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catálogo completo y comentado

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Diego López Alonso

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Prólogo

Prefacio

1. Ideas y prejuicios sobre la homosexualidad

1.1. Religión y leyes

1.2. La ciencia entra en escena

1.3. El consenso científico

1.4. La percepción popular

1.5. ¿Qué se entiende por homosexualidad?

1.6. Variabilidad sexual

1.7. Componentes de la sexualidad humana

1.7.1. Rol de género o rol sexual social

1.7.2. Identidad de género o identidad de sexo

1.7.3. Conducta sexual

1.7.4. Orientación sexual

1.7.5. Preferencia sexual

1.8. La escala de Kinsey

1.9. Frecuencia de la homosexualidad

1.10. Teorías sobre el origen de la homosexualidad

1.10.1. Construccionismo

1.10.2. Esencialismo

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2. El origen biológico de la homosexualidad

1.2. Sentando las bases: ¿cómo se originan los sexos?

2.2. La teoría neuroendocrina

2.2.1. Un modelo hipotético de las diferentes variantes sexuales

2.2.2. Supuestos de la teoría

2.3. Otras teorías biológicas sobre la homosexualidad

2.3.1. Inmunización maternal

2.3.2. Desarrollo inestable

2.3.3. Teoría epigenética

3. Los hechos

3.1. El efecto FBO

3.2. Genética de la homosexualidad

3.2.1. Estudios de animales no humanos

3.2.2. Estudios de familias y gemelos

3.2.3. Estudios moleculares

3.2.4. Efectos directos de los genes sobre el cerebro

3.3. Evidencias neurológicas

3.3.1. Núcleo intersticial del hipotálamo anterior 3

3.3.2. Núcleo intersticial del hipotálamo anterior 1

3.3.3. Núcleo supraquiasmático

3.3.4. Comisura anterior

3.3.5. Istmo del cuerpo calloso

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3.3.6. Núcleo basal de la estría terminal

3.3.7. Lesiones neurológicas

3.3.8. Hormonas y cerebro

3.3.9. Evidencias neurocognitivas

3.3.10. Conclusiones sobre las evidencias neurológicas

3.4. Evidencias endocrinológicas

3.4.1. Estudios en animales no humanos

3.4.2. Desórdenes hormonales en humanos

3.5. Transexuales

3.6. Etología comparada

3.7. Feromonas

3.8. Efectos prenatales ambientales

3.9. Soporte de la teoría neuroendocrina

3.10. Epigenética y sexualidad

4. Una teoría biológica integral de la homosexualidad

4.1. Múltiples rutas

4.2. Múltiples factores

4.3. Múltiples opciones

5. Evolución y homosexualidad

5.1. El sentido de la vida

5.2. ¿Polimorfismo transitorio o estable?.

5.3. Equilibrio mutación-selección

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5.4. Teorías evolutivas de la homosexualidad

5.4.1. Modelos matemáticos

5.4.2. Modelos verbales

5.5. Conclusión evolutiva

6. El discurso sociocultural

6.1. ¿Dónde están las pruebas?

6.2. Confrontación con la realidad

6.2.1. El argumento intercultural

6.2.2. Homosexualidad interespecífica

6.2.3. Homosexualidad en el tiempo y en el espacio

6.3. El caso Juan-Juana-Juan

7. La homosexualidad no es una enfermedad

7.1. "Terapias" de la homosexualidad

7.2. La homosexualidad no se "cura"

7.3. La homosexualidad no se "contagia"

7.4. La homosexualidad no es una enfermedad

8. Reflexiones finales

8.1. El desarrollo de la homosexualidad

8.2. Un punto de encuentro

8.3. El sentido de un fracaso histórico

8.4. Genio y figura

8.5. La consideración social de los homosexuales

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Bibliografía

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Si uno suscita el tema del origen de la homosexualidad en una reunión de amigos, la
opinión generalizada, más o menos fundamentada, es que la homosexualidad se origina
como fruto del entorno educativo infantil y durante la adolescencia. Con frecuencia,
habrá alguien que sostenga que se trata de una conducta degenerada, viciosa y
degradante, con alto riesgo de contagiar a quienes entren en contacto meramente social
con homosexuales. No faltará tampoco quien diga que es una enfermedad mental. Puede
que algún "extravagante" sugiera un factor hereditario o biológico en general...

Curiosamente, todo el mundo tiene opinión -y piensa que tiene criterio - en este
asunto. Lo cierto es que la ignorancia es oceánica y hay un considerable margen de
mejora en el conocimiento que tiene el ciudadano medio sobre la homosexualidad y los
homosexuales.

En gran parte, esta ignorancia se debe a una carencia de información científica sólida,
en medio de una plétora de publicaciones sobre la homosexualidad desde los diversos
campos de las humanidades y las ciencias sociales. Se puede constatar, en cambio, que
no hay nada publicado sobre la biología de la homosexualidad en lengua castellana. (En
lengua inglesa la información es relativamente abundante pero fragmentaria. No existe
tampoco ninguna obra que revise la homosexualidad desde el conjunto de los campos de
la biología.) En este sentido, este libro surge de la necesidad de arrojar luz sobre el origen
de la homosexualidad.

A renglón seguido, quiero advertir al lector que no se va a aburrir. Primero, porque el


lenguaje es accesible y se entenderá todo; no es uno de esos textos ininteligibles de la
moderna escuela francesa de filósofos (Foucault, Lacan, etc.). Segundo, porque se va
encontrar con mucha información novedosa, sorprendente e interesante. Y, por último,
como decía mi suegra, "feo está que yo lo diga", pero está bien escrito.

No se trata de un intento más de expresar opiniones más o menos acertadas, más o


menos políticamente correctas, más o menos personales, sino de poner ante el lector
fundamentalmente hechos, datos, resultados de los trabajos de investigadores de

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diferentes campos científicos, evidencias sólidas que permitan al lector hacer una
evaluación crítica que le lleve a una opinión fundada. Ese es el corazón del texto y el
grueso del contenido está dedicado a ello.

Evidentemente también están las opiniones del autor. No soy un escritor frío,
aséptico, abstraído del asunto tratado. Como científico y como ciudadano me siento
profundamente concernido por el tema y sus implicaciones sociales. La preparación del
libro me ha llevado a conocer detalles históricos y contemporáneos, que me han hecho
más consciente del tremendo sufrimiento injustamente causado a los homosexuales,
simplemente por su forma de vivir su sexualidad. No he podido y no he querido dejar de
manifestar mi opinión personal, subjetiva, humana, al hilo de lo tratado. El lector puede
perfectamente prescindir de mis opiniones y aún le quedará el grueso de la información.

Creo sinceramente que este libro hace una aportación valiosa al conocimiento de la
homosexualidad desde un punto de vista, el biológico, que es absolutamente novedoso.
Es la primera vez que un biólogo tiene el atrevimiento de escribir un ensayo sobre un
tema, la homosexualidad, tenido como predio privativo de filósofos, sociólogos,
psicoanalistas, etc. Creo que el lector se sentirá - como yo mismo me he sentido-
sorprendido por muchas de las informaciones que se aportan, sacudido por las ideas
propuestas, obligado a repensar viejos conceptos y, en definitiva, enriquecido con su
lectura. Podrá estar o no de acuerdo con mis tesis, pero no podrá sentir indiferencia ni
decir que este libro no le ha aportado nada. En suma, encontrará provechosa su lectura.

El contenido propio del tema obliga a utilizar un buen número de términos técnicos.
El lector no debe sentirse desalentado por ello. El libro está escrito para "todos los
públicos", no para especialistas. Se ha tratado de explicar con claridad y de manera
sencilla, pero sin sacrificar el rigor científico. Espero haber sabido presentar todo en un
lenguaje accesible para un lector medio.

El libro se enmarca dentro de la discusión sobre si el homosexual "nace o se hace",


postulando la causación esencialmente biológica de la homosexualidad. A esta conclusión
se llega tras presentar y discutir las teorías y las evidencias procedentes de las diversas
disciplinas biológicas, que constituye el núcleo central del libro, por su ubicación y por su

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extensión (capítulos 2, 3 y 4). Previamente, se repasa el estado de la cuestión, se definen
los conceptos necesarios y se dejan planteadas las dos teorías enfrentadas que subyacen
en todo su recorrido (capítulo 1). La visión biológica de la homosexualidad se completa
discutiendo una explicación evolutiva capaz de resolver la paradoja de la persistencia de
la homosexualidad pese a su reducida eficacia reproductiva (capítulo 5). Completada de
este modo la perspectiva biológica, se discute ampliamente la teoría sociocultural como
explicación alternativa del desarrollo de la homosexualidad humana (capítulo 6). Para
terminar con dos capítulos breves, uno en que se polemiza con la idea de la
homosexualidad como enfermedad (capítulo 7), y otro con unas reflexiones finales en
torno al tema (capítulo 8).

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A partir de la edad de 3-8 meses, se encontró que las niñas elegían muñecas en vez
de los coches de juguete y los balones que preferían los niños. La conducta de
preferencia de juguete no puede ser explicada por la presión social, porque cuando las
muñecas, los coches de juguete y los balones fueron ofrecidos a los monos
aterciopelados verdes, las hembras consistentemente elegían las muñecas y olían la
región anogenital, mientras que los machos preferían los coches de juguete y los balones
(Bao y Swaab, 2011).

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1.1. Religión y leyes

Aunque en el pasado histórico de la sociedad occidental existieron culturas de


extraordinario nivel, como la de la Grecia clásica, en las que la homosexualidad era una
práctica habitual entre las élites, estando socialmente bien considerada, la actitud general
hasta finales del siglo xx ha sido de rechazo, condena y persecución abierta.

La homosexualidad, especialmente la masculina, ha sido considerada como una


conducta viciosa y execrable, merecedora de una condena moral y penal. En
consecuencia, no han faltado las reprobaciones morales ni la represión más brutal,
amparada ésta por las instituciones de poder tradicional, la Iglesia y el Estado. Todo ello
dentro de un amplio consenso social que abarcaba desde las clases populares hasta la
aristocracia y la burguesía, e incluía a todas las instituciones académicas, científicas,
religiosas y políticas.

La consideración que recibe la homosexualidad en las sociedades occidentales


procede claramente del cristianismo, que a su vez lo toma del judaísmo.

Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han
cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos
(Levítico 20: 13).

La decisiva influencia de la religión cristiana en todos los Estados occidentales


determina la impregnación de las leyes y de la sociedad en los valores cristianos. La
valoración del cristianismo sobre la homosexualidad, históricamente, ha sido
furiosamente negativa. Hasta tal punto que se consideraba como un pecado innombrable,
recurriendo frecuentemente a circunloquios (pecado nefando), para evitar mencionar
expresamente la sodomía (que era la denominación habitual).

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Desde el principio se persiguió con saña la homosexualidad. Toda brutalidad era
justificada y aun considerada poca con relación a la gravedad extraordinaria del "pecado
nefando". Los acusados eran sometidos a tortura y, si sobrevivían, quemados vivos en la
hoguera. Éste era el tratamiento estándar. En los casos más "amables", el condenado era
decapitado, o ahogado, o ahorcado, o descuartizado - sin privarlo de la tortura previa,
por supuesto-.

España destacó en el desempeño de esta "honrosa" tarea. Especialmente a partir de la


creación de la Inquisición, que, en su versión patria, mostró a los sodomitas - como a
Judíos conversos, moriscos y herejes- el extraordinario celo en el ejercicio de su función.
Ningún país europeo mejoró nuestros registros en la olimpiada de socarrar homosexuales.
No obstante, en general, todos los países europeos pusieron su mejor empeño en ejecutar
"bien" esta tarea.

De cualquier modo, en la Europa del Renacimiento, aunque mantenía una retórica


uniformemente homofóbica, la opresión legal variaba grandemente de un país a otro. Los
países del sur de Europa destacaban por su rigor contra la sodomía, especialmente
España. En Inglaterra eran raros los casos juzgados (se prefería el silencio). Y
prácticamente no se perseguía en los países del norte, como Dinamarca o Suecia.
Curiosamente, Dinamarca no tuvo una ley contra la sodomía hasta 1683 y no se
conocieron persecuciones antes de 1744.

Durante el periodo de la Reforma, católicos y protestantes compitieron


denodadamente en ferocidad y brutalidad contra los homosexuales. Hasta el punto de
que en la pequeña ciudad de Ginebra, por entonces de unos 12.000 habitantes, bajo el
gobierno de Calvino y su inmediato sucesor, se quemó a muchos más homosexuales que
durante la Inquisición española, con relación a la población total.

De manera que la brutalidad contra los homosexuales durante los primeros siglos de
nuestra era se producía con cierta tibieza pero "mejoró" sustancialmente a partir del año
1500. Hubo países que mantuvieron una actividad sostenida en el tiempo, como España,
Italia y Francia. Hubo otros, como los Países Bajos, que después de haber mostrado una
extraordinaria benignidad hacia la homosexualidad, repentinamente parecieron querer

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recuperar el tiempo perdido. Aparentemente, para demostrar que los buenos protestantes
no eran sodomitas, menudearon en la quema de monjes católicos acusados de prácticas
contra natura.

Una excelente muestra del "generoso" espíritu que animaba las almas de los creyentes
de la época la tenemos en las palabras de un tal Jeremy Collier, un pastor anglicano,
escritas en 1698, donde, además de expresar su satisfacción porque los sodomitas se
enfrentaran a la horca, añadía estas palabras de honda "caridad" cristiana:

Tales monstruos deberían ser la Detestación de la Humanidad, perseguidos


por la Justicia y exterminados de la Tierra (Crompton, 2003: 451).

La Ilustración, con su apelación a la primacía de la razón sobre las supersticiones y


creencias religiosas, con su propuesta de separación neta entre Estado e Iglesia, supuso
un avance decisivo en muchos aspectos de la sociedad, pero dejó prácticamente sin
modificar la consideración de la homosexualidad. No obstante, la crítica ejercida contra la
brutalidad de las leyes contra los homosexuales sí mejoró al menos el tratamiento legal de
los homosexuales. Ya no se los torturaba y quemaba. Simplemente eran encarcelados a
perpetuidad.

Durante el siglo XVIII, Holanda fue refugio de los judíos españoles, los hugonotes
franceses, los puritanos ingleses e incluso de los católicos. Los autores más radicales de
la Ilustración publicaban en La Haya o Amsterdam, y el último quemado por brujería lo
había sido en 1595, mientras que en Inglaterra tales procesos continuaron hasta 1712, y
en Francia, hasta 1718. Sorprendentemente, en ese mismo siglo (1730-1731) se produjo
en Holanda la persecución de homosexuales más mortífera conocida hasta ese momento.
Todo el país se implicó en una caza de sodomitas que abarcó ciudades y pueblos,
resultando en: 250 juicios, más de un centenar de hombres condenados en ausencia, 75
que no pudieron escapar, ejecutados (Crompton, 2003: 463). Los procedimientos de
ejecución fueron variados: estrangulación y hoguera, ahorcamiento y hoguera,
ahogamiento por inmersión en un barril de agua, etcétera.

En el año 1789 se publicó la Declaración de Derechos Humanos y se produjo un


amplio consenso sobre que estos derechos se extendían al derecho a la privacidad sexual.

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Pero nadie consideró seriamente la idea de que los homosexuales eran una minoría
oprimida. En 1791 se descriminalizó la homosexualidad en Francia. Subsiguientemente,
el Código de Napoleón de 1810 mantuvo el criterio, y desde éste se extendió a toda
Europa.

Entretenidos en estos menesteres estuvimos, pues, los europeos hasta el siglo XIX.
La última ejecución por sodomía en Holanda, y posiblemente en el continente europeo,
ocurrió en 1803. El pecado de sodomía fácilmente conducía a la hoguera durante los
años negros de maridaje de conveniencia entre la religión y el Estado. Todavía a
mediados del siglo XIX las leyes castigaban duramente las relaciones homosexuales si
bien, en la práctica, raramente se aplicaban. Es por esta época cuando comienza a
producirse una "mejora" considerable en la consideración social, la transmutación de la
homosexualidad desde pecado abominable a aberración de la naturaleza. La
homosexualid pasó de pecado a enfermedad.

1.2. La ciencia entra en escena

Como se ha descrito, hasta bien entrado el siglo XIX, religión y ley constituyeron los
únicos discursos acerca de la naturaleza de la homosexualidad. Era pecado y crimen. Se
produce entonces el abordaje médico del asunto. Comenzando la década de 1860, los
médicos de la Europa occidental desarrollaron las primeras interpretaciones médicas de la
homosexualidad.

Un primer grupo de autores interpretaba la homosexualidad como una anomalía


benigna pero innata que causaba que los individuos no fuesen ni verdaderamente
masculinos ni femeninos, sino que reunían características del sexo opuesto. Se pensaba
que existía una constitución específica con atributos biológicos y psicológicos, que podían
ser observados y catalogados mediante una minuciosa inspección de los individuos.
Muchas de las autoridades científicas de esa época especulaban que la homosexualidad
era una manifestación de un sistema nervioso enfermo (Terry, 1999: 45).

A comienzos del siglo XX aparecen las teorías psicoanalíticas, (Sigmund Freud


publica en 1906 su influyente obra "Tres ensayos sobre teoría sexual"), que contemplan

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la homosexualidad como un resultado psicogénico de experiencias tempranas durante la
niñez. Los psicoanalistas consideran la homosexualidad como una perversión del instinto
sexual que se desvía del objeto normal de deseo (el sexo opuesto) hacia un objeto, un
sustitutivo, incluyendo a alguien del mismo sexo. El psicoanálisis, pues, modifica la
etiología de la homosexualidad que deja de ser hereditaria o congénita para ser el
resultado de estrés durante el desarrollo psicosexual. El "enfermo" era tratado con
psicoterapia.

Hacia la mitad de la década de los años cuarenta, la mayoría de las autoridades


científicas estaban de acuerdo en que la homosexualidad resultaba de una combinación
de factores psicológicos y condicionamiento social, y que no podía ser observada o
detectada meramente examinando los cuerpos de aquellos sospechosos de ser
homosexuales. El punto de vista psicológico derivó también en pensar que las
desviaciones de la heterosexualidad podrían ser "desaprendidas" de modo que durante las
décadas de los cincuenta y sesenta se utilizaron crecientemente terapias de aversión para
"curar" las desviaciones sexuales (Mottier, 2008: 40).

Alrededor de la década de los veinte se descubrieron las hormonas sexuales,


desarrollándose vertiginosamente la endocrinología. El avance de esta nueva ciencia llevó
al convencimiento de que la conducta sexual estaba mediada por las hormonas,
especialmente las sexuales. En los años cuarenta muchos endocrinólogos estaban
convencidos de que la conducta sexual humana era maleable, modificando
adecuadamente los niveles de las hormonas sexuales. La homosexualidad pasó a
considerarse, dentro de este enfoque, como un problema de desequilibrio hormonal que
podría ser reconducido, esto es, "curado".

En los años cincuenta los estudios de Kinsey sobre la conducta sexual de 12.000
americanos, y los informes sucesivos de Shere Hite, investigando las experiencias
sexuales de 15.000 hombres y mujeres en los Estados Unidos desde 1970 en adelante
(Hite, 1977, 1981), pusieron de manifiesto que las fronteras entre la sexualidad "normal"
y la "desviada" no eran tan claras como se había pensado previamente. Particularmente
los estudios de Kinsey provocaron un escándalo público al principio de los años
cincuenta, cuando revelaron que el 37% de la muestra masculina habían mantenido sexo

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con orgasmo con otros hombres, pese a lo cual la mayoría se consideraban a sí mismos
como heterosexuales (un hallazgo rutinario en los estudios contemporáneos).

Todavía entre los años 1968 y 1977, los reputados sexólogos norteamericanos
William Masters y Virginia Johnson dirigieron un programa para convertir a los
homosexuales en heterosexuales. El tratamiento de terapia aversiva involucraba la
proyección de imágenes de "objetos sexuales inapropiados", entre los que incluían a los
amantes de los propios pacientes. Durante la proyección, en los "momentos apropiados"
- o sea, en ésos que está usted pensando - se les inyectaba a los pacientes sustancias tales
como la apomorfina, para provocarles náuseas y vómitos. O bien eran sometidos a
tratamientos de choques eléctricos que podían ser habitualmente administrados, dos o
más veces al día durante varias semanas (Mottier, 2008). Ciertamente se obtuvieron
modificaciones en la conducta sexual de los sujetos, generalmente una reducción drástica
del deseo sexual - al que probablemente estaríamos todos los heterosexuales abocados si
el retorno que recibiésemos, a la más mínima manifestación de deseo, fuese una descarga
eléctrica o un apretón poco cariñoso en "salva sea la parte"-.

Frente a la medicalización de la homosexualidad, que acarreaba como corolario


obligado la "cura", a partir de los años setenta se produjo una enérgica crítica de todas las
teorías biológicas. Desde los campos de la antropología, la filosofía, etc., se postuló que
la sexualidad humana era fundamentalmente un producto cultural, individualmente
variable, en función de miles de factores del entorno en que se desarrolla y educa cada
persona. La homosexualidad era una etiqueta que enmascaraba la variación individual y,
en cualquier caso, una opción más de la sexualidad humana.

1.3. El consenso científico

Pese al ambiente opresivo y represivo en que se ha movido, la homosexualidad ha sido


siempre una realidad presente en todas las clases sociales (del proletariado a la
aristocracia) y en todas las instituciones (la monarquía, el clero, la milicia, etc.), con
ejemplos señeros por todos conocidos.

Durante el siglo pasado, con el desarrollo democrático, las distintas minorías han ido

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paulatinamente ganando su derecho a ser respetadas, y entre ellas, los homosexuales. El
combate por los derechos de los homosexuales se ha desarrollado en todos los frentes:
ideológico, científico, político, etc., teniendo su correspondiente reflejo en el concepto
científico y social que ha ido conllevando la homosexualidad.

La lucha continuada de la comunidad gay por sus derechos cívicos, y el lento pero
progresivo avance del conocimiento científico, condujeron a una serie de conquistas
fundamentales.

La Asociación Psiquiátrica Americana (APA) declaró oficialmente, en 1973, que la


homosexualidad no sería por más tiempo clasificada como un desarreglo mental. En
aquel momento, fue meramente reclasificada como "alteración de la orientación sexual".
Esta decisión la confirmó oficialmente una mayoría simple (58%) de los miembros
generales de la APA en 1974, que decidieron sustituir ese diagnóstico por la categoría
más suave de "perturbaciones en la orientación sexual", que se sustituiría más tarde, en la
tercera edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (el DSM-III,
Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales), por el término
homosexualidad egodistónica, que a su vez se eliminaría de la revisión de esa misma
edición (DSM-III-R) en 1986.

El 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud (OMS) excluyó la


homosexualidad de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros
Problemas de Salud. El gobierno del Reino Unido hizo lo propio en 1994, seguido por el
Ministerio de Salud de la Federación Rusa en 1999 (aunque actualmente se están
produciendo preocupantes movimientos regresivos en este país sobre este asunto) y la
Sociedad China de Psiquiatría en 2001 (Mottier, 2008).

El consenso de los expertos es que la homosexualidad no es una enfermedad. Es


decir, ya no se pretende curar la homosexualidad (se tratará este tema más adelante, con
la amplitud requerida, en el capítulo 7). Al menos entre los psiquiatras americanos.
Porque, entre los psicoanalistas, hay bastante desacuerdo sobre cómo considerar la
homosexualidad.

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Por ejemplo, Kernberg, un psicoanalista que ejerció de presidente de la asociación
internacional de psicoanalistas, considera una variada gama de causas de la
homosexualidad masculina que determinan un mayor o menor grado de patología, pero,
en último término, considera en todo caso a los homosexuales como enfermos. Ése es el
punto de vista de un gran número de psicoanalistas en la actualidad, si bien van
aumentando aquellos que proponen descripciones analíticas positivas de las vidas de gays
y lesbianas (Denman, 2004).

Paralelamente, la percepción científica ha calado también en las decisiones de los


diferentes gobiernos del mundo. Hoy día, la mayoría de los Estados, no todos, no
reprimen la homosexualidad, y un número creciente de ellos concede a los homosexuales
los mismos derechos que a los ciudadanos heterosexuales. No obstante, todavía son
muchos los países con políticas represivas contra los homosexuales en todo el mundo.

1.4. La percepción popular

La descriminalización de la homosexualidad no trajo sin más un cambio en la


consideración social popular. Por el contrario, siglos de pensamiento acientífico,
dominados por la creencia en la literalidad de textos escritos para unas tribus primitivas
de Asia Menor, han dejado su lastre moral, que perdura hasta nuestros días en las mentes
de muchas gentes sencillas, de algún notorio prelado y hasta en eximios catedráticos de la
universidad española.

Obviamente, la consideración social de la homosexualidad ha variado paralelamente


con la evolución del pensamiento científico sobre el asunto. (En Ciencia también existen
modas.)

Todo lo anterior se mueve en el ámbito de las instituciones académicas y


profesionales o de los organismos públicos. Sin embargo, ¿cuál es la percepción popular?
¿Está la opinión pública permeada por las opiniones de los expertos?

En unos países más que en otros.

En España, en el año 2004, se hizo una encuesta masiva por parte del Centro de

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Investigaciones Sociológicas sobre asuntos relacionados con la homosexualidad. Las
respuestas indican que la actitud de los españoles es muy comprensiva hacia los
homosexuales. El 88% niega que se les deba sancionar por ser homosexuales; el 79%
cree que es una opción tan respetable como la heterosexual; el 76,6% lo considera
simplemente una sexualidad distinta de la mayoritaria y el 75,2% piensa que no es una
enfermedad ni debe tratarse como tal. Sin embargo, esta misma encuesta pone de
manifiesto un mayor rechazo cuando se le pregunta al encuestado sobre su aceptación de
la homosexualidad en sus hijos o hijas. Lo que pone de manifiesto que hay un
convencimiento racional para respetar a los homosexuales, pero que perdura un rechazo
visceral, más o menos soterrado.

No obstante, junto a esta actitud más permisiva y tolerante con la homosexualidad -


por otro lado bastante huérfana de fundamentos científicos rigurosos - persisten actitudes
intolerantes y agresivas que se expresan abiertamente, por ejemplo, en internet. (Internet
es el vertedero universal: toda la basura moral, ideológica y sociopolítica se vierte en él.
Al mismo tiempo, es la maravilla de nuestro tiempo. Allí campea la libertad sin barreras,
se localiza cualquier información útil, es el principal vehículo de la comunicación...) Todo
está en internet. Lo mejor y lo peor. Uno al lado del otro. Esa falta de pudor, moral e
intelectual, permite leer cosas como ésta (las cursivas son del autor de este libro):

La homosexualidad, una anomalía curable

Como todo el mundo sabe, la aparición de la homosexualidad ha estado


siempre ligada, en todas las civilizaciones que ha habido en la historia, a una
época de decadencia; ha estado siempre ligada a las sociedades corrompidas por
la pérdida de valores. [...1 Como puede comprobar cualquiera de los lectores, si
se molesta en investigar y no tragarse sistemáticamente todo lo que oye por ahí
o ve en televisión, esa enfermedad mental degenerativa conocida como
homosexualidad, en sus diferentes variantes, aparecía, hasta los años sesenta, en
la lista de enfermedades de la OMS (Organización Mundial de la Salud),
organismo integrado en la ONU, y de la cual fue retirada por las presiones, no
por ningún descubrimiento científico que apoyase la homosexualidad.

Entonces, si la ciencia ha estado siempre de acuerdo en este punto, ¿por qué


negar ahora que eso es intrínsecamente antinatural y que no aparece en ningún

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otro ser vivo? ¿Por qué abandonar a un pobre enfermo y no ayudarle a superar
su anomalía?

[...1 Según las conclusiones de los científicos y psicólogos de todo el mundo


(entre los que puedo citar, como ejemplo, al gran psicólogo holandés Van der
Aardweg, al doctor estadounidense Edward R.Fields o al español Vallejo
Nájera), la homosexualidad es una neurosis, salvo en algunos casos poco
frecuentes, que, según las estadísticas, son del 0,001% de los casos; en esos
casos minoritarios, que son los únicos que nacen homosexuales (ya que hay que
recalcar que el restante porcentaje es adquirido), se trata de una mutación
genética, por lo tanto es una mutación genética anómala. [...1 que les lleva
también a la pedofilia, y con el tiempo cada vez a un mayor número de
depravaciones sexuales, como la zoofilia, la necrofilia, etcétera. [...]
constituyendo un serio y grave peligro para la salud pública. [...] La gran
mayoría de asesinos en serie son gays [...].

[...1 en España había al menos dos clínicas destinadas al tratamiento de


homosexuales [...1. La otra clínica aún funciona y está en Navarra. Ambas han
curado a una gran cantidad de homosexuales, de los cuales muchos actualmente
están casados y llevan una vida normal con su familia. Los testimonios de
agradecimiento son muy abundantes. [...1 en base a las pruebas aportadas,
podemos afirmar que es una enfermedad y que además es curable. [...1
Asimismo he demostrado que la homosexualidad es adquirida en un 99,9% de
los casos[...1. Esto le sucede a la gente de poca cultura o personalidad, que ante
la influencia de lo poco que ha leído y lo parcial que era lo que ha leído, los
paralogismos de sus amigos y la nefasta influencia de la televisión y las modas,
le acaban llevando a la corrupción moral y espiritual que en ocasiones es causa
de las depravaciones ya expuestas. [...1 la irracional y estúpida idea de
considerar la homosexualidad una actividad normal, que venga Dios y lo vea.
[...1 El que es un ignorante con frecuencia suele ser también un soberbio, y el
que es ambas cosas y no trata de remediarlo, tarde o temprano acaba
hundiéndose en la charca de inmundicias del desenfreno sexual, olvi dando que
está demostrada la existencia de un solo y único Dios llamado Santísima
Trinidad. [...1. Quien tenga oídos, para oír, que oiga (Guillermo C.Pérez, en
www.arbil.org).

Este panfleto es un espécimen que aúna, en sí mismo, fanatismo, fundamentalismo

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religioso, petulancia pseudocientífica, ignorancia, y mentiras. Todo ello envuelto en una
falsa actitud paternalista. Está basado a partes iguales en la ignorancia - como podrá
comprobar el lector cuando avance en este libro - y en la intolerancia. Ésta se apoya en
aquélla.

No obstante, sin que sirva de consuelo, tampoco en esto somos especiales los
españoles. Por ejemplo, el párroco de una iglesia baptista de Kansas daba la bienvenida a
varias desgracias que azotaban a Norteamérica, como el sida, o el atentado del 11-S,
como merecido castigo por la tolerancia hacia la homosexualidad. En su página web se
leía: "Bienvenidos, depravados hijos e hijas de Adán", y se argumentaba que Dios odiaba
a los países que sustentaban una "cultura sodomita atea" (Mottier, 2008).

Como se percibe, sobre la homosexualidad hay tantas opiniones como opinantes. Con
escaso conocimiento y fundamento científico. Mucho "espontáneo" que se lanza al ruedo
de la opinión sin más bagaje - en el mejor de los casos - que el sentido común. No faltan
a la cita los políticos que, con sustancia o sin ella, elaboran las normas que rigen este
asunto en cada país. Los sacerdotes de casi todas las religiones, históricamente, más
ocupados y preocupados en hurtarnos el placer que en mitigar el dolor. También está en
este ruedo un abigarrado mundo de especialistas, tales como psiquiatras, psicoanalistas,
antropólogos, filósofos, biólogos, médicos, etc. Cada uno con su teoría. ¿Se puede sacar
algo en claro entre tanta algarabía?... Se puede.

Se puede, recurriendo al conocimiento científico. Al compendio riguroso de los


hechos. Ésa es la pretensión de este libro: sustituir el "ruido", la diatriba sin fundamento,
por un recuento ordenado de hechos y datos que nos acerquen a la verdad sobre el
origen de la homosexualidad humana. Para ello, lo primero es establecer claramente los
conceptos.

1.5. ¿Qué se entiende por homosexualidad?

Con cierta frecuencia le planteo a mis estudiantes la pregunta que uno de los personajes
de Lo que el viento se llevó formula en la película: "¿Por qué los zapatos se llaman
zapatos y el oso, oso?"... La respuesta usual es caras de perplejidad. Sin embargo, la

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respuesta es bien simple: el zapato se llama zapato, y el oso, oso, porque nos hemos
puesto de acuerdo, por convención. Y así, a una cosa que se pone en el pie para
protegerlo al caminar, lo llamamos zapato. Y a una cosa grande, gorda, peluda, con
garras y golosa de la miel, le decimos oso.

Es esta convención la que posibilita la comunicación entre personas. Se comprende el


mensaje porque se está previamente de acuerdo en el significado de las palabras - dentro
del contexto en que se usan-. En este sentido, antes de entrar a fondo en el meollo del
origen de la homosexualidad, se deben clarificar, precisar, y matizar, algunos conceptos
que se van a usar frecuentemente a lo largo del discurso.

Pues bien, para empezar, hay que precisar a qué se llama homosexualidad y
homosexual, en primer lugar. Solo así se estará en condiciones de entender cómo se
estudia, cómo se mide o cuantifica y cómo se interpretan los resultados experimentales
de los investigadores de la homosexualidad. Para algunos, definir la homosexualidad es
sencillo - y, en principio, lo es-:

[...1 la homosexualidad implica la experiencia de sentirse sexualmente atraído


por personas del mismo sexo, y homosexual es una persona que tiene estas
sensaciones sexuales (Hershberger, 1997; citado en McConaghy, 1999).

Esto es esencialmente correcto, pero ¿eso es todo? Quiero decir, la sexualidad


humana, ¿tiene sólo dos variantes, homosexualidad y heterosexualidad? ¿Qué hay de los
transexuales? ¿Y de los bisexuales? ¿Un amanerado es lo mismo que un gay? Una
persona que sólo ha tenido alguna relación homosexual dentro de una conducta
mayoritariamente heterosexual, ¿es homosexual o heterosexual? ¿Cómo encuadrar a una
mujer casada, con hijos, que tras divorciarse se descubre a sí misma como lesbiana?...
Como se ve, para responder a todas estas preguntas satisfactoriamente se necesita ir un
poco más lejos de lo obvio.

1.6. Variabilidad sexual

Clásicamente la sexualidad humana se asumía como un carácter dimórfico:


homosexualidad y heterosexualidad. A lo sumo, en algunos casos, se consideraba una

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ERRNVPHGLFRVRUJ
tercera categoría, la de los bisexuales.

Probablemente, éste sea el punto de partida de la mayoría de los lectores de este


libro. El propio autor debe sinceramente confesar que antes de empezar la preparación de
este libro su visión del tema no iba mucho más lejos. Pero cuando se revisa ampliamente
la literatura sobre el asunto y se tiene una actitud abierta, no se tarda en percibir que hay
más de dos o tres colores en el arco iris de la sexualidad humana. Basten algunos
ejemplos reales para ilustrar la variedad de tipos sexuales:

Hombre amanerado, con ademanes fuertemente afeminados, casado, con varios


hijos, sin actividades homosexuales reconocidas.

Hombre corriente, el tipo de perfecto ciudadano y padre de familia, varios hijos,


algunos episodios homosexuales.

Hombre apolíneo, musculoso, atlético, alto, muy varonil, que manifiesta abiertamente
ser homosexual admitiendo haber tenido alguna relación heterosexual poco satisfactoria.

Hombre amanerado, con rasgos femeninos (voz atiplada, distribución de la grasa


corporal, etc.) que desde la infancia siempre confesó abiertamente su sentimiento de ser
una mujer. Relaciones exclusivamente homosexuales.

Mujer de complexión fuerte pero muy femenina, de actitud decidida, muy activa.
Homosexual exclusiva.

Mujer corriente, dentro del estereotipo femenino. En la adolescencia intentó


"probarse" como heterosexual resultando una experiencia desastrosa. Homosexual
estricta.

Todos estos casos reales, a los que el lector sin duda podría añadir otros tantos de su
propio conocimiento, ponen de manifiesto que la sexualidad humana se manifiesta con tal
variedad que contradice la tradicional división en dos o tres categorías. Probablemente
sea más correcto utilizar una escala como la muy conocida y utilizada escala de Kinsey
(que se tendrá ocasión de conocer más adelante), con siete categorías cuantitativas. Aun

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así, es imposible recoger la infinita variedad individual que el ser humano presenta en un
rasgo tan complejo como es su sexualidad. Probablemente es cierto que:

[...] hay cientos de identidades sexuales que se reducen simplistamente a las


etiquetas de homosexual y heterosexual (Suppe, 1994).

Más aún, la sexualidad humana no es un carácter sencillo como, por ejemplo, el


grupo sanguíneo Rh que, como es bien sabido, solo se da en dos formas, Rh+ y Rh-, y
depende solo y exclusivamente de la presencia (Rh+) o ausencia (Rh-) de una proteína
sanguínea. Es absolutamente sencillo, preciso y exacto determinar este carácter en cada
individuo, contar el número de individuos de cada grupo y hacer cuantos cálculos sean
necesarios con dichos datos. Por el contrario, la sexualidad humana - como cualquier
carácter conductual - es un carácter complejo, con mucha variabilidad individual, con
muchas categorías, difícil de evaluar con precisión, que está compuesto por una serie de
rasgos tales como la conducta sexual, la preferencia de pareja, la identidad de género, la
orientación sexual, la preferencia de sexo, la excitación sexual, etc., que posee cada
individuo. (Rasgos que, por su parte, son también complejos.) Por tanto, para evaluar
rigurosamente la sexualidad de una persona se deberían estudiar todos o varios de sus
rasgos componentes, lo que no es sencillo. Además, si, como es preceptivo, se pretende
hacer comparaciones entre los resultados de diferentes estudios, se necesita también
saber qué es lo que se ha medido y cómo se ha medido en cada uno de ellos.

1.7. Componentes de la sexualidad humana

Lo que se estudia y se cuantifica por los investigadores de la sexualidad humana son los
llamados componentes o dimensiones de la sexualidad. Para poder entender los
resultados y las discusiones de las investigaciones que se van a manejar se necesita
conocer estos componentes de la sexualidad humana. Ahora se van a presentar los que se
utilizan con más frecuencia, describiendo qué son, cómo se miden o evalúan, qué
condicionantes tienen, cuál es más objetivo, más fiable, más adecuado, y cuáles son los
más utilizados en los diferentes estudios.

1.7.1. Rol de género o rol sexual social

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El rol de género o rol sexual social se refiere a la asunción personal de un
comportamiento como hombre o como mujer en la sociedad. El desempeño de un rol de
género particular es una decisión personal del individuo que toma de acuerdo con sus
sentimientos íntimos, pero que, indudablemente, está muy mediatizada por el entorno
sociocultural. No se origina exclusivamente a partir de las pulsiones íntimas de la persona
sino que entran en juego otras consideraciones, como las convenciones sociales, la
opinión del entorno social, etc. De un hombre se espera que desempeñe el típico rol
masculino, condimentado con agresividad, seguridad en las decisiones, gusto por los
juegos de fuerza y los deportes, y teniendo como plato fuerte un deseo sexual enfocado
hacia las mujeres. De una mujer se espera el típico rol femenino, dibujado como dulzura,
sensibilidad, gusto por los juegos tranquilos y la aversión hacia los deportes. Y con el
deseo sexual enfocado hacia los hombres.

Es obvio que si una persona no encaja - poco, mucho o nada - en el estereotipo de su


sexo, va a soportar fuertes presiones del entorno tratando de que cumpla con el rol
esperado. Se requiere una fuerte personalidad para romper, aunque sea en parte, con
estos estereotipos.

Desde el punto de vista de la estimación de este componente se le puede considerar


un valor bastante objetivo, porque el observador se limita a tomar nota del rol
desempeñado por la persona en su entorno social. En principio sería una variable
categórica con dos alternativas, masculino y femenino. Sin embargo, hay quien la
considera como una variable cuantitativa, diferenciando grados de masculinidad y
feminidad en función de la conducta individual exhibida, la personalidad demostrada y el
aspecto estético individual (Paul, 1993). Es poco utilizada en los estudios científicos
sobre sexualidad humana.

El rol de género ha sido considerado habitualmente como un producto exclusivo de la


"educación" recibida, sin admitir ningún componente innato. Sin embargo, hay evidencias
que cuestionan esta suposición.

Las pruebas estándar de personalidad, a menudo incluyen las denominadas escalas de


masculinidad-feminidad, pensadas para reflejar el grado en el que un individuo se ajusta a

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la masculinidad o a la feminidad. Cuando se realizan los cálculos y se obtienen los
resultados cuantitativos de estas escalas, en la actualidad, resulta sorprendente lo grandes
que son las diferencias entre géneros (o sexos), lo consistentes que son a través de las
culturas, y lo poco que han cambiado a lo largo del tiempo, a pesar de los profundos
cambios en las actividades apropiadas para cada sexo y en los modelos de rol (Pillard y
Bailey, 1998). Lo que apunta a un fuerte componente innato ligado al sexo biológico y
poco influenciado por el ambiente sociocultural.

También es un fenómeno constatado en la literatura sexológica durante más de cien


años que el comportamiento atípico de género durante la niñez es un indicador de la
homosexualidad adulta. Es un fenómeno robusto, confirmado en estudios prospectivos y
retrospectivos. Además, se ha encontrado que el comportamiento atípico de género es un
rasgo de la niñez, culturalmente invariable, para homosexuales masculinos y femeninos,
en culturas tan diversas como Brasil, Perú, Guatemala y Filipinas. Los comportamientos
típicos y atípicos de género emergen en los niños a edades similares, alrededor de los 2 a
los 4 años de edad. Más aún, algunos niños atípicos de género incluso se "ven"
diferentes, tienen un "aspecto" distinto. Aparentemente, además de su conducta, algo en
la fisionomía de estos niños marca ya en la niñez que son atípicos de género (Pillard y
Bailey, 1998). Estos hechos de nuevo sugieren que el comportamiento típico/atípico
durante la niñez es un rasgo innato.

1.7.2. Identidad de género o identidad de sexo

La identidad de género o identidad de sexo se refiere a la convicción de que uno


pertenece al género (sexo) masculino o femenino. En este caso se trata de la propia
consideración del individuo hacia su naturaleza sexual masculina o femenina. Puesto que
es una opinión subjetiva de la propia persona resulta, como en el caso anterior, muy
contaminada por el entorno sociocultural: si eres mujer, el entorno social te presiona para
que te identifiques como tal, y lo mismo para un hombre. Al mismo tiempo, para
estimarla, necesariamente tiene que recurrirse a interrogar al propio individuo mediante
algún tipo de encuesta, por lo que se ve afectado por la fiabilidad de este tipo de
herramienta de investigación social (la disposición para responder, la sinceridad de las

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ERRNVPHGLFRVRUJ
respuestas, etc.). Por estas razones la identidad de género no es una variable fiable y se
usa poco en los estudios.

Sin embargo, el caso de los transexuales es extraordinario. Se trata de personas que,


de manera avasalladora, insobornable, desde la niñez experimentan, sienten, que su
cuerpo, el sexo genital que tienen de nacimiento, no es el suyo. Que han nacido con el
sexo equivocado. Que su cuerpo no se corresponde con el sexo o género con el que se
identifican, con su identidad de género. Y lo manifiestan abiertamente a despecho de las
burlas y represiones.

1.7.3. Conducta sexual

La conducta sexual comprende todas las actividades directamente sexuales, o bien


encaminadas a conseguir tener relaciones sexuales. La observación de la conducta sexual
es completamente objetiva, no depende de la opinión subjetiva del sujeto ni del
observador. Simplemente se constata qué tipo de actividad sexual está desarrollando el
sujeto (si corteja o es cortejado; si se ofrece o si elige, etc.) y, si es pertinente, con qué
pareja sexual. En los animales no humanos, a los que no se les puede hacer encuestas, ni
preguntarles sobre sus motivaciones, lo que se analiza exclusivamente son las actividades
sexuales explícitas que llevan a cabo (se exhibe como un pavo real, trata de copular, se
deja penetrar, investiga olfativamente la región anogenital, se deja investigar
olfativamente, etc.) tal y como son observadas por cualquier persona. El dato observado
y registrado es completamente objetivo; no depende de la subjetividad del observador. Es
por ello que la conducta sexual suele ser el aspecto comúnmente estudiado en los
animales no humanos.

Sin embargo, en humanos no es la más adecuada porque viene muy influenciada por
el entorno social y además es dificil de observar. Primero, puede estar mediatizada por
presiones sociales en ambos sentidos. Quiere decirse, por ejemplo, que un homosexual,
en un ambiente social fuertemente coercitivo, puede exhibir una conducta heterosexual
falsa y, al contrario, un heterosexual sentirse incitado en determinados ambientes a
actividades homosexuales. En este último sentido, es un ejemplo especialmente
apropiado el caso de los Sambia de Nueva Guinea. En esta tribu, es parte de su cultura

38
ERRNVPHGLFRVRUJ
que los jóvenes adolescentes practiquen una felación a un adulto y traguen su semen,
como rito de iniciación al mundo de los hombres adultos, en la creencia de que el semen
tiene poderes mágicos en ese sentido. Alcanzada la edad adulta la generalidad de estos
jóvenes se comportan como heterosexuales y sólo una minoría mantiene una conducta
homosexual. Objetivamente la conducta de los jóvenes adolescentes es homosexual, sin
ningún género de duda, pero es igualmente evidente que está mediatizada por la creencia
cultural de la tribu a la que pertenecen.

Por otra parte, en seres humanos, también hay una incertidumbre de grado, en el
sentido del nivel que tiene que alcanzar determinada conducta para ser asignada al
individuo. Por ejemplo, ¿basta una sola relación homosexual para asignar a esa persona
una conducta homosexual? Si no es así, ¿cuántas relaciones con el mismo sexo son
necesarias para considerar la conducta como homosexual? Finalmente, también parece
obvio que observar la conducta sexual en humanos es una intrusión en la intimidad que,
normalmente, es rechazada.

1.7.4. Orientación sexual

La orientación sexual se refiere a la atracción sexual que experimenta el individuo por


otros individuos, del sexo opuesto o de su mismo sexo. De todas las diferencias
conductuales entre hombres y mujeres, la elección de pareja es la más pronunciada y, la
gran mayoría, se siente sexualmente atraída por el sexo opuesto. La orientación sexual
humana es un fenotipo complejo para estudiar. Parte de su dificultad proviene de una
evaluación precisa de la orientación sexual, especialmente cuando los investigadores
dependen de la propia opinión del individuo, que puede estar mediatizada por numerosos
factores sociales y psicológicos. ¿Quién nos asegura que la respuesta del individuo es
completamente sincera? ¿O libre?

La orientación sexual no presupone ningún tipo de identidad de género ni de actividad


sexual. Esta última puede que ni siquiera se haya producido, ni se vaya a producir. Es
decir, podría darse el caso de que un individuo se identificara con el género masculino
(para corresponder al estereotipo aceptado en su entorno social), no tuviese ningún tipo
de actividad sexual (reprimiendo sus deseos más íntimos), y se sintiese atraído por los

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hombres. Quiere decirse que una persona podría tener una atracción homosexual
identificándose a sí mismo como heterosexual y no llegando a tener nunca relaciones
homosexuales.

Frecuentemente, la orientación sexual se conoce sólo por la manifestación expresa de


la persona dependiendo, por consiguiente, de la sinceridad del individuo. No obstante, los
investigadores han hallado métodos para asegurarse de la fiabilidad de la orientación
sexual como, por ejemplo, la utilización de imaginería erótica como estímulo, de la que
se sabe que da resultados fiables, ya que la respuesta al estímulo (excitación sí o no) es
automática y no controlada por el individuo conscientemente. Al mismo tiempo, la
respuesta observada puede ser el diámetro del pene, la activación de determinadas áreas
cerebrales, etc., es decir, respuestas que se pueden registrar automáticamente con
tecnología adecuada (por ejemplo, la tomografía de emisión de positrones, PET). En este
caso, la respuesta del individuo a los estímulos eróticos es completamente automática,
quedando registrada sin necesidad de la intervención, ni del individuo observado, ni del
observador, lo que hace muy fiable el dato registrado. Por estas razones, la orientación
sexual es el aspecto más frecuentemente estudiado por los investigadores de la sexualidad
humana.

Se considera a la orientación sexual como un rasgo más estable y fundamental que la


conducta sexual, dado que es menos probable que sea constreñido por presiones sociales
(Sanders y Dawood, 2004).

1.7.5. Preferencia sexual

En una primera impresión, este componente parece idéntico o similar al anterior, pero
tiene un importante matiz diferenciador. El término preferencia se utiliza cuando el
individuo se enfrenta ante diferentes opciones de pareja sexual (macho o hembra), tiene
diferentes posibilidades entre las que elegir, y puede (y tiene) que elegir una. La
preferencia sexual, por tanto, exige que el sujeto tome una actitud activa, elija pareja,
muestre su preferencia sexual, sin que haya posibilidad de interpretación por parte del
observador. Este aspecto es frecuentemente estudiado en animales no humanos porque
permite la observación completamente objetiva de este rasgo de la conducta sexual. El

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dispositivo habitual para observar la preferencia sexual consiste en una estructura con dos
rutas que dan acceso alternativo bien a un macho o bien a una hembra. El animal no
humano se coloca en el dispositivo y realiza la elección de pareja de manera
completamente voluntaria. La elección se registra y la prueba puede repetirse con el
mismo individuo cuantas veces sea metodológicamente necesario

1.8. La escala de Kinsey

Frecuentemente se utiliza una escala cuantitativa, la conocida escala de Kinsey, o una


adaptación de ésta, para puntuar el rasgo de la conducta sexual que está siendo medido.
La escala de Kinsey fue desarrollada alrededor de los años cincuenta por el investigador
de la sexualidad humana Albert Kinsey, quien asumía que ésta (la sexualidad humana)
era una variable continua que iba desde la heterosexualidad estricta a la homosexualidad
estricta, pasando por todos los valores intermedios. Puesto que se utiliza frecuentemente
esta escala, o escalas similares, y se hace referencia con bastante frecuencia a ella a lo
largo del texto, parece adecuado presentar explícitamente cuál es la escala. Es la
siguiente: 0 = exclusivamente heterosexual; 1 = principalmente heterosexual con un grado
pequeño de homosexualidad; 2 = principalmente heterosexual con un grado sustancial de
homosexualidad; 3 = igualmente heterosexual y homosexual; 4 = principalmente
homosexual con un grado sustancial de heterosexualidad; 5 = principalmente homosexual
con un pequeño grado de heterosexualidad; 6 = exclusivamente homosexual.
(Abreviadamente, cuando se haga referencia a un valor de la escala de Kinsey se usará la
expresión K = número.)

Como se dijo anteriormente, la sexualidad humana exhibe una gran variabilidad


individual. En la idea de Kinsey la bisexualidad es el estado de partida del ser humano, lo
que daría lugar, idealmente, a que la población humana, con respecto a su sexualidad, se
distribuyese siguiendo la llamada distribución normal, con la inmensa mayoría de los
individuos puntuando los valores intermedios de la escala (K = 2-4) y con pocos
individuos los valores extremos (K = 0 y K = 6). Lo cierto es que la distribución de
valores de la escala de Kinsey - en la realidad - es muy asimétrica (la inmensa mayoría
de las personas puntúan K = 0-1) y fuertemente bimodal (además del grupo mayoritario
aparece otro grupo minoritario formado por las personas que puntúan K = 5-6) aunque

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algo más variable en las mujeres entre las que se da un mayor grado de bisexualidad
(Ngun et al., 2011).

Siguiendo la escala de Kinsey, la mayoría de los seres humanos (95-99%) se agrupan


entre los valores 0-1 (heterosexuales), estando siempre presente una pequeña pero
significativa minoría (1-5%) para los valores 2-6 (no heterosexuales u homosexuales en
sentido amplio) de la escala de Kinsey (Zietsch et al., 2008).

Por este motivo estadístico, los datos de los estudios sobre homosexualidad
frecuentemente son dicotomizados (sólo dos categorías) para poder realizar
comparaciones estadísticas, con aquellos puntuados de 0-1 (heterosexuales exclusivos o
casi) formando un grupo, y aquellos puntuados de 2-6 formando otro (Hines, 2011).
Aunque lo más frecuente es constituir el grupo homosexual con K = 1-6 (Diamond,
1993) o, como se denomina en algunos estudios, grupo no heterosexual. Esto no supone
un falseamiento de la realidad sino simplemente cumplir con las exigencias estadísticas.
Por ejemplo, en un trabajo relativamente reciente para medir la orientación sexual, se ha
utilizado una escala tipo Kinsey con una muestra de cerca de 5.000 individuos. Pues
bien, pese al gran tamaño muestral, la orientación sexual tuvo que ser dicotomizada en
dos categorías, K = 0, por un lado, y por otro lado todos los demás valores (K = 1-6),
porque:

[...1 no pudieron ser analizadas como variables continuas normales (Zietsch et


al., 2008).

Por consiguiente, tras puntualizar la variabilidad presente entre los seres humanos
respecto de su sexualidad, a efectos prácticos y de investigación, es habitual simplificar la
realidad trabajando únicamente con las dos categorías tradicionales: heterosexuales y
homosexuales, o bien heterosexuales vs. no heterosexuales.

1.9. Frecuencia de la homosexualidad

Durante mucho tiempo, la cifra de un 10% de homosexuales entre la población


masculina, tomada de los informes Kinsey de 1948 y 1953, fue asumida como válida.
Posteriormente, uno de los colegas del equipo de Kinsey ajustó los datos concluyendo

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que solamente del 3-4% de los hombres y del 1-2% de las mujeres en los Estados Unidos
son exclusivamente homosexuales (Pillard y Bailey, 1998). Una reevaluación rigurosa de
numerosos estudios, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo (Filipinas,
Japón, Dinamarca, Reino Unido, Tailandia, etc.), condujo a revisar considerablemente a
la baja la incidencia de la homosexualidad hasta el 5,5% de los hombres y el 2,5% de las
mujeres (Diamond, 1993). Y en un estudio relativamente reciente llevado a cabo
mediante el procedimiento de encuesta, en Australia, involucrando una muestra de cerca
de 5.000 gemelos y mellizos, mostraban una orientación exclusivamente homosexual el
2,2% de los hombres y el 0,6% de las mujeres. Llamativamente, estas cifras se
transformaban en el 13% de los hombres y el 11% de las mujeres, si la orientación era no
heterosexual (Zietsch et al., 2008), o sea, agrupando todas las categorías distintas de K =
0 (orientación exclusivamente heterosexual).

En el cuadro 1.1, a modo ilustrativo, se presenta la proporción de homosexuales (no


heterosexuales), en mujeres y en hombres, de diferentes estudios.

Cuadro 1.1. Porcentaje estimado de homosexuales (K =1 - 6) en diversos estudios

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Es importante en este momento hacer notar que las variaciones de cifras entre los
diferentes estudios no se explican sólo por la muestra poblacional utilizada o por el
equipo investigador que ha realizado el estudio, sino que hay diferencias debidas al rasgo
evaluado (se han evaluado diferentes componentes de la homosexualidad, por ejemplo,
identidad de género, orientación sexual, etc.) y también por el método de medida seguido
(Zietsch et al., 2008). Por lo tanto, cuando se comparan cifras hay que ser muy
cuidadoso para asegurarse de que se comparan valores equivalentes.

Dejando a un lado las sensibles variaciones de unos a otros estudios, la imagen que se
desprende de estos datos es que la homosexualidad, se mida como se mida, está presente

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ERRNVPHGLFRVRUJ
en una proporción consistente, minoritaria, pero significativa, en todas las poblaciones
estudiadas. Por otra parte, los estudios antropológicos e históricos han demostrado la
presencia de la homosexualidad en todas las culturas conocidas y en todas las épocas.
Más aún, en un gran número de especies animales no humanas que van desde los
bonobos (Pan paniscus, un tipo de primate cercanamente emparentado con nuestra
especie, Homo sapiens) a los gusanos, pasando por la mosca del vinagre, se ha podido
observar conducta homosexual. Curiosamente, en la oveja doméstica se ha descrito por
primera vez en el reino animal, aparte del ser humano, una orientación exclusivamente
homosexual en un porcentaje significativo (8%) de los carneros (Roselli et al., 2011).
Globalmente esto significa que la homosexualidad es una manifestación biológica más de
la sexualidad, un fenotipo sexual como cualquier otro, que aparece en muchas otras
especies no humanas del reino animal, en una proporción minoritaria pero significativa de
la población. Por tanto, desde cualquier punto de vista hay que considerarla como un
fenómeno natural normal, aunque poco frecuente.

1.10. Teorías sobre el origen de la homosexualidad

Como se acaba de ver, la homosexualidad es un fenotipo conductual presente con


regularidad en todas las poblaciones humanas. Tradicionalmente, la sexualidad en
general, y la humana en particular, se ha considerado desde el punto de vista
reproductivo, esto es, como parte de la conducta encaminada a garantizar la continuidad
de la especie a través de la reproducción. Indudablemente la sexualidad sirve a ese fin y,
con toda probabilidad, surge durante el curso de la evolución esencialmente para servir al
propósito reproductivo (Pillard y Bailey, 1998).

Pero aunque la reproducción es una cuestión de sexo, el sexo no es necesariamente


una cuestión reproductiva. Muchos primates entablan conductas sexuales no
reproductivas, y los humanos no son una excepción. Es obvio que en el caso humano la
sexualidad desborda ampliamente el ámbito reproductivo. Las evidencias en este sentido
son abrumadoras.

La vida sexual del ser humano se extiende mucho más allá de la época reproductiva.
La actividad sexual humana no se restringe al periodo del estro o celo - que en la hembra

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ERRNVPHGLFRVRUJ
humana es completamente opaco-. (La fascinación por el celo oculto se enraíza en una
cuestión más fundamental acerca de por qué ocurre el sexo no reproductivo.) A pesar de
las amenazas punitivas, incluida la muerte, la evidencia intercultural muestra que mujeres
y hombres pueden, literalmente, arriesgar sus vidas violando las prohibiciones sociales y
entablando relaciones sexuales prohibidas (incestuosas, homosexuales, extramaritales,
etc.). Todo esto sugiere que hay razones tan importantes como las estrategias
reproductivas por las cuales los machos y las hembras entablan relaciones sexuales no
reproductivas. En este sentido, es llamativo, por ejemplo, la existencia de un órgano
como el clítoris, cuya única función conocida es la excitación sexual.

En definitiva, lo que está apuntándose aquí es que la actividad reproductiva implica la


actividad sexual pero la actividad sexual, frecuentemente, no tiene como finalidad la
reproducción. Muchas de las actividades sexuales no tienen como fin la reproducción
sino el placer. Por tanto, aunque la sexualidad está relacionada con la reproducción, ésta
no es su principal función (si la evaluamos por el tiempo dedicado al placer sexual en sí
mismo y al deber reproductivo). La conclusión es clara: tenemos relaciones sexuales por
mero placer en la mayoría de los casos. Aunque resulta paradójico, en este sentido, la
existencia constatada de una proporción minoritaria pero significativa de personas sin
ningún interés sexual (Diamond, 1993). Esta situación, que parece excepcional en el reino
animal, se ve replicada en la sorprendente existencia de un 18% de carneros sexualmente
inapetentes (Roselli et al., 2011).

Dejando de momento al margen cuál sea la finalidad principal del sexo y la sexualidad
desde un punto de vista evolutivo, que explique el origen remoto, hace miles de millones
de años, del sexo y la sexualidad, lo que se pretende en este momento es entender el
origen inmediato de la sexualidad y sus diferentes variantes en el curso de la vida de un
ser humano. Dicho de otra manera, el máximo interés se centra en tratar de explicar
cómo se desarrolla un tipo de sexualidad concreta en un ser humano. Se pretende dar
respuesta a preguntas como éstas: ¿Cómo y por qué es una persona homosexual? ¿Es
una degeneración moral? ¿Es una patología? ¿Es el resultado de un determinado
ambiente sociocultural? ¿Es el producto de unos genes específicos? ¿Una anomalía
neuroendocrina? ¿El resultado de una madre estresada durante el embarazo? ¿El

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producto de un padre poco afectuoso? ¿Se nace o se hace homosexual?... Este libro
pretende responder a esas preguntas - en especial a esta última-.

Desde finales del siglo XIX se contiende abiertamente entre dos explicaciones
diametralmente opuestas y agriamente enfrentadas. Bajo la influencia de una serie de
teorías que van desde el psicoanálisis al constructivismo social, la orientación sexual ha
sido considerada como el resultado de las experiencias vividas durante la niñez y la
adolescencia, principalmente. En esta visión, la homosexualidad se hace. En contraste,
partiendo de diversos campos biológicos, se ve la sexualidad como un carácter más del
ser humano - producto de los genes, las hormonas y otros agentes biológicos - una de
cuyas variantes es la homosexualidad. En esta visión se nace homosexual.

1.10.1. Construccionismo

Las ciencias sociales, en general, establecen como una verdad axiomática que toda la
conducta humana es un producto del contexto sociocultural en que crece y se educa el
individuo. En general, se niega cual quier factor biológico o, a lo sumo, se admite una
influencia menor. Este modo de pensar, este axioma, se traslada a la sexualidad humana,
disputando ásperamente con la posible determinación biológica de la sexualidad humana.
Puesto que se considera que la actitud sexual es el resultado de un complejo conjunto de
factores tales como la educación, la coerción social, el ambiente familiar, etc., a lo largo
de la vida del individuo, en suma, "una construcción" sociocultural, un "constructo"
(traducción mostrenca del inglés construct), a esta línea de pensamiento se la denomina
construccionista o construccionismo. Ésta es una de sus versiones traducida literalmente:

[...1 el paradigma conductual, aplicado a la sexualidad, sugiere que los humanos


nacen con una disposición sexual indiferenciada tan maleable que puede ser
canalizada en una o más de una multitud de direcciones. Más específicamente,
no se nace ni heterosexual ni con ninguna otra orientación sexual particular. Más
bien, en interacción social y de acuerdo con principios conductuales,
aprendemos nuestra orientación sexual y otras facetas de la sexualidad del
mismo modo que aprendemos nuestra lengua nativa (Ford Hoult, 1983).

O expresado de esta otra manera:

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[...1 cuando un niño nace, no es un ser bisexual, sino un omnisexual capaz de
responder a la gama entera de factores sexuales socioculturales ambientales
(FitzGerald, 2000).

La homosexualidad sería una opción de estilo de vida ("a lifestyle choice") tomada a
partir de las propias experiencias vitales.

1.10.2. Esencialismo

La hipótesis biológica sugiere que, puesto que el origen del sexo y de la sexualidad está
indisolublemente vinculado a la reproducción - una función biológica crítica-, la biología
explicaría el sexo y la sexualidad en todas sus manifestaciones: masculino, femenino,
heterosexual, homosexual, etc. Desde este punto de vista, la sexualidad (como el sexo)
sería un carácter más, innato al propio individuo, que le viene dado por la acción
conjunta de diferentes factores biológicos: genes, hormonas, etc. En esta idea, la persona
recibe y no decide su sexualidad, si acaso algunos de sus aspectos menores. La
sexualidad es parte de la "esencia" biológica del individuo, por ello a esta línea de
pensamiento se la ha dado en llamar esencialismo. La homosexualidad sería simplemente
una variante natural de la sexualidad.

En los siguientes capítulos se presentarán con más detalle ambas teorías, se


expondrán las evidencias disponibles, se discutirán éstas en el marco de ambas teorías y
se argumentarán las conclusiones a las que se llega.

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49
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Las teorías biológicas sobre el desarrollo de la homosexualidad se basan,
fundamentalmente, en el conocimiento que se tiene sobre el desarrollo sexual, el proceso
mediante el cual, en un embrión humano, inicialmente asexuado, se desarrollan las
estructuras propias de uno u otro sexo. Por lo tanto, antes de entrar a discutir cómo se
desarrolla la homosexualidad, se necesita, ineludiblemente, exponer cómo se desarrolla
un sexo concreto en un feto durante la gestación.

2.1. Sentando las bases: ¿cómo se originan los sexos?

Biológicamente, el proceso comienza a partir de la fecundación, cuando se origina una


célula huevo o cigoto (concepción). La célula huevo inicial comienza un vertiginoso
proceso de multiplicación celular y, simultáneamente, un proceso de diferenciación
celular que conduce a la formación de células y tejidos especializados, que se estructuran
en órganos específicos (cerebro, corazón, testículos u ovarios, etc.). De este modo,
durante la gestación, el cigoto da lugar a un embrión y éste se transforma en un feto que,
una vez completado su desarrollo, nace a la vida como otro ser humano. Todo ello
dentro del vientre de la madre.

El proceso está programado -y es dirigido - por la información genética contenida en


las moléculas de ADN (cada una de las cuales es un cromosoma), que se encuentran
dentro del núcleo de cada una de las células del embrión. Los genes, en interacción con
el ambiente intracelular, en una cascada de acontecimientos concatenados, determinan la
formación de los diferentes tejidos y órganos del nuevo ser que se está desarrollando en
el útero materno. Las sustancias del ambiente intrauterino, en la medida en que sean
capaces de penetrar la barrera placentaria, también influyen en el desarrollo del feto,
interaccionando con los genes de éste. Quiere decirse que el "milagroso" proceso que
conduce desde una única y simple célula huevo hasta un nuevo ser humano, con todos

50
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sus órganos perfectamente formados y funcionando apropiadamente, es el resultado de la
acción de miles de genes en interacción compleja con el ambiente intracelular fetal.

El ser humano se caracteriza por tener una dotación cromosómica de 23 pares (46
cromosomas), que albergan un total de aproximadamente 20.000 genes. Es
sobradamente conocido cómo se determina genéticamente el sexo de los seres humanos,
mediante una pareja de cromosomas especiales (cromosomas sexuales o gonosomas), X
e Y (los 22 pares de cromosomas restantes, son denominados, autosomas). Las mujeres
son XX (abreviadamente se usa la fórmula cromosómica 46,XX) y los hombres XY
(46,XY). De modo que, aunque ocasionalmente se produzcan discusiones acerca del
número de sexos o géneros existentes - fruto de la excesiva fertilidad imaginativa y
carencia de comedimiento científico de algunos intelectuales de formación humanística-,
el asunto está meridianamente claro desde el punto de vista biológico: hay, existen, sólo
dos sexos, machos y hembras, masculino y femenino, hombres y mujeres.

Durante el desarrollo embrionario, se produce la formación de los órganos sexuales


correspondientes. Las gónadas primordiales, que son originalmente idénticas, tanto en los
embriones masculinos como en los femeninos, se van a desarrollar como testículos u
ovarios. En los embriones masculinos (XY) el proceso comienza con el gen determinante
del sexo, SRY ("sex region on Y", región del sexo en Y), presente en el cromosoma Y,
que provoca la diferenciación de las gónadas primordiales en testículos (figura 2.1). Este
proceso es llamado determinación del sexo, y acontece alrededor de las cinco semanas
después de la concepción (Bao y Swaab, 2011). Una vez que se han desarrollado los
testícu los, éstos comienzan su producción hormonal que determina el desarrollo físico
como macho, que incluye la formación de los órganos genitales externos e internos
(figura 2.1). Este proceso es llamado diferenciación sexual (Hines, 2011; Ngun et al.,
2011). Así pues, el gen SRY actúa como gen maestro controlando la diferenciación
masculina (Graves, 2001).

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FIGURA 2.1. Esquema del proceso de desarrollo de los órganos sexuales internos y
externos. SRY, gen determinante del sexo; DHT, dihidrotestosterona; MIH, hormona
inhibidora mülleriana.

Se sabe que alrededor de las siete u ocho semanas de gestación los testículos están
activos (en los machos, obviamente), produciendo tes tosterona, la hormona sexual
masculina más característica. La testosterona y su derivada, la dihidrotestosterona
(DHT), determinan la masculinización de los genitales externos (pene y escroto) e
internos (próstata) (figura 2.1). Los testículos en desarrollo también sintetizan la hormona
inhibidora mülleriana (MIH), la cual impide el desarrollo interno del tracto reproductivo
femenino (Alexander et al., 2011) (figura 2.1). La ausencia de testículos, y por tanto de

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testosterona, de DHT y de MIH, da lugar a la feminización de los genitales externos
(clítoris y labios) y al desarrollo de los órganos internos femeninos (vagina superior, útero
y trompas de Falopio) (figura 2.1). Curiosamente, como vemos, los esteroides ováricos
(las hormonas sexuales femeninas) no son requeridos para el desarrollo típico femenino
(Bao y Swaab, 2011; Hines, 2011).

El proceso de diferenciación sexual afecta al conjunto del cuerpo, de modo que las
diferencias entre machos y hembras no se limitan sólo a los órganos genitales, o a los
llamados caracteres sexuales secundarios (vello púbico y axilar, tono de voz, barba,
forma del cuerpo, distribución de la grasa corporal, etc.). La diferenciación sexual se deja
sentir también en sitios tan dispares como en el hígado, en el sistema inmunológico y en
el cerebro (Májdic y Tobet, 2011).

De manera especial, cabe destacar que hay una diferenciación entre los cerebros
masculino y femenino. Quiere decirse que, el proceso de diferenciación de los sexos
implica cambios anatómicos en los órganos genitales, y cambios anatómicos en el
cerebro. En este punto, es importante remarcar, que ambos procesos de cambio están
desfasados, no se producen simultáneamente. El desarrollo de la anatomía sexual en
humanos ocurre en el primer trimestre de la gestación, antes de la diferenciación sexual
del cerebro, que ocurre en el segundo y tercer trimestre (figura 2.2). Ambos procesos
están determinados por la testosterona. Los cambios en la anatomía sexual masculina
externa dependen de la conversión de la testosterona en DHT (proceso llevado a cabo
por la enzima 5-a-reductasa-2), en tanto que la diferenciación sexual del cerebro se debe
a la acción directa de la testosterona como tal (figura 2.2) (Hines, 2011). Por lo tanto,
ambos procesos pueden verse influenciados de modo diferente dado que no se producen
simultáneamente. Es fácilmente concebible imaginar, por ejemplo, que una persona
podría desarrollar una anatomía masculina, como consecuencia de un pico de
testosterona durante el primer trimestre de la gestación, pero retener un cerebro
femenino, por la ausencia del nivel adecuado de testosterona entre el segundo y tercer
trimestre (Alexander et al., 2011). Igualmente imaginable sería la situación contraria, una
anatomía femenina y un cerebro masculino.

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FIGURA 2.2. Esquema de la programación temporal de los procesos de diferenciación
sexual en los genitales y en el cerebro.

(En el terreno propiamente especulativo, podemos plantearnos una serie de


argumentos enlazados. Si el cerebro es sexualmente dimórfico - masculino y femenino -
y el cerebro es la sede de la conducta, se sigue que la conducta sexual es un producto del
cerebro. Como consecuencia, la conducta sexual es un producto biológico y, por tanto,
en última instancia, un producto de los genes..., pues ¡asunto terminado! Pues no.
Aunque actualmente no hay nadie que discuta seriamente que el cerebro es la base de la
conducta humana, la idea que se tiene, en general, es que los genes determinan una
conducta esencialmente plástica, flexible, adaptable a las circunstancias, que aprende a lo
largo de la vida. Lo cual sería de aplicación también a la conducta sexual. Por tanto,
estamos donde estábamos. Aunque con algo más de conocimiento).

En la inmensa mayoría de los casos, el proceso que se acaba de describir discurre de


modo tal que hay una concordancia entre el sexo cromosómico o genético y el sexo
anatómico o genital. Esto da lugar a una determinación clara de la identidad sexual
biológica (masculina o femenina) del individuo desde el mismo momento del nacimiento.

A medida que el individuo va creciendo y madurando y, especialmente, a partir de la


pubertad, se hace consciente de su identidad sexual, experimenta la atracción sexual,

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lleva a cabo actividades sexuales, etc., en definitiva, se desarrolla la sexualidad humana
con toda su complejidad.

En la especie humana, como en las demás especies con reproducción sexual, lo más
frecuente es que haya una concordancia total entre el sexo cromosómico, el sexo
anatómico y la orientación sexual desarrollada. De tal modo que un individuo XX
presente la anatomía propia de una mujer y experimente atracción sexual por el sexo
opuesto. Análogamente, un individuo XY presente la anatomía propia de un hombre, y
experimente atracción sexual hacia las mujeres. Pero como se vio en el capítulo anterior,
la sexualidad humana presenta multitud de variantes individuales, incluyendo variaciones
de la orientación sexual hacia personas del mismo sexo o hacia ambos sexos. ¿Hay una
explicación biológica para las variaciones de la sexualidad humana? ¿Pueden explicarse
biológicamente los patrones básicos de la conducta sexual? ¿Tiene una explicación
biológica la homosexualidad? La respuesta a estas cuestiones es afirmativa. En las
páginas que siguen se van a presentar las explicaciones biológicas, las evidencias
experimentales que las sustentan, y se va a discutir su significado.

Como se ha comentado en otro momento, la orientación sexual es el componente de


la sexualidad humana que muestra un dimorfismo sexual más acusado. También es un
rasgo muy estudiado y muy apropiado desde el punto de vista de su determinación
objetiva. Por consiguiente, en general, se va a utilizar la orientación sexual como
referencia clave de la sexualidad humana y, en este sentido, se va a enfocar la discusión
en los procesos biológicos que puedan explicar cómo se origina la orientación sexual en
un ser humano.

2.2. La teoría neuroendocrina

La teoría neuroendocrina, que también podemos denominar teoría organizadora-


activadora, tiene un recorrido de más de 50 años de experimentación, habiendo
acumulado un gran número de evidencias en animales no humanos que la apoyan. Es la
teoría biológica sobre la sexualidad más ampliamente desarrollada y con más capacidad
explicativa de las diferentes variantes de la sexualidad humana. Por ello, se va a utilizar
como principal hipótesis de referencia con la que contrastar y discutir las evidencias

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experimentales aportadas por los investigadores en diferentes campos.

Como hemos visto, el desarrollo del sexo en el feto durante la gestación se produce a
instancias genéticas, a través de la acción de las hormonas sexuales, especialmente la
testosterona. El efecto hormonal no se circunscribe meramente a los órganos sexuales,
sino que afecta al conjunto del feto en desarrollo, destacando especialmente, por su
trascendencia, el impacto que tiene sobre la arquitectura del cerebro. Las diferencias
estructurales en el cerebro, resultantes de la interacción de genes, hormonas sexuales y
células cerebrales en desarrollo, se piensa que son la base de las diferencias sexuales en
componentes de la sexualidad humana tales como el rol de género, la identidad de género
y la orientación sexual (Bao y Swaab, 2011). De acuerdo con la teoría neuroendocrina el
proceso vendría a desarrollarse del modo siguiente.

Es sobradamente conocido que los niveles de testosterona son siempre más elevados
en el feto masculino que en el femenino. Pero estos niveles no se mantienen constantes
sino que varían siguiendo un patrón temporal perfectamente establecido. Concretamente
se producen dos picos de testosterona en los fetos masculinos respecto de los femeninos,
uno comenzando alrededor de las 8 semanas del embarazo y disminuyendo a las 24
semanas y el segundo inmediatamente después del nacimiento, aproximadamente entre el
primer y el tercer mes de la infancia (Hines, 2011).

En la etapa prenatal, la acción de la testosterona sobre el cerebro, bien directamente o


bien a través de sus derivados, se postula que determina la arquitectura y las conexiones
cerebrales en áreas específicas vinculadas con la conducta sexual. Esta acción prenatal de
la testostero na tiene un efecto irreversible y permanente, lo que se ha dado en llamar un
efecto organizador, dando lugar a un cerebro masculino. La ausencia de testosterona
tiene también un efecto organizador, en este caso para dar lugar a un cerebro femenino
(Bao y Swaab, 2011; Hines, 2011; McCarthy, 2010). La acción hormonal organizadora
del cerebro se completaría postnatalmente en el breve periodo de los tres primeros meses
del recién nacido. De esta manera, muy tempranamente, poco después del nacimiento,
ya quedarían fijados los patrones de conducta sexual. Posteriormente, con la llegada de la
pubertad, entrarían plenamente en producción hormonal las gónadas respectivas de cada
sexo generando un intenso pico hormonal. Este baño del cerebro en hormonas sexuales

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activaría los patrones de conducta sexual preestablecidos. Esto es lo que se ha dado en
llamar efecto activador (Bao y Swaab, 2011; Hines, 2011).

Implícitamente, esta hipótesis asume que los cambios hormonales durante la pubertad
no pueden modificar los patrones de conducta sexual, por ejemplo, no pueden modificar
la orientación o la preferencia sexual. El flujo hormonal puberal simplemente puede
desencadenar tal tipo de conducta, pero no puede en modo alguno alterarla. A lo sumo,
un bajo nivel hormonal lo que podría provocar es una baja actividad sexual, una carencia
de libido, una ausencia de interés sexual.

Esta hipótesis integra también los factores genéticos. Los genes no se limitarían
meramente a desencadenar el proceso inicial, sino que intervendrían tanto indirecta como
directamente. Indirectamente, mediante el control, de la producción hormonal, de las
enzimas que controlan el metabolismo de los esteroides sexuales, de la síntesis y
distribución de los receptores androgénicos y estrogénicos, etc. Y directamente, actuando
sobre células no sexuales (por ejemplo, neuronas), provocando cambios estructurales y
funcionales en estas células.

2.2.1. Un modelo hipotético de las diferentes variantes sexuales

Es relativamente simple ver que, jugando a combinar los principales factores biológicos
causales (todos ellos perfectamente conocidos, esta blecidos y demostrados) junto con la
teoría neuroendocrina, se pueden obtener como resultado las diferentes variantes de la
sexualidad. Si se recapitula, se puede ver que los factores biológicos causales que se han
manejado son los cromosomas sexuales (que portan los genes del sexo) y los picos de
testosterona (prenatal y postnatal). El efecto o resultado generado es la diferenciación
sexual - masculina y femenina - que afecta, de modo independiente, al desarrollo genital
y al desarrollo cerebral. En última instancia, el resultado final del desarrollo genital
culmina en el sexo genital o anatómico que presenta el individuo, y el del desarrollo
cerebral en el sexo psicológico o mental que manifestará la persona a través de su
conducta.

A modo de simulación, se ha diseñado un modelo predictivo de las variaciones

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básicas que presenta la sexualidad humana basado en la teoría neuroendocrina prenatal
(cuadro 2.1). El modelo contiene tres factores causales: los cromosomas sexuales (XX o
XY), el efecto de la testosterona sobre el desarrollo genital (Sí o No), y sobre la
organización del cerebro (Sí o No). En ambos casos, es Sí, cuando se produce el pico de
testosterona en el momento apropiado y se produce su actuación; o es No, cuando no se
produce el pico de testosterona o ésta no desempeña su actividad.

Hay que tener presente que, para que se dé la situación más habitual, han de
cumplirse simultáneamente dos condiciones: que se produzca el pico de testosterona y
que lo haga en el momento adecuado. Nótese que pueden darse decenas de situaciones
diferentes que tengan como resultado bien que no se produzca testosterona o que no se
produzca a tiempo. Más aún, también pueden darse decenas de situaciones diferentes en
las que, pese a producirse testosterona en tiempo y nivel adecuado, no produzca efecto
alguno o se vea de algún modo reducido su efecto. Por ejemplo: por inexistencia de
receptores para la testosterona, por incapacidad de los receptores para unir a la hormona,
por fallo en el sistema de transmisión de la señal de unión testosterona-receptor, etc.

El sistema produce dos resultados independientes y un resultado global, para cada


combinación de factores. Los resultados son, por un lado, el sexo genital o anatómico
(masculino, M, femenino, F, o indeterminado, l); por otro lado, la orientación sexual
(hacia el sexo masculino, M, o hacia el sexo femenino, F) y, finalmente, la resultante de
combinar los dos resultados anteriores, la sexualidad: heterosexual masculino (HeM),
heterosexual femenino (HeF), transexual de-masculino-afemenino (TrM-F), homosexual
masculino (HoM), homosexual femenino (HoF), y transexual de-femenino-a-masculino
(TrF-M). Hasta aquí los elementos que forman parte del modelo son reales.

Cuadro 2.1. Simulación de algunos de los resultados esperables de acuerdo con la teoría
neuroendocrina (para una explicación véase el texto)

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Lo que resta del modelo es bastante especulativo, aunque, como el lector podrá
apreciar, sus aspectos son bastante verosímiles. En primer lugar, el modelo asume que el
sexo cromosómico interacciona con la masculinización o feminización de los genitales
producida por la acción o no de la testosterona, respectivamente. Cuando hay una
discordancia entre sexo cromosómico y la acción de la testosterona (XX con sexo
masculinizado, o XY con sexo feminizado), se supone que el resultado es unos genitales
indeterminados (lo que suele llamarse intersexo) (cuadro 2.1). El sexo psicológico o
mental, en cambio, es simplemente el resultado directo de la masculinización o
feminización del cerebro por la acción o no, respectivamente, de la testosterona. Con
estas premisas los resultados posibles aparecen recogidos en el cuadro 2.1.

El caso 1 sería el desarrollo típico de un embrión masculino. Los factores causales


serían: pareja de cromosomas sexuales XY, pico de testosterona en el momento
apropiado durante el desarrollo genital y durante el desarrollo cerebral; en consecuencia,
las salidas resultantes serían: sexo genital masculino y sexo cerebral masculino, con lo
que el individuo sería hombre heterosexual (cuadro 2.1). El caso 5 correspondería al
desarrollo típico de un embrión femenino. Factores causales: cromosomas sexuales XX,

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y ausencia de picos de testosterona. Resultados: sexo genital femenino y sexo cerebral
igualmente femenino, con lo que el individuo sería mujer heterosexual (cuadro 2.1). En
los casos 2 (XY) y 6 (XX) el sexo genital está perfectamente normal por la concordancia
entre los cromosomas sexuales y la acción correspondiente de la testosterona sobre el
desarrollo genital (Sí en XY, genitales masculinos; No en XX, genitales femeninos), no
así con respecto al efecto sobre el desarrollo cerebral (No en XY, hombre con cerebro
femenino; Sí en XX, mujer con cerebro masculino), resultando hombres y mujeres
homosexuales, respectivamente (cuadro 2.1). El modelo predice episodios de
transexualidad (casos 4 y 8) en los que se da un sexo genital indeterminado y un cerebro
femenino (en individuo XY) y un cerebro masculino (en individuo XX), respectivamente,
resultando transexuales masculino-a-femenino, y femenino-a-masculino, respectivamente
(cuadro 2.1). Los casos 3 y 7, con coherencia entre el sexo genético y el sexo mental, no
así con el sexo genital, serían hombres y mujeres heterosexuales pero con genitales
incorrectamente desarrollados.

Como vemos, por tanto, asumiendo unos presupuestos bastante verosímiles, la teoría
neuroendocrina prenatal es capaz de predecir los tipos básicos de sexualidad encontrados
en los humanos. Adicionalmente, hay otra serie de factores que es probable que
contribuyan a la variabilidad de la sexualidad humana: los niveles hormonales, el
momento de la exposición a los esteroides, los metabolitos más o menos activos
derivados de los esteroides, la actividad de los receptores hormonales, la disponibilidad
de esteroides libres en oposición a los ligados, etc. Por otra parte, también podría
contribuir la variabilidad genética individual o la exposición a factores ambientales que
suprimen o perturban las acciones hormonales (Alexander et al., 2011). El efecto
conjunto de un complejo número de factores puede predecir fácilmente cualquier
variante de la sexualidad humana dentro del marco de la teoría neuroendocrina prenatal.

La acreditada distribución bimodal de la sexualidad humana, donde la mayoría de los


individuos se engloban dentro de la clase K = 0 y la minoría restante se agrupan en tomo
a K = 1-6, dentro del modelo propuesto, sugiere que es bastante infrecuente una
discordancia de la influencia hormonal sobre el desarrollo genital y cerebral. Lo cual
parece lógico. Siendo exponencialmente más raros los individuos transexuales, dado que

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requieren la concurrencia de sucesos poco frecuentes: la discordancia entre el sexo
genético y la acción de la testosterona - sobre genitales y cerebro-.

2.2.2. Supuestos de la teoría

La hipótesis neuroendocrina sobre el desarrollo de la sexualidad humana descansa sobre


una serie de supuestos.

Primero, los genes participan en el desarrollo de la sexualidad humana, directamente,


actuando sobre las neuronas de áreas cerebrales específicas e, indirectamente, a través de
las hormonas sexuales.

Segundo, hay un proceso de diferenciación sexual del cerebro que da lugar a


diferencias en áreas cerebrales específicas entre un cerebro masculino y un cerebro
femenino.

Tercero, el proceso de diferenciación sexual cerebral se debe a la acción organizadora


de la testosterona.

Cuarto, los cambios en la estructura cerebral son irreversibles.

Quinto, las áreas cerebrales afectadas están involucradas en la conducta sexual.

Sexto, la actuación de la testosterona se produce principalmente durante la gestación


o en los primeros meses inmediatos al nacimiento.

Séptimo, existe una relación causa-efecto entre los factores mencionados (genes,
testosterona, y áreas cerebrales) y la conducta sexual humana.

Como cualquier hipótesis científica, la aceptación o rechazo de la hipótesis


neuroendocrina sobre el desarrollo de la sexualidad humana depende del nivel de soporte
experimental que tenga cada uno de los supuestos enunciados. Se verán en primer lugar
los hechos y después se podrá constatar que éstos sostienen todos los supuestos de la
teoría neuroendocrina.

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Previamente, se presentarán, concisamente, otras teorías biológicas relevantes sobre
el origen de la homosexualidad.

2.3. Otras teorías biológicas sobre la homosexualidad

2.3.1. Inmunización maternal

La teoría de la inmunización maternal se ha desarrollado para explicar el llamado efecto


del orden de nacimiento (fraternal birth order effect, FBO) que es uno de los hechos más
comprobados y que se explicará con detalle más adelante. Baste ahora con decir que
consiste en que los hijos varones tienen más probabilidad de ser homosexuales cuantos
más hermanos varones hayan nacido antes.

De acuerdo con la teoría de la inmunización maternal, algunas madres, durante los


embarazos con fetos masculinos, entrarían en contacto con una sustancia importante en
el desarrollo fetal masculino. El sistema inmunitario de la madre al entrar en contacto con
esta sustancia extraña desarrollaría una respuesta inmune contra ella. Se supone que sería
una proteína masculina, producto de alguno de los genes exclusivos del cromosoma Y -
que no están presentes en el cromosoma X - que provocaría la reacción del sistema
inmunitario de la madre. Los anticuerpos generados por la madre podrían cruzar la
barrera placentaria y acceder al feto. Los anticuerpos antimasculinos podrían entonces
cruzar también la barrera hematoencefálica del cerebro fetal inmaduro afectando en
última instancia al desarrollo cerebral. El resultado sería una feminización del cerebro en
desarrollo (Bogaert y Skorska, 2011).

La probabilidad de un efecto inmune sobre la orientación sexual sería


progresivamente más elevada con sucesivos embarazos, lo que daría lugar al efecto FBO.
Un proceso similar es el que subyace a la reacción materna frente a fetos Rh+ (siendo la
madre Rh-), que se agudiza con cada nuevo embarazo Rh+ - en este caso también hay
un efecto de orden de nacimiento-.

Por otra parte, esta hipótesis explicaría la inexistencia de efecto FBO en el caso de las
hijas. Los fetos femeninos llevan una pareja de cromosomas sexuales XX, no tienen

62
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Y.En consecuencia, las hijas no tendrían los genes masculinos, porque no tienen el
cromosoma Y, y no provocarían ninguna respuesta inmune en la madre.

La hipótesis supone una serie de requisitos, todos los cuales han sido adecuadamente
respondidos haciendo muy creíble la teoría.

En primer lugar, se ha sugerido que la sustancia antigénica podría ser alguna o varias
de las proteínas codificadas por alguno de los escasos genes exclusivos presentes en el
cromosoma Y, que son exclusivas de fetos masculinos, y no se encuentran en el
repertorio de la madre. Tales genes y tales proteínas existen. Resta por demostrar que
alguna de tales proteínas está implicada en la masculinización del cerebro y que provoca
la respuesta inmune de la madre. De momento, solo hay resultados alentadores pero no
concluyentes.

También se sabe que se produce entrada de células fetales en el torrente circulatorio


sanguíneo de la madre durante embarazos anómalos y normales. Por tanto es un hecho
demostrado que se produce el contacto necesario que daría lugar a la respuesta maternal
inmune. Falta por demostrar, como se ha dicho, la identidad de los causantes de la
reacción materna. En definitiva, la teoría maternal inmune es muy verosímil (para una
explicación más detallada véase la excelente revisión de Bogaert y Skorska, 2011).

Como se discutirá en el lugar adecuado, la teoría de la reacción maternal inmune, no


sirve - ni lo pretende - como explicación general de la homosexualidad humana,
alternativa a la teoría neuroendocrina. Simplemente trata de dar cuenta del hecho bien
corroborado que se ha dado en denominar como efecto FBO.

2.3.2. Desarrollo inestable

La teoría del desarrollo inestable, en cambio, sí aspira a competir con la teoría


neuroendocrina, planteándose como explicación alternativa.

En esencia la teoría del desarrollo inestable postula la incapacidad de algunos


organismos para afrontar los estreses (genéticos u otros) que acontecen durante el
desarrollo embrionario y fetal. Esta incapacidad de sortear algunos desequilibrios

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provocaría el desvío del desarrollo del organismo de su trayectoria ontogénica ideal. El
fenómeno se plasmaría en una serie de características que no se corresponderían con el
aspecto ideal. Rasgos que manifestarían este tipo de procesos serían, por ejemplo,
algunas asimetrías corporales muy marcadas, ser zurdo, etc. En este sentido, la
homosexualidad sería un resultado de las desviaciones del fenotipo "ideal", de orientación
heterosexual.

Hasta el momento, el soporte principal para esta teoría ha sido la elevada tasa de
zurdos entre los homosexuales de ambos sexos (Rahman, 2005b). (Se supone - lo que
parece "mucho suponer" - que el zurdo es una "desviación" respecto del "ideal" diestro.)

La medida mejor y más utilizada del desarrollo inestable es la asimetría de rasgos


antropométricos bilaterales, como, por ejemplo, la asimetría de las huellas dactilares.
Idealmente, las huellas dactilares de ambas manos deberían atenerse a una simetría
especular (una coincidiría con la imagen de la otra vista en un espejo). Se puede
cuantificar el grado de asimetría para este carácter y, de hecho, varios estudios han
explorado medidas de esta asimetría con respecto a su posible relación con la orientación
sexual. Ninguno ha encontrado evidencias de dicha relación (Rahman, 2005b).

Recientemente, se ha estudiado la posible relación entre la asimetría (en manos y


cara) y la inestabilidad del desarrollo, de un lado, y por otro lado, el posible vínculo entre
la inestabilidad del desarrollo y la conducta sexual (Van Dongen et al., 2009). Los
resultados refutan un vínculo entre asimetría e inestabilidad del desarrollo, así como
confirman la ausencia de vínculo entre la inestabilidad del desarrollo y aspectos de la
conducta sexual. En conjunto, los resultados de diversos estudios son controvertidos,
cuando no claramente contrarios a esta teoría (Van Dongen et al., 2009), por lo cual
parece ser una teoría desechada, de la que hay pocas noticias recientes.

2.3.3. Teoría epigenética

Aunque la descripción del fenómeno de la epigénesis tiene ya algunos años, solo muy
recientemente, en diciembre de 2012, se utilizó para añadir una nueva hipótesis biológica
explicativa de la homosexualidad humana (Rice et al., 2012). Tampoco en este caso se

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trata de una teoría alternativa a la teoría neuroendocrina, que se da por asentada
firmemente, sino como un mecanismo biológico adicional capaz de generar
homosexualidad.

En la epigénesis, no cambia la información contenida en el gen sino el estado en que


éste se encuentra. Se producen modificaciones químicas más o menos irreversibles
(metilaciones, acetilaciones, etc.) que pueden alterar drásticamente la expresión de los
genes sin haber modificado ni una sola "letra" del mensaje genético. Por ejemplo, una
modificación epigenética habitual es la metilacion del ADN en regiones específicas,
provocando el silenciamiento de determinados genes. Un ejemplo arquetípico de
epigénesis es el que se da en las células de las mujeres donde uno de los cromosomas de
la pareja XX es fuertemente compactado ("heterocromatinizado", en la jerga genética)
quedando de este modo silenciados virtualmente todos los genes de dicho cromosoma
manteniéndose en ese estado toda la vida. Lo llamativo de la epigénesis es que los
efectos pueden ser muy duraderos (toda la vida en el caso de la compactación de uno de
los cromosomas X en las mujeres). Habitualmente, las marcas epigenéticas son borradas
entre una generación y otra, por lo que no se transmiten hereditariamente. Pero,
excepcionalmente, se han observado casos en los que algunas modificaciones
epigenéticas no son borradas en las células reproductoras (espermatozoides y óvulos) y,
por consiguiente, son transmitidas a la siguiente generación (son heredadas).

Como se ha visto, durante la gestación la acción de determinadas hormonas daba


lugar a la diferenciación sexual del cerebro, de tal mo do que éste se masculinizaba o
feminizaba según el caso. Este efecto se denomina efecto organizador porque los
cambios producidos son duraderos: generados prenatalmente son estables durante la edad
adulta. Se supone que los cambios provocados por las hormonas son, al menos en parte,
debidos a modificaciones epigenéticas. Más aún, se afirma que otros factores ambientales
(las hormonas lo son) podrían también afectar a la diferenciación sexual del cerebro a
través de cambios epigenéticos.

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Con los hechos se hace referencia a las evidencias empíricas, a los datos de la realidad.
En este capítulo se van a revisar las evidencias experimentales procedentes de diferentes
campos científicos biológicos y se discutirán con relación a la teoría biológica y a la teoría
sociocultural sobre el origen de la homosexualidad. Es decir, en donde sea apropiado, se
razonará la compatibilidad o la incompatibilidad de los hechos revisados con las dos
teorías básicas en litigio, alcanzándose una conclusión, si es posible.

3.1. El efecto FBO

En 1996 se demostró que los hombres homosexuales tienen un mayor número de


hermanos mayores que los hombres heterosexuales (Blanchard y Bogaert, 1996a,
1996b). Dicho de otro modo, que el orden de nacimiento de los hermanos ("fraternal
birth order", FBO) está correlacionado positivamente con la homosexualidad masculina,
de tal modo que la probabilidad de ser homosexual se incrementa en un 33% con cada
hermano mayor adicional. Esto es lo que se ha dado en llamar efecto FBO. Este efecto
se debe exclusivamente a los hermanos varones nacidos previamente, sin que influya el
número de hermanas mayores. Por el contrario, no se encontró ninguna relación de la
homosexualidad femenina con el número de hermanos o hermanas mayores. Es decir, el
efecto FBO sólo se produce con relación a la homosexualidad masculi na. Este efecto se
observaba incluso aunque los hermanos mayores fueran criados en otro hogar diferente
del hermano gay más joven, luego el efecto FBO no tiene que ver con la convivencia con
los hermanos mayores, no se debe a una conducta aprendida de los hermanos mayores.
También se demostró que hermanos no biológicos (por ejemplo, adoptados) no tenían
ningún efecto sobre la orientación sexual masculina. Por consiguiente, el efecto FBO se
producía durante el periodo prenatal, no durante la niñez o la adolescencia. En suma, el
efecto FBO no puede ser explicado en modo alguno en base a la educación y a la
crianza. Es incompatible totalmente con la hipótesis sociocultural (véase la excelente
revisión de Bogaert y Skorska, 2011).

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Este efecto ha sido confirmado numerosas veces, incluyendo replicaciones por
investigadores independientes, en distintos laboratorios, con diferentes poblaciones, en
momentos temporales diferentes, etc., de modo que está sólidamente establecido y
aceptado. Para explicarlo se ha propuesto una teoría detallada, independiente y diferente
de la teoría neuroendocrina, la hipótesis de la inmunidad maternal, que se ha descrito
anteriormente.

En cualquier caso, se debe tener presente que el efecto FBO sólo da cuenta de la
homosexualidad masculina, nada explica de la homosexualidad femenina. Más aún, sólo
explica parte de la homosexualidad masculina pues se estima que, aproximadamente, sólo
uno de cada siete casos de varones homosexuales debe su orientación sexual al efecto
FBO (Rahman, 2005a). Por consiguiente, este efecto no puede servir como explicación
universal de la homosexualidad humana. De modo que deben existir otras rutas que
conduzcan a la homosexualidad, además del efecto FBO.

3.2. Genética de la homosexualidad

La información genética (los genes), contenida en el núcleo de la célula huevo, es la


responsable de conducir el desarrollo embrionario y fetal hasta dar lugar a un nuevo
individuo humano. De esta manera, como está bien comprobado, muchos de los
caracteres observados en el nue vo individuo son resultado de la expresión de sus genes.
Los genes se reciben (se heredan) de los padres y explican la herencia de los caracteres
(el parecido entre padres e hijos). Parece lógico suponer que los caracteres conductuales
(comportamiento sexual incluido) sean también el resultado de la expresión de los genes.
De tal modo que caracteres tales como la identidad de género, la preferencia sexual o la
orientación sexual vendrían a estar genéticamente determinados en mayor o menor
medida. No obstante, la Genética de la conducta, cuando se refiere a la conducta
humana, es una rama muy controvertida de la Genética. Las implicaciones éticas y
sociales que pueden tener las teorías sobre la herencia de la conducta humana convierten
este campo científico en un asunto muy sensible que hace que se escruten
minuciosamente las investigaciones en este terreno. Los resultados son generalmente
objeto de una fuerte polémica y las conclusiones muy discutidas. Pero esto no es nada
nuevo: ya se sabía que el asunto mismo de este libro era polémico. Lo único que se

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puede hacer es lo que se viene haciendo: proporcionar información rigurosa y veraz.

3.2.1. Estudios de animales no humanos

La mosca de la fruta, Drosophila, es uno de los organismos modelo en Genética.


También lo es en genética de la conducta sexual. Desde hace medio siglo se conoce que
mutaciones en un gen, llamado fruitless, provocan que los machos cortejen a otros
machos. Se han descrito muchas otras mutaciones en muchos otros genes que tienen
efectos similares sobre la conducta sexual (de las moscas).

Aunque a algún escéptico le parezca el ejemplo tomado por los pelos (¡equiparar la
conducta sexual de un insecto con la de un ser humano!), sirve para demostrar que
existen genes que afectan a la conducta sexual (de las moscas), capaces de convertir la
conducta heterosexual en homosexual (en las moscas). Así pues, no es descabellado
suponer que puedan existir tales tipos de genes en otros animales, incluido el ser humano.

3.2.2. Estudios de familias y gemelos

Los estudios de familias han puesto de manifiesto que tanto la homosexualidad masculina
como la femenina discurre en familias.

Los datos obtenidos en los primeros estudios mostraron que los hombres no
heterosexuales (K = 2-6) tenían un 22% de hermanos no heterosexuales, como ellos. En
cambio, los hombres heterosexuales (K = 0-1) tenían sólo un 4% de hermanos no
heterosexuales. Si el hecho de ser gay fuese una cuestión puramente ambiental, se
esperaría que la incidencia de la homosexualidad fuese aproximadamente igual en los
hermanos de un gay que en los hermanos de un "hetero". Lo que no es el caso, como se
ve. Diferentes estudios muestran que los gays parecen tener de 2 a 5 veces más
hermanos homosexuales que los heterosexuales. En cambio, si se supone que hay genes
que determinan o predisponen a la homosexualidad (genes "gay"), se podrían explicar
estos resultados: los hermanos comparten genes y por ello se parecen; los hermanos de
un gay es más probable que lleven genes "gay" y se parezcan en su orientación sexual.

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Algo similar parece también suceder con las mujeres homosexuales: es más frecuente
que sean lesbianas las hermanas de una lesbiana que las de una heterosexual. Es decir, en
ambos casos, aumenta la probabilidad de que los hermanos o hermanas de homosexuales
sean a su vez también homosexuales, con respecto a los heterosexuales (Pillard y Bailey,
1998; Sanders y Dawood, 2004).

También parece haber una tendencia hacia que los hombres no heterosexuales tengan
más hermanas no heterosexuales, y las mujeres no heterosexuales a tener más hermanos
no heterosexuales (Pillard y Bailey, 1998). Resultados análogos se han obtenido en
estudios recientes, con muestras grandes, en los que se ha encontrado que las tasas de
homosexualidad masculina eran consistentemente mayores en los parientes de los
homosexuales masculinos. Al mismo tiempo han encontrado que las hermanas de los
homosexuales tenían más probabilidad de ser lesbianas (Schwartz et al., 2010).

Conjuntamente, estos resultados sugieren que la relación familiar, el parentesco


genético, la similitud genética, es la base que determina la similitud en la orientación
sexual, lo que implicaría que la homosexualidad tendría un importante componente
genético.

Sin embargo, también es verosímil una explicación alternativa basada en que los
hermanos y hermanas no sólo comparten genes sino que comparten el ambiente en que
crecen y se educan. La influencia de la crianza en el mismo hogar, las relaciones entre
hermanos, etc., podría igualmente explicar la mayor incidencia de la homosexualidad
entre los hermanos y hermanas como resultado del contacto, la emulación, etc. Y
explicaría que los hermanos y hermanas de un "hetero" también fuesen heterosexuales.
Es decir, una explicación sociocultural es posible.

No obstante, recientemente se ha visto que el efecto familiar sobre la orientación


sexual masculina decrece a medida que disminuye el grado de parentesco (Schwartz et
al., 2010). Si la homosexualidad se originase por el ambiente familiar, la frecuencia de la
homosexualidad entre los familiares que comparten ese ambiente debiera de ser
aproximadamente la misma. Lo que se ha demostrado es que la similitud no es
homogénea entre todos los familiares que comparten un ambiente común sino que está

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asociada positivamente con el grado de parentesco, esto es aumenta el parecido en la
orientación sexual masculina conforme aumenta el parentesco genético y al contrario, a
medida que mengua el parentesco genético decrece la similitud en la orientación sexual.
Lo que no tiene explicación por la crianza, el ambiente educativo, etc., sino que apunta
claramente hacia que la homosexualidad es heredable.

El problema de la genética de la conducta o de la personalidad es que es muy difícil,


o, virtualmente imposible, separar el efecto del ambiente del efecto de los genes en los
seres humanos. En animales no humanos y en plantas ambos efectos son computables
independientemente. Por ejemplo, el efecto del ambiente se puede estimar sometiendo a
diferentes ambientes una serie de individuos genéticamente idénticos (un clon de plantas
obtenidas por reproducción vegetativa, una línea pura, etc.). Por su parte, el efecto de los
genes podría estimarse criando diversos individuos genéticamente diferentes en un mismo
ambiente.

En la especie humana, lo más parecido a una de estas situaciones es el caso de


gemelos y mellizos que son extraordinariamente valiosos para conducir estudios de
genética de la conducta.

Hay dos tipos de gemelos: monocigóticos (gemelos simplemente) y dicigóticos


(mellizos). Los gemelos monocigóticos, idénticos o, simplemente, gemelos, son llamados
así porque proceden de un único suceso de fecundación, proceden, pues, de una única
célula huevo o cigoto que, en algún momento, durante el desarrollo embrionario
temprano, se escinde en dos partes, cada una de las cuales completa el desarrollo como
un embrión diferente. Estos gemelos son, por consiguiente, genéticamente idénticos en su
totalidad, comparten el 100% de sus genes, coincidiendo siempre en el sexo desarrollado.
En tanto que los mellizos son gemelos dicigóticos o no idénticos, proceden de dos cigotos
originados por dos fecundaciones independientes aunque aproximadamente simultáneas.
Son como dos hermanos corrientes, sólo que se han gestado simultáneamente. Por
consiguiente, los mellizos sólo comparten, por término medio, el 50% de sus genes. Con
cierta frecuencia sucede que desarrollan distinto sexo la pareja de mellizos, sencillamente
porque uno es XX y el otro es XY.

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Ambos tipos de hermanos (gemelos y mellizos), teóricamente, comparten el mismo
tipo de ambiente, tanto durante la gestación como durante la crianza, supuesto que se
crían en el mismo ambiente familiar. Por lo tanto, bajo estas condiciones, las diferencias
entre gemelos y mellizos son debidas exclusivamente a diferencias genéticas.

Los estudios de gemelos observan un carácter en una pareja de gemelos y anotan si


coinciden o concuerdan en la expresión del carácter. Por ejemplo, si se observa la
orientación sexual, los dos gemelos pueden ser heterosexuales o los dos homosexuales
(concordantes); o uno puede ser homosexual y el otro heterosexual (no concordantes). Si
el carácter observado (por ejemplo, la orientación sexual) está genéticamente
determinado se espera que la pareja sea concordante. En un estudio de este tipo el grado
máximo de concordancia entre gemelos es del 100%. Si lo que se estudia son parejas de
mellizos, el grado máximo de concordancia esperado es del 50%. Los valores máximos
de concordancia sólo se alcanzan para caracteres con una determinación genética simple
y estricta. Por ejemplo, para el grupo sanguíneo Rh. Para caracteres complejos, influidos
(que no determinados) por muchos genes, la concordancia en un estudio raramente
llegará al valor máximo. Pero lo que siempre se cumplirá para cualquier carácter
heredado es que el grado de concordancia siempre será mayor entre gemelos que entre
mellizos. Por tanto, todo carácter con un componente genético se diagnostica porque el
grado de concordancia entre gemelos es significativamente mayor que entre mellizos. No
como sugieren algunos, porque se acerque la concordancia al valor máximo teóricamente
posible.

Los primeros estudios de orientación sexual en gemelos se hicieron con muestras


relativamente pequeñas, entre 5 y 56 gemelos, y proporcionaron porcentajes de
concordancia entre el 25% y el 100% para gemelos, y entre el 0% y el 30% para
mellizos, comprendiendo estudios de hombres, de mujeres y combinados. Los pocos
ejemplos disponibles de gemelos criados aparte mostraron un grado de concordancia, al
menos para los hombres, similar a las observaciones hechas para gemelos criados juntos
(Pillard y Bailey, 1998). Como se ve, es sensiblemente mayor la concordancia entre
gemelos que entre mellizos. Si se tiene en cuenta que gemelos y mellizos comparten
ambiente uterino y postnatal, no se esperan grandes diferencias entre los dos tipos de

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hermanos - si el carácter viene determinado por el ambiente y no tiene base genética-.
Por tanto, desde estos primeros estudios, ya se apunta la existencia de un significativo
componente genético en la orientación sexual humana.

Más recientemente, en un estudio del año 2008, con una gran muestra de cerca de
5.000 gemelos y mellizos, se estudiaron los siguientes rasgos de la sexualidad: el número
de parejas sexuales, la identidad de género y la orientación sexual (Zietsch et al., 2008).
Cada pareja de gemelos/mellizos puede concordar en el rasgo estudiado en mayor o
menor grado. Por ejemplo, uno de los gemelos ha tenido 6 parejas sexuales y el otro 5,
no son exactamente iguales pero son valores próximos; en cambio, dos mellizos han
tenido uno 8 parejas y el otro 2. Son valores muy diferentes que no parecen tener una
relación. El coeficiente de correlación mide el grado en que los valores de un carácter en
una serie de gemelos/mellizos covarían sincronizadamente con los de los hermanos
correspondientes. Estadísticamente hablando, el coeficiente de correlación toma el valor
+1 si la asociación es positiva (covarían en la misma dirección) y total (los valores son
exactamente iguales en las dos series gemelares). Toma el valor 0 si no hay asociación
(los valores de los gemelos de cada pareja varían aleatoriamente, sin marcar ninguna
tendencia). Puede tomar el valor - 1 si covarían totalmente en direc ciones opuestas. Si el
carácter que estamos midiendo, la orientación sexual, por ejemplo, está genéticamente
determinado, se espera que el grado de correlación aumente con el grado de parentesco
genético.

Pues bien, el grado de correlación para la orientación sexual entre las parejas de
hermanas era 0,47 y 0,37, para gemelas y mellizas, respectivamente. Entre parejas de
hermanos era 0,57 y 0,20, para gemelos y mellizos, respectivamente. Los valores de
correlación correspondientes para el número de parejas sexuales eran 0,61 y 0,35, para
gemelas y mellizas, respectivamente, y 0,61 y 0,37, para gemelos y mellizos (Zietsch et
al., 2008).

Como se ve, el grado de correlación es sustancialmente mayor entre gemelos que


entre mellizos, efecto que sólo puede ser atribuido al mayor parentesco genético existente
entre los primeros respecto de los segundos (Sanders y Dawood, 2004). Quiere decirse,
pues, que estos dos componentes de la sexualidad humana, la orientación sexual y el

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número de parejas sexuales, tienen una clara influencia genética. Debe notarse que estas
conclusiones son de aplicación tanto para hombres como para mujeres.

En sentido contrario, se debe hacer notar que, puesto que la concordancia entre
gemelos no es del 100%, hay una contribución significativa ambiental (no genética) a
estos rasgos de la sexualidad (Sanders y Dawood, 2004).

Sin embargo, las tasas de concordancia en gemelos monocigóticos son


solamente del orden del 50%. Así pues, uno inferiría que bien el azar o bien
agentes no genéticos también juegan un papel sustancial en la etiología de la
homosexualidad masculina (James, 2005).

(Nótese que la contribución ambiental - no genética - no significa no biológica; el


ambiente comprende factores biológicos y no biológicos.)

Algunos de los estudios de gemelos incluyeron hermanos adoptivos, criados y


educados en la misma casa que los homosexuales. Los hermanos adoptivos no tienen
relación de parentesco genético con sus "hermanos", ya que no son hijos biológicos de
los padres, pero, evidentemente, comparten, desde el mismo momento de la adopción,
un mismo entorno familiar, educativo y cultural. Si la educación y la crianza determinan
la sexualidad, gemelos, mellizos y hermanos no biológicos adoptados deberían
proporcionar valores de correlación groseramente iguales y estadísticamente no
diferentes.

En estos casos se han estimado también las tasas de homosexualidad para los
hermanos adoptivos genéticamente no relacionados. Para ambos sexos la proporción de
homosexuales era significativamente mayor entre los gemelos que entre los mellizos o
entre los hermanos adoptivos (Sanders y Dawood, 2004). Esto es lo esperado en el caso
de que la homosexualidad tuviese un componente genético significativo.

Muchos de los estudios de gemelos y de familias han permitido estimar la


heredabilidad para algunos componentes de la sexualidad humana. La heredabilidad es,
en sentido amplio, la proporción de la variación de un carácter debida a los genes. La
proporción no explicada por los genes se atribuye al ambiente en sentido amplio.

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Los primeros trabajos de Bailey y colaboradores estimaron que la heredabilidad para
la orientación sexual era alrededor del 53% en hombres y del 52% en mujeres (LeVay y
Hamer, 1994). Posteriormente se han acumulado nuevos trabajos que ponen de
manifiesto valores de heredabilidad para la orientación sexual en humanos que oscilan
entre el 50% y el 74% (Bailey y Zuk, 2009), lo que significa que más de la mitad de la
variación observada para el carácter orientación sexual se explica por la variación
genética.

Otro estudio reciente (Burri et al., 2011), con más 4.000 gemelos, en el Reino Unido,
analizó la identidad de género, la orientación sexual y el comportamiento durante la niñez
(si era un comportamiento típico de género o atípico). Del comportamiento atípico de
género se sabe que está correlacionado robustamente con la homosexualidad adulta,
como se vio en el capítulo 1. La heredabilidad calculada fue del 32% para el
comportamiento atípico de género durante la niñez, del 25% para la orientación sexual, y
sólo del 11% para la identidad de género.

Otros aspectos de la conducta sexual fueron estudiados en una muestra amplia de


gemelos (más de 3.000). Concretamente, la edad de iniciación y la práctica sexual con
múltiples parejas (promiscuidad). La edad de iniciación mostró una heredabilidad del
24%, y la promiscuidad del 49% (Lyons et al., 2004).

Como se observa, todos los aspectos de la conducta sexual estudiados presentan un


componente genético significativo. Si se tiene en cuenta el tipo de algunos de los aspectos
(la edad de iniciación y la tendencia a ser promiscuo, por ejemplo), lo que resulta
sorprendente es que se hayan calculado valores de heredabilidad significativos.
Cualquiera habría pensado a priori que, por ejemplo, la edad de iniciación sexual sería un
asunto puramente cultural, dependiente de los comentarios de los amigos, del ambiente
del barrio y de cosas por el estilo. Pues bien, hasta caracteres como éstos muestran una
cierta influencia genética.

Como se puede ver, hay diferencias sustanciales entre los valores de heredabilidad
encontrados en los diferentes estudios. Esto es normal, ya que se sabe que la
heredabilidad depende de la muestra y del ambiente. Además, es bastante probable que

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parte de estas inconsistencias sean debidas a la forma de medir los caracteres analizados
(Burri et al., 2011).

Los estudios de heredabilidad de caracteres de la conducta humana son objeto de una


fuerte crítica y sus resultados son vistos con bastante escepticismo. La objeción
fundamental es que no se pueden separar los efectos de los genes y del ambiente en los
seres humanos, porque para ello habría que ser capaces de controlar las condiciones
ambientales en que se desarrolla una conducta, lo cual es imposible (Járvilehto y
Lickliter, 2009).

Esta crítica es correcta y se debe tomar en cuenta. Eso significa que los valores de
heredabilidad no son exactos, están afectados de error. Pueden ser, realmente, mayores
(60 o 70%) o menores (30 o 40%). Tanto da. La tesis que se defiende no pretende que
los genes sean los factores determinantes exclusivos de la sexualidad humana sino,
simplemente, unos de los factores biológicos que la determinan significativamente. Lo
que parece que ha quedado suficientemente acreditado por los resultados de los
diferentes estudios es que hay un componente genético en la homosexualidad masculina
y femenina.

No obstante, este tipo de estudios no dice qué genes concretos son los involucrados
porque no están diseñados para eso, sino únicamente para apuntar si existe o no un
componente genético en la determinación de la homosexualidad. Para conocer qué genes
o regiones específicas de los cromosomas son los responsables de la homosexualidad, se
requieren métodos experimentales con un abordaje diferente.

3.2.3. Estudios moleculares

Hamer y colaboradores (1993), estudiando familias (genealogías completas), encontraron


un patrón inesperado en la herencia de la homosexualidad masculina: había una mayor
incidencia en la rama materna, lo que llevó a sospechar en una trasmisión ligada al
cromosoma X.Se recogieron muestras de ADN de 40 familias en las que se analizaron 22
marcadores génicos que cubrían completamente el cromosoma X.Para cada marcador,
una pareja de hermanos homosexuales eran registrados como concordantes si compartían

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marcadores idénticos heredados de su madre (recuérdese que los hombres heredamos el
cromosoma X siempre de nuestra madre) o como discordantes si heredaban diferentes
genes marcadores. Se esperaba que el 50% de los marcadores fueran idénticos por azar
(Hamer et al., 1993). Poco después, en 1994, en un trabajo en colaboración con Simon
LeVay, Hamer comentaba:

Los resultados de este estudio fueron llamativos. Sobre la mayor parte del
cromosoma X los marcadores estaban distribuidos aleatoriamente entre los
hermanos gays. Pero en el extremo del brazo largo del cromosoma X, en una
región conocida como Xq28, había un considerable exceso de hermanos
concordantes: 33 parejas compartían el mismo marcador, mientras que
solamente siete parejas no lo hacían (LeVay y Hamer, 1994).

La interpretación más normal de este hecho es, que la región Xq28 contiene un gen
que influencia la orientación sexual en los hombres. Sin embargo, este estudio tenía
algunas debilidades que el propio Hamer explicitó (Hamer et al., 1993; LeVay y Hamer,
1994). Una, no estaba replicado. Dos, el propio gen no había sido aislado. Tres, no se
sabía la importancia cuantitativa de la región Xq28 sobre la orientación sexual masculina.

El hallazgo tuvo en su momento un extraordinario impacto mediático en los Estados


Unidos, similar a lo sucedido con el trabajo de LeVay en 1991 que se comentará más
adelante. La influyente grey construccionista (psicólogos, psicoanalistas, antropólogos,
historiadores, filósofos de diversa laya, etc.), junto con algún eminente genético (Richard
Lewontin, de Harvard University), despotricaron contra el trabajo y sus conclusiones,
principalmente, porque todos maliciaban que tras la hipótesis biológica de la
homosexualidad vendrían una serie de medidas sociopolíticas discriminatorias contra los
gays y lesbianas.

En todo caso, las objeciones no fueron meramente de inoportunidad política, sino


que cuestionaban la médula científica del estudio. Hamer replicó el estudio muy pronto
con resultados similares (Hu et al., 1995), mientras que otros dos estudios, por grupos
independientes, no ratificaron el hallazgo de Hamer, lo que dio lugar a una fuerte
controversia acerca de la fiabilidad de los diferentes trabajos (el relato de la controversia
está en J.M.Bailey, 2005 y en Sanders y Dawood, 2004). Combinando los cuatro

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estudios de ligamiento, se hizo un metaanálisis que corroboraba el hallazgo de Hamer. La
réplica del metaanálisis excluyendo el estudio original de 1993 daba un valor de
significación de 0,07, que indica una tendencia en la línea de la hipótesis de Hamer,
aunque no sea estadísticamente significativo (Sanders y Dawood, 2004). Para aumentar
la incertidumbre, un nuevo trabajo del propio grupo de Hamer abarcando todo el genoma
(Mustanski et al., 2005), detectó otras regiones en diferentes cromosomas, relacionadas
con la orientación homosexual, pero la Xq28 no se encontró entre ellas. En suma, parece
claro que existen regiones cromosómicas relacionadas con la homosexualidad, pero no
está bien establecida su localización cromosómica.

3.2.4. Efectos directos de los genes sobre el cerebro

Además de los efectos mediados por las hormonas sexuales que, en última instancia, son
consecuencia de los genes, éstos ejercen también efectos directos (Arnold, 2004;
McCarthy, 2010). Se hace referencia a aquellos efectos que surgen de la expresión de
genes de los cromosomas sexuales, X e Y, dentro de células no sexuales (especialmente
neuronas), y que resultan en diferencias entre sexos en la función de dichas células.

La idea de que otros factores, aparte de las hormonas sexuales, podrían dar cuenta de
las diferencias cerebrales entre sexos ganó apoyo a partir de las investigaciones con un
pájaro, el diamante mandarín ("zebra finch"). Los machos de esta especie, dentro de la
conducta de cortejo, poseen la habilidad de cantar un trino distintivo de cada individuo
que se atribuye a diferentes regiones cerebrales, más grandes en los machos que en las
hembras. Los machos castrados son capaces de emitir su trino particular. El canto no se
ve modificado por las alteraciones hormonales debidas a la castración. Además, hay
hembras que desarrollan testículos, y por tanto producen testosterona, pero no son
capaces de cantar como los machos. Estos hechos demuestran que la capacidad cerebral
de emitir un trino particular no se debe a la testosterona sino que es una habilidad
cerebral previa e independiente de la acción de la testosterona. Lo que pone de
manifiesto que, en el diamante mandarín, hay genes masculinos que determinan el
desarrollo de determinadas áreas cerebrales directamente, sin la mediación de las
hormonas sexuales. No es disparatado suponer que existan genes similares en el ser

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humano.

En este sentido se han demostrado tales efectos génicos directos en seres humanos,
por ejemplo, la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad de Parkinson, el autismo, la
depresión, etc. (Ngun et al., 2011). Hay una asociación entre el sexo masculino y la
propensión a padecer determinadas enfermedades neurológicas (Parkinson, por ejemplo)
y el femenino con otras patologías (depresión, por ejemplo). Esto indicaría efectos
directos de algunos genes sobre áreas neuronales concretas.

Otra evidencia de la acción directa de los genes sobre el sistema nervioso en humanos
es el síndrome de Tumer, que se debe a la carencia de un cromosoma X (individuos
45,X0). Las mujeres con síndrome de Turner, además de otras manifestaciones (estatura
baja, disfunción ovárica, etc.), muestran numerosas discapacidades neuropsicológicas
respecto de las mujeres normales 46,XX, como habilidades visoespaciales, deficiencias
en la memoria y en la atención y dificultades para interaccionar socialmente. Todo esto
indica un impacto directo de los genes (de la falta de los genes de un cromosoma X
completo, en este caso) en el desarrollo del sistema nervioso (Davies y Wilkinson, 2006).

Falta demostrar en humanos la acción específica de los genes sobre áreas cerebrales
relacionadas con la conducta sexual. Pero los hechos presentados sugieren que tales
genes existen.

3.3. Evidencias neurológicas

El cerebro, que es el órgano base de la conducta humana, se origina, como el resto de los
órganos, durante el desarrollo embrionario siguiendo la programación genética. Las
hormonas sexuales modelan de modo diferente determinados órganos del cuerpo,
dependiendo del sexo (masculino o femenino) del feto. Parece razonable suponer que las
hormonas sexuales pudieran también modelar el cerebro, en sentido masculino o
femenino. Esto es justamente lo que sostiene la hipótesis neuroendocrina prenatal de la
homosexualidad y lo que se va a contrastar con los hechos experimentales. Al mismo
tiempo, probablemente, hay genes que actúan directamente sobre el desarrollo neuronal
de modo diferencial según el sexo, como sugieren los datos que se acaban de comentar.

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La suposición básica es que el cerebro humano es sexualmente dimórfico, que existen
diferencias entre los cerebros de las mujeres y de los hombres. Dicho de otro modo,
existe un cerebro masculino y un cerebro femenino. ¿Hay hechos que demuestren que
esto es así? Vamos a ver que existen evidencias abrumadoras que apoyan la
diferenciación sexual cerebral. Más aún, se tendrá ocasión de conocer que hay una
relación entre la orientación sexual y el dimorfismo sexual cerebral.

Para empezar, se sabe que hay una diferencia entre sexos en el peso del cerebro,
compensado por la diferencia de estatura, que está presente desde la edad de dos años
(Bao y Swaab, 2011). Pero además hay otras diferencias estructurales y funcionales,
como se verá.

Una evidencia simple pero poderosa del dimorfismo sexual del cerebro se deduce de
que, pertenecer a uno u otro sexo, tiene importantes consecuencias en el riesgo de
contraer enfermedades neuropsiquiátricas, como se ha apuntado anteriormente y como
se puede ver en el cuadro 3.1 (Bao y Swaab, 2011).

Se puede observar que hay enfermedades neurológicas con una incidencia mucho
mayor en los hombres que en las mujeres, y viceversa. Por ejemplo, la anorexia nerviosa
presenta una ratio de 96:4 y la enfermedad de Alzheimer 74:26 en mujeres respecto de
hombres; por el contrario, la esquizofrenia tiene una ratio de 22:73 y el autismo de 20:80
en mujeres respecto de hombres. Esto indica claramente, sin ningún género de duda, que
el cerebro de hombres y mujeres es diferente, dicho de otra manera, hay cerebros
masculinos y femeninos. Pero los hechos no se quedan meramente en lo que se acaba de
describir sino que involucran, como se va a ver a continuación, a áreas concretas del
cerebro críticamente relacionadas con la conducta sexual o la reproducción.

Cuadro 3.1. Incidencia relativa en mujeres y hombres de diferentes patologías nerviosas

80
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3.3.1. Núcleo intersticial del hipotálamo anterior 3

En 1991, un trabajo publicado en Science por el investigador en neurofisiología Simon


LeVay (que a la sazón es gay) tuvo un gran impacto mediático en los Estados Unidos,
donde levantó una gran revuelo por decir que había un núcleo nervioso hipotalámico que
variaba según se fuera homosexual o heterosexual masculino. (El estudio sobre la
homosexualidad femenina no se pudo hacer por la carencia de cerebros para ser
diseccionados y estudiados.) La acritud con que fueron imprecados el artículo y su autor
desbordó la crítica científica para rallar en la mezquindad. Más adelante veremos algunas
"perlas" escogidas, en otra parte de este libro.

Estudios independientes, de diferentes laboratorios y grupos de investigación,


observaron que un conjunto de neuronas del hipotálamo llamado núcleo intersticial del
hipotálamo anterior 3 (INAH3) era más de dos veces mayor en los hombres que en las
mujeres. Pero al mismo tiempo, también el INAH3 era de dos a tres veces más grande
en hombres heterosexuales que en homosexuales. La diferencia era altamente
significativa desde el punto de vista estadístico. En cambio no había diferencias
significativas entre hombres homosexuales y mujeres (LeVay, 1991).

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El 1NAH3, por su localización y conexiones, es, probablemente, el equivalente
humano del núcleo sexualmente dimórfico del área preóptica (SDN-POA), primeramente
descrito en ratas, que se sabe está relacionado con la conducta sexual de las ratas.
Posteriormente se encontró que las ovejas también tenían un grupo de neuronas,
sexualmente dimórfico equivalente. Este grupo neuronal es denominado el oSDN (donde
la "o" significa ovino). Esta estructura nerviosa es mayor en los carneros heterosexuales
que en los carneros con orientación homosexual y que en las ovejas en fase luteal
(Alexander et al., 2011). También se ha podido demostrar que este dimorfismo ocurre
independientemente de la experiencia sexual, lo que sugiere que se desarrolla durante el
periodo embrionario (Roselli et al., 2011).

Para responder a la cuestión de si la testosterona es responsable de la emergencia de


la diferencia entre sexos, fetos de cordero fueron expuestos a elevados niveles de
testosterona exógena durante el periodo crítico de la diferenciación sexual. La exposición
a la testosterona agrandó significativamente el oSDN en las hembras, pero no tuvo
ningún efecto en los machos. Así pues, la exposición prenatal a la testosterona
defeminiza y masculiniza el oSDN (Roselli et al., 2011), en coherencia con la hipótesis
organizacional.

Este núcleo está verdaderamente localizado en el centro del POA hipotalámico, una
región involucrada en el control de la conducta sexual y las preferencias de pareja
(Balthazart, 2011).

En suma, el INAH3 aparece como una estructura cerebral sexualmente dimórfica,


que surge como consecuencia de la acción prenatal de la testosterona, que parece
vinculada con algunos aspectos de la conducta sexual, y cuya morfología en los hombres
homosexuales coincide con la típica de mujeres.

3.3.2. Núcleo intersticial del hipotálamo anterior 1

También se observó en el hipotálamo, hace ya algunos años (Swaab y Hofman, 1995),


que hay una diferencia estructural entre hombres y mujeres en un núcleo del área
preóptica que fue denominado, inicialmente, de modo incorrecto como, SDN-POA,

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sugiriendo que era el equivalente al previamente descrito en ratas. Se trata de un error, ya
que el equivalente humano del SDN-POA animal es el INAH3 (LeVay, 2011). Otros
investigadores lo han denominado núcleo intersticial del hipotálamo anterior 1 (INAH1) o
núcleo intermedio.

El INAH1 en los hombres es más de dos veces más grande y contiene alrededor de
dos veces más neuronas que en las mujeres. Estas diferencias entre sexos se desarrollan
sólo después de los cinco años, desaparecen temporalmente después de los 50 para
volver a producirse después de los 75 (Swaab y Hofman, 1995). Curiosamente, se pudo
ver que la diferenciación sexual del cerebro (en este caso concreto el INAHI) no implica
aumento en el número de neuronas sino, habitualmente, la muerte selectiva de éstas.
Swaab, posiblemente el máximo experto en esta estructura en humanos, sostiene que no
hay diferencias, ni en número de células ni en volumen, entre hombres homosexuales y
heterosexuales (Swaab y Hofman, 1995). Otro estudio coincidió, en lo esencial, con lo
dicho por Swaab y un tercero (el descubridor del núcleo) nunca encontró dimorfismo
sexual, posiblemente porque la muestra estudiada era de la edad en que desaparecen las
diferencias (Swaab y Hofinan, 1995). Lo cierto es que el INAH1 no muestra una
estructura "organizada" prenatalmente, y estable, como postula la hipótesis
neuroendocrina sino que, por el contrario, muestra cambios a lo largo de la vida.

3.3.3. Núcleo supraquiasmático

El núcleo supraquiasmático (SCN) es dos veces más grande en hombres homosexuales


que en heterosexuales, y además el tamaño y la forma característica de las mujeres son
las que presentan los homosexuales (Bao y Swaab, 2011). El SCN es el reloj del cerebro
humano que regula los ritmos circadianos, pero hay también muchas observaciones que
sugieren que está involucrado en procesos reproductivos (Swaab y Hofinan, 1995).
Estudios muy detallados sobre las conexiones que mantiene esta estructura en ratas
indican su implicación en la orientación sexual (Swaab y Hofinan, 1995).

3.3.4. Comisura anterior

La comisura anterior es un paquete de fibras que interconecta ambos hemisferios

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cerebrales en la parte media. Esta región generalmente es mayor en las mujeres que en
los hombres; los hombres homosexuales tienen también esta región más grande que los
hombres heterosexuales (Bao y Swaab, 2011). Después de corregir por el tamaño total
del cerebro, la comisura anterior en las mujeres y en los hombres homosexuales es de un
tamaño comparable (LeVay y Hamer, 1994).

3.3.5. Istmo del cuerpo calloso

El istmo del cuerpo calloso es también mayor en las mujeres que en los hombres
heterosexuales. De nuevo nos encontramos con que es más grande en los hombres
homosexuales que en los heterosexuales (Bao y Swaab, 2011), esto es, esta estructura
cerebral tiene un tamaño similar en los hombres homosexuales y en las mujeres
heterosexuales, lo que sugiere una relación entre el tamaño de este estructura cerebral y
la orientación sexual de la persona.

3.3.6. Núcleo basal de la estría terminal

El núcleo basal de la estría terminal (BNST) es también sexualmente dimórfico, siendo


en volumen 2,5 veces más grande en machos que en hembras (Swaab y Hofinan, 1995).
Curiosamente, los machos homosexuales no muestran diferencias, en cambio los
transexuales de macho a hembra muestran una morfología femenina en este núcleo
(Rahman y Wilson, 2003). Este hecho sugiere un correlato neural de la identidad de
género y confirmaría la disociación fundamental entre la preferencia sexual y la identidad
de género (Rahman y Wilson, 2003).

3.3.7. Lesiones neurológicas

Un grupo alemán (Müller el al., 1973, citado por Swaab el al., 1997) llevó a cabo un
estudio psicoquirúrgico estereotáctico con 22 hombres - pedófilos homosexuales y otros
tipos de anomalías en la conducta sexual-. En 12 pacientes homosexuales se practicó una
lesión en el núcleo ventromedial derecho del hipotálamo. Como resultado, ocho pacientes
dejaron de tener impulsos y fantasías homosexuales. En seis se manifestó un intenso
deseo de tener contactos heterosexuales plenos. En un paciente pedófilo se destruyó

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bilateralmente el núcleo ventromedial resultando en una pérdida completa del interés
sexual. Pacientes heterosexuales reportaron una reducción significativa en su impulso
sexual.

Evidentemente este estudio es altamente controvertido desde los puntos de vista ético
y metodológico. Pero los resultados están ahí. Todos estos resultados sugieren que el
hipotálamo humano está involucrado en la orientación sexual y en el impulso sexual, al
menos, en los hombres. Por otra parte, una revisión de la literatura sobre lesiones
neurológicas llevó a una conclusión similar en el sentido de que el hipotálamo humano es
una región cerebral clave en la mediación de la conducta sexual (Baird et al., 2007).

3.3.8. Hormonas y cerebro

Se ha demostrado la participación de las hormonas sexuales en la diferenciación sexual


del cerebro interviniendo en tres aspectos distintos: en el establecimiento de
neurocircuitos, en la regulación de la muerte celular (determinando el tamaño de regiones
cerebrales específicas) y regulando la formación de sinapsis (McCarthy, 2010). Por
ejemplo, el estradiol (una hormona sexual femenina) induce la liberación de un factor
neurotrófico en las neuronas del núcleo periventricular anteroventral (AVPV) que atrae
los axones en crecimiento procedentes de neuronas del BNST, de ese modo se favorecen
las conexiones BNSTAVPV. Las diferencias de tamaño en áreas cerebrales concretas se
ha visto que es consecuencia de la muerte celular selectiva en un sexo respecto del otro
porque, inicialmente, machos y hembras parten del mismo número de neuronas. Las
hormonas sexuales se ha visto que actúan promoviendo la supervivencia o la muerte de
las neuronas en áreas específicas, dando lugar a las diferencias de tamaño observadas
entre sexos. Finalmente, como ejemplo de la tercera acción, se ha descubierto el
mecanismo celular que explica por qué las neuronas del área preóptica de los machos
tienen el doble de sinapsis excitatorias que las de las hembras. El estradiol da lugar a una
sobreexpresión del gen de la ciclooxigenasa, lo que conduce a un gran incremento de la
producción de prostaglandinas, desencadenándose una cascada de acontecimientos
involucrando cAMP, protein kinasa A, receptores glutamatérgicos, etc., que determina, al
final, el establecimiento y mantenimiento de una sinapsis excitatoria (McCarthy, 2010).

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En resumen, está perfectamente acreditada la acción de las hormonas sexuales sobre
diversos aspectos del desarrollo del sistema nervioso. No obstante, el efecto organizador
temprano de las hormonas no explica todas las diferencias neurológicas entre sexos sino
que otros factores adicionales deben intervenir (McCarthy, 2010).

3.3.9. Evidencias neurocognitivas

A pesar de una historia algo controvertida, hay ahora un cuerpo de evidencia


sobre que hombres y mujeres difieren, consistentemente, a lo largo de una serie
de dominios neuropsicológicos. Brevemente, los machos tienden a tener
puntuaciones más altas que las hembras en tareas de rotación mental, respuesta
espaciotemporal y razonamiento fluido, mientras que las hembras puntúan más
alto que los machos en tareas de percepción, destrezas motoras verbales/finas y
captación de información fonológica y semántica (Davies y Wilkinson, 2006).

Aparte de las diferencias neuroanatómicas descritas, está firmemente demostrado que


ambos sexos tienen diferencias neurocognitivas. Los machos son mejores que las
hembras, en promedio, en los test de aprendizaje y navegación en un sitio, mientras que
las hembras son mejores que los machos, en promedio, en los test de memoria de
localización espacial. Los estudios han demostrado consistentemente que los hombres
adultos heterosexuales sanos son mejores que los hombres homosexuales en los test
favorables a los machos, tales como la rotación mental, el juicio sobre la orientación de
las líneas, etc. En cambio, los machos homosexuales son mejores que los heterosexuales,
en test de memoria de localización espacial favorables a las hembras (Rahman y
Koerting, 2008). Por otra parte, las lesbianas difieren de las mujeres heterosexuales en la
mayoría de las funciones neurocognitivas, excepto en los test de fluidez verbal, en los
que las lesbianas mostraban una capacidad típicamente femenina.

Se ha propuesto que las diferencias neurocognitivas relacionadas con la orientación


sexual son un producto de los niveles androgénicos prenatales. El patrón cambiado de
sexo en el conocimiento espacial entre los gays, y en la fluidez verbal entre las lesbianas,
apoya esa hipótesis (Rahman y Koerting, 2008).

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3.3.10. Conclusiones sobre las evidencias neurológicas

Todos estos hechos establecen, rigurosamente, que hay diferencias cerebrales entre sexos
tal y como predice la teoría neuroendocrina prenatal. Más aún, como hemos visto, los
gays son en estas estructuras nerviosas, generalmente, similares a las mujeres. Dicho de
otro modo, existe una correlación entre la estructura cerebral y la orientación sexual,
independientemente del sexo o género del individuo.

Los hechos revisados apoyan la idea de que la organización estructural del cerebro
puede ser la base de las diferencias funcionales y de las diferencias en enfermedades
neurológicas o psiquiátricas entre sexos (Swaab et al., 1997). Más aún, la asociación
entre rasgos anatómicos, funcionales y cognitivos de un lado, con rasgos de la sexualidad
humana (por ejemplo, la orientación sexual) sugieren poderosamente que la
diferenciación cerebral prenatal está en la base de la determinación de muchos de los
componentes fundamentales de la conducta sexual humana, en completa coherencia con
la teoría neuroendocrina prenatal.

Las evidencias revisadas sugieren que las diferencias neurológicas observadas entre
hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, son causadas por las hormonas
sexuales y que éstas actúan sobre el cerebro prenatalmente o en los primeros meses
después del nacimiento. En la siguiente sección vamos a tener ocasión de ampliar y
reforzar esta idea.

3.4. Evidencias endocrinológicas

En este punto se van a presentar y discutir los hechos experimentales que tienen que ver
con los niveles hormonales, fundamentalmente, las hormonas sexuales masculinas
(andrógenos) y femeninas (estrógenos).

3.4.1. Estudios en animales no humanos

El trabajo experimental endocrinológico con animales no humanos, desde primates a


aves, en los últimos 50-60 años, ha sido extraordinario. La manipulación de los niveles
hormonales ha permitido establecer claramente muchos principios básicos, entre otros, la

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demostración de la teoría neuroendocrina en animales. Los estudios en roedores, por
ejemplo, han demostrado que la testosterona, una hormona sexual masculina, se
transforma en el cerebro en estradiol, por la acción de la enzima aromatasa, y es bajo
esta forma de estrógeno, curiosamente, como la testosterona provoca la masculinización
del cerebro. En ratas, utilizando estradiol, se ha demostrado que se produce la
masculinización del cerebro. También el uso de estrógenos provoca incremento de la
conducta masculina, aumento del volumen del SDN-POA y disminución de la conducta
femenina. Además, el bloqueo de la transformación de andrógeno en estrógeno (que
provoca que no haya estrógeno disponible), así como el bloqueo de los receptores de
estrógeno (que simula la falta de estrógeno, porque éste no puede unirse a sus receptores
específicos) provoca en la conducta sexual de las ratas efectos similares a la castración
(que determina una carencia absoluta de estrógeno).

Globalmente, los estudios en los cuales han sido manipulados experimentalmente los
niveles hormonales en una amplia variedad de mamíferos, desde roedores a monos
rhesus, indican que la exposición a altos niveles de testosterona durante periodos críticos
del desarrollo temprano promueve el desarrollo nervioso y conductual típico de los
machos, mientras que la exposición a bajos niveles de testosterona conduce a un
desarrollo nervioso y conductual típico de hembras. Todas estas evidencias apoyan la
hipótesis de que la conducta sexual, en roedores y en otros animales no humanos, viene
influenciada de manera determinante por las hormonas sexuales a través de la
organización del cerebro (Hines, 2011).

Aunque los estudios con animales no humanos no son completamente trasladables a


la sexualidad humana, parece razonable pensar que algo similar puede suceder en un ser
humano. La hipótesis es que las influencias del ambiente hormonal temprano determinan
las diferencias en orientación sexual en humanos (Alexander et al., 2011; Hines, 2011).

3.4.2. Desórdenes hormonales en humanos

Evidentemente, por razones éticas, no es posible llevar a cabo experimentos en humanos


en los que se manipule los niveles hormonales para comprobar qué resultados se
obtienen. Sin embargo, hay una serie de experimentos "naturales", tales como anomalías

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endocrinas y algunos desequilibrios hormonales provocados inconscientemente, que
pueden servir para extraer algunas conclusiones.

A) Síndrome de Swyer

Este síndrome se produce en personas cromosómicamente machos (46,XY), pero con


testículos no desarrollados. Como consecuencia, a pesar de tener el cromosoma Y, estos
individuos son externamente de apariencia femenina, ya que, probablemente, al no
desarrollarse los testículos no producen testosterona, ni DHT, ni MIH (véase la figura
2.1). Lógicamente, son consideradas niñas y criadas como tales.

En todos los casos conocidos estas personas se autoidentifican como hembras


heterosexuales sin ningún problema de identidad de género (Alexander et al., 2011). Esto
puede explicarse adecuadamente desde la teoría neuroendocrina como que se ha
producido una feminización del cerebro debido a los bajos niveles de testosterona
prenatales. Aunque igualmente puede explicarse como resultado de la crianza y
educación como niña desde la teoría sociocultural.

B) Síndrome de insensibilidad androgénica

El síndrome de insensibilidad androgénica (AIS) afecta a individuos cromosómicamente


masculinos (46,XY). Este síndrome es una enfermedad de origen genético debida a la
incapacidad de los receptores androgénicos para responder a los andrógenos, se transmite
ligada al cromosoma X y ocurre casi exclusivamente en individuos XY. En su forma más
extrema, los individuos tienen testículos funcionales que producen andrógenos, pero el
desarrollo genital externó parece feme vino debido a la incapacidad de los receptores para
responder a los andrógenos. Además, la presencia de MIH previene el desarrollo de los
conductos genitales internos femeninos (figura 2.1). Los individuos (machos XY) con la
forma completa de AIS se desarrollan externamente como mujeres, son criados como
niñas y experimentan fantasías eróticas y orientación "heterosexual" (Bao y Swaab, 2011;
Hines, 2011). Esto es, son cromosómicamente machos que sienten atracción sexual por
los hombres.

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Son individuos de sexo genético masculino (XY) que se han desarrollado como en
ausencia de andrógenos (debido a la falta de los receptores correspondientes). La
ausencia o, en este caso, la falta de respuesta a los andrógenos, de acuerdo con la
hipótesis neuroendocrina, debería tener como consecuencia la feminización de los
genitales y del cerebro (figura 2.1). Esto, por su parte, comportaría unos genitales
externos de aspecto femenino y una mayor incidencia de una orientación sexual hacia los
hombres. Y esto es justamente lo que sucede. No obstante, también en este caso, no se
puede descartar la hipótesis sociocultural, puesto que, como hemos dicho, estos "niños"
son criados y educados como niñas y por lo tanto, también predice la orientación sexual
observada.

C) Mutaciones de enzimas del metabolismo hormonal

En individuos con sexo genético masculino (46,XY) se conocen dos enfermedades que
afectan a la biosíntesis de andrógenos. Ambas se deben a genes recesivos autosómicos
(genes situados en los cromosomas no sexuales).

En un caso (1) está afectada la enzima 17(3-hidroxiesteroide deshidrogenasa, que


transforma un precursor (androstendiona) en testosterona (figura 3.1). En el otro caso
(2), está afectada la enzima 5a-reductasa que convierte la testosterona en DHT (figura
3.1), siendo ésta la responsable de la masculinización de los genitales externos, como ya
se sabe (figura 2.1). En ambos casos pues, lo que se está produciendo es una carencia de
DHT (figura 3.1). Pero en el primer caso, además, hay una carencia de testosterona
(figura 3.1).

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FIGURA 3.1. Rutas de síntesis de las hormonas sexuales y de algunas hormonas de las
glándulas adrenales.

La falta de DHT provoca que estos individuos, cromosómicamente machos XY, al


nacer parezcan niñas con un clítoris muy grande, aparentemente sin testículos, porque
éstos no han descendido desde el vientre, donde originalmente se forman, hacia la bolsa
escrotal. En el caso 2, con la llegada de la pubertad aumenta la producción de
testosterona, el "clítoris" crece hasta el tamaño de un pene, los testículos descienden,
aparecen rasgos secundarios masculinos como una voz más grave, un desarrollo
muscular masculino, etc. (Bao y Swaab, 2011). Dependiendo de la extensión de la
masculinización genital, los individuos pueden ser criados como machos o como
hembras, pero en este último caso la incidencia de reasignación de género es elevada.

En un estudio, de 18 personas criadas como niñas, 17 cambiaron de identidad de


género a machos, y 16 a un rol de género masculino, durante o después de la pubertad
(Alexander et al., 2011). El resultado sobre la orientación sexual varía según los estudios
entre un 39-64% que se muestran como hombres heterosexuales (Hines, 2011). Lo que

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significa también, haciendo aritmética elemental, que hay una proporción de hombres
homosexuales del 36-61%.

A despecho de la educación y la crianza de niña recibida por estos individuos hasta su


pubertad (los años más críticos desde el punto de vista de la formación de la
personalidad), llegada ésta, aparentemente, se olvida todo lo aprendido y, contra todo lo
pronosticado por la hipótesis sociocultural, estos individuos deciden "libremente"
identificarse y desempeñar un papel masculino típico, incluida la atracción sexual por las
mujeres. Estos hechos no tienen encaje en la hipótesis sociocultural.

Estos resultados son compatibles, en cambio, con la teoría neuroendocrina, pero


distinguiendo ambos casos: (1) faltan testosterona y DHT; (2) déficit sólo de DHT.

En el último caso, la hipótesis neuroendocrina prenatal pronostica la acción


organizadora directa de la testosterona en el desarrollo temprano del cerebro que, como
hemos visto anteriormente, la desempeña la testosterona como tal (figura 2.2) y, por
tanto, no se vería afectada por la ausencia de DHT. Por el contrario, la falta de DHT,
que es la responsable del desarrollo de los genitales externos (figura 2.1) daría lugar a las
anomalías genitales observadas. Por tanto, aunque el desarrollo de los genitales externos
es anómalo en estos individuos, el cerebro ha sido masculinizado. Con la llegada de la
pubertad, la descarga de testosterona activaría el cerebro masculino, provocando el
cambio de identidad y de rol de género de femenino a masculino, y activando la
orientación sexual hacia las mujeres. Serían, por tanto, hombres heterosexuales con
genitales anormales que explicarían entre el 39 y el 64% de machos heterosexuales
encontrados en los estudios.

En el caso de déficit de testosterona y DHT, la predicción de la hipótesis


neuroendocrina es diferente. En este caso, dependiendo del grado de carencia de
testosterona y DHT, cabe prever una mayor o menor feminización tanto de los genitales
externos como del cerebro. La feminización cerebral determinaría una orientación sexual
hacia los hombres. Por tanto, en su mayoría, serían hombres con genitales anormales,
homosexuales. Este caso podría explicar que entre un 36% y un 61% de los hombres con
este defecto genético no sean heterosexuales, lo que supone una incidencia de la

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homosexualidad en este grupo de individuos muy superior al del resto de la población
masculina.

D) Deficiencia de estrógeno congénita

Son individuos cromosómicamente machos (46,XY), con una deficiencia de estrógeno


debida, bien a insensibilidad al estrógeno, o bien por una deficiencia de la aromatasa que,
recordemos, es la enzima que convierte en el cerebro la testosterona en estradiol (figura
3.1). Aunque algunos pueden presentar anomalías reproductivas, todos los individuos se
identifican como machos heterosexuales. Si bien hay evidencia abrumadora en otros
mamíferos de que la aromatización de la testosterona a estrógeno es crítica para la
masculinización del cerebro, no la hay de que esta ruta afecte al género o a la orientación
sexual en humanos. Se sabe que hombres con mutaciones nulas afectando a la expresión
de la aromatasa desarrollan la orientación sexual esperada, típicamente masculina
(Alexander et al., 2011).

Respecto de la discusión sobre las diferentes hipótesis explicativas de la


homosexualidad esta anomalía no proporciona información relevante en ningún sentido
ya que es compatible con ambas hipótesis.

E) Hiperplasia adrenal congénita

Esta anomalía hormonal se da en personas cromosómicamente hembras (46,XX). La


hiperplasia adrenal congénita (CAH) se trata de una enfermedad debida a un gen
autosómico recesivo. En el 95% de los casos la mutación del gen provoca una enzima
defectuosa (21-hidroxilasa), incapaz de convertir las sustancias precursoras en cortisol y
aldosterona (dos hormonas adrenales típicas), en las glándulas adrenales (figura 3.1).
Como consecuencia los precursores se acumulan y se derivan alternativamente hacia su
conversión en andrógenos. Esto da lugar a un exceso de andrógenos el cual, a su vez,
provoca una masculinización en el feto femenino durante el embarazo (Alexander et al.,
2011; Hines, 2011). El resultado puede ser una masculinización completa hasta formar
un pene y un escroto vacío; o incompleta, formando un clítoris demasiado grande, con
fusión parcial en los labios mayores. En cualquier caso, los órganos reproductivos

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femeninos internos se habrán diferenciado puesto que no se produce MIH (figura 2.l). Al
nacer estas niñas con anomalías genitales, suelen ser corregidas mediante cirugía
reparadora y criadas como niñas.

Los numerosos estudios realizados con mujeres con CAH ponen de manifiesto una
mayor incidencia de homosexualidad femenina (Silver y Kriegsfeld, 2001). Por ejemplo,
en uno de ellos se estudiaron tres grupos de mujeres: uno con CAH severa, otro con una
versión más ligera de la enfermedad y un grupo control. El porcentaje no heterosexual en
cada uno de los grupos era del 41%, 29% y 5%, respectivamente (Hines, 2011).
Simplificando podríamos decir que la forma ligera incrementa unas seis veces la
incidencia de homosexualidad y la forma severa unas ocho veces, respecto de la
incidencia de la homosexualidad en el grupo control (5%). Por tanto, el exceso de
andrógenos en el feto femenino, durante el embarazo, influye significativamente sobre la
orientación sexual. Específicamente el alto nivel de andrógenos provoca una mayor
probabilidad de que las niñas sean lesbianas. Además, aparece un comportamiento
atípico de género durante la niñez: estas chicas tienden a elegir chicos como compañeros
de juego, prefieren los juguetes de los chicos, y exhiben algunas otras características de
personalidad típicas masculinas, lo que sugiere el papel crucial que juegan los niveles de
testosterona durante el embarazo con respecto a diferencias conductuales ligadas al sexo
(Bao y Swaab, 2011).

Estos resultados son coherentes con lo esperado de acuerdo con la teoría


neuroendocrina prenatal. El exceso de testosterona en un feto femenino durante el
embarazo ha tenido una doble consecuencia: la masculinización de los genitales y del
cerebro, tanto más intensa cuanto más severa la enfermedad. La masculinización genital
puede ser reparada, con más o menos éxito, mediante cirugía reconstructiva. Por el
contrario, el cerebro masculinizado no puede ser desprogramado y reprogramado, de
modo que se manifiestan patrones de conducta sexual propiamente masculinos en cuanto
a la orientación sexual y las preferencias de juegos durante la infancia. Todo esto pese a
que se le han reconstruido genitales femeninos, se le ha asignado una identidad femenina,
y han sido criadas y educadas como niñas.

Por el contrario, los resultados son totalmente incompatibles con la teoría

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sociocultural. Primero, no puede explicar el escalonamiento o la gradación observada de
la incidencia de una orientación homosexual creciente con la gravedad de la enfermedad.
Puesto que las influencias socioculturales que han operado sobre los tres grupos no hay
por qué sospechar que hayan sido diferentes, debería haberse observado una incidencia
de la homosexualidad aproximadamente igual en todos los grupos. Además, la crianza y
la educación recibidas, típicamente femeninas, deberían haber resultado en una mínima
proporción de lesbianas en todos los grupos que, en ningún caso, debería haberse
desviado significativamente de la incidencia en el grupo control.

Debe remarcarse que, como se observa, la influencia hormonal, sobre los genitales y
sobre la sexualidad, no es del tipo todo o nada, entre otras cosas porque la enfermedad
no se expresa con igual intensidad en todas las chicas, y porque el efecto interacciona con
otros factores probablemente. Situación que se producirá habitualmente.

F) Altos niveles de estrógeno sintético

En individuos 46,XX, cromosómicamente hembras, durante los años cincuenta y sesenta


fue una práctica médica corriente en los Estados Unidos prescribir un estrógeno sintético
(dietilestilbestrol) en caso de embarazo de riesgo para mejorar la probabilidad de que
llegara a término. El estrógeno sintético tomado por la madre llegaba por el cordón
umbilical al feto que se veía sometido por tanto a altos niveles de la hormona. Se han
estudiado, años después, las consecuencias en las hijas habidas de estos embarazos.

Se ha podido observar que hay una mayor incidencia de homosexualidad en mujeres


que estuvieron expuestas al estrógeno sintético como fetos. De un grupo de 30 mujeres
expuestas al estrógeno durante el periodo fetal, el 24% no eran heterosexuales (K>0),
frente al 0% de un grupo control equivalente de otras 30 mujeres no expuestas al
estrógeno sintético (Hines, 2011).

Curiosamente, como vemos, el estrógeno sintético produjo una masculinización de la


orientación sexual, lo que parece contraintuitivo. No obstante, podría tener pleno sentido
si la testosterona desempeñara su función masculinizadora del cerebro bajo forma de
estrógeno, como sucede en roedores. Pero no parece ser el caso, pues, como se ha visto

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antes, los individuos 46,XY con deficiencia de estrógeno congénita no presentan cambios
en la conducta sexual. Otra alternativa sería, si resultase que el dietilestilbestrol es capaz
de unirse a los receptores androgénicos. Pero ninguna de estas posibilidades tiene soporte
experimental y son puramente especulaciones. Lo cierto es que el efecto hormonal
prenatal sobre los fetos femeninos ha determinado un cambio en la conducta sexual
adulta de esos individuos. Este hecho es coherente con lo predicho por la teoría
neuroendocrina, sólo que se ignora el mecanismo de acción de la hormona sintética.

En ningún caso pueden ser explicados por la hipótesis sociocultural porque, de nuevo,
no predice diferencias entre los grupos supuesto que ambos han sido criados y educados
más o menos con el mismo modelo de género femenino.

G) Marcadores somáticos

Dado que medidas invasivas de los esteroides sexuales prenatales son impracticables para
estudios comparativos en adultos, algunos trabajos actuales utilizan ciertos marcadores
somáticos vinculados (Rahman y Koerting, 2008).

Se sabe que los andrógenos estimulan el crecimiento prenatal del cuarto dedo,
mientras que el estrógeno prenatal estimula el crecimiento del segundo dedo, de modo
que se utiliza la ratio entre la longitud de ambos dedos (2D:4D) como un indicador de la
mayor o menor exposición prenatal a los andrógenos. Apoyando esta hipótesis, se ha
demostrado que la ratio 2D:4D se fija a una edad tan temprana como los dos años y que
la ratio es superior en hembras que en machos. Asimismo, los machos y las hembras con
CAH (quienes están expuestos a altos niveles de andrógenos adrenales en el útero) tienen
valores bajos de 2D:4D. También la ratio 2D:4D está asociada a una variación en la
secuencia del gen del receptor androgénico. Finalmente, la ratio 2D:4D a los dos años de
edad está negativamente asociada con los niveles de testosterona en el líquido amniótico,
la cual es activa durante la gestación, como se sabe (Rahman y Koerting, 2008).

Pues bien, los machos y hembras homosexuales muestran también ratios 2D:4D
inferiores (masculinizadas) en comparación con los heterosexuales, lo que indicaría que
los homosexuales de ambos sexos pueden estar expuestos a elevados andrógenos

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ERRNVPHGLFRVRUJ
prenatales (Rahman y Koerting, 2008). En sentido contrario, hay quien sostiene que no
hay una consistencia entre los resultados de los diferentes estudios en hombres
homosexuales, encontrándose diferencias significativas entre homosexuales y
heterosexuales en una dirección, la dirección contraria o ninguna diferencia en absoluto
(James, 2005). Por estas razones, no se le otorga actualmente mucha fiabilidad a este
tipo de estudios (Berenbaum y Beltz, 2011).

3.5. Transexuales

Como se ha visto anteriormente, la diferenciación de los órganos sexuales acontece


bastante antes de que se produzca la diferenciación sexual del cerebro (figura 2.2). La
asincronía de los dos procesos puede dar lugar a que sigan rutas diferentes,
produciéndose una falta de concordancia entre ambos. Ésta sería la explicación del origen
de la transexualidad. Si esta idea fuese correcta, se podría esperar encontrar en los
transexuales órganos sexuales masculinos y estructuras cerebrales femeninas o viceversa.
Éste parece ser el caso. Por ejemplo, en transexuales que cambiaron de macho a hembra
(la hipótesis predice que aunque los genitales originales son masculinos, la estructura del
cerebro es femenina), se demostró que dos núcleos neuronales, BNST e 1NAH3, tenían
características femeninas. Coherentemente, en un único caso de transexual de hembra a
macho estudiado, los dos núcleos antes mencionados tenían características masculinas
(Bao y Swaab, 2011).

Es interesante notar que el 60% de los transexuales de macho a hembra presentan


una orientación sexual hacía los machos, y el 10% son bisexuales. En no menos del 95%
de los transexuales de hembra a macho están sexualmente orientados hacia las hembras.
Es decir, hay bastante consistencia entre la orientación sexual y la identidad de género, lo
que indica que debe haber mecanismos similares en la determinación de ambos rasgos del
comportamiento sexual (Swaab y Hofinan, 1995).

3.6. Etología comparada

Contra lo que se pudiera pensar, la conducta homosexual no es un rasgo privativo del


animal humano, ni siquiera de los primates. La conducta homosexual en animales es

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ERRNVPHGLFRVRUJ
impresionantemente variada y ubicua, abarcando a especies de mamíferos, aves, reptiles,
anfibios, insectos, moluscos y nemátodos (Bailey y Zuk, 2009). Alguno podría pensar
que se trata de conjeturas o interpretaciones extravagantes de científicos de la naturaleza
que están un poco pirados. Pero los hechos dejan poco margen a la interpretación.

Por ejemplo, entre nuestros parientes cercanos, los bonobos (Pan paniscus), es muy
frecuente que las hembras dediquen un tiempo considerable a actividades homosexuales,
que incluyen el rozamiento entre genitales, que pueden culminar en el orgasmo. Aunque
con una menor amplitud, los machos también se dedican a besos, felaciones y masajes
genitales. Incluso en el caso de unos seres tan simpáticos y peliculeros como los delfines
incurren los machos en nefandas conductas sexuales con otros machos. Hasta tal punto
llega al desenfreno zoológico que desde las simpáticas ovejas hasta los viles gusanos dan
muestras de una licenciosa vida sexual. Por consiguiente, tenemos un argumento más
para considerar que la conducta homosexual es completamente normal entre los
animales, incluido el ser humano. Al mismo tiempo, sugiere que la conducta sexual en el
hombre, como el resto de los animales, viene determinada por factores biológicos.

3.7. Feromonas

Las feromonas son sustancias que, producidas por uno de los sexos, actúan sobre el sexo
opuesto, influyendo sobre diversos aspectos de la conducta sexual, entre otros, sobre la
elección de pareja sexual. En los animales no humanos se sabe que las feromonas son
captadas a través del sistema olfativo y son procesadas por centros nerviosos localizados
en el hipotálamo anterior, que reciben el nombre de centros de apareamiento por influir
de manera determinante sobre la conducta de apareamiento.

En humanos se conocen compuestos derivados de los esteroides sexuales que se


comportan de modo similar a las feromonas. Dos de estas sustancias fueron empleadas
en una serie de experimentos relacionados con la orientación sexual (Berglund et al.,
2006; Savic et al., 2005; Savic y Lindstrom, 2008): la 4,16-androstadien-3-ona (AND) y
el estra-1,3,5(10),16-tetraen-3-ol (EST). La AND es un derivado de la testosterona que
aparece en el sudor masculino mientras que el EST es un esteroide semejante a los
estrógenos que aparece en la orina de las mujeres embarazadas. Los experimentos

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ERRNVPHGLFRVRUJ
consistían en dar a oler distintas sustancias, las feromonas humanas putativas entre ellas,
y registrar automáticamente mediante tomografía de emisión de positrones (PET) qué
áreas del cerebro se veían activadas como respuesta a dichas sustancias.

Un primer experimento se hizo exclusivamente con sujetos heterosexuales, hombres


y mujeres, encontrándose diferencias entre sexos respecto de las áreas cerebrales
activadas en respuesta a oler AND y EST. En las mujeres, AND activaba áreas del
hipotálamo anterior mientras que EST elicitaba respuestas en áreas cerebrales
típicamente olfativas. En los hombres, la activación era justamente recíproca: AND daba
respuesta en el cerebro olfativo, en tanto que EST activaba áreas del hipotálamo anterior.
Tanto en hombres como en mujeres había una respuesta en las áreas del hipotálamo
anterior - relacionadas con la conducta sexual - sólo cuando olían la feromona del sexo
contrario, en tanto que la feromona de su propio sexo activaba áreas cerebrales genéricas
que responden a cualquier olor - áreas meramente olfativas-. Así pues, las feromonas
actuaban de dos modos simultáneamente, como tales feromonas y como olores genéricos
pero elicitando respuestas en área cerebrales diferentes en mujeres y hombres. Las
mujeres respondían a la feromona masculina en el área cerebral hipotalámica relacionada
con la conducta sexual. Los hombres daban idéntica respuesta a la feromona femenina.

Un experimento similar se hizo añadiendo un grupo de hombres homosexuales. Así


pues, se estudiaron tres grupos: hombres homosexuales, hombres heterosexuales y
mujeres heterosexuales. Los resultados de estos dos últimos grupos, como cabía esperar,
corroboraron los resultados del anterior experimento: las mujeres heterosexuales respon
dieron a la feromona masculina (AND) en el hipotálamo anterior (región sexual) y los
hombres heterosexuales respondieron a la feromona femenina (EST) en esa misma
región cerebral. La respuesta de los homosexuales masculinos fue idéntica a las mujeres
heterosexuales y completamente recíproca a la de los hombres heterosexuales (Savic et
al., 2005). Es decir, la respuesta fisiológica cerebral de los hombres homosexuales era
idéntica a la de las mujeres heterosexuales.

También se hizo el experimento análogo, en este caso añadiendo un grupo de mujeres


homosexuales al estudio. Los resultados no salieron completamente tal y como se
esperaban - los investigadores, y todos nosotros-, esto es, las mujeres homosexuales no

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ERRNVPHGLFRVRUJ
calcaban la respuesta de los hombres heterosexuales. Cuando olían EST (la feromona
femenina) no se activaba el hipotálamo anterior. Simplemente se procesaba como un olor
general. Es decir, en las lesbianas, la feromona femenina no estimulaba el área cerebral
relacionada con la conducta sexual. Pero, en cambio, sí se dio un resultado
completamente esperado: las mujeres homosexuales respondían como los hombres
heterosexuales frente a la feromona masculina (AND), procesando la señal como un olor
más, sin afectar al hipotálamo anterior (Berglund et al., 2006). Dicho de otro modo, las
lesbianas no respondieron como las mujeres heterosexuales sino como los hombres
heterosexuales, frente a la feromona masculina.

El hipotálamo anterior contiene los núcleos intersticiales (INAH3 y los demás) que
hemos visto anteriormente, presentan un dimorfismo sexual y parecen estar relacionados
con la conducta sexual. Por otra parte, se sabe que el hipotálamo anterior desempeña un
papel de integración entre información de carácter hormonal y de carácter sensorial que
afecta a la conducta sexual. Como acabamos de ver las áreas cerebrales del hipotálamo
anterior responden a feromonas humanas de una manera acorde con la orientación sexual
y no con el sexo del individuo. En conjunto, todo ello sugiere que, independientemente
del sexo genital, cada ser humano recibe un cerebro que, anatómica y funcionalmente,
está orientado sexualmente. Salvo que se piense que la fisiología cerebral es producto del
aprendizaje, lo que no se puede descartar completamente, pero parece poco verosímil.

3.8. Efectos prenatales ambientales

En una muestra de 7.500 hijos y sus respectivas madres, se estudió la orientación sexual
de los hijos y, en las madres, las experiencias estresantes, el consumo de alcohol y el
consumo de nicotina durante el embarazo. Los resultados indicaron que el estrés prenatal
tenía un efecto modesto pero significativo sobre la orientación sexual de los hijos
varones, particularmente cuando el estrés ocurría durante el primer trimestre del
embarazo. Con respecto a la exposición prenatal al alcohol no se encontró ningún efecto
sobre la descendencia tanto masculina como femenina en cuanto a la orientación sexual.
Sin embargo, la exposición a nicotina prenatal parece incrementar significativamente la
probabilidad de lesbianismo entre la descendencia femenina, especialmente si la

100
ERRNVPHGLFRVRUJ
exposición ocurría en el primer trimestre (Ellis y Cole-Harding, 2001).

En cambio, la nicotina prenatal no parece tener ningún efecto sobre la orientación


sexual de los hijos varones. En este sentido, debe remarcarse que la nicotina está
positivamente asociada con los niveles de testosterona circulantes en las madres y las
hijas. Esos altos niveles de testosterona provocarían la masculinización prenatal del
cerebro. Como conclusión general, el estudio sostiene que los factores ambientales
perinatales son determinantes de la orientación sexual en humanos (Ellis y Cole-Harding,
2001).

Se puede añadir que éste es un caso claro que pone de manifiesto la innegable
influencia del ambiente sobre el desarrollo de la sexualidad. Al mismo tiempo, se debe
llamar la atención sobre dos aspectos: uno, que la influencia se produce durante la
gestación y, dos, que los factores ambientales intervienen - como no puede ser de otro
modo - a través de mecanismos biológicos.

3.9. Soporte de la teoría neuroendocrina

La teoría neuroendocrina hace una serie de afirmaciones que se explicitaron


anteriormente (en el apartado 2.2.2) que ahora se está en condiciones de discutir si están
más o menos apoyadas por las evidencias experimentales que se han presentado.

Primero, los genes participan en el desarrollo de la sexualidad humana, directamente,


actuando sobre las neuronas de áreas cerebrales específicas e, indirectamente, a través de
las hormonas sexuales.

Los estudios de familias y gemelos demuestran la existencia de un componente


genético significativo en muchos de los rasgos fundamentales de la sexualidad humana
(por ejemplo, la orientación sexual). Hay evidencias moleculares de la implicación de
regiones concretas de algunos cromosomas en la determinación de la homosexualidad
masculina. La implicación de genes concretos a través de las hormonas sexuales está
claramente demostrada y la acción directa sobre áreas cerebrales se ha demostrado en el
pájaro diamante mandarín y es verosímil en humanos.

101
ERRNVPHGLFRVRUJ
Segundo, hay un proceso de diferenciación sexual del cerebro que da lugar a
diferencias en áreas cerebrales específicas entre un cerebro masculino y un cerebro
femenino.

Están perfectamente documentadas las diferencias entre cerebros masculinos y


femeninos. Más aún, las diferencias están relacionadas con la orientación sexual/la
preferencia de pareja más que con el sexo o género del individuo.

Tercero, el proceso de diferenciación sexual cerebral se debe a la acción organizadora


de la testosterona.

Este supuesto está completamente demostrado en diferentes animales (rata, ratón,


hurón, etc.). Se presume en humanos por paralelismo y hay evidencias indirectas
procedentes de anomalías hormonales en humanos. Hay evidencias directas de la acción
de las hormonas sexuales sobre el cerebro en el establecimiento de circuitos neuronales,
en la regulación de la muerte neuronal y regulando la formación de sinapsis.

Cuarto, los cambios en la estructura cerebral son cambios irreversibles.

Aunque hay estructuras como el INAH1 que van cambiando a lo largo de la vida, en
general las estructuras cerebrales sexualmente dimórficas mantienen sus diferencias a lo
largo de la vida de cada persona y no revierten en modo alguno. Los cambios asociados
en rasgos de la conducta sexual no son tampoco reversibles, lo que, indirectamente,
sugiere que no revierten las estructuras nerviosas que los sustentan.

Quinto, las áreas cerebrales afectadas están involucradas en la conducta sexual.

Las estructuras cerebrales sexualmente dimórficas en los animales (por ejemplo, el


oSDN-POA) están implicadas en la conducta sexual, como se ha visto. Estructuras
análogas existen en seres humanos, lo que sugiere su implicación también en la
sexualidad humana. Los experimentos con lesiones en áreas cerebrales específicas que se
han descrito demuestran que esto es cierto para la mayoría - si no para todas - de las
áreas cerebrales implicadas.

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Sexto, la actuación de la testosterona se produce principalmente durante la gestación
o en los primeros meses inmediatos al nacimiento.

Las acciones de la testosterona que hemos visto en los desórdenes hormonales


coinciden con la tipología esperada en el tiempo.

Séptimo, existe una relación causa-efecto entre los factores mencionados (genes,
testosterona, y áreas cerebrales) y la conducta sexual humana.

Aunque genes, testosterona y áreas cerebrales están íntimamente asociados con la


conducta sexual humana, no existe evidencia empírica que demuestre fehacientemente la
relación causal entre estos factores y la conducta sexual. En cualquier caso, parece
bastante razonable sospechar que existe dicha relación.

Resumiendo, la teoría neuroendocrina sobre el desarrollo de la sexualidad está


fuertemente avalada por los hechos. Como se acaba de reseñar, todos los supuestos de la
teoría están o plenamente demostrados o cerca de estarlo. No obstante, no quiere esto
decir que la ruta neuroendocrina sea la única vía de origen de la homosexualidad.

3.10. Epigenética y sexualidad

Como se ha dicho, la teoría epigenética afirma que la diferenciación sexual del cerebro se
debe, al menos en parte, a modificaciones epigenéticas provocadas principalmente por las
hormonas y por otros factores ambientales. Las evidencias experimentales principales
proceden de experimentos con ratones (Matsuda et al., 2012), pero como se verá, parece
muy verosímil que ocurran también en humanos.

Se han estudiado los promotores de dos genes clave en la diferenciación sexual del
área preóptica, crítica en el comportamiento sexual masculino. Un promotor es un
segmento de ADN situado delante de un gen cuya función es controlar la expresión del
gen. El promotor es como una suerte de interruptor mediante el cual se "enciende" o se
"apaga" el gen controlado. Cada uno de nuestros genes tiene su promotor.

Pues bien, en el área preóptica se estudiaron el promotor del gen ERa y el de la

103
ERRNVPHGLFRVRUJ
enzima aromatasa (figura 3.1): dejando de lado los detalles, en definitiva, dos genes
implicados en la acción de las hormonas sobre la diferenciación sexual del cerebro. Se vio
que el grado de acetilación (un tipo de modificación epigenética) de los dos promotores
era diferente entre machos y hembras. O sea, la modificación epigenética daba lugar a
una expresión diferencial de ambos genes entre machos y hembras.

Al mismo tiempo, se estudió la actividad de la enzima responsable de desacetilar, esto


es, de quitar la modificación epigenética. La actividad era diferente según el sexo. Esto
es, el cambio epigenético (nivel de acetilación de los dos promotores) variaba con el sexo.
Lo que, como antes, daba lugar a una expresión diferencial de ambos genes entre machos
y hembras.

En ambos casos se encontró que el proceso epigenético se producía muy


tempranamente y la modificación epigenética se mantenía en la edad adulta.

Otros experimentos demostraron que el grado de metilación (otro tipo de


modificación epigenética) del promotor ERa mostraba los siguientes rasgos: era diferente
según el sexo, se establecía tempranamente, se mantenía en la edad adulta y era diferente
según los cuidados maternales que hubiera recibido la cría durante la lactancia. ¡Una
evidencia de que el ambiente "familiar" afecta a la sexualidad, por fin!... (Sí, pero lo hace
mediante un mecanismo biológico.)

En suma, el paisaje que sugieren estos datos es que las modificaciones epigenéticas
están probablemente en la base de muchos de los efectos descritos sobre la sexualidad.

Referido a humanos específicamente, se ha visto que las epimarcas individuales (las


modificaciones epigenéticas) no afectan a todos los caracteres sexualmente dimórficos,
varían en potencia individualmente, y son generadas durante el desarrollo embrionario
para ser borradas entre generaciones. Se supone que hay epimarcas que escapan al
borrado y pasan a la siguiente generación, de modo que, cuando acontece que no se
borran las epimarcas "masculinas", si van en un embrión XY, son concordantes y se
desarrolla según lo previsto. Pero si van en un embrión XX, van a dar lugar a un mosaico
de células con un patrón de desarrollo epigenético masculino en medio de otras con un

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patrón epigenético femenino. Dependiendo del impacto cuantitativo que tengan las
epimarcas masculinas, podría producirse homosexualidad femenina. Cuando las
epimarcas no borradas son las femeninas en un embrión XY, dependiendo del impacto
cuantitativo que tengan, podría originarse homosexualidad masculina (Rice et al., 2012).
Parece verosímil, pues, que algunos mecanismos epigenéticos estén también
contribuyendo a la diferenciación sexual cerebral y, por tanto, a la definición de la
sexualidad.

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Toda la información biológica relevante que se ha manejado está ya expuesta. Lo que se
pretende ahora es integrar toda esa información de procedencia muy heterogénea en una
única teoría biológica sobre el origen de la homosexualidad humana, refiriéndose al origen
inmediato, no al origen remoto (evolutivo).

4.1. Múltiples rutas

Una sola teoría, en el sentido de que aúna todas las explicaciones de base biológica, no
quiere decir una sola ruta. En humanos, el efecto FBO está suficientemente corroborado
como un proceso independiente de la ruta neuroendocrina prenatal, capaz de explicar la
homosexualidad masculina. Al mismo tiempo, se sabe perfectamente que el efecto FBO
explica solo la homosexualidad masculina y, aproximadamente, solo uno de cada siete
casos de esta homosexualidad (Rahman, 2005a). Por consiguiente, la teoría maternal
inmune/efecto FBO no puede ser una explicación global de la homosexualidad humana.
Además del efecto FBO deben existir otras rutas que expliquen el grueso de la
homosexualidad masculina y la totalidad de la homosexualidad femenina.

Es perfectamente imaginable que diferentes procesos puedan conducir al mismo


resultado y, en el caso concreto de la homosexualidad humana, han sido muchos los que
han sugerido que no tiene un único origen (Hines, 2011; LeVay, 2011; Rahman, 2005b).
Algunos resultados indican que hay variación, dentro de cada orientación sexual, por
ejemplo, en capacidades cognitivas sexualmente dimórficas, lo que sugiere que una
misma orientación sexual puede tener diferentes orígenes (Rahman, 2005a).

Esto ha quedado ilustrado en el caso de la mosca de la fruta, Drosophila, donde se

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han visto diferentes mecanismos que, independientemente, producen el mismo
comportamiento homosexual. Por ejemplo, como se mencionó anteriormente, el gen
fruitless provoca que los machos cortejen a otros machos. El gen fruitless codifica
factores transcripcionales (proteínas que controlan la expresión de otros genes).
Independientemente, otro gen, llamado OR67 d, que codifica un receptor para feromonas
volátiles, y el gen GR32a, que codifica un receptor para feromonas no volátiles, también
modifican la conducta de cortejo. Los machos que carecen de copias funcionales de
cualquiera de estos genes no puede distinguir con precisión los sexos utilizando
feromonas específicas de sexo, y por consiguiente cortejan machos lo mismo que
cortejan hembras (Bailey y Zuk, 2009). Como vemos, tres genes diferentes determinan
una conducta homosexual en los machos mediante tres rutas diferentes.

En humanos, el importante papel que juega el gen SRY en la diferenciación sexual,


principalmente a través de las hormonas prenatales producidas por los testículos, es
consistente con la explicación biológica tradicional de la orientación sexual dirigida por
hormonas prenatales. Al mismo tiempo, la hipótesis de una respuesta maternal inmune a
una proteína ligada al cromosoma Y, que subyace al efecto FBO, no se opone a esta
visión. Por el contrario, es consistente con la visión de que el desarrollo del cerebro
masculino humano depende al menos de dos sistemas: uno dirigido por los andrógenos
prenatales (testosterona, indirectamente debida al gen SRY), y el otro dirigido
directamente por los genes ligados al sexo (genes y proteínas ligadas al cromosoma Y)
(Bogaert y Skorska, 2011). Por consiguiente, la idea que emerge de los datos actuales es
que la homosexualidad humana tiene un origen bioló gico con, al menos, dos rutas: la
ruta neuroendocrina prenatal, que daría cuenta del grueso de la homosexualidad
masculina y de la totalidad de la homosexualidad femenina, y la ruta maternal inmune
que explicaría parte de la homosexualidad masculina, la debida al efecto FBO.

4.2. Múltiples factores

Raramente las características psicológicas y conductuales humanas pueden explicarse por


uno o unos pocos factores. En la mayoría de los casos muchos factores intervienen
combinándose para producir un resultado particular. En este sentido, existe un consenso

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generalizado respecto de que, por ejemplo, la orientación sexual viene influenciada quizá
por docenas o incluso cientos de genes (Pillard y Bailey, 1998).

La imagen común que se tiene del gen se asemeja a la de un dictador o un juez


inapelable que determina de modo incondicional un carácter determinado. Si bien existen
genes de este tipo, los avances en genética demuestran que la inmensa mayoría de los
genes actúan condicionados por el ambiente y por otros genes. De este modo, el efecto o
resultado de un gen es diferente dependiendo del contexto en que actúe. Se debe
imaginar la acción de los genes más bien como una malla de interacciones entre genes y
de éstos con factores ambientales. Pero todo esto es demasiado abstracto. Se puede
hacer una idea más cabal de la intrincada red de acontecimientos que se dan entre la
expresión de un gen y su efecto sobre la conducta sexual mediante un ejemplo concreto.

El síndrome de Kallmann está asociado con una carencia de interés sexual causado
por un defecto genético en uno cualquiera de varios genes específicos. ¿Cómo se
establece la conexión entre un gen cualquiera de estos y el interés sexual? ¿Qué cadena
de acontecimientos vincula uno de estos genes con el interés sexual? La secuencia de
hechos es la siguiente.

Se parte de un gen defectuoso. Como consecuencia, unas células determinadas


localizadas en la región nasal del feto cambian sus propiedades superficiales. Como
consecuencia, en vez de migrar hacia el cerebro y establecer conexiones con la glándula
pituitaria (hipófisis), como hacen normalmente, permanecen en la nariz. Como
consecuencia, por un lado, anosmia (los individuos con síndrome de Kallman no
perciben los olores); por otro, este grupo de células que, normalmente, liberarían sobre la
pituitaria el factor de liberación de la gonadotropina, no lo hacen. Como consecuencia, la
glándula pituitaria no produce niveles normales ni de hormona luteinizante ni de hormona
folículoestimulante. Como consecuencia, en los hombres, los testículos no producen
niveles normales de testosterona. Como consecuencia, tienen una libido reducida y no se
sienten atraídos por ningún sexo (Bateson, 2008).

La ruta desde un gen hasta la conducta es larga, complicada e indirecta


(Bateson, 2008).

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Ésta es la descripción lineal de acontecimientos que conduce a la ausencia de interés
sexual en el individuo. En cada etapa se ha seguido la ley del todo o nada. Y cada etapa
no se ve perturbada por acontecimientos paralelos. Si se toma en consideración que las
causas y los efectos pueden ser cuestión de grado, y que la cadena de acontecimientos se
ve inevitablemente perturbada por acontecimientos paralelos, el resultado puede variar
cuantitativamente, desde la carencia absoluta de interés sexual hasta, probablemente, una
libido débil o moderada.

El desarrollo embrionario, como se ve, es un sistema en el que intervienen muchos


factores que pueden combinarse de tantos modos diferentes que es difícil prever el
resultado final pese a conocer todos los factores. Al mismo tiempo, diferencias sutiles en
algunos de los escalones del proceso, dan lugar a diferencias individuales y explican la
variabilidad individual de la sexualidad humana.

Como se ha visto, parecen existir dos rutas diferentes hacia la homosexualidad. Este
hecho de por sí ya supone un incremento en el potencial para generar variabilidad
individual superior a la que habría si solo hubiese un único mecanismo uniforme.
Adicionalmente, la variabilidad genética, por ejemplo, en las enzimas del metabolismo de
los neurofactores de crecimiento, en los receptores de neurotransmisores, etc., podría
generar tal cantidad de variabilidad que ningún cerebro sexualmente diferenciado sería
exactamente igual a cualquier otro. Más aún, cada cerebro sería un mosaico de
masculinidad y feminidad, ya que cada región particular puede variar independientemente
en cuanto a su grado de masculinización o feminización (McCarthy, 2010).

En esta teoría biológica de la homosexualidad tienen cabida también los factores


socioculturales. La mayoría de los investigadores están de acuerdo, naturalmente, sobre
que tanto los genes como el ambiente modelan la conducta humana, o que todos los
caracteres humanos están basados en algún tipo de interacción entre efectos genéticos y
ambientales. (Nótese que el ambiente incluye factores biológicos y no biológicos, solo
estos últimos corresponderían a lo que estamos denominando factores socioculturales.)

No obstante, respecto de la orientación homosexual en humanos, es sorprendente que


varias de las rutas clave a través de las cuales los factores de aprendizaje y crianza

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podrían desempeñar su efecto, como a través de la experiencia sexual, o a través de la
socialización parental, no han recibido soporte experimental (Rahman, 2005c). De
manera que la impresión que emerge a partir de los resultados experimentales es que el
patrón de conducta sexual viene biológicamente determinado y los factores
socioculturales sólo influirían en las variaciones dentro de dicho patrón.

4.3. Múltiples opciones

Gran parte de lo escrito gira en tomo a la orientación sexual, a la preferencia de pareja.


Como patrón de conducta sexual vendría, como se acaba de afirmar, biológicamente
determinado. La idea que se tiene, en general, sobre la determinación biológica es
bastante errónea y conduce a muchas interpretaciones equivocadas. Merece la pena
dedicar unas palabras a precisar y clarificar lo que significa la determinación biológica, en
concreto, de la preferencia de pareja.

A la hora de aparearse, cualquier animal afronta múltiples niveles de elección.


Primero debe elegir la especie con la que quiere aparearse. En segundo lugar tiene que
tomar la decisión de si se aparea con un macho o con una hembra. Finalmente, tiene que
decidir dentro del sexo escogido un individuo con el que aparearse (Henley et al., 2011).
Bastantes lectores estarán pensando que la primera opción es irreal, ficticia, puramente
especulativa y la segunda bastante de lo mismo. Que éstas son opciones reales se hace
claro cuando la experiencia o la genética "juegan a los dados". Por ejemplo, un macho
joven ovino, criado por una cabra, cuando sea adulto preferirá aparearse con una hembra
como su madre de adopción (cabra) en vez de una de su propia especie (oveja) (Henley
et al., 2011). También sabemos ya que existen carneros que prefieren aparearse con
otros machos cuando se les da a elegir entre hembras en celo y machos (Roselli et al.,
2011).

¿A qué viene todo esto? Se pretende llamar la atención sobre el hecho de que parece
"lo más natural del mundo" -y de hecho, lo es - que las dos primeras elecciones de pareja
se resuelvan automáticamente casi con el 100% de "acierto", de elección "correcta".
(Entiéndase lo "correcto" desde el punto de vista reproductivo.)

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Pero ¿por qué se acierta casi siempre? Porque la elección de pareja es una conducta
biológicamente establecida que está evolutivamente adaptada a la gama habitual de
situaciones que se dan en la naturaleza. De modo que esa conducta innata, normalmente,
es decir, en condiciones naturales o habituales, da lugar a tener éxito reproductivo.

La elección de pareja de la propia especie está biológicamente determinada mediante


una serie de mecanismos innatos que suelen acertar en condiciones normales - por
ejemplo, que no haya un investigador cachondo que le ponga al cordero recién nacido
una madre cabra-. Por ser más didáctico se pueden usar números y decir que, en la
elección de especie, el porcentaje de fallo sería muy inferior al 1%.

El éxito reproductivo descansa también críticamente en la elección del sexo con quien
aparearse. Pero no es tan grave. Simplemente eligiendo al azar se acertaría con la pareja
adecuada la mitad de las veces. (En cambio, en la anterior opción, la de especie, el azar
fracasaría casi siempre.) La evolución ha ajustado la conducta aumentando el porcentaje
de acierto sobre el azar hasta dejar la probabilidad de error alrededor del 3%.

Y, elegida una pareja del sexo opuesto y de la misma especie, poco importa al éxito
reproductivo la pareja concreta elegida, se relaja el mecanismo de elección, lo que puede
llevar a un porcentaje de error... (Suficiente para explicar la tasa de divorcio.)

En suma, lo que se está diciendo es que la elección de especie con la que aparearse
está estrictamente determinada por mecanismos biológicos innatos. De modo análogo,
pero más laxamente, se está sugiriendo, se determina la orientación sexual. Y de modo
todavía menos restrictivo, muy cercano al libre albedrío, se determinaría la elección de
pareja individual. En definitiva, lo que estamos diciendo es que, cuanto más crítica es
una opción, más estrictamente está biológicamente determinada. La orientación sexual es
tan crítica para la supervivencia de la especie como para suponer que probablemente el
componente biológico es bastante elevado.

Como se acaba de poner de manifiesto, las pulsiones biológicas sobre la conducta


sexual no son deterministas, no establecen mecánicamente un resultado único - ni
siquiera en un animal no humano como la oveja-. Porque el "juego" no se juega siempre

112
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en las mismas circunstancias. El "conductor" sexual debe prever las variantes del juego.
¡Pero no puede prever todas! Luego sólo prevé las más comunes, consiguiendo
resultados buenos - casi siempre-. En este sentido debemos entender un patrón de
conducta sexual: flexible en función de las influencias del entorno, pudiendo generar
diferentes respuestas, dentro de una gama limitada de posibilidades, pero no una gama
infinita. En ese "entorno" que se acaba de mencionar entrarían los factores
socioculturales (crianza, educación, etc.) y otros factores biológicos. En este marco
especulativo se situaría la homosexualidad: un patrón de atracción erótica por individuos
del mismo sexo que admite una multitud de variantes, pero no transgredir el patrón
esencial, la atracción sexual por el mismo sexo. La biología determina el patrón de
conducta sexual y el entorno las variantes sobre el patrón.

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Cualquier carácter con una base genética está sometido al proceso de la evolución por
tanto, la homosexualidad es producto del proceso evolutivo. En este sentido, la existencia
relativamente estable de homosexuales en todas las poblaciones humanas, en una
proporción minoritaria pero significativa de individuos, pese a la evidente penalización
que tienen en su eficacia reproductiva, plantea una paradoja evolutiva porque, en una
primera apreciación, se esperaría la desaparición de la conducta homosexual en todas las
poblaciones, debido a su incapacidad total o parcial para dejar descendencia.

Es evidente que los homosexuales no son estériles, pueden tener hijos biológicos y
muchos los tienen. Sin embargo, se sabe que las personas homosexuales (gays y
lesbianas), por término medio, tienen un 80% menos de hijos respecto de los
heterosexuales. Una reducción tan dramática de la capacidad reproductiva se sabe que
conduciría a la rápida desaparición de tales individuos por vía evolutiva (mediante
selección natural). Al menos en un planteamiento simple y directo. Luego algo no está
correctamente planteado en esta visión evolutiva de la homosexualidad y se debe
repensar el asunto desde la base. Y para hacerlo se debe empezar por responder a la
cuestión de cuál es el sentido de la vida.

5.1. El sentido de la vida

Pues sí, con todo atrevimiento se va a dar respuesta a la pregunta que ha atormentado la
historia de la filosofía: ¿cuál es el sentido de la vida? (Es cierto que ya respondió a esta
cuestión el grupo Monty Phyton - desde un punto de vista cómico e irreverente-. Aquí se
va a responder con toda seriedad y rigor, desde el punto de vista biológico.)

El sentido de la vida es reproducirse.

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Escueta y exactamente así. Nacemos como producto de la reproducción y vivimos
para reproducimos. Muchos creen que es la supervivencia la pulsión fundamental de la
vida, incluso muchos biólogos están en ese error. A ello contribuye el hecho evidente de
que, para reproducirse, hay que estar vivo. Pero solo lo justo. Solo lo estrictamente
necesario para llegar a reproducirse, para pasar los genes a la siguiente generación.
Cumplida esa misión el individuo es por completo dispensable. Baste para ilustrar esta
afirmación los ejemplos de esos machos "abnegados" que pagan con su vida el precio de
copular con una hembra sirviendo de almuerzo para ésta. Mientras se está consumando
el acto sexual, se consuma el parricidio y se consume al amante esposo. Es el caso de la
mantis religiosa, pero hay otros muchos similares: escorpiones, arañas, etc. En todos los
casos, lo que se pone de manifiesto es la primacía de la reproducción sobre la
supervivencia. La reproducción a toda costa. Aun a costa de la preciada vida.

¿A quién beneficia esta conducta? Al individuo, evidentemente, no. Los beneficiarios


de esta ceguera sexual son los genes que la determinan que, de este modo, aseguran su
transmisión a la siguiente generación. Esto es lo único que importa. No importa nada
más. Todo está supeditado a este objetivo principal: reproducirse para transmitir los
genes a la siguiente generación. Todo, absolutamente todo, está al servicio de este
objetivo. Y todo, absolutamente todo lo que se opone a este objetivo, es eliminado
rápidamente. Lo que habitualmente se denomina selección natural es simplemente el
conjunto de factores naturales que depuran las poblaciones de los individuos
incompetentes reproductivamente -y con ellos, a los genes responsables de tanta
incompetencia reproductiva-. Desde que se inventó la vida, se estableció este juego
implacable en el que los genes sólo persiguen pasar a la siguiente generación haciendo
uso de todos los medios a su alcance. Obsérvese que, una vez lanzado el juego, éste se
mantiene por retroalimentación.

Son nuestros genes los que pasan a nuestros hijos y de éstos a los suyos. Así vienen
los genes dando tumbos desde el origen de la vida: los genes son eternos, los individuos
somos efímeros. Jocosamente suele decirse que un individuo es la forma que tiene un
gen de producir otro gen idéntico, y la gallina es la forma que tiene un huevo de producir
otro huevo. Los organismos individuales son vehículos diseñados y programados por los

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genes con la finalidad de pasar esos genes a la siguiente generación. De modo que, la
naturaleza promueve el mantenimiento de los "equipos" de genes que determinan
vehículos individuales equipados de caracteres que aumentan la eficacia reproductiva y,
al contrario, eliminan los equipos de genes que determinan caracteres que disminuyen la
eficacia reproductiva. La lógica que subyace a esta regla es simple, pero muy eficaz. Para
mejor entenderla, imaginemos que, por azar, surgiera un gen en un individuo que le
confiriera una constelación de caracteres (esto es lo que en la jerga genética se llama un
gen pleiotrópico). Pongamos por caso que el individuo estuviese adornado por una serie
de virtudes: generosidad, entrega por los demás, laboriosidad, etc., haciéndole admirable
para su comunidad. Y supongamos que, además, su carácter lo inclinase a un rechazo
irrevocable de toda actividad sexual, manteniéndose célibe. Pues bien, con el término de
los días de este santo varón en este mundo terrenal terminaría también la efímera
existencia de su gen, desaparecería el gen sin dejar rastro evolutivo alguno. El gen del
celibato (si es que existiera alguno) desaparecería en una sola generación. Igual suerte
correrían todos los genes que condujesen a anular la reproducción (genes que provocasen
infertilidad, letales, etc.). Son genes sin futuro evolutivo.

La sexualidad está especialmente sometida a las reglas del juego evolutivo de modo
directo por su vinculación evolutiva con la aparición de la reproducción sexual (Pillard y
Bailey, 1998), ya que su finalidad primaria es conseguir que tenga éxito la reproducción.
En su origen evolutivo remoto, cuando surge concurrentemente con la reproducción
sexual, la sexualidad era, probablemente, un sistema simple de señales de identificación
de cada uno de los sexos, reconocimiento de la diferente polaridad sexual (masculina y
femenina), atracción sexual, acer camiento físico, y copulación, para facilitar la
fecundación. Sobre este sistema simple - pero respetando siempre este esquema básico -
se han desarrollado sistemas mucho más complejos, que alcanzan su cénit en la
sexualidad humana. Esta creciente complejidad ha afectado de manera especial a la etapa
de atracción sexual en la que, a las señales primigenias químicas ("olfativas"), se han
incorporado las señales visuales y la comunicación oral, lo que ha provocado un cambio
cualitativo y cuantitativo en el flujo de información. Las personas respondemos
sexualmente a la visión de los caracteres sexuales secundarios (vello púbico, culo,
pechos, caderas, etc.), a rasgos faciales y corporales sutiles, a los gestos corporales, a los

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"mensajes" orales -y escritos-, a la forma de cortejar, a todo el elaborado y complejísimo
proceso de la seducción sexual. Todo, enfocado a favorecer el contacto sexual. Para
servir a la reproducción sexual. (Y por placer.) Nótese que el objetivo primario de la
sexualidad (la reproducción) se cumple solo cuando el proceso involucra la atracción
entre individuos de diferente sexo, o sea, cuando la orientación es heterosexual.

Si se tiene en cuenta que la homosexualidad estricta es una variante absolutamente no


reproductiva y que, en cualquier caso, el fenotipo homosexual tiene una eficacia
reproductiva muy inferior a la heterosexual, la lógica evolutiva más simple sugiere que la
selección natural actuaría contra los genes de la homosexualidad, haciéndolos
desaparecer con rapidez de las poblaciones. Como se ha comentado con respecto al
celibato, la homosexualidad debería ser una estrategia sin futuro en el juego evolutivo.

Contrariamente a esta predicción, la persistencia de la homosexualidad en las


poblaciones humanas a despecho de la selección constituye una paradoja evolutiva que
ha llamado desde un principio la atención de los evolucionistas. En las poblaciones
humanas, como se ha visto, la frecuencia de la homosexualidad masculina está en torno
al 3% y la femenina alrededor de la mitad. Frecuencias de este orden se observan en
diferentes culturas y países. Y entre diferentes generaciones o épocas. Es decir, la
homosexualidad humana es un fenotipo presente en una frecuencia pequeña pero
sustancial, aparentemente estable. Además, para llevar hasta el límite nuestra perplejidad,
nos encontramos con que la homosexualidad está presente en toda la escala zoológica.
¿Cómo es posible?

5.2. ¿Polimorfismo transitorio o estable?

La existencia de diferentes variantes para un carácter se denomina polimorfismo. Como


se ha puesto de manifiesto repetidamente, la sexualidad humana es polimórfica. Este
polimorfismo sexual que se observa podría ser meramente transitorio, como una especie
de instantánea fotográfica, tomada en un momento dado, en el curso de un proceso de
selección direccional tendente a eliminar la homosexualidad. Si la "foto" se tomase al final
del proceso no se observaría ninguna variante homosexual. Esta actuación de la selección
sería verosímil teniendo en cuenta la baja capacidad reproductiva del fenotipo

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homosexual. No obstante, parece que esta explicación puede ser descartada por tres
razones.

Primero, porque la homosexualidad no aparece como un "accidente" en la especie


humana, sino que, como se ha mencionado repetidamente, está presente virtualmente en
toda la escala zoológica. Parece altamente improbable que se esté observando el mismo
fenómeno de depuración selectiva de la homosexualidad en todas las especies.

En segundo lugar, porque se ha visto que la homosexualidad humana es un fenómeno


presente en frecuencias bastante similares en distintas poblaciones (Estados Unidos,
Reino Unido, Tailandia, Filipinas, etc.). También en este caso parece muy improbable
que se obtenga la misma "foto" en todas las poblaciones.

Finalmente, los estudios de campo sobre la incidencia de la homosexualidad en las


poblaciones humanas, que se iniciaron alrededor de los años cincuenta en Estados
Unidos, con lógicas variaciones, producen valores groseramente aproximados, pese a ser
realizados en 50 años, esto es, referidos a diferentes generaciones. Por consiguiente, el
polimorfismo existente para la sexualidad humana no es transitorio sino que
probablemente es un polimorfismo estable. ¿Cómo se puede soste ner evolutivamente un
polimorfismo estable para la homosexualidad teniendo en cuenta su escasa o nula
competencia reproductiva?

5.3. Equilibrio mutación-selección

Una explicación simple del polimorfismo estable de la sexualidad humana, donde uno de
los fenotipos, el homosexual, es muy minoritario, y sabemos que tiene una baja
capacidad reproductiva, podría ser un equilibrio mutación-selección. Este equilibrio se
produciría cuando la proporción de genes "homosexuales" eliminados por selección fuese
igual al número de esos genes re-introducidos por mutación aleatoria. Sin embargo,
asumiendo una tasa de mutación dentro del intervalo estándar, la frecuencia esperada de
homosexuales es varios órdenes de magnitud inferior a la observada, lo que hace
improbable esta explicación. Esto deja como hipótesis más probable del polimorfismo
para la sexualidad humana alguna forma de selección equilibradora. Al mismo tiempo,

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esto implica que la homosexualidad tiene algún valor adaptativo que la hace mantenerse
establemente en las poblaciones humanas. ¡La homosexualidad está mantenida por la
selección natural!

5.4. Teorías evolutivas de la homosexualidad

Constatado el hecho, los investigadores han iniciado el proceso de generar hipótesis


evolutivas capaces de explicar el mantenimiento de la homosexualidad en las poblaciones
humanas.

5.4.1. Modelos matemáticos

Cuando, a finales del siglo XIX, Darwin presentó la teoría de la evolución, lo hizo con
una formulación puramente verbal, lógica, argumen tada sobre un número formidable de
pruebas empíricas, pero carente de toda formalización matemática. Unos cincuenta años
después la teoría darwiniana fue plasmada en ecuaciones matemáticas coherentes con la
teoría evolutiva. Esta formalización demostraba que la teoría podía predecir los hechos
observados y, al mismo tiempo, permitía comprobarla en base a las predicciones del
modelo matemático.

Del mismo modo, respecto de la evolución de la homosexualidad se han formulado


numerosas teorías verbales (algunas de las cuales se verán en detalle), la primera de las
cuales se remonta a la fundación de la sociobiología por Wilson, en el año 1975 (existe
una traducción en español, Wilson, 1980). En este caso, 31 años después se han
generado modelos evolutivos matemáticos (Gavrilets y Rice, 2006) que formalizan
algunas de las teorías.

Los diferentes modelos comprenden genes ligados al cromosoma X o no, así como,
dos tipos de selección, sobredominancia y selección sexualmente antagonista. Dejando
aparte los detalles de los modelos, que quedan fuera del ámbito de este libro, lo que
interesa es que, en numerosas condiciones teóricas, bajo una amplia gama de
condiciones, se predice la existencia y el mantenimiento de un polimorfismo para la
homosexualidad. El polimorfismo para los genes de la homosexualidad puede ser

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alcanzado tanto con genes de localización autosómica como ligados al sexo. El factor
crítico en el mantenimiento del polimorfismo es que el alelo homosexual tenga una
ventaja selectiva neta cuando sea raro, y desventajoso, cuando sea común. Los modelos
predicen situaciones que pueden ser probadas experimentalmente, por ejemplo, si el
polimorfismo para la homosexualidad está mantenido vía selección sexualmente
antagonista se prevé que tales alelos estén sobre-representados en el cromosoma X.

Por tanto, no hay ninguna dificultad para explicar mediante un modelo matemático
teórico el mantenimiento del polimorfismo para la homosexualidad humana mediante
selección natural. Resta por dilucidar cuál o cuáles de estos modelos es sostenido por los
datos experimentales conocidos.

5.4.2. Modelos verbales

Como se ha comentado anteriormente, por modelos verbales se hace referencia a teorías


no formalizadas matemáticamente, sino verbalmente formuladas y argumentadas, más o
menos apoyadas en datos empíricos. Aunque son bastante numerosos, muchos se
diferencian sólo en los detalles y pueden ser agrupados, como se ha hecho. Además, sólo
se comentarán los que gozan de más consenso y han sido más intensamente sometidos a
prueba.

A) Selección de parentesco o altruismo de parentesco

La explicación más frecuente es el modelo de selección de parentesco o altruismo de


parentesco. Este modelo, que se remonta a una formulación de Edward O.Wilson en su
libro Sociobiology (1975), propone que los homosexuales pueden compensar su bajo
valor adaptativo directo mediante su valor adaptativo indirecto generado, de acuerdo con
esta teoría, a través de la asistencia prestada a sus parientes más directos (altruismo de
parentesco). Los parientes incrementan su éxito reproductivo merced al apoyo del varón
homosexual. Dado que éste comparte genes con sus parientes - más, cuanto más
cercanos son-, ayuda a que sus genes se transmitan a las siguientes generaciones y, de
este modo, contribuye indirectamente a su propio éxito reproductivo - el éxito de "sus"
genes.

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Todo esto procede de la idea de que no es el individuo el que pretende la
reproducción, sino los genes presentes en el individuo. Pero los genes de un individuo no
están presentes sólo en ese individuo A, sino que hay copias de este gen en la familia de
A (padres, hermanos, hermanas, etc.). Si A renuncia a la reproducción y en cambio cuida
de los hijos de sus parientes, hay, ciertamente, una pérdida de la capacidad de distribuir
sus genes, pero la consecuencia podría ser que el pariente de A tenga ahora mayor éxito
reproductivo.

En tal caso hay una transacción que no suma cero por la cual, desde el
punto de vista de los genes, puede potencialmente ser muy beneficiosa
(Schuiling, 2004).

En cuanto a la asistencia prestada, puede ser de cualquier tipo, siempre que


contribuya de algún modo a incrementar el éxito reproductivo de los parientes. Por
ejemplo, proporcionando recursos alimenticios para la familia, atendiendo al cuidado de
los niños de la familia, etc. De este modo, los homosexuales pueden incrementar el valor
reproductivo de los miembros de su familia aunque no tengan hijos propios.

La objeción básica que se le ha hecho a esta teoría es que la ventaja adaptativa que
debería aportar la homosexualidad a los parientes, para contrarrestar la ausencia o
mínima contribución reproductiva de la homosexualidad, es extraordinariamente elevada,
lo que parece irreal (Miller, 2000; Rahman y Wilson, 2003). En esta línea, se ha
argumentado - bastante jocosamente - que, en vez de dedicar tan grandes esfuerzos al
cuidado de los hijos de sus parientes, tendría más sentido evolutivo para los individuos
homosexuales ser asexuales que andar por ahí persiguiendo a miembros de su mismo
sexo (Rahman y Wilson, 2003).

El apoyo fundamental de la selección de parentesco, aparte de ser patrocinada por el


fundador de la sociobiología, se encuentra en un estudio sobre el grado de empatía. En
este estudio se encontró que los homosexuales masculinos tenían mayor empatía que los
heterosexuales y, dando por supuesto que hay una estrecha relación entre empatía y
altruismo, concluía que los resultados daban soporte experimental a la hipótesis de
Wilson (Salais y Fischer, 1995).

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El primer test robusto de la teoría se hizo sobre la base de que la homosexualidad
debería mostrar características de "diseño especial" si fuera una adaptación debida a la
selección de parentesco. Se predecía que, en los homosexuales, debería haber una clara y
medible motivación positiva para ayudar a los parientes (incluyendo la canalización
diferencial de recursos financieros, sociales y emocionales respecto a los hombres
heterosexuales). No se encontró ninguna canalización de tales recursos (Bobrow y
Bailey, 2001). Estos resultados correspondían a una muestra de los Estados Unidos.
Dicho estudio fue replicado por otros investigadores en una muestra tomada del Reino
Unido con similares resultados e idénticas conclusiones (Rahman y Hull, 2005), que no
había ningún soporte empírico para la hipótesis de selección por paren tesco de la
homosexualidad masculina. Al menos en poblaciones culturalmente occidentales.

En otras culturas, como en el caso de Samoa, en la Polinesia, un tipo especial de


hombres homosexuales, fuertemente afeminados, conocidos como "fa'afafine", son muy
apreciados socialmente por su entrega abnegada en favor de sus parientes (Vasey y
Vanderlaan, 2009). Un primer estudio en Samoa, analizando numerosos factores de
altruismo, puso de manifiesto que la conducta de los "fa'afafine" era auténticamente
dedicada a la ayuda a los parientes (Vasey y Vanderlaan, 2007). Un segundo estudio con
una muestra más grande e independiente replicó completamente los hallazgos del primero
(Vasey y Vanderlaan, 2010), lo que era consistente con la predicción de la hipótesis de
altruismo de parentesco respecto de que los machos homosexuales son más altruistas que
los heterosexuales.

Cabe objetar que el estudio hace referencia a un subtipo muy concreto de


homosexual masculino, fuertemente afeminado, pero no incluye homosexuales
masculinos no afeminados, que también existen, cuya actitud altruista o no, no se ha
estudiado. Este hecho podría explicar las diferencias con respecto a los estudios llevados
a cabo con muestras de países occidentales desarrollados, que han incluido todos los
subtipos de homosexuales masculinos.

Las discrepancias entre los estudios de sociedades occidentales y los de Samoa


llevaron a plantear la hipótesis de que la diferencia se debía a la naturaleza relativamente
colectivista de la cultura polinésica, frente a la naturaleza relativamente individualista de

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las culturas occidentales. Para probar esta hipótesis se llevó a cabo un estudio en Japón,
considerando la cultura japonesa como relativamente colectivista. Contrariamente a las
predicciones, sin embargo, los resultados de este estudio no proporcionaron ninguna
evidencia de que los hombres homosexuales japoneses mostrasen tendencias altruistas
comparados con sus compatriotas heterosexuales (Vasey y Vanderlaan, 2012). Si
tenemos en cuenta que Japón es un país altamente desarrollado, y que el estudio ha
involucrado todo tipo de homosexuales masculinos, no exclusivamente los afeminados,
esto podría explicar la discrepancia con el estudio de Samoa, como hemos argumentado
anteriormente.

En cualquier caso, los resultados de Samoa no invalidan la objeción fundamental a


esta teoría, respecto de la extraordinaria contribución que debe hacer el homosexual para
compensar la pérdida directa de éxito reproductivo, que, como reconocen estos propios
investigadores, en términos coloquiales, debe convertirse en un "super" tío, atendiendo a
sobrinos y sobrinas (Vasey y Vanderlaan, 2010).

B) Hipótesis de la "hembra fértil"

Tomando en consideración las objeciones anteriores, a partir de las evidencias sobre una
mayor fertilidad de las mujeres emparentadas con homosexuales masculinos encontradas
en estudios de muestras italianas (del grupo de Camperio-Ciani) y hallazgos similares en
los estudios en Samoa (de Vasey y Vanderlaan), se ha sugerido que la homosexualidad
masculina puede ser un subproducto o un producto secundario de una selección
adaptativa que incrementa la fertilidad femenina y que tiene a veces, como consecuencia
colateral, la homosexualidad masculina (Vasey y Vanderlaan, 2010). A esta teoría, que
podríamos denominar del incremento de la fecundidad en las mujeres de la línea
maternal, hay quien ha propuesto una denominación más breve como, hipótesis de la
"hembra fértil" (Rahman et al., 2008).

La idea parte de una investigación de una muestra italiana que encontró que los
parientes de los hombres homosexuales, por línea materna, tenían más descendencia,
comparados con los heterosexuales. Concretamente, las mujeres de la línea materna de
los homosexuales, tenían, aproximadamente, un 33% más de descendencia que las

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mujeres de la línea materna de los heterosexuales (Camperio-Ciani et al., 2004). Este
mismo equipo investigador replicó el estudio en una nueva muestra más amplia y
extendiéndose a toda Italia. Los resultados reconfirmaron la mayor fertilidad de las
mujeres de la línea materna de los hombres homosexuales (Iemmola y Camperio-Ciani,
2009). A partir de estos datos, se sugirió como explicación la tesis de que factores
genéticos podrían producir un equilibrio entre la disminución directa de eficacia
reproductiva de los varones homosexuales y el incremento de eficacia reproductiva de las
hembras emparentadas por línea materna, como se esperaría en un modelo genético
sexualmente antagonista parcial (Iemmola y Camperio-Ciani, 2009).

Los datos de los estudios del grupo italiano sugieren que los factores genéticos están
parcialmente conectados con el cromosoma X.Estos factores muestran efectos diferentes
en sus portadores: cuando están presentes en mujeres, promoverían la fecundidad;
cuando están presentes en un hombre, incrementarían la orientación sexual hacia la
homosexualidad (Iemmola y Camperio-Ciani, 2009).

En claro contraste, un estudio diferente, llevado a cabo en Inglaterra, encontró que la


fecundidad era mayor en los parientes de los homosexuales, pero sólo era
estadísticamente significativa por el lado paternal, no así en el lado maternal (King et al.,
2005).

Recientemente, un estudio internacional (primariamente europeo) de una muestra en


internet de 87.798 hombres encontró que los homosexuales y los bisexuales tienen más
descendientes que los heterosexuales (Schwartz et al., 2010). Este mismo caso se
encontró en una muestra no europea de Samoa (Vasey y Vanderlaan, 2010). Resultados
más contradictorios se encontraron en otro estudio en Inglaterra, donde se observó un
incremento de la fecundidad en la línea materna de los homosexuales blancos, solamente
en el grupo de las tías. Para los no blancos la fecundidad se incrementaba en la línea
paterna de los heterosexuales (Rahman et al., 2008). Un reciente trabajo en una muestra
de Estados Unidos también se encontró el patrón global de aumento del tamaño familiar
para los homosexuales (Schwartz et al., 2010).

En general, los estudios revisados apuntan hacia una fecundidad potenciada entre los

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parientes de los hombres homosexuales. Sin embargo, los resultados específicos varían
en los diferentes estudios, en particular con respecto a si afecta a la línea materna, a la
línea paterna o a ambas (Schwartz et al., 2010). En conjunto, los estudios mencionados
sugieren la posibilidad de una o más variantes genéticas homosexuales, es decir, variantes
genéticas que incrementan la atracción sexual hacia los hombres. Cuando se expresan en
los hombres, incrementarían la probabilidad de que fuesen homosexuales, pero cuando se
expresan en mujeres (esto es, las mujeres emparentadas con estos hombres), podrían
incrementar la frecuencia de apareamiento con hombres con un incremento concomitante
en el número de descendientes (incremento de la fecundidad). Así pues, tal gen podría
tener más de un efecto fenotípico, llamado pleiotropía, en este caso dependiendo del
sexo de la persona portadora del gen, sugieren los investigadores italianos.

Aunque yo creo que los datos no requieren el efecto pleiotrópico de ningún gen, la
explicación más simple es que los genes implicados provocan un aumento del deseo
sexual hacia los hombres, en todos los casos. Cuando se expresa en un hombre, provoca
homosexualidad. Cuando se expresa en una mujer, provoca incremento de la actividad
sexual asociada, obviamente, con una mayor fecundidad. En este escenario de selección
equilibradora, una variante genética homosexual sería mantenida en la población debido
al incremento de la fecundidad de las hembras emparentadas con los hombres
homosexuales, equilibrando la disminución directa de la eficacia reproductiva de los
hombres homosexuales (Schwartz et al., 2010). Esta teoría presenta muchas
concomitancias con la de Miller, que vamos a describir a continuación.

C) Hipótesis de Miller o del "buen padre y esposo"

Una hipótesis menos utilizada es suponer que los genes que predisponen a la
homosexualidad son ventajosos para los heterosexuales que los llevan. La idea es que la
orientación sexual es un rasgo poligénico (influenciado por una serie de genes). Durante
la gestación, estos genes dirigen el desarrollo del cerebro masculino en la dirección
femenina. Los genes individuales confieren rasgos considerados "típicamente femeninos",
tales como mayor sensibilidad, empatía, ternura, amabilidad, etc. Los hombres con estas
características conductuales "típicamente femeninas" serían más atractivos para las

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mujeres y mejores padres (Miller, 2000). Estos rasgos más típicamente femeninos serían
la consecuencia de una serie de genes pleiotrópicos que predisponen a la
homosexualidad. Si sólo unos cuantos de estos alelos son heredados por un hombre, el
éxito reproductivo se ve potenciado por el incremento del atractivo debido a los
caracteres típicamente femeninos. Sin embargo, si un hombre hereda un número grande
de estos alelos, se llega a producir la atracción por los hombres (otra característica típica
femenina), o sea, la homosexualidad. Con estas premisas se podría producir un
polimorfismo equilibrado en el que el efecto feminizante de estos alelos en los hombres
heterosexuales - con el aumento correspondiente de éxito reproductivo - sobrepasaría el
efecto adverso de estos alelos en cuanto que contribuyen a aumentar la homosexualidad
en los hombres - con la correspondiente disminución de éxito reproductivo.

En las mujeres podría funcionar el mismo mecanismo para genes que promuevan
rasgos tales como la competitividad, la firmeza, la agresividad, etc., características
"típicamente masculinas". Un cierto número de estos genes podría contribuir a aumentar
el éxito reproductivo de las mujeres con más capacidad de liderazgo, por ejemplo,
aportando más y mejores alimentos para sus hijos. Un número mayor de estos genes
podría llegar a producir la atracción por las mujeres (lesbianismo).

Ésta es la hipótesis propuesta en detalle por Miller en el año 2000, y esencialmente


coincide con otras bautizadas con otros nombres, por ejemplo, "teoría de la alianza"
(Dewar, 2003).

La hipótesis de Miller ha sido chequeada usando las respuestas de un cuestionario


hecho a una gran muestra de gemelos y mellizos (4.904), estudiándose la orientación
sexual, la identidad de género y el éxito de apareamiento. Utilizando la escala de Kinsey
se determinó una proporción no-heterosexual (K>0) del 11% para los hombres y del 13%
para las mujeres. Obsérvese que se usó la atracción sexual como el indicador, en vez de
la conducta sexual o la identidad sexual, porque éstos se ven más afectados por la
disponibilidad de parejas y por condicionantes socioculturales (Zietsch et al., 2008). Se
demostró que los heterosexuales, de ambos sexos, que tienen un gemelo/mellizo no
heterosexual tienden a tener un número superior de parejas respecto de los
heterosexuales que tienen un gemelo/mellizo heterosexual, aunque el efecto sólo es

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significativo estadísticamente en las mujeres. Este resultado es consistente con la
hipótesis de que los genes que predisponen a la no heterosexualidad en las hembras
incrementan el éxito reproductivo en sus hermanas gemelas/mellizas heterosexuales.

También se encontró (como en decenas de estudios diferentes) que la identidad de


género atípica estaba asociada con la no heterosexualidad -y en los heterosexuales - con
un elevado número de parejas del sexo opuesto. También este resultado apoya la
hipótesis de Miller, in terpretando la asociación entre identidad de género atípica y
orientación homosexual (o no heterosexual) como una consecuencia del exceso de genes
para la homosexualidad, mientras que observamos que el éxito reproductivo de los
heterosexuales con identidad de género atípica - estimado en términos del número de
parejas sexuales - es superior.

Así pues, la explicación que se sugiere es que los genes que influencian la
homosexualidad tienen dos efectos. Primero, incrementan el riesgo de homosexualidad,
lo que ostensiblemente disminuye el valor adaptativo. Pero, en segundo lugar, los mismos
genes parecen incrementar la identidad de género atípica, que resulta en un incremento
en el éxito de apareamiento de los heterosexuales (Zietsch et al., 2008).

Como hacen notar los propios autores, una limitación importante de este estudio es
que, pese a que la muestra total es grande, sólo una pequeña proporción responde que es
no heterosexual, o sea K = 1 - 6 (13% de los hombres y 11% de las mujeres), y una
proporción mucho menor responde a una orientación exclusivamente homosexual, donde
K = 6 (2,2% de los hombres y 0,6% de las mujeres). Esto resta potencia estadística a los
test y hace imposible chequear el fenotipo exclusivamente homosexual (K=6), que
hubiera sido el más interesante y relevante respecto de la hipótesis chequeada.

Los resultados de este estudio incluyen las orientaciones sexuales de hombres y


mujeres, y sugieren un mecanismo específico en el que factores genéticos pleiotrópicos
predisponen a la no heterosexualidad e incrementan el éxito de apareamiento en los
heterosexuales vía una ventajosa sexualidad atípica (Zietsch et al., 2008). Es importante
notar que el estudio involucra tanto a hombres como a mujeres, es decir, da cuenta de la
homosexualidad masculina y de la femenina, vinculadas ambas estrechamente al

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comportamiento atípico de género. El comportamiento atípico en el género masculino es
el gusto por los juegos con las muñecas, con vestidos, con niñas, la aversión por los
juegos violentos, etc. Y justo lo opuesto en el otro género.

En otro estudio con una muestra de 1.827 participantes (160 hombres con
orientación homosexual) no se encontró que los resultados diesen soporte a la hipótesis
de Miller (Santtila et al., 2009). El estudio es de un tamaño bastante menor al anterior,
con menor potencia estadística por consiguiente, restringido sólo a homosexuales mascu
linos, y bastante confuso en su planteamiento experimental y en las conclusiones.

D) Hipótesis de la estrategia reproductiva

Para terminar esta parte no puedo resistirme a comentar la teoría expuesta por Schuiling
en el año 2004 en un largo artículo titulado "Death in Venice" (Muerte en Venecia),
haciendo referencia a la película homónima de Luchino Visconti. Su mayor atractivo
radica en hacer uso de hechos muy dispersos para construir una sola idea. En puridad, no
es una teoría científica, no es una hipótesis susceptible de ser sometida a prueba
empíricamente, sino un bello razonamiento construido con muy diversos materiales que,
he de reconocerlo, es más hermoso que convincente.

Esta hipótesis sostiene que la homosexualidad es una mera consecuencia más, entre
otras muchas, resultante de una estrategia general reproductiva, enfocada a ajustar las
proporciones entre sexos.

Se parte de la realidad incuestionable de que el éxito reproductivo de una pareja (y de


una población o una especie) depende del sexo y de la orientación sexual de la progenie.
Imaginemos que sólo nacen niños o que todos los que nacen son homosexuales estrictos:
en ambos casos la población se extinguiría rápidamente. Por consiguiente, en cualquier
población debe haber un equilibrio entre individuos masculinos y femeninos, homo - y
heterosexuales. Los homosexuales claramente no compiten en el mercado reproductivo,
con lo que evitan conflictos dentro del grupo. Por consiguiente, mientras que los
heterosexuales realizan la mayor parte de la tarea reproductiva de la población, la
presencia de individuos homosexuales asegura la homogeneidad social y la estabilidad de

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la población, y puede, en última instancia, incluso aumentar la tasa de crecimiento de la
población (Schuiling, 2004).

Esta hipótesis parte del supuesto de que existe un mecanismo que permite ajustar las
proporciones de los diferentes sexos, adecuándolas a las circunstancias concretas. Y hay
una serie de hechos que apoyan este supuesto. Primero, hay animales no humanos que
ajustan las proporciones entre sexos de acuerdo con la disponibilidad de alimentos. Por
ejemplo, es frecuente en especies de ungulados (ciervos, gacelas, etc.) sesgar el sexo de
la progenie hacia machos, cuando hay gran disponibilidad de alimentos, y hacia hembras
en caso contrario. Segundo, se sabe que, en primates, las hembras dominantes paren
relativamente más machos, sin que se sepa cuál es el mecanismo exacto. Tercero, el
efecto FBO puede interpretarse como un mecanismo de ajuste del sexo de la progenie
entendido de la manera siguiente. El efecto FBO se debe a que el nacimiento de un varón
provoca la reacción inmune de la madre contra otros embarazos masculinos, lo que
puede terminar en uno de tres finales posibles: aborto (muerte del competidor),
nacimiento de un niño débil (inhabilitación del competidor) o bien el nacimiento de un
niño homosexual ("muerte genética").

En favor de estas ideas están los hechos siguientes. Hay una elevada tasa de pérdida
temprana de embarazos del 75% en mujeres. Los hermanos menores homosexuales
tienden a tener un menor peso al nacer (son más débiles). Finalmente, el efecto FBO
consiste, como se ha comentado reiteradamente, en la mayor probabilidad de
homosexualidad entre los hijos menores dentro de una serie de hermanos mayores. En
cualquiera de los tres casos, de una u otra manera, lo que se está haciendo es eliminar
competidores por las hembras: por muerte real (aborto), por debilitamiento del
competidor o por "muerte genética" (homosexualidad).

Desde este punto de vista, la homosexualidad es simplemente una parte de la


estrategia reproductiva humana. No incrementa la adaptación inclusiva cuidando de la
descendencia de sus parientes, pero potencia las posibilidades de otros miembros de la
familia en el mercado reproductivo al excluir competidores (los homosexuales), favorece
la cooperación masculina-masculina, reduce las causas de confrontación y, por
consiguiente, mejora la homogeneidad del grupo. En este enfoque no se hereda la

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homosexualidad directamente, sino la estrategia reproductiva de la que ésta forma parte.
Heterosexualidad y homosexualidad son soluciones evolutivas para problemas principales
de la vida humana. La heterosexualidad soluciona el problema de la transmisión de los
genes de la población, mientras que la homosexualidad solventa el problema de:

[...1 cómo construir una sociedad coherente de hombres básicamente


poligénicos, altamente competitivos, que deben, sin embargo, trabajar juntos
con el fin de sobrevivir. Homo - y heterosexualidad son por consiguiente
simplemente dos caras de la misma moneda, el de la moneda de la reproducción
humana (Schuiling, 2004).

5.5. Conclusión evolutiva

Parece claro que la homosexualidad está siendo mantenida en las poblaciones humanas
por alguna forma de selección equilibradora. Los datos de la realidad así lo indican. Los
modelos matemáticos propuestos sirven, al menos, para demostrar que hay un buen
número de posibilidades teóricas compatibles con esta conclusión. La naturaleza y los
mecanismos de las contribuciones genéticas a la orientación sexual no están actualmente
claros. Los hallazgos experimentales parecen más consistentes con un modelo complejo
involucrando múltiples genes e importantes contribuciones ambientales (Iemmola y
Camperio Ciani, 2009; Schuiling, 2004; Schwartz et al., 2010). Respecto del modelo
evolutivo, la impresión bastante subjetiva es favorable a la hipótesis de Miller. A su favor
está que las hipótesis alternativas parecen poco apoyadas por los datos, y que varios de
los estudios más rigurosos y amplios parecen sostener la teoría de Miller. No obstante, el
proceso evolutivo de la homosexualidad dista muy lejos de estar resuelto. Son necesarios
muchos más trabajos de campo para alcanzar cierta consolidación de alguna de las
hipótesis en litigio. Por otra parte, hay quien sugiere que es posible que haya más de un
fenómeno (por ejemplo, selección de parentesco y selección equilibradora) que puede
estar operando (Schwartz et al., 2010). Si tenemos en cuenta que, probablemente, hay
diferentes mecanismos que dan lugar a la homosexualidad, todos ellos con una base
genética diferente, parece bastante verosímil que también desde el punto de vista
evolutivo estén operando diferentes procesos. De modo que, en este terreno, queda
mucho camino por recorrer.

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Recientemente, en diciembre de 2012, se publicó un modelo matemático basado en la
hipótesis epigenética sobre el desarrollo de la se xualidad. Las evidencias sobre la
implicación de procesos epigenéticos en el desarrollo de la sexualidad humana son, de
momento, tan escasas que es muy prematuro (altamente especulativo) plantear este tipo
de modelos. No obstante, el lector especialmente interesado puede leer el trabajo de Rice
et al. (2012).

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Hay una explicación biológica sobre el origen evolutivo de la homosexualidad. Y hay
estudios y pruebas. Entretanto, ¿qué ha sido de la teoría sociocultural?

La idea central ha sido formulada con claridad rotunda:

Más bien, se afirma, los humanos nacen con una amplia flexibilidad y
potencial de aprendizaje. Esta creencia otorga una significación primaria no a los
genes como tales sino a las experiencias individuales y a la época histórica, la
sociedad y la cultura en que se han criado hombres y mujeres.

El paradigma conductual, aplicado a la sexualidad, sugiere que los humanos


nacen con una tendencia sexual indiferenciada tan maleable que puede ser
canalizada en una o más de una multitud de direcciones (Ford-Hoult, 1984).

6.1. ¿Dónde están las pruebas?

En buena lógica uno esperaría que los defensores de esta hipótesis hubiesen diseñado y
realizado experimentos que pudiesen dar soporte empírico a su teoría... Nada de eso.

Se ha revisado una ingente cantidad de artículos en los que su autor era favorable al
construccionismo de la homosexualidad, y no se ha encontrado ni un mínimo dato
experimental desde el que construir una defensa de la teoría sociocultural. La estructura
habitual de sus artículos comienza por revisar y "repasar" lo que han escrito los
"enemigos", limitándose generalmente a desacreditar o refutar los argumentos biológicos
basados en datos experimentales, sin aportar de su parte ni un solo experimento, ni una
sola prueba empírica, ni un maldito hecho que llevarse a la boca.

Los adalides de la hipótesis sociocultural construyen su teoría a base de axiomas, esto


es, afirmaciones que se dan por sentadas sin que medie prueba que las sostenga. Los

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artículos responden a una estructura básica. Primero el rechazo/refutación de las teorías
biológicas, seguido de los axiomas para culminar con una recriminación a los
investigadores por no haber tomado en consideración la "enorme" cantidad de trabajos
sobre el origen psicocultural de la homosexualidad.

Refutación del esencialismo:

Parece que cualquier intento de desarrollar un modelo biológico causa-efecto


simple y lineal del desarrollo de la homosexualidad adulta debe estar condenado
al fracaso. Los intentos de Bell, Weinberg y Hammersmith (1981) de "explicar"
el desarrollo de la homosexualidad (en un trabajo algo engañosamente titulado
Preferencias Sexuales) les condujeron a sugerir numerosas rutas hacia la
homosexualidad o la bisexualidad adulta. Entonces propusieron que había
numerosos tipos de homosexuales [...1 (Paul, 1993).

Como indica esta revisión, la investigación actualmente citada en soporte de


un modelo biológico de la sexualidad humana es metodológicamente deficiente,
inconcluyente o abierta a interpretaciones teoréticas contradictorias. [...1 Por
consiguiente, la pregunta básica de este artículo es: ¿es convincente la evidencia
biológica de que los detalles de la sexualidad humana son directamente debidos
a rasgos y procesos innatos? La respuesta es que la evidencia está lejos de ser
persuasiva (Ford Hoult, 1983).

Parte axiomática:

Solamente un reconocimiento de las capacidades bisexuales de los humanos


junto con un reconocimiento de la forma en que las sociedades construyen
categorías sexuales con el propósito de controlar los grupos y distribuir el poder
(Doell, 1995).

O este otro ejemplo:

[...1 cuando un niño nace, no es un ser bisexual, sino un omnisexual capaz de


responder a la gama entera de factores sexuales socioculturales ambientales
(FitzGerald, 2000).

Dos afirmaciones de hondo contenido sostenidas por el papel en el que están escritas

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y por nada más.

Y, como no cuesta nada decir lo que le pete, ya que no hay que tomarse la molestia
de demostrarlo, se llega hasta el extremo de negar lo evidente:

[...1 categorías tales como el género, la raza y la orientación sexual son


construcciones sociales (Doell, 1995).

Si el género (el sexo masculino o femenino) se considera un producto exclusivamente


social, a despecho de las evidencias anatómicas y fisiológicas internas y externas, se
comprende todo lo demás. Pero se entenderá también que esta línea de pensamiento no
tiene nada que ver con el pensamiento científico. Parafraseando a Nietzsche, el
esencialismo y el construccionismo de la homosexualidad no son contrarios, no se
oponen, no se contradicen, simplemente habitan planetas diferentes.

Después de la sección de axiomas suelen continuar con una apelación genérica a la


multitud de trabajos publicados con un enfoque construccionista que no han sido
tomados en consideración por el contumaz "enemigo" biológico:

Estos estudios dejan completamente fuera de consideración los estudios


interculturales de la homosexualidad que demuestran variabilidad y cambio en la
orientación sexual (Doell, 1995).

Pero no aporta ni una sola cita o referencia bibliográfica de tales estudios, con lo que
deja huérfanos a los ávidos lectores... Y en la siguiente página apela de modo similar:

El rechazo de la teoría del aprendizaje social refleja una ignorancia de la


enorme literatura disponible dando cuenta de la comple jidad y variabilidad en
las historias del desarrollo de los individuos homosexuales (Doell, 1995).

Tampoco se proporciona cita siquiera de parte de la "enorme" literatura disponible.


¿Qué es lo que queda entonces en ambos casos?: una afirmación en el vacío.

Han sido tres décadas de estudios de gays y lesbianas tratando las formas
históricas y culturales de la homosexualidad, [...1 que los estudios biológicos
han ignorado (De Ceceo y Parker, 1995).

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Así, pues, puede ser difícil para los biólogos comprender el grado de
complejidad de las auténticas teorías interaccionistas del comportamiento
humano (Doell, 1995).

Más de lo mismo. ¿Dónde están esas teorías? No se encuentran por ningún lado.
¿Cuándo han sido sometidas a prueba? ¿Son las evidencias favorables o desfavorables?
¿Todos los estudios son positivos para la hipótesis o hay algún desacuerdo? ¿Hasta qué
punto son estadísticamente significativos los resultados?... Un desértico silencio
responde.

Y en otros muchos se destila el intenso aroma de la autocomplacencia que les lleva a


adornarse con párrafos del siguiente tenor:

Los modos de vida sexuales son las ideas y las emociones eróticas
culturalmente específicas, las categorías y los roles sexuales/de género, y las
teorías de ser y devenir una persona completamente social que en conjunto
constituyen el desarrollo en el curso de la vida dentro de una cultura sexual
particular. Las culturas sexuales, por su parte, son los campos discursivos y
materiales específicos en los que los sistemas de relaciones de poder son
utilizados para controlar el comportamiento o la conducta sexual, y a través de
las cuales las formas de vida sexual son institucionalizadas, "enculturated",
promulgadas y reproducidas (Hostetler y Herdt, 1998; citado en Hammack,
2005).

¿¡!? ¿Cómo se aplica toda esta verborrea a los animales no humanos? ¿Qué culturas
sexuales alumbran el desarrollo de la homosexualidad en ratas o en simios?...

Una muestra más:

En esta formulación, la orientación sexual se define como la disposición


afectiva biológicamente fundada del deseo sexual, la cual motiva el
comportamiento y la asunción de identidad (Hammack, 2005).

Compárese esta farragosa, inútil y pedante definición con la que se ha manejado en


este libro y que proponíamos al principio. Y así, hasta 23 páginas de prosa exquisita pero
huera.

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En la gran mayoría de los casos, lo que sucede es una incomprensión del trabajo
científico, una ignorancia de la metodología científica, un desconocimiento de cómo se
trabaja en ciencia. Véase un ejemplo:

[...] la asunción de categorías intrínsecas, de identidad estática, es tomada como


cierta de modo que el universo de sujetos humanos puede ser simplemente
dividido en categorías discretas de 'gays', 'lesbianas', 'normales', y así
sucesivamente (Hammack, 2005).

O este otro:

[...] podría uno creer que una simple etiqueta o un número, [...] podría
adecuadamente representar la gama, la variación y el matiz de la expresión
sexual y la experiencia a lo largo de una vida individual (De Ceceo y Parker,
1995).

Los biólogos, contra lo que aquí se dice, tomamos buena nota de la variación
individual, especialmente en genética, donde es básica. Pero a la hora de deducir leyes
generales, es frecuente agrupar los valores individuales (que constituyen un continuo) en
categorías discretas que permitan su comparación, por ejemplo, estadística. Primero se
trata de encontrar una explicación general para los grupos, para las categorías, y después
se buscan las causas de la variación individual. No hay otra forma de encontrar
respuestas a las preguntas sobre fenómenos naturales. Es como si se tuviese que dar
cuenta de cómo ha surgido cada uno de los granitos individuales que forman la arena de
la playa, sin que, para poder estudiarlos, se pudiese recurrir a agruparlos por similitud
porque todos son diferentes unos de otros.

Los biólogos, como los científicos de la naturaleza, están más confortables


con modelos explicativos que sean simples, lineales y mecanísticos (Doell,
1995).

Dejando de lado que una bióloga haga precisamente este tipo de crítica a los métodos
de las ciencias naturales, no cabe sino recordar la navaja de Ockham: partir siempre de la
hipótesis más simple.

[...] ha habido un cambio correspondiente en la conceptualización desde

138
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preferencia sexual hacia orientación sexual [...]. Al favorecer "orientación"
[sexual] sobre "preferencia" [sexual] los teóricos biológicos de la
homosexualidad esperan eliminar o minimizar la elección (De Cecco y Parker,
1995).

En este caso se sugiere la existencia de una intención subliminal, espuria, en la


metodología de estudio empleada. Como se ha tenido ocasión de ver, la orientación
sexual suele ser el rasgo más estudiado en humanos, mientras que la preferencia sexual es
relativamente frecuente en estudios con animales no humanos. En ambos casos, los
investigadores lo que pretenden siempre es la máxima objetividad en la observación y
registro de la conducta sexual estudiada.

En algunos casos se tropieza con críticas pintorescas:

En los estudios del cerebro, particularmente los de Swaab y LeVay, los


investigadores nunca conocieron a sus sujetos. Todo lo que tuvieron fue una
colección de cerebros aislados de sus cuerpos (De Cecco y Parker, 1995).

Nunca imaginé que se invalidara el trabajo por falta de "intimidad" con los sujetos
investigados. Se transmite la impresión de que debería de producirse contacto y empatía
con los sujetos en vida para estar en condiciones de estudiar a fondo los cortes
histológicos de sus cerebros una vez cadáveres. Parece difícil cumplir lo demandado en
esta crítica.

Un tercer presupuesto de la investigación biológica es que la homosexualidad


en su "auténtica" forma está invariablemente asociada con una conducta y un
aspecto femenino en los hombres y una conducta y un aspecto masculino en las
mujeres (De Cecco y Parker, 1995).

En este caso lo que llama la atención es que la afirmación es completamente falsa.


Ningún caso de los muchos que se han revisado presupone lo que aquí se afirma. En
todos los trabajos simplemente se habla de orientación homosexual, sin vincularla a
ningún tipo de aspecto relacionado con un género.

En otros casos es patente la falta de rigor científico, pues abiertamente se declara:

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Utilizaré las mismas herramientas que Sigmund Freud usó: mis propias
experiencias personales, destellos captados de las texturas de la vida,
confesiones confidenciales y ciertos cuerpos de conocimiento publicados que,
para mí, parecen válidos (FitzGerald, 2000).

¿Qué clase de "ciencia" puede surgir de tal actitud? ¿Cómo es posible tal frenesí
subjetivista en los albores del siglo XXI?

En otros, se está muy lejos del tono casi "naif' del anterior comentario:

¿Qué debemos entonces hacer con esta reciente demostración en el tamaño


de un núcleo hipotalámico entre hombres homosexuales y heterosexuales?
Seguramente la respuesta es: no mucho. El estudio es pequeño, involucrando
sólo a 19 sujetos homosexuales y 16 heterosexuales, y con tal grado de
variación entre ambos grupos [...] me dejó bastante sorprendida que fuera
publicado siquiera, [...] y que haya sido tan ampliamente aceptado por parte de
la comunidad científica (Doell, 1995).

Obsérvese la displicencia que muestra una profesora emérita de Biología de San


Francisco State University respecto de un trabajo de LeVay en 1991 publicado en la
revista Science (donde sólo se publica lo mejor de lo mejor en Ciencia). Pero la mejor
perla es la que sigue:

No es sorprendente que LeVay, quien ha salido del armario como gay [...]
(Doell, 1995).

¿A santo de qué viene este exabrupto?... A falta de argumentos científicos, el recurso


mezquino a la insidia, a la descalificación per sonal del adversario, en lugar de a la
desacreditación de sus argumentos científicos. La verdad es la verdad, lo diga Agamenón
o su porquero. Sin embargo, pese a la actitud biliosa, la traiciona el subconsciente:

Las experiencias emocionales asociadas con las relaciones interpersonales


durante estos críticos años de nuestro desarrollo nos pueden parecer tan
naturales y tan carentes de nuestra "decisión" que este periodo formativo puede
tomar la apariencia de una revelación de una identidad ya presente en lugar de
una que se forma (Doell, 1995).

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¡Oh, Sancta Simplicitas! Se le ha escapado lo que ella piensa en su fuero interno. Nos
advierte a todos de la mala jugada que nos puede jugar nuestra mente, haciéndonos creer
que éramos así desde que nacimos en vez de que nuestra sexualidad se ha formado.

En última instancia en un gran número de artículos en defensa del origen


sociocultural de la homosexualidad lo que traslucen es sencillamente miedo.

Hay también implicaciones más perversas en esta búsqueda porque la


identificación de una causa implica la existencia de una intervención, que
permitirá el éxito en la eliminación de la conducta (Muscarella et al., 2001).

Miedo a que el descubrimiento de una causa de la homosexualidad lleve a una


política filonazi de obligar a gays y lesbianas a un tratamiento curativo, a forzar a los
homosexuales a convertirse en heterosexuales. Miedo también a que se haga uso político
de la hipótesis biológica de la homosexualidad en la dirección de coartar las libertades
individuales.

En nuestra visión la homosexualidad es un aspecto de la vida de una


persona, una parte de la vida completa de esa persona. Esta vida consiste en
ingredientes biológicos, psicológicos y socioculturales (De Ceceo y Parker,
1995).

(¿Y quién niega esto?)

[...1 creemos en la primacía del individuo y que la singularidad de la


personalidad y el carácter deberían servir como base del propósito y de la
expresión sexual (De Ceceo y Parker, 1995).

(Tampoco nadie discute esta afirmación.)

Hay miedo a que las hipótesis causales tengan importantes implicaciones sociales y
morales. Se piensa que la motivación de las investigaciones en genética de la conducta es
desarrollar métodos de control de la conducta humana (Járvilehto y Lickliter, 2009). Casi
toda la actividad construccionista destila pánico a medidas eugenésicas amparadas en
argumentos biológicos, más que desacuerdo con las conclusiones. Se huye de una
aplicación fascista del conocimiento científico y para ello se rechazan los resultados y las

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hipótesis verosímiles que de ellos se extraen. Esto es un error.

Nada tiene que ver la causa de la homosexualidad con la consideración social y la


actitud frente a los homosexuales.

El valor de un carácter debe ser juzgado por sus consecuencias en vez de


por sus causas (Bailey, 2005).

En este sentido, los homosexuales deberían ser juzgados por su ejecutoria como
ciudadanos, no por su sexualidad, venga de donde venga, del ambiente sociocultural o de
factores biológicos.

Dentro de este estado anímico se entiende la devoción por la Historia de la sexualidad


del filósofo Michel Foucault hasta convertirlo en un libro mítico. Es un libro
monotemático en su combate contra la intrusión del Estado en la sexualidad. Aunque
estoy persuadido de que, probablemente, nadie haya sido capaz de terminar la lectura de
semejante monumento a la oscuridad tenaz, la pedantería suma y la reiteración de ideas.
Es de aplicación en este caso la observación del fino psicólogo que era Nieztsche, sobre
los filósofos herméticos, asemejándolos a charcos poco profundos en los que se ha
removido el fondo para hacer oscura el agua y así sugerir o simular profundidad.

Cuando se revisa la literatura sobre este asunto, la primera impresión que se lleva es
la de que unos trabajan y otros "filosofan". A la dedicada labor de los investigadores de la
homosexualidad, con sus hipótesis, experimentos, resultados, etc., los defensores de la
hipótesis sociocultural oponen, en el mejor de los casos, brillantes ideas, bellas palabras.
Pero ni una sola evidencia empírica.

No es que hayan estado silentes. Todo lo contrario: se han prodigado escribiendo


larguísimos artículos en los que se limitan a contar de mil formas diferentes la misma
historia, año tras año, década tras década, pero sin aportar ni un gramo de evidencia
empírica sosteniendo su hipótesis. Ahora, eso sí, mostrando siempre una enorme
displicencia hacia sus adversarios intelectuales: "esos señores del crisol y la retorta", que
diría Schopenhauer.

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De tal modo que, en los últimos veinte o treinta años, las "cigarras" del
construccionismo han continuado cantando, más o menos, la misma copla - cada vez en
menor número y con menor audiencia - mientras que las "hormiguitas" del esencialismo
han trabajado, han hecho, como siempre, sus deberes, aportando, "granito a granito", sus
datos experimentales. Éstos han permitido, paso a paso, ir construyendo un paisaje que,
al menos en sus grandes rasgos, es convincente y bien fundado.

6.2. Confrontación con la realidad

Todo esto con respecto a la actitud general que encontramos en las filas de los
defensores del construccionismo. Entrando en el fondo de la teoría sociocultural,
confrontándola con la realidad, con los resultados experimentales de los diferentes
estudios, ya se ha visto, caso por caso, cómo un gran número de hechos probados son
contrarios a la teoría sociocultural. Suficientes en número y en importancia como para
dar por refutada la teoría. No obstante, nos queda revisar y discutir algunos argumentos
adicionales de los más caros a los partidarios del "nacido omnisexual".

6.2.1. El argumento intercultural

Uno de los argumentos utilizados con más frecuencia hace referencia a las diferencias
interculturales en las costumbres y comportamientos sexuales. Cuando se observan las
costumbres sexuales en diferentes culturas es patente las grandes diferencias que existen.
Es evidente el impacto del entorno cultural sobre la conducta sexual.

En este sentido, por ejemplo, nos llama la atención la costumbre que se tiene entre
los Sambia de Nueva Guinea por la que los jóvenes adolescentes practican felaciones a
los adultos como parte de su ceremonia de iniciación a la edad adulta, con la convicción
de que el semen tiene propiedades mágicas para potenciar la fertilidad. Dicha conducta,
claramente homosexual, es indicativa de una etapa homosexual culturalmente establecida.
Posteriormente, cuando los jóvenes llegan a la edad adulta, la gran mayoría adopta una
conducta heterosexual reproductiva que sirve obviamente al propósito de mantenimiento
de la población. Y una minoría se mantiene en sus actividades homosexuales.

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Aparentemente, éste es un caso arquetípico que demuestra que la conducta sexual es
plástica, flexible y se acomoda en función de las necesidades sociales de la tribu o del
grupo, en este caso. Ejemplos similares proporcionados por los antropólogos parecen
sostener sólidamente la determinación de la homosexualidad por el ambiente sociocultural
y la esencial plasticidad de la sexualidad humana.

La conclusión es absolutamente rigurosa en sus propios términos: la conducta sexual


humana puede ser sustancialmente modelada por factores socioculturales. Ahora bien,
todos esos jóvenes de Sambia, ¿disfrutan sexualmente cuando practican las felaciones?
¿Sienten placer sexual? ¿Se sienten atraídos sexualmente por los adultos? ¿Optan
libremente por tales parejas sexuales o son impelidos por las coerciones sociales? ¿Tienen
sueños eróticos con hombres adultos?... Expresado con precisión y brevemente, esos
jóvenes, ¿tienen una orientación homosexual? Nada sabemos al respecto. Es
perfectamente posible -y es precisamente lo que pienso - que la gran mayoría de esos
jóvenes de Sambia, a pesar de exhibir una conducta claramente homosexual, tengan una
orientación heterosexual. De hecho, la mayoría de los adultos exhiben un
comportamiento heterosexual. Pero esto sólo es una conjetura. Ateniéndose
estrictamente a lo observado, se tiene que reconocer que los hechos de la cultura de
Sambia y otros similares de otras culturas sugieren un origen sociocultural de la
homosexualidad.

Además de los estudios interculturales se dispone de un buen número de trabajos con


diferentes especies de animales no humanos que pueden permitir hacer una comparación,
en este caso, interespecífica.

6.2.2. Homosexualidad interespecffica

Como vimos en su momento, el comportamiento homosexual está ampliamente


extendido en el reino animal, desde los primates no humanos hasta los gusanos.
Difícilmente puede hablarse aquí de diferentes "culturas" sin forzar excesivamente el
término. Quizá en algún tipo de primate podría sugerirse la existencia de algo parecido a
una cultura, pero desde luego no en la inmensa mayoría de los animales. No obstante,
todavía podría sostenerse que se trata de conductas aprendidas por emulación. Aunque

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escasamente verosímil, de nuevo podría ser aceptable el argumento en el caso de algunas
especies de primates que viven en grupos sociales, dentro de los cuales no sería raro que
los animales más jóvenes aprendiesen conductas homosexuales observando a los adultos.
Pero en el caso de animales, como el gorgojo de la harina, acusado también de una
conducta sexual licenciosa - permítase la ironía-, ¿puede el ambiente sociocultural e
histórico del gorgojo de la harina haberlo extraviado sexualmente de tal modo?...

Más aún. Se sabe que la homosexualidad estricta, tal y como se da en los humanos,
existe, al menos, en el caso de los carneros. Concretamente hay un porcentaje de los
carneros que demuestran una preferencia homosexual, esto es, teniendo diferentes
opciones de pareja, eligen otros carneros para copular en vez de ovejas en celo. Aquí ya
no cabe hablar de emulación o de aprendizaje, mucho menos de cultura. Estamos
hablando de una elección de un individuo que de manera consistente repite su preferencia
cuantas veces se le ofrece la opción de elegir. Los experimentos con carneros han puesto
de manifiesto que la experiencia social previa y el aprendizaje sólo aumentan la
precocidad de la actividad sexual, pero ni impiden, ni promueven, ni alteran, ni modifican
las preferencias homosexuales en los carneros (Roselli et al., 2011). Estudios de
preferencia sexual son los que habitualmente se hacen en animales no humanos porque,
como dijimos, a los animales no humanos no podemos preguntarles qué pareja le gusta
más, sino simplemente observar y registrar qué eligen entre diferentes opciones. No hay
cultura. No hay aprendizaje. Hay una "libre" elección individual.

Estos experimentos con animales no humanos demuestran que la preferencia


homosexual se produce sin la intervención de factores socioculturales. Determinantes
meramente biológicos, probablemente una combinación de factores genéticos y
neuroendocrinos, dan cuenta de esta preferencia homosexual en estos animales no
humanos. Sin forzar la similitud, se está plenamente autorizado a pensar que en la
especie humana deben existir mecanismos similares capaces de explicar la
homosexualidad. Las evidencias experimentales revisadas apoyan firmemente esta
hipótesis.

6.2.3. Homosexualidad en el tiempo y en el espacio

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Cambiando de argumento. La homosexualidad parece ser un fenotipo sexual estable en
humanos, 2-4% de los hombres y 0,5-1,5% de las mujeres, son los valores más
corrientes. Estudios muy diferentes proporcionan valores muy similares (cuadro 2.1).
Los estudios se extienden por países muy diversos culturalmente, tales como Tailandia,
Filipinas, Inglaterra, Estados Unidos, etc. Y en diferentes épocas, desde los años
cincuenta del pasado siglo en adelante. En estos años se ha producido un cambio radical
sociocultural respecto de la homosexualidad en un gran número de países. En muchos de
ellos se ha pasado de la persecución policial y la proscripción social a la admisión
completa de los matrimonios entre homosexuales. Si, como sostiene la teoría
construccionista, la homosexualidad es puramente un producto sociocultural, las
diferentes culturas de los diferentes países deberían generar valores significativamente
diferentes de incidencia de la homosexualidad. Análogamente, la creciente tolerancia
hacia la homosexualidad debería haber disparado las cifras de homosexuales en los países
más permisivos, cosa que no ha sucedido en absoluto. Con base en estas
consideraciones, se ha sugerido que la constancia aproximada del porcentaje de
homosexuales en los diversos estudios, en diversos países y culturas, y en diferentes
épocas, sería indicativo de que estas cifras no son demasiado susceptibles a los cambios
sociales, siendo más bien una manifestación genética (Diamond, 1993).

Más aún, siguiendo la misma línea argumental, la persistencia histórica de la


homosexualidad, en muchos casos a despecho de fuertes presiones culturales en contra,
que, comúnmente, no se han limitado a recriminaciones y burlas, sino que se han
transformado en normas legales punitivas, contradice lo esperado por la hipótesis
sociocultural. La reivindicada plasticidad, flexibilidad y adaptabilidad de la sexualidad
humana debería, en estos casos, haberse plegado a las circunstancias socioculturales
punitivas contra la homosexualidad, dando lugar a un descenso marcado de la proporción
de homosexuales. Lo cierto, como consta desgraciadamente en la historia, es que muchos
homosexuales han persistido en su conducta a despecho de la represión brutal ejercida
contra ellos.

Todo esto es indicativo de que aun cuando la conducta sexual humana admite cierto
grado de adaptación al entorno (fingimiento) no puede cambiar las pulsiones básicas,
tales como la preferencia sexual o la orientación sexual. Porque están biológicamente

146
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determinadas.

No hace mucho tiempo se llegó a sugerir que la homosexualidad masculina tiene


antecedentes psicosociales ambientales, concretamente abusos sexuales durante la niñez.

En años recientes, algunos investigadores han tendido a descartar la noción


de que la homosexualidad masculina tiene antecedentes ambientales
psicosociales. Sin embargo, he revisado recientemente este tema y he sugerido
que hay evidencia no simple de que los homosexuales masculinos (en contraste
con los heterosexuales control) expresan con más frecuencia una historia de
abuso sexual infantil (definido de diferentes maneras) (un hallazgo confirmado
por Wyre (1990), Rind (2001) y García et al. (2002)), pero que estos informes
son verídicos, y que el abuso jugó un papel causal en su orientación sexual
posterior (James, 2005).

Si se toma en serio este argumento deberíamos pensar, teniendo en cuenta la


proporción de homosexualidad masculina, que nuestra socie dad, que todas las culturas
conocidas, y en todas las épocas, han estado infectadas de homosexuales pedófilos, lo
que es absurdo, y no hay ningún dato que lo sostenga. En palabras del propio proponente
de esta pintoresca teoría, parte de la fuerza de su argumento radica en lo que considera
ser la debilidad de las hipótesis biológicas para acomodar el bien establecido efecto FBO
en la homosexualidad masculina.

Parte de la fuerza de mi argumento descansa en lo que tomo como una


debilidad de las hipótesis biológicas para acomodar el bien establecido orden
"fraternal" de nacimiento en la homosexualidad masculina (James, 2005).

Ignorando que los propios proponentes del efecto FBO han sugerido una hipótesis
biológica (la inmunización maternal) que explica adecuadamente el efecto y que tiene un
buen número de evidencias indirectas que sostienen la teoría (Bogaert y Skorska, 201l).

6.3. El caso Juan-Juana-Juan

El debate que se está manteniendo y relatando entre la hipótesis biológica y la hipótesis


sociocultural dista mucho de ser un asunto puramente académico, de intelectuales de

147
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salón, suscitado para el pavoneo de las respectivas vanidades. Todo lo contrario, tiene
importantes implicaciones prácticas y, a veces, desgraciadamente, ha tenido
consecuencias dramáticas. Uno de estos casos es el denominado "caso JohnJean-John"
(Juan-Juana-Juan), que vamos a relatar con cierto detalle por su interés.

El contexto científico en que se produce el caso es el siguiente (las cursivas son del
autor de este libro):

La importancia de los determinantes postnatales y socialmente desarrollados


sobre la diferenciación de la identidad de género puede ser terminantemente
demostradas en parejas de hermafroditas. En tales parejas, ambos pacientes son
concordantes para el número de cromosomas, sexo de las gónadas, [...1 siendo
uno hembra y el otro macho. Supuestas ciertas condiciones requeridas, tales
como ninguna duda y ninguna ambigüedad en los progenitores acerca de lo
apropiado del sexo en el cual se educa, una reparación temprana quirúrgica de
los genitales externos adecuándolos al género, y la administración de hormonas
sexuales apropiadas para el género en el momento de la pubertad, entonces cada
miembro de la pareja de hermafroditas típicamente diferencia una identidad de
género acorde con el sexo de asignación y de crianza (Money y Ehrhardt,
1972).

El resumen del artículo finaliza con la siguiente frase:

[...1 las influencias postnatales son igual o más importantes (Money y Ehrhardt,
1972).

Durante las décadas de los años sesenta y setenta la asunción general, como se acaba
de ver, era que un niño nacía como un libro en blanco, que podía ser encaminado en la
dirección de un macho o de una hembra por la influencia de la sociedad. (Como se ha
citado textualmente hace unas páginas, veinte años después todavía hay quien sostiene
sin sonrojo esta teoría.) Un ejemplo dramático de las consecuencias acarreadas por
aplicar tal idea es el caso David Reimer, conocido también como el caso John-Jean-John.

Es el caso de un niño al que, por error, durante una operación de fimosis, se le cortó
el pene a la edad de 8 meses. Y - "a lo hecho, pecho"-, se trató de convertirlo en una
niña. Se le extirparon los testículos antes de cumplir los 17 meses y, quirúrgicamente, se

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le proporcionó el aspecto de una vagina. Con un "completo éxito" (en opinión literal de
FitzGerald, 2000) fue reasignado como niña. Se le vistió y se le educó como una niña,
recibió apoyo psicológico y se le administraron estrógenos (hormonas sexuales
femeninas) en la pubertad para facilitar el desarrollo de rasgos sexuales secundarios
femeninos.

A despecho del presunto éxito de la reasignación de sexo, Reimer nunca se identificó


como mujer. "Ella" se convirtió en rebelde, quería jugar con los juguetes de su hermano
gemelo, varón, y vestir sus mismas ropas. "Ella" rechazó todas las cosas femeninas,
sintiendo que "ella" era un niño como su hermano gemelo idéntico. "Ella" incluso prefería
orinar de pie en el aseo de señoras, aunque "ella" mojaba el suelo. Las otras chicas se
burlaban de "ella" sin parar, porque su aspecto era muy masculino. "Ella" no tenía ningún
amigo. A los catorce años, estando "ella" acosada por pensamientos suicidas, su equipo
médico se rindió y la volvió a reasignar al sexo masculino.

Ella - ahora funcionando como él - hizo entonces un ajuste razonable y, con


un pene construido quirúrgicamente, se casó con una mujer mucho mayor con
hijos (FitzGerald, 2000).

(Remarco con comillas el tratamiento "ella" que FitzGerald, uno de los adalides del
construccionismo, le da a Reimer, a despecho de la realidad del propio caso.) Después de
una serie de problemas laborales, David Reimer se suicidó en el 2004 (Bao y Swaab,
2011).

Este caso pone de manifiesto, en primer lugar, que no se puede cambiar ni la


orientación sexual ni la identidad de género, pese a la confabulación entre endocrinólogos
y psicólogos. Ni las hormonas ni la crianza/aprendizaje/educación pueden modificar los
rasgos fundamentales de la conducta sexual conformada prenatalmente. La pía idea de
que la educación puede manipular a su antojo la conducta sexual humana, como si fuese
completamente plástica y flexible, es un completo disparate. Incluso utilizando hormonas
sexuales como coadyuvantes. Por el contrario, la enseñanza de este caso es que la
identidad de género, la orientación sexual, la preferencia sexual, etc., programadas son
irreversibles. El caso Juan-Juana-Juan es una refutación radical de las teorías

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psicosociales sobre el desarrollo de la sexualidad humana. Teorías que deberían ser
definitivamente abandonadas para no seguir sirviendo de coartada para terapias
imposibles que sólo provocan sufrimiento y frustración.

Además, hay otro aspecto digno de ser remarcado. Una vez más en la historia se ve
que la aplicación de las hipótesis científicas puede ser verdaderamente lamentable. Que,
en muchas ocasiones, con excesiva frivolidad, se dan por buenas teorías carentes de todo
fundamento que conducen las más de las veces a hacer el ridículo, pero a veces tienen
consecuencias terribles.

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En su momento, la conversión de la homosexualidad en una patología médica en lugar de
ser un vicio execrable significó un alivio tenue para los homosexuales: ya no eran unos
degenerados morales sino unos enfermos. Pero la consideración de la homosexualidad
como patología suscitaba y sostenía los intentos de curarla. El homosexual podía (y
debía) ser curado.

La historia de los intentos para cambiar a los homosexuales es larga y variada. De


manera voluntaria o coercitiva los homosexuales han sido sometidos a una variada gama
de tratamientos "terapéuticos".

7.1. "Terapias" de la homosexualidad

Como es lógico, las distintas intervenciones están basadas en las suposiciones acerca de
la etiología de la homosexualidad y en la actitud hacia la diversidad sexual.

Considerando que la homosexualidad era de origen nervioso, los homosexuales han


sido sometidos a intervenciones más o menos brutales, pero siempre agresivas. Se han
empleado métodos quirúrgicos (por ejemplo, cauterizaciones del cordón espinal y
lobotomías), y métodos convulsivos (choques eléctricos), cuyos resultados fueron, en el
mejor de los casos, una modificación (disminución) de la intensidad del impulso sexual
pero no de su dirección (Beckstead, 2012).

Después vino el auge de las hormonas sexuales que parecían omnipotentes para
controlar y modificar la conducta sexual humana. Se ha tenido ocasión de ver, en el
denominado caso John-Jean-John, una desgraciada aplicación de tal teoría. Pero no
quedó en un hecho aislado. Como ejemplo veamos el descrito por Ricketts (1984).

El 16 de octubre de 1939, en una ciudad de Estados Unidos, A.D., un varón


homosexual negro, de 46 años de edad, fue hospitalizado "con una personalidad
psicopática constitucional sin psicosis". Este paciente era marcadamente homosexual y

152
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extremadamente afeminado. Sin albergar la menor duda, los doctores se pusieron a
curarlo de su afeminamiento y de su homosexualidad.

Hasta el 12 de abril de 1940 (¡siete meses!) recibió, en diferentes dosis, todo lo


siguiente: dosis orales de estilbesterol (una hormona sintética); un implante subcutáneo de
testosterona; inyecciones de gonadotropina (la hormona estimulante del desarrollo
gonadal); se le disecó la tiroides para aumentar su receptividad a las otras hormonas;
inyecciones de propionato de testosterona; un preparado de estrógenos y estriol (otra
hormona de síntesis).

El paciente experimentó náuseas, pero los doctores pensaron que no eran bastante
severas como para interrumpir el tratamiento.

Al finalizar el experimento, tuvieron que concluir que habían fracasado, que ninguna
de las hormonas había provocado ningún cambio conductual detectable. (No se registra
que los responsables de este atropello, contritos y avergonzados, decidieran
voluntariamente exiliarse a perpetuidad en el desierto.)

También reclamó para sí la "curación" de la homosexualidad el conductismo.


Asumiendo que la orientación sexual es aprendida y pueden ser desaprendida, se
desarrollaron intervenciones de terapia conductual donde, separadamente o en conjunto,
se practicaron diversas estrategias. En unos casos se trató de condicionar el
comportamiento asociando estímulos positivos. Por ejemplo, al "enfermo" homosexual le
mostraban imágenes de hombres desnudos que, obviamente, le excitaban. En este
estado, se le mostraban inmediatamente otras imágenes de mujeres desnudas en la
creencia de que, por asociación, habría un condicionamiento de la respuesta que haría,
finalmente, que el hombre homosexual se sintiera sexualmente excitado por los desnudos
femeninos. No hubo nunca tal respuesta (McConaghy, 2003).

En otros casos se trató de condicionar la respuesta con estímulos aversivos. Por


ejemplo, al "enfermo" se le mostraban imágenes de su amante al mismo tiempo que se le
proporcionaba un estímulo desagradable o doloroso (una descarga eléctrica o un apretón
en una parte sensible). Tampoco se consiguió cambiar la orientación homosexual. A lo

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sumo, se conseguía una disminución de la respuesta homosexual, pero nunca un aumento
de la sensibilidad heterosexual (McConaghy, 2003).

Una amplia corriente de terapeutas sostiene todavía que una proporción razonable de
homosexuales pueden cambiar su orientación sexual si verdaderamente lo desean y son
adecuadamente ayudados por profesionales (psiquiatras o psicólogos). Los supuestos
éxitos de este tipo de intervención han sido fuertemente cuestionados (Bancroft, 2003;
Beckstead, 2003; McConaghy, 2003).

En varios casos, dentro de la mejor tradición de "advertisement" (propaganda), los


terapeutas han publicitado sus resultados haciendo uso de antiguos líderes gays que
manifestaban voluntariamente su "cura" obtenida a través de alguna terapia de ayuda. Al
mismo tiempo se ofrecían como consejeros para coadyuvar en la terapia. Se ha
constatado la incongruencia entre las autoproclamas de éxito de la reorientación sexual de
tales líderes, presuntamente ex gay, y los datos objetivos de la realidad. Pese a lo
públicamente manifestado, continuaban con sus prácticas homosexuales, manteniéndolas
incluso con sus aconsejados (Beckstead, 2012).

Muchos homosexuales se han sentido inconfortables en su condición y, atraídos por


las proclamas de algunos terapeutas, han tratado voluntariamente de curar su
homosexualidad a través de terapia de ayuda. Pues bien, a despecho de los sinceros
intentos por cambiar de muchos homosexuales y tras largos años de esfuerzo por esta
vía, continuaban experimentando sensaciones y sentimientos homosexuales. Pero lo más
curioso es que se creían curados ¡y considerándose heterosexuales! (Beckstead, 2012).

Sin ser exhaustivo, dentro de una oferta terapéutica ubérrima en cantidad y


paupérrima en resultados, también se han intentado: intervenciones cognitivas, servicios
quiroprácticos, terapia de belleza para lesbianas, programas deportivos para gays, etc.

Desde 1973, la Asociación Psiquiátrica Americana ha mantenido que la


homosexualidad no es una enfermedad. También ha reiterado periódicamente la
inmutabilidad de la orientación sexual y, consecuentemente, que tratar de cambiarla
mediante terapia es una conducta no ética en un psiquiatra (Bancroft, 2003).

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Entre tanto, algunos psicoanalistas y psicólogos continuaron con sus prácticas
terapéuticas de ayuda en "el esfuerzo para cambiar". El punto de vista sostenido por
estos terapeutas es que el paciente es el que tiene el derecho a decidir. En este sentido, si
un paciente solicita ayuda para cambiar de orientación sexual, el terapeuta puede y debe
prestar su ayuda profesional. Sin entrar a valorar la eficacia de la terapia.

En 2009, las conclusiones finales de una comisión de expertos de la Asociación


Psicológica Americana fueron que era insuficiente la evidencia sobre la eficacia del
cambio en la orientación sexual debida a los esfuerzos para cambiar y que, además, había
alguna evidencia de que tales esfuerzos causaban daños. Es decir, incluso en los casos en
que hay una disposición genuina de la persona homosexual por cambiar, se constata que
no se tiene éxito alguno. Pero, más aún, el propio proceso de tratar de cambiar acarrea
sufrimiento mental. Por el fracaso del esfuerzo sincero, y por el daño que supone tratar
de ser como no se es. En la actualidad, son una minoría significativa los profesionales de
salud mental que continúan ofreciendo terapia de reorientación sexual (Beckstead, 2012).

7.2. La homosexualidad no se "cura"

El caso de David Reimer es la historia del fracaso de un intento de reasignar la identidad


de género iniciada por un error médico. Muchos otros fracasos análogos se han
producido cuando se ha intentado "curar" la homosexualidad.

Aunque con cierta periodicidad aparecen "terapeutas" y "terapias" que reivindican la


capacidad de "curar" la homosexualidad, no existe ningún protocolo médico para ese fin.
Sencillamente, porque no hay ningún procedimiento probado científicamente que haya
sido capaz de cambiar la orientación homosexual. Se puede decir más alto, pero no se
puede decir más claro.

Por consiguiente, ningún terapeuta serio puede ofrecer "curación" sino "ayuda"
psicológica para soportar el sufrimiento que muchos homosexuales desgraciadamente
sufren. Pero, hay que decirlo claramente, el padecimiento no es por causa de una
enfermedad inexistente (la homosexualidad) sino por el ambiente homofóbico asfixiante
que los rodea. El problema no es la homosexualidad sino la homofobia.

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La homosexualidad, como está bien comprobado, no se "cura". No existe un
tratamiento para convertir un homosexual en un heterosexual. No existe forma de
reprogramar educativa o culturalmente un homosexual para transformarlo en un
heterosexual. (Ni viceversa.) Esto contradice claramente la visión de la homosexualidad
como una elección de estilo de vida ("a lifestyle choice"), resultado de factores
socioculturales. Si fuese cierto esto último, debería ser relativamente sencillo - máxime si
uno cree en la plasticidad infinita de la conducta sexual humana - cambiar la orientación
sexual de cualquier individuo en cualquier dirección. Sin embargo, es abrumadora la
evidencia que demuestra que ni las presiones externas brutales, ni los sinceros intentos
del propio homosexual por cambiar su orientación sexual tienen el más mínimo éxito.
Definitivamente, la homosexualidad no se "cura".

No obstante, la hipótesis sociocultural puede explicar también este hecho apelando al


concepto de imprinting (impronta, huella o impresión) (FitzGerald, 2000). Básicamente lo
que dice este fenómeno es que un niño capta del ambiente que le rodea en su etapa más
temprana su pareja sexual, y una vez impreso este modelo de pareja, ya no se modifica
jamás, de ahí el nombre de impronta. El fenómeno es común en algunos animales
(todavía creo recordar el ganso que tenía Konrad Lorenz que lo seguía convencido de
que Lorenz era su madre). Pero, hasta donde se sabe, nunca se ha descrito en primates y
es dudoso que sea aplicable en humanos. Más aún, si este fuera el caso, se esperaría una
elevada incidencia de la homosexualidad entre los hijos criados por parejas
homosexuales. Se va a ver que no es así.

7.3. La homosexualidad no se "contagia"

Un prejuicio atávico ha sido siempre la preocupación acerca del "contagio" de la


homosexualidad. Se pensaba que las relaciones de amistad con homosexuales
desembocarían en la transferencia del estigma homosexual, bien por mera emulación o
bien por la irresistible atracción que tienen todos los "vicios". Esta predicción,
curiosamente, es compartida entre los homófobos de toda la vida y los partidarios de la
teoría sociocultural. Nunca existió evidencia a favor o en contra de este prejuicio, porque
nunca se dieron las condiciones necesarias para poder chequearlo. Afortunadamente, la

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nueva legalidad que permite la adopción por parte de parejas de gays o de lesbianas
proporciona la situación adecuada para comprobar este prejuicio bien arraigado.

Los estudios de incidencia de la homosexualidad en hijos de madres lesbianas


comenzaron en 1970 (MacCallum y Golombok, 2004). Los resultados de estos primeros
estudios fueron extraordinariamente consistentes mostrando, respecto de los niños, que
no tenían un incremento de problemas o dificultades conductuales. Y lo mismo se ha
puesto de manifiesto en los estudios más recientes. Se ha visto que no hay diferencias
significativas entre los niños criados en familias lesbianas respecto al bienestar psicológico
o al desarrollo de la identidad de género. O sea, como reza el título de una reciente
película sobre el tema (y una antigua canción de The Who): "The kids are alright" (los
chicos están bien).

En el primer estudio en que se hizo un seguimiento hasta la adolescencia, pasando


por las primeras etapas escolares, se encontró que, contra lo que muchos agoreros
profetizaban, no había diferencias en las puntuaciones de masculinidad/feminidad entre
los chicos criados en familias lesbianas y los procedentes de familias heterosexuales. Igual
resultado se observó entre las chicas (MacCallum y Golombok, 2004). Más aún,
contrariamente a lo presumido, los niños nacidos después de inseminación artificial con
esperma de donante, y criados por parejas de lesbianas, son en su mayoría de orientación
heterosexual (Bao y Swaab, 2011).

Lo esperable, a partir de la teoría sociocultural, hubiera sido que los niños y niñas,
criados y educados por parejas homosexuales, por "contagio", "imprinting", emulación o
aprendizaje, hubieran desarrollado mayoritariamente una orientación homosexual. Pero
no es así. El entorno sociocultural parece ser irrelevante respecto de la orientación sexual.
No hay ninguna prueba sólida de que el desarrollo postnatal juegue un papel de alguna
importancia en cuanto a la orientación sexual.

Por consiguiente, en nuestra opinión es totalmente irracional que alguna


gente aún prohíba a sus hijos jugar con amigos homosexuales por miedo a que
la homosexualidad pueda contagiarse o aprenderse (Bao y Swaab, 2011).

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7.4. La homosexualidad no es una enfermedad

La homosexualidad no se cura, no tiene tratamiento, no porque sea incurable, sino


porque no es una enfermedad. No responde a la definición médica ni al concepto común
que se tiene de enfermedad:

Alteración o desviación del estado fisiológico en una o varias partes del


cuerpo, de etiología en general conocida, que se manifiesta por síntomas y
signos característicos y cuya evolución es más o menos previsible.

En la homosexualidad humana no existe ninguna alteración o desviación del estado


fisiológico de ninguna parte del cuerpo. El cerebro, la base de la conducta, funciona
perfectamente en todas sus partes. No hay lesión de ningún área cerebral, ni problemas
con los neurotransmisores, ni nervio dañado... No hay patología, hay variedad.

No evoluciona con el tiempo: ni se "agrava", ni se "mej ora". Es una manifestación


más de la sexualidad humana y animal. Probablemente, producto de la evolución
biológica que de algún modo, no aclarado, pero previsible, ha sido seleccionada en toda
la escala zoológica, incluido el ser humano.

Tampoco encaja dentro de esta otra definición de enfermedad:

Cualquier cambio en el estado de salud de todo un organismo o de una parte


del mismo de tal forma que no puede llevar a cabo su función normal.

Todos los homosexuales, por el mero hecho de serlo, no tienen ninguna incapacidad para
llevar a cabo todas sus funciones normales. Incluido el disfrute del sexo compartido
aunque sea con los de su mismo sexo. La homosexualidad humana es tan enfermedad
como el ser zurdo, o tener un ojo de cada color.

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Se está llegando al final. Para terminar, queda fijar algunas conclusiones y dar libertad al
autor para expresar sus opiniones sobre las evidentes implicaciones sociales que tiene el
asunto sobre el que ha pivotado el libro.

8.1. El desarrollo de la homosexualidad

Las evidencias aportadas sugieren poderosamente que la sexualidad humana es, en sus
rasgos fundamentales, un producto biológico. Aunque aún es activamente debatida por la
comunidad científica, hay un creciente soporte para la hipótesis de que el ambiente
hormonal prenatal es un determinante principal de la conducta sexual, la identidad de
género y la orientación sexual. No obstante, el proceso concreto, que va desde los genes
a los diferentes componentes de la conducta sexual todavía está muy lejos de ser
conocido, y los orígenes de la variabilidad en la orientación sexual están lejos de ser
completamente claros. Pero la existencia de diferencias entre los sexos tan extraordinarias
como las que hemos visto sugieren que las hormonas, particularmente la testosterona,
juegan un papel determinante, dado que lo desempeñan en otras especies. Y, por tanto,
también los genes desempeñan un papel indirecto pero clave (recuérdese el ejemplo del
gen M).

Es un hecho cierto que los organismos funcionan dentro de un entorno y que los
primates, particularmente los humanos, funcionan en el marco de un contexto social. Sin
duda dicho contexto social modifica la expresión concreta de la conducta sexual - pero
sin alterar el patrón básico que viene establecido prenatalmente-. De cualquier manera, lo
que está claro a partir de diferentes estudios de gemelos, en especial aquellos que se han
hecho con un diseño estadístico robusto (Burri et al., 2011), es que los factores
compartidos, tales como el ambiente del hogar y los estilos paternales, tienen poco
impacto sobre la orientación sexual humana.

La orientación sexual se determina durante el desarrollo temprano, bajo la influencia

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del fondo genético y de factores que influencian las interacciones entre las hormonas
sexuales y el cerebro en desarrollo. La imposibilidad aparente de cambiar la orientación
sexual de una persona en cualquier dirección es un argumento importante contra el papel
de la sociedad o el ambiente en el desarrollo de la homosexualidad, y contra la visión de
que la homosexualidad es una elección de estilo de vida.

Durante el periodo intrauterino, la identidad de género, la orientación sexual y otras


conductas son programadas en el cerebro de forma sexualmente dimórfica. El cerebro
fetal humano se desarrolla en la dirección masculina a través de una acción directa de la
testosterona y en dirección femenina a través de la ausencia de tal acción. La
diferenciación sexual de los genitales tiene lugar antes de la diferenciación sexual del
cerebro. El grado de masculinización genital, por lo tanto, no refleja necesariamente el
grado de masculinización del cerebro. Asimismo, no existe ninguna evidencia de un
efecto del ambiente social propio, después del nacimiento, sobre el desarrollo de la
identidad de género y la orientación sexual. Las diferencias entre los sexos, estructurales
y funcionales, de los núcleos hipotalámicos y de otras áreas cerebrales, con relación a la
identidad de género o a la orientación sexual, indican que una red neuronal compleja está
involucrada en varios aspectos de la conducta sexual.

8.2. Un punto de encuentro

¿Puede darse un punto de encuentro entre construccionismo y esencialismo? Algunas


posiciones así lo sugieren:

Como se ha visto hay dos puntos de vista sobre el desarrollo de la


sexualidad humana (identidad de género, rol de género, orientación sexual, etc.):
el biológico y el psicosocial. Evidentemente, no son mutuamente
independientes, pero los diferentes autores otorgan diferentes ponderaciones a la
biología y a la experiencia.

Nadie puede rechazar totalmente las bases biológicas de aspectos del


comportamiento sexual humano; ni puede negar que el aprendizaje y la
experiencia pueden influenciar aspectos de la fisiología y la química cerebral. La
controversia aquí es más cuestión de cómo de directa e inmutablemente pueden

161
ERRNVPHGLFRVRUJ
ser relacionados los factores biológicos con la conducta sexual y la orientación
sexual (Paul, 1993).

Éste ha sido el núcleo del texto en tomo al cual se han desarrollado los diversos
capítulos. A la postre resulta que la diferencia entre los defensores razonables del
constructivismo y del esencialismo parece ser una cuestión de grado, de matiz, de dónde
se pone el énfasis. Pero el énfasis se pone:

Dejando al margen las deficiencias metodológicas, hay evidencia


convergente y convincente que sugiere que la biología juega algún papel en el
desarrollo del deseo sexual hacia el propio sexo y la asunción de una identidad
gay o lesbiana, a pesar de una amplia gama de diferencias individuales
(Hammack, 2005).

Se admite la evidencia biológica y que debe de jugar algún papel - secundario,


menor-. Pero hay quien marca radicalmente la frontera y clarifica el asunto:

No estoy diciendo que los factores genéticos no "predispongan" un individuo


a la homosexualidad. Estoy diciendo que los factores ambientales,
socioculturales y las experiencias personales se sobrepondrán a la
"predisposición" si se encontrara que existiera (FitzGerald, 2000).

Se afirma explícitamente que cualquier "predisposición, si se encontrara que


existiera", sería barrida por la influencia de "los factores ambientales", etc. Por tanto,
primero, se pone en duda que exista ninguna "predisposición" y, segundo, se concede
primacía absoluta a los factores socioculturales.

Entonces, la diferencia no es de grado o matiz, es un desacuerdo cualitativo y radical.


Aquí, en este libro que el lector está terminando de leer, se sostiene un punto de vista
completamente opuesto: que existe una predisposición biológica innata a la
homosexualidad, que es absolutamente inmodificable por factores socioculturales.

8.3. El sentido de un fracaso histórico

La visión clásica de las diferencias conductuales entre hombres y mujeres es que los

162
ERRNVPHGLFRVRUJ
ambientes sociales determinan estas diferencias. En esta visión niños y niñas son
educados en los estereotipos de hombre y mujer, respectivamente, y terminan
respondiendo a dichos modelos de conducta. La sexualidad va en el "paquete de género"
transmitido culturalmente.

En esta visión no se entiende muy bien por qué, pese a la transmisión de una cultura
furiosamente homofóbica, nos han seguido saliendo hijos gays e hijas lesbianas. En la
seráfica concepción de la sexualidad humana como un producto del aprendizaje, se
detecta esta anomalía no corregida en más de veinte siglos de cultura homofóbica en
Occidente.

Como se relató al principio, el devenir histórico de los homosexuales no ha sido


precisamente un camino de rosas. Hasta principios del siglo XIX se les condenaba a
muerte, generalmente en la hoguera, sin privarlos, previamente, de una copiosa ración de
oprobio y tortura.

Puede que seamos muy malos educadores. O poco aplicados en el tormento, pese a
la devoción con que, durante diecinueve siglos (¡!), nos dedicamos a la honrosa tarea de
reconducir a los descarriados pecadores, a través de socarrar su cuerpo para salvar su
alma...

... O puede que la sexualidad no forme parte del "paquete educativo" sino del
"biológico".

El hilo conductor de este libro es el debate entre la hipótesis sociocultural


(construccionismo) y la hipótesis biológica (esencialismo) como explicación del origen de
la homosexualidad. A estas alturas se puede concluir que la hipótesis sociocultural está
completamente descartada. El simple relato del devenir histórico de la homosexualidad en
Occidente, con su pertinacia pese a la brutalidad con que se ha perseguido, desacredita la
idea de una génesis sociocultural.

La consideración de las teorías socioculturales como hipótesis formalmente


desacreditadas se ha manifestado también desde el campo filosófico:

163
ERRNVPHGLFRVRUJ
Un enorme cuerpo de literatura asume que la homosexualidad es aprendida
y trata de explicar su etiología descubriendo correlaciones entre la
homosexualidad y varias experiencias infantiles o situaciones familiares.

Como ya se notó, el uso del análisis de rutas [path analysis] por Bell,
Weinberg y Hammersmith es completamente apropiado [...]. Sus hallazgos son
que las teorías psicodinámicas que consideran la homosexualidad un resultado
de los tipos de relaciones con los padres o de sus caracteres [...], esos que
atribuyen la homosexualidad a las pobres relaciones entre compañeros, teorías
de que la homosexualidad resulta a menudo de contactos fortuitos con otros,
visiones de que la homosexualidad es el resultado de experiencias atípicas por
personas del sexo opuesto o niños que son seducidos por un adulto del mismo
sexo - ninguno de estos fueron soportados por sus datos-.

Concluyo, por consiguiente, que el estudio de Bell, Weinberg y


Hammersmith, Preferencias sexuales, es prácticamente una refutación definitiva
de las restantes teorías de aprendizaje social de la etiología de la
homosexualidad que razonablemente puedo esperar encontrar en la literatura de
ciencias sociales y conductuales (Suppe, 1994).

Haciendo notar alguna incongruencia llamativa:

No se proporciona ninguna explicación adecuada sobre cómo los mismos


padres pueden producir una mayoría de hijos heterosexuales y sólo uno
homosexual (Suppe, 1994).

En cualquier caso, son abrumadoras las pruebas de diversa procedencia que refutan
tajantemente la idea de que la homosexualidad surge como producto del ambiente
cultural y educativo que rodea a la persona. Sin ser exhaustivo se pueden enumerar
algunas de las que se han mostrado.

El efecto FBO, la transmisión hereditaria de la homosexualidad, algunas anomalías


hormonales, la asociación entre el dimorfismo sexual del cerebro y la orientación sexual,
la frecuencia estable de la homosexualidad entre diferentes épocas y países, el hecho de
que no se cura, no se contagia ni se aprende...

Por el contrario, la hipótesis biológica no recibe ninguna objeción de peso, pese al

164
ERRNVPHGLFRVRUJ
extraordinario ruido de sus detractores. En cambio, acumula una serie de evidencias
favorables.

8.4. Genio y figura

A ningún genético en sus cabales se le ocurriría pensar que un carácter tan complejo
como la conducta sexual humana está determinado exclusivamente por factores genéticos
y, menos aún, por un único gen. Al mismo tiempo, a ningún genético en sus cabales se le
ocurriría pensar que un carácter como la conducta sexual humana, tan crítico desde el
punto de vista biológico evolutivo, no viene determinado por factores genéticos. El
desenvolvimiento de estos factores genéticos, en interacción compleja con otros factores,
biológicos y no biológicos, determina las formas concretas de la sexualidad.

Definitivamente la forma concreta de nuestra sexualidad no es una elección que


hacemos libremente al llegar a la pubertad. Muy por el contrario, cuando nuestras
hormonas despiertan nuestros sentidos plenamente al sexo, experimentamos desde el
principio, con absoluta nitidez, lo que nos atrae, nos excita, nos provoca, nos estimula.
Nuestros sueños, que no se dejan manipular por las conveniencias sociales, nos relatan
con toda sinceridad cuál es nuestra orientación sexual. Nuestro cerebro no nos engaña,
despiertos y dormidos, conscientes o inconscientes, nos marca el camino que nos ha
tocado en suerte en nuestra sexualidad. ¿Somos libres? Para decidir nuestra orientación
sexual, y todo lo que ello conlleva, no. ¡Pero aún quedan infinitas decisiones que tomar!
Nuestra estrategia de seducción, nuestras parejas sexuales, nuestra forma de hacer el
amor, nuestros juegos eróticos y una miríada más de opciones libres. Hasta el punto de
poder decidir la supresión completa de la actividad sexual. (Hay quien opta por el celibato
a despecho de sus pulsiones más íntimas, renunciando voluntaria y completamente a
disfrutar de las relaciones sexuales con otra persona.)

Lo que se está diciendo ahora no es ninguna novedad para el lector.


Independientemente de cuál fuera la convicción personal sobre la etiología de la
homosexualidad antes de comenzar la lectura de este libro. Simplemente se está
descubriendo - en el sentido etimológico de la palabra: des-cubrir, levantar el velo que
oculta lo que, se sabe de un modo íntimo, está debajo-, se está des-cubriendo, digo, lo

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que el lector ya sabía: el genio, el temperamento, el carácter de un niño recién nacido, ya
viene con él. No se aprende. No se elige. Si acaso, se modula, pero, esencialmente, no se
modifica. De ahí el refrán castellano: "Genio y figura, hasta la sepultura".

8.5. La consideración social de los homosexuales

Los científicos han hecho su trabajo (y continúan haciéndolo) aportando teorías y


evidencias empíricas que nos permiten, ya, avanzar una explicación razonable del
desarrollo de la homosexualidad, todavía lejos de una explicación definitiva, pero
suficientemente fundada. En cambio, en cuanto al proceso evolutivo de la
homosexualidad, aunque se ha avanzado proponiendo modelos formales y teorías
generales, las evidencias empíricas son todavía muy insuficientes. Es de esperar en la
próxima década la aportación de datos clave que permitan alcanzar algunas conclusiones
definitivas, especialmente en el terreno evolutivo. No obstante, lo que es indisputable es
que la homosexualidad viene determinada biológicamente.

Reconocer el origen biológico de la homosexualidad no supone ni un riesgo


sociopolítico ni una ventaja para los homosexuales. Es la mera constatación de un hecho
científico probado. De este hecho científico no se deriva ningún tipo de medida política,
social, médica, legal, etc. De hecho, no se deriva nada. Excepto la aportación de
conocimiento científico. Lo que la sociedad democrática decida, respecto de la
consideración social de la homosexualidad, es una cuestión completamente independiente
de su causación biológica. Conocer las causas bio lógicas de la homosexualidad no
implica ningún tipo de medida sociopolítica. Una vez más hay que decir lo obvio: la
ciencia, el conocimiento, es neutral desde el punto de vista ético, o desde el punto de
vista de la aplicación práctica. El conocimiento del átomo no obliga a fabricar la bomba
atómica ni a utilizarla. Las posturas éticas, morales o sociopolíticas nunca tienen
justificación en la ciencia. Sólo una excusa. Sólo una coartada. El conocimiento científico
no genera ninguna ética. La ética la decidimos más o menos libremente los seres
humanos. La actitud ante la homosexualidad es un asunto puramente de decisión libre en
una sociedad democrática.

A este respecto, es pertinente notar que la homosexualidad no violenta los derechos

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de nadie. Es, simplemente, una forma más de vivir el sexo compartido. No es una
actividad delictiva que vulnera los derechos de otro. Si alguien está pensando en la
pederastia vinculándola con la homosexualidad es como si vinculáramos la
heterosexualidad con la violación o con la misma pederastia. Una idea absurda.
Evidentemente, los heterosexuales, por el hecho de serlo, no somos violadores, ni
pederastas. Ni los homosexuales. No se trata de otorgar patentes de corso: hay que
perseguir el delito, pero no la forma que adopta la sexualidad.

Enfocado el asunto desde este punto de vista, parece increíble que un asunto
estrictamente privado haya generado tal grado de animadversión en las sociedades
monoteístas del Libro (judaísmo, cristianismo e islamismo). La sexualidad es parte de la
vida privada, en la que nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a inmiscuirse, salvo en
el caso de lesión de los derechos de terceros. Un homosexual es como un heterosexual,
un ciudadano: hay que juzgarlo por su actividad pública, no por su vida privada. Se le
debe valorar por su contribución real a la sociedad, no por su forma de vivir su
sexualidad. Y, en todo esto, nada tiene que decir la biología.

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168
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Con el propósito de poner en práctica unos principios ecológicos, económicos y
prácticos, el listado completo de las fuentes bibliográficas empleadas por el autor en este
libro se encuentra disponible en la página web de la editorial: www.sintesis.com.

Las personas interesadas se lo pueden descargar y utilizar como más les convenga:
conservar, imprimir, utilizar en sus trabajos, etc.

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Índice
Prólogo 14
Prefacio 18
1. Ideas y prejuicios sobre la homosexualidad 20
1.2. La ciencia entra en escena 24
1.3. El consenso científico 27
1.4. La percepción popular 28
1.5. ¿Qué se entiende por homosexualidad? 32
1.6. Variabilidad sexual 33
1.7. Componentes de la sexualidad humana 35
1.7.2. Identidad de género o identidad de sexo 37
1.7.4. Orientación sexual 39
1.7.5. Preferencia sexual 40
1.9. Frecuencia de la homosexualidad 42
1.10. Teorías sobre el origen de la homosexualidad 44
1.10.1. Construccionismo 46
1.10.2. Esencialismo 47
2. El origen biológico de la homosexualidad 48
2.2. La teoría neuroendocrina 55
2.2.1. Un modelo hipotético de las diferentes variantes sexuales 57
2.2.2. Supuestos de la teoría 60
2.3. Otras teorías biológicas sobre la homosexualidad 61
2.3.2. Desarrollo inestable 63
2.3.3. Teoría epigenética 64
3. Los hechos 65
3.2. Genética de la homosexualidad 67
3.2.1. Estudios de animales no humanos 69
3.2.2. Estudios de familias y gemelos 69
3.2.3. Estudios moleculares 76
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3.2.4. Efectos directos de los genes sobre el cerebro 77
3.3. Evidencias neurológicas 79
3.3.1. Núcleo intersticial del hipotálamo anterior 3 80
3.3.2. Núcleo intersticial del hipotálamo anterior 1 82
3.3.3. Núcleo supraquiasmático 83
3.3.6. Núcleo basal de la estría terminal 84
3.3.8. Hormonas y cerebro 85
3.3.9. Evidencias neurocognitivas 86
3.3.10. Conclusiones sobre las evidencias neurológicas 86
3.4.1. Estudios en animales no humanos 87
3.4.2. Desórdenes hormonales en humanos 88
3.5. Transexuales 96
3.6. Etología comparada 97
3.8. Efectos prenatales ambientales 100
3.10. Epigenética y sexualidad 102
4. Una teoría biológica integral de la homosexualidad 105
4.2. Múltiples factores 108
4.3. Múltiples opciones 110
5. Evolución y homosexualidad 113
5.1. El sentido de la vida 115
5.2. ¿Polimorfismo transitorio o estable?. 118
5.3. Equilibrio mutación-selección 119

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