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Infancia en el siglo XVII

El siglo XVII señala el principio del triunfo de los educadores y mora- listas y con ello el
inicio del respeto a la niñez, según Ariès (1987, pp. 534 y 535). El niño conquista un lugar
junto a sus padres, deja de con- fiarse a personas extrañas y se convierte en un elemento
indispensable de la vida cotidiana, todos se preocupan de su educación, de su colocación,
de su porvenir; aunque todavía no es el eje de todo el sistema, es un personaje mucho más
consistente. La familia aún conserva mucha sociabilidad, la casa es un centro de relaciones
dirigida por el padre, pero entre las clases sociales superiores ha triunfado un nuevo modelo
que más tarde se extenderá al resto de la sociedad.
En esta época cambia también la postura moral hacia ciertas actividades que adultos y niños
compartían. Las representaciones de obras dramáticas y tragedias, muy importantes en las
antiguas sociedades, permitían la participación indiscriminada de gente de todas las edades,
tanto entre los actores como entre el público, al igual que los juegos. Algunos educadores
habían condenado ya esta indiferencia moral colectiva, pero no es sino hasta el siglo XVII
cuando se comienza a gestar la actitud moderna hacia la infancia que prohíbe los
pasatiempos y actividades considerados nocivos con el fin de educar al niño y preservar su
moralidad
(Ariès 1987, p. 119). Ariès señala que esta nueva separación entre actividades propias de
los niños de las reservadas a los adultos se da en un principio únicamente en las clases
superiores, pues durante algún tiempo pequeños y mayores de los estratos bajos continúan
compartiendo juegos. Concluye entonces que existe una relación entre el nacimiento del
sentimiento de infancia y el de clase: “Es muy interesante observar que la antigua
comunidad de juegos entre niños y adultos, entre el pueblo y la burguesía, haya cesado en
el mismo momento.
Comienza el triunfo de la noción de la inocencia infantil, que un siglo después sería ya una
consideración común. Se habla de la debilidad e imbecilidad de la infancia, pero —a juicio
del autor— esta concepción moral poco favorable que hace hincapié en la vulnerabilidad se
da como reacción a la adquisición de un papel protagónico del niño dentro de la familia.
Este sentimiento de pureza conduce a una doble actitud moral respecto a la niñez, pues por
una parte se busca preservarla de la corrupción (especialmente sexual) y por otra parte
fortalecerla, desarrollando el carácter y la razón, para lo cual los educadores recomiendan
también moderar los excesos afectivos y se preocupan por desarrollar toda una serie de
normas de comportamiento conformes al decoro. Esta transformación ética fue
intensamente promovida por el Estado y la Iglesia, que comienzan a hacerse cargo de la
educación con el objetivo de dar instrucción y garantizar el respeto a la nueva moralidad a
través de nuevas estructuras institucionales, los colegios, que se extienden rápidamente. Los
padres las acogen con simpatía, pues se perciben incapaces de cumplir con su misión
educadora solos y poco preparados para igualar los conocimientos que podía transmitir la
escuela.
En otros ámbitos se incrementa también la intervención estatal y eclesiástica y surge toda
una serie de disposiciones legales y de ética religiosa. La esfera pública invade los espacios
tradicionalmente considerados estrictamente privados: el Estado realiza un intento inicial de
una política de protección a la primera infancia, se toman medidas para proteger a los niños
indigentes, abandonados e indefensos. Esta nueva actitud se intentó reforzar con la
promoción de “modelos ideológicos” de la niñez: el niño Cristo, la infancia de los santos y
el niño prodigio.
Entre las prácticas de crianza podemos encontrar una recomendación cada vez mayor de la
lactancia materna para estimular la creación de vínculos afectivos y transmitir ciertas
características del temperamento. Al salir el primer diente se incluían alimentos sólidos en
la dieta del bebé y la aparición del último señalaba el tiempo del destete. El fajamiento se-
guía utilizándose con el fin de proteger los miembros en formación.
Acerca del control de esfínteres no se cuenta aún con mucha información, aunque se sabe
que en las estaciones cálidas se orinaba y defecaba al aire libre y que en las zonas rurales el
niño deambulaba sin calzones, y al parecer se utilizaban para el control supositorios y
enemas.
La crianza marcaba el inicio de los castigos corporales; sin embargo, gracias a las nuevas
tendencias, se empieza a generalizar como estrategia educativa la culpa, la vergüenza y el
miedo.22 Se buscaba sobre todo el dominio de sí mismo por medio de la razón.