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TERRITORIOS Y TERRITORIALIDADES EN DISPUTA:

NATURALEZA, SOBERANÍAS Y AUTARQUÍA MATERIAL*

Efraín León Hernández**

El presente texto propone una caracterización sobre los conceptos de territorio y


territorialidad. Nos ha preocupado explicitar sus ligas con la praxis política bajo el
propósito de avanzar en la reconstrucción teórica de una cualidad, o conjunto de
cualidades de la realidad histórica, que bajo estos conceptos se han mantenido difusas
en las discusiones académicas y políticas. Comienzo afirmando que las formas en las
que mantiene vigencia el concepto de territorio es múltiple y, como tal, que refiere
también múltiples fuerzas sociales, todas ellas susceptibles a constituirse en
instrumentos políticos. Por ello, el propósito de su reconstrucción teórica no se agota al
identificarlo conceptualmente, porque el sentido político esencial de reconocer cada una
de estas fuerzas políticas radica en que a su vez son susceptibles a su manipulación
instrumental puesta al servicio de interés político diversos. Por ello, pensar el territorio
y la territorialidad bajo el código de la praxis política implica pensar cómo éstos
condicionan a la sociedad y cómo repercuten en darle forma y sentido, aunque no
necesariamente hayan alcanzado su nivel instrumental en las agendas políticas de
movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil. A esto me refiero, en primer
lugar, con la necesidad de caracterizar al territorio desde la praxis política, es decir, en
su condición de fuerza política objetiva que mediante el análisis teórico nos permita
reconstruirla no sólo como una de nuestras determinantes históricas, sino además como
una herramienta de intervención con facultades de imprimir sentido a la transformación
social revolucionaria.
                                                                                                                         
*
Para su publicación en el libro: Claves y aproximaciones a las políticas de despojo capitalista y las
luchas comunitarias en México desde el campo de la ecología política coordinado por Mina Lorena
Navarro y Daniele Fini, en prensa.
**
Investigador y Profesor de Carrera de Tiempo Completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad Nacional Autónoma de México. Director y fundador del Seminario Permanente: Espacio,
Política y Capital en América Latina.
Contacto: efrainleonhernandez@gmail.com  
El eje que articula este trabajo da una respuesta a las siguientes interrogantes: Qué
entendemos por territorio y por territorialidad y cómo podemos llevar a cabo el ejercicio
de reconocer la pluralidad de territorios y territorialidades. Es decir, lo que algunos
autores llaman territorios y territorialidades múltiples. El problema fundamental para
este ejercicio, como mencionamos arriba, radica en que las ideas que sustentan la
diversidad de nociones sobre el territorio y la territorialidad refieren a una gran variedad
de cualidades del mundo real, que al considerarlas de conjunto, más que
complementarse y contribuir con la reconstrucción teórica de los procesos político-
territoriales vigentes, no en pocos casos caminan en sentido opuesto al repercutir en
confusiones o distorsiones, e incluso, en visiones caóticas de la realidad que desea ser
transformada. Nos proponemos presentar una cartografía mínima suficiente que nos
permita percatarnos de esta diversidad, darle cierto orden teórico a su articulación
constitutiva con la praxis política y, sobre todo, presentar nuestra posición al respecto,
tanto en su reconstrucción conceptual, como en su condición social dinámica.
Desarrollamos nuestra propuesta en cuatro ejes:

1. La liga fundamental que bajo la noción del territorio se establece entre materia y
sociedad. Donde el fundamento central consiste en definir lo que entendemos por
materia y la manera en que la vinculamos dinámicamente a las relaciones sociales.

2. El debate sobre la unidad social soberana y la autarquía material, para poder dar
cuenta del problema del territorio y la territorialidad desde un horizonte de discusión
que reconozca tanto la unidad social histórica y las unidades políticas soberanas como
las disputas por la materialización de proyectos políticos.

3. El debate sobre los límites espaciales o las fronteras territoriales. Un debate


fundamental para dar cuenta de la diferencia entre los territorios y las territorialidades,
así como la posibilidad de existencia de territorios y territorialidades múltiples,
superpuestas y compartiendo base material en un mismo espacio social.

4. Intentaremos convertir la especialidad de la materia en un instrumento político.


Mostraremos nuestra posición sobre la unidad social-territorial y la especialidad de la
materia. De cierta manera volveremos al punto dos, pero en su existencia política en los
procesos sociales vigentes.
1. TERRITORIO Y MATERIA

Es verdad que no existe un consenso sobre el concepto de Territorio. Pero, de varias


maneras, la mayoría de las nociones vigentes lo vinculan a tres cualidades sociales: la
materia, la unidad social soberana y cierta delimitación espacial. En este primer
apartado trataremos el aspecto material del territorio.

La dificultad sobre el ámbito material del territorio comienza inmediatamente. Porque


pese a existir cierto consenso sobre la liga que el territorio mantiene con la materia, no
pasa lo mismo con lo que se entiende por ella y menos aún lo que implica su
consideración social. Entonces, qué entendemos por materia, cómo reconocer su
condición social y cómo concebir la unidad social en la cual se inserta. Propongo
presentar este debate de una manera muy esquemática y reducirlo a dos grupos de
nociones sobre la materia que de cierta manera sintetizan el diverso abanico de nociones
sobre el territorio que la refieren en términos políticos: El territorio como continente de
lo social y el territorio como fuerza particular de lo social. Nosotros tomaremos
posición en el segundo grupo.

En el primer grupo, la materia contiene y posibilita las formas sociales como unidades
políticas soberanas. Aquí el territorio es el escenario material que contiene a la sociedad
y, entonces, aquí la materia se constituye en una condición necesaria de su existencia.
Pero una condición con una cualidad política muy curiosa, porque es totalmente
“neutra”. Y es que, esta materia se puede nombrar, usar, legislar e incluso transformar,
pero a final de cuentas, es una instancia que posibilita la existencia de una forma social,
o comunidad particular de ella, sin condicionarla de ninguna manera. Este primer grupo
presenta al menos dos versiones, la que ve en la materia un contenedor pasivo y externo
a lo social, y la que la considera un espejo que refleja nítidamente las relaciones sociales
que la habitan. En la primera versión no existen determinaciones históricas en el
territorio, porque éste simplemente contiene pasivamente una sociedad, mientras que las
fuerzas políticamente dinámicas son las relacione sociales que él contiene. Aunque, sin
duda, en esta versión, el territorio se constituye en una condición necesaria porque sin él
no habría “lugar” para la sociedad. En la segunda versión la materia ya no es pasiva,
porque refleja las relaciones sociales. Ya no es un contenedor pasivo sino un reflejo
dinámico de la praxis. Sin embargo, en esta segunda versión de territorio continente, el
dinamismo de la materia se reduce al de un espejo o vehículo transparente portador de
una trama de relaciones sociales. Es decir, que en términos políticos la material
determina a lo social pero de manera inocente, como si se tratara de un vehículo neutral
de la práctica humana, porque en sí misma, en tanto que materia, no ejerce ninguna
determinación la socialidad. Por ello, en esta versión, la materia es neutral en sí misma,
mientras que su condición social dinámica no depende de ella, sino de las
significaciones, prácticas y conectores sociales, al igual que las formas de organización
productiva y políticas que contiene objetivadas. Esta distinción es muy importante, por
que en su especificidad, en términos teóricos, prácticos y propiamente políticos, en este
primer grupo de nociones, la materia no juega ni como determinante social ni como
factor en el campo de relaciones de fuerza. La materia se ocupa, se usa, se disputa e
incluso se trasforma, pero la materia no es una fuerza política viva. La sustancia
dinámica, es la propia práctica humana que contiene, según sea la versión que
contemplemos, contenida en su exterior u objetivada en ella.

Esto es muy importante por que en el segundo grupo de nociones, el Territorio es


dinámico por las condiciones materiales social-naturales que lo constituyen como objeto
histórico. Aunque la forma de concebir las determinación de estas cualidades materiales
abren nuevamente un tremendo peligro. Porque fácilmente podríamos reconocerlas bajo
naturalismos mecánicos que nos llevarían peligrosamente a formas renovadas de
mecanicismos o darwinismos sociales. No merecería más palabras esta noción, sí este
peligro no mantuviera vigencia en determinismos geográficos renovados dentro y fuera
de la academia a partir de los cuales se justifican desde supuestas propensiones
genéticas nacionales a enfermedades o comportamientos hasta políticas
intervensionistas de estados imperiales. Pero aquí, por supuesto, referimos a otra
manera de reconocer las determinaciones materiales en lo social que no son
mecanicistas ni resultado del reflejo nítido de las prácticas sociales. Referimos
determinaciones de la materia en lo social bajo la comprensión de que es la propia
sociedad quien se autodetermina materialmente a partir de las transformaciones que
imprime en la materia, siempre en el marco de lo objetivamente posible. No creándola
arbitrariamente, ni ocupándola como si se tratase de un objeto ingenuo que simplemente
refleja el sentido de su práctica, sino manipulándola dentro del marco de posibilidad que
la materia misma permite. No es, entonces, una determinación mecánica y exterior a lo
social, ni una determinación social práctica e inmaterial sobre sí misma, sino parte de
nuestra obra material como sociedad objetiva que abre un horizonte particular de
libertad humana, la autarquía material. Es muy diferente la noción de territorio
contenedor donde lo material es un vehículo neutral del sentido de la praxis social, a la
del territorio como base material dinámica en su condición de cualidad histórica. La
cual articula a la vez la objetivación de socializad de acuerdo a las capacidades sociales
y el marco fáctico de posibilidades materiales. No hay en la materia ni fatalidad
mecánica ni pasividad neutra que refleja, sino autodeterminación material humana. Esta
es la materia histórica, constituida esencialmente por el universo comprendido por el
campo técnico instrumental y la naturaleza socialmente transformada. En esta noción de
territorio es la propia sociedad soberana que mediante su propia práctica material
establece transformaciones en la materia que limitan o potencian determinadas
actividades y que terminan por ser partícipes de la constitución y el sentido de su forma
histórica.

Lo importante de esta reflexión para avanzar en la reconstrucción teórica del concepto


de territorio es reconocer que lo que se modifica en términos de potencia es la materia
histórica en la escala y complejidad del sujeto soberano, es decir, en la escala de la
forma social que es capaz de darse dirección y sentido, sea como sentido social histórico
general, o en un nivel de mayor concreción, como sintesis del sentido que imprime la
unidad del campo de fuerzas político. Por ello, una consecuencia metodológica de este
debate es que sí en un estudio consideramos la materia como algo que contiene o que
simplemente reflejan las relaciones sociales, en realidad estaríamos estudiando aspectos
diversos de la trama de relaciones sociales, pero paradójicamente exceptuando justo los
propiamente materiales. Se estaría estudiando las prácticas y relaciones sociales, las
representaciones del entorno, las formas de organización política o productiva, el
conflicto entre clases, pero no el territorio como base material dinámica que es
producida socialmente. En ese último sentido, el territorio se convertiría en una
herramienta metodológica muy útil para mirar la trama de relaciones sociales en su
unidad, como campo espacial singular y especialmente como campo de fuerzas político,
pero curiosamente sin incluir la materia como fuerza real en dicho campo. Nosotros
aquí referimos de manera especifica al territorio desde la especificidad que nos permita
identificar conjuntamente la unidad histórica en las escalas de los sujetos políticos
soberanos pero sin perder de vista que en ella se despliega particularmente el ejercicio
de la praxis política como autarquía material. Pero cuál es la unidad histórica en la que
se inscribe este horizonte material y por qué nos puede ayudar además a mirar y
reivindicar formas sociales subalternas –sean comunitarias o autonómicas–, sin
atomizarlas y separarlas del sujeto histórico.

2. TERRITORIO Y TERRITORIALIDAD

Soberanía y autarquía material

Insistimos que es necesario articular el territorio a la soberanía de una formación socio


política sin confundir la unidad de una trama de socialidad con el conjunto de sus
cualidades dinámicas materiales. De entrada estamos convencidos que es posible
hacerlo sin entrar en contradicciones lógicas, porque la noción clásica sobre el territorio
que viene de la ciencia política lo concibe como una unidad social delimitada por su
ejercicio soberano de constitución y sentido. La soberanía de los pueblos define no sólo
una forma de autodeterminación social, sino un campo espacial necesario en el que se
despliega y define su identidad y sentido común. Pero cuando hablamos del territorio
desde esta perspectiva es posible reconocer al mismo tiempo la unidad de la trama de
socialidad en la que se define su soberanía durante la praxis política –la cual incorpora
identidades particulares, diversas prácticas políticas y productivas, organización social,
formas de gobierno- y, dentro de esa trama, reconocer las prácticas políticas particulares
que definen puntualmente su autarquía material. Desde esa perspectiva proponemos
identificar una primera distinción entre los conceptos de territorio y territorialidad. Una
primera que corresponde a la manera clásica de considerar el territorio en la ciencia
política ligada a la soberanía de los pueblos, pero que no pierde de vista su unidad con
la materia y su posibilidad de autodeterminación material, una noción en mayor o
menor medida vigente en la economía, la economía política, la sociología, la
antropología, la ciencia política, el derecho y la filosofía política. Y por su parte, la
noción de territorialidad que tiene como foco principal el reconocimiento de la base
material en su condición de factor dinámico en las formas sociales. De esta manera, un
territorio soberano, contiene en su interior su propia territorialidad. Un primer tipo de
territorialidad general que corresponde íntegramente a la unidad de las formas sociales
políticamente soberanas, como decíamos arriba, en su condición de concreción general
que a la vez imprime el sentido contradictorio del campo de fuerzas de territorialidades
en disputa. Este es el punto central a distinguir en primer momento, el concepto de
territorio y territorialidad que refieren: el primero, a la unidad social en relación a la
soberanía que se despliega en una base material socialmente dinámica, mientras que el
segundo refiere directamente la autarquía material, que se establece y define en su
sentido histórico o como campo de fuerzas de diversos proyectos vigentes de
territorialidad. Desde esta perspectiva a cada territorio soberano le correspondería su
propia territorialidad, aunque a su vez contenga varios territorios y territorialidades
vigentes. Tantos territorios como soberanías populares en disputa y tantas
territorialidades como proyectos de autarquía material se desplieguen en ellas. Es así
que comenzamos a reconocer la posibilidad de territorios y territorialidades
superpuestas que pueden o no compartir fronteras y escalas espaciales.

Desde esta perspectiva, la territorialidad de mayor alcance espacial en nuestra forma


histórica, incluso por encima de toda soberanía nacional, es sin duda la territorialidad
del capital, la cual políticamente obedece al sentido que imprime el sujeto automático
de la valorización del valor. Un proceso histórico del capitalismo moderno que habría
que profundizar siguiendo las pistas que nos brinda la teoría marxista de la enajenación
política, para entender en código materialista la enajenación territorial sin reducirlos a la
pérdida de propiedad o despojo del territorio, una de sus manifestaciones fenoménicas
más comunes.

Metabolismo material social-natural y unidad histórica

Un aspecto crucial para entender la vigencia de la materia en lo social en su vínculo con


la praxis política es la reflexión del metabolismo material social-natural. Una propuesta
que surge en el materialismo histórico, al tomar posición respecto a una vieja discusión
que aparece desde el periodo clásico de la filosofía bajo distintas formas: la relación
entre la sociedad y la naturaleza. El reconocimiento del metabolismo social-natural
implica que en una unidad material histórica el sujeto no es la única fuerza activa sino
que también lo es el objeto o la naturaleza, es decir que es una única unidad material
donde tanto la sociedad como la naturaleza establecen determinaciones de ida y vuelta.
Pero la naturaleza en este metabolismo es activa no en términos mecánicos o de
voluntad, sino porque se constituye en un conjunto de fuerzas materiales que
determinan a lo social de múltiples maneras y en múltiples combinaciones locales. El
sujeto, de entrada, desde esta perspectiva también es materia -es músculos, huesos y
nervios en movimiento-, pero es una materia más compleja que la puramente física o
biológica por que en su actividad se juega voluntad, reproducción de su identidad y
capacidad de intervenir el movimiento y la forma del resto de la materia de acuerdo a su
forma histórica.

El metabolismo material social-natural es la propia materia social-natural que al


interactuar consigo misma se transforma sin violar la legalidad de la naturaleza y
respondiendo al proceso histórico que lo alimenta, es decir, sin responder a
determinaciones mecánicas. La materia histórica, así, se constituye en una misma y
cambiante unidad material que progresivamente ha venido aumentando su complejidad.
La teoría del trabajo en su forma general, es decir, aún sin atender a la forma histórica,
nos deja claro los momentos o cualidades participantes en este metabolismo material,
formas todas ellas necesarias que adopta la materia histórica en la unidad del proceso
productivo y que sólo toman sentido en su participación y movimiento conjunto. La
materia aquí es fuerza de trabajo, medio de trabajo, objeto de trabajo y condiciones
generales de trabajo, es decir, práctica humana viva, herramientas, recursos y entornos
que se definen entre sí y articulan la unidad y movimiento conjunto que caracteriza este
metabolismo.

La noción de metabolismo material social-natural se aproxima mucho a la de territorio


que hemos presentado, sin embargo, algunos aspectos refieren a cualidades distintas de
la realidad histórica. La clave aquí para entender la diferencia está en reconocer que la
escala de vigencia del metabolismo es siempre la de la sociedad histórica que lo
dinamiza, mientras que la del territorio es la de los sujetos soberanos contenidos en ella.
Por lo que si bien es posible mirar fragmentos locales de este metabolismo dinamizados
por soberanías nacionales y populares, no representarían el metabolismo material
histórico social-natural, sino apenas una de sus partes o fragmentos. En su lugar,
estamos convencidos, un camino más adecuado debería de llevarnos a complejizar la
noción de unidad social en la que se entreteje este metabolismo social-natural y cada
una de las soberanías populares, como un complejo mosaico de fuerzas políticas en
tensión y constitución simultanea, que se caracteriza por articular, en diferentes escalas,
determinaciones de ida y vuelta entre los fragmentos territoriales de este metabolismo y
de la praxis política.

Territorialidad como autarquía material

Para muchos el territorio es todo, o al menos un recorte espacial del todo, pero cuando
hablamos de territorialidad, desde nuestra propuesta, referimos al proceso político de
territorialización como autoconstitución material y, entones, al potencial político que a
futuro abren nuestros actos de intervención material. La territorialidad, como cualidad
de la praxis, y la territorialización (desterritorialización-reterritorialización) como
proceso práctico en movimiento, dan cuenta de las trasformaciones del patrón espacial
de la material social-natural de acuerdo al sentido político de nuestra intervención.
Territorializarse significa gravarse en la tierra, geografizarce, como nos ha enseñado a
pensar el geógrafo brasileño Carlos Walter Porto Gonçalves. Es decir, modificar el
patrón espacial de la materia o sustituir uno previo por otro de acuerdo a la capacidad
material autoconstituyente de un sujeto político. Es un proceso histórico que como tal
no sólo presupone sentido político, sino movimiento de la forma espacial del territorio y
capacidad material de intervenir este movimiento, es decir, de incidir en sus acomodos,
conexiones, superposiciones y usos sociales, para extraer de ello una forma espacial
socialmente útil o el valor de uso del territorio.

Por ello, cuando entendemos así la territorialidad, su concreción histórica puede ser
múltiple. Podemos reconocerla sobre las tendencias generales de autoconstitución
material de la sociedad histórica o de sus unidades territoriales soberanas como
territorialidades dominantes, podemos hacerlo también, sobre las tendencias territoriales
que resultan de los campos de fuerzas políticos y de las territorialidades en disputas
como territorialidades hegemónicas y subalternas, o también como ejercicio analítico o
de abstracción identificarlas de manera independiente, en su despliegue de afirmación
como sujetos políticos autonómicos de acuerdo a formas diversas de articulación
política, como territorialidades subalternas. Aunque sabemos que estas últimas son
siempre formas sociales contradictorias que aunque portan la potencia de la libertad,
también contienen la impronta de la forma histórica capitalista y del dominio ejercido
sobre ellas. No es el todo homogéneo o heterogéneo que contiene la disputa por una
base material neutral e inmutable, sino la disputa política por territorializar o mantener
territorializado cierto proyecto político, praxis espacial u orden territorial en un
escenario en el que se despliegan a la vez fuerzas y proyectos hegemónicos y
subalternos. La territorialidad es el reconocimiento de la base material participando en
el conjunto histórico, pero en el horizonte de la práctica política, sea en el momento de
la intervención material, o en el que ésta última determina la propia praxis política.

Distinguir el problema de la territorialidad en su acepción de autarquía material, como


capacidad política de constituirnos materialmente, es una de las dimensiones desde las
que podemos combatir el voluntarismo político presente en ciertas prácticas y análisis
políticos ligados al territorio que lo reducen a un simple escenario de lo social o campo
neutral de constitución política, donde la noción de lo político parece reducirse a la
intensión y al interés, o a la organización social y al campo de fuerzas político, sin
considerar el horizonte fundamental del marco de posibilidad material y nuestra
capacidad de autoconstituirnos.

3. FRONTERAS ENTRE TERRITORIOS Y TERRITORIALIDADES

Hemos analizado las diferencia entre territorio y territorialidad a partir de sus ligas con
la materia, como unidad soberana y como autarquía material. Hasta aquí el problema
fundamentalmente político como unidad territorial histórica, como unidad territorial
soberana y como proyectos territoriales en disputa. Corresponde ahora reflexionar sobre
los límites espaciales de este tipo de territorios y territorialidades, es decir, sus fronteras.
Lo cual nos llevará a considerar dos aspectos cruciales: las ligas del adentro con el
afuera y la posibilidad de compartir áreas y bases materiales.

El primero, supondría la oposición de lo interior con el exterior, porque si el territorio


tiene límites o fronteras espaciales, es porque hay algo en su interior que lo define que
deja de existir fuera de él, más allá de que la frontera se establezca en una línea precisa
o en un área de transición. Pero cuáles son las características que podemos identificar en
los territorios que nos sirvan para delimitar sus fronteras, bajo qué criterios definimos
estos límites cuando estas características son difusas y, entonces, bajo que principios
definimos el fin espacial de un territorio y el inicio de otro. En esta discusión vamos a
encontrar otra diferencia muy importante entre el territorio y la territorialidad.

Es necesario en primer lugar insistir que las fronteras pueden ser nítidas o difusas, e
incluso, que los límites espaciales pueden ser cambiantes, elásticos y estar referidos
directamente a aspectos simbólicos o inmateriales. No obstante, en nuestra propuesta,
necesitaremos considerar directamente al plano material –lo que no implica hacerlo de
manera exclusiva ni excluyente– si queremos referir las fronteras entre territorios y
territorialidades. Recordemos que la clave de su distinción está en diferenciar la unidad
de una forma política soberana de la autarquía material en disputa. Entonces, bajo qué
criterios vamos a entender los límites espaciales de este tipo de prácticas políticas.
Hemos dicho ya que en el caso del territorio evitaremos la tentación de suponer que la
soberanía se define simplemente por el área que cubre la práctica política. Desde la
geografía, la ciencia política y la sociología hay conceptos que resultan más precisos
para hablar de los límites de un tipo de práctica social o práctica específicamente
política, en lugar de hablar de territorios normalmente los denominan campos o
entornos, los arquitectos y lo filósofos, por poner otros ejemplos, los llaman hábitats.
Lo importante aquí es que estas categorías refieren, no a la base material, sino a una
trama de socialidad que se constituye en el campo que define la práctica política o el
entorno que le circunda, por ejemplo el espacio público y privado, el campo de fuerzas
político, el entorno de representación, etcétera.

Esto nos pone frente a un dilema de consecuencia lógica y política del que intentaremos
salir airosos y que expresa el segundo aspecto a considerar en este apartado: la vigencia
que en los procesos políticos reales mantiene de la noción de territorio en su condición
de campo o entorno. Y es que la forma políticamente viva del concepto de territorio en
la mayor parte de los movimientos sociales en México y América Latina, más que
referir a una unidad social soberana en la que lo material es dinámico, recuerda más a la
unidad de las relaciones sociales desde las nociones de hábitat, campo o entorno que
hemos definido arriba, en la que se tiene al territorio como contenedor de los social o
como objeto de disputa. El problema es que son instancias de la realidad en cierta
medida distintas, porque mientras en los movimiento sociales se refieren más a los
límites espaciales de su soberanía, muchas veces en disputa, nosotros sin negar lo
anterior, queremos reivindicar, en todas sus escalas, la autarquía material que
históricamente se ha establecido en prácticas de disputa política. Por eso proponemos
recurrir a la noción de territorio como unidad socio política que en su seno alberga su
propia territorialidad como una expresión de la disputa entre diversos proyectos de
territorialidad, sean hegemónicos o subalternos. En esta dimensión particular sus
fronteras coincidirían, pero dejarían de hacerlo al considerar por separado cada una de
las múltiples prácticas políticas que la constituyen como unidad y los alcances
espaciales de sus autodeterminaciones. La noción más adecuada sería la de
superposición de territorialidades, en tanto que proyectos múltiples de autarquía
material que conviven de manera tensa y conflictiva.

Con lo anterior creemos que es posible distinguir y reconocer como procesos políticos
reales al menos dos tipos distintos de disputas territoriales, normalmente
complementarios, las disputas por territorios y las territorialidades en disputa. Las
primeras como procesos que disputan soberanías en términos estrictamente espaciales
como un ejercido de autodeterminación material de los pueblos -y no sólo de las
naciones-, donde sus fronteras se definen en la extensión espacial del campo de su sus
soberanías. Por lo que es posible reconocer la existencia de más de una soberanía en un
mismo espacio y entonces hablar también de territorios superpuestos en disputa, por
ejemplo, la soberanía nacional frente a las soberanías populares de organizaciones
sociales comunitarias y autonómicas. Mientras que las segundas las definiremos como
proyectos territoriales que buscan por distintos medios su concreción y que pueden
cohabitar en un mismo territorio, e incluso en una misma soberanía, la territorialidad del
gobierno, las territorialidades de la producción y el intercambio privado, así como las
territorialidades subalternas. La cuales no en todos los casos estarían en conflicto ni
disputando concreción.

Es evidente que ambos tipos de disputas territoriales existen en los procesos políticos
vigentes, por lo que no hay contradicción lógicas entre territorios y territorialidades
cuando afirmamos que pueden o no compartir fronteras espaciales y existir
simultáneamente en una misma forma territorial. En realidad lo extraño sería que no
fuera así, porque son procesos territoriales que se definen en un campo de fuerzas
político Y si bien, algunos de ellos se acompañan y otros se encuentran en clara
contradicción, indiscutiblemente pertenecen a una unidad histórica que contiene
prácticas políticas hegemónicas y subalternas, prácticas de dominio pero también de
reivindicación y de autodeterminación política. Estas últimas, en tanto que territoriales,
prácticas de reivindicación y autodeterminación material que hacen parte del horizonte
de la disputa política por la forma social.

4. TERRITORIALIDAD Y ESPACIALIDAD POLÍTICA DE LA MATERIA

Continuemos con el último aspecto a tratar sobre la distinción entre territorio y


territorialidad: las formas u órdenes espaciales del territorio y su constitución como
proyecto territorial que da sentido a la praxis política. El reto para captar esta fuerza
política consiste en reconocer la espacialidad material y la propia territorialidad como
una suerte de rompecabezas material donde tanto la forma de la unidad como de cada
una de sus partes expresa formas particulares de determinación material y de capacidad
social para intervenir la materia.
Este desafío nos pone nuevamente frente al problema de las fronteras, pero ahora no
sólo como límites de unidades territoriales o de territorialidades, sino como líneas o
áreas de articulación de procesos materiales que en sus diferencias encuentran
complemento, forma y sentido común. El reto es cómo pensar la multiplicidad de
territorios no desde la perspectiva de los campos o entornos, sino desde la que nos
brinda la noción de territorios soberanos y territorialidades múltiples que hemos
propuesto, donde incluso podemos ver como una misma base material puede ser
compartida total o parcialmente por ellos, es decir, como prácticas políticas de
intervención y autodeterminación material que comparten segmentos de los órdenes
espaciales de cada una de estas formas materiales. El problema de la multiterritorialidad
aquí, tiene que ver entonces no sólo con la autodeterminación material como la hemos
definido hasta ahora, sino además con el vínculo especifico que la práctica política de
intervención territorial entreteje entre formas espaciales particulares de la base material
y su forma general, de magnitudes espaciales más amplias: la espacialidad. Es decir, de
estrategias especificas que caminan directamente a la transformación y a la intervención
del acomodo, conexión y articulación conjunta de estas diferencias materiales. Las
formas espaciales, así como el usos de estas formas en el conjunto material, pueden
reconocerse así en unidad dentro y fuera de cada territorio y cada territorialidad.

La base material de un territorio puesta como un instrumento político no se confunde


entonces con el despliegue de la práctica política que define soberanías, porque, por el
contrario, en última instancia la soberanía sería condición para intervención soberana de
la base material o autarquía material. De esta manera, la territorialidad del capital y de
las soberanías nacionales puestas como instrumento político no son sólo la expresión
material del dominio, sino en su especificidad la intervención en el orden especial de la
materia como herramienta política del dominio, es decir, el orden espacial de la material
puesto al servicio de la imposición de una forma social durante el ejercicio del dominio
y el despliegue de la hegemonía.

Pero las clases subalternas también pueden tener proyecto de territorialidad, aunque,
como dijimos arriba, seria un error suponerlos puros o independientes. No obstante,
sobre la instrumentalización estratégica del orden espacial del territorio, llevan ventaja
las clases dominantes. Desde hace más de un siglo han madurado estructuras estatales
dentro de la administración pública que se dedican exclusivamente a tener en la
intervención material del orden territorial estatal un instrumento político. Estos
segmentos de la administración pública son las famosas oficinas de planeación y
ordenamiento territorial -urbano, regional, ambiental, sectorial, etc.-. Las cuales se
encargan de intervenir la base material de acuerdo a proyectos políticos de
gobernabilidad, de lucha de clases, de apoyo a la acumulación de capital o a
determinados capitales particulares, etc. La dificultad para percibir la importancia
política de estos instrumentos es que, como en muchos ámbitos gubernamentales,
sucede que se despliega a su vez una de las funciones ideológicas más importantes del
Estado, hacer pasar el interés de las clases dominantes por un bien común. En este caso,
afirmar como interés común la forma de la territorialidad del dominio y la acumulación
del capital.

Por ello, lo interesante aquí, es poner atención a que no es sólo una infraestructura o un
proyecto local lo que detona disputas territoriales, sino el proceso de reconfiguración
territorial en marcha como un proceso de reterritorialización de una nueva forma de
acumulación de capital. Es decir, lo que define la etapa actual de acumulación de capital
es una estrategia política de reconfiguración de la territorialidad vigente, que va más
allá de las escalas comunitarias y de cualquiera de las infraestructuras particulares, la
que define además el escenario territorial de disputa en el que se reconfiguran las
estructuras territoriales locales de nuestro país, de América Latina y mundo.

Permítanme una alegoría. Desde esta perspectiva, podríamos entender las disputas
territoriales desde una partida de ajedrez. En la noción dominante sobre la consideración
de este tipo de procesos territoriales pareciera que lo único que está en juego es la
diputa sobre la ocupación y control de los cuadros del tablero. Sin embargo el concepto
de territorialidad e intervención de los órdenes territoriales además de referir al
movimiento de las piezas para ocupar cada uno de estos cuadros, nos muestra que en el
ejercicio político de la disputa territorial también es posible modificar la forma del
propio tablero. Con lo que, siguiendo nuestra alegoría, se cambiarían las condiciones
materiales de la disputa entre la fichas negras y las blancas. Volviendo a la praxis social,
la disputa por la autarquía material de las clases dominantes y dominadas no se reduce
entonces a la ocupación de lugares, sino a la intervención material de los órdenes
territoriales. Por ello, no sólo entra en juego la disputa por el control de porciones
territoriales o territorios, sino las formas de determinación material en todas las escalas.
Esto son los proyectos de ordenamiento territorial. En la praxis política no se
encuentran apenas disputas por la ocupación de territorios como si fuesen cuadritos del
tablero de ajedrez, porque con ello se establecen además disputas por el ejercicio de
autodeterminación material o de intervenciones en la especialidad de los territorios. Una
disputa política por la autarquía material, que pasa por intervenir en el orden espacial
del tablero de ajedrez sociopolítico y con él, en el horizonte particular de posibilidad
que este abre a la praxis política. La utilidad concreta de esta reflexión es reconocer y
fortalecer los proyectos de territorialidades subalternas para que caminen hacia otras
formas de sociedad teniendo en la base material no solo expresión de su soberanía
popular sino un instrumento de disputa de la forma histórica de la sociedad.

***

Según nuestra alegoría, el motor de la historia seguiría expresándose en una partida de


ajedrez entre las clases dominantes y dominadas: la lucha territorial entre las clases
durante la disputa por una forma histórica distinta de sociedad. La diferencia está en que
en la relación de fuerzas vigente, las clases dominantes además de las piezas mueven el
propio tablero en todas las escalas. Hemos presentado esta propuesta de reconstrucción
teórica de los conceptos de territorio y territorialidad desde el reto político del
fortalecimiento teórico de las clases subalternas y desde nuestro convencimiento de la
necesidad de su escalamiento territorial. Se trató de reconstruir teóricamente una fuerza
particular con la intensión de ponerla en nuestras manos como instrumento político. Con
el objetivo de perfilar una herramienta política que nos ayude a ejercer realmente
nuestra autarquía material durante la praxis política que busca arrebatar del capitalismo
una forma histórica de sociedad más justa.

BIBLIOGRAFÍA

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XXI, México.

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