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Tony Mifsud s.j.

Dejarse cuestionar
por el Evangelio
Contenido Misericordia, no sacrificios
Misión
Acogida y Envío
Alegría No se dejen engañar
Apóstol Santiago Nuestra Señora del Carmen I
Anunciación Nuestra Señora del Carmen II
Ascensión
Ascensión del Señor Orar sin desanimarse

Bautismo de Jesús Paráclito


Bienaventuranzas Pedro camina sobre el mar
Bodas de Caná Pentecostés
Buen Pastor I Perdón
Buen Pastor II Puerta estrecha
Buen Samaritano
¿Quién dice la gente que soy Yo?
¿Cómo esperar?
Conversión Resurrección
Conviértanse
Cristo Rey Sagrada Familia I
Sagrada Familia II
Domingo de Ramos Samaritana
San José
Epifanía del Señor Sembrador
Esperanza y don Señor, ¿a quién iremos?
Señor, enséñanos a orar
Familia I
Familia II Talentos
Fariseos Tiempo de Espera
Trabajadores de la viña
He venido a traer la división Trinidad
Humildad
Vida como servicio
Jesucristo, Rey del Universo Vino nuevo en odres nuevos
Jesucristo, Rey del Universo Viñadores asesinos
Jesús nació en un establo Virgen del Carmen
Joven rico Vocaciones I
Juan el Bautista Vocaciones II

Leprosos y agradecimiento Yo soy el pan de vida

Matrimonio
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PRESENTACIÓN

“Dejarse cuestionar por el Evangelio” no es sólo el título sugerente de un nuevo libro de mi


hermano, el P. Tony Mifsud. Es mas bien la actitud que refleja su alma de hombre inquieto y
transparente, siempre abierto a las preguntas de Jesús. Lo hace como cristiano, a veces, con
un toque de angustia. Lo hace como teólogo moralista, procurando ser fiel a las propuestas del
Señor más que a las respuestas fáciles que en estos tiempos nos gustaría escuchar. Lo hace
también como pastor, abriendo la pregunta a quienes quieran compartirla con él. Y esto lo digo
en propiedad pues, en los años que junto a P. Tony compartí el servicio del CELAM, nunca dejó
de recordarme, con su actitud y su palabra, que el Evangelio más que una respuesta es una
interpelación dirigida al corazón del hombre, precisamente para abrirnos al don de la salvación.

Esta vez el P. Tony nos regala el fruto de su meditación semanal, y a veces, cotidiana. Son
temas basados en sus homilías que están ordenados de una manera pedagógica para facilitar su
lectura. Hay textos que sirven para adentrarnos en el misterio del Señor: la Anunciación, el
Nacimiento, la Resurrección, Pentecostés… Otros nos ayudan a penetrar mejor alguna de las
figuras centrales del Evangelio: la Virgen María y San José, San Juan Bautista, la Samaritana,
el Joven rico... Otros nos hablan de actitudes del corazón como la alegría, la esperanza, la
oración, el perdón o la vida entendida como un servicio. Otros se adentran en la vocación y la
misión… En fin, son sesenta y dos los temas que, esta vez, pasan por el corazón orante del P.
Tony antes de volverse palabra propuesta a sus hermanos y hermanas en la fe.

No hay textos mejores ni peores en este pequeño “diccionario bíblico” manual. La elección y su
valoración depende del estado del alma del lector, pues todos ellos apuntan a rasgos muy
centrales de nuestro seguimiento del Señor. Por esa razón se puede leer página por página,
siguiendo el orden del abecedario, como una fuente de meditación cotidiana. O bien, se puede
buscar un tema en que nos queramos adentrar. Personalmente leo y releo el texto sobre “el
perdón” que muestra al varón que lo ha ejercido y que, por lo mismo conoce su significado.

En todo caso, más allá del estado de mi alma, el libro es un brote más de este renacer de la
Palabra de Dios que nutre con savia siempre nueva nuestra vida personal y social, nuestras
relaciones de justicia y de amistad, los anhelos más profundos y los proyectos que ocupan
nuestros días. Y, un dato nada secundario, de la Palabra escuchada y celebrada en la comunidad
litúrgica, que junto con acoger con alegría esta conversación con el Dios de la vida, procura
encontrar su actualidad, su vigencia y pertinencia.

Termino esta presentación expresando mi profunda gratitud por lo que el P. Tony escribe, pero
mucho más, por lo que el P. Tony es en la simplicidad siempre fraterna de su persona y de su
ministerio. Todo el que lo conoce sabe bien que él evita el reconocimiento y la alabanza
mientras pone sus dones, tan apreciables, al servicio de quien los necesite, con la simple
actitud de un aprendiz.

P. Cristián Precht Bañados


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INTRODUCCIÓN

Siempre cabe el peligro de tomar por supuesto lo que anuncia el Evangelio, una especie de pre-
comprensión que es fruto de haberlo escuchado muchas veces. En estas páginas se invita al
lector orante a dejarse sorprender por la palabra inspirada, a dejarse interpelar por su
mensaje, a dejar espacio a la novedad que el encuentro con Dios siempre conlleva.

La verdadera escucha del Evangelio no deja indiferente porque implica tomar una opción frente
a la palabra pronunciada, frente a la Palabra que se hizo carne y puso su morada entre
nosotros (Jn 1, 14). Sin embargo, también es posible no escuchar esta palabra y, entonces,
acontece lo que dice San Juan: Vino a su casa y los suyos no la recibieron (Jn 1, 11).

Es que ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de
dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y las
médulas; y escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón (Carta a los Hebreos 4, 12).

A lo largo de estas páginas, y reflexionando sobre los distintos acontecimientos que nos
presenta la Sagrada Escritura, se invita al lector orante a dejarse cuestionar por el Evangelio,
a que la palabra del Evangelio se haga carne en su vida cotidiana, a que acontezca un antes y un
después, confiando en la fuerza del Espíritu más que en un estéril voluntarismo de aquel que
piensa que se la puede solo.

Las reflexiones que se presentan tienen su origen en las prédicas dominicales. Por ello, al
comienzo de cada tema, se encuentran los textos bíblicos correspondientes. Verónica Anguita
tuvo la paciencia de hacer todo el trabajo de edición de los textos; por consiguiente, a
Verónica va dirigida una palabra de reconocimiento y de agradecimiento ya que, sin su trabajo,
este escrito no hubiera salido a la luz pública.

Tony Mifsud s.j.


23 de junio de 2006
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Éx 19, 1 – 6
Romanos 5, 6 – 11
Mateo 9, 35 – 10, 8
Acogida y Envío

La vida de un cristiano no es el resultado del azar ni del destino impersonal, sino una vocación.
Dios Padre nos ha escogido, llamado y, si aceptamos, enviados a proclamar la Buena Noticia de
que en Él, y sólo en Él, la vida encuentra pleno y auténtico sentido.

Dios Padre nos acoge en Su Hijo y nos envía bajo la guía del Espíritu Santo, el Espíritu del
Padre y del Hijo. Dios nos ama de manera incondicional. El Creador se ha enamorado de su
creatura. San Pablo nos recuerda: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por
nosotros cuando todavía éramos pecadores”. No cabe duda de que, como dice San Pablo,
“difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo”, y, no obstante, Jesús
padece la crueldad de una muerte escandalosa en la cruz. para abrirnos el camino hacia el
Padre.

El Evangelio subraya la mirada de Jesús, llena de ternura y de compasión, frente a la fatiga, el


abatimiento, y la desorientación que conocemos demasiado bien. Su mirada es una de acogida,
no de rechazo; de perdón, no de condenación; de ánimo frente al agobio que a veces toma
posesión de nuestras vidas.

Pero, Dios no sólo nos acoge sino confía en nosotros y nos envía, a cada uno, a ser sus discípulos
en la sociedad actual. “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos” dice Jesús
con tristeza. Es que depende de cada uno, como miembro activo de la Iglesia, aceptar o
rechazar esta invitación de Dios. Dios no obliga, sino invita, porque respeta profundamente
nuestra libertad.

¿Creo, de verdad, que mi vida, no sólo tiene sentido, sino que tiene una misión concreta que
cumplir? ¿Creo que Dios me ha escogido para algo especial, tan especial que sólo yo puedo
cumplir y que este llamado pende desde toda la eternidad? ¿Creo que mi vida y mi futuro es
fruto del amor y no del azar? ¿Me atrevo a colocar mi nombre en la lista de los apóstoles que
aparece en el Evangelio, como personas que fueron también enviados a proclamar la Buena
Noticia?

Nuestra vocación es un gran privilegio pero también una gran responsabilidad. Hemos sido
llamados para llamar a otros. En el Evangelio de San Mateo se repite tres veces la acción de
sanar. La proclamación del Evangelio se hace creíble cuando se acompaña con una acción
correspondiente. Nosotros nos hacemos creíbles en la sociedad cuando los hechos avalan y dan
testimonio de nuestras palabras.

San Antonio de Padua (comienzo del siglo XIII) decía: “La palabra tiene fuerza cuando va
acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen.
Estamos repletos de palabras pero vacíos de obras. (...) En vano se esfuerza en propagar la
doctrina cristiana el que la contradice con sus obras”.
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Si, de verdad, hemos acogido y gustado el amor del Padre en nuestras vidas, entonces
espontáneamente intentaremos regalarlo a otros, en la familia, en el trabajo, en nuestra vida
de cada día. Es que estamos invitados a entregar lo que hemos recibido. Si para Dios soy
alguien importante y hasta precioso a Sus ojos, entonces tengo que tratar a los otros, y a
cualquier otro, con esa misma dignidad y cariño; de tal manera que frente a mí el otro se siente
persona humana. En nuestra sociedad también tenemos a los leprosos, gente que está
separada, que tiene que vivir aparte, que está obligada a vivir fuera de las murallas de la
ciudad, tal como fue en los tiempos de Jesús.

Si queremos ser auténticos hijos de nuestro Padre Dios y discípulos de Jesús, entonces
estamos llamados a ser Buena Nueva para esta gente marginada; estamos llamados a tratar a
todos como persona humana, independientemente de su grupo social, género, raza, atributos,
etc.

Sobre este punto, la Carta de Santiago es muy clara y muy lúcida: “Supongamos”, argumenta
Santiago, “que entra en su asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y
entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigen su mirada al que lleva el vestido
espléndido y le dicen: Usted, siéntese aquí; y en cambio al pobre dicen: Tú, quédate allí de píe o
siéntate a mis píes. ¿No sería esto hacer distinciones entre ustedes y ser jueces con criterios
malos?” (Sant 2, 2 – 4).

La vida suele endurecer nuestro corazón. Es una manera de defenderse. Pidamos al Padre que
nos regale un corazón lleno de compasión y de ternura para que seamos siempre vulnerables
frente a las necesidades de otros.

Isaías 61, 1 – 11
1 Tesalonicenses 5, 16 – 24
Juan 1, 6 – 28
Alegría

El apóstol San Pablo nos exhorta: Estén siempre alegres.

Pero, quizás, alguien puede preguntarse con toda honestidad si de verdad hay motivos para
estar alegres. A nivel mundial proliferan los conflictos. En América Latina hay muchos países
con problemas políticos y económicos. En el país, importantes instituciones han sido
fuertemente cuestionados por la sociedad. Hasta la misma comunidad de la Iglesia ha sido
ocasión de escándalo en la sociedad. Además, la acumulación de cansancio causado por un ritmo
de vida acelerado nos hace más intolerantes frente a los demás. Y cómo no mencionar los
límites y los defectos que cada uno encuentra en su propia vida, en su propia familia, en su
propio lugar de trabajo.
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Entonces, cabe la pregunta: ¿Por qué estar alegre? Porque la alegría es una opción de vida. La
alegría no desconoce la realidad de los hechos ni de las dificultades, pero sabe enfrentarlos.
Ser alegre no significa ser ingenuo ni ser indiferente frente a lo que pasa en la sociedad. Ser
alegre significa tener esperanza, una esperanza contra toda esperanza (cf. Rom 8, 18 - 25),
como nos enseña San Pablo. Y una esperanza contra toda esperanza sólo resulta posible en la
fe. Al creer, uno tiene esperanza frente a los fracasos, frente a las dificultades, frente a los
problemas, en una palabra frente a la vida diaria que nos toca vivir. Aún más, en la esperanza
se comienza a mirar con ojos distintos, rescatando también lo bueno y lo positivo que existe en
la sociedad, en las familias, en la propia vida.

Nuestra esperanza se basa en el amor incondicional de Dios hacia nosotros. El texto mesiánico
del profeta Isaías que hemos escuchado, nos recuerda que Él que va a nacer es el Señor, el
propio Hijo de Dios, el rostro humano del Padre. Jesús nos trae la Buena Noticia que consiste
en la cercanía de Dios, una cercanía a nuestra pobreza, a nuestras heridas, a nuestras
esclavitudes. Y en esta cercanía nos ofrece la liberación, la fuerza para mirar de frente los
problemas y confiar que lo imposible para el ser humano es totalmente posible para Dios (cf.
Mt 19, 23 - 26), tal como nos enseña Jesús. Él nos dice: “¡Todo es posible para quien cree!”
(Mc 9, 23). ¿Creemos que para Dios todo es posible con tal que confiemos en Él? Una y otra
vez en los Evangelios, Jesús repite la misma frase: tu fe te ha salvado. Dios no es un mago sino
respeta la libertad, la opción de cada uno. Si no ocurren milagros no es porque falla Dios sino
porque nuestra fe es débil y, en el fondo, no creemos de verdad que los milagros son posibles.

Juan el Bautista fue muy claro con la gente. Yo no soy el Mesías. También tenía plena lucidez
sobre su misión: preparar el camino del Señor. Por ello, les dice: en medio de ustedes hay
alguien al que ustedes no conocen. Su misión consiste en señalarlo a la gente.

Estamos llamados a buscar a este Señor que ha estado presente en nuestra vida diaria,
especialmente en nuestros tiempos difíciles y de agobio. Pero nosotros no siempre hemos
sabido reconocerlo porque hemos mirado hacia fuera o en los lugares equivocados. Él está en
medio de nosotros.

Ojalá que preparemos nuestro corazón para dejarle un lugar en nuestras vidas donde Él pueda
nacer. Pero también es preciso no poner condiciones para que Él nazca dónde Él quiera. Eso
significa que el niño Jesús va a escoger el pesebre en nuestras vidas, aquella parte nuestra que
está llena de pobreza y de heridas. Jesús no nació en Roma, en la capital del Imperio, sino en
el pueblo totalmente desconocido de Belén.

Por ello, es una profunda alegría que Dios quiera nacer justo en el lugar donde otros, y uno
mismo, prefiere no estar. Por ello, también, san Pablo nos dice: Den gracias a Dios en toda
ocasión. Una alegría agradecida por todo lo que el Padre Dios quiere obrar en nosotros, tan
sólo si le dejamos un espacio.

Y esto es exactamente lo que se celebra en Navidad, porque la celebración de la Eucaristía es


justamente una acción de gracias por este Dios cuyo único interés es salvar y no condenar.
Jesús dijo: No he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo (Jn 12, 47; cf. Jn 3,
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17). En otra ocasión explica su misión diciendo que ha venido a buscar y salvar lo que estaba
perdido (Lc 19, 10).
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Mateo 20, 20 - 28
Apóstol Santiago

El apóstol Santiago, junto con Pedro y Juan, fue testigo más cercano de la vida de Jesús al
presenciar la Transfiguración y la Agonía de Getsemaní. Esta cercanía privilegiada de Santiago
a la Persona de Jesús le dio la fuerza necesaria para ser el primero de los Doce en sufrir el
martirio (Act 12, 2).

El evangelio nos presenta la petición de la madre de Juan y de Santiago a Jesús para que sus
hijos compartieran el honor de sentarse el uno a la derecha y el otro a la izquierda del trono
una vez que se establezca el Reino.

Este episodio se encuentra en el contexto del capítulo veinte de San Mateo cuando Jesús va
explicando los criterios divinos, los valores del Reino. Jesús va describiendo quién es el grande
y el pequeño a los ojos de Dios; también anuncia por tercera vez su pasión. Es justamente en
este contexto que los discípulos se pelean entre sí sobre los lugares de honor.

Claramente, los discípulos no habían entendido mucho porque Jesús tiene que explicar que el
honor se mide en términos de servicio y el auténtico poder como una vida de entrega. El ser
discípulo de Jesús no constituye un privilegio sino una misión para el servicio hacia los demás.
Jesús testimonia con su propia vida esta gran verdad porque el Hijo del Hombre no vino para
ser servido sino para servir y dar su vida como precio por la libertad de muchos .

La vida y la enseñanza de Jesús contradicen totalmente los valores predominantes en nuestra


sociedad donde el ser servido es signo de grandeza y de importancia. Lamentablemente siguen
aún muy vigentes las palabras del Evangelio cuando se declara que los gobernantes mundanos
dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos les hacen sentir su autoridad .

Pero Jesús nos recuerda que entre ustedes no debe suceder así. Para Jesús el secreto de la
vida está en ayudar al otro, en entender la propia vocación como un servicio, en buscar cómo
mejorar la condición de vida de tantas personas que padecen necesidades, en hacer realidad la
dignidad inalienable de toda persona humana.

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres porque somos sus criaturas y sus hijos.
Confiar en Dios significa confiar que sus criterios son mejores que los nuestros, que Él sabe
más sobre nuestro bien y nuestra felicidad que nosotros mismos. El nos creó y por
consiguiente nos conoce más que nosotros a nosotros mismos Sólo en el servicio
descubriremos el sentido de la propia existencia y seremos fuente de vida para otros.

Somos hijos de nuestra época y no estamos exentos de la tentación del poder entendido como
dominio sobre el otro. Bien nos recuerda san Pablo que llevamos ese tesoro en recipientes de
barro. Pero nuestra misma debilidad debe ayudarnos a ser humildes y reconocer que
necesitamos constantemente la ayuda de Dios. Reconocer los propios errores es reconocer en
el fondo que la salvación no procede de nosotros sino de Dios.
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Se nos ha hablado mucho y por largo tiempo de los peligros relacionados con nuestra
sexualidad, pero muy poco sobre la tentación que tenemos relacionada con el poder, fruto
muchas veces de ocultar nuestra profunda inseguridad. No deja de ser relevante que el primer
pecado de la humanidad registrado en la Biblia trata del poder: la persona humana que no
acepta ser criatura y se rebela porque quiere ser como Dios y dictar para sí mismo lo que es
bueno y lo que es malo.

Este afán por el poder es el pecado original de la humanidad, porque al no aceptar nuestra
condición de criaturas entramos en una relación de dominio sobre el otro para probar lo que no
somos. Dios misericordioso se hace hombre para estar al servicio de la humanidad pero la
humanidad entra en una relación de poder sobre el otro para ser como dios. Una contradicción
que niega nuestra fe.

El Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestras opciones más profundas. ¿Entendemos
nuestra vida como un servicio? ¿Nuestra relación con el otro en la vida cotidiana es expresión
de este servicio o simplemente un intento de dominarlo para sentirnos alguien importante?
¿Estamos dispuestos a tomar en serio nuestra condición de criatura, abandonándonos en las
manos del Padre Dios, o nos rebelamos buscando poder para ocultar nuestra inseguridad
existencial?

La tentación del poder no pertenece tan sólo a la esfera pública sino nos interpela en nuestra
vida personal y cotidiana, en nuestras relaciones familiares y laborales. El machismo, la falta
de diálogo en la familia, el afán enfermizo de poseer por encima del ser son expresiones
patentes de un poder que no busca estar al servicio del otro sino de afirmarse frente al otro
dominándolo.

El apóstol Santiago reconoció su error y cambió radicalmente su vida. Al abandonar el afán por
el poder, supo entregar su vida por el Señor.

La fuerza de Dios es superior a nuestra debilidad. Esta es nuestra esperanza, si aprendemos a


ser humildes, reconociendo nuestra condición de criaturas amadas sin condición por Dios y
dispuestos a entregar nuestra vida en el servicio por el otro, especialmente hacia el más
necesitado. Es el contenido del misterio pascual: sólo en la entrega por el otro encontramos el
sentido más profundo de nuestra propia vida y existencia.
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2 Samuel 7, 1 – 16
Romanos 16, 25 – 27
Lucas 1, 26 – 38

La Anunciación

En la carta a los cristianos de Roma, san Pablo nos anuncia que, con el nacimiento de Jesús, se
revela el gran misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad y que ahora se ha
manifestado. ¿Cuál es este gran misterio? El misterio es la promesa mesiánica de Dios que fue
pronunciada desde antiguo. En el segundo Libro de Samuel, Yahvéh, a través del profeta
Natán, hace una solemne promesa a David: Yo elevaré después de ti a uno de tus
descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas, y afianzaré su realeza. Seré un padre para
él, y él será para Mí un hijo.

En la Anunciación, Dios es fiel a su promesa. La Virgen María, lógicamente, queda


desconcertada con las palabras del ángel Gabriel y, aún más, totalmente confundida con el
anuncio que va a dar a luz un hijo sin haber tenido relación con ningún hombre. Sin embargo,
acepta libremente que el plan de Dios se realice en ella, porque no hay nada imposible para
Dios. El signo concreto de esta misericordia infinita de Dios es el hecho de que su prima
Isabel, en su vejez y a pesar de su esterilidad, ya se encuentra embarazada.

Por consiguiente, el misterio que se revela consiste en la voluntad divina de salvar a la


humanidad, mediante el nacimiento del propio Dios en el Hijo Jesús de la Virgen María.
Ciertamente es un misterio. Que Dios se haga hombre y que nazca de una virgen no es algo
usual. Pero el misterio, en su sentido teológico, no consiste en lo esotérico, en lo oculto, en lo
inexplicable. En el cristianismo, la palabra misterio hace referencia a la incomprensión humana
frente a la decisión de Dios. En las palabras de san Pablo, este Dios que “siendo de condición
divina” fue capaz de despojarse “de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose
semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz” (Fil 2, 6 – 8).

Este es el gran misterio de nuestra fe. Dios, por amor a la humanidad, asume nuestra condición
y nuestro pecado para allanarnos el camino al Padre y recuperar para nosotros la identidad más
profunda de nuestra existencia y de nuestra razón de ser. Por ello, frente al misterio
cristiano no cabe tanto la investigación y la comprensión intelectual, cuanto la contemplación
amorosa y tomar una decisión al respecto: aceptar o rechazar. No podemos comprender a
Dios, pero sí podemos tomar postura frente a lo que se nos ofrece. La Palabra se hizo carne y
puso su Morada entre nosotros (Jn 1, 14) nos dice San Juan, pero ahora toca a nosotros
pronunciar nuestra palabra frente a este acontecimiento divino. La Virgen María tampoco
comprendió el misterio pero pronunció su fiat, su sí, porque creyó que todo es posible para
Dios.

¿Estamos dispuestos a pronunciar nuestro sí? ¿Estamos dispuestos a creer que en Navidad es
el mismo Dios que se acerca a nosotros, que nace entre nosotros, en lo cotidiano de nuestra
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vida diaria? ¿Estamos dispuestos a ser el pesebre de Belén, y no un palacio romano, para
hacerle espacio en nuestras vidas?

Aceptar la Navidad significa dejar espacio para la novedad en nuestras vidas, porque creemos
en la palabra de Jesús cuando nos sigue diciendo: Lo imposible para los seres humanos, es
posible para Dios (Lc 18, 27). La Virgen María se atrevió y Dios nació. Aceptar la Navidad
significa confiar y abandonarse en las manos de Dios. La Virgen María no comprendió pero
confió. Aceptar la Navidad significa creer que Dios es capaz de hacer grandes cosas en
nuestras vidas. La Virgen María, en medio de sus justificadas dudas, dijo: que se haga en mí
según tu Palabra, y cambió el curso de la historia desde el desconocido pueblo de Nazaret.

Si no estamos abiertos a la novedad de Dios en nuestras vidas diarias, ¿qué es lo que vamos a
celebrar con su nacimiento? ¿Va a ser la participación pasiva en un espectáculo o la aceptación
renovada y agradecida en este Dios que constantemente nos sorprende? ¿Estamos dispuestos
a pronunciar nuestro sí, aunque sea en medio de nuestro desconcierto y dudas? La Palabra se
hizo carne y puso su Morada entre nosotros , ¿deseamos comprometernos con esta presencia
divina en la historia de nuestras vidas y ser fieles testigos de ella en la sociedad? ¿Puede Dios
nacer de nuevo en el mundo de hoy a través de nuestro sí?

Hechos 1, 1-11
Efesios 1, 17-23
Lucas 24, 46-53
La Ascensión

La Ascensión de Jesús en la que vuelve al Padre para estar siempre con nosotros y para
acompañarnos hasta el final de los tiempos. Se inaugura, por tanto, el tiempo de la Iglesia,
nuestro tiempo, el tiempo de vivir la misión en nombre de Jesús. Por ello, Jesús promete la
presencia consoladora de Su Espíritu.

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”
(Hechos).

Jesús vuelve al Padre pero envía su Espíritu para que seamos testigos de Él en la sociedad. Es
el tiempo de la Iglesia, es nuestro tiempo en cuanto hemos sido llamados a ser testigos de la
obra salvífica de Dios obrada en la historia. Esta obra salvífica consiste en la predicación de
“la conversión para el perdón de los pecados”. Jesús nos enseñó el auténtico camino para la
profunda realización de toda persona humana: el camino del amor y una vida que se entiende en
términos de servicio, especialmente hacia el más débil, porque en la opción por el débil se hace
verdad el amor desinteresado y auténtico.

A Dios no le interesa tanto el pecado cuanto la conversión. El pecado le duele a Dios porque
nos hacemos daño a nosotros mismos. Él es el Padre misericordioso que espera nuestra vuelta
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al hogar. En la cruz, el poder del pecado ha sido derrotado. Es el tiempo de la gracia y de la


misericordia. Pero, para emprender el camino de la conversión, es preciso estar conscientes
del pecado que está presente en nuestras vidas y en la sociedad. Sólo entonces podemos ser
testigos del perdón que nos libera de la esclavitud y nos abre a una vida de servicio. La
aceptación del perdón nos permite emprender el camino de la conversión, el camino de nuestra
realización más auténtica y más profunda porque hemos sido creados a imagen y semejanza de
Dios.

Aún en nuestro hoy, Jesús nos llama a ser sus testigos. Somos hombres y mujeres con una
misión. Dios confía en nosotros porque sólo se entrega una misión a una persona digna de
confianza. Por ello, consciente de nuestra debilidad y nuestra fragilidad, nos promete la
presencia de Su Espíritu que nos da fuerza para poder ser testigos de Alguien más grande de
nosotros mismos.

Es lo que ocurre con los apóstoles: la venida del Espíritu les cambia radicalmente sus vidas. De
cobardes se vuelven hombres valientes y libres; de miedosos y encerrados salen para predicar
el nombre de Jesús. Si creemos en la fuerza del Espíritu, también este cambio puede ocurrir
en nosotros. ¿Creemos que la fuerza de Dios se la puede con nuestra debilidad? ¿Creemos que
aún podemos cambiar o todavía pensamos que ya no hay vuelta? El pensar que ¡Soy así y ya no
puedo cambiar! contradice la promesa de Jesús. Puedo cambiar si confío en la fuerza de Dios.

En nuestros días predomina la mentalidad pragmática. En nuestra sociedad ya no caben los


sueños. Hemos desechado la plaza de los poetas por la frialdad del mercado, donde no caben
los sueños porque lo único que cuenta son los números, y los números son impersonales. El
Evangelio nos invita a soñar de nuevo, a creer que podemos cambiar, a pensar una sociedad
siempre más humana y más justa. Lo importante es confiar en la fuerza de Dios, en la
presencia del Espíritu.

El relato de la Ascensión termina diciendo que los apóstoles volvieron a Jerusalén con gran
alegría. La misión de prolongar en nuestras vidas la obra salvífica de Dios nos invita a vivir con
profunda alegría. Es una alegría que no desconoce los obstáculos, los cansancios, las caídas; es
una alegría que brota del conocimiento de que Jesús no nos deja huérfanos porque Él está
siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos.

Es la alegría que nace cuando uno aprende a confiar en Él y en Su fuerza. Es la alegría de


saberse infinitamente amado por este Dios. Es la alegría de poder reconocer el propio pecado,
aceptar la propia debilidad, y confiar en la fuerza de Su Espíritu. Es la alegría de volver a
soñar porque para Dios todo es posible con tal de aprender a confiar en Él.
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Hechos 1, 1 – 11
Efesios 1, 17 – 23
Mc 16, 15 – 20
Ascensión del Señor

Los apóstoles permanecieron con los ojos puestos en el cielo, contemplando al Jesús Resucitado
que volvía al lado del Padre. Sin embargo, se les dice: Hombres de Galilea, ¿por qué siguen
mirando al cielo? Es que Jesús los había enviado: Vayan por todo el mundo y anuncien a todos
la Buena Noticia. Y los apóstoles obedecen a su Señor Resucitado porque fueron a predicar
por todas partes, animados por la presencia del Espíritu de Jesús que siempre los asistía. Aún
más, su palabra predicada llegó a ser creíble frente a sus conciudadanos porque esa palabra
fue confirmada por su acción milagrosa. Sus actos hacían verdad su palabra.

En los cuatro Evangelios, todo aquel que hace la experiencia de la Resurrección recibe una
misión. El que cree en la Resurrección del Señor se siente un enviado. El don del encuentro
con Jesús Resucitado viene acompañado por la exigencia de la misión, porque implica la opción
de seguir los pasos de Aquel que entendió su vida como servicio hacia el otro. Refiriéndose a
su vida, Jesús declara que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar
su vida como rescate para muchos (Mt 20, 28). Así, el discípulo está llamada a seguir el
ejemplo del Maestro: Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como Yo he hecho
con ustedes (Jn 13, 15).

Frente a la tentación de vivir una religión y una espiritualidad como un refugio alejado de la
realidad cotidiana, también a nosotros se nos dice hoy: ¿Para qué se han quedado mirando el
cielo? ¿Por qué quieren encontrar a Dios en la abstracción de un cielo y no en la realidad de
todos los días? No se llega a Dios prescindiendo de la realidad sino, todo lo contrario, sólo en
la realidad cotidiana se nos hace presente el Señor de la historia. La realidad no es una
distracción para el discípulo sino el lugar de encuentro con Dios que ama a la humanidad. Y
entonces lo cotidiano llega a tener un significado sacramental, porque la vida se torna servicio
y es en el servicio que nos espera el Señor. El mandamiento del Señor, ámense como Yo les he
amado (cf. Jn 15, 12), cobra una actualidad en el diario vivir, porque el amor agradecido a
Jesús se traduce en el empeño constante de querer al otro.

Pero no resulta tan fácil ser discípulo de nuestro Maestro, porque cuesta amar de verdad,
cuesta aceptar al otro, cuesta situarse en una sociedad que nos habla en un lenguaje tan
distinto al del Evangelio, cuesta mantener el entusiasmo en la repetición de todos los días,
cuesta salirse de uno mismo y pensar en el otro, cuesta levantarse después de una caída,
cuesta no perder la ingenuidad evangélica frente a la malicia humana; en una palabra, cuesta
amar, hasta a las personas que queremos.

Entonces, tenemos que cambiar las palabras que pronunció San Pablo cuando escribe: ya no vivo
yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20). Con toda humildad tenemos que pedir al
Señor que resucite en nuestras vidas, que tome posesión de ella, para que algún día podamos
decir: ya no amo yo, sino que es Cristo que ama en mí . Recibir la gracia de la Resurrección es
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devolver, libre y gozosamente, la propia vida a Dios, para que Él se haga presente en la
sociedad mediante nuestros pequeños gestos de todos los días.

Y cuando nos sentimos cansados y frustrados porque las cosas no cambian, cuando hasta en
nosotros mismos no percibimos la conversión que tanto deseamos, entonces es preciso
recordar las palabras de Jesús: No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento
que el Padre ha establecido. En vez de buscar frutos, lo mejor es confiar en que recibiremos
la fuerza del Espíritu Santo y volveremos a creer en los milagros.

Un milagro no consiste en que Dios se somete a nuestra voluntad y a nuestros deseos, sino,
todo lo contrario, el auténtico milagro es confiar en Dios, es vivir con una profunda paz en
medio de los problemas, es aceptar con valentía nuestras limitaciones porque Dios sabrá sacar
provecho de ellas. Sólo entonces le dejamos el protagonismo a Dios en nuestras vidas y habrá
milagros, porque nada es imposible para Dios si tan sólo lo dejamos actuar y no le ponemos
condiciones.

Isaías 42, 1 – 7
Hechos 10, 34 – 38
Mateo 3, 13 – 17

Bautismo de Jesús

Dios Padre crea a la humanidad a su propia imagen y semejanza, dotada de libertad. La


creatura abusa de su libertad porque no cree que los caminos de Dios son mejores para ella y
comienza una historia de destierro y esclavitud. No obstante, el Creador se enamora de su
creatura y, por medio del profeta Isaías promete la venida del Mesías, de Aquel que vendrá a
salvar a la humanidad, Aquel que será la alianza del pueblo, la luz de las Naciones, para abrir los
ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan
en tinieblas.

En Jesús de Nazaret, el Padre Dios cumple su promesa. Este es mi Hijo amado, en Quien me
complazco (Mt, 3, 17). Jesús de Nazaret es el Cristo, el Mesías, el Salvador. Y, en el libro de
los Hechos de los Apóstoles se resume toda la vida de Jesús el Cristo en una sola frase: pasó
haciendo el bien y sanando a todos.

Al celebrar el bautismo de Jesús, hacemos nuestra una profunda acción de gracias hacia el
Padre Dios que envió a Su propio Hijo para mostrarnos el camino correcto hacia la plena
realización de lo humano. A la vez, renovemos nuestro propio bautismo, ahora que somos
adultos, dando gracias por esta doble Buena Noticia que conlleva este sacramento: es decir, el
reconocernos como hijos y el privilegio de ser escogidos para seguir la obra emprendida por el
mismo Jesús en la historia.
14

El apóstol Juan nos recuerda con alegría: Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos
hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). Y el apóstol Pablo proclama la Buena Noticia de que
hemos sido adoptados por Dios como hijos, por ello, ya no eres esclavo sino hijo, y si hijo,
también heredero por voluntad de Dios (Gál 4, 7). En, y por el Hijo Jesús, Dios el Creador es
ahora nuestro Padre.

El mismo Jesús, una y otra vez, nos invita en el Evangelio a acercarnos a Dios como un hijo
hacia su padre (cf. Mt 5, 42 – 48; 6, 1 – 6; 6, 14 – 15; 10, 16 – 20; 10, 28 – 31; 23, 8 – 12). Al
enseñarnos a orar, Jesús nos suplica que comencemos sin muchas palabras vanas sino
simplemente pronunciar las palabras Padre nuestro. Es totalmente increíble pero Jesús nos
regala y comparte con nosotros su propio Padre. Así, somos todos hijos en el Hijo Jesús. Esta
Buena Noticia es totalmente incomprensible, pero Dios es amor y sólo sabe amar.

De niños nos echaron el agua bautismal cuando nuestros padres nos llevaron a la Iglesia y el
sacerdote nos proclamó como hijos de Dios. Ahora, vamos solos a la Iglesia y como adultos el
significado de esas palabras sin duda tiene más peso, sin dejar por ello de seguir siendo un
misterio, pero un misterio de amor que nos llena de dignidad y profunda gratitud hacia este
Dios tan misericordioso. Somos hijos de Dios. Esta es la experiencia fundante de nuestras
vidas, la que nos otorga la identidad más profunda como seres humanos. Y nadie,
absolutamente nadie, puede quitarnos esta condición filial.

La aceptación de ser hijo se hace verdad en el actuar como hijo del Padre Dios en la
prolongación de la obra del Hijo Jesús. Por ello, en el bautismo también se nos dice que somos
miembros de la Iglesia porque la Iglesia es la comunidad de aquellos que proclaman a Jesús de
Nazaret como el Cristo, el Mesías, Aquel que vino a salvar la historia de la humanidad.

Nosotros, todos y cada uno, somos la Iglesia; nosotros, todos y cada uno, somos responsables
de esa comunidad de discípulos de Jesús el Cristo. Somos iguales en dignidad aunque tengamos
distintas misiones que cumplir. Pero nadie es más que otro en la Iglesia, aunque tengamos
distintas responsabilidades que asumir. En esta Iglesia hemos nacido y la hemos aprendido a
querer, porque amar a la Iglesia es amar a esta comunidad. El consejo de san Agustín tiene aún
plena vigencia cuando nos anima a construir la comunidad en torno a tres principios: en lo
esencial se requiere unidad; en lo opinable se exige respeto; y en todo momento tiene que estar
predominar la caridad.

Lucas 6, 20 – 26

Las Bienaventuranzas

A primera vista, el Sermón de la Montaña ofrece un panorama bastante patético de lo cristiano


porque pareciera que para ser discípulo de Jesús uno tendría que ser pobre, hambriento, llorón
y perseguido. Aún más, ¡habría que saltar de gozo por estar tan mal!
15

Sin embargo, el protagonista de las Bienaventuranzas no es el ser humano sino el propio Dios.
Es decir, las Bienaventuranzas hablan de Dios y a quiénes se presenta como tal, como su
esperanza, su presente y su futuro.

Jesús va revelando al Padre y explica de quiénes el Padre se presenta como el Dios protector.
En las Bienaventuranzas, Dios Padre reclama para sí lo que la sociedad margina; protege a
aquellos que son descartados y desconocidos por el resto de la humanidad. Esta es la Buena
Noticia de Jesús: Dios es Padre de todos y, por ello, privilegia a aquellos que no son ni
considerados ni tratados como sus hijos. La sociedad margina y excluye, pero Dios ama e
incluye.

A la vez, Jesús advierte seriamente a aquellos que quieren vivir sin Dios, porque se consideran
autosuficientes y no reconocen su condición de creaturas. Así, advierte seriamente contra la
riqueza cuando se es poseído por ella, y, a la larga, resulta ser causa de pobreza de otros;
contra una vida superficial y light, que pierde el sentido más profundo de la vida como servicio
al otro; contra la adulación, porque busca el aplauso auto-referente y no la verdad del anuncio
del Otro.

Jesús, al presentar al Padre, también ofrece un programa de vida para aquel que desea ser su
discípulo. Nos dice con toda claridad al lado de quién, y al servicio de quiénes, habría que estar
en esta sociedad. Aún más, nos asegura que esta opción traerá la auténtica y la más profunda
felicidad.

No nos engañemos. Esto no es nada fácil. Con esta opción evangélica estamos plena y
totalmente en el terreno de la gracia. El Padre Hurtado escribe: “La enseñanza que se
desprende del Sermón de la montaña es de una austeridad extrema. El que quiera entrar por la
senda estrecha de los consejos cristianos ha de renunciar a todo para hallarlo todo” (s36y09).
En el fondo, es optar por los perdedores de la historia humana para ir construyendo la historia
de salvación del reinado del Padre donde sólo hay hijos y hermanos.

Este es el camino que nos ofrece el Rey Eternal. Por ello, en el triple coloquio San Ignacio nos
invita a pedir por la triple gracia: la austeridad como estilo de vida; una profunda libertad
frente al mero reconocimiento social; y la humildad como expresión de una auténtica confianza
en Dios.

Al respecto, el Padre Hurtado escribe: “El alma fiel a Cristo va subiendo, llevada por Jesús, a
una colina más y más alta... Un aire puro, una brisa ligera, transparente... de simplicidad, de
sinceridad, de ausencia total de pretensiones que llegan hasta el olvido del yo; una facilidad en
un vivir en renunciamiento interior, el amor a ser desconocido y tenido por nada; el gozo en
reconocer los propios fracasos, las miserias y debilidades, los defectos no culpables... Esta es
la auténtica liberación” (s35y23).
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Isaías 62, 1 – 5
1 Corintios 12, 4 – 11
Juan 2, 1 – 11

Bodas de Caná

El comienzo de la vida pública acontece en el contexto de una fiesta de bodas.

Jesús da comienzo a su ministerio público participando en la alegría de una boda, de unos


amigos que celebran su amor mutuo. La intención del evangelista san Juan es evidente: el
significado de la misión de Jesús consiste en sellar una alianza definitiva entre Dios y la
humanidad. En la persona del Hijo Jesús, Dios Padre obra la reconciliación de la humanidad,
mediante la cual la historia humana llega a ser una historia de salvación. Así, toda historia de
cada individuo, sin excepción alguna, mediante el perdón y la misericordia divina, se abre a la
posibilidad de ser un camino de salvación. La historia es testigo de este amor fiel de Dios
hacia la humanidad, de este matrimonio del Creador con su creatura.

Por ello, la vida de Jesús es una Buena Noticia para nosotros, una ocasión de profunda alegría
para aquel que cree y confía en Él. En este sentido la auténtica comprensión del Evangelio es
fuente de un gran gozo en nuestras vidas. No obstante, vale la pena preguntarnos si de verdad
somos testigos de esta profunda alegría en la sociedad, en la familia y frente a nosotros
mismos, o, más bien, vivimos con la cara larga y agobiados. ¿Refleja nuestra vida esta alegría
que brota de la fe?

El comienzo del ministerio público de Jesús no es un inicio sensacionalista ni una entrada


extraordinaria, sino un comienzo que encuentra su raíz en lo cotidiano y en lo sencillo. Jesús
soluciona el problema de los esposos, porque en una fiesta que solía durar una semana entera,
la falta de vino resultaba bastante molesta. Inevitablemente, hubiera sido un mal comienzo
para el matrimonio, un episodio que hubiera corrido de boca en boca, y de año en año, marcando
un pelambre que les hubiera acompañado durante toda la vida. Jesús, haciendo caso a la
observación maternal de María, ofrece una solución que no sólo saca de la angustia a los
esposos sino llega a asombrar hasta al encargado de vino.

También en nuestras vidas es en lo cotidiano donde Dios comienza su misión salvadora. Es la


experiencia del profeta Elías, que, cuando estaba totalmente deprimido y asustado, esperó el
consuelo de Dios en la manifestación de un huracán, de un temblor de la tierra, de un fuego
devorador, pero Dios no estaba en estos signos extraordinarios. Por el contrario, Dios le
aparece en la sencillez del susurro de una brisa suave (cf. 1 Reyes 19, 9 – 14).

El significado profundo de las Bodas de Caná aparece justamente en el último versículo: este
fue el primero de los signos de Jesús para manifestar su gloria. El milagro del agua que se
cambia en vino es un signo de una realidad más profunda: Jesús es el enviado del Padre para
nuestra salvación, Jesús es la respuesta a los anhelos de nuestras vidas. Así, el milagro es un
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signo de algo más grande. Si Jesús es capaz de cambiar el agua en vino, entonces es digno de
confianza y su palabra resulta creíble. Vale la pena preguntarnos si hemos sabido leer estos
signos divinos en nuestras vidas, si hemos sabido reconocer la presencia de Dios en los
pequeños detalles que nos rodean día tras día.

El episodio de Caná termina con las palabras y sus discípulos creyeron en Él. Las palabras de
Jesús están avaladas por acciones concretas que iluminan el significado más profundo de la
realidad. Los milagros no son tanto unos hechos extraordinarios en el sentido de
acontecimientos que van contra la ley de la naturaleza, cuanto signos que manifiestan la
identidad de Jesús y su misión.

La Virgen creyó en su Hijo Jesús y ofrece el único consejo que aparece proveniente de sus
labios en todo el Evangelio: hagan todo lo que Él les diga. Si Jesús es el enviado del Padre,
entonces se nos invita a hacer lo que Él nos dice para encontrar nuestro camino hacia el Padre,
para emprender la senda de la auténtica felicidad, porque existe la convicción de que sólo en Él
podemos realizarnos plenamente, sólo en Él encontraremos el sentido y la plenitud de la vida.

Es en la monotonía de lo cotidiano que Dios nos espera para reconocerlo; es en aquel que se
encuentra al lado que es preciso oír la voz divina; es en el necesitado que Dios gime de dolor; es
en la alegría sencilla que acontece la maravilla de la Resurrección; es a través de nuestras
acciones concretas que nos transformamos en sus discípulos. Es justamente en lo diario que
aprendemos a hacer todo aquel que Él nos diga, tan sólo si aprendemos a reconocerlo allá donde
Él nos espera.

Hechos 4, 8 – 12
1 Juan 3, 1 – 2
Juan 10, 11 – 18
El Buen Pastor I

Jesús nos repite las palabras: Yo soy el Buen Pastor: el buen pastor da su vida por las ovejas .

Después de haber celebrado la Semana Santa, esta promesa de Jesús se hizo realidad
histórica en la cruz y en la resurrección. Jesús dio su vida por nosotros, para que tengamos
vida y vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). Su fidelidad incondicional al Padre se expresó en su
estilo de vida cotidiano y si seguimos este mismo estilo de vida tenemos la seguridad de
encontrar el camino que conduce verdaderamente a la vida. Jesús es nuestro camino, nuestra
verdad y nuestra vida (cf. Jn 14, 6).

El estilo de vida de Jesús fue rechazado por sus contemporáneos, pero Pedro, inspirado por el
Espíritu de Jesús, proclama que este Jesús, rechazado y crucificado, fue resucitado por Dios
Padre. El Padre avala y confirma totalmente la vida, los hechos y las palabras de Jesús, su
Hijo. Por ello, sólo en Él existe la salvación, nuestra salvación. Él, y sólo Él, debe ser la piedra
18

angular en la construcción de nuestra vida diaria. Sólo en Él encontramos el sentido más


profundo de nuestras vidas y sólo con Él tendremos la fuerza de entender la vida como un
servicio desinteresado a los demás, especialmente a los más desprotegidos en la sociedad y en
la familia.

Pero san Juan da un paso más. No sólo estamos llamados a ser discípulos fieles sino ahora
también somos hijos del mismo Dios Padre. Jesús comparte con nosotros lo que más quiere, su
propio Padre. Jesús nos regala su propio Padre. Ahora, gracias a Jesús, somos hijos de Dios.
Esta inaudita ni imaginada noticia es subrayada por san Juan: nosotros lo somos realmente, y
reiterada con mucha fuerza para que no tengamos duda: desde ahora somos hijos de Dios.

Desde los comienzos del cristianismo, este amor inexplicable de Dios se ha presentado en
términos de la persona de Jesús como el Buen Pastor que cuida cariñosamente a sus ovejas. El
pastor pasa el día entero con sus ovejas, camina con ellas, se preocupa por su bienestar, y se
cansa con y por ellas. Las ovejas, para él, no son simplemente un elemento en la cadena de
producción ni una fuente de trabajo. Las ovejas son su vida. En nuestra mentalidad urbana
hemos perdido la profundidad de esta imagen campesina. Para nosotros unas ovejas son
simplemente animales, pero para el pastor llegan a ser la razón de su existencia.

El mismo Jesús, mediante esta imagen, se identifica con una parábola pronunciada por Él.
Jesús narra en la parábola de la oveja perdida (cf. Lc 15, 4 – 7) que el buen pastor deja el
resto de la manada para buscar la oveja que se ha desviado, y la buscará hasta que la
encuentre. Una vez encontrada, la pone contento sobre sus hombros y, llegando a casa, convoca
a amigos y vecinos. Está lleno de alegría. No hay lugar para el reproche sino sólo cabe el gozo.
Jesús termina la narración con las palabras: de igual modo habrá más alegría en el cielo por un
solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de
conversión (cf. Lc 15, 7).

El buen pastor no es un asalariado que hace el trabajo por dinero, sino uno que se entrega
totalmente y, por ello, dispuesto a pasar muchas incomodidades para cuidarlas. El buen pastor
se desvive por sus ovejas. Nadie le pide tanto sacrificio sino que él lo hace porque quiere
hacerlo. Nadie me quita la vida, nos recuerda Jesús, sino que la doy por mí mismo.

Las palabras de Jesús nos confortan porque está dispuesto a llevarnos a cada uno de nosotros
sobre sus hombros cuando nos encontramos perdidos o desviados en el camino de la vida. Pero
también son una misión: la de ser buenos pastores con los demás. No tenemos una vocación de
asalariados sino una de compañeros del Hijo. El Padre nos llama a compartir la misión de su
Hijo, comulgando con su estilo de vida.

Vale la pena preguntarnos, con toda honestidad, si vivimos nuestra fe con la mentalidad del
asalariado, si vivimos nuestra vida diaria con una mentalidad mercantil, si condicionamos
nuestra entrega al reconocimiento del otro, si buscamos tener éxito o ser coherentes, si
nuestro amor por los otros es gratuito.
19

Si estamos agradecidos porque Alguien está dispuesto a llevarnos sobre sus hombros en los
momentos difíciles, también tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a llevar a otros
sobre nuestros hombros cuando ellos nos necesitan.
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Hechos 2, 22 - 36
Juan 10, 11 - 15

El Buen Pastor II

Yo soy el Buen Pastor. Estas palabras quedaron profundamente grabadas en el corazón de los
primeros cristianos. Tanto es así que durante los primeros siglos la imagen de Jesús que
predominaba en las iglesias y en los hogares cristianos fue la de Jesús cargando una oveja
perdida sobre sus hombros. Jesús era recordado como el buen pastor, aquel que era capaz de
dar su vida para cuidar a su rebaño.

Sólo muchos siglos después, durante el tiempo de las cruzadas, cuando los ejércitos cristianos
intentaron reconquistar Jerusalén, la Tierra Santa, sólo entonces y después de muchos siglos,
se cambió la imagen del Buen Pastor por la de la Cruz. Pero, en los primeros siglos, el símbolo
del cristiano era la imagen del Buen Pastor porque Jesús era reconocido y recordado por la
comunidad cristiana como el Buen Pastor preocupado por su rebaño.

En el Evangelio, Jesús distingue el buen pastor del asalariado porque al asalariado le interesa
tan sólo cobrar su sueldo, mientras que al buen pastor le interesan las ovejas como sus ovejas.
Para el asalariado las ovejas son simplemente un trabajo, es decir, un medio para ganar dinero;
pero para el pastor las ovejas son su vocación, su preocupación constante.

Pero, ¿qué significa que Jesús sea el Buen Pastor? A través de esta imagen, Jesús va
explicando a la gente quién es Él y cuál es su misión. De hecho, las primeras dos lecturas que
hemos escuchado explican lo que Jesús quiso decir.

En la primera lectura, San Pedro explica al pueblo de Israel que Jesús, “al que ustedes
crucificaron” les dice, ha resucitado. Jesús enseñó, mediante sus palabras y sus acciones, el
camino verdadero que conduce a la vida auténtica y plena. Esta enseñanza le costó la vida a
Jesús, pero el Padre Dios lo resucitó para confirmar que esta enseñanza es auténtica y divina.
Por amor a nosotros, Jesús estaba dispuesto a pasar por la cruz para abrirnos el camino que
conduce a la vida. Tal como había dicho Jesús en la parábola: Nadie me quita la vida, sino que
la doy por mí mismo. Jesús estaba muy consciente del precio que tenía que pagar, pero, por
amor a nosotros, estuvo dispuesto a pagarlo.

Es que el verdadero amor tan sólo sabe de entrega, de darse, porque piensa en el bien del otro.
Jesús es el Buen Pastor porque busca la oveja perdida, la carga sobre sus hombros y la
devuelve al redil. Jesús nos tiene paciencia porque nos tiene cariño y siempre nos espera
cuando nos desviamos del camino correcto.

Pero hay más. En la segunda lectura, en la primera carta de San Juan, se nos anuncia que
Jesús no tan sólo nos ofrece la salvación, la auténtica felicidad, sino que también en Él ahora
somos auténticos hijos e hijas de Dios. ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos
llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente . Dios Padre, en el Hijo Jesús, nos
invita a ser sus propios hijos. Dios se presenta y quiere ser nuestro Padre.
21

Este es el mensaje central de nuestra fe: creemos en un Dios que se presenta y que desea ser
nuestro Padre. Se presenta como el Padre Misericordioso en la parábola del Hijo Pródigo, que
siempre nos espera con los brazos abiertos cuando nos desviamos del camino para que
retomemos el camino correcto. Dios quiere ser el Buen Pastor en nuestras vidas. Ahora
depende totalmente de nosotros el aceptar o el rechazar este ofrecimiento divino.

Realmente, esta Buena Noticia no nos deja indiferentes, porque cada uno de nosotros tiene que
decidir: aceptar o rechazar a este Dios que se nos presenta como Padre, que desea asumir el
cuidado de nuestras vidas, que siempre nos enseña el camino recto.

Aceptar esta invitación de Dios nos compromete porque tiene consecuencias muy concretas.
San Alberto Hurtado repetía siempre: si acepto a Dios como Padre, entonces me comprometo a
tratar a los demás como hermanos, porque todos somos hijos del mismo Padre Dios. Es decir,
creer en Dios Padre se traduce en el compromiso diario de interesarse por los demás, de
preocuparse por los otros, especialmente por aquel que se encuentra más marginado por y en la
sociedad.

Por lo tanto, vale la pena preguntarse si paso por la vida como un simple asalariado, cuyo único
interés es cobrar el sueldo y atender tan sólo a los propios intereses, o, más bien, como un
pastor, un buen pastor, que, a ejemplo del Maestro Jesús, se preocupa por los demás,
entendiendo la propia vida como un servicio hacia el otro. En la familia, en el trabajo, con los
amigos, ¿soy un asalariado aprovechador o un pastor solícito?

Es en el diario vivir donde se descubre la autenticidad de la fe cristiana.

Deuteronomio 30, 9 – 14
Colosenses 1, 15 – 20
Lucas 10, 25 – 37

El Buen Samaritano

Hemos escuchado tantas veces la parábola del Buen Samaritano que corremos el peligro de
perder su significado decisivo para nuestra vida como cristianos, como discípulos de Jesús. La
parábola del Buen Samaritano responde a la pregunta del Doctor de la Ley: ¿qué tengo qué
hacer para heredar la vida eterna? En otras palabras, es la pregunta por la salvación: ¿qué
tengo qué hacer para salvarme?

Es la pregunta por el todo, por lo más importante, por lo esencial. Por ello, la comprensión
atenta de la respuesta de Jesús resulta una necesidad vital. Así lo entiende el mismo Doctor
de la Ley, quien frente a la respuesta amar a Dios y amar al prójimo como a ti mismo , se
apresura a preguntar: entonces, ¿y quién es mi prójimo? Si la propia salvación depende del
amor al prójimo, urge hacer la pregunta: ¿y entonces a quién debo amar? para poder salvarme.
22

Al terminar la parábola, Jesús da vuelta a la pregunta. Si el escriba preguntaba al comienzo


por la definición de prójimo, ¿quién es mi prójimo?, Jesús termina con la pregunta práctica:
¿quién se portó como prójimo con el necesitado? A Jesús no le interesan las abstracciones
sino la realidad concreta y práctica. En otras palabras, la pregunta clave no consiste en el
interrogante sobre quién es mi prójimo, sino si yo hago del otro mi prójimo. El prójimo no es el
vecino sino aquel a quien yo hago que sea mi prójimo porque me preocupo por él.

Frente a la pregunta por la salvación, Jesús no responde sobre lo que hay que creer sino sobre
lo que hay que hacer. Jesús no le hace recitar un Credo (memorizar la fe) sino le invita a poner
en práctica su fe. Es que, en palabras de Jesús, “no todo el que me diga: Señor, Señor,
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. Por ello,
Jesús insiste: “todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el
hombre prudente que edificó su casa sobre roca”, mientras, por el contrario, “todo el que oiga
estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su
casa sobre arena” (Mt 7, 21.24.26). Frente a la tendencia de reducir nuestra fe a puras
palabras es bueno recordar que la misma Palabra se hizo vida (cf. Jn 1, 14).

En la narración de Jesús aparecen tres personas que pasan al lado del herido. Dos de ellas lo
vieron pero pasan de largo. Según las leyes rituales ni el sacerdote ni el levita podían tocar
cadáveres porque se harían impuros. En otras palabras, frente a la duda sobre el estado del
herido optan por ser fieles a las normas del culto. El tercero, el samaritano, vio al herido pero
no pasa de largo aunque tenía todas las razones por hacerlo ya que los samaritanos y los judíos
eran enemigos. Por el contrario, la vista de un hombre herido lo conmueve. Frente a la
necesidad del otro, aunque fuera judío, el samaritano se conmueve y lo ayuda.

Dos no se detienen pero uno es capaz de dejarse conmover por la necesidad del otro y se
detiene. Quizás en nuestros días no son exactamente las leyes del culto, de lo puro y de lo
impuro, las que constituyen una dificultad para detenerse. Probablemente, hoy en día es la
falta de tiempo lo que sería un obstáculo para no detenerse en el curso de la vida cotidiana.
Una de las frases que más nos decimos es: No tengo tiempo. El tiempo es uno de los bienes
más escasos en nuestros tiempos. Cuántas veces nos decimos: Tengo demasiado trabajo para
fijarme en lo que el otro necesita.

Realmente, esta parábola es un llamado para detenernos en la carrera cotidiana de nuestra


vida. Trabajamos por el otro, pero no tenemos tiempo para detenernos y estar con él. Es una
contradicción. Estamos tan apurados que a veces hemos llegado a ser esclavos del tiempo. Es
el tiempo el que nos dicta lo que tenemos que hacer y lo que simplemente no alcanzamos a
hacer. Lo decisivo en nuestras vidas ya no es la importancia de lo que tengo que hacer sino lo
que el tiempo me deja para poder hacer.

La Biblia nos recuerda que hay que encontrar un tiempo para todo lo importante, porque “todo
tiene su momento y cada cosa su tiempo” (Eclesiastés 3, 1).

Es preciso detenernos en nuestra vida acelerada y discernir cómo distribuir el tiempo. ¿Nos
damos tiempo para hacer lo más importante? Es el tiempo que dedicamos a hacer las cosas lo
23

que nos revela la importancia que damos a las personas y cuáles son las verdaderas prioridades
en nuestras vidas. Pidamos a Dios, el Señor del tiempo, para que aprendamos a compartir
también nuestro tiempo con el otro, el esposo con la esposa, los padres con los hijos y los hijos
con los padres. Sólo en el tiempo se aprende a conocer al otro y se requiere toda una
eternidad para aprender a amar al otro.

Miqueas 5, 1 – 4
Hebreos 10, 5 – 10
Lucas 1, 39 – 45

¿Cómo esperar?

El Adviento es un tiempo de espera y en nuestra vida diaria sabemos mucho de espera.


Lamentablemente somos impacientes y exigimos que todos nuestros deseos se cumplan
inmediatamente. Entonces nos desesperamos y entra la frustración que amarga nuestra vida.
No sabemos esperar porque tenemos la actitud espiritual del prepotente que lo exige todo.
Esperar significa asumir la actitud espiritual del mendigo, de aquel que lo espera todo y que
agradece cuando recibe algo. Tenemos que aprender a esperar.

● En la profecía de Miqueas se anuncia: Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes
de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel.

Jesús llega en la fragilidad y en la pobreza. Esta decisión divina destaca el valor de lo pequeño,
de lo insignificante a los ojos de los demás, de los pequeños detalles. Aquel que de verdad
aprende a esperar busca en todas partes e hurga en todos los rincones. El que de verdad
espera no pone condiciones a Dios y se deja sorprender por Él.

● En la Carta a los Hebreos se reproducen las palabras de Cristo: Aquí estoy, yo vengo
(...) para hacer tu voluntad.

El que espera de verdad está dispuesto a buscar, hallar y cumplir la voluntad de Dios. Si falta
esta disposición básica y radical se miente a sí mismo y no se encuentra en la actitud de
espera, sino en la obsesión ciega de que se cumpla su propia voluntad.

● En el Evangelio, Isabel le dice a la Virgen María: Feliz de ti por haber creído.

El que sabe esperar lo hace porque tiene fe en el otro. Uno espera porque le cree a Dios,
porque le tiene confianza, porque sabe que Dios desea lo mejor para uno. Esperar sin fe es
imposible y sólo conduce a la frustración. El Adviento es la espera que tiene como meta una
llegada. Justamente, la misma palabra Adviento significa Aquel que va a llegar.
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La esperanza hace presente el futuro y anticipa el mañana, porque se fija en el qué, dejando a
Dios el cómo. En nuestros tiempos corremos el serio peligro de detenernos en el cómo,
perdiendo el horizonte del qué. Jesús quiere nacer en nuestras vidas. Nuestra tarea es dejar
abierta la puerta. Él sabrá el cuándo y el cómo. En el Libro del Apocalipsis leemos: “Mira que
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré
con él y él conmigo” (Apoc 3, 20).

Preparemos nuestro corazón, con mucha esperanza, para que el día de Navidad le hagamos un
espacio al Niño Dios. Él quiere nacer en cada uno de nosotros. Dejémosle este espacio para
que encuentre un hogar cómodo en nuestras vidas.

¿Estamos realmente dispuestos a abrir todos los espacios y todos los rincones de nuestro ser
o, más bien, sólo aquellas piezas bien arregladas y limpias? ¿Estamos dispuestos a abrir
también las puertas de nuestro sótano, de aquellas partes donde hasta a nosotros mismos nos
da miedo entrar? ¿Estamos dispuestos a abrir el espacio de nuestras zonas oscuras? Jesús no
tuvo reparos en nacer en un establo. ¿Estamos dispuestos a dejarlo entrar también en el
establo de nuestras vidas?

Pero, para ello, tenemos que recuperar nuestra capacidad de soñar, porque, tal como nos
enseñó Jesús, lo imposible para el hombre es posible para Dios (cf. Mc 10, 27; Lc 1, 37). La
Virgen creyó en la palabra divina y Jesús nació.

Génesis 9, 8 – 15
1 Pedro 3, 18 – 22
Marcos 1, 12 - 15

Conversión

Jesús da inicio a su ministerio público con las palabras conviértanse y crean en la Buena
Noticia. Pero, ¿cuál es la noticia que es proclamada como buena para nosotros? En este caso,
el mensaje y el mensajero coinciden, porque la buena noticia es la misma Persona de Jesús.

Dios Padre establece una Nueva Alianza, después del castigo del diluvio, y promete, en palabras
del Libro del Génesis, que los mortales ya no volverán a ser exterminados (...) ni habrá otro
Diluvio para devastar la tierra. Y San Pablo nos explica que esta Nueva Alianza ha sido sellada
en - y por - Jesús el Cristo, ya que mediante su fidelidad al Padre nos abre el camino a Dios.
Justamente en nuestro bautismo hemos sido reconocidos como hijos e hijas de esta Nueva
Alianza, y miembros de la comunidad (la Iglesia) que se ha comprometido a seguir fielmente a
Jesucristo, prolongando así su misión en la historia.

En Jesús, en su estilo de vida, encontramos todas las respuestas a nuestros anhelos más
profundos. Jesús es para nosotros el camino que nos conduce a la verdad para poder vivir
auténtica y plenamente la vida (cf. Jn 14, 6).
25

Convertirse es dejarse seducir por este Jesús que ha venido a buscar aquel que está perdido y
desorientado en el camino de la vida (cf. Lc 19, 10). La conversión es reconocer que uno se ha
equivocado en el camino y está dispuesto a cambiar de dirección. Convertirse es confiar en la
fuerza del Espíritu porque Jesús, en su oración sacerdotal, prometió Su presencia entre
nosotros para que nos proteja y nos guíe en el camino de la fe (cf. Jn 14, 16.26).

Por consiguiente, el proceso de conversión que se emprende en el tiempo litúrgico de Cuaresma


no consiste en mirar para atrás. El Miércoles de Cenizas ya se ha mirado para atrás y
reconocido el pecado en nuestra vida. Y ahora es preciso fijar la mirada hacia delante. La
conversión no consiste en llenarse de culpabilidades, que nos esclavizan al pasado, sino mostrar
nuestro arrepentimiento mediante una profunda esperanza en el futuro. ¿Cómo voy a vivir de
acá para adelante? ¿Qué detalles tengo que cambiar en mi vida para que pueda ser un testigo
en la sociedad de la acción de Dios que se prolonga mediante su Iglesia?

El tiempo de Cuaresma es un momento de profunda esperanza porque uno tiene la seguridad de


que Dios puede actuar a través de uno para seguir salvando la historia. Bien dice San Pablo
cuando escribe que cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte , porque la fuerza de
Dios se muestra perfecta en la flaqueza humana (cf. 2 Cor 12, 9 – 10). Al reconocer la propia
debilidad, se siente imperiosamente la necesidad que se tiene de Dios Padre, y, entonces, se
desconfía sanamente de uno mismo y se encuentra la fuerza en la presencia del Espíritu que
acompaña a todo bautizado.

El camino de la conversión no es fácil porque muchas veces, y con las mejores intenciones, uno
hace lo que no quiere y no hace lo que quiere. En la vida nos vamos acomodando a nuestros
planes y a nuestro modo de ser, aunque a veces produce daño a otros. Otras veces nos
quedamos callados y escépticos porque los golpes en la vida nos hacen realistas, sin capacidad
para soñar en algo siempre mejor.

El mismo Jesús conoció la tentación. ¿Por qué enfrentar el camino de la cruz cuando también
se puede impresionar a la humanidad con el espectáculo de la magia, convirtiendo la piedra en
pan o saltando desde lo alto de una montaña y ser recogido por los ángeles? Jesús resiste esta
tentación porque la auténtica conversión es fruto de la libertad del ser humano. El espectáculo
entretiene pero no cambia a las personas. Sólo el testimonio de la propia vida hace creíble el
mensaje del cual uno es portador.

La tentación siempre estará entre nosotros, debido a nuestra condición humana. Pero el
apóstol Santiago nos recuerda que ninguno, cuando sea probado, diga que es Dios quien me
prueba, porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie. Sino que cada uno es probado
por su propia debilidad que le arrastra y le seduce (Sant 1, 13 – 14).

En la oración del Padre Nuestro no pedimos para que no seamos tentados, sino pedimos para
que no caigamos en tentación. La presencia de la tentación nos ayuda a reconocer nuestra
fragilidad y, por ello, a acercarnos humildemente a Dios Padre para que nuestra confianza no se
centre en nuestros propios esfuerzos, necesarios pero no suficientes, sino en la misericordia
de Dios.
26

Que el tiempo de Cuaresma nos haga conscientes de nuestras fallas, que nos haga sensibles a la
vida de los otros, especialmente de aquellos que más sufren, para así llenarnos de esperanza en
la fuerza misericordiosa de Dios que es capaz de transformar nuestras vidas para el bien de
otros.

Isaías 11, 1 – 10
Romanos 15, 4 – 9
Mateo 3, 1 – 12

Conviértanse

El tiempo litúrgico del Adviento nos convoca a prepararnos para celebrar el misterio del
nacimiento de Jesús. Y el misterio no consiste sólo en que Dios eligió asumir la condición
humana, sino también en que el mismo Dios quiere hacer su hogar dentro de cada uno de
nosotros y a través de nuestras vidas seguir salvando a la historia humana. Dios ya se hizo
hombre en Jesús, ahora quiere seguir presente en medio de la humanidad mediante la vida de
cada uno de nosotros.

Por ello, se nos invita a confesar y reconocer nuestros pecados, como sociedad y como
individuos.

Frente al Informe de la Comisión Nacional sobre la Prisión Política y la Tortura, los obispos de
Chile han subrayado el doloroso misterio de la iniquidad, de la presencia del mal, ya que el ser
humano “es capaz de volcar sus peores sentimientos y acciones contra el prójimo”.
“Valoramos”, nos dicen los obispos, “el paso que han dado las personas que han abierto su
memoria y su corazón para compartir su historia dolorosa en este Informe”. A la vez,
“lamentamos y repudiamos, una vez más, la injusticia que han padecido”. Realmente, este es un
momento de recuperar la dignidad nacional, sobre la verdad y no el olvido, sobre el firme
propósito de nunca, jamás recurrir a la tortura, mucho menos que llegue a ser una política de
Estado porque la historia recién ha mostrado que esto significa la total indefensa del
ciudadano.

También como individuos, el Adviento es un tiempo privilegiado para reconocer nuestra verdad.
Si no fuéramos pecadores, no necesitaríamos conversión, y tampoco celebraríamos año tras año
la fiesta del nacimiento de Jesús porque en el caso que no fuéramos pecadores, entonces todos
los días serían navidad para nosotros y no necesitaríamos el tiempo preparatorio de Adviento.

En la espiritualidad de los monjes antiguos se lee: si deseas conocer a Dios, aprende primero a
conocerte a ti mismo. El ascenso a Dios pasa por el descenso a la propia realidad, hasta lo más
profundo de nuestras sombras y oscuridades. El camino hacia Dios pasa generalmente por
muchas cruces y errores, curvas y rodeos, por fracasos y desengaños. A fin de cuentas,
27

resulta que no son precisamente nuestras virtudes las que más nos abren a Dios sino nuestras
flaquezas, nuestras incapacidades, nuestras limitaciones. La auténtica oración, decían los
monjes, brota de las profundidades de nuestras miserias y no de las cumbres de nuestras
virtudes.

Cuando parece que todo sale torcido y cuando cuesta colocar los fragmentos de nuestra vida
desorientada, es justamente en esos momentos cuando uno aprende a situarse humildemente
en la presencia de Dios Padre. La humildad es la reconciliación profunda con la propia
terrenalidad, con el mundo de nuestros sentimientos e impulsos, con todo lo que se encuentra
en nuestro sótano interior. En ese momento llegamos a tocar fondo en nuestras propias
posibilidades y experimentamos, quizás por primera vez, que únicamente la gracia de Dios
puede transformarnos.

Algunos de los grandes personajes de la Sagrada Escritura son, de hecho, personas con
terribles taras y que han tenido que clamar a Dios desde lo más profundo de su corazón
quebrantado. Moisés asesinó a un egipcio en su juventud; David se acostó con la esposa de
Urías y lo manda a matar para quedarse con ella; Pedro desconoce públicamente a Jesús
durante la Pasión; Pablo perseguía a los primeros cristianos. Todos pasan por el valle de la
humillación ante sus faltas e insuficiencia para aprender de una vez a poner su confianza sólo
en Dios y dejarse transformar por Él en personas ejemplares y modelos de nuestra fe.

El camino de la humildad no significa humillarse en el sentido de herir la propia autoestima,


empequeñecerse o tener un permanente complejo de inferioridad. La humildad es ser
aterrizado, aceptar la propia terrenalidad, el propio humus, la propia verdad. Ser humilde
significa aceptarse con las propias limitaciones para comenzar a construir la propia vida sobre
la gracia de Dios. El final del camino auténtico de la humildad no es la humillación de la persona
sino su exaltación, su transformación por el Espíritu de Jesús que le impregna y le da una nueva
vida.

Ya lo prometió Jesús en el Evangelio: “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será
enaltecido” (Lc 14, 11). Ya lo vivió la Virgen María cuando proclama que grandes cosas ha hecho
en mi el Señor (cf. Lc 46 – 55).

Así, sólo aquel que siente la necesidad imperante de Dios en su vida vive de verdad el tiempo de
Adviento porque desea muy profundamente su llegada. Aquel que se siente satisfecho de sí
mismo no vive el tiempo de Adviento, porque no espera nada ya que siente que lo tiene todo.
Por el contrario, aquel que es consciente de su necesidad de Dios, al reconocer y al
reconciliarse con sus propias limitaciones, espera con profunda esperanza y se prepara para el
misterio del nacimiento del niño Dios en su vida.
28

Ezequiel 34, 11 – 17
1 Corintios 15, 20 – 28
Mateo 25, 31 – 46
Cristo Rey

Después de haber celebrado los misterios centrales de nuestra fe, es decir, la acción de Dios
en el mundo, en la vida personal de cada uno y en la comunidad que es la Iglesia, ahora se nos
invita a dar una respuesta: ¿Quién es el centro de nuestras vidas? ¿Quién es la fuente que da
sentido a nuestro quehacer en lo cotidiano? ¿Quién es el Señor de mi historia? ¿Quién es el
autor de mi biografía?

La proclamación de Jesús el Cristo como el Rey del Universo es una decisión que cada uno tiene
que asumir con toda lucidez. Es una respuesta que cada uno tiene que dar responsablemente
porque implica todo un estilo de vida y tiene consecuencias radicales. Sólo se puede celebrar
lo que uno realmente cree, de otra manera la celebración se degenera en un simple espectáculo
que no compromete a nadie.

Ciertamente, considerar a Jesús como un Rey nos resulta extraño, ahistórico y hasta
anacrónico. Pero, con mayor razón lo fue para las primeras comunidades de los cristianos,
quienes sí conocieron y, a veces, sufrieron a los reyes. Para ellos, la realeza de Jesús chocaba
con todo lo conocido. ¿Desde cuándo se proclama como rey a un crucificado? ¿Desde cuándo
se considera como un rey a alguien que ni siquiera murió dentro de las murallas de Jerusalén?
La marginación social de Jesús fue total: sentenciado a muerte por blasfemo por los sumos
sacerdotes, condenado a la cruz como un rebelde por la ley romana, y echado del centro
religioso y cultural (Jerusalén) en su muerte. ¿Desde cuándo se proclama como un rey a un
marginado? Y, a pesar de ello, las primeras comunidades consideraban a Jesús como su Rey.

El título real que se otorga a Jesús viene de una larga e ininterrumpida tradición. ¿Por qué?
El Evangelio, como relato de la vida de Jesús de Nazaret, nos invita a una nueva y distinta
comprensión de la realidad personal e histórica. Jesús es Rey, pero ejerce una realeza muy
peculiar. Su reino no se encuentra en la historia presente pero inaugura nueva historia si nos
atrevemos a aceptar su invitación, si nos convertimos y nos abrimos a otra manera de pensar y
de actuar.

Jesús nos recuerda que “los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que
ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así ustedes, sino que el
mayor entre ustedes sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque ¿quién
es el mayor, el que está en la mesa o el que sirve? No es el que está a la mesa. Pues Yo estoy
en medio de ustedes como el que sirve” (Lc 22, 24 – 27).

Los textos nos iluminan sobre el significado de realeza que le interesa a Jesús el Cristo. A
través del profeta Ezequiel, Dios se presenta como el Buen Pastor, como aquel que busca la
oveja perdida, como aquel que venda las heridas, como aquel que sana a los enfermos. Y en la
parábola del Juicio Final, el rey se identifica con los necesitados. “Les aseguro que cada vez
que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.
29

La realeza de Jesús el Cristo consiste en un poder de servicio. En la mentalidad divina, reinar


es servir. Esta propuesta de Jesús contradice radicalmente la oferta que nos brinda la
sociedad donde más bien el poder sirve para servirse. Ya no se trata de servir al otro sino de
aprovecharse del otro para servirse a uno mismo. La corrupción – y toda corrupción – ofende
profundamente a Dios porque contradice totalmente la vida de Su Hijo Jesús. El mismo Jesús
resume toda su vida en una frase: “No he venido a ser servido sino a servir” (Mt 20, 28).

Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, dar alojamiento al forastero, vestir al


desnudo, visitar a los enfermos y a los encarcelados: estás son las obras que anticipan el
Reinado de Dios en nuestra historia de todos los días (cf. Mt 25, 31 – 46).

Realmente, estar al servicio de este Rey no es fácil, pero es fascinante. Es Alguien con una
increíble autoridad moral porque convoca a sus seguidores desde el ejemplo de su propia
vida. Es Alguien que ya estuvo antes; en la alegría, en el dolor, en las dudas, en los límites.
Pero en todo momento supo confiar en el Padre Dios. En medio de nuestra debilidad y
nuestras dudas, colocamos toda nuestra vida al servicio de este Rey del Universo, cuyo
único interés es la salvación de la humanidad, la auténtica y más plena realización de lo
humano.

Domingo de Ramos

La narración de la Pasión de Jesús produce una profunda actitud de reverencia frente a este
Dios quien no sólo da vida y crea, sino también, como Creador, se enamora de su creatura,
hasta tal punto de estar dispuesto a entregar su vida humana para la salvación de cada hombre
y de cada mujer. Y no se trata de cualquier muerte, sino de una muerte violenta, indigna,
horrorosa.

Se habla mucho de la falta de respeto a los derechos humanos, es decir, de las situaciones en
las cuales no se respeta la dignidad de las personas humanas. En la Pasión de Jesús no se
respetan no tan sólo los derechos humanos de Jesús sino tampoco su dignidad divina.

Por ello, la Pasión, por una parte, nos habla con hechos concretos del amor de Dios hacia
nosotros, pero, también, por otra parte, nos ayuda a reflexionar sobre la responsabilidad en el
ejercicio de la libertad humana. Dios, en el Hijo Jesús, se entrega por amor; la humanidad,
ejerciendo su libertad, lo crucifica.

Es la trágica paradoja de la historia humana. Dios respeta la libertad humana porque ama a su
creatura. La humanidad, la creatura, todavía no aprende a entregarse a la libertad divina, a la
libertad de su propio Creador. En los momentos difíciles de nuestras vidas, todavía tendemos
a desconfiar de Dios y nos cuesta confiar totalmente en Él. Todavía tendemos a vivir la lógica
del amo y del esclavo, sin entrar en el regalo que se nos ha sido dado en el Hijo, es decir, la de
30

vivir una relación con Dios en términos de hijos e de hijas en la presencia protectora y
acogedora del Padre.

Que el silencio interior nos ayude a recapacitar, a crecer en la confianza en nuestro Padre
Dios, a ejemplo de Jesús, que, en medio del sentirse abandonado de su Padre, dio el salto
definitivo de abandonarse totalmente en las manos de su Padre. Y el Padre lo resucitó.

Isaías 60, 1 – 6
Efesios 3, 2 – 6
Mateo 2, 1 – 12
Epifanía del Señor

Muchos detalles del episodio de la adoración de los tres reyes magos son más bien producto de
la tradición posterior que del mismo relato evangélico. En primer lugar, en ningún momento se
dice que eran tres, por ello tampoco sabemos que sus nombres eran Melchor, Gaspar y
Baltasar; y en segundo lugar, no eran reyes ni magos sino sabios astrólogos, es decir,
estudiosos del movimiento de las estrellas en el cielo para comprender la historia humana.

Pero lo importante en el relato evangélico de la Epifanía es el contraste entre la actitud de los


sabios que venían de Oriente y el rey Herodes. Los sabios orientales buscan a Dios para
adorarlo, mientras el rey judío busca al niño para matarlo. Es la elección entre el poder de la
sabiduría al servicio de los otros y el poder de la dominación sobre el otro.

En la perspectiva judía, la salvación sólo pertenecía al pueblo de Israel porque era el pueblo
elegido, pero el comienzo del Evangelio de San Mateo rompe con esta tradición demostrando
que la salvación no consistía en pertenecer a un pueblo determinado sino en la sinceridad de la
búsqueda. Así, Herodes era judío pero quería eliminar al niño Dios; los sabios eran paganos
pero su búsqueda era sincera y supieron reconocer a Dios en el niño Jesús. Por ello, la
salvación no se asegura mediante una pertenencia pasiva, fruto más bien de la tradición
familiar, sino se ofrece a todos aquellos que buscan sinceramente a Dios en su vida diaria. Uno
es cristiano no por tradición sino por opción; uno nace en un ambiente cristiano pero tiene que
hacerse cristiano día a día.

En el Evangelio Jesús nos advierte al respecto. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará
en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. Por ello, prosigue
Jesús, “todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre
prudente que edificó su casa sobre roca”, mientras aquel que “no las ponga en práctica será
como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena” (Mt 7, 21 – 27). Aún más, Jesús
afirma claramente: “Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre Celestial, ése es mi hermano y
mi hermana” (Mt 12, 50).

La fiesta de la Epifanía, de la manifestación del Hijo de Dios a la sociedad humana, nos indica
tres actitudes básicas en nuestra vida cristiana.
31

En primer lugar, aprender a buscar a Dios en nuestra vida diaria. Los sabios de Oriente
siguieron la estrella, fueron constantes y llegaron a un sencillo establo. Esto significa supieron
buscar a Dios, dejándose guiar por Él. Es preciso aprender a buscar a Dios donde Él quiera
estar y no donde nosotros queramos que Él esté. Es importante buscar y seguir la estrella que
Dios nos envía a cada uno.

Por ello, y en segundo lugar, tenemos que aprender a acoger la presencia de Dios en los
pequeños detalles de nuestra vida diaria. Los sabios de Oriente no se quejaron al llegar a
Belén, sino aceptaron la novedad de Dios que quiso nacer en un pueblo totalmente
insignificante. Nuestra fe no consiste tanto en conocer a Dios (un conocimiento intelectual)
sino reconocer a Dios en las otras personas y en las situaciones concretas.

Por último, tenemos que aprender a adorar a Dios. Quizás se nos ha olvidado ponernos de
rodillas delante de Dios y reconocerlo como Dios y a nosotros como creaturas suyas. Adorar a
Dios significa reconocerlo como lo más importante en nuestras vidas, Aquel que da sentido a
todo lo que hacemos, Aquel para quien lo ofrecemos todo. Adorar a Dios no significa ofrecerle
algunas cosas sino ofrecerse a uno mismo, entregarle la propia vida, según la vocación de cada
uno. Adorar a Dios es vivir en Él, por Él y para Él.

Miqueas 5, 1 – 4
Hebreos 10, 5 – 10
Lucas 9, 39 – 45
Esperanza y Don1

Hace dos mil años, el Creador se hace creatura en el Hijo Jesús. Dios toma la iniciativa para
hacer más humana a la humanidad. Jesús nace en Belén, lugar totalmente insignificante, y
desde ese lugar sin importancia genera vida, crea vida y regala vida. En Él, toda vida tiene
sentido, por insignificante que pudiera aparecer a primera vista, porque en Él todo tiene
sentido ya que Él es la fuente de sentido.

La Navidad es una fiesta que va cambiando de significado a medida que atravesamos por el
camino de la vida. Cuando somos niños, es un tiempo de regalos; cuando somos jóvenes, es una
época de fiestas; cuando se construye el propio hogar, es un período de preparación y mucho
trabajo.

Pero cuando avanzan los años, la Navidad cobra un sentido totalmente nuevo. Más allá de las
luces navideñas, los regalos y las fiestas se empieza a comprender lo que la Navidad es
realmente. La Navidad consiste en encontrar vida donde no esperamos que la haya.

1
Inspirado en Joan Chittister, En busca de la fe, (Santander: Sal Terrae, 2000), pp. 100 – 102.
32

Con el paso de los años uno siente que la vida crece y, a la vez, disminuye; las escenas de la
propia vida vienen y se van; cada faceta de la propia historia nace y se va muriendo; cada uno
de los buenos momentos pasa rápidamente a ser tan sólo un recuerdo. Se tiene la sensación
que la vida se escurre entre los dedos. Y también, por qué no decirlo, hay momentos cuando se
va apagando el entusiasmo y se va debilitando la esperanza.

Pero cuando llega Navidad se nos invita a empezar de nuevo. Conscientes de lo que se ha ido,
lúcidos de que nada perdura, pero llenos de esperanza en que, por fin, en este tiempo de
Navidad podemos aprender qué hace falta para vivir bien, crecer hasta alcanzar la sabiduría,
para retomar nuestro quehacer diario de manera correcta y con entusiasmo.

En cada uno de nosotros hay una creatura que espera nacer de nuevo. Hay que dejar espacio
para re-encontrarse con el niño que aún vive dentro de nosotros.

El sentido más profundo de la Navidad no es para niños, sino es para aquellos que se niegan a
abandonar la esperanza; para aquellos que están marcados por el paso de los años, pero que no
tienen amargura; para aquellos a quienes la vida llega de nuevo y con un nuevo propósito cada
día; para aquellos que pueden dejar que se esfume el ayer, a fin de que la vida hoy esté siempre
llena de nuevas posibilidades; para aquellos que se sienten inquietos por la novedades, cualquier
que sea su edad.

Jesús nació en este mismo mundo en el que nosotros vivimos. Y lo amó, lo sufrió y lo cambió.
La sinagoga se opuso a Él; el Estado le temió; el pueblo lo siguió con admiración y lo abandonó
después. Pero Dios jamás se arrepintió de haber nacido en Belén; la semilla quedó plantada y
hasta el día de hoy ha dado frutos.

Navidad es un tiempo de reconciliarse con la vida, con la propia vida, y recuperar la esperanza
en este Dios para quien nada ni nadie es insignificante. Navidad es un tiempo para dejarse
querer por este Dios y tenerlo en brazos, acariciarlo y cuidarlo. Así, podemos re-encontrarnos
con la ternura, quizás enterrada con el paso de los años, y regalarla a otros, especialmente a
aquellos que se sienten muy solos y abandonados. Especialmente para ellos Dios nació en Belén.
Seamos ahora nosotros su Navidad, su pesebre y su esperanza.

Gén 2, 4- 24
Heb 2, 9 – 11
Mc 10, 2 – 16

La Familia I

La mesa es, sin duda, uno de los centros en la vida de la familia. En torno a ella se puede
realizar un diálogo franco sobre nuestra realidad familiar, algo tan obvio y tan importante para
33

cada uno de nosotros. Sin embargo, en general no tenemos tiempo para hablar, es decir,
compartir y agradecer, recordar y soñar. Si es necesario, pedir perdón el uno al otro por
faltas que probablemente ni siquiera estamos conscientes de ellas ya que tendemos a vivir muy
acelerados. La reunión en torno a la mesa es una ocasión muy privilegiada para escucharnos
mutuamente y mostrar cariño e interés por lo que pasa al otro.

Realmente, tenemos una tendencia a tomar por supuesto y obviar lo más importante en
nuestras vidas. Sólo cuando perdemos este obvio, sólo entonces caemos en la cuenta de lo
decisivo que ha sido en nuestras vidas. Esto se hace muy patente cuando perdemos a un ser
querido y, como de repente, se nos hace claridad la importancia que tuvo en nuestras vidas. A
veces recordamos (pasar por el corazón) tantas vivencias con este ser querido fallecido pero,
lamentablemente también nos puede ocurrir que, de repente, en tantas conversaciones, y en
medio de tantas palabras cruzadas, se nos olvidó lo más importante: el haberle dicho
sencillamente “te quiero” o “gracias” o “perdón”.

Con la familia nos puede pasar igual. Por ello, puede ser una verdadera ocasión privilegiada
para pensar en la familia. Esto puede significar una visita de Dios para nuestras familias, si
nos hacemos el tiempo para escucharnos de verdad y para realizar gestos obvios, que tanto
echamos de menos pero que, en nuestro tonto orgullo, no estamos dispuestos a reconocer
frente al otro.

No cabe duda que actualmente la familia está pasando por una crisis de grandes dimensiones.
En Alemania, un niño de 13 años ganó un juicio contra sus padres y pasó a vivir con sus abuelos
porque sus padres lo pasaban peleando. Es decir, ahora comenzamos con el divorcio de los
hijos frente a sus padres. Pero también hay grandes valores en la familia actual. Basta
pensar en dos tendencias crecientes: los padres hoy participan mucho más en la vida de sus
hijos, ya sea en el escuela, ayudándolos con las tareas, conversando más con ellos. Además, hoy
se comparten mejor las tareas del hogar entre el hombre y la mujer.

Las lecturas nos recuerdan que la base sólida de la familia se construye sobre el sacramento
del matrimonio. El sí pronunciado en la presencia de Dios es el comienzo, no el término, de un
proceso. Es un sí que hay que cuidar y cultivar. Es un sí que confía en que Dios siempre estará
presente, con tal que se deje un lugar para Él en la vida de todos los días.

En un tiempo cuando existe el divorcio de hecho, la responsabilidad del matrimonio cristiano


frente a la sociedad se hace más significativa. Y la primera responsabilidad es la de mostrar
en la vida cotidiana que aún es posible amar en nuestros días, aún es posible comprometerse
por toda una vida, aún es posible perdonar al otro y comenzar de nuevo. Resulta bastante inútil
argumentar contra el divorcio, si no presentamos una alternativa cristiana creíble y atrayente.
Por otra parte, frente a los casos de separaciones no nos toca juzgar sino compadecerse ante
tanto dolor, y darle muchas gracias a Dios Padre por lo que tenemos.

Que el Señor nos ayude para que hagamos consciente lo bueno que hay en nuestras familias,
comprometernos entre todos a mejorar la calidad de nuestra vida en familia y, con toda
humildad, pedir perdón por nuestras faltas. No preguntarme tanto por lo que el otro me pueda
34

dar o por lo que el otro no me está dando, sino más bien por lo que yo puedo hacer y contribuir
para mejorar la calidad de la vida en familia.
35

Habacuc 1, 2 – 3; 2, 2 – 4
2 Timoteo 1, 6 – 14
Lucas 17, 3 – 10
La Familia II

Las lecturas nos ofrecen valiosas sugerencias para vivir cristianamente nuestra realidad
familiar.

En primer lugar, el don de la fe. Lo que hace cristiana una familia es la experiencia de fe
común a todos sus miembros; es decir, una experiencia personal de la presencia del Padre Dios
en la propia vida. Esta experiencia del amor incondicional del Padre es la que une
profundamente a la familia. La fe en Dios se convierte en el espacio sagrado de la familia,
porque ésta está cimentada en un sacramento y, por ello, Dios se ha comprometido a estar
presente no como un invitado sino como uno más en la familia.

Así, frente a las dificultades, hay que renovar esta fe, creer en la propia familia, tener
confianza en que los problemas se solucionarán. El Evangelio nos recuerda: Si ustedes tuvieran
fe del tamaño de un grano de mostaza y dijeran a esa morera que está allí: arráncate de raíz y
plántate en el mar, ella les obedecería . Y el profeta Habacuc nos recuerda que cuando en
nuestra angustia gritemos ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que Tú escuches?, entonces
es preciso tener la confianza de que si parece que se demora, espera, porque vendrá
seguramente, y no tardará. Tenemos que convertirnos al tiempo de Dios, superando nuestra
ansiedad frente al tiempo humano. Tal cómo escribe San Pablo a Timoteo, el Espíritu que Dios
nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad . Y el amor
sabe esperar confiadamente.

En segundo lugar, Jesús, en el Evangelio, nos invita a perdonar y arrepentirse. Toda familia se
construye y se fortalece en la capacidad de perdonar y en la disposición de reconocer los
propios errores. Son dos aspectos de la misma realidad: estar dispuesto a perdonar y estar
dispuesto a reconocer los errores. Los dos son inseparables. Estar dispuesto a perdonar al
otro implica, a la vez, la actitud de reconocer las propias faltas. El reconocer las propias
faltas en el seno de la familia no debilita la autoridad ni disminuye el amor; por el contrario,
une en la fragilidad y subraya a Jesús como el único protagonista.

La opción por el perdón es tremendamente difícil pero enormemente liberadora porque permite
salirse de la cárcel del pasado, ayuda a no caer en una vida guiada por la rabia y la amargura, y
a tener un corazón limpio. La disposición para reconocer los propios errores abre las puertas a
una vida profundamente libre porque la seguridad se basa en la verdad, porque rompe la
soledad del orgullo, y constituye la expresión del auténtico amor.

Por último, tal como recuerda Jesús, somos simples servidores, no hemos hecho más que
cumplir con nuestro deber. La familia no se construye sobre reclamos mutuos ni sobre
chantajes afectivos tampoco sobre una lista de derechos y deberes. La familia se construye
sobre el amor. Y, el amor, tal como nos enseñó Jesús de palabra y con su propia vida, no
36

consiste en hacer a los demás lo que quieras que te hagan a ti, sino en hacer a los demás lo que
ellos quieren que tú les hagas.

Romanos 3, 21 – 30
Salmo 129
Lucas 11, 47 – 54

Fariseos

En el Evangelio se nos presenta la dura crítica de Jesús hacia los fariseos. Básicamente, Jesús
denuncia su hipocresía por la diferencia entre sus prácticas exteriores y sus verdaderas
motivaciones interiores, por la contradicción existente entre su escrupuloso cumplimiento de la
ley y su práctica diaria de la justicia, por la facilidad con la cual exigían a los demás pero sin
ser ellos mismos consecuentes, por actuar con ligereza en nombre de Dios pero en el fondo
impedir a los demás encontrarse con el auténtico Dios de Jesús.

En su crítica Jesús no ahorra apelativos: insensatos, hipócritas, guías ciegos, sepulcros


blanqueados (cf. Mt 23). A fin de cuentas, Jesús no tolera a aquellos que dicen pero no hacen
(cf. Mt 23, 3).

Al escuchar esta dura crítica de Jesús hacia el farisaísmo, uno tiende automáticamente a
pensar en los demás. ¡Probablemente es una de las pocas veces que somos generosos por
naturaleza! La crítica es tan radical y tan acertada que la mejor manera de defenderse y
liberarse de ella es pensar en el otro.

Pero Jesús no nos da tregua y nos enseña con harta paciencia pero con un lenguaje directo:
¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay
en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la
viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la
brizna del ojo de tu hermano (Lc 7, 3 – 5).

Las palabras de Pablo en la carta pastoral a la comunidad de Roma tampoco nos deja
escapatoria porque él nos recuerda que todos hemos pecado y que nuestra salvación la debemos
tan sólo al amor y a la misericordia infinita e incondicional de Dios Padre.

Esta es la buena noticia: por una parte, podemos ser sinceros con nosotros mismos y admitir
nuestras debilidades y nuestras contradicciones, porque, por otra parte, esa misma sinceridad
nos conduce a los brazos de nuestro Padre Dios. La verdad nos hará libres para confiar en que
Dios se las puede con nosotros y desde esta confianza ser más coherentes con la fe que
profesamos en nuestra vida diaria.

Esta consecuencia entre la fe que profesamos y la vida que llevamos fue uno de los puntos clave
en el pensamiento del Padre Hurtado.
37

El Padre Hurtado advierte constantemente contra el peligro de separar la fe de la vida


cotidiana, la palabra profesada de la acción vivida. El cristianismo es cristiano en todas partes
o no lo es en ninguna .2 Aun más, insiste que el mundo está cansado de palabras , quiere hechos;
quiere ver a los cristianos cumpliendo los dogmas que profesan.3

El Padre Hurtado nos desafía hasta el día de hoy cuando nos pregunta: Ahora bien, con
sinceridad, ¿reflejamos nosotros la bondad, caridad, amor de Cristo? Tal vez nos hemos
forjado otro Cristo: un Cristo puritano que no roba, no mata, no miente, pero tampoco ama.
Que no hace obras malas, pero tampoco hace obras buenas. Este no es el Cristo Salvador:
éste será un filósofo: no es Jesús, no es el Mesías de palabras de vida eterna. (...) No
miremos a los otros, miremos a nosotros mismos.4

El cristianismo, sentencia el Padre Hurtado, será juzgado por nuestros contemporáneos por el
realismo de nuestra caridad.5 En otras palabras, un amor real, que no sea una pura declaración
platónica sino que trata de encarnarse en obras, en servicio, al menos en deseos, en plegarias .6

Por consiguiente, la señal del cristiano no es la espada, símbolo de la fuerza; ni la balanza,


símbolo de la justicia; sino la cruz, símbolo del amor. Ser cristiano significa amar a nuestros
hermanos como Cristo los ha amado.7 Este mismo amor implica y supone la justicia. El Padre
Hurtado advierte que es más fácil ser benévolo que justo, pero recuerda que el que practica la
caridad pero desconoce la justicia se hace la ilusión de ser generoso .8

Lamentablemente, sigue el Padre Hurtado, muchos pobres levantan el puño, y no pocos piden
que se saque el sable para hacer bajar estos puños .9 Pero se engaña si pretende ser cristiano
quien acude con frecuencia al templo, pero no cuida de aliviar las miserias del pobre. Se
engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que
vive.10

La fe cristiana enseña que desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo


mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona . En otras palabras, Cristo se
ha hecho nuestro prójimo, o mejor, nuestro prójimo es Cristo que se presenta bajo una u otra
forma: preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo con la
forma de un pobre bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo y si
no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto .11

Así, afirma el Padre Hurtado, la verdadera devoción no consistirá solamente en buscar a Dios
en el cielo o a Cristo en la Eucaristía, sino también de verlo y servirlo en la persona de cada uno
de nuestros hermanos.

2
Puntos de Educación (1942), p. 251.
3
Humanismo social (1947), p. 261.
4
Multiplicación de los panes (1943), en Samuel Fernández, Un disparo a la eternidad, pp. 265 – 266.
5
Humanismo social (1947), p. 227.
6
Alberto Hurtado s.j., Humanismo social, (Santiago: Editorial Salesiana, 1984), p. 28.
7
Seamos cristianos, es decir, amemos a nuestros hermanos, en Samuel Fernández, Un fuego que enciende otros fuegos, p. 159.
8
Humanismo social (1947), p. 281.
9
Puntos de Educación (1942), p. 240.
10
Humanismo social (1947), p. 223.
11
Humanismo social (1947), pp. 226 – 227.
38

Jeremías 38, 3 – 10
Hebreos 12, 1 – 4
Lucas 12, 49 – 53

He venido a traer la división

Ciertamente, Jesús nos sorprende con la pregunta: ¿Piensan ustedes que he venido a traer la
paz a la tierra? Pero, nos desconcierta aún más con su respuesta: No, les digo que he venido a
traer la división.

La Persona de Jesús es causa de división porque Su presencia no deja indiferente. Seguir a


Jesús implica asumir unas opciones muy concretas en la vida y, por ello, significa rechazar
otras posibles alternativas. Aceptar a Jesús como el Dios hecho hombre, el rostro humano de
Dios, significa que todo el resto, todo sin excepción, queda relegado a un segundo lugar porque
nada es comparable a Dios.

Hay que optar frente a la Persona de Jesús, porque Jesús lo entrega todo y lo pide todo:
Déjalo todo y sígueme. Al hombre rico que quiso ser perfecto, Jesús le dice: Anda, vende lo
que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme (Mt 19,
21). Jesús no sabe hacer las cosas a medias; su vida es diáfana, transparente, y no existe
ningún doblez. Hasta sus adversarios, los fariseos y los herodianos, tienen que admitir:
Maestro, sabemos que eres veraz y que no haces acepción de personas [no haces distinción
entre las personas], porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con
franqueza el camino de Dios (Mc 12, 14). Jesús llama a las cosas por su nombre y enseña a sus
discípulos hacer lo mismo: sea su lenguaje: Sí, sí; no, no; que lo que pasa de aquí viene del
Maligno (Mt 5, 37).

El seguidor de Jesús no se pierde en detalles inútiles sino busca lo sólido, lo esencial, lo más
importante, es decir, el sentido más profundo de la vida como servicio, como un hacer bien al
otro, porque como nos recuerda San Juan, En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio
su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si alguno que
posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo
puede permanecer en él el amor de Dios? (...) No amemos de palabra ni de boca, sino con
obras y según la verdad (1 Jn 3, 16 – 18).

La solidaridad es, sin duda alguna, una característica esencial de nuestra fe cristiana. El
cristiano es llamado a ser solidario.

Jesús fue solidario con la humanidad y la selló con su propia muerte para poder dar la vida a
otros. Jesús fue solidario con los más marginados de la sociedad de su tiempo para enseñarnos
que lo más valioso está en la persona humana y no en lo que tiene o no tiene, para mostrarnos
que el amor auténtico siempre privilegia a lo más débil y a lo más vulnerable, para asegurarnos
que todos estamos incluidos en su plan de salvación, también aquellos que son excluidos por la
sociedad.
39

En nuestra vida tenemos dos posibles modelos: el de Caín o el de Jesús. Caín desconoció a su
propio hermano carnal, justificándose con las palabras: ¿Soy yo acaso el guardián de mi
hermano? (Gén 4, 9). Por el contrario, Jesús, sin tener lazos fraternales, se hace hermano de
todos, identificándose de manera especial con los más débiles. Así lo declara Él mismo cuando
afirma en la parábola del Juicio Final: En verdad les digo que cuanto han hecho a unos de estos
hermanos míos más pequeños, a mí me lo han hecho (Mt 25, 40).

Alberto Hurtado s.j. se preguntaba por qué nos resulta tan fácil creer en la presencia de Dios
en la Eucaristía y tan difícil entregarse a Su presencia en el pobre cuando el mismo Jesús pidió
ser reconocido en ellos. El pobre es Cristo, decía el Padre Alberto Hurtado. Esta frase no
constituye un slogan, un spot publicitario, sino es fruto y consecuencia de la fe en Jesús el
Cristo.

El Padre Pedro Arrupe s.j., quien fue Superior General de la Compañía de Jesús, sostenía que
una de las causas del ateísmo moderno en el mundo es la presencia de la miseria en los países
así llamados católicos. Esta afirmación de Arrupe es muy acertada porque en dichos países la
palabra contradice el hecho, se habla del amor que comparte pero se presencia la pobreza que
divide. Honestamente, ¿cómo creer en el Dios de aquellos que predican una cosa y hacen otra
totalmente contraria?

En nuestros días son los hechos los que convencen, son los hechos concretos que hacen verdad
la palabra pronunciada. Por ello, al reflexionar sobre la solidaridad, una dimensión esencial de
nuestra fe, tenemos que preguntarnos delante de Dios: ¿Qué estoy haciendo para el
necesitado? ¿Qué puedo hacer para el necesitado? Es el mismo Jesús que me espera en el
débil y vulnerado.

No se trata de evadirse con excusas baratas, tampoco de fomentar culpabilidades que no


sirven para nadie, sino de pasar a acciones concretas dentro de las propias posibilidades
reales. Lo importante no es preguntarse y escandalizarse por lo que los otros han dejado de
hacer, sino asegurar lo que yo puedo hacer.

Zacarías 9, 9 – 10
Romanos 8, 9 – 13
Mateo 11, 25 – 30

Humildad

Jesús nos dice: Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré .
Palabras verdaderamente consoladoras y reconfortantes, con tal que de verdad confiemos en
este Jesús; de otra manera, resultan totalmente vacías y sin sentido. ¿Tenemos la suficiente
confianza en Jesús para cargar sobre Sus hombros todos nuestros problemas que nos afligen y
nos agobian?
40

El Beato Alberto Hurtado decía que cuando se sentía agobiado por todos lados debido a sus
múltiples compromisos, levantaba sus ojos al cielo y se aliviaba. Confiaba en Dios más allá de lo
razonable y se reconfortaba. Cuando estamos bien y tranquilos, nos resulta tan fácil sentir a
Dios caminando a nuestro lado y nuestro camino está marcado por las dos pisadas: la de uno y la
del Padre Dios. Pero cuando estamos en dificultades nos parece que sólo están nuestras
pisadas porque Dios ha desaparecido. No es así. Justamente es en estos momentos cuando las
pisadas son de nuestro Hermano Jesús quien nos lleva sobre sus hombros.

Jesús nos llama a aprender de Él. Y ¿cómo es Jesús? Él mismo nos lo dice: Soy humilde de
corazón. La lectura del profeta Zacarías nos presenta un cuadro bastante contradictorio. Se
nos presenta al rey victorioso que viene a salvarnos, pero viene montado sobre un burro, un
asno. Ciertamente, no responde a nuestro concepto de poder que nos va a liberar de todas
nuestras angustias. Sin embargo, a Él adoramos como nuestro Dios y nuestro Salvador.

Entonces, ¿qué significa ser humilde? La palabra humildad viene del latín humus y significa
tierra. La humildad significa ser aterrizado, estar hundido en la realidad. Y nuestra realidad
más profunda es que somos creaturas de Dios e hijos del Padre Dios en el Hijo Jesús. Por ello,
ser humilde significa reconocerse dependiente de Dios y confiar totalmente en Él. Es la
actitud de Jesús con Su Padre: confía plenamente en Él.

Por ello, la humildad no significa cultivar el auto desprecio ni tener una mala imagen de uno
mismo. Esto hace daño y contradice nuestra fe, porque somos preciosos a los ojos de Dios,
tanto así que no titubeó en enfrentar la muerte cruel de la cruz para abrirnos el camino hacia
el Padre. No, la humildad no es auto desprecio sino confiar en el camino misterioso de Dios, y
confiar justamente en los momentos difíciles.

Tal como nos recuerda San Pablo, se trata de tener esperanza contra toda esperanza (cf. Rom
4, 18), porque “una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una
cosa que se ve? Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia” (Rom 8, 24 – 25).
Sin embargo, esta espera no es desesperada sino confiada, porque está bien fundada. En
palabras de Pablo, “no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe” (2 Tim 1,
12), ya que aunque seamos infieles, “Él permanece fiel, pues no puede negarse a Sí mismo” (2
Tim 2, 13).

Esta sabiduría, señala Jesús, no pertenece ni a los sabios ni a los prudentes que caen en el
error de creer saberlo todo y procuran calcularlo todo. Por el contrario, esta sabiduría divina
ha sido revelada a los pequeños y a aquellos que se hacen pequeños; a aquel que se deja guiar
por el Padre Dios también en la noche oscura del alma.
41

Daniel 7, 13-14
Apocalipsis 1, 5-8
Juan 18, 33-37

Jesucristo, Rey del Universo I

La liturgia consiste en la celebración de la acción de Dios en la historia, universal y personal.


Al hacernos conscientes de esta acción de Dios en la vida cotidiana, como su comunidad, nos
reunimos para celebrar nuestra acción de gracias. Durante todo el año litúrgico se hace
memoria de los grandes hitos de nuestra historia de salvación, comenzando por la Navidad,
pasando por la Pascua y terminando con la proclamación de que, en verdad, Jesús el Cristo es
nuestro único Rey porque creemos que sólo Él es el Principio y Fundamento de nuestras vidas.

Jesús explica lo que Él entiende por poder: “Saben que los jefes de las naciones las gobiernan
como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre
ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que
quiera ser el primero entre ustedes, será su esclavo; de la misma manera que el Hijo del
hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt
20, 25 – 28).

Jesús comprende el poder en términos de servicio. El poder evangélico consiste en una vida de
servicio del otro. Así, Jesús des-sacraliza cualquier concepto de poder humano, dejando en
claro que el único poder reside en una vida de servicio. Esto es ser grande a los ojos de Dios.
No se trata de condenar el poder sino de darle un contenido totalmente distinto a lo que
encontramos en la sociedad. El poder es servir a otros, no servirse de los otros.

Este es nuestro Dios y esta es nuestra vocación. Toda autoridad sólo se concibe en el
contexto del amor y de la entrega por el otro. El poder está para ejercerlo al servicio del
otro. El cristiano desconoce todo otro tipo de poder que somete y explota, que se aprovecha
del otro.

Lamentablemente, encontramos dentro de cada uno de nosotros la tentación de un poder de


dominar al otro. Es simplemente fruto de nuestra inseguridad, la incapacidad de reconocernos
como creaturas, la no aceptación de ser hijos. Entonces, construimos falsamente nuestra
seguridad subyugando al otro. Y este poder lo podemos ejercer dentro de la familia, en el
trabajo, con los amigos, toda vez que manipulamos al otro.

Es muy importante revisar nuestras vidas, nuestro afán de poder y de dominar, para purificar
nuestra memoria y nuestro corazón. No es tan sólo un pecado reservado a aquellos que
detienen el poder civil. Cada uno de nosotros puede abusar de su poder en el entorno donde
vive, trabaja y se mueve.

Proclamar a Jesús como nuestro Rey equivale a comprometernos a una vida de servicio,
entender que nuestra vida sólo tiene sentido cristiano cuando estamos dispuestos a amar de
42

verdad y, por ende, preocuparnos por el otro, especialmente del más débil y vulnerable en la
sociedad.
43

Daniel 7, 13 – 14
Apocalipsis 1, 5 – 8
Juan 18, 33- 37

Jesucristo, Rey del Universo II

Pilato le pregunta a Jesús: “¿Entonces, eres tú un rey?” Jesús le contesta: “Yo soy rey. Para
esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”. Pero también Jesús
deja en claro: “Mi realeza no es de este mundo”.

No cabe la menor duda de que la realeza de Jesús no se comprende desde los criterios
puramente humanos. Jesús no nació en un palacio sino en un pesebre. Jesús no tenía un
ejército a su disposición sino su corte estaba compuesta por pescadores, pastores, enfermos,
pecadores públicos. Jesús no se sentaba en un trono sino caminaba como peregrino por las
aldeas de su pueblo.

Sin embargo, Jesús acepta el título de la realeza. Aún más, afirma que su misión es proclamar
la realeza divina. Por consiguiente, sólo cabe una conclusión: la comprensión divina de la realeza
es totalmente ajena a la nuestra. Esta es la verdad que Jesús quiere enseñarnos. La nobleza
divina responde a otros criterios.

San Ignacio de Loyola, en el libro de los Ejercicios Espirituales, presenta una contemplación
sobre el Rey Temporal y una meditación sobre las Dos Banderas. En ambas San Ignacio
subraya esta distinción entre lo humano y lo divino, y nos invita a optar, a elegir entre los dos
caminos.

No se trata de dos propuestas, una de las cuales vale más que la otra, sino de dos propuestas
que se contradicen, y, por ello, se requiere optar por una de las dos.

En la meditación de San Ignacio sobre las dos banderas, se presenta, por una parte, un camino
que esclaviza al ser humano porque crea dependencia y adicción. Es el camino progresivo de la
codicia por las riquezas y el vano honor (vanidad) que termina eventualmente en la soberbia. La
riqueza, el honor y la soberbia inducen a todos los otros vicios. 12 Por el contrario, el otro
camino que presenta Jesús es el de la libertad progresiva optando por la austeridad de vida
contra el afán para acumular riqueza, la sencillez de vida contra el honor mundano, y la actitud
de la humildad contra la soberbia, porque ellos conducen a todas las otras virtudes. 13

La vanagloria se contrapone al auténtico honor, ya que el auténtico honor consiste en la


dignidad del ser humano, mientras, por el contrario, la vanagloria basa el valor de la persona en
trivialidades que la rebajan y, por ello, traicionan su propia dignidad. Justamente, la palabra
vanidad viene de vacío y significa construir sobre el vacío. Por el contrario, la humildad, que
viene de la palabra latina humus (tierra), significa aterrizar, volver a la tierra, es decir,
fundarse en la realidad y en la verdad. Ser humilde significa ser auténtico con uno mismo y
reconocer la propia realidad.
12
Cf. Ejercicios Espirituales No 142.
13
Cf. Ejercicios Espirituales No 146.
44

Un estilo de vida sencillo implica ser dueño de las propias necesidades y no dejarse llevar por
un afán de consumismo, es el tener porque se necesita y no el tener porque el otro también
tiene. La sencillez es tomar las propias opciones sin depender constantemente de la opinión de
los otros y del qué dirán. La sencillez es no perder tiempo comparándose con los demás sino
estar agradecido por lo que uno tiene.

Los valores de una sociedad son sus expectativas sociales, aquello por lo que se estima a las
personas. A veces estos valores giran en torno a la riqueza, el honor, el prestigio, el poder, el
éxito. Frente a estos valores, Jesús ofrece los suyos: la sencillez, la austeridad, la
misericordia; la opción por los más pequeños, los marginados, los desamparados.

La vida nos presenta los dos caminos. Tenemos que escoger uno de los dos.

Misa de Navidad

Jesús nació en un establo

El día de Navidad celebremos un hecho asombroso: el Creador se hace creatura, Dios se hace
hombre y asume la limitación de la condición humana. San Pablo nos dice: “Tengan entre
ustedes los mismos sentimientos de Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo
ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo
haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí
mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 5 – 8).

Esta entrada divina en la historia humana tiene un lugar muy preciso: el establo. Porque no
había lugar en la posada (cf. Lc 2, 6 – 7). ¡Esto resulta aún más asombroso!

Al pertenecer a una cultura cristiana, se corre el peligro de acostumbrarse a esta narración, ya


oída reiteradamente desde la infancia. Hasta se puede caer en un cierto romanticismo (¡si
hasta de la cruel realidad de una cruz se ha hecho una obra de arte!), con el consecuente
resultado de no comprender el profundo significado de una decisión divina. Se dulcifica el
acontecimiento del Evangelio, y así deja de interpelar al corazón humano. La Carta a los
Hebreos nos recuerda: “Ciertamente, es vida la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que
espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las
junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (4, 12).

¿Por qué Dios opta nacer en un establo? Cuesta creer que la realización de una misión salvífica
tiene su nacimiento tan alejado de todo vestigio de poder y se inmerge en una situación de
tanta fragilidad y suma precariedad. ¿Qué quiere decir a la humanidad la palabra divina? Dios
entra a la historia humana desde la puerta trasera. ¿No será que la salvación de la humanidad
tiene su comienzo desde la redención de lo marginado por la sociedad? ¿No será una llamada
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de atención? Dios asume y ama profundamente lo que la misma sociedad margina y condena a la
insignificancia, porque el valor del ser humano reside en sí mismo y no en lo que tiene o posee.
Por ello, es preciso leer la historia desde su reverso. Lo insignificativo a los ojos humanos
tiene valor infinito al corazón divino, ya que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza
divina.

Esta es la Buena Noticia de Navidad. Todos son importantes a los ojos de Dios. El sentirse
amado por este Dios devuelve el alma al cuerpo y dignifica todo miembro de la sociedad,
independiente de raza, grupo social, género, pensamiento, y un largo etc. Si la mirada humana
discrimina, el corazón divino acoge de manera incondicional.

Este hecho divino también tiene unas consecuencias en nuestras vidas personales. Dios quiere
nacer en la vida de cada uno. Celebrar la Navidad es abrir las puertas de la propia vida para
que el Niño Dios encuentre un hogar cómodo. Es prestar libre y gozosamente la propia vida
para que también llegue a ser Evangelio para otros. Es abrir el cuaderno de la propia vida para
que Dios escriba Su palabra a Su manera.

No obstante, no resulta tan fácil abrir las puertas del propio hogar. Y si la abrimos, queremos
recibir a Dios en el living de nuestra casa, porque hay puertas que uno prefiere dejar bien
cerradas porque en cada historia también se encuentran los establos, los lugares hediondos, los
sitios sucios, y los ambientes helados donde tan sólo se atreven a habitar las bestias. Y, sin
embargo, Dios está dispuesto a nacer en el establo de cada uno, en la zona oscura de la propia
vida.

Jesús confiesa que “he venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Esta es la
gran noticia de Navidad. Jesús quiere nacer en el medio del infierno que, a veces, ahoga la vida
para iluminar el camino de la salida. Es una invitación para entrar en las zonas oscuras,
mirarlas de frente y confiar en la fuerza de Aquel para Quien nada ni nadie está perdido.

Sabiduría 7, 7 – 11
Hebreos 4, 12 – 13
Marcus 10, 17 – 30
El joven rico

Se nos propone meditar sobre una pregunta fundamental: ¿Qué es lo más importante en mi
vida? ¿Qué es aquello que da sentido a todo lo que hago? ¿Cuál es el valor supremo que orienta
mi caminar en la vida cotidiana?

La primera lectura nos recuerda la oración del rey Salomón, hijo de David, quien al asumir el
trono de su padre pide a Dios por el don de la sabiduría para poder gobernar con rectitud (cf.
1 Reyes 3, 9). La sabiduría consiste en saber discernir entre el bien y el mal. Salomón
prefiere el espíritu de la sabiduría por encima del poder, las riquezas, la salud y la belleza, es
decir, el sabio Salomón considera que el verdadero poder, la auténtica riqueza, el goce de la
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salud y la genuina hermosura consisten en saber distinguir entre el bien y el mal, porque en
esto consiste descubrir el auténtico sentido de la vida a los ojos de Dios.

La segunda lectura señala que la fuente de la sabiduría se encuentra en la Palabra de Dios.


Esta palabra, transmitida por los profetas y cumplida en el Hijo, no está muerta, sino, por el
contrario, “es viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta
la raíz del alma”. Sin embargo, cada persona está libre para dejarse interpelar por esta
palabra viva o simplemente ignorarla o también acomodarla.

Este es el desafío que enfrenta el joven rico. Este hombre, que ciertamente no era joven
porque él mismo declara que desde su juventud ha cumplido los mandamientos, este hombre
desea hacer lo correcto cumpliendo las leyes, pero también se da cuenta que esto no es
suficiente si quiere ser discípulo de Jesús. El cumplimiento de la ley es una ayuda pedagógica,
pero nada puede sustituir el seguimiento de Jesús porque sólo en Él se encuentra la salvación.
La ley no salva sino señala el camino; sólo Jesús salva y es el camino (cf. Gál 3, 23 – 29; Jn 14,
6).

Entonces Jesús le señala el camino de aquel que desea ser su discípulo: venderlo todo,
compartir con los pobres, para poder seguirlo de verdad. Pero, entre los buenos deseos de
este hombre y su opción por un radical seguimiento de Jesús surge un gran obstáculo: sus
riquezas. El apego a las riquezas resulta más fuerte que su deseo de un radical seguimiento de
Jesús.

Esta es la pregunta que el Evangelio vuelve a dirigirme: ¿Qué hay en mi estilo de vida que me
impide ser austero? ¿Qué es aquello que me impide actuar como auténtico cristiano en mi
familia, en el trabajo, en la sociedad? Es decir, ¿Qué hay en mí que no es servicio al otro sino
simplemente idolatría y auto-referencia? No cabe la menor duda que cuando uno aplica a su
propia vida la pregunta del Evangelio, sólo entonces la palabra de Dios llega a interpelar
profundamente y cobra una fuerza que penetra hasta la raíz de la propia alma.

Dios lo entrega todo, hasta a sí mismo, pero también lo pide todo. Esto nos asusta porque la
radicalidad nos incomoda, ya que significa depositar nuestra confianza más allá de nosotros
mismos. Reconocemos al Dios Creador, pero aún no estamos del todo convencidos que somos
simplemente creaturas y que en Él, y sólo en Él, nos realizaremos plenamente.

Pero Dios nos conoce. Sabe que esta radicalidad nos asusta. El mismo Jesús reconoce
abiertamente la imposibilidad del Evangelio a partir del puro esfuerzo humano. Aquí no cabe el
voluntarismo sino la humildad de aquel que reconoce su debilidad en medio de sus grandes
deseos. Sólo entonces uno aprende a confiar en las palabras de Jesús cuando dice que lo
imposible para el ser humano es posible para Dios. Es decir, Dios es Dios.

Este es nuestro consuelo. Nos sentimos identificados con el hombre rico, con sus buenas
intenciones, y también, por qué no decirlo, con su reticencia de último momento. Pero si
aprendemos a confiar en la fuerza de Dios, si aprendemos a dejar a Dios ser Dios en nuestras
vidas, entonces también podremos mirar más allá de nuestras debilidades, y, a ejemplo de
nuestra Madre María, pronunciar el “que se haga en mí según Tu voluntad”.
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La sabiduría de dejarse guiar por la Palabra de Dios es el valor supremo de aquel que desea ser
el discípulo de Cristo. Esta Palabra no es letra muerta sino una Palabra viva, con tal que nos
dejemos interpelar por ella en lo cotidiano de nuestras vidas. Es en esta realidad concreta que
Jesús espera mi respuesta a la pregunta sólo te falta una cosa.

Isaías 35, 1 – 10
Santiago 5, 7 – 10
Mateo 11, 2 – 11

Juan el Bautista

Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a
sus discípulos a decirle: ¿Eres Tú Él que ha de venir, o debemos
esperar a otro?

Jesús les respondió: Vayan a contar a Juan lo que oyen y ven: los
ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos
oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva.

¡Y dichoso aquel que no halle escándalo en Mí! (Mt 11, 2 – 6)

Desde la oscuridad de la cárcel, Juan el Bautista envía a dos mensajeros para preguntarle a
Jesús: ¿Eres Tú Él que ha de venir? Juan el Bautista había reconocido a Jesús como el Mesías
en la orilla del río Jordán cuando se acercó para recibir el bautismo de Juan (cf. Mt 3, 1 – 17).
Entonces, ¿por qué duda ahora?

En su predicación Juan había predicho que el Mesías, Él que ha de venir, “tiene el bieldo y va a
limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se
apaga” (Mt 3, 12). No deja de ser una visión terrorífica. Sin embargo, Jesús se presenta de
otra manera. Por ello, Juan se extraña al ver que Jesús asume su misión mesiánica de manera
tan distinta de la que él esperaba. Juan no dudaba de Jesús, sino se extraña del estilo de
Jesús: es un estilo de mesianismo no esperado.

En nuestras vidas también nosotros nos preguntamos a veces: ¿Eres Tú el Mesías? ¿Eres Tú la
respuesta a nuestros anhelos más profundos? ¿Eres Tú Él que da sentido a nuestras vidas? Es
desde el dolor, las dudas, las preguntas, desde la realidad cotidiana y concreta que, a pesar de
nuestra fe, dudamos. ¿Eres Tú?

Es por ello que Jesús termina diciendo: Dichosos aquellos que no se escandalicen de Mí , es
decir, de la manera cómo hago las cosas. Tal como los judíos esperaban otro tipo de Mesías,
48

también nosotros a veces tenemos otros planes para Dios de cómo debe actuar en nuestras
vidas, en nuestra sociedad, en la historia del mundo. Pero Dios nos sorprende porque su camino
no es nuestro camino, los caminos de Dios no son los caminos del hombre.

Se nos invita a rehacernos esta pregunta. ¿Eres Tú la respuesta de mi vida? ¿Creo


profundamente en el Dios de Jesús o sigo apegado a mi concepto de Dios, un Dios a mi medida?

Esperamos la respuesta de Dios sobre nuestras vidas y sobre el sentido de la historia de la


humanidad. Pero no es una espera vacía sino una espera que implica conversión. Convertirse al
estilo de Dios para poder reconocerlo. Ver la propia vida y comprenderla desde Él porque Él es
el Creador y el Padre. Sólo desde Él se encuentra la respuesta. Pero para encontrar la
respuesta tenemos que acertar en la pregunta, porque a veces no encontramos respuestas
porque nuestras preguntas están equivocadas.

El tiempo de espera implica tres momentos:

1.- Una preparación activa porque el camino tiene una meta. No es una espera sin
contenido, no es una espera desde la ausencia. Es una espera con un contenido bien
concreto. Abrirme a la revelación de Dios, y a Su manera. Esto significa ver el pecado
desde la gracia (no contra Dios sino junto con Dios luchar contra el mal), ver lo negativo
desde lo positivo (la esperanza contra toda esperanza), ver el pasado desde el futuro
(el cumplimiento de la promesa es la que guía el sentido), y evaluar lo provisional y lo
efímero desde lo esencial y lo permanente (distinguir entre los detalles y lo de fondo).

2.- Una espera sobre el presente y no sobre el pasado. No se trata de celebrar un


recuerdo pasado, una memoria de algo que fue, sino de revivirlo en el hoy porque Dios
no ha muerto y quiere nacer de nuevo en mi vida y en la sociedad. ¿De qué sirve que
Dios haya nacido hace dos milenios si no nace en cada uno de nosotros? Somos la
Iglesia y a través de nosotros Él quiere seguir amando y salvando. Este es el sentido
más profundo de ser Iglesia, aquellos que continúan la obra de Jesús el Cristo. Por ello,
Jesús promete el envío de Su Espíritu y asegura que estará con nosotros siempre.

3.- Una espera vigilante para poder reconocer Su presencia o su nacimiento mediante
hechos concretos. A los discípulos de Juan, Jesús no les respondió con teorías
abstractas sino con hechos: digan a Juan lo que oyen y ven. Por ello, se necesita la
conversión para despertar y ver correctamente porque a veces miramos pero no vemos.
La conversión es un despertar, un cambio de mentalidad, un ver desde otra mirada, un
comprender con otros criterios, un caminar con otro paso. En términos televisivos, uno
diría que la conversión no implica bajar o subir el volumen sino un cambio de canal.

Sólo desde un corazón convertido se evita la frustración y el desilusionarse con Dios, porque a
veces encontramos que Dios no responde porque hemos planteado mal la pregunta, porque
hemos mirado obsesivamente en una dirección mientras que Él se encuentra en otra, porque
hemos esperado algo mientras que Él está regalando otra cosa. Por ello, el mayor impedimento
contra el espíritu de una auténtica espera es la presunción: pensar saber más que Dios.
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El tiempo de Adviento es un tiempo de esperanza porque alimenta la fe y motiva la caridad. La


virtud de la esperanza es la del peregrino ya que sin ella el camino se torna un precipicio
peligroso y la búsqueda una tormenta insoportable.

2 Reyes 5, 10 – 17
2 Timoteo 2, 8 – 13
Lucas 17, 11 – 19

Los leprosos y el agradecimiento

En dos de las tres lecturas señaladas, aparece la figura del leproso. Naamán es sanado por el
profeta Eliseo y Jesús tiene compasión de los diez leprosos que le salen al encuentro mientras
se dirige a Jerusalén.

Según la ley del Levítico (13, 45 – 46), los enfermos de lepra están obligados a andar con sus
vestidos rasgados, con su cabeza despeinada, cubriendo totalmente su cuerpo y al caminar
gritar: “¡Impuro, impuro!”. La lepra condenaba a la persona a ser considerada y a ser tratada
como impura y, por ello, tenía que vivir sola, fuera de la ciudad o del campamento donde vivían
los demás. Así, el leproso era siempre expulsado de la comunidad de los sanos porque era
considerado un impuro.

Sin embargo, Dios recoge y acoge a aquellos que el mundo rechaza y expulsa, porque todos, sin
excepción alguna, somos sus hijos y, como nos recuerda San Pablo, Dios es siempre fiel porque
no puede renegar de sí mismo.

En las dos lecturas, también se subraya que, en ambos casos, los únicos que agradecen su
sanación son los paganos, es decir, aquellos que no eran israelitas. Curiosamente, los que
pertenecían al mismo pueblo de Jesús no vuelven a darle las gracias, mientras sí lo hacen los
extranjeros. La cercanía siempre tiene el peligro de tomar por supuesto. Es el peligro de
acostumbrarse a Dios, reduciéndolo a una idea o a un concepto. Es el peligro de ser
desagradecido frente a lo conocido.

En nuestras relaciones interpersonales a veces se nos olvida dar gracias a los demás. Los
tomamos por supuesto. Es importante re-introducir esta palabra en nuestro vocabulario diario.
Saber dar gracias y estar atento a los detalles de la vida, es apreciar al otro, es vivir en
plenitud.

Jesús reprocha la actitud del desagradecido y pregunta: “¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios,
sino este extranjero?”. Tener fe de verdad es vivir siempre agradecido. La Buena Noticia, nos
dice San Pablo, es que Jesús resucitó. Y esto significa que si hemos muerto con Él, viviremos
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con Él; si somos constantes, reinaremos con Él; si somos infieles, Él es fiel, porque no puede
renegar de sí mismo.

El ser agradecido expresa la confianza en Dios. Agradecer es dejar a Dios ser Dios en la
propia vida. Dar gracias es un acto de humildad, en el sentido de reconocerse creatura y
necesitado de Dios. El agradecido es aquel que acoge este amor incondicional de Dios, que sana
hasta las raíces más profundas de nuestras vidas, y la construye sin amargura a pesar de las
dificultades diarias.

Los expulsados de la comunidad, los leprosos, volvieron a dar gracias a Dios. No se trata de
desconocer las dificultades y los dolores que están presentes en nuestras vidas. La clave está
en tener confianza en Dios en medio de los problemas. Jesús le dice al samaritano: “Levántate
y vete, tu fe te ha salvado”.

Génesis 2, 4 – 24
Hebreos 2, 9 – 11
Marcus 10, 2 – 12
Matrimonio

La familia es lo más importante que tenemos en nuestras vidas. En ella nacemos, en ella
aprendemos las primeras lecciones de la vida, en ella descubrimos el amor y el cariño, pero
también en ella aprendemos a enfrentarnos con los problemas y los dolores.

Solemos tomar por supuesto lo obvio y corremos el peligro de no apreciar suficientemente lo


que tenemos. Celebrar la familia nos ayuda a estar conscientes de lo más importante en
nuestras vidas, como también revisar cómo la estamos cuidando. Es un momento donde
hacemos memoria de tantos recuerdos que tejen nuestra particular biografía; donde damos
gracias al Señor por tanto bien recibido; donde revisamos nuestras responsabilidades; donde
pedimos ayuda a Dios frente a los problemas y en medio de las dificultades.

La familia se construye sobre el matrimonio. Esta es la propuesta cristiana. Las lecturas nos
iluminan para profundizar desde nuestra fe el significado cristiano del matrimonio.

En las primeras páginas de la Sagrada Escritura se nos revela un Dios Creador que cuida
cariñosamente de su creatura. Dios no sólo crea al hombre sino se preocupa de darle una
ayuda adecuada porque entre toda la creación sólo otro ser humano constituye una ayuda
adecuada. Vale la pena preguntarnos si la actual sociedad de consumo nos está traicionando de
tal manera que a veces encontramos más ayuda en las cosas que en las otras personas.

En el plan creacional de Dios Padre, el hombre y la mujer constituyen una ayuda adecuada y
esta ayuda se perpetúa en el tiempo porque “el hombre deja a su padre y a su madre y se une a
51

su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne”. Provenientes de dos historias distintas, el
hombre y la mujer se unen en matrimonio para escribir una sola historia juntos.

Esta fidelidad en el tiempo tiene la bendición de Dios. Aún más, se subraya que el ser humano
no separe lo que Dios ha unido. La razón de esta afirmación se encuentra en la segunda
lectura: Jesús experimentó la muerte en favor de todos . Es decir, el sacramento religioso del
matrimonio constituye un signo real frente a la sociedad de la fidelidad de Dios para con la
humanidad. La unión matrimonial entre un hombre y una mujer en el sacramento no es sólo
expresión de amor mutuo sino también, y especialmente, signo del amor de Dios por todos
nosotros. Los esposos hacen realidad visible, mediante su propia unión, el amor de Dios.

La fidelidad en el matrimonio es una buena noticia para la sociedad porque hace presente el
amor en medio de tanto odio y venganza, en medio de tanta falta de compromiso, en medio de
tanta indiferencia. Esto no significa que no existan problemas y dificultades en los
matrimonios, sino que el matrimonio confía plenamente en la presencia de Dios para superarlas.

Realmente, el sacramento del matrimonio, como propuesta y realidad, son un servicio urgente a
la sociedad. Esto no significa que tenemos el derecho de condenar a otros ni de mirar con
desprecio a aquellos que no pudieron vivir este ideal. Esa actitud es ajena al Evangelio porque
Jesús se presenta como aquel que misericordia quiero. Más bien, es una ocasión para dar
gracias a Dios por la gracia recibida y pedir por todos aquellos que se encuentran en
dificultades. La gran lección para todos es cuidar lo que uno tiene con delicadeza y con
constancia.

Oseas 6, 3 – 6
Romanos 4, 18 – 25
Mateo 9, 9 – 13

Quiero misericordia, no sacrificios

En el Evangelio se nos presenta un Jesús que comía con los pecadores. Los fariseos se
escandalizan de este comportamiento de Jesús y le reprochan públicamente su conducta.
Curiosamente, los fariseos le señalan al mismo Dios cómo Él debe actuar. Pero Jesús les
responde: No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos . Y entonces
les enseña, o les recuerda, lo que ya estaba revelado en el Antiguo Testamento en las palabras
del profeta Oseas: Yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos .
Y entonces les proclama la Buena Noticia: No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

En estas palabras se nos revela nuestra propia salvación. Es en medio de nuestro pecado que
reconocemos a este Dios misericordioso que nos llama a cambiar de vida, a convertirnos al
amor, a arrepentirnos del daño que causamos a otros.
52

Sólo en el amor, no en el miedo, somos capaces de conocer a Dios y reconocerlo en la vida


diaria. En su primera carta, San Juan nos enseña: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el
amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. Por el contrario, “quien
no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 7 – 8). Sólo en el amor se
encuentra el auténtico conocimiento de Dios, porque Dios es Amor. Sólo un corazón dispuesto
a amar conoce a Dios.

Aceptar el amor de Dios en nuestras vidas conduce a hacer de nuestras vidas una historia de
amor por el otro. Es que, tal como nos dice San Juan, “quien no ama a su hermano, a quien ve,
no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama a
Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 20 – 21).

Y el amor sabe de misericordia. No se puede dar lo que no se ha recibido. Por ello, aceptar la
misericordia de Dios en la propia vida significa regalarla a otros. No es casual que el “sean
perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5, 48), en San Mateo, se convierte en
“sean compasivos, como su Padre es compasivo” (Lc 6, 36) en San Lucas. Y este ser compasivo
se concreta en “no juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados” (Lc 6, 37).
Por ello, la perfección del cristiano se traduce en aprender a ser compasivo y misericordioso,
porque en eso consiste la perfección del amor por el otro.

Una expresión privilegiada, auténtica y concreta de la misericordia es la solidaridad. Cada uno


tiene que preguntarse si la solidaridad es simplemente un gesto de vez en cuando o si llega a
ser un estilo de vida diario, una manera de mirar la sociedad, una opción para evaluar el
progreso en términos humanos.

San Alberto Hurtado s.j. decía con gran emoción: el pobre es Cristo. Es decir, Dios me espera
en el pobre porque es un hermano mío. Esto no es una ideología sino parte de nuestra fe en
Dios, quien es Padre de todos, y, por ende, somos todos hijos del mismo Padre Dios y hermanos
el uno del otro en el Hermano Mayor Jesús. En la parábola del Juicio Final (cf. Mt 25, 35 –
36), la pregunta clave es ¿dónde estabas cuando tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo,
estaba enfermo, estaba en la cárcel? La respuesta a esta pregunta deja en evidencia si de
verdad creemos en Dios, porque el mismo Jesús nos dice: “cuanto han hecho a unos de estos
hermanos míos más pequeños, a Mí me lo han hecho”; y, por el contrario, “cuanto dejaron de
hacer con unos de estos más pequeños, también conmigo dejaron de hacerlo” (Mt 25, 40 y 45).

Misericordia quiero, dice el Señor. Esta palabra nos reconforta porque nos revela un Dios
Padre misericordioso para con nosotros. Pero tenemos que dar lo que hemos recibido. Seamos
también nosotros misericordiosos y solidarios con los otros, especialmente con aquellos que
padecen necesidad.

Dios se dirige al profeta Ezequiel con estas palabras: “Yo les daré un solo corazón y pondré en
ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de
carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y
así sean Mi pueblo y Yo sea su Dios” (Ez 11, 19 – 20).
53

Isaías 45, 1 – 6
1 Tesalonicenses 1, 1 – 5
Mateo 22, 15 – 21
La Misión

En el Evangelio encontramos una de las grandes alabanzas que se hace a Jesús. Hasta sus
propios adversarios reconocen que Jesús es un hombre profundamente libre y, por ello, sincero
y fiel a su Padre. Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad sin
hacer acepción de personas. Su libertad brota de su fidelidad al Padre y, por ello, dice la
verdad sin acomplejarse frente a nadie.

Sin embargo, esta alabanza de los fariseos y de los herodianos es tan sólo una introducción
para tenderle una trampa. Pero Jesús, justamente por ser un hombre libre y fiel, no se deja
engañar por la alabanza pronunciada por sus adversarios. La pregunta que le hacen es
tremendamente complicada porque se sitúa en el contexto de un país dominado por el Imperio
Romano. Por consiguiente, si responde que no hay que pagar el impuesto al César será
castigado como un rebelde contra Roma, y si acepta la proposición de pagar el impuesto será
tachado de traidor entre su propia gente.

Jesús, conociendo su malicia, - es decir, el peligro real que esconde la pregunta -, contesta con
una habilidad sorprendente: Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios . En
otras palabras, no hay que confundir los poderes y las prioridades. Dios es el auténtico y único
poder absoluto, y el poder político tiene legitimidad en cuanto no contradice el poder divino, un
poder que se entiende en términos de servicio. Así Jesús acepta la autoridad humana que está
simbolizada en el denario, pero rechaza tajantemente identificar el emperador romano con la
divinidad.

Jesús no se queda con los detalles secundarios sino va a lo esencial para iluminar a sus
discípulos: reconocer lo que es de Dios en nuestra vida diaria. Se nos invita a meditar sobre
algo esencial en nuestra vida de cristianos: el don de la fe no es un privilegio para mirar desde
arriba hacia abajo a los demás ni para juzgar o despreciar a los otros, sino una misión de
servicio a la sociedad. San Pablo nos recuerda: Ustedes han sido elegidos y esta elección viene
acompañada del poder de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones. Cada uno de
nosotros ha sido elegido por Dios, es decir, todos tenemos una misión que cumplir en nuestra
historia.

Quizás no siempre caemos en la cuenta de que todos, sin excepción, hemos sido elegidos por
Dios con nombre y apellido. No somos víctimas del azar sino ungidos para cumplir una misión en
la tierra. Dios confía en cada uno y, por ello, nos confía una tarea determinada. Ninguna
persona es un ser huérfano en la existencia porque todos estamos en la mente y en el corazón
de Dios Padre. Por el bautismo fuimos proclamados como hijos y miembros activos de la
comunidad de los discípulos de Jesús. Por el estado de vida que escogimos tenemos una misión
correspondiente.
54

Dios, mediante el profeta Isaías, elige al rey Ciro, un rey pagano y extranjero (es decir, no
perteneciente al pueblo de Dios). Yo te he llamado por tu nombre, te di un título insigne, sin
que tú me conocieras. Nadie es inútil en esta tierra. Todos somos fruto del amor incondicional
de Dios y, por ello, porque somos infinitamente amados se nos confía la misión de prolongar la
obra de Jesús en la historia: hacer habitable el mundo, hacer un hogar para todos en la
historia.

En el mismo profeta Isaías leemos la elección divina en estos términos: No temas, que Yo te he
rescatado, Te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, Yo estoy
contigo; si por los ríos, no te anegarán; si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama
prendará en ti. Porque Yo soy Yahvéh tu Dios y el Santo de Israel tu salvador. Es que eres
precioso a mis ojos, eres estimado, y Yo te amo. Pondré la humanidad en tu lugar, y los pueblos
en pago de tu vida. No temas, que Yo estoy contigo (Is 43, 1 – 5).

La razón de la elección y la misión está en Dios y no en nosotros. Él nos eligió. Por ello, no
perdamos tiempo en confundirnos con preguntas sobre nuestra dignidad, nuestra
vulnerabilidad, nuestro valor. La razón de vivir nuestra vida diaria como una misión está en
Dios, porque tal como leemos en el profeta Isaías: ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho,
sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, Yo no te
olvido (Is 49, 15).

Aceptar el amor de Dios en nuestras vidas implica asumir nuestra responsabilidad como
enviados, como misioneros, como personas con una misión en la historia. Entonces, ¿qué
tenemos que hacer? San Pablo nos ilumina con sus palabras a la comunidad cristiana de
Tesalónica: manifestar nuestra fe con obras concretas, nuestro amor con fatigas y nuestra
esperanza en Jesús con una firme constancia.

Aprendamos de la Virgen María que, a pesar de sus dudas, supo decir: hágase en mí según Tu
palabra (cf. Lc 1, 38).

Malaquías 3, 19 - 20
Salmo 97
2 Tesalonicenses 3, 7 – 12
Lucas 21, 5 – 19
No se dejen engañar

En el Evangelio Jesús nos hace una advertencia bien clara: no se dejen engañar.

Es que el auto engaño se encuentra en la raíz de la historia de la humanidad. El deseo de ser


como los dioses (cf. Gén 3) marca el comienzo de la relación del hombre y de la mujer con Dios.
Y esta tentación permanece en el tiempo. Nos cuesta aceptar nuestra condición de creaturas,
de que sólo encontraremos el sentido profundo de nuestras vidas si reconocemos a Dios como
la única fuente y la brújula que dirige nuestras vidas y nuestra historia.
55

Reconocer a Dios como Dios significa que Él sea lo más importante y que todo el resto tenga
sentido a partir de Él. Reconocer a Dios como Dios en nuestra vida cotidiana significa
centrarla en la fe, abrirla a la caridad y fundamentarla en la esperanza.

No obstante, vivimos en una sociedad llena de ambigüedades. Queremos construir la paz sobre
los cadáveres de la guerra. Defendemos el diálogo con tal que el otro esté de acuerdo con
nosotros. Abogamos por la tolerancia, tan cómoda y tan individualista, pero no damos el paso
siguiente de trabajar seriamente por el respeto auténtico hacia el otro, reconocido en su
diferencia. En vez de buscar soluciones que lleguen hasta la raíz de los problemas nos
contentamos con salidas fáciles (aborto, pena de muerte). La plaza de la ciudad se ha
convertido en un mercado porque todo se compra y todos tienen su precio. Hemos
desmitificado la existencia a favor del pragmatismo, pero no nos damos cuenta que hemos
inventado otro tipo de mitos bajo la bandera de la modernización que parece como una gran
pantalla que lo justifica todo.

¿Cómo retomar el camino? Volviendo a lo más elemental de nuestra fe trinitaria. Es decir,


entablando una relación filial con Dios Padre, caminar en la vida de la mano de Jesús el Cristo, y
siendo dóciles a la presencia del Espíritu del Padre y del Hijo. Por ello, vale la pena hacernos
tres preguntas.

¿Tengo una relación filial con Dios? ¿Trato con Dios como si fuera una idea, un concepto, o de
veras creo profundamente en su paternidad? El mismo Jesús nos insiste en dirigirnos a Él en
términos de Padre nuestro. ¿Me siento huérfano en la vida y en medio de las dificultades o
levanto mi cabeza y con un corazón confiado me dirijo a Dios Padre?

En segundo lugar, ¿leo las Sagradas Escrituras y me recojo en el silencio de la oración para
asumir en todo momento el estilo de vida de Jesús? Él es para nosotros el Camino, la Verdad y
la Vida (cf. Jn 14, 4). Jesús es el rostro humano de Dios, es el Dios hecho visible en la historia
humana. En Él encontraremos todas nuestras respuestas si buscamos con honestidad y con
confianza.

Por último, ¿estoy abierto a la novedad de la presencia viva del Espíritu? Dios no está muerto,
sigue presente en medio de nosotros. Es el Espíritu que nos muestra el camino y nos regala la
fuerza. Sin embargo, tenemos que aprender a mirar porque a veces no es Dios que está
ausente sino somos nosotros los que hemos perdido la capacidad de mirar bien y
correctamente.

Jesús, en el Evangelio, nos invita a perseverar en medio de la oscuridad, como la Virgen que
creó en su Hijo Jesús aunque estaba humillado y colgado en cruz. Y el Padre resucitó al Hijo.
Tengamos fe, con un corazón lleno de caridad y jamás dudemos de la sabiduría de Dios. Este
es el camino que nos liberará del auto engaño porque nuestra alma descansará en Dios y
nuestro cuerpo se desgastará haciendo el bien a otros.
56

Judit 13, 18 – 20; 15, 8 – 10


1 Timoteo 2, 1 – 8
Juan 19, 25 – 27

Nuestra Señora del Carmen I

Evidentemente, como nos recuerda san Pablo, “hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y
la humanidad: Jesús el Cristo, hombre él también, que se entregó a sí mismo para rescatar a
todos” (1 Tim 2, 5 – 6). La Virgen no reemplaza a Jesús. Él es el único camino que conduce al
Padre. Pero la Virgen es sin duda la creatura que tuvo una cercanía privilegiada y única con el
Hijo. En la Cruz, el mismo Jesús nos regala a su propia madre. La Virgen nos conduce a Jesús,
su hijo y el Hijo de Dios. En María, la divinidad y la humanidad se cruzan porque ella es Madre
de Dios y nuestra propia madre.

Toda madre tiene un conocimiento privilegiado de sus hijos porque es un conocimiento que nace
del amor. No es un conocimiento intelectual, que llena la cabeza pero no necesariamente el
corazón humano, sino un saber empático que nace desde las entrañas del vientre. Toda madre
conoce el corazón de su hijo. Por ello, una manera segura de llegar al corazón de Dios es
acudiendo a la Virgen, porque su deseo más profundo es acercarnos a su Hijo y, como toda
madre, tiene caminos insospechados para ello. A una madre no se le puede negar nada porque
ella sólo desea el bien de sus hijos.

Jesús no fue indiferente frente a las necesidades del otro. Por el contrario, cuando la
muchedumbre tenía hambre y los discípulos aconsejan a Jesús para que despida a la gente y así
puedan ir a comprar comida, Jesús les dice denles ustedes de comer (Mt 14, 16). La misma
Virgen se conmueve frente a los novios durante su boda en Caná y le dice a Jesús no tienen
vino (Jn 2, 3).

El discípulo de Jesús se interesa por el otro y se conmueve frente a sus necesidades, porque el
amor por el otro se muestra en los hechos concretos y no en palabras vacías que no están
avaladas por acciones consecuentes. Jesús resume nuestra fe en el mandamiento de ámense
los unos a los otros como Yo les he amado (Jn 15, 12).

San Juan Crisóstomo, insigne predicador del siglo quinto, se pregunta: “¿De qué serviría
adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero
de comer al hambriento y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres
hacer ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de qué servirá
recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido
necesario para cubrir su desnudez?”.

Es hora de tomar en serio las palabras de Jesús: en verdad les digo que cuanto han hecho a
uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo han hecho (Mt 25, 40).
57

Por ello, antes de acostarme, al hacer el examen de conciencia, que no me haga la pregunta por
si he sido bueno durante el día vivido, sino más bien interpelarme con el interrogante sobre si
he hecho el bien a otros.
58

Reyes 18, 1-2.41-46


Hechos 1, 12 – 14
Juan 2, 1 – 11

Nuestra Señora del Carmen II

En la tradición bíblica la imagen de la boda simboliza el amor fiel de Dios por la humanidad.
Así, el profeta Ezequiel resume simbólicamente la historia de Israel en la forma de un
matrimonio donde la fidelidad de Yahvéh se impone sobre la infidelidad de su pareja. “Yo me
acordaré de la alianza que pacté contigo en los días de tu juventud, y estableceré en tu favor
una alianza eterna. (…) Sabrás que Yo soy Yahvéh, para que te acuerdes y te avergüences y no
oses más abrir la boca de vergüenza, cuando Yo te haya perdonado todo lo que has hecho” (cf.
Ez 16, 60.62-63).

Nuestra infidelidad humana encuentra, en el arrepentimiento, el camino que conduce a Dios que
es fiel a su promesa y como el Padre en la parábola del hijo prodigo (cf. Lc 15, 11 – 32) espera
pacientemente nuestro regreso a casa.

Jesús realiza su primer signo mesiánico en el contexto de una boda, es decir, subrayando que
su vida es una expresión concreta del amor de Dios Padre por la humanidad. Esta situación
explica las palabras de Jesús, que a primera vista podrían aparecer bastante extrañas: “Mi
hora no ha llegado todavía”. En el Evangelio de san Juan se narra que dos veces querían
detener a Jesús pero en ambas ocasiones “nadie le echó mano” porque “todavía no había llegado
su hora” (Jn 7, 30; cf. Jn 8, 20).

El acto definitivo del amor de Dios por la humanidad, es decir, la hora definitiva en la vida de
Jesús, es la Pasión y la Resurrección. Así, en el último discurso a sus discípulos antes de ser
detenido, Jesús “alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegada la hora; glorifica a tu Hijo,
para que tu Hijo te glorifique a Ti (Jn 17, 1; cf. Jn 16, 32).

En el misterio pascual Dios entrega su propia vida para la salvación de la historia. El Creador
se enamora de su creatura y le invita a aceptar el don de la filiación. “Este es el mandamiento
mío: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que el que
da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que Yo les mando. No les llamo
ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes les he llamado amigos, porque
todo lo que he oído a mi Padre les lo he dado a conocer” (Jn 15, 12 – 15).

En las Bodas de Caná se destaca la figura de un Jesús preocupado frente a los problemas de
otros. Jesús se conmueve frente a una situación embarazosa para los novios y no ofrece
cualquier solución sino la mejor solución posible, tanto que el encargado queda asombrado
porque en general es el vino de calidad inferior el que se distribuye al final. Nuestro Dios no
queda indiferente frente a la necesidad humana sino se deja conmover frente a la insistencia
de su Madre.

Uno podría pensar que Jesús tenía problemas más importantes para solucionar, como es la
salvación de la humanidad. Sin embargo, en aquel momento lo más importante era la dificultad
59

de los novios. Es que la salvación de la historia pasa por estos mismos hechos insignificantes
para otros pero terriblemente importantes para las personas involucradas.

La figura de María sobresale en este episodio de la vida cotidiana. En primer lugar, es una
mujer que cuida los detalles. Ella se da cuenta de lo que pasa a su alrededor y sabe dónde
acudir para resolver la dificultad. En segundo lugar, también señala el camino que conduce a la
solución: “Hagan todo aquello que Él les diga”. En verdad, ella no es tan sólo Madre de Dios sino
también Madre de la humanidad porque intercede poderosamente en los momentos
problemáticos.

El Evangelio es, en verdad, una buena noticia porque nos proclama un Dios que no se queda
indiferente frente a nuestras dificultades, que nada es insignificante para Él, que su fidelidad
está avalada por la muerte del Hijo.

A la vez, se nos ofrece a la Virgen María como poderosa intercesora porque es un camino
seguro que conduce a su Hijo Jesús. Su palabra es lapidaria: “Hagan todo aquello que Él les
diga”. Así, siguiendo el mismo ejemplo de la Virgen María, estamos llamados a confiar nuestras
vidas en los brazos del Padre Dios repitiendo aquellas palabras marianas: hágase en mí según
Tu voluntad (Lc 1, 38).

Jesús vivió pendiente de su Padre y en todo momento supo confiar en Él, una confianza más allá
de lo razonable porque también cuando se sintió abandonado y solo en la cruz supo pronunciar
aquellas últimas palabras de abandono total en el Padre antes de morir: Padre, en Tus manos
pongo mi espíritu (Lc 23, 46).

En medio de las angustias que a veces nos ahogan, de los problemas que nos atormentan, de las
dudas que nos confunden, tenemos el privilegio de acudir a nuestra Madre para que ella
interceda por nosotros delante de su Hijo Jesús quien, en su humanidad, conoce el dolor pero
también la esperanza en la fidelidad del Padre. Y esto es lo más importante: confiar en Dios
más allá de lo razonable, tal como lo hizo la Virgen cuando se le anuncia que iba a ser madre en
su virginidad.

Al celebrar la fiesta de la Virgen del Carmen hagamos un acto de profunda confianza en Dios.
Con sencillez, pidamos la poderosa intercesión de la Virgen para que el verdadero éxito de
Chile se mida por el espíritu de la solidaridad, para que aprendamos a ser fieles en el amor y
sepamos perdonar a aquellos que nos lastiman, para que nuestra confianza en Dios Padre dirija
los pasos de nuestras vidas en medio de los problemas y las dificultades, para que estemos
atentos a las necesidades de otros especialmente en nuestras propias familias.
60

Éxodo 17, 8 – 13
2 Timoteo 3, 14 – 4, 2
Lucas 18, 1 – 8

Orar sin desanimarse

Jesús nos enseña que es necesario orar siempre sin desanimarse. En la primera lectura
tenemos el ejemplo de Moisés que cuando tenía los brazos levantados en oración aseguraba la
victoria de Israel, mientras, por el contrario, cuando los dejaba caer, los soldados de Israel
perdían contra Amalec. En el Evangelio, Jesús ofrece el ejemplo de la viuda que no dejaba de
molestar al juez, y éste, al final, decide hacerle justicia para que ella dejara de fastidiarlo.

El Evangelio es muy claro: es necesario orar siempre sin desanimarse. Pero, ¿por qué esta
insistencia en el no desanimarse? Jesús mismo contesta esta pregunta: a veces Dios hace
esperar. Pero, entonces, surge otra pregunta: ¿por qué hace esperar Dios? ¿por qué no
concede en seguida lo que se le pide?

En la respuesta a esta pregunta se encuentra la clave para entender lo que es la oración. La


oración es básicamente un esperar, porque no se trata de cambiar a Dios sino de que uno entre
en el proceso de conversión para entender desde Dios. El que tiene que cambiar es uno y no
Dios porque uno es creatura y Dios es el Creador. Es decir, el Creador sabe más que la
creatura y la creatura confía que el Creador sólo desea lo mejor para ella, aunque a veces la
creatura no entienda mucho y piense que sus planes son mejores que los de su Creador.

A veces nuestra oración es la del prepotente y en la oración no pedimos sino exigimos. En el


fondo, pedimos a Dios que se haga nuestra voluntad y no la de Él. La oración consiste en decir
con la Virgen: que se haga en mí Tu voluntad (cf. Lc 1, 38). Esta oración expresa una confianza
en Dios, un reconocer Su paternidad sobre nuestras vidas, una aceptación de su amor
incondicional hacia cada uno de nosotros.

A veces no entendemos bien este plan de Dios sobre nosotros; otras veces nos parece que lo
que estamos pidiendo es bueno y muy bueno. Quizás lo sea, pero la fe nos asegura que el plan
de Dios es aún mejor, porque creemos que Dios nos conoce aún más que nosotros a nosotros
mismos.

Evidentemente, tenemos todo el derecho de quejarnos porque es lo que de verdad sentimos y


vivimos. Pero la fe en este Dios Padre, que sabe de sobra lo que necesitamos, nos hace confiar
en Él. Por ello, quejarse es humano, pero pedirle cuentas a Dios es desconfiar de Él. Quejarse
es expresión de cercanía, pero acto seguido renovar la confianza de que Él nunca nos va a
abandonar, aunque a corto plazo uno no entienda nada de nada.

La oración es ponerse en actitud de espera porque la espera es signo de fe en Dios. Hoy por
hoy nos cuesta esperar; sin embargo, uno espera a otra persona cuando considera que es
importante, cuando necesita algo de ella. En este caso, la misma espera es signo de respeto, de
deferencia para con ella. Por ello, si de verdad Dios es importante en nuestras vidas y si, de
verdad, nosotros confiamos en Él, aprendemos a esperar. Pero una espera confiada y
61

esperanzada porque Dios es nuestro Padre y sabe lo que necesitamos y no nos prueba más de lo
que podemos humanamente soportar.

En el Evangelio Jesús termina con la pregunta: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará
fe sobre la tierra? Es que la oración presume la fe; el pedir algo a alguien presupone la
confianza en este alguien. A la vez, la oración hace crecer en la fe porque, cada vez más, el
orante va mirando con los ojos de Dios. Realmente, junto con los apóstoles, podemos pedir:
Señor, enséñanos a orar (Lc 11, 1) para que aprendamos a hablar menos en su presencia y a
escuchar más en el silencio de la fe porque el Padre Dios sabe lo que necesitamos antes de que
se lo pidamos (cf. Mt 6, 7 - 8).

Hechos 15, 1-2.22-29


Apocalipsis 21, 10 – 14
Juan 14, 23 – 29

El Paráclito

Durante la Última Cena Jesús pronuncia una promesa solemne a sus discípulos: El Paráclito, el
Espíritu Santo, que el Padre enviará en Mi nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les
he dicho. Jesús promete el envío del Espíritu y la promesa se cumple el día de Pentecostés,
cuando el Libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que los apóstoles “quedaron todos
llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2, 4).

La palabra que emplea Jesús recordar significa entender y comprender. Es la acción del
Espíritu en nosotros que nos hace comprender las palabras y las acciones de Jesús; es el
Espíritu que nos hace reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas diarias.

San Pablo nos enseña que es, justamente, la presencia del Espíritu de Jesús en nuestras vidas
que nos permite reconocer en el hombre Jesús de Nazaret al mismo Dios hecho hombre.
“Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino con el Espíritu Santo (1 Cor 12, 3). Es el Espíritu
que, con Su presencia silenciosa, nos permite hacer la experiencia del amor incondicional de
Dios Padre hacia cada uno de nosotros (cf. Rom 5, 5). San Pablo nos reconforta con las
palabras: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir
para orar como conviene; más el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”
(Rom 8, 26).

Realmente, la presencia del Espíritu de Jesús es como el viento, ya que no lo vemos pero
sentimos su presencia. Sin ni siquiera darnos cuenta, Él ha estado siempre presente en
nuestras vidas. Él es el Paráclito, el abogado, el defensor. La palabra paráclito significa el
llamado a estar al lado de alguien , lo cual es también su significado en latín: ad vocatus. Así, en
palabras de San Juan, Jesús es “nuestro abogado cerca del Padre” (1Jn 2, 1) que intercede por
nosotros y el Espíritu es el defensor de la causa de Jesús en la historia humana.
62

El tiempo de la Iglesia, como la comunidad de los discípulos de Jesús, es el tiempo del Espíritu.

En los Hechos de los Apóstoles, se hace referencia al primer conflicto que se vivió en la
Iglesia. ¿Debe el cristiano hacerse judío? ¿Hay que ser judío para ser cristiano? ¿Hay que
circuncidarse para poder bautizarse? Realmente, no fue un problema menor. En este conflicto
se enfrentan Pedro y Pablo, también figuras claves en la historia de la Iglesia.

La comunidad acude a la oración y el Espíritu Santo se hace presente. Es muy notable la frase
que emplean los apóstoles en la carta que envían a Antioquía: el Espíritu Santo y nosotros
hemos decidido. En la oración la comunidad se hace libre para buscar la voluntad de Dios y el
Espíritu Santo se hace presente. Lo importante no es quién tiene la razón (Pedro o Pablo) sino
qué es lo que Dios quiere; lo esencial es buscar la voluntad de Dios.

Jesús dice: El que me ama será fiel a mi palabra. (...) El que no me ama no es fiel a mis
palabras. Y la presencia del Espíritu de Jesús, enviado por el Padre, nos enseña, nos hace
comprender y nos da la fuerza para entender cuál es esta palabra de Jesús y cómo ponerla en
práctica. El amor no se queda en palabras sino se traduce en hechos concretos.

Este es el gran desafío de nosotros como Iglesia, como comunidad de los discípulos de Jesús.
En medio de los conflictos y los distintos pareceres, colocarnos en torno al altar y dejarnos
interpelar por el Espíritu para descubrir esta palabra que Jesús nos dirige hoy. Y tal como
ocurrió en ese primer Concilio de Jerusalén, lo hagamos en comunión con nuestros Pastores,
sucesores de los Apóstoles, que nos convocan a defender el valor sagrado de la vida humana en
su expresión más inocente e indefensa.

1 Reyes 19, 9 – 13
Romanos 9, 1 – 5
Mateo 14, 22 – 33
Pedro camina sobre el mar

Se nos invita a meditar sobre un tema central en nuestra vida espiritual: el encuentro del ser
humano con Dios. Esta es la experiencia que anhelamos profundamente en nuestra vida porque
deseamos vivir constantemente en la presencia de Dios, agradarlo en todo momento y, a
ejemplo del Hijo Jesús, hacer de nuestra sociedad un hogar donde todos tengan cabida digna.

En las lecturas se describen tres situaciones que, de alguna manera, reflejan nuestra
experiencia de búsqueda de Dios en la vida diaria.

A veces buscamos a Dios pero no sabemos dónde encontrarlo. El profeta Elías lo buscó en el
viento, en el terremoto y en el fuego. Pero Dios no estaba allí. Dios vino con la brisa suave. Es
que Dios es siempre nuevo y sus caminos son desconocidos. No es posible determinar para cada
63

uno dónde encontrar a Dios, pero si es posible señalar caminos comunes que conducen a Él. El
profeta Miqueas describe la vida del creyente en términos de practicar la justicia, amar con
ternura y caminar humildemente en la presencia de Dios (cf. Miq 6, 8). Hay que dejarse
encontrar por Él en la oración pero también salir a buscarlo en las tareas y compromisos
cotidianos.

Otras veces lo vemos pero no lo reconocemos, aún más, nos da miedo. Es la experiencia de los
apóstoles que cuando ven a Jesús caminando sobre el mar se asustan, piensan que es un
fantasma y llenos de temor se ponen a gritar. Dios no es un fantasma, producto de nuestros
temores. Por el contrario, el Dios que Jesús predicó y anunció como la Buena Noticia es el Dios
Padre. Dios es nuestro Padre. Y al Padre hay que tenerle respeto, pero un respeto que brota
del cariño y no del miedo. Vale la pena preguntarse si la primera palabra que pronunciamos
cuando pensamos en Dios es perdón o gracias. Es decir, ¿nos acercamos a Dios desde el temor
del esclavo o desde el cariño de un hijo agradecido?

Por último, hay veces que sentimos una gran cercanía de Dios pero de a poco vamos dudando.
Pasamos de la consolación a la desolación, de la certeza a la duda, de la respuesta a la pregunta.
Es la experiencia de Pedro que, convocado por Jesús, camina hacia Él sobre el mar, pero de
repente desvía su mirada del Señor y se centra en la violencia del viento. En el instante
empieza a hundirse y le suplica a Jesús: sálvame. En medio de las dudas y hasta de nuestros
pecados estamos invitados a acercarnos a Dios Padre, aunque nuestra tendencia es la de
alejarse lo máximo posible. Acercarse humildemente y repetir con profunda convicción: Señor
sálvame porque no me la puedo.

Frente a estas situaciones, Jesús nos invita a crecer en la fe, es decir, a tener más confianza
en Él y en su palabra. No teman, nos dice Jesús. No teman porque amar y creer significan
confiar y confiar más allá de lo razonable. Es que lo importante no son nuestros cálculos sino
su enorme misericordia que nos salva y obra en nosotros una profunda conversión que se
traduce en una vida plena de caridad y de esperanza para con otros.

Cuando sentimos que nos estamos hundiendo en el mar de la vida diaria, tengamos el coraje y la
humildad de Pedro para acudir al Señor, con la absoluta seguridad de que Él nos tenderá la
mano, tal como lo hizo con Pedro.

Hechos 2, 1 – 11
1 Corintios 12, 3 – 13
Juan 20, 19 – 23
Pentecostés

El día de Pentecostés marca un hito en la historia de la salvación.


64

Es el tiempo del Espíritu de Jesús y del Padre. Jesús regala Su propio Espíritu a sus discípulos
y ellos, nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, “quedaron llenos del Espíritu Santo”.
Por ello, es también el tiempo de la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús que es
enviada a anunciar la Buena Noticia a toda la humanidad, respetando el lenguaje de cada grupo
humano. Pero la Iglesia no existiría sin la presencia del Espíritu, porque, nos recuerda San
Pablo, “nadie puede decir Jesús es el Señor, si no está impulsado por el Espíritu Santo”.

Los apóstoles estaban muertos de miedo y desorientados, encerrados en una pieza, porque su
Maestro Jesús había sido crucificado por los judíos. Era del todo lógico que ellos fueran las
siguientes víctimas. Aún más, confiaron en el liderazgo de su Maestro Jesús pero terminó
colgado en una cruz, y entonces comenzaron a dudar.

Con la venida del Espíritu Santo, bajo la forma de lengua de fuego, los discípulos se convierten
en testigos valientes del Crucificado. “A éste Jesús”, proclama Pedro en su primer discurso a
los judíos, “ustedes lo mataron clavándole en cruz”, pues “a éste mismo, Dios Padre le resucitó”
(cf. Hechos 2, 23 – 24). Y todos los apóstoles salen del encierro y emprenden el camino de la
misión, proclamando el amor incondicional de Dios hacia la humanidad.

El día de Pentecostés marca claramente un antes y un después. Son las mismas personas pero,
a la vez, son completamente distintas. Este grupo de hombres se llenan de entusiasmo y
predican a un Crucificado, hablando en distintos idiomas. Es la acción del Espíritu de Jesús que
los transforma en hombres valientes y determinados, convencidos de que Jesús es el mismo
Dios hecho hombre.

Vivamos nuestro propio Pentecostés, dejemos un espacio en nuestras vidas cotidianas para que
el Espíritu de Jesús pueda posarse en medio nuestro, para que nos llenemos de entusiasmo por
la gratitud de nuestra fe en un Dios que nos ama incondicionalmente. La gracia de Pentecostés
no es tanto hacer cosas distintas sino ser de manera distinta. No se trata de huir de lo
cotidiano sino de vivir los detalles de cada día pero de manera distinta: vivir en la constante
presencia de Dios Padre y confiando en la fuerza del Espíritu de Jesús para enfrentar lo
diario.

Entonces, la vida se torna misión. Dios confía en cada uno de nosotros y nos invita a
transparentar la Buena Noticia en nuestro quehacer diario. Esto es lo que da sentido en la vida
del discípulo de Jesús: prolongar sus palabras y sus actos a través de la vida de cada uno como
individuo y como comunidad.

Pero sólo se puede ser testigo de alguien si uno comparte su visión y su vida. Por ello, sólo es
posible ser testigo de Dios en el mundo si uno entra en una relación de intimidad con este Dios
para poder decir con San Juan “lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y
tocaron nuestras manos” (1 Jn 1, 1), de esto damos testimonio.

Sólo desde el silencio del encuentro íntimo con Dios podemos pronunciar una palabra creíble.
Sólo desde una profunda espiritualidad resulta posible vivir con apasionado entusiasmo nuestra
fe en los detalles de cada día. Pidamos, con humildad, la gracia de recibir este don del Espíritu
de Jesús para que seamos fieles testigos del Evangelio en todo lo que hacemos.
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También en nuestra vida de fe, la presencia del Espíritu es simplemente fundamental. San
Pablo nos lo recuerda. Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no está impulsado por el
Espíritu Santo. Gracias a la presencia del Espíritu en nuestras vidas, como individuos y como
comunidad, llegamos a comprender el sentido más profundo de lo que realmente somos, de lo
que realmente tenemos que hacer, del sentido más profundo de la historia humana.

La llegada del Espíritu del Padre y del Hijo cambió radicalmente la vida de los apóstoles. Ahora
se llenan de paz, aprenden a perdonar, se llenan de valentía y salen de su encierro miedoso. El
Espíritu les hace comprender el sentido del pasado y a reconocer la presencia de Jesús en sus
vidas diarias. Ya no tienen miedo, ni están confundidos, ni se encuentran defraudados. Salen
de su encierro y predican a Jesús en los distintos idiomas para poder llegar a todos, ya que
ahora todos somos hijos e hijas del mismo Dios y, por ende, desaparecen las distinciones de
raza, de género, de clase social.

También en nuestras vidas es el Espíritu quien nos da la sabiduría para confesar a Jesús como
el mismo Dios, es Él quien nos da la valentía para enfrentar con paz los problemas diarios, es Él
quien nos ilumina para encontrar sentido donde sólo vemos, a primera vista, fracaso y
absurdidad.

Pero nuestra manera de encontrar sentido y de comprender pasa por reconocer a Jesús como
el Cristo, como nuestro Salvador, como nuestro ejemplo en el diario caminar. Así, la respuesta
que buscamos con tanto afán se encuentra en la Persona de Jesús porque es sólo desde Él que
podemos comprender. Es un comprender desde la confianza porque Él merece nuestra plena
confianza. Así, aunque a veces no entendamos, confiemos en Él porque Él no defrauda.

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7


Romanos 14, 7 – 9
Mateo 18, 21 – 35

El perdón

Si estamos reunidos como comunidad en torno al altar es porque hacemos nuestra la


formulación de Pablo: Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí. Si vivimos,
vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte,
pertenecemos al Señor. Estamos reunidos porque queremos de verdad pertenecer al Señor,
es decir, vivir y entender la vida desde Él, para Él y según Él. Este Jesús de Nazaret, a quien
reconocemos y confesamos como el Señor de nuestras vidas, nos invita a seguirlo
concretamente en lo cotidiano, mediante una vida de servicio y entrega para hacer de nuestra
sociedad un hogar habitable para todos.
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El Evangelio nos anuncia que una condición indispensable para vivir según el estilo de Jesús es
tener la capacidad para perdonar; y perdonar no sólo a otros sino también a nosotros mismos
porque Dios es Amor y el perdón es la expresión más concreta y radical del amor verdadero.

En el camino de la vida diaria nos van quedando heridas, algunas muy profundas, que marcan el
rumbo de nuestra historia personal. De nosotros depende hacer de nuestras vidas un cúmulo
de heridas siempre abiertas que nos llenan de rencor o emprender el proceso de la
cicatrización que deja la marca pero que ya no duele.

Necesitamos el perdón para poder seguir viviendo en paz. Hasta la sabiduría humana llega a
afirmar que si uno quiere ser feliz por un instante, que se vengue del otro, pero si uno quiere
ser feliz para siempre, que aprenda a perdonar. O también se escucha decir que el quiera
vengarse del otro que prepare dos tumbas, una para el enemigo y otra para él mismo. Es que no
abrirse al perdón implica quedarse encerrado en el pasado y esclavos de nuestras rabias, sin
posibilidad de futuro, ahogándose en un resentimiento que amarga profundamente la propia
vida y la de aquellos a su alrededor.

Pero, ¿qué significa perdonar? Perdonar no es olvidar ni ignorar lo que ha pasado. Perdonar
tampoco es disculpar ingenuamente al otro cuando existe una ofensa clara. Por el contrario,
perdonar es enfrentar las propias heridas, identificarlas y hacerle el duelo necesario.
Perdonar es enfrentarse con la propia rabia y el deseo instintivo de venganza. Perdonar es
aceptar la propia fragilidad y la dolorosa vulnerabilidad.

Pero también el perdón implica la decisión de no causar daño al ofensor porque el ojo por ojo
sólo dejará a los dos ciegos. Perdonar exige la opción por dejar la puerta abierta para el otro
y así encontrar un camino de reconciliación en la verdad y establecer una relación distinta,
quizás más distante o más cercana según el caso. Pero cuando hay ofensa no se puede
presuponer que no ha pasado nada y que todo va a ser como antes. Perdonar compromete a
crear una situación nueva guiada por el perdón.

La venganza es un instinto espontáneo humano; el perdón es un don divino. En la parábola del


Padre Misericordioso, la figura que más se destaca no es tanto el joven derrochador ni el
rencoroso hijo mayor, sino el anciano que ya no tenía nada que perder porque ya lo había
perdido todo y sólo le quedaba amar sin condiciones.

Es en la escuela de la fe donde uno aprende a perdonar en el momento que uno se siente


totalmente perdonado por Dios Padre. Jesús presenta al Padre como Aquel que goza regalando
el perdón al ser humano. En las tres parábolas sobre la misericordia (Lc 15) se repite el tema
de que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y
nueve justos que no tengan necesidad de conversión .

En el perdón uno aprende a aceptarse tal como es, sin engaños ni falsas expectativas, y, por
ello, vive la experiencia de ser salvado por Dios. Y es esta experiencia totalmente gratuita que
nos introduce al perdón de corazón que pide Jesús. Al sentirse perdonado uno aprende a
perdonar a otros.
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Pidamos al Señor Jesús la gracia de sentirnos profundamente amados por Dios, porque sólo
entonces nos atreveremos a regalar el perdón a otros y a nosotros mismos.
68

Isaías 66, 18 – 21
Hebreos 12, 5 – 13
Lucas 13, 22 – 30

La puerta estrecha

Las lecturas bíblicas tienen un doble movimiento bastante paradójico. Por una parte, se abre el
horizonte de la salvación a la universalidad, haciendo un llamado a todas las naciones, a los
pueblos de Occidente y de Oriente, pero, a la vez, se nos dice que hay que entrar por la puerta
estrecha. Apertura de invitación, pero estrechez de entrada.

Esta constatación es muy relevante para nuestros tiempos, porque se tiende a insistir en abrir
los horizontes de la mirada, en ser tolerantes, en ser comprensivos, en respetar las
diferencias, pero, a veces, se corre el peligro de caer en la superficialidad y en la falta de
compromiso. Ciertamente es bueno extender la mirada, pero esto no puede significar perder
su profundidad y caer en la miopía.

El Evangelio nos ofrece dos consideraciones al respecto.

En primer lugar, no reducir la experiencia de la fe a algo ritualístico, a algo automático, a


costumbres que se cumplen. Es el peligro de salvar las apariencias pero sin comprometerse; de
haber sido bautizado, pero de no actuar como un bautizado; de decirse cristiano, pero no de
hacer del cristianismo un estilo de vida diario; de escuchar el Evangelio, pero no de ser un
Evangelio para otros.

Así, los que simplemente comieron, bebieron y escucharon no fueron aceptados, porque
tuvieron una actitud totalmente pasiva. No basta escuchar, es preciso dejarse interpelar; no
basta comer y beber con alguien, es preciso compartir la propia vida con el otro.

Por ello, y en segundo lugar, Jesús habla de la puerta estrecha. Es la puerta del compromiso,
de tomar en serio la fe, de que la palabra Dios deje de ser una idea o un concepto y llegue a ser
una realidad muy personal. Dios es una presencia que es, a la vez, reconfortante e incómoda,
misericordiosa y exigente, cercana y lejana. Es el misterio del encuentro.

La puerta resulta estrecha porque en este encuentro diario con Dios uno va aprendiendo a
dejar afuera su egoísmo, la superficialidad, la farándula de la existencia, los propios planes,
para dejarse transformar por Él y vivir la propia vida como un servicio para los demás. La
puerta es estrecha porque con el pasar de los años uno va aprendiendo a desprenderse de lo
inútil, de lo superfluo, de lo accidental y siempre buscar lo esencial en la vida.

El Padre Hurtado decía que la vida diaria del cristiano era una extensión de su contemplación,
porque lo importante para aquel que quiere ser discípulo de Jesús es “mirar la vida con sus
ojos, juzgarla con su criterio, para hacer en la tierra lo que Él haría si estuviese en nuestro
69

lugar”14. Por ello, afirmaba que “nuestra acción no ha de ser más que la prolongación de nuestra
contemplación”15.

Después de todo, tal como leemos en la Carta de Santiago, “¿De qué sirve, hermanos, que
alguien diga: tengo fe, si después no tiene obras? (...) Al contrario, alguno podrá decir: ¿Tú
tienes fe; pues yo tengo obras. Pruébame tu fin sin obras y yo te probaré por las obras mi fe ”
(Sant 2, 14 – 18).

Zacarías 12, 10-11; 13, 1


Gálatas 3, 26 – 29
Lucas 9, 18 – 24

¿Quién dice la gente que soy Yo?

A lo largo de nuestras vidas hemos escuchado mucho hablar de Jesús. Como niños, hemos
escuchado hablar de Él en la familia como también en las clases de catecismo y de religión;
como jóvenes, seguramente hemos participado en alguna jornada y hemos leído algún trozo del
Evangelio; como adultos, quizás también hayamos hecho algún retiro. De todas maneras,
siempre escuchamos hablar de Jesús en las distintas liturgias en las cuales participamos.

Hemos oído hablar de Jesús; hemos leído sobre Jesús; y probablemente también tenemos
imágenes sagradas en nuestros hogares y, a veces, hasta en nuestros autos.

Pero Jesús nos dirige una pregunta directa. Ya no pregunta por lo que dicen los otros sobre Él.
Hoy quiere saber de cada uno de nosotros: ¿Quién soy Yo para ti?

• En la vida diaria, a veces aburrida, Jesús me pregunta: ¿Quién soy Yo para ti?
• En los momentos de alegría, satisfacción, éxito, cuando todo anda bien: ¿Quién soy Yo
para ti?
• En los malos ratos, cuando las nubes se acumulan, cuando el sol se oculta, cuando el
sentido desaparece, cuando todo anda mal y uno tiene ganas de bajar del tren de la vida:
¿Quién soy Yo para ti?
• En el hogar, en el trabajo, en los momentos de esparcimiento: ¿Quién soy Yo para ti?

¿Qué significa de verdad la presencia de Jesús en nuestras vidas? ¿Quién es Él? ¿Cómo
definir la Persona de Jesús? No se trata de una definición dogmática sino de la descripción de
un encuentro personal. ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué importancia tiene en mi vida diaria?

Sólo se conoce a otra persona en el encuentro. No basta leer sobre la otra persona; no basta
escuchar lo que los otros dicen sobre ella. Para conocer hay que pasar por el encuentro

14
Alberto Hurtado s.j., Moral Social, (Santiago: Ediciones Universidad Católica, 2004), p. 365.
15
Alberto Hurtado s.j., Reformas de las estructuras sociales, Documento s26y09, Centro de Estudios y Documentación Padre Hurtado,
Pontificia Universidad Católica de Chile.
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personal. Como dice Job: “Yo te conocía sólo de oídas, más ahora Te han visto mis ojos” (Job
42, 5).

Si, de verdad, Jesús es el Mesías, el enviado del Padre, entonces es la respuesta más honda de
todos nuestros anhelos. En este caso, nuestra vida trasparentará a Aquel que es nuestro todo.
Es como el enamorado en cuya cara se refleja la enamorada.

Por ello, la respuesta a la pregunta de Jesús se trasluce en la vida concreta, en la vivencia


cotidiana. Se puede afirmar que uno es cristiano, discípulo de Jesús, y así la propia vida llegará
a ser un testimonio viviente de Jesús o, por el contrario, la contradicción entre lo que se dice y
lo que se hace puede llegar a ser causa de rechazo para otros. Ghandi decía que le fascinaba la
figura de Jesús pero le escandalizaban los cristianos. El vivir consecuentemente con el
Evangelio que profesamos no es sólo un asunto personal, porque quizás sea éste el único
Evangelio que algún otro jamás leerá o rechazará en su vida.

Hechos 5, 12 - 16
Apocalipsis 1, 9 - 19
Juan 20, 19 – 31

Resurrección

Celebrar la Resurrección es celebrar la esperanza, es creer que hay siempre una segunda
oportunidad, porque Dios es capaz de revertir una situación de muerte en una situación de vida.

En medio de su miedo aparece Jesús, mostrando sus heridas en las manos y en el costado. Es
el Jesús Crucificado. No les regaña por sus dudas, no les reprocha su falta de confianza en Él.
Por el contrario, les ofrece una palabra de paz. En una situación de fracaso y de
desorientación se anhela profundamente la paz porque es como devolver el alma al cuerpo.

Creer en Dios es dejar a Dios ser Dios en la propia vida. Nuestros horizontes humanos son
limitados y frágiles. Estamos llamados a confiar en la novedad divina que no conoce nuestras
limitaciones. Lo humanamente imposible es divinamente posible. Jesús está vivo. El
Crucificado ha Resucitado. La vida ha triunfado sobre la muerte.

Esta es la Buena Noticia de la Resurrección: siempre existe una salida frente a los problemas,
si confiamos en Dios y si estamos dispuestos a proceder según su estilo, tal como Jesús confió
plenamente en su Padre, más allá de lo razonable, en el jardín de Getsemaní.

Nuestras vidas se mueven entre la fe y la incredulidad. No es motivo de desánimo porque


Tomás también dudó y exigió pruebas tangibles. Jesús regala su presencia de nuevo a sus
discípulos y se dirige directamente a Tomás, pidiéndole tener confianza y esperanza. Y desde
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lo hondo de la incredulidad de Tomás nace un profundo acto de fe: Tú eres el Señor de mi vida,
Tú eres Dios mismo.

Jesús conoció la noche oscura, sufrió la traición, bebió el cáliz de la soledad y de la


incomprensión. Y era inocente. Entonces, se puede confiar en Él porque Él conoce el camino
difícil. Su promesa está avalada por los hechos concretos de su vida y de su muerte. Jesús es
merecedor de nuestra confianza y el Padre cumple su promesa. Jesús conoció la muerte pero
también fue Resucitado por el Padre.

Jesús Resucitado sigue presentándose hoy entre nosotros. Ahora depende de nosotros:
¿queremos dar más importancia a las dificultades que se nos presentan en la vida u optamos
por pronunciar una palabra de confianza y de fe en Dios?

Con Tomás estamos invitados a decir con sincera honestidad “Señor mío y Dios mío”, y ser
hombres y mujeres de profunda esperanza. Esta esperanza, si es auténtica, cambiará nuestro
estilo de vida. El encuentro con el Resucitado transforma profundamente a los apóstoles, ya
que salen de su miedo y crean una comunidad de discípulos, dedicándose a hacer el bien a otros,
sanando a los enfermos y ganando, por ello, el respeto de la gente.

La esperanza devuelve las ganas de soñar; la esperanza invita a pensar en cómo solucionar los
grandes problemas de la sociedad; la esperanza nos saca de nuestro pequeño mundo y nos lanza
a los grandes deseos; la esperanza hace posible la vida de un San Alberto Hurtado, una vida
que resulta ser una bendición para otros, especialmente por los más necesitados.

Con humildad, y quizás entre dudas y desorientación, renovemos nuestra fe en la Resurrección.

La Sagrada Familia I

Por cierto, la Sagrada Familia es una familia bien especial porque la madre es virgen, el padre
es Dios y el niño Jesús es el Dios hecho hombre.

Entre el nacimiento de Jesús y su vida pública, los Evangelios sólo mencionan tres episodios: el
exilio en Egipto (Mateo), la presentación en el Templo (Lucas) y el episodio de Jesús perdido en
Jerusalén a los doce años (Lucas).

Jesús vivió el noventa por ciento de su vida en Nazaret, una aldea pequeña y totalmente
insignificante. Tanto es así que ni siquiera aparece mencionada en el Antiguo Testamento. No
sabemos casi nada de lo que hizo durante esos treinta años de su vida. Lo único que nos dice
san Lucas es que “el niño creció y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios
estaba con Él” (Lc 2, 40), y, unas líneas más adelante en el mismo capítulo, san Lucas lo repite:
“vivió sujeto a sus padres (...) y Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante
Dios y ante los hombres” (Lc 2, 51 – 52).
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Lo único que sabemos sobre los primeros treinta años de Jesús es que creció, haciéndose sabio
a los ojos de Dios su Padre y también frente a los demás. Evidentemente, estas palabras no
son un relleno entre su nacimiento y su vida pública sino tienen una finalidad explícita, un
mensaje de Buena Noticia que los evangelistas consideraron importante destacar.

Dios no se apura sino que toma su tiempo. Jesús, en cuanto ser humano, necesitó tiempo para
crecer y formarse. Y posteriormente en su vida pública este tiempo fue fundamental para
Jesús porque tenía claridad sobre su misión, seguridad del amor del Padre hacia Él y una
acogida incondicional hacia todas aquellas personas que se acercaban a Él.

El tiempo es un factor decisivo en nuestras vidas y para lo más importante necesitamos tiempo.
Necesitamos tiempo para conocernos a nosotros mismos, tiempo para conocer a otros, tiempo
para aprender a amar, tiempo para perdonar, tiempo para aceptarnos tal como somos, tiempo
para descubrir la presencia y el amor de Dios Padre que, en definitiva, da sentido a nuestra
vida. ¿No es el tiempo, el tener tiempo, un requisito esencial para formar la familia, para
construirla día tras día, para salir adelante en los momentos difíciles y saborear aquellos
alegres?

Y, sin embargo, el tiempo es uno de los bienes más escasos de nuestros tiempos modernos. No
hay tiempo para nada y a veces, lamentablemente, tampoco para nadie. Se vive una vida
acelerada donde falta tiempo para profundizar sobre el sentido de la cosas y fortalecer los
lazos interpersonales. Falta tiempo. Entonces caemos en una vida acelerada y, por
consiguiente, superficial porque lo profundo requiere contemplación y la contemplación
requiere tiempo.

Que más importante en la vida de Jesús que salvar la humanidad y, sin embargo, pasó treinta
años en una aldea totalmente insignificante sin más compañía que la de su familia y la intimidad
con Dios su Padre. Pero, esos treinta años le dieron una profundidad y una autenticidad que le
bastaron tres años para proclamar, vivir y padecer su Buena Noticia: Dios ha reconciliado la
humanidad consigo mismo y como el Padre en la parábola del Hijo Pródigo espera con las manos
abiertas y el rostro misericordioso a que emprendamos el camino de la fraternidad.

La distribución del tiempo nos revela a cada uno la importancia que de hecho damos a las
personas y a las cosas, porque uno siempre encuentra tiempo para lo que considera importante.
Vale la pena preguntarse, con toda honestidad y delante de Dios, si damos tiempo para
construir la familia, para afianzarla, para escuchar al otro, para perdonar al otro. Más
importante aún, vale la pena preguntarse si tenemos tiempo para estar un rato con Dios que da
sentido a nuestras vidas y Quien nos espera en la familia para amar y ser amado.

La familia católica se fundamenta en el sacramento del matrimonio y pretende ser un signo


concreto del amor de Dios a la humanidad. En la familia cristiana debería hacerse verdad
tangible este amor. En la familia cristiana el amor humano que une a sus miembros es signo de
algo más grande: Dios ama a la humanidad. En este sentido, la familia es un lugar privilegiado
donde Dios puede nacer día tras día, pero esta vez no entre los desconocidos de Belén sino
entre sus propios hijos.
73

Jesús dejó un testamento muy claro: “en esto conocerán todos que son discípulos míos: si se
tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 35). Si no somos capaces de vivir este amor
concretamente en la propia familia, damos un mal testimonio de la fe que proclamamos y con
razón perdemos credibilidad en la sociedad.

El amor no significa ausencia de problemas o de conflictos sino la manera y la actitud para


enfrentarlos. Es el amor pascual que aprende a morir a los propios intereses egoístas para
vivir al servicio del otro, especialmente del más necesitado en la familia; es el amor que sabe
jerarquizar las necesidades y priorizarlas según el bien de la familia.

En nuestros días todo es urgente y todo es importante, por ello no encontramos tiempo para
nada y para nadie. Pero esto no es cierto porque sólo lo importante es urgente y con el tiempo
tenemos que aprender qué es lo más importante en nuestras vidas. Seguramente, entre lo
importante en nuestras vidas tiene que figurar la familia, la iglesia doméstica donde
aprendimos los primeros pasos en nuestra vida de fe.

San Lucas nos dice que la Virgen María “conservaba cuidadosamente todas las cosas en su
corazón” (Lc 2, 51). Si Jesús crecía, la Virgen supo acompañarlo y aprender quién era su propio
Hijo. Ojalá también nosotros aprendamos a dejar tiempo para rumiar todo lo que pasa a
nuestro alrededor, especialmente en nuestras propias familias, para reconocer la mano de Dios
en toda situación y confiar a Él lo más importante en nuestras vidas.

Eclesiástico 3, 3 – 17
Colosenses 3, 12 – 21
Mateo 2, 13 – 23

La Sagrada Familia II

La Encarnación no fue una visita turística de Dios a la humanidad. Por el contrario, el


nacimiento de Jesús fue una inserción en el corazón de la problemática humana. Dios entró a la
historia humana por la puerta trasera, es decir, asumió la humanidad desde su realidad más
problemática y marginada. De hecho, san Lucas nos cuenta que el niño Dios nació “en un
pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 7) y san Mateo nos recuerda que el
primer destino del niño Jesús fue el exilio, en la tierra de Egipto. Así, la primera experiencia
humana de Jesús es el destierro en un doble sentido: no tiene ni dónde nacer ni dónde vivir.
Jesús comienza su vida humana en el Éxodo, en el destierro.

La Sagrada Familia resulta para nosotros una fuente consoladora, porque también conoció
problemas. Sin embargo, tal como se aprecia en el texto del Evangelio, los problemas no fueron
causa de separación sino una ocasión de mayor acercamiento. Actualmente existe la
lamentable tendencia de pensar primero en la separación cuando surgen problemas en la pareja.
74

Es verdad, a veces no hay alternativa pero, sin duda, otras veces se busca la salida fácil y
cómoda en vez de enfrentar los problemas con madurez y con fidelidad a la palabra
pronunciada.

San Pablo sugiere actitudes básicas en la construcción de una familia: sentimientos de


profunda compasión, benevolencia, humildad, dulzura, paciencia, respeto y perdón mutuo. La
familia se construye día a día porque los padres y los niños crecen, como también las
situaciones van cambiando. Sólo el amor, expresión de la perfección cristiana, es el auténtico
pilar capaz de mantener la familia unida y contenta, capaz de hacer frente a los problemas que
van surgiendo y que nunca faltan. Los problemas están para superarlos, no para dejarse
aplastar por ellos. Los problemas se enfrentan en la unidad de la familia. Nuestras vidas no
pueden ser guiadas por los problemas sino somos nosotros los que tenemos que superar los
problemas. José y María confiaron en Dios en medio de tantos problemas al comienzo de su
vida familiar y salieron adelante.

En su carta a los Colosenses, san Pablo nos advierte sobre el peligro del machismo que tanto
daño hace a las familias. “Maridos, amen a su mujer, y no le amarguen la vida”. La Iglesia en
América Latina ha llamado la atención en varias ocasiones sobre este mal que está en nosotros
los hombres. Hemos sido formados en el machismo y es preciso cambiar profundamente al
respecto. La superación del machismo no es sólo el esfuerzo de la mujer sino muy
especialmente tarea de nosotros los hombres que tenemos que apreciar profundamente a la
mujer como persona, igual en dignidad y merecedora de nuestro profundo respeto.

La Sagrada Familia es un misterio. Pero también cualquier familia es un misterio, ya que en ella
encontramos el nacimiento de la vida, la primera palabra del hijo o de la hija, la comunicación
del amor, la transmisión de la fe.

Pocas veces alcanzamos a ver los efectos de nuestro ejemplo, el peso real de nuestra palabra,
la amplitud de nuestros deseos. Se siembra pero no siempre se logra ver la cosecha. Se hacen
grandes esfuerzos sin siempre alcanzar la meta propuesta. Otras veces se confía más en el
poder de la escuela que en el ejemplo diario de los padres, más en la tarea del orientador que
en las imágenes de padre y de madre que se está proyectando, más en la eficacia de la ciencia y
de los especialistas porque no tenemos tiempo.

La familia es un misterio porque se construye en torno al amor y el auténtico amor siempre


constituye un misterio. Y el misterio hay que cuidarlo y cultivarlo. Confiemos a Jesús, a la
Virgen y a san José este gran misterio de la familia para que, cuando nuestros mejores
esfuerzos fallen, aprendamos a confiar plenamente en ellos.
75

Éxodo 17, 1 – 7
Romanos 5, 1 – 8
Juan 4, 5 – 42
La Samaritana

Se nos invita a meditar sobre el tema de la sed en nuestras vidas. Estamos sedientos en el
sentido más profundo de nuestras vidas. Buscamos las respuestas a las preguntas del por qué
y del para qué, que a veces nos afligen y nos desorientan, especialmente cuando tenemos
tiempo para pensar y estar solos.

En la primera lectura, se nos recuerda la queja del pueblo de Israel, liberado de la esclavitud
en Egipto y en camino hacia la tierra prometida. En el largo camino del desierto, entre la
esclavitud y la libertad, este pueblo escogido tuvo muchas dudas. Así, se preguntaba ¿El
Señor está realmente entre nosotros, o no? ¿Es que Dios nos ha sacado de la esclavitud en
Egipto, pero sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado ?

Estas preguntas son también nuestras interrogantes cuando emprendemos el camino de la


conversión diaria, el camino propio de la Cuaresma. Al ser bautizados, hemos optado
libremente por Dios como el sentido más profundo de nuestras vidas. Esta decisión es fruto
de un encuentro profundo que tuvimos con este Dios que es Amor. Igual que los samaritanos
que aparecen en el Evangelio, también nosotros podemos decir que nuestra fe en Dios no se
debe a lo que otros nos han dicho sino que nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es
verdaderamente el Salvador del mundo.

Sin embargo, en el transcurso diario a veces los días se nos hacen un camino en el desierto y
nos bajan las dudas. ¿El Señor está realmente con nosotros, o no?

Si la fe es la que da dirección y rumbo a nuestras vidas, si la caridad constituye nuestro estilo


de vida, entonces es la esperanza la que nos mantiene caminando hacia la tierra prometida.
San Pablo nos anima. Nuestra esperanza no es vacía sino que está bien fundada. La esperanza,
nos asegura, no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu.

El amor de Dios es lo que nos sedujo a seguir a Jesús el Cristo y a depositar nuestra confianza
en Él. No obstante, hay veces cuando el camino se hace demasiado largo y la sequedad del
desierto nos agobia y vuelve la sed. Sed de sentido, sed frente a la adversidad, sed en medio
de las dudas. Y, entonces, san Pablo nos recuerda que la promesa de Dios no es vana sino
fundada en hechos concretos, porque difícilmente se encuentra a alguien que dé su vida por un
hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor.

Palabras sabias, porque son verdaderas y reflejan nuestra propia experiencia. Por ello, sigue
diciéndonos san Pablo, la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando
todavía éramos pecadores. Así, en una situación de desierto tenemos que despertar esta
esperanza en la convicción de que Dios nos ama, nos ama siempre y nos ama sin condiciones.
Pero es responsabilidad nuestra aceptar y corresponder a este amor.
76

Jesús nos entiende porque también Él conoció el cansancio. El encuentro con la samaritana se
realiza en el contexto de un Jesús cansado, fatigado en el camino nos dice el texto del
Evangelio. Y como la samaritana también nosotros hacemos nuestra la petición de encontrar
esa agua para que no tenga más sed en nuestras vidas diarias.

Y la respuesta la tenemos al alcance. Jesús es el Mesías, Jesús es la respuesta a nuestra sed


más profunda. Esta respuesta no ahorra el camino por el desierto pero ciertamente nos da la
fuerza para seguir marchando porque nuestra esperanza, y a veces es una esperanza contra
toda esperanza, está depositada en Él. Y creemos en Él porque murió por cada uno de nosotros
y Su amor nos sostiene en los momentos duros.

Creemos en Él porque Él es fiel a Su Palabra y a Su Promesa. Esta fe hace brotar la


esperanza, en medio de la desazón en nuestras vidas, y nos anima a seguir en el camino de la
caridad porque este es el estilo de Dios. En medio del cansancio, Jesús tuvo una palabra a la
samaritana que le cambió la vida. Si existimos por el amor de Dios Creador, también viviremos
por amor crucificado que es el camino a la Resurrección. Es nuestra esperanza y el agua que
nos sacia la sed más profunda.

Isaías 7, 10 – 14
Romanos 1, 1 – 7
Mateo 1, 18 – 24

San José

En el Evangelio de hoy nos encontramos con una de las pocas referencias que se hace a San
José. De hecho, José tan sólo aparece en los episodios de la infancia de Jesús, concretamente
en el nacimiento y en el exilio en Egipto huyendo de la persecución de Herodes.

El Evangelio narra cómo José descubre que su comprometida estaba esperando un hijo, cuando
tan sólo se había celebrado la ceremonia de los esponsales, previa al matrimonio, y esta
creatura no era suya. Entonces, nos dice el evangelista, José tenía tal cariño a María que
prefiere abandonarla en secreto antes de denunciarla públicamente.

Según la ley judía, si el hombre descubre que su comprometida no es virgen, entonces tiene el
deber de denunciarla. Y la sentencia es la pena de muerte. En el libro del Deuteronomio se
establece que en este caso, “sacarán a la joven a la puerta de la casa de su padre, y los
hombres de su ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido una infamia en
Israel prostituyéndose en casa de su padre” (Dt 22, 21).

José, nos dice el Evangelio, “era un hombre justo”, es decir, cumplidor de las tradiciones y las
leyes judías. Por ello, al descubrir el embarazo de su prometida, José se encuentra con un
enorme dilema: (a) seguir las leyes de su pueblo, denunciar públicamente a María y así
77

condenarla a una muerte cruel; o (b) simplemente hacer caso omiso de las costumbres y las
leyes, repudiándola en secreto.

Sin embargo, José tiene una profunda experiencia de Dios en la cual se le revela que el autor
de la creatura es el Espíritu Santo y, por tanto, le aconseja seguir adelante con la ceremonia
del matrimonio, llevando a María a su casa, tomándola como esposa.

Esta situación, por cierto misteriosa, deja en claro que José tenía un enorme cariño y amor
hacia María como también una sólida fe en Dios que le dice que su prometida no le ha sido
infiel. Su amor por María, su confianza en ella y su fe en Dios fortalecen a José y así decide
casarse con ella, llevándola a su casa.

Estas dos actitudes de José nos ayudan a prepararnos para celebrar con sentido la fiesta de
Navidad. Esperar el nacimiento de Jesús en nuestras vidas con enorme cariño y desde el
horizonte de la fe. Es decir, creer profundamente que el niño Dios desea hacer su morada
dentro de cada uno de nosotros, para que a través de nuestras vidas siga presente y activo en
el mundo. Este es el auténtico regalo de Navidad y el mejor don que podemos regalar a los
otros.

Quizás haya dudas, quizás haya dolores que nos ahogan, quizás haya mucha sequedad interior.
Todo esto no impide, de ninguna manera, tener fe y esperar con el corazón abierto el
nacimiento del Niño Jesús. La fe es una opción, los sentimientos son efímeros. Claro está, el
sentir la fe ayuda, pero en su ausencia se robustece la fe porque ésta es fruto de una opción
de aquel que ha sido seducido por Dios y camina mirando hacia adelante por la senda de la vida.

Vivamos con la comprensión del corazón, con un deseo sincero, con una convicción profunda. El
resto hay que confiarlo en las manos de Dios, un Dios que está dispuesto a hacerse presente en
nuestras vidas.

Isaías 55, 10 – 11
Romanos 8, 18 – 23
Mateo 13, 1 – 23

El Sembrador

El Evangelio nos invita a reflexionar seriamente sobre la calidad de nuestra vida cristiana.

El ataque cobarde contra personas inocentes, la pública descalificación en la política, las


irresponsables acusaciones de corrupción, el aumento de asaltos y homicidios, las grandes
desigualdades sociales reflejan la frase de San Pablo cuando dice: la creación gime de dolor.

Todo y cada ser humano también anhela su plena realización, desea ser feliz, aunque sea en
medio de gemidos y dolores. Nuestras vidas están llenas de grandes satisfacciones pero
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también de profundos dolores, de logros y de fracasos, de sueños y desilusiones. Sin embargo,


en medio de este bosque claroscuro que resume la historia de nuestra vida, deseamos
realizarnos plenamente como hombres y mujeres, como esposos y esposas, como padres y
madres.

En este camino nos guía la luz y la esperanza de la fe porque la Palabra de Dios fue sembrada
en nuestro corazón en algún momento de nuestra historia personal. Esta Palabra de Dios es la
Persona de Jesús y su enseñanza, que nos entusiasma para seguir caminando y nos reconforta
en los tiempos difíciles.

Pero, con toda honestidad, tenemos que preguntarnos qué lugar ocupa Dios en nuestra vida
diaria. ¿Es sólo un refugio en tiempos difíciles o es una presencia constante en nuestras vidas?
¿Podemos decir con el profeta Miqueas que nuestra vida cristiana se resume en un amar con
ternura, un practicar la justicia, y en todo momento un caminar en la presencia de Dios?

La parábola del Sembrador nos ayuda a hacer un examen de conciencia. A veces miramos y no
vemos, oímos pero no escuchamos ni entendemos, porque la semilla de la Palabra de Dios cae al
borde de nuestras vidas y no nos damos cuenta de la presencia de Dios.

Otras veces somos como el terreno pedregoso, sin raíces profundas, y frente a las
tribulaciones y las dificultades cedemos a las dudas que nos asaltan. Una vida superficial, sin
raíces, que se dobla cuando llega una corriente de aire. Un fuego sin consistencia que, en vez
de fortalecerse, se apaga cuando sopla cualquier viento.

O quizás nuestra fe crece entre espinas y con el correr de los años se va ahogando porque nos
dejamos llevar por las distracciones de la farándula, por el afán de poseer más en vez de ser
mejores personas, por dejarnos hundir frente a los problemas en vez de crecer en la confianza
en Dios, por dejarnos llevar por las dudas en vez de madurar en la sencillez de los hijos de
Dios.

Si la semilla cae en tierra buena, entonces da fruto. Así también si acogemos con humildad y
con respeto la Palabra de Dios, entonces nuestra vida llega a ser un regalo para los otros,
porque Jesús prolonga su estadía en este mundo a través de nuestras vidas.

Jesús siembra en todas partes. Jesús no hace discriminación de nadie. Hay semilla para todos
y cada uno. Jesús sabe que su palabra a veces cae en el vacío porque no es acogida. Sin
embargo, Jesús no se da por vencido y sigue sembrando. Esta es nuestra esperanza, porque Él
no se da por vencido. Su perseverancia es nuestra esperanza en medio de nuestra
inconsistencia. Su fuerza es nuestra consolación en medio de nuestra debilidad. Su Palabra es
eficaz, nos recuerda el profeta Isaías. Esta es la promesa que nos anima en medio del
cansancio de la vida.

La semilla es algo muy pequeño y muy insignificante, pero crece y da fruto. La palabra de Dios
es eficaz. Nadie ni nada es insignificante para Dios, porque de la semilla más insignificante
Dios es capaz de producir un árbol robusto. La Palabra de Dios es eficaz. Esta es nuestra
esperanza y nuestra salvación.
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Josué 24, 1 –18


Éfesos 5, 21 – 33
Juan 6, 60 – 69

Señor, ¿a quién iremos?


Tú tienes palabras de Vida eterna.
Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios (Jn 6, 69)

En el capítulo seis del Evangelio según san Juan, Jesús se presenta como el único camino hacia
el Padre Dios. Él es la respuesta a la búsqueda humana. Por ello afirma que “el que venga a Mí,
no tendrá hambre, y el que crea en Mí no tendrá nunca sed” (Jn 6, 35), porque aquel que cree
descubre la vida eterna (Jn 6, 47).

En su enseñanza, Jesús compara el maná bajado del cielo durante el éxodo con el pan
eucarístico. Durante el largo camino de cuarenta años por el desierto, y como respuesta a las
murmuraciones de los israelitas, Dios hizo llover pan del cielo para alimentarlos en su marcha
liberadora desde Egipto, donde eran esclavos, hacia la tierra prometida (cf. Ex 16). Ahora
Jesús se presenta como el maná, enviado por el Padre, para la salvación de la historia humana.
En Jesús, Dios se entrega a sí mismo para salvar la humanidad de sus desviaciones.

Esta enseñanza escandaliza a los oyentes de Jesús y, por consiguiente, muchos de sus
discípulos dejan de acompañarlo. Jesús no obliga a nadie porque aquel que ama sólo sabe
invitar pero jamás se impone contra la voluntad del otro. Es tal el respeto de Jesús por la
libertad humana que también se dirige a sus apóstoles, a los Doce que forman el círculo más
íntimo en su caminar, y los deja libres para abandonarlo: ¿También ustedes quieren irse?

Pedro asume la palabra en nombre de los Doce y reconfirma su fe en el Maestro. Es una


confesión de fe en medio de la desorientación y la duda, pero ¿a quién iremos? Ya que hemos
creído en Ti, tenemos fe en que tus palabras conducen a la vida auténtica.

Las palabras de Pedro reflejan de manera extraordinaria algunos momentos en nuestra vida.
Como los israelitas en el desierto, tenemos momentos en la vida cuando dudamos y llegamos a
preferir la conocida esclavitud a la aventura de emprender un camino en la libertad de la fe.
Otras veces nos encontramos desorientados y decepcionados porque pareciera que Dios se ha
perdido en el silencio. Otras veces el agobio de los problemas aparece más poderoso que el
mismo Dios y hasta llegamos a dudar de que Dios se la pueda con ellos.

Pero, en estos mismos momentos, fruto de la fe que nos ha sido regalada con la leche materna
o resultado de una experiencia profunda de encuentro con Dios, también nos acercamos a Dios
y hacemos un acto de confianza en Él, en Su palabra, en Su promesa porque Jesús es el camino
que nos conduce al Padre y descubrimos el sentido más profundo de nuestras vidas. En
palabras del profeta Jeremías: hemos sido seducidos por el mismo Dios y nuestro corazón sólo
encuentra descanso en Él.
80

No deja de ser asombroso que en este mundo tan complicado la respuesta es tan simple: Jesús
es la Vida, el Camino y la Verdad. Jesús nos invita a ser como Él y a hacer como Él, porque de
esta manera descubriremos lo más auténtico de nosotros mismos al haber sido creados a
imagen y semejanza de Dios.

Pero esta misma respuesta se vuelve una pregunta en nuestra vida porque nos cuestiona
profundamente. ¿Confío en Jesús? ¿Trato de buscar Su voluntad en el diario vivir? ¿Asumo
su estilo de vida o me dejo llevar por el ambiente que me rodea? La respuesta a estas
preguntas no se encuentra mirando al cielo, porque Dios se hizo hombre y es en este mundo
concreto donde se encuentran los caminos que conducen a Dios. Es la gran lección de la
parábola del Juicio Final: todo lo que hacemos por el ser más pequeño e insignificante, al propio
Dios lo hacemos (cf. Mt 25, 31 – 46).

Renovemos nuestra confianza en el Padre y, aunque pueda haber dudas y desorientación,


digamos de todo corazón las palabras de la Virgen: que se haga en mí según Tú voluntad (cf. Lc
1, 38) porque la creatura no es más que el Creador y el hijo confía en su Padre.

Génesis 18, 20 – 32
Colosenses 2, 12 – 14
Lucas 11, 1 – 13

Señor, enséñanos a orar

Los discípulos le piden a Jesús: Señor, enséñanos a orar.

Con el paso de los años en la vida del cristiano se pueden dar dos experiencias, simultáneas
aunque contradictorias. Por una parte, se siente la necesidad vital de rezar, de colocarse en la
presencia de Dios, de encontrar en el silencio el sentido más profundo de la vida,
especialmente de la propia. Pero también, por otra parte, se tiene la aguda conciencia de no
saber orar, de la urgencia de aprender a rezar de otra manera, en el contexto de falta de
tiempo y espacio psicológico para hacerlo.

Al respecto, vivimos bastantes contradicciones: anhelamos el silencio, pero también le tenemos


miedo; deseamos vivir un ritmo de vida más pausado, pero también nos asusta la falta de
actividad; queremos dejar de correr rápidamente por el sendero de la vida, pero ya se nos ha
olvidado cómo caminar lentamente.

Por ello, la pregunta de los discípulos sigue siendo también nuestra pregunta hoy: Señor,
enséñanos a orar. La respuesta de Jesús se centra en la oración del Padre Nuestro. Es
justamente en esta oración que podemos encontrar una orientación sobre la oración.

En primer lugar, Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios como Padre. La primera condición para
aprender a orar es la confianza en la paternidad de Dios. En la parábola del Hijo Pródigo,
81

Jesús nos presenta a Dios como Padre, como Aquel que siempre nos espera con los brazos
abiertos, el Padre misericordioso que se conmueve frente la necesidad humana. No se puede
rezar delante de un Dios juez, tampoco frente a un Dios legislador, sino tan sólo en la
presencia de un Dios que Jesús nos reveló como nuestro Padre.

Orar es un acto de confianza en Dios, en la paternidad de Dios. Orar es aceptar el amor de


Dios por uno, un amor que nos invita a confiar en Él, tal como Jesús lo hizo durante toda su
vida.

Por ello, y en segundo lugar, la oración es entender la vida, y nuestra vida, desde Dios, desde
Su cariño, desde su plan para con la humanidad. Si el pecado nos aleja de Dios, la oración nos
re-sitúa, corrige nuestra mirada distraída y enfoca correctamente nuestra perspectiva. Es la
confianza en Su voluntad, es la adhesión a Su estilo de hacer las cosas, aunque a veces no lo
comprendemos.

Sólo si existe una confianza en Dios como Padre resulta posible encontrar el camino de la
oración, y si existe esta confianza en Dios la misma oración llega a ser el camino para mirarlo
todo desde Él. Es el don del Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que nos regala la
serenidad para aceptar aquello que no podemos cambiar, la valentía para cambiar aquello que es
posible, y la sabiduría para reconocer la diferencia entre ambos.

La oración requiere de la humildad, de reconocernos creaturas, necesitados de Dios, superando


así el orgullo que nos impide pedir con humildad, buscar con honestidad y llamar con confianza,
especialmente cuando estamos confundidos, perdidos y desorientados. La oración es la
respuesta de María al ángel Gabriel: que se haga en mí según Tu voluntad (Lc 1, 38), porque se
tiene la fe y la confianza de que conformarse a Su voluntad es lo mejor para uno, ya que el
Padre sabe aquello que necesita su hijo.

Dios sabe perfectamente lo que necesitamos, pero quiere que nuestra petición llegue confiada
hasta Su corazón de Padre. Es la bella lección que encontramos en la narración de Las Huellas.

“Soñé que caminaba por la playa con el Señor, contaba una madre a sus hijas. Mi vida se veía
reflejada contra el horizonte. En cada escena aparecían sobre la arena las huellas de dos
personas. Pero me preocupaba ver que, en los momentos más duros y difíciles, en los días de
angustia y derrota, tan sólo se veía un par de huellas. Entonces pregunté: Señor, me
prometiste que caminarías siempre conmigo. ¿Por qué me abandonas cuando más Te necesito?
Hija mía, respondió el Señor, cuando únicamente ves un par de huellas, es porque te llevo entre
mis brazos”.
82

Proverbios 31, 10 – 31
Salmo 127
1 Tesalonicenses 5, 1 – 6
Mateo 25, 14 – 30

Talentos

Se nos ofrece la parábola de los talentos para agradecer a Dios todos los dones que nos ha
regalado, pero también para interpelarnos sobre el uso que estamos haciendo de ellos.

Todos y cada de nosotros tenemos nuestros talentos. Pensar que alguien no tiene ningún
talento sería ofender al buen Dios porque significaría que Dios, nuestro Creador, lo puso en el
mundo sin nada que aportar. No es así. Cada uno de nosotros tiene una misión en este mundo y
cada uno tiene que descubrir los dones que Dios le ha regalado. Si alguien piensa que no tiene
ningún don, entonces seguramente aún no ha descubierto lo que Dios le ha regalado.

La parábola habla de distintos talentos: unos recibieron cinco, otros dos y algunos uno. La
verdad es que el puro número no hace ninguna diferencia porque aquí lo importante no es tanto
la cantidad de dones sino el uso que se hace de los talentos. Un solo talento bien aprovechado
vale mucho más que cinco talentos escondidos.

Es interesante notar que Jesús habla de talentos y no de la semilla. La semilla crece sola pero
los talentos hay que administrarlos. Uno puede usarlos para bien o para mal, puede
multiplicarlos o esconderlos, en fin, depende de la responsabilidad de cada uno. El talento no
es algo que se desarrolla automáticamente sino requiere de nuestra cooperación.

Nuestra vida cristiana no consiste en cumplir lo mínimo sino en ser creativos, en desarrollar
nuestros talentos para el bien de otros, para el bien de la sociedad, para alegrar y ayudar a
aquellos que nos rodean. Dios no nos trata como niños pequeños sino tiene confianza en
nosotros y nos invita a colaborar en su gran obra de salvación del mundo.

San Alberto Hurtado insistía mucho en esta responsabilidad que tenemos como cristianos. El
cristiano tiene que sentirse responsable de los demás porque no debe uno contentarse con no
hacer el mal, sino que está obligado a hacer el bien y a trabajar por un mundo mejor (Moral
Social, 205). Nuestra fe tiene que hacerse vida, o, como dice San Pablo, la fe actúa por la
caridad (cf. Gál 5, 6). San Alberto escribe: Cristo se ha hecho nuestro prójimo: preso en los
encarcelados, toma la forma de obrero o de patrón, de herido en un hospital, o de mendigo en
las calles. Si no vemos a Cristo en el hombre que codeamos a cada momento es porque nuestra
fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto San Juan dice: ‘Si no amamos al prójimo a
quien vemos, ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos? (1 Jn 4, 20) (Moral Social, 204).

Por consiguiente, San Alberto nos desafió a utilizar todos los talentos que Dios nos ha regalado
para vivir como auténticos cristianos, como discípulos de nuestro Maestro Jesús. Y esto
significa, en palabras del santo: Obrar como Cristo; obrar como obraría Cristo si estuviera en
mi lugar. ¿Qué haría Jesús en las circunstancias en que yo estoy? ¿Cómo resolvería Jesús
este problema? (Puntos de educación, 1942, p. 235).
83

Las palabras de Jesús que hemos escuchado esta tarde nos recuerdan que todos, sin ninguna
excepción, somos importantes a los ojos de Dios. El confía en nosotros y nos invita a utilizar
nuestros talentos para ayudar a los demás y de esta manera seguir la obra redentora de
Cristo, nuestro Señor.

Baruc 5, 1 – 9
Filipenses 1, 4 – 11
Lucas 3, 1 – 6
Tiempo de Espera

Se nos invita a preparar el camino para que el Señor pueda nacer de nuevo en cada uno de
nosotros, porque de qué sirve si nace en la historia pero no le dejamos espacio para que pueda
nacer en cada uno de nosotros. A veces nos quejamos diciendo que Dios se hizo hombre hace
dos mil años pero la historia no cambia. ¿No será que ha nacido en la historia pero aún no ha
logrado nacer en el corazón de la humanidad?

Hace dos mil años Jesús tan sólo encontró un lugar para nacer en un pesebre, un comedero del
ganado, porque en el albergue no había sitio para Él (cf. Lc 2, 7). Todo estaba lleno debido a la
confluencia de gente para el censo dictado por el emperador romano. No había espacio en la
tierra para que Dios pudiera nacer en su propia creación.

Entonces la pregunta es: ¿encontrará ahora Dios un espacio en mi vida para poder nacer o se va
a repetir la historia y todos mis espacios también están llenos?

Por ello es necesario preparar el camino. El Adviento llega a ser de verdad un tiempo de
espera si nosotros queramos esperar. Es decir, la espera no es pasiva ni indiferente, sino una
actitud y una opción tremendamente activas. La espera implica el deseo de que alguien llegue.
Sólo en este caso la espera tiene sentido.

Así, el deseo sincero y auténtico de vivir cristianamente el tiempo litúrgico de Adviento


implica, por los menos, dos condiciones de parte de cada uno de nosotros.

En primer lugar, es necesaria, la suficiente honestidad para reconocer que en la propia vida
existen senderos sinuosos que necesitan enderezarse y también caminos disparejos que
precisan ser nivelados. Si todo está bien en mi vida, en mi familia, en mi trabajo, en mi
sociedad, entonces no tiene ningún sentido la espera porque Dios ya está presente. Pero si
tengo la valentía de reconocer obstáculos, entonces la actitud humilde de la espera se impone.

El Adviento es un tiempo privilegiado para reflexionar seriamente y asumir responsablemente


opciones claves sobre nuestras vidas. Dios desea nacer y encontrar un espacio en nuestras
vidas. Cada uno tiene sus pequeñas heridas y sus pequeños infiernos. Es justamente allí donde
quiere nacer Jesús para poder sanarnos con su infinita ternura.
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En segundo lugar, es preciso reconocer la necesidad del cambio, las ganas de cambiar y poner
los medios correspondientes para cambiar. La espera cobra sentido si estoy dispuesto a dejar
a Dios entrar en mi vida y cambiar aquello que impida que encuentre un sitio cómodo. ¿Qué
espacio de mi vida le cedo a Dios? ¿el comedero del ganado o la casa principal?

Las palabras de San Pablo a los cristianos de Filipos tienen aún toda su vigencia: “Dios es
testigo que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús. Y en mi oración pido
que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a
fin de que puedan discernir lo que es mejor”.

El Adviento es un tiempo de discernimiento. Dios, en su infinita misericordia, quiere nacer de


nuevo en el corazón de cada uno de nosotros. No hay nada en nuestras vidas, por malo o por
doloroso, por dudoso o por sospechoso, que le asuste porque en la cruz del Hijo Jesús ya lo ha
asumido de una vez para siempre.

En Adviento es Él que me espera pacientemente. ¿Estoy dispuesto a dar el paso para poder
celebrar con una profunda alegría un nacimiento distinto y verdadero, una celebración que de
verdad sea el nacimiento de Dios en mi vida? ¿Estoy dispuesto a confiar en Su fuerza porque
es más que mi fragilidad?

Isaías 55, 6 – 9
Romanos 1, 20 – 26
Mateo 19, 30 – 20, 16

Trabajadores de la viña

Los trabajadores de la viña se quejan: Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les
das lo mismo que nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la
jornada. Digamos la verdad, a primera vista parece que tienen toda la razón. Es cierto lo que
dice el dueño de la viña cuando afirma: Amigo no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos
tratado en un denario? También tiene toda la razón cuando el dueño añade la pregunta: ¿no
tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? Y, no obstante, esta parábola
desconcierta porque nuestra manera de pensar es que a cada uno le merece según lo trabajado
y que a cada uno se le debe pagar acorde a su esfuerzo, entonces ¿por qué pagar lo mismo a los
que trabajaron desde la mañana aguantando todo el día y a aquellos que llegaron al final del
día? Espontáneamente pensamos que algo no está bien.

Es cierto que el dueño es justo con los de la primera hora y bondadoso con los de la última
hora, pero ¿por qué? Nuestra mentalidad de reconocer el esfuerzo y premiarlo mediante el
reconocimiento en dinero nos impide comprender esta parábola; además, nuestra manera de
clasificar a las personas en primeros y últimos según el trabajo realizado choca contra la lógica
de esta narración propuesta por Jesús.
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San Pablo nos invita a comprender a Jesús desde Él mismo. Para mí la vida es Cristo . En otras
palabras, los que queremos ser sus discípulos tenemos que hacer el esfuerzo para entender la
vida desde Él, para Él y según Él. Es que Jesús de Nazaret es la perfección de la humanidad, el
mismo Dios que se hizo hombre nos enseña como comportarnos acorde a la voluntad de nuestro
Creador. A veces tendemos a proyectar a un Dios según nuestra medida y nuestra
conveniencia, pero el auténtico proceso de conversión consiste en dejarse interpelar por Dios,
aceptarlo como es, entenderlo desde Él mismo mediante la contemplación de la vida del Hijo, de
Jesús de Nazaret.

El profeta Isaías nos advierte. Oráculo de Yahvéh: los pensamientos de ustedes no son los
míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos . Evidentemente, estas palabras nos incomodan
porque nos invitan a la novedad constante, porque perdemos el control de nuestra vida, porque
no podemos manejar a Dios, porque la vida se nos presenta constantemente con sorpresas,
algunas agradables pero otras no tanto. Aceptar a Dios como Dios y no simplemente como una
proyección humana, una creación humana, significa reconocer que no siempre lo vamos a
comprender porque Él es Dios y nosotros somos simplemente humanos, Él es el Creador y
nosotros somos sus creaturas.

Y entonces las palabras de Jesús nos consuelan: ¿Por qué tomas a mal que Yo sea bueno?
Creemos que Dios es bueno porque Jesús se dejó morir en Cruz para mostrarnos que Dios es
bueno. Un Jesús que vino a salvar, no a condenar ( No he venido para juzgar al mundo, sino para
salvar al mundo – Jn 12, 47), un Jesús que goza regalando el perdón porque no es rencoroso
(Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve
justos que no tengan necesidad de conversión – Lc 15, 7), un Jesús que busca lo perdido ( El
Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido – Lc 19, 10). Esta es, en la
práctica, la fe: creer que Dios es bueno, que desea lo mejor para cada uno de nosotros. Creer
es confiar en Él, a veces más allá de lo razonable.

Desde esta bondad de Dios uno comienza a comprender que todo ser humano vale por lo que es
y no por lo que hace; que Dios no sólo es justo sino también bondadoso. Por ello, la parábola no
representa a un Dios caprichoso, sino es un himno a un Dios que siempre va a lo esencial: toda
persona humana vale porque está creada a su semejanza e imagen. Dios se presenta como la
gratuidad misma, una gratuidad que brota del amor compasivo, el amor del Padre hacia
nosotros, sus hijos.

La Virgen a veces no entendía a su Hijo. Así, cuando el niño Jesús se quedó atrás en el templo,
y ella quedó muy preocupada buscándolo por tres días, ella no comprendió su respuesta cuando
le decía: ¿No sabían que Yo debía estar en la casa de mi Padre? (Lc 2, 49). Entonces la Virgen
conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón (Lc 2, 51). Contemplar lo que no
entendemos y confiar en el Señor de nuestras vidas, porque como dice san Pablo, para nosotros
la vida es Cristo.

Jesús nos prometió la llegada del Espíritu. Él nos hará comprender lo que a veces nos supera.
Es la hora de la confianza en Jesús, confiar en sus palabras cuando dijo: Cuando venga Él, el
Espíritu de la verdad, les guiará hasta la verdad completa (Jn 16, 13). Abramos nuestros
86

corazones para que el Espíritu del Padre y del Hijo nos haga comprender el significado
profundo de lo que acontece en nuestras vidas y a nuestro alrededor.

Deuteronomio 4, 32-34.39-40
Romanos 8, 14 – 17
Mateo 28, 16 – 20

La Trinidad

Se nos invita a meditar sobre el Misterio de la Trinidad, es decir, sobre Dios que es Padre,
Hijo y Espíritu. Tres Personas pero una sola Divinidad. Ciertamente resulta difícil comprender
con la sola inteligencia este misterio central de la fe, pero, por otra parte, no se trata de un
problema matemático sino de un misterio frente al cual el creyente dobla su rodilla como
creatura frente a su Creador.

El misterio dice relación a un conocimiento que sobrepasa la comprensión humana y, por ello y
por definición, no es comprendido por la razón. Un misterio no es irracional, en el sentido de ir
contra o contradecir la razón, sino nos encontramos frente a una realidad que trasciende
nuestra capacidad de comprensión. El misterio sólo se conoce en cuanto es revelado. Lo
escondido a la razón se manifiesta al ser humano.

Nuestro Dios es el Dios de Jesús y en su vida Jesús fue revelando quién es Dios. En los
Evangelios Jesús se presenta constantemente como Aquel que busca cumplir siempre la
voluntad de su Padre. En esto consiste el sentido de su vida. “Mi alimento es hacer la voluntad
del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34). Él confía en Él de manera total y
absoluta, también cuando no comprende a cabalidad sus designios porque se sabe infinitamente
querido por Él. ¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo
que yo quiero, sino lo que quieras Tú (Mc 14, 36).

Y en su discurso de despedida, antes de la Pasión, Jesús promete el Espíritu que se hará


presente en medio de los discípulos para hacerles comprender el sentido más profundo de la
vida y fortalecerlos para ser consecuentes con la enseñanza de Jesús.

San Pablo nos recuerda que es el propio Espíritu quien nos revela que no somos esclavos de Dios
sino sus hijos y, por consiguiente, nos da el privilegio de llamarlo “Abbá” (Padre) que equivale a
una cercanía llena de ternura. El mismo Jesús nos convoca para que en la oración nos dirijamos
a Dios llamándolo “Padre” (cf. Mt 6, 9). Este don tan grande nos invita a considerar a Jesús
como el hermano mayor, Aquel que nos ha precedido en la historia y ha conocido por propia
experiencia las profundas alegrías y las dolorosas limitaciones de nuestra condición humana.

Dios se nos revela escandalosamente cercano a nosotros porque, tal como se nos dice en la
Carta a los Hebreos, tenemos en Jesús a Alguien capaz de compadecerse de nuestras
87

flaquezas porque Él mismo “fue probado en todo igual que nosotros” (Heb 4, 15). Por ello,
podemos acercarnos con confianza “a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una
ayuda oportuna” (Heb 4, 16).

Nuestra fe no es deista sino trinitaria porque no creemos tan sólo en un Dios sino en el Dios de
Jesús que se revela como Padre misericordioso, Hermano protector y Paráclito defensor. Vale
la pena preguntarse si de verdad este Misterio de Dios nos afecta en nuestra vida diaria. ¿Es
simplemente un conocimiento entre otros o un saber salvífico?

Si la Trinidad constituye un misterio central de nuestra fe es porque debería hacer una


diferencia en nuestras vidas. Creer en Dios Padre, Hijo y Espíritu significa que estamos
hechos a imagen y semejanza de una comunidad. Por ello, sólo en comunidad encontraremos
nuestra realización más profunda porque, por una parte, nuestra necesidad del otro y, por otra
parte, una vida de servicio hacia el otro, responden a nuestra vocación comunitaria. La
necesidad más básica y primaria de todo ser humano es amar y ser amado. Esto es lo que da el
sentido más profundo a nuestras vidas porque estamos hechos a imagen y semejanza de un Dios
que es comunidad.

Dios es Amor y, por ello, es comunidad porque el amor no es solitario sino solidario. El amor
auténtico sólo sabe de entrega y de donación hacia el otro. El amor se realiza plenamente en la
entrega por el otro, especialmente por aquel que no es amado por la sociedad. Dándose, uno se
encuentra a sí mismo como también uno descubre el sentido más profundo de la propia vida.

Creemos en un Dios que es comunidad y, por consiguiente, solidario con la humanidad. Nosotros
estamos creados a imagen y semejanza de este Dios Trinitario. Sólo en la comunión y en la
solidaridad encontraremos la paz interior que nos permite vivir con sentido, entendiéndola
como servicio.

Isaías 53, 10 – 11
Hebreos 4, 14- 16
Marcos 10, 35 – 45

La vida como servicio

Jesús nos repite: El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera
ser el primero, que se haga servidor de todos.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, nos enseña que Jesús es la “imagen de Dios invisible”
(Col 1, 15). Jesús es el rostro humano de Dios. Por ello, el Concilio Vaticano II afirma que
Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su
vocación”, porque, al ser el rostro humano de la divinidad, “es también el hombre perfecto, que
ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado”
(Gaudium et Spes, No22).
88

¿Qué significa todo esto? Para el cristiano esto significa que el ideal de lo humano se
encuentra en la realidad histórica de la Persona de Jesús, porque en Él se realizó plenamente la
humanidad. Jesús constituye, a la vez, la persona humana real e ideal. En Él, y sólo en Él,
descubre el cristiano el sentido más profundo de su existencia. En la vida, la palabra y el gesto
de Jesús, el cristiano encuentra el ideal de lo humano, la realización más auténtica de lo
humano.

Por ello, en el discurso de Jesús que nos presenta la Iglesia hoy para nuestra reflexión,
descubrimos el sentido más profundo de nuestras vidas. Jesús confiesa que no vino para ser
servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud . Sólo entonces nos pide, a
los que deseamos ser sus discípulos, que comprendamos nuestra propia historia como una de
servicio a los demás. El que quiera ser grande, que haga de su vida un servicio a los demás .
Así, la palabra amor se hace realidad concreta en esta preocupación por el otro, a partir de sus
necesidades.

El ideal de lo humano, lo auténticamente humano, vivido en la Persona de Jesús y propuesto


para aquellos que desean seguirlo, consiste en servir a los demás y no en servirse de los demás.
Si quiero sentirme pleno y realizado, entonces Jesús me invita a entender mi vida como un don
para otros.

Esto no resulta fácil, porque la sociedad nos enseña y nos motiva más bien a hacer lo contrario.
El éxito social se suele medir con otros criterios. El mismo Jesús ya nos advierte sobre esto
cuando comenta que “aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como
si fueran sus dueños y los poderosos les hacen sentir su autoridad”. Pero esto, prosigue Jesús,
no debe de ser así entre ustedes que quieren ser mis discípulos.

Realmente, esta invitación de Jesús para entender el sentido de nuestras vidas como un
servicio a los demás no nos resulta fácil ni natural. Sin embargo, Jesús entiende
perfectamente nuestra debilidad y nuestra resistencia, porque, como nos dice la Carta a los
Hebreos, “no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades;
al contrario, Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros”.

La Buena Noticia es que Aquel que nos llama a entender nuestra vida como servicio también nos
invita a tener confianza en Él a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de la ayuda
oportuna. Es que, tal como nos recuerda el profeta Isaías, Jesús cargó sobre sí hasta nuestras
propias faltas. Por ello, desde nuestras debilidades, limitaciones, cansancios pidamos al Padre
Dios que nos dé la fuerza suficiente para ser capaces de salir de nosotros mismos, pensar en
las necesidades de los otros, y estar siempre dispuestos a tender una mano amiga y acogedora.

Los años y el dolor conllevan una sabiduría que sólo se aprende en la universidad de la vida
diaria. Esta experiencia, llevada con paz y con alegría, presta un enorme servicio a la
comunidad porque es avalada por el testimonio de los años vividos.
89

Oseas 2, 16 – 22
2 Corintios 3, 1 – 6
Marcos 2, 18 – 22

Vino nuevo en odres nuevos

El tiempo de Cuaresma es un momento privilegiado para reflexionar sobre el rumbo de nuestras


vidas, como individuos, familias y sociedad. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde van nuestras
vidas?

Pero, ¿cómo prepararse para la Cuaresma? Los textos nos ofrecen pistas.

En primer lugar, cultivar el silencio en nuestro corazón para re-encontrarnos con Dios Padre.
Tal como nos dice el profeta Óseas, el Señor nos espera con estas palabras. “Yo la llevaré al
desierto y le hablaré al corazón”. No se trata de un encuentro tormentoso, lleno de
culpabilidades. Muy por el contrario, el Señor dice: “Yo te desposaré conmigo para siempre, te
desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad,
y tú conocerás al Señor”.

En segundo lugar, es un tiempo para pensar en la propia conversión y no en la de otros. Es una


constante tentación de tener siempre muy presente las fallas de otros, sin pensar
debidamente en las propias. Jesús nos pregunta: “¿Cómo es que miras la paja que hay en el ojo
de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?” (Mt 7, 3). El cambio del otro no
depende de mí, pero sí yo puedo cambiar y, con ello, influir en el otro con mi propio cambio.
Esta conversión es fruto de la presencia del Espíritu de Cristo que nos envío al mismo Jesús el
día de Pentecostés. Por ello, San Pablo nos dice que la Nueva Alianza está sellada por el
Espíritu, ya que “la letra mata, pero el Espíritu da vida”. La conversión es un proceso lento
mediante el cual dejamos al Espíritu penetrar en nuestras vidas cotidianas. Pero, para ello, hay
que aprender a reconocer Su presencia y leer sus signos en nuestro diario vivir.

En tercer lugar, si creemos que ya no podemos cambiar , entonces seguramente no vamos a


cambiar nunca. Pero, en este caso, lo que nos impide la conversión es nuestro propio orgullo y
nuestra soberbia. Cuando Jesús volvió a Nazaret, su pueblo, el Evangelio nos cuenta que allí
“no hizo muchos milagros a causa de su falta de fe” (Mt 13, 58). Es nuestra propia falta de fe
y de confianza en el poder misericordioso de Dios la que impide nuestra constante conversión.
Sin embargo, Jesús nos dio su palabra: “Lo imposible para los hombres, es posible para Dios”
(Lc 18, 27). También dijo: “Yo les aseguro que quien diga a este monte: quítate y arrójate al
mar, y no vacile en su corazón sino que cree que va a suceder lo que dice, lo obtendrá” (Mc 11.
23).

En el tiempo de Cuaresma acerquémonos a Dios con toda sencillez y con mucha confianza,
porque tal como hemos orado en el Salmo 102, “como un padre cariñoso con sus hijos, así es
cariñoso el Señor con sus fieles”. Jesús nos reveló un Dios que es Padre, bondadoso y
misericordioso, que perdona nuestros pecados y sana nuestras dolencias, que no nos trata
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según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas, porque es “lento para enojarse
y de gran misericordia”.

Jesús nos aconseja: Vino nuevo en odres nuevos. ¿Tenemos la valentía y la voluntad sincera
para enfrentar esta Cuaresma con seriedad y con responsabilidad? ¿Estamos dispuestos a
abrirnos a la novedad en nuestras vidas diarias o tenemos miedo? ¿Creemos, de verdad, la
posibilidad de que haya cambios sustanciales en nuestras vidas, ya que Dios se la puede con
nosotros si lo dejamos actuar?

Hagamos esta tarde un acto de profunda confianza en Dios, haciendo nuestras las palabras de
San Agustín: “Señor, dame lo que pides, y pídeme lo que quieras”.

Isaías 5, 1 – 7
Salmo 79
Filipenses 4, 6 – 9
Mateo 21, 33 – 46
Viñadores asesinos

La parábola de los viñadores asesinos es una clara alusión a la historia de salvación, a esta
nuestra historia que está convocada a realizarse plenamente con tal que se ajuste al plan del
Creador, a la intención del Señor de la historia humana.

En el Salmo repetimos: La viña del señor es su pueblo . El dueño de la viña entrega su


administración a la humanidad para que la cuiden y produzca frutos. Sin embargo, los
trabajadores se apoderan de la viña y van asesinando a los servidores que envía el propietario.
Estos emisarios son los profetas del Antiguo Testamento que iban interpretando la historia a
la luz de la voluntad del Creador. Su íntima unión con Dios les hacía percibir aquellos
comportamientos del pueblo que no eran conforme a la alianza que Yahvéh pactó con ellos.

Al final, el propietario envía a su propio hijo, pero los viñadores también lo asesinan. La lógica
de los viñadores es totalmente deficiente. Ellos piensan que al matar al hijo se quedarán con la
herencia, pero el padre aún vive y pasa lo inevitable: son castigados y se arrienda la viña a
otros. En este caso, la referencia es claramente a Jesús, el Hijo de Dios, que enseña cómo
comportarse humanamente en la vida. Sin embargo, también es asesinado por la humanidad.

La humanidad quiere quedarse con la historia y construirla a su manera. Por ello, rechazan la
piedra angular que da sentido y dirección a la historia. Las consecuencias de este rechazo
humano al plan divino está lúcidamente descrito por el profeta Isaías: ¡Él esperó de ellos
equidad, pero hay efusión de sangre; esperó justicia, y hay gritos de angustia! Tremenda
verdad que describe aspectos innegables de la historia actual. En medio de los grandes
avances de nuestra civilización también encontramos evidentes injusticias y una profunda
angustia que ahoga a la sociedad.
91

La historia tiene semillas que la guían a ser una de salvación, pero también está de por medio la
libertad humana. Es nuestra responsabilidad hacer de esta nuestra historia una de salvación o
una de perdición. Es nuestra decisión aceptar humildemente la llegada del hijo o asesinarlo y
hacer otros planes alejados del designio del Creador. La responsabilidad y la decisión son
nuestras.

En este contexto San Pablo sugiere: No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia,
recurran a la oración y a la súplica , porque no tardará en llegar la paz de Dios que supera todo
lo que podemos pensar y tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes
en Cristo Jesús. Entonces, ¿qué hay que hacer? San Pablo lo deja en claro: Pongan en práctica
lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto, y el Dios de la paz estará con ustedes .

No cabe la neutralidad al respecto. Reconocer al Dios de Jesús como el Señor de la historia o


emprender el camino alternativo de construir historia a nuestra medida. Los hechos históricos
son elocuentes al respecto: cada vez que la humanidad rechazó al Dueño de la historia se
destruye a sí misma. ¿Necesitamos otra guerra para darnos cuenta de esto? ¿Por qué
conocemos la historia pero nunca aprendemos de ella? ¿Por qué tenemos historia pero nos
falta una memoria histórica para aprender de nuestros errores del pasado?

La historia se fragua en la familia. Es en la familia donde se comienza a construir historia, sea


la personal sea la de la comunidad humana. Por lo tanto, es desde la familia que hay tomar esta
decisión fundamental: ¿Está Dios presente en nuestras familias o lo rechazamos, echándolo
fuera de nuestra viña familiar? Es en la propia familia donde uno por primera vez escucha
hablar de Dios o donde, por el contrario, aprende a vivir sin Él.

Es en la familia donde uno aprende lo que significa amor, ternura, fidelidad, compromiso,
sacrificio, etc. Pero también es en la familia donde uno aprende a que estas son tan sólo
palabras vacías porque la realidad concreta es otra. ¿Cómo puede el niño o la niña creer que
Dios es amor si no encuentra cariño en su propia familia? ¿Cómo puede el niño o la niña creer
en el compromiso si en su propia familia jamás lo ha encontrado? ¿Cómo puede el niño o la niña
valorar lo espiritual si en el seno de su propia familia predomina un ambiente de consumismo
como medida de éxito y de reconocimiento?

La familia nos marca profundamente en la vida. Se nos invita a preguntarnos con toda
honestidad si de verdad nuestra familia es una historia de salvación para todos sus miembros
o, lamentablemente, una historia de perdición. Pidamos con humildad para que tengamos el
valor de responder con honestidad, arrepentirnos por las deficiencias, agradecer todo lo
bueno, y tener la intención firme de poner en práctica nuestros buenos deseos pidiendo la
ayuda constante de Dios, porque como dice San Pablo: La paz de Dios supera todo lo que
podemos pensar. Si somos sinceros y honestos, mirando nuestras propias fallas, en vez de
echar constantemente la culpa a otros, Dios estará con nosotros.
92

Judit 13, 18 – 20; 15, 8 – 10


1 Timoteo 2, 1 – 8
Juan 19, 25 – 27
Virgen del Carmen

Colgado en cruz, mirando a su propia madre y al discípulo que amaba, Jesús se dirige primero a
la Virgen María con las palabras: Mujer, aquí tienes a tu hijo, y después a Juan: Aquí tienes a
tu madre. Desde aquel día, Dios regala su propia madre a la humanidad y, por ello, nadie desde
entonces ha quedado huérfano.

Sin embargo, a primera vista pareciera que la realidad que vivimos contradice esta promesa. El
ataque terrorista del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas y el Pentágono más bien
indica que como humanidad somos hijos de la violencia irracional. San Pablo, en la Carta a
Timoteo, recomienda hacer peticiones y súplicas “por todos los hombres, por los soberanos y
por todas las autoridades, para que podamos disfrutar de paz y de tranquilidad”, pero, una vez
más, pareciera que como humanidad respiramos aires bélicos. Anhelamos la paz, pero soñamos
con la guerra. La humanidad no puede juntarse para construir la paz y derrotar la pobreza,
pero con facilidad se construyen alianzas y se recogen fondos para entrar en un conflicto
bélico.

El ataque terrorista no tiene justificación alguna posible porque hiere el alma humana. Por
otra parte, no se dejó esperar la indignación mundial, que incluyó la condena de los países
islámicos, y esto devuelve el alma al cuerpo de la humanidad porque aún somos capaces, más allá
de cualquier ideología, de colocar límites a la tolerancia. La tolerancia se torna intolerante
frente a la injusticia y la insensatez que no respeta la vida humana.

Justamente este estado de ánimo, lleno de angustia y de estupor, nos hace acudir a la Madre, a
nuestra Madre, que Jesús donó a la familia humana. Una madre ve y comprende con el corazón.
Y en medio de tanta irracionalidad no nos queda otra que dirigirnos a la Madre. La Virgen fue
testigo del asesinato irracional contra su Hijo Jesús y, en medio del dolor, supo confiar.
Confiar en Dios no significa negar la realidad dolorosa de los hechos sino implica creer contra
toda esperanza humana que Dios es más grande, que la última palabra pronunciada es vida y no
muerte. Creer significa, en palabras de San Pablo, esperar contra toda esperanza porque
Jesús el Cristo se entregó a sí mismo para rescatar a todos. Esta fe invita a la creatividad
humana porque en Dios y con Dios todo es posible. Dudar de esto es dudar de Dios.

Jesús, al regalarnos a su propia madre, nos invita a acudir a ella, a dejarnos consolar por ella, a
pedirle que interceda por nosotros. ¿Quién no escucha la voz de una madre? ¿Es posible
negarle algo a una madre? Esta es nuestra salvación. Acerquémonos a Jesús, el único
mediador, por la intercesión de su Madre. Pidamos a Jesús, por María, el regalo de entender el
mundo con el corazón divino.

La Virgen del Carmen es patrona de Chile. Pidamos por la patria. El problema mundial de hacer
justicia sin venganza no es ajena a nosotros. El desafío de reconciliar dos mundos distintos (el
de occidente con el islámico), aunque en otros términos, tampoco es ajeno a nosotros. Pidamos
para que tengamos un espíritu patriótico, es decir, una opción solidaria para que todos
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tengamos cabida en el país. Que ni las ideas ni el dinero sean ocasión de división sino, por el
contrario, una oportunidad para juntar fuerzas en la reconstrucción de la patria donde todos
pueden habitar cómodamente y a gusto.

Hechos 4, 8 – 12
1 Juan 3, 1 – 2
Juan 10, 11 – 18

Vocaciones I

El apóstol San Juan nos recuerda que ahora somos hijos de Dios. Es la Buena Noticia que
acompaña la celebración del misterio pascual: Dios el Creador, en su Hijo Jesús, salva a Su
creatura y no sólo le devuelve la salvación sino que la proclama como su propia hija. El Dios
Creador se enamora de su propia creatura y se hace Dios Salvador. Este Dios, que sólo sabe
amar, nos proclama como sus propios hijos e hijas.

Realmente, mayor dignidad humana no puede existir, porque está fundamentada en la propia
sangre divina. En la muerte del Hijo somos definitivamente reconciliados con el Padre en la
dignidad de hijos e hijas. Ya no somos tan sólo creaturas de Dios sino también sus propios
hijos.

Esta es verdaderamente una Buena Noticia. Dios me quiere y me acepta como hijo. En los
momentos de profunda soledad o de incomprensión o de sin sentido, esta realidad anima a
enfrentar las dificultades confiando en la paternidad divina, ya que, tal como lo declaró Jesús,
lo que es imposible para el ser humano es posible para Dios (cf. Mt 19, 26).

Nuestra condición filial nos permite dirigirnos al Padre Dios con la confianza de un hijo.
Recordando, y confiando en, las palabras del Maestro, “Pidan y se les dará; busquen y hallarán;
llamen y se les abrirá. Todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
¿O hay acaso alguno entre ustedes que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un
pez, le dé una culebra? Si, pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos,
¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mt 7, 7 –
11).

Esta es la vocación más profunda de toda persona humana: aceptar la filiación divina y
comportarse de manera consecuente. Por ello, la nueva condición humana se hace vocación.
Nuestra vida cotidiana se torna una invitación para vivir como hijos e hijas de Dios, y, de esa
manera, prolongar en nuestras propias existencias la tarea salvífica de Jesús.

Creer en la Resurrección es aceptar ser enviados en Su nombre. En los Evangelios, cada re-
encuentro con el Cristo Resucitado culmina con un envío. A los discípulos encerrados, el Cristo
Resucitado les ofrece la paz y, acto seguido, les dice: “como el Padre me envió, también Yo les
envío” (Jn 20, 21).
94

Hacer la experiencia de la Resurrección es haber hecho la experiencia de un profundo re-


encuentro con Dios en la propia vida, en medio de la alegría y la tristeza que la define. La
autenticidad de esta experiencia se expresa en comprender el sentido profundo de la propia
existencia en términos de una vocación. A cada uno, sin excepción, Dios le confía una vocación
especial. Sin embargo, Dios respeta la libertad de cada uno e invita sin imponerse. Por ello,
con la ayuda del Espíritu de Jesús, es responsabilidad de cada uno descubrir su vocación
específica, abrazarla y ponerla en práctica.

Al celebrar el día de las vocaciones, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre nuestra propia
vocación de cristianos, porque todos hemos sido llamados ( vocare en latín significa llamado).
¿De verdad, vivo mi vida familiar y profesional como un enviado por Dios para hacerlo presente
en la familia y en la sociedad? ¿Mi presencia y mi trabajo son una ayuda o un obstáculo para
hacer presente a Dios en el mundo de hoy? ¿Soy un misionero de Dios o un obstáculo para
Dios?

El Evangelio sobre el Buen Pastor nos ofrece algunos elementos para entender nuestra
vocación en términos de ser pastores. Esta imagen agrícola en medio de una sociedad
industrializada podría aparecer anacrónica, pero, por otra parte, puede resultar sumamente
refrescante.

El pastor conoce a sus ovejas. En nuestra vida acelerada ¿nos queda tiempo para conocer, de
verdad, a las personas con quien vivimos y trabajamos? En la familia, ¿se conocen de verdad
los esposos, los padres a los hijos y los hijos a sus padres? En un Encuentro Matrimonial, fue
sorprendente cuando una mujer, después de cuarenta años de matrimonio, descubrió que su
marido no sabía escribir una carta. En el trabajo, ¿conozco al trabajador o tan sólo me fijo en
su trabajo? ¿Me hago el tiempo para descubrir a la persona que hay detrás del compañero de
trabajo?

El pastor da su vida por las ovejas. Surge la pregunta por la capacidad de compromiso en
nuestra sociedad. El compromiso es la voluntad de entregarse totalmente y de por vida. Sólo
aquel que quiere amar de verdad es capaz de comprometerse. En una sociedad donde a veces
se tiene la impresión que todo tiene un precio, y, más triste aún, que todos tienen su precio,
¿somos los discípulos de Jesús el Cristo, es decir, un ejemplo viviente de un amor gratuito, de
un compromiso de por vida?

Pidamos al Padre Dios la gracia para entender y vivir la propia vida en términos de la vocación
cristiana, llamados a cumplir una misión que ha sido reservada para cada uno de nosotros desde
toda la eternidad. También pidamos de manera especial por las vocaciones religiosas y
sacerdotales, junto con agradecer la generosidad de tantos padres y madres que, como
Abraham, han sido capaces de ofrecer a Dios el fruto de sus propias entrañas.
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Hechos 13, 14.43-52


Apocalipsis 7, 9.14-17
Juan 10, 27-30

Vocaciones II

Al celebrar a Jesús como el Buen Pastor, se nos invita a orar por las vocaciones, especialmente
al sacerdocio y a la vida religiosa, recordando nuestra propia y fundamental vocación de ser
llamados a ser discípulos y testigos de Jesús el Resucitado en nuestra vida diaria.

Jesús dijo: mis ovejas escuchan mi voz,


Yo las conozco y ellas me siguen.
Yo les doy Vida eterna:
ellas no perecerán jamás
y nadie las arrebatará de mis manos (Jn 10, 27)

En las primeras comunidades cristianas se privilegia esta imagen de Cristo como el Pastor que
cuida su rebaño y orienta sus pasos hacia los pastos rebosantes. En la Persona de Jesús se
reconoce el cumplimiento del salmista cuando reza:
El Señor es mi Pastor, nada me falta.
Por prados de fresca hierba me apacienta.
Hacia las aguas de reposo me conduce,
y conforta mi alma;
me guía por senderos de justicia,
en gracia de su nombre.
Aunque pase por valle tenebroso,
ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo;
Tu vara y Tu cayado, ellos me sosiegan (Salmo 22)

El autor del Libro del Apocalipsis reconoce en la Persona de Jesús, Aquel que murió por
nosotros y Aquel que fue resucitado por el Padre, como el Pastor que nos conduce hacia los
manantiales de agua viva porque en él Dios Padre secará toda lágrima de nuestros ojos.

Este es el misterio central de nuestra fe: en el Hijo Jesús, Dios Padre ha mostrado con hechos
tan dolorosos como es la muerte de su propio Hijo, que su amor hacia la humanidad es
incondicional. Dios es amor y, por ello, sólo sabe amar. Dios ofrece su amor sin condiciones, un
amor que va más allá de nuestros méritos, un amor que simplemente no merecemos. Ahora,
toca a cada uno de nosotros, como individuos y como sociedad, aceptar o rechazar este amor
que se nos ofrece. El amor nunca se impone porque sólo sabe de libertad; por otra parte, el
amor compromete. Aceptar o rechazar este amor de Dios tiene consecuencias prácticas en
nuestra vida diaria y en el curso de la historia de un país.

Esta es la vocación más profunda de toda persona humana: aceptar la filiación divina y
comportarse de manera consecuente. Por ello, la nueva condición humana se hace vocación.
Nuestra vida cotidiana se torna una invitación para vivir como hijos e hijas de Dios, y, de esa
manera, prolongar en nuestras propias existencias el mensaje salvífico de Jesús. Un mensaje
96

que tiene consecuencias muy prácticas porque orienta el rumbo de nuestra vida. Aceptar de
verdad a la Persona de Jesús implica asumir su estilo de vida correspondiente.

Proverbios 9, 1 – 6
Salmo 33
Efesios 5, 15 – 20
Juan 6, 51 – 58

Yo soy el pan de vida

Jesús declara solemnemente: Yo soy el pan de vida. Aún más, promete: el que coma de este
pan vivirá para siempre. Esta afirmación se reitera a lo largo de su discurso. Jesús se ofrece
a sí mismo como alimento para que tengamos vida. Anteriormente, en el mismo discurso, Jesús
explica: el que viene a Mí nunca tendrá hambre y el que cree en Mí nunca tendrá sed (v. 35),
porque aquel que cree en Él tendrá vida (cf. v. 47).

Para entender la profundidad y la importancia de esta afirmación de Jesús, resulta preciso


recordar el contexto dentro del cual Jesús pronunció estas palabras. Los judíos desafían a
Jesús: ¿Cómo sabemos que Tú eres el enviado, el prometido, el Mesías? ¿Cuál es Tu señal, Tu
obra, para creer en Ti? Los antepasados comieron el maná en el desierto y sobrevivieron.
¿Qué puedes darnos Tú? (Cf. vv. 30 – 31).

Jesús acoge el desafío reafirmando solemnemente su identidad divina. Él es el Mesías, el


esperado, el enviado del Padre. Es cierto que los antepasados comieron el maná en el desierto
y sobrevivieron, pero a la larga murieron. Jesús habla de la vida que va más allá de la muerte,
de la vida que vence a la muerte. Ahora Jesús se presenta como el pan de vida, el pan vivo, y
anuncia que aquel que cree en Él tendrá la vida eterna (cf. vv. 47 y 58).

La señal es la misma Persona de Jesús: Su vida, Su muerte y Su Resurrección. El se ofrece


como alimento para satisfacer el anhelo más profundo de lo humano. Esta vez Dios no hará
llover maná desde el cielo para salvar a su pueblo, sino el Padre envía a su propio Hijo para
salvar a la humanidad. Dios no envía alimentos sino, en el Hijo, se hace alimento para la
humanidad.

Resulta totalmente comprensible la incredulidad de muchos judíos y la desorientación de los


mismos discípulos (cf. 6, 66). Jesús rompe radicalmente con la comprensión de un dios que
exige sacrificio humano, concepción tradicional de las religiones antiguas. Por el contrario, no
sólo no se exige un sacrificio humano para aplacar la ira y los caprichos de los dioses, sino
ahora hay un sacrificio divino. Es el mismo Dios que se sacrifica a sí mismo para salvar la
humanidad.

Además, existe una radical diferencia entre nuestro pan cotidiano y este pan que promete
Jesús. La comida humana se adapta y sostiene al cuerpo. Es un pan que se integra a nuestro
97

cuerpo. Por el contrario, el alimento que Jesús ofrece transforma lo terrenal y le da otro
sentido. No se adapta sino transforma y cambia lo puramente humano. En otras palabras,
Jesús no habla a nivel del sobrevivir sino abre a la perspectiva de una vida nueva.

Esta es la Sabiduría de la cual habla el libro de los Profetas. Comulgar con Jesús es asomarse
a una vida nueva y es dejarse transformar por este pan divino. Participar en la Eucaristía es
entender la vida y celebrarla gozosamente desde Dios, desde el plan salvífico, desde el
Misterio Pascual que ofrece un sentido distinto a nuestra existencia.

En el libro Humanismo Social, (Editorial Difusión, Santiago 1947, 30-32), escrito en 1947, San
Alberto Hurtado explica que “la verdadera devoción no consistirá solamente en buscar a Dios
en el cielo o a Cristo en la Eucaristía, sino también en verlo y servirlo en la persona de cada uno
de nuestros hermanos. ¿Cómo podríamos decir que ha comulgado sacramentalmente con
sinceridad el cuerpo eucarístico de Cristo, si después permanece duro, terco, cerrado frente
al Cuerpo Místico de Jesús? ¿Cómo puede pretender ser fiel a Jesús, a cuyo sacrificio ha
asistido en el templo, quien al salir de él destroza la fama de Cristo encarnado en sus
hermanos?”

Comulgar con Jesús el Cristo, recibir sacramentalmente Su cuerpo, significa comulgar con Su
estilo de vida. Sólo entonces llegará a ser de verdad el Pan de Vida, alimentando en nosotros
una vida auténticamente nueva.