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Aparecida, un acontecimiento eclesial latinoamericano

La Vª Asamblea del Episcopado Latinoamericano a realizarse en Aparecida, Brasil, del 13 al


31 de mayo no venía con “buena prensa”. Muchas cosas invitaban a esperar que el acontecimiento
fuera simplemente “uno más”, que se hiciera “para cumplir”, y que lo que de allí surgiera pasara “sin
pena ni gloria”. O peor. Esa parecía ser, también, la actitud de muchos -me incluyo- frente al hecho.
Casi como si fuera más bien “algo que hay que hacer” en lugar de “algo que queremos hacer”, que es
bueno hacerlo.

Temores y falta de confianza

Después de la frustrante experiencia de Santo Domingo, donde se experimentó una fuerte


presencia centralista del Vaticano, un control sobre los textos previos y sobre la Asamblea, y una
presión sobre los participantes, lo que pudiera surgir de Aparecida no alentaba confianza. La curia
vaticana se había llevado aquel documento, como ya lo había hecho en Puebla, pero esta vez el texto
final y oficial se dirigió a cada Obispo diocesano con la consigna de que éste viera qué y si podía
aprovechar el documento -o parte de él- para su Iglesia particular: “...podrán orientar ahora la acción
pastoral de cada Obispo diocesano de América Latina. Cada Pastor diocesano, junto con los
presbíteros, ‘sus cooperadores’ (LG 28) y con los demás miembros de la Iglesia particular que le ha
sido confiada, hará el necesario discernimiento, para ver lo que sea más útil y urgente en la situación
particular de su diócesis” (carta del Papa a los obispos diocesanos de América Latina, 10/11/1999).
Dejaba así de ser un texto del Magisterio Latinoamericano para ser un simple escrito menor.
Esa suerte de “degradación” que sufrió Santo Domingo, quedó reforzada con la realización de
un Sínodo de América, con la riqueza que esto significaba de incorporar las Iglesias de los Estados
Unidos y Canadá, pero también con la consiguiente pérdida de la peculiaridad Latinoamericana y
Caribeña que había caracterizado particularmente a Medellín y Puebla.
Sin embargo, la posibilidad de una convocatoria a una Vª Conferencia empezó a escucharse.
Pero algunas voces pedían un Sínodo que fuera de toda América y no sólo latinoamericano y caribeño.
Otras voces, argumentando el evidente deterioro de la salud de Juan Pablo II invitaban a su
realización en Roma, olvidando (o negando), precisamente por ese deterioro, que seguramente no
viviría para ese entonces. El temor al centralismo y control ciertamente seguía latente. Muerto el
Papa, su sucesor Benito XVI confirmó la asamblea, e incluso indicó Aparecida como el lugar para su
realización (¿hasta sobre eso se debe consultar y debe decidir un Papa?).
Una vez comenzado el proceso de realización de la Conferencia, se envió a todas las Iglesias
un documento de Consulta elaborado por el CELAM que resultó francamente decepcionante. Las
expectativas seguían sin tener muchas motivaciones para ser alentadoras. Los aportes que se hicieron
a aquel documento fueron tan variados, y de todas las corrientes, que no había posibilidad de elaborar
de allí un “documento de trabajo”; se llegó entonces a un documento de Síntesis donde se mezclaban
todos esos aportes, corrientes y sugerencias, mezclándose cosas buenas, excelentes, menores,
prescindibles y preocupantes a la vez. Aunque incluso, después que un grupo de teólogos estuvo
trabajando todo un mes en su redacción, cuando vio la luz el texto final del “Documento de Síntesis”
se encontró con muchísimos retoques, ausencias y cardenalicias correcciones. El desaliento
continuaba acrecentándose. Cuando se hizo pública la lista de invitados, particularmente muchos
invitados del Vaticano, el fantasma de Santo Domingo se transformaba casi en una certeza.
Finalmente, para que los temores fueran más fundamentados aún, justo dos meses antes de la
Conferencia se anuncia la Notificación contra los escritos de Jon Sobrino; notificación poco seria, y
fundamentada, y además, con toda la apariencia de haber sido publicada en ese momento como para
alertar: “en Aparecida, de esto no se habla”.

Posibilidades

Sin embargo, había elementos que invitaban a sospechar que algunas cosas podían ser
distintas: (1) La presidencia del CELAM. Ciertamente el Card. Errázuriz no es A. López Trujillo; (2)
el malestar con Santo Domingo, y con una centralización vaticana excesivamente rígida: no es que los
obispos quisieran romper lanzas, ni siquiera querían ser demasiado osados o proféticos, pero sí
querían tener su propia voz y no limitarse a ser “eco” de las voces romanas; (3) las opiniones de
varios obispos que querían elegir ellos sus propios asesores, lo que fue visto como razonable y
aceptado por la presidencia del CELAM. Así fue que el grupo “Amerindia”, un grupo de teólogos de
la liberación de diferentes países y especialidades fue con el objetivo de asesorar a obispos y aportar
su trabajo en redacción de textos y aportes. Y hubo también otras cosas que invitaban a esperar algo
positivo: (4) el descrédito que tienen ya ciertos personajes como el mencionado López Trujillo, por
mencionar uno; (5) o el cansancio de muchos ante la mentira, y agresividad de ciertos grupos,
especialmente desde sus medios de difusión “católicos”... etc.

La Asamblea

Como era de esperar, el desarrollo del Documento estaría marcado por el Documento de
Síntesis y el discurso Inaugural del Papa. Dicho discurso dejó muchas puntas para que progresara la
reflexión. Para comenzar, fue sugestivo que citara la Constitución Iglesia y Mundo (G.S.) del Concilio
Vaticano II, y dos documentos importantísimos de Pablo VI: la Populorum Progressio y la carta
Octogesima Adveniens. El Papa ubicó la Opción por los Pobres en el contexto de la cristología y,
además, insistió en las estructuras de pecado que crean injusticia; aludió al Capitalismo al mismo
nivel negativo que el marxismo, indicó que la evangelización ha ido siempre unida a la promoción
humana y la liberación; y también hizo referencia a las Comunidades Eclesiales, a la lectura popular
de la Palabra de Dios, y a que la Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres...
Incluso una frase poco feliz del Papa, aludiendo a que “el anuncio de Jesús no supuso, en
ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni la imposición de una cultura
extraña” -frase que desató un vendaval dentro y fuera de la Conferencia- tuvo conclusiones positivas.
Pocos días después el Papa debió precisar sus dichos: “no se puede ignorar las sombras que
acompañaron la evangelización del continente latinoamericano; no es posible ignorar los
sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a la población indígena, pisoteadas a
menudo en sus derechos fundamentales” y esto permitió (sic) una nítida emergencia de los indígenas y
afrodescendientes en los textos y ponencias.
Lo primero que se hizo después de entrar en clima de oración, fue dar a todos los presidentes
de Conferencias Episcopales, 7 minutos para que cada uno diga qué esperaban de la Vª Conferencia.
Esto fue delineando algunos elementos: por ejemplo quedó claro que habría un documento final (en
esto ‘perdieron’ los obispos argentinos que querían una cosa muy breve de pocos puntos y que el resto
lo ofreciera el CELAM como subsidios) y también un mensaje final. En estas ponencias, otro grave
‘desliz’ sirvió también positivamente en este momento: muchos presidentes de Conferencias, al hablar
fueron muy críticos de las “sectas” o incluso de la “invasión protestante” (así la llamó uno). Puesto
que había varios observadores de Iglesias protestantes, esto motivó un llamado de atención del
presidente del CELAM (“no los hemos invitado para ofenderlos”). Sin dudas esto obligó no sólo a un
positivo cambio de lenguaje, sino también a una reafirmación del movimiento ecuménico. Así, una
asamblea que corría el riesgo de presentarse como una “Contraofensiva” (como horrorosamente tituló
un suplemento de valores religiosos de un diario argentino), prefirió centrar su temática en el
discipulado entendido como “encuentro con Cristo” y no como un proselitismo que busca
reconquistar corazones.
Después de las exposiciones, se propuso un esquema general de Documento que fue votado
en la Asamblea y ampliamente aceptado. El mismo seguiría el clásico “ver-juzgar-actuar”, seguido en
Medellín y Puebla y abandonado en Santo Domingo. Así se propusieron y aceptaron 7 capítulos. Cada
uno de ellos surgiría de una comisión donde los participantes se incorporaron ofreciéndose. Luego se
dividieron en sub-comisiones para escribir los diferentes puntos y párrafos de cada uno de ellos. Así,
integrados todos (obviamente en un primer momento de un modo muy desordenado) se llegó a una
primera redacción. Todos tuvieron ese texto, y con aportes, sugerencias, etc. se llegó a una segunda
redacción, ciertamente más ordenada y uniforme. Siempre trabajada por cada comisión -que llevaba
el número del capitulo respectivo de los 7 aceptados y votados en la Asamblea- y subcomisión.

“Des-Aparecida”
Ciertamente quienes encabezaban todo intento centralizador, el temor a la novedad y lo
propio de América Latina, o algunas obsesiones temáticas, no estaban “derrotados”, e intentaron más
de una vez ubicarlas o borrarlas del texto según fuera el caso. Para empezar fue notable cómo escritos
que salían de una comisión nunca llegaban al texto definitivo; así -por ejemplo- toda referencia al
neoliberalismo -al cual muchos aludieron en sus ponencias que son públicas- fue una y otra vez
cercenada (¿habrá influido el apoyo económico y de material de una oligopólica empresa ‘telefónica’
a la Asamblea?). Pareciera que la pobreza y la “inequidad escandalosa”, que los “excluidos”, nunca
suponen “excluidores” o “inicuos” que los causen. Hubo también otros temas que tenían ‘dificultades’
en aparecer citados; y nadie miraba a quienes llevaban y traían textos o a quienes manejaban las
computadoras...
Pero más allá de esto, ya estaba terminada la segunda redacción del Documento y muchos de
los temas que los centralizadores consideraban fundamentales no aparecían en el texto, o aparecían
poco; y además aparecían temas que les preocupaban. Así fue que se produjo un “golpe de efecto”:
con la excusa del poco tiempo restante, el cardenal romano G. B. Re, presidente de la Comisión para
América Latina (CAL) propuso que los textos para la tercera redacción no pasaran por sus respectivas
comisiones sino que fueran directamente a la Comisión de Redacción. La moción fue aceptada, y tocó
a dicha comisión elaborar el texto -obviamente- en base a lo que recibía. La clave estaba en que, con
desapariciones en el camino, ¿cuál sería la garantía de que un texto no se “evaporara en el camino” o
que un texto entregado se originara realmente en una comisión? Mientras la comisión que lo había
escrito podría fácilmente ver cambios, añadidos u omisiones en sus textos, la de Redacción no tenía
forma de saberlo, o tenía poder para modificarlo. Y -para completarlo- ya era tarde para corregirlo en
una cuarta redacción; ya que en está última sólo podría modificarse lo que presentara los votos y
avales de 7 presidentes de conferencias episcopales (y dos ya no estaban en la Asamblea y tres se
excusaban de participar por estar en la Comisión de Redacción). “Curiosamente” de la 2 da a la 3ra
redacción desaparecieron las Comunidades Eclesiales de Base, y la “teología india”, se diluyó la
lectura popular de la Biblia, aparecieron numerosas referencias al aborto, se incorporaron dos nuevos
capítulos a los 7 votados -sobre la familia y sobre la cultura-, se incorporó la crítica a la “ideología de
género”, desapareció cierta mirada profética, y la mirada desde el Reino de Dios, se limitaron ciertas
citas papales, y textos sobre la reforma de la Iglesia, y se incorporó un párrafo sobre los que dejaron la
Iglesia. Sin duda el golpe de mano resultó eficaz.

Las grietas de la ciudad amurallada

Es evidente que el agua no puede aferrarse con los dedos, y la vida no puede atraparse con las
manos. Las manipulaciones -semejantes a aquellas que I. Congar comenta en su Diario en el Vaticano
II- pudieron disimular, o hacer desaparecer o agregar propuestas, pero no pudieron callar la voz y la
vida de las Iglesias latinoamericanas. Los muchos elementos de vida eclesial propios de América
Latina aparecieron por todas partes sin poderse disimular: la opción por los pobres se destaca una y
otra vez, se reconoce el valor de la religiosidad popular, las Comunidades Eclesiales de Base hubieron
de reincorporarse argumentando un “error” después de presentarse las firmas de más de siete
presidentes de Conferencias Episcopales, la lectura popular de la Biblia se destaca claramente, la
mujer empieza a ser reconocida -aunque no totalmente, es cierto- en la vida de la Iglesia, se reconoce
la emergencia indígena y afrodescendiente, se vuelva a utilizar el método ver-juzgar-actuar, para citar
sólo algunos aspectos. La liberación se califica de “integral” y la opción por los pobres de
“evangélica” (¿alguien pretendía otra?) pero “allí están”. Incuestionablemente.
Los sectores más recalcitrantes comenzaron a argumentar que 30 obispos habían dejado la
asamblea, seguramente desconformes con el documento; lo que motivó que el mismo CELAM
explicara que sólo 7 se habían ido, y que su partida ya estaba prevista con anticipación. El fundador
de un movimiento, invitado por el Vaticano a la Asamblea, le espetó en la cara a uno de los redactores
del Mensaje Final que “por su culpa se ha ideologizado la Conferencia”, como si él no estuviera
diciendo esto desde otra ideología.
Mucha vida ha nacido y renacido en la Iglesia latinoamericana desde Medellín y Puebla, vida
que quiso ser manipulada genéticamente desde ciertos sectores. Y precisamente ese intento de
manipulación es expresión evidente de esa vida que emerge sin que puedan controlarla, porque se les
escapa. Y el acontecimiento Aparecida, todo lo que fue surgiendo, aunque más tarde fuera en parte
silenciado o controlado, es evidente expresión de la vida que brota por todas partes. Difícilmente se
podrá negar o esconder que Aparecida es expresión de un caminar latinoamericano que comenzó en
Medellín, se reforzó en Pueblo y en Santo Domingo simplemente se tomó un respiro.

Eduardo de la Serna