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HACIENDA DE SAN SEBASTIAN

Por Q. Ki. Guerrero.

San Sebastián era un pueblo grande, con dos cerros al norte y un río al sur. Sus calles de adoquín
rojo, a menudo podían verse adornadas con banderines de la fiesta patronal del año anterior; su
iglesia ubicada justo en el centro del pueblo era el lugar más concurrido; tenía un gran campanario
y palmeras de dátiles que parecían custodiar a cada lado de la entrada con una fuente de piedra en
el extremo oeste, ese era sin duda alguna, el lugar favorito de los niños en los días calurosos.

Justo al frente de la iglesia, cruzando la calle, estaba la casa de Martín, un niño de catorce años que
vivía solo con su madre, dueña de aquella hacienda grande y vieja que le había heredado su abuelo,
tenían una vaca y una cabra cuya leche los ayudaba a sobrevivir; poseía también un par de tierras
a las afueras del pueblo, pero cuando su padre los abandonó a ambos buscando fortuna en el
extranjero, sola y sin dinero no pudo hacer que las tierras se sembraran, así que de la leche hacia
quesos y los vendía en la puerta de su casa, los ponía en una mesa limpia de madera y Martín
atendía el puesto al volver de la escuela mientras su madre hacía la comida.

Una tarde mientras Martín cuidaba el puesto, presenció algo que cambiaría su vida para siempre,
un señor con traje y cara de enfadado llegó en busca de su madre, le entregó un requerimiento del
banco, por medio del cual le solicitaban el pago de una gran suma de dinero, amenazando con
quitarle la hacienda si no lo hacía. Su madre ocultó el llanto tras una risa forzada y apretó los puños
hasta que estuvo dentro de la casa. Al día siguiente aquel hombre volvió, esta vez lo vio cuando
llegaba del colegio, parado frente a la mesa de quesos, apuntando a su madre con el índice y
hablándole de una forma amenazante; de inmediato corrió para defenderá, pero el muy cobarde lo
miró con una risa burlona y se fue prometiendo regresar pronto.

Curioso y preocupado, al caer la noche buscó aquel papel mientras su madre dormía, descubrió que
tan solo tenía tres meses de plazo para realizar el pago, y regresó a la cama con una preocupación
que pesaba sobre su cabeza impidiéndole dormir el resto de la noche.

Cuando ella despertó lo encontró en la cocina preparando el desayuno, eso no la sorprendió porque
a su corta edad Martín era un niño que no solo ayudaba con las labores de la casa, si no que le

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gustaba consentir a su madre, creía que era una buena forma de apoyarla en sus preocupaciones,
aunque aquel día, tenía en mente un nuevo plan para ayudarla mucho más que con el desayuno.

No fue a la escuela, pasó recorriendo cada hacienda ofreciendo ayudar con labores para obtener
algunas monedas, con ellas tenía planeado arreglar los establos y recibiría ovejas para trasquilarlas
él mismo, el año anterior había trabajado con Don Chucho en su hacienda y éste le había enseñado
como hacerlo, cada hacienda tenía en promedio unas 5 u 8 ovejas así que se le había ocurrido
ofrecer a los vecinos su ayuda a cambio de unas monedas, además podría decirle a su madre que
fueran a un pueblo vecino a vender la lana y obtendrían dinero extra.

Al final del día había conseguido dinero suficiente para comprar madera y clavos para reparar el
establo, también que su madre se enfadara por no haber asistido a clases, pero cuando le contó el
plan que tenía, ella aceptó dejarlo continuar, con la condición de que no faltara a la escuela una vez
más, todo lo que quisiera hacer debería ser después de clases, así que cada día salía a toda prisa de
la escuela para conseguir su cometido.

Una tarde mientras trabajaba en el establo, se percató que en un rincón la tierra estaba más floja,
pisar ahí era como pisar encima de una caja, así que escarbó un poco para encontrarse con un
pedazo de madera; al principio pensó que era una caja, pero cuando intentó encontrar los bordes se
percató de que era mucho más grande, continúo removiendo la tierra de encima hasta descubrir que
aquello no era una caja, era una especie de puerta, cuando la levantó, se sorprendió al encontrar
debajo un pequeño cuarto, había un par de jarros enmohecidos algunas cobijas desgastadas, una
muñeca de trapo, un par de bancos y un baúl, de inmediato corrió con su madre para contarle sobre
su hallazgo.

Cuando ella vio aquel lugar no parecía sorprendida y entonces le platico historias sobre la guerrilla,
y como su padre había construido aquel lugar como refugio; cuando entraron a aquel lugar, le contó
como su madre le cantaba canciones en voz muy bajita para que no pudieran escucharlas, y cuando
se escuchaba gente cerca, jugaban a ser invisibles. De pronto, vio a un lado aquel baúl, ella no
recordaba haberlo visto antes, lo observó de un lado a otro, la madera era vieja pero parecía bastante
fuerte, tenía clavos muy grandes, que al igual que el candado lucían muy oxidados; sin decir nada

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salió de aquel sitio y cuando Martín estaba dispuesto a salir detrás de ella, volvió a aparecer en la
entrada con un pico, lo sostenía firmemente con ambas manos y fue directo al baúl, dio un golpe
con todas sus fuerzas y el candado se rompió, él levantó la tapa y al ver su contenido ambos se
quedaron petrificados, se miraron el uno al otro, los ojos de su madre parecían dos enormes platos,
sintió que la saliva se escurría al notar que tenía la boca abierta y en un instante estaba brincando
y cantando alrededor de su madre, quien seguía inmóvil, estaba en shock, las lágrimas comenzaron
a caer por sus mejillas y de pronto se unió a él y comenzó a bailar a su lado, tomados de la mano
saltaban por todos lados, pues aquel cofre estaba lleno de dinero, quizá su abuelo lo había ocultado
ahí antes de morir, quizá su esposo lo había guardado esperando volver, no lo sabía y tampoco lo
recordaba, pero de algo estaba segura, no perderían la hacienda, y las cosas cambiarían
definitivamente para ellos. Gracias a Martín habían encontrado aquel baúl y se sintió bendecida
por tener un hijo que se preocupaba por ella, pues él, era el mayor de sus tesoros.