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Santidad

J. C. Ryle (1816-1900)
SANTIDAD

Su naturaleza, sus obstáculos,
dificultades y raíces

J. C. Ryle

“Seguid… la santidad,
sin la cual nadie verá al Señor”.
Hebreos 12:14
Índice
Prefacio ...................................................................................................................................... 4
Introducción ............................................................................................................................. 5
1. Pecado.................................................................................................................................. 18
2. Santificación ....................................................................................................................... 33
3. Santidad .............................................................................................................................. 52
4. La batalla ............................................................................................................................. 69
5. El costo ................................................................................................................................ 86
6. Crecimiento ..................................................................................................................... 101
7. Seguridad ......................................................................................................................... 118
8. Moisés: Un ejemplo ....................................................................................................... 153
9. Lot: Una luz de advertencia ......................................................................................... 168
10. Una mujer para recordar ............................................................................................ 183
11. El trofeo más grande de Cristo .......................................................................... 201
12. El Señor de las olas ...................................................................................................... 216
13. La Iglesia que Cristo edifica ...................................................................................... 235
14. Advertencias a las iglesias visibles ........................................................................ 248
15. “¿Me amas?”................................................................................................................... 260
16. “Sin Cristo” ................................................................................................................... 271
17. Sed satisfecha ................................................................................................................ 279
18. “Riquezas inescrutables”............................................................................................. 297
19. Necesidades de nuestros tiempos.......................................................................... 310
20. “Cristo es el todo” ........................................................................................................ 328
21. Fragmentos de autores antiguos ............................................................................ 346
¿Es usted nacido de nuevo?............................................................................................... 353
Santidad fue escrito originalmente en inglés por John Charles Ryle en 1879. El texto
es ahora de dominio público.

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Prefacio
Una de las señales más alentadoras y que más esperanzas da, la cual he observado
durante mucho tiempo en los círculos evangélicos, ha sido un interés renovado y cada
vez mayor en los escritos del Obispo J. C. Ryle.
En su época fue famoso, renombrado y amado como campeón y exponente de la fe
evangélica y reformada. Sin embargo, por alguna razón, su nombre y sus obras no
son conocidos por los evangélicos modernos. Creo que ninguno de sus libros está en
circulación y los ejemplares usados son muy difíciles de conseguir.
La suerte tan distinta que han corrido en este sentido el Obispo Ryle y su casi
contemporáneo, el Obispo Moule, siempre ha sido para mí algo de mucho interés.
Pero el Obispo Ryle se está redescubriendo y hay un nuevo llamado para que se
vuelvan a publicar sus obras.
Todos los que han leído sus escritos, agradecerán este gran libro sobre
‘Santificación’. Nunca olvidaré la satisfacción, tanto espiritual como mental, que fue
leerlo veinte años atrás cuando, casualmente, lo encontré en una librería de libros
usados.
En realidad, no necesita ni un prefacio ni una introducción. Lo único que haré es
instar a todos los lectores a leer la Introducción del propio Obispo. Es de valor
incalculable y provee el entorno en que se sintió impulsado a escribir el libro.
Las características del método y el estilo del Obispo Ryle son obvios. Él es
preeminentemente y siempre, bíblico y expositivo. Nunca comienza con una teoría con
la cual trata de hacer coincidir pasajes bíblicos. Siempre empieza con la Palabra y la
comenta. Es una exposición en su mejor y más excelente expresión. Siempre es clara y
lógica e, invariablemente, lleva a una clara enunciación de una doctrina. Es fuerte, viril
y totalmente libre del sentimentalismo que a menudo es descrito como “devocional”.
El Obispo ha bebido profundamente de las aguas de los grandes escritores
puritanos clásicos del siglo XVII. Sí, es totalmente acertado decir que sus libros son
una expresión de la teología verdaderamente puritana, presentados en una forma
moderna y fácil de leer.
El autor, como sus grandes maestros, no tiene un camino fácil a la santidad para
ofrecernos, ni un método “patentado”, por medio del cual se puede obtener; pero,
invariablemente, produce esa “hambre y sed de justicia”, que es la única condición
indispensable para ser “saciado”. Espero que este libro sea ampliamente leído, a fin de
que, cada vez más, el nombre de Dios reciba más honra y gloria.
—D. M. Lloyd-Jones, Westminster Chapel, Londres.
Introducción
Los veinte capítulos que contienen los dos tomos de esta obra, son una
humilde contribución a una causa que está generando mucho interés en la
actualidad. Me refiero a la causa de la santidad bíblica. Es una causa a la que todo
el que ama a Cristo y anhela extender su reino en el mundo, debiera ayudar.
Todos pueden hacer algo y yo quiero aportar mi granito de arena.
El lector encontrará poco que sea directamente controversial en estos
capítulos. He tenido cuidado de no mencionar maestros modernos ni libros
modernos. Me he contentado con dar el resultado de mi propio estudio de la
Biblia, mis propias meditaciones personales, mis propias oraciones pidiendo
iluminación y mi propia lectura de los escritos de teólogos del pasado. Si en algo
estoy equivocado, espero saberlo antes de partir de este mundo. Todos vemos en
parte y tenemos un tesoro en vasijas de barro. Confío en que estoy dispuesto a
aprender.

La necesidad de una vida santa
Durante muchos años he tenido una profunda convicción de que los cristianos
modernos no le dan suficiente importancia a la santidad práctica ni a la
consagración total del yo a Dios. La política, o las controversias, o el espíritu
partidista [contenciones antagónicas], o la mundanalidad, han socavado el centro
mismo de la piedad viva en demasiados de nosotros. El tema de una consagración
personal ha quedado relegado al olvido. Las normas para vivir la vida son
dolorosamente bajas en muchos entornos. La importancia enorme de “que en
todo adornen la doctrina de Dios” (Tito 2:10) y de que la hagamos bella y hermosa
por nuestros hábitos y temperamentos, ha sido demasiado ignorada. Las gentes
del mundo, a veces se quejan con razón, de que las personas supuestamente
“cristianas”, no son tan afables, desinteresadas y gentiles como otros que no
profesan ninguna religión. No obstante, la santificación, entendida correctamente,
y armonizando con la Palabra, es tan importante como la justificación. La sana
doctrina protestante y evangélica es inútil si no va acompañada de una vida santa.
Es peor que inútil; es sumamente perjudicial. Es despreciada por hombres
observadores y sagaces del mundo como algo irreal y vacío, y produce desprecio
por la fe cristiana. Estoy firmemente convencido de que queremos un avivamiento
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total en relación con la santidad bíblica y estoy profundamente agradecido de que
se le está dando atención a este tema.

La confusión
Sin embargo, es muy importante que todo el tema se establezca sobre un
fundamento correcto y que lo que de él se desprenda, no sea perjudicado por
declaraciones burdas, desproporcionadas y unilaterales. No nos sorprendamos de
que tales declaraciones abunden. Satanás conoce bien el poder de la verdadera
santidad y el daño inmenso que una atención creciente al tema causará a su reino.
Es pues su intención, promover contiendas y controversias acerca de esta parte de
la verdad de Dios. Justamente como en el pasado ha tenido éxito en mistificar y
confundir el pensamiento humano con respecto a la justificación, ahora está
tratando de dar “consejos oscuros con palabras sin conocimiento” acerca de la
santificación. ¡Que Dios lo reprenda! No obstante, yo no puedo perder la
esperanza de que del mal surja la buena voluntad de discutir lo que revele la
verdad y que una variedad de opiniones nos lleven a escudriñar más las Escrituras,
a orar más y a ser más diligentes en tratar de encontrar cuál es “el sentir del
Espíritu”.
Al dar a conocer esta obra, creo mi deber, ofrecer algunas sugerencias
introductorias para los que están poniendo especial atención al tema de la
santificación en la actualidad. Sé que hago esto a riesgo de parecer presuntuoso y,
posiblemente, ofensivo. Pero algo hay que aventurar por el bien de la verdad de
Dios. Por lo tanto, pondré mis sugerencias en forma de preguntas y les pido a mis
lectores que las tomen como “precauciones para estos tiempos”, en relación con
el tema de la santidad.

Las preguntas
1. Pregunto, en primer lugar: Si es sabio hablar de la fe como lo necesario y
como lo único requerido, según muchos parecen afirmar en la actualidad, al
abordar la doctrina de la santificación. ¿Es sabio proclamar de una manera tan
directa y no calificada, como muchos lo hacen, que la santidad del convertido es
únicamente por fe y sin ningún esfuerzo de su parte? ¿Concuerda esto con la
Palabra de Dios? Lo dudo.
Que la fe en Cristo es la raíz de toda santidad…
- Que el primer paso hacia una vida santa es creer en Cristo,
- Que hasta que no creemos no tenemos nada de santidad,
- Que la unión con Cristo, por fe, es el secreto, tanto del comienzo de ser santo
y de seguir siendo santo,
Introducción 7

- Que la vida que vivimos en la carne tenemos que vivirla por fe en el Hijo de
Dios,
- Que la fe purifica el corazón,
- Que la fe es la victoria que vence al mundo,
- Que por fe los antiguos obtuvieron su recompensa
Todas estas son verdades que ningún cristiano bien fundamentado pensaría en
negar. Aparte de esto, lo cierto es que las Escrituras nos enseñan que para seguir
la santidad, el verdadero cristiano tiene que poner de su parte y esforzarse,
además de tener fe. El mismo apóstol lo dice en una oportunidad “lo que ahora
vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”. En otro lugar dice: “Peleo…
corro… golpeo mi cuerpo” y en otros lugares: “Limpiémonos nosotros mismos…
trabajemos… despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia,…” (Gá.
2:20; 1 Co. 9:26, 27; 2 Co. 7:1; He. 4:11; 12:1).
¡Además, las Escrituras no nos enseñan en ninguna parte que la fe nos
santifica en el mismo sentido y de la misma manera como la fe nos justifica! La fe
que justifica es una gracia que “no trabaja”, sino que, sencillamente, confía,
descansa y se apoya en Cristo (Ro. 4:5). La fe santificadora es una gracia cuya
misma vida es acción, “obra por el amor” y, como una vertiente, mueve a todo el
hombre interior (Gá. 5:6). Después de todo, la frase precisa “santificado por fe”, se
encuentra una sola vez en el Nuevo Testamento. El Señor Jesús le dijo a Saulo
que lo enviaba “para que [otros] reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados
y herencia entre los santificados”. No obstante, en esto coincido con Alford que
“por fe” se refiere a toda la oración y no se debe limitar a calificar la palabra
“santificados”. El sentido verdadero es que por fe en él: “…tiene poder para
sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados”. (Compare Hch. 26:18
con 20:32).
En cuanto a la frase “santidad por fe”, no la encuentro en el Nuevo Testamento.
No hay controversia en cuanto a que nuestra justificación ante Dios por fe en
Cristo es lo primordial. Todos los que sencillamente creen, son justificados. La
justicia es imputada “al que no obra, sino cree” (Ro. 4:5). Es absolutamente
bíblico y correcto decir que “solo la fe justifica”. Pero no es bíblico ni correcto
decir “sólo la fe santifica”. La frase requiere mucha calificación. Baste lo siguiente:
Pablo nos dice a menudo que el hombre es “justificado sin las obras de la ley”. Por
el contrario, Santiago nos dice expresamente que la fe que no se justifica
visiblemente y se demuestra delante del hombre, es una fe que “si no tiene obras,
es muerta en sí misma” 1 (Stg. 2:17). Quizá me respondan que por supuesto nadie

1
“Hay una justificación doble de parte de Dios; una es autoritativa y, la otra, declarativa y
demostrativa. La primera es la que predica San Pablo, cuando habla de justificación por fe sin las
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quiere descartar a las “obras” como una parte esencial de una vida santa. No
obstante, creo conveniente aclarar mejor esto, que lo que parece estar haciéndose
en esos días.
2. Me pregunto, en segundo lugar, si es sabio restarle tanta importancia,
como algunos parecen hacer, comparativamente, a las muchas exhortaciones
prácticas a la santidad en el diario vivir que se encuentran en el Sermón del
Monte y la última parte de la mayoría de las epístolas de San Pablo 2. ¿Coincide
con lo que dice la Palabra de Dios? Lo dudo.
Que todo los que profesamos ser creyentes en Cristo debiéramos vivir
avanzando hacia la meta de alcanzar una consagración personal diaria y de tener
comunión con Dios todos los días; que debiéramos esforzarnos por ir al Señor
Jesucristo con todo lo que nos es una carga, sea grande o pequeña, y entregársela
a él. Todo esto, lo repito, es algo que ningún hijo de Dios bien fundamentado
soñaría en disputar. Pero el Nuevo Testamento nos enseña, sin lugar a dudas, que
queremos algo más que generalidades con respecto a un vivir santo, algo que a
menudo sacuda la conciencia sin ofender. Los detalles e ingredientes, en
particular, de los cuales se compone la santidad en el diario vivir, debieran ser
presentados plenamente y subrayados por todos los que pretenden manejar el
tema. La santidad verdadera no consiste meramente en creer y sentir, sino en
hacer y sobrellevar. Nuestra boca, nuestro humor, nuestras pasiones e
inclinaciones naturales, nuestra conducta como progenitores e hijos, patrones y
siervos, esposos y esposas, gobernantes y gobernados; cómo nos vestimos, cómo
empleamos nuestro tiempo, cómo nos comportamos en los negocios, nuestro
comportamiento en la enfermedad y en buena salud, en riquezas y en pobreza,
todos estos, son temas tratados cabalmente por escritores inspirados.
No se contentan con una declaración generalizada de lo que debemos creer y
sentir, y cómo hemos de tener las raíces de la santidad plantadas en nuestro
corazón. Profundizan más en el tema. Tratan los pormenores. Especifican en
detalle lo que el hombre santo debe hacer y ser en su propia familia y en el seno
de su hogar, si permanece en Cristo. Dudo que en la actualidad se enfoque lo
suficiente, este tipo de enseñanza. Cuando la gente habla de haber recibido “tal
bendición” o de haber encontrado “la vida superior”, después de haber escuchado
a algún defensor sincero de la “santidad por fe y auto consagración”, mientras que
sus familiares y amigos no ven ninguna mejora ni un incremento de santidad en
su temperamento y conducta cotidiana, se hace un daño inmenso a la causa de

obras de la ley. La segunda es la que predica San Santiago, que habla de justificación por obras”. —
Thomas Goodwin sobre santidad evangélica; Works (Obras), tomo 7. p. 181.
2
Era práctica común en la Iglesia Anglicana usar el título “San” con los nombres de los apóstoles
originales. —Editor
Introducción 9

Cristo. La verdadera santidad, tenemos que recordar, no consiste meramente de
sensaciones e impresiones interiores. Se trata más que de lágrimas, suspiros y un
entusiasmo corporal, un pulso acelerado y una pasión por nuestros predicadores
favoritos o nuestro propio grupo religioso. No es solamente una pronta
disposición a hacerle frente a cualquiera que no coincide con nosotros. En cambio,
es más bien algo de “la imagen de Cristo” que puede ser vista y observada por
otros en nuestra vida privada, nuestros hábitos, nuestro carácter y nuestras
acciones (Ro. 8:29).
3. Pregunto, en tercer lugar, si es sabio usar un lenguaje impreciso acerca
de la perfección y de recalcarles a los cristianos que hay un estándar de santidad
que se puede obtener en esta vida, pero que no garantizan las Escrituras ni lo
muestra la experiencia. Lo dudo.
Ningún lector cuidadoso de su Biblia pensaría negar que los creyentes son
exhortados a ir “perfeccionando la santidad en el temor de Dios”, a ir “adelante a
la perfección” y a perfeccionarse (2 Co. 7:1; He. 6:1; 2 Co. 13:11). Pero todavía no
he visto que haya algún pasaje en las Escrituras que enseñe que puede lograrse
una perfección literal, una liberación completa y absoluta del pecado, ni en los
pensamientos, ni palabras ni hechos, ni tampoco que ningún hijo de Adán lo haya
logrado en este mundo. Lo que es posible ver, ocasionalmente en algunos
creyentes entre pueblo de Dios, es una perfección relativa, una perfección en sus
conocimientos, una consistencia general en cada relación en la vida y un acierto
total en cada punto doctrinal. Pero en cuanto a una perfección absoluta literal,
¡los últimos en decir que la tienen siempre han sido los santos más insignes de
cada generación! Al contrario, siempre han tenido el sentido profundo de su
propia falta de mérito y de su imperfección. Cuanta más luz espiritual han
disfrutado, mejor han visto sus innumerables defectos y faltas. Más gracia han
tenido, más han sido revestidos “de humildad” (1 Pe. 5:5).
¿Qué santo mencionado en la Palabra de Dios, de cuya vida se den detalles, ha
sido literal y absolutamente perfecto? ¿Cuál de ellos, al escribir de ellos mismos,
alguna vez menciona sentirse libre de toda imperfección? Al contrario, hombres
como David, San Pablo y San Juan declaran en términos contundentes que
sienten debilidad y pecado en su propio corazón. Los hombres más santos de los
tiempos modernos se han destacado siempre por su profunda humildad. ¿Hemos
visto alguna vez hombres más santos que el martirizado John Bradford, o Hooker,
o Usher, o Baxter (1615-1691), o Rutherford (1600-1661), o M’Cheyne (1813-
1843)? ¡Aun así, nadie puede leer los escritos y cartas de estos hombres sin ver
que se sentían “deudores de la misericordia y la gracia” cada día y que lo último
que hubieran hecho es pretender que eran perfectos!
10 SANTIDAD

En vista de tales realidades como éstas, tengo que protestar contra el lenguaje
que se utiliza hoy día en muchos sectores, acerca de la perfección. Tengo que
asumir que los que la usan saben muy poco de la naturaleza de pecado, de los
atributos de Dios, de sus propios corazones, de la Biblia o del significado de las
palabras. Cuando alguien que profesa ser cristiano me dice tranquilamente que ya
ha superado la etapa de himnos como “Tal como soy de pecador” y que estos ya no
son parte de su experiencia presente, aunque sí se aplicaban a él cuando al
principio se había acercado a la fe cristiana, ¡tengo que pensar que su alma está
enferma! Cuando alguien puede hablar tranquilamente de “vivir sin pecado”
mientras está en el cuerpo y que puede, de hecho, afirmar que “no ha tenido ni un
pensamiento malo en tres meses”, ¡sólo puedo decir que, en mi opinión, es un
cristiano muy ignorante! Protesto contra enseñanzas como ésta. No sólo no hacen
nada de bien, sino que hacen un daño inmenso. Disgustan y enemistan con la fe
cristiana a hombres inteligentes de este mundo, que saben qué es incorrecto y
qué no es cierto. Deprimen a algunos de los mejores hijos de Dios, que sienten
que nunca pueden obtener una “perfección” de este tipo. Causa engreimiento en
muchos hermanos débiles, que se creen ser algo cuando no son nada. En suma, es
un error peligroso.
4. En cuarto lugar: ¿Es sabio afirmar tan positiva y violentamente, como
muchos lo hacen, que el séptimo capítulo de la Epístola a los Romanos no
describe la experiencia del santo consagrado, sino la experiencia del hombre no
regenerado o del creyente débil y no firme todavía? Lo dudo.
Admito plenamente que este punto es uno que ha sido discutido durante
dieciocho siglos, de hecho, desde la época de San Pablo. Admito plenamente que
cristianos insignes de hace cien años, como John y Charles Wesley, Fletcher y ni
mencionar algunos escritores prominentes de nuestra propia época, mantienen
firmemente que Pablo no estaba describiendo su propia experiencia de aquel
momento, cuando escribió este séptimo capítulo. Admito plenamente que
muchos no pueden ver lo que muchos otros y yo vemos: A saber, que Pablo no
dice nada en este capítulo que no coincida precisamente con la experiencia
registrada de los santos más renombrados de todas las épocas y que sí dice varias
cosas, que ninguno que no sea creyente ni que sea un creyente débil, jamás
pensaría ni podría decir. Por lo menos, esto me parece a mí. Pero no entraré en
una discusión detallada sobre el capítulo 3.
Lo que sí quisiera enfatizar es el hecho que los mejores comentaristas en cada
período de la Iglesia, casi invariablemente, han aplicado el séptimo capítulo de

3
Aquellos que deseen profundizar en el tema, lo encontrarán presentado extensamente en los
comentarios de Willet, Elton, Chalmers, Robert Haldana y Owen sobre Indwelling Sin (Pecado que
permanece en nosotros) y en la obra de Stafford sobre Seventh of Romans (Siete de Romanos).
Introducción 11

Romanos a creyentes maduros. Los comentaristas que no comparten esta
posición han sido, con unas pocas excepciones, los romanistas, lo socinianos y los
arminianos. Contra la posición de ellos están casi todos los reformadores, casi
todos los puritanos y los mejores teólogos evangélicos modernos. ¡Pueden
decirme, por supuesto, que nadie es infalible y que los reformadores, los puritanos
y los teólogos modernos a los que me refiero están totalmente equivocados y que
los romanistas, socinianos y arminianos tenían razón! Pero, aunque no pido que
nadie llame a los reformadores y los puritanos “maestros”, les pido que lean lo
que dicen sobre este tema y que respondan a sus argumentos, si es que pueden.
¡Hasta ahora, nadie lo ha hecho! Decir, como dicen algunos, que no quieren
“dogmas” y “doctrinas” humanas no es una respuesta. La cuestión para
determinar es: “¿Cuál es el significado de un pasaje de las Escrituras? ¿Cómo hay
que interpretar el séptimo capítulo de la Epístola a los Romanos? ¿Cuál es el
verdadero sentido de sus palabras?”. Sea como sea, recordemos que hay una gran
realidad que no podemos ignorar. Por un lado están las opiniones y la
interpretación de los reformadores y puritanos y, por el otro, las opiniones e
interpretaciones de los romanistas, socinianos y arminianos. Que esto quede muy
claro.
En vista de una realidad como ésta, tengo que protestar contra el lenguaje
burlón, provocador y despectivo que últimamente ha sido usado a menudo por
algunos de los defensores de lo que tengo que llamar el punto de vista arminiano
del séptimo capítulo de Romanos, cuando hablan de las opiniones de sus
opositores. Lo menos que podemos decir es que tal lenguaje es impropio y
contraproducente para ellos. Una causa que es defendida con tal lenguaje es, con
razón, sospechosa. La verdad no necesita esta clase de armas. Si no podemos
coincidir con alguien, no tenemos que hablar de sus puntos de vista con
descortesía y desprecio. Una opinión que es apoyada por hombres como los
mejores reformadores y puritanos, quizá no convenza a todas las mentes en este
siglo, pero igualmente se debe hablar de ella con respeto.
5. En quinto lugar, ¿es sabio usar el lenguaje usado a menudo en la
actualidad para referirse a la doctrina de “Cristo en nosotros”? Lo dudo. ¿No es
esta doctrina exaltada con frecuencia a una posición que no ocupa en las
Escrituras? Me temo que sí.
El hecho de que el verdadero creyente es uno con Cristo y Cristo está en él, es
algo que ningún lector cuidadoso del Nuevo Testamento pensaría en negar. Hay
sin duda, una unión mística entre Cristo y el creyente. Con él morimos, con él
fuimos sepultados, con él resucitamos y con él estamos sentados en lugares
celestiales. Tenemos cinco textos claros que nos enseñan específicamente que
Cristo está “en nosotros” (Ro. 8:9, 10; Gá. 2:20; 4:19; Ef. 3:17; Col. 3:11).
12 SANTIDAD

Hemos de tener cuidado de que comprendemos lo que queremos decir con
esta expresión. Que “Cristo mora en nuestros corazones por fe” y realiza su obra
interior por medio de su Espíritu es precioso y claro. Pero si queremos decir que,
además y aparte de esto, hay un vivir misterioso de Cristo en el creyente, tenemos
que tener cuidado a qué nos referimos. Si no tenemos cuidado, nos
encontraremos ignorando la obra del Espíritu Santo. Estaremos olvidando que la
economía divina de la elección de la salvación del hombre es la obra especial de
Dios, el Padre, que la expiación, mediación e intercesión, son la obra especial de
Dios, el Hijo y que la santificación es la obra especial de Dios, el Espíritu Santo.
Estaremos olvidando lo que dijo nuestro Señor cuando partió a la gloria: Que
enviaría a otro Consolador que tomaría su lugar y que estaría con nosotros para
siempre (Juan 14:16). En suma, con la idea de que estamos honrando a Cristo,
resultará que estaremos deshonrando su don especial y singular: El Espíritu
Santo. Cristo, sin duda, siendo Dios, está en todas partes —en nuestros corazones,
en el cielo, en el lugar donde dos o tres se reúnen en su nombre—, pero hemos de
recordar que Cristo, como nuestra Cabeza y Sumo Sacerdote, está a la diestra de
Dios intercediendo especialmente por nosotros hasta su segunda venida y que
Cristo realiza su obra en el corazón de las personas por medio de la obra especial
de su Espíritu, a quien nos prometió enviar cuando partió del mundo (Juan 15:26).
Me parece que esto se hace evidente en una comparación entre los versículos
nueve y diez del octavo capítulo de Romanos. Me convence que “Cristo en
nosotros” significa Cristo en nosotros “por su Espíritu”. Ante todo, las palabras de
San Juan son muy claras y expresan: “Y en esto sabemos que él permanece en
nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (1 Juan 3:24).
Espero que nadie malentienda todo esto que estoy diciendo. No digo que la
expresión “Cristo en nosotros” no sea bíblica. Pero sí digo que veo un grave
peligro de que se adjudique una importancia extravagante y no bíblica a la idea
contenida en la expresión y sí temo que muchos la usan en la actualidad sin saber
lo que quieren decir y, sin darse cuenta, quizá deshonran la obra poderosa del
Espíritu Santo. Si algún lector piensa que soy innecesariamente escrupuloso en
este punto, le recomiendo que tome nota de un libro singular por Samuel
Rutherford (autor de las bien conocidas cartas), llamado “The Spiritual
Antichrist” (El anticristo espiritual). Verán allí que, dos siglos atrás, aparecieron
las herejías alocadas de una enseñanza extravagante, precisamente acerca de esta
doctrina de que “Cristo mora” en los creyentes. Encontrarán que Saltmarsh, Dell,
Towne y otros maestros falsos contra quienes contendió el acertado Samuel
Rutherford. Aquellos tenían extrañas nociones acerca de “Cristo en nosotros” y
luego procedieron a edificar sobre la doctrina antinomiana, sobre un fanatismo de
la peor clase y con tendencias de las más viles. Así, ellos mantenían que la vida
Introducción 13

separada y personal del creyente había desaparecido completamente, ¡que Cristo
viviendo en él era quien se arrepentía, creía y actuaba!
La raíz de este tremendo error era una interpretación forzada y nada bíblica de
textos como “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gá. 2:20) y el resultado
natural de esto fue que muchos infelices seguidores de este pensamiento llegaron
a la cómoda conclusión de que los creyentes no eran responsables de sus acciones,
¡hicieran lo que hicieran! Según esta interpretación, ¡los creyentes estaban
muertos y sepultados y sólo Cristo vivía en ellos y se hacía cargo de todo! ¡La
consecuencia definitiva fue que algunos creían que podían quedarse tranquilos
con una seguridad carnal, que ya no tenían ninguna responsabilidad personal y
podían cometer cualquier clase de pecado sin ningún temor! No olvidemos nunca
que la verdad distorsionada y exagerada, puede convertirse en el origen de las
herejías más peligrosas. Cuando hablamos de que “Cristo está en nosotros”,
tengamos el cuidado de explicar lo que queremos decir. Me temo que hay quienes
descuidan esto en la actualidad.
6. En sexto lugar, ¿es sabio trazar una línea tan profunda, ancha y marcada
de separación entre conversión y consagración, o la llamada vida superior,
como lo hacen algunos en la actualidad? ¿Coincide esto con lo que afirma la
Palabra de Dios? Lo dudo.
Es indudable que no hay nada nuevo en esta enseñanza. Es bien sabido que los
escritores católico romanos, a menudo, afirman que la iglesia se divide en tres
clases: Pecadores, penitentes y santos. ¡Me parece a mí que los maestros
modernos de esta época que nos dicen que hay tres tipos de los que profesan ser
cristianos —los no convertidos, los convertidos y los que viven la “vida superior”
de total consagración—, se refieren a prácticamente los mismos niveles! Pero sea
la idea antigua o nueva, católica romana o no, me es totalmente imposible ver que
tenga una base bíblica. La Palabra de Dios siempre habla de dos grandes divisiones
de la humanidad y únicamente dos. Habla de los vivos y de los muertos en pecado,
el creyente y el no creyente, el convertido y el inconverso, los que están en el
camino angosto y los que están en el ancho, los sabios y los necios, los hijos de
Dios y los hijos del diablo. Dentro de cada una de estas dos clases hay, sin duda,
distintas medidas de pecado y de gracia, pero es sólo una diferencia entre el
extremo más elevado y el más bajo de una misma condición. Entre estas dos
grandes clases hay un enorme abismo; son tan individuales como la vida y la
muerte, la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno. ¡Pero sobre una división en tres
clases, la Palabra de Dios no dice absolutamente nada! Cuestiono la pretendida
sabiduría de hacer divisiones nuevas que la Biblia no ha hecho y me disgusta
totalmente la noción de una “segunda conversión”.
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Que hay una gran diferencia entre un grado de gracia y otro —que la vida
espiritual se trata de crecimiento y que el creyente debe ser exhortado
continuamente a crecer en la gracia en todo sentido—, es algo que acepto
totalmente. Pero no puedo concebir la teoría de una transición súbita y misteriosa,
de un solo salto, del creyente a un estado de bendición y total consagración. A mí
me parece una invención del hombre; no puedo ver ningún texto específico que lo
pruebe en las Escrituras. Un crecimiento gradual en la gracia, crecimiento en
conocimiento, crecimiento en la fe, crecimiento en el amor, crecimiento en
santidad, crecimiento en humildad y crecimiento en mentalidad espiritual; todos
estos sí los veo claramente enseñados; contundentemente exigidos en las
Escrituras y ejemplificados claramente en la vida de muchos santos de Dios. Pero
no veo en la Biblia saltos súbitos e instantáneos de la conversión a la
consagración.
¡Realmente dudo si tenemos derecho a decir que alguien puede convertirse sin
consagrarse a Dios! Que puede ser más consagrado es indudable y lo será a
medida que aumenta su gracia; pero si no se consagró a Dios el día que se
convirtió y nació de nuevo, no sé lo que significa conversión. ¿No es cierto que los
hombres corren el peligro de no darle el valor y el lugar que merece a la
bendición inmensa de la conversión? ¿Acaso no están restándole valor a aquel
primer y gran cambio que las Escrituras llaman el nuevo nacimiento, la nueva
creación, la resurrección espiritual, cuando les exigen a los creyentes la “vida
superior” de una segunda conversión? Puedo estar equivocado. Pero a veces he
pensado, al leer el lenguaje fuerte usado por muchos en los últimos años al
referirse a “consagración”, que deben haber tenido anteriormente un concepto
bajo e inadecuado de la “conversión”, si es que acaso habrán sabido algo de ella.
En suma, ¡hasta casi sospecho que cuando se habían consagrado, en realidad, se
habían convertido por primera vez!
Confieso francamente que prefiero las sendas antiguas. Creo que es más sabio
y seguro instar a todos los convertidos a que crezcan continuamente en la gracia
y hacer hincapié en la necesidad absoluta de marchar adelante, a desarrollarse
más y más, cada año dedicándose y consagrándose más en espíritu, alma y cuerpo
a Cristo. Usemos todos los medios para enseñar que hay más gracia para obtener y
más cielo para disfrutar en la tierra que la mayoría de los creyentes gozan desde
ahora. Pero me niego a decirle a ningún convertido que necesita una segunda
conversión y que algún día dará un paso enorme a un estado de total
consagración. Me niego a enseñarlo porque no veo en las Escrituras justificación
alguna para hacerlo. Me niego a enseñarlo porque creo que la tendencia de la
doctrina es totalmente maliciosa, que deprime al humilde de corazón y llena de
Introducción 15

orgullo al superficial, al ignorante y al presuntuoso, en un grado sumamente
peligroso.
7. En séptimo y último lugar, ¿es sabio enseñar a los creyentes que no
piensen tanto en luchar y esforzarse contra el pecado, sino que más bien se
“sometan a Dios” y sean pasivos en las manos de Cristo? ¿Coincide esto con lo
que afirma la Palabra de Dios? Lo dudo.
Es claro que la enseñanza de “someterse a Dios” es algo a lo que Dios insta a
los creyentes a hacer. Pero esto no incluye el sentido de “colocarnos pasivamente
en las manos de otro”. Cualquier estudiante del griego nos puede decir que el
sentido es más bien de “presentarnos” activamente para un uso, empleo y servicio
(ver Ro. 12:1). La expresión, pues, se sustenta por sí misma. Pero por otra parte,
no sería difícil señalar, por lo menos, veinticinco o treinta pasajes en las Epístolas
que enseñan claramente a los creyentes a ser activos y se los hace responsables de
cumplir con energía lo que Cristo quiere. No se les dice que se “sometan” como
agentes pasivos y se queden sentados sin hacer nada, sino que se levanten y
trabajen. Un ímpetu, un conflicto, una guerra, una lucha santa, la vida de un
soldado, son presentados como las características del verdadero cristiano. La
descripción de “la armadura de Dios” en el sexto capítulo de Efesios parece
resolver la cuestión 4.
Vuelvo a repetir que sería fácil demostrar que la doctrina de santificación sin
un esfuerzo personal, sino sencillamente de “someterse a Dios” es, precisamente,
la doctrina de los antinomianos fanáticos del siglo XVII (a la cual ya me he
referido, descrita en Spiritual Antichrist por Rutherford) y que su tendencia es
extremadamente mala. Sería fácil demostrar que la doctrina es totalmente
contraria a la totalidad de las enseñanzas de libros acreditados como El Progreso
del Peregrino ¡y si la aceptáramos no nos quedaría más remedio que echar al
fuego el viejo libro de Bunyan! Si Cristiano en El Progreso del Peregrino,
sencillamente, se hubiera sometido a Dios y nunca hubiera luchado, esforzado y
batallado, yo habría leído el libro en vano. Pero la verdad lisa y llana es que los
hombres seguirán confundiendo dos cosas que son diferentes: La justificación y la
santificación:
- En cuanto a justificación las palabras para decirle al hombre son: “Cree, sólo
cree”.
- En cuanto a santificación las palabras tienen que ser: “Mantente en guardia,
ora y lucha”.
Lo que Dios ha dividido, no lo mezclemos y confundamos nosotros.

4
El sermón de Sibbe sobre “Victorious Violence” (Violencia victoriosa) merece la atención de todos los
que tienen sus obras —Tomo 7, p. 30 (Richard Sibbes, 1577-1635).
16 SANTIDAD

El error lamentable
Termino aquí mi introducción y me apuro a concluirla. Confieso que dejo de
escribir con sentimientos de tristeza y ansiedad. Hay mucho en la actitud de los
cristianos en la actualidad que me llena de preocupación y que me hace temer por
el futuro.
Existe entre muchos creyentes una ignorancia pasmosa de las Escrituras y,
consecuentemente, existe también la necesidad de una fe bien fundamentada,
bíblicamente y sólida. No tengo otra manera de explicar la facilidad con que la
gente, como si fueran niños, “son llevados por doquiera de todo viento de
doctrina” (Ef. 4:14). Existe un amor ateniense por las cosas novedosas y una
aversión mórbida por cualquier cosa del pasado y regular, y por el sendero
transitado por nuestros mayores. Miles de personas se congregan para escuchar
una voz nueva y una doctrina nueva, sin considerar ni por un momento, si lo que
están oyendo es cierto. Hay ansias incesantes de escuchar cualquier enseñanza
sensacional y emocionante que apele a los sentimientos. Hay un apetito enfermizo
por un cristianismo espasmódico e histérico. La vida religiosa de muchos es como
beber una pequeña copita espiritual y “el espíritu afable y apacible” que
recomienda San Pedro es totalmente olvidado (1 Pe. 3:4). Las multitudes, los
llantos, los sitios calurosos, los cantos rimbombantes y una incesante apelación a
las emociones, es lo único que a muchos les interesa. La incapacidad para
distinguir las diferencias doctrinales cunde por doquier y, mientras el predicador
sea “hábil” y “fervoroso”, cientos de oyentes parecen creer que tiene que estar
predicando la verdad ¡y lo llaman a uno terriblemente “intolerante y duro”, si
sugiere que no predica la verdad! Moody y Hawis, Dean Stanley y Canon Liddon,
Mackonochie y Persall Smith les dan lo mismo a tales personas. Todo esto es
triste, muy triste. Pero si, además de esto, los que sinceramente abogan por más
santidad, caen por el camino o tienen diferencias entre sí, será más triste todavía.
Entonces sí que estaremos peor.

La solución
En cuanto a mí, sé que ya no soy un pastor joven. Mi mente quizá se esté
endureciendo y no puedo recibir fácilmente ninguna doctrina nueva. “Lo de antes
es mejor”. Supongo que pertenezco a la escuela antigua de teología evangélica y,
por lo tanto, me contento con enseñar acerca de la santificación según lo que
encuentro en Life of Faith (Vida de fe) por Sibbes y Manton, y en The Life, Walk,
and Triumph of Faith (La vida, el camino y el triunfo de la fe) por William
Romaine. Pero tengo que expresar mi esperanza de que mis hermanos más
jóvenes, que han adoptado conceptos nuevos de la santidad, se cuiden de las
Introducción 17

múltiples e innecesarias divisiones. ¿Creen que se necesitan normas superiores
para la vida cristiana en la actualidad? Yo también. ¿Creen que se necesitan
enseñanzas más claras, fuertes y completas sobre santidad? Yo también. ¿Creen
que Cristo debe ser más exaltado como la raíz y el autor de la santificación, al
igual que la justificación? Yo también. ¿Creen que se les debe instar más y más a
los creyentes a vivir por fe? Yo también. ¿Creen que se debe insistir más y más en
que mantenerse muy cerca de Dios es el secreto de la vida feliz y provechosa para
el creyente? Yo también. En todo esto coincidimos. Si quieren saber más,
entonces les pido que tengan cuidado por dónde caminan y que expliquen, clara y
distintivamente, lo que quieren decir.
Por último, tengo que rechazar, y lo hago con amor, el uso de términos y
frases vulgares al enseñar acerca de la santificación. Alego que un movimiento a
favor de la santidad no puede ser extendido con una fraseología inventada, ni con
afirmaciones desproporcionadas y parciales, ni con enfatizar demasiado y aislar
pasajes en particular, ni por exaltar una verdad a expensas de otra, ni alegorizando
o acomodando pasajes (exprimiéndolos para sacarles significados que el Espíritu
Santo nunca puso en ellos), ni hablando con desprecio y amargura de los que no
ven las cosas exactamente como las ve uno y no trabajan exactamente de las
maneras en que lo hace uno. Estas cosas no conducen a la paz; más bien repelen a
muchos y los mantienen alejados. Las armas como éstas, no ayudan en nada a la
causa de la verdadera santificación, sino que la perjudican. Hay que desconfiar de
cualquier movimiento para propagar la santidad que produzca altercados y
disputas entre los hijos de Dios. En nombre de Cristo, y en nombre de la verdad y
el amor, tratemos de seguir la paz, al igual que la santidad. “Lo que Dios juntó, no
lo separe el hombre” (Mr. 10:9).
Lo que anhelo de corazón y pido a Dios todos los días, es que la santidad
personal aumente grandemente entre los que profesan ser cristianos. Y confío en
que todos los que procuran promoverla, se adhieran a lo que coincida con las
Escrituras, que distingan cuidadosamente las cosas que difieren y que separen “lo
precioso de lo vil” (Jer. 15:19).
1. Pecado
“El pecado es infracción de la ley”. 1 Juan 3:4

El conocimiento del pecado es fundamental
El que quiere obtener conceptos correctos acerca de la santidad cristiana,
tiene que empezar por examinar el delicado y vasto tema del pecado. Tiene que
escarbar muy profundo, si quiere edificar muy alto. Un error aquí es muy malo.
Los conceptos equivocados sobre la santidad se pueden rastrear, generalmente, en
criterios equivocados de la corrupción humana. No pido disculpas por comenzar
este tomo sobre santidad, haciendo algunas afirmaciones claras acerca del pecado.
La verdad lisa y llana es que el conocimiento correcto del pecado es la raíz de
todo el cristianismo salvador. Sin doctrinas como la justificación, conversión y
santificación hay “palabras y nombres” que no significan nada, por lo tanto, lo
primero que Dios hace cuando convierte a una persona en una nueva criatura en
Cristo, es enviar luz a su corazón y mostrarle que es un pecador culpable. La
creación material en Génesis comenzó con “luz” y lo mismo sucede con la
creación espiritual. Dios “brilla en nuestros corazones” por obra del Espíritu
Santo y, entonces, comienza la vida espiritual (2 Co. 4:6). Los conceptos inciertos
o inseguros del pecado son el origen de la mayoría de los errores, herejías y
doctrinas falsas en la actualidad. Si el hombre no se percata de la naturaleza
peligrosa de la enfermedad de su alma, uno no puede preguntarse cómo puede
contentarse con remedios falsos o imperfectos. Creo que una de las necesidades
principales en el siglo XIX ha sido y es, una enseñanza más clara sobre el pecado.

1. Definición de pecado
Comenzaré el tema dando algunas definiciones del pecado. Por supuesto,
todos conocemos las palabras “pecado” y “pecadores”. Hablamos frecuentemente
de que en el mundo hay “pecado” y de que los hombres cometen “pecados”. Pero,
¿qué queremos decir al usar estos términos y frases? ¿Lo sabemos realmente? Me
temo que hay mucha confusión y vaguedad sobre esto. Trataré, lo más
brevemente posible, de dar una respuesta.
1. Pecado 19

Digo, pues, que “pecado” es, hablando en general, como lo declara el Artículo
1
9 de la Iglesia Anglicana: “La falla y corrupción de la naturaleza de cada hombre
engendrado por un hijo de Adán; por la cual el hombre está muy apartado (quam
longissime en latín) de su justicia original y es, por su propia naturaleza,
inclinado hacia el mal, de modo que los deseos de la carne son siempre contra el
espíritu y, por lo tanto, cada persona nacida en el mundo merece la ira y la
condenación de Dios”. El pecado, en resumen, es aquella vasta enfermedad moral
que afecta a toda la raza humana, a todo rango, clase, nombre, nación, pueblo y
lengua; una enfermedad de la cual nadie, sino Uno nacido de mujer, fue libre.
¿Necesito decir que ese Uno fue Cristo Jesús nuestro Señor?
Digo, además, que “un pecado”, hablando más particularmente, consiste en
hacer, decir, pensar o imaginar cualquier cosa que no se conforma
perfectamente a la mente y la ley de Dios. Pecado, en suma, como dicen las
Escrituras, es una “infracción de la ley” (1 Juan 3:4). La más leve desviación, ya
sea exterior o interior, del paralelismo matemático absoluto con la voluntad y el
carácter revelado de Dios, es un pecado, y nos hace, inmediatamente, culpables a
los ojos de Dios.
Por supuesto no necesito decirle a nadie, que lee su Biblia con atención, que
alguien puede quebrantar la ley de Dios en su corazón y en su mente, aun cuando
no haya ningún acto perverso manifiesto y visible. Nuestro Señor declaró este
punto más allá de cualquier disputa en el Sermón del Monte (Mt. 5:21-28).Incluso,
un poeta ha dicho: “El hombre puede sonreír y sonreír, y ser un villano”.
Además, no necesito decirle al estudiante cuidadoso del Nuevo Testamento,
que hay pecados de omisión al igual que de comisión, y que pecamos, como bien
nos recuerda nuestro Libro de Oraciones, “dejando de hacer las cosas que
debemos hacer”, al igual que “hacer las cosas que no debemos hacer”. Las
palabras solemnes de nuestro Maestro en el Evangelio de Mateo también
presentan claramente este punto irrefutable. Dice allí: “Apartaos de mí, malditos,
al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no
me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber” (Mt. 25:41,42). Fueron
palabras profundas y reflexivas dichas por el santo arzobispo Usher, justo antes de
morir: “Señor, perdona todos mis pecados y, especialmente, los de omisión”.
Pero creo necesario en estos tiempos, recordar a mis lectores que uno puede
cometer pecado y no saberlo y creerse inocente cuando en realidad es culpable.
No veo ninguna justificación bíblica para la afirmación moderna de que “el pecado
no es pecado para nosotros hasta que lo discernimos y tenemos conciencia de él”.

1
La Confesión de fe de la Iglesia Anglicana se denomina Los treinta y nueve artículos. Se origina en 1563
y refleja las enseñanzas de la Reforma Protestante.
20 SANTIDAD

Por el contrario, en los capítulos 4 y 5 del injustamente descuidado libro de
Levítico y en el capítulo 15 de Números, encuentro que se enseña claramente a
Israel que hay pecados por ignorancia que hacen impuro al pueblo y que
necesitan expiación (Lev. 4:1-35; 5:14-19; Núm. 15:25-29). Y encuentro que
nuestro Señor enseña expresamente que “el que sin conocerla [la voluntad de su
amo] hizo cosas dignas de azotes”, no era perdonado por su ignorancia, sino que
era “azotado” o castigado (Lc. 12:48). Recordemos que cuando medimos lo
pecadores que somos según nuestro propio conocimiento y conciencia,
miserablemente imperfectos, pisamos un terreno muy peligroso. Un estudio más
profundo de Levítico podría hacernos mucho bien.

2. Origen y raíz del pecado
En cuanto al origen y la raíz de esta vasta enfermedad moral llamada “pecado”,
tengo que decir algo: Me temo que los conceptos de muchos cristianos
profesantes son, tristemente, defectuosos y equivocados. No puedo pasarlo por
alto. Fijemos, pues, en nuestra mente que lo pecaminoso del hombre no empieza
desde afuera, sino desde adentro. No es el resultado de una mala formación
durante la niñez.
No es que se aprenda de las malas compañías ni por los malos ejemplos, como
les gusta afirmar a algunos cristianos débiles. ¡No! Es una enfermedad congénita,
que todos heredamos de nuestros primeros padres Adán y Eva, y con la cual
nacimos. “Creados a la imagen y semejanza de Dios”, inocentes y justos al
principio, nuestros padres cayeron de la justicia original y llegaron a ser
pecadores y corruptos. Y desde aquel día hasta hoy, todos los hombres y mujeres
han nacido a la imagen de Adán y Eva caídos y heredan un corazón y una
naturaleza con inclinación hacia el mal, “por un hombre entró el pecado al
mundo”. “Lo que es nacido de la carne, carne es”. “[Somos] por naturaleza hijos
de ira”. “La mente carnal es enemistad contra Dios.” “Porque de dentro, del
corazón de los hombres, [naturalmente como de una fuente] salen los malos
pensamientos, las fornicaciones, los homicidios” y cosas similares. (Jn. 3:6; Ef. 2:3;
Ro. 5:12; 8:7; Mr. 7:21.)
El infante más hermoso que haya nacido este año y viene a ser el rayito de sol
de una familia, no es, como su madre quizá cariñosamente lo llame, un “angelito”,
ni un bebito “inocente”, sino un pequeño “pecador”. ¡Ay! ¡Acostado sonriendo y
balbuceando en su cuna, esta tierna criaturita tiene en su corazón las semillas de
todo tipo de maldades! Basta con observarlo cuidadosamente mientras crece en
estatura y su mente se desarrolla, para detectar una incesante tendencia hacia lo
egoísta y lo malo, y un alejamiento de aquello que sea bueno. Verá en él los brotes
y gérmenes del engaño, del mal carácter, egoísmo, egocentrismo, obstinación,
1. Pecado 21

codicia, envidia, celo, pasión, los cuales si se les deja expresar, crecerán con
lamentable rapidez. ¿Quién enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? ¡Sólo
la Biblia puede contestar estas preguntas!
De todas las cosas necias que los padres suelen decir acerca de sus hijos, no
hay otra peor que el dicho común: “En el fondo, mi hijo tiene un buen corazón.
No es lo que debiera ser; pero es que ha caído en malas manos. Las escuelas
públicas son lugares malos. Los tutores descuidan a los niños. No obstante, en el
fondo, él tiene un buen corazón”. Desgraciadamente, la verdad es exactamente lo
contrario. La primera causa de todo pecado radica en la corrupción natural del
corazón del niño, no en la escuela.

3. Amplitud del pecado
En cuanto a la amplitud de esta vasta enfermedad moral del hombre llamada
pecado, tengamos cuidado de no equivocarnos. La única base segura es la que nos
dan las Escrituras. “Todo designio de los pensamientos del corazón” es malo por
naturaleza y lo es continuamente (Gén. 6:5). “Engañoso es el corazón más que
todas las cosas, y perverso;…” (Jer. 17:9). El pecado es una enfermedad que satura
y compromete cada parte de nuestra constitución moral y cada una de nuestras
facultades mentales. La comprensión, los afectos, los poderes para razonar, la
voluntad, están todos infectados, en menor o mayor grado. Aun la conciencia está
tan ciega que no se puede depender de ella como un guía seguro y puede llevar al
hombre a hacer tanto lo malo como lo bueno, a menos que esté iluminado por el
Espíritu Santo. En resumen, “Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay…
cosa sana,…” en nosotros (Isa. 1:6). La enfermedad puede estar oculta bajo una
delgada capa de cortesía, buenos modales y un decoro exterior; pero se encuentra
profundamente arraigada en el ser.
Admito totalmente que el hombre tiene muchas facultades positivas y nobles,
y que muestra una inmensa capacidad en las artes, en las ciencias y en la
literatura. Pero el hecho sigue en pie: En cuanto a las cosas espirituales, el
hombre está completamente “muerto” y no tiene conocimiento, ni amor, ni
temor natural de Dios. Sus mejores cualidades están tan entretejidas y mezcladas
con corrupción, que el contraste sólo evidencia claramente la verdad y extensión
de la caída. Nos muestra que una y la misma criatura es en algunas cosas…
- Tan superior y, en otras, tan baja.
- Tan grande y, no obstante, tan pequeña.
- Tan noble y, sin embargo, tan mala.
- Tan grandiosa en su concepción y ejecución de cosas materiales y, no
obstante, tan arrastrada y tan degradada en sus afectos.
22 SANTIDAD

- Capaz de planificar y construir edificios como los de Carnac y Luxor en
Egipto, y el Partenón en Atenas, y, no obstante, adorar a dioses y diosas
viles, a aves, bestias y seres que se arrastran.
- Capaz de producir obras trágicas como las de Sófocles e historias como las de
Tucídides y, no obstante, ser esclavo de vicios abominables como los
descritos en el primer capítulo de la epístola a los Romanos.
Todo esto es un complicado rompecabezas para los que se burlan de la
“Palabra escrita de Dios” y de los eruditos bíblicos.
Pero es un nudo que podemos desatar con la Biblia en nuestras manos.
Podemos reconocer que el hombre tiene en sí, todas las marcas de un templo
majestuoso, un templo en el cual alguna vez moraba Dios, pero que ahora está en
ruinas. Un templo en el que una ventana destrozada aquí, una puerta allá y una
columna más allá todavía, dan una idea de la magnificencia de su diseño original,
pero un templo que ha caído de su apogeo de un extremo al otro y que ha perdido
su gloria. Y por eso decimos que nada soluciona el complicado problema de la
condición del hombre, sino la “doctrina del pecado original o de nacimiento” y los
devastadores efectos de la caída.
Recordemos, además de esto, que cada parte del mundo da testimonio del
hecho que el pecado es la enfermedad universal de toda la humanidad.
Busquemos por toda la tierra de este a oeste, de polo a polo, busquemos por toda
nación de todo tipo de clima en los cuatro puntos cardinales de la tierra,
busquemos en cada rango y clase social en nuestro país, desde el más elevado al
más bajo y, en cada circunstancia y condición, la conclusión siempre será la
misma. Las islas más remotas en el Océano Pacífico, completamente separadas de
Europa, Asia, África y América, más allá del alcance del lujo oriental y las artes y
literatura de occidente —islas habitadas por gente que no sabe de libros, dinero,
la fuerza del vapor ni de la pólvora—, en estas islas siempre se ha encontrado, al
descubrirlas, que había entre sus pobladores, las formas más viles de lujuria,
crueldad, engaño y superstición. Si los habitantes no han sabido ninguna otra
cosa, ¡siempre han sabido cómo pecar! En todo lugar, “engañoso es el corazón
más que todas las cosas, y perverso;…” (Jer. 17:9). Por mi parte, no sé de una
prueba más contundente de la inspiración de Génesis y del registro de Moisés
acerca del origen del hombre que el poder, la extensión y la universalidad del
pecado. Reconozcamos que la humanidad surgió de una pareja, y que esa pareja
cayó (como nos lo dice Génesis 3), y que el estado de la naturaleza humana en
todas partes es fácilmente comprensible. Neguémoslo; como lo hacen muchos, y
nos encontraremos inmediatamente envueltos en dificultades inexplicables. En
una palabra, la uniformidad y universalidad de la corrupción humana dan
1. Pecado 23

respuesta a los ejemplos más difíciles de explicar de las enormes “dificultades de
la infidelidad”.
El pecado en la vida del creyente
Después de lo dicho, estoy convencido de que la prueba más grande de la
extensión y el poder del pecado, es lo pertinaz que es en aferrarse al hombre, aun
después de que éste se ha convertido y es el objeto de las operaciones del Espíritu
Santo. Según el lenguaje del Noveno Artículo 2, “esta infección de la naturaleza
permanece…, aun en los que están regenerados”. Tan profundas son las raíces de
la corrupción humana, que aún después de que nacemos de nuevo, hemos sido
renovados, “limpiados, santificados, justificados” y hechos miembros vivos de
Cristo, estas raíces siguen vivas en el fondo de nuestros corazones y, como la lepra
en las paredes de la casa, nunca nos libramos de ella hasta que la casa terrenal de
este tabernáculo se haya disuelto. Sin lugar a dudas, el pecado en el corazón del
cristiano ya no domina. Está controlado, mortificado y crucificado por el poder
expulsivo del nuevo principio de gracia.
La vida del creyente es una vida de victoria, no de fracaso. Pero las mismas
batallas que hay en su seno, la lucha que ve que tiene que librar diariamente, el
celo continuo que tiene que ejercer sobre su hombre interior, el conflicto entre la
carne y el espíritu, los “quejidos” que nadie, fuera de los que los han vivido
conocen, testifican de la misma gran verdad, todos muestran el enorme poder y
vitalidad del pecado. ¡Ciertamente debe ser poderoso ese enemigo que aunque esté
crucificado sigue vivo! ¡Feliz es aquel creyente que lo comprende y, mientras se
regocija en Cristo Jesús, no confía para nada en la carne y, por lo tanto, dice:
“Gracias a Dios que nos da la victoria” (1 Co. 15:57); nunca se olvida de estar en
guardia y orando para no caer en tentación!

4. Lo ofensivo del pecado
En cuanto a la culpabilidad, vileza y lo ofensivo del pecado a los ojos de Dios,
mis palabras serán pocas. Digo “pocas” con conocimiento de causa. No creo,
según la naturaleza de las cosas, que el hombre mortal pueda percibir lo
tremendamente ofensivo del pecado a los ojos de Aquel que es santo y perfecto
con quien tenemos que tratar. Por otro lado, Dios, como ese Ser eterno que “notó
necedad en sus ángeles” y en cuya presencia “los mismos cielos no son limpios”,
Él es el que lee los pensamientos y los motivos, al igual que las acciones, y
requiere “verdad en nuestro interior” (Job 4:18; 15:15; Sal. 51:6).
Por otro lado, nosotros, pobres criaturas ciegas, hoy aquí y mañana no,
nacidos en pecado, rodeados de pecados —viviendo en un ambiente constante de

2
Los Treinta y nueve artículos, una confesión de fe conservadora.
24 SANTIDAD

debilidad, enfermedad e imperfección—, no podemos dar forma más que a los
conceptos más inadecuados de lo aberrante que es el mal. No tenemos ni línea ni
unidad de medida con las cuales conocer sus dimensiones. El ciego no puede ver
una diferencia entre una obra maestra de Ticiano o Rafael y el rostro de la reina
en el mural del pueblo. El sordo no puede distinguir entre el sonido de un silbato
y el del órgano de una catedral. Aquellos animales cuyo olor nos resulta tan
ofensivo, no tienen idea de que son perjudiciales y no se afectan entre sí. Y yo creo
que el hombre, el hombre caído, no puede tener una idea cabal de lo vil que es el
pecado a los ojos de aquel Dios cuya obra es absolutamente perfecta —perfecta,
aun si la vemos a través de un telescopio o un microscopio—, perfecta en la
formación de un gran planeta como Júpiter, con sus satélites sincronizados al
segundo, mientras gira alrededor del sol y en la formación del insecto más
pequeño que camina a nuestros pies.
Pero de cualquier manera, implantemos firmemente en nuestras mentes…
- Que el pecado es “esta cosa abominable que yo aborrezco”.
- Refiriéndose a Dios dice: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes
ver el agravio”.
- Que la transgresión más leve de la ley de Dios nos hace “culpables de todos”.
- Que “el alma que pecare, esa morirá”.
- Que “la paga del pecado es muerte”.
- Que “Dios juzgará… los secretos de los hombres”.
- Que “el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga”.
- Que “los malos serán trasladados al Seol” e “irán éstos al castigo eterno”.
- Que “no entrará en ella [la ciudad celestial] ninguna cosa inmunda”.
(Jer. 44:4; Hab. 1:13; Stg. 2:10; Ez. 18:4; Ro. 6:23; Ro. 2:16; Mr. 9:44; Sal. 9:17;
Mt. 25:46; Ap. 21:27.) ¡Por cierto, estas son tremendas palabras cuando
consideramos que están escritas en el Libro de un Dios quien es todo misericordia!
Después de todo, no hay prueba de lo serio del pecado que sea más
sobrecogedora e irrefutable como la cruz y la pasión de nuestro Señor Jesucristo,
y toda la doctrina de su sustitución y expiación. Terriblemente negra ha de ser esa
culpa por la cual, sólo la sangre del Hijo de Dios podía satisfacer. Pesada debe ser
la carga del pecado humano que hizo gemir a Jesús y sudar gotas de sangre en
agonía en Getsemaní y clamar desde el Gólgota: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has desamparado?” (Mt. 27:46). Estoy convencido de que nada nos asombrará
tanto, cuando despertemos en el día de resurrección, como la vista que tendremos
del pecado y del conocimiento retrospectivo que tendremos de nuestras
innumerables faltas y defectos. Nunca, hasta la hora cuando Cristo venga por
segunda vez, comprenderemos totalmente “lo pecaminoso del pecado”. Bien
1. Pecado 25

podría decir George Whitefield: “El himno en el cielo será: ‘¡Lo que Dios ha
hecho!’”

5. Lo engañoso del pecado
Queda un punto por considerar sobre el tema del pecado, que no puedo pasar
por alto. Ese punto tiene que ver con lo engañoso que es. Es un asunto de
importancia primordial y me aventuro a pensar que no recibe la atención que
merece. Podemos ver este engaño en lo increíblemente propenso que es el
hombre a considerar al pecado menos pecaminoso y peligroso de lo que es a los
ojos de Dios y su pronta disposición por restarle importancia, excusarse por él y
minimizar su culpa. “¡No es más que uno pequeño! ¡Dios es misericordioso! ¡Dios
no va al extremo de tomar nota de lo que uno hace mal! ¡Nuestra intención es
buena! ¡Uno no puede ser tan quisquilloso! ¿Dónde hace tanto daño? ¡No hacemos
más que lo mismo que hacen los demás!”. ¿A quién no le resulta familiar este tipo
de lenguaje?
Podemos verlo en la larga lista de palabras y frases lindas que han acuñado los
hombres a fin de describir cosas que Dios llama lisa y llanamente perversas y una
ruina para el alma. ¿Qué significan expresiones como “de vida fácil”, “alegre”,
“alocado”, “inseguro”, “desconsiderado”, “indiscreto”? Muestran que los hombres
tratan de engañarse a sí mismos y de creer que el pecado no es tan pecaminoso
como Dios dice que lo es y que no son tan malos como realmente son. Podemos
verlo en la tendencia, aun de creyentes, de permitirles a sus hijos conductas
cuestionables y de ignorar el resultado inevitable del amor al dinero, de jugar con
la tentación y sancionar a los transgresores sin el debido rigor.
Me temo que no comprendemos suficientemente la extrema sutileza de la
enfermedad de nuestra alma. Somos demasiado prontos a olvidar que la tentación
de pecar raramente se nos presenta en su verdadera realidad, diciendo: “Soy tu
enemigo mortal y quiero arruinarte eternamente en el infierno”. ¡Oh no! El
pecado nos llega, como Judas, con un beso y, como Joab, con una mano extendida
y palabras halagadoras. El fruto prohibido le parecía bueno y deseable a Eva; no
obstante le echó fuera del Edén. Caminar tranquilamente en la azotea de su
palacio le pareció inofensivo a David; pero terminó en adulterio y homicidio. El
pecado raramente parece pecado al principio. Estemos en guardia y oremos, no
sea que caigamos en tentación. Podemos darle a la impiedad nombres bonitos,
pero no podemos alterar su naturaleza y carácter a los ojos de Dios. Recordemos
las palabras de San Pablo: “Exhortaos los unos a los otros cada día… para que
ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (He. 3:13). Es una
oración sabia en nuestra Letanía la que dice: “De los engaños del mundo, la carne,
y el diablo, líbranos, buen Señor”.
26 SANTIDAD

Autodegradación
Y ahora, antes de seguir adelante, quiero mencionar brevemente dos
pensamientos que parecen surgir con fuerza irresistible de este tema. Por un lado,
les pido a mis lectores que observen las razones profundas que todos tenemos
para humillarnos y degradarnos a nosotros mismos. Sentémonos ante la figura
del pecado que nos presenta la Biblia y consideremos qué criaturas tan culpables,
viles y corruptas somos todos a los ojos de Dios. ¡Cuánta necesidad tenemos todos
del cambio del corazón llamado regeneración, nuevo nacimiento o conversión!
¡Qué masiva es la debilidad e imperfección que se aferra al mejor ser humano en
su mejor expresión! ¡Qué solemne es el pensamiento que dice que sin santidad
“nadie verá al Señor”! (He. 12:14). ¡Qué razón tenemos de clamar con el
publicano, cada noche de nuestra vida, cuando pensamos en nuestros pecados de
omisión, al igual que los de comisión: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13)!
¡Qué admirablemente encajan las confesiones generales y de la comunión en el
Libro de Oraciones, con la condición actual de todos los cristianos profesantes!
¡Qué divinamente adecuado es ese lenguaje para los hijos de Dios, que el Libro de
Oraciones pone en la boca del cristiano antes de acercarse a la mesa de comunión:
“El recuerdo de nuestras malas acciones nos son gravosas; la carga es intolerable:
Ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotros, Padre muy
misericordioso; en el nombre de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo, perdónanos
por todo lo pasado”! ¡Cuán cierto es que, el santo más santo, es en sí un miserable
pecador y necesitado de misericordia y gracia hasta el último momento de su
existencia!
De todo corazón, apoyo aquel pasaje en el Sermón sobre Justificación de
Hooker, que comienza diciendo: “Consideremos las mejores cosas y las más
santas que hacemos. Nunca estamos más comprometidos con Dios que cuando
oramos; no obstante, muchas veces, cuando oramos, ¡cómo nos distraemos! ¡Qué
poca reverencia demostramos hacia la gran majestad de Dios con quien hablamos!
¡Qué poco remordimiento sentimos por nuestras propias maldades! ¡Qué poco
gusto sentimos de la influencia de sus tiernas mercedes! ¿No sucede que muchas
veces no estamos deseosos de comenzar, como lo estamos de terminar, como si al
decir él ‘Invócame’ (Sal. 50:15), nos hubiera dado una tarea muy difícil? Lo que
digo puede parecer algo extremo; por lo tanto, que cada uno juzgue, como le
indique su propio corazón, y no de ninguna otra manera; ¡haré sólo una demanda!
Si Dios cediera ante nosotros, no como a Abraham (si hubiera podido encontrar
cincuenta, cuarenta, treinta, veinte o aun diez buenas personas en la ciudad, por
ellas esta ciudad no sería destruida) y, en cambio, nos hiciera una oferta así de
grande: 1) Busquen en todas las generaciones de hombres desde la caída de
nuestro padre Adán, 2) Encuentren un hombre que haya surgido de él, que haya
1. Pecado 27

sido puro, sin mancha alguna y 3) Por la acción de ese único hombre, ningún ser
humano ni ángel sufriría los tormentos preparados para ambos. ¿Les parece que
este rescate para librar a hombres y ángeles podría encontrarse entre los hijos de
los hombres, cuyas mejores cosas tienen algo en ellas que hay que perdonar?” 3
Ese testimonio es verdadero. Por mi parte, estoy convencido de que cuanta
más luz tenemos, más vemos lo pecaminoso que somos y cuanto más nos
acercamos al cielo, más estamos revestidos de humildad. En cada era de la Iglesia
encontraremos que es cierto, si estudiamos biografías, que los santos más
eminentes, hombres como Bradford, Rutherford y M'Cheyne, veremos que,
invariablemente, han sido los hombres más humildes.
Seamos agradecidos por la gracia
Por otro lado, pido a mis lectores que observen cuán profundamente
agradecidos debemos estar por el glorioso evangelio de la gracia de Dios. Existe
un remedio revelado para la necesidad del hombre, un remedio tan ancho, amplio
y profundo como la enfermedad que padece. No hemos de temer mirar al pecado y
estudiar su naturaleza, origen, poder, extensión y vileza, si miramos, al mismo
tiempo, el remedio todopoderoso que nos ha sido provisto en la salvación que hay
en Jesucristo. Aunque ha abundado el pecado, la gracia ha abundado mucho más.
Sí…
- En el pacto eterno de redención y en el Mediador de ese pacto, Jesucristo el
justo, y perfecto Hombre en una sola Persona.
- En la obra que hizo al morir por nuestros pecados y resucitar para nuestra
justificación, y en los oficios que cumple como nuestro Sacerdote,
Sustituto, Médico, Pastor y Abogado.
- En la sangre preciosa que derramó, la cual puede limpiar de todo pecado en
la justicia eterna que trajo.
- En la intercesión perpetua que hace por nosotros como nuestro
Representante a la diestra de Dios.
- En su poder de salvar para siempre al peor de los pecadores, su disposición de
recibir y perdonar a los más viles, su prontitud por cargar a los más débiles.
- En la gracia del Espíritu Santo que planta en los corazones de su pueblo,
renovando, santificando y haciendo que las cosas viejas pasen y todas sean
hechas nuevas.
—En todo esto y, ¡oh que bosquejo tan breve es!, en todo esto, digo, hay un
remedio, pleno, perfecto y completo para la enfermedad aborrecible del pecado.
Terrible como es indudablemente el concepto correcto del pecado, nadie debe
3
Thomas Hooker (1556-1647): “Learned Discourse of Justification” (un discurso erudito sobre la
justificación).
28 SANTIDAD

desmayar ni desesperarse, siempre y cuando tenga, al mismo tiempo, un concepto
correcto de Jesucristo. Con razón ese anciano Flavel finaliza muchos de los
capítulos de su admirable libro “Fountain of Life” (Fuente de vida), con las
emocionantes palabras: “Bendito Dios por Jesucristo”.

Aplicación práctica
Al llevar este tema poderoso a una conclusión, siento que apenas he tocado la
superficie. Es un asunto que no puede ser tratado a fondo en un escrito como éste.
El que quiera verlo tratado, completa y exhaustivamente, tiene que recurrir a
eruditos de teología experimental, como Owen, Burgess, Manton, Charnock y
otros gigantes de la escuela puritana. Sobre temas como éste, no hay escritores
que puedan compararse con los puritanos. Sólo me resta destacar algunos asuntos
prácticos que toda la doctrina sobre el pecado deben ser tratados en la actualidad.
(a) Quiero decir, en primer lugar, que un concepto bíblico del pecado es unos
de los mejores antídotos contra el tipo de teología vaga, imprecisa, nada clara,
borrosa, indefinida, que es tan dolorosamente común en la actualidad. Es en
vano cerrar los ojos al hecho de que hay una gran cantidad de supuesto
cristianismo hoy día que no puede declararse positivamente errado, pero que, a
pesar de todo, no es completo, de peso, ni totalmente acertado. Es un cristianismo
en el cual no se puede negar que haya “algo de Cristo, algo de la gracia, algo de la
fe, algo del arrepentimiento y algo de la santidad”; pero no es lo verdadero, tal
como aparece en la Biblia. Las cosas están fuera de lugar y son desproporcionadas.
Como hubiera dicho el anciano Latimer: Es una especie de “mezcla de esto y
aquello” y no hace nada de bien. No ejerce influencia sobre la conducta cotidiana,
ni consuela en la vida, ni da paz en la muerte. Los que siguen estas aparentes
verdades, despiertan a menudo demasiado tarde para encontrarse con que no
tienen ningún fundamento. Ahora bien, creo que la mejor manera de curar este
tipo defectuoso de religión es darle más prominencia a la antigua verdad bíblica
acerca de lo pecaminoso del pecado. La gente nunca se propondrá decididamente
ir en dirección al cielo y a vivir como peregrinos hasta que sientan que realmente
corren peligro de ir al infierno. Tratemos todos de reavivar la antigua enseñanza
acerca del pecado en los jardines de infantes, escuelas, colegios y universidades.
No olvidemos que “la ley es buena, si uno la usa legítimamente” y que “por medio
de la ley es el conocimiento del pecado” (1 Tim. 1:8; Ro. 3:20; 7:7). Pongamos la
ley al frente y enfaticémosla de modo que los hombres le presten atención.
Hablemos de los Diez Mandamientos e insistamos en ellos demostrando lo largo,
ancho, profundo y alto de sus requerimientos. Éste fue el método de nuestro
Señor en el Sermón del Monte. No hay nada mejor que podemos hacer que seguir
su plan. ¡Podemos depender de él; los hombres nunca acudirán a Jesús, ni se
1. Pecado 29

quedarán con Jesús, ni vivirán para Jesús, a menos que realmente sepan por qué
deben acudir a él y cuál es la necesidad que tienen!
Aquellos que el Espíritu atrae a Jesús son los que el Espíritu ha convencido de
pecado. Sin una convicción total de pecado, el hombre puede acudir a Jesús y
seguirle por un tiempo, pero pronto se apartará y volverá al mundo.
(b) Tener un concepto bíblico del pecado es una de las mejores maneras de
evaluar la teología extravagantemente amplia y liberal que está en boga en
nuestros días. La tendencia del pensamiento moderno es rechazar los credos y
toda clase de límites en la religión. Se cree que es muy bueno y sabio no condenar
ninguna opinión y declarar que todos los maestros inteligentes y serios, son
dignos de confianza, no importa lo heterogéneas y mutuamente destructivas que
puedan ser sus opiniones. ¡Todo en verdad es cierto, nada es falso! ¡Todos tienen
razón y nadie está equivocado! ¡Es muy probable que todos sean salvos y nadie se
perderá! La expiación y sustitución de Cristo, la personalidad del diablo, los
elementos milagrosos en las Escrituras, la realidad y eternidad del futuro castigo,
todas estas poderosas piedras fundamentales se tiran indiferentemente por la
borda como lastre, a fin de alivianar el barco del cristianismo y hacer posible que
se mantenga al paso de la ciencia moderna. Si tomamos una postura firme en
defensa de estas grandes verdades ¡nos llaman cerrados, anticuados y fósiles
teológicos! Citamos un texto y nos dicen que no toda verdad está confinada a las
páginas de un antiguo libro judío y que una búsqueda libre ha descubierto
muchas cosas desde que el libro se terminó de escribir.
(c) Un concepto correcto es el mejor antídoto contra ese tipo de cristianismo
sensual, ceremonial y formal, que nos ha arrasado como una inundación
durante los últimos veinticinco años, llevándose a muchos a su paso. Comprendo
que este sistema de religión tiene mucho de atractivo para cierta mentalidad,
siempre y cuando la conciencia no esté totalmente iluminada. Me resulta difícil
creer que cuando esa parte maravillosa de nuestro ser llamada conciencia está
realmente despierta y viva, un cristianismo ceremonial sensual nos satisfaga
plenamente. A un niñito se le puede tranquilizar y entretener fácilmente con
juguetitos y sonajeros mientras no tenga hambre; pero en cuanto lo siente,
sabemos que comer es lo único que lo satisfará. Sucede lo mismo con el alma.
Música, flores, velas, incienso, estandartes, procesiones, vestiduras hermosas,
confesionarios y ceremonias de carácter similar a las católicas romanas hechas
por el hombre, lo satisfarán bajo ciertas condiciones. Pero una vez que “despierta
y se levanta de entre los muertos”, no se contentará con estas cosas. Le parecerán
simples frivolidades y una pérdida de tiempo. Pero en cuanto ve su pecado, tiene
que ver a su Salvador. Se siente atacado por una enfermedad mortal y nada los
satisfará, sino el gran Médico. Tiene hambre y sed, y no puede conformarse con
30 SANTIDAD

menos que el pan de vida. Puedo parecer audaz al decir esto; pero afirmo, sin
temor a equivocarme, que cuatro de cada cinco algo de católicos romanos del
último cuarto de siglo, no hubieran existido si se les hubiera enseñado más
fehacientemente y con más amor, la naturaleza del pecado y lo vil y pecaminoso
que es.
(d) Un concepto correcto del pecado es uno de los mejores antídotos contra
las teorías demasiado forzadas de la Perfección, de las que oímos tanto en estos
tiempos. Diré poco de estas y confío en no ofender a nadie con lo que digo. Si
aquellos que nos presionan para que seamos perfectos quieren decir que seamos
consecuentes en todo y que prestemos cuidadosa atención a todas las gracias que
constituyen el carácter cristiano, tendríamos razón en, no sólo tolerarlos, sino en
coincidir enteramente con ellos. Pero si en realidad quieren decirnos que, en este
mundo, el creyente puede lograr una libertad total del pecado, vivir por años en
una comunión continua e ininterrumpida con Dios y que durante meses no tiene
ni siquiera un pensamiento malo, tengo que decir sinceramente que tal opinión
me parece muy poco bíblica.
Y voy aún más lejos. Digo que la opinión que comparto es muy peligrosa para
el que esto cree y es muy probable que deprima, desaliente e intimide a los que
preguntarían acerca de la salvación. No encuentro en la Palabra de Dios la más
mínima razón para esperar tal perfección mientras estamos en este cuerpo mortal.
Creo que las palabras del Artículo 15 son totalmente ciertas: Que “sólo Cristo es
sin pecado; y que todos nosotros, el resto de los mortales, aunque hemos sido
bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos de muchas maneras; y si
decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad
no está en nosotros”. Usando el lenguaje de nuestra primera homilía: “Existen
imperfecciones en nuestras mejores obras: No amamos a Dios tanto como
deberíamos, con todo nuestro corazón, mente y fuerzas; no tememos a Dios tanto
como deberíamos; no oramos a Dios sin tener muchas y grandes imperfecciones.
Damos, perdonamos, creemos y esperamos imperfectamente; hablamos,
pensamos y los hacemos imperfectamente; luchamos imperfectamente contra el
diablo, el mundo y la carne. Por lo tanto, no nos avergoncemos de confesar
sencillamente nuestro estado de imperfección”. Repito una vez más lo que he
dicho: La mejor vacuna contra la falsa ilusión efímera sobre la perfección que
empaña a algunas mentes —pues tal cosa espero poder llamarla—es una
comprensión distintiva, plena y clara de la naturaleza, lo pecaminoso y engañoso
del pecado.
(e) En último lugar, un concepto bíblico del pecado es un admirable antídoto
contra los conceptos pobres de la santidad personal que lamentablemente
prevalece en estos últimos días de la Iglesia. Éste es un tema muy doloroso y
1. Pecado 31

delicado. Lo sé, pero no me atrevo a pasarlo por alto. Desde hace mucho tiempo
tengo la triste convicción de que las normas del diario vivir entre los cristianos de
gran parte de nuestros países han ido relajándose paulatinamente. Me temo que la
caridad, amabilidad, alegría, generosidad, humildad, gentileza, bondad, auto
negación, celo por hacer el bien y la separación del mundo a imitación de Cristo,
son valores mucho menos apreciados de lo que deberían ser y que fueron
importantes en la época de nuestros mayores.
No puedo pretender entrar de lleno en las causas de este estado de cosas y sólo
puedo sugerir algunas conjeturas para ser consideradas. Puede ser que cierta
profesión de religión esté tan de moda y sea comparativamente fácil en la
actualidad, que las corrientes que antes eran angostas y profundas sean ahora
anchas y superficiales, que lo que hemos logrado externamente, hemos perdido en
calidad. Puede ser que el gran incremento de riquezas en los últimos veinticinco
años ha introducido insensiblemente una plaga de mundanalidad, de
autosatisfacción y del amor por lo placentero de una vida social basada en lo
material. Lo que antes se llamaban lujos, ahora son comodidades y necesidades, y
el negarse uno mismo y soportar “una vida dura” son cosas desconocidas. Puede
ser que las muchas controversias que caracterizan a esta época han secado
sensiblemente nuestra vida espiritual. Con demasiada frecuencia nos hemos
contentado con un celo por la ortodoxia y, por ende, hemos descuidado las serias
realidades de una consagración cotidiana práctica. Sean cuales fueren las causas,
tengo que declarar mi propia creencia de que el resultado es el mismo. Han
habido en los últimos años normas más bajas de santidad personal entre creyentes
que lo que había en la época de nuestros mayores. ¡Todo esto trae como resultado
que el Espíritu se contrista! El asunto requiere humillarse mucho y escudriñar el
corazón.
Remedios
Me atrevo a dar una opinión acerca del mejor remedio que he mencionado
para la situación. Otras corrientes de pensamientos en las iglesias tienen que
formar sus propios criterios. Estoy convencido de que la cura para los evangélicos
se encuentra en una comprensión más clara de la naturaleza y lo pecaminoso del
pecado. No necesitamos volver a Egipto y tomar prestadas prácticas similares a las
católicas romanas a fin de revivir nuestra vida espiritual. No necesitamos
restaurar el confesionario, ni volver al monacato ni al ascetismo. ¡De ninguna
manera! Tenemos, sencillamente, que arrepentirnos y hacer nuestras primeras
obras. Tenemos que volvernos a los principios originales de la fe. Tenemos que
volver “a las sendas antiguas”. Tenemos que sentarnos humildemente ante la
presencia de Dios, encarar de frente todo el asunto, examinar claramente lo que el
Señor Jesús llama pecado y lo que el Señor llama “hacer su voluntad”.
32 SANTIDAD

¡Debemos, luego, tratar de entender que es terriblemente posible vivir una
vida descuidada, fácil, medio mundana y, a la vez, mantener los principios
evangélicos y llamarnos evangélicos! Una vez que comprendemos que el pecado es
mucho más vil y que está mucho más cerca de nosotros, y que se nos pega más de
lo que suponemos, seremos conducidos, confío y creo, a acercarnos más a Cristo.
Una vez que lo estamos, beberemos profundamente de su plenitud y
aprenderemos más fehacientemente a “vivir la vida de fe” en él, como lo hizo San
Pablo. En cuanto hemos sido enseñados a vivir la vida de fe en Jesús y a
permanecer en él, daremos más fruto, seremos más fuertes para cumplir nuestro
deber, más pacientes en las pruebas, más cuidadosos de nuestro pobre y débil
corazón y más como nuestro Maestro en todos nuestros pequeños quehaceres
cotidianos. En la proporción en que comprendamos cuánto ha hecho Cristo por
nosotros, trabajaremos para hacer mucho para Cristo. Más somos perdonados,
más amaremos. En suma, como dice el Apóstol: “Mirando a cara descubierta
como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados… en la misma
imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18).
Sea lo que fuere que algunos optan por pensar o decir, no puede haber
ninguna duda de que un aumento de sensibilidad por la santidad es una de las
señales de nuestra época. Las conferencias para promover la “vida espiritual” son
temas de congresos casi todos los años. El tema ha despertado mucho interés en
muchos países, por lo cual debemos estar agradecidos. Cualquier movimiento
basado en principios sólidos, que ayuda a profundizar nuestra vida espiritual y a
aumentar nuestra santidad personal, será una verdadera bendición para la Iglesia.
Hará un gran aporte para unirnos y curar nuestras desafortunadas divisiones.
Puede traer una efusión fresca de la gracia del Espíritu y dar vida a los muertos.
Aun con la seguridad que tengo, como dije al comienzo de este escrito, tenemos
que escarbar profundo para edificar alto. Estoy convencido de que el primer paso
hacia el logro de un nivel más elevado de santidad es comprender más
plenamente lo asombrosamente pecaminoso que es el pecado.
2. Santificación
“Santifícalos en tu verdad”. Juan 17:17
“La voluntad de Dios es vuestra santificación”.
1 Tesalonicenses 4:3

Me temo que el tema de la santificación es uno que a muchos les desagrada
considerablemente. Algunos hasta lo rechazan con desprecio y desdén. Lo último
que quisieran es ser un “santo” o un hombre “santificado”. No obstante, el tema
no merece ser tratado de este modo. No es un enemigo, sino un amigo.
Es un tema de suma importancia para nuestras almas. Si la Biblia dice la
verdad, entonces es cierto que, a menos que seamos “santificados”, no seremos
salvos. Hay tres cosas que, según la Biblia, son absolutamente necesarias para la
salvación de cada hombre y mujer en la cristiandad. Estas tres son: Justificación,
regeneración y santificación. Las tres se encuentran en cada hijo de Dios: El que
ha aceptado a Cristo como su Señor y Salvador es nacido de nuevo, justificado y
santificado. Al que le falte uno de estos tres elementos, no es un verdadero
cristiano a los ojos de Dios y, si muere en esa condición, no lo encontraremos en
el cielo ni será glorificado en el día final.
Es un tema muy apropiado para esta época porque han aparecido últimamente
doctrinas extrañas, sobre todo, respecto al tema de la santificación. Algunas de
esas doctrinas parecen confundirla con la justificación. Algunos la rebajan al
grado de anularla bajo la excusa de tener un gran celo por la gracia y la descuidan,
prácticamente, en su totalidad. Otros tienen tanto temor de que las “obras” sean
incluidas como parte de la justificación, que casi ni pueden encontrarle un lugar a
las “obras” en su fe. Otros más, adoptan una norma equivocada con respecto a la
santificación, nunca la logran, desperdician su vida en repetidos cambios de
iglesia en iglesia, de congregación en congregación y de secta en secta con la
esperanza inútil de que encontrarán lo que quieren. En tiempos como éste, un
examen sereno del tema, como uno de los temas principales del evangelio, puede
ser de mucho provecho para nuestras almas.
I. Primero, consideremos la verdadera naturaleza de la santificación.
II. Segundo, consideremos las señales visibles de la santificación.
34 SANTIDAD

III. Por último, consideremos, en qué coinciden la justificación y santificación,
en qué se parecen y cómo difieren.
Si lamentablemente el lector de estas páginas es alguien a quien sólo le
interesa el mundo y no profesa una religión, no puedo esperar que se interese
mucho en lo que escribo. Probablemente le parezca cuestión de “palabras y
nombres” y lindas preguntas que no tienen ninguna relación con lo que cree.
Pero si es un cristiano reflexivo, razonable y sensible, me atrevo a decir que
encontrará que vale la penar tener algunos conceptos claros acerca de la
santificación.

I. Naturaleza de la santificación
En primer lugar, tenemos que considerar la naturaleza de la santificación.
¿Qué quiere decir la Biblia cuando habla del hombre “santificado”?
La santificación es la obra espiritual interior que el Señor Jesucristo lleva a
cabo en el hombre por medio del Espíritu Santo, cuando lo llama a ser un
verdadero creyente. No sólo 1) lo limpia de sus pecados con su propia sangre, sino
que también 2) lo separa de su amor natural por el pecado y el mundo, 3) pone un
principio nuevo en su corazón y 4) lo hace practicar la piedad en su vida. El
instrumento por el cual el Espíritu hace esto es, generalmente, la Palabra de Dios,
aunque a veces usa aflicciones y visitaciones providenciales son “sin palabra” (1 P.
3:1). El sujeto de esta obra de Cristo por su Espíritu es llamado en las Escrituras
hombre “santificado” 1.
El que supone que Jesucristo sólo vivió, murió y resucitó a fin de proveer
justificación y perdón de pecado a su pueblo, tiene todavía mucho que aprender.
Aunque lo sepa o no, está deshonrando a nuestro bendito Señor y convirtiéndolo
en apenas un Salvador a medias.
El Señor Jesús se ha hecho cargo de todo lo que las almas de los suyos
requieren; no sólo para librarlos de la culpa de sus pecados por medio de su
1
“Las Escrituras mencionan una doble santificación y, en consecuencia, hay una doble santidad. La
primera es común a las personas y cosas, consistiendo de una dedicación, consagración o separación
singulares de ellas para el servicio de Dios, por su propio nombramiento, por el cual se hacen
santos. Esto se aplica a los sacerdotes y levitas de antaño; el arca, el altar, el tabernáculo y el templo
que eran santificados y hechos santos y, ciertamente, en toda santidad hay una dedicación y
separación singular para Dios. Pero en el sentido mencionado, la suya era solitaria y,
exclusivamente, de él. Nada se relacionaba con esta separación sagrada ni había ningún otro efecto
de esta santificación. Pero, en segundo lugar, hay otro tipo de santificación y santidad, este
apartarse para Dios no es lo primero realizado ni lo intencionado, sino una consecuencia y efecto de
ella. Ésta es real en el interior, por la comunicación de un principio de santidad de nuestra
naturaleza, desarrollado con su práctica de actos y deberes de obediencia santa a Dios. Esto es lo
que buscamos”. —John Owen (1616-1683) acerca del Espíritu Santo, Works (Obras). Tomo 3, p. 370,
edición de Goold.
2. Santificación 35

muerte expiatoria, sino también del dominio de sus pecados, colocando al
Espíritu Santo en sus corazones, no únicamente para justificarlos, sino también
para santificarlos. Es él, de este modo, no sólo la “justicia” del creyente, sino su
“santificación” (1 Co. 1:30). Prestemos atención a lo que dice la Biblia: “Por ellos
yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados”, “Cristo
amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola
purificado”, “Jesucristo… se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda
iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”, Cristo
“llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que
nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia”, “Os ha
reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros
santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Jn. 17:19; Ef. 5:25, 26; Tito
2:14; 1 P. 2:24; Col. 1:21, 22). Consideremos con cuidado el significado de estos
cinco textos. Si algo significan esas palabras, es que Cristo lleva a cabo la
santificación, tal como lo hace en el caso de la justificación de su pueblo creyente.
Se hace provisión para ambas igualmente “en ese pacto perpetuo, ordenado en
todas las cosas, y… guardado” del cual el Mediador es Cristo. De hecho, Cristo es
llamado en otro lugar: “El que santifica” y a su pueblo se le llama: “Los que son
santificados” (He. 2:11).
El tema que tenemos ante nosotros es tan profundo y de tanta importancia
que requiere protegerlo, vigilarlo, aclararlo y delinearlo por todos sus costados.
Una doctrina que es indispensable para la salvación, nunca puede ser desarrollada
con demasiada precisión ni ser esclarecida totalmente. Aclarar la confusión entre
unas doctrinas y otras, lo cual es lamentablemente común entre los cristianos, y
trazar una relación precisa entre unas verdades y otras en la fe, es una manera de
arribar a un acierto total en nuestra teología. Por lo tanto, no vacilo en exponer a
mis lectores a una serie de proposiciones o declaraciones conectadas, tomadas de
las Escrituras, que creo encontrarán útiles para definir la naturaleza exacta de la
santificación.
(1) Santificación es, pues, el resultado invariable de esa unión con Cristo que
la fe auténtica da al cristiano. “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva
mucho fruto” (Jn. 15:5). La rama que no lleva fruto no es una rama viva en la vid.
La unión con Cristo que no produce ningún efecto en la vida es una mera unión
de forma, que no tiene valor ante Dios. La fe que no tiene una influencia
santificadora sobre el carácter del creyente, no es mejor que la fe de los demonios.
Es una “fe muerta, porque es sola”. No es un don de Dios. No es la fe de los
escogidos de Dios. En resumen, donde no hay una santificación de la vida, no hay
una fe verdadera en Cristo. La fe verdadera obra por el amor. Constriñe al hombre
a vivir para el Señor como efecto de un profundo sentido de gratitud por su
36 SANTIDAD

redención. Le hace sentir que nunca puede hacer demasiado por Aquel que murió
por él. Habiendo sido perdonado por mucho, mucho ama. Aquel a quien la sangre
de Cristo lo limpia, vive en la luz. El que tiene una auténtica esperanza viva, se
purifica a sí mismo tal como el Señor es puro. (Stg. 2:17-20; Tito 1:1; Gá. 5:6; 1 Jn.
1:7; 3:3.)
(2) Además, la santificación es el resultado y consecuencia inseparable de la
regeneración. El que es nacido de nuevo y hecho nueva criatura, recibe una
nueva naturaleza y nuevos principios de vida, y vive siempre una vida nueva. Una
supuesta regeneración que puede tener el hombre y, no obstante, vivir en el
pecado o mundanalidad sin importarle, es una regeneración inventada por
teólogos poco inspirados, que las Escrituras no mencionan. Por el contrario, Juan
dice expresamente que “todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado,
ama a su hermano, se guarda a sí mismo y vence al mundo” (1 Jn. 2:29; 3:9-14;
5:4,18). En suma, donde no hay santificación, no hay regeneración y donde no hay
una vida santa, no hay un nuevo nacimiento.
Ésta es, sin duda, una afirmación dura para muchos; pero, dura o no, es
sencillamente una verdad bíblica. Está escrito claramente que el que es nacido de
Dios es uno en quien permanece la simiente de Dios; “y no puede pecar, porque es
nacido de Dios” (1 Jn. 3:9).
(3) Santificación también es la única certeza de la evidencia de que el
Espíritu Santo mora en él, lo cual es esencial en la salvación. “Si alguno no tiene
el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9). El Espíritu no se mantiene dormido ni
inactivo dentro del alma: Siempre da a conocer su presencia por el fruto que
causa que nazca en el corazón, en el carácter y en la vida. “El fruto del Espíritu es
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” y
cosas similares (Gá. 5:22, 23). Donde existen estas virtudes, allí está el Espíritu;
donde faltan, los hombres están muertos para Dios. El Espíritu es comparado con
el viento y, como el viento, no se ve con ojos físicos. Pero así como sabemos que
hay viento por el efecto que produce en las olas, en los árboles y en el humo,
podemos también saber que el Espíritu está en alguien por los efectos que
produce en su conducta. Es necio suponer que tenemos el Espíritu si no andamos
en el Espíritu (Gá. 5:25). Podemos depender de esto con gran certeza: Que donde
no hay un vivir santo, no hay Espíritu Santo. El sello que el Espíritu estampa en
el pueblo de Dios, es santificación. Todos los que de hecho son “guiados por el
Espíritu de Dios, éstos”, estos únicamente, “son hijos de Dios” (Ro. 8:14).
(4) Santificación también es la única señal segura de la elección de Dios. Los
nombres y la cantidad de escogidos son algo secreto, sin duda, que Dios
sabiamente se ha guardado para él y no ha revelado al hombre. No nos es dado en
este mundo estudiar las páginas del libro de la vida y ver los nombres que
2. Santificación 37

contiene. Pero hay una realidad clara y simple de la elección y es ésta: Que los
hombres y mujeres escogidos pueden ser conocidos y distinguidos por su vida
santa. Está escrito expresamente que son…
- “Elegidos… en santificación”,
- “Escogido[s]… para salvación, mediante la santificación”,
- “Los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” y
- “nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos
santos”.
Por esto, cuando Pablo vio el obrar de la “fe” y el “amor” en la práctica y la
“esperanza paciente” de los creyentes tesalonicenses, dijo: “Conocemos, hermanos
amados de Dios, vuestra elección” (1 P. 1:2; 2 Ts. 2:13; Ro. 8:29; Ef. 1:4; 1 Ts. 1:3,
4).
El que se vanagloria de ser uno de los escogidos mientras que, intencional y
habitualmente, vive en pecado, sólo se engaña a sí mismo y blasfema. Por
supuesto que es difícil saber lo que realmente es la gente; muchos que parecen
bastante buenos externamente, pueden resultar hipócritas con un corazón
corrupto. Pero el individuo en el que no hay, al menos, alguna indicación externa
de santificación, podemos estar seguros de que tampoco es escogido. El catecismo
de la Iglesia Anglicana, sabia y correctamente, enseña que el Espíritu Santo
“santifica a todo el pueblo escogido de Dios”.
(5) Santificación, repito, es una realidad que siempre será posible ver. Al
igual que la Gran Cabeza de la Iglesia, de la cual surge, no puede ser escondida.
“Porque cada árbol se conoce por su fruto” (Lc. 6:44). La persona realmente
santificada puede estar tan vestida de humildad, que sólo puede ver en sí misma,
sus propias debilidades y defectos. Como Moisés, cuando bajó del Monte Sinaí,
quien posiblemente no tenía conciencia de que su rostro resplandecía. Como el
justo, en la poderosa parábola de las ovejas y los cabritos, quien no pudo ver que
quizá hubiera hecho algo digno de la atención y felicitación de su Maestro:
“¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de
beber?” (Mt. 25:37). Pero no importa si él mismo lo ve o no, otros siempre lo
verán en su tono, gustos, carácter y los hábitos de su vida que son diferentes de
los demás. La idea misma de que el hombre sea “santificado”, mientras no se nota
nada de santidad en su vida, es pura necedad y un uso equivocado de palabras. La
luz de su santificación puede ser muy tenue; pero si hay apenas un destello en un
cuarto oscuro, esa chispa será vista. La vida puede ser débil, pero si el pulso late
sólo un poquito, se sentirá. Sucede lo mismo con el hombre santificado: Su
santificación es algo que se siente y se ve aunque él mismo no lo entienda. ¡El
“santo” en quien nada puede verse, sino mundanalidad o pecado, es un tipo de
monstruo que la Biblia no reconoce!
38 SANTIDAD

(6) Santificación es algo por lo cual cada creyente es responsable. No me
equivoco al decir esto. Creo tan firmemente como cualquiera que todo hombre
sobre la tierra es responsable ante Dios y que todos los perdidos no tendrán nada
que decir ni excusas que dar en el día final. Cada uno tiene el poder de perder “su
alma” (Mt. 16:26). Pero aunque creo esto, afirmo que los creyentes son, principal
y particularmente, responsables y tienen una obligación especial de vivir una vida
santa. No son como los demás: Muertos, ciegos y carentes de renovación; están
vivos para Dios, tienen luz, conocimiento y nuevos principios dentro de ellos.
¿Quién tiene la culpa de que no sean santos, sino ellos mismos? ¿A quién le
pueden echar la culpa de que no son santificados, sino a ellos mismos? Dios,
quien les ha dado gracia, un corazón nuevo y una naturaleza nueva, los ha dejado
sin excusas, si no viven para Su alabanza.
Éste es un punto demasiado olvidado. El hombre que profesa ser un auténtico
cristiano y no hace nada, se contenta con un grado muy inferior de santificación
(si acaso la tiene) y dice tranquilamente que “no puede hacer nada”, es digno de
lástima y, además, muy ignorante. Cuidémonos y estemos en guardia. La Palabra
de Dios siempre dirige sus preceptos a los creyentes como seres que rendirán
cuentas y a quienes considera responsables. Si el Salvador de pecadores nos
otorga una gracia renovadora y nos llama por medio de su Espíritu, podemos
estar seguros de que espera que usemos esa gracia y que no nos quedemos
dormidos. Olvidar esto es lo que causa que muchos creyentes “constriñan al
Espíritu” y los lleva a ser cristianos muy inútiles y desagradables.
(7) Santificación es un proceso que admite crecimiento y grados. El hombre
puede subir de un escalón de santidad a otro y ser mucho más santificado en un
periodo de su vida que en otro.
- No puede ser más perdonado ni más justificado que en el momento que
creyó, aunque sienta que va creciendo.
- Sí puede ser más santificado porque cada gracia en su nuevo carácter puede
ser fortalecida, aumentada y profundizada. Éste es el significado evidente de la
última oración de nuestro Señor por sus discípulos cuando dijo: “Santifícalos” y
de la oración de Pablo por los tesalonicenses: “El mismo Dios de paz os
santifique” (Jn. 17:17; 1 Ts. 5:23). En ambos casos, la expresión implica
claramente, la posibilidad de un crecimiento en santidad. Por otro lado, una
expresión como “justifícalos” no se usa ni una vez en las Escrituras refiriéndose a
un creyente porque no puede ser más justificado de lo que ya es. No encuentro
ninguna base en las Escrituras para la doctrina de “santificación imputada”. A mi
parecer, es una doctrina que confunde conceptos que son distintos y que lleva a
consecuencias muy malas. No menos importante, es que se trata de una doctrina
rotundamente contradicha por la experiencia de todos los cristianos más
2. Santificación 39

eminentes. Y hay un punto en el que coinciden los santos más consagrados de
Dios que es éste: Ven más, saben más, sienten más, hacen más y creen más al ir
creciendo en su vida espiritual y en proporción a cuán cerca caminan de Dios. En
resumen, “creced en la gracia” como exhortan San Pablo y San Pedro que lo
hagan los creyentes y que abunden “más y más” en esa gracia (2 P. 3:18; 1 Ts. 4:1).
(8) La santificación, una vez más, es algo que depende mucho del uso
diligente de las Escrituras. Con esto me refiero a leer la Biblia, orar en privado,
asistir regularmente al culto público, escuchar regularmente la Palabra de Dios y
participar regularmente de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie
que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en
santificación. No encuentro ningún registro de ningún santo eminente que haya
descuidado estos ejercicios espirituales. Son los canales designados por medio de
los cuales el Espíritu Santo nos suple gracia fresca al alma y fortalece la obra que
comenzó en el hombre interior. Llámenle los hombres doctrina legalista a esto si
quieren, pero nunca dejaré de declarar que creo que no hay ganancia espiritual
sin dolor. Así como no esperaría que un granjero prosperara en sus negocios, si se
contenta con sembrar sus campos y no volver a trabajar en ellos hasta el tiempo
de la cosecha, tampoco puedo esperar que el creyente obtenga mucha santidad, si
no es diligente en la lectura de su Biblia, sus oraciones y el buen uso de sus
domingos. Nuestro Dios es un Dios que obra a través de medios y nunca bendice
al alma del que pretende ser superior y muy espiritual prescindiendo de ellos.
(9) La santificación no es algo que previene al hombre de tener muchos
conflictos espirituales interiores. Por conflicto, quiero decir una lucha dentro
del corazón entre la vieja y la nueva naturaleza, la carne y el espíritu que se
cohabitan en cada creyente (Gá. 5:17). Un sentido profundo de esa lucha y la gran
cantidad de inquietud mental derivada de ella, no prueban que alguien no sea
santificado. No, más bien, creo que son síntomas saludables de nuestra condición,
que prueban que no estamos muertos, sino vivos. Un verdadero cristiano es aquel
que, no sólo tiene paz en su conciencia, sino también libra una guerra espiritual
en su interior. Tal creyente puede ser conocido por sus luchas, al igual que por su
paz.
Al decir esto, no olvido que estoy contradiciendo los conceptos de algunos
cristianos bien intencionados que creen la doctrina llamada “perfección sin
pecado”. No lo puedo evitar. Creo que lo que yo digo confirma lo que dice San
Pablo en el séptimo capítulo de Romanos. Recomiendo a mis lectores, un estudio
a fondo de dicho capítulo. Estoy convencido de que no describe la experiencia del
inconverso, ni de un cristiano nuevo e inestable, sino la de un santo con años de
experiencia en comunión íntima con Dios. Nadie más, que alguien así, podría
decir: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Ro. 7:22).
40 SANTIDAD

Creo, además, que la experiencia de todos los siervos más eminentes de Cristo
que jamás han vivido, dan prueba de esto. La prueba completa puede verse en sus
diarios, sus biografías, autobiografías y sus vidas.
Porque creo todo esto, nunca vacilaré en decirle a todo el mundo que el
conflicto interior no es prueba de que alguien no sea santo y que no deben pensar
que no son santificados porque no se sienten enteramente libres de conflictos
interiores. Sin duda, estaremos libres de ellos en el cielo, pero nunca en este
mundo. El corazón del mejor cristiano, aun en su mejor expresión, es un campo
ocupado por dos fuerzas rivales y “la reunión de dos campamentos” (Cnt. 6:13).
Dejemos que las palabras de los Artículos Trece y Quince sean consideradas
seriamente por todos los hombres de Iglesia: “La infección de la naturaleza
permanece en aquellos que están regenerados”. “Aunque bautizados y nacidos de
nuevo en Cristo, ofendemos en muchas cosas; y si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” 2.
(10) La santificación es algo que no puede justificar al hombre y no obstante
agrada a Dios. Esto puede parecer increíble, pero es cierto. Las acciones más
santas del santo más santo que jamás haya vivido, todas, en menor o mayor grado,
tienen defectos e imperfecciones. Sus motivaciones están erradas o defectuosas en
su manifestación y, en sí mismas, no son nada más que “pecados espléndidos”,
merecedores de la ira y condenación de Dios. Suponer que tales acciones pueden
aguantar la severidad del juicio de Dios, expiar el pecado y merecer el cielo es
sencillamente absurdo. “Por las obras de la ley ningún ser humano será
justificado”. “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras
de la ley” (Ro. 3:20-28). La única justicia con la cual podemos aparecer ante Dios,
es la justicia de un tercero, a saber, la justicia perfecta de nuestro Sustituto y
Representante, Jesucristo el Señor. Su obra, y no la nuestra, es nuestro único
derecho de entrada al cielo. Ésta es una verdad que debiéramos estar dispuestos a
defender hasta la muerte.
A pesar de todo esto, la Biblia nos enseña claramente que las acciones santas
del hombre santificado, aunque imperfectas, son agradables a los ojos de Dios.
“De tales sacrificios se agrada Dios” (He. 13:16). “Obedeced a vuestros padres en
todo, porque esto agrada al Señor” (Col. 3:20). “Hacemos las cosas que son
agradables delante de él” (1 Jn. 3:22). Nunca olvidemos esto porque es una

2
“La guerra del diablo es mejor que la paz del diablo. Éste sospecha que la santidad es tonta. Cuando
al perro lo sacan afuera de la casa aúlla hasta que lo vuelven a dejar entrar”. “Los encuentros de
contrarios, como el fuego y el agua, tienen conflicto entre sí. Cuando Satanás encuentra un corazón
santificado, lo tienta importunándolo en gran medida. Donde hay mucho de Dios y de Cristo, hay
muchos ataques por los que muchos fieles han sido tentados a dudar”. —Samuel Rutherford (1600-
1661), Trial of Faith (Prueba de fe), p. 403.
2. Santificación 41

doctrina muy reconfortante. Como un padre se complace por los esfuerzos de su
hijito por complacerlo, aunque no sea más que cortando una flor o caminando
hacia él de un extremo al otro de un cuarto, así se complace nuestro Padre
celestial con las pobres actuaciones de sus hijos creyentes. Él se fija en las
motivaciones, los principios y las intenciones de sus acciones, y no meramente en
su cantidad y calidad. Los considera miembros de su propio Hijo amado y, por él,
se complacerá dondequiera que haya un solo ojo puesto en él. Los creyentes que
quieran discutir esto harían bien en estudiar el Artículo Doce de la Iglesia
Anglicana.
(11) La santificación es algo que será indispensable como testigo de nuestro
carácter en el gran Día del juicio. Será completamente inútil argumentar que
creemos en Cristo, a menos que nuestra fe haya tenido algún efecto santificador y
haya sido evidente en nuestra vida. Evidencias, evidencias, evidencias, será lo
requerido ante el gran tono blanco cuando se abran los libros, cuando los
sepulcros entreguen a sus ocupantes, cuando los muertos comparezcan ante el
tribunal de Dios. Sin alguna evidencia de que nuestra fe en Cristo fue real y
auténtica, nos volveremos a levantar para ser condenados. No encuentro que vaya
a ser admitida evidencia alguna aparte de la santificación. La pregunta no será
cómo hablamos o lo que profesamos, sino cómo vivimos y lo que hicimos. Que
nadie se engañe en cuanto a este punto. Si existe alguna certeza acerca del futuro,
es la certeza de que habrá un juicio; si hay alguna certeza en cuanto a ese juicio,
es que las “obras” serán consideradas y examinadas (Jn. 5:29; 2 Co. 5:10; Ap.
20:13). El que supone que las obras no son importantes porque no pueden
justificarnos, es un cristiano muy ignorante. A menos que abra los ojos, se
encontrará para su pesar que si se presenta ante el tribunal de Dios sin alguna
evidencia de gracia, sería mejor que no hubiera nacido.
(12) Por último, la santificación es absolutamente necesaria, a fin de
capacitarnos y prepararnos para ir al cielo. La mayoría de las personas espera ir
al cielo cuando muera; pero me temo que pocos se toman la molestia de
preguntarse si disfrutarán del cielo cuando estén allí. El cielo es esencialmente un
lugar santo, todos sus habitantes son santos, sus ocupaciones son todas santas.
Para ser realmente felices en el cielo, resulta claro que tenemos que prepararnos
para ir al cielo mientras estamos en la tierra. La doctrina de un purgatorio
después de la muerte, que convertirá en santos a los pecadores, es una mentira
inventada por el hombre, y la Biblia no lo enseña en ninguna parte. Tenemos que
ser santos antes de morir, si después vamos a ser santos en gloria.
La idea favorita de muchos es que el moribundo no necesita más que la
absolución y el perdón de los pecados a fin de adecuarlos para el gran cambio, es
falsa. Necesitamos la obra del Espíritu Santo, al igual que la obra de Cristo;
42 SANTIDAD

necesitamos la renovación del corazón, al igual que la sangre expiatoria;
necesitamos ser santificados, al igual que justificados. Es común oír a alguien en
su lecho de muerte, decir: “Solo quiero que el Señor me perdone los pecados y me
dé descanso”. ¡Pero los que dicen cosas así olvidan que el descanso del cielo será
inútil, si no tienen el corazón para disfrutarlo! Si acaso llegara al cielo, ¿qué haría
allí el hombre no santificado? Encaremos esa pregunta de frente, al igual que su
respuesta. No es posible que alguien sea feliz, si no está en su elemento y donde
nada a su alrededor coincide con sus gustos, hábitos y carácter. Cuando un águila
sea feliz en una jaula de hierro, cuando una oveja sea feliz en el agua, cuando el
búho sea feliz recibiendo los rayos del sol del mediodía, cuando un pez sea feliz en
tierra seca, entonces, y sólo entonces, admitiré que el hombre no santificado
pudiera ser feliz en el cielo 3.
He presentado estas doce proposiciones acerca de la santificación, estando
firmemente convencido de que son ciertas, y pido a todos los que leen estas
páginas que las estudien con seriedad. Todas ellas podrían haber sido ampliadas y
tratadas más profundamente, y todas merecen una reflexión y consideración
personal. Algunas de ellas pueden ser disputadas y contradichas, pero dudo que
alguna pueda ser descartada o que pueda probarse que no es cierta. Creo
sinceramente que estas proposiciones, posiblemente, puedan ayudar a los
hombres a tener conceptos claros sobre la santificación.

II. La evidencia visible de la santificación
Procedo ahora a abordar el segundo punto que me propuse considerar. Ese
punto es la evidencia visible de la santificación. En pocas palabras: ¿Cuáles son
las señales visibles del hombre santificado? ¿Qué podemos esperar ver en él? Ésta
es una parte muy amplia y difícil de nuestro tema. Es amplia porque necesita la
mención de muchos detalles que no se pueden encarar totalmente dentro de los
límites de un escrito como éste. Es difícil porque es imposible tratarla sin ofender.
Pero sean cuales fueren los riesgos, la verdad tiene que ser presentada y hay un

3
“No hay ninguna fantasía humana inventada por el hombre, ninguna más necia, ninguna tan
perniciosa como ésta: Que las personas no purificadas, no santificadas, no hechas santas en su vida,
sean después llevadas a ese estado de bendición que consiste en disfrutar de Dios. Estas personas
tampoco pueden regocijarse en Dios y Dios no sería una recompensa para ellas. Es cierto que la
santidad se perfecciona en el cielo, pero invariablemente su comienzo se limita a este mundo”. —
Owen on the Holy Spirit (Owen sobre el Espíritu Santo), p. 575. Edición de Goold.
John Owen (1616-1683): Capellán en el ejército de Oliver Cromwell y vicecanciller de la
Universidad de Oxford. La mayor parte de su vida fue pastor de iglesias congregacionales. Sus
escritos abarcan un periodo de cuarenta años y llegan a veinticuatro tomos que se consideran entre
los mejores recursos para el estudio de la teología en el idioma inglés. Nació de padres puritanos en
la aldea de Oxfordshire de Stadham, Inglaterra.
2. Santificación 43

aspecto de la verdad que requiere, especialmente, que sea enunciada en la
actualidad.
(1) La verdadera santificación no consiste en hablar acerca de religión. Éste
es un punto que nunca debe olvidarse. El enorme incremento de la educación y
predicación en estos últimos días hace absolutamente necesario levantar la voz
para dar una advertencia. Las gentes oyen tanto acerca de la verdad del evangelio
que se acostumbran a sus palabras, su vocabulario y frases y, a veces, hablan con
tanta fluidez sobre sus doctrinas que hacen pensar que son verdaderos cristianos.
De hecho, asquea y disgusta escuchar el lenguaje frío y frívolo que muchos usan
acerca de “la conversión, el Salvador, el evangelio, de encontrar paz, de la gracia”
y cosas así, mientras que es notorio que sirven al pecado o viven para el mundo.
¿Podemos dudar que hablar así es abominable a los ojos de Dios y que no es mejor
que maldecir, jurar y tomar el nombre de Dios en vano? La lengua no es el único
miembro que Cristo nos pide que demos para servirle. Dios no quiere que su
pueblo sea como vasijas vacías, como metal que resuena ni címbalo que retiñe.
Tenemos que ser santificados, no sólo “de palabra, ni de lengua, sino de hecho y
en verdad” (1 Jn. 3:18).
(2) La verdadera santificación no consiste de sentimientos religiosos
temporales. Éste es también un punto que necesita urgentemente una
advertencia. Los servicios misioneros y reuniones de evangelización están
recibiendo gran atención por todas partes y causando mucha sensación. La Iglesia
Anglicana parece haber revivido y está nuevamente activa; tenemos que dar
gracias a Dios por ello. Pero estas cosas tienen sus peligros, al igual que sus
ventajas. Dondequiera que se planta trigo, el diablo de seguro sembrará cizaña. Es
de temer que muchos parecen conmovidos, sacudidos y emocionados por la
predicación del evangelio, cuando en realidad sus corazones no han cambiado en
nada. La realidad de esos casos es que sienten una especie de emoción animal al
contagiarse por ver a otros llorar, regocijarse o emocionarse. Sus heridas son
superficiales y la paz que profesan también lo es. Son como la semilla sembrada
en pedregales, “oye la palabra, y al momento la recibe con gozo” (Mt. 13:20); pero
al poco tiempo se aparta, vuelve al mundo y es más duro y peor que antes. Como
la calabacera de Jonás, crece súbitamente en una noche y en otra noche muere.
No olvidemos estas cosas. Cuidémonos hoy de curar superficialmente las
heridas y clamar: “Paz, paz” cuando no hay paz. Instemos a todo el que muestra
un nuevo interés en la fe cristiana, que no se contente con nada que no sea la obra
profunda, sólida y santificadora del Espíritu Santo. La reacción después de una
emoción religiosa falsa, es una enfermedad mortal. Cuando el diablo es echado
fuera de un hombre temporalmente en el fervor de un avivamiento, tarde o
temprano vuelve a su morada y su estado final resulta peor que el primero. Es mil
44 SANTIDAD

veces mejor empezar lentamente y después “continuar en la palabra” con
constancia, que empezar apurados sin calcular el costo y, al poco tiempo, como la
esposa de Lot, mirar hacia atrás y volver al mundo. Declaro que no conozco un
estado del alma más peligroso que imaginar que hemos nacido de nuevo y que
hemos sido santificados por el Espíritu Santo porque estamos experimentado
unos pocos sentimientos religiosos.
(3) La verdadera santificación no consiste de un formalismo externo ni de una
devoción externa. Ésta es una enorme fantasía, pero lamentablemente muy
común. Miles de religiosos se imaginan que la verdadera santidad puede verse en
una cantidad excesiva de religiosidad exterior: Asistir constantemente a los cultos
de la iglesia, participar en la Cena del Señor, observar días de ayuno y de los
santos, hacer múltiples reverencias, giros, gestos y asumir ciertas posturas
durante el culto público como señales de austeridad y de supuestos sacrificios, en
usar ropa rara, usar estampas y cruces. Admito sin problemas que algunos hacen
estas cosas por motivos de conciencia y creen realmente que son de ayuda para
sus almas. Pero me temo que, en muchos casos, esta religiosidad exterior se
convierte en un sustituto de la santidad interior y estoy seguro de que está lejos
de obrar la santificación del corazón. Sobre todo, cuando veo que muchos
seguidores de este estilo formal, exterior y sensual, son mundanos y se dejan
llevar por sus pompas y vanidades sin tener vergüenza, siento que se necesita
hablar muy claramente sobre el tema. Puede haber una cantidad inmensa de
“religiosidad exterior”, donde no hay ni un ápice de verdadera santificación.
(4) La santificación no consiste en retirarnos de nuestro lugar en la vida, ni
en la renunciación de nuestros deberes sociales. En todas las épocas, muchos
individuos han caído en esta trampa con la intención de buscar santidad. Cientos
de ermitaños se han desterrado a algún desierto y miles de hombres y mujeres se
han enclaustrado en monasterios y conventos con la idea fútil de que, al hacerlo,
escapan del pecado y se convierten en santos insignes. Han olvidado que no hay
candados ni barras que puedan impedir la entrada al diablo y que, dondequiera
que vayan, llevan la raíz de todos los males: Sus propios corazones. Convertirse en
monje o en monja, enclaustrarse en una Casa de Misericordia, no es el camino
superior a la santificación.
La verdadera santidad no lleva al cristiano a evitar las dificultades, sino a
que las encare y venza. Cristo quiere que su pueblo demuestre que su gracia no es
meramente planta de invernadero, que sólo puede prosperar si está resguardada,
sino algo fuerte y resistente que puede prosperar en cada relación de la vida. Es
cumplir nuestro deber en esa condición, a la cual Dios nos ha llamado —como sal
en medio de la corrupción y luz en medio de la oscuridad—, el elemento principal
de la santificación. No se trata del hombre que se esconde en una cueva, sino del
2. Santificación 45

hombre que glorifica a Dios como amo o siervo, padre o hijo, en la familia o en la
calle, en los negocios y los oficios, que es el tipo bíblico del hombre santificado.
Nuestro Maestro mismo dijo en su última oración por sus discípulos: “No ruego
que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17:15).
(5) La santificación no consiste en el cumplimiento ocasional de las acciones
correctas. Es el obrar constante de un nuevo principio celestial interior, que
satura toda la conducta cotidiana del hombre, tanto en las grandes acciones como
en las pequeñas. Su sede es el corazón y, al igual que el corazón en el cuerpo,
tiene una influencia constante en cada aspecto de su carácter. No es como una
bomba de agua, de la cual sólo sale agua cuando se bombea, sino como una fuente
perpetua, cuya corriente fluye siempre espontánea y naturalmente. Aun Herodes,
“escuchaba de buena gana” a Juan el Bautista, aunque su corazón estaba
totalmente apartado de Dios (Mr. 6:20). De la misma manera, hay muchas
personas en la actualidad que parecen tener ataques espasmódicos de “buena
voluntad” y hacen muchas cosas correctas bajo la influencia de alguna
enfermedad, aflicción, muerte en la familia, calamidad pública o un repentino
remordimiento de conciencia. No obstante, cualquier observador inteligente
puede ver claramente todo el tiempo que no se han convertido y que no saben
nada de “santificación”. Un auténtico santo, como Ezequías, será de limpio
corazón. Aborrecerá “todo camino de mentira” (2 Cr. 31:21; Sal. 119:104).
(6) La santificación auténtica se muestra por un respeto habitual a la ley de
Dios, un esfuerzo habitual de vivir en obediencia a ella como regla de la vida. No
hay peor error que suponer que el cristiano nada tiene que ver con la ley y los
Diez Mandamientos por el hecho de que no puede ser justificado por cumplirlos.
El mismo Espíritu Santo que convence de pecado al creyente por medio de la ley,
que lo guía a Cristo para su justificación, lo conducirá a un uso espiritual de la ley,
como un guía amigo, en la búsqueda de la santificación.
Nuestro Señor Jesucristo nunca tomó los Diez Mandamientos a la ligera; por
el contrario, en su primer discurso público, el Sermón del Monte, habló
ampliamente sobre ellos y demostró la naturaleza escudriñadora de sus
requerimientos. San Pablo nunca le restó importancia a la ley, por el contrario,
dice: “la ley es buena, si uno la usa legítimamente” y “según el hombre interior,
me deleito en la ley de Dios” (1 Ti. 1:8; Ro. 7:22). El que pretende ser un santo
mientras que desprecia los Diez Mandamientos y le da lo mismo mentir, ser
hipócrita, estafar, tener mal genio, calumniar, emborracharse y romper el
séptimo mandamiento, vive engañado y en una condición peligrosa. ¡Encontrará
que en el día final, le será imposible probar que es un “santo”!
(7) La santificación auténtica se muestra por un esfuerzo habitual por hacer
la voluntad de Cristo y vivir según sus preceptos prácticos. Estos preceptos se
46 SANTIDAD

encuentran por todas partes en los cuatro Evangelios y, especialmente, en el
Sermón del Monte. La persona que supone que estos mandamientos fueron
dichos sin la intención de promover la santidad y que el cristiano no necesita
hacerles caso en su vida cotidiana, es peor que un lunático, y de cualquier modo
que se le mire, es una persona extremadamente ignorante. ¡Al escuchar hablar a
algunos y al leer los escritos de algunos hombres, se podría pensar que cuando
estuvo en la tierra, nuestro bendito Señor nunca enseñó más que doctrinas y que
dejó que otros enseñaran los deberes prácticos! Aun el conocimiento más leve de
los cuatro Evangelios, nos indica que esto es un error absoluto. Lo que sus
discípulos deben ser y hacer es algo que nuestro Señor siempre destacó en sus
enseñanzas. El hombre verdaderamente santificado no lo olvidará. Sirve a un
Maestro que dijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn.
15:14).
(8) La santificación auténtica se demuestra por medio de un anhelo habitual
de vivir según las normas que Pablo presenta a las iglesias en sus escritos. Esas
normas se encuentran en los últimos capítulos de casi todas sus epístolas. La idea
común de muchos es que los escritos de Pablo contienen únicamente
declaraciones doctrinales y temas controversiales —justificación, elección,
predestinación, profecía y cosas por el estilo—, lo cual es pura fantasía y una
triste prueba de la ignorancia de las Escrituras que prevalece en estos días.
Desafío al que quiera, que lea con cuidado los escritos de Pablo sin encontrar en
ellos una gran cantidad de indicaciones claras y prácticas sobre el deber del
cristiano en cada relación de su vida y sobre hábitos diarios, temperamento y
conducta de unos hacia otros. Estas indicaciones fueron escritas bajo la
inspiración de Dios para guiar perpetuamente al que profesa ser cristiano. El que
no les hace caso puede pasar por miembro de una iglesia, pero no por lo que la
Biblia llama hombre “santificado”.
(9) La santidad auténtica se demuestra en una atención habitual a las gracias
activas de las cuales nuestro Señor fue un ejemplo tan hermoso y, en especial, la
gracia de la caridad. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros;
como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán
todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn. 13:34,
35). El hombre santificado tratará de hacer el bien en el mundo, reducir la
tristeza y aumentar la felicidad a su alrededor. Procurará ser como su Maestro,
lleno de bondad y amor hacia cada uno; y esto, no sólo de palabra, llamando a
todos “queridos”, sino por obras y acciones y trabajo de auto-negación, según
tenga oportunidad. El erudito cristiano egoísta, que se envuelve en su orgullo por
la superioridad de sus conocimientos y a quien no le parece importar si los otros
se hunden o se mantienen a flote, si se van al cielo o al infierno por asistir
2. Santificación 47

siempre a la iglesia o capilla vistiendo su mejor ropa y ser llamado “miembro
activo”, es un hombre que nada sabe de santificación. Puede creerse un santo
sobre la tierra, pero no será un santo en el cielo. Cristo nunca será el Salvador de
los que nada saben de seguir su ejemplo de fe. La verdadera gracia transformadora
siempre producirá una conformidad con la imagen de Jesús 4 (Col 3:10).
(10) Por último, la santificación auténtica se demuestra en una atención
habitual a las gracias pasivas del cristianismo. Cuando hablo de gracias pasivas,
me refiero a esas gracias que son sembradas en el sometimiento a la voluntad de
Dios y cosechadas en la paciencia unos hacia los otros. Pocos, a menos que hayan
examinado este punto, tienen una idea de cuánto habla el Nuevo Testamento de
estas gracias y qué importante es el lugar que parecen ocupar. Éste es el punto
especial en que reflexiona Pedro al llevar nuestra atención el ejemplo de nuestro
Señor Jesucristo: (1 P. 2:21-23). Ésta es la acción específica en el Padrenuestro
que Dios nos requiere: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores” y el único punto que el Señor comenta al final
de la oración. Éste es el punto que ocupa un tercio de la lista de las
manifestaciones del fruto del Espíritu que nos da San Pablo. Menciona nueve y
tres de éstas: “Paciencia, benignidad y mansedumbre” son incuestionablemente
gracias pasivas (Gá. 5:22-23). Tengo que decir, lisa y llanamente, que no creo que
este tema se enfoque lo suficiente entre los cristianos. Las gracias pasivas son sin
duda más difíciles de lograr que las activas, pero son, precisamente, las que tienen
la mayor influencia sobre el mundo. Y de una cosa estoy muy seguro: No tiene
sentido pretender una santificación, a menos que seamos ejemplos de bondad,
benignidad, paciencia y perdón, a lo cual la Biblia da tanta importancia. ¡El
mundo está demasiado lleno de los que se muestran habitualmente desagradables
y antipáticos en la vida cotidiana y son constantemente cortantes con lo que dicen
y huraños con todos a su alrededor, gente rencorosa, vengativa y maliciosa! Todos
estos, saben poco de lo que debieran saber sobre la santificación.
Tales son las señales visibles del hombre santificado. No digo que todas se
notarán en igual proporción en todo el pueblo de Dios. Admito que, aun en los
mejores creyentes, no se ven plena y perfectamente. Pero sí digo con seguridad
que las cosas a las que me he estado refiriendo son las señales bíblicas de la

4
“En el evangelio, Cristo se nos presenta como un modelo y ejemplo de santidad y, tal como es una
fantasía maldita creer que éste era todo el propósito de su vida y muerte, o sea, principalmente
ejemplificar y confirmar la doctrina de santidad que él enseñó; lo es también olvidar que él es
nuestro ejemplo, dejar de considerarlo por fe con ese fin y esforzarnos para conformarnos a él, es
inicuo y pernicioso. Por lo tanto, meditemos mucho en lo que él era, lo que él hacía y cómo
encaraba todos sus deberes y pruebas, hasta que una imagen o idea de su santidad perfecta se
implante en nuestras mentes y, por ello, lleguemos a parecernos a él”. —Owen acerca del Espíritu
Santo, p. 513; edición de Goold.
48 SANTIDAD

santificación y que a aquellos que las desconocen, les convendría dudar si tienen
alguna gracia o no. Nunca me retractaré de decir que la santificación auténtica es
algo que puede verse y que las señales que he procurado presentar son más o
menos las señales del hombre santificado.

III. Diferencia entre justificación y santificación
En último lugar, me propongo considerar la diferencia entre justificación y
santificación. ¿En qué coinciden y en qué difieren?
Esta rama de nuestro tema es de gran importancia, aunque me temo que no lo
consideren así todos mis lectores. La trataré brevemente, pero no me atrevo a
pasarla totalmente por alto. Muchos no van más allá de lo superficial de las cosas
en la religión y consideran las buenas diferencias teológicas como cuestión de
“preguntas y nomenclaturas” que son de poco valor real. Pero advierto a todos los
que consideran seriamente las cuestiones del alma, que la gran inquietud que
sienten por no “distinguir entre las cosas en que difieren” en la doctrina cristiana,
es muy grande y les aconsejo, de manera especial, que si aman la paz, busquen
conceptos claros sobre el tema que nos ocupa. Tenemos que recordar siempre que
justificación y santificación son dos cosas diferentes. No obstante, hay puntos en
los cuales coinciden y puntos en que difieren. Tratemos de encontrar cuáles son.
¿En qué sentido, pues, son iguales la justificación y santificación?
(a) Ambas proceden originalmente de la gracia de Dios. Es únicamente por su
gracia que el creyente es justificado o santificado.
(b) Ambas son parte de la gran obra de salvación que Cristo, en el pacto eterno,
ha realizado para bien de su pueblo. Cristo es la fuente de vida, de la cual fluyen,
tanto el perdón como la santidad. La raíz de cada una es Cristo.
(c) Ambas están en una misma persona. Aquellos que son justificados, siempre
son santificados y aquellos que son santificados, son siempre justificados. Dios ha
unido en una sola persona la justificación y la santificación, y no pueden ser
separadas.
(d) Ambas comienzan al mismo tiempo. El momento en que una persona
comienza a ser una persona justificada, comienza también a ser santificada. Quizá
no lo perciba, pero ésta es la realidad.
(e) Ambas son necesarias para la salvación. Nadie ha llegado al cielo sin un
corazón renovado, al igual que perdonado; sin la gracia del Espíritu, al igual que
la sangre de Cristo; sin idoneidad para la gloria eterna, al igual que un título. Una
es tan necesaria como la otra.
Estos son los puntos en que coinciden la justificación y santificación.
2. Santificación 49

Consideremos ahora lo opuesto y veamos en qué sentido difieren.
(a) La justificación, es Dios declarando justos a aquellos que reciben a Cristo,
basándose en que la justicia de Cristo es imputada a la cuenta de aquellos que lo
reciben. La santificación es, de hecho, hacer justo al hombre en su interior,
aunque sea en un grado muy débil.
(b) La justicia que tenemos para nuestra justificación no es nuestra, sino que
es la eterna y perfecta justicia de nuestro gran Mediador Cristo, que nos es
imputada y de la cual nos apropiamos por fe. La justicia que tenemos por
santificación es nuestra propia justicia, impartida, inherente y realizada en
nosotros por el Espíritu Santo, pero mezclada con debilidades e imperfecciones.
(c) En la justificación, nuestras propias obras no tienen nada que ver y una fe
sencilla en Cristo es lo único necesario. En la santificación nuestras propias obras
son de suma importancia y, por eso, Dios nos insta a luchar, a velar, orar,
esforzarnos, luchar y trabajar.
(d) La justificación es una obra terminada y completa, y el hombre es
justificado perfectamente en el instante cuando cree. La santificación,
comparativamente, es una obra imperfecta y nunca será perfecta hasta que
lleguemos al cielo.
(e) La justificación no incluye crecimiento ni aumento: El hombre es
justificado en la hora cuando inicialmente acude a Cristo por fe, tal como lo será
por toda la eternidad. La santificación es, principalmente, una obra progresiva e
incluye un crecimiento y aumento continuo durante toda la vida.
(f) La justificación se refiere, en especial, a nuestra persona, nuestra posición
ante los ojos de Dios y nuestra liberación de culpa. La santificación se refiere, en
especial, a nuestra naturaleza y la renovación moral de nuestro corazón.
(g) La justificación nos da el derecho al cielo y la valentía para entrar en él. La
santificación es el proceso que se inicia con la justificación y nos va preparando
para ir al cielo, y a disfrutarlo cuando moremos en él.
(h) La justificación es el acto en el que la justicia de Cristo se imputa al
creyente y no es fácil que otros la disciernan. La santificación es la obra de Dios
dentro de nosotros y, porque su manifestación es externa, no puede esconderse de
la vista de los demás.
Encomiendo estas diferencias a la atención de mis lectores y les pido que
reflexionen bien sobre ellas. Estoy convencido de que una de las grandes razones
de la oscuridad y de los sentimientos inquietos de mucha gente bien intencionada
en lo que respecta a la fe cristiana, es su costumbre de confundir y no diferenciar
la justificación de la santificación. Nunca podremos recalcar demasiado que son
dos cosas separadas. Es cierto que no pueden ser divididas y que cualquiera que es
50 SANTIDAD

partícipe de una de las dos es partícipe de ambas. Pero nunca, nunca, deben ser
confundidas y nunca deben olvidarse las diferencias entre ellas.

Aplicación práctica
Sólo me queda concluir este tema con algunas palabras claras de aplicación.
Hemos presentado la naturaleza y las señales visibles de la santificación. ¿Qué
reflexiones prácticas debiera generar todo este tema?
(1) Despertemos todos a la realidad del estado peligroso de muchos
cristianos. “Seguid… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14).
Entonces, ¡qué cantidad enorme hay de seguidores de una supuesta religión que
es totalmente inútil! ¡Qué proporción inmensa de gente que asiste a la iglesia se
encuentra en el camino ancho que lleva a la destrucción! ¡Pensarlo es terrible,
aplastante y abrumador! ¡Oh, que los predicadores y maestros abrieran sus ojos y
tuvieran conciencia de la condición de las almas a su alrededor! ¡Oh, que se
pudiera convencer a los hombres que “huyan de la ira que vendrá”! Si las almas
no santificadas pueden ser salvas e ir al cielo, la Biblia no dice la verdad. ¡Pero la
Biblia es veraz y no puede mentir! ¡Imaginemos cómo será el final!
(2) Asegurémonos de nuestra propia condición y no descansemos hasta
sentir y saber que nosotros mismos estamos siendo “santificados”. ¿Cuáles son
nuestros gustos, nuestras decisiones, preferencias e inclinaciones? Ésta es la gran
pregunta de prueba. Poco importa lo que queremos, lo que esperamos y lo que
anhelemos antes de morir ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué estamos haciendo?
¿Estamos creciendo en santidad o no? Si no, la culpa es nuestra.
(3) Si queremos ser santificados, nuestro camino es claro y sencillo: Tenemos
que comenzar con Cristo. Tenemos que acudir a él como pecadores, sin ninguna
discusión, sino sólo con nuestra necesidad y entregarle nuestra alma por fe para
obtener paz y reconciliación con Dios. Tenemos que ponernos en sus manos,
como en las manos de un buen médico, y clamar a él pidiendo misericordia y
gracia. No necesitamos presentarnos con una recomendación. El primer paso
hacia la santificación, como hacia la justificación, es acudir a Cristo con fe.
Tenemos que vivir primero y luego obrar.
(4) Si queremos crecer en santidad y ser más santificados, tenemos que seguir
continuamente tal como empezamos, y seguir llevando nuevas solicitudes a
Cristo sin cesar. Él es la Cabeza de la cual se tiene que suplir cada miembro (Ef.
4:15-16). Vivir la vida de una fe cotidiana en el Hijo de Dios y tomar de su
plenitud cada día, la gracia y las fuerzas prometidas que tiene reservadas para su
pueblo, es el gran secreto de la santificación progresiva. Los cristianos que
parecen siempre iguales, por lo general, están descuidando la comunión íntima
2. Santificación 51

con Jesús y, por ende, contristando al Espíritu. Aquel que oró: “Santifícalos”, la
noche antes de su crucifixión, está infinitamente dispuesto a ayudar a todo aquel
que con fe solicita su ayuda y anhela ser santo.
(5) No esperemos demasiado de nuestros corazones aquí en la tierra. En el
mejor de los casos, encontraremos todos los días razones para sentirnos
humillados y descubrir cada hora que somos deudores, necesitados de
misericordia y gracia. Cuanta más luz tengamos, más veremos nuestra propia
imperfección. Éramos pecadores cuando empezamos, pecadores somos a medida
que seguimos adelante, renovados, perdonados, justificados, pero aun así,
pecadores hasta el último día. Nuestra perfección absoluta está por venir y el
sentido de expectativa de obtenerla es una razón por la cual debiéramos ansiar el
cielo.
(6) Por último, no nos avergoncemos nunca de darle importancia a la
santificación y aspirar a lograr más y más santificación. Cuando algunos se
conforman con lograr un grado lamentablemente inferior y otros no se
avergüenzan de vivir sin nada de santidad (contentándose con la mera costumbre
de ir a la iglesia, pero sin avanzar nunca, como un caballo en una noria,
mantengámonos firmes en las sendas antiguas, aspiremos nosotros mismos a
tener más santidad y recomendémosla valientemente a otros. Ésta es la única
manera de ser realmente felices.
Estemos convencidos, no importa lo que otros digan, de que santidad es
felicidad, y que el hombre que pasa por la vida con más paz es el hombre
santificado. Sin duda que hay algunos cristianos de verdad que por enfermedad,
problemas familiares u otras causas secretas, disfrutan de poca paz y siguen
lamentándose todos los días mientras van rumbo al cielo. Por regla general, en el
largo camino de la vida, encontraremos que es verdad que las personas
“santificadas” son las más felices sobre la tierra. Tienen consuelos fehacientes que
el mundo no puede dar ni quitar. “Sus caminos son caminos deleitosos”. “Mucha
paz tienen los que aman tu ley”. Aquel que no puede mentir dijo: “Mi yugo es fácil,
y ligera mi carga”. Pero también está escrito: “No hay paz para los malos” (Pr.
3:17; Sal. 119:165; Mt. 11:30; Is. 48:22).
3. Santidad
“Seguid la… santidad, sin la cual
nadie verá al Señor”. Hebreos 12:14

¿Somos santos?
El texto bíblico que encabeza esta página abre un tema de suma importancia.
El tema es la santidad práctica. Sugiere una pregunta que requiere la atención de
todos los que profesan ser cristianos: ¿Somos santos? ¿Veremos al Señor?
Esta pregunta nunca está fuera de lugar. El sabio nos dice que hay: “Tiempo de
llorar, y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de hablar” (Ec. 3:4, 7), pero no
existe ni un momento, no, ni un día, cuando el hombre no debiera ser santo.
¿Somos santos?
La pregunta es para todos sin importar rango ni condiciones. Algunos son
ricos y algunos son pobres, algunos son eruditos y algunos son ignorantes,
algunos son amos y algunos son sirvientes; pero no existe rango ni condición en
la vida en la que el hombre no debiera ser santo. ¿Somos santos?
Pido que me presten atención hoy al enfocar esta pregunta. ¿Cómo se
encuentra la relación entre nuestras almas y Dios? En este mundo apurado y
ajetreado en que vivimos, estemos quietos durante unos minutos y consideremos
la cuestión de la santidad. Creo que hubiera podido escoger un tema más popular
y agradable. Estoy seguro de haber podido encontrar un asunto más fácil de
encarar. Pero siento profundamente que no hubiera podido escoger uno más
oportuno y más provechoso para nuestras almas. Es cosa seria oír decir a la
Palabra de Dios que sin santidad “nadie verá al Señor” (He. 12:12-15).
Procuraré, con la ayuda de Dios…
I. Examinar qué es la verdadera santidad.
II. Explicar la razón por la cual la santidad es tan importante y
III. Trataré de destacar la única manera de obtener la santidad.
En el capítulo anterior, traté este tema desde un punto de vista doctrinal.
Ahora procuraré presentar a mis lectores, un punto de vista más claro y práctico.
3. Santidad 53

I. La definición verdadera y práctica de la santidad
En primer lugar, entonces, trataré de mostrar qué es la verdadera santidad
práctica y a qué tipo de personas llama Dios santas.
El hombre puede esforzarse mucho y, no obstante, no alcanzar nunca la
verdadera santidad. Santidad no es…
- Conocimiento, eso es lo que tenía Balaam.
- Una profesión externa, eso es lo que hacía Judas Iscariote.
- Realizar muchas cosas, eso es lo que hacía Herodes.
- Celo sobre ciertos asuntos religiosos, eso es lo que tenía Jehu.
- Moralidad y respetabilidad de conducta, como las tenía el joven rico.
- Disfrutar de escuchar a predicadores, los judíos de la época de Ezequiel
hacían eso.
- Andar en compañía de gente piadosa; Joab, Giezi y Demas hacían esto.
¡No obstante, ninguno de estos personajes era santo! Estas prácticas, por sí
solas, no constituyen santidad. El hombre puede exhibir alguna de ellas y, no
obstante, nunca ver al Señor.
¿Qué es, entonces, la verdadera santidad práctica? Ésta es una pregunta difícil
de contestar. No quiero decir que falten enseñanzas bíblicas sobre el tema. Pero
temo dar un concepto defectuoso sobre la santidad y no decir todo lo que habría
que decir; o decir lo que no hay que decir y así causar daño. No obstante, trataré
de presentar una imagen de la santidad para que podamos verla claramente con
los ojos de nuestra mente. Pero nunca olviden, cuando haya dicho todo, que en el
mejor de los casos, mi explicación es un bosquejo imperfecto.
(a) Santidad es el hábito de ser de un mismo sentir con Dios, según se
describe su sentir en las Escrituras. Es el hábito de coincidir con los criterios de
Dios —aborreciendo lo que él aborrece, amando lo que él ama— y midiendo todo
en este mundo, según las normas de su Palabra. El hombre que más coincide con
Dios, es el más santo.
(b) El hombre santo se esforzará por rechazar todo pecado conocido y
guardar todo mandamiento conocido. Tendrá una mente decididamente
predispuesta hacia Dios, un fuerte anhelo de cumplir su voluntad y más temor de
desagradar a Dios que de desagradar al mundo, y un amor por todos sus caminos.
Siente lo que Pablo sentía cuando dijo: “Según el hombre interior, me deleito en
la ley de Dios” (Ro. 7:21-23) y lo que sentía David cuando dijo: “Estimé rectos
todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí todo camino de
mentira.” (Sal. 119:128).
54 SANTIDAD

(c) El hombre santo luchará para ser como nuestro Señor Jesucristo. No
sólo vivirá una vida de fe en él y tomará de él toda su paz y fortaleza diaria, sino
que también trabajará para conformarse a la mente de él y ser hecho “conforme a
su imagen” (Ro. 8:29). Su meta será comprender y perdonar a los demás, así como
Cristo nos perdonó a nosotros; ser generosos, así como Cristo no vivía para
complacerse a sí mismo; andar en amor, así como Cristo nos amó; ser modestos y
humildes, así como Cristo se humilló a sí mismo.
El hombre santo recordará…
- que Cristo fue testigo fiel de la verdad,
- que no vino para hacer su propia voluntad,
- que su comida y bebida fue hacer la voluntad de su Padre,
- que se negaba continuamente a sí mismo con el fin de servir a otros,
- que era humilde y paciente ante insultos inmerecidos,
- que tenía mejor opinión de los piadosos pobres que de los reyes,
- que estaba lleno de amor y compasión por los pecadores,
- que era valiente y firme en denunciar el pecado,
- que no buscaba el elogio de los hombres, cuando lo hubiera podido recibir,
- que iba por todas partes haciendo el bien,
- que estaba separado de la gente mundana,
- que se mantenía siempre en oración,
- que no permitía que, ni siquiera sus relaciones más cercanas, le impidieran
hacer la obra de Dios que tenía que hacer.
Éstas son cosas que el hombre santo tratará de recordar. Por ellas, se esforzará
en dar forma a su curso en la vida. Tomará en serio lo que dijo Juan: “El que dice
que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn. 2:6) y lo que dijo Pedro:
“Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1
P. 2:21). ¡Feliz es aquel que ha aprendido hacer de Cristo su “todo”, tanto de su
salvación como de su ejemplo! Se ahorrarían mucho tiempo y se prevendrían
muchos pecados si los hombres se preguntaran más seguido: “¿Qué hubiera dicho
y hecho Cristo si hubiera estado en mi lugar?”.
(d) El hombre santo procurará humildad, longanimidad, mansedumbre,
paciencia, bondad y control de su lengua. Soportará mucho, sobrellevará mucho y
será lento en hablar de sus derechos. Vemos un ejemplo brillante de esto en la
conducta de David cuando Simei lo maldijo y en la de Moisés cuando Aarón y
Miriam hablaron en su contra (2 S. 16:7; Nm. 12:1).
(e) El hombre santo procurará dominio propio y auto-negación. Trabajará
para mortificar los deseos de su cuerpo, para crucificar su carne con sus afectos y
3. Santidad 55

lascivias, dominar sus pasiones, restringir sus inclinaciones carnales, por si
alguna vez, una de éstas se desatara. Oh, qué palabras fueron aquellas del Señor
Jesús a sus apóstoles cuando les dijo: “Mirad también por vosotros mismos, que
vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de
esta vida” (Lc. 21:34) y las del Apóstol Pablo: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en
servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser
eliminado” (1 Co. 9:27).
(f) El hombre santo procurará practicar la caridad y la bondad fraternal. Se
esforzará por observar la regla de oro de hacer a los demás lo que quiere que le
hagan y hablar a los otros como quieren que le hablen a él (Mt. 7:12; Jn. 13:34).
Estará lleno de cariño por sus hermanos, por sus cuerpos, sus propiedades, sus
personalidades, sus sentimientos y sus almas. “El que ama al prójimo”, dice Pablo,
“ha cumplido la ley” (Ro. 13:8). Aborrecerá toda mentira, calumnia, murmuración,
engaño, deshonestidad y trato injusto, aun en su mínima expresión. El shekel y el
codo del santuario eran más grandes que los de uso común. Tratará de adornar su
fe con todo su aspecto y porte, y de presentarla hermosa y bella a los ojos de todos
los que lo rodean. ¡Ay, qué palabras de condenación son las del capítulo 13 de 1
Corintios y el Sermón del Monte comparadas con la conducta de muchos
cristianos profesantes!
(g) El hombre santo procurará practicar un espíritu de misericordia y
benevolencia hacia los demás. No permanecerá inactivo todo el día. No se
contentará con no hacer daño. Tratará de hacer el bien. Se esforzará todo lo
posible por ser útil en su época y generación, y de aliviar las necesidades
espirituales y los sufrimientos a su alrededor. Tal como Dorcas que, “abundaba en
buenas obras y en limosnas que hacía”. No sólo se proponía hacer algo y hablaba
de lo que pensaba hacer, sino que ponía manos a la obra (Hch. 9:36). Así también
era Pablo. Él decía: “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío… aunque amándoos
más, sea amado menos.” (2 Co. 12:15).
(h) El hombre santo procurará pureza del corazón. Aborrecerá toda suciedad y
contaminación de su espíritu, y buscará evitar todas las cosas que puedan llevarlo
a ellas. Sabe que su propio corazón es como paja y será diligente en mantenerse
lejos de las chispas de la tentación. ¿Quién se atreverá a hablar de fortaleza
sabiendo que alguien como David puede caer? Podemos percibir pistas en la ley
ceremonial. Bajo ella, el hombre que apenas tocaba un hueso, un cadáver, un
sepulcro o a un enfermo era impuro a los ojos de Dios. Y estas cosas eran,
meramente, símbolos y figuras. Son pocos los cristianos que alguna vez están
demasiado en guardia o son demasiado cautelosos en relación con este punto.
(i) El hombre santo procurará tener temor a Dios. No me refiero al temor de
un esclavo que sólo trabaja porque teme al castigo y no haría nada, si no temiera
56 SANTIDAD

que lo descubrieran. Me refiero más bien al temor de un niño que anhela vivir y
comportarse como si siempre estuviera ante su padre, porque lo ama. ¡Qué
ejemplo tan noble de esto nos da Nehemías! Cuando fue nombrado gobernador de
Jerusalén hubiera podido exigir impuestos al pueblo para su mantenimiento. Eso
es lo que había hecho el gobernador anterior. Nadie lo hubiera recriminado por
ello. Pero dice: “Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios” (Neh. 5:15).
(j) El hombre santo procurará la humildad. Anhelará, modestamente, estimar
a otros mejores que él. Verá más maldad en su propio corazón, que en el de
cualquier otro en el mundo. Comprenderá algo del sentimiento de Abraham
cuando dice: “Soy polvo y cenizas” y entenderá a Jacob cuando dice: “Soy menos
que el más pequeño de todas tus misericordias” e interpretará a Job cuando dice:
“Yo soy vil” y a Pablo cuando dice: “Yo soy el primero de los pecadores”. El santo
Bradford, fiel mártir de Cristo, a veces terminaba sus cartas saludando con estas
palabras: “El más miserable pecador, John Bradford”. Las últimas palabras del
buen anciano Grimshaw en su lecho de muerte, fueran estas: “Aquí va un siervo
inútil”.
(k) El hombre santo procurará ser fiel en todas sus obligaciones y relaciones
en la vida. Tratará, no sólo de cumplir con su lugar, al igual que otros que no
piensan en sus almas, sino que hará algo mejor, porque tiene motivos superiores
y más ayuda que ellos. No hay que olvidar nunca aquellas palabras de Pablo: “Y
todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor…”, “…no perezosos;
fervientes en espíritu, sirviendo al Señor;…” (Col. 3:23; Ro. 12:11). Las personas
santas debieran apuntar a hacer todo bien y debieran avergonzarse de permitirse
hacer algo mal, si pueden evitarlo. Al igual que Daniel, deben procurar no tener
ningún cargo contra ellos, excepto su “relación con la ley de su Dios” (Dn. 6:5).
Deben esforzarse por ser buenos cónyuges, buenos padres y buenos hijos, buenos
patrones y buenos siervos, buenos vecinos, buenos amigos, buenos en privado y
buenos en público, buenos en su lugar de trabajo y buenos en su hogar. Poco vale
la santidad, si no lleva este tipo de fruto. El Señor Jesús le hace una pregunta
inquietante a su pueblo cuando dice: “¿Qué hacéis de más?” (Mt. 5:47).
(l) En último lugar, el hombre santo procurará una mentalidad espiritual. Se
esforzará por consagrar sus afectos enteramente a las cosas de arriba y considerar
las cosas de la tierra mucho menos importantes. No descuidará la vida actual,
pero el primer lugar en su mente y pensamientos lo dará a la vida venidera. Su
meta será vivir como aquel cuyo tesoro está en el cielo y pasar por este mundo
como un extraño y peregrino rumbo a su hogar. Tener comunión con Dios en
oración, en la Biblia y en la reunión de su pueblo, son las cosas que más le
agradarán. Le dará valor a todas las cosas, los lugares y las relaciones, en la
proporción que lo acerquen más a Dios. Compartirá algo del sentimiento de David,
3. Santidad 57

cuando dice: “Está mi alma apegada a ti”. “Mi porción es Jehová” (Sal. 63:8;
119:57).
Tal es el bosquejo de la santidad que me aventuro a esbozar. Tal es el carácter
que procuran tener los que son llamados “santos”. Tales son las principales
características del hombre santo.
Pero quiero decir aquí, que espero que nadie me malentienda, tengo cierta
aprehensión de que lo que he querido decir sea equivocado y que la descripción
que he dado de la santidad pueda desalentar a alguna conciencia sensible. Mi
intención no es entristecer a ningún corazón recto, ni poner una piedra de
tropiezo en el camino de ningún creyente.
Santidad y pecado
No digo de ninguna manera que la santidad impide la presencia del pecado que
ya mora en el hombre. No, lejos de esto. El hecho de que la desgracia más grande
del hombre santo es que carga un “cuerpo de muerte” que, a menudo, cuando
quiere hacer el bien, “el mal está en él”, que el viejo hombre está observando
todos sus movimientos y, por así decir, tratando de hacerlo retroceder cada vez
que da un paso (Ro. 7:21). Pero la excelencia del hombre santo es que no se queda
en paz con el pecado que mora en él, como lo hacen algunos. Aborrece el pecado,
se lamenta por él y anhela librarse de él. La obra de santificación dentro de él es
como el muro de Jerusalén, la obra sigue adelante aun “en tiempos angustiosos.”
(Dn. 9:25).
Tampoco digo que la santidad alcanza la madurez y es perfecta
instantáneamente. Las gracias de algunos están en una etapa inicial, otras más
adelantadas y algunas han llegado a la madurez. Todos tienen que tener un
comienzo. Nunca debemos despreciar “el día de las cosas pequeñas”.
La santificación es siempre una obra progresiva. La historia de los santos más
brillantes que jamás han vivido contiene muchos “peros”, “sin embargo” y “no
obstante” hasta el final. El oro nunca deja de tener escoria y la luz nunca brilla sin
algunas nubes hasta que lleguemos a la Jerusalén celestial. El sol tiene manchas
en su superficie. El más santo de los hombres tiene imperfecciones y defectos
cuando es pesado en la balanza de la santidad divina. Su vida es una batalla
continua contra el pecado, el mundo y el diablo y, a veces, no lo vemos vencedor,
sino vencido. La carne está siempre luchando contra el espíritu y el espíritu
contra la carne y así sabemos que “todos ofendemos muchas veces” (Gá. 5:17; Stg.
3:2).
Aun así, estoy seguro de que el carácter que he esbozado débilmente, es el
anhelo y la oración de todos los cristianos auténticos. Perseveran en lograr
58 SANTIDAD

tenerlo, si no lo tienen. Quizá no lo logren, pero esa es siempre su meta. Es
siempre por lo que se esfuerzan y trabajan, si no tienen ese carácter.
Y esto digo audaz y confiadamente: Que la verdadera santidad es una gran
realidad. Es algo en el hombre que puede verse, conocerse, señalarse y que es
percibido por todos los que lo rodean. Es luz: Si existe, se ve. Es sal: Si existe, su
sabor se percibe. Es un óleo preciado: Si existe, no se puede esconder.
Todos tenemos que estar dispuestos a ser indulgentes con las caídas, con la
sequedad ocasional de los cristianos. Sé que un camino puede llegar de un punto
a otro y, aun así, tener muchas curvas y vueltas; y que las debilidades pueden
desviar al hombre realmente santo. El oro no es menos oro porque tenga
aleaciones, ni la luz es menos luz porque sea débil, ni la gracia es menos gracia
porque esté presente en seres inmaduros y débiles. Pero después de admitir todo
esto, no puedo entender cómo alguien merezca ser llamado “santo”, si peca a
sabiendas y no se humilla ni se avergüenza por ello. No se le puede llamar “santo”
a alguien que, a sabiendas, descuida habitualmente sus deberes y,
conscientemente, hace lo que sabe que Dios le ha ordenado no hacer. Bien dice
Owen: “No entiendo cómo alguien pueda ser un verdadero creyente si su carga
más pesada no es el pecado, no siente dolor por él y no lo ve como un problema”.
Tales son las principales características de la santidad práctica. Examinémonos
y comprobemos que las conocemos. Probémonos a nosotros mismos.

II. Por qué la verdadera santidad práctica es tan importante
Ahora intentaré mostrar algunas razones por las que la santidad práctica es
tan importante.
¿Puede la santidad salvarnos? ¿Puede la santidad quitar el pecado, cubrir las
iniquidades, ofrecer satisfacción por las transgresiones, pagar nuestra deuda con
Dios? No, de ninguna manera. Quiera Dios que jamás diga esto. La santidad no
puede hacer ninguna de estas cosas. Todos los santos más brillantes, no son más
que “siervos inútiles”. Nuestras obras más puras no son más que trapos de
inmundicia comparadas a la luz de la ley santa de Dios (Is. 64:6). El ropaje blanco
que Jesús ofrece y que viste la fe, tiene que ser nuestra única justicia, el nombre
de Cristo, nuestra única confianza y el libro de la vida del Cordero, nuestro único
derecho al cielo. Aun con toda nuestra santidad, no somos más que pecadores.
Nuestras mejores ropas están manchadas de imperfecciones. En menor o mayor
grado, nuestras acciones son incompletas, tienen errores y defectos. Ningún hijo
de Adán será justificado por las obras de la ley. “Porque por gracia sois salvos por
medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que
nadie se gloríe” (Ef. 2:8, 9).
3. Santidad 59

¿Por qué es entonces, tan importante la santidad? ¿Por qué dice el Apóstol:
“Sin santidad nadie verá al Señor”? A continuación daré algunas razones:
(a) Para empezar, tenemos que ser santos porque la voz de Dios en las
Escrituras claramente lo ordena. El Señor le dice a su pueblo: “Si vuestra
justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de
los cielos” (Mt. 5:20). “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está
en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48). Pablo le dice a los tesalonicenses: “La
voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Ts. 4:3). Y Pedro dice: “Como aquel
que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de
vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:15-16). “En
esto”, dice Leighton, “la ley y el evangelio coinciden”.
(b) Tenemos que ser santos porque es la única gran finalidad y propósito por
el cual Cristo vino al mundo. Pablo escribe a los corintios: “Por todos murió,
para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó
por ellos.” (2 Co. 5:15). Y a los efesios: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí
mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado” (Ef. 5:25, 26). Y a Tito:
“Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para
sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). En suma, decir que los
hombres son salvados de la culpa de pecado, sin ser salvos del dominio de éste en
sus corazones, es contradecir el testimonio de todas las Escrituras. ¿Dice la Biblia
que los creyentes son escogidos? Es por medio de “la santificación del Espíritu”.
¿Son predestinados? Es “para que sean santos”. ¿Son llamados? Es con un
“llamamiento santo”. Jesús es un Salvador completo. No es meramente para
quitar la culpa del pecado del creyente; va aún más allá, quita su poder (1 P. 1:2;
Ro. 8:29; Ef. 1:4; He. 12:10).
(c) Tenemos que ser santos porque es la única evidencia fehaciente de que
contamos con una fe salvadora en nuestro Señor Jesucristo. El Artículo 12 de la
Iglesia Anglicana dice apropiadamente que: “Aunque las buenas obras no pueden
quitarnos los pecados ni cargar con la severidad del juicio de Dios, son agradables
y aceptables a Dios en Cristo, y surgen por la necesidad de una fe verdadera y viva;
porque por ellas se hace evidente una fe viva tal como el árbol se conoce por sus
frutos”. Santiago nos advierte que la fe muerta existe: Es una fe que no va más allá
de profesarse con la boca y no tiene influencia alguna sobre el carácter del
hombre (Stg. 2:17). La verdadera fe salvadora es distinta. La verdadera fe siempre
se verá en sus frutos: Santificará, obrará por amor, vencerá al mundo y purificará
el corazón. Sé que a la gente le gusta hablar de evidencias en su lecho de muerte.
Confían en palabras dichas en horas de temor, dolor y debilidad, consolándose con
ellas por los amigos que pierden. Pero me temo que no se puede confiar en el
noventa y nueve por ciento de tales supuestas evidencias. Sospecho que, salvo
60 SANTIDAD

raras excepciones, los seres humanos como han vivido, así mueren. La única
evidencia segura de que somos uno con Cristo y que Cristo está en nosotros, es la
vida santa. Los que viven para el Señor, generalmente, son los únicos que mueren
en el Señor. Si queremos morir la muerte del justo, no confiemos sólo en anhelos
indolentes; procuremos vivir la vida del Maestro. Traill dice bien: “El estado del
hombre no es nada y su fe es precaria si su esperanza de gloria no purifica su
corazón y su vida”.
(d) Tenemos que ser santos porque ésta es la única prueba de que amamos
sinceramente el Señor Jesucristo. Éste es un punto del cual él habló con total
claridad en los capítulos catorce y quince de Juan. “Si me amáis, guardad mis
mandamientos”. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me
ama”. “El que me ama, mi palabra guardará”. “Vosotros sois mis amigos, si hacéis
lo que yo os mando”. (Jn. 14:15, 21, 23; 15:14). Sería difícil encontrar palabras
más claras que estas y ¡ay de aquellos que las hacen a un lado! El alma del hombre
que puede pensar en todo lo que sufrió Jesús y aun así aferrarse a los pecados por
los cuales sufrió, está enferma. Fue el pecado el que entretejió la corona de
espinas. Fue el pecado el que traspasó las manos y los pies de nuestro Señor e
hirió su costado. Fue el pecado lo que lo llevó a Getsemaní y al Calvario, a la cruz
y al sepulcro. ¡Qué fríos deben estar nuestros corazones si no aborrecemos el
pecado y nos esforzarnos por librarnos de él, aunque tengamos que amputarnos la
mano derecha y arrancarnos el ojo derecho!
(e) Tenemos que ser santos, porque serlo, es la única evidencia fidedigna de
que somos verdaderos hijos de Dios. Los hijos de este mundo, generalmente, son
como sus padres. Algunos, sin duda, lo son más y otros lo son menos, pero rara
vez sucede que no se pueda rastrear algún parecido familiar. Y sucede lo mismo
con los hijos de Dios. El Señor Jesucristo dice: “Si fueseis hijos de Abraham, las
obras de Abraham haríais”. “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me
amaríais” (Jn. 8:39, 42). Si los hombres no se parecen en nada al Padre celestial,
es en vano hablar de que son sus “hijos”. Si nada sabemos de santidad, podemos
engañarnos todo lo que queramos, pero el Espíritu Santo no mora en nosotros:
Estamos muertos y necesitamos que nos vuelvan a la vida. Estamos perdidos y
tenemos que ser encontrados. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu
de Dios,…” y, sólo ellos, “…son hijos de Dios” (Ro. 8:14). Tenemos que mostrar
por nuestra manera de vivir a qué familia pertenecemos. Tenemos que dejar que
los hombres se den cuenta por nuestra manera de hablar, que somos realmente
hijos del Santísimo, de otro modo “hijo”, no es más que un nombre sin sentido.
“No digas”, dice Gurnall, “que tienes sangre real en tus venas y que eres nacido de
Dios, a menos que puedas probar tu realeza por atreverte a ser santo”.
3. Santidad 61

(f) Tenemos que ser santos porque es la mejor manera de hacerle el bien a
otros. No podemos vivir sólo para nosotros mismos en este mundo. Nuestra vida
estará haciéndole bien o mal a los que la observan. Es un sermón silencioso que
todos pueden leer. Es realmente triste cuando son un sermón para la causa del
diablo y no para la de Dios. Creo que se logra mucho más para el reino de Dios
por medio de un vivir santo por parte de los creyentes de lo que nos imaginamos.
Hay en este vivir santo, una realidad que lleva a los hombres a sentir y los obliga a
pensar. Lleva un peso e influencia que ninguna otra cosa puede dar. Da
hermosura a la fe cristiana y atrae a los hombres para que la tengan en cuenta,
como un faro que se ve desde lejos. El Día del juicio probará que muchos, además
de los esposos, han sido ganados “sin palabra” y gracias, más bien, a una vida
santa (1 P. 3:1). Podemos hablarles a las personas sobre las doctrinas de los
Evangelios y pocos escucharán, y menos las comprenderán. Pero nuestra vida de
santidad es un argumento del cual nadie puede escapar. Hay un significado de la
santidad que, ni siquiera el más ignorante, puede ignorar. Las personas pueden no
comprender la justificación, pero pueden comprender la caridad.
Creo que los cristianos inconstantes e impuros hacen mucho más daño de lo
que nos imaginamos. Están entre los mejores aliados de Satanás. Echan por tierra
con sus vidas lo que los pastores edifican con sus palabras. Causan que las ruedas
del carruaje del evangelio giren con dificultad. Les proveen a los hijos de este
mundo, un sin fin de excusas para mantenerse como están. “No veo la necesidad
de tanta religión”, dijo hace poco un comerciante no creyente. “Noto que muchos
de mis clientes hablan siempre del evangelio, la fe, la elección, las promesas
divinas y lo demás, pero estas mismas personas no tienen reparo en estafarme
cuando tienen la oportunidad de hacerlo. Entonces, si la gente religiosa hace estas
cosas, no veo qué provecho hay en la fe cristiana”. Me lamento de tener que
escribir estas cosas, pero me temo que, demasiadas veces, la vida de los cristianos
es una blasfemia contra el nombre de Cristo. Tengamos cuidado de que no nos sea
imputada la sangre de algún alma. ¡Líbranos, Señor, de matar a las almas por
nuestra inconstancia y nuestro andar indiferente! ¡Oh, sea por el bien de otros y
no por ninguna otra razón, que nos esforcemos por ser santos!
(g) Tenemos que ser santos porque nuestra tranquilidad actual depende
mucho de ello. No podemos darnos el lujo de olvidarlo. Es lamentable que somos
propensos a olvidar que hay una conexión fuerte entre el pecado y el dolor, la
santidad y felicidad, y entre la santificación y la consolación. Dios ha ordenado,
sabiamente, que nuestro bienestar y nuestro bien hacer estén entrelazados. Ha
provisto en su misericordia, que aun en este mundo, le convenga al hombre ser
santo. Nuestra justificación no es por obras —nuestro llamado y elección no son
por nuestras obras—, pero en vano es que alguien suponga que puede tener un
62 SANTIDAD

sentido vivo de su justificación o de una seguridad de su llamado, mientras, por
otro lado, descuida las buenas obras o no se esfuerza por vivir una vida santa. “Y
en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”.
“Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros
corazones” (1 Jn. 2:3; 3:19). Así como el creyente no puede esperar sentir los
rayos del sol en un día oscuro y nublado, tampoco puede sentir la fuerte
consolación en Cristo, si no lo sigue plenamente. Cuando los discípulos
abandonaron al Señor y huyeron, se libraron del peligro, pero se sintieron mal y
tristes. Cuando, poco después, lo confesaron valientemente ante los hombres, y
fueron encarcelados y flagelados, nos dice la Palabra que “ellos salieron… gozosos
de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” (Hch.
5:41). ¡Oh, por nuestro propio bien, si no hubiera ninguna otra razón,
esforcémonos por ser santos! Aquel que sigue a Jesús más de lleno, siempre lo
seguirá contento.
(h) En último lugar, tenemos que ser santos porque sin santidad sobre la
tierra nunca estaremos preparados para disfrutar del cielo. El cielo es un lugar
santo. El Señor del cielo es un Ser santo. Los ángeles son criaturas santas. La
santidad está estampada en todo lo que hay en el cielo. El libro de Apocalipsis dice
expresamente: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace
abominación y mentira” (Ap. 21:27).
Apelo solemnemente a todo el que lee estas páginas: ¿Cómo nos sentiremos en
casa y felices en el cielo si morimos sin santidad? La muerte no obra ningún
cambio. Cada uno volverá a vivir con el mismo carácter con el que dio su último
suspiro. ¿Cuál será nuestro lugar si no conocemos ahora la santidad?
Supongamos por un momento que se le permitiera entrar al cielo sin santidad.
¿Qué haría? ¿De qué podría disfrutar allí? ¿A cuáles de todos los santos se
acercaría y al lado de quién se sentaría? Sus placeres no son los placeres de usted,
ni sus gustos los gustos de usted, ni su carácter el carácter de usted. ¿Cómo
podría ser feliz, si no fue santo en la tierra?
Quizás prefiere ahora la compañía de los superficiales y los indiferentes, los
mundanos y los avaros, los parranderos y los que van tras los placeres, los impíos
y los profanos. No habrá ninguno de ellos en el cielo.
Quizás cree ahora que los santos de Dios son demasiado estrictos, exigentes y
serios. Prefiere evitarlos. No disfruta de su compañía. No habrá ninguna otra
compañía en el cielo.
Quizás piense ahora que orar, leer la Biblia y cantar himnos es aburrido, triste
y tonto, algo para ser tolerado de vez en cuando, pero no disfrutado. Considera al
Día del Señor como una carga y cosa pesada; no podría pasar más que una porción
pequeña del día adorando a Dios. Pero recuerde, el cielo es un Día del Señor sin
3. Santidad 63

fin. Los que allí viven no descansan de decir día y noche: “Santo, santo, santo,
Señor Omnipotente” y de cantar alabanzas al Cordero. ¿Cómo podría, alguien que
no es santo disfrutar de ocupaciones como éstas?
¿Cree usted que a alguien así le encantaría conocer a David, a Pablo y a Juan
después de haber pasado toda una vida haciendo las cosas de las cuales ellos
hablaban en contra? ¿Disfrutaría de dulces conversaciones con ellos,
comprobando que tiene con ellos mucho en común? Sobre todo, ¿piensa usted
que se regocijaría de conocer cara a cara a Jesús, el Crucificado, después de
aferrarse a los pecados por los que él murió? Se pondría de pie ante él con
confianza y se sumaría a la exclamación: “Éste es Jehová a quien hemos esperado,
nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Is. 25:9). ¿No le parece que la
lengua del hombre impío se le pegaría al paladar de pura vergüenza y que su
único deseo sería que lo echaran de allí? Se sentiría como un extraño en una
tierra desconocida, una oveja negra en medio del rebaño santo de Cristo. La voz
de querubines y serafines, el canto de ángeles y arcángeles, y toda la compañía del
cielo, sería un lenguaje que no podría comprender. El aire mismo del entorno le
parecería tan diferente que no lo podría respirar.
No sé qué opinarán los demás, pero a mí me resulta claro que el cielo sería un
lugar muy desagradable para el que no es santo. Imposible que sea de otra manera.
La gente puede decir, de un modo muy incierto, que “espera ir al cielo”, pero no
piensa en lo que dice. Tiene que haber cierta capacitación “…para participar de la
herencia de los santos en luz” (Col. 1:12). Nuestros corazones tienen que
armonizar con lo que es el cielo. Para alcanzar el refrigerio de gloria, tenemos que
pasar por la escuela de la gracia que nos prepara para ello. Tenemos que tener
pensamientos celestiales, gustos celestiales en la vida ahora, de lo contrario,
nunca nos encontraremos en el cielo en la vida venidera.

Aplicaciones prácticas
Ahora quiero dar algunas palabras a manera de aplicación.
(1) Para empezar, quiero preguntarles a cada uno que lee estas páginas: ¿Es
usted santo? Escuche, le ruego, la pregunta que ahora le hago. ¿Sabe usted algo
de la santidad de la que he estado hablando?
No le pregunto si asiste a su iglesia regularmente, si ha sido bautizado y
participado de la Cena del Señor, ni si se denomina cristiano. Le pregunto algo
que es mucho más que esto: ¿Es usted santo o no lo es?
No le pregunto si aprueba usted de la santidad en otros, si le gusta leer acerca
de la vida de personas santas, hablar de cosas santas, si tiene libros santos sobre la
64 SANTIDAD

mesa ni tampoco si piensa ser santo y espera serlo algún día. Lo que le pregunto
es más: ¿Es usted santo hoy mismo o no lo es?
¿Y por qué lo pregunto tan directamente e insisto tanto? Lo hago porque la
Biblia dice: “Seguid la paz… y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. Está
escrito, no es una invención mía, no es mi opinión personal; es la Palabra de Dios:
“Seguid la paz… y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14).
¡Ay, qué palabras tan escrutadoras e inquietantes son éstas! ¡Qué pensamientos
cruzan por mi mente mientras las escribo! Observo el mundo y veo a la mayor
parte de sus habitantes en la impiedad. Observo a los que profesan ser cristianos y
veo que la gran mayoría no tiene nada de cristiana aparte del nombre. Me vuelvo a
la Biblia y oigo decir al Espíritu: “Seguid la paz… y la santidad, sin la cual nadie
verá al Señor”.
Es un texto que debiera obligarnos a considerar nuestros caminos y escudriñar
nuestros corazones. Realmente debiera generar en nosotros pensamientos muy
serios e impulsarnos a orar.
Respuestas típicas a la pregunta
Puede usted tratar de callarme diciendo: “Siento mucho más y pienso mucho
más acerca de estas cosas, sí, mucho más de lo que muchos suponen”. Contesto
yo: “Ésta no es la cuestión. Las pobres almas perdidas en el infierno también lo
hacen”. La pregunta importante no es lo que usted piensa, ni lo que siente, sino lo
que hace.
Usted puede decir: “Nunca hubo la intención de que todos los cristianos fueran
santos. La santidad, como usted la ha descrito, es sólo para los grandes santos y
las personas que tienen dones especiales”. Contesto yo: “No veo eso en las
Escrituras. Leo que cada uno que tiene esperanza en Cristo ‘se purifica a sí
mismo’” (1 Jn. 3:3). “Sin santidad nadie verá al Señor”.
Usted puede decir: “Es imposible ser santo y, a la misma vez, cumplir con
nuestras obligaciones diarias; es imposible”. Contesto yo: “Usted está equivocado.
Sí se puede. Con Cristo de nuestro lado nada es imposible. Muchos lo han hecho.
David, Abdías, Daniel y los siervos de la casa de Nerón, son ejemplos de que sí es
posible”.
Usted puede decir: “Si yo fuera santo sería diferente de otra gente”. Contesto
yo: “Lo sé. Es justamente lo que usted debiera ser. Los siervos auténticos de
Cristo siempre son diferentes del mundo que los rodea —una nación distinta, un
pueblo singular— ¡y usted debe serlo también si ha de ser salvo!”.
Usted puede decir: “En este caso, serán muy pocos los que habrán de ser
salvos”. Contesto yo: “Lo sé. Es precisamente lo que Cristo nos dice en el Sermón
del Monte”. El Señor Jesús así lo dijo hace 1.900 años. “Estrecha es la puerta, y
3. Santidad 65

angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mt. 7:14).
Pocos serán salvos porque pocos se tomarán el trabajo de buscar la salvación. Los
hombres no quieren negarse los placeres del pecado y de su propia voluntad por
un poquito de tiempo. Le dan la espalda a la vida: “No queréis venir a mí para que
tengáis vida, dijo Jesús” (Jn. 5:40).
Usted puede decir: “El hecho de que el camino es muy angosto es algo difícil
de aceptar”. Contesto yo: “Lo sé”. Es lo que dice el Sermón del Monte. Es lo que
dijo el Señor Jesús hace 1.900 años. Siempre decía que los hombres tenían que
tomar su cruz diariamente y que debían estar listos para amputarse una mano o
un pie, si querían ser sus discípulos. En la fe cristiana sucede lo mismo que en
otras cosas: “Sin dolor no hay ganancias”. Lo que nada cuesta, nada vale.
No importa lo que sea que pensemos que es correcto, lo cierto es que debemos
ser santos si queremos ver al Señor. ¿Dónde está nuestro cristianismo si no lo
somos? No sólo hemos de ser cristianos de nombre y tener conocimiento,
tenemos que tener también un carácter cristiano. Tenemos que ser santos en la
tierra, si es que tenemos la intención de ser santos en el cielo. “Sin santidad nadie
verá al Señor”. “La agenda del Papa”, dice Jenkyn, “sólo convierte en santos a los
muertos, en cambio las Escrituras requieren santidad en los vivos”. “Que nadie se
engañe”, dice Owen, “la santificación es una cualidad indispensable para los que
están bajo la dirección de Cristo el Señor para salvación. Él no lleva nadie al cielo
que no santifica en la tierra. La Cabeza viviente no admitirá miembros muertos”.
No nos maravillemos porque las Escrituras digan: “Os es necesario nacer de
nuevo” (Jn. 3:7). Es claro como el agua que muchos que profesan ser cristianos
necesitan un cambio completo —un nuevo corazón, una nueva naturaleza—, si
han de ser salvos. Las cosas viejas tienen que pasar, tienen que convertirse en
criaturas nuevas. “Sin santidad nadie”, sea quien sea, “verá al Señor”.
(2) Quiero ahora hablarles un poco a los creyentes. Les pregunto: “¿Creen que
sienten la importancia de la santidad tanto como debieran?”
La actitud que tiene la gente de estos tiempos con respecto a este tema es de
temer. Dudo mucho que ocupe el lugar que merece en los pensamientos y la
atención de algunos en el pueblo del Señor. Sugiero, humildemente, que somos
propensos a pasar por alto la doctrina del crecimiento en la gracia y que no
consideramos suficientemente, cuán avanzado puede estar el hombre en la
profesión de su religión y, aun así, carecer de gracia y, finalmente, estar muerto a
los ojos de Dios. Creo que Judas Iscariote era muy parecido a los demás apóstoles.
Cuando el Señor anunció que uno lo traicionaría, nadie dijo: “¿Es Judas?”. Nos
conviene pensar más en las iglesias de Sardis y Laodicea de lo que lo hacemos.
No es mi intención hacer un ídolo de la santidad. No quiero destronar a Cristo
y poner a la santidad en su lugar. Pero tengo que decir cándidamente que desearía
66 SANTIDAD

que la santificación ocupara más de los pensamientos de loque parece hacerlo en
la actualidad y, por lo tanto, aprovecho la ocasión para insistirles sobre el tema a
aquellos en cuyas manos caen estas páginas. Me temo que, a veces, se olvidan de
que Dios ha unido la justificación con la santificación. Sin duda, son cosas
distintivamente diferentes, pero la una nunca se encuentra sin la otra. Lo que
Dios ha juntado no se atreva nadie a separar. No me cuente de su justificación, a
menos que tenga algunas señales de santificación. No se vanaglorie de la obra que
Cristo realizó para usted, a menos que pueda mostrarme la obra del Espíritu en
usted. No piense que Cristo y el Espíritu alguna vez puedan ser divididos. Dudo
que no haya muchos creyentes que saben estas cosas, pero creo que es bueno que
las recordemos. Demos prueba de que las conocemos por nuestra manera de vivir.
Tratemos de tener constantemente en cuenta este texto: “Seguid la santidad, sin
la cual nadie verá al Señor”.
Tengo que decir francamente que me gustaría que no hubiera tanta
sensibilidad al tema de la santidad como, a veces, percibo entre los creyentes. ¡Se
toca con tanta cautela que alguien pudiera pensar que realmente es un tema
peligroso de encarar! Por cierto que cuando hemos exaltado a Cristo como “el
camino, la verdad y la vida”, no podemos equivocarnos si hablamos con firmeza
sobre lo que debiera ser el carácter de su pueblo. Bien dice Rutherford: “El
camino que rebaja los deberes y la santificación, no es el camino de la gracia. El
creer y el hacer son amigos inseparables”.
Tengo que decirlo, pero lo digo con reverencia. A veces me temo que si Cristo
estuviera hoy en la tierra, no faltarían los que pensaran que su predicación es
legalista y si Pablo estuviera escribiendo sus epístolas, habría aquellos que
pensarían que mejor le sería no escribir la última parte de la mayoría de las
epístolas, tal como lo hizo. Pero recordemos que el Señor Jesús sí predicó el
Sermón del monte y que la Epístola a los Efesios contiene seis capítulos y no
cuatro. Me duele tener que hablar de esta manera, pero hay una razón para
hacerlo.
El gran teólogo John Owen, maestro de la Iglesia de Cristo hace más de
doscientos años, solía decir que hay gente cuya religión parece consistir en andar
quejándose todo el tiempo de sus propias corrupciones y diciéndoles a todos que
no pueden hacer nada al respecto. Me temo que ahora, después de dos siglos, lo
mismo podría decirse de algunos seguidores de Cristo. Sé que hay pasajes en las
Escrituras que ameritan estas quejas. No pongo objeción a ellas cuando proceden
de hombres que siguen los pasos del Apóstol Pablo y pelean la buena batalla,
como lo hizo él, contra el pecado, el diablo y el mundo. Pero nunca me gustan
tales quejas cuando sospecho, como lo hago a menudo, que son sólo un manto
para cubrir la pereza espiritual. Si decimos con Pablo: “¡Miserable de mí! ¿Quién
3. Santidad 67

me librará de este cuerpo de muerte?”, que podamos decir también con él:
“Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.
No citemos sólo un ejemplo de él, cuando no lo seguimos en otro (Ro. 7:24; Fil.
3:14).
No pretendo ser mejor que los demás y si alguno pregunta: “¿Quién es usted,
que escribe de esta manera?”. Contesto yo: “No soy más que una muy pobre
criatura”. Pero digo que no puedo leer la Biblia sin anhelar ver que más creyentes
sean más espirituales, más santos, más enfocados, que piensen más en el cielo,
que estén más consagrados de lo que están ahora. Quiero ver entre los creyentes
un espíritu más como el de un peregrino, más apartados del mundo, una
conversación más evidentemente celestial, un andar más íntimo con Dios y por
eso he escrito como lo he hecho.
¿No es cierto que necesitamos una norma superior de santidad personal en
este tiempo? ¿Dónde está nuestra paciencia? ¿Dónde está nuestro celo? ¿Dónde
está nuestro amor? ¿Dónde están nuestras obras? ¿Dónde se puede ver el poder de
la fe cristiana, como se vio en el pasado? ¿Dónde está aquel tono inconfundible
que solía distinguir a los santos del pasado y que sacudía al mundo? Ciertamente
nuestra plata se ha convertido en escoria, nuestro vino se ha mezclado con agua y
nuestra sal tiene muy poco sabor. Todos estamos más que medios dormidos. La
noche ha pasado y ya viene la mañana. Despertemos y dejemos de dormir.
Abramos más nuestros ojos de lo que hemos hecho hasta ahora, “despojémonos
de todo peso y del pecado que nos asedia”, “limpiémonos de toda contaminación
de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (He. 12:1;
2 Co. 7:1). “Habiendo muerto Cristo”, dice Owen, “¿vivirá el pecado? ¿Fue él
crucificado en el mundo y serán nuestros sentimientos hacia el mundo
entusiastas y vivaces? ¡Oh! ¿Dónde está el espíritu de aquel por quien el mundo ha
sido crucificado para él y él para el mundo”? (Gá. 6:14).

III. Consejos para todos los que anhelan ser santos
Por último, quiero ofrecer una palabra de consejo a todos los que anhelan ser
santos. ¿Quiere usted ser santo? ¿Quiere ser una nueva criatura? Entonces tiene
que comenzar con Cristo. Usted no hará nada y no progresará nada hasta que
sienta su pecado y debilidad y acuda a él. Él es la raíz y el comienzo de toda
santidad; y el camino para ser santo es venir a él por fe y estar unido a él. Cristo
no sólo es sabiduría para su pueblo, sino santificación también. Algunas veces, los
hombres quieren tratan de alcanzar la santidad por ellos mismos, con un
resultado lastimoso. Se esfuerzan y trabajan, quieren empezar una página nueva
en sus vidas y cambiar mucho; pero, como la mujer con el flujo de sangre, antes
de venir a Cristo, “nada había aprovechado, antes le iba peor” (Mr. 5:26). Corren
68 SANTIDAD

en vano y trabajan en vano; esto no es de sorprender porque están empezando por
el final. Construyen un muro de arena, sus obras van desapareciendo como el
agua en una vasija agujereada. Nadie puede poner otro fundamento para la
“santidad” que el que ya está puesto, o sea Cristo Jesús, quien dijo: “Separados de
mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Traill dijo unas palabras fuertes, pero muy
ciertas: “La sabiduría que no es de Cristo es una necedad que lleva a la
condenación; la santificación fuera de Jesús es suciedad y pecado; la redención
fuera de Cristo es esclavitud”.
¿Quiere usted lograr santidad? ¿Siente este día un anhelo fuerte de ser santo?
¿Quiere ser partícipe de la naturaleza divina? Entonces acuda a Cristo. No busque
ninguna razón. No espere a nadie. No piense en prepararse. Acuda a él y dígale, en
las palabras de aquel hermoso himno…
“Nada traigo para Ti, Mas tu cruz es mi sostén;
Desprovisto y en escasez, Hallo en Ti la paz y el bien”.
(Augustus Toplady, 1776)
No hay ni un ladrillo ni una roca para edificar la obra de nuestra santificación
hasta que acudimos a Cristo. La santidad es su don especial para su pueblo
creyente. Santidad es la obra que lleva a cabo en sus corazones, por el Espíritu
que coloca dentro de ellos. Es asignado “Príncipe y Salvador, para dar a Israel
arrepentimiento y perdón de pecados”. “Más a todos los que le recibieron, les dio
potestad de ser hechos hijos de Dios” (Hch. 5:31; Jn. 1:12).
La santidad viene…
- No de la sangre, los padres no se la pueden pasar a sus hijos.
- Tampoco de la voluntad de la carne, el hombre por él mismo no la puede
producir.
- Ni de voluntad de hombre, los pastores no la pueden dar con el bautismo.
La santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con él. Es el
fruto de ser una rama viviente de la Vid verdadera. Acuda entonces a Cristo y diga:
“Señor, no sólo sálvame de la culpa del pecado y de su poder. También envíame el
Espíritu que has prometido. Hazme santo. Enséñame a hacer tu voluntad”.
¿Quiere seguir siendo santo? Entonces permanezca en Cristo. Él mismo dice:
“Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí, y yo en él, éste
lleva mucho fruto” (Jn. 15:4-5). Le plugo al Padre que en él morara toda plenitud,
la satisfacción total para todas las necesidades del creyente. Él es el Médico a
quien tiene que acudir cada día, él lo mantendrá sano. Él es Maná que debe comer
cada día y la Roca de la cual debe beber cada día. Su brazo es el brazo sobre el cual
tiene que apoyarse cada día al salir del desierto de este mundo. Usted, no sólo
tiene que echar raíces, también tiene que edificarse en él. Pablo fue ciertamente
69

un hombre de Dios, un hombre santo, un creyente que crecía y prosperaba. ¿Y
cuál era su secreto? Era alguien para quien Cristo era “todo en todo”. Tenía
siempre “puestos los ojos en Jesús”. El Apóstol decía: “Todo lo puedo en Cristo
que me fortalece”. “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la
carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios” (He. 12:2; Fil. 4:13; Gá. 2:20). Vayamos y
hagamos lo mismo.
Dios quiera que todos los que leen estas páginas, conozcan estas cosas por
experiencia y no únicamente por haberlas oído. ¡Que todos sintamos la
importancia de la santidad mucho más de lo que la hemos sentido hasta ahora!
¡Que nuestros años sean años santos para nuestras almas; si lo son, serán años
felices! ¡Si vivimos, vivamos para el Señor, o si morimos, muramos para el Señor;
si viene por nosotros, que nos encuentre en paz, sin mancha ni culpa!

4. La batalla
“Pelea la buena batalla de la fe”. 1 Timoteo 6:12

Es un hecho curioso que no haya otro tema en el que tanta gente se interese
tanto como el de riñas o “peleas”. Tanto jóvenes como señoritas, ancianos y niños,
encumbrados y humildes, ricos y pobres, letrados e iletrados, tienen un profundo
interés por las guerras, pleitos, riñas, batallas y luchas.
Es la simple realidad, no importa cómo la tratemos de explicar. Llamaríamos
insulso al inglés que no se interesara nada en la historia de Waterloo, o
Inkermann, o Balaclava o Lucknow. Creeríamos que es frío y torpe el corazón que
no se conmueve y emociona por las luchas en Sedan y Estrasburgo, Metz y Pans
durante la guerra entre Francia y Alemania.

Hay una guerra espiritual
Pero hay otra guerra de mucha mayor importancia que ninguna contienda que
el hombre haya librado jamás. Es una guerra que concierne, no sólo a dos o tres
naciones, sino a cada cristiano que haya nacido en el mundo. A lo que me refiero
es a la guerra espiritual. Es la batalla que todo el que quiere ser salvo tiene que
encarar con respecto a su alma.
Sé que esta guerra es una de la cual muchos no saben nada. Hábleles de ella y
lo tildan de loco, fanático o iluso. Y sin embargo, es tan real y verdadera como
70 SANTIDAD

cualquier combate que se haya librado en la tierra. Tiene conflictos cuerpo a
cuerpo y sus consecuentes heridas. Tiene el velar y el cansancio. Tiene asedios y
asaltos. Tiene sus victorias y sus fracasos. Sobre todo, tiene consecuencias que
son terribles, tremendas y muy peculiares. En las guerras terrenales hay
consecuencias que, a menudo, son temporales y remediables. En la guerra
espiritual las cosas son muy diferentes. En esta guerra, cuando termina la lucha,
las consecuencias son eternas, no se pueden cambiar.
Fue ésta la guerra de la que Pablo le hablaba a Timoteo cuando escribió
aquellas ardientes palabras: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida
eterna”. Es a esta guerra que propongo referirme en este capítulo. Considero que
el tema tiene una relación cercana con el de santificación y santidad. Todo el que
entienda la naturaleza de la verdadera santidad, sabrá que el cristiano es un
“guerrero”. Si queremos ser santos tenemos que luchar.

I. El cristianismo verdadero es una batalla
Lo primero que tengo que decir es esto: El cristianismo verdadero es una
batalla.
¡Cristianismo verdadero! Enfoquemos la palabra “verdadero”. Hay una gran
cantidad de religiones en el mundo que no son cristianismo verdadero, auténtico.
Son tolerables, satisfacen las conciencias adormecidas, pero son falsas. No son lo
verdadero, lo que hace mil ochocientos años se llamaba cristianismo. Hay miles
de hombres y mujeres que van a las iglesias todos los domingos y se llaman
cristianos. Sus nombres están en el registro de bautismos. Mientras están vivos,
se los considera cristianos. Se han casado por la Iglesia. Piensan ser sepultados
como cristianos cuando mueran. ¡Pero nunca se ve nada de “lucha” en su vida
espiritual! No saben, literalmente, nada de lucha espiritual, esfuerzo, conflicto, ni
de negarse a sí mismos, ni de estar vigilantes y, mucho menos, de batallar. Tal
cristianismo puede satisfacer al hombre y los que se atreven a decir algo en contra
son considerados duros e incomprensivos; pero, de hecho, no es el cristianismo de
la Biblia. No es la fe cristiana que fundó el Señor Jesús y que sus discípulos
predicaban. No es la fe bíblica que produce verdadera santidad. El verdadero
cristianismo es “una batalla”.
El verdadero cristiano es llamado a ser un soldado y debe comportarse como
tal desde el día de su conversión hasta el día de su muerte. No es la intención que
viva una vida a sus anchas, indolente y segura. No debe imaginarse nunca, ni por
un momento, que puede hacer su trayectoria al cielo dormido o medio dormido,
como si estuviera viajando en un carruaje muy cómodo. Si adopta sus normas del
cristianismo de los hijos de este mundo, quizá se contente con estas nociones,
4. La batalla 71

pero no encontrará en la Palabra de Dios nada que las justifique. Si la Biblia es su
regla de fe y práctica, tiene que encontrar su camino bien marcado con respecto a
este asunto, Tiene que “luchar”.
¿Con quiénes tiene que luchar el soldado cristiano? No con otros cristianos.
¡Miserable es la idea que tienen algunos hombres de que la fe cristiana consiste en
controversias perpetuas! El que nunca está satisfecho, a menos que esté en medio
de un conflicto entre iglesia e iglesia, congregación y congregación, secta y secta,
facción y facción, partido y partido, nada sabe de lo que debiera saber. Sin duda,
puede suceder que, a veces, sea absolutamente necesario recurrir a los tribunales
de justicia para asegurar la interpretación correcta de los Artículos de la iglesia,
de rúbricas 1 y formularios 2. Pero por regla general, nunca es mejor servida la
causa del pecado que cuando los cristianos malgastan sus energías en pelear unos
contra otros y pierden el tiempo en discusiones insignificantes.
La batalla principal del cristiano: La carne, el mundo y el diablo
¡Por cierto que aquello no es la verdadera fe cristiana! La lucha principal del
cristiano es con el mundo, la carne y el pecado. Estos son sus eternos enemigos.
Estos son los tres enemigos principales contra quienes tiene que ir a la guerra. A
menos que obtenga la victoria sobre estos tres, todas las demás victorias son
inútiles y vanas. Si tuviera una naturaleza como la de un ángel y no fuera una
criatura caída, la guerra no sería tan esencial. Pero con un corazón corrupto, un
diablo activo y las trampas del mundo, la consigna es: “Lucha” o estás perdido.
Tiene que luchar contra la carne. Aun después de su conversión, el creyente
lleva en su interior una naturaleza propensa al mal y un corazón débil e inestable
como el agua. Ese corazón nunca estará libre de imperfecciones en este mundo y
es un desvarío miserable esperarlo. Para prevenir que el corazón se desvíe, el
Señor Jesús nos insta: “Velad y orad”. El espíritu puede estar dispuesto, pero la
carne es débil. Hay necesidad de luchar diariamente y batallar diariamente en
oración. “Golpeo mi cuerpo”, clama Pablo, “y lo pongo bajo servidumbre”. “Veo
otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva
cautivo”. “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y
deseos”. “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”. (Mr. 14:38; 1 Co. 9:27; Ro.
7:23, 24; Gá. 5:24; Col. 3:5.)
Tiene que luchar contra el mundo. La influencia sutil de ese poderoso
enemigo tiene que ser resistida todos los días y si no se pelea todos los días, nunca
se puede vencerla. El amor por las cosas buenas de la vida, el temor a las burlas o
acusaciones del mundo, el anhelo secreto de mantenerse en el mundo, el deseo

1
Rúbricas—Una regla o instrucción que tiene autoridad.
2
Formularios—Colección de oraciones y procedimientos religiosos.
72 SANTIDAD

secreto de hacer lo mismo que hacen los demás en el mundo y no sufrir las
consecuencias, todos estos, son enemigos que atacan continuamente al cristiano
en su camino al cielo y deben ser conquistados. “¿No sabéis que la amistad del
mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del
mundo, se constituye enemigo de Dios”. (Stg. 4:4). “Si alguno ama al mundo, el
amor del Padre no está en él”. “El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”.
“Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo”. “No os conforméis a este siglo”.
(1 Jn. 2:15; Gá. 6:14; 1 Jn. 5:4; Ro. 12:2.)
Tiene que luchar contra el diablo. El viejo enemigo de la humanidad no está
muerto. Desde la caída de Adán y Eva no deja “de rodear la tierra y de andar por
ella” tratando de lograr un gran fin: La ruina del alma del hombre. Nunca
descansa y nunca duerme, siempre anda como “león rugiente… buscando a quien
devorar”. Es un enemigo invisible, siempre está cerca de nosotros, en nuestra
senda y en nuestra cama, espiando todo lo que hacemos. Este enemigo “es
mentiroso, y padre de mentira”; desde el principio, trabaja noche y día para
arrojarnos al infierno. Algunas veces conduciendo al hombre a las supersticiones,
otras veces sugiriendo infidelidad, en ocasiones por medio de un tipo de tácticas y,
a veces, por otro; está permanentemente en campaña contra nuestras almas.
“Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo”. Este poderoso adversario
tiene que ser resistido diariamente si queremos ser salvos. “Pero este género no
sale sino con oración y ayuno”. Podemos vencerlo, orando, luchando y
poniéndonos toda la armadura de Dios. Nunca podremos quitar de nuestro
corazón al hombre fuertemente armado sin librar una batalla diaria. (Job 1:7; 1 P.
5:8; Jn. 8:44; Lc. 22:31; Ef. 6:11; Mt. 17:21).

La seriedad de la batalla del cristiano
Algunos pueden pensar que estas afirmaciones son demasiado fuertes. A
ustedes les puede parecer que estoy exagerando y que me estoy excediendo con lo
que digo. Se dice por allí que los hombres y las mujeres, de hecho, podrán llegar
al cielo sin todas estas dificultades, guerras y luchas. Préstenme atención por
unos minutos y les mostraré lo que tengo que decir en nombre de Dios.
Recuerden la máxima del general más sabio que jamás hubo en Inglaterra: “En
tiempo de guerra el peor error es subestimar al enemigo, y tratar de librar una
guerra pequeña”. La guerra cristiana no es algo de poca importancia. Denme su
atención y consideren lo que digo.
¿Qué dicen las Escrituras? (1) “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la
vida eterna”. (2) “Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”. (3)
“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las
asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino
4. La batalla 73

contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de
este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por
tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y
habiendo acabado todo, estar firmes”. (4) “Esforzaos a entrar por la puerta
angosta”. (5) “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a
vida eterna permanece”. (6) “No penséis que he venido para traer paz a la tierra;
no he venido para traer paz, sino espada”. (7) “El que no tiene espada, venda su
capa y compre una”. (8) “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y
esforzaos”. (9). “Te encargo que… milites por ellas la buena milicia, manteniendo
la fe y buena conciencia”. (1 Ti. 6:12; 2 Ti. 2:3; Ef. 6:11-13; Lc. 13:24; Jn. 6:27; Mt.
10:34; Lc. 22:36; 1 Co. 16:13; 1 Ti. 1:18, 19.)
Palabras como éstas me parecen muy claras, sencillas e inequívocas. Todas
enseñan una y la misma gran lección, siempre y cuando estemos dispuestos a
aprenderla. Esa lección es que el verdadero cristianismo es una lucha, una pelea y
una guerra. Me parece a mí que el que pretenda condenar la “guerra espiritual” y
enseñe que hemos de estar quietos y “someternos a Dios”, entiende mal su Biblia
y comete un grave error.
¿Qué dice el Servicio Bautismal de la Iglesia Anglicana? Aunque a ese servicio
le falta inspiración y que, al igual que cualquier composición que no es inspirada,
tiene sus defectos; para los millones de miembros de la Iglesia Anglicana
alrededor del mundo se usan las siguientes palabras: “Te bautizo en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, “Marco a este niño con la señal de la cruz,
como una muestra de que de aquí en adelante no se avergonzará de confesar la fe
de Cristo crucificado; y peleará varonilmente bajo su estandarte contra el pecado,
el mundo y el diablo y que seguirá siendo un soldado y siervo fiel de Cristo hasta
el final de su vida”.
Por supuesto que todos sabemos que en incontables casos el bautismo no es
más que una formalidad y que los padres de familia traen a sus hijos a la fuente
bautismal sin tener fe, ni orar ni reflexionar. El que suponga que el bautismo en
estos casos actúa mecánicamente, como un medicamento, y que tanto
progenitores piadosos como impíos, que oran o no oran, obtienen el mismo
beneficio para sus hijos deben estar en un extraño estado mental. Pero de
cualquier manera, una cosa es muy cierta. Cada miembro de la Iglesia bautizado,
es a partir de su profesión de fe, un “soldado de Jesucristo” y asume el
compromiso de pelear “bajo su estandarte contra el pecado, el mundo y el diablo”.
El que lo duda, que tome su Libro de Oraciones, lo lea, lo subraye y aprenda su
contenido. Lo peor de todo es que muchos miembros muy celosos de la Iglesia
Anglicana ignoran totalmente lo que contiene su propio Libro de Oraciones.
74 SANTIDAD

La importancia de la batalla cristiana
Seamos miembros de la iglesia o no, una cosa es cierta, esta guerra cristiana es
una enorme realidad y un tema de suma importancia. No es un tema como el
gobierno y las ceremonias de la iglesia, en que los hombres pueden discrepar y,
aun así, al final llegar al cielo. La necesidad se nos impone. No hay promesas en
las Epístolas del Señor Jesucristo a las Siete Iglesias, excepto a aquellas que
“venzan”. Donde hay gracia habrá conflicto. El creyente es un soldado. No hay
santidad sin batalla. Las almas salvadas siempre serán los que han peleado una
batalla.
(1) Es una batalla absolutamente necesaria. No creamos que en esta guerra
podemos permanecer neutrales y mantenernos pasivos. En los conflictos entre
naciones puede ser posible, pero es totalmente imposible en el conflicto que
concierne al alma. La presumida política de no intervención, la “inactividad
magistral” que agrada a tantos políticos, el plan de no hacer nada y dejar las cosas
como están, nunca dará resultado en la guerra cristiana. Aquí nadie puede escapar
alegando ser “un hombre de paz”. Estar en paz con el mundo, la carne y el diablo
es estar enemistado con Dios y transitar por el camino ancho que lleva a la
destrucción. No tenemos una alternativa ni una opción. Tenemos que luchar o
estamos perdidos.
(2) Es una batalla universalmente necesaria. Ningún rango, ni clase ni edad
tiene excusa para dejar de pelear. Pastores y laicos, predicadores y oyentes,
ancianos y jóvenes, altos y bajos, ricos y pobres, encumbrados y humildes, reyes y
súbditos, terratenientes e inquilinos, letrados e iletrados, todos deben portar
armas e ir a la guerra. Todos tienen por naturaleza un corazón lleno de orgullo,
incredulidad, pereza, mundanalidad y pecado. Todos vivimos en un mundo lleno
de trampas, engaños y escollos para el alma. Todos tenemos cerca a un diablo
ocupado, inquieto y malicioso. Todos, desde el rey en su palacio hasta el mendigo
más pobre, todos debemos luchar si hemos de ser salvos.
(3) Es una batalla perpetuamente necesaria. No admite ni respiro, ni
armisticio ni tregua. En los días entre semana, al igual que los domingos, en
privado, al igual que en público, en la intimidad del hogar, al igual que en la calle,
en las cosas pequeñas como cuidar la lengua y el carácter, al igual que los grandes
en el gobierno de los países, la guerra del cristiano debe seguir obligadamente sin
detenerse. El enemigo con quien contendemos no festeja días feriados, nunca
descansa y nunca duerme. Mientras nos quede un hálito de aliento, tenemos que
vestir nuestra armadura y recordar que estamos en campo enemigo. “Aun en la
orilla del Jordán”, dijo un santo moribundo, “encuentro a Satanás mordiéndome
los talones”. Tenemos que luchar hasta morir.
4. La batalla 75

Consideremos bien estas propuestas. Cuidemos que nuestra propia fe personal
sea real, auténtica y verdadera. El síntoma más triste de muchos supuestos
cristianos es la ausencia absoluta de todo lo que se parezca a un conflicto o una
lucha en su vida cristiana. Comen, beben. Se visten, se entretienen, ganan dinero,
gastan dinero, asisten a una escasa rueda de cultos religiosos formales una o dos
veces por semana. Pero de la gran guerra espiritual, de velar y orar, de sus agonías
y ansiedades, sus batallas y luchas, no parecen saber absolutamente nada.
Cuidémonos de que éste no sea nuestro caso. El peor estado del alma es “cuando
el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee” y cuando
lleva a hombres y mujeres “cautivos a voluntad de él” sin que estos ofrezcan
resistencia. Las peores cadenas son las que el prisionero no siente ni ve (Lc. 11:21;
2 Ti. 2:26).
Podemos consolarnos en cuanto a nuestras almas si sabemos algo de batallas y
conflictos interiores. Son los compañeros invariables de la santidad cristiana
auténtica. Sé que no es todo, pero es parte. ¿Notamos en el fondo de nuestros
corazones una lucha espiritual? ¿Sentimos algo de la carne luchando contra el
espíritu y al espíritu contra la carne de modo que no podemos hacer las cosas que
debiéramos (Gá. 5:17)? ¿Tenemos conciencia de dos principios que luchan dentro
de nosotros por dominarnos? ¿Sentimos algo de lucha en nuestro hombre interior?
¡Demos gracias a Dios por esto! Es una buena señal. Es muy probable que sea
evidencia de la gran obra de santificación. Todos los santos auténticos son
soldados. Cualquier cosa es mejor que la apatía, el estancamiento, la vaciedad y la
indiferencia. Estamos en mejor estado que muchos. Es evidente que no somos
amigos de Satanás. Como los reyes de este mundo, él no batalla contra sus
propios súbditos. El mero hecho de que nos asalta, debiera llenarnos de esperanza.
Lo repito, animémonos. El hijo de Dios lleva dos grandes señales y de estas dos,
aquí tenemos una. Lo podemos identificar por su guerra interior, al igual que por
su paz interior.

II. El verdadero cristianismo es la batalla de la fe
Paso a lo segundo que quiero decir al tratar mi tema: El verdadero
cristianismo es la batalla de la fe.
En este sentido la guerra cristiana es totalmente diferente de los conflictos de
este mundo. No depende del brazo fuerte, del ojo avizor ni de los pies rápidos. No
se libra con armas carnales, sino con las espirituales. La fe es el engranaje con la
cual gira la victoria. El éxito depende enteramente de la fe.
76 SANTIDAD

(1) Fe en la verdad de la Palabra escrita de Dios
Una fe general en la verdad de la Palabra escrita de Dios es el primer
fundamento del carácter del soldado cristiano. Es lo que es, hace lo que hace,
piensa lo que piensa, actúa como actúa, tiene la esperanza que tiene y se
comporta como se comporta por una sencilla razón: Cree en ciertas premisas
reveladas y explicadas en las Sagradas Escrituras. “Es necesario que el que se
acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He.
11:6).
Una religión sin doctrina o dogma es algo de lo que a muchos les gusta hablar
en la actualidad. Al principio parece bien. Se ve muy lindo a la distancia. Pero en
el momento en que nos sentamos para examinarla una y otra vez, encontramos
que es sencillamente imposible que tenga sustentabilidad. Es igual que hablar de
un cuerpo sin huesos ni nervios. Nadie puede ser o hacer algo en la religión si no
cree en algo. Aun los que profesan los miserables e incómodos conceptos de los
deístas 3 tienen que confesar que creen algo. Con todas sus burlas amargas contra
la teología dogmática y la credulidad cristiana, como ellos la llaman, ellos mismos
tienen algún tipo de fe.
En cuanto al verdadero cristiano, la fe es la columna vertebral de su existencia
espiritual. Nadie lucha nunca con seriedad contra el mundo, la carne y el diablo, a
menos que haya grabado en su corazón ciertos grandes principios en los que cree.
Quizá casi ni sabe de qué se tratan y, de hecho, no podría dar una definición ni
escribirlas. Pero allí están y, consciente o inconscientemente, forman las raíces de
su fe cristiana. Dondequiera que veamos a un hombre, rico o pobre, letrado o
iletrado, batallando virilmente con el pecado y tratando de vencerlo, podemos
estar seguros de que hay ciertos principios en los que ese hombre cree. El poeta
que escribió las famosas líneas:
“De los muchos y distintos aspectos de la fe
dejad que discutan los fanáticos errados,
pues los que con su vida muestran estar
en lo correcto no pueden estar equivocados”,
fue un hombre sagaz, pero mal teólogo. No hay tal cosa como estar en lo
correcto, viviendo sin fe y sin algo en que creer.

3
Los deístas creen en el Deísmo, una posición en la cual, Dios, el cual es sin principio o fin, creó el
mundo, lo puso en movimiento pero no está involucrado en el mismo. Los deístas les gusta decir
que su religión es natural, no revelada. En otras palabras, ellos derivan sus creencias de la moral, de
Dios, de la verdad, y del propósito no a través de alguna revelación directa de Dios (por ejemplo, la
Biblia) sino sólo a través de la observación de la naturaleza y el uso de la razón. Esto negaría la idea
de que la Biblia es inspirada por Dios y negaría de plano la encarnación, la muerte, sepultura y
resurrección de Dios en la persona de Jesús.
4. La batalla 77

(2) Fe en la Persona, Obra y Oficio del Señor Jesucristo
Una fe especial en la persona, obra y el oficio de nuestro Señor Jesucristo es la
vida, el corazón y el móvil del carácter cristiano.
Una persona ve por fe a un Salvador invisible quien lo ama, dio su vida por él,
pagó sus deudas, cargó con sus pecados, llevó sus transgresiones, resucitó por él y
aparece en el cielo para él como su Abogado sentado a la diestra de Dios. Ve a
Jesús y se aferra a él. Viendo a este Salvador y confiando en él, siente paz y
esperanza, y con gusto batalla contra los enemigos de su alma.
Ve sus muchos pecados, su corazón débil, un mundo tentador, un diablo
activo y, si mirara sólo a estos, se desesperaría. Pero ve también a un Salvador
poderoso, un Salvador intercesor, un Salvador comprensivo —su sangre, su
justicia, su sacerdocio eterno— y cree que todo esto es para él. Ve a Jesús y pone
sobre él todo su peso. Viéndolo a él sigue luchando alegremente, con la confianza
de que los que creemos en él “somos más que vencedores por medio de aquel que
nos amó” (Ro. 8:37).
(3) Fe en la presencia de Cristo y su pronta disposición para ayudar
Una fe viva habitual en la presencia de Cristo y su pronta disposición para
ayudar es el secreto de la lucha victoriosa del soldado cristiano.
Nunca olvidemos que hay grados de fe. No todos los hombres creen igual y
aun, una misma persona, tiene altibajos de fe y cree con más convicción en un
momento que en otro. Según el grado de su fe, el cristiano pelea bien o mal, gana
victorias o sufre reveses ocasionales, termina triunfante o pierde una batalla. El
que tiene más fe siempre será el soldado más feliz y el que se sentirá más seguro.
Nada le quita mejor al soldado las ansiedades de la guerra que la seguridad del
amor y la protección continua de Cristo. Nada lo capacita para aguantar el
cansancio de velar, luchar y contender contra el pecado como la confianza
interior de que Cristo está de su lado y, por ende, el éxito es seguro. Es el “escudo
de la fe” el que apaga todos los dardos de fuego del maligno. El hombre que puede
decir: “Yo sé en quien he creído”, es el que puede decir en el momento de
sufrimiento: “No me avergüenzo”.
El que escribió: “No desmayemos” y “porque esta leve tribulación
momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de
gloria”, es el que escribió con la misma pluma: “No mirando nosotros las cosas
que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero
las que no se ven son eternas”. Es el hombre que dijo: “Vivo en la fe del Hijo de
Dios” y dijo en la misma epístola: “El mundo me es crucificado a mí, y yo al
mundo”. Es el hombre que dijo: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea
mi situación” y en la misma epístola: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
78 SANTIDAD

¡Cuanto más grande es la fe, más contundente es la victoria! ¡Cuánto mayor es la
fe, más enriquecedora es la paz interior! (Ef. 6:16; 2 Ti. 1:12; 2 Co. 4:17, 18; Gá.
2:20; 6:14; Fil. 1:21; 4:11, 13.)
Las victorias de los soldados cristianos fieles
Creo que es imposible sobreestimar el valor y la importancia de la fe. Bien
pudo llamarla el Apóstol Pedro “preciosa” (2 P. 1:1). No me alcanzaría el tiempo si
tratara de mencionar una centésima parte de las victorias que los soldados
cristianos han obtenido por fe.
Tomemos nuestra Biblia y leamos con atención el capítulo once de la Epístola
a los Hebreos. Subrayemos la larga lista de nombres de los hombres de fe que allí
se registran, desde Abel hasta Moisés, aun antes de que naciera Cristo de la virgen
María, trayendo la plenitud de vida y la inmortalidad a la luz por el evangelio.
Notemos bien las batallas que ganaron contra el mundo, la carne y el diablo. Y
luego recordemos que creer fue lo que lo hizo todo. Estos hombres esperaban con
anticipación al Mesías prometido. Vieron a Aquel que es invisible. “Por ella [la fe]
alcanzaron buen testimonio los antiguos” (He. 11:2, 27).
Demos vuelta las páginas a la historia primitiva de la iglesia. Veamos cómo los
cristianos primitivos se aferraban a su fe aun hasta la muerte y no flaqueaban ante
las más feroces persecuciones de los emperadores paganos. Durante siglos no
faltaron hombres como Policarpo e Ignacio, prontos a morir en lugar de negar a
Cristo. Multas y cárceles, torturas, hogueras y espadas no podían quebrantar el
espíritu del noble ejército de mártires. ¡Ni todo el poder del imperio romano, el
amante del mundo, pudo erradicar la fe cristiana que comenzó con unos pocos
pescadores y publicanos en Palestina! Entonces, recordemos que creer en un
Jesús invisible era la fuerza de la Iglesia. Ganaron su victoria por fe.
Examinemos la historia de la Reforma Protestante. Estudiemos la vida de sus
principales campeones: Wycliffe, Huss, Lutero, Ridley, Latimer y Hooper.
Notemos cómo estos soldados valientes de Cristo se mantuvieron firmes contra
un ejército de adversarios y estuvieron prontos para morir por sus principios.
¡Qué batallas libraron! ¡Cuántas controversias enfrentaron! ¡Cuántas
contradicciones soportaron! ¡Qué tenacidad tuvieron contra un mundo en armas!
Y luego, recordemos que creer en un Jesús invisible fue el secreto de su fortaleza.
Vencieron por fe.
Consideremos a los hombres que dejaron las marcas más grandes en los
avivamientos del siglo XVIII en Inglaterra y Norteamérica. Observemos de qué
modo hombres como Wesley, Whitefield, Venn y Romaine, lucharon solos en su
época y generación, y avivaron la fe cristiana auténtica, a pesar de la oposición de
hombres con posiciones elevadas y frente a calumnias, burlas y persecuciones de
4. La batalla 79

nueve de cada diez que profesaban ser cristianos en nuestro país. Observemos
cómo hombres como William Wilberforce y Havelock y Hedley Vicars han
testificado de Cristo en situaciones extremadamente difíciles y mantenido en alto
el estandarte de Cristo en los regimientos y en la Cámara Baja. Notemos cómo
estos testigos nobles no vacilaron y se mantuvieron firmes hasta el fin, ganándose
el respeto, aun de sus peores adversarios. Por lo tanto, recordemos que creer en
un Cristo invisible es la clave de la conducta de todos ellos. Por fe vivieron,
anduvieron, se mantuvieron firmes y vencieron.
¿Quiere alguno vivir la vida del soldado cristiano? Entonces ore con fe. Es el
don de Dios y un don que aquellos que lo piden nunca lo piden en vano. Hay que
creer antes de pedirlo. Si los hombres no hacen nada religioso, es porque no creen.
La fe es el primer paso hacia el cielo.
¿Quiere alguno pelear la batalla del soldado cristiano exitosa y prósperamente?
Ore pidiendo un continuo aumento de fe. Permanezca en Cristo, acérquese más a
Cristo y aférrese más a Cristo cada día de su vida. Ore cotidianamente como
oraban sus discípulos: “Señor, auméntanos la fe” (Lc. 17:5). Vigile celosamente su
fe, si es que la tiene. Éste es el baluarte del carácter cristiano de la cual depende la
seguridad de toda la fortaleza. Es el punto que a Satanás le encanta asaltar. Todo
queda a los pies del enemigo si no hay fe. En esto, si amamos la vida, tenemos que
mantenernos en guardia de una manera especial.

III. El verdadero cristianismo es una buena batalla
Lo último que tengo que decir es esto: El verdadero cristianismo es una buena
batalla.
“Buena” es un adjetivo inapropiado para calificar cualquier guerra. Toda
guerra del mundo es mala en mayor o menor grado. Sin duda que, en algunos
casos, la guerra es una necesidad absoluta —lograr la libertad de las naciones,
impedir que el débil sea arrasado por el fuerte—, pero aun así, es mala. Conlleva
mucho derramamiento de sangre y sufrimiento. Apresura a la eternidad miríadas
de gentes que no están preparadas en absoluto para el cambio. Suscita las peores
pasiones del hombre. Causa enormes pérdidas y la destrucción de propiedades.
Llena a hogares pacíficos de viudas y huérfanos. Extiende por doquier la pobreza,
las cargas y el sufrimiento nacional. Altera todo el orden en la sociedad.
Interrumpe la obra del evangelio y el crecimiento de la obra misionera cristiana.
En suma, las guerras son un mal inmenso e incalculable, y todo el que ora debiera
clamar noche y día: “Danos paz en nuestro tiempo”. Pero hay una guerra que es
enfáticamente “buena”, una batalla en la que no hay ningún mal. Esa guerra es la
guerra cristiana. Esa batalla es la batalla del alma.
80 SANTIDAD

Ahora bien, ¿por qué razones es la lucha cristiana una “buena batalla”?
Examinemos este tema y hagámoslo en orden. No me atrevo a pasar por alto este
tema e ignorarlo. No quiero que nadie comience la vida del soldado cristiano sin
calcular el costo. No dejaría de decirle a nadie que quiere ser santo y ver al Señor,
que tiene que luchar y que la lucha cristiana, aunque es espiritual, es real e
inexorable. Requiere valentía, audacia y perseverancia. Pero quiero que mis
lectores sepan que hay aliento abundante, con tal de que comiencen la batalla. Las
Escrituras no llaman a la lucha cristiana “una buena batalla” sin razón y causa.
Trataré de mostrar lo que quiero significar.
(a) La batalla del cristiano es buena porque se libra bajo el mejor de los
generales. El Líder y Comandante de todos los creyentes es nuestro divino
Salvador, el Señor Jesucristo, un Salvador que tiene sabiduría perfecta, amor
infinito y omnipotencia. El Capitán de nuestra salvación nunca falla en llevar a
sus soldados a la victoria. En ningún momento usa estrategias inútiles, nunca se
equivoca en sus criterios y jamás comete un error. Sus ojos están sobre todos sus
seguidores, desde el más grande hasta el más pequeño. No olvida al más humilde
siervo en su ejército. Cuida, recuerda y guarda para salvación al más débil. Las
almas que ha comprado y redimido con su propia sangre son demasiado preciosas
para ser malgastadas y descartadas. ¡Esto sí que es bueno!
(b) La batalla del cristiano es buena porque se libra con la mejor de las
ayudas. Por más débil que sea el creyente, el Espíritu Santo mora en él y su
cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Escogido por Dios el Padre, lavado en la
sangre del Hijo, renovado por el Espíritu, no va a la batalla bajo su propia
responsabilidad y nunca está solo. Dios el Espíritu Santo le enseña, dirige, guía y
conduce cada día. Dios el Padre lo guarda con su poder divino. Dios el Hijo
intercede por él a cada momento, como Moisés en el monte, mientras estaba
peleando en el valle. ¡Una cuerda triple como esta nunca puede romperse! Sus
provisiones y pertrechos diarios nunca fallan. Su comisariado nunca es defectuoso.
Su pan y su agua son cosas seguras. ¡Por más débil que parezca y aunque se
considere a sí mismo como un gusano, es fuerte en el Señor para hacer grandes
cosas! ¡Esto sí que es bueno!
(c) La batalla del cristiano es buena porque se libra con la mejor de las
promesas. Cada creyente cuenta con grandísimas y preciosas promesas —todas Sí
y Amén en Cristo—, promesas que serán cumplidas indefectiblemente porque el
que prometió no puede mentir y tiene el poder, al igual que la voluntad, de
cumplir su palabra. “El pecado no se enseñoreará de vosotros”. “Y el Dios de paz
aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies”. “El que comenzó en vosotros la
buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. “Cuando pases por las
aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán”. “No perecerán jamás,
4. La batalla 81

ni nadie las arrebatará de mi mano”. “Al que a mí viene, no le echo fuera”. “No te
desampararé, ni te dejaré”. “Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida,… ni lo
presente, ni lo por venir,… nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo
Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:14; 16:20; Fil. 1:6; Is. 43:2; Jn. 10:28; 6:37; He. 13:5;
Ro. 8:38-39). ¡Palabras como éstas valen su peso en oro! ¿Quién no sabe que la
promesa de que vendrían refuerzos alegró a los defensores de ciudades sitiadas,
como Lucknow, y dio fuerzas más allá de las normales? ¿Acaso no hemos oído que
la promesa de “refuerzos antes del anochecer” tuvo mucho que ver con la
poderosa victoria de Waterloo? No obstante, promesas como éstas no son nada
comparadas con el rico tesoro del creyente: Las promesas eternas de Dios. ¡Esto sí
que es bueno!
(d) La batalla del cristiano es buena porque se libra con el mejor de los
desenlaces y resultados. Es, indudablemente, una guerra en la que hay
tremendas batallas y angustiosos conflictos, heridas, moretones, desvelos, ayunos
y fatigas. Aun así, todos los creyentes, sin excepción, pueden decir: “Somos más
que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37). Ningún soldado
cristiano jamás se pierde, desaparece ni es dejado por muerto en el campo de
batalla. No habrá que llorar por él, ni se derramará nunca una sola lágrima por el
soldado raso ni por un oficial del ejército de Cristo. Cuando llegue la noche, el
mismo llamado a presentar armas será exactamente igual al que se hizo en la
mañana. Las fuerzas inglesas marcharon desde Londres a la campaña de Crimea
como un cuerpo magnífico de hombres; pero muchos valientes perdieron su vida
y nunca volvieron a ver la ciudad de Londres. Muy distinta será la llegada del
ejército cristiano a “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y
constructor es Dios” (He. 11:10). No faltará ni uno. Las palabras de nuestro gran
Capitán darán prueba de ser ciertas: “De los que me diste, no perdí ninguno” (Jn.
18:9). ¡Esto sí que es bueno!
(e) La batalla del cristiano es buena porque le hace bien al alma del que la
libra. Todas las demás guerras tienen una tendencia mala, degradante y
desmoralizadora. Exteriorizan las peores pasiones de la mente humana.
Endurecen la conciencia y carcomen los fundamentos de la fe cristiana y la
moralidad. Sólo la guerra cristiana tiende a recurrir a las mejores características
que le quedan al hombre. Promueve humildad y caridad, reduce el egoísmo y la
mundanalidad e induce a los hombres a poner sus afectos en las cosas de arriba.
Nunca se ha oído de ancianos, enfermos y moribundos que se arrepintieran de
librar las batallas de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. Sólo se
lamentan de no haber empezado a servir a Cristo mucho antes. La experiencia de
aquel destacado santo, Philip Henry, no es la única. En sus últimos días le dijo a
su familia: “Quiero que todos ustedes hagan constar que la vida vivida al servicio
82 SANTIDAD

de Cristo es la vida más feliz que el hombre puede tener en el mundo”. ¡Esto sí
que es bueno!
(f) La batalla del cristiano es buena porque le hace bien al mundo. El resto de
las guerras tienen efectos devastadores, son horrorosas y perjudiciales. La marcha
de un ejército por un país es un flagelo terrible para los habitantes. Dondequiera
que va empobrece, debilita y causa daño. La acompañan invariablemente daños a
personas, propiedades, sentimientos y a los valores morales. Muy distintos son los
efectos producidos por la batalla de soldados cristianos. Dondequiera que ellos
vivan son de bendición. Elevan el nivel de la fe cristiana y la moralidad.
Invariablemente mantienen bajo control al alcoholismo, la falta de respeto al Día
del Señor, el libertinaje y la deshonestidad. Aun sus enemigos se ven obligados a
respetarlos. Dondequiera que uno vaya, raramente verá que los cuarteles y
acantonamientos militares le hacen bien al vecindario. Pero dondequiera que sea,
¡encontrará que la presencia de algunos pocos cristianos es una bendición! ¡Esto
sí que es bueno!
(g) Por último, la batalla del cristiano es buena porque termina en una
recompensa gloriosa para todos los que la libran. ¿Quién puede decir cuánto
pagará Cristo a todo su pueblo fiel? ¿Quién puede calcular las cosas buenas que
nuestro Capitán divino tiene reservadas para aquellos que lo confiesan ante los
hombres? Una nación agradecida puede darle a sus guerreros victoriosos medallas,
pensiones, reconocimientos, honores y títulos. Pero no puede darles nada que
dure para siempre, nada que puedan llevar más allá de la tumba. Aun los más
excelsos palacios pueden ser disfrutados sólo por algunos años. Los generales y
soldados más valientes tendrán que descender un día para presentarse ante el rey
de los terrores. Mejor, mucho mejor es la posición del que pelea bajo el estandarte
de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. Puede ser que no reciba elogios
en vida y quizá algunos pocos al ser sepultado, pero tendrá algo que es mucho
mejor, mucho más durable. Tendrá “la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:4).
¡Esto sí que es bueno!
Grabemos en nuestra mente que la batalla cristiana es una lucha buena,
verdaderamente buena, totalmente buena y enfáticamente buena. Ahora la vemos
sólo en parte. Vemos batallas, pero no el final; vemos la campaña, pero no la
recompensa; vemos la cruz, pero no la corona. Vemos unos pocos humildes,
quebrantados de corazón y penitentes soportando sufrimientos y despreciados por
el mundo, pero no vemos la mano de Dios sobre ellos, el rostro de Dios
sonriéndoles, el reino de gloria preparado para ellos. Estas cosas todavía tienen
que ser reveladas. No juzguemos por las apariencias. Hay muchas más cosas
buenas como resultado de la guerra cristiana que las que podemos ver.
4. La batalla 83

Aplicación práctica
Ahora concluyo todo mi tema con unas pocas palabras de aplicación práctica.
Nos toca vivir en una época cuando el mundo parece estar pensando solamente en
batallas y en pelear.
La guerra entre humanos está entrando en el alma de más de una nación y,
consecuentemente, la alegría ha desaparecido de muchas regiones. En tiempos
como estos, el pastor puede, con conocimiento de causa, llamar a los creyentes a
recordar su guerra espiritual. Agregaré unas pocas palabras finales acerca de la
gran batalla del alma.
(1) Puede ser que usted esté luchando duro por recibir las recompensas de
este mundo.
Quizá esté dando todas sus fuerzas a obtener dinero, o una posición, o poder o
placer. Si ese es su caso, tenga cuidado. Su siembra dará como fruto una cosecha
de amarga desilusión. A menos que preste atención a lo que está haciendo, le
pasará lo que dice el profeta: “en dolor seréis sepultados” (Is. 50:11).
Miles de personas han andado por la misma senda en la que está andando
usted y han despertado demasiado tarde a la realidad de que su final era una ruina
lamentable y eterna. Han luchado duro para obtener riquezas, honra, una
posición y alguna promoción, y le han dado la espalda a Dios, a Cristo y al cielo en
el mundo venidero. ¿Y cuál ha sido su final? Con frecuencia, de hecho con
demasiada frecuencia, han descubierto que toda su vida fue un gran error. Han
aprendido por amarga experiencia los sentimientos del estadista moribundo que
exclamó en sus últimas horas: “La batalla ha sido librada: La batalla ha sido
librada: Pero no se ha conquistado la victoria”.
Para su propia felicidad, decida hoy ponerse del lado del Señor. Líbrese de su
indiferencia e incredulidad del pasado. Deje los caminos de un mundo insensato e
irracional. Tome la cruz y conviértase en un buen soldado de Cristo. “Pelee la
buena batalla de la fe” para poder ser feliz, además de vivir seguro.
Piense lo que los hijos de este mundo hacen a menudo para tener libertad, aun
sin ningún principio religioso. Recuerde cómo los griegos, romanos, suizos y
tiroleses prefirieron perder todo, aun la vida misma, en lugar de someterse a un
yugo extranjero. Sea este ejemplo de inspiración para imitarlos. Si los hombres
pueden hacer tanto por una corona corruptible, ¡cuánto más debiéramos hacer
nosotros por una incorruptible! Despertemos a un sentido de la desgracia de ser
esclavo. Levantémonos y luchemos para tener vida, felicidad y libertad.
No tema empezar y ponerse bajo el estandarte de Cristo. El gran Capitán de
nuestra salvación no rechaza a nadie que viene a él. Como David en la cueva de
Adulán, él está listo para recibir a todos los que acudan a él, no importa lo indigno
84 SANTIDAD

que se sientan. Nadie, si se arrepiente y cree, es demasiado malo para ser
rechazado en el ejército de Cristo. Todos los que acuden a él por fe son aceptados,
vestidos, armados, capacitados y, por último, conducidos a una victoria total. No
tema empezar hoy mismo. Todavía hay lugar para usted.
No tenga miedo de luchar, una vez que se recluta. Cuanto más entregado y
sincero de corazón sea como soldado, más tranquilo peleará en su guerra
espiritual. Sin duda, tendrá problemas, cansancios y duras luchas antes de
terminar su guerra. Pero no deje que ninguna de estas cosas lo sacudan. Más
grande es el que está de su lado que los que están en su contra. La libertad eterna
o cautividad eterna son las alternativas que tiene. Escoja la libertad y luche hasta
el fin.
(2) Puede ser que ya sepa usted algo de la guerra cristiana y ya haya dado
pruebas de ser un soldado. Si éste es su caso, acepte una palabra de consejo y
aliento de un soldado hermano. Me hablaré a mí mismo tanto como a usted.
(a) Recordemos que si queremos pelear exitosamente tenemos que ponernos
toda la armadura de Dios y no quitárnosla hasta morir. No podemos prescindir ni
siquiera de una pieza de ella. El cinto de la verdad, la coraza de justicia, el escudo
de la fe, el yelmo de la salvación, la espada del Espíritu, todos estos pertrechos son
absolutamente necesarios (Ef. 6:10-18). No podemos quitarnos ninguna parte de
la armadura ni siquiera un día. Dijo bien aquel veterano del ejército de Cristo que
murió hace 200 años: “Apareceremos en el cielo, no con nuestra armadura puesta,
sino vestidos con mantos de gloria. Pero mientras estemos aquí tenemos que usar
nuestras armas día y noche. Tenemos que caminar, trabajar y dormir en ellas, si
no, no somos verdaderos soldados de Cristo” (Christian Armour [Armadura
cristiana], por Gurnall).
(b) Recordemos las palabras de un guerrero inspirado que fue a su descanso
hace 1.800 años: “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de
agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Ti. 2:4). ¡No olvidemos nunca sus
palabras!
(c) Recordemos que algunos parecían buenos soldados por un corto tiempo y
hablaban mucho de lo que harían, pero se han retirado vergonzosamente en el día
de batalla.
(d) Nunca olvidemos a Balaam, Judas, Demas y la esposa de Lot. Sea lo que
seamos y por débiles que estemos, seamos reales, auténticos, verdaderos y
sinceros.
(e) Recordemos que la mirada de nuestro amante Salvador está sobre nosotros
de mañana, al mediodía y en la noche. Nunca nos dejará ser tentados más de lo
que podamos resistir. Él puede sentir lo que sentimos en nuestras debilidades,
pues él mismo fue tentado. Sabe cuáles son nuestras batallas y conflictos porque
4. La batalla 85

él mismo fue atacado por el Príncipe de este mundo. Teniendo semejante Sumo
Sacerdote, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos firmes en nuestra profesión
(He. 4:14).
(f) Recordemos que miles de soldados ya han peleado la misma batalla que
estamos peleando nosotros y que fueron victoriosos por medio de Aquel que los
amó, vencieron por la sangre del Cordero, y nosotros también podemos hacerlo.
El brazo de Cristo es tan fuerte como siempre. El que salvó a hombres y mujeres
que vivieron antes que nosotros, es el que nunca cambia. “Por lo cual puede
también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios”. Entonces,
librémonos de nuestras dudas y temores. Seamos “imitadores de aquellos que por
la fe y la paciencia heredan las promesas” y sumémonos a ellos (He. 7:25; 6:12).
(g) Por último, recordemos que el tiempo es corto y se acerca la venida del
Señor. Unas cuantas batallas más, sonará la trompeta y el Príncipe vendrá para
reinar en una tierra transformada. Unas pocas batallas y luchas más, y nos
despediremos eternamente de la guerra, del pecado, del dolor y de la muerte.
Luchemos hasta el fin y nunca nos demos por vencidos. Esto dice el Capitán de
nuestra salvación: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él
será mi hijo” (Ap. 21:7).
Concluiré con las palabras de John Bunyan en una de las partes más hermosas
de El progreso del peregrino (Segunda parte). Está describiendo el final de unos
de los mejores y más santos de los peregrinos:
“Luego se extendió el rumor de que Valiente-por-la-verdad había recibido un
llamamiento por el mismo correo, y prenda de que el aviso era verdad, su cántaro
se quebró junto a la fuente (Ec. 12:6). Comprendiendo esto, participólo a sus
amigos. ‘Ahora, dijo ‘voy a casa de mi Padre, y aunque con mucha dificultad he
llegado hasta aquí, ya no son los trabajos y molestias que el viaje me ha
ocasionado. Dejo mi espada a aquel que me sucediere en la peregrinación, y mi
valor y pericia a quien pueda lograrlos. Llevaré conmigo mis huellas y cicatrices
para dar testimonio de que he peleado la batalla de Aquel que será ahora mi
galardón’.
El día de su partida muchos le acompañaron a la ribera. Entrando en el río,
exclamó: ‘¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?’. Y luego, sumergiéndose en las
aguas: ‘¡Oh sepulcro! ¿Dónde está tu victoria? Con estos acentos de triunfo
alcanzó la otra orilla, y fue recibido a son de trompeta”.
¡Sea nuestro final este mismo! ¡No olvidemos nunca que sin luchar no puede
haber santidad mientras vivamos, ni corona de gloria cuando muramos!
5. El costo
“¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se
sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo
que necesita para acabarla?”. Lucas 14:28

Este versículo es de gran importancia. Son pocas las personas que no se
sienten obligadas a preguntarse a menudo: “¿Cuánto cuesta?”.
Al comprar una propiedad, construir un edificio, amueblar los cuartos, trazar
planes, cambiar de casa, educar a los hijos, es sabio y prudente anticipar su costo.
Muchos se ahorrarían gran dolor y sufrimiento si se acordaran de hacerse la
pregunta: “¿Cuánto cuesta?”.
Y hay una cuestión donde tiene especial importancia “calcular cuánto cuesta”.
Esa cuestión es la salvación de nuestras almas. ¿Qué cuesta ser un verdadero
cristiano? ¿Qué cuesta ser realmente un hombre santo? Ésta, al fin y al cabo, es la
gran pregunta. Por no darle ninguna consideración a esto, miles de personas,
después de que parece que han empezado bien, se vuelven del camino al cielo y se
pierden para siempre en el infierno. Compartiré algunas palabras que pueden
arrojar luz sobre el asunto.
I. Mostraré, en primer lugar, lo que cuesta ser un verdadero cristiano.
II. En segundo lugar, explicaré por qué es tan importante calcular el costo.
III. Por último, daré algunas pautas que pueden ayudar a calcular el costo
correctamente.
Vivimos en tiempos extraños. Los sucesos van pasando con singular rapidez.
Nunca sabemos lo que nos depara un nuevo día; ¡mucho menos sabemos lo que
puede suceder dentro de un año! Vivimos en una época en la que hay mucha
religiosidad. Centenares de cristianos activos en todas partes están expresando un
anhelo por más santidad y una vida espiritual más elevada. No obstante, es más
común ver a la gente recibir la Palabra con gozo y después de dos o tres años
apartarse y volver a sus pecados. No consideraron “lo que cuesta” ser realmente
un creyente congruente y un cristiano santo. Sin duda, estos son tiempos cuando
deberíamos sentarnos con frecuencia a “calcular el costo” y considerar el estado
de nuestras almas. Tiene que importarnos lo que somos. Si anhelamos ser
realmente santos, es buena señal. Podemos dar gracias a Dios por poner ese
5. El costo 87

anhelo en nuestros corazones. Pero aun así, hay que calcular el costo. No hay
duda de que el camino de Cristo a la vida eterna, lleva a la felicidad. Pero es una
necedad ignorar el hecho de que el camino de Cristo es angosto y que la cruz
viene antes que la corona.

I. Lo que cuesta ser un verdadero cristiano
Primero, tengo que mostrar lo que cuesta ser un verdadero cristiano. No nos
equivoquemos en el significado de lo que estoy diciendo. No estoy examinando el
costo de salvar el alma de un cristiano. Sé muy bien que costó, nada menos que la
sangre del Hijo de Dios, expiar los pecados y redimir al hombre del infierno. El
precio pagado por nuestra redención fue demasiado alto: La muerte de Jesucristo
en el Calvario. Hemos sido “comprados por precio”; Jesús “se dio a sí mismo en
rescate por todos” (1 Co. 6:20; 1 Ti. 2:6). Pero nada de esto tiene que ver con la
pregunta inicial. El punto que quiero considerar es otro completamente diferente.
Se trata de a lo que el hombre tiene que estar dispuesto a renunciar si quiere ser
salvo. Es la cantidad de sacrificio que el hombre tiene que hacer si su intención es
servir a Cristo. Es en este sentido que hago la pregunta: “¿Cuánto cuesta?”. Y creo
firmemente que es una cuestión muy importante.
Admito sin problema que cuesta poco ser meramente un cristiano en lo
exterior. Uno no tiene más que asistir a una iglesia dos veces los domingos y ser
tolerablemente moral durante la semana para ser todo lo religioso que son miles
de personas a su alrededor. Todo esto es barato y no requiere gran esfuerzo: No
requiere nada de negarse a sí mismo ni sacrificarse. Si éste es el cristianismo
salvador que nos llevará al cielo cuando muramos, tenemos que cambiar la
descripción que hace la Biblia del camino de la vida y escribir: “¡Ancha es la
puerta y amplio el camino que lleva al cielo!”.
Pero de hecho, algo le cuesta al verdadero cristiano, según las normas de la
Biblia. Hay enemigos que vencer, batallas que librar, sacrificios que hacer, un
Egipto que dejar atrás, un desierto que cruzar, una cruz que cargar y una carrera
que correr. La conversión no se trata de poner al convertido en un cómodo sillón
y llevarlo sentado al cielo. Es el comienzo de una tremenda batalla, en la cual
cuesta mucho obtener la victoria. De allí, la enorme importancia de “calcular el
costo”.
Trataré de mostrar, precisa y particularmente, lo que cuesta ser un verdadero
cristiano. Supongamos que alguien tiene la disposición de servir a Cristo, se
siente atraído por él y tiene una inclinación a seguirle. Supongamos que alguna
enfermedad, una muerte súbita o un sermón ha conmovido su conciencia
haciéndole sentir el valor de su alma y el deseo de ser un verdadero cristiano. Sin
lugar a dudas, hay múltiples motivos que animarían a ese alguien a ser un
88 SANTIDAD

verdadero cristiano. Sus pecados pueden ser gratuitamente perdonados, sin
importar cuántos sean o lo grandes que sean. Su corazón puede haber cambiado
completamente, no importa lo frío y duro que era. Cristo y el Espíritu Santo, la
misericordia y la gracia de Dios están listos para recibirlo. Pero aun así, debiera
calcular el costo. Veamos detalladamente, una por una, las cosas que le costará.
(1) Para empezar, le costará su pretendida superioridad moral. Tiene que
despojarse de todo orgullo y soberbia, y de creerse bueno. Tiene que contentarse
con ir al cielo como un pobre pecador salvo solo por gracia, dándole el mérito y la
justicia a otro. Al decir las palabras del Libro de Oraciones, tiene que sentir que ha
“errado y se ha apartado como una oveja perdida” y que ha “dejado sin hacer las
cosas que debiera haber hecho y hace las cosas que no debiera haber hecho”.
Tiene que estar dispuesto a renunciar a la confianza que tiene en su propia
moralidad y respetabilidad, a sus oraciones, lecturas bíblicas, su asistencia a la
iglesia, a recibir los sacramentos y confiar exclusivamente en Jesucristo.
Esto puede parecerles difícil a algunos. No me sorprendería. “Señor”, le dijo el
piadoso labriego al conocido James Hervey de Weston Favelle: “Es más difícil
renunciar al yo orgulloso que al yo pecaminoso. Pero es absolutamente necesario
hacerlo”. Pongamos este costo como el primero y más importante. Para ser un
verdadero cristiano, al hombre le costará crucificar su pretendida superioridad
moral.
(2) En segundo lugar, le costará al hombre sus pecados. Tiene que estar
dispuesto a renunciar a cada hábito y práctica que es desagradable a los ojos de
Dios. Tiene que darle la espalda al pecado, discutir con él, romper con él, luchar
contra él, crucificarlo y esforzarse para vencerlo, no importa lo que diga o piense
el mundo. Tiene que hacerlo sincera y totalmente. No puede hacer las paces por
separado con ningún pecado especial que ama. Tiene que considerar a todos sus
pecados como sus enemigos mortales y aborrecer cada mal camino. Sean
pequeñas o grandes, sean públicas o secretas, tiene que renunciar totalmente a
todas sus transgresiones. Significará una batalla diaria y, a veces, casi lograrán
enseñorearse sobre él. Pero nunca debe ceder. Tiene que mantener una guerra
perpetua contra sus pecados. Escrito está: “Echad de vosotros todas vuestras
transgresiones”; “tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades”; “dejad de
hacer lo malo” (Ez. 18:31; Dn. 4:27; Is. 1:16).
Esto suena difícil. No me extraña. A menudo queremos tanto a nuestros
pecados como si fueran nuestros hijos: Los amamos, los abrazamos, nos
aferramos a ellos y nos deleitamos en ellos. Separarnos de ellos es tan difícil como
amputarse la mano derecha o sacarse el ojo derecho. Pero hay que hacerlo. Hay
que despedirse de ellos. Aunque la maldad “endulzó en su boca, si lo ocultaba
debajo de su lengua, si le parecía bien, y no lo dejaba, sino que lo detenía en su
5. El costo 89

paladar”, hay que renunciar a ellos (nuestros pecados), si queremos ser salvos (Job
20:12-13). El hombre y su pecado tienen que enemistarse si él y Dios han de ser
amigos. Cristo está dispuesto a recibir a cualquier pecador. Pero no lo recibe si
éste se aferra a sus pecados. Anotemos este segundo precio a nuestra cuenta. Ser
cristiano le costará al hombre sus pecados.
(3) Además, le costará al hombre su amor por lo que resulta fácil. Tiene que
experimentar dolor y luchar si quiere desarrollar una carrera victoriosa al cielo.
Tiene que velar y mantenerse en guardia cada día, como el soldado en el campo
enemigo. Tiene que cuidar su comportamiento cada hora del día, con cada
compañía y en cada lugar, en público, al igual que en privado, entre extraños, al
igual que con los de casa. Tiene que vigilar su tiempo, su lengua, su carácter, sus
pensamientos, su imaginación, sus motivaciones y su conducta en cada relación
de su vida. Tiene que ser diligente en orar, leer la Biblia, en lo que hace los
domingos, con todos sus medios de gracia. Al prestar atención a estas cosas puede
distar de alcanzar la perfección, pero no puede descuidar ninguna. “El alma del
perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada” (Pr.
13:4).
Esto también suena duro. No haya nada que por naturaleza nos desagrade
tanto como tener “problemas” relacionados con nuestra religión. Nos desagradan
los conflictos. Deseamos secretamente tener un cristianismo “vicario”, lograr
todo por medio del esfuerzo de terceros que hicieran todo en nuestro lugar.
Cualquier cosa que requiera esfuerzo y trabajo, es contraria a nuestra naturaleza.
Pero para el alma “no hay ganancias sin sacrificios”. Anotemos este tercer costo a
nuestra cuenta. Ser cristiano le costará al hombre su amor por lo que resulta fácil.
(4) Por último, le costará al hombre la amistad con el mundo. Si quiere
agradar a Dios tiene que estar contento, aunque los demás piensen mal de él. No
debe extrañarse que se burlen de él, que lo ridiculicen, lo calumnien, lo persigan y,
aun, lo aborrezcan. No tiene que sorprenderse de encontrar que sus opiniones y
sus prácticas religiosas son despreciadas y motivo de burlas. Tiene que aceptar
que muchos lo crean tonto, exagerado y fanático —que perviertan sus palabras y
malinterpreten sus acciones—. De hecho, no tiene que sorprenderse si algunos lo
llaman loco. El Maestro dijo: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo
no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os
perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Jn.
15:20).
Me atrevo a decir que esto también suena difícil. Por naturaleza nos
desagradan los tratos injustos y las acusaciones falsas, y nos es muy difícil ser
acusados sin causa. No seríamos de carne y hueso si no deseáramos que nuestros
prójimos tuvieran una buena opinión de nosotros. Es siempre desagradable que
90 SANTIDAD

hablen en nuestra contra y nos abandonen, que mientan acerca de nosotros y que
tengamos que estar solos. Pero esto no se puede evitar. La copa que nuestro
Maestro bebió tiene que ser bebida por sus discípulos. Tienen que ser
“despreciado y desechado entre los hombres” (Is. 53:3). Anotemos este cuarto
costo a nuestra cuenta. Ser cristiano le costará al hombre la amistad con el
mundo.
Todo eso es lo que cuesta ser un verdadero cristiano. Admito que la lista es
pesada. ¿Dónde hay un elemento de los anteriores que puede ser quitado? Audaz
es el hombre que se atreve a decir que podemos conservar nuestra pretendida
superioridad, nuestros pecados, nuestra pereza y nuestro amor por el mundo, ¡y,
aun así, ser salvos!
Admito que cuesta mucho ser un verdadero cristiano. ¿Pero quién en sus
cabales puede dudar de que cualquier costo vale la pena para salvar su alma?
Cuando un barco está en peligro de hundirse, a los tripulantes no les importa
tirar por la borda su valioso cargamento. Cuando un brazo o una pierna está
infectada, el hombre se somete a una cirugía y, aun, a una amputación si hacerlo
significa salvarle la vida. Igualmente, el cristiano debe estar dispuesto a renunciar
a lo que sea que se interpone entre él y el cielo. ¡La vida espiritual que nada cuesta,
nada vale! Un cristianismo barato, sin una cruz, probará ser al final, un
cristianismo inútil, sin ninguna corona.

II. La importancia de “calcular el costo”
Quiero ahora, en segundo lugar, explicar por qué “calcular el costo” es de
tanta importancia para el alma del hombre. Podría fácilmente resolver esta
cuestión enunciando el principio de que ningún deber ordenado por Cristo puede
alguna vez ser descuidado sin sufrir algún daño. Podría mostrar cuántos cierran
los ojos durante toda la vida a la naturaleza de la fe que salva y se niegan a
considerar lo que realmente cuesta ser cristiano. Podría describir esas escenas en
las que, al final, cuando ya se les está escapando la vida, despiertan y hacen unos
pocos esfuerzos espasmódicos por volver a Dios. Podría decir cuántos, para su
sorpresa, descubren que el arrepentimiento y la conversión no son asuntos tan
fáciles como suponían, y que cuesta “una gran suma” ser un verdadero cristiano.
¡Descubren que el hábito del orgullo, la indulgencia pecaminosa, el amor por lo
que resulta fácil y la mundanalidad no son tan fáciles de abandonar como habían
imaginado! ¡Y entonces, después de un esfuerzo débil, se dan por vencidos y
parten del mundo sin esperanza, sin la gracia y sin ser aptos para encontrarse con
Dios! Viven engañados toda la vida pensando que la fe cristiana sería algo fácil
cuando se decidieran a tomarla en serio. Pero se les abren los ojos demasiado
5. El costo 91

tarde y descubren, por primera vez, que están arruinados porque nunca
“calcularon el costo”.
Los que necesitan ser exhortados a “calcular el costo”
Pero existe una clase de personas en especial, a la que quiero hablar sobre esta
parte de mi tema. Es una clase numerosa, que va en aumento y que en estos días
está en inminente peligro. Diré algunas palabras para tratar de describirla. Merece
nuestra cuidadosa atención.
Las personas a las que me refiero no son indiferentes a la religión: Piensan
mucho en ella. No son ignorantes en cuanto a la religión, la conocen bastante
bien. Pero su gran defecto es que no están “arraigados y afirmados” en su fe.
Sucede con demasiada frecuencia que han adquirido su conocimiento de segunda
mano, ya sea de sus familiares o porque les enseñaron religión, pero nunca se han
ocupado de su propia experiencia interior. Sucede con demasiada frecuencia que
han hecho una profesión de fe presionados por las circunstancias, por la emoción
de sus sentimientos, por un entusiasmo animal o por un deseo fortuito de hacer
lo mismo que hacen los demás, sin que haya una obra fehaciente de la gracia en
sus corazones. Las personas así se encuentran en una posición inmensamente
peligrosa. Son precisamente ellas, si es que valen de algo los ejemplos bíblicos, las
que necesitan la exhortación a “calcular el costo”.
Por no “calcular el costo”, incontables hijos de Israel murieron
miserablemente en el desierto entre Egipto y Canaán. Dejaron Egipto llenos de
entusiasmo y fervor, como si nada pudiera detenerlos. Sin embargo, cuando
encontraron peligros y dificultades en el camino, su aparente valentía pronto
desapareció. Nunca se detuvieron a pensar en las dificultades. Pensaron que
llegarían a la tierra prometida en unos pocos días. Pero cuando los enemigos, las
privaciones, el hambre y la sed empezaron a probarlos, murmuraron contra
Moisés, contra Dios y hubieran preferido volver a Egipto. En una palabra, no
habían “calculado el costo” por lo que perdieron todo y murieron en sus pecados.
Por no “calcular el costo”, muchos de los oyentes de nuestro Señor Jesucristo
después de un tiempo se apartaron y “ya no andaban con él” (Jn. 6:66). Cuando al
principio veían sus milagros y escuchaban su predicación, pensaban que “el reino
de Dios aparecería inmediatamente”. Se sumaron a sus apóstoles y lo siguieron
sin pensar en las consecuencias. Pero cuando descubrieron que había doctrinas
difíciles que creer, trabajo difícil que hacer y persecuciones que sufrir, su aparente
fe desapareció inmediatamente y quedó en la nada. En una palabra, no habían
“calculado el costo” y, consecuentemente, “naufragaron en cuanto a la fe algunos”
(1 Ti. 1:19).
92 SANTIDAD

Por no “calcular el costo”, el Rey Herodes volvió a sus antiguos pecados y
destruyó su alma. Le gustaba oír predicar a Juan el Bautista. Lo “observaba” y
honraba como un hombre justo y santo. Hasta hacía “muchas cosas” que eran
correctas y buenas. Pero cuando se vio obligado a enfrentar el hecho de tener que
renunciar a su querida Herodías, apostató de la fe. No había contado con esto. No
había “calculado el costo” (Mr. 6:20).
Por no “calcular el costo”, Demas dejó a Pablo, dejó el evangelio, dejó a Cristo
y renunció al cielo. Por mucho tiempo viajó con el gran apóstol de los gentiles y,
de hecho, fue su “colaborador”. Pero cuando descubrió que no podía ser amigo de
este mundo y al mismo tiempo ser amigo de Dios, renunció a su cristianismo y se
dio al mundo. “Demas me ha desamparado”, dijo Pablo, “amando este mundo” (2
Ti. 4:10). Obviamente, no había “calculado el costo”.
Por no “calcular el costo”, los que escuchan a poderosos predicadores
evangélicos, a menudo sufren un final desventurado. Se conmueven y emocionan
tanto que profesan lo que realmente no experimentan. Reciben la Palabra
“gozosos” con tanta extravagancia que casi asustan a los viejos cristianos.
Trabajan por un tiempo con tanta consagración y fervor que parece que van a
sobrepasar a los demás. Hablan y trabajan con objetivos espirituales con tanto
entusiasmo que hasta pueden avergonzar a los cristianos que ya tienen más
tiempo en la iglesia. Pero cuando la novedad y la frescura de sus sentimientos han
pasado, cambian totalmente. Dan prueba de haber sido terreno pedregoso. Son
exactamente lo que describe el gran Maestro en la Parábola del Sembrador. “Al
venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (Mt.
13:21). Poco a poco su efímera consagración se esfuma y su amor se enfría. Tarde
o temprano los asientos que ocupaban en los cultos están vacíos y, ni siquiera, son
mencionados entre los cristianos. ¿Por qué? Porque nunca “calcularon el costo”.
Por no “calcular el costo”, centenares de personas que han hecho profesión de
fe como fruto de “avivamientos religiosos”, vuelven al mundo después de un
tiempo y hacen quedar mal a la fe cristiana. Comienzan con una noción
lamentablemente equivocada de lo que es el verdadero cristianismo. Se imaginan
que no consiste de otra cosa más que levantar la mano cuando el predicador hace
la invitación a “venir a Cristo” y sentir profundamente gozo y paz interior. Y
entonces, después de un tiempo, cuando se enteran de que existe una cruz que
hay cargar, que nuestros corazones son engañosos y que hay un diablo ocupado
siempre cerca de nosotros, se enfrían disgustados y vuelven a sus pecados de antes.
5. El costo 93

¿Y por qué? Porque nunca supieron realmente de qué se trataba el verdadero
cristianismo. Nunca aprendieron que tenemos que “calcular el costo” 1.

1
Lamentaría mucho si el lenguaje que acabo de usar acerca de los avivamientos se malentendiera.
Para prevenirlo presentaré algunos comentarios para aclarar lo que quiero decir.
Nadie puede estar más profundamente agradecido que yo por los avivamientos auténticos en la fe
cristiana. Dondequiera que sucedan y por los medios que sean les deseo de toco corazón que Dios
los bendiga. “Si Cristo es predicado”, me regocijo, cualesquiera que sean los predicadores. Si las
almas son salvadas, me regocijo, cualquiera que sea la denominación de la iglesia donde se presenta
la Palabra de vida.
Pero es una triste realidad que en un mundo como éste, no se puede tener lo bueno sin lo malo.
No vacilo en decir que una de las consecuencias del movimiento de avivamiento ha sido la
aparición de un sistema teológico que me siento obligado a llamar defectuoso y malicioso, en
extremo.
La característica principal del sistema teológico al que me refiero, es éste: Una exageración
extravagante y desproporcionada de tres puntos de la religión, a saber: La conversión instantánea,
la invitación a pecadores inconversos a venir a Cristo y la posesión de un gozo y paz interior como
prueba de la conversión. Repito que estos tres grandes puntos (pues grandes son), incesantemente
alcanzan algún público, exclusivamente en algunos sectores, donde causa grandes perjuicios.
La conversión instantánea, sin duda, debe ser algo para insistirle a la gente. Pero las personas no
deben ser llevadas a suponer que no hay otra manera de convertirse y que, a menos que Dios las
convierta súbita y poderosamente, no están convertidas.
El deber de venir inmediatamente a Cristo, “tal como somos”, es algo que hay que insistirles a todos
los oyentes. Es la piedra fundamental de la predicación del evangelio. Pero, de hecho, no se les debe
decir que se arrepientan, al igual que crean. Hay que decirles por qué deben venir a Cristo, para
qué venir y de dónde surge su necesidad de hacerlo.
La proximidad de paz y consuelo en Cristo debe ser proclamada a los hombres. Pero, de hecho, se les
debe enseñar también que tener grandes manifestaciones de gozo y entusiasmo exagerado no es
esencial en la justificación y que puede haber fe y paz auténtica sin sentimientos tan eufóricos. El
gozo solo no es evidencia segura de la gracia.
Los defectos del sistema teológico que tengo en mente son estos: (1) La obra del Espíritu Santo en
la conversión de pecadores se confina demasiado a un solo método. No todos los conversos
verdaderos se convierten instantáneamente como Saulo y el carcelero de Filipo. (2) No se instruye
suficientemente a los pecadores acerca de la santidad de la ley de Dios, la profundidad de sus
pecados y la verdadera culpabilidad del pecado. Estar diciéndole incesantemente al pecador que
“venga a Cristo” es de poco provecho, a menos que se le diga por qué necesita venir y se le muestren
claramente sus pecados. (3) No se explica suficientemente qué es la fe. En algunos casos se les
enseña que fe es solo sentir. ¡A otros se les enseña que si creen que Cristo murió por los pecadores
tienen fe! ¡Decir eso es decir que también los demonios son creyentes! (4) Poseer gozo y seguridad
interior es predicado como esencial. No obstante, la seguridad no es la esencia de una fe salvadora.
Puede haber fe cuando no hay seguridad. Insistir que todos los creyentes se “regocijen” en cuanto
creen, es sumamente peligroso. Estoy seguro de que algunos se regocijarán sin creer, mientras que
otros que creen no podrán regocijarse inmediatamente. (5) Por último, pero no por eso menos
importante, demasiadas veces se pasa por alto la soberanía de Dios en salvar a pecadores y la
absoluta necesidad de una gracia ordenada de antemano. Muchos hablan como si las conversiones
se pudieran fabricar cuando el hombre quiere y como si no hubiera una prueba como ésta: “Así que
no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:16).
Estoy convencido de que es muy grande el daño que hace este sistema teológico al cual me
refiero. Por una parte, a muchos cristianos humildes se les presiona tanto que los acobardan. Creen
que no son objeto de gracia porque no pueden alcanzar los niveles y sentimientos superiores que
94 SANTIDAD

Por no “calcular el costo”, los hijos de padres cristianos, a menudo terminan
mal y avergüenzan al cristianismo. Familiarizados desde sus primeros años con la
forma y la teoría del evangelio, enseñados desde la infancia a decir de memoria los
textos principales, acostumbrados a recibir enseñanzas acerca del evangelio o a
enseñar a otros en la Escuela Dominical, se crían profesando una religión sin
saber por qué y sin haber pensado seriamente en ella. Y entonces, cuando la
realidad de la vida adulta empieza a presionarlos, a menudo sorprenden a todos
cuando abandonan toda su fe evangélica y se pierden en el mundo. ¿Y por qué?
Nunca comprendieron totalmente los sacrificios que implica ser cristiano. Nunca
les enseñaron a “calcular el costo”.

tanto se les insiste que alcancen. Por otro lado, muchas personas, que no son objeto de la gracia,
porque les hacen pensar equivocadamente que están “convertidos” y por la presión de una emoción
carnal y sentimientos temporales, son conducidos a profesarse cristianos. Y, mientras tanto, los
insensatos e impíos observan con desprecio y encuentran nuevas razones para hacerle caso omiso a
la fe evangélica.
Los antídotos para este estado de cosas son simples y pocos. (1) “Sean enseñados todos los
consejos de Dios”. Esa es la proporción bíblica: No dejando que dos o tres doctrinas preciosas del
evangelio le hagan sombra a todas las demás verdades. (2) El arrepentimiento sea enseñado en su
totalidad, al igual que la fe, y no confiar en los antecedentes. El Señor Jesucristo y San Pablo
siempre enseñaban ambos. (3) Sea enunciada y admitida la variedad de las obras del Espíritu Santo
y, aunque se les recalque a los hombres la conversión instantánea, que no se enseñe como una
necesidad. (4) Sean advertidos claramente los que profesan haber encontrado una paz
incuestionable, que se pongan a prueba y que recuerden que sentimiento no es fe. El Señor Jesús
dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. Esa es la
gran prueba de la fe auténtica (Jn. 8:31). (5) Sea el gran deber de “calcular el costo”, algo que se les
insista constantemente a los que se disponen a hacer una profesión de fe y que se les diga, sincera y
claramente, que hay guerra, al igual que paz, una cruz, al igual que una corona en la obra del Señor.
Estoy seguro de que lo que más hay que temer en la religión es esa emoción malsana porque, a
menudo, termina en una reacción fatal que arruina el alma y resulta en una absoluta falta de vida.
Y cuando las multitudes caen súbitamente bajo el poder de sensaciones religiosas, es casi seguro
que a esto le sigue una excitación malsana.
No tengo mucha confianza en la validez de conversiones que suceden en masa y al por mayor. No
me parece que esté en armonía con los tratos generales de Dios en esta dispensación. Me parece que
el plan común de Dios es llamar a los individuos uno por uno. Por eso, cuando escucho que se han
convertido gran número de personas, súbitamente y todos de una vez, lo tomo con menos esperanza
que algunos. Los éxitos más sanos y más permanentes en los campos misioneros no han sido
aquellos en que los naturales del lugar se “hacen cristianos” en masa. La obra más satisfactoria y
firme aquí no siempre me parece ser la obra realizada en “campañas de evangelización”.
Hay dos pasajes en las Escrituras que me gustaría ver que los que predican el evangelio y,
especialmente los que tienen algo que ver con reuniones de evangelización, explicaran con
frecuencia y exhaustivamente. Uno es el pasaje de la parábola de sembrador. Esa parábola no
aparece tres veces sin buena razón y significado profundo. El otro pasaje es la enseñanza de nuestro
Señor acerca de “calcular el costo” y las palabras que dijo a las “grandes multitudes” cuando lo
seguían. No, Él veía lo que ellos necesitaban. Les dijo que estuvieran quietos y “calcularan el costo”
(Lc. 14:25, etc.). No estoy seguro de que algunos predicadores modernos hayan tomado este curso
de acción.
5. El costo 95

Éstas son verdades serias y dolorosas. Pero al fin de cuentas, son verdad. Todas
ayudan a mostrar la importancia inmensa del tema que estoy considerando. Todas
destacan la necesidad absoluta de insistir sobre este tema a todos los que anhelan
santidad y de exclamar en todas las iglesias: “¡Calculen el costo!”.
Me atrevo a decir que sería bueno que se enseñara con más frecuencia de lo
que se enseña, la obligación de “calcular el costo” de seguir a Cristo. Actuar con
apuro e impaciencia es la orden del día para muchos que pretenden ser religiosos.
Las conversiones instantáneas y una paz razonable inmediata parecen ser los
únicos resultados que quieren obtener del evangelio. Comparados con estos, todo
lo demás queda a la sombra. Obtenerlas es, aparentemente, el gran fin y objetivo
de sus obras. Digo sin vacilar que este modo intrascendente y parcial de enseñar
el cristianismo es extremadamente malicioso.
Nadie se equivoque sobre lo que digo. Apruebo totalmente que se ofrezca a los
hombres una salvación en Cristo total, inmediata, presente y gratuita. Apruebo
totalmente que se le insista al hombre sobre la posibilidad y el deber de una
conversión inmediata y al instante. No cuestiono a nadie con respecto a esto. Pero
lo que sí digo es que estas verdades no deben ser presentadas sin esencia, aisladas
y como únicas. Tienen que presentarse diciendo sinceramente lo que están
aceptando, si profesan el deseo de salir del mundo y servir a Cristo. Las personas
no deben ser presionadas a sumarse a las filas de las huestes de Cristo sin haberles
dicho lo que implica la guerra. En una palabra, se les debe decir sinceramente que
“calculen el costo”.
La práctica de “calcular el costo”
¿Se pregunta alguno cuál fue la práctica de Jesús en este asunto? Lea esta
descripción de Lucas. Nos dice que en cierta ocasión: “Grandes multitudes iban
con él; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y
madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida,
no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no
puede ser mi discípulo” (Lc. 14:25-27). Me es necesario decir directamente que no
puedo reconciliar este pasaje con los procedimientos de muchos maestros
religiosos modernos. Y esto, a pesar de que la doctrina referente a esta cuestión es
clara como el sol en su cenit. Nos muestra que no debemos apurar a los hombres
para que profesen ser discípulos, sin advertirles claramente que “calculen el
costo”.
¿Se pregunta alguno cuál ha sido la práctica de los mejores y más insignes
predicadores del evangelio en el pasado? Me atrevo a decir que todos, a una, dan
testimonio de la sabiduría con que el Señor trató con las multitudes a las cuales
me acabo de referir. Lutero, Latimer, Baxter, Wesley, Whitefield, Berridge y
Rowland Hill estaban profundamente conscientes de lo engañoso que es el
96 SANTIDAD

corazón del hombre. Sabían perfectamente que no todo lo que brilla es oro, que
convicción no es conversión, que emoción no es fe, que sentimiento no es gracia y
que todo lo que florece no llega a ser fruto. “No seáis engañados”, era el clamor
constante de los predicadores de antaño. (Dt. 11:16; Lc. 21:8). “Considera bien lo
que haces. No corras antes de que seas llamado. Calcula el costo”.
Si queremos hacer las cosas bien, nunca nos avergoncemos de seguir los pasos
de nuestro Señor Jesucristo. Trabajemos intensamente en pro de las almas de
otros, si queremos y si tenemos la oportunidad. Instémosles a considerar sus
caminos. Constriñámosles con santa intensidad a venir, a dejar sus armas y a
entregarse a Dios (Mt. 11:12). Ofrezcámosles salvación, una salvación inmediata,
lista, gratuita y plena. Mostrémosles a Cristo y todos los beneficios que tendrán
cuando lo acepten. Pero en todo lo que hagamos, digamos la verdad y toda la
verdad. No nos rebajemos a usar los ardides vulgares de un sargento recluta. No
hablemos sólo del uniforme, la paga y la gloria; hablemos también de los
enemigos, la batalla, la armadura, la necesidad de velar, las marchas y las
prácticas. No presentemos sólo un lado del cristianismo. No dejemos de hablar de
“la cruz”, en la que murió Cristo por nuestra redención. Incluyamos la
importancia de negarse a sí mismo; cuando hablemos de la cruz expliquemos todo
lo que implica el cristianismo. Instemos a los hombres a que se arrepientan y
acudan a Cristo; pidámosles, a la vez, que “calculen el costo”.

III. Cómo “calcular el costo” correctamente
Lo tercero y último que me propongo hacer es dar algunas pautas que pueden
ayudar a “calcular el costo” correctamente. Por cierto que me lamentaría si no
dijera algo de este aspecto de mi tema. No tengo ningún deseo de desalentar ni
desanimar a nadie con respecto al servicio para Cristo. Es el deseo de mi corazón
animar a todos a marchar adelante y tomar su cruz. “Calculemos el costo”, todo el
costo y calculemos con cuidado. Recordemos que si calculamos correctamente y
entendemos todo lo que involucra, no habrá nada que nos asuste.
Existen algunas cosas que las personas siempre deben incluir al calcular lo que
cuesta el verdadero cristianismo. Determine sincera y ecuánimemente lo que
tendrá que dejar atrás y por lo que debe pasar para llegar a ser un discípulo de
Cristo. No deje nada afuera. Anótelo todo. Pero luego, anote a su lado las
siguientes sumas que le voy a dar. Hágalo, limpia y correctamente, y no tendrá
que temer del resultado.
(a) Cuente y compare, para empezar, las ganancias y las pérdidas, si quiere
llegar a ser un cristiano santo y auténtico. Es posible que pierda algo en este
mundo, pero ganará la salvación de su alma inmortal. Está escrito: “¿Qué
aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mr. 8:36).
5. El costo 97

(b) Cuente y compare, además, las alabanzas y las acusaciones, si quiere ser
un cristiano santo y auténtico. Es muy posible que los hombres lo acusen, pero
tendrá la alabanza de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Las
acusaciones vendrán de algunos hombres y mujeres falibles, ciegos y errados. Las
alabanzas vendrán del Rey de reyes, y Juez de toda la tierra. Aquellos a quienes él
bendice, son realmente bendecidos. Está escrito “Bienaventurados sois cuando
por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros,
mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos”
(Mt. 5:11,12).
(c) Cuente y compare también los amigos y los enemigos, si quiere ser un
cristiano santo y auténtico. Por un lado, tiene la enemistad del diablo y de los
impíos. Por el otro, tiene el favor y la amistad del Señor Jesucristo. Sus enemigos,
en el peor de los casos, sólo pueden herir su calcañar. Pueden enfurecerse e ir por
mar y tierra para causar su ruina, pero no lo pueden destruir. Su Amigo puede
salvar perpetuamente a los que vienen a Dios por medio de Cristo. Nadie jamás le
quitará de sus manos a una de sus ovejas. Escrito está: “Mas os digo, amigos míos:
No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os
enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la
vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed” (Lc. 12:4, 5).
(d) Cuente y compare la vida presente y la vida venidera, si quiere ser un
cristiano santo y auténtico. No hay duda que el tiempo presente no es
precisamente fácil. Es un tiempo de velar y orar, luchar y batallar, creer y trabajar.
Pero dura sólo unos pocos años. El tiempo futuro será de descanso y refrigerio. El
pecado será echado fuera. Satanás será amarrado. Y lo mejor de todo es que será
de descanso eterno. Está escrito: “Porque esta leve tribulación momentánea
produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no
mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que
se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:17, 18).
(e) Cuente y compare los placeres del pecado y la felicidad de servir a Dios,
si quiere ser un cristiano santo y auténtico. Los placeres que el hombre mundano
obtiene por lo que hace, son vacíos, irreales e insatisfactorios. Son como el
estrépito de los espinos en el fuego: Chisporroteos excitantes por unos minutos,
que luego se apagan para siempre. La felicidad que Cristo da a su pueblo es algo
sólido, duradero y sustancial. No depende de la salud ni de las circunstancias.
Nunca abandona al hombre, ni siquiera en la muerte. Termina en una corona de
gloria que no se desvanece. Está escrito: “Que la alegría de los malos es breve”.
“La risa del necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla” (Job 20:5;
Ec. 7:6). Pero también está escrito: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy
como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27).
98 SANTIDAD

(f) Cuente y compare las aflicciones que incluye el verdadero cristianismo y
las aflicciones que les espera a los malos más allá del sepulcro. Admitamos por
un momento que la lectura bíblica, la oración, el arrepentimiento, creer y vivir
una vida santa requieren sacrificios y negarse a sí mismo. Esto no es nada
comparado con la “ira que vendrá” reservada para el impenitente y el incrédulo.
Un solo día en el infierno es peor que una vida entera llevando la cruz. “El gusano
de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Is. 66:24; Mr. 9:44-48), son cosas
que sobrepasan a lo que el hombre puede concebir o describir totalmente. Está
escrito: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también
males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado” (Lc. 16:25).
(g) Cuente y compare, en último lugar, el número de los que se apartan del
pecado y el mundo y sirven a Cristo, y el número de los que dejan a Cristo y
vuelven al mundo. De los primeros encontrará miles y de los segundos ninguno.
Cada año hay multitudes de personas que dejan el camino ancho y toman el
angosto. Nadie que realmente toma el camino angosto se cansa de él y vuelve al
camino ancho. A menudo se ven pisadas en el camino hacia abajo que dan media
vuelta. Las pisadas en el camino al cielo siempre van hacia adelante. Está escrito:
“El camino de los impíos es como la oscuridad… el camino de los transgresores
es duro” (Pr. 4:19; 13:15). Pero también está escrito: “Mas la senda de los justos es
como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Pr.
4:18).
Sumas como éstas, sin duda, a menudo se hacen incorrectamente. Sé muy
bien que muchos siempre están “vacilando entre dos opiniones”. No pueden
determinar si vale la pena servir a Cristo. Las pérdidas y las ganancias, las ventajas
y desventajas, los sufrimientos y los gozos, las ayudas y los obstáculos les parecen
tan similares que no se pueden decidir a favor de Dios. No pueden hacer
correctamente esta gran suma. No pueden hacerla tan clara como debiera ser. No
cuentan bien.
Pero, ¿en qué radican sus errores? En la falta de fe. Para llegar a una
conclusión acertada acerca de sus almas necesitan tener algo de aquel poderoso
principio que San Pablo describe en el capítulo 11 de su Epístola a los Hebreos.
Intentaré mostrar cómo funciona ese principio en la gran tarea de “calcular el
costo”.
La importancia de la fe al “calcular el costo”
¿Cómo fue que Noé perseveró en construir el arca? Estaba solo en medio de un
mundo de pecadores. Tuvo que soportar que lo menospreciaran, lo ridiculizaran y
se burlaran de él. ¿Qué fue lo que mantuvo firme su brazo y lo hizo seguir
trabajando con paciencia a pesar de todo eso? Fue la fe. Creía en la ira que vendría.
Creía que no existía ninguna otra seguridad, excepto en el arca que estaba
5. El costo 99

preparando. Le creyó a Dios y no les hizo caso a las opiniones del mundo.
“Calculó el costo” por fe y no dudó que construir el arca era ganancia.
¿Cómo fue que Moisés renunció a los placeres de la casa de Faraón y se negó a
ser llamado hijo de la hija de Faraón? ¿Cómo fue que prefirió compartir el destino
de un pueblo despreciado como el hebreo y arriesgar todo en su mundo para
realizar la gran obra de librar a los suyos de la esclavitud? Visto desde un punto de
vista humano, estaba perdiendo todo sin ganar nada. ¿Qué fue lo que lo motivó?
Fue la fe. Creía que había Uno muy superior a Faraón que le llevaría seguro a lo
largo de su misión. Creía que “la recompensa de recibir un galardón” era mucho
mejor que todos los honores de Egipto. “Calculó el costo” por fe, “como viendo al
invisible” y estaba convencido de que renunciar a Egipto y marchar al desierto era
ganancia.
¿Cómo fue que el fariseo Saulo pudo decidirse a ser cristiano? El costo y los
sacrificios que significaban el cambio eran tremendos. Renunció a su futuro
brillante entre su propio pueblo. En lugar de recibir el favor del hombre se hizo
acreedor al odio del hombre, a la enemistad del hombre y a la persecución
humana, aun hasta la muerte. ¿Qué fue lo que le dio las fuerzas para enfrentar
todo eso? Fue la fe. Creía que Jesús, quien lo encontró en el camino a Damasco,
podía darle cien veces más de lo que renunciaba en este mundo; creyó por fe que
en el mundo venidero tendría vida eterna. Por fe, “calculó el costo” y vio
claramente de qué lado se inclinaba la balanza. Creía firmemente que llevar la
cruz de Cristo era ganancia.
Subrayemos bien estas cosas. La fe que llevó a Noé, a Moisés y a Pablo a hacer
lo que hicieron es el gran secreto para llegar a una conclusión perfecta con
respecto a nuestras almas. Esa misma fe tiene que ser nuestro ayudante y tesorero
cuando nos sentamos para calcular el costo de ser un verdadero cristiano. Esa fe
está a nuestra disposición, no tenemos más que pedirla. “Él da mayor gracia” (Stg.
4:6). Armados con esa fe, no agregaremos nada a la cruz ni restaremos nada a la
corona. Todas nuestras conclusiones serán correctas. Nuestra suma total no
tendrá ni un error.

Aplicaciones prácticas
(1) En conclusión, piense seriamente cada lector si su vida espiritual le está
costando algo en el presente. Es muy probable que no le esté costando nada. Es
muy posible que no le cueste problemas, ni tiempo, ni reflexiones, ni
preocupaciones, ni sufrimientos, ni lectura, ni oraciones, ni negarse a sí mismo,
ni conflictos, ni trabajo, ni esfuerzo de ninguna clase. Ahora preste atención a lo
que le voy a decir. Una vida espiritual como esa nunca salvará su alma. Nunca le
dará paz mientras viva, ni esperanza cuando llegue la muerte. No le dará fuerzas
100 SANTIDAD

el día de la aflicción, ni lo consolará el día de su muerte. Una vida espiritual que
nada cuesta, nada vale. Despierte y conviértase. Despierte y crea. Despierte y ore.
No descanse hasta dar una respuesta satisfactoria a mi pregunta: “¿Cuánto
cuesta?”.
(2) Piense, si quiere motivos conmovedores para servir a Dios, cuánto cuesta
proveerle una salvación a su alma. Piense cómo el Hijo de Dios dejó el cielo y se
hizo hombre, sufrió en la cruz y yació en el sepulcro, a fin de pagar su deuda con
Dios y obrar para usted una redención completa. Piense en todo esto y aprenda
que no es cosa superficial tener un alma inmortal. Vale la pena invertir algo por
su alma.
Ay, perezoso, ¿ha llegado realmente a esto, a perderse el cielo por no
incomodarse? ¿Está realmente decidido a naufragar para siempre, simplemente
porque no le gusta hacer un esfuerzo? ¡Afuera con este pensamiento cobarde e
indigno! ¡Levántese, compórtese y actúe con determinación! Dígase a sí mismo:
“Cueste lo que cueste, me esforzaré para entrar por la puerta estrecha”. Ponga sus
ojos en la cruz de Cristo y tome nuevas fuerzas. Espere con anticipación la
muerte, el juicio y la eternidad, y tómelo en serio. Puede costarle mucho ser
cristiano, pero puede estar seguro de que vale la pena.
(3) Si algún lector siente que realmente ya ha calculado el costo y tomado la
cruz, le insto a que persevere y siga adelante. Me atrevo a decir que, a menudo,
se ha de sentir desalentado y tentado a darse por vencido. Sus enemigos parecen
ser muchos, los pecados que lo acosan son muy fuertes, sus amigos son pocos, el
camino es tan empinado y angosto que no sabe qué hacer. Pero aun así, le insto a
perseverar y seguir adelante.
El tiempo es muy breve. Unos cuantos años de velar y orar, unos cuantos
zarandeos del mar de este mundo, unos pocos fallecimientos y cambios más, unos
pocos inviernos y veranos más, y todo habrá pasado. Habremos peleado nuestra
última batalla y no tendremos que pelear ninguna otra.
La presencia y compañía de Cristo compensarán todo lo que sufrimos aquí.
Cuando nos veamos como el Señor nos ve y miremos hacia atrás el peregrinaje
que fue nuestra vida, nos preguntaremos por qué habremos sido tan débiles. Nos
maravillaremos de haberle dado tanta importancia a nuestra cruz y tan poca a
nuestra corona. Nos asombraremos de que cuando “calculábamos el costo” alguna
vez, dudamos de qué lado de la balanza estaba la ganancia. Seamos valientes. No
estamos lejos del hogar. Puede costar mucho ser un verdadero cristiano y un
creyente consecuente, pero vale la pena.
6. Crecimiento
“Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro
Señor y Salvador Jesucristo”. 2 Pedro 3:18

El tema del texto que encabeza esta página es uno que no puedo omitir de este
libro sobre Santidad. Es un asunto que debiera resultar sumamente interesante
para todo cristiano verdadero. Como es natural, plantea las preguntas: ¿Crecemos
en la gracia? ¿Avanzamos en nuestra religión? ¿Progresamos?
No puedo esperar que la pregunta le interese a un cristiano que lo es solo de
nombre. Al hombre que no tiene más que una religión de domingo, cuyo
cristianismo es como su ropa dominguera, para ponerse una vez por semana y
luego dejarla a un lado, por supuesto que no le puede interesar “crecer en la
gracia”. Nada sabe de cosas así; “para él son locura” (1 Co. 2:14). Pero a todo el
que toma su alma realmente en serio y tiene hambre y sed en su vida espiritual, la
pregunta tiene que tocarle poderosamente el corazón. ¿Progresamos en nuestra
religión? ¿Estamos creciendo?
Estas preguntas siempre resultan provechosas, pero especialmente en ciertas
temporadas. Un sábado por la noche, un domingo que participamos de la Cena del
Señor, la llegada de un cumpleaños, un fin de año—todas estas son temporadas
que debieran hacernos pensar y darnos una mirada introspectiva. El tiempo vuela.
La vida se nos va como el viento. Cada día se va acercando más la hora cuando la
realidad de nuestro cristianismo será puesta a prueba, y el resultado dirá si hemos
edificado “sobre la roca” o sobre “la arena”. Nos conviene, entonces, examinarnos
de vez en cuando y ver cómo anda nuestra alma. ¿Avanzamos en las cosas
espirituales? ¿Estamos creciendo?
La pregunta es de especial importancia en la actualidad. Flotan en las mentes
de los hombres opiniones burdas y extrañas con respecto a algunos puntos
doctrinales y, entre ellas, la cuestión de “crecer en la gracia” como una parte
esencial de la verdadera santidad. Algunos la rechazan totalmente. Otros la
explican tan superficialmente que le quitan toda su esencia. Miles de personas la
entienden mal, y en consecuencia la descuidan. En una época como esta, es
provechoso mirar de frente y de una manera integral, el tema del crecimiento
cristiano.
Al considerar este tema, hay tres cosas que quiero presentar y establecer:
102 SANTIDAD

I. La realidad del crecimiento religioso. El “crecimiento en la gracia” es algo
que realmente existe.
II. Las señales del crecimiento religioso. Hay señales por las cuales se puede
ver el “crecimiento en la gracia”.
III. Los medios que determinan el crecimiento religioso. Estos son medios que
tienen que usar aquellos que anhelan experimentar “crecimiento en la gracia”.
No sé quién es usted, en qué manos cayó este escrito. Pero sea quien sea
quiero que le dé toda su atención a su contenido. Créame, el tema no es solo un
asunto de especulación y controversia. Si en la religión hay temas eminentemente
prácticos, este es uno de ellos. Está estrecha e inseparablemente conectado con
todo el tema de la “santificación”. El crecimiento es una señal principal de los
verdaderos santos. La salud y prosperidad espiritual, la felicidad y paz espiritual de
cada cristiano sincero y santo, están estrechamente ligados con el tema del
crecimiento espiritual.

I. La realidad del crecimiento en la gracia
El primer punto que me propongo establecer es este: El crecimiento en la
gracia es algo que realmente existe.
El que algún cristiano niegue esta proposición es a primera vista extraño y
lamentable. Pero conviene recordar que la comprensión del hombre ha caído
tanto como su voluntad. Los desacuerdos sobre doctrinas son a menudo nada más
que desacuerdos sobre el significado de palabras. Espero que así sea en este caso.
Estoy consciente de que cuando hablo de “crecimiento en la gracia” y defiendo mi
postura, habrá quienes estén en desacuerdo conmigo y hablen del mismo tema
pero con un significado muy distinto. Por lo tanto, despejaré el camino explicando
lo que quiero significar.
Definición de “crecer en la gracia”
(a) Cuando hablo de “crecer en la gracia”, no quiero decir de ninguna manera
que el interés del creyente en Cristo puede crecer. No quiero decir que pueda
crecer en su certeza, aceptación de Dios ni seguridad. No quiero decir que pueda
ser más justificado, más perdonado, que esté en más en paz con Dios que en el
primer momento cuando creyó. Mantengo firmemente que la justificación del
creyente es una obra terminada, perfecta y completa; y que aun el santo más débil,
aunque quizá no lo sepa o perciba, ha sido justificado tan completamente como el
más fuerte. Creo firmemente que nuestra elección, llamado y posición en Cristo
no incluye grados, incrementos ni reducciones. Si alguien se imagina que al decir
“crecer en gracia” quiero significar crecer en justificación está totalmente
equivocado en cuanto al punto que estoy considerando.Iría a la hoguera, con la
6. Crecimiento 103

ayuda de Dios, por defender la verdad gloriosa de que en la cuestión de la
justificación ante Dios todoslos creyentes están “completos en él” (Col. 2:10).
Desde el momento que cree, nada puede quitársele a sujustificación ni tampoco se
le puede agregar.
(b) Cuando hablo de “crecer en la gracia” solo me refiero al grado, tamaño,
fuerza, vigor y poder de las gracias que el Espíritu Santo planta en el corazón
del creyente. Sostengo que cada una de esas gracias incluye crecimiento,
progreso e incremento. Mantengo que arrepentimiento, fe, esperanza, amor,
humildad, celo, valentía y cosas parecidas, pueden ser pequeñas o grandes, fuertes
o débiles, vigorosas o endebles y pueden variar mucho en una misma persona en
diferentes periodos de su vida. Cuando hablo de que alguien “crezca en la gracia”,
quiero decir sencillamente esto: Que su sentido del pecado se está profundizando,
su fe fortaleciendo, su esperanza haciendo más brillante, su amor más extenso, su
espiritualidad más marcada. Siente más el poder de la piedad en su propio
corazón. Manifiesta más de ella en su vida. Va de fuerza en fuerza, de fe en fe y de
gracia en gracia. Dejo que otros describan esta condición con las palabras que
prefieran. En cuanto a mí, creo que la mejor definición de esta condición del
hombre es esta: Está “creciendo en la gracia”.
Fundamento sobre el cual construir
(1) Un fundamento principal sobre el cual edificar esta doctrina de “crecer en
gracia”, es el lenguaje claro de las Escrituras. Si es que las palabras de la Biblia
algo significan, el “crecimiento” existe y los creyentes tienen que recibir la
exhortación de “crecer”. ¿Qué dice Pablo? “vuestra fe va creciendo” (2Ts. 1:3).
“Rogamos, hermanos, que abundéis en ello más y más” (1 Ts. 4:10). “Creciendo en
el conocimiento de Dios” (Col. 1:10). “Esperamos que conforme crezca vuestra fe
seremos muy engrandecidos” (2 Co. 10:15). “Y el Señor os haga crecer” (1 Ts.
3:12). “Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza” (Ef. 4:15). “Vuestro amor
abunde aun más y más” (Fil. 1:9). “Y el Señor os haga crecer” (1 Ts. 4:1). ¿Qué
dice Pedro? “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada,
para que por ella crezcáis” (1 P. 2:2). “Creced en la gracia y el conocimiento de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18). No sé lo que otros piensen de
textos como estos. A mi entender, establecen la doctrina que estoy defendiendo y
hacen imposible cualquier otra explicación. La Biblia enseña el crecimiento en la
gracia. Podría terminar aquí y no decir más.
(2) No obstante, el otro fundamento sobre el cual construir la doctrina de
“crecer en la gracia”, es el fundamento de la realidad y la experiencia. Le
pregunto al lector sincero del Nuevo Testamento si acaso no puede ver, tan claro
como el sol del medio día, los distintos grados de gracia en los santos cuyas
historias relata el Nuevo Testamento. Le pregunto si acaso no puede ver en las
104 SANTIDAD

mismísimas personas una diferencia tan grande entre su fe y su conocimiento en
distintas etapas, igual como se vela diferencia de la fuerza de una persona cuando
era niño y cuando es adulto. Le pregunto si acaso las Escrituras no reconocen
esto claramente en el lenguaje que usa cuando habla de “débiles” en la fe y
“fuertes” en la fe, de cristianos como “recién nacidos”, “infantes”, “jóvenes” y
“padres” (1 P. 2:2; 1 Jn. 2:12-14). Le pregunto, sobre todo, si su propia
observación de los creyentes en la actualidad no lo lleva a la misma conclusión.
¿Qué cristiano verdadero no confesaría que hay mucha diferencia entre su propia
fe y conocimiento cuando recién se había convertido y sus logros actuales, como
entre un árbol joven y uno maduro? En principio, sus gracias son las mismas,
pero han crecido. No sé cómo les caerá esto a otros, pero a mí me resulta
indiscutible el hecho de que el “crecimiento en la gracia” es real.
Casi me da vergüenza dedicarle tanto espacio a esta parte del tema. De hecho,
si alguno dice que la fe, la esperanza, el conocimiento y la santidad del recién
convertido son tan fuertes como la de un creyente maduro, y no necesita crecer,
sería una pérdida de tiempo seguir discutiendo. No hay duda de que son reales,
pero no tan fuertes—reales, pero no tan vigorosos—como las semillas que planta
el Espíritu, que aún no llevan fruto. Y si alguien me pregunta cómo llegar a ser
más fuerte, le digo que tiene que ser por el mismo proceso por el cual todas las
cosas que tienen vida lo logran. Tiene que crecer. Y eso es lo que quiero significar
cuando digo“crecer en la gracia” 1.
“Crecer en la gracia” es evidencia de…
Pasemos de las cosas que he estado diciendo a un aspecto más práctico del
gran tema que nos ocupa. Quiero que todos consideren “crecer en la gracia” como
algo de importancia infinita para el alma. A pesar de lo que otros puedan pensar,
nos es de mucho beneficio asegurarnos de que tenemos la respuesta correcta a la
pregunta: ¿Estamos creciendo?
(a) Sepamos, entonces que el “crecimiento en la gracia” es la mejor evidencia
de salud espiritual y prosperidad. En el caso de un niño, una flor o un árbol
sabemos bien que cuando no hay crecimiento algo anda mal. La buena salud de

1
“La gracia auténtica es progresiva, de una naturaleza que se esparce, crece. Sucede con la gracia lo
mismo que con la luz: Primero, está el amanecer, luego va aumentando hasta la plenitud del
mediodía. Las Escrituras comparan a los santos, no sólo con estrellas por su luz, sino con los
árboles por su crecimiento (Is. 61:3; Os. 14:5). El buen cristiano no es como el sol de Ezequías que
retrocedía, ni como el de Josué que se detuvo, siempre está avanzando en santidad, creciendo en su
conocimiento de Dios”. —Body of Divinity (Cuerpo de divinidad), por Thomas Watson, Pastor de
St. Stephen’s Walbrook, 1660.
6. Crecimiento 105

un animal o un vegetal se muestra porque prospera y crece. Sucede lo mismo con
nuestras almas. Siprosperan y andan bien, crecen 2.
(b) Sepamos, además, que “crecer en la gracia” es una manera de ser felices en
nuestra religión. Dios ha entrelazado sabiamente nuestra tranquilidad y nuestro
aumento de santidad. En su gracia, ha hecho que seguir adelante y aspirar a
logros mayores como cristianos sea para nuestro bien. Hay una gran diferencia
entre la cantidad de placer que un creyente disfruta en su religión comparado con
lo que disfruta otro. Pero puede estar seguro de que el hombre común que siente
más “gozo y paz en el creer” (Ro. 15:13) y tiene el testimonio más claro del
Espíritu en su corazón, es el hombre que crece.
(c) Sepamos también que “crecer en la gracia” es un secreto de nuestra
utilidad para otros. Nuestra influencia para bien de otros depende grandemente
de lo que ven en nosotros. Los hijos del mundo miden el cristianismo tanto por
sus ojos como por sus oídos. El cristiano que siempre está visiblemente estancado
con las mismas faltas pequeñas, debilidades, acuciantes pecados y defectos
intrascendentes, rara vez hace algún bien. El hombre que sacude y agita las
mentes y pone el mundo a pensar, es el creyente que continuamente mejora y
avanza. Los hombres piensan que hay vida y realidad cuando ven crecimiento 3.
(d) Sepamos asimismo que “crecer en la gracia” agrada a Dios. Es maravilloso
pensar que haya algo que puedan hacer criaturas como nosotros que agrade al
Dios Altísimo. Las Escrituras hablan de caminar para “agradar a Dios”. Dice
también que hay sacrificios de los cuales “se agrada Dios” (1 Ts. 4:1; He. 13:16). Al
agricultor le encanta ver florecer y llevar fruto a las plantas a las cuales dedicó
tanto trabajo. Lo desanima y entristece verlas de pie todavía, pero con un grave
retraso en su crecimiento. ¿Y qué dice el mismo Señor? “Yo soy la vid verdadera, y
mi Padre es el labrador”; “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho
fruto, y seáis así mis discípulos” (Jn. 15:1, 8). El Señor se agrada de todo su
pueblo, pero especialmente de los que crecen.

2
“El crecimiento de la gracia es la mejor evidencia de la autenticidad de la gracia. Las cosas que no
tienen vida no crecen. Un cuadro no crece. El poste de una verja no crece. Pero la planta que tiene
vida crece. El crecimiento de la gracia muestra que está viva en el alma”. —Thomas Watson, 1660.
3
“Cristiano, si quiere despertar en otros el anhelo de exaltar al Dios de gracia, ocúpese de ejercitar y
mejorar sus propias gracias. Cuando un pobre sirviente vive con una familia y ve la fe, el amor, la
sabiduría, la paciencia y la humildad de un amo brillando como las estrellas en el cielo, le incita a
dar gracias al Señor porque pudo venir a vivir con esta familia. Cuando las gracias dadas a los
hombres resplandecen como resplandeció el rostro de Moisés, cuando su vida es puro cielo como la
vida de José, brillando con virtudes como muchas estrellas brillantes, cuántos otros se sienten
impulsados a glorificar a Dios y exclamar: ‘¡Ciertamente estos son cristianos! ¡Estos son un honor
para su Dios, una corona para su Cristo y un orgullo para su evangelio! ¡Oh, si todos fueran así,
nosotros también seríamos cristianos!’”. —Unsearchable Riches (Riquezas inescrutables), por T.
Brooks 1661.
106 SANTIDAD

(e) Sepamos, sobre todo, que “crecer en la gracia” no es solo algo que es
posible, sino algo de lo cual los creyentes son responsables. Decirle a un
inconverso muerto en pecado que “crezca en la gracia” sería absurdo. Decirle a un
creyente despierto y vivo en Dios, que crezca, no es más que convocarlo a que
cumpla un deber claramente bíblico. Tiene dentro de él un principio nuevo, y es
su deber solemne no dejar que se apague. Descuidar su crecimiento lo despoja de
sus privilegios, contrista al Espíritu y hace que las ruedas del carruaje de su alma
giren con dificultad. Me gustaría saber de quién es la culpa, si un creyente no
crece en la gracia. La culpa, de seguro, no la tiene Dios. Él “da gracia” y se deleita
en ello; “ama la paz de su siervo” (Stg. 4:6; Sal. 35:27). La falta, sin duda, es
nuestra. Nadie más que nosotros tiene la culpa si no crecemos.

II. Marcas del “crecimiento en la gracia”
El segundo punto que me propongo establecer es este: Hay marcas por las
cuales se puede conocer el crecimiento en la gracia.
Doy por sentado que no cuestionamos la realidad del crecimiento en la gracia
y su inmensa importancia. Hasta aquí, bien. ¿Le gustaría saber ahora cómo
alguien podría comprobar que está creciendo en la gracia o no? En primer lugar,
contesto esta pregunta haciendo la observación de que somos paupérrimos jueces
de nuestra propia condición y que los que están a nuestro alrededor nos conocen
mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Pero respondo también que hay
indudablemente ciertas marcas y señales del crecimiento en la gracia, y que
dondequiera que se muestren estas marcas veremos un alma “creciendo”. A
continuación enunciaré en orden algunas de estas señales.
(a) Una marca del “crecimiento en la gracia” es un incremento de humildad.
El hombre cuya alma está “creciendo”, cada año siente más lo pecaminoso e
indigno que es. Dice con Job: “He aquí que yo soy vil”; con Abraham: Soy “polvo y
ceniza”; con Jacob: “Menor soy que todas las misericordias”; con Isaías: Soy
“hombre inmundo de labios”; con David: “Yo soy gusano”; con Pedro: “Soy
hombre pecador” (Job 40:4; Gn. 18:27; 32:10; Sal. 22:6; Is. 6:5; Lc. 5:8). Más se
acerca a Dios, más ve la santidad y perfección de Dios y más sensible es a sus
propias innumerables imperfecciones. Más avanza en su camino al cielo, mejor
comprende lo que San Pablo significa cuando dice: “Ni que ya sea perfecto”, “no
soy digno de ser llamado apóstol”, “soy menos que el más pequeño de todos los
santos”; “de los cuales [pecadores] yo soy el primero” (Fil. 3:12; 1Co. 15:9; Ef. 3:8;
1Ti. 1:15).
Entre más madurez alcanza para la gloria, más, como el maíz maduro,
inclina la cabeza. Cuanto más brillante y más clara es su luz, más se notan las
deficiencias y debilidades de su propio corazón. Le diría que cuando recién se
6. Crecimiento 107

había convertido veía muy poco, comparado con lo que ve ahora. ¿Quiere alguien
saber si está creciendo en la gracia? Entonces mire su interior con creciente
humildad 4.
(b) Otra marca del “crecimiento en la gracia” es un aumento de fe y amor por
nuestro Señor Jesucristo. El hombre cuya alma está “creciendo”encuentra cada
año más de Cristo sobre lo cual descansar, y se regocija más de que tiene tal
Salvador. Es indudable que vio mucho de él en el momento en que creyó. Su fe se
apropió de la expiación de Cristo que le dio esperanza.
Pero a medida que crece en la gracia ve miles de cosas en Cristo que al
principio nunca hubiera soñado. Su amor y poder, su corazón y sus intenciones,
sus oficios como Sustituto, Intercesor, Sacerdote, Abogado, Médico, Pastor y
Amigo se van mostrando de un modo indescriptible al alma que va creciendo. En
suma, descubre en Cristo una satisfacción a las necesidades de su alma, que antes
ni siquiera veía a medias. ¿Quiere alguien saber si está creciendo en la gracia?
Entonces mire su interior para encontrar un mayor conocimiento de Cristo.
(c) Otra marca del “crecimiento en la gracia” es un aumento de santidad en
su vida y conversación. El hombre cuya alma está “creciendo” logra cada año
más dominio sobre el pecado, el mundo y el diablo. Cuida mejor su
temperamento, sus palabras y sus acciones. Vigila mejor su conducta en cada
relación de su vida. Se esfuerza por conformarse a la imagen de Cristo en todas las
cosas, en seguirlo como su ejemplo, al igual que confiar en él como su Salvador.
No se contenta con logros y gracia ya obtenidos. Se olvida las cosas pasadas y se
extiende hacia adelante, haciendo de las palabras “prosigo”, “superior”, “¡hacia
arriba!” “¡adelante!” su lema continuo (Fil. 3:13). En la tierra ansía y anhela tener
una voluntad más acorde con la voluntad de Dios. Lo principal que espera del
cielo, además de la presencia de Cristo, es una separación completa de todo
pecado. ¿Quiere alguien saber si está creciendo en la gracia? Entonces mire en su
interior para encontrar una santidad creciente 5.

4
“La manera correcta de crecer es decrecer a los ojos de uno mismo: ‘Mas yo soy gusano, y no hombre;
oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo’ (Sal. 22:6). Ver corrupción e ignorancia causa
que el cristiano desarrolle una aversión por sí mismo. Se convierte en nada a sus propios ojos. Job
decía de sí mismo: ‘Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza’ (Job 42:6). Quitarse
el engreimiento es bueno”. —T. Watson, 1660.
5
“Sentirse cada vez más indiferente al pecado es señal de no estar creciendo en la gracia. Hubo un
tiempo cuando nos entristecía aun el más pequeño de los pecados (así como una basurita hace
lagrimear al ojo), pero ahora podemos digerir el pecado sin que nos dé remordimiento. Hubo un
tiempo cuando al cristiano le entristecía si descuidaba sus oraciones privadas, pero ahora puede
hasta omitir la oración familiar. Hubo un tiempo cuando le molestaban los pensamientos vanos,
ahora no le molestan ni las prácticas libertinas. Hay una lamentable declinación en el cristianismo
y la gracia dista tanto de crecer que casi ni se le siente el pulso”. —T. Watson, 1660.
108 SANTIDAD

(d) Otra marca del “crecimiento en la gracia” es un aumento de espiritualidad
en sus gustos y su mente. El hombre cuya alma está “creciendo” se interesa cada
año más en las cosas espirituales. No descuida sus obligaciones en el mundo.
Cumple fiel, diligente y consecuentemente cada relación de su vida, sea en su
hogar o fuera de él. Pero lo que más ama son las cosas espirituales. Las
costumbres, las modas, las diversiones y las distracciones del mundo ocupan cada
vez menos lugar en su corazón. No las condena como sumamente pecaminosas,
ni dice que los que tienen algo que ver con ellas se van al infierno. Simple y
sencillamente siente que cada vez le interesan menos, y poco a poco le parecen
menos importantes y más triviales. Los amigos espirituales, las ocupaciones
espirituales, las conversaciones espirituales parecen ser cada vez de más valor
para él. ¿Quiere alguien saber si está creciendo en la gracia? Entonces mire su
interior para encontrar un aumento de espiritualidad en sus gustos 6.
(e) Otra marca del “crecimiento en la gracia” es el aumento de amor. El
hombre cuya alma está “creciendo” está más lleno de amor cada año, de amor por
todos, pero especialmente por los hermanos. Demostrará su amor activamente
por una creciente disposición de ser más bondadoso, interesarse por los demás,
tener buena disposición hacia todo, ser generoso, afable, comprensivo, tierno y
considerado. Lo demostrará pasivamente por una creciente disposición de ser
humilde y paciente con todos, de tolerar las provocaciones y no exigir sus
derechos, de soportar y abstenerse en lugar de disputar. El alma que crece tratará
de pensar lo mejor acerca de la conducta de otras personas, de creer todas las
cosas y esperar todas las cosas incluso hasta el fin. No hay marca más segura de la
reincidencia y la caída de la gracia, que una creciente tendencia a recalcar las
faltas, encontrar fallas y ver los puntos débiles de los demás. ¿Quiere alguien saber
si está creciendo en la gracia? Entonces mire su interior para encontrar un
incremento en su amor.
(f) Una marca más de “crecimiento en la gracia” es el aumento de celo y
diligencia en tratar de hacerle bien a las almas. El hombre cuya alma realmente
está “creciendo” se interesará más cada año por la salvación de los pecadores. La
6
“Si anhela ser rico en las gracias, tenga cuidado por dónde camina. No es rica el alma que sabe
mucho o que habla mucho, sino la que es obediente, la que camina cerca de Dios. Otros pueden ser
ricos en ideas, pero ninguno tan rico en experiencias espirituales y en todas las gracias santas y
celestiales como el cristiano que camina cerca del Señor”. —T. Brooks, 1661.
“Es señal de no estar creciendo en la gracia, cuando nos estamos haciendo más mundanos. Quizá,
alguna vez, nuestros corazones miraban las cosas de arriba y hablábamos el idioma de Canaán. Pero
ahora, nuestras mentes ya no piensan en el cielo, sacamos nuestros placeres de esas minas bajo la
tierra y andamos por el mundo con Satanás. Es señal de que estamos retrocediendo y nuestra gracia
sufre de tuberculosis. Se puede ver cuando la naturaleza se va desintegrando y es como cuando las
personas están cerca de la muerte, se encorvan más hacia la tierra y casi ni pueden traer a su mente
un pensamiento celestial; si la gracia no ha muerto, está a punto de morir”. —T. Watson, 1660.
6. Crecimiento 109

obra misionera cercana y la lejana, los esfuerzos por dar más luz y reducir la
oscuridad en el ámbito religioso son cosas que ocuparán más de su atención cada
año. No se “cansará de hacer el bien” aunque vea que no todos sus esfuerzos son
exitosos. No se interesará menos por el avance de la causa de Cristo sobre la tierra
a medida que va envejeciendo, aunque aprenderá a esperar menos. Sencillamente
seguirá trabajando sean cuales fueren los resultados, (dando, orando, predicando,
hablando, visitando, según su posición) y considerará su trabajo como su propia
recompensa. Una de las señales más seguras de una declinación espiritual es un
interés decreciente en las almas de otros y en el crecimiento del reino de Cristo.
¿Quiere alguien saber si está creciendo en la gracia? Entonces mire su interior
para encontrar una creciente preocupación por la salvación de las almas.
Tales son las marcas más dignas de confianza del crecimiento en la gracia.
Examinémoslas con cuidado, y reflexionemos sobre lo que sabemos de ellas. Creo
que quizá no sean del gusto de algunos cristianos profesantes en la actualidad.
Esos religiosos de alto vuelo cuya única noción del cristianismo es la de un
estado de gozo y éxtasis perpetuos, que dicen que han superado por mucho la
etapa de conflictos y humillación de sus almas, seguramente considerarán
“legalistas”, “carnales” y “signos de esclavitud” a estas marcas que he presentado.
No puedo evitarlo. No me considero un gran maestro en estas cosas. Solo quiero
que mis afirmaciones sean pesadas en la balanza con las Escrituras. Y creo
firmemente que he dicho no solo lo que es bíblico sino también lo que coincide
con la experiencia de la mayoría de los santos insignes de todas las épocas.
Muéstreme un hombre en el cual podemos encontrar las seis marcas
mencionadas. Él es el que podría responder satisfactoriamente a la pregunta:
¿ESTAMOS CRECIENDO?

III. Los medios para crecer en la gracia
Lo tercero y último que me propongo a considerar es esto: Los medios que
deben usar los que anhelan crecer en la gracia. Nunca olvidemos las palabras de
Santiago: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre
de las luces” (Stg. 1:17). Esto, sin duda, es cierto en cuanto al crecimiento en la
gracia así como lo es en cuanto a todo lo demás. Es un “don de Dios”. Pero aun así
siempre hemos de recordar que Dios se complace en obrar con los medios. Dios
ha ordenado los medios al igual que su finalidad. El que quiere crecer en la gracia
tiene que usar los medios para lograr crecimiento 7.

7
“La experiencia le enseña a cada cristiano que cuánto más estricta, estrecha y constantemente camina
con Dios, más fuerte se hace en el cumplimiento de sus deberes. Los hábitos infundidos mejoran
con el ejercicio. El fuego del altar de los sacrificios descendía inicialmente del cielo para hacer
arder la leña, pero luego se mantenía vivo por el cuidado y labor de los sacerdotes. Así, los hábitos
110 SANTIDAD

Me temo que este es un punto demasiado olvidado por muchos creyentes.
Muchos admiran el crecimiento de la gracia en otros, y desearían ser como ellos.
Pero parece que suponen que los que crecen lo hacen por algún don o favor de
Dios, y que ese don no les ha sido dado a ellos así que tienen que contentarse tal
como están. Esto es una fantasía contra la cual testificaré con todas mis fuerzas.
Quiero que se entienda claramente que el crecimiento en la gracia está conectado
estrechamente con los usos al alcance de todo creyente y que, por lo general, las
almas que crecen lo hacen porque se valen de estos medios.
Pido especial atención de mis lectores mientras trato de presentar en orden los
medios para lograr crecer en la gracia. Desechen para siempre la idea vana de que
si un creyente no crece en la gracia no es por su culpa. Determine que el creyente,
el hombre avivado por el Espíritu no es meramente una criatura muerta, sino un
ser con capacidades y responsabilidades enormes. Grabe en su corazón las
palabras de Salomón: “El alma del perezoso desea, y nada alcanza; Mas el alma de
los diligentes será prosperada” (Pr. 13:4).
(a) Un elemento esencial en el crecimiento en la gracia es la diligencia en
usar los medios de gracia privados. Con esto quiero decir los medios que el
hombre debe usar él mismo a solas, y que nadie puede usar en su lugar. Incluyo
bajo este encabezamiento la oración en privado, la lectura de las Escrituras en
privado y la meditación y auto examen en privado. El que no se esfuerza por
ocuparse de estas tres cosas no puede esperar crecimiento. Estas son las raíces del
verdadero cristianismo. ¡Equivocarse en esto, es equivocarse en todo! Aquí está la
razón por la cual parece que muchos cristianos nunca progresan. Son
descuidados y negligentes en lo que respecta a sus oraciones en privado. Leen
muy poco su Biblia y con muy poco entusiasmo. No se dan tiempo para analizarse
y reflexionar en silencio acerca del estado de sus almas.
Es inútil tratar de ignorar que la época en que vivimos está llena de peligros
específicos. Es una época de gran actividad, mucho apuro, afán y entusiasmo en la
religión. Muchos, indiscutiblemente “muchos correrán de aquí para allá, y la
ciencia se aumentará” (Dn. 12:4). Muchos aceptan de buena gana ir a reuniones
públicas, escuchar sermones o cualquier otra cosa que apele a las “sensaciones”.
Pocos parecen recordar la necesidad absoluta de tomarse el tiempo para hacer lo
que dijo el salmista: “Meditad en vuestro corazón” (Sal. 4:4). Pero sin esto rara vez
hay prosperidad espiritual profunda. Sospecho que los cristianos ingleses de hace
doscientos años leían mucho más sus Biblias y estaban con más frecuencia a solas

de gracia espiritual son infundidos inicialmente por Dios, pero tienen que ser avivados por
influencias cotidianas que provienen de Él. Pero también nuestros esfuerzos, ejercitándonos en la
piedad, dependiendo del Señor mantienen vivo ese fuego santo. Entre más se ejercita el cristiano,
más fuerte será”. —Collinges sobre la providencia, 1678.
6. Crecimiento 111

con Dios, que lo que están los actuales. ¡Recordemos este punto! La religión en
privado tiene que recibir nuestra mayor atención si queremos que nuestra alma
crezca.
(b) Otro elemento esencial para crecer en la gracia es el cuidado en usar los
medios públicos de la gracia. Por esto, me refiero a los medios que uno tiene a
mano como miembro de la iglesia visible de Cristo. Bajo este encabezamiento
incluyo las ordenanzas del culto regular del domingo, la unión del pueblo de Dios
en oración y alabanza, la predicación de la Palabra y la celebración de la Cena del
Señor. Creo firmemente que el modo como se usan estos medios públicos de
gracia habla mucho de la prosperidad o falta de ella en el alma del creyente. Es
fácil usarlos de una manera fría e indiferente. Su misma familiaridad tiende a que
les restemos importancia. El retorno regular de la misma voz, el mismo tipo de
palabras y las mismas ceremonias tienden a adormecernos, endurecernos y
hacernos insensibles.
Esta es una trampa en la que caen demasiados hombres que profesan ser
cristianos. Si queremos crecer tenemos que mantenernos en guardia en cuanto a
esto. Este es un asunto que a menudo contrista al Espíritu y perjudica en gran
manera a los santos. Procuremos elevar las oraciones antiguas, cantar los himnos
de antaño, ponernos de rodillas ante el altar, escuchar la predicación de las
antiguas verdades con la misma frescura y las mismas ansias que cuando por
primera vez creímos. Es señal de mala salud cuando alguien pierde el apetito, y es
señal de declinación espiritual cuando perdemos nuestro apetito por los medios
de gracia. Sea lo que haga en cuanto a los medios públicos, hágalo siempre “según
[sus] fuerzas” (Ec. 9:10). ¡Esta es la manera de crecer!
(c) Otro elemento esencial para crecer en la gracia es cuidar nuestra conducta
en las cosas pequeñas del diario vivir. Nuestro temperamento, nuestra lengua,
el manejo de nuestras diversas relaciones en la vida, el empleo de nuestro tiempo,
entre otras cosas, son aspectos que tenemos que vigilar atentamente si queremos
que nuestras almas progresen. La vida se compone de días, y los días de horas, y
las cosas pequeñas de cada hora nunca son tan pequeñas que no merezcan la
atención del cristiano. Cuando comienza a podrirse la raíz o el corazón de un
árbol, se nota primero en las puntas de las ramas pequeñas. “El que desprecia las
cosas pequeñas”, dice un escritor secular, “caerá poco a poco”. Eso es cierto.
Dejemos que otros nos desprecien, si quieren, y nos llamen meticulosos y
demasiado cuidadosos. Mantengámonos pacientemente en nuestro camino,
recordando que “servimos a un Dios a quien lo caracteriza la precisión”, que
hemos de seguir el ejemplo de nuestro Señor en lo más pequeño al igual que en lo
más grande y que tenemos que “tomar nuestra cruz cada día” y cada hora para no
pecar. Tenemos que aspirar a tener un cristianismo que, como la savia del árbol,
112 SANTIDAD

corre por cada ramita y hoja de nuestro carácter y lo santifica todo. ¡Es esta una
manera de crecer!
(d) Otro elemento esencial para crecer en la gracia es tener cautela en cuanto
a las compañías que frecuentamos y las amistades que formamos. Quizá no
haya nada que afecte más el carácter del hombre que las compañías que frecuenta.
Nos contagiamos de las costumbres y tendencias de aquellos con quienes vivimos
y con quienes conversamos; y desafortunadamente recibimos mucho más mal que
bien. La enfermedad puede ser contagiosa, pero la buena salud no. Si un cristiano
profesante escoge deliberadamente intimar con los que no son amigos de Dios y
se aferran al mundo, es seguro que su alma se perjudicará. Ya de por sí es difícil
servir a Cristo bajo cualquier circunstancia en un mundo como este. Pero es más
difícil hacerlo si somos amigos de los indiferentes e impíos. Cometer errores en la
elección de amigos o de cónyuge es la razón por la cual muchos han dejado
totalmente de crecer. “Las malas conversaciones corrompen las buenas
costumbres.” “la amistad del mundo es enemistad contra Dios” (1 Co. 15:33; Stg.
4:4). Busquemos amigos que nos motiven a ocuparnos de la oración, la lectura
bíblica, el uso de nuestro tiempo, de nuestra salvación y de los asuntos del mundo
venidero. ¿Quién es capaz de medir el bien que puede hacer la palabra de un
amigo dicha en el momento adecuado, o el daño que puede impedir? Es esta una
manera de crecer 8.
(e) Existe un elemento más que es absolutamente necesario para crecer en la
gracia, y este es tener una comunión regular y habitual con el Señor Jesús.
Nadie suponga que al decir esto estoy hablando de la Cena del Señor. No, nada
parecido. Estoy hablando de ese hábito diario de una conversación entre el
creyente y su Salvador, que solo puede suceder con fe, oración y meditación. Me
temo que es un hábito del cual muchos creyentes saben poco. Una persona puede
ser creyente y tener sus pies sobre la roca, y aun así, privarse de sus privilegios.Es
posible tener una “unión” con Cristo y aun así, tener poca o nada de “comunión”
con él. Pero, aunque parezca mentira, tal cosa sucede.
Me parecen a mí que los nombres y oficios de Cristo, según los estipulan las
Escrituras, demuestran sin temor a dudas que esta “comunión” entre el santo y su
Salvador no es mera fantasía, sino algo realmente cierto. Entre el “Novio” y su
esposa, entre la “Cabeza” y sus miembros, entre el “Médico” y sus pacientes, entre
el “Abogado” defensor y sus clientes, entre el “Pastor” y sus ovejas, entre el

8
“Sean sus mejores amigos los que han hecho de Cristo su mejor amigo. No se fije tanto en el exterior
de los hombres como en su interior; mire sobre todo su valor interior. Muchas personas se fijan en
el exterior del profesante de la fe. Muéstreme un cristiano que considera el valor interior de las
personas, que convierte en sus amigos principales y preferidos a los que están llenos de la plenitud
de Dios”. —T. Brooks, 1661.
6. Crecimiento 113

“Maestro” y sus discípulos, está evidentemente implícito el hábito de una
comunión cercana, de un pedido diario de las que cosas que necesitamos, de un
abrir totalmente nuestros corazones y mentes y echar sobre el Señor nuestras
cargas. Este hábito de relacionarnos con Cristo de este modo se trata claramente
de algo más que una confianza general y vaga en la obra que Cristo hizo por los
pecadores. Se trata de acercarnos a él y aferrarnos a él con confianza, como un
Amigo cariñoso y personal. Esto es lo que quiero decir por “comunión”.
Ahora bien, creo que nadie puede jamás crecer en la gracia si no ha
experimentado “comunión” habitual con Cristo. No tenemos que contentarnos
con un conocimiento general ortodoxo de que la justificación es por fe y no por
obras y que tenemos que poner nuestra confianza en Cristo. Tenemos que ir más
allá. Debemos procurar tener una intimidad personal con el Señor Jesús, y tratar
con él como el que trata con un amigo querido. Tenemos que comprender lo que
es recurrir a él primero ante cada necesidad, hablar con él acerca de cada
dificultad, consultar con él a cada paso, contarle a él todos nuestros sufrimientos,
incluirlo en todas nuestras alegrías, hacer todo como si nos estuviera viendo y
vivir cada día apoyándonos y confiando en él.
Esta es la manera como vivió Pablo. Él decía: “Lo que ahora vivo en la carne,
lo vivo en la fe del Hijo de Dios”, “para mí el vivir es Cristo” (Gá. 2:20; Fil. 1:21).
Es la ignorancia de esta manera de vivir por la cual tantos no ven ninguna belleza
en el libro de Cantar de los Cantares. Pero es el hombre que vive de esta manera
el que mantiene una comunión constante con Cristo. Este es el hombre, digo
enfáticamente, cuya alma crecerá.

Aplicación práctica
Dejo aquí el tema de crecer en la gracia. Podría decir mucho más, si el tiempo
lo permitiera. Pero espero haber dicho lo suficiente como para convencer a mis
lectores de que el tema es uno de suma importancia. Iré terminando con algunas
aplicaciones prácticas.
(1) Este libro puede caer en las manos de algunos que nada saben acerca de
crecer en la gracia. Se preocupan poco o nada de la religión. Un poco de
asistencia apropiada a la iglesia los domingos constituye la suma y la sustancia de
su cristianismo. Carecen de vida espiritual, y por ende mientras así sea no pueden
crecer. ¿Es usted uno de ellos? Si lo es, se encuentra en una condición lamentable.
Los años pasan en un abrir y cerrar de ojos y el tiempo vuela. Los cementerios
se están llenando y las familias son cada vez más pequeñas. La muerte y el juicio
se nos están acercando a todos. ¡Y no obstante usted vive inconsciente de su alma!
¡Qué locura! ¡Qué insensatez! ¿Qué suicidio puede ser peor que este?
114 SANTIDAD

Despierte antes de que sea demasiado tarde, despierte y levántese de entre los
muertos y viva para Dios. Vuélvase al que está sentado a la diestra de Dios para ser
su Salvador y Amigo. Vuélvase a Cristo, y clame a él por su alma con todas sus
fuerzas. ¡Todavía hay esperanza! Aquel que llamó del sepulcro a Lázaro no ha
cambiado. Aquel que mandó al hijo de la viuda de Naín que se levantara de su
ataúd puede hacer milagros aun con su alma. Búsquelo sin dilación: Búsquelo
ahora mismo. Busque a Cristo si no quiere estar perdido para siempre. No se
quede allí, hablando de hacerlo, queriendo hacerlo, con el propósito, la intención,
el deseo y la esperanza de hacerlo. Busque a Cristo para poder vivir, y para que,
teniendo vida, pueda crecer.
(2) Este libro puede caer en las manos de algunos que algo debieran saber de
crecer en la gracia, pero que en este momento no saben nada. Han progresado
poco, si acaso han progresado algo desde que se convirtieron. Parece que “reposan
tranquilos” (Sof. 1:12). Pasan año tras año satisfechos con su gracia de antes,
experiencia de antes, conocimiento de antes, fe de antes, logros de antes,
expresiones religiosas y frases de antes. Al igual que los gabaonitas, su pan
siempre está enmohecido y su calzado siempre remendado y pesado. Parece que
nunca avanzan. ¿Es usted como uno de ellos? Si lo es, está viviendo sin
aprovechar sus privilegios y dejando de cumplir sus obligaciones. Ya es tiempo de
que se examine a sí mismo.
Si tiene razones para creer que es un verdadero creyente pero no crece en la
gracia, tiene que haber alguna falta, y alguna falta grave en alguna parte. No
puede ser la voluntad de Dios que su alma permanezca inerte. “Dios…da gracia a
los humildes” y “ama la paz de su siervo” (Stg. 4:6; Sal. 35:27). No puede ser para
bien de su propia felicidad ni provechoso para usted que su alma permanezca
inerte. Sin crecimiento nunca se regocijará en el Señor (Fil. 4:4). Sin crecimiento
no puede hacerle bien a nadie. ¡Esta falta de crecimiento es cosa seria! Tendría
que provocar mucha inquietud en su corazón. Puede estar pasando con usted
como con los hijos de Israel que “hicieron secretamente cosas no rectas” (2 R.
17:9). Tiene que haber alguna razón.
Siga el consejo que le doy. Resuelva este mismo día que encontrará la razón de
su inercia. Palpe con mano fiel y segura cada rincón de su alma. Busque de un
extremo al otro de su campamento hasta encontrar al Acán que está debilitando
sus manos. Comience con un pedido al Señor Jesucristo, el gran Médico de las
almas; pídale que cure el mal secreto en su interior, sea cual sea. Comience como
si nunca le hubiera pedido nada, y pídale gracia para amputarse la mano derecha
o arrancarse el ojo derecho. Pero nunca, nunca se quede tranquilo si su alma no
crece. Por su propia paz, por su propia utilidad, por la honra de la causa de su
Hacedor, decídase a encontrar el porqué.
6. Crecimiento 115

(3) Este libro puede caer en manos de algunos que realmente están creciendo
en la gracia, pero que no son conscientes de ello y no lo reconocen. ¡Su propio
crecimiento es la razón por la cual no ven su propio crecimiento! Su aumento
continuo de humildad no les deja sentir que están progresando 9. Sus rostros
resplandecen como el de Moisés cuando bajó del monte después de haber hablado
con Dios. La Biblia dice que, “no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía
después que hubo hablado con Dios” (Ex. 34:29). Tales cristianos, lo admito, no
son comunes. Pero se los puede encontrar aquí y allá. Como las visitas de los
ángeles, son pocos. ¡Feliz el barrio donde viven estos cristianos que crecen!
Conocerlos, verlos y estar en su compañía es como encontrar y ver un poquito del
“cielo en la tierra”.
¿Qué les diré a estas personas? ¿Qué puedo decirles? ¿Qué debiera decirles?
¿Decirles que despierten y tengan conciencia de su crecimiento y estén contentos
por ello? De ninguna manera.¿Les diré que se alardeen de sus propios logros y que
se sientan superiores a otros? ¡Dios no lo permita! De ninguna panera. Decirles
semejantes cosas no les haría ningún bien. Sobre todo, decirles tales cosas sería

9
“El cristiano puede estar creciendo, aun cuando no cree que está creciendo. ‘Hay quienes pretenden
ser ricos, y no tienen nada; y hay quienes pretenden ser pobres, y tienen muchas riquezas’ (Pr.
13:7). La percepción que el cristiano tiene de sus propios defectos en relación con la gracia y su sed
por tener mucha más gracia, le hace pensar que no crece. El que anhela tener grandes propiedades,
por el hecho de no tener tanto como quisiera, se cree pobre”. —T. Watson, 1660
“Las almas pueden abundar en la gracia, pero no saberlo, no percibirlo. El niño puede ser heredero de
una corona o una propiedad de gran valor, pero no saberlo. El rostro de Moisés resplandecía, los
demás lo veían, pero él no. Muchas almas preciosas son ricas en la gracia, otros lo ven, lo saben y
bendicen a Dios por ello y, aun así, ellos mismos no lo perciben. A veces, esto surge del anhelo
intenso del alma por tener riquezas espirituales. La intensidad del anhelo del alma por tener
riquezas espirituales con frecuencia quita el propio sentido de que ya se está enriqueciendo. Por el
deseo de riquezas de muchos codiciosos y el estar esforzándose tanto por lograrlas, algunos no
pueden percibir que, de hecho, ya se están enriqueciendo, no lo pueden creer. Sucede lo mismo con
muchos cristianos preciosos: Sus anhelos de obtener riquezas espirituales son tan intensos que
anulan el sentido de que ya están enriqueciéndose espiritualmente. Muchos cristianos valen mucho
interiormente, pero no lo notan. Fue un hombre bueno el que dijo: ‘Ciertamente Jehová está en este
lugar, y yo no lo sabía’. Además, a veces esto sucede porque los hombres no revisan bien sus
cuentas. Prosperan y se hacen ricos, pero por no revisar su balance no saben si están yendo para
adelante o para atrás. Lo mismo sucede con muchas almas preciosas. Por otro lado, esto sucede, a
veces, porque el alma revisa su contabilidad con demasiada frecuencia. Si revisa sus cuentas una
vez por semana o una vez por mes, es posible que no discierna que se está enriqueciendo cuando de
hecho sí lo esté. Pero si compara su estado de cuentas anualmente, puede percibir claramente que
se está haciendo más rico. De manera semejante puede suceder esto en el ámbito espiritual por los
errores que el alma comete al revisar sus cuentas. El alma comete errores muchas veces; anda
apurada y, entonces, anota diez, en lugar de cien y cien, en lugar de mil. Así como el hipócrita
cuenta el cobre como si fuera oro, un centavo como si fuera un peso y siempre se valora muy por
encima de su valor real, la persona sincera, con frecuencia, anota sus pesos como si fueran centavos,
sus miles como cientos y se valora muy por debajo de su valor real”. —Thomas Brooks,
Unsearchable Riches, 1661.
116 SANTIDAD

una pérdida de tiempo. Si existe una característica que distingue al creyente que
crece, es el profundo sentir de que es indigno. Nunca ve en sí mismo nada que
elogiar. Solo siente que es un siervo indigno y el peor de los pecadores.
Es el justo, en el día del juicio el que dirá: “Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento, y te sustentamos” (Mt. 25 :37). Los extremos son a veces
extrañamente iguales. El pecador con conciencia endurecida y el santo insigne
son singularmente iguales en un aspecto. Ninguno de los dos tiene plena
conciencia de su propia condición. ¡Uno no ve su propio pecado y el otro no ve su
propia gracia!
Entonces, ¿No les diré nada a los cristianos que están creciendo? ¿No tengo
ningún consejo para darles? La suma y sustancia de todo lo que puedo decirles se
encuentran en dos frases: “¡Sigan adelante!” “¡Vayan adelante!”
Nunca podemos tener demasiada humildad, demasiada fe en Cristo, demasiada
santidad, demasiada espiritualidad en nuestros pensamientos, demasiado amor,
demasiado celo en hacer el bien. Entonces olvidemos continuamente las cosas
pasadas y sigamos extendiéndonos a las cosas que están delante (Fil. 3:13). El
mejor de los cristianos en estas cosas está infinitamente por debajo de la
perfección de su Señor. Diga lo que diga el mundo, no hay ningún peligro de que
alguno nosotros llegue a ser “demasiado bueno”.
Consideraciones finales
Echemos fuera viento como inútil la noción común de que es posible irnos a
los “extremos” o “llegar demasiado lejos” en lo que a religión se refiere. Esta es
una mentira favorita del diablo y la hace circular a los cuatro vientos. No cabe
duda que existen los exaltados y fanáticos que hacen quedar mal al cristianismo
con sus extravagancias y sus locuras. Pero si lo que uno quiere decir es que el
hombre mortal puede ser demasiado humilde, demasiado caritativo, demasiado
santo o demasiado diligente en hacer el bien, tiene que ser o un indigno o un
necio. Es fácil ir demasiado lejos en servir a los placeres y al dinero. Pero no hay
extremos en seguir todo lo que conforma la verdadera religión y servir a Cristo.
Nunca comparemos nuestra religión con la de otros, ni pensemos que
estamos haciendo suficiente si hemos ayudado a otros más allá de nuestros
vecinos. Esta es otra trampa del diablo. Atengámonos a lo nuestro. “¿Qué a ti?”
dijo nuestro Maestro en cierta ocasión: “Sígueme tú” (Jn. 21:22). Sigamos
adelante, teniendo como meta la perfección. Sigamos adelante, haciendo la vida y
el carácter de Cristo nuestro único modelo y ejemplo. Sigamos adelante,
recordando todos los días que, aun en el mejor de los casos, no somos más que
miserables pecadores. Sigamos adelante, sin olvidar nunca que no tiene ninguna
importancia si somos mejores que los demás o no. En el mejor de los casos,
6. Crecimiento 117

somos peor de lo que deberíamos ser. Siempre tendremos lugar para mejorar.
Hasta el final seremos deudores de la misericordia y la gracia de Cristo. Entonces
dejemos de mirar a otros y de compararnos con ellos. Ya tendremos bastante para
hacer si miramos dentro de nuestro propio corazón.
En último lugar, pero no por eso menos importante, si algo sabemos de
crecimiento y de la gracia y anhelamos saber más, no nos sorprenda que
tengamos que pasar por muchas pruebas y aflicciones en este mundo. Creo
firmemente que esta es la experiencia de casi todos los santos más insignes. Les
sucedió igual que a su bendito Maestro que fue “despreciado y desechado entre los
hombres” y tuvo que “perfeccionase por aflicciones” (Is. 53:3; He. 2:10). Es
impactante lo que dijo de nuestro Señor cuando declaró: “Todo aquel que lleva
fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Jn. 15:2). Es un hecho lamentable
que la prosperidad continua temporal, por regla general, obra en detrimento del
alma del creyente. No podemos aguantarlo. Las enfermedades, pérdidas, cruces,
ansiedades y desencantos parecen ser absolutamente necesarios para
mantenernos humildes, en guardia y en un buen nivel espiritual. Aquellas
aparentes calamidades son tan indispensables como el cuchillo para poder la vid y
el fuego para refinar el oro. No son agradables, humanamente no nos gustan, y a
menudo no podemos comprender el porqué. La Biblia dice que “ninguna
disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da
fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (He. 12:11).
Cuando lleguemos al cielo, encontraremos que todo obró para nuestro bien.
Permanezcan estos pensamientos en nuestras mentes si es que anhelamos
crecer en la gracia. Cuando vengan los días oscuros, no nos resulte extraño. Más
bien recordemos que las lecciones asimiladas en días oscuros nunca las
hubiéramos aprendido en los días soleados. Digámonos: “Esto también es para mi
provecho a fin de que pueda ser yo partícipe de la santidad de Dios. Me es enviado
con amor. Estoy en la mejor escuela de Dios. Corrección es instrucción. Esto
tiene el fin de hacerme crecer”.
Dejo aquí el tema de crecimiento en la gracia. Espero haber dicho lo suficiente
como para poner a pensar a algunos lectores. Todo se está avejentando: El mundo
se está poniendo viejo, nosotros mismos nos estamos poniendo viejos, unos
cuantos veranos más, unos cuantos inviernos más, algunas enfermedades más,
algunas aflicciones más, algunos casamientos más, algunos funerales más,
algunas reuniones más y algunas partidas más, y después ¿qué? Bueno pues, ¡el
pasto estará creciendo sobre nuestras tumbas!
Entonces, ¿no sería bueno que miráramos nuestro interior y les hiciéramos a
nuestras almas una sencilla pregunta? En la religión, en las cosas que conciernen
118 SANTIDAD

a nuestra paz, en el grandioso tema de nuestra santidad personal, ¿estamos yendo
adelante? ¿Estamos creciendo?

7. Seguridad
“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está
cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la
fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el
Señor, juez justo, en aquel día; y no
sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.
2 Timoteo 4:6-8

Los tres puntos de vista del Apóstol Pablo
En las palabras de las Escrituras que encabezan esta página, notamos al
Apóstol Pablo mirando en tres direcciones: Hacia abajo, hacia atrás y hacia
adelante: Hacia abajo a la tumba, hacia atrás a su propio ministerio y hacia
adelante a aquel gran día, ¡el Día del juicio!
Nos hará bien ponernos junto al Apóstol por unos minutos y tomar nota de las
palabras que usa. ¡Feliz el alma que puede mirar hacia donde Pablo miró y hablar
como él lo hizo!
(a) Mira hacia abajo a la tumba y lo hace sin temor. Escúchele decir:
“Yo ya estoy para ser sacrificado”. Soy como un animal llevado al lugar del
sacrificio y atado con cuerdas a los cuernos del altar. La ofrenda de bebida, que
generalmente acompaña a la oblación, ya está siendo derramada. Ya se han
realizado las últimas ceremonias. Ya se han hecho todos los preparativos. Sólo
queda recibir el golpe mortal y entonces, todo habrá terminado.
“El tiempo de mi partida está cercano”. Soy como un barco que está por
zarpar al mar. Todos a bordo están listos. Sólo espero soltar amarras y levar anclas
para zarpar y emprender mi viaje.
¡Éstas son palabras asombrosas que proceden de un hijo de Adán como
nosotros! La muerte es algo solemne y nunca lo es más que cuando vemos que se
acerca. La tumba es un lugar frío y repulsivo, y es inútil que pretendamos que no
es aterrador. Sin embargo, aquí está un mortal que puede mirar con calma ese
sitio estrecho “destinado a todos los vivientes” y decir, estando al borde de él: “Lo
veo todo, y no tengo temor”.
7. Seguridad 119

(b) Escuchémosle otra vez. Mira hacia atrás a su vida de ministerio y lo hace
sin remordimientos. Dice ahora:
“He peleado la buena batalla”. Aquí habla como un soldado. He peleado la
buena batalla con el mundo, la carne y el diablo, de la que tantos retroceden y
tantos evitan.
“He acabado la carrera”. Aquí habla alguien que ha corrido para ganar un
premio. He corrido la carrera programada para mí. He cubierto el territorio que
me fue asignado, sin importar lo duro y empinado que era. No he abandonado la
carrera por las dificultades que conlleva, ni me desanimé por lo larga que era. Por
fin tengo la meta a la vista.
“He guardado la fe”. Aquí habla como un mayordomo. Me he mantenido fiel al
glorioso evangelio que me fue encomendado. No lo he mezclado con tradiciones
humanas, no he arruinado su sencillez agregando mis propias invenciones, ni he
dejado que otros la adulteraran, aun viéndome obligado a enfrentarlos cara a cara.
“Como un soldado, un corredor y un mayordomo”, parece decir: “No me
avergüenzo”.
Feliz el cristiano que al partir del mundo, puede dejar el legado de un
testimonio como éste. Una conciencia limpia no salva a nadie, no quita el pecado,
no lleva ni un milímetro más cerca del cielo. No obstante, una conciencia limpia
será una compañera agradable junto a nuestro lecho a la hora de morir. Hay un
hermoso pasaje en El Progreso del Peregrino que describe la travesía de
Integridad a la casa de su Padre:
Integridad les llamó a sus amigos y les dijo: Muero, pero no haré testamento.
Mi integridad irá conmigo; que lo sepan los que vinieren después. Llegado el día
señalado, se apercibió para hacer la travesía. El río, en aquel entonces, se había
desbordado en algunas partes; pero Integridad, que en vida había apalabrado a un
tal Buena-Conciencia para que le auxiliase, lo encontró allí, y dándole la mano, le
ayudó a través de las aguas.
Podemos estar seguros de que hay algo de cierto en ese pasaje.
(c) Escuchemos una vez más al Apóstol. Mira hacia adelante al gran día
cuando tendrá que rendir cuentas y lo hace sin dudar. Note sus palabras:
“Me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo,
en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.
“Una recompensa gloriosa”, parece decir, “está preparada y reservada para mí,
una corona que sólo reciben los justos. En el gran Día del juicio, el Señor me dará
a mí esta corona y la dará a todos los que lo han amado como un Salvador
invisible y han anhelado verle cara a cara. Mi obra en la tierra ha terminado. Me
queda sólo esto para esperar, esto y nada más”.
120 SANTIDAD

Observemos que el Apóstol habla sin ninguna vacilación y sin desconfianza.
Considera la corona como cosa segura, como si ya fuera suya. Declara con una
confianza inquebrantable y seguridad absoluta que el Juez justo le dará esa corona.
El gran trono blanco, todos los pueblos reunidos, los libros abiertos, la revelación
de todos los secretos, los ángeles que escuchan y la sentencia imponente, eran
cosas que Pablo conocía muy bien. Pero ninguna de éstas lo impresionaba. Su fe
fuerte las sobrepasaba a todas y veía a Jesús únicamente, a su Abogado vencedor
absoluto, la sangre de la aspersión y el pecado limpiado. “Me está guardada”, dice,
“la corona”. “El Señor me dará a mí esa corona”. Habla como si hubiera visto todo
esto con sus propios ojos.
Éstas son las cosas principales que estos versículos contienen. No me enfocaré
en todo el pasaje porque quiero limitarme al tema especial de este capítulo.
Trataré de considerar el tema de la inquebrantable “esperanza segura”, con la que
el Apóstol mira en perspectiva el día del juicio.
Lo haré enseguida, por la gran importancia que le da el Apóstol al tema de la
seguridad y la gran negligencia que, humildemente admito, ha sufrido a menudo
en la actualidad.
Pero a la vez lo hago con temor y temblor. Siento que estoy pisando un
terreno difícil y que es fácil hablar de esto sin reflexionar y de un modo no bíblico.
El camino entre la verdad y el error, en este caso, es un laberinto angosto y estaré
muy agradecido si puedo hacerle bien a algunos sin perjudicar a otros.
Hay cuatro componentes que quiero presentar al hablar sobre el tema de la
seguridad y pueden despejar nuestro camino a medida que los voy nombrando.
I. Primero, entonces, procuraré mostrar que una esperanza segura, como la
que Pablo expresa, es algo cierto y bíblico.
II. En segundo lugar, haré esta amplia afirmación: El que nunca llega a tener
esta esperanza segura puede, aun así, ser salvo.
III. En tercer lugar, daré algunas razones por las cuales una esperanza segura
es sumamente deseable.
IV. Por último, trataré de destacar algunas causas por las cuales, rara vez, se
llega a tener una esperanza segura.
Pido la atención de todo el que le interesa el gran tema de este capítulo. Si no
me equivoco, hay una relación muy estrecha entre la verdadera santidad y la
seguridad. Antes de terminar esta exposición, espero haber mostrado a mis
lectores la naturaleza de esa relación. Por ahora, me contento con decir que
donde hay más santidad, por lo general, hay también más esperanza.
7. Seguridad 121

I. Una esperanza segura es algo cierto y bíblico
Primero, entonces, procuraré mostrar que una esperanza segura es algo
cierto y bíblico. La seguridad, como lo que expresa Pablo en los versículos que
encabezan este capítulo, no es mera fantasía ni un simple sentimiento. No es el
resultado de una reacción animal intensa, ni la percepción de una persona con
temperamento sanguíneo. Es un don positivo del Espíritu Santo, otorgado sin
relación alguna con el físico, un don que cada creyente en Cristo debiera anhelar
y buscar.
En temas como estos, la primera pregunta es ésta:
(a) ¿Qué dicen las Escrituras? Contesto la pregunta sin ninguna vacilación.
Me parece a mí que la Palabra de Dios enseña claramente que el creyente puede
llegar a tener una confianza segura con respecto a su propia salvación.
Afirmo plena y ampliamente como verdad de Dios, que el verdadero cristiano,
el hombre convertido, puede llegar a un grado de fe en Cristo tan segura que, en
general, se siente con una confianza total en cuanto al perdón y la seguridad de su
alma; rara vez tendrá dudas, rara vez lo distraerán los temores, rara vez lo
molestarán ansiosos cuestionamientos y, en suma, aunque muchas veces se
sentirá desconcertado por los muchos conflictos interiores con el pecado,
esperará con anticipación la muerte sin temblar y el juicio sin consternación 1.
Esto, afirmo yo, es la doctrina de la Biblia.
Tal es mi posición sobre la seguridad. Les pido a mis lectores que la tengan
muy en cuenta. No digo ni menos ni más de lo que ya he presentado.
Una afirmación como ésta es, a menudo, disputada y negada. Muchos no ven
nada de verdad en ella.
La Iglesia Católica Romana denuncia la garantía de la seguridad en términos
contundentes. El Concilio de Trento declara sin tapujos que “la seguridad del
creyente en el perdón de sus pecados es una seguridad vana e impía” y el cardenal
Bellarmine, reconocido campeón del catolicismo romano, llama a la seguridad
“un error capital de los herejes”.
(b) La gran mayoría de los cristianos mundanos e irreflexivos entre
nosotros se oponen a la doctrina de la seguridad del creyente. Les ofende e irrita
oír de ella. No les gusta que otros se sientan tranquilos y seguros porque ellos
mismos no se sienten así. ¡Pregúnteles si sus pecados han sido perdonados y,

1
“La plena seguridad de que Dios ha librado a Pablo de condenación, sí, tan plenamente y real que
produce agradecimiento y triunfos en Cristo, puede confundirse y, de hecho, se entremezcla con las
quejas y lamentos de una condición desdichada porque permanecía en el Apóstol el cuerpo de
pecado”.
—Triumph of Faith (Triunfo de la fe) por Rutherford, 1645.
122 SANTIDAD

probablemente, le dirán que no saben! Entonces, no nos extrañe que no puedan
aceptar la doctrina de la seguridad.
(c) Pero hay también algunos creyentes auténticos que rechazan la seguridad
o que la evitan como una doctrina llena de peligros. Consideran que es casi una
presunción. Parecen creer que es una muestra de humildad no sentirse nunca
seguros, nunca confiar totalmente y vivir con cierto grado de duda y suspenso con
respecto a sus almas. Esto es de lamentar y perjudica en gran manera.
(d) Admito sinceramente que hay personas presuntuosas que profesan sentir
una confianza que no tiene una garantía bíblica: Siempre hay algunos que
piensan bien de sí mismos cuando Dios piensa lo contrario; también hay algunos
que piensan mal de sí mismos cuando Dios piensa bien de ellos. Siempre habrá
gente así. Nunca ha existido una verdad bíblica que no sufra abusos y sea
falsificada. La elección de Dios, la impotencia del hombre y la salvación por gracia
sufren abusos por igual.
Los fanáticos y exaltados existirán mientras exista el mundo. A pesar de todo
esto, la seguridad es una realidad y una cosa verdadera y los hijos de Dios no
deben dejar que quienes abusan de ella los aparten de esa verdad 2.
Mi respuesta a todos los que niegan la existencia de una seguridad real y bien
fundamentada es sencillamente ésta: ¿Qué dicen las Escrituras? Si no la
encontráramos allí, no diría ni una palabra más.
Pero, ¿acaso no dice Job: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará
sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios”
(Job 19:25, 26)?
¿Acaso no dice David: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré
mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4)?

2
“No vindicamos a todo el que pretende vanamente tener ‘el testimonio del espíritu’. Ni tampoco
recomendamos a aquellos de cuya profesión de fe, no vemos más que su atrevimiento y confianza.
Pero no rechacemos ninguna doctrina de revelación por un temor demasiado ansioso de las
consecuencias”. —Christian System (Sistema cristiano) por Robinson.
“La seguridad auténtica se edifica sobre un fundamento bíblico. La presunción no tiene ningún pasaje
bíblico sobre el cual basarse; es como un testamento sin sello ni testigo, que es nulo e inválido ante
la ley. A la presunción le falta tanto el testigo de la Palabra como el sello del Espíritu. La seguridad
siempre mantiene al alma en una postura humilde, pero la presunción en el orgullo. Las plumas
vuelan para arriba, pero el oro desciende; aquel que tiene esta seguridad de oro, tiene un corazón
que desciende en humildad”. —Body of Divinity por Watson, 1650.
“La presunción incluye una vida disoluta; la convicción, una conciencia tierna; la primera se atreve a
pecar porque se cree segura, la segunda no se atreve a hacerlo por temor a perder su seguridad. La
convicción no peca porque le costó muy caro a su Salvador; la presunción peca porque la gracia
abunda. La humildad es el camino al cielo. Los que están orgullosamente seguros de ir al cielo no
pasan al frente con tanta frecuencia porque temen irse al infierno”. —Adams sobre la Segunda
Epístola de Pedro, 1633.
7. Seguridad 123

¿Acaso no dice Isaías: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo
pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is. 26:3)? Y también: “Y el
efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para
siempre” (Is. 32:17).
¿Acaso no dice Pablo en Romanos: “Por lo cual estoy seguro de que ni la
muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo
por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar
del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38, 39)?
¿Acaso no le dice a los corintios: “Porque sabemos que si nuestra morada
terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no
hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Co. 5:1)?
Y otra vez: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que
estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor” (2 Co. 5:6).
¿Acaso no le dice a Timoteo: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me
avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para
guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12)?
¿Y acaso no les habla a las colosenses de “alcanzar todas las riquezas de pleno
entendimiento” (Col. 2:2) y a los Hebreos de la “plena certeza de la esperanza” y la
“plena certidumbre de fe” (He. 6:11; 10:22)?
¿No dice Pedro expresamente: “Procurad hacer firme vuestra vocación y
elección” (2 P. 1:10)?
¿Acaso no dice Juan: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida” (1 Jn.
3:14)?
Y también: “Para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Jn. 5:13).
Y otra vez: “Sabemos que somos de Dios” (1 Jn. 5:19).
¿Qué diremos a todo esto? Anhelo hablar con toda humildad sobre cualquier
punto controversial. Siento que soy sólo un pobre hijo falible de Adán. Pero tengo
que decir que en los pasajes que he citado veo algo muy superior a meras
“esperanzas” y “confianzas” con las cuales muchos creyentes parecen contentarse
en la actualidad. Veo un lenguaje de convicción, confianza, conocimiento y, casi
diría, de certidumbre. Y siento por mi parte, que puedo considerar estos pasajes y
ver clara y evidentemente que enseñan: Que la doctrina de la seguridad del
creyente es cierta.
Respuestas a las Escrituras
(a) Pero mi respuesta, además, a todos los que no les gusta la doctrina de la
seguridad del creyente porque la consideran casi como una presunción, es ésta:
No puede ser presunción seguir los pasos de Pedro, Pablo, Job y Juan. Todos
fueron hombres con una mentalidad eminentemente humilde, si es que alguna
124 SANTIDAD

vez hubo alguno; y, no obstante, todos estos hablan de su propio estado con una
esperanza segura. Esto indudablemente nos enseña que una humildad profunda y
una seguridad sólida son perfectamente compatibles y que no hay ninguna
relación aquí entre la confianza espiritual y el orgullo 3.
(b) Pero mi respuesta, además, es que muchos han alcanzado una esperanza
segura tal como nuestro texto expresa, aun, en los tiempos modernos. No puedo
aceptar ni por un momento que éste fue un privilegio singular limitado a la época
apostólica. Han habido en nuestro país, muchos creyentes que parecen haber
andado en una comunión casi ininterrumpida con el Padre y el Hijo, que parecen
haber disfrutado constantemente de un sentido cada vez mayor de la luz del
rostro de Dios brillando sobre ellos y han dejado registrada su experiencia. Podría
mencionar nombres muy conocidos, si el espacio lo permitiera. Lo cierto es que
esto ha sido, es y eso basta.
(c) Por último, mi respuesta es: No puede ser errado sentirse seguro de un
asunto del que Dios habla incondicionalmente, creer decididamente cuando Dios
promete resueltamente y estar convencido de tener el perdón y la paz cuando
descansamos en la palabra y la promesa de Aquel que nunca cambia. Es error
craso suponer que el creyente que se siente seguro descansa en algo que él mismo
ve. Sencillamente, se apoya en el Mediador del Nuevo Pacto y las Escrituras de la
verdad. Cree que el Señor Jesús quiere decir lo que dice y toma como ciertas sus
palabras. La seguridad es, después de todo, nada más que una fe que ha llegado a
su plenitud, una fe fuerte que toma la promesa de Dios con ambas manos y una fe
que argumenta como el buen centurión: “Solamente di la palabra, y mi criado
sanará” (Mt. 8:8). ¿Cómo, entonces, podría yo dudar? 4

3
“Están muy equivocados los que piensan que la fe y la humildad no concuerdan; no sólo concuerdan
muy bien, sino que no pueden ser separadas”. —Traill.
4
“Estar seguros de nuestra salvación”, dice Agustín, “no es terca arrogancia, es nuestra fe. No es
arrogancia, es devoción. No es presunción, es la promesa de Dios”. —Defense of Apology (Defensa de
la apología) por el Obispo Jewell, 1570.
“Si la base de nuestra seguridad fuéramos nosotros mismos, se podría llamar presunción con razón;
pero como su base es el Señor y el poder de su fuerza, los que consideran que una confianza segura
es presunción, o no saben lo que es la fuerza de su poder o poco la valoran”. —Whole Armour of God
(Toda la armadura de Dios) por Gouge, 1647.
“¿En qué se basa esta certidumbre de culpabilidad? Seguramente nada que haya en nosotros. Nuestra
seguridad para perseverar se basa toda en Dios. Si nos miramos a nosotros mismos, vemos razón
para temer y dudar, pero si miramos a Dios, encontraremos razón para estar seguros”. —Hildersam
sobre 1 Juan 4, 1632.
“Nuestra esperanza no cuelga de un hilo débil como: ‘Me imagino que’, ni ‘quizá sea’, sino de un cable,
la soga fuerte amarrada a un ancla, es el pacto y la promesa de aquel que es verdad eterna. Nuestra
salvación está amarrada a la mano misma de Dios y a la fuerza misma de Cristo, a los
indestructibles lazos de la naturaleza inmutable de Dios”. —Letters (Cartas) por Rutherford, 1637.
7. Seguridad 125

La seguridad de Pablo basada en Cristo
Podemos estar seguros de que Pablo sería el último ser sobre la tierra que
basaría su seguridad en una experiencia personal. Aquel que dijo: “Cristo Jesús
vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti.
1:15), tenía un sentido profundo de su culpabilidad y corrupción. Pero también
tenía un sentido, aún más profundo, de la longitud y la amplitud de la justicia de
Cristo que le fue imputada. Él que podía clamar: “¡Miserable de mí!” (Ro. 7:24),
tenía una visión clara de la fuente de impiedad en su propio corazón. Pero tenía
un sentido aún más claro de esa otra Fuente que puede quitar “todo pecado e
impureza” (Lv. 16:16). Él, que sentía ser “menos que el más pequeño de todos los
santos” (Ef. 3:8), tenía un vivo y permanente sentido de su propia debilidad. Pero
tenía una convicción aún más viva de que Cristo no podía faltar a su promesa de
que sus ovejas “no perecerán jamás” (Jn. 10:28). Pablo sabía, (si es que algún
hombre pudiera saber), que era una pobre y frágil embarcación flotando en un
mar tempestuoso. Veía (si es que alguien pudiera ver), las olas enormes y la
rugiente tempestad que lo rodeaban. Pero luego apartaba la mirada de sí mismo,
la fijaba en Jesús y dejaba de tener temor. Recordaba aquel ancla detrás del velo
que es “segura y firme” (He. 6:19). Recordaba las palabras, la obra y la intercesión
constante de Aquel que lo amaba y se había entregado por él. Y era esto y nada
más que esto por lo que pudo decir con audacia: “Por lo demás, me está guardada
la corona de justicia” (2 Ti. 4:8) y concluir con tanta firmeza: “Y el Señor me
librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2 Ti. 4:18) 5.
Ya dejaré esta parte del tema. Creo que podemos admitir que he establecido un
buen fundamento para la afirmación que hice: Una esperanza segura es algo
cierto y bíblico.

II. Puede ser que un creyente nunca llegue a sentir esta esperanza
segura.
Paso al segundo punto que mencioné. Dije: El creyente que nunca llega a
tener esta esperanza segura, que Pablo expresa puede, aun así, ser salvo.
Reconozco esto sin problema. No lo disputo ni por un momento. No quiero
contristar a algún corazón que Dios no haya entristecido, ni desalentar a un hijo
débil de Dios, ni dejar la impresión de que alguien no puede ser salvo en Cristo a
menos que se sienta seguro.

5
“En su viaje al cielo nunca se ha muerto o ahogado un creyente en Jesucristo. Cada uno se encontrará
sano y salvo con el Cordero en el Monte Sion. Cristo no pierde ni a uno de ellos, sí, a ninguno (Jn.
6:39). Ni un solo hueso de ningún creyente yacerá en el campo de batalla. Todos son más que
vencedores por medio de aquel que los amó (Ro. 8:37)”. —Robert Traill.
126 SANTIDAD

Una persona puede tener una fe salvadora en Cristo y, aun así, nunca disfrutar
de una esperanza segura, como la que disfrutó el Apóstol Pablo. Creer y tener un
rayo de esperanza de haber sido aceptado es una cosa; otra muy distinta es tener
“gozo y paz” en nuestra fe y abundar en esperanza. Todos los hijos de Dios tienen
fe, no todos sienten seguridad. Creo que nunca hay que olvidar esto.
Sé que algunos hombres que considero importantes y buenos tienen una
opinión distinta. Creo que muchos ministros del evangelio excelentes, a cuyos
pies con gusto me sentaría, no aceptan la diferencia que he mencionado. Pero no
quiero llamar maestro a nadie. Detesto tanto como cualquiera, la idea de curar
apenas un poco las heridas de la conciencia, pero me parece que, cualquier otro
concepto distinto al que he enunciado, constituye un evangelio muy incómodo
para predicar y uno que, muy posiblemente, mantendría a las almas alejadas por
mucho tiempo de la puerta a la vida 6.
No dudo en decir que por gracia, alguien puede tener suficiente fe para acudir
a Cristo, suficiente fe para realmente aferrarse a él, realmente confiar en él,
realmente ser hijo de Dios y realmente ser salvo, y, aun así, hasta el fin de sus días,
no poder librarse de mucha ansiedad, duda y temor. Dice un antiguo escritor: “Se
puede escribir una carta, que no se sella; de la misma manera la gracia puede
estar escrita en el corazón pero, aun así, no contar con el sello de la seguridad”.
Un niño puede nacer heredero de una gran fortuna y, aun así, nunca saber de sus
riquezas, vivir como niño y morir como niño sin haber sabido nunca la grandeza
de sus posesiones. De la misma manera, alguien puede ser un infante en la familia
de Cristo, pensar como un infante, hablar como un infante y, aunque salvo, nunca
disfrutar de una esperanza viva, ni conocer los verdaderos privilegios de su
herencia.
La diferencia entre fe y seguridad
Nadie me malentienda cuando hablo con firmeza sobre la realidad, el
privilegio y la importancia de la seguridad. Nadie me haga la injusticia de decir
que enseño que ninguno es salvo a menos que pueda decir con Pablo: “Por lo
demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo,
en aquel día” (2 Ti. 4:8). Eso no es lo que digo. No enseño nada que se le parezca.
(a) Es indispensable que el hombre tenga fe en el Señor Jesucristo, si ha de
ser salvo. No conozco otro modo de acceso al Padre. No veo ningún indicio de
misericordia, excepto a través de Cristo. El hombre tiene que sentir sus pecados y
su condición perdida, tiene que acudir a Jesús para obtener perdón y salvación, y
6
Referimos al lector que quiera saber más acerca de este tema, al Apéndice, al final de este capítulo, en
el que encontrará fragmentos de escritos de varios teólogos ingleses reconocidos que apoyan la
posición de este capítulo sobre la seguridad. Los fragmentos son demasiado largos para insertar en
esta página.
7. Seguridad 127

tiene que poner toda su esperanza en él y sólo en él. Pero aunque sólo tiene fe
para hacer esto, por más débil y endeble que sea esa fe, afirmo que no se perderá
el cielo; las Escrituras lo garantizan.
Nunca, nunca restrinjamos la libertad del evangelio glorioso, ni limitemos sus
verdaderas proporciones. Nunca hagamos más estrecha la puerta y el camino más
angosto de lo que el orgullo y amor al pecado lo han hecho ya. El Señor Jesús es
muy compasivo y misericordioso. No tiene en cuenta la cantidad de fe, sino la
calidad; no mide su graduación, sino su veracidad. No romperá ninguna caña
cascada, ni apagará ningún pábilo que humea. Nunca permitirá que se diga que
alguien pereció para siempre a los pies de la cruz. Dice: “Todo lo que el Padre me
da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37) 7.
¡Sí! Aunque la fe de alguien puede no ser más grande que un grano de mostaza,
si lo trae a Cristo y hace posible que toque la punta de su manto, será salvo tanto
como lo es el santo más antiguo en el paraíso, salvo tan completa y eternamente
como Pedro, Juan o Pablo. Hay grados en nuestra santificación. No así en nuestra
justificación. Lo que está escrito, escrito está, y nunca fallará: “Todo aquel que en
él creyere”, no el que tiene una fe fuerte y poderosa, “todo aquel que en él creyere,
no será avergonzado” (Ro. 10:11).
(b) Pero en medio de todo esto, recordemos que puede ser que la pobre alma
del creyente no tenga una seguridad completa de haber sido perdonado y
aceptado por Dios. Puede sufrir temor tras temor y duda tras duda. Puede tener
en su interior muchas preguntas, mucha ansiedad, muchas luchas y muchas
incertidumbres (nubarrones y oscuridad, tormentas y tempestades) hasta el final.
Afirmo, lo repito, que una fe simple y sencilla en Cristo salva al hombre,
aunque nunca logre sentirse seguro, pero no digo que lo llevará al cielo con
consolaciones fuertes y abundantes. Afirmo que lo llevará a puerto seguro, pero
no que entrará a todo vapor, seguro y con regocijo. No me sorprendería que
llegara azotado por los elementos y sacudido por las tempestades, casi sin darse
cuenta de que está seguro, hasta que abre sus ojos en la gloria.
Creo que es de suma importancia tener en mente esta diferencia entre fe y
seguridad. Explica cosas que el que se pregunta acerca de la religión, a veces,
encuentra difícil de entender.
Recordemos que la fe es la raíz y la seguridad es la flor. Nunca se puede tener
una flor sin una raíz, pero no es menos cierto que se puede tener la raíz y no la
flor.
7
“Aquel que cree en Jesús nunca será confundido. Ninguno lo ha sido en el pasado ni lo será usted, si
cree. La siguiente fue una gran declaración de fe de un hombre a punto de morir de una manera
peculiar, entre su condenación y su ejecución. Sus últimas palabras fueron éstas, dichas a viva voz:
‘Nunca hombre alguno murió con su rostro hacia Cristo Jesús’”. —Robert Traill (1642-1716).
128 SANTIDAD

Fe es aquella pobre mujer que se acercó temblorosamente a Jesús y tocó la
punta de su manto (Mr. 5:25ss). Seguridad es Esteban parado con calma en medio
de sus asesinos diciendo: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre
que está a la diestra de Dios” (Hch. 7:56).
Fe es el ladrón penitente exclamando: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu
reino” (Lc. 23:42). Seguridad es Job, sentado entre las cenizas, cubierto de llagas
diciendo “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25) y “aunque él me matare, en él
esperaré” (Job 13:15).
Fe es la exclamación de Pedro, cuando empezaba a hundirse en el agua:
“¡Señor, sálvame!” (Mt. 14:30). Seguridad es ese mismo Pedro declarando tiempo
después ante el Concilio: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los
edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay
salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que
podamos ser salvos” (Hch. 4:11, 12).
Fe es la voz ansiosa y temblorosa: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mr. 9:24).
Seguridad es el desafío dicho con convicción: “¿Quién acusará a los escogidos de
Dios?... ¿Quién es el que condenará?” (Ro. 8:33, 34). Fe es Saulo orando en la casa
de Judas en Damasco, triste, ciego y solo (Hch. 9:11). Seguridad es Pablo, el
prisionero anciano, contemplando tranquilo a la tumba y diciendo: “Yo sé a quién
he creído”. “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia” (2 Ti. 1:12; 4:8).
Fe es vida. ¡Qué bendición tan grande! ¿Quién puede describir o entender el
abismo entre la vida y la muerte? “Mejor es perro vivo que león muerto” (Ec. 9:4).
No obstante, la vida puede ser débil, enfermiza, enclenque, dolorosa, trabajosa,
ansiosa, cansada, pesada, sin gozo ni sonrisas hasta el final. Seguridad es más que
vida. Es buena salud, fortaleza, poder, vigor, actividad, energía, virilidad y
hermosura.
No es la cuestión “salvo o no salvo” la que tenemos delante, sino “con
privilegios o sin privilegios”. No es cuestión de paz o no paz, sino de mucha paz o
poca paz. No es una cuestión entre peregrinos de este mundo y la escuela de
Cristo. Es una que pertenece sólo a la escuela de Cristo; es la diferencia entre el
comienzo de la primera clase en la escuela y la terminación de la última.
Aquel que tiene fe anda bien. Yo sería feliz si pensara que todos los lectores de
este libro la tienen. ¡Benditos, tres veces benditos son los que creen! Están
seguros. Están limpios. Están justificados. Están fuera del alcance del poder del
infierno. Satanás, con toda su malicia, nunca los arrebatará de la mano de Cristo.
Pero el que tiene seguridad anda mucho mejor; ve más, siente más, sabe más,
7. Seguridad 129

disfruta más y tiene más días como los que se mencionan en Deuteronomio, a
saber, “como los días de los cielos sobre la tierra” (Dt. 11:21) 8.

III. Razones por las cuales una esperanza segura es sumamente
deseable
Paso al tercer tema al cual me referí al principio. Daré algunas razones por las
cuales una esperanza segura es sumamente deseable.
Pido la atención especial de mis lectores al tratar este punto. Anhelo de
corazón que la seguridad sea más buscada de lo que es. Muchos entre los que
creen, empiezan a dudar y siguen dudando, viven dudando y mueren dudando, y
van al cielo en una especie de bruma.
Sería lamentable si yo hablara livianamente acerca de “esperanzas” y
“seguridades”. Pero me temo que muchos de nosotros nos contentamos con ellas
y hasta allí llegamos. Me gustaría ver menos creyentes “vacilantes” en la familia
del Señor y más que pudieran decir: “Yo sé y estoy convencido”. ¡Oh, que todos los
creyentes anhelaran los dones mejores y no se contentaran con menos! Muchos se
pierden la bendición completa que el evangelio tiene la finalidad de dar. Muchos
se mantienen en una condición pobre y hambrienta del alma, mientras que su
Señor está diciendo: “Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados”; “pedid, y
recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Cnt. 5:1; Jn. 16:24).
(1) Para empezar, recordemos que la seguridad es algo deseable, por la
tranquilidad y paz que da en el presente.
Las dudas y temores tienen el poder de arruinar mucha de la felicidad del
verdadero creyente en Cristo. La incertidumbre y el suspenso son malos en todo
sentido: En nuestra salud, nuestras pertenencias, nuestras familias, nuestros
afectos y nuestras vocaciones terrenales, pero nunca tan malos como en los
asuntos que conciernen a nuestras almas. Y mientras un creyente no puede llegar
más allá de “esperar que” y “confiar que” se hace evidente que percibe cierto
grado de incertidumbre acerca de su estado espiritual. Las palabras mismas lo
implican. Dice: “Espero que” porque no se atreve a decir: “Yo sé que…”.
Ahora bien, la seguridad hace mucho para liberar al hijo de Dios de este tipo
de dolorosa esclavitud y, por tanto, tiene una gran influencia sobre su
tranquilidad. Le hace posible sentir que la gran cuestión de la vida, es una
cuestión resuelta, la gran deuda es una deuda pagada, la grave enfermedad es una
8
“El bien más grande que podemos desear, después de la gloria de Dios, es nuestra propia salvación; y
el bien más dulce que podemos desear es la seguridad de nuestra salvación. En esta vida no hay
bien mayor que estar seguros de lo que disfrutaremos en la vida venidera. Todos los santos
disfrutan del cielo cuando parten de esta tierra, algunos santos disfrutan un cielo mientras están
aquí en la tierra”. —Joseph Caryl, 1653.
130 SANTIDAD

enfermedad curada y la gran obra proyectada es una obra terminada. Entonces
todas las demás cuestiones, como enfermedades, deudas y obras son pequeñas en
comparación. De este modo, la seguridad lo hace paciente en la tribulación,
apacible ante la pérdida de un ser querido, impasible en los sufrimientos, sin
temor de malas noticias, contento sea cual fuere su condición, porque la da
firmeza al corazón. Endulza sus copas amargas, aliviana la carga de sus cruces,
alisa los lugares ásperos por dónde camina e ilumina el valle de sombra de muerte.
Le hace sentir que siempre tiene algo sólido bajo sus pies y algo firme en sus
manos, un amigo seguro en el camino y un hogar seguro al final del camino 9.
La seguridad ayuda a soportar la pobreza y las pérdidas. Le enseña a decir:
“Con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”.
“¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas
como alas de águila, y volarán al cielo” (Hab. 3:17, 18; Pr. 23:5).
La seguridad mantiene en pie al hijo de Dios bajo las peores pérdidas de seres
queridos y le ayuda a sentir: “Todo está bien”. El alma segura puede decir:
“Aunque seres queridos me han sido arrebatados, sin embargo, Jesús es el mismo
y está vivo para siempre. Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere;
la muerte no se enseñorea más de él. No es así mi casa para con Dios; sin embargo,
él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será
guardado” (2 R. 4:26; He. 13:8; Ro. 6:9; 2 S. 23:5).
La seguridad hace posible que el hombre alabe a Dios y sea agradecido con él,
aun estando en la cárcel, como Pablo y Silas en Filipo. Puede darle cantos al
creyente, aun en la noche más oscura, y gozo cuando todo está en su contra 10 (Job
35:10; Sal. 42:8).

9
“El Obispo Latimer le decía a Ridley: ‘Cuando vivo con una seguridad decidida y firme sobre el
estado del alma, me parece ser valiente como un león. Puedo reírme de todos los problemas, no hay
aflicción que me acobarde. Pero cuando estoy eclipsado en mis comodidades, tengo tanto temor
espiritual que quisiera correr y meterme en una ratonera’”. —Citado por Christopher Love, 1653.
“La seguridad nos ayuda con todo deber y nos arma contra toda tentación, responde a toda objeción,
nos sostiene en todas las condiciones en que nos podemos encontrar en los momentos más tristes de
la vida. ‘Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?’”. —Obispo Reynolds sobre Oseas 14, 1642.
“Nada puede andarle mal al que tiene seguridad. Dios es de él. ¿Ha perdido un amigo? Su Padre vive.
¿Ha perdido un hijo único? Dios le ha dado a su único Hijo. ¿Le falta pan? Dios le ha dado el
mejor, el pan de vida. ¿Ha perdido todos sus consuelos? Él tiene un Consolador. ¿Pasa por
tormentas? Sabe dónde ir a puerto seguro. Dios es su Porción y el cielo es su remanso de paz”. —
Thomas Watson, 1661.
10
Éstas fueron las palabras de John Bradford en prisión poco antes de su ejecución: “No tengo ningún
pedido. Si la reina me otorga la vida, le daré las gracias; si me la quita, le daré las gracias; si me
quema en la hoguera, le daré las gracias; si me da condena perpetua, le daré las gracias”. Ésta fue la
experiencia de Rutherford cuando fue exilado a Aberdeen: “Qué ciegos son mis adversarios que me
enviaron a una sala de banquetes y no a una prisión ni a un lugar de exilio”. “Mi prisión es un
palacio para mí y la sala de banquetes de Cristo”. —Letters.
7. Seguridad 131

La seguridad hace posible que el hombre duerma tranquilo, aun con la
perspectiva de morir al día siguiente, como Pedro en el calabozo de Herodes. Le
enseña a decir: “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová,
me haces vivir confiado” (Sal. 4:8).
La seguridad hace posible que el hombre se regocije de padecer afrentas a
causa de Cristo, como lo hicieron los apóstoles cuando los pusieron en la cárcel
en Jerusalén (Hch. 5:41). Le recuerda que puede experimentar lo que enseña
Jesús en el Sermón del Monte: “Gozaos y alegraos” (Mt. 5:12) y que hay en el cielo
un excelente peso de gloria que compensará todo lo demás (2 Co. 4:17).
La seguridad hace posible que el creyente enfrente una muerte violenta y
dolorosa sin temor, como lo hizo Esteban en los primeros tiempos de la iglesia de
Cristo y como Cranner, Ridley, Hooper, Latimer, Rogers y Taylor en sus
respectivos países. Le trae a la mente los textos “No temáis a los que matan el
cuerpo, y después nada más pueden hacer” (Lc. 12:4). “Señor Jesús, recibe mi
espíritu” (Hch. 7:59) 11.
La seguridad fortalece al hombre en sus dolores y enfermedades, le tiende la
cama y alisa su almohada en su lecho de muerte. Le hace posible decir: “Si
nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un
edificio” (2 Co. 5:1). “Teniendo deseo de partir y estar con Cristo” (Fil. 1:23). “Mi
carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios
para siempre” (Sal. 73:26) 12.
El fortísimo consuelo que la seguridad puede dar en la hora de la muerte es un
punto de gran importancia. Podemos depender de esto, nunca nos será tan
preciada la seguridad como cuando nos llega el turno para morir. Son pocos los
creyentes que en esa hora atroz no descubren el valor y privilegio de una
“esperanza segura”, lo hayan pensado o no durante su vida. Las “esperanzas” y
“confianzas”, en general, son muy buenas mientras brilla el sol y el cuerpo está
fuerte; pero cuando estamos por morir, queremos poder decir “Yo sé que…” y “Yo

11
Éstas fueron las últimas palabras de Hugh Mckail en el cadalso en Edimburgo en 1666: “Ahora
comienzo mi relación con Dios, que nunca será quebrantada. Adiós, madre y padre, amigos y
parientes; adiós mundo y todas sus delicias; adiós comidas y bebidas; adiós sol, luna y estrellas.
Bienvenido Dios y Padre; bienvenido dulce Señor Jesús, Mediador del nuevo pacto; bienvenido
bendito Espíritu de gracia y Dios de toda consolación; bienvenida gloria; bienvenida vida eterna;
bienvenida muerte. ¡Oh Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu, pues tú has redimido mi
alma, oh Señor Dios de la verdad!”.
12
Éstas fueron las palabras de Rutherford en su lecho de muerte: “¡Oh que todos mis hermanos
supieran a qué Señor he servido y qué paz tengo este día! Dormiré en Cristo y cuando despierte
estaré satisfecho con ver su rostro” (1661). Éstas fueron las palabras de Baxter en su lecho de
muerte: “Bendigo a Dios porque tengo una seguridad absoluta de mi felicidad eterna y mucha paz y
consolación en mi interior”. Cuando casi llegaba a su final, le preguntaron que cómo estaba. La
respuesta fue: “Casi bien”. (1691).
132 SANTIDAD

siento que…”. El río de la muerte contiene una corriente fría y tenemos que
cruzarla solos. Ningún amigo terrenal nos puede ayudar. El postrer enemigo, el
rey de terrores, es un oponente fuerte. Cuando nuestras almas están partiendo, no
hay mejor bebida que el vino fuerte de la seguridad.
En el Libro de Oraciones hay expresiones hermosas en el servicio diseñado
para la visita a los enfermos: “El Señor todopoderoso que es torre fuerte para
todos aquellos que ponen su confianza en él, sea ahora eternamente tu defensa, y
te haga saber y sentir que no hay otro nombre debajo del cielo, por medio del cual
puedes recibir salud y salvación, que el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. Los
compiladores de ese servicio mostraron aquí gran sabiduría. Vieron que cuando
los ojos se oscurecen, el corazón se debilita y el espíritu está a punto de partir
tiene que haber el saber y el sentir lo que Cristo ha hecho por nosotros, de otra
manera, no puede haber paz perfecta 13.
(2) Recordemos, también, que la seguridad es deseable porque tiende a hacer
del cristiano un obrero que trabaja activamente.
Nadie, hablando en general, hace tanto para Cristo en la tierra como los que
disfrutan de la confianza más plena de la entrada gratuita al cielo y no ponen su
confianza en sus propias obras, sino en la obra consumada de Cristo. Esto puede
parecer demasiado maravilloso para ser verdad, pero me atrevo a decir que es
cierto.
El creyente que no tiene una esperanza segura, pasará mucho de su tiempo
escudriñando el interior de su corazón, analizando su estado. Al igual que la
persona nerviosa e hipocondríaca, estará obsesionado por sus propios problemas,
sus dudas y cuestionamientos, sus propios conflictos y corrupciones. En suma, a
menudo se encontrará con que está tan trastornado por sus batallas internas que
tiene poco tiempo libre para otras cosas y poco tiempo para trabajar para Dios.
En cambio, el creyente que, como Pablo, tiene una esperanza segura, se
encuentra libre de estas distracciones que hostigan al creyente. No desconcierta a
su alma con dudas sobre su propio perdón y aceptación. Mira el pacto eterno
sellado con sangre, la obra consumada y la palabra inquebrantable de su Señor y
Salvador que nunca ha fallado y, por lo tanto, considera su salvación como cosa
segura. Y es así que puede dar toda su atención a la obra del Señor y, por ende, a
la larga, hacerla 14.

13
“La medida más pequeña de fe, quita el aguijón de la muerte porque elimina la culpa; pero la
seguridad absoluta de la fe, rompe los dientes y la quijada de la muerte misma porque anula el
temor y terror a ella”. —Sermon in the Morning Exercises (Sermón en los matinales) por Fairclough.
14
“La seguridad nos hace más activos y entusiastas en el servicio de Dios, nos incita a orar y a ser
obedientes. La fe nos hace caminar, pero la seguridad nos hace correr. Pensamos que nunca
7. Seguridad 133

Para ilustrar esto, tomemos dos emigrantes ingleses y supongamos que se
asientan lado a lado en Nueva Zelanda o Australia. Les dan a ambos un terreno
para desmontar y cultivar. Los dos terrenos miden lo mismo y son de la misma
calidad. Les entregan los títulos oficiales como propietarios, estipulando
claramente que es propiedad de ellos y sus descendientes para siempre.
Finalmente, registran esos títulos de propiedad con las autoridades
correspondientes y de todas las demás maneras ingeniadas por el hombre.
Supongamos que uno de ellos se pone a trabajar para desmontar su tierra y
cultivarla, y trabaja en esto día tras día sin parar. Supongamos que, mientras
tanto, el otro interrumpe constantemente su trabajo y acude repetidamente a la
oficina del registro público de la propiedad para preguntar si la tierra es
realmente de él, si no hay algún error, si, después de todo, los instrumentos
legales que le fueron dados no tienen alguna falla.
El primero nunca duda de tener el título de su propiedad, sino que
simplemente sigue trabajando. El otro nunca se siente seguro de su título y se
pasa la mitad del tiempo en la oficina de catastro, haciendo preguntas
innecesarias.
¿Cuál de estos dos hombres habrá progresado más en el lapso de un año? ¿Cuál
de ellos habrá hecho más con su propiedad, habrá trillado más tierra, tendrá las
mejores cosechas para mostrar y será el más próspero, en general?
Cualquiera, con un poco de sentido común, puede contestar esa pregunta. No
tengo que dárselas yo. Sólo puede haber una respuesta. El que dedique total
atención a sus tierras obtendrá siempre más éxito.
Sucede algo similar con la cuestión de nuestro título en las “mansiones
celestiales”. Nadie hará más por el Señor que lo compró como el creyente que ve
su título con claridad y no se distrae con incredulidades, dudas, cuestionamientos
y vacilaciones. El gozo del Señor será la fortaleza de aquel hombre. Dice David:
“Vuélveme el gozo de tu salvación… Entonces enseñaré a los transgresores tus
caminos” (Sal. 51:12, 13).
Nunca han existido obreros cristianos como los apóstoles. Realmente, la obra
de Cristo era su comida y su bebida. No contaban su propia vida como algo a qué
aferrarse. Pusieron su libertad, salud y comodidad mundana al pie de la cruz. Y

podríamos hacer bastante para Dios. La seguridad es como las alas para el pájaro y el péndulo para
el reloj, pone en marcha las ruedas de la obediencia”. —Thomas Watson.
“La seguridad causa que el hombre sea ferviente, constante y abundante en la obra del Señor. Cuando
el cristiano seguro ha terminado un trabajo, pide otro. ‘¿Qué tengo que hacer ahora, Señor?’, dice el
alma segura, ‘¿qué tengo que hacer ahora?’. El cristiano seguro hará cualquier trabajo que sea,
pondrá su cerviz en cualquier yugo por Cristo, nunca piensa que ha hecho bastante, siempre piensa
que ha hecho muy poco y cuando ha hecho todo lo que ha podido, toma asiento diciendo ‘Siervo
inútil soy’”. —Thomas Brooks.
134 SANTIDAD

una gran razón de esto, creo, fue su esperanza segura. Eran hombres que podían
decir: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn.
5:19).
(3) Recordemos también que hemos de anhelar la seguridad porque tiende
hacer de un cristiano un cristiano decidido.
La indecisión y las dudas sobre nuestro propio estado son, a los ojos de Dios,
un mal gravoso y la madre de todos los males. A menudo producen que el
creyente siga con vacilación e incertidumbre al Señor. La seguridad ayuda a
desatar muchos nudos, aclara y esclarece la senda del deber cristiano.
Muchos, que esperamos sean hijos de Dios y que tengan gracia verdadera,
aunque sea débil, se sienten continuamente atacados por dudas sobre cuestiones
prácticas. “¿Está bien que hagamos tales o cuales cosas, que renunciemos a esta
costumbre familiar? ¿Hemos de andar con esas compañías? ¿A dónde ponemos los
límites a las visitas? ¿Cómo conviene vestirnos y cuáles serán nuestras
distracciones? ¿No debemos nunca, bajo ninguna circunstancia, bailar ni jugar a
las cartas, ni asistir a fiestas?”. Ésta es la clase de preguntas que parece causarles
constantes problemas. Y con frecuencia, mucha frecuencia, la raíz sencilla de su
perplejidad es que no se sienten seguros de ser hijos de Dios. Todavía no han
determinado este punto, de qué lado de la puerta están. No saben si están dentro o
fuera del arca.
De que un hijo de Dios debiera comportarse de cierta manera, están seguros,
pero la pregunta importante es: “¿Son ellos mismos hijos de Dios?”. Si sólo
sintieran que lo son, marcharían adelante en línea recta. Pero no estando seguros,
sus conciencias están siempre vacilando y en un punto muerto. El diablo susurra:
“Quizá al final de cuenta no eres más que un hipócrita: ¿Qué derecho tienes tú de
tomar un camino decidido? Espera a ser realmente cristiano”. ¡Y este susurro
demasiadas veces hace inclinar la balanza y los lleva a transigir miserablemente
con el mundo o desgraciadamente a conformarse a él!
Creo que aquí tenemos una de las razones principales por la cual tantos
creyentes en esta época demuestran una conducta inconstante, superficial,
insatisfactoria y desganada con el mundo. Se niegan a despojarse de todo lo
relacionado con el viejo hombre porque no están bien seguros de haberse vestido
del nuevo. En suma, no tengo ninguna duda de que una causa secreta de “vacilar
entre dos opiniones” es la falta de seguridad. Cuando alguien puede afirmar
decididamente: “¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!”, su camino se hace muy
claro. (1 R. 18:39).
(4) Recordemos, por último, que la seguridad es deseable porque tiende a
formar cristianos más santos.
7. Seguridad 135

Esto también suena increíble y extraño y, no obstante, es cierto. Es una de las
paradojas del evangelio. A primera vista, es contraria a la razón y al sentido
común, pero, aun así, es una realidad. Pocas veces distó tanto de la verdad el
cardenal Bellarmine como cuando dijo: “La seguridad tiende a producir
indiferencia y pereza”. Aquel que es perdonado gratuitamente por Cristo siempre
hará mucho para la gloria de Cristo y aquel que disfruta al máximo la seguridad
de haber sido perdonado mantendrá su andar más íntimo con Dios. Es palabra fiel
y digna de ser recordada por todos los creyentes: “Y todo aquel que tiene esta
esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3). Una
esperanza que no purifica al creyente es una burla, una fantasía y una trampa 15.
Nadie tiene mejor posibilidad de vigilar de cerca a sus propios corazones y
vidas que aquellos que conocen la tranquilidad de vivir en estrecha comunión con
Dios. Sienten que son privilegiados y temen perder su privilegio. Tiemblan ante la
posibilidad de perder su posición y arruinar su tranquilidad por colocar
nubarrones entre ellos y Cristo. El que va de viaje con poco dinero no tiene
cuidado del peligro que pueda haber en su itinerario y no le importa lo tarde que
viaje. Por el contrario, el que lleva oro y joyas es un viajero cauteloso. Considera
bien sus caminos, su hospedaje y sus compañías, y no se expone a ningún riesgo.
15
“La verdadera seguridad de salvación que el Espíritu de Dios haya puesto en cualquier corazón tiene
la fuerza de impedir que viva una vida libertina y entreteje en su corazón amor y obediencia a Dios,
como no puede hacerlo ninguna otra cosa en el mundo. La verdadera causa de todo el libertinaje
que reina en el mundo es la falta de fe y seguridad o una seguridad falsa y carnal en el amor de
Dios”. —Salmo 51, Hildersam.
“Nadie camina tan armoniosamente con Dios como los que están seguros del amor de Dios. La fe es la
madre de la obediencia y la confianza segura da paso a la rectitud en la vida. Cuando los hombres
se sueltan de Cristo, se sueltan de sus deberes y su creencia fluctúa; se nota pronto por su
inconstancia e irregularidad al caminar. No nos sumamos con presteza a una empresa de cuyo éxito
dudamos; de manera semejante, cuando no sabemos si Dios nos aceptará o no, cuando somos
inconstantes, así como confiamos y desconfiamos con respecto a las cosas de esta vida, también
somos inconstantes en servir a Dios. Es calumnia del mundo decir que la seguridad es una doctrina
inútil.” —Exposition of James (Exposición sobre Santiago) por Manton, 1660.
“¿Quién siente más convicción de que debe cumplir sus obligaciones? ¿El hijo que es consciente de su
relación cercana y sabe que su padre lo ama o el sirviente que tiene razones poderosas para
dudarlo? El temor es un principio débil e impotente en comparación con el amor. Los terrores
pueden despertar, el amor aviva. Los terrores pueden ‘casi persuadir’, el amor convence
sobreabundantemente. Estoy seguro que el hecho de que el creyente sepa que su Amado es de él y él
de su Amado (Cnt. 4:3), se ve por la experiencia de que pone sobre él, las obligaciones más fuertes y
contundentes de ser leal y fiel al Señor Jesucristo. Hay quien cree que Cristo es precioso (1 P. 2:7),
pero también hay el que sabe que Cristo es mucho más precioso, aun ‘uno entre diez mil’” (Cnt.
5:10). —Sermon in Morning Exercises (Sermón en los matinales) por Fairclough, 1660.
“¿Acaso es necesario que a los hombres se les mantenga con miedo a la condenación, a fin de que sean
circunspectos y presten atención a sus obligaciones? ¿Acaso no es la expectativa segura del cielo
mucho más eficaz? El amor es el principio más noble y fuerte de la obediencia; y no podemos dudar
de que un sentido del amor de Dios por nosotros aumentará el deseo de complacerle”. —Christian
System por Robinson.
136 SANTIDAD

Un antiguo refrán, aunque muy poco científico, dice que las estrellas fijas son las
que más tiemblan. El hombre que disfruta más plenamente de la luz del rostro
reconciliado de Dios, será el hombre que tiembla por el solo miedo a perder sus
benditas consolaciones y temeroso de hacer algo que contriste al Espíritu Santo.
Encomiendo estos cuatro puntos a la consideración seria de todo cristiano
profesante. ¿Quisiera usted sentir los Brazos Eternos abrazándolo y oír todos los
días la voz de Jesús acercándose a su alma y diciendo “Soy tu salvación”? ¿Le
gustaría ser un obrero útil en la viña del Señor en su época y generación?
¿Quisiera ser conocido por todos los hombres como un seguidor de Cristo valiente,
firme, decidido, fiel e inconmovible? ¿Quisiera tener una mente particularmente
espiritual y santa? No dudo que algunos lectores dirán: “Éstas son las cosas que
precisamente nuestros corazones anhelan. Las ansiamos, pero parecen estar
distantes”.
La poca fe puede ser la causa de los fracasos
Ahora bien, ¿se le ha ocurrido alguna vez que haber descuidado la seguridad
sea posiblemente la razón principal de sus fracasos; que la poca fe que satisface,
puede ser la poca paz que siente? ¿Le resulta extraño que las gracias en usted
desmayan y languidecen, mientras deja que la fe, que es la raíz y madre de todas
ellas, se mantenga enclenque y débil?
Siga hoy mi consejo. Procure aumentar su fe. Procure tener una esperanza
segura de su salvación como la del apóstol Pablo. Procure obtener una confianza
sencilla en las promesas de Dios como la de un niño. Procure poder decir con
Pablo: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi
depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12).
Es muy probable que haya intentado otros modos y métodos, y haya fracasado
completamente. Cambie su plan. Adopte otra táctica. Empiece por confiar
implícitamente. Eche fuera su retraso falto de fe y crea lo que dice el Señor.
Venga y humíllese con su alma y sus pecados a los pies de su Salvador. Comience
simplemente creyendo y, pronto, todo lo demás le será agregado 16.

16
“Lo que provoca tanta perplejidad es que invirtamos el orden de Dios. Algunos dicen ‘Si yo supiera
que la promesa es para mí y que Cristo fue un Salvador para mí, podría creer’; es decir, primero
quiero ver y después creeré. Pero el método correcto es justo al revés. Dijo David: ‘Creí; por tanto
hablé’ (Sal. 116:10). Primero creyó y después vio”. —Cardenal Leighton.
“Es un pensamiento débil e ignorante, pero común entre los cristianos, pensar que no debieran buscar
el cielo, ni confiar en Cristo para gloria eterna hasta haber progresado mucho en santidad y en su
aptitud para confiar. Pero tal como la primera santificación de nuestra naturaleza fluye de nuestra
fe y confianza en que Cristo nos acepta, también nuestra santificación posterior y aptitud para la
gloria fluye del ejercicio renovado y repetido de fe en él”. —Traill.
7. Seguridad 137

IV. Causas por las cuales, rara vez, se logra una esperanza segura
Llego ahora al último tema que mencioné. Prometí explicar algunas causas
por las cuales rara vez se llega a tener una esperanza segura. Lo haré
brevemente.
Ésta es una cuestión muy seria que debería motivarnos a todos a escudriñar
profundamente nuestro corazón. Ciertamente, pocos entre el pueblo de Cristo,
parecen alcanzar este bendito espíritu de seguridad. Muchos creen relativamente,
pero pocos están convencidos. Muchos, comparativamente, tienen una fe
salvadora, pero pocos aquella confianza gloriosa que brilla en el lenguaje de San
Pablo. Creo que tenemos que reconocer que éste es el caso.
Ahora bien, ¿por qué es esto así? ¿Por qué lo que dos apóstoles recomendaron
tan encarecidamente que buscáramos, es algo que pocos creyentes conocen por
experiencia en estos días? ¿Por qué la esperanza segura es algo que rara vez se ve?
Quiero ofrecer humildemente varias sugerencias sobre el por qué. Sé que
muchos, a cuyos pies me sentaría gustosamente, tanto en la tierra como en el
cielo, nunca han alcanzado la seguridad. Quizá el Señor ve algo en el
temperamento natural de algunos de sus hijos que no es idóneo para que ellos se
sientan seguros. Quizá, a fin de mantener su salud espiritual, necesitan
permanecer en esa condición. Sólo Dios lo sabe. No obstante, después de mucha
especulación, me temo que hay muchos creyentes sin una esperanza segura,
cuyos casos, muy a menudo, se deben a causas como las siguientes.
(1) Sospecho que una de las causas más comunes es un concepto defectuoso
de la doctrina de la justificación.
Me inclino a pensar que existe una confusión en la mente de muchos
creyentes acerca de la justificación y la santificación. Reciben la verdad del
evangelio: Algo tiene que suceder dentro de nosotros, al igual que algo tiene que
ser hecho para nosotros, si hemos de ser auténticos miembros de Cristo y hasta
allí tienen razón. Pero luego, sin ser conscientes de ello, tal vez, parecen asimilar
la idea de que su justificación es, en cierta medida, afectada por algo dentro de
ellos mismos. No ven con claridad la obra de Cristo en ellos, ni su propia obra, ni
en su totalidad ni en parte, ni directa o indirectamente, que es la base de la
aceptación de Dios. Ignoran que la justificación es algo que realiza él sin nuestra
intervención, por lo cual no requiere nada de nuestra parte, excepto
sencillamente fe; y que el más débil pecador es justificado total y completamente
tal como lo es el más fuerte 17.

17
La Confesión de Fe de Westminster da una descripción admirable de la justificación: “A los que
Dios llama de una manera eficaz, también justifica gratuitamente, no infundiendo justicia en ellos,
sino perdonándoles sus pecados y, contando y aceptando sus personas como justas; no por algo en
138 SANTIDAD

Muchos parecen olvidar que somos salvos y justificados siendo pecadores y,
únicamente pecadores, y que nunca podemos serlo más de lo que ya somos,
aunque lleguemos a la edad de Matusalén. Somos indudablemente pecadores
redimidos, pecadores justificados y pecadores renovados, pero pecadores,
pecadores y pecadores seremos siempre hasta el fin. No parecen comprender que
hay una gran diferencia entre nuestra justificación y nuestra santificación.
Nuestra justificación es una obra terminada y perfecta, no admite grados. En
cambio, nuestra santificación es imperfecta e incompleta, y lo será hasta la última
hora de nuestra vida. Parece que estos creyentes esperan que el creyente pueda,
en algún periodo de su vida, ser libre de corrupción y lograr una especie de
perfección interior. Y al no encontrar en sus corazones este estado angelical,
llegan enseguida a la conclusión de que su estado no es bueno. Entonces siguen
lamentándose todos los días, dominados por el temor de no tener arte ni parte
con Cristo, y negándose a recibir consuelo.
Demos nuestra atención a este punto. Si algún alma creyente anhela seguridad
y no la tiene, pregúntese, ante todo, si está bien seguro de que su fe es legítima, si
sabe distinguir entre las cosas que son diferentes y si es totalmente claro en
cuanto al tema de la justificación. Tiene que saber lo que es sencillamente creer y
ser justificado por fe, antes de poder sentirse seguro.
En esta cuestión, como en muchas otras, la antigua herejía gálata (el error de
creer que la salvación podía ganarse por medio de alguna fórmula legalista) es el
origen más fértil del error, tanto en doctrina como en práctica. La gente debería
buscar conceptos más claros de Cristo y de lo que Cristo ha hecho por ellos. Feliz
el hombre que realmente comprende “la justificación por fe sin la obras de la ley”.
(2) Otra causa común de la falta de seguridad es la falta de ganas de crecer en
la gracia.
Sospecho que muchos creyentes auténticos tienen conceptos peligrosos y no
bíblicos sobre esto; es claro que no digo que lo hagan a propósito, pero de hecho,
los tienen. Muchos parecen pensar que, una vez convertidos, no se tienen que
ocupar de otra cosa y que el estado de salvación es una especie de cómodo sillón
donde simplemente se tienen que sentar, descansar y ser felices. Parecen creer
que la gracia es algo que les ha sido dada para que la disfruten y olvidan que es
dada como un talento, para ser usado, aprovechado y mejorado. Estas personas
olvidan las muchas exhortaciones a “aumentar, crecer, abundar más y más y

ellos o hecho por ellos, sino solamente por causa de Cristo; no por imputarles la fe misma, ni el acto
de creer, ni alguna otra obediencia evangélica como su justicia, sino imputándoles la obediencia y
satisfacción de Cristo; y ellos por la fe, le reciben y descansan en él y en su justicia. Esta fe no la
tienen de ellos mismos. Es un don de Dios”.
7. Seguridad 139

agregar a su fe” y cosas parecidas; y en su estado pasivo, sentados tranquilamente,
no me extraña que se pierdan la seguridad.
Creo que debe ser nuestra meta continua y nuestro anhelo constante marchar
hacia adelante, y nuestro lema en cada cumpleaños, en cada comienzo de año
debe ser: “Más y más” (1 Ts. 4:1): Más conocimiento, más fe, más obediencia y
más amor. Si hemos cosechado a treinta por uno, tenemos que procurar cosechar
al sesenta y si hemos cosechado sesenta, debemos esforzarnos por cosechar a
ciento por uno. La voluntad del Señor es nuestra santificación y debe ser nuestra
voluntad también (Mt. 13:23; 1 Ts. 4:3). Una cosa de la cual siempre podemos
depender es que hay una conexión inseparable entre la diligencia y la seguridad.
Dice Pedro: “Procurad” (2 P. 1:10). “Deseamos”, dice Pablo “que cada uno de
vosotros muestre la misma solicitud para plena certeza de la esperanza” (He. 6:11).
“El alma de los diligentes”, dice Salomón, “será prosperada” (Pr. 13:4). Contiene
mucha verdad la antigua máxima puritana que dice: “La fe de la adhesión viene
por el oír, pero la fe de la seguridad no viene sin el hacer”.
¿Es alguno de mis lectores uno de aquellos que anhela la seguridad, pero no la
tiene? Preste atención a mis palabras. Nunca la obtendrá sin diligencia, no
importa lo mucho que la anhele. No hay ganancia sin dolor en las cosas
espirituales, así como no la hay en las temporales. “El alma del perezoso desea, y
nada alcanza” (Pr. 13:4) 18.
(3) Otra causa común de la falta de seguridad es un andar inconsistente en la
vida.
Con tristeza y dolor me siento constreñido a decir que me temo que la
inconsistencia con frecuencia impide que las personas obtengan una esperanza
segura.

18
“¿De quién es la culpa si usted deja de cuestionar su parte con Cristo? Si los cristianos se ocuparan
más de examinarse a sí mismos, de caminar más cerca de Dios; si tuvieran una comunión más
estrecha con Dios y actuaran con más fe, esta oscuridad y dudas vergonzosas pronto desparecerían”.
—Robert Traill.
“Al cristiano perezoso siempre le faltarán cuatro cosas: Consuelo, contentamiento, confianza y
seguridad. Dios ha hecho una separación entre el gozo y la indolencia. Entre la seguridad y la
pereza y, por lo tanto, es imposible juntar estas cosas que Dios ha separado tanto”. —Thomas
Brooks.
“¿Se encuentra hundido y con dudas, tambaleando e incierto, sin saber cuál es su condición ni si tiene
parte en el perdón que viene de Dios? ¿Está fluctuando entre esperanzas, temores, falta de paz,
consolación y seguridad? ¿Por qué se queda sin hacer nada? Levántese, vele, ore, ayune, medite,
batalle contra sus lascivias y corrupciones, no tema ni se asuste ante los ruegos de estas obras de la
carne pidiéndole que no las abandone, marche adelante al trono de gracia con oraciones, súplicas
inoportunas, pedidos sin descanso; ésta es la manera de apropiarse del reino de Dios. Estas cosas no
constituyen paz, ni seguridad, pero son parte de los medios que Dios ha determinado para
alcanzarlas”. —Owen sobre el Salmo 23.
140 SANTIDAD

El flujo de cristianos profesantes en la actualidad es mucho más amplio de lo
que era antes y me temo que tengo que reconocer que, a la misma vez, ese
cristianismo es más superficial.
La incongruencia en la vida es totalmente destructiva para la paz de la
conciencia. Las dos cosas son incompatibles. No pueden darse ambas en una
misma persona. Si usted tiene pecados que lo dominan y no puede decidirse a
renunciar a ellos, si no puede amputarse la mano derecha ni arrancarse el ojo
derecho cuando la ocasión lo requiere, le asevero que no tendrá ninguna
seguridad.
Un andar vacilante, una reticencia a emprender, audaz y decididamente un
camino, una disposición inmediata a conformarse al mundo, un testimonio
vacilante para Cristo, una religión indecisa, una resistencia a adoptar una norma
elevada de santidad y vida espiritual, son una fórmula infalible para malograr el
jardín de su alma.
Es inútil suponer que podrá sentirse seguro y convencido de que ha sido
perdonado y aceptado por Dios, a menos que considere que todos los
mandamientos de Dios acerca de todas las cosas son correctos y que Dios
aborrece todo pecado, sea grande o pequeño (Sal. 119:128). Un solo Acán que
permita entrar en el campamento de su corazón debilitará sus manos y arrasará
con sus consolaciones. Usted tiene que estar cultivando diariamente su vida en el
Espíritu, si va a cosechar el testimonio del Espíritu. (Gá. 5:25). No encontrará ni
sentirá que todos los caminos del Señor son caminos placenteros, a menos que
trabaje en todo para agradar el Señor 19. Bendigo a Dios porque nuestra salvación
no depende en absoluto de nuestras propias obras. Somos salvos por gracia, no
por obras de justicia, por fe, sin las obras de la ley. Pero no quisiera nunca que
algún creyente olvidara por un momento que nuestro sentido de ser salvos
depende de nuestra manera de vivir. La inconsistencia empañará su vista y pondrá
nubes entre usted y el sol. El sol es el mismo detrás de las nubes, pero usted no
podrá ver su resplandor y disfrutar de su calor, y su alma estará sombría y fría. Es

19
“¿Quiere tener una esperanza fuerte? Entonces mantenga pura su conciencia. No se puede
corromper una sin debilitar la otra. La persona piadosa que es negligente e indiferente en su andar
santo se encontrará pronto conque su esperanza languidece. Todo pecado lleva al alma que anda en
él a temblar de miedo y sacudir su corazón”. —Gurnall.
“Una causa grande y demasiado común que causa aflicción es algún pecado secreto; apaga la luz del
alma, la disipa y causa estupor, de modo que no puede ver ni sentir su propia condición. Pero sobre
todo provoca que Dios se aparte, que retire sus consolaciones y la ayuda de su Espíritu”. —Saints’
Rest (Descanso de los santos) por Baxter.
“Las estrellas que tienen trayectorias más cortas son las que están más cerca del polo y los hombres
cuyas vidas están menos enredadas con el mundo, siempre son las que están más cerca de Dios y de
la seguridad de su favor. Recuerde esto, cristiano mundano: Usted y el mundo deben separarse, de
otra manera la seguridad y su alma nunca se encontrarán”. —Thomas Brooks.
7. Seguridad 141

en la senda del bien hacer, en donde lo visitará la fuente de luz y brillará en su
corazón.
“La comunión íntima de Jehová”, dice David, “es con los que le temen, y a
ellos hará conocer su pacto” (Sal. 25:14).
“Y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Sal. 50:23).
“Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Sal.
119:165).
“Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con
otros” (1 Jn. 1:7).
“No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto
conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante
de él” (1 Jn. 3:18, 19).
“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus
mandamientos” (1 Jn. 2:3).
Pablo era un hombre que se esforzaba por tener una conciencia sin ninguna
ofensa a Dios ni al hombre (Hch. 24:16). Podía decir con audacia: “He peleado la
buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. No me extraña, entonces,
que Dios lo capacitó de modo que pudo agregar confiadamente: “Me está guardada
la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Ti. 4:7,
8).
Si algún creyente del Señor Jesús anhela seguridad y no la tiene, que
reflexione también en este punto. Mire su propio corazón, mire su propia
conciencia, mire su propia vida, mire sus propias costumbres y mire su propio
hogar. Y quizá cuando lo haya hecho, podrá decir: “Con razón no tengo una
esperanza segura”.
Dejo estos temas que acabo de mencionar a la consideración personal de cada
lector de este escrito. Estoy seguro de que vale la pena examinarlos.
Examinémoslos sinceramente. Y quiera el Señor darnos entendimiento en todas
las cosas.

Aplicaciones prácticas
(1) Para el no creyente
Y ahora, para terminar este importante estudio, quiero dirigirme primero al
lector que todavía no se ha entregado al Señor, que todavía no se ha alejado del
mundo, que aún no ha escogido la mejor parte y no ha comenzado a seguir a
Cristo.
Le pido entonces que aprenda, de este tema, cuáles son los privilegios y
consolaciones del verdadero cristiano.
142 SANTIDAD

No quiero que juzgue al Señor Jesucristo por su pueblo. El mejor de los
siervos puede dar apenas un vislumbre de ese glorioso Maestro. Tampoco quiero
que juzgue los privilegios de su reino por la medida de confort que logran
muchos de los suyos. ¡Ay, la mayoría somos unas pobres criaturas! Tenemos pocas,
muy pocas de las bendiciones que podríamos disfrutar. Pero tenga por seguro que
hay cosas seguras en la ciudad de nuestro Dios que aquellos que tienen una
esperanza segura ya pueden palpar, aun en esta vida. Hay allí tal abundancia de
paz que el corazón no puede concebir. En la casa de nuestro Padre hay tanto pan
que hasta sobra, aunque muchos de nosotros comemos muy poco de él y, por
ende, seguimos siendo débiles. Pero no culpemos al Maestro: La culpa es toda
nuestra.
Y, al final de cuentas, el hijo más débil de Dios cuenta con una mina de
consolaciones en su interior, de las cuales usted no puede saber nada. Usted ve los
conflictos y los zarandeos de la superficie de su corazón, pero no las perlas de
gran precio escondidas en el fondo. El miembro más frágil de Cristo no cambiaría
su lugar con usted. El creyente que posee la menor seguridad está mucho mejor
que usted. Tiene esperanza, aunque débil, en cambio usted no tiene ninguna.
Tiene una porción que nunca le será quitada, un Redentor que nunca le será
quitado, un Salvador que nunca lo abandonará, un tesoro que nunca se desvanece
a causa de su insuficiente comprensión en el presente. Pero, en cuanto a usted, si
muere tal como está, también morirán todas sus expectaciones. ¡Oh, que fuera
usted sabio, que comprendiera estas cosas! ¡Oh, que considerara su destino final!
Siento más lástima por usted que nunca en estos últimos días en los que el
mundo está llegando a su final. Siento mucha pena por aquellos cuyo todo tesoro
está en la tierra y cuyas esperanzas están en este lado de la tumba. ¡Sí!...
- cuando veo antiguos reinos y dinastías temblando hasta sus cimientos,
- cuando veo, como vimos todos hace unos años, a reyes y príncipes, a ricos y
grandes hombres huyendo para salvar sus vidas sin saber dónde esconderse,
- cuando veo propiedades que dependen de la confianza pública derritiéndose
como la nieve en la primavera, y las acciones de la bolsa de valores y fondos
del gobierno perdiendo su valor.
Cuando veo estas cosas, me dan mucha lástima los que no tienen una porción
mejor que la que este mundo les puede dar, ni un lugar en el reino que no puede
ser arrebatado 20.
Recurra a un ministro de Cristo este mismo día. Busque las riquezas que
perduran, un tesoro que nadie le puede quitar, una ciudad con cimientos

20
“Son doblemente desafortunados los que no tienen asegurado el cielo ni la tierra, ni lo temporal ni lo
eterno”. —Thomas Brooks.
7. Seguridad 143

duraderos. Haga lo que hizo el Apóstol. Entréguese al Señor Jesucristo y busque
aquella corona incorruptible que está preparado para otorgarle. Tome el yugo de
Cristo y aprenda de él. Apártese del mundo que nunca lo satisfará y del pecado que
le morderá como una serpiente si se aferra a él hasta el final. Venga al Señor Jesús
como un humilde pecador y Él lo recibirá, perdonará y le dará su Espíritu
renovador, y le llenará de paz. Esto le dará más consolación que la que jamás le ha
dado el mundo. Hay un vacío en su vida que nadie, sino la paz de Cristo puede
llenar. Venga y comparta nuestros privilegios. Venga con nosotros y siéntese a
nuestro lado.
(2) Para el creyente
En último lugar, quiero dirigirme a todo creyente que lee estas páginas y
decirle algunas palabras de consejo fraternal.
(a) Lo principal que le insto a hacer es esto: Si no cuenta usted con una
esperanza segura de haber sido aceptado por Cristo, resuelva este día buscarla.
Ocúpese de esto. Esfuércese por lograrla. Pídala en oración. No le dé descanso al
Señor hasta “saber en quién ha creído”.
Realmente siento que la poca seguridad actual entre los que se consideran
hijos de Dios, es una vergüenza y un reproche. “Es para lamentar profundamente”,
dice el anciano Traill, “el que tantos cristianos hayan vivido veinte o treinta años
desde que Jesús los llamara por su gracia y aún sigan dudando”. Recordemos el
“anhelo” sincero que expresa Pablo: “Cada uno” de los hebreos sea solícito en
lograr plena certeza (He. 6:11) para que evite que se les reproche por su falta de
seguridad.
Lector creyente, ¿quiere realmente decir que no tiene ningún deseo de
intercambiar su esperanza por confianza, su anhelo por convicción, su
incertidumbre por conocimiento? Porque una fe débil lo salva, ¿se contentará con
eso? Porque la seguridad no es esencial para su entrada al cielo, ¿se conformará
sin ella en la tierra? ¡Ay, ésta no es una condición sana del alma en la cual
permanecer, no es la manera de pensar de la era apostólica! Levántese ya y
marche hacia adelante. No se quede pegado a los cimientos de la religión; avance
hasta la perfección. No se contente con un día de pequeñeces. Nunca desprecie
esto en los demás, pero nunca se contente con esto en usted mismo.
Créame, vale la pena buscar la seguridad. Renuncia usted a sus privilegios
cuando se contenta sin ella. Las cosas que digo son para su propia paz. Si es
bueno sentirse seguro con respecto a las cosas de este mundo, ¡mucho mejor es
estarlo sobre las cosas celestiales! Su salvación es una cosa resuelta y cierta. Dios
lo sabe. ¿Por qué no habría de procurar usted saberlo también? No hay nada en
144 SANTIDAD

esto que no sea bíblico. Pablo nunca vio el Libro de la Vida, no obstante, dijo:
“Estoy convencido”.
Sea, pues, su oración diaria que su fe aumente. Según el tamaño de su fe, será
su paz. Cultive más esa raíz bendita y, tarde o temprano, por la bendición de Dios,
puede esperar tener una flor. Quizá no logre una seguridad total de una sola vez.
A veces es bueno que tenga que esperar: No valoramos las cosas que podemos
obtener sin esfuerzo. Pero aunque se demore, espérela. Busque y crea que la va a
encontrar.
(b) No obstante, hay una cosa que no quiero que ignore: No se sorprenda si
ocasionalmente tiene dudas, una vez que ha obtenido seguridad. No debe olvidar
que está en la tierra y no en el cielo. Está todavía en el cuerpo y tiene pecado que
mora en usted; la carne lucha contra el espíritu hasta el final. La lepra no se
puede quitar de las paredes de la vieja casa hasta que la muerte la quita. Y
también hay un diablo y un diablo fuerte: Un diablo que tentó al Señor Jesús e
hizo caer a Pedro y se asegurará que usted lo sepa. Siempre habrá algunas dudas.
El que nunca duda, no tiene nada que perder. El que nunca teme, no posee nada
realmente valioso. El que nunca siente celos, poco sabe del amor profundo. No se
desanime; usted será más que vencedor por medio de aquel que le amó. 21
(c) Por último, no olvide que la seguridad es algo que puede perderse por un
tiempo, le puede suceder aun a los cristianos más brillantes, a menos que tengan
cuidado.
La seguridad es una planta muy delicada. Necesita que cada día y cada hora se
la vigile, riegue, cuide y valore. Así que vele y ore aún más cuando la tiene. Como
dijo Rutherford: “Dele importancia a la seguridad”. Manténgase siempre en
guardia. En El Progreso del Peregrino, cuando Cristiano se durmió en la arboleda
perdió su certificado. Recuerde esto.
David perdió su seguridad durante muchos meses al caer en pecado. Pedro la
perdió cuando negó a su Señor. Es cierto que ambos la volvieron a tener, pero no
antes de haber derramado lágrimas amargas. La oscuridad espiritual viene
montada a caballo, pero se retira caminando. Nos ataca antes de que nos demos
cuenta que allí viene. Se retira lenta y gradualmente, y sólo después de muchos
días. Es fácil descender por una ladera corriendo, pero es difícil escalarla. Así que
recuerde mi advertencia: Cuando tiene el gozo del Señor, vele y ore.

21
“Nadie siente seguridad en todo momento. Así como el sendero tiene la sombra de los árboles, con
tramos de sol y sombra; y así como algunos lugares son oscuros y otros claros, así es usualmente la
vida de los cristianos más seguros”. —Obispo Hopkins.
“Es de sospechar que una persona sea hipócrita cuando muestra siempre el mismo talante,
pretendiendo ser invariablemente recto”. —Traill.
7. Seguridad 145

(d) Sobre todo, no contriste al Espíritu. No apague el Espíritu. No irrite al
Espíritu. No lo distancie, jugando con malos hábitos pequeños y pecados
pequeños. Las pequeñas discusiones entre cónyuges resultan en hogares infelices
y las pequeñas faltas, conocidas y permitidas, causarán contrariedad, entre usted y
el Espíritu.
Preste atención a la conclusión de todo el asunto: El hombre que camina más
cercano con Dios en Cristo, por lo general, gozará de mayor paz. El creyente que
sigue al Señor más plenamente y apunta a la medida más alta de santidad
ordinariamente, disfrutará de la mayor esperanza y tendrá una convicción más
clara de su propia salvación.

Apéndice
La diferencia entre fe y seguridad
Los siguientes son fragmentos de teólogos ingleses, que demuestran…
- que existe una diferencia entre la fe y la seguridad,
- que el creyente puede ser justificado y aceptado por Dios y no disfrutar de un
conocimiento adecuado de su propia seguridad y
- que la fe más débil en Cristo, si es genuina, salva al hombre tan ciertamente
como lo hace con la más fuerte.

(1) “La misericordia de Dios es mayor que todos los pecados en el mundo. Pero, a
veces, estamos en un estado en que pensamos que no tenemos nada de fe o si acaso la
tenemos, es muy floja y débil. Y, por lo tanto, son dos cosas distintas tener fe y sentir la
fe. Algunos sienten fe, pero no la pueden obtener, no obstante, no deben desesperarse,
sino seguir clamando a Dios y tarde o temprano vendrá: Dios abrirá sus corazones y
dejará sentir su bondad”.
—Sermones del obispo Latimer, 1552.
(2) “El hombre de fe débil puede fallar en la aplicación o en la asimilación y la
apropiación de los beneficios de Cristo a su vida. Esto se nota en la experiencia ordinaria.
Hay muchos hombres de corazón humilde y contrito que sirven a Dios en espíritu y en
verdad, pero aun así, no pueden decir sin tener muchas dudas e inseguridad: Sé y estoy
completamente seguro que mis pecados han sido perdonados. ¿Diremos, entonces, que
los tales no tienen fe? Ni Dios lo quiera. Esta débil fe será merecedora del cumplimiento
de las promesas misericordiosas de Dios para perdón del pecado, tanto como lo es una fe
fuerte, aunque no tan contundentemente. El hombre con una mano seca puede
extenderla para recibir un regalo de mano de un rey, tanto como el que tiene una mano
normal, aunque quizá no con tanta firmeza y seguridad”.
—Exposition of the Creed (Exposición del credo), por William Perkins, Ministro de Cristo en la
Universidad de Cambridge, 1612.
146 SANTIDAD

(3) “Esta certidumbre de nuestra salvación de la cual habla Pablo, repetida por Pedro
y mencionada por David (Sal. 4:7), es ese fruto especial de la fe, que respira gozo
espiritual y paz interior, que sobrepasa todo entendimiento. Es cierto que no todos los
hijos de Dios la tienen. Una cosa es el árbol y otra es el fruto del árbol: Una cosa es la fe y
otro el fruto de la fe. Y ese remanente de los escogidos de Dios que siente la falta de esta
fe, de cualquier manera, la tienen”.
—Sermón por Richard Greenham, ministro y predicador de la Palabra de Dios, 1612.
(4) “Algunos piensan que no tienen nada de fe porque no tienen una seguridad
certera. Pero aun el fuego más endeble que pueda haber, tendrá humo”.
—The Bruised Reed (La caña cascada) por Richard Sibbes, Profesor en Catherine Hall,
Cambridge, y predicador en Gray’s Inn, Londres, 1630.
(5) “El acto de fe se trata de aplicar a Cristo al alma y esto lo puede hacer, tanto la fe
más débil como la más fuerte, si es auténtica. Un niño puede sostener una vara tan bien
como un hombre, aunque no con tanta fuerza. El prisionero ve el sol a través de un
agujero, aunque no tan perfectamente como los que están al aire libre. Los israelitas
miraron la serpiente de bronce a la distancia y, aun así, fueron sanados. La fe más
pequeña es tan preciada al alma del creyente como la fe de Pedro y Pablo lo era para ellos
porque se apropia de Cristo y trae salvación eterna”.
—An Exposition of the Second Epistle General of Peter (Una exposición de la segunda epístola
general de Pedro) por el Rev. Thomas Adams, Rector de St. Gregory, Londres, 1633.
(6) “Una fe débil es fe auténtica, es preciosa, aunque no tan grande como una fe
fuerte; el Espíritu Santo es el mismo (el autor), el evangelio es el mismo (el
instrumento). Aunque nunca llegue a ser fuerte, la fe débil salva porque por ella nos
interesamos en Cristo y hace que él y todos sus beneficios sean nuestros. Porque no es la
fuerza de nuestra fe lo que salva, sino la autenticidad de nuestra fe, no es la debilidad de
nuestra fe lo que condena, sino la falta de fe porque aun la fe más débil se apropia de
Cristo y, por tanto, nos salva. Ni tampoco somos salvos por la calidad o cantidad de
nuestra fe, sino por Cristo, quien salva por la fe, sea esta fuerte o débil. Una mano débil
puede llevarse comida a la boca y esa comida alimenta y nutre al cuerpo tal como si
hubiera sido llevada a la boca por una mano fuerte; dado que el cuerpo no se nutre por la
fuerza de la mano, sino por las bondades de la carne”.
—The Doctrine of Faith (La doctrina de la fe), por John Rogers, Predicador de la Palabra de
Dios, en Dedham, Essex, 1634.
(7) “Una cosa es tener algo con seguridad, otra saber con seguridad que la tenemos.
Buscamos muchas cosas que ya tenemos en las manos y tenemos muchas cosas que
creemos haber perdido. Del mismo modo, un creyente puede tener una fe segura,
aunque no siempre sepa que la tiene. La fe es necesaria para la salvación; pero una
seguridad plena de que cree no es indispensable”.
—Ball on Faith (Ball sobre la fe), 1637.
(8) “Hay una fe débil, que aun así, es auténtica; y aunque es débil, porque es
auténtica no será rechazada por Cristo. La fe no es creada perfecta al principio, como lo
fue la de Adán; sino que es como un hombre en el curso de la naturaleza, que es primero
un instrumento, luego un niño, luego un joven y luego un hombre. Algunos rechazan
7. Seguridad 147

totalmente a los débiles y llaman hipocresía a toda debilidad en la fe. Estos son, por
cierto, hombres orgullosos y crueles. Algunos consuelan y confirman a los que son
débiles diciendo: ‘No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de
destruirte?’ (Ec. 7:16). Estos son cojines blandos, pero no seguros; son aduladores
lisonjeros, no amigos fieles. Algunos consuelan y exhortan diciendo: ‘Por tanto, dejando
ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando
otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios’ (He. 6:1).
Éste es el curso más seguro y el mejor”.
—Questions, Observations, etc., upon the Gospel According to St. Matthew (Preguntas,
observaciones, etc. sobre el Evangelio según San Mateo) por Richard Ward, en alguna ocasión
alumno en Cambridge y predicador del evangelio en Londres, 1640.
(9) “Un hombre puede contar con el favor de Dios, estar en un estado de gracia, ser
justificado delante de Dios y, aun así, carecer de una seguridad fehaciente de su salvación
y de contar con el favor de Dios en Cristo. Un hombre puede tener dentro de sí una fe
salvadora y, no obstante, no percibirla; un hombre puede tener una verdadera fe
justificadora, pero no tener el uso o la operación de ella como para darle una seguridad
tranquila de su reconciliación con Dios. Diré más: Un hombre puede estar en el estado
de gracia y tener en él una verdadera fe que justifica, aunque le parezca lo contrario.
Éste fue ciertamente el caso de Job quien clamó a Dios: ‘¿Por qué escondes tu rostro, y
me cuentas por tu enemigo?’ (Job 13:24). Aun la fe más débil justifica. Si usted no puede
recibir a Cristo y descansar en él, aunque sea con una fe débil, tarde o temprano se dará
cuenta de su error. Tenga cuidado de no pensar que es la fuerza de su fe lo que lo
justifica. No, no: Es Cristo y su justicia perfecta lo que su fe recibe y sobre lo cual
descansa, lo que salva. El que tiene la mano más endeble y débil puede recibir una
limosna y aplicar una cataplasma a su herida, tal como puede hacerlo la más fuerte y
recibir el mismo beneficio”.
—Lectures upon the 51th Psalm (Discursos sobre el Salmo 51), predicado en Ashby-de-la-Zouch,
por Arthur Hildersam, ministro de Jesucristo, 1642.
(10) “Aunque su gracia sea la más débil, si es auténtica, usted tiene una porción tan
grande en la justicia de Cristo como la de un cristiano fuerte. Tiene tanto de la justicia
de Cristo imputada a usted como cualquier otro”.
—Sermones por William Bridge, ex profesor de Emmanuel College, Cambridge y pastor de la
Iglesia de Cristo en Great Yarmouth, 1648.
(11) “Hay algunos que son creyentes auténticos y aun así son débiles en la fe. De
hecho, reciben a Cristo y su gracia, pero lo hacen con una mano temblorosa; tienen,
como dicen los teólogos, la fe de adhesión; se pegarán a Cristo, como suyos, pero les falta
la fe de la evidencia, no se ven como suyos. Son creyentes, pero de poca fe; confían que
Cristo no los echará fuera, pero no están seguros de que los aceptará”.
—Sips of Sweetness, or Consolation for Weak Believers (Sorbos de dulzura o consuelo para
creyentes débiles), por John Durant, predicador en la Catedral de Canterbury, 1649.
(12) “Sé que usted dice que Jesucristo vino al mundo para salvar los pecadores y ‘para
que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna’ (Jn. 3:15). No puedo
saber más que eso; que teniendo un sentido de mi propia condición pecaminosa, me
148 SANTIDAD

entrego en alguna medida a mi Salvador y me apropio de su redención totalmente
suficiente. Pero, ¡ay, mis percepciones de él son tan débiles que no pueden darle un
consuelo firme a mi alma! Sea valiente, hijo mío. Si es que usted confía en ser justificado
y salvo por el poder del acto mismo de su fe, tiene razón para estar desanimado porque
tiene conciencia de lo débil que es. Pero si la verdad y eficacia de esta feliz obra es en el
objeto del cual usted se apropió, a saber los méritos y las misericordias infinitas de Dios
el Salvador, que no pueden ser anuladas por ser usted débil, tiene razón para animarse y
esperar alegremente su salvación. Comprenda que su causa es buena. Tenemos aquí una
mano doble que nos ayuda a marchar al cielo. Nuestra mano de fe se toma de nuestro
Salvador, la mano misericordiosa y redentora de nuestro salvador se toma de nosotros.
Nuestro asirnos a él es débil y resulta fácil soltarnos, pero cuando su mano nos sujeta es
fuerte e irresistible. Si dependiéramos de nuestras obras, necesitaríamos tener una mano
fuerte; pero aquí se requiere sólo tomar y recibir un regalo precioso ¿y por qué no habría
de poder hacerlo una mano débil tanto como una fuerte? Y bueno, aunque no sea con
tanta fuerza”.
—Balm of Gilead (Bálsamo de Galaad) por el Obispo Hall. 1650.
(13) “No encuentro que la salvación dependa de la fuerza de la fe, sino de la verdad de
la fe, no en su grado más brillante, sino en cualquiera que sea su medida. La Biblia no
dice: Si tienes tal o cual grado de fe serás justificado y salvo, sino que sencillamente se
requiere creer. El menor grado de fe verdadera da resultado, como dice Romanos 10:9,
‘que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le
levantó de los muertos, serás salvo’. El ladrón en la cruz que no había obtenido tanta
medida de fe; por un solo acto de fe débil, fue justificado y salvo (Lc. 23:42)”.
—Exposition of the Prophet Ezekiel (Exposición sobre el profeta Ezequiel), por William Greenhill,
Rector de Stepney, Londres, y Capellán de los duques de York y Gloucester, 1650.
(14) “El hombre puede tener gracia auténtica aunque no tenga la seguridad del amor
y el favor de Dios, ni de la remisión de sus pecados y de la salvación de su alma. El
hombre puede ser de Dios y, aun así, no saberlo; su estado puede ser bueno, pero aun así,
no lo ve; puede estar a salvo a pesar de que no está en una posición tranquila. Todo
puede estar bien con él en el tribunal de la gloria, pero daría mil mundos por sentirse
bien en el tribunal de su conciencia. La seguridad es un requisito para el bienestar del
cristiano, pero no precisamente para ser cristiano; es un requisito para la consolación del
cristiano, pero no para la salvación del cristiano; es un requisito para el bienestar de la
gracia, pero no para estar precisamente en la gracia. Aunque un hombre no puede ser
salvo sin fe, puede ser salvo sin seguridad. En muchos lugares de las Escrituras, Dios ha
declarado que sin fe no hay salvación, pero no ha declarado en ningún lugar de las
Escrituras que sin seguridad no hay salvación”.
—Heaven on Earth (Cielo en la tierra), por Thomas Brooks, predicador del evangelio, en St.
Margaret’s, Fish Street Hill, Londres, 1654.
(15) “Usted, que puede determinar claramente que tiene fe, aunque sea débil, no se
desanime, no se desaliente. Considere que aun la medida más pequeña de fe, es fe
salvadora como lo es la más grande. Una chispa de fuego es tan fuego como cualquier
otro componente del mismo. Una gota de agua es tan agua como lo es la de un océano.
7. Seguridad 149

Así que, el granito más pequeño de fe es una fe tan real y tan salvadora, como la fe más
grande del mundo. El brote más pequeño toma savia de la raíz, tanto como lo hace la
rama más grande. Así que, la medida más débil de fe lo injerta realmente en Cristo y, con
eso, toma vida en él, al igual como lo hace la medida de fe más fuerte. La fe más débil
tiene comunión con los méritos y la sangre de Cristo, al igual que la más fuerte. La fe
más débil une al alma con Cristo. La fe más débil cuenta con la misma medida del amor
de Dios que la más fuerte. Somos amados en Cristo y la medida más pequeña de fe nos
hace miembros de Cristo. La menor fe tiene el mismo derecho a las promesas que la
mayor. Y, por lo tanto, no se desanimen nuestras almas por la debilidad”.
—Nature and Royalties of Faith (Naturaleza y derechos de la fe), por Samuel Bolton, D.D., de
Christ’s College, Cambridge, 1657.
(16) “Algunos sienten temor de que no tienen fe en absoluto, porque no tienen el
más alto grado de fe, que es la plena seguridad, o porque quieren la comodidad que otros
han alcanzado, incluso gozo inefable y glorioso. Pero para quitar esta piedra del camino,
hay que recordar que hay varios grados de fe. Es posible que usted tenga fe, aunque no
en el más alto grado, ni con gozo en el Espíritu. Es más bien un punto acerca de la fe
que la fe misma. De hecho, es más bien una vida basada en los sentidos que una vida por
fe; como cuando alguien toma licor constantemente. Se requiere una fe más fuerte para
vivir sin el consuelo de Dios, que cuando Dios brilla en nuestro espíritu con abundante
alegría.”
—Matthew Lawrence, Predicador en Ipswich, hablando de la fe, 1657.
(17) “Si alguien por allí ha pensado que la esencia de la fe es una convicción especial
y plena del perdón de nuestros pecados, que ese alguien responda por lo que cree.
Nuestros teólogos en este país, por lo general, tienen otra opinión. El Obispo Devemant,
el Obispo Prideaug y otros, han demostrado la enorme diferencia entre creencia y
seguridad, y todos consideran a la seguridad, hija o fruto y consecuencia de la fe. Y el que
fuera el erudito Arrowsmith, nos dice que, rara vez, Dios otorga seguridad a los creyentes
hasta que hayan crecido en la gracia porque, dice él, que hay la misma diferencia entre la
fe de posición y la fe de garantía, al igual que entre la razón y el aprendizaje. La razón es
la base del aprendizaje; así que, como no puede haber aprendizaje si falta la razón (como
en el caso de las bestias), de igual manera, no puede haber ninguna garantía de que no
hay fe de adhesión.
Entonces, como el razonamiento bien utilizado en el estudio de las artes y las
ciencias produce aprendizaje, de igual manera, la fe bien utilizada en su objeto correcto
y por sus frutos correctos, produce seguridad. Además, así como por negligencia,
inasistencia o alguna enfermedad, se puede perder lo aprendido, el razonamiento
permanece; por la tentación o negligencia espiritual es posible perder la seguridad,
mientras que la fe salvadora permanece. Por último, como todos los hombres tienen
raciocinio, pero no todos son letrados, así también todas las personas regeneradas tienen
fe para cumplir con el método evangélico de la salvación, pero no todos los creyentes
verdaderos tienen seguridad”.
—Sermón por A. Fairclough, Adjunto de Immanuel College, Cambridge, en los Morning
Exercises (Matinales), predicado en Southwark, 1660.
150 SANTIDAD

(18) “Tenemos que hacer una distinción entre la debilidad y la nulidad en la fe. Una
fe débil es auténtica. La caña cascada es débil, pero no por eso Cristo la quebrará.
Aunque su fe sea débil, no se desanime. Una fe débil puede recibir a un Cristo fuerte, una
mano débil puede atar fuertemente los lazos del matrimonio al igual que una fuerte, un
ojo débil puede divisar una serpiente peligrosa. La promesa no fue hecha a la fe fuerte,
sino a la fe auténtica. La promesa no dice: ‘Todo aquel que tenga una fe gigantesca que
puede mover montañas, que puede cerrar la boca de los leones, será salvo’, sino: ‘Todo
aquel que cree, será salvo’ aunque su fe sea poca. El agua del Espíritu puede ser
derramada sobre usted en santificación, aunque no el óleo del gozo en la seguridad.
Puede haber fe de adherencia, pero no evidencia; puede haber vida en la raíz donde no
hay fruto en las ramas, y fe en el corazón donde no hay fruto de seguridad”.
—A Body of Divinity (Un cuerpo de divinidad), por Thomas Watson, ex Ministro de St. Stephen’s
Walbrook, Londres, 1660.
(19) “Muchos de los hijos amados de Dios pueden permanecer mucho tiempo
inseguros de su condición presente y eterna, no sabiendo qué pensar acerca de si serán
condenados o salvos. Hay creyentes de varias edades en la Iglesia de Dios: Padres, jóvenes,
niños e infantes. Como en la mayoría de las familias, hay más infantes y niños que
adultos, de igual modo, en la Iglesia de Dios hay más cristianos débiles que dudan, que
los fuertes que han madurado hasta saberse totalmente seguros. El infante puede nacer,
pero no saberlo; de la misma manera un hombre puede nacer de nuevo y no estar seguro
de ello. Hacemos una diferencia entre fe salvadora, como tal, y una o convicción total del
corazón. Algunos que han de ser salvos pueden no estar seguros de que serán salvos,
porque la promesa es de la gracia de la salvación, no la evidencia de ella; es sólo de la fe y
no de que la fe será fuerte. Pueden estar seguros de los cielos y, sin embargo, no estar
seguros del cielo”.
—Sermón por Thomas Doolittle, de Pembroke Hall, Cambridge, y a veces rector de St. Alphege,
Londres en Morning Exercises (matinales), en Cripplegate, 1661.
(20) “¿Es necesario para ser justificado estar seguro de que mis pecados han sido
perdonados y que, efectivamente, he sido justificado? No, no hay un acto de fe que
justifique, sino que es un efecto y fruto que sigue a la justificación. Una cosa es que la
salvación de un hombre sea segura, otra que esté seguro de que es segura. Es como un
hombre que ha caído en un río, está a punto de ahogarse al ser llevado por la corriente y
divisa la rama de un árbol caída sobre el río, de la cual se agarra y se aferra con todas sus
fuerzas para que lo salve; sin ver otra posibilidad de salir con bien, le confía a ella su vida.
Este hombre, en cuanto se ha tomado de esta rama, está a salvo, aunque no se ha librado
de su ansiedad, temor y terror hasta haber reaccionado y ver que está fuera de peligro. Es
entonces que está seguro de estar a salvo; pero estaba a salvo antes de estar seguro.
Sucede lo mismo con el creyente. La fe es ver a Cristo como el único medio para salvarse
y extender la mano con todo el corazón para tomarse de él. Dios habló e hizo la promesa
de que por medio de su Hijo justificaría al hombre. Por eso es necesario decir: Creo que
Cristo es mi único Salvador y entrego mi alma a él para ser salvo por su mediación. En
cuanto el alma puede hacer esto, Dios le imputa la justicia de su Hijo y es, de hecho,
justificado en el tribunal del cielo, aunque en el presente, todavía no se haya aquietado y
7. Seguridad 151

pacificado en el tribunal de su conciencia. Eso sucede después, algunos antes y otros más
tarde, por los frutos y efectos de la justificación”.
—Body of Divinity (Falta traducción), del arzobispo Usher, 1670.
(21) “Hay aquellos que dudan y, por dudar, multiplican su desconfianza, llegando a la
conclusión de que no tienen fe porque encuentran tantas y tan frecuentes dudas dentro
de sí mismos. Pero esto es un gran error. Puede haber algunas dudas, aun donde hay
mucha fe; y puede haber poca fe donde hay muchas dudas. Nuestro Salvador requiere y
se deleita con los que tienen una fe fuerte y firme en él, pero no rechaza a los menos y
más débiles”.
—Lectures on the first nine chapters of St. Matthew (Discursos sobre los primeros nueve
capítulos del Evangelio de Marcos), por el arzobispo Leighton, 1670.
(22) “En el pasado, muchos hombres de gran renombre y eminencia han colocado a
la fe verdadera en un grado no menor que la seguridad o la confianza segura del perdón
de los pecados, la aceptación de sus personas y su salvación futura. Pero esto es muy
triste e intranquilizador para muchas almas vacilantes y solitarias, que llegan a la
conclusión de que los que no sienten seguridad, no son objeto de la gracia, lo cual les ha
dado a los papistas una gran ventaja. Fe no es seguridad. Pero esta última, a veces,
corona y recompensa a una fe fuerte, vigorosa y heroica; el Espíritu de Dios irrumpiendo
en el alma con una luz como evidencia y arrasando con toda esa oscuridad, esas dudas y
esos temores que antes la abrumaba”.
—Obispo Hopkins escribiendo sobre los Pactos, 1680.
(23) “Falta de seguridad no es incredulidad. Los espíritus desalentados pueden ser
creyentes. Hay una diferencia manifiesta entre la fe en Cristo y la consolación de esa fe,
entre creer para vida eterna y saber que tenemos vida eterna. Hay una diferencia entre el
hecho de que un niño tenga derecho a una propiedad y su conocimiento total del título
que lo acredita con tal derecho. El carácter de la fe puede estar escrito en el corazón,
como letras grabadas en un sello, pero lleno de tanto polvo que éstas no se pueden
distinguir. El polvo impide la lectura de las letras, pero no las borra”.
—Discourses (Discursos) por Stephen Charnock, de Emmanuel College, Cambridge, 1680.
(24) “Algunos roban su propia tranquilidad, colocando a la fe salvadora en la
seguridad total. Fe, y seguridad de fe, son dos privilegios diferentes y separados. Usted
realmente puede haber recibido a Cristo sin el conocimiento ni la seguridad de haberlo
recibido. Algunos dicen: ‘Tú eres mi Dios’, cuando Dios nunca les ha dicho: ‘Tú eres mi
pueblo’. Estos no tienen derecho a ser llamados hijos de Dios; hay otros, de quienes Dios
dice: ‘Este es mi pueblo’, pero ellos no se atreven a llamarlo ‘su Dios’; estos tienen
derecho de ser llamados de Dios, pero no lo saben. Han recibido a Cristo, esa es, de
hecho, su seguridad, pero no han recibido el conocimiento y seguridad de ello, ese es su
problema… El padre reconoce a su hijo en la cuna, pero el bebé todavía no sabe que es
su padre”.
—Method of Grace (El método de la gracia), por John Flavel, Ministro del evangelio en
Dartmouth, Devon, 1680.
(25) “El que confiesa una fe débil tiene mucha paz con Dios, por medio de Cristo,
pero no tanta paz como aquel que tiene mucha fe. La fe débil ciertamente llevará al
152 SANTIDAD

cristiano al cielo, tanto como la fe fuerte, porque es imposible que la medida más
pequeña de verdadera gracia perezca, siendo toda semilla incorruptible; pero no es
probable que el cristiano débil que duda, tenga un viaje placentero como otro que tiene
mucha fe. Aunque todos en la embarcación llegan a puerto seguro, el que sufrió mareos
todo el trayecto no habrá tenido un viaje tan agradable como el que es fuerte y
saludable”.
—The Complete Christian Armour (La armadura completa del cristiano), por William Gurnall,
en algún momento rector de Lavenbam, Suffolk, 1680.
(26) “No se desanime si no le parece que el Padre lo entregó a usted al Hijo. Puede
ser que usted no lo note. Muchos que le son dados no se dan cuenta durante mucho
tiempo. Sí, no veo ningún peligro en decir que muchos de los dados al Hijo quizá estén
en oscuridad, que tengan dudas y temores en cuanto a esto, hasta que el último y más
brillante día lo declare y hasta que haya sido dictada la última sentencia. Por lo tanto, si
alguno de ustedes no sabe de su propia elección, no se desanime: Puede haber sido
elegido, aunque no lo sepa”.
—Sermons on the Lord’s Prayer (Sermones sobre el Padrenuestro), por Robert Traill, ministro
del evangelio en Londres y a veces en Cranbrook, Kent, 1690.
(27) “La seguridad no es esencial para la salvación. Es una fe fuerte, pero leemos
igualmente de una fe débil, de poca fe… como un grano de mostaza. La verdadera fe
salvadora en Cristo se distingue únicamente por sus diferentes grados, pero en cada
etapa y en cada persona es universalmente de la misma clase”.
—Sermones, por el Rev. John Newton, en un tiempo párroco de Olney y Rector de St. Mary,
Woolnorth, Londres, 1767.
(28) “No hay razón alguna para que los creyentes débiles lleguen a una conclusión
negativa sobre sí mismos. La fe débil une a Cristo tan fehacientemente como una fe
fuerte, así como el brote más pequeño de la vid toma savia y vida de la raíz, igual como lo
hace la rama más fuerte. Por lo tanto, los creyentes débiles tienen abundantes razones
para estar agradecidos y, mientras siguen adelante creciendo en la gracia, no tienen que
ignorar lo que ya han recibido”.
—Una carta del Rev. Henry Venn, 1784.
(29) “La fe necesaria y suficiente para nuestra salvación no es seguridad. Su
tendencia es, sin duda, producir una expectativa entusiasta del favor divino que avanzará
hacia una confianza total. Pero la confianza en sí misma no es la fe de la que estamos
hablando, ni se incluye necesariamente en ella. No, es algo totalmente distinto. La
seguridad, por lo general, va acompañada de una gran medida de fe. Pero hay personas
sinceras que tienen poca fe o en quienes el ejercicio de esa gracia puede estar muy
obstruido. Cuando prevalecen tales defectos y obstáculos, es de esperar que surjan
muchos temores y aflicciones”.
—The Christian System (El sistema cristiano), por el Rev. Thomas Robinson, párroco de St.
Mary, Leicester, 1795.
(30) “La salvación y el gozo de la salvación, no siempre son simultáneos. Este último
no siempre acompaña al primero en su experiencia presente. Un enfermo puede estar en
proceso de recuperación, pero aun así tener dudas en cuanto a su salud. El dolor y la
153

debilidad pueden causar que vacile. Un niño puede ser heredero de su propiedad o reino
y, no obstante, no derivar ningún gozo ante la perspectiva de su futura herencia. Puede
ser incapaz de trazar su genealogía o leer sus títulos de propiedad y el testamento de su
padre o, teniendo capacidad para leerlos, puede ser que no comprenda su significado y,
quizá, su guardián o albacea considere mejor mantenerlo en la ignorancia por un tiempo.
Pero su ignorancia no afecta la validez del título de sus propiedades. Sentir la seguridad
personal de ser salvo no se relaciona necesariamente con la fe. No son esencialmente lo
mismo. Todo creyente de hecho puede inferir, por el efecto producido en su propio
corazón, su propia seguridad y sus privilegios; pero muchos que realmente creen,
desconocen la palabra de justicia y no podrían llegar, valiéndose de premisas bíblicas, a
la conclusión de que estarían justificados”.
—Lectures on the 51st Psalm (Discursos sobre el Salmo 51), por el Rev. Thomas Biddulph,
ministro de St. James, Bristol, 1830.

8. Moisés: Un ejemplo
“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón,
escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los
deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de
Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el
galardón”.
Hebreos 11:24-26

El carácter de la mayoría de los santos insignes de Dios, según consigna y
describe la Biblia, constituyen una parte muy provechosa de las Sagradas
Escrituras. Las doctrinas, los principios y preceptos abstractos, son todos muy
valiosos a su manera; pero, al final de cuentas, nada es más útil que un modelo o
ejemplo. ¿Queremos saber qué es santidad práctica? Tomemos asiento y
estudiemos la figura de un personaje eminentemente santo. Me propongo
presentar en este capítulo la historia de un hombre que vivió por fe, dejándonos
un modelo de lo que puede hacer la fe para promover la santidad del carácter. A
todos los que quieren saber lo que significa “vivir por fe”, les ofrezco a Moisés
como ejemplo.
El capítulo once de la Epístola a los Hebreos de donde tomé mi texto, es un
gran capítulo: Merece ser impreso en letras de oro. Me es fácil creer que tiene que
haber sido alentador y reconfortante para los judíos convertidos. Me imagino que
ningún miembro de la iglesia primitiva habrá tenido tanta dificultad en la
154 SANTIDAD

profesión del cristianismo como los hebreos. El camino era angosto para todos,
pero principalmente para ellos. La cruz era pesada para todos, pero seguramente
ellos tenían que llevar un peso doble. Y este capítulo tiene que haberlos
reanimado como una bebida refrescante; como “sidra al desfallecido”. Sus
palabras deben haber sido “panal de miel,… suavidad al alma y medicina para los
huesos” (Pr. 31:6; 16:24).
Los tres versículos que me dispongo a explicar distan de ser los menos
interesantes del capítulo. En realidad, pienso que ninguno, si acaso alguno,
reclama con tanta fuerza nuestra atención. Y explicaré por qué lo digo.
Me parece a mí que la obra de la fe descrita en la historia de Moisés se aplica de
un modo especial a nuestro propio caso. Los hombres de Dios mencionados en la
parte anterior del capítulo son todos, ejemplos indudables. No podemos hacer
literalmente lo que la mayoría de ellos hacía, pero podemos beber de su espíritu.
No somos llamados a ofrecer literalmente un sacrificio como Abel, ni construir
literalmente un arca como Noé, ni literalmente dejar nuestro país y vivir en
carpas, ni ofrecer literalmente en sacrificio a nuestro Isaac como Abraham. Pero
la fe de Moisés se aplica más a nosotros. Parece operar de una manera que es más
parecida a nuestra experiencia. Le hizo tomar una línea de conducta como
tenemos que hacerlo a veces nosotros en la actualidad, cada uno en nuestro
propio peregrinar, si queremos ser cristianos congruentes. Y por esta razón, creo
que estos tres versículos merecen una consideración especial.
Ahora bien, no tengo más que las cosas más sencillas para decir acerca de ellos.
Sólo trataré de mostrar la grandeza de lo que hizo Moisés y el principio en el cual
las basó. Y entonces, quizá, estemos mejor preparados para recibir la enseñanza
práctica que estos versículos parecen contener para todo aquel que quiera
recibirla.

I. Cosas a las que renunció Moisés
Primero, entonces, hablaré de a lo que Moisés renunció y lo que rechazó.
Moisés dejó atrás tres cosas por el bien de su alma. Sentía que su alma no sería
salva si no las dejaba, así que renunció a ellas. Y al hacerlo, afirmo que hizo tres
de los sacrificios más grandes que el corazón del hombre puede hacer. Veamos.
(a) Renunció a su jerarquía y grandeza
“Rehusó llamarse hijo de la hija de faraón”. Todos conocemos su historia. La
hija de faraón había preservado su vida cuando él era un infante. E hizo más: Lo
adoptó y educó como si hubiera sido su propio hijo.
8. Moisés: Un ejemplo 155

Según los historiadores, ella era la única hija de faraón. ¡Algunos van más allá
y dicen que por lógica, Moisés algún día sería Rey de Egipto 1! Esto puede o no, ser
cierto; no podemos saberlo. Baste decir que, por su relación con la hija de faraón,
Moisés pudiera haber sido, si hubiera querido, un gran hombre según los
parámetros humanos. Si se hubiera contentado con la posición en que se
encontraba en la corte egipcia, fácilmente hubiera estado entre los principales (o
ser el principal) en la tierra de Egipto.
Pensemos un momento en lo grande que era esta tentación.
Era un hombre con pasiones similares a las nuestras. Pudiera haber tenido
toda la grandeza que el mundo puede ofrecer. Tenía por delante y a su alcance:
Jerarquía, poder, posición, honor, títulos y categoría. Éstas son cosas por las que
muchas personas están luchando continuamente. Estos son los premios por los
que el mundo corre sin cesar para obtener. Ser alguien, ser admirado, subir de
posición en la sociedad, tener un título antes de su nombre, son cosas por las
cuales muchos sacrifican su tiempo, sus pensamientos, su salud y su vida misma.
Pero Moisés no los aceptó como regalos. Les dio la espalda. Los rechazó.
¡Renunció a ellos!
(b) Y más que esto, rechazó los placeres.
Sin duda que tenía a sus pies todo tipo de placeres, si los hubiera querido
(placeres sensuales, placeres intelectuales, placeres sociales). Egipto era un país
de artistas, una residencia de hombres eruditos, un lugar para todo el que tenía
alguna habilidad o conocimiento científico de cualquier clase. No había nada que
pudiera alimentar “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de
la vida” que alguien, en el lugar de Moisés, hubiera podido hacer suyos (1 Jn.
2:16).
Pensemos también en lo grande que era esta tentación.
Recordemos que los placeres para los que viven millones de personas difieren,
quizá, en su concepto de lo que constituye el verdadero placer, pero todos
coinciden en tratar de obtenerlo por sobre todas las cosas. El placer y la diversión
de los días festivos es lo más grande que anticipa el niño que va a la escuela. El
placer y la satisfacción de independizarse es la meta en que fija su mente el joven.
El placer y el descanso al jubilarse con una fortuna es el blanco al que apunta el
hombre de negocios. El placer y confort corporal en su propio hogar es la suma de
los deseos del hombre pobre. El placer y las constantes emociones en la política,
en las diversiones, en las compañías, en los libros, constituyen la meta por la cual

1
En los países orientales se aprovecha la libertad de adoptar hijos que no son de la misma sangre y
otorgarles los privilegios de los hijos que sí tienen consanguinidad. Esta libertad se practica
extensamente.
156 SANTIDAD

se desvela el hombre rico. El placer es como una sombra que busca atrapar a
todos por igual, tanto encumbrados como relegados, ricos y pobres, ancianos y
jóvenes, unos con otros, cada uno, quizá, pretendiendo despreciar a su prójimo en
aras de cazar esa sombra. Cada uno preguntándose cómo obtener el placer para él
mismo, cada uno preguntándose secretamente por qué no lo encuentra, pero cada
uno, firmemente convencido de que en alguna parte lo encontrará. Ésta era la
copa que Moisés tenía ante sus labios. Podía haber bebido de los placeres
terrenales todo lo que hubiera querido, pero no quiso saber nada de ellos. Les dio
la espada. Los rechazó. ¡Renunció a ellos!
(c) Y más que esto, rechazó las riquezas.
“Los tesoros de Egipto” es una expresión que parece indicar la riqueza sin
límites que pudo haber disfrutado Moisés si se hubiera conformado con quedarse
a la sombra de la hija del faraón. Bien podemos suponer que estos “tesoros”
podían haber sido una fortuna inmensa. En Egipto queda suficiente evidencia
como para darnos una pequeña idea del dinero a disposición de su monarca. Las
pirámides, los obeliscos, templos y estatuas todavía permanecen como testigos.
Las ruinas de Carnac, Luxor, Dendera y muchos otros lugares todavía son los
edificios más grandiosos del mundo. Testifican hasta el día de hoy que el hombre
que renunció a la fortuna egipcia, renunció a un valor que, aun a las mentes
modernas, les resultaría difícil calcular.
Pensemos una vez más en lo grande que era esta tentación.
Consideremos por un momento el poder del dinero: La influencia inmensa que
“el amor al dinero” tiene sobre la mente de los hombres. Miremos a nuestro
alrededor y observemos cómo los hombres lo codician y los asombrosos sacrificios
y dificultades que están dispuestos a enfrentar por conseguirlo.
Díganles de una isla a muchas millas de distancia, donde quizá se pueda
encontrar un producto que daría ganancias si se importara y, sin dilación,
enviarían una flota de barcos para traerlo. Muéstreles cómo ganar un centavo más
de interés en su dinero y lo contarán entre los hombres más sabios. Casi se
pondrán de rodillas para adorarlo. Poseer dinero parece esconder los defectos,
cubrir las faltas y adjudicar al hombre muchas virtudes. La gente puede cerrar los
ojos ante muchas de sus fallas, ¡siempre que usted sea rico! Pero aquí tenemos a
un hombre que hubiera podido ser inmensamente rico, pero no quiso serlo. No
quiso los tesoros egipcios. Les dio la espalda. Los rechazó. ¡Renunció a ellos!
Esas fueron las cosas que Moisés rechazó: Jerarquía, placeres y riquezas, las
tres de una sola vez.
Agreguemos a todo esto que lo hizo deliberadamente. No rechazó estas cosas
impulsivamente como si fuera un jovencito. Tenía cuarenta años. Estaba en el
apogeo de su vida. Sabía lo que estaba haciendo. Era un hombre que había
8. Moisés: Un ejemplo 157

recibido una educación superior. La Biblia dice: “Y fue enseñado Moisés en toda la
sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22).
Podía analizar deliberadamente ambos lados de la cuestión.
Agreguemos a esto que no las rechazó porque se viera obligado a ello. No era
como el hombre moribundo que dice “que ya no le atrae nada en este mundo”; ¿y
por qué? Porque se está yendo del mundo y no puede retener sus riquezas. No era
como el mendigo que adjudica mérito el hecho de no tener nada y dice que “no
quiere riquezas”; ¿y por qué? Porque no las puede conseguir. No era como el
anciano que se alardea de que “ha renunciado a todos los placeres terrenales”; ¿y
por qué? Porque está agotado y no los puede disfrutar. ¡No! Moisés rechazó lo que
habría podido disfrutar. Jerarquía, placeres y riquezas. No lo dejaron a él, sino que
él a ellos.
Y entonces, juzgue si tengo razón o no en decir que él era el que más había
sacrificado entre los mortales. Otros han rechazado mucho, pero ninguno, creo,
tanto como Moisés. Otros sí se han sacrificado y negado a sí mismos, pero él los
sobrepasa a todos.

II. Lo que Moisés escogió
Y ahora paso al segundo tema que quiero considerar. Quiero hablar de lo que
Moisés escogió.
Pienso que lo que escogió es tan maravilloso como lo que rechazó. Escogió
estas tres cosas para el bien de su alma. El camino de la salvación las incluía, y él
lo siguió, y al hacerlo escogió lo que nadie estaría dispuesto a elegir.
(1) Para empezar, escogió sufrimiento y aflicción.
Dejó la vida tranquila y cómoda de la corte de faraón y se identificó
abiertamente con el pueblo de Israel. Era un pueblo esclavizado y perseguido,
objeto de desconfianza, sospechas y odio; y cualquiera que se hermanaba con él,
de seguro probaba algo de la copa amarga que bebía el pueblo diariamente.
Por lógica, no parecía haber ninguna posibilidad de ser liberados de la
esclavitud egipcia sin una larga lucha con dudosos resultados. Tener un hogar y
un país en que pudieran asentarse y ser libres, les debe haber parecido algo que
nunca podrían obtener, por más que lo anhelaran. De hecho, si alguna vez alguien
ha escogido dolor, pruebas, pobreza, carencias, aflicciones, ansiedad y, quizá aún,
la muerte, con los ojos abiertos, ese fue Moisés.
Reflexionemos en lo maravillosa que fue esta elección.
La carne y la sangre, por naturaleza, evitan el dolor. Es algo que todos
tenemos en común. Ante un peligro damos un paso atrás instintivamente para no
sufrir y evitarlo si podemos. Si se nos presentan dos cursos de acción y los dos
158 SANTIDAD

parecen correctos, por lo general, optamos por el que es menos desagradable para
la carne y la sangre. Pasamos nuestros días con temor y ansiedad cuando
pensamos que se nos está acercando alguna aflicción y nos valemos de todos los
medios para tratar de evitarla. Y si llega, a menudo nos inquietamos y quejamos, y
nos parece una gran hazaña si logramos tolerarla con paciencia.
¡Pero fíjese aquí! ¡Aquí tenemos un hombre con pasiones como las nuestras
que, a sabiendas, escoge la aflicción! Moisés vio de antemano la copa de
sufrimiento que tendría por delante si dejaba la corte de faraón y escogió esa copa,
la prefirió y la tomó.
(2) Pero hizo más que esto, escogió la compañía de un pueblo despreciado.
Dejó la sociedad de los grandes y sabios, entre los cuales había sido criado, y se
sumó a los hijos de Israel. Había vivido desde su infancia entre jerarquías,
riquezas y lujos, pero decidió echar su suerte con los obreros pobres en los hornos
de ladrillo: Esclavos, siervos, ilotas 2, marginados, oprimidos, destituidos, afligidos
y atormentados.
Una vez más: ¡Qué maravillosa fue esta elección!
Hablando en términos generales, nos parece que ya es bastante tener que
tolerar nuestras propias aflicciones. Podemos sentir tristeza por aquellos cuya
suerte es lastimosa. Quizá hasta podemos tratar de ayudarlos. Podemos donar
dinero para mejorar su condición. Podemos hablar con aquellos de quienes
dependen; pero solamente llegamos hasta allí.
Pero aquí tenemos a un hombre que hace mucho más. No sólo siente tristeza
por los israelitas despreciados, sino que realmente se rebaja a acercarse a ellos, se
convierte en parte de la sociedad de ellos y vive entre ellos. Nos preguntamos si
algún encumbrado renunciaría a su casa, su fortuna y su posición social para irse
a vivir entre los humildes con el solo fin de hacer el bien. No obstante, esto da una
idea muy ligera y muy débil del tipo de acción que tomó Moisés. Vio a un pueblo
despreciado y escogió la compañía de ellos, prefiriéndola a la de los más nobles del
reino. Llegó a ser uno de ellos, su hermano, su compañero en las tribulaciones, su
aliado, su camarada y su amigo.
(3) Pero hizo más que esto, escogió el oprobio y las burlas.
¡Quién puede concebir el torrente de burlas que habrá tenido que aguantar
Moisés al separarse de la corte de faraón para unirse a Israel! ¡Los hombres le
habrán dicho que estaba loco, tonto, débil, necio y que había perdido la razón!
Perdería su influencia, renunciaría al favor y la buena opinión de aquellos entre

2
Ilotas – Esclavos de los lacedemonios espartanos de la antigüedad, originarios de la ciudad de Helos.
Se dice de los desposeídos de los privilegios y derechos de ciudadano.
8. Moisés: Un ejemplo 159

quienes había vivido. Pero nada de esto le hizo cambiar de idea. ¡Abandonó la
corte y se unió a los esclavos!
¡Qué elección fue ésta! Reflexionemos nuevamente en ella.
Hay pocas cosas peores que la burla y el que lo ridiculicen a uno. Puede hacer
esto mucho más que crear enemistad y persecución abierta. Muchos que no
tendrían reparos en colocarse ante la boca de un cañón, de aferrarse a una vana
esperanza o tomar por asalto una brecha, han descubierto que les era imposible
enfrentar las burlas de unos pocos compañeros y se han estremecido ante la
posibilidad de evitarlo. ¡Ser motivo de risa! ¡Hacer el ridículo! ¡Ser víctima de
burlas y desprecios! ¡Ser considerado débil y estúpido! ¡Ser juzgado un imbécil!
¡No hay nada agradable en todo esto y muchos, desafortunadamente, no pueden
enfrentar la perspectiva de sufrirlo!
Pero aquí tenemos a un hombre que tomó su decisión y no se acobardó por las
pruebas. Moisés vio los reproches y las burlas que le esperaban, pero los escogió y
aceptó como su porción.
Esto fue lo que Moisés escogió: Aflicción, la compañía de un pueblo
despreciado y burlas.
Agreguemos a todo esto que Moisés no era un hombre débil e ignorante que
no sabía lo que estaba haciendo. La Biblia destaca que era “poderoso en sus
palabras y obras” (Hch. 7:22).
Reflexionemos también en las circunstancias de su decisión. No se vio
obligado a escoger lo que escogió. Nadie le impuso que tomara este camino. Las
cosas que hizo no las hizo por tener que hacerlas por la fuerza o contra su
voluntad. Fue decisión de él, no una imposición. Todo lo que hizo, lo hizo por su
propia voluntad y porque él quiso.
Y luego, juzguemos si es cierto que lo que escogió fue tan maravilloso como lo
que rechazó. Es posible que desde la fundación del mundo, nadie hubiera tomado
una decisión como la que nuestro texto destaca que tomó Moisés.

III. El principio que motivó a Moisés
Ahora pasemos al tercer tema: Quiero referirme al principio que motivó a
Moisés, que lo impulsó a hacer lo que hizo.
¿Cómo se puede explicar esta conducta? ¿Qué razón posible se puede dar?
Rechazar aquello que generalmente se considera bueno, escoger lo que
comúnmente se juzga malo no es normal para la carne y la sangre. Esto no es
cosa de hombre; esto requiere alguna explicación. ¿Cuál será la explicación?
Tenemos la respuesta en el texto. No sé si lo más admirable es su grandeza o
su sencillez. Todo radica en una palabrita y esa palabrita es “Fe”.
160 SANTIDAD

Moisés tenía fe. La fe fue el origen de su conducta increíble. La fe lo llevó a
hacer lo que hizo, escoger lo que escogió y rechazar lo que rechazó. Todo lo hizo
porque creyó.
Dios le puso en la mente su propia voluntad y propósito. Dios le reveló que un
Salvador nacería de los hijos de Israel, que había promesas aún por cumplirse
entre los descendientes de Abraham, que el tiempo del cumplimiento de parte de
estas promesas había llegado. Moisés confió en esto y creyó. Y podemos trazar
cada paso en su maravillosa carrera, cada acción en su peregrinaje por la vida
después de dejar la corte de faraón (su decisión de parecer malo, su rechazo de
parecer bueno) a esta fuente; veremos que todo descansa sobre este fundamento.
Dios le había hablado y él tenía fe en la palabra de Dios.
Creyó que Dios cumpliría sus promesas, que lo que dijo que iba a hacer,
indudablemente lo haría y lo que pactó realizar, indudablemente lo cumpliría.
Creyó que con Dios nada es imposible. La razón y el sentido común dirían
que la liberación de Israel era una imposibilidad, que los obstáculos eran
demasiados y las dificultades muy grandes. Pero la fe le decía a Moisés que Dios
era suficiente para todo. Dios había emprendido la obra y ésta se realizaría.
Creyó que Dios era omnisciente. La razón y el sentido común le podían decir
que su curso de acción era absurdo; que estaba desechando influencias
provechosas y destruyendo toda posibilidad de beneficiar a su pueblo al romper
con la hija de faraón. Pero la fe le decía a Moisés que si Dios decía: “Ven por este
camino”, seguramente era el mejor.
Creyó que Dios era todo misericordia. La razón y el sentido común podían
sugerir que sería posible encontrar una manera más agradable de liberar al pueblo,
que habría que ceder en algunas cosas y que se podrían evitar muchas dificultades.
Pero la fe le decía a Moisés que Dios es amor y que no le daría ni una gota más de
amargura de la que fuera absolutamente necesaria.
La fe era un telescopio para Moisés. Le hacía ver la buena tierra a gran
distancia: Descanso, paz y victoria. La razón miope sólo podía ver pruebas y
desiertos, tormentas y tempestades, cansancio y dolor.
La fe era un intérprete para Moisés. Le hacía encontrar un significado
reconfortante en los aparentemente oscuros mandatos escritos por Dios; mientras
que el sentido común en su ignorancia, no podía ver más que misterio y necedad.
La fe le decía a Moisés que todas estas jerarquías y grandezas eran de la tierra,
de este mundo, pobres, vanas, vacías, frágiles, fugaces y temporales; y que no
había verdadera grandeza como la de servir a Dios. Él era el Rey, Moisés era el
noble que pertenecía a la familia de Dios. Era mejor ser el último en el cielo que
el primero en el infierno.
8. Moisés: Un ejemplo 161

La fe le decía a Moisés que los placeres terrenales eran “placeres del pecado”.
Estaban entremezclados con el pecado, contenían pecado, eran una ruina para el
alma y desagradables a Dios. Sería de poco consuelo gozar de un placer, mientras
Dios estaba en su contra. Era mejor sufrir y obedecer a Dios, que sentirse bien y
pecar.
La fe le decía a Moisés que, al final de cuentas, estos placeres eran sólo “por un
tiempo”. No podían durar, todos eran breves, pronto lo cansarían y tendría que
dejarlos con el correr del tiempo.
La fe le decía a Moisés que en el cielo había una recompensa para el creyente
mucho más rica que los tesoros de Egipto, riquezas duraderas, donde el moho no
corrompe, ni ladrones entran y hurtan. Allí, la corona sería incorruptible; el peso
de gloria sería enorme y eterno; y la fe le pedía que mirara a lo lejos, a un cielo
invisible si sus ojos estaban deslumbrados por el oro egipcio.
La fe le decía a Moisés que la aflicción y el sufrimiento no eran realmente
malos. Eran la escuela de Dios, en la que capacita a los hijos de su gracia para la
gloria; los remedios necesarios para purificar nuestra voluntad corrupta, el horno
en el cual quemar nuestra escoria, el bisturí que tiene que cortar los lazos que nos
unen al mundo.
La fe le decía a Moisés que los israelitas despreciados eran el pueblo escogido
por Dios. Creía que la adopción, el pacto, las promesas y la gloria les pertenecían;
que de ellos, un día la semilla de la mujer germinaría y heriría la cabeza de la
serpiente; que disfrutaban de la bendición especial de Dios, que eran hermosos y
bellos a sus ojos, y que era mejor ser el portero del pueblo de Dios que reinar en
palacios de maldad.
La fe le decía a Moisés que todos los reproches y las burlas dirigidos a él eran
“reproches a Cristo”, que era un honor recibir burlas y desprecios en nombre de
Cristo, que quien quiera que persigue al pueblo de Cristo persigue a Cristo mismo,
y que llegará el día cuando sus enemigos se inclinen ante él y laman el polvo.
Todo esto y mucho más, que me es imposible mencionar en detalle, vio Moisés
por fe. Estas eran las cosas que creía y, creyendo, hizo lo que hizo. Estaba
convencido de ellas y las hizo suyas…
- las consideró como certidumbres,
- las tuvo como verdades sustanciales,
- las contó tan seguras como si las viera con sus propios ojos,
- actuó en consecuencia porque eran realidades,
y esto lo convirtió en el hombre que era. Tenía fe. Creía.
No nos sorprendamos por qué rechazó grandezas, riquezas y placeres. Él
miraba hacia el futuro. Veía con los ojos de la fe a reinos desmoronarse en el
162 SANTIDAD

polvo, las riquezas tomando alas y remontando el vuelo, los placeres llevando a la
muerte y a Cristo, únicamente, y a su pequeña manada subsistiendo para siempre.
No nos asombremos de que escogió las aflicciones, a un pueblo despreciado y a
los reproches. Veía las cosas debajo de la superficie. Veía con los ojos de la fe que
las aflicciones duraban sólo por un momento, los reproches deambulaban hasta
desaparecer y terminando en una honra eterna, veía al pueblo despreciado de Dios
reinando como reyes con Cristo en gloria.
¿Y acaso no tenía razón? ¿No nos habla a nosotros, aunque muerto, hasta el
día de hoy? El nombre de la hija del faraón se ha olvidado o, por lo menos, es
extremadamente dudoso cómo se llamaría. La ciudad donde reinaba faraón es
desconocida. Las riquezas de Egipto han desaparecido. Pero el nombre de Moisés
se conoce dondequiera que se lee la Biblia y permanece en pie como testimonio de
que “feliz es aquel que vive por la fe”.

IV. Lecciones prácticas de Moisés
Ahora, iré terminando, tratando de poner en orden algunas lecciones
prácticas que me parecen ser legítimas consecuencias de esta historia de Moisés.
¿Qué tiene todo esto que ver con nosotros? Algunos dirán: No vivimos en Egipto.
No hemos visto milagros. No somos israelitas. Estamos cansados del tema.
Espere un poquito, si esto es lo que piensa, y con la ayuda de Dios le
demostraré lo que todos podemos aprender y en lo que todos podemos instruirnos.
Todo aquel que anhela vivir una vida cristiana y ser realmente santo, aprenda la
historia de Moisés y obtenga sabiduría.
(a) Para empezar, si quiere ser salvo, tiene que tomar la decisión que Moisés
tomó: Tiene que escoger a Dios antes que al mundo.
Recuerde bien lo que digo. No lo pase por alto, aunque olvide todo lo demás.
No digo que el estadista tiene que renunciar a su trabajo ni que el hombre rico
tiene que renunciar a sus propiedades. No se le ocurra a nadie que eso es lo que
estoy diciendo. En cambio, digo que el que quiere ser salvo, sea cual fuere su
posición en la vida, tiene que estar preparado para las tribulaciones. Tiene que
decidirse a escoger lo que parece malo y dejar y rechazar mucho de lo que puede
parecer bueno.
Me atrevo a decir que esto les parecerá raro a algunos que lean estas páginas.
Comprendo muy bien que uno puede tener cierta forma de religión, que no le
causará ningún problema. Hay un tipo de cristianismo común que muchos
pueden tener en la actualidad, pensando que están bien, un cristianismo barato
que no ofende a nadie y no vale nada. No estoy hablando de una religión de este
tipo.
8. Moisés: Un ejemplo 163

Si realmente se toma usted en serio su alma y si su fe es algo más que un traje
o vestido a la moda que se pone los domingos, si está decidido a vivir de acuerdo
con la Biblia, si está resuelto a ser un cristiano según el Nuevo Testamento,
entonces, repito, pronto descubrirá que tiene que llevar una cruz. Tiene que
soportar cosas difíciles, tiene que sufrir por el bien de su alma como lo hizo
Moisés o, de otro modo, no puede ser salvo.
En este siglo, el mundo es lo que siempre ha sido. Los corazones de los
hombres siguen siendo iguales. Las ofensas a la cruz no han cesado. El verdadero
pueblo de Dios todavía es una manada pequeña despreciada. La auténtica fe
evangélica todavía incluye reproches y menosprecios. Un verdadero siervo de Dios
seguirá siendo considerado por muchos un simple débil y necio exaltado.
Pero el asunto es éste. ¿Anhela usted la salvación de su alma? Entonces,
recuerde: Tiene que elegir a quién servir. No puede servir a Dios y al dinero. No
puede estar en los dos bandos a la vez. No puede ser amigo de Cristo y amigo del
mundo al mismo tiempo. Tiene que apartarse de los hijos de este mundo y
permanecer aparte. Tiene que aguantar muchas mofas, problemas y oposiciones,
de otra manera, estará perdido para siempre. Tiene que estar dispuesto a hacer
cosas que el mundo considera tontas y tener opiniones que sólo pocos tienen. Le
costará algo, la corriente es fuerte, y usted tiene que vencerla. El camino es
angosto y empinado; es inútil decir que no lo es. Pero téngalo por seguro: No
puede haber una religión salvadora sin sacrificio y la negación de uno mismo.
Ahora bien, ¿está usted haciendo algún sacrificio? Su fe, ¿le cuesta algo? Apelo
a su conciencia con afecto y ternura. ¿Está usted, como Moisés, prefiriendo a Dios
antes que al mundo o no? Le ruego que no se esconda bajo el peligroso
pronombre “nosotros”: “Nosotros deberíamos”, “nosotros esperamos que”, “lo que
nosotros queremos decir” y frases similares. Le pregunto directamente: ¿Qué está
haciendo usted mismo? ¿Está dispuesto a renunciar, sea lo que sea que lo
mantiene alejado de Dios? ¿O se está aferrando al Egipto del mundo y diciendo:
“Tengo que tenerlo, tengo que tenerlo. No puedo dejarlo”? ¿Hay alguna cruz en su
cristianismo? ¿Hay algunas puntas filosas en su fe, algo discordante y chocante
con la mentalidad terrenal a su alrededor? ¿O está cómodamente adaptado a las
costumbres y la moda? ¿Sabe algo de las aflicciones del evangelio? ¿Son alguna
vez, su fe y práctica, objeto de burlas y menosprecios? ¿Alguien lo cree loco en
razón de su alma? ¿Ha renunciado a la hija de faraón, sumándose de todo corazón
al pueblo de Dios? ¿Le está confiando todo a Cristo? Busque y vea.
Estos son interrogantes difíciles y preguntas delicadas. No puedo impedirlo.
Creo que están fundadas en las verdades de la Escrituras. Recuerdo que está
escrito: “Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a
mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y
164 SANTIDAD

aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y
viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:25-27). Me temo que
muchos quisieran la gloria, pero no la gracia. Les gustaría recibir el sueldo, pero
no tener que trabajar, la cosecha, pero no el esfuerzo de tener que cosechar, la
mies, pero no tener que sembrar, la recompensa, pero no la batalla. Pero esto no
puede ser. Como dice Bunyan: “Tiene que haber lo amargo antes de lo dulce”. Si
no hay cruz, no habrá corona.
(b) Lo segundo que digo es esto, nada, excepto la fe, puede hacer posible que
escoja a Dios antes que el mundo.
Ninguna otra cosa puede hacerlo. No lo puede hacer el conocimiento, tampoco
alguna emoción, ni el cumplimiento regular de prácticas externas ni los buenos
amigos. Todo esto ayuda algo, pero el fruto que producen no tiene el poder de
continuar; no dura. La religión que surge de estas fuentes sólo durará mientras
no haya “la tribulación de la persecución debido a la Palabra”, pero en cuanto la
hay, se seca. Es un reloj sin la cuerda principal, su carátula se ve muy hermosa,
uno puede hacer girar sus manecillas con la mano, pero sin la cuerda no
funcionará. La religión que perdurará, tendrá que contar con un fundamento vivo
y no hay otro, sino la fe.
Tiene que haber una creencia profunda de que las promesas de Dios son
seguras y que se puede depender de ellas; una creencia real de que todo lo que
Dios dice en la Biblia es cierto y que toda doctrina contraria a esto es falsa, no
importa lo que alguien diga. Tiene que haber una creencia real de que las palabras
de Dios han de ser recibidas, no importa lo difícil y desagradable que sea para la
carne y la sangre, y que su camino es el correcto y todos los demás están
equivocados. Tiene que haber esto, de lo contrario, nunca dejará el mundo,
tomará su cruz, seguirá a Cristo ni será salvo.
Usted debe aprender a confiar en las promesas, más que en los bienes
terrenales, en las cosas invisibles más que en las visibles, en las cosas celestiales
fuera de la vista, que las cosas en la tierra delante de sus ojos; alabar al Dios
invisible más que alabar al hombre visible. Entonces, y solo entonces, preferirá
escoger a Dios y no al mundo, siguiendo el ejemplo de Moisés.
Ahora pregunto a cada lector, ¿tiene usted fe? Si la tiene, le será posible
rechazar algo que parezca bueno y escoger algo que parezca malo. No le dará
ninguna importancia a las pérdidas de hoy, con la esperanza de las ganancias de
mañana. Seguirá a Cristo en la oscuridad y permanecerá a su lado hasta lo último.
Si no tiene fe, le advierto, nunca librará una buena batalla ni “correrá para
obtener” su corona. Muy pronto se desanimará y se volverá al mundo.
Sobre todo esto, tiene que haber una fe permanente y real en el Señor
Jesucristo. La vida en la carne tiene que vivirse por fe en el Hijo de Dios.
8. Moisés: Un ejemplo 165

Depender de Jesús, confiar en Jesús, valernos de Jesús y usarlo como el maná de
nuestra alma constantemente, tiene que ser un hábito establecido. Tiene usted
que esforzarse por poder decir: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”.
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 1:21; 4:13).
Ésta era la fe por la cual los santos de antaño obtuvieron éxito. Ésta fue el
arma con la cual vencieron al mundo. Esto les hizo ser lo que fueron.
Ésta fue la fe que hizo que…
- Noé construyera su arca mientras el mundo se burlaba,
- Abraham le diera la mejor tierra a Lot y morara pacíficamente en sus tiendas,
- Rut se aferrara a Noemí y dejara a su pueblo y a sus dioses,
- Daniel siguiera orando, aunque sabía que el foso de los leones estaba
preparado,
- los tres jóvenes se negaran adorar a los ídolos, aunque sabían que los
esperaba un horno ardiente y que
- Moisés renunciara a Egipto, sin temor a la ira de faraón.
Todos estos actuaron como lo hicieron porque creían. Veían las dificultades y
los problemas de este camino. Pero también veían a Jesús por fe venciéndolos a
todos y seguían adelante. Bien pudo hablar el Apóstol Pedro de la fe como
“igualmente preciosa” (2 P. 1:1).
(c) Lo tercero que quiero decir es que la verdadera razón por la que tantas
personas son tan mundanas e impías es que no tienen fe.
Debemos tener conciencia de que hay multitudes de cristianos profesantes que
no pensarían ni por un segundo hacer lo que hizo Moisés. Es inútil tratar de
suavizar las cosas e ignorar esta realidad. Debe ser ciego el que no ve a miles de
personas a su alrededor que prefieren al mundo antes que a Dios, las cosas
temporales antes que las eternas y las cosas del cuerpo antes que las del alma.
Puede ser que no nos guste admitir esto y tratamos de ignorarlo. Pero así es.
¿Y por qué son así estos que profesan ser cristianos? Sin duda que nos darán
razones y excusas. Algunos hablarán de las trampas del mundo, algunos de la falta
de tiempo, algunos de dificultades singulares respecto a su posición, algunos de
los cuidados y ansiedades de la vida, algunos del poder de las pasiones y algunos
sobre los efectos de las malas compañías. ¿Qué tenemos en resumen? Hay una
explicación mucho más breve que explica el estado de sus almas: No creen. Una
frase simple, como la vara de Aarón, destruirá todas sus excusas: No tienen fe.
No creen realmente que lo que Dios dice es cierto. Se excusan secretamente
con la idea: “De seguro no se cumplirá, de seguro tiene que haber otro camino al
cielo además del que hablan los pastores, seguramente no hay tanto peligro de
166 SANTIDAD

perderse”. En suma, no confían implícitamente en las palabras que Dios ha escrito
y dicho y, por ello, no actúan en consecuencia.
No creen completamente…
- en el infierno, por lo que no huyen de él,
- ni en el cielo, por lo que no lo buscan,
- ni en la culpa del pecado, por lo que no se apartan de él,
- en la santidad de Dios, por lo que no le temen,
- ni en su necesidad de Cristo, por lo que no confían en él ni lo aman.
No sienten confianza en Dios, así que no arriesgan nada por él. Igual que
Pasión, el joven en El Progreso del Peregrino, tienen que disfrutar de las cosas
buenas ahora. No confían en Dios y, por eso, no pueden esperar.
Ahora bien, ¿en qué condición estamos? ¿Creemos toda la Biblia? Hagámonos
esta pregunta. Podemos estar seguros de que es algo mucho más importante creer
todo lo que dice la Biblia que lo que muchos suponen. Feliz el hombre que se
puede poner la mano en el corazón y decir: “Soy creyente”.
A veces hablamos de los incrédulos como si fueran una rareza en el mundo. Y
admito con alegría que la infidelidad confesa, no es común ahora. Pero hay una
gran cantidad de infidelidad práctica a nuestro alrededor que, al final de cuentas,
es tan peligrosa como los principios de Voltaire y Paine. Hay muchos que
domingo tras domingo recitan el credo y se aseguran de declarar su fe en todo lo
que la Sede Apostólica y las formas de Nicea contienen.
Y no obstante, estas mismas personas viven toda la semana como si Cristo
nunca hubiera muerto, como si no fuera a haber un juicio, ninguna resurrección
de los muertos y ninguna vida eterna. Cuando les hablamos de cosas eternas y el
valor de sus almas, hay muchos que dicen: “Oh, eso ya la sé”. Y no obstante, sus
vidas muestran claramente que no saben nada de lo que debieran saber, ¡y lo más
triste es que creen que sí saben!
Es una verdad espantosa, digna de profunda reflexión, que el conocimiento
que no lleva a actuar en consecuencia, es inútil e inservible a los ojos de Dios. Y es
mucho peor que eso. Agregará a nuestra condenación y aumentará nuestra culpa
en el Día del juicio. Una fe que no influye sobre las acciones del hombre, no
merece llamarse fe. Hay sólo dos clases de gentes en la iglesia de Cristo: Los que
creen y los que no creen. La diferencia entre el cristiano auténtico y el que
meramente profesa serlo, radica en una frase: El cristiano auténtico es como
Moisés: “Tiene fe”; el que sólo dice serlo, no la tiene. El cristiano auténtico cree y,
por lo tanto, vive como vive; el que meramente profesa serlo, no cree y, por lo
tanto, es lo que es. Oh, ¿dónde está nuestra fe? No seamos incrédulos, sino
creyentes.
8. Moisés: Un ejemplo 167

(d) Lo último que diré es que el verdadero secreto de hacer grandes cosas
para Dios es tener una fe grande.
Creo que todos podemos equivocarnos en este punto. Pensamos y hablamos
demasiado sobre gracias, dones y logros, y no recordamos tanto como debemos,
que la fe es la raíz y madre de todos estos. En su andar con Dios, el hombre
llegará sólo hasta donde cree y no más. Su vida será siempre proporcional a su fe.
Su paz, su paciencia, su valentía, su celo, sus obras serán todas de acuerdo con su
fe.
Leemos las biografías de cristianos insignes como Wesley, Whitefield, Venn,
Martyn, Bickerstech, Simeon y M’Cheyne, que nos impulsan a decir: “¡Qué dones
y gracias maravillosos tenían estos hombres!” Respondo: “Deberíamos más bien
honrar la gracia madre, la más importante de todas las gracias que Dios presenta
en el capítulo once de la Epístola a los Hebreos: Deberíamos honrar su fe.
Tengamos por seguro que la fe es la razón principal del carácter que tenía cada
uno de los mencionados”.
Me imagino que alguien puede decir: “Eran hombres de oración; eso fue lo que
los hizo lo que eran”. Respondo: “¿Por qué oraban mucho? Sencillamente porque
tenían mucha fe. ¿Qué es la oración, sino la fe hablando con Dios?”.
Otro puede decir: “Eran muy diligentes y trabajadores, eso explica su éxito”.
Respondo: “¿Por qué eran tan diligentes? Simplemente porque tenían fe. ¿Qué es
la diligencia cristiana, sino la fe en acción?”.
Otro puede opinar: “Eran muy valientes, eso los hacía útiles”. Respondo: “¿Por
qué eran tan valientes? Simplemente porque tenían mucha fe. ¿Qué es la valentía
cristiana, sino la fe cumpliendo su deber con seriedad?”.
Otro puede exclamar: “Era su santidad y espiritualidad lo que les daba
envergadura”. Por última vez respondo: “¿Qué los hacía santos? Nada más que un
espíritu de fe vivo y fehaciente. ¿Qué es la santidad, sino fe visible y fe encarnada?”.
Entonces siga el consejo que le doy este día, vaya y clame al Señor Jesucristo
como lo hicieron los discípulos: “Señor: Auméntanos la fe” (Lc. 17:5). Fe es la raíz
del carácter del creyente verdadero. Asegúrese de que su raíz es la correcta y
pronto abundará su fruto. Su prosperidad espiritual siempre será según su fe.
Aquel que cree, no sólo será salvo, sino que nunca tendrá sed, vencerá y será
establecido, caminará firmemente sobre las aguas de este mundo y hará grandes
obras.
Lector, si usted cree las cosas que contiene este capítulo y anhela ser un
hombre santo a conciencia, comience a poner en práctica su fe. Tome a Moisés
como su ejemplo. Siga sus pasos. Vaya y haga usted lo mismo.
9. Lot: Una luz de advertencia
“Deteniéndose él…”. Génesis 19:16

Las Sagradas Escrituras, que fueron escritas para nuestra instrucción,
contienen luces de advertencia, al igual que modelos a imitar. Nos muestran
ejemplos de lo que debemos evitar, al igual que ejemplos que debemos seguir. El
hombre, cuyo nombre encabeza esta página, ha sido puesto como una luz de
advertencia para toda la iglesia de Cristo. Nos presenta su carácter en dos breves
palabras: “Deteniéndose él”. Se detuvo. Tomemos asiento y observemos esta luz
de advertencia por unos minutos. Consideremos a Lot.
¿Quién es este hombre que se detuvo? Es el sobrino del fiel Abraham. ¿Y
cuándo fue que se detuvo? La misma mañana en que Sodoma iba a ser destruida.
¿Y dónde se detuvo? Dentro de las paredes de Sodoma misma. ¿Y ante quién se
detuvo? Ante la vista de dos ángeles enviados para sacarlo de la ciudad. ¡Incluso en
ese momento se detuvo!
Las palabras son solemnes y llenas de elementos que nos hacen pensar.
Debieran sonar como una trompeta en los oídos de todos los que profesan alguna
religión. Espero que hagan pensar a cada lector de estas páginas. ¿Quién sabe si
no son justo las palabras que su alma requiere? La voz del Señor Jesucristo le
manda: “Acordaos de la mujer de Lot” (Lc. 17:32). Las palabras de uno de sus
siervos le invitan hoy a recordar a Lot.
Trataré de mostrar:
I. Lo que Lot era en sí mismo.
II. Lo que el texto ya citado dice de su comportamiento.
III. Las razones por las que quizá se detuvo.
IV. Qué clase de fruto dio el hecho que se detuvo.
Pido la atención de todos los que tienen razón para creer que son verdaderos
cristianos y anhelan vivir vidas santas. Establezcamos este principio en nuestras
mentes: si seguimos la santidad, no debemos “detenernos”.

I. ¿Qué era Lot?
Lo digo una vez más: Lot es una luz de advertencia.
9. Lot: Una luz de advertencia 169

Éste es un punto muy importante. Si no me aseguro de que usted lo note,
podría perderme la clase de cristianos profesantes a quienes quiero beneficiar de
un modo especial. Si no lo presento con claridad, muchos quizá digan después de
leer este capítulo: “¡Ay! ¡Lot era un hombre malo, un pobre ser, malvado y oscuro:
Un hombre inconverso, un hijo de este mundo! Con razón se detuvo”.
Pero ahora preste mucha atención a lo que digo. Lot distó mucho de ser algo
así. Lot era un creyente verdadero, un convertido, un auténtico hijo de Dios, un
alma justificada, un hombre justo.
¿Tiene alguno de mis lectores gracia en su corazón? Lot también la tenía.
¿Tiene alguno de mis lectores esperanza de salvación? Lot también la tenía. ¿Es
alguno de mis lectores un viajero en el camino angosto que conduce a la vida? Lot
también lo fue.
Nadie piense que esto es sólo mi opinión particular, una mera fantasía mía,
una noción que no tiene fundamento bíblico. Nadie suponga que quiero que lo
crea sólo porque yo lo digo. El Espíritu Santo ha colocado el asunto, libre de
posibles controversias, llamándolo “justo” y “recto” (2 P. 2:7-8) y nos ha dado
evidencias de que la gracia moraba en él.
Una evidencia es que vivía entre hombres impíos “viendo y oyendo los hechos
inicuos de ellos” y la maldad a su alrededor (2 P. 2:8) y, aun así, él mismo no era
impío. Ahora bien, para ser un Daniel en Babilonia, un Abdías en la casa de Acab,
un Ahías en la familia de Jeroboam, un santo en la corte de Nerón y un “hombre
justo” en Sodoma, uno tiene que tener la gracia de Dios. Sin su gracia sería
imposible ser como alguno de estos hombres.
Una segunda evidencia es que “veía a los prevaricadores” y se contrariaba por
lo que veía a su alrededor (2 P. 2:7, 8). Se sentía herido, triste, dolorido y
lastimado ante la presencia del pecado. Esto era sentirse como el santo David,
quien dice: “Veía a los prevaricadores, y me disgustaba, Porque no guardaban tus
palabras”, “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley”
(Sal. 119: 158, 136). Esto era sentirse como San Pablo, quien dice: “Tengo gran
tristeza y continuo dolor en mi corazón,… por amor a mis hermanos” (Ro. 9:2, 3).
Nada puede ser la razón de esto, sino la gracia de Dios.
Un tercera evidencia es que “afligía cada día su alma justa” (2 P. 2:8). No
sucedió que se hizo indiferente o que se entibió ante el pecado, como sucede con
muchos. La familiaridad y el hábito no le quitaron el filo a sus sentimientos, como
sucede con demasiada frecuencia. Para muchos es un shock y un susto ver por
primera vez una iniquidad, pero al final se acostumbran tanto que la ven con
bastante apatía. Esto es así, especialmente con los que viven en grandes ciudades,
o con ingleses que viajan en el continente. Estos, a menudo, terminan siendo
totalmente indiferentes al hecho de que no se observa el Día del Señor y a muchas
170 SANTIDAD

formas de pecados. Pero no fue así con Lot. Y también esto es una gran señal de la
realidad de su gracia.
Así era Lot: Un hombre justo y recto, un hombre sellado como heredero al
cielo por el Espíritu Santo mismo.
Antes de seguir adelante, recordemos que un cristiano auténtico puede tener
muchas manchas, muchos defectos y muchas debilidades y, aun así, ser un
cristiano auténtico. No despreciamos al oro porque esté mezclado con mucha
escoria. No le quitemos valor a la gracia porque está acompañada de mucha
corrupción. Siga leyendo y verá que Lot pagó caro por “detenerse”. Pero no se
olvide, al ir leyendo, que Lot era un hijo de Dios.

II. El comportamiento de Lot
Sigamos con el segundo punto que he mencionado. ¿Qué nos dice el texto ya
citado sobre el comportamiento de Lot?
Las palabras son increíbles y asombrosas: “Deteniéndose él”. Cuanto más
consideremos las circunstancias, más increíbles nos parecerán.
Lot conocía la condición aterradora de la ciudad en que se encontraba. “El
clamor” de sus abominaciones había “subido de punto delante de Jehová” (Gn.
19:13). Sin embargo, se detuvo.
Lot conocía el juicio horroroso que estaba a punto de sobrevenir a todos los
que moraban dentro de los confines de sus muros. Los ángeles habían dicho
claramente: “Por tanto, Jehová nos ha enviado para destruirlo” (Gn. 19:13). Sin
embargo, se detuvo.
Lot sabía que Dios era un Dios que siempre cumplía sus promesas y, si decía
que iba a hacer algo, era seguro que lo haría. No podía ser sobrino de Abraham,
vivir mucho tiempo con él y no tener conciencia de esto. Sin embargo, se detuvo.
Lot creía que había peligro porque fue donde estaban sus yernos y les advirtió
que huyeran. “Levantaos”, les dijo, “salid de este lugar; porque Jehová va a
destruir esta ciudad” (Gn. 19:14). Sin embargo, se detuvo.
Lot vio a los ángeles de Dios esperando que él y su familia partieran. Oyó la
voz de esos ministros de ira retumbándole en los oídos para apurarlos: “Levántate,
toma tu mujer, y tus dos hijas que se hallan aquí, para que no perezcas en el
castigo de la ciudad” (Gn. 19:15). Sin embargo, se detuvo.
Lot fue…
- lento cuando debió ser rápido,
- atrasado cuando debió ser adelantado,
- demorado cuando debió estar apurándose,
9. Lot: Una luz de advertencia 171

- perdiendo el tiempo cuando debió estar aprovechándolo y
- frío cuando debió ser ferviente.
¡Es más que extraño! ¡Parece casi increíble! ¡Aparenta ser demasiado fantástico
para ser verdad! Pero el Espíritu lo escribe para nuestra instrucción. Y así fue.
Y aun así, por increíble que parezca a primera vista, me temo que hay muchos
entre el pueblo del Señor Jesucristo muy parecidos a Lot.
Pido a cada lector que se grabe muy bien lo que digo. Repito que es imposible
que haya algún error en cuanto a su significado. He demostrado que Lot “se
detuvo”. Afirmo que hay muchos hombres cristianos y mujeres cristianas hoy que
son muy parecidos a Lot.
Hay muchos verdaderos hijos de Dios que parecen saber más de lo que llevan a
la práctica, ven mucho más de lo que ponen por obra y se mantienen en este
estado por muchos años. ¡Increíble que van la distancia que van y, después, se
quedan allí!
Reconocen a la Cabeza que es Cristo y aman la verdad. Les gusta la
predicación profunda y coinciden con cada artículo de la doctrina cristiana
cuando lo oyen. Pero aun así, hay algo imposible de describir que no es
satisfactorio en ellos. Están haciendo constantemente cosas que desilusionan a
sus pastores y amigos cristianos más consagrados. ¡Es asombroso que piensen
como piensan y, aun así, que se queden frenados donde están, se detienen!
Creen en el cielo y, sin embargo, poco parecen anhelarlo.
También creen en el infierno y, sin embargo, poco parecen temerlo.
Aman al Señor Jesús y, sin embargo, el trabajo que hacen para él es poco.
Aborrecen al diablo, pero a menudo parecen tentarlo para que se acerque a
ellos.
Saben que el tiempo es breve y, sin embargo, viven como si fuera extenso.
Saben que tienen una batalla que librar y, sin embargo, aparentan tener paz.
Saben que tienen una carrera que correr, y sin embargo, parecen quedarse
sentados.
Saben que el juez está a la puerta y que hay una ira venidera, y, sin embargo,
parecen estar adormecidos.
¡Es sorprendente que sean lo que son y, sin embargo, no pueden llegar a ser
nada más!
¿Y qué diremos de estas personas? A menudo dejan pasmados a sus amigos y
familiares consagrados. Con frecuencia causan gran ansiedad. Repetidamente
generan grandes dudas y análisis introspectivos. No obstante, pueden ser
172 SANTIDAD

clasificados bajo una descripción contundente: Todos son hermanos y hermanas
de Lot. Se detienen.
¡Estos son aquellos a quienes se les ocurre que es imposible que todos los
creyentes sean muy santos y muy espirituales! Admiten que una santidad insigne
es maravillosa. Les gusta leer acerca de ella en los libros, inclusive a veces, les
inspira verlo en los demás. Pero no piensan que la intención es que todos deben
aspirar a una norma tan elevada. Sea como fuera, parece que decidirse está fuera
de su alcance.
Estos son aquellos a quienes se les mete en la cabeza ideas falsas sobre el amor,
como le llaman ellos. Tienen un temor mórbido de ser intolerantes y cerrados, y
están siempre volando al extremo opuesto. Anhelan complacer a todos y estar de
acuerdo con todos. Pero se olvidan que primero deben estar seguros de que
complacen a Dios.
Estos son aquellos a quienes les da pavor tener que sacrificarse y rehúyen
tener que negarse a sí mismos. Parece que nunca pueden aplicar el mandato de
nuestro Señor de “tomar la cruz” y “cortar su mano derecha” (Lc. 9:23; Mt. 5:29,
30). No pueden negar que nuestro Señor usó estas expresiones, pero nunca les
encuentran un lugar en su propia religión. Se pasan la vida tratando de hacer más
ancha la puerta y más liviana la cruz. Pero nunca tienen éxito.
Estos son los que siempre están tratando de andar al ritmo del mundo.
Estos son ingeniosos en descubrir razones para no separarse
contundentemente del mundo y en dar excusas convincentes para participar de
diversiones cuestionables y para frecuentar amistades objetables. Un día le
cuentan a uno que asistieron a un estudio bíblico y el día siguiente quizá le
cuentan que fueron a un baile. Un día ayunan o participan de la Cena del Señor y
otro día van al hipódromo durante la mañana y en la noche a la ópera. Un día su
entusiasmo por el sermón predicado por un predicador impresionante casi los
lleva a la histeria y otro día están llorando al leer una novela. Están
constantemente esforzándose por convencerse a sí mismos de que mezclarse un
poquito con la gente mundana en su entorno, hace bien. No obstante, en su caso,
resulta muy claro que no les hace nada de bien, sino sólo daño.
Estos son los que no tienen el valor de luchar contra sus pecados, ya sea
pereza, indolencia, mal carácter, orgullo, egoísmo, impaciencia o lo que sea.
Permiten que estos sean un inquilino tolerablemente quieto y tranquilo de sus
corazones. Dicen que es por su “salud, su temperamento, sus pruebas o su
manera de ser. Su padre, su madre o su abuela eran iguales, por lo que están
seguros de que no lo pueden remediar”. ¡Y cuando uno los vuelve a ver después de
más o menos un año, usted escuchará la misma historia!
9. Lot: Una luz de advertencia 173

Pero todo, todo, sí todo puede resumirse en una sola oración, son hermanos y
hermanas de Lot. Se estancan, se detienen.
¡Ay, si es usted un alma que se mantiene detenida, no es feliz! Usted sabe que
no lo es. Sería raro que lo fuera. El detenerse es la destrucción segura del
cristianismo feliz. La conciencia del que se detiene le prohíbe disfrutar de paz
interior.
Quizá en algún momento todo marchaba bien. Pero ha dejado su primer amor
y, desde entonces, nunca ha sentido la misma tranquilidad y no volverá a sentirla
hasta que vuelva a sus “primeras obras” (Ap. 2:5). Como Pedro, cuando
prendieron al Señor Jesús, lo están siguiendo de lejos y como en el caso del
Apóstol, su camino no es agradable, sino difícil.
Venga y observe a Lot. Venga y tome nota de la historia de Lot. Venga,
considere el “detenerse” de Lot y sea sabio.

III. Razones por las cuales Lot se detuvo
Consideremos ahora las razones que pueden haber contribuido a que Lot se
detuviera.
Ésta es una cuestión muy importante y le pido que le dé su más seria atención.
Saber el origen de una enfermedad es un paso hacia su remedio. Aquel a quien le
advierten, de antemano lo arman.
¿Quién entre mis lectores se siente seguro y no teme detenerse? Venga y
escuche mientras le cuento algunos pasajes de la historia de Lot. Si actúa como lo
hizo él, será un milagro si al final su alma no esté en el mismo estado que la de él.
(1) Una cosa que observo en Lot es que tomó una decisión equivocada siendo
muy joven.
Hubo un tiempo cuando Abraham y Lot vivían juntos. Ambos eran ricos y ya
no podían seguir viviendo juntos. Abraham, el mayor de los dos, con verdadera
humildad y cortesía, le dio a Lot el privilegio de escoger las tierras que prefería
cuando resolvieron separarse. Le dijo: “Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la
derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda” (Gn. 13:9).
¿Y qué hizo Lot? Nos dice la Biblia que vio que los valles del Jordán, cerca de
Sodoma, eran ricos, fértiles y recibían abundante lluvia. Eran tierras buenas para
pastar el ganado. Él tenía muchos rebaños y ganados, y los campos eran
precisamente los que estos requerían. Y estas tierras fueron las que escogió
sencillamente porque eran “de riego” (Gn. 13:10).
¡Estaba cerca de la ciudad de Sodoma! No le importaba. ¡Los hombres de
Sodoma, que serían sus vecinos, eran impíos! No le interesaba. ¡Eran
extremadamente pecadores ante Dios! No le incumbía. La llanura era rica. Las
174 SANTIDAD

tierras eran buenas. Quería una región así para sus rebaños y sus ganados. Y ante
este argumento, todos sus escrúpulos y dudas, si es que los tenía, desaparecieron.
a) Escogió por vista, no por fe.
b) No le pidió consejo a Dios, para que lo preservara de los errores.
c) Consideró las cosas temporales, no las eternas.
d) Pensó en sus ganancias mundanas y no las de su alma.
e) Tuvo en cuenta sólo lo que le beneficiaría en esta vida y olvidó la seria
cuestión de la vida venidera.
Éste fue un mal comienzo.
(2) Pero observo también que Lot se mezcló con pecadores cuando no tenía
ninguna razón para hacerlo.
Al principio mismo, Lot “fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma” (Gn. 13:12).
Ya he demostrado que esto fue un gran error.
Pero la próxima vez que es mencionado, nos encontramos con que está
viviendo en la misma Sodoma. El Espíritu dice expresamente: “Moraba en
Sodoma” (Gn. 14:12). Dejó sus tiendas. Renunció a sus tierras. Ocupó una casa en
las calles mismas de la impía ciudad.
El texto no nos dice la razón de este cambio. No sabemos de ninguna situación
que lo hubiera causado. Estamos seguros de que no puede haber sido por
mandato de Dios. Quizá a la esposa le gustaba la ciudad mejor que el campo, a fin
de poder formar parte de la sociedad. Se nota a ojos vista que carecía de gracia.
Quizá convenció a Lot que era necesario para beneficio de sus hijas, para que
pudieran casarse y tener una vida tranquila. Quizá las hijas lo instaron a vivir en
la ciudad para poder tener amistades divertidas. Es evidente que eran chicas con
una mentalidad ligera. Quizá a Lot mismo le gustaba la idea, a fin de ganar más
con sus rebaños y ganados. Al hombre nunca la faltan razones para confirmar su
voluntad. Pero una cosa es segura: Lot vivió en medio de Sodoma sin una razón
válida.
Cuando el hijo de Dios hace estas dos cosas que he mencionado, nunca debe
sorprendemos si, a la larga, recibimos malas noticias de su alma. No nos debe
sorprender si hace oídos sordos a la voz de advertencia acerca de aflicciones
futuras, como las tuvo Lot (Gn. 14:12), y termina deteniéndose en el día de
tribulaciones y peligros, como lo hizo Lot.
Tome una decisión equivocada en la vida, una decisión no bíblica, asiéntese
innecesariamente en medio de un pueblo mundano y estará en la condición más
segura para perjudicar su propia espiritualidad y de retrasarse en lo que a su
eternidad se refiere. Éste es el modo de hacer que el pulso de su alma lata débil y
lánguidamente. Es la manera de embotar e insensibilizar sus sentimientos sobre
9. Lot: Una luz de advertencia 175

el pecado. Es la forma de apagar los ojos de su discernimiento espiritual hasta que
apenas puede ver la diferencia entre el bien y el mal, y de caminar a los
tropezones. Éste es el modo de causarle parálisis moral a sus pies y demás
miembros, y lo hacen andar a tambaleante y temeroso por el camino a Sion como
si el saltamontes fuera una carga. Es la manera de franquearle la puerta a su peor
enemigo, para darle al diablo terreno ventajoso en la batalla, de amarrar sus
brazos en la lucha, de encadenar las piernas al correr, secar la fuente de su fuerza,
de quitarle su energía, de cortarse el cabello, como Sansón, y entregarse a los
filisteos, arrancarse sus propios ojos, girar el molino en la prisión y ser un esclavo.
Ruego a todo lector de este libro que preste mucha atención a lo que estoy
diciendo. Grabe estas cosas en su mente. No las olvide. Recuérdelas al amanecer.
Tráigalas a su mente al anochecer. Deje que penetren profundamente en su
corazón. Si alguna vez va estar a salvo de “detenerse”, no se mezcle
innecesariamente con gente mundana. ¡Cuídese de no tomar una decisión como
la de Lot! Si usted no quiere que el estado de su alma sea seco, torpe, embotado,
perezoso, estéril, pesado, carnal, estúpido y obtuso, ¡cuídese de no tomar una
decisión como la de Lot!
(a) Recuerde esto cuando va a escoger un lugar donde vivir o residir. No
basta con que la casa sea cómoda, bien ubicada, donde se respira aire puro, el
vecindario es agradable, el alquiler o el precio bajo, y el costo de vida bajo también.
Hay también otros factores para tener en cuenta. Debe pensar en su alma
inmortal. El entorno de la casa en la cual usted está pensando ¿lo ayudará a ir al
cielo o al infierno? ¿Se predica el evangelio en las cercanías? ¿Está al alcance de su
puerta el Cristo crucificado? ¿Tiene cerca a un verdadero siervo de Dios que vele
por su alma? Le insto encarecidamente que si ama la vida, no pase por alto esas
condiciones tan importantes. Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot.
(b) Recuerde esto al escoger un llamado, una posición o una profesión en la
vida. No basta que el sueldo sea alto, bueno el jornal, fácil el trabajo, numerosos
los beneficios y muy favorables las perspectivas de ser ascendido. Piense en su
alma, su alma inmortal. ¿Prosperará o se retrasará? ¿Tendrá libre los domingos y
podrá contar con un día por semana para sus asuntos espirituales? Le ruego, por
la misericordia de Dios, que tenga cuidado con lo que hace. No tome decisiones
impulsivas. Considere al lugar desde todos los puntos de vista; el de Dios, al igual
que el del mundo. El oro se puede pagar demasiado caro. Cuídese de no tomar
una decisión como la de Lot.
(c) Si es usted soltero o soltera, recuerde esto al escoger esposo o esposa. No
basta con que le agrade su aspecto, que tengan los mismos gustos, que congenien
en lo que piensan, que haya afecto y cariño y que luchen juntos por tener un
hogar cómodo para toda la vida. Se necesita algo más que esto. Hay una vida
176 SANTIDAD

venidera. Piense en su alma, su alma inmortal. ¿Será impulsada hacia arriba o
arrastrada hacia abajo por la unión que está planeando? ¿Será un matrimonio más
celestial o más terrenal, vivido más cerca de Cristo o del mundo? ¿Su fe será cada
vez más fuerte o más débil? Le ruego, por todas sus esperanzas de gloria, que
incluya esto en sus cálculos. Decía el anciano Baxter: “Piense, piense y vuelva a
pensar” antes de comprometerse. “No os unáis en yugo desigual con los
incrédulos” (2 Co. 6:14). El matrimonio no se menciona en ninguna parte como
un medio de conversión. Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot.
(d) Recuerde esto si alguna vez le ofrecen un trabajo en el ferrocarril. No
basta recibir un buen sueldo y tener un empleo fijo, la confianza de los directores
y la posibilidad de que le den un ascenso. Por supuesto, estas cosas son muy
buenas, pero no lo son todo. ¿Cómo le irá a su alma si trabaja en una compañía
ferroviaria que corre los trenes los domingos? ¿De qué día dispondrá para
dedicarle a Dios y a los asuntos de la eternidad? ¿Qué oportunidades tendrá para
oír la predicación del evangelio? Le advierto con toda seriedad que piense en esto.
De nada le valdrá llenar su bolsa si su alma pasa hambre y se empobrece. ¡Cuidado
con vender su Día del Señor para tener una buena posición! Recuerde el plato de
lentejas de Esaú. ¡Cuídese de no tomar una decisión como la de Lot!
Algún lector puede pensar: “El creyente no tiene nada que temer; es una oveja
de Cristo, nunca perecerá, no puede sufrir mucho daño. No puede ser que tales
pequeñeces sean tan importantes”.
Bueno, puede pensar eso, pero le advierto que si descuida estos asuntos, su
alma nunca prosperará. Es cierto que el verdadero creyente no será echado fuera
aunque se detenga. Pero si lo hace, es inútil suponer que su fe prosperará. La
gracia es una planta tierna. A menos que la valore y cuide bien, pronto se
debilitará en este mundo impío. El oro más brillante pronto pierde su brillo
cuando se lo expone a un ambiente húmedo. El hierro más caliente pronto se
enfría. Se requiere esfuerzo y trabajo para lograr que llegue a estar al rojo vivo,
pero no requiere más que dejarlo estar o un poco de agua fría para que se ponga
negro y duro.
Puede usted ser ahora un cristiano ferviente y celoso. Puede que se sienta
como David en su prosperidad: “No seré jamás conmovido” (Sal. 30:6). Pero no se
engañe. No tiene que seguir las pisadas de Lot y tomar las decisiones que Lot
tomó para llegar pronto al estado del alma de Lot. Haga lo que él hizo, actúe
como actuó él, y tenga por seguro que pronto descubrirá que se ha convertido en
un rezagado infeliz como él. Descubrirá, como Sansón, que ya no cuenta con la
presencia del Señor. Probará, para su propia vergüenza, que es un hombre
indeciso y vacilante en el día de la prueba. A su fe le atacará un cáncer que
arrasará con su vitalidad sin que usted se dé cuenta. Su fortaleza espiritual se
9. Lot: Una luz de advertencia 177

debilitará lentamente como si tuviera tuberculosis. Y a la larga, despertará para
encontrarse con que sus manos apenas sí pueden realizar la obra del Señor, sus
pies apenas lo pueden arrastrar por el camino del Señor y su fe no es más grande
que un grano de mostaza; y esto, quizá suceda en un momento decisivo de su vida,
en un momento cuando el enemigo viene, como una inundación, precisamente
cuando su necesidad es más dolorosa. (Ver Sal. 106:15).
¡Ay, si no quiere detenerse en su fe, considere estas cosas! ¡Cuídese de no
tomar una decisión como la de Lot!

IV. El fruto de la vida de Lot
Veamos ahora qué tipo de fruto produjo al final de cuentas el espíritu rezagado
de Lot.
No quiero pasar por alto este punto por muchas razones y, especialmente, en
la actualidad. No son pocos los que dirían: “Después de todo, Lot era salvo, fue
justificado, llegó al cielo. Esto es todo lo que yo pretendo. Si llego al cielo, con
esto me contento”. Si esto es lo que piensa en su corazón, haga una pausa y lea un
poquito más. Le mostraré algunas cosas en la historia de Lot que merecen
atención y, quizá, lo motiven a cambiar de idea.
Creo que es de gran importancia dar nuestra atención a este tema. Siempre
afirmaré que una santidad prominente y una utilidad insigne se relacionan
estrechamente, que la felicidad y “seguir al Señor totalmente” van de la mano, y
que si los creyentes se detienen no pueden esperar ser útiles en su día y
generación, ni ser muy santos ni parecidos a Cristo, ni disfrutar de gran
tranquilidad y paz simplemente porque creen.
(a) Destaquemos entonces, para empezar, que Lot no hizo ningún bien entre
los habitantes de Sodoma.
Es probable que Lot haya vivido muchos años en Sodoma. Sin duda, tuvo
oportunidades preciosas de hablar de las cosas de Dios y de apartar del pecado a
las almas. Pero parece que no hizo nada. No parece haber tenido ninguna
influencia sobre la gente que vivía a su alrededor. No contaba para nada con el
respeto y la reverencia que hasta los hombres del mundo, a menudo, muestran
hacia un buen siervo de Dios.
No se pudo encontrar ni una persona justa en toda Sodoma fuera de las
paredes de la casa de Lot. Ni uno de sus vecinos creía su testimonio. Ni uno de sus
conocidos honraba al Señor que él adoraba. Ni uno de sus sirvientes servía al Dios
de su amo. A nadie “de ninguna parte” le importada para nada su opinión cuando
trató de contener su maldad. Dijeron: “Vino este extraño para habitar entre
nosotros, ¿y habrá de erigirse en juez?” (Gn. 19:9). Su vida no tenía ninguna
178 SANTIDAD

influencia, sus palabras no eran escuchadas ni su fe atrajo a nadie de modo que la
siguiera.
¡Y de verdad que no me extraña! Por regla general, las almas inactivas no le
hacen ningún bien al mundo ni traen mérito alguno a la causa de Dios. Su sal no
tiene sabor suficiente para curar la corrupción a su alrededor. No son “cartas
conocidas y leídas por todos” (2 Co. 3:2). No hay nada magnético, ni atractivo, ni
nada que refleje a Cristo en su manera de ser. Recordémoslo.
(b) Destaquemos, en segundo lugar, que Lot no ayudó a su familia, ni a sus
parientes ni a aquellos con los que se relacionó, a ir al cielo.
No conocemos el tamaño de su familia. Pero sabemos que tenía una esposa y
al menos dos hijas el día que fue llamado a partir de Sodoma, si es que no tenía
más.
Pero independientemente que la familia de Lot haya sido grande o pequeña,
una cosa es perfectamente clara: ¡No había ni uno entre ellos que temiera a Dios!
Cuando “habló a sus yernos, los que habían de tomar sus hijas” y les advirtió
que huyeran del juicio que venía a Sodoma, dice la Biblia que les “pareció a sus
yernos como que se burlaba” (Gn. 19:14). ¡Qué palabras terribles son éstas! Era
como decir: “¿A quién le importa lo que dice usted?”. Mientras dure el mundo,
esto será prueba dolorosa del desprecio que se siente por el que está “detenido” en
su fe.
¿Y qué de la esposa de Lot? Dejó la ciudad en su compañía, pero no llegó lejos.
No tenía la suficiente fe como para ver la necesidad de una huida apresurada. Dejó
su corazón en Sodoma cuando comenzó a huir. Mientras caminaban, a espaldas
de su marido, miró hacia atrás a pesar del mandato explícito de no hacerlo (Gn.
19:17), convirtiéndose inmediatamente en una estatua de sal (Gn. 19:26).
¿Y qué de las dos hijas de Lot? Escaparon, por cierto, pero sólo para hacer la
obra del diablo. Se convirtieron en las tentadoras que condujeron a su padre a
cometer una iniquidad, a perpetrar el más inmundo de los pecados.
En suma, ¡Lot parece haber estado sólo, aun en su familia! ¡No fue usado como
medio para conseguir que ni siquiera un alma se apartara de las puertas del
infierno!
Y no me extraña. Las almas que se detienen se ven a través de sus propias
familias y, cuando uno las ve de cerca, son despreciados. Si sus parientes más
cercanos entienden sólo una cosa de la fe cristiana, ésta es la inconsecuencia.
Seguramente esos parientes piensan: “Si creyera todo lo que profesa creer, no
seguiría como sigue”. Los padres de familia que se detienen, rara vez tienen hijos
consagrados. Los ojos del hijo absorben mucho más que los oídos. El niño
9. Lot: Una luz de advertencia 179

siempre observará lo que hacemos, mucho más que lo que decimos. Recordemos
esto.
(c) Destaquemos, en tercer lugar, que Lot no dejó evidencias cuando falleció.
Poco sabemos de Lot después de que huyó de Sodoma y, lo poco que sabemos,
es negativo.
Su ruego por ir a Zoar, porque era “pequeña”, su partida de Zoar después y su
conducta en la cueva, cuentan la misma historia. Demuestran la poca gracia en él
y el estado degradante en el que había caído su alma.
No sabemos cuánto tiempo más vivió después de su huida. No sabemos dónde
murió ni cuándo, tampoco si volvió a ver a Abraham, de qué murió ni lo que decía
y pensaba. Todo esto es un misterio. La Biblia nos cuenta de los últimos días de
Abraham, Isaac, Jacob, José y David, pero ni una sola palabra acerca de Lot. ¡Oh,
que lecho de muerte tan sombrío debió haber sido el de Lot!
La Biblia parece correr un velo a su alrededor. Hay un silencio doloroso acerca
de los últimos días de su vida y su final. Parece extinguirse como se extingue una
lámpara dejando tras sí un legado amargo. Y si no fuera porque el Nuevo
Testamento dice específicamente que Lot era “justo”, creo que, de hecho,
dudaríamos de que Lot hubiera sido un alma salvada.
Pero no me extraña su triste final. El creyente que se detiene, que se mantiene
pasivo, por lo general, cosecha según lo que sembró. A menudo, la muerte lo
sorprende cuando está detenido. El final lo encuentra con poca paz. Llega al cielo,
es cierto; pero llega en malas condiciones, cansado, con los pies lastimados, con
debilidad y lágrimas, en la oscuridad y la tormenta. Es “salvo, aunque así como
por fuego” (1 Co. 3:15).
Le pido al lector de estas líneas que considere las tres cosas que acabo de
mencionar. No me malentienda. ¡Es asombroso observar qué pronto aprovecha la
gente cualquier excusa para entender mal las cosas que conciernen a su alma!
No digo que todos los creyentes que no se “detienen”, por no hacerlo, sean
grandes instrumentos de provecho para el mundo. Noé predicó ciento veinte años,
a pesar de que nadie le creía. El Señor Jesús no era estimado por su propio pueblo,
el judío.
Ni digo que todos los creyentes que no se detienen, por no hacerlo, sean el
medio para que sus familias y parientes se conviertan. Muchos de los hijos de
David eran impíos. Al Señor Jesús no le creían ni sus propios hermanos.
Pero sí digo que, es casi imposible, no ver alguna relación entre la mala
elección de Lot con el hecho que se detuvo, y entre el que Lot se detuviera y el
hecho de que no fue de provecho alguno para su familia y el mundo. Creo que fue
la intención del Espíritu que lo viéramos. Creo que el Espíritu tuvo la intención
180 SANTIDAD

de que fuera una luz de advertencia para todos los cristianos profesantes. Y estoy
seguro de que las lecciones que he tratado de sacar de toda esta historia merecen
una reflexión seria.

Últimas palabras
Y ahora, deseo decir unas últimas palabras a todo el que lee este escrito y,
especialmente, al que se considera creyente en Cristo.
No quiero entristecerlos. No quiero darles una perspectiva sombría del
peregrinaje cristiano. Mi único objetivo es darles cariñosas advertencias. Anhelo
paz y tranquilidad para todos ustedes. Me encantaría verlos felices, al igual que
seguros, gozosos, al igual que justificados. He hablado como lo he hecho por su
bien.
Vivimos en una época cuando abunda la religión pasiva, que se detiene, como
se detuvo Lot. En muchos lugares, la corriente de profesiones de fe es mucho más
ancha de lo que una vez fue, pero mucho menos profunda. Podríamos decir que,
casi está de moda, cierto tipo de cristianismo que se define por…
- pertenecer a alguna facción de la Iglesia Anglicana, que muestra su celo por
sus intereses,
- hablar de las principales controversias de la actualidad,
- comprar libros religiosos populares en cuanto se publican y colocarles en la
mesa,
- asistir a reuniones, suscribirse a asociaciones, discutir los méritos de
predicadores,
- entusiasmarse y emocionarse por cada nueva forma de religión
sensacionalista que aparece…
todas éstas, son prácticas comunes y comparativamente fáciles. No hacen que
una persona sea singular. Requiere pocos sacrificios o ninguno. No implica una
cruz.
En cambio…
- caminar estrechamente con Dios,
- ser realmente espiritual,
- comportarse como extranjeros y peregrinos,
- ser diferentes del mundo en el empleo del tiempo, en la conversación, las
diversiones y en el vestir,
- dejar un sabor de nuestro Maestro en todos los lugares de trabajo,
- orar, ser humilde, generoso, de buen carácter, callado, fácil de complacer,
caritativo, paciente, sumiso,
9. Lot: Una luz de advertencia 181

- temer celosamente todo tipo de pecado y experimentar temor y temblor al
estar consciente de nuestros peligros del mundo…
¡Éstas, éstas siguen siendo virtudes que pocas veces se ven! No son comunes
entre los que se llaman verdaderos cristianos y, lo peor de todo es que, uno ni se
da cuenta de que no las tiene, ni lo lamenta como debiera.
En una época como ésta me atrevo a ofrecer mis consejos a cada lector
creyente. No los rechace. No se enoje conmigo porque hablo directamente. Le
ruego que considere las palabras del apóstol Pedro: “Procurad hacer firme vuestra
vocación y elección” (2 P. 1:10). Le ruego que no sea indolente, no sea negligente,
no se contente con una medida escasa de gracia ni tampoco con ser un poquito
mejor que el mundo. Le advierto seriamente que no intente hacer algo que nunca
puede hacerse, es decir, servir a Cristo y, a la vez, andar en el mundo. Le insto y le
ruego que sea un cristiano de todo corazón, que procure una santidad insigne,
que apunte a un grado superior de santificación, que viva una vida consagrada,
que presente su cuerpo como “sacrificio vivo” a Dios, que ande “también por el
Espíritu” (Ro. 12:1; Gá. 5:25). Le encargo y le exhorto, por todas sus esperanzas
del cielo y anhelos de gloria, que si quiere ser feliz, si quiere ser útil, no sea un
alma que se detiene.
¿Quiere saber lo que nuestros tiempos demandan? Sacudir a las naciones,
desarraigar las cosas antiguas, desbaratar los reinos, agitar e inquietar la mente de
los hombres ¿y qué dicen? Claman a gran voz: ¡Cristiano! ¡No se detenga!
¿Quiere estar preparado para la segunda venida de Cristo, con sus lomos
ceñidos, su lámpara encendida y, usted mismo, decidido y preparado para
encontrase con él? Entonces no se detenga.
¿Quiere disfrutar de tranquilidad en su fe; sentir el testimonio del Espíritu en
su interior, saber a quién ha creído y no ser un cristiano sombrío, quejoso,
amargado, triste y melancólico? ¡Entonces no se detenga!
¿Quiere disfrutar de una seguridad sólida de su propia salvación, en
enfermedad y en su lecho de muerte? ¿Quiere ver con los ojos de la fe al cielo que
se abre y a Jesús levantándose para recibirlo? ¡Entonces no se detenga!
¿Quiere dejar el legado de grandes y amplias evidencias cuando parta? ¿Quiere
que lo bajemos a la tumba con una esperanza tranquila y hablar sin ninguna duda
de su estado después de muerto? ¡Entonces no se detenga!
¿Quiere serle útil al mundo en su época y generación? ¿Quiere apartar a los
hombres del pecado y llevarlos a Cristo, adornar su doctrina y hacer que la causa
de su Maestro les sea atractiva? ¡Entonces no se detenga!
182 SANTIDAD

¿Quiere conducir a sus hijos y parientes hacia el cielo y lograr que digan:
“Iremos contigo” e impedir que sean infieles y que desprecien la fe cristiana?
¡Entonces no se detenga!
¿Quiere tener una gran corona el día que Cristo aparezca y no ser la estrella
más insignificante y pequeña en la gloria y no ser el último ni el menor en el
reino de Dios? ¡Entonces no se detenga!
¡Oh, que ninguno de nosotros se detenga! El tiempo no se detiene, la muerte
no lo hace, el juicio no lo hace, el diablo no lo hace y el mundo no lo hace.
Tampoco lo hagan los hijos de Dios.
¿Hay algún lector que se siente detenido? ¿Ha sentido un peso en su corazón y
remordimientos de conciencia mientras ha estado leyendo estas páginas? ¿Hay
algo en su interior que susurra: “¿Soy yo ese hombre?”? Entonces preste atención
a lo que estoy diciendo. Su alma no está en paz. Despierte y trate de mejorar. Si
usted es de los que se detienen, debe acudir a Cristo inmediatamente para ser
sano. Tiene que usar el antiguo remedio, tiene que bañarse en la antigua fuente.
Tiene que volverse nuevamente a Cristo para ser sano. La manera de hacer algo es
simplemente hacerlo. ¡Hágalo ahora mismo!
No crea, ni por instante, que su caso es irremediable. No piense que no hay
esperanza de que se avive porque ha estado viviendo por largo tiempo en un
estado de aridez y aletargamiento en su alma. ¿Acaso no es el Señor Jesucristo el
Médico que cura todos los males espirituales? ¿Acaso no curaba todo tipo de
enfermedades cuando estaba sobre la tierra? ¿Acaso no echaba fuera todo tipo de
demonios? ¿Acaso no levantó al pobre Pedro y le puso un canto nuevo en la boca
después de que hubo caído? ¡Oh, no dude, sino que crea fervientemente que, aún,
avivará su obra en usted! Sólo vuelva a andar, confiese su necedad y venga, venga
ahora mismo a Cristo. Benditas son las palabras del profeta: “Reconoce, pues, tu
maldad”. “Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones” (Jer. 3:13, 22).
Y recordemos las almas de los demás, no sólo las nuestras. Si en algún
momento vemos detenido a un hermano o hermana, tratemos de despertarlo,
tratemos de estimularlo y tratemos de avivarlo. “Exhortaos los unos a los otros”,
según tengamos oportunidad, “para estimularnos al amor y a las buenas obras”
(He. 3:13; 10:24). No tengamos temor de decirnos unos a otros: “Hermano,
hermana, ¿ha olvidado a Lot? ¡Despierte y recuerde a Lot! Despierte y no se quede
detenido ya más”.
10. Una mujer para recordar
“Acordaos de la mujer de Lot”. Lucas 17:32

Hay pocas advertencias en las Escrituras más serias que la que encabeza esta
página. El Señor Jesucristo nos dice: “Acordaos de la mujer de Lot”.
La mujer de Lot profesaba una religión; su esposo era un hombre “justo” (2 P.
2:8). Partió con él de Sodoma el día que la ciudad fue destruida. Estando detrás de
él, se dio vuelta para mirar la ciudad, desobedeciendo el mandato expreso de Dios;
cayó muerta al instante y se convirtió en una estatua de sal. Y, sin embargo, el
Señor Jesucristo la levanta como una luz de advertencia para su iglesia diciendo:
“Acordaos de la mujer de Lot”.
Es una advertencia seria cuando pensamos en la persona que menciona Jesús.
No nos pide que recordemos a Abraham, Isaac, Sara, Ana o Rut. No, escoge una
persona cuya alma se perdió para siempre. Nos ruega: “Acordaos de la mujer de
Lot”.
Es una advertencia seria cuando consideramos de qué está hablando. Está
hablando de su segunda venida para juzgar al mundo; está escribiendo del estado
terrible en que se encontrarán muchos por no estar preparados. Está pensando en
el fin del mundo cuando dice: “Acordaos de la mujer de Lot”.
Es una advertencia seria cuando pensamos en la persona a quien va dirigida.
El Señor Jesús está lleno de amor, misericordia y compasión. Es el que no
quebrará la caña cascada ni apagará el pabilo que humea. Pudo llorar sobre la
Jerusalén incrédula y orar por los hombres que lo crucificaron; y también juzgó
bueno, recordarnos a las almas perdidas. “Acordaos de la mujer de Lot”.
Es una advertencia seria cuando pensamos en quiénes fueron los destinatarios
originales. El Señor Jesús estaba hablando con sus discípulos. No se estaba
dirigiendo a los escribas y fariseos que lo aborrecían, sino a Pedro, Santiago, Juan
y muchos otros que lo amaban. Es a ellos a quienes le parece bien dar esta
advertencia. A ellos les dice: “Acordaos de la mujer de Lot”.
Es una advertencia seria cuando consideramos la manera cómo fue dada. No
dice meramente: “Cuidado con seguir los pasos de la mujer de Lot, no vayan a
imitarla, no sean como ella”. Usa una palabra distinta: “Acordaos”. Habla como si
corriéramos el peligro de olvidarlo, aviva un antiguo recuerdo, nos insta a que
184 SANTIDAD

mantengamos vivo el incidente en nuestras mentes. Exclama: “Acordaos de la
mujer de Lot”.
Me propongo examinar las lecciones que la mujer de Lot nos quiere enseñar.
Estoy seguro de que su historia está llena de instrucciones provechosas para las
iglesias. Se acercan los últimos días, se aproxima la segunda venida del Señor
Jesús, el peligro de la mundanalidad aumenta cada año en las iglesias.
Armémonos de defensas y antídotos contra la dolencia a nuestro alrededor. Y,
sobre todo, familiaricémonos con la historia de la mujer de Lot.
Consideraré tres aspectos de la vida de la mujer de Lot a fin de presentar los
temas en orden.
I. Hablaré de los privilegios espirituales de los que gozaba la mujer de Lot.
II. Hablaré del pecado que cometió la mujer de Lot.
III. Hablaré del juicio que Dios le impuso.

I. Los privilegios espirituales que disfrutaba la mujer de Lot
Hablaré primero de los privilegios espirituales que disfrutaba la mujer de Lot.
En la época de Abraham y Lot era escasa la fe salvadora sobre la tierra. No había
Biblias, ni pastores, ni iglesias, ni tratados, ni misioneros. El conocimiento de
Dios estaba confinado a unas pocas familias favorecidas. La mayor parte de los
habitantes del mundo vivía en la oscuridad, ignorancia, superstición y pecado. Ni
uno en cien quizá, haya tenido un ejemplo tan bueno, una compañía tan
espiritual, un conocimiento tan manifiesto ni una advertencia tan clara como la
mujer de Lot. Comparada con millones de personas en su época, la esposa de Lot
era una mujer favorecida.
Tenía como esposo a un hombre justo, tenía como tío político a Abraham,
padre de los fieles. La fe, el conocimiento y las oraciones de estos dos hombres
justos no pueden haber sido ningún secreto para ella. Era imposible que viviera
en las tiendas con ellos por algún tiempo, sin saber quiénes eran y a quién servían.
Su fe no era para ellos un mero ritual, era el principio que regía sus vidas y una
convicción dominante que determinaba sus acciones. La mujer de Lot debe haber
visto y sabido todo esto. No eran privilegios insignificantes.
Cuando Abraham recibió las promesas de Dios, es probable que la mujer de
Lot haya estado presente. Cuando construyó su altar junto a su tienda entre Hai y
Betel, es probable que ella haya estado allí (Gn. 12:8). Cuando su esposo fue
tomado cautivo por Quedorlaomer y librado por la intervención de Dios, allí
estaba ella (Gn. 14). Cuando Melquisedec, rey de Salem, se acercó a Abraham con
pan y vino, allí estaba ella (Gn. 14:18). Cuando los ángeles llegaron a Sodoma para
advertir a su esposo que huyera, ella los vio; cuando lo tomaron de la mano y lo
10. Una mujer para recordar 185

llevaron fuera de la ciudad, ella estaba entre los ángeles que les ayudaron a
escapar (Gn. 19). Una vez más digo que estos no eran privilegios insignificantes.
No obstante, ¿qué efectos positivos tuvieron todos estos privilegios sobre el
corazón de la mujer de Lot? Ninguno. A pesar de todas las oportunidades y los
medios de gracia y, a pesar de todas las advertencias y los mensajes especiales del
cielo, ella vivió y también murió sin la gracia, sin Dios, impenitente e incrédula.
Los ojos de su entendimiento nunca se abrieron, su conciencia nunca le molestó
ni se despertó, su voluntad nunca se sujetó para obedecer a Dios, realmente sus
afectos nunca fueron por las cosas de arriba. La forma de religión que practicaba
era para ser como los demás, no porque ella la sintiera. Era una capa que usaba
para complacer a los que la rodeaban, no porque tuviera un sentido de su valor.
Hacía lo que hacían los demás en la casa de Lot, se adaptaba a las costumbres de
su esposo, no se oponía a su fe, se dejaba llevar pasivamente, mientras su corazón
andaba mal a los ojos de Dios. El mundo estaba en su corazón y su corazón estaba
en el mundo. En este estado vivió y en este estado murió.
En todo esto hay mucho que aprender. Veo aquí una lección que es de suma
importancia en la actualidad. Vivimos en una época en que hay mucha gente igual
que la mujer de Lot, acérquese y preste atención a la lección que su caso tiene la
intención de enseñarle.
Aprenda entonces, que el solo hecho de contar con privilegios espirituales,
no salva el alma de nadie. Puede ser que usted tenga ventajas espirituales de todo
tipo, puede ser que viva en la luz plena de las mejores oportunidades y medios de
gracia, puede ser que disfrute de la mejor predicación y la instrucción más
excelente, puede vivir en medio de la luz, el conocimiento, la santidad y buena
compañía. Todo esto puede ser parte de su vida y, aun así, seguir siendo un
inconverso y, al final, estar perdido para siempre.
Me atrevo a decir que esta doctrina puede parecer difícil a algunos lectores. Sé
que algunos no quieren nada más que los privilegios de la fe cristiana, pensando
que estos los convertirán en cristianos decididos. Admiten que, en este momento,
no son como deben ser, pero se excusan diciendo que su posición es difícil y que
tienen muchas dificultades. Demandan que les den un esposo consagrado o una
esposa consagrada, que les den amigos consagrados o un jefe consagrado, que
quieren contar con la predicación del evangelio, que les den privilegios y, cuando
tengan todo esto, andarán con Dios.
Esto es un error. Es pura fantasía. Se requiere de algo más que privilegios para
salvar el alma. Joab era capitán de David, Giezi era siervo de Eliseo, Demas era
compañero de Pablo, Judas Iscariote era discípulo de Cristo y Lot tenía una esposa
mundana e incrédula. Todos ellos murieron en sus pecados a pesar de su
186 SANTIDAD

conocimiento, las advertencias y oportunidades, y nos enseñan que, no son sólo
privilegios lo que necesitan los hombres. Necesitan la gracia del Espíritu Santo.
Valoremos los privilegios espirituales, pero no descansemos enteramente en
ellos. Anhelemos tener sus beneficios en todos los momentos de la vida, pero no
los pongamos en el lugar de Cristo. Aprovechémoslos con agradecimiento, si Dios
nos los concede, y asegurémonos de que produzcan algún fruto en nuestro
corazón y nuestra vida. Si no son para bien, con frecuencia son para mal;
endurecen la conciencia, aumentan la responsabilidad, empeoran la condenación.
El mismo fuego que derrite la cera, endurece la arcilla; el mismo sol que hace
crecer al árbol vivo, seca al árbol muerto y lo prepara para ser quemado. Nada
endurece más el corazón del hombre como una familiaridad estéril con las cosas
espirituales. Lo digo una vez más: No son solo los privilegios los que hacen
cristiano al hombre, sino la gracia del Espíritu Santo. Sin esa gracia, ninguna
persona será salva jamás.
Les pido a los miembros de las congregaciones evangélicas en la actualidad
que tengan muy presente lo que estoy diciendo. Si usted asiste a la iglesia del Sr.
A o el Sr. B porque lo considera un predicador excelente, disfruta de sus sermones,
no puede escuchar a ningún otro con el mismo gusto, ha aprendido muchas cosas
desde que participa de su ministerio ¡y considera un gran privilegio ser uno de sus
oyentes! Esto es muy bueno. Es un privilegio. Yo estaría agradecido si se
multiplicaran por mil los pastores como el suyo. Pero, al final de cuentas la
cuestión es: ¿Qué tiene usted en su corazón? ¿Ha recibido al Espíritu Santo? Si no,
no está en mejores condiciones que la mujer de Lot.
Les pido a los empleados domésticos de familias cristianas que tengan muy
presente lo que estoy diciendo. Es un gran privilegio vivir en un hogar donde
reina el temor de Dios. Es un privilegio escuchar las oraciones familiares en la
mañana y en la noche, oír regularmente la exposición de la Palabra de Dios, tener
un domingo tranquilo y poder ir siempre a la iglesia. Estas son las cosas a las
cuales aspirar cuando busca un empleo, son las cosas que constituyen un
ambiente realmente bueno. Un buen salario y poco trabajo no compensan una
constante mundanalidad, el no guardar el Día del Señor y la práctica del pecado.
Pero cuídese de no contentarse con estas cosas. No crea que porque tiene todos
estos beneficios espirituales irá camino al cielo. Tiene que haber gracia en su
propio corazón, al igual que las extensas oraciones familiares. Si no, no está en
mejores condiciones que la mujer de Lot.
Les pido a los hijos de padres cristianos que tengan muy presente lo que estoy
diciendo. Es un gran privilegio ser hijo de padres consagrados y ser educados en
medio de muchas oraciones. Es, ciertamente una bendición, que nos enseñen el
evangelio desde nuestra primera infancia, escuchar acerca del pecado, Jesús, el
10. Una mujer para recordar 187

Espíritu Santo, la santidad y el cielo, desde nuestros primeros recuerdos. Pero, oh,
cuidado que esa semilla no caiga en terreno árido y sin fruto a la luz de todos
estos privilegios, tenga cuidado de que su corazón no permanezca duro,
impenitente y mundano, a pesar de los muchos beneficios que disfruta. Usted no
puede entrar en el reino de Dios dependiendo de la fe de sus padres. Tiene que
comer el pan de vida usted mismo y tener el testimonio de su Espíritu en su
corazón. Tiene que tener arrepentimiento usted mismo, fe usted mismo y
santificación usted mismo. Si no, no está en mejores condiciones que la mujer de
Lot.
Ruego a Dios que todos los cristianos profesantes actuales tomen a pecho estas
cosas. Nunca olviden que los privilegios solos, no pueden salvarlos. La
iluminación y el conocimiento, la predicación fiel, los medios abundantes de
gracia y la compañía de gente santa, son grandes bendiciones y beneficios.
¡Dichosos los que los tienen! Pero, al final de cuentas, hay algo sin lo cual los
privilegios son inútiles, ese algo es la gracia del Espíritu Santo. La mujer de Lot
tenía muchos privilegios, pero no tenía la gracia.

II. El pecado que cometió la mujer de Lot
Ahora hablaré del pecado que cometió la mujer de Lot. La descripción de su
pecado nos es dada por el Espíritu Santo en pocas palabras sencillas: “La mujer de
Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal”. No nos dice más que
esto. Hay una solemnidad manifiesta en esta historia. La suma y sustancia de su
transgresión radica en estas dos palabras: “Miró atrás”.
¿Le parece pequeño este pecado a alguno de mis lectores? ¿Le parece que la
falta de la mujer de Lot fue insignificante como para merecer semejante castigo?
Me atrevo a decir que algunos pueden pensar así. Deme su atención mientras
razono con usted sobre este tema. Hubo mucho más en aquella mirada de lo que
se nota a primera vista; implica mucho más de lo que expresa. Preste atención y lo
comprobará.
(a) Aquella mirada retrospectiva fue cosa pequeña, pero reveló el verdadero
carácter de la mujer de Lot. Las cosas pequeñas, a menudo, muestran mejor que
las grandes lo que el hombre tiene en la mente y los síntomas pequeños son, a
menudo, señales de enfermedades mortales e incurables. El fruto que comió Eva
era una pequeñez, pero fue prueba de que perdió su inocencia y se convirtió en
una pecadora. Una grieta en un edificio parece poca cosa, pero es prueba que el
cimiento está cediendo y que toda la estructura es insegura. Un poco de tos por la
mañana parece un mal sin importancia pero, a menudo, es evidencia de una salud
quebrantada que lleva a la declinación, tuberculosis y a la muerte. Una paja puede
188 SANTIDAD

mostrar en qué dirección sopla el viento y una mirada puede mostrar la condición
corrupta del corazón del pecador (Mt. 5:28).
(b) Aquella mirada fue cosa pequeña, pero dejó ver la desobediencia de la
mujer de Lot. El mandato del ángel había sido claro y no dejaba lugar a dudas:
“No mires tras ti” (Gn. 19:17). Fue un mandato que la mujer de Lot se negó a
obedecer. Pero el Espíritu Santo dice: “Obedecer es mejor que los sacrificios” y
que “como pecado de adivinación es la rebelión” (1 S. 15:22, 23). Cuando Dios o
sus mensajeros hablan claramente su Palabra, el deber del hombre es claro.
(c) Aquella mirada fue cosa pequeña, pero dejó ver la incredulidad orgullosa
de la mujer de Lot. Parecía dudar que Dios realmente fuera a destruir a Sodoma;
parecía no creer que hubiera algún peligro ni necesidad de una huida tan
apresurada. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6). En cuanto el
hombre comienza a pensar que sabe más que Dios y que Dios no habla en serio
cuando amenaza, su alma corre gran peligro. Cuando no podemos ver razón
alguna en sus acciones, nuestro deber es quedarnos en paz y creer.
(d) Aquella mirada de la mujer de Lot fue cosa pequeña, pero mostraba amor
por el mundo. Su corazón estaba en Sodoma, aunque físicamente se encontraba
fuera de ella. Giró para mirar el lugar donde estaba su tesoro, así como la aguja
del compás gira hacia el norte. Y éste fue el punto principal de su pecado: “La
amistad del mundo es enemistad contra Dios” (Stg. 4:4). “Si alguno ama al
mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15).
Pido la atención especial de mis lectores a esta parte de nuestro tema. Creo
que es la parte en la cual el Señor Jesús quiere que pongamos nuestra mente.
Creo que quiere que observemos que el hecho de que la mujer de Lot mirara atrás,
añorando lo que dejaba, indica que estaba perdida. Su fe había sido, en un tiempo,
aceptable y artificiosa, pero realmente nunca había dejado el mundo. Parecía que
en un tiempo estaba en la senda segura, pero, aun entonces, los pensamientos
más profundos de su corazón eran para el mundo. La gran lección que el Señor
Jesús tiene la intención de que aprendamos es el inmenso peligro de la
mundanalidad. ¡Oh, que todos tuviéramos ojos para ver y corazón para
comprender!
Creo que nunca hubo un tiempo cuando las advertencias contra la
mundanalidad se necesitaron tanto en la iglesia de Cristo como en la actualidad.
Se dice que cada época tiene su propia epidemia de alguna enfermedad en
particular. La enfermedad, que es una epidemia a la cual son más susceptibles los
creyentes de hoy, es el amor al mundo. Es una pestilencia que camina en la
oscuridad y destruye al mediodía. “Porque a muchos ha hecho caer heridos, y aun
los más fuertes han sido muertos por ella” (Pr. 7:26). Deseo levantar mi voz para
advertir y tratar de despertar las conciencias aletargadas de todos los que hacen
10. Una mujer para recordar 189

una profesión de fe. Deseo clamar a viva voz: “Acordaos de la mujer de Lot”. No
era homicida, no era adúltera, no era ladrona, sino que profesaba una religión tan
superficial que le hizo mirar atrás, a pesar de las advertencias.
Hay miles de personas bautizadas en nuestras iglesias que son inmunes a la
inmoralidad e infidelidad y, sin embargo, caen víctimas del amor al mundo. Hay
miles que andan bien durante un tiempo y parece que seguramente arribarán al
cielo, pero a la larga, abandonan la carrera y le dan totalmente la espalda a Cristo.
¿Y qué los detiene? ¿Han comprobado que la Biblia no es la verdad? ¿Han
comprobado que el Señor Jesús no cumple su palabra? No, de ninguna manera.
Pero se han contagiado de la enfermedad epidémica; están infectados del amor a
este mundo. De corazón, apelo a cada pastor evangélico que lee este escrito que
mire alrededor a toda su congregación. Apelo a cada cristiano maduro que mire
alrededor del círculo de sus conocidos. Estoy seguro de estar diciendo la verdad.
Estoy seguro de que es hora de recordar el pecado de la mujer de Lot.
(a) ¡Cuántos hijos de familias cristianas empiezan bien y terminan mal! En
su niñez parecen llenos de espiritualidad. Pueden recitar textos e himnos en
abundancia, tienen sentimientos espirituales y convicciones de pecado, profesan
amar al Señor Jesús y anhelan ir al cielo, les gusta ir a la iglesia y escuchar
sermones, dicen cosas que los padres, que los quieren, atesoran porque indican
que hay gracia, hacen cosas que llevan a aquellos con los que se relacionan a decir:
“¿Qué clase de niño será éste?” ¡Pero, ay, con frecuencia su bondad desaparece
como la bruma y el rocío de la mañana! El muchacho se hace joven y ya no le
importan otras cosas que no sean las diversiones, los deportes, los excesos y
parrandear. La niña se convierte en señorita y sólo le importa la ropa, las
amistades alegres, leer novelas y las emociones. ¿Dónde está la espiritualidad que
parecía prometer tanto? Se fue, está enterrada, ha sido descartada por el amor al
mundo. Siguen los pasos de la mujer de Lot. Miran atrás.
(b) ¡Cuántas personas casadas aparentemente andan por buen camino
espiritual, hasta que sus hijos comienzan a crecer y, entonces, se apartan! En los
primeros años de su matrimonio parecen seguir a Cristo con diligencia y ser sus
buenos testigos. Asisten regularmente a la predicación del evangelio, dan fruto de
buenas obras y nunca se los ve en malas compañías. Su fe práctica es sólida y
caminan tomados de la mano. Pero, ay, cuántas veces una peste espiritual ataca al
hogar cuando los hijos comienzan a crecer y es necesario hacerlos progresar en la
vida. Empieza a aparecer una levadura en sus hábitos, su manera de vestir, sus
diversiones y su empleo del tiempo. Ya no son estrictos en cuanto a los amigos
que visitan y los lugares que frecuentan. ¿Dónde está la clara línea divisoria que
antes respetaban? ¿Dónde está la abstinencia total de las diversiones mundanas
que antes los caracterizaba? Todo ha sido olvidado. Todo ha sido descartado, como
190 SANTIDAD

un viejo almanaque. Han cambiado, el espíritu del mundo ha tomado posesión de
sus corazones. Siguen los pasos de la mujer de Lot. Miran atrás.
(c) ¡Cuántas señoritas parecen amar decididamente la fe cristiana hasta que
cumplen los veinte o veintiún años y, entonces, lo pierden todo! Hasta este
momento de sus vidas su conducta relacionada con cuestiones de su fe, ha sido
todo lo que debe ser. Mantienen su hábito de orar a solas, leen su Biblia con
diligencia, visitan a los pobres cuando se presenta la oportunidad, ministran a las
necesidades temporales y espirituales de los pobres, les gusta tener amistades
cristianas, les encanta hablar de temas espirituales, escriben cartas llenas de
expresiones y experiencias espirituales. ¡Pero ay, muchas veces prueban ser
inestables como el agua y el amor al mundo las arruina! Poco a poco se apartan y
dejan su primer amor. Poco a poco las “cosas que se ven” van quitando de sus
mentes las “cosas que no se ven” y, como plaga de langostas, se comen todo lo
verde en sus almas. Paso a paso se apartan de la posición decidida que antes
tenían. Dejan de ser celosas en cuanto a la doctrina y pretenden descubrir que es
“ser dura” pensar que una persona tenga más espiritualidad que otra, descubren
que es “ser exclusivista” intentar cualquier separación de las costumbres de la
sociedad. Con el tiempo, dan su cariño a algún hombre que ni siquiera pretende
seguir decididamente a Cristo. Por último, terminan por renunciar a los últimos
resabios de su cristianismo y se convierten totalmente en hijas del mundo. Siguen
los pasos de la mujer de Lot. Miran atrás.
(d) ¡Cuántos miembros de iglesias fueron durante un tiempo profesantes
celosos y serios, y ahora son letárgicos, su religión es sólo de forma y, además, son
fríos! Hubo un tiempo cuando nadie parecía más consagrado que ellos. Ninguno
como ellos era tan diligente en asistir a los medios de gracia, nadie tan ansioso
por promover la causa del evangelio y tan dispuesto para toda buena obra,
ninguno tan agradecido por recibir instrucción espiritual, ninguno,
aparentemente, tan deseoso de crecer en la gracia.
¡Pero ahora, ay, todo parece haber cambiado! El “amor por otras cosas” se ha
apoderado de sus corazones y ha asfixiado la buena semilla de la Palabra. El
dinero del mundo, las recompensas del mundo, la literatura del mundo, los
honores del mundo ocupan ahora el primer lugar en sus afectos. Hable con ellos y
no encontrará ninguna reacción positiva a las cosas espirituales. Observe su
conducta diaria y no encontrará nada de celo por el reino de Dios. De hecho,
tienen religión, pero ya no una fe viva. La fuente de su cristianismo de antes se ha
secado y desaparecido, el fuego de la maquinaria se ha apagado y enfriado. El
mundo ha extinguido la llama que una vez brillaba con esplendor. Andan en los
pasos de la mujer de Lot. Han mirado atrás.
10. Una mujer para recordar 191

(e) ¡Cuántos pastores trabajan intensamente en su profesión durante años y,
después, pierden su entusiasmo y se hacen indolentes por amor a este mundo! Al
principio de su ministerio parecen dispuestos a consagrar todas sus fuerzas a la
causa de Cristo, trabajan a tiempo y fuera de tiempo, su predicación es entusiasta
y sus iglesias están llenas. Su delicia semanal es cuidar bien a sus congregaciones,
tener reuniones caseras, reuniones de oración y visitar casa por casa. ¡Pero, ay,
cuántas veces después de “comenzar en el Espíritu” terminan “en la carne” y,
como a Sansón, les es quitada su fuerza en el regazo de esa Dalila que es el mundo!
Prefieren vivir holgadamente, contraen matrimonio con una mujer mundana, se
inflan de orgullo, descuidan el estudio y la oración. La primera helada congela los
brotes espirituales que habían sido tan prometedores. Su predicación pierde su
unción y poder, sus actividades durante la semana van disminuyendo cada vez
más, son menos selectivos con las amistades que cultivan, el tono de su
conversación se va haciendo más terrenal. Empieza a importarles lo que opinan
los demás; les domina un miedo mórbido a los “puntos de vista extremos” y se
llenan de una ansiedad cautelosa cuidándose de no ofender alguien. Y, finalmente,
el hombre que una vez parecía que llegaría a ser un verdadero sucesor de los
apóstoles y un buen soldado de Cristo, acaba siendo un clérigo tipo jardinero,
agricultor o, algo por el estilo, que no ofende a nadie y no lleva a nadie a la
salvación. Su iglesia termina estando media vacía, su influencia va desapareciendo.
El mundo lo ha atado de pies y manos. Ha seguido los pasos de la mujer de Lot.
Ha mirado atrás 1.
Es triste escribir estas cosas, pero es mucho más triste verlas. Es triste
observar cómo cristianos profesantes pueden enceguecer sus conciencias con
argumentos artificiosos sobre este tema y pueden defender la mundanalidad
hablando de “los deberes de su posición social”, “la importancia de la cortesía en
la vida” y la necesidad de tener una “religión jovial”.
Es triste ver cómo muchos barcos gallardos emprenden el viaje de la vida con
todas las perspectivas de lograr el éxito y, dejando filtrar el agua de la
mundanalidad, naufragan con toda su carga muy cerca ya de arribar a puerto
seguro. Es de lo más triste observar cómo muchos creen que todo anda bien con
sus almas cuando, en realidad, todo anda mal en razón de que aman al mundo.
Peinan canas aquí y allá, pero ni se dan cuenta. Empezaron como Jacob, David y
Pedro y, lo más probable es que, terminen como Esaú, Saúl y Judas Iscariote.

1
“¡Recuerde al Dr. Dodd! Yo mismo le oí decir a su manada, con la cual estaba reunido en su propia
casa, que se veía obligado a dejar ese método de ayudar a sus almas porque lo exponían a constantes
reproches. De hecho dejó de usarlo y fue cayendo en una debilidad tras otra de su naturaleza
corrupta ¡y bajo qué reproche murió!” [Murió en la horca por fraude]. —Life and Letters (Vida y
Cartas) por Venn, p. 238, edición 1853.
192 SANTIDAD

Empezaron como Rut, Ana, María y Pérsida y, lo más posible es que, terminen
como la esposa de Lot.
Cuidado con una fe cristiana a medias. Cuidado con seguir a Cristo por una
motivación secundaria: Para complacer a sus familiares y amigos, para mantener
las costumbres del lugar o de la familia de la cual es parte o por querer parecer
respetable y tener fama de ser espiritual. Siga a Cristo por quién es él, si es que lo
va a seguir. Sea esmerado, sea auténtico, sea sincero, sea sólido y ponga todo su
corazón en ser cristiano. Si va a tener una fe cristiana, que sea auténtica. Cuídese
de no cometer el mismo pecado de la mujer de Lot.
Cuidado con pensar que puede avanzar mucho en su fe y, a la vez, tratar de
seguir la corriente del mundo. No quiero que ningún lector se convierta en un
ermitaño, monje o monja. Mi anhelo es que cada uno cumpla su verdadero deber
en ese lugar en la vida al que fue llamado. Pero sí quiero insistir en que cada
cristiano profesante que quiere ser feliz, sepa la inmensa importancia de no hacer
ningún compromiso entre Dios y el mundo. No trate de negociar, como si
quisiera darle a Cristo lo menos posible de su corazón y conservar todo lo posible
de las cosas de esta vida. Cuidado con no excederse y terminar perdiéndolo todo.
Ame a Cristo con todo su corazón, su mente, alma y fuerzas. Busque
primeramente el reino de Dios y estoy seguro de que, entonces, todas las demás
cosas le serán añadidas. Cuidado con terminar siendo una copia del personaje que
describe John Bunyan, el señor Dos-caras. Por su felicidad, por su provecho, por
su seguridad y por su alma, cuídese del pecado de la mujer de Lot. Oh, es muy
serio lo que dijo nuestro Señor Jesús: “Ninguno que poniendo su mano en el
arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62).

III. El castigo de la mujer de Lot
Hablaré ahora, en último lugar, sobre el castigo que Dios le impuso a la mujer
de Lot. Las Escrituras describen su final en pocas y sencillas palabras. Está escrito
que “la mujer de Lot miró atrás… y se volvió estatua de sal”. Dios realizó un
milagro para ejecutar su juicio sobre esta mujer culpable. La misma mano
todopoderosa que le había dado vida, se la quitó en un abrir y cerrar de ojos. De
ser de carne y sangre viva se volvió estatua de sal.
¡Éste fue un final horroroso para cualquiera! Morir en cualquier momento es
serio. Morir entre amigos y familiares, morir en calma y silencio en su propia
cama, morir con las oraciones de hombres consagrados todavía retumbando en
sus oídos, morir con esperanza por gracia con total seguridad de salvación,
descansar en el Señor Jesús, alentado por las promesas del evangelio, de por sí ya
es serio. Pero morir de pronto e instantáneamente, en el acto mismo de pecar,
morir con perfecta salud y fuerza, morir por la intervención directa de un Dios
10. Una mujer para recordar 193

airado es realmente aterrador. Pero éste fue el final de la mujer de Lot. No se
puede culpar a la letanía del Libro de Oraciones [anglicano] por conservar este
pedido: “De una muerte súbita, buen Señor, líbranos”.
¡Éste fue un final sin esperanza! Hay casos cuando tenemos algo de esperanza
para las almas de los que vemos descender a la tumba. Tratamos de convencernos
de que nuestra pobre hermana o hermano fallecido se ha arrepentido para
salvación en el último momento, y que se ha tomado de la punta del manto de
Cristo a última hora. Hacemos memoria de las misericordias de Dios, recordamos
el poder del Espíritu, pensamos en el caso del ladrón arrepentido, nos decimos
que puede haber sucedido una obra de salvación que el moribundo no tuvo las
fuerzas para decirlo en su lecho de muerte. Pero no hay tales esperanzas cuando
una persona muere súbitamente en el acto mismo de pecar. La caridad no puede
decir nada cuando el alma ha sido llevada en medio de una iniquidad, sin tiempo
para pensar ni orar. Tal fue el final de la mujer de Lot. Fue un final sin esperanza.
Se fue al infierno.
Es bueno que todos recordemos estas cosas. Es bueno que nos recuerden que
Dios puede castigar bruscamente a los que pecan a sabiendas y que el mal uso de
los grandes privilegios produce gran ira sobre el alma.
Faraón vio todos los milagros que realizó Moisés. Coré, Datán y Abiram,
habían oído hablar a Dios desde el Monte Sinaí. Ofni y Finees eran hijos del Sumo
Sacerdote de Dios. Saúl vivía a plena luz del ministerio de Samuel. Acab recibía
frecuentemente las advertencias del profeta Elías. Absalón disfrutaba del privilegio
de ser uno de los hijos de David. Belsasar tenía al profeta Daniel a su puerta.
Ananías y Safira se sumaron a la iglesia en los días cuando los apóstoles obraban
milagros. ¡Y Judas Iscariote fue escogido como compañero de nuestro Señor
Jesucristo mismo! Pero todos estos pecaron a pesar de tener luz y conocimiento, y
fueron destruidos súbitamente sin remedio. No tuvieron ni tiempo ni oportunidad
para arrepentirse. Así como vivieron, así murieron; tal como eran, fueron llevados
rápidamente a encontrarse con Dios. Partieron cargando todos sus pecados, sin
perdón, sin renovación y totalmente ineptos para el cielo. Y aun muertos, hablan.
Nos dicen, como la mujer de Lot, que es peligroso pecar contra la luz, que Dios
aborrece el pecado y que existe un infierno.
Acerca del infierno
Me siento constreñido a hablar libremente a mis lectores sobre el tema del
infierno. Permítanme usar la oportunidad que sugiere el final de la mujer de Lot.
Creo que el tiempo ha llegado cuando es nuestro ineludible deber hablar
claramente acerca de la realidad y la eternidad del infierno. Últimamente se ha
desatado entre nosotros un diluvio de doctrinas falsas. Los hombres están
empezando a decirnos “que Dios es demasiado misericordioso como para castigar
194 SANTIDAD

a las almas para siempre. Que hay un amor de Dios más profundo, incluso que el
infierno, y que toda la humanidad, a pesar de lo impíos e incrédulos que sean
algunos, tarde o temprano serán salvos”. Nos invitan a dejar las sendas antiguas
del cristianismo apostólico. Nos dicen que las creencias de nuestros mayores
acerca del infierno, el diablo y el castigo, son obsoletas y anticuadas. Dicen que
tenemos que adoptar lo que llaman una “teología más bondadosa” y tratar al
infierno como una fábula pagana o como algo para asustar a los niños y los tontos.
Protesto contra estas enseñanzas falsas. Por más dolorosa, lamentable y
desesperante que sea la controversia, no tenemos que dudar ni negarnos a mirar
de frente al tema. Por mi parte, estoy resuelto a mantener la antigua posición y
confirmar la realidad y eternidad del infierno.
Créame, ésta no es una cuestión simplemente para especular. No debe ser
clasificada entre las diferencias sobre liturgias y gobierno eclesiástico. No debe ser
catalogada como un problema misterioso, como lo es el significado del templo de
Ezequiel o los símbolos del libro de Apocalipsis. Es una cuestión que es parte del
fundamento mismo de todo el evangelio. Los atributos morales de Dios, su
justicia, su santidad y su pureza son parte de esto. Está en juego la necesidad de
una fe personal en Cristo y de santificación por el Espíritu. Una vez que se
descarta la antigua doctrina del infierno, se desbarata, trastorna, altera y
descompone todo el sistema del cristianismo.
Créame, la cuestión no es una que permite que adoptemos teorías e
invenciones humanas. Las Escrituras han hablado clara y completamente sobre el
tema del infierno. Mantengo que es imposible encarar sinceramente la Biblia y, al
mismo tiempo, evitar las conclusiones a las que nos lleva en cuanto a este punto.
Si algo significan las palabras, existe un lugar como el infierno. Si los textos han
de ser interpretados fehacientemente, en aquel día muchos serán arrojados en el
lago que arde con fuego y azufre. Si el lenguaje tiene algún sentido en cuanto a
esto, el infierno es para siempre. Creo que el hombre que encuentra argumentos
para evadir las evidencias de la Biblia en cuanto a este asunto ha llegado a un
estado mental en que es inútil razonar con él. Por mi parte, me parece que
discutir que nosotros no existimos, es igual a discutir que la Biblia no enseña la
realidad y eternidad del infierno.
(a) Determine con firmeza en su mente que la misma Biblia que enseña que
Dios, en su misericordia y compasión envió a Cristo para morir por los pecadores,
también enseña que Dios aborrece el pecado y, por su propia naturaleza, tiene
que castigar a todos los que se aferran al pecado o rechazan la salvación que él ha
provisto. Justamente, el mismo capítulo que declara: “De tal manera amó Dios al
mundo”, declara también que “la ira de Dios está sobre” el incrédulo (Jn. 3:16, 36).
El mismo evangelio lanzado a la tierra con nuevas benditas: “El que creyere y
10. Una mujer para recordar 195

fuere bautizado, será salvo”, proclama a la vez que “el que no creyere, será
condenado” (Mr. 16:16).
(b) Determine con firmeza en su mente que Dios nos ha dado prueba tras
prueba en la Biblia que habrá de castigar a los endurecidos e incrédulos, que
puede vengarse de sus enemigos, al igual que mostrar misericordia por el
arrepentido. El arrasar con el viejo mundo con el diluvio, el fuego en Sodoma y
Gomorra, la muerte de faraón y todas sus huestes en el Mar Rojo, el juicio de Coré,
Datán y Abiram, y la destrucción de las siete naciones de Canaán nos enseñan la
misma verdad aterradora. Todas estas pruebas nos han sido dadas como luces de
precaución, señales y advertencias, a fin de que no provoquemos a Dios. Todas
tienen la intención de levantar un rincón del velo que esconde las cosas por venir
y para recordarnos que la ira de Dios es una realidad. Todas nos dicen claramente
que “los malos serán trasladados al Seol” (Sal. 9:17).
(c) Determine con firmeza en su mente que el Señor Jesucristo mismo habló
claramente acerca de la realidad y eternidad del infierno. La parábola del rico y
Lázaro debiera hacer temblar a los hombres. Pero no sólo es esta parábola. Nadie
ha usado tantas palabras para expresar lo terrible que es el infierno como Aquel
que habló, como jamás hombre alguno lo ha hecho, y que dijo: “La palabra que
habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn. 14:24). El infierno, el
fuego del infierno, la condenación del infierno, la condenación eterna, la
resurrección de la condenación, el fuego eterno, el lugar de tormentos, de
destrucción, de total oscuridad, del gusano que nunca muere, del fuego que
nunca se apaga, las lágrimas, los lamentos y el crujir de dientes y castigo eterno,
son todos términos que el Señor Jesucristo mismo emplea. ¡Fuera con las
miserables tonterías que dice la gente en la actualidad, que nos dicen que los
ministros del evangelio nunca debieran hablar del infierno! No hacen más que
mostrar su propia ignorancia o su propia falta de sinceridad cuando hablan de ese
modo. Nadie puede leer sinceramente los cuatro Evangelios y no ver que el que
quiere seguir el ejemplo de Cristo tiene que hablar del infierno.
(d) Por último, determine en su mente que las ideas reconfortantes que las
Escrituras nos dan acerca del cielo dejan de ser en cuanto negamos la realidad
y eternidad del infierno. ¿No existe una futura morada separada para los que
mueren impíos y sin Dios? ¿Será que todas las personas, después de la muerte, se
entremezclan conformando una multitud confusa? Entonces pues, ¡el cielo no
será para nada cielo! Es totalmente imposible que dos vivan felices juntos si no
coinciden. ¿Habrá un tiempo cuando se acabe el infierno y el castigo? ¿Serán
admitidos al cielo los impíos después de siglos de sufrimientos? Entonces pues, ¡la
necesidad de la santificación del Espíritu queda descartada y eliminada. Leo que
los hombres pueden ser santificados en la tierra haciéndolos aptos para el cielo,
196 SANTIDAD

no leo nada de ninguna santificación en el infierno. ¡Fuera con estas teorías sin
sentido y sin ninguna base bíblica! La eternidad del infierno, así como la eternidad
del cielo, se presentan claramente en la Biblia.
Una vez que uno dice que el infierno no es eterno, puede muy bien decir que
Dios y el cielo no son eternos. La misma palabra griega que se usa en la expresión
“castigo eterno” es la que usa el Señor Jesús al decir “vida eterna” y San Pablo, al
decir “Dios eterno” (Mt. 25:46; Ro. 16:26).
Sé que esto suena terrible a muchos oídos. No me extraña. Pero la única
cuestión que tenemos que determinar es: ¿Es bíblico el tema del infierno? ¿Lo es?
Mantengo firmemente que lo es y mantengo que hay que recordarles a los
cristianos profesantes que pueden estar perdidos y camino al infierno.
Sé que es fácil rechazar la enseñanza clara sobre el infierno y hacerla
antipática por el uso de palabras desagradables. He escuchado, a menudo, decir
que son “conceptos intolerantes, nociones anticuadas, teología de fuego y azufre”
y cosas parecidas. Se me ha dicho, a menudo, que, en la actualidad, se prefieren
conceptos más “amplios”. Mi anhelo es ser tan amplio como la Biblia, ni más ni
menos. Afirmo que es teólogo intolerante aquel que recorta las partes de la Biblia
que le disgustan al corazón natural y, por ende, rechaza alguna porción del
Consejo de Dios.
Dios sabe que nunca hablo del infierno sin dolor y sufrimiento. Con gusto, le
ofrezco la salvación del evangelio al peor de los pecadores. Yo estaría dispuesto a
decirle al más vil y disoluto ser humano en su lecho de muerte: “Cree en el Señor
Jesucristo, y serás salvo” (Hch. 16:31). Pero Dios quiera que nunca deje de decirle
al mortal que las Escrituras revelan que hay un infierno así como hay un cielo, y
que el evangelio enseña que hay hombres que pueden estar perdidos, al igual que
hay otros que pueden ser salvos. El guardia que se mantiene en silencio cuando ve
un incendio es culpable de negligencia, el médico que nos dice que estamos
mejorando cuando, en realidad nos estamos muriendo, es un amigo falso y el
pastor que no alerta a su congregación acerca del infierno en sus sermones, no es
un hombre fiel ni tiene amor.
¿Dónde está el amor cuando se mutila una porción tan importante de la
verdad de Dios? Es mi amigo más comprensivo, el que me avisa de la vastedad del
peligro que corro. ¿Qué sentido tiene esconder el futuro del impenitente y el
impío? Es más bien ayudar al diablo, si no le decimos a la gente claramente que
“el alma que pecare, esa morirá” (Ez. 18:4, 20). ¿Quién sabe si la negligencia
terrible de muchas personas bautizadas no viene de esto, de que nunca les han
explicado claramente la realidad del infierno? ¿Quién sabe si muchos más se
convertirían, si los pastores les instaran con más fidelidad a huir de la ira venidera?
Por cierto que muchos somos culpables de esto; hay entre nosotros una ternura
10. Una mujer para recordar 197

mórbida que no es la ternura de Cristo. Hemos hablado de misericordia, pero no
de juicio, hemos predicado muchos sermones acerca del cielo, pero pocos acerca
del infierno. Nos hemos dejado llevar por el desdichado temor de ser considerados
“ordinarios, vulgares y fanáticos”. Hemos olvidado que quien nos juzga es el
Señor y que el hombre que enseña la misma doctrina que Cristo enseñó, no puede
estar equivocado.
Para ser un cristiano bíblico saludable, le ruego que le dé al infierno un lugar
en su teología. Grábelo en su mente como un principio inamovible que Dios es
un Dios de juicio, al igual que de misericordia, y que los mismos consejos eternos
que pusieron el fundamento de la felicidad del cielo, también pusieron el
fundamento del sufrimiento del infierno. Tenga bien claro en su mente que todos
los que mueren sin haber sido perdonados y renovados, no son aptos para estar en
la presencia de Dios y están perdidos para siempre. No tienen capacidad para
disfrutar del cielo, no podrían ser felices allí. Tienen que ir a su propio lugar y ese
lugar es el infierno. ¡Oh, es una cosa grande en estos días de incredulidad creer
toda la Biblia!
Para ser un cristiano bíblico saludable, le ruego que se cuide de cualquier
ministerio que no enseña claramente la realidad y eternidad del infierno. Tal
ministerio puede ser muy tranquilizador y agradable, pero es más posible que lo
ponga a dormir que llevarlo a Cristo o fortalecer su fe. Es imposible dejar fuera
alguna porción de la verdad de Dios sin arruinar su totalidad. La predicación que
se centra exclusivamente en las alegrías del cielo y nunca presenta la ira del Señor
y los sufrimientos del infierno puede ser popular, pero no es bíblica, puede
agradar y complacer, pero no salvar. La predicación que no se guarda nada de lo
que Dios haya revelado, puede ser llamada severa y dura, puede decirse que
asustar a la gente con temas como el del infierno no les hace ningún bien. Pero
usted olvida que el gran objetivo del evangelio es convencer a los hombres de que
deben “huir de la ira venidera” (Lc. 3:7) y que es en vano esperar que huyan, a
menos que estén atemorizados. ¡Bueno sería que muchos cristianos profesantes
sintieran más temor por sus almas que lo que sienten ahora!
Si anhela ser un cristiano saludable, considere con frecuencia cuál será su
propio final. ¿Será feliz o infeliz? ¿Será la muerte de un justo o una muerte sin
esperanza, como la de la mujer de Lot? Usted no puede vivir para siempre, un día
llegará su final. Un día escuchará su último sermón, elevará su última oración,
leerá su último capítulo de la Biblia, (querer, desear, esperar, tener intenciones,
resolver, dudar, vacilar) todo, finalmente, habrá pasado. Tendrá que dejar este
mundo y comparecer ante un Dios santo. ¡Oh, sea usted sabio! ¡Oh, considere su
final!
198 SANTIDAD

No puede estar perdiendo el tiempo para siempre; el tiempo vendrá cuando
tendrá que actuar con seriedad. No puede posponer para siempre lo que concierne
a su alma. El día vendrá cuando tendrá que rendirle cuentas a Dios. No puede
estar siempre cantando, bailando, comiendo, bebiendo; vistiéndose, leyendo,
riendo, bromeando; tramando algo, planeando y ganando dinero. Los insectos de
verano no pueden disfrutar del sol para siempre, vendrán las noches frías que
darán fin a sus días soleados. Lo mismo sucederá con usted. Puede aplazar ahora
su decisión de fe y rechazar los consejos de los ministros de Dios; pero se acerca el
frío día cuando Dios ser acerque y le hable. ¿Y cuál será su final? ¿Será uno sin
esperanza, como el de la mujer de Lot?
Le ruego, por las misericordias de Dios, que encare esas preguntas de frente.
Le suplico que no juegue con su conciencia con una esperanza incierta de la
misericordia de Dios, mientras su corazón se aferra al mundo. Le imploro que no
ahogue las convicciones con fantasías pueriles acerca del amor de Dios, mientras
su comportamiento diario y sus hábitos muestran claramente que “el amor del
Padre no está en” usted (1 Jn. 2:15). Hay una misericordia de Dios que es como
un río, pero existe para el creyente arrepentido en Cristo Jesús. Hay un amor en
Dios hacia los pecadores que es indescriptible e inexplicable, pero es para aquellos
que “oyen” la voz de Cristo y le “siguen” (Jn. 10:27). Procure interesarse en ese
amor. Rompa con todo pecado conocido, apártese valientemente del mundo,
clame intensamente a Dios en oración, échese totalmente y sin reservas en los
brazos del Señor Jesús para el tiempo y la eternidad, deje a un lado toda carga, no
se aferre a nada, por mucho que lo ame, no practique nada que interfiera con la
salvación de su alma, renuncie a todo, por preciado que sea, deje todo lo que se
interpone entre usted y el cielo. El pobre mundo está naufragando, se está
hundiendo a sus pies; lo único que usted necesita es un lugar en el bote salvavidas
para llegar salvo a la orilla. Sea diligente en asegurar su llamado y elección. No
importa lo que suceda con su casa y propiedad, usted asegúrese del cielo. ¡Oh, es
un millón de veces mejor ser motivo de risas y ser visto como un extremista en
este mundo, que descender al infierno, aun estando en medio de la congregación
y terminar como la mujer de Lot!

Preguntas para su conciencia
Y ahora concluiré este escrito ofreciendo a cada lector algunas preguntas para
grabar el tema en la conciencia de cada uno. Ha visto usted la historia de la mujer
de Lot, sus privilegios, su pecado y su final. Le he advertido de lo inútiles que
resultan los privilegios sin el don del Espíritu Santo, del peligro de la
mundanalidad y la realidad del infierno. Ahora, quiero ir terminando con algunos
llamados directos a su propio corazón. En esta época de mucha iluminación,
10. Una mujer para recordar 199

mucho conocimiento y profesiones de fe, anhelo levantar una luz de advertencia
para salvar del naufragio a las almas. Deseo atar una boya en el canal de todo
navegante espiritual y escribir en ella: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(a) ¿Es indiferente ante la segunda venida de Cristo? ¡Ay, muchos lo son!
Viven como los hombres en Sodoma y como los hombres y mujeres de la época de
Noé. Comen, beben, siembran, edifican, contraen matrimonio, dan en
matrimonio y se comportan como si Cristo nunca vendrá otra vez. Si usted es uno
de estos, le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(b) ¿Como cristiano es tibio o frío? ¡Ay, muchos lo son! Tratan de servir a dos
señores, tratan de ser amigos, tanto de Dios como de Mamón. Se esfuerzan por
ser una especie de murciélagos espirituales, no son una cosa, ni la otra: No
totalmente cristianos, ni tampoco totalmente del mundo. Si usted es uno de estos,
le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(c) ¿Está vacilando entre dos opiniones y dispuesto a volver al mundo? ¡Ay,
muchos lo están! Le tienen miedo a la cruz, secretamente, les disgusta el conflicto
y reprochan una fe decidida. Están cansados del desierto y el maná, y se volverían
a Egipto, si pudieran. Si usted es uno de estos, le digo este día: “Acordaos de la
mujer de Lot”.
(d) ¿Está amando en secreto algún pecado persistente? ¡Ay, muchos lo están!
Avanzan mucho en la profesión de su fe, hacen muchas cosas que son correctas y
muy similares al pueblo de Dios. Pero siempre atesoran un hábito malo del cual
no pueden librarse. Una mundanalidad secreta, la codicia o lascivia se les pega
como su propia piel. Están dispuestos a ver destruidos todos sus ídolos, menos
éste. Si usted es uno de estos, le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(e) ¿Está jugando con pecadillos? ¡Ay, muchos lo están! Creen en las grandes
doctrinas esenciales del evangelio. Se abstienen de un libertinaje burdo o de
quebrantar abiertamente la ley de Dios, pero penosamente, no le dan importancia
a las inconsistencias pequeñas y están dolorosamente preparados para excusarlas.
“Es un poquito de impaciencia, o un poquito de frivolidad, o un poquito de
desconsideración o un poquito de olvido”. Nos dicen: “Dios no tiene en cuenta
cuestiones tan pequeñas. Nadie es perfecto, ni Dios lo requiere”. Si usted es uno
de estos, le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(f) ¿Está confiando en privilegios espirituales? ¡Ay, muchos lo están! Les
encanta la oportunidad de escuchar regularmente la predicación del evangelio,
participar de las ordenanzas, de los medios de gracia y vivir tranquilos. Parece que
dicen: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad” (Ap.
3:17) mientras no tienen ni fe, ni gracia, ni espiritualidad ni están preparados para
el cielo. Si usted es uno de estos, le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
200 SANTIDAD

(g) ¿Está confiando en su conocimiento religioso? ¡Ay, muchos lo están! No
son ignorantes como otros, saben la diferencia entre la sana y la falsa doctrina.
Pueden discutir, pueden razonar, pueden argumentar, pueden citar textos bíblicos,
pero no se han convertido y, por ende, están muertos en sus faltas y pecados. Si
usted es uno de estos, le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(h) ¿Está profesando el cristianismo y, al mismo tiempo, aferrándose al
mundo? ¡Ay, muchos lo están! Procuran que los crean cristianos. Quieren el
mérito de ser personas que van a la iglesia, serias, consecuentes, correctas y
disciplinadas. Mientras tanto, su manera de vestir, sus gustos, sus amigos y sus
diversiones muestran claramente que son del mundo. Si usted es uno de estos, le
digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(i) ¿Está confiando que se arrepentirá en su lecho de muerte? ¡Ay, muchos
están confiando en eso! Saben que no son lo que deberían ser: no son nacidos de
nuevo y no están listos para morir. Creen que cuando estén sufriendo su última
enfermedad tendrán tiempo para arrepentirse, asirse de Cristo y dejar este mundo
perdonados, santificados y preparados para el cielo. Olvidan que las personas, a
menudo, mueren súbitamente y, así como viven, generalmente mueren. Si usted
es uno de estos, le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
(j) ¿Es usted miembro de una congregación evangélica? ¡Ay, muchos lo son y
hasta allí llegan! Oyen la verdad del evangelio domingo tras domingo, pero siguen
duros como una piedra. Un sermón tras otro llega a sus oídos. Mes tras mes
reciben la invitación de arrepentirse, de creer, de venir a Cristo y de ser salvos.
Pasan los años y no cambian. Reservan sus asientos para escuchar a su pastor
favorito, pero también se reservan sus pecados favoritos. Si usted es uno de estos,
le digo este día: “Acordaos de la mujer de Lot”.
¡Oh, que estas solemnes palabras de nuestro Señor Jesucristo se graben
profundamente en el corazón de todos! ¡Que nos despierten cuando nos sentimos
con sueño, que nos aviven cuando nos sentimos muertos, nos afilen cuando nos
sentimos embotados y sean como una hoguera cuando nos sentimos fríos! ¡Que
puedan ser el estímulo para hacernos reaccionar cuando nos estamos deteniendo
y una brida para enderezarnos cuando nos estamos apartando! ¡Que sean un
escudo para defendernos cuando Satanás pone una tentación en nuestro corazón,
una espada con la cual luchar cuando nos dice con audacia: “¡Renuncia a Cristo,
vuélvete al mundo y sígueme a mí!”! Oh, que en las horas de pruebas como esas
digamos: “¡Alma, recuerda la advertencia de tu Salvador! Alma mía, alma mía,
¿has olvidado sus palabras? ¡Alma mía, alma mía: ‘Acordaos de la mujer de Lot’”!

[La primera porción de este capítulo está a su disposición
en Chapel Library en forma de folleto.]
11. El trofeo más grande de Cristo
“Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú
eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le
reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes
tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a
la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que
merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y
dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy
estarás conmigo en el paraíso”. Lucas 23:39-43

Pocos pasajes en el Nuevo Testamento son tan conocidos como el que
encabeza este capítulo. Contiene la muy conocida historia del “ladrón
arrepentido”.
Y es apropiado y bueno que estos versículos sean bien conocidos. Han
reconfortado a muchas mentes atribuladas, han dado paz a muchas conciencias
intranquilas, han sido un bálsamo terapéutico que ha sanado a muchos corazones
heridos, han sido medicina para muchas almas enfermas de pecado y han allanado
las asperezas de muchos lechos de muerte. Dondequiera que se predique a Cristo,
siempre serán honrados, amados y recordados.
Quiero comentar algunos puntos dignos de notar acerca de estos versículos.
Trataré de presentar las principales lecciones que pretenden enseñar. No conozco
la manera particular de pensar de las personas en cuyas manos pueda caer este
escrito. Pero veo verdades en este pasaje que es imposible conocer demasiado bien.
Aquí está el trofeo más grande que jamás se haya ganado Jesús.

I. El poder y disposición de Cristo de salvar al pecador
En primer lugar, su intención es que aprendamos de estos versículos acerca
del poder y la disposición de Cristo de salvar al pecador.
Ésta es la doctrina principal para aprender de la historia del ladrón arrepentido.
Nos enseña lo que debiera ser música para los oídos de todos los que la escuchan.
Nos enseña que Jesucristo es “grande para salvar” (Is. 63:1).
202 SANTIDAD

Le pido a cualquier lector que diga si conoce de algún caso que parecía tener
menos esperanza y ser más desesperante que el del ladrón arrepentido.
Era un hombre malvado, un malhechor y un ladrón, si no es que un asesino.
Lo sabemos porque sólo esta clase de delincuentes eran crucificados. Estaba
sufriendo un castigo justo por haber quebrantado las leyes. Y así como había
vivido malvadamente, parecía seguro que así moriría porque cuando fue
crucificado, al principio injuriaba a Jesús.
Y era un hombre al borde de la muerte. Allí estaba, clavado en una cruz de la
cual nunca bajaría con vida. Ya ni siquiera tenía fuerzas para mover las manos ni
los pies. Sus horas estaban contadas, lo esperaba el sepulcro. Sólo había un paso
entre él y la muerte.
Si hubo alguna vez un alma al borde del infierno, fue el alma de este ladrón. Si
hubo alguna vez un caso que pareciera perdido, sin salida e irremediable, fue el de
él. Si hubo alguna vez un hijo de Adán del que el diablo se aseguró de hacer suyo,
fue este hombre.
Pero vea ahora qué pasó. Dejó de injuriar y blasfemar, comenzó a hablar de
una manera completamente distinta. Se dirigió a nuestro bendito Señor en
oración. Oró pidiendo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Le
pidió que cuidara su alma, que perdonara sus pecados y hasta pensó en un mundo
diferente. ¡Verdaderamente éste fue un cambio maravilloso!
Y tome note de la clase de respuesta que recibió. Algunos habrían dicho que
era demasiado malvado como para ser perdonado; pero no fue así. Otros pensarían
que era demasiado tarde, la puerta estaba cerrada y ya no había lugar para la
misericordia; pero vemos que no era demasiado tarde. El Señor Jesús le dio una
respuesta inmediata, le habló con bondad, le aseguró que ese mismo día estaría
con él en el paraíso; lo perdonó completamente, lo limpió totalmente de sus
pecados, lo recibió por su gracia, lo levantó de las puertas del infierno y le dio el
derecho a la gloria. Entre toda la multitud de almas salvadas, ninguna ha recibido
una confirmación tan gloriosa de su propia salvación como este ladrón
arrepentido. Revise la lista completa, desde Génesis hasta Apocalipsis, y no
encontrará a nadie a quien se le hayan dicho palabras como éstas: “Hoy estarás
conmigo en el paraíso”.
Creo que el Señor Jesús nunca dio una prueba tan completa de su poder y
voluntad para salvar, como la dio en esta ocasión. En la hora cuando parecía más
débil, mostró ser un Liberador poderoso. En el instante cuando su cuerpo sufría
terrible dolor, mostró que podía sentir ternura por otros. En el momento cuando
él mismo estaba muriendo, le dio vida eterna a un pecador.
Entonces, ¿no es cierto que esto me da el derecho de decir que Cristo “puede
también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (He. 7:25)? Aquí
11. El trofeo más grande de Cristo 203

tenemos la prueba. Si hubo alguna vez un pecador que estaba demasiado perdido
como para ser salvo, fue este ladrón. No obstante, fue rescatado como “un tizón
arrebatado del incendio” (Zac. 3:2).
¿Acaso no tengo el derecho de decir que Cristo recibe a cada pobre pecador
que acude a él orando con fe y que no rechaza a nadie? He aquí la prueba de esto.
Si hubo alguna vez un pecador que parecía demasiado malo como para ser salvo,
fue este hombre. No obstante, las puertas de misericordia se abrieron de par en
par para él.
¿Acaso no me da el derecho a decir: “Porque por gracia sois salvos… no por
obras… No temas; cree solamente”? (Ef. 6:8, 9; Mr. 5:36; Lc. 8:50). He aquí la
prueba de esto. ¡Este ladrón nunca fue bautizado, no pertenecía a ninguna iglesia
visible, nunca había participado de la Cena del Señor, nunca realizó ninguna obra
para Cristo y nunca dio dinero a la causa de Cristo! Pero tuvo fe y, entonces, fue
salvo.
¿Acaso no me da derecho a decir que aun la fe más reciente puede salvar el
alma del hombre, si es auténtica? He aquí la prueba de esto. La fe de este hombre
tenía menos de un día, pero lo condujo a Cristo y lo salvó del infierno.
¿Por qué habría de desesperarse alguno cuando un pasaje como éste está en la
Biblia? Jesús es el Médico que puede curar los casos de personas desahuciadas. Él
puede dar vida a las almas muertas y llamar a las cosas que no son como si fuesen.
¡Que nadie se desespere nunca! Jesús sigue siendo el mismo hoy tal y como lo fue
tantos siglos atrás. Las llaves de la muerte y del infierno están en su mano. Lo que
él abre, nadie lo puede cerrar 1.
¿Qué si sus pecados son más numerosos que los cabellos de su cabeza? ¿Qué si
sus hábitos impíos han crecido a medida que usted ha crecido y se han fortalecido
a medida que usted se ha hecho más fuerte? ¿Qué si ha aborrecido lo bueno y
amado lo malo todos los días de su vida? Estas cosas por cierto son tristes; pero
hay esperanza, hasta para usted. Cristo lo puede sanar, Cristo lo puede sacar de su
lamentable condición. El cielo no se ha cerrado para usted. Cristo puede
franquearle la entrada si pone humildemente su alma en sus manos.
¿Han sido perdonados sus pecados? Si no, le presento este día una salvación
completa y gratuita. Le invito a seguir los pasos del ladrón arrepentido: Venga a
Cristo y viva. Le aseguro que Jesús es muy misericordioso y compasivo. Le
aseguro que puede hacer por usted todo lo que su alma requiere. Aunque sus
pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren
1
“Oh Salvador, ¡qué proceder es este de tu gracia libre y poderosa! Cuando tú das, ¿qué indignidad
puede prohibirnos tu misericordia? Cuando tú das, ¿puede el tiempo perjudicar nuestra vocación?
¿Quién puede dudar de tu bondad, cuando aquel que en la mañana iba dirección al infierno y en la
noche ya está contigo en el Paraíso?”. —Obispo Hall.
204 SANTIDAD

rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Is. 1:18). ¿Por qué no
habría usted de ser salvo como cualquier otro? ¡Venga a Cristo y viva!
¿Es usted un creyente auténtico? Si lo es, debe gloriarse en Cristo. No se
gloríe en su propia fe, sus propios sentimientos, su propio conocimiento, sus
propias oraciones, sus propios recursos y su propia diligencia. Gloríese sólo en
Cristo. ¡Ay! Aun el mejor de nosotros sabe apenas un poco del Salvador
misericordioso y poderoso. No lo exaltamos ni nos gloriamos en él lo suficiente.
Oremos pidiendo poder para ver más de la plenitud que hay en él.
¿Procura alguna vez hacerles un bien a otros? Si lo hace, no se olvide de
hablarles acerca de Cristo. Cuéntele al joven, al menesteroso, al anciano, al
ignorante, al enfermo y cuéntele al moribundo; cuénteles a todos acerca de
Cristo. Cuénteles de su poder y de su amor; cuénteles de sus obras y de sus
sentimientos, cuénteles del peor de los pecadores y lo que está dispuesto a hacer
hasta el último día que le queda de vida; cuénteselos una y otra vez. No se canse
nunca de hablar de Cristo. Dígales amplia y plenamente, libre e
incondicionalmente, sin reservas y sin dudar: “Venga a Cristo como lo hizo el
ladrón arrepentido: Venga a Cristo y será salvo”.

I. Algunos son salvos en la hora de su muerte, otros no.
La segunda lección que este pasaje quiere enseñarnos es que algunos son
salvos en la hora de su muerte, otros no.
Es esta una verdad que nunca debe ser pasada por alto, por eso me es
imposible ignorarla. Es una verdad que se destaca claramente en el triste final del
otro malhechor, con demasiada frecuencia olvidado. La gente olvida que había
“dos ladrones”.
¿Qué pasó con el otro ladrón que fue crucificado? ¿Por qué no se apartó de su
pecado y clamó al Señor? ¿Por qué siguió endurecido e impenitente? ¿Por qué no
fue salvo? Sería inútil intentar contestar estas preguntas. Contentémonos con la
información que tenemos y veamos qué quiere enseñarnos.
No tenemos ningún derecho a decir que este ladrón era peor que su
compañero, no hay nada que pruebe que lo fuera. Es evidente que ambos eran
hombres malvados, ambos estaban recibiendo el merecido castigo por sus actos,
ambos colgaban de una cruz a los dos lados del Señor Jesús, ambos lo escucharon
orar por sus asesinos, ambos lo vieron sufrir con paciencia. Pero mientras uno se
arrepintió, el otro siguió endurecido; mientas uno comenzó a orar el otro siguió
injuriándole; mientras uno se convirtió al último momento, el otro murió
contumaz en su maldad, tal como había vivido; mientras uno fue al paraíso, el
otro fue a su lugar: Al lugar del diablo y sus ángeles.
11. El trofeo más grande de Cristo 205

Ahora bien, estas cosas fueron escritas para advertirnos. Hay una advertencia,
al igual que un consuelo, en estos versículos y es, de hecho, una advertencia muy
seria.
Me dicen y subrayan que aunque algunos se pueden arrepentir y convertirse
en su lecho de muerte no significa que todos lo harán. El lecho de muerte no
siempre es un tiempo de salvación.
Me dicen y subrayan que dos personas pueden tener las mismas oportunidades
de hacerle bien a sus almas, pueden estar colocadas en la misma posición, ver las
mismas cosas y oír los mismos sonidos y, no obstante, sólo una de las dos las
aprovechan, se arrepienten, creen y son salvas.
Me dicen, sobre todo, que arrepentimiento y fe son dones de Dios y que están
fuera del poder del hombre, y que el que se engaña pensando que puede
arrepentirse cuando lo escoja, elegir el momento cuando lo hará, buscar al Señor
cuando le plazca y, como el ladrón arrepentido, ser salvo al último instante, tarde
o temprano descubrirá que está muy equivocado.
Y es bueno y provechoso tener en cuenta esto. Hay en el mundo una inmensa
cantidad de ideas engañosas precisamente acerca de este tema. Veo a muchos que
dejan que la vida se les vaya de entre las manos, sin estar preparados para morir.
Veo a muchos que admiten que debieran arrepentirse, pero siempre lo dejan para
mañana. ¡Y creo que una de las razones principales es que la mayoría cree que
puede acudir a Dios cuando quiera! Se basan en la parábola de los obreros de la
viña que habla de la hora undécima y la usan en la forma que nunca tuvo la
intención de ser usada. Se enfocan en la parte placentera de los versículos que
ahora estamos considerando, pero olvidan el resto. Hablan del ladrón que se fue al
paraíso y se olvidan del que murió como vivió, ¡y se perdió 2!
La ruego a cada uno que lee este escrito que use su sentido común y que tenga
cuidado de no caer en el mismo error.
Considere la historia de los hombres en la Biblia y vea cuán a menudo las ideas
de las que he estado hablando, se contradicen.
Recuerde bien cuántas pruebas hay de que dos hombres hayan recibido el
ofrecimiento de la misma iluminación y sólo uno la aprovecha, y que nadie tiene
2
“Aquel que demora su arrepentimiento y no busca perdón hasta lo último por seguir este ejemplo,
tienta a Dios y convierte en su veneno lo que Dios designaba para un fin mejor.
“Las misericordias de Dios nunca se registran en las Escrituras para el engreimiento del hombre, ni
los fracasos del hombre para ser imitados”. —Lightfoot, Sermón. 1684.
“Muy desagradecida y tonta es la conducta de los que reciben aliento por el ladrón arrepentido que se
arrepintió en el momento que moría; muy desagradecida al pervertir la gracia de su Redentor
haciéndola ocasión para continuar pecando y muy tonto imaginar que lo que nuestro Señor hizo en
una situación tan particular, pueda tomarse como un precedente de lo que es normal”. —
Doddridge.
206 SANTIDAD

derecho de tomarse libertades con la misericordia de Dios e imaginar que puede
arrepentirse cuando a él le plazca.
Vea a Saúl y David. ¡Vivieron más o menos en la misma época, escalaron el
mismo rango en la vida, fueron llamados a la misma posición en el mundo,
disfrutaron del ministerio del mismo profeta, Samuel, y reinaron la misma
cantidad de años! Sin embargo, uno fue salvo y el otro se perdió.
Vea a Sergio Paulo y a Galión. ¡Ambos eran gobernadores romanos, ambos
eran hombres sabios y prudentes en su generación y ambos oyeron predicar a
Pablo! Pero uno creyó y fue bautizado, el otro “no hacía caso de nada de esto”
(Hch. 13:7; 18:17).
Observe el mundo a su alrededor. Fíjese lo que está sucediendo continuamente
ante sus ojos. A menudo, dos hermanas asisten a la misma iglesia, oyen las
mismas verdades y escuchan los mismos sermones y, sin embargo, sólo una se
convierte, mientras que la otra permanece impávida. Puede ser que dos amigos
lean el mismo libro cristiano; a uno le conmueve tanto que renuncia a todo para
tener a Cristo, el otro no le ve nada de valor y sigue igual que antes. Centenares
de personas han leído The Rise and Progress of Religion in the Soul (Auge y
Progreso de la religión en el alma) por Doddrige, sin ningún beneficio, pero para
Wilberforce significó el inicio de su vida espiritual. Miles han leído su libro
Practical View of Christianity (Punto de vista práctico del cristianismo) y no les
ha afectado para nada, pero cuando Leigh Richmond lo leyó, se convirtió en otro
hombre. Nadie tiene el derecho de decir: “La salvación es por mi propio poder”.
No pretendo explicar estas cosas. Sólo se las presento como grandes hechos
verídicos y le pido que las reflexione con seriedad.
No me malinterprete. No quiero desanimarlo. Le digo estas cosas con todo
cariño para advertirle del peligro. No las digo para apartarlo del cielo. Al contrario,
las digo para atraerlo más y llevarlo a Cristo mientras puede ser hallado.
Quiero que se cuide de cualquier presunción. No abuse de la misericordia y
compasión de Dios. Le ruego que no siga pecando, pensando que se puede
arrepentir, creer y ser salvo cuando a usted le plazca, cuando quiera, cuando se le
antoje. Siempre pondré delante de usted una puerta abierta. Siempre le diré:
“Mientras hay vida hay esperanza”. Pero si quiere ser sabio, no deje para después
nada que concierna a su alma.
Quiero que se cuide de dejar pasar los buenos pensamientos y las
convicciones espirituales. Valórelas y aliméntelas, no sea que los pierda para
siempre. Aprovéchelas al máximo, no sea que saquen alas y huyan volando.
¿Siente usted el deseo de comenzar a orar? Empiece a hacerlo inmediatamente.
¿Está disfrutando de alguna iluminación espiritual? Asegúrese de vivir en
11. El trofeo más grande de Cristo 207

consonancia con esa iluminación. No juegue con las oportunidades, no sea que
llegue el día cuando las quiere aprovechar y no podrá. No se rezague, no sea que
obtenga sabiduría demasiado tarde.
Quizá diga usted: “Nunca es demasiado tarde para arrepentirse”. Respondo:
“Es cierto, pero rara vez resulta así.” Y digo más: “Si aplaza arrepentirse, no puede
estar seguro de que alguna vez lo haga”.
Quizá diga usted: “¿Por qué debiera tener miedo? El ladrón arrepentido fue
salvo”. Respondo: “¡Es cierto, pero vuelva a mirar el pasaje que le dice que el otro
ladrón se perdió!”.

II. El Espíritu siempre guía de la misma manera a cada alma salvada
La tercera lección que quiere enseñarnos este pasaje es que el Espíritu siempre
guía de la misma manera al alma salvada.
Éste es un punto que merece atención especial y que, a menudo, es pasado por
alto. Las personas se fijan en que el ladrón arrepentido fue salvo cuando ya moría
y no van más allá.
No toman en cuenta las evidencias que este ladrón dejó tras de sí. No observan
las pruebas abundantes que dio de la obra del Espíritu en su corazón. Y estas
pruebas son las que quiero destacar. Deseo mostrar que el Espíritu siempre obra
de una misma manera y que, sea que convierta a una persona en una hora, como
lo hizo con el ladrón arrepentido, o que lo haga gradualmente, como lo hace con
otros, los pasos por medio de los cuales conduce las almas al cielo son siempre los
mismos.
Procuraré hacerle claro esto a todo el que lee este escrito. Quiero ponerlo en
guardia. Quiero que se quite la idea generalizada de que hay algún camino fácil y
divino al cielo desde el lecho de muerte. Quiero que comprenda a conciencia que
cada alma salvada pasa por la misma experiencia y que los principios principales
de la fe del ladrón arrepentido son los mismos que los santos más ancianos que
han existido.
(a) Veamos, en primer lugar, cuan fuerte fue la fe de este hombre.
Llamó “Señor” a Jesús. Declaró su creencia de que tendría un “reino”. Creyó
que podía darle vida eterna y gloria y, creyéndolo, le dirigió su oración. Declaró
que Jesús era inocente de todos los cargos que le eran imputados. “Éste”, dijo,
“ningún mal hizo” (Lc. 23:41). Otros quizá pensaron que el Señor era inocente,
pero este pobre hombre al borde de la muerte fue el único que lo declaró
abiertamente.
¿Y cuándo sucedió todo esto? Sucedió…
208 SANTIDAD

- cuando toda la nación había rechazado a Cristo, gritando: “¡Crucifícale!
¡Crucifícale!... No tenemos más rey que César” (Jn. 19:6; 15),
- cuando los principales sacerdotes y fariseos lo habían condenado y declarado
“digno de muerte” (Mr. 14:64),
- cuando sus propios discípulos lo habían abandonado y huido,
- cuando colgaba débil, sangrando y muriendo en la cruz,
- cuando fue contado entre los transgresores y considerado maldito.
¡Ésta fue la hora cuando el ladrón creyó en Cristo y le dirigió su oración!
Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nunca se había visto una fe como
3
ésta desde la creación del mundo .
Los discípulos habían visto señales y milagros poderosos. Habían visto la
resurrección de un muerto mediante sólo tres palabras, a los leprosos curados
mediante un toque, a los ciegos recibiendo su vista, a los mudos hablar y a los
cojos caminar. Habían visto cómo miles de personas fueron alimentadas con unos
cuantos panes y peces. Habían visto a su Maestro caminar sobre el agua como si
fuera tierra seca. Lo habían oído hablar como nunca nadie antes había hablado y
hacer promesas de cosas buenas por venir. Algunos de ellos habían tenido un
anticipo de su gloria en el Monte de Transfiguración. Sin duda que la fe de ellos
era “don de Dios”, pero además de ese don, contaban con muchas ayudas para
fortalecerla.
El ladrón moribundo no había visto ninguna de las maravillas mencionadas.
Lo único que él vio fue a nuestro Señor en agonía, débil, sufriendo y
sobrellevando el dolor. Lo vio soportando un castigo ignominioso, abandonado,
vilipendiado, objeto de burlas, aborrecido y blanco de blasfemias. Lo vio rechazado
3
“No sé de otro ejemplo de fe tan notable e impresionante desde la creación del mundo. —Commentary
on the Gospels (Comentario de los Evangelios) por Calvino.
“Una fe que puede ver el sol a través de una nube tan oscura, que puede descubrir a Cristo, a un
Salvador, a través de un Jesús tan pobre, desechado, despreciado y crucificado y llamarlo Señor.
“Una gran fe que desde su cruz podía ver el reino de Cristo, el sepulcro y la muerte, cuando había tan
pocas señales del reino, y orar pidiendo ser recordado en ese reino”. —Lightofoot, Sermón. 1684.
“El ladrón arrepentido fue el primero en confesar el reino celestial de Cristo, el primer mártir que dio
testimonio de la santidad de sus sufrimientos y el primer apologista de su inocencia”. —Quesnel
sobre el evangelio.
“Probablemente, hay pocos santos en gloria que hayan honrado a Cristo tan gloriosamente como este
pecador moribundo”. —Doddridge.
“¿Es ésta la voz de un ladrón o de un discípulo? Dame permiso, oh Salvador de usar tus propias
palabras: ‘Mateo 8:10’. Te vio colgado muriendo a tu lado, no obstante, te llama ‘Señor’. Te vio
muriendo y, no obstante, habla de tu reino. Se sintió morir él mismo y, no obstante, habla de que lo
recuerdes en el futuro. ¡Oh fe, más fuerte que la muerte, que puede ver una corona más allá de la
cruz; más allá de su expiración, una visión de vida y gloria! ¿Cuál de tus once discípulos te dijo
alguna vez palabras tan llenas de gracia como estas en estos, tus últimos estertores?”. —Obispo
Hall.
11. El trofeo más grande de Cristo 209

por los más grandes, sabios y nobles de su propio pueblo, su vigor seco como un
tiesto, su vida cercana al Seol (Sal. 22:15; 88:3). No vio ningún cetro, ninguna
corona real, ningún dominio externo, ninguna gloria, ninguna majestad, ningún
poder, ninguna señal de omnipotencia. Y aun así, el ladrón agonizante creyó y
gozó viendo de antemano el reino de Cristo.
¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que
le hago ahora. ¿Dónde está su fe en Cristo?
(b) Note, en segundo lugar, qué sentido correcto tenía del pecado. Le dice a su
compañero: Nosotros “recibimos lo que merecieron nuestros hechos”. Reconoce
su impiedad y la justicia de su castigo. No hace ningún intento por justificarse o
hacer excusas por su iniquidad. Habla como un hombre humillado y degradado al
recordar sus iniquidades del pasado. Esto es lo que sienten todos los hijos de Dios.
Están prontos para reconocer que son pobres pecadores que merecen el infierno.
Pueden decir de corazón, al igual que con su boca: “Hemos dejado de hacer las
cosas que deberíamos haber hecho, e hicimos las cosas que no deberíamos haber
hecho, y no hay salud en nosotros” (ver Mt. 23:23).
¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que
ahora le hago: ¿Tiene conciencia de sus pecados?
(c) Veamos, en tercer lugar, el amor fraternal que demostró el ladrón hacia su
compañero. Procuró conseguir que dejara de injuriar y blasfemar, y que
reaccionara. “¿Ni aun temes tú a Dios”, le dice, “estando en la misma
condenación?”. ¡No hay mejor señal de gracia que ésta! La gracia despoja al
hombre de su egoísmo y lo lleva a identificarse con el alma de los demás. Cuando
se convirtió la mujer samaritana, dejó su jarro y corrió a la ciudad diciendo:
“Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el
Cristo?” (Jn. 4:28-29). Cuando se convirtió Saulo, fue inmediatamente a la
sinagoga en Damasco y testificó a sus hermanos israelitas que Jesús “era el Hijo
de Dios” (Hch. 9:20).
¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces, ¿dónde está su caridad y amor
por las almas?
En suma, vemos en el ladrón arrepentido una obra consumada del Espíritu
Santo. Podemos encontrar en el malhechor arrepentido cada parte del carácter
del creyente. Con todo lo breve que fue su vida después de su conversión, usó el
tiempo que le quedaba para dejar abundantes evidencias de que era hijo de Dios.
Su fe, su oración, su humildad y su amor fraternal son testimonio indudable de la
realidad de su arrepentimiento. No era un hombre arrepentido de palabra
únicamente, sino de hecho y en verdad.
210 SANTIDAD

Nadie piense, entonces, que porque el ladrón arrepentido fue salvo, que una
persona puede ser salva sin dejar ninguna evidencia de la obra del Espíritu.
Analice bien cada uno las evidencias que dejó este hombre y tenga cuidado.
Evidencias al borde de la muerte
Es triste oír lo que la gente habla, a veces, de lo que llaman evidencias en el
lecho de muerte. Es muy penoso observar con qué poco se satisfacen algunas
personas y qué fácilmente se pueden convencer a sí mismos de que sus amigos se
han ido al cielo.
Cuando su pariente ha muerto, comentan: “Dijo una oración tan hermosa un
día, habló tan bien de que estaba arrepentido por sus viejas costumbres y su
intención de vivir de una manera distinta en este mundo, o que le gustaba que
alguien le leyera o que orara por él”. Y como tienen esto para alegar, ¡parecen
estar tranquilos teniendo la esperanza de que su ser querido fue salvo!
Probablemente el nombre de Cristo nunca fue mencionado, tal vez tampoco se
mencionó en ningún momento el camino de salvación. ¡Pero esto no les importa,
si habló de algo aparentemente espiritual, con eso se contentan!
Ahora bien, no es mi deseo lastimar a nadie que lee este escrito, pero tengo
que hablar claramente sobre este tema.
Quiero decir, de una vez por todas que, por regla general, no hay nada más
insatisfactorio que las evidencias en el lecho de muerte. Se puede depender muy
poco de los sentimientos que el hombre expresa cuando está enfermo y asustado.
Con frecuencia, demasiada frecuencia, son el resultado del temor y no surgen de
una convicción del corazón. Con frecuencia, demasiada frecuencia, son cosas
dichas de memoria, habiéndolas escuchado de boca de pastores y de amigos
preocupados, no porque él mismo las sienta. Y no hay prueba más fuerte de esto
que el hecho bien sabido de que muchas de las personas que prometen reformarse
cuando están enfermas y, por primera vez, hablan de algo espiritual, si se
recuperan, vuelven a su pecado y al mundo.
Cuando alguien ha vivido una vida irreflexiva e insensata, quiero algo más que
unas lindas palabras y buenos augurios cuando está en su lecho de muerte como
para convencerme acerca de la condición de su alma. No me basta con que me
deje leerle la Biblia y orar junto a su cama o que diga que “no había pensado tanto
como debiera acerca del evangelio y que le parece que va a ser un hombre distinto
si se mejora”. Nada de esto me contenta, no me hace sentir tranquilo en cuanto a
su estado. Está bien en lo que cabe, pero no es una conversión. Está bien en un
sentido, pero no es fe en Cristo. No puedo ni me atrevo a sentirme satisfecho.
Otros pueden sentirse tranquilos, si quieren, y decir que esperan que su amigo
fallecido esté en el cielo. Por mi parte, preferiría quedarme callado. Estaría
11. El trofeo más grande de Cristo 211

satisfecho con la medida más pequeña de arrepentimiento y fe del moribundo,
aunque no fuera más grande que un grano de mostaza. Pero contentarme con
cualquier cosa menor que arrepentimiento y fe, me parece casi una infidelidad.
¿Qué clase de evidencias piensa dejar usted acerca del estado de su alma? Siga
el ejemplo del ladrón arrepentido y le irá bien.
Cuando lo pongan en su ataúd ¿será que tendrán que buscar palabras sin
sentido y sobras de espiritualidad a fin de alegar que fue un verdadero creyente?
No tengan que comentar vacilantes: “Espero que esté feliz. Un día habló tan lindo
y, en otra ocasión, parecía tan complacido con aquel capítulo de la Biblia y decía
que le gustaba tal o cual persona que es buena gente”. Ojalá podamos hablar con
seguridad acerca de la condición de usted. Ojalá tengamos alguna prueba segura
de su arrepentimiento, su fe y su santidad, de modo que nadie, en ningún
momento, pueda cuestionar su condición. Tenga por seguro que sin esto, los que
deja atrás no podrán tener un consuelo fehaciente acerca de su alma. Podemos
valernos de una forma de religión en su funeral y expresar esperanzas benévolas.
Podemos encontrarnos con usted a la entrada del cementerio y decir:
“Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor” (Ap.
14:13). ¡Pero esto no alterará su condición! Si muere sin convertirse a Dios, sin
arrepentimiento y sin fe, su funeral no será más que las exequias de un alma
perdida y mejor sería que nunca hubiera nacido.

IV. El creyente en Cristo está con el Señor cuando muere
Además, la intención de estos versículos es que aprendamos que el creyente en
Cristo está con el Señor cuando muere.
Podemos llegar a esta conclusión por las palabras del Señor al ladrón
arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Y tenemos una expresión muy
similar en la Epístola a los Filipenses, donde Pablo dice que su anhelo es “partir y
estar con Cristo” (Fil. 1:23).
Diré poco sobre este tema. Se lo presento sencillamente para sus propios
momentos de meditación en privado. Para mí, está lleno de consuelo y paz.
Después de la muerte, el creyente está “con Cristo”. Eso contesta muchas
preguntas difíciles que, de otra manera, intriga la mente curiosa e intranquila del
hombre. La morada de los santos fallecidos, sus alegrías, sus sentimientos y su
felicidad reciben respuestas en una sencilla expresión: Están “con Cristo”.
No puedo entrar a explicar completamente el estado separado de los creyentes
que han partido. Es un tema elevado y profundo, tanto que la mente del hombre
no puede ni abarcarlo ni imaginarlo.
212 SANTIDAD

Sé que su felicidad se queda corta comparada con lo que será cuando sus
cuerpos se levanten de nuevo, en la resurrección en el último día, y Jesús regrese
a la tierra. Pero sé también que disfruta de un descanso bendito, un descanso de
sus labores, un descanso de sus aflicciones, un descanso del dolor y un descanso
del pecado. No puedo explicar estas cosas, pero estoy convencido de que serán
mucho más felices de lo que jamás lo fueron en la tierra. Veo su felicidad en este
mismo pasaje: “Están con Cristo” y cuando veo esto, he visto todo lo que necesito
ver.
Si las ovejas están con su Pastor, si los miembros están con la Cabeza y si los
hijos de la familia de Cristo están con él, quien los amó y los sostuvo todo el
trayecto de su peregrinaje en esta tierra, todo tiene que estar bien, todo tiene que
estar perfecto.
No puedo describir qué clase de lugar es el paraíso porque no puedo entender
la condición de un alma separada del cuerpo, pero no pido una visión más
4
resplandeciente del paraíso que ésta: Que allí está Cristo . Todo lo demás que
podamos imaginarnos de lo que será ese estado entre la muerte y la resurrección
no son nada en comparación con esto. Cómo está él allí y de qué manera lo está,
no lo sé. Sólo ver a Cristo en el paraíso cuando mis ojos se cierren en la hora de la
muerte, me basta. Bien dice el salmista: “En tu presencia hay plenitud de gozo”
(Sal. 16:11). Fue cierto lo que dijo una niña a punto de morir cuando su madre
trató de consolarla describiéndole cómo sería el paraíso. “Allí”, le decía, “no habrá
dolor ni enfermedades, allí verás a tus hermanitos y hermanitas que han ido antes
que tú y siempre serás feliz”. “¡Ah, madre!” fue la respuesta de la niña, “pero hay
algo mejor que todo y es que allí estará Cristo”.
Puede ser que usted no piense mucho acerca de su alma. Puede ser que usted
sepa poco de Cristo como su Salvador y que nunca ha probado, por experiencia,
que es precioso. Y a pesar de ello, quizá tiene la esperanza de ir al cielo cuando
muera. Éste es seguramente un pasaje que debiera hacerle pensar. El paraíso es
un lugar donde está Cristo. ¿Sería entonces un lugar del que disfrutaría usted?
Puede ser que sea creyente y, no obstante, tiembla ante el pensamiento del
sepulcro. Parece frío y lóbrego. Siente que todo lo que tiene por delante es oscuro
y sombrío. No tema, ¡anímese con este pasaje! Va camino al paraíso y allí estará
Cristo.

4
“No entremos en argumentos curiosos y sutiles acerca del lugar del paraíso. Estemos satisfechos con
saber que los que están injertados en el cuerpo de Cristo por fe, son partícipes de la vida, y que allí
disfrutarán después de la muerte un descanso bendito y gozoso hasta cuando la gloria perfecta de la
vida celestial se manifieste plenamente en la venida de Cristo”. —Commentary on the Gospels
(Comentario de los Evangelios) por Calvino.
11. El trofeo más grande de Cristo 213

V. La parte eterna del alma de cada ser humano está cerca de él
Lo último que se supone que debemos aprender de estos versículos es lo
siguiente: La parte eterna del alma de cada ser humano está cerca de Cristo.
“Hoy”, le dice nuestro Señor al ladrón arrepentido, “hoy estarás conmigo en el
paraíso”. No menciona ningún periodo distante. No habla de entrar a un estado de
felicidad como algo “lejano”. Habla de hoy, “este día mismo que estás colgado en
la cruz”.
¡Qué cercano parece eso! ¡Qué extremadamente cerca nos traen esas palabras a
nuestra morada eterna! Felicidad o sufrimiento, dolor o gozo, la presencia de
Cristo o la compañía de los demonios, están todos cerca de nosotros. “Hay un
paso”, dice David, “entre mí y la muerte” (1 S. 20:3). Podemos decir que hay sólo
un paso entre nosotros y el paraíso o el infierno.
Ninguno de nosotros entiende esto lo bien que debiera. Ha llegado el
momento de quitarnos las ideas sobre este tema que son producto de nuestra
imaginación. Tenemos la tendencia de hablar y pensar, aun refiriéndonos a
creyentes, como si la muerte fuera un largo viaje y como si el santo que ha
muerto se ha embarcado en una larga travesía. ¡Esto es un error, un puro error!
Su puerto seguro y su patria celestial están cerca y ya han entrado en él.
Algunos sabemos, por amarga experiencia, qué largo se nos hace el tiempo
entre la muerte de un ser querido y la hora cuando lo sepultamos fuera de nuestra
vista. Esas horas son las más lentas, tristes y pesadas de nuestras vidas. Pero,
bendito sea Dios, las almas de los santos que han partido están libres desde el
instante mismo cuando dieron su último aliento. Mientras nosotros lloramos, se
está preparando el ataúd, se tiene el velorio y se llevan a cabo los últimos arreglos,
el espíritu de nuestro ser querido está disfrutando de la presencia de Cristo. Se
encuentra libre para siempre de la carga de la carne. Está donde “los impíos dejan
de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas” (Job 3:17).
En el preciso momento en que el creyente muere, está en el paraíso. Su batalla
ha acabado, sus luchas han terminado. Ha pasado por el valle sombrío que un día
tendremos que pasar nosotros, ha cruzado el río tenebroso que un día tendremos
que cruzar nosotros. Ha bebido la última copa amarga que el pecado le preparó,
ha llegado al lugar donde ya no hay aflicciones y lamentos. ¡No debemos desear
que regrese de donde está! No debemos llorar por él, sino por nosotros mismos.
Nosotros todavía estamos batallando, en cambio él está en paz. Nosotros
estamos trabajando, en cambio él está descansando. Nosotros estamos velando, en
cambio él está descansando. Nosotros estamos vistiendo nuestra armadura
espiritual, en cambio él se la ha quitado para siempre. Nosotros todavía estamos
de viaje, en cambio él está en puerto seguro. Nosotros tenemos lágrimas, en
214 SANTIDAD

cambio él tiene gozo. Nosotros somos extranjeros y peregrinos, en cambio él está
en su hogar permanente. ¡No hay duda de que los muertos en Cristo están mejor
que los vivos! ¡No hay duda de que desde el preciso instante en que el santo muere,
está inmediatamente en una posición mucho más elevada y más feliz que el más
5
feliz sobre la faz de tierra!
Me temo que abundan fantasías sobre esta realidad. Me temo que muchos que
no son católicos romanos y profesan no creer en el purgatorio, no obstante,
tienen ideas extrañas sobre las consecuencias inmediatas de la muerte.
Me temo también que muchas personas tienen una especie de noción
indefinida de un intervalo o espacio de tiempo entre la muerte y su estado eterno.
Se imaginan que estarán pasando por algún proceso purificador y que, aunque
mueren ineptos para el cielo, ¡al final serán encontrados idóneos para él!
Pero esto es totalmente equivocado. No sucede ningún cambio después de la
muerte, no hay ninguna conversión en la tumba, no hay un nuevo corazón
después del último suspiro. El mismo día en que partimos, lo hacemos para
siempre, el día que partimos de este mundo, comenzamos una condición eterna.
Desde ese día no hay ninguna alteración del alma, ningún cambio espiritual. Así
como morimos, así recibiremos nuestra parte después de la muerte; “en el lugar
que el árbol cayere, allí quedará” (Ec. 11:3).
Si usted no es cristiano, esto debiera hacerlo pensar. ¿Sabe que está cerca del
infierno? Puede morir este mismo día y, si no muere en Cristo, abrirá
inmediatamente sus ojos en el infierno y en medio de tormentos.
Si es usted un cristiano auténtico, está mucho más cerca del cielo de lo que
cree. Si el Señor se lo llevara este mismo día, se encontraría en el paraíso. La
tierra prometida está muy cerca de usted. Si cerrara sus ojos en medio de
debilidad y dolor, se abrirían inmediatamente en medio de un descanso glorioso
imposible de describir.

Conclusión
Diré ahora unas pocas palabras a manera de conclusión.
(a) Este escrito puede caer en las manos de un pecador humilde y contrito.
¿Es usted uno de ellos? Entonces aquí le tengo palabras de aliento. Tome nota de
lo que hizo el ladrón arrepentido y haga usted lo mismo. Tome nota de cómo oró,
5
“Te damos gracias porque te ha placido librar a éste, tu hermano, de los sufrimientos de este mundo
pecador”. —Burial Service (Servicio fúnebre) de la Iglesia Anglicana.
“Tengo buenas nuevas para dar. Un ser querido tuyo ha terminado su batalla, ha recibido respuesta a
sus oraciones y sobre un gozo eterno descansa su sien. Mi esposa querida, el origen de mis mejores
momentos terrenales durante veinte años, partió el martes”. —Carta de Venn a Stillingfleet,
anunciando el fallecimiento de su esposa.
11. El trofeo más grande de Cristo 215

cómo llamó a Jesucristo; tome nota de la respuesta de paz que obtuvo. Hermano
o hermana, ¿por qué no hace usted lo mismo? ¿Por qué no habría de ser salvo
usted también?
(b) Este escrito puede caer en manos de un soberbio y presumido mundano.
¿Es usted uno de ellos? Entonces preste atención a mi advertencia. Tome nota de
que el ladrón impenitente murió tal como había vivido y tenga cuidado de no
llegar a un final igual. Oh, hermana o hermano errado, ¡no esté tan confiado, no
sea que muera en sus pecados! Busque al Señor mientras puede ser hallado.
Vuélvase al Señor, ¿por qué habría de morir sin él?
(c) Este escrito puede caer en manos de un creyente que profesa a Cristo. ¿Es
usted uno de ellos? Entonces tome la fe del ladrón arrepentido como criterio para
medir su propia fe. Asegúrese de saber lo que es el verdadero arrepentimiento y la
fe salvadora, la humildad auténtica y el amor ferviente. Hermano o hermana, no
se satisfaga con la norma del mundo acerca del cristianismo. Piense como el
ladrón arrepentido, eso es ser sabio.
(d) Este escrito puede caer en manos de alguien que está llorando por
creyentes que han partido. ¿Es usted uno de ellos? Entonces reciba consuelo de
este pasaje. Note cómo sus seres queridos están en las mejores manos. No pueden
estar mejor. Nunca estuvieron tan bien en su vida como lo están ahora. Están con
Jesús, a quien sus almas amaban sobre la tierra. ¡Oh, ya basta de sus lamentos
egoístas! Regocíjese porque están libres de aflicciones y han entrado en su
descanso.
(e) Y este escrito puede caer en las manos de algún siervo de Cristo entrado en
años. ¿Es usted uno de ellos? Entonces vea por medio de estos versículos cuán
cerca está de su patria celestial. Su salvación está más próxima que cuando recién
creyó. Unos pocos días más de trabajo y aflicción, y el Rey de reyes mandará a
buscarlo y, en un instante, su batalla habrá terminado y estará en completa paz.
12. El Señor de las olas
“Se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal
manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un
cabezal; y le despertaron, y le dijeron:
Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levan-
tándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla,
enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande
bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis
así amedrentados? ¿Cómo no
tenéis fe?”. Marcos 4:37-40

Qué bueno sería que los cristianos profesantes de la época moderna estudiaran
los cuatro Evangelios más de lo que lo hacen. Sin duda que toda la Biblia es
provechosa. No es sabio exaltar una parte de ella a expensas de las demás. Pero
opino que sería bueno que algunos que están muy familiarizados con las epístolas
supieran más acerca de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
¿Por qué digo esto? Quiero que los cristianos profesantes sepan más acerca de
Jesús. Es bueno conocer todas las doctrinas y los principios del cristianismo. Pero
es mucho mejor todavía conocer a Cristo mismo. Es bueno estar familiarizado
con la fe, la gracia, la justificación y la santificación. Estos son asuntos
“relacionados con el Rey”. Pero es mucho mejor estar familiarizado con Jesús
mismo, ver al Rey cara a cara y contemplar su hermosura. Éste es el secreto de
una santidad innegable. El que anhela conformarse a la imagen de Cristo y
parecerse más a Cristo, tiene que estudiar constantemente a Cristo mismo.
Los Evangelios fueron escritos precisamente para que conociéramos a Cristo.
El Espíritu Santo nos ha contado cuatro veces la historia de su vida y su muerte,
lo que dijo y lo que hizo. Cuatro manos diferentes e inspiradas nos han dibujado
al Salvador. Sus métodos, sus costumbres, sus sentimientos, su sabiduría, su
gracia, su paciencia, su amor y su poder son narrados por gracia, a través de la
pluma de cuatro testigos diferentes. ¿Acaso no deben las ovejas estar
familiarizadas con el Pastor? ¿No debe el paciente estar familiarizado con el
Médico? ¿No debe la novia estar familiarizada con el Novio? ¿No debe el pecador
estar familiarizado con el Salvador? No cabe duda que sí. Los Evangelios fueron
12. El Señor de las olas 217

escritos para familiarizar a todos con Cristo y es por eso que quisiera que todos
estudiaran los Evangelios.
¿Sobre quién debemos edificar nuestras almas si queremos ser aceptados por
Dios? Tenemos que ser edificados sobre la Roca, Cristo. ¿De quién hemos de
obtener la gracia del Espíritu si vamos a dar fruto? Tenemos que nutrirnos de
Cristo, la Vid. ¿A quién hemos de recurrir para ser consolados cuando nos fallan o
perdemos a nuestros amigos terrenales? Tenemos que recurrir a Cristo, nuestro
Hermano mayor. ¿A quién debemos elevar nuestras oraciones para ser oídos en lo
Alto? Tienen que ser elevadas a Cristo, nuestro Abogado. ¿Con quién esperamos
pasar los mil años de gloria y luego la eternidad? Con Cristo, el Rey de reyes. ¡No
cabe la menor duda que nunca nos sería posible conocer a este Cristo demasiado
bien! No cabe duda que no hay una palabra, ni una obra, ni un día, ni un paso, ni
un pensamiento en el registro de su vida, que no nos debe ser preciado. Tenemos
que esforzarnos por familiarizarnos con cada línea escrita acerca de Jesús.
Acérquese y estudiemos una página en la historia de nuestro Maestro.
Reflexionemos en lo que podemos aprender de los versículos de las Escrituras que
encabezan este capítulo. Vemos allí a Jesús cruzando el mar de Galilea en una
embarcación con sus discípulos. Vemos que mientras él duerme, de pronto se
levanta una tormenta. Las olas embisten la barca y la llenan. La muerte parece
inminente. Los asustados discípulos despiertan a su Maestro y claman a él. Él se
levanta, reprende al viento y a las olas e, inmediatamente, reina la calma. Luego
procede a reprobar el temor de sus compañeros por falta de fe y, después, todo ha
pasado. Ésta es la escena. Está repleta de profunda instrucción. Pues bien,
examinemos ahora lo que tiene la intención de que aprendamos.

I. Seguir a Cristo no previene las aflicciones terrenales
Aprendamos, en primer lugar, que seguir a Cristo no previene nuestras
aflicciones y angustias terrenales.
Aquí están los discípulos escogidos por el Señor Jesús sintiéndose muy
angustiados. El Pastor dejó que se angustiara la manada pequeña que creyó en él
cuando los sacerdotes, escribas y fariseos no lo hicieron. El miedo a la muerte
irrumpe sobre ellos como un hombre armado. Parece muy posible que las aguas
profundas aneguen sus almas. Pedro, Santiago y Juan, columnas de la Iglesia a
punto de ser levantadas en el mundo, están muy afligidos.
Quizá ellos no contaban con encontrarse en esta situación. Tal vez habían
pensado que servir a Cristo los iba a proteger de las pruebas terrenales.
Probablemente habían supuesto que Aquel que podía resucitar a los muertos,
sanar a los enfermos, dar de comer a una multitud con unos pocos panecillos y
ahuyentar a los demonios con una palabra, no dejaría que sus siervos sufrieran en
218 SANTIDAD

la tierra. Puede ser que supusieron que siempre les concedería un peregrinaje
tranquilo, buen clima, una trayectoria fácil y libertad de las pruebas y
preocupaciones.
Si eso pensaban los discípulos, se equivocaban por mucho. El Señor Jesús les
enseñó que alguien puede ser uno de sus siervos escogidos y, no obstante, pasar
por muchas ansiedades y soportar muchos dolores.
Es provechoso comprender esto con claridad. Es provechoso comprender que
servir a Cristo nunca eximió a nadie de los males que la carne hereda, ni tampoco
eximirá de ellos a nadie. Si usted es creyente tiene que saber que mientras esté en
el cuerpo tendrá su porción de enfermedades y dolores, de sufrimientos y
lágrimas, de pérdidas y cruces, de muertes y pesares, de despedidas y separaciones
y de disgustos y desencantos. Cristo nunca se comprometió a que usted llegue al
cielo sin esto. Se encarga de que todo aquel que venga a él tendrá todas las cosas
relacionadas con la vida y la santidad, pero nunca se responsabilizó de darle
prosperidad, ni riqueza, ni buena salud ni de eximir a su familia de la muerte y la
aflicción.
Tengo el privilegio de ser uno de los embajadores de Cristo. En su nombre
puedo ofrecer vida eterna a cualquier hombre, mujer o niño que esté dispuesto a
aceptarla. En su nombre ofrezco perdón, paz, gracia y gloria a cualquier hijo o
hija de Adán que lee estas líneas. Pero no me atrevería a ofrecer a nadie
prosperidad en este mundo como parte del paquete del evangelio. No me atrevería
a prometer mayores ingresos ni libertad del dolor. No me atrevería a ofrecerle al
que toma su cruz y sigue a Cristo que, por seguirle, nunca tendrá que pasar por
una tormenta.
Sé que a muchos no les gustan estas condiciones. Preferirían tener a Cristo y
buena salud, a Cristo y mucho dinero, a Cristo y ningún fallecimiento en su
familia, a Cristo y ningún problema agotador, a Cristo y una mañana perpetua sin
nubarrones. Pero no les gusta tener a Cristo y la cruz, a Cristo y las tribulaciones,
a Cristo y los conflictos, a Cristo y los vientos huracanados, a Cristo y las
tempestades.
¿Es éste el pensamiento secreto de alguno que lee este escrito? Créame que si
lo es, está muy equivocado. Preste atención y procuraré mostrarle que tiene
mucho que aprender.
¿Cómo podríamos saber quiénes son verdaderos cristianos, si seguir a Cristo
fuera no tener ningún problema? ¿Cómo discerniríamos entre el trigo y la cizaña,
si no fuera por el discernimiento que dan las pruebas? ¿Cómo sabríamos si los
hombres sirven a Cristo por su bondad o por motivos egoístas, si servirle diera
automáticamente salud y riquezas? Los vientos del invierno nos muestran cuáles
árboles son siempre verdes y cuáles no. Las tempestades de aflicciones y
12. El Señor de las olas 219

preocupaciones son provechosas de esa misma manera. Muestran al hombre cuya
fe es real y a aquel que sólo es de nombre.
¿Cómo podría marchar adelante la gran obra de santificación, si el hombre no
tuviera pruebas? Las penas son, a menudo, el único fuego que puede quemar la
escoria que se aferra a nuestros corazones. Las pruebas son la herramienta
podadora que el gran Agricultor emplea a fin de que seamos fértiles en buenas
obras. Los plantíos del campo del Señor, rara vez, maduran únicamente con sol;
tienen que pasar por días de viento, lluvia y tormentas.
Si usted anhela servir a Cristo y ser salvo, le ruego que lo acepte en sus
propios términos. Decídase a cargar su porción de cruces y aflicciones, y entonces,
no lo tomarán de sorpresa. Por no comprender esto, muchos al parecer andan
bien por un tiempo y luego se apartan disgustados y son echados fuera.
Si usted profesa ser hijo de Dios, deje que el Señor Jesús lo santifique a su
manera. Quédese tranquilo sabiendo que él nunca comete errores. Tenga por
seguro que él hace bien todas las cosas. Puede que los ventarrones bramen a su
alrededor y las aguas parezcan anegarle. Pero no tema, él lo guiará a usted como
lo hizo con su pueblo: “Los dirigió por camino derecho, para que viniesen a
ciudad habitable” (Sal. 107:7).

II. El Señor Jesús es realmente un ser humano
Aprendamos, en segundo lugar, que el Señor Jesús es real y verdaderamente
un hombre, un ser humano.
Esta breve anécdota contiene palabras que, como en muchos otros pasajes de
este Evangelio, presentan esta verdad de una manera impresionante. Nos dice que
cuando el viento comenzaba a echar las olas en la barca, Jesús estaba en la popa
“durmiendo sobre un cabezal”. Estaba cansado, y cuando leemos el cuarto
capítulo de Marcos, entendemos el porqué de su fatiga. ¡De seguro que si el sueño
de un obrero es dulce, mucho más dulce debe haber sido el sueño de nuestro
bendito Señor!
Fijemos en nuestra mente la gran verdad de que Jesucristo era realmente
hombre. Era igual al Padre en todas las cosas y Dios eterno. Pero también era de
carne y hueso, y fue hecho como nosotros en todas las cosas, con la excepción de
que no pecó. Como nosotros, nació de mujer. Como nosotros, creció y aumentó
en estatura. Como nosotros, a menudo tenía hambre y sed, y se sentía débil y
cansado. Como nosotros, comía y bebía, descansaba y dormía. Como nosotros, se
ponía triste, lloraba y expresaba todos los demás sentimientos. Todo esto se antoja
increíble, pero así es. ¡Aquel que hizo los cielos, andaba como un pobre y cansado
ser humano! El que gobernaba sobre principados y potestades en lugares
220 SANTIDAD

celestiales tomó sobre sí un cuerpo frágil como el nuestro. Aquel que podía haber
morado eternamente en la gloria que compartía con el Padre, bajó a la tierra y
vivió como hombre entre hombres pecadores. No hay duda de que este hecho en
sí es un maravilloso milagro de condescendencia, gracia, compasión y amor.
Encuentro gran consuelo al pensar que Jesús es perfectamente humano tal
como es perfectamente Dios. Aquel en quien las Escrituras me aconsejan confiar,
no es simplemente un Sumo Sacerdote, sino un Sumo Sacerdote revestido de
emociones. No sólo es un Salvador poderoso, también es un Salvador
comprensivo. No sólo es el único Hijo de Dios, poderoso para salvar, sino el Hijo
del hombre, capaz de sentir.
¿Quién no sabe que la comprensión es uno de los sentimientos más dulces
para nosotros en este mundo pecaminoso? Encontrar a una persona que se
identifica con nuestros problemas y nos acompaña en nuestras ansiedades,
alguien que puede llorar cuando lloramos y regocijarse cuando nos regocijamos
es una de las experiencias más radiantes en nuestro tenebroso peregrinaje aquí en
la tierra.
La comprensión es mejor que el dinero, pero mucho más escasa. Muchos
pueden dar, pero no saben lo que es sentir. La comprensión tiene el gran poder de
atraernos y abrir nuestros corazones. Un consejo frío, a menudo nos hace callar,
amilanarnos y retraernos en los días de angustia. Pero una comprensión auténtica
en un día así, apela a nuestros mejores sentimientos, si es que los tenemos, y nos
influencian de una manera como ninguna otra cosa puede hacerlo. Deme al
amigo que, aunque pobre de oro y plata, siempre tiene un corazón comprensivo.
Nuestro Dios sabe muy bien todo esto. Conoce los secretos más íntimos del
corazón del hombre. Él conoce las formas en que ese corazón se aborda con
mayor facilidad y las emociones que conmueven ese corazón más fácilmente.
Determinó sabiamente que el Salvador de los Evangelios sintiera emociones, al
igual que poder. Nos ha dado a Aquel que, no sólo tiene una mano fuerte para
arrancarnos como brasas del fuego, sino también un corazón comprensivo en el
cual los trabajados y cargados pueden encontrar descanso.
Veo una enorme prueba de amor y sabiduría en la unión de las dos naturalezas
en la persona de Cristo. Fue el amor maravilloso de nuestro Salvador lo que lo
hizo condescender y pasar por la debilidad y la humillación por nuestro bien; por
nosotros que somos tan rebeldes e inicuos. Fue su sabiduría maravillosa la que le
hizo adaptarse para ser el mejor Amigo entre amigos. No sólo era capaz de salvar
al hombre, sino que podía encontrarse con él en su propia condición. Presénteme
a alguien que pueda realizar todas las cosas necesarias para redimir mi alma.
Jesús puede hacerlo porque es el Hijo eterno de Dios. Quiero contar con alguien
que pueda comprender mis debilidades y que trate con ternura a mi alma
12. El Señor de las olas 221

mientras estoy atado a un cuerpo de muerte. Jesús también puede hacer esto
porque es el Hijo del hombre y fue de carne y hueso como nosotros. Si mi
Salvador hubiera sido únicamente Dios, es posible que hubiera confiado en él,
pero nunca me hubiera acercado a él sin temor. Si mi Salvador hubiera sido
Hombre únicamente, lo hubiera amado, pero nunca hubiera estado seguro de que
podía perdonar mis pecados. Pero, bendito sea Dios, mi Salvador es Dios, al igual
que Hombre, y Hombre, al igual que Dios. Es Dios con poder para liberarme;
también es Hombre y, por lo tanto, capaz de sentir lo que yo siento. La
omnipotencia y la comprensión más profunda se unen en una persona gloriosa:
Jesucristo, mi Señor. Es indudable que el creyente en Cristo tiene una fuerte
consolación. Puede confiar seguro y no tener miedo.
Si algún lector sabe lo que es ir al trono de gracia en busca de misericordia y
perdón, nunca olvide que el Mediador por quien llega a Dios es el Hombre Cristo
Jesús.
Los asuntos que conciernen a su alma están en las manos del Sumo Sacerdote
quien puede conmoverse ante sus debilidades. Usted no tiene que tratar con un
ser tan sublime y glorioso cuya naturaleza hace imposible que su mente lo pueda
comprender. Tiene que vérsela con Jesús, quien tenía un cuerpo como el suyo, y
fue un Hombre sobre la tierra como lo es usted. Él conoce muy bien el mundo en
el que usted está luchando porque vivió en él durante treinta y tres años. Conoce
muy bien la “contradicción de pecadores” que con tanta frecuencia lo desanima,
él mismo tuvo que soportarlo (He. 12:3). Conoce bien los engaños y las artimañas
de su enemigo espiritual, el diablo, porque luchó con él en el desierto. Es
indudable que con semejante abogado usted puede armarse de valor.
Si sabe lo que es apelar al Señor Jesús para que le dé consuelo espiritual en las
pruebas terrenales, recuerde bien los días cuando él estuvo en la carne, o sea, su
naturaleza humana.
Usted está apelando al que conoce sus sentimientos por experiencia y ha
bebido profundamente de la copa amarga, porque fue “varón de dolores,
experimentado en quebranto” (Is. 53:3). Jesús conoce el corazón del hombre, sus
dolores físicos y sus dificultades porque él mismo fue hombre de carne y hueso
sobre la tierra. Se sentó cansado junto al pozo en Sicar. Lloró sobre el sepulcro de
su amigo Lázaro en Betania. Sudó gotas de sangre en Getsemaní. Gimió de
angustia en el Calvario.
Conoce la naturaleza humana
No desconoce nuestras emociones. Conoce por experiencia todo lo que se
relaciona con la naturaleza humana, exceptuando solamente el pecado.
222 SANTIDAD

(a) ¿Es usted pobre y necesitado? Jesús también lo era. Las zorras tienen sus
cuevas y las aves sus nidos, pero el Hijo del hombre no tuvo un lugar dónde
reclinar su cabeza. Procedía de una ciudad despreciable. Los hombres decían:
“¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Jn. 1:46). Era visto como el hijo de un
carpintero. Predicaba desde una barca prestada, hizo su entrada a Jerusalén
montado en una asna prestada y fue sepultado en una tumba prestada.
(b) ¿Está usted solo en el mundo y es abandonado por aquellos que se supone
debieran amarlo? A Jesús le pasaba lo mismo. “A lo suyo vino, y los suyos no le
recibieron” (Jn. 1:11). Vino con el fin de ser un Mesías para las ovejas perdidas de
la casa de Israel, pero lo rechazaron. Los príncipes de este mundo no lo aceptaban.
Los pocos que lo seguían eran publicanos y pescadores. Y aun estos últimos, lo
abandonaron al final y fueron esparcidos cada uno a su propio lugar.
(c) ¿Es usted incomprendido, sus palabras son tergiversadas, lo calumnian y
persiguen? A Jesús le pasaba lo mismo. Lo llamaron glotón y bebedor de vino,
amigo de publicanos, samaritano, loco y hasta se atrevieron a llamarlo demonio.
Lo calumniaban. Le hacían acusaciones falsas. Le dictaron una sentencia injusta y;
aunque era inocente, fue condenado como malhechor y como tal murió en la cruz.
(d) ¿Lo tienta a usted Satanás y pone horribles sugerencias en su mente? Jesús
fue tentado de la misma manera. Satanás lo incitó a que desconfiara de la
providencia paternal de Dios. “Di que estas piedras se conviertan en pan”. Le
propuso que tentara a Dios exponiéndose a un peligro innecesario. “Échate abajo”
desde el pináculo del templo. Le sugirió que podía hacer suyos los reinos del
mundo por el pequeño acto de someterse a él. “Todo esto te daré, si postrado me
adorares” (Mt. 4:1-10).
(e) ¿Siente alguna vez gran agonía y algún conflicto en su mente? ¿Se siente
en tinieblas como si Dios lo hubiera abandonado? Jesús se sintió de la misma
manera. ¿Quién puede describir la medida real de sus sufrimientos mentales en
Getsemaní? ¿Quién puede medir la profundidad del dolor de su alma cuando
exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46)?
Es imposible concebir un Salvador más adecuado a las necesidades del corazón
del hombre que nuestro Señor Jesucristo; adecuado, no sólo por su poder, sino
también por su compasión; adecuado, no sólo por su divinidad, sino también por
su humanidad. Esfuércese, le ruego que grabe bien en su mente que Cristo, el
refugio de las almas, es Hombre y Dios. Hónrelo como Rey de reyes y Señor de
señores; pero mientras lo hace, no olvide nunca que tuvo un cuerpo y fue un
Hombre. Aférrese a esta verdad y nunca la suelte. El unitario descontento se
equivoca por mucho cuando dice que Cristo era Hombre únicamente y no Dios.
Pero no permita que ese error le haga olvidar que mientras Cristo era plenamente
Dios, era también completamente Hombre.
12. El Señor de las olas 223

No haga caso al argumento infundado del católico romano que afirma que la
virgen María y los santos son más comprensivos que Cristo. Contéstele que ese
argumento surge de ignorar las Escrituras y la verdadera naturaleza de Cristo.
Contéstele que no ha aprendido lo suficiente de Cristo como para considerarlo
más que un Juez austero y un Ser al cual temer. Contéstele que los cuatro
Evangelios le han enseñado a considerarlo como el Amigo más cariñoso y
comprensivo, al igual que el Salvador más poderoso y fuerte. Contéstele que usted
no quiere ningún consuelo de los santos ni de los ángeles, ni de la virgen María ni
de Gabriel, porque usted puede reposar su alma cansada en el Hombre Cristo
Jesús.

III. Aun el cristiano auténtico puede mostrar mucha debilidad
Aprendamos, en tercer lugar, que aun el cristiano auténtico puede mostrar
mucha debilidad.
Aquí se consigna una prueba impresionante de esto en la conducta de sus
discípulos que despertaron a Jesús, apurados. Le dijeron, llenos de temor y
ansiedad: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”.
Hubo impaciencia. Podían haber esperado hasta que su Señor considerara
oportuno responder. Hubo incredulidad. Hablaron como si dudaran de que su
Señor se interesara o le importara su seguridad y bienestar. “¿No tienes cuidado
que perecemos?” (Mr. 4:38).
¡Pobres hombres sin fe! ¿Qué motivo tenían para temer? Habían visto prueba
tras prueba que todo andaría bien mientras el Esposo estuviera con ellos. Habían
sido testigos de numerosos ejemplos de su amor y bondad hacia ellos, tantos
como para convencerse de que él nunca dejaría que les aconteciera algo
realmente malo. Pero lo olvidaron todo ante un peligro inminente. El sentido de
una desgracia inmediata, a menudo, causa que el hombre pierda la memoria.
Muchas veces, el temor le impide al hombre razonar basándose en experiencias
del pasado. Oyeron el viento. Vieron las olas. Sintieron el agua fría que los
golpeaba. Se imaginaban que estaban muy cerca de la muerte. No aguantaban
más el suspenso. “¿No tienes cuidado”, dijeron ellos, “que perecemos?”.
Pero, en definitiva, comprendamos que ésta no es más que una escena de lo
que pasa constantemente entre creyentes de todas las épocas. Sospecho que hay
demasiados discípulos este mismo día, que actúan igual que los que estamos
describiendo.
Muchos de los hijos de Dios se las arreglan muy bien mientras no tienen
problemas. Siguen a Cristo bastante bien mientras brilla el sol. Creen estar
224 SANTIDAD

confiando plenamente en Cristo. Se engañan pensando que han echado sobre él
todas sus cargas. Tienen la reputación de ser muy buenos cristianos.
Pero de pronto, les sobreviene una prueba inesperada. Pierden sus bienes. Les
diagnostican una enfermedad. La muerte hace su entrada en su hogar. Surgen
tribulaciones o persecuciones debido a la Palabra. Y ahora, ¿dónde está su fe?
¿Dónde está la confianza segura que creían tener? ¿Dónde está su paz, su
esperanza y su resignación? Ay, las buscan y no las encuentran. Ay, son pesados
en balanza y son hallados faltos (Dn. 5:27). El temor, la duda, la desesperación y la
ansiedad irrumpen sobre ellos como un diluvio y no saben qué hacer. Sé que ésta
es una descripción triste. Apelo a la conciencia de todo cristiano verdadero para
que me diga si lo que digo no es correcto y la verdad.
La verdad lisa y llana es que no existe la perfección literal y absoluta entre los
cristianos verdaderos mientras están en el cuerpo. El mejor y más brillante de los
santos de Dios no es más que un pobre ser confundido. Por más convertido,
renovado y santificado que sea, sigue sujeto a debilidades y enfermedades. No
existe ni un justo sobre la tierra que haga siempre lo bueno y que no peque. Si
ofendemos en una sola cosa, ofendemos en todo. Alguien puede tener una fe
auténticamente salvadora, sin embargo, no siempre tenerla a la mano, lista para
ser usada (Ec. 7:20; Stg. 3:2).
Abraham fue el padre de los fieles. Por fe, dejó su tierra y su parentela, y salió
obedeciendo el mandato de Dios a una tierra que nunca había visto. Por fe se
contentó con vivir en la tierra como un extranjero, creyendo que Dios se la daría
como herencia. Y aun así, éste fue el Abraham, quien dominado por la
incredulidad, hizo pasar a su esposa como su hermana, por temor a un hombre.
Aquí hubo gran flaqueza. No obstante, han existido pocos santos más grandes que
Abraham.
David era un hombre conforme al corazón de Dios; siendo sólo un muchacho
tuvo fe para salir y enfrentar al gigante Goliat. Declaró públicamente su creencia
de que el Señor, habiéndolo librado de las garras del león y del oso, lo libraría
también de este filisteo. Tuvo fe para creer la promesa de Dios de que un día sería
rey de Israel, aunque tenía pocos seguidores y a pesar de que Saúl lo persiguió
como a una codorniz en las montañas y, a menudo, parecía haber sólo un paso
entre él y la muerte. Y aun así, a pesar de haber sido librado, este mismo David en
cierta ocasión, fue dominado por el temor y la incredulidad al punto de decir: “Al
fin seré muerto algún día por la mano de Saúl” (1 S. 27:1). Se olvidó de las
muchas y maravillosas veces cuando la mano de Dios lo había liberado. Pensó en
el peligro que corría en ese momento y se refugió entre los filisteos impíos. Aquí
demostró gran debilidad. No obstante, han existido pocos creyentes más fuertes
que David.
12. El Señor de las olas 225

Sé que sería fácil comentar: “Todo esto es muy cierto, pero no justifica el
temor de los discípulos. Contaban con la presencia física de Jesús. ¡Cómo podían
tener miedo! ¡Yo nunca hubiera sido tan cobarde y escéptico como lo fueron
ellos!”. Le digo que el que piensa esto, conoce muy poco su propio corazón. Le
digo que nadie conoce la longitud y amplitud de sus propias debilidades si no ha
sido tentado. Nadie puede saber cuánta debilidad afloraría en su ser si se
encontrara en circunstancias que la provocaran.
¿Piensa alguno de mis lectores que cree en Cristo? ¿Siente usted tanto amor y
confianza en él que no puede pensar en la posibilidad de ser sacudido por algo que
le pudiera suceder? Qué bueno. Me alegra saberlo. Pero, ¿ha sido probada esa fe?
¿Ha sido puesta a prueba esa confianza? Si no, tenga cuidado de no apurarse en
juzgar a estos discípulos. No sea soberbio, en cambio tenga temor. No piense que
porque su corazón está contento ahora, esto durará para siempre. No diga, porque
sus sentimientos son cálidos y fervientes hoy: “Mañana será como hoy y mucho
más abundante”. No diga que porque su corazón está seguro en este momento
teniendo un sentido sólido de la misericordia de Cristo: “Mientras tenga vida, no
me olvidaré de él”. Oh, procure aplacar un poco esta estimación halagadora de sí
mismo. Usted no se conoce del todo. Hay más cosas en su hombre interior de las
que tiene conciencia en este momento. El Señor puede actuar como lo hizo con
Ezequías para mostrarle lo que hay en su corazón (2 Cr. 32:31). Bienaventurado el
que se reviste “de humildad”. “Bienaventurado el hombre que siempre teme a
Dios”. “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 P. 5:5; Pr. 28:14; 1
Co. 10:12).
¿Por qué recalco esto? ¿Quiero ofrecer disculpas por las corrupciones de los
cristianos profesantes y excusar sus pecados? ¡Ni lo mande Dios! ¿Quiero rebajar
la norma de la santificación y tolerar al soldado haragán e indolente de Cristo?
¡Dios no lo quiera! ¿Quiero borrar la línea que marca la diferencia entre el
convertido y el inconverso, y disimular sus contradicciones? Una vez más exclamo:
¡Dios no lo quiera! Creo firmemente que existe una diferencia enorme entre el
cristiano verdadero y el falso, entre los hijos de Dios y los hijos del mundo. Creo
firmemente que esta diferencia no es sólo de fe, sino también de estilo de vida, no
sólo de labios para fuera, sino también de práctica cotidiana. Creo firmemente que
el comportamiento del creyente debe ser tan diferente al del inconverso como lo
es lo amargo de lo dulce, la luz de la oscuridad y el calor del frío.
Pero sí quiero que los nuevos cristianos comprendan lo que deben esperar
encontrar en sí mismos. Quiero prevenirles para que no tropiecen ni se
confundan cuando descubran sus propias debilidades. Quiero que comprendan
que pueden tener auténtica fe y gracia, a pesar de que el diablo les susurre lo
contrario y aunque sientan dudas y temores. Quiero que noten que Pedro,
226 SANTIDAD

Santiago, Juan y sus hermanos eran verdaderos discípulos y, no obstante, aunque
eran muy espirituales, también se atemorizaban. No les digo que usen la falta de
fe de los discípulos para justificarse ni excusarse ellos mismos. Pero sí les digo
que esa falta de fe de los discípulos muestra claramente, que mientras están en el
cuerpo, no deben esperar que su fe esté por encima del temor.
Sobre todo, quiero que todos los cristianos comprendan lo que pueden esperar
de otros cristianos. No debemos apresurarnos a concluir que alguien no tiene la
gracia, sólo porque le vemos algún signo de corrupción. El sol tiene manchas y no
obstante brilla en todo su esplendor y alumbra a todo el mundo. El oro de
Australia viene mezclado con cuarzo y escoria y, aun así, ¿quién piensa que por
eso el oro no vale nada? Algunos de los diamantes más valiosos del mundo tienen
sus defectos, pero no por eso dejan de tener un gran valor. ¡Fuera con estos
reparos mórbidos por los que muchos excomulgarían a alguien por el hecho de
tener faltas! ¡Seamos más diligentes para ver la gracia y más lentos para ver las
imperfecciones! Comprendamos que si no admitimos que hay gracia donde hay
corrupción, no encontraremos gracia en el mundo. Todavía estamos en el cuerpo.
El diablo no ha muerto. Aún no somos como ángeles. Aún no ha comenzado el
cielo. Las paredes del leprosorio no se verán libres de la lepra por más que las
limpiemos y raspemos. Nunca se quitarán los residuos de la lepra hasta que se tire
abajo el edificio.
Ciertamente nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, pero no es un
templo perfecto hasta que hayamos resucitado o cambiado. La gracia es, por
cierto, un tesoro, pero un tesoro en vasija de barro. Es posible que el hombre
renuncie a todo por el nombre de Cristo y, sin embargo, ser asaltado, a veces, por
dudas y temores.
Ruego a cada lector que recuerde esto. Es una lección que merece su atención.
Los apóstoles creían en Cristo, amaban a Cristo y renunciaron a todo para seguir
a Cristo. Y sin embargo, vemos que en esta tormenta, los apóstoles tenían miedo.
Aprendamos a ser comprensivos cuando juzgamos a otros. Aprendamos a ser
moderados en las expectaciones de nuestro propio corazón. Contendamos
defendiendo hasta la muerte, la verdad de que nadie es un cristiano verdadero si
no se ha convertido y es un hombre santo. Pero reconozcamos que el hombre
puede ser convertido, tener un nuevo corazón, ser un hombre santo y, aun así, ser
débil, tener dudas y temores.

IV. El poder del Señor Jesucristo
Aprendamos, en cuarto lugar, acerca del poder del Señor Jesucristo.
Tenemos un ejemplo impresionante de su poder en la historia que estamos
enfocando. Las olas azotaban la barca en la que estaba Jesús. Los aterrados
12. El Señor de las olas 227

discípulos lo despertaron y clamaron a él. “Y levantándose, reprendió al viento, y
dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza”. Éste fue
un milagro maravilloso. Nadie que no fuera todopoderoso hubiera podido hacerlo.
¡Hacer cesar el viento con sólo dos palabras! Hay un dicho común que describe
algo que es imposible: “¡Es como hablarle al viento!”. Pero Jesús reprende al
viento y se calma al instante. Esto es poder.
¡Calmar las olas con su voz! ¿Qué estudiante de la historia no sabe de aquel
poderoso rey de Inglaterra que trató, en vano, de detener una creciente ola que
subía del mar? Pero aquí tenemos al que le dice a las olas embravecidas en una
tempestad: “Calla, enmudece” y se hizo la calma. Eso es poder.
Es bueno que todos los hombres tengan una visión clara del poder del Señor
Jesucristo. Sepa el pecador que el Salvador misericordioso al cual es invitado a
acudir y confiar en él, es nada menos que el Todopoderoso que tiene potestad
sobre toda carne para dar vida eterna a todos los que en él creen (Ap. 1:8; Jn. 17:2).
Comprenda el simpatizante ansioso, que si confía en Jesús y toma su cruz, está
confiando en Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra (Mt. 28:18).
Recuerde el creyente en su peregrinaje por el desierto que, a través de su
Mediador, Abogado, Médico, Pastor y Redentor, el Señor de señores y Rey de reyes,
todas las cosas son posibles (Ap. 17:14; Fil. 4:13). Estudiemos el tema, porque
merece ser estudiado.
(a) Estudiémoslo en sus obras de creación. “Todas las cosas por él fueron
hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:3). Los cielos y
todas las gloriosas huestes de habitantes, la tierra y todo lo que contiene, el mar y
todo lo que en él hay, sí, toda la creación, desde el sol en las alturas hasta el
gusano más pequeño debajo de la tierra, fueron obras de Cristo. Él habló y fueron
creados. Lo ordenó y comenzaron a existir. Ese mismo Jesús, quien nació de una
pobre mujer en Belén y vivió en la casa de un carpintero en Nazaret, fue el que
formó todas las cosas. ¿No fue esto poder?
(b) Estudiémoslo en las obras de su providencia y la continuación ordenada de
todas las cosas en el mundo. “Todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17). El sol, la
luna y las estrellas giran dentro de un sistema perfecto. Primavera, verano, otoño
e invierno ocurren en un orden sucesivo perfecto. Ese orden sigue hasta este día y
no falla, por orden de Aquel que murió en el Calvario (Sal. 119:91). Los reinos de
este mundo se levantan, llegan a su apogeo, declinan y desaparecen. Los
gobernantes de este mundo trazan planes, confabulan, dictan y cambian leyes,
guerrean, vencen a unos y levantan a otros. Pero no tienen en cuenta que
gobiernan únicamente por la voluntad de Jesús y que nada sucede sin el permiso
del Cordero de Dios. ¿No saben que ellos y sus súbditos son como una gota de
228 SANTIDAD

agua en la mano del Crucificado y que es él quien prospera a las naciones y las
reduce a la nada según su beneplácito?
(c) Estudiemos el tema enfocando los milagros realizados por nuestro Señor
Jesucristo durante sus tres años de ministerio aquí en la tierra. Conozcamos por
las obras portentosas que realizó, que las cosas imposibles para el hombre son
posibles para Cristo. Consideremos cada uno de sus milagros como un emblema y
representación de cosas espirituales. Vemos en ellos una representación hermosa
de lo que puede hacer por nuestras almas. Aquel que pudo levantar a los muertos
con una palabra de su boca puede con la misma facilidad levantar al hombre
muerto en pecado. Aquel que pudo dar vista al ciego, abrir los oídos del sordo y
darle voz al mudo, puede hacer que el pecador vea el reino de Dios, oiga el sonido
gozoso del evangelio y proclame alabanzas por el amor redentor. Aquel que pudo
sanar al leproso con un toque de su mano, puede curar cualquier enfermedad del
corazón. El que puede echar fuera demonios puede ordenar a cada pecado
arraigado que ceda a su gracia. ¡Oh, comencemos a leer los milagros de Cristo
viéndolos desde esta perspectiva! Por más inicuos, malos y corruptos que nos
sintamos, animémonos sabiendo que sanar está dentro del poder de Cristo.
Recordemos que en Cristo no sólo hay plenitud de misericordia, sino también
plenitud de poder.
(d) Estudiemos el tema en particular tal como se aplica a nosotros este día.
Me atrevo a asegurar que, a veces, su corazón ha sido zarandeado de acá para allá
como las olas en una tempestad. Se ha sentido usted agitado como las aguas en
un mar embravecido cuando no se puede calmar. Venga y preste atención este día
a Aquel que le puede dar descanso. Sea lo que sea que lo altera, Jesús le puede
decir a su corazón: “¡Calla, enmudece!”.
¿Qué, si su conciencia está abrumada por el recuerdo de incontables
transgresiones y despedazada por cada ráfaga de tentación? ¿Qué, si la carga del
recuerdo de algún aberrante libertinaje le parece grave y es intolerable? ¿Qué, si
su corazón parece estar lleno de perversidad y el pecado parece arrastrarlo por
donde quiere como si fuera su esclavo? ¿Qué, si la maldad se pasea por su alma
como un conquistador diciéndole que es inútil resistirla, que no hay esperanza
para usted? Le aseguro que está Aquel que le puede dar perdón y paz. Mi Señor y
Maestro Jesucristo puede reprender los ataques del diablo, calmar los
sufrimientos de su alma y decirle: “¡Calla, enmudece!”. Él puede hacer desvanecer
esa nube de culpa que ahora lo agobia. Puede ordenar a la desesperación que se
retire. Puede espantar al temor. Puede quitar el espíritu de esclavitud y llenarlo
con el espíritu de adopción. Satanás puede tener presa a su alma como si fuera un
hombre fuertemente armado, pero Jesús es más fuerte que él y cuando él ordena,
12. El Señor de las olas 229

los prisioneros tienen que recobrar su libertad. ¡Oh, si algún lector atribulado
quiere calma interior, acuda hoy mismo a Jesucristo y todo comenzará a ir bien!
Pero ¿qué, si su corazón está bien con Dios, pero aun así está presionado con
la carga de aflicciones terrenales? ¿Qué, si el temor a la pobreza lo está
zarandeando de un lado a otro y parece que lo va a vencer? ¿Qué, si día tras día lo
abruma algún dolor físico? ¿Qué, si súbitamente se ve obligado a dejar de trabajar
y debido a alguna enfermedad tiene que estar inactivo y no hacer nada? ¿Qué, si la
muerte ha visitado su hogar y se ha llevado a su Raquel, su José o Benjamín y se
ha quedado solo, agobiado por el dolor? ¿Qué, si le ha sucedido algo de esto? En
Cristo sigue habiendo consolación. Él puede dar paz a los corazones lastimados
con la misma facilidad con que calmó al mar embravecido. Puede reprender a las
voluntades rebeldes con el mismo poder con que reprendió al viento huracanado.
Puede calmar las tempestades de la aflicción y silenciar las pasiones tumultuosas,
igual como lo hizo con la tormenta galilea. Puede decirle a la peor ansiedad:
“¡Calla, enmudece!”. La avalancha de preocupaciones y tribulaciones puede ser
arrasadora, pero Jesús se posa victorioso sobre las aguas y es más poderoso que las
olas del mar (Sal. 93:4). Los vientos de los problemas pueden rugir a su alrededor,
pero Jesús los tiene en sus manos y los puede acallar cuando él quiera. Oh, si
algún lector de este escrito tiene el corazón destrozado, está agobiado por los
problemas o triste, acuda a Jesucristo, clame a él y se calmará. “Venid a mí todos
los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
Invito a todos los que profesan ser cristianos que reflexionen seriamente en el
poder de Cristo. Dude de lo que quiera, pero no dude del poder de Cristo. Aunque
no ame usted secretamente al pecado, quizá tenga sus dudas. Aunque no se esté
aferrando en la intimidad al mundo, quizá tenga sus dudas. Aunque el orgullo de
su naturaleza no se esté rebelando a la idea de ser salvo por gracia como un pobre
pecador, quizá tenga sus dudas. Pero no dude de una certidumbre y esa es que
Cristo “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” y
le salvará si acude a él (He. 7:25).

V. El Señor Jesús trata tiernamente al creyente débil
Aprendamos, en último lugar, con cuánta ternura y paciencia trata el Señor
Jesús al creyente débil.
Vemos esta verdad en las palabras que dirigió a sus discípulos cuando el viento
se había calmado y todo estaba tranquilo. Podía haberlos reprendido con fuerza.
Podía haberles recordado todas las maravillas que había realizado para ellos, y
reconvenirles por su cobardía y desconfianza. En cambio, no hay enojo en las
palabras del Señor. Sencillamente les pregunta: “¿Por qué estáis así amedrentados?
¿Cómo no tenéis fe?” (Mr. 4:40).
230 SANTIDAD

Todo el comportamiento de nuestro Señor para con sus discípulos en la tierra,
merece mucha atención. Arroja una esplendorosa luz sobre su compasión y
paciencia. Nunca hubo un maestro con alumnos tan lentos como los apóstoles
para aprender sus lecciones. Tampoco hubo alumnos con un maestro tan paciente
y compasivo como Cristo. Reúna todas las evidencias que hay acerca de esto a
través de los Evangelios y verá que tengo razón.
Durante el ministerio de nuestro Señor, en ningún momento, los discípulos
evidencian haber comprendido plenamente la razón de su venida al mundo. La
humillación, la expiación y la crucifixión eran cosas desconocidas para ellos. No
habían captado las palabras tan sencillas y las advertencias tan claras de su
Maestro acerca de lo que le iba a suceder. No entendieron. No percibieron. Sus
ojos no lo captaron. En cierta ocasión, Pedro hasta trató de disuadir a nuestro
Señor de pasar por el sufrimiento. “Señor, ten compasión de ti”, le dijo, “en
ninguna manera esto te acontezca” (Mt. 16:22; Lc. 9:45).
A menudo observamos cosas en el espíritu y la actitud de ellos que no son
dignas de emular. Nos dice la Palabra que un día discutían entre ellos quién sería
el mayor (Mr. 9:34). Otro día ni tuvieron en cuenta sus milagros y sus corazones
se endurecieron (Mr. 6:52). En un ocasión dos de ellos desearon que cayera fuego
del cielo sobre una aldea porque no los habían recibido (Lc. 9:54). En el
Getsemaní los tres discípulos más destacados se durmieron cuando el Señor les
había pedido que velaran y oraran. Cuando Judas lo entregó, los demás lo
abandonaron y huyeron. Y lo peor de todo fue que Pedro, el más decidido de los
doce, negó bajo juramento tres veces a su Maestro.
Incluso, aun después de su resurrección, vemos en ellos la misma incredulidad
y dureza de corazón. Aunque vieron a su Señor con sus propios ojos y lo tocaron
con sus manos, aun así, algunos dudaban. ¡Así de débil era su fe! Por eso el Señor
mismo les reprendió diciendo: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer
todo lo que los profetas han dicho!” (Lc. 24:25). Así de tardos eran para entender
el significado de las palabras, las acciones, la vida y la muerte de nuestro Señor.
En cambio, ¿qué vemos en el comportamiento de nuestro Señor hacia estos
discípulos a lo largo de su ministerio? No vemos más que compasión, bondad,
ternura, paciencia, resignación y amor. No los echa fuera por su estupidez. No los
rechaza por su incredulidad. No los impugna para siempre por cobardes. Les
enseña todo lo que tienen la capacidad de entender. Los conduce paso a paso,
como una niñera lo hace con el infante que recién empieza a caminar. En cuanto
resucitó de los muertos, les envió mensajes amables. “Id”, le dijo a las mujeres,
“dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán” (Mt.
28:10). Los reúne alrededor de él una vez más. Restaura a Pedro a su posición
anterior y le pide: “Apacienta mis ovejas” (Jn. 21:17). Condesciende a
12. El Señor de las olas 231

acompañarlos durante cuarenta días antes de ascender finalmente al cielo. Los
comisiona para que vayan como sus mensajeros y para que prediquen el evangelio
a los gentiles. Los bendice al partir y los alienta con esta promesa llena de su
gracia: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).
Ciertamente, éste es un amor que sobrepasa todo entendimiento. Esto no es cosa
de humanos.
Sepa todo el mundo que el Señor Jesús es muy compasivo y tiernamente
misericordioso. No quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea.
Como un padre se compadece de sus hijos, se compadece él de los que le temen.
Como consuela una madre a sus hijos, consuela él a su pueblo (Stg. 5:11; Mt.
12:20; Sal. 103:13; Is. 66:13). Él cuida a los corderitos de su manada, al igual que
a sus ovejas mayores. Cuida a los enfermos y débiles de su rebaño, al igual que a
los fuertes. Está escrito que los llevará en su seno y que no perderá a ninguno de
ellos (Is. 40:11). Cuida a los miembros más insignificantes de su cuerpo, al igual
que a los más importantes. Ama a los infantes de su familia, al igual que a los
adultos. Cuida las plantitas más tiernas en su jardín, al igual que al cedro del
Líbano. Todos están en su libro de la vida y todos están bajo su cuidado. Todos le
fueron dados a él en un pacto perpetuo y se ha hecho cargo, a pesar de todas las
debilidades, de llevar a cada uno seguro a su patria celestial. Aprópiese el pecador
de Cristo por fe y, entonces, por débil que sea, Cristo le promete: “No te
desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). Es posible que, por amor, algunas veces lo
corrija con gentileza; pero nunca, nunca, lo abandonará. El diablo nunca lo
arrancará de las manos de Cristo.
Sepa el mundo que el Señor Jesús nunca echará fuera a su pueblo creyente por
sus faltas y debilidades. El marido no echa fuera a su esposa porque encuentra
defectos en ella. La madre no abandona a su infante porque sea débil, flojo e
ignorante. Y el Señor Cristo no echa fuera a los pobres pecadores que han puesto
su alma en sus manos por ver en ellos manchas e imperfecciones. ¡Oh, no! Es su
gloria pasar por alto las faltas de su pueblo y sanar sus caídas, complacerse en sus
débiles gracias y perdonar sus muchas faltas. El capítulo once de Hebreos es
maravilloso. Es sobrecogedor observar cómo el Espíritu Santo habla de los dignos,
cuyos nombres están escritos en ese capítulo. En este caso, destaca la fe del
pueblo de Dios para que la recordemos. Pero las faltas de muchos de estos, a las
que podía haber hecho alusión y haber recordado, quedan fuera y ni siquiera se
mencionan.
¿Quién de entre los lectores de este escrito anhela ser salvo, pero teme
decidirse por temor de apartarse del camino tarde o temprano? Considere, le
ruego, la ternura y paciencia del Señor Jesús y no vuelva a temer. Ese mismo
Señor y Salvador que fue paciente con los discípulos está pronto y dispuesto a ser
232 SANTIDAD

paciente con usted. Si tropieza, él lo levantará. Si se desvía, él lo traerá de vuelta
con gentileza. Si desmaya, él lo reavivará. No lo ha sacado de Egipto para dejarlo
morir en el desierto. Lo guiará seguro a la tierra prometida. Usted sólo entréguese
a él y siga su camino y él lo llevará seguro a su patria celestial. Sólo escuche su
voz y sígale; y nunca perecerá.
¿Quién entre los que leen este escrito se ha convertido y anhela hacer la
voluntad de su Señor? Siga hoy el ejemplo de ternura y paciencia de su Maestro y
aprenda a ser tierno y gentil con los demás. Trate con gentileza a los jóvenes que
están dando sus primeros pasos. No espere que sepan todo y comprendan todo lo
relativo a la salvación de una sola vez. Tómelos de la mano. Guíelos y aliéntelos.
Crea todas las cosas y espere todas las cosas, en lugar de entristecer el corazón
que el Señor no quiere entristecer.
Trate con gentileza a los caídos. No les dé la espalda como si fueran casos
perdidos. Use todos los medios lícitos, para restaurarlos. Piense en usted mismo y
en sus frecuentes debilidades, y haga con las fallas de los demás lo que le gustaría
que hicieran ellos con las suyas. Lamentablemente, hay una ausencia dolorosa de
la mente del Maestro entre muchos de sus discípulos. Me temo que en la
actualidad, pocas iglesias estarían dispuestas a restaurar a Pedro en su comunión.
Tendrían que pasar muchos años después de que negó a su Señor para recibirlo de
nuevo en su seno. Son pocos los creyentes prestos a hacer la obra de Bernabé, de
tomar al recién convertido de la mano y animarle en sus primeros pasos.
Queremos un derramamiento del Espíritu sobre los creyentes, casi tanto como lo
deseamos sobre el mundo.

Aplicaciones prácticas
Ahora, sólo me falta pedirles a mis lectores que lleven a la práctica las
lecciones que les he presentado. Recién han leído cinco cosas…
Primero, que servir a Cristo no es garantía de que no tendrán problemas. Los
santos más ilustres los tienen.
Segundo, que Cristo es tanto Hombre como Dios.
Tercero, que los creyentes pueden tener muchas debilidades y trastornos y,
aun así, ser creyentes auténticos.
Cuarto, que Cristo tiene todo poder y
Quinto, que Cristo es sumamente paciente y bondadoso para con su pueblo.
Recuerde estas cinco lecciones y andará bien.
Présteme atención un ratito más, mientras digo unas pocas palabras para
grabar más profundamente en su corazón las verdades que ha estado leyendo.
12. El Señor de las olas 233

(a) Es muy probable que este escrito lo estén leyendo algunos que no saben
nada de Cristo mismo o que no conocen su obra por experiencia.
Son demasiados los que no tienen interés alguno en los temas de los cuales he
estado escribiendo. Su tesoro está aquí en la tierra. Todo su interés está en las
cosas del mundo. No les importa en absoluto los conflictos, luchas, problemas,
dudas y temores del creyente.
Les importa poco si Cristo hizo milagros o no. Para ellos, todo esto es cuestión
de palabras, nombres y procedimientos que no les conciernen. Están sin Dios en
este mundo.
Si acaso es usted uno de estos, sólo puedo advertirle seriamente que su
trayectoria actual no puede durar. No vivirá para siempre. Habrá un final. Las
canas, la vejez, les enfermedades, la declinación y la muerte son partes de la vida
que un día todos tendremos que enfrentar. ¿Qué hará usted cuando le llegue ese
día?
Recuerde mis palabras hoy. No tendrá consolación cuando enfrente la
enfermedad y la muerte, a menos que Jesucristo sea su amigo. Descubrirá, para su
tristeza y confusión, que no importa cuánto digan y se enaltezcan los hombres, no
pueden arreglárselas sin Cristo cuando están en su lecho de muerte. Pueden
mandar a buscar al ministro de Dios y pedirle que les lea oraciones y les den la
eucaristía, o buscar al sacerdote para que les lean oraciones y les den la extrema
unción. Puede usted participar de cada rito y ceremonia religiosa. Pero si insiste
en seguir viviendo una vida mundana y despreocupada, despreciando a Cristo en
la mañana de su vida, no se sorprenda si Cristo no está con usted en sus últimos
momentos. ¡Ay! Éstas son palabras solemnes y, con frecuencia, tristemente ciertas:
“También yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo
que teméis” (Pr. 1:26).
Venga pues hoy y reciba el consejo de alguien que ama su alma. Deje de hacer
el mal. Aprenda a hacer lo bueno. Apártese de las cosas intrascendentes y tome el
sendero del entendimiento. Eche fuera ese orgullo en su corazón y busque al
Señor Jesús mientras puede ser hallado. Eche fuera la indolencia que ha
paralizado su alma y decídase a tomar en serio su Biblia, sus oraciones y sus
domingos. Apártese de un mundo que nunca lo satisfará y busque ese tesoro
único que es verdaderamente incorruptible. ¡Oh, quiera el Señor que sus palabras
conmuevan su corazón! “¿Hasta cuándo, oh simples, amaréis la simpleza, y los
burladores desearán el burlar, y los insensatos aborrecerán la ciencia? Volveos a
mi reprensión; he aquí yo derramaré mi espíritu sobre vosotros” (Pr. 1:22, 23).
Creo que el peor pecado de Judas Iscariote fue que no buscó perdón y no se volvió
a su Señor. Tenga cuidado de no cometer el mismo error.
234 SANTIDAD

(b) Este escrito quizá caiga en las manos de algunos que aman al Señor Jesús
y creen en él, pero quieren amarlo más. Si usted es uno de ellos, acepte esta
exhortación y aplíquela a su corazón.
Para empezar, tenga siempre presente como verdad sempiterna que el Señor
Jesús es realmente una Persona viva y trátelo como tal.
Es lamentable ver que, en la actualidad, muchos que profesan ser creyentes no
tienen una idea cabal de la personalidad de nuestro Señor. Hablan más de
salvación que del Salvador, de redención más que del Redentor y más de la obra
de Cristo que de la persona de Cristo. Esto es un gran error y eso explica el
carácter desabrido y trivial de muchos que profesan el cristianismo.
Si anhela crecer en la gracia y tener gozo y paz en sus creencias, tenga cuidado
de no caer en este error. Deje de considerar al evangelio sólo como una colección
de doctrinas prohibicionistas. En cambio, considérelo como la revelación de un
ser poderoso y viviente bajo cuya mirada amorosa usted vive todos los días. Deje
de considerarlo sólo como una serie de proposiciones abstractas y reglas y
principios obtusos. En cambio, haga de cuenta que le presentaron a Jesús como
un Amigo glorioso y personal. Ésta es la clase de evangelio que predicaban los
apóstoles. No iban por el mundo de aquí para allá hablando a la gente
abstractamente del amor, la misericordia y el perdón. El tema principal de todos
sus mensajes era el amor de un Cristo real y vivo. Ésta es la clase de evangelio que
promueve la santificación y la idoneidad para la gloria. No hay nada que nos
prepare mejor para ese cielo que gozar de comunión con Cristo como una
Persona real y viviente aquí en la tierra. Si gozamos de esa comunión desde ahora,
estaremos preparados para estar donde la presencia personal de Cristo lo será todo
y en esa gloria donde veremos a Cristo cara a cara. Hay una diferencia
fundamental entre una idea y una persona.
Además, procure recordar siempre como una verdad permanente que el Señor
Jesús no cambia.
El Salvador en quien usted confía es el mismo ayer, hoy y por los siglos. En él
“no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17). Aunque está sentado a la
diestra de Dios en las alturas, tiene el mismo corazón que tenía hace casi 2000
años aquí en la tierra. Recuerde esto y andará bien.
Trace todos los viajes de Jesús por Palestina. Tome nota de cómo recibía a
todos y no rechazaba a nadie. Subraye cómo él prestaba oído a todas las historias
de dolor, extendía una mano para ayudar a todos los angustiados y cómo su
corazón se conmovía ante todo el que necesitaba compasión. Dibuje un cuadro de
este Jesús en su mente y dígase: “Este mismo Jesús es mi Señor y Salvador. El
lugar y el tiempo no lo han cambiado en absolutamente nada. Lo que era, hoy es,
y lo será siempre”.
235

Quiera Dios que este pensamiento dé vida y realidad a la práctica cotidiana de
su fe. Quiera Dios que este pensamiento dé sustancia y forma a su expectativa de
lo bueno por venir. Quiera el Señor que el hecho de haber leído acerca de Aquel
que anduvo treinta y tres años sobre la tierra y cuya vida es relatada en los
Evangelios, provoque en usted una gozosa reflexión. Él es el mismo Salvador en
cuya presencia pasaremos la eternidad.
Las últimas palabras de este capítulo serán igual que las primeras. Quiero que
las personas lean los Evangelios más de lo que lo hacen. Quiero que sepan más de
Cristo. Quiero que el inconverso conozca a Jesús para que, por él, tenga vida
eterna. Quiero que los creyentes conozcan mejor a Jesús para que sean más felices,
más santos y más dignos de recibir la herencia de los santos. El más santo de los
hombres es el que puede decir con Pablo: “Para mí el vivir es Cristo” (Fil. 1:21).

[Este capítulo está a su disposición de
Chapel Library en forma de folleto.]

13. La Iglesia que Cristo edifica
“Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del
Hades no prevalecerán contra ella”. Mateo 16:18

¿Pertenecemos a la Iglesia edificada sobre una roca? ¿Somos miembros de la
única Iglesia verdadera en la cual nuestras almas pueden ser salvas? Éstas son
preguntas serias. Merecen una reflexiva consideración. Pido la atención de todos
1
los que leen este escrito mientras procuro mostrar a la única Iglesia auténtica,
santa y católica [universal] y guiar a todos al único redil seguro. “¿Qué es esta
Iglesia? ¿Cómo es? ¿Cuáles son sus características? ¿A dónde podemos
encontrarla?”. Tengo respuestas para estas preguntas. Analizaré las palabras de
nuestro Señor Jesucristo que encabezan este capítulo. El mismo Jesús declara:
“Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán
contra ella”.

1
[Nota del editor: “Iglesia” va en mayúscula cuando se refiere a la verdadera Iglesia de Dios universal,
la Iglesia universal compuesta de todos los creyentes auténticos de Jesucristo. Se distingue de la
iglesia visible compuesta por todos los que profesan ser miembros de una iglesia y relacionado con
edificios e instituciones religiosas. Esta “iglesia” exterior visible también va en mayúscula cuando
se usa como nombre propio, por ejemplo: Iglesia Anglicana].
236 SANTIDAD

Hay cinco factores en este pasaje que demandan nuestra atención:
I. Un edificio: “Mi Iglesia”.
II. Un Arquitecto. Cristo dice: “Edificaré mí Iglesia”.
III. Un fundamento: “Sobre esta roca edificaré mi Iglesia”.
IV. Peligro implícito: “Las puertas del Hades”.
V. Seguridad confirmada: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.
La totalidad del tema requiere especial atención en la actualidad. La santidad,
no olvidemos, es la característica destacada de todo aquel que pertenece a la
Iglesia verdadera.

I. El edificio
En primer lugar tenemos que el texto menciona un edificio. El Señor
Jesucristo dice: “Mi iglesia”.
Ahora bien, ¿qué es esta iglesia? Hay pocas preguntas más importantes que
ésta. Por no darle la debida importancia, han surgido muchos y grandes errores
en el mundo.
La Iglesia de nuestro texto no es un edificio material. No es un templo hecho
de madera, ni ladrillo, ni piedra ni mármol. Es un conjunto de hombres y mujeres
con características especiales. No es una iglesia particularmente visible en la
tierra. No es la Iglesia Oriental ni la Iglesia Occidental. No es la Iglesia Anglicana
ni la Escocesa. Sobre todo, no es la Iglesia de Roma. La Iglesia de nuestro texto
tiene mucho menos impacto que cualquier iglesia visible a los ojos del hombre,
pero es de mucha más importancia a los ojos de Dios.
La Iglesia de nuestro texto está conformada por todos los verdaderos creyentes
en el Señor Jesucristo, todos los que son realmente santos y convertidos. Incluye
a todo el que se ha arrepentido de pecado y acudido a Cristo por fe y, por ende, es
nueva criatura en él. Consta de todos los escogidos de Dios, de todos los que han
recibido la gracia de Dios, de todos los que han sido lavados en la sangre de Cristo,
de todos los que se han vestido de la justicia de Cristo, de todos los que han
nacido de nuevo y han sido santificados por el Espíritu de Cristo. Tal clase de
personas de toda raza, rango, nación, pueblo y lengua componen la Iglesia de
nuestro texto. Éste es el cuerpo de Cristo. Éste es el rebaño de Cristo. Es la novia.
Es la esposa del Cordero. Ésta es la “Santa Iglesia Católica y Apostólica” de la cual
hablan el Credo de los Apóstoles y el Credo de Nicea. Ésta es “la Iglesia sobre la
roca”.
No todos los miembros de esta iglesia adoran al Señor de la misma manera, ni
se rigen por la misma forma de gobierno eclesiástico. Algunas son gobernadas por
obispos y otras por ancianos. Algunas usan un libro de oraciones cuando se
13. La Iglesia que Cristo edifica 237

reúnen para el culto público y otras no. El artículo trigésimo cuarto de la Iglesia
Anglicana declara sabiamente: “No es necesario que las ceremonias sean iguales
en todas partes”. No obstante, todos los miembros de esta Iglesia se presentan
ante un mismo Trono de Gracia. Todos adoran con un mismo corazón. Todos son
guiados por un mismo Espíritu. Todos son real y verdaderamente santos. Todos
pueden decir “Aleluya” y todos pueden responder “Amén”.
Ésta es aquella Iglesia a la cual todas las iglesias visibles sobre la tierra sirven.
Ya sean episcopales, independientes o presbiterianas, todas sirven a los intereses
de la misma Iglesia verdadera. Son el andamiaje usado para ir levantando el
edificio. Son la cáscara dentro de la cual crece el grano. Tienen diversos grados de
utilidad. La mejor y más digna es la que capacita a mayor cantidad de personas
para que lleguen a ser miembros de la Iglesia verdadera de Cristo. Pero ninguna
iglesia visible tiene derecho a decir: “Nosotros somos la única iglesia verdadera.
Nosotros somos el pueblo, y la sabiduría morirá con nosotros” (vea Job 12:2).
Ninguna iglesia visible debe atreverse a decir: “Vamos a permanecer para siempre.
Las puertas del infierno nunca prevalecerán contra nosotros”.
Hablamos de aquella Iglesia a quien el Señor hizo las promesas de preservar,
continuar, proteger y dar gloria final por su gracia. Dice Hooker: “Lo que leemos
en las Escrituras con respecto al amor sin fin y la misericordia salvadora que Dios
demuestra a sus iglesias, se refiere a esta Iglesia, que correctamente llamamos el
cuerpo místico de Cristo”. Por más pequeña y desdeñable que sea la Iglesia
verdadera en este mundo, es preciosa y honorable a los ojos de Dios. El templo de
Salomón con toda su gloria era poca cosa y despreciable en comparación con la
iglesia edificada sobre una roca.
Confío en que lo que acabo de decir penetre en la mente de cada uno de mis
lectores. Asegúrese usted de que ésta sea su doctrina sobre “la Iglesia”. Un
concepto equivocado puede llevar a errores peligrosos que arruinan el alma. La
Iglesia que está formada por verdaderos creyentes es la Iglesia a la que los
pastores han sido especialmente llamados a predicar. La Iglesia que incluye a
todos los que se arrepienten y creen en el evangelio es la Iglesia a la cual
anhelamos pertenecer. La obra no está terminada hasta que el corazón de los
pastores esté convencido de que usted es una nueva criatura y miembro de la
única Iglesia verdadera. Fuera de la Iglesia “edificada sobre la roca” no puede
haber salvación.

II. El Arquitecto
Paso al segundo punto, al cual le invito a prestar atención. Nuestro texto
contiene no sólo un edificio, sino también un Arquitecto. El Señor Jesucristo
declara: “Edificaré mi iglesia”.
238 SANTIDAD

La verdadera Iglesia de Cristo es cuidada tiernamente por las tres Personas de
la Santísima Trinidad. En el plan de salvación revelado en la Biblia, es indudable
que Dios el Padre escoge, Dios el Hijo redime y Dios el Espíritu santifica a cada
miembro del cuerpo místico de Cristo. Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el
Espíritu Santo, tres Personas en un Dios colaboran para efectuar la redención de
cada alma salvada. Ésta es una verdad que nunca debe ser olvidada. Pero, por otro
lado, hay un sentido especial en que el Señor Jesucristo esté encargado de ayudar
a la Iglesia. Él es especial y preeminentemente el Redentor y Salvador de la Iglesia.
Por eso es que lo encontramos diciendo en nuestro texto: “Edificaré mi… La obra
de edificar es mi tarea específica”.
Es Cristo quien llama a los miembros de la Iglesia en el tiempo preciso. San
Pablo escribe a los Romanos diciéndoles que ellos son “llamados a ser de
Jesucristo” (Ro. 1:6). Es Cristo quien les da vida. “Así también el Hijo a los que
quiere da vida” (Jn. 5:21). Es Cristo quien los limpia de sus pecados. “Nos amó, y
nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1:5). Es Cristo quien les da paz.
“La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn. 14:27) Es Cristo quien les da vida eterna. “Yo
les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Jn. 10:28). Es Cristo quien les otorga
arrepentimiento. “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador,
para dar a Israel arrepentimiento” (Hch. 5:31). Es Cristo quien los capacita para
ser hijos de Dios. “A los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos
hijos de Dios” (Jn. 1:12). Es Cristo quien lleva adelante la obra dentro de ellos
cuando la ha comenzado. “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19).
En suma, “por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Col.
1:19). Él es el autor de la fe. Él es la vida. Él es la cabeza. De él se nutre cada
coyuntura y miembro del cuerpo místico formado por cristianos. A través de él
reciben fuerza para no caer. Él los preservará hasta el final y con gran gozo los
presentará sin mancha ante el trono del Padre. Él es todas las cosas en todos los
creyentes.
El poderoso agente por medio de quien el Señor Jesucristo realiza esta obra en
los miembros de su Iglesia es, sin duda, el Espíritu Santo. Él es quien
constantemente renueva, da vida, conduce a la cruz, transforma, saca del mundo
piedra tras piedra y la agrega al edificio místico. Pero el gran y poderoso
Arquitecto que se ha tomado la responsabilidad de llevar a cabo la gran obra de
redención y consumarla es el Hijo de Dios, el “Verbo [quien] fue hecho carne” (Jn.
1:14). Es Jesucristo el que “edifica”.
Para edificar su Iglesia verdadera, el Señor Jesús se digna usar muchos
instrumentos subordinados a él. El ministerio del evangelio, la distribución de las
Escrituras, la exhortación amorosa, la palabra dicha a tiempo y la influencia de las
aflicciones, son medios por medio de los cuales se vale para llevar a cabo su obra.
13. La Iglesia que Cristo edifica 239

Y luego el Espíritu da vida a las almas. Pero Cristo es el gran Arquitecto
Supervisor, ordenando, guiando, dirigiendo todo lo que se realiza. Pablo puede
plantar y Apolo regar, pero Dios es quien da el crecimiento (1 Co. 3:6). Los
pastores pueden predicar, los escritores pueden escribir, pero sólo el Señor
Jesucristo puede edificar. Y, a menos que él lo haga, la obra se detiene.
¡Grande es la sabiduría con la que el Señor Jesucristo edifica su Iglesia! Todo
lo hace en el momento preciso y de la manera correcta. Pone cada roca según su
turno justo en el lugar donde corresponde. A veces escoge grandes rocas y, a veces,
pequeñas piedras. A veces la obra avanza con rapidez y, a veces, con lentitud. El
hombre, a menudo, se impacienta y piensa que no está haciendo nada. Pero el
tiempo del hombre no es el tiempo de Dios. Mil años son para él apenas un día. El
gran Arquitecto no comete errores. Sabe lo que está haciendo. Ve el final desde el
principio. Obra de acuerdo con un plan perfecto, inalterable y seguro. Las ideas
más geniales de arquitectos como Miguel Ángel y Wren no son más que
insignificancias y juegos de niños en comparación con los consejos sabios de
Cristo concernientes a su Iglesia.
¡Grande es la condescendencia y misericordia que exhibe Cristo en la
edificación de su Iglesia! Con frecuencia, escoge las rocas más insólitas y ásperas,
y las acomoda en una obra excelente. No desprecia ni rechaza a nadie por sus
pecados y transgresiones del pasado. A menudo, toma a ex fariseos y publicanos, y
los convierte en columnas fundamentales de su casa.
Le encanta mostrar misericordia. Con frecuencia, toma a los insensatos e
impíos, y los transforma en capiteles labrados de su templo espiritual.
¡Grande es el poder que Cristo demuestra en la edificación de su Iglesia!
Realiza su obra, a pesar de la oposición del mundo, la carne y el diablo. En las
tormentas, en las tempestades, en tiempos difíciles, silenciosamente y en quietud,
sin ruido, sin revuelo y sin excitación la edificación sigue adelante, como con el
templo de Salomón: “Lo que hago yo”, dijo el Señor, “¿quién lo estorbará?” (Is.
43:13).
Los hijos de este mundo tienen poco o ningún interés en la edificación de esta
Iglesia. No les importa en absoluto la conversión de las almas. ¿Qué son para ellos
los corazones contritos y arrepentidos? ¿Qué es para ellos la convicción de pecado
y la fe en el Señor Jesús? Para ellos, es todo “locura”. Pero mientras los hijos de
este mundo permanecen indiferentes, “hay gozo delante de los ángeles de Dios
por un pecador que se arrepiente” (Lc. 15:10). Para preservar a la Iglesia
verdadera, muchas veces tienen que ser suspendidas las leyes de la naturaleza.
Para el bien de esa Iglesia, Dios organiza y pone en orden todos sus tratos
providenciales en este mundo. Para bien de los escogidos, hace cesar las guerras y
da paz a las naciones. Los estadistas, gobernantes, emperadores, reyes, presidentes
240 SANTIDAD

y jefes de estado tienen sus designios y planes, y creen que son de suma
importancia. Pero se está realizando otra obra de mucha mayor importancia, de
modo que los planes de los hombres no son más que “hachas y sierras” delante de
Dios (Is. 10:15). Esa obra es la edificación del templo espiritual de Cristo, la
reunión de rocas vivas formando la única Iglesia verdadera.
Tenemos que estar profundamente agradecidos de que la edificación de la
Iglesia verdadera está a cargo de Aquel que es portentoso. Si la obra dependiera
del hombre quedaría paralizada. Pero, ¡bendito sea Dios, la obra está en las manos
de un Arquitecto que nunca deja de cumplir lo que diseñó para su iglesia! Cristo
es el Arquitecto todopoderoso. Realizará su obra, aunque las naciones y las
iglesias visibles no conozcan sus obligaciones. Cristo nunca fallará. Lo que
comenzó a hacer, lo “perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).

III. El Fundamento
Paso al tercer punto que me propongo considerar: El Fundamento sobre el
cual se edifica su Iglesia. El Señor Jesucristo nos dice: “Sobre esta roca edificaré
mi iglesia”.
¿Qué quiso decir cuando habló de este fundamento? ¿Se refería al apóstol
Pedro con quien estaba hablando? Estoy seguro que no. No veo ninguna razón por
qué, si se refería a Pedro, no dijo “sobre ti” edificaré mi Iglesia. Si se hubiera
referido a Pedro, hubiera dicho “Sobre ti edificaré mi Iglesia” con la misma
claridad que dijo: “Y a ti te daré las llaves”. ¡No, no se trataba de la persona del
apóstol Pedro, sino de la confesión correcta que el Apóstol acababa de hacer! No
era sobre Pedro, el hombre que fallaba y era inestable, sino la verdad portentosa
que el Padre le había revelado a Pedro. Era sobre la verdad de que Jesucristo
mismo es la roca. Era sobre Cristo como Mediador y Mesías. Era sobre la verdad
bendita de que Jesús era el Salvador prometido, la Seguridad auténtica, el
verdadero Intercesor entre Dios y el hombre. Ésta era la Roca y éste el
fundamento sobre el cual la Iglesia de Cristo se construiría.
El fundamento de la Iglesia verdadera se colocó a un costo enorme. Fue
preciso que el Hijo de Dios tomara sobre sí nuestra naturaleza y, en esta
naturaleza, vivir, sufrir y morir, no por sus propios pecados, sino por los nuestros.
Era necesario que en esa naturaleza fuera al sepulcro y resucitara. Era necesario
que en esa naturaleza de Cristo, ascendiera al cielo para sentarse a la diestra de
Dios, habiendo obtenido redención eterna para todo su pueblo. Ningún otro
fundamento podría haber satisfecho las necesidades de pecadores perdidos,
culpables, corruptos, débiles e indefensos.
Ese fundamento, una vez colocado, es muy fuerte. Puede aguantar el peso de
los pecados de todo el mundo. Ha cargado con el peso de todos los pecados de
13. La Iglesia que Cristo edifica 241

todas las piedras vivas que se han ido sobreedificando en el fundamento (1 P. 2:5).
Los pecados de pensamiento, pecados de la imaginación, pecados del corazón,
pecados de la mente, pecados que todos han visto y pecados que nadie ha visto,
pecados contra Dios y pecados contra el hombre, pecados de toda clase y
descripción, todos son pecados cuyo peso puede soportar la Roca portentosa sin
desmoronarse.
El oficio mediador de Cristo es el remedio suficiente para todos los pecados de
todo el mundo.
Cada miembro de la Iglesia verdadera está fijado a este fundamento. Los
creyentes no están unidos y no concuerdan en muchas cosas, pero en cuanto al
fundamento de su alma, todos coinciden. Ya sean episcopales o presbiterianos,
bautistas o metodistas, todos los creyentes piensan lo mismo en esto. Todos están
edificados sobre la Roca. Si les preguntamos de dónde viene la paz, esperanza y
gozosa expectativa de las cosas que vendrán, nos dirán que todas proceden de una
misma fuente poderosa: Cristo el Mediador entre Dios y el hombre, y del oficio de
Cristo como Sumo Sacerdote y Garantía de los pecadores.
Revise usted su fundamento si desea saber si es o no miembro de la única
Iglesia verdadera. Sólo usted conoce la respuesta. Podemos verlo presente en el
culto de adoración, pero no podemos ver si está personalmente edificado sobre la
Roca. Podemos ver que participa de la Cena del Señor, pero no podemos ver si
está unido a Cristo, si es uno con Cristo y Cristo uno con usted. Asegúrese de no
equivocarse en cuanto a su propia salvación. Cerciórese de que su alma está
cimentada sobre la Roca. Sin esto, lo demás no vale nada. Sin esto, usted no
saldrá victorioso en el día del juicio. ¡Mil veces mejor ser encontrado en aquel día
en una choza humilde edificada “sobre la Roca”, que en un palacio construido
sobre la arena!

IV. Peligro implícito para la Iglesia
En cuarto lugar, enfoquemos el peligro implícito para la Iglesia, al cual se
refiere nuestro texto. Menciona “las puertas del Hades”. Por esta expresión,
entendemos que se refiere al príncipe del infierno, el diablo. (Compare con Sal.
9:13; 107:18; Is. 38:10.)
La historia de la Iglesia verdadera de Cristo siempre ha sido una de conflictos y
guerras. Ha sido atacada constantemente por Satanás, enemigo mortal y príncipe
de este mundo. El diablo detesta la Iglesia verdadera de Cristo con un
aborrecimiento que no da tregua. Siempre está provocando oposición contra
todos sus miembros. Continuamente incita a los hijos de este mundo a hacer su
voluntad y a perjudicar y acosar al pueblo de Dios. Si no puede herir a la cabeza,
242 SANTIDAD

puede herir el calcañar. Si no puede robarles el cielo a los creyentes, les
dificultará el camino.
La lucha contra los poderes del infierno ha sido la experiencia de todo el
cuerpo de Cristo desde hace seis mil años. Siempre ha sido una zarza ardiente que
no se consume, una mujer que huye al desierto, pero no es devorada (Éx. 3:2; Ap.
12:6, 16). Las iglesias visibles tienen sus tiempos de prosperidad y temporadas de
paz, pero para la Iglesia verdadera nunca ha existido una época de paz. Sus
conflictos son perpetuos, sus luchas nunca cesan.
La lucha con los poderes del infierno es la experiencia de cada miembro
individual de la Iglesia verdadera. Cada uno tiene que luchar. ¿Qué son las vidas
de todos los santos, sino historias de batallas? ¿Qué fueron hombres como Pablo,
Santiago, Pedro, Juan, Policarpo, Crisóstomo, Agustín, Lutero, Calvino, Latimer y
Baxter, sino soldados en constante lucha? A veces, la persona de los santos ha sido
hostigada, otras veces, lo han sido sus bienes. A veces, han sido acosados con
calumnias y mentiras y, a veces, con abierta persecución. De una forma u otra, el
diablo ha estado siempre combatiendo contra la Iglesia. Las “puertas del Hades” o
infierno han estado atacando sin cesar al pueblo de Cristo.
Los que predicamos el evangelio, podemos ofrecer “preciosas y grandísimas
promesas” a todos los que vienen a Cristo (2 P. 1:4). Le podemos ofrecer a usted
sin reparos, en el nombre de nuestro Señor, la paz de Dios que sobrepasa todo
entendimiento. La Palabra ofrece misericordia, gracia y salvación total a todo el
que acude a Cristo y cree en él. Pero no podemos prometer que tendrá paz con el
mundo ni con el diablo. Al contrario, le advierto que tiene que haber lucha
mientras está en el cuerpo. No quiero desalentarlo, ni desviarlo de servir a Cristo.
Pero tiene usted que “calcular el costo” y comprender cabalmente lo que implica
servir a Cristo. (Lc. 14:28).
(a) No se sorprenda por la enemistad de las puertas del infierno. “Si fuerais del
mundo, el mundo amaría lo suyo” (Jn. 15:19). Mientras que el mundo y el diablo
existan habrá luchas; por lo tanto, los creyentes en Cristo tienen que ser soldados.
El mundo aborrecía a Cristo y el mundo aborrecerá a los cristianos auténticos
mientras la tierra exista. Como dijo el gran reformador Lutero: “Caín seguirá
matando a Abel mientras la Iglesia exista sobre la tierra”.
(b) Esté preparado para la enemistad de las puertas del infierno. Póngase toda
la armadura de Dios (Ef. 6). De la torre de David colgaban mil escudos (Cnt. 4:4),
listos para el uso del pueblo de Dios. Las armas de nuestra guerra son espirituales
y han sido usadas por millones de pobres pecadores como nosotros, y nunca han
fallado.
(c) Tenga paciencia ante la enemistad de las puertas del infierno. Todo está
obrando para el bien de usted (Ro. 8:28-29). La lucha tiende a santificar. Lo
13. La Iglesia que Cristo edifica 243

mantendrá despierto. Lo mantendrá humilde. Lo impulsará a acercarse más al
Señor Jesucristo. Lo quitará del mundo. Le ayudará a orar más. Sobre todo, hará
que ansíe más el cielo. Le ensañará a decir con su corazón, al igual que con sus
labios: “¡Ven, Señor Jesús! Venga tu reino” (Ap. 22:20; Mt. 6:10).
(d) No se desanime por la enemistad del infierno. La lucha del auténtico hijo
de Dios es, tanto una señal de la gracia como de la paz interior que él disfruta.
¡Sin cruz no hay corona! ¡Sin conflictos no hay cristianismo salvador!
“Bienaventurados sois”, dijo el Señor Jesucristo, “cuando por mi causa os
vituperen y os persigan”. Si usted nunca ha sido perseguido en razón de su fe y
todos hablan bien de usted, bien puede dudar si pertenece a “la Iglesia fundada
sobre la Roca” (Mt. 5:11; Lc. 6:26).

V. La seguridad de la verdadera Iglesia de Cristo es confirmada.
Queda una cosa más para considerar y ésta es la seguridad de que goza la
Iglesia verdadera de Cristo. El Arquitecto hace una promesa gloriosa: “Las puertas
del Hades no prevalecerán contra ella”.
Aquel que no puede mentir, ha empeñado su palabra de que ni todos los
poderes del infierno destruirán a su Iglesia. Ésta continuará y permanecerá firme
ante todos los ataques. Nunca será vencida. Todas las otras cosas creadas mueren
y pasan, pero no la Iglesia edificada sobre la Roca.
Imperios se han levantado y han caído en rápida sucesión. Egipto, Asiria,
Babilonia, Persia, Tiro, Cartago, Grecia, Roma y Venecia. ¿Dónde están ahora?
Todos tuvieron fundamentos humanos y han pasado. Pero la Iglesia verdadera de
Cristo permanece.
Las ciudades más poderosas han pasado a ser montones de escombros. Las
grandes murallas de Babilonia se han hundido en el suelo. Los palacios de Nínive
están cubiertos por capas de tierra. El centenar de puertas de Tebas, son sólo tema
de la historia. Tiro es un lugar donde los pescadores cuelgan sus redes. Cartago es
pura desolación. Pero durante todo este tiempo, la Iglesia verdadera ha
permanecido. Las puertas del infierno nunca han prevalecido ni prevalecerán
contra ella.
En muchos casos, las primeras iglesias visibles han decaído y perecido. ¿Dónde
está la iglesia de Éfeso y la de Antioquía? ¿Dónde están las iglesias de Alejandría y
la de Constantinopla? ¿Dónde la Corinto, la de Filipo y la de Tesalónica? Sí,
¿dónde están? Se apartaron de la Palabra de Dios. Esas iglesias se gloriaban de sus
obispos, sus sínodos, sus ceremonias, su erudición y su antigüedad. No se
gloriaban en la cruz de Cristo. No se mantuvieron aferradas al evangelio. No le
concedieron al Señor Jesús el lugar que le correspondía. Están ahora entre las
244 SANTIDAD

cosas del pasado. Su candelero les ha sido quitado de su lugar. No obstante, a
través de los siglos, la Iglesia verdadera ha permanecido.
¿Ha sido oprimida la Iglesia verdadera en un país? Simple y sencillamente ha
huido a otro. ¿Ha sido pisoteada en un territorio? Se ha arraigado y prosperado en
otro. Ni fuego, espada, prisiones, sanciones, ni penalidades han podido destruir su
vitalidad. Sus perseguidores han muerto e ido a su propio lugar, pero la Palabra
de Dios ha vivido, crecido y multiplicado. Por más débil que parezca esta Iglesia
verdadera a los ojos del hombre, es un yunque que ha roto a muchos martillos en
el pasado y quizá rompa muchos más antes del fin, “porque el que os toca, toca a
la niña de su ojo” (Zac. 2:8).
La promesa de nuestro texto se aplica a todo el cuerpo de la Iglesia verdadera.
Cristo nunca carecerá de testimonio en el mundo. Ha mantenido a su pueblo en
las peores épocas. Tenía siete mil en Israel, aun en la época de Acab. Hay algunos
ahora, si no me equivoco, en lugares oscuros de las iglesias romanas y griegas,
que están sirviendo a Cristo. El diablo puede rugir con ferocidad. La Iglesia en
algunos países puede ser muy débil. Pero las puertas del infierno nunca
“prevalecerán” totalmente.
La promesa de nuestro texto se aplica a cada miembro individual de la Iglesia.
Algunos del pueblo de Dios han sido abatidos y se han inquietado tanto que han
perdido la esperanza de su seguridad. Algunos lamentablemente han caído, como
lo hicieron David y Pedro. Algunos se han apartado de la fe por un tiempo, como
Cranmer y Jewell. Muchos han sido probados con crueles dudas y temores. Pero
finalmente todos, desde los más jóvenes a los más ancianos, los más débiles, al
igual que los más fuertes, arribaron seguros a su patria celestial. Y así será hasta
el final de los tiempos. ¿Podemos impedir que mañana salga el sol? ¿Podemos
impedir que suban y bajen las mareas del mar? ¿Podemos impedir que los
planetas sigan su curso en sus respectivas órbitas? Cuando todo eso sea posible
entonces, y solo entonces, alguien podrá impedir la salvación de un creyente. Por
más débil que sea, toda “piedra viva” en la Iglesia verdadera está edificada sobre la
Roca. Por más pequeña e insignificante que pueda parecer una piedra, estar
sobreedificada en la Piedra angular le da la seguridad definitiva de su salvación.
La Iglesia verdadera es el cuerpo de Cristo. Ni un hueso en ese cuerpo místico
será jamás quebrado. La Iglesia verdadera es la esposa de Cristo. Los que Dios ha
unido en un pacto eterno, nunca serán separados. La Iglesia verdadera es el
rebaño de Cristo. Cuando vino el león y tomó uno de los corderos de la manada de
David, David se levantó y lo liberó, sacándolo de la boca misma de la fiera. Cristo
hará lo mismo. Él es el más grande de los descendientes de David. Ni un cordero
enfermo de la manada de Cristo perecerá. Él le dirá al Padre en el día final: “De los
que me diste, no perdí ninguno” (Jn. 18:9). La Iglesia verdadera es el trigo de la
13. La Iglesia que Cristo edifica 245

tierra. Puede ser cernido, aventado y zarandeado de acá para allá. La cizaña y la
paja serán quemadas, pero el trigo será recogido en el granero. La Iglesia
verdadera es el ejército de Cristo. El Capitán de nuestra salvación no pierde a
ninguno de sus soldados. Sus planes nunca contemplan la derrota de su Iglesia.
Sus provisiones nunca fallan. Cuando pase lista al final, el resultado será como al
principio. ¡De los hombres que marcharon valientemente fuera de Inglaterra hace
muchos años a la guerra de Crimea, muchos jamás regresaron! Los regimientos
que, al son de la banda militar y con estandartes flameando en la brisa, marcharon
fuertes y entusiastas a pelear, dejaron sus huesos en una tierra extraña y nunca
regresaron a su patria. Pero no sucede así con el ejército de Cristo. Ni uno de sus
soldados faltará al final. Él mismo declara: “No perecerán jamás” (Jn. 10:28).
El diablo puede encarcelar a los miembros de la Iglesia verdadera. Puede
matarlos, quemarlos en la hoguera, torturarlos y lincharlos. Pero después de
matar el cuerpo, nada más puede hacer. No puede tocar el alma. Años atrás
cuando las tropas francesas tomaron a Roma, encontraron en las paredes de una
celda en una cárcel de la Inquisición, las palabras de un preso. No sabemos quién
era, pero sus palabras merecen ser recordadas, (“aunque muerto, todavía habla”).
Este prisionero escribió en las paredes, posiblemente después de un juicio injusto
y una excomulgación más injusta aun: “Jesús bendito, no pueden echarme fuera
de tu Iglesia verdadera”. ¡Lo que escribió es muy cierto! Ni todo el poder de
Satanás puede echar fuera de la Iglesia verdadera de Cristo ni a un solo creyente.
Confío en que ninguno de mis lectores permita jamás que el temor le impida
empezar a servir a Cristo. Aquel a quien le entrega su alma tiene todo poder en el
cielo y en la tierra y lo mantendrá seguro. Nunca dejará que sea echado fuera. Su
familia puede oponerse, los vecinos se pueden burlar. El mundo lo puede
calumniar, ridiculizar, tomarlo a broma y despreciarlo. ¡No tema! Los poderes del
infierno nunca prevalecerán contra su alma. Mayor es el que lo está al cuidando a
usted, que todos los que están en su contra.
No tema por la Iglesia de Cristo cuando mueren los pastores y los santos son
llevados a su morada eterna. Cristo puede mantener su propia causa siempre.
Levantará mejores siervos y estrellas más luminosas. Tiene a las estrellas de la
Iglesia en la palma de su mano (Ap. 1:20). Quítese los pensamientos ansiosos
sobre el futuro. Ya no esté deprimido por las medidas que toman los estadistas o
por los ardides de zorros vestidos de ovejas. Cristo siempre satisfará las
necesidades de su propia Iglesia. Cristo se asegurará de que “las puertas del
Hades” no prevalezcan contra ella. Todo va bien, aunque nuestros ojos no lo vean.
Los reinos del mundo, aún pueden convertirse en reinos de nuestro Dios y de su
Cristo.
246 SANTIDAD

Aplicaciones prácticas
Ahora concluiré este capítulo con unas palabras de aplicación prácticas.
(a) Las primeras serán en forma de una pregunta. ¿Cuál será esa pregunta?
¿Qué preguntaré? Regresaré al punto con el que comencé. Iré a la primera frase
de este capítulo, personalizándola. Pregunto: ¿Es usted miembro de la única
Iglesia verdadera de Cristo? ¿Es usted, en el mejor sentido, un “hombre de iglesia”
a los ojos de Dios? Ahora ya sabe lo que quiero decir. Miro mucho más allá de la
Iglesia Anglicana. No estoy hablando de una denominación o grupo en particular.
Hablo de “la Iglesia edificada sobre la Roca”. Le pregunto con toda seriedad: ¿Es
usted miembro de esa Iglesia? ¿Está usted unido al gran Fundamento? ¿Está
cimentado sobre la Roca? ¿Ha recibido al Espíritu Santo? ¿Testifica el Espíritu a
su espíritu de que usted es uno con Cristo y Cristo con usted? Le ruego, en el
nombre de Dios, que tome a pecho estas preguntas y reflexione bien sobre ellas. Si
no se ha convertido, no pertenece todavía a “la Iglesia sobre la Roca”.
Si no puede dar una respuesta satisfactoria a mis preguntas, tome en cuenta
cada uno de mis lectores su propia condición. Tenga cuidado, tenga cuidado de no
arruinar su alma para toda la eternidad. Tenga cuidado, no sea que al final de
cuentas las puertas del infierno prevalezcan contra usted, que el diablo declare
que usted le pertenece y sea echado fuera para siempre. Tenga cuidado de no ser
arrojado al abismo desde la tierra donde hay tantas Biblias, que le hubieran
podido ayudar a evitar su derrota, y a la vista del evangelio de Cristo que lo
hubiera podido salvar. Tenga cuidado que no vaya a estar a la izquierda de Cristo
en el día final, un episcopal perdido o un presbiteriano perdido o un bautista
perdido o un metodista perdido, perdido debido a que por su celo por su propia
denominación y su propia Cena del Señor, nunca se hizo miembro de la única
Iglesia verdadera.
(b) Mis segundas palabras de aplicación serán una invitación. Se las dirijo a
todo el que todavía no es un verdadero creyente: Venga y súmese sin dilación a la
única Iglesia verdadera. Venga y únase al Señor Jesucristo en un pacto eterno que
nunca será olvidado.
Considere bien lo que digo. Le encargo con toda seriedad que no malentienda
el significado de mi invitación. No le pido que deje la iglesia visible a la cual
pertenece. Aborrezco toda idolatría a los formulismos y partidismos. Detesto al
espíritu proselitista. Pero sí le pido que acuda a Cristo y sea salvo. El día de
decisión, tarde o temprano, tiene que llegar. ¿Por qué no hoy mismo, en este
mismo momento? ¿Por qué no este día mientras el día dura? ¿Por qué no esta
misma noche, antes de que claree la mañana? Venga a él, quien murió por los
13. La Iglesia que Cristo edifica 247

pecados en la cruz e invita a todos los pecadores que vengan a él por fe para ser
salvos. Venga a mi Señor Jesucristo.
Venga, le ruego, porque ya todo está preparado. La misericordia lo está. El
cielo lo está. Los ángeles lo esperan para regocijarse por usted. Cristo lo recibirá
con gozo y la dará la bienvenida entre sus hijos. Venga al arca. El diluvio de la ira
de Dios se desatará pronto sobre la tierra, venga al arca y sea salvo.
Entre en el bote salvavidas de la única Iglesia verdadera. ¡Este viejo mundo
pronto se hará pedazos! ¿Oye usted sus temblores? El mundo no es más que un
barco encallado en un banco de arena. La noche ya está avanzada y las olas
comienzan a subir, el viento comienza a soplar y la tormenta pronto destruirá el
viejo barco naufragado. Pero el bote salvavidas ha sido echado al agua y nosotros,
los ministros del evangelio, le rogamos que entre en el bote y sea salvo. Le
rogamos que se levante ya y venga a Cristo.
Se pregunta usted: “¿Cómo puedo venir? Mis pecados son demasiados. Todavía
soy muy impío. No me animo a venir”. ¡Fuera con ese pensamiento! Es Satanás
que lo tienta. Venga a Cristo como un pecador. Venga tal como está. Reflexione en
las palabras de aquel himno tan hermoso:
“Tal como soy, de pecador,
sin más confianza que tu amor,
ya que me llamas, acudí,
Cordero de Dios, heme aquí”.
Ésta es la manera de venir a Cristo. No se quede esperando nada ni se demore
por ninguna razón. Venga como un pecador hambriento que busca satisfacer su
apetito, un pecador pobre para enriquecerse, un pecador sin méritos para vestirse
de justicia. Si viene, Cristo lo recibe. Cristo dice: “Al que a mí viene, no le echo
fuera”. ¡Oh! Venga, venga a Jesucristo. Venga a la “Iglesia verdadera” por fe y sea
salvo.
(c) Por último, quiero dar una palabra de exhortación a todo creyente
auténtico que tiene este escrito en sus manos.
Procure vivir una vida santa. Ande como es digno de la Iglesia a la cual
pertenece. Viva como un ciudadano del cielo. Haga que su luz brille delante de los
hombres para que el mundo se beneficie por su conducta. Hágales saber a quién
pertenece y a quién sirve. Sea una epístola de Cristo, conocida y leía por todos,
escrita con letras tan claras que nadie pueda decir de usted: “No sé si este hombre
es un miembro de Cristo o no”. El que nada sabe de santidad real y práctica no es
miembro de “la Iglesia sobre la Roca”.
Procure vivir una vida valiente. Confiese a Cristo delante de los hombres. Sea
cual sea su posición, en esa posición confiese a Cristo. ¿Por qué habría usted de
248 SANTIDAD

avergonzarse de él? Él no se avergonzó de usted en la cruz. Él está listo para
confesarlo a usted ante su Padre en el cielo. ¿Por qué habría usted de
avergonzarse de él en la tierra? Sea valiente. Sea muy valiente. El buen soldado no
se avergüenza de su uniforme. El verdadero cristiano nunca debiera avergonzarse
de Cristo.
Procure vivir una vida gozosa. Viva como alguien que tiene esta bendita
esperanza: La segunda venida de Jesucristo. Éste es el acontecimiento que todos
debemos esperar con expectación. No es tanto la idea de ir al cielo, sino que el
cielo venga a nosotros lo que debiera llenar nuestra mente. “Vienen buenos
tiempos” para todo el pueblo de Dios, buenos tiempos para toda la Iglesia de
Cristo, buenos tiempos para todos los creyentes; malos tiempos para el
impenitente y el incrédulo, pero buenos tiempos para el cristiano auténtico.
Esperemos, velemos y oremos por esos buenos tiempos.
El andamiaje pronto será quitado. La última piedra pronto será colocada. La
piedra final será instalada sobre el edificio. Un poco más de tiempo y la belleza
total de la Iglesia que Cristo está edificando será vista claramente.
El gran Maestro Constructor pronto vendrá. El edificio sin ninguna
imperfección será exhibido ante los mundos reunidos. El Salvador y los salvos se
regocijarán juntos. Todo el universo reconocerá que en la edificación de la Iglesia
de Cristo todo se hizo a la perfección. “Bienaventurados” se dirá en aquel día, si
nunca fue dicho antes: “¡Bienaventurados todos los que pertenecen a la Iglesia
sobre la roca!”.

14. Advertencias a las iglesias visibles
“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Apocalipsis 3:22

Me supongo que puedo contar con que cada uno de mis lectores pertenece a
alguna iglesia visible de Cristo. No le pregunto si es usted episcopal, presbiteriano
o independiente. Lo único que supongo es que no le gustaría que lo llamaran ateo
o incrédulo. También supongo que asiste al culto público de un cuerpo visible,
particular o nacional de cristianos que profesan serlo exteriormente.
Ahora bien, sea cual fuere el nombre de su iglesia, le invito a prestar especial
atención al versículo bíblico que tiene ante sus ojos. Le encargo que tenga en
mente que las palabras de ese versículo le conciernen a usted. Fueron escritas
14. Advertencias a las iglesias visibles 249

para su conocimiento y para todos los que se consideran cristianos. “El que tiene
oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.
En el segundo y tercer capítulo del libro de Apocalipsis, este versículo se repite
siete veces. En estos capítulos, el Señor envía, por la mano de Juan, una carta a
cada una de las siete iglesias de Asia. Siete veces termina sus cartas diciendo las
mismas palabras solemnes. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las
iglesias”.
Todo lo que el Señor Dios hace es perfecto. No hace nada por casualidad. No
causó que ninguna parte de las Escrituras se escribiera por casualidad. En todos
sus tratos, podemos encontrar un designio, propósito y plan. Hubo un diseño en
el tamaño y órbita de cada planeta. Hay un designio en la forma y estructura del
ala de la mosca más diminuta. Hay una intención en cada versículo de la Biblia.
Hay un objetivo en cada repetición de un versículo, sea donde sea que aparezca.
Hay un propósito en las siete repeticiones del versículo que estamos enfocando.
Significa algo y la intención es que le demos nuestra atención.
Estos versículos piden la atención especial de todos los cristianos auténticos
de las siete “cartas, a las iglesias”. Estoy convencido de que su intención es hacer
que los creyentes tomen nota, en particular, de los asuntos que estas siete
epístolas tratan.
Procuraré señalar ciertas verdades principales que me parece que estas siete
epístolas enseñan. Son verdades para nuestra época, verdades que nunca se
pueden conocer demasiado bien y que nos beneficia conocerlas y percibirlas
mucho mejor de lo que lo hacemos.

I. Cuestiones relacionadas con doctrinas, prácticas, advertencias y
promesas
En primer lugar, les pido a mis lectores que noten que, en las siete epístolas, el
Señor Jesús no habla más que de doctrinas, prácticas, advertencias y promesas.
Les pido que lean estas siete epístolas en silencio y a su propio ritmo; cuando lo
hagan, comprenderán lo que quiero decir.
Observarán que, a veces, el Señor Jesús habla de falsas doctrinas, personas
impías y prácticas erradas, y las reprende con vehemencia. También notarán que,
a veces, elogia altamente la fe, paciencia, obra, labor y perseverancia. Lo verán,
otras veces, rogando que se arrepientan, corrijan, regresen a su primer amor, que
renueven su fe en él y cosas así.
También quiero que noten que, en ninguna de las epístolas, el Señor habla del
gobierno ni las ceremonias de la iglesia. No dice nada de sacramentos ni de
ordenanzas. No menciona liturgias ni procedimientos o formas. No le indica a
250 SANTIDAD

Juan que escriba ni una palabra sobre el bautismo, la Cena del Señor ni de una
sucesión apostólica. En suma, los principios principales de lo podríamos llamar
“el sistema sacramental”, no aparece en ninguna de las siete epístolas.
¿Por qué señalo esto? Lo hago porque muchos profesantes cristianos, en la
actualidad, quieren hacernos creer que estas cosas son de primera, primordial y
capital importancia. Son muchos los que opinan que no puede haber una iglesia
sin un obispo, ni piedad sin liturgia. Parece que creen que enseñar el valor de los
sacramentos es la primera obligación del pastor y que la continuidad de la iglesia
local es la tarea de las personas.
Ahora bien, nadie me malinterprete cuando digo esto. Nadie se vaya con la
idea de que no le doy ninguna importancia a los sacramentos. Al contrario, los
considero de gran bendición para todos los que participan de ellos “correcta,
dignamente y con fe”. No crea que no le doy ningún valor al gobierno episcopal, la
liturgia y al sistema parroquial. Al contrario, considero que una iglesia bien
administrada que cuenta con estas tres cosas, además de un ministerio evangélico
es una iglesia mucho más completa y provechosa que una en la que no se
encuentran. Pero afirmo que los sacramentos, el gobierno de la iglesia, el uso de
una liturgia, las ceremonias y procedimientos no son nada en comparación con la
fe, el arrepentimiento y la santidad. Y mi autoridad para decir esto es todo el tenor
de las palabras de nuestro Señor Jesucristo a las siete iglesias.
Me es imposible creer que si cierta forma de gobierno eclesiástico fuera tan
importante como algunos afirman, la gran Cabeza de la Iglesia no la hubiera
mencionado aquí. Encontraríamos algo sobre esto dirigido a Sardis y Laodicea.
Pero no encuentro absolutamente nada. Creo que ese silencio es algo para tener
muy en cuenta.
No puedo menos que mencionar que fue lo mismo con las palabras de
despedida de Pablo a los ancianos efesios (Hch. 20:27-35). Se estaba despidiendo
para siempre. Estaba dando sus últimas instrucciones sobre la tierra, escribiendo
como alguien que no volvería a ver los rostros de sus oyentes. No obstante, no hay
ninguna instrucción sobre los sacramentos ni el gobierno de la iglesia. Si alguna
vez hubo necesidad de hablar de estos, fue en esta ocasión. Pero el Apóstol no dijo
absolutamente nada y creo que su silencio fue intencional.
Y esa es la razón por la cual nosotros, los llamados (para bien o para mal) clero
evangélico, no predicamos sobre obispos, el Libro de Oraciones y las ordenanzas
más de lo que lo hacemos. No es porque no las valoremos en el lugar, la
proporción y manera que les corresponde. Las valoramos tanto y verdaderamente
como cualquiera, y damos gracias a Dios por ellos. No obstante, creemos que el
arrepentimiento ante Dios, la fe en nuestro Señor Jesucristo y una conversación
santa son temas mucho más importantes para el alma. Sin estos, nadie puede ser
14. Advertencias a las iglesias visibles 251

salvo. Estas son las cuestiones más importantes y de más peso y, por ello, éstas
son las que enfatizamos.
Aquí tenemos una razón por la cual, a menudo, instamos a las personas que no
se contenten con la parte externa de la religión. Usted habrá observado que le
advertimos con frecuencia que no confíe en el hecho de ser miembro de la iglesia
y los privilegios de la iglesia. Le advertimos que no se crea que todo anda bien
porque usted asiste a la iglesia los domingos y participa de la Cena del Señor.
Con frecuencia, le instamos que recuerde que no es un cristiano el que lo es
solo exteriormente, sino el que ha “nacido de nuevo”, el que tiene una “fe que
obra por amor” y es una “nueva creación” por el Espíritu en su corazón. Lo
hacemos porque pensamos que es la mente de Cristo. Éste es el tipo de cosas que
él enfatiza cuando escribe a las siete iglesias. Creemos que si lo imitamos a él no
cometeremos errores graves.
Sé que nos acusan de tener “puntos de vista deficientes” sobre los temas a los
cuales me he referido. Poco importa si alguien piensa que nuestros puntos de
vista son considerados “deficientes” siempre y cuando nuestra conciencia nos diga
que son bíblicos. Los pensamientos elevados, como los llaman, no siempre son
terreno seguro sobre el cual transitar. Nuestra respuesta debe ser lo que dijo
Balaam: “Lo que hable Jehová, eso diré” (Nm. 24:13).
La verdad simple y llana es que hay dos sistemas cristianos diferentes y
separados en Inglaterra hoy día. Es inútil negarlo. Su existencia es una gran
realidad y eso hay que entenderlo claramente.
Según uno de los sistemas, la religión es sólo una cuestión corporativa. Uno
tiene que pertenecer a cierto grupo de personas. En virtud de ser miembro de este
grupo o cuerpo, a uno le son conferidos vastos privilegios, tanto en el tiempo
como en la eternidad. Poco importa lo que uno es y lo que siente. No tiene que
ponerse a prueba en base a sus sentimientos. Si uno es miembro de una gran
corporación eclesiástica, entonces cuenta con todas sus concesiones y privilegios.
¿Pertenece usted a una corporación visible auténtica? Éste es el quid de la
cuestión.
Según el otro sistema, la religión es principalmente un asunto personal entre
usted y Cristo. Ser miembro de algún cuerpo eclesiástico no le salvará el alma, no
importa lo sano que sea ese cuerpo. El solo hecho de ser miembro no le limpiará
ni un pecado ni le dará seguridad en el Día del Juicio. Tiene que haber una fe
personal en Cristo, una relación personal entre usted y Dios, una comunión
personal sentida entre su corazón y el Espíritu Santo. ¿Tiene usted esta fe
personal? ¿Siente en su alma la obra del Espíritu Santo? Éste es el quid de la
cuestión. Si su respuesta es negativa, usted está perdido.
252 SANTIDAD

Este último sistema es al que se aferran y enseñan los que se denominan
pastores evangélicos. Lo hacen porque están seguros de que éste es el sistema que
enseñan las Sagradas Escrituras. Lo hacen porque están convencidos de que
cualquier otro sistema produce consecuencias muy peligrosas y tienen el fin de
engañar fatalmente a los hombres en cuanto a su verdadero estado. Lo hacen
porque creen que es el único sistema que Dios ha de bendecir y que ninguna
iglesia prosperará tanto como aquella en la que el arrepentimiento, la fe, la
conversión y la obra del Espíritu son los temas primordiales de los sermones del
pastor.

II. “Yo conozco tus obras”
Digo una vez más que repasemos con frecuencia las siete “epístolas a las
iglesias”. En segundo lugar, les pido a mis lectores que noten que en cada epístola
el Señor Jesús dice: “yo conozco tus obras”. Esta expresión que se repite una y
otra vez es muy impresionante. Es por algo que leemos estas palabras siete veces.
A una iglesia el Señor Jesús dice “tu arduo trabajo y tu paciencia”, a otra “tu
tribulación y tu pobreza”, a la tercera “tu amor, y fe, y servicio”. En cambio, a
todas les dice las palabras que ahora estamos enfocando: “Yo conozco tus obras”.
No dice: “Yo conozco la fe que profesas, tus anhelos, tus decisiones y tus anhelos”,
sino que dice obras. Yo conozco tus obras.
Las obras de un cristiano profesante son de gran importancia. No pueden
salvar su alma. No pueden justificarlo. No pueden limpiarlo de sus pecados. No
pueden librarlo de la ira de Dios. Pero porque no puedan salvarlo, no significa que
no sean importantes. Tenga cuidado, no sea que se le ocurra creer esto. La
persona que lo cree está terriblemente engañada.
A menudo, pienso que con gusto moriría por defender la doctrina de la
justificación por la fe sin las obras de la ley. Pero mantengo firmemente que, por
lo general, las obras del hombre son evidencia de su fe. Si se denomina usted
cristiano, tiene de demostrarlo en su diario vivir y su comportamiento cotidiano.
Recuerde que la fe de Abraham y la de Rahab se comprobó por sus obras (Stg.
2:21-26). Recuerde que no le sirve a usted ni me sirve a mí profesar que conozco a
Dios, si nuestras obras lo desdicen (Tito 1:16). Recuerde las palabras de nuestro
Señor Jesús: “Porque cada árbol se conoce por su fruto” (Lc. 6:44).
Además, sean las que fueren las obras de un cristiano profesante, dice la
Palabra: “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los
buenos” (Pr. 15:3). Nunca ha realizado usted una acción, por más privada que
haya sido, que el Señor no viera. Nunca dijo una palabra, no, ni siquiera un
susurro, que Jesús no oyera. Nunca escribió una carta, aun a su amigo más
querido, que Jesús no haya leído. Nunca ha tenido un pensamiento, por más
14. Advertencias a las iglesias visibles 253

secreto que haya sido, que Jesús no sabía. Sus ojos son como fuego que arde. La
oscuridad no es oscuridad para él. Todas las cosas le son manifiestas. Le dice a
cada uno: “Yo conozco tus obras”.
(a) El Señor Jesús conoce las obras de todas las almas impenitentes e
incrédulas y, un día, las castigará. No son olvidadas en el cielo, aunque se olviden
en la tierra. Cuando el gran trono blanco esté preparado y los libros sean abiertos,
los impíos muertos serán juzgados “según sus obras” (Ap. 20:12-13).
(b) El Señor conoce las obras de su propio pueblo y las pesa. “A él le toca pesar
las acciones” (1 S. 2:3). Él conoce el porqué y el para qué de las obras de todos los
creyentes. Ve las motivaciones de cada paso que dan. Discierne cuánto se realiza
en su nombre y cuánto para ser alabado. ¡Ay! Muchas cosas que hacen los
creyentes nos parecen muy buenas a usted y a mí, pero Cristo las da una
calificación muy baja.
(c) El Señor Jesús conoce las obras de todos los que pertenecen a su pueblo y,
un día, las recompensará. Nunca pasa por alto una palabra cariñosa ni una buena
obra realizada en su nombre. A él le pertenecen todos los frutos de la fe, aun los
más pequeños; y los declarará ante el mundo el día de su venida. Si ama usted al
Señor Jesús y le sigue, puede estar seguro de que sus obras para el Señor no serán
en vano. Las obras de los que mueren en el Señor “con ellos siguen” (Ap. 14:13).
No irán antes que ellos, ni a su lado, sino que los siguen y serán los elementos
para su balance el día de la venida de Cristo. La parábola de las minas se hará
realidad (Lc. 19:12-27). “Cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor” (1
Co. 3:8). El mundo no lo conoce a usted porque no conoce a su Hacedor. Pero
Jesús ve y sabe todo. “Yo conozco tus obras”.
Reflexione acerca de la advertencia solemne que hay aquí para todo el que
profesa una religión mundana e hipócrita. Lea, subraye y digiera estas palabras.
Jesús le dice: “Yo conozco tus obras”. Usted puede engañarme a mí y a otros
pastores; es fácil hacerlo. Usted puede recibir de mis manos el pan y la copa y, no
obstante, estar aferrándose a la iniquidad en su corazón. Puede asistir a la iglesia
semana tras semana y escuchar con seriedad las palabras del predicador y, sin
embargo, no creerlas. Pero recuerde que no puede engañar a Cristo. Aquel que
descubrió lo muerta que estaba la iglesia en Sardis y lo tibia que era la de
Laodicea, lo conoce a usted de pies a cabeza, y lo expondrá en el día final, a menos
que se arrepienta.
Oh, créame, la hipocresía siempre pierde. Nunca da resultado parecer una cosa
y ser otra, ni llamarse cristiano y no serlo. Puede estar seguro de que si le
remuerde la conciencia en este sentido, puede estarlo también de que su pecado
será descubierto. Los ojos que vieron a Acán robar un lingote de oro y esconderlo,
están sobre usted. El libro que registró las obras de Giezi, Ananías y Safira, está
254 SANTIDAD

registrando sus obras. Jesús, en su misericordia, le envía hoy una advertencia.
Dice: “Yo conozco tus obras”.
Por otro lado, piense en el aliento que hay aquí para cada creyente sincero y
auténtico. También a usted le dice Jesús: “Yo conozco tus obras”. Usted no ve
nada especial en ninguna de sus acciones. Todo le parece imperfecto, manchado y
deshonroso. A veces, se siente mal por sus propias faltas. A menudo, siente que
toda su vida es un gran error y que cada día es un espacio en blanco o un
manchón. Pero sepa ahora que Jesús puede ver algo de hermosura en todo lo que
hace con el anhelo consciente de complacerle. Sus ojos pueden discernir la
excelencia, aun en lo más pequeño, que es fruto de su propio Espíritu. Él puede
sacar las pepitas de oro de la escoria de sus acciones y separar la cizaña del trigo
en todos sus quehaceres. Todas sus lágrimas van en su redoma (Sal. 56:8). Sus
esfuerzos por ayudar a los demás, por más pequeños que sean, están escritos en su
libro memorial. La copa más pequeña de agua, dada en su nombre, recibirá su
recompensa. El Señor no olvida sus obras y trabajos de amor, aunque el mundo
no los valore.
Parece demasiado maravilloso y sí, lo es. A Jesús le encanta honrar la obra de
su Espíritu en su pueblo y de pasar por alto sus flaquezas. Toma en cuenta la fe de
Rahab, pero no su mentira. Felicita a sus apóstoles por permanecer con él durante
sus tentaciones y no tiene en cuenta su ignorancia y falta de fe (Lc. 12:28). “Como
el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Sal.
103:13). Y de la misma manera como un padre de familia se complace con las más
pequeñas y dignas acciones de sus hijos, de las cuales los extraños nada saben, se
complace el Señor con nuestros débiles esfuerzos por servirle.
Es todo muy maravilloso. Puedo comprender por qué los justos en el Día del
Juicio dirán: “¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te
dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te
cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?” (Mt. 25:37-
39). ¡Les parecerá increíble e imposible haber hecho algo digno de mencionar en
aquel gran día! No obstante, así es. Cobren aliento por esto, todos los creyentes. El
Señor dice: “Yo conozco todas tus obras”. Esto debe hacerle humilde, pero no
temeroso.

III. Una promesa al que venciere
Les pido a mis lectores que observen, en tercer y último lugar, que en cada
epístola el Señor Jesús hace una promesa al que venciere.
Siete veces Jesús promete a las iglesias cosas muy grandes y preciosas. Cada
una es diferente y cada una está llena de consolación, pero cada una va dirigida al
cristiano vencedor. Es siempre “al que venciere” o “el que venciere”.
14. Advertencias a las iglesias visibles 255

Cada cristiano es un soldado de Cristo. Por su bautismo está comprometido a
librar la batalla de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. El hombre que
no lo hace está rompiendo su pacto. Es un moroso espiritual. No cumple los
compromisos que le corresponden. El cristiano que rompe su compromiso,
prácticamente, renuncia a su cristianismo. El hecho mismo de que pertenece a
una iglesia, asiste a un lugar de adoración cristiano, es una declaración pública de
que quiere ser contado como soldado de Cristo.
El Señor provee una armadura para la lucha, pero el cristiano tiene que usarla.
“Tomad”, dice Pablo a los efesios, “toda la armadura de Dios”. “Estad, pues, firmes,
ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia”. “Y
tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”.
“Sobretodo, tomad el escudo de la fe” (Ef. 6:13-17).
Y no de menos importancia, el cristiano profesante tiene…
- el mejor de los líderes: Jesús, el Capitán de la salvación, por medio del cual es
más que vencedor,
- las mejores provisiones: El pan de vida y el agua viva y
- la promesa del mejor pago: Un eterno peso de gloria.
Todas estas cosas no son nada nuevo. No me desviaré de mi tema a fin de
explicarlas.
Un punto que quiero dejar en su alma ahora es que el creyente auténtico, no
sólo es un soldado, sino un soldado victorioso. No sólo profesa luchar del lado de
Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo, sino que realmente lucha y vence.
He aquí la gran característica que distingue al cristiano auténtico. A otros
quizá, les guste solamente el hecho de ser contados en el ejército de Cristo. Otros
pueden tener pocos deseos y anhelos lánguidos de lograr la corona de gloria. Pero
es únicamente el cristiano auténtico, el que le hace frente a los enemigos de su
alma, quien realmente lucha contra ellos y, en esa lucha, los vence.
Una gran lección que deseo que mis lectores aprendan de estas epístolas es que,
si han de dar pruebas de haber nacido de nuevo y de que van en dirección al cielo,
tienen que ser soldados victoriosos de Cristo. Si anhelan estar seguros de que
tienen derecho a las promesas preciosas de Cristo, tienen que pelear la buena
batalla en la causa de Cristo y salir airosos.
La victoria es la única evidencia satisfactoria de que tienen una fe salvadora.
Quizá les guste escuchar buenos sermones. Respetan la Biblia y la leen
ocasionalmente. Elevan a Dios sus oraciones en la noche y en la mañana. Tienen
el culto familiar y ofrendan a la obra misionera. Doy gracias a Dios por esto. Pero,
¿cómo va la batalla? ¿Cómo pelean sus batallas durante el tiempo de lucha? ¿Están
venciendo el amor al mundo y el temor al hombre? ¿Están venciendo las pasiones,
256 SANTIDAD

el mal carácter y la lascivia de sus propios corazones? ¿Están resistiendo al diablo
y obligándolo a huir? ¿Cómo va esto? Tienen que vencer o servir al pecado, al
diablo y al mundo. No hay otra alternativa. Tienen que vencer o ser vencidos para
perdición.
Sé muy bien y quiero que ustedes también sepan que es una batalla difícil la
que tienen que pelear. Deben pelear la buena batalla de la fe y soportar aflicciones
para alcanzar la vida eterna. Tienen que decidirse a luchar diariamente si quieren
llegar al cielo. Puede haber caminos breves al cielo inventados por el hombre,
pero el cristianismo legado de la antigüedad es el camino de la cruz, el camino de
conflictos. El pecado, el mundo y el diablo tienen que ser realmente mortificados,
resistidos y vencidos.
Éste es el camino que los santos de antaño tomaron dejando “su récord en lo
más alto”.
(a) Moisés rechazó los placeres pecaminosos en Egipto y escogió las aflicciones
del pueblo de Dios. Esto fue vencer: Venció el amor a los placeres.
(b) Micaías se negó a profetizar buen éxito al rey Acab, aunque sabía que
profetizar la verdad significaría que sería perseguido. Esto fue vencer: Venció el
amor a la comodidad.
(c) Daniel se negó a dejar de orar, aunque sabía que había un foso de leones
preparado para él, Esto fue vencer: Venció el temor a la muerte.
(d) Mateo abandonó sus negocios cuando nuestro Señor le pidió que lo
siguiera. Esto fue vencer. Venció el amor al dinero.
(e) Pedro y Juan ante el concilio dijeron con valentía: “No podemos dejar de
decir lo que hemos visto y oído”. Esto fue vencer. Vencieron el temor al hombre.
(f) Saulo, el fariseo, renunció a su fama entre los judíos y predicó a ese mismo
Jesús que había perseguido. Esto fue vencer: Venció el amor a la alabanza del
hombre.
Nosotros tenemos que hacer el mismo tipo de acciones de estos hombres, si
queremos ser salvos. Eran hombres con pasiones como las nuestras y las
vencieron. Tenían tantas pruebas, como posiblemente tenemos nosotros, pero
vencieron. Lucharon. Batallaron. Pelearon. Nosotros tenemos que hacer lo mismo.
¿Cuál fue el secreto de su victoria? Su fe. Creyeron en Cristo y, creyendo,
recibieron fuerzas. Creyeron en Cristo y, creyendo, fueron sostenidos. En todas
sus batallas, tuvieron sus ojos puestos en Jesús y él nunca los dejó ni los
abandonó. “Y ellos le han vencido [al acusador] por medio de la sangre del
Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” y lo mismo sea con nosotros (Ap.
12:11).
14. Advertencias a las iglesias visibles 257

Les dejo estas palabras. Les pido que las tomen a pecho. Cada uno decida, por
la gracia de Dios, ser un cristiano vencedor.
Me preocupan muchos cristianos profesantes. No veo en ellos ninguna señal
de lucha y, menos aún, de victorias. Nunca abren la boca en defensa de Cristo.
Están en paz con sus enemigos. No tienen problemas con el pecado. Le advierto
que esto no es ser cristiano. Éste no es el camino al cielo.
A menudo, me preocupo mucho por los que escuchan el evangelio
regularmente. Me preocupa que se acostumbren tanto a oír su doctrina, que se
insensibilizan a su poder. Me temo que su fe se limite a una conversación incierta
acerca de su propia flaqueza y corrupción, y algunas expresiones sentimentales
acerca de Cristo, mientras ignoran totalmente la necesidad de luchar por Cristo
de verdad y en la práctica. Cuídese de no caer en este mismo error. “Sed
hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores”. ¡Sin victoria no hay corona!
¡Luche y venza! (Stg. 1:22).
Jóvenes y señoritas y, especialmente los que se han criado en un hogar
cristiano: Temo por ustedes. Temo que se acostumbren a ceder a las tentaciones.
Temo que les dé miedo decirle “¡no!” al mundo y al diablo, y que cuando los
pecadores los tientan, no tengan reparos en ceder. Tengan cuidado, les ruego que
no cedan. Cada vez que lo hacen, se van debilitando. Salgan al mundo decididos a
pelear la batalla de Cristo y a abrirse paso luchando.
Creyentes en el Señor Jesús, de todas las iglesias y posiciones en la vida: Me
identifico mucho con ustedes. Sé que su camino es difícil. Sé que la batalla que
tienen que pelear es difícil. Sé que, a menudo, se sienten tentados a decir: “No
vale la pena” y a bajar sus brazos.
Anímense queridos hermanos y hermanas. Les ruego que sean valientes. Vean
el lado positivo de su posición. Cobren aliento para seguir luchando. El tiempo es
breve. El Señor viene pronto. La noche está avanzada. Millones de personas
débiles como ustedes han peleado la misma batalla. Ni uno de todos esos millones
ha terminado cautivo de Satanás. Sus enemigos son poderosos, pero el Capitán de
su salvación es aún más poderoso. Su brazo, su gracia y su Espíritu lo
mantendrán en pie. Alégrense. No se desanimen.
¿Qué si pierde una batalla o dos? No las perderá todas. ¿Qué si a veces desmaya?
No será destruido. Guárdese del pecado y el pecado no tendrá poder sobre usted.
Resista al diablo y él huirá de usted. Aléjese audazmente del mundo y el mundo se
verá obligado a dejarlo ir. Al final será más que vencedor.
258 SANTIDAD

Aplicación práctica
Daré algunas palabras de aplicación de todo el tema y, con esto, habré
terminado.
(a) Para empezar, advierto a todo el que está viviendo solo para el mundo,
que piense bien lo que está haciendo. Aunque no lo sepa, usted es enemigo de
Cristo. Él conoce sus caminos aunque le esté dando la espalda y se niegue a
entregarle su corazón. Está observando su vivir cotidiano y notando lo que hace.
Habrá una resurrección de todos sus pensamientos, palabras y acciones. Usted
puede olvidarlas, pero Dios no las olvida. Puede ser que usted ni les dé
importancia, pero están escritas con cuidado en el libro de memorias. ¡Oh,
hombre mundano! ¡Piense en esto! Tiemble, tiemble y arrepiéntase.
(b) En segundo lugar, advierto a todo formalista y fariseo que mire bien que
no sea engañado. Usted se imagina que irá al cielo porque asiste regularmente a
la iglesia. Se queda tranquilo pensando que tiene vida eterna porque siempre
participa de la Cena del Señor y su asistencia a los cultos es perfecta. Pero, ¿dónde
está su arrepentimiento? ¿Dónde está su fe? ¿Dónde están las evidencias de un
nuevo corazón? ¿Dónde están las evidencias de regeneración? ¡Oh, cristiano de
nombre solamente! ¡Piense en estas preguntas! ¡Tiemble, tiemble y arrepiéntase!
(c) En tercer lugar, advierto a todo miembro negligente de las iglesias que
tengan cuidado, no sea que por su negligencia, su alma termine en el infierno.
Usted vive año tras año como si no hubiera ninguna batalla que pelear con el
pecado, el mundo y el diablo. Pasa por la vida sonriendo, riendo y portándose
como un caballero o una dama, y actúa como si no hubiera un diablo, un cielo ni
un infierno. Oh, miembro negligente de la iglesia, episcopal negligente,
presbiteriano negligente, independiente negligente, bautista negligente:
¡Despierte para ver las realidades eternas en su verdadera perspectiva! ¡Despierte y
póngase la armadura de Dios! ¡Despierte y luche duro por la vida! Tiemble,
tiemble y arrepiéntase.
(d) En cuarto lugar, advierto a todo aquel que quiera ser salvo, que no se
contente con las normas del mundo concernientes al cristianismo. Nadie que
tiene los ojos abiertos puede dejar de ver que el cristianismo del Nuevo
Testamento es muy superior y más profundo que el que profesa la mayoría de los
cristianos. Esas prácticas ceremoniosas, fáciles y carentes de obras que la mayoría
llama cristianismo, evidentemente, no es el cristianismo del Señor Jesús. Las
virtudes que elogia en estas siete epístolas no son las que elogia el mundo. Las
cosas que condena son cosas en las que el mundo no ve nada malo. ¡Oh, si su
intención es seguir a Cristo, no se contente con el cristianismo del mundo!
Tiemble, tiemble y arrepiéntase.
14. Advertencias a las iglesias visibles 259

(e) En último lugar, advierto a todo el que profesa creer en el Señor Jesús,
que no se contente con una medida escasa de él.
De todas las cosas que se ven en la iglesia de Cristo, no hay ninguna más
penosa que el cristiano que se contenta y está satisfecho con un poquito de gracia,
un poquito de arrepentimiento, un poquito de fe, un poquito de conocimiento, un
poquito de amor y un poquito de santidad. Le ruego a cada uno que lee estas
líneas que no sea ese tipo de cristiano. Si quiere ser útil, si desea promover la
gloria de su Señor y si anhela paz interior, no se contente con solo un poquito de
cristianismo.
En cambio, busquemos cada día de nuestra vida progresar espiritualmente
cada vez más, crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús, ser más
humildes y conocernos mejor, crecer en espiritualidad, pensando en el cielo y
conformarnos, cada vez mejor, a la imagen de nuestro Señor.
Tengamos cuidado de no dejar nuestro primer amor como la iglesia en Éfeso,
de ser tibios como la de Laodicea, de tolerar prácticas falsas como la de Pérgamo,
de jugar con falsas doctrinas como la de Tiatira y de estar al borde de la muerte
como la de Sardis.
En cambio, anhelemos los dones mejores. Sea nuestra meta lograr una
santidad excelente. Procuremos ser como la iglesia de Esmirna y la de Filadelfia.
Mantengamos, sin fluctuar, lo que ya tenemos y procuremos, continuamente,
lograr más. Trabajemos para ser incuestionablemente cristianos. Que no seamos
identificados como hombres de ciencia, ni escritores exitosos, ni hombres de
mundo, ni gente divertida ni hombres de negocios, sino “hombres de Dios”.
Vivamos de modo que todos vean que lo más importante para nosotros es todo lo
que se relaciona con Dios y que la gloria de Dios es nuestra primera prioridad,
seguir a Cristo el gran objetivo del presente y estar con Cristo, el gran anhelo para
la vida venidera.
Vivamos de esta manera y seremos felices. Vivamos de esta manera y le
haremos bien al mundo. Vivamos de esta manera y dejaremos buena evidencia
detrás de nosotros cuando muramos. Vivamos de esta manera y lo que el Espíritu
dijo a las iglesias no habrá sido dicho en vano.
260 SANTIDAD

15. “¿Me amas?”
“¿Me amas?”. Juan 21:16

Cristo dirigió al apóstol Pedro, la pregunta que encabeza este capítulo. No
existe una más importante. Han pasado más de diecinueve siglos desde que Jesús
dijo estas palabras. Pero hasta la fecha la pregunta sigue siendo muy inquietante y
provechosa.
La disposición de amar a alguien es uno de los sentimientos más comunes que
Dios ha implantado en la naturaleza humana. Lamentablemente y con demasiada
frecuencia, la gente consagra su amor a objetos que no lo merecen. Quiero ahora
reclamar un lugar para él, el único que es digno de todos los mejores
sentimientos de nuestro corazón. Quiero que todos le den parte de su amor a la
Persona Divina que nos amó y se dio por nosotros. Entre todo lo que aman, les
pido que no se olviden de amar a Cristo.
Quiero que cada uno de mis lectores enfoque su atención en este tema tan
portentoso. Este no es un tema sólo para los exaltados y fanáticos. Merece la
consideración de cada creyente que cree la Biblia. Nuestra salvación misma
depende de ello. La vida o la muerte, el cielo o el infierno dependen de nuestra
aptitud de contestar una sencilla pregunta: “¿Ama usted a Cristo?”.
Quiero destacar dos puntos al iniciar este tema.

I. El cristiano auténtico ama a Cristo
En primer lugar, quiero mostrarle el sentimiento singular hacia Cristo del
cristiano auténtico: Lo ama.
Cristiano auténtico no es simplemente una mujer o un hombre bautizado. Es
más. No es la persona que asiste, por costumbre, a la iglesia los domingos y vive el
resto de la semana como si Dios no existiera. Costumbre no es cristianismo,
adoración solamente de labios no es cristianismo. Las Escrituras lo afirman
expresamente: “No todos los que descienden de Israel son israelitas” (Ro. 9:6). La
lección práctica de esas palabras es clara y sencilla. No todo el que es miembro de
la iglesia visible de Cristo es, necesariamente, un cristiano auténtico.
Cristiano auténtico es aquel cuya fe en Cristo es de corazón y es su vida. La
siente en su corazón. Es vista por los demás en su conducta y su vida. Siente que
es pecaminoso, culpable e indigno. Y se arrepiente. Considera a Jesucristo un
Salvador divino que su alma necesita y se entrega a él. Se despoja del viejo
hombre con sus hábitos corruptos y carnales y se viste del nuevo hombre. Vive
15. “¿Me amas?” 261

una vida nueva y santa, luchando habitualmente contra el mundo, la carne y el
diablo. Cristo mismo es la piedra angular de su fe en Cristo. Pregúntele en qué
confía para perdón de sus muchos pecados y le dirá que en la muerte de Cristo.
Pregúntele en qué justicia espera ser declarado inocente el Día del Juicio y le dirá
que en la justicia de Cristo. Pregúntele siguiendo qué ejemplo trata de vivir su
vida y le dirá que siguiendo el ejemplo de Cristo.
Además de todo esto, hay una característica más que es singular del cristiano
auténtico. Esa característica es que ama a Cristo. Conocimiento, fe, esperanza,
reverencia y obediencia son todas características que distinguen al cristiano
auténtico. Pero la descripción de él es imperfecta si omitimos su “amor” por su
divino Maestro. No sólo conoce, confía y obedece. Va más allá: Ama.
Esta característica singular del cristiano auténtico se menciona varias veces en
la Biblia. “Fe en el Señor Jesucristo”, es una expresión con la cual muchos
cristianos están familiarizados. Nunca olvidemos que el amor es mencionado por
el Espíritu Santo en términos casi tan fuertes como la fe. Grande es el peligro del
que “no cree”; pero el peligro del que “no ama” es igualmente grande. No creer y
no amar son pasos hacia la perdición eterna.
Vea lo que les dice Pablo a los corintios: “El que no amare al Señor Jesucristo,
sea anatema. El Señor viene” (1 Co. 16:22). Pablo no ofrece ninguna vía de escape
al que no ama a Cristo. No le deja ninguna excusa o escapatoria. Uno puede
carecer de conocimiento intelectual y, no obstante, ser salvo. Puede caer
tremendamente, como David y, no obstante, volver a levantarse. Pero si no ama a
Cristo, no anda en el camino de la vida. Sigue siendo objeto de maldición. Anda en
el camino ancho que lleva a la perdición.
Vea lo que Pablo le dice a los efesios: “La gracia sea con todos los que aman a
nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable” (Ef. 6:24). Aquí, Pablo está
enviando sus saludos y declarando su simpatía por todos los cristianos auténticos.
A muchos de ellos, indudablemente, nunca los había visto. Muchos en la iglesia
primitiva eran débiles en la fe, en conocimiento y fallaban en negarse a sí mismos.
¿Cómo, entonces, podía describirlos al enviarles su mensaje? ¿Qué palabras podía
usar para no desanimar a los hermanos débiles? San Pablo escoge una expresión
genérica que describe con exactitud a todos los cristianos auténticos. No todos
habían alcanzado la misma madurez ni en la doctrina ni en la práctica. Pero todos
amaban a Cristo con sinceridad.
Vea lo que nuestro Jesucristo mismo les dice a los judíos: “Si vuestro padre
fuese Dios, ciertamente me amaríais” (Jn. 8:42). Vio a sus errados enemigos
satisfechos con su condición espiritual por el hecho de ser todos descendientes de
Abraham. Los vio, como sucede con muchos cristianos ignorantes de nuestra
época, que se creen hijos de Dios nada más por haber sido circuncidados y
262 SANTIDAD

pertenecer a la iglesia judía. Se establece el amplio principio de que nadie es hijo
de Dios si no ama al hijo unigénito de Dios. Nadie que no ama a Cristo tiene el
derecho de llamar “Padre” a Dios. Bueno sería si muchos cristianos recordaran
que este principio portentoso se aplica a ellos tal como se aplica a los judíos. ¡Sin
amor a Cristo nadie se puede llamar hijo de Dios!
Vea una vez más lo que nuestro Señor Jesucristo le preguntó al apóstol Pedro,
después de haber resucitado: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Jn. 21:15-17). La
ocasión es digna de notar. Quiso recordar gentilmente a su discípulo infiel sus
tres caídas consecutivas. Quería que confesara nuevamente su fe antes de
restaurarlo y volver a comisionarlo públicamente para que alimentara a su Iglesia.
¿Y cuál fue la pregunta que le hizo? Podría haber preguntado: “¿Crees? ¿Eres
convertido? ¿Estás listo para confesarme? ¿Me obedecerás?”. No usó ninguna de
estas expresiones. Preguntó sencillamente: “¿Me amas?”. Éste es el quid de la
cuestión. Su deseo es que sepamos en qué se basa la fe cristiana. Es tan claro y
fácil de entender, aun por el menos letrado, y, a la vez, contiene una realidad que
pone a prueba hasta al apóstol más erudito. Si alguien ama realmente a Cristo,
todo está bien, si no lo ama, todo está mal.
¿Desea conocer el secreto de este sentimiento singular hacia Cristo que
distingue al cristiano auténtico? Lo tenemos en estas palabras de Juan: “Nosotros
le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). Ese texto se aplica a Dios
el Padre, en especial. Pero no es menos cierto de Dios el Hijo.
El cristiano auténtico ama a Cristo por todo lo que ha hecho por él. Sufrió por
él y murió por él en la cruz. Con su sangre lo ha redimido de la culpa, el poder y
las consecuencias del pecado. Lo ha llamado por medio de su Espíritu a conocerse
a sí mismo, al arrepentimiento, a la fe, esperanza y santidad. Le ha perdonado y
borrado sus muchos pecados. Lo ha librado de la esclavitud del pecado, la carne y
el diablo. Lo ha rescatado del borde del infierno, lo ha puesto en el camino
angosto y rumbo al cielo. Le ha dado luz donde había oscuridad, paz a su
conciencia donde había intranquilidad, esperanza donde había incertidumbre y
vida donde había muerte. ¿Puede asombrarnos que el cristiano auténtico ame a
Cristo?
Y lo ama además, por todo lo que sigue haciendo. Siente que todos los días le
está limpiando sus muchas faltas y flaquezas, y defendiendo la causa de su alma
ante Dios. Satisface todos los días las necesidades de su alma y le brinda una
provisión constante de misericordia y gracia. Día tras día lo va conduciendo por
medio de su Espíritu hacia la ciudad que será su morada, cargándolo cuando es
débil e ignorante, levantándole cuando tropieza y cae, protegiéndolo contra sus
muchos enemigos y preparándole un hogar eterno en el cielo. ¿Puede
asombrarnos que el cristiano auténtico ame a Cristo?
15. “¿Me amas?” 263

¿Acaso no ama el deudor encarcelado al amigo que, sorpresivamente y sin
merecerlo, paga todas sus deudas, le da nuevo capital y lo hace su socio? ¿Y no
ama el prisionero de guerra al hombre que arriesga su propia vida y, entrando en
las líneas enemigas, lo rescata y lo pone en libertad? ¿No ama el marinero que se
está ahogando al hombre que se tira al mar, se zambulle para tomarlo del cabello
y con un esfuerzo casi sobrehumano lo salva de morir ahogado? Hasta un niño
puede contestar preguntas como éstas. De la misma manera y, por las mismas
premisas, el cristiano auténtico ama a Jesucristo.
(a) Este amor a Cristo es el compañero inseparable de la fe salvadora. Es
posible tener fe como la de los demonios, una fe sólo intelectual. El amor no
puede usurpar el lugar de la fe. No puede justificar. No une el alma a Cristo. No
puede dar paz a la conciencia. Pero donde hay una fe real en Cristo que justifica,
siempre hay amor a Cristo. La persona que realmente ama es la persona que ha
sido perdonada (Lc. 7:47). Si uno no ama a Cristo, puede estar seguro de que
tampoco tiene fe.
(b) Amar a Cristo es el móvil de la obra para Cristo. Poco se hace por su causa
en el mundo por obligación o por saber lo que es correcto y adecuado. El corazón
tiene que interesarse antes de que las manos comiencen a moverse y lo sigan
haciendo. El entusiasmo puede causar un movimiento frenético y espasmódico de
las manos. Pero sin amor, no habrá un seguimiento continuo y paciente de su
obra misionera aquí y por todo el mundo. La enfermera en el hospital puede
cumplir bien sus obligaciones, le puede dar al enfermo sus medicamentos a la
hora que tiene que hacerlo, darle de comer y atender todas sus necesidades. Pero
hay una gran diferencia entre esa enfermera y la esposa cuidando a su amado
esposo que está enfermo o una madre cuidando a su hijo en su lecho de muerte.
La primera actúa porque ese es su deber, la otra hace lo que hace por lo que siente
en su corazón. Lo mismo sucede en el servicio de Cristo. Los grandes obreros de
la iglesia, los hombres que han dirigido empresas arriesgadas entrando a nuevos
campos de labor y los han revolucionado con el evangelio, han sido hombres que
amaban a Cristo.
Examinemos el carácter de Own y Baxter, de Rutherford y George Herbert, de
Leighton y Hervey, de Whitefield y Wesley, de Henry Martyn y Judson, de
Bickersteth y Simeon, de Hewitson y M’Cheyne, de Stowell y M’Neile. Estos
hombres han dejado una huella sobre el mundo. ¿Y cuál es la característica que
tenían en común? Todos amaban a Cristo. No sólo tenían un credo. Amaban a una
persona, amaban al Señor Jesucristo.
(c) El amor a Cristo es una enseñanza que debemos enfatizar de manera
especial cuando enseñamos el evangelio a los niños. La elección, la justicia
imputada, el pecado original y, aun, la fe misma son temas que, a veces,
264 SANTIDAD

confunden al niño pequeño. En cambio, amar a Jesús parece ser algo que pueden
comprender. Los amó hasta la muerte y ellos debieran devolver su amor; es una
enseñanza que sus mentes pueden captar. ¡Cuán cierto es que “de la boca de los
niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza”! (Mt. 21:16) Hay una
infinidad de cristianos que saben todos los artículos del Credo Apostólico, el
Credo de San Atanasio y el Credo Niceno, pero no obstante, saben menos del
verdadero cristianismo que un pequeñito, que sólo sabe que ama a Cristo.
(d) El amor a Cristo es el común denominador de los creyentes en cada rama
de la Iglesia de Cristo en el mundo. Ya sea episcopal o presbiteriano, bautista o
independiente, calvinista o arminiano, metodista o moravo, luterano o reformado,
establecido o libre, todos coinciden en esto. Con frecuencia, tienen amplias
diferencias en cuanto a procedimientos y ceremonias, gobierno eclesiástico y
modalidades del culto. Pero al menos, están unidos en un punto. Todos
comparten el sentimiento hacia Aquel sobre quien edifican su esperanza de
salvación: “La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con
amor inalterable” (Ef. 6:24). Es posible que muchos de ellos no sepan nada de su
teología sistemática y, débilmente, podrían defender su credo. Pero todos saben lo
que sienten hacia Aquel que murió por sus pecados. “No puedo hablar mucho por
Cristo, señor”, dijo una anciana cristiana iletrada al Dr. Chalmers, “¡pero aunque
no sé cómo hablar por él, puedo morir por él!”.
(e) El amor a Cristo será la característica que distinguirá a todas las almas
salvas en el cielo. La multitud imposible de contar será de un sentir. Todas las
diferencias se fundirán en un solo sentir. Todas las peculiaridades doctrinales
discutidas fieramente en la tierra, serán cubiertas por el sentimiento de ser
deudores de Cristo. Lutero y Zwinglio ya no discutirán. Wesley y Toplady ya no
perderán el tiempo en controversias. Conservadores y Disidentes ya no se
morderán y devorarán los unos a los otros. Todos con un mismo sentir y a una
voz se unirán en cantar este himno de alabanza: “Al que nos amó, y nos lavó de
nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre;
a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (Ap. 1:5, 6).
Las palabras que John Bunyan pone en boca del Sr. Firme son ciertas.
Dijo: “Este río ha sido un terror para muchos; sí, y pensar en él con frecuencia
también me ha causado temor. Pero ahora creo que estoy firme; mis pies están
seguros sobre lo que pisaron los pies de los sacerdotes que llevaron el Arca del
pacto mientras Israel cruzaba este Jordán. Las aguas, ciertamente, son amargas
para el paladar y frías para el estómago; sin embargo, pensar en hacia dónde voy y
lo que me espera al otro lado, está como un carbón resplandeciente en mi corazón.
15. “¿Me amas?” 265

Ahora me veo al final de mi viaje y mis días trabajosos han terminado. Voy a
ver esa cabeza que estuvo coronada de espinas y ese rostro que recibió escupitajos
por mí.
Antes vivía de oídas y por fe, pero ahora voy donde viviré por vista y estaré con
Aquel en cuya compañía me deleito.
He amado el oír hablar de mi Señor y dondequiera que he visto la huella de su
calzado en la tierra, allí he deseado poner también mi pie.
Su nombre ha sido para mí como un almizcle; sí, más dulce que todos los
perfumes. Su voz ha sido para mí lo más dulce y su aspecto he deseado más que
quienes han deseado más la luz del sol”.
¡Felices son los que saben algo de esto por experiencia! El que quiere estar
preparado para el cielo tiene que conocer algo del amor de Cristo. El que muere
sin haber sentido ese amor, mejor habría sido que no hubiera nacido.

II. Cómo se revela el amor a Cristo
En segundo lugar, quiero mostrar las características singulares por las que el
amor a Cristo se da a conocer.
El tema es de gran importancia. Si no hay salvación sin amor a Cristo y si el
que no ama a Cristo está en peligro de la condenación eterna, nos conviene
analizar lo que sabemos de esto. Cristo está en el cielo y nosotros en la tierra.
¿Cómo podemos reconocer a la persona que nos ama y amamos?
Felizmente es algo fácil de determinar. ¿Cómo sabemos si amamos a alguien
aquí en la tierra? ¿De qué manera se demuestra el amor entre la gente en este
mundo: Entre esposo y esposa, entre padre e hijo, entre hermano y hermana,
entre un amigo y otro? Estas preguntas son fáciles de contestar con sentido
común y observación. Al contestar sinceramente estas preguntas, el nudo que
tenemos delante se desata. ¿Cómo demostramos afecto entre nosotros?
(a) Si amamos a una persona nos gusta pensar en ella. No necesitamos que
alguien nos la recuerde. No olvidamos su nombre, su aspecto, su carácter, sus
opiniones, sus gustos, su posición ni su ocupación. Nos viene a la mente varias
veces al día. Aunque quizá esté lejos, a menudo está presente en nuestros
pensamientos. Pues bien, ¡sucede lo mismo con el cristiano auténtico y Cristo!
Cristo “habita en su corazón” y, por esto, piensa en él cada día (Ef. 3:17). No es
necesario recordarle al cristiano auténtico que tiene un Señor que fue crucificado.
Piensa en él con frecuencia. Nunca olvida que Jesús tiene un día, una causa y un
pueblo, y que él forma parte de su pueblo. El afecto es el verdadero secreto de una
buena memoria en nuestro vivir cristiano. El hombre mundano no puede pensar
mucho en Cristo, a menos que alguien se lo haga notar, porque no siente ningún
266 SANTIDAD

afecto por él. El cristiano auténtico piensa en Cristo cada día de su vida
sencillamente porque lo ama.
(b) Si amamos a una persona nos gusta oír que nos hablen de ella. Nos da
alegría escuchar a los que hablan de ella. Tenemos interés en lo que otros
comentan de ella. Somos todo oídos cuando otros describen su manera de ser, lo
que dice, lo que hace y lo que planea. Algunos pueden oírlo mencionar con total
indiferencia, pero nuestro propio corazón salta dentro de nosotros con el simple
sonido de su nombre. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y
Cristo! Al cristiano auténtico le encanta oír acerca de su Señor. Sus sermones
favoritos son los que están llenos de Cristo. Disfruta de la compañía de la gente
que conversa de las cosas de Cristo. He leído de una anciana galesa creyente que
caminaba varias millas todos los domingos para escuchar la predicación de un
pastor británico, aunque no entendía una palabra de inglés. Cuando le
preguntaron por qué lo hacía respondió que este pastor decía el nombre de Cristo
con tanta frecuencia en sus sermones que a ella le hacían bien. Incluso, amaba el
nombre de su Salvador.
(c) Si amamos a una persona nos gusta leer acerca de ella. ¡Qué placer le da a
una mujer una carta de su esposo ausente o a una madre la de un hijo que está
lejos! Otros pueden verle muy poco valor a la carta. Ni siquiera les interesa leerla.
Pero los que aman al escritor, ven algo en la carta que nadie más puede ver. La
llevan consigo como un tesoro. La leen una y otra vez. Pues bien, ¡sucede lo
mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico le encanta leer
las Escrituras porque le relatan acerca de su amado Salvador. No le resulta tedioso,
leerlas. Rara vez hay que recordarle que lleve la Biblia cuando va de viaje. No
puede ser feliz sin ella. ¿Y por qué es todo esto así? Es porque las Escrituras
testifican de aquel que ama su alma: Cristo.
(d) Si amamos a una persona, nos gusta complacerle. Nos gusta consultar sus
gustos y opiniones, seguir sus consejos y hacer las cosas que ella aprueba. Hasta
nos privamos de nuestros propios gustos para complacer sus deseos, nos
abstenemos de cosas que sabemos que a ella le disgustan y aprendemos a hacer
cosas que nos son difíciles porque pensamos que le van a gustar. Pues bien,
¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! El cristiano auténtico
estudia para complacerle, siendo santo en el cuerpo y en el espíritu. Muéstrele
algo en su comportamiento diario que Cristo aborrece y renunciará a ello.
Muéstrele algo que lo deleita y buscará la manera de hacerlo. No comenta que los
requisitos de Cristo sean demasiado estrictos y severos, como lo hacen los hijos
del mundo. Para él, los mandatos de Cristo no son gravosos y la carga de Cristo es
liviana. ¿Y por qué es todo esto así? Sencillamente porque lo ama.
15. “¿Me amas?” 267

(e) Si amamos a una persona, nos gustan sus amigos. Nos gustan, aun antes
de conocerlos. Nos atraen porque compartimos el amor por la misma persona.
Cuando los conocemos no nos resultan totalmente extraños. Hay algo que nos
une. Ellos aman a la persona que nosotros amamos y eso es suficiente
recomendación. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo!
El cristiano auténtico considera a todos los amigos de Cristo como sus propios
amigos, miembros del mismo cuerpo, hijos de la misma familia, soldados del
mismo ejército, viajeros a la misma patria celestial. Cuando los ve por primera vez,
es como si siempre los hubiera conocido. Está más a gusto con ellos durante unos
minutos que lo que está con mucha gente mundana, después de conocerla
durante varios años. ¿Y cuál es el secreto de todo esto? Es, sencillamente, el afecto
que sienten por el mismo Salvador y el amor que tienen por el mismo Señor.
(f) Si amamos a una persona, somos celosos de su nombre y honra. No nos
gusta oír que digan algo en su contra sin abrir la boca para defenderla. Nos
sentimos comprometidos a defender sus intereses y su reputación. Reaccionamos
al que la trata mal, casi con el mismo disgusto como si nos hubiera tratado mal a
nosotros. Lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo. El verdadero
cristiano reacciona con un celo santo a todos los esfuerzos de los demás por
menospreciar la palabra de su Señor, su nombre, su Iglesia o su día. Lo confesaría
delante de príncipes, si fuera necesario, y es sensible a la más pequeña deshonra
dirigida a él. No se queda callado ni soporta que se denigre la causa de su Señor
sin levantar la voz para testificar a su favor. ¿Y por qué es todo esto así?
Sencillamente porque lo ama.
(g) Si amamos a una persona, nos gusta hablar con ella. Le confiamos todos
nuestros pensamientos y le abrimos nuestro corazón. No nos cuesta trabajo
encontrar temas de conversación. Por más reservados que seamos con los demás,
nos resulta fácil hablar con un amigo que queremos mucho. No importa la
frecuencia con que nos encontremos, nunca nos falta tema para hablar. Siempre
tenemos mucho que decir, mucho que preguntar, mucho que describir y mucho
que comunicar. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo!
Al cristiano auténtico no le resulta nada difícil hablarle a su Salvador. Todos los
días tiene algo para contarle y no está contento, a menos que lo haga. Habla con
él en oración cada mañana y cada noche. Le cuenta sus necesidades y sus deseos,
sus sentimientos y sus temores. Le pide consejo en las dificultades. Le pide
consuelo cuando tiene aflicciones. No puede evitarlo. Tiene que conversar con su
Salvador continuamente, de otra manera, desmayaría en el camino. ¿Y por qué es
esto? Sencillamente porque lo ama.
(h) Por último, si amamos a una persona, nos gusta estar siempre con ella.
Pensar en ella, escucharle, leer lo que nos escribe y conversar con ella es todo
268 SANTIDAD

muy bueno. Pero cuando realmente amamos a alguien queremos algo más.
Ansiamos estar siempre en su compañía. Deseamos estar continuamente con ella
sin tener nunca que decirle adiós. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano
auténtico y Cristo! El corazón del cristiano auténtico anhela aquel día cuando
verá a su Señor cara a cara y para siempre. Anhela comenzar aquella vida sin fin
cuando conocerá como es conocido y nunca más tendrá que ver con el pecado y el
arrepentimiento. Le es dulce vivir por fe y siente que será más dulce, aun, vivir
por vista. Le es placentero oír acerca de Cristo, hablar de Cristo y leer de Cristo.
¡Cuánto más placentero será ver a Cristo con sus propios ojos y nunca dejar de
verlo! Siente que “más vale vista de ojos que deseo que pasa” (Ec. 6:9). ¿Y por qué
es todo esto? Sencillamente porque lo ama.
Tales son las características por las que podemos descubrir el verdadero amor.
Todas son claras, sencillas y fáciles de comprender. No hay en ellas nada oscuro,
nada complejo ni misterioso. Úselas con sinceridad, manéjelas apropiadamente y
podrá comprender bien el tema de este capítulo.
Quizá ha tenido un hijo querido en el ejército en tiempo de guerra. Quizá le
tocó pelear en esa guerra y estar en el fragor de las batallas. ¿Recuerda cuán
fuertes y llenos de ansiedad fueron sus sentimientos hacia ese hijo? ¡Eso era amor!
Quizá sabe lo que es tener a un esposo amado en la marina que, a menudo,
tiene que ausentarse por muchos meses y, aun, años. ¿Recuerda con qué
intensidad lo extrañaba durante ese tiempo de separación? ¡Eso era amor!
Quizá tenga en este momento a un hermano querido en Londres, por primera
vez en medio de las tentaciones de la gran ciudad, con el fin de abrirse camino en
el mundo de los negocios. ¿Cómo resultará? ¿Qué tal le irá? ¿Volverá a verlo
alguna vez? ¿Ve con cuánta frecuencia piensa en su hermano? ¡Eso es afecto!
Quizá está usted comprometido con una persona con quien congenia. Pero por
prudencia aplaza el matrimonio por tiempo indefinido y su trabajo lo lleva lejos
de su prometida. ¿No es cierto que ella está siempre en sus pensamientos? ¿No es
cierto que le hace feliz saber de ella, recibir sus noticias y que anhela verla? ¡Eso
es afecto!
Hablo de cosas que les son familiares a todos. No tengo que seguir hablando de
ellas. Son cosas que todos conocen. En todo el mundo las entienden. No hay
ninguna rama de la familia de Adán que no sepa algo del afecto y del amor entre
las personas. Entonces, nunca se diga que no podemos saber si un cristiano ama
realmente a Cristo. Se puede saber, se puede descubrir, las directrices ya están en
sus manos. Las acaba de leer. Amar al Señor Jesucristo no es algo escondido,
secreto e impalpable. Es como el sonido, se oye. Es como el calor, se siente.
Donde hay amor, el amor no puede ser escondido. Donde no se puede ver, dé por
seguro que no existe.
15. “¿Me amas?” 269

Ha llegado el momento de ir terminando este capítulo. Pero no puedo hacerlo
sin antes hacer un esfuerzo por grabar en su conciencia el tema que estamos
enfocando. Lo hago con amor y afecto. Mi anhelo y oración a Dios, al escribir esto,
es hacerle un bien a su alma.
(a) Para empezar, le pido una cosa: Que reflexione en la pregunta que Cristo le
hizo a Pedro y trate de contestarla pensando que va dirigida a usted. Léala y
recapacite. Examínela con cuidado. Contéstela con veracidad. Después de haber
leído todo lo que he escrito sobre ella, ¿puede decir sinceramente que ama a
Cristo?
Responderme que cree las verdades del cristianismo y las doctrinas de la fe
cristiana, no es una respuesta aceptable. Semejante fe nunca salvará su alma. En
cierto modo, los demonios creen y tiemblan (Stg. 2:19). El cristianismo auténtico
salvador no se trata de creer cierto conjunto de opiniones, ni de profesar una serie
de nociones. Su esencia es conocer, confiar y amar a cierta Persona viviente que
murió por nosotros: Amar a Cristo el Señor. Los cristianos primitivos como Febe,
Pérsida, Trifosa, Gayo y Filemón, poco o nada sabían de teología dogmática. Pero
todos compartían esta característica primordial: Amaban a Cristo.
No es una respuesta aceptable decirme que usted no aprueba una religión
basada en sentimientos. Si quiere dar a entender que no le gusta la religión
basada exclusivamente en los sentimientos, coincido totalmente con usted. Pero
si se está refiriendo a una que descarta todo sentimiento, poco sabe del
cristianismo.
La Biblia nos enseña claramente que alguien puede tener buenos sentimientos,
sin tener nada de cristiano. De igual modo, nos enseña que nadie puede ser un
verdadero cristiano, si no siente algo por Cristo.
Es en vano tratar de ocultar que si no ama a Cristo, su alma corre mucho
peligro. La suya no es una fe salvadora mientras vive. No es usted apto para el
cielo si muere. Aquel que vive sin amar a Cristo no puede ser sensible a ninguna
obligación hacia él. El que muere sin amar a Cristo nunca podría ser feliz en ese
cielo donde Cristo es todo en todo. Despierte ahora y comprenda el peligro de su
posición. Abra los ojos. Considere sus caminos y sea sabio. Puedo advertirle sólo
como un amigo. Pero lo hago de todo corazón y con toda mi alma. ¡Quiera Dios
que esta advertencia no sea en vano!
(b) En segundo lugar, si no ama a Cristo, le diré directamente cuál es la razón.
Usted no tiene conciencia de que le debe algo a él. No siente ninguna obligación
hacia él. No recuerda haber recibido nada de él. Si éste es el caso, es lógico que no
lo ama.
Existe un solo remedio para su condición. Ese remedio es conocerse a sí
mismo y la enseñanza del Espíritu Santo. Los ojos de su entendimiento tienen
270 SANTIDAD

que abrirse. Tiene que analizar quién es por naturaleza. Tiene que descubrir ese
gran secreto, su culpabilidad y vaciedad a la vista de Dios.
Quizá usted nunca lee su Biblia u, ocasionalmente, lee algún capítulo
simplemente como un formulismo, sin interés, sin comprender y sin hacer una
aplicación práctica a su vida. Siga hoy mi consejo y cambie su manera de ser.
Comience a leer la Biblia reflexivamente y no descanse hasta familiarizarse con
ella. Lea lo que la ley de Dios requiere, tal como lo explica el Señor Jesús en el
capítulo cinco de Mateo. Lea cómo Pablo describe a la naturaleza humana en los
dos primeros capítulos de su Epístola a los Romanos. Estudie pasajes como estos
con espíritu de oración para recibir la enseñanza del Espíritu y luego diga si es un
deudor a Dios o no. Pregúntese si es un gran deudor que necesita un Amigo como
Cristo.
Quizá nunca ha sabido usted nada de la oración real y profunda. Está
acostumbrado a tratar el cristianismo como asunto de las iglesias, congregaciones,
prácticas, cultos y domingos, pero no como algo que requiere la atención seria y
sentida del hombre interior. Siga hoy mi consejo y cambie su manera de pensar.
Comience el hábito de rogar a Dios por su alma con sinceridad y de todo corazón.
Pídale que le dé luz, enseñanza y autoconocimiento. Suplíquele que le muestre lo
que necesita saber para la salvación de su alma. Haga esto con todo su corazón y
su alma, y no dudo que pronto sentirá que necesita a Cristo.
El consejo que le doy puede parecer simple y trillado. No lo rechace por esa
razón. Es el sendero antiguo que millones han transitado ya y, felizmente, han
encontrado paz para sus almas. No amar a Cristo es estar en peligro inminente de
ruina eterna. Ver que necesita a Cristo y la asombrosa deuda que tiene con él es el
primer paso para amarlo. Conocerse a sí mismo y comprender su verdadera
condición ante Dios es la única manera de ver su necesidad. Escudriñar el Libro
de Dios y pedirle luz en oración es el rumbo correcto para obtener un
conocimiento salvador. No se crea demasiado superior, negándose a seguir el
consejo que le doy. Sígalo y sea salvo.
(c) En último lugar, si quiere aprender algo acerca de amar a Cristo, acepte
dos palabras de consolación y consejo. Quiera Dios que le hagan bien.
Para empezar, si ama a Cristo, de hecho y en verdad, regocíjese pensando que
tiene una buena evidencia con respecto al estado de su alma. El amor es una
evidencia de la gracia. ¿Qué, si alguna vez siente dudas? ¿Qué, si le resulta difícil
decir si su fe es genuina y su gracia auténtica? ¿Qué, si su vista está tan borrosa
por las lágrimas que no puede distinguir claramente su llamado y elección de
Dios? Aun así, hay razón para tener esperanza y fuerte consolación si su corazón
puede testificar que ama a Cristo. Donde hay verdadero amor, hay fe y gracia. No
16. “Sin Cristo” 271

lo amaría usted si él no hubiera hecho algo por usted. Su amor es una muestra
positiva.
En segundo lugar, si ama a Cristo no se avergüence de que los demás lo vean y
lo sepan. Hable en nombre de él. Testifique de él. Viva para él. Trabaje para él. Si
él lo ha amado y limpiado de los pecados con su propia sangre, no se mantenga
callado acerca de lo que siente, y devuelva su amor. “Dígame”, le dijo un inglés
insensato e incrédulo a un indio norteamericano convertido: “Dígame, ¿por qué le
da tanto importancia a Cristo y por qué habla tanto de él? ¿Qué ha hecho este
Cristo por usted para que lo alabe tanto?”. El indio no le respondió con palabras.
Juntó hojas y musgos secos y formó un círculo con ellos. Luego tomó un gusano
y lo puso en el centro del círculo. Encendió un fósforo y prendió fuego a las hojas
y el musgo. Pronto las llamas corrieron por todo el círculo y el gusano empezó e
encogerse y retorcerse de dolor y, después de tratar en vano de encontrar una
salida, se hizo un ovillo en el centro, como en agonía. En ese momento, el indio
extendió la mano, levantó suavemente al gusano y lo puso en su regazo. “¿Ve este
gusano?”, le preguntó al inglés y siguió diciendo: “Yo era esa criatura a punto de
perecer. Me estaba muriendo en mis pecados, sin esperanza, indefenso y al borde
de un fuego eterno. Jesucristo fue quien extendió su brazo poderoso. Jesucristo
fue quien me liberó con la mano de su gracia e impidió que ardiera en un fuego
eterno. Jesucristo fue quien me guardó a mí, un pobre gusano pecador, cerca del
corazón de su amor. Así que, señor, esa es la razón que tengo para hablar de
Jesucristo y alabarle tanto. No me avergüenzo de él porque lo amo”.
Si hemos de saber algo del amor de Cristo, ¡sepamos lo que sabía este indio!
¡Dios quiera que nunca pensamos que amamos a Cristo demasiado, que vivimos
para él demasiado, que lo confesamos con demasiada valentía ni que nos
entregamos a él con demasiada consagración! De todas las cosas que nos
sorprenderán en el día de la resurrección, creo que lo que más nos sorprenderá es
que no amamos más a Cristo antes de morir.

16. “Sin Cristo”
“Estabais sin Cristo”. Efesios 2:12

El texto que encabeza este capítulo describe la condición de los efesios antes
de llegar a ser cristianos. Pero eso no es todo. Describe el estado de cada hombre y
272 SANTIDAD

mujer en el mundo que no se ha convertido a Dios. ¡No puedo imaginarme una
condición peor! Ya es bastante malo no tener dinero, ni salud, ni casa, ni amigos.
Pero es mucho peor estar “sin Cristo”.
Examinemos el texto y veamos qué contiene. Quién sabe si puede ser un
mensaje de Dios para algún lector de este libro.

I. Cuando un hombre está “sin Cristo”
Consideremos, en primer lugar, cuándo se puede afirmar que el hombre está
“sin Cristo”. Yo no inventé la expresión “sin Cristo”. Yo no acuñé las palabras,
sino que fueron escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo. San Pablo las usó
cuando les estaba recordando a los cristianos de Éfeso cómo había sido su
condición anterior, antes de que oyeran el evangelio y creyeran. Ignorantes y en
tinieblas, habían estado inmersos en idolatría y paganismo, y eran adoradores de
la diosa falsa Diana. Pero no menciona nada de esto. Parece pensar que esto
describiría sólo parte de su condición. Entonces, traza un cuadro cuya primera
característica es la expresión: “En aquel tiempo estabais sin Cristo” (Ef. 2:12).
Ahora bien, ¿Qué quiere decir esta expresión?
(a) Uno está “sin Cristo” cuando no tiene ningún conocimiento intelectual de
él. Son millones los que se encuentran en esta condición. No saben quién es
Cristo, ni lo que hizo, ni lo que enseñó, ni por qué fue crucificado, no saben
dónde está ahora ni lo que él es para la humanidad. En suma, no saben nada de él.
Los paganos, por supuesto, que nunca han escuchado el evangelio, son los
primeros que caben dentro de esta descripción. Pero, lamentablemente, no son
los únicos.
Hay miles de personas en nuestro país, hoy mismo, que no tienen ideas más
claras sobre Cristo que los propios paganos. Pregúnteles qué saben acerca de
Cristo y se sorprenderá de ver las tinieblas que ciegan sus mentes. Visítelos en su
lecho de muerte y verá que no saben más de Cristo que de Mahoma. Hay miles así
en el campo y miles en las ciudades. Ya sea en la ciudad o en el campo, todas esas
personas tienen en común que están “sin Cristo”.
Sé que algunos teólogos modernos no comparten mi opinión. Nos dicen que
toda la humanidad tiene parte con Cristo, lo conozcan o no. ¡Afirman que todos
los hombres y mujeres, por más ignorantes que sean en vida, serán llevados al
cielo por la misericordia de Cristo cuando mueran! Creo firmemente que tales
creencias no coinciden con la Palabra de Dios. Escrito está: “Y esta es la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has
enviado” (Jn. 17:3). Una característica de los impíos, de quienes se vengará en el
día final, es que “no conocieron a Dios” (2 Ts. 1:8). Un Cristo desconocido no es
un Salvador. ¿Cuál será la condición de los paganos después de la muerte? ¿Cómo
16. “Sin Cristo” 273

serán juzgados los que nunca han oído el evangelio? ¿De qué manera se conducirá
Dios con los ignorantes e iletrados? Todas estas preguntas no son de nuestra
incumbencia. Podemos estar seguros de lo que dice la Palabra: “El Juez de toda la
tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25). Pero no contradigamos lo
que dice la Biblia. Si las palabras de la Biblia algo significan, no saber de Cristo es
estar “sin Cristo”.
(b) Pero esto no es todo. Uno está “sin Cristo” cuando su corazón no confía
en él como su Salvador. Es posible saber intelectualmente todo acerca de Cristo y,
aun así, no confiar en él. Hay multitudes que se saben de memoria todos los
artículos del Credo y pueden recitar sin vacilar que “nació de la virgen María,
sufrió bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, murió y fue sepultado”. Lo aprendieron
en la escuela. Lo tienen grabado en su memoria. Pero no aprovechan su
conocimiento. Confían en algo que no es “Cristo”. Esperan ir al cielo porque son
de buena moralidad, excelente conducta, porque dicen sus oraciones y asisten a la
iglesia, porque han sido bautizados y participan de la Cena del Señor. Pero no
saben nada de una fe viva en la misericordia de Dios a través de Cristo; no tienen
una confianza real e inteligente en la sangre, justicia e intercesión de Cristo.
Acerca de tales personas puedo decir una cosa: Están “sin Cristo”.
Sé que muchos no quieren reconocer la verdad de lo que acabo de expresar.
Hay quienes dicen que todos los bautizados son miembros de Cristo en virtud de
su bautismo. Otros dicen que donde hay conocimiento intelectual, no tenemos
derecho a cuestionar la relación con Cristo. Tengo sólo una respuesta para estas
maneras de pensar. La Biblia nos prohíbe afirmar que alguien esté unido a Cristo
mientras no cree. El bautismo no es prueba de que estemos unidos a Cristo.
Simón el Mago fue bautizado y, no obstante, le fue dicho claramente: “No tienes
tú parte ni suerte en este asunto” (Hch. 8:21). Conocer a Cristo intelectualmente
no es prueba de que estamos unidos a él. Los demonios conocían bien a Cristo,
pero no tenían parte con él. Dios sabe desde toda la eternidad quiénes son de él.
Pero el hombre no sabe nada de la justificación de nadie hasta que cree. La
pregunta que importa es: “¿Cree usted?” Escrito está: “El que rehúsa creer en el
Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. “El que no creyere, será
condenado” (Jn. 3:36; Mr. 16:16). Si algo significan las palabras bíblicas, entonces,
no tener fe es estar “sin Cristo”.
(c) Tengo una cosa más que decir. Uno está “sin Cristo” cuando no se ve la
obra del Espíritu Santo en su vida. ¿Quién puede evitar ver, si observa en su
derredor, que hay miríadas de cristianos profesantes que no saben nada de la
conversión interior del corazón? Estos le dirán que creen en la religión cristiana,
van al culto con alguna regularidad, creen que es correcto casarse y ser sepultado
con todas las ceremonias de la iglesia y se ofenderían profundamente si alguien
274 SANTIDAD

dudara de que sean cristianos. Pero, ¿dónde se puede ver el Espíritu Santo en sus
vidas? ¿A qué dan su corazón y sus afectos? ¿Qué factores se destacan en sus
gustos, sus hábitos y sus costumbres? ¡Ay, sólo puede haber una respuesta! No
saben nada de la obra renovadora y santificadora del Espíritu Santo por
experiencia. Siguen muertos para Dios. La condición de todos estos se resumen
en tres palabras: Están “sin Cristo”.
Sé también que hay pocos que lo admiten. La gran mayoría dirá que es
extremista, una locura y exageración pedir tanto del cristiano y de exigir que
tenga que haber una conversión en cada uno. Dirán que es imposible lograr la
norma elevada a la cual acabo de referirme, estando todavía en el mundo, y que se
puede ir al cielo sin ser tan santo. A todo esto sólo respondo: ¿Qué dicen las
Escrituras? ¿Qué dice el Señor? Escrito está: “El que no naciere de nuevo, no
puede ver el reino de Dios”. “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis
en el reino de los cielos”. “El que dice que permanece en él, debe andar como él
anduvo”. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. (Jn. 3:3; Mt. 18:3;
1 Jn. 2:6; Ro. 8:9). Las Escrituras no se pueden quebrantar. Si algo significan las
palabras bíblicas, entonces estar sin el Espíritu es estar “sin Cristo”.
Dejo con usted las tres proposiciones que acabo de presentar para que las
analice reflexivamente y con espíritu de oración. Fíjese bien en la conclusión de
cada una. Examine bien todos sus aspectos. Es absolutamente necesario tener
parte con Cristo para salvación y el conocimiento, la fe y la gracia del Espíritu
Santo. El que no los tiene está “sin Cristo”.
¡Cuán tristemente ignorantes son muchos! No saben literalmente nada del
cristianismo. Para ellos Cristo, el Espíritu Santo, la fe, la gracia, la conversión y
santificación son sólo “palabras y nombres”. No podrían explicar bajo ningún
concepto lo que significan. ¿Puede tal ignorancia llevar a alguien al cielo?
¡Imposible! ¡No tener conocimiento, es estar “sin Cristo”!
¡Qué lastimosamente farisaicos son muchos! Hablan muy satisfechos de sí
mismos acerca de haber “cumplido su deber”, de ser “buenos con todo el mundo”,
de ser “fieles a su iglesia” y de “nunca haber hecho nada realmente malo” como
otros y que, por lo tanto, ¡están seguros de que irán al cielo! No parece tener
ningún lugar en sus creencias el sentido profundo de pecado y la fe sencilla en la
sangre y el sacrificio de Cristo. Todo lo que dicen se trata de hacer y nunca de
creer. ¿Y llevará alguien al cielo este fariseísmo? ¡Nunca! ¡No tener fe, es estar “sin
Cristo”!
¡Cuán tristemente impíos son muchos! Viven en un abandono habitual del Día
del Señor, de la Biblia del Señor y de las ordenanzas del Señor. No les importa
hacer las cosas que Dios ha prohibido terminantemente. Viven siempre
contrariando los mandamientos de Dios. Entonces, ¿puede semejante impiedad
16. “Sin Cristo” 275

terminar en salvación? ¡Imposible! ¡No tener al Espíritu Santo es estar “sin
Cristo”!
Sé muy bien que, a primera vista, estas afirmaciones parecen duras, fuertes,
ásperas y severas. Pero, al final de cuentas, ¿acaso no constituyen la verdad de
Dios que nos ha sido revelada en las Escrituras? De ser así, ¿no hemos de darlas a
conocer? Si algo sé de mi propio corazón, es que anhelo por sobre todas las cosas,
magnificar las riquezas del amor de Dios por los pecadores. Ansío contarle a toda
la humanidad acerca de la abundancia de misericordia y benevolencia en el
corazón de Dios para todo aquel que las busque. ¡Pero no encuentro en ninguna
parte, que diga que la persona ignorante, incrédula y no convertida tendrá parte
con Cristo! Si me equivoco, agradeceré a cualquiera que pueda mostrarme un
camino más excelente. Pero hasta que alguien lo haga, mantendré firmemente las
posiciones que ya he presentado. No me atrevería a apartarme de ellas, no suceda
que sea hallado culpable de manejar engañosamente la Palabra de Dios. No me
atrevería a quedarme en silencio en cuanto a ellas, no sea que alguno se perdiera
por mi culpa. ¡La persona sin conocimiento, sin fe y sin el Espíritu Santo es una
persona “sin Cristo”!

II. La verdadera condición del hombre “sin Cristo”
Ahora quiero considerar otro tema. ¿Cuál es la verdadera condición del
hombre “sin Cristo”?
Éste es un aspecto de nuestro tema que demanda una atención muy especial.
Estaré muy agradecido si logro explicarlo en toda su dimensión. Me es fácil
imaginar a algún lector diciendo para sus adentros: “Supongamos que estoy sin
Cristo, ¿qué mal hay en eso? Espero que Dios sea misericordioso. No soy peor que
otros. Confío en que al final todo saldrá bien”. Escúcheme y, con la ayuda de Dios,
trataré de hacerle ver que vive tristemente engañado. “Sin Cristo” nada saldrá
bien, sino todo desesperadamente mal.
(a) En primer lugar, estar sin Cristo es estar sin Dios. Así se lo dijo
directamente el apóstol a los efesios. Termina la famosa frase con la que comenzó:
“Estabais sin Cristo”, afirmando que estaban “sin Dios en el mundo”. ¿Y a quién le
puede sorprender esto? Al que tiene un concepto muy pobre de Dios, que no lo
concibe como un Ser espiritual, glorioso y puro. Al que está tan ciego que no ve
que la naturaleza humana es corrupta, pecaminosa y vil. Entonces, ¿cómo puede
un gusano como el hombre acercarse a Dios con confianza? ¿Cómo puede
levantar sus ojos a él con confianza y sin sentir temor? ¿Cómo puede hablarle,
relacionarse con él? ¿Cómo puede tener expectativas de morar con él tranquilo y
sin motivo para alarmarse? Es necesario que haya un Mediador entre Dios y el
hombre y, únicamente uno, puede serlo. El único es Cristo.
276 SANTIDAD

¿Habla alguno de ustedes de la misericordia de Dios y el amor de Dios separada
e independientemente de Cristo? Las Escrituras no registran un amor y una
misericordia tal. Sepa cada uno que Dios, separadamente de Cristo, es un “fuego
consumidor” (He. 12:29).
Incuestionablemente es misericordioso, rico en misericordia, abundante en
misericordia. Pero su misericordia está conectada, inseparablemente, con la
mediación de su Hijo amado, Jesucristo. Tiene que fluir a través de él, el canal
escogido, o no fluye para nada. Escrito está: “El que no honra al Hijo, no honra al
Padre que le envió”. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre,
sino por mí” (Jn. 5:23; 14:6). Estar “sin Cristo” es estar sin Dios.
(b) En segundo lugar, estar sin Cristo es estar sin paz. Cada ser una humano
tiene una conciencia en su interior que tiene que ser satisfecha antes de poder ser
realmente feliz. Mientras que esta conciencia está dormida o casi muerta, le va
bastante bien. Pero en cuanto despierta la conciencia del hombre y comienza a
pensar en sus pecados pasados, sus fracasos del presente y el juicio en el futuro,
descubre inmediatamente que necesita algo que le dé tranquilidad interior. Pero,
¿qué es lo que puede dársela? Puede probar arrepentirse, orar, leer la Biblia,
asistir a la iglesia, participar de las ordenanzas y mortificar la carne, pero será en
vano. Nada de esto, jamás, ha quitado la carga de la conciencia de nadie. ¡No
obstante, la paz es posible!
Sólo una cosa puede dar paz a la conciencia y ésta es la sangre de Jesucristo
rociada sobre ella. Una comprensión clara de que la muerte de Cristo fue, de
hecho, la paga de nuestra deuda con Dios y que se le adjudica el mérito de su
muerte al hombre cuando cree, es el gran secreto de la paz interior. Satisface cada
ansiedad de la conciencia. Contesta cada acusación. Calma todo temor. Escrito
está: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz”. “Él es nuestra paz”.
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro
Señor Jesucristo”. (Jn. 16:33; Ef. 2:14; Ro. 5:1). Tenemos paz por medio de la
sangre de su cruz: Paz como una mina profunda, paz como un arroyuelo con una
corriente eterna. Pero “sin Cristo” no hay paz.
(c) Además, estar sin Cristo es estar sin esperanza. Casi todos tienen
esperanza de un tipo u otro. Raramente encontraremos a alguien que afirme
contundentemente que no tiene ninguna esperanza para su alma. ¡Pero cuán
pocos son los que pueden dar “razón de la esperanza que hay en” ellos (1 P. 3:15)!
¡Cuán pocos pueden explicarla, describirla y mostrar en qué se basa! ¡Cuánta de la
esperanza de muchos no es más que un sentimiento incierto y vacío, que en la
enfermedad y en la hora de la muerte prueba ser completamente inútil para
consolar o para salvar!
16. “Sin Cristo” 277

Existe sólo una esperanza que tiene raíces, vida, potencia y solidez, y esa es la
esperanza edificada sobre la gran roca de la obra de Cristo y de su redención.
“Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”
(1 Co. 3:11). Todo el que edifica sobre esta piedra angular, “no será avergonzado”.
Esta esperanza se basa en una realidad. Responde positivamente cuando se la
examina y analiza. Tiene respuesta para cualquier pregunta. Sondéela de principio
a fin y no encontrará en ella ni un defecto. Cualquier otra esperanza fuera de ésta,
no tiene ningún valor. Como las fuentes de agua que se secan en el verano, fallan
cuando el hombre más la necesita (1 R. 17:3-7). Son como barcos defectuosos que
parecen buenos mientras están anclados en el puerto, pero cuando los vientos y
las olas del mar empiezan a ponerlos a prueba, se descubre su mal estado y se
hunden bajo el agua. No hay ninguna esperanza valedera sin Cristo, y estar “sin
Cristo” es estar “sin esperanza” (Ef. 2:12).
(d) Por otra parte, estar sin Cristo es estar sin el cielo. Al decir esto no quiero
decir solamente que no hay entrada al cielo, sino que “sin Cristo” no podría haber
ninguna felicidad al estar allí. El hombre sin su Salvador y Redentor nunca se
sentiría cómodo en el cielo. Sentiría que no tiene ningún derecho de estar allí;
sería imposible que se sintiera valiente, confiado y tranquilo. En medio de la
pureza y la santidad de los ángeles, bajo los ojos de un Dios puro y santo, no
podría levantar la cabeza, se sentiría confundido y avergonzado. La esencia de
todos los conceptos correctos del cielo es que allí está Cristo.
¿Hay alguno que sueña en un cielo en el que Cristo no tiene un lugar?
Despierte de su locura. Sepa que en cada descripción del cielo que la Biblia
contiene, la presencia de Cristo es esencial. “En medio del trono”, dice Juan,
“estaba en pie un Cordero como inmolado”. El trono mismo de Dios es llamado
“el trono de Dios y del Cordero”. El Cordero es la luz del cielo y el templo de él.
Los santos que moran en el cielo han de ser alimentados por el Cordero y él
mismo “los guiará a fuentes de aguas de vida”. A la reunión de los santos en el
cielo se le llama “las bodas del Cordero” (Ap. 5:6; 22:3; 21:22-23; 7:17; 19:9). Un
cielo sin Cristo no sería el cielo de la Biblia. Estar “sin Cristo” es estar “sin cielo”.
Me sería fácil agregar otras cosas. Le diría que estar sin Cristo es no tener vida,
no tener fortaleza, no tener seguridad, no tener un fundamento, no tener un
amigo en el cielo y no tener justicia. ¡No hay nadie en peores condiciones que los
que están sin Cristo!
El Señor Jesús tiene el propósito de ser para el alma del hombre lo que el arca
fue para Noé, lo que el cordero pascual fue para Israel en Egipto, lo que el maná,
la piedra golpeada, la serpiente de bronce, la columna de nube y fuego, el chivo
expiatorio fueron para las tribus en el desierto. ¡No hay peores desamparados que
los que están sin Cristo!
278 SANTIDAD

Lo que la raíz es para las ramas, lo que el aire es para nuestros pulmones, lo
que el alimento y el agua son para nuestro cuerpo, lo que el sol es para la
Creación, todo esto y mucho más tiene Cristo, el propósito de ser para nosotros.
¡Nadie es tan indefenso, nadie es tan digno de lástima como el que está sin Cristo!
Reconozco que si no existieran cosas como las enfermedades y la muerte, si los
hombres y mujeres nunca envejecieran y vivieran sobre esta tierra para siempre,
el tema de este capítulo no tendría ninguna importancia. Pero todos sabemos que
las enfermedades, la muerte y el sepulcro son tristes realidades.
Si esta vida fuera todo, si no hubiera un juicio, ni el cielo, ni el infierno, ni la
eternidad, sería una pérdida de tiempo molestarse con preguntas como las de este
capítulo. Pero usted tiene una conciencia. Sabe bien que viene el día más allá de
la tumba cuando tendrá que rendir cuentas. Todavía hay un Día del Juicio por
venir.
El tema de este capítulo no es un asunto superficial. No es poca cosa ni carece
de valor. Demanda la atención de cada persona sensata. Es la raíz misma de
aquella cuestión de primordial importancia que es la salvación de nuestras almas.
Estar “sin Cristo” es ser el más miserable de los hombres.

III. ¿Está usted “sin Cristo”?
(a) Le pido ahora a todo el que ha leído este capítulo entero que se examine y
determine exactamente su propia condición. ¿Está usted sin Cristo?
No deje que pase la vida sin pensar reflexivamente y auto examinarse. No
puede seguir siempre en la condición en que se encuentra ahora. El día vendrá
cuando comer, beber, dormir, vestirse, divertirse y gastar dinero acabará. Vendrá
un día cuando su lugar estará vacío y se hablará de usted como alguien que partió
para siempre. ¿Y dónde estará entonces, si ha vivido sin pensar en su alma, sin
Dios y sin Cristo? ¡Oh, recuerde que es mil veces mejor estar sin dinero, salud,
amigos, compañía y alegría que estar sin Cristo!
(b) Si ha vivido sin Cristo hasta ahora, le invito con todo cariño que cambie de
dirección sin demora. Busque al Señor Jesús mientras puede ser hallado (Is. 55:6).
Llámelo en tanto está cercano. Está sentado a la diestra de Dios y puede salvar a
todo el que acude a él, no importa lo pecador e indiferente que puede haber sido.
Está sentado a la diestra de Dios, dispuesto a escuchar la oración de todo el que
siente que su vida pasada ha sido equivocada y quiere arreglar su situación.
Busque a Cristo, busque a Cristo sin demora. Conózcalo. No le dé vergüenza
recurrir a él. Sea usted este año amigo de Cristo y dirá que es el año más feliz de
su vida.
279

(c) Si usted ya es un amigo de Cristo, lo exhorto a ser agradecido. ¡Desarrolle
un sentido más profundo de la misericordia infinita que es tener un Salvador
todopoderoso, derecho al cielo, una patria celestial que es eterna y un Amigo que
nunca muere! ¡Qué consuelo es pensar que tenemos en Cristo algo que nunca
podemos perder!
Desarrolle un sentido más profundo de la condición lastimosa de los que están
“sin Cristo”. Muchas veces nos recuerdan a los que no tienen alimentos, ropa,
escuelas o iglesias. Compadezcámonos de ellos y ayudémosles todo lo que
podamos. Pero no olvidemos nunca que hay personas cuya condición es mucho
peor. ¿Quiénes son? ¡Los que están “sin Cristo”!
¿Tenemos familiares “sin Cristo”? Sintamos compasión por ellos, oremos por
ellos, hablemos con el Rey acerca de ellos y procuremos recomendarles el
evangelio. No dejemos piedra sin mover en nuestros esfuerzos por llevarlos a
Cristo. ¿Tenemos vecinos “sin Cristo”? Esforcémonos cada día para que sus almas
sean salvas. La noche viene cuando nadie puede obrar.
Feliz aquel que vive con la permanente convicción de que estar “en Cristo”
significa paz, seguridad y felicidad, y que estar “sin Cristo” es estar al borde de la
destrucción.

17. Sed satisfecha
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz,
diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que
cree en mí, como dice la Escritura, de su interior
correrán ríos de agua viva”. Juan 7:37-38

El texto que encabeza este capítulo contiene uno de esos aforismos de Cristo
que merecen ser impresos en letras de oro. Todas las estrellas en el cielo son
brillantes y bellas, pero aun un niño puede ver que una estrella es más
resplandeciente que otra. “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Ti. 3:16),
pero frío e insensible es el corazón que no siente que algunos pasajes tienen una
riqueza y plenitud única. Éste es uno de esos pasajes.
A fin de poder captar toda su fuerza y hermosura hemos de recordar el lugar,
el día y la ocasión a que se refiere el pasaje.
280 SANTIDAD

El lugar era Jerusalén, la metrópolis del judaísmo y bastión de sacerdotes y
escribas, de fariseos y saduceos. La ocasión era la Fiesta de los Tabernáculos, una
de las grandes fiestas anuales del judaísmo. Si podía, todo buen judío, subía al
templo de acuerdo con la ley para participar de esta fiesta. El día era “el último…
de la fiesta” cuando iban terminando todas las ceremonias, cuando según la
tradición, se había sacado agua del estanque de Siloé para echarla solemnemente
sobre el altar y lo único que quedaba por hacer era que los adoradores regresaran
a sus casas.
En este momento crítico, nuestro Señor Jesucristo se “puso de pie” en un
lugar prominente y habló a la multitud reunida. No dudo que leía sus corazones.
Los veía retirarse con conciencias afligidas y mentes insatisfechas, no habiendo
aprendido nada de los fariseos y saduceos, sus maestros ciegos; sólo se llevaban el
recuerdo de pomposas e insulsas ceremonias. Los vio, tuvo compasión de ellos y
alzó su voz como un heraldo diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”.
Dudo que esto sea lo único que dijo en esa memorable ocasión. Sospecho que fue
el momento cumbre de su discurso. Pero ésta, me imagino, fue la primera frase
que brotó de sus labios: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Si alguno quiere
agua viva que satisface, venga a Mí.
Recuerdo a mis lectores que nunca antes ningún profeta ni apóstol, usó un
lenguaje como éste. “Ven con nosotros”, le dijo Moisés a Hobab (Nm. 10:29),
“Venid a las aguas”, dijo Isaías (Is. 55:1). “He aquí el Cordero de Dios”, dijo Juan el
bautista (Jn. 1:29), “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”, dijo Pablo (Hch.
16:31). Pero nadie ha dicho jamás: “Venid a Mí”, excepto Jesús de Nazaret. Este
hecho es muy significativo. Cuando dijo: “Venid a mí”, sabía y sentía que era el
Hijo eterno de Dios, el Mesías prometido, el Salvador del mundo.
Quiero enfocar la atención del lector en tres puntos que veo en esta expresión
de nuestro Señor.
I. Tenemos un caso supuesto: “Si alguno tiene sed”.
II. Tenemos un remedio propuesto: “Venga a mí, y beba”.
III. Tenemos una promesa ofrecida: “El que cree en mí, como dice la Escritura,
de su interior correrán ríos de agua viva”.
Cada uno de estos puntos se aplica a todo aquel en cuyas manos cae este
escrito. Y de cada uno de ellos, tengo algo que exponer.

I. El problema
En primer lugar tenemos un caso supuesto. Dice el Señor: “Si alguno tiene
sed”.
17. Sed satisfecha 281

La sed física es notoriamente la sensación más dolorosa que puede tener el
hombre. Lea la historia de los que viven en la miseria en el pozo negro de Calcuta.
Pregúntele a cualquiera que haya viajado por las llanuras del desierto bajo un sol
tropical. Escuche lo que cualquier viejo soldado le diría acerca de la peor
necesidad de los heridos en batalla. Recuerde la sed que sufren los tripulantes de
barcos perdidos en el océano durante días en embarcaciones sin agua. Recuerde
las tristes palabras del hombre rico de la parábola: “Envía a Lázaro para que moje
la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en
esta llama” (Lc. 16:24). El testimonio es invariable. No hay nada tan terrible y
difícil como tener que aguantar la sed.
Pero si la sed física es tan dolorosa, ¡cuánto más lo es la sed del alma! El
sufrimiento físico no es la peor parte del castigo eterno. Es poca cosa, aun en este
mundo, comparado con el sufrimiento de la mente y el hombre interior. Conocer
el valor de nuestras almas y enterarnos de que estamos en peligro de una ruina
eterna, sentir la carga del pecado no perdonado, no saber a dónde recurrir para
conseguir alivio, tener un conciencia enferma e intranquila y no saber cómo
remediarlo; descubrir que nos estamos muriendo, muriendo cada día sin estar
preparados para encontrarnos con Dios, ni tener un concepto claro de nuestra
propia culpa e impiedad y, no obstante, no tener idea de una absolución, es el peor
de los dolores. ¡Ese dolor se extiende por toda el alma y el espíritu y traspasa las
coyunturas y la médula de los huesos! Ésta, sin duda, era la sed a la cual se está
refiriendo el Señor. Es la sed de perdón, de absolución y de paz con Dios. Es la
ansiedad de una conciencia realmente viva, anhelando satisfacción sin saber
dónde encontrarla, caminando por lugares áridos y sin poder descansar.
Ésta es la sed que sentían los judíos cuando Pedro predicó el día de
pentecostés. Está escrito que “se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a
los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hch. 2:37).
Ésta es la sed que sentía el carcelero de Filipo cuando despertó a la conciencia
de su peligro espiritual y sintió el terremoto que hizo que se abrieran las puertas
de la cárcel. Está escrito que “temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y
sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”(Hch. 16:29, 30).
Ésta es la sed que muchos de los siervos más grandes de Dios parecían tener
cuando la luz iluminaba sus mentes. Agustín buscando descanso entre herejes
maniqueos sin encontrarlo. Lutero buscando la verdad entre los monjes del
monasterio en Érfurt. John Bunyan agonizando en medio de dudas y conflictos en
su casita en Elstow, George Whitefield gimiendo bajo las austeridades que él
mismo se impuso por falta de una enseñanza clara, cuando estudiaba en la
Universidad de Oxford, han dejado registrada su experiencia. Creo que todos ellos
sabían lo que nuestro Señor quiso decir cuando habló de “sed”.
282 SANTIDAD

Y creo que no es demasiado decir que todos deberíamos saber algo de esta sed,
aunque no tanto como Agustín, Lutero, Bunyan o Whitefield. Viviendo como
vivimos en un mundo moribundo…
- sabiendo como sabemos, y lo admitimos, que hay un mundo después de la
muerte, y que después de la muerte viene el Juicio,
- sintiendo como lo sentimos, aun en nuestros mejores momentos, que somos
criaturas defectuosas, inestables, débiles y pobres, y no aptas para
encontrarnos con Dios,
- conscientes en lo profundo de nuestro corazón que nuestro lugar en la
eternidad depende del uso de nuestro tiempo…
Deberíamos sentir algo de “sed” por tener paz con el Dios viviente.
¡Pero, ay, nada prueba más contundentemente la naturaleza caída del hombre
como la falta general y común de sed espiritual! La gran mayoría de las personas
en este momento están sedientas de dinero, poder, placer, posición, honra y
distinción. Perseguir esperanzas vanas, escarbar buscando oro, irrumpir en una
peligrosa brecha, abrirse paso en el hielo para llegar al Polo Norte, son empresas
para las cuales no faltan aventureros y voluntarios. ¡La competencia es intensa e
incesante para alcanzar esas coronas corruptibles! En comparación, son pocos los
que tienen sed de alcanzar la vida eterna. No asombra, entonces, que la Biblia
llame al hombre natural “muerto”, “dormido”, ciego y sordo. No es de extrañar
que diga que el hombre necesita un nuevo nacimiento y una nueva creación. No
hay síntoma más seguro de la mortificación de la carne que la pérdida de todo
sentimiento. No hay señal más dolorosa de un alma enferma que la ausencia total
de sed espiritual. Ay del hombre de quien el Salvador puede decir: “Y no sabes que
tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Ap. 3:17).
Pero, ¿quién entre mis lectores siente la carga del pecado y ansía paz con Dios?
¿Quién realmente es sensible a la confesión en nuestro Libro de Oraciones cuando
dice: “He errado y me he apartado como una oveja perdida, no hay nada sano en
mí, soy un despreciable ofensor”? ¿Quién entre mis lectores participa de la Cena
del Señor y puede decir sinceramente: “El recuerdo de mis pecados es doloroso, y
su carga es intolerable”? Si es usted uno de estos últimos, usted es el hombre que
debe dar gracias a Dios. Un sentido de pecado, culpa y pobreza del alma, es la
primera piedra que coloca el Espíritu Santo cuando edifica un templo espiritual.
Convence de pecado. La luz fue lo primero creado en el mundo material (Gn. 1:3).
La luz en cuanto a nuestra propia condición es la primera obra en la nueva
creación.
Alma sedienta, lo repito, usted es quien debiera dar gracias a Dios. El reino de
Dios está cerca. No es cuando empezamos a sentirnos bien, sino cuando nos
sentimos mal, que damos el primer paso hacia el cielo. ¿Quién le enseñó que
17. Sed satisfecha 283

estaba desnudo? ¿De dónde vino esa luz interior? ¿Quién le abrió los ojos y le hizo
ver y sentir? Sepa este día que no fue ni la carne ni la sangre las que le han
revelado estas cosas, sino nuestro Padre que está en los cielos. Las universidades
pueden conferir títulos y las escuelas pueden impartir conocimiento de todos los
misterios, pero no pueden hacer que los hombres sientan su pecado. Percibir
nuestra necesidad espiritual y sentir verdadera sed espiritual es el A-B-C de la fe
salvadora.
Fue muy acertado lo que dijo Eliú en el libro de Job: “Él mira sobre los
hombres; y al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios
redimirá su alma para que no pase al sepulcro, Y su vida se verá en luz” (Job
33:27, 28). No se avergüence el que sabe algo de la “sed” espiritual. Por el
contrario, levante la cabeza y comience a tener esperanza. Pídale a Dios que siga
haciendo la obra que ha comenzado en usted y le haga sentir más sed.

II. El remedio
Paso ahora del caso supuesto al remedio propuesto. “Si alguno tiene sed”, dice
nuestro bendito Señor Jesucristo, “venga a mí y beba”.
Hay una sencillez maravillosa en esta breve frase que es imposible admirar
demasiado. No tiene ni una palabra cuyo significado literal no sea claro hasta para
un niño. No obstante, sencillo como parece, tiene un rico significado espiritual.
Como el diamante Kohinoor que usted puede llevar entre el pulgar y el índice, es
de un valor incalculable.
Venir y beber soluciona el gran problema que todos los filósofos de Grecia y
Roma no pudieron resolver: “¿Cómo puede el hombre tener paz con Dios?”.
Guárdelo en su memoria junto con otras seis máximas de oro de nuestro Señor:
“Yo soy el pan de vida; el que a Mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en Mí
cree, no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35).
“Yo soy la luz del mundo; el que Me sigue, no andará en tinieblas, sino que
tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12).
“Yo soy la puerta; el que por Mí entrare, será salvo” (Jn. 10:9).
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por Mí” (Jn.
14:6).
“Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”
(Mt. 11:28).
“Al que a Mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37).
Agregue a estos seis textos el que hoy tiene delante de usted. Memorice los
siete. Grábelos en su mente y nunca los olvide. Cuando sus pies toquen el frío río,
284 SANTIDAD

la hora de su muerte, encontrará un valor incalculable en los versículos recién
citados.
Porque, ¿cuál es la sustancia de estas sencillas palabras? Es ésta: Cristo es esa
Fuente de agua viva que Dios, en su gracia, ha provisto para las almas sedientas.
De él, como de la roca que golpeó Moisés, fluye una corriente abundante para
todos los que peregrinan por el desierto de este mundo. En él, nuestro Redentor y
Sustituto, crucificado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación,
tenemos una provisión sin fin de todo lo que el hombre puede necesitar: Perdón,
absolución, misericordia, gracia, paz, descanso, alivio, consuelo y esperanza.
Cristo compró esta provisión para nosotros pagándola con su propia sangre
preciosa. Para abrir esta fuente maravillosa, sufrió por el pecado. El justo entre los
injustos cargó nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero. Fue hecho
pecado por nosotros, a fin de que pudiéramos ser justicia de Dios en él (1 P. 2:24,
3:18; 2 Co. 5:21). Y ahora ha sido sellado y designado para ser el que da alivio a
todos los trabajados y cargados y el Dador del agua viva para todos los sedientos.
Su misión es recibir a los pecadores. Se complace en darles perdón, vida y paz. Y
las palabras del texto son una invitación que hace a toda la humanidad: “Si alguno
tiene sed, venga a mí y beba”.
Advertencias y consejos
La eficacia de un remedio depende mayormente de la manera como se usa. La
mejor receta del mejor médico es inútil si no seguimos las instrucciones que la
acompañan. Preste atención a la palabra de exhortación, mientras le doy
advertencias y consejos acerca de la Fuente de agua viva.
(a) El que tiene sed y quiere apagarla tiene que acudir a Cristo mismo. Él no
se contentará con que asista a su iglesia y participe de sus ordenanzas o que se
reúna con su pueblo para orar y alabarle.
No tiene que limitarse a participar de su Santa Cena ni quedarse satisfecho
con abrirle privadamente su corazón a un pastor ordenado. ¡Oh, no! El que se
contenta con solo beber estas aguas “volverá a tener sed” (Jn. 4:13). Debe ir más
alto, hacer más, mucho más que esto. Tiene que tratar personalmente con Cristo
mismo, todo el resto no vale nada sin él. El palacio del Rey, los siervos que le
sirven, la sala de banquetes ricamente amoblada, el propio banquete, no son nada,
a menos que hablemos con el Rey. Sólo su mano puede quitarnos la carga que
llevamos a cuestas y hacernos sentir libres. La mano del hombre puede quitar la
piedra del sepulcro y dejar que veamos al muerte, pero nadie más que Jesús puede
decirle al muerto: “Ven fuera” (Jn. 11:41-43). Tenemos que comunicarnos
directamente con Cristo.
17. Sed satisfecha 285

(b) Además, el que tiene sed y quiere que Cristo le dé alivio tiene que acudir a
él de hecho y en verdad. No basta desear, hablar, tener la intención, resolver y
tener esperanza. El infierno, esa realidad horrible, está empedrado de buenas
intenciones. Miles de personas se pierden cada año por esta razón, perecen
miserablemente estando ya a un solo paso del puerto seguro. Viven con buenas
intenciones y con buenas intenciones mueren. ¡Oh, no! ¡Tenemos que
“levantarnos y venir”! Si el hijo pródigo se hubiera contentado diciendo:
“…Espero volver a casa algún día”, hubiera permanecido para siempre entre los
cerdos. Cuando se levantó y vino a su padre fue que su padre corrió para
encontrarse con él y dijo: “Sacad el mejor vestido, y vestidle;… comamos y
hagamos fiesta” (Lc. 15:20-23). Como él, tenemos que “volver en sí” y pensar,
pero también tenemos que actuar. El hijo pródigo dijo: “Me levantaré e iré”. Es
necesario acudir al Sumo Sacerdote, a Cristo, de hecho y en verdad. Tenemos que
acudir al Médico.
(c) También, el que tiene sed y quiere acudir a Cristo debe recordar que lo
único que se requiere es una fe sencilla. Sí, es bueno acudir con
arrepentimiento, con un corazón quebrantado y contrito, pero ni sueñe en confiar
en esto para ser aceptado. La fe es la única mano que puede llevar el agua viva a
nuestros labios. La fe es el engranaje por medio del cual todo funciona en el tema
de nuestra justificación. Está escrito una y otra vez que “todo aquel que en él
cree… no se pierde, sino que tiene vida eterna” (Jn. 3:15, 16). “Más al que no obra,
si no cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:5).
Bienaventurado es el que puede hacer suyo el principio que contiene aquel himno
sin igual:
“Tal como soy de pecador,
sin otra confianza que tu amor,
a tu llamado vengo a ti:
Cordero de Dios, heme aquí”.
¡Qué simple parece este remedio para la sed! Pero, ¡oh, qué difícil es convencer
a algunas personas de que lo reciban! Pídales que hagan algo grande, que
mortifiquen su cuerpo o que participen en una peregrinación, que den todos sus
bienes para dar de comer a los pobres con el fin de hacer méritos para ser salvos y,
seguramente, procurarán hacerlo. Dígales que tiren por la borda toda idea de
méritos y salvación por obras, que acudan a Cristo como pecadores vacíos, sin
nada en sus manos y, como hizo Naamán, querrán dar media vuelta con desprecio
(2 R. 5:12). La naturaleza humana es siempre la misma en todas las épocas.
Todavía hay algunas gentes que piensan como los judíos y otras como los griegos.
Para los judíos, Cristo crucificado sigue siendo una piedra de tropiezo y para los
griegos locura. ¡Esa trágica sucesión nunca ha cesado! Nuestro Señor nunca dijo
286 SANTIDAD

algo más cierto que cuando se refirió a los escribas soberbios en el Sanedrín: “Y
no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:40).
Pero, por más simple que parezca este remedio para la sed, es el único que
cura la enfermedad espiritual del hombre y el único puente entre la tierra y el
cielo. Reyes y súbditos, predicadores y oyentes, amos y siervos, encumbrados y
proletarios, ricos y pobres, letrados e iletrados, todos por igual, tienen que beber
de esta agua de vida y beberla de manera idéntica. Durante más de dieciocho
siglos, los hombres se han esforzado por encontrar algún otro remedio para sus
conciencias agotadas, pero se han esforzado en vano. Miles, después de ampollarse
las manos, de envejecerse cavando cisternas rotas que no retienen agua (Jer. 2:13),
se han visto obligados a volver a la Fuente de antaño y han confesado en sus
últimos momentos que sólo en Cristo hay verdadera paz.
Y por más simple que parezca ser el viejo remedio para la sed, es la raíz de la
vida interior de todos los más grandes siervos de Dios en todas las épocas. ¿Qué
han sido los santos y mártires a lo largo de la historia de la Iglesia, sino hombres
que han acudido cada día a Cristo por fe y han encontrado que su “carne es
verdadera comida” y que su “sangre es verdadera bebida” (Jn. 6:55)? ¿Qué han
sido, sino hombres que vivían la vida de fe en el Hijo de Dios y bebían
cotidianamente de la plenitud que hay en él (Gá. 2:20)? Aquí, en todos los casos,
los mejores y más auténticos cristianos que han dejado su huella en el mundo,
han sido de un mismo sentir. Santos padres y reformadores, teólogos santos
anglicanos e inconformistas, sus mejores momentos han dado testimonio
uniforme del valor de la Fuente de vida. Separatistas y polémicos, como a veces
han sido durante sus vidas, al morir no han estado divididos. En su última lucha
con el rey de los terrores, simplemente se han aferrado a la cruz de Cristo,
gloriándose únicamente en la “sangre preciosa” y la Fuente disponible para
limpiar todo pecado e impureza.
¡Qué agradecidos debiéramos estar de que vivimos en un país donde el gran
remedio para la sed espiritual es bien conocido, en un país de Biblias abiertas,
donde se predica el evangelio y hay abundantes medios de gracia; un país donde
aún se proclama la eficacia del sacrificio de Cristo en iglesias más o menos llenas
y desde 20.000 púlpitos cada domingo! No apreciamos el valor de nuestros
privilegios. Por la propia familiaridad del maná pensamos poco en ellos, así como
Israel detestaba el “pan tan liviano” en el desierto (Nm. 21:5). Pero abra las
páginas de algún filósofo pagano como el incomparable Platón y fíjese cómo
andaba a tientas buscando luz como quien anda con los ojos vendados y se
cansaba tratando de encontrar la puerta. El campesino más humilde que capta las
cuatro “palabras de consuelo”, en la liturgia de la Comunión en el Libro de
Oraciones [Mt. 11:28; Jn. 3:16; 1 T. 1:15; 1 Jn. 2:1, 2], sabe más sobre la paz con
17. Sed satisfecha 287

Dios que el sabio ateniense. Lea los relatos de viajeros y misioneros fidedignos,
sobre el estado de los paganos que nunca han oído el evangelio. Lea de los
sacrificios humanos en África y las torturas voluntarias horribles de los devotos
indostanos y recuerde que todo es resultado de una “sed” no aplacada y un anhelo
ciego e insatisfecho de acercarse a Dios. Y entonces, aprenda a ser agradecido
porque vive en un país como el suyo. ¡Ay, me temo que Dios tiene una contienda
contra nosotros por nuestra ingratitud! Frío y muerto debe ser aquel corazón que
puede estudiar las condiciones en África, China e Indostán y no agradecer a Dios
porque vive en un país cristiano.

III. La promesa
En último lugar, enfoquemos la promesa ofrecida a todo aquel que acude a
Cristo. “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de
agua viva” (Jn. 7:38).
El tema de las promesas bíblicas es inmenso y sumamente interesante. Dudo
que reciba la atención que merece en la actualidad. El libro Scripture Promises
(Promesas bíblicas) por Clarke, es un viejo libro que se estudia mucho menos
ahora que en la época de nuestros padres. Pocos cristianos conocen la cantidad,
amplitud, anchura, profundidad, altura y variedad de promesas preciosas en la
Biblia para el beneficio y aliento especial de todos los que quieren aprovecharlas.
No obstante, las promesas constituyen la base de casi todas las transacciones
entre los hombres. La gran mayoría de los hijos de Adán en todo país civilizado
actúa todos los días con fe en promesas. El obrero trabaja desde el lunes en la
mañana hasta el sábado por la noche porque cree que al final de la semana
recibirá el jornal prometido. El soldado se alista en el ejército y el marino se
enrola en la marina, con la confianza total de que sus superiores le darán el
sueldo prometido. La trabajadora doméstica más humilde en una casa de familia
cumple día a día sus deberes creyendo que su patrona le pagará lo que le prometió.
En el mundo de los negocios en las grandes ciudades, entre comerciantes,
banqueros y vendedores, nada podría realizarse sin una fe continua en las
respectivas promesas. Todo el mundo sabe que los cheques, las facturas y los
pagarés son el único medio por el cual la inmensa mayoría del mundo comercial
puede desarrollarse. Los hombres de negocios se ven obligados a actuar por fe y
no por vista. Creen las promesas y esperan que los demás crean las de ellos. De
hecho, las promesas y la fe en que se cumplirán y las acciones realizadas por fe en
promesas, son la espina dorsal de nueve de cada diez transacciones del hombre
con su homólogo en todo el mundo cristiano.
De la misma manera, las promesas en la Biblia, son una recurso grandioso que
usa Dios para acercarse al alma del hombre. El estudioso serio de las Escrituras
288 SANTIDAD

no puede dejar de observar que Dios continuamente apela al hombre que lo
escuche, obedezca, sirva y realice grandes cosas, y que, escuchándolo, crea. En
suma, como dice Pedro: “Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas” (2 P.
1:4). Aquel que en su misericordia causó que se escribieran las Sagradas
Escrituras para nuestro beneficio ha demostrado su conocimiento perfecto de la
naturaleza humana al incluir, a través de todas sus páginas, una riqueza
inconmensurable de promesas adecuadas para cada experiencia y cada
circunstancia de la vida. Parece decir: “¿Quieres saber lo que pienso hacer para ti?
¿Te gustaría escuchar mis condiciones? Toma tu Biblia y lee”.
Pero hay una gran diferencia entre las promesas de los hijos de Adán y las
promesas de Dios, que nunca debemos olvidar. Las promesas del hombre no
necesariamente se cumplen. Aun con las mejores intenciones, no siempre puede
uno cumplir su palabra. Puede suceder una enfermedad o una muerte inesperada
puede llevarse de este mundo al que prometió algo. Guerras, pestilencias,
hambrunas, cosechas que fallan o huracanes pueden dejarlo a uno en la miseria
imposibilitándolo para cumplir sus compromisos.
Por el contrario, las promesas de Dios se cumplen sin fallar. Él es
todopoderoso, nada puede impedirle hacer lo que dijo que haría. Nunca cambia,
“si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar?” y con él no hay “mudanza, ni
sombra de variación” (Job 23:13; Stg. 1:17). Siempre cumplirá su palabra. Hay
una cosa que Dios no puede hacer, como le dijo cierta vez una niñita a su maestra:
“Es imposible que Dios mienta” (He. 6:18). Aun las cosas más insólitas e
improbables que Dios dijo que haría, siempre las ha hecho. ¿Quién hubiera
imaginado eventos tan improbables como la destrucción del mundo por un
diluvio y la preservación de Noé en el arca, el nacimiento de Isaac, la liberación de
Israel de la esclavitud en Egipto, la entronización de David, el nacimiento
milagroso de Cristo, la resurrección de Cristo, la dispersión de los judíos por todo
el mundo y su continua preservación como un pueblo singular? No obstante, Dios
dijo que todas estas cosas sucederían y a su tiempo sucedieron. En verdad, para
Dios es tan fácil hacer una cosa como lo es decirla. Lo que promete, ciertamente
hará.
En cuanto a la variedad y riqueza de las promesas bíblicas, hay mucho más
que considerar de lo que se puede decir en una breve exposición como ésta. Son
miles. El tema es casi inagotable. No hay ni una etapa en la vida humana, desde la
niñez hasta la vejez, ninguna posición en que se puede encontrar una persona
para la cual la Biblia no brinda aliento a todo el que quiera hacer lo correcto a los
ojos de Dios. Hay promesas en el erario de Dios para cada condición. Las
promesas que Dios hace por su misericordia y compasión infinita, incluyen su
prontitud en recibir a todo el que se arrepiente y cree, su buena disposición de
17. Sed satisfecha 289

perdonar y absolver al peor de los pecadores. Sus promesas conllevan su poder de
cambiar los corazones y transformar nuestra naturaleza corrupta, los incentivos
para orar, escuchar el evangelio y acercarnos al trono de gracia y las fuerzas para
cumplir nuestros deberes. Consuelan en las aflicciones, dan dirección en la
perplejidad, ayuda en las enfermedades, consolación en la muerte, fortaleza
cuando hemos perdido a un ser querido, felicidad más allá de la tumba y
recompensa en la gloria. Para todo esto existe un suministro abundante de
promesas en la Palabra. Nadie puede formarse una idea de su abundancia, a
menos que analice con cuidado las Escrituras, manteniendo constantemente su
atención en el tema. Si alguien lo duda, solo puedo decir: “Ven y ve.” Al igual que
la reina de Saba en la corte de Salomón, no tardaría en decir: “Yo no lo creía hasta
que he venido y mis ojos han visto que ni aun se me dijo la mitad” (1 R. 10: 7).
La promesa de nuestro Señor Jesucristo, que encabeza este artículo, es un
tanto peculiar. Es singularmente rica en estímulo a todos los que tienen sed
espiritual y vienen a él para satisfacerla. Por lo tanto, merece que le demos
especial atención.
La mayor parte de las promesas de nuestro Señor se refieren, especialmente, al
beneficio de la persona a quien van dirigidas. La promesa que estamos
considerando nos lleva a una gama mucho más amplia: Parece referirse a muchos
otros fuera de aquellos a quien él habló en primera instancia. ¿Por qué dice él? “El
que cree en mí, como dice la Escritura” y en todas partes enseña que “de su
interior correrán ríos de agua viva”. “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir
los que creyeran en él” (Jn. 7:39). Obviamente lo dijo en sentido figurado, al igual
que las palabras anteriores: “Sed” y “beber”. Pero todas las figuras de lenguaje
usadas en las Escrituras contienen grandes verdades y respecto de la figura de los
“ríos de agua viva” no son la excepción y voy a tratar de demostrarlo:
Sed espiritual
(1) Por un lado, entonces, creo que nuestro Señor quiso decir que el que se
acerca a Dios por la fe, recibirá un suministro abundante de todo lo que pueda
necesitar para satisfacer las necesidades de su alma. El Espíritu le brindará un
sentido permanente de perdón, paz y esperanza que será dentro de él como un
manantial que nunca se seca. Se sentirá satisfecho con lo que dice la Palabra:
“Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará
saber” (Jn. 16:15). El Espíritu le mostrará que ya no tendrá ansiedad espiritual en
cuanto a la muerte, el juicio y la eternidad. Puede tener sus rachas de oscuridad y
duda por sus propias flaquezas o las tentaciones del diablo. Pero, hablando en
general, en cuanto acude a Cristo con fe, encuentra en lo profundo de su corazón
un manantial de consolación. Esto, comprendamos, es lo primero que contiene la
promesa que estamos enfocando. “Solo ven a Mí, pobre alma ansiosa”, parece
290 SANTIDAD

decir nuestro Señor. “Solo ven a Mí y tu ansiedad espiritual encontrará alivio.
Pondré en tu corazón, por el poder del Espíritu Santo, tal sentido de perdón y paz,
por Mi expiación e intercesión, que no volverás a tener sed. Podrás tener tus
dudas, temores y conflictos mientras estás en la carne. Pero una vez que hayas
acudido a Mí y, habiéndome aceptado como tu Salvador, nunca volverás a perder
totalmente tu esperanza. La condición de tu hombre interior cambiará a fondo, de
tal manera que sentirás como si dentro de ti hubiera un manantial del que fluye
agua permanentemente”.
¿Qué diremos de estas cosas? Declaro mi propia creencia de que cuando
alguien realmente acude a Cristo por fe, encuentra que esta promesa se cumple.
Quizá alguno puede ser débil en la gracia y tener cierto recelo sobre su propia
condición. Quizá ni se atreva a decir que se ha convertido, que ha sido justificado,
santificado y que es apto para recibir la herencia de los santos en luz. Pero, a pesar
de todo eso, afirmo con plena seguridad que aun el creyente más humilde y débil
tiene adentro algo de lo cual no se puede desprender, aunque todavía no lo
comprenda del todo. ¿Y qué es ese “algo”? Es ese “río de agua viva” que comienza
a correr en el corazón de cada hijo de Adán en cuanto viene a Cristo y bebe. En
este sentido, creo que la maravillosa promesa de Cristo siempre se cumple.
(2) Pero, ¿es esto todo lo que contiene la promesa que estamos enfocando? De
ninguna manera. Queda mucho más por decir. Creo que nuestro Señor quiso que
comprendiéramos que el que acude a él con fe, no sólo tendrá una abundancia de
todo lo que necesita para su propia alma, sino que también será una fuente de
bendición para el alma de otros. El Espíritu que mora en él lo convertirá en un
manantial de bien para sus prójimos, de manera que en el día final se sabrá con
toda certeza que de él fluían “ríos de agua viva”.
Ésta es la parte más importante de la promesa de nuestro Señor y lleva a un
tema que rara vez captan y comprenden muchos cristianos. Pero es uno de
profundo interés y merece más atención de la que recibe. Creo que esto es una
verdad de Dios. Creo que así como “ninguno de nosotros vive para sí” (Ro. 14:7),
el hombre no se convierte solo para sí y que la conversión de un hombre o una
mujer, siempre lleva a la conversión de otros, por la maravillosa providencia de
Dios. No digo ni por un momento que todos los creyentes lo saben. Creo que es
mucho más probable que hay muchos que viven y mueren en la fe, sin tener
conciencia de haberle hecho un bien a algún alma. Creo que en la mañana de
resurrección y el Día del Juicio, cuando sea revelada la historia secreta de todos
los cristianos, habrá pruebas de que el significado completo de la promesa que
estamos enfocando nunca ha fallado. Dudo que habrá algún creyente que no haya
sido para alguien un “río de agua viva”, un canal por medio del cual el Espíritu ha
17. Sed satisfecha 291

dado gracia salvadora. Aun el ladrón arrepentido, con lo breve que fue su tiempo
después de arrepentirse, ¡ha sido motivo de bendición para miles de almas!
(a) Algunos creyentes son “ríos de agua viva” durante su vida. Sus palabras, su
conversación, su predicación y su enseñanza, son medios por los cuales el agua
viva ha fluido a los corazones de sus prójimos. Entre ellos tenemos a los apóstoles
que no escribieron ninguna epístola y sólo predicaron la Palabra. Algunos como
Lutero, Whitefiled, Wesley, Berridge, Rowlands y otros miles, vertieron “ríos de
agua viva” durante su estancia en la tierra.
(b) Algunos creyentes son “ríos de agua viva” cuando mueren. Su valentía al
enfrentar al rey de los terrores, su firmeza en medio de sus peores sufrimientos,
su fe inquebrantable en la verdad de Cristo aun mientras morían en la hoguera, la
paz que manifestaban al borde del sepulcro han causado que miles reflexionen y
centenares se arrepientan y crean en Cristo Jesús. Tales, por ejemplo, fueron los
primeros mártires, a quienes los emperadores romanos persiguieron. Tales fueron
John Huss y Gerónimo de Praga. Otros como Cranmer, Ridley, Latimer, Hooper y
el resto del noble ejército de mártires fueron como “ríos de agua viva” en el
momento de expirar. La obra que hicieron en la hora de su muerte fue mucho
más grande que lo que hicieron en vida, como pasó con Sansón.
(c) Algunos creyentes son “ríos de agua viva” mucho tiempo después de su
muerte. Lo son por sus libros y escritos que circulan en todas partes del mundo
mucho tiempo después de que las manos que sostuvieron la pluma se convirtieran
en polvo. Entre ellos tenemos a Bunyan, Baxter, Owen, George Herbert y Robert
M’Cheyne. Estos siervos benditos de Dios, probablemente, son ahora de más
bendición por sus libros de lo que lo fueron con las palabras que dijeron durante
sus vidas. Podemos decir de su herencia literaria lo que dice la Escritura acerca de
la ofrenda de Abel: “Y muerto, aún habla por ella” (He. 11:4).
(d) Por último, algunos creyentes son “ríos de agua viva” por el encanto de su
comportamiento cotidiano. Hay muchos cristianos consecuentes, callados y
gentiles que sin decir mucho ni hacer tanto ruido, sin darse cuenta, ejercen una
influencia profunda sobre todo su entorno para bien. Los que fueron bendecidos
por su manera de ser, fueron “ganados sin palabra” (1 P. 3:1). Su cariño, su buen
carácter, su dulzura y su generosidad, hablan silenciosamente en un amplio
círculo y siembran en las mentes las semillas que conducen a la reflexión y el
autoanálisis. Fue un tremendo testimonio el de una anciana que falleció llena de
paz, quien decía que además de debérsela a Dios, le debía su salvación al Sr.
Whitefield: “No fue por ningún sermón que predicó, no fue por nada que jamás
me dijo. Fue por la hermosa constancia y dulzura de su vida diaria en la casa
donde se estaba quedando cuando yo era apenas una niña. Me dije a mí misma
que si alguna vez buscara yo a Dios, el Dios del Sr. Whitefield sería mi Dios”.
292 SANTIDAD

Haga suyo este aspecto que incluye la promesa de nuestro Señor y no lo olvide
nunca. No piense ni por un momento que su propia alma es la única que será
salva si usted acude a Cristo por fe y lo sigue. Piense en la bendición de ser un “río
de agua viva” para los demás. ¡Quién sabe si usted no será el medio para traer a
muchos otros a los pies de Cristo! Viva, actúe, hable, ore y obre teniendo esto
siempre en mente. Conocí una familia, compuesta del padre, la madre y diez hijos
en que el evangelio entró al hogar por una de las hijas; al principio ella era la
única creyente y el resto de la familia estaba en el mundo. Y, no obstante, antes de
morir, pudo ver a sus padres y a todos sus hermanos entregados al Señor; y todo
comenzó, humanamente hablando, ¡por su influencia! En vista de esto, no
dudemos de que el creyente puede ser para otros un “río de agua viva”. Quizá las
conversiones no sucedan durante su vida y puede morir antes de verlas. Pero
nunca dude de que una conversión, generalmente, lleva a otras conversiones y
que son pocos los que van solos al cielo. Cuando falleció Grimshaw de Haworth, el
apóstol del norte, su hijo vivía sin fe y sin Dios. Al paso del tiempo, el hijo se
convirtió. ¿Cuál fue el factor determinante en su conversión? Nunca olvidó los
consejos y el ejemplo de su padre. Sus últimas palabras fueron: “¿Qué dirá mi
anciano padre cuando me vea en el cielo?”. Animémonos, sigamos teniendo
esperanza y creyendo la promesa de Cristo.

Aplicaciones prácticas
(a) Y ahora, antes de terminar este capítulo, quiero hacerle una pregunta.
¿Sabe usted algo de la sed espiritual? ¿Ha sentido alguna vez una profunda
preocupación por su alma? Me temo que muchos no saben nada de eso. He
aprendido, por dolorosas experiencias durante un tercio de siglo, que la gente
puede seguir asistiendo a la casa de Dios durante años sin ser consciente de sus
pecados en ningún instante, ni tampoco el anhelo de ser salvos. Los cuidados de
este mundo, el amor a los placeres y “los deseos de la carne” (Gá. 5:16), ahogan la
buena semilla cada domingo y le impiden dar fruto. Van a la iglesia con corazones
fríos como un adoquín de la calle por donde caminan. Se retiran tan impasibles e
indiferentes como las viejas estatuas de mármol que los observan desde las
paredes. Puede ser así, pero no pierdo la esperanza de que alguien se salve
mientras vive. Ese viejo campanario de la Catedral de San Pablo en Londres que
ha anunciado las horas durante tantos años, rara vez se escucha durante las
agitadas horas del día. El ruido del tráfico en las calles tiene el extraño poder de
amortiguar su sonido, impidiendo que se escuche.
Pero cuando el trajín del día ha terminado, cuando se les ha puesto llave a los
escritorios, las puertas se han cerrado, se han guardado los libros y reina silencio
en la gran ciudad, todo cambia. Cuando el viejo campanario anuncia las once, las
17. Sed satisfecha 293

doce, la una, las dos y las tres, miles de personas que no lo escuchan durante el
día, a esas horas lo oyen con claridad. Espero que lo mismo suceda con muchos
con respecto a sus almas. Ahora, en la plenitud de su salud y fuerzas, me temo
que la voz de la conciencia, a menudo, queda ahogada y no se puede escuchar por
el trajinar del diario vivir. Pero el día puede venir cuando, le guste o no, el gran
campanario de la conciencia se hará oír. El tiempo vendrá cuando postrado y en el
silencio, obligado a estar quieto por alguna enfermedad, se verá forzado a mirar
su interior y a considerar las cuestiones de su alma. Y entonces, cuando el gran
campanario de la conciencia avivada suene en sus oídos, espero que el que lee
estas líneas tema la voz de Dios y se arrepienta, aprenda a tener sed y venga a
Cristo para calmarla. Sí, ¡ruego a Dios que le enseñe a sentir antes de que sea
demasiado tarde!
(b) Pero, ¿siente algo en este momento? ¿Está despierta y activa su conciencia?
¿Siente sed espiritual y anhela saciarla? Entonces preste atención a la invitación
que le hago en el nombre de mi Señor: “Si alguno”, no importa quien sea, de alta
posición o sin posición, rico o pobre, letrado o iletrado, “si alguno tiene sed, acuda
a Cristo y beba”. Escuche y acepte esta invitación sin dilación. No se demore por
nada. No se demore por nadie. ¿Quién sabe si por querer esperar “el momento
adecuado” se le hará demasiado tarde? Ahora es cuando la mano del Redentor
viviente se extiende desde el cielo, pero puede quitarla. Ahora es cuando la Fuente
está abierta, pero pronto podría cerrarse para siempre. “Si alguno tiene sed, venga
a mí y beba” sin demora. Aunque usted haya sido un gran pecador y se haya
resistido a las advertencias, los consejos y sermones, igual venga. Aunque haya
pecado contra la luz y el conocimiento, contra los consejos de su padre y las
lágrimas de su madre, aunque haya vivido años sin observar un Día del Señor y
sin orar, igual venga. No diga que no sabe cómo venir, que no comprende lo que
significa creer, que tiene que esperar hasta tener más luz. Alguien que está
fatigado ¿va a decir que está demasiado cansado como para acostarse? ¿O alguien
a punto de ahogarse, dirá que no sabe tomarse de la mano extendida para
ayudarlo? ¿O el marinero naufragado, con un bote salvavidas al costado del barco
encallado, dirá que no sabe cómo saltar al bote? ¡Oh, líbrese de estas excusas
vanas! ¡Levántese, y venga! La puerta no está cerrada. El manantial no se ha
secado todavía. El Señor Jesús lo invita. Basta con que usted sienta sed y anhele
ser salvo. Venga, venga a Cristo sin demora. ¿Quién alguna vez vino al manantial
y lo encontró seco? ¿Quién se ha retirado alguna vez insatisfecho?
(c) ¿Ha venido ya a Cristo y encontrado alivio? Entonces venga más cerca,
acérquese más. Cuanto más cercana sea su comunión con Cristo, más
tranquilidad sentirá. Cuánto más cerca viva del Manantial más sentirá “una fuente
294 SANTIDAD

de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14). No sólo recibirá bendición usted,
sino que será de bendición para otros.
Quizá en este mundo impío no siente usted toda la tranquilidad que desea.
Pero recuerde que es imposible tener dos cielos. La felicidad perfecta está por
venir. El diablo no ha sido atado (Ap. 20:2). Vienen buenos tiempos para todos los
que son conscientes de sus pecados, vienen a Cristo y entregan sus almas
sedientas a su cuidado. Cuando él vuelva, se sentirán completamente satisfechos.
Recordarán todo el camino recorrido por donde los condujo el Señor y
comprenderán el porqué de todas las cosas que les sucedieron. Sobre todo, se
preguntarán cómo pudieron vivir tanto tiempo sin Cristo y cómo fue posible que
vacilaran tanto en acudir a él.
Hay una cañada en las montañas de Escocia llamada Glen Croe, que brinda
una magnífica ilustración de lo que será el cielo para las almas que vienen a
Cristo. El camino que atraviesa Glen Croe lleva al viajero en un larga y empinada
subida, con muchas vueltas y curvas cerradas. Pero al llegar a la cima de la cañada
se encuentra una roca con estas sencillas palabras inscritas: “Descanse y esté
agradecido”. Estas palabras describen los sentimientos de cada persona que
acudió a Cristo sedienta. Cuando llegue al cielo descansará y estará agradecida. La
cima del camino angosto, finalmente, será nuestra. Habremos terminado nuestra
trayectoria agobiante y nos sentaremos en el reino de Dios. Miraremos hacia el
pasado y contemplaremos toda nuestra vida con agradecimiento y veremos la
sabiduría perfecta de cada paso en la empinada subida por donde fuimos
conducidos. Olvidaremos el angustioso esfuerzo de nuestro peregrinaje hacia el
descanso glorioso. Aquí en este mundo, nuestro sentido de descansar en Cristo es
débil y parcial, aun en el mejor de los casos. A veces, pareciera que apenas si
gustamos plenamente “el agua viva”. Pero cuando venga aquello que es perfecto,
entonces todo lo imperfecto pasará. Podemos decir con el salmista: “Estaré
satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15). Beberemos “el agua
viva”, gozaremos los placeres del Señor y jamás volveremos a tener sed.

Nota
Hay un pasaje de una obra del que fuera el escritor puritano Robert Traill, que
arroja mucha luz sobre algunos puntos mencionados en este capítulo y que me
gustaría que el lector leyera de principio a fin. Fue tomado de una obra poco
conocida y menos leída. A mí me ha hecho bien y creo que le puede hacer bien a
otros.
17. Sed satisfecha 295

Cuando el hombre despierta a su condición espiritual y tiene que
enfrentar la pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hch. 16:30, 31),
tenemos la respuesta apostólica: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”.
Esta respuesta es tan antigua que, a muchos, les parece anticuada. Pero
sigue siendo y siempre será fresca, nueva, deliciosa y la única que resuelve
este gran problema de la conciencia. Y lo seguirá resolviendo mientras
duren la conciencia y el mundo. Ninguna sabiduría o conocimiento del
hombre le encontrará nunca una grieta o falla; nadie podrá inventar otra
respuesta mejor, ni ninguna otra puede curar completamente la herida de
una conciencia avivada. Creer en el Señor Jesucristo es la respuesta.
Aboquémonos a la tarea de ver la solución y el alivio que ofrecen
algunos maestros de nuestra propia Israel a la pregunta del carcelero: ¿Qué
debo hacer para ser salvo? Les corresponde decirle: “Arrepiéntete, llora por
tus pecados, apártate de ellos, aborrécelos y Dios tendrá misericordia de ti”.
“¡Ay!” responde el pobre hombre: “Mi corazón es duro y no puedo
arrepentirme. Así es, mi corazón está más duro y vil que cuando pecaba sin
que me remordiera la conciencia”. Si uno le habla a este hombre de las
calificaciones para recibir a Cristo, no entiende nada y si es sincero en
cuanto a la obediencia, su respuesta es natural y pronta: “La obediencia es
obra del hombre en vida y la sinceridad brota sólo del alma renovada”. Por lo
tanto, la obediencia sincera es tan imposible para un pecador muerto y no
renovado como lo es la obediencia perfecta. ¿Por qué no darle la respuesta
correcta al pecador avivado: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”?
Cuéntele quién es Cristo, lo que ha hecho y sufrido para obtener redención
eterna de todos los pecadores y esto, según la voluntad de su Padre Dios.
Relátele directa y sencillamente el evangelio de salvación del Hijo de Dios,
cuéntele lisa y llanamente la historia y el misterio del evangelio. Bien
pudiera ser que por este intermedio el Espíritu Santo dé fe, tal como lo hizo
con aquellos primeros frutos entre los gentiles (Hch. 10:44).
Si pregunta con qué garantía cuenta si cree en Jesucristo, dígale que es
absolutamente indispensable que lo haga porque sin Cristo, perecerá
eternamente. Dígale que Dios, en su gracia, le ofrece la redención por medio
de la muerte de su Hijo. La promesa es que si acepta por la fe el remedio de
Dios para el pecado, la salvación será suya. Dígale que tiene el mandato
expreso de Dios de creer en el nombre de Cristo (1 Jn. 3:23) y que debe
obedecerle conscientemente, al igual que cualquier otro mandato en la ley
moral. Cuéntele de la aptitud y buena voluntad de Cristo para salvar; dígale
que no rechaza jamás a ninguno que acude a él, que los casos desesperantes
son los triunfos gloriosos de su poder para salvar. Dígale que no hay un
punto medio, entre la fe y la incredulidad, que no hay ninguna excusa para
descuidar la primera y seguir en la segunda, que creer en el Señor Jesús para
296 SANTIDAD

salvación agrada más a Dios que obedecer toda su ley; explíquele que la
incredulidad es lo más desagradable para Dios y, entre todos los pecados del
hombre, el más digno de condenación. Contra la magnitud de sus pecados,
la maldición de la ley y la severidad de Dios como juez, hay un solo alivio
para ofrecerle. Este alivio es la gracia libre e inconmensurable de Dios por
los méritos de Cristo quien se sacrificó a sí mismo para cargar en “él el
pecado de todos nosotros” (Is. 53:6).
Si responde: ¿Qué significa creer en Jesucristo?, debo decir que en la
Biblia no aparece esta pregunta, pero que de una manera u otra muchos
pasajes sugieren una respuesta. Están los que no creían en él, como los
judíos (Jn. 6:28-30), los principales sacerdotes y los fariseos (Jn. 7:48); el
ciego (Jn. 9:35). Cuando Cristo le preguntó al ciego: “¿Crees tú en el Hijo de
Dios?”, éste le respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”.
Inmediatamente, cuando Cristo le contestó (versículo 37) no preguntó:
“¿Qué significa creer en él?”, sino que dijo: “Creo, Señor; y le adoró”, por lo
que demostró tener fe en él y actuó en consecuencia. Lo mismo sucedió con
el padre del muchacho poseído por un espíritu inmundo (Mr. 9:23, 24) y el
eunuco (Hch. 8:37). Tanto los enemigos como los discípulos de Cristo sabían
que tener fe en él significaba creer que el Hombre Jesús de Nazaret era el
Hijo de Dios, el Mesías y Salvador del mundo y que entonces, a él había que
acudir para recibir y esperar salvación en su nombre (Hch. 4:12). Esto era
anunciado por Cristo, sus apóstoles y sus discípulos y era del conocimiento
de todos los que lo oían.
Si todavía pregunta qué es lo que debe creer, dígale que no es llamado a
creer que está en Cristo, que sus pecados han sido perdonados y que ha sido
justificado, sino que debe creer lo que dice Dios en cuanto a Cristo (1 Jn.
5:10-12). Lo que dice Dios es que él nos da (es decir, nos ofrece) vida eterna
a través de su Hijo Jesucristo y que todo aquel que de corazón lo cree y
confía su alma a estas buenas nuevas, será salvo (Ro. 10:9-11). Y esto es lo
que debe creer para poder ser justificado (Gá. 2:16).
Si sigue diciendo que es difícil creer esto, su duda es lógica, pero fácil de
resolver. Esto nos habla de un hombre profundamente humillado.
Cualquiera puede ver su propia imposibilidad de obedecer enteramente la ley
de Dios, pero a pocos les resulta difícil creer. Para su alivio y resolución
pregúntele qué es lo que se le hace difícil creer. ¿Es el hecho de que no está
dispuesto a ser justificado y salvado? ¿Es porque no está dispuesto a ser salvo
a través de Jesucristo para alabanza de la gracia de Dios en él y para dejar de
vanagloriarse? Seguramente dirá que no. ¿Es la desconfianza en la verdad de
lo que las Escrituras dicen del evangelio? Nunca lo admitirá. ¿Es dudar de la
habilidad y buena voluntad de Cristo para salvar? Esto es contradecir el
testimonio de Dios en los Evangelios. ¿Es porque duda tener suficiente
18. “Riquezas inescrutables” 297

interés en Cristo y su redención? Contéstele que creer en Cristo reemplaza
la falta de interés en él.
Si le dice que no puede creer en Jesucristo porque le resulta difícil actuar
con fe y que necesita un poder divino para tener fe, y que no lo tiene, debe
decirle que creer en Jesucristo no es una tarea que hay que realizar, sino
descanso en Jesucristo. Tiene que decirle que pretender esto es tan
irracional como si un hombre, cansado de un viaje y sin poder dar un paso
más, dijera: “Estoy tan cansado que no me puedo acostar” cuando, en
realidad, no puede seguir de pie ni seguir andando. El pobre pecador
cansado nunca podría creer en Jesucristo hasta darse cuenta de que no
puede hacer nada por sí mismo y que en cuanto cree siempre se entrega a
Cristo para salvación, como un hombre sin esperanza e indefenso. Y como
resultado de estos razonamientos con él sobre el evangelio, el Señor
otorgará, por creer (como lo ha hecho a menudo): Fe, gozo y paz.
—Works (Las obras) de Robert Traill, 1696, Tomo 1, pp. 266-269.

18. “Riquezas inescrutables”
“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada
esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio
de las inescrutables riquezas de Cristo”. Efesios 3:8

Si viéramos este versículo por primera vez, creo que todos consideraríamos
que es extraordinario, aun si no supiéramos quién lo escribió. Es extraordinario
por las figuras de lenguajes tan audaces e impresionantes que usa. “Menos que el
más pequeño de todos los santos”, “inescrutables riquezas de Cristo”, estos son
realmente “pensamientos que respiran y palabras que arden”.
Pero el versículo es doblemente extraordinario cuando consideramos quién lo
escribió. El autor fue nada menos que el gran apóstol de los gentiles, San Pablo, el
líder de aquel pequeño y noble ejército de Cristo que dejó una profunda huella en
la humanidad. Nadie nacido de mujer, (excepto su Maestro inmaculado), ha
dejado una huella tan profunda, la cual permanece hasta hoy. Semejante frase de
la pluma de semejante hombre demanda especial atención.
Observemos atentamente este texto y notemos tres cosas:
298 SANTIDAD

I. Primero, lo que Pablo dice de sí mismo. Dice: “Soy menos que el más
pequeño de todos los santos”.
II. Segundo, lo que Pablo dice de su ministerio. Dice: “Me fue dada esta gracia
de anunciar [predicar]”.
III. Tercero, Pablo da a conocer el gran tema de su predicación. Lo llama “las
inescrutables riquezas de Cristo”.
Confío que, algunos comentarios sobre cada uno de estos tres puntos, ayuden
a grabar todo el texto en la memoria, conciencia, corazón y mente de mis lectores.

I. Lo que Pablo dice de sí mismo.
En primer lugar, notemos lo que Pablo dice de sí mismo. El lenguaje que
utiliza es singularmente decisivo. El fundador de iglesias famosas, el escritor de
catorce epístolas inspiradas, ¿cómo se describe? Veamos algunas de sus palabras:
“En nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles” (2 Co. 12:11). “En
trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de
muerte muchas veces” (2 Co. 11:23). “Estimo todas las cosas como pérdida”. “Lo
he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Fil. 3:8). “Porque
para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21). Emplea un modo
enfático, comparativo y superlativo. “Soy menos que el más pequeño de los
santos”. ¡Qué pobre criatura ha de ser el más pequeño de los santos! No obstante,
Pablo dice: “Soy menos que esa criatura”.
Sospecho que un lenguaje como éste es casi ininteligible para muchos que
profesan ser cristianos. Tan ignorantes de la Biblia como de sus propios corazones,
no pueden comprender lo que dice un santo cuando habla humildemente de sí
mismo y de sus logros. “Es una forma de hablar” dicen, “no puede significar otra
cosa que la época cuando Pablo daba sus primeros pasos en el evangelio y
comenzaba a servir a Cristo”. Es tan cierto que “el hombre natural no percibe las
cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Co. 2:14). Las oraciones, alabanzas, los
conflictos, temores, esperanzas, gozos y aflicciones del cristiano auténtico y toda
la experiencia del capítulo siete de Romanos son “locura” para el hombre del
mundo. Así como un ciego no puede juzgar un cuadro de un pintor famoso y un
sordo no puede apreciar el Mesías de Handel, el inconverso no puede comprender
totalmente la estimación humilde que tiene de sí mismo el apóstol.
Pero podemos estar seguros de que lo que Pablo escribió, realmente lo sintió
en su corazón. El lenguaje de nuestro texto no es único. Otros pasajes hasta lo
exceden. A los filipenses les dice: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea
perfecto; sino que prosigo”. A los corintios les afirma: “Porque yo soy el más
pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol”. A Timoteo le
18. “Riquezas inescrutables” 299

asegura: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo
soy el primero”. A los romanos les exclama: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará
de este cuerpo de muerte?” (Fil. 3:12; 1 Co. 15:9; 1 Ti. 1:15; Ro. 7:24). La realidad
es que Pablo veía en lo más profundo de su corazón muchos más defectos y
flaquezas de los que veía en ningún otro. Los ojos de su entendimiento estaban
tan abiertos por el Espíritu Santo de Dios que detectaba un centenar de cosas
malas en sí mismo. Otros hombres con marcada miopía, jamás verían lo que San
Pablo sí podía ver. En suma, poseyendo gran luz espiritual, tenía una percepción
enorme de su propia corrupción natural, tanto que estaba revestido de humildad
de pies a cabeza (1 P. 5:5).
Ahora bien, comprendamos claramente que una humildad como la de Pablo
no era una característica únicamente del gran apóstol de los gentiles. Al contrario,
es una característica principal de todos los santos más eminentes de Dios en todas
las épocas. Cuanto mayor es la gracia que los hombres tienen en sus corazones,
más profunda es la percepción de su pecado. Más luz arroja el Espíritu Santo en
sus almas, mejor disciernen sus propias flaquezas, corrupciones y tinieblas. El
alma muerta no siente ni ve nada, con la vida viene una visión clara, una
conciencia perceptiva y una sensibilidad espiritual. Observe las expresiones
humildes que Abraham, Jacob, Job, David y Juan el Bautista usaban al referirse a
ellos mismos. Estudie las biografías de santos modernos como Bradford, Hooker,
George Herbert, Beveridge, Baxter y M’Cheyne. Note la característica que todos
comparten, todos sentían profundamente sus pecados.
Los creyentes nuevos y todavía inmaduros, en el calor de su primer amor,
pueden hablar de perfección si quieren. Los grandes santos en cada época de la
historia eclesiástica, desde Pablo hasta hoy, siempre han estado “revestidos de
humildad”.
Si alguno entre mis lectores quiere ser salvo, sepa que los primeros pasos
hacia el cielo son los de un profundo sentido del pecado y una opinión baja de sí
mismos. Descarte esa débil y tonta tradición de que el comienzo de una vida
cristiana se caracteriza por sentirse “bueno”. En cambio, comprenda aquel gran
principio bíblico de que tenemos que comenzar por sentirnos “malos” y que hasta
cuando realmente nos sintamos “malos”, nada sabremos de la bondad o la
salvación cristiana. Bienaventurado el que ha aprendido a acercarse a Dios con la
oración del publicano: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13).
Procuremos ser humildes. No hay otra gracia que le quede mejor al creyente.
¿Qué somos que justifique que nos sintamos orgullosos? De todos los seres del
mundo, ninguno es tan dependiente como el hijo de Adán. Hablando de su físico,
¿qué cuerpo, como el cuerpo del hombre, requiere tanto cuidado y atención, y es
cada día tan deudor a la mitad de la creación por su comida y ropa? Hablando de
300 SANTIDAD

su mente, ¡qué poco saben los más sabios de los hombres (y los hay pocos), cuan
ignorante es la mayor parte de la humanidad y cuánto sufrimiento generan por su
ignorancia! “Somos de ayer”, dice el libro de Job, “y nada sabemos” (Job 8:9). Por
cierto que no hay ninguna cosa creada sobre la tierra o en el cielo que debiera
estar revestida de humildad como debiera estarlo el hombre.
Procuremos ser humildes. No hay gracia más apropiada para el cristiano. El
Libro de Oraciones sin igual de la Iglesia Anglicana, de principio a fin, pone en la
boca del que lo usa, el más humilde de los lenguajes. Las frases al principio de la
oración matutina y la vespertina, la Confesión General, la Letanía y el Servicio de
Comunión están repletos de expresiones humildes. Todos, a una voz, brindan a
los fieles de la Iglesia Anglicana, una enseñanza clara con respecto a nuestra
posición correcta a la vista de Dios.
Procuremos todos ser más humildes, podemos saber algo de esto ahora, pero
cuanto más sepamos, más nos pareceremos a Cristo. Escrito está de nuestro
bendito Señor (aunque él no tuvo pecado) que “siendo en forma de Dios, no
estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí
mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8). Recordemos también las palabras que
preceden a este pasaje: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en
Cristo Jesús” (Fil. 2:5). Los hombres que más son atraídos hacia el cielo, más se
revisten de humildad. En la hora de la muerte, con un pie en la tumba, con algo
de la luz del cielo brillando sobre ellos, cientos de grandes santos y dignatarios
eclesiásticos han tenido plena conciencia de ser pecadores. Hombres como Selden,
el obispo Butler y el arzobispo Longley, han dejado registrada su confesión de que
nunca hasta esa hora, habían visto sus pecados con tanta claridad, ni sentido con
tanta profundidad su deuda de misericordia y gracia. Sólo el cielo nos habrá de
enseñar plenamente lo humilde que debiéramos ser. Sólo entonces, cuando
estemos dentro del velo y miremos todo el camino de la vida por donde fuimos
conducidos, sólo entonces, comprenderemos completamente la necesidad de ser
humildes y lo hermoso que es serlo. Las palabras de Pablo que hoy nos parecen
tan duras, aquel día no lo parecerán tanto. ¡Claro que no! Arrojaremos nuestras
coronas delante del trono y comprenderemos lo que el gran teólogo quiso decir
cuando afirmó: El himno en el cielo será: “¡Lo que ha hecho Dios!” (Nm. 23:23).

II. El ministerio de Pablo
En segundo lugar, notemos lo que dice Pablo acerca de su ministerio. Las
palabras del Apóstol son muy sencillas al referirse a él. Dice: “Me fue dada esta
gracia de anunciar” o sea, predicar.
18. “Riquezas inescrutables” 301

El significado de esta frase es claro: “Me fue dado el privilegio de ser un
mensajero de las buenas nuevas. He sido comisionado para ser el heraldo de las
nuevas de gran gozo”. No podemos dudar de que el concepto paulino del oficio del
pastor, incluía la administración de las ordenanzas y de hacer todas las demás
cosas necesarias para la edificación del cuerpo de Cristo. Pero aquí, como en otros
lugares, es evidente que la idea principal continuamente en su mente era la
responsabilidad principal de un ministro del Nuevo Testamento. Esta
responsabilidad es ser predicador, evangelista, embajador de Dios, mensajero de
Dios y heraldo de las buenas nuevas a un mundo caído. Dice en otro lugar: “No
me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio” (1 Co. 1:17).
No veo que Pablo haya apoyado alguna vez la teoría favorita de muchos, de que
la intención era que fuera un ministerio sacerdotal, un sacerdocio eucarístico-
1
sacrificial en la iglesia de Cristo . No hay ni una palabra en el libro de los Hechos
ni las epístolas a las iglesias que justifique semejante noción. No está escrito en
ninguna parte que “Dios haya nombrado a algunos en la iglesia, primero apóstoles,
luego [sacerdotes]” (1 Co. 12:28). Hay una ausencia notable de esta teoría en las
epístolas pastorales a Timoteo y Tito, donde uno esperaría encontrarla, si es que
pretendiera encontrar base para esas ideas.
Por el contrario, precisamente en estas epístolas, leemos expresiones como:
“Manifestó su palabra por medio de la predicación”. “Yo fui constituido
predicador”. “Para que por mí fuese cumplida la predicación” (Tito 1:3; 1 Ti. 2:7; 2
Ti. 1:11; 2 Ti. 4:17). Y, como broche de oro, una de sus últimas exhortaciones a su
hijo espiritual Timoteo, cuando lo dejó a cargo de una iglesia organizada, es esta
frase concisa y expresiva: “Que prediques la palabra” (2 Ti. 4:2). En suma, creo
que Pablo quiso que comprendiéramos que, no importa lo variadas que sean las
obras para las cuales el pastor es apartado, la primera, más importante y principal
es ser predicador de la Palabra de Dios.
Pero, a pesar de que me niego aceptar que las Escrituras justifiquen la
creencia en un sacerdocio eucarístico-sacrificial, no nos vayamos al otro extremo
y quitemos valor al oficio del siervo de Cristo. Es peligroso ir en esa dirección.
Aferrémonos a ciertos principios firmes sobre el ministerio cristiano y no importa
cuánto nos disguste el sacerdocio y las enseñanzas católicas romanas, no dejemos
que nada nos tiente a dejar que estos principios se nos vayan de las manos. Hay
un término medio sólido entre una idolatría oprobiosa del “sacerdotalismo”
[creencia que enfatiza el poder de los sacerdotes como mediadores esenciales
entre Dios y los hombres], por un lado, y una anarquía desordenada por el otro. El

1
Para aprehensión de muchos, los Cuáqueros y los Hermanos Libres parecen ignorar totalmente el
oficio pastoral.
302 SANTIDAD

hecho de que no seamos papistas en este aspecto del ministerio, no quiere decir
2
que tenemos que ser Cuáqueros o Hermanos Libres . Esto no era lo que Pablo
tenía en mente.
(a) En primer lugar, grabemos bien en nuestra mente que el ministerio
cristiano es una institución bíblica. No cansaré al lector dándole citas bíblicas
para dar prueba de lo que digo. Le recomiendo que sencillamente lea las Epístolas
a Timoteo y a Tito, y forme su propio criterio. A mi modo de ver, si estas epístolas
no autorizan un ministerio, las palabras carecen de significado. Formemos un
tribunal de las primeras personas sin prejuicios, inteligentes, sinceras y sin
intereses creados, y sentémoslas con un Nuevo Testamento a la mano para que
investiguen y analicen esta pregunta: “¿Es el ministerio cristiano algo bíblico o
no?”. No tengo ninguna duda de lo que sería su veredicto.
(b) En segundo lugar, grabemos bien en nuestra mente que el ministerio
cristiano es una provisión sabia y útil de Dios. Asegura el mantenimiento
regular de las ordenanzas de Cristo y de los medios de gracia. Proporciona un
mecanismo subyacente para promover el despertar de los pecadores y la
edificación de los santos. La experiencia enseña que los asuntos de todos terminan
siendo los asuntos de nadie; y si esto es cierto en otros aspectos, no lo es menos
en asuntos relacionados con la vida cristiana. Nuestro Dios es un Dios de orden,
obra a través de medios, y no tenemos razón alguna para esperar que su causa se
mantenga por medio de intervenciones milagrosas constantes, mientras sus
siervos no hacen nada. Para que haya predicación de la Palabra sin interrupción,
además de la administración de las ordenanzas, no puede haber un plan mejor
que la designación de una orden regular de hombres que se entregan totalmente a
los negocios de Cristo.
(c) En tercer lugar, grabemos bien en nuestra mente que el ministerio
cristiano es un privilegio honroso. Es un honor ser embajador de un rey; la
persona designada a tal cargo es respetado y le es concedida inmunidad
diplomática. Antes de la invención del telégrafo era un honor y una distinción
codiciada, anunciar noticias como la de la victoria en Trafalgar y Waterloo.
¡Cuánto más grande honor es ser embajador del Rey de reyes, y proclamar la
buena noticia de la victoria obtenida en el Calvario! (2 Co. 5:20). Servir
directamente a tal Señor, anunciar semejante mensaje sabiendo que los
resultados de nuestra obra, si Dios la bendice, son eternos, es sin lugar a dudas un
privilegio. Otros pueden trabajar por una corona corruptible, en cambio, el siervo
de Cristo por una incorruptible.

2
[Editor: El Sacerdotalismo enfatiza la necesidad de un sacerdote para administrar la Cena del Señor y
como mediador entre el creyente y Cristo].
18. “Riquezas inescrutables” 303

Nunca un país está en peores condiciones como cuando los siervos de Cristo
han causado que se ridiculice y desprecie su ministerio. Lo que dice Malaquías es
tremendo: “Os he hecho viles y bajos ante todo el pueblo, así como vosotros no
habéis guardado mis caminos” (Mal. 2:9). Pero, ya sea que los hombres escuchen
o no, el puesto de una embajador fiel es honroso. Es digno de notar lo que dijo un
anciano misionero a los noventa y seis años en su lecho de muerte: “Lo mejor de
lo mejor que puede hacer el hombre es predicar el evangelio”.
Concluyo esta parte de mi tema con el pedido ferviente de que todos los que
oran no dejen de elevar sus súplicas y oraciones intercesoras por los siervos de
Cristo. Que nunca falte una buena medida de ellas aquí y en el campo misionero,
de modo que estos se mantengan fieles en el evangelio y santos en su diario vivir,
y que tengan cuidado de sí mismos y de la doctrina (1 Ti. 4:16).
Ah, recordemos que mientras nuestro ministerio es honroso, útil y bíblico ¡es
también uno de profunda y dolorosa responsabilidad! Atendemos a las almas
“como quienes han de dar cuenta” de ellas (He. 13:17). Si las almas se pierden por
nuestra infidelidad, su sangre será demandada de nuestra mano. Nuestra misión
sería fácil si se tratara sólo de leer los servicios, administrar las ordenanzas, usar
vestimentas especiales, conducir una serie de ceremonias, ejercicios, gestos y
posturas. Pero aquello no es todo. Tenemos que entregar el mensaje de nuestro
Señor, declarar todo el consejo de Dios (Hch. 20:27) y no guardarnos nada que sea
provechoso. Si a nuestras congregaciones no les anunciamos toda la verdad
podemos arruinar para siempre sus almas inmortales. La vida y la muerte están
en poder de la boca del predicador. Con razón decía el Apóstol: “¡Ay de mí si no
anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).
Pido una vez más que ore por nosotros. ¿Quién es suficientemente apto para la
tarea? Recuerde el viejo dicho de las Padres de la Iglesia: “Nadie está en peor
peligro espiritual que los pastores”. Es fácil que nos critiquen y nos encuentren
defectos. Tenemos este tesoro en vasijas de barro. Somos hombres con las mismas
pasiones que todos y no somos infalibles. Ore por nosotros en estos días de
pruebas, tentaciones y controversias, pida que a nuestra iglesia nunca le falten
obispos y diáconos firmes en la fe, audaces como leones, “prudentes como
serpientes, y sencillos como palomas” (Mt. 10:16). El mismo que dijo: “Me fue
dada esta gracia de anunciar”, dijo también en otra ocasión: “Orad por nosotros,
para que la palabra del Señor corra y sea glorificada así como lo fue entre vosotros,
y para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos
la fe” (2 Ts. 3:1, 2).
304 SANTIDAD

III. Cristo: El tema de la predicación de Pablo
Notemos, en último lugar, lo que Pablo dice del gran tema de su predicación.
Lo llama “las inescrutables riquezas de Cristo”.
Que el hombre de Tarso convertido predicara a “Cristo”, es lo que hubiéramos
esperado por sus antecedentes. Habiendo encontrado paz por medio de la sangre
que Cristo derramó en la cruz, es indudable que querría contarle a otros lo que
pasó en su encuentro con Jesús. Nunca perdía su valioso tiempo exaltando una
mera moralidad sin raíces, en discutir abstracciones inciertas y expresiones vacías,
como “lo cierto”, “lo noble”, “lo sincero, “lo hermoso”, “los gérmenes de bondad
en la naturaleza humana” y cosas parecidas. Siempre iba al fondo de cada cuestión
y les mostraba a los hombres la gran enfermedad humana, su estado desesperante
como pecadores y al Gran Médico que necesita el mundo enfermo de pecado.
Además, el hecho de que predicara a Cristo entre “los gentiles”, concuerda con
todo lo que sabemos de su línea de acción en todo lugar y entre todas las gentes.
Dondequiera que viajaba y se ponía de pie para predicar, en Antioquía, Listra,
Filipo, Atenas, Corinto y Éfeso; entre griegos y romanos, letrados e iletrados,
estoicos y epicúreos; ante ricos y pobres, bárbaros y escitas, libres y esclavos;
Jesús y su muerte expiatoria, Jesús y su resurrección eran el tema central de sus
sermones. Variaba sabiamente su método de presentarlo, según su auditorio, pero
el tema y el corazón de su predicación era Cristo crucificado.
Observemos en el texto que estamos enfocando una expresión muy peculiar,
una expresión que incuestionablemente es única en sus escritos: “Las
inescrutables riquezas de Cristo”. Es el lenguaje fuerte y ardiente con el que
siempre recordaba su deuda con la misericordia y la gracia de Cristo. Le
encantaba mostrar con sus palabras la intensidad que sentía. Pablo no era un
hombre que decía las cosas a medias (Quicquid fecit valde fecit). Nunca olvidó el
camino a Damasco, la casa de Judas, la calle llamada Derecha, la visita del buen
Ananías, las escamas que cayeron de sus ojos, su propia experiencia maravillosa de
pasar de muerte a vida. Estos hechos siempre estaban a flor de piel en su mente y,
entonces, no se conformaba con decir: “Me fue dada esta gracia de anunciar”. No,
amplía su tema. Lo llama “las inescrutables riquezas de Cristo”.
Pero, ¿qué quiso decir el Apóstol cuando se refirió a las “inescrutables
riquezas”? Ésta es una pregunta difícil de contestar. Es indudable que veía en
Cristo una inmensurable provisión para las necesidades del alma del hombre, así
que no tenía otra frase para expresar la inmensidad de esta verdad. Desde
cualquier punto de vista que observaba a Cristo, veía en él mucho más de lo que la
mente común podía concebir y expresar con palabras. Sólo podemos ofrecer
conjeturas de lo que tuvo la intención de decir exactamente. No obstante, puede
18. “Riquezas inescrutables” 305

ser provechoso determinar detalladamente algunas de las cosas que, con toda
probabilidad, estaba pensando. Puede ser, tiene que ser, debiera ser provechoso.
Después de todo recordemos que estas “riquezas de Cristo” son bendiciones que
usted y yo necesitamos hoy, tanto como las necesitaba Pablo; y lo mejor de todo
es que estas “riquezas” están reservadas en Cristo para usted y para mí, tanto
como lo estuvieron hace más de 1900 años. Siguen allí. Todavía se ofrecen
gratuitamente a todo aquel que esté dispuesto a aceptarlas. Siguen siendo la
propiedad de cada uno que se arrepiente y crea. Demos una rápida mirada a
algunas de ellas.
(a) En primer lugar y sobre todo, grabemos en nuestra mente que hay
inescrutables riquezas en la persona de Cristo. Esta unión del Hombre perfecto y
el Dios perfecto en la persona de nuestro Señor Jesucristo es un gran misterio que
ni siquiera podemos empezar a comprender. Es un hecho más allá de nuestra
capacidad de captar. Pero, misteriosa como pueda ser esta unión, es una riqueza
de paz y consolación de todo el que la acepta. El poder y la compasión infinitos se
unen y combinan en nuestro Salvador. Si hubiera sido únicamente Hombre no
nos hubiera podido salvar. Si hubiera sido únicamente Dios (lo digo con
reverencia) no hubiera podido “compadecerse de nuestras debilidades” ni hubiera
padecido “siendo tentado” (He. 2:18; 4:15). Siendo Dios, es poderoso para salvar y
siendo Hombre, es totalmente apto para ser nuestra Cabeza, nuestro
Representante y nuestro Amigo. Dejemos que los que nunca piensan seriamente
nos provoquen, si quieren, discutiendo credos y teología dogmática. Pero nunca
se avergüence el cristiano reflexivo de creer y aferrarse a la doctrina, casi olvidada,
de la Encarnación y de la unión de dos naturalezas en nuestro Salvador. Es una
verdad rica y preciada el que nuestro Señor Jesucristo sea “Dios y Hombre”.
(b) En segundo lugar, grabemos en nuestra mente que hay inescrutables
riquezas en la obra que Cristo realizó por nosotros cuando vivió, murió y
resucitó aquí en la tierra. De hecho y en verdad, él completó la obra que su Padre
le había encomendado (Jn. 17:4), la obra de expiación por el pecado, la obra de
reconciliación, la obra de redención, la obra de satisfacción y la obra de
sustitución como “el justo por el injusto”. Sé que algunos llaman a estas breves
frases “términos teológicos inventados por el hombre, dogmas humanos” y cosas
así. Pero les resultará muy difícil probar que cada una de estas frases que pueden
parecer trilladas, no contienen fehacientemente la sustancia de textos claros de
las Escrituras, los cuales por conveniencia, como la palabra Trinidad, los teólogos
decidieron resumir en una sola palabra la realidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios
Espíritu Santo. Cada expresión es muy rica.
(c) En tercer lugar, grabemos en nuestra mente que hay inescrutables
riquezas en los oficios que Cristo realiza en este momento al vivir por nosotros
306 SANTIDAD

a la diestra de Dios. Es nuestro Mediador, Abogado, Sacerdote, Intercesor, Pastor,
Obispo, Médico, Capitán, Rey, Señor, Cabeza, Precursor, Hermano mayor y
Esposo de nuestras almas. Es indudable que estos oficios no tienen ningún valor
para los que no saben nada de Cristo. Pero para los que viven la vida de fe y
buscan primeramente el reino de Dios, cada oficio es tan preciado como el oro.
(d) Grabemos también en nuestra mente que hay inescrutables riquezas en los
nombres y títulos conferidos a Cristo en las Escrituras. Son muchos, como bien
lo sabe todo lector esmerado de la Biblia, pero por falta de espacio no haré más
que seleccionar algunos. Pensemos por un momento en títulos como Cordero de
Dios, el Pan de vida, la Fuente de agua viva, la Luz del mundo, la Puerta, el
Camino, la Vid, la Roca, la Piedra Angular, el Manto del cristiano y el Altar del
cristiano. Reflexione sobre cada uno de estos nombres y considere cuánta riqueza
contienen. Para el hombre indiferente y mundano son solo “palabras” y nada más;
pero para el cristiano auténtico, el análisis de cada título dará como resultado una
riqueza de verdades benditas.
(e) Por último, grabemos en nuestra mente que hay inescrutables riquezas en
las características, cualidades, atributos, disposiciones e intenciones de la
mente de Cristo hacia el hombre, que nos son reveladas en el Nuevo Testamento,
En él hay…
- riquezas de misericordia, amor y compasión por los pecadores,
- riquezas de poder para limpiar, perdonar y salvar perpetuamente,
- riquezas de buena voluntad para recibir a todo el que viene a él arrepentido y
creyendo,
- riquezas de habilidad para cambiar, por su Espíritu, al corazón más duro y el
carácter más malo,
- riquezas de tierna paciencia para sostener al creyente más débil,
- riquezas de fortaleza para ayudar a su pueblo hasta el fin, a pesar de todo
obstáculo exterior e interior,
- riquezas de compasión por todos los desalentados que le llevan a él sus
problemas y, por último, pero no por eso menos importante,
- riquezas de gloria para otorgar recompensas cuando vuelva para resucitar a
los muertos y reunir a su pueblo, a fin de que moren con él en su Reino.
¿Quién puede estimar el valor de estas riquezas? Los hijos de este mundo las
pueden tomar con indiferencia o rechazarlas con desprecio, pero para los que se
dan cuenta del valor de sus almas es muy distinto. Dirán a una voz: “No hay
riquezas que se comparen a las que tiene Cristo para su pueblo”.
Porque estas riquezas son inescrutables, es difícil estimar correctamente su
valor. Son una mina, que no importa cuánto se trabaje, nunca se agota. Son como
18. “Riquezas inescrutables” 307

un manantial que, no importa cuánta agua se saque de ella, nunca se seca. El sol
en el cielo ha brillado durante miles de años y sigue dando luz, vida, calor y
fertilidad a toda la superficie del globo. No existe un árbol ni una flor en Europa,
Asia, África o América que no sea deudora al sol. Y el sol sigue brillando de
generación en generación, una temporada tras otra, saliendo y poniéndose con
una regularidad absoluta, dando a todos, sin tomar nada de nadie, siendo hoy la
misma luz y el mismo calor que fue el día de la creación. El sol es sin duda alguna
el gran benefactor de la humanidad. Lo mismo sucede con Cristo, si es que alguna
ilustración puede acercarnos a la realidad. Él sigue siendo “el Sol de justicia” para
toda la humanidad (Mal. 4:2). Millones de personas se han beneficiado de él en el
pasado y con sus ojos puestos en él vivieron tranquilos y tranquilos murieron.
Miríadas de personas en este mismo momento están tomando de él su dosis diaria
de misericordia, gracia, paz, fortaleza y ayuda encontrando que en él mora “toda
plenitud”. No obstante, ¡estoy seguro de que desconocemos la mitad de las
riquezas que él guarda! Muy apropiado fue que el Apóstol usara la frase
“inescrutables riquezas de Cristo”.

Aplicaciones prácticas
Concluyo este capítulo con tres aplicaciones prácticas. Para conveniencia de
mis lectores, las pondré en forma de preguntas instando a cada uno a que las
examine en silencio y luego dé una respuesta.
(a) Primero quiero preguntarle qué piensa usted de sí mismo. Ya hemos
enfocado lo que Pablo pensaba de sí mismo. Ahora pues, ¿qué pensamientos le
vienen a la mente cuando los enfoca en usted mismo? ¿Ha descubierto la gran
verdad fundamental de que es usted un pecador, un pecador culpable a los ojos de
Dios?
Hay un clamor fuerte e incesante de que haya más escuelas que eduquen.
Universalmente se deplora la ignorancia. Pero dé por seguro que no hay una
ignorancia tan común y dañina como el desconocimiento de nosotros mismos. Sí,
los hombres pueden saber mucho de arte, ciencia, idiomas, economía, política y el
arte de gobernar y, no obstante, ser tristemente ignorantes en cuanto al estado de
su corazón y de su posición delante de Dios.
Tenga por seguro que ese autoconocimiento es el primer paso hacia el cielo.
Conocer la perfección inconmensurable de Dios y nuestra inmensa imperfección,
ver nuestras propias faltas e inconmensurable corrupción, es el A-B-C de una fe
salvadora. Cuanta más luz real interior tengamos, más humildes seremos y mejor
comprenderemos el valor del evangelio de Cristo que tantos desprecian. El que
tiene la peor opinión de sí mismo y de sus propias acciones es quizá el mejor
308 SANTIDAD

cristiano delante de Dios. Sería bueno si muchos pudieran orar noche y día esta
sencilla oración: “Señor, ayúdame a verme a mí mismo”.
(b) En segundo lugar, ¿qué piensa usted de los siervos de Cristo? Por más
extraña que parezca la pregunta, creo que el tipo de respuesta, si es sincera, a
menudo es una prueba justa del estado de su corazón.
No le estoy preguntando acerca de algún clérigo perezoso, mundano e
inconstante, un guardia dormido ni un pastor infiel ¡No! Le pregunto acerca del
siervo fiel de Cristo, quien expone honestamente el pecado y hace que nos
remuerda la conciencia. Tenga cuidado cómo contesta la pregunta. En la
actualidad, a demasiadas personas les gustan los pastores que profetizan cosas
buenas y se abstienen de hablar del pecado. Prefieren a los predicadores que
alimentan su orgullo y complacen su gusto intelectual, les gusta oír a los que
nunca hacen sonar una alarma ni les dicen nada de la ira que vendrá. Cuando
Acab vio a Eliseo, le dijo: “¿Me has hallado, enemigo mío?” (1 R. 21:20). Cuando a
Acab le mencionaron al profeta Micaías, exclamó: “Le aborrezco, porque nunca
me profetiza bien, sino solamente mal” (1 R. 22:8). ¡Ay, en este siglo existen
muchos como Acab! Les gusta el ministerio de un pastor que no les hace sentir
incómodos ni los manda inquietos a casa. ¿Cómo es usted? Créame, ¡el que más
verdades le dice, mejor amigo es! Es una señal de impiedad en la Iglesia cuando
los testigos de Cristo son silenciados o perseguidos y los hombres aborrecen a los
que los reprenden (Is. 29:21). Fue un pronunciamiento solemne del profeta al rey
Amazías cuando dijo: “Yo sé que Dios ha decretado destruirte, porque has hecho
esto, y no obedeciste mi consejo” (2 Cr. 25:16).
(c) Por último, ¿qué piensa de Cristo mismo? A sus ojos, ¿es grande o
pequeño? ¿Ocupa el primer o segundo lugar en su estima? ¿Está él delante o
detrás de su Iglesia, sus siervos y sus ordenanzas? ¿Dónde está en su corazón y en
su mente?
Al final de cuentas, ¡ésta es la pregunta más importante que puede haber! El
perdón, la paz, la conciencia tranquila, esperanza en la hora de la muerte y el
cielo mismo, dependen de su respuesta. Saber de Cristo es vida eterna. Estar sin
Cristo es estar sin Dios. “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo
de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:12). Los amigos de una educación netamente
secular, los defensores entusiastas de la reforma y el progreso, los adoradores de
la razón, el intelecto, la mente y la ciencia pueden decir lo que quieran y hacer
todo lo que quieran para arreglar al mundo. Pero descubrirán que sus esfuerzos
son en vano, si no tienen en cuenta la Caída del hombre y si no hay lugar para
Cristo en sus planes.
Existe una enfermedad grave en el corazón de la humanidad que echará por
tierra todos sus esfuerzos y arrasará con todos sus planes. Esa enfermedad es el
18. “Riquezas inescrutables” 309

pecado. ¡Oh, si la gente al menos pudiera ver y reconocer la corrupción de la
naturaleza humana y lo inútil que son los esfuerzos para mejorar al hombre que
no se basan en el sistema curativo del evangelio! Sí, la plaga del pecado está en el
mundo y no hay agua que pueda curar esa plaga, excepto la que fluye de la fuente
para todo pecado: El Cristo crucificado.
En suma, ¿de qué vale la vanagloria? Como dijo un gran teólogo en su lecho de
muerte: “Todos estamos despiertos a medias”. Hasta el mejor cristiano entre
nosotros, sabe poco de su glorioso Salvador, aun después de haber aprendido a
creer, “ahora [ve] por espejo, oscuramente” (1 Co. 13:12). No sabemos de las
“riquezas inescrutables” que hay en él. Cuando despertemos a su imagen en el
más allá, nos sorprenderemos de que lo veíamos tan imperfectamente y que lo
amamos tan poco. Procuremos conocerlo mejor ahora y vivamos en una
comunión más íntima con él. Viviendo así, no sentiremos necesidad de sacerdotes
humanos y confesionarios terrenales. Podremos decir: “Tengo todo y en
abundancia, no quiero más. ¡Me es suficiente que Cristo murió por mí en la cruz,
que Cristo intercede siempre por mí a la diestra de Dios, que Cristo mora en mi
corazón por fe, que Cristo pronto vuelve para recogerme a mí y al resto de su
pueblo para no volver a partir! Sí, Cristo es suficiente para mí. Teniendo a Cristo,
tengo ‘inescrutables riquezas’”.
Los bienes que tengo, vienen de su mano,
y si hay algo malo, me ayuda a bien.
Si él es mi amigo, todo lo tengo;
si no es mi amigo, estoy en pobreza.
Si gano en la vida o pierdo también,
lo único que importa es tenerlo a él.
Mientras viva en la tierra, no todo tendré,
a medias lo conozco, a medias lo adoro,
tan solo una parte de su amor percibo.
Más cuando en la gloria un día me encuentre,
completamente su gloria veré.
Diré con un canto inspirado en su amor:
“Estoy satisfecho, él es mío y yo soy de él”.
19. Necesidades de nuestros tiempos
Hombres “entendidos en los tiempos”. 1 Crónicas 12:32

Estas palabras se refieren a la tribu de Isacar, en los primeros tiempos del
reinado de David sobre Israel. Parece que después de la triste muerte de Saúl,
algunas de las tribus estaban indecisas sobre su futuro inmediato. “¿Bajo qué
rey?” era la pregunta del día en Palestina. Algunos no sabían si debían ser leales a
la familia de Saúl o aceptar a David como su rey. Titubeaban y no se decidían;