You are on page 1of 2

El testamento1

Mientras se acostaban los demás, llamé a Sipari y le dije sin ambages que me moría y que
recibiese allí mi testamento.
En primer lugar que dijese a los de Akulurak que moría contento y feliz y sin resentimiento
de ningún género.
Que al morir no permitiese que hicieseis supersticiones sobre mi cuerpo, porque si las hacían
me aparecería a ellos con unas uñas muy largas y les haría pasar el drama mayor de su vida; y eso no
una noche, sino varias, y acaso muchas.
Que me dejase envuelto como estaba y me llevase en línea recta a Akulurak, donde debía ser
enterrado junto al Hermano Chiaudano, píamontés, y que no me llorase Sor Catalina la cocinera que
llora por nada.
Siguieron varios encargos sobre papeles, contratos y dinero y con el testamento hecho quedé
más tranquilo y me puse a meditar. Realmente yo no tenía derecho alguno a quejarme; al contrario,
yo era un mimado del cielo.
Aquella, muerte era casi demasiado ideal.
Así murió el P. Francisco Javier en la choza de Sanchón sin más compañía que el chino
Antonio y el crucifijo; choza pobrísima como la mía; soledad completa como la mía; dolor agudo y
mortífero como el mío; sensación lejana y abandono como los míos; y, todo ello en un ambiente
pagano idéntico hasta en los pequeños detalles.
Con el crucifijo de los santos votos en los dedos temblorosos hago recapitulación de mi vida
pasada y la hallo falta. A la hora de la muerte las obras se presentan como son y fueron de verdad.
El cúmulo de imperfecciones pesa sobre mi como cordillera rocosa; pero me invade de pronto
una confianza tan desusada que casi me da miedo.
Ya debe estar la noche muy avanzada, pues el sueño en la choza es general y muy profundo.
Uno sueña en voz alta y profiere frases entrecortadas que no entiendo.

¡Cuestión de horas!

Yo sigo muy mal. El más leve intento de moverme me paraliza de dolor. Acaso sea cuestión
de unas horas.
Cuando se esparza la noticia de mi muerte dirán: «Murió en Alaska», así sin más. No saben
que muero en este agujero perdido entre el cielo y el centro de la tierra. Pero mejor será dejar que
piensen lo que quieran; lo que importa ahora es prepararse.
Muero al pie del cañón, qué caramba, como murieron tantísimos más desde la muerte proto-
tipo de Jesucristo en la cruz.
Muero en pleno combate y espero juntarme pronto con el Sumo Capitán de los buenos,
Jesucristo, que me precedió y me está esperando. Sería una canallada no responder con prontitud a su
divina llamada.
En unos momentos más de meditación fatigosa, pero clara, se apoderó de mí tal deseo de salir
de esta cárcel y volar a ver a Jesucristo que, como Elías en el desierto, pedí a mi alma que se apresurara
ya y saliese viril y letabunda.
El dolor del cuerpo cedió el paso a la alegría del espíritu y sentí que, en vez de morirme, se
alejaba el malestar y mejoraba visiblemente. Ya podía dar vueltas en el camastro sin ver estrellas, y
hasta podía estirarme sin daño notable.

1
V. Viaje a Hooper Bay. (Diciembre 1941)
La oscuridad era total y muy propicia para la meditación.
Como salga de ésta ya sabré yo ayudar a morir. Sentado junto a un moribundo no tendré más
que reconcentrarme y volver o vivir esta noche de recuerdos imborrables; lo que entonces hubiera yo
querido oír, eso le diré al oído al agonizante.
Siguen unas horas más y la gente comienza a desperezarse. Pruebo a levantarme y veo con
extrañeza que me tengo en pie y hasta puedo caminar.
Almas esparcidas por el mundo han rogado por mí esta noche y me han alcanzado de Dios
una prórroga como la del buen Ezequías que alcanzó de Dios quince años más de vida cuando estaba
a las puertas de la muerte.
Sipari se apresura a disponer la partida. En una choza caliente hubiera incluso podido celebrar
aquella mañana; pero en aquella nevera hubiera sido pedir otro milagro.
Envuelto en pieles me arrellané en el trineo y caminamos todo el día sin ver otro poblado que
la famosa choza de Kapótlik donde no hicimos alto, pues nos corría prisa llegar al Río Negro donde
tengo una capillita muy pobre, pero muy devota. Mientras más trompazos daba el trineo y mientras
más soplaba la brisa, mejor me ponía. El restablecimiento era ya una cosa palpable. Bendito sea Dios.

De nuevo en el mundo de los vivos

Seguimos rodando por aquellos parajes horas y más horas hasta que divisamos las chozas del
Río Negro, a donde llegamos antes del oscurecer. Unas sopas calientes y varios mendrugos de pan
con queso aceleraron la mejoría.
Bauticé a dos niños, Marcelo y Silvestre; bendije dos matrimonios; preparé para la confesión
a los adultos y les confesé; dirigí las oraciones de la noche y el rosario; cené más sopas con salmón,
pan y café y me acosté a dormir de un tirón una noche del todo opuesta a la anterior.
En un momento de reflexión, al verme de nuevo entre los vivos por los caminos de esta vida
tan accidentada, me llegó a pesar seriamente no haberme muerto en Kavegameut.
Dudo mucho que en momento alguno de mi vida me encuentre tan bien preparado y dispuesto
como lo estuve en aquel camastro a modo de escúleo, en aquella noche fría y oscura y con dolores
tan agobiantes.
Pero, en fin de cuentas ¿qué somos, sino mayordomos de nuestras vidas? No nos pertenecemos
a nosotros mismos; pertenecemos a Dios.