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LAS MERINDADES - ARQUITECTURA POPULAR
La posición extrema de la comarca de Las Merindades dentro de la provincia de Burgos, imprime a este espacio un carácter de transición en muchos aspectos. No sólo los rasgos climáticos o biogeográficos participan de características a caballo entre el dominio atlántico y el mediterráneo, sino que, también en la arquitectura popular confluyen elementos y formas constructivas de influencias norteñas y castellanas. En cierta manera, las edificaciones de esta zona son una prolongación de la arquitectura propia de los territorios colindantes, esto es, de la casa montañesa cántabra y del caserío vasco. Junto a estos dos tipos, perviven algunas muestras puntuales de una arquitectura tradicional más primitiva, con claras influencias de época medieval. Un primer rasgo de la arquitectura popular del norte de Burgos es su prestancia, que algunos autores identifican con un cierto marchamo de señorío. Contrasta, por tanto, con la sobriedad de la casa tradicional de los páramos y vegas del centro y sur de la provincia. No sólo abundan aquí las casonas, sino que incluso en las viviendas más modestas parece como si sus dueños hubieran puesto especial cuidado e interés en la construcción. Este aspecto hay que relacionarlo con la fuerte presencia de hidalgos en estas tierras a lo largo de la historia y su fuerte vinculación con el mundo rural. Los restos más primitivos de arquitectura popular en Las Merindades corresponden a viviendas trogloditas, que aprovechan cuevas y abrigos naturales, no demasiado profundos. Dentro de esta tipología de vivienda en cueva sobresalen los numerosos eremitorios realizados entre los siglos VII y IX. Los más significativos son los de Presillas de Bricia y de Argés, ambos de época altomedieval y con similares características. Salvo estas excepciones, los tipos arquitectónicos que se encuentran en Las Merindades probablemente no se remonten más allá del siglo XVII. El modelo más extendido es el de la casa montañesa. Suele ser un edificio exento, de gruesos muros de mampostería y pequeñas ventanas. El elemento más destacado es la solana o balcón corrido de madera, situado en la parte alta de la casa y abierto a mediodía. Es habitual encontrar gruesos muros cortafuegos o cortavientos sobresaliendo de la fachada para encajonar y proteger la solana. La planta suele ser cuadrada o rectangular y el tejado generalmente a cuatro aguas, con cubrición de teja. En la zona más occidental de la comarca, correspondiente a los valles de Zamanzas, Manzanedo, Valdebezana, Alfoz de Bricia y Alfoz de Santa Gadea, las casas se asocian formando hileras o calles. En sus fachadas, con esquinas de sillar, están presentes solana y cortafuegos. En la zona central y en la Merindad de Sotoscueva es muy frecuente la existencia de portalón de entrada a un patio interior. En la parte suroriental se combinan materiales pobres, como el ladrillo y el adobe, con piedra de toba y entramados de madera. Las casas se adosan unas a otras. La localidad más significativa en este sentido es la ciudad de Frías, en donde las casas se desarrollan fundamentalmente en altura, pues, dado el angosto emplazamiento del pueblo, las parcelas son bastante estrechas. En el Valle de Losa, como en el cercano valle alavés de Valderejo, la casa aparece generalmente aislada. Se caracteriza por sus muros de piedra, levantados sin argamasa y rara vez encalados, y por una solana superior muy reducida bajo un tejado achatado a cuatro aguas. El Valle de Mena presenta las edificaciones de mayor tamaño, con varias alturas. La influencia del País Vasco es muy notable en los caseríos, edificios aislados adaptados a las necesidades de economía ganadera. En algunas localidades la arquitectura popular se mezcla con elementos más propios de la arquitectura culta como escudos o ventanas enmarcadas por arcos de medio punto. En las zonas

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más frías y en los núcleos de características más urbanas como Soncillo, Villarcayo, Medina de Pomar o Trespaderne es frecuente encontrar galerías acristaladas que, desde el siglo XIX, han sustituido a las tradicionales solanas siguiendo los modelos urbanos de las ciudades costeras norteñas. Una construcción muy peculiar es la cabaña pasiega, presente en la zona de Las Machorras, en la parte más septentrional del municipio de Espinosa de los Monteros. Aunque tradicionalmente este tipo de casa se haya asociado a los valles pasiegos cántabros, lo cierto es que la pasieguería, como actividad y género de vida, excede los límites administrativos de Cantabria para aparecer, con todos los elementos y matices que la singularizan, en los llamados valles pasiegos burgaleses de los ríos Trueba, Lunada, La Sía y Rioseco. Se trata de un singular tipo de poblamiento disperso. La cabaña, emplazada en un pastizal limitado por pequeños muretes de piedra, sirve de habitación periódica a la familia pasiega y a su ganado, en su itinerante deambular seminómada. Consta de planta baja y primera, cuyo acceso se realiza desde el exterior a través de una escalera o patín. Su construcción, enteramente en piedra, resulta bastante tosca. Incluso el tejado se remata con gruesas lascas de piedra. El pasiego habita una pequeña parte de la planta superior, pues la mayor superficie la ocupa el payo o pajar para guardar el heno cortado a dalle en el prado circundante. La cuadra para vacas se encuentra en la inferior. Entre los núcleos de población que aún conservan una buena muestra de su arquitectura popular hay que señalar los conjuntos de: Artieta, Concejero, Herrán, Montejo de San Miguel, Tobera, Quintanilla del Rebollar, Quintanilla de Valdebodres, Nela, Busnela, La Parte de Sotoscueva, Entrambosríos, Ahedo de Butrón, Quecedo, Arroyo de Valdivielso, Tartalés de los Montes, San Zadornil, Arroyo de San Zadornil, Consortes, Crespos, Gallejones y Tudanca. M.M.A.

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