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Ansiedad y vida cotidiana

Mauricio Márquez Murrieta


Nuestro mundo se caracteriza por un aumento continuo y profundo de la complejidad; en él nuestros
estilos de vida se saturan cada vez más de actividades, con frecuencia contradictorias y excluyentes, en
medio de proyectos que intentan conciliar aspiraciones personales, familiares, profesionales, sociales y
económicas. Esto ha implicado el recrudecimiento paralelo de la ansiedad y de trastornos emocionales
asociados como la angustia, la depresión o la fatiga crónica. Tal es la profundidad de esta situación, que
podríamos calificar a la nuestra como la época de la ansiedad.
Sin embargo, a diferencia del sentido que solemos otorgarle, para Robert Gerzon1 la ansiedad natural en
sí misma es no sólo benéfica sino incluso imprescindible para vivir y constitutiva de nuestro ser.
La ansiedad natural tiene sus raíces en la conciencia de nuestro status como organismos biológicamente
vulnerables, cuyo bienestar puede verse amenazado de innumerables formas (…) incluye [entre otras] la
protectora y positiva (…) la orientada al futuro [que] (…) nos ofrece la capacidad de prever problemas
potenciales y de planificar el futuro de forma constructiva; [así como la que] trabaja en positivo señalándonos
las posibilidades de crecimiento (Gerzon, 1997:34-35).
Gerzon afirma que el buen manejo de la ansiedad natural (a la que distingue de sus variantes tóxica y
sagrada o existencial) nos conduce por el camino del crecimiento personal y resulta esencial no sólo para
nuestra conservación sino incluso, y más importantemente, para proyectar nuestra existencia hacia el
futuro y ampliar nuestro horizonte de posibilidades; sin ella seríamos seres catatónicos incapaces de
reaccionar y actuar ante los peligros y retos que la vida nos impone, condenándonos por lo mismo a la
extinción, ya que careceríamos del instinto básico que nos mueve a la acción.
Cuando no logramos canalizar adecuadamente la ansiedad natural, deviene en tóxica, pierde su conexión
funcional y sana con la vida, y se vuelve sobre sí misma -como ansiedad de la ansiedad– y contra
nosotros mismos. Ella se vuelve tóxica porque a través de ella bloqueamos nuestras posibilidades de
crecimiento, boicoteamos continuamente nuestro bienestar y nuestras relaciones más preciadas y,
cuando alcanza grados extremos, envenena y destruye nuestra vida; llega a experimentarse en forma de
un malestar tan intenso, agudo y desagradable que hacemos lo que sea por ya sea negarla, sin resolver su
fuente original, con lo que lenta e inexorablemente nos carcome por dentro, ya por evadirla, mediante
distractores nocivos que la acrecientan y agudizan, lanzándonos al engaño sistemático, las adicciones, la
postergación recurrente, la depresión, la violencia, la irresponsabilidad y la destrucción de nuestras vidas
y relaciones más trascendentes, justo aquellas que dan sentido a nuestra existencia, deslizándonos en una
espiral de vacío existencial que puede llegar a la autodestrucción.
La tercera ansiedad, la existencial, tiene que ver con el sentido último de la existencia y con las
experiencias que nos confrontan con los límites de sentido, como la muerte y las pérdidas irreparables,
así como también con la esperanza, la confianza y la fe en la vida. La ansiedad existencial nos conecta
con el misterio de la vida, con lo inefable, enigmático y trascendente; nos hace cobrar conciencia de la
totalidad infinita en que nos hallamos, orientando esa necesidad tan humana demasiado humana (como
diría Nietzsche) de darle sentido al universo, al mundo, y a nuestra existencia para poder vivir.

1
Gerzon, Robert (1997) Encontrar la serenidad en la época de la ansiedad. Barcelona, Kairos. Nota: Robert Gerzón es
psicoterapeuta y escritor. Es también especialista en medicina holística, filosofía y estudios espirituales.
Contrario a la interpretación del sentido común que entiende la ansiedad como algo nocivo e indeseable
–favoreciendo actitudes, comportamientos y prácticas orientadas a evitarla o eliminarla, ell no es, pues,
algo intrínsecamente perjudicial, sino que es a un tiempo la enfermedad, la cura y la respuesta. Gerzon
afirma que si bien la ansiedad tóxica nos arroja al sinsentido, al sufrimiento y a la destrucción de nuestra
vida y de nuestras relaciones fundamentales, existen maneras relativamente sencillas para salir de ella y
redirigirla hacia la ansiedad natural y, a partir de ella, mediante la ansiedad existencial, alcanzar la
serenidad, que no es sino el estado que alcanzamos cuando logramos estar en paz con nosotros mismos,
con el mundo, los demás y con nuestras inquietudes más profundas.
La clave reside en explotar las raíces de nuestra ansiedad con plena conciencia, en lugar de permitir que la
programación de nuestro subconsciente emocional busque objetos para nosotros. Puesto que la ansiedad tóxica
es provocada por nuestro rechazo a tratar con los problemas naturales y existenciales de la vida, ésta puede
ser mitigada e incluso erradicada optando por la valerosa opción de ser conscientes de nuestras dos más
profundas ansiedades, la natural y la sagrada (…) Aprender a distinguir los tres tipos de ansiedad es el primer
paso para dominarla. En lugar de permitir que alimente la ansiedad tóxica, podemos aprender a canalizar su
poderosa energía en logros tangibles y en crecimiento [personal] y espiritual. La ansiedad sagrada y la
espiritual son fundamentales para la vida humana. No hay modo de escapar de ellas. Elegir afrontar las
ansiedades de la vida siendo plenamente conscientes es el camino más directo hacia la libertad total, la paz
interior y la dicha de vivir2 (Gerzon, 1997:39-41).
El problema no está tanto, entonces, en que seamos ansiosos, sino en que tal vez no lo somos lo
suficiente ni en forma adecuada.

2
Ënfasis añadido.