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¿Por qué el Perú siempre pierde en la corte IDH?

El Perú acepto la competencia contenciosa de la corte IDH en enero de 1981.


Desde entonces quedamos sujetos a los designios de esta en materia de
denuncias por violaciones de derechos humanos. Se han acumulado una
cuantiosa cifra de 30 casos vistos por la corte (todos perdidos). Esto nos coloca
como el país que más casos relativos a él han sido resueltos por la Corte de San
José. La causa de tan amplia cifra radica en los cruentos acontecimientos vividos
en nuestro país en las décadas pasadas. Por ello el Perú es una pis proclive a
sumar más denuncias y condena que otros.

Son dos razones sobre la constante derrota peruana en la Corte: una, la calidad
de la defensa del Estado. La otra vinculada a la obstinación del poder judicial de
no abrir investigación sobre denuncias de violaciones de derechos humanos,
especialmente las relativas a casos de terrorismo, posibilitando la actuación de la
justicia supranacional.

Según Luis Castillo Córdova, el problema radica en negarlo todo, incluso cuando
tal negación resulta siendo la afirmación de la estupidez individual y colectiva.
Castillo sostiene que debe optarse por otro camino, llámese allanamiento o
conciliación. Las personas que ocupan los puestos de procuradores no tienen el
suficiente oficio como para impedir ser guiados por directrices con un mayor sesgo
político que jurídico. El estado ha jugado a perdedor al centrar la estrategia en la
negación de actos violatorios de los derechos humanos.

Castillo platea una solución: invertir sin mezquindades en la defensa altamente


especializada como la que se tuvo en La Haya y así evitar el desprestigio del
conjunto estatal y en consecuencia el reproche del al comunidad internacional. Por
su parte Carlos Rivera sostiene: El estado no debe descartar sistemáticamente
los acuerdos de solución amistosa que posee el sistema interamericano como
paso previo a la competencia de la Corte.

Se habla a la vez del perfil del procurador supranacional, si debería ser un


promotor de los derechos humanos o un abogado especializado en litigios, la
primera opción calza mejor para el abogado de la parte que enfrenta al Estado.
Los mecanismos procesales son distintos a los que se conoce en la justicia
interna, además ese sistema posee una maquinaria rica en recursos, como
peritajes internacionales que el estado no tiene donde sufragar. Señala Delia
Muñoz, ex Procuradora Supranacional.

El actual procurador, Dr. Luis Huerta, tiene a su cargo dos procuradurías:


Constitucional y Supranacional. Tiene suficiente carga de trabajo para
encomendarle a su responsable los encargos propios de la defensa de nuestro
país a nivel supranacional.

Por otro lado algunos vocales supremos declaran a la prensa su sugerencia de


retirarnos de la competencia de la Corte. Dichas declaraciones muestran la
postura dispuesta a preferir patear el tablero a tener que aceptar que un ente
supranacional corrija sus omisiones.

La justicia supranacional no revisa las sentencias del fuero interno, es decir, no es


“cuarta instancia” ni cambia lo resuelto por nuestros jueces, solo castiga la omisión
de investigar, dentro de un plazo razonable, las denuncias de graves violaciones
sobre derechos humanos. Afirma Susana Mosquera, experta en Derecho
Internacional.

Renata Bregaglio, coordinadora académica del IDEHUCP, declara que el Estado


tiene dos obligaciones en cuanto a derechos humanos se refiere. En no hacer y el
hacer. En el último radica la principal razón de por qué se pierde. El deber de
prevención siempre podrá fallar, pero por ello existe el Poder Judicial. Si este
funcionara de manera adecuada y eficaz, el número de casos presentados se
reduciría drásticamente.

El sistema de justicia no cumple con investigar, juzgar y sancionar


responsabilidades de las graves violaciones, las cuales indudablemente no han
sido reparadas adecuadamente. Por ello los familiares de las victimas recurrirán al
sistema internacional, señala Carlos Rivera.
La elección de morir con dignidad

“El proyecto de ley está muy lejos de colocarse en el centro del debato nacional,
quizás porque hace falta un caso real que despierte a la opinión pública”. En los
últimos años, la sociedad y los políticos peruanos han discutido asuntos polémicos
que forman parte de la agenda social más avanzada. La eutanasia y el suicidio
asistido forman parte de esta agenda, y resultan temas incluso más controvertidos.

A diferencias de lo que ocurre en otros países, ninguna organización peruana


medianamente conocida que aborde por el derecho de muerte digna. Pero eso no
significa que la población ignore el tema o no tenga posición.

Pocos temas suscitan tanta controversia a nivel mundial e involucran de una


manera tan clara un derecho tan fundamental como es el derecho a la vida, así
como los límites que puede imponer la legislación al deseo de una persona para
ponerle fin, sobre todo cuando está de por medio un enfermedad terminal o
degenerativa de carácter irreversible.

Se ha planteado un proyecto de ley que derogue el artículo 112 del código penal,
a la vez modificar el artículo 6 del código civil. No es el primer intento legislativo en
el Perú para despenalizar el homicidio piadoso. Al final todo fue desestimado.

En el centro de debate jurídico está el concepto de vida digna. Hasta qué punto el
Estado de derecho de una persona a terminar su vida con dignidad.

Walter Gutiérrez, ex decano del Colegio de Abogados de Lima y director de La ley,


señala que la muerte digna es un derecho fundamental, precisamente porque
ampara y preserva la dignidad de la persona en su momento postrero.

El concepto de vida digna es consecuencia de una interpretación extensiva de la


constitución, si bien esta tiene ideas garantistas de la vida, no es menos cierto
que el derecho a la vida, como cualquier otro derecho, tiene que desenvolverse en
un contexto compatible en la dignidad.
Yo solo no tengo derecho a vivir, tengo derecho a que mi existencia se dé bajo un
conjunto de condiciones que realmente me hagan reconocible como ser humano,
este derecho a vivir bajo condiciones de dignidad se extiende incluso hasta el
mismo final, explica Luis Sáenz Dávalos, profesor de derecho constitucional de la
UNMSM.