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:: Sobre la pena de muerte

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Columna Diario Correo


Por Aldo Mariátegui
Transcribo parcialmente un artículo que escribí hace no mucho para la estupenda revista
Etiqueta Negra: “Apruebo la pena de muerte porque creo en el castigo por la justicia que
éste implica per se y no porque tenga que variar comportamientos. Admito la pena de
muerte en público porque no temo que se me caricaturice como ‘mortícola bushista’,
‘neandertal conservaduro’ o ‘fascistón latino’ en típica falacia ad hominem. Estoy a favor de
ella porque es posible salvar siete vidas inocentes por cada criminal ejecutado: Isaac
Ehrlich (Universidad de Buffalo) probó que ante la posibilidad de ese castigo otros
delincuentes evitan cometer asesinatos. Así, la pena de muerte es disuasiva, intimida a los
criminales (lo sostienen el Premio Nobel de Economía Gary Becker y el profesor Gordon
Tullock, Universidad de George Mason). La admito por eso –la ciencia me respalda–, pero
sobre todo por un contrato social básico: uno pierde su derecho elemental a la vida propia
cuando incumple su deber humano elemental de respetar la existencia ajena. Estoy de
acuerdo con la pena de muerte para todos aquellos (violadores de niños, homicidas,
terroristas, cabecillas del narcotráfico y secuestradores) que atacan con violencia atroz los
valores que más debemos proteger en la sociedad (integridad del niño, vida del prójimo,
tranquilidad, salud pública y libertad individual). Acepto la pena de muerte porque no creo
que ese tipo de personajes sean ‘redimibles’ (…). Creerlo es un cándido idealismo
adolescente, no un ejercicio de sentido común ni una muestra de experiencia de adultez.
La sociedad expresa su denuncia de las malas conductas a través del castigo, decía el
magistrado inglés Lord Denning y lo cito: ‘Para mantener el respeto a la ley es esencial que
el castigo infligido a crímenes graves refleje la repulsa que siente la mayor parte de la
ciudadanía hacia éstos. Algunos crímenes son tan atroces que la sociedad insiste en un
castigo adecuado porque el delincuente lo merece, al margen de que éste sea disuasivo o
no’. Voto por la pena de muerte porque creo en la democracia y en lo que quiere la
mayoría: siete de cada diez personas piden que se ejecute la pena capital (…). Creo en la
pena de muerte porque amo la vida humana(…). ‘¿Acaso multar a un criminal muestra
falta de respeto hacia la propiedad o encarcelarlo hacia la libertad personal?’, escribió
John Stuart Mill. ‘Mostramos nuestro respeto a ésta (la vida) por la adopción de una norma
que establece que aquel que viola ese derecho de otro pierde ese derecho para sí mismo’.
Y estoy a favor de la pena de muerte en un sentido laico, al margen de creencias religiosas
u opiniones clericales. La apruebo abiertamente porque me gusta polemizar contra el
discurso ‘políticamente correcto’ y castrante a nivel intelectual de la izquierda y de la
Iglesia. Ambas organizaciones olvidan que sus matrices deben de haber sido las que más
han matado en la historia. (Como buen liberal, legalizaría de inmediato el matrimonio gay,
las drogas, los sindicatos de prostitutas y la eutanasia)”.

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