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Octubre 2010

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Editorial

EDITORIAL.
El cuarto número de mandeb hace honor desde su tapa al propio concepto de la revista. Es un honor, con todas las letras (incluso la H) tener al maestro Jorge Luis Borges plasmado por obra de Luciano Giraldez. La emoción es porque es la primer tapa de esta revista literaria que versa por sí misma de literatura. Un número con poca poesía y mucha narrativa, un ensayo y además lo anunciado: nuestro primer espacio literario gráfico, con dos historietas de la mano de nuestro ilustrador de tapa de esta edición. Recuerden que pueden comunicarse a través del e-mail revistamandeb@yahoo.com para envío de material o cualquier otro comentario o sugerencia acerca de la revista. De paso, les recordamos que sólo utilizamos material que nos envíen por ese medio, ya que nos sirve de registro y para mantener un poco el orden. Bienvenidos. RM.

DE QUIÉN ES MANDEB.
anuel Mandeb es el Pensador de Flores, personaje central en la mitología del barrio bonaerense de Flores creada por Alejandro Dolina. Junto a Jorge Allen, Ives Castagnino y el ruso Salzman forman el grupo de los hombres sensibles, enfrentado al grupo de los refutadores de leyendas, que se dedican a quitar la belleza, misterio y encanto a las maravillas del barrio con explicaciones racionales y científicas, completamente lógicas, que el grupo de Mandeb desautoriza desde el irracionalismo más radical. Mandeb tiene una obra tan prolífica como variada e inconclusa, citada al principio de “Crónicas del Ángel Gris”. Mandeb nos presta su voz polifacética para dar identidad a esta revista; identidad que no es otra que la Literatura Viva en sí misma con toda su diversidad. Para que cada vez seamos más sensibles y nos dediquemos menos a refutar. Es más, para que tengamos el valor de construir nuevas leyendas, paso a paso.

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EN ESTE NÚMERO:
Editorial. .................................................................................................................................. 2 De Quién Es Mandeb. ............................................................................................................ 2 Despídete, Amor Mío, Hasta la Próxima Luna Creciente. Mario Pires ......................... 4 ¿Cuál Es? Mario Pires ........................................................................................................... 5 Redacción: Las Vacaciones. Mario Pires .............................................................................. 6 Punitur Quia Peccatum est en Dostoievski. Lucas Abal .................................................... 7 Ignorada Lucidez. Nicolás García Gallego .......................................................................... 10 Mi Reflejo en sus Miradas. Nicolás García Gallego ............................................................ 11 El Mono. Rodrigo Torres Quezada ........................................................................................ 14 Escalando al Cielo. Rodrigo Torres Quezada ....................................................................... 15 La Mina del Gordo Celso. axel luchilin krustofski ............................................................. 18 Una Jaula. José Alejandro Brito Boadas .............................................................................. 21 ****. Matías Brun .................................................................................................................... 24 Acostumbrado Final de la Ronda Nocturna. Junnecus ................................................... 28 Historietas. ............................................................................................................................ 31 Sobre la Imagen de Portada ................................................................................................ 32 @_@

A Quien Pueda Interesar
Mandeb es y será una revista bimensual gratuita, de distribución libre, en formato PDF y diagramada en A4 para facilitar su impresión si así el lector lo desea. Los editores no recibimos nada a cambio de nuestro trabajo excepto dolores de cabeza por las horas pasadas frente al monitor de la computadora y algo de satisfacción artística. Todas las obras que aquí se publican son mérito, responsabilidad y propiedad de sus autores. Por esto, las felicitaciones o críticas a sus contenidos serán derivadas a ellos. Finalmente, la revista, en su totalidad y sin modificaciones, puede ser distribuida y copiada cuanto se quiera; pero para reproducir aisladamente alguno de los textos que la componen se deberá solicitar el permiso expreso del autor. Para esto, basta con enviar un mail a revistamandeb@yahoo.com y nosotros lo pondremos en contacto con él. Los editores Octubre, 2010.

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DESPÍDETE, AMOR MÍO, HASTA LA PRÓXIMA LUNA CRECIENTE
Mario Pires

Poesía

Estar o no estar
eso parece igual Ir o no ir marca diferencias Ya que te fuiste pregunto por qué viniste El tiempo pasa la luna y el sol repasan el camino Despídete amor mío hasta la próxima luna creciente Podría hablar de lo que nunca hablé podría decir y desdecir podría construir y demoler podría tirar al cielo un sol y luego una luna podría ser yo mismo estrella, luz y tal vez constelación podría vivir todo en cinco segundos y luego dejarme morir porque mi hora ha llegado

Háblame de líos y ahí estoy yo Háblame de miedos y el miedo soy yo Te dejo unos segundos en otra vida te vuelvo a buscar Todo es un sueño cuando despierte todo será igual Háblame de ti mi yo se esconde

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¿CUÁL ES?
Mario Pires

¿Cuál es tu vicio?
¿Pegarle a las niñas a la salida del colegio? ¿Fumar hierba-sana raíz de tu dolor? "El infierno arde más que nunca Es mucho fuego para un solo hombre" ¿Cuál es tu vicio? ¿La paranoia colectiva que ronda tu cabeza? ¿La paranoia individual que se junta con las demás? "Es en la tierra de los mortales donde abundan los demonios" ¿Cuál es tu vicio? ¿Dolor ajeno que alimenta tu placer? ¿Cocaína-blanca-pura llenando tu nariz vaciando tu cabeza? "El infierno de los sentidos es la invitación al verdadero infierno" ¿Cuál es tu vicio? ¿Hacer ofrendas a dioses extraños mientras tus hermanos mueren de hambre? ¿Construir aviones de papel soñando con aviones que siempre caen? ¿Matar en nombre de la revolución cuando la revolución ya no tiene nombre? ¿Vivir en el futuro esquivando un presente? ¿Reventar el hoy sin pensar que después habrá un mañana? ¿Acumular dinero? ¿Poder? ¿Cuál es tu vicio? 5

Poesía

¿El cafecito del buen día o el cigarrito de las buenas noches? ¿La copita de champán burbujas que nunca sanan? ¿Sueños de destrucción? ¿El sexo en la pantalla? ¿Cuál es tu vicio? ¿La locura que alimenta la esperanza que devora? ¿Cuál es?

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REDACCIÓN: LAS VACACIONES
Narrativa
Mario Pires

En las vacaciones asesiné teléfonos.
Teléfonos públicos, móviles, fijos. Incluso inalámbricos. Cada vez que sonaba un teléfono se me crispaban los nervios por lo que un día exploté. Si, un día fue demasiado. Cliiiiin cliiiin, sonaba el maldito y lo tuve que asesinar. Después de cometer el primer asesinato el resto fue cada vez más sencillo. Uno a uno los fui matando sin piedad, sin misericordia. El resto de las vacaciones las pasé ocultándome de la justicia que me perseguía porque, decía ella, yo era culpable de la incomunicación de los seres.

Mario Pires (1974) Nace en Oporto, Portugal. A los 3 años se traslada con su familia a Alemania. A los 8 se traslada a Montevideo, Uruguay, donde reside actualmente. Comienza a escribir relativamente tarde, allá por los 18 o 19 años. Antes de esa edad no manifestó ningún interés por la escritura, pero siempre demostró un gran interés por la lectura y la música. Entre otras cosas publicó poemas y cuentos en diferentes revistas under, participó en varios libros colectivos, editó una revista under, publicó dos librillos con textos propios, escribió una novela y un libro de poemas y cuentos que permanecen inéditos, escribió varias obras de teatro que fueron llevadas a los escenarios, produjo varios espectáculos, publicó en diversos sitios web. Más info: maldicionpoeta.blogspot.com.

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PUNITUR QUIA PECCATUM EST EN DOSTOIEVSKI
Lucas Abal

Ensayo
Ustedes saben que se dijo “Ojo por ojo y diente por diente”. En cambio, yo les digo: No se resistan a los malvados: Preséntale la mejilla izquierda al que te abofetea la derecha Mateo 5, 38-40

quia peccatum est. Con esta expresión latina, los medievales justificaban la imposición de una pena por haber cometido un delito; estos juristas entendían la pena como un mal absolutamente necesario para la expiación del pecado. Esta finalidad que antaño se le adjudicó ha sido abandonada ya siglos atrás por los estudiosos del derecho. Desde Cesare Beccaria en adelante, pocas personas le atribuyen este sentido a la pena. No es objeto de este ensayo analizar el fundamento y finalidad de la pena, pero sí me gustaría concentrarme en la noción de expiación y la importancia de tal concepto. Cuando uno de nosotros realiza u omite una acción que provoca un resultado que es considerado objetivamente malo, necesariamente siente arrepentimiento. Pero esto no sucede en el supuesto de que la acción u omisión se encuentra justificada por una razón considerada suficiente para evitar el remordimiento. Para aclarar la idea expresada, daré un ejemplo: si una mujer le pega una cachetada a su novio porque descubre una infidelidad, no sentirá arrepentimiento; en cambio, si le pega una cachetada sin motivo alguno, sí lo sentirá. Este ejemplo es absolutamente inverosímil porque nunca una persona realiza una acción sin sentido, pero sirve para dejar clara la primera idea y pasar a la segunda, que resulta más importante. En efecto, el motivo tiene que poseer la suficiente entidad para que una mala acción u omisión no genere remordimiento. Volvamos al ejemplo anterior: si una mujer le da una cachetada a su novio, no sentirá remordimiento, porque el dolor del golpe posee una entidad significativamente menor a la infidelidad, pero, si la bofetada es dada a su novio porque olvidó traerle una media que había dejado en su casa, sí sentirá arrepentimiento, a menos que la chica le otorgue más importancia a la prenda mencionada que al dolor que sufre su novio. Si, en el mismo ejemplo de la infidelidad, lo mata en vez de darle una cachetada, sentirá arrepentimiento, porque su acción es desproporcionada frente al hecho, salvo que la mujer considere la

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fidelidad un bien más importante que la vida, situación que es fácilmente imaginable. Lo que pretendo explicar es más simple de lo que parece: uno puede realizar acciones malas, pero, si se encuentran justificadas por motivos que posean mayor entidad que el resultado producido por su hecho, no causan arrepentimiento. Reforzaré la idea con ejemplos históricos: si la naciente nación argentina comienza una guerra contra el imperio español, la razón será que considera que la independencia es más importante que la vida de algunos hombres, por lo que su acción se encuentra justificada. O, si el Ejército argentino rompe el orden constitucional para asumir el poder y derrotar a la subversión sin respetar la Carta Magna, es porque considera que el orden nacional es más importante que los principios establecidos en nuestra Ley Fundamental. En la novela Crimen y Castigo, escrita por Fedor Dostoievski, el protagonista, Rodion Romanovich Raskolnikov, razona del mismo modo que hasta ahora he expuesto, pero con una diferencia sustancial: para él solo los hombres extraordinarios pueden realizar acciones malas justificadas sin sentir arrepentimiento. En esto se equivoca cabalmente, pues lo descripto en los párrafos anteriores no es propio de personas excepcionales, sino común a la naturaleza humana. Raskolnikov siente remordimiento por haber matado a dos personas, no porque no es un hombre extraordinario, sino porque su acción fue desproporcionada frente al motivo buscado: poder empezar una nueva vida sin sufrir pobreza. Hasta ahora todo lo expuesto, en realidad, carece de originalidad, ya que se basa en dos conceptos conocidos por quien lee este ensayo. Uno es causa y efecto, es decir, ante un hecho se produce un resultado; no abundaré más ya que no es mi propósito subestimar al lector. El otro concepto es aún más simple: ante dos bienes en conflicto, triunfa el más importante; si mi acción mala tiene la suficiente entidad para justificar el resultado malo, no causa arrepentimiento. En conclusión, la acción mala justificada no causa arrepentimiento, por lo que no es necesaria la expiación. ¿Qué culpas pretendo purificar si no siento culpa? ¿Para usted, lector, tiene sentido lo expuesto hasta el momento? Le hago esta pregunta porque para mí no. Si una persona padece los resultados de una mala acción, no se encuentra justificada para responder con una acción mala proporcionada o no a la sufrida, y, si la perpetra, necesariamente deberá sentir arrepentimiento. El lector tal vez pueda pensar que la justificación más razonable para refutar la hipótesis planteada párrafos atrás y que justifica la oración precedente pueda ser la dificultad para establecer qué bienes son más importantes que otros, es decir, quién determina que la fidelidad es un bien menor al amor o que la vigencia de la Constitución es un bien mayor a la lucha contra la subversión. Si mi anterior oración ha reproducido su pensamiento, lo felicito porque tiene razón, pero yo no seré quien explique esta cuestión porque eso sería demasiado laborioso; además, 8

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personas mucho más idóneas e incluso más inteligentes que yo (?) le han dedicado libros enteros, que invito a leer si está demasiado interesado en la cuestión. En cambio, justificaré en el desarrollo de las próximas líneas la idea de que nunca podemos realizar acciones malas sin sentir arrepentimiento y necesidad de expiación, dando una razón más simple; si ante una acción mala respondo con una igual, quien sufre la respuesta no requerirá de la expiación porque considerará que el mal que ha provocado ya se encuentra saldado. De este modo, se priva a las personas de purificar sus culpas, lo que lleva necesariamente a una disminución de la naturaleza de las personas y, con ello, a la pérdida de la calidad humana. En Crimen y Castigo, se puede observar, gracias al genio de Dostotievski, cómo el hombre necesita de la expiación para poder seguir adelante con una vida sin remordimiento. En efecto, Raskolnikov es sumamente miserable luego de la consumación de los asesinatos, pero, al confesar su crimen, ser condenado y luego de un año de estar privado de su libertad, comprende la razón y necesidad de la pena que se le ha impuesto y luego de ello vuelve a ser feliz. Luego de haber dejado en claro mi idea, finalizo este ensayo insistiendo en la hipótesis de que cada hombre debe sufrir arrepentimiento al realizar una acción mala para lograr la purificación de sus culpas, y esto se logra sufriendo el castigo oportuno, que no debe ser una acción mala impartida por quien padeció los resultados de su acto, sino una oportunidad para cumplir con lo que determina la naturaleza humana: arrepentirse de los pecados y purificar las culpas.

Lucas Abal
Potencialmente soy un jurista, un estadista, un filósofo, un historiador, un político y un escritor. Pero por ahora estudio derecho, visito con frecuencia una oficina pública para tomar agua fría de un bidón, me pregunto quién soy y hacia dónde voy, leí dos libros de Félix Luna, visité el Congreso en una oportunidad y escribí las próximas palabras.

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IGNORADA LUCIDEZ
Nicolás García Gallego

El mundo y su glorioso contenido se abrían ante mí como girasol a luz del
mediodía. Me sentía dueño de toda emoción posible, nada me estaba vedado. Miraba a mi alrededor, y me encontraba inmerso en aquel territorio mismo que tantas veces había visto en forma inconsciente, aquél que siempre había parecido burlarse ante mi ignorancia condicionada por la falta de lucidez. Ciego había visto la misma hierba que en ese momento se presentaba ante mí de forma orgullosa, y que lucía de un verde notablemente intenso al incidir en ella el grisáceo color del compendio de nubes que habitaba el firmamento. Juntos, cielo y tierra se hacían mutua compañía a lo largo de mi horizonte mientras en un extremo opuesto, y casi como un reflejo invertido, las impacientes aguas tomaban parte del panorama. Uniendo de manera figurativa todos los elementos, un pequeño y tímido muelle de madera gastada me atraía hacia sí una vez más. La única diferencia recaería en que ésta vez habría de atender su llamado. Por fin, y únicamente en ese momento podía verlo todo muy nítido; era el instante de mi liberación. Sabía que podía trascender toda ley universal, y que el único límite posible lo conformaba mi creatividad. Casi como contraparte de la imagen cotidiana de mi persona (atada siempre a la oscuridad), apoyaba entonces firmemente un pie en el barrote de madera de aquel conocido y pequeño muelle, y me lanzaba a la infinidad adyacente. El sentimiento que tanto esperaba no tardó en llegar acompañado de variadas sensaciones que parecieron hacer de ese momento un tiempo eterno. Lo que nunca había podido alcanzar en la cotidianeidad desfilaba ahora dentro de mí con total euforia. Libertad y paz, al mismo tiempo que adrenalina y vértigo colmaban mis sentidos. Me sentía completo y suficiente mientras los brazos de aire depositaban sus caricias en cada sector de mi cuerpo. Me abrazaban en mi búsqueda de cobijo y salvación, de trascendencia. Empezaba entonces, y como capricho momentáneo, a caer de una manera grácil al mismo tiempo que contundente hacia el oleaje que abajo esperaba. Colmado de felicidad por aquella marea de sentimientos tan extraordinariamente reales, inspiré con fuerza. Burlones, los retazos de agua que entraron en mí inundaron rápidamente mis pulmones, y me obligaron a caer vertiginosamente en el mundo de mis sueños.

Narrativa

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MI REFLEJO EN SUS MIRADAS
Nicolás García Gallego

Narrativa

Atormentado por un interminable día gris, completamente cegado por aquel
tumulto conflictivo que había dejado tomar parte, y enfermo de maldiciones contra mi propia persona, visualicé a lo lejos algo que no me importaba más que para ahondar en mi depresión. Tres figuras infantiles me miraban y señalaban, mientras yo pensaba en lo amarga que era la vida. Cada paso que daba resultaba ser un movimiento de soledad aislada, y aquellos seres de afuera se volvían cada vez más desagradables. La humanidad reflejada en sus inicios, aquella virtud inexorable para lastimar a otros. Para incitarlos una vez más a sentir su propia destrucción. Se burlaban, indudablemente. Al fin y al cabo, era alguien desagradable y feo. Nada tenía para embellecer al mundo, y mis mezquinos ojos insistían en torturarme. Aquellos mismos que en ese momento prefería arrancar, aquellos que únicamente me habían sido otorgados para sufrir en un mundo estético; para verme a mí mismo y llorar ante los rostros insultantes de las demás personas. Recordaba cuando, en su momento, había guardado dentro de mí una chispa de luz, y creía tenerlo todo. Mi estúpida felicidad había alcanzado un nivel que consideraba infinito. Pero todo había sido una ilusión, un reflejo de lo que anhelaba que existiera. Me fue mostrado únicamente para que, al arrancarlo de mí, me doliera más que ninguna otra cosa. Ahora veía a esos tres niños, casi enfrente mío. Sus risas contenidas amenazaban con liberar mi más profunda furia y frustración. Miré hacia las vías del Tren. No me importaría abandonar allí la vida. Era una realidad tentadora. Ya no tendría que pensar, ni sufrir más. Ya todas aquellas criaturas viles se habrían apartado para siempre, y alcanzaría la más anhelada fortaleza: La nada. Un pensamiento surgió, entonces, en mí. Me dijo que aquello era cobarde y débil. Cuando miré mi camino, me encontraba al lado de las infantiles criaturas. Agrupados uniformemente sobre la superficie rocosa que servía de sustento para las rejas de la casa, dos niños y una niña me miraron. En ese momento, que pareció durar mucho tiempo, pude ver en sus ojos aquel destello que creí perdido. Un aire divertido y transparente los rodeaba, y sus sonrisas me hicieron sentir más apartado. Fue entonces que me dirigieron, ante mi asombro, la palabra. Ya no recuerdo quién de los tres fue, pero con un tono inmensamente alegre, me dijo: “¿Quiere tomar un vaso de Limonada?”. Un inmenso pesar se apoderó de mí, como efecto contrario y paradójico a la tierna imagen de los niños. Todo aquello que había creído mientras los observaba desde lejos se desvanecía, y a su paso dejaban sombras más intraspasables que las de mis pensamientos anteriores. El refugio único que encontraba en el rencor hacia todo aquello que no fuera mi propio ser, se desmoronaba para dejar ver lar la imagen de mi interior. Era yo, únicamente yo quien estaba mal. Con el temor de algo tan horrible, emití un gélido “No, gracias”, al mismo tiempo que veía en los ojos de uno 11

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de los niños una decepción casi oculta. Una que reflejaba, también, mi propio ser. Era yo quien la irradiaba, y eso provocaba en los demás. Seguí caminando hacia mi estación, y con cada respiro nacía una nueva culpa. Recordaba, mientras crecía mi odio, a aquel niño y su mirada. Todo lo habían armado para mí. Desde lejos me vislumbraron, y se organizaron. Sólo para mí, una persona que nada merece. Y ahora comprendo que nunca estuvieron de más aquellos prejuicios para conmigo. Que me merecía el comentario que un desconocido había evocado sobre mí ese mismo día. Que había hecho bien en no responderle, porque nada valía. Yo me sentía horrible porque lo era. Y la decepción que se reflejó en la mirada del infante era algo que no me perdonaría. Y sabía que, al mismo tiempo en que me sentía de manera espantosa, también habitaba en mí la satisfacción de incrementar mi tristeza. Maldecía a aquellos niños en mi interior, pero también adoraba que esa situación se hubiera presentado, quería sentirme fatal. Me lo merecía. No podía ser hermoso para nadie, y menos lo quería para mí. Esa cruel satisfacción, tristemente me dominaba por completo. Tal vez hubiera vuelto sobre mis pasos si hubiera tenido una simple moneda. Así llegó ante mí un pensamiento esperanzador. Quizá ese pequeño dinero podría pagar mi perdón. Sólo necesitaba una sonrisa, una mirada de las pequeñas criaturas para reunir fuerzas y salir volando de aquel agujero de tormento infinito y morboso en el que me encontraba. Sólo necesitaba una moneda. Llegaba al andén, y miraba simplemente al suelo. No me decidía a levantar la vista, pero mis pensamientos ya no eran los mismos. De forma obligada volvía a repasar en mi mente lo que podría pasar si volviera a esos niños. No lo quería, intentaba volverme sombrío nuevamente. Quería ahogar de alguna manera esa esperanza que resurgía como un lazo de salvación. El Tren llegó cargado de gente. Incontables caras me observaban de una manera que me incomodaba. No miré a ninguno, y me acomodé en el primer espacio que encontré disponible. Cada vez se acrecentaba aquella idea esperanzadora, pero también surgían en mí variados pensamientos, cobrando forma en palabras. Desalentadores, tristes y oscuros. Es cierto que los provocaba. Quería de aquello producir algo, volverlo tangible. ¿Para qué? No lo sabía. Quizá aquellas palabras estarían mejor si fueran descargadas en un papel desnudo, cubriéndolo y acompañándole en su amargura. O quizá me acompañaran a mí. En ese momento albergaba dos esperanzas, y la absurda y ficticia tristeza que pretendía mantener, se limaba con cada segundo acontecido. Estaba por fin en la estación de destino. Miré las vías, y descubrí que ya no sentía necesitar un fin. Consideraba, ahora, espantoso el hecho de haberlo pensado, y me sorprendía al mismo tiempo de haber cambiado de opinión tan precipitadamente. Al llegar a mi casa, me dirigí hacia la mesa con una hoja blanca inexpresiva, y una pluma que serviría de intermediaria para depositar mis sentimientos. Sabía que debía volver, y encontrar a mis niños, implorarles con una pequeña moneda un perdón inmenso, y sentir su alegría como una brisa sobre mis ojos. Un sentimiento de alivio y temor operaba en mí. Tenía miedo de que aquellos emisarios de la felicidad hubieran desaparecido de mi camino. De que únicamente llegaran para enturbiar mi situación y matar toda ansia de renovación. Dudoso, y decidido; erguido y temeroso, asustado y divertido por una dualidad tan grande como mi ser, tomé el Tren hacia mi destino. 12

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Al llegar encontré mi sonrisa anhelada, y el dulzor del trago alivió mi tensión. Miré de forma acertada, y vi gratitud. Yo les agradecía, y me reflejaba en sus miradas. El día parecía ahora de colores muy vivos, y mi cielo repentinamente se había vuelto azul. Me veía a mí mismo como medio para realizar y cumplimentar todos mis anhelos, y aquellos de afuera ahora conformaban mi misma realidad. Cualquier crítica era ahora menos que una pequeña molestia, y las vías del Tren eran simplemente un factor que hacía a las cosas funcionar, y no perecer. Me levanté sobresaltado. Era todavía de tarde, aunque los primeros atisbos de nocturna oscuridad comenzaban a emerger desde mi ventana, y el cielo seguía gris. Miré aquello que había escrito, y comencé al mismo tiempo a recordar un sueño alentador. Recordé a los niños, y consideré que ya era tarde para regresar por su perdón. Además, no lo necesitaba. Ya me lo habían otorgado en aquella misma mirada de desilusión que tanto me aquejaba. Es irónico que haya sido mi única vía de escape, pero mi cielo era ahora de un gris azulado.

Nicolás Ariel García Gallego Pienso que las biografías son siempre completamente subjetivas. Ni siquiera uno mismo puede captar abiertamente y de forma completa su propia esencia. Cada persona tendrá, entonces, una pequeña parte de nuestro ser guardado entre los recovecos de su mente, pero nunca a nosotros. Por lo tanto, lo que diga de mí mismo puede ser tanto real para algunos, como impreciso y falso para otros. Debo decir que la Literatura es uno de los pilares que sustentan el refugio al que debo acudir en tiempos de necesidad. Eso no significa que conforme únicamente un desahogo en los malos momentos, no. Simplemente, es para mí una hermosa forma de descargar los sentimientos, tanto los eufóricos como los pesarosos. Llevo unos dieciséis años merodeando por la faz del planeta; y adoro la vida que me tocó vivir, o mejor dicho, a las personas con las que la comparto.

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EL MONO
Rodrigo Torres Quezada

Narrativa

En una jaula en donde la luz no triunfaba sobre el ocaso y la belleza era un
concepto de pura abstracción, respiraba jadeante, exhalando vahos estertóreos, un pequeño mono de largos brazos huesudos y de ralo pelaje. A veces pedía un poco de comida; otras, deseaba reír con la estupidez de quienes le observaban absortos, pendientes en que él les divirtiera con alguna triste pirueta sobre sus nimias extremidades. -No soy el espectador de mi historia, yo no soy el que está actuando... Sois vosotros que dejáis pasar vuestra vida con mi muerte. El mono gritaba y quería ser escuchado pero mientras más se desahogaba más hacía reír a los espectadores. El animal se había roto, un día, los ojos, dejando sus cuencas bañadas en un insoportable muro de sangre y costras. No quería presenciar a aquellos bufones que le infundían asco. Sin embargo, su acto no dio repulsión sino que hizo reír aún más a las personas. Un día, el mono abrió la jaula, quién sabe de qué extraña forma, y se cercenó el estómago ante todos. Algunos rieron hasta vomitar, otros se rompieron sus propios ojos y algunos corrieron con tal pavor en sus rostros que chocaban entre sí y se abrazaban. -Soy la criatura que ustedes siempre amaron, vengan, devórenme. Algunos devoraron sus órganos y otros le rompieron las costillas. También hubo quienes disfrutaron con la sabrosa sustancia de la médula. El simio agonizando se rió fuerte, muy fuerte: -Ahora no se reirán más de mí, sino que reirán conmigo... Mi enfermedad los pudrirá a todos. Al otro día, un hombre de triste mirada y de un talante que era una maldición hacia la vida, miró el cielo y dijo: -Hoy, dios se ríe de nosotros... ¿Quién lo devorará a él?

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ESCALANDO AL CIELO
Rodrigo Torres Quezada

Narrativa

Los personajes iban llegando eufóricos. Recuerdo sus risas y cómo trataba de
no oírlas. Ese día estaba hastiado del mundo: otra típica crisis post-adolescente acompañada de la melodía de Alice in chains y un poco de Smashing pumpkins. Todo cambió cuando llegó Sebastián con la calientapenes de Johanna. Como si hubiese sido un imán, todos fueron atraídos hacia el célebre dirigente estudiantil. Sebastián no tardó en hacer de las suyas: -Hoy me puse a pensar acerca de la importancia de la escuela de Husserl en los escritos de Heidegger. De hecho, ¿no será todo el pensamiento postmoderno una abstracción fenomenológica de estos filósofos? No sé si han leído a Nietzsche pero él también de una u otra forma al hacer el estudio sobre los griegos, partió de una manera husserliana preocupándose de las percepciones individuales y secundarias en torno al objeto primario en cuestión. Lily, la hippie chic por excelencia, comenzó a rebatirle hablando de Hannah Arendt y Sonia Montecino. Me apesté. Fui a emborracharme, a evadir mi puta vida, no a escuchar a unos engreídos bastardos. Me paré. No recuerdo si me despedí o no, y me largué. Me sentía solo, atolondrado e ido. Pensé en algún amigo de verdad. Desde un teléfono público llamé a alguien de quien hacía meses no sabía anda: Víctor. -Aló... ¿Víctor? Hola, compa, tanto tiempo, hueón. Oye, juntémonos en el centro. Su voz se notaba gastada y la fragilidad de su respuesta, extrañamente, me dio esperanzas. -Está bien... Juntémonos en donde... en donde siempre: el Parque de los Reyes. Víctor recién había entrado a estudiar ingeniería industrial. Su vida no era como la de mis amigos borrachos y drogos. Él quería formar una familia y dedicarse cien por ciento al trabajo. Su tranquilidad y rutina era torcida cada vez que se juntaba con Luisiño y conmigo. Luisiño, eso sí, estaba en el norte. Compramos tres botellas de cerveza en el local donde siempre nos atendía un tipo extraño. Nos perdimos en un callejón al frente del parque y comenzamos a beber. De pronto, un rottweiler y su dueño, un flacuchento con cadenas colgando y una camisa floreada abierta, aparecieron a nuestro lado. Nos miró un largo rato mientras su perro nos olfateaba. 15

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Luego, se fue un tanto confundido. Entonces, decidimos ir a la plaza y terminar ahí nuestro brebaje. -¿Crees en el más allá? -la pregunta de Víctor me llamó la atención. Sus ojos brillosos se perdieron en el horizonte. -Tú sabes que creo en duendes, fantasmas, demonios; todo lo raro, bienvenido sea -le contesté riendo. El alcohol me ayudaba una vez más a escupir mis vacíos-. ¿Por qué? -No, es que... He tenido una vida de mierda... Ya... Ya no tengo mundo... -Yo tampoco. Y creo que me gusta no tenerlo. ¿A ver? ¿Por qué estás tan tristón? Apuesto a que es una mina, y si es de tu U estás cagado porque para conquistar a una hippie chic simplemente debes ser un postmoderno alternativo neokantiano expresionista documentalista fotógrafo con magíster en el extranjero, descendencia europea, experto en arte abstracto-contemporáneo y que se la pase en el museo de Bellas Artes, el cine arte y además debe saber esoterismo hindú. Obvio: debe ser un comunista pop acreditado... Y quizás soldador al arco. Víctor me miró más triste aún y contestó: -Eres muy hueón. Luego tomó de un sorbo casi la mitad de la segunda botella. Como si el alcohol hubiese quemado su alma, dijo: -Hueón, hagamos algo loco... Estoy harto... ¡Vamos! Su actitud me dejó dubitativo. ¿Era el Víctor?, pensé. Lo seguí. Cruzamos todo el centro de Santiago y llegamos al cerro San Cristóbal. Caminamos por la calle que le rodea. Pensé que iríamos al sector de camping El Ermitaño. No fue así. Víctor se detuvo ante una ladera del cerro y gritó. Entonces comenzó a subir como loco. Me pareció un buen juego, sólo que andaba con bototos y de escalar cerros no tenía idea. Pero vamos, pensé, hagámoslo. Al principio me fui afirmando de algunas hierbas que salían al paso. Sin embargo, más arriba, todo se hacía brutalmente arenoso. Miré hacia atrás: ¿cuántos metros iban? Apenas se veía la calle. De pronto, no pude asirme a nada firme; comencé a resbalar. Una caída significaba mi muerte y en un segundo no vi mi vida pero sí pensamientos inconexos: una botella vacía, la ventana sin cerrar, ese cuaderno de dibujos. Entonces Víctor me despertó de la agonía: -¡Hueón, agárrate del tubo! A mi derecha apareció un tubo oscuro milagroso. Gracias a él llegamos por fin a un lugar más llano. Me tiré al suelo acalambrado. Estuve sin poder moverme por media hora. A nuestro lado un cartel decía: “No pasar. Terreno de derrumbes”. Había cientos de piedras sobre nosotros. Cuando pudimos seguir, descubrimos que estábamos perdidos. Caminamos por horas en trayectos húmedos (en el día anterior había llovido), delgados como el grosor de una cañería. Víctor estaba ido; yo, cansado. -A este paso vamos a llegar al cielo subiendo -le dije. Me miró con un gesto de sorpresa. De pronto, apareció un lugar de camping. Volvimos a escalar un poco y por fin hallamos la calle de regreso. Salimos por el 16

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sector de Pedro de Valdivia siendo que habíamos entrado por Pío Nono. Nos abrazamos de alegría. Me había olvidado de mis berrinches post-adolescentes. Él, en cambio, seguía triste. Ya era de noche. Cuando nos despedimos, me quiso decir algo: -Oye, casi morimos hoy... Y... Mira... Hace tres meses... Mi mamá... Se quedó callado. No quiso seguir hablando. Le di un abrazo fraternal. Entonces se marchó. Para darle un fin de película a esa historia, y sentirme el típico personaje principal con su chaqueta negra apoyado en una esquina fumando, me compré un cigarro. Lo gracioso es que yo no fumo.

Rodrigo Torres Quezada Me llamo Rodrigo Torres Quezada. Licenciado en Historia de la Universidad de Chile. Edad: 26 años. Medidas... Jejeje. He participado en talleres con los escritores Mario Valdovinos, Jaime Collier, Carlos Tromben, Marco Antonio de la Parra, Mauricio Electorat y Raúl Hernández. El año 2010 aparecí en la antología de poesía y cuentos Bajo Río de editorial Mago Editores con el cuento Ideal Programado. Y con un grupo de amigos estamos buscando que se nos publique nuestro libro Locuras y otras irrealidades. Me gusta el rock y hablar con amigos rodeados de unas cuantas cervezas en esos bares en donde la vida transcurre extraña y alocada. Me encanta leer, escribir y reflexionar acerca del mundo y su sin sentido.

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LA MINA DEL GORDO CELSO
axel luchilin krustofski

por las malas, al gordo celso cuadro. por las buenas, a los inventores del cd.

él pasaba música en una fm. ése era su trabajo.
a mí me parecía increíble que a alguien le pagaran por hacer aquello. es decir, ¿no se supone que un trabajo es algo horrible que nadie quiere hacer, una carga, una obligación? pero para él no. él plantaba su gordo culo en una silla para culos gordos y metía cedés en alguna moderna máquina construida para ello. y aquella música viajaba brillante hasta mi radio y las de todos los demás que quisieran oirla. por ejemplo el turco jawadián. y un día el turco me dijo que él conocía aquel culo gordo. -¿el que pasa música en onda marina? -así se llamaba la fm. -sí. no recuerdo la explicación que me dio acerca de cuál era el vínculo. recuerdo, en cambio, que yo empecé a soñar despierto con los beneficios que podríamos sacar de todo aquello. -¡pá! debe tener un montón de música. -sí, por eso te preciso. quiero que me ayudes a hacer una lista de temas para que él nos grabe una ensalada. -... -dije yo. -¿te queda bien ir mañana hasta la radio? -¿a la radio? ¿se puede ir? -sí. me dijo que vaya cuando quiera, haga una lista y él me la graba en un cedé. -¡mierda! ¿en un cedé? -por aquella época toda mi música estaba en cassettes. al día siguiente de tardecita nos tomamos un cotec destartalado y salimos rumbo a la paloma. nos teníamos que bajar en el empalme para la pedrera porque la radio estaba al costado de la ruta. nos pasamos un poco y tuvimos que caminar. la radio era pequeña. muy pequeña. apenas se entraba, a la izquierda de la puerta, habían dos estructuras chiquitas, una frente a otra. en una estaba el gordo 18

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celso con su “moderna máquina” de pasar cedés: una computadora y una consola de audio. la otra estaba vacía. en el resto de la habitación no había nada más. me decepcioné un poco hasta que el turco me hizo notar que en la pared detrás del gordo había cientos de cedés. por supuesto que hubo saludos, estrechar de manos y presentaciones (el gordo no me conocía ni yo a él). -mucho gusto, koloski. -koldowsky -corregí yo. e intuyendo que jamás sería capaz de pronunciarlo, agregué-: pero llámame rafael. -muy bien, rafa. odio que me digan rafa. lo juro. pero me callé la boca y sonreí. -elijan lo que quieran, lo anotan y después les hago el disco. y volvió a lo suyo. en la pared opuesta a la consola, a la derecha de la entrada, había una puerta que daba a otra habitación. y desde donde estábamos se veía un sillón blanco y feo. en eso el turco me dio un codazo. la sorpresa casi me hizo dejar caer el disco de los redondos que tenía en la mano. lo miré y me señaló con la cabeza lo que pasaba en aquel sillón. había una rubia que abundaba de los sitios correctos y tenía una cara indescriptiblemente bonita. daba vueltas en el sillón. giraba hacia un lado y hacia el otro. se refregaba como hacen los gatos cuando están dormidos y alguien los acaricia. se me ocurre que estaba siendo cogida por un íncubo o algo así. fuera lo que fuese, al turco y a mí nos costaba concentrarnos. nuestros ojos iban de los discos a la rubia y de vuelta a los discos y más rápido de vuelta a ella. y el gordo seguía allí, haciendo su trabajo delante de la computadora. parecía no saber que ella estaba en la habitación de al lado. cada tanto nos preguntaba: -¿todo bien, gurises? ¿cómo le íbamos a decir que no? estábamos mejor que nunca. “sí, sí. pero hay tantos discos que nos cuesta elegir las canciones”, le contestábamos. y pasamos el resto del tiempo que estuvimos allí de aquella manera. revisamos la pared con fruición e hicimos nuestra lista en los instantes que la rubia nos lo permitía. pero al final, lo que fuimos a hacer quedó pronto. ya era de noche a la hora de irnos. para volver teníamos que esperar el bondi en la ruta. veinte minutos estuvimos esperando. y no habían pasado ni diez cuando empezó a llover. -vamos para a radio de vuelta -dijo el turco. -ya nos empapamos, es lo mismo. además, mira si perdemos el bondi. en el papel que le dimos al gordo había más o menos treinta temas. no sabíamos entonces la capacidad de un cedé, así que anotamos más canciones de las que pensamos que entrarían en el disco. la idea era que él grabara, empezando por el principio de la lista, mientras hubiese espacio. de cualquier manera estaría bien. por las dudas, pusimos al final los temas que menos nos interesaban. o al menos eso creíamos. pero no estuvo bien. nada bien. de hecho, estuvo horriblemente mal. el gordo celso, cuyo trabajo era pasar música en una fm, un lindo trabajo, un trabajo que no se ajusta a la descripción tradicional de trabajo, lo hizo mal. 19

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nosotros no sabíamos qué tipo de ciencia se necesitaba conocer para grabarlo, pero intuíamos que no era taaan difícil como para cometer los errores que él cometió. el disco tenía dieciseis pistas. hasta el tema ocho todo fue bien. pero el tema nueve era otra vez el cinco. y el diez, el seis. y así sucesivamente hasta que en la pista número trece sonaba otra vez el tema cinco, después el seis... la calidad del sonido era mejor que la que teníamos hasta entonces en nuestros cassettes. mucho mejor. pero no nos hacía gracia aquella reiteración innecesaria de canciones. le buscamos explicaciones razonables y lógicas, algo que nos permitiera justificar el problema y no concluir que se trataba sólo de la extrema incompetencia del gordo celso. pero no pudimos justificarlo. no teníamos tanta imaginación. -ya sé que a caballo regalado no se le miran los dientes -dije-, pero no estaría nada mal que el puto bicho tuviera boca. reímos. -¿sabes lo que me gustaría saber? quién era aquella rubia. -mejor no saber.

axel luchilin krustofski no sé cuál es la bendita gracia de tener que presentarse. es decir, ¿no se supone que es la obra la que habla por el artista? además, en mi caso, hay muy poco para decir. nací, fui a la escuela, dos o tres chotos me pegaban a la salida, las pendejas no querían ser mis novias porque era gordo y feo. ésa fue la infancia. en la adolescencia hubo más de lo mismo. de adulto casi todo me dejó de importar excepto el animé, el ajedrez, internet, y por supuesto la literatura. y como soy un inconformista crónico y la mayor parte de lo que hay escrito no me gusta, escribo para poder leer.

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UNA JAULA
José Alejandro Brito Boadas

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-Vístete, Luis Enrique, que la abuela llegará pronto.
Silencio. Inacción. - ¿Es que no me oíste? Seco. Doloroso. Rojizo. Marcado. Piel. Después, el portazo. Luis Enrique no llora. Desde los diez años comprendió que las lágrimas premian a la mano o madera o cinturón agresor, y contener las lágrimas constituye un acto de secreta venganza. Luis Enrique tampoco quería ir al aeropuerto a recibir a la abuela. Primero, porque era una anciana aburrida. Luego, porque debía arreglarse y vestirse según los impredecibles gustos de la abuela. Y eso, lo impredecible, le incomodaba demasiado. Pero sobre todo, porque debía interrumpir la planificada monotonía de su juego, y específicamente, el traslado de los soldaditos de plástico hacia las trincheras de plastilina, estrategia militar ésta cuidadosamente ponderada mientras el profesor de matemáticas se asfixiaba entre las variables y el lado derecho de las ecuaciones. A su edad, sin embargo, no resultaba productivo defraudar a los demás, especialmente a los grandes. Si combinamos este pantalón con la camisa nueva... -¡Sofía! ¡Qué bella está mi nieta Sofía! Ya es toda una mujer. -Te amo, abuelita. Y te extrañé mucho, mucho. -Luis Enrique siempre tan... tan desubicado. Con esa camisa mostaza... No, no, definitivamente esa camisa va para el horno. Más allá de la abuela y sus inapelables apreciaciones sobre moda, lo único memorable de aquel reencuentro fue el conejo. Luis Enrique sólo recuerda la aprehensión, los gestos inútiles y resignados, el destino de aquel mamífero. Y la jaula. Justa jaula para un inquilino. Un punto de convergencia del que emanaban prestos los eternos barrotes que la abuela no demoró en atribuir a las artes casi providenciales de algún artesano de nombre impronunciable, del taller más prestigioso de una calle francesa también totalmente inasible para la fonética del niño. La madre agotó todos los elogios que en su juventud reservó para los hombres, con el único propósito de resaltar la solemne diferencia entre el oro de los barrotes y algunos oros nacionales. Sofía observó con placer otras diferencias más nobles; rasgos que establecían una implacable distinción con las mascotas comunes y baratas de sus compañeros del liceo: la tierna curvatura de las orejas, los ojos brillantes, la piel perfecta de un genuino conejo Champagne d'Argent. Así, realmente nadie se fijó en el conejo, excepto Luis Enrique, quien además de contemplarlo bien, anticipó su final. Desde esa semana el conejo y su jaula se convirtieron en infaltables acompañantes de Sofía y su morral. No obstante, lograr este orden de las cosas ameritó no pocas escenas de llanto y malcriadez por parte de Sofía. Luis Enrique se negó a cargar la pesada conjunción de conejo y jaula a través de las siete cuadras entre el complejo habitacional y el liceo... hasta que mamá interrumpió abruptamente su injustificable negativa. Mamá se negaba a permitir que una jaula tan digna, tan 21

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dorada, tan monetariamente irresistible, se rebajara a encandilar las pupilas de púberes ignorantes... hasta que papá interrumpió abruptamente su injustificable negativa. Papá, o el Señor Luis Cazzioli, dedicaba sus esfuerzos al puro, místico y preponderantemente viril arte de completar la quiniela del fútbol. Este arte, como todos los adeptos reconocen, exige un ambiente de sutil equilibrio entre la calma y la excitación, entre lo imprevisto y lo sentenciado. Y ciertamente, los ridículos gritos de la hija y la esposa adulteraban los requisitos mínimos del susodicho ambiente. Nada que no pudiera resolver una filosófica grosería, pronunciada en un perfectamente ensayado tono de voz, combinada con las palabras “jaula” y “liceo”. Todo el liceo se inundó con las anécdotas relativas al conejo (“lindo”, “envidiable”, “costoso”, “con pedigrí”) que había conseguido Sofía, que sin protestas visibles era trasladado por su hermano de un salón al otro, durante los recreos, según la ubicación de las personas que anhelaban ser impresionadas un día y hora específicos. De esta forma, Luis Enrique, que no había conferido la suficiente atención a la jaula en el aeropuerto, llegó a conocerla íntimamente. Y como suele suceder luego de todo conocimiento excesivo, terminó aborreciéndola. Cierta tarde definida por la frustración de no encontrar la solución de un complejo despliegue bélico, decidió elaborar una lista de las cosas que le disgustaban de aquella jaula, según la prioridad que asignó su rencor: 1. Las miradas lascivas que la madre entregaba a la jaula. La levantaba, la contemplaba feliz, la acariciaba, y en ocasiones (él la había sorprendido un par de veces) le hablaba al conejo de forma similar a como hablaba con él cuando papá no estaba o parecía no estar: los mismos términos mimosos, la misma mano en la entrepierna. 2. El encarcelamiento que significaba para el animal. No protesta, pensaba Luis Enrique. Casi parece feliz con la rutina diaria de la nada, apenas interrumpida por su alimento. Pero es una prisión. Y también, un destino. 3. Los varones pasando lápices a través de los barrotes, puyando al conejo para regocijo de Sofía. 4. La chica boba. Y aunque aparece de última en la lista, es sólo por lástima. La chica boba de rulos y su novio repitiente, un tal Diego. La pareja más popular del liceo, los mejores amigos de su hermana. Adulaban a Sofía o a la jaula o al conejo. Al fin y al cabo, eran la misma cosa. Aunque quizás mamá habría advertido que la jaula era el mejor atributo del conejo. La chica vanidosa, celosa, egocéntrica, y por tanto, estúpida. El novio repitiente, con la novia estúpida, y por tanto, imbécil. Sofía y los novios acaparaban el cariño de los estudiantes y profesores. Eran populares, queridos. Había transcurrido mucho tiempo desde que Luis Enrique descubrió el secreto de aquel afecto que les profesaban: la idiotez en los ojos de los tres resultaba indiscutible y revelaba una incapacidad crónica para formar algún juicio importante que entrara en conflicto con las ideas de los demás. Y como no contrariaban las ideas de nadie, eran queridos por todos. Un día la chica estúpida con el novio imbécil comenzó a llevar su perfume caro al liceo donde el tema en los pasillos se reducía al conejo y su jaula hermosa. 22

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Impregnaron al conejo con aquella esencia francesa. Esencia costosa. Costosa. Sobre todo costosa. Creyeron feliz al conejo, reunido con las fragancias de su país. El novio roció cuidadosamente los barrotes, para que el olor perdurara. El conejo, perfumado, vivía feliz en su jaula perfumada. Un antiguo novio de Sofía, llamado Diego, sucumbió a la seducción del aroma de la jaula y del conejo, que eran lo mismo que Sofía. Luego de un intenso debate con el consejo de amigas (en el que no faltaron las citas exactas a cierto artículo objetivamente sentimental de la revista juvenil de moda), Sofía decidió lo que había decidido mucho antes: aceptar las insinuaciones y la vuelta del chico. Diego la buscó, Diego estuvo con ella, Diego la amó, el conejo pasó a llamarse “Diego” (con un corazón dibujado al lado). La abuela habría formado un escándalo si llegaba a enterarse de que Le Ciel Blanc de La Fontaine ahora se llamaba Diego. Pero la abuela no recibió la oportunidad para los horrores, porque al día siguiente Diego amaneció muerto. Muerto y exquisitamente perfumado. El perfume, precisamente, fue lo único que Luis Enrique no prefiguró en el destino del conejo. Como los buenos generales, él tampoco era perfecto. En el aeropuerto, ya había adivinado la cadencia de los pasos, la voz huraña, las palabras incorregibles que el Señor Cazzioli usó al ordenarle que se deshiciera del cadáver. Salir del apartamento, bajar, y decidir entre una sepultura o un bote de basura suficientemente discreto. Atrás quedarían los llantos desgarradores de la hermana, el teléfono sonando con la llamada de la abuela que nadie atendería, la madre protestando porque debían llevárselo en una caja y dejar la jaula a buen resguardo, el padre histérico reclamando paz para su (ahora sí) quiniela victoriosa y vindicativa. El infierno. Caminó un buen trecho por la rambla, hasta llegar al inicio de la arborización. A poca distancia, a la izquierda, apareció el lote baldío donde a veces era un futbolista, y a veces, un estratega. Allí lo enterró. Siguió el mismo camino de regreso, con la jaula vacía y ligera. El mar, incauto, lo sobrecogía, y a la vez, lo invitaba. Atisbó un horizonte suspendido, imaginariamente cortado por naves adversas. El mar se apresuraba contra la rambla, salpicando los vehículos que pasaban. Como en otro secreto acto de revancha dirigido contra un ser impreciso y difuso, lanzó la jaula en dirección del encuentro de cielo y mar, y reanudó su camino, finalmente libre.

José Alejandro Brito Boadas De Margarita, Venezuela. Cosecha de 1981. Completó un doctorado en cosas. Cosas relacionadas con abstracciones y computadoras. Lee otras cosas. Cosas relacionadas con laberintos, espejos y pestes. Escribe. Escribe como forma de secreta revancha. Las cosas que escribe terminan en gavetas, en revistas, en la boca de los perros o en chocolatesparalucia.com. 23

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****
Matías Brun

su nueva adquisición. La había conseguido por medio de un amigo, de un lugar muy lejano, donde abundaban los de su especie. Una especie en peligro de extinción, vale decir, por lo que se consideraba contrabando traerlo, pero eso no le importaba. Habían sedado a la “mascota” en el viaje y recreado su ambiente a la perfección (o eso creía), para que no entrara en pánico al enterarse del traslado. Pero se la veía ansiosa; supuso que tenía mejores sentidos de los esperados y notaba una diferencia con su hogar, o quizás era no encontrar a sus iguales en los alrededores. La criatura registraba su nuevo hábitat. Tenía todo lo que necesitaba, y Él miraba orgulloso su creación para ver si satisfacía las exigencias del ocupante. Los recursos necesarios para vivir, así como las estructuras para dormir características de su especie, habían sido cómodamente colocadas de antemano. -Ah... -suspiró- ¿Estaré soñando? -algo agotada, la mascota se rindió en su búsqueda, se sentó bajo un árbol y observó ese cielo extraño, nocturno pero casi tan luminoso como el día, con 20 veces más estrellas que la Vía Láctea desde la Tierra. Porque esta galaxia no era la Vía Láctea. Lo normal es que quien lea este relato sea humano, y por eso me abstendré de detenerme en ese punto. Creo que todos sabemos cómo es un humano y si se pide una imagen del humano promedio, esa sería él. El foco de la descripción será, obviamente, no la mascota, sino el dueño. Él, si hubiera que describirlo en una palabra de nuestro vocabulario, sin duda sería un dios. Sin embargo, no era ni de lejos un dios mágico creador del universo como el de algunas religiones humanas, sino más bien un ser muy por encima del alcance de nuestro poder y comprensión. Si se preguntara “qué es”, ciertamente era un ser pensante, sin embargo no una consciencia ligada a la materia como nosotros. Si se preguntara “cómo es” habría que remitirse a la historia de su especie, que hace eones se había librado de las ataduras físicas (o lo que entendemos como física) por un proceso que no podremos ni tener la esperanza de imaginar. Sin embargo existía, un ser cognitivo en la nada, o tal vez debería decir en todo, pues se “desplazaba” (si se me permite el término para una criatura que no conoce de la manera que nosotros la distancia) por cualquier materia que deseara, percibiendo y modificando información, cada bit de cada átomo a su antojo. Sin embargo...

Contempló

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Por supuesto el humano raptado tenía una vida y un nombre. Se llamaba **** y tuvo una reacción inicial bastante normal, pero evolucionó rápidamente a una calma abrumadora para la situación, difícilmente atribuible a delirios, teniendo en cuenta su personalidad y el poco tiempo transcurrido. Es posible que Él (que no tenía nombre, tenía una “identidad” más pura, reconocible entre los suyos) se hubiese permitido a sí mismo, subconscientemente, alterar la mente de su invitado, a pesar de ser poco ético en su ideología. O no, no, esto no pudo ser así ya que no podemos entender su psicología como la nuestra; no hay en su ser desarrollado distintas capas de consciencia. Puedo no ser el más apto para contar esto. Lo más probable es que nuestro congénere en serio creyera que soñaba, o estuviera predispuesto a aceptar algo tan raro. O cualquier otra cosa. No hay ley que indique que yo deba saberlo, ¿cierto?

~
**** había sido convocado con su ropa de dormir, y ya unas horas más tarde empezaba a quejarse. -Ojala tuviera algo más abrigado -resopló mientras dormitaba en la cama, después de ver el guardarropas vacío. Se sorprendió al encontrar diversas prendas al despertar, para toda ocasión. No era difícil para Él descifrar el lenguaje y, naturalmente, si podía crear todo ese “salón de recreo” podía comunicarse con ondas sonoras, o, aún más fácil, escribiendo en algún lado, pero no era su estilo. No sé si es la mejor forma de decirlo... no era su patrón de pensamiento. Para Él bastaba que su humano expresara sus deseos o disconformidad y Él se los concediera. No podía haber una forma más natural de conexión, ¿no? Al menos ése era su punto de vista. Con el tiempo **** notó la presencia de Él. Pasó por varias hipótesis: primero no sabía qué pensar y le temía; luego pensó que era Dios y ahora se encontraba en el cielo, pero había demasiadas incongruencias; terminó deduciendo el hecho de que un ser desconocido, por una razón desconocida, lo había llevado allí para cumplirle cualquier capricho que tuviese. Intentó hablarle muchas veces pero nunca obtuvo una respuesta demasiado directa, así que se resignó a pedir cosas al aire. Luego se fue acostumbrando. Pidió libros, calefacción, dispositivos para graduar la fuerte luz de la enana blanca, etc. Lo mínimo para hacer su nueva vida más placentera. Pero no tardó en degenerar en avaricia. Pidió los mejores manjares del mundo. Hecho. Pidió montones de aparatos lujosos, cómodos sillones ergonómicos, aparatos electrónicos. Hecho. Pidió conexión con su mundo, mujeres, volver a casa. No pudo ser. Se frustró. Comenzó a romper su morada. Gritaba como loco clamando venganza por un amo supuestamente egoísta. Terminó hiriéndose a sí mismo, momento en el que Él lo detuvo a la fuerza. Fue la primera vez que Él rompió su política de no intervención, pero las circunstancias lo ameritaban. **** permaneció 25

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por horas petrificado en una pose incómoda, incapaz de nada más que sentir y pensar. Cuando se calmó, Él lo liberó. Fue una lección algo dura para ****, y cambió su opinión sobre Él, para bien o para mal.

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Pasaron décadas, un pestañeo para Él. **** enfermó. No era la primera vez, pero las anteriores se había recuperado fácilmente. Ya había leído incontables libros de medicina (una mínima parte de su biblioteca), pero no tenía idea de qué le pasaba, por más instrumentos que Él le facilitase (aunque era difícil aplicárselos a sí mismo). En su cama, agonizando, con una sonrisa forzada, le hablaba a Él sobre cosas mundanas, no para transmitir un mensaje, sino para entretenimiento de ambos, por el mero hecho de comunicarse, como de costumbre. Su voz se notaba débil. Él se dio cuenta que había llegado su hora y le empezó a dar su despedida. -****, no te queda mucho tiempo. La pasé muy bien con tu compañía. Esta vez, responderé a todas tus preguntas. -... -perplejo, **** enmudeció un momento- ¿Podías hablar? Bueno, supongo que ya no importa. A pesar de todo, yo también creo que fue una vida placentera -terminó abruptamente la oración y tosió-. Así que todo termina ahora, ¿eh?... Una lágrima, de felicidad, de satisfacción, de cansancio o quién sabe de qué más, surcó su cara. -Como dije, si tienes algunas preguntas las contestaré sin reservas. -La mayor de las incógnitas que me aquejaban hace tiempo ya no tienen sentido ahora... -volvió a toser-. Pero quisiera saber, todavía, ¿dónde estoy? Estudié algo de astronomía en el pasado, y me interesaría saber en qué punto de mi viejo cielo estoy... aunque no tenga propósito. -Estás relativamente cerca del núcleo de una galaxia elíptica, la más cercana de este tipo en la Vía Láctea. Lamento decir que no sé dónde estaba tu cielo cuando partiste de la tierra. -¿Otra galaxia...? -reflexionó un momento. Pensó en los libros de física que había leído. No muchos, rehuía al tema, quizás por temor a la misma idea que estaba esbozando ahora. Me veo obligado a dar una breve explicación. Mi intención no es la de interrumpir la narración sino hacerla más comprensible. Desde Einstein sabemos que nada puede viajar más rápido que la luz, y casi cualquier punto de interés en el espacio está a varios años luz, por lo menos. Esto quiere decir que una vida humana no alcanzaría para visitar siquiera otro sector de la galaxia (suponiendo que las velocidades alcancen un porcentaje considerable de la velocidad de la luz). Pero algo raro pasa al viajar cerca de la velocidad de la luz. Quizás análogamente al horizonte de expectativas que se nos abriría con un viaje interestelar, el tiempo se dilata. Puede resultar extraño, pero lo que para un observador externo serían miles de años, para un viajero suficientemente rápido sería sólo una pequeña fracción de ese tiempo. Podrías llamar a eso viajar al futuro. -Dime... ¿cómo están las cosas en la Tierra? -no esperaba una respuesta concreta, porque sabía que era imposible responder. 26

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-Así que, ¿te diste cuenta? -sonó como un mago cuyos trucos fueron descubiertos. -Sé más claro, ¿cuánto tiempo ha pasado? -Cientos de millones de años. Con la tecnología de la nave, era lo único viable. Fuiste congelado para preservarte en el viaje -por mucha dilatación del tiempo, el viaje seguía siendo largo, demasiado para que **** sobreviviera a él. -Entonces... ni vestigio queda de la tierra -tosió por última vez-. ¿Mi especie ha prosperado? -intentó ocultar la leve esperanza que tenía. -... Eso es lo único que me privaré de decirte. No había más lágrimas en su rostro, pero un camino seco de sal seguía allí, sobre su piel. -Entiendo... -no dijo otra palabra más. Con mucho esfuerzo se levantó, fue hacia afuera y fijó su mirada al cielo. Las estrellas parecían rebosar de vida. Sonrió. Y así murió el último ser humano.

Matías Brun Matías Brun, Fiaca para internet, se esconde tras avatares de personajes femeninos 2D porque cree que superan con creces cualquier belleza tridimensional (y no cree necesario mostrar su cara). Le molesta la gente que afirma tener una certeza absoluta, porque no le parece plausible que exista (y científicamente también pone en duda esa afirmación). A pesar de su seudónimo, puede poner bastante esfuerzo en muchas cosas si tiene interés (o no). Reconoce que usa demasiados paréntesis, aunque se enorgullece de superar el tic de empezar párrafos con “Bueno, ... ” hace mucho tiempo. Vive por y para el arte, para descubrir lo que pueda de La Verdad (si es que ésta existe) y para las relacionas humanas por mucho que reniegue de ellas.

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ACOSTUMBRADO FINAL DE LA RONDA NOCTURNA
Junnecus

en la oscuridad. El viejo murmuró alguna cosa y encendió su linterna como toda respuesta. No vio a nadie. Pensó que tal vez los dueños de la fábrica, acaso por sufrir de insomnio esa noche o quizás por estar volviendo muy tarde de alguna fiesta, tal vez considerasen oportuno molestarlo con una visita. Podría ser; aunque algo así nunca había sucedido. En veinte años sus patrones jamás lo habían sorprendido así de esta forma en mitad de la noche. Aguardó unos momentos y escuchó atentamente. Trató de distinguir entre las sombras algún movimiento pero no vio a nadie. El sereno nocturno sintió no tener más remedio que levantarse entonces y salir a recorrer el enorme y antiguo edificio que sabía de memoria. Como tantas otras veces en los últimos veinte años, Morales caminaba lenta y cansadamente, siempre anticipando sus pasos con el haz de luz de la vieja linterna; desplazándose sin hacer ruido, probando el frío del lugar con el breve vapor que salía de su boca, atento a cualquier sonido o movimiento nuevo que pudiera surgir. Como todas las noches paseó su linterna por la penumbra del inmenso almacén hasta llegar a la oficina del fondo. Todo quieto y en calma. Volvió Morales ahora sobre sus pasos, esta vez para revisar una por una las filas de interminables estanterías pero no encontró a nadie. Caminó luego hasta la despensa, buscó en el despacho y en la habitación de limpieza y nada. Durante quince minutos se dedicó a inspeccionar minuciosamente los complicados recovecos de la planta de máquinas sólo para comprobar lo que en realidad ya sabía: que nada ni nadie se ocultaban allí. Intactos los vidrios y la caja registradora en la recepción. Ni un solo rumor que alterara la calma. Esta vez tendría que bajar. Con cuidado de no resbalarse, Morales comenzó a descender lentamente los húmedos escalones de hormigón que conducían al subsuelo. Una vez abajo, luego de revisar los lugares usuales, halló que también los sótanos se encontraban vacíos y que las llaves generales de la corriente eléctrica permanecían sólidamente apagadas. Como siempre sintió que el frío era más intenso ahí abajo. Antes de volver a subir quiso asegurarse que la puerta de los garajes estuviera cerrada. Lo estaba. Comprendió finalmente que esa noche tampoco lo visitarían los patrones después de todo. No había nadie en la fábrica. Empezaba a dudar de haber escuchado esa voz. Por último, en el acostumbrado final de sus recorridas, ya en la profundidad del baño de los empleados, descubrió con amarga sorpresa que al menos esta vez hubiera querido encontrar un intruso merodeando en la fábrica. Eso hubiera resuelto las cosas para él. Hacía ya varios meses que la idea de estar volviéndose loco lo venía molestando, cada vez más insistentemente en los últimos tiempos y ya con demasiada frecuencia este mes. No era la primera oportunidad en que creía escuchar o ver cosas mientras trabajaba. “Es sólo que este trabajo es un poco solitario de más”, solía decirse. “No estoy loco”. Y se repetía eso cada vez que alguna de estas cosas pasaba, pero ya no se creía a sí mismo cuando se miró al espejo. Se vio y se sintió un extraño con esa sucia campera de nylon y con el logo sonriente de la marca de galletitas en la solapa. Sintió que faltaba el aire en ese lugar. Ya había olvidado el olor a tabaco rancio que seguramente desprendía hace tiempo el ajado uniforme. “Sesenta y cinco años es 28

Alguien dijo su nombre

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mucho” le comunicó al espejo. “Tres años más y ya me jubilo”. La luz de la linterna iluminaba su rostro. Una barba de dos o tres días empezaba a asomarse sobre la piel curtida y amarillenta. El bigotito entrecano le pareció más insignificante y gris de lo que creía recordar. Sus acostumbrados y pequeños ojos celestes, más hundidos en la cara que la última vez. Ya estaba viejo, se dijo. Y la imaginación lo engaña a uno a veces. Seguramente debería cortar por lo sano, retirarse y conseguirse una compañera. “Tres o cuatro años más”, volvió a prometerle al espejo. No había nadie con él, era consciente de eso, sin embargo estaba seguro de haber escuchado claramente su nombre hacía algunos minutos. ¿Y quá? Nadie está loco por eso. Le puede pasar a cualquiera. Morales comenzó a cansarse de aquello y decidió haber escuchado mal, decidió que estaba seguro y retornó mansamente a su lugar de sereno nocturno. Como todas las noches, ya acomodado en su silla, se dedicó a distraer su larga jornada de más de once horas. Buscó su tabaco y se calzó los auriculares. Los viernes escuchaba “La Movida Tropical Nocturna” en su radio a pilas. “Sólo una vez más.” La vio segundos después de encender el tabaco. Recibió la aparición en silencio, con los auriculares puestos y no reaccionó. Si Morales en ese momento experimentó alguna cosa, su voluntad y su cuerpo no lo interpretaron o se negaron a demostrarlo porque se mantuvo inmóvil. Era como si aguardase el final de algún extraño proceso interno, como si para sentir pánico o fascinación hiciera falta la primera explicación racional posible de lo que estaba pasando. Y Morales no la tenía. La cordura, la rutina y el sentido común dependían ahora de negar lo evidente, lo que sin lugar a dudas estaba observando en ese momento. Interactuar en función de aquello representaba admitir de una vez por todas la propia locura. Y Morales no quiso. Estaba despierto; Gerardo Nieto y su banda en vivo seguían cantándole desde los auriculares mientras lo sobrenatural se manifestaba. Morales no tuvo valor para sentir miedo o no pudo juzgarlo en su total magnitud. Sabiendo instintivamente que estaba despierto, contuvo un ligero temblor de su mano derecha y apagó el cigarrillo. Miró nuevamente y comprobó entristecido que la criatura tenía luz propia. Sintió una familiar puntada en el ojo derecho. En veinte años Morales no recordaba haber visto nunca la podredumbre de esa vieja fábrica tan iluminada. Las manchas de humedad. La diminuta caca de los ratones. La suciedad en los puños de su campera. Veía todo claramente y no estaba dormido. “Puta... Me dejé estar.” A su pesar confirmó que la criatura en ese momento lo examinaba detenidamente y representaba a una extraña mujer. Era real y lo estaba mirando. A pesar del tibio fluir que sintió deslizarse desde su entrepierna hasta sus tobillos Morales no pudo dejar de admirarla. En ese momento un charco empezaba a formarse junto a sus zapatos y no le importó. La mujer era hermosa. El contorno del ser le resultaba difuso debido a la intensa luz blanca que irradiaba de sus vestiduras. Sólo el rostro y las manos quedaban definidos con exactitud; eran los únicos sitios en donde la inmaculada piel de la extraña entidad permanecía al descubierto. La delicadeza absoluta del rostro, la nariz recta y la frente despejada del mágico ser le comunicaron a Morales una belleza imposible y no terrenal, primitivamente familiar y desconocida a la vez. Al punto Morales se sintió invadido por una nostalgia enorme, pero que no pudo ubicar en su procedencia. Vaciló unos instantes. Se espantó al descubrir de improviso la intensa y completa oscuridad de aquellos ojos y de su contorno. Morales, sin admitir aún lo 29

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que le estaba pasando, temió comprender que un Dios bueno y todopoderoso jamás podría consentir esos ojos en su propio universo, esos globos oculares completamente negros, esos terribles y espléndidos ojos de diablo, esa infinita inteligencia que adivinaba ahora en la mirada muerta de aquella criatura. Tal vez Dios no existiera acaso. Por lo demás, todo en la dama era blanco y parecía estar hecho de luz, de una insólita y rara luz blanca. Excepto quizás por el ligero detalle de los labios, que sonreían apenas y que también eran negros como la mirada. Esa mirada. No se animó a sostener por más tiempo la fijeza invasora de aquellos dos ojos. Vio en cambio sí que un manto luminoso, alguna especie de género o tela brillante caía suavemente por detrás de los hombros desde la cabeza con extrema elegancia. O quizás fueran los cabellos mismos de la criatura. Pensó en averiguarlo pero ya no pudo. De inmediato comprendió que si continuaba mirando, la gracia perfecta y poderosa del ángel lo desquiciaría definitivamente. Ante este pensamiento recién se rebeló Morales que reaccionó y cerró el ojo abierto procurando apretar bien los párpados mientras esperaba. Lo mantuvo así durante unos veinte segundos pero le fue inútil, la fantástica aparición continuaba allí cuando volvió a abrirlo. Suficiente para Morales. Como tantas otras noches hizo el esfuerzo; apagó el foco de la linterna y se lo sacó del ojo. “Mañana ya no la miro”, mintió Morales. Y ya de nuevo solo, a salvo en la oscuridad de la fábrica, tomó su bolso y escondió cuidadosamente su vieja linterna. Todo estaba en orden, sólo ese vacío en el que chapoteaba Morales después de mirarla y esa puntada común persistiendo en el ojo derecho.

Junnecus
Casi podemos afirmar que este pobre nabo, quien les habla, se llama Juan debido a que él mismo considera que ése fue el nombre que efectivamente le pusieron sus padres al inscribirlo en el registro cívico de su país... Al menos todo lo induce a pensar de ese modo ya que por más que se esfuerza no encuentra motivos para dudarlo... Junnecus en realidad no se acuerda exactamente de haber nacido pero confía en haberlo hecho dada su aparente capacidad de influir y afectar el entorno, lo que presupone cierta presencia permanente en el espacio y el tiempo lo cual (sumado a la consciencia de ser el mismo que lo acompaña desde que recuerda) hace muy plausible que ésta premisa sea cierta. Es más, teniendo en cuenta los documentos existentes y presumiendo que son genuinos quien les habla incluso se atrevería a afirmar que nació en Montevideo allá por el año 1980 siendo además del signo de Aries (Eso, claro está, si damos por válidos los enunciados zodiacales que especifican las fechas y los intervalos que se corresponden con cada signo dentro del horóscopo y que afirman que son de Aries los nacidos a finales de Marzo sin lugar a excepciones) De todos modos asegura que el último dato es irrelevante. Finalmente Junnecus es de la creencia que actualmente reside y trabaja en Montevideo.

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Ficción o Realidad

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Título: Jorge Luis Borges Autor: Luciano Giraldez Fecha: Martes 17 de agosto de 2010 Técnica: Tiza y estilógrafo sobre papel negro A4

Luciano Giraldez Nací en el año 1990, pero no podría decir cuándo empecé a dibujar porque sinceramente no me imagino sin hacerlo. Desde siempre me apasionó dibujar, y debido a esto, en el año 2008 terminé el secundario en la modalidad Arte y Diseño, y al siguiente empecé el CBC para Diseño Gráfico en la UBA. En el 2010 comencé a un curso de Historieta en la Escuela de Dibujo Garaycochea con Osvaldo Viola (Oswal) como profesor, mientras sigo con mis estudios en la UBA.