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Mazín Gómez, Óscar, “La corte del rey y los procuradores de la catedral de México en

los siglos XVI y XVII”, en Francesca Cantù (ed.), Las cortes virreinales de la
Monarquía española: América e Italia, Roma, Viella, 2008, pp. 119-156.

ÓSCAR MAZÍN GÓMEZ

La corte del rey y los procuradores de la catedral de México en los siglos XVI
y XVII

La interacción permanente con la corte del rey fue insoslayable para cuerpos como las
catedrales, las audiencias, los ayuntamientos, los consulados de comercio o los pueblos de
indios. Sin embargo, ella ha sido hasta ahora prácticamente ignorada por la historiografía
en razón de haberse privilegiado un marco local ajeno a la escala del imperio. Y es que, por
mucho tiempo la historiografía en Iberoamérica estuvo centrada en la construcción de las
historias nacionales. Nunca ha sido tan necesario emprender estudios que inserten los
procesos de los antiguos virreinatos de las Indias en el ámbito de la entidad de dimensiones
planetarias a la que estuvieron adscritos por naturaleza, que fue la suya, es decir la
"Monarquía española", término con que por entonces se designó al imperio español.
Estudiar a los procuradores de la catedral supone centrar el análisis en la noción de
representación jurídica. En la primera mitad del siglo XVII ésta implicaba que ellos se
hicieran presentes –a la imaginación y al papel– los intereses de sus poderdantes
constituidos en una persona moral, en este caso la iglesia catedral. 1 La servían defendiendo
1 En el derecho romano no existió la persona moral. Sólo se da la pluralidad considerada como tal.
Consecuentemente, la ciudad o civitas nunca está considerada como cuerpo o sujeto en sí al firmar
un contrato o al ser parte de un pleito. Con apoyo en una serie de textos de derecho romano, fue la
glosa medieval, a finales del siglo XII, la que elaboró la noción de ficción jurídica o fictio iuris. La
técnica de la representación que supone dicha elaboración está, pues, basada en la ficción. Amplía la
esfera de acción de los sujetos, sean personas privadas o públicas. En el siglo XIII se inició la
personificación de las colectividades. A partir de la idea abstracta del nombre de derecho o nomen
iuris, los juristas medievales transformaron la colectividad en una persona representada. La
llamaron persona ficta, persona represaentata y persona imaginaria. Así, una persona se
transforma en moral siempre Y cuando esté representada. La teoría se desarrolló finalmente en los
siglos XN y XV. Fueron sus principales exponentes Guillermo de Ockham, Bartolo de Sassoferrato
y Nicolás Tudeschi, el panormitano. Son estas las enseñanzas más pertinentes a nuestro asunto,
extraídas del seminario de derecho romano impartido por el profesor Yan Thomas en la Escuela de
tales intereses, aunque siempre con arreglo a una serie de instrucciones muy precisas
insertas en un "asiento y capitulaciones". Los procuradores carecían de una jurisdicción que
les permitiera resolver o decidir nada por si mismos. No encarnaban simbólicamente el
cuerpo al que representaban. Consecuentemente, no eran depositarios de ninguna soberanía
como los diputados modernos, cuya representación emana del voto y se reviste de la
capacidad de tomar decisiones gracias a una serie de fueros consagrados por la Nación
como entidad abstracta legitimadora del poder político. 2 Los poderes de los procuradores
estaban, pues, siempre limitados, de ahí lo preciso de las instrucciones que llevaban.
Tenían, por lo tanto, que consultar a sus poderdantes al abordar materias no previstas. La
relación de dependencia, fidelidad y servicios que ligaba a los procuradores con sus
mandatarios hacía de ellos "criados" de la iglesia. Sabemos que en la época "criado" era un
término polisémico comprensivo de una variedad de sujetos y actividades disímiles. Su
carácter de capitulares, es decir de miembros del cabildo catedral (ya se tratara de
dignidades, de canónigos o de racioneros) hizo de los procuradores criados de honor
cercanos al poder, y por lo tanto, susceptibles de ser recompensados con el ascenso y la
promoción. Pero a diferencia de otro tipo de criados como los allegados y familiares, que
pasaban a las Indias en compañía de los virreyes o de los obispos, los procuradores de la
iglesia llevaban un salario o "acostamiento" estipulado en el "asiento y capitulaciones",
cuya firma seguía a su nombramiento.3
Sus gestiones funcionaron como una correa de transmisión entre cuerpos de
autoridad con diferentes jurisdicciones. Dada la enorme distancia que los separaba de sus
patrones, los procuradores debían en todo momento hacerse presente a la imaginación las
instrucciones que habían recibido en México. Esto equivalía a abrir bien los ojos, a
observar realidades con diferente ritmo de evolución en cada lado del Atlántico, y a
Altos Estudios en Ciencias Sociales de París en 1995.

2 F.-X. Guerra, De la política antigua a la política moderna. La revolución de la soberanía, en F.-


X. Guerra, A. Lempérière et. al. , Los espacios públicos en Iberoamérica, ambigüedades y
problemas, siglos XVIII-XIX, México 1998, pp. 109-139.

3 Cfr. N.R. Porro Girardi, Los criados en las Indias del Quinientos: del servicio privado a la
función pública, en XI Congreso del Instituto Internacional de Historia del derecho indiano, Actas
y estudios, Buenos Aires 1997, vol. IV, pp. 91-123.
conducirse, en consecuencia, de manera reservada y prudente; así en el seguimiento de los
litigios, como en la defensa de los propios intereses. Los procuradores son, pues, gestores al
servicio de una iglesia catedral del Nuevo Mundo. Tal es el núcleo de la "representación".
Ahora bien, los procuradores no fueron los únicos agentes ni el único medio de
contacto de la catedral con la corte. Los arzobispos y el cabildo eclesiástico correspondían
directamente con el Consejo de Indias y con el rey. También lo hacían el virrey y la
Audiencia de México al abordar materias relativas a la iglesia metropolitana de México.
Consecuentemente, las cartas en que este trabajo encuentra su principal apoyo de ninguna
manera agotan la materia de los intereses defendidos por sus autores. Ellas ponen a los
poderdantes en México al tanto del curso de los litigios o de las concesiones hechas a la
iglesia. A menudo, las misivas contienen noticias instantáneas que sólo pueden asumirse
como indicios –no siempre fiables y por lo tanto precisados de convalidación con otras
fuentes– de las realidades que evocan. Así, pues, la riqueza, pero también los límites de
dicha fuente, nos hacen privilegiar las personas de los procuradores como principal sujeto
de análisis.4
El estudio de los procuradores y agentes de las catedrales reconoce diferentes
niveles o estratos de poder. Está atento a los procedimientos de que echaron mano y
considera los flujos de la información a que tuvieron acceso. Intenta, finalmente, seguir la
pista a los individuos y grupos en que debieron apoyarse para hacer avanzar los negocios y
litigios de sus mandatarios. Ahora bien, me parece que un estudio con semejantes
características responde a lo que Michel Foucault denominó «capilaridad del poder», 5 sobre
todo en los siguientes sentidos: según ese autor, no se trata de analizar las formas reguladas
y legitimadas del poder en su centro o en sus estratos superiores, en lo que pueden ser sus
mecanismos generales y sus efectos constantes. Se trata, por el contrario, de estudiar el
poder en sus extremidades, en sus confines, allí donde se vuelve capilar; es decir, de asirlo
en sus formas más angulares, más subalternas. Los procuradores y los agentes contratados
por las catedrales resultan "extremidades" en relación al cuerpo del Consejo de Indias o a

4 Se trata de una rica y extensa serie de correspondencia custodiada en el archivo del cabildo
catedral de México, ubicado en la propia iglesia catedral de esa ciudad.

5 M. Foucault, Microfísica del poder, Madrid 1979, p. 189 (1ª ed. París 1976).
las juntas convocadas expresamente por el rey. Aun físicamente, los procuradores
procedentes de México se ubican en los confines, suelen apostarse algunas madrugadas a la
puerta de los consejeros antes de su salida rumbo a la sesión en el palacio real; ahí mismo,
o en el trayecto, les hablan de los intereses de su lejano patrón en la Nueva España. Pero el
poder, según Foucault, ha de ser analizado como algo que circula, o más bien como algo
que no funciona sino en cadena. Esta afirmación nos permite insistir en que la relación
entre la corte del rey y los virreinatos no está nunca organizada como una cadena de
transmisión de órdenes, sino como un engranaje de jurisdicciones interconectadas y a veces
contradictorias. Una dimensión más de la circulación del poder es la de las redes. Funcionó
notablemente en lo tocante a los reinos de Indias, donde la Corona siempre trató de evitar la
constitución de canales de representación formal como las Cortes. Efectivamente, no se
explica ninguna actividad de los procuradores y de sus agentes fuera de una cultura de
protectores, de validos y de valimiento en que las relaciones sociales obedecen a la
existencia de clientelas y a la formación de redes.
Es la corte uno de los temas centrales de este texto, dado que fue el escenario de los
procuradores, pero también en vista de que éstos tuvieron que convertirse en cortesanos. A
la corte acudían tanto particulares como delegados de numerosos cuerpos seculares y
eclesiásticos. La distancia, pero también la conciencia de que sólo en Madrid se podría
obtener una sentencia definitiva, hicieron que con el tiempo se creara una tupida red de
agentes y procuradores estables cuya presencia se podía siempre reforzar mediante el envío
de representantes extraordinarios.6 Los tratadistas de la época muestran bien cómo la corte,
en Madrid o en Valladolid, fue un hervidero de peticionarios. En vista de que la corte
madrileña alcanzaba sólo de manera limitada a defender los intereses de la Corona y los de
los grupos locales en los diferentes reinos de la Monarquía, se dio de hecho una "monarquía
de cortes". La corte virreinal de México es hoy un tema emergente. Las investigaciones son
escasas y lo son más aún aquellas centradas en los cortesanos. 7 No obstante que la catedral
metropolitana de México tuvo una relación directa con el rey a través del Consejo de Indias
–con mayor razón por ser una iglesia metropolitana–, de ninguna manera pudo sustraerse a

6 Los múltiples niveles de negociación superpuestos e interactuantes a escala local, territorial,


curial y romana aparecen en el contencioso sobre el problema de la soberanía. Cfr. J.J. Ruiz lbáñez,
Felipe II y Cambrai: el consenso del pueblo. La soberanía entre la práctica y la teoría política
(Cambrai, 1595-1677), Rosario 2003, especialmente los capítulos III y IV
las autoridades virreinales. Sus relaciones con estas últimas se insertan en el contexto de la
formación de una sociedad de corte en que se forjan diversos modos de gobierno; en un
contexto donde tuvo lugar la negociación de intereses de los grupos hispanos de mayor
arraigo –la propia iglesia diocesana, el ayuntamiento de la ciudad de México, los
principales terratenientes y algunos de los grandes comerciantes– frente a los intereses de la
Corona en el plano local, especialmente los de índole fiscal. Se hallan asimismo
caracterizadas esas relaciones por la reacción de la catedral contra el favor que la mayoría
de los virreyes prodigaba a las órdenes mendicantes a fin de hacer contrapeso al poder de
los arzobispos.
Las secciones de este trabajo se atienen a la figura de un procurador y su trayectoria
trasatlántica. Pero intervienen igualmente los procesos de cambio social en la Nueva
España subyacentes a su gestión, tanto como los cauces jurídicos que permitían a las
iglesias acceder a la corte del rey. Son los procuradores enviados a Madrid, en todas
ocasiones, miembros del cabildo catedral, es decir del cuerpo colegiado o senado de los
obispos. Su estancia en España dura en promedio de tres a seis años y suele constituir una
etapa decisiva de su carrera. La tendencia general al concluir la estancia en la corte fue la
promoción a mejores prebendas, e incluso al episcopado. Así por ejemplo, el canónigo
Jerónimo de Cárcamo se hizo atribuir en 1611 la mitra de Trujillo, en el virreinato del Perú.
El aspecto financiero resulta primordial. Enviar un procurador a la corte salía caro, por lo
cual no todas las iglesias podían permitírselo. El enviado por la metropolitana de México
sirvió como apoderado no sólo de algunas de las iglesias sufragáneas de ella, sino aun de la
metropolitana de Lima y de otras del Perú. Además de su salario anual correspondiente a su
prebenda –unos 3.000 pesos anuales sacados de la gruesa de diezmos–, el cabildo catedral
de México debía hacerle llegar 300 pesos por año para el pago de abogados. El agente o

7 Un primer esbozo de la temática se puede ver en H. Pietschmann, La corte de México en el siglo


XVII en sus dimensiones jurídico-institucionales, sociales y culturales: aproximación al estado de
la investigación, en La creatividad femenina en el mundo barroco hispánico María Zayas-Isabel
Rebeca Correo-Sor Juana Inés de la Cruz, editado por M. Bosse, B. Potthast, A. Stoll, Kassel 1999,
pp. 481-497. Christian Büschges trabaja sobre el proyecto «Consenso y conflicto en la Monarquía
hispánica. Virrey y corte virreinal en Valencia, Nápoles y México en la época del conde-duque de
Olivares (1621-1635)». Del mismo autor véase: La corte virreinal en la América hispánica durante
la época colonial, en Actas do XII Congreso Internacional de AHILA, editadas por E. Dos Santos,
Coimbra 2001, pp. 131-140.
solicitador recibía, por su parte, un salario anual fluctuante entre 100 y 200 pesos que solía
negociar con el procurador, aunque en general se le enviaban desde México.
Cada procurador debía abrirse paso en el mundo madrileño generalmente mediante
dos cauces: el más convencional, que daba acceso a los consejeros de Indias, cuyas plazas
eran vitalicias, y aquel conducente al presidente del Consejo, ligado estrechamente a las
clientelas del valido real en turno. Subrayo el aspecto "convencional" en vista de la
beligerancia que adquirió la reivindicación de los Consejos como las entidades e instancias
ordinarias y más legítimas del poder real en los primeros años de los reinados de Felipe III
y Felipe IV. Recuérdese que de forma paralela a la estructura poli-sinodial, una segunda
modalidad de gobierno había ido tomando relevancia en la corte de Madrid desde los años
de 1580. Me refiero a las prácticas y a los cambios en los lenguajes políticos inspirados por
un "nuevo humanismo", en parte asociado a las teorías de la "razón de estado". Su punto
central defendía la necesidad de promover la capacidad independiente por parte de la
Corona frente a los obstáculos legales y administrativos impuestos por las instancias
tradicionales del cuerpo político como los Consejos del rey y las Cortes de las ciudades.
Sabemos también que un elemento central en ese proceso fue la creciente participación de
los "favoritos del rey", es decir de los validos, en el gobierno de la monarquía, modalidad
plenamente desarrollada bajo las privanzas del Duque de Lerma y del Conde-Duque de
Olivares.8 Se trata de una estructura extraordinaria pero permanente, de carácter
autocrático, que se instala paralelamente al sistema convencional. El valido y las juntas
actúan compitiendo con las facultades del Consejo y aun irrumpen en su seno controlando
de hecho el puesto de presidente de ese sínodo. Tal era el marco político institucional que
los procuradores de la catedral de México enfrentaban a su llegada a Madrid. Les era
preciso ganarse el apoyo de los consejeros de más peso, pero a la vez conseguir el favor de
la clientela del valido.
La complejidad es todavía mayor si recordamos que los virreyes de la Nueva
España, aliados tradicionales de los frailes, promovieron un enfoque autoritario de gobierno
con el fin de intensificar el control real y de extraer mayores rentas fiscales de los
virreinatos en momentos de grandes presiones y de excesivo gasto militar en el seno de la

8 A. Feros, El viejo monarca y los nuevos favoritos: los discursos sobre la privanza en el reinado
de Felipe II, en «Studia Historica, Historia Moderna», 1 7 (1997), pp. 11-36.
Monarquía, sobre todo a partir de los años de 1620. En cambio otros individuos y cuerpos,
como las catedrales y los ayuntamientos, defendieron sus intereses locales de una excesiva
intrusión del poder real. Defendieron, por lo tanto, una negociación contractual para la
administración del imperio, misma que encontraba su principal cauce legal en el recurso a
la justicia mediante la instancia ordinaria del Consejo. El nexo de las catedrales con ese
cuerpo se vio reforzado por el hecho de recaer la nominación de los obispos y de los
miembros de los cabildos catedrales, es decir del clero catedralicio en su conjunto,
exclusivamente en el monarca. Al no ejercer los virreyes ninguna intervención formal en
este terreno, su poder se veía, de hecho, seriamente limitado.

l. Sancho Sánchez de Muñón: alta política en la Junta Magna

Una fría mañana del mes de marzo del año 1568, en la sala capitular de la catedral primitiva
de México, tuvo lugar el nombramiento del doctor Sancho Sánchez de Muñón, por
entonces maestrescuela, como procurador de esa iglesia ante el Consejo de Indias. 9 Las
tareas encomendadas a este personaje para tramitar en la corte del rey sólo encuentran
pleno significado en un contexto que vincula permanentemente la experiencia local y la
estructura de gobierno peninsular, es decir, donde se da la circulación trasatlántica de los
hombres. Fue ese vínculo el que en última instancia imprimió unidad a la inmensidad
espacial de la monarquía católica. La dignidad de maestrescuela de México, atribuida por el
soberano en 1560 a Sancho Sánchez de Muñón a través del Consejo, le dio acceso a una
provechosa posición desde la cual empeñó su vida al servicio de la Corona. Su vida
presenta dos grandes etapas divididas por su paso a México en aquel año, así como por su
gestión como procurador en la corte del rey entre 1568 y 1575. 10 La primera etapa,
correspondiente a sus primeros treinta años de vida, se significa por su paso por el colegio
mayor de San Bartolomé de Salamanca. Ahí entró seguramente en contacto con el entonces
colegial Juan de Ovando, quien en 1556 iniciara el espectacular ascenso político que, por

9 Era el maestrescuela una de las cinco dignidades, categoría de más alta jerarquía en los cabildos
catedrales. Conforme a la tradición, el maestrescuela ejercía el ministerio de enseñanza
correspondiente al "maestro de la escuela" catedralicia. Para el caso de la ciudad de México o de
Lima, cada vez que un individuo se presentaba provisto de tal nombramiento por el rey, debía
asimismo presentarse en la Universidad a fin de ser admitido en ella como canciller.
vía de la catedral de Sevilla, le condujo hasta las altas esferas del gobierno de la
monarquía.11 Parece indudable que Sánchez de Muñón puso a prueba su habilidad para tejer
relaciones medrando a la sombra del grupo de clientes y protegidos de Ovando. Entre estos
últimos figuró nada menos que don Mateo Vázquez de Leca, quien precisamente por 1560
pasó, aún sin oficio, a la casa de aquél. En 1568 Vázquez fungía como secretario del
cardenal Espinosa y participó en los trabajos de la "Junta Magna". Seguramente, el
maestrescuela fincó sus contactos en la corte en Vázquez, futuro secretario del rey luego de
la desaparición de Ovando en 1575.12
Al valimiento peninsular de Sánchez de Muñón, pero sobre todo a la insolencia
característica de su juventud, habrá obedecido su antagonismo y desacato permanente al
arzobispo de México fray Alonso de Montúfar O.P.; sobre todo entre su toma de posesión
de la maestrescolía y el año 1566. La posición de fuerza del nuevo maestrescuela frente al
arzobispo parece, además, encontrar explicación, en el hecho de que en más de una ocasión,
y poco antes de su travesía rumbo a México, Sánchez de Muñón entró en contacto con un
apoderado del prelado en la corte de Madrid a quien prestó ayuda financiera por medio de

10 La mayor parte de las referencias biográficas de Sánchez de Muñón se apoyan en el artículo de


E. González González, Un espía en la Universidad: Sancho Sánchez de Muñón, maestrescuela de
México, (1560-1600), en M. Menegus (coord.), Saber y poder en México, siglos XVI al XX, México
1996, pp. 142-148.

11 Enrique González nos aclara que Sánchez de Muñón, nacido en Llerena, Extrema dura, por el
año 1531 (en 1528, según F. Schwaller), fue el segundo de los hijos de Hernán Sánchez, boticario, y de Isabel
Díaz. El que algunos miembros de la familia ejercieran actividades comerciales autoriza, según González, a
plantear la sospecha de un linaje de conversos, si bien la cuestión no se halla estudiada. Pasó con Sancho a las
Indias, en 1560, Rodrigo, su hermano mayor, por entonces aún soltero, quien ejercería en varias ocasiones el
cargo de corregidor en la Nueva España por designación virreinal (cfr. J.F. Schwaller, The Church and Clergy
in Sixteenth Century Mexico, Albuquerque 1987, p. 205). En Salamanca Sancho debió haber cursado la
teología, facultad de la que se graduó de bachiller. Consta haber sido designado, en noviembre de 1556,
consiliario salmantino por Extremadura por espacio de un año. Al término de dicho cargo, en 1557, se borra
su rastro en esa ciudad. De entonces hasta su nombramiento de maestrescuela de México, el 2 de enero de
1560 hay, según González, nuevo vacío documental (pp. 120-121).
Al igual que Sánchez de Muñón, dos personajes más, posteriormente vinculados al gobierno de las
Indias, parecen haber estado a las órdenes de Ovando: Pedro Farfán futuro oidor de México y de Lima, y
Pedro Moya de Contreras, futuro inquisidor, arzobispo y virrey interino de México.

12 En el mismo artículo E. González menciona que en carta del año 1585 a Mateo Vázquez de
Leca, secretario de Felipe II, el maestrescuela Sánchez de Muñón evocó haber visto a aquel «en su
juventud» (p. 128).
un pariente suyo, acaso mercader.13 La guerra sin cuartel de Sánchez de Muñón a Montúfar,
en nombre de los derechos del cabildo catedral estuvo acompañada de su complicidad con
el deán Alonso Chico de Molina, ex colegial de San Bartolomé y principal opositor del
prelado.14 Sólo en la segunda mitad de 1566 se rompió dicha alianza en beneficio del
arzobispo con la denuncia de que fuera objeto el deán de México. Este tomó parte en la
célebre conspiración de Martín Cortés, el segundo marqués del Valle. Consecuentemente,
Chico de Molina fue arrestado y enviado a España. Deslindado de tales implicaciones al
haberse contado entre quienes descubrieron la conspiración, Sánchez de Muñón asumiría
más tarde en España un papel protagónico en la prosecución judicial contra Chico, quien
aún esperaba sentencia en 1571.15
Sin tardanza, el maestrescuela visitó «con gran cuidado» y acaso de manera simultánea a
los personajes clave para su gestión, que podemos ubicar en dos conjuntos: por un lado los
señores del Consejo de Indias, empezando por su presidente, don Luis Méndez Quijada,
señor de Villagarcía, procedente del Consejo de Estado y designado para ese cargo meses
antes.16 Por el otro su antiguo protector, don Juan de Ovando, entonces consejero de la
Inquisición y visitador del Consejo de Indias. Pero ante todo, y valiéndose de este último, el
procurador debía presentarse ante el cardenal don Diego de Espinosa, presidente del
Consejo de Castilla y consecuentemente del de Estado, uno de los hombres más cercanos a

13 González González, Un espía en la Universidad, p. 129.

14 Las diferencias entre el arzobispo y el cabildo se centraron en las atribuciones y competencias


de los capitulares llamados sustitutos que el prelado tenía derecho de nombrar. Consecuente con la
política de equilibrios y contrapesos típica del sistema de gobierno español, el rey terminó por negar
a aquéllos el derecho de voto en el cabildo, limitando así la influencia del arzobispo. Cfr. J.F.
Schwaller, The Cathedral Chapter of Mexico in the Sixteenth Century, en «The Hispanic American
Historical Review», 61, 1 (1981), pp. 651-674.

15 Cfr. Schwaller, The Church and Clergy, pp. 28-30. El "festín de los gemelos", supuesto estallido
de la conjura de los Avila y los Cortés, tuvo lugar el30 de junio de 1566. No parece haber prueba
alguna que don Martín Cortés se aprovechara de la situación de su señorío para reforzar su posición
al sublevarse. Con todo, fue aprehendido el 16 de julio de aquel año, y su hermano del mismo
nombre se quedó administrando el Marquesado. Cfr. B. García Martínez, El Marquesado del Valle,
Tres siglos de régimen señorial en Nueva España, México 1969, pp. 74-77.
la real persona y de quien Ovando era hechura. 17 Esta dualidad de jerarquías, es decir la
ordinaria del Consejo y la de los ministros más cercanos al rey, según vimos, sería
característica de la actuación de los procuradores de las catedrales de la Nueva España. 18
Materias de importancia trascendente, como la implantación de una política general de
diezmos, solían ser objeto de análisis en el seno de juntas especiales presididas por el o los
hombres en quienes el monarca depositaba mayor confianza. En este caso se trataba del
cardenal Espinosa. Recordemos que los últimos días del mes de julio de 1568 había dado
inicio, efectivamente, una "Junta Magna" para lograr acuerdos de carácter más definitivo
tocante a los asuntos de las Indias. Celebrada en la casa del cardenal Diego de Espinosa,
dicha Junta estuvo presidida por este último y por el visitador Juan de Ovando. Ella reunió
a los consejos de Indias, Hacienda, Estado y Órdenes. Participó igualmente, justo antes de
embarcarse con destino al Perú, el recién nombrado virrey don Francisco de Toledo. En su
calidad de visitador, Ovando determinó que el más grave condicionante de los defectos de
la situación política en la Nueva España era la falta de información por parte de los

16 Se contaban entre los consejeros de Indias en aquel momento: el Dr. Juan Vázquez de Arce, el
Lic. Lope García de Castro quien, sin embargo, se hallaba ausente en el Perú, el Lic. Gómez Zapata,
el Lic. Alonso Muñoz, quien regresó de la Nueva España a la corte en 1568, probablemente en la
misma flota que Sánchez de Muñón. Están enseguida el Dr. Luis de Molina, el Lic. Fernando de
Salas, el Dr. Antonio de Aguilera, el Lic. Juan de Isunza, el Dr. Francisco de Villafañe y el Lic.
Francisco Tello Maldonado. Es de notar que la mayoría de estos sujetos había fungido de oidores de
la Chancillería de Valladolid. Cfr. E. Schäfer, El Consejo real y supremo de las Indias, Madrid
1935, t. I, pp. 333-338.

17 Presidente del Consejo de Castilla a partir de 1565, al año siguiente don Diego de Espinosa
sustituyó al cardenal arzobispo de Sevilla, Fernando de Valdés, en el cargo de inquisidor general. En
el Consejo de Estado, y junto con el príncipe de Eboli, Espinosa recomendó al rey adoptar una
política moderada, es decir no represiva, en relación con la sublevación de los Países Bajos. En
cambio fue partidario de una política contraria frente a los moriscos sublevados del reino de
Granada entre 1568 y 1570. Cfr. J.H. Elliott, La España imperial 1469-1716, Barcelona 1993 (1ª ed.
London 1963), pp. 243-250.

18 Hasta la década de 1580 el rey se sirvió del consejo de una serie de criados y funcionarios: el
duque de Alba, mayordomo mayor y miembro del Consejo de Estado; Ruy Gómez, príncipe de
Eboli, sumiller de corps, miembro asimismo del Consejo de Estado; el ya mencionado cardenal
Diego de Espinosa. El consejo de varios servidores respondía a la cultura de la época según la cual
el monarca no debía permitir que su confianza se concentrara en uno solo de sus servidores. Cfr.
Feros, El viejo monarca y los nuevos favoritos.
organismos administrativos metropolitanos. Así, la llegada del maestrescuela de México le
habrá venido como anillo al dedo a don Juan, quien afanosamente veía los archivos del
Consejo, enviaba encuestas a los dominios americanos e interrogaba a los viajeros de
ultramar.19
No obstante haberse fijado la Corte definitivamente en Madrid, la antigua movilidad del rey
de Castilla aún presentaba secuelas. Los procuradores procedentes de México debieron
asumirlas como un elemento más de sus desplazamientos. En ocasión de la revuelta
morisca conocida como la segunda rebelión de la sierra de las Alpujarras (al sureste de
Granada), don Sancho Sánchez de Muñón debió ir a Córdoba y a Sevilla en el primer
semestre de 1570 en seguimiento del rey, del cardenal Espinosa y de «otros señores
consejeros».20 Fue, por cierto, en el curso de aquella guerra encaminada a aplacar la
revuelta, que perdió la vida el presidente del Consejo de Indias don Luis Méndez Quijada,
razón por la cual al año siguiente, es decir en agosto de 1571, el rey designó a don Juan de
Ovando para presidirlo, precisamente cuando éste ponía fin a la visita de ese cuerpo.21
Mal podía Sánchez de Muñón obtener del Consejo de Indias grandes resoluciones a favor
de la iglesia de México. Los años de su estancia en la Corte (1568-1575) son exactamente
19 Encabezó el Lic. Juan de Ovando una gran investigación mediante real cédula de 23 de enero de
1569. Acompañada de un interrogatorio, pretendió allegarse información completa sobre todos los
aspectos de la administración de las Indias occidentales. Es muy pro bable que las preguntas fuesen
elaboradas por Juan López de Velasco, secretario del visitador, futuro cronista y cosmógrafo del
Consejo de Indias. Es muy posible que este último, ya como cosmógrafo, haya concentrado en sus
manos, a partir de 1571-1572, las relaciones y descripciones que llegaban a Madrid procedentes de
los reinos de Indias. Cfr. J.-P. Berthe, Juan López de Velasco... (ca. 1530-1580), cronista y
cosmógrafo mayor del Consejo de Indias: su personalidad y su obra geográfica, en «Relaciones»,
75 (1998), pp. 141-172.

20 Sánchez de Muñón al Deán y cabildo de México, Madrid, 31 de agosto de 1570 en Archivo del
Cabildo Catedral Metropolitano de México (en adelante ACCMM), Correspondencia, vol. XX.
Sobre las causas de la segunda rebelión de las Alpujarras véase Elliott, La España imperial, pp.253-
259. La guerra llegó a un punto muerto y en marzo de 1570 el propio Felipe II se dirigió a Córdoba
para dirigir las operaciones. En 1570 fue publicada en las prensas hispalenses de Alonso escribano
la obra del maestro Juan de Malara, Recibimiento que hizo la muy Noble y muy Leal ciudad de
Sevilla a la Católica Majestad del Rey Felipe nuestro señor. El rey decidió suspender la
deportación de todos los moriscos y optó en cambio por un complicado plan para su redistribución
por toda Castilla. En mayo del mismo año el comandante en jefe morisco se rindió con condiciones.
En marzo de 1571 el rey creó el Consejo para la repoblación del reino de Granada. Cfr. G. Parker,
Felipe II, Madrid 1984, p. 135.
aquellos en que se tomaron las principales decisiones concernientes a la gobernación de las
Indias. La presencia del maestrescuela en Madrid se significó más bien por la información
que pudo facilitar al grupo presidido por el cardenal Espinosa y el licenciando Juan de
Ovando. Por sí mismas, tanto la Junta Magna de 1568 como la ordenanza del Patronazgo
real sobre la Iglesia de Indias de 1574 han sido ya objeto de sendos estudios. 22 Aquí sólo
evocaremos los aspectos que interesan directamente al sistema de representación jurídica de
la catedral de México.
Dos fueron los imperativos inmediatos para convocar la Junta y que suscitaron un
reordenamiento general de la iglesia indiana: por un lado las tensiones político sociales
acumuladas durante décadas en las Indias, en particular el enfrentamiento entre los cleros y
las pretensiones anárquicas de los encomenderos; por el otro, el clima ríspido prevaleciente
en las relaciones entre Roma y el rey católico. Era preciso emprender una reevaluación de
la enorme autoridad de las órdenes mendicantes a fin de establecer un balance de poderes
en la Iglesia. Fue así, el equilibrio, el criterio prevaleciente durante la Junta Magna. Tocante
al enfrentamiento entre ambos cleros no se apuntó hacia ninguna solución concreta, sino
lograr una especie de transacción que "templara" el negocio "concertándolo" y
"asentándolo".
La visita de Juan de Ovando, la Junta Magna y la gestión del procurador Sancho
Sánchez de Muñón encuentran una resultante, una especie de conclusión, si se quiere, en la
ordenanza llamada del "patronazgo real", expedida el 1 de junio de 1574. Compuesta de 23

21 Don Luis Méndez Quijada participó aliado de don Juan de Austria de la expulsión de los
Moriscos de la ciudad de Granada. Asistió al cerco de Serón donde fue herido de un balazo. Fue
llevado a Canilles por orden de don Juan, donde murió. Cfr. G. González Dávila, Teatro de las
grandezas de la Villa de Madrid, corte de los Reyes Católicos de España..., en Madrid por Tomás
Lunti, 1623, f. 480. Ovando fue designado presidente del Consejo de Indias el 28 de agosto de
1571. Había puesto oficialmente fin a la visita el 12 del mismo mes. Cfr. González González, Un
espía en la Universidad, p. 130.

22 D. Ramos, La crisis indiana y la Junta Magna de 1568, en «Jahrbuch für Geschichte von Staat,
Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas», 23 (1986), pp. 1-61; P. de Leturia, S.I., Felipe II y el
Pontificado en un momento culminante de la historia de Hispanoamérica, en Relaciones entre la
Santa Sede e Hispanoamérica 1493-1835, Roma-Caracas 1959, vol. 1, pp. 59-100; R. Padden, The
Ordenanza del Patronazgo of 1574: An lnterpretative Essay, y J.F. Schwaller, The Ordenanza del
Patronazgo in New Spain, 1574-1600, en The Church in Colonial Latin America, Wilmington 2000,
pp. 27-69.
capítulos, ella representó un ataque frontal aunque gradual al modelo de iglesia de las
órdenes mendicantes, cuyas bases se echaran casi medio siglo antes. Iniciaba reivindicando
el rey el control sobre la jerarquía eclesiástica. Consecuentemente, al ordenar la Corona la
aplicación de los decretos del concilio de Trento que disponen el acatamiento a la
jurisdicción ordinaria de los obispos por parte de los frailes doctrineros, el monarca preveía
un control indirecto sobre los mendicantes. La ordenanza dispuso, por lo tanto, una más
apegada supervisión de todo asunto eclesiástico por parte de las autoridades reales. Como
vice-patronos, los virreyes habrían de proveer en materias relativas a la administración
eclesiástica –entre otras cosas la designación de los frailes titulares de las doctrinas–, en
tanto que las audiencias ejercerían la supervisión en el plano judicial interpretando el
espíritu de la erección de las diócesis y garantizando el buen funcionamiento de los
tribunales eclesiásticos.
El resto de la actividad de Sánchez de Muñón en Madrid tuvo por objeto hacer
avanzar su carrera como eclesiástico, letrado y funcionario al servicio de la Corona. Nada
tenía de extraordinario buscar la promoción personal en la Corte, y menos en el caso del
clero de las catedrales, cuya designación competía directamente al rey. Buscar el ascenso
era, pues, rasgo inherente al paso por Madrid de numerosos letrados, procuradores,
ministros y agentes. Las promociones dependían en buena medida del valimiento hallado
ante la persona de algún protector, así como de la capacidad de respuesta del sujeto a las
expectativas de la clientela en que hallaba acogida. El maestrescuela de México, antiguo
protegido de su paisano, el extremeño Juan de Ovando, se habrá esforzado por imprimir
nuevo vigor a esa relación. Esta última había seguramente caído en una especie de punto
muerto en razón de la distancia trasatlántica que mediaba entre ellos desde 1560. En
cambio otras hechuras de Ovando, más próximas a él a lo largo de sus carreras, se hicieron
atribuir brillantes destinos durante los meses de residencia de Sancho Sánchez de Muñón en
Madrid. Los casos más notables son los de Mateo Vázquez de Leca y de Pedro Moya de
Contreras. El primero, cliente suyo desde alrededor de 1560, fue primero secretario de don
Diego de Espinosa y secretario de la suprema Inquisición. En 1573, un año después de la
muerte del cardenal, el rey le llevó a su lado en calidad de secretario. A la muerte de
Ovando, Vázquez cuidó de que el Consejo diese continuidad a la política recién diseñada
para las Indias. El segundo sujeto, estricto contemporáneo del procurador Sánchez de
Muñón, era originario de un pueblo andaluz próximo a la raya extremeña. Desde sus días
en el colegio de San Bartolomé de Salamanca, Moya de Contreras parece haber seguido
colaborando al lado de Ovando; primero en la catedral de Sevilla, y luego desde las islas
Canarias a donde pasó en calidad de maestrescuela. La actuación de su protector Ovando en
1569, como miembro del Consejo supremo de la Inquisición, valió a Moya su
nombramiento de inquisidor en Murcia, gestión, no obstante, limitada a seis meses. Los
planes de reforma para las Indias decidieron de una nueva y definitiva promoción. La visita
del Consejo y la Junta Magna resolvieron el establecimiento del tribunal del Santo Oficio
en México y en Lima. La selección de Moya en agosto de 1570, como primer inquisidor de
la Nueva España, redimensionó así la confianza de su patrón, e hizo de él una extensión
ultramarina de Ovando. Como es bien sabido, tres años después Moya de Contreras habría
de suceder al anciano arzobispo Montúfar en la mitra de México.23
Es probable que Sánchez de Muñón, quien debía a Ovando la maestrescolía de México,
aspirara en la Corte a una suerte semejante a la de Moya. Desde noviembre de 1569, es
decir, a poco más de un año de estancia en España, se halló ya promovido a deán de la
iglesia catedral de Lima. La noticia, que llegó a la catedral de México, no tardó en tener
repercusiones. Algunos capitulares de ella asumieron que su procurador en Madrid habría
aceptado semejante promoción y, en represalia, se pronunciaron por la suspensión de todo
envío de dineros. El maestrescuela hizo saber a su poderdante no haber pasado «jamás por
su pensamiento» aceptar dicha dignidad.24 La declinó no sólo por una supuesta lealtad a la
iglesia de México, sino porque en realidad «aguardaba cosa mejor» según testimonio de él
mismo.25 Sin embargo, una mejor promoción para Sánchez de Muñón dependía, en última
instancia, de que al sentenciarse la causa pendiente del marqués del Valle se premiasen sus

23 C.M. Stafford Poole, Pedro Moya de Contreras, Catholic Reform and Royal Power in New
Spain 1571-1591, Berkeley-Los Angeles-London 1987.

24 Sancho Sánchez de Muñón al Deán y cabildo de México, Madrid, 31 de agosto de 1570 en


ACCMM, Correspondencia, vol. XX.

25 González González, Un espía en la Universidad, pp. 142-148. Cita este autor una carta de
Sancho Sánchez de Muñón de 2 de febrero de 1571, dirigida al canónigo Francisco Cervantes de
Salazar, quien a consecuencia de la promoción de aquel ascendería a la maestrescolía vacante de
México.
servicios.26 Así, en julio de 1570 el maestrescuela consiguió una real orden que suspendía la
ejecución de su nombramiento para Lima. En espera de mejor suerte, acaso la mitra de
Astorga a la que pretendía, o un alto cargo que lo retuviera en la corte, conservó la
maestrescolía de México no sin suplicar al Consejo, al menos en dos ocasiones, se le
socorriera con alguna merced «con qué poder vivir».27
Sánchez de Muñón esperó en vano la ansiada mitra, aunque conoció a fondo el Consejo de
Indias y se acercó en particular a Mateo Vázquez de Leca. La suerte del marqués del Valle
no fue tan desgraciada como se había temido. Su expatriación y el secuestro de sus bienes
no significaron nunca la desaparición total del marquesado. 28 El licenciado Juan de Ovando
era ya presidente del Consejo, el cardenal Espinosa había fallecido en 1572, y hacia abril
del año siguiente Sancho Sánchez de Muñón recibió órdenes de volver a México. Como
pago a sus servicios de delator de la conjura del marqués del Valle, tan sólo recibió una
pensión de 2.000 pesos anuales pagaderos a partir del momento en que se embarcara. Dicha
suma se sacaría de los tributos de Tehuacán (pueblo del Marquesado en la diócesis de
Puebla). En marzo de 1574 perdió el procurador la flota de Nueva España. Intentó entonces
que la pensión le empezara a correr, pidió anticipos y dilató todo lo posible la travesía. Por
fin, en mayo de 1575 se despidió para siempre de la Corte.29

26 Recuérdese que Sancho Sánchez de Muñón se contó entre quienes denunciaron la conspiración
de Martín Cortés en 1566.

27 Tres consultas al rey de finales de 1570 o principios de 1571, British Library, Add. 28, 358, fol.
243. En ellas consta la pretensión de Sánchez de Muñón a la mitra de Astorga. Agradezco
sobremanera a Enrique González González el compartir conmigo este testimonio.

28 Don Martín Cortés escapó a la pena de muerte, pero se le expatrió y perdió sus bienes y
derechos. El "secuestro" formal de su marquesado y de sus propiedades tuvo lugar entre el 10 de
noviembre de 1567 y el 3 de noviembre de 1571. Hacia los últimos años de la etapa del secuestro
total (1567-1574), el segundo marqués fue absuelto en Madrid y se le de volvieron sus propiedades
y rentas, inclusive el derecho a los tributos. Cfr. B. García Martínez, El Marquesado del Valle,
México 1969, p.75.

29 González González, Un espía en la Universidad, pp. 152-153. Los tributos de Tehuacán como origen de la
pensión en Schwaller, The Church and Clergy, p. 205.
2. Claudio de la Cueva: los renglones torcidos de la Monarquía indiana

Las diferencias entre los principales autoridades (virrey y arzobispo) y grupos políticos del
virreinato entorpecieron la aplicación de la nueva legislación para las Indias. Ellas
traducían en parte un nuevo estado de cosas en la Nueva España. Esta era ya muy diferente
de la que había dejado el maestrescuela Sánchez de Muñón cuando partió rumbo a España
en 1568. Los años que abarcan hasta 1585 presenciaron profundas transformaciones
sociales en el virreinato. La epidemia de 1576, o "gran cocoliztli", fue sin duda el suceso
más importante por sus efectos devastadores sobre las poblaciones autóctonas. Estos se
dejaron sentir al menos hasta 1581. Probablemente desaparecieron más de dos terceras
partes de los indios en la Nueva España central. El mismo arzobispo Moya calculó que para
finales del año 1576 habrían muerto unos 100.000 naturales. Varias décadas de descenso
demográfico acumulado resultaron en la dislocación de los altepeme, las entidades político-
sociales autóctonas subsistentes a la conquista. El descenso determinó asimismo, para
finales de siglo, una política de congregaciones que provocó la movilización de algunas
poblaciones.
Esta situación repercutió sobre la oferta de mano de obra y transformó tecnologías, fuentes
y sistemas de trabajo.30 La aparición de nuevas explotaciones, las famosas estancias de
labor o de "pan llevar", es un proceso que estuvo vinculado a los servicios de trabajo
disminuidos o quitados a antiguos encomenderos, y ahora cedidos a estancieros y otros
propietarios españoles en la forma de repartimientos de una mano de obra bastante
disminuida y que había, por lo tanto, que racionar. Se pasó así a un régimen agropecuario
centrado en estancias ganaderas y en haciendas de labor cuando los "servicios personales",
proporcionados por los pueblos de indios, fueron modificados, reducidos y sólo más tarde
suprimidos y reemplazados por formas de trabajo libre.

30 Para los efectos de la crisis demográfica india, véanse los estudios clásicos de C. Gibson, Los
aztecas bajo el dominio español 1519-1810, México 1967 (1ª ed. en inglés, 1964) y de J. Lockhart,
The Nahuas after the Conquest, Stanford 1992. Remito también al estudio igualmente clásico de H.
Cline, Civil Congregations of the Indians in New Spain, 1598-1606, en «The Hispanic American
Historical Review», XXX, 1 (1950), parte 2, pp. 349-369.
La gran epidemia y la recomposición socioeconómica tuvieron un fuerte impacto sobre el
clero regular. Una de sus expresiones fue la fundación de nuevos conventos en
aglomeraciones urbanas o un mayor esplendor de los ya existentes, pero sobre todo la
adquisición de propiedades rurales, en contravención a la política original de la Corona.31
Tal tendencia, aún débil hacia 1558, se intensificó en la siguiente década. Las infracciones a
la ley por parte de los frailes suscitaron las críticas del clero catedralicio, tanto más ásperas
cuanto que las tierras de los religiosos estaban exentas del diezmo. Sin embargo, el virrey
Enríquez de Almansa, haciéndose cargo de la difícil coyuntura socio-económica, decidió no
urgir la aplicación de la legislación, en apoyo de los religiosos. Debían tolerarse los propios
de los conventos dado que la ayuda tradicional de limosnas había disminuido, en tanto que
aumentaba el número de frailes. Confiaba en que se fueran consolidando los mejores
conventos urbanos conforme las doctrinas fuesen turnándose al clero secular, y que en ellos
se incrementara el número de religiosos. Consecuente con la tradición urbana del occidente
cristiano, Enríquez pensaba que en las villas y ciudades de españoles el sustento de las
órdenes religiosas parecía imposible sin la adquisición de propiedades rurales. La reflexión
del virrey encontraba, pues, fundamento, en aquella coyuntura. A juicio de Enríquez, el
número de haciendas en poder de las órdenes de Santo Domingo y San Agustín –en pueblos
de españoles– no era suficiente para sostener sus conventos; hasta el punto de que si las
cédulas restrictivas se llevaban a efecto, habría que optar por reducir el número de
religiosos, sobre todo en la arquidiócesis de México donde ambas órdenes contaban con
alrededor de cien monasterios. La respuesta de los propios frailes a sus detractores echó
mano del concilio de Trento, el cual permitía la posesión sólo de aquellos propios y rentas
que bastaran a sustentar los conventos. Consecuentemente, los dominicos de la Nueva
España se dirigieron al rey pidiéndole revocar las cédulas inhibitorias de los propios

31 Cuando el emperador Carlos V concedió al virrey Mendoza la facultad de distribuir tierras en su


nombre, prohibió que éstas se enajenaran «a favor de iglesias, monasterios o personas eclesiásticas» (real
cédula de 27 de octubre de 1535). A partir por lo menos de 1542, las mercedes de caballerías de tierra o de
estancias de ganados otorgadas por los virreyes llevaron insertas cláusulas inhibitorias en perjuicio de
eclesiásticos, so pena de nulidad del título de propiedad en caso de infracción. Cfr. F. Chevalier, La formación
de los latifundios en México. Tierra y sociedad en los siglos XVI y XVII, México 1985 (1ª ed. en español,
1956), cap. VII, p. 286.Entre los años de 1543 y 1548 los agustinos de Michoacán habían logrado adquirir
cuatro haciendas cercanas al pueblo de Tiripitío como donación de los indios. En 1558 recibieron 100 brazas
de tierra de parte de los principales del pueblo de Xacona. Cfr. L. Solís, Las propiedades rurales de los
agustinos en el obispado de Michoacán, siglo XVIII, Morelía 2002, p. 325.
conventuales por haberse expedido en fecha anterior a la clausura del concilio. Dada la
situación de la Nueva España, el aumento en el número de religiosos no podía ya costearse
con apoyo en los tributos, sino únicamente mediante el recurso a la actividad agropecuaria.
Si no se ponía un remedio, los frailes temían la total pérdida de su orden. Por ello habían
acudido a sus generales respectivos en Roma rogándoles igualmente dirigir peticiones al
soberano. La coexistencia de dos modelos de Iglesia y de sociedad llegaba a un momento
de verdadera antinomia en sus términos. Nunca como ahora la dificultad de zanjar un
debate de tal envergadura había sido tan evidente para las diversas instancias de justicia.
Quince primeros religiosos de la Compañía de Jesús llegaron a la Nueva España en
septiembre 1572. En diciembre tomaron posesión del predio donde, meses después,
fundaron en la ciudad de México el Colegio Máximo de su nueva provincia. Tres años
después los jesuitas, que por entonces sumaban 47 religiosos, se hallaban establecidos en
aglomeraciones urbanas como Antequera (Oaxaca), Guadalajara, Pátzcuaro y Zacatecas. Al
cabo de pocas décadas a partir de su reconocimiento por el papado (1540), el ideal
universalista de la orden, su movilidad e independencia a partir de Roma, inclinaron sus
variadas actividades apostólicas de origen hacia la educación. El sustento de sus colegios se
apoyó muy pronto en legados y donativos tanto en dinero como en propiedades –casas y
lotes– que los religiosos daban en alquiler a precio fijo, como acostumbraban hacer en
Europa.32 Sin embargo, la situación de la Nueva España hizo que predominaran las
propiedades rurales. Las autoridades les brindaron su reconocimiento e incluso su
protección, dado que una decisión de la Audiencia de México de 1581, confirmada en 1583,
eximió a dichos propios del pago del diezmo aun cuando se tratara de tierras cedidas en
arrendamiento a terceros.
Las grandes transformaciones de la década de 1576 a 1585 cambiaron igualmente la agenda
de la catedral de México por lo que a su representación jurídica en Madrid se refiere. La
creciente adquisición de propiedades rurales por parte de las órdenes religiosas, y la
administración de las doctrinas bajo un régimen de exención a la jurisdicción eclesiástica
ordinaria, fueron prioritarias durante el siguiente medio siglo. Se conoció en adelante a la

32 Para finales de siglo XVI había ya, en la Nueva España, 11 colegios con 6 escuelas de primeras
letras y 8 con cursos de humanidades. Un siglo más tarde ese número se elevó a 17 colegios con 1O
escuelas elementales, 11 de humanidades, 3 de artes o filosofía y 3 facultades de teología. Cfr. P.
Gonzalbo, La educación jesuita en la Nueva España, en «Artes de México», 58 (2001), pp. 51-57.
primera como "el diezmo de las religiones". Fue éste, precisamente, el que decidió del
nombramiento de un nuevo procurador por el cabildo catedral de México. En abril de 1582
llegó a España el bachiller Claudio de la Cueva. Hidalgo sevillano que rayaba entonces los
treinta años de edad, De la Cueva era uno de los hijos menores del Dr. Martín López de la
Cueva, médico del Santo Oficio en la urbe del Guadalquivir, y de Juana de las Cuevas,
«ambos cristianos viejos, notorios, limpios». Tras haber estudiado la gramática en Sevilla,
acaso bajo la tutela del maestro Juan de Mal-Lara, Claudio cursó el bachillerato en cánones,
grado que obtuvo en su ciudad natal el 18 de mayo de 1574, donde asimismo se hizo
tonsurar al tomar las órdenes menores. Muy poco antes, el 20 de diciembre de 1573, el rey
le había concedido una media ración en la iglesia de México. Juan de la Cueva, uno de sus
hermanos mayores y el más cercano a él, figura entre los poetas más importantes del Siglo
de Oro. Ambos hermanos se embarcaron en Sevilla a mediados del año 1574.33 Claudio se
embarcaba con el afán de hacer carrera eclesiástica, empezando en la administración de las
Indias; Juan con la esperanza de hacer fortuna en ultramar. Llegado a México, Claudio
tomó posesión de su prebenda y se preparó para ordenarse sacerdote, lo cual ocurrió en
1576, año en que el rey le ascendió a una ración completa. En vista de la exigüidad de las
rentas en las demás catedrales, sólo los cabildos de México y Puebla –y muy poco después
el de Valladolid de Michoacán– contaban por entonces con esa categoría de capitulares.
Consecuentemente, la falta de tránsito de los racioneros entre las iglesias hacía que sus
carreras tendiesen en la Nueva España a ser más bien cortas. El cabildo metropolitano
habrá seguramente aprovechado la intención de De la Cueva de volver a la Península y así
le nombró su procurador en la corte. Su hermano Juan, con quien seguramente vivió
Claudio en México, había regresado a España en la flota de 1577. 34 Sevilla, puerta de
33 Cfr. Juan de la Cueva, Fábulas mitológicas y épica burlesca, edición preparada por José
Cebrián García, Madrid 1984, ver estudio introductorio, pp. 12-15.

34 Según José Cebrián García, el quehacer literario de Juan de la Cueva no se interrumpió durante
su estancia de tres años en México. En esa ciudad aparecieron, de hecho, algunas de sus primeras
composiciones líricas. Se hallan insertas en el volumen intitulado Flores de baria poesía, del año
1577. Después de Gutierre de Cetina, Juan de la Cueva ocupa el segundo lugar tocante al número de
piezas suyas comprendidas en ese códice. Por ese motivo Cebrián considera la posibilidad de que
Cetina haya sido el organizador del cancionero y Juan de la Cueva su compilador definitivo. Cfr.
Juan de la Cueva, Fábulas mitológicas, p. 15. Dicho volumen ha sido estudiado por Renato Rosaldo
en «Flores de Baria poesía». Estudio de un Cancionero inédito mexicano de 1577, en «Abside»,
ingreso a los reinos de España y cuna del procurador, retuvo a éste durante varias semanas
luego de su arribo. Aprovechó en adelante cualquier oportunidad para viajar a esa urbe, por
entonces la más grande y populosa de la Península.
A su llegada a Madrid, De la Cueva se percató del estancamiento y atraso en que se
hallaban los negocios de la iglesia de México. Su exasperación trasluce en las cartas
dirigidas al cabildo. Presente en persona en una sesión del Consejo, De la Cueva fue objeto
de reprimenda. Un viejo pleito entre la catedral y los curas de la parroquia de la Santa
Veracruz de la capital virreinal, se hallaba envuelto en enredos jurisdiccionales entre las
instancias de justicia eclesiástica y la Audiencia de México. Así, al no llevar el litigio ni
forma ni grado, el Consejo no podía sino conjeturar. El enfado del procurador no alcanzó a
cegar su percepción y olfato político. Su explicación a los consejeros tomó la forma de una
denuncia contra los procedimientos y sentencias de la Audiencia de México que, según él,
eran generalmente adversas a la iglesia catedral. Este argumento del procurador refleja un
conflicto de jurisdicciones en el escenario virreinal que resulta patente –como veremos– en
el caso de la adquisición de propiedades por parte de las órdenes religiosas.
Semejante tenor en las gestiones debió constituir un motivo de pesadumbre para
aquel orgulloso sevillano, acostumbrado ya al ceremonialismo y prodigalidad de México.
«España es una mala tierra donde ni reciben en los pueblos con trompetas, ni ponen arcos
triunfales por los caminos, ni regalan con las cosas que por allá sobran», escribió
quejándose al cabildo catedral.35 La corte de Madrid –lo vimos ya en el caso de Sánchez de
Muñón– presentaba un grave contraste con el mundo indiano, aun si consideramos que
todos los procuradores cargaron siempre las tintas al describir su situación allí. Primero a
causa del tren de vida impuesto por la capital de la monarquía. Los ingresos de un racionero
eran bastante inferiores a los de un maestrescuela, con todo y la ayuda familiar que De la
Cueva seguramente recibió. Debió éste alojarse con algún "deudo", excusando así el costo
de un alquiler. «Sólo en criados y una mula y otros gastos forzosos –añade– he gastado
después que vine lo que traje, y 400 pesos que en esta flota me vinieron a cuenta de mi

XV (1951), pp. 373-396, 523-550. Fue editado por M. Peña, Flores de baria poesía, México 1980.

35 Don Claudio de la Cueva al Deán y cabildo de México, Sevilla, 20 de diciembre de 1583 en


ACCMM, Correspondencia, vol. XX.
prebenda, y 300 ducados que debo y más deberé de aquí a que vuestra señoría mande
remediarlo».36 Para suavizar sus aprietos financieros, el procurador propuso que las demás
iglesias catedrales de la Nueva España aportaran dineros en vista de no tener en aquel
momento quien representara sus intereses en la Corte, o bien que se le allegaran recursos de
otros ramos de la hacienda catedralicia.37 Estos lamentos parecen, en buena medida,
infundados. Por todos los medios a su alcance, De la Cueva buscó la conmiseración de su
comitente de México, a la vez que ganar tiempo para hacer progresar su propia carrera.
Hacia octubre de 1583 se graduó de licenciado y de doctor en cánones por la Universidad
de Sigüenza.
El procurador hubo de retomar el pleito sobre diezmo de las "religiones" desde sus
principios. De la Cueva evocó en sus cartas la trayectoria de una legislación fluctuante que
primero había ordenado que los religiosos totalmente no tuviesen propios; después que
conservasen los ya adquiridos, y ulteriormente que no se les impidieran las compras en
aglomeraciones de españoles hasta que el negocio se definiera. Aseguró a la catedral que si
este último era visto por el Consejo en el estado en que por entonces se hallaba, tendría que
darse irremediablemente por perdido. Para De la Cueva el remedio no podía llegar sino de
México. Echando mano de su formación de jurista recomendó a la iglesia, por un lado,
poner una demanda al conjunto de las órdenes religiosas ante la Audiencia de México. Por
el otro, averiguar y probar ante testigos la exorbitancia de las compras hechas y que seguían
haciendo, mostrando el daño seguido a las iglesias. Para este efecto la catedral debía hacer
un censo de todas las «labranzas, estancias de ganados, casas, censos y todas las demás
granjerías de cada uno de los monasterios». Como se recordará, esto mismo había ordenado
la real cédula de octubre de 1576 al virrey Enriquez. Pero visiblemente sólo se había
procedido a realizar una "averiguación" ante testigos, la cual se dio además por
"extraviada" luego de su llegada al Consejo. Se trataba en realidad de reunir una serie de

36 Es decir, la flota que llegó a España en agosto de 1583.

37 Se determinó de hecho, en el cabildo catedral de México, enviarle «los 500 pesos de oro común
de costumbre y que el canónigo Cárdenas escriba a los obispos sufragáneos para que en nombre del
solicitador de sus iglesias le socorran con alguna cosa». Se votó además que se le den a De la Cueva
200 pesos de los réditos de los 4.000 ducados que se habían de cobrar de la Contratación de Sevilla.
ACCMM, Actas de cabildo, libro 3, sesión del 7 de abril de 1584.
probanzas que, independientemente de la manera como llegaran sentenciadas por la
Audiencia ante la instancia suprema en la corte del rey, constituyesen una prueba fehaciente
del argumento de las catedrales. Sin ocultar su voluntad de interpelar al cabildo, el
procurador fue terminante. O aquel procedía en México a poner por obra el remedio, o no
tenía por qué seguir quejándose de los religiosos, cuya intención se hallaba, por lo pronto,
relativamente probada en la Corte mediante la información remitida por el virrey Enríquez.
Pero De la Cueva sugirió aún otro medio legal, a saber, la de seguir la catedral su justicia a
través de la vía eclesiástica. Este procedimiento abriría de hecho una puerta para el
momento en que las órdenes religiosas apelaran de la sentencia del tribunal eclesiástico
ante la Real Audiencia mediante el móvil jurídico conocido como recurso de fuerza. Este
cauce anticipaba la sustanciación38 del pleito y su encaminamiento hacia la instancia
suprema del fuero eclesiástico, la corte pontificia en Roma, sede del gobierno central de las
órdenes religiosas. Las sugerencias del procurador presagiaban la complejidad de un pleito
en el que concurrirían diversas jurisdicciones. Si recordamos el recelo extremo con que la
Corona veía cualquier intervención de Roma en los asuntos de Indias, cabe la posibilidad
de que De la Cueva recomendara la vía de la justicia eclesiástica con el fin de hacer
reaccionar al Consejo de Indias en defensa de los derechos del real patronato.
Esta última recomendación del procurador Claudio de la Cueva estuvo indudablemente
animada por la noticia de habérsele acometido una visita del reino de la Nueva España al
arzobispo de México. El procurador exhortó vivamente al cabildo catedral a aprovecharse
de tal situación, seguro como estaba que don Pedro Moya de Contreras se esforzaría porque
se hiciera justicia a la iglesia, reparándose así numerosos desórdenes. Dicho de otra manera,
el momento le parecía definitivo para que tuviesen «asiento las cosas que hasta aquí no lo
han tenido».39 Efectivamente, las cartas e informes de Moya a España, claros, sistemáticos
y comprensivos, habían gozado de un favor cada vez mayor de parte del rey entre 1579 y
1582. Esta estima parece haber decidido su nombramiento como visitador. Una serie de
cédulas dadas en la primavera de 1583 definieron sus facultades y tareas. Primero debía

38 Conducir un asunto o juicio por la vía procesal adecuada hasta ponerlo en estado de sentencia.
Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

39 lbidem.
visitar la Real Audiencia de México y todos sus funcionarios, lo cual supuso un duro golpe
contra ese tribunal, dados sus enfrentamientos anteriores con el arzobispo.40
Es precisamente la Real Audiencia la materia que nos interesa de la visita de Moya. Se
autorizó a este último a acceder a las sesiones del tribunal, así como a publicar noticias en
las provincias a fin de propiciar eventuales denuncias contra los oidores. Seguramente a
instancias de Moya, la Audiencia comisionó al oidor Francisco de Sande para aplicar la real
provisión de 1569 en el obispado de Tlaxcala-Puebla. 41 Ello implicaba identificaran con
testigos las heredades, molinos y demás bienes que los frailes dominicos y agustinos
hubiesen adquirido en los pueblos de indios del valle de Atlixco y de las inmediaciones de
la capital diocesana en fecha posterior a aquel año. El oidor debía asimismo proceder a
amonestar a los priores y vicarios ordenándoles deshacerse de aquellos propios. Mediante
pregón público se les daría el término de un año para hacerlo, so pena de confiscación en
beneficio de la Real Hacienda y perjuicio de los antiguos dueños.
Como proceso inquisitivo, y no judicial, la visita pronto mostró que el comercio de
influencias en los pleitos y el otorgamiento de favores era una falla consistente entre
algunos oidores, hasta el punto de hacer éstos de la justicia una mercancía más entre los
40 En el intento de Moya de Contreras por implantar la Ordenanza del Patronazgo, sobrevino una
serie de demandas contra las órdenes religiosas en razón de proceder éstas en materia de autoridad
judicial eclesiástica sin licencia del arzobispo. Al parecer, los religiosos incitaron al fiscal de la
Audiencia a proceder en contra del provisor de indios del arzobispado, el Br. Pedro Gutiérrez de
Pisa, por abusos. La intromisión del tribunal secular en materia de tribunales eclesiásticos suscitó
así, en 1577, la ira de Moya y, por lo tanto, un enfrentamiento de éste con el virrey y la Audiencia.
Tras muchas maniobras, esta última acabó por traspasar el caso a las autoridades eclesiásticas. Fue
el provisor y vicario general Sánchez de Muñón quien, al asumir la investigación, absolvió a
Gutiérrez de Pisa a finales del mismo 1577. Sin embargo, la Audiencia insistió enviando los papeles
al Consejo de Indias para que éste sentenciara cuál jurisdicción de los dos sistemas judiciales
procedía en el ca so. Cfr. J.F. Schwaller, The Church and the Clergy, pp. 182-185, 187.

41 Recuérdese la real provisión de la Audiencia del año 1569, según la cual toda nueva adquisición
de propios por parte de aquellas órdenes religiosas en pueblos de indios se daría por nula, procediéndose a la
confiscación. Independientemente de la intervención de Moya, esta medida se apoyó seguramente en un auto
del conde de la Coruña de 23 de noviembre de 1580 que, por un lado, había mandado a los justicias de los
pueblos hacer un inventario de bienes y rentas de los conventos. Por el otro ordenó a las órdenes religiosas no
comprar ni adquirir bienes ni rentas algunos, sino sólo aquellos que se les diesen de limosna. De lo contrario
se procedería a dar por nulas dichas compras. El auto del virrey en A.M. Carreño, Un desconocido cedulario
del siglo XVI perteneciente a la catedral metropolitana de México, México 1944, pp. 380-382.Autos de la
Audiencia de México fechados en la Puebla de los Ángeles el 18 de septiembre de 1583, en AGI, México 339,
10 fs.
grupos de la capital virreinal proclives a los negocios. Una de las actividades más comunes
era la especulación con tierras que podían ser adquiridas de varias maneras, siendo con
frecuencia los pueblos de indios las principales víctimas. Los títulos de propiedad eran
obtenidos de manera fraudulenta mediante mercedes de los virreyes, o la fuerza y la
capacidad de intimidación inherentes al cargo de oidor. Las adquisiciones solían hacerse
echando mano de prestanombres o de terceras personas. La compra y el derecho de
propiedad eran a la vez encubiertas mediante el recurso a una red de transacciones de
sorprendente complejidad. Ignoramos hasta qué punto las adquisiciones hechas por las
órdenes religiosas incurrieron en estas prácticas. Hasta ahora no se ha emprendido siquiera
un inventario que las cuantifique en cada diócesis de la Nueva España.42
En lo tocante al "diezmo de religiones" la gestión de Claudio de la Cueva parece haber
obtenido tres cosas: que el Consejo de Indias juzgara insuficiente lo averiguado por el oidor
Pedro Farfán; que se considerara la posibilidad de ordenar un inventario de todos los
propios de las órdenes conforme a lo sugerido a la iglesia por el procurador; y que el litigio
se encaminara hacia los tribunales eclesiásticos como vía para su consecución. En ello
radica el éxito del procurador. A pesar de habérsele prorrogado tres años los poderes de la
catedral de México, su trabajo de representación de esta última en la Corte debió terminar a
mediados de 1584.
Dos motivos desprendidos del esfuerzo de Claudio de la Cueva por hacer progresar
su propia carrera pusieron fin a su cargo de procurador: primeramente, y acaso gracias a la
ayuda de su padre, se convirtió en oficial menor del Santo Oficio de la Inquisición en
Sevilla. Pero, además, desde abril de 1584, el rey concedió a Claudio el arcedianato de la
catedral de Guadalajara en la Nueva Galicia. En octubre del mismo año lo supo el cabildo
catedral de México, el cual tomó luego la decisión de suspenderle todo envío de salarios.
No obstante, el regreso del procurador a las Indias parecía remoto. De la Cueva tomó

42 Consecuentemente, tampoco se ha evaluado la evolución en la adquisición de pro piedades


rurales por parte de las órdenes religiosas, sobre todo entre 1560 y 1650. Menos aún sabemos qué
tanto se vio afectada la recaudación del diezmo en las diócesis centrales de la Nueva España por
punto de la exención de la que eran objeto las haciendas de religiosos. Otra dificultad es que no
existen series del monto del diezmo para los últimos años del siglo XVI y las primeras décadas del
XVII. No obstante, parece haber ya materiales de archivo con qué construirlas. Cfr. Ó. Mazín (dir.),
Catálogo de un fondo eclesiástico mexicano, la arquidiócesis de México, 1538-1911, México 2004,
p. 615.
posesión de aquel arcedianato mediante poder otorgado a un agente, aunque nunca realizó
el viaje. Tras una estancia en México apenas inferior a diez años y, dados sus antecedentes
personales y familiares, el fiel de la balanza de su trayectoria acabó inclinándose hacia
España. Esta es, pues, representativa de aquellos clérigos para quienes el tránsito por los
reinos de Indias fue un peldaño en su ascenso. Como había ocurrido con don Pedro Moya
de Contreras, De la Cueva llegaría a inquisidor. A finales de diciembre de 1591, o primeros
días de 1592, lo vemos embarcarse en Sevilla rumbo a las islas Canarias, de nuevo con su
inseparable hermano, el poeta Juan de la Cueva. Llevaba nombramiento de visitador e
inquisidor apostólico del Santo Oficio, cargo que ostentó hasta el año 1600 en que fue
promovido a inquisidor de Lima. Pero tampoco llegó a ejercer en este último puesto. En
marzo de 1601, al estar haciendo en Sevilla los preparativos para el viaje trasatlántico con
destino al Perú, se le mandó «yr a servir plaça de Inquisidor de Galizia». No sabemos si
aceptó. Lo cierto es que el 1 de enero de 1603, el poeta Juan de la Cueva dedicó a su
hermano Claudio, a la sazón «Inquisidor Apostólico i Visitador de la Santa Inquisición de
los Reynos de Sicilia», el manuscrito definitivo de sus composiciones líricas. Finalmente
ejerció don Claudio, desde los últimos meses de 1606, funciones inquisitoriales en Cuenca.
Allí se le unió una vez más el poeta en febrero siguiente. Siguió en Cuenca por algunos
años. Fue en esa ciudad donde el antiguo procurador de México falleció el 27 de abril de
1611.43
Don Pedro Moya de Contreras desembarcó en Sevilla en noviembre de 1586. El rey le
había ordenado dar cuenta en persona de la visita del virreinato de Nueva España. Y aun
cuando el proyecto de volver a la Península siempre agradó al prelado, trece años de
estancia en México habían transformado al antiguo protegido de Ovando. El prelado
encargado de implantar la reforma de 1568 se había convertido en un hombre del imperio
consciente de las dificultades inherentes a la construcción de un reino de ultramar
semejante a los peninsulares. El favor real, su amistad con el secretario Mateo Vázquez de
Leca, y su calidad de arzobispo visitador, no facilitaron su relación con el Consejo. Menos
43 La consulta del Consejo al rey sobre atribución del arcedianato de Nueva Galicia a De la Cueva
lleva fecha de 11 de abril de 1584. Consta en A. Herrera Heredia (dir.), Catálogo de las consultas del Consejo
de Indias, Madrid 1972, t. 1 (1529-1591). Véase además J.F. Schwaller, The Church and Clergy, pp. 201-202,
pero sobre todo Juan de la Cueva, Fábulas mitológicas, introducción de J. Cebrián García, pp. 24-28.En su
testamento, Claudio de la Cueva dejó 40 ducados a favor de la fábrica espiritual de la catedral de México.
ACCMM, Actas capitulares, sesión del 17 de octubre de 1614.
aún al girar el rey instrucciones al presidente de ese cuerpo, ordenando no sólo la presencia
de Moya con voz y voto en las sesiones de evaluación de la visita, sino además el
tratamiento de grande de España para el arzobispo de México. 44 Dicha evaluación, a la que
el Consejo dedicó tres días a la semana hacia fines de 1587, impidió cualquier avance
sustancial al principal negocio de la representación de la catedral de México, no obstante la
presencia de un nuevo procurador de esta última en Madrid.45 La gestión del más experto de
los procuradores de la catedral de México habrá parecido insignificante en aquel momento
ante la actuación del arzobispo visitador a su regreso a la corte. Don Pedro Moya de
Contreras se convirtió en el más importante asesor del rey en todo lo concerniente a las
Indias, al grado de ignorar el Consejo que casi todas las consultas que este último dirigía al
monarca le eran remitidas al arzobispo de México para escuchar su parecer. La mayoría se
refiere al otorgamiento de mercedes reales y al nombramiento de cargos en el Nuevo
Mundo.
El arzobispo de México formó parte activa de un mecanismo de toma de decisiones de muy
alto nivel entre 1587 y 1590. Se trata de una serie de canales de consulta impuestos por el
propio rey. Su funcionamiento confirma el supuesto de que durante el reinado de Felipe II,
y en particular durante sus últimos quince años, se dieron condiciones para el desarrollo de
especulaciones tendientes a legitimar aquellas prácticas de poder, en particular la presencia
44 Para la actuación de Moya en la corte a su regreso de México la principal referencia es el
trabajo de Stafford Poole, The Last Years of Pedro Moya de Contreras 1586-1591. Agradezco
sobremanera al autor el obsequio de su manuscrito, publicado ulteriormente en «The Americas», 47,
1 (1990), pp. 1-38.

45 Tras el despido de Claudio de la Cueva, el cabildo catedral de México nombró «solicitador de la


iglesia» en la corte al Dr. Pedro Gutiérrez de Pisa el 16 de octubre de 1584, aprovechando la
estancia de ese canónigo en España. No fue sino hasta diciembre de 1585, que se procedió a
nombrar un nuevo procurador, cargo que recayó en el racionero Rodrigo Muñoz. Sin embargo, no
parece haber viajado de inmediato. La instrucción para dicha procuración no se le dio sino hasta
junio del año siguiente, razón por la cual pudo haber zarpa do en la misma flota que el arzobispo
Moya de Contreras. En dicha instrucción se ordena a Muñoz pedir el cumplimiento de la ejecutoria
mandada dar por la Audiencia de México, donde se manda rescindir todas las ventas de tierras y
estancias celebradas por los religiosos. Su gestión en la corte debe haber estado ligada a la del
propio arzobispo. Como solía suceder con otros procuradores, al cabo de unos cuantos años Muñoz
logró ser promovido a la dignidad de tesorero de la catedral de Puebla. Para finales de 1590 estaba
ya de vuelta en la Nueva España. ACCMM, Actas de cabildo, sesiones de 20 de diciembre de 1585,
17 de junio de 1586 y 4 de diciembre de 1590.
y actuación de favoritos de la real persona. Pero no menos importantes fueron las teorías
negativas sobre estos últimos y en defensa del gobierno convencional de la monarquía, es
decir aquel limitado al soberano y a sus Consejos.46 Sin embargo, a diferencia de la etapa
dominada por el cardenal Espinosa, por el duque de Alba y por el príncipe de Eboli, sujeta a
la lucha de facciones enfrentadas, en las décadas de 1580 y 1590 el rey defendió e impuso
la fórmula de una especie de consejo privado. En 1584 ordenó la creación de la llamada
Junta de Gobierno, uno de cuyos miembros era su secretario Mateo Vázquez, protector del
arzobispo Moya de Contreras. Dicha junta funcionó hasta la muerte de Felipe II y fue
disuelta a finales de 1598.47
Parece claro que a partir de su regreso a la corte de Madrid, el arzobispo de México fue
incorporado a una de las cadenas de mando derivadas de la existencia de la Junta
mencionada.48 Tenían por fin expeditar ciertos negocios cuya resolución resultaba
desesperadamente lenta si se dejaba exclusivamente en manos del Consejo. Era práctica de
este último «obedecer pero no cumplir, o cumplir más tarde», lo cual convencía a más de
un consejero de que podían juzgar y decidir lo que era bueno para el reino a pesar de ir en

46 Cfr. Feros, El viejo monarca y los nuevos favoritos. El mismo Feros sostiene que, en la práctica,
aquellos que defendían el papel de los Consejos en el gobierno de la monarquía los veían en cierto
modo como co-gobernantes junto al monarca. Autores como Cabrera de Córdoba, Carvalho
Villasboas o Fadrique Furió Ceriol planteaban que los consejeros, únicos con la prerrogativa de
aconsejar al rey en todo lo referente a los asuntos que afectaban al gobierno público, debían ser
muchos, sabios temerosos de Dios, incorruptibles y honestos en sus consejos. Otros escritores como
Juan de Mariana y Pedro de Ribadeneira, expusieron explícitamente los peligros que derivaban de
los malos consejeros, es decir de los privados del monarca.

47 La Junta de Gobierno incluyó en un primer momento a Juan de Zúñiga, conde de Chinchón; a


Juan de Idiáquez, a Cristóbal de Moura y a Mateo Vázquez. Entre 1593 y 1595 el archiduque
Alberto, sobrino del rey, fungió como una especie de presidente de la Junta. En este último año el
marqués de Velada, mayordomo mayor del príncipe heredero, el futuro Felipe III, se integró al
organismo hasta su disolución. Sería Cristóbal de Moura en quien recaería la confianza del "rey
prudente" en los últimos años de vida de éste. Cfr. Feros, El viejo monarca y los nuevos favoritos,
pp. 26-27.

48 Sobre el concepto de obediencia en la cultura política hispana moderna, véase el notable artículo
de B. Cárceles de Gea, "Valuntas et iurisdictio": obediencia, ejecución y cumplimiento de la
voluntad real en la Corona de Castilla en el siglo XVII, en P. Fernández Albaladejo (ed.),
Monarquía, imperio y pueblos en la España Moderna, Alicante 1997.
ocasiones contra los deseos del rey. Consecuentemente, las cadenas de mando ayudaban a
este último a imponer su voluntad a los consejeros a través de favoritos o de personas
dignas de toda su confianza. Aquella que aquí nos ocupa habrá incluido al secretario
Vázquez de Leca y al arzobispo Moya de Contreras. Al dar cuentas de su visita del reino de
Nueva España, el prelado puso un pie dentro del Consejo de Indias. Su presencia en él llegó
a ser definitiva, pues el rey lo nombró primero visitador de ese mismo cuerpo, y en seguida
su presidente poco antes de la muerte del prelado.
Sin embargo, no todo podía ser competencia de la Junta o de las cadenas de mando, razón
por la cual Moya poco o nada pudo hacer del asunto del "diezmo de religiones" de la Nueva
España. Las atribuciones de la primera consistían en estudiar todas las consultas hechas al
rey «por los Consejos y Cámara y tribunales de Castilla, en que entra el Consejo de Indias,
y todas las otras Juntas y asimismo las consultas del Consejo de Guerra y de los de Aragón
e Italia». Estaban, sin embargo, excluidas de la incumbencia de la Junta «las provisiones de
Iglesia y encomiendas y hábitos y oficios de justicia [cursivas mías] y cosas así».49 Por esta
razón, un personaje poderoso en la corte, sobre todo un visitador del rey –como el
arzobispo Moya– no podía remplazar las gestiones de los procuradores en lo tocante a
causas de justicia a mediano y largo plazo como las que atañían a las órdenes religiosas y a
las catedrales de Indias. Las diferencias entre ellas se hallaban arraigadas en procesos
gestados en el orden social del virreinato y, por lo tanto, sujetas a mudanzas coyunturales,
al concurso de instancias de justicia ultramarinas, en particular la Audiencia de México.

3. Jerónimo de Cárcamo: historias paralelas del orbe hispano

Diferencias internas en el cabildo catedral, acrecidas por la ausencia de un prelado sucesor


de Moya dificultaron, sin embargo, el nombramiento del nuevo procurador.50 Un segundo
49 Feros, El viejo monarca y los nuevos favoritos, pp. 28-29, apud en Instituto de Valencia de Don
Juan, envío 29, expedientes 6-7: «la orden que se ha de guardar en la Junta que ahora he ordenado»,
San Lorenzo, 26 de septiembre de 1593.

50 El nuevo arzobispo de México, fray García de Santa María Mendoza y Zúñiga, OSH,
presentado en diciembre de 1600 y consagrado en agosto siguiente, no llegó a esa capital sino en
octubre de 1 602. Cfr. Cronología de los arzobispos de México, en Ó. Mazín (dir.), Archivo del
cabildo catedral metropolitano de México, inventario y guía de acceso, Zamora 1999, vol. 11, pp.
factor parece también haber intervenido. A diferencia de los negocios ordinarios de
"expediente", los oficios de justicia debían sustanciarse primero ante la Audiencia de
México hasta su sentencia antes de poder enviarse a Madrid para su presentación en el
Consejo. Por esta razón, una parte del cabildo catedral presentaba reservas respecto al
nombramiento de un nuevo procurador.
El 1 de mayo de 1603 tuvo lugar la elección unánime del doctor Jerónimo de Cárcamo,
quien fungía como canónigo de México desde 1586. Era hijo del licenciado y doctor
Bernabé Valdés de Cárcamo y de doña Catalina Ruiz Mejía. Ignoramos el sitio de su
nacimiento, acaecido hacia el año de 1560. Pudo ser Ciudad Real, en La Mancha, de donde
era originaria la familia "de hijosdalgos" de don Bernabé Valdés; la misma Sevilla donde
sus padres contrajeron matrimonio, o bien Quito, donde su padre sirvió como fiscal interino
de la recién fundada Real Audiencia (1563). En todo caso, Jerónimo pasó su niñez ya en las
Indias. Hombre del imperio, su padre, el fiscal Cárcamo, fue promovido en enero de 1568 a
oidor del tribunal de Guatemala, cargo que ejerció hasta el verano de 1572, cuando se le
encargó pasar como oidor a la Audiencia de México y tomar residencia a los doctores Pedro
de Villalobos, Jerónimo de Orozco, Luis de Villanueva y Vasco de Puga. El año de 1578
Jerónimo se graduó de bachiller en cánones por la Real Universidad de México. Sin
embargo, su obtención de grados mayores se vio aplazada momentáneamente a causa de la
muerte de su padre quien, endeudado, dejó a su familia en situación precaria. Pero el
bachiller Cárcamo siguió ligado a la Universidad de México, donde fungió como
consiliario entre 1575 y 1582. Al año siguiente, alegando los méritos y servicios de su
padre y la mala situación económica de la familia, tramitó ante la Audiencia le fuese
recibida información notariada para integrar un expediente. Pretendía se le proveyera una
canonjía vacante en la iglesia de México. Mientras los papeles viajaron y se vieron en el
Consejo de Indias, Jerónimo pudo obtener en 1584 el grado de licenciado en cánones. El
trámite del licenciado Cárcamo tuvo éxito. Le fue proveída una canonjía de México de la
cual tomó posesión el 2 de febrero de 1586, meses antes de que el arzobispo Moya de
Contreras emprendiera su regreso a España. Su nombramiento para la catedral no le
impidió confirmar su vocación por los estudios y la docencia. Obtuvo de hecho, el grado de
doctor en derecho canónico, en septiembre de 1587. Ese mismo año ganó la cátedra de

1059-1070.
decreto ya en propiedad. A lo largo de la siguiente década alternó su vida entre la catedral y
los claustros.
Gracias a la licencia del rey, expedida en diciembre de 1605 a petición del cabildo
catedral, el Dr. Jerónimo de Cárcamo salió por fin de México el 3 de mayo de 1607 para
embarcarse en Veracruz.51 El procurador entró en Madrid el 20 de octubre de 1607, luego
de diez días y ochenta y dos leguas de camino desde Sevilla. El mismo día había entrado
también en la villa y corte, con destino al Nuevo Mundo, don fray García Guerra, el prior
del convento dominico de San Pablo de Valladolid. Tres meses antes, el rey le había
nombrado arzobispo de México.52 La noticia alcanzó de hecho al procurador en Toledo,
justo la víspera de su entrada en la corte. A los cuatro días se presentó a visitar a su nuevo
prelado, quien antes de partir rumbo a México residía en el convento de Nuestra Señora de
Atocha. Fray García Guerra salió a recibirlo hasta la puerta de la celda, donde le «hizo muy
buen tratamiento». Pero al cabo de unos minutos la conversación se vio suspendida por la
llegada del conde de Saldaña, gentilhombre de cámara de su majestad. Era éste uno de los
hijos de don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y ahora duque de
Lerma, antiguo favorito del príncipe heredero y valido del nuevo rey, don Felipe III. El
procurador vio al conde, pues fue con el arzobispo hasta la capilla de la Virgen a
encontrarse con el distinguido visitante y les acompañó de vuelta a la celda del prelado. En
seguida intentó Cárcamo, aunque sin éxito, entrevistarse una primera vez con el presidente
del Consejo de Indias. A la sazón recaía este cargo, así como el de la recién creada Cámara
de Indias, en don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, a la vez sobrino y yerno del
Duque de Lerma.53 El conde procedió a interrogar al procurador tocante a cosas de la
51 «Vuestra majestad da licencia al Cabildo de la Iglesia de México para que pueda enviar a esta
corte a sus negocios a una persona, alejando la que menos falta hiciere en ella», licencia dada en
Valladolid a 22 de diciembre de 1605. A.M. Carreño, Cedulario de los siglos XVI y XVII: el obispo
don Juan de Palafox y Mendoza y el conflicto de la Compañía de Jesús, México 1947, núm. 50.

52 Consulta fechada en Madrid el 31 de julio de 1607 en Herrera Heredia, Catálogo de las


consultas del Consejo de Indias, t. II (1605-1609).

53 Desde el inicio del reinado de Felipe III don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y
duque de Lerma a partir del año 1600, ejerció estrecho control sobre los cargos de la casa real. Construyó así
una verdadera barrera alrededor del rey. Una gran mayoría de los oficios del palacio acabó en manos de los
familiares y clientes de aquél. Por ejemplo, la mitad de los gentiles hombres de la cámara eran miembros de
su familia: dos hijos (Cristóbal Gómez de Sandoval, futuro duque de Uceda y Diego Gómez de Sandoval,
Nueva España y a "personas graves" del virreinato ajenas a la iglesia de México. Como la
entrevista tuviera lugar en público, en sus respuestas Cárcamo se esforzó por exaltar al
cabildo catedral. Aquel fue sólo un primer saludo de presentación. Esa misma tarde, el
procurador pudo ver a cuatro de los principales consejeros.54 Se le prometió ser escuchado
con más calma en otra ocasión, lo cual confirmó a don Jerónimo la dificultad con que en la
corte se conseguía una audiencia de negocios. No obstante, le era del todo preciso cultivar
la relación con el presidente del Consejo y con la Cámara de las Indias. Erigida en 1600, en
esta última entidad recaía la consulta al monarca de todos los cargos eclesiásticos y
seculares provistos por la Corona en las Indias, así como toda concesión de mercedes. El
cargo de presidente se había hecho más crucial en los primeros años del reinado, cuando la
Corona vio claramente la necesidad de aumentar la participación financiera de todos los
reinos para salvar a la monarquía de una crisis fiscal que podía conducir a su parálisis. 55
Pero había una circunstancia todavía más importante. Era el séptimo conde de Lemos, un
sujeto clave para acceder a las más altas esferas del poder por la vía ordinaria del Consejo:
se trataba del pariente predilecto del Duque de Lerma. 56 En realidad, lo que en esta primera
jornada de su gestión incomodaba sobremanera al procurador era que fray García Guerra se
conde de Saldaña); un hermano, Juan de Sandoval, que además era primer caballerizo del monarca; dos
sobrinos, Pedro Fernández de Castro, séptimo conde de Lemos a partir del año de 1600 y yerno de Lerma, y el
hermano de Pedro, Fernando de Castro y Sandoval.Don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, nació
en 1576. Su carrera política había recién comenzado en 1603, cuando con sólo 27 años de edad fue nombrado
presidente del Consejo de Indias, cargo que ocupó hasta 1609. En este año el conde de Lemos fue nombrado
virrey de Nápoles con la misión de reforzar las prerrogativas regias y de incrementar la contribución fiscal de
aquel reino. Cfr. A. Feros, El Duque de Lerma, realeza y privanza en la España de Felipe III, Madrid 2002, p.
241.

54 Juan de Ibarra, Thomas Jiménez Ortiz, Luis de Salcedo y Benito Rodríguez de Valtodano,
miembros del Consejo de Cámara de las Indias presidido por el conde.

55 Desde mayo de 1600 Lerma había dirigido una nota desesperada al entonces presidente del
Consejo de Indias: «Las necesidades de todas partes aprietan tanto, y la obligación de acudir a ellas
es tan precisa, que es forzoso cuidar a ellas por todos los medios que se pudiere [...] y así manda su
majestad que vuestra señoría con el Consejo vean de todos los medios y arbitrios de que su
majestad puede prevalerse en esta ocasión, tanto de fincas de rentas y alcances de tesoreros y
receptores, como de oficios vendibles y de otras cualesquier cosas [...] y que de todo se le haga una
relación muy particular, diciendo las cantidades y cómo y cuándo se pueden cobrar, y que se le
envíe con mucha brevedad no tratando de otra cosa hasta tenerla hecha». Carta del Duque de Lerma
al Lic. Paulo de Laguna, Madrid, 12 de mayo de 1600 en AGI, Indiferente general, 614.
le hubiera adelantado antes de haber podido hablar, él primero, con los señores del Consejo
sobre el modo de «asentar los negocios» de la iglesia. El prelado no sólo había entrado en
contacto con los principales consejeros, sino hasta con el mismo hijo del Duque de Lerma.
En lo tocante a los asuntos de naturaleza común a prelado y cabildo, nadie dudaba que el
arzobispo llevara la iniciativa. Pero respecto a los de estricta competencia capitular, estaba
claro que Cárcamo no podía tratarlos en presencia de aquél. Consecuentemente, sentía
ofuscada su honra.57
Las ideas y reformas introducidas muy pocos años antes de la llegada del procurador
Cárcamo a Madrid daban, pues, prioridad a la "ejecución" sobre el "consejo". Es decir,
pretendieron frenar el constante obstruccionismo de los Consejos del que abundan las
referencias en los primeros años del siglo XVII. Principal entre esas reformas fue la
fundación, según mencionamos, de la Cámara de las Indias equivalente a la Cámara de
Castilla –erigida ésta en Consejo desde 1588. Se trataba de una especie de cabeza o
comisión especial compuesta del presidente y de un pequeño y selecto número de
consejeros. Su más importante misión consistía en consultar la provisión de todos los
cargos y el otorgamiento de las mercedes, atribuciones que se quitaron al pleno del
Consejo.58 Por otra parte, la fórmula de valido único era objeto de duras críticas que
subrayaron todavía más el con traste entre las prácticas del momento y el modelo
convencional.59 Consecuentemente, el Duque de Lerma emprendió una justificación cuyo
meollo radicó en la especulación del favorito como amigo del rey. El concepto y el lenguaje

56 Feros, El Duque de Lerma, p. 241.

57 «Ha de poder más el prelado favorecido que un canónigo recién venido y así estoy más
ofuscado por lo que toca a mi honra». Jerónimo de Cárcamo al Deán y cabildo de México, 20 de
octubre de 1607, en ACCMM, Correspondencia , vol. XX.

58 La Cámara fue creada por real cédula de 25 de agosto de 1600. Debía consultar al rey las
provisiones «eclesiásticas y seglares que hubieren de hacer para el buen gobierno espiritual y
temporal de las Indias, y que en todo y por todo se conformen con el estilo y forma que en el
Consejo de Castilla se guarda y está establecida». Se hallaba asimismo excluida de la Cámara toda
intervención del fiscal del Consejo. La totalidad de las resoluciones y pareceres de la Cámara eran
rigurosamente secretos. Por esa razón los documentos debían rubricarse en ella misma y de manera
inmediata, es decir sin circularlos por las casas de los consejeros, como sí podía hacerse, en cambio,
en la Cámara de Castilla. Cfr. Schäfer, El Consejo real y supremo de las Indias, vol. I, pp. 179-185.
de la amistad cundieron de inmediato en todo tipo de literatura. La amistad debería
entenderse en dos acepciones: primeramente como alianza pública entre individuos o
"amistad común"; enseguida como relación privada entre dos sujetos o "amistad perfecta".
La primera constituyó una especie de argamasa de las relaciones cortesanas, pues permitía
llegar a entender a los consejeros y protectores como indispensables para todo aquel que
quería abrirse paso en Madrid; sus aliados, como sus amigos. El principal desafío para don
Jerónimo de Cárcamo era, pues, hacerse "amigo" del conde de Lemos y de los señores de la
Cámara. Ello sin desdeñar al resto de los consejeros de Indias en quienes recaían
mayormente los oficios de justicia y cuya susceptibilidad se hallaba por entonces tan
exacerbada. Así pues, el procurador de México tenía que ser capaz de fundir los haces y
destellos de la representación en el prisma de la amistad.
Lo que más interesa destacar de la gestión de Cárcamo es su defensa de las prebendas de la
iglesia de México. A ella subyace una reflexión del procurador sobre el papel histórico de
las catedrales de Indias, y en particular de la metropolitana de México. La Nueva España
aparece en ella como un reino en construcción asimilable a los peninsulares, lo cual le lleva
a equiparar sus iglesias catedrales con las de la Península ibérica. La información escrita
por el procurador encuentra igualmente apoyo en su actividad tendiente a inclinar a las
autoridades de la corte a promover a sujetos originarios de la Nueva España, o al menos de
las Indias, a dichas prebendas.
A lo largo de su gestión, el procurador fue asimilando los códigos de la amistad
como única vía posible de acceso a las altas esferas del poder. Pero como ganar la amistad
implica una cierta identificación entre los amigos, su calidad de procurador de México lo
precisó a mantener una distancia prudente que lo hiciera interesante a los ojos del
presidente y de los consejeros. A ello contribuyó como nunca antes la presencia del
solicitador:
Yo no me puedo pasar sin el solicitador ordinario porque con no ir a palacio ni
viéndome los consejeros más en su casa hago los negocios y por la bondad de
Dios hasta ahora han ido bien encaminados y si fuese a palacio y anduviese allí
manual como otros no me tendrán en nada, que como sacerdote certifico a

59 La más importante fue al parecer la de Simeone Contarini, embajador veneciano ante el Rey
Católico. Contarini la dirigió en 1605 al Senado de Venecia, aunque el manuscrito circuló entre los
cortesanos españoles. Feros, El Duque de Lerma, pp. 209-210.
vuestra señoría que me han dicho personas graves que me tienen respeto los
consejeros como si fuera su compañero.60

Sólo en ocasiones excepcionales, verdaderamente decisivas para los negocios, echó mano
don Jerónimo de entrevistas con el conde de Lemos y con los miembros de la Cámara, a
menos de que fuese expresamente convocado, como ocurrió en mayo de 1609, cuando el
presidente lo llamó para hacerle una larga plática.61 El cuidado de su imagen llegó a ser
extrema por lo que hace a sus incursiones en las salas del Consejo.
Lo esencial de la gestión en materia de los propios de religiosos radica en haber don
Jerónimo encontrado en España condiciones análogas para servir de modelo a la resolución
de las situaciones prevalecientes en las Indias. Un breve del papa León XI, de abril de
1605, sentenció a todas las casas de probación, colegios y demás sitios de la Compañía, en
Castilla, a pagar diezmos. Pagarían "la vigésima", es decir 5% de todas sus tierras,
heredades y demás posesiones. Dicho breve, o uno semejante, debería igualmente valer en
las Indias. De estos postulados se sigue que para el procurador de México no había solución
alguna de continuidad entre las catedrales de España y las del Nuevo Mundo. Dicho de otra
manera, la conquista de las Indias y la fundación de las iglesias en ellas no debían tenerse
como un nuevo comienzo tocante a las costumbres de estas últimas. La antigua tradición
jurídica de las sedes episcopales peninsulares no era menos legítima para las de la Nueva
España.62

60 Jerónimo de Cárcamo al Deán y cabildo de México, 9 de diciembre de 1609, ACCMM,


Correspondencia, vol. XX.

61 «Hoy [15 de mayo de 1609], me mandó llamar el excelentísimo señor conde de Lemos le fuese
a ver. Estuve con su excelencia casi tres horas. Dile gracias por la merced que hizo al señor
arcediano [don Juan de Salcedo] y a los señores racioneros, y por el amor y afición que con singular
valor y cristiandad tiene a todos los hombres virtuosos y letrados de esos reinos». Carta de misma
fecha de Cárcamo al Deán y cabildo de México, ibidem.

62 «Hice una información en derecho que aunque breve se estimó por erudita, por la cual probé
que las costumbres que las iglesias de las Indias tienen recibidas de las de España no se han de
reputar ni medir por el tiempo que ha que se fundaron y observan en las Indias, sino por la
antigüedad y prescripción legítima e inmemorial que llevaron de España, y que así son costumbres
de prescripción legítima inmemoriable». Jerónimo de Cárcamo al Deán y cabildo de México,
Madrid, 30 de mayo de 1611, en ACCMM, Correspondencia, vol. XX.
Consciente de hallarse casi al final de su legacía en Madrid, don Jerónimo de Cárcamo
albergó esperanzas de volver a México, toda vez que carecía de nuevas instrucciones en
relación a una eventual prórroga de la procuración.63 En los últimos meses del año 1610, la
correspondencia del procurador presenta elementos de evaluación de lo realizado en un
momento poco propicio para nuevos progresos en la representación de la iglesia de México.
«Verdaderamente lo que he hecho ha sido mucho, considerando la dificultad con que aquí
se negocia64 y que ha habido en el Consejo en este tiempo tres presidentes», escribió al
cabildo catedral. En efecto, pocos meses antes de salir rumbo a Nápoles con el cargo de
virrey, en el verano de 1609, el conde de Lemos había sido efectivamente remplazado por
don Juan de Acuña.65 El procurador explicó que hasta ocho meses tomó a este último
familiarizarse con los negocios del Consejo. En seguida, y antes de que cumpliera diez
meses en dicha presidencia, Acuña fue mudado a presidir el Consejo de Castilla. El 13 de
noviembre de 1610 se publicó en el Consejo de Indias el nombramiento de un tercer
presidente, nadie menos que el virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco, quien ya
ostentaba el título de marqués de Salinas. Consecuentemente, para Cárcamo andaba «toda
la corte varlobenteando, haciendo presidente de Indias aqueste y al otro. ¿Cómo se puede
negociar fácilmente con tanta variedad de presidentes?» –preguntaba. Nuevas noticias

63 «ya el término de mi legacía se acaba este año. Vuestra señoría no me trata nada de que
continúe. Sólo me manda que vaya a Roma. Ese viaje yo no me hallo con fuerzas para hacerlo».
Jerónimo de Cárcamo al Deán y cabildo de México, Madrid, 30 de octubre de 1610, en ACCMM,
Correspondencia, vol. XX.

64 «La intricación en los negocios», afirmó el procurador, «hacía que una sola petición en el
Consejo tomara hasta ocho y diez meses», carta citada del 30 de octubre de 1610.

65 Antiguo colaborador de Lerma, don Juan de Acuña ocupó puestos clave en el régimen tales
como presidente del Consejo de Hacienda a partir de 1603. Fue uno de los miembros de la Junta de
Hacienda y de Portugal, dependencias desde las que había mostrado su oposición a lo que
consideraba ser las maniobras fraudulentas de Pedro Franqueza y Alonso Ramírez de Prado. En
1609, al pasar a presidir el Consejo de Indias, fue sustituido en la presidencia de Hacienda por
Fernando Carrillo, el encargado de los procesos judiciales contra aquéllos. La gestión de Acuña
como presidente del Consejo de Indias duró escasos diez meses. Su ascenso a presidente del
Consejo de Castilla en 161O fue conseguido gracias a sus conexiones con Uceda y contra los deseos
de Lerma, quien tenía otro candidato. En una de cisión que sorprendió a todos, Felipe III optó por
Acuña, quien ocuparía ese cargo hasta el año de 1615. Cfr. Feros, El Duque de Lerma.
cambiaron radicalmente el curso de los acontecimientos. El último día de febrero de 1611 el
solicitador Pedro Sánchez Páez informó a México que el rey había concedido el obispado
de Trujillo a don Jerónimo de Cárcamo, «en la tierra más apacible y en lo mejor del Perú».
Al tiempo de embarcarse como obispo de Trujillo, rumbo al Perú, el 1 de marzo de 1612,
Cárcamo escribió a la catedral de México: «No hay labrador que no desee conservar y que
se logre el fruto de quien él ha tenido cuidado y hecho cultura». Tenía razón. La muerte le
sorprendió durante el viaje, antes de tomar posesión de su sede.

Conclusión

Las actividades de los procuradores y sus agentes, tanto como su posicionamiento en la


Corte, permiten entender algunos mecanismos del poder. Estos nos revelan ciertos ámbitos
del funcionamiento de la Monarquía española. Unos y otros son difícilmente aprehensibles
desde una perspectiva distinta de la representación jurídica de una entidad ultramarina
como la aquí estudiada.
A lo largo de casi un siglo se puso de manifiesto la presencia casi continua de
procuradores de la iglesia de México en la corte del rey. ¿Y por qué no de la metropolitana
de Lima? La cuestión parece pertinente, dado que, o no se verificaba la anunciada llegada
de un procurador de las iglesias del Perú; o que el arcediano de ella tenía que regresarse por
carecer de licencia real, o, en fin, que esa iglesia se viera precisada a contratar los servicios
del procurador de México en Madrid. Sólo contamos con indicios de respuesta. Ante todo,
es preciso considerar la mayor antigüedad del virreinato septentrional y la presencia en él
del clero regular hasta dos décadas antes que en el Perú. En la Nueva España las órdenes
mendicantes alcanzaron, pues, un poder considerablemente mayor que, además, sobrepasó
al clero secular. La extensa red de doctrinas e iglesias-convento, el influjo ejercido sobre los
pueblos autóctonos, el régimen de exención respecto de la jurisdicción eclesiástica
ordinaria, más la libertad de acción y de movimiento de las órdenes, fueron percibidos
como rasgos crecientemente anómalos en el contexto post-tridentino. Apoyadas en la
supremacía que Trento confería a los obispos, las iglesias catedrales –desde luego con la
metropolitana a la cabeza– emprendieron un esfuerzo tendiente a moderar los privilegios de
esos imperios eclesiásticos cuya defensiva hizo precisa la representación en la corte.
La actuación de los obispos parece más beligerante en la Nueva España. Dotar a los
clérigos con beneficios de cura de almas en los parajes de creciente población hispánica fue
una empresa que topó, casi siempre, con la resistencia de los frailes y con el respaldo para
éstos por parte de la mayoría de los virreyes. En el Perú, en cambio, las reformas
implantadas por el virrey Toledo habían logrado sujetar en alguna medida a los frailes a los
lineamientos del real patronato, y resuelto los diferendos de más monta entre los dominicos,
la orden ahí más antigua, y los obispos.66 La misma expansión hispana refleja en la Nueva
España una densidad consecuente y un grado mayor de ocupación europea que en el Perú.
Es preciso considerar, en fin, la mayor proximidad de la Nueva España respecto de la corte,
además de una más rápida pacificación en ese virreinato, donde no se dio nada comparable
a las largas guerras civiles del Perú. Otros factores, continentales y topográficos, reforzaron
las diferencias. Fuera de sus barreras montañosas, la Nueva España central no presentó
obstáculos mayores a la conquista derivados del relieve o del clima. Este último es incluso
más moderado que el de Castilla. En los Andes, en cambio, las condiciones difieren. Las
comunicaciones fueron ahí sumamente difíciles en razón de la topografía y de la altitud
sobre el nivel del mar.67
Hacia los años de 1580-1590 se suscitó en la Nueva España una verdadera
antinomia entre los dos modelos posibles de iglesia y de sociedad. La crisis demográfica
autóctona, la intensificación de la agricultura mediante la adquisición de propios, además
del aumento en el número de frailes, tendieron a acrecentar la autarquía del sistema de
iglesias-convento y de doctrinas. Por su parte, los jesuitas no pudieron prescindir de la
adquisición de haciendas para mantener sus numerosos colegios. Los hijos de San Ignacio
por punto de los diezmos, y los de San Francisco por el de doctrinas, se ubicaron
respectivamente en los extremos de un espectro en el que confluyeron los dos más
importantes expedientes contenciosos de las iglesias catedrales ante el Consejo de Indias.

66 M. Merluzzi, Politica e governo nel nuovo mondo: Francisco de Toledo viceré del Peru, 1569-
1581, Roma 2003, p. 262.

67 Cfr. Ó. Mazín, Christianisation in the Spanish Indies: Some Differences between New Spain
and Peru, ponencia presentada en el Congreso Internacional de Ciencias Históricas, Sydney 2005.
Véase también, de C. Bernand y S. Gruzinski, Histoire du Nouveau Monde, les métissages (1550-
1640), Paris 1993, pp. 286-324.
En el caso de dominicos y de agustinos, diezmos y doctrinas concurrieron de manera
traslapada.
Los términos de utopía, que dieran forma sustancial al ministerio de las órdenes
mendicantes en las décadas de 1520 y 1530, habían desaparecido para finales de la misma
centuria. Los frailes se vieron por entonces precisados a reorientar sus efectivos hacia las
ciudades; pero por otra parte resistieron y trataron de hacer de las antiguas doctrinas,
unidades socio eclesiásticas autosuficientes. No tardaron los mendicantes de la primera
hora de la Nueva España en reinsertar su ser y quehacer en la tradición del Occidente
cristiano de cuño mediterráneo. Acudieron a modelos ibéricos que apuntalaran su presencia
y porvenir en la Monarquía indiana. Las catedrales de las primeras décadas, entidades
extravagantes en medio de grupos de conquistadores, encomenderos, caciques indios y
frailes, traspusieron por su parte el siglo XVI con un nuevo dinamismo resultante de las
corrientes migratorias, del arraigo del poblamiento hispano, tanto como del mestizaje
propulsor de una incipiente, aunque pujante, sociedad multirracial. El empuje de las sedes
diocesanas se materializó mediante la construcción de las fábricas catedralicias definitivas.
Aliadas de los regidores y alcaldes de las ciudades, las catedrales se pronunciaron por las
formas de trabajo libre de los indios. Querían hacer de ellos labriegos asalariados, medieros
o terrazgueros en las haciendas. Sin embargo, las tendencias autárquicas de los religiosos,
exacerbadas por la crisis demográfica y por la adquisición de propios, acabaron por ser
percibidas por el clero catedralicio como serios obstáculos a la construcción de los reinos
indianos. La contradicción en los términos de este dilema a escala continental debe haber
alcanzado su máxima intensidad en la Nueva España. Hizo por lo tanto, de la
representación en la corte, un recurso imprescindible.
Como instancia exclusiva de los oficios de justicia, el Consejo de Indias se halló
sujeto a las formas de poder no convencionales en la corte: desde las "cadenas de mando"
asociadas a numerosas expresiones del clientelismo, hasta la intervención directa del valido
en turno a través del presidente, pasando por las juntas especiales convocadas por el
soberano, o la creación de la Cámara de Indias. Esas formas tuvieron efectos sobre la
actividad de los procuradores de la catedral. La representación de la catedral de México es
incomprensible sin referencia a las condiciones análogas de las iglesias peninsulares. Estas
son asumidas como realidades en continuidad con la construcción de los reinos
novohispanos. Así, por ejemplo, fue siempre preciso comparar los perjuicios acarreados por
la adquisición de propios por parte de las "religiones" en uno y otro lado del Atlántico. Las
circunstancias del virreinato del Perú, diferentes o semejantes, simultáneas o no, fueron
siempre igualmente importantes. En sus demandas ante el rey, las catedrales de Castilla
recurrieron a formas e instancias contractuales antiguas –tales como una Congregación o
Asamblea del clero– en su constante negociar con la Corona. Vistas las cosas desde la corte,
la única posibilidad de hacer progresar los litigios de las iglesias de Indias fue la
concertación entre ellas. Dicho de otra manera, fue precisó integrar una plataforma también
contractual, aunque a escala continental. Sin embargo, la concertación indiana de catedrales
no se consolidó sino durante las décadas de 1640 y 1650.
Como anticipé al inicio de este trabajo, los procuradores no resolvieron nada por sí
mismos. El meollo de su actividad radicó –espero haberlo mostrado– en discernir las
condiciones, los argumentos y las personas que podían inclinar el poder real en favor de la
iglesia catedral; lo cual supuso escrutar los momentos, los escenarios y las vías que
facilitaran el acceso al trono; pero los procuradores debieron trabar y mantener igualmente
relaciones con los funcionarios menores del Consejo, es decir con el fiscal, con los
secretarios, los relatores y los procuradores de número de quienes dependía, en última
instancia, el buen despacho de los negocios y su ascenso al pleno. Nuestros "gestores de la
justicia", tuvieron sobre todo a su cargo la inmensa y esencial tarea de conectar, de
transmitir, de comunicar los ámbitos de una misma entidad a escala planetaria entre los que
mediaban dos mil leguas de distancia pobladas de contingencias.