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PENA DE MUERTE EN EL PERÚ

La pena de muerte en el Perú era aplicada en caso de traición a la patria, terrorismo, espionaje, genocidio, motín y
deserción en tiempos de guerra. La pena de muerte en el Perú ha sido utilizada hasta 1979. En el mismo año, la pena
de muerte fue abolida para los delitos comunes.12
En 1856 la pena de muerte se abolió. Se restituyó en 1933 para criminales hasta 1979. En 1993 se incluyó al delito de
terrorismo.
En la actualidad se han realizado hechos que atentan contra la vida,especialmente en niños y niñas: como violaciones
y muertes .
El Perú lleva 39 años sin aplicar la pena de muerte, hasta la actualidad.

Usos
La pena capital es legal solo durante tiempos de guerra internacional o terrorismo, con numerosas restricciones. Las
sentencias de muerte durante este tiempo se les permite por delitos específicos, y solo pueden ser impuestas por los
tribunales militares durante los estados de guerra. La ejecución se lleva a cabo por un pelotón de fusilamiento y se
permite por seis delitos específicos (si es cometido en tiempo de guerra):

 Traición a la patria en caso de guerra3


 Terrorismo
FRFF

Regulación jurídica
La pena de muerte está en el ordenamiento jurídico peruano, se encuentra en el artículo 140 de la Constitución
Política del Perú de 1993.
Capítulo VIII: Poder Judicial

Artículo 140°.- La pena de muerte sólo puede aplicarse por el delito de traición a la patria en tiempos de guerra, y el
de terrorismo, conforme a las leyes y tratados de los que el Perú es parte obligada.4}
Caso indignante
¿Qué persona podría decir que no comparte la absoluta indignación de la ciudadanía tras la terrible muerte de
Jimena, de 11 años, en San Juan de Lurigancho?
A un nivel muy humano, la depravación y crueldad del crimen escapan cualquier intento de tolerancia o contemplación
con el violador y asesino confeso. El asesinato de Jimena ha sido, además, un catalizador de la indignación social
acumulada por años ante los horrendos crímenes de naturaleza similar que se ven todas las semanas en el país.Si
bien la enorme frustración de la ciudadanía y su demanda por justicia son perfectamente razonables, el
aprovechamiento político que se pretende nutrir de esta movilización social es lamentable. Y más aun si este viene
cargado de soluciones para la tribuna difíciles de implementar en la práctica y de eficacia incierta.En particular, no
deja de llamar la atención la constante recurrencia al pedido de restitución de la pena de muerte para este tipo de
delitos. A través del congresista Modesto Figueroa, y con la firma de Daniel Salaverry, Clayton Galván, Úrsula Letona,
entre otros, Fuerza Popular presentó en enero un nuevo proyecto de ley para modificar el artículo 140 de la
Constitución y extender el rango de delitos que serían sancionados con la pena capital. Esta semana, la idea de
implementar la pena capital a violadores de menores fue apoyada por parlamentarios de diversas bancadas.
Representantes de Acción Popular y del Apra, por ejemplo, se han mostrado dispuestos a abrir el debate. Pero este
es tan solo el último de varios proyectos de ley en similar sentido presentados en los últimos años. La propuesta es
inadecuada desde distintos frentes: legal, institucional y práctico. En primer lugar, desde el punto de vista legal, la
modificación de la Constitución es un proceso complejo en el Congreso y además obligaría al país a apartarse de
tratados y compromisos internacionales ya asumidos. Si el Perú aspira a ser un país líder en materia de democracia,
derechos humanos e integración regional, desligarse del sistema internacional de justicia es un error y juega en contra
de nuestros propios intereses.
Desde el punto de vista institucional, no debe hacer falta recordar la fragilidad de nuestro sistema de justicia tal cual
es. Cargarle además la responsabilidad de administrar penas que son irreversibles sería un despropósito. El año
pasado, el presidente del Poder Judicial, Duberlí Rodríguez, informó que revisarían la condena de Jorge Villanueva,
llamado el ‘Monstruo de Armendáriz’, para otorgarle una absolución póstuma. Villanueva fue injustamente ejecutado
por homicidio y violación de un menor en 1957, un error que ya no puede ser corregido. ¿Cuántos de estos errores
podría cometer nuestro sistema de justicia y cómo los justificamos? Finalmente, desde el punto de vista práctico, no
ha sido demostrado que la pena de muerte sea realmente disuasiva respecto de los crímenes más graves. El trabajo
de investigación más exhaustivo sobre el asunto –llevado a cabo por el Consejo Nacional de Investigación de Estados
Unidos en el 2012– concluyó que “los estudios a la fecha sobre el efecto de la pena capital en los homicidios no son
informativos respecto a si la pena de muerte reduce, incrementa o no tiene efectos sobre los homicidios”.
La agenda de combate en contra de crímenes de esta naturaleza no es fácil ni para la tribuna, y ciertamente no pasa,
pues, por el debate sobre la pena capital. Si se quiere hacer la diferencia en serio, se debe comenzar por mejorar la
legislación actual a través de una revisión sistemática del Código Penal para que, por lo menos, la severidad de las
penas efectivas guarde relación con la gravedad del delito. Se debe también fortalecer el sistema de atención de
denuncias y respuesta temprana (el homicida de la niña de 11 años tenía dos denuncias previas por delitos sexuales).
Aquí la fiscalía parece estar largamente saturada. La apertura y fortalecimiento de espacios escolares seguros para
que los niños o jóvenes puedan reportar abusos domésticos también es clave, en vista de que la mayoría de sucesos
de este tipo toman lugar en contextos familiares. Ninguna de estas acciones conlleva tantos aplausos efímeros como
la propuesta de la pena de muerte, pero abordar el debate seriamente es lo mínimo que les debemos a las víctimas y
a sus familiares

Aplicación
Entre 1957-1979 fueron ejecutados 7 hombres. En la mayoría de los casos por asesinar a policías y niños. En el año
1956 la condena fue para Guillermo Lavalle por violación y asesinato a un niño. En 1957 fue condenado a pena de
muerte Jorge Villanueva conocido también como "El Monstruo de Armendáriz" por violación y asesinato a un menor
de 3 años de edad.
En 1973 dos fueron los condenados: Alejandro Lastra y Gerardo Pinto por haber matado a un policía y a un empleado
de un banco, durante un asalto. En 1974 fue condenado Juan Marache por haber matado a un policía. En 1976 se
condenaron a otros dos sujetos: Miguel Salazar Valdivia por haber matado a un policía durante un asalto y a Luis
Uscuvilca por haber asesinado a un guardia civil, durante un asalto.
La última ejecución fue aplicada en 1979,6en el gobierno de Francisco Morales Bermúdez donde se fusiló a Julio
Alfonso Vargas Garayar, exsuboficial de la FAP, por traición a la patria pues se le acusaba de realizar espionaje a
favor de Chile. Este hombre fue fusilado a las 6 de la mañana el 20 de enero de 1979, convirtiéndose así en la última
persona en quién se aplicó la pena de muerte en el Perú, hasta el momento.

¿Por qué en el Perú no se puede aplicar la pena de muerte?


En Perú no se puede aplicar la pena de muerte7porque, en 1978, el Estado ratificó el Pacto de San José, un
documento bajo el nombre de la ‘Convención Americana sobre Derechos Humanos’.
Este tratado internacional tiene dos puntos importantes que no permiten la pena capital en nuestro territorio.
El primero es que “la Convención impide a los países extender la pena de muerte para delitos que no estuvieran ya
contemplados con anterioridad en sus territorios” y el segundo señala que “ningún país puede interpretar la
Convención para limitar la libertad de sus ciudadanos".
¿SALIR DEL PACTO DE SAN JOSÉ?

Un nuevo acto de violación ha conmovido a la sociedad peruana: la violación de una menor de 2 meses por su propio padre.
El acontecimiento de este tipo de hechos reflejan la gran problemática en la que se encuentra inmersa nuestro país: el Perú
tiene el mayor índice de violación en Latinoamérica y el tercer mayor en el mundo. Ante este contexto, es común encontrar
a muchos peruanos exigiendo “mano dura” al Estado; concretamente, la implementación la pena de muerte para los
violadores de menores.

La medida no es nueva, ya había sido evaluada anteriormente –en el gobierno de Alan García por ejemplo-. No obstante,
esta propuesta es siempre reimpulsada por algunos parlamentarios, siendo actualmente defendida por la bancada
fujimorista. Mucho se ha criticado el acogimiento de la medida por parte de algunos legisladores debido a que tendría un
tinte populista y su único fin sería contentar el pedido del pueblo, sin reflexionar en las implicancias que tendría aplicar la
pena de muerte.

La preocupación de la sociedad es legítima; sin embargo, deja entrever la poca consideración de los ciudadanos hacia los
Derechos Humanos, y el desconocimiento de la importancia de la Convención Americana de Derechos Humanos y el
proceso que el Estado peruano tendría que llevar a cabo para instaurar la medida. En el presente editorial explicaremos el
procedimiento para renunciar a tal Pacto y la magnitud de las consecuencias que dicha denuncia supondría.

Para entender mejor este tema, es necesario aclarar primero una cuestión: ¿qué son los Derechos Humanos? Los
Derechos Humanos parten del concepto de dignidad humana, el cuál está reconocido por muchas Constituciones alrededor
del mundo, incluyendo a la Constitución peruana en su artículo 1°. Es a raíz del reconocimiento de la dignidad inherente a
cada individuo, y la conciencia de que cada uno es un fin en sí y no un medio, que surgen los Derechos Humanos como
pilar de la democracia y los Estados Constitucionales de Derecho. Estos derechos son de suma importancia para el
desarrollo de todo Estado Constitucional de Derecho. Así, se ha expuesto que los derechos humanos tienen principalmente
dos funciones: 1) sirven como límite al poder: sin estos derechos no habría nada que detenga la actuación del Estado, y
aquella persona que ostente el poder podría ejercerlo de forma ilimitada causando grandes perjuicios a la sociedad; y, 2)
orientan la actuación del Estado: los Estados no solo deben respetar o abstenerse de vulnerar estos derechos, sino también
que deben realizar acciones concretas para promover y protegerlos. Son ambas funciones necesarias para garantizar y
preservar la dignidad de los individuos.

Sin embargo, a pesar de su importancia, es recién desde el término de la Segunda Guerra Mundial y luego de que el mundo
fue testigo de las atrocidades cometidas por el régimen Nazi, que se comienza a incidir en la vigencia real de los Derechos
Humanos. En el contexto latinoamericano, La firma del Pacto de San José de Costa Rica, conocido mundialmente como la
Convención Americana sobre Derechos Humanos, marcó uno de los hitos en cuanto al respeto y promoción de los derechos
humanos en América Latina y El Caribe.

Ahora bien, la introducción de una nueva causal para la aplicación de la pena de muerte –en este caso, la violación sexual
de menores– es incompatible con dicho pacto. La Convención en el inciso 2 de su artículo 4º establece que: “[No] se
extenderá [la] aplicación [de la pena de muerte] a delitos a los cuales no se aplique actualmente”. Así, la única vía posible
para aplicar esta drástica sanción en nuestro país en los casos de violación sexual de menores sería desvincularse del
Pacto de San José. Al respecto, el artículo 78º de la Convención señala que: “Los Estados Partes podrán denunciar esta
Convención después de la expiración de un plazo de cinco años a partir de la fecha de entrada en vigor de la misma y
mediante un preaviso de un año, notificando al Secretario General de la Organización, quien debe informar a las otras
partes”.

No está permitido, como alegan algunos, desvincularse parcialmente del pacto. Dicho acto está prohibido por el artículo 44°
de la Convención de Viena sobre Derecho de los Tratados: “El derecho de una parte […] a denunciar ese tratado, retirarse
de él o suspender su aplicación no podrá ejercerse sino con respecto a la totalidad del tratado, a menos que el tratado
disponga o las partes convengan otra cosa al respecto”. Ni el Pacto ni las partes han admitido la posibilidad de una
denuncia parcial.

El procedimiento de aprobación de la pena de muerte por una nueva causal sería un proceso excesivamente largo. Primero,
requerimos denunciar el pacto con un preaviso de al menos un año. Luego de este plazo, sería necesario reformar el
artículo 140º de nuestra Constitución, pasando por las dos legislaturas ordinarias exigidas por la Constitución. Finalmente,
se tendría que modificar el Código Penal y el Código Procesal a fin de concretizar la aplicación de la medida. Todos estos
trámites durarían, al menos, 3 o 4 años. En palabras de Rosa María Palacios: “Si dentro de 5 años ya contamos con la
legislación necesaria, y un sujeto viola un niño, no podrá ser ejecutado hasta que se dé el proceso (10 años más). Por tanto,
como están las cosas, no va a haber ninguna ejecución como mínimo dentro de 15 años. No es ni siquiera una medida a
corto plazo”.

Por otro lado, denunciar el pacto supondría consecuencias graves para el Perú en particular para el caso peruano. El Perú
se retiraría de la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por lo que los ciudadanos que acudan a la
CIDH para denunciar la vulneración de sus derechos por parte del Estado, no podrán llevar sus casos ante este Tribunal.
¿Por qué es especialmente grave para el Perú? Porque el Perú es el país donde se comente los mayores atropellos a los
Derechos Humanos. Hasta marzo del 2014, la CIDH ha emitido 29 sentencias sobre el Estado Peruano –somos el Estado
respecto del cual la Corte se ha pronunciado en mayor cantidad de veces -, de las cuales 28 han condenado
responsabilidad del Perú por violar derechos humanos. Esta situación se hace aún más grave considerando que los países
que tienen un Poder Judicial deficiente –como el Perú – son aquellos cuyos ciudadanos más acuden a la Corte en busca de
justicia.

En conclusión, la salida del pacto significaría un proceso largo y costoso para el Perú. Incluso, la potencialidad de la
aplicación de la pena de muerte podría incluso generar desincentivos para la implementación de otro tipo de medidas
verdaderamente eficaces para luchar contra la violencia hacia la mujer.

Desvincularnos del Pacto de San José es muy perjudicial para la protección y promoción de derechos humanos, más aún
en un país como el nuestro dónde históricamente estos derechos no han sido -ni aun en la actualidad son- plenamente
garantizados. El Pacto permite a los ciudadanos de los Estados parte, poder acceder a un proceso internacional en caso de
que su derecho no haya sido protegido de forma adecuada por las instancias internas; por tanto, surge como una garantía
fundamental para la protección de los Derechos Humanos, y con ello, para la vigencia de la dignidad inherente a cada
individuo.
LA PENA DE MUERTE EN DEBATE: ¿ES UNA MEDIDA EFICAZ Y
DISUASIVA?

Implementarla implicaría que el Perú denuncie (se retire) la Convención Americana de Derechos Humanos (CADH). Dicha
decisión tendría efectos recién después de un año.

En los últimos días, a raíz del asesinato de una pequeña de 11 años en San Juan de Lurigancho , que según el confeso
criminal también fue víctima de violación contra la libertad sexual, entró en discusión nuevamente la implementación de
la pena de muerte en el país.

Esto implicaría que el Perú 'denuncie' (se retire) la Convención Americana de Derechos Humanos (CADH). Dicha decisión
tendría efectos recién después de un año, es decir, hasta ese momento el Estado peruanotendrá que seguir cumpliendo
sus obligaciones internacionales.

Por otro lado, en declaraciones a Perú21, el abogado constitucionalista Aníbal Quiroga dijo que el Perú abolió la pena de
muerte en 1978 y que volver a instaurarla sería jurídicamente imposible porque contraviene el artículo cuarto de la CADH.

Al margen de las consideraciones jurídicas internas, existe una tendencia mundial en temas de derechos humanos que
apunta a erradicar la pena capital de manera progresiva. Si el Perú quiere ir contra esto, cabe preguntarse si esa medida es
realmente disuasiva, como sostienen aquellos que quieren instaurarla.

Para Ignacio Cano, experto en análisis de violencia, los mecanismos de represión del Estado terminan siendo un insumo
principal de la propia violencia que pretende erradicar. Es decir, la severidad de la pena no es sinónimo de menor cantidad
de delitos, como se ha visto en el caso del sicariato, por ejemplo. Por estos delitos, la pena que se podía aplicar antes iba
hasta los 15 años. Actualmente oscila entre 25 y 35 años. ¿Los casos de sicariato disminuyeron? No.

El criminólogo Erick Guimaray señaló que “con un giro punitivo absolutamente drástico el Estado está haciendo eco del
clamor popular que quiere una respuesta violenta ante un crimen deleznable sin darse cuenta que, desde el punto de vista
de ‘política criminal’, esto genera muchos incentivos negativos. Ante la respuesta violenta del Estado, el crimen tiende a
agudizar su violencia, también”.

Resaltó, más bien, la necesidad de una mayor presencia por parte del Estado en las instituciones educativas y
gubernamentales. “Sería óptimo que exista un organismo o dependencia penitenciaria que genere perfiles criminológicos de
los delincuentes para poder ubicar sus tendencias y palear el problema desde su estructura”, sostuvo Guimaray.

¿EN QUÉ PAÍSES SE APLICA Y QUÉ RESULTADOS HUBO?

Por otro lado, los países que tienen regulada la pena de muerte para casos de violaciones a menores son Bangladesh,
China, Corea del Norte, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Iraq, Guyana, Irán, Pakistán, Palestina, Siria, Tailandia, Sri Lanka,
Kuwait, Tayikistán, Uganda y Vietnam. Ninguno es parte del Pacto de San José.

Pero, ¿hay pocos casos de violación contra menores en esos países? Veamos:

SIRIA

* Según la ONG internacional Humanium, desde el 2014 hay un incremento del número de casos reportados de violencia
sexual contra cientos de mujeres y niñas yazidíes, perpetrados por grupos terroristas (en particular ISIS).

PALESTINA

* Según la organización chilena sin fines de lucro Palestinalibre, en el 2012 se registraron al menos 3,300 agresiones
sexuales contra menores en los territorios ocupados de Palestina.
PAKISTÁN

* El Instituto de Investigación de Medios del Medio Oriente informó que “Un total de 2,012 casos de abuso sexual infantil se
registraron en todo Pakistán durante el 2009. Esta cifra pone de manifiesto un aumento del 9,4% en comparación con el año
pasado, lo que significa que aproximadamente 3,3 niños fueron abusados sexualmente a diario”.

EGIPTO (Cuando va de la mano del secuestro de la víctima)

* En 2008, el 83% de las mujeres confesaba haber sufrido algún tipo de abuso sexual y el 62% de los hombres admitía
haber cometido alguno, según los datos del Centro Egipcio para los Derechos de las Mujeres (ECWR)

IRÁN

* Según la ONG Humanium, “en la actualidad se estima que al menos 200 mil niños viven en las calles. Más del 60% de las
jóvenes han sido víctimas de abuso sexual durante la primera semana de su estancia en la calle. Cada 6 días, una niña es
violada y asesinada en Teherán”.

La conclusión de la data es categórica. En los países que sancionan con pena de muerte una violación contra algún menor,
la medida no ha sido disuasiva.

LA PARADOJA SOBRE LA PENA DE MUERTE EN EL PERÚ


El 81% aprueba que se aplique la pena capital a quienes violen a niños y les causen la muerte, pero el 80% considera que
se podría condenar a inocentes por fallas en la justicia

La última encuesta de El Comercio-Ipsos revela que la mayoría de peruanos está a favor de la pena de muerte: el 66% la
respalda y el 30% rechaza su aplicación. Y la brecha crece ante una pregunta más específica. “¿Estaría de acuerdo con
que se aplique a violadores de menores que, además, causen la muerte de su víctima?”. El 81% –ocho de cada diez
personas consultadas– respondió que sí y el 16% que no.

La paradoja está en que, a pesar del apoyo mayoritario a la práctica, el 80% cree que el sistema de justicia podría cometer
errores y condenar a muerte a personas inocentes. El 17% no considera que eso pueda ocurrir.
LOS SENTENCIADOS A PENA DE MUERTE DURANTE EL SIGLO
XX EN EL PERÚ
El caso de César Alva Mendoza, presunto asesino de una niña de 11 años en San Juan de Lurigancho, ha reabierto el
debate de la pena de muerte en el país. Según el informe de necropsia de la menor, esta murió por asfixia y posteriormente
fue calcinada a tan solo unos metros de la vivienda del detenido.

La pena de muerte se abolió en el Perú en 1856; sin embargo, en 1933 se volvió a regular en 1933. Finalmente se derogó
en 1979. En noviembre de 2017, Fuerza Popular presentó el proyecto de ley para condenar a pena de muerte por el delito
de violación a menores de 7 años seguidos de muerte. La iniciativa aún se encuentra bajo la sombra. Esta es la cronología
de los sentenciados a pena de muerte durante el siglo XX en el Perú.

En 1957, Jorge Villanueva Torres, apodado el ‘Monstruo de Armendariz’ fue ejecutado por homicidio y violación de un niño
de 3 años. Hasta el día de su fusilamiento declaró ser inocente.

En 1966, Guillermo Lavalle Vásquez alias ‘Pichuzo’ fue acusado por abusar y decapitar a un niño.

En 1973, Alejandro Lastra Villavicencio y Gerardo Pinto Sulcahuamán fueron fusilados luego de ser acusados de matar a un
policía y un empleado durante un asalto a un banco. Ese mismo año, Juan Murillo Andrade fue ejecutado por haber
asesinado a un policía.

En 1974, Juan Machare Zapata fue condenado por asesinato de un policía.

En 1976, el obrero Miguel Salazar Valdivia fue ajusticiado por matar a un policía durante el asalto a una tienda. Aquel año,
Luis Uscuvilca Patiño y Alfredo Benítez Caldas también fueron ejecutados por matar a un guardia civil durante un asalto a
una agencia bancaria.

En 1979 se realizó la última condena. Se dio durante el gobierno de Francisco Morales Bermúdez. Julio Alfonso Vargas
Garayar fue fusilado luego de ser acusado de espionaje y traición a la patria.

CUATRO ARGUMENTOS CONTRA LA PENA DE MUERTE, POR


ALBERTO DE BELAUNDE

“Aplicar la pena de muerte acarrearía la responsabilidad internacional del Estado por incumplir el tratado al que este mismo
se obligó”.

Comparto la indignación e impotencia que genera en la sociedad la crisis humanitaria que implica el abuso sexual contra
mujeres y menores de edad en nuestro país. Sin embargo, ello no debe llevarnos a abrazar propuestas demagógicas e
ineficaces, como la de reimplantar la pena de muerte. Además de los argumentos morales que podemos compartir respecto
al rol punitivo del Estado, existen cuatro argumentos para oponernos a esta medida que considero importante compartir.
1. La pena de muerte no es disuasiva. Existe la idea de que con la pena de muerte los crímenes disminuyen, que el
malhechor lo pensará dos veces antes de poner su vida en peligro. Sin embargo, la evidencia nos demuestra lo contrario.
En Japón, por ejemplo, un estudio presentado este año con información oficial de la policía japonesa concluye que la pena
de muerte no evita que se produzcan delitos graves (Muramatsu, Johnson, Yano, 2017). Lo mismo ocurre en Estados
Unidos, el Death Penalty Information Center ha analizado data sobre la pena de muerte desde 1987 hasta el 2015 y ha
concluido que no existe evidencia alguna para sostener ese lugar común.

2. Nuestro sistema de justicia no es confiable. De las instituciones públicas, las que tienen menos confianza entre los
peruanos son el Poder Judicial y el Ministerio Público (solo superados por el Congreso de la República). No se confía en
ellos, ¿pero estamos dispuestos a darle la posibilidad de acabar con la vida de las personas? De acuerdo con el Death
Penalty Information Center, en los últimos 10 años Estados Unidos –con un sistema de justicia más institucionalizado y
confiable– ha anulado 34 sentencias de pena de muerte. Los motivos para ello son falsa acusación, inconducta de los
oficiales que procesaron el caso, falsas o confusa evidencia forense, inadecuada defensa legal, etc. ¿Se imaginan lo que
podría ocurrir en nuestro país, con un problema grave de institucionalidad y de acceso a la justicia? Recordemos el caso de
Jorge Villanueva Torres, conocido como el ‘Monstruo de Armendáriz’, condenado a pena de muerte en 1957 por
supuestamente violar y matar a un menor de edad, cuya culpabilidad se cuestionó después de ejecutada la sanción. En
dicho proceso no solo hubo una deficiente labor probatoria, sino también un marcado prejuicio racial contra el condenado.
En los casos de pena de muerte no hay sentencia revocatoria que pueda eliminar la condena.

3. Es jurídicamente inviable. El Perú ratificó en 1978 la Convención Americana sobre Derechos Humanos, donde se prohíbe
expresamente que los países extiendan la pena de muerte a delitos que no estuvieran contemplados previamente en su
legislación interna. Asimismo, impide restablecerla en aquellos supuestos para los que se elimine con posterioridad.
Recordemos que la Constitución de 1979, posterior a la fecha de ratificación de la convención, recogió la aplicación de la
pena de muerte solo para casos de traición a la patria en caso de guerra exterior. Aplicar esta sanción para supuestos
adicionales acarrearía la responsabilidad internacional del Estado por incumplir el tratado al que este mismo se obligó.

4. Afectaría el liderazgo peruano en espacios multilaterales. Existe en el mundo una marcada tendencia abolicionista: más
de 130 países han dejado de aplicarla en los últimos 60 años. De restituir la pena de muerte en contra de sus obligaciones
internacionales, el Perú iría en contra de dicha tendencia, lo cual afectaría nuestro prestigio internacional, que nos ha
permitido alcanzar espacios importantes en organismos internacionales, como el ser miembros del Consejo de Derechos
Humanos de las Naciones Unidas.

En este tipo de coyunturas, los políticos tenemos que ser especialmente cuidadosos y responsables con las propuestas que
apoyemos. Hay que guiarnos por la Constitución y la evidencia, no por las encuestas. Para enfrentar este grave problema,
debemos modificar normas penales para tener sanciones más fuertes, sin duda. Pero no nos quedemos en la reacción que
debe tener el Estado una vez ocurrido el delito, es necesario plantear una discusión más profunda sobre por qué ocurren
estos abusos y qué hacer para que no sigan ocurriendo. No hay “varita mágica” que solucione esta crisis, el problema es
complejo y la solución también lo será. Pensemos en el país y no en lo que resulta políticamente rentable.