismo
operacionalista se imponía como criterio científico. El método hipotético-
deductivo sentó sus bases en la región. Sin embargo, salvo excepciones, la
enconada polémica dentro del propio positivismo lógico o de la metodología
empírica norteamericana se asimiló poco en América Latina. Hacia los años
sesenta, las críticas de Kuhn o de la escuela de Frankfurt al positivismo
todavía no llegaban; es decir, en la investigación social, el positivismo se
impuso a la hermenéutica como razón instrumental en la investigación
empírica, pero tuvo su auge en América Latina cuando su país de origen
entraba en crisis.
Por razones principalmente políticas y teóricas, a partir de los años
sesenta nació el dependentismo latinoamericano como la creación original
más compleja hasta ahora. En América Latina esta gran teorización alcanzó
momentos de sofisticación conceptual desconocidos hasta entonces; sin
embargo, su desarrollo en los planos epistemológico, metodológico y
técnico fueron muy desiguales. La fuerte inspiración marxista del
dependentismo no se compaginó con la discusión metodológica, que en
Europa fue muy rica durante los sesenta y la primera parte de los setenta. A
lo sumo, muchos adoptaron el concepto de totalidad en los análisis históri-
cos sin una incorporación compleja de la polémica europea sobre el tema.
De nuevo en América se saltaba de un paradigma a otro sin claros ajustes de
cuenta epistemológicos (ajuste que sí funcionaba con respecto a la teoría de
la modernización de inspiración funcionalista o al estructuralismo de la
CEPAL). Durante los setenta se abandonó la polémica internacional en este
plano: por ejemplo, la crisis del positivismo, del funcionalismo y el
estructuralismo, así como las críticas de izquierda y derecha a estos
paradigmas en los países desarrollados. Esta polémica regresó a principios
de los ochenta a América Latina cuando el dependentismo declinaba. Es
decir, durante el rico período dependentista, la discusión teórica no estuvo
a la altura de la epistemológica, la metodológica o la técnica, y sobrevino una
suerte de aislamiento con respecto a lo que en esos temas se debatía en los
países avanzados (con excepción de una parte de la polémica del marxismo).
Estructuralismo y positivismo en tiempos de la posmodernidad O 93

Aunque el espíritu del dependentismo no ha desaparecido en América


Latina, es notoria su crisis teórica: no ha sido capaz de una recreación
conceptual en más de diez años; no ha podido comprender la globalización
en América Latina; tampoco pudo predecir la suerte de las dictaduras en la
región ni sus vínculos con las nuevas fuerzas políticas y sociales fueron
fuertes, y además se quedó pasmado frente al advenimiento del
neoliberalismo. Es decir, desde los ochenta no ha habido en América Latina
un paradigma teórico de la amplitud del dependentismo. Se han importado
las polémicas de los países desarrollados, sin el auditorio anterior.
En este momento de crisis del dependentismo y de las sociedades
mismas latinoamericanas durante los años ochenta, aunado a la ausencia de
sujetos hegemónicos portadores de propuestas viables, aparece el
posmodernismo. Los intelectuales posmodernistas latinoamericanos no son
los que elaboran las políticas económicas neoliberales sino los decepciona-
dos con el socialismo de la clase obrera, y que han roto con los ideales de la
juventud progresista de los setenta. Su posmodernidad, más que resultado
de una nueva investigación rigurosa, es un estado de ánimo; una serie de
impresiones elaboradas con fórmulas importadas mal adaptadas para Amé-
rica Latina. Así, el vivir en lo sincrónico y la ausencia de futuro en los
europeos, se convierte en el pesimismo de no poder salir de la crisis, del
atraso y de la marginación. El individualismo y el hedonismo posmoderno
europeo se traduce en la incapacidad de los marginados para elevarse de su
particularismo y crear grandes sujetos; el hedonismo se convierte en
masoquismo.
La fragmentación evidente de sujetos, fuerzas políticas y sociales y su
incapacidad de imponer proyectos viables se ve como característica de una
nueva sociedad que es en parte premoderna, en parte moderna y también
posmoderna. El fracaso del desarrollismo en América Latina se asimila con
el derrumbe de la idea de modernidad, de progreso y de desarrollo (Bartra,
1990). La fragmentación es evidente, provoca impresiones catastróficas
más que el establecimiento del reino de la libertad y de la máxima elección.
Sin embargo, la impresión de la fragmentación pos moderna en América
Latina y la ausencia de futuro opera más para las fuerzas que fueron de
izquierda que para la nueva derecha. Ésta ha ido imponiendo el neoliberalismo
como el gran discurso, que en varios países se ha vuelto hegemónico y que
no tiene el componente de fragmentación discursiva ni de crisis de la ciencia
de la posmodernidad. Para las disciplinas sociales, además de algunas
influencias posmodernas o neoliberales que han recibido, hay, más bien, una
vuelta al positivismo de los setenta y al estructuralismo situacionistas;
ambas corrientes se encuentran en crisis desde hace tiempo a nivel interna-
cional. Trataremos de ilustrar estos atavismos y sus orígenes mediante los
estudios laborales en América Latina.
94 O Enrique de la Garza

El estructuralismo y su crisis

El estructuralismo, en sus diversas formas, dominó las ciencias sociales


a lo largo de las décadas de los cincuenta y los sesenta, y aunque entró en
crisis a partir de esta última sigue teniendo cierta presencia en las disciplinas
sociales con el análisis del discurso, la psicología, la economía y las diversas
especialidades de la sociología (Goldmann, 1975). El descrédito del estruc-
turalismo entre las grandes teorías sociales no necesariamente se compagina
con el de las especialidades, por las mismas razones expuestas al inicio de
este trabajo.
La definición de estructuralismo tiene el problema de todo concepto que
abarca formas muy diversas, sin embargo, una estrategia puede ser la de
abandonar la definición del concepto per se y exponer una definición en
función del problema que interesa. El problema central de la teoría social
hoy es el de los vínculos entre estructuras, subjetividades y acciones so-
ciales. En este sentido, el estructuralismo partiría de la idea de realidad
constituida o bien racionalizable en términos holistas; ese todo tendría
partes identificables, con relaciones definidas entre ellas, de tal forma que
el funcionamiento del todo no podría abordarse por sus componentes
aislados sino por el conjunto mismo. Además, la modificación de un
elemento traería como consecuencia el cambio para todo el conjunto. Por
otra lado, habría mecanismos de autorregulación de las estructuras que no
anulan la idea de cambio social, sino que la remiten a las alternativas
combinatorias de elementos de la estructura. Finalmente, el cambio resul-
taría tensionante en las propias estructuras (Viet, 1968).
Desde el punto de vista que nos interesa, el problema para el
estructuralismo consiste en que las estructuras determinan en última instan-
cia las subjetividades y acciones colectivas. Si lo que llamamos subjetividad
es una estructura más, existen, por ende, estructuralismos menos
deterministas, como el de Parsons, en el cual el actor puede elegir entre las
alternativas estructurales. Por lo tanto, lo que nos interesa del estructuralismo
es su determinación sobre la subjetividad y la acción, que coincide con lo que
Touraine llama situacionismo.
Las críticas al estructuralismo han sido muchas. En el plano epistemo-
lógico y teórico, el posestructuralismo vaen contra del concepto estructuralista
de la teoría estándar: sistemas axiomático-deductivos interpretados a través
de las reglas de correspondencia semánticas que conectarían conceptos
teóricos y observacionales. La crisis de este concepto parte de los años
sesenta (Putman, Kuhn, Suppes, Hanson, Toulmin, Fayerabend). Por ejem-
plo, para Sneed (1988) las teorías no sólo son conjuntos de enunciados
formando sistemas deductivos sino también entidades no lingüísticas que
pueden reconstruirse como conjuntos; o bien, la crítica de Putman (1988) a
fatructurali.<mo y positivi.tmo en tiempo.t de la po.tmodernidad O 95

la distinción entre enunciado observacional y teórico tomando en cuenta que


los términos observacionales son a su vez abstracciones y sirven para
referirse a hechos inobservables (la investigación, por lo tanto, no procede
de arriba hacia abajo sino en todas direcciones); o la de Suppes ( 1988) que
señala que no han encontrado ninguna teoría científica que tenga una
estructura estándar estricta; o la de Moullines ( 1988) con su concepto de red
teórica: una red teórica científica tendría la estructura de una red arbórea.
Los nódulos serían estructuras complejas definibles por conjuntos. Un
elemento teórico de una red contendría aspectos formales, semánticos,
pragmáticos, sociológicos e históricos.
En las obras de Foucault (1970), Deleuze o Guattari se abren otras
perspectivas con conceptos metodológicos y teóricos importantes. Es el
caso de la discontinuidad de Foucault que rompe con las ideas de totalidad
sin caer en la fragmentación posmoderna total; así, se impone como
problema el descubrir encadenamientos más que suponerlos, además de
concebir éstos con diversos grados de fortaleza, en contraste con el estruc-
turalismo y el positivismo.
La posmodernidad también ha apuntado en.contra del estructuralismo,
sobre todo en su teoría o visión holista del mundo. Su alternativa es la
fragmentación del yo, de la cultura, del sujeto, y de los proyectos. Su crítica
a la ontología del todo articulado (sea como esencia o como modelo
característico del estructuralismo) es loable, al igual que a la rígida determi-
nación de las estructuras totales sobre los individuos, el imperialismo de la
epistemología y la metodología, así como a las ciencias positivistas que
quisieron imponer su razón a todo el conocimiento científico con su
pretensión de deslindar ciencia y metafísica (Lyotard, 1988; Vattino, 1989;
Picó, 1990). [Sin embargo, como veremos más adelante, la posmodernidad
no es la única alternativa para el estructuralismo y el positivismo].
Finalmente aparece el neoutilitarismo, la versión moderna del hombre
racional que optimiza y retoma las teorías económicas clásicas. Este
renacimiento toma dos formas: la primera, a través del reconocimiento de
que no toda acción es racional (Misses, 1975), pero como ésta resulta
compleja y no sujeta a la teorización, se deja al empirismo lo que debería
desentrañar la ciencia social. La otra forma que ha tenido mayor impacto en
los ochenta también deja de considerar que las acciones sociales son
totalmente racionales (falta de información, etcétera, lo evitan); pero se
supone acción racional el hecho de construir teoría. Lo mismo ocurre para
las optimizaciones. En este sentido, dice Elster ( 1988) que el actor racional
puede ser muy irracional. Partiendo de este supuesto el actor es considerado
utilitarista, sin raigambre social propiamente dicha (por ejemplo, las moral),
y lo social no es en todo caso sino un recurso estratégico que el actor utiliza
en su enfrentamiento con los demás para obtener ciertos fines. Bajo esta
96 O Enrique de la Garza

perspectiva, no es que la sociedad determine la subjetividad y la acción, sino


que el actor adopta una subjetividad, emprende una acción y utiliza estraté-
gicamente los recursos sociales para optimizar sus ganancias.

El estructuralismo en América Latina: el caso de los estudios


laborales

El estructuralismo también llegó a América Latina en los años cincuen-


ta, en consonancia con el funcionalismo dentro de la sociología y las ciencias
políticas, y el estructuralismo latinoamericano en la economía. A través del
funcionalismo de Gino Germani y Torcuato Di Tella en los estudios
laborales, se importaron las perspectivas sajonas en las décadas de los
cincuenta y los sesenta. De acuerdo con ellas, la sociología laboral se
preguntaba por qué el conflicto obrero-patronal en aquellos países es
frecuente en unas industrias y no en otras. Las explicaciones más comunes
decían que por las diferencias en el mercado de trabajo, por las diferencias
en el producto, por la política y las actitudes de los sindicatos y trabajadores;
por las relaciones humanas en los lugares de trabajo, por la negociación
colectiva o por la influencia de personalidades dominantes. Excepto la
última de estas explicaciones, que remite al concepto weberiano de carisma,
todos los demás factores recibieron tratamientos estructuralistas a través de
la cuantificación de variables continuas o bien de formas que no dejaban de
ser, en actitudes o políticas sindicales, estructuras a las que correspondían
formas de acción o intensidades en el conflicto. Por su parte, Kerr y Siegel
(Kerr/Siegel, 1954) pensaron alternativamente, por ejemplo, que lo que
determinaba el conflicto obrero-patronal no era tanto las posiciones en el
trabajo o en el sindicato sino las de los trabajadores en la sociedad. La
integración comunitaria o en asociaciones traería menos conflictos. Rees
(Rees, 1954) pensó que hay una relación entre el conflicto industrial y el
ciclo económico; la huelga sería por lo tanto una decisión estratégica y no
emocional. Cuando se analizaba la "propensión a la huelga" en particular,
se manejaban las siguientes hipótesis como las más importantes:
1) La propensión a la huelga está determinada por la posición de los
trabajadores en la sociedad. Las masas obreras aisladas (mineros, marinos)
viven en comunidades separadas, tienen sus propios códigos, mitos, héroes
Y modelos sociales. Tienen los mismos problemas, el mismo trabajo y
experiencias, poca movilidad, patrones ausentistas y el sindicato es como un
partido político, por tanto la huelga es semejante a una revuelta colonial.
Habrá en consecuencia mayor propensión a la huelga cuando el grupo
trabajador sea más homogéneo, esté más aislado y más cohesionado.
2) La propensión a la huelga está determinada por el carácter del trabajo
E.rtr11ct11ralismo y positivismo e11 tiempos de la 1,o.wn,,demidad O _~?}_

y del trabajador. La naturaleza del trabajo determina, por selección y


acondicionamiento, las clases de trabajadores y actitudes que están detn1s
de las causas del conflicto o de la paz fabril. Por ejemplo, un trabajo
inseguro, difícil, cambiante, descalificado y estacional que implique inicia-
tiva personal, traerá como consecuencia trabajadores viriles, combativos,
inconstantes y con mayor "huelguicidad".
En estos estudios estructuralistas-situacionistas se reconoce la influen-
cia de otros factores, pero todos ellos son también estructurales:
- La sensibilidad de las huelgas al ciclo económico.
- La elasticidad de la demanda del producto.
- El porcentaje que representa el trabajo en los costos totales.
- Las utilidades de las empresas.
- El tamaño de las plantas.
- El cambio tecnológico.
- El ambiente político.
- Las políticas de relaciones humanas.
- El tipo de negociación colectiva.
- La adhesión de los trabajadores a determinadas ideologías.
El caso más evidente de este determinismo estructural con respecto a la
acción social es la búsqueda de correlaciones entre huelga y ciclo económi-
co; ya sea en sentido negativo: la huelga como protesta, o en sentido
positivo: la huelga como acción estratégica. A mayor prosperidad se puede
conseguir más con una huelga.
En América Latina estas perspectivas llegaron a través de dos famosos
estudios (cf. Di Tella, 1969 y Di Tellaet al., 1967)cuyas tesis funcionalistas
venían de la escuela de Gino Germani. El primer trabajo partía de que el
lugar de trabajo era la fuente de la conciencia de clase y proponían una
tipología de sindicatos: de élites (narco-portuarios), ubicados en concentra-
ciones urbanas no muy industriales, con activistas ideologizados, con pocos
obreros calificados que dieran origen a programas revolucionarios, pero que
no pasaran fácilmente a la acción. El segundo tipo ttra el sindicato de masa
aislada (semejante a los que planteaban estudios ingleses o americanos
sobre las "ciudades fábrica"), propensos a la violencia aunque con menor
carga ideológica. El tercero era el sindicato paraestatal, situado en la
administración pública o en las empresas paraestatales que seguirían al
Estado en su política. Y el cuarto, el sindicato autónomo de masas, con dos
subtipos, el reformista pragmático y el reformista ideologizado.
En Sindicato y comunidad (Di Tella, 1969) se trató de explicar las
diferencias entre los obreros de dos minas en Chile -Lota y Huachipato-
a partir de sus contextos estructurales y de la dinámica interna del sindicato.
Por estructural se entiende la ubicación en el sistema general de estratificación
social (datos demográficos, ser inmigrante o no, de origen rural o urbano, Y
98 D EnriqrJe de la Garza

la estratificación ocupacional); también las diferentes posiciones en el


trabajo, así como las perspectivas de la carrera ocupacional, del ascenso
social y la satisfacción en el trabajo. Finalmente, la vinculación con grupos
primarios, entendido esto por el arraigo familiar, y los grupos de pertenencia
y de referencia. Cuando se refieren a la dinámica sindical en realidad
incluyen variables como la participación de los trabajadores en comisiones,
en asambleas; como funcionarios del sindicato, así como el conocimiento de
estatutos, y la identificación emocional e ideológica con el sindicato. Con
este complejo juego de variables se trata de establecer las relaciones
causales entre los niveles de ingreso y la calificación con respecto a las
rtctitudes o la mentalidad obrera, el grado de aceptación de los valores de la
sociedad dominante, o la participación en las actividades sindicales.
Se trata del situacionismo estructuralista que aunque incluye subjetivi-
dad y acción (participación sindical) tiende a congelarlos a través de
tipologías. El dinamismo de la acción se vuelve tipológico y se convierte en
estructuras y correlaciones. Las relaciones fluidas entre elementos de la
realidad son atomizadas y vueltas a vincular a través de la correlación
estadística. Sobre todo la subjetividad y la acción que aparecen como
estructuras diferenciables sólo por tipos. A cada combinación de estructuras
en determinados niveles le corresponde otra de subjetividades y "acciones".
Esta perspectiva estructuralista tuvo una corta vida en los estudios
laborales de América Latina. Su verdugo fue el dependentismo con su fuerte
influencia marxista (a veces también weberiana). En primer término hubo
un cambio de problemática, se pasó de la preocupación de la sociología del
trabajo o industrial sajonas y francesas, al estudio de las relaciones entre
sindicatos y Estado como problema central. Pero más que sindicato debería-
mos decir movimiento obrero, es decir, los grandes acontecimientos o
acciones colectivas que movilizaron con frecuencia a los sindicatos pero que
en otras ocasiones los trascendieron. Movilizaciones que aunque se origina-
ron por problemas laborales en América Latina, los sobrepasaron y se
volvieron político-estatales. El análisis de las relaciones históricas entre
sindicatos con regímenes populistas y los desarrollistas o militares fue
central. En algunos países como México comenzó a utilizarse el concepto
de corporativismo.
Otro componente importante de este análisis fue el compromiso político
con el cambio social. Al funcionalismo se le identificaba con la idea de
mantener el statu quo, o con su reforma gradual, y América Latina necesi-
taba cambios bruscos que no descartasen el conflicto entre las clases
sociales. El análisis sincrónico del funcionalismo laboral fue hasta cierto
punto sustituido por el histórico, aunque se insistía en el carácter "histórico-
estructural". De hecho, las estructuras eran un contexto en el que los actores
entraban en movimientos colectivos. El rechazo al positivismo, al funciona-
Estructuralümo y positivismo en tiempo.! de la po.imodemidad D 99

lismo y a su estilo de investigación, implicó también el de sus técnicas: el uso


de cuestionarios cerrados y el análisis por medio de la estadística.
En los estudios laborales se creó un nuevo estilo para la nueva proble-
mática: el cronológico. Su problema principal fue el de las relaciones entre
sindicato y Estado y un supuesto muy compartido, el del paso de la clase en
sí a la clase para sí. La historia como adquisición de una conciencia de clase,
pero la clase obrera incapaz de generarla por sí misma. Frente a esto, la
necesidad de los intelectuales portadores de conciencia, de los partidos o del
mismo Estado. Esta concepción tuvo detrás el concepto de un movimiento
obrero: la situación de las clases está dada estructuralmente, así como sus
contradicciones esenciales. Pero al ser incapaz la clase obrera de una
autogeneración de conciencia y de una acción consecuente, la responsabi-
lidad de los movimientos obreros tendría direcciones acertadas o erróneas.
Por lo tanto la historia se debería reconstruir a partir de los verdaderos
creadores de los cambios: los dirigentes, las organizaciones o los partidos,
y de sus concepciones, tácticas y estrategias, en comparación con los de otras
direcciones aliadas u opuestas. Por ello su técnica privilegiada fue el análisis
de la noticia periodística o de los documentos doctrinarios. La historia se
reconstruyó bajo un contexto estructural+ el análisis de las direcciones y sus
concepciones + la descripción de eventos colectivos que guiaron estas
direcciones a tomar una u otra posición. Evidentemente que esta perspectiva
tenía errores de fondo:
- Nunca explicó, ni siquiera en el ámbito del funcionalismo estructural,
cómo los conflictos en las estructuras se convierten en acción a través de una
visión del mundo. No profundizó en el concepto de estructura ni mucho
menos en el de subjetividad. ·
- No analiza cómo se da el choque y la asimilación discursiva entre base
y dirigencia.
- No expone la dialéctica entre movimiento y conciencia.
- No menciona los campos de la conciencia y sus relaciones con la
acción y las estructuras.
Se trató de una teoría pobre de acción, pero con una gran capacidad de
persuasión dado el contexto político existente en América Latina durante la
primera mitad de los años setenta. Esta perspectiva cronologista se derrum-
bó con las teorías de la dependencia, y las ilusiones de una generación a
principios de los años ochenta. Vivimos una nueva sensibilidad en América
Latina, al nivel de las grandes perspectivas entre la posmodernidad y el
neoutilitarismo. En el caso de las teorías sociales regionales o especializa-
das, se dan condiciones que pueden crear un desfase regresivo.
La crisis y la aversión al marxismo fortalecen la posmodernidad y el
neoutilitarismo, pero en otro nivel abren la posibilidad de regresar a un
estructuralismo superado hace tiempo en la gran discusión teórica. Este
_!_00 _O E11riq11e de la Garza

desfase regresivo también es apuntalado por la falta en América Latina de


un;i. conciencia epistemológica clara, o bien, por la ausencia de procesos
kuhnianos de superación de paradigmas. Éstos se han derrumbado más por
dificultades internas y por la relación con el contexto político económico
que por la lucha y el vencimiento del uno por el otro. Los resultados
epistemológicos nunca han sido suficientemente claros. En esta medida, una
vuelta al positivismo en cuanto a la metodología no parece improcedente en
las disciplinas particulares, considerando también que este nivel nunca ha
desaparecido en los países desarrollados. El positivismo y el estructuralismo
situacionista pueden imponerse en disciplinas especializadas si se retoman
los estilos de investigación más que si se sustituye de manera consciente el
marxismo por otro paradigma. En esos niveles renace la atracción por el dato
duro (a diferencia del ideologismo marxista), por la técnica rigurosa, y por
la ciencia positiva.
En los estudios laborales se volvió parcialmente a los años sesenta. Esto
se aprecia en las investigaciones sobre el movimiento obrero, la "desideo-
logización" a través del cronologismo cuantitativo, o en los nuevos estudios
de los procesos de trabajo o del mercado de trabajo, con los supuestos
situacionistas que dicen que las estructuras duras determinan las acciones y
las subjetividades. Este estructuralismo es también cuantificacionista por-
que se adopta el estilo cuantitativo (que conlleva un concepto de cientificidad),
en tanto que se reduce la realidad a variables cuantificables para ser
cmTelacionadas. Aunque la superficialidad epistemológica de aquel que
sigue simplemente un estilo no resuelve en este caso los siguientes proble-
mas de fondo:
- Cómo un conflicto en la estructura se convierte en acción (sólo se
llega a correlacionar).
- La estandarización de los datos para ser cuantificados, perdiendo con
esto especificidades que pueden ser importantes en la explicación.
- No resuelve el antiguo problema del isomorfismo entre el modelo
teórico y la lógica de las matemáticas.
- Tampoco resuelve el antiguo problema entre la respuesta individual
Y el mundo social (de la Garza, 1989).

Los retos de la reflexión social en América Latina: posibles salidas

Otra salida diferente a la posmodema o a la neoliberal para la reflexión


en las ciencias sociales tendría que reconocer, primero, que el derrumbe de
los Estados interventores en cualquiera de sus formas fue producto princi-
~almente de sus propias contradicciones (de la Garza, 1988). Sus crisis
fiscales, por ejemplo, llegaron a su límite a principios de los años setenta en
Estrucfuralismo y positivismo en tiem¡ms de la posmodernidad O I O1

asociación con una inflación alta que no permitió el crecimiento del


capitalismo. La globalización de la economía es parte de la nueva situación
internacional, así como la formación de grandes bloques económicos; en
esta medida, los procesos de internacionalización alcanzan ni veles descono-
cidos y las soluciones no pueden ser únicamente nacionales. La crisis en
América Latina se da, a su vez, como reestructuración de las relaciones
económicas, productivas y políticas. En esta reestructuración hay sujetos
sociales que decaen y otros que con dificultad comienzan a emerger.
Finalmente, la preeminencia de un proyecto alternativo no es totalmente
voluntaria, tiene parámetros económico-políticos, pero también agentes
potenciales que están cambiando.
Una alternativa podría reconocer como insostenible el supuesto de que
todo es articulado pero, en vez de la fragmentación universal, se podría
pensar que las conexiones no siempre existen aunque puedan construirse sin
ser totalitarias. En esta medida, no podemos enfrentar la fragmentación
empírica de sujetos actuales con la metafísica de los sujetos, aquellos que
están definidos a priori por su situación estructural. Sin embargo, la
dispersión actual puede ser sustituida por la articulación entre nuevos
sujetos, portadores de una utopía diferente a la neoliberal. Esta utopía
alternativa no puede ser la reedición del socialismo de Estado y en esta
medida sus contornos permanecerían bastante indefinidos hasta ahora. Es
decir, las opc;iones no se limitan al pesimismo posmoderno latinoamericano,
al cinismo utilitarista, o a la vuelta de concepciones ya superadas.
Con estas condiciones, la reflexión abstracta en sentido teórico,
epistemológico y metodológico, tendría que partir del punto más alto de la
discusión internacional: asumir la insuficiencia del estructuralismo y la idea
de razón científica del positivismo. El problema central seguiría siendo la
relación entre las estructuras, las subjetividades (como creación de identi-
dades colectivas vinculadas a la emergencia de sujetos) y la acción colecti-
va.
Pero la crítica al estructuralismo no necesariamente debe desembocar
en la desaparición del concepto de estructura (como en el "paradigma de la
identidad"). Las ciencias sociales del siglo XX han acuñado conceptos de
estructura a diferentes niveles que cabría recuperar, más que excluir. Desde
las vinculadas a la antigua idea marxista de infraestructura (relaciones de
producción, procesos de trabajo, relaciones de distribución, relaciones de
consumo y de reproducción de la fuerza de trabajo), hasta las estructuras
culturales, de la personalidad, de la representación o del discurso.
Las relaciones entre las estructuras y las subjetividades en muchas de las
tradiciones clásicas (hasta Parsons) se sintetizan en la idea de que la sociedad
se impone al individuo. Ésta le conforma su identidad y su subjetividad. En
el otro extremo (fenomenología), el individuo es visto como creador de su
102 O Enrique de la Gario

subjetividad pero ésta se reduce a la autorreflexión. Actualmente, caben


otras alternativas entre las identidades y las subjetividades determinadas por
la sociedad y su uso puramente estratégico sin raigambres sociales en el
neoutilitarismo.
Frente a las líneas de determinación del sujeto por la sociedad o el
individualismo metodológico, cabe rescatar laque parte de Hegel, y pasa por
Marx, Gramsci y la Escuela de Frankfurt en cuanto a la relación sujeto-
objeto. Para Gramsci, por ejemplo, los conflictos de las estructuras para
convertirse en acción tienen que sufrir forzosamente la mediación de la
visión del mundo (subjetividad). Pero estas subjetividades no tienen porqué
concebirse como homogéneas, pueden reconocer discontinuidades y con-
tradicciones. Además, se les puede encontrar en diferentes grados de
especificidad. Por otro lado, los procesos de creación (de subjetivación)
pueden concebirse en forma estática o en forma dinámica. Para la primera,
la tradicional, el mecanismo subjetivo dotaría de sentido uno a uno, de
acuerdo con estructuras dadas y sólo serían modificables en plazos largos.
En la segunda perspectiva, el proceso de subjetivación, si bien pone en juego
estructuras parciales (cognitivas, valorativas, de razonamiento, de persona-
lidad y del sentimiento, articuladas en un discurso), opera como proceso de
creación de configuraciones para la situación. Por configuración entende-
mos una estructura subjetiva específica (aunque tenga elementos más
generales) para la situación concreta. La reconfiguración es posible siempre
que no pensemos en la subjetividad como una estructura más o menos fija,
sino:
- por niveles de especificidad: de los ambiguos a los comunitarios;
- con estructuras parciales, sin formar propiamente un sistema y dejando
espacio para la creación social;
- con niveles de profundidad: del inconsciente colectivo a lo manifiesto;
- con relaciones entre estructuras parciales que pueden reengancharse,
actuar polisémicamente, con mimetismo y en rejerarquización;
- que la reconfiguración no sea simple combinación, sino también creación
y recreación de elementos subjetivos. Creación por asimilación, por
mimetismo, por rejerarquización o por polisemia en relación con estructuras
transubjetivas y experiencias. Sin embargo, la creación y la recreación
subjetiva también tienen sus límites en una situación, de tal forma que estaría
permitido hablar de espacio de posibilidades para la creación subjetiva.
Estos espacios pueden modificarse en función de prácticas que son interpre-
tadas por subjetividades anteriores, pero que pueden servir para la recrea-
ción. Ésta, de cualquier forma, nunca sustituye, en su totalidad, una
subjetividad por otra, en todo caso crea elementos con ciertas posibilidades
de reconfiguración.
Esto tiene que ver con la constitución de sujetos y sus posibles
E.rtruct11ralis1110 y ¡,o.,itivi.,mo en tiem¡,o., de la ¡,osmodemidad O 103_

hegemonías. La capacidad hegemónica, siguiendo el razonamiento ante-


rior, se relaciona con los procesos de reconfiguración de identidades en la
interacción de unos sujetos con otros. Esta capacidad no depende sólo de
situaciones estructurales sino de todo el complejo de estructuras, subjetivi-
dades y acciones. Por tanto, una hegemonía concreta no puede definirse a
priori, antes de la acción; aunque también es cierto que se puede hablar de
sujetos con mayor o menor posibilidad hegemónica, en función abstracta de
situaciones estructurales. Esto conduce a los conceptos de sujeto potencial
viable y de hegemonía potencial viable, o bien al espacio de posibilidades
para la constitución de identidades y hegemonías de los sujetos. La viabili-
dad de un sujeto, en última instancia, está relacionada con las prácticas pero
también depende de los procesos transubjetivos que lo parametrizan.
Por otro lado, todo sujeto moviliza estructuras, aunque no necesaria-
mente de carácter económico. La clase social es el nivel más abstracto de la
existencia de ciertos sujetos, no de todos. Dentro de una misma clase cabe
la posibilidad de hallar di versos sujetos, considerando el concepto de sujeto
como una articulación, más que suma de atributos, entre estructuras,
subjetividades y acción colectiva. Es más una noción metodológica que
teórica, aunque en el análisis concreto se tenga que llenar de contenido
sustantivo. Es la herramienta de construcción de las articulaciones entre los
niveles señalados, con diferentes temporalidades y especificidades. No es
un modelo o una tipología. Es síntesis concreta de determinaciones a
diferentes niveles de abstracción. Finalmente, es el descubrimiento de
niveles y sus articulaciones que permiten explicar el movimiento social
concreto.
Metodológicamente, las tentaciones regresivas hacia la construcción de
modelos teóricos son fuertes frente a la crisis del marxismo en América
Latina. Pero esta salida no regula la dinámica de la epistemología a nivel
internacional. Así, la propuestaneomarxistade Hugo Zemelman (Zemelman,
1991) actualiza la polémica epistemológica, pero no pregona la vuelta al
dato duro ni tampoco cae en la posmodernidad. Por el contrario, desarrolla
potencialidades contenidas en la línea de reflexión del'sujeto-objeto que lo
llevan a privilegiar los problemas del tiempo presente. Al concepto tradicio-
nal de predicción (de carácter positivista y estructuralista) opone la defini-
ción de espacio de posibilidades para la acción viable. Este espacio no es
fijo, sino que está en construcción y su aprehensión por los sujetos sólo es
racional en parte. Hay un privilegio desde el ángulo del poder, no como
ámbito de la realidad sino como componente de toda la relación social. El
poder y la política pueden tener una parte estructural; no son sólo voluntad,
ni lo que realiza lo potencial de las estructuras.
La construcción del espacio de posibilidades para la acción colectiva
viable (para la constitución de un sujeto y la viabilidad de su proyecto) está
!04_ O Enrique d_e la Gai_·zt_,- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

primero en función de procesos de temporalidad y espacialidad que pueden


escapar a la voluntad; y en esta medida, para que la voluntad política sea
viable, debe partir de una coyuntura en donde no todo puede ser cambiado,
ni cualquier direccionalidad puede ser emprendida. Es decir, los procesos
y los niveles de influencia mediata o remota para un sujeto potencial pueden
tener relaciones en "paraguas" con respecto a los de influencia inmediata en
la construcción del espacio de posibilidades. Este "paraguas" tampoco es un
contexto, puesto que de alguna forma está "interiorizado" en el campo de
acción potencial del sujeto.
La distinción de los campos de potenciación inmediata por el sujeto, con
respecto a los que no son. implica reconocer los parámetros de la propia
subjetividad, que no son estructuras fijas sino posibilidades de reconfigura-
ción en vínculo con las prácticas. En esta medida, la potenciación para un
sujeto es la posibilidad del cambio en forma espiral, en donde todos sus
momentos no pueden ser predichos antes de la acción. El cambio en espiral
no sólo vale para la subjetividad del sujeto sino también para su materialidad.
De esta forma, los límites para la acción viable se mueven en el tiempo en
consonancia con la constitución del sujeto y sus prácticas. Estas considera-
ciones llevan la idea de potenciación más allá, no sólo como espacio de
posibilidades sino como espacio móvil. Imponen, por tanto, una relación
entre ciencia y sujeto que no se agota en el punto de partida del proceso, sino
que necesita complementarse exponiendo la propia ciencia a la espiral del
cambio y siendo ella misma un parámetro subjetivo junto a otros.
El reconocimiento de un papel para la subjetividad no científica en la
constitución de un sujeto puede tener varias acepciones. La primera, que no
toda la subjetividad y la identidad pueden ser producto de la ciencia, puesto
que en ellas intervienen como elementos de configuraciones, valoraciones
concretas, sentimientos, personalidades, razonamientos cotidianos, etcéte-
ra, que pueden rearticularse o reasimilarse en la subjetividad con los
conceptos de la ciencia, pero nunca ser sustituidas totalmente por éstas. La
segunda, que la construcción científica del espacio de posibilidades en la
coyuntura puede tomar la forma de alternativas polares. Cada altemativa
puede contener conceptos de articulación con raigambres empíricas pero
otros pueden ser puramente virtuales, en una escala de grados de concreción
y virtualidad (condiciones posibles-dadas); estos conceptos de articulación
pueden estar presentes a diferentes niveles de concreción y abstracción, de
especificidad e inclusividad. En esta construcción del espacio de posibili-
dades delimitado por las alternativas polares, las articulaciones entre
conceptos "reales" y "virtuales" pueden ser de di versos ni veles de fortaleza
e ir de las deductivas fuertes a las laxas. Así mismo, habría que reconocer
las limitaciones de la ciencia para proporcionar conceptos teóricos "reales"
o "vi1tuales" en toda reconstrucción y la posibilidad de incorporar en su
E.uructuralismo y pmitivümo en tiem¡m.i de In posmodernidad O I OS

lugar términos del sentido común, datos empíricos, impresiones y valores.


Por otro lado, la apertura de espacios a las posibilidades reales por
niveles de inclusividad puede aparecer en la misma forma que el contenido
de los conceptos y sus relaciones. La ingenua dialéctica del ser y no ser al
mismo tiempo, puede sustituirse por la del ser y el poder ser, donde el poder
ser no es un problema sólo lógico sino práctico.
Dentro del horizonte de la razón y las posibilidades de la coyuntura en
América Latina, está la reflexión propia en los planos epistemológico,
metodológico y teórico. La obra de Hugo Zemelman es un ejemplo de ello.
No recurre al pasado, como las investigacionesestructuralistas o positivistas
disciplinarias, ni cae en el liquidacionismo posmodemo, ni en el cinismo
neoliberal. Las condiciones materiales para una nueva reflexión las está
dictando el propio neoliberalismo al crear una nueva "situación social" con
polarizaciones y marginaciones a muchos ni veles. El mercado por sí solo no
traerá la felicidad a América Latina. Aunque tampoco las alternativas
surgirán únicamente de esas condiciones. Hay mucho lastre por quitar,
antiguas concepciones que revisar; y fantasmas del pasado que faltan por
desterrar, uno de ellos el delestructuralismo situacionistaen la investigación
empírica latinoamericana.

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Seducción:
el pensamiento económico latinoamericano

Gerardo de la Fuente Lora

La reconstrucción o crítica de teorías, el examen lógico o epistemológico


de la construcción, el entrelazamiento y la transformación en general de la
dinámica de las articulaciones conceptuales y los mecanismos de verifica-
ción (o falsación) que agrupamos corrientemente bajo el rubro de "la
ciencia", no obstante la agudeza que en algunos casos ha alcanzado (dejando
de lado por el momento los problemas inherentes a la cuestión de si tales
reconstrucciones epistemológicas pueden proponerse la creación de un
pensamiento metodológico "general" o bien, sólo puede haber caracteriza-
ciones epistemológicas inmanentes a cada teoría en particular), padecen por
lo general de un fallo que empobrece notablemente los intentos reconstructivos
por contraposición a sus objetos. Dicha carencia puede resumirse en los
siguientes términos: la reconstrucción y la crítica epistemológica olvidan
que las teorías, conceptos o producciones científicas en general se materia-
lizan en forma escrita: de hecho las ciencias, lo mismo que la literatura o los
discursos políticos, se ejercen efectivamente como series de palabras o de
significantes agrupados en libros, revistas, encadenamientos finitos de
marcas con sentido.
El ejemplo más claro de la reconstrucción epistemológica usual, más o
menos formalizan te, se encuentra sin duda en los intentos de reconstruir los
mecanismos de la historiografía. Ahí las discusiones sobre la objetividad, la
comprensión, la traductibilidad de las experiencias entre el investigador y su
objeto, el debate sobre la existencia o no de "leyes" históricas, o bien la
aplicación posible de técnicas cuantitativas, dejan de lado el hecho evidente
de que el trabajo historiográfico es también un quehacer discursivo produc-
tor de relatos, en particular de historias que están dirigidas a ser creíbles por
el lector, que intentan ser verosímiles. Sin embargo, el carácter literario de
la historia, aunque pueda a veces ser reconocido, se presenta como un dato;
como un componente del contexto que no merece mayor atención,
epistemológicamente al menos. Y esta situación, evidente en el caso de la
reconstrucción historiográfica, podría descubrirse también al analizar las
reflexiones en torno a disciplinas como la física o las matemáticas.
También en esos casos las teorías se ejercen, se concretan; son una serie
108 O Gerardo de la Fuente lora

de marcas con sentido plasmadas en papeles o en algún otro medio con


existencia material concreta. En ningún caso las teorías consisten en
formaciones mentales puras que solamente después son expresadas o
representadas por palabras. A menos que aceptáramos una tesis discutible
en sí misma: que el lenguaje es sólo la herramienta, el instrumento para la
representación de un pensamiento siempre anterior.
Sin embargo, no se trata de entrar en una discusión minuciosa y puntual
sobre las razones que han llevado a las reflexiones epistemológicas a tener
el carácter que ahora por lo general tienen; mucho menos se pretende debatir
la validez o legitimidad de tales formas de proceder reflexivo; y desde luego
está fuera de nuestra intención emitir proclamas acerca de lo que debería ser
la "verdadera" epistemología (la mejor, la más válida, o la menos mala). El
propósito de estas líneas introductorias es simplemente poner de manifiesto
que los modelos que usualmente nos propone el pensamiento reconstructor
dejan de lado una buena parte de la riqueza que las teorías aportan a nuestra
cultura; una parte considerable de contribuciones a nuestro lenguaje, a
nuestra sensibilidad, en forma de metáforas sorprendentes, de resonancias
diversas, de discursos múltiples del pasado y del presente que se encuentran
indisolublemente tejidos en las teorías y que, sin duda, contribuyen eficaz-
mente a la seducción que ejercen o han ejercido.
Ahora bien, en el caso de la reconstrucción de teorías científicas, la
epistemología aparece como un dispositivo empobrecedor en tanto elimina
las resonancias, las conexiones profundas que las palabras acarrean por el
solo hecho de ser componentes de un lenguaje; un proceder reconstructivo
dirigido a otras áreas de las prácticas sociales que se orientan por los mismos
senderos formalizantes, asépticos y abstractos tendría consecuencias
empobrecedoras aún más evidentes. Pues si la seducción de las teorías
científicas, su capacidad para incorporarse como elemento significativo en
nuestro acervo cultural y en la riqueza de nuestro mundo, está relacionada
con el hecho de ser escritura, marcas en papel, ello es aún más claro en
relación con otros discursos que permean nuestra vida social, particular-
mente en el caso de ese área gemela de la teoría económica que es la práctica
de la política económica. Bien podemos establecer modelos acerca de las
explicaciones teóricas en economía, desmenuzar las reglas de construcción
conceptual en relación con el modelo neoclásico o el paradigma marxista,
pero con ello estaremos aún muy lejos de aprehender la seducción ejercida
por esos discursos, y todavía lo estaremos más si con los mismos propósitos
formalizantes abordamos no ya los discursos teóricos como tales, sino las
palabras y las prácticas en las que tales teorías se han ejercido como políticas
económicas (asumiendo por el momento que tal división entre teoría y
política no fuera problemática).
Es el propósito de este ensayo, en contraposición a una postura simple-
Seducción: el pensamiento económico latinoamericano O 109

mente epistemológica, tratar de aprehender, de reconstruir en toda su


riqueza la seducción social ejercida por algunos productos del pensamiento
y la práctica económica en América Latina. Y de hecho, este propósito
constituye nuestra hipótesis de entrada, todo intento de comprender la
significación social de los productos discursivos tales como los de la
CEPAL, el dependentismo o el neoliberalismo en Latinoamérica, requiere
necesariamente ir más allá de la reconstrucción epistemológica o formalizante
de teoóas, para plantearse como objeto el descubrir las resonancias, las
metáforas, y los juegos literarios e imaginarios que convocan tales discur-
sos. Para captar no sólo el pensamiento económico latinoamericano actual,
se requiere de interpretaciones abiertas, traducciones libres, ejecuciones
jazzeadas que atiendan a un hecho fundamental de las experiencias de
nuestro subcontinente; que con frecuencia el pensamiento ,educe, mueve
pasiones, atrae a gobiernos y a pueblos, impone ritmos, llena de resonancias
múltiples a la cultura.
De una u otra forma, pensaren la economía latinoamericana es, sin duda,
pensar en la seducción.

11

Desde sus inicios, la CEPAL se concibió como un agente innovador del


pensamiento y la práctica latinoamericanos, incluso como el germen de una
reflexión plenamente original y peculiar de nuestra región. Y sin duda,
buena parte de la influencia que sus proposiciones llegaron a tener en
muchos gobiernos durante algunos años estuvo relacionada con el senti-
miento ampliamente compartido de tal carácter il'inovador. Todavía en sus
últimas intervenciones públicas, al momento de hacer los balances y en
medio de una crisisgeneralizada, no sólo económica, Raúl Prebisch enfati-
zaba este aspecto creativo y original como una de las aportaciones más
importantes del organismo internacional que estuvo bajo su conducción
durante décadas (cf. Prebisch, Raúl, 1984a; el mismo énfasis en el carácter
innovador de la CEPAL recorre el texto de Celso Furtado, 1989). ¿Qué era,
sin embargo, lo nuevo que aportaba a la seducción del pensamiento
cepalino?: el conjunto de recomendaciones de política económica que se
resumen en el rubro de la sustitución de importaciones, puesto que el mismo
Celso Furtado reconoce en varias ocasiones que tal política económica había
sido aplicada ya en Brasil y en otros países a raíz de la depresión de los años
treinta. Establecer aranceles, otorgar subsidios o dar protección de diversas
formas a los sectores industriales eran expedientes ya ejercidos en la práctica
por muchos gobiernos latinoamericanos. Lo nuevo no eran las medidas
tomadas o recomendadas, sino la racionalización de las mismas: su articu-
l 10 O Gerardo de la Fuente Lora

)ación sistemática, las justificaciones y las resonancias múltiples. Lo que


ofrecía la CEP AL era algo más que una posible política económica, algo que
estaba sin duda relacionado con ese halo excedentario más allá de la
economía, y que también había sido ofrecido por otro discurso seductor de
la época: el keynesianismo (la conexión entre las elaboraciones de la
CEPAL y el keynesianismo ha sido subrayada, entre muchos otros, por
Gabriel Palma, quien incluso hace de dicha vinculación uno de los elemen-
tos que darían cuenta de la originalidad de los planteamientos cepalinos.
Señala Palma: "En sus inicios la CEPAL intentó reformular la teoría
convencional del desarrollo económico y del comercio internacional, de la
misma forma como los keynesianos intentaban hacerlo con el cuerpo
principal de la teoría económica convencional. (... ) El hecho de que los
análisis de la CEPAL hayan obtenido su inspiración básica en el
keynesianismo, de ninguna manera reduce su originalidad. Ésta consiste en
complementar la tradición keynesiana aplicando la esencia de ese análisis
a la teoría del desarrollo económico y de comercio internacional que éste
había descuidado", (Palma, 1987, pp. 59-60).
Celso Furtado deja entrever algo de esta resonancia común en ambas
elaboraciones cuando recapitulando la experiencia cepalina hace referencia
a Keynes y señala que "gracias al análisis keynesiano fue posible construir
una teoría de la política económica apoyada en modelos que expresaban una
concepción de las economías nacionales como sistemas dotados de estruc-
turas formales" (Furtado, 1984, p. 118).
Aportaciones extraordinarias: una economía con estructura y, a partir de
ella y por ella, una teoría de la política económica, es decir, no sólo una
construcción de variables económicas, sino una acción que suponía una
correspondencia con algo real: la estructura de la economía por fin descu-
bierta.
Leer el keynesianismo a partir del enunciado "la economía tiene es-
tructura" resulta, sin duda posible, atrayente; es necesario, sin embargo,
profundizar en las implicaciones y en las resonancias de tal enunciado.
Porque si la novedad de Keynes y de la CEPAL, en contraposición a teorías
econórnicas anteriores, radica en el descubrimiento de dicha estructura, es
obvio que entonces el modelo neoclásico, interlocutor convocado explíci-
tamente por Furtado, carecería simplemente de la idea de lo económico
como sistema estructurado. ¿En qué sentido puede ser esto posible cuando
sabemos que de la escuela neoclásica y sus derivaciones han surgido
modelos formales de gran complejidad que, por su misma formulación,
parecen hacer referencia a una "estructura" (un orden, una organización de
cualquier tipo) en la economía?
Puede caracterizarse la economía neoclásica como un componente de la
corriente del pensamiento que pretende, no sólo en el terreno económico,
Seduccián: el pen.mmielllo económico latinoamericcmo O 111

producir explicaciones del tipo de "orden a partir del caos". (Para una
reflexión sobre este tipo de explicaciones en los campos de la física, la
biología y las filosofías, véase Prigogine/Stengers, 1984). Sin duda, el
modelo clásico de esta forma de argumentación es la famosa "mano
invisible" de Adam Smith, no sólo por su contenido teórico sino por su
exposición metafórica (aspectos por otra parte indisolubles). Los indivi-
duos, persiguiendo cada uno su propio interés, producen un orden armónico
sin habérselo propuesto como fin. Una serie de partículas realizando
interacciones infinitamente numerosas dan lugar a un efecto de orden. En
sentido estricto, la postura cepalina no negaba que la teoría económica
hubiese concebido alguna forma de organización u orden, más bien,
partiendo de dicho resultado, postulaba por su parte un orden de segundo
nivel. La conexión innegable entre las elaboraciones de Prebisch y sus
colaboradores y la teoría económica neoclásica (lo mismo que la compleja
relación entre Keynes y sus antecesores) tiene que ver con el hecho de que
la atención se apunta sobre el efecto de orden, se trabaja a partir de él,
mientras que ese efecto se acepta como producto precisamente de las
interacciones entre las partículas, tal y como lo proponía la escuela neoclásica.
Ahora bien: ¿qué problemas se encuentran ya presentes en el primer
nivel de orden, es decir, en el efecto postulado por la teoría neoclásica antes
de que Keynes y Prebisch construyeran a partir de ello un segundo nivel, un
"sistema económico estructurado"?
Resulta imposible hacer aquí un seguimiento detallado de la significa-
ción e inserción de la teoría económica en el desenvolvimiento de la cultura
occidental en los últimos dos siglos. Digamos solamente que los problemas
planteados por las explicaciones de tipo "mano invisible" en economía están
vinculados a un amplio campo problemático característico del pensamiento
moderno y que puede resumirse en la pregunta: ¿cómo se pasa del individuo
a la comunidad? Diferentes versiones de esta pregunta dieron lugar al
desarrollo de las áreas del pensamiento filosófico y posteriormente a las
ciencias sociales. Así por ejemplo, la pregunta ¿cómo se pasa del pensa-
miento individual a la verdad común? organizó las elaboraciones de la teoría
del conocimiento; el interrogante ¿cómo se pasa del versar al con-versar?
originó el campo de la ética junto con la pregunta ¿cómo se pasa del hacer
al inter-actuar? Este tipo de cuestiones y sus múltiples respuestas marcan
toda una época de la filosofía y del pensamiento occidentales en general.
Dentro de ese campo problemático, la respuesta de Adam Smith Y su
prolongación en la teoría económica constituyen sin duda las soluciones
más exitosas, o al menos las más seductoras.
La formulación original de Adam Smith es compleja: desde la presen-
tación de su metáfora -una mano invisible que, por el mero hecho de
enunciarse, podemos ver; la neblina que oscurece el cuerpo al que pertene-
112 D Gerardo de la Fuente Lora

cen esos cincos dedos, cuerpo que intuimos pero que no podemos asegurar
que en realidad exista, etcétera- hasta el hecho de que el orden a partir del
caos deja en la indeterminación y realiza un corte en el área de acción de la
mano, es decir, entre lo económico y todo lo demás que hay en la sociedad.
Por eso, asumir en serio la tarea de aprehender la seducción de la metáfora
smithiana requeriría del examen pormenorizado de una serie casi infinita de
resonancias puestas en juego por el pensador inglés (por ejemplo escuchar
los ecos del tema del trabajo que se encuentran detrás del hecho de que el
agente organizador sea precisamente una mano).
Sin entrar ahora a ese examen, es urgente abordar la crítica de la teoría
económica contemporánea. Es posible destacar un campo problemático
planteado por la respuesta smithiana y posteriormente neoclásica. Campo
problemático identificado por Marx en El capital y que se refiere al tiempo.
En efecto, el análisis marxista del esquema de la circulación simple de
mercancías M-D-M, el salto y la posibilidad de los fracasos siempre
presentes en lo que Marx llamó "la metamorfosis de la mercancía" (el paso
de una parte del circuito a la otra), podrían leerse como una crítica general
a los esquemas que pretenden dar cuenta del paso de una producción
individual al consumo común, es decir, como una crítica general del
mercado económico (crítica que podría generalizarse a toda la esfera de
intercambio que supone la creación de productos, significaciones lingüísticas,
etcétera, realizada por sujetos aislados que sólo en un segundo momento
entran en interacción). La reflexión de Marx no indica únicamente que el
mercado se encuentra siempre a punto de fracasar en su intento por vincular
al individuo con la comunidad que atraviesa por un vacío que, en última
instancia, sólo la suerte del productor puede llenar; indica también que el
mercado, aunque funcionase sin tropiezos, supone un proceso de abstrac-
ción del tiempo social: el tiempo de trabajo de los productores; tiempo
vivido, que se transforma en un "tiempo de trabajo socialmente necesario",
a diferencia de las horas de vida de los individuos, que pueden ganarse o
perderse, acumularse, distribuirse y en última instancia, explotarse. Porque
a fin de cuentas la explotación de los trabajadores no consiste en que vivan
mal o que la actividad que desarrollen sea extenuante ni nada por el estilo:
consiste en que se les quite algo de tiempo abstracto, de plus-valor; ni
siquiera de tiempo natural, ese que constituye el transcurso del desenvolvi-
miento biológico. Lo que encuentra Marx es que con el mercado empezamos
a entablar un conflicto por un tiempo abstracto que no es, o no corresponde
necesariamente al tiempo "natural" de la vida.
En la respuesta original de Adam Smith este problema del tiempo queda
abierto: las acciones individuales producen el orden, la velocidad de ajuste
entre el actuar del individuo y el efecto social queda alojado en un
"¿cuándo?" indeterminado, en todo caso complejo, mediado por acciones
Seducción: el pensamienlo econJmico la1inoamerica110 D 113

productivas y de consumo que requieren de tiempo. En la solución neoclásica,


este problema del ajuste temporal entre el actuar individual y el efecto de
orden social se elimina a partir de una simple suma algebraica: la suma de
las curvas de preferencias individuales produce, sin mediación temporal
alguna, las curvas de oferta y demanda; de hecho, las acciones individuales
y las acciones sociales son estrictamente idénticas. El costo de la solución
neoclásica a la pregunta "¿cómo se pasa del individuo a la comunidad?"
consiste simplemente en la eliminación del tiempo, nada más y nada menos.
Raúl Prebisch y la CEPAL afirmaron que sus propuestas se insertaban
en la línea de reflexión que busca "dinamizar" los modelos de la economía
ortodoxa, precisamente al reintroducir el tiempo y "pensar el desarrollo",
como ellos habrían dicho. Pero este propósito era paradójico, pues no
implicaba una crítica a la eliminación inicial del tiempo que hacía necesaria
la dinamización. Este problema estuvo presente también en la postura de
Keynes, y no es casual que Prebisch en sus lecciones sobre la Teoría general
de la ocupación, el interés y el dinero, diga simplemente que para pasar del
individuo a la comunidad basta realizaruna adición matemática. Después de
explicar el concepto de "ingreso" en relación con un empresario individual,
concluye Prebisch: "es fácil pasar ahora del empresario aislado al conjunto
de los empresarios de la comunidad, mediante la suma de los conceptos
respectivos. Supongamos, para simplificar, que las mismas cifras represen-
ten las cantidades globales" (Prebisch, 1965, p. 28).
Si la novedad del pensamiento cepalino radica en la concepción de una
"economía con estmctura", un orden de segundo nivel que funde la
posibilidad de una teoría de la política económica, entonces el carácter o la
firmeza de dicha estructura resultan altamente problemáticos. La estructura
postulada acepta y se monta sobre un orden sin tiempo. Si en Keynes, cuyas
aportaciones principales se refieren todas al vínculo entre presente y futuro
(la propensión a consumir, la preferencia por la liquidez, el multiplic;idor),
queda por discutir que la dinamización de la economía neoclásica sacude
efectivamente el punto de partida atemporal, en el caso de la CEPAL, la
estructura que funda la posibilidad de la política económica es concebida,
sin ambages, como sobrepuesta y provisional, agregada a un orden que en
últim~ instancia podría subsistir sin ella, y sin el tiempo. En principio, señala
Prebisch, podría concebirse que los países latinoamericanos se desenvol-
vieran sin la política de sustitución de las importaciones preconizada por la
CEPAL, es decir, que para hacer frente a las fluctuaciones cíclicas, a la
desocupación y a la baja en la "capacidad de importar", recurrieran a los
expedientes recomendados por la economía ortodoxa: "Podría concebirse
en abstracto la posibilidad de que el nivel de salarios se reduzca en los países
menos desarrollados hasta compensar esas diferencias de productividad
(con los países centrales). En tal supuesto, un país podría prescindir
\ l 4 D Gerardo de lo Fllente Lom

totalmente de sus derechos aduaneros protectores siempre que la baja de


salarios permita resarcirse de las pérdidas que ello traiga consigo a las
empresas industriales" (Raúl Prebisch: En tomo a las ideas de la CEPAL.
Problemas de la industrialización en la América Latina, en Varios autores,
1981, p. 145).
Las disparidades "estructurales" -como las califica la CEPAL-entre
el centro y la periferia, resultan exógenas o al menos yuxtapuestas a un
primer nivel de orden totalmente homogéneo y atemporal. En cierto sentido,
el propósito mismo del desarrollo, es decir, de la eliminación de las
"disparidades estructurales" entre unos países y otros, indica la
provisionalidad de las estructuras, objeto y fundamento del pensamiento
cepalino.
¿Qué tan provisionales y qué tan permanentes son estas estructuras de
lo económico?, o mejor aún, ¿cuál es su estatuto ontológico? ¿Qué tanto
restituyen el tiempo, dinamizan el orden de primer nivel sobre el que se
asientan? Buena parte de las discusiones en el seno mismo de la CEPAL y
en las teorías dependentistas posteriores giran en torno a la problemática
abierta por estas preguntas. Por ejemplo, dado el punto de partida atemporal,
la historia de los países "atrasados" aparece como un accidente exógeno
afectado por una fatalidad, o más bien, por una casualidad fatal (fue un
accidente que se incorporará tardíamente a la "industrialización"). Por lo
tanto, el debate posterior girará en torno al peso que habrá que dar a la
historia como explicación abiertamente exógena al sistema económico
como tal, o como componente intrínseco del mismo.
Ahora bien, si estas estructuras asentadas sobre un orden anterior-no
"estructurado"- y atemporal en sí mismo, fundan la posibilidad de una
teoría de la política económica, ¿cabe la posibilidad de que una vez
superadas las "disparidades estructurales" -gracias quizás a las recomen-
daciones de la CEPAL- desaparezca también con ellas la política econó-
mica como tal? De ser así no cabría asombrarse de que a la hegemonía del
pensamiento intervencionista cepalino siguiese la del pensamiento
abstencionista del monetarismo. No obstante, para examinar esta cuestión
es necesario detenerse en un sentido particular del término "estructura" tal
Ycomo lo utiliza la CEPAL y que tiene que ver con la cuantificación de lo
económico.

111

Retornemos el texto que citamos de Furtado, en el que se evaluaba la


teoría keynesiana con su propuesta de concebir la economía como un
espacio estructurado. En sentido estricto, el autor caracteriza como
Seducción: el pensamiento ecmuímiw la1in()o111ericano O 1.15

estructurados los espacios económicos nacionales y califica sus estructuras


como formales. La consideración de estos dos aspectos, lo formal y lo
nacional, no invalidará las dificultades que hemos examinado hasta aquí
acerca del orden de segundo nivel propuesto por el discurso cepalino, sino
que agregará complejidad a los problemas. Celso Furtado presenta las
estructuras formales del espacio económico nacional en los siguieutes
términos: "La construcción de estos modelos (los que expresan la concep-
ción de las economías nacionales como sistemas dotados de estructuras
formales) se basa en una tipología de los actos económicos: el consumo, el
ahorro, la inversión, la exportación, la importación, el pago de impuestos,
etcétera. Se admite que el comportamiento de los agentes que practican esos
actos puede ser influido globalmente por centros de decisión que controlan
los circuitos monetario, financiero, cambiario, fiscal, etcétera" (Furtado,
1984, p. 118).
El carácter yuxtapuesto de las estructuras sobre el orden inestrncturado
del modelo neoclásico no se modifica mayormente si consideramos que esas
estructuras son a un tiempo formales y nacionales. Lo mismo sucede cuando
el discurso cepalino se refiere a las "disparidades estructurales" entre centro
y periferia-disparidades históricas, exógenas con respecto a lo económico
de primer nivel-; así, las estructur~s formales y nacionales adquieren un
tono de arbitrariedad, de provisionalidad. Ello se subraya en el texto que
acabamos de citar por el hecho de que en el mismo se introducen dos
conceptos de la acción económica a dos niveles diferentes y con sendos y
diversos sujetos: porun lado los tipos de acción que pueden ser ejercidos por
individuos y quizá por ·países o Estados; y por otro, una acción .:___"influir
globalmente"-de la que están privados los individuos que fueron sujetos
activos en el primer nivel. Es significativo que el cambio de sujeto de un
nivel a otro se presente aparejado por una recolocación de lo volitivo -y
como veremos después también de lo cognitivo---en el espacio económico.
Si en el primer nivel, el de los actos económicos simples, es permitido a una
infinidad de partículas tener iniciativa, voluntad, autoconciencia y conoci-
miento, todas esas características se reservan ahora, en el segundo nivel
para un nuevo sujeto.
En este desdoblamiento la acción adquiere un sesgo de eventualidad: es
aquí donde la voluntad consciente puede "influir globalmente"; donde la
acción transformadora puede tener lugar. Pero sólo se trata de un segundo
nivel. Lo mismo que en el caso de las estructuras históricas, las formales y
las nacionales tienen un dejo de extrañeza en relación con un orden
económico básico. Y es este alejamiento el que permite que, en relación con
ambos tipos de estructuras, el cambio y la dinámica, sean por fin posibles.
Antes de continuar con el examen de la relación problemática entre el
espacio económico nacional y el espacio de lo económico en general, es
l 16 O Gerardu de la Fuente Lora

necesario que nos detengamos en el carácter formal de las estructuras


postuladas por Furtado. ¿Qué se quiere decir aquí con el término "formal"?
No parece que la noción se emplee en el sentido estricto de sistema
deductivo construido a partir de la inferencia de una serie de teoremas desde
una serie de axiomas, por aplicación de reglas lógicas. Parece más bien que
en el uso de la palabra por parte de Furtado confluyen al menos tres
resonancias; lo formal como lo conceptualmente bien articulado o sólido
teóricamente; lo formal como lo matematizable o expresable en términos
cuantitativos; y lo formal como lo organizador, lo que en sentido estricto y
aristotélico, da forma a un contenido. Examinemos cada una de estas
resonancias comenzando por la segunda: lo formal como lo cuantificable.
Si la novedad de Keynes y la CEPAL radicara en proponer conceptos
económicos susceptibles de cuantificación o matematización, nos encontra-
ríamos con que tal aportación ya habría sido presentada desde hace tiempo
por eJ modelo neoclásico. En efecto, para la construcción del concepto de
mercado desde las nociones de costo y utilidad marginales, y desde los
supuestos sobre los sujetos aceptados por los neoclásicos, la matematización
es absolutamente necesaria. No se introduce simplemente poruna tendencia
ideológica que pretende que la economía sea más científica por ser más
matemática; más allá de eso, la matematización se requiere en el modelo
neoclásico para dar dominio de empiricidad a la teoría, para que tenga un
espacio en el cual verificarse o falsearse, en resumen, para que tenga sentido.
Pues si no fuera por la matematización, ¿cómo podrían darse visos de
verosimilitud a la comparación de elementos subjetivos que supone el
modelo de mercado neoclásico? ¿Cómo decir que nuestras preferencias
-particulares, propias, inaccesibles desde el exterior, pero asequibles
desde mi adentro- son similares a las de otros y en conjunto constituyen "lo
económico"? ¿Cómo, si no fuera por la matematización, decir algo con
sentido cuando afirmamos que nuestra utilidad (gusto, placer, felicidad, o la
noción subjetiva que fuere) es mayor que la de otros?
El hecho de que la noción subjetiva de "utilidad" sea un problema
epistemológico y conceptual prácticamente irresoluble para la teoría econó-
mica no implica que su necesidad sea menor. Independientemente de la
forma en que se resuelva el problema, la teoría económica necesita asumir
que ha podido medir lo subjetivo si es que todo el resto de su argumentación
ha de llevarse a efecto (para un examen más detallado de la necesidad de
matematización en economía, cf. de la Fuente Lora, 1990).
Decir que las estructuras del espacio económico nacional son formales
Y que tal hecho constituye una aportación y una novedad de Keynes y la
CEP AL sólo puede entenderse si agregamos, a esta primera resonancia de
lo formal como lo matematizable, otros ecos presentes en la formulación de
Furtado. Para examinar el sentido de lo formal como lo bien construido
Seducción: el pensamiento econcímico latinoamericono O l 17

conceptualmente, vale la pena reparar en las observaciones que ya desde los


años veinte hizo el profesor Friedrich Hayek a las primeras formulaciones
keynesianas.

IV
Todas las elaboraciones de Friedrich Hayek tienen un basamento
epistemológico que podría resumirse en el enunciado de que los "hechos"
colectivos tales como el Estado, el pueblo, etcétera, no tienen el mismo
estatuto de realidad que las acciones o los estados individuales. Esto no
quiere decir, por cierto, que la tarea de las ciencias sociales consista en
explicar esos hechos individuales -tarea que sería más bien propia de la
psicología- sino que a partir de ellos, realizando tipologías y clasificacio-
nes, es posible construir modelos lógicos que articulen globalmente estados
y situaciones individuales.
"Lo que hacemos es meramente clasificar tipos de conducta individual
que podemos comprender, para desarrollar esa clasificación --en breve,
para proveer un arreglo ordenado al material que tendremos que útilizar en
nuestras siguientes tareas" (Hayek, 1948, p. 67).
Esta primera parte del trabajo de las ciencias sociales constituye una
especie de lógica aplicada, una construcción más o menos formal que se
propone articular los tipos de conducta a los que tenemos acceso por la
simple reflexión sobre nuestra propia realidad como individuos. Las articu-
laciones entre estos tipos pueden dar lugar a esquemas de órdenes más
abstractos y generales, tales como el mercado o el Estado, pero el punto
crucial de la postura hayekiana es que estas construcciones abstractas son
precisamente eso: construcciones lógicas que permiten dar sentido a una
serie de "datos" individuales, pero que en sí mismas no son "hechos" y, por
lo tanto, no pueden ser verificables o falsables mediante simple contrastación
empírica. Así el mercado, uno de los productos más eminentes de la
construcción de esquemas formales por parte de las ciencias sociales, no es
algo que esté ahí en el mismo sentido en que los hombres están ahí, habitando
el mundo. No es algo a lo que se pueda acceder por la vía de lo ostensible;
es una abstracción (no una ilusión, puesto que una buena manera de
caracterizar la obra de Hayek sería decir que uno de sus propósitos básicos
es apuntar a la eficacia de las abstracciones).
Lo que resulta fundamental para nuestro intento de analizar la seducción
del pensamiento económico latinoamericano, independientemente de las
dificultades epistemológicas y filosóficas que conlleva la posición de
Hayek, es que para ese autor, a partir de la construcción lógica del mercado,
no es posible derivar recomendaciones específicas de política económica en
118 D Gerardo de la Fuente lora

el sentido manejado por Furtado en la cita a la.cual nos hemos referido ya


varias veces: es decir, acciones de política basadas en la influencia global de
algunos centros.
Suponerotra cosa, asumir por ejemplo que el Estado puede actuar como
agente privilegiado en el espacio de lo económico realizando acciones
similares pero a la vez más influyentes que las de los individuos, significa
hipostasiar simples deducciones lógicas y, en última instancia, invertir las
líneas de causalidad: pues las abstracciones se derivan de la acción de los
individuos y no a la inversa, como sería el caso si supusiéramos que una de
esas abstracciones influyera, dirigiera o determinara la conducta de los
individuos.
El mismo punto desarrollado por Hayek en tonalidad lógica o
metodológica adquiere más relevancia si se examina desde el punto de vista
de sus reflexiones en torno al conocimiento. Según él, si ha sido posible dar
una preeminencia a las acciones planificadoras del Estado en la economía
y a las acciones de política económica, es porque se ha supuesto que el
Estado es poseedor, en mayor medida que los individuos, de un conocimien-
to que le permite tener en cuenta más variables, y en última instancia, tener
a la vista el estado de la economía global en su totalidad. Afirmar que el
Estado puede hacer política económica porque sabe o conoce lo que ocurre
en el conjunto de la economía es asumir de entrada que el conocimiento al
que tiene acceso el Estado es de un tipo especial y superior al que pueden
tener los individuos: es el conocimiento científico entendido desde una
postura inductivista que otorga a las inferencias estadísticas una validez
extraordinaria.
Sin embargo, el conocimiento relevante para el funcionamiento econó-
mico de la sociedad no es un saber concentrado o concentrable por ninguna
entidad, ya sea individual o abstracta-colectiva.
El peculiar carácter del problema de un orden económico racional está
determinado precisamente por el hecho de que el conocimiento de las
circunstancias de las que tenemos que hacer us_o nunca existe de manera
concentrada o integrada sino solamente como bits dispersos de conocimien-
to incompleto y frecuentemente contradictorio, el cual poseen todos los
individuos separados. El problema económico de la sociedad, así, no es
meramente un problema de cómo asignar recursos "dados" ... si 'dado' es
tomado en referencia a una mente singular que deliberadamente resuelve el
problema planteado por esos 'datos'. Se trata más bien del problema de
cómo asegurar el mejor uso de recursos conocidos para cualquier miembro
de la sociedad, para fines cuya relativa importancia sólo los individuos
conocen. O, para decirlo brevemente, es un problema de utilización de
conocimiento que no es dado a nadie en su totalidad (Hayek, 1948, pp. 77-
78).
Seduccfrín: el pe11sa111ie11ta ecanómica /a1i11oa111enrn110 O 119

La crítica de Hayek es de largo alcance; su profundidad y sus resonan-


cias son muchas, pues la afirmación de que el Estado puede hacer política
económica porque sabe y toca supuestos profundos de las elaboraciones de
la filosofía política (así, seguramente el Leviatán no es sólo soberano por
contrato y acuerdo de los súbditos) también es porque sabe más que ellos,
porque al constituirse recibe una transferencia de derechos pero también de
saberes. Lo mismo podría decirse del Estado rousseauniano o lockeano, o de
otras muchas elaboraciones de los filósofos políticos antiguos y contempo-
ráneos.
Hayek es radical en este punto: el conocimiento relevante para el
funcionamiento de la economía no es totalizable por ninguna entidad,
porque se trata de un conocimiento que sólo puede estar disperso: es el
conocimiento de oportunidad, de los pequeños y miriádicos cambios que se
producen en la situación de cada uno y cuyo acceso permite a cada quien
aprovechar de la mejor manera su estancia cotidiana en este mundo. Por eso,
afirma Hayek, cuando el planificador o el operador de la política económica
se propone alcanzar ciertas metas cuantitativas precisas, no solamente actúa
para privilegiar un tipo específico de conocimiento, sino que en última
instancia actúa para evitar el cambio vertiginoso al que se enfrenta cada
individuo en la sociedad, al confrontar los infinitos cambios económicos que
tienen lugar en cada segundo del día. Alcanzaruna meta precisa de la política
económica significa eliminar de antemano esas pequeñas variaciones,
desvalorizar el conocimiento de oportunidad de cada individuo para otorgar
un valor preeminente al conocimiento estadístico a que puede tener acceso
el Estado. (Anotemos de paso que una de las diferencias más importantes
entre las políticas económicas promovidas en su momento por el pensa-
miento desarrollista y las que impulsan actualmente las orientaciones
neoliberales radica en que las primeras se proponían alcanzar metas especí-
ficas, cuantitativas, mientras que las actuales únicamente buscan crear un
entorno general, es decir, manipular expectativas y no alcanzar cantidades
fijas). ·
Un último aspecto relevante de la postura de Hayek radica en el hecho
de que, según él, la planificación exitosa no es posible pues para lograda
sería necesario suponer que el Estado o cualquier otro agente económico
accediera al conocimiento completo, es decir, a la aprehensión de las más
diminutas modificaciones de los contextos y situaciones a las que se
enfrentan los individuos. Esta totalización no puede darse en razón de la
infinidad de intercambios económicos e interconexiones que se dan entre
ellos y que tienen lugar en la sociedad a cada instante. (Esta perspectiva
también ofrece una crítica a las posiciones que auguran un control total a
través de la sociedad informatizada).
Vol vamos ahora a la postura de la CEPAL. A la postulación de un orden
120 O Gerardo de la Fuente Lora

económico de segundo nivel frente a un orden desestructurado, aceptado sin


crítica alguna, propuesto por los neoclásicos; estructuras formales y nacio-
nales que posibilitan la prosecución deliberada del desarrollo y la interven-
ción planificadora del Estado en la sociedad. Pero las estructuras no sólo son
de segundo nivel, también son provisionales (en una situación ideal se
podría volver al ámbito ordenado pero desestructurado del sistema mercan-
til puro), y su formalidad supone el privilegio de un cierto tipo de conoci-
miento ( accesible por antonomasia para el Estado), matematizado, estadís-
tico, que en última instancia, para ser eficaz, requeriría ser formal en sentido
aristotélico: organizador férreo de una materia informe, e implicaría, por su
estatuto teórico-científico superior, la desvalorización de los conocimientos
de los individuos realmente vivientes y actuantes de la sociedad. Los tres
tipos de resonancias del carácter formal de las estructuras cepalinas se
conjuntan en estos elementos que, si aceptamos en principio las posturas de
Hayek, deberían damos cuenta de algunos hechos como la proclividad al
autoritarismo o, si se quiere, la no discriminación de los representantes de
la CEPAL respecto al carácter de los regímenes a cuyo servicio pusieron en
muchos casos sus conocimientos; desde luego, el fracaso del modelo de
sustitución de importaciones y también el economicismo que impregnó el
discurso político latinoamericano a partir de la experiencia cepalina. Pero
antes es necesario retomar brevemente el carácter "nacional" de las estruc-
turas económicas planteadas por la CEPAL.

No hay nada en la construcción matematizada pura del mercado que


permita delimitar el espacio regido por las curvas de oferta y demanda como
un ámbito precisamente "nacional"; desde un punto de vista riguroso, la
construcción neoclásica supone que sólo existe un mercado global: aquél
constituido por la suma de las curvas resultantes de las elecciones individua-
les. El carácter específico de un mercado particular no puede darse porque
en él surjan conductas económicas diversas que pueden observarse en otros
espacios: en cualquier lugar los individuos actuarán buscando el mayor
beneficio y el menor costo y este axioma no puede sustentar una teoría de
la diversidad de los mercados. Las diferencias sólo pueden encontrarse en
las regulaciones, en los patrones de medida de las utilidades y en los costos,
pero ya que se trata en cualquier caso de espacios cartesianos, siempre es
posible suponer que todos los parámetros específicos de funcionamiento
mercantil son susceptibles de reducción y de conmensurabilidad. Esto no
significa, desde luego, que la teoría neoclásica no haya desarrollado elabo-
raciones abigarradas acerca del comercio internacional; únicamente quiere
Seducción: el penmmiento económico latinoamericano O 121

decir que cuando aparecen las mismas no se ubican en el nivel del núcleo
categórico básico de la teoría y por eso son siempre intrínsecamente
problemáticas. Por señalar sólo un aspecto de esta cuestión, es claro que la
universalidad del comportamiento que busca el máximo beneficio, la
medición de las utilidades subjetivas, requiere que en un primer momento
las mismas no sean medidas en términos de tal o cual moneda particular sino
de un parámetro general numérico pero no específico de un sistema
monetario. Para que todos los individuos puedan concebirse en términos de
conducta económica es necesario que a sus preferencias sean asignados
números, órdenes, independientemente de cualquier sistema especial que
después pueda asignárseles en correspondencia. Unicamente porque se
asume que las elecciones de los individuos responden a un orden
matematizable es posible en un segundo momento concebir esas elecciones
en términos de un sistema monetario. En otras palabras, para construir un
mercado en el que puedan tener cabida todos los individuos, es necesario que
en el mismo no intervenga el dinero real sino sólo la condición general
previa de éste: la conmensurabilidad de todas las preferencias posibles. De
ahí que insistamos en que desde el paradigma neoclásico toda teoría de la
moneda resulta problemática porque siempre se encontrará en un nivel más
bajo que el de los postulados centrales de la teoría.
Cuando los teóricos de la CEPAL reivindican como aporte suyo el
planteamiento de estructuras económicas formales y nacionales, sin duda
late en el fondo de sus asertos un reconocimiento, una cierta inquietud frente
a esta imposibilidad o persistente inadecuación de las formulaciones
neoclásicas para pensar la existencia e interacciones entre varios mercados.
Sin embargo, hay una incomodidad. La fonna de resolver el problema no
pasa por una crítica del núcleo central de la teoría, en el mismo sentido en
que antes hemos visto cómo la dinamización que se propone del modelo
mercantil no cuestiona en ningún momento la eliminación inicial del tiempo
llevada a cabo por la teoría pura del mercado. En estas circunstancias, lo
"nacional" de las estructuras no podrá encontrarse en ninguna característica
de los individuos que intercambian y actúan económicamente.justo porque
se ha partido del hecho de que todos los individuos, independientemente de
cualquier espacio, responden a las pautas de conducta establecidas por la
regla del máximo beneficio y el mínimo costo.
Si lo nacional no puede asociarse a los sujetos del primer nivel
económico, entonces sólo se le puede hacer corresponder con los compo-
nentes de la estructura de segundo nivel. Y los teóricos del desarrollo
latinoamericano optan por una asimilación incuestionada de lo nacional y lo
estatal, puesto que en general han asumido que el Estado es el sujeto
privilegiado de conocimiento y acción económica que actúa en el ámbito de
la estructura de segundo nivel. Más aún, lo nacional termina siendo el
122 O Gerardo de la Fuente Lora

espacio descrito y cubierto por las variables usuales de la política económi-


ca: el producto, el ingreso, el ahorro, etcétera. ¿En qué otro sentido, si no el
de "nacionalista", se podría pensar de una política que se propone elevar
aranceles? ¿No hace falta mucha educación económica para considerar
como "nacional" la elevación del producto bruto o del ingreso?
Pero seña excesivo criticar a los teóricos de la CEPAL en este punto, ya
que en última instancia la confusión que existe entre Estado y nación
constituye aún en nuestros días un lugar común, una especie de rutina de
pensamiento. Sin duda el desarrollo azaroso de la formación de las socieda-
des civiles en nuestro subcontinente llene mucho que ver con la mencionada
identificación entre dos términos con extensiones e intenciones diferentes.
Pero sí cabe subrayar que en éste, como en muchos casos, la teoría elaborada
por la CEPAL es prácticamente inconsciente con respecto a sus supuestos.
Y ésta no es una consecuencia menor de ello: como resultado de la falta de
crítica, se hicieron pasar objetivos estatales o de ciertos componentes de los
Estados o el personal de gobierno como si fuesen metas de las naciones
como tales.

VI

Volvamos a nuestro planteamiento inicial: ¿qué es -lo que aporta la


seducción ejercida por la teoóa del desarrollo de la CEPAL? Algunas
resonancias aparecen ahora como evidentes. En primer término, sin duda, la
complejidad de la teoóa, su formalidad en los sentidos en que hemos
analizado las afirmaciones de Furtado: su seriedad por la utilización de un
aparato matemático-estadístico acorde con ciertos parámetros usuales de
cientificidad; su formalidad, también en el sentido aristotélico, de moldear
lo informe; su capacidad para estructurar lo aparentemente desordenado,
descubriendo incluso palancas antes insospechadas para el modelamiento
voluntario de la "realidad".
Siempre late en el fondo un ánimo demiúrgico. Y siempre late también
una resonancia escatológica que nos presenta la posibilidad de actuar frente
al tiempo; de domesticarlo, de acelerarlo. Un demiurgo y no un creador,
porque la complejidad de la teoría nos indica que hay resguardos, que la
osadía de pretender el desarrollo está siempre salvaguardada por la existen-
cia previa y tranquilizadora de lo económico básico, del mercado
incuestionado como un colchón en caso de caída. Porque la dinamización de
los modelos económicos asume precisamente como punto de partida esos
modelos: los hace suyos; no los cuestiona, pretende desarrollarlos. Seduc-
ción entonces segura, que por tanto está al alcance de todos. Si se planteara
la cuestión de ¿y para quién pudieron haber sido seductores los discursos
Seducci1Jn: el ¡1e11samien10 econ1Jrnico latinoamericano D 123

cepalinos? La respuesta no podría ser otra que: para todos. Pues en la


densidad resonante de un modelo que se presenta dinámico pero cuya
dinamización implica desvalorar el conocimiento de los individuos (la
eliminación de los conocimientos de oportunidad accesibles sólo a los entes
singulares en circunstancias irrepetibles y específicas según mostraba
Hayek), y que al mismo tiempo, al ubicarse en la tradición de la economía
mercantil reivindica por ello a los individuos como en última instancia
soberanos. En la confusión de todos estos elementos, ecos y resonancias,
habría espejos suficientes para el reconocimiento de todas las posturas, de
todas las vertientes ideológicas.
Sin duda, toda seducción supone complejidad porque lo complejo viene
acompañado de armónicos de misterio. Y sin duda, también la teoría
cepalina del desarrollo es compleja, misteriosa y seductora. Pero no basta
con la complejidad para seducir porque el misterio también puede producir
miedo y rechazo. La teoría de la CEPAL pudo ser seductora porque hizo
resonar cuerdas muy profundas de la cultura occidental: ideales de realiza-
ción de las capacidades individuales, paraísos cobijados bajo la polisemia de
la palabra "desarrollo", polisemia no eliminada jamás a pesar de que la
primera voz de la escritura se afanara en definir el desarrollo como el
incremento en los montos del ingreso nacional.
Pero hay que destacar que entre esos sonidos profundos, esos ideales
añejos convocados entre las líneas de la teoría matematizada, latían ecos
más específicos, eficaces y duraderos: más audibles. Un elemento utópico
resaltaba, y no un elemento utópico deslavado general, un simple ánimo de
mejoramiento humano cualquiera que fuese su contenido: la construcción
de la CEPAL fue, de principio a fin, una utopía del conocimiento.
La industrialización latinoamericana y la formación del sistema inLer-
nacional articulado a través de centro y periferia eran cuestiones insertas,
según Prebisch, en una dinámica histórica más general caracterizada como
"la propagación universal de la técnica". El progreso es precisamente ese
mecanismo mediante el cual el conocimiento tiende a difundirse inexorable-
mente por los rincones del globo de manera fluida, rápida y homogénea, o
bien, como en la relación centro-periferia, a través de obstáculos y saltos sin
cuento. En cualquier caso, la industrialización latinoamericana tenía un
contenido mucho más rico que la simple elevación de unos indicadores
económicos. Encontraba su racionalidad en una corriente motriz de toda la
historia. Entre los ecos se destaca, pues, no sólo un ánimo demiúrgico
general y abstracto sino también un deseo histórico y, en última instancia,
civilizador. Embarcarse en la gran tarea humana de la propagación del
conocimiento fue el objetivo de Prebisch, subrayado aun en sus últimos
escritos cuando identificaba la creación de nuevas fórmulas de acumulación
con "nuevas formas de compartimiento del fruto del progreso técnico"
124 D Gerardo de la Fuente Lora

(Prebisch, 1984, p. 29). La prueba de la viabilidad de la utopía fue la propia,


original y por primera vez científicamente latinoamericana, teoría de la
CEPAL.
El fracaso del modelo de sustitución de importaciones y el autoritarismo
o la proclividad al mismo por parte de los representantes de la CEPAL
pueden explicarse por razones internas a la teoóa, a sus insuficiencias y
ambigüedades, algunas de las cuales han sido aquí examinadas, y por su
carácter acrítico respecto a sus supuestos fundamentales. Otras causas
podrán encontrarse en acontecimientos y situaciones históricas vividas por
Latinoamérica. Pero el economicismo del discurso político que tuvo su
origen en el quehacer de la CEPAL sólo puede entenderse si se presta oído
a las resonancias de la escritura, a los ecos que laten no en el fondo sino en
su superficie; a su seducción. Sin duda, para los gobiernos y sus burocracias
la fundamentación del carácter privilegiado de su conocimiento y del
autoritarismo implícito en la prosecución deliberada de metas cuantitativas
de política económica resultaron aportaciones preciosas. Pero la utopía del
conocimiento puesta en juego por Prebisch, independientemente del peso
que él mismo pudiera haberle otorgado en un momento u otro del desarrollo
de su obra, acabó teniendo consecuencias insospechadas gracias a la lectura
que las posteriores escuelas de pensamiento hicieron de ella. Con el
dependentismo, la reflexión sobre el conocimiento y sus potencialidades
transformadoras de la realidad se localiza claramente en tonalidad económi-
ca y, a partir de ahí, muchos de los grandes temas de nuestra cultura co-
mienzan a tratarse, inexorablemente, en la misma clave.

VII

¿Cómo pudo llegar a ser seductor un discurso que puso en el centro de


sus elaboraciones un término como "dependencia"? Que los hombres se
sientan llamados por las resonancias del "desarrollo" no parece descabella-
do: los armónicos de "progreso", "bienestar", "evolución", "cambio" y
otros muchos asociados, pueden dar cuenta, al menos en principio, de los
entusiasmos suscitados por los planteamientos de la CEPAL. Pero ¿qué
elementos es necesario concebir para dar razón de grupos humanos fascina-
dos por una palabra que convoca ecos como "subordinación", "heteronomía",
"debilidad", etcétera? Sin duda cuando pasen los entusiasmos del momento,
el examen de la teoría de la dependencia, sus construcciones y sus efectos,
tendrá que partir de esa primera extrañeza tomándola en serio y desmenu-
zándola, absteniéndose de echar mano demasiado pronto de los expedientes
fáciles largamente elaborados, pues la vía corta cuenta con amplia documen-
tación. Un endémico y consustancial sentimiento de inferioridad a lo
Seduccití11: el pensamiento económico latinoamericcmo O 125

Samuel Ramos, por ejemplo, daría razón, sin mayores problemas, de la


tendencia de los latinoamericanos a sentirse interpelados por un discurso
que de entrada los califica y coloca como subordinados; o bien, tantas otn1s
versiones de la "subaltemalidad", "inautenticidad", ''masoquismo", "m¡1-
chismo" o lo que sea, que describirían y a veces caracterizarían como
sustancial nuestra postración histórica siempre actual. El problema radica en
que ninguno de esos discursos de la inferioridad o de la subalternalidad
podría dar cuenta de la seducción de la Teoría de la Dependencia sin
establecer una relación circular con ella. Precisamente porque la dependen-
cia pudo haber sido esgrimida por los autores que ahora examinaremos
como una explicación del sentimiento de interioridad, el machismo, el ma-
soquismo, o cualquier otro recurso del mismo tipo que pretendiera dar
razones del ser latinoamericano. Los discursos de la inferioridad no pueden
explicar la seducción de la Teoría de la Dependencia, ya que sus productos
forman parte de la misma. Las reflexiones ofrecidas por los economistas de
los años sesenta fueron, en mayor o menor medida, evidentes y aceptables,
únicamente en un contexto en el que la subaltemidad era ya un tema
corriente, un asunto del que podrían encontrarse siempre pruebas a la mano.
¿Cómo, si no, pensar el hecho paradójico de que fuera precisamente la
intelectualidad progresista la que hiciera suya la bandera de la "dependen-
cia"? ¿En qué contexto se pudo ser progresista hablando de dependencia?
Como todos los discursos pertenecientes al campo conceptual de la
inferioridad, el que nos atañe es claramente un discurso hegeliano: su
promesa de identificare! conocimiento y la libertad; el saber-se que permitía
abandonar por fin el falso ser, inferior, dependiente, se podía aguantar a pie
firme, e incluso entusiasmarse ante la calificación de dependiente, sólo
porque a este primer esclarecimiento seguiría el horizonte de la liberación.
Como en El perfil del hombre y la cultura en México (junto con sus versiones
actuales y pretéritas), se trató siempre de un discurso moral, con todas las
exigencias del género, es decir, no sólo implicaba conocimiento, sino re-
conocimiento. No sólo comprensión sino, sobre todo, asunción.
Lo notable en la ejecución dependentista del tema de la inferioridad es
que la misma se dio en clave económica, en el marco y como reacción a la
matriz conceptual elaborada por el discurso de la CEPAL. La Teoría de la
Dependencia surge para hacer frente al fracaso de las promesas desarrollistas.
Escribe Theotonio Dos Santos, en 1968: "Esta crisis del modelo de desarro-
llo (y del proyecto de desarrollo en él implícito) dominante en las ciencias
sociales de nuestros países puso en crisis esta misma ciencia. Puso en crisis
la propia noción de desarrollo y subdesarrollo y el papel explicativo de
dichos conceptos. De tal crisis nace el concepto de dependencia como
posible factor explicativo de esta situación paradójica. Se trata de explicar
por qué nosotros no nos hemos desarrollado de la misma manera que los
126 O Gerardo de la Fuente ú,ra

países hoy desarrollados. Nuestro desarrollo está condicionado por ciertas


relaciones internacionales que son definibles como relaciones de dependen-
cia. Esta situación somete nuestro desarrollo a ciertas leyes específicas que
lo califican como un desarrollo dependiente" (Dos Santos, 1987, p. 173).
El fracaso cepalino, pues, puso en crisis la noción misma de desarrollo,
y sin embargo, en un giro retórico altamente complicado, la noción de
dependencia ha de dar cuenta del hecho de que no nos hemos desarrollado.
Así se pone en juego el mecanismo básico para la construcción conceptual
dependentista: la inversión. Ya no se trata de explicar el desarrollo sino el
no-desarrollo; en lugar del progreso, el no-progreso, en vez de la libertad,
la no-libertad. Pero en todo caso el punto de referencia seguirá siendo el
mismo: el desarrollo, el progreso, en la matriz desarrollista.
Esta simple inversión es percibida y causa inquietud. La misma se
manifiesta en el deseo de encontrarle un lugar a la teoría que se inaugura, un
lugar en donde no se le acuse de estar volteando los problemas: en donde se
le adjudique un status especial y se le califique como una ciencia social de
otro tipo nuevo. ¿De qué tipo en concreto? No se sabe a ciencia cierta, pero
se asegura que es la clase de ciencia que corresponderá a lo latinoamericano.
No hay en principio una atribución abiertamente ontológica de la dependen-
cia hacia lo latinoamericano (no se postula que un ser específico
-dependiente- otorgue sus títulos de legitimidad a la nueva teoría) pero
tampoco se puede afirmar sin más que la dependencia sea una condición
provisional y modificable en el mismo sentido en el que el subdesarrollo
sería una situación pasajera, estructura de segundo nivel, para la CEPAL.
Porque si la dependencia fuera eliminable, por ejemplo a través de medidas
de política económica, entonces no habría que hacer una nueva teoría, ni
sería cierto que hubiese un tema fuerte y real en la problemática del no-
desarrollo que es el objeto de la teoría de la dependencia. La posición
subordinada de los países latinoamericanos ha de constituirse en una
estructura fuerte. Tanto que su aprehensión requeriría de una nueva ciencia
no desarrollada por nadie hasta ahora, y su transformación sería un verda-
dero cambio del mundo. En el juego dependentista de las inversiones, no es
el ser latinoamericano el que legitima la necesidad de una nueva teoría sino
el no-ser de los pueblos de este subcontinente; en el caso de Prebisch, sería
el ser del capitalismo mundial y de nuestros países, aunque no del mercado
puro, el que daría los fundamentos de su discurso. El dependentismo es la
teoría de lo que hemos tenido que ser sin serlo realmente. Su objeto, la
dependencia, indica una estructura etérea, inaprensible, que permite decir
que somos esto pero a la vez, y en profundidad, que no lo somos. El
desarrollismo, las teorías bajo cualquier uso podrán dar cuenta de nuestra
apariencia, pero no de nuestro ser.
Que la dependencia sea una categoría sui generis cuya función es ser
Sed11c·ci<ín: el pensamiento econ<Ímico latinoamericano D 127

indicador de la inversión entre ser y no-ser queda establecido por la


definición laxa, amplia, casi ambiental, que de la misma ofrece Dos Santos:
"En primer lugar debemos caracterizar la dependencia como una situación
condicionante. La dependencia es una situación en que un cj~rto grupo de
países tiene su economía condicionada por el desarrollo y la expansión de
otra economía. La relación de interdependencia entre dos o más economías
y entre éstas y el comercio mundial asume la forma de dependencia cuando
algunos países (los dominantes) pueden expandirse y autoimpulsarse, en
tanto que otros (los dependientes) sólo lo pueden hacer como reflejo de esa
expansión, que puede actuar positiva o negativamente sobre su desarrollo
inmediato. De cualquier forma, la situación básica de dependencia conduce
a una situación global de los países dependientes que los sitúa en retraso y
bajo la explotación de los países dominantes"(Dos Santos, 1987, p. 180).
Situación condicionante, básica y global: omniabarcante como la at-
mósfera. La globalidad es un atributo esencial de la dependencia. No se trata
de que en cualquier rama la balanza comercial sea deficitaria (bien podría
ser superavitaria) sino de que globalmente un país explota al otro. ¿Cómo
evaluar esta globalidad? Las tasas de crecimiento del producto latinoame-
ricano fueron comparables e incluso superiores durante mucho tiempo a las
de los países desarrollados. ¿Sería ese un indicador de dependencia? Podría
refutarse que lo importante en ese punto no es la tasa de crecimiento sino el
monto absoluto del producto. Y bien; si así fuera, ¿no se estaría tomando la
misma categoría de subdesarrollo que se dijo había terminado en una crisis
insalvable?
En cualquier caso, como lo han mostrado Jorge G. Castañeda y Enrique
Hett en El economismo dependentista ( 1988), se produce un salto entre la
constatación de que hay déficit comercial o financiero y la calificación de
tal circunstancia como dependiente o de dependencia. En un régimen
capitalista tener deudas no implica ser siervo o esclavo, al contrario, sólo los
individuos libres -sujetos de derecho- pueden asumir y hacer frente a las
deudas. La dependencia, si algún sentido tiene el término, no se refiere sin
más a la situación económica o a los balances de las cuentas, sino que denota
todo lo demás, todo lo que está más allá de esos déficit comerciales,
financieros o tecnológicos. Por eso, la dependencia es global, básica y
condicionante, porque está en todos lados, porque no es un concepto
explicativo sino una calificación que se atribuye a ciertas configuraciones
de cosas: es una marca. No consiste en ninguna situación en particular que
pueda describirse o explicarse conceptualmente: es una evaluación, una
etiqueta que se pone a una circunstancia. Indica que lo que se ve no es una
transacción de mercancías o capitales, ni una comparación de cuentas
nacionales, sino algo más, una situación negativa, indignante. Pero entre
tanto se acepta que el desenvolvimiento de las economías nacionales es
128 O Gerardo de la Fuente lora

conmensurable a partir de los mismos indicadores. Éstos ya no se critican.


Solamente se critican algunos de sus resultados.
La dependencia es una interjección. Una queja que se agrega a un
enunciado. Son signos, no de admiración sino de indignación que se ponen
antes y al final de las teorías desarrollistas. La dependencia también es un
signo lógico de negación que se antepone a las proposiciones de la teoría de
laCEPAL.
¿Puede un país explotar a otro? ¿En qué sentido puede decirse que un
país hace cualquier cosa? La obviedad del lenguaje diplomático hace oír con
naturalidad enunciados con los que los Estados se enojan, votan, se insultan,
se reconcilian o firman convenios. Pero, la noción-interjección de depen-
dencia apoya buena parte de su poder seductor en esta simple transferencia
de las cualidades de los individuos a los países. Metáfora eficaz, heredada
de los sujetos privilegiados en la estructura del segundo nivel de la matriz
cepalina, que no se elimina a pesar de los intentos dependentistas por
precisar la configuración de fuerzas y articulaciones que componen las
sociedades contemporáneas en Latinoamérica. ¿Quién es el sujeto de la
dependencia? Cuando se hizo insostenible otorgar ese papel a los Estados,
se Je atribuyó a los pueblos. Pero ¿es el pueblo un sujeto, así, sin más? ¿Un
sujeto que puede explotar o liberarse como lo hacemos cada uno de
nosotros? El dependentismo ciertamente nunca elaboró claramente sus
categorías de sujeto. Hay que subrayar que no podía hacerlo entre otras
razones porque la categoría central de dependencia en su globalidad, su
indeterminación y su carácter de interjección de sujeto igualmente ambigua
y global no exigía este sujeto o el otro, sino cualquiera que pudiera ser
descrito como actor en una relación moral en la que los calificativos de
bueno, malo, indignante, justo o injusto pudieran tener sentido.
El dependentismo es una teoría moral no obstante su vocabulario
generalmente economicista. Su apropiación de nociones marxistas cumplió
la función de permitir que la tonalidad moral permeara todas sus elaboracio-
nes. La reducción de la categoría de explotación a la de despojo o expolia-
ción poco tiene que ver con los conceptos desarrollados en El capital. El
carácter abstracto de los conflictos y procesos capitalistas, según Marx, se
pierde en favor de significados más triviales y, diría Althusser, no teóricos.
Los conceptos fueron trasladados como palabras. Ciertamente, las obras de
Marx lo permitían porque en ellas también había ecos de indignación, pero
fueron reducidas a eso: al gesto que implicaban, al ánimo revolucionario con
que fueron asentadas alguna vez. La dependencia es una relación que Marx
cali_ficaría de feudal y que difícilmente aceptaría como parte del entramado
básico fundamental de naciones capitalistas como las nuestras, y cuyo
carácter capitalista fue aceptado y proclamado por los propios dependentistas.
¿ Qué soluciones podía ofrecer este discurso moral-económico frente a
Seducdán: el pensamiento económico latinoamericano O 129

esta dependencia condicionante, presente como la atmósfera? Cambiar el


mundo, salir de los marcos del capitalismo para entrar al socialismo, cuya
prueba de factibilidad se encontró en la revolución cubana. Terminar con las
inversiones por la vía de una nueva inversión: trocar nuestro no-ser por
nuestro verdadero ser. Pero esta oferta se fue haciendo cada vez más
inaceptable, cada vez menos seductora, porque la relación negativa con el
discurso desarrollista suponía al fin compartir los mismos ideales: el
desarrollo y el progreso. Ideales de este mundo, emergidos de este no-ser-
siendo dependientes. No es fácil convencer a alguien de que construya otro
mundo para que realice por fin lo que quiere de éste. Y además, no se
planteaba algo accesible al hacer, algo viable: si lo que hay que cambiar es
todo, no hay plan o programa posible. La globalidad de la dependencia es
una gran limitante como proyecto de acción.

VIII

La caracterización del neoliberalismo se ha vuelto cada vez más difícil


debido al uso extendido del término en el debate político. La frecuente
confusión con otras posturas conservadoras no asociadas a una política
económica específica, la capacidad mimética con todo discurso que ponga
en su centro al individuo, o bien la reducción de la categoría a las recetas
fondomonetarias para el ajuste de las economías (control salarial, priva-
tización, presupuestos balance~dos, disciplina fiscal y monetaria,
desregulación y libre comercio), hacen que cada vez sea menos sencillo
determinar de qué se habla cuando se menciona el término "neoliberalismo".
Sin duda, esta propensión a recurrir a niveles de significación contrapuesta,
colabora eficazmente para la poderosa seducción que el pensamiento
neoliberal ha ejercido en tiempos recientes en Latinoamérica. Y este crisol
de ecos, significaciones y resonancias, constituye sin duda un indicador de
que la ofensiva neoliberal forma parte de las transformaciones de largo
alcance en las vertientes de nuestra cultura.
Sin embargo, la capacidad para convocar armónicos muy diversos ya
está presente en las versiones propiamente más económicas del
neoliberalismo. Respecto a ellas se puede generalizar lo que David G.
Tuerck dijo en relación con la Economía de la Oferta : "la idea de la econo-
mía por el control de la oferta es, en parte un slogan y en parte economía"
(Tuerck, 1984, p. 83).
Cabe preguntarse, ante esta conjunción de propaganda y teoría, publi-
cidad y concepto, si la relación entre ambos aspectos es externa y accidental
o bien si existen razones intrínsecas a la construcción teórica que determinen
que la misma se ejerza no sólo como texto académico sino también,
130 O Gerardo de lo Fuente Lora

indefectiblemente, como libelo propagandístico. ¿Hay algo en las redes


teóricas que predetermine o indique las formas de enunciación en que el
discurso ha de ejercerse? Nuestra respuesta es afirmativa, como trataremos
de demostrar.
Tanto en la forma más usual de su existencia como propaganda -el
discurso gubernamental- como en su presentación a la manera de la
ec:onomía académica, el neo liberalismo exhibe pretensiones de transforma-
ción global, de reforma a cada rincón del entramado social. En su informe
de 1991 sobre la privatización de industrias paraestatales, la Secretaría de
Hacienda de México afirmó sin ambages: "La presente administración,
desde su inicio, ha orientado sus esfuerzos a la modernización de la vida
nacional en todos sus ámbitos" (Secretaría de Hacienda y Crédito Público,
1990, p. II); enunciado que se aviene a la perfección con lo dicho por Manuel
Tanoira -antiguo responsable de la política de reprivatización en Argen-
tina con Raúl Alfonsín- en un seminario académico: "hay que cambiar el
todo, no sólo las partes, para modificar efectivamente las actividades en que
se sustentan las sociedades mercantilistas" (Tanoira, 1989, p. 68).
Esta pretensión exhaustiva, este ánimo demiúrgico desaforado sólo
puede basarse, tanto en la vertiente del slogan como en el de la teoría, en la
convicción de que la propuesta neoliberal toca las células más fundamenta-
les de la sociedad. Claramente, en ambas claves, la focalización del
individuo como sujeto-agente del discurso constituye un elemento primario
de este convencimiento de haber llegado a los resortes últimos, a las
palancas originales que provocarán el cambio global. Hay aquí una transfor-
mación evidente en relación con la propuesta desarrollista: el sujeto del
cambio. La posibilidad misma de las mutaciones no se ubica ya en un orden
de segundo nivel donde habría sujetos privilegiados, ejes ineludibles de las
transformaciones. El cambio se coloca en el primer nivel de lo económico,
en el espacio en el que interactúan infinidad de partículas buscando, cada
una, su máximo beneficio y su mínimo costo. Ahora bien, ¿cómo puede
hablarse de un cambio global cuando el orden en el mercado es sólo una
resultante, un efecto que no depende de la voluntad de nadie? En este punto
el neoliberalismo no se retracta en ningún momento; coloca al individuo
económico como soberano, o mejor dicho, su gran oferta es esa soberanía.
En tales circunstancias, el cambio global que se propugna es de un tipo
diferente al postulado por la CEPAL o al dependentismo. Es una vuelta al
espacio mercantil no estructurado. Pero sigue siendo una propuesta de
cambio total y, al asumirse así, hace suyas las resonancias que en ese sentido
demiúrgico general animaron las formulaciones de Prebisch y los
dependentistas. El neoliberalismo afirma: el verdadero cambio global que
se había buscado es éste, pero en el deslizamiento, la idea misma de rupturas
globales queda sustituida por infinidad de pequeños ajustes a nivel indivi-
Sed11u:irí11: el pen.<amie1110 ernmímico lalinooml'rirnno O 131.

dual que, en conjunto, siempre darán como resultado lo mismo: el mercado,


ese espacio sin tiempo, siempre idéntico a sí como efecto de las elecciones
individuales, que fue descrito por los modelos de la economía neoclásica.
Las elaboraciones que a través de las dos vías, slogan y teoría, se
realizan alrededor de la célula-individuo (aunque en última instancia se
apoyan unas en otras) se construyen de manera específica.
No es el objeto de este ensayo explorar las figuras retóricas, las
configuraciones iconográficas y simbólicas, o los canales de difusión de la
estrategia publicitaria propagandística neoliberal. Digamos solamente que
toda esta vertiente de la cuestión se articula en la efectividad de fórmulas
como la extremadamente poderosa y seductora teoría de Friedman: Free dom
to choice (libertad de elegir).
El empleo característico del enunciado corto, del aforismo o de la
consigna (compleja fusión de la fraseología de izquierda y del género del
informe ejecutivo) se teje siempre en torno a este tema de la elección libre.
Incluso en sus presentaciones latinoamericanas: "los l:andidatos que se
pronuncian a favor de la privatización -afirma Tano ira-deben preguntar-
le a los electores ¿por qué necesitan que un intermediario (el gobierno)
maneje sus acciones?; además, deben dar la respuesta: creemos que sus
acciones son sus acciones. Creemos que nadie puede servir sus intereses tan
efectivamente como ustedes" (Tanoira, 1989, p. 67).
La imagen de los jóvenes neoliberales en todo el continente, su estilo,
su agresividad, tiene que ver con el manejo eficaz de la frase corta y su
efecto. Pero no sólo la forma de hablar aporta algo a la seducción de la
publicidad neo liberal. También la complejidad de su contenido, y ya hemos
mencionado que la complejidad es componente ineludible de lo que seduce.
Pues la simple frase de Friedman encierra una complicación interesante: se
trata de un enunciado que pretende no ser moral, sino en todo caso ético. No
juzga el contenido de las elecciones, no evalúa lo bueno y lo malo de las
acciones, simplemente postula que las mismas se ejerzan sin coacción. Y no
cabe duda de que un discurso así ha de ser atractivo en un mundo harto ya
de moralistas y predicadores; de poderes arbitrarios, ya sean individuales,
institucionales, burocráticos o estatales. Frente a la teoría dependen lista, por
ejemplo, que era un texto moral y moralista (aunque, como vimos, en el área
económica), que como tal exigía patrones de conducta determinados,
rituales y sanciones, compromisos fuertes y enormes (porque de lo que se
trataba era de cambiar el mundo), la publicidad neoliberal se presenta a sf
misma como amoralista, como permisiva.
La experiencia latinoamericana en el ajuste económico, después de diez
años de disciplina social por la vía de lo que Michel Aglietta llamó "la
violencia de la moneda", desmentiría rotundamente las veleidades permisivas
de que hace gala el discurso neoliberal. Sin embargo, este tipo de crítica del
132 O Gemrdo de la Fuente Lora

contraejemplo fáctico se vuelve estéril en la medida en que no reconoce que


el neoliberalismo está tocando problemas éticos fundamentales que requie-
ren de profundas elaboraciones teóricas para que la crítica se vuelva
productiva. Acaso la teoría dependentista acertó sin quererlo al identificar
lo moral como una cuestión básica en juego en el tiempo latinoamericano,
pero las limitaciones que le impuso su configuración en las reglas del
discurrir económico le impidieron asumir su práctica -hablar sobre la
moral- como su objeto propio de estudio. Dejemos por el momento el
examen del neoliberalismo en su vertiente publicitaria propagandística,
para subrayar la necesidad de desarrollar la reflexión en torno a la ética en
su sentido propio y no a través del préstamo de categorías de otras
disciplinas, por ejemplo de la economía.
Volvamos pues al aspecto teórico-económico del neoliberalismo. Algu-
na vez afirmaba James Buchanan que las teorías que se proponen pensar la
sociedad y sus transfonnaciones pueden optar en general por dos vías:
centrarse en las reglas, normas e instituciones, o bien enfocar a los hombres
y sus dotaciones psíquicas. En el primer caso, el problema del cambio social
atiende a las regulaciones desde la perspectiva según la cual la sociedad
debería funcionar independientemente de si los individuos que la componen
son buenos o malos de acuerdo con cualquier tabla de valores. En el segundo
caso, la transformación social se propone no como una mutación de las
reglas o contextos institucionales, sino como el propósito y la acción de
mejorar las dotaciones individuales: como la pedagogía y la moralización.
De acuerdo con lo que hemos visto, el slogan y la publicidad neoliberal
optan por la vía de las reglas planteadas por Buchanan y no por el camino
de la moralización. Si las claves del slogan y la teoría fuesen consistentes
entre sí, las posiciones del sujeto construidas por la teoría económica
neoliberal deberían permitir a los agentes que las ocuparan sin elecciones
abiertas, sin coacción ni predeterminación. Entonces, ¿se cumple efectiva-
mente esta condición?

IX

Llegar al análisis de las posiciones del sujeto que proponen las teorías
económicas neoliberales requiere detenerse previamente en otros aspectos
Y propósitos de ellas. En primer lugar, en uno de sus afanes básicos: la
despolitización de Jo económico.
De los estudios sobre la crisis fiscal del Estado, la economía neoliberal
considera que la crisis del Estado de bienestar está asociada a la introducción
de .ciertas distorsiones en el ámbito económico que podrían funcionar si se
deJase actuar sus mecanismos propios de autorregulación. Hay en esta
Sed11ccitín: el pensamiento econtímico latinoamel"Írnno O 133

postura, o detrás de ella (a pesar de la forma común que adquiere como


declaración de fe hacia el mercado), elaboraciones teóricas importantes que
sería ingenuo dejar de lado en favor de una crítica global y fácil. Entre ellas,
una que nos parece importante es la que pone en discusión los efectos de las
formas de propiedad sobre las extemalidades de la producción, de los bienes
públicos y de las decisiones colectivas. Por ejemplo, estudiando el problema
del "viajero gratis" (el que disfruta de una prestación o servicio sin pagar
porque todos los demás pagan), relacionado con el financiamiento de los
bienes públicos, Richard E. Wagner afirma que "hasta el punto en que es
difícil, si no imposible, excluir a los que no pagan por algún bien o servicio
por usarlo de cualquier modo, la estructura de la producción en una
economía organizada por contrato e intercambio puede no conducir al
empleo de los recursos en sus usos más valiosos" (Wagner, 1984, pp. 130-
131 ).
Y aunque hay en esto la mencionada fe mercantil, Wagner deriva
propuestas interesantes respecto a la teoría fiscal -el financiamiento
gubernamental no por cobro directo de cada servicio, sino por utilización de
las ganancias en algunas de sus empresas, de acuerdo con la voluntad de los
propios consumidores, para otros fines en los que la propiedad individual no
puede ser claramente establecida-; propuestas que merecen reflexión y
que por otro lado no parecen tener contraelaboraciones suficientes que
provengan de otros enfoques económicos.
En todo caso, aparte del llamado a no descalificar globalmente los
productos de la reflexión económica neoliberal -por ejemplo, tomar en
serio el tema que Wagner y otros nos proponen acerca de los efectos
económicos de las formas de propiedad- el texto del autor que acabamos
de citar debe servimos para examinar la forma que asume en la teoría el
propósito enunciado de despolitizar lo económico: economizar a la socie-
dad. El mismo Wagner postula abiertamente que el cálculo económico
permite a la sociedad canalizar los recursos a sus empleos más valiosos y
enfatiza que la evaluación de las instituciones ha de darse a partir de su
eficacia para facilitar dicho cálculo.
Ahora bien, este cálculo, que deben promover las instituciones, no es
desde luego la medición de agregados económicos -las estructuras-
objeto de la teoría keynesiana y desarrollista. El cálculo se refiere a las
estimaciones que realicen la infinidad de individuos que componen la
sociedad, o mejor, la infinidad de sujetos-individuales (pueden ser, además
de hombres, empresas) en relación con los precios que enfrentan. La política
económica ya no se propone actuar sobre el ingreso global sino sobre los
precios relativos. Si la teoría de Keynes y la CEPAL trataba sobre las
estructuras económicas por encima, o en un segundo nivel, de los elementos
básicos del mercado, ahora de lo que se trata es de volver al nivel básico para
134 [] Gerardn de la Fueme Lom

desde ahí y, únicamente con los elementos que lo componen, dar cuenta de
los fenómenos económicos.
De acuerdo con este análisis en torno a las elaboraciones de Keynes-
CEPAL, las estructuras del segundo nivel suponen, frente al mercado que
sirve de base, la emergencia de un sujeto especial (el Estado) que posee las
características siguientes: a) conocimiento privilegiado; b) capacidad de
influencia en todo el sistema (a diferencia de los individuos del mercado
básico que sólo tendrían influencia local); c) ser el lugar y el agente de la
dinamización del modelo: el motor y el conductor del cambio.
¿Se han eliminado estas características del Estado-sujeto del segundo
nivel con el retorno del mercado preconizado por el neoliberalismo? Una
primera parte de la respuesta tiene que ver con la constatación de que el
neoliberalismo surge, en primer término, como una política de ajuste; como
un intento de corrección frente a una crisis. Requiere, imprescindiblemente,
de un ejercicio del poder y el aparato del Estado que emplee sin misericordia
todas las capacidades que fue adquiriendo a lo largo de la era keynesiana y
desarrollista. Como señala Pedro-Pablo Kuczynski (ministro peruano de
energéticos de 1980 a 1982), una condición previa para la privatización es
"tener claros los canales de mando" (Kuczynski, 1989, p. 112). Terminar
con lo que Keynes consideró incluso como constantes históricas, especial-
mente la inflexibilidad de los salarios a la baja y el poder de negociación de
los sindicatos, sólo pudo lograrse por la vía de un autoritarismo basado
justamente en los atributos que la CEPAL identificó como propios del
Estado: conocimiento superior, influencia global y fuerza motriz del cam-
bio.
La segunda parte de la respuesta a la cuestión de si el neo liberalismo ha
eliminado los caracteres de sujeto privilegiado que anteriormente fueron
atribuidos al Estado reviste un aspecto más teórico, y de ella deberían
derivarse a su vezrespuestas plausibles a la pregunta de si el neo liberalismo
podrá ser algo más que una teoría de ajuste, si podrá devenir en una
elaboración más positiva.
En resumen, del estado del debate entre keynesianos desarrollistas y
neoliberales (monetaristas, ofertistas, teóricos de las expectativas raciona-
les, etcétera), podría decirse que el Estado perderá sus características de
sujeto especial de segundo nivel dependiendo de la forma en que actúen los
individuos, protagonistas del primer nivel. Por ejemplo, ¿puede el Estado
influir directamente en el monto del producto a través del multiplicador o
no? Los keynesianos dirían que sí, que podría hacerlo por ejemplo a través
de la manipulación de la tasa de interés; los monetaristas dirían que no, que
la produrción es exógena respecto al sistema monetario. ¿Quién tiene la
razón? Depende de lo que los individuos estén dispuestos a hacer con su
cimero; depende de si en verdad tienen preferencia por la liquidez o no. Toda
Seducción: el pe11.ramie1110 ecol1fímic:o la1i11oamericono O 135

la polémica económica actual tiene que ver con cuestiones de conducta. Pero
subrayemos, no de la conducta en general sino de la medida de la conducta.
Porque tanto Keynes como la CEPAL y Friedman parten del postulado
básico neoclásico de que los individuos actuarán siempre buscando su
propio beneficio y eligiendo las mayores ganancias y los menores costos.
Este punto de partida, situado en el núcleo mismo del pensamiento econó-
mico, jamás es puesto en discusión. Partiendo de ese supuesto inmutable,
todos los bandos podrían estar de acuerdo en que si el costo de tener dinero
disminuye los individuos querrán tener más dinero. Si baja la tasa de interés
los individuos sacarán su dinero del banco, pero la pregunta crucial aquí es,
entonces: ¿cuánto exactamente sacarán? Si los bancos pagan más, la gente
les llevará su dinero, pero ¿lo llevarán todo o guardarán una parte en el
colchón? Las respuestas posibles implican esquemas diferentes de política
económica: si no lo llevan todo, o si la parte que dejan en el colchón es muy
variable, entonces la velocidad de circulación será también variable y el
control de la inflación por la vía monetaria fallará. Peter D. McClelland
resume la polémica de keynesianos y monetaristas en términos de medición
de la conducta: "Los monetaristas afirman que el deseo de mantener dinero
en caja ocioso es insensible a los cambios en la tasa de interés (y a otros
factores también); los keynesianos claman que el deseo de mantener dinero
en caja ocioso es muy sensitivo a los cambios en la tasa de interés. En el
núcleo del debate se encuentra una cuestión de hecho concerniente a la
forma de responder de ciertos tomadores de decisiones: cuando las tasas de
interés caen ¿la demanda por balances de dinero en caja ocioso se incrementa
por mucho o por poco? (McClelland,1983, p. 56).
El problema central es ¿cuánto actúan los individuos, dado que siempre
sabemos las líneas generales de cómo actúan? Revisando los debates de la
economía contemporánea entre keynesianos y monetaristas, David G.
Tuerck señala "lo que ahora puede ser el problema único más importante eu
la macroeconomía":"El papel de las expectativas del público para determi-
nar la conducta del fenómeno económico nominal y real y la tasa con la que
dichas expectativas se ajustan a cambios en la información a mano concer-
niente a la conducta de tales fenómenos" (Tuerck, 1984, p. l 02).
Más adelante Tuerck subraya un elemento importante relacionado con
la medida de la conducta que es el eje del problema. No sólo hay que saber
cuánto se actúa, sino con qué rapidez se lleva más dinero al banco (pero hay
que saber no sólo cuánto, sino en qué lapso). El problema económico actual
podría recibir esta nueva enunciación del mismo Tuerck: "Primero ¿qué
determina las expectativas del público sobre los hechos económicos actua-
les o futuros?; y segundo ¿con qué rapidez (el individuo) revisa sus
expectativas a la luz de nueva información concerniente al curso probable
de dichos hechos? (/bid., pp. l 05-106).
136 O Gerardo de la Fuenre Lora

Se asume pues que la medida de la conducta (siempre se actúa buscando


el máximo beneficio, pero ¿cuánto se actúa?) depende de las expectativas de
los individuos. De acuerdo con la Teoría de las Expectativas Racionales, la
conducta de los individuos responderá a las diferencias entre el nivel de
precios tal como ellos los perciben y el nivel de precios real. De ahí que la
labor gubernamental en cuanto a la política económica será proporcionar
parámetros estables para que los individuos puedan creer que sus percepcio-
nes corresponden con "la realidad" (por ejemplo, si los precios históricos
son estables, el individuo creerá que la variación que ahora enfrenta es
pasajera y limitada a su mercado local y actuará en consecuencia).
Mientras la acción de los individuos responda a los postulados de la
Teoría de las Expectativas Racionales, la acción del gobierno será muy
diversa a la política económica propuesta poi; Keynes y la CEPAL. Ya no se
tratará de una administración de la demanda por intervención directa del
Estado (sujeto con conocimiento privilegiado, impulsor de objetivos
cuantitativamente precisos en la economía), sino de la administración de las
expectativas por medio de la estabilización de los parámetros de la actividad
económica (tasas de interés estables, tasas estables de crecimiento de la
masa monetaria, etcétera). Lo importante no será la prosecución de metas
cuantitativas sino mostrar una actitud de firmeza que dé sustento a expec-
tativas seguras. Ya no se tratará de la planeación sino de la creación de un
ambiente propicio para el desenvolvimiento ordenado de las expectativas de
los individuos. Para el gobierno ya no se tratará tanto de hacer, sino de crear
un ambiente. De la política económica se pasaría a una política ambiental,
publicitaria, en la que las dos vertientes del neoliberalismo, slogan y teoría,
coníluirían.
Ahora bien, todo esto sería factible si los individuos no actuaran de
acuerdo con los postulados de acción que fueron propuestos por Keynes:
porque si los individuos comienzan a tener, por ejemplo, preferencia por la
1iquidez, entonces los postulados de la teoría antigua serán verdaderos y, con
ellos, las atribuciones del Estado como sujeto privilegiado de segundo nivel.
La administración de expectativas es una política en general blanda.
Pero los límites de su permisividad están dados por el keynesianismo; todo
está permitido menos actuar como Keynes dijo que se actuaba. Para evitar
patrones de conducta keynesianos el neoliberalismo en tiempos de ajuste
recurrió a toda la fuerza del Estado que criticaba. Pero, al mismo tiempo,
comenzó a poner en acción las herramientas específicas de la política que se
derivan de su configuración teórica: porque si se trata de administrar
expectativas, si el éxito depende de que la Teoría de las Expectativas
Racionales tenga razón, entonces el hecho de que el neo liberalismo sea una
teoría Y un slogan ya no es accidental ni gratuito: la política ambiental
centrada en el manejo de la percepción de los individuos requiere ejercerse
Sed11cci1,n: el pen.mmienw ewmímil'tl latinoamericano O 137

como despliegue publicitario, como propaganda y como imagen. Es nece-


sario que los individuos crean que los parámetros son estables; que el
gobierno es firme, y por otro lado, ya no es tan importante que lo sea, ni
tampoco que sea efü;iente, sino que los individuos puedan esperar que algún
día lo será.
Volvemos pues a nuestro punto de partida: la teoría y la publicidad.
¿Podrá sobrevivir el neoliberalismo como algo más que una política de
ajuste? Depende de que efectivamente las nociones mismas de gobemabilidad
que organizan nuestras sociedades se modifiquen y se adapten a la tarea
escenográfica, en buena medida de espectáculo, que hoy la teoría atribuye
al gobierno. Así como a través del discurso dependentista se procesaba otro
texto: el moral, en la teoría económica neo liberal se procesa, con la jerga de
la economía, algo más importante y fundamental: la gobernabilidad. ¿Será
gobernar la manipulación de las expectativas de la gente? ¿Es eso lo que
cabe esperar de la sociedad organizada bajo el lema Freedom to choice? ¿No
habría que tomar en serio el reclamo social, la inquietud que hoy justifica la
seducción de esa consigna y ofrecer una alternativa que en verdad la
satisfaga?¿ O habrá que aceptar sin más el mensaje y la propuesta de la nueva
gobernabilidad de que todo, la riqueza de lo individual, el deseo, lo utópico,
lo erótico, lo bello, etcétera, puede reducirse al /romo economicus, a la
administración de las expectativas limitadas, cuantitativas de ese ser dismi-
nuido en su humanidad?

Las teorías económicas en Latinoamérica han manejado los discursos,


los ecos y las resonancias más diversas; desde la utopía de la difusión
universal del progreso técnico con Prebisch hasta la teoría de Iagobemabilidad
con el neoliberalismo, pasando poruna vocación moral con el dependentismo.
La seducción de la teoría ha sido tan fuerte que con la administración de
expectativas acaba convirtiéndose en una teoría de la seducción. Nuestro
pensamiento crítico, epistemológico y reconstructivo ha corrido siempre a
la zaga de tales desarrollos. El encantamiento ha sido tan fuerte que siempre
creímos que lo que discutíamos era, sin más, economía. Y aun después de
avanzar algunos pasos queda la sensación de no haber respondido cabal-
mente a la pregunta. Encontrar las respuestas al interrogante constituye
programa de investigación a fin de que algún día podamos encontrar la
respuesta frente al economicismo. ¿Por qué seduce, qué imaginaciones
profundas, qué armónicos se han puesto en juego cuando la melodía
económica se ha ejecutado en Latinoamérica?
El camino del programa de investigación tiene al menos tres vertientes.
138 O Gerardo de la Fuente lora

La primera es reparar en el carácter de las teorías como escrituras. Ubicarlas


en su ejercicio concreto como textos, manuales, tratados, programas,
consignas y poemas. ¿En qué formas de enunciación han existido y existen
las teorías económicas en América Latina? Segunda, reparar en el tema de
la seducción; en el vínculo entre lo que seduce y la escritura en general: ¿cuál
es el juego de resonancias múltiples entre las teorías económicas, con sus
sueños y sus utopías, y la literatura latinoamericana, con su magia maravi-
llosa? Preguntarse, si en las teorías económicas no se procesa economía, ¿se
estarán procesando en la literatura de nuestro subcontinente nuevas vías
para comprender, pensar y vivir lo económico? Y, tercera, asumir el reto hoy
lanzado por el neoliberalismo, de pensar nuevamente la libertad del indivi-
duo. Proponer alternativas de ordenamiento social que pongan en el centro
el enriquecimiento vital del individuo. Ya no del país o del pueblo, ya no del
hombre en general, sino de todos y cada uno de los que habitamos este
continente latinoamericano.

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Autores

Gerardo de la Fuente, es filósofo, egresado de la Facultad de Filosofía y


Letras e investigador del Instituto de Investigaciones Interdisciplinarias de
laUNAM.

Enrique de la Garza, investigador de la Universidad Autónoma Metropo-


litana-Unidad lztapalapa, con maestría en sociología del trabajo, y doctor en
sociología, es autor de varias publicaciones.

Emma León Vega, psicóloga, es profesora de la Facultad de Psicología de


la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con estudios de
doctorado en ciencias sociales, mención sociología, en El Colegio de
México. Actualmente se desempeña como investigadora del Centro Regio-
nal de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la UNAM.

Susana Luminato, es profesora del Area de Lógica y filosofía de las


ciencias de la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa, y
miembro del Comité Académico del Programa de investigación y docencia
epistemológica (PIDE).

Hugo Zemelman Merino, sociólogo, profesor-investigador de El


Colegio de México, fue director del Departamento de Sociología de la
Universidad de Chile y actualmente profesor-visitante del mismo. Miembro
de la comisión de Epistemología y Política del Consejo Latinoamericano de
Ciencias Sociales (CLACSO), ha publicado numerosos artículos y libros
consagrados a la reflexión epistemológica y sociopolítica.
La presente edición de Derermmismos y a/1erna1ivc,s
en las ciencias sociales de América Latina se tennimi
de imprimir el día 4 de abril de 1995, en los talleres
gráficos de Tipografia Principios, ubicados de Toro a
Cardones, Edif. Res. Toro. P. B.• Teléfonos: (0.58-2)
81.73.0S - 83.67.59 - 862.87.24 (Fax)
Caracas • Venezuela.