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CUENTOS DE VIEJAS

I - I
1 I
| BIBLIOTECAS POPULARES CERVANTES §

¡ 1
1 D i r e c t o r : Francisco Carrillo Guerrero. I

I SERIE PRIMERA |
I
Las cien mejores obras de la Literatura española. %

I TOMOS PDSLICADOS |
I I
* ia--2 . Santa Teresa de Jesús.—Su vida. |
I| 3.
4. Quevedo.—Vida
C ampo amor. — Ddel
o l oB
r auss,c ópno. e m a s y humo ^|.
| . radas. " 1 |
| 5. Larra •—El p o b r e c i t o h a b l a d o r 1
| 6. Góngora.—Poesías. |
| 7. Moratin.—La C o m e d i a N u e v a y E l sí de |
| las niñas. |
| 8. El Romancero del Cid. |
| 9. Lazarillo de Tormes. I
| 10. Tirso de Molina.—El B u r l a d o r de S e v i l l a . |
I 11. Espronceda.—El Diablo Mundo. ¡
I I
I I
| SERIE SEGUNDA ¡
I| Las cien mejores
.
obras$de la Literatura universal
§£
I 1
|
| TOMOS PUBLICADOS |
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Perrault.—Cuentos
. , . .
de v i e j a s .
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I E D I T O R I A L IBLRO-AFRICANO-AMKRICANA
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.
Director general: Director literario:
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I M a n u e l L. O r t e g a . Agustín Aguilar y Tejera. I
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| LAS CIEN MEJORES OBRAS DE 1

| LA LITERATURA UNIVERSAL.-VOL. i |

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¡ CARLOS PERRAULT ¡

¡ CUENTOS DE VIEJAS ¡

¡ P R Ó L O G O D E J G

I IGNACIO B A U E R 1

T I

1111 JÍ n F i n n ¡ i J M i M n i J M J i; w n H ! J i n M < t: J 11 M IJ ^ i n 11; n n i r N n i: 11; i: 111} M J T u; ¡ J E i; E 11: i [ i i!; i J ; E i J r i; M J i u 11 í E i T M i n u i n i l :n i H l; i íi l i 1

| MADRID |
1 EDITORIAL IBERO-AFRICANO-AMERICANA ¡¡

llllllllMIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIM
Elass, S. A. - Madrid. - Núñez de Balbea, 21.
CARLOS PERRAULT
(I62S-1703)
PRÓLOGO

El nombre de Penault va intimamente unido


a las más puras ilusiones y los más bellos en-
sueños de nuestra niñez, porgue él fué quien
dio vida y movimiento, realidad y espíritu, a
esos héroes, familiares a toda imaginación in-
fantil, que se llaman Cenicienta y Pulgarcito,
Caperucita Roja y Barba Azul, la Bella dor-
mida en el bosque, el Gato con botas y tantos
otros como han constituido las delicias de los
niños durante cerca de tres siglos.
El fué, si no el creador—porque la mayor
parte de sus cuentos pertenecen al folk-lore y
fueron recogidos por Peirault, como aquellos
refranes que nuestro Marqués de Santillana
recopilara de los que «dicen las viejas tras el
huego»—, el que dio carácter permanente y figu-
ra propia e inmutable a aquel mundillo de
simpáticos personajes; el que los lanzó a correr
aventuras y a divertir a las gentes, y el que les
6 PRÓLOGO

rodeó de esas hadas y esos silfos, brajas, gigan-


tes y endriagos que—restos acaso de tradiciones
antiquísimas o símbolos de misterios inicia-
ticos—pueblan ese país de ensueño que tiene
plena realidad en la imaginación de la niñez,
que la juventud recuerda con desdén, y al que,
de vez en cuando, la edad madura torna los ojos
con melancolía.
Carlos Perrault, el escritor a quien debemos
tantas ilusiones y tantos recuerdos, vino al
mundo en París el 12 de enero de 1628. Se
aproxima, pues, el tercer centenario de su
natalicio, que no sabemos si será celebrado,
aunque bien merecía una conmemoración donde
las ternuras, infantiles y las palabras puras y
encendidas de los niños y de los que—acaso
peinando canas—sé sienten niños en el cora-
zón, hiciesen las veces de las graves ceremonias
oficiales y los ampulosos discursos académicos.
Protegido por Colbert, agregado a la Admi-
nistración pública, dispensador de los favores
ministeriales cerca de artistas y literatos, bien
relacionado, por tanto, y con buenos amigos,
produjo unas cuantas obras muy mediocres que.
le valieron el ser elegido miembro de la Acade-
mia francesa en ióyo. Su nombre, sin embargo,
hubiera pasado completamente inadvertido,
como el de cualquier otro político académico, a
no haber sido por una circunstancia que lo
PRÓLOGO 7

hizo sonar en tod os los centros literarios d e


Francia, d
ro eán
d ole d e una pasajera noto­
riedad.
Ocurrió que en enero d e 1687 leyó nuestro
autor ante sus colegas d e Acad emia un poema
titulado El siglo de Luis el Gra nde, en el cual
establecía un parangón entre los antiguos y los
modernos y afirmaba que éstos podía n superar
a aquéllos.
Oigamos cómo relata Faguet (1) la polémica
que Perrault resucitó con su poema, y que logró
apasionar los espíritus d e los contemporáneos
de Luis XIV, aunque hoy nos movería a risa,
si alguien perd iese el tiempo en proponerla:
«¿Pueden los mod ernos ser superiores a los
antiguos? d¿ eben serlo? ¿lo son? Tales eran las
tres cuestiones que se d iscutieron apasiona
d a­
mente d esd e 1635, pero principalmente d es­
de 1687, hasta 1715.
Boisrobert había hablad o d e Homero ante la
Academia Francesa en forma poco reverente;
Desmarets d e Saint­Sorlin, más d octrinario,
había afirmad o que los mod ernos debía n ser
tanto más superiores a los antiguos, cuanto la
religión cristiana supera a las preced entes, y

(1) EMILE FAGUET. Histoire de là l i t t é ra t u r e


française d e p u i s le X V № siècle j u s q u ' à nos j o u r s , —
Paris, Pion Nourrit et C ­,
ie
s. a.
8 PRÓLOGO

debemos hacer observar de paso que este argu-


mento es la gran razón que Chateaubriand había
de recoger para desarrollarla de manera maravi-
llosa en el Genio del Cristianismo.
Tal afirmación fué combatida por Boileau,
por Corneille, por el Padre Bouhours en sus
Coloquios de Aristo y Eugenio, tan finos, tan
agradables y tan discretos, y la polémica quedó
de momenfo olvidada.
Se reanimó en i68y, a causa de un poema
que Carlos Perrault leyó en la Academia Fran-
cesa. Perrault, que luego escribió los Cuentos a
que desde entonces va vinculado su nombre, era
un hombre muy inteligente, lleno de ideas y de
invenciones, un poco dado a la quimera, como
como todos los inventores, y a la paradoja, como
todas las personas de talento. Su Poema de
Luis el Grande establecía en principio que los
modernos podían ser superiores a los antiguos,
y que, en efecto, bajo el reinado de Luis XIV
lo eran. Boileau saltó y comenzó a lanzar epi-
gramas contra Perrault; éste replicó con sus
Paralelos entre los antiguos y los modernos (1),
que es, en realidad, una obra francamente mala.

(i) Omite Fagitet los « H o m b r e s ilustres que h a n


florecido en F r a n c i a d u r a n t e el siglo X V I I (1697-
1701)», obra que también escribió Perrault para for-
talecer su tesis.
PRÓLOGO 9

S u idea esencial es muy interesante y puede ser


defendida: es la teoría del progreso continuo de
la humanidad, y es esta, por cierto, la primera
vez que aparece netamente en el mundo intelec-
tual; pero todo lo demás de la obra.es detesta-
ble. Creyéndose obligado a prescindir de los
autores del siglo XV¡I que habían imitado a
los antiguos, y que, además, estaban frente a él
(cuando precisamente lo justo y lo espiritual
hubiera sido hacer lo contrario), Perrault se
veía constreñido a los Chapelain, los Saint-
Amant y los Scudéry, y esos eran los hombres
que, con toda la seriedad del mundo, oponía a
Homero, Sófocles, Píndaro y Aristófanes. Boi-
leau replicó con sus Reflexiones sobre Longino,
que constituyen, entre todos sus escritos, la obra
más fuerte, más sólida, más exacta y más reve-
ladora de una inteligencia literaria muy com-
prensiva. La Fontaine intervino en el debate con
su juiciosa y encantadora Epístola a Huet,
muy favorable a los antiguos; La Bruyère, con
varias declaraciones muy explícitas en su ca-
pítulo sobre las Obras del espíritu. La polé-
mica se apaciguó por agotamiento hacia 1700.»
Aunque más adelante volvió a ser puesta sobre
el tapete.
Pero ni aun el momentáneo prestigio que dio
a Perrault el haber medido sus armas con com-
petidores de la talla de Boileau, La Fontaine y
10 PRÓLOGO

La Bruyère hubiera bastado a salvarle ciel olvi-


do, y actualmente su obra no pasaría de ser una
mera curiosidad bibliográfica, a no haber sido
por otro libro que en aquellos mismos años
componía y al que concedía tan menguada
importancia que al imprimirlo, en iógyi lo
hizo bajo el nombre de su hijo, Perrault d'Ar-
mancour, que a la sazón contaba diez años
de edad.
Con los setenta irisaba Carlos Perrault
cuando—por una nueva paradoja—dio a luz
sus cuentos de niños con el doble título de
Cuentos del tiempo pasado y Contes de ma
mère l'Oye, como si dijéramos Cuentos de
viejas.
Perrault coleccionó aquellas historias para
entretener a sus hijos; pero supo darles un en-
canto tan vivo, una ingenuidad tan pura, y
vestirlas con tal sencillez de estilo—apenas rota
en tal o cual pasaje por la fina ironía del na-
rrador—que sus deliciosas fantasías no tarda-
ron en hacerse populares bajo su nuevo ropaje
literario, y en atravesar las fronteras para ex-
tenderse por otros países, donde les aguardaba
la misma envidiable suerte.
En los cuentos de Perrault se mueven los
personajes de dos mundos, el de la realidad y el
de los ensueños. Los del primero son seres de
carne y hueso, adornados de todas las maldades
PRÓLOGO II

y lodas las bondades de los que viven y se agitan


a nuestro alrededor. Desde el rey al mendigo,
todas las clases sociales están representadas en
las narraciones del autor, sin que, por cierto,
sean las más altas las que mejor escapan de su
pluma: que el pueblo siempre fué demócrata,
por instinto de conservación.
Y sobre ese retablo de Maese Pedro, donde
cada figura es un carácter sobria y exactamente
delineado, en el plano astral como si dijéramos,
se mueven otros seres que han llegado a consti-
tuir una especie de mitología infantil, y en los
que se encarnan y simbolizan los vicios, las
pasiones, las virtudes, las fuerzas naturales, la
fatalidad y el destino. Ambos mundos se com-
penetran e influyen mutuamente: el superior
rige y gobierna al inferior, y todo acaba del
mejor modo posible, con el triunfo de la bondad,
de la juventud y de la belleza—el eterno mito de
Aglae, Átala y Eufrosina—, lográndose con ello
el fin educativo de que la flor del optimismo flo-
rezca lozana en los corazones juveniles.
Murió Carlos Perrault en 1703, seis años
después de publicada la obra que había de in-
mortalizarle.
Adelantémonos a celebrar el tricentenario del
amigo de los niños, incluyendo en esta biblio-
teca una selección de sus cuentos, pues ya que
su nombre no sea de los más esclarecidos de las
12 PRÓLOGO

letras francesas, ni pueda ponerse a la par con


los de Rabelais, La Fontaine, Voltaire, Hugo y
tantos otros como brillan en el Parnaso de la
nación vecina, no es menos cierto que en popu-
laridad y en número de lectores pocos le aven-
tajan.

IGNACIO BAUER
RIQUET EL DEL COPETE

Una reina dio a luz un niño tan feo y con-


trahecho, que se dudó si tenía forma humana.
Un hada, testigo del nacimiento, aseguró que
el niño, a pesar de la fealdad, sería muy sim-
pático por su inteligencia y discreción, y le
concedió la gracia de que pudiera trasmitir su
ingenio a la persona que mejor le pareciese.
La soberana, afligida por haber echado al
mundo un monigote semejante, se consoló
mucho con estas predicciones. No tardó en
verlas cumplidas. Desde sus primeras pala-
bras y sus primeros actos, demostró el prín-
cipe un tan maravilloso talento, que admiró
a todos. Olvidaba decir que el niño había na-
cido con un copete o penacho de cabellos en
medio de la cabeza, y que por esta razón le
Iramaban Riquet el del Copete. Riquet era el
nombre de la familia reinante.
14 CUENTOS DE PERRAULT

Siete u ocho años después de este suceso,


la soberana de un país vecino parió dos niñas.
La que nació primero era hermosa como un
serafín y su madre estaba tan contenta, que
se llegó a temer la hiciese daño este exceso de
alegría. Estaba allí también el hada que había
asistido al nacimiento del príncipe Riquet, y
para moderar el gozo de la reina, declaró que
aquella niña carecería en absoluto de ingenio
y sería tan tonta como bella.
Mucho contrarió a la reina esta declaración,
pero hubo aún de disgustarla más ver que la
segunda niña que había dado a luz era más
fea que Picio.—Señora, no os aflijáis por
eso—dijo el hada—; si la niña es fea, tendrá
en cambio muchísimo talento y esta cualidad
suplirá con ventaja su falta de belleza.—¡Dios
lo haga!—respondió la reina.—Pero ¿no ha-
bría medio de darle a la mayor siquiera una
mínima parte del talento que a ésta v a a
sobrar?—En lo que se refiere al talento—re-
puso la maga—nada puedo hacer por ella; en
cuanto a la belleza, lo puedo todo, y como
deseo complaceros, la otorgo desde ahora el
don de transmitir su hermosura a quien mejor
le plazca.
Pasaron los años, crecieron estas dos prin-
cesas y sus respectivas perfecciones fueron
cada día en aumento: la hermosura de la mayor
CUENTOS DE PERRAULT 15

y el maravilloso talento de la más pequeña


llamaban la atención de todo el mundo. Cre-
cían sus defectos al mismo tiempo en igual
proporción: la una se iba afeando hasta el ex-
tremo de poder asustar al mismo Belcebú, y
se entontecía la otra hasta el punto de que
cuando la preguntaban algo, o no respondía,
o encajaba un disparate. Era tan torpe, que
no arreglaba sobre la chimenea cuatro porce-
lanas sin que rompiese tres, ni bebía un vaso
de agua sin derramar sobre la falda la mitad
del líquido. Con ser la hermosura un grande
atractivo en una joven, la hermana fea se lle-
vaba la palma en todas las fiestas de palacio.
Al principio todos rodeaban a la mayor, an-
siosos de admirar de cerca su belleza extra-
ordinaria; pero pronto se alejaban e iban a
hacer la corte a la pequeña, cuya deliciosa
conversación y oportunos chistes encantaban
al más adusto. Así que en menos de un cuarto
de hora la primera quedaba completamente
sola, y todos rodeaban y agasajaban a la fea.
La mayor comprendía, a pesar de su torpe-
za, la causa de este alejamiento, y hubiera
dado gustosa toda su hermosura por la mitad
del ingenio que tenía su hermana. La misma
reina, no podía muchas veces menos de re-
convenirla por lo tonta, y esto disgustaba en
extremo a la infeliz princesa.
16 CUENTOS DE PERRAULT

Un día en que se retiró al bosque a llorar


a solas su desgracia, vio venir hacia ella un
hombrecillo de feísima catadura, pero vestido
lujosamente. Era el príncipe Riquet el del
Copete, que enamorado de la joven por los
retratos que circulaban por todo el mundo,
había salido del reino de su padre sólo para
;

procurarse el gusto de verla y hablarla. Con-


tentísimo de tan feliz encuentro, se aproximó
a la hermosa con todo el respeto y la conside-
ración imaginables.
Después de los cumplimientos de ordenan-
za, al ver que la princesa estaba triste.—Se-
ñora—-le dijo—, no comprendo cómo una mu-
jer tan bella puede sentirse disgustada y me-
lancólica.—¿Bella, decís?—preguntó la po-
bre.—Tanto—prosiguió Riquet—que entre las
muchas hermosuras que conozco, ninguna al-
canza a la vuestra.—Será si os place a s í —
repuso la princesa, sin que acertara a ocurrír-
sele otra cosa.—La hermosura—continuó el
príncipe—es un tesoro que vale por todos los
demás, y poseyéndolo vos en alto grado, no
se concibe que haya nada que os aflija.—
Pues más quisiera ser tan fea como vos y te-
ner talento, que ser tan hermosa y tan torpe
como s o y . — L a modestia os dicta esas pala-
bras: el verdadero talento no se reconoce
jamás a sí mismo.—¡Ay! no, ¡por desgracia
CUENTOS DE PERRAULT 17

es cierto lo que digo! yo sé bien que soy tonta,


y esta es la causa del pesar que me atormenta.
— P u e s si en eso consiste—replicó R i q u e t — ,
puedo aliviaros y poner término a vuestra
aflicción.—¿Y de qué manera?—Muy sencilla-
mente; yo tengo la facultad de.conceder ta-
lento a la persona que ame; y como esa per-
sona sois vos, os daré tanto cuanto deseéis,
siempre que consintáis casaros conmigo.
La princesa no supo qué responder, y per-
maneció silenciosa.—Comprendo—siguió Ri-
quet—que esta proposición os disgusta, y no
me extraña; os doy un año para que reflexio-
néis lo que os convenga.—Como la princesa
era de tan cortos alcances, y tenía además
tanta gana de ser lista, creyó que el término
del año no llegaría nunca, y aceptó la propo-
sición.
Apenas hubo prometido a Riquet el del
Copete que se casaría con él dentro de un año,
sintió que su inteligencia se transformaba en
otra muy distinta de la que había sido hasta
entonces, y adquirió una facilidad admirable
para explicar todo lo que pensaba, con frases
escogidas y llenas de gracia y donosura. A par-
tir de aquel momento sostuvo una conversa-
ción galante con Riquet, y tantas y tan bue-
nas frases dijo, que Riquet empezó a temer si
ie habría dado más talento del que había
l8 CUENTOS DE PERRAULT

guardado para sí. La corte quedó asombrada


de tan imprevisto y extraordinario suceso. Las
personas de su familia y los empleados de pala-
cio, no cabían en sí de gozo; sólo su hermana
no se mostró satisfecha; la pobre conocía que
iba a hacer en adelante un papel muy triste.
Para dar una idea de la feliz transfoimación,
baste decir que el rey consultaba el parecer de
la hija que había tenido antes por tonta, y que
muchas veces hasta reunía en las habitaciones
de esta princesa el Consejo de Estado. Espar-
cióse rápidamente la noticia del milagro; los
jóvenes príncipes de los reinos vecinos vinie-
ron a hacerle el amor, y todos la pidieron en
matrimonio; pero ella no encontró ninguno
bastante listo, y los escuchó como quien oye
llover.
Llegó, sin embargo, un príncipe tan pode-
roso, tan rico, tan guapo y de ingenio tan su-
til, que no pudo menos de manifestarse con él
un poco más amable y tierna que con los de-
más. Conoció el rey esta preferencia, y la dejó
completamente libre en la elección de esposo.
Como a medida que la inteligencia es más
clara, tanto más se reflexiona antes de resol-
ver en un asunto, dio ella las gracias a su
padre y le pidió que le concediese algún tiem-
po para decidirse.
Un día fué por casualidad a pasearse al
CUENTOS DE PERRAULT 19

mismo bosque donde había conocido a Riquet


el del Copete.
De pronto, y cuando más profundamente
meditaba acerca del partido que debía tomar,
oyó a sus pies un ruido semejante al que pro-
ducirían varias personas, conversando y agi-
tándose de un lado para otro. Prestó atención,
y llegaron a sus oídos distintas voces. Una
decía:—«¡Tráeme esa caldera!»—. O t r a : —
«¡Echa leña al fuego!»—Aquélla:—«¡Dame ese
cazo!»—La de más allá: —«¡Coge esta bande-
ja!»—En seguida la tierra se abrió, y vio una
gran cocina llena de cocineros, marmitones, ga-
lopines y demás gente necesaria para hacer
los preparativos de un espléndido festín. Sa-
lieron luego veinte o treinta hombres armados
de otros tantos asadores provistos de caza y
volatería, y en una alameda del bosque, alre-
dedor de una larga mesa, comenzaron, al com-
pás de una harmoniosa canción, a mechar
carne y a rellenar perdices.
Admirada la princesa de este espectáculo,
preguntó que para quién eran aquellos prepa-
rativos, y le respondieron que eran para la
boda del príncipe Riquet el del Copete. Admi-
róse la princesa, y poco le faltó para desma-
yarse al recordar que hacía un año justo había
prometido dar a Riquet su mano. Tal vez pa-
rezca extraordinaria la falta de memoria de
20 CUENTOS DE PERRAULT

la princesa; pero hay que tener presente que


cuando empeñó su palabra era una tonta, y
que al transformarse por voluntad del prínci-
pe en discreta había olvidado todas sus pasa-
das tonterías.
Iba a continuar su paseo, cuando se presen-
tó a sus ojos Riquet el del Copete, magnífico
y espléndido como un príncipe que va a ca-
sarse.—Ya veis, señora—le dijo—, que soy
exacto en el cumplimiento de mi palabra; es-
pero que cumpliréis también la vuestra, y me
halaga la idea de que hayáis venido aquí a ha-
cerme el más dichoso de ios mortales.—Con-
fieso francamente—respondió la princesa—
que no he tomado una resolución definitiva
respecto al asunto, y aun pienso que jamás
podré decidirme a complaceros.—¡Cómo!—ex-
clamó Riquet—; señora, me llenáis de asom-
bro y...—Dispensad mi franqueza—prosiguió
la j o v e n — ; os lo digo como lo siento, y es la
verdad que me hubiese visto bien apurada si
se tratase de otra persona que no tuviera vues-
tra inteligencia y vuestra educación. «Una
princesa está obligada a cumplir su p a l a b r a —
me diría—, y tendréis que admitirme por es-
poso, puesto que me lo habéis prometido»;
mas como el hombre con quien hablo es el de
más talento del mundo, espero que compren-
derá las razones en que se funda mi negativa.
CUENTOS DE PERRAULT 21

Recordad que cuando era una tonta no pude


resolverme a daros mi mano. ¿Cómo queréis
que me resuelva hoy que, gracias al ingenio
que me habéis dado, tengo el gusto más fino
y soy más difícil de contentar? Si teníais
intención de casaros conmigo, habéis hecho
mal en devolverme la razón.
— M u y bien, señora—respondió Riquet—;
pero si un hombre cualquiera podría con jus-
ticia reprobar esa falta de palabra, ¿por qué
razón no he de usar yo del mismo derecho,
tratándose de un asunto del cual depende la
felicidad de toda mi vida? ¿Acaso las personas
de talento son de peor condición que las otras?
¿Lo afirmaríais vos, que tan claro le tenéis y
tanto lo habéis deseado? Pero volvamos a la
cuestión, si lo permitís. Aparte de mi fealdad,
¿qué encontráis en mí que pueda disgustaros?
¿Mi nacimiento, mi rango, mi carácter, mis
modales?...—¡De ningún modo!—respondió la
princesa—. Me gusta en vos cuanto" acabáis
de enumerar.— Pues siendo así, haced mi ven-
tura, puesto que podéis convertirme a un mis-
mo tiempo en el más feliz y hermoso de todos
los hombres.—¿Y de qué manera?—Es muy
sencillo, si me queréis lo bastante para desear-
lo: sabed, señora, que la misma hada que el
día de mi nacimiento me concedió el don de
transmitir mi inteligencia a la persona que
22 CUENTOS DE PERRAULT

amase, os concedió a vos el de transmitir


vuestra hermosura al hombre que eligieseis
por esposo.—Siendo así—dijo la princesa—,
yo deseo con todo mi corazón que seáis el
príncipe más hermoso de la tierra, y os con-
cedo tanta belleza como pueda yo tener.
Aun no había acabado la joven de pronun-
ciar estas palabras, cuando Riquet se trans-
formó en el más guapo de los hombres. Algu-
nos aseguran que no fueron los encantos de la
maga, sino el amor quien operó este cambio;
y añaden que habiendo reflexionado la prin-
cesa detenidamente sobre la constancia, la
discreción y la belleza de alma de su amante,
olvidó su deformidad física, hasta el punto
de ver en su jiba la inclinación propia de un
hombre acostumbrado a la meditación y al
estudio, y de encontrar en su horrible cojera
cierto aire de distinguido contoneo. Dicen aún
más: afirman que los bizcos ojos de Riquet
parecían a la princesa brillantes y expresivos,
y que en la enorme y amoratada nariz del ser
amado encontraba ella mucho de heroico y de
marcial.
Sea ello lo que fuere, lo cierto es que la
princesa prometió concederle su mano, si su
padre consentía el casamiento. Descubrió la
joven al rey que debía su inteligencia a Ri-
quet el del Copete, y el rey le aceptó gustoso
CUENTOS DE PERRAULT 23

como yerno. Al día siguiente celebraron la


boda. Los preparativos hechos por orden de
Riquet no fueron inútiles. Las fiestas resulta-
ron magníficas.
Este cuento prueba bien a las claras que el
amor lo embellece todo, y prueba además
que lo que no alcancen para vencer un cora-
zón todos los encantos de la hermosura, lo
conseguirá, un solo invisible atractivo que el
amor adivine.
CAPERUCITA ENCARNADA

Era una vez una aldeanita, hermosa como


nadie pudo nunca imaginarla: su madre la
quería tanto, que estaba loca con ella, y su
abuela más loca todavía. Habíale dado la abue-
la un gorrito encarnado y le sentaba tan bien,
que todo el mundo la conocía con el nombre
de Caperucita Encarnada.
Un día, su madre, después de haber cocido
tortas en el horno, la llamó y le dijo:—Tu
abuelita está mala; vé a visitarla y llévale
esta torta y esta orcita de manteca. Caperu-
cita Encarnada se dirigió en seguida hacia una
aldea próxima, donde su abuelita vivía.
Al pasar por el bosque, encontró a maese
Lobo. El muy tunante se hubiera comido de
buena gana a la niña; pero no se atrevió por-
que unos labradores que se hallaban cerca,
podían verle. Le preguntó dónde iba. La po-
26 CUENTOS DE PERRAULT

bre niña, que ignoraba lo peligroso que es


detenerse a escuchar a un lobo, respondió:
— V o y a casa de mi abuelita a llevarle una
torta y una orcita de manteca que le envía
mi madre.
— ¿ V i v e muy lejos?—replicó el l o b o . — S í —
dijo Caperucita Encarnada—; ¿ve usted aquel
molino que hay allá abajo? Pues al otro lado,
en^la primera casa de la aldea.—Precisamente
—repuso el taimado—yo también tengo que ir
allá; marchemos tú por ese camino y yo por
este otro, a ver quién de los dos llega antes.
El lobo echó a correr con toda la fuerza de
sus piernas por el camino más breve. La niña
siguió por el más largo y se entretuvo en coger
avellanas, en perseguir mariposas y en hacer
ramitos de silvestres florecillas.
Pronto llegó el lobo a casa de la abuela:
detúvose, y "Tras, tras".—¿Quién está ahí?
— S o y su nieta—respondió fingiendo la v o z — ;
Caperucita Encarnada, que viene a traer a
usted una torta y una orcita de manteca de
parte de mi madre. La pobre abuela, que es-
taba enferma en la cama,—Alza el pestillo—
le gritó—y empuja la puerta. El lobo alzó el
pestillo y entró. En un momento devoró a la
pobre mujer. El maldito no había comido en
tres días.
Cerró luego la puerta y se acostó en la cama.
CUENTOS DE PERRAULT 27

Al poco rato llegó Caperucita Encarnada, y


llamó.—Tras, tras.—¿Quién está ahí?—Al es-
cuchar la ronca voz del lobo, Caperucita En-
carnada tuvo miedo; creyendo que su abuela
estaría acatarrada; se repuso y contestó:
— S o y yo, abuelita; Caperucita Encarnada,
que vengo a traerle de parte de mi madre una
torta y una orcita de manteca.
El lobo gritó entonces dulcificando un poco
la v o z : — A l z a el pestillo y empuja la puerta.
Caperucita Encarnada alzó el pestillo, y la
puerta se abrió. Al verla entrar, el lobo se
rebujó entre las sábanas, y le dijo:—Pon la
torta y la orcita de manteca sobre el arca,
y vén a acostarte conmigo.—Caperucita En-
carnada se desnudó, y se metió en la cama.
Al ver lo cambiada que estaba su abuelita, le
dijo:—Abuelita, ¡qué brazos tan largos tiene
usted!—Son para abrazarte mejor, hija mía.
—Abuelita, ¡qué piernas tan grandes tiene
usted!—Son para correr con más ligereza,
hija mía.—¡Qué orejas tan desmesuradas,
abuelita!—Son para oir mejor.—¡Qué ojos tan
grandes!—Son para ver con más claridad.
—¡Qué dientes tan enormes, abuelita!—¡Son
para comerte!—Y diciendo esto el malvado
lobo, se arrojó sobre Caperucita Encarnada y
se la comió.
Se ve por este cuento que las niñas, sobre
28 CUENTOS DE PERRAULT

todo las que tienen bonita la cara y gentil el


talle, hacen mal en dar oídos a todo el mun-
do, pues su imprudencia puede costarles cara.
Un lobo se comió a Caperucita. Bueno será
que se tenga encuenta que no todos los lobos
son iguales. Los hay que, corteses y agrada-
bles, siguen y enamoran a las jóvenes en las
casas y en los paseos. Estos lobos son ¡ay! los
de más peligro.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&

LAS HADAS

Era una vez una viuda que tenía dos hijas:


la mayor se le parecía tanto en carácter y en
figura, que viendo a la hija se veía a la madre.
Una y. otra eran tan desagradables y sober-
bias, que nadie podía sufrirlas. La hija más
pequeña, fiel retrato de su padre en amabili-
dad y dulzura, era, en cambio, una linda joven
que merecía el aprecio de todo el mundo. Como
ordinariamente amamos aquello que se nos
parece, la madre estaba loca de satisfacción
con su hija mayor, y aborrecía al mismo tiem-
po con toda el alma a la más pequeña: la obli-
gaba a comer en la cocina y a trabajar sin
descanso.
Entre otras cosas, hacía que la pobre mu-
chacha fuese todos los días por la mañana y
por la tarde, cargada con un gran cántaro, a
coger agua a un manantial que estaba a más
de media legua del pueblo.
30 CUENTOS DE PERRAULT

Un día en que la infeliz niña se hallaba,


como de costumbre, en la fuente, se le acercó
una pobre anciana, y le suplicó que le diese
de beber.—¡Sí, señora; con mucho g u s t o ! —
respondió la hermosa niña.«>Y sumergiendo el
cántaro en el agua más limpia del manantial,
lo llenó y se lo presentó a la buena mujer, sin
soltar el asa y sin dejar de sostenerlo con la
otra mano para que bebiese con mayor co-
modidad. Así que hubo bebido, dijo la ancia-
na.—Eres tan hermosa, tan buena y tan com-
placiente, que no puedo resistir al deseo de
otorgarte una gracia. Esta gracia—añadió—
consiste en que, a cada palabra que desde
ahora pronuncies, saldrá de tus labios una
flor o una piedra preciosa. Aquella vieja era
un hada que se había transformado para
poner a prueba la amabilidad de la joven.
Cuando volvió a su casa la regañó su madre
por haberse entretenido tanto en la fuente.
—Dispénseme usted, madre, por haber tarda-
do—contestó la hija—. Y al decir estas pala-
bras salieron de su boca dos rosas, dos perlas
y dos gruesos diamantes.—¿Qué es e s t o ? —
preguntó la madre asombrada—creo que te
salen de la boca diamantes y perlas. ¿En qué
consiste esto, hija mía? (Esta era la primera
vez que la llamaba su hija.) La pobre niña
refirió entonces cuanto acababa de pasarle, y
CUENTOS DE PERRAULT 31

arrojó al hacerlo un verdadero torrente de


piedras preciosas.
— E s preciso, dijo la madre, que envíe allá
a mi hija. Mira, Antoñita, mira, lo que sale
de la boca de tu hermana; ¿no estarías tú con-
tenta con que te concedieran la misma gracia?
Pues ve a la fuente, y cuando una anciana te
pida de beber, dale agua y sé con ella amable
y cariñosa.
— S e r á cosa de ver el que yo vaya a la fuen-
te, —respondió la vanidosa joven.—Pues irás,
porque yo te lo ordeno—repuso la madre, ¡y
en seguida!—Antonia obedeció a disgusto y se
dirigió a la fuente, no con el cántaro, sino con
el más hermoso jarro de plata que halló a
mano.
Apenas llegó a la fuente vio salir del bosque
a una señora, magníficamente vestida, que se
le acercó y le pidió de beber: era el hada, que
había tomado la forma y el traje de una prin-
cesa, para ver hasta dónde llegaba la grosería
y el despego de la hermana mayor. Como la
vez anterior, el hada pidió a la joven que le
permitiese beber un sorbo de agua.—¿Piensa
usted que he venido aquí—respondió la adus-
ta joven—para darla de beber? Sí, ¡para dar
agua a la señora fué para lo que yo traje mi
jarro de plata! Beba usted en las manos.—No
pecas de amable, —dijo con tranquilidad el
32 CUENTOS DE PERRAULT

hada.—Puesto que eres tan poco cariñosa, voy


a castigarte: a cada palabra que en adelante
pronuncies, te saldrá de la boca un sapo o
una culebra.
Al volver a su casa, le preguntó su madre:
— ¿ Q u é te ha sucedido, hija mía?—¡Nada,
madre!—contestó ella con malos modos—. Y
al mismo tiempo salieron de su boca una ví-
bora y un sapo. — ¡Santo cielo!, gritó la
madre—; ¿qué es lo que miro? ¡Tu hermana
es quien tiene la culpa, y me la va a p a g a r ! —
y se fué hacia la pobre niña, hecha una furia.
La desgraciada logró escaparse y se escondió
en un vecino bosque. Encontróla el hijo del
rey que volvía de caza, y al contemplar tanta
belleza se detuvo y le preguntó qué hacía sola
en aquella espesura, y por qué lloraba.—¡Ay,
señor; mi madre me ha arrojado de casa!—
El hijo del rey, viendo salir de la boca de
aquella niña cinco o seis perlas y otros tantos
diamantes, le suplicó que le explicase este mis-
terio; entonces ella le refirió la aventura de
la fuente.
Enamoróse el príncipe, consideró que seme-
jante don valía más que lo que cualquiera otra
pudiera traerle en dote, la llevó al palacio del
rey su padre, y se casó con ella. En cuanto a
la hermana, se hizo tan aborrecible, que su
propia madre la echó de casa, y la infeliz,
CUENTOS DE PERRAULT 33

después de haber andado mucho tiempo sin


encontrar un alma caritativa que la recogiese,
murió abandonada en un rincón de la selva.
El dinero y las piedras preciosas pueden
mucho en el ánimo de los hombres: pueden
aún más las palabras cuando son dulces y
agradables. La virtud es difícil y costosa de
practicar; pero no queda nunca sin premio.

3
BARBA AZUL

Era una vez un hombre muy rico que poseía


hermosas casas y lindísimas quintas de re-
creo, vajillas de oro y de plata, muebles y
tapices soberbios y magníficas y elegantes ca-
rrozas; mas para su desgracia, tenía este hom-
bre la barba azul, y esta particularidad le hacía
tan feo y le daba tan siniestra apariencia, que
las mujeres y los niños huían asustados al
verle.
, Una de sus vecinas, señora que gozaba de
muy buena posición, tenía dos hijas extraor-
dinariamente hermosas. El hombre de la barba
azul le pidió una en matrimonio, dejando a su
elección cuál de las dos había de darle. Pero
ninguna de ellas le quería por esposo, y la una
se le cedía a la otra. No podían resolverse a
aceptar por marido a un hombre con la bar-
ba azul.
. 36 CUENTOS DE PERRAULT

Existía además una circunstancia que Íes


atemorizaba también mucho. Aquel hombre
había estado ya casado con varias mujeres,
que habían desaparecido sin que nadie supiera
su paradero. Para trabar amistad con las jó-
venes vecinas e inspirarles confianza, Barba
Azul las llevó con la madre y tres o cuatro
amigos de él a pasar una corta temporada a
una de las magníficas casas de campo que
poseía. Organizó allí cacerías, excursiones de
pesca, danzas, paseos y festines. Nadie durmió
en la quinta mientras duró la fiesta; todos
pasaban las noches divirtiéndose y embro-
mando a los demás. Tan bueno fué el hospe-
daje, que la hermana menor empezó a notar
que el dueño de la casa no tenía la barba
tan azul, y que era además un buen mozo
amable. En cuanto volvieron a la ciudad, se
verificó el matrimonio.
Apenas había pasado un mes, Barba Azul
dijo a su esposa que tenía que hacer un viaje
de seis semanas para despachar un asunto
importante.—«Diviértete mucho en mi au-
sencia—añadió—; convida a tus amigas y llé-
valas al campo, si así lo deseas.»
«Mira, aquí tienes las llaves de los dos guar-
darropas, la de la vajilla de plata y oro, que
no sirve sino los días de gran fiesta; las de mis
arcas donde está guardado el dinero y, en
CUENTOS DE PERRAULT 37

fin, las de todas las habitaciones de la casa.


Esta llavecita que ves aquí es la del gabinete
que se halla al extremo de la gran galería,
en el piso bajo. Abre y regístralo todo, si en
ello encuentras placer; pero por lo que hace
a ese gabinete, cuenta que te prohibo entrar
en él, y te lo prohibo de tal manera que no
habrá cosa de que mi cólera no sea capaz si
llegas a desobedecerme.»
La mujer de Barba Azul prometió observar
estrictamente cuanto acababa de ordenárse-
le, y su marido, después de haberla abrazado,
montó en su coche y emprendió su viaje. Las
amigas y vecinas de la joven novia no espe-
raron a que se las invitase: tan impacientes se
hallaban por ver las riquezas de la casa, que
apenas se alejó el marido, cuya barba azul les
infundía un miedo que les había impedido
acercarse hasta entonces, acudieron en tropel,
ansiosas de examinarlo todo.
En seguida se pusieron a recorrer los salo-
nes y las alcobas, y a registrar los armarios
llenos de magníficos vestidos. Luego subieron
a la trastera y quedaron admiradas al ver
gran número de preciosos tapices, camas, so-
fás, veladores, consolas, mesas y espejos de
cuerpo entero, cuyas molduras de plata y oro
eran tan hermosas y espléndidas como nunca
las habían visto ni imaginado.
38 CUENTOS DE PERRAULT

Todas exageraban y envidiaban la felicidad


de su amiga; pero ésta no se entretenía en el
examen de tantas riquezas, porque estaba im-
paciente por abrir la misteriosa puerta de la
habitación del piso bajo. Excitada por la cu-
riosidad, no reparó en lo poco delicado que era
abandonar a sus amigas, y bajó con tal rapi-
dez por una escalerilla falsa, que estuvo dos
o tres veces a punto de rodar por ella y las-
timarse.
Así que llegó a la puerta del gabinete, se
detuvo un momento, acordándose de la pro-
hibición y amenaza de su marido, y pensando
que su desobediencia podría ocasionarle una
desgracia. Pero la tentación fué tan poderosa
que no pudo resistirla; metió la llave en la
cerradura y abrió, temblando, la puerta del
gabinete. Al principio no vio nada, porque los
balcones estaban cerrados; pero algunos mo-
mentos después empezó a distinguir en el
suelo charcos de sangre cuajada, y a lo largo
de las paredes cadáveres colgados: eran los de
las mujeres que Barba Azul había tenido y
cuyo paradero se ignoraba: las había ido de-
gollando una tras otra. La pobre curiosa creyó
morir de miedo, y la llave que acababa de reti-
rar de la cerradura se le cayó de las manos.
Pasada la primera impresión, recogió la
llave, cerró la puerta y subió a su cuarto a
CUENTOS DE PERRAULT 39

reponerse del susto; pero tan conmovida se


hallaba, que no pudo conseguirlo. Entonces
notó que la llave del maldito gabinete estaba
manchada de sangre, y la limpió dos o tres
veces; la sangre no desaparecía: la lavó y hasta
la frotó con arena... y ¡nada! La llave estaba
encantada y no había medio de dejarla lim-
pia; cuando la mancha se quitaba de un ex-
tremo, aparecía en seguida en el otro.
Barba Azul volvió de su viaje aquella mis-
ma noche. En el camino había recibido cartas,
por las que supo que el negocio que motivaba
su partida había sido resuelto de una manera
satisfactoria. La pobre mujer hizo cuanto
pudo por manifestarle que se hallaba muy
contenta de su pronto regreso. Al día siguien-
te Barba Azul le pidió las llaves, y ella se las
dio, pero temblando de tal modo, que el ma-
rido adivinó cuanto había pasado.
— ¿ E n qué consiste—preguntó—que la 11a-
vecita del gabinete no está con las otras?
— L a habré olvidado arriba—contestó e l l a —
sobre la mesa de mi cuarto.—Pues no dejes de
dármela lo más pronto posible.—Después de
varias preguntas del mismo género, fué pre-
ciso entregar la llave. Barba Azul la examinó
y dijo:—¿Por qué está manchada de sangre?
— ¡ N o lo sé—respondió la mujer, más pálida
que una muerta.—¿No sabes, eh? Y o sí lo sé:
40 CUENTOS DE PERRAULT

¡tú has entrado en el gabinete! ¡Pues bien, se-


ñora; va usted a volver a entrar, y a tomar
puesto junto a las otras que están allí!
La desventurada se arrojó llorando a los
pies de su marido y dando señales de ver-
dadero arrepentimiento le suplicó que la per-
donase. Su belleza y su aflicción hubieran con-
movido a una roca; pero Barba Azul tenía el
corazón más duro que el mármol:—¡Es pre-
ciso morir, señora-—gritó—; morir inmedia-
tamente!—Puesto que es preciso morir—res-
pondió la infeliz con los ojos bañados en lágri-
mas, concédeme algunos momentos para rogar
a Dios que me absuelva de mis culpas.—Le
concedo a usted media hora—replicó Barba
A z u l — ; pero ¡ni un minuto más!
Cuando la pobre joven se halló sola, llamó
a su hermana y le dijo:—Ana, hermana mía;
sube a lo alto de la torre y mira si llegan mis
hermanos; me han prometido venir hoy a ver-
me; si los ves, hazles señas para que se apre-
suren. Ana subió a la torre. La esposa del fiero
Barba Azul le preguntaba de cuando en cuan-
do:—Ana, hermana mía; ¿no ves a nadie?
Y Ana contestaba:—No veo sino el sol que
centellea y la hierba que verdea.
Entretanto, Barba Azul tenía en la mano
un enorme cuchillo, y gritaba desaforada-
mente:
CUENTOS DE PERRAULT 41

— ¡ B a j a pronto, si no quieres que yo suba!


—¡Espera un solo instante!—le respondía su
pobre mujer. Y añadía por lo bajo:—Ana,
hermana mía; ¿no ves a nadie? Y Ana con-
testaba:—No veo sino el sol que centellea
y la hierba que verdea.—¿Bajas o subo y o ? —
seguía gritando Barba ' A z u l . — Y a voy, y a
voy—respondía su mujer. Y preguntaba:
Ana, hermana mía; ¿no ves a nadie?—Sí;
veo una gran polvareda en medio del cami-
no.—¿Son mis hermanos?—¡Ay! no, hermana
mía; es un rebaño de carneros.
—¿Conque no quieres bajar—continuaba
rugiendo el marido.—¡Un solo momento, y
bajo!—respondía ella. Y luego: — A n a , her-
mana mía; ¿no ves a nadie?—Veo dos caba-
lleros que se dirigen hacia este sitio; pero to-
davía están lejos, muy lejos...—¡Que Dios sea
loado—exclamó la desventurada—; ¡son mis
hermanos!... — A n a añadió:—Les estoy ha-
ciendo señas para que se apresuren.—En esto,
Barba Azul se puso a gritar con tanta fuerza
que estremecía toda la casa.
La mujer bajó y fué a arrojarse a sus pies
toda llorosa y con los cabellos en desorden.
— ¡ A nada conducen esos extremos!—le dijo
Barba A z u l — . ¡Es preciso morir!—Y cogién-
dola con una mano por los cabellos y elevando
el cuchillo con la otra, iba a descargar el golpe,
42 CUENTOS DE PERRAULT

cuando la infeliz se volvió hacia él con mori-


bundos ojos, pidiéndole que le concediese un
breve instante para recoger el alma.—Ni uno
ni medio'—repuso é l — , ¡y encomiéndate a
Dios!—Así diciendo, enarboló el cuchillo... De
pronto sonaron en la puerta golpes tan fuer-
tes, que Barba Azul se detuvo. Cuando abrió
entraron espada en mano dos caballeros: Bar-
ba Azul reconoció a los hermanos de su espo-
sa: uno era dragón y otro mosquetero. El feroz
marido echó a correr para salvarse; pero los
recién llegados le persiguieron de cerca, y an-
tes de que lograse ganar el portal, le atrave-
saron con sus espadas de parte a parte y le
dejaron muerto. La pobre mujer se hallaba
casi tan muerta como su marido, y ni siquiera
pudo levantarse para abrazar a sus salvadores.
Como Barba Azul no tenía herederos, pasa-
ron a manos de su viuda sus cuantiosos bienes,
y ella los invirtió, una parte en casar a su her-
mana con un joven y bizarro caballero que le
amaba hacía tiempo, otra en comprar el grado
de capitán para sus dos hermanos, y el resto
en dotarse a sí misma y celebrar su boda con
un hombre honrado y cariñoso que le hizo
olvidar las ferocidades de Barba Azul.
La curiosidad con todos sus atractivos, es
siempre peligrosa. Es un placer harto ligero
para lo caro que algunas veces cuesta.
CUENTOS DE PERRAULT 43

Por poco que conozca la hipocresía del mun-


do, habrá comprendido el lector que esta histo-
ria es de otros tiempos. Y a no hay esposos tan
feroces que exijan a sus mujeres imposibles.
Cerca de su mujer se ve siempre hoy a un ma-
rido agradable y dulce. De cualquier color que
sea su barba, es difícil adivinar si és el que
manda o el que obedece.
LA BELLA DORMIDA
EN EL BOSQUE

Era una vez un rey y una reina, que esta-


ban muy disgustados porque no tenían hijos;
tan disgustados, que nada les consolaba ni en-
tretenía. En vano habían probado la virtud de
cuantas fuentes medicinales se conocían enton-
ces; en vano hecho peregrinaciones, votos y
promesas: su deseo parecía de imposible rea-
lización. Por fin, cuando menos se esperaba,
la reina dio a luz una niña. Preparósele un
espléndido bautizo, y se eligió por madrinas
de la princesa a todas las hadas que pudo ha-
llarse en el país (que fueron siete), con el fin
de que cada una le concediera una gracia,
como era uso y costumbre entre las hadas de
aquel tiempo, y fuese la princesita un dechado
de perfecciones.
Después de la ceremonia del bautizo, volvió
46 CUENTOS DE PERRAULT

el cortejo al palacio del rey, donde se había


dispuesto en honor de las hadas un magnífico
banquete. El soberano mandó poner en el
sitio que cada una había de ocupar en la mesa
un estuche de oro macizo, que contenía una
cuchara, un tenedor y un cuchillo, todo del
mismo precioso metal y guarnecido de dia-
mantes y rubíes.
Ocupaban ya los comensales sus puestos
cuando vieron entrar a un hada vieja, a quien,
nadie había invitado porque hacía más de
medio siglo que no salía de una torre, y se le
suponía muerta o encantada. El rey ordenó
que se le pusiera un cubierto; pero no fué po-
sible darle un estuche de oro macizo como a
las otras, pues no se había mandado hacer
más que siete, uno para cada madrina. La
vieja creyó que se la despreciaba y murmuró
entre dientes palabras amenazadoras. Una de
las jóvenes hadas, que se hallaba a su lado,
oyó estas murmuraciones, y comprendiendo
que haría la vieja un fatal regalo a la prince-
sita, así que todas se levantaron de la mesa,
se escondió detrás de un tapiz, con objeto de
hablar la última y reparar en lo posible el
daño que temía.
En esto empezaron las hadas a ofrecer sus
dones a la princesa. Una le concedió por gra-
cia que sería la más bella de todas las mujeres;
CUENTOS DE PERRAULT 47

otra, que su talento igualaría al de un ángel;


la tercera, que tendría una gracia admirable
en todo cuanto hiciese; la cuarta, que bailaría
con la agilidad y soltura de una sílfide; la
quinta, que cantaría como un ruiseñor, y la
sexta, que tocaría todos los instrumentos
como una consumada profesora.
Llególe el turno a la anciana, y moviendo
lentamente la cabeza, más por despecho que
por decrepitud, dijo que la princesa se atra-
vesaría la palma de la mano con un huso, y
moriría. Este augurio terrible hizo estremecer
a todos los circunstantes, y no hubo persona
que no sintiera sus ojos bañados en lágrimas.
En aquel momento salió de su escondite la
joven hada, y exclamó dirigiéndose a los reyes.
—Tranquilizaos; vuestra hija no morirá:
Aunque no tengo poder bastante para desha-
cer por completo lo hecho por mi compañera,
puedo atenuar los resultados de su predicción:
la princesa, se atravesará la mano con el huso,
pero, en vez de morir, caerá en un profundo
sueño que durará cien años, al cabo de los
cuales vendrá el hijo de un rey a despertarla.
A fin de evitar la catástrofe anunciada por
la vieja, ..el rey mandó publicar un bando, por
el que prohibía bajo pena de la vida, que
nadie hilara con huso en todo el reino.
Pasaron quince o dieciseis años. Un día
4 8 CUENTOS DE PERRAULT

en que el rey y la reina habían ido a una de


sus casas de recreo, la joven princesa se puso
a recorrer las habitaciones del palacio, y yendo
de una a otra, llegó hasta un cuchitril situado
en las buhardillas de una torre, donde se ha-
llaba una viejecita hilando a solas su copo de
lino. Aquella pobre mujer no había oído hablar
de la prohibición del huso.
— ¿ Q u é hace usted ahí, buena mujer?—dijo
la princesa.—Ya lo ves, hermosa j o v e n — , le
respondió la anciana, que no la conocía; — m e
entretengo en hilar.—Debe ser muy agradable
esta ocupación. ¿Cómo se hace? ¡Déme usted,
a ver si yo sé!—Como era un poco aturdida y
tan v i v a de genio, y además tarde o temprano
había de cumplirse la predicción de las hadas,
al coger la rueca se atravesó la mano con el
huso, y cayó desvanecida sobre el pavimento.
Asustada la buena vieja, gritó pidiendo soco-
rro, y de todos los ámbitos del palacio acudie-
ron servidores. Rociaron el rostro de la prin-
cesa, le aflojaron el vestido y le frotaron las
sienes con agua florida; pero nada bastó a
hacerla volver en sí.
En esto, el rey, que había acudido al oir el
alboroto, se acordó de la predicción de las
hadas, comprendió que el accidente era in-
evitable, e hizo que se trasladara a la princesa
a una de las más hermosas habitaciones del
CUENTOS DE PERRAULT 41J

palacio, y se le acostase en una cama bordada


de plata y oro.
¡Qué hermosa estaba dormida! Parecía un
ángel. No había perdido con aquel desvaneci-
miento su frescura ni su color. Rojas tenía las
mejillas y rojos como el coral los labios. Sus
ojos estaban cerrados; pero se le oía respirar
dulcemente, y esto daba la seguridad de que
no había muerto. El rey ordenó que la de-
jaran dormir, sin turbar su reposo, hasta que
liegase la hora en que debía despertarse.
Cuando ocurrió todo esto, el hada buena
que había salvado la vida de la princesa con-
denándola a dormir por espacio de cien años,
se hallaba en el reino de Mataquino, a unas
doscientas mil leguas del reino; pero en un ins-
tante se le mandó avisar por un enano que
tenía botas de siete leguas, esto es, botas con
las cuales se adelantaba siete leguas de cada
paso. El hada se puso en marcha apenas supo
la noticia, y llegó al cabo de una hora en un
carro de fuego tirado por dragones. El rey
salió a recibirla y le dio la mano para ayu-
darla a descender del carruaje.
Aprobó el hada cuanto se había dispuesto,
pero como era altamente previsora, calculó
que al volver la princesa de su letargo se en-
contraría en un grave apuro, viéndose sola en
aquel viejo palacio. He aquí lo que hizo para
5Q CUENTOS DE PERRAULT

salvar este inconveniente: cogió su varita y


con ella fué. tocando todo lo que (a excepción
del rey y de la reina) había en la regia morada:
amas de llaves, camaristas, doncellas, corte-
sanos, oficiales, mayordomos, cocineros, mar-
mitones, galopines, guardias suizos, pajes, la-
cayos, palafreneros, caballos y hasta a Pufla,
la perrita de la princesa.
Así que los hubo tocado, todos se durmie-
ron para no despertar hasta que despertase la
joven, y poder de este modo hallarse cada cual
pronto a servirla.
Los asadores que estaban al fuego llenos de
perdices y de faisanes se adormecieron tam-
bién, y la lumbre quedó medio apagada.
Esta mutación se operó en un instante: las
hadas no suelen emplear mucho tiempo en sus
operaciones. El rey y la reina, después de
besar a su hija sin que se despertase, abando-
naron el palacio y publicaron edictos para que
nadie se acercase a él. Esta precaución fué
completamente inútil, porque en menos de
un cuarto de hora crecieron alrededor del par-
que tantos árboles, grandes y chicos, entrela-
zados de espinos y zarzamora, que era impo-
sible que atravesaran tal muralla ni hombres
ni animales. Sólo podían verse, y esto desde
lejos, lo alto de las torres del palacio.
Este prodigioso vallado era también obra
CUENTOS DE PERRAULT 51

de la maga. No quería que los curiosos moles-


taran a la princesa durante su sueño.
Al cabo de cien años, el hijo del rey que en-
tonces gobernaba, que pertenecía a distinta
familia de la de la princesa, fué por allí de
caza y preguntó a sus monteros qué torres eran
las que se veían por encima del espeso bosque.
Respondióle cada cual según sus noticias: unos
dijeron que era un antiguo palacio habitado
por espíritus; otros, que era el sitio donde los
brujos y hechiceros de la comarca celebraban
sus reuniones. La opinión más general era que
un ogro tenía allí su inorada, y llevaba a ella
para comérselos a sus anchas, sin que nadie
le incomodase, los niños que podía atrapar en
las inmediaciones. Sólo este ogro poseía, según
las gentes, la virtud de abrirse paso a través
del enmarañado bosque.
El príncipe no sabía a qué atenerse, hasta
que un campesino, ya viejo, tomó la palabra
y habló así:—Hace, príncipe, más de cin-
cuenta años oí decir a mi padre que en ese
palacio había una princesa hermosísima, con-
denada a dormir durante un siglo, y a la que
debía despertar el hijo de un rey, para quien
se hallaba destinada.»—Al escuchar esto el jo-
venpríncipesintió arder en su corazón extraño
fuego, creyó sin vacilar que iba a ser el héroe
de tan rara aventura, y aguijado por el amor
52 CUENTOS DE PERRAULT

y la gloria, resolvió sobre la marcha explorar


el terreno.
Avanzó resueltamente hacia el bosque, y
apenas llegó a la maleza, la muralla de árbo-
les, zarzas y espinos se abrió para dejarle paso.
Continuó derecho hasta el palacio que veía al
extremo de una gran alameda, y grande fué
su sorpresa al notar que ninguna persona de
su comitiva le había seguido y que los- árbo-
les habían vuelto a cerrarse tras él. No desis-
tió por eso de su propósito: un príncipe joven
y enamorado no se arredra fácilmente. Entró
en un gran patio, y el espectáculo que en un
principio se ofreció a su vista era capaz de
helar la sangre en las venas del más animoso.
Por doquiera reinaba sepulcral silencio, y la
imagen de la muerte aparecía en aquellos
cuerpos de hombres y de animales tendidos
por todas partes. Sin embargo, el príncipe
reconoció en la nariz bermeja y en la faz amo-
ratada de los guardias que no estaban sino
dormidos; además, los cubiletes que tenían al
lado, en los cuales había algunas gotas de
vino, indicaban que el sueño les había sor-
prendido empinando el codo.
Desde allí pasó el príncipe a otro gran patio
enlosado de mármol, y entró en el cuerpo de
guardia: los soldados, puestos en fila, ronca-
ban a más y mejor. Atravesó en seguida va-
CUE:.ros VE PERKAULT 53

rias cámaras y halló en ellas muchas señoras


y gentileshombres, todos dormidos, unos en
pie y otros sentados. Llegó al fin a una riquí-
sima alcoba dorada. Sobre un suntuoso lecho,
cuyos cortinajes estaban abiertos por todos
lados, se ofreció a sus ojos un espectáculo en-
cantador: descansaba en aquel lecho una prin-
cesa, que parecía tener de quince a dieciseis
años, y de hermosura tal,' que había en su
semblante algo de luminoso y divino.
El príncipe se aproximó temblando de emo-
ción y se puso de hinojos ante aquella cria-
tura admirable. Como había llegado el fin del
encantamiento, la princesa abrió entonces los
ojos y le miró con más ternura de la que podía
esperarse de quien acababa de despertar de
tan largo sueño.—¿Sois, vos, príncipe m í o ? —
le dijo—. ¿Por qué habéis tardado t a n t o ? —
Prendado el joven por estas palabras, y mu-
cho más aún por la manera como" fueron
dichas, no sabía de qué modo manifestar su
amor y su reconocimiento, y sólo acertó a
responder a la princesa, que la amaba más
que a sí mismo.
El amor y la elocuencia no hacen común-
mente buenas migas; sus discursos fueron
mal pergeñados; mas no por eso tardó mucho
en ver correspondida su pasión.
Hallábase mucho más apurado que ella, y
54 CUENTOS DE PERRAULT

esto no es extraño: la princesa había tenido


tiempo de sobra para pensar lo que habría de
decirle; pues (si bien ¡a historia lo calla) pa-
rece más que probable que la complaciente
hada durante el dilatado sueño procuró entre-
tenerla con dulces fantasías. Después de dos
horas de conversación, no habían llegado
nuestros dos héroes a la mitad de las cosas
que tenían que decirse.
Mientras tanto, el palacio se había desper-
tado también, y cada uno se afanaba en el
ejercicio de sus ordinarias ocupaciones, en
particular la gente de cocina, porque nadie
tenía amores con que entretener el hambre
que se dejaba sentir más de lo regular en todos
los estómagos. La camarista de la princesa,
cansada al fin de tanto esperar, anunció a su
señora que la sopa estaba servida. El príncipe
le ayudó a levantarse. La joven princesa es-
taba lujosamente vestida. El príncipe se guar-
dó muy bien de decirle que aquel traje perte-
necía a una moda muy atrasada. Verdad es
que no por eso estaba menos bella.
Bajaron al salón de los espejos y se pusie-
ron a cenar, servidos por los oficiales de la
princesa. Durante la cena, varios músicos
tocaron excelentes trozos de antiguas obras.
Aquellas piezas musicales parecieron nuevas:
hacia más de cien años que estaban fuera de
CUENTOS DE PERRAULT 55

uso. Acabada la comida, el gran capellán casó


a los novios en la capilla del palacio, y mo-
mentos después la dama de honor cerraba los
cortinajes del gabinete de los desposados. Dur-
mieron poco; la princesa no estaba falta de
sueño. El príncipe se separó de ella a la ma-
ñana siguiente y volvió al palacio de su padre,
que se hallaba intranquilo por tan prolongada
ausencia. Contóle el príncipe que cazando se
había perdido en el bosque, y había tenido
que pasar la noche en la choza de un carbo-
nero, sin más cena que un pedazo de pan y
un poco de queso. El rey, que era un buen
hombre, lo creyó; pero la madre del príncipe
no se dio por convencida, y al verle salir de
caza todos los días y considerar que siempre
hallaba una disculpa razonable cuando se
quedaba fuera del palacio dos o tres noches,
se persuadió cada vez más de que traía entre
manos alguna intriguilla amorosa. Dos años
pasaron de este modo: la princesa tuvo dos
hijos: primero una niña, a la que puso por
nombre Aurora, y luego un niño, que fué lla-
mado Sol, porque era aún mucho más her-
moso que su hermana.
La reina excitó varias veces a su hijo, a fin
de arrancarle algunas explicaciones; pero él
no se atrevió a confiarle su secreto. Aunque
la amaba como un buen hijo, desconfiaba de
CUENTOS DE PERRAULT

r ella, pues pertenecía a la raza de los ogros.


El rey la había elevado al trono porque era
poseedora de grandes riquezas. En la corte se
murmuraba que la reina tenía las mismas in-
clinaciones que todos los de su linaje, y que en
viendo a un niño, pasaba la pena negra para
contenerse y no arrojarse sobre él y comér-
selo. Estos rumores obligaban al príncipe a
guardar silencio. Pero cuando a la muerte de
su padre, que ocurrió al cabo de dos años, se
vio dueño de la corona, declaró públicamente
su casamiento, fué con una gran comitiva a
buscar a la princesa y la trajo a palacio. La
nueva soberana entró en la capital acompa-
pañada de sus hijos: los subditos le hicieron
un magnífico recibimiento.
Algún tiempo después, el rey marchó a la
guerra que sostenía con su vecino el empera-
dor Cantalabute, y dejó la regencia del reino
a su madre, recomendándole encarecidamente
que cuidase de su esposa y de sus hijos. La
guerra debía durar todo el verano. Apenas
volvió el rey la espalda, la reina madre, a fin
de satisfacer más cómodamente sus horribles
deseos, envió a su nuera y a sus nietos a una
casa de campo situada en el bosque. Pocos
días después se reunió con ellos y dijo al jefe
de la cocina:—Te prevengo que hoy quiero
comerme a Aurorita. — ¡Señora! — exclamó
CUENTOS VE FERRAULT 57

asustado el pobre hombre.—¡Yo lo mando!—


repuso la reina con una entonación de ogra
hambrienta de carne, que no había medio de
replicar.—Y quiero que me la pongas en salsa
amarilla.
Conociendo el infeliz cocinero que no era
prudente anclarse con bromas, cogió un gran
cuchillo y subió al cuarto de la niña, que tenía
entonces cuatro años. Cuando la princesita vio
al que iba a ser su verdugo, fué corriendo hacia
él, se le colgó del cuello y empezó a pedirle
dulcer. Conmovido el pobre hombre, dejó caer
de la mano el cuchillo, y se echó a llorar a
lágrima viva. Bajó al corral, degolló un cor-
dero, y lo aderezó con tan buena salsa, que la
misma reina le felicitó, asegurándole que en
su vida había comido un plato tan exquisito.
Después de salvar de este modo a la niña
Aurora, el cocinero la entregó a su mujer para
que la escondiera en las habitaciones que ellos
ocupaban en el fondo del corral.
Ocho días más tarde, la grandísima picara
de la reina dijo otra vez al cocinero:
— H o y quiero que me prepares para cenar,
con esa salsa que tú sabes hacer, a mi nieto
Solecito—.Nuevamente dispuesto el cocinero
a engañarla, no dijo esta boca es mía y fué a
buscar a Sol. Cuando le halló, tenía el niño
en la mano un floretito y se ocupaba en jugar
58 CUENTOS DE PERRAULT

a la esgrima con un gran mono: Sol no había


cumplido aún tres años. Llevóle el cocinero
al consabido escondite, y en su lugar sirvió a
la abuela un cabrito tan tierno, que la malva-
da ogra lo encontró sumamente sabroso.
Hasta allí, todo había salido a pedir de
boca; pero una noche, aquella bribona de
mujer dijo al cocinero:
—Mañana quiero comer a mi nuera en la
misma salsa que sus hijos. ¡Entonces fueron
los apuros y la desesperación del pobre hom-
bre! Y a no había medio de engañarla; porque
la reina tenía ya veinte años, sin contar los
ciento que pasó durmiendo, y su piel, a pesar
de ser tan blanca y hermosa, debía estar un
poco'dura. ¡Imposible hallar en el corral con
qué sustituirla! Para salir de apuros, y a fin
de salvar su propia vida, resolvió degollar a
la reina y subió a su cuarto con el firme pro-
pósito de no retroceder.
Mientras subía hizo todo lo posible por en-
colerizarse, y entró en la cámara real con el
cuchillo en la mano; pero como no quería sor-
prender ni matar a traición a su soberana, le
expuso con gran respeto la orden que había
recibido.—Mátame, mátame—le dijo la reina
presentándole el cuello—; de ese modo podré
ir a reunirme con mis queridos hijos.-—La in-
feliz los creía muertos desde que se los habían
CUENTOS DE PERRAULT 59

arrebatado sin decirle nada.—No, señora—


respondió el cocinero enternecido al oiría.-—
Vuestra majestad no morirá e irá a hacer com-
pañía a sus hijos, que están en mi cuarto,
donde he tenido que esconderlos para que la
picara de su abuela no se los comiese. Y o la
haré engullir una corza en vuestro lugar.—•
Dicho esto, condujo a la reina a su habita-
ción, donde la dejó abrazando a sus niños y
llorando con ellos de alegría, mientras él gui-
saba la corza que la hambrienta abuela devo-
ró con apetito. La picara estaba muy contenta
de su crueldad y se disponía a decir al rey,
cuando volviese, que los lobos se habían co-
mido a la reina y a los príncipes.
Una noche en que, según su costumbre,
andaba husmeando en el corral la carne de
las reses, oyó llorar primero a Sol, a quien su
madre quería azotar por travieso, y luego a
Aurorita, que pedía perdón para su hermano.
La ogra reconoció perfectamente la voz de
sus nietos y la de su nuera, y furiosa de haber
sido engañada, mandó que a la mañana si-
guiente preparasen en medio del patio una
gran cuba, y que la llenasen de sapos, víboras,
culebras y serpientes. Quería arrojar en ella,
atados con las manos a la espalda, a la reina,
a sus hijos, y al cocinero y su esposa.
El horrible suplicio estaba ya dispuesto y
6o CUENTOS DE PERRAULT

los verdugos prontos a ejecutar las órdenes de


la ogra, cuando el rey apareció en el patio
sobre su más corredor alazán. Había venido
en posta, y preguntó en seguida lo que signi-
ficaba aquel terrible espectáculo. Nadie se
atrevía a responderle; entonces, la ogra, ra-
biosa de ver frustrados sus planes de vengan-
za, se arrojó de cabeza en la cuba y en un san-
tiamén fué devorada por las serpientes que
había dentro. No dejó el rey de sentirlo, por-
que al fin era su madre; pero se consoló bien
pronto con las caricias de su mujer y de sus
hijos.
Esperar con paciencia a encontrar por es-
poso un hombre rico, guapo y honrado, es
cosa lógica; pero esperarle cien años y dur-
miendo siempre, es más difícil. Hoy no hay
mujer que duerma tanto y con tanta tran-
quilidad.
Este cuento, que ha conservado la tradición,
parece, sin embargo, como que quiere darnos
a entender que los lazos del himeneo no por
muy diferidos son menos dulces y dichosos, y
que nada se pierde por esperar. Tanto ardor
y tanta impaciencia muestra de ordinario el
sexo bello por llegar al matrimonio, que no
me siento bastante fuerte para predicarle esta
moral.
EL GATO CON BOTAS

Un molinero dejó al morir por toda heren-


cia a sus tres hijos, un molino, un jumento y
un gato. Pronto se hicieron las particiones de
este caudal, sin que fuera preciso para ello
utilizar los servicios de procuradores ni escri-
banos. El mayor de los hijos se quedó con el
molino, el otro con el burro y al más pe-
queño le endosaron el gato. Al verse poseedor
de tan pobrísimo lote, el infeliz se desconso-
laba.—Mis hermanos—decía—podrán ganar
su vida honradamente trabajando juntos con
el burro y el molino; pero yo, ¿qué haré des-
pués de comerme al gato y hacer de su piel
una gorra?
Micifuz (que tal era el nombre del anima-
lito) oyó este discurso, y respondió con la ma-
yor gravedad:—No se apure usted por tan
poco, mi amo, que, o pierdo el nombre que
62 CUENTOS BE PEKRAULT

tengo, o no ha de quedar usted descontento


de su herencia, como me proporcione un ta-
lego y me mande hacer un par de botas para
ir de caza por esos andurriales.—Aunque no
inspiraron al hijo del molinero gran confianza
las palabras del gato, tantas diabluras le ha-
bía visto hacer para atrapar los ratones, entre
ellas la de colgarse de las patas o fingirse el
muerto entre la harina, que no desesperó de
que tomase alguna determinación para so-
correrle.
Así que el gato se vio con las botas y el ta-
lego, se calzó las unas, se echó el otro al hom-
bro y tomó el camino de cierto jaral donde
había muchos conejos. Puso afrecho en el
saco, le dejó abierto, con un lazo corredizo en
la boca, y se tendió cuan largo era hacién-
dose el muerto, a esperar que algún incauto
viniese a comer. No habían pasado cinco mi-
nutos cuando un conejo goloso entró en el
talego como Pedro por su casa. Micifuz tiró
de la cuerda, lo encerró dentro y lo mató sin
misericordia. Contento y orgulloso con su pre-
sa, enderezó el paso al palacio del rey y soli-
citó hablarle. Introdujéronle en los salones de
su majestad, y así que estuvo en su presencia,
le hizo una profunda cortesía, y le dijo:
— A q u í tiene vuestra majestad este conejo
que el señor marqués de Carabas (este era el
CUENTOS DE PERRAULT 63

nombre que el gato daba a su amo) me or-


dena entregarle de su parte.—Di a tu a m o —
respondió el rey—que aprecio mucho su re-
galo y que le doy por él infinitas gracias.
Otra vez se puso con su saco de acecho en
un trigal: entraron dos perdices, tiró de la
cuerda y las cogió. En seguida fué a llevár-
selas al rey, del mismo modo que le había
llevado el conejo. Su majestad manifestó gran
placer al recibirlas y ordenó que diesen al
mensajero un vaso de vino del más católico.
Micifuz continuó por espacio de dos o tres
meses llevando al rey, de parte de su amo,
conejos y perdices.
Un día, supo el gato que el soberano salía
con su hija de paseo, hacia las márgenes del
río.—Si usted quiere seguir mi consejo—dijo
a su a m o — , cuente por hecha su fortuna:
v a y a usted a bañarse a la parte del río que yo
le indique; lo demás corre de mi cuenta.—El
marqués de Carabas no comprendía las inten-
ciones de Micifuz, pero le obedeció.
Mientras se bañaba, pasó el rey por allí, y
el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro! ¡socorro! que el señor marqués de
Carabas se ahoga.—Al oir estas voces asomó
rey la cabeza por la ventanilla del coche, y
reconociendo al gato que tantas veces había
regalado su mesa, mandó a sus guardias que
CUENTOS DE PEKKAULT

fuesen a prestar socorro al señor marqués.


Mientras le sacaban del río, Micifuz se apro-
ximó a la carroza y dijo al rey que unos ra-
teros habían robado a su amo la ropa sin hacer
caso de gritos ni amenazas: ¡el muy tuno la
había escondido en un matorral! El rey or-
denó en seguida a los oficiales de su guardia
que fuesen a buscar uno de sus más hermo-
sos trajes para el señor marqués de Carabas,
al cual hicieron mil cumplidos, tanto el sobe-
rano como la princesa.
Como el joven molinero era un guapo mozo,
los lujosos vestidos con que le habían atavia-
do realzaban su belleza; la princesa empezó
por encontrarle muy simpático y acabó, ape-
nas el marqués de Carabas, entre respetuoso
y tierno, le dirigió tres o cuatro miradas, por
enamorarse de él perdidamente. Su majestad
le hizo subir al coche, y le rogó que le acom-
pañase en su paseo. Micifuz, frotándose las
uñas de placer al ver el buen éxito que tenían
sus proyectos, se adelantó a la comitiva deci-
dido a continuar su obra. Encontró unos cam-
pesinos que segaban un prado, y les gritó:
— ¡ E h , buenas gentes! si no decís al rey que
el prado que estáis segando pertenece al señor
marqués de Carabas, ¡daos por muertos antes
de una hora!
El rey, que era muy curioso, preguntó des-
CUENTOS 13E PERRAULT 65

pues a los segadores que de quién era aquel


prado.—Es del señor marqués de C a r a b a s —
respondieron en coro, acordándose de la ame-
naza del gato.—Tienes una hermosa propie-
dad, marqués—dijo el rey.—Sí, señor; es un
prado que produce muy buena renta.
Micifuz, que iba siempre delante de la co-
mitiva, halló unas espigadoras cosechando
trigo, y repitió:-—¡Eh! ¡buenas gentes! si no
decís al rey que esta mies pertenece al señor
marqués de Carabas, ¡daos por muertas antes
de una hora!
Pasó luego por allí el rey, y deseoso de saber
a quién pertenecían aquellos trigos, hizo a las
espigadoras la misma pregunta que antes ha-
bía hecho a los segadores.—Son del marqués
de Carabas—respondieron ellas. El rey volvió
a cumplimentar al marqués.
El gato, siguiendo siempre delante de los
coches, repetía la misma canción a cuantos
labradores veía en el camino, y el monarca se
admiraba cada vez más de las grandes rique-
zas del marqués. Micifuz llegó a un soberbio
castillo, propiedad del ogro más opulento de
todos los ogros, pues suyas eran las tierras por
donde acababa de pasar el rey. Antes de en-
trar tuvo Micifuz cuidado de informarse de
qué casta de pájaro era este ogro. En seguida
solicitó hablarle, y le dijo que no había que-
66 CUENTOS DE PERRAULT

rido pasar cerca de tan rico personaje sin tener


el gusto de ofrecerle sus respetos. El dueño le
recibió con amabilidad y le obligó a tomar
asiento y a que descansase.
— M e han asegurado—dijo el gato—que po-
see usted el don de transformarse en el animal
que más le acomode, en un león o en un ele-
fante, por ejemplo.—Tan cierto es—respondió
el ogro bruscamente—, que para demostrár-
selo voy a convertirme en león ahora mismo.
— Y asustado el gato al ver delante de sí a un
leonazo con una soberbia melena, trepó hasta
el alero del tejado, no sin pasar antes, por
culpa de las botas, un grave apuro.
Vuelto el ogro a su natural figura, bajó Mici-
fuz de las tejas y confesó que había sentido
muchísimo miedo.
—También me han dicho—continuó—, pero
yo no me atrevo a creerlo, que se transforma
usted en el más pequeño animalillo, como, por
ejemplo, en un ratón. ¡Yo creo que eso es im-
posible!
—¿Imposible?—repuso el ogro—. Juzgue
usted por sí m i s m o . — Y diciendo y haciendo,
se convirtió en un ratón y se puso a corretear
por el pavimento. Al verle de tal manera, se
arrojó sobre él el gato, y más listo que Car-
dona se lo zampó en seguida.
Llegó el rey frente al castillo y deseó visi-
CUENTOS DE PERRAULT 67

tarlo. Micifuz oyó el ruido del carruaje y se


apresuró a bajar el puente levadizo.
—¡Bien venido sea vuestra majestad—ex-
clamó—al castillo de mi amo el señor marqués!
—¡Cómo!—preguntó el r e y — . ¿Este casti-
llo también es tuyo, marqués?—En mi vida
he visto cosa más hermosa que este patio y
los edificios que le rodean. Veamos el in-
terior.
El marqués dio la mano a la princesa y
ambos entraron, precedidos del rey, en un
gran salón donde había preparada una sucu-
lenta comida dispuesta por el ogro para seis
o siete amigotes, que no se atrevieron a en-
trar, al saber que el rey estaba allí.
Encantado el monarca de las dotes y rique-
zas del señor marqués de Carabas, le dijo,
después de haberse echado al coleto una bo-
tella de lo rancio:—¿Sabes, marqués, que no
dejarías de convenirme para yerno?
El marqués hizo una profunda reverencia,
aceptó el honor que el rey le dispensaba, y en
aquel mismo día se casó con la hermosa prin-
cesa.
Inútil parece añadir que el gato se convir-
tió en un gran personaje, y que no volvió a
cazar ratones sino por afición y entreteni-
miento. 1

Ventajosa es la posición del que hereda


68 CUENTOS DE PERRAULT

cuantiosos bienes; pero de ordinario son a los


jóvenes la industria y el trabajo más útiles
que las herencias.
Cuando el hijo de un molinero gana con
tanta facilidad el corazón de una princesa, es
indudable que el aspecto y la juventud son
condiciones bastantes para inspirar ternura.
CENICIENTA

Era una vez un gentilhombre que se casó


en segundas nupcias con la mujer más orgu-
llosa y altanera que jamás conocieron los na-
cidos. Tenía esta mujer dos hijas que se le
parecían como dos gotas de agua, lo mismo
física que moralmente. Al marido, en cambio,
le había quedado de su primer matrimonio
una hija, cuya dulzura y belleza encantaban
a todo el mundo. Apenas celebrada la boda,
la picara madrastra comenzó a hacer sufrir a
esta niña las consecuencias de su atrabiliario
humor: las hermosas cualidades que adornaban
a la infeliz le inspiraban odio verdadero, por-
que ponían más de relieve el mal carácter de
las otras hijas. Abrumaba, pues, a la pobre
con toda especie de malos tratamientos. La
hacía desempeñar en el interior de la casa las
más viles ocupaciones: barrer los cuartos, fre-
70 CUENTOS DE PERRAULT

gar la loza, limpiar el polvo, encerar el suelo,


y para colmo de males la obligaba a dormir en
el desván sobre un mal jergón, mientras que
sus hermanas, muy señoritas, tenían colchones
de plumas y lujosas alcobas llenas de grandes
espejos.
Aquella niña lo soportaba todo con pacien-
cia y no se atrevía a decir nada a su padre por
temor de que la riñera. Es de advertir que la
madrastra dominaba por completo a su ma-
rido. Así que la desventurada joven concluía
la ruda tarea que le estaba encomendada, iba
a sentarse en un rincón de la chimenea, casi
sobre la ceniza, por lo que la daban en casa
el nombre de Tizón. La hermana pequeña,
que era un poco mejor hablada que la otra,
la llamaba Cenicienta. A pesar de ir mal ves-
tida y estar tan maltratada, Cenicienta era
mil veces más hermosa, y eso que ellas iban
siempre con lujosos atavíos.
Quiso por aquel tiempo el hijo del rey dar
un baile en su palacio, y mandó invitar a
todas las personas distinguidas. Nuestras dos
señoritas recibieron también la correspondien-
te esquela, pues eran muy conocidas en la
corte. Locas de contento por la noticia, pasa-
ban el día eligiendo trajes y tocados que las
sentasen bien. Este fué nuevo motivo de dis-
gusto para Cenicienta, porque la pobre no
CUENTOS DE PERRAULT 71

tenía manos para almidonar y planchar las


enaguas y camisolines de las señoritas. A cada
instante se hablaba de la manera como irían
vestidas.—Yo—dijo la mayor—me pondré mi
traje de terciopelo encarnado y mis blondas
de Inglaterra.—Pues yo—respondió la o t r a —
no me pondré sino un vestido sencillo; pero,
en cambio, llevaré una capa bordada de flo-
res de oro, y un adorno cuajado de brillantes.
Avisaron a la mejor peinadora para que les
hiciera los bucles y les pintara los consabidos
lunares con que las señoritas de aquel tiempo
se aderezaban el rostro. Así que estuvieron
listas, preguntaron su parecer a la pobre Ce-
nicienta, que había ayudado a peinarlas y
tenía muy buen gusto para todas estas cosas,
y le dijeron:—¿Desearías tú venir al b a i l e ? —
¡Ustedes se burlan—respondió—; los bailes
no se han hecho para mí!—Dices bien—replicó
la más desvergonzada—; no se reiría poco la
gente de la corte si vieran un tizón en palacio.
Otra que Cenicienta les habría enmarañado el
cabello al oir estas palabras; pero ella era tan
buena, que ni siquiera se incomodó.
Llegó, al fin, el ansiado momento: las seño-
ritas salieron de casa, y Cenicienta las siguió
con los ojos hasta perderlas de vista. Entró
luego y se echó a llorar. Su madrina al verla
tan desconsolada, le preguntó qué t e n í a . —
72 CUENTOS DE PERRAULT

Que yo quisiera... que yo quisiera... Y la pobre


lloraba tanto, que no podía acabar la frase.
—Vamos—repuso la madrina, que era un hada
de las más célebres—; lo que tú quisieras es ir
al baile, ¿no es verdad?—¡Ay, sí!—respondió
Cenicienta, suspirando profundamente.—Pues
bien, como sigas siendo buena, yo me compro-
meto a que vayas.—Dicho esto, la hizo subir
con ella a su cuarto, y le dijo:—Mira, vé a la
huerta y tráeme una calabaza.
En seguida bajó Cenicienta, cogió la cala-
baza más grande que pudo encontrar y cargó
con ella, aunque sin comprender la relación de
la tal calabaza con su ida al baile. La ma-
drina vació la enorme legumbre, y cuando
quedó sólo la corteza, la tocó con una varita,
y la convirtió en una hermosa carroza dorada.
Después fué a la ratonera, en la que había
seis ratones v i v o s . — L e v a n t a un poco la
trampa—dijo a Cenicienta. A medida que
los ratones iban saliendo, daba a cada uno
un ligero golpe con la varita, y el ratón se
cambiaba en un soberbio caballo; hubo así
para el coche un magnífico tiro de seis cor-
celes color de perla.
Como hacía falta un cochero, Cenicienta
dijo a su madrina:—Voy a ver si en la rato-
nera grande hay alguna rata.—Anda, v é — r e s -
pondió la maga. Y Cenicienta volvió con
CUENTOS DE PERRAULT 73

tres prisioneros ratunos de respetable tamaño.


La madrina eligió la rata que parecía tener
mejor barba, tocóla con la varita y apareció
un cocherazo con un par de bigotes como los
de un granadero.—Vuelve a la huerta—aña-
dió el h a d a — y tráeme seis lagartos que están
detrás de la regadera—.Fué por ellos la joven
y la madrina los convirtió en seis vistosos la-
cayos, que se mantenían firmes y tiesos en la
trasera del coche, como si en toda su vida no
hubieran hecho otra cosa.—Vamos—dijo en-
tonces la maga a Cenicienta—; ya tienes con
qué ir al baile; ¿estás contenta?—Sí, señora;
pero ¿he de presentarme con este vestido tan
sucio y harapiento?—Por toda contestación su
madrina le tocó en el hombro con la varita, y
los vestidos se trocaron en riquísimas ropas de
plata y oro bordadas de pedrería. Para que
nada le faltase, la maga le dio también un
par de zapatillas las más lindas del mundo.
Aderezada de esta manera y resplandeciente
como un sol, nuestra heroína subió en la ca-
rroza; antes de marchar, su madrina le re-
comendó muchísimo que no volviese después
de las doce, advirtiéndole que si permanecía
en el baile un minuto más de la indicada hora,
el coche se volvería calabaza, los caballos ra-
tones, los lacayos lagartos y los lujosos vesti-
dos tomarían la forma primitiva. Cenicienta
74 CUENTOS DE PERRAULT

prometió que no se le olvidaría el encargo, y


partió radiante de placer. Poco más tarde
avisaron al príncipe que llegaba a palacio una
gran princesa; salió el hijo del rey a recibirla,
la ayudó a bajar de la carroza y la condujo
a los salones del baile. Apenas entraron en
ellos, un profundo silencio reinó entre los cor-
tesanos; interrumpióse la danza, los músicos
dejaron de tocar, y poco después sólo se oía
un murmullo confuso, formado por estas pa-
labras que salían de todos los labios:—¡Qué
hermosa es!
Hasta el rey, que era ya muy viejo, con-
templó largo rato a la desconocida, y no pudo
menos de decir a la reina que en toda su vida
había visto una belleza igual. Las damas que-
daron suspensas ante la recién llegada y se
pusieron a examinar minuciosamente el traje
que llevaba, con objeto sin duda de mandarse
hacer al día siguiente otro parecido, si encon-
traban telas tan preciosas y operarios bastante
hábiles para combinarlas. El hijo del rey la
colocó en el sitio más eminente, y en seguida
la sacó a bailar, lo que hizo ella con una gra-
cia y una maestría que acabó de admirar a
los circunstantes. Sirvióse el refresco, y el
joven príncipe no probó ni un solo bocado:
tan entretenido estaba en contemplar a la
desconocida. Se sentó la bella junto a sus
CUENTOS DE PERRAULT 75

hermanas, y les hizo mil obsequios, dándoles


parte de las naranjas y limones que el prín-
cipe le ofrecía, cosa que a ellas les admiró
mucho, pues no la reconocieron.
Cuando la conversación era más general y
más animada, Cenicienta oyó los tres cuartos
para las doce; entonces hizo un profundo sa-
ludo a todos y salió precipitadamente. En
cuanto llegó a casa fué a ver a su madrina, y
después de mostrarle su agradecimiento, le
dijo que desearía ir al baile del día siguiente,
porque el hijo del rey le había suplicado que
no faltase. Prometióselo así la maga, y cuando
todavía se hallaba Cenicienta refiriéndole los
pormenores de la fiesta de palacio, llamaron
las dos hermanas a la puerta. Abrió la hermo-
sa niña y les dijo bostezando y restregándose
los ojos, como si acabara de despertar de un
profundo sueño:—¡Jesús! ¡cuánto habéis tar-
dado!—Si tú hubieras venido al baile—respon-
dieron sus hermanas—, de seguro que no te
habrías aburrido: había en él una princesa
hermosísima, que nos ha tratado con mucha
amabilidad.
Cenicienta no cabía en sí de g o z o . — ¿ Y
cómo se llamaba esa princesa?—preguntó.
— P u e s ese es el caso, que nadie la conocía, ni
el hijo del rey, que a juzgar por lo que la obse-
quiaba hubiera dado cualquier cosa buena por
76 CUENTOS DE PERRAULT

saber su nombre.—Nuestra heroína no pudo


menos de sonreírse, y añadió:—¿Conque tan
hermosa era? ¡Dios mío, qué felices sois! ¡Si
yo pudiera verla! Mira, Ramona, ¿quieres
prestarme mañana el vestido color de garban-
zo que te pones todos los días?—¡Sí, en eso
pienso!... prestar un vestido a un tizón como
tú! ¡ni que estuviese loca!—Cenicienta espera-
ba esta negativa, y no le pesó, porque su
apuro habría sido grande si su hermana hu-
biese accedido a prestarle el traje.
Al día siguiente las dos señoritas volvieron
al baile de palacio, y tras ellas fué también
Cenicienta; pero mucho más lujosamente ata-
viada que la víspera. El hijo del rey no se
separó de su lado en toda la noche, ni cesó
un momento de dirigirle palabras afectuosas
e insinuantes. Como la joven no se aburría con
la conversación del príncipe, olvidó el encargo
especial que su madrina le había hecho de no
permanecer en el baile pasada media noche;
de modo que oyó la primera campanada de
las doce, cuando creía que|*apenas eran las
diez. Oiría, y desaparecer de la vista de todos,
ligera como una ardilla, fué obra de un'segun-
do. El príncipe la siguió, pero no pudo dete-
nerla ni conseguir otra cosa que recoger y
guardar cuidadosamente una zapatilla que la
joven, al huir con tanta precipitación, dejó caer
CUENTOS DE PERRAULT 77

en la escalera. Cenicienta llegó a casa muerta


de fatiga, sin carroza, sin caballos, sin coche-
ro, y con sus vestidos de todos los días; nada
le restaba de su magnificencia, más que la
zapatilla compañera de la que había perdido
en palacio. El hijo del rey preguntó a los
guardias si habían visto salir a una princesa;
pero éstos respondieron que no habían visto
salir sino a una muchacha muy mal vestida,
que más tenía trazas de campesina que de
gran señora. Cuando las dos hermanas volvie-
ron del baile, Cenicienta les preguntó si se
habían divertido mucho y si la hermosa dama
de la víspera estaba también en el sarao; dijé-
ronle que sí, pero que al oir la primera cam-
panada de las doce, había huido precipitada-
mente, dejando caer una lindísima zapatilla;
añadieron que el príncipe había recogido esta
zapatilla, y no había cesado de contemplarla
en todo el resto de la noche, por lo cual su-
ponían que se hallaba perdidamente ena-
morado de la propietaria de tan diminuto
objeto.
No iban descaminadas al habjar de este
modo; pues no pasaron muchos días sin que
el hijo del rey publicase un bando a son de
trompeta, diciendo que se casaría con la mujer
cuyo pie viniese justo a aquella pequeñísima
zapatilla. Primero se la probaron todas las
78 CUENTOS DE PERRAULT

princesas, duquesas y grandes señoras de la


corte; pero inútilmente. Luego la llevaron a
casa de las dos hermanas; hicieron, sin poder
conseguirlo, desesperados esfuerzos por cal-
zársela. Cenicienta, que miraba la operación
y reconoció su chinela, dijo sonriéndose:—¡Dé-
jenme que yo me la pruebe, a ver si me está
bien!—Sus hermanas lanzaron una carcajada.
El gentilhombre comisionado de verificar ta-
les pruebas miró atentamente a Cenicienta y,
al ver que era bastante linda, accedió a lo so-
licitado.
Sentóse Cenicienta, y calzándose la zapa-
tilla hizo ver a los circunstantes que le estaba
justa, como si la hubiese para ella encargado.
Grande fué entonces la sorpresa de las dos
hermanas; que llegó a su colmo cuando Ceni-
cienta sacó del bolsillo el otro zapatito y se lo
puso también. En esto llegó su madrina, tocó
los vestidos de la joven con su vara mágica y
los transformó en otros aún más elegantes y
magníficos que los anteriores.
Las dos hermanas reconocieron a la prin-
cesa que habían visto en el baile; se arrojaron
a sus pies y le pidieron perdón por todo lo
que la habían hecho sufrir. Cenicienta las le-
vantó cariñosamente, y les dijo, después de
abrazarlas, que las perdonaba de todo corazón
con tal de que en lo sucesivo la amasen como
CUENTOS DE PERRAULT 79

ella las amaba. Condujeron a la joven, tal


como estaba vestida, al palacio del príncipe,
que la encontró más hermosa que nunca, y
pocos días después se celebró la boda. Ceni-
cienta, en quien la bondad de corazón rivali-
zaba con la hermosura, llevó a sus dos herma-
nas al palacio y las casó con dos grandes se-
ñores de la corte.
La belleza es para el bello sexo un tesoro;
pero aun vale más que ser bella, ser buena.
La madrina de Cenicienta la hizo poseer la
gracia de la bondad y la convirtió, al instruir-
la, en una reina. Este don vale más que todos.
Sin él nada se puede, con él se puede todo.
Buenos son el ingenio, el valor, la belleza y
el buen sentido; perp de nada nos servirán en
muchas ocasiones, si no contamos con podero-
sos padrinos o madrinas que los hagan valer.
PULGARITO

Eran una vez un leñador y una leñadora


que tenían siete hijos: el mayor contaba diez
años y el más chico siete. Parecerá extraño
que el leñador tuviese tantos hijos en tan
corto período, pero hay que tener presente
que su mujer no los echaba al mundo sino a
pares. Como los leñadores eran muy pobres, y
los hijos no podían todavía ganarse la vida,
los infelices padres no sabían qué hacer con
ellos. Para colmo de males, el menor era muy
delicadito y apenas hablaba una palabra, cosa
que todo el mundo tomaba por falta de seso
y que en realidad no consistía sino en la ex-
tremada bondad de su carácter. Cuando nació
era tan pequeño, que apenas tenía el tamaño
de un dedo pulgar, y por esto empezaron a
llamarle Pulgarito, y Pulgarito se le quedó
por nombre.
82 CUENTOS DE PERRAULT

Como la cuerda siempre se rompe por lo


más delgado, el pobre era el sufrepesares de
la casa, o como vulgarmente se dice, el que
pagaba el pato en todas las cuestiones. Su
precoz inteligencia no tenía, sin embargo,
punto de comparación con la de sus herma-
nos, pues si Pulgarito hablaba poco, en cam-
bio observaba mucho; y la observación es
madre de la sabiduría.
Fué un año de escasez, tal la falta de recur-
sos, y el hambre de estas pobres gentes, que
resolvieron deshacerse de sus hijos.
Una noche, cuando los muchachos se ha-
bían ido ya a la cama, el leñador, con el cora-
zón oprimido por la pena, dijo a su mujei:
— Y a ves, María, que nos es imposible ali-
mentar a nuestros hijos; yo no tengo entrañas
para verlos morir de hambre; es preciso con-
ducirlos mañana a lo más espeso del bosque,
y cuando estén entretenidos en formar hace-
citos de leña, abandonarlos a su desgraciada
suerte.
—¡Ah!—respondió la mujer—. ¿Serías capaz
de abandonar a tus hijos?—En vano alegaba el
marido su horrible miseria; la infeliz era pobre,
pero era madre, y no podía consentir en sepa-
rarse de aquellos pedazos de su alma. Tales
razonamientos hizo empero el leñador,, que
consiguió convencerla. Ante la idea de verlos
CUENTOS DE PERRAULT 83

morir de hambre entre sus brazos, consintió


la infeliz, y fué a acostarse hecha una Mag-
dalena.
Pulgarito había oído toda la conversación:
sintió desde la cama hablar en la cocina, se
levantó y logró esconderse sin ser visto debajo
del banco en que estaba sentado su padre;
desde allí no perdió ni una palabra. Así que
los leñadores acabaron su diálogo, se acostó de
nuevo y se puso a pensar en lo que había de
hacer. A la mañana siguiente se levantó ape-
nas fué de día, enderezó el paso hacia la orilla
de un arroyo y se llenó los bolsillos de chinitas
blancas. En seguida volvió ai reunirse con sus
hermanos y nada les dijo de lo que había des-
cubierto.
Llegó la hora de ir al bosque, y padres e
hijos se internaron en un sitio sumamente
espeso, donde a diez pasos de distancia no
se veían unos a otros. El leñador se puso a
cortar leña, y los muchachos a recoger ramas
secas para formar haces. Viéndolos sus padres
ocupados en trabajar, se alejaron poco a poco
y luego echaron a correr por un s'endero oculto
en la maleza. Cuando los chicos se encontra-
ron solos, comenzaron a llorar a lágrima viva,
a dar grandes voces y a llamar a sus padres.
Pulgarito, que había hecho a lo largo del
camino un reguero de chinitas, los dejó llorar
84 CUENTOS DE.PERRAULT

un rato y exclamó después:—No tengáis mie-


do, que si padre y madre nos han dejado aquí
solos, yo sé llevaros a casa: seguidme.—Pulga-
rito echó a andar delante de sus hermanos, y
guiándose por las chinas, volvió por el mismo
camino que habían ido al bosque. Llegaron
todos a casa, pero no atreviéndose a entrar,
se agruparon junto a la puerta para escuchar
lo que decían sus padres.
Cuando los leñadores volvían a su cabana,
un criado del señor de la aldea les entregó diez
escudos que su amo les debía desde hacía
tiempo, y que no esperaban cobrar tan pron-
to. Este socorro dio la vida a los infelices, pró-
ximos a morir de hambre. El leñador mandó
en seguida a su mujer en'busca de pan y car-
ne, y como los pobres no habían comido desde
la víspera, ella no se paró en barras y compró
tres veces más de lo que se necesitaba para la
cena de dos personas. Así que estuvieron sa-
tisfechos, dijo la mujer:—¡Ay! ¿qué habrá sido
de mis hijitos? Si estuvieran aquí, despacha-
rían lo que nos ha sobrado. ¿Por qué te em-
peñaste en abandonarlos, Guillermo? Bien te
dije que nos habíamos de arrepentir. ¿Qué
harán ahora en el bosque? ¡Dios mío; quizá'
se los hayan comido y a los lobos! ¡No tienes
corazón!
Tales exclamaciones hizo la pobre mujer,
CUENTOS DE PERRAULT 85

que el leñador acabó por impacientarse, y la


amenazó con sacudirle el polvo si no se calla-
ba. Y no es que el leñador se sintiese contento;
le apenaba tanto o más que a su mujer el
haber abandonado a los niños; sino que ella,
con sus justas y repetidas observaciones, le
ponía cada vez de peor humor. A pesar de las
amenazas, la infeliz leñadora no cesaba de
llorar y de repetir a cada instante:—¡Ay!
¿Qué harán ahora mis pobres hijos? ¿dónde
estarán?
Tan alto lo dijo una vez, que, habiéndolo
oído los muchachos que se hallaban a la puer-
ta, respondieron a coro:—¡Aquí estamos, ma-
dre; aquí estamos!—La pobre salió corriendo
a recibirlos y exclamó besándolos apasionada-
mente:—¡Hijos de mi alma, que ya no creía
volver a veros! ¿Estáis cansados? ¿Tenéis
hambre? Y tú, Perico, ¿cómo vienes tan su-
cio? Entra y te lavaré la cara.—Este Perico era
el hijo mayor, y le amaba más que a los otros,
porque tenía como ella el pelo algo rojizo.
Sentáronse a la mesa, y mientras comían con
voraz apetito refirieron a sus padres, hablan-
do todos a la vez, el miedo cerval que habían
pasado en el bosque.
Los pobres leñadores estaban contentos por
haber recuperado sus hijos; pero esta alegría
fué pasajera; duró lo que los diez escudos.
86 CUENTOS DE PERRAULT

Así que se acabó el dinero, empezaron otra


vez a contristarse; volvió la miseria a reinar
en la casa y determinaron de nuevo desha-
cerse de los muchachos. Para realizar su pro-
pósito decidieron llevarlos esta vez mucho más
lejos y a un lugar más extraviado del bosque.
Aunque hablaron muy secretamente de estos
planes, Pulgarito los oyó y tomó sus medidas
para salir como antes del apuro. Se levantó
también muy temprano para ir al arroyo a
recoger chinitas; pero no pudo conseguirlo; la
puerta de la casa estaba cerrada con llave.
El pobre no sabía qué hacer, cuando su madre
dio a cada uno un pedazo de pan para que
se desayunasen. Entonces pensó que el pan,
reduciéndolo a migajas, podría prestarle el
mismo servicio que las chinitas, y en vez de
comerlo, como sus hermanos, se lo guardó
cuidadosamente en el bolsillo.
Condujeron los leñadores a los niños a lo
más espeso de la selva, y a la primera opor-
tunidad huyeron y los dejaron solos. Pulga-
rito no se apuró por tan poca cosa: esperaba
encontrar el camino, gracias a las migajas de
pan que había ido sembrando; mas ¡cuál no
sería el asombro del pobre al notar que las
migajas no parecían! Los pájaros habían hecho
con ellas un soberbio festín. La aflicción de
los muchachos llegó a su colmo; porque a me-
CUENTOS DE PERRAULT 8 7

dida que se alejaban del sitio en que perdieron


a sus padres, más y más se internaban en des-
conocidos lugares.
En esto se hizo de noche, y se levantó un
viento horrible, que al azotar las ramas de la
selva les causaba un miedo espantoso. Todos
los rumores que se oía se les figuraban aullidos
de lobos que venían a devorarlos, y los pobres
no se atrevían a hablar ni a volver la cabeza.
Para colmo de males, empezó a llover copio-
samente. A cada paso resbalaban los infelices
en el lodo del camino y se ponían de barro que
no había por dónde cogerlos. Pulgarito subió
entonces a un árbol para explorar el terreno;
miró hacia todas partes y descubrió al fin
una lucecita, allá muy lejos, al otro lado del
bosque. En seguida descendió de su observa-
torio, pero al saltar en tierra ya no vio nada.
Esto le desconcertó mucho.
Marchó con sus hermanos durante algún
tiempo hacia el sitio donde había visto la luz,
y no fué poca su alegría cuando la descubrió
de nuevo por entre los últimos árboles de la
selva. La luz aparecía o desaparecía según las
desigualdades del terreno; esto es, según que
los viajeros avanzaban por una colina o por
un barranco. Estas desapariciones, cuya causa
no comprendían, les amedrentaban. Por fin,
llegaron a la casa de donde salía la luz y se
88 CUENTOS DE PERRAULT

decidieron a llamar. Una mujer salió a abrir


la puerta y les preguntó qué querían. Pulga-
rito dijo que eran unos pobres muchachos que
se habían perdido en la selva, y le rogó que
les dejase dormir por caridad en algún rincón.
Al verlos tan guapos, la desconocida se echó
a llorar y exclamó:—¡Ay! ¡hijos de mi alma!
¿por qué habéis venido aquí? ¿No sabéis que
esta es la casa de un ogro que se come a los
niños?—¡Dios mío!—respondió Pulgarito, y
empezó con sus hermanos a temblar de pies a
c a b e z a . — ¿ Y qué haremos, señora? Si nos que-
damos fuera, si usted no nos esconde en al-
guna parte, los lobos nos comerán esta noche;
preferimos que nos coma ese señor ogro; quizá,
si usted se lo suplica, tendrá lástima de nos-
otros.
La mujer del ogro, que era buena y com-
pasiva, pensó que podría esconderlos hasta la
mañana siguiente; los dejó entrar y los con-
dujo a la cocina, donde ardía una magnífica
lumbre, preparada para aderezar un enorme
carnero que el ogro debía cenar aquella noche.
Cuando habían empezado a calentarse, lla-
maron tres veces a la puerta: era el marido.
La pobre mujer los escondió debajo de la
cama y fué a abrir. El ogro entró preguntando
si estaba lista la cena y si había subido el vino,
y en seguida se sentó a la mesa. El carnero
CUENTOS DE PERRAULT 89

estaba todavía sangriento y a medio asar;


pero no por eso dejó de parecerle exquisito.
Mientras cenaba, movía la nariz a uno y
otro lado, y repetía a cada momento que olía
a carne fresca.—Será—dijo la mujer—la ter-
nera que acabo de prepararte para el almuerzo
de mañana.—Te repito—repuso el ogro—que
aquí huele a carne fresca, y que tú me ocultas
algo. Y así diciendo, se levantó y fué hacia
la cama.
—¡Hola! ¡maldita mujer!—exclamó sacan-
do uno tras otro a los pobres muchachos—;
¿querías engañarme, eh? ¡Da gracias a Dios de
que no te desuelle viva, por ser ya una vieja
incomible! He aquí—añadió acariciándoles la
cabeza—un'a hermosa caza que me viene de
perilla para dar un convite a tres ogros ami-
gos míos.
Los infelices se pusieron de rodillas pidien-
do perdón; pero nada consiguieron, porque
tenían que habérselas con el más cruel de
todos los ogros. Lejos de enternecerse, los de-
voraba y a con la vista aquella fiera, y decía
a su mujer que serían un magnífico plato, si
acertaba a sazonarlos con una buena salsa.
En seguida fué a buscar un gran cuchillo, lo
afiló en una piedra y se abalanzó sobre uno de
los niños.
— ¿ Q u é vas a hacer a la hora que es y a ? — e x -
go CUENTOS DE PERRAULT

clamó su mujer.—¿No tendrás tiempo de so-


bra mañana?—Cállate—respondió el ogro—;
así se quita un cuidado de en medio.—Pero si
todavía tienes carne en abundancia: una ter-
nera, dos carneros, medio cerdo... ¿no ves que
v a a perderse?—Tienes razón—repuso el ogro
—dales bien de cenar a fin de que no adelga-
cen y vé a acostarlos.
Contentísima la buena mujer del resultado
de sus observaciones, les preparó una buena
cena; pero tal era el miedo que tenían, que
los pobres no probaron bocado. En cuanto al
ogro, se puso a beber como un tudesco, fro-
tándose las manos de alegría por el exquisito
regalo que preparaba a sus amigos. Echóse
al coleto una docena de vasos de respetable
tamaño, y cuando ya tenía la cabeza cargada
con los vapores del vino, se fué a acostar.
El ogro era padre de siete niñas, siete ogri-
tas, que acostumbradas a comer \carne fresca,
lucían un cutis sonrosado y brillante como la
piel de una manzana; en cambio, tenían los
ojos redondos y chiquitos, la nariz como el
pico de un águila, enorme la boca y ralos y
agudos los dientes. Gracias a su poca edad,
las ogritas no eran excesivamente malas; pero
prometían serlo con el tiempo, y ya mordían
a los niños que encontraban para chuparles la
sangre. Aquella noche las habían acostado
CUENTOS DE PERRAULT gi

temprano; las siete dormían en una gran cama,


y cada una con una corona de oro en la cabeza.
En el mismo cuarto había otra cama de
igual tamaño, y allí fué donde la mujer del
ogro acostó a los siete hermanitos; hecho lo
cual, les dio las buenas noches y se retiró a
su alcoba. Vio Pulgarito la corona de oro que
las niñas llevaban en la cabeza, y temiendo
que el ogro, arrepentido de no haberlos dego-
llado, viniese a hacerlo durante la noche, fué
colocando en la cabeza de sus hermanos y en
la suya, las coronas de las niñas, y en las de
éstas puso suavemente los gorros que ellos
llevaban. De este modo, si el ogro venía a os-
curas, tomaiía a los unos por las otras y dego-
llaría a sus propias hijas.
Lo que había previsto Pulgarito sucedió al
pie de la letra: el ogro se despertó a eso de las
doce, y acordándose de que no es bueno dejar
para mañana lo que hoy se puede hacer, se
levantó de la cama y tomando su gran cuchi-
llo:—Vamos a ver—dijo—si esos granujas
tienen el pescuezo tierno. Subió a tientas al
dormitorio y se aproximó a la cama donde
dormían los muchachos. Pulgarito, que no
había pegado el ojo, experimentó un miedo
horrible al sentir sobre su cabeza la manaza
de aquel caníbal.—¡Pues buena la iba yo a
hacer!—dijo el ogro por lo bajo, al tocar las
Q2 CUENTOS DE PERRAULT

coronas de oro.—Vamos, está visto que he


bebido más de lo que acostumbro.
En seguida se dirigió hacia la cama de sus
hijas, y palpando los gorros de los muchachos,
exclamó:—¡Aquí están mis siete caporales!—
y enarbolando el cuchillo, degolló una tras
otra a sus siete niñas. Concluida la obra, y
muy satisfecho del resultado de su expedi-
ción, volvió a acostarse. En cuanto Pulgarito
sintió roncar al ogro, despertó a sus hermanos,
les dijo que se vistiesen, bajaron callandito a
la huerta y saltaron por encima de la tapia.
Los pobres anduvieron de acá para allá el
resto de la noche, temblando de miedo y sin
saber adonde dirigir sus pasos.
No bien se despertó el ogro, dijo a su
mujer:—Mira, vé allá arriba y arregla a esos
granujas de anoche. Admiróse la ogra de la
bondad de su marido, y sin comprender a qué
clase de arreglo se refería, creyó que le man-
daba que los vistiese. Pero ¡cuál no fué su
asombro cuando, al entrar en el cuarto, dis-
tinguió a sus siete hijas sin vida y bañadas
en un mar de sangre! Ante este horrible es-
pectáculo, la pobre mujer empezó por desma-
yarse; primer recurso que adoptan las muje-
res en circunstancias análogas. Viendo el ogro
que su mujer gastaba mucho tiempo en el
arreglo que la había ordenado, subió a fin de
CUENTOS DE PERRAULT 93

ayudarla, y su indignación no tuvo límite al


notar la equivocación que había cometido.
— ¿ Q u é es lo que he hecho?—exclamó lleno
de rabia.—¡Ah! los infames van a pagármelo
ahora mismo.
Roció con agua el rostro de su mujer, la
hizo volver a la vida y gritó:—¡Dame, dame
corriendo mis botas de siete leguas, que quiero
alcanzar a esos pillos! En seguida se puso en
marcha, y a fuerza de correr y husmear por
todas partes, entró al fin en la vereda que
seguían los muchachos, que se hallaban ya a
poca distancia de la choza de su padre. Mien-
tras caminaban muertos de miedo, habían
visto al ogro correr de montaña en montaña
y atravesar los ríos de un solo paso con la
misma facilidad que si fueran estrechos arro-
yuelos.
Pulgarito distinguió en una roca próxima
una gruta, y se escondió en ella con sus her-
manos. No dejó, sin embargo, por un instante
de observar los movimientos del ogro, que
cansado de tantas leguas como había corrido
en pocos minutos (porque es de advertir que
las botas de siete leguas fatigan mucho al que
las usa), quiso descansar un rato, y por casua-
lidad fué a recostarse en la misma roca donde
se hallaban los fugitivos.
No tardó el sueño en apoderarse de él, y
94 CUENTOS DE PERRAULT

empezó a roncar tan estrepitosa y horrible-


mente, que los pobres muchachos tenían casi
tanto miedo como cuando le vieron con el
cuchillo en la mano dispuesto a degollarlos.
Pulgarito, que no participaba del temor de sus
hermanos, les dijo que echasen a correr hacia
casa, mientras el ogro dormía, que él se que-
daba allí para vigilarle. Siguieron el consejo y
no tardaron en llegar a la choza de sus padres.
Pulgarito, entre tanto, se aproximó de pun-
tillas al ogro, y le sacó suavemente y se calzó
las botas de siete leguas. Al principio le esta-
ban muy grandes, pero pronto desapareció
este defecto, pues las tales botas se hallaban
encantadas y tenían la propiedad de agran-
darse y encogerse, a la medida del pie de
quien se las ponía.
No bien se las calzó, se fué derecho a casa
del ogro donde encontró a la pobre mujer
llorando junto a la cama de sus hijas.—Seño-
ra—le dijo Pulgarito—; su esposo se halla en
grave peligro, porque ha caído en poder de
una banda de ladrones, que han jurado ma-
tarle si no les da todo el dinero que posee. En
el momento en que iban a degollarlo, me des-
cubrió a lo lejos y me habló así:—Mira, haz-
me el favor de ir a ver a mi mujer, cuéntale
el estado en que me hallo y díle que te dé
toda la plata y el oro que haya en casa, por-
CUENTOS DE PERRAULT 95

que si no estos bandidos me matan sin com-


pasión. Como la cosa era muy urgente, me
dio sus botas de siete leguas para que llegase
más pronto, y aquí están en prueba de que no
miento.
Asustada la pobre mujer con la noticia,
porque el ogro era muy buen marido, a pesar
de su afición por comerse a los muchachos, dio
al mensajero cuantas riquezas había en casa.
Pulgarito salió cargado con ellas y volvió a
la choza de su padre, donde le recibieron con
marcadas muestras de alegría.
Hay personas que no están de acuerdo res-
pecto a esta última circunstancia, y algunos
pretenden ,que Pulgarito no cometió jamás el
robo del dinero perteneciente al ogro, y que
sólo se contentó con llevarse las botas para
echar a correr detrás de sus hermanos. Y aña-
den, asegurando que lo saben de buena tinta,
por haber comido varias veces en casa del le-
ñador, que así que Pulgarito se puso las botas
de siete leguas, tomó el camino de la corte,
donde se hallaban en grave apuro por el éxito
de una batalla que debía dar un ejército en-
viado a remotos países, y de cuya suerte no
sabían una palabra.
Añaden esas mismas personas, que Pulga-
rito se presentó al rey una mañana, y le dijo
que si deseaba tener noticias del ejército él
96 CUENTOS DE PERRAULT

podría traerlas antes de que llegase la noche.


El rey le ofreció gran cantidad de dinero si
cumplía su promesa, y Pulgarito fué y vino
en el mismo día. Dióle fama este primer viaje
y empezó a ganar dinero, pues el rey le pagaba
espléndidamente sus servicios y aun muchas
señoras le daban también cuanto quería por-
que les trajese noticias de sus amantes. No
faltaban algunas mujeres que le confiasen
cartas y recados para sus maridos; pero eran
tan pocas y le pagaban tan mal, que estos in-
gresos formaban una mínima parte de sus
pingües ganancias.
Después de haber desempeñado por espa-
cio de algunos años el oficio de correo y de
haber reunido un buen capital, Pulgarito vol-
vió a casa de sus padres. Entonces pensó en
el arreglo de la familia, compró destinos para
su padre y sus hermanos, y los estableció a
todos perfectamente, sin dejar por eso de
guardar para sí una brillante posición.
Suelen no afligirse los hombres por muchos
hijos que tengan, a no ser que alguno nazca
contrahecho y feo. ¡Quién sabe, sin embargo,
si el que les parezca peor hará algún día la
felicidad de todos!
*******************

PIEL DE ASNO

Era una vez un rey tan poderoso, querido


de sus pueblos y respetado de sus aliados y
vecinos, que pasaba por ser uno de los más
felices monarcas de la tierra. Para colmo de
ventura, este rey había elegido por esposa a
una joven princesa, cuya virtud, gracia y her-
mosura hacían de ella un modelo de perfec-
ciones. Al poco tiempo de su casto enlace, los
venturosos príncipes tuvieron una hija do--
tada de tantos encantos, que sus padres no
deseaban más larga sucesión a fin de poder
consagrarle todo su cariño.
La magnificencia, el buen gusto y la abun-
dancia reinaban en el palacio del rey: los mi-
nistros eran sabios y hábiles, virtuosos y adic-
tos los cortesanos, y los servidores laboriosos
y fieles. Las cuadras estaban llenas de sober-
bios caballos de silla y de tiro, cubiertos de 1
9« CUENTOS DE PERRAUI.T

ricos y bordados caparazones. Lo que más


llamaba la atención de los extranjeros que
visitaban aquellas suntuosas caballerizas, era
un soberbio pollino que ostentaba sus gigan-
tescas orejas en el sitio más preferente del
establo. Admirábanse aún más al saber que
no ocupaba aquel puesto por un capricho del
rey, sino por sus propios merecimientos. La
naturaleza había dotado' a aquel hermoso
animal de una rarísima virtud: cuando los
mozos de cuadra iban por la mañana a reno-
var los heléchos que le servían de cama, en-
contraban en vez de estiércol, magníficos es-
cudos de oro resplandecientes como un sol.
Como en este mundo la felicidad no es du-
radera, y la descarnada mano de la desgracia
llama indistintamente a la puerta de las cho-
zas y de los palacios, el cielo quiso que la joven
reina cayese de pronto postrada en cama, víc-
tima de una enfermedad agudísima, para la
cual eran inútiles todos los recursos de la
ciencia. El desconsuelo fué general. El rey
mandó hacer rogativas en todos los templos
de su reino, ofreció sumas enormes a los fa-
cultativos y aun su vida en holocausto de su
muy querida esposa; pero la ciencia, los dio-
ses y las hadas se hicieron sordos a sus quejas.
La reina sintió que se aproximaba su última
hora, y dijo a su esposo, que lloraba a su lado
CUENTOS DE PERRAULT 99

como una Magdalena:—Voy a morir: si en


este supremo instante me es permitido hace-
ros una súplica, ésta será que si volvéis a ca-
saros...—El rey interrumpió a su esposa al oir
estas palabras, cubrió sus manos, ya invadi-
das por el frío de la muerte, de lágrimas y de
besos, y le juró que semejante recomendación
era inútil, porque jamás contraería segundas
nupcias.—¡Oh!—añadió con la voz ahogada
por los sollozos—. ¡No me habléis de nuevo
matrimonio, querida de mi alma; habladme
de seguiros al sepulcro!—¡No!—repuso la rei-
na con firmeza—¡No acepto vuestro jura-
mento! El Estado tiene derecho a exigiros
un sucesor a la corona y como no hemos teni-
do más que una hija, debéis apresuraros a
darle un varón; pero os ruego encarecidamen-
te, por el cariño que me habéis profesado, que
no cedáis a las exigencias de vuestros pue-
blos, sino cuando hayáis encontrado una prin-
cesa más bella y mejor formada que yo. Ju-
rádmelo solemnemente, y entonces moriré
dichosa.
De presumir es que la reina, a la cual no
faltaba su dosis de amor propio, exigiese tal
juramento en la creencia de que el rey no en-
contraría en el mundo persona que la igua-
lase en hermosura, y permanecería viudo toda
la vida. Sea como fuere, lo cierto es que murió
100 CUENTOS DE PERRAULT

y que nunca marido alguno dio tan estrepito-


sas muestras de sentimiento como su esposo,
cuya sola ocupación en los primeros meses de
su viudez no fué otra que gemir y llorar noche
y día.
Afortunadamente, los grandes dolores no
son eternos. Pronto los altos dignatarios del
Estado se reunieron en corporación y fueron
a pedir al rey, a nombre de la salud de los
pueblos, que volviese a casarse. Al oir esta
proposición, el rey derramó nuevas lágrimas,
y a fin de eludir la cuestión, expuso a sus con-
sejeros el juramento que había hecho a la
reina, y los desafió a que encontrasen una
mujer más bella y mejor formada que la di-
funta esposa.
El grave Consejo de altos dignatarios cali-
ficó dé fruslería semejante promesa, y dijo al
rey, que poco importaba la hermosura con
tal de que una reina fuese fecunda y virtuosa;
que el país necesitaba príncipes herederos
, para su tranquilidad y reposo; que aunque era
cierto que la infanta había manifestado siem-
pre las cualidades que eran necesarias para ser
una gran reina, al fin habría de casarse con
un extranjero, y que su esposo, o la llevaría
consigo a su reino, o vendría a establecerse
en el de su mujer, en cuyo caso los hijos que
nacieran no serían considerados por el pueblo
CUENTOS BE PERRAULT 101

como de la misma sangre; y, por último,


no habiendo más príncipe de su nombre, lEf<L
países vecinos podrían suscitar guerras a f é ^ ' ' ^
gando pretendidos derechos a la corona. Estas
consideraciones hicieron mella en el ánimo
del rey, el cual despidió a sus consejeros pro-
metiéndoles que trataría de darles gusto.
Y así fué, pues desde entonces se decidió a
buscar entre las princesas casaderas una que
pudiese convenirle. Diariamente le traían re-
tratos de mujeres a cual más hermosa; pero
ninguna le parecía tanto como la difunta rei-
na, y siempre aplazaba la elección. Por des-
gracia, el rey echó de ver que la infanta su
hija era, no sólo bellísimay bien formada, sino
que a mayor abundamiento poseía más gracia
y donosura en el decir que la reina su madre.
Y tentado del diablo al ver su juventud y la
agradable frescura de su cutis, concibió por
ella tan violenta pasión, que, no pudiendo
ocultársela, le dijo un día que había resuelto
desposarla, puesto que ella sólo podía rele-
varle de su juramento.
A tan horrible proposición, la joven prin-
cesa, cuya virtud y pudor eran proverbiales,
creyó morir de pesadumbre. Arrojóse a los
pies de su padre, y le suplicó por cuanto hu-
biese para él de más sagrado en el mundo,
que no la obligase a cometer semejante crimen.
102 CUENTOS DE PERRAULT

Pero el rey, a quien el diablo soplaba al


oído tan original proyecto, fué a consultar a
un viejo druida, a fin de tranquilizar la alar-
mada conciencia de la princesa. Y aquel gran-
dísimo picaro, que tenía más ambición que
sentimientos religiosos, sacrificó la inocencia
y la virtud al honor de ser el confidente de un
gran monarca: de tal manera se insinuó en
su ánimo y de tal modo allanó las cosas, que
llegó a persuadir al príncipe de que el casarse
con su hija era hasta una obra meritoria. Ha-
lagado el rey en extremo por las razones de
aquel bribón, le abrazó al despedirse y volvió
a palacio más encalabrinado que nunca en
realizar su famoso proyecto: acto continuo
hizo prevenir a la infanta que se preparase a
obedecerle.
Apenada profundamente la joven princesa,
fué a contar sus cuitas a su madrina el hada
de las Lilas. El hada se puso en camino aque-
lla misma noche, en un lindísimo cabriolé tira-
do por un gran carnero que sabía todas las
veredas, y llegó con la mayor felicidad al pala-
cio encantado. La maga, que tenía por la in-
fanta un cariño entrañable, se apresuró a de-
cirle que conocía el motivo de su aflicción,
pero que no tuviese ningún cuidado, que nada
le sucedería como siguiese al pie de la letra sus
consejos.—El casaros con vuestro padre, hija
CUENTOS DE PERKAULT 103

mía—prosiguió la maga—sería un grave de-


lito y es necesario que lo evitemos a todo
trance. Decidle que antes de obedecerle que-
réis que os satisfaga el capricho de compraros
un vestido de color de tiempo, y estoy seguía
de que, a pesar de su amor y poderío, no po-
drá encontrarlo en ninguna parte.
La princesa dio las gracias a su madrina, y
al día siguiente pidió a su padre lo que la maga
le había aconsejado, añadiendo que ningún
partido sacarían de ella si no le daban un
vestido color de tiempo.
Animado el rey por la esperanza de casarse
con su hija, mandó reunir a los más hábiles
tejedores y a las más famosas modistas, y les
encargó el vestido con la condición de que si
no se lo entregaban en breve plazo, serían
ahorcados sin compasión. No tuvo el senti-
miento de cumplir su amenaza. Al segundo
día le trajeron el vestido, y la bóveda del cie-
lo, cuando se matiza de celajes de oro, no es
tan azul y espléndida como lo era aquel mag-
nífico traje.
La infanta no sabía qué hacer para salir del
apuro, porque el rey se mostraba cada vez
más impaciente. Preciso le fué recurrir a su
madrina, quien se admiró mucho de la inefi-
cacia del remedio, y le dijo que pidiese otro
vestido de color de luna. El rey encargó el
I©4 CUENTOS DE FERRAULT

nuevo traje con las mismas condiciones que el


primero, y el amor a la vida hizo milagros: el
vestido color de luna quedó listo en veinti-
cuatro horas.
Deslumbrada la infanta a la vista de-tan
hermoso traje, olvidó por un momento las
pretensiones del rey; pero cuando quedó a
solas con sus doncellas y con su nodriza, se
afligió de nuevo al pensar en la suerte que le
esperaba. El hada de las Lilas, que lo sabía
todo, acudió en auxilio de la afligida princesa
y le dijo:—O mucho me engaño, hija mía,
o tengo para mí que como pidáis un vestido
de color de sol, hemos de llegar a aburrir al
rey, porque nadie podrá conseguir hacer un
vestido semejante, y, de todos modos, siem-
pre ganaremos tiempo. Convino en ello la in-
fanta, pidió el vestido, y el enamorado dio con
el mayor placer todas las perlas y rubíes de
su corona para ayudar a la confección de tan
soberbio traje.'Cuando el vestido llegó a pala-
cio, todos los que se hallaban presentes que-
daron deslumhrados y tuvieron que cerrar los
ojos. De aquel tiempo datan, sin duda, los
cristales opacos y las gafas verdes.
¡Imposible sería explicar lo que entonces
experimentó la infanta! Jamás se había visto
cosa tan hermosa ni tan artísticamente elabo-
rada. La pobre quedó confundida; y so pre-
CUENTOS DE PERKAULT 105

texto de que le dolían los ojos, se retiró a su


cuarto, donde le esperaba la maga, corrida
como una mona por el poco éxito de sus re-
cursos; hubo más: al ver el traje color de sol,
es fama que la madrina se puso bermeja... de
cólera.—¡Oh! ¡pues lo que es de ésta, hija
m í a — e x c l a m ó — , os aseguro que vamos a so-
meter a una ruda prueba el indigno amor de
vuestro padre! Le supongo bien obstinado en
el tal casamiento; peí o no dejará de arrugar
el entrecejo cuando le pidáis lo que voy a de-
ciros. ¿ Y sabéis qué? La piel del asno que tan
apasionadamente quiere, y que llena las arcas
del tesoro con tanta profusión. Id y no dejéis
de "pedírselo inmediatamente.
Gozosa la infanta de encontrar todavía un
pretexto para eludir el odioso enlace que tan-
to detestaba, y creyendo que su padre no
podría jamás resolverse a sacrificar tan her-
moso y productivo animal, le expuso en breves
palabras su deseo de tener la piel del precioso
jumento. Anque el rey quedó al pronto sor-
prendido del capricho de su hija, no vaciló ni
un instante en satisfacerlo. El pobre asno fué
sacrificado. No viendo ya la princesa medio
hábil de esquivar su infortunio, se mesó los ca-
bellos con desesperación y corrió en busca de
su madrina.
— ¿ Q u é hacéis, hija mía?—le dijo la maga,
106 CUENTOS DE PERRAULT

viendo que la princesa en su dolor inmodera-


do, se maltrataba sin piedad el rostro.—He
aquí llegado el momento más feliz de vuestra
vida. Envolveos en esa piel, salid de palacio
y marchaos por esos mundos adonde la suerte
quiera conduciros. Cuando se sacrifica todo en
aras de la virtud, nunca los dioses dejan de
ofrecer la recompensa. Id, hija mía, y yo ten-
dré cuidado de que vuestro equipaje os siga
por todas partes; en cualquier sitio que os de-
tengáis, vuestro guardarropa con vestidos,
alhajas y todo lo necesario seguirá vuestras
huellas por caminos invisibles. Tomad mi vari-
ta: cuando tengáis necesidad de hacer alguna
cosa, tocad con ella la tierra, y en seguida ve-
réis satisfecho vuestro afán. Pero no os de-
tengáis ni un instante.
La infanta abrazó a su madrina, le suplicó
mucho que no la abandonase, y envolviéndose
en la piel, después de haberse ennegrecido el
rostro con hollín, salió de palacio sin que na-
die la conociera.
La ausencia de la infanta causó en la corte
profunda sensación. El rey, que había hecho
preparar una magnífica fiesta para sus bodas,
estaba desesperado e inconsolable. Dio orden
de que salieran inmediatamente en busca de
su hija más de cien gendarmes y sobre unos
mil y pico de mosqueteros; la protectora maga
CUENTOS DE PERKAULT I07

hizo a la princesa invisible a los ojos de los


perseguidores y nadie pudo hallarla.
La infanta anduvo, anduvo, anduvo por
espacio de mucho tiempo y no paró hasta
llegar a un país muy lejano; buscó en él colo-
cación, pero aunque en todas partes le daban
por caridad algo de comer, nadie la quería to-
mar a su servicio, poi sucia y mal vestida.
En esto llegó a una gran ciudad; a sus puertas
había una granja cuya arrendataria necesita-
ba una zagalona para lavar las rodillas de
cocina, guardar los pavos y limpiar la artesa
donde comían los cerdos. Aquella buena mujer
vio a nuestra viajera y le propuso entrar a
servirla; la infanta aceptó con gusto; rendida
por los azares de tan largo viaje, quería a toda
costa descansar. Colocáronla en el más obscuro
rincón de la cocina, y en los primeros días de
su permanencia en la granja fué el blanco de
las groseras bromas de los gañanes, á quienes
llamaba mucho la atención la piel con que se
cubría. Acostumbráronse empero a su presen-
cia, y como la pobre desempeñaba sus debe-
res con especial cuidado, la arrendataria la
tomó bajo su protección. La infanta llevaba a
pastar los carneros y los pavos y sabía elegir
los sitios con tal inteligencia, que no parecía
sino que en toda su vida había hecho otra cosa.
Un día que se hallaba sentada a la orilla de
19% CUENTOS DE.FERRAULT

una cristalina fuente deplorando su triste


condición, se le ocurrió mirarse en el líquido
espejo, y arrojó un grito de espanto al ver el
efecto que producía sobre su cabeza la horri-
ble piel del asno. Avergonzada, de semejante
prendido, le arrojó lejos de sí, y se puso a la-
varse la cara y las manos que volvieron a ser
blancas como la nieve, y a recobrar su natu-
ral fiescura. El placer de verse tan bella le
sugirió la idea de bañarse en el agua de la
fuente, y así lo hizo. Terminado el baño vistió
de nuevo la horrible piel y volvió a la granja.
Por fortuna, el día siguiente era de fiesta, y
como no había nada que hacer, la infanta pudo
sacar de debajo de tierra su guardarropa má-
gico, arreglar su tocado, empolvarse el cabe-
llo y ajusfar a su flexible talle su magnífico
vestido color de tiempo. Su habitación era tan
estrecha que la cola de aquel traje no cabía
en ella. La bella princesa quedó tan satisfe-
cha de su hermosura y experimentó al mirar-
se tanto placer, que resolvió adornarse todos
los domingos. En esos juegos de misteriosa
coquetería, la princesa entrelazaba sus her-
mosos cabellos con flores y diamantes, y
frecuentemente se quejaba de no tener por
testigos de su belleza sino a sus pavos y a
sus carneros, que de todos modos la querían
igual.
CUENTOS DE PERRAULT I09

Un día de fiesta en que Piel de Asno (así la


llamaban los gañanes) se había puesto su ves-
tido color de sol, acertó a pasar por allí, de
vuelta de una cacería, el hijo del rey propieta-
rio de aquellos territorios, y entró en la granja
para descansar un rato. Aquel príncipe era
joven, hermoso, bien constituido y el ídolo de
su padre y de sus pueblos. Ofreciéronle una
colación campestre, que aceptó el joven prín-
cipe con su característica afabilidad, y des-
pués de la comida, se puso a recorrer los co-
rrales y rincones de la casa. Yendo de un lado
para otro, entró en un obscuro pasadizo a cuya
extremidad vio una puerta cerrada; acercóse,
y sin saber por qué miró por el ojo de la llave.
¡Cuál no sería su asombro al ver en semejante
sitio a la hermosa princesa, rica y espléndida-
mente engalanada! Por su aire noble y mo-
desto a la vez, la tomó por una divinidad; y
fué tal la violencia del sentimiento que ex-
perimentó en aquel instante, que hubiese de-
rribado la puerta sin el respeto que le inspi-
raba aquella arrobadora aparición.
Costóle gran trabajo resolverse a salir del
obscuro y sombrío pasadizo, y tan pronto
como estuvo fuera preguntó quién era la per-
sona que vivía en aquel zaquizamí.—Es una
porcallona—le respondieron—, a quien lla-
man Piel de Asno, a causa de que siempre
110 CUENTOS DE PERRAULT

lleva encima una piel de jumento: cuando


llegó a la granja estaba tan mal ataviada y
sucia, que todos huían de ella, y la arrendata-
ria la tomó por caridad para guardar los pavos
y los carneros.
Poco satisfecho el príncipe con semejantes
noticias, comprendió que aquellos groseros
campesinos estaban en ayunas de lo que de-
seaba saber y que era inútil insistir. Volvió,
pues, al palacio del rey su padre con el alma
llena de la celeste aparición que vio por el ojo
de la llave, y enamorado de ella hasta la mé-
dula de los huesos. Su ardiente amor puso en
ebullición su sangre y le produjo en aquella
misma noche una fiebre tan violenta, que to-
dos temieron una desgracia.
La pobre reina, que no tenía más hijo que
él, se desesperaba de ver que todos los reme-
dios eran inútiles y ofrecía en vano grandes
recompensas a los médicos, los cuales emplea-
ban todos los recursos del arte sin conseguir
ningún alivio. Pero los doctores adivinaron,
por último, que una mortal pesadumbre era
la causa de la repentina enfermedad del prín-
cipe, y lo pusieron en conocimiento de la reina.
Esta se trasladó en seguida a la habitación de
su hijo para suplicarle que la dijese el motivo
de su mal.—Hijo mío—le dijo—, si deseas ce-
ñirte la corona, tu padre descenderá del tro-
CUENTOS DE PERRAULT III

no, sin pena ni disgusto, para colocarte en él;


si te gusta alguna princesa y quieres casarte
con ella, aun cuando estuviésemos en guerra
con el rey su padre y tuviésemos justos moti-
vos de queja, todo se sacrificaría por arreglar
la boda; ¡pero, por Dios, no te dejes morir así
en silencio, porque de tu vida depende la
nuestra!
La reina concluyó su discurso bañando el
rostro del príncipe con un torrente de lágri-
mas.^—Señora—respondió el príncipe con débil
acento—; no soy tan desnaturalizado que de-
see ceñirme la corona del rey mi padre; quiera
el cielo mantenérsela en la cabeza por muchos
años, que yo seré siempre el más fiel y respe-
tuoso de sus subditos. Respecto a las prince-
sas que me ofrecéis, aun no he pensado en
casarme. Cuando llegue el momento de buscar
esposa, vuestra voluntad será la mía.
— ¡ A h ! mi querido hijo; lejos de violentarte,
¿qué no haríamos nosotros por salvar tu vida?
Salva la nuestra diciéndome lo que deseas, y
yo te aseguro que se te concederá, cueste lo
que cueste.—Pues bien, madre mía—dijo el
príncipe—; no quiero poner en peligro dos
vidas que son para mí tan caras, y voy a de-
clararos, puesto que es preciso, mi pensamien-
to. Escuchad, deseo que Piel de Asno me haga
un pastel y que me lo traigan tan pronto como
112 CUENTOS DE PERRAULT

esté hecho. Admiróse la reina del antojo del


príncipe y del nombre extravagante que aca-
baba de oir, y preguntó quién era aquella Piel
de Asno.
— E s , señora—respondió uno de los oficia-
les que se hallaban presentes y que por casua-
lidad había visto a la infanta—, el bicho más
feo y asqueroso después del lobo: es una por-
callona que, sucia y cubierta con una repug-
nante piel, guarda los pavos en vuestra gran-
j a . — ¡ N o importa!—repuso la reina—Quizá
mi hijo haya comido pásteles hechos por ella
a su regreso de la cacería: es un capricho de
enfermo que deseo satisfacer, y quiero que
esa Piel de Asno, puesto que así se llama, le
haga una tarta inmediatamente. Avisóse acto
continuo a la arrendataria, y condujeron a
Piel de Asno a palacio, donde la ordenaron
que pusiese todo su esmero en hacer un pas-
tel para el príncipe.
Afirman algunos autores que en el momento
en que el hijo del rey se puso a mirar por el
ojo de la llave, Piel de Asno se apercibió de
ello; que, habiéndose asomado después al ven-
tanillo de su chiribitil, vio al príncipe en la
llanura, y que al contemplarle tan joven, tan
hermoso y tan apuesto, guardó su imagen gra-
bada en la memoria y consagró a su recuerdo
más de un suspiro. Sea de ello lo que quiera,
aUENTOS DE PERRAULT 113

bien le hubiese visto Piel de Asno, o bien hu-


biese oído hablar de él con elogio, lo cierto es
que experimentó gran contento en tener un
pretexto para darse a conocer: encerróse en
su cuarto, arrojó lejos de sí la horrible piel,
se lavó las manos y la cara, vistióse un cor-
piño de tela de brillantísima plata y un zaga-
lejo del mismo tejido, trenzó con arte sus her-
mosos cabellos rubios, y eligiendo la harina
más pura y los huevos más frescos, se puso a
hacer la deseada tarta. Mientras aderezaba la
masa, una sortija que tenía en el dedo cayó
dentro, y la infanta, ya fuese porque no la
viera o ya con designio premeditado, no se
cuidó de retirarla. Cuando el pastel estuvo
cocido, se cubrió con su asquerosa piel.de ju-
mento y fué a llevárselo al oficial de guardia,
a quien pidió noticias de la salud del principe;
el^militar no se dignó responderle y entró con
la tarta en la alcoba del enfermo.
'*%El príncipe comenzó a comer la tarta con
desmedido apetito, y los médicos calificaron
aquel hambre de mal síntoma. Próximo estu-
vo a convertirse en realidad su temor, pues
faltó muy poco para que el príncipe se atra-
gantase con la sortija que halló en uno de los
pedazos del pastel. Retiró el príncipe con di-
simulo la alhaja de la boca, y su apetito dis-
minuyó al examinarla: la sortija era tan pe-
ii4 CUENTOS DE PERRAULT

quena, que no podía servir sino al más lin-


dísimo dedo.
El príncipe la besó mil veces. Atormentaba
su imaginación el deseo de descubrir a la pro-
pietaria del anillo: el pobre no se atrevió a
solicitar que condujesen a Piel de Asno a pa-
lacio, ni decir a nadie lo que había visto a
través de la cerradura: temía que le creyeran
loco. Todas estas ideas le mortificaban muchí-
simo, y la fiebre, calmada un momento, reapa-
reció con nueva fuerza; los médicos, no sa-
biendo qué hacer ni qué decir, declararon a
la reina que lo que tenía el príncipe era mal
de amores.
Desconsolada la pobre madre, corrió en
compañía del rey a la cabecera del enfermo.
— H i j o mío—le dijo el monarca—, dínos por
Dios el nombre de la que subyuga tu cora-
zón, y te juramos unirte a ella aunque sea la
más vil de las esclavas.
La reina le abrazó llorando y reiteró el ju-
ramento del rey. Enternecido el príncipe con
las lágrimas y las caricias de sus padres, res-
pondió:—No tengo, queridos padres, inten-
ción de contraer ningún enlace que os disgus-
te, y en prueba de ello—añadió sacando la sor-
tija de debajo de la almohada—, os prometo
que me casaré con aquella a quien pueda ser-
vir este anillo. Los reyes tomaron la sortija,
CUENTOS DE PERRAULT 115

la examinaron atentamente y convinieron con


el príncipe en que era preciso tener una mano
muy fina y aristocrática para poder servirse
de semejante anillo. El rey abrazó entonces
a su hijo, le pidió que hiciera lo posible por
restablecerse, y salió del cuarto del enfermo
para ordenar que, a son de tambores y trom-
petas, se publicase un bando por toda la ciu-
dad, anunciando que la mujer a quien estu-
viese bien aquella sortija, se casaría con el
heredero del trono.
Al anuncio acudieron en primer lugar las
princesas, luego las duquesas, marquesas y
baronesas; pero, por más que se estrujaron
los dedos, ninguna consiguió ponerse la sor-
tija. Vinieron en seguida las costureras, y aun-
que entre ellas las había muy guapitas, sus
dedos se negaron a recibir el anillo. El mismo
príncipe, que estaba ya muy aliviado, presidía
la operación de la prueba. Recurrióse, por úl-
timo, a las campesinas; pero éstas presenta-
ron estacas en lugar de dedos. No habiendo
nadie a quien pudiese venirle el anillo, el prín-
cipe mandó llamar a las cocineras, pastoras y
maritornes de la comarca. ¡La misma dificul-
tad! Entonces preguntó el enfermo:—¿Han
hecho venir a esa Piel de Asno que hizo el
pastel el otro día?—Todo el mundo se echó
a reír, y le respondieron que no, porque se
I l 6 CUENTOS DE PERRAULT

hallaba tan sucia, que no estaba presentable.


— ¡ N o importa!—exclamó el r e y — Que vayan
a buscarla; no ha de decirse que ha habido
ni una sola excepción. Y los emisarios, en
cumplimiento de la orden real, corrieron, aun-
que sofocando la risa, en busca de la pavera.
La infanta, que había oído el rumor de los
tambores y el grito de los heraldos, compren-
dió que su sortija era la que promovía tal al-
gazara, y como amaba entrañablemente al
príncipe, y el verdadero amor siempre es re-
celoso, se hallaba con mortal zozobra temien-
do que alguna señora de la corte le aventajase
en mano pequeña. Pero su alegría fué infinita
cuando llamaron a su puerta en nombre del
rey. Desde que supo que andaban en busca
de un dedo para aquella sortija misteriosa,
una secreta esperanza la obligaba a peinarse
con más esmero y a ponerse todos los días su
corpino de tela de plata y el zagalejo con vo-
lantes de argentífera blonda, salpicado de es-
meraldas. Cuando oyó tocar a la puerta y que
la buscaban de parte del rey, se envolvió cui-
dadosamente en su horrible piel de asno, salió
a abrir, y los emisarios le dijeron en tono de
mofa que el rey la llamaba para casarla con
su hijo. Y entre risa y algazara la condujeron
al cuarto del príncipe, quien al verla con aquel
repugnante disfraz, no podía creer que fuese
C U E N T O S DE P E R R A U L T II7

la hermosa criatura que admiró por el ojo de


la llave.—¿Eres t ú — l e preguntó confuso y
triste de haberse engañado tan torpemente—,
eres tú la que tiene su.habitación en el fondo
de un pasadizo obscuro que hay en el tercer
corral de la granja?—Sí, señor—respondió la
infanta.—¡Enseña tu mano!—añadió el prín-
cipe temblando de emoción y lanzando un pro-
fundo suspiro. Pero ¡cuál no fué la sorpresa de
los circunstantes al verla! El rey, la reina, los
cancilleres y grandes personajes de la corte se
quedaron extáticos al ver salir bajo la asque-
rosa piel una mano diminuta y nacarada, a
cuyo dedo meñique se ajustó la sortija como
si hubiera nacido en él. El asombro general
subió de punto cuando la infanta, por un im-
perceptible movimiento, dejó caer la piel que
la cubría y apareció en todo el esplendor de
su extraordinaria belleza. Entonces el prínci-
pe, a pesar de su debilidad, se puso de rodillas
y la estrechó entre sus brazos con tanta pa-
sión, que la hizo ruborizarse. Pero nadie lo
echó de ver, porque el rey y la reina corrieron
a abrazarla cariñosamente y la preguntaron
si quería casarse con su hijo.
Confusa la princesa con tantas caricias y
apasionadas muestras de amor, no sabía qué
responder, cuando se abrió el techo del salón
para dejar paso al hada de las Lilas, que des-
Il8 CUENTOS DE PERRAULT

cendió en un carro tejido con las flores de su


nombre y refirió a los soberanos con gentil do-
naire la historia de la infanta. Grande fué el
regocijo de los reyes al saber que Piel de Asno
era una gran princesa. El príncipe admiró más
la acrisolada virtud de la joven que su elevado
rango.
Tal era su impaciencia por casarse con tan
linda novia, que apenas dio tiempo a que se
hiciesen los preparativos indispensables para
el augusto himeneo.
La reina y el rey estaban locos con su nue-
ra: prodigábanle mil cariñosos epítetos y con-
tinuamente la tenían entre sus brazos.
Declaró ella que no se casaría sin el consen-
timiento de su padre, y se convino, por con-
sejo del hada de las Lilas, que se mandase al
futuro suegro del príncipe una invitación, sin
decirle el nombre de la interesada.
Poco tiempo después llegaron reyes de todos
los países, unos en sillas de manos, otros en
carroza, otros montados en tigres, elefantes
o águilas, según la distancia de donde venían.
Pero ninguno rivalizaba en lujo y en poderío
con el padre de la infanta, quien, después de
olvidar, felizmente, su desordenado amor, se
había casado con una reina viuda y muy her-
mosa, de la cual no tenía hijos.
La infanta salió a recibir a su padre: reco-
CUENTOS DE PERRAULT Ilg

nocióla el rey, en seguida y la recibió cariño-


samente. Presentáronle su futuro yerno y le
colmó de caricias y agasajos.
Inútil es decir que se celebraron las bodas;
los novios, poco sensibles a todas aquellas
magnificencias, no tuvieron ojos sino para
contemplarse mutuamente. El rey, padre del
príncipe, abdicó aquel mismo día la corona
en favor de su hijo y le hizo subir al trono,
a pesar de su resistencia.
Más de tres meses duraron las fiestas y los
regocijos: el amor de los esposos duraría to-
davía, si no hubiesen muerto hace más de
cien años. Tal era de apasionado y conse-
cuente.
Este cuento demuestra que vale más expo-
nerse a las contingencias de lo desconocido
que faltar a un deber, pues la virtud podrá ser
desgraciada, pero se la hará siempre justicia;
que contra un loco amor y un fogoso trans-
porte la más fuerte razón es frágil dique; que
no hay tesoros que un amante no desprecie;
que el agua clara y el pan moreno "bastan a
toda joven para alimentarse si no carece de
elegantes vestiduras, y demuestra, en fin, que
no hay mujer que no se tenga por bella y no
suponga que si hubiese tomado parte en el
pleito de las tres bellezas de la tradición, se
habría llevado el premio d é l a manzana de oro.
LA SAGAZ PRINCESA O LAS AVEN-
T U R A S DE PICARILLA

Allá por el tiempo de las primeras Cruzadas,


un rey de no sé qué país de Europa resolvió
marchar a Palestina a hacer la guerra a los
infieles. Antes de emprender tan largo viaje
puso en orden los negocios del Estado y confió
la regencia del reino a un ministro sumamente
hábil y de acrisolada probidad.
Inquietaba al monarca la suerte que du-
rante su ausencia correría su familia. Había
perdido este príncipe a su esposa hacía muy
poco tiempo, y le quedaban de su matrimonio
tres jóvenes ya casaderas. La crónica no cita
sus verdaderos nombres; mas como en aque-
llos tiempos felices la sencillez de los pueblos
designaba a las personas eminentes con un
sobrenombre, que siempre hacía relación a
sus buenas cualidades o a sus defectos, sé
que a la mayor de aquellas princesas se le
122 CUENTOS DE PERRAULT

llamaba Perezosa, a la segunda Habladora y


a la más pequeña Picarilla, apodos estos per-
fectamente acomodados al carácter de las
tres hermanas.
No era en verdad posible hallar una cria-
tura más negligente que Perezosa. Nunca se
despertaba antes de la una de ía tarde: llevá-
banla a la iglesia tal como salía de la cama,
con el cabello descompuesto, el vestido a me-
dio abrochar, sin cinturón ni cosa que lo va-
liera, y hasta muchas veces calzada con una
zapatilla de una clase y otra de otra. Duran-
te el día, se arreglaba un poco: jamás pudo
conseguirse que se quitase las chinelas, por-
que era para ella un trabajo insoportable
andar con zapatos. Después de comer, Pere-
zosa entraba en el tocador y allí permanecía
arreglándose y peinándose hasta las primeras
horas de la noche; el resto hasta las doce lo
pasaba en jugar y comer: en seguida empe-
zaban a desnudarla, y como en esta opera-
ción habían de invertir tantas horas como en
vestirla, nunca se acostaba sino después de
haber amanecido.
Habladora hacía otra especie de vida: v i v a
de genio, empleaba poco tiempo en el cuidado
de su persona; en cambio, era tal su flujo por
hablar, que en todo el santo día no cerraba
el pico. Sabía la historia particular, no sólo
CUENTOS DE PERRAULT . 123

de los cortesanos, sino hasta del más insigni-


ficante hidalguillo de la comarca, llevaba
cuenta y razón de todas las mujeres que ma-
taban de hambre a los criados para comprar
con ¡os ahorros galas y dijes, y conocía al de-
dillo lo que ganaban las doncellas de la mar-
quesa Fulanita y el mayordomo del conde
Menganito. Para estar al corriente de todos
estos chismes, pasaba las horas muertas escu-
chando a su costurera y a su nodriza, con el
mismo placer que hubiera puesto en oir el
discurso de un embajador. Tenía ya aburrido
con sus cuentos a todo el mundo, desde el rey,
su padre, hasta el último lacayo de palacio.
Poco le importaba la jerarquía del oyente;
el caso era hablar mucho.
Esta insufrible comezón de menear la len-
gua le causaba inmensos perjuicios. Sus ma-
neras familiares autorizaban hasta cierto pun-
to a los pisaverdes de la corte para dirigirle,
sin respeto a su elevada posición, bromas y
piropos. Habladora escuchaba las flores con
benevolencia, sólo por tener el placer de res-
ponder a las galanterías, pues ya he dicho
que, a trueque de hablar, poco le importaba
el auditorio y mucho menos la materia de la
conversación. De igual manera que Perezosa,
Habladora no dedicaba ningún tiempo a la
meditación y al estudio, ni mucho menos a
134 CUENTOS DE PERRAULT

los "trabajos de la aguja y del bastidor. Las


dos hermanas pasaban la vida en ocio per-
petuo.
El carácter de Picarilla, la hermana peque-
ña, era completamente distinto; su vivacidad
no tenía límites, y hacía un uso laudable de
su natural talento y felices disposiciones para
esos mil ejercicios que constituyen la base de
una esmerada educación. Bailaba con maes-
tría, cantaba con exquisito gusto y manejaba
a la perfección una infinidad de instrumentos.
Además de estas habilidades, hacía con ad-
mirable soltura todos esos pequeños trabajos
de mano, como coser, bordar, etc., trabajos
que tanto entretienen a las jóvenes. Vigilaba
también el interior de la real casa, e impedía
las rapiñas de los oficiales y abastecedores de
palacio, que desde muy antiguo han sido siem-
pre poco escrupulosos en la observancia del
séptimo mandamiento de la ley de Dios.
No acababan aquí las disposiciones de Pi-
carilla: poseía una rectitud de juicio nada co-
mún, y su presencia de ánimo era tan mara-
villosa, que en las circunstancias más difíciles
encontraba siempre medios hábiles para salir
de los más graves apuros. La exquisita pe-
netración de esta joven princesa descubrió en
una ocasión un lazo peligroso que un embaja-
dor de mala fe tendía al rey con motivo de
ffUENTOS DE PERRAULT 185

un tratado de importancia. Para castigar la


perfidia del embajador y del monarca a quien
representaba, el rey cambió el artículo del
tratado, redactándolo en los términos que le
dictó su hija, y logró de este modo castigar
al engañador.
Picarilla descubrió también otra vez una
mala pasada que un ministro quería jugar al
rey, y gracias a los buenos consejos que dio a
su padre, la infidelidad del traidor fué puesta
en evidencia. En fin, de tal modo manifestó su
penetración y buen juicio, que el pueblo em-
pezó a distinguirla con el sobrenombre con que
la conocemos. El rey la quería mucho más que
a sus hermanas, y a no tener otras hijas habría
partido tranquilo; pero la confianza que Pica-
rilla le inspiraba era igual al recelo e inquie-
tud que le asaltaban por la suerte de las otras.
Con objeto de asegurarse de la conducta de su
familia—que de la de sus vasallos no se in-
quietaba, gracias al ministro regente—, fué a
ver a un hada y le participó las inquietudes
que sentía respecto de Perezosa y Habladora.
— H a s t a hoy—añadió el r e y — n a d a han
hecho que pueda conceptuarse como una falta
a los deberes que su rango les impone; pero
tienen tan poquísimo talento, son tan impru-
dentes y viven tan ociosas que temo se lancen,
lejos de mi cuidado, a cualquier locura. En
126 CUENTOS DE PERRAULT

cuanto a Picarilla, su virtud me inspira la


mayor confianza; sin embargo, la trataré como
a las otras para no darles motivo de queja. Os
suplico, pues, sabia maga, que me hagáis tres
ruecas de cristal—-una para cada una de mis
hijas—que tengan la propiedad de romperse
en el mismo instante en que, aquella a quien
pertenezca, haga algo que perjudique su re-
putación.
Era la maga muy hábil y satisfizo los deseos
del rey. Le entregó tres ruecas encantadas,
que tenían la virtud exigida. No se contentó
el monarca con tomar esta precaución; y en-
cerró a las tres princesas en una altísima torre,
construida en un lugar solitario. Ordenóles
luego que permaneciesen en aquella torre du-
rante su ausencia, y les encargó mucho que
no saliesen para nada, ni hablasen con nadie.
Les privó de toda la servidumbre de uno y
otro sexo, y después de darles las ruecas en-
cantadas, cuya virtud explicó minuciosamen-
te, abrazó a las princesas, cerró las puertas
de la torre, guardó las llaves y se -puso en
camino.
Tal vez pensará el lector que las princesas
quedaron en peligro de morirse de hambre,
puesto que no tenían quien las sirviera: ¡nada
de eso! El rey había mandado colocar una ga-
rrucha sobre una de las ventanas de la torre,
CUENTOS DE PERRAULT I27

y por ella pasaba una cuerda a cuyo extremo


ataban las princesas una canastilla: en esta
canastilla subían las provisiones dianas. To-
das las noches tenían las princesas que retirar
la cuerda antes de acostarse.
Desesperábanse Perezosa y Habladora de
esta solitaria vida y no hay palabras con que
expresar la tristeza que sentían. Debían, sin
embargo, tener resignación, pues la misteriosa
rueca, podía al menor desliz quedar hecha
pedazos.
En cambio, Picarilla no se aburría. El huso,
la aguja, los libros y los instrumentos de mú-
sica le proporcionaban medios de distrac-
ción. Además, todos los días, por orden del
ministro de Estado, colocaban en la canastilla
de las princesas cartas y despachos en los
cuales les daban detalladas noticias de todo
cuanto pasaba fuera y dentro del reino.
El rey lo había dispuesto así, y el ministro,
fiel en el cumplimiento de sus deberes, era en
esto exacto. Picarilla se enteraba de la marcha
de los asuntos políticos y esto contribuía tam-
bién a distraerla. Sus hermanas, no miraban
siquiera los despachos. Decían que la pena
les impedía divertirse con tales pequeneces, y
que mejor que cartas era que les enviasen una
baraja para matar el tiempo.
De este modo pasaban la vida renegando de .
128 CUENTOS DE PERRAULT

su destino, y exclamaban algunas v e c e s : —


Más vale nacer dichosa que hija de rey.—Con
frecuencia salían a las ventanas de la torre
para ver y fisgar lo que pasaba en el campo.
Un día en que Picarilla trabajaba como de
costumbre, sus hermanas vieron desde el bal-
cón a una pobre mujer andrajosamente vesti-
da. Pintóles esta mujer con palabras conmo-
vedoras el triste cuadro de su miseria; díjoles
que era una desgraciada forastera que sabía
muchas historias, y les suplicó que la dejasen
entrar en la torre, donde podría prestarles
muchos y buenos servicios con la mayor exac-
titud y fidelidad. Las princesas recordaron en
seguida la orden que habían recibido de su
padre de no dejar que entrase en la torre alma
viviente; mas Perezosa estaba cansada de ser-
virse ella misma, y Habladora aburrida de no
tener por oyentes más que a sus hermanas:
así que la una por la gana que sentía de tener
quien la peinase y la otra por el deseo de char-
lar con una persona desconocida, resolvieron
las dos dejar entrar a la pobre forastera.
— L a prohibición del rey—dijo Habladora
a su hermana—es imposible que comprenda
a las personas de la categoría de esta infeliz.
Creo que podemos recibirla sin ningún temor.
— H a z lo que quieras, hermana m í a — , respon-
dió Perezosa.—Habladora, que no esperaba
CUENTOS DE PERRAULT I2g

sino este consentimiento, echó la canastilla,


que era de dos asas y muy fuerte, y la men-
diga se metió dentro: gracias a la garrucha,
¡as dos princesas pudieron izarla con facilidad.
Así que vieron a la pobre mujer dentro de
la torre, les disgustó en extremo la horrible
suciedad de sus vestidos, y quisieron darle
otros para que se mudase; la forastera respon-
dió que se los cambiaría al día siguiente, y que
por de pronto no pensaba sino en servirlas.
En esto volvió Picarilla de su cuarto y no fué
poca su sorpresa al ver a una desconocida en
compañía de sus hermanas. Expusiéronle las
razones en que habían inspirado su conducta,
y la pobre Picarilla, comprendiendo que se
trataba de un hecho consumado y que y a no
había para él remedio, disimuló el disgusto
que le causaba tamaña imprudencia.
Entretanto, la nueva camarista de las prin-
cesas empezó, con pretexto de arreglar las
cosas, a escudriñar todos los rincones del cas-
tillo. Quería hacerse cargo de la disposición
interior de la torre, porque es de advertir que
aquella criatura sucia y repugnante, aquella
mendiga cubierta de harapos, era nada menos
que el hijo mayor de un rey poderoso, vecino
y rival dei padre de las princesas. El tal prín-
cipe, que pasaba por uno de los hombres más
artificiosos y malignos de su tiempo, mane-
130 CUENTOS DE PERRAULT

jaba al rey su padre como mejor le parecía.


La verdad es que para ello no se necesitaba
mucha sagacidad, pues el buen rey era de un
carácter tan dulce, pacífico y bondadoso, que
le habían dado el sobrenombre de Muy Be-
nigno. Al joven príncipe, cuyas acciones lle-
vaban siempre el sello de la doblez, el pueblo
le llamaba Cauteloso.
El rey Muy Benigno tenía un hijo menor,
tan bueno como malo era el otro. A pesar de
la notable diferencia de carácter, los dos prín-
cipes vivían en la más perfecta unión y con-
cordia, fenómeno que admiraba a todo el
mundo. La belleza del rostro y la gracia que
distinguían al hermano menor, unidas a los
hermosos y nobles sentimientos de su corazón,
habían hecho que el pueblo le diese el apodo
de Perfectísimo.
El príncipe Cauteloso era el que había ins-
pirado al embajador del rey aquel rasgo de
mala fe que la penetración de Picarilla hizo
redundar en perjuicio de sus autores. Caute-
loso odiaba al padre de las princesas, así que
en cuanto supo las precauciones que había,to-
mado, formó el diabólico proyecto de burlarle.
Inventó no sé qué pretexto, obtuvo per-
miso del rey Muy Benigno para hacer un
viaje, y en seguida se preparó para entrar en
la torre de la manera que hemos visto.
CUENTOS DE PERKAULT 131

Al examinar el castillo, notó que las prin-


cesas podían, gritando, hacerse oir de los tran-
seúntes, y decidió permanecer con su disfraz
durante el día; de lo contrario, podía salirle
cara su temeraria empresa. Conservó sus ha-
rapos y así que llegó la noche y las tres her-
manas hubieron cenado, los arrojó lejos de sí
y apareció vestido con un traje bordado de
oro y cuajado de piedras preciosas. A la vista
de semejante cambio, las pobres princesas que-
daron aterradas y echaron a correr con preci-
pitación. Picarilla y Habladora, ágiles como
ardillas, se encerraron en su habitación en un
abrir y cerrar de ojos; Perezosa, para quien era
un trabajo ímprobo andar, no pudo escaparse
de las manos del príncipe.
Cauteloso se arrojó en seguida a sus pies,
y después de confesarle cortésmente quién era,
le dijo que la fama de su belleza, corroborada
por los retratos que de ella había visto, le ha-
bía obligado a abandonar los placeres de una
corte magnífica y deliciosa por venir a ofrecer-
le su corazón y su fe. Perezosa quedó tan atur-
dida en un principio, que no tuvo palabras
para responder al príncipe, que permanecía
de rodillas, dirigiéndole mil piropos, hacién-
dole mil protestas de amor y conjurándola a
que le recibiese por esposo inmediatamente.
Como la natural flojera de la joven no le
132 CUENTOS DE PERRAULT

permitía entrar en una discusión, porque esto


hubiera sido un esfuerzo supremo, de que no
se sentía capaz, dijo con negligencia al prín-
cipe que, conceptuando sinceras sus palabras,
aceptaba el ofrecimiento que le hacía. Y sin
otras formalidades ni requisitos, quedó arre-
glado el matrimonio entre la indolente niña
y el atrevido príncipe. Inútil es decir que la
rueca de cristal se rompió en mil pedazos.
Mientras ocurría esto, Picarilla y Hablado-
ra, encerradas cada cual en su habitación, es-
taban llenas de inquietud. Sus cuartos se ha-
llaban muy lejos uno de otro, y como cada una
ignoraba la suerte de sus hermanas, pasaron
la noche sin poder conciliar el sueño. Al día
siguiente, el astuto e infame príncipe condujo
a Perezosa a un aposento del piso bajo que
daba sobre el jardín. La princesa le manifestó
entonces el deseo que tenía de saber dónde se
hallaban sus hermanas, y le explicó el temor
de que la reconviniesen por su casamiento.
Cauteloso respondió que él se encargaba de
que lo aprobasen, y después de haberla ence-
rrado sin que se apercibiese de ello, se puso
a buscar a las otras princesas por todas las
habitaciones del castillo. Mucho tiempo andu-
vo sin lograr encontrarlas; pero Habladora no
teniendo con quién conversar, para satisfacer
su maldito afán, comenzó a quejarse en voz
CUENTOS DE PERF.AULT 133

alta; oyóla el príncipe, y aproximándose a la


puerta del cuarto, consiguió verla por el ojo
de la llave.
Cauteloso le dirigió entonces la palabra, y
como a Perezosa, le dijo que se había arries-
gado a tan peligrosa empresa por venir a ofre-
cerle su mano y su corazón. A renglón seguido
hizo mil elogios de su belleza y de su talento,
y Habladora, que estaba muy pagada de sí
misma y tenía una emorme dosis de amor pro-
pio, cometió la locura de creer lo que le decía
y de responderle con un flujo de palabras, más
amables y expresivas de lo conveniente en
semejante caso.
Necesario era que el prurito de hablar de
aquella princesa rayase en furor para que en
tales momentos se entretuviera con tan im-
prudentes coloquios, y más aún si se tiene en
cuenta su abatimiento y debilidad, pues en
todo el día había comido. Como nunca se ocu-
paba de otra cosa sino de mover la lengua, su
pereza y su imprevisión se daban la mano.
Siempre que necesitaba de algo, recurría a
Picarilla, que más laboriosa y previsora que
sus apáticas e indolentes hermanas, tenía en
su habitación una infinidad de mazapanes,
tortas, pasteles y conservas de toda clase.
Carecía Habladora de tales provisiones, y
acosada por el hambre, por el deseo de hablar
134 CUENTOS DE PERRAULT

y por las protestas que el príncipe le dirigía,


abrió al fin. Entró el príncipe y representó a
las mil maravillas el papel que se había pro-
puesto desempeñar.
En seguida salieron juntos de la habitación
y se dirigieron a la despensa del castillo, donde
encontraron toda clase de provisiones. La
princesa empezó por manifestar alguna in-
quietud respecto a sus hermanas; pero no tar-
dó en persuadirse, no sé con qué fundamento,
de que estaban encerradas en el cuarto de
Picarilla y de que allí no les faltaría nada.
Cauteloso se esforzó cuanto pudo por afirmar-
la en esta creencia, y le dijo que a la noche
irían a buscarlas; pero ella no fué de este pa-
recer, y respondió que irían a llamarlas tan
pronto como concluyesen de tomar un refri-
gerio.
El príncipe y la princesa comieron en la
mejor harmonía. Cuando acabaron, Cauteloso
comenzó a exagerar la violencia de su pasión,
y las ventajas que la princesa encontraría en
casarse con él. Díjole—como había dicho la
víspera a la pobre Perezosa—que debía acep-
tarle por esposo inmediatamente, porque si
sus hermanas se enteraban harían todo lo po-
sible por impedirlo. Siendo él uno de los prín-
cipes más poderosos de la tierra, era más que
probable que la mayor quisiese para sí tan
CUENTOS DE PERRAULT 135

ventajoso partido y tratase de impedir una


unión que debía hacerle tan dichoso. Habla-
dora, después de algunas réplicas tan largas
como vacías de sentido, concluyó por ceder y
fué tan imprudente como su hermana; es de-
cir, aceptó al príncipe por esposo sin otras
formalidades que una falaz palabra. No se
acordó de la virtud de la rueca de cristal, sino
cuando quedó hecha pedazos.
Llegada la noche, Habladora volvió a su
habitación con el príncipe, y la primera cosa
que se ofreció a sus ojos fué la rueca de cristal,
rota en mil añicos. Turbóse y se apesadumbró
en presencia de tal espectáculo, y el príncipe
le preguntó la causa de su disgusto. Como,
en su flujo de hablar, un secreto era para ella
un peso irresistible, contó a Cauteloso el mis-
terio de las ruecas. El príncipe experimentó
diabólico placer al enterarse de que el padre
de las princesas tendría una prueba irrecusa-
bla de la mala conducta por ellas observada.
Habladora temía con justa razón que sus
hermanas la reconviniesen. Cauteloso se ofre-
ció a buscarlas, y aseguró que no le faltarían
razones eficaces para convencerlas. La pobre
princesa, que no había dormido en toda la
noche anterior, se quedó un poco aletargada.
El traidor aprovechó este sueño y la encerró
con llave, como había hecho con Perezosa.
I3Ó CUENTOS DE PERRAULT

Recorrió luego las habitaciones del castillo;


todas estaban abiertas menos una, cuya puerta
resistió a sus esfuerzos. No había duda; aquella
era la habitación de Picarilla; aproximóse Cau-
teloso a la cerradura, y pronunció por tercera
vez el mismo pomposo discurso. Picarilla no
se dejaba engañar como sus hermanas, y le
escuchó sin responderle.
Al ver que el príncipe no cejaba, compren-
dió que nada iba a conseguir con el silencio,
puesto que no había de disuadirle de que
aquella era su habitación, y le dijo que para
creer en su ternura y sinceridad era preciso
que bajase al jardín, cerrase tras él la puerta
y se conformara a escuchar lo que desde la
ventana le hablaría.
Cauteloso no quiso aceptar, y exasperado
por la obstinación de Picarilla en no querer
abrir, fué a buscar un madero e hizo saltar
de un golpe la cerradura de la puerta. Cuando
penetró en el cuarto, halló a la princesa ar-
mada con un gran martillo que por casualidad
habían allí olvidado. La emoción y la cólera
animaban el hermoso rostro de la joven real-
zando su natural belleza a los ojos del se-
ductor. Cauteloso quiso arrojarse a sus pies;
pero ella le rechazó, diciéndole:—Príncipe, ¡si
os aproximáis a mí, os abro la cabeza de un
martillazo!—¡Cómo! hermosa princesa—excla-
CUENTOS DE PERRAULT 137

mó Cauteloso con hipócrita y melosa entona-


ción—; ¿es posible que paguéis' el amor que
me inspiráis con tan cruel aborrecimiento?
Y en seguida se puso a encomiar de nuevo
la violencia de la pasión que le había inspirado
la fama de la belleza y del maravilloso talento
de Picarilla, añadiendo que se había disfrazado
para venir a ofrecerle con todo el respeto de-
bido su mano y su corazón, y que debía per-
donarle su osadía y el haber fracturado la
puerta, en gracia al sentimiento violentísimo
que le animaba.
Como de costumbre, concluyó su peroración
tratando de persuadirla de que debía recibirle
inmediatamente por esposo, y asegurándole
que no sabía dónde se hallaban sus hermanas,
porque sólo a ella había buscado con afán des-
de que entró en el castillo. La sagaz princesa
fingió creerle y consentir en lo que le propo-
nía, pero le manifestó que era necesario buscar
ante todo a Perezosa y Habladora, para que
después tomaran todos juntos las medidas con-
ducentes al cumplimiento de sus deseos. Cau-
teloso respondió que de ninguna manera se les
debía buscar antes de realizado el matrimo-
nio, porque las princesas se opondrían a la
preferencia a que tenían derecho por la edad.
Esta respuesta aumentó las sospechas que
el pérfido príncipe inspiraba a Picarilla. La
I38 CUENTOS DE PERRAULT

pobre tembló por la suerte de sus hermanas y


juró vengarlas y evitar al mismo tiempo que
le ocurriese la desventura de que, no sin razón,
las suponía víctimas. Afirmó entonces a Cau-
teloso que consentía en casarse con él; pero
que abrigaba la convicción de que todos los
matrimonios realizados de noche eran infeli-
ces, por lo que le suplicaba que aplazase para
el día siguiente la ceremonia de jurarse una fe
recíproca; aseguróle también que hasta enton-
ces nada diría a sus hermanas, le pidió por
favor que la dejase sola un momento para re-
zar, y terminó prometiéndole conducirle luego
a una habitación donde encontraría una buena
cama. Al amanecer podría subir a verla para
continuar juntos el resto del día.
Cauteloso, que no era por cierto un valien-
te, viendo que Picarilla no abandonaba el
martillo—y lo blandía, a pesar de su tamaño,
como si fuese un ligero abanico—, accedió al
fin a los deseos de la princesa, y se retiró para
dejarle tiempo de meditar. No bien hubo sa-
lido del cuarto, Picarilla corrió presurosa a
disponer una cama sobre la boca de un alba-
ñal sumamente profundo y espacioso, donde
iban a parar todas las inmundicias del cas-
tillo. La princesa colocó sobre el agujero dos
o tres palos poco resistentes, y encima puso
el colchón con sábanas muy limpias y perfu-
CUENTOS DE PERRAULT 139

madas. Subió en seguida a su cuarto, y cuando


entró Cauteloso, lo condujo al sitio en que
acababa de preparar la cama y se despidió de
él hasta el amanecer.
El príncipe se arrojó sin desnudarse en el
lecho tan artificiosamente preparado, y rotos
con el peso de su cuerpo los frágiles travesa-
nos en que descansaba el colchón, fué a parar
sin poder evitarlo al fondo del albañal. El
ruido que el príncipe hizo al caer previno a
Picarilla, cuya habitación se hallaba próxima,
de que su artificio había tenido buen éxito.
Imposible es expresar el inmenso placer que
experimentó al oirle revolcarse y jurar como
un condenado en el fondo de la cloaca. El cas-
tigo era tan merecido que legitimaba la ale-
gría de la princesa.
El placer de su triunfo no le impidió pensar
en sus pobres hermanas, y su primer cuidado
fué buscarlas. A Habladora la encontró en
seguida, porque Cauteloso, después de haberla
encerrado, no tuvo la precaución de retirar la
llave de la cerradura. Picarilla entró apresu-
radamente, y al ruido que hizo se despertó la
infeliz sobresaltada y llena de confusión al
verla delante. Picarilla le refirió cuanto aca-
baba de pasarle con el infame príncipe.
Estas noticias produjeron en Habladora un
doloroso efecto; había tomado en serio la ri-
14» CUENTOS DE PERRAULT

dícula comedia representada por Cauteloso.


Aunque parezca mentira, no faltan en el mun-
do candidas por el estilo.
Disimuló el exceso de su dolor, y salió de
su cuarto con Picarilla para ir en busca de
Perezosa. Recorrieron uno por uno los apo-
sentos del castillo, sin encontrarla. Ocurrió-
sele, por último, a la sagaz princesa, que acaso
estaría en las habitaciones que daban al jar-
dín, y en efecto, allí la encontraron medio
muerta de hambre y de desesperación. Pres-
táronle los socorros que reclamaba su crítico
estado, y después de mutuas confidencias que
ocasionaron profundísima pena a Habladora
y Perezosa, decidieron descansar un rato de
tantas y tan agudas emociones.
Como es de suponer, Cauteloso pasó mala
noche; la llegada del nuevo día no mejoró en
nada su posición. Hallábase en las profundi-
dades de una fétida caverna, cuyos horrores
no podía apreciar, por falta de luz: la salida
era poco menos que imposible. A fuerza de
andar de un lado a otro con la energía de la
desesperación, encontró por fin el desagüe del
albañal, que daba sobre un río situado bas-
tante lejos del castillo, y comenzó a gritar de-
sesperadamente. Oyéronle unos pescadores y
le sacaron del agua en tan lastimoso estado,
que daba compasión verle.
CUENTOS DE PERRAULT 141

Hizo que le trasladasen a la corte del rey


su padre, donde a fuerza de tiempo y de ex-
quisitos cuidados logró curar del susto y de las
contusiones. Inspiróle aquella aventura odio
tan inmenso contra Picarilla, que sólo pen-
saba en convalecer completamente para ven-
garse de tamaña ofensa.
Entretanto, la virtuosa princesa, para
quien el buen nombre y la gloria de su fami-
lia eran prendas más caras que su propia exis-
tencia, pasaba ratos amarguísimos: la vergon-
zosa debilidad de sus hermanas le causaba
pena y desesperación profundas. Aun debía
recibir un nuevo y rudo golpe: la salud de
Habladora y Perezosa empezó a alterarse de
resultas de su unión con el indigno príncipe.
Lo ocurrido en la torre aumentó la natural
infamia y detestables inclinaciones de Caute-
loso. Ni el recuerdo del albañal ni el de las ma-
gulladuras recibidas le causaba tanta rabia
como el de haber encontrado una persona más
astuta que él. Preveía las consecuencias de
sus dos casamientos, e hizo que llevasen bajo
las ventanas del castillo grandes cajones con
hermosos árboles cargados de fruta. Perezosa
y Habladora, que vieron pronto la golosina,
entraron en ganas de comerla, y persiguieron
con sus reiteradas instancias a su hermana
para que bajase en la canastilla. Tant© le di-
142 CUENTOS DE PERKAULT

jeron, que al fin se decidió a complacerlas;


descendió hasta la copa de los árboles, y poco
después las dos princesas devoraban con avi-
dez exquisitas y sabrosas frutas.
Al día siguiente aparecieron nuevas cajas
con árboles de otra especie: las princesas vol-
vieron a experimentar el mismo antojo, y Pi-
carilla volvió a bajar. Pero los emisarios de
Cauteloso, que el primer día habían errado el
golpe, salieron precipitadamente del escondite
y se apoderaron de la princesa.
Sus pobres hermanas se mesaban los cabe-
llos con desesperación. Los esbirros del infa-
me príncipe condujeron a Picarilla a una casa
de campo, adonde Cauteloso había ido a res-
tablecerse. Cuando la vio entrar, no pudo con-
tener su feroz alegría, y le dirigió brutales in-
sultos, a los que ella respondió con una ente-
reza de alma digna de una heroína. Después
de haberla tenido prisionera durante algunos
días, ordenó que la llevasen a la cumbre de
una elevada montaña, adonde fué el mismo
así que los esbirros hubieron ejecutado sus
órdenes. Y a allí, anunció a Picarilla que iban
a matarla de una manera que le vengase con
usura de la caída en el albañal.
El pérfido príncipe le enseñó un tonel eri-
zado interiormente de puntas de acero y cla-
vos retorcidos, y añadió que para castigarla
CUENTOS DE I'ERRAULT 143

como merecía, la meterían dentro y la echa-


rían a rodar por la montaña abajo. Picarilla,
aunque no era romana, permaneció tan impa-
sible a la vista de aquel suplicio, como lo es-
tuvo Régulo en presencia de una tortura
semejante; su valor y sangre fría no decaye-
ron ni por un momento.
En vez de admirar su carácter heroico, sin-
tió Cauteloso redoblar su rabia, y no pensó
sino en apresurar la muerte de la víctima.
Con este fin se inclinó al borde del tonel pre-
parado a su venganza, para examinar si las
paredes estaban bien guarnecidas de instru-
mentos de tortura. Picarilla aprovechó el ins-
tante en que su perseguidor parecía absorto
en su contemplación diabólica, y con la rapi-
dez del rayo le precipitó dentro, lo echó a rodar
por la vertiente de la montaña, sin que el prín-
cipe tuviera tiempo de resistirse, y en seguida
huyó precipitadamente.
Los satélites de Cauteloso, que habían visto
con disgusto y repugnancia la manera bárbara
y cruel como su amo quería tratar a la her-
mosa y amable joven, no pensaron en perse-
guirla. Además, se hallaban tan asustados del
accidente ocurrido al príncipe, que a todos
les faltó tiempo para arrojarse a detener la
mortífera cuba; sus esfuerzos fueron inútiles:
el tonel no paró hasta llegar al valle, y allí
144' CUENTOS DE PERRAULT

stacaron al príncipe cubierto de sangre y hecho


una verdadera llaga desde los pies a la cabeza.
La desgracia ocurrida a Cauteloso causó
gran sentimiento al rey Muy Benigno y al
príncipe Perfectísimo. En cuanto a los pue-
blos, lejos de sentirlo, se alegraron, porque
Cauteloso era aborrecido de todos: nadie com-
prendía cómo su joven hermano, cuyos senti-
mientos eran tan nobles, podía vivir con él y
amarle. Pero el carácter de Perfectísimo era
excesivamente bueno, y esta bondad natural
le obligaba a querer con la mayor ternura a
todos los miembros de su familia. Además, el
astuto Cauteloso había tenido siempre sumo
cuidado en manifestarle gran afecto, y aquel
magnánimo príncipe no podía menos de co-
rresponder a un cariño con apariencias de
sincero. Perfectísimo experimentó un dolor
inmenso al tener noticia de las heridas que
había recibido su hermano, y consagró sus
desvelos a asistirle con el mismo afán que lo
hubiera hecho una madre cariñosa; pero a
pesar de sus tiernos cuidados, las heridas de
Cauteloso se enconaban cada vez más, y le
producían atroces sufrimientos.
Así que Picarilla se vio libre, se apresuró a
volver junto a sus hermanas. No pasó mucho
tiempo sin que nuevos pesares martirizasen
el corazón de la joven. Las dos princesas die-
CUENTOS DE PERRAULT 145

ron a luz un niño cada una, y dejo a la consi-


deración de los lectores cuál no sería el apuro
de la pobre Picarilla en tan críticas circuns-
tancias. Sacó, sin embargo, fuerzas de flaque-
za, y el deseo de ocultar la deshonra de sus
hermanas la hizo resolverse a arrostrar nue-
vos peligros. A fin de que el plan que había
imaginado tuviese buen éxito, adoptó cuan-
tas medidas puede inspirar la más exquisita
prudencia: disfrazóse de hombre, encerró los
dos niños en dos cajas, en cuya tapadera hizo
algunos agujeros para que pudiesen respirar;
colocó las cajas sobre un caballo—confundi-
das con algunas otras de la misma forma—y
provista de este equipaje tomó el camino de
la ciudad que servía de corte al rey Muy Be-
nigno, y en la cual se hallaba Cauteloso.
Cuando Picarilla entró en la población, supo
que la magnificencia con que el príncipe Per-
fectísimo retribuía los servicios médicos que
se aplicaban a su hermano, había atraído hacia
la corte a casi todos los charlatanes de Euro-
pa, que no eran pocos; pues en la época de
nuestra historia había gran número de aven-
tureros, sin oficio ni beneficio, que se hacían
pasar por hombres sabios y aseguraban que
poseían el secreto de curar todas las enferme-
dades. Aquella empírica falange, cuya única
ciencia consistía en engañar al prójimo con

10
146 CUENTOS DE PERRAULT

el mayor descaro, encontraba siempre, gracias


a su extraordinaria gravedad y a lo exótico de
los nombres de sus individuos, crédulos que
dieran fe a sus mentiras. Semejante clase de
médicos no permanecen nunca en el lugar
donde vieron la luz, sino que emigran a paí-
ses lejanos, con lo que adquieren la cualidad
de ser extranjeros, que es para el vulgo una
eficaz recomendación.
Informada de todo esto la ingeniosa prin-
cesa, se bautizó a sí misma con el nombre de
Sanatio, e hizo anunciar por todos los ámbi-
tos de la población que acababa de llegar con
maravillosos y eficacísimos secretos para curar
las heridas más peligrosas y enconadas. No se
necesitaba tanto para que Perfectísimo en-
viase a buscar al pretendido Galeno. Picarilla
acudió al llamamiento y gesticulando con gra-
vedad y pronunciando algunas palabras de
obscura significación, desempeñó a las mil
maravillas el papel de médico empírico. Agra-
dablemente sorprendieron a la princesa el
simpático rostro y los finos modales de Per-
fectísimo.
Después de conversar con él por espacio de
largo rato acerca de las heiidas de Cauteloso,
le dijo que había olvidado en su domicilio una
botella de agua incomparable por sus salutí-
feros efectos y que iba a buscarla. Fuese y
CUENTOS DE PERRAULT 147

dejó allí las cajas que ya conocemos, asegu-


rando que contenían excelentes bálsamos
para la cura de las heridas.
Excusado es decir que el pretendido médico
no volvió a parecer, impacientes por su tar-
danza, iban a llamarle de nuevo cuando reso-
naron débiles gritos de niño en el cuarto de
Cauteloso. Pronto averiguaron que los gritos
salían de las misteriosas cajas.
Los que así gritaban eran los sobrinos de
Picarilla. La sagaz princesa había hecho que
los alimentasen bien antes de llevarlos a pa-
lacio; pero con el tiempo, los pobrecitos volvie-
ron a tener hambre y manifestaron la necesi-
dad de su estómago con gritos lastimeros.
Abiertas las cajas, quedaron los circunstantes
sorprendidos. Cauteloso comprendió que el
regalo venía de la sagaz Picarilla, y fué tal
su rabia, que se le empeoraron mucho las
heridas y y a no hubo ninguna esperanza de
salvarle.
El pesar de Perfectísimo creció de punto.
Cauteloso, pérfido aun a las puertas de la
muerte, quiso abusar de su ternura y de su
dolor.—Príncipe—le dijo—, si no hubiera te-
nido durante mi vida mil pruebas de tu amis-
tad, me bastaría para creer en tu acendrado
cariño el sentimiento que te causa mi pérdida.
V o y a morir, hermano mío; como último tes-
CUENTOS DE PERRAULT

timonio de tu buen afecto, prométeme que no


me negarás lo que voy a pedirte.
Incapaz el buen príncipe de negar nada a
su hermano, le prometió bajo la fe-de los más
terribles juramentos concederle cuanto le pi-
disee. Cauteloso, después de abrazarle tier-
namente, respondió:—¡Gracias, hermano mío!
Al fin muero con el consuelo de que seré ven-
gado. La súplica que tengo que hacerte es
que, así que yo muera, pidas en matrimonio
\ a Picarilla. Y a en tu poder esta maligna
princesa, ¡entiérrale un puñal en eí pecho!
Perfectísimo se estremeció de horror al oir
estas palabras, y se arrepintió de la impruden-
cia de su juramento: no era tiempo de revo-
carlo, y disimuló su pena. Cauteloso expiró
pocos minutos después.
Imposible explicar el dolor del rey Muy Be-
nigno: baste decir que fué tan grande como la
alegría del pueblo al ver que por la muerte
del indigno príncipe quedaba heredero de la
corona Perfectísimo, cuyas excelentes cuali-
dades eran apreciadas por todo el mundo.
Picarilla, que se había vuelto a reunir con
sus hermanas, tuvo noticia de la muerte de
Cauteloso. Al poco tiempo fué anunciado a
las princesas el regreso del rey su padre. El
primer cuidado de este príncipe al entrar en
su reino fué pedir a sus hijas la rueca de cris-
CUENTOS DE PERRAULT 149

tal. Perezosa fué a buscar la de Picarilla y la


enseñó al rey; después hizo una profunda re-
verencia, y volvió a colocarla en su sitio. Ha-
bladora siguió el ejemplo de su hermana, y
Picarilla trajo por último su propia y verda-
dera rueca. Pero el rey, que era un poco des-
confiado, no se dio por satisfecho y quiso ver
las tres ruecas juntas. ¡Aquí fueron los apu-
ros! ¡sólo Picarilla pudo enseñar la suya!
La conducta de sus dos hijas mayores ins-
piró al rey tal furor, que en aquella misma
hora las mandó a casa del hada que había
hecho las ruecas, y le suplicó que las castigase
del modo que merecían.
El hada, para dar principio al castigo de las
princesas, las condujo a una galería de su
palacio encantado. En ella estaban colocados
los retratos de un sinnúmero de mujeres ilus-
tres que habían adquirido gran celebridad por
sus virtudes y por su vida laboriosa. Por un
maravilloso efecto del arte mágico, todas
aquellas figuran eran de movimiento y esta-
ban en acción desde la mañana a la noche.
; Veíanse por todas partes divisas y trofeos
dedicados a la gloria de aquellas virtuosas
mujeres, y no fué pequeña mortificación para
las dos hermanas el comparar los triunfos de
tales heroínas con la despreciable situación a
que las había reducido su imprudencia.
150 CUENTOS DE PERRAULT

Para colmo de males, el hada les dijo en


tono severo que si desde la infancia se hubie-
ran ocupado siempre en las labores que des-
empeñaban las heroínas de los cuadros, no
habrían tenido que lamentar nunca vergonzo-
sos deslices.—La ociosidad—añadió la m a g a —
es la madre de todos los vicios. Para que no vol-
váis a faltar y recuperéis el tiempo perdido,
voy a daros la ocupación que merecéis.—Desde
aquel día, obligó a las princesas a que desem-
peñasen los más rudos trabajos, recogieran
legumbres, arrancaran hierbas nocivas y ca-
varan la tierra con un enorme azadón. Pere-
zosa no pudo resistir a la tristeza que le Cau-
saba un género de vida tan contrario a sus
inclinaciones, y murió de desesperación y de
cansancio. Habladora,, después de haberse es-
capado una noche del palacio de la maga, se
abrió la cabeza contra un árbol, y de resultas
de la herida murió entre los brazos de algunos
campesinos.
La desgraciada suerte de sus hermanas cau-
só a Picarilla mucha pesadumbre: las quería
entrañablemente. Para aumento de sus penas,
supo que Perfectísimo había solicitado su
mano y que el rey se la había concedido sin
consultarle. En aquel tiempo, la inclinación
de las personas interesadas entraba por muy
poco en el arreglo de las bodas. Picarilla se
CUENTOS DE PERRAULT 151

estremeció: temía, no sin fundamento, que


Cauteloso hubiese trasmitido al corazón de
su hermano el odio que le profesaba. Pronto
supo que no se había equivocado; que el joven
príncipe quería casarse con ella para sacrifi-
carla. Llena de inquietud, fué a consultar a
la maga.
La maga no quiso revelar secreto alguno a
la princesa, y se limitó a decirle:—La pruden-
cia y el buen juicio que ha sido siempre la nor-
ma de vuestra conducta, os han hecho prac-
ticar escrupulosamente la máxima de la des-
confianza es madre de la seguridad. Seguid ob-
servándola como hasta aquí y conseguiréis ser
dichosa sin el auxilio de mis artes.—Sin poder
sacar de su consulta nada en limpio, Picarilla
volvió a palacio llena de mortal zozobra.
Algunos días después, un embajador del
rey Muy Benigno se casó con la princesa a
nombre del hermano de Cauteloso, y la con-
dujo en seguida en una carroza magnífica al
palacio de su esposo. Celebraron para recibirla
grandes fiestas las dos primeras ciudades por
que debía pasar, y a la tercer jornada encon-
tró a Perfectísimo que había salido a recibirla
por orden de su padre. A todo el mundo, in-
cluso el rey, sorprendió mucho la profunda
tristeza del joven príncipe al aproximarse el
día del casamiento que tanto había deseado.
152 CUENTOS DE PERRAUL1

La belleza de Picarilla impresionó vivamen-


te el ánimo de Perfectísimo, que hizo a la joven
esposa mil cumplimientos pero con tal frial-
dad y torpeza, que los personajes de la corte,
conocedores de la inteligencia y el ingenio del
príncipe, quedaron atónitos y supusieron al
ver la cortedad de su futuro soberano, que el
amor le había hecho perder su natural donai-
re. Entusiastas aclamaciones y gritos de ale-
gría resonaron aquel día en la ciudad; los con-
ciertos y los fuegos artificiales duraron hasta
muy entrada la noche. Después de un magní-
fico banquete, fueron conducidos los esposos
a sus respectivas habitaciones.
Acordándose de la máxima que le había
recomendado la maga, Picarilla concibió un
proyecto que puso en seguida en práctica. La
princesa sedujo con halagos y dádivas a la ca-
marista que tenía la llave de su aposento, y
con su ayuda se proporcionó cierta cantidad
de paja, una vejiga llena de sangre de carnero
y las tripas de algunos animales que habían
matado para la cena. Entró con todos estos
adminículos en un gabinete contiguo a su al-
coba, y allí arregló un pelele relleno de paja,
dentro del cual puso la vejiga y las tripas con
la sangre del carnero. En seguida vistió la fi-
gura de mujer y le colocó en la cabeza una
papalina de encajes como las que usan las se-
CUENTOS DE PERRAULT 153

ñoras para dormir. Concluida la operación,


continuó el resto del día como si nada le pre-
ocupase. Cuando concluido el banquete volvió
a su habitación, aguardó a que la camarista
terminara de desnudarla, y así que se vio sola
metió en la cama el pelele.
El príncipe entró en la habitación de su es-
posa, y después de haber suspirado profunda-
mente, como el que hace un gran esfuerzo
para tomar una resolución, desenvainó su es-
pada y atravesó con ella de parte a parte el
cuerpo que creía de Picarilla. La sangre salió
a borbotones.—¡Dios santo!—exclamó Perfec-
tísimo—¿qué es lo que he hecho? ¡Cómo des-
pués de tan crueles angustias y de tan encar-
nizada lucha he cumplido mi terrible jura-
mento, manchando mis manos con un crimen!
¡Sí, he muerto a la más encantadora de las
princesas, a la mujer cuyas gracias me hechi-
zaron desde el instante en que la vi, al ángel
que hubiera hecho la felicidad de mi vida!
¡Y sin embargo, no he tenido fuerza para sus-
traerme al juramento que mi hermano, poseí-
do de furor, obtuvo de mí por medio de una
indigna sorpresa! Soy un monstruo, he casti-
gado a una mujer por el delito de ser dema-
siado virtuosa. Cauteloso, si he satisfecho tu
injusta venganza, también vengaré a Picari-
lla, dándome yo mismo la muerte. Es nece-
154 CUENTOS DE PERRAULT

sario, encantadora princesa, que muera con la


misma espada que sirvió para inmolarte...
Picarilla oyó que el príncipe buscaba por
el suelo la espada que había dejado caer en
el transporte de su dolor, y exclamó, saliendo
de su escondite:—¡Tranquilizaos, príncipe, que
no estoy muerta! Conociendo vuestro buen
corazón y adivinando vuestro arrepentimien-
1

to, os he evitado un crimen valiéndome de un


inocente engaño.
Refirió Picarilla a Perfectísimo cuanto ha-
bía hecho, y lleno el príncipe de alegría, abia-
zó a la princesa y le manifestó profunda gra-
titud por haberle evitado un crimen, del cual
se acordaría siempre con horror.
Si Picarilla no hubiese atendido a la con-
sabida máxima que hace de la desconfianza
•la madre de la seguridad, habría muerto y su
muerte hubiera ocasionado la de Perfectísimo.
¡Cuántas erróneas conjeturas se harían enton-
ces sobre el carácter y sentimientos de aquel
noble príncipe! ¡Loor eterno a la prudencia y
serenidad de espíritu! Estas virtudes salvaron
a los jóvenes esposos, y desde las puertas de la
muerte los llevaron a un paraíso de amor y de
ventura, donde vivieron largos años, felices
como nunca lo fueron los príncipes de la tierra.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&

GRISELIDIS

En un pueblo situado al pie de las célebres


montañas que circunda el Pó, vivía un prín-
cipe joven y valiente. Había vertido el cielo
sobre este príncipe los más caros dones. Ro-
busto de cuerpo y de alma, sentía el joven la
misteriosa atracción de lo grande y de lo bello;
amaba el arte y la gloria, el poder y la virtud,
todo, en fin, lo que perpetúa el nombre de los
héroes y de los genios.
Tales cualidades hallaron siempre, sin em-
bargo, justo contrapeso en el legítimo afán
que al príncipe dominaba por hacer felices a
sus gobernados.
Sólo un melancólico pensamiento turbaba
la granquilidad de espíritu del bondadoso
joven. Fatídica idea le hacía ver en el fondo
de su corazón al bello sexo como astuto y en-
gañador. La mujer más cariñosa y más buena
156 CUENTOS DE PERRAULT

le parecía un alma hipócrita, un espíritu hen-


chido de orgullo, un enemigo cruel, dispuesto
y preparado siempre a hacer pesar su sobera-
no imperio sobre el hombre desgraciado que en
su poder cayera.
El trato frecuente del mundo, en el que sólo
se ven esposos subyugados o vendidos, con-
tribuyó mucho a acrecentar este sentimiento
de odio que al príncipe dominaba, y le hizo
jurar más de una vez que aunque el mismo
cielo por complacerle formara otra Lucrecia,
jamás se sometería a las opresoras leyes del
himeneo.
Dedicaba el príncipe la mañana a los nego-
cios del gobierno. Hacer respetar los derechos
del débil o suprimir algún impuesto que una
forzada guerra hubiese en otra época intro-
ducido, constituían su más predilecta ocu-
pación.
La otra parte del día la empleaba en la
caza: los jabalíes, los osos, a pesar de la fero-
cidad que los distingue, le asustaban menos
que el sexo encantador, del que procuraba
siempre alejarse. Sus subditos, a quienes inte-
resaba que no faltase jamás quien los dirigiera
con la misma dulzura,.deseaban ardientemen-
te que el príncipe contrajese matrimonio; y un
día fueron en comisión a palacio para hacer
los últimos esfuerzos. Un orador, de grave apa-
CUENTOS DE PEKRAULT 157

rvencia y de mucha fama, dirigió al príncipe


un largo discurso y en él demostró, con todo
género de razones, la necesidad de que una
feliz sucesión asegurase el porvenir del Es-
tado. Con más sencillo tono y voz menos fuer-
te, contestó así el príncipe a sus subditos:
—Vuestro celo me complace. Es un testi-
monio de amor que os agradezco. Tanto lo es-
timo, que quisiera poder complaceros en el
acto. No es, sin embargo, posible. A mi modo
de ver, es el matrimonio asunto tan grave, que
el más prudente no lo medita nunca bastante.
Observad bien a las mujeres: mientras están
en el seno de sus familias, todo es virtud, sin-
ceridad y pudor; pero en cuanto el matrimo-
nio las eleva al rango de esposas, y ven asegu-
rado su porvenir, dejan a un lado su disfraz;
no les hace ya falta ser buenas, les basta con
parecerlo. Cada una toma en su nuevo hogar
el partido que más acomoda a sus inclinacio-
nes, y la una, de agrio humor y a quien nada
recrea, se hace exageradamente devota, grita
y gruñe; la otra se convierte en coqueta, escu-
cha y charla sin cesar y no tiene jamás bas-
tantes adoradores; aquélla, curiosa y aficio-
nada a las bellas artes, se da aires de docta y
de todo decide con altanería y petulancia, y
la de más allá se entrega a la pasión del juego
y pierde en él todo: dinero, joyas, anillos, mué-
158 CUENTOS DE PERRAULT

bles de precio, blondas y trajes. Sólo en medio


de esta diversidad de aficiones, en un punto
convienen todas: en querer ser siempre las que
impongan la ley. Estoy convencido de que en
el matrimonio no se puede ser nunca feliz,
cuando mandan los dos. Si deseáis que siga
vuestro consejo, buscadme una jove nhermosa,
modesta, humilde, tranquila y obediente. En
cuanto la hayáis encontrado, la haré mi esposa.
Acabado este discurso, montó bruscamente
el príncipe a caballo y partió como un rayo
a unirse con su jauría, que le esperaba en me-
dio del bosque. Después de haber atravesado
prados y campos, encontró a sus cazadores
acostados sobre la verde hierba. Levantáronse
al verle e hicieron sonar los cuernos. Enteróse
el príncipe de que todo estaba ya dispuesto, y
ordenó que al punto comenzase la cacería.
Entre los relinchos de los caballos y el la-
drar de los canes, pusiéronse todos en marcha
y penetraron por lo más espeso del bosque.
Perdióse de pronto el príncipe. Tomó equi-
vocado por un camino desconocido, y cuando
se apercibió de ello, era ya tarde. Nadie había
ido tras él. Quiso de nuevo orientarse, pero
cada vez se separaba más de su gente. Y a no
oía ni el sonido de los cuernos, ni el ladrido de
los perros, ni el relincho de los caballos, ni los
gritos de los hombres. El sitio en que se ha-
CUENTOS DE PERRAULT 159

liaba era hermoso: bordábanlo claros arroyue-


los y tapizábalo verde y fresquísima hierba.
La naturaleza se encontraba allí a un tiempo
tan sencilla y sublime, que el príncipe bendijo
mil veces su extravío.
Absorto en la contemplación de tanta be-
lleza se hallaba, cuando sintió de repente he-
ridos su corazón y sus ojos por el objeto más
agradable que jamás había visto. Una joven
pastora hilaba en la orilla de un arroyo. Aque-
lla pastora hubiera podido domar los coia-
zones más salvajes. La blancura de su tez
era la de la azucena, y su natural frescura
se había salvado siempre a la sombra de las
arboledas; su boca conservaba el encanto de
la infancia, y sus ojos, a los que oscuros pár-
pados daban mayor dulzura, tenían más luz
y eran más azules que el firmamento.
No pudo el príncipe, al verla, contener un
movimiento de admiración y de entusiasmo.
Advertida de su presencia, se estremeció
la bella, y el purpúreo tinte del rubor coloreó
sus mejillas y redobló su hermosura. Bajo el
velo inocente de esta pudorosa transformación,
adivinó el príncipe tal cautivadora sencillez,
tal dulzura y sinceridad, que por primera vez
pensó en que había sido injusto con el bello
sexo.
Agitado por una emoción, para él entera-
I6O CUENTOS DE PERRAULT

mente nueva, se acercó tímido y tembloroso


a la joven, y con voz cortada le explicó el
modo cómo se había perdido y le preguntó si
habían pasado por allí sus monteros.
—Nadie ha turbado, señor, esta soledad—
dijo la niña—; nadie más que vos ha venido
a este escondido paraje; pero no tengáis cui-
dado, yo os guiaré.
— N u n c a bendeciré bastante—contestó el
príncipe—la feliz casualidad que aquí me
trajo. Frecuento hace tiempo estos lugares,
pero hasta hoy he ignorado lo que contienen"
de más precioso.
Inclinóse en esto el príncipe sobre el borde
del arroyo, dispuesto a apagar la ardiente sed
que le devoraba.—Señor, esperad un momen-
to—le dijo la bella, deteniéndole, y corrió pre-
surosa hacia su cabana. Pronto volvió con una
tosca taza de barro que pareció al príncipe
mejor que todas las cinceladas y artísticas
copas de palacio.
Bebió con alegría y siguió luego a la pas-
tora. Para hallar el camino que conducía a
la villa, tuvieron que atravesar llanuras, bos-
ques, montañas escarpadas, rocas y torrentes.
El príncipe observó cuidadosamente el camino
y todos sus alrededores. El amor le hacía soñar
en la vuelta, y le obligaba a retener en la me-
moria todo un plan geográfico..
CUENTOS DE PEERAULT l6l

Llegaron al fin a un paraje sombrío y fresco,


desde donde se veían a lo lejos, en el seno de
la llanura, los dorados tejados del rico pala-
cio. Separáronse los jóvenes y desde aquel día
se sintió el príncipe abrumado por la tristeza y
el fastidio. En cuanto pudo volvió al monte
con pretexto de cazar; se desembarazó dies-
tramente de su séquito, y a pesar de los atajos
de cien caminos distintos, halló pronto la mo-
rada de la joven pastora. Esta pastora, según
supo luego el príncipe, se llamaba Griselidis
y vivía con su anciano padre. Alimentábanse
padre e hija con la leche de las cabras. Grise-
lidis hilaba la lana y confeccionaba los toscos
trajes que les servían de abrigo.
Tan ciegamente se enamoró el príncipe de
la sencilla joven, que cuanto más la veía, más
la amaba. Cada vez estaba más orgulloso de
haber elegido tan bien su primer amor. Un día
reunió su consejo, y le habló de.esta manera:
— A l fin voy a cumplir vuestros deseos: voy
a casarme. Para agradaros más, no he querido
escoger mi esposa en país extranjero; la he
elegido de entre vosotros, bella, buena y digna
de mí. Así que llegue el momento solemne, os
comunicaré quién va a ser vuestra reina.
No tardó la noticia en correr de boca en
boca y esparcirse por todas partes; el pueblo
experimentó gran alegría al saber que el rey
u
IÓ2 CUENTOS DE PERRAULT

iba a casarse y que podría sucederle un prin-


cipe prudente y sabio. El más contento de
todos era el orador de que y a hemos hablado,
pues se consideraba, gracias a su patético dis-
curso, único autor de tan grande ventura.
— N a d i e hay—decía enfáticamente—que re-
sista a los encantos de la elocuencia.
Era de ver el inútil afán con que se atavia-
ban las bellas de la corte, ansiosas por atraer
al príncipe. Todas creían ser la que él había
elegido; y como sabían que le gustaban la sen-
cillez y la modestia, cambiaron todas de pron-
to sus modales por otros menos desenvueltos
y sus vestidos por otros menos lujosos. To-
sieron desde entonces con timidez, endulzaron
la voz, redujeron la altura de sus peinados,
cubriéronse la garganta y alargaron tanto las
-mangas de los trajes, que apenas se descubría
de las manos más que la punta de los dedos.
Grande era la animación en la corte las
vísperas de las bodas reales. Aquí se construían
carrozas de forma enteramente nueva; allí se
alzaban tablados y se levantaban arcos triun-
fales en que la apoteosis de la gloria y el amor
abrazados coronaban espléndidos pedestales
cubiertos de flores; allá combinaban los piro-
técnicos ruedas y cohetes de maravillosa luz;
acullá se concertaban figuras y movimientos
de ingeniosos bailes y ensayaban los músicos
CUENTOS DE PERRAULT

danzas populares y elevados trozos de ópera.


Llegó el día feliz y esparcióse el pueblo por
las calles, ansioso de ver salir al príncipe y
conocer la hermosa que había de sentarse en
el trono. La guardia real, apostada en los al-
rededores de palacio, contenía a duras penas
a los curiosos. Las mujeres, engalanadas con
sus mejores prendas, codeaban y empujaban
a la muchedumbre para hacerse sitio. Dentro
de la regia mansión oyéronse las agudas notas
de clarinetes, flautas, oboes, tambores y trom-
petas.
El rey no se hizo esperar. Rodeado de su
corte atravesó la plaza entre las aclamaciones
del pueblo y se dirigió, como de costumbre,
al bosque donde todos los días solía ir de
caza.—La afición le domina—se dijeron las
gentes. Ni aun en este fausto día perdona
sus excursiones. El amor es para él pasión
poco poderosa.
El rey atravesó rápidamente los campos,
traspasó las montañas, cruzó valles y se per-
dió con sus acompañantes por entre el enmara-
ñado bosque. Después de grandes rodeos, llegó
a la cabana donde se hospedaba la pastora.
Griselidis, sabedora de que el rey iba a
casarse, se había puesto su traje de los días
de fiesta y se disponía a encaminarse a la
ciudad.
I§4 CUENTOS DE PERRAULT

—¿Dónde vais tan apresurada?—le pregun-


tó deteniéndola el príncipe.—No tengáis tanta
prisa, amable pastora. La boda a que pensáis
asistir y de la que yo soy el esposo, no podría
sin vos celebrarse.
Cogióle luego con dulzura la mano y cla-
vando en los de ella sus ojos llenos de pasión:
— O s amo, le dijo. Vos sois la elegida de mi
alma. Si consentís en ello, seréis la compañe-
ra de mi vida.
— ¡ A h , señor!—contestó ella—; no puedo
creer que la suerte me haga tan dichosa.
Acaso queréis burlaros de mí.
— N o , no. Os soy sincero. Vuestro padre está
ya enterado de todo.
Es de advertir que el príncipe había tenido
la precaución de prevenir al padre de Grise-
lidis cuáles eran sus intenciones.
—Consentid, bella pastora—continuó el
príncipe—. Sólo a vuestro lado puedo ser feliz.
—Después, tomando un aire de gravedad que
asustó a la sencilla joven, añadió:
— A n t e s de que accedáis a mis deseos, quiero
que me hagáis un juramento. Juradme que
jamás tendréis otra voluntad que la mía.
•—Lo juro-—repuso resueltamente Griseli-
dis. Si me hubiera casado con el más humilde
del pueblo, le hubiera obedecido, y su yugo
me habría sido siempre dulce y agradable.
CUENTOS DE PERRAULT 165

¡Cómo no he de ser obediente con quien, ade-


más de mi marido, sea mi señor!
Entró la pastora en su cabana y entraron
tras ella las camaristas que exprofeso habían
ido para ataviarla como corresponde a la es-
posa de un rey.
Al poco rato salió Griselidis espléndida como
el sol. Todas las sedas y todas las joyas con
-que la habían adornado servían sólo para real-
zarsu escultural belleza. Prorrumpieron al verla
en aplausos los cortesanos. El príncipe sintió
extraña emoción. Echaba de menos la inocen-
te sencillez del antiguo traje de su amada.
Subieron los amantes a una carroza de
marfil y oro, y el príncipe, al verse sentado
junto a tan hermosa mujer, no halló menor la
satisfacción que experimentaba a la que cien
veces le había producido la solemne entrada
en la corte después de una victoria.
Púsose en marcha la comitiva. El pueblo,
que había ya tenido noticias de la elección
del príncipe, cubría los campos vecinos. Al
entrar en la ciudad la multitud rodeaba la
carroza de sus señores y apenas dejaba que
los asustados caballos avanzasen.
Llegaron los prometidos al templo, y ter-
minada la ceremonia volvieron a palacio,
donde les aguardaban toda clase de fiestas:
músicas, bailes, juegos, torneos y carreras.
l66 CUENTOS DE PERRAULT

Los diferentes estados de toda la nación


enviaron a la corte sus magistrados para que
arengasen y felicitasen a los príncipes.
Griselidis, lejos de asombrarse por todo esto,
se condujo con tal sensatez y prudencia, que
admiró a todos. Adquirió pronto los modales
de la corte. Tales eran su inteligencia y pers-
picacia, que desde el primer día entendió el
carácter y condiciones de sus damas y las
dirigió con menos trabajo que a sus ovejas
en otros tiempos.
Al cabo de un año, Griselidis dio a luz una
preciosa niña. Era la princesita tan hermosa,
que el príncipe estaba encantado y no hacía
más que mirarla.
Griselidis quiso criar a su hija.—¡Cómo re-
husarle—se dijo—lo que con su llanto me de-
manda! ¿Había yo, por una costumbre con-
traria a las leyes naturales, de contentarme
con ser sólo madre a medias?
Todo es pasajero en este mundo, y llegó un
día en que el príncipe, fuese porque se hubie-
se entibiado su amor, fuese porque se hubie-
ran despertado en su alma sus antiguos rece-
los, comenzó a sospechar de la sinceridad de
los actos de su esposa. La virtud de Griselidis
le parecía un lazo tendido a su credulidad.
Sospechaba y dudaba de todo. Necesitaba
convencerse a sí misino de que sus pensa-
CUENTOS DE PERRAULT l6j

micntos carecían de base, de que eran sólo


quimeras los agravios con que soñaba, y para
conseguirlo usó de todo género de violencias.
Quería a toda costa separar la verdad de la
ficción.
— S i sus virtudes son reales—pensó—, los
más insoportables tratamientos no harán sino
fortalecerlas.
Condenó a la pobre Griselidis a la soledad y
la separó de todos los placeres de la corte.
Persuadido de que lo que más aman las mu-
jeres son sus vestidos y sus joyas, la privó de
ellas. Las perlas, los rubíes, los anillos de oro,
los collares de brillantes, todo se lo arrebató.
Griselidis, cuya honradez corría parejas con
una resignación a toda prueba, sufrió en si-
lencio los ultrajes de su esposo y le entregó
sin protestar cuanto le pedía.
— P a r a probar mi virtud—repetía Griseli-
dis—me atormenta mi marido. Estoy se'gura
de que este sufrimiento me es útil, pues que
él hará despertar más dulces sentimientos en
mi alma adormecida por un prolongado repo-
so. Si no es este el designio del príncipe, por
lo menos habré siempre de estar reconocida
al Señor, que por estos medios y proporcio-
nándome estos pasajeros males, ejercita mi
constancia y mi fe. Mientras deja rodar al
abismo tantas mujeres que corren desatenta-
168 CUENTOS DE PERRAULT

das hacia el placer, por un movimiento de su


bondad suprema me acoge a mí, me ampara
como a un niño y se afana por guiarme y co-
rregirme. Amemos su rigor. No se es feliz
hasta que se ha sufrido.
El príncipe, a pesar de esta ciega obedien-
cia, no se ablandaba.—Veo—se dijo un d í a —
el fundamento de esta virtud fingida. Com-
prendo ya por qué resultan inútiles los me-
dios de que me valgo. La he herido sólo en
cosas y lugares donde no está ya su amor. Es
indispensable que haga el último esfuerzo. Lo
que más ama en el mundo es la joven prin-
cesa. Si quiero probar a Griselidis ahí es donde
debo dirigir mis golpes. Urge que se la arre-
bate.
Acababa la pobre madre de dar el pecho al
tierno objeto de su ardiente amor. Recostada
en su seno jugaba y reía la princesita.
—Mucho la amáis—exclamó el príncipe con-
templando aquel cuadro.—Sin embargo, ne-
cesito separarla de vos. Quiero que en esta
edad tierna se la comience a educar lejos de
vos, con quien podría adquirir bruscos y rús-
ticos modales. La suerte me ha deparado una
dama de ingenio que sabrá educar a nuestra
hija en la práctica de todas las virtudes y el
ejercicio de todas las artes. Preparaos, pues:
van a venir a buscarla.
CUENTOS DE PERRAULT 169

Salió en seguida el príncipe de la habita-


ción, conmovido por su propia crueldad. No
podía ver con ojos enjutos el justo dolor de la
pobre madre.
Griselidis, bañado el rostro en lágrimas y
presa del más profundo abatimiento, quedó
perpleja ante la extraña orden de su marido.
Cuando el ministro encargado de realizar el
cruel mandato se presentó a la desgraciada
princesa:—Hay que obedecer—dijo la pobre,
y tomando a la niña en sus brazos la besó y
abrazó con infinita ternura.-—¡Qué amargo fué
su dolor! Arrancarle el hijo o arrancarle el co-
razón, todo es igual para una madre.
Cercano a la corte había un monasterio fa-
moso por su antigüedad, en el que moraban,
obedeciendo estrecha y rigurosa regla, jóve-
nes vírgenes. El cuidado'de una celadora pia-
diosa e ilustre era garantía de la santidad de
aquella casa. Allí silenciosamente y sin que
se declarase su origen, se depositó a la niña,
no sin ponerla antes en los dedos riquísimos
anillos, que despertaran en quien los viesen la
firme esperanza de una recompensa a los cui-
dados que a la tierna abandonada se dispen-
sasen.
El príncipe, que trataba de alejar, dedicán-
dose continuamente al ejercicio de la caza,
los remordimientos que sentía por su excesi-
I70 CUENTOS DE PERRAULT

va crueldad, temió volver a ver a la princesa


como puede temerse volver a ver a una fiera
a quien se ha arrebatado su cachorro.
No le sorprendió poco, cuando no pudo ex-
cusar su presencia ante la atribulada esposa,
encontrarla más sumisa y cariñosa que nun-
ca. Al sentir sus tiernas caricias, no pudo me-
nos el desconfiado príncipe de avergonzarse
por su conducta; pero venció aún su arisco
carácter y salió de la entrevista animado de
no muy buenas intenciones. Dos días después
se presentó de nuevo a la princesa, y entre fin-
gidas lágrimas le dijo que la niña había muer-
to. Este inesperado golpe hirió mortalmente
el corazón de Griselidis. A pesar de su inmensa
tristeza, sobrepuso a su dolor su deber de es-
posa, y al observar que el príncipe al verla
llorar palidecía, hizo por olvidar su desgracia
y trató de consolarle lo mejor que pudo.
Esta bondad suprema, esta prueba de fide-
lidad y pasión, conmovió el corazón del fiero
marido, que estuvo a punto de confesar que
las noticias que acababa de darle eran falsas.
Su genio receloso le impidió otra vez descu-
brir la verdad.
Fué empero tal, desde este día, la paz que
reinó entre los esposos, que sólo puede igua-
larse a la de los comienzos de una dichosa
luna de miel.
CUENTOS DE PERRAULT 171

Quince veces el sol formando las diversas


estaciones habitó alternativamente en sus
doce moradas, alumbrando de continuo el
amor de aquellos cónyuges. Si de cuando en
cuando el príncipe se complacía por capricho
en enfadar ligeramente a la princesa, era sólo
para que su amor no se amortiguase. Hacía lo
mismo que el herrero, que para redoblar el
calor del horno derrama gotas de agua sobre
la brasa cuyo rojo color languidece.
En tanto crecía la joven princesita y su ta-
lento y su modestia crecían a la par. Unía
aquella joven perfecta a la agradable y noble
expresión de su padre, la belleza, la dulzura y
la sencillez de Griselidis. Un joven magnate
de la corte, gallardo y hermoso como ella, la
vio un día asomada a una reja, y sintió desde
entonces por la joven un amor desesperado y
violento. No tardó la princesa en comprender
que era amada. Resistió algún tiempo, pero
fué pronto vencida. ¿ Y cómo no si el tal aman-
te reunía todas las buenas cualidades de que
es susceptible un hombre? El mismo príncipe
le había escogido hacía mucho para su yerno.
Alegróle en extremo al príncipe la pasión
que abrasaba a los dos amantes; pero se apo-
deró de él el horrible deseo de hacer comprar
al elegido de su hija, con crueles tormentos, la
ventura a que aspiraba.
172 CUENTOS DE PERRAULT

— M e complaceré—se dijo—en hacerlos feli-


ces; pero es preciso que la mayor inquietud
haga el fuego de su amor aún más constante.
Al mismo tiempo me será fácil probar nueva-
mente la paciencia de mi esposa, no como
antes para desvanecer mi desconfianza, sino
para demostrar al mundo que es un ángel.
Declaró en seguida en público que no ha-
biendo logrado tener sucesión en que pudiera
el Estado encontrar algún día el continuador
de las glorias que él había conquistado, estaba
decidido a casarse con otra mujer y a repu-
diar a la princesa. Añadió que ya había esco-
gido quien podría convenirle, y que la mujer
en que pensaba era de ilustre nacimiento y es-
taba santamente educada en una casa de re-
ligión.
Puede juzgarse hasta qué punto entristeció
esta noticia el alma de los jóvenes enamo-
rados.
Dispuesto el príncipe a llevar hasta el fin
su plan, comunicó a su esposa que era preciso
que se separasen, porque el pueblo, indignado
por su plebeya procedencia, le obligaba a ha-
cer una alianza más digna.
— E s necesario—concluyó—que volváis a
vuestro antiguo y modesto albergue, después
que os hayáis cubierto con el traje de pastora
con que os conocí. Todo está ya preparado.
CUENTOS DE PERRAULT 173

Escuchó serena la princesa tan horrible


fallo, y sin que el dolor variase ni un momen-
to su dulce fisonomía, repuso:
—-Sois mi esposo, señor. Por espantoso que
sea cuanto acabo de oir, sabré haceros ver que
no hay para mí nada más agradable que obe-
deceros.
Despojóse inmediatamente de su rico traje
y de sus preciosas alhajas, y sin decir una pa-
labra, vestida otra vez de pastora, se dispuso
a abandonar el palacio. Antes de salir de él
detuvo al príncipe y le habló de esta manera:
— N o puedo alejarme de vos sin suplicaros
que me perdonéis el haberos disgustado. Pue-
do sufrir resignada el peso de mi miseria y de
mi desdicha; pero no podré, señor, soportar
nunca vuestro disgusto. Concededme, pues, esa
gracia, y viviré contenta en mi pobre choza,
sin que ni el tiempo ni la tristeza alteren
jamás el respeto y el amor que por vos siento.
Tanta humildad y tanta grandeza de áni-
mo despertaron en el príncipe todos los ardo-
res de su pasión primera. Iba ya, conmovido
por tan poderosos virtudes y próximo a verter
sincero llanto, a suspender la orden de destie-
rro y a abrazar a su esposa, cuando el impe-
rioso anhelo de ser firme en sus resoluciones,
le detuvo y le obligó a responder con agrio
tono:
174 CUENTOS DE PERRAULT

— D e todo lo pasado no me resta, señora, el


menor recuerdo. Me satisface veros arrepen-
tida. Marchaos ya. Es hora de que partáis.
Alejóse Griselidis, y mirando a su padre, al
que habían vuelto a vestir con su rústico traje,
y que con el corazón partido por el dolor llo-
raba tan súbita mudanza:—Volvamos—excla-
m ó — a nuestros antiguos lugares; volvamos a
nuestra salvaje vivienda, abandonemos sin
disgusto las pompas de paLacio. No hay en
nuestra cabana magnificencia, pero en cam-
bio en ella recuperaremos la tranquilidad y
el sosiego perdidos.
Cuando llegó a la choza tomó Griselidis la
rueca y el huso y se fué a hilar a la orilla del
mismo arroyo junto al cual la había hallado
en otros tiempos el príncipe. Allí pidió al cielo
cien veces al día que colmase a su esposo de
gloria y de riquezas. Un amor alimentado por
continuas y dulces caricias no es mayor ni
más ardiente que el suyo.
No satisfecho aún el príncipe con tanta
crueldad, mandó a los pocos días a buscarla
y le habló así:
—Griselidis, es preciso que la princesa a
quien quiero dar mi mano en el templo esté
contenta de vos y de mí. Quiero que me ayu-
déis a ser agradable al objeto de mi amor.
Emplead toda vuestra habilidad y vuestro
CUENTOS DE PERRAULT 175

saber en arreglar con gusto y elegancia su ha-


bitación.
Tal como a las puertas de Levante se mues-
tra la naciente aurora, tal apareció cuando
llegó a palacio de espléndida y bella la prin-
cesa a que Griselidis había de servir. Al verla,
sintió Griselidis renacer su maternal amor. —
¡Ah!—pensó—si mi hija no hubiese muerto,
sería casi tan bella y alta como esta princesa.
Desde aquel momento amó con vehemencia
a la joven, tanto que cuando estuvo a solas
con el príncipe:—Perdonad, señor—exclamó—
que os haga notar que esta princesa encanta-
dora de que vais a ser esposo, no podrá sopor-
tar los mismos tratamientos que de vos he re-
cibido. La miseria y mi obscuro nacimiento
pudieron fortalecer mi naturaleza hasta per-
mitirla soportar tan duros trabajos; pero ella,
que jamás ha conocido el dolor, moriría si la
hablaseis una vez con acritud. Y o os suplico
que la tratéis con dulzura.
—Pensad sólo—repuso el príncipe—en ser-
virme lo mejor que podáis. No consiento que
una pastora se entrometa en mis asuntos y me
dé consejos.
Griselidis bajó los ojos y se retiró.
Llegaron al poco rato, de todas partes, prín-
cipes y nobles invitados a la boda.
Cuando estuvieron reunidos en uno de los
I 6
7 CUENTOS DE PERRAULT

más espaciosos salones de palacio, el príncipe


les dirigió la palabra en estos términos:
— N a d a en el mundo, después de la espe-
ranza, hay más engañador que la apariencia.
Ved el ejemplo. ¿Quién no creerá que mi pro-
metida es en este momento feliz? Nadie; pues,
sin embargo, es ahora más desgraciada que
nunca. ¿Quién no creerá que ahoga a Griseli-
dis el dolor y la pena? No se queja empero de
nada y lo consiente todo. ¿Quién no creerá, en
fin, que estoy satisfecho al contemplar los
atractivos de mi amada? En realidad, si sin-
tiera el amor necesario para unirme a ella,
sería un desventurado. El enigma os parecerá
difícil de descifrar. Dos palabras bastarán a
descubrirlo todo y a desvanecer en un mo-
mento tantas tristezas. Sabed que la bella
princesa que suponéis mi futura esposa, es mi
hija, y la doy por compañera al noble que hace
tiempo la ama con pasión loca y es por ella
amado con delirio. Sabed también que, arre-
pentido de los muchos sinsabores por que mis
injustas desconfianzas han hecho pasar a Gri-
selidis, la vuelvo a mi cariño deseoso de ha-
cerla olvidar, con todo género de prosperida-
des, el duro y bárbaro trato a que la he tenido
sometida.
Al oir tales palabras volvió la alegría a to-
dos los corazones. La princesa se arrojó con-
CUENTOS DE PERRAULT 177

movida a los pies de su padre y le abrazó con


amor. Levantóla el príncipe y besándola emo-
cionado, la condujo a donde estaba Griselidis,
a quien tanta y tan súbita dicha privó mo-
mentáneamente del conocimiento. La que con
resignación había soportado el dolor, no pudo
serena soportar la alegría.
Vistió de nuevo Griselidis sus vistosos tra-
jes, y aquel mismo día se celebraron las bodas
de su hija.
Todo fué durante mucho tiempo fiestas y
bailes, torneos, juegos y festines.
Griselidis fué en estas fiestas blanco de todas
las miradas y objeto de la admiración de todos.
El pueblo, entusiasmado con su príncipe,
alabó la prueba cruel a que había sometido a
la pastora. Gracias a esa prueba ha podido
pasar a la posteridad un tan raro ejemplo de
virtud y resignación.

FIN
INDICE

Pitia**

Prólogo 5
Biquet el del Copete 13
Caperucka encarnada 25
Las Hadas 29
Barba Azul 35
La bella dormida en el bosque 45
E l gato con botas 61
Cenicienta. . . . 69
Pulgarito. . . 81
Piel de asno 97
La sagaz Princesa o las aventuras de Pi-
carilla 121
Griselid«s 155

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