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LA “POBREZA DE ESPÍRITU”, QUE ALGUIEN ME EXPLIQUE

QUÉ ES

Para algunos, “la clave de la vida espiritual”

Lo leemos en San Mateo 5, 1-12: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de
los cielos”. El papa Francisco insiste que el las Bienaventuranzas son “el único camino de la
verdadera felicidad y único medio también de reconstruir la sociedad”.
Pero concretamente, ¿qué tipo de pobreza es la “de espíritu”? Jacques Philippe, sacerdote de la
Comunidad de las Bienaventuranzas, en la que ha desempeñado responsabilidades, piensa que “el
mundo de hoy “está enfermo de su orgullo”, de su “avidez insaciable de riqueza y
poder, y no puede curarse sino acogiendo el mensaje de las Bienaventuranzas”.
El padre Philippe es un sacerdote que predica ejercicios en todo el mundo y cuya obra se encuentra
en español editada por completo por la editorial Rialp.com.
La “pobreza de espíritu”, es para el autor “la clave de la vida espiritual”.
Jacques Philippe, en La felicidad donde no se espera. Meditaciones sobre las Bienaventuranzas,
reconoce que cuando él era un joven sacerdote, “tenía cierta dificultad para predicar sobre las
Bienaventuranzas”.
“Las Bienaventuranzas son una promesa de felicidad: no se trata de una felicidad o una
satisfacción simplemente humana”. El texto griego evangélico usa la expresión “ptochós to pnéuma”
(pobres en el espíritu), o según en qué traducción, “los que tienen un corazón pobre”.

La pobreza “buena”
Hay una pobreza negativa: miseria material o moral, vacío interior, que “por supuesto hay que
combatir, y es lo que hace la Iglesia”.
Pero también hay una “pobreza que es buena, fuente de vida y de alegría”. Se trata de
“una forma de libertad, la libertad de recibirlo todo gratuitamente y darlo todo
gratuitamente”.
“La pobreza de corazón es a fin de cuentas la libertad de recibirlo todo gratuitamente, sin que nuestro
ego, sus pretensiones y reivindicaciones, se interpongan”, explica este biblista.
Supone “una muerte a sí mismo, un desprendimiento radical”.
Una de las afirmaciones más recurrentes del Antiguo Testamento y en los Salmos en particular es la
de la ternura de Dios para con el pobre que acude a Él.
Ser pobres es en primer lugar “estar en la verdad de Dios”, reconocer “nuestra limitación
radical de criatura” y también “nuestra total dependencia de su amor”.
“Esta toma de conciencia conduce a la humildad, al arrepentimiento, pero nunca a la
tristeza o al desánimo”, aclara Philippe.
“Ser pobre de espíritu significa aceptar la total dependencia de la misericordia de Dios”. No tener
nada, no ser nada por sí mismo, pero recibirlo todo, con una conciencia muy viva de la
gratitud absoluta de los dones de Dios.
En la pobreza de corazón es muy importante “no reclamar nada, no reivindicar nada por el bien
que hemos realizado”.
Pobreza - Bienaventuranzas
Ciclo A - Domingo 4 del tiempo ordinario / Mateo 5, 1-12

Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer

Ciclo A
Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba
diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque
ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino
de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros
por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera
persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Reflexión

1. Las bienaventuranzas de Jesús, nos presentan el programa del Reino de Dios. Son como las condiciones para la entrada en
ese Reino nuevo, que Cristo inaugura ya en la tierra. Sobre todo la primera, la de la pobreza, es muy decisiva para ser un
cristiano auténtico. Por eso reflexionemos ahora sobre la actitud evangélica de la pobreza.

1. - Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos-.

No hay entrada para nosotros en el Reino de Dios, si no somos pobres de espíritu. Porque la pobreza es la primera condición
para ser accesible, permeable a Dios. Ella es el punto de partida de la vida cristiana. Si no somos pobres espiritualmente, no
estamos en la fe.

Sabemos que la pobreza de alma no es una cuestión del dinero, sino una cuestión del corazón. El hecho de que no se posea
dinero, no es de por sí una virtud. No se puede poseer ni un centavo, pero tener la actitud del rico.
Se puede también - si bien raramente - poseer muchos bienes y tener la actitud del pobre.

La pobreza evangélica es una actitud espiritual, y todos somos invitados a ella - prescindiendo de nuestros bolsillos.

3. ¿Cuál es, entonces, la actitud de pobreza espiritual?

El pobre esta dispuesto a dejarse poner en duda, dejarse cuestionar por Dios, siempre de nuevo. Él acepta dejarse arrojar de sus
posiciones, de sus estructuras, de sus principios, de todo lo que le es propio. Felices los que están convencidos de que nadie es
dueño de sí mismo y que Dios puede pedirlo todo.

Sólo el pobre sale de sí mismo, se pone en camino. Es el que no se resigna a estar tranquilo, el que acepta ser molestado por la
palabra de Dios. Por eso, Abraham fue el primer pobre, el primer fiel a la voz de Dios, cuando Dios le dijo: “ Vete de tu tierra, y
de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré-. (Gen 12,1)

Abraham escuchó la Palabra de Dios, creyó en ella, abandonó su país, el sitio cómodo donde vivía, dejó sus bienes, sus hábitos,
su pasado, y se puso en camino. Y partió, “ sin saber a donde iba-(Hebr 11,8) - señal infalible de que estaba en el buen camino-
, como indica San Gregorio de Nicea, uno de los Padres de la Iglesia.

4. El pobre se da cuenta de que depende totalmente de Dios. Tiene el sentido de su limitación humana. En el fondo, cada
hombre - tal vez sin saberlo - es un pobre.

Y la pobreza material es bienaventurada porque es el signo visible de una pobreza mucho más profunda y universal: nuestra
pobreza moral, nuestra fe miserable, nuestro amor raquítico. Todos somos pobres ante Dios, con nuestra culpa, nuestra miseria,
nuestra deficiencia - pero no todos lo reconocemos ante Él.

Sólo aquel que conoce y reconoce su debilidad y pequeñez ante Dios, pone toda su confianza en Él, espera todo de Él, busca su
protección poderosa. En esa actitud de pobreza espiritual se vacía de sí mismo. Y porque esta abierto y disponible para Dios, hay
lugar para la acción divina. Es lo que nos promete el profeta Sofonías en la primera lectura (Sofonías 2,3;3,12-13): “ Yo dejaré
en medio de ti un pueblo pobre y humilde, y ese resto de Israel pondrá su confianza en el nombre del Señor” .

5. Y cuando nos imaginamos que ya no tenemos necesidad de Dios, cuando estamos satisfechos de nosotros mismos, de
nuestros conocimientos, de nuestras prácticas religiosas, de que no deseamos nada más, cuando no esperamos ya nada de Dios
- entonces somos ricos. Creo que no hay pecado mayor que el de no esperar nada de Dios. Porque si no esperamos nada de
Dios, es que ya no creemos en Él, es que ya no lo amamos.

El rico cree que puede prescindir de Dios. Pone toda su confianza en sus bienes. Corta todas sus relaciones con la Divina
Providencia. Cree que sus riquezas le permiten dejar a Dios. Espera seguir adelante él solo, por sus propios medios, sin tener
que recurrir a Dios.
6. El rico se aparta de Dios, pero se aparta también de los hermanos. Al contrario, el pobre es fraternal: se abre a los demás
como se abre a Dios, comparte con ellos sus cosas. Él sabe bien que nuestros bienes son bienes de familia, el servicio de todos
los miembros. El pobre no es una persona que no tiene nada, sino una que hace servir todo lo que tiene. Se da cuenta de que es
mejor dar que recibir.

Pidamos, pues, en esta Eucaristía la gracia de tener alma de pobre, para que - según la promesa de Cristo – también a todos
nosotros nos pertenezca el Reino de los Cielos.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

Naturaleza de la verdadera pobreza de espíritu
La perfección más elevada del ser humano tiene su fuente en la verdadera y entera pobreza de espíritu. ¿Qué digo yo?,
la misma pobreza de espíritu es la perfección propiamente dicha, la más verdadera y elevada. Es sumamente importante
aprender y saber lo que es, en qué consiste y hasta dónde se extiende. Ahora bien, esta pobreza consiste en ser semejantes
a Dios. Dios es un ser independiente de todas las criaturas, un ser que tiene su esencia en sí mismo, una fuerza libre, un
acto puro. Si pues la verdadera pobreza de espíritu es una semejanza con Dios, esta pobreza no debe depender tampoco
de ninguna criatura, debe ser una esencia separada de todas las esencias: un ser, en efecto, que no está apegado a nada,
que no depende de nada, un ser separado de todo. Así es la verdadera pobreza de espíritu: no está apegada a nada, nada
le está apegado.

La pobreza de Espíritu nos hace semejantes a Dios en su independencia
Eso es posible?, me preguntáis. Porque en definitiva todas las cosas dependen unas de otras; ¿solamente el pobre de
espíritu no dependerá de nada creado? Así es verdaderamente: no depende de ninguna criatura; no está apegado a
ninguna; todo lo creado está por debajo de él; sólo depende de lo que está por encima de todo, de lo que es, como dice
san Agustín, la más eminente de las realidades, a saber: de Dios. Sólo se apega a Dios; la verdadera pobreza de espíritu
sólo tiende hacia Dios, sólo depende de Él y de nada más. Y, por la pobreza, adquiere la nobleza más grande: ¡estar
apegado a Dios y a nada más, sentirse suelto y libre, lo más posible, de todas las realidades inferiores!
Algunos pretenden que la pobreza de espíritu más elevada, la más verdadera, la más pura tendría lugar cuando el ser
humano llegara a ser lo que era cuando todavía no existía. En ese estado, dicen, no había ninguna voluntad; era como
Dios con Dios. -Para que eso fuera verdad, haría falta que eso fuera posible. Ahora bien, el ser humano, como ser creado,
tiene necesariamente una inteligencia, una voluntad: es necesario que conozca a Dios y que le ame. Toda su felicidad
está ahí, como lo afirma san Juan el discípulo amado: La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios
verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (17, 3).
Desde ese momento, dado que el ser humano debe conocer y amar a Dios, ¿cómo puede tener esta pobreza de espíritu
en este conocimiento y este amor de Dios? A eso respondo diciendo que puede tenerla si conoce a Dios por Dios, si le
conoce y le ama a causa de Él, si este conocimiento y este amor no se dirigen más que a Él. Sólo este conocimiento y
este amor dan la felicidad y procuran la vida eterna. Conocer a Dios por las imágenes, las formas y las representaciones
que nos vienen de los sentidos, no produce ninguna felicidad, porque eso no es más que un conocimiento natural, y no
basta al verdadero pobre de espíritu; pues tiene que ser pobre precisamente de esas mismas imágenes si quiere ser feliz
y merecer verdaderamente su título de pobre.
Independencia de las realidades sensibles e incluso de las espirituales
Pero se plantea una cuestión: si las representaciones racionales en formas y en imágenes, que los sentidos proporcionan
al ser humano lejos de procurarle la felicidad se convierten en un obstáculo para esta felicidad y para la verdadera
pobreza de espíritu, si debe estar desprendido y desprovisto de ellas, ¿por qué se le conceden esas imágenes?, ¿para qué
le sirve el don de discernimiento a través de los sentidos? -Respondo lo siguiente: mientras la multiplicidad o la variedad
causa impresión en el ser humano, mientras está sometido a ella, tiene necesidad, no puede prescindir de ese
discernimiento racional que se realiza a través de las imágenes: es para él un medio para llegar a un estado más elevado.
Pero cuando ha podido llegar a abstraerse de esas realidades múltiples y diversas para entregarse a la unidad y a la
simplicidad, cuando ha salido de sí mismo y llegado así a la verdadera pobreza de espíritu, debe inmediatamente
renunciar a todo discernimiento realizado por medio de imágenes; debe estar libre y puro de todo y entrar
verdaderamente en el Uno. Mientras permanezca apegado a las formas y a las imágenes, a representaciones y al
discernimiento por los sentidos, es todavía débil, frágil y está alejado de la verdadera pobreza de espíritu.
Sin embargo, el ser humano necesita el discernimiento realizado mediante formas e imágenes y la percepción sensible
de las realidades, si quiere y si debe aprender algo: porque vive en el tiempo está obligado a obrar con el tiempo en su
vida exterior y tener cuenta de su condición, de sus relaciones temporales; no debe permanecer inactivo y perezoso; su
deber, por el contrario, consiste en esforzarse por poner en relación y armonía al hombre exterior con el interior: el don
de discernimiento racional le sirve para todo esto. Le es útil también e incluso necesario para resistir a los pensamientos
nocivos y malos que se nos presentan con tanta frecuencia y que debemos alejar para proteger nuestra alma de toda
mancha y de todo pecado. Sin embargo, la verdadera perfección, la verdadera y pura pobreza de espíritu no tiene
necesidad de las impresiones y enseñanzas de los sentidos: no se adquiere por la naturaleza, sino por Dios y con Dios:
su conocimiento y su amor tienen únicamente a Dios por objeto. Por eso es una esencia pura y simple, una unidad
separada de toda criatura y de toda diversidad.
El ser humano perfecto no debe únicamente estar libre de todo conocimiento y de todo amor de las realidades naturales
y sensibles; si quiere llegar a la unión más íntima con Dios, es necesario todavía que se eleve por encima de la misma
gracia y de las virtudes. En efecto, tanto la gracia como las virtudes son de una naturaleza creada. ¿Qué es la gracia?
Una luz que Dios obra, crea e infunde en el alma; por medio de ella el alma es atraída de lo corporal a lo espiritual, de
lo temporal y pasajero a lo eterno, de la diversidad a lo simple y al uno. Pero una vez que el alma es iluminada por la
gracia supera el tiempo, todo lo que está sometido a la duración y a la multiplicidad, una vez que se desapega de todo
para unirse completamente al uno, entonces, es el espíritu puro el que obra y se mantiene en la eternidad; entonces la
gracia es remplazada por Dios mismo: el alma ya no es conducida por medio de la gracia que, es de naturaleza creada,
sino que es Dios mismo quien la atrae, quien la conduce inmediatamente de Él a Él, según esas palabras de san Agustín:
“Oh Dios, ¿quién me diera otro tú mismo para que yo vaya de ti a ti?” Desde este punto de vista, pues, el alma es pobre
de gracia, porque está por encima de la gracia, transportada por Dios a Dios.
Para que el ser humano tienda seriamente a la verdadera perfección, es preciso, además, que esté desprendido de las
virtudes. Si sólo consideramos las obras, las virtudes son naturales; son divinas por la intención que las dirige. El ser
humano debe obrar por una intención totalmente pura, es decir, únicamente por Dios. En efecto, lo que Dios estima y
ama en la virtud no es la obra sino la intención. Por la intención la virtud deja de ser algo natural para convertirse en
algo sobrenatural y divino. Es así como toda acción adquiere su precio por su fin. Ahora bien, siendo Dios el fin del ser
humano y sólo Dios, comprendemos que la pobreza o el desprendimiento pueda extenderse hasta la virtud.
El ser humano perfecto debe incluso estar desprendido de la virtud bajo otro aspecto. Veamos cómo. Es preciso que se
haga tan hábil, tan experto en todas las virtudes, en el grado más elevado de la perfección, que ya no tenga que pensar
en ellas de ningún modo, para realizar las acciones; es preciso que obre virtuosamente, no sólo una vez como de pasada,
sino de algún modo por esencia; no multiplicándose, sino en una perfecta unidad. Entonces, la virtud ya no es natural,
sino divina. Y, así como Dios contiene todas las cosas en Él, así el ser humano completamente pobre contiene todas las
virtudes en la unidad del amor, porque en el amor ejerce todas las virtudes. Es así como la virtud llega a ser esencial y
se concilia muy bien con la verdadera pobreza de espíritu. ¿Qué digo yo?, el ser humano jamás podrá llegar a la pobreza
perfecta si todas las virtudes no llegan a ser su misma esencia.
Ahora bien, es transformado en la sustancia de la virtud cuando está libre de todas las cosas accidentales, y está libre de
todas las cosas accidentales cuando el amor de Dios lo ha despojado de todo lo que es pasajero, cuando, interiormente
y exteriormente, se encuentra libre, despreocupado, liberado de todo, practicando la virtud no ya con resistencia y
esfuerzo, sino sencillamente, con el deseo purísimo de abandonarse a Dios y de negarse a sí mismo hasta en la virtud.
Pero este desprendimiento no es posible al ser humano que todavía no se ha desprendido de todo lo exterior y accidental.
Mientras el amor divino no lo ha situado todavía por encima de todas las contingencias, no tiene, no puede tener la
virtud en su esencia; sólo obra por accidente, porque lo que existe ahora para dejar de existir en el instante posterior es
accidental. Es así como este ser humano obra virtuosamente según el tiempo, la ocasión, las apetencias o la necesidad
que se presentan o no se presentan, mientras que el pobre de espíritu obra siempre igual; la virtud es indestructible en
él, como su sustancia misma, por eso le llamamos virtud esencial, porque se ha transformado en su propia esencia.
Por consiguiente, quien posee una virtud en su esencia y su perfección las posee todas, porque todo lo que puede realizar
exteriormente e interiormente conduce a una virtud perfecta. Dirigiendo todas sus actividades, todas sus acciones hacia
una única y misma virtud, adquiere la esencia de esta virtud, y por ella, atrae a sí todas las demás y las hace esencialmente
suyas. Si, por el contrario, todos sus esfuerzos, todas sus capacidades no tienden a la virtud que quiere adquirir, no podrá
adquirir la esencia, y entonces ninguna otra virtud se convertirá en propia, porque él mismo está en oposición con la
esencia de la virtud.
Independencia de los bienes materiales de este mundo
Sin embargo, nuestra perfección no consiste solamente en la libertad y el desprendimiento del hombre interior, sino
también en la pobreza exterior, porque no somos hombres sólo en cuanto al alma, sino también en cuanto al cuerpo. Por
eso no basta ser libre y desprendido interiormente, es preciso también, en la medida de lo posible, serlo exteriormente.
Cuando, exteriormente e interiormente un ser humano se entrega con todas sus fuerzas a la virtud de la pobreza, en la
que consiste la perfección, solamente entonces puede llegar a ser perfecto. Pero, desde el momento en que ha muerto a
todo lo que, interiormente y exteriormente es de este mundo, a toda criatura, desde ese momento ya no está atado a nada,
ni la más mínima amenaza afectará a la nobleza y pureza de su pobreza; y si, exteriormente, le corresponde algún bien
temporal o si recibe algún don de parte de las criaturas, es libre de todo ello en cuanto a la inclinación de su corazón;
todo lo que adquiere así, todo lo que recibe sin que él haga nada, lo considera, como es en realidad, un don de Dios,
cuya voluntad, en todo, busca nuestro mayor bien, tanto en el amor como en la pena, en la amargura como en la dulzura.
Cuando, en efecto, una persona está desprendida de todo para no pensar más que en Dios, es imposible que el Señor
infinitamente bueno no se le adelante con todo lo que puede contribuir a su bien, ya sea corporal o espiritual, y entonces
esta persona deberá aceptar todo de la mano divina, porque todo lo que le ocurre es verdaderamente de Dios y no de las
criaturas.
Pero, ¿qué deberá hacer el ser humano perfecto cuando se le concedan en exceso bienes temporales? Debe aceptarlos
sin faltar a su pobreza, es decir, sin apegarse a ellos, no debe estimarse más rico por los dones más o menos grandes que
se le han concedido, porque sólo Dios es toda su riqueza y no el bien temporal.
Pero, ¿debe aceptar siempre lo que se le da? Que considere en primer lugar quién es el que ofrece. ¿Es él mismo un
pobre, uno de esos hombres desprovisto de bienes de este mundo, pero de tal modo rico en amor que experimenta la
necesidad de darlo todo? O bien, ¿es alguien que quiere hacerle un don por afecto natural? En uno y otro caso, sobre
todo en el último, no hay que aceptar nada. Dejad a vuestro donante hacer de su bien el uso que quiera, en cuanto a
vosotros, permaneced libres. Pero, si es una persona rica en bienes temporales y pobre en amor y os da, sin embargo,
por Dios, aceptad lo que os ofrece, tomad lo que necesitáis y distribuid el resto a otros. Aceptar en ese caso no es
apegarse al bien, es ver en ello la obra, el don y la voluntad de Dios.
Pero si se os da poco, podéis usar todo para cubrir vuestras necesidades. Cuando se os dé, aceptad; cuando se os niegue,
soportadlo pacientemente. Vale más encontrarse con frecuencia en la necesidad que poseer. Aprendemos mejor a
conocernos cuando nos falta de todo que cuando se tiene lo necesario. La necesidad nos hace aptos para recibir los
bienes eternos. La enfermedad da con frecuencia las fuerzas espirituales, que son preferibles a las fuerzas físicas.
Escuchemos lo que dice san Pablo: …la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad (2Co 12, 9).
No os dirijáis a los ricos: de ordinario les falta la verdadera caridad y la fidelidad. He aquí la pobreza: Los pobres y los
ricos son desiguales. Ahora bien, lo sabéis, sólo hay amor entre los iguales. No existe, pues, verdadero amor entre los
ricos y los pobres, porque a los primeros les falta la fuente de donde brotan el amor y la entrega verdaderos. El rico casi
siempre da por algún interés. Por la limosna quisiera ganar el cielo o alejar de sí las penas del infierno. Ahora bien, esta
esperanza y este temor no son ciertamente los signos del amor y de la entrega verdadera. Los ricos no se aman más que
a sí mismos, y si creyeran que pudieran ir al cielo sin el pobre, con mucho gusto tendrían pocas relaciones con él y la
menor benevolencia posible. Hacen muy poco por el pobre; no alcanzan a elevarse hasta el don perfecto, como lo pide
la verdadera caridad, y si dan mucho es porque se encuentran obligados y forzados por la necesidad. Además, el pobre
está desprendido de todas las criaturas; el rico, por el contrario, se apega todavía más. ¿Cómo siendo tan diferentes uno
de otro podrán sentir un amor verdadero el uno por el otro? Ahora bien, el rico no tiende a nada tanto como a sí mismo
y a las criaturas, ¿cómo sería capaz del amor verdadero? Hay que añadir que la verdadera caridad es completamente
espiritual, porque procede del Espíritu Santo: el rico, por el contrario, es totalmente terreno, ¿cómo podría poseer la
caridad espiritual? En fin, el verdadero pobre no es conocido por los ricos; no puede, por consiguiente, ser amado por
ellos, porque esas dos cosas, conocer y amar se siguen como el efecto sigue a la causa, según las palabras de san
Agustín: Se puede amar bien lo que no se ve; pero nadie ama lo que no conoce.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos
Mensaje del Santo Padre Francisco
para la XXIX Jornada Mundial de la Juventud (2014)

Queridos jóvenes:

Tengo grabado en mi memoria el extraordinario encuentro que vivimos en Río de Janeiro, en la XXVIII Jornada
Mundial de la Juventud. ¡Fue una gran fiesta de la fe y de la fraternidad! La buena gente brasileña nos acogió con los
brazos abiertos, como la imagen de Cristo Redentor que desde lo alto del Corcovado domina el magnífico panorama de la
playa de Copacabana. A orillas del mar, Jesús renovó su llamada a cada uno de nosotros para que nos convirtamos en sus
discípulos misioneros, lo descubramos como el tesoro más precioso de nuestra vida y compartamos esta riqueza con los
demás, los que están cerca y los que están lejos, hasta las extremas periferias geográficas y existenciales de nuestro
tiempo.
La próxima etapa de la peregrinación intercontinental de los jóvenes será Cracovia, en 2016. Para marcar nuestro
camino, quisiera reflexionar con vosotros en los próximos tres años sobre las Bienaventuranzas que leemos en el Evangelio
de San Mateo (5,1-12). Este año comenzaremos meditando la primera de ellas: «Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3); el año 2015: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios» (Mt 5,8); y por último, en el año 2016 el tema será: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).

1. La fuerza revolucionaria de las Bienaventuranzas

Siempre nos hace bien leer y meditar las Bienaventuranzas. Jesús las proclamó en su primera gran predicación, a
orillas del lago de Galilea. Había un gentío tan grande, que subió a un monte para enseñar a sus discípulos; por eso, esa
predicación se llama el “sermón de la montaña”. En la Biblia, el monte es el lugar donde Dios se revela, y Jesús, predicando
desde el monte, se presenta como maestro divino, como un nuevo Moisés. Y ¿qué enseña? Jesús enseña el camino de la
vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. En
toda su vida, desde el nacimiento en la gruta de Belén hasta la muerte en la cruz y la resurrección, Jesús encarnó las
Bienaventuranzas. Todas las promesas del Reino de Dios se han cumplido en Él.
Al proclamar las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a seguirle, a recorrer con Él el camino del amor, el único que
lleva a la vida eterna. No es un camino fácil, pero el Señor nos asegura su gracia y nunca nos deja solos. Pobreza,
aflicciones, humillaciones, lucha por la justicia, cansancios en la conversión cotidiana, dificultades para vivir la llamada a la
santidad, persecuciones y otros muchos desafíos están presentes en nuestra vida. Pero, si abrimos la puerta a Jesús, si
dejamos que Él esté en nuestra vida, si compartimos con Él las alegrías y los sufrimientos, experimentaremos una paz y
una alegría que sólo Dios, amor infinito, puede dar.

Las Bienaventuranzas de Jesús son portadoras de una novedad revolucionaria, de un modelo de felicidad opuesto al
que habitualmente nos comunican los medios de comunicación, la opinión dominante. Para la mentalidad mundana, es un
escándalo que Dios haya venido para hacerse uno de nosotros, que haya muerto en una cruz. En la lógica de este mundo,
los que Jesús proclama bienaventurados son considerados “perdedores”, débiles. En cambio, son exaltados el éxito a toda
costa, el bienestar, la arrogancia del poder, la afirmación de sí mismo en perjuicio de los demás.
Queridos jóvenes, Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que
queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de
preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Jn 6,67). Y Simón, llamado
Pedro, tuvo el valor de contestar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Si sabéis
decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida joven se llenará de significado y será fecunda.
2. El valor de ser felices
Pero, ¿qué significa “bienaventurados” (en griego makarioi)? Bienaventurados quiere decir felices. Decidme: ¿Buscáis
de verdad la felicidad? En una época en que tantas apariencias de felicidad nos atraen, corremos el riesgo de contentarnos
con poco, de tener una idea de la vida “en pequeño”. ¡Aspirad, en cambio, a cosas grandes! ¡Ensanchad vuestros
corazones! Como decía el beato Piergiorgio Frassati: «Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, y sin sostener, en
una lucha continua, la verdad, no es vivir, sino ir tirando. Jamás debemos ir tirando, sino vivir» (Carta a I. Bonini, 27 de
febrero de 1925). En el día de la beatificación de Piergiorgio Frassati, el 20 de mayo de 1990, Juan Pablo II lo llamó
«hombre de las Bienaventuranzas» (Homilía en la S. Misa: AAS 82 [1990], 1518).
Si de verdad dejáis emerger las aspiraciones más profundas de vuestro corazón, os daréis cuenta de que en vosotros
hay un deseo inextinguible de felicidad, y esto os permitirá desenmascarar y rechazar tantas ofertas “a bajo precio” que
encontráis a vuestro alrededor. Cuando buscamos el éxito, el placer, el poseer en modo egoísta y los convertimos en
ídolos, podemos experimentar también momentos de embriaguez, un falso sentimiento de satisfacción, pero al final nos
hacemos esclavos, nunca estamos satisfechos, y sentimos la necesidad de buscar cada vez más. Es muy triste ver a una
juventud “harta”, pero débil.

San Juan, al escribir a los jóvenes, decía: «Sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido
al Maligno» (1 Jn 2,14). Los jóvenes que escogen a Jesús son fuertes, se alimentan de su Palabra y no se “atiborran” de
otras cosas. Atreveos a ir contracorriente. Sed capaces de buscar la verdadera felicidad. Decid no a la cultura de lo
provisional, de la superficialidad y del usar y tirar, que no os considera capaces de asumir responsabilidades y de afrontar
los grandes desafíos de la vida.

3. Bienaventurados los pobres de espíritu…

La primera Bienaventuranza, tema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, declara felices a los pobres de
espíritu, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos. En un tiempo en el que tantas personas sufren a causa de la crisis
económica, poner la pobreza al lado de la felicidad puede parecer algo fuera de lugar. ¿En qué sentido podemos hablar de
la pobreza como una bendición?

En primer lugar, intentemos comprender lo que significa «pobres de espíritu». Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre,
eligió un camino de pobreza, de humillación. Como dice San Pablo en la Carta a los Filipenses: «Tened entre vosotros los
sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al
contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres» (2,5-7). Jesús es Dios
que se despoja de su gloria. Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para
enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9). Es el misterio que contemplamos en el belén, viendo al Hijo de Dios en un
pesebre, y después en una cruz, donde la humillación llega hasta el final.
El adjetivo griego ptochós (pobre) no sólo tiene un significado material, sino que quiere decir “mendigo”. Está ligado al
concepto judío de anawim, los “pobres de Yahvé”, que evoca humildad, conciencia de los propios límites, de la propia
condición existencial de pobreza. Los anawim se fían del Señor, saben que dependen de Él.

Jesús, como entendió perfectamente santa Teresa del Niño Jesús, en su Encarnación se presenta como un mendigo,
un necesitado en busca de amor. El Catecismo de la Iglesia Católica habla del hombre como un «mendigo de Dios» (n.º
2559) y nos dice que la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed (n.º 2560).

San Francisco de Asís comprendió muy bien el secreto de la Bienaventuranza de los pobres de espíritu. De hecho,
cuando Jesús le habló en la persona del leproso y en el Crucifijo, reconoció la grandeza de Dios y su propia condición de
humildad. En la oración, el Poverello pasaba horas preguntando al Señor: «¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo?». Se despojó
de una vida acomodada y despreocupada para desposarse con la “Señora Pobreza”, para imitar a Jesús y seguir el
Evangelio al pie de la letra. Francisco vivió inseparablemente la imitación de Cristo pobre y el amor a los pobres, como las
dos caras de una misma moneda.
Vosotros me podríais preguntar: ¿Cómo podemos hacer que esta pobreza de espíritu se transforme en un estilo de
vida, que se refleje concretamente en nuestra existencia? Os contesto con tres puntos.
Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de
sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. Se trata de buscar lo esencial, de aprender a despojarse de
tantas cosas superfluas que nos ahogan. Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después
derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede liberar de las idolatrías que nos convierten en esclavos.
¡Fiaros de Dios, queridos jóvenes! Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros. Así como cuida de los lirios del
campo (cfr. Mt 6,28), no permitirá que nos falte nada. También para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a
cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche. Igual que se necesita valor para ser felices, también es necesario el valor
para ser sobrios.

En segundo lugar, para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que
preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales. A vosotros, jóvenes, os encomiendo en
modo particular la tarea de volver a poner en el centro de la cultura humana la solidaridad. Ante las viejas y nuevas formas
de pobreza –el desempleo, la emigración, los diversos tipos de dependencias–, tenemos el deber de estar atentos y
vigilantes, venciendo la tentación de la indiferencia. Pensemos también en los que no se sienten amados, que no tienen
esperanza en el futuro, que renuncian a comprometerse en la vida porque están desanimados, desilusionados,
acobardados. Tenemos que aprender a estar con los pobres. No nos llenemos la boca con hermosas palabras sobre los
pobres. Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta
de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre.

Pero los pobres –y este es el tercer punto– no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También
ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres! Un santo del
siglo XVIII, Benito José Labre, que dormía en las calles de Roma y vivía de las limosnas de la gente, se convirtió en
consejero espiritual de muchas personas, entre las que figuraban nobles y prelados. En cierto sentido, los pobres son para
nosotros como maestros. Nos enseñan que una persona no es valiosa por lo que posee, por lo que tiene en su cuenta en el
banco. Un pobre, una persona que no tiene bienes materiales, mantiene siempre su dignidad. Los pobres pueden
enseñarnos mucho, también sobre la humildad y la confianza en Dios. En la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-
14), Jesús presenta a este último como modelo porque es humilde y se considera pecador. También la viuda que echa dos
pequeñas monedas en el tesoro del templo es un ejemplo de la generosidad de quien, aun teniendo poco o nada, da todo
(cf. Lc 21,1-4).
4. … porque de ellos es el Reino de los cielos
El tema central en el Evangelio de Jesús es el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios en persona, es el Enmanuel,
Dios-con-nosotros. Es en el corazón del hombre donde el Reino, el señorío de Dios, se establece y crece. El Reino es al
mismo tiempo don y promesa. Ya se nos ha dado en Jesús, pero aún debe cumplirse en plenitud. Por ello pedimos cada
día al Padre: «Venga a nosotros tu reino».

Hay un profundo vínculo entre pobreza y evangelización, entre el tema de la pasada Jornada Mundial de la Juventud
–«Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19)– y el de este año: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque
de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). El Señor quiere una Iglesia pobre que evangelice a los pobres. Cuando Jesús
envió a los Doce, les dijo: «No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino; ni dos túnicas,
ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento» (Mt 10,9-10). La pobreza evangélica es una condición
fundamental para que el Reino de Dios se difunda. Las alegrías más hermosas y espontáneas que he visto en el transcurso
de mi vida son las de personas pobres, que tienen poco a que aferrarse. La evangelización, en nuestro tiempo, sólo será
posible por medio del contagio de la alegría.
Como hemos visto, la Bienaventuranza de los pobres de espíritu orienta nuestra relación con Dios, con los bienes
materiales y con los pobres. Ante el ejemplo y las palabras de Jesús, nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de
conversión, de hacer que la lógica del ser más prevalezca sobre la del tener más. Los santos son los que más nos pueden
ayudar a entender el significado profundo de las Bienaventuranzas. La canonización de Juan Pablo II el segundo Domingo
de Pascua es, en este sentido, un acontecimiento que llena nuestro corazón de alegría. Él será el gran patrono de las JMJ,
de las que fue iniciador y promotor. En la comunión de los santos seguirá siendo para todos vosotros un padre y un amigo.
El próximo mes de abril es también el trigésimo aniversario de la entrega de la Cruz del Jubileo de la Redención a los
jóvenes. Precisamente a partir de ese acto simbólico de Juan Pablo II comenzó la gran peregrinación juvenil que, desde
entonces, continúa a través de los cinco continentes. Muchos recuerdan las palabras con las que el Papa, el Domingo de
Ramos de 1984, acompañó su gesto: «Queridos jóvenes, al clausurar el Año Santo, os confío el signo de este Año Jubilar:
¡la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo
en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención».
Queridos jóvenes, el Magnificat, el cántico de María, pobre de espíritu, es también el canto de quien vive las
Bienaventuranzas. La alegría del Evangelio brota de un corazón pobre, que sabe regocijarse y maravillarse por las obras de
Dios, como el corazón de la Virgen, a quien todas las generaciones llaman “dichosa” (cf. Lc 1,48). Que Ella, la madre de los
pobres y la estrella de la nueva evangelización, nos ayude a vivir el Evangelio, a encarnar las Bienaventuranzas en nuestra
vida, a atrevernos a ser felices.
Vaticano, 21 de enero de 2014, Memoria de Santa Inés, Virgen y Mártir
Ser pobre en espíritu se refiere a los que se han convencido de su pobreza espiritual.

Bienaventurados los pobres en espíritu

Como sabemos el título de esta glosa…, es una de bienaventuranza y precisamente la primera
que el Señor, nos dictó en el llamado Sermón de la Montaña. Era lo lógico que el Señor, después
de haber hecho la elección de los doce apóstoles, empezase a anunciar su misión: el Reino de Dios.
¿Cuáles eran las directrices de comportamiento que su Padre esperaba de nosotros? ¿Qué doctrina
habían de proclamar los doce elegidos? Y dentro del Sermón de la Montaña, una parte esencial de
este, fue la proclamación de las bienaventuranzas, que podríamos decir que es el programa para
alcanzar el Reino de Dios. Y empezó el Señor enunciando la primera, que si tenemos en cuenta, lo
que es costumbre; lo primero que se manifiesta, es lo más importante, así en los mandamientos de
la Ley de Dios el primero sin duda alguna, es el más importante: Amar a Dios sobre todas las cosas.
Y en la primera bienaventuranza que enuncia el Señor, se nos dice: “Bienaventurados los
pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. (Mt 5,3). Esta primera bienaventuranza,
ha creado siempre problemas de hermenéutica, porque por ejemplo si en vez de decir como es lo
correcto: los pobres en espíritu,decimos tal como es muy frecuente en muchas ediciones: los pobres
de espíritu, se le está dando un significado distinto a las palabras del Señor.
Realmente ¿quiénes son los pobres de espíritu? Durante mucho tiempo esta
bienaventuranza, se ha entendido referida a los pobres materiales, sobre todo en épocas pasadas,
en que no se valoraba tanto como debe de valorarse la diferencia, que existe entre la posesión
material y el desapego a esta. La gente entendía que solo había ricos y pobres materiales, pero no
se tenía en cuenta que se puede ser pobre material y rico en deseos de posesión y rico en posesiones
pero pobre en sus deseos de estas, es decir despegado de las mismas. Quizás por ello en la
redacción de este versículo (Mt 5,3), que figura en la Webb de la Santa sede, se nos dice que
son “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mt
5,3)
Se sea rico o pobre material, la persona que ama y cree en el Señor, si es rico de bienes
materiales no se apegará a ellos y si es pobre de bienes materiales, no se apegará tampoco a los
deseos de poseer los bienes materiales que no tiene. En la medida en que una persona se está
desprendida de sus bienes poseídos o del deseo de poseer, podrá llamarse Pobres de espíritu. Los
ricos han de desapegarse de sus posesiones materiales y los pobres materiales del deseo de poseer
los bienes materiales que no tienen. Esta es la esencia de la pobreza del espíritu. Dios, solo quiere
de los ricos materiales, que le amen a Él, más que a sus riquezas cosa que desde luego, es bastante
difícil de lograr en un rico material. Y del pobre material, quiere Dios que le ame más a Él, que al
deseo que tiene de poseer los bienes materiales, con los que sueña.
En un país desarrollado, es donde se puede asegurar que casi todos son ricos materiales,
aunque muchos de sus habitantes, porque ven que hay otros ricos materiales, más ricos que él y
por ello, no se lo consideren ellos a sí mismos como ricos. Si miramos para arriba por muy ricos
que seamos siempre habrá otro u otros más ricos que nosotros, pero ello no anula nuestra condición
de ricos, porque si miramos para abajo, veremos que hay un sinfín de países, donde la miseria
campa a sus anchas. Los deseos materiales de cambiar de coche, cambiar de casa, ir de veraneo,
renovar cada temporada el vestuario, comprar nuevos muebles para las casa… etc, están al orden
del día y sería conveniente que mirásemos lo que sucede en otros países del tercer mundo.

Es verdad, y creo haberlo dicho ya en otra glosa, que es más fácil a las personas, suprimir los
deseos de posesión de bienes materiales que suprimir la posesión real de bienes materiales, pero
esto no quiere decir, que el pobre material tiene ya un pasaporte para en cielo, ni el rico material
tiene ya un billete para ir al infierno. Por lo que insistimos diciendo, que para Dios lo principal es
el deseo que se tenga, en los ricos de despojarse de sus apegos y en los pobre de despojarse de sus
deseos de posesión de viene materiales.

Nosotros, a los que nuestros cuerpos materiales dominan nuestras almas, pensamos que lo
importante es poseer la materialidad de un bien, sean coches, casas, barcos, aviones, joyas,
acciones, propiedades u otros signos materiales de riqueza poseída. Pero para Dios, las cosas son
distintas, Él es el creador absoluto de toda la materia y por supuesto de los bienes materiales que
poseemos o deseamos poseer. Para Dios que es espíritu puro, lo que tiene valor, es lo que es
expresión de sí mismo, es decir los bienes espirituales, sobre todo el amor. Para Él, lo que cuenta y
le interesa es nuestra alma, que es espíritu puro inmortal, pero no nuestro cuerpo, que es materia
pura corruptible y mortal. Por lo tanto nada tiene de extraño, que Dios valore más el deseo humano
de no poseer, es decir el desapego, que la posesión de bienes materiales y ve con tristeza, como el
hombre ansía o desea más la posesión de bienes materiales, que el amor que Él nos ofrece.
San Agustín escribía: “Sé pobre, lo mismo si tienes mucho que si no tienes nada en este mundo.
Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos
permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente,
buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí es agobio, no alivio; apesadumbra en vez de
levantar”. Y sigue diciendo San Agustín: “Si a pesar de no poseer nada, deseas los bienes terrenos y te
envaneces, serás contado entre los ricos y los réprobos…. ¿De qué te aprovecha tener pocas riquezas si ardes
en deseos de poseerlas? El Señor juzga a ricos y pobres por lo que hay en el corazón, no en la casa o en las
arcas”. El que así procede, aunque tenga muchas riquezas, debe ser contado entre los pobres del Señor”.
Slawomir Biela, expone en sus libros una serie de pensamientos sobre este tema de la pobreza
de espíritu, que nos llevan a reflexionar más profundamente en este tema. Y así nos dice: Los bienes
espirituales constituyen un apoyo importante para la persona que trata de vivir la vida interior,
pues considera que, en la perspectiva del camino hacia Dios estos bienes le hacen “alguien” y le
aseguran una “fuerte posición espiritual”. ¿Pero realmente consiste en esto el verdadero progreso
espiritual? El pobre de espíritu es aquel que no posee ningún otro apoyo fuera de Dios. Convertirse
en pobre de espíritu es un camino de apertura incesante a la gracia, de sometimiento continuo a la
acción de Dios y de reconocimiento humilde de que todo bien que posee proviene y es obra de
Dios, que actúa en nosotros y a través de nosotros.
Sigue escribiendo Slawomir Biela: En el camino de la pobreza espiritual podrás convertirte
en verdadero cristiano, en un buen marido o en una esposa que ama verdaderamente, pero solo
en cuanto aceptes que nunca serás propietario de las virtudes y disposiciones interiores necesarias
para ello. Dios no quiere que el orgullo de ser propietario de la fe constituya nuestro apoyo, sino
que aprendamos a apoyarnos en la fe misma, que es sin duda un don suyo, gracia concedida
gratuitamente que nunca podrá llegar a ser propiedad nuestra. Aunque supuestamente lo sabemos
bien, continuamente pisoteamos como puercos las perlas de la fe, considerándonos sus dueños y
propietarios.
Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.